Tierra Adentro
Ilustración realizada por Julissa Montiel

LADO A. Yoshimi pelea contra los robots rosados

 

Un día, Yoshimi se levantó harta de pelear contra los robots rosados. Nunca pensó que le podría cansar ni que extrañaría su casa. La batalla se le da muy bien, es su actividad favorita. O al menos así era antes de esa mañana en que se dio cuenta de que está agotada, que tomar tantas vitaminas le deja un sabor raro en la boca y que los entrenamientos le dañan las plantas de los pies y el costado de las manos.

Pero no puede defraudar a esa ciudad que confía en ella ni en su baile exótico acompañado de grititos agudos. Nada ahuyenta con tanta facilidad a esos malditos robots que comen niños como el ritual de Yoshimi. Y ella se ve tan bien haciéndolo, con el vestido amarillo y su pelo negro en forma de cazuela parece una avispa picoteando a los malvados con brazos y piernas flacas, puntuales, de karateca.

Aunque los robots rosas son nefastos, los habitantes de Fujitana tampoco pueden imaginarse la vida sin ellos. Están acostumbrados a verlos cruzando por la calle tranquilamente o sentados en el cine, como si fueran cualquier otro ciudadano. Hasta que una señal les llega de algún lado y se les ponen los ojos negros al mismo tiempo. En ese instante empieza la cacería y no dejan de atacar hasta que alguno de ellos se mete a un niño a la boca. Entonces, se van volando a Alguna Parte y no se les vuelve a ver por las calles hasta el día siguiente.

Así era antes de Yoshimi. Ahora, los habitantes se encierran en tiendas o escuelas a esperar que su heroína salga de casa lista para restablecer el orden. Cada vez que logra apagar un robot, el resto de ellos se calma y sus ojos regresan a ser blancos.

Los robots son de distintos tamaños y tonos de rosa, pero todos tienen la misma forma: una cabeza redonda con foquitos prendidos en lugar de pelo, en el centro de su cara, una boca que sonríe cuando sus ojos tienen luz blanca y que se pone seria cuando la luz se torna negra y tres o cuatro piernas gruesas sin pies.

Aún hoy no se sabe de dónde vinieron, o si trabajan para alguien… Lo que sí se sabe es que aparecieron en ese planeta mucho antes de que los oficiales vestidos de verde fueran a buscar a Yoshimi a casa de sus padres. Era un atardecer cálido, de luz y de clima, y la familia apenas volvía a casa por el monte en cuya cima se encontraba su cabaña. Yoshimi, sus padres y sus hermanos tenían la costumbre de hacer esa última subida del día sin zapatos para sentir las cosquillas del pasto entre los dedos y conectarse con la tierra. (En el lugar donde vive Yoshimi ahora, no existen espacios cubiertos de pasto). Cuando los verdes le dijeron a Yoshimi que la gente de un lugar lejano necesitaba su ayuda, sus padres la miraron con lágrimas, orgullosos. Hasta Fujitana había llegado el rumor de lo hipnotizantes que eran sus bailes capaces de alinear a las ovejas y mantener a raya al ganado. En caso de que algún animal se quisiera pasar de listo, se decía que la velocidad de Yoshimi para detenerlos era tal que los vacunos se petrificaban de sorpresa y su plan de huida quedaba arruinado. Ese día fue el más emocionante de su vida: pensar que ella pudiera ayudar a la gente.

Y ahora se siente atrapada, como si estuviera en una canción que se repite y repite, donde los ciudadanos le agradecen su valentía y sus servicios. Donde ponen todo el peso de su seguridad en los hombritos musculosos de Yoshimi. Ella entrena, pelea, vence, duerme, entrena, pelea, vence…

Así que después de una batalla en la que un robot rosa fosforescente le rompió su traje amarillo, ese que le regalaron sus padres para que fuera a pelear, Yoshimi tomó una decisión. Iba a dejar que uno de los robots se la metiera a la boca. Si quería dejar de pelear todos los días y recuperar su libertad, tenía que averiguar a dónde se llevaban a todos esos niños que se habían comido durante años. Si es que eso es lo que hacían…

Si es que eso es lo que hacían…

Si es que eso es lo que hacían…

 

 

LADO B. Yoshimi (ya no) pelea contra los robots rosados

 

Esta es la historia de un intento fallido por hacer homenaje a una canción que amo.

Hoy se cumplen 20 años del lanzamiento de Yoshimi Battles Against the Pink Robots, el mejor álbum de los Flaming Lips, banda monumental que responde a cientos de adjetivos distintos y, a su vez, se mantiene inconfundible. Psicodelia, opera espacial, rock experimental, noise rock, distorsión, ciencia ficción y tanto más.

Las canciones de Yoshimi Battles Against the Pink Robots fueron compañeras constantes en la época cuando me independicé y me fui de mi casa. Las letras de sus canciones, concisas y simples, encierran reflexiones que en esos días de cambios me hacían llorar, como la consciencia de la brevedad de la vida. Sí, yo sé que sabes, pero do you realize?? O como el cuestionamiento de “In the Morning of the Magicians”: ¿qué es el amor y qué es el odio? ¿y por qué importaría? Si al final somos máquinas biológicas que se enseñaron a amar y odiar, ¿no podríamos reprogramarnos y hacer todo de otra forma? Pero entre las canciones que conforman la lista, considero “Yoshimi Battles Against the Pink Robots Pt.1” una especie de himno no oficial entre mi heterogéneo grupo de amigos cercanos que fue fundamental durante esos años y al que me restrinjo de llamar familia para que no se vomiten de grima. La hemos cantado juntos cientos de veces, sobrios y borrachos; es una de las primeras canciones que a R. le salió en la guitarra y la que a J. le ha dado por cantar desafinado en el micrófono cuando ya no queda nadie más que nosotros en una fiesta. Por esto y porque desde hace unos años me dio por escribir cuentos, parecía que escribir una historia que girara en torno a Yoshimi sería el cierre perfecto a la narrativa hollywoodense con la que narro mi propia vida.

Se me ocurría una novela corta, un cuento, un comic, una película animada y, tras escuchar a Yoshimi peleando una y otra vez en bucle, infestándose de vitaminas por una ciudad repleta de inútiles que dependen de ella, siempre asustados de que los robots se los coman, pensé que el cuento debía llamarse Yoshimi ya no pelea contra los robots rosados y contar las peripecias de cómo nuestra heroína a) se vuelve amargada y alcohólica, b) es linchada por los ciudadanos tras traicionar su deber, c) descubre la mafia secreta detrás de los robots para desactivarlos definitivamente, d) se enamora de la unidad 3000-21 que desarrolla emociones en la segunda canción o e) versiones intermedias, cada una más desquiciada que la anterior. Ha resultado imposible. Tengo unas cinco o cuarenta versiones distintas regadas en mis archivos y no consigo terminar ninguna. En una Yoshimi deja que un robot mate a un niño sólo para averiguar qué sentirá al verlo morir. En otra los robots son dirigidos por un gigantesco monstruo marino que usa a los niños molidos por las máquinas para hacer los ladrillos de su castillo (referencia ultra directa a The Wall). En una más, Yoshimi se escapa de la canción para dar una travesía por distintos géneros musicales pasando por baladitas, corridos tumbados y reguetón hasta regresar resignada a pelear con los malvados rosas tras descubrir que a las mujeres les va peor en otras partes. Aunque reconozco que las ideas son bastante mejorables, ninguna tan horrorosa como la versión que en 2007 concibieron el famoso guionista Aaron Sorkin y el director Des McAnuff para hacer un musical de Broadway en el que los robots rosados son la alegoría del cáncer que una moribunda Yoshimi combate en el hospital…

Entonces llegó el momento de hacer una pausa e intentar descifrar el porqué de esta imposibilidad.

La historia de Yoshimi se sugiere más directamente en las primeras cuatro canciones del álbum y luego parece diluirse para dar paso a reflexiones filosóficas sobre la vida, la muerte, el amor y nuestro tiempo en esta realidad. Esto no significa que el concepto se pierda, al contrario, para mí cobra una dimensión más profunda con la transición de lo anecdótico a lo vivencial. Ya sé que Wayne Coyne, líder de la banda, ha dicho en más de una ocasión que no se trata de un álbum conceptual, pero ignoraré este detalle. Al final, las obras de arte dejan de ser del autor el día que nos las entregan.

Cómo sucede en un álbum conceptual cuando es maravilloso, la mayoría de las canciones en Yoshimi (…) se sostienen por sí solas con un significado propio, pero al unirse con el resto su intención se modifica para formar parte del todo. Por ejemplo, la primera canción “Fight Test”, con la tonadita de “Father and Son” de Cat Stevens, puede tratarse de un padre arrepentido que no quiso pelear y permitió que fuerzas malvadas (en forma de robots rosas) se llevaran a su hija. En cambio, si disociamos la letra del resto, también podría tratar sobre un hombre que creía posible evitar las batallas durante su vida y menosprecia el concepto de la hombría atada a la confrontación, y cuando llega el momento de luchar por alguien (¿un amante?) su pasividad lo hace perderle.

La canción de “Yoshimi Battles Against the Pink Robots Pt 2” evoca un campo de batalla en el que sólo podemos imaginar qué sucede, pero cuando el disco cierra con otra maravilla instrumental con “Aproaching Pavonis Mons by Balloon” el tono de marcha triunfal después de la profunda melancolía en “Its Summertime” y “All We Have is Now” da la idea de que Yoshimi sale victoriosa, sino de su batalla física contra la invasión robótica, sí de su viaje introspectivo para encontrar la libertad.

Lo que sé es que la historia perfecta está ahí, la escucho y la siento, pero no la logro escribir. Tal vez pensar en Yoshimi, atrapada en un bucle, harta de salvar a los niños y de combatir con los robots. Me rindo ante esto y quiero aceptar que la música suscita en mí imágenes abstractas y sensaciones imposibles de traducir a una narración o incluso a ideas legibles y concretas, pero sería demasiado triste. La música es un medio distinto, capaz de evocar un rango de emociones más amplias y complejas que las que el lenguaje nos da. Ahora, no puedo asegurar que dejaré de buscarla y espero que algún día aparezca en mi mente con la claridad con que la siento en el cuerpo y poder escribirla para mis amigues.

Y poder escribirla para mis amigues…

Y poder escribirla para mis amigues…

 

 

 


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
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