Tierra Adentro
2 prospectors : the letters of Sam Shepard . Flickr

Si existe alguien más dylaniano que Dylan ese es Sam Shepard.

Donde se acaba el yo comienza la máscara. Después de Dylan quién más máscaras ha portado es Sam Shepard.

A Sam lo conocemos como dramaturgo. Como narrador. Como poeta. Como actor. Como amante de Jessi Lange. Y como rockero.

Fue un producto del medio oeste gringo. Por eso la piel de Frank James le queda tan bien en El asesinato de Jesse James por el cobarde Roben Ford. Si alguien conocía el rumor de las llanuras era él. Su visión del forajido se vio enriquecida por los años que vivió en California, donde descubrió su fervor por el teatro y la contracultura lo influenciaría al grado de convertirlo en uno de sus principales embajadores. Después se trasladó a Nueva York e incluso viviría en Londres, pero ya no conseguiría arrancarse la piel de forajido jamás. Su obra estaría signada por el desierto, la carretera y la inmensidad del paisaje.

A los treinta años Shepard ya había escrito y estrenado treinta obras. Una de las más famosas fue Cowboy Mouth, cocinada a cuatro manos con Patti Smith, con quien sostuvo una relación amorosa. Pero sus alcances como literato no se circunscribían sólo al teatro. Como narrador y guionista de cine alcanzaría también la cima. Su estilo abrevaba de autores como Kerouac, uno de los héroes de Dylan. De ahí el parentesco entre Sam y Bob.

Shepard siempre estuvo cerca del rock. Además de su mancuerna con Patti Smith, hizo una con Dylan. Lo que los llevó a firmar juntos la canción “Brownsville Girl”, incluida en el disco Knocked Out Louded. Una distinción de la que casi nadie puede presumir. Dylan no necesita de ayuda a la hora de componer. Pero Shepard, además de estrella de rock del teatro, era afín al carácter trashumante de Bob. Lo que desató otra colaboración entre ambos. Cuando Dylan realizó la gira Rolling Thunder Reveu, invitó a Shepard, en calidad de periodista fantasma, a llevar un diario de la misma. Lo que dio como resultado el libro Rolling Thunder: Con Bob Dylan en la carretera. Una colección de viñetas e impresiones acerca de aquel recorrido de una banda de rock por varias ciudades del país.

Fue en este recurso de inclinaciones minimalistas, que recuerda a la doctrina del esbozo de Kerouac, donde Shepard consolidó su devoción por la forma. Al concepto de la monstruosa novela americana el contrapuso la brevedad de la viñeta. Con Crónicas de Motel no sólo inauguraría una nueva veta dentro de la narrativa gabacha, también sería el detonador del guion de París Texas, la película de Wim Wenders. Que cuenta con una estupenda banda sonora a cargo de Ry Cooder. En la que se incluye una versión de la “Canción Mixteca”.

Los parajes desolados, los caminos poco transitados, lo escueto del paisaje, son la masa con la que Shepard construía las imágenes que pueblan su narrativa y poesía. A menudo combinadas en un mismo libro. La potencia narrativa de Shepard residía en su capacidad para la elaboración de imágenes. Aunque años después renegaría de la libertad formal al afirmar que esta era un pecado de juventud. Y se dedicó a explorar la estructura como una guía para desarrollar su veta cuentística. De la que salieron grandes relatos como “El hombre que curaba a los caballos”, incluido en El gran sueño del paraíso.

Situar a Shepard dentro de la tradición narrativa gringa es complicado. Comparte rasgos con Cormac McCarty, pero la exhibición de la violencia no ocupa el centro de sus preocupaciones. Lo cual no quiere decir que esté presente de diversas maneras. El laconismo de Shepard tiene puntos de contacto con Carver. Y sin embargo, no comulgan en cuanto temáticas, aunque sí en ciertas atmosferas. También hay algo de Richard Ford que lo recuerda, pero ahí donde uno se puede clasificar el otro es inclasificable. No hay duda de que Donald Ray Pollock leyó a Shepard, pero es imposible marcar una estirpe entre ellos.

Leer a Shepard es el equivalente a encontrarte en una conversación con un amigo que mientras te cuenta una anécdota te pasa la botella de licor para que le des un trago directo del pico. Su habilidad para crear atmósferas es inigualable. Una prueba más de ello es Yo por dentro, su novela póstuma, en la que quizá a pesar de sí mismo regresa a la hibridación de géneros. Una novela que parece una obra de teatro pero que está compuesta por estas pinceladas de la vida de un hombre en una cabaña. Ese hombre que la última parte de su vida estuvo más unida a Hollywood que a la página en blanco. Pero que no se va a despedir de este mundo sin dejar un testamento. Uno que es al mismo tiempo triunfo y derrota. Una novela que más que una novela es un triunfo del estilo. Otra de entre sus miles de máscaras.

Dice Patti Smith en el prólogo de Yo por dentro: “El narrador despierta en medio de una cruda metamorfosis. Las coordenadas están revueltas, pero la mano es conocida. Sam ha sido actor durante casi toda su vida adulta, lo que le faculta para una especie de viaje que no necesita pasaporte, solo un camión, un guion y sus perros rastreando la nostalgia”.

La última de las metamorfosis. La mejor y la más perfecta de todas las máscaras.

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Cuando leí En la Tierra somos fugazmente grandiosos me dieron ganas de abrazar a Ocean Vuong y decirle que todo va a estar bien. Esta es una novela desgarradora que en sus primeras páginas nos lleva a acompañar a Perro Pequeño (alter-ego del autor) a una sala de espera junto a su madre, quien se horroriza al ver una cabeza de ciervo disecada en la pared, sobre la máquina expendedora, sobre esto Ocean-Perro Pequeño reflexiona: “Lo que te conmocionaba no era el montaje grotesco de un animal decapitado, sino el ver que la taxidermia encarnaba una muerte que no acababa nunca, una muerte que seguía muriendo mientras nosotros pasábamos por delante para ir a hacer nuestras necesidades.”

Tsssss, bombazo. Durante ese momento fugaz, Perro Pequeño, su madre y la cabeza de ciervo pertenecieron a un instante de certeza mortal y mundana. Óleo en palabras sobre Realidad (2019).

¿Qué es pertenecer?, mientras estamos sentadxs en la banca de un parque, somos parte del paisaje, nuestras células son parte de un tejido que a su vez es parte de nosotrxs, y somos nosotrxs porque todas esas células y tejidos se conectan e interactúan entre sí para formar una unidad de unidades; es cuando conectamos con el parque y lo que es parte de éste cuando también nos volvemos parte del parque, le pertenecemos.

Facundo Cabral no era de aquí ni de allá, tampoco Perro Pequeño; poco después de que este compa naciera en Vietnam, su familia tuvo que huir hacia Estados Unidos de la violencia generada por la Guerra en su país natal. Perro Pequeño es un personaje que intenta encajar en un país que lo desprecia, a la par que busca conectar con sus raíces vietnamitas y su familia.

Dicen que para escribir tienes que hacerlo como si ningún conocido fuera a leerte, en ese sentido, Vuong le escribe esta novela a su madre, una mujer violenta y marcada por la guerra, quien además de ser el eje central de muchos de los debrayes emocionales de nuestro protagonista, es analfabeta; “Tengo veintiocho años, mido uno sesenta y tres, peso cincuenta y un kilos. Soy bien parecido desde tres ángulos y horrible desde todos los demás. Te estoy escribiendo desde dentro de un cuerpo que un día fue tuyo. Lo cual quiere decir que te estoy escribiendo como hijo.”

El autor crea retratos hablados al desmenuzar las escenas de esta novela donde el diálogo va construyendo a los personajes, pero es el debraye interno de Perro Pequeño, que ralentiza el tiempo y observa con detenimiento a la gente con la que convive, lo que los convierte en personas.

“La vez en que, mientras cortabas las judías verdes de una cesta en el fregadero, dijiste de pronto, sin venir a cuento:

—No soy un monstruo. Soy una madre.

¿Qué queremos decir cuando decimos «superviviente»? Un superviviente es quizá el último que llega a casa, la monarca final que se posa en una rama ya cargada de fantasmas.”

Y es que las mariposas monarca son parte importante de la historia. Para Ocean, las mariposas son, al igual que él y su familia, seres en la constante fuga que implica buscar dónde pertenecer, aunque no se pertenezca, ni siquiera al aire que nos trae de un lado a otro, como en la pendeja. Creo que en esto último ya estoy proyectándome.

“Las mariposas monarcas hembras ponen los huevos a lo largo de la ruta. Cada historia tiene más de un hilo, cada hilo una historia de división. El trayecto es de siete mil setecientos setenta y tres kilómetros, más largo que la longitud de este país. Las monarcas que vuelan al sur no volarán ya hacia el norte. Cada partida, por tanto, es definitiva. Solo sus hijas vuelven; solo el futuro vuelve a visitar el pasado. ¿Qué es un país sino una frase sin fronteras, una vida?”

Esta también es la tragedia del primer amor, pues mientras trabaja en una plantación de tabaco, nuestro protagonista conoce y se enamora de Trevor, un morro blanco, hijo del dueño del campo donde Perro Pequeño recoge algodón. Trevor y Perro Pequeño se enamoran en un país y época donde la homosexualidad estaba enormemente más condenada que hoy en día. Mientras Perro Pequeño es un superviviente y tiene un carácter más bien dócil, Trevor es autodestructivo, rebelde y tempestuoso; ambos adquiriendo estas actitudes debido a la manera en que fueron criados, el primero por refugiadas de la Guerra de Vietnam y el segundo por un padre ultraconservador, ambas familias cargadas de violencia.

A veces el mundo en su constante fluir nos hiere, las personas heridas suelen herir a otras, a veces sin darse cuenta. En una conferencia, Charlie Kaufman, guionista de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dice que todxs tenemos una herida en nuestro ser, es la que nos hace débiles y patéticxs, pero también la que nos hace querer bailar.

Vuong no tiene rodeos al mostrarnos mediante la ternura radical que todxs estamos hecxz pedazos; es a través de su propio dolor la manera que tiene de apropiarse del de lxs demás. Como nos muestra su visión del mundo, al escribirle esta novela a su madre, también le recuerda, no reclama, las veces en las que ella lo golpeó, para después ahondar en el dolor de su mamá y las demás personas que lo han lastimado de una forma u otra, como Trevor, quien en su autodestrucción y confusión existencial también lo termina hiriendo. Perro Pequeño no busca quejarse, si no comprender por qué lo han hecho, y para ello recorre los momentos más alegres y dolorosos de su tiempo compartido y los recorre con amor, mientras al mismo tiempo va construyendo un retrato de sí mismo como individuo.

En la Tierra somos fugazmente grandiosos es (o al menos así lo sentí yo) como ese suspiro de alivio final que das después de haber pasado dos horas llorando mientras abrazas tu almohada.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Xóchitl Lagunes. Fotografía de Víctor Benítez.

Algo que sin duda me gusta de la literatura y el paso del tiempo es cómo lo que leemos es un reflejo de la época y el pensamiento de un autor y su contexto. Un ejemplo que me viene a la mente para explicar esta idea es El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa, una novela basada a principios de los 90s donde exhibe de manera muy cruda la precarización de los latinos en Europa, así como los asiáticos y africanos que migran en busca de una vida mejor. Como atrapada en el tiempo, la novela puede remontarnos a una época y un contexto que hoy no nos resulta ni siquiera ajenos pero al mismo tiempo deja todo lo demás en su respectivo tiempo, sin teléfonos celulares ni internet. Donde la comunicación era con teléfonos de cabina y algunas cartas.

Hace unos meses leí Cenizas en la boca de Brenda Navarro que si bien es distinta, el reflejo de la precarización de latinos migrantes en España es muy similar; es la violencia y la discriminación un sesgo definitorio en la relación entre europeos y migrantes que no se puede negar al paso del tiempo. Sin embargo, más que hablar de los problemas sociales, una cosa que me parece que encabeza la temporalidad de ambas obras es el uso de la tecnología. La explotación de los migrantes en los 90s es una cloaca donde se lavan infinitos trastes por apenas unas monedas, sin ninguna clase de derechos laborales, mientras que hoy pareciera que la explotación es mucho menos clandestina. Cenizas en la boca en algún momento habla de cómo utilizan dos o más personas, si no mal recuerdo, una aplicación de delivery para trabajar y sacarle provecho la mayor cantidad de horas posibles. Es quizás la manera en la que la tecnología nos va situando en una temporalidad mucho más precisa de una obra pero también nos da pauta del estrato social y el contexto de quién las usa.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Sin duda esto mismo brincó en mí como una reflexión cuando leía Aprovéchate de mí de Xóchitl Lagunes, que ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas 2020 y que recientemente publicó Tierra Adentro, pues algo que me parece interesante de este libro es precisamente su lenguaje y la temporalidad de sus personajes.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

En una época en la que existen los teléfonos inteligentes y el streaming, los personajes de Xóchitl habitan una ciudad que no es el epicentro de la capital, sino una localidad con su propio ritmo y sus costumbres, “se pasan” canciones por WhatsApp como si al mismo tiempo no existiera spotify, exploran en google y YouTube como una enciclopedia del mundo. Estudian y trabajan, beben cerveza los fines de semana. Me interesa mucho que los personajes de esta novela están simplemente existiendo en su realidad sin ninguna pretensión, una realidad donde quizás sus valores estén condicionados por la sociedad machista en la que vivimos y la diversidad sexual sigue siendo un tabú de esos pequeños entornos familiares, una realidad que quienes estamos lejos de ella, podemos verla y formar parte mientras leemos y entendemos más de estos personajes tan complejos como humanos.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

A propósito de esta novela, platiqué con Xóchitl para saber más de esta visión suya al escribir. Un mundo literario como el que nos rodea hoy en día hace que muchas novelas se parezcan entre sí, aún cuando los elementos de esta novela podrían hacernos concluir que es una novela de amor, a mí me parece que también es una novela de resistencia. Los elementos que me permiten decir esto es justamente mostrar la complejidad de las tramas que viven distintas personas en temas que nos pueden resultar tan comunes como la diversidad sexual y que para algunos sigue siendo un complejo social.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Comienzo preguntándole a Xóchitl qué piensa de la literatura de sus contemporáneos. Qué le parece que es lo que hace ella a diferencia de lo que está leyendo.

XL: Creo que ya no conecto con lo que he leído últimamente de los grandes sellos editoriales porque ya entiendo, sobre todo ahora al darme mi lugar como lectora y como mujer además de mujer que escribe, que había un cierto fanatismo en algún momento en el que una leía por el renombre de un autor. Hoy podría decir que es hasta un acto político decidir qué leer.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: Me parece que hoy en día tener una comunidad de autores es lo que permite el diálogo. Platicaba con más personas sobre esto y creo que algo que le hace mucho bien a la conversación sobre la literatura hoy en día son los festivales literarios. Para que exista la crítica son necesarios estos encuentros donde se debate la literatura y la creación, los rumbos, las conversaciones también en torno a la industria. Sin embargo, también es cierto que carecemos de estos espacios aunque parezca que hay muchos. La conversación se resume casi siempre apenas a un puñado de autores, o quizás es que hay tantos que la conversación entonces parece cíclica. Me parece relevante saber qué piensan las autoras jóvenes que se reúnen y tienen talleres para leer y para escribir.

XL: Acabo de leer un libro de Olivia Teroba que se llama Un lugar seguro, es una colección de ensayos. Creo que es en el primer ensayo donde ella habla de esta ausencia de genealogía femenina para las escritoras, porque los casos de escritoras muy reconocidas en cuanto a las referencias que tenemos, por ejemplo, del boom latinoamericano básicamente solo tenemos a Elena Garro. Entonces ella explica o se pregunta ¿Dónde me encuentro? ¿Dónde estoy representada? Y esas mismas preguntas nos las hemos hecho todas. Sobre todo cuando me di cuenta que si yo seguía leyendo a García Márquez o a Vargas Llosa, la única representación que había de mí en esos libros iba sobre la mujer que se dejaba golpear.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: La representatividad me parece súper importante. Creo por supuesto que la lectura y la escritura son actos políticos. Hoy mismo me pregunto si después de leer con perspectiva de género no hay retorno. Pienso que hay grandes libros como La Fundación donde en efecto, al leerlo uno se topa con la reflexión que acabas de plantear, la representatividad de la figura femenina es prácticamente inexistente. Me pregunto también si eso convierte en automático a estos libros en malos libros. Si eso les quita su valor literario.

XL: Estos “grandes” libros no tienen en común el género sino el arco dramático. Repiten el arquetipo del viaje del héroe y hay una correlación siempre entre la época en la que estás creando arte y obviamente los productos que estás creando en ese momento, y todo esto es reflejo de un inconsciente tanto individual como colectivo. Entonces, como Joseph Campbell lo dijo en algún momento, en el viaje heroico del hombre, las mujeres tienen solo una función pasiva: la mujer tiene que ser o la diosa que gesta al héroe, la diosa con la que se casa, o la recompensa. Pero después vino la idea de romper con ese mito del viajero heroico masculino y viene el viaje heroico femenino, donde tiene que ver más con tu propia emancipación.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Este viaje interno del que habla Xóchitl inmediatamente me hace pensar en Clarice Lispector, creo que sus cuentos justamente son una reconquista de su propio ser, de cómo ir hallando la certeza de sí misma. Quizás es por eso que me pongo a pensar en cómo se han construido esos personajes de Aprovéchate de mí. Que si bien son dos personajes masculinos, la representatividad de Xóchitl como escritora me parece que está al plasmar esas mismas estructuras patriarcales que someten a unos y a otros. Es decir, que no es un tema que someta exclusivamente mujeres sino también a hombres.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

El personaje de Manuel es justamente ese hombre que hace todo lo malo que los hombres pueden hacer: manipula emocionalmente, destroza ese primer deseo que tiene Santiago de que lo quieran, todo lo irresponsablemente afectivo que se puede ser, él lo es. Pero al mismo tiempo es él quien se le ofrece a Santiago, él es el pasivo.

Me parece que el desarrollo de sus personajes logra una verdadera comunión entre el pensamiento de Xóchitl y la novela, con estos personajes claroscuros en pleno descubrimiento de sí mismos, con los deseos y pasiones que cualquiera puede experimentar. La contradicción permanente de la incertidumbre del amor, así como una poderosa voz narrativa que pone en un contexto y una época muy precisa todo lo que sucede en la novela. Aprovéchate de mí es justamente una ventana donde cualquier persona podría identificar los patrones equívocos de las relaciones no sanas, o donde simplemente podemos sentirnos identificados en nuestros deseos más próximos por ser queridos y aceptados.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

 

No es imposible saber las razones que llevaron a Sam Walton a fundar, el 2 de julio de 1962, la que sería la compañía pública más grande del mundo: Walmart. Si lo pensamos en el presente, la imagen que proyecta el supermercado en nuestra mente es mucho más amplia —un gigante en donde nos abastecemos de lo más básico para poder vivir, una fábrica de alimentos y ropa, un bunker que está sustituyendo a los cajeros con máquinas de cobro que uno mismo puede operar, un monopolio que poco a poco va comprando a pequeñas compañías que buscaban su propio espacio en el mercado—. Sin embargo, la idea original era relativamente sencilla: abrir un almacén de descuentos en el cual vender ciertos productos a un precio accesible, casi siempre más bajo que en otros lugares. Y si tuviera que decirlo de otra manera: encontrar una forma de hacer crecer un negocio familiar.

La historia comienza más o menos así: en 1945 Sam Walton, un prominente empresario y militar oriundo de Oklahoma, decide abrir una tienda departamental que no solo fuera eso, sino que además integrara abarrotes y productos de limpieza. Todo en un mismo lugar. Para hacerlo, compró una franquicia de la cadena Butler Brothers en Newport, Arkansas con ayuda de su suegro y los ahorros que había obtenido por pertenecer al ejército. Un total de 25 mil dólares por un terreno de 5000 metros cuadrados, aproximadamente. Ahí, Walton implementó ciertas estrategias ¿de negocios? que lo ayudaron a que el supermercado se convirtiera en lo que es: anaqueles repletos de productos, todos de distinta marca, a precios bajos; horarios más extensos que los de la mayoría, sobre todo en temporadas especiales como navidad; y, tal vez la más importante por los efectos que tuvo: rebajó los precios de los productos comprando mercancía en lotes completos a proveedores económicos.

Con el tiempo, Walton fue abriendo otras tiendas utilizando el mismo método: con el fin de ser más competitivo, rebajaba tanto los precios que, al principio, no tenía tanto margen de ganancia. Pero le bastaron cinco años para que abriera Walton’s 5 & 10 en Bentonville, Arkansas, y se volviera un éxito. Luego de eso, no pasó tanto tiempo para que buscara otros terrenos para hacer lo propio. Finalmente, en 1962 abrió la primera tienda bautizada como Walmart en Rogers, Arkansas, con una fórmula perfeccionada que permitió, entre otras cosas en apariencia, involucrar a los trabajadores en las utilidades de la empresa.

No puedo saberlo con certeza, pero cuando Walmart llegó a México en 1991, imagino que varias familias, sobre todo de la clase media, esperaban comprar —con aquellas ansias que solo provoca el consumo y el capital— toda la oferta de productos que el supermercado tenía para ofrecer. Sobre todo porque llegó en un contexto en el que ya se discutía un posible tratado comercial con Estados Unidos, y lo que Walmart vendía era la posibilidad de elegir, entre tantas cosas, la que es mejor para nosotros, para la vida que estamos decidiendo vivir. Y qué es mejor para nosotros sino algo que nadie más puede tener. Para quienes viajar era un tanto imposible, que Walmart abriera sucursales en nuestro país significaba estar un poco más cerca de un estilo de vida que llamaba la atención por inaccesible.

Anatomía del comprador de Walmart

Aunque el primer supermercado del mundo abrió sus puertas en 1916 en algún rincón de Tennessee, Walmart cambió la forma de pensar (y pensarnos en) estos lugares. No se puede saber cuánto tiempo exacto se gasta en una salida al súper, pues solemos creer que es una actividad tan rutinaria que no ocupará gran parte de nuestro día y, sin embargo, reservamos los domingos familiares para hacer las compras de la semana. Lo que sí podemos saber es lo que hacemos una vez que estamos dentro: merodear por cada uno de los dieciocho pasillos, repasando los productos que hay, contando el dinero en la mente para saber si nos alcanza para todo lo que queremos o no.

Hay estudiantes universitarios que lo visitan, de entrada por salida, cuando hay que hacer rendir el dinero. Hay quienes solo pasan por el pasillo de bebidas, supongo porque es el único lugar en Monterrey donde encontrar agua embotellada o refrescos con o sin azúcar, o bebidas energizantes, o Electrolit o Suerox de todos los sabores (hasta los que deberían descontinuar como el de coco). Hay quienes conocen como la palma de su mano en dónde encontrar tal o cual cosa: las amas de casa, como lo fue durante mucho tiempo mi abuela, saben en dónde encontrar el puré de manzana, las chuletas ahumadas o el arroz precocido, tan bien como quien recorre ese lugar más de una vez a la semana y solo entonces podía ganársele al ocio y a la dispersión. Otros, como yo, nos paseamos por los artículos del hogar o por la papelería para ver si algo puede mejorar nuestros métodos de organización. La elección del pasillo en que se encuentre cada quien no es tan distinta a decidir la carrera universitaria que vamos a estudiar.

En su ensayo “Paseos por el supermercado“, Valeria Mata menciona que “Como asociamos los supermercados al ámbito doméstico, obviamos su existencia sin sospechar que forman parte de nuestras memorias infantiles y adultas, y que en ellos se escenifican encuentros, disturbios, deseos y emociones”, lo que me hace pensar en toda la vida que pasamos dentro de estos espacios. Cuando nuestros padres nos llevan por primera vez a Walmart juran que no nos van a comprar nada, o cuando el clima de la visita es generosa y nos sentencian con solo agarrar un dulce, o cuando de niños nos perdemos en los pasillos que de pronto se vuelven un camino sin salida y una trabajadora tiene que vocear nuestro nombre para que nos encuentren.

Es curioso indagar en las razones por las que nos perdemos entre el pasillo de artículos para el hogar y el de ropa para toda la familia en Walmart. De niña me daba tanto pavor perder de vista a mis padres que, cuando íbamos al súper, contaba los pasos que habíamos dado desde el coche hasta la entrada para que, si es que los perdía, supiera cómo regresar al estacionamiento, asegurándome de que no se fueran sin mí. Era un método riguroso y, sin embargo, poco efectivo. Al pasar la puerta de entrada, mi antojo me traicionaba: quería un cereal de Oreos mini, quesitos Babybel, la barbie aeromoza y un set nuevo de plumones Crayola. Olvidaba el número de pasos casi inmediatamente. Aunque la fobia al abandono estaba latente en cada poro de mi piel, lo cierto es que cada pasillo escondía tras de sí la oportunidad de ser otra persona: ¿y si me compraba una nueva libreta?, ¿y si empezaba una dieta con yogurt griego?, ¿y si cambiaba de desodorante para oler más rico?, ¿y si me convertía en esas personas que solo consumen leche de avena? La respuesta a estas preguntas dependía, en buena medida, de lo que decidiera agarrar en Walmart y de lo que mis papás aceptaban comprarme.

Aunque me consolaría saber que perderse en un súper sea una práctica innata del mexicano promedio, lo cierto es que debe pasar en todos lados. Todos los humanos del planeta somos propensos a creer entender el orden y acomodo de un Walmart para, luego de una ridícula escena, tener que textear a nuestro acompañante un humillante dónde estás. Es imposible saber si así funciona para todos, pero un Walmart puede ser la habitación dentro de casa en la que nos refugiamos cuando todo se derrumba: una vez en Argentina tenía tantas ganas de llorar que decidí ir al súper y dejar que las lágrimas, a falta de un abrazo, me dijeran qué comprar —me terminé llevando una caja de alfajores y un Bailey’s—. También puede ser el espacio de reflexión que necesitamos de vez en cuando, sobre todo cuando vivimos en diminutos departamentos que apenas tienen cocina: para escribir este ensayo necesité de unas tres visitas al Walmart en las que tuve que comprar cosas que no necesito —una cajita de bálsamos labiales, unas Pastisetas y un dip de cebolla francesa—, pero que me sirvieron para indagar no solo en mi propio antojo sino en mi falta de voluntad para ir a un lugar y no comprar absolutamente nada.

Pensándolo bien, un Walmart es igual de importante que un hospital. En las revueltas de Chile en 2019, los primeros lugares en ser testigos del control y militarización del Estado fueron los Líder (que es como Walmart bautizó a sus sucursales sureñas), hubo —según la televisión, que es como decir según alguien a quien le conviene— tantos saqueos que no quedó de otra más que limitar la entrada y salida de estos lugares. Uno tenía que hacer filas de hasta tres horas para que lo dejaran pasar y hacer el súper en tan solo 40 minutos, en medio de una crisis real (las manifestaciones sucedían todos los días, casi a la misma hora y el desenlace era casi siempre el mismo: un búnker de agua sucia y bombas de gas pimienta descongestionando a los participantes). Ir al súper se convirtió, en ese entonces, en una especie de realidad alterna: mientras afuera unos disparaban y otros morían, la mayoría iba al Walmart con la esperanza de que ahí la guerra no se sintiera.

¿Qué pasillos son los que recorrería alguien que tiene miedo de no volver? ¿Cuáles son los que evitarían aquellas jóvenes que bloquearon los torniquetes del metro y dos años después, cambiaron la Constitución chilena completa? ¿Qué productos se llevará una extranjera que no entiende bien a bien qué sucede pero sabe, porque lo enfrenta, que el Walmart o Líder podría no volver a abrir? ¿Qué compraran los milicos, esos que posaban con sus metralletas en la entrada y que dejaron ciegos a cientos de manifestantes? La democracia walmartiana no tiene un límite claro (un milico asesino puede comprar un Gatorade para hidratarse, pero no vaya a entrar alguien con desaliñado por un sándwich porque entonces hay un guardia detrás de él que le sigue el paso), eso sí: hay de todo para “todos”.

Como pasa cuando nos asumimos trabajadores sin seguro de gastos médicos, cuando compramos la despensa con nuestro primer salario nos topamos, de frente y de golpe, con una vida independiente en la que el queso y las aceitunas son un lujo que hay que atesorar con cuidado, la carne de res un producto de ocasión tan especial como que haya visitas en casa y que el vino es mejor comprarlo en promoción 2×1. Por eso dicen que no hay que ir al súper con hambre, porque corremos el riesgo de saborear antes de tiempo las ofertas que nos hacen peones de los peores productos para nuestra salud.

Pero no hay nada peor que un Walmart con el potencial de convertirse en un espejo de nuestros miedos: no quiero que llegue el día en que no tenga dinero para pagar un kinder delice o para un paquete grande de pan blanco, medio kilo de jamón de pavo y un paquete de queso gouda o, lo que más miedo me da, el papel de baño. Qué vergüenza llegar a pagar con menos dinero del que marca la caja y tengamos que seleccionar qué dejar, esperando que los compradores de la fila no nos juzguen por nuestra decisión o por hacerles esperar aún más tiempo. No nos imaginamos una ciudad sin el acceso a estas bodegas porque son el símbolo de civilización que hemos adoptado y con el que nos hemos acomodado a través de los años.

Más de una vez he fantaseado en quedarme a vivir en un Walmart. ¿Y si me escondo detrás de los refrigeradores de la salchichonería hasta que apaguen las luces y cierren las puertas? De hambre no moriría, de aburrimiento es probable que tampoco. Me he imaginado las madrugadas en que, en lugar de ir al refri de casa donde no hay mucho que escoger, voy al pasillo de dulces para agarrar de los chocolates rellenos de rompope, o una bolsa grande de papas Chips fuego, o una Coca-cola bien fría, o uno de esos panes —horribles a menudo— que venden en la panadería y sirven para saciar el hambre.

Pero ahí, en un lugar que asociamos a lo conocido, al calor del hogar, a la sazón de la abuela, al premio que papá nos regalaba, también suceden prácticas crueles que resumen el estado de la mayoría de las cosas que nos rodean: desigualdad, abuso, discriminación. Ya lo decía Valeria Mata:

Fuera de nuestra vista, sin embargo, tiene lugar un proceso industrial bastante oscuro, pero cubierto por capas de plástico. Las desigualdades y abusos a lo largo de las cadenas globales de suministro de alimentos se disimulan bajo el barniz de civismo y orden que impera en un súper.

Pensar al Walmart como un tirano tiene que ver con que cada vez más personas, tal vez jóvenes, evitan pisar un tianguis. No sé si existe la idea en la mente de las personas, pero algo me dice que es porque en una ida al Walmart nos ahorramos distintas salidas (ya no vamos a la panadería, ni a la papelería, ni a la cremería, ni a la pollería. Walmart nos ahorró esos locales y los convirtió en líneas rectas con anaqueles llenos) y en un mundo en el que no tenemos tiempo, ahorrar el que sea —para seguir produciendo, para no parar la circulación del capital— siempre es buena idea.

Un Walmart tal vez no acabe con las tiendas de abarrotes que otrora ocupaban esquinas de la ciudad, pero sí aquellas calles cerradas con techos rosados y mesas hechas con tablas de madera sobre las cuales hay manteles rayados azules o rojos. Ese otro paisaje citadino que preferimos ignorar —sabiendo que dentro de los tianguis la calidad de ciertos productos es mejor y el precio, incluso, más barato— porque solo hay de un sabor, de una marca, de una sola bolsa.

Quizá por eso, por todas las veces que Walmart ha demostrado ser el avasallador que es (no resulta sorpresa que la compañía de Walton lidere las quejas ante Profeco), robarle no sea sino el saldo de una deuda de verdad histórica. Una vez alguien me enseñó el método perfecto para sacar un producto de la tienda sin pagarlo (y lo reproduzco aquí para quien lo necesite): lo que sea que quieras, déjalo al fondo de la bolsa ecológica que lleves —porque estás obligado a llevar una de esas bolsas— y no lo saques jamás, especialmente cuando llega la hora de pasar los productos por la banda eléctrica para que los registren. Entre los pliegues de la tela, cuando esta se arrugue, se formará el escondite ideal: cuando la tomes, asegúrate de que tu mano sostenga el producto y la bolsa parecerá vacía. Cuando me enseñaron a hacerlo, robé una Dos Equis lager; mi amiga, un pedazo de salmón ahumado de 250 gramos.

Ya no voy al súper a pensar cosas

En 2022 ya no vagamos por los pasillos mientras construimos un hogar en nuestra mente —en buena medida, los productos que compramos se basan en la idea que tenemos para nuestra casa: yo, por ejemplo, he decidido comprar leche Bové deslactosada porque los colores de sus cajas combinan con el resto de mi refri—, sino que a través de páginas de internet mal hechas, fotos con pésima iluminación y aplicaciones confusas que dejan de servir a la mínima provocación elegimos los productos que necesitamos para sobrevivir una semana más, unos quince días más.

De todas las actividades que murieron con la pandemia, ir al súper a reflexionar es de las más dolorosas. La maravillosa época en la que íbamos al súper a llorar, a pensar, a refugiarnos, a pasar tiempo de calidad con la familia se terminó porque, un buen día, un virus nos condenó a una vida a distancia, a reuniones o clases por Zoom, y a usar el clic como sinónimo de hola y adiós.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias
Ilustración realizada por Pinchi Necro

Uno de los retratos más precisos sobre Juan Rulfo lo ofreció Augusto Monterroso en su fábula El Zorro es más sabio, dedicada especialmente al autor jaliciense. En ella se cuenta la historia de un zorro que envuelto en aburrimiento, melancolía y necesidad económica, decide comenzar a escribir. Su primer libro fue excelente y el segundo aún mejor. Así, todo el mundo aplaudía sus libros y hablaban sobre ellos en todas partes. Los ojos académicos no distraían su mirada del zorro. En los cócteles lo cuestionaban constantemente sobre sus futuras obras. La fábula concluye: “El Zorro no lo decía, pero pensaba: ‘En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer’. Y no lo hizo.”

A veces reducida injustamente al papel de precursor del boom latinoamericano, la figura de Rulfo se volvió indeleble y los estudios críticos sobre la literatura de ficción rulfiana parecen no tener fin, a pesar de orbitar solamente en torno a diecisiete cuentos, compilados en El llano en llamas, 1953; y dos novelas: Pedro Páramo, 1955 y El gallo de oro, 1958 (publicada décadas después). Su obra ha trascendido, revolucionaria, convirtiéndose en una mina inagotable de la que se obtienen retratos, paisajes y tópicos de la vida y cultura mexicana posterior a la Revolución.

Su trayectoria vital, perturbada tempranamente por el conflicto cristero en que su padre fue asesinado, lo colocó en distintos lugares desde los que pudo observar y registrar los espacios rurales, con perspectivas distintas y complementarias. Nómada de los oficios, como agente del gobierno viajó a distintas zonas del país entre las décadas de los treinta y los cuarenta; como parte de la compañía de neumáticos Goodrich-Euzkadi, fue capataz y agente viajero; y como parte del Instituto Nacional Indigenista, jefe de publicaciones, y trabajó en distintos proyectos regionales.

Como consecuencia, en la intersección de los viajes y la constante actividad literaria, Rulfo comenzó a forjar una prodigiosa colección de paisajes. Fuesen descritos o construidos, documentados o inventados, los paisajes rulfianos se situaron en el corazón de su propuesta estética. Los paisajes, entendidos como el conjunto de elementos espaciales que son percibidos colectivamente y al que le ha otorgado un significado concreto debido a formas reconocibles particulares, necesitan un vehículo. En el caso de los paisajes de Rulfo fueron las representaciones fotográficas y literarias.

En su peregrinaje laboral por distintas zonas de México, su cámara Rolleiflex le fue indispensable. Por ello, era común asociar estrechamente la actividad fotográfica de Rulfo con su producción literaria, pero él fue el primero en hacer el deslinde. El oficio de escritor era muy distinto al oficio de fotógrafo. Eran actividades claramente distintas. En alguna entrevista le preguntaron si para él existía similitud entre ambos oficios y sentenció: “No la hay… Además, cuando yo tomaba fotografías no pensaba en la literatura, son dos géneros muy diferentes”. En todo caso, tanto su fotografía —paisajes, retratos y objetos arqueológicos— tienen una naturaleza antropológica que pudiera colocarlo como deudor de Carl Lumholtz o —como declara Victor Jiménez en el libro El fotógrafo Juan Rulfo— en diálogo con el estadounidense Paul Strand.

Como fotógrafo, Rulfo creó su propia versión del México profundo, misma que siempre fue un correlato en potencia de su narrativa. En ella, la visión del mundo rural, campesino, tradicional y violento, en tanto los ecos de la revolución y la guerra cristera no dejaban de ser parte de la vida colectiva, se materializaba una serie de espejismos en los que la mezclaban escenas prácticamente documentales con las manifestaciones más puras de lo sobrenatural. Estas imágenes se han configurado como un símbolo que las colectividades solemos asumir como parte del paisaje histórico de aquellos tiempos. Como bien anotó Juan Villoro, Rulfo tomaba situaciones de la vida rural y elementos del habla popular y los recreaba de forma en la que aparecen como más auténticas que el mundo de los hechos, aunque sean artificiales. A pesar de que Rulfo las percibiera como empresas distintas, la documentación y la ficción no deberían representar una contradicción insalvable.

Por ejemplo, en el cine, el género documental nació bajo el signo de la ficción. Las escenas mostradas en el primer documental de la historia —que este año cumple un siglo—, Nanook of the North, no fueron sino artificios que pudieran aclarar y mostrar la narrativa antropológica de su director Robert Flahery. La frontera siempre ha sido difusa en la literatura, y la fotografía no ha sido la excepción. Los productos documentales siempre esconden cosas e insinúan otras. Lo documental puede contener historias que en ningún medio ficticio pudieran aparecer. Y, en contraste, lo ficticio también es portador de una forma de conocer la realidad fáctica con mayor transparencia que lo que se registró documentalmente. En la convivencia de las obras narrativas con los discursos historiográficos emergen múltiples ejemplos, y la obra de Juan Rulfo siempre ha sido uno de los más poderosos: uno puede conocer mejor la historia popular y al México rural posrevolucionario leyendo El Llano en Llamas que adentrándose a un libro de historia sobre la época. Así, los paisajes de Rulfo emergen de sus obras y fotografías como un elemento híbrido en el que conviven rasgos fantásticos con las más genuinas muestras de registro de la cotidianeidad, así como se rompen las reglas del tiempo y el espacio, se muestra con precisión la vida campesina, las revueltas armadas y los sueños de sus habitantes.

En la narrativa de Rulfo, la construcción del contexto espacial ha sido un elemento angular en lo que hemos llamado “paisajes rulfianos”. En el caso de Pedro Páramo, además de contener la fiel representación del caos con el que se manifiesta la memoria colectiva, la atemporalidad de los símbolos, la convivencia de la muerte y la vida, el carácter protagónico de las ausencias y las consecuencias de la falta de amor, se pueden ubicar distintos paisajes que superan su cualidad de elemento recipiente. Los paisajes dejan de ser telón de fondo o proyecciones detrás de la acción humana. El cuidado que imprime Rulfo en la articulación de los lugares en los que habitan sus personajes sigue siendo ejemplar al día de hoy.

El clima árido de Comala, el veneno de las saponarias podridas, las cejas de los cerros, los astros inmóviles, la lluvia y las aves, y el olor a miel derramada son el correlato de las historias humanas. Si Pedro Páramo, vengativo, cruza los brazos para que Comala muera de hambre y se arruine, la resequedad del suelo, el silencio y la muerte constituyen la imagen del pueblo. Si la desolación y la oscuridad hunden al pueblo de San Juan Luvina frente los ojos del viajero, el paisaje provoca las mismas inquietudes con hostilidad: “Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.”

Rulfo solía otorgar ciertos rasgos de personalidad e intención a los fenómenos climáticos que eran parte de la atmósfera. Por ejemplo, la función de los aires y los vientos, vehículos de murmullos, de la cobija negra en Luvina y contrapunto del calor maldito; de la lluvia como eco de tristeza, que no deja de ser posible de fertilidad, incluso perceptible desde la ultratumba.

Comala no solo es un purgatorio en la tierra porque “todo parecía estar en espera de algo” ni por la comunidad de ánimas sin bendición que habitan el pueblo; el calor en Comala le daba un carácter infernal. Esta asociación es detectable de cierta forma, desde el inicio de la novela, en la que Abundio, el sordomudo que hablaba y escuchaba, acompaña a Juan Preciado a Comala en un acto caróntico. Pero es la canícula de agosto la que hace de Comala un lugar más caliente que el infierno. Dice Abundio, hijo y asesino de Pedro Páramo: “Con decirle que muchos de los que allí mueren al llegar al Infierno regresan por su cobija”.

La tierra árida, la infertilidad y su hostilidad no solo circundan a Comala, donde alguna vez hubo árboles, donde ahora solo quedan las hojas. En varios de los cuentos de El llano en llamas, es un común denominador. Sin embargo, la sequedad infinita toma forma de denuncia en Nos han dado la tierra. En este cuento, un puñado de campesinos atraviesan el Llano Grande, una porción de tierra que el gobierno les otorgó como parte del reparto agrario. La calidad de la tierra no importaba, lo fundamental era dotar de terrenos a los campesinos en el marco de una etapa no armada de la Revolución: “Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni los zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido donde nada se mueve y donde uno camina como reculando”. Este fenómeno tiene un correlato con el reconocimiento de que en gran parte, el reparto agrario posrevolucionario implicó la entrega de tierras no cultivables, desérticas, boscosas, trayendo consecuencias negativas al campesinado. El reparto agrario atendió a la promesa de justicia social emanada de la Revolución pero simultáneamente fue una herramienta de control social frente a las fuerzas revolucionarias en distintas regiones. Estas imágenes son la antítesis de la visión hiperfértil y de inmensas riquezas que asociaban a México con el cuerno de la abundancia, tradición que encuentra sus raíces en el poema Grandeza mexicana, compuesto por Bernardo de Balbuena en los albores del siglo XVII.

Es claro que en el plano de lo sensible el sonido fue privilegiado en la narrativa de Rulfo. El mosaico de sonidos es vasto, como el mosaico de retratos y animales que habitan los textos de Rulfo. Los murmullos indescifrables de los muertos, el universal ladrido de los perros, los pasos que rebotan en las rocas, las conversaciones y los pasos que los muertos escuchan —y comentan— desde su ataúd, el zumbido de los insectos y las campanadas perpetuas son parte de la constelación sonora rulfiana: “En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado”. En la obra de Rulfo, enclave en el reino de los paisajes sonoros, resulta curioso que, de hecho, el único cuento del Llano… que no hace referencia específica a lo que se escucha es ¡Diles que no me maten!

Sin embargo, en Pedro Páramo aparece una descripción que lleva al límite el acto de escuchar, confrontándolo con otras formas de lo sensible, de lo perceptible: “La madrugada fue apagando mis recuerdos. Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños. -¿Quién será? -preguntaba la mujer. -Quién sabe -contestaba el hombre”.

Los paisajes de Juan Rulfo son los de un México que transitaba a la modernidad. La tensión generada con la tradición no era sino un síntoma de los acelerados cambios que se dieron después de la Revolución. La reconstrucción de un país que se devastó con el conflicto revolucionario implicaba la forja de un Estado que evitara que las masas siguiesen en movilización violenta, legitimándose al cumplir las demandas que motivaron la Revolución. En la década de 1940, la consolidación de este Estado posrevolucionario, comenzó a enfocar el discurso de unidad nacional hacia el concepto de modernización. La Revolución se institucionalizó y la clase media se convirtió en los protagonistas en un mundo urbano de consumo y civilidad, frente al campesinado “atrasado”. La modernidad sucedía preferentemente en las grandes ciudades y se manifestaba en la industrialización de la economía.

Juan Rulfo fue parte de este reacomodo institucional. En la década de 1960 participó como editor y jefe de publicaciones del Instituto Nacional Indigenista. Esta agencia estatal buscaba articular la acción indigenista, que buscaba institucionalizar la integración de la población indígena a la vida moderna, así como su desarrollo económico, social y cultural. Fue resultado de un largo proceso en el que el Estado mexicano —en conjunto con las ciencias antropológicas—, se encargaron de buscar soluciones integrales a los problemas de la población indígena. Una característica del indigenismo de esta época fue que, en todos los casos, era maquinado y promocionado por sujetos no-indígenas. Este trabajo, así como su participación en años anteriores en la Comisión del Papaloapan, en la que visitó las comunidades indígenas de la cuenca en el marco del desarrollo regional, la construcción de infraestructura y la reubicación de los pobladores locales, le valió seguir conociendo la vida en los espacios rurales.

Los campesinos, los arrieros, las cocineras y los pistoleros, todos ellos hundidos en la más severa de las precariedades; los personajes de la narrativa rulfiana son los personajes de los márgenes; eran excluidos cuya extinción frente a la modernización era inminente. Sus imágenes y memorias hallaron refugio en las historias rulfianas. En un poema que Juan Rulfo escribió como parte de la película experimental La fórmula secreta (1965) de Rubén Gámez, parece predecir el destino de los recuerdos y símbolos de aquellos tiempos y espacios, de la vida en la marginalidad, de los paisajes de la escasez y de los espacios liminales en la que los fantasmas vivos patrullan las calles de los pueblos más silenciosos:

“Tal vez acaben desechos en espuma

o se los trague este aire lleno de cenizas

y hasta pueden perderse

yendo a tientas

entre la revuelta oscuridad.

Al fin y al cabo ya son puro escombro”


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Julissa Montiel

Resulta difícil pensar en una relación pacífica y hasta constructiva entre la ciencia y la fe por quienes hemos crecido en el ambiente reaccionario y conservador de ambas filas. El catolicismo del siglo XX, a pesar de los grandes esfuerzos de su facción progresista, quedó muy lejos de reconciliar tales discursos, y hoy día, también a pesar de los esfuerzos de órdenes como dominicos y jesuitas, sectores poderosos de la Iglesia lideran una campaña violenta contra las ciencias sociales y naturales nuestro siglo: las teorías de género y el ambientalismo son dos de sus blancos preferidos.

Ha habido tiempos, sin embargo, en los que la ciencia y la fe no sólo han logrado convivir sino incluso avanzar juntas. Algunos periodos de la Edad Media, por ejemplo, dan cuenta de esta sinergia. ¿De qué otro modo explicaríamos la fundación de la universidad, institución a cargo de preservar la cultura helenística al mismo tiempo que promovía el desarrollo de la exégesis bíblica, la teología, las matemáticas y la astronomía? Es verdad que no fue una constante, pero sí una actitud difundida en varias regiones europeas y durante no pocos siglos. Hablar de la escisión de la fe y la razón cabe, sobre todo, en el contexto moderno y protestante más que en el medieval y católico. Pero ése es otro tema. El ambiente en que se desarrolló Gregor Mendel fue uno de los últimos resquicios de esta relación simbiótica entre las ciencias y la teología, uno donde se vivía una disposición genuina hacia la investigación científica, motivada en ocasiones por la fe.

Nació Johan Mendel en el seno de una humilde familia católica de Brno, entonces parte del Imperio austríaco (hoy República Checa) el 20 de julio de 1822. De su infancia tenemos pocos datos, parece que nunca fue muy abierto en lo que concernía a su vida privada. Ingresó al noviciado de la Orden de San Agustín en el convento de Santo Tomás, donde profesó sus votos (y se cambió el nombre a Gregor) en 1843 y se ordenó sacerdote en 1847. Contrario a lo que suele pensarse, Mendel fue fraile, no monje; es decir, no estaba recluido en un monasterio, sino que podía tener contacto con el exterior.

Tuvo serias dificultades para dedicarse a la labor pastoral y un talante destacado para las ciencias, razón por la cual fue enviado a la Universidad de Viena a estudiar botánica, física y química. El Imperio austriaco gozaba entonces de una cierta estabilidad económica y política bajo el reinado de Francisco José —estabilidad que habría de terminar durante la Primera Guerra Mundial— y los auspicios de una clase política y clerical alentadora de las ciencias y las artes.

El convento de Santo Tomás estaba regido por la Regla de san Agustín, cuya filosofía prepondera el papel del conocimiento como herramienta para lograr una comprensión más profunda de la divinidad: “Tendimus per scientiam ad sapientiam” (“Vamos a la sabiduría por medio de la ciencia”), sentencia en el libro XIII del De Trinitate. En Agustín encontramos un ejemplo paradigmático de los esfuerzos por encaminar la fe y la razón hacia un mismo fin, característica del pensamiento patrístico. Prueba de ello es que el trabajo con los libros es un presupuesto de la Regla que se le atribuye. Y aunque fue también un agustino, Lutero, quien denunció a Roma por haber corrompido la Palabra de Dios en aras de la filosofía griega, lo cierto es que Mendel bebió de la filosofía agustiniana para desarrollar una convicción profunda de cercanía con lo divino a través de la investigación científica:

“Mendel fue un hombre de cultura cristiana y católica —afirmó Juan Pablo II—. Durante su vida, la oración y la alabanza sostuvieron la investigación y la reflexión de este paciente observador y genio científico. Basado en el ejemplo de su maestro, san Agustín, aprendió por la observación de la naturaleza y la contemplación de su Autor, a unir en un solo momento la búsqueda de la verdad y la certeza de ya conocerla en la Palabra Creadora”.

No sólo la comunidad religiosa de Mendel incentivó sus estudios. En la siguiente escala, el mismo clero austriaco defendía una mentalidad más liberal que la promovida por Roma bajo el pontificado de Pío IX. Durante el mismo tiempo que Mendel llevaba a cabo los experimentos fundacionales de la genética, el papa publicaba la encíclica Quanta cura y su apéndice, el Syllabus errorum, que condenaba ideas como la separación de la Iglesia y el Estado, el matrimonio civil, las libertades de culto, de prensa y de conciencia, y remataba condenando la propuesta de que “el Romano Pontífice pueda reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la cultura moderna”.

En este periodo ocurrió un encuentro entre Pío IX y Mendel, en septiembre de 1863, junto con otras 58 personas invitadas por el embajador austriaco. El encuentro se limitó a un intercambio de saludos. Todo indica que el papa, como el resto del mundo, ignoraba las investigaciones de Mendel en los jardines del convento de Brno, y que éste tampoco le comunicó a Pío IX sus hallazgos, que, dado el clima de la época, pudieran pasar por heterodoxos o incluso heréticos. No hacía muchos años, en 1859, que Darwin había publicado El origen de las especies, desatando violentas críticas de uno y otro lado del espectro religioso. No sabemos a ciencia cierta si Mendel aceptaba la teoría darwinista de la evolución.

La situación política en Roma era delicada y los Estados Pontificios terminaron cayendo bajo el reinado de Víctor Manuel II. En respuesta, Pío IX proclamó como dogma de fe que el papa es infalible cuando se pronuncia ex cathedra en materia de fe o moral. Las repercusiones políticas del dogma fueron nulas, la Santa Sede sólo recuperaría hasta 1929 una minúscula porción de territorio concedida por Mussolini, pero las repercusiones sociales y religiosas fueron desastrosas para la facción liberal de la Iglesia, donde se encontraba el clero austriaco, al que pertenecía Mendel, y dicho sea de paso, el alemán: Franz Brentano es quizá el caso más famoso de entre quienes abandonaron el sacerdocio luego de la proclamación dogmática de 1871.

Inspirado por su padre, un humilde campesino, Mendel había adecuado en los jardines del convento un espacio donde realizar sus estudios con chícharos, que presentó a principios de 1865 ante la Sociedad de Historia Natural de Brno y que publicó al año siguiente como Experimentos sobre hibridación de plantas. Las repercusiones de su trabajo fueron nulas. Tal fracaso condujo a su autor a recluirse en el convento, del que pronto fue nombrado abad.

Los últimos años de Mendel transcurrieron en medio de serias tensiones con el recién constituido Imperio austrohúngaro a raíz del requerimiento de un impuesto sobre conventos y monasterios, al que se opuso con vehemencia. Al mismo tiempo, hijo de una generación de clérigos ilustrados en decadencia —los jesuitas ganaban más y más batallas ideológicas a la cabeza de un movimiento reaccionario en la Iglesia—, Mendel se preocupada por mantener el convento de Santo Tomás como un centro de vitalidad cultural e intelectual. Uno de sus frailes, Pavel Krizkowsky, enseñó en el órgano adquirido por el mismo Mendel las primeras clases de música a un joven Leoš Janáček.

Aquejado por una nefropatía, el abad Gregor Mendel falleció en su convento el 6 de enero de 1884. Casi todas sus libretas y cartas fueron quemadas, eliminando así registros valiosos sobre la sensibilidad espiritual de su autor y sus posibles convicciones políticas y religiosas. Habrían de pasar algunas décadas, ya entrado el siglo XX, para descubrirse y valorarse el calado del padre de la genética, el llamado “jardinero de Dios”.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
Ilustración realizada por Martha E. Saint Martin

 

Belleza y honestidad,

y dolor y piedad vivientes en el mármol muerto,

por favor, ¿cómo pudiste hacerlo?,

no llores tan fuerte,

que antes del tiempo despertará de la muerte,

y no obstante, a pesar suyo,

Nuestro Señor es tu

esposo, hijo y padre,

única esposa su hija y madre.

Miguel Ángel Buonarroti

 

 

Julio, 1971

 

Laszlo Toth acaba de llegar a Roma. Se ha dejado crecer la barba y el cabello. No sabe una palabra de italiano y ha dejado Australia. Agota las calles de Roma para anunciar la buena nueva, aunque ese anuncio sólo lo hace en su cabeza. Piensa, mientras camina por la ciudad eterna cuál será la mejor forma de dar a conocerse al mundo, de que su verdad sea revelada. El estío romano lo cansa, el barullo de los turistas y el griterío de los romanos, también. Extenuado regresa al atardecer, casi a la hora en la que cierran las puertas que es a las veintiún horas, al dormitorio en el barrio Gianicolense que llevan unas monjas.

Ha pensado en revelarse a las monjas, decirles quién es y cuál es su función. Ellas, ha pensado, no lo dudaran; pero, se amonesta a sí mismo, si ellas todavía no lo reconocen es que no merecen recibir esa revelación.

Vuelve a sentirse aislado, como cuando en 1965 llegó a Australia y no sabía hablar inglés, tampoco reconocieron su título en geología que obtuvo en su natal Hungría. Ese tiempo cuando se resignó a trabajar en una fábrica de jabones. Pero esos recuerdos los espanta como a las moscas que lo importunan mientras trata de comerse el pan que compra para comer todo el día, a veces lo hace rendir para dos días. Esos recuerdos no son míos, se dice. Los descarta porque los considera indignos de la persona que es.

Hace poco más de un mes cumplió los treinta y tres años, una intuición que lo había acompañado se concretó y tuvo la seguridad de quien era. Pudo al fin escuchar con claridad la voz de Dios. Fue ella quien le ordenó que se dirigiera a Roma, la ciudad santa donde reside el papa. Y así tomó algunas cosas y sus ahorros y emprendió el viaje que lo ha traído hasta aquí.

A diferencia de los turistas no lo conmueven los vestigios de la ciudad imperial. Impávido lo deja el Coliseo y la Torre de Trajano, ni el Panteón, ni las columnas rotas del Foro lo conmueven. Le son indiferentes los gatos que maúllan a sus pies. Las iglesias le atraen no por su valor histórico o cultural, sino porque en ellas encuentra guía. Ahí puede escuchar la voz de Dios. Ahí espera que su voz lo guíe para hacer lo que le ha encomendado, como ya lo ha guiado para venir hasta aquí.

La respuesta, sin embargo, no la encuentra en lugar sagrado alguno, si no en un puesto de revistas. Un mediodía en el que buscaba una fuente para apagar la sed vio una fotografía en un periódico exhibido, cabe señalar que era el último que le quedaba al vendedor. Se acercó para ver la fotografía que le había llamado la atención cuando un hombre, cigarro en mano, lo compró. Pero Laszlo había alcanzado a ver la silueta que era la respuesta que estaba necesitando, la silueta del Santo Padre. A él era a quien debía a hacer el anuncio, a quien darle la buena nueva y que fuera él quien la diera a conocer urbe et orbi.

 

 

Agosto de 1498

 

El cardenal Saint-Denis, el embajador del rey francés ante la Santa Sede, acude a la casa de Meser Iacopo Galli a admirar las obras de un joven escultor. Le han contado que uno de sus colegas capelados compró una de sus obras, un cupido, que le hicieron pasar por una antigüedad de tiempos de los romanos, tal era la maestría con la que estaba fabricada, pero que cuando le revelaron que era obra de un joven florentino que vivía exigió la devolución de los ducados que pagó por ella y la devolvió; sin embargo, no pocos hicieron mofa del cardenal por su poco entendimiento del arte. Ahora está aquí en la casa del rico Galli que encomendó al joven florentino no una si no dos estatuas; una de las cuales es otro cupido.

El cardenal Saint-Denis se abánica para quitarse el calor mientras sigue a Galli a la sala donde colocó las esculturas. Al cardenal lo impresionan, piensa en la capacidad de ese escultor para que la piedra deje de ser piedra y parezca que esos seres de la mitología están por dar el paso. La figura grácil de Baco sosteniendo la copa lo admira. Es posible, se pregunta, que haya hombres que sean capaces de esto. Galli, con una sonrisa y las manos a la espalda, lo deja contemplar.

Viendo esa escultura puede desentenderse de sus obligaciones, que no son pocas. Alejandro VI y sus intrigas, las intrigas de los otros cardenales, de París, de Nápoles y hasta de Aragón. Todo se desvanece ante este dios seductor coronado de vid.

Algo así para ser recordado, piensa mientras aprieta un poco los labios, algo así para honra del señor. Poner a su servicio las manos habilidosas de un artífice así, es lo que ha decidido mientras contempla la escultura de Baco.

–¿Cómo se llama el artesano?

–Su Eminencia, es Miguel Ángel Buonarroti, joven florentino.

 

 

Invierno de 1971-1972

 

Laszlo sigue caminando por las calles de Roma, de tanto andarlas las podría recorrer con los ojos cerrados. Es la prueba que tengo que padecer, se dice. Es mi retiro en el desierto. Y sigue andando por la ribera del Tíber, envuelto en su gruesa chamarra azul, por las avenidas antiguas y modernas, sentándose a descansar en las iglesias, donde, cuando corre algún viento gélido, se puede guarecer del viento, pero no del frío.

Ninguna de las cartas que le ha escrito al Santo Padre han tenido respuesta. Repasa mentalmente las palabras con las que las escribió, la primera la escribió en húngaro, su lengua natal, fue la más cordial y la más sútil, al mes sin respuesta volvió a escribir, esa vez en inglés, la lengua en la que aprendió a comunicarse desde que llegó a Australia, a esa carta siguieron un par más, también escritas en inglés. Con el italiano que iba aprendiendo en la calle intentó redactar una carta y la mandó, un macararrónico texto que sólo Toth entendía. Aún hizo la prueba de escribir una carta en latín, pero sus intentos eran demasiado frustrantes para armar un texto adecuado en el que pudiera hacer su revelación.

Aguardó entre la multitud en la Plaza de San Pedro el mediodía de Navidad. Estaba seguro que Su Santidad iba a reconocerlo desde el balcón de las bendiciones, que extendería su pontífica mano hacia él y todos en la plaza se arrodillarían ante esa verdad evidente y proclamada. Pero Pablo VI bendijo sin hacer ninguna mención a Laszlo.

Lazslo vio cómo el papa dejaba el balcón y con él los cardenales diáconos y las otras personas que acompañaron al pontífice. La plaza se fue vaciando. Pero él siguió parado en el mismo sitio. ¿Por qué no me ha reconocido? Se preguntaba.

 

Agosto, 1499

 

Miguel Ángel deja la escultura y da unos pasos hacia tras para contemplarla. La imagen de la pérdida, eso es lo que quería conseguir y se siente satisfecho con los resultados, el orgullo crece dentro de él. Reprime la culpa que la produce ese pecado capital. Ya me confesaré, se dice, además es una obra para honra de Dios y la Santísima Virgen.

Se acerca a la figura que el cardenal Saint-Denis le dio cómo modelo, una pieza de madera de un palmo de alto, una rígida Santa María sostiene a Cristo, también rígido. Los rostros desproporcionados con respecto al resto del cuerpo, no es ese el arte que Miguel Ángel persigue, le interesa mostrar el cuerpo humano según lo entendían los antiguos.

En esas cavilaciones está cuando tocan a su puerta. El ayuda de cámara del cardenal Saint-Denis está a la puerta, Miguel Ángel ya ha tenido que vérselas con él, ha sido quien lo ha proveído de los fondos para hacer realizar la escultura que el cardenal le encomendó. El ayuda de cámara penas dirige una mueca de desdén a Miguel Ángel y camina hacia la escultura

–Tiene que saber que Su Eminencia ha muerto –sus pasos apresurados se detienen frente a la escultura–. El contrato que firmó con él sigue y vigente y el encargo ha de estar listo para antes de la próxima semana.

Miguel Ángel sabe ya que el cardenal ha muerto, las noticias vuelan, máxime cuando se trata de un príncipe de la Iglesia. En cuanto al plazo ese mismo ayuda de cámara no ha dejado de recordárselo, cada dos o tres semanas ha estado acudiendo a su taller para confirmar que él estuviera trabajo. Como si no fuera el artista que soy, piensa Miguel Ángel, como ha pensado cada vez que ese hombre le ha exigido que cumpla su labor, con el mismo orgullo que sentía momentos antes mientras contemplaba la escultura.

El ayuda de cámara se lleva las manos a la espalda, camina alrededor de la escultura.

–En cuanto esté terminada nos lo informará para enviar por ella.

Quiere irse, seguir con sus obligaciones para con Su Eminencia, que, aunque ido se tiene que preparar para su sepelio. Quiere irse, pero no puede creer que el florentino de nariz chueca hubiese logrado lo que está viendo con la piedra. Esa es la Virgen y ese es Cristo descendido de la Cruz, se dice. Observa el rostro resignado de Santa María, es la madre de Dios y es una madre que ha perdido a su hijo. ¡Por Dios! El hijo, vencido, arrebatado de la vida. Pero, se dice, es sólo piedra. Es sólo piedra.

–Tiene que estar terminada antes de una semana.

Dice para salir del embelesamiento y sale del taller de Miguel Ángel.

 

 

Domingo 21 de mayor de 1972

 

Laszlo, a pesar de ser ya primavera y que el frío ha desaparecido está envuelto en su gruesa chamarra azul. Está decidido, es domingo de Pentecostes, es el día propicio para revelarse. Camina por la Plaza de San Pedro decidido.

Entra a San Pedro. Se oficia una misa. Un momento de duda, piensa que todavía no ha hecho nada y que no hay necesidad de hacerlo. Está por dar un paso atrás, ir a su refugio. La posibilidad de regresar a Australia pasa por su mente, la posibilidad de que todo lo que está haciendo es una insensatez. Es muy sencillo, se dice, vuelve, da un paso atrás y… Pero no, esa es una tentación, es la debilidad de la carne, ya antes ha sentido, antes de ser Laszlo, la debilidad de ser un ser humano, la tentación de negarse a aceptar el destino por el que ha venido al mundo.

Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya, se dice.

Camina hacia la Piedad. Mientras se acerca siente la mirada de la virgen de piedra. Todavía está a tiempo de volver. No, debo hacerlo, se amonesta.

Brinca la barandilla que separa a los feligreses de la escultura. Saca el martillo de geólogo, el mismo que ha cargado consigo desde que dejó Hungría. Intenta treparse a la base de la escultura, pero se da cuenta que la chamarra le estorba. Se la quita.

La misa ha terminado y los feligreses comienzan a caminar hacia la salida.

Vuelve a hacer el intento y se trepa. La sangre se le agolpa en las sienes, el corazón le late desbocado. Se apoya en el hombro derecho de la virgen. Le da un golpe en el rostro, pero apenas hace una mella en la mejilla.

–¡Soy Jesucristo!

A su grito sigue un golpe certero en la nariz de la virgen, que salta por los aires.

–¡Soy Jesucristo, levantado de entre los muertos!

Sus gritos desconciertan a la gente en su camino a la salida. Un nuevo golpe sobre la ceja.

Un bombero que ha ido a la misa con su mujer se detiene y brinca la barandilla.

–¡Soy Jesucristo!

Laszlo sigue lanzando golpes contra el rostro y cuerpo de la Virgen.

Un turista toma su cámara para captar el destrozo. Otro hombre sigue al bombero, quien ya está jalando de los pies a Laszlo.

–¡Soy Jesucristo, levantado de entre los muertos!

Da un golpe al brazo izquierdo de la virgen que se desprende de la escultura.

El bombero logra treparse a la base de la escultura y sostiene el brazo de Laszlo, con la ayuda del otro hombre que saltó la barandilla lo hacen bajar y lo inmovilizan.

Quince golpes logró asestarle a la Piedad, los trozos de mármol yacen a los pies de todos, algunos han sido pisados. Una piadosa señora que asiste a misa día con día a San Pedro toma un trozo y lo guarda. Un turista inglés también guarda su pedacito de Piedad.

 

 

Lunes 22 de mayo de 1972

 

Su Santidad camina seguido de algunos de sus ensotanados funcionarios y de las cámaras de televisión, lleva consigo un ramo de flores. Observa la Piedad mutilada. Coloca el ramo de flores en la barandilla. Se hinca frente a la escultura, todo el daño lo recibió la figura de la Virgen, su juvenil rostro ha quedado sin la punta d ella nariz y cargada de las huellas del martillo, sin un brazo. Sigue siendo bella, se dice Su Santidad.

Ya ha ordenado que se condecore al bombero que ayudó a detener al sacrílego que cometió esta atrocidad. También pidió que se reunieran a los expertos para restaurar la pieza, esa fea palabra utilizaron ellos. Así se refieren a una escultura de Miguel Ángel, se dice, y no sólo eso, a la imagen de la Virgen doliente con Cristo descendido de la cruz.

El santo padre murmura algunas oraciones, deja que las cámaras lo capten condolido por el sacrilegio, se persigna y parte a sus pontificias obligaciones.

 

 


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

Ilustrador
Martha E. Saint Martin
Martha Saint es una historiadora del arte que se dedica a la ilustración. Le gustan las cosas feas y la pizza con piña. Su nombre de ilustradora, Sushi con K-tsup, emerge bajo la necesidad de crear desde la ternura, la vulnerabilidad y la sinceridad más profunda. Ella es originaria de la Ciudad de México; actualmente radica en Montréal.
Retrato de Benito Juárez. Palacio Nacional. Ciudad de México. Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)

Los primeros años

En 21 de marzo de 1806 nací en el pueblo de San Pablo Guelatao de la jurisdicción de Santo Tomás Ixtlán en el estado de Oaxaca. Tuve la desgracia de no haber conocido a mis padres Marcelino Juárez y Brígida García, indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron, habiendo quedado con mis hermanas María Josefa y Rosa al cuidado de nuestros abuelos paternos Pedro Juárez y Justa López, indios también de la nación zapoteca. Mi hermana María Longinos, niña recién nacida pues mi madre murió al darla a luz, quedó a cargo de mi tía materna Cecilia García. A los pocos años murieron mis abuelos; mi hermana María Josefa casó con Tiburcio López del pueblo de Santa María Yahuiche; mi hermana Rosa casó con José Jiménez del pueblo de Ixtlán y yo quedé bajo la tutela de mi tío Bernardino Juárez, porque de mis demás tíos, Bonifacio Juárez había ya muerto, Mariano Juárez vivía por separado con su familia y Pablo Juárez era aún menor de edad.

Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué, hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano, y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre y muy especialmente para la clase indígena adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica, me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme. Estas indicaciones y los ejemplos que se me presentaban de algunos de mis paisanos que sabían leer, escribir y hablar la lengua castellana y de otros que ejercían el ministerio sacerdotal, despertaron en mí un deseo vehemente de aprender, en términos de que cuando mi tío me llamaba para tomarme mi lección yo mismo le llevaba la disciplina para que me castigase si no la sabía; pero las ocupaciones de mi tío y mi dedicación al trabajo diario del campo contrariaban mis deseos y muy poco o nada adelantaba en mis lecciones. Además, en un pueblo corto como el mío, que apenas contaba con veinte familias y en una época en que tan poco o nada se cuidaba de la educación de la juventud, no había escuela, ni siquiera se hablaba la lengua española, por lo que los padres de familia que podían costear la educación de sus hijos los llevaban a la ciudad de Oaxaca con este objeto, y los que no tenían la posibilidad de pagar la pensión correspondiente los llevaban a servir en las casas particulares a condición de que los enseñasen a leer y a escribir. Éste era el único medio de educación que se adoptaba generalmente no sólo en mi pueblo sino en todo el distrito de Ixtlán, de manera que era una cosa notable en aquella época, que la mayor parte de los sirvientes de las casas de la ciudad era de jóvenes de ambos sexos de aquel distrito. Entonces, más bien por estos hechos que yo palpaba, que por una reflexión madura de que aún no era capaz, me formé la creencia de que sólo yendo a la ciudad podría aprender, y al efecto insté muchas veces a mi tío para que me llevase a la capital; pero sea por el cariño que me tenía, o por cualquier otro motivo, no se resolvía y sólo me daba esperanzas de que alguna vez me llevaría.

Por otra parte, yo también sentía repugnancia separarme de su lado, dejar la casa que había amparado mi niñez y mi orfandad, y abandonar a mis tiernos compañeros de infancia con quienes siempre se contraen relaciones y simpatías profundas que la ausencia lastima marchitando el corazón. Era cruel la lucha que existía entre estos sentimientos y mi deseo de ir a otra sociedad nueva y desconocida para mí, para procurarme mi educación. Sin embargo, el deseo fue superior al sentimiento y el día 17 de diciembre de 1818 y a los doce años de mi edad me fugué de mi casa y marché a pie a la ciudad de Oaxaca a donde llegué en la noche del mismo día, alojándome en la casa de don Antonio Maza en que mi hermana María Josefa servía de cocinera. En los primeros días me dediqué a trabajar en el cuidado de la grana, ganando dos reales diarios para mi subsistencia mientras encontraba una casa en que servir. Vivía entonces en la ciudad un hombre piadoso y muy honrado que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros. Vestía el hábito de la Orden Tercera de San Francisco y aunque muy dedicado a la devoción y a las prácticas religiosas era bastante despreocupado y amigo de la educación de la juventud. Las obras de Feijoo y las epístolas de san Pablo eran los libros favoritos de su lectura. Este hombre se llamaba don Antonio Salanueva, quien me recibió en su casa ofreciendo mandarme a la escuela para que aprendiese a leer y a escribir. De este modo quedé establecido en Oaxaca en 7 de enero de 1819.

En las escuelas de primeras letras de aquella época no se enseñaba la gramática castellana. Leer, escribir y aprender de memoria el Catecismo del padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de instrucción primaria. Era cosa inevitable que mi educación fuese lenta y del todo imperfecta. Hablaba yo el idioma español sin reglas y con todos los vicios con que lo hablaba el vulgo. Tanto por mis ocupaciones, como por el mal método de la enseñanza, apenas escribía, después de algún tiempo, en la cuarta escala en que estaba dividida la enseñanza de escritura en la escuela a que yo concurría. Ansioso de concluir pronto mi ramo de escritura, pedí pasar a otro establecimiento creyendo que de este modo aprendería con más perfección y con menos lentitud. Me presenté a don José Domingo González, así se llamaba mi nuevo preceptor, quien desde luego me preguntó en qué regla o escala estaba yo escribiendo. Le contesté que en la cuarta… “Bien —me dijo—, haz tu plana que me presentarás a la hora que los demás presenten las suyas.” Llegada la hora de costumbre presenté la plana que había yo formado conforme a la muestra que se me dio, pero no salió perfecta porque estaba yo aprendiendo y no era un profesor. El maestro se molestó y en vez de manifestarme los defectos que mi plana tenía y enseñarme el modo de enmendarlos, sólo me dijo que no servía y me mandó castigar. Esta injusticia me ofendió profundamente no menos que la desigualdad con que se daba la enseñanza en aquel establecimiento que se llamaba la Escuela Real, pues mientras el maestro en un [cuarto] separado enseñaba con esmero a un número determinado de niños, que se llamaban decentes, yo y los demás jóvenes pobres como yo estábamos relegados a otro departamento bajo la dirección de un hombre que se titulaba ayudante y que era tan poco a propósito para enseñar y de un carácter tan duro como el maestro.

Disgustado de este pésimo método de enseñanza y no habiendo en la ciudad otro establecimiento a qué ocurrir, me resolví a separarme definitivamente de la escuela y a practicar por mí mismo lo poco que había aprendido para poder expresar mis ideas por medio de la escritura aunque fuese de mala forma, como lo es la que uso hasta hoy.

Entretanto, veía yo entrar y salir diariamente en el Colegio Seminario que había en la ciudad a muchos jóvenes que iban a estudiar para abrazar la carrera eclesiástica, lo que me hizo recordar los consejos de mi tío que deseaba que yo fuese eclesiástico de profesión. Además, era una opinión generalmente recibida entonces, no sólo en el vulgo sino en las clases altas de la sociedad, de que los clérigos, y aun los que sólo eran estudiantes sin ser eclesiásticos, sabían mucho, y de hecho observaba yo que eran respetados y considerados por el saber que se les atribuía. Esta circunstancia, más que el propósito de ser clérigo, para lo que sentía una instintiva repugnancia, me decidió a suplicarle a mi padrino (así llamaré en adelante a don Antonio Salanueva porque me llevó a confirmar a los pocos días de haberme recibido en su casa), para que me permitiera ir a estudiar al Seminario, ofreciéndole que haría todo esfuerzo para hacer compatible el cumplimiento de mis obligaciones en su servicio con mi dedicación al estudio a que me iba a consagrar. Como aquel buen hombre era, según dije antes, amigo de la educación de la juventud, no sólo recibió con agrado mi pensamiento sino que me estimuló a llevarlo a efecto diciéndome que teniendo yo la ventaja de poseer el idioma zapoteco, mi lengua natal, podía, conforme a las leyes eclesiásticas de América, ordenarme a título de él sin necesidad de tener algún patrimonio que se exigía a otros para subsistir mientras obtenían algún beneficio. Allanado de ese modo mi camino entré a estudiar gramática latina al Seminario en calidad de capense, el día 18 de octubre de 1821, por supuesto, sin saber gramática castellana, ni las demás materias de la educación primaria. Desgraciadamente, no sólo en mí se notaba ese defecto sino en los demás estudiantes, generalmente por el atraso en que se hallaba la instrucción pública en aquellos tiempos.

Comencé pues mis estudios bajo la dirección de profesores, que siendo todos eclesiásticos, la educación literaria que me daban debía ser puramente eclesiástica. En agosto de 1823 concluí mi estudio de gramática latina, habiendo sufrido los dos exámenes de estatuto con las calificaciones de Excelente. En ese año no se abrió curso de artes y tuve que esperar hasta el año siguiente para empezar a estudiar filosofía por la obra del padre Jaquier; pero antes tuve que vencer una dificultad grave que se me presentó y fue la siguiente: luego que concluí mi estudio de gramática latina mi padrino manifestó grande interés porque pasase yo a estudiar teología moral para que el año siguiente comenzará a recibir las órdenes sagradas. Esta indicación me fue muy penosa, tanto por la repugnancia que tenía a la carrera eclesiástica, como por la mala idea que se tenía de los sacerdotes que sólo estudiaban gramática latina y teología moral y a quienes por este motivo se ridiculizaba llamándolos “padres de misa y olla” o “Larragos”. Se les daba el primer apodo porque por su ignorancia sólo decían misa para ganar la subsistencia y no les era permitido predicar ni ejercer otras funciones que requerían instrucción y capacidad; y se les llamaba “Larragos”, porque sólo estudiaban teología moral por el padre Larraga. Del modo que pude manifesté a mi padrino con franqueza este inconveniente, agregándole que no teniendo yo todavía la edad suficiente para recibir el presbiterado nada perdía con estudiar el curso de artes. Tuve la fortuna de que le convencieran mis razones y me dejó seguir mi carrera como yo lo deseaba.

En el año de 1827 concluí el curso de artes habiendo sostenido en público dos actos que se me señalaron y sufrido los exámenes de reglamento con las calificaciones de Excelente nemine discrepante, y con algunas notas honrosas que me hicieron mis sinodales.

En este mismo año se abrió el curso de teología y pasé a estudiar este ramo, como parte esencial de la carrera o profesión a que mi padrino quería destinarme, y acaso fue ésta la razón que tuvo para no instarme ya a que me ordenara prontamente.