Foto publicitaria de Marilyn Monroe. Posiblemente para la película “Los caballeros las prefieren rubias” (1953). Imagen de dominio publico, recuperada de Wikimedia Commons.
La estrella pop más grande del siglo XX, Marilyn Monroe, ha formado parte de los encabezados de noticias incluso 60 años después de su muerte. Recientemente debido a uno de los vestidos que utilizó que ha pasado a la historia y que, a pesar de haber estado resguardado en un museo, fue manipulado y deformado por una celebridad de la actualidad.
Debido a su laureada carrera y a su culminación como sex symbol, todos los acontecimientos de su vida fueron tratados por los medios con frivolidad, falta de empatía y de manera utilitaria. Su trágica muerte no fue la excepción a pesar de que sucedió bajo circunstancias turbias, poco claras y devastadoras, pues develaron una serie de traumas, adicciones y situaciones dolorosas por las que la actriz y cantante atravesó desde su niñez.
Tras su presunto suicidio, Ernesto Cardenal, un sacerdote y poeta nicaragüense (quien únicamente compartía con Marilyn el espacio temporal en donde ambos existieron), hace un esfuerzo por dedicarle las que pudieron haber sido las palabras más humanas que nunca le escribieron en vida. Lo hace por medio de un poema que titula puntualmente “Oración por Marilyn Monroe” y que publica tres años después de su fallecimiento a manera de oración (como su nombre lo indica), de carta de despedida, de disculpa pública en nombre de toda la humanidad y tal vez, desde su posición, a manera de réquiem o de misa funeral.
El sensible texto comienza como una petición hacia el Señor y aborda los eventos traumáticos que Norma Mortenson (nombre de pila de Monroe) vive en su infancia y juventud, como preámbulo a lo que posiblemente no tendría cura en su vida adulta:
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
También, recurre constantemente a temas oníricos y analíticos como los sueños y sus sesiones de psicoanálisis, de las cuales se tenían conocimiento debido a los fármacos que consumía:
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Se pueden encontrar una variedad de recursos, como lo es el campo semántico al principio del poema donde agrupa las palabras “iglesia, casa, cueva” y que a su vez tienen relación con una metáfora que acompaña la lectura de principio a fin: los deseos de Marilyn vistos como ensoñaciones y la realidad a la que fue sometida, abruptamente distinta:
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
El final del texto coincide con el final de su vida, y es la parte más impetuosa del poema. Cardenal escribe literalmente que la actriz fue hallada muerta con el teléfono descolgado en su mano, la imagen es contundente y sirve para dar pie al rotundo y desgarrador final que retumbará en la memoria del lector cada que visite este escrito:
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó
[…]
¡contesta Tú al teléfono!
Tal vez, en una mundana relación, la escritura de este poema fue un ejercicio temprano para lo que sería el proyecto más ambicioso del poeta nicaragüense: el Cántico Cósmico, en donde por medio de una profunda contemplación que consta de páginas y páginas de lírica sobre el universo se pretende dar explicación al fenómeno de la existencia. Tal vez Cardenal observo la estrella en ascenso y la muerte del astro, y decidió incorporarlo a la gran poética del universo.
Joseph Conrad Print Collection portrait file. Fuente: NYPL Digital Gallery. Archivo de dominio público, recuperado de Wikimedia Commons.
El dinero no trabajamos para conseguirlo sino para derrocharlo.
Tadeusz Brobowski en una carta a su sobrino Joseph Conrad, en julio de 1882.
(…) Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, a gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder soportar su imagen: tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. (…)
Franz Kafka, el artista del hambre.
Las penurias económicas y el arte son compañeros de larga data. Tanto así, que a veces parecen comensales de la misma mesa, parte de un fenómeno conjunto. Son pocos los artistas que pueden escapar a las exigencias de la vida material sin la ayuda de un mecenas o una herencia familiar, y menos aun los que se sostienen gracias a los frutos de su propio oficio. Llegar a fin de mes es un desafío para –entre otrxs– miles de creadores que han forjado su obra en detrimento de sí mismos: enfrentando deudas, lidiando con el hambre, soportando la presión y el juicio de una sociedad (hiper) productivista donde cada segundo parece rendirle cuentas a un irreductible dictamen de rentabilidad.
Desde Van Gogh (que en sus cartas a su hermano Teo no cesaba de quejarse y pedirle dinero) hasta Virginia Woolf (que pregonaba la necesidad de un cuarto propio y unas cuantas monedas para poder escribir siendo mujer), pasando por Emil Ciorán y César Vallejo (que terminaron sus días en la solitaria pobreza y la indigencia absoluta, respectivamente); un sinnúmero de “artistas del hambre” ha convivido largamente con la precariedad y el afán monetario.
El caso de Joseph Conrad es paradigmático porque implica un giro de tuerca en la relación arte/necesidad. ¿De qué forma? Parecía que los apuros económicos eran un requisito sine qua non de su mejor literatura. Las obras maestras del escritor y aventurero anglo-polaco fueron escritas en condiciones adversas; lo rondaban estruendosas deudas, tenía apenas los recursos para solventar las necesidades de su familia, sentía muy de cerca el colmillo de los acreedores y hacía mil malabares para sobrevivir. De otra manera su proceso de escritura se dilataba, se tornaba difícil y en ocasiones ni siquiera concluía; si bien era capaz de disfrutar de la opulencia y el lujo como cualquiera (cosa que demuestran sus pésimas decisiones financieras), rara vez le salían las palabras en esas favorables condiciones. Dicho de otro modo, a Conrad le hacía falta la presión de la carencia para crear, para sacar lo mejor de sí. Trayectorias como la suya generan preguntas sobre la necesidad de la necesidad en materia de producción y de motivación existencial –lo cual no pretende romantizar la precariedad o la pobreza, sino más bien dar cuenta de un fascinante proceso psicológico.
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“Solo me queda la literatura como medio de existencia” escribió con desespero y resignación Conrad a un buen amigo en 1895, quejándose de no encontrar más viajes mercantes que le procuraran ingresos –desde 1874 había trabajado como marino en navíos y vapores en los mares de los cinco continentes. Poco después dejaría Londres por Lannion, pues la vida era más barata ahí y su familia seguía creciendo. Que el único medio de subsistencia sea la literatura (en una sociedad como la nuestra) es una situación tan arriesgada que bien podría ser tomada como broma. Solo dedicarse a la escritura. Escribir solo por dinero. Suena casi como un agravio, una suerte de prostitución. Hombre de su época, Conrad acusó el hecho con amargura y, sin saberlo, esgrimió una idea que definiría la figura del escritor moderno. Escribir o morir de hambre, no hay otra opción. Asumir el oficio como la única posibilidad. Reñir ese absurdo mandato romántico según el cual la vocación artística no supone o requiere una paga. Afortunadamente cada vez más universidades y escuelas de escritura hacen circular una réplica pragmática y materialista: solo un idiota escribiría sin dinero de por medio.
Cuenta la leyenda que Dostoievski dictó El jugador, relato frenético y magistral, en veintiséis días y sumido en una profunda crisis financiera detonada por su adicción a jugar la ruleta. Por si fuera poco, había firmado un fáustico contrato que más parecía la sentencia de un suicidio literario que otra cosa: si no entregaba la novela terminada para el primero de agosto de 1866 su editor se quedaría con los derechos de todo lo que escribiera durante los próximos nueve años. Es cierto que hoy día semejante acuerdo sería una aberración (aunque las grandes editoriales siguen depredando sin cesar a las y los escritores). Sin embargo, tal presión resultó bastante eficaz para Dostoievski y no es un caso aislado. Alejandra Pizarnik hablaba de la necesidad casi pulsional, de un estímulo que la abocara en la creación:
Sé que soy poeta y que haré poemas verdaderos, importantes, insustituibles, me preparo, me dirijo, me consumo y me destruyo. (…) Tal vez si me encerraran y me torturaran y me obligaran mediante horribles suplicios a escribir dos poemas maravillosos por día, los haría. Estoy segura de ello. Tal vez yo no busco un maestro, busco un verdugo…
Desde luego, el caso de la poeta argentina se distancia de los demás; ella no habla propiamente del afán económico sino de la urgencia de un mecanismo de presión y opresión en su proceso escritural. De cualquier forma, vale la pena exponer esta idea a un escrutinio (la necesidad de la presión monetaria [o no] en aras de productividad). ¿Pero qué sucede con los demás oficios? ¿Podría decirse que es algo frecuente en ellos? Se sabe que los demás profesionales también trabajan mejor con el acuciante estímulo de la obligación. He escuchado en boca de astutos reclutadores que uno de los factores clave en la contratación de empleados es que no tengan otra salida más que tomar el trabajo y hacerlo bien. Tampoco ignoramos que la presión, la coacción y el miedo son excelentes motivaciones para mejorar el desempeño y poner en marcha los mecanismos de la hoy famosa auto-explotación. Pero si se piensa a la luz de la calidad y la unicidad que exige la creación estética, de inmediato el argumento revela sus fisuras: ¿acaso el panadero hace un mejor pan cuando la presión de su jefe, las cuotas de su Toyota o los adeudos en la escuela de sus hijas le respiran en la nuca? Es muy improbable. El arte y en especial la literatura responden a dinámicas singulares, distintas.
De cierta forma, la producción de la obra artística implica un agotamiento de la energía interior, un hueco espiritual que se cava poco a poco y puede (o no) traducirse en una bancarrota material. ¿Por qué? Difícil de esclarecer. A mi juicio, el escritor necesita crear para no destruirse a sí mismo y a otros, e incluso la concreción de su obra conlleva un irreductible daño, un impulso tanático que recuerda al ambivalente dios hinduista Shiva, deidad de la creación y la destrucción por igual. Y si bien no es una regla –¿cuántxs escritorxs prosperan y consiguen cierta “estabilidad”, cuántos encuentran la fórmula, se adaptan a las reglas del mercado y se vuelven productores en cadena de cierto tipo de libros, sumidos en un dulce e irremediable aburguesamiento?– tampoco es una discusión que valga la pena eludir. Es más, podría decirse que los artistas que adolecen “el síndrome de Joseph Conrad” son víctimas (o agentes) de una extraña pulsión, producen otro tipo de libros, acaso uno tocado por el duende lorquiano, ese duende de sonidos negros y angustias hondas. En ellos se esconde una especie de rabia, un cabalgar furioso que, como el del duende, es “un poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica”. No pretendo explicarlo yo ni mucho menos (mal haría en pretender abarcar un problema tan amplio en la corta extensión de este ensayo), pero sí trataré de precisar mi especulación. Describiría el fenómeno como una pulsión tanática, una cercanía de la muerte que siente todo aquél que lee a Dostoievski, a Lucía Berlin o al mismo Conrad, que viene en buena medida de la insuficiencia material y de la cual carece la mayoría de arte producido en la opulencia y la estabilidad –pienso en las meditadas, estructuradas y apolíneas obras de Flaubert, Borges o Virginia Woolf.
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No menos fascinante es la experiencia de la deuda que vivió Charles Baudelaire, susceptible de arrojar unas luces sobre este asunto. A sus veintiún años el poeta malogró la herencia paterna, estimada en más de cien mil francos, y lo hizo en poco menos de dos años. El resto de sus días los pasó entre el orgullo vano de un éxito que jamás le llegó en vida, el déficit financiero que lo hizo esconderse durante largos periodos, y el hambre. Acosado constantemente por prestamistas y acreedores, escribiendo a rajatabla cartas apresuradas a amigos, conocidos y especialmente a Madame Aupick, su madre, para que le enviara dinero, el poeta solía decir que el dandy –héroe de su cosmología poética– no aspira a la riqueza como algo esencial, pues “un crédito ilimitado le podría ser suficiente”.
Y es que para Baudelaire la creación artística implicaba un cierto gesto de prodigalidad y derroche, una “alquimia del dolor” (transformación del “sufrimiento en oro”) en la cual el artista toma lo peor del mundo y da lo mejor de sí mismo. El amor –escribió en su diario íntimo– puede derivar en un sentimiento generoso: el gusto de la prostitución; pero pronto es corrompido por el gusto de la propiedad. Y por supuesto el arte es un acto de amor, o más bien EL acto de amor por excelencia. Y nadie como los artistas tienen derecho a endeudarse, a gastar de más, a despilfarrar lo material, pues a fin de cuentas su oficio es tan elevado que la sociedad estará siempre en deuda con ellos.
Como Baudelaire, Conrad siempre gastó más de lo que tenía. Y nada lo impulsó a escribir tanto como la ruina económica. Sin ese impulso de auto-sabotaje, sin ese látigo del apremio, probablemente no podríamos asistir a las tortuosas aventuras marítimas de los protagonistas de La locura de Almayer, los juegos psicológicos de la identidad humana en Lord Jim, ni los tenebrosos meandros del espíritu colonizador con su idea de civilización y progreso en El corazón de las tinieblas, o bien serían algo completa y sustancialmente distinto.
Otra es la situación de quienes jamás vieron el éxito de su obra. Poe, César Vallejo y tantos otros. En ese caso la deuda está del lado de los lectores; nosotros les debemos a ellos esas noches de plenitud espiritual, de ascenso hacia la profundidad, de viaje por mundos interiores, íntimos e infinitos.
John Wick, recuperada de Flickr: Craig Duffy, (CC BY-NC 2.0)
“That fucking nobody… is John Wick.”
En el panorama de las producciones culturales contemporáneas, la figura de Keanu Reeves ha logrado consagrarse como uno de nuestros íconos inamovibles. En el cine, recientemente nos dio un knock out de nostalgia en su regreso como Neo en la controversial secuela The Matrix Resurrections; los fanáticos de los videojuegos tuvieron su dosis de Keanu Reeves en la entrega de Cyberpunk 2077, donde encarnaba a Johnny Silverhand, especie de guía a lo largo de la trama; y hasta los memes aprovecharon la sólida presencia del canadiense para convertirlo, acaso sólo por unas semanas, en el “novio de internet”. Muchas son las cualidades que conforman la leyenda —el término es una exageración intencionada— del actor; sin embargo, en este momento quiero concentrarme en el más reciente éxito, que volvió a colocarlo en los reflectores luego de más de una década. Me refiero, por supuesto, a su interpretación como el asesino John Wick.
John Wick apareció en el año 2014 de la mano del director Chad Stahelski, un nombre que probablemente no sonará mucho a quienes, como yo, son más cineros que cinéfilos. Y tiene su razón de ser: Stahelski no ha tenido una carrera larga como director; su talento ha sido mucho más fructífero como doble o coordinador de escenas de acción, donde reúne una larguísima lista de cintas que van desde la legendaria The Crow —fue doble de Brandon Lee luego de su fallecimiento—, hasta franquicias como The Expendables, la propia Matrix, entre muchos otros éxitos de taquilla. John Wick fue su primera película dirigida. Y la fórmula estaba garantizada: si algo resalta de esta saga, son las escenas de acción; es notable la versatilidad, el dinamismo, y el espectáculo que da Keanu Reeves blandiendo todo tipo de armas contra las hordas de sicarios lo mismo italianos que chinos que rusos que japoneses. Todo esto sin despeinarse. Y, sin embargo, no son estas cualidades las que, a mi parecer, han convertido la fórmula John Wick en el éxito que es en la actualidad. Antes bien, creo encontrar en la construcción del personaje en sí mismo, del diseño de su viaje emocional, un par de claves estructurales que, desde la concepción misma del guion, han servido para que el asesino más temible, Baba Yaga —tal es el apodo que recibe John Wick, derivado de la leyenda de la temible bruja de las fábulas rusas—, sea también uno de nuestros consentidos. En las siguientes líneas, intentaré desmenuzarlas para mostrar acaso un atisbo de su funcionamiento.
Matar a un perro
Pocos son capaces de enfrentarse a un cachorro de prácticamente cualquier especie —los mamíferos, por supuesto, tienen predilección en la jerarquía animal— sin conmoverse. Si la conexión emocional no es suficiente, hay algo en la indefensión de aquella vida nueva que mueve las fibras de la compasión de manera —casi— inevitable. Derek Kolstad, el guionista de John Wick, lo entendió a la perfección. En la primera escena de esta saga, nos encontramos a un hombre herido, que se arrastra alejándose de lo que parece un enfrentamiento encarnizado y se recuesta en una barda. Saca su celular y observa la fotografía de una mujer, su esposa, de quien pronto aprenderemos que murió recientemente por una enfermedad terminal.
Ver esto, un hombre malherido, viudo, no es suficiente para provocar empatía. Demasiado acostumbrados nos tiene el mundo a las pérdidas humanas. La solución del guionista es, en su sencillez, magnífica: añade a la tragedia de John Wick un pequeño cachorro. Vemos entonces una escena donde, antes de morir, la esposa de John le ha comprado un perro. “John, lamento no poder estar ahí para apoyarte. Pero aún necesitas algo, a alguien, para amar. Así que empieza con esto, porque el coche no cuenta”, le dice en la pequeña nota que viene junto con un Beagle llamado Andy. A partir de este momento, la breve vida de Andy —será asesinado brutalmente por Iosef Tarasov en los primeros minutos de la primera cinta— será el detonante para el viaje emocional de John, en un espiral de muerte que, a ocho años de su lanzamiento, promete no terminar pronto.
La presencia de aquel cachorro no es casualidad. No se trata, tampoco, de un truco barato para llamar la atención de quienes tienen perrhijos o gathijos. (Al menos no completamente.) La presencia de los perros de John Wick obedece a dos cosas: primero, a definir los valores morales del héroe pues, como bien anotó Campbell, el héroe después de todo es un recipiente para las cualidades morales que se enaltecen en una comunidad determinada; y segundo, refiere a una de las estrategias más importantes en el guion, que ha sido discutida y enseñada a un ejército de guionistas en todo el mundo: la estrategia de “salvar al gato”. Fue el guionista Blake Snyder quien acuñó este término en su libro sobre la estructura de guion. Snyder, quien es considerado uno de los clásicos contemporáneos en el tema de estructura del guion, nos comparte la fórmula de la siguiente manera: “El protagonista tiene que hacer algo en el momento en que lo conocemos para granjearse nuestra simpatía y que queramos que gane”. En otras palabras: tiene que caer bien desde un inicio.
Ganarse la simpatía —o el interés— del público, por cierto, es una de las estrategias que la mayoría de los maestros de guion —desde John Truby hasta Robert McKee, y más atrás— han establecido como una de las claves del éxito de cualquier historia. (Lo mismo, por cierto, se aplica a la literatura desde hace siglos.) La dificultad en la escena “salva el gato” radica en su puntualización: el acto que nos acerca al protagonista debe ser muy pequeño, pero imperdible. Un detalle que simbolice el conflicto moral de un protagonista que lucha por salir de la situación desafortunada en la cual se encuentra al principio de la historia. ¿Qué mejor manera de humanizar a un asesino a sueldo que demostrando su capacidad de amar y defender a los más vulnerables? Con un solo acto, el de vengar a su perro, Baba Yaga se transforma en John, el héroe redimido, que compró su salida de la espiral de muerte para apostar por una modesta vida familiar.
El propio John Wick reconoce la importancia del perro en su vida hacia el minuto 70: “Cuando Helen murió, lo perdí todo, hasta que ese perro llegó a mi porche. Un último regalo de mi esposa. En ese momento, recibí un atisbo de esperanza. Una oportunidad para vivir el duelo acompañado. Y tu hijo, me quitó eso. Tu hijo me robó eso. ¡Tu hijo me mató eso!”, reclama a Viggo Tarasov, principal antagonista, quien acaba de confesarle que no entiende por qué ha hecho tanto “sólo por un perro”. Este momento es, a mi parecer, la clave del viaje emocional de John Wick, pero también el punto que termina de conectarlo con la audiencia. En una época donde los animales de compañía se convierten, cada vez más, en el centro de la discusión en los debates de humanidades, la relación del cachorro asesinado con la salvación resuena con total claridad y, como resultado, John Wick termina por avasallar uno de los conflictos morales de la cinta: “todo esto sólo podría ser por un perro”. Un perro nunca es tan sólo un perro.
La visión del amor canino se repite en John Wick: Chapter 3 – Parabellum, en la secuencia que nos presenta el personaje de Sofia, interpretado por Halle Berry. Sofia es una asesina despiadada que, por alguna circunstancia que se sugiere pero no se explica, queda relegada nada menos que en Casablanca, donde vive en una paz feble, autoimpuesta. Sofia tiene dos grandes pastores belga Malinois, que son, además de su compañía, dos armas vivas. Controversial como esto pueda resultar, lo cierto es que ver a los dos perros en acción es un espectáculo sin par; pero no es esto lo que resulta relevante para acentuar la importancia que tienen en el viaje emocional de John Wick. El simbolismo de los perros, en el caso de Sofia, dejará clara su relación con John hacia el minuto 56 de la cinta, cuando el villano Berrada —encarnado por Jerome Flynn— le da un balazo a uno de los pastores. La escena, bastante grotesca, no tarda en despertar la ira de la mujer, quien voltea a ver a John como si le dijera: “entiendes perfectamente lo que voy a hacer ahora”; y John lo entiende. Luego del disparo de Berrada, tanto John como Sofia lucharán a muerte con los guardias del lugar, en un despliegue sangriento que se posterga durante casi siete minutos.
La estrategia de “salvar el gato” no se limita a las películas de acción. También en la literatura, este tipo de escenas sirven para generar empatía con el protagonista o, en algunos casos, para detonar un desenlace que fortalezca el dilema moral de la historia. En Pájaros en la boca, —la gran— Samanta Schweblin presenta el cuento “Matar a un perro”, una historia iniciática acerca de un hombre que decide convertirse en sicario de un grupo criminal de cuyo nombre no vale la pena acordarse. El protagonista, cuarentón, es demasiado viejo para el negocio, en opinión del contratista, un hombre de lentes llamado, simplemente, el Topo; tampoco parece la clase de persona adecuada para ese giro. A pesar de esto, tiene derecho a intentar la prueba de entrada: debe matar, a sangre fría, a un perro. “Matar a un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la prueba para saber si uno es capaz de hacer algo peor”.
Durante todo el relato, asistimos al recuento de eventos que conducirán a nuestro protagonista a su encuentro con el destino. Desde su primer acercamiento con el Topo, hasta la consumación del acto violento. Y durante todo el relato, la imagen del animal sacrificial se tensa en nuestra conciencia como una cuerda impía. El clímax estalla en una dureza deslumbrante:
Cuando lo toco, cuando junto las patas para bajarlo del auto, abre los ojos y me mira. Lo suelto y cae contra el piso del baúl. Con la pata delantera raspa la alfombra manchada de sangre, trata de levantarse y la parte trasera del cuerpo le tiembla. Todavía respira y respira agitado. El Topo debe estar contando el tiempo. Vuelvo a levantarlo y algo le debe doler porque aúlla aunque ya no se mueve. Lo apoyo en el piso y lo arrastro para alejarlo del auto. Cuando vuelvo al baúl a buscar la pala el Topo se baja. Ahora está junto al perro, mirándolo. Me acerco con la pala, veo la espalda del Topo y detrás, en el piso, el perro. Si nadie se entera de que maté a un perro nadie se entera de nada. El Topo no gira para decirme ahora. Levanto la pala. Ahora, pienso. Pero no la bajo. Ahora, dice el topo. No la bajo ni sobre la espalda del Topo ni sobre el perro. Ahora, dice, y entonces la pala baja cortando el aire y golpea en la cabeza del perro que, en el suelo, aúlla, tiembla un momento, y después todo queda en silencio.
Cuando todo termina, el protagonista preguntará al Topo qué sigue. “Nada, usted dudó”, responde el enigmático hombre, dejándolo solo en una plaza llena de perros hambrientos de venganza.
La indefensión del perro de John Wick es idéntica a la del perro asesinado en el cuento de Schweblin. Lo que cambia, en todo caso, es la actitud del protagonista: mientras que John redime toda su vida al vengar a su cachorro, el personaje de Schweblin ejerce una violencia descarnada contra el animal indefenso y, con ello, se condena. La estrategia de la empatía, pero también la definición moral del personaje, queda claramente delineada en esta decisión.
Tres cadáveres y un lápiz
Hay un segundo aspecto en la creación de John Wick que, por su sencillez, me parece relevante. Me refiero al épico relato de la hazaña del lápiz en el bar. Luego de que Iosef Tarasov —un villano bastante plano, hay que decirlo— mata al perro de John y roba su coche, su padre, Viggo, lo llama para darle una lección sobre lo que su desliz provocará en el equilibrio del crimen en New York. Sobre todo, será éste el primer momento en el que el personaje de John se nos revele como lo que es: un asesino legendario.
La expresión no es exagerada: realmente, John Wick se nos presenta como un personaje de leyenda. De hecho, la referencia inmediata —y ya mencionada— es la Baba Yaga, una vieja bruja que vive en las profundidades del bosque, en una casa que tiene patas de pollo y se mueve de un lugar a otro de manera que nadie, nunca, pueda encontrarla si ella no lo quiere así. La Baba Yaga que aterra a los niños es epítome del espanto. Y John Wick es incluso más que eso, asegura Viggo: “John no es el Coco. John es a quien mandas a asesinar al chingado Coco”.
La estrategia es tan efectiva, que los guionistas de Rick & Morty encontraron oportunidad para parodiarla en el episodio “Pickle Rick”. En éste, los guardias de la agencia rusa donde Rick se infiltra transformado en un pepinillo, le llaman “соленья [palabra que, estrictamente, designa a los productos en escabeche, pero que se usa indistintamente como ‘pepinillo’]”, en alusión a una supuesta leyenda de un pepinillo que castiga a los niños que se portan mal. “Se arrastra desde el interior de una sopa fría, para robarse los sueños de los niños desperdiciados”, recita el villano del episodio mientras observamos a Pickle Rick haciendo gala de sus habilidades para asesinar a los guardias que lo persiguen. La respuesta de Rick es avasalladora: “Este pepinillo no está interesado en sus niños. Y no voy a llevarme sus sueños: me llevaré a sus padres”. El episodio de la tercera temporada es, probablemente, uno de los más populares de la serie, y no me tomaré el tiempo de sintetizarlo pues la experiencia de verlo es superior. La referencia a John Wick, por cierto, se encuentra tanto en el mito de соленья, como en Jaguar, el cruel asesino que tienen atrapado en una de las celdas de la Embajada.
Cuando Iosef llega con su padre para ser disciplinado, escuchamos por primera vez la anécdota de los lápices. La cuenta el propio Viggo: “Ese cabrón ‘don nadie’ es John Wick. (…) John es un hombre de enfoque, compromiso y voluntad pura. Algo de lo que tú —Iosef— sabes muy poco. Una vez lo vi matar a tres hombres en un bar. Con un lápiz. Con un pinche lápiz”, dice Viggo, mientras vemos a John Wick martillando el piso de concreto de su sótano, metáfora insoslayable del pasado que sepultó y que ahora viene a reclamar lo suyo. Y el hechizo está completo.
La historia del lápiz de John Wick funciona, porque se inserta en uno de los aspectos técnicos más fascinantes —es mi opinión— de la narrativa escrita. Un aspecto que el hermeneuta Roman Ingarden describiera en su tratado La obra de arte literaria como los “espacios de indeterminación”. Para Ingarden, estos espacios se emplean en la literatura para producir vacíos de información deliberados, con el objetivo de que el lector los rellene con información que posee previamente: sus conjeturas, inferencias, pero también recuerdos, experiencias y, lo más importante, su imaginación. Estos espacios de indeterminación son fundamentales para que el lector participe activamente de la obra que está leyendo y, en el caso de la película que nos convoca, el hecho de que se narrara una escena en lugar de mostrarla, despierta este proceso creativo en el espectador. ¿Cómo puede alguien matar a tres hombres, presumiblemente entrenados, con un “pinche lápiz”? No lo sabemos y no es importante; lo importante es que, a partir de este momento, nos queda claro que el potencial de nuestro héroe es inusitado.
La fórmula se repite en la escena inicial de la segunda parte de la saga. En este caso, es el hermano del ya finado Viggo quien le cuenta a uno de sus subordinados el evento; mientras el mafioso habla, vemos a John Wick acercándose poco a poco a recuperar su auto —el original, el robado en la primera cinta—, desplegando sus habilidades asesinas y de entrenamiento en jiu jitsu y sambo. “Una vez mató a tres hombres en un bar…” dice el mafioso ruso, quien es interrumpido por el subordinado: “Con un lápiz. Lo sé, conozco la historia”. El subordinado habla todavía con un dejo de incredulidad, pero la respuesta del mafioso es tajante: “¡Con un pinche lápiz! ¿Quién chingados hace eso?”. A estas alturas, todos los millones de fans sabemos la respuesta.
El misterio de los tres cadáveres y un lápiz se rompe, acaso parcialmente, en la segunda cinta. Ocurre hacia el minuto 76, cuando John Wick inicia la búsqueda de Santino —el adversario de esta entrega— para ejecutar su venganza. En este caso, John se enfrenta con dos hombres, asesinos como él, en una estación de trenes. El enfrentamiento con los dos sujetos es breve, pero suficientemente espectacular para provocar un estallido dentro de todos los fans: por fin se nos revela, cómo un hombre puede matar haciendo uso de la herramienta más inofensiva —al menos en apariencia—. La lucha, por cierto, remite a otra gran escena del cine: la presentación del Joker de Heath Ledger en la película Batman: The Dark Knight.
Ustedes recordarán este momento —y, si no lo han visto, los invito a hacerlo cuanto antes—. Joker llega de sorpresa a una reunión clandestina de los principales capos de la mafia de Gotham a quienes, por cierto, acaba de robar una fortuna. Cuando aparece, uno de los mafiosos ordena a su sicario que vaya a asesinarlo; la respuesta del Joker es terrible e hilarante: saca un lápiz de madera y lo clava en la mesa y les dice: “¿Qué tal un truco de magia? Voy a hacer que este lápiz desaparezca”. Apenas el sicario llega a su lado, el Joker estrella su cabeza en el lápiz, que se incrusta en su cráneo como una daga improvisada. “Tadá, ¡ el lápiz se fue!” dice, provocando la risa de los presentes. Los cuestionamientos que surgen al ver al Joker haciendo su truco de magia es muy similar a lo que nos produce John Wick: ¿de qué más será capaz un hombre que convierte el lápiz en una fatalidad? La respuesta, en ninguno de los casos, decepciona.
¿John Wick? Nadie.
Faltaría mencionar, como un modesto corolario, que la influencia de John Wick ya se ha visto en otras franquicias que intentan aprovecharse de una fórmula en apariencia infalible. Un ejemplo muy reciente sería Nobody, película de 2021 protagonizada por Bob Odenkirk —recientemente revalorizado por su papel como Saul Goodman en Breaking Bad y Better Call Saul—. Esta cinta, cuya poética parece encontrarse en la frase que he colocado de epígrafe (“That fucking nobody… is John Wick.”), repite hasta casi calcar la estructura que envuelve a nuestro personaje: un asesino retirado, aliados tan hábiles como él, una red de información a su servicio y, por supuesto, el cachorro que se gana el corazón de la audiencia: en este caso, un pequeño minino.
Los matices que distancian ambas películas son lo suficientemente interesantes como para requerir un espacio mucho mayor que éste para su análisis. No obstante, me sirven ahora como pretexto para mencionar un último tema que considero de vital importancia para entender lo que significa la franquicia de John Wick para el cine de acción: la decadencia del one-man army. Todos conocemos, al menos superficialmente, este concepto: un individuo muscular, apuesto (y caucásico), que se enfrenta a ejércitos enteros por su cuenta sin sentirse —ni estar nunca— en desventaja. Esta imagen fue explotada hasta el cansancio por películas como Rambo, Commando, Cobra, y, en general, por prácticamente cualquier película protagonizada por Stallone, Schwarzenegger, Chuck Norris, o Van Damme, entre otras figuras aquíleas. La fórmula sigue funcionando, con la diferencia de que poco a poco ha resultado menos interesante la figura del héroe incorruptible e indestructible, y el cine de acción se ha ido abocando hacia un nuevo tipo de héroe: aparentemente normal, venido a menos. Vulnerable. Tal es la palabra que Addy, la camarera de The Continental —el hotel donde se reúnen todos los asesinos—, utiliza para referirse a John Wick luego de encontrárselo de nuevo después de cinco años: “Nunca te había visto así antes”, le dice Addy a un John cansado, “¿Así cómo?”, pregunta él. “Vulnerable”.
La decisión de colocar al nuevo héroe de la película de acción en esta circunstancia humanizada —lo cual me parece un acierto—, encierra un giro importante en el concepto del héroe o, en todo caso, en la referencia inmediata de nuestro héroe: la que conduce de Aquiles —el héroe invulnerable— a Ulises —el héroe discreto—. Para explicar este punto, me parece necesario recuperar una anécdota del canto ix de la Odisea. En este canto, Ulises y una partida de reconocimiento llegan a la isla de los cíclopes y se introducen en una gran cueva. En su interior, pronto se ven atrapados por el implacable Polifemo, quien procede a devorarlos. Para salvar el pellejo, Ulises se acerca al cíclope y le da de beber un gran barril de un vino muy fuerte, al tiempo que se presenta con él como Οὔτις [outis, “ningún hombre”, “nadie”]. Cuando Polifemo duerme de borracho, Ulises y sus hombres aprovechan para tomar una lanza y clavarla en su único ojo. Salen huyendo de ahí mientras Polifemo, herido y furioso, grita pidiendo ayuda a los otros cíclopes diciéndoles que “Nadie” le ha hecho daño. Como resultado, sus congéneres consideran que ha perdido la razón por el alcohol.
Por si esta anécdota no fuera suficiente para notar la relevancia en el caso de John Wick, habría que pensar también en la escena del banquete que concluye el viaje de Ulises. Éste llega a su casa en Ítaca, y se encuentra con que Penélope ha preparado una prueba para determinar quién de todos los pretendientes será merecedor de desposarla y heredar el reino: deben tensar el arco de Ulises. El arco es un símbolo de fuerza y gallardía, y sólo alguien con la fuerza de Ulises será capaz de tensarlo y arrojar una flecha a través de los ojos de 12 hachas alineadas para este fin. Uno a uno los pretendientes intentan y fallan esta prueba; pero Ulises, quien ha llegado al sitio disfrazado de mendigo, toma el arco, lo tensa y arroja la flecha certeramente a través de las hachas. Ante la sorpresa de todos, se desenmascara como el rey Ulises, quien procederá a llevar a cabo una matanza impía de todos los hombres que se reunieron en el lugar.
Como podemos observar, es este Ulises —el héroe oculto, pero implacable— el que ha venido a insertarse en las nuevas películas de acción, diría yo, con cierto éxito. No sólo tenemos John Wick o Nobody, habría que pensar también en películas como A history of violence —protagonizada por el gran Viggo Mortensen—, Polar —con Mads Mikkelsen—, o incluso las últimas entregas de Rambo, en donde vemos a un John Rambo que habita un retiro pacífico y es arrojado de nuevo al mundo violento contra su voluntad. Éste es, me parece, uno de los temas más relevantes que tenemos que analizar de John Wick; y una pauta que habrá que tomar en cuenta en el análisis de la nueva ola de películas de acción.
Sobre el desenlace que tendrá la saga de John Wick sólo cabe especular —los foros de internet ofrecen suficiente información sobre lo que ocurrirá, en el caso de que alguien quiera visitarlos—; no obstante, es claro que la cinta promete tener una recepción asombrosa por sus fanáticos, como ocurriera con los episodios anteriores. Cabe preguntarse, ¿cuál será el papel de los cánidos en esta cinta? ¿Dónde encontrará John el fin de su catarsis emocional? ¿Cuál será la última parada del viaje de nuestro héroe? Falta —por fortuna— menos de un año para averiguarlo.
Daytripper (fragmento) de Gabriel Bà
Esta es una novela gráfica en 10 entregas creada por los gemelos Fábio Moon (Casanova) y Gabriel Bá (The Umbrella Academy) y publicada por la afiliada de DC, Vertigo Cómics.
En el primer capítulo conocemos a Brás, redactor de obituarios e hijo de un famoso escritor, nuestro protagonista anda awitado porque sus jefes no lo felicitaron por su cumpleaños 32 a pesar de haber hablado por teléfono esa misma mañana, pues por la noche será el homenaje municipal a su padre. Antes del evento Brás entra a un bar y para no hacerla larga se muere. En el segundo capítulo acompañamos a un Brás de 28 años en un viaje por el Salvador donde, para no hacer spoiler, también se muere.
El otro día me contaron que el instante de nuestra muerte es una amalgama de todos los instantes que vivimos porque dejamos de suceder, quizá por eso dicen que vemos pasar nuestra vida al morir, al existir un último momento después del cual ya no volverás a actuar, al menos no en un plano conocido.
Según Ulises Carrión, un libro (y una vida, pero eso ya lo pienso yo) es una secuencia de momentos. En este sentido Daytripper nos guía a través de diferentes momentos importantes en la vida de Brás: su primer beso, el nacimiento de su primogénito, la muerte de su mejor amigo, las visitas a casa de sus abuelxs, y en casi todos los capítulos vemos a nuestro protagonista morir de diferentes maneras, en accidentes, apuñalado, de un infarto, etc. En un capítulo, Brás conoce a una chica después de llegar nadando a una barca, ésta le dice que si viaja demasiado rápido todo lo que verá será como un borrón y nunca conocerá a nadie interesante, también le dice que no hay nada de malo en estar solo a la deriva en el mar con una competa desconocida. A veces la ansiedad nos lleva muy deprisa por los instantes que transitamos sin darnos cuenta de que estamos viviendo, de que cada momento que transcurrimos es único e irrepetible.
Daytripper nos muestra las preocupaciones de Brás, que, como suele sucedernos a todxs, van cambiando a través de los años, le aterra tanto estar desperdiciando su vida y talento encerrado en su trabajo como escritor de obituarios que huye de sus sueños por temerle al fracaso y se distancia emocionalmente de sus seres queridos y Jorge, quien en otro capítulo desaparece misteriosamente para después reaparecer en forma de postal. En este momento estoy estresado porque la fecha de entrega de este texto fue hace tres días y aún no lo he terminado, había quedado de ver a unos amigos y aquí me tienen, pisteando con mis compas mientras intento decir algo coherente sobre una novela gráfica que habla sobre si misma, me siento a mitad entre la conversación y el debraye interno que no avanza, acabo de pararme a abrir la ventana y al ver a mis dos amigos iluminados por el sol con una planta de lavanda al fondo, me inundó la certeza de estar vivo. Voy a tomarme un momento para disfrutar el sabor del pisto y entrar a la conversación, quizá para el momento que retome esta reseña estaré ebrio.
Según Iván, uno de mis amigos, ir a un toquín de punk implica meterse al slam si quieres vivir la experiencia completa, recibir golpes de desconocidxs y golpear a tus amigxs en un baile colectivo y caótico para que, cuando salgas con magulladuras y quizá sangre, el dolor te recuerde que estás existiendo.
Daytripper, a semejanza de un slam de punk (aunque por el tono de la novela quizá podemos rememorar más al folk punk) convierte el trauma de la muerte en una experiencia cotidiana para hacernos dar cuenta de lo que realmente quieren decir: No hay pedo, la vida sigue y cuando no pues vale verga, te quedan todos los momentos que viviste.
El dolor suele ser un vínculo muy poderoso con el presente, pero la certeza de la propia muerte nos habla de un dolor futuro; en latín, nostalgia vendría a significar algo así como el regreso al dolor, Daytripper nos lleva por eventos que parecen ser sumamente importantes para después borrarlos de golpe con la muerte de Brás, pero esto no les quita relevancia a los instantes vividos, al contrario, induce a el/la lector(a) a extrañar los momentos en que el protagonista estaba vivo.
Daytripper es un memento mori hecho obra de arte, cada una de sus capítulos es una invitación a disfrutar el momento presente, porque pues sabemos que en algún momento nos va a cargar Pifas pero no sabemos cuándo.
Del último capítulo de esta obra ni les cuento porque es una belleza que merece ser leído sin ninguna clase de spoiler, en resumen, considero a Daytripper una chingonería y para quien no la haya leído le recomiendo que en corto vaya y la descargue pirata… digo, la compre en su puesto de revistas más cercano y llore con las mismas ganas con las que yo lloré, porque, la única advertencia que tengo respecto a esta novela, es que está bien rompemadres.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Si André Breton abriera un TikTok, lo abandonaría automáticamente.
If André Breton opened a TikTok account, he would automatically abandon it.
Crear el mito, matar el mito, resucitar el mito, hacer un meme con el mito, shitpostear el mito.
Create the myth, kill the myth, resuscitate the myth, make a meme with the myth, shitpost the myth.
Lo siento mucho Sr. Breton, pero este surrealismo le gana al de hace 100 años.
I’m so sorry Mr Breton, but today’s surrealism beats that of a hundred years ago.
O más bien, este surrealismo, es más surrealista que el de hace 100 años.
Or more accurately, today’s surrealism, is more surrealist than that of a hundred years ago.
Y con internet.
And with internet.
El surrealismo se mueve todos los días en las calles, en las oficinas, en los hospitales, en las redes sociales y en la realidad intrínseca que recorremos a todas horas con nuestros agitados cuerpos.
Surrealism constantly moves through the streets, across offices, in hospitals, through social media and in the intrinsic reality that we live and breathe through our agitated bodies during all hours of the day.
Si algo tenía el surrealismo parisino de los veinte, es que iba más allá de las prácticas artísticas, era un estilo de vida, era una búsqueda del alma y el ensueño, era un viaje a las profundidades de la conciencia.
If there was something particular about the Parisian surrealism of the twenties, it was that it went beyond normal artistic practices, it was a lifestyle, it was a search of the soul and dreams, it was a journey into the depths of consciousness.
Después Jung le añadió al surrealismo de los cincuenta y los sesenta una dosis de magia y símbolos.
Later Jung added a dose of magic and symbolism to the surrealism of the fifties and sixties.
El surrealismo pop se integra a la perfección con los ochenta de Reagan.
Pop surrealism blended in perfectly with Reagan’s 80’s.
Joachim-Raphaël Boronali es el nombre de un falso pintor futurista italiano, supuestamente nacido en Génova y concebido por el joven escritor francés Roland Dorgelès (1885–1973) en 1910 para satirizar el naciente arte moderno.
Joachim-Raphaël Boronali was the name of a fake Italian Futurist painter, supposedly born in Genova and conceived by the young French writer Roland Dorgelès (1885–1973) in 1910 to satirise the nascent modern art trends.
Esta idea de Boronali es aplicable perfectamente en nuestros tiempos donde queremos ver el arte contemporáneo como una sátira del fracaso y el fraude. Una copia barata de todo lo bueno y lo sagrado que ya se hizo.
Boronali’s idea is perfectly applicable to our times, where we want to see contemporary art as a satire of failure and fraud. A cheap copy of all the good and the sacred that has already been made.
Boronali es una cuenta parodia de Twitter.
Boronali is a parody Twitter account.
Es imposible hablar de surrealismo sin hablar de dadaísmo.
It is impossible to speak about Surrealism without mentioning Dadaism.
Un surrealismo montado en escena: con disfraces, con meditación trascendental, con interés por el lenguaje y el cuerpo.
It is a surrealism that takes place on stage: with costumes, with transcendental meditation, with an interest in language and the body.
¿Cómo podemos identificar el surrealismo del siglo XXI más allá de las vanguardias?
How can we identify 21st century surrealism beyond the avant-garde?
¿Son necesarias más vanguardias?
Do we need more vanguards?
Habitar la era digital mientras cientos de millones de imágenes se reproducen.
We inhabit the digital age where hundreds of millions of images are reproduced.
Duchamp estaba harto de la imagen impresionista y cuestionó el abuso de las imágenes.
Duchamp had had enough of the impressionist aesthetic and questioned the abuse of images.
Duchamp estaba harto del aura del artista y la sacralización del arte.
Duchamp had had enough of the artist’s aura and the sacralisation of art.
Duchamp estaba harto.
Duchamp had had enough.
El surrealismo no es vivir fuera de la realidad, sobre todo el surrealismo de esta época, en donde la realidad es digital y física, es acomodada o privilegiada, es meritocrática o adyacente.
Surrealism does not mean living outside of reality, especially the surrealism of our times, where reality is digital and physical, it is wealthy or privileged, it is meritocratic or takes place in the peripheries.
Si 1921 y 2021 se pudieran unir, tal vez tendríamos lo que siempre anheló Artaud más allá de los surrealismos parisinos.
If 1921 and 2021 were joined together as one, perhaps we would be able to have what Artaud always longed for, something beyond the Parisian surrealism.
Artaud encontró lo que buscaba viviendo con los Tarahumaras. Una realidad incrustada en su propia realidad.
Artaud found what he was looking for whilst living with the Tarahumaras*.
A reality embedded in its own reality.
La búsqueda de Artaud fue condicionada por el teatro, el cuerpo, el lenguaje y el espíritu. Las imágenes están limitadas a un grupo de observación donde la miseria y la crueldad son trabajo de estudio para la reverberante materia orgánica.
Artaud’s search was determined by theatre, the body, language, the spirit. Images are a limited observational grouping to study the misery and cruelty of reverberating organic material.
Ser surreal en el arte no significa que te muevas únicamente en mundos oníricos, fantasmales o abstractos, significa moverse en una realidad magnificada por la vorágine de las imágenes que nos acechan cada día.
Being surreal in art does not mean that you move only in dreamlike, ghostly or abstract worlds, it means moving in a reality magnified by the maelstrom of images that haunt us every day.
Hay unx dadaísta dentro de cada unx de nosotrxs.
There is a Dadaist within each of us.
La originalidad está sujeta a la ejecución de tus propias imágenes, las imágenes que se quedan en tu psique. No hay nada original en lo real o en lo surreal, lo que hay son reproducciones y evoluciones naturales.
Originality comes in the execution of your ideas, the images embedded in your psyche. There is nothing original in the real or in the surreal, what there is are natural reproductions and evolutions.
Réplicas ajustándose al espacio que habitan.
Replicas adjusting to the space they inhabit.
La relación entre Artaud y México no comienza en 1936, a partir de su desembarco en el puerto de Veracruz, aquel 7 de febrero, sino mucho antes; cuando, desilusionado de la cultura europea, Artaud abriga esperanzas y confía en que México le aportará al hombre occidental un conocimiento perdido.
The relationship between Artaud and Mexico did not begin in 1936, after he landed in the port of Veracruz, on 7th February, but much earlier, when, disillusioned with European culture, Artaud hoped and trusted that Mexico would return lost knowledge to the Westerner.
“No me parece malo […] que alguien vaya a investigar lo que queda en México de un naturalismo en plena magia”, escribe Artaud a Paulhan.
“I don’t think it’s a bad thing […] that someone is going to carry out an in depth investigation into what remains of pure magical naturalism in Mexico”, wrote Artaud to Paulhan.
Para Antonin Artaud la cultura no está en los libros, ni en las pinturas, ni en las estatuas, ni en la danza, está en los nervios y en la fluidez de los nervios, en la fluidez de los órganos sensibles.
For Antonin Artaud, culture was not in books, nor in paintings, nor statues, nor in dance, it is in our nerves and in the fluidity of our nerves, in the fluidity of our sensitive organs.
Si podemos identificar un surrealismo en esta época, sería un hypersurrealismo.
If we could identify the surrealism of our time, it would be hypersurrealism.
Un hypersurrealismo digital en donde el silencio casi no existe, en donde el silencio se erosiona con el scroll de cada día.
A digital hypersurrealism, where silence almost does not exist, where silence erodes with the daily scroll.
Las drogas, la magia, la astrología, el satanismo, los cristales y el tarot, son una herramienta de la épica postsurrealista.
Drugs, magic, astrology, Satanism, crystals and tarot are a tool of the post-Surrealist epic.
En este siglo recuperamos estos símbolos para escribir nuestro propio espacio espiritual.
In this century we have revived these symbols to write our own spiritual space.
¿Si ya no quedan vanguardias, lo que hacemos sigue siendo un rito?
If there are no more bastions of the avant-garde left, is what we do still a ritual?
El hypersurrealismo es un espejo consciente de la realidad capitalista a la que nos arrojamos en las calles.
Hypersurrealism is a conscious mirror of the Capitalist reality we throw ourselves into out in the streets.
Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros, dijo Duchamp. ¿En este tiempo serían los usuarios los que hacen el arte?
Contrary to popular opinion, Duchamp said that it is not the painters but the viewers who make the paintings. Does that mean that nowadays it is users who make the art?
Llevamos destruyéndolo todo desde hace años, armándolo, destruyéndolo de nuevo, armándolo, en este desastre, los artistas han levantado su propio prisma de cristal, que con su fragilidad empírica, nos ha dejado recursos y realidades múltiples.
We have been destroying everything for years, putting it together, destroying it again, putting it together. In amongst this disaster, artists have raised their own glass prism, which with its empirical fragility, has given us multiple resources and realities.
Todo es surrealista hasta que llegue David Lynch a demostrar lo contrario.
Everything is surrealist until David Lynch says otherwise.