Tierra Adentro
Ilustración realizada por Julissa Montiel

Resulta difícil pensar en una relación pacífica y hasta constructiva entre la ciencia y la fe por quienes hemos crecido en el ambiente reaccionario y conservador de ambas filas. El catolicismo del siglo XX, a pesar de los grandes esfuerzos de su facción progresista, quedó muy lejos de reconciliar tales discursos, y hoy día, también a pesar de los esfuerzos de órdenes como dominicos y jesuitas, sectores poderosos de la Iglesia lideran una campaña violenta contra las ciencias sociales y naturales nuestro siglo: las teorías de género y el ambientalismo son dos de sus blancos preferidos.

Ha habido tiempos, sin embargo, en los que la ciencia y la fe no sólo han logrado convivir sino incluso avanzar juntas. Algunos periodos de la Edad Media, por ejemplo, dan cuenta de esta sinergia. ¿De qué otro modo explicaríamos la fundación de la universidad, institución a cargo de preservar la cultura helenística al mismo tiempo que promovía el desarrollo de la exégesis bíblica, la teología, las matemáticas y la astronomía? Es verdad que no fue una constante, pero sí una actitud difundida en varias regiones europeas y durante no pocos siglos. Hablar de la escisión de la fe y la razón cabe, sobre todo, en el contexto moderno y protestante más que en el medieval y católico. Pero ése es otro tema. El ambiente en que se desarrolló Gregor Mendel fue uno de los últimos resquicios de esta relación simbiótica entre las ciencias y la teología, uno donde se vivía una disposición genuina hacia la investigación científica, motivada en ocasiones por la fe.

Nació Johan Mendel en el seno de una humilde familia católica de Brno, entonces parte del Imperio austríaco (hoy República Checa) el 20 de julio de 1822. De su infancia tenemos pocos datos, parece que nunca fue muy abierto en lo que concernía a su vida privada. Ingresó al noviciado de la Orden de San Agustín en el convento de Santo Tomás, donde profesó sus votos (y se cambió el nombre a Gregor) en 1843 y se ordenó sacerdote en 1847. Contrario a lo que suele pensarse, Mendel fue fraile, no monje; es decir, no estaba recluido en un monasterio, sino que podía tener contacto con el exterior.

Tuvo serias dificultades para dedicarse a la labor pastoral y un talante destacado para las ciencias, razón por la cual fue enviado a la Universidad de Viena a estudiar botánica, física y química. El Imperio austriaco gozaba entonces de una cierta estabilidad económica y política bajo el reinado de Francisco José —estabilidad que habría de terminar durante la Primera Guerra Mundial— y los auspicios de una clase política y clerical alentadora de las ciencias y las artes.

El convento de Santo Tomás estaba regido por la Regla de san Agustín, cuya filosofía prepondera el papel del conocimiento como herramienta para lograr una comprensión más profunda de la divinidad: “Tendimus per scientiam ad sapientiam” (“Vamos a la sabiduría por medio de la ciencia”), sentencia en el libro XIII del De Trinitate. En Agustín encontramos un ejemplo paradigmático de los esfuerzos por encaminar la fe y la razón hacia un mismo fin, característica del pensamiento patrístico. Prueba de ello es que el trabajo con los libros es un presupuesto de la Regla que se le atribuye. Y aunque fue también un agustino, Lutero, quien denunció a Roma por haber corrompido la Palabra de Dios en aras de la filosofía griega, lo cierto es que Mendel bebió de la filosofía agustiniana para desarrollar una convicción profunda de cercanía con lo divino a través de la investigación científica:

“Mendel fue un hombre de cultura cristiana y católica —afirmó Juan Pablo II—. Durante su vida, la oración y la alabanza sostuvieron la investigación y la reflexión de este paciente observador y genio científico. Basado en el ejemplo de su maestro, san Agustín, aprendió por la observación de la naturaleza y la contemplación de su Autor, a unir en un solo momento la búsqueda de la verdad y la certeza de ya conocerla en la Palabra Creadora”.

No sólo la comunidad religiosa de Mendel incentivó sus estudios. En la siguiente escala, el mismo clero austriaco defendía una mentalidad más liberal que la promovida por Roma bajo el pontificado de Pío IX. Durante el mismo tiempo que Mendel llevaba a cabo los experimentos fundacionales de la genética, el papa publicaba la encíclica Quanta cura y su apéndice, el Syllabus errorum, que condenaba ideas como la separación de la Iglesia y el Estado, el matrimonio civil, las libertades de culto, de prensa y de conciencia, y remataba condenando la propuesta de que “el Romano Pontífice pueda reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la cultura moderna”.

En este periodo ocurrió un encuentro entre Pío IX y Mendel, en septiembre de 1863, junto con otras 58 personas invitadas por el embajador austriaco. El encuentro se limitó a un intercambio de saludos. Todo indica que el papa, como el resto del mundo, ignoraba las investigaciones de Mendel en los jardines del convento de Brno, y que éste tampoco le comunicó a Pío IX sus hallazgos, que, dado el clima de la época, pudieran pasar por heterodoxos o incluso heréticos. No hacía muchos años, en 1859, que Darwin había publicado El origen de las especies, desatando violentas críticas de uno y otro lado del espectro religioso. No sabemos a ciencia cierta si Mendel aceptaba la teoría darwinista de la evolución.

La situación política en Roma era delicada y los Estados Pontificios terminaron cayendo bajo el reinado de Víctor Manuel II. En respuesta, Pío IX proclamó como dogma de fe que el papa es infalible cuando se pronuncia ex cathedra en materia de fe o moral. Las repercusiones políticas del dogma fueron nulas, la Santa Sede sólo recuperaría hasta 1929 una minúscula porción de territorio concedida por Mussolini, pero las repercusiones sociales y religiosas fueron desastrosas para la facción liberal de la Iglesia, donde se encontraba el clero austriaco, al que pertenecía Mendel, y dicho sea de paso, el alemán: Franz Brentano es quizá el caso más famoso de entre quienes abandonaron el sacerdocio luego de la proclamación dogmática de 1871.

Inspirado por su padre, un humilde campesino, Mendel había adecuado en los jardines del convento un espacio donde realizar sus estudios con chícharos, que presentó a principios de 1865 ante la Sociedad de Historia Natural de Brno y que publicó al año siguiente como Experimentos sobre hibridación de plantas. Las repercusiones de su trabajo fueron nulas. Tal fracaso condujo a su autor a recluirse en el convento, del que pronto fue nombrado abad.

Los últimos años de Mendel transcurrieron en medio de serias tensiones con el recién constituido Imperio austrohúngaro a raíz del requerimiento de un impuesto sobre conventos y monasterios, al que se opuso con vehemencia. Al mismo tiempo, hijo de una generación de clérigos ilustrados en decadencia —los jesuitas ganaban más y más batallas ideológicas a la cabeza de un movimiento reaccionario en la Iglesia—, Mendel se preocupada por mantener el convento de Santo Tomás como un centro de vitalidad cultural e intelectual. Uno de sus frailes, Pavel Krizkowsky, enseñó en el órgano adquirido por el mismo Mendel las primeras clases de música a un joven Leoš Janáček.

Aquejado por una nefropatía, el abad Gregor Mendel falleció en su convento el 6 de enero de 1884. Casi todas sus libretas y cartas fueron quemadas, eliminando así registros valiosos sobre la sensibilidad espiritual de su autor y sus posibles convicciones políticas y religiosas. Habrían de pasar algunas décadas, ya entrado el siglo XX, para descubrirse y valorarse el calado del padre de la genética, el llamado “jardinero de Dios”.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
Ilustración realizada por Martha E. Saint Martin

 

Belleza y honestidad,

y dolor y piedad vivientes en el mármol muerto,

por favor, ¿cómo pudiste hacerlo?,

no llores tan fuerte,

que antes del tiempo despertará de la muerte,

y no obstante, a pesar suyo,

Nuestro Señor es tu

esposo, hijo y padre,

única esposa su hija y madre.

Miguel Ángel Buonarroti

 

 

Julio, 1971

 

Laszlo Toth acaba de llegar a Roma. Se ha dejado crecer la barba y el cabello. No sabe una palabra de italiano y ha dejado Australia. Agota las calles de Roma para anunciar la buena nueva, aunque ese anuncio sólo lo hace en su cabeza. Piensa, mientras camina por la ciudad eterna cuál será la mejor forma de dar a conocerse al mundo, de que su verdad sea revelada. El estío romano lo cansa, el barullo de los turistas y el griterío de los romanos, también. Extenuado regresa al atardecer, casi a la hora en la que cierran las puertas que es a las veintiún horas, al dormitorio en el barrio Gianicolense que llevan unas monjas.

Ha pensado en revelarse a las monjas, decirles quién es y cuál es su función. Ellas, ha pensado, no lo dudaran; pero, se amonesta a sí mismo, si ellas todavía no lo reconocen es que no merecen recibir esa revelación.

Vuelve a sentirse aislado, como cuando en 1965 llegó a Australia y no sabía hablar inglés, tampoco reconocieron su título en geología que obtuvo en su natal Hungría. Ese tiempo cuando se resignó a trabajar en una fábrica de jabones. Pero esos recuerdos los espanta como a las moscas que lo importunan mientras trata de comerse el pan que compra para comer todo el día, a veces lo hace rendir para dos días. Esos recuerdos no son míos, se dice. Los descarta porque los considera indignos de la persona que es.

Hace poco más de un mes cumplió los treinta y tres años, una intuición que lo había acompañado se concretó y tuvo la seguridad de quien era. Pudo al fin escuchar con claridad la voz de Dios. Fue ella quien le ordenó que se dirigiera a Roma, la ciudad santa donde reside el papa. Y así tomó algunas cosas y sus ahorros y emprendió el viaje que lo ha traído hasta aquí.

A diferencia de los turistas no lo conmueven los vestigios de la ciudad imperial. Impávido lo deja el Coliseo y la Torre de Trajano, ni el Panteón, ni las columnas rotas del Foro lo conmueven. Le son indiferentes los gatos que maúllan a sus pies. Las iglesias le atraen no por su valor histórico o cultural, sino porque en ellas encuentra guía. Ahí puede escuchar la voz de Dios. Ahí espera que su voz lo guíe para hacer lo que le ha encomendado, como ya lo ha guiado para venir hasta aquí.

La respuesta, sin embargo, no la encuentra en lugar sagrado alguno, si no en un puesto de revistas. Un mediodía en el que buscaba una fuente para apagar la sed vio una fotografía en un periódico exhibido, cabe señalar que era el último que le quedaba al vendedor. Se acercó para ver la fotografía que le había llamado la atención cuando un hombre, cigarro en mano, lo compró. Pero Laszlo había alcanzado a ver la silueta que era la respuesta que estaba necesitando, la silueta del Santo Padre. A él era a quien debía a hacer el anuncio, a quien darle la buena nueva y que fuera él quien la diera a conocer urbe et orbi.

 

 

Agosto de 1498

 

El cardenal Saint-Denis, el embajador del rey francés ante la Santa Sede, acude a la casa de Meser Iacopo Galli a admirar las obras de un joven escultor. Le han contado que uno de sus colegas capelados compró una de sus obras, un cupido, que le hicieron pasar por una antigüedad de tiempos de los romanos, tal era la maestría con la que estaba fabricada, pero que cuando le revelaron que era obra de un joven florentino que vivía exigió la devolución de los ducados que pagó por ella y la devolvió; sin embargo, no pocos hicieron mofa del cardenal por su poco entendimiento del arte. Ahora está aquí en la casa del rico Galli que encomendó al joven florentino no una si no dos estatuas; una de las cuales es otro cupido.

El cardenal Saint-Denis se abánica para quitarse el calor mientras sigue a Galli a la sala donde colocó las esculturas. Al cardenal lo impresionan, piensa en la capacidad de ese escultor para que la piedra deje de ser piedra y parezca que esos seres de la mitología están por dar el paso. La figura grácil de Baco sosteniendo la copa lo admira. Es posible, se pregunta, que haya hombres que sean capaces de esto. Galli, con una sonrisa y las manos a la espalda, lo deja contemplar.

Viendo esa escultura puede desentenderse de sus obligaciones, que no son pocas. Alejandro VI y sus intrigas, las intrigas de los otros cardenales, de París, de Nápoles y hasta de Aragón. Todo se desvanece ante este dios seductor coronado de vid.

Algo así para ser recordado, piensa mientras aprieta un poco los labios, algo así para honra del señor. Poner a su servicio las manos habilidosas de un artífice así, es lo que ha decidido mientras contempla la escultura de Baco.

–¿Cómo se llama el artesano?

–Su Eminencia, es Miguel Ángel Buonarroti, joven florentino.

 

 

Invierno de 1971-1972

 

Laszlo sigue caminando por las calles de Roma, de tanto andarlas las podría recorrer con los ojos cerrados. Es la prueba que tengo que padecer, se dice. Es mi retiro en el desierto. Y sigue andando por la ribera del Tíber, envuelto en su gruesa chamarra azul, por las avenidas antiguas y modernas, sentándose a descansar en las iglesias, donde, cuando corre algún viento gélido, se puede guarecer del viento, pero no del frío.

Ninguna de las cartas que le ha escrito al Santo Padre han tenido respuesta. Repasa mentalmente las palabras con las que las escribió, la primera la escribió en húngaro, su lengua natal, fue la más cordial y la más sútil, al mes sin respuesta volvió a escribir, esa vez en inglés, la lengua en la que aprendió a comunicarse desde que llegó a Australia, a esa carta siguieron un par más, también escritas en inglés. Con el italiano que iba aprendiendo en la calle intentó redactar una carta y la mandó, un macararrónico texto que sólo Toth entendía. Aún hizo la prueba de escribir una carta en latín, pero sus intentos eran demasiado frustrantes para armar un texto adecuado en el que pudiera hacer su revelación.

Aguardó entre la multitud en la Plaza de San Pedro el mediodía de Navidad. Estaba seguro que Su Santidad iba a reconocerlo desde el balcón de las bendiciones, que extendería su pontífica mano hacia él y todos en la plaza se arrodillarían ante esa verdad evidente y proclamada. Pero Pablo VI bendijo sin hacer ninguna mención a Laszlo.

Lazslo vio cómo el papa dejaba el balcón y con él los cardenales diáconos y las otras personas que acompañaron al pontífice. La plaza se fue vaciando. Pero él siguió parado en el mismo sitio. ¿Por qué no me ha reconocido? Se preguntaba.

 

Agosto, 1499

 

Miguel Ángel deja la escultura y da unos pasos hacia tras para contemplarla. La imagen de la pérdida, eso es lo que quería conseguir y se siente satisfecho con los resultados, el orgullo crece dentro de él. Reprime la culpa que la produce ese pecado capital. Ya me confesaré, se dice, además es una obra para honra de Dios y la Santísima Virgen.

Se acerca a la figura que el cardenal Saint-Denis le dio cómo modelo, una pieza de madera de un palmo de alto, una rígida Santa María sostiene a Cristo, también rígido. Los rostros desproporcionados con respecto al resto del cuerpo, no es ese el arte que Miguel Ángel persigue, le interesa mostrar el cuerpo humano según lo entendían los antiguos.

En esas cavilaciones está cuando tocan a su puerta. El ayuda de cámara del cardenal Saint-Denis está a la puerta, Miguel Ángel ya ha tenido que vérselas con él, ha sido quien lo ha proveído de los fondos para hacer realizar la escultura que el cardenal le encomendó. El ayuda de cámara penas dirige una mueca de desdén a Miguel Ángel y camina hacia la escultura

–Tiene que saber que Su Eminencia ha muerto –sus pasos apresurados se detienen frente a la escultura–. El contrato que firmó con él sigue y vigente y el encargo ha de estar listo para antes de la próxima semana.

Miguel Ángel sabe ya que el cardenal ha muerto, las noticias vuelan, máxime cuando se trata de un príncipe de la Iglesia. En cuanto al plazo ese mismo ayuda de cámara no ha dejado de recordárselo, cada dos o tres semanas ha estado acudiendo a su taller para confirmar que él estuviera trabajo. Como si no fuera el artista que soy, piensa Miguel Ángel, como ha pensado cada vez que ese hombre le ha exigido que cumpla su labor, con el mismo orgullo que sentía momentos antes mientras contemplaba la escultura.

El ayuda de cámara se lleva las manos a la espalda, camina alrededor de la escultura.

–En cuanto esté terminada nos lo informará para enviar por ella.

Quiere irse, seguir con sus obligaciones para con Su Eminencia, que, aunque ido se tiene que preparar para su sepelio. Quiere irse, pero no puede creer que el florentino de nariz chueca hubiese logrado lo que está viendo con la piedra. Esa es la Virgen y ese es Cristo descendido de la Cruz, se dice. Observa el rostro resignado de Santa María, es la madre de Dios y es una madre que ha perdido a su hijo. ¡Por Dios! El hijo, vencido, arrebatado de la vida. Pero, se dice, es sólo piedra. Es sólo piedra.

–Tiene que estar terminada antes de una semana.

Dice para salir del embelesamiento y sale del taller de Miguel Ángel.

 

 

Domingo 21 de mayor de 1972

 

Laszlo, a pesar de ser ya primavera y que el frío ha desaparecido está envuelto en su gruesa chamarra azul. Está decidido, es domingo de Pentecostes, es el día propicio para revelarse. Camina por la Plaza de San Pedro decidido.

Entra a San Pedro. Se oficia una misa. Un momento de duda, piensa que todavía no ha hecho nada y que no hay necesidad de hacerlo. Está por dar un paso atrás, ir a su refugio. La posibilidad de regresar a Australia pasa por su mente, la posibilidad de que todo lo que está haciendo es una insensatez. Es muy sencillo, se dice, vuelve, da un paso atrás y… Pero no, esa es una tentación, es la debilidad de la carne, ya antes ha sentido, antes de ser Laszlo, la debilidad de ser un ser humano, la tentación de negarse a aceptar el destino por el que ha venido al mundo.

Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya, se dice.

Camina hacia la Piedad. Mientras se acerca siente la mirada de la virgen de piedra. Todavía está a tiempo de volver. No, debo hacerlo, se amonesta.

Brinca la barandilla que separa a los feligreses de la escultura. Saca el martillo de geólogo, el mismo que ha cargado consigo desde que dejó Hungría. Intenta treparse a la base de la escultura, pero se da cuenta que la chamarra le estorba. Se la quita.

La misa ha terminado y los feligreses comienzan a caminar hacia la salida.

Vuelve a hacer el intento y se trepa. La sangre se le agolpa en las sienes, el corazón le late desbocado. Se apoya en el hombro derecho de la virgen. Le da un golpe en el rostro, pero apenas hace una mella en la mejilla.

–¡Soy Jesucristo!

A su grito sigue un golpe certero en la nariz de la virgen, que salta por los aires.

–¡Soy Jesucristo, levantado de entre los muertos!

Sus gritos desconciertan a la gente en su camino a la salida. Un nuevo golpe sobre la ceja.

Un bombero que ha ido a la misa con su mujer se detiene y brinca la barandilla.

–¡Soy Jesucristo!

Laszlo sigue lanzando golpes contra el rostro y cuerpo de la Virgen.

Un turista toma su cámara para captar el destrozo. Otro hombre sigue al bombero, quien ya está jalando de los pies a Laszlo.

–¡Soy Jesucristo, levantado de entre los muertos!

Da un golpe al brazo izquierdo de la virgen que se desprende de la escultura.

El bombero logra treparse a la base de la escultura y sostiene el brazo de Laszlo, con la ayuda del otro hombre que saltó la barandilla lo hacen bajar y lo inmovilizan.

Quince golpes logró asestarle a la Piedad, los trozos de mármol yacen a los pies de todos, algunos han sido pisados. Una piadosa señora que asiste a misa día con día a San Pedro toma un trozo y lo guarda. Un turista inglés también guarda su pedacito de Piedad.

 

 

Lunes 22 de mayo de 1972

 

Su Santidad camina seguido de algunos de sus ensotanados funcionarios y de las cámaras de televisión, lleva consigo un ramo de flores. Observa la Piedad mutilada. Coloca el ramo de flores en la barandilla. Se hinca frente a la escultura, todo el daño lo recibió la figura de la Virgen, su juvenil rostro ha quedado sin la punta d ella nariz y cargada de las huellas del martillo, sin un brazo. Sigue siendo bella, se dice Su Santidad.

Ya ha ordenado que se condecore al bombero que ayudó a detener al sacrílego que cometió esta atrocidad. También pidió que se reunieran a los expertos para restaurar la pieza, esa fea palabra utilizaron ellos. Así se refieren a una escultura de Miguel Ángel, se dice, y no sólo eso, a la imagen de la Virgen doliente con Cristo descendido de la cruz.

El santo padre murmura algunas oraciones, deja que las cámaras lo capten condolido por el sacrilegio, se persigna y parte a sus pontificias obligaciones.

 

 


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

Ilustrador
Martha E. Saint Martin
Martha Saint es una historiadora del arte que se dedica a la ilustración. Le gustan las cosas feas y la pizza con piña. Su nombre de ilustradora, Sushi con K-tsup, emerge bajo la necesidad de crear desde la ternura, la vulnerabilidad y la sinceridad más profunda. Ella es originaria de la Ciudad de México; actualmente radica en Montréal.
Retrato de Benito Juárez. Palacio Nacional. Ciudad de México. Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)

Los primeros años

En 21 de marzo de 1806 nací en el pueblo de San Pablo Guelatao de la jurisdicción de Santo Tomás Ixtlán en el estado de Oaxaca. Tuve la desgracia de no haber conocido a mis padres Marcelino Juárez y Brígida García, indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron, habiendo quedado con mis hermanas María Josefa y Rosa al cuidado de nuestros abuelos paternos Pedro Juárez y Justa López, indios también de la nación zapoteca. Mi hermana María Longinos, niña recién nacida pues mi madre murió al darla a luz, quedó a cargo de mi tía materna Cecilia García. A los pocos años murieron mis abuelos; mi hermana María Josefa casó con Tiburcio López del pueblo de Santa María Yahuiche; mi hermana Rosa casó con José Jiménez del pueblo de Ixtlán y yo quedé bajo la tutela de mi tío Bernardino Juárez, porque de mis demás tíos, Bonifacio Juárez había ya muerto, Mariano Juárez vivía por separado con su familia y Pablo Juárez era aún menor de edad.

Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué, hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano, y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre y muy especialmente para la clase indígena adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica, me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme. Estas indicaciones y los ejemplos que se me presentaban de algunos de mis paisanos que sabían leer, escribir y hablar la lengua castellana y de otros que ejercían el ministerio sacerdotal, despertaron en mí un deseo vehemente de aprender, en términos de que cuando mi tío me llamaba para tomarme mi lección yo mismo le llevaba la disciplina para que me castigase si no la sabía; pero las ocupaciones de mi tío y mi dedicación al trabajo diario del campo contrariaban mis deseos y muy poco o nada adelantaba en mis lecciones. Además, en un pueblo corto como el mío, que apenas contaba con veinte familias y en una época en que tan poco o nada se cuidaba de la educación de la juventud, no había escuela, ni siquiera se hablaba la lengua española, por lo que los padres de familia que podían costear la educación de sus hijos los llevaban a la ciudad de Oaxaca con este objeto, y los que no tenían la posibilidad de pagar la pensión correspondiente los llevaban a servir en las casas particulares a condición de que los enseñasen a leer y a escribir. Éste era el único medio de educación que se adoptaba generalmente no sólo en mi pueblo sino en todo el distrito de Ixtlán, de manera que era una cosa notable en aquella época, que la mayor parte de los sirvientes de las casas de la ciudad era de jóvenes de ambos sexos de aquel distrito. Entonces, más bien por estos hechos que yo palpaba, que por una reflexión madura de que aún no era capaz, me formé la creencia de que sólo yendo a la ciudad podría aprender, y al efecto insté muchas veces a mi tío para que me llevase a la capital; pero sea por el cariño que me tenía, o por cualquier otro motivo, no se resolvía y sólo me daba esperanzas de que alguna vez me llevaría.

Por otra parte, yo también sentía repugnancia separarme de su lado, dejar la casa que había amparado mi niñez y mi orfandad, y abandonar a mis tiernos compañeros de infancia con quienes siempre se contraen relaciones y simpatías profundas que la ausencia lastima marchitando el corazón. Era cruel la lucha que existía entre estos sentimientos y mi deseo de ir a otra sociedad nueva y desconocida para mí, para procurarme mi educación. Sin embargo, el deseo fue superior al sentimiento y el día 17 de diciembre de 1818 y a los doce años de mi edad me fugué de mi casa y marché a pie a la ciudad de Oaxaca a donde llegué en la noche del mismo día, alojándome en la casa de don Antonio Maza en que mi hermana María Josefa servía de cocinera. En los primeros días me dediqué a trabajar en el cuidado de la grana, ganando dos reales diarios para mi subsistencia mientras encontraba una casa en que servir. Vivía entonces en la ciudad un hombre piadoso y muy honrado que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros. Vestía el hábito de la Orden Tercera de San Francisco y aunque muy dedicado a la devoción y a las prácticas religiosas era bastante despreocupado y amigo de la educación de la juventud. Las obras de Feijoo y las epístolas de san Pablo eran los libros favoritos de su lectura. Este hombre se llamaba don Antonio Salanueva, quien me recibió en su casa ofreciendo mandarme a la escuela para que aprendiese a leer y a escribir. De este modo quedé establecido en Oaxaca en 7 de enero de 1819.

En las escuelas de primeras letras de aquella época no se enseñaba la gramática castellana. Leer, escribir y aprender de memoria el Catecismo del padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de instrucción primaria. Era cosa inevitable que mi educación fuese lenta y del todo imperfecta. Hablaba yo el idioma español sin reglas y con todos los vicios con que lo hablaba el vulgo. Tanto por mis ocupaciones, como por el mal método de la enseñanza, apenas escribía, después de algún tiempo, en la cuarta escala en que estaba dividida la enseñanza de escritura en la escuela a que yo concurría. Ansioso de concluir pronto mi ramo de escritura, pedí pasar a otro establecimiento creyendo que de este modo aprendería con más perfección y con menos lentitud. Me presenté a don José Domingo González, así se llamaba mi nuevo preceptor, quien desde luego me preguntó en qué regla o escala estaba yo escribiendo. Le contesté que en la cuarta… “Bien —me dijo—, haz tu plana que me presentarás a la hora que los demás presenten las suyas.” Llegada la hora de costumbre presenté la plana que había yo formado conforme a la muestra que se me dio, pero no salió perfecta porque estaba yo aprendiendo y no era un profesor. El maestro se molestó y en vez de manifestarme los defectos que mi plana tenía y enseñarme el modo de enmendarlos, sólo me dijo que no servía y me mandó castigar. Esta injusticia me ofendió profundamente no menos que la desigualdad con que se daba la enseñanza en aquel establecimiento que se llamaba la Escuela Real, pues mientras el maestro en un [cuarto] separado enseñaba con esmero a un número determinado de niños, que se llamaban decentes, yo y los demás jóvenes pobres como yo estábamos relegados a otro departamento bajo la dirección de un hombre que se titulaba ayudante y que era tan poco a propósito para enseñar y de un carácter tan duro como el maestro.

Disgustado de este pésimo método de enseñanza y no habiendo en la ciudad otro establecimiento a qué ocurrir, me resolví a separarme definitivamente de la escuela y a practicar por mí mismo lo poco que había aprendido para poder expresar mis ideas por medio de la escritura aunque fuese de mala forma, como lo es la que uso hasta hoy.

Entretanto, veía yo entrar y salir diariamente en el Colegio Seminario que había en la ciudad a muchos jóvenes que iban a estudiar para abrazar la carrera eclesiástica, lo que me hizo recordar los consejos de mi tío que deseaba que yo fuese eclesiástico de profesión. Además, era una opinión generalmente recibida entonces, no sólo en el vulgo sino en las clases altas de la sociedad, de que los clérigos, y aun los que sólo eran estudiantes sin ser eclesiásticos, sabían mucho, y de hecho observaba yo que eran respetados y considerados por el saber que se les atribuía. Esta circunstancia, más que el propósito de ser clérigo, para lo que sentía una instintiva repugnancia, me decidió a suplicarle a mi padrino (así llamaré en adelante a don Antonio Salanueva porque me llevó a confirmar a los pocos días de haberme recibido en su casa), para que me permitiera ir a estudiar al Seminario, ofreciéndole que haría todo esfuerzo para hacer compatible el cumplimiento de mis obligaciones en su servicio con mi dedicación al estudio a que me iba a consagrar. Como aquel buen hombre era, según dije antes, amigo de la educación de la juventud, no sólo recibió con agrado mi pensamiento sino que me estimuló a llevarlo a efecto diciéndome que teniendo yo la ventaja de poseer el idioma zapoteco, mi lengua natal, podía, conforme a las leyes eclesiásticas de América, ordenarme a título de él sin necesidad de tener algún patrimonio que se exigía a otros para subsistir mientras obtenían algún beneficio. Allanado de ese modo mi camino entré a estudiar gramática latina al Seminario en calidad de capense, el día 18 de octubre de 1821, por supuesto, sin saber gramática castellana, ni las demás materias de la educación primaria. Desgraciadamente, no sólo en mí se notaba ese defecto sino en los demás estudiantes, generalmente por el atraso en que se hallaba la instrucción pública en aquellos tiempos.

Comencé pues mis estudios bajo la dirección de profesores, que siendo todos eclesiásticos, la educación literaria que me daban debía ser puramente eclesiástica. En agosto de 1823 concluí mi estudio de gramática latina, habiendo sufrido los dos exámenes de estatuto con las calificaciones de Excelente. En ese año no se abrió curso de artes y tuve que esperar hasta el año siguiente para empezar a estudiar filosofía por la obra del padre Jaquier; pero antes tuve que vencer una dificultad grave que se me presentó y fue la siguiente: luego que concluí mi estudio de gramática latina mi padrino manifestó grande interés porque pasase yo a estudiar teología moral para que el año siguiente comenzará a recibir las órdenes sagradas. Esta indicación me fue muy penosa, tanto por la repugnancia que tenía a la carrera eclesiástica, como por la mala idea que se tenía de los sacerdotes que sólo estudiaban gramática latina y teología moral y a quienes por este motivo se ridiculizaba llamándolos “padres de misa y olla” o “Larragos”. Se les daba el primer apodo porque por su ignorancia sólo decían misa para ganar la subsistencia y no les era permitido predicar ni ejercer otras funciones que requerían instrucción y capacidad; y se les llamaba “Larragos”, porque sólo estudiaban teología moral por el padre Larraga. Del modo que pude manifesté a mi padrino con franqueza este inconveniente, agregándole que no teniendo yo todavía la edad suficiente para recibir el presbiterado nada perdía con estudiar el curso de artes. Tuve la fortuna de que le convencieran mis razones y me dejó seguir mi carrera como yo lo deseaba.

En el año de 1827 concluí el curso de artes habiendo sostenido en público dos actos que se me señalaron y sufrido los exámenes de reglamento con las calificaciones de Excelente nemine discrepante, y con algunas notas honrosas que me hicieron mis sinodales.

En este mismo año se abrió el curso de teología y pasé a estudiar este ramo, como parte esencial de la carrera o profesión a que mi padrino quería destinarme, y acaso fue ésta la razón que tuvo para no instarme ya a que me ordenara prontamente.

Ilustración realizada por Julissa Montiel

LADO A. Yoshimi pelea contra los robots rosados

 

Un día, Yoshimi se levantó harta de pelear contra los robots rosados. Nunca pensó que le podría cansar ni que extrañaría su casa. La batalla se le da muy bien, es su actividad favorita. O al menos así era antes de esa mañana en que se dio cuenta de que está agotada, que tomar tantas vitaminas le deja un sabor raro en la boca y que los entrenamientos le dañan las plantas de los pies y el costado de las manos.

Pero no puede defraudar a esa ciudad que confía en ella ni en su baile exótico acompañado de grititos agudos. Nada ahuyenta con tanta facilidad a esos malditos robots que comen niños como el ritual de Yoshimi. Y ella se ve tan bien haciéndolo, con el vestido amarillo y su pelo negro en forma de cazuela parece una avispa picoteando a los malvados con brazos y piernas flacas, puntuales, de karateca.

Aunque los robots rosas son nefastos, los habitantes de Fujitana tampoco pueden imaginarse la vida sin ellos. Están acostumbrados a verlos cruzando por la calle tranquilamente o sentados en el cine, como si fueran cualquier otro ciudadano. Hasta que una señal les llega de algún lado y se les ponen los ojos negros al mismo tiempo. En ese instante empieza la cacería y no dejan de atacar hasta que alguno de ellos se mete a un niño a la boca. Entonces, se van volando a Alguna Parte y no se les vuelve a ver por las calles hasta el día siguiente.

Así era antes de Yoshimi. Ahora, los habitantes se encierran en tiendas o escuelas a esperar que su heroína salga de casa lista para restablecer el orden. Cada vez que logra apagar un robot, el resto de ellos se calma y sus ojos regresan a ser blancos.

Los robots son de distintos tamaños y tonos de rosa, pero todos tienen la misma forma: una cabeza redonda con foquitos prendidos en lugar de pelo, en el centro de su cara, una boca que sonríe cuando sus ojos tienen luz blanca y que se pone seria cuando la luz se torna negra y tres o cuatro piernas gruesas sin pies.

Aún hoy no se sabe de dónde vinieron, o si trabajan para alguien… Lo que sí se sabe es que aparecieron en ese planeta mucho antes de que los oficiales vestidos de verde fueran a buscar a Yoshimi a casa de sus padres. Era un atardecer cálido, de luz y de clima, y la familia apenas volvía a casa por el monte en cuya cima se encontraba su cabaña. Yoshimi, sus padres y sus hermanos tenían la costumbre de hacer esa última subida del día sin zapatos para sentir las cosquillas del pasto entre los dedos y conectarse con la tierra. (En el lugar donde vive Yoshimi ahora, no existen espacios cubiertos de pasto). Cuando los verdes le dijeron a Yoshimi que la gente de un lugar lejano necesitaba su ayuda, sus padres la miraron con lágrimas, orgullosos. Hasta Fujitana había llegado el rumor de lo hipnotizantes que eran sus bailes capaces de alinear a las ovejas y mantener a raya al ganado. En caso de que algún animal se quisiera pasar de listo, se decía que la velocidad de Yoshimi para detenerlos era tal que los vacunos se petrificaban de sorpresa y su plan de huida quedaba arruinado. Ese día fue el más emocionante de su vida: pensar que ella pudiera ayudar a la gente.

Y ahora se siente atrapada, como si estuviera en una canción que se repite y repite, donde los ciudadanos le agradecen su valentía y sus servicios. Donde ponen todo el peso de su seguridad en los hombritos musculosos de Yoshimi. Ella entrena, pelea, vence, duerme, entrena, pelea, vence…

Así que después de una batalla en la que un robot rosa fosforescente le rompió su traje amarillo, ese que le regalaron sus padres para que fuera a pelear, Yoshimi tomó una decisión. Iba a dejar que uno de los robots se la metiera a la boca. Si quería dejar de pelear todos los días y recuperar su libertad, tenía que averiguar a dónde se llevaban a todos esos niños que se habían comido durante años. Si es que eso es lo que hacían…

Si es que eso es lo que hacían…

Si es que eso es lo que hacían…

 

 

LADO B. Yoshimi (ya no) pelea contra los robots rosados

 

Esta es la historia de un intento fallido por hacer homenaje a una canción que amo.

Hoy se cumplen 20 años del lanzamiento de Yoshimi Battles Against the Pink Robots, el mejor álbum de los Flaming Lips, banda monumental que responde a cientos de adjetivos distintos y, a su vez, se mantiene inconfundible. Psicodelia, opera espacial, rock experimental, noise rock, distorsión, ciencia ficción y tanto más.

Las canciones de Yoshimi Battles Against the Pink Robots fueron compañeras constantes en la época cuando me independicé y me fui de mi casa. Las letras de sus canciones, concisas y simples, encierran reflexiones que en esos días de cambios me hacían llorar, como la consciencia de la brevedad de la vida. Sí, yo sé que sabes, pero do you realize?? O como el cuestionamiento de “In the Morning of the Magicians”: ¿qué es el amor y qué es el odio? ¿y por qué importaría? Si al final somos máquinas biológicas que se enseñaron a amar y odiar, ¿no podríamos reprogramarnos y hacer todo de otra forma? Pero entre las canciones que conforman la lista, considero “Yoshimi Battles Against the Pink Robots Pt.1” una especie de himno no oficial entre mi heterogéneo grupo de amigos cercanos que fue fundamental durante esos años y al que me restrinjo de llamar familia para que no se vomiten de grima. La hemos cantado juntos cientos de veces, sobrios y borrachos; es una de las primeras canciones que a R. le salió en la guitarra y la que a J. le ha dado por cantar desafinado en el micrófono cuando ya no queda nadie más que nosotros en una fiesta. Por esto y porque desde hace unos años me dio por escribir cuentos, parecía que escribir una historia que girara en torno a Yoshimi sería el cierre perfecto a la narrativa hollywoodense con la que narro mi propia vida.

Se me ocurría una novela corta, un cuento, un comic, una película animada y, tras escuchar a Yoshimi peleando una y otra vez en bucle, infestándose de vitaminas por una ciudad repleta de inútiles que dependen de ella, siempre asustados de que los robots se los coman, pensé que el cuento debía llamarse Yoshimi ya no pelea contra los robots rosados y contar las peripecias de cómo nuestra heroína a) se vuelve amargada y alcohólica, b) es linchada por los ciudadanos tras traicionar su deber, c) descubre la mafia secreta detrás de los robots para desactivarlos definitivamente, d) se enamora de la unidad 3000-21 que desarrolla emociones en la segunda canción o e) versiones intermedias, cada una más desquiciada que la anterior. Ha resultado imposible. Tengo unas cinco o cuarenta versiones distintas regadas en mis archivos y no consigo terminar ninguna. En una Yoshimi deja que un robot mate a un niño sólo para averiguar qué sentirá al verlo morir. En otra los robots son dirigidos por un gigantesco monstruo marino que usa a los niños molidos por las máquinas para hacer los ladrillos de su castillo (referencia ultra directa a The Wall). En una más, Yoshimi se escapa de la canción para dar una travesía por distintos géneros musicales pasando por baladitas, corridos tumbados y reguetón hasta regresar resignada a pelear con los malvados rosas tras descubrir que a las mujeres les va peor en otras partes. Aunque reconozco que las ideas son bastante mejorables, ninguna tan horrorosa como la versión que en 2007 concibieron el famoso guionista Aaron Sorkin y el director Des McAnuff para hacer un musical de Broadway en el que los robots rosados son la alegoría del cáncer que una moribunda Yoshimi combate en el hospital…

Entonces llegó el momento de hacer una pausa e intentar descifrar el porqué de esta imposibilidad.

La historia de Yoshimi se sugiere más directamente en las primeras cuatro canciones del álbum y luego parece diluirse para dar paso a reflexiones filosóficas sobre la vida, la muerte, el amor y nuestro tiempo en esta realidad. Esto no significa que el concepto se pierda, al contrario, para mí cobra una dimensión más profunda con la transición de lo anecdótico a lo vivencial. Ya sé que Wayne Coyne, líder de la banda, ha dicho en más de una ocasión que no se trata de un álbum conceptual, pero ignoraré este detalle. Al final, las obras de arte dejan de ser del autor el día que nos las entregan.

Cómo sucede en un álbum conceptual cuando es maravilloso, la mayoría de las canciones en Yoshimi (…) se sostienen por sí solas con un significado propio, pero al unirse con el resto su intención se modifica para formar parte del todo. Por ejemplo, la primera canción “Fight Test”, con la tonadita de “Father and Son” de Cat Stevens, puede tratarse de un padre arrepentido que no quiso pelear y permitió que fuerzas malvadas (en forma de robots rosas) se llevaran a su hija. En cambio, si disociamos la letra del resto, también podría tratar sobre un hombre que creía posible evitar las batallas durante su vida y menosprecia el concepto de la hombría atada a la confrontación, y cuando llega el momento de luchar por alguien (¿un amante?) su pasividad lo hace perderle.

La canción de “Yoshimi Battles Against the Pink Robots Pt 2” evoca un campo de batalla en el que sólo podemos imaginar qué sucede, pero cuando el disco cierra con otra maravilla instrumental con “Aproaching Pavonis Mons by Balloon” el tono de marcha triunfal después de la profunda melancolía en “Its Summertime” y “All We Have is Now” da la idea de que Yoshimi sale victoriosa, sino de su batalla física contra la invasión robótica, sí de su viaje introspectivo para encontrar la libertad.

Lo que sé es que la historia perfecta está ahí, la escucho y la siento, pero no la logro escribir. Tal vez pensar en Yoshimi, atrapada en un bucle, harta de salvar a los niños y de combatir con los robots. Me rindo ante esto y quiero aceptar que la música suscita en mí imágenes abstractas y sensaciones imposibles de traducir a una narración o incluso a ideas legibles y concretas, pero sería demasiado triste. La música es un medio distinto, capaz de evocar un rango de emociones más amplias y complejas que las que el lenguaje nos da. Ahora, no puedo asegurar que dejaré de buscarla y espero que algún día aparezca en mi mente con la claridad con que la siento en el cuerpo y poder escribirla para mis amigues.

Y poder escribirla para mis amigues…

Y poder escribirla para mis amigues…

 

 

 


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes


No me considero una persona afecta a las películas de terror, por lo tanto, son pocas las que he visto. Esta aversión se debe principalmente a que no me gusta estar asustado (me sorprende que haya gente a la que sí) y, para mi mala suerte, me he encontrado con varias películas que se concentran más en los sustos que en la historia. Además, como desde niño soy sumamente supersticioso, tengo la sensación de que lo que sucede allí en la pantalla, de alguna manera, me puede pasar a mí: el verlo es invocarlo. Entiendo, es algo ridículo, pero es quien soy. Sin embargo, después de uno o dos días de haber visto una película de terror, logro comprender que no fue más que una pieza de ficción y hasta ahí, es todo: se acabaron los días de bañarme con los ojos abiertos y de mirar con pánico por encima de mi hombro. Vuelvo a la normalidad.

No obstante, esa barrera de ficción, esa pequeña capa protectora de saber que aquello “no es cierto”, se me desdibuja cuando la película contiene la manoseada leyenda de “basada en hechos reales”. Entonces, pienso, sí me puede pasar eso mismo, sería plausible pensarlo: la frontera entre ficción y realidad es delgada y qué tal si a ese demonio de la pantalla se le ocurre viajar por la red de fibra óptica y desembarcar en mi casa. Según mi lógica, a esta colonia no llegan el agua ni el pavimento, pero sí arribará un espíritu tailandés sin que le hayan dado la mínima instrucción de cómo hacerlo. No tengo dudas de que este terror atávico halla su origen en mi infancia, cuando me consideraba imán de cada maldición posible.

En una ocasión, mamá me contó la historia del comediante y locutor Arturo Manrique, Panzón Panseco, a quien enterraron vivo, cosa que descubrieron hasta abrir el ataúd y hallarlo lleno de arañazos. La historia me dejó noqueado. ¿Y si viene a espantarme en la noche?, le pregunté a mi mamá, a lo que ella me respondió que, de volver a nuestro plano, Manrique tendría mejores cosas que hacer que venir a espantarme precisamente a mí. Vaya egocentrismo, ahora lo entiendo, las primeras etapas de esta hipertrofia del yo que ahora me tiene escribiendo esto.

Una vez confesado lo anterior (no tanto mi egocentrismo, sino el miedo que me caracteriza) me resulta extraño que una de mis películas favoritas sea El proyecto de la bruja de Blair. Y es extraño porque, uno, es de terror, y dos, al principio estaba acompañada de una leyenda similar a aquella de “basada en hechos reales” aunque mucho más contundente y feroz: esta película es real. No podía creerlo: iba a presenciar un caso real de fantasmas; había llegado el aval de todos mis miedos, hasta entonces tildados de irracionales por mi familia. Yo, como tantos otros en aquellos años, caí en la trampa publicitaria y sufrí sin siquiera haber visto la película porque, además, aún no se estrenaba cuando supe que supuestamente era real.

Ya para el momento de su estreno, El proyecto de la bruja de Blair contaba con numerosos seguidores, por el simple y sencillo hecho de que estaba sustentada por una fuerte campaña publicitaria: lo que íbamos a ver, aseguraban, eran las grabaciones verdaderas de un grupo de estudiantes que, luego de salir a investigar sobre la ya mentada bruja, desaparecieron sin dejar más rastro que un cúmulo de videos que alguien, después, ordenó para mostrárnoslos. Aquel miedo de “me puede pasar a mí también”, entonces, regresó con inusitada fuerza. Yo, como tantos otros, no lo sabía, pero acababa de encontrarme con el género llamado found footage, o metraje encontrado, en llano español: una ficción disfrazada de no ficción.

Si bien los antecedentes de esta película (que vuelvo a ver con regularidad y siempre, sin importar qué, me asusta) pueden hallarse, por ejemplo, en Holocausto caníbal, considero necesario señalar que no era, estrictamente hablando, un recurso narrativo “nuevo”: ya antes existía el “manuscrito encontrado”, un artilugio narrativo que data de hace ya varios años. En Los prodigios más allá de Thule, de Antonio Diógenes, podemos hallar los orígenes de esto: él aseguraba no ser el autor de la obra, sino solo su descubridor. Años después, Miguel de Cervantes Saavedra, en El Quijote de la Mancha, afirma que una parte del ya citado libro no es de su autoría, sino de un tal Cide Hamete Benengeli. En la portada de ambos libros bien podría encontrarse aquella famosa leyenda de “basada en hechos reales”, un etiquetado que nos indique a qué nos enfrentamos, un juego metatextual, pero, también, un posible recurso de defensa.

Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, escritores y directores de El proyecto de la bruja de Blair, aprendieron a las mil maravillas la lección de Cervantes: lo que vamos a ver (a leer) no es mío, sólo lo encontré. ¿Quejas, sugerencias, dudas? No, no es conmigo con quien lo ve, reclámele a los autores. Ah, un momento, es cierto: están desaparecidos o, en el caso del Quijote, bien lejos. Cervantes padre del found footage, ¿quién lo diría? Pero de qué no es padre aquel señor sin una mano.

Este juego metaficcional en la mentada película sirve, sí, para adentrarnos más en la historia, para envolvernos, pero también funcionó a la perfección para justificar un trabajo más bien modesto en cuanto a dinero se refiere: la película se grabó con poco más de 60,000 dólares. Es decir, estamos frente a un proyecto que supo poner todo a su favor, tanto la escasez monetaria como la falta de acceso a la información que sufría el público en aquel entonces y que, por lo tanto, no nos permitió corroborar si de verdad aquello era real. Un proyecto así, hoy en día, no sería tan fácil de colocar en el público, al menos no con la consigna de que no es ficción. Eso lo saben sus directores y lo han comentado en numerosas ocasiones: El proyecto de la bruja de Blair fue posible sólo en ese momento de la historia y es acaso irrepetible no como obra, sino como fenómeno.

La película, considero, es de una calidad suprema no sólo por el filme en sí, sino por toda la construcción paralela que realizaron sus autores, quienes nos hicieron creer que, en realidad, eran unos meros Cervantes que dieron, por casualidad, con su Cide Hamete Benengeli. Nos hicieron creer que habían hallado, no creado, y así, ¿quién pondría en duda lo que allí en la película sucedió? Y además, ¿quién podría quejarse de los malos encuadres, del sonido defectuoso, de la historia que a algunos les parece insostenible?

Quien aprovecha su tiempo, sus limitaciones, y las pone a su favor, merece, para mí, una ovación de pie. Quepa aquí una segunda confesión: no me gustan las películas de terror, pero adoro los videojuegos de ese género. ¿Por qué? Lo ignoro, pero así es. Mi favorito es Silent Hill, un juego que se desarrolla en un pueblo embrujado donde pocas cosas podemos ver a la distancia debido a la niebla que siempre inunda el lugar. Aplaudido por muchos como un recurso por demás ingenioso (vaya terror el que provocaba no saber qué había más allá de la niebla), se trataba, en realidad, de una artimaña de los diseñadores para ocultar los escenarios que el juego todavía no cargaba. Como Myrick y Sánchez, los diseñadores aprovecharon las debilidades para convertirlas en fortalezas y, además, lograron una historia que provocó más de una pesadilla entre toda la comunidad de jugadores porque, aunado a todo lo anterior, el protagonista, a diferencia de otros juegos del género survival horror (como Resident Evil y Alone in the dark), no era un militar entrenado o un detective feroz, sino simple y sencillamente un escritor con la mala suerte de caer en aquel pueblo infernal. Quizá, otra vez, pensé que eso me podría pasar a mí, no por escritor ni mucho menos, sino porque, ya lo dije, pensaba que todo mal andaba buscándome y ahí había una historia donde el protagonista era un hombre común y corriente.

Pasaron los años y los juegos de terror siguieron apareciendo, con mayor o menor fortuna (como las películas que emulaban a El proyecto de la bruja de Blair), y no hubo grandes sorpresas hasta que, en 2001, desembarcó en América un videojuego japonés de terror que volvería a cimbrar todo: Fatal Frame. No era aterrador sólo por el juego en sí (que usaba a la perfección el sonido, la jugabilidad, el apartado gráfico y, sobre todo, la historia, plagada de fantasmas y demonios), sino porque en aquellos años aún estaba fresca la impresión causada por la película de El aro (remake de Ringu, un filme japonés basado en la novela de Koji Suzuki). Además, el videojuego contaba con una leyenda de advertencia en el empaque: basado en hechos reales. Otra vez, me advertían (o esa era mi impresión), que eso me podría pasar a mí.

A pesar de que en aquellos años ya se había develado que esto suele ser un mero truco publicitario (El proyecto de la bruja de Blair, oh sorpresa, resultó ser un trabajo ficcional), aquel etiquetado volvía a hacer de las suyas en mí. Los creadores del videojuego llegaron a decir, en algún momento, que sólo habían transformado una historia “real” en un videojuego, y que por el momento no podían dar más detalles. Agregaron, eso sí, que ellos no eran los autores de la historia, sino que se la habían encontrado y decidieron convertirla en videojuego. El manuscrito encontrado y el metraje encontrado daban la bienvenida a un nuevo miembro de la familia.

Cervantes se hace pasar por un autor que no es Cervantes (potenciando el yo lírico a su máxima expresión) y dice que el responsable es Cide Hamete Benengeli; Antonio Diógenes dice que no creó aquel texto, sólo lo encontró; Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, años después, afirman algo igual: estamos frente a autores que se esconden atrás del narrador creado y ceden, así, una parte de la “gloria creativa” a su yo lírico, es decir, abdican del narcicismo de signar una obra con el nombre propio, en aras, a veces, de un juego narrativo mayor, y nos aseguran que eso que estamos viendo es obra de alguien más, que ellos sólo tuvieron la suerte de encontrarlo: toman distancia entre narrador y autor.

Pero este apostatar de la autoría de un texto, de un material presentado, no es exclusiva de la ficción o, en todo caso, de la ficción pura. John Gibler, en Una historia oral de la infamia realiza, como se afirma en el prólogo, un ejercicio de “anti Narciso”: en ningún momento leemos una palabra suya, una frase de su autoría. El libro se compone de la disposición (armónica, por supuesto) de las distintas entrevistas que compiló durante su investigación. En apariencia, nada de lo que está en el libro es obra suya (todas las palabras pertenecen a los sobrevivientes del episodio de Ayotzinapa), pero podemos hallar su impronta entre líneas, en el sutil acomodo de las palabras: ahí, y no en otra parte, yace el autor. Él, como en su momento aseguraron Myrick y Sánchez, no inventó nada, sólo acomodó. El recurso es el mismo, aunque, claro, en un caso hablamos de ficción y en el otro de no ficción.

El juego, sin embargo, es casi idéntico: estamos frente a autores que nos dicen “yo no creé nada, esto lo he encontrado”. Una aseveración similar hacen ciertos autores cuando hablan del proceso para escribir sus obras: no son ellos quienes la han creado, sino alguien o algo más, una fuerza que sólo fluyó a través de su pluma, acaso esa Voz Extraña de la que habla Fabián Casas en el ensayo que lleva el mismo nombre. Se asumen, así, como una suerte de médiums que nos transmiten mensajes de otros, mensajes que sólo “encontraron”. Analizado a profundidad, esto es el acto creativo: transmitir lo que “otros” dicen, aunque aseguremos que esos “otros” habitan fuera de nosotros, los no otros: somos meros amanuenses, copistas siempre de un tercero, de otras voces; el mecanógrafo que toma dictado y pasa a limpio.

Si Gibler recogió testimonios y se dispuso a acomodarlos para lograr su intención, podríamos hablar, quizá, de una obra de tipo epistolar. Ya otras obras (de ficción casi siempre, insisto) habían echado mano de este recurso. En Drácula, por ejemplo, hallamos (sí, hallamos) un cúmulo de testimonios ordenados por una mano invisible (y no esa que regula el mercado): nunca una sola palabra de un narrador omnisciente. Es decir, tanto en la obra de Gibler como en la de Stoker estamos frente a un manuscrito no hallado ni creado, sino acaso “armado”. En ambos casos (el de testimonios “falsos” o “verdaderos”, en Drácula o Historia oral de la infamia) hallamos que la disposición lo es todo: ahí está al autor, en sus detalles, aunque ceda protagonismo a sus narradores, creados por él mismo o reales. Es el titiritero que nunca vemos más que a través de su trabajo.

Estos juegos textuales donde el autor nos orilla a creer que estamos frente a algo “real” o, en todo caso, nos encamina a algo lo más “real” posible, no son exclusivos del found footage (o metraje encontrado) ni de su abuelo, el manuscrito encontrado. Marcel Schwob, en Vidas imaginarias, plantea un ejercicio de creación que, acaso, se halle entre lo ficcional y lo no ficcional. A partir de personajes “reales”, elabora historias “no reales”, en un trabajo que mucho tiene de ficción y por momentos pretende parecer no ficción. Ejercicios similares se aprecian, también, en la prosa de Juan Rodolfo Wilcock en La sinagoga de los iconoclastas y, de forma más reciente, en la pluma de Benjamín Labatut con Un verdor terrible. Estos libros, por poco, salen al mercado con aquella leyenda de “basados en hechos reales”. Pero, ¿por qué en esas obras creemos, o al menos creo, estar frente a una pieza no ficcional o en todo caso no del todo ficcional? ¿Qué me lleva a creer eso? ¿La misma candidez que me hizo creer que Panzón Panseco me atacaría apenas tuviera oportunidad?

En el estudio introductorio a Vidas imaginarias se puede leer una afirmación: “Fantasmas se ven con bastante frecuencia, pero con sombrero de tres picos, nunca”. De fantasmas, así en general, fantasmas (póngales usted, como la cola a un burro, los detalles que más le aterren), se habla mucho, ¿pero cuándo con tanto detalle, con tremenda precisión? Y es justo eso, los detalles (donde habita según dicen, el diablo), y la sucesión y disposición de estos, lo que dota a sus textos de una naturalidad pasmosa, de una suerte de etiquetado de “basado en hechos reales”. Al fin y al cabo, ¿no son, todos los libros, algo basado en hechos reales, por más imaginarios que sean? Porque lo imaginario, como dice Piglia en Blanco nocturno, no es lo irreal, sino lo que es posible, aunque todavía no sea, y ahí, en esa proyección al futuro, yace lo que existe y no existe: el fantasma.

Schwob y sus epígonos, es justo mencionarlo, construyen obras ficcionales con trazas de no ser del todo ficcionales, y para ello se valen de avales de veracidad, pequeños rasgos que nos hacen creer que lo que está ahí no es falso. Mencionan libros que nunca existieron, hablan de historiadores que jamás pisaron este mundo, citan pasajes que pudieron, o no, existir, emplean traducciones irrastreables: usan herramientas que normalmente atribuimos a la no ficción y las resignifican al colocarlas en la ficción (Borges en este momento rasguña su ataúd de la pura emoción). Colocan una etiqueta a productos que no necesariamente responden a lo que ahí se señala, aunque el efecto es el mismo: entendemos, así lo hemos acordado, que hay ciertos elementos de la ficción y otros tantos de la no ficción y en ellos confiamos para saber frente a qué nos encontramos. Ellos, como figuras literarias de autoridad, avalan y nosotros estamos deseosos de creer, firmamos un contrato ficcional. Por eso aterran las películas de terror, por eso nos dejamos llevar por esas vidas imaginarias y por eso, en mi caso particular, me sigue aterrando El proyecto de la bruja de Blair: por sus avales de veracidad que son entendidos sociales: grabación profesional, con cámaras profesionales, es ficcional; grabaciones defectuosas, con cámaras caseras (que yo podría tener) es verdadero.

Así como Schwob tiene continuadores de su legado, Myrick y Sánchez crearon un camino que otros han recorrido: las películas de metraje encontrado no se han extinguido, sino que proliferan, aunque no hayan logrado el éxito de El proyecto de la bruja de Blair. ¿A qué se debe esto? Según estos cineastas, podría obedecer al hecho de que ahora el mundo está más alerta ante este tipo de “embustes”: analizamos, preguntamos, buscamos en internet para corroborar o refutar: poseemos información que, por ejemplo, los lectores de El quijote no tenían o, sin ir más lejos, nosotros no teníamos en el año de estreno de la Bruja de Blair.

Lo anterior, también, se debe, según el mismo Sánchez afirmó en una entrevista, a que las audiencias estaban dispuestas a aceptar nuevas historias y nuevas formas de contarlas: lo que a la película le falta de veracidad, le sobra de verosimilitud. Estos dos elementos son vitales en cuanto a la narrativa se refiere. Una obra debe ser creíble, establecemos un contrato ficcional con el receptor: lo que te estoy contando obedece a sus propias reglas internas; si no es creíble, si no logra abstraernos por un momento de la realidad y desaparecer el tiempo, no es funcional del todo. Ya lo dijo Julio Ramón Ribeyro: si el lector no acepta el desenlace de un cuento, este ha fallado.

Myrick y Sánchez aseguran que El proyecto de la bruja de Blair, en estos años, no funcionaría, porque estamos más al pendiente: ahora sabemos que hay formas de alterar la realidad, que hay ficción por todos lados y que esta ya no se limita a sus contenedores usuales. Por ejemplo, vemos una fotografía y no sabemos, a ciencia cierta, si ha sido alterada: lo que antes era una prueba fehaciente, la imagen escrita con luz, ahora, sabemos, puede ser un trabajo de ficción tan logrado que, por momentos, parece no serlo.

Cuando hablo de fotomontaje, no hablo de trabajos realizados con un programa especializado de computadora, sino de aquellas imágenes donde se superponían dos elementos dentro de una misma fotografía, a veces con una técnica por demás rudimentaria como el fotocopiado, para lograr una tercera imagen, por supuesto ficcional. No necesariamente estos elementos eran ficticios por sí mismos, lo que funcionaba como un aval de veracidad. Por ejemplo, cuando era niño, mi hermano mayor me mostró una fotografía donde estaba hombro a hombro con Pancho Villa, Emiliano Zapata, Lucio Cabañas y el Sub Comandante Marcos. En un primer vistazo, no logré entender qué tenía de raro aquella imagen (no del todo mala en su ejecución, debo decirlo), pero después me hicieron notar que todos aquellos con los que posaba mi hermano, a excepción de él mismo y el Sub Comandante Marcos, ya habían muerto. Dos elementos no ficcionales, superpuestos, lograban una tercera imagen, una verosímil: basada en hechos reales, pero no real.

Dada la efervescencia política y social de aquellos años (mediados de los 90), mi papá le pidió a mi hermano que se deshiciera de aquella fotografía: si llegaban a encontrársela en un cateo de la policía, aseguraba, no habría forma de evitar problemas. Si eso pasa, rebatió mi hermano, les diré que yo no la hice, que me la encontré. La excusa era mala, ahora lo sé, pero mi hermano apostató de su carácter de autor para esconderse detrás del viejo artilugio de la obra encontrada. Ese tipo de obras, lo descubrí posteriormente, rara vez, y sobre todo cuando tienen fines difamatorios, poseen un autor que se reconozca como tal: siempre son “encontradas” en algún lado: nadie reconoce su autoría. Otra vez, el creador abdica de su posición y se esconde tras una invención paralela: su narrador. Alguien me pasó esta fotografía, me la compartieron, la encontré en internet: el mecanismo ficcional sirve de defensa ante posibles fallos narrativos, ante posibles problemas derivados por la autoría.

En estas fechas, donde los recursos para alterar un hecho antes considerado inamovible, es difícil diferenciar qué es aquello basado en hechos reales y qué es real. El artificio ficcional, bien elaborado, puede llegar a suplantar, por un instante, a la realidad. Tendemos a creer lo verosímil, no lo veraz, por más descabellado que sea el hecho, incluso el ataque del espíritu de una bruja o la convivencia de un adolescente con líderes guerrilleros fallecidos años atrás. La verdad no basta a veces para hacernos creer.

No sé si es porque en estos momentos fumo como si no hubiera un mañana, pero recuerdo que Julio Ramón Ribeyro aseguraba en su decálogo sobre el cuento que, si la historia es real, debe parecer ficticia, y si es ficticia debe parecer real. Es una discusión harto manida, pero presente: hay quienes siguen creyendo que veracidad y verosimilitud son sinónimos, cuando, a veces, pueden llegar casi al extremo de convertirse en antónimos. Por ejemplo: hay quienes, al vaciar una historia a la hoja, con la esperanza de que se vuelva una pieza de narrativa ficcional (cuento, novela, minificción), se apegan “demasiado” a la realidad y vierten la historia tal cual fue: un ejercicio amanuense. Cuando se les señala que no es verosímil, insisten en que es veraz, aunque estos términos, tan cercanos, acaben siendo polos opuestos en ocasiones. Sí pasó así, pero no puede ser contado como tal si queremos que se crea. Porque hacer creer es, de cierta manera, crear. La historia oral, sea de la infamia o no, se transforma en su camino al terreno de lo escrito, de lo filmado.

En la década de los 90, en Estados Unidos hubo una serie de llamadas telefónicas a establecimientos de comida rápida, en los que un supuesto agente de la policía obligaba a los gerentes a detener a algún empleado bajo cargos de posesión de drogas. El gerente obedecía, sin importar lo irracional o arbitrario de las órdenes, puesto que creía estar hablando con un agente de la ley “real”. ¿Cuáles eran sus avales de veracidad? La voz, el tono, la posesión de datos sensibles: por inverosímil que fuera la historia, le resultaba veraz porque el delincuente, narrador al fin y al cabo, había urdido una trama creíble.

Uno de estos casos, quizá el más famoso, fue el de Louise Ogborn, en el que esta joven empleada terminó siendo víctima de abuso sexual a manos de la pareja de la gerente del establecimiento. Este caso sería llevado a la pantalla en la película Compliance, para mí, un filme tan fuerte y aterrador, aunque en sus propios términos, como El proyecto de la bruja de Blair. Sin embargo, numerosos espectadores, me cuento entre ellos, declararon que la película es un tanto inverosímil, y esto quizá se deba a su estricto apego a la veracidad del hecho: el creador no es amanuense de la realidad, no debe serlo. El director, Craig Zobel, sacrificó elementos propios de la narrativa para ofrecernos un retrato de lo real, no un retrato hablado.

Aquel delincuente que hacía las llamadas telefónicas, amén de poseer intenciones por demás dañinas, formó un ejercicio narrativo inusitado: implantó la ficción en la no ficción, hizo creer que algo de verdad estaba pasando: se construyó, para una historia precisa, a su Cide Hamete Benengeli y, así, logró que sucediera lo que planeaba. Un psicólogo llamó a este comportamiento “voyeurismo virtual”: aunque era el artífice del embuste, disfrutaba viendo el resultado, aunque de lejos, sin participar, sin tocar, siempre protegido por la distancia y el anonimato. Así como el que ve películas de terror desea ver, pero no participar, el voyeurista aprecia, pero no toma un papel activo. Hoy todos somos voyeurs, decía Monsiváis, incluso de los relatos. Deseamos saber más, siempre más, pero no participar. Deseamos conocer el desenlace de algo, pero desde la seguridad de la distancia.

Quizá debido a lo anterior es que El proyecto de la bruja de Blair es de mis películas favoritas: me hace creer, así a secas, creer, incluso contra todo pronóstico lógico o racional. Una parte de mí entiende que eso no es “real”, pero otra, la más fuerte, sabe que eso es posible por imaginario. Puede ser, además, que sea de mis películas predilectas porque su forma de narrar me parece por demás inteligente: no muestra nada, sólo sugiere. Jamás vemos a la bruja, pero me he cansado de imaginarla, siempre moldeada por mis más profundos terrores. En este filme encuentro un ejemplo de cómo me gustaría narrar porque convierte al espectador en voyeurista, alguien que desea ver qué más sucedió y se alegra, como el que presencia un accidente de autos, de que no le pasó a él. Participa pero desde lejos, porque sólo busca la amenaza del encuentro, no el encuentro mismo.

He llegado a pensar que mi gusto por los juegos de terror, mucho mayor que el de las películas de terror, se debe a un simple y sencillo hecho: en el juego poseo control, a diferencia de la película, donde estoy a merced de las órdenes del director. Soy yo quién decide hasta dónde llegar y cuándo, qué cantidades de estrés soy capaz de soportar y entonces, llegado al límite, descanso un poco y vuelvo no a presenciar una historia, sino a desenmarañarla con mis propias manos. No soy una víctima del bromista del teléfono ni mucho menos un testigo: me vuelvo cómplice, colaborador. Aparezco hombro a hombro con él, aunque nos separen el tiempo y la distancia.

Es sencillo: en el fondo sigo siendo ese niño que escuchaba, a veces a escondidas, y con plena consciencia de las consecuencias, las historias de terror que los adultos a su alrededor se compartían. Sigo siendo ese que, en cuanto alguien aseguraba tener una historia de fantasmas (siempre improbable, nunca imposible), se quedaba a escucharla hasta ya no poder más y salir corriendo a otro lado. Quizá, desde entonces, intuía la diferencia entre algo “basado en hechos” reales y algo “real”; el primero me seducía y el segundo me aterraba, pero ambos sentimientos comparten muro en mi pecho y lo que hace uno lo escucha el otro.

¿Qué pasaría si dijera que el que escribió esto no soy yo, sino un personaje que me inventé? Un narrador potenciado, un yo lírico llevado al extremo: mi propio Cide Hamete Benengeli, al que le atribuyo cosas que quizá no diría. Al final del día, ¿eso importa? Si dijera que este ensayo lo encontré, y no es mío, ¿algo cambiaría? Recordar es inventar: quizá nunca tuve miedo de que el espíritu de un comediante viniera a espantarme. Quizá este texto no es real del todo, sino simple y sencillamente un ensayo, como tantos otros, basado en hechos reales.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada Aprovéchate de mi. Tierra Adentro
Portada Aprovéchate de mí. Tierra Adentro

Me pongo los audífonos y aprieto el play de la lista de reproducción que escuchaba en la mañana, cuando venía camino al puesto. Aunque la canción apenas empieza, la reconozco enseguida. Ya sé que es cover, que originalmente la tocaban Los Tres, pero no importa, Cafeta la arregló y para mí con ellos suena mejor.

Cierro los ojos y en vez de cantar bajito me quedo callado para sentir la música. Eso es lo mejor de guardarla en el celular: te pones los audífonos y las canciones se van directo al cerebro, sin filtros. No hay ruidos de conversaciones, de carros o de música que no quieres escuchar. Las canciones entran y se descomponen como líneas de un estambre de muchos hilos, y de uno en uno se van adonde tienen que terminar. Algunas ahí en los oídos, otras en las yemas de los dedos, otras más en la garganta. Por lo general así se reparten, pero las canciones buenas también se quedan en la nuca, el tabique de la nariz, bajo los párpados y hasta detrás de los ojos. Esta rola es de esas. Nunca la escucho de pie o caminando, cada que empieza me quedo quieto, y si puedo me siento para disfrutarla como se debe: con los ojos cerrados y sin tener que saber de otra cosa.

Desde hace dos años trabajo en un puesto de barbacoa que se pone los fines de semana al final de San  Roque casi en la entrada de Galaxia. Es el más grande de por aquí y no me puedo quejar. Aunque solo me pagan cuatrocientos pesos por los dos días, con las propinas junto cuatrocientos más, y siempre me dan de comer. Con lo que saco me alcanza para mis pasajes y casi todos mis gastos de la escuela, y si lo estiro suficiente me puedo pagar algunas salidas al cine, zapatos o ropa.

El puesto tiene un área para despachar la carne, otra para el consomé y otra para mantener caliente un enorme comal en el que varias mujeres echan tortillas de masa azul y preparan tlacoyos y quesadillas. Entre cinco meseros nos repartimos tres mesas en las que caben hasta veinte personas en cada una con las sillas bien pegadas entre sí. La gente empieza a llegar desde las siete de la mañana y terminamos de atender a las tres de la tarde. Luego tenemos que doblar unas lonas rojas muy pesadas que sirven de manteles y techo, lavar las sillas, las mesas, los cinco molcajetes gigantes, la freidora, el comal y un montón de platos, vasos y cucharas.

El puesto ocupa dos locales de un conjunto de siete que construyeron apenas hace cinco años, y por los que han pasado varios negocios que nunca tardan en quebrar. Solo dos hemos estado aquí más de un año: el puesto de barbacoa y la dulcería que está a un lado. En el puesto somos un montón; en la dulcería nada más dos: Manuel y su esposa, Elena.

Estoy en una silla de plástico porque ya terminamos y falta poco para hacer la limpieza. Mientras los demás comen yo escucho música, siempre elijo escuchar música… No mames. Nomamesnomamesnomamesnomames, viene para acá, Manuel viene para acá. Camina despacito hacia mí con su sonrisota, como si todo en la vida estuviera bien. Pinche güey, nadie le puede creer esa cara de felicidad. Ya vio que estoy sentado. Ya vio que hay una silla vacía aquí junto. Se va a sentar… Nomames que se va a sentar junto a mí… Se sentó. Me saluda:

—Quihubo, Santi, cómo te va.

Separa los labios y deja ver sus dientes. Pinche güey, si supiera cómo me pone. Si supiera cuánto me gusta su sonrisa, pero me da en la madre cuando me la dirige porque no sé qué pensar.

—Bien, Manuel, ya terminamos—me quito un audífono

—Qué bueno, nosotros también ya nos vamos como en quince minutos. Es sábado y el cuerpo lo sabe

Lo observo y sonrío. Mi cuerpo lo sabe también, sabe todo del tuyo, aunque no quieras acercarte. No, aplácate, Santiago, o tu cuerpo quetodolosabe te va a traicionar.

—Eso está bien, Manuel, ¿cómo vas a quedarte tarde en sábado? Para eso eres jefe.

 

Me sonríe de nuevo. ¿Por qué me sonríe? Si supiera de la punzada que me atraviesa la boca del estómago cada vez que se me acerca o me habla, chance y no lo haría tan seguido. Ulises, quien corta la carne y es encargado del puesto, ya nos vio y desde lejos le hace una seña.

—¿Lo vas a esperar? —le pregunto a Manuel y señalo a Ulises

—Sí, Santi, vamos a echar humito.

Mi papá fumaba, pero yo no. Si fumara tal vez Manuel vendría a buscarme más. Pero entonces yo no me fumaría un cigarro completo, mejor le pediría del suyo. Él lo encendería y le daría la primera fumada, luego me lo pasaría y lo pondría en mi boca para que me llegara con su sabor, como un beso de papel arroz. Se lo regresaría y él se lo quedaría entre los labios para sellar un código. cuyo significado solo él y yo conoceríamos… Nomamesnomamesnomames, ya se me paró. Pensar en su boca húmeda, en su saliva caliente, siempre me da este resultado. No quiero que se dé cuenta, qué vergüenza. Me inclino para disimular mi erección, y el audífono que no traigo puesto cae y queda suspendido delante de mí.

—¿Qué oyes? —me pregunta y observa el cable entre mis piernas; lo jalo y me muevo para que el pantalón no me apriete.

—Café Tacuba. Me dice que los conoce y no me sorprende.

—¿Te gustan, a tu edad? —me pregunta.

—Soy fan, ya hasta fui a verlos en vivo.

—Órale, qué chido, ¿qué canción es?

—“Tírate”.

Entrecierra los ojos y entiendo que no la identifica. ¿Cómo dice que sabe quiénes son y no conoce “Tírate”? Le paso el audífono que tengo colgando, desbloqueo el celular y regreso la canción para reproducirla desde el inicio.

—Tienes que poner atención para que le entiendas —le advierto—, o no va a tener chiste que la escuches. Me dice que sí con la cabeza y escuchamos:

 

He encontrado cosas buenas para soportar el calor del hambre cuando me voy a acostar.

Y si me dices que te vas, que no lo quieres intentar entonces abre la ventana y tírate

 

Cuando el ritmo acelera, Manuel lo marca con el talón derecho. Tiene unas arrugas chiquitas en la frente y sus pestañas son largas y chinas. En la parte acústica abre los ojos y me dice que está chida, intensa.

—Tírate, nomás eso, “tírate” Santi. Así debes hacer en la vida, si no, no tiene caso.

—¿Cómo? —no le entiendo.

—Pues sí —me contesta—, el chiste es aventarte, dejarte caer, si quieres tirarte al vacío.

—No es lo mismo tirarte que dejarte caer, Manuel.

—No importa, esta es la buena, hay que tirarse, nomás eso —me lo dice con la mirada seria—. ¿La canción es de ellos?

—No, la canción original es de Los Tres, un grupo chileno que se deshizo en el año dos mil, pero en el dos mil dos Cafeta sacó Vale Callampa, que fue su tributo a Los Tres, y de ahí salió esta versión de “Tírate”.

Me mira con una ceja levantada. Me caga. Como si le sorprendiera que sé cosas.

—¿A poco sí muy conocedor de Café Tacuba? —Pues sí, ya te dije que hasta fui a verlos en vivo. Ulises se acerca y llama a Manuel. Él se levanta y me dice:

—Chida la rola, Santi, luego me la pasas.

 

No sé si se está burlando o en serio le gustó, pero me vi muy pendejo explicándole la historia de una de mis canciones favoritas. Me guardo los audífonos y el celular en la bolsa del pantalón y voy a buscar mis cosas para hacer la limpieza e irme a mi casa.

Todo el tiempo lo observo, quiero ver qué tiene de diferente, por qué cada vez que está cerca de mí es como si se me resbalaran los calzones. Convivo con otros hombres en la escuela y aquí en el trabajo, y con nadie más me pasa. Cuando se me acerca es como si el piso y las piernas me temblaran, y mi corazón bombea sangre muy rápido a cada parte de mi cuerpo. Tun tun en mi pecho, tun tun en mi cuello, tun tun en mi boca, tun tun en mis párpados, en las piernas, en las yemas de los dedos y debajo de mi estómago. Las manos me sudan frío y una punzada me atraviesa el pecho y la espalda. Me dan ganas de decirle que cuando está junto a mí es como si despidiera un calorcito que me envuelve. A veces, cuando no lo veo, lo imagino cerca, caminando junto a mí en la calle o sentado en la misma mesa que yo en la biblioteca de la escuela. Lavo el piso con fuerza y conforme la espuma se junta bajo la escoba me pregunto si él no se da cuenta. ¿No sentirá que anda conmigo, aunque estemos lejos? ¿Que lo llamo y pienso en él?

Lo miro fijamente porque he escuchado que la fuerza del pensamiento es poderosa. Si deseo que voltee a verme de seguro terminará por hacerlo. Recargo el palo de la escoba en mi pecho, me pongo los dedos en las sienes, hago movimientos circulares y lo apunto con los ojos: mírame, voltea, mírame, voltea, mírame, voltea. Me concentro muy fuerte. Observo su cara, sus brazos, sus ojos, su nombre, a todas horas, en todos lados. Mírame, voltea, mírame, voltea, mírame, voltea. ¿En serio no lo siente? Yo creo que en mí nadie piensa y por eso no lo siento.

A veces pienso en mi papá y me pregunto si alguna vez se acuerda de mí. Si Manuel me extrañara yo lo sentiría. Sus pensamientos deben ser más fuertes que los míos, podría llamarme siempre que quisiera, aunque fuera solo para que pensara en él. Voltea y me sonríe. Lo sintió. Sintió mis pensamientos. Quito las manos de mis sienes, bajo los brazos y le devuelvo la sonrisa al mismo tiempo que la cara se me calienta. Me saluda con la mano y pienso que sintió todo lo que hice antes y que volteó porque yo quería que volteara. Pinche güey, hasta adivino es. Le devuelvo el saludo y mejor sigo con la limpieza.

Me reacomodo los audífonos y cuando pongo play escucho “Tírate”. La letra suena y se me va al estómago sin escalas:

Sé que no lo harás, cae el cielo sobre el mar.

Sé que no dirás palabras de verdad

Termino la limpieza y recuerdo que mi mamá me dijo que regresara temprano a la casa. Ulises y Manuel siguen sentados. Cuento las colillas que tienen cerca de sus pies. Ya van en el cuarto cigarro cada uno. Elena se acerca y los interrumpe. Va por Manuel, de seguro ya se fastidió de esperarlos, pues ella tampoco fuma. Tal vez debería juntarme con Elena para saber más sobre Manuel, hacerle plática o al menos saludarla cuando llegan en las mañanas. Pinche vieja suertuda. Si nos hiciéramos amigos, nos pondríamos a platicar mientras ellos fuman. Yo le preguntaría un montón de cosas y de seguro nos daríamos cuenta de que a los dos nos gusta lo mismo de él.

Elena regresa y Manuel y Ulises se ríen de algo. Manuel suelta el cigarro y lo pisa con el pie derecho. No puedo dejar de mirarlo, ya casi se va. Cerrarán su local, caminarán a su carro, él le abrirá la puerta del copiloto, ella entrará tras agradecerle el gesto, luego él rodeará despacio por el frente y antes de subir se acariciará la barba. Se encaminarán hacia donde sea que vivan juntos. ¿Qué tiene Manuel? Tal vez, cuando se conocieron, Elena también sintió el temblor en las piernas y en el piso.

Creo que cuando empiezas a estar con una persona sientes cosas diferentes a las que sientes cuando llevas con ella tres, cinco o diez años. Quién sabe si yo podré tener una relación con Manuel o con cualquier otra persona, pero supongo que las cosas que siento cambiarán. No puedo imaginarme toda la vida con la cabeza y el piso revueltos cada vez que la persona que me gusta esté cerca de mí.

Termino de hacer mi parte de la limpieza. Guardo mis cosas y me pongo la sudadera. Me gustaría que Manuel me preguntara si me queda que me dejen en algún lado. Ese sería un buen comienzo: ir con ellos, con él, hablar de cualquier cosa, platicar sobre dónde viven, si tienen hijos, si planean tenerlos; yo creo que no los tienen, siempre los veo solos. Ojalá no, yo no sé si quiero tener hijos.

Cierran su local, él corre a abrirle la puerta del carro y voltea. Me mira y le dice algo a ella, luego cierra la puerta y camina hacia donde estoy. No mames. Nomamesnomamesnomames, viene hacia acá. El corazón me late en todo el cuerpo. ¿A qué viene? Tarda pocos segundos en llegar y quedamos de frente.

—¿Cómo se llamaba la canción que me pusiste, Santi?

—“Tírate”.

—Está chida, luego me la pasas, ¿no?

—Si quieres te puedo grabar música en una USB.

—Sí, estaría chido, pero mejor te paso mi teléfono y me la mandas por WhatsApp, ¿no? —Sí —saco mi teléfono, ojalá no se note que las manos me tiemblan. Apunto los diez dígitos que me dicta en pares. —Que no se te vaya a olvidar, Santi. —No, en cuanto pueda te la mando. —Es muy raro que a alguien de tu edad le guste Café Tacuba, va a estar chido saber por qué te gusta. Me da tres palmadas en el hombro y se va.

Me quedo ahí parado, el carro se aleja. No sé si tener el número de Manuel signifique algo, espero que sí. Igual y nada más es para que le mande una canción por WhatsApp, pero puede ser para, como él dijo, tirarme hacia algo más, hacia otra cosa más grande. Aunque la canción no hable de eso, aunque Rubén cante algo completamente diferente. Tal vez la vida sí se trata de tirarse hacia otra cosa. Aunque Manuel no sepa mucho de lo que habla, sí puede tratarse de eso.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Ilustración realizada por Laura Velázquez

Escribo esto en mi cuaderno.

Me apoyo en la pequeña mesa de madera plegable, mi espalda inclinada hacia el frente, cuello doblado para fijar la vista sobre la página ya no en blanco, que se va entintando con letras, tinta que brilla por unos segundos antes de fijarse, más permanentemente.

La mano izquierda sostiene el borde de la página, evitando que el cuaderno regrese a su cómoda clausura y la mano derecha garabatea y gira, bailando en círculos. Sostengo la pluma en el dedo equivocado, el anular.

Desde que puedo tomar un lápiz y hacía planas, el trabajo de la escritura ha labrado mi callo permanente: la marca del peso de sostener la pluma, siempre en el dedo equivocado.

El movimiento de la pluma es un péndulo inconstante que no tiene un ritmo consolidado. La señal que manda el cerebro al sistema nervioso y a los músculos de la mano no es constante. Duda. Se interrumpe. Se distrae. Se detiene. Hasta que todo fluye y el movimiento se vuelve tinta sobre el papel, escritura después, mundo apalabrado.

Si el lenguaje es la realidad inmediata del pensar, como decían Marx y Engels, entonces la escritura es la realidad material del lenguaje (y la forma en que se consigna el pensar). No hay ideas que no estén ya acuñadas en palabras, todas son ya palabras, palabras que se desvanecerían si mi pluma no las cristalizara, en este cuaderno.

Lo que leerás, en un futuro, indefinido, no es lo que hay aquí, en el acto de la escritura material. Leerás, en otro espacio y contexto, la huella del trabajo de mi mano, de la improvisación, del dibujo que formé letra por letra, con tinta azul alemana, sobre mi libreta japonesa con mi pluma fuente de Taiwán, en un sofá en la costa de California.

Pero esto jamás lo hubieras sabido si no revelara a mi instrumento de trabajo también como a un objeto. La escritura siempre se lee fuera de su tiempo de creación y pierde sus circunstancias, su cuerpo. Se desincorpora.

Recupera su sentido y cuerpo cada vez que tú decides pasar tus ojos sobre las manchas en la página e intentas recomponer, con pedazos de tu propio imaginario, lo que los garabatos significan. Queda la pura evidencia de que hubo un cuerpo que algo trazó.

Hipótesis: el cuaderno es un género literario.

Comencé a escribir en este tipo de cuadernos el día de la muerte de Piglia, un 6 de enero de 2017. Leía entonces el primer volumen de los Diarios de Emilio Renzi, parte de lo que el autor recogió de sus 327 cuadernos. Piglia llena sus cuadernos con fragmentos de vida, listas, lecturas, ideas. Es el laboratorio de la escritura, en donde se permite experimentar y también comenzar a ficcionarse como escritor, como Emilio Renzi.

Dice de sus cuadernos: “Sus páginas eran una superficie liviana que me ha llevado durante años a escribir en ellas, atraído por su blancura sólo alterada por la elegante serie de líneas azules que convocaban a la prosa y al fraseo, como si fuera un pentagrama musical o la pizarra maravillosa de la que hablaba Sigmund Freud”.

Pero fue Eduardo Lalo, durante el viaje a Curaçao, quien me dijo: “el cuaderno es mi género literario”. “El cuaderno es mi medio”. “El cuaderno es omnívoro”. “El cuaderno es la mesa de trabajo”. “Es un instrumento, como un instrumento musical”.

Dice Eduardo Lalo en Intemperie: “tener la compañía de una libreta. Oler sus páginas, sentir la superficie del papel, hacer trazos negros en ella en los extremos de las noches. Casi no tener verbos para esta forma de la estética y la presencia. Aquí, en una casa de San Juan, sentir los siglos y poseer una libreta. Un cuerpo y una libreta”.

Hipótesis: no se escribe el mismo tipo de texto en una libreta pequeña que en un cuaderno grande.

Un cuaderno cuadriculado produce cierto tipo de ritmo con límites bien marcados, uno rayado una cierta estructura y una página en blanco permite otro tipo de gestos, de contenedor para las frases.

La materialidad de la escritura es, sí, primero, un instrumento, la pluma y el cuaderno. Pero es también un medio (nada inocente) que sobredetermina lo escrito. Es uno de los múltiples factores que contribuye a la forma específica que resulta.

El cuaderno es, en ciertos casos, el género de formas literarias que son formas de pensamiento y, a veces, reflexionan sobre su creación, su génesis material que será inmaterial. Importan poco, desde luego, las causas, importan las consecuencias, lo escrito.

Hay casualidades, pero para explicar lo escrito, para hilarlo, hace falta inventar en retrospectiva una historia en donde lo que se escribe es el protagonista todopoderoso que en algún momento decidió comenzar. Le inventamos una necesidad a la contingencia.

En los cuadernos también quedan las marcas, tachaduras, dibujos, esbozos, flechas, recordatorios, citas, números de teléfono, las dudas, marcas e imperfecciones. Siempre queda consignado el primer impulso que después corregirá ya no el fluir de conciencia sino un yo más crítico, una visión que edita con miras a lo público.

No se publica ese primer golpe de energía, la equivocación, el equívoco, la falta. Pero siempre queda el resto en el cuaderno, aunque esté detrás de las rejas de una tachadura, atrapando a la palabra para que no vaya a salirse de su celda, de su confinamiento solitario compaginado.

Hay cuadernos con lomos cosidos, con varias secciones, que se abren más naturalmente que los cuadernos engrapados con pequeños metales que sostienen su corazón. Siento un placer especial cuando llego finalmente al centro y puedo dejar de sostener las hojas, que se obstinan en mantener su cuerpo cerrado.

Hay cuadernos cuyo núcleo es una espiral de metal o de plástico que se coloca de forma vertical u horizontal, en la parte lateral o superior de las páginas. Su sentido de unidad parecería ser otro, uno menos definitivo y la mano siempre se topa con el gusano que carcome las páginas, poco a poco. ¿O quizás las páginas, agujereadas, le provocan una escoliosis a la columna vertebral del gusano?

Hipótesis: un formato implica una forma.

La unidad mínima del discurso literario en su sentido material concreto visible es la letra. Todo lenguaje está basado, oralmente, en fonemas y, de forma escrita, en letras que (re)presentan esos fonemas.

Lo que leerás está escrito en caracteres o “fuentes” estandarizadas ya no en una imprenta, sino en códigos computarizados que buscan imitar la imagen de la letra manuscrita. La reproducción mecánica y las tecnologías de la escritura borran la singularidad de la letra manuscrita y todo resto de individualidad consignado en la caligrafía se pierde al uniformarse en letras que sólo funcionan como copias del significado pero no de la forma de la escritura. En lo que estás leyendo, ya no hay autografía, nada único.

Mi subjetividad, inscrita físicamente en el movimiento y la presión de la abertura de la punta de la pluma fuente, ya no deja ningún rastro personal aquí, en el mundo digital. Es apenas un algoritmo en una interfaz estandarizada (tristemente democrática) que queda enterrado en el universo de los datos. Nada de mi cuerpo, nada de mi cuaderno ni de la tinta. Queda mi nombre en alguna parte del texto, para atribuirle esta combinación específica de palabras a un cuerpo que se identifica con un cierto nombre, gracias a la costumbre.

Los contadores inventaron la escritura. Los primeros registros de lo que conocemos como letras, como escritura, se desarrollaron por la necesidad de consignar la propiedad privada y la deuda. Se creó en el momento en que los signos ya no tenían una correspondencia uno-a-uno con los objetos que representaban (un dibujo de maíz ya no era equivalente a un maíz), sino que empezaron a usar signos abstractos, números, para contabilizar los bienes. Fue un asunto de economía de los signos.

Eventualmente, junto con los números y las mercancías, se volvió necesario consignar el nombre de los propietarios, los compradores y los deudores y se desarrollaron los fonogramas. Todo era contabilidad hasta que la escritura se comenzó a usar con fines rituales y, entonces sí, comenzó a imitar la estructura del habla. Hoy hay evidencia de esa escritura fonética en instrumentos funerarios de lujo de los sumerios.

Cuando escribo en este cuaderno, ¿sigo intentando copiar los trazos que aprendí en los libros de caligrafía? ¿O mi letra manuscrita es la copia de la letra impresa? Este texto se deriva de un manuscrito “original”, autógrafo, con la instancia de la letra, pero la repetición de caracteres está ya en la escritura misma, sea manuscrita o impresa.

Toda letra imita de antemano un caracter legible por medio de las convenciones. En este sentido, la letra manuscrita articula una forma literaria que nos regresa a la práctica performática elemental de la escritura que, al reproducirse, recuerda que la invención de la copia fue también el momento del nacimiento del supuesto “original”.

El instrumento de escritura más antiguo es quizás el estilete o el estilo. Primero trazos en la arena, en arcilla o en cera. Después en estelas, en piedra, en metales. Más adelante en pieles, papiros, y hoy en papel o en pantallas. Con el tiempo, el instrumento se diversificó y transformó: en un pincel, que después se volvió una pluma, un lápiz, un bolígrafo.

La mano guía el movimiento del estilete y produce líneas, trazos, caracteres. De ahí que hablemos del “estilo” de un autor y de que sea posible reconocer, por la forma en que combina las palabras, sus trazos, sus características personales, su carácter, sus caracteres, su estilo literario.

Dice también Eduardo Lalo hacia el final de Intemperie: “Disolver el cuerpo hasta convertirlo en tinta… La escritura es un yacimiento arqueológico del cuerpo que la produjo. Algo asincrónico, que descubre tarde un extraño. El cuerpo que escribió altera la historia que lo produjo. Lo autobiográfico queda lejos de ese cuerpo de letras. Su existencia, sus días, su materia fueron también como el papel, un soporte para la tinta”.

Esa es la escritura de alguien que compromete su cuerpo y sus días con la escritura. Alguien para quien la escritura no es ni un divertimento, ni una pretensión, sino que es la única manera de soportar la existencia y de atravesar lo incomprensible. Es una forma de pensamiento. Y viene de un cuerpo, un caminar, músculos de la mano y el brazo, una libreta llena de tinta. Es escribir a medida que se habita el entorno y se desencubre. A medida que se envejece. A medida que se disuelve el cuerpo, hasta convertirlo en tinta. Un yacimiento de tinta.

Hipótesis: los cuadernos son el andamiaje de las formas literarias.

En los cuadernos queda el proyecto, la articulación, la lógica y el lugar de experimentación, son donde sucede el proceso y el acto de la escritura. Pero no son un contenedor vacío que lo permite todo. Tienen una forma y ciertos límites. Cierto número de páginas, cierta portabilidad y cierto tamaño. Sus límites físicos, sin embargo, no son límites para el contenido. Pero sí marcan la pauta de lo que es posible materializar en ellos.

Las estelas mayas, los códices en tinta negra y roja de los nahuas, los cuadernos de Leonardo Da Vinci con los dibujos de sus invenciones, los cuadernos de viaje de Herman Melville, los cuadernos con páginas blancas, extremadamente ordenados, de Albert Einstein, los dibujos y esquemas de los diarios de Paul Valéry, las libretas de reportero de Jack Kerouac, los cuadernos no quemados de Kafka, los microgramas escritos a lápiz de Robert Walser, el cuaderno ideal de Brenda Lozano, los 327 cuadernos de Ricardo Piglia, los “cuadernos de todo y nada” de Macedonio Fernández, los delirantes diarios de Salvador Elizondo, el cuaderno rojo de tapas blandas, el Silvine de David Miklos, la gran obra de arte literaria y plástica que son los cuadernos de Eduardo Lalo.

En todos estos cuadernos está el andamiaje de textos e ideas que cambiaron, al menos, mi forma de habitar el mundo. Y me comprometen a seguir entintando mis cuadernos.

Escribí esto, en mi cuaderno.

 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más difruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Ilustración realizada por Jal Reed

 

“Una ventana de dos metros de altura en una esquina. Dos niñas viendo abajo un grupo de diez hombres con las armas preparadas apuntando a un joven sin rasurar y mugroso, que arrodillado suplicaba desesperado, terriblemente enfermo se retorcía de terror, alargaba las manos hacia los soldados, se moría de miedo.1

Mi hermano y yo vemos televisión cuando nos aturde un estruendo de rocas cayendo de las nubes, unos segundos de no entender qué sucede y luego hacer lo que vemos en películas: pecho al suelo. A poca distancia de casa, en un terreno baldío, frente a un OXXO y el Periférico de la Juventud, en Chihuahua capital, ejecutaron a un hombre de camiseta roja, jeans y gorra. Desde la ventana, tras el susto, nos aseguramos de que ya se había terminado el encontronazo para ir a ver la escena entre otros vecinos curiosos. Todavía recuerdo la extrañeza de verlo inerte, como si fuera un actor en una obra de teatro y en cualquier momento se fuera a alzar, breve espacio para los aplausos, reverencia ante el público, más aplausos.

Durante la llamada “guerra contra el narco” del entonces presidente Felipe Calderón, Chihuahua se llenó de violencia. No se sentía como una guerra de “buenos” contra “malos”, como lo habían pintado tras ese inolvidable desfile militar del mandatario; la violencia en Chihuahua era una guerra contra los chihuahuenses, contra la normalidad, contra nuestras vidas. Con esos convoyes militares llegó el terror de salir de noche, de ir a bares o antros y quizá coincidir con una ejecución o masacre. Con ellos llegaron los mensajitos de celular donde se “malinformaba” sobre un supuesto toque de queda de los narcos; así mismo los encobijados: carros y trocas con cuerpos envueltos en cobijas. Además del miedo social: no te juntes con ése porque es narco; mijo, no vayas a ese fraccionamiento, nada más ve las mansiones de ahí; vato, yo que tú me hago sordo con esa morrita, ¿sabes a quién le gusta?

Y a este miedo por con quién te juntas se sumó un miedo más palpable, el de encontrarse en el centro de una balacera. Podía suceder en cualquier lugar, a cualquier hora. Como el granizo que escuchó mi madre mientras hacía el súper a mediodía. En el parlante avisaron que no podían salir, que conservaran la calma. En el estacionamiento se estaban balaceando. Mi madre quedó atónita al ver que la gente seguía comprando.

Pero, sin duda, lo peor fue cuando empezó el tener conocidos asesinados en la guerra. Las cifras de los periódicos se pasaron a hechos que atestiguamos, y de ahí a esa llamada horrenda del que te informa lo que sucedió con tal persona. No conozco a nadie de Chihuahua que no haya perdido a algún familiar, amigo, colega o conocido.

“Nací en Durango, pero crecí en Chihuahua”, esta es mi carta de presentación para todo aquel que pregunta por mi origen. Reconozco que solía agregarle “igual que Pancho Villa”, pero tras un poco de clases de historia caí en la cuenta de que no es un personaje con el que me quiero comparar. Por fortuna, la literatura me dio otro personaje, una escritora que también comparte ese origen y que, igual que Doroteo y su servilleta, porta un nombre distinto al legal: Nellie Campobello. Pero eso no es lo único donde encuentro reflejos entre ella y mi persona.

En su obra más reconocida, Cartucho, Campobello narra estampas de la violencia que vivió inmersa en la guerra de la Revolución. La cita al inicio es de una de estas estampas, lleva por nombre “Desde una ventana”, continúa así:

“El oficial, junto a ellos, va dando las señales con la espada; cuando la elevó como para picar el cielo, salieron de los treintas diez fogonazos que se incrustaron en su cuerpo hincado de alcohol y cobardía. Un salto terrible al recibir los balazos luego cayó manándole sangre por muchos agujeros. Sus manos se le quedaron pegadas en la boca. Allí estuvo tirado tres días; se lo llevaron una tarde, quién sabe quién.

Como estuvo tres noches tirado, ya me había acostumbrado a ver el garabato de su cuerpo, caído hacia su izquierda con las manos en la cara, durmiendo allí, junto a mí. Me parecía mío aquel muerto. Había momentos que, temerosa de que se lo hubieran llevado, me levantaba corriendo y me trepaba en la ventana; era mi obsesión en las noches, me gustaba verlo porque me parecía que tenía mucho miedo.”

Nellie Campobello atestiguó el conflicto armado en Parral, Chihuahua, siendo una niña. Muchas de las estampas de Cartucho son narradas con esta perspectiva infantil, desde una inocencia ultrajada por las balas y la muerte. Por mucho, mi estampa favorita es la que voy citando, me veo en ella, entiendo esa realidad trastocada que resulta de un cadáver inerte tras la violencia asesina.

Yo no era un niño cuando inició el conflicto armado en Chihuahua, pero seguía con algo de inocencia, de ingenuidad. En ese ejecutado descubrí el sinsentido que arranca vidas, el silencio y la inmovilidad absoluta que llegan tras el estallar de la pólvora y el caer de un cuerpo sobre la tierra.

La niña de Cartucho no sólo ve trastocada su realidad, sino que abraza esa nueva manera de comprender al mundo. Nos puede parecer absurdo que ver al ejecutado le da cierta paz, que teme que se lo lleven. En la ausencia del cuerpo no sabe qué encontrará, que otra realidad tendrá que aceptar. Por lo menos sabe que así, ante esa muerte violenta, se enfrenta al miedo que puede aplacar dando su compañía desde la ventana, estando con él, con el muerto.

Se acostumbra al horror, a la escena fija de la ejecución. Del mismo modo, la gente siguió comprando en el supermercado mientras el sonido de las balas retumbaba desde el estacionamiento. En un conflicto armado, el humano busca adaptarse, asirse de algo que brinde el mínimo de sentido, aunque este último sea el del miedo.

Escribo estos párrafos una semana después de la noticia del asesinato de Javier Campo Morales y Joaquín César Mora Salazar, sacerdotes jesuitas, en la comunidad de Cerocahui, municipio de Urique, sierra de Chihuahua. Hace unos días, en una reunión entre amigos que mantienen lazos cercanos con jesuitas, se coló un momento de dolor y hartazgo: cervezas en alto, se brindó por estar y por los que se fueron. “Vivimos en un puto cementerio”, dijo uno. “Esta vez nos pegó en el hombro, muy cerca del corazón”, dijo otra. Yo recordé aquel primer encuentro que tuve con ejecutados.

“Un día, después de comer, me fui corriendo para contemplarlo desde la ventana; ya no estaba. El muerto tímido había sido robado por alguien, la tierra se quedó dibujada y sola. Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.”

Así termina la estampa de Nellie Campobello, con el deseo infantil, la añoranza de que se repita ese asidero de violencia que significa la nueva realidad de México. Nos puede parecer chocante, más de uno dirá que son cosas de niños, pero yo lo dudo. Temo que soy… somos esa niña. En los periódicos leemos los encabezados, desde nuestra ventana, cada mañana sigue ahí el muerto, con diferente cifra, en distinta locación, pero es el mismo, tímido, aquel que primero nos tocó, que desde entonces no ha dejado de ser ejecutado junto a nuestra casa, un puto cementerio, pegándonos en el hombro o, incluso, si no tenemos suerte, en el corazón.

Vuelvo a Cartucho y escribo no para justificar el que normalicemos el horror que nos tocó vivir, más bien para que hagamos las preguntas correctas: ¿de qué nos asimos sino es el sinsentido de cifras en periódicos, de balaceras recurrentes, videos que transmiten el miedo cotidiano? Quizá la respuesta está en ese alzar de cervezas entre amigos, en reconstruir el país sobre el amor y la ternura de los que estamos y recordamos a los que fueron arrancados de manera violenta.

Lo que distingue a la obra de Nellie Campobello del resto de la literatura sobre la Revolución es precisamente la ternura que logra colar entre las ejecuciones y balaceras. Ella encontró algo que se mantuvo resguardado a pesar del charco de sangre que la rodeaba, el proteger al que tiene mucho miedo, aunque sea un cadáver, el buscar la empatía incluso en la muerte vista desde una ventana. Quizá ante cada encabezado del horror, debemos responder con una reafirmación de vida, de ternura y compañía. No estamos solos en este valle de lágrimas.

En un país que desde la Revolución continúa con sus ritos de muertos y desaparecidos, la misma Campobello sufrió en sus últimos años un rapto: “…fue secuestrada por Claudio Niño Cienfuentes y su esposa, una exalumna de Campobello, María Cristina Belmont. Fue privada de libertad y, valiéndose de su vejez, enfermedad, soledad y ausencia de herederos directos, fue obligada a firmar un testamento para que ellos cobraran su pensión.2” La niña que extrañó al ejecutado, que se dolió por su ausencia dibujada en la tierra, desapareció en vida, hasta su muerte el 9 de julio de 1986. Ella forma parte de ese horror que se reproduce de manera nauseabunda, toca brindar por nosotros que la rememoramos y por ella, por lo que nos legó: la mirada de una niña desde su ventana.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.