Tierra Adentro
Daytripper (fragmento) de Gabriel Bà

Esta es una novela gráfica en 10 entregas creada por los gemelos Fábio Moon (Casanova) y Gabriel Bá (The Umbrella Academy) y publicada por la afiliada de DC, Vertigo Cómics.

En el primer capítulo conocemos a Brás, redactor de obituarios e hijo de un famoso escritor, nuestro protagonista anda awitado porque sus jefes no lo felicitaron por su cumpleaños 32 a pesar de haber hablado por teléfono esa misma mañana, pues por la noche será el homenaje municipal a su padre. Antes del evento Brás entra a un bar y para no hacerla larga se muere. En el segundo capítulo acompañamos a un Brás de 28 años en un viaje por el Salvador donde, para no hacer spoiler, también se muere.

El otro día me contaron que el instante de nuestra muerte es una amalgama de todos los instantes que vivimos porque dejamos de suceder, quizá por eso dicen que vemos pasar nuestra vida al morir, al existir un último momento después del cual ya no volverás a actuar, al menos no en un plano conocido.

Según Ulises Carrión, un libro (y una vida, pero eso ya lo pienso yo) es una secuencia de momentos. En este sentido Daytripper nos guía a través de diferentes momentos importantes en la vida de Brás: su primer beso, el nacimiento de su primogénito, la muerte de su mejor amigo, las visitas a casa de sus abuelxs, y en casi todos los capítulos vemos a nuestro protagonista morir de diferentes maneras, en accidentes, apuñalado, de un infarto, etc. En un capítulo, Brás conoce a una chica después de llegar nadando a una barca, ésta le dice que si viaja demasiado rápido todo lo que verá será como un borrón y nunca conocerá a nadie interesante, también le dice que no hay nada de malo en estar solo a la deriva en el mar con una competa desconocida. A veces la ansiedad nos lleva muy deprisa por los instantes que transitamos sin darnos cuenta de que estamos viviendo, de que cada momento que transcurrimos es único e irrepetible.

Daytripper nos muestra las preocupaciones de Brás, que, como suele sucedernos a todxs, van cambiando a través de los años, le aterra tanto estar desperdiciando su vida y talento encerrado en su trabajo como escritor de obituarios que huye de sus sueños por temerle al fracaso y se distancia emocionalmente de sus seres queridos y Jorge, quien en otro capítulo desaparece misteriosamente para después reaparecer en forma de postal. En este momento estoy estresado porque la fecha de entrega de este texto fue hace tres días y aún no lo he terminado, había quedado de ver a unos amigos y aquí me tienen, pisteando con mis compas mientras intento decir algo coherente sobre una novela gráfica que habla sobre si misma, me siento a mitad entre la conversación y el debraye interno que no avanza, acabo de pararme a abrir la ventana y al ver a mis dos amigos iluminados por el sol con una planta de lavanda al fondo, me inundó la certeza de estar vivo. Voy a tomarme un momento para disfrutar el sabor del pisto y entrar a la conversación, quizá para el momento que retome esta reseña estaré ebrio.

Según Iván, uno de mis amigos, ir a un toquín de punk implica meterse al slam si quieres vivir la experiencia completa, recibir golpes de desconocidxs y golpear a tus amigxs en un baile colectivo y caótico para que, cuando salgas con magulladuras y quizá sangre, el dolor te recuerde que estás existiendo.

Daytripper, a semejanza de un slam de punk (aunque por el tono de la novela quizá podemos rememorar más al folk punk) convierte el trauma de la muerte en una experiencia cotidiana para hacernos dar cuenta de lo que realmente quieren decir: No hay pedo, la vida sigue y cuando no pues vale verga, te quedan todos los momentos que viviste.

El dolor suele ser un vínculo muy poderoso con el presente, pero la certeza de la propia muerte nos habla de un dolor futuro; en latín, nostalgia vendría a significar algo así como el regreso al dolor, Daytripper nos lleva por eventos que parecen ser sumamente importantes para después borrarlos de golpe con la muerte de Brás, pero esto no les quita relevancia a los instantes vividos, al contrario, induce a el/la lector(a) a extrañar los momentos en que el protagonista estaba vivo.

Daytripper es un memento mori hecho obra de arte, cada una de sus capítulos es una invitación a disfrutar el momento presente, porque pues sabemos que en algún momento nos va a cargar Pifas pero no sabemos cuándo.

Del último capítulo de esta obra ni les cuento porque es una belleza que merece ser leído sin ninguna clase de spoiler, en resumen, considero a Daytripper una chingonería y para quien no la haya leído le recomiendo que en corto vaya y la descargue pirata… digo, la compre en su puesto de revistas más cercano y llore con las mismas ganas con las que yo lloré, porque, la única advertencia que tengo respecto a esta novela, es que está bien rompemadres.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si André Breton abriera un TikTok, lo abandonaría automáticamente.

If André Breton opened a TikTok account, he would automatically abandon it.


Crear el mito, matar el mito, resucitar el mito, hacer un meme con el mito, shitpostear el mito.

Create the myth, kill the myth, resuscitate the myth, make a meme with the myth, shitpost the myth.


Lo siento mucho Sr. Breton, pero este surrealismo le gana al de hace 100 años.

I’m so sorry Mr Breton, but today’s surrealism beats that of a hundred years ago.


O más bien, este surrealismo, es más surrealista que el de hace 100 años.

Or more accurately, today’s surrealism, is more surrealist than that of a hundred years ago.


Y con internet.

And with internet.


El surrealismo se mueve todos los días en las calles, en las oficinas, en los hospitales, en las redes sociales y en la realidad intrínseca que recorremos a todas horas con nuestros agitados cuerpos.

Surrealism constantly moves through the streets, across offices, in hospitals, through social media and in the intrinsic reality that we live and breathe through our agitated bodies during all hours of the day.


Si algo tenía el surrealismo parisino de los veinte, es que iba más allá de las prácticas artísticas, era un estilo de vida, era una búsqueda del alma y el ensueño, era un viaje a las profundidades de la conciencia.

If there was something particular about the Parisian surrealism of the twenties, it was that it went beyond normal artistic practices, it was a lifestyle, it was a search of the soul and dreams, it was a journey into the depths of consciousness.


Después Jung le añadió al surrealismo de los cincuenta y los sesenta una dosis de magia y símbolos.

Later Jung added a dose of magic and symbolism to the surrealism of the fifties and sixties.


El surrealismo pop se integra a la perfección con los ochenta de Reagan.

Pop surrealism blended in perfectly with Reagan’s 80’s.


Joachim-Raphaël Boronali es el nombre de un falso pintor futurista italiano, supuestamente nacido en Génova y concebido por el joven escritor francés Roland Dorgelès (1885–1973) en 1910 para satirizar el naciente arte moderno.

Joachim-Raphaël Boronali was the name of a fake Italian Futurist painter, supposedly born in Genova and conceived by the young French writer Roland Dorgelès (1885–1973) in 1910 to satirise the nascent modern art trends.


Esta idea de Boronali es aplicable perfectamente en nuestros tiempos donde queremos ver el arte contemporáneo como una sátira del fracaso y el fraude. Una copia barata de todo lo bueno y lo sagrado que ya se hizo.

Boronali’s idea is perfectly applicable to our times, where we want to see contemporary art as a satire of failure and fraud. A cheap copy of all the good and the sacred that has already been made.


Boronali es una cuenta parodia de Twitter.

Boronali is a parody Twitter account.


Es imposible hablar de surrealismo sin hablar de dadaísmo.

It is impossible to speak about Surrealism without mentioning Dadaism.


Un surrealismo montado en escena: con disfraces, con meditación trascendental, con interés por el lenguaje y el cuerpo.

It is a surrealism that takes place on stage: with costumes, with transcendental meditation, with an interest in language and the body.


¿Cómo podemos identificar el surrealismo del siglo XXI más allá de las vanguardias?

How can we identify 21st century surrealism beyond the avant-garde?


¿Son necesarias más vanguardias?

Do we need more vanguards?


Habitar la era digital mientras cientos de millones de imágenes se reproducen.

We inhabit the digital age where hundreds of millions of images are reproduced.


Duchamp estaba harto de la imagen impresionista y cuestionó el abuso de las imágenes.

Duchamp had had enough of the impressionist aesthetic and questioned the abuse of images.


Duchamp estaba harto del aura del artista y la sacralización del arte.

Duchamp had had enough of the artist’s aura and the sacralisation of art.


Duchamp estaba harto.

Duchamp had had enough.


El surrealismo no es vivir fuera de la realidad, sobre todo el surrealismo de esta época, en donde la realidad es digital y física, es acomodada o privilegiada, es meritocrática o adyacente.

Surrealism does not mean living outside of reality, especially the surrealism of our times, where reality is digital and physical, it is wealthy or privileged, it is meritocratic or takes place in the peripheries.


Si 1921 y 2021 se pudieran unir, tal vez tendríamos lo que siempre anheló Artaud más allá de los surrealismos parisinos.

If 1921 and 2021 were joined together as one, perhaps we would be able to have what Artaud always longed for, something beyond the Parisian surrealism.


Artaud encontró lo que buscaba viviendo con los Tarahumaras. Una realidad incrustada en su propia realidad.

Artaud found what he was looking for whilst living with the Tarahumaras*.
A reality embedded in its own reality.


La búsqueda de Artaud fue condicionada por el teatro, el cuerpo, el lenguaje y el espíritu. Las imágenes están limitadas a un grupo de observación donde la miseria y la crueldad son trabajo de estudio para la reverberante materia orgánica.

Artaud’s search was determined by theatre, the body, language, the spirit. Images are a limited observational grouping to study the misery and cruelty of reverberating organic material.


Ser surreal en el arte no significa que te muevas únicamente en mundos oníricos, fantasmales o abstractos, significa moverse en una realidad magnificada por la vorágine de las imágenes que nos acechan cada día.

Being surreal in art does not mean that you move only in dreamlike, ghostly or abstract worlds, it means moving in a reality magnified by the maelstrom of images that haunt us every day.


Hay unx dadaísta dentro de cada unx de nosotrxs.

There is a Dadaist within each of us.


La originalidad está sujeta a la ejecución de tus propias imágenes, las imágenes que se quedan en tu psique. No hay nada original en lo real o en lo surreal, lo que hay son reproducciones y evoluciones naturales.

Originality comes in the execution of your ideas, the images embedded in your psyche. There is nothing original in the real or in the surreal, what there is are natural reproductions and evolutions.


Réplicas ajustándose al espacio que habitan.

Replicas adjusting to the space they inhabit.


La relación entre Artaud y México no comienza en 1936, a partir de su desembarco en el puerto de Veracruz, aquel 7 de febrero, sino mucho antes; cuando, desilusionado de la cultura europea, Artaud abriga esperanzas y confía en que México le aportará al hombre occidental un conocimiento perdido.

The relationship between Artaud and Mexico did not begin in 1936, after he landed in the port of Veracruz, on 7th February, but much earlier, when, disillusioned with European culture, Artaud hoped and trusted that Mexico would return lost knowledge to the Westerner.


“No me parece malo […] que alguien vaya a investigar lo que queda en México de un naturalismo en plena magia”, escribe Artaud a Paulhan.

“I don’t think it’s a bad thing […] that someone is going to carry out an in depth investigation into what remains of pure magical naturalism in Mexico”, wrote Artaud to Paulhan.


Para Antonin Artaud la cultura no está en los libros, ni en las pinturas, ni en las estatuas, ni en la danza, está en los nervios y en la fluidez de los nervios, en la fluidez de los órganos sensibles.

For Antonin Artaud, culture was not in books, nor in paintings, nor statues, nor in dance, it is in our nerves and in the fluidity of our nerves, in the fluidity of our sensitive organs.


Si podemos identificar un surrealismo en esta época, sería un hypersurrealismo.

If we could identify the surrealism of our time, it would be hypersurrealism.


Un hypersurrealismo digital en donde el silencio casi no existe, en donde el silencio se erosiona con el scroll de cada día.

A digital hypersurrealism, where silence almost does not exist, where silence erodes with the daily scroll.


En este siglo recuperamos estos símbolos para escribir nuestro propio espacio espiritual.

In this century we have revived these symbols to write our own spiritual space.


¿Si ya no quedan vanguardias, lo que hacemos sigue siendo un rito?

If there are no more bastions of the avant-garde left, is what we do still a ritual?


El hypersurrealismo es un espejo consciente de la realidad capitalista a la que nos arrojamos en las calles.

Hypersurrealism is a conscious mirror of the Capitalist reality we throw ourselves into out in the streets.


Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros, dijo Duchamp. ¿En este tiempo serían los usuarios los que hacen el arte?

Contrary to popular opinion, Duchamp said that it is not the painters but the viewers who make the paintings. Does that mean that nowadays it is users who make the art?


Llevamos destruyéndolo todo desde hace años, armándolo, destruyéndolo de nuevo, armándolo, en este desastre, los artistas han levantado su propio prisma de cristal, que con su fragilidad empírica, nos ha dejado recursos y realidades múltiples.

We have been destroying everything for years, putting it together, destroying it again, putting it together. In amongst this disaster, artists have raised their own glass prism, which with its empirical fragility, has given us multiple resources and realities.


Todo es surrealista hasta que llegue David Lynch a demostrar lo contrario.

Everything is surrealist until David Lynch says otherwise.


Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Mi última ruptura me mandó a terapia y al gimnasio. Quien me conoce, constatará que no he progresado en ninguno de los dos sitios. Y sin embargo persisto. Transito los días en compañía de fármacos que secuestran la serotonina de mis vísceras, evitando su recaptura. Las noches me alcanzan después de darle vueltas a la nada sobre una bicicleta fija y de llenarme los músculos de lactato a fuerza de hipertrofiarlos.

Sé que mi rutina ha cambiado porque los anuncios que atiborran mi página de inicio en Facebook ya no me ofrecen figuritas de anime ni libros en rebaja. En cambio, abundan los botes de proteína hidrolizada y las ofertas de anabolizantes. TikTok ya no me recibe con videos inentendibles de shitpost gringo ni humor centennial basado en el absurdo que abraza a la existencia del mundo; aunque sí encuentro, en abundancia, atletas escultóricos que podrían regresarme al neolítico de una patada, pero que prefieren gastar su tiempo agitando los tríceps con bailecitos.  

Al igual que ocurre con el resto de los habitantes del planeta, ante el mercado soy una mera compilación de datos explotables. Sé que habrá, en el rincón de alguna base de datos a la que le vendí mi alma al aceptar condiciones de uso no leídas, una red neuronal encargada de predecir mis conductas de consumo y ponerlas al servicio del Capital. Sé que habrá por ahí un par de líneas de código que me conocen mejor que yo mismo. El For Your Page de mi TikTok parece confirmar lo que temo: ahora soy otro.

Y sí. Uno no es más que la proyección de un algoritmo.

 

*

 

El acontecimiento distintivo del siglo fue que convertimos a la memoria en un artefacto prescindible. No sólo la inmediatez de la información nos ha orillado a dar por sentado su acceso, sino que también nos ha habituado a erguir ciertas tendencias y a desechar otras con la misma rapidez. Vuelto una extensión del cuerpo, el internet nos enseñó que es posible vivir sin capacidad de retención alguna.

TikTok fue el inevitable resultado de este fenómeno. Incapaces ya de concentrarnos en el mismo tema durante más de minuto y medio, encontramos un refugio formidable en los recovecos de una aplicación que ofrece contenido audiovisual que rara vez rebasa los veinte segundos de extensión. TikTok engendra el perpetuo asombro que sólo podría vivirse en una biblioteca digital inagotable (tramada más como un recurso kafkiano que como una alegoría salida de Borges). El usuario se encuentra embebido en una lógica donde la novedad es la única forma del presente: los videos se alternan entre sí con la fugacidad de las olas.

¿Qué nos quedará después de haber convertido al resto del mundo en un espasmo de brevedad?

 

*

 

Si hay algo que me delata como varón heterosexual cisgénero, es lo siguiente: cuando abrí mi cuenta de TikTok, antes de establecer una red de suscripciones y un patrón de afinidad por cierto tipo de contenido, los videos que me fueron ofrecidos por default eran 95 porciento culos perreando y 5 porciento parodias de señoras hechas por hombres con peluca.

Tardé una semana en lograr que mi FYP se llenara de videos de Patrick Bateman amenizados con chistes esquizoides. Nunca me alarmaron los melómanos que recomendaban música en medio de un cuarto tapizado de vinilos ni los fans del cine que hablaban siempre las mismas cinco películas. No eran nuevos, tampoco, los videos con humor sutilmente funable. Sólo logró divertirme la disimilitud entre las grabaciones que cada cierto tiempo me recomendaban. Al algoritmo le parecía completamente natural mostrarme chistes sobre el holocausto después de una cápsula informativa salida de algún influencer progre que hablaba de la importancia de los plugs anales en la lucha contra el fascismo.

Es el caso, claro, de la red social predilecta de una generación que fue gestada bajo el signo de la disonancia cognitiva.

 

*

 

A veces nos cuesta admitir que los mejores momentos de la vida no son otra cosa que hacinamiento de ocio. El tiempo libre se disfruta por acumulación: nos asombramos ante el impensado hecho de encontrarnos tan prolongadamente sin responsabilidades encima. Vale la pena reconocer a TikTok como un recordatorio de que, incluso en medio de la rutina enajenante que viene dada por defecto en la existencia, podemos hacernos de una trinchera para descansar.

Hay dignidad en no ser productivo.

 

*

 

El caos es la condición primordial del universo. Basta una mirada matemática para comprender que toda noción de orden es endeble, vulnerable a la degeneración. Una variable es suficiente para alterar la estabilidad ilusoria de cualquier sistema. Cada que producimos más datos y los arrojamos a la poza sin fondo de internet, alimentamos el tegumento de la bestia de la entropía.

Dominados por la neurosis del performance, millones de usuarios se esfuerzan en consumir y dar contenido que consumir. Carente de regulación alguna, de parámetros que aseguren la confección medianamente concienzuda de los mismos, los videítos y los audios pueden devenir en una embestida de desinformación o, lo que es peor, de sobreinformación.

Estamos a merced de un monstruo.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
2 prospectors : the letters of Sam Shepard . Flickr

Si existe alguien más dylaniano que Dylan ese es Sam Shepard.

Donde se acaba el yo comienza la máscara. Después de Dylan quién más máscaras ha portado es Sam Shepard.

A Sam lo conocemos como dramaturgo. Como narrador. Como poeta. Como actor. Como amante de Jessi Lange. Y como rockero.

Fue un producto del medio oeste gringo. Por eso la piel de Frank James le queda tan bien en El asesinato de Jesse James por el cobarde Roben Ford. Si alguien conocía el rumor de las llanuras era él. Su visión del forajido se vio enriquecida por los años que vivió en California, donde descubrió su fervor por el teatro y la contracultura lo influenciaría al grado de convertirlo en uno de sus principales embajadores. Después se trasladó a Nueva York e incluso viviría en Londres, pero ya no conseguiría arrancarse la piel de forajido jamás. Su obra estaría signada por el desierto, la carretera y la inmensidad del paisaje.

A los treinta años Shepard ya había escrito y estrenado treinta obras. Una de las más famosas fue Cowboy Mouth, cocinada a cuatro manos con Patti Smith, con quien sostuvo una relación amorosa. Pero sus alcances como literato no se circunscribían sólo al teatro. Como narrador y guionista de cine alcanzaría también la cima. Su estilo abrevaba de autores como Kerouac, uno de los héroes de Dylan. De ahí el parentesco entre Sam y Bob.

Shepard siempre estuvo cerca del rock. Además de su mancuerna con Patti Smith, hizo una con Dylan. Lo que los llevó a firmar juntos la canción “Brownsville Girl”, incluida en el disco Knocked Out Louded. Una distinción de la que casi nadie puede presumir. Dylan no necesita de ayuda a la hora de componer. Pero Shepard, además de estrella de rock del teatro, era afín al carácter trashumante de Bob. Lo que desató otra colaboración entre ambos. Cuando Dylan realizó la gira Rolling Thunder Reveu, invitó a Shepard, en calidad de periodista fantasma, a llevar un diario de la misma. Lo que dio como resultado el libro Rolling Thunder: Con Bob Dylan en la carretera. Una colección de viñetas e impresiones acerca de aquel recorrido de una banda de rock por varias ciudades del país.

Fue en este recurso de inclinaciones minimalistas, que recuerda a la doctrina del esbozo de Kerouac, donde Shepard consolidó su devoción por la forma. Al concepto de la monstruosa novela americana el contrapuso la brevedad de la viñeta. Con Crónicas de Motel no sólo inauguraría una nueva veta dentro de la narrativa gabacha, también sería el detonador del guion de París Texas, la película de Wim Wenders. Que cuenta con una estupenda banda sonora a cargo de Ry Cooder. En la que se incluye una versión de la “Canción Mixteca”.

Los parajes desolados, los caminos poco transitados, lo escueto del paisaje, son la masa con la que Shepard construía las imágenes que pueblan su narrativa y poesía. A menudo combinadas en un mismo libro. La potencia narrativa de Shepard residía en su capacidad para la elaboración de imágenes. Aunque años después renegaría de la libertad formal al afirmar que esta era un pecado de juventud. Y se dedicó a explorar la estructura como una guía para desarrollar su veta cuentística. De la que salieron grandes relatos como “El hombre que curaba a los caballos”, incluido en El gran sueño del paraíso.

Situar a Shepard dentro de la tradición narrativa gringa es complicado. Comparte rasgos con Cormac McCarty, pero la exhibición de la violencia no ocupa el centro de sus preocupaciones. Lo cual no quiere decir que esté presente de diversas maneras. El laconismo de Shepard tiene puntos de contacto con Carver. Y sin embargo, no comulgan en cuanto temáticas, aunque sí en ciertas atmosferas. También hay algo de Richard Ford que lo recuerda, pero ahí donde uno se puede clasificar el otro es inclasificable. No hay duda de que Donald Ray Pollock leyó a Shepard, pero es imposible marcar una estirpe entre ellos.

Leer a Shepard es el equivalente a encontrarte en una conversación con un amigo que mientras te cuenta una anécdota te pasa la botella de licor para que le des un trago directo del pico. Su habilidad para crear atmósferas es inigualable. Una prueba más de ello es Yo por dentro, su novela póstuma, en la que quizá a pesar de sí mismo regresa a la hibridación de géneros. Una novela que parece una obra de teatro pero que está compuesta por estas pinceladas de la vida de un hombre en una cabaña. Ese hombre que la última parte de su vida estuvo más unida a Hollywood que a la página en blanco. Pero que no se va a despedir de este mundo sin dejar un testamento. Uno que es al mismo tiempo triunfo y derrota. Una novela que más que una novela es un triunfo del estilo. Otra de entre sus miles de máscaras.

Dice Patti Smith en el prólogo de Yo por dentro: “El narrador despierta en medio de una cruda metamorfosis. Las coordenadas están revueltas, pero la mano es conocida. Sam ha sido actor durante casi toda su vida adulta, lo que le faculta para una especie de viaje que no necesita pasaporte, solo un camión, un guion y sus perros rastreando la nostalgia”.

La última de las metamorfosis. La mejor y la más perfecta de todas las máscaras.

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Cuando leí En la Tierra somos fugazmente grandiosos me dieron ganas de abrazar a Ocean Vuong y decirle que todo va a estar bien. Esta es una novela desgarradora que en sus primeras páginas nos lleva a acompañar a Perro Pequeño (alter-ego del autor) a una sala de espera junto a su madre, quien se horroriza al ver una cabeza de ciervo disecada en la pared, sobre la máquina expendedora, sobre esto Ocean-Perro Pequeño reflexiona: “Lo que te conmocionaba no era el montaje grotesco de un animal decapitado, sino el ver que la taxidermia encarnaba una muerte que no acababa nunca, una muerte que seguía muriendo mientras nosotros pasábamos por delante para ir a hacer nuestras necesidades.”

Tsssss, bombazo. Durante ese momento fugaz, Perro Pequeño, su madre y la cabeza de ciervo pertenecieron a un instante de certeza mortal y mundana. Óleo en palabras sobre Realidad (2019).

¿Qué es pertenecer?, mientras estamos sentadxs en la banca de un parque, somos parte del paisaje, nuestras células son parte de un tejido que a su vez es parte de nosotrxs, y somos nosotrxs porque todas esas células y tejidos se conectan e interactúan entre sí para formar una unidad de unidades; es cuando conectamos con el parque y lo que es parte de éste cuando también nos volvemos parte del parque, le pertenecemos.

Facundo Cabral no era de aquí ni de allá, tampoco Perro Pequeño; poco después de que este compa naciera en Vietnam, su familia tuvo que huir hacia Estados Unidos de la violencia generada por la Guerra en su país natal. Perro Pequeño es un personaje que intenta encajar en un país que lo desprecia, a la par que busca conectar con sus raíces vietnamitas y su familia.

Dicen que para escribir tienes que hacerlo como si ningún conocido fuera a leerte, en ese sentido, Vuong le escribe esta novela a su madre, una mujer violenta y marcada por la guerra, quien además de ser el eje central de muchos de los debrayes emocionales de nuestro protagonista, es analfabeta; “Tengo veintiocho años, mido uno sesenta y tres, peso cincuenta y un kilos. Soy bien parecido desde tres ángulos y horrible desde todos los demás. Te estoy escribiendo desde dentro de un cuerpo que un día fue tuyo. Lo cual quiere decir que te estoy escribiendo como hijo.”

El autor crea retratos hablados al desmenuzar las escenas de esta novela donde el diálogo va construyendo a los personajes, pero es el debraye interno de Perro Pequeño, que ralentiza el tiempo y observa con detenimiento a la gente con la que convive, lo que los convierte en personas.

“La vez en que, mientras cortabas las judías verdes de una cesta en el fregadero, dijiste de pronto, sin venir a cuento:

—No soy un monstruo. Soy una madre.

¿Qué queremos decir cuando decimos «superviviente»? Un superviviente es quizá el último que llega a casa, la monarca final que se posa en una rama ya cargada de fantasmas.”

Y es que las mariposas monarca son parte importante de la historia. Para Ocean, las mariposas son, al igual que él y su familia, seres en la constante fuga que implica buscar dónde pertenecer, aunque no se pertenezca, ni siquiera al aire que nos trae de un lado a otro, como en la pendeja. Creo que en esto último ya estoy proyectándome.

“Las mariposas monarcas hembras ponen los huevos a lo largo de la ruta. Cada historia tiene más de un hilo, cada hilo una historia de división. El trayecto es de siete mil setecientos setenta y tres kilómetros, más largo que la longitud de este país. Las monarcas que vuelan al sur no volarán ya hacia el norte. Cada partida, por tanto, es definitiva. Solo sus hijas vuelven; solo el futuro vuelve a visitar el pasado. ¿Qué es un país sino una frase sin fronteras, una vida?”

Esta también es la tragedia del primer amor, pues mientras trabaja en una plantación de tabaco, nuestro protagonista conoce y se enamora de Trevor, un morro blanco, hijo del dueño del campo donde Perro Pequeño recoge algodón. Trevor y Perro Pequeño se enamoran en un país y época donde la homosexualidad estaba enormemente más condenada que hoy en día. Mientras Perro Pequeño es un superviviente y tiene un carácter más bien dócil, Trevor es autodestructivo, rebelde y tempestuoso; ambos adquiriendo estas actitudes debido a la manera en que fueron criados, el primero por refugiadas de la Guerra de Vietnam y el segundo por un padre ultraconservador, ambas familias cargadas de violencia.

A veces el mundo en su constante fluir nos hiere, las personas heridas suelen herir a otras, a veces sin darse cuenta. En una conferencia, Charlie Kaufman, guionista de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dice que todxs tenemos una herida en nuestro ser, es la que nos hace débiles y patéticxs, pero también la que nos hace querer bailar.

Vuong no tiene rodeos al mostrarnos mediante la ternura radical que todxs estamos hecxz pedazos; es a través de su propio dolor la manera que tiene de apropiarse del de lxs demás. Como nos muestra su visión del mundo, al escribirle esta novela a su madre, también le recuerda, no reclama, las veces en las que ella lo golpeó, para después ahondar en el dolor de su mamá y las demás personas que lo han lastimado de una forma u otra, como Trevor, quien en su autodestrucción y confusión existencial también lo termina hiriendo. Perro Pequeño no busca quejarse, si no comprender por qué lo han hecho, y para ello recorre los momentos más alegres y dolorosos de su tiempo compartido y los recorre con amor, mientras al mismo tiempo va construyendo un retrato de sí mismo como individuo.

En la Tierra somos fugazmente grandiosos es (o al menos así lo sentí yo) como ese suspiro de alivio final que das después de haber pasado dos horas llorando mientras abrazas tu almohada.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Xóchitl Lagunes. Fotografía de Víctor Benítez.

Algo que sin duda me gusta de la literatura y el paso del tiempo es cómo lo que leemos es un reflejo de la época y el pensamiento de un autor y su contexto. Un ejemplo que me viene a la mente para explicar esta idea es El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa, una novela basada a principios de los 90s donde exhibe de manera muy cruda la precarización de los latinos en Europa, así como los asiáticos y africanos que migran en busca de una vida mejor. Como atrapada en el tiempo, la novela puede remontarnos a una época y un contexto que hoy no nos resulta ni siquiera ajenos pero al mismo tiempo deja todo lo demás en su respectivo tiempo, sin teléfonos celulares ni internet. Donde la comunicación era con teléfonos de cabina y algunas cartas.

Hace unos meses leí Cenizas en la boca de Brenda Navarro que si bien es distinta, el reflejo de la precarización de latinos migrantes en España es muy similar; es la violencia y la discriminación un sesgo definitorio en la relación entre europeos y migrantes que no se puede negar al paso del tiempo. Sin embargo, más que hablar de los problemas sociales, una cosa que me parece que encabeza la temporalidad de ambas obras es el uso de la tecnología. La explotación de los migrantes en los 90s es una cloaca donde se lavan infinitos trastes por apenas unas monedas, sin ninguna clase de derechos laborales, mientras que hoy pareciera que la explotación es mucho menos clandestina. Cenizas en la boca en algún momento habla de cómo utilizan dos o más personas, si no mal recuerdo, una aplicación de delivery para trabajar y sacarle provecho la mayor cantidad de horas posibles. Es quizás la manera en la que la tecnología nos va situando en una temporalidad mucho más precisa de una obra pero también nos da pauta del estrato social y el contexto de quién las usa.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Sin duda esto mismo brincó en mí como una reflexión cuando leía Aprovéchate de mí de Xóchitl Lagunes, que ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas 2020 y que recientemente publicó Tierra Adentro, pues algo que me parece interesante de este libro es precisamente su lenguaje y la temporalidad de sus personajes.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

En una época en la que existen los teléfonos inteligentes y el streaming, los personajes de Xóchitl habitan una ciudad que no es el epicentro de la capital, sino una localidad con su propio ritmo y sus costumbres, “se pasan” canciones por WhatsApp como si al mismo tiempo no existiera spotify, exploran en google y YouTube como una enciclopedia del mundo. Estudian y trabajan, beben cerveza los fines de semana. Me interesa mucho que los personajes de esta novela están simplemente existiendo en su realidad sin ninguna pretensión, una realidad donde quizás sus valores estén condicionados por la sociedad machista en la que vivimos y la diversidad sexual sigue siendo un tabú de esos pequeños entornos familiares, una realidad que quienes estamos lejos de ella, podemos verla y formar parte mientras leemos y entendemos más de estos personajes tan complejos como humanos.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

A propósito de esta novela, platiqué con Xóchitl para saber más de esta visión suya al escribir. Un mundo literario como el que nos rodea hoy en día hace que muchas novelas se parezcan entre sí, aún cuando los elementos de esta novela podrían hacernos concluir que es una novela de amor, a mí me parece que también es una novela de resistencia. Los elementos que me permiten decir esto es justamente mostrar la complejidad de las tramas que viven distintas personas en temas que nos pueden resultar tan comunes como la diversidad sexual y que para algunos sigue siendo un complejo social.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Comienzo preguntándole a Xóchitl qué piensa de la literatura de sus contemporáneos. Qué le parece que es lo que hace ella a diferencia de lo que está leyendo.

XL: Creo que ya no conecto con lo que he leído últimamente de los grandes sellos editoriales porque ya entiendo, sobre todo ahora al darme mi lugar como lectora y como mujer además de mujer que escribe, que había un cierto fanatismo en algún momento en el que una leía por el renombre de un autor. Hoy podría decir que es hasta un acto político decidir qué leer.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: Me parece que hoy en día tener una comunidad de autores es lo que permite el diálogo. Platicaba con más personas sobre esto y creo que algo que le hace mucho bien a la conversación sobre la literatura hoy en día son los festivales literarios. Para que exista la crítica son necesarios estos encuentros donde se debate la literatura y la creación, los rumbos, las conversaciones también en torno a la industria. Sin embargo, también es cierto que carecemos de estos espacios aunque parezca que hay muchos. La conversación se resume casi siempre apenas a un puñado de autores, o quizás es que hay tantos que la conversación entonces parece cíclica. Me parece relevante saber qué piensan las autoras jóvenes que se reúnen y tienen talleres para leer y para escribir.

XL: Acabo de leer un libro de Olivia Teroba que se llama Un lugar seguro, es una colección de ensayos. Creo que es en el primer ensayo donde ella habla de esta ausencia de genealogía femenina para las escritoras, porque los casos de escritoras muy reconocidas en cuanto a las referencias que tenemos, por ejemplo, del boom latinoamericano básicamente solo tenemos a Elena Garro. Entonces ella explica o se pregunta ¿Dónde me encuentro? ¿Dónde estoy representada? Y esas mismas preguntas nos las hemos hecho todas. Sobre todo cuando me di cuenta que si yo seguía leyendo a García Márquez o a Vargas Llosa, la única representación que había de mí en esos libros iba sobre la mujer que se dejaba golpear.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: La representatividad me parece súper importante. Creo por supuesto que la lectura y la escritura son actos políticos. Hoy mismo me pregunto si después de leer con perspectiva de género no hay retorno. Pienso que hay grandes libros como La Fundación donde en efecto, al leerlo uno se topa con la reflexión que acabas de plantear, la representatividad de la figura femenina es prácticamente inexistente. Me pregunto también si eso convierte en automático a estos libros en malos libros. Si eso les quita su valor literario.

XL: Estos “grandes” libros no tienen en común el género sino el arco dramático. Repiten el arquetipo del viaje del héroe y hay una correlación siempre entre la época en la que estás creando arte y obviamente los productos que estás creando en ese momento, y todo esto es reflejo de un inconsciente tanto individual como colectivo. Entonces, como Joseph Campbell lo dijo en algún momento, en el viaje heroico del hombre, las mujeres tienen solo una función pasiva: la mujer tiene que ser o la diosa que gesta al héroe, la diosa con la que se casa, o la recompensa. Pero después vino la idea de romper con ese mito del viajero heroico masculino y viene el viaje heroico femenino, donde tiene que ver más con tu propia emancipación.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Este viaje interno del que habla Xóchitl inmediatamente me hace pensar en Clarice Lispector, creo que sus cuentos justamente son una reconquista de su propio ser, de cómo ir hallando la certeza de sí misma. Quizás es por eso que me pongo a pensar en cómo se han construido esos personajes de Aprovéchate de mí. Que si bien son dos personajes masculinos, la representatividad de Xóchitl como escritora me parece que está al plasmar esas mismas estructuras patriarcales que someten a unos y a otros. Es decir, que no es un tema que someta exclusivamente mujeres sino también a hombres.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

El personaje de Manuel es justamente ese hombre que hace todo lo malo que los hombres pueden hacer: manipula emocionalmente, destroza ese primer deseo que tiene Santiago de que lo quieran, todo lo irresponsablemente afectivo que se puede ser, él lo es. Pero al mismo tiempo es él quien se le ofrece a Santiago, él es el pasivo.

Me parece que el desarrollo de sus personajes logra una verdadera comunión entre el pensamiento de Xóchitl y la novela, con estos personajes claroscuros en pleno descubrimiento de sí mismos, con los deseos y pasiones que cualquiera puede experimentar. La contradicción permanente de la incertidumbre del amor, así como una poderosa voz narrativa que pone en un contexto y una época muy precisa todo lo que sucede en la novela. Aprovéchate de mí es justamente una ventana donde cualquier persona podría identificar los patrones equívocos de las relaciones no sanas, o donde simplemente podemos sentirnos identificados en nuestros deseos más próximos por ser queridos y aceptados.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.

Xóchitl Olivera. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

 

No es imposible saber las razones que llevaron a Sam Walton a fundar, el 2 de julio de 1962, la que sería la compañía pública más grande del mundo: Walmart. Si lo pensamos en el presente, la imagen que proyecta el supermercado en nuestra mente es mucho más amplia —un gigante en donde nos abastecemos de lo más básico para poder vivir, una fábrica de alimentos y ropa, un bunker que está sustituyendo a los cajeros con máquinas de cobro que uno mismo puede operar, un monopolio que poco a poco va comprando a pequeñas compañías que buscaban su propio espacio en el mercado—. Sin embargo, la idea original era relativamente sencilla: abrir un almacén de descuentos en el cual vender ciertos productos a un precio accesible, casi siempre más bajo que en otros lugares. Y si tuviera que decirlo de otra manera: encontrar una forma de hacer crecer un negocio familiar.

La historia comienza más o menos así: en 1945 Sam Walton, un prominente empresario y militar oriundo de Oklahoma, decide abrir una tienda departamental que no solo fuera eso, sino que además integrara abarrotes y productos de limpieza. Todo en un mismo lugar. Para hacerlo, compró una franquicia de la cadena Butler Brothers en Newport, Arkansas con ayuda de su suegro y los ahorros que había obtenido por pertenecer al ejército. Un total de 25 mil dólares por un terreno de 5000 metros cuadrados, aproximadamente. Ahí, Walton implementó ciertas estrategias ¿de negocios? que lo ayudaron a que el supermercado se convirtiera en lo que es: anaqueles repletos de productos, todos de distinta marca, a precios bajos; horarios más extensos que los de la mayoría, sobre todo en temporadas especiales como navidad; y, tal vez la más importante por los efectos que tuvo: rebajó los precios de los productos comprando mercancía en lotes completos a proveedores económicos.

Con el tiempo, Walton fue abriendo otras tiendas utilizando el mismo método: con el fin de ser más competitivo, rebajaba tanto los precios que, al principio, no tenía tanto margen de ganancia. Pero le bastaron cinco años para que abriera Walton’s 5 & 10 en Bentonville, Arkansas, y se volviera un éxito. Luego de eso, no pasó tanto tiempo para que buscara otros terrenos para hacer lo propio. Finalmente, en 1962 abrió la primera tienda bautizada como Walmart en Rogers, Arkansas, con una fórmula perfeccionada que permitió, entre otras cosas en apariencia, involucrar a los trabajadores en las utilidades de la empresa.

No puedo saberlo con certeza, pero cuando Walmart llegó a México en 1991, imagino que varias familias, sobre todo de la clase media, esperaban comprar —con aquellas ansias que solo provoca el consumo y el capital— toda la oferta de productos que el supermercado tenía para ofrecer. Sobre todo porque llegó en un contexto en el que ya se discutía un posible tratado comercial con Estados Unidos, y lo que Walmart vendía era la posibilidad de elegir, entre tantas cosas, la que es mejor para nosotros, para la vida que estamos decidiendo vivir. Y qué es mejor para nosotros sino algo que nadie más puede tener. Para quienes viajar era un tanto imposible, que Walmart abriera sucursales en nuestro país significaba estar un poco más cerca de un estilo de vida que llamaba la atención por inaccesible.

Anatomía del comprador de Walmart

Aunque el primer supermercado del mundo abrió sus puertas en 1916 en algún rincón de Tennessee, Walmart cambió la forma de pensar (y pensarnos en) estos lugares. No se puede saber cuánto tiempo exacto se gasta en una salida al súper, pues solemos creer que es una actividad tan rutinaria que no ocupará gran parte de nuestro día y, sin embargo, reservamos los domingos familiares para hacer las compras de la semana. Lo que sí podemos saber es lo que hacemos una vez que estamos dentro: merodear por cada uno de los dieciocho pasillos, repasando los productos que hay, contando el dinero en la mente para saber si nos alcanza para todo lo que queremos o no.

Hay estudiantes universitarios que lo visitan, de entrada por salida, cuando hay que hacer rendir el dinero. Hay quienes solo pasan por el pasillo de bebidas, supongo porque es el único lugar en Monterrey donde encontrar agua embotellada o refrescos con o sin azúcar, o bebidas energizantes, o Electrolit o Suerox de todos los sabores (hasta los que deberían descontinuar como el de coco). Hay quienes conocen como la palma de su mano en dónde encontrar tal o cual cosa: las amas de casa, como lo fue durante mucho tiempo mi abuela, saben en dónde encontrar el puré de manzana, las chuletas ahumadas o el arroz precocido, tan bien como quien recorre ese lugar más de una vez a la semana y solo entonces podía ganársele al ocio y a la dispersión. Otros, como yo, nos paseamos por los artículos del hogar o por la papelería para ver si algo puede mejorar nuestros métodos de organización. La elección del pasillo en que se encuentre cada quien no es tan distinta a decidir la carrera universitaria que vamos a estudiar.

En su ensayo “Paseos por el supermercado“, Valeria Mata menciona que “Como asociamos los supermercados al ámbito doméstico, obviamos su existencia sin sospechar que forman parte de nuestras memorias infantiles y adultas, y que en ellos se escenifican encuentros, disturbios, deseos y emociones”, lo que me hace pensar en toda la vida que pasamos dentro de estos espacios. Cuando nuestros padres nos llevan por primera vez a Walmart juran que no nos van a comprar nada, o cuando el clima de la visita es generosa y nos sentencian con solo agarrar un dulce, o cuando de niños nos perdemos en los pasillos que de pronto se vuelven un camino sin salida y una trabajadora tiene que vocear nuestro nombre para que nos encuentren.

Es curioso indagar en las razones por las que nos perdemos entre el pasillo de artículos para el hogar y el de ropa para toda la familia en Walmart. De niña me daba tanto pavor perder de vista a mis padres que, cuando íbamos al súper, contaba los pasos que habíamos dado desde el coche hasta la entrada para que, si es que los perdía, supiera cómo regresar al estacionamiento, asegurándome de que no se fueran sin mí. Era un método riguroso y, sin embargo, poco efectivo. Al pasar la puerta de entrada, mi antojo me traicionaba: quería un cereal de Oreos mini, quesitos Babybel, la barbie aeromoza y un set nuevo de plumones Crayola. Olvidaba el número de pasos casi inmediatamente. Aunque la fobia al abandono estaba latente en cada poro de mi piel, lo cierto es que cada pasillo escondía tras de sí la oportunidad de ser otra persona: ¿y si me compraba una nueva libreta?, ¿y si empezaba una dieta con yogurt griego?, ¿y si cambiaba de desodorante para oler más rico?, ¿y si me convertía en esas personas que solo consumen leche de avena? La respuesta a estas preguntas dependía, en buena medida, de lo que decidiera agarrar en Walmart y de lo que mis papás aceptaban comprarme.

Aunque me consolaría saber que perderse en un súper sea una práctica innata del mexicano promedio, lo cierto es que debe pasar en todos lados. Todos los humanos del planeta somos propensos a creer entender el orden y acomodo de un Walmart para, luego de una ridícula escena, tener que textear a nuestro acompañante un humillante dónde estás. Es imposible saber si así funciona para todos, pero un Walmart puede ser la habitación dentro de casa en la que nos refugiamos cuando todo se derrumba: una vez en Argentina tenía tantas ganas de llorar que decidí ir al súper y dejar que las lágrimas, a falta de un abrazo, me dijeran qué comprar —me terminé llevando una caja de alfajores y un Bailey’s—. También puede ser el espacio de reflexión que necesitamos de vez en cuando, sobre todo cuando vivimos en diminutos departamentos que apenas tienen cocina: para escribir este ensayo necesité de unas tres visitas al Walmart en las que tuve que comprar cosas que no necesito —una cajita de bálsamos labiales, unas Pastisetas y un dip de cebolla francesa—, pero que me sirvieron para indagar no solo en mi propio antojo sino en mi falta de voluntad para ir a un lugar y no comprar absolutamente nada.

Pensándolo bien, un Walmart es igual de importante que un hospital. En las revueltas de Chile en 2019, los primeros lugares en ser testigos del control y militarización del Estado fueron los Líder (que es como Walmart bautizó a sus sucursales sureñas), hubo —según la televisión, que es como decir según alguien a quien le conviene— tantos saqueos que no quedó de otra más que limitar la entrada y salida de estos lugares. Uno tenía que hacer filas de hasta tres horas para que lo dejaran pasar y hacer el súper en tan solo 40 minutos, en medio de una crisis real (las manifestaciones sucedían todos los días, casi a la misma hora y el desenlace era casi siempre el mismo: un búnker de agua sucia y bombas de gas pimienta descongestionando a los participantes). Ir al súper se convirtió, en ese entonces, en una especie de realidad alterna: mientras afuera unos disparaban y otros morían, la mayoría iba al Walmart con la esperanza de que ahí la guerra no se sintiera.

¿Qué pasillos son los que recorrería alguien que tiene miedo de no volver? ¿Cuáles son los que evitarían aquellas jóvenes que bloquearon los torniquetes del metro y dos años después, cambiaron la Constitución chilena completa? ¿Qué productos se llevará una extranjera que no entiende bien a bien qué sucede pero sabe, porque lo enfrenta, que el Walmart o Líder podría no volver a abrir? ¿Qué compraran los milicos, esos que posaban con sus metralletas en la entrada y que dejaron ciegos a cientos de manifestantes? La democracia walmartiana no tiene un límite claro (un milico asesino puede comprar un Gatorade para hidratarse, pero no vaya a entrar alguien con desaliñado por un sándwich porque entonces hay un guardia detrás de él que le sigue el paso), eso sí: hay de todo para “todos”.

Como pasa cuando nos asumimos trabajadores sin seguro de gastos médicos, cuando compramos la despensa con nuestro primer salario nos topamos, de frente y de golpe, con una vida independiente en la que el queso y las aceitunas son un lujo que hay que atesorar con cuidado, la carne de res un producto de ocasión tan especial como que haya visitas en casa y que el vino es mejor comprarlo en promoción 2×1. Por eso dicen que no hay que ir al súper con hambre, porque corremos el riesgo de saborear antes de tiempo las ofertas que nos hacen peones de los peores productos para nuestra salud.

Pero no hay nada peor que un Walmart con el potencial de convertirse en un espejo de nuestros miedos: no quiero que llegue el día en que no tenga dinero para pagar un kinder delice o para un paquete grande de pan blanco, medio kilo de jamón de pavo y un paquete de queso gouda o, lo que más miedo me da, el papel de baño. Qué vergüenza llegar a pagar con menos dinero del que marca la caja y tengamos que seleccionar qué dejar, esperando que los compradores de la fila no nos juzguen por nuestra decisión o por hacerles esperar aún más tiempo. No nos imaginamos una ciudad sin el acceso a estas bodegas porque son el símbolo de civilización que hemos adoptado y con el que nos hemos acomodado a través de los años.

Más de una vez he fantaseado en quedarme a vivir en un Walmart. ¿Y si me escondo detrás de los refrigeradores de la salchichonería hasta que apaguen las luces y cierren las puertas? De hambre no moriría, de aburrimiento es probable que tampoco. Me he imaginado las madrugadas en que, en lugar de ir al refri de casa donde no hay mucho que escoger, voy al pasillo de dulces para agarrar de los chocolates rellenos de rompope, o una bolsa grande de papas Chips fuego, o una Coca-cola bien fría, o uno de esos panes —horribles a menudo— que venden en la panadería y sirven para saciar el hambre.

Pero ahí, en un lugar que asociamos a lo conocido, al calor del hogar, a la sazón de la abuela, al premio que papá nos regalaba, también suceden prácticas crueles que resumen el estado de la mayoría de las cosas que nos rodean: desigualdad, abuso, discriminación. Ya lo decía Valeria Mata:

Fuera de nuestra vista, sin embargo, tiene lugar un proceso industrial bastante oscuro, pero cubierto por capas de plástico. Las desigualdades y abusos a lo largo de las cadenas globales de suministro de alimentos se disimulan bajo el barniz de civismo y orden que impera en un súper.

Pensar al Walmart como un tirano tiene que ver con que cada vez más personas, tal vez jóvenes, evitan pisar un tianguis. No sé si existe la idea en la mente de las personas, pero algo me dice que es porque en una ida al Walmart nos ahorramos distintas salidas (ya no vamos a la panadería, ni a la papelería, ni a la cremería, ni a la pollería. Walmart nos ahorró esos locales y los convirtió en líneas rectas con anaqueles llenos) y en un mundo en el que no tenemos tiempo, ahorrar el que sea —para seguir produciendo, para no parar la circulación del capital— siempre es buena idea.

Un Walmart tal vez no acabe con las tiendas de abarrotes que otrora ocupaban esquinas de la ciudad, pero sí aquellas calles cerradas con techos rosados y mesas hechas con tablas de madera sobre las cuales hay manteles rayados azules o rojos. Ese otro paisaje citadino que preferimos ignorar —sabiendo que dentro de los tianguis la calidad de ciertos productos es mejor y el precio, incluso, más barato— porque solo hay de un sabor, de una marca, de una sola bolsa.

Quizá por eso, por todas las veces que Walmart ha demostrado ser el avasallador que es (no resulta sorpresa que la compañía de Walton lidere las quejas ante Profeco), robarle no sea sino el saldo de una deuda de verdad histórica. Una vez alguien me enseñó el método perfecto para sacar un producto de la tienda sin pagarlo (y lo reproduzco aquí para quien lo necesite): lo que sea que quieras, déjalo al fondo de la bolsa ecológica que lleves —porque estás obligado a llevar una de esas bolsas— y no lo saques jamás, especialmente cuando llega la hora de pasar los productos por la banda eléctrica para que los registren. Entre los pliegues de la tela, cuando esta se arrugue, se formará el escondite ideal: cuando la tomes, asegúrate de que tu mano sostenga el producto y la bolsa parecerá vacía. Cuando me enseñaron a hacerlo, robé una Dos Equis lager; mi amiga, un pedazo de salmón ahumado de 250 gramos.

Ya no voy al súper a pensar cosas

En 2022 ya no vagamos por los pasillos mientras construimos un hogar en nuestra mente —en buena medida, los productos que compramos se basan en la idea que tenemos para nuestra casa: yo, por ejemplo, he decidido comprar leche Bové deslactosada porque los colores de sus cajas combinan con el resto de mi refri—, sino que a través de páginas de internet mal hechas, fotos con pésima iluminación y aplicaciones confusas que dejan de servir a la mínima provocación elegimos los productos que necesitamos para sobrevivir una semana más, unos quince días más.

De todas las actividades que murieron con la pandemia, ir al súper a reflexionar es de las más dolorosas. La maravillosa época en la que íbamos al súper a llorar, a pensar, a refugiarnos, a pasar tiempo de calidad con la familia se terminó porque, un buen día, un virus nos condenó a una vida a distancia, a reuniones o clases por Zoom, y a usar el clic como sinónimo de hola y adiós.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias
Ilustración realizada por Pinchi Necro

Uno de los retratos más precisos sobre Juan Rulfo lo ofreció Augusto Monterroso en su fábula El Zorro es más sabio, dedicada especialmente al autor jaliciense. En ella se cuenta la historia de un zorro que envuelto en aburrimiento, melancolía y necesidad económica, decide comenzar a escribir. Su primer libro fue excelente y el segundo aún mejor. Así, todo el mundo aplaudía sus libros y hablaban sobre ellos en todas partes. Los ojos académicos no distraían su mirada del zorro. En los cócteles lo cuestionaban constantemente sobre sus futuras obras. La fábula concluye: “El Zorro no lo decía, pero pensaba: ‘En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer’. Y no lo hizo.”

A veces reducida injustamente al papel de precursor del boom latinoamericano, la figura de Rulfo se volvió indeleble y los estudios críticos sobre la literatura de ficción rulfiana parecen no tener fin, a pesar de orbitar solamente en torno a diecisiete cuentos, compilados en El llano en llamas, 1953; y dos novelas: Pedro Páramo, 1955 y El gallo de oro, 1958 (publicada décadas después). Su obra ha trascendido, revolucionaria, convirtiéndose en una mina inagotable de la que se obtienen retratos, paisajes y tópicos de la vida y cultura mexicana posterior a la Revolución.

Su trayectoria vital, perturbada tempranamente por el conflicto cristero en que su padre fue asesinado, lo colocó en distintos lugares desde los que pudo observar y registrar los espacios rurales, con perspectivas distintas y complementarias. Nómada de los oficios, como agente del gobierno viajó a distintas zonas del país entre las décadas de los treinta y los cuarenta; como parte de la compañía de neumáticos Goodrich-Euzkadi, fue capataz y agente viajero; y como parte del Instituto Nacional Indigenista, jefe de publicaciones, y trabajó en distintos proyectos regionales.

Como consecuencia, en la intersección de los viajes y la constante actividad literaria, Rulfo comenzó a forjar una prodigiosa colección de paisajes. Fuesen descritos o construidos, documentados o inventados, los paisajes rulfianos se situaron en el corazón de su propuesta estética. Los paisajes, entendidos como el conjunto de elementos espaciales que son percibidos colectivamente y al que le ha otorgado un significado concreto debido a formas reconocibles particulares, necesitan un vehículo. En el caso de los paisajes de Rulfo fueron las representaciones fotográficas y literarias.

En su peregrinaje laboral por distintas zonas de México, su cámara Rolleiflex le fue indispensable. Por ello, era común asociar estrechamente la actividad fotográfica de Rulfo con su producción literaria, pero él fue el primero en hacer el deslinde. El oficio de escritor era muy distinto al oficio de fotógrafo. Eran actividades claramente distintas. En alguna entrevista le preguntaron si para él existía similitud entre ambos oficios y sentenció: “No la hay… Además, cuando yo tomaba fotografías no pensaba en la literatura, son dos géneros muy diferentes”. En todo caso, tanto su fotografía —paisajes, retratos y objetos arqueológicos— tienen una naturaleza antropológica que pudiera colocarlo como deudor de Carl Lumholtz o —como declara Victor Jiménez en el libro El fotógrafo Juan Rulfo— en diálogo con el estadounidense Paul Strand.

Como fotógrafo, Rulfo creó su propia versión del México profundo, misma que siempre fue un correlato en potencia de su narrativa. En ella, la visión del mundo rural, campesino, tradicional y violento, en tanto los ecos de la revolución y la guerra cristera no dejaban de ser parte de la vida colectiva, se materializaba una serie de espejismos en los que la mezclaban escenas prácticamente documentales con las manifestaciones más puras de lo sobrenatural. Estas imágenes se han configurado como un símbolo que las colectividades solemos asumir como parte del paisaje histórico de aquellos tiempos. Como bien anotó Juan Villoro, Rulfo tomaba situaciones de la vida rural y elementos del habla popular y los recreaba de forma en la que aparecen como más auténticas que el mundo de los hechos, aunque sean artificiales. A pesar de que Rulfo las percibiera como empresas distintas, la documentación y la ficción no deberían representar una contradicción insalvable.

Por ejemplo, en el cine, el género documental nació bajo el signo de la ficción. Las escenas mostradas en el primer documental de la historia —que este año cumple un siglo—, Nanook of the North, no fueron sino artificios que pudieran aclarar y mostrar la narrativa antropológica de su director Robert Flahery. La frontera siempre ha sido difusa en la literatura, y la fotografía no ha sido la excepción. Los productos documentales siempre esconden cosas e insinúan otras. Lo documental puede contener historias que en ningún medio ficticio pudieran aparecer. Y, en contraste, lo ficticio también es portador de una forma de conocer la realidad fáctica con mayor transparencia que lo que se registró documentalmente. En la convivencia de las obras narrativas con los discursos historiográficos emergen múltiples ejemplos, y la obra de Juan Rulfo siempre ha sido uno de los más poderosos: uno puede conocer mejor la historia popular y al México rural posrevolucionario leyendo El Llano en Llamas que adentrándose a un libro de historia sobre la época. Así, los paisajes de Rulfo emergen de sus obras y fotografías como un elemento híbrido en el que conviven rasgos fantásticos con las más genuinas muestras de registro de la cotidianeidad, así como se rompen las reglas del tiempo y el espacio, se muestra con precisión la vida campesina, las revueltas armadas y los sueños de sus habitantes.

En la narrativa de Rulfo, la construcción del contexto espacial ha sido un elemento angular en lo que hemos llamado “paisajes rulfianos”. En el caso de Pedro Páramo, además de contener la fiel representación del caos con el que se manifiesta la memoria colectiva, la atemporalidad de los símbolos, la convivencia de la muerte y la vida, el carácter protagónico de las ausencias y las consecuencias de la falta de amor, se pueden ubicar distintos paisajes que superan su cualidad de elemento recipiente. Los paisajes dejan de ser telón de fondo o proyecciones detrás de la acción humana. El cuidado que imprime Rulfo en la articulación de los lugares en los que habitan sus personajes sigue siendo ejemplar al día de hoy.

El clima árido de Comala, el veneno de las saponarias podridas, las cejas de los cerros, los astros inmóviles, la lluvia y las aves, y el olor a miel derramada son el correlato de las historias humanas. Si Pedro Páramo, vengativo, cruza los brazos para que Comala muera de hambre y se arruine, la resequedad del suelo, el silencio y la muerte constituyen la imagen del pueblo. Si la desolación y la oscuridad hunden al pueblo de San Juan Luvina frente los ojos del viajero, el paisaje provoca las mismas inquietudes con hostilidad: “Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.”

Rulfo solía otorgar ciertos rasgos de personalidad e intención a los fenómenos climáticos que eran parte de la atmósfera. Por ejemplo, la función de los aires y los vientos, vehículos de murmullos, de la cobija negra en Luvina y contrapunto del calor maldito; de la lluvia como eco de tristeza, que no deja de ser posible de fertilidad, incluso perceptible desde la ultratumba.

Comala no solo es un purgatorio en la tierra porque “todo parecía estar en espera de algo” ni por la comunidad de ánimas sin bendición que habitan el pueblo; el calor en Comala le daba un carácter infernal. Esta asociación es detectable de cierta forma, desde el inicio de la novela, en la que Abundio, el sordomudo que hablaba y escuchaba, acompaña a Juan Preciado a Comala en un acto caróntico. Pero es la canícula de agosto la que hace de Comala un lugar más caliente que el infierno. Dice Abundio, hijo y asesino de Pedro Páramo: “Con decirle que muchos de los que allí mueren al llegar al Infierno regresan por su cobija”.

La tierra árida, la infertilidad y su hostilidad no solo circundan a Comala, donde alguna vez hubo árboles, donde ahora solo quedan las hojas. En varios de los cuentos de El llano en llamas, es un común denominador. Sin embargo, la sequedad infinita toma forma de denuncia en Nos han dado la tierra. En este cuento, un puñado de campesinos atraviesan el Llano Grande, una porción de tierra que el gobierno les otorgó como parte del reparto agrario. La calidad de la tierra no importaba, lo fundamental era dotar de terrenos a los campesinos en el marco de una etapa no armada de la Revolución: “Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni los zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido donde nada se mueve y donde uno camina como reculando”. Este fenómeno tiene un correlato con el reconocimiento de que en gran parte, el reparto agrario posrevolucionario implicó la entrega de tierras no cultivables, desérticas, boscosas, trayendo consecuencias negativas al campesinado. El reparto agrario atendió a la promesa de justicia social emanada de la Revolución pero simultáneamente fue una herramienta de control social frente a las fuerzas revolucionarias en distintas regiones. Estas imágenes son la antítesis de la visión hiperfértil y de inmensas riquezas que asociaban a México con el cuerno de la abundancia, tradición que encuentra sus raíces en el poema Grandeza mexicana, compuesto por Bernardo de Balbuena en los albores del siglo XVII.

Es claro que en el plano de lo sensible el sonido fue privilegiado en la narrativa de Rulfo. El mosaico de sonidos es vasto, como el mosaico de retratos y animales que habitan los textos de Rulfo. Los murmullos indescifrables de los muertos, el universal ladrido de los perros, los pasos que rebotan en las rocas, las conversaciones y los pasos que los muertos escuchan —y comentan— desde su ataúd, el zumbido de los insectos y las campanadas perpetuas son parte de la constelación sonora rulfiana: “En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado”. En la obra de Rulfo, enclave en el reino de los paisajes sonoros, resulta curioso que, de hecho, el único cuento del Llano… que no hace referencia específica a lo que se escucha es ¡Diles que no me maten!

Sin embargo, en Pedro Páramo aparece una descripción que lleva al límite el acto de escuchar, confrontándolo con otras formas de lo sensible, de lo perceptible: “La madrugada fue apagando mis recuerdos. Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños. -¿Quién será? -preguntaba la mujer. -Quién sabe -contestaba el hombre”.

Los paisajes de Juan Rulfo son los de un México que transitaba a la modernidad. La tensión generada con la tradición no era sino un síntoma de los acelerados cambios que se dieron después de la Revolución. La reconstrucción de un país que se devastó con el conflicto revolucionario implicaba la forja de un Estado que evitara que las masas siguiesen en movilización violenta, legitimándose al cumplir las demandas que motivaron la Revolución. En la década de 1940, la consolidación de este Estado posrevolucionario, comenzó a enfocar el discurso de unidad nacional hacia el concepto de modernización. La Revolución se institucionalizó y la clase media se convirtió en los protagonistas en un mundo urbano de consumo y civilidad, frente al campesinado “atrasado”. La modernidad sucedía preferentemente en las grandes ciudades y se manifestaba en la industrialización de la economía.

Juan Rulfo fue parte de este reacomodo institucional. En la década de 1960 participó como editor y jefe de publicaciones del Instituto Nacional Indigenista. Esta agencia estatal buscaba articular la acción indigenista, que buscaba institucionalizar la integración de la población indígena a la vida moderna, así como su desarrollo económico, social y cultural. Fue resultado de un largo proceso en el que el Estado mexicano —en conjunto con las ciencias antropológicas—, se encargaron de buscar soluciones integrales a los problemas de la población indígena. Una característica del indigenismo de esta época fue que, en todos los casos, era maquinado y promocionado por sujetos no-indígenas. Este trabajo, así como su participación en años anteriores en la Comisión del Papaloapan, en la que visitó las comunidades indígenas de la cuenca en el marco del desarrollo regional, la construcción de infraestructura y la reubicación de los pobladores locales, le valió seguir conociendo la vida en los espacios rurales.

Los campesinos, los arrieros, las cocineras y los pistoleros, todos ellos hundidos en la más severa de las precariedades; los personajes de la narrativa rulfiana son los personajes de los márgenes; eran excluidos cuya extinción frente a la modernización era inminente. Sus imágenes y memorias hallaron refugio en las historias rulfianas. En un poema que Juan Rulfo escribió como parte de la película experimental La fórmula secreta (1965) de Rubén Gámez, parece predecir el destino de los recuerdos y símbolos de aquellos tiempos y espacios, de la vida en la marginalidad, de los paisajes de la escasez y de los espacios liminales en la que los fantasmas vivos patrullan las calles de los pueblos más silenciosos:

“Tal vez acaben desechos en espuma

o se los trague este aire lleno de cenizas

y hasta pueden perderse

yendo a tientas

entre la revuelta oscuridad.

Al fin y al cabo ya son puro escombro”


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).