Tierra Adentro
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Confieso que, siendo generosa conmigo misma, logro entender apenas la mitad de lo que propone y escribe el filósofo, activista y esquizoanalista Félix Guattari (1930-1992). Leí primero sus ideas en la versión trabajada y pulida de quien fue su colaborador más famoso, el filósofo Gilles Deleuze. Ahí, todavía podía comprender la dimensión de la ofensiva de la famosa dupla. Juntos, Guattari y Deleuze escribieron una serie de libros paradigmáticos del pensamiento francés posteriores al movimiento de 1968 en torno al capitalismo y proponiendo el esquizoanálisis como alternativa a los rígidos modelos estructurales del psicoanálisis de Jacques Lacan y sus seguidores.

Aunque Gilles Deleuze es un nombre que se respeta mucho en las universidades y que se lee en diferentes disciplinas, el nombre de Guattari siempre ha sido relegado a un segundo orden, permanece al margen o se olvida de forma más o menos deliberada. No obstante, las contribuciones de Guattari a su proyecto en común son innegables. Escribían a partir de las intuiciones o diamantes en bruto que Guattari le enviaba por carta, todas las mañanas, a Deleuze, y que éste pulía y suplementaba con su formación filosófica. Es decir, la mayoría de la riqueza intuitiva, explosiva y radical de libros como El Anti-Edipo (1972) o Mil mesetas (1980) viene de Guattari.

Pero hay un Guattari sin Deleuze y un Deleuze sin Guattari. Félix Guattari escribió una extrañísima serie de libros antes y después de su colaboración con Deleuze.1 La mayoría de ellos, me resultan ilegibles. Me agota perseguir la velocidad de estrella fugaz de su pensamiento, que no logro capturar ni en una metáfora, ni en una imagen, ni en un concepto. No es por la complejidad de lo dicho ni por la densidad teórica ni por el bagaje histórico sino, quizás, porque no se parece a ningún otro autor y tampoco se le puede leer meramente desde una disciplina. A Guattari no se le puede asimilar a la filosofía y tampoco forma parte realmente del campo del psicoanálisis. Es un activista e intelectual, pero tampoco es parte de ningún currículo de estudios de ciencias políticas y desde mi propio campo, la literatura, me resulta difícil entenderlo como un teórico o crítico cultural o literario. Una de sus colaboradoras explica que a Guattari le encantaba James Joyce. No me sorprende, entonces, que sus textos sean tan ilegibles, por tantas capas de significados, que estén basados en sus epifanías diarias y contengan tantos neologismos.

Félix Guattari es un pensador sumamente original y extraño que desde una operación transversal, un agudo y brillante corte singular, se deslinda de todos los campos y, molecularmente, propone una serie de diagramas revolucionarios. Guattari mismo insiste que sus textos son diagramáticos en el sentido de que son cartografías, planos y planes, cajas de herramientas que se puede usar para tergiversar diversas singularidades. Para Guattari, las ideas son herramientas conceptuales: las ideas son cosas. Aunque lo comprenda poco, me atrevo a decir que Guattari es sin duda uno de los pensadores más perspicaces sobre nuestro presente. Es un pensador que logró ver las líneas de fuga y consecuencias de su época, vaticinando el caos y potencialidades de lo que hoy, treinta años después, vivimos.

Guattari murió un 29 de agosto de 1992, a los 62 años. Le tocó ver todavía el inicio de un cambiante orden mundial, que fue la base de lo que el nuevo siglo nos trajo: un mundo cuyos conflictos no se debaten ya en un frente doble, ni centralizado, sino cuyos conflictos tienen más que ver con las lógicas económicas descentralizadas. El colapso del bloque soviético, el inicio de la guerra del Golfo en 1991 y la disolución de Yugoslavia. Vio el inicio de la integración del capitalismo global, la catástrofe del neoliberalismo, las crisis económicas y el desastre ecológico mundial. Todo esto no es algo ajeno a lo que Guattari profetizó y diagnosticó con sus potentes herramientas conceptuales. En las siguientes breves notas, propongo tres herramientas que Guattari nos legó en su obra para desestabilizar y desarmar la máquina de nuestro presente: la transversalidad, el esquizoanálisis y las revoluciones moleculares.

 

Transversalidad

Desde su juventud, Guattari fue parte del movimiento juvenil de los hosteleros y estuvo involucrado políticamente en diferentes grupos de izquierda. Dejó la carrera de farmacéutica luego de dos años de aburrimiento (según él mismo confiesa) y conoció a su mentor y amigo, Jean Oury, quien trabajaba en la clínica psiquiátrica de La Borde en Cour-Cheverny. Oury le presentó la obra del psicoanalista Jacques Lacan, quien fue fundamental para su formación. Guattari permaneció activo políticamente, asistía regularmente al seminario de Lacan, y finalmente decidió aceptar un trabajo en la Clínica de La Borde, en donde trabajó por casi cuarenta años, hasta el día de su muerte.

Algunos de los primeros textos de Guattari eran una serie de reflexiones acerca de la peculiar estructura de organización y trabajo de La Borde, inspirada por los movimientos anti-psiquiátricos de la época. En la clínica, según describe, por ejemplo, las enfermeras no usaban uniforme, había reuniones diarias y comités armados junto con los pacientes, además de que todos los empleados, incluyendo los médicos, tenían tareas que se rotaban entre todos los integrantes para mantener el funcionamiento cotidiano del hospital. La reflexión teórica sobre el funcionamiento institucional se denominó, en esa época, “psicoterapia institucional”.

En 1964 Guattari presentó en un congreso internacional de psicodrama una de las ideas (basada en sus experimentos en la clínica) que acompañaría toda su obra: la transversalidad. El objetivo de la transversalidad es desestabilizar las oposiciones estructurales binarias (el eje vertical y piramidal del poder institucional y el vertical, en donde cada uno “se arregla como puede”). Lo usó en un inició para hablar de la transversalidad en un grupo:

“La transversalidad es una dimensión que pretende superar los dos impasses, la de una pura verticalidad y la de una simple horizontalidad; tiende a realizarse cuando una comunicación máxima se efectúa entre los diferentes niveles y sobre todo en los diferentes sentidos”. “La transversalidad es el lugar del sujeto inconsciente del grupo, más allá de las leyes objetivas que la fundan, el soporte del deseo del grupo”.

No se nos debe escapar que esta idea de transversalidad va en contra de nuestras nociones de democratizar los saberes y de las relaciones interdisciplinares, así como de la horizontalidad de los discursos minoritarios hoy tan en boga. Tampoco pasemos por alto que el concepto surge al intentar pensar la organización de una clínica psiquiátrica y se presenta en una reunión de psicodrama: es un concepto que va de la estructura organizacional de la locura a la teatralidad y el potencial curativo de la performatividad, el asumir la versatilidad de diversos roles. La transversalidad es un corte diagonal que busca encontrar en los puntos ciegos de los distintos grupos en una organización, una posible relación. Su objetivo es incrementar el coeficiente terapéutico de un grupo o su potencial revolucionario. Va en contra de la burocracia, la oficialidad, las estructuras y jerarquías. En vez de ello, busca la producción creativa para adaptarse, comunicar y atravesar los diferentes niveles. Desde un inicio, la transversalidad tiene un componente colectivo y para Guattari la subjetividad es un fenómeno de grupo, nunca individual.

Esquizoanálisis

Conforme Guattari se consolidó como intelectual, ya no se consideraba como un psicoanalista, dados sus desacuerdos con su mentor, Lacan, cuyas nociones llegó a criticar acérrimamente (aunque, sobre todo criticó a los seguidores de Lacan). Guattari acuñó el término “esquizoanálisis” para darle una dimensión diferente a cómo el veía que la psique operaba socialmente y en el contexto de las instituciones. Guattari desarrolló la herramienta conceptual del esquizoanálisis más plenamente en su correspondencia con Deleuze. Para Guattari y Deleuze, el psicoanálisis tiene que ver con reducir sistemáticamente el deseo a un sistema cerrado de representaciones: “Edipos de Edipo al cuadrado”. A su vez, el psicoanálisis parte de un modelo de psique basado en el estudio de las neurosis, centrado en la persona y las identificaciones y que opera a través de la transferencia y la interpretación.

El esquizoanálisis, al contrario, parte de las investigaciones acerca de la psicosis, “se niega a rebajar el deseo a los sistemas personológicos y niega toda eficacia a la transferencia y a la interpretación”. En vez de mantener el núcleo en el individuo, no oculta que es un psicoanálisis político y social, un análisis militante. A su vez, rechaza la interpretación dado que, para ellos, “el inconsciente no quiere decir nada”, sino que construye máquinas deseantes que funcionan socialmente: “el inconsciente no dice nada, maquina. No es expresivo o representativo, sino productivo”. Entonces, el esquizoanalista no es ni un intérprete, ni un director de escena, sino un mecánico, “un micromecánico”.2

Individualmente, Guattari definió la fundación de lo que llamó “esquizoanálisis” en su libro de 1979, El inconsciente maquínico. En su último libro, Caosmosis (1992), Guattari redefine el alcance del esquizoanálisis y habla de “cartografías esquizoanalíticas” y propone que el esquizoanálisis es un intento transdiciplinario, una “metamodelización” que abre nuevas posibilidades y funciones. Diagnostica una tendencia de la historia contemporánea que fácilmente podríamos extender hasta nuestros días y que no ha hecho más que exacerbarse:

“De una manera general, puede decirse que la historia contemporánea está siendo dominada cada vez más por un incremento de reivindicaciones de singularidad subjetiva: contiendas lingüísticas, reivindicaciones autonomistas, cuestiones nacionalísticas, nacionales que, con total ambigüedad, expresan una aspiración a la liberación nacional, pero que por otro lado se manifiestan en lo que yo llamaría reterritorializaciones conservadoras de la subjetividad”.

En contra de estos discursos que, desde el capital, buscan capitalizar y reterritorializar nuestra subjetividad en el discurso de las minorías o el lenguaje de la inclusión, Guattari propone que “el esquizoanálisis no consistirá, evidentemente, en remedar al esquizofrénico, sino en franquear como él las barreras de sinsentido que vedan el acceso a los focos de subjetivación asignificantes, única manera de poner en movimiento los sistemas de modelización petrificados”. Detrás del denso y extraño lenguaje de Guattari adivino que hay una búsqueda de encontrar modos de desestabilizar los sistemas de sin-sentido que no admiten nuevas posibilidades. Busca, entonces, nuevas posibilidades y recomponer territorios dentro de lo que llama el “universo caósmico” (la caosmosis es la producción de lo múltiple y se opone al cosmos con una raíz). Nuevas cartografías producen nuevas subjetividades.

Revoluciones moleculares

Parte del atractivo y la dificultad más grande de comprender la obra de Guattari radica en que sus textos están íntimamente ligados con sus insólitos experimentos clínicos, pero también con su compromiso político militante. En sus libros colaborativos con Alliez y con Negri en torno al movimiento de la autonomía obrera en Italia y después en su colaboración con Suely Rolnik en su visita a Brasil, en donde conversó con Lula, Guattari buscó refinar su comprensión de cómo oponerse a las máquinas totalitarias capitalistas que buscan dividir, particularizar y moleculizar a los trabajadores: “Se infiltran en sus filas, en sus familias, en sus parejas, en su infancia; llegan incluso a instalarse en el corazón de su subjetividad y de su visión del mundo”.

Si el esquizoanálisis es una lucha política desde todos los “frentes” de la producción deseante, entonces, como afirma en La revolución molecular, “el problema del análisis es el problema del movimiento revolucionario”. En un enunciado completamente profético, Guattari especula:

Si es cierto que los cambios sociales en el futuro serán, como yo creo, absolutamente inseparables de una multitud de revoluciones moleculares al nivel de la economía del deseo, entonces el esquizoanálisis tendría que ver con una perspectiva revolucionaria. Cuando se trata de hacer saltar todos los obstáculos, las esquematizaciones del capitalismo, las sobrecodificaciones del superyó, las territorialidades primitivas reconstituidas artificialmente, etc., el trabajo del analista, del revolucionario y del artista confluyen”.

Con revoluciones moleculares, Guattari se refiere a que la manifestación singular y local del deseo de pequeños grupos se puede conectar con una multiplicidad de deseos moleculares y que así implican un efecto como de “bola de nieve”, en donde se movilizan muchos más deseos. Si reflexionamos en torno a los recientes movimientos revolucionarios alrededor del mundo, la mayoría de ellos han sido revoluciones moleculares que no han sucedido al nivel de los discursos políticos manifiestos, sino que se han jugado en el espacio de las mutaciones del deseo, de las transformaciones científicas, tecnológicas e incluso artísticas.

Me gusta el uso de la palabra “molecular” (cuyo origen, por supuesto, Guattari no explica) porque me hace pensar en una cuestión química, en la unidad mínima de átomos cuya unión es lo suficientemente estable como para conservar sus propiedades. Respiramos moléculas, cocinamos con moléculas y estamos hechos de moléculas. ¿Por qué no también hacer revoluciones moleculares? Nuestro deseo y nuestras revoluciones, como la de Guattari, serán moleculares o no serán.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Ilustración por Martha E. Saint Martin
Ilustración por Martha E. Saint Martin

Narrar no es lo mismo que narrarse. Aunque son acciones cuyo origen se encuentra en el mismo verbo, cada una conlleva intenciones distintas. Por tanto, el lugar desde el cual se observa o se siente, tampoco es el mismo.

En 1929, Virginia Woolf publicó Una habitación propia. La premisa sobre la que se desarrolla este ensayo dice que una mujer debe poseer dinero y una habitación propia para escribir. A estas alturas de la vida da igual si lo que se pretende crear es una novela, una colección de cuentos, una crónica o cualquier género literario. Incluso el ejercicio de cualquier tipo de expresión artística estará supeditada a la posesión de medios y espacio físico. El contenido de esta obra resultó de una serie de conferencias que la escritora dictó en Cambridge en 1928, en las cuales se esmeró en denunciar el papel que la mujer tenía en la sociedad de su tiempo. Es así como nace Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichel (o el nombre que más guste a quien lee), la narradora, un personaje ficticio que se apropia de las palabras de Virginia y se sitúa en un lugar llamado Oxbridge, y desde una primera persona expone por qué es difícil para una mujer no solo dedicarse a la escritura, sino también poseer los dos requisitos que desde el principio he mencionado. El hecho simple de poseer ―algo, cualquier cosa―, en el contexto de Virginia Woolf, se vuelve el primer desafío. Y es desde esa experiencia que escribe toda su obra: novelas, ensayos, dramaturgia, todo nace de su fuero interno, de la observación de su entorno como necesidad para explicar ciertos acontecimientos de su vida. La novela Orlando, dedicada a Vita Sackville-West (que está ambientada en la casa de esta) y que explora la libertad con la que la poeta transita el mundo sin limitar sus identidades. Mrs. Dalloway es una meticulosa narración sobre un día en la vida de la aristócrata Clarissa Dalloway en la Inglaterra que quedó después de la segunda guerra mundial, en donde se cuestionan temas referentes al papel de la mujer en la época y la condición mental de la protagonista. La obra epistolar de Virginia, en su mayoría dirigida a Vita, en la que juntas cuentan una sola historia. Hay contenida en toda esta producción un testimonio de vida: experiencias, ficcionadas, cuestionamientos legítimos, intenciones de comunicar. Virginia Woolf, primero, se contó las cosas que sentía, las que observaba, las que le preocupaban. Luego las contó a las personas de su tiempo. Ahora nos las cuenta, muchos años después.

Centro Gabo, proyecto enfocado en perpetuar el mito sobre el escritor colombiano Gabriel García Márquez, publicó el año pasado un artículo titulado Virginia Woolf en cinco apuntes de Gabriel García Márquez. En él se hace énfasis en la admiración que el ganador del Nobel le profesaba a la escritora inglesa, y se recuperan algunas anécdotas en las que se deja constancia de cómo esa narrativa sensible y sentida de Virginia estimuló la obra del escritor. Desde el pseudónimo que utilizaba para sus artículos en el periódico El Heraldo (Septimus, por Septimus Warren Smith, personaje de Mrs. Dalloway), hasta las motivaciones que tomó para escribir La hojarasca, novela que, en sus propias palabras, está escrita con un método completamente woolfiano, como Mrs. Dalloway, aunque los críticos, que son tan brutos, no se hayan dado cuenta. Y en este discurso me parece que se trasluce una intención: más allá de una búsqueda o exploración interna, de un cuestionamiento respecto a su contexto o sus condiciones materiales, la narrativa del escritor colombiano nace del deseo de escribir como lo hacía Virginia. Es decir, no narrarse o narrar desde lo íntimo aquello que observaba, sino tomar una técnica que le pareció impresionante y unirla a sus experiencias y recuerdos familiares. Claro que nadie niega el papel que su obra tiene en la literatura latinoamericana, pero es necesario hacer este reconocimiento sobre lo que se percibe ―o no― en cada caso.

En internet hay muchas anécdotas sobre las narrativas íntimas: Anaïs Nin y sus diarios amorosos; Rosamaría Roffiel y Amora; Rosario Castellanos con toda su obra; Cristina Rivera Garza y El invencible verano de Liliana; Carson McCullers con El corazón es un cazador solitario; Enid Carrillo en La noche nunca termina; Raquel Hoyos y Maldita; J. D. Salinger con El guardián entre el centeno; Alberto Fuguet en Sudor. Entrevistas, diarios, artículos y biografías, cuentan anécdotas y testimonios que dan constancia de las motivaciones que hicieron posible la existencia de estas obras: cuestionamientos al estatus quo o a la norma; exploraciones internas para dar con el sentido de las cosas, para explicarse el mundo, para entablar una comunicación única, para echar las vísceras en las palabras. Aunque no existieran los testimonios, estos casos ―solo por mencionar algunos― contienen elementos sutiles que quizá no pueden ponerse en palabras, pero ahí están. Porque se sienten si quien lee tiene la sensibilidad para detectarlos. Quizá una conversación que se entabla porque alguien hace preguntas y alguien ofrece las respuestas.

Existen tantos libros en la vida y en el mundo, y a diario se escriben y publican tantos más, que la única clasificación que en realidad cuenta para elegir es con cuáles podemos establecer una conexión y con cuáles no. En mi caso, solo me es posible hacerlo con aquellos cuyo contenido incluye esos elementos que me hacen sentir las palabras y las historias, con los que puedo conversar en el ir y venir de preguntas y respuestas, porque a veces las palabras más rebuscadas se convierten en un laberinto que imposibilita le disfrute de una historia, en tanto que, otras veces, un lenguaje sencillo se agradece porque sirve de terreno fértil para hallar lo sutil que plantea la sensibilidad humana en las palabras justas.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Martha E. Saint Martin
Martha Saint es una historiadora del arte que se dedica a la ilustración. Le gustan las cosas feas y la pizza con piña. Su nombre de ilustradora, Sushi con K-tsup, emerge bajo la necesidad de crear desde la ternura, la vulnerabilidad y la sinceridad más profunda. Ella es originaria de la Ciudad de México; actualmente radica en Montréal.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Quizá la vida no era más que eso: un par de fechas memorables hacinadas entre la oscuridad. Sentada tras la ventana, supo que estaba harta del olvido. Los días se le iban acumulando sobre los hombros, entumeciéndola. Ese presente hueco al que la fortuna la entregó era apenas un girón de todo lo que alguna vez tuvo. Ya sólo le quedaban el hambre, el sueño, el frío.

Le quedaba la incertidumbre.

Giró el cuello para toparse, ajena, con un cuarto florecido de presencia. De pronto los marcos y las fotos empolvadas le parecieron el testigo de un pasado vigente. Eso la animó a ponerse de pie. Dejó de sobar el bulto de su estómago y abandonó la quietud de la ventana, entregada a la hinchazón y el hormigueo. Al nonato le calculaba doce semanas de existencia. Más por desatención que por pesimismo, durante todo el tramo de la gestación había evitado darle un nombre al fruto ya huérfano de padre. Sólo se refería a la masa como un él: lo sabía niño, frágil y quedito.

Paseó la mano por el amontonamiento vertical de las paredes. Palpó los retratos como buscándole calor a los rostros, decolorados y difusos. De su familia se salvaron de Treblinka apenas tres personas; de su casa, sólo ella y el embrión. Hasta entonces había permanecido con la esperanza de que el Pésaj deviniera en una muestra de piedad hacia el gueto. Ese era el hilo que la ataba al mundo: una fecha en el calendario. Y ya estaba ahí, la noche del 19 de abril. Pero no hubo cambio alguno. Los militares del Reich aún patrullaban las calles, moliendo a tiros cualquier intento de resistencia. Ni siquiera esa noche quedaron exentos del toque de queda. Ni siquiera la fiesta los condonó del miedo.

Dedicó el resto de la tarde a revolver documentos. Escudriñó las actas y las credenciales como si constatara la existencia de una identidad perdida: Anke Elbaz, nacida el 16 de octubre de 1915. Polaca. Asquenazí. Hija de una diáspora inconclusa.

Cierta necedad la orilló a conservar papeles que de nada le servían en el asedio. Vuelta prisión, Varsovia había comenzado a despoblarse por la fuerza del hambre y la pólvora. A los alemanes no les interesaban los nombres ni las ciudadanías, sólo las estrellas de David. Pero ella se aferraba a su apellido, esperanzada en la salvación.

Un espasmo en el tegumento la mandó de regreso a la silla. ¿Lo provocó el bebé? No, era demasiado pequeño para patear o hacerse de un mal carácter en el vientre. Lo que la revolvía era el hambre. En ratos como ese recordaba la pasta que su hermana preparaba antes de que Polonia fuera un secuestro compartido. Antes de que la vida dejara de serlo.

Miró la calle, ya de noche. El tránsito por las avenidas era una extensión de la angustia popular. Huecos de sed, pálidos de cansancio, algunos judíos del gueto habían conspirado en busca de armas y granadas. Se reunían por las noches, paseando los planes de casa en casa. Por eso los soldados de la ocupación habían impuesto un toque de queda.

Escuchó a los lejos una discusión. Ida brevemente la neblina, alcanzó a ver a un muchacho siendo interrogado por un gendarme. El chico excusaba su presencia a punta de monosílabos inútiles. El oficial no tardó en cachetearlo y encañonar su frente. Pero el chico no respondió con un ruego de piedad. Simplemente metió su mano en el interior del saco.

Entonces vino la explosión.

 

*

 

—Buenas tardes, señora Roth. Le hago llegar la correspondencia de la semana.

Ella no tardó en notar que el chico tenía los pómulos pegados a la piel. Era alto y de su voz manaba cierto servilismo imbécil. Le pareció tierno. Era el nuevo miembro de las Juventudes Hitlerianas que se encargaría de llevar las cartas de su esposo.

En la alcoba, decidió hurgar entre los remitentes para conocer al menos tangencialmente la vida del capitán Roth. No llegaron a interesarle los apellidos de los altos mandos ni los citatorios a reuniones tan herméticas como exclusivas. Quería saber si alguna mujer le escribía. No encontró evidencia de ello.

Se tiró con el vientre hacia arriba, aburrida por la fidelidad de su esposo. Le hubiera gustado hallar algo que reclamarle. Quiso tener una pelea o una discusión, por más horrible que fuera, con tal de que él al fin se dirigiera a ella como algo más que una simple herramienta para heredar sus genes. Deseaba recordarle que ella era Anke Roth, su esposa: carne y sueños compartidos.

No odiaba a su hijo. Le maravillaba la idea de que dos cuerpos, por algún capricho de repetición natural, pudieran fecundarse como se fecundan las flores. Sabía que tener un bebé es reacomodar los rasgos propios en un nuevo recipiente, multiplicar las extremidades, inventarse un nuevo rostro.  Extenderse en el mundo.

Un doctor anciano fue quien le avisó que estaba embarazada. Por ese entonces, ella y el capitán recién habían llegado al gueto, junto con la ola de nuevos comisionados. Se les dijo que era necesario apoyar en la logística de la reubicación y los traslados, pero ambos sabían que el Reich necesitaba refuerzos para mermar el inicio de la rebelión.

Ella tomó el silencio del gueto como un signo de la conspiración. Esa calma era el preámbulo de una convulsión. Le pareció ingenuo que los soldados vieran en la Pascua de los judíos una oportunidad para relajarse. Su esposo y otros mandos salieron a beber, seguros de que los habitantes estarían orando en sus casas.

Ninguno de ellos, claro, esperaba el fuego.

 

*

 

Un par de cuerpos, incompletos y rasgados, emergieron de las llamas. Tras la detonación, Anke había volcado el cuerpo al suelo en espera de un silencio que nunca llegó. La granada motivó gritos y disparos, provenientes de las artistas oscuras de la ciudad.

Ella escuchaba la lucha con una entereza insospechada por sí misma. No lloró ni llegó a preocuparse por la combustión de la pólvora y las bombas Molotov. Lo único que la alarmó fue el humo. Los cocteles rebeldes y el gas de los soldados habían acumulado un sofoco sulfúrico en varias cuadras. Si permanecía en el edificio, se dijo, moriría por la asfixia antes que por la metralla.

Huyó, con más resignación que miedo.

 

*

 

Aceptó la ausencia de su esposo. Supuso que en ese punto de la noche estaría inconsciente o jugando cartas, empotrado en alguno de los bares que atendían a los oficiales como él. A pesar de su enojo, comprendía: era su descanso.

Una mueca incómoda le cruzó el rostro cuando reflexionó sus pensamientos. ¿Descansar de qué? De su trabajo, sin duda. Pero el trabajo de un soldado es siempre un eufemismo. La guerra, sí, puede erguirse en la defensa de una causa, aunque tras ella siempre descansa la sombra de la aniquilación. Le costó admitirlo: el quehacer del soldado es legitimar la muerte.

No siempre vivieron bajo el signo de la pólvora. Previo a la guerra dedicaban sus días a la burocracia municipal, asentados en la Renania. Incluso ella tuvo más de una amiga asquenazí, antes de que su presencia estuviera proscrita en la nación. Cuando su esposo se volvió oficial, la euforia de la invasión y la defensa se tomó por causa común del pueblo. Aceptaron las promociones como se aceptan los milagros: sin cuestionar las intenciones del dador.

Llegaron al gueto cuando los complejos departamentales habían comenzado a despoblarse. Cotidianamente, Anke miró a su esposo coordinar las expulsiones a Treblinka. Sobre el tren, las familias cargaban niños sucios lo mismo que baúles corroídos.

También fueron los niños quienes salvaron a los que se quedaron dentro de las paredes de Varsovia. Conmovidos —padres unos, hijos todos—, los soldados les regalaban algo de comida cada que los veían pasear sus estómagos hinchados cerca de las comisarías. Esas migajas obtenidas por lástima evitaron la muerte de más de una familia. O quizá sólo la pospusieron.

En la intimidad de su mente, Anke había pasado los meses de estancia en Polonia sufriendo por la degradación de la carne. Los tiempos que le fueron designados por el destino terminaron acostumbrándola a la horca y el paredón. El de la guerra era un mundo que no le deseaba a su hijo. No quería gestarlo sobre el fuego.

Decidió salir de su casa, asfixiada de presente. Pensó que la soledad de la fracción alemana del sitio le permitiría ahogar la ansiedad y la pesadumbre. Dobló calles con la esperanza de encontrar a su esposo patrullándolas, pero sólo había noche y ausencia.

Alta la hora, se topó con una mujer que corría. La vio detenerse en una esquina, respirando apenas y buscando perseguidores tras su espalda. Tenía el cuerpo marcado por el hambre y la desesperación.

Tardó un rato en notar que estaba embarazada. Se le acercó por inercia, como si buscara paliarle el dolor.

Separadas por la acerca, ambas se quedaron mirándose el vientre. Compartían silencio y perplejidad.

Permanecieron bajo la luz de una farola, hermanadas por el llanto.

 

*

El capitán Roth se había desentendido de su conciencia varias horas atrás. Sus entrañas dieron paso al alcohol gracias al permiso del cerebro: le daba cierta tranquilidad pensar que los judíos estarían celebrando su Pascua. Él y sus hombres, pues, tendrían oportunidad de relajarse.

No hubo un sobrio entre la corte de oficiales que abandonó la taberna. Caminaron varias cuadras sin dejar de cantar, ajenos a los estallidos que molían el concreto del otro lado del gueto.

Cerca del cuartel se encontraron con dos mujeres llorosas que violaban el toque de queda, cubiertas por el alumbrado de la avenida. Se abrazaban, aferradas del vientre. Las detonaciones a la distancia resultaron más tenues que el sollozo compartido.

Ellos rieron, dijeron un par de chistes, se retaron.

Roth, molesto, dio un paso al frente mientras les apuntaba con el cañón. Le ofendió que no se inmutaran siquiera ante la presencia de un capitán. Pero ningún judío le faltaría al respeto a las insignias de su pecho, a las victorias de su nombre.

Bastaron tres disparos para silenciarlas.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada de libro. Ediciones Era.

Del escritor nacido en Coronel Pringles no sabía mucho, y esto en alguna medida cambió cuando leí Cómo me hice monja. O si puedo decir que sabía algo, era como ese tipo de cosas que uno oye decir a los demás en medio de alguna reunión y que se toman como verdaderas sin tener nunca la necesidad de corroborarlas. Y su condición de verdad es tan palpable desde el primer momento hasta el último en que son dichas, que uno irá a reproducirlas de la misma forma en otras conversaciones, donde personas asumirán lo que sea que hayas dicho sobre ese autor o esa obra como igualmente cierto sin sospechar por ningún lado de la farsa, y así, hasta siempre o hasta el asco, en una fiesta interminable de rostros también interminables, volviendo este tipo de comentarios que se tienen de los autores y obras no leídas: un género literario en sí mismo. Un género muy próximo a la epístola, a la mentira, y de alguna forma, también a la reseña por no decir que algo de la crítica literaria habita en alguna de sus partes, y consecuentemente, un atisbo del ensayo se trasluce también en alguno de sus enunciados antes de que se llegue al silencio definitivo. Silencio que se inaugura siempre cuando cada participante de la conversación le da un trago a lo que sea que esté bebiendo.

Con esto no pretendo defender una postura académica, o aún más problemático, una postura moral, que determine qué es lo que anima a un lector a decirle al otro en medio de una fiesta: -Sí, fantástico escritor argentino. Recomendadísimo. Heredero de Borges. Ya su nombre ronda las apuestas por el Nobel. Escribe como cuatro novelas al año. Enrique Vila-Matas le ha dado la bendición. Sí, también Vila-Matas es fantástico -.

No me voy a dedicar a describir el mito de Aira, ni mucho menos podría aportar algo sobre lo que implica el escritor para la literatura. Esta última relación, autor-literatura, sobre todo si se pone en términos de preguntas a responder, solo otorgaría claridad, si es que se puede hablar así, en un momento que no necesariamente está vinculado a la propia lectura de una obra en particular, y que es más próximo a la necedad del aparato crítico literario por seguir sabiéndose útil. La ambición por responder a ¿qué es un autor?, o ¿qué es la literatura?, quizá podría verterse con facilidad dentro de una discusión académica, porque el aparato teórico así lo permite, pero en la ambición por acotar la experiencia lectora, yo no sabría más de Aira por asumir que lo que escribe son o novelas cortas o cuentos largos, o por decir que es un escritor que sostiene sus convicciones creativas en el ánimo vanguardista que discutió tanto a la literatura y sus procesos a inicios del siglo XX. Pienso que me dice más el hecho de que César Aira solo tenga un teléfono de línea en su casa como única conexión con el mundo sobre sus procesos y motivaciones literarias, que delimitarlo a partir de etiquetas y genealogías propias de los vicios de la teoría literaria.

Cuando me propuse leer una de sus novelas atravesé dos momentos que condicionaron todo lo que me pasó después. El primero fue la cantidad de textos que ha escrito Aira (tiene más de cien novelas), y por lo mismo, no saber por dónde comenzar. Lo siguiente fue preguntarme cómo alguien podía escribir tanto. La inquietud inicial traté de atenderla buscando listas en internet de los mejores libros de Aira. La segunda, aunque sigo siendo incrédulo de la respuesta, Aira mismo la resuelve al decir que siempre escribe al menos una página diaria. Y eso, traducido a un año, ya es suficiente para concretar esas novelas de 100 páginas que se muestran como la disposición definitiva que el argentino encontró para escribir. O eso al menos es lo que él dice en una entrevista en el Louisiana Museum of Modern Art, en el año 2014.

Revisé por varios días esas listas, leí algunas reseñas de los libros que eran constantemente puestos como parte de lo mejor de Aira, y mi conclusión era la misma: no tenía ni idea de cómo comenzar a leer a alguien que ha publicado tanto. Entonces, como un pequeño tragaluz sobre una escalera nocturna, apareció un libro llamado Diez novelas de César Aira, con un pequeño prefacio de Juan Pablo Villalobos. Pensé que con esa selección propuesta por Villalobos por fin podría iniciar con Aira. No ocurrió. Villalobos comienza su prefacio hablando de cómo aventó contra la pared el primer libro que leyó de Aira. Habla sobre la inverosimilitud del texto, y como eso contrastaba con los mecanismos que, para él, en ese entonces estudiante aún de Letras, fundaban y dirigían la literatura. Nunca menciona el título de dicha novela. Después del prefacio, ahora yo deseaba iniciarme en Aira como lo hizo Villalobos. Mi búsqueda volvía a su principio.

Se podría pensar que existía una forma muy sencilla de resolver la iniciación. Leer la primera novela publicada, y seguirlo cronológicamente. Pero Aira, el César que cada vez se volvía más un mito para mí al leer palabras como raro o experimental en notas o reseñas que trataban de definir su obra, me parecía que no admitiría la noción de principio para explicar el desenvolvimiento y tránsitos de su literatura, porque era tangible que la temporalidad de publicación solo era una marca burocrática, y no tanto una justificación concreta de lo que pasa con su trabajo.

Esta obsesión lectora, mera ansiedad por adentrarme a un autor que tiene tantísimas obras, era un síntoma evidente de otra enfermedad muy propia de nuestros hábitos contemporáneos de lectura. Hay una cantidad nauseabunda de obras que se publican cada año. No se puede leer todo. Y aunque se pudiera, yo no querría leerlo todo. No sería saludable. No se puede vivir así. Por supuesto que entendía que este pequeño problema autoinflingido era una grandísima estupidez. Sobre todo, porque sabía y sé que no voy a leer todas sus obras. Podría no leer a Aira nunca. Podría olvidarme de que existe alguien llamado César Aira. Podría ser indiferente al hecho de que hay un lugar en Argentina que se llama Coronel Pringles (sí, como las papas), y que ahí nació un escritor que tiene más de 100 novelas publicadas y no pasaría absolutamente nada.

Entonces reviso una vez más la primera entrevista que leí de Aira. Dice en El País: El hecho de que yo haya escrito tantos libros procede de la insatisfacción, de no haber logrado nunca llegar a eso que quiero llegar que no sé bien lo que es. Solo ahí entiendo cuál fue mi problema desde el inicio. No hay la gran obra de Aira, todo se trata de sus procesos de escritura. Y cada texto es solo testimonio de esa insatisfacción por no saber cumplido algo. No sé si eso me conmovió como conmueve saber que un rompecabezas tendrá que desarmarse y regresar a su caja a pesar de que ha sido completamente ensamblado siguiendo la orientación que propone la imagen del empaque.

Sin saber realmente por qué, escogí la novela, Cómo me hice monja. Podría decir que después de leer a Aira explicando qué es lo que se propone escribiendo todas esas novelas, me dio lo mismo comenzar por el lado que fuera, porque ahora para mí cada una de sus novelas se describían como elementos de un rompecabezas que no terminará de mostrarse, aún y cuando ya se hubieran extendido todas sus partes sobre la superficie de la mesa.

Terminé de leer Cómo me hice monja. Mis sospechas se concretaron. A pesar de lo que yo pueda decir sobre sus formas, y que ya ha sido descrito y revisado por la crítica desde su publicación en 1993: Qué la narración esta dada desde la focalización infantil. Que este personaje tiene una particularidad que es que se identifica como femenino, aunque todos los personajes con los que interactúa se refieran a ella en masculino. Que esa forma de enunciación a partir de la dualidad del pronombre genera en el lector una discusión constante sobre los parámetros de realidad en la que se sostiene la narración de los acontecimientos de la novela. Que ese personaje se llama César Aira, y que la historia comienza en el pueblo donde nació Aira. Que se sostiene en un ejercicio autobiográfico hasta cierto punto, o no. Todos estos elementos, aunque forman parte de la naturaleza particular de la narración de la novela, y que generan expectativas vigentes en tanto que la historia no es más que un pretexto para discutir otras posibilidades que Aira pretende hacer visibles sobre la novela a propósito de su lugar en la literatura, permiten saber que Cómo me hice monja es parte de un cúmulo sin final de exploraciones narrativas que se llama Obra de César Aira. La sensación que queda en uno no es propiamente otorgada por la historia de la niña Cesar Aira que va con su padre un día a comer helado, y que deriva en una serie de acontecimientos trágicos que podrían o no conmover al lector. Lo que resalta son los mecanismos de la narración que invitan a seguir buscando más piezas del acertijo que se ha planteado Aira.

Me gustaría pensar que cada vez que lea una novela del argentino, será precisamente esa novela que inauguró a Juan Pablo Villalobos en Aira. Aunque esta vez dudo de eso porque yo no tuve ganas de arrojar este libro contra el muro. Quizá ese sea el gesto definitivo para saberlo. Me quedan más de cien oportunidades y contando. También muro queda bastante.

 


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

El 22 de junio de 1941, 3,800,000 soldados alemanes y aliados del eje (Italia, Rumania, Finlandia, Hungría y Eslovaquia) iniciaba “Barbarroja” la invasión y operación militar más grande de la historia universal, junto con la apertura del Frente Oriental de batalla en la Segunda Guerra Mundial, y que en última instancia sería la prueba de fuego para la existencia de la URSS como Estado al mando de Stalin.

Dentro de este vasto teatro de operaciones y arduo enfrentamiento entre fuerzas alemanas y soviéticas, Stalingrado1 no fue la excepción, pues esta batalla, iniciada el 23 de agosto de 1942, marcó el inicio del fin para la ofensiva militar del bloque nazi-fascista en Europa Oriental, y a propósito de conmemorar los 80 años de tan importante suceso mundial, me gustaría ofrecer tres grandes elementos de reflexión al lector:

Uno que establezca las condiciones militares de Alemania y la URSS previos a este particular combate; otro elemento que desarrolle de manera puntual la lucha, en la que por momentos el triunfo se inclinaba de un lado a otro; y un tercer y último que muestre los efectos posteriores de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial, así como algunos otros que pueden observarse en la actualidad con el ejército ruso.

Antes de Stalingrado: el mito de los ejércitos indestructibles

Con los triunfos obtenidos en Polonia (1939) y Francia (1940), la maquinaria bélica alemana parecía no tener ningún competidor serio en el continente por parte de los aliados, (más que en el mar y en el aire, gracias al éxito británico en la Batalla de Inglaterra y el bloqueo Atlántico a Alemania); esto reafirmó el liderazgo de Hitler como comandante supremo dentro de su círculo más cercano de generales.

Sin embargo, el esfuerzo inmediato de invasión y militarización acelerada que había iniciado Hitler desde principios de 1930 dejó de manifiesto que un elemento clave se encontraba cada vez más escaso para el funcionamiento del masivo aparato destructivo nazi: el petróleo.

Es así, que a pesar de las mutuas muestras de tolerancia aparente del gobierno nazi hacia la URSS, incluido en ello el famoso pacto Molotov-Ribbentrop de 1939, desde 1940 los planes para una eventual invasión de territorio soviético se habían puesto en marcha, pero, ciertos elementos fueron omitidos de forma deliberada por el exceso de confianza ideológico y político que había sido apuntalado militarmente entre 1939 y 1940.

Por lo tanto, cualquier revés ofensivo a la Blitzkrieg (guerra relámpago) era impensable y ni siquiera había un elemento teórico defensivo actualizado desde 1918 2 dentro de la estrategia militar alemana.

A diferencia de Europa oriental, central y Escandinavia (la cual no fue ampliamente invadida), Europa del este, y precisamente todo el territorio occidental de la URSS, se encontraba en cierta medida con vías férreas y algunos caminos transitables; sin embargo, ellos no eran ni en cantidad ni calidad cercanos a los de las regiones primeramente mencionadas. Esto sin duda supondría un desafío logístico importante para las tropas alemanas, pero fue poco considerado dada la confianza de una victoria rápida sobre las fuerzas soviéticas.

Este descuido sería al paso de unos meses, sobre todo en el invierno de 1941, y en franca resonancia de guerras pasadas3 en territorio ruso, un factor decisivo junto con el clima en anular el impulso ofensivo del invasor, esto por el sencillo elemento relacionado a la incapacidad de los vehículos, trenes y caballos encargados de sostener el continuo avance alemán en condiciones de frío extremo4(especialmente durante los meses de diciembre a marzo de 1941, 1942 y 1943).

Al inicio de la operación Barbarroja, el objetivo principal era la total eliminación del ejército rojo5, aunque eso no fue posible debido a las estrategias de camuflaje y disrupción en la inteligencia alemana sobre la localización de unidades soviéticas6. No obstante, hacia finales de 1941, Letonia, Lituania, Bielorrusia y Ucrania, se encontraban bajo control nazi, y dentro de la Rusia soviética, Leningrado y Moscú, se veían directamente amenazadas.

Esta operación con resultados incompletos tendría un costo que resultaría fatal para las fuerzas nazis en el futuro. La expansión considerable de las cadenas logísticas alemanas consumía cada vez más recursos y restaba impulso a su ofensiva en la URSS7, lo que provocó una reorientación de la invasión hacia el sureste del territorio soviético, en un intento desesperado de Hitler por apoderarse de las reservas petrolíferas del Cáucaso.

Por otro lado, gracias al rechazo defensivo en Moscú, al sitio inquebrantable de Leningrado hasta 1944, a un grave desbalance entre el personal reservista alemán y soviético disponible, y a la reorientación de estrategia militar soviética, también se llegó al punto de inflexión bélica en Stalingrado para ambos contendientes en el frente oriental.

Pero antes de llegar a ello, es preciso mencionar ciertos elementos dentro del ejército rojo, que ante el asombro de algunos de sus líderes (incluido el propio Stalin) en 1941 luego de las primeras incursiones alemanas, hubieron de asirse de todos los medios posibles de una forma completamente centralizada en el Alto Comando de las Fuerzas Armadas Rusas o Stavka, para diseñar y ejecutar la defensa y posterior contraofensiva militar en el territorio.

Durante este periodo (1941-1942), y a pesar de la experiencia ganada durante la Guerra Civil Rusa (1917-1923) o la Invasión a Finlandia en 1939, aunque fue gravemente opacada por el crecimiento desmesurado del complejo burocrático-estatal soviético desde que Stalin tomó el poder (1927); aunado a las ejecuciones político y militares de 1936 y 1937, el aparato militar se encontraba en el camino de reconstruir un cuerpo capaz de librar batallas modernas8, el cual no sería uno de constante ascenso, pero sí rendiría resultados favorables a partir de finales de 1942.

El primer objetivo, toda vez iniciada la invasión nazi en 1941 estuvo enfocado en detener y entorpecer en la medida de lo posible el avance alemán9; sumado a esto, se explotó el carácter defensivo de posiciones naturales y artificiales con el propósito de frustrar los planes ofensivos alemanes, mediante contrataques determinados operaciones ofensivas con pequeños contingentes de soldados10.

Lo anterior resultaría decisivo en la batalla de Stalingrado, pues en las ruinas de la ciudad, no había lugares desaprovechados por las fuerzas soviéticas, dentro de los que no se ejecutarán contrataques nocturnos contra los ejércitos alemanes; esto con el propósito de minar poco a poco al enemigo y de cuestionar su efectividad bélica.

En segundo lugar, la centralización de la planeación militar y de todos los recursos necesarios para ejecutar cualquier directiva se concentraron en el Alto Comando previamente mencionado, el cual no solamente se dedicó a luchar en un frente amplio con enfrentamientos fragmentados de alta intensidad hacia las fuerzas alemanas11, sino también en permitir una mayor capacidad de iniciativa y acción a los comandantes militares de cada unidad, sin la necesidad de una aprobación previa del Kremlin.

De igual forma, este comando tuvo en sus manos la reconfiguración defensiva e industrial que ordenó Stalin para enfocar la totalidad de los esfuerzos a la producción de material bélico desde balas hasta tanques, que ayudaron a inclinar la balanza a favor de la URSS a partir de 194212 en lo que actualmente se denomina “capacidad de fuego”13 es decir, la cantidad de armas y personal disponibles que puede emplear cada ejército comienza con los soldados, pasa por los rifles que pueden emplear y se extiende hasta artillería y aeronaves militares.

Finalmente, y gracias al constante aumento de reservas estratégicas de personal, el Alto Comando soviético pudo disponer a partir de 1942 de 1,200,000 a 6,000,000 (2 a 10 ejércitos de reserva) plenamente equipados y comandados para establecer nuevas líneas defensivas, eliminar rupturas enemigas en ellas y proveer a las fuerzas ya desplegadas de elementos descansados para llevar a cabo contra ofensivas14, y así detener el avance enemigo, como el que se cerniría sobre Stalingrado en 1942.

Stalingrado: crónica de la debacle alemana en el Este de Europa.

Una vez terminada la Operación Barbarroja con los resultados ya mencionados, Hitler junto con su alto mando militar, decidió ejecutar una nueva campaña militar en el sureste de la URSS llamada Fall Blau o “Operación Azul”, la cual tenía como objetivo apoderarse de los campos petrolíferos de Bakú (Azerbaiyán), Grozny (Chechenia) y Maikop (Adygea) para mantener vivo el impulso energético de la ofensiva alemana.

Sin embargo, era necesario tomar una ciudad clave en el camino para tener el control del área y de paso infligir una derrota mortal al ejército rojo; ciudad cuyo nombre había sido cambiado en honor al Secretario General del PCUS: Stalingrado.

Desde el 19 de agosto, el general Friedrich Paulus comenzó los avances y ataques hacia la ciudad, la cual se encontraba defendida por dos ejércitos soviéticos (el 62º y el 64º), los cuales previamente se habían retirado del avance ofensivo alemán y comenzaron a establecer cualquier medida defensiva posible que les permitiera soportar los embates nazis y de sus aliados (divisiones italianas y rumanas) que sumaban aproximadamente 250,000 efectivos15.

Luego de comenzar el avance y la lucha bloque por bloque de la metrópoli las fuerzas aéreas alemanas (Luftwaffe) bombardearon el 24 y 25 de agosto la ciudad en un esfuerzo rápido de rendir a las fuerzas defensoras, aunque los resultados no fueron benéficos para el avance de los pesados y poco maniobrables tanques Panzer, y contrario a lo que se esperaba, los escombros16 y resquicios entre ellos resultaron la cobertura perfecta para los soviéticos en los siguientes meses de combate urbano.

Durante el día, la capacidad de fuego de artillería y aviación daba a las fuerzas de Paulus la iniciativa y el control de la ciudad; sin embargo, por la noche, destacamentos organizados del ejército rojo empleando metralletas, cuchillos y bayonetas infiltraban las áreas capturadas, atemorizando al enemigo y poniendo en tela de juicio el control y avance hecho previamente. En palabras de un soldado alemán: “Stalingrado era un infierno”17.

Desde septiembre y hasta el 19 de noviembre de 1942, las fuerzas defensoras comandadas por Vasili Chuikov y Andrei Yeremenko soportaron el constante ataque matutino de las tropas de Paulus, las cuales metro a metro fueron arrinconadas y divididas al este de la ciudad colindante con el río Volga.

Gracias al esfuerzo defensivo de los comandantes y soldados en la ciudad durante aquel periodo, el General Georgy Zhukov y el jefe de personal del Alto Comando, Alexander Vasilievsky, elaboraron un plan para destruir a las divisiones rumanas e italianas cerca de Stalingrado y cercar al ejército 6º, comandado por Paulus. Todo esto después de organizar de manera secreta y sin ser detectado por la inteligencia enemiga, más de 1,000,000 de tropas, 14,000 piezas de artillería y 979 tanques18.

Dicha misión se nombró “Urano” y comenzó el 19 de noviembre de 1942.  Para  el 22 de noviembre, las fuerzas soviéticas habían cercado más de 250,000 tropas alemanas y aliadas del eje alrededor de Stalingrado.

Ahora los papeles se invertían, y ante la negativa de Hitler de conceder la derrota a las fuerzas de Paulus, estas fueron arrinconadas por el ejército rojo durante todo el invierno, sin abastecimiento alimentario ni bélico que fuera suficiente para romper el cerco impuesto.

Así, las fuerzas alemanas resistieron poco más de dos meses, aisladas y sofocadas con fuego de 5,000 piezas de artillería para segmentar los grupos en sacos pequeños que luego serían exterminados por fuerzas soviéticas.

Ante una negativa hasta la muerte de Hitler de conceder la derrota a Paulus, y a pesar de los  esfuerzos por evitar más muertes encabezados por el general Konstantin Rokossovksy, el 2 de febrero de 1943, los enfrentamientos habían terminado. Solamente 91,000 combatientes alemanes, incluyendo 24 generales, sobrevivieron, y de ellos, solamente 5,000 regresarían a Alemania al final de la guerra19.

Después de Stalingrado: colapso alemán y consolidación militar soviética-rusa

Luego de la rendición de Paulus al frente del 6º ejército alemán (uno de los primeros en la Guerra por parte de Alemania) en Stalingrado, la ofensiva nazi en Europa del Este perdió totalmente el impulso y ahora tendría que ejercer una estrategia defensiva, que como se mencionó al principio del texto, databa de 1918 y ello junto al imparable aparato productivo-militar soviético destruirían por completo al ejército alemán en su propia capital a mediados de 1945.

En un último intento por retomar la ofensiva en el frente, fuerzas alemanas y soviéticas lucharon en Kursk entre julio y agosto de 1943, teniendo un resultado determinante, pues se frenó por primera vez una ofensiva alemana en este teatro de operaciones antes de desarrollarse plenamente, y el avance posterior de fuerzas soviéticas en su propio territorio ya sería constante.

Para finales de 1944, y con el frente occidental reabierto por fuerzas francesas, británicas y estadounidenses, el ejército rojo llegaría a recuperar sus fronteras previas a 1941, pero también ocuparía parte de Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria.

Durante esta etapa, también es preciso considerar el cambio en la estrategia militar soviética, pues aquella cambió a una de carácter ofensivo, en la cual los grupos de avance eran precedidos por un constante uso de ataques aéreos de apoyo, bien por medio de artillería o con aviones militares; de igual forma, hubo un mejor y mayor empleo de técnicas de engaño y disrupción en la organización de las fuerzas militares para confundir a la inteligencia alemana, y poder realizar ataques sorpresivos20.

Este último elemento sería conocido como Maskirovka, la cual puede traducirse como camuflaje; sin embargo, en términos más amplios comprende todo un sistema de medidas que permiten ocultar los movimientos y el total de fuerzas en el campo de batalla, y que incluyen el ataque y muestra deliberada al enemigo de objetivos artificiales, la rotación constante de tropas y puestos de comando; empleo de tecnología anti-radar y comunicaciones enemigas, así como el uso de la desinformación entre otros21.

Al final de la guerra, éstos elementos fueron institucionalizados dentro del aparato de defensa soviético junto con la construcción de las “Doctrinas Militares”, y se volvieron las hojas de ruta del accionar del ejército rojo hasta 1991, y posteriormente del ejército ruso después de 199122

En ellas, independientemente del potencial nuclear que llegó a poseer la URSS y que actualmente posee Rusia, solamente una respuesta equilibrada a cualquier conflicto que llegue a involucrar al ejército, junto con el empleo adecuado y extensivo de capacidad de fuego y maniobras efectivas puede resultar en un éxito militar 23.

Conclusión: Ecos de Stalingrado en Ucrania

De acuerdo a lo estipulado por la Agencia de Investigación en Defensa de Suecia (FOI)24la ejecución de la operación militar rusa en Ucrania se ha desarrollado de acuerdo a la estrategia creada por la URSS desde la Segunda Guerra Mundial, en la cual hay un énfasis en el uso de vehículos armados y un empleo constante de la artillería para debilitar y romper las defensas enemigas.

Lo anterior, en franco contraste con el bombardeo aéreo intensivo y altamente destructivo, que han desempeñado ejércitos como el estadounidense en Iraq (2003) supone un triunfo más rápido sobre el enemigo en un menor tiempo, aunque esto no está dentro de los planes de Rusia en Ucrania actualmente.

Al contrario, lejos de lo que pudiera haber sido vaticinado en las primeras semanas del conflicto en febrero de este año, líneas ofensivas se han establecido de manera muy clara en las regiones de Kharkov (norte), Lugansk (este), Zaporizhia (sur-este) y Jersón (centro-sur); en las cuales el empleo intensivo de artillería no ha parado un solo día para minar de manera constante las defensas ucranianas.

Ello, sin duda marca un tiempo de combate más prolongado, pero esto va de la mano directamente con la estrategia soviética y rusa de respuesta equivalente dentro de cualquier conflicto, que no involucre un empleo indiscriminado de recursos militares y económicos que comprometan el desarrollo del Estado, pues su presupuesto para dicho rubro es limitado y el carácter de la operación militar en Ucrania no es ni remotamente en magnitud ni extensión al librado por la URSS entre 1941 y 1945.

Respecto a los resultados de esta estrategia en Ucrania, considero que la actuación del ejército ruso en este territorio no es nada nuevo, la hoja de ruta de ataque creada por la URSS se ha mantenido al pie de la letra, la artillería se ha encargado de desgastar las defensas ucranianas y con ello se han realizado rupturas que han rodeado ciudades y ejércitos enteros (como el caso de Severodonetsk), y que mantienen el paso lento, pero constante, de ocupar territorio.

Independientemente de los enormes recursos monetarios, bélicos y propagandísticos que Estados Unidos y sus aliados han desplegado para mantener al régimen de Zelensky frente al avance militar ruso, la capacidad de fuego no ha podido ser superada, y ninguna contra-ofensiva considerable ha retomado territorios perdidos.

Respecto a los resultados de esta estrategia en Ucrania, considero que la actuación del ejército ruso en este territorio no es nada nuevo, la hoja de ruta de ataque creada por la URSS se ha mantenido al pie de la letra, la artillería se ha encargado de desgastar las defensas ucranianas y con ello se han realizado rupturas que han rodeado ciudades y ejércitos enteros (como el caso de Severodonetsk), y que mantienen el paso lento, pero constante, de ocupar territorio.

Independientemente de los enormes recursos monetarios, bélicos y propagandísticos que Estados Unidos y sus aliados han desplegado para mantener al régimen de Zelensky frente al avance militar ruso, la capacidad de fuego no ha podido ser superada, y ninguna contra-ofensiva considerable ha retomado territorios perdidos.

Con la llegada del invierno, y los costos energéticos ya en franco crecimiento por la lucha euroatlántica dirigida a Rusia por medio de sanciones económicas, los apoyos previos a Ucrania pueden tambalearse, disminuir o desistir definitivamente, y profundizar su ya precaria situación en el conflicto. Sin embargo, y como todo en la Historia universal y en la Historia militar, (ambas en constante construcción), nada está escrito ni es definitivo.

Fuentes Consultadas:

  • Glantz, David y M. House, Jonathan, When Titans Clashed: How the Red Army Stopped Hitler, University Press of Kansas, Estados Unidos, 2015.
  • Keating, Kenneth C., Maskirovka: The Soviet System of Camouflage, U.S Army Russian Institute, Alemania, 1981.
  • Lundén, Jenny, et.al., eds., Another Rude Awakening — Making Sense of Russia’s War Against Ukraine, Agencia de Investigación en Defensa de Suecia, Suecia, 2022.
  • M. Glantz, David, The Military Strategy of the Soviet Union, Frank Cass, Reino Unido, 2005.
  • M. Glantz, David, The Soviet Conduct of Tactical Maneuver, Estados Unidos y Reino Unido, Routledge, 1991.
  • Overy, Richard, Blood and Ruins: The Last Imperial War, 1931–1945, Viking, Estados Unidos, 2022.
  • Overy, Richard, History of war in one hundred battles, Oxford University Press, Reino Unido, 2014.
  • Overy, Richard, Russia’s War, Penguin Books, Reino Unido, 1998.
  • Shirer, William, The Rise and Fall of the Third Reich, Simon and Schuster, Estados Unidos, 1960.
  • Stahel, David, Operation Barbarossa and Germany’s Defeat in the East, Cambridge University Press, Reino Unido, 2009.

Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Ilustración realizada por Mariana G
Ilustración realizada por Mariana G

El 22 de agosto de 1998, en un hospital de Cuernavaca, Morelos, la gran Elena Garro falleció. Hacía algunos años que se había mudado a la ciudad de la eterna primavera, ella, su hija y sus gatos. Vivía retirada y relegada del ambiente literario mexicano. Había vuelto en 1993 de París en donde se encontraba exiliada desde hacía veinte años. Su situación económica era precaria. Padecía enfisema pulmonar.

Según la crónica de Merry Mac Masters publicada en La Jornada al día siguiente del triste suceso, narra de su funeral que: “Apenas siete arreglos de flores blancas, rosas, crisantemos y margaritas, rodean el féretro donde reposan los restos de Elena Garro”. En la misma nota dice que al cierre de la edición de ese día había aún muy pocas personas. En la “agencia Gayosso había más reporteros que dolientes” y menciona la presencia de algunas autoridades culturales y sus familiares cercanos, entre ellas su hija, Helena Paz Garro: “Helena da un sorbo a su Coca Cola Light, suspira, pero en su rostro no se asoma ninguna lágrima, aunque sus primos tienen a la mano una caja de pañuelo desechables: “hay que hablar de mi madre. ¡Quiero hablar de mi madre! Muchos dicen que ella es la mejor escritora de este país, pero yo diría que no sólo es la mejor escritora de habla hispana, es la mejor del mundo; es magnífica y no lo digo porque sea mi mamá, ¡eh! Es la mejor escritora del Siglo XX, del mundo. Es mucho mejor, incluso, que Virgina Wolf”.

En la gran mayoría de las notas de la prensa del 22 y 23 de agosto de 1998 se hace referencia a la trayectoria literaria de Elena, como se hace siempre que un escritor muere. También se mencionan algunos de sus libros y sus premios (solo el Villaurrutia por Los Recuerdos del porvenir), su exilio en París después de ser acusada de instigar la revuelta estudiantil de Tlatelolco en 1968, aunque también haya sido galardonada con el Premio Juan Ruíz de Alarcón, el Sor Juana, el Grijalbo de Novela y el Nacional de Narrativa Colima.

La nota del periódico El País refiere fuertemente la relación sentimental con Octavio Paz desde la cabeza del breve texto pasando por las declaraciones que la hija de ambos hiciera después de la muerte de su padre, unos meses antes, en las que acusara a María José Trianin, de “concubina” y centra su atención en eso. 1

Otras notas del 23 de agosto de 1998 menos afortunadas, ni siquiera logran poner correctamente el año de nacimiento de la escritora y reproducen algunas de las declaraciones más radicales de Elena, como esa en la que dice: “Me atribuyeron puras estupideces. Hasta llegaron a decir que era una espía del Vaticano y que trabajaba para Fidel Castro”, dotándola de esa imagen de mujer desquiciada y poco paciente que se le ha atribuido.

No es de sorprenderse, cuando Garro murió tenía encima muchas cosas que no favorecían que su obra se leyera y se respetara como hoy en día. Entre ellas sus ideas controversiales, como lo refiere en una entrevista Patricia Rosas Lopateggi: “Elena es una figura muy contestataria, muy irreverente, anti-institucional. A Elena Garro hay que verla dentro de su contexto histórico. Comienza a escribir periodismo en los años 40, en una época muy cerrada en donde todos los medios estaban muy controlados por el Estado. Y Elena nunca va a pertenecer a ninguna camarilla en el poder. El círculo en el que ella se movía, como esposa o ex esposa de Octavio Paz, era el círculo de los llamados intelectuales de izquierda. Elena se movía en ese círculo, pero no le pertenecía: ella iba a contracorriente de esas camarillas en el poder. Elena va a hacer un periodismo sin concesiones, va a criticar la hipocresía, la falsedad de los intelectuales dizque de izquierda que en realidad estaban al servicio del erario. Eso es lo que ella les va a señalar una y otra vez de una manera además mordaz, muy aguda, inteligente y brillante. Nunca va a pactar con el poder”2

Tuvieron que pasar algunos años para que Elena tuviera la relevancia y los lectores voltearan a sus libros. A lo mejor su vindicación viniera a raiz del centenario de su nacimiento, casi veinte años después de su muerte, en el 2016. Con ese motivo empezaron los homenajes, los conversatorios y circularon diversas antologías que hicieran que la atención a su trabajo se reactivara, esto también propició que surgieran diversos estudios entorno a su obra. Algo de sobra merecido.

 

II

1998 fue un año que pudo haber pasado sin pena ni gloria. De no ser por Francia 98 y Ricky Martin con su “Copa de la Vida” difícilmente tendríamos algún otro referente. Algunos nostálgicos aún recordamos muchas de las cosas que lo atravesaron, películas como Armageddon o Tienes un e-mail, discos de pop y uno que otro acontecimiento político. Pero al 98 en México también lo define la pérdida de dos de las figuras literarias más importantes del Siglo XX, quiero decir, las muertes de Octavio Paz y de Elena Garro. Quienes además de compartir el año de muerte también compartieron muchos años juntos y una hija.

Intentar descifrar el panorama cultural de entonces sin ambos resulta inútil, pues aunque murieron con algo más que una enemistad de por medio, los trabajos literarios tanto de Elena como de Octavio son piezas que se leen como partes complementarias como lo es la luz de la sombra: “Hablar de ella es hacerlo de quien fue el envés, obsesivo y doloroso, de Octavio Paz. Contra él vivió, contra él escribió. Pero no agotó su biografía en la lucha contra el tótem. Su proximidad al PRI y su servicio secreto, y, sobre todo, sus errores ante la matanza de Tlatelolco, la volvieron una escritora maldita”, dice Jan Martínez en su columna en Babelia.3

No obstante, la obra de Elena es algo más,  como dice el escritor Geney Beltrán,  Elena Garro “buscaba diferentes soluciones técnicas y estructurales para asuntos que le interesaron muchísimo y uno de los grandes asuntos presentes en su obra es la situación de la mujer de clase media mexicana, enfrentada a una sociedad patriarcal y machista; Elena Garro es autora que abrió camino a las nuevas generaciones de escritoras”.

Actualmente tanto Rosario Castellanos como Elena Garro han sido tomadas como estandartes para revindicar la escritura de las mujeres mexicanas contemporáneas. Sus obras se han puesto en la mesa como figuras tutelares a la hora de romper el silencio y visibilizar el trabajo de las escritoras.

 

III

 

A decir verdad, por estos tiempos, pocas cosas me hacen sentir orgullosa de ser igualteca. Entre esos orgullos están: la comida, mi familia y Elena Garro. Muestra de ello es el retrato al óleo que custodia mi casa. Es el cuadro que el pintor guerrerense Enrique Barrios hiciera para mí como regalo de cumpleaños. Una Elena jóven y sonriente desde lo alto de la pared principal de mi departamento, mirándome todos los días desayunar, comer y cenar, escribir, beber y cantar.

Me gusta que así sea pues siempre que algún invitado llega por primera vez a mi casa, sobre todo aquellos que no están familiarizados con ella o con su obra me da la oportunidad de bromear diciendo que es una tía o es mi abuelita cuando era jóven.

Algunos me han dicho que es muy bonita, otros tantos queriendo agradarme incluso han querido encontrarnos parecidos físicos. Después de un rato les digo que es la gran Elena Garro y los mando a leer Los recuerdos del porvenir o la Semana de colores según adivino en su temperamento sus gustos lectores o sus necesidades. Los pocos que me han hecho caso, luego me lo comentan y siento que retribuyo así un poco de lo que me ha dado Elena a lo largo de todos estos años leyéndola.

Aunque Elena Garro nació en Puebla en 1916, pasó muchos años de su vida en Iguala, Guerrero. Su infancia. Vivió en la calle de Alarcón, una de las principales del centro de mi ciudad natal. Entre 1926 y 1931. Afuera de la casa hay una placa y es todo lo que hay aunque una de sus obras más importantes se haya alimentado de las memorias del tiempo que pasó en Iguala.“En 1953, estando enferma en Berna y después de un estruendoso tratamiento de cortisona escribí Los recuerdos del porvenir como un homenaje a Iguala, a mi infancia y a aquellos personajes a los que admiré tanto y a los que tantas jugarretas hice” dijo la misma Elena en una entrevista al periodista René Avilés Fabila. 4

Confieso que me entristece un poco la omisión de este suceso como parte de la historia y la cultura de Iguala. La lectura de la obra de Elena debiera ser algo obligado en las escuelas secundarias o preparatorias y no lo es. Quiero decir que yo me acerqué a su obra por voluntad propia y no porque mis maestros de literatura me la hayan recomendado. Sus libros no se conseguían en las librerías igualtecas hace casi quince años que yo aún vivía ahí. Las pocas que había estaban dedicadas a distribuir periódicos, revistas, libros de texto, guías de estudio y best sellers. Dudo que eso haya cambiado inclusive ahora que Elena y su trabajo tienen por fin el lugar que siempre merecieron aunque me gusta creer que tarde o temprano la justicia poética alcanzará también a la Iguala del porvenir.

 

[4]


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).

Ilustrador
Mariana G
Resido y dibujo desde CDMX. Soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica por parte de la UAM Azcapotzalco e ilustradora por parte del azar. Hace un par de años estudié Ilustración Experimental en la Escuela de Diseño del INBA. He colaborado de manera independiente con distintas agencias de publicidad y estudios creativos, sin embargo, mayormente mi trabajo ha estado presente en proyectos editoriales y animados. Actualmente, junto con una amiga, editamos MALA, un fanzine colaborativo hecho por mujeres.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Al inicio, poco después del funeral, me molestaban las reacciones de los adultos, la incomodidad al decirles que mi mamá murió. Querían alejar el tema lo más rápido posible, aquellas palabras en el aire eran tóxicas, capaces de atraer otras muertes, había que manotearlas cuanto antes, ahuyentar. Pero con el tiempo aprendí a divertirme: la maestra, harta del ruido en el salón, amenaza con hablar personalmente con nuestras mamás, y yo, impávido, “no tengo mamá”. Sin escapatoria, cae en mis redes, “Ramón, deja de hacerte el chistosito, voy a contarle cómo se han portado tú y tus compañeros”, “es verdad, no tengo mamá, murió de lupus”, y entonces el rostro le cambia, la barbilla le tiembla, saboreo la tensión en el aula, disfruto el instante.

Con su muerte también llegó un cambio en mi estatus. En primaria empiezan a divisarse las tribus futuras, sus líneas divisorias son punteadas, todavía no tan definitivas, pero ahí están los que en secundaria serán los populares y aquellos que se convertirán en nerdos, perdedores, friquis. Con mamá enferma todo era igual, pero una vez que murió me volví una especie de embajador, capaz de saltar de un grupo a otro. Lo cierto es que las invitaciones no llegaban por parte de mis compañeros, sino de las madres, a ellas se les estrujaba el corazón, pensarme medio huérfano las hacía imaginar su   mortalidad, sus propios hijos sin cobijo materno, entonces tomaban el teléfono y marcaban. A papá le parecía un alivio, era la oportunidad de desocuparse de mí por un rato, estar unas horas con su dolor, sin tener que compartirlo o moderarlo frente a su hijo. Así llegué a esa casa rosa de dos pisos, con un jardín enlodado y un interior inmenso.

Quique era de los que pasaban el recreo jugando futbol, en una especie de partido interminable, sin sentido, Sísifo pambolero, que les brindaba material para hablar durante clases, exasperando a las maestras, y, más cercanos al sexto grado, provocaba la transpiración que obligaría la plática que nos dio la directora: “díganles a sus mamis que ya es hora de comprarles desodorante, plis”. Y yo calibrando mi mano para alzarla con el delicioso: “no tengo mamá”.

El teléfono timbró, Papá dejó de calentar la sopa instantánea y respondió, era la mamá de Quique, alguien que no ubica como mi compañero de clase, jamás se lo mencioné, ¿por qué lo habría de hacer, si su vida gira en torno a quién metió gol o quién es un faulero? A pesar de eso, el rostro se le iluminó, podría acariciar su herida imposible de cerrar durante algunas horas, sin mi presencia. “Claro que sí, yo lo llevo a las cuatro, muchísimas gracias por la invitación, seguro que se divertirán”.

Nadie abre la puerta, pienso que se han olvidado de mi visita. Papá se ve inquieto, quiere irse de ahí, asegurar su espacio a solas, no perderlo. Pero tras unos minutos abren, es la mamá de Quique, no habla, espera a que papá explique por qué estamos ahí. ¿Quizá nos equivocamos de día? Tarda en reaccionar: “sí, adelante, mi amor, Enrique está en su cuarto”. Se pasa la mano por los ojos, huele a flores podridas, trae un vestido con estampado de bolitas de colores. “Bueno, regreso por él a las ocho, ¿verdad?” “Sí, sí, está bien, adiosito”. Cierra la puerta en la cara de papá.

El olor a flores podridas se incrementa, toda la casa huele a lo mismo. Se escucha a lo lejos un hombre enojado, parece hablar por teléfono con alguien que se equivocó, que no entendió que debía depositar cierto dinero a una cuenta y no a otra, “pendejo de mierda, te lo estoy diciendo”. La mamá de Quique no reacciona a los gritos, al lenguaje que en otras circunstancias incomodaría a cualquiera.

Subimos al segundo piso; en plenas escaleras duermen dos gatos naranjas, sin decidirse a estar abajo o arriba, enroscados sobre una toalla de baño. Arriba hay tres cuartos, el primero está cerrado, el que le sigue está lleno de una pista de carros Hot Wheels: una ciudad entera, con edificios, autoservicio, aeropuerto, comandancia, bomberos, cotidianidad de plástico que se extiende a lo largo y ancho, una colección admirable que dejamos atrás para entrar al tercer cuarto, ahí, una litera, un escritorio y una televisión encendida donde Quique y un tipo más grande que él juegan Super Nintendo. “Mira, Enrique, ya llegó Ramoncito, para que juegues con él”.

No se voltean, siguen con los ojos pegados a la tele donde se ve una carrera de go-karts entre Princesa Peach y Yoshi, la pista es un palacio de piedra con albercas de lava, a momentos aparecen piedras malhumoradas que caen con fuerza, los go-karts esquivan, toman vueltas cerradas, brincan pequeños ríos de lava, hacen uso de caparazones y plátanos para detener a los contrincantes. “Enrique, te estoy hablando”. “Sí, sí, ahorita que termine”. La señora me observa, vuelve a restregarse los ojos con la mano, avanza hacia su hijo y, ya cerca del oído, le gruñe algo que no escucho del todo, pero una parte retumba por su familiaridad, por escucharla tanto en tiempos recientes: “su mamá murió”. Quique suelta un suspiro, pone pausa, el otro no dice nada, sólo me observa aguantándose un chiste o algo por el estilo, ahora veo que se parecen, debe ser el hermano mayor.

“Que si quieres jugar”. No es una pregunta, es un extracto de un guion dictado por la voz de su mamá. Ella afirma, me sonríe, vuelve a restregarse los ojos y sale del cuarto, se escucha su taconeo descender por las escaleras donde duermen los gatos intermedios, entre los gritos del papá que ahora parece disculparse en otra llamada, ahora es él el pinche pendejo que la cagó. “¿Sabes jugar?” Su hermano le da un sape en la nuca. “Si va contra mí, tú estabas perdiendo”. Quique no duda, me entrega el control.

Elijo a Mario como jugador. No sé jugar, la primera vuelta la logro tras caer cientos de veces en la lava. “Uy, te la estoy partiendo”. El hermano mayor parece disfrutar la masacre. Quique está angustiado, observa mis dedos torpes sobre el control. “Mira, tienes que empezar a tomar las curvas de a poco, si no te vas muy rápido y caes”. “No le digas, él solito puede, ni que fuera un putito como tú”. El hermano mayor de Quique termina las vueltas, yo estoy lejos de acabar. “Ya quítalo, no tiene caso que siga si ya perdió”.

Le doy el control a Quique, siento que no lo quiere, algo en el peso de su mano, en cómo lo toma. “Ándale, pues, ya escoge a tu princesita”. La pista no es la de lava, ahora es un arcoíris en el espacio: un fondo negro con estrellas ocasionales. La tortuga que flota sobre una nube marca el verde en su semáforo, los go-karts aceleran. Yoshi se hace de un caparazón rojo, lo lanza contra la Princesa Peach, atina. “Me la pelas”. Quique tensa la mandíbula, poco a poco recupera espacio, se muerde el labio, los dientes blancos clavándose contra la carne, se acerca al Yoshi de su hermano, saca un caparazón verde y le pega. “Ah sí, puñal, vas a ver”. Pero por más que lo intenta, no alcanza a Peach, queda atrás hasta la última vuelta.

Van parejos, Yoshi saca una banana, se coloca un poco delante de Peach para soltarla, pero no ve que ésta tiene una estrella que le da velocidad, sale disparada hacia la meta. Peach festeja, en la pantalla salen los tiempos de los jugadores, corte a un pódium donde sobrevuela un pescado gigante. Peach en primer lugar, Yoshi en segundo y en tercero Mario. Ya no veo qué sigue porque Quique se alza, su hermano lo está levantando del cuello de la camiseta. Lo arroja contra la litera, en el suelo, encima de él, da golpe tras golpe, puño bien cerrado contra la cara. “A ver si muy chingón, defiéndete, putito”. Los puñetazos suenan muy fuertes, igual que el balón que Quique patea en los recreos. No mete las manos, no se defiende, grita, pero nadie escucha, al fondo siguen las groserías de la infinita llamada de su papá. Veo su boca y sus dientes cubiertos de sangre, las lágrimas y los mocos entremezclados por los nudillos de su hermano.

Me levanto, no puedo ver más. Me asomo por la ventana y miro un jardín sucio, pura tierra y lodo, ninguna planta, un balón desinflado y lo que solía ser una portería de aluminio. Salgo del cuarto, pienso en bajar y avisar a la mamá, interrumpir su llanto y pedirle que venga a rescatar a su hijo menor, quizá decirle al papá, interrumpir su llamada y decirle que hay mucha sangre. Pero no hago nada de eso. Entro al cuarto donde está la ciudad de Hot Wheels, ahí no huele a flores podridas, huele a nuevo. Tomo un carrito morado y recorro las calles, lo dejo acelerar por las rampas, acciono el mecanismo del autolavado, me estaciono en el supermercado, imagino el funcionamiento de los semáforos, las sirenas de las ambulancias, la musiquilla del carrito de las nieves, los cláxones de otros carros, el bullicio de un mundo plástico donde todo funciona.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Martha E. Saint Martin

Esta [lengua castellana] hasta nuestra edad anduvo suelta, y fuera de regla, y a esta causa a recebido en pocos siglos muchas mudanças; por que si la queremos cotejar con la de oi a quinientos años, hallaremos tanta diferencia y diversidad cuanta puede ser maior entre dos lenguas. I por que mi pensamiento y gana siempre fue engrandecer las cosas de nuestra nación, y dar a los ombres de mi lengua obras en que mejor puedan emplear su ocio, que agora lo gastan leiendo novelas o istorias embueltas en mil mentiras y errores, acordé ante todas las otras cosas reduzir en artificio este nuestro lenguaje castellano, para que lo que agora y de aquí adelante en él se escriviere pueda quedar en un tenor, y estender se en toda la duración de los tiempos que están por venir. Como vemos que se a hecho en la lengua griega y latina, las cuales por aver estado debaxo de arte, aun que sobre ellas an passado muchos siglos, toda vía quedan en una uniformidad.

Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana, 1492

 

 

El español cuenta en la actualidad con 489 millones de hablantes nativos, es decir, que puedo comunicarme casi sin problemas con todas esas personas, a las cuales puedo encontrar a lo largo del orbe, sobre todo en América Latina. Pero esta situación no era así hace más de medio milenio, al finalizar el siglo XV, la lengua del reino de Castilla ni siquiera era hablada por los aproximadamente 4 millones trescientos mil habitantes de ese reino, pero los acontecimientos que se dieron en ese momento fueron los que hicieron que el castellano se convirtiera en el español que hoy hablamos —proceso que está innegablemente enmarcado en la expansión europea por el resto del orbe—.

1492 es un hito para el mundo moderno, sobre todo porque ese año Cristóbal Colón llegó al Caribe y reclamó para la reina Isabel ese territorio, dando inició al proceso de colonización que era desconocido para el resto del planeta. No es casual que la nación contemporánea de España conmemore su fiesta nacional el 12 de octubre, en celebración del arribo del genovés a unas islas que él pensó eran la India.

Para la gente que vivía en los reinos de Isabel y Fernando la llegada de ese genovés a unas islas del otro lado de la mar océano poco les importaba y no pasó de ser la noticia de una curiosidad que supieron hasta el siguiente año. 1492, en cambio, fue un año que vivieron cambios dramáticos, por un lado, comenzó nada menos que con la toma de Granada el 6 de enero. El último bastión del islam había caído. Y por el otro se decretó la expulsión de los judíos, que se ordenó en marzo y se cumplió en agosto. A partir de ese año había un solo monarca y religión. Aunque no así una sola lengua, en los reinos de Isabel el castellano era el más hablado, pero también se hablaban asturleonés, gallego, vasco y árabe andalusí.

Es en ese marco en el que se inserta otro de los acontecimientos por los que ese 1492 es recordado, la publicación de la Gramática de la lengua castellana de Elio Antonio de Nebrija.  Considerada la primera de su tipo de una lengua vernácula europea —José Antonio Millán, biógrafo del gramático en su obra atenúa esa afirmación, al apuntar que fue la primera de su tipo impresa y que tuvo influencia en otras obras de su tipo, señala que antes de 1492 hubo una gramática del toscano, pero que permaneció inédita—.

Elio Antonio de Nebrija fue un sevillano nacido en Lebrija, comunidad de la que toma su nombre (Nebrissa Veneria fue el nombre que tuvo su comunidad durante el dominio romano); en su tierra habitó la gens Aelia, a la que pertenecieron tanto Trajano como Adriano, por lo que no era infrecuente encontrar estelas y piedras con ese nombre en su comunidad, de ahí que lo tomará para añadirlo como preanomen, al estilo romano —como él mismo reconoció—. Hijo de una familia con tierras que les permitió enviar a uno de sus hijos a estudiar a Salamanca; sus padres Juan Martínez de Cala y Catalina Martínez de Jarana, aunque sin nobleza gozaba de consideración en su comunidad. Antes de tomar nombre es probable que se le conociera como Antonio Martínez de Cala o Martínez de Jarana, pero la reforma que estandarizó los apellidos todavía le faltaba seis décadas para ponerse en vigor en 1444 cuando él nació —en su época y todavía después de la reforma del cardenal Cisneros, era común que las personas asumieran de apelativo el lugar de origen, como él lo hizo; ya en su estancia estudiantil en Salamanca comenzó a firmar como Antonio de Lebrija—. Al terminar sus estudios como bachiller se encaminó a Bolonia, a donde fue becado por el colegio de San Clemente de los Españoles, en donde residió mientras hizo sus estudios entre 1465 y 1470. Ahí adquirió una formación humanista, en la que buscaba limpiar el latín y acercarlo a cómo fue en la época clásica, no pocas de sus obras son reflejo de ello, tanto la Gramática como diccionarios de Español-latín y de Latín-español lo reflejan así como guías para el aprendizaje del latín; en su estancia italiana también aprendió griego y hebreo, conocimiento que más tarde utilizaría para la traducción de la biblia.

 

Por que si otro tanto en nuestra lengua no se haze como en aquéllas, en vano vuestros cronistas y estoriadores escriven y encomiendan a inmortalidad la memoria de vuestros loables hechos, y nos otros tentamos de passar en castellano las cosas peregrinas y estrañas, pues que aqueste no puede ser sino negocio de pocos años. I será necessaria una de dos cosas: o que la memoria de vuestras hazañas perezca con la lengua; o que ande peregrinando por las naciones estrangeras, pues que no tiene propria casa en que pueda morar.

Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana, 1492.

 

¿En qué consiste la importancia de la Gramática de Nebrija? No es sólo que haya sido la primera en su tipo, un mérito casi anecdótico, sino que tuvo más implicaciones. Para empezar, la duda sobre su valor ya en su época se manifestaba. Las gramáticas eran para entender y aprender lenguas de las que no quedaban hablantes nativos (el latín y el griego; Nebrija había escrito un par de este tipo de obras para el latín), pero el español se aprendía desde la cuna. Fue esa la duda que la reina Isabel le planteó a finales 1486 (o principios de 1487) cuando él, por instancias del confesor de la reina, fray Hernando de Talavera, le presentó un adelanto de la Gramática —los reyes se detuvieron en Salamanca en su camino a Santiago para que los expertos de la universidad analizaran la pertinencia o no del viaje de Cristóbal Colón; en esa audiencia no participó Nebrija, aunque el tema no le debió ser indiferente, como buen humanista del Renacimiento sus temas de interés eran muy variados y entre ellos estaba la cosmografía—. A la duda real contestó el confesor que había propiciado la reunión:  Respondiendo por mí [cuenta Nebrija] dijo que, después que Vuestra Alteza metiese debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquellos ternían necesidad de recebir las leyes que el vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra lengua, entonces por esta mi Arte podrían venir en el conocimiento de ella, como agora nosotros deprendemos [‘aprendemos’] el arte de la gramática latina para deprender el latín. Y cierto así es que no solamente los enemigos de nuestra fe, que tienen ya necesidad de saber el lenguaje castellano, mas los vizcaínos, navarros, franceses, italianos y todos los otros que tienen algún trato y conversación en España y necesidad de nuestra lengua, si no vienen desde niños a la deprender por uso, podrán la más aína [‘fácilmente’] saber por esta mi obra.

Henry Kamen, el historiador británico que se ha especializado en el periodo imperial hispano, inicia Empire, How Spain Became a World Power, con la respuesta de Talavera a la reina, señalando la importancia que la lengua tendrá en la conformación del imperio. Ecos de esa respuesta son los que el gramático establece en el famoso prólogo de su Gramática: la lengua fue compañera del imperio.

No nos llamemos a engaño, ni cuando Talavera habla de imperio, ni cuando lo hace Nebrija, lo hacen pensando en lo que terminó siendo la poderosa España de los Austrias, que empezó a configurarse en las primeras décadas del siglo XVI y a partir del reinado de Carlos V (primero de España). Mientras escribía la Gramática Granada todavía no había caído, Navarra todavía no era integrada a las posesiones de los reyes; ni la reina Isabel, ni el rey Fernando tenían un dominio completo de sus territorios, luego de las guerras civiles que enfrentaron al ser coronados, al alcanzar la paz tuvieron que negociar con los nobles y la iglesia para mantener su poder; no eran los monarcas absolutistas cuya palabra era ley de siglos posteriores, sino monarcas medievales cuyo poder, aunque de origen divino debía ser confirmado por las cortes (conformadas por los nobles y jerarcas eclesiásticos); mucha de la labor del reinado de Isabel y Fernando consistió en concentrar poder en sus figuras y sentar las bases de lo que sería más tarde el imperio español —es en ese panorama que se enmarca tanto la toma de Granada como la expulsión de los judíos y la creación de la Inquisición española, así como la labor propagandística que los embajadores de los reyes llevaban a cabo en otros reinos—.

Nebrija pensaba en el imperio con nostalgia al evocar el imperio romano, del cual consideraba a Castilla su heredera, pero con las limitantes que se han señalado; pero también, al utilizar ese vocablo lo hacía como Alfonso VI cuando fue proclamado Imperator totius Hispaniae, un título más honorífico que real: entendía el imperio más en un sentido simbólico. Sin embargo, las políticas de la reina a la que dedica su Gramática estaban sentando las bases para que ese imperio fuera real y su dominio se extendiera por toda la península y hasta territorios que nadie sospechaba existieran.

 

[…] io quise echar la primera piedra, y hazer en nuestra lengua lo que Zenodoto en la griega y Crates en la latina. Los cuales aun que fueron vencidos de los que después dellos escrivieron, a lo menos fue aquella su gloria, y será nuestra, que fuemos los primeros inventores de obra tan necessaria. Lo cual hezimos en el tiempo más oportuno que nunca fue hasta aquí, por estar ia nuestra lengua tanto en la cumbre, que más se puede temer el decendimiento della que esperar la subida.

Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana, 1492.

 

A diferencia de otras obras de Nebrija la Gramática no conoció otra edición más que la de 1492, ello no significa que no tuviera impacto y que algunos de los planteamientos que en ella se hacen repercutieran hasta nuestros días. Ahí está, por ejemplo, el orden alfabético de las letras en español —con la posición que ocupa la ñ después de la n, o de los dígrafos que formaban parte del alfabeto hasta hace poco (la ch después de la c y la ll después de la l)—. Otro de sus planteamientos fue que la ortografía fuera lo más cercana a la forma hablada, aunque sobre este punto importaba más el criterio de los impresores y no hubo uniformidad hasta que en el siglo XVIII se creó la Real Academia de la Lengua, la cual priorizó la etimología a la hora de establecer la ortografía.

A ese respecto Millán apunta: Los principios ortográficos de la Gramática, prolongados en De vi ac potestate literarum (reimpreso con las Introductiones [otra de las obras nebrisenses] a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII), y en la Ortografía, reaparecieron por un ángulo insospechado: las gramáticas de las lenguas indígenas que compilaron los misioneros en el Nuevo Mundo. Quienes intentaron la descripción de esas lenguas –nunca antes escritas– siguieron el principio que utilizó Nebrija para el evolucionado castellano de su época: mantener las letras que sonaban igual que en el latín, y permitir innovaciones para las diferentes.

Esa influencia no se limitó al ámbito hispánico y a su avance por los territorios que en integraban a la corona en su proyecto de expansión colonial. Así, otra vez Millán, apunta:  Como sabemos, su Gramática sobre la lengua castellana (1492) nunca se reimprimió, hasta el siglo XVIII. Sin embargo, su impulso influyó en las gramáticas de otras lenguas vulgares europeas: italiano (1516), francés (1530), alemán (1534), portugués (1536), neerlandés (1584) e inglés (1586). Sólo aparecieron nuevas gramáticas castellanas en 1614 (debida a Jiménez Patón) y en 1626 (Gonzalo Correas).

 

Cuando bien comigo pienso, mui esclarecida Reina, i pongo delante los ojos el antigiiedad de todas las cosas, que para nuestra recordación y memoria quedaron escriptas, una cosa hállo y: saco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio; y de tal manera lo siguió, que junta mente començaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caida de entrambos.

Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana, 1492.

 

En 1522 falleció el catedrático Antonio de Nebrija, luego de haber sido protegido de personajes como el obispo Fonseca, fray Hernando de Talavera, la misma reina Isabel y el cardenal Cisneros, haber conocido el éxito con la venta de sus obras y haber dado clases tanto en Salamanca como en la recién fundada Universidad de Alcalá.

A medio milenio, los quinientos años que él vaticina en el prólogo de su Gramática, la obra de Nebrija sigue siendo pertinente. Un pensador que se opuso a la cerrazón intelectual que habría de imperar en su cara España tras su muerte y que, ya en vida lo acorraló y persiguió. Se salvó en 1505 de ser procesado por la inquisición porque era protegido del cardenal Cisneros, a la sazón regente de Castilla, sobre ese momento y las circunstancias Nebrija escribió: Si me acomodara a la actitud de mis amigos y empleara mis vigilias en las fábulas y ficciones de los poetas, si me dedicara a escribir historias y, como dice el poeta, todo lo viera de color de rosas, me querrían bien, me alabarían, me darían mil parabienes. Pero como […] investigo en la tierra aquellas cosas cuyo conocimiento persevera en el cielo, me llaman temerario, sacrílego y falsario y no falta nada para que […] me hagan comparecer ante los jueces cargado de cadenas […]. ¿Qué hacer en un país donde se premia a los que corrompen las sagradas letras y, al contrario, los que corrigen lo defectuoso, restituyen lo falsificado y enmiendan lo falso y erróneo se ven infamados y anatematizados y aun condenados a muerte indigna si tratan de defender su manera de pensar?

Años más tarde, cuando perdió ante otro catedrático la oposición para una plaza en Salamanca, su protector, el cardenal Cisneros, le ofreció un espacio en la recién construida Universidad de Alcalá, ante lo cual hizo la siguiente recomendación: para que leyese lo que él quisiese y si no quisiese leer que no leyese[, puesto que] esto no se lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España. Para el cardenal, el hombre más poderoso en Castilla,  sólo por detrás del rey Fernando, sus reinos le debían mucho al catedrático.

En 1492 los hablantes de la lengua que hoy llamamos español eran unos cuantos millones repartidos en el centro de la península ibérica, apenas había llegado a las islas Canarias y de la mano de Colón acababa de alcanzar el Caribe. En los siguientes decenios y siglos la lengua fue avanzando por lo que terminó por llamarse América, pero también por el sureste asiático y por las costas africanas. Ese proceso de expansión de la lengua fue el proceso de expansión del imperio y en tanto a tal no estuvo exento de violencia.

Por supuesto que hay que atenuar. Por ejemplo, con la caída de Tenochtitlan no se impuso el español ni siquiera en el Valle de México, al contrario, durante gran parte de la colonia fue el náhuatl, antes que la lengua de los conquistadores, la lengua franca de la Nueva España, principalmente por los aliados tlaxcaltecas. Se estima que para el momento en el que inicia el movimiento de independencia el 60 % de la población era indígena, lo que, puesto en otras palabras, significa que menos de la mitad de la población tenía al español como su lengua materna —el proyecto independentista priorizó el español sobre cualquier otra lengua, tanto que se pasó del 60% a ser el 10% la población indígena en nuestros días.

La diversidad lingüística se vio disminuida a lo largo de los territorios sobre los que el imperio español fue avanzando. Como aseveró Nebrija:  siempre la lengua fue compañera del imperio, cómo se vio con el impulso del español —y los miles de idiomas que perecieron en su avance— si no con el latín y el griego, como él sabía, si no con muchos otros idiomas que, se expandieron a la par de la cultura dominante. Así, por ejemplo, el ancestro de las lenguas indo-europeas (el proto-indo-europeo, PIE) se expandió desde las estepas pónticas por toda Eurasia, desde la península ibérica al oeste hasta la cuenca del Tarim al este y desde la península candinava al norte hasta el subcontinente Indio al sur, gracias al dominio del caballo y las tecnologías vinculadas a él que tenían los hablantes del PIE. Por supuesto que el avance de una lengua no implica necesariamente el dominio de un grupo sobre otro, a veces es el prestigio de una lengua el que permite su avance, lo cual ocurrió sin duda con el español —al lado, es innegable, del dominio y el uso de la fuerza— y, muchas veces, ese prestigio se adquiere porque el grupo posee la capacidad de imponerse.

Hoy me es posible comunicarme con esta lengua, mi lengua nativa, la lengua con la que estoy escribiendo estas líneas, con más de quinientos millones de personas —si consideramos a las personas que, sin ser hablantes nativos, han adquirido la lengua—, pero al reflexionarlo tampoco puedo evitar el pensamiento de la lengua compañera del imperio; todo lo que implicó de violencias para que hoy seamos 489 millones de personas que recibimos como primer idioma al español.

 

 

 

Bibliografía:

David W. Anthony, The Horse, the Wheel, and Language: How the Bronze-Age Riders from the Eurasian Steppes Shaped the Modern World, Princenton University Press, 2007

 

Henry Kamen, Empire, How Spain Became A World Power 1492-1763, Perennial, 2003

 

Henry Kamen, La inquisición española, Crítica, Barcelona, 2013

 

José Antonio Millán, Antonio de Nebrija o el rastro de la verdad, Galaxia Gutemberg, 2022

 

Antonio de Nebrija, Gramática sobre la lengua castellana, Elajandria.com

 

Joseph Pérez, Cisneros, el cardenal de España, Penguin Random House, 2014

 

Joseph Pérez, Los Judíos en España, Marcial Pons, España, 2005

 

El mundo económico de Isabel la Católica, Miguel Ladero Quesada, en el num. 14 del Anuario de Historia de la Iglesia. 2005, Universidad de Navarra.

 

Los indígenas y el movimiento de Independencia, Gisela von Wobeser, Estudios de cultura Náhuatl No. 42, agosto de 2011

 

El español, una lengua que hablan 580 millones de personas, 15 de octubre de 2019 Instituto Cervantes:

https://www.cervantes.es/sobre_instituto_cervantes/prensa/2019/noticias/presentacion_anuario_madrid.htm#:~:text=Un%20total%20de%20580%20millones,mundo%20por%20número%20de%20hablantes.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.