Tierra Adentro
Registro fotográfico de la obra de Ana Mendieta, cortesía de Yissel Arce.
Registro fotográfico de la obra de Ana Mendieta, cortesía de Yissel Arce.

La mañana del 8 de septiembre de 1985 una silueta se formó en el concreto. La impronta nunca pudo ser borrada. Como siempre, el elemento de la extrañeza frente a una manifestación desconocida, desata el espanto, luego el desconcierto ante la acción de desaparecer de manera fugaz y violenta.

¿Acaso se trató de un sacrificio original o un crimen? La pregunta siempre revuela ante escenas de esta naturaleza, donde el cuerpo, sin exhalación, está a punto de ser dispuesto como residuo de un hecho que permanece y exige su resignificación. Ante los horrores de las guerras y los múltiples mecanismos de extinción seleccionada —incluidos el feminicidio, el transfeminicidio y los crímenes de odio—, no fue extraño que el arte propusiera romper el velo de la moral de Occidente frente a los crímenes de lesa humanidad perpetuados en el nombre del heteropatriarcado y su uniforme blanquitud.

El discurso artístico contrasta de manera abierta con aquello que a lo largo de la historia hemos percibido como “el orden civilizatorio”, que —como lo ha hecho desde la Edad Media y la consciencia judeocristiana— busca situarse como único horizonte de sentido mediante la reproducción desbordada de la violencia, las prácticas de consumo y el incremento de las industrias bélicas, así como la devastación ecológica en pro de la homogeneización global devenida masa lechosa.

La industria y reproducción de la muerte de quienes estamos agenxs a tal orden se encarga de masificar la pérdida de las vidas, a fin no solo de exterminarnos, sino de cumplir dentro de la memoria una doble función en la que el cuerpo sin vida representa el origen y fin de tal orden, como advierte Michel Taussig:

Hegel nos advierte que todos los hechos y todos los personajes históricos de importancia ocurren, por así decirlo, dos veces, pero olvidó aclarar que la primera vez ocurren, como una tragedia y la segunda como una farsa. En la función de las naciones modernas, los muertos cumplen una doble función. La gente conjura, aparentemente de la nada, un trozo de muerte y toma prestados de ahí, nombres, gritos de batalla y atuendos para presentar con ellos, el nuevo escenario de la historia universal de una manera esplendorosa hasta que la reacción cobra fuerza y el espíritu de la revolución cede ante los fantasmas que regresan sobre sus propios pasos… recordamos a los indios… ¡claro! desempeñan una doble función y la tradición de las generaciones muertas se cierne como una pesadilla onerosa a sobre la mente de los vivos.1

No obstante, el aliento de los millones de cuerpos dibuja un vaho, un vapor cuya huella permanece y se reproduce ante la aparición de la duda, pues una pregunta nos persigue más allá del primer atisbo de memoria de quiénes comenzaron a caminar erguidas, la inquietud se traslada de manera pendular desde la materialidad de la muerte hasta el repunte de la ausencia, es la disolución corporal lo que fomenta la construcción del deseo, sea desde el discurso, sea desde la imagen, la idea es regresar al vacío, rellenarlo o simplemente dibujar su forma, comprenderla.

Pocas experiencias nos permiten explorar el principio de vacuidad desde el origen del trauma. Por supuesto, no todas las perdidas se presentan de la misma forma, pero las corporalidades terminan formando hilos, nodos narrativos donde el dolor se funde con las pulsaciones, el deseo y su falta. Parece que entre aquel entramado son los cabellos de la fascinación lo que instaura —aun de manera efímera— el orden de las cosas en un sentido donde Occidente siempre se contrapone al sentido natural del mundo y en donde su proyecto de deshumanización colonialista ha conseguido desarticular la identidad de las distintas corporalidades que reclaman su derecho a existir libres del velo, de la fantasía heteropatriarcal.

El trabajo de Ana Mendieta (La Habana, 1948 – Nueva York, 1985), constituye uno de los pilares no solamente para comprender el arte acción desde una perspectiva feminista, sino la plena exposición de la experiencia corporal en situaciones límite, desde el reconocimiento del trauma, hasta la propia extinción.

Pensar en su obra involucra una doble acción, pues su cuerpa no solamente nos guía hacia sus propias transmutaciones desde el principio de la experiencia hasta su ocaso, sino la manera en que funciona como soporte, al mismo tiempo que queda suspendida entre el vacío y el encuentro con la naturaleza, alteración que propone otras rutas para rasgar de manera absoluta la cortina que esconde la manera en que ha ocurrido la violación masiva del colonialismo.

Su obra se desprende de las inquietudes que motivaron el despliegue de piezas cuyas técnicas van desde el performance, el body art, el land art, el video arte. En cada una se observa el malestar y las inquietudes centradas en la violencia ejercida sobre quiénes no se encuentran incluidxs en el proyecto occidental —incluidas las mujeres—, la desesperanza, la devastación ecológica, así como la búsqueda por el origen libre del orden mencionado, como se advierte en sus propias palabras:

Mi arte se basa en la creencia de una energía universal que corre a través de todas las cosas: del insecto al hombre, del hombre al espectro, del espectro a las plantas, de las plantas a la galaxia. Mis obras son las venas de irrigación de ese fluido universal. A través de ella asciende la savia ancestral, las creencias originales, la acumulación primordial, los pensamientos inconscientes que animan al mundo. No existe un pasado original que se deba redimir: existe el vacío, la orfandad, la tierra sin bautizo de los inicios, el tiempo que nos observa desde el interior de la tierra. Existe por encima de todo la búsqueda del origen.2

Es la creencia de que el mundo no puede ser como siempre nos han contado lo que termina convirtiéndose en la fuerza que acompañó a Mendieta durante su corta vida. Acerca de su propia extinción parece justo destacar el hecho de que su muerte rezuma tragedia: con 36 años su cuerpo cayó al vacío desde el piso 34 de su departamento en el Soho de Nueva York la maña del domingo 8 de septiembre de 1985.

En un primer momento se culpó al también artista Carl Andre, con quién se había casado ese mismo año luego de una relación larga y compleja, como lo señala Robert Katz en su libro Naked by the window. The fatal Marriage of Carl Andre and Ana Mendieta.

Andre presentaba arañazos en la nariz y la frente y sus declaraciones posteriores contradijeron lo que había dicho cuando llamó al 911 en medio del trágico instante, justificando el horror de la escena con el hecho de que quizá ella lo hizo voluntariamente.3 Aunque Carl defendió su inocencia en tres tribunales durante los siguientes tres años, la tragedia no se ha esclarecido debidamente. Lo que permanece es su obra, un legado que transmuta en memoria ante el vacío, su desaparición.

Origen y travesías

Ana Mendieta y su hermana, Raquelín Mendieta, fueron parte de la Operación Peter Pan, proyecto político en el que miles de niños cubanos fueron separados de sus familias para llegar a Estados Unidos y huir del proyecto socialista de la revolución cubana. Su padre, Ignacio Mendieta pese a haber estado a favor en un principio de las revueltas en contra del gobierno de Batista —incluso guardó armas—se convirtió en un enemigo, tras participar en actividades contra Fidel Castro.

Desde Estados Unidos se creó este plan que otorgaba visas a niños y adolescentes cubanos de entre 6 y 16 años, a fin de que pudieran volar hacia aquel país que les prometía “libertad”, sin pensar en el doblez de esta imagen, aquellos residuos que se ocultaban debajo de la “caridad” y las formas es qué tal operación fue financiada en nombre de la supresión del comunismo y las “malas ideas” que se desatarían en aquellas infancias. La operación no fue la fantasía que se vendió a cada familia desecha. Las hermanas Mendieta fueron enviadas a Iowa donde vivieron en orfanatos y casas de adopción. Como comenta Raquelín:

Mi hermana y yo estuvimos envueltas en las revueltas de Cuba cuando fuimos algo mayores. Mi padre se enteró de lo que estábamos haciendo y habló conmigo, la mayor, en términos muy severos. Me dijo que la política no era un juego de niños, que no sabíamos donde nos estábamos metiendo, puesto que este tipo de acciones tienen consecuencias peligrosas. Estaba ocupado por nuestra seguridad y, tal como hizo su padre con él, nos envió a los Estados Unidos. Ana y yo fuimos parte de la infamante Operación Peter Pan. Entre 14.000 Y 25.000 niños fueron enviados a USA, sin sus padres, bajo la tutela de diversas organizaciones religiosas, en gran parte de organizaciones caritativas católicas. El 11 de septiembre de 1961 dejamos Cuba y la familia en un avión de la KLM, cuyos pasajeros, excepto la tripulación, eran niños entre los 5 y 17 años. A Ana le faltaban dos meses para los trece, yo había cumplido los quince el mes anterior.4

La experiencia de ruptura dejó una marca que se replicaba en cada una de las experiencias que Ana emplazó a lo largo de su trayectoria. No solamente la separación, sino el observar cómo la idea de “libertad” y la sensación de bienestar —tan interiorizadas en el proceso— se vieron casi inmediatamente intercambiadas por diversas experiencias traumáticas, como relata Brian Smith Hudson: “mientras estuvieron en los orfanatos y al cuidado de familias adoptivas, sufrieron violencia y discriminación”5.

Ante el encuentro con el maltrato, la discriminación racial e incluso la violencia física experimentada en los orfanatos a mano de las monjas, su sensibilidad se abrió hacia los elementos que trazarían las primeras coordenadas para encontrar el espacio dónde proyectar aquellas arquitecturas suspendidas, y con ello, acuerpar el despliegue de una relación simbólica que intentara advertir la ilusión que vela la corrupción en blanco.

Romper el silencio

En la historia de dominación e imperialismo norteamericano, la pauta sobre la violencia cometida sobre las mujeres racializadas —y por supuesto la violación como dispositivo terrorista— ha dado forma no solo a los feminismos interseccionales, sino al despliegue de prácticas desde el performance como formas de denuncia. Cada testimonio ha constituido toda una línea para identificar de manera puntual las maneras en cómo opera el sistema de violencias heteropatriarcales reproducidas incluso por mujeres blancas y por feminismos llenos de privilegios. Como lo identificó bell hooks, la violación en sí misma tenía el objetivo de propiciar mediante el sadismo y la explotación sexual no solamente el sometimiento de las mujeres esclavizadas, sino lealtad al imperialismo:

Las mujeres negras que se resistían a la explotación sexual desafiaban al sistema, pues su renuencia a someterse sumisamente a la violación representaba una denuncia del derecho del esclavista a ser amo de su persona. Y se las castigaba con brutalidad. El objetivo político de esta violación categórica de las mujeres negras por parte de hombres blancos era conseguir una lealtad y una obediencia absolutas al orden imperialista blanco.6

Tales acciones han intensificado definitivamente los diversos pactos y mandatos del imperialismo, de manera que la violación junto con otras formas de terrorismo y extinción han sido observadas por quiénes han considerado no ser parte de tales sistemas, donde, como lo he advertido, el objetivo es la deshumanización a cambio de expandir los marcos del sistema colonialista incluso en la segunda mitad del siglo XX y por supuesto, en este siglo.

En 1973, mientras Ana se encontraba en la Universidad de Iowa, una de sus compañeras fue violada y asesinada en el propio campus. Este suceso, junto con los diversos momentos de violencia que la artista experimentó, formularon una serie de acciones en las cuales la violación aparece no como una forma de revictimización sino de profundización y visibilidad de una problemática de tal naturaleza.

En su departamento de Moffit Street, en Iowa, Mendieta invitó a amigos y compañeros a su apartamento, quiénes al ver la puerta entreabierta, entraron a una habitación oscura cuya única luz iluminaba a Ana desnuda de la cintura a los pies, manchada de sangre, atada y apoyada sobre una mesa, con más sangre y platos rotos en el piso.

La identificación con la compañera había dejado una impronta capaz de desatar el motivo de la acción. De acuerdo a Amelia Jones, “su performance presentaba, como una situación específica, cómo es la violación, y con ella esperaba romper el código del silencio que convierte ese acto en algo anónimo y general”7. En términos políticos y estéticos, el performance resemantiza el acto por algo que debe ser visto como un problema concreto, libre de simbolismos, el trauma se manifiesta de manera absoluta de manera en que la angustia opera como una marca en la memoria, transformando el imaginario y la vida colectiva del campus en el cual se destruye la idea de tranquilidad para observar que, bajo de aquella capa de silencio impoluto, los ríos de sangre han brotado en cientos de ocasiones.

Transmutación

Junto con los más de ochenta cortos realizados de sus acciones en Iowa —como Stomach Mirage, Venus generosa, Weather Ballon, entre otras decenas de acciones—, Ana destinó más de una década —la última antes de su deceso— a crear una serie de esculturas y dibujos donde esa vocación de la que hablaba se presenta de manera palpable en en la serie que forma parte de Siluetas.

De esta forma, mediante el arte-body logró restituir no solamente su origen con la pérdida y separación de su identidad como cubana y latinoamericana, sino la resignificación del sentido religioso y el vínculo con la naturaleza. En diversos momentos y mediante diversas técnicas incluido el uso de elementos inflamables, dibuja siluetas en arena, flores, piedras y todo elemento natural que le permitiera construir su silueta para que después fuera disuelta de manera orgánica como un principio de transmutación y regreso al principio de la tierra y la naturaleza.

Esculpidas en México —sobre todo en Oaxaca—, Cuba y algunos otros lugares, se ligaron junto con el trabajo de performances y dibujos que sostienen el proceso ritual para regreso hacia sí, privilegiando al mismo tiempo, los materiales y la técnica en beneficio de la pieza. Influenciada igualmente por Claude Levi-Strauss, así como por Ortega y Gasset, Mendieta logró afirmar no sólo su identidad, sino reconstruir momentos específicos donde rompió el silencio para resignficarse como mujer, ser espiritual y sexual, como lo analiza la galerista y una de las mayores coleccionistas de Mendieta, Mary Sabattino:

El tránsito del silencio al discurso, interpretado por Mendieta como el esfuerzo por crear una imagen de autorepresentación, primero en sus Siluetas y más tarde en sus esculturas y dibujos, es un tránsito doblemente cargado de significado para ella como mujer. Si la identidad femenina, tal y como es construida por la sociedad y a continuación interiorizada por las mujeres, es la de mujer como objeto de la mirada masculina para ser poseído, el uso que hace Mendieta del cuerpo femenino como protagonista desnudo, no como sujeto sino como mujer desvestida, descubierta, poderosa y sexual, es radical.8

La ruptura funcionó de manera en que pudo restituir el efecto de la violación y el sistema de terror heteropatriarcal al apropiarse de su propia cuerpa y advertir su sexualidad como un dispositivo que le permitiera regresar a lo natural, incluido el lazo con Cuba y su madre, pues sus improntas permitieron regresarla en vida a los lugares donde pudo desplazar el deseo y suspenderlo en un horizonte vital, lejos del proyecto colonialista. Con su legado y pese a las condiciones de su deceso, Ana Mendieta logró transmutar de la imagen residual a una poética que remplaza la necropolítica de Occidente.

Sus huellas nos guían para advertir su regreso hacia la tierra fértil del paisaje caribeño, nos invita a la acción de liberarla del concreto que contempló por última vez en una mañana de vísperas de otoño, desde la cual sus ojos nos miran ante nuestra devastación.

Bibliografía:

hooks, bell, ¿Acaso no soy yo una mujer? Mujeres negras y feminismo. Edición Consonni, Bilbao, 2021.

Jones, Amelia, Warr Tracey, El cuerpo del artista. Phaidon Press Limited, Nueva York, 2010.

Katz, Robert, Naked by the Window. The fatal marriage of Carl Andre and Ana Mendieta, The Atlantic Monthly Press, Nueva York, 1993.

Mendieta Raquelin, “Memorias de las infancia: religión, política arte” en Moure, Gloria, Ana Mendieta, Centro Galego de Arte Contemporánea. Ediciones Polígrafa, Santiago de Compostela, España, 1996.

Smith, Hudson, Brian, “Ana Mendieta: extensiones de la naturaleza y desbordamientos del cuerpo” en https://portavoz.tv/ana-mendieta-extensiones-de-la-naturaleza/ (consultado el 23 de agosto de 2022, Tlalpan CDMX).

Taussig, Michel, La magia del Estado, Siglo XXI, México 2015.

1 Taussig, Michel, La magia del Estado, Siglo XXI, México 2015, pp. 23-24.

2 Mendieta, Ana, “Escritos personales” en Moure, Gloria, Ana Mendieta, Centro Galego de Arte Contemporánea. Ediciones Polígrafa, Santiago de Compostela, España, 1996. Pp. 216.

3 Katz, Robert, Naked by the Window. The fatal marriage of Carl Andre and Ana Mendieta, The Atlantic Monthly Press, Nueva York, 1993. Pp. 4-6.

4 Mendieta Raquelin, “Memorias de las infancia: religión, política arte” en Moure, Gloria, Ana Mendieta, Centro Galego de Arte Contemporánea. Ediciones Polígrafa, Santiago de Compostela, España, 1996. Pp. 228.

5 Smith, Hudson, Brian, “Ana Mendieta: extensiones de la naturaleza y desbordamientos del cuerpo” en https://portavoz.tv/ana-mendieta-extensiones-de-la-naturaleza/

6 hooks, bell, ¿Acaso no soy yo una mujer? Mujeres negras y feminismo. Edición Consonni, Bilbao, 2021, Pp. 54.

7 Jones, Amelia, Warr Tracey, El cuerpo del artista. Phaidon Press Limited, Nueva York, 2010, Pp. 100.

8 Sabattino, Mary, Ana Mendieta: la identidad y la serie siluetas” en en Moure, Gloria, Ana Mendieta, Centro Galego de Arte Contemporánea. Ediciones Polígrafa, Santiago de Compostela, España, 1996. Pp. 138-150.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si debes robar, roba un poquito, y deja lo demás para la nación

–Joseph Mobutu

 

Hoy, 7 de septiembre, se cumplen 25 años de la muerte de Joseph-Désiré Mobutu, dictador de la República Democrática del Congo de 1965 a 1997, figura arquetípica de todos los males político-estatales que aquejaron a dicho país, a muchos otros en el continente africano y en el mundo. Sin embargo, la muerte del dictador no significó el fin de la tiranía, nuestra época todavía experimenta algunos resabios de las cleptocracias hereditarias dentro y fuera de África.

De inicio, me gustaría aclarar algunos conceptos esenciales para comprender cómo un aliado indispensable a la causa independentista se transformó en el principal colaborador de las antiguas potencias explotadoras del país y logró mantenerse en el poder hasta el final de la Guerra Fría.

De manera complementaria y como parte de las reflexiones finales, quisiera establecer algunas características estatales que formaron al Congo de Mobutu y a muchos otros Estados de la región, y si existe alguna alternativa para evitar desenlaces negativos debido a gobiernos tan detestables.

Mobutu en la Independencia del Congo (1960-1965)

El 30 de junio de 1960, Patrice Lumumba y Joseph Kasavubu, fueron elegidos libremente por los ciudadanos como Primer Ministro y Presidente de la República Democrática del Congo. Este suceso provocó un torbellino de independencias que dieron origen a más del 50% de los países actuales en el continente durante la década de 1960.

Desafortunadamente, en el caso del Congo y de muchos otros países africanos, el aparato estatal precedente consistía en un gobierno de corte paternal, autoritario y altamente represivo1, diseñado para responder a las necesidades del mejor postor, ya que su infraestructura estaba enfocada en extraer los recursos naturales del país para satisfacer a otros cruzando el mar. Además de ser un estado cobijado y dependiente de la antigua metrópoli en términos económicos y políticos.

Entre todo este desorden, Lumumba y Kasavubu concebían nuevas propuestas de construcción y desarrollo político y, como resultado, tuvieron un difícil primer año de independencia nacional. Ambas figuras estaban polarizadas, el Primer Ministo se inclinaba hacia la URSS y la ideología socialista2 y frente a la postura del Presidente, más alineada con el bloque capitalista, las autoridades ex coloniales Belgas y el propio Mobutu no interferirían en el asesinato y la posterior desaparición del cuerpo de Lumumba en ácido.3

Por si fuera poco, entre 1960 y 1963, las autoridades Belgas apoyaron la escisión armada del Estado de Katanga, ubicado en el sureste del país con yacimientos minerales importantes. Ante un panorama tan desolador, Mobutu, en calidad de Jefe del ejército nacional congoleño, ya había intervenido a principios de 1960 para destrabar la lucha entre Lumumba y Kasavubu. Poco después decidió tomar acción definitiva para encauzar el destino nacional hacia un nuevo rumbo.

Es así que en noviembre de 1965, ante una nueva disputa política entre Kasavubu, y el nuevo Primer Ministro Moisés Tshombe, y respaldado por el gobierno de Estados Unidos4, Mobutu decidió ejecutar un segundo golpe de Estado para asumir la presidencia y eliminar la figura del Primer Ministro para 1966.

El Congo de Mobutu: 1965-1997

Ya al mando, Mobutu prometió reducir las demandas político-étnicas que se habían presentado en el país desde su independencia; sin embargo, conforme pasaron los meses, las verdaderas prioridades gubernamentales fueron esclareciéndose. Una de ellas sería la centralización total del poder en la investidura presidencial y el desarrollo intensivo de aparatos estatales represivos como el ejército y la policía secreta, los cuales serían las herramientas predilectas del dictador para acallar y eliminar cualquier tipo de disidencia política.

En términos institucionales, todos los organismos civiles y judiciales fueron empleados para el enriquecimiento ilícito e irrestricto de Mobutu y sus directivos. Una parte de esos recursos fue utilizada para sobornar a posibles opositores y mantener de su lado a la élite política nacional.5

Curiosamente, dentro de esta recentralización, sí hubo cierto interés por formalizar e institucionalizar al Estado, aunque el verdadero propósito fuera el control. Entre 1967 y 1974 se crearon nuevas constituciones donde se oficializaron los poderes omnímodos del ejecutivo y se dio el patrimonio exclusivo del Estado al partido del Movimiento Popular de la Revolución (Mouvement Populaire de la Révolution – MPR).

En una de sus múltiples estrategias para ganar el apoyo popular, Mobutu decidió lanzar la “política de Autenticidad”, la cual buscaba abolir el tribalismo y regionalismo mediante el fomento del nacionalismo, aunque solo fue una de las fachadas para el saqueo y robo del país, al igual que las numerosas construcciones que se llevarían a cabo a favor de la “modernización y el desarrollo nacional.6

Bajo la “política de Autenticidad” se reformó la identidad del país, empezando por el nombre de los lugares y de los ciudadanos. Así fue como el Congo fue llamado Zaire hasta 1997. No obstante, el efecto más destructivo de aquella política no se realizaría sino hasta principios de la década de 1970. En el ímpetu de la radicalización del movimiento de autenticidad, Mobutu nacionalizó sectores clave de la economía como la agricultura y la minería, y dejó fuera a los aliados anteriores y a los dueños coloniales.

Esto, aunado a la caída del precio del cobre en 1974 (principal producto de exportación nacional) y al aumento del precio del petróleo durante el final de la década destruyeron por completo la economía del Congo.7 Desde ese año, el país tuvo que someterse a los dictados del FMI y el BM para reestructurar su economía a cambio de préstamos y “ayuda para el desarrollo” que, lejos de mejorar las condiciones políticas y económicas nacionales, sumirían al Congo en un estado de eterna crisis, inflación y pobreza.

Entre los distintos periplos con las políticas externas, Mobutu siempre estuvo orientado a satisfacer los intereses de Estados Unidos dentro del continente africano. Aunque, sin que él lo supiera, esto significó la ruina de su régimen. Tres eventos marcarían el principio del fin de su gobierno:

1) la Guerra de Independencia (1961-1974) y 2) la Guerra Civil en Angola (1975-2002). En ambas, el gobierno de Kinshasa apoyó a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) frente al bando victorioso del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA). En 1989, el MPLA contaba con la retirada total de todas las fuerzas extranjeras en su territorio, y aisló el régimen de Mobutu que era considerado como “mal visto” durante el fin de la Guerra Fría.

3) la Guerra Civil de Rwanda (1990-1994), a pesar de que hubo un intento local y externo de asirse de aliados valiosos, para Mobutu esto representó el último clavo en su ataúd político. Incluso habiendo cobijado a refugiados hutus durante el ominoso genocidio, Mobutu apoyó al bando rwandés que perdió la guerra civil.

Ante este resultado, el líder del Frente Patriótico Nacional y posterior presidente de Rwanda, Paul Kagame, contaba con un ejército compuesto de múltiples nacionalidades que había ganado una guerra civil. Frente a él, el ejercito congoleño se encontraba debilitado gracias a la crisis económica que perseguía a la nación desde 1975. Una guerra con Rwanda hubiera sido imposible de ganar.

Y así, en el transcurso de un par de meses, el régimen de Mobutu dejaría el mundo igual que como había llegado: bajo un golpe militar liderado por un antiguo opositor, Laurent-Desiré Kabila, apoyado por el mismo gobierno de Rwanda, quién, en el futuro, volvería a intervenir militarmente entre 1998 y 2003 para derrocar infructuosamente, a Joseph Kabila, hijo y sucesor presidencial de la renombrada República Democrática del Congo.

Conclusión: El Congo después de Mobutu

Más de 30 años de un regímenes cleptocráticos y corruptos como lo fue el de Mobutu, y otros tantos de la dinastía Kabila han hecho poco por institucionalizar a este Estado africano. Durante décadas y décadas, el Congo ni siquiera a alcanzado un grado de solidez que pueda dotar de seguridad física a sus ciudadanos.

Este caso, como el de muchos otros estados africanos, forma parte de un interesante texto publicado Jefrey Herbst sobre las ventajas y desventajas de dichas conformaciones políticas en el continente. Las presentaré de manera general para cerrar con algunas propuestas y consolidar una reflexión sobre la condición del continente africano.

En su libro States and Power in Africa: Comparative Lessons in Authority and Control, Herbst establece que los Estados solamente pueden ser viables si son capaces de controlar el territorio definido por sus fronteras por medio de su propia autoridad8 e instituciones coercitivas y de defensa cuyo principal objetivo es la seguridad de la población.

Esto se ve afectado por factores geográficos (extensión territorial) y económicos que principalmente impiden la expansión efectiva de control y autoridad en todo el territorio, y también gracias a la manipulación efectiva de las fronteras, determinadas por los poderes coloniales, para generar legitimidad en la población.9

Y ante la euforia de la independencia nacional durante la segunda mitad del S. XX10, conceptos como la extensión del territorio nacional no fueron cuestionados ni en términos políticos, sociales, ni culturales, por lo cual muchos Estados africanos actuales contienen un sin fin de etnias y grupos que no responden a construcciones principalmente europeas como la nación, componente indisoluble del Estado Moderno.

A partir de esta problemática, es indispensable para cualquier proyecto de reforma institucional estatal, la seria consideración de la relación entre recursos y extensión geográfica en el presente y a futuro para poder crear un Estado que se mantenga en el tiempo, sirva a sus ciudadanos, y se desligue de nociones no propias como la nación homogénea en términos sociales que, como hemos visto en el caso del Congo, genera más divisiones que cohesiones.

Por lo tanto, es a partir de cuestiones tan fundamentales como el tipo de territorio, población y gobierno, elementos esenciales del Estado Moderno, que África debe de empezar a constituir su propio camino en la elaboración de un sistema de gobierno que no replique los modelos heredados de Europa, que eran utilizado para el control y explotación su territorio.

Fuentes consultadas

  • Meditz, Sandra y Merrill Tim, eds., Zaire: a country study, Federal Research Division, Library of Congress, Estados Unidos, 1994.
  • · Kisangani, Emizet François, Historical dictionary of the Democratic Republic of the Congo, Rowman & Littlefield, Reino Unido, 2016.
  • Van Reybrouck, David, Congo: The Epic Story of a People, Harper Collins, Estados Unidos, 2014.
  • Herbst, Jeffrey, States and Power in Africa: Comparative Lessons in Authority and Control, Princeton University Press, Estados Unidos, 2014.
  • Du Bois, William Edward Burghardt, Africa, Its Geography, People and Products & Africa-Its Place in Modern History, Oxford University Press, Estados Unidos, 2007.


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Ilustración realizada por Martha E. Saint
Ilustración realizada por Martha E. Saint

1.

Hace un par de meses, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana publicó un comunicado sobre los amparos emitidos por editoriales, autores, compañías disqueras, productores de televisión y cine, al respecto de la Ley General de Bibliotecas. La Suprema Corte de Justicia de la Nación había determinado que la LGB debía respetar en todo momento —y estar en armonía con— la Ley Federal al Derecho de Autor, por lo que las bibliotecas no podían poner a disposición del público obras o producciones sin autorización de sus autores. Se infería, de cierto modo, que tenían que pedir permiso.

En su momento se leyó confuso y preocupante, como una declaración de guerra para todo aquel que participa en el ecosistema editorial, sobre todo a quienes se asumen como independientes o fuera del alcance de grandes monopolios, que sobreviven con equipos tan pequeños y sin una ganancia millonaria. ¿Cómo era posible que se necesitara la autorización de un creador para que su obra, disponible en un espacio destinado a la creación de conocimiento público, fuera consultada? ¿Dónde queda el reconocimiento al trabajo de libreros y editores, independientes sobre todo?

Dos días después de publicado, la CANIEM volvió a emitir otro aviso (la anatomía del comunicado es así: fugaces hojas de papel rellenas con oraciones que empiezan y terminan, cuyo significado tiende a estar perdido en algún espacio intermedio, y cuya relevancia pasa la mayor de las veces desapercibida) en el que “explicaba” que las bibliotecas seguirán operando como lo han estado haciendo. (Me queda la duda si se referían a que las bibliotecas seguirán trabajando en la precariedad, al margen del centralismo librero, sin condiciones tecnológicas que permitan siquiera la actualización de su catálogo).

El revuelo escaló, como casi todo de lo que se opina en redes sociales, demasiado pronto y así como ocasionó más comentarios que preguntas, se olvidó con el paso de dos a tres días.

2.

El tema con los derechos de autor no es nuevo. En realidad, el problema de la Ley General de Bibliotecas es un síntoma de la enfermedad, una estrellita del cosmos. Si comienzo a investigar no pasa mucho tiempo antes de que llegue a la historia de Napster, aquella red gratuita de intercambio de música, que desapareció luego de que en 2001 enfrentaran demandas por violaciones a los derechos de autor. El sitio tuvo al menos 70 millones de usuarios en un mundo que cambiaba rápidamente conforme internet modificaba la vida cotidiana.

Era indiscutible el éxito de Napster, que se popularizó muy pronto gracias la posibilidad que ofrecía de guardar y compartir archivos con canciones que no fueran el éxito del momento, canciones grabadas (no oficialmente por supuesto) en conciertos, canciones que no podían conseguirse (a menos de que se comprara todo el CD), canciones demo o canciones que nunca llegaron a distribuirse. Todo eso también permitía la construcción no solo de una grandísima base de datos sino de una comunidad enorme de usuarios que estaban consumiendo música al por mayor. Música hecha por todos y para todos, la gran fiesta.

Tanto las demandas (la más famosa hecha por Lars Ulrich, el baterista de Metallica), como los comunicados de la CANIEM y la SCJN, representaban las ideas de un niño de kínder que no quería compartir su juguete con los demás. En algún momento, Ulrich mencionó que “es repugnante saber que nuestro arte se comercializa como una mercancía en lugar del arte que es”, pero… ¿qué no los discos de Metallica se venden?, ¿qué no gente paga cantidades exorbitantes por discos enteros de Metallica?, ¿qué no la manera de acceder a la música de la banda es a través de un intercambio obligatoriamente monetario?

No sé si la concepción de vender arte, como dos ideas incompatibles, sea un argumento que acompañe a la validez de los derechos de autor; lo que sí sé es que es un argumento suficientemente bueno como para darle a los derechos de autor una excusa para irse por la tangente, para no afrontar que simple y sencillamente no quieren compartir. O, más bien, que sí quieren compartir, pero con términos, condiciones y un pago de por medio.

3.

El 31 de enero de 2001, Moby escribió en su diario (por cierto, un diario digital bellísimo):

Diario

(Lamento que no haya traducción completa, pero si algo comparto con la gente que es impuntual son los malos cálculos para realizar ciertas actividades como ésta.)

Moby, a diferencia del baterista de Metallica, ve en Napster un medio en el que artistas y escuchas pueden conocerse, interactuar de otra forma menos encajonada, descubrir y explorar nuevos horizontes lejos de sus gustos primarios. Por eso, es una lástima que hayan logrado su cometido: cerrarlo, clausurarlo, prometer actuar con todas sus fuerzas para que esa forma de interacción no vuelva a ocurrir, poner a las ganancias por encima de todo valor noble que pueda haber en internet.

4.

Napster, o las huellas de lo que fue Napster, permiten hoy que servicios de streaming como Apple Music o Spotify funcionen de la manera en la que lo hacen. Ya no es la distribución sino el acceso a contenido original (podcasts, por ejemplo) y música que de otra manera sería muy difícil escuchar. Aunque son servicios por los que sí se paga, la cantidad es mucho menor comparada con los servicios que brinda.

No recuerdo cuándo fue la última vez que compré un disco de plástico y papel para escucharlo en un estéreo y luego guardarlo con el resto de la colección; sin embargo, tengo la certeza de que sucede algo muy parecido al problema eterno del PDF frente al libro físico: tal vez la pregunta de cuántas ventas le resta un archivo digital al trabajo artesanal está en un principio mal planteada. Más bien, deberíamos pensar en cómo ambos se acompañan en la experiencia del lector (o escucha). En el caso de Napster —bien lo reflexionaba Moby—, está en crear comunidad. Y en ese argumento prefiero comulgar.

5.

Aceptemos que todo tiende a desaparecer, aún cuando la obra dure en la conversación pública cien o doscientos años, su desaparición vendrá tarde o temprano. La olvidaremos, la muerte vendrá y todos los nombres se borrarán de repente. Nos gusta pensar que somos especiales y lo que hagamos —cuando lo hagamos y si es que lo hacemos— valdrá lo que queramos que valga. Pero no somos especiales y aún si logramos crear algo, apenas conseguiremos que un pequeño grupo de personas pueda acceder a él, ¿por qué hacerlo más difícil?

Los derechos de autor tienden a esconder, y en un sentido más amplio privatizar, lo valioso de una obra. Porque cuando una obra es pública, el autor pasa a un plano en el que su persona no importa tanto como lo que hace. Su obra habla por él. Aceptémoslo y continuemos. Tal vez es tiempo de preguntarse por qué se escribe o por qué se produce música, tal vez ahí encontremos que, en realidad, el copyright, al igual que nosotros, también está destinado a morir.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.

Ilustrador
Martha E. Saint Martin
Martha Saint es una historiadora del arte que se dedica a la ilustración. Le gustan las cosas feas y la pizza con piña. Su nombre de ilustradora, Sushi con K-tsup, emerge bajo la necesidad de crear desde la ternura, la vulnerabilidad y la sinceridad más profunda. Ella es originaria de la Ciudad de México; actualmente radica en Montréal.
Portada de cómic por Ureshi-San
Portada de cómic por Ureshi-San

Cómic por Ureshi-San

Cómic por Ureshi-San


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
La expansión de los campos de concentración japoneses por las colonias. Imagen recuperada de Wikimedia Commons CC BY-SA 3.0
La expansión de los campos de concentración japoneses por las colonias. Imagen recuperada de Wikimedia Commons CC BY-SA 3.0

Son historias casi desconocidas. O, más bien, que han decidido no contar.

Historias de los campos de concentración en donde los japoneses tuvieron como prisioneros a los colonizadores neerlandeses en las entonces Indias Orientales Neerlandesas.

No hay origen, pero busco en ellos el origen de mi ser, una mirada que corresponda a la mía, un gesto. Los desentierro y les doy una voz, mi voz.

A mi oma le encantaba bordar en punto de cruz. La trama de su vida la llevó a perder la memoria casi por completo, a ser de nuevo una niña. Con cada hilo que bordaba, intentaba cubrir la tela blanca, raída, que fue el inicio de su juventud.

"Oma en Indonesia". Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

“Oma en Indonesia”. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

Las Indias Orientales Neerlandesas (en neerlandés: Nederlands-Oost-Indië) se fundaron después de una larga ocupación económica y mercantil de parte de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC). Luego de la liquidación de la compañía en 1799, el gobierno de los Países Bajos se encargó de la administración del territorio bajo un modelo colonial hasta 1949, cuando triunfó la Revolución Nacional de Indonesia. En ese entonces, las islas del archipiélago de Indonesia (cuyas islas principales son Java, Bali, Sumatra, Kalimantan [la parte indonesia de Borneo], Sulawesi y parte de Papúa) eran parte de las Indias Orientales Neerlandesas La capital era Batavia, hoy Yakarta.

Los nudos del bordado dependen de mí.

Cruzo un hilo sobre otro. La aguja sube y baja a través de la tela de lino agujereada, una fila de puntos incompletos en diagonal que serán tejidos, matemáticamente trazados, contenidos en un patrón perfectamente medido pero sin color, hecho con símbolos repetitivos, que deberá seguirse al pie de la letra para obtener así un bordado que pueda estabilizar y fijar la imagen en sus agujeros.

Ida y vuelta.

No hay fotos de mis bisabuelos juntos, el día de su boda. Se casaron de forma remota, él desde Java, ella en Ámsterdam.

En el acta de matrimonio de mis bisabuelos se consigna que mi bisabuelo era un joven asistente contable de veintidós años que vivía en Semarang, en las Indias Orientales Neerlandesas desde 1928. Mi bisabuela obtuvo su diploma de educación en 1926 y trabajó como maestra de escuela en varias escuelas de Ámsterdam hasta que se casó en 1930.

Hay una fotografía que muestra solo a mi bisabuela, vestida de blanco, frente a unas puertas de madera, cargando un ramo de flores y con un solo “guante”, sin nadie a su lado. En holandés se le llama a esto trouwen met de handschoen (matrimonio de guante) y era una práctica común en la que frecuentemente el hombre estaba en las Indias Orientales y la mujer en los Países Bajos. Ambos se casaban legalmente, el mismo día, en su propia ciudad.  En ocasiones había un “suplente” como novio de la mujer, el hermano o el primo del novio. Tras el matrimonio de forma remota, mi bisabuela pudo finalmente viajar y reunirse con su ahora esposo. Llegó a Java el 10 de mayo de 1930.

Catharina Wilhelmina Christina Meijer. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

Catharina Wilhelmina Christina Meijer. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

La ida y la vuelta, mi mano, diluida en el movimiento mecánico y la cuenta mental.

Al completar los nudos cedo mi necesidad de contener las figuras en mi mente, mi obsesión, al patrón compuesto por alguien que desconozco, al trazo que resulta repetitivo y monótono.

Ir y venir.

Ella sigue tejiendo su espera.

Mi oma, Elisabeth Christina Dörsch Meijer, nació un 3 de Julio de 1932 en Semarang, una ciudad en la costa norte de la isla de Java. Casi noventa años después, aún conservo un álbum fotográfico en donde su madre Catharina Wilhelmina Christina, mi bisabuela, escribió todos los detalles de su nacimiento y primeros años.

Entre las fotografías y el texto manuscrito en neerlandés, dirigido a mi oma, adivino los detalles de su vida en la isla. La bisabuela le escribe a su hija los pormenores de sus primeros balbuceos, la semana exacta en la que comenzó a sonreír, cuándo empezó a sostener su cabeza por sí sola, las enfermedades que tuvo y sus primeras palabras. Hay una tabla de sus medidas y peso y otra del mes en el que cada diente le brotó.

Las fotografías muestran a la naciente familia con su primera hija, alternando entre los paisajes tropicales llenos de palmeras de Indonesia y los árboles sin hojas del invierno de los Países Bajos, en donde frecuentemente pasaban algunos meses al año.

Mi tío abuelo, Jan Siebold Dörsch Meijer nació un 27 de mayo de 1939, siete años después que su hermana mayor, en Nieuw Tjandi, una zona residencial de Semarang.

Johanes Thomas Dorsch. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

Johanes Thomas Dorsch. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

En Europa, llegó en 1940 la Segunda Guerra Mundial hasta los Países Bajos. El ejército nazi ocupó el país en mayo de 1940. La suerte de las colonias también cambiaría muy pronto.

Mis bisabuelos, que tenían planes de viajar, lo cancelaron todo. El contacto entre la colonia y Europa era muy esporádico. El mundo se aisló y al mismo tiempo se volvió interdependiente, dada la necesidad de recursos y materias primas para la guerra. Los japoneses intentaron presionar al sudeste asiático porque querían agenciarse sobre todo su caucho y su abundante petróleo, materias que necesitaban para sus campañas militares. A su vez, era muy importante para el imperio japonés mantener separados y lejos de toda influencia europea a la población local asiática, para que no hubiera actos de sabotaje. Querían humillar a los occidentales y vengarse también por los campos en donde internaron a ciudadanos japoneses o de ascendencia japonesa en otros países como en los Estados Unidos.

La amenaza de la guerra se acercó al sudeste asiático de forma frontal después del ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. La población local todavía tenía fe en el ejército y la marina neerlandesa para defender los territorios coloniales. Pero a partir de diciembre, la región colapsó. Los japoneses atacaron las Filipinas y bombardearon Manila. Cayó Singapur, que era considerado un territorio invulnerable. Ocuparon Borneo y otras áreas clave para la extracción del petróleo.

Al escuchar estas noticias, en las Indias Orientales Neerlandesas mucha gente decidió construir albergues en contra de bombas y pronto comenzaron los bombardeos aéreos. Todo eran noticias por radio. Se escuchaba el mensaje: “Estén preparados”. Alrededor, barcos de guerra y aliados estaban combatiendo para defender el mar de Java.

Era la isla en donde nació, en donde creció. La isla de su infancia, de sus años formativos. ¿Cómo sería el bordado de las líneas invasoras, acercándose a la velocidad de un rayo, asediando las casas por aire y por tierra? ¿Se puede delinear un quiebre de un mundo, tan radical? Y no poder volver ya nunca atrás, a la plácida serenidad de la amistad, la escuela, andar en bicicleta, las visitas sociales, una vida en paz.

En una entrevista que le hice a mi oma en 2005, muy poco antes de que el alzhéimer comenzara a carcomer sus recuerdos, me contó que cuando había alarma de bombas por la presencia de aviones japoneses en el aire, ella y su familia se metían debajo de la mesa para estar un poco protegidos. Eso es todo lo que recuerdo. Fue poco tiempo y muy rápido los japoneses ocuparon por lo menos la isla de Java, en donde yo vivía.

El 28 de febrero los japoneses llegaron por barco a invadir, por tres flancos distintos, la isla de Java. Apenas unos días después, el 9 de marzo de 1942, Java cayó oficialmente bajo el mando de los japoneses. El General Ter Poorten, oficial comandante del ejército neerlandés firmó la rendición incondicional. Dada la “incondicionalidad” de la rendición, para el ejército japonés se abrieron todas las puertas. Confiscaron todas las casas de los colonizadores y los pobladores locales de las regiones periféricas saquearon todas las residencias que yacían solas, tras la invasión. Rápidamente se llevaron a todos los hombres a campos de prisioneros de guerra. A los que se unieron a la resistencia, les fue peor. En las ciudades, cerraron las escuelas. Las familias de neerlandeses se mudaron juntas para ahorrar y para sobrevivir en comunidad.

A mi bisabuelo lo aprisionaron en su último refugio, en la compañía tabacalera Ketandan, cerca de Klaten, apenas un día después de la rendición, el 10 de marzo de 1942.

(Fuente: openarchives.nl)

(Fuente: openarchives.nl)

 

A finales del mismo año se llevaron también a mi bisabuela, a mi oma y a su hermano de menos de tres años a los campos. Oom Jan cuenta que, junto con otros 450 mujeres y niños, los mandaron a un campo de prisioneros civiles en Soemowono al noreste de Ambarawa, localizado en un campo militar en donde antes entrenaban los oficiales de la armada neerlandesa de artillería. 1

Se estima que más de 130,000 civiles aliados (50,000 hombres, 42,000 mujeres y 40,000 niños) estuvieron internados en las Indias Orientales durante la Segunda Guerra Mundial.2 La mayoría eran ciudadanos neerlandeses. Más de 14,000 civiles internos murieron como resultado del confinamiento. Estaban detenidos en más de 350 campos en las distintas islas y las condiciones eran diferentes en cada lugar, dependiendo de los oficiales a cargo y de las instalaciones.

A nosotros nos llevaron a un lugar que yo ahora creo que eran barracas de militares, unos lugares grandes sin nada, nada más camas. Ahí vivimos varias familias.

Los hombres ya estaban en otros campamentos, luego hicieron campamentos de niños, y los metieron junto a hombres viejos. Primero sacaron a los de dieciséis años, luego a los de catorce y si mal no recuerdo, al final hasta a los de doce los separaron de sus mamás y los pusieron en los campos de concentración, donde tenían hombres ya de edad avanzada.

Hay un recuento publicado de otro testigo que estuvo en el mismo campo, Dieuwke Wendelaar Bonga,3 que cuenta que el campo de Soemowono estaba construido sobre las laderas de una cordillera, a modo de terraza. Había largas galerías cubiertas que iban de barraca a barraca con escalones entre ellas y el campo se inclinaba cuesta abajo. En el centro había espacio de almacenamiento, abajo estaban las cocinas y en la parte inferior los establos de caballos, vacíos. El campo estaba rodeado por completo con alambre de púas. En cada barraca había aproximadamente sesenta y cinco personas, dependiendo del tamaño de las familias, y en total había unas ochocientas mujeres y niños.

"Oma y oom Jan". Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

“Oma y oom Jan”. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.

Oom Jan no escribió casi nada sobre la vida diaria en los campos, quizás porque era muy pequeño como para recordarlo. Y mi oma no era alguien que contara casi nada sobre su vida durante esos dos años, pero en esa entrevista grabada me contó algunos detalles sobre la vida diaria en los campos en donde los tuvieron como prisioneros los japoneses.

El desayuno era una especie de engrudo, y allá en Indonesia tenían un azúcar, parecido al piloncillo de aquí, y lo metían derretido en el engrudo. La comida era arroz blanco, sin nada, y una especie de chícharos verdes secos. Si mal no recuerdo esto era todo lo que nos daban de comer. La comida venía en tambores grandes, pasabas con tu platito y las mismas señoras lo servían. Pero era de tal forma el hambre que las mujeres se quejaban, “a ella le quedó un poco de arroz en la cuchara, eso me toca a mí”. Tenían hambre, todos querían la mayor cantidad posible de comida.

Había una señora que tenía muchos hijos y que atrapaban ratas. Como no tenía aceite para freír, aceite de comida, ella todavía guardaba aceite de bacalao del que le daban a sus hijos. Guisaba las ratas en un anafre de carbón y entonces hacía un calor insoportable en las barracas cuando las freía en el aceite de bacalao. Era una peste… y todo el lugar en donde estábamos olía a eso.

Los baños eran como letrinas, había un chorrito de agua que andaba y a los lados ponías los pies, te sentabas y hacías lo que tenías que hacer. Te limpiabas con agua, porque papel de baño no había. Tampoco había regaderas, había lugares grandes con agua, y tú con una cubetita con un mango, te echabas el agua.

Las mujeres cocinaban con lo que hubiera, porque todos teníamos hambre. Recuerdo que una amiga y yo cultivamos en un pedazo de tierra espinacas, lechuga, y jitomates. No me preguntes de dónde saqué las primeras semillas, no recuerdo, alguien debe de haberlas tenido, o a lo mejor fuimos a la cocina y las encontramos. Queríamos tener algo más saludable de comer. Y te voy a decir algo: como en la noche, esto era especial para los niños, era peligroso ir a las letrinas en la oscuridad, teníamos bacinicas. Y esto acabó siendo el abono para las plantas. ¡Y sí sirvió!

Para cocinar, buscábamos ramas o algo, y si ya no encontrábamos, teníamos camas que estaban hechas de tablas de madera y encima estaba puesto el colchón. Quitaban una tabla y se dividían bien las demás. Al final ya casi no había tablas, apenas aguantaba el colchón.

Te puedo decir que mi mamá, como ella era maestra, a mi hermano y a un niño de una amiga de ella de la misma edad, que estaban en edad de ir a la escuela, les enseñó a leer y a escribir. No tenían cuadernos, entonces usaban unos blocs que eran originalmente para apuntar los puntos en el bridge. Con lápiz, trazó las dobles rayas en las hojas y les enseñó a escribir.

En las mañanas teníamos que formarnos y luego cuando llegaban los soldados japoneses, teníamos que ponernos en atención y en posición de ¡firmes! Nos teníamos que inclinar, pararnos, y luego quedarnos en posición de descanso. Nos formábamos en filas y los de enfrente tenían que contar en japonés: ichi, ni, san, shi, go, roku. Tenías que pararte, como los militares, y hacer así: kiwotsuke (¡atención!), keirei (hacer una reverencia), naore (en descanso). Por lo que yo recuerdo.

Oom Jan cuenta que el 14 de marzo de 1944 los cambiaron de campo y los enviaron al campo 6 de Ambarawa, en donde los detuvieron hasta mucho después de la liberación en agosto de 1945. Describe que la situación en el campo estaba empeorando, la gente estaba enferma de malaria, disentería, diarrea, paperas, sarampión o simplemente estaba completamente desnutrida. Los obligaban a estar de pie horas bajo el sol para cuando pasaban lista. A veces encerraban a las mujeres y las golpeaban durante días en espacios pequeños, a modo de castigo. Y como llegaban nuevas familias de otros campos, había cada vez menos espacio y no había privacidad. Oom Jan detalla que su madre lo obligaba a comer chiles porque tenían muchas vitaminas y hasta la fecha no le gusta comer nada con chile.

Mi madre me dice que oom Jan tiene muchos problemas de vista. En los años de crecimiento también los tenía, pero no se los detectaron ni se los trataron a edad temprana porque estaba en el campo y no fue a la escuela de forma normal. Pero de joven ya no tenían remedio esos problemas. Como consecuencia, ya le han hecho varias operaciones de la vista.

Wendelaar anota que el campo 6 de Ambarawa al que los trasladaron era mucho más rígido. Desde un inicio les dijeron que eran oficialmente prisioneros de guerra y tenían que seguir las reglas militares. El comandante era un japonés coreano que describe como “sádico” y que golpeaba a las mujeres por cometer cualquier error. Este campo había sido un viejo hospital y estaba en muy malas condiciones, además de tener que albergar a muchas más personas.

Mi oma nunca habló de la crueldad de los soldados ni de los ejercicios forzados que los obligaban a hacer, pese a estar todos malnutridos y anémicos, repitiendo los números en japonés. No habló nunca de los trabajos forzados que obligaban a todos a hacer ni de las golpizas que les daban cuando cualquier cosa no estaba como ellos querían. No me contó de las visitas sorpresa en las que revisaban todas sus pertenencias y cómo tenían que esconder lo poco que aún guardaban, debajo de los colchones. No sabía de las miles de mujeres y niños que murieron por enfermedades o por desnutrición y cómo las tenían que enterrar, ahí mismo. Quizás eso era lo que tejía, quizás por eso no hablaba mucho, quizás por eso perdió la memoria, definitivamente.

Japón capituló el 15 de agosto de 1945, después de ser víctimas de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. En los campos, no se supo esto hasta semanas más tarde. Desde aviones, los aliados lanzaron panfletos para anunciar la rendición. La actitud de los soldados japoneses cambió rápidamente. Había más comida y hasta medicinas para repartir.

A fines de 1945, después de la liberación, llevaron a todos los residentes a Semarang y los transportaron en barco o avión a Batavia (Yakarta), a otro campo. No fue sino hasta el 14 de marzo de 1946 que mi oma, su hermano y su madre tomaron un barco que transportaba tropas de guerra hacia los Países Bajos. El mismo día, sin que ellos lo supieran, mi bisabuelo salió también del puerto de Singapur, con el mismo destino.

A mi papá, cuando empezó la guerra, lo pusieron en el ejército y no supimos nada de él. Después escuchamos que los japoneses los internaron y él estuvo en el ferrocarril de Burma, haciendo trabajos forzados. Era un ferrocarril famoso en esa época.

Mi madre me contó que su opa, su abuelo, le contó que los prisioneros a los que se llevaron a trabajar en el ferrocarril de Birmania tenían también que comer ratas muchas veces. Que las cocinaban solo al calor de las brasas y se las comían, porque no tenían alimentos y necesitaban proteína. Uno de los traumas de guerra que le quedó es que se le fue la voz. Era algún problema que tenía. Cuando lo conocí, te hablaba muy quedito, se le iba la voz y de pronto alzaba la voz, le regresaba. De niña él hablaba así, se le iba, le regresaba y volvía a tener voz. Y no era ningún problema físico, era un problema de trauma de guerra que tenía, porque después le hicieron estudios y le dijeron que era algún trauma de guerra que no se le pudo corregir.

Y lo volvimos a ver ya cuando después de la guerra cuando nos fuimos en barco. Estábamos camino a Holanda. Los barcos siempre se paraban en Port Said o en Suez, en el canal. Estábamos ahí, atracados, y de repente por el altavoz escuchamos que le estaban hablando a la señora Dörsch, porque estaba su esposo en la zona en donde subes al barco. Yo nada más le grité a mi mamá: ¡tienes que ir allá! ¡Yo voy porque es papá! Yo fui la primera que lo saludé. Así fue como lo volvimos a ver después de varios años. Nada más fue un rato porque él estaba en otro barco, se tuvo que ir. Nos reunimos ya llegando a Holanda.

El 14 de abril de 1946 atracó el barco de mi oma y su familia en Ámsterdam y el de mi bisabuelo llegó el día 19 a Rotterdam. Por fortuna, estaban juntos y vivos.

No fue la misma fortuna la de muchísimas familias que regresaron, incompletas. Cuyos bordados y tramas fueron interrumpidas, para siempre, por una guerra lejana, por ambiciones incomprensibles.

Regresé a Holanda, fuimos a vivir en casa de mi abuela, porque en Holanda ahí también pasaron la guerra con los alemanes y no había suficientes casas y mis papás volvieron unos años a Indonesia y yo me quedé en Holanda para ir a la escuela.

A pesar de buscar trabajo, mi bisabuelo no logró que lo contrataran en ningún lado tanto porque había una escasez de trabajos como porque sus diplomas de las Indias no eran válidos para trabajar en su país natal. Así fue como se fraguó el plan de regresar de nuevo, después de todo, de volver a Indonesia. Según oom Jan, en 1947 su padre encontró un trabajo en Medan, Sumatra del norte y, poco después, él y su madre lo siguieron para instalarse de nuevo en la colonia.

Mi oma no se quedó con su abuela en Bloemendaal, sino con los vecinos de su abuela, una familia que no tenía hijos.

Los años siguientes en las Indias Orientales los describe oom Jan como buenos años con muchas comodidades, hasta el periodo de la segunda acción policial en la que los republicanos ocuparon Djokja y los Países Bajos se vieron obligados a reiniciar las negociaciones sobre la independencia de Indonesia. En ese entonces, vivían en Boolweg y cuando la independencia se acercó, la familia planeó su retorno definitivo a los Países Bajos hacia octubre de 1949.

Nunca volvieron a mencionar nada acerca de los campos y mi oma decía que era muy niña, no me acuerdo de mucho, no sé nada al respecto. De hecho, mi oma (no sé si conscientemente o no) me dijo en la entrevista que le hice que ella tenía seis o siete años cuando estuvo en los campos. Pero las fechas y la matemática no concuerdan. Ella tenía ya diez años cuando se los llevaron a los campos y trece cuando salió. Pero no hablaba de ello con nadie. Tampoco se consigna nada sobre los años de los campos de concentración en los álbumes de fotos ni en ningún documento, excepto la cartilla de prisionero de mi bisabuelo, escrita en inglés, holandés y japonés. Oom Jan le llama a esto el “Indisch zwijgen”, el callarse, el silencio, la negación de su experiencia en Indonesia. Si no lo cuentas, no existe.

Por eso lo cuento, aquí, hoy, ochenta años después, dos o tres generaciones después. No es mi historia pero es mi historia, que he ido descubriendo a lo largo de los años, a fuerza de preguntarle a diferentes personas y de investigar datos en línea, leyendo testimonios de otros sobrevivientes.

El tejido va y viene. Una cruz que se completa de abajo para arriba, para cubrir la ausencia, lo que nunca se contó.

No hay origen, pero ellas y ellos son mi silencio, mi herencia llena de agujeros.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Portada del libro "Encuéntrame afuera" Cristian Lagunas.
Portada del libro “Encuéntrame afuera”, Cristian Lagunas. Tierra Adentro.

PARQUES LINEALES

 

Qué hermosa la policía montada, la miel de maple, el guardabosques, una fila de caballos que tira con fuerza, como si me deslizara en trineo, por las calles de Montreal. Es invierno y camino sin mirar a ningún lado. Me dirijo a prisa hacia el departamento que alquilo en Rosemont, el antiguo barrio de mi hermano. Tiene balcón, piso de madera, un asador: lo suficiente para hacer una vida y, sin embargo, lo único que me agrada es contemplar desde ahí el estadio olímpico. Soy fan deNadia Comăneci y una de esas personas que usa cupones de descuento en el supermercado. Mis vecinos, como buenos canadienses, no usan botas dentro del hogar, las dejan en el pasillo. No imaginan que a veces, cuando subo las escaleras, las miro —inspecciono las agujetas, el forro, las levanto rápido—. Poco saben de mí. Yo tengo una forma de saber cómo son.

Avalancha en la lengua. Llego a casa por fin con mi bolsa del súper llena de fruta y caramelos. Ahí está Tiago, mi compañero de departamento. Insiste en hacer para los dos, con su escobita, un lugar habitable. Vino de São Paulo, es un prometedor astrofísico. Tiene sueños. Proyectos. Lo saludo breve:

—Gracias por limpiar.

Y me apresuro al cuarto.

Lo primero que hago es desnudarme, botar la ropa entre los platos sucios que se acumulan junto a la cama. No me molesto en recoger los pañuelos usados, los envoltorios de condones, los corazones de manzana que le dan a la habitación un olor ácido y se descomponen poco a poco. Tengo fastidio y me tiro sobre el edredón a ver mi mapa anexo a la Guía Michelin de la ciudad.

Con plumón rojo señalé las áreas verdes, esas que le gustan mucho a mi hermano, experto en parques, fascinado desde siempre por el pasto, las flores, las ardillas, por los zapatos de nieve que nunca, bajo ningún pretexto, habríamos usado en México. Fulminado por su necesidad bucólica, se hizo el quebecois diez años. Después se fue no sé a dónde. Él sale de escena, yo aparezco. Hice el equipaje y vine al país del norte solo después de que se marchara. El pretexto una beca, mi tesis sobre inmigración francófona, siglo XVIII: algo que nunca, nadie, va a leer.

El mapa muestra dos cosas: las zonas de oxígeno puro y las de asfalto. Ver los trazos de Montreal es ver una parte de mi familia. Montreal, como mi familia, me produce sospechas: nada bueno puede ofrecer un sitio que se congela año con año, que se convierte en un refrigerador mohoso, lleno de conservas. Lo miro con cuidado, desde Longueuil hasta Dollard-Des-Ormeaux y pienso vaya nombres impronunciables, vaya ciudad tan fea, de líneas perfectas, llena de gente alta. De pronto ya tengo bruxismo, el papel a medio milímetro de la cara, como si eso pudiera ayudarme, acercarme a lo que quiero.

Otro día sin hallazgos. El mapa en el suelo. Voy a la ventana. El estadio ahí, iluminado. Abajo la calle. Exhalo. Imagino que alguien pasa y me sostiene la mirada, un par de ojos lascivos que me invitan a perderme en los senderos del jardín botánico, oscuros antes de la hora de cierre, pero se van los minutos, nadie pasa.

Creo que es momento. Una dosis no me vendrá mal. En el teléfono, mensajes pendientes de mamá y la asesora de tesis. Los ignoro. Voy directo a la galería y deslizo los retratos de Olivier, mi sobrino, un niño de la provincia de Quebec, mitad mexicano, mitad leñador. Desaparecido también, junto a mi hermano y su esposa. Me arrastro a la cama, paso las fotos una por una: brazo fracturado, diente de leche, raquetas. La mandíbula se relaja. Disfruto ampliar con los dedos, hay detalles muy pequeños al fondo y los miro bien. Por fin la avalancha sale, mi aliento sobre el colchón. Mi sobrino a sus cinco años, a los seis años, a los tres meses de nacido. Mi sobrino saludándome con su manita pálida. Lo miro y pienso: se parece a mí, no a mi hermano, tiene mi cabello y mis ojos, los hoyuelos que se me forman al sonreír.

Cuando termino de ver las fotos ya es de noche, nada ha cambiado, sigo a solas. Me muerdo los labios. No me daré por vencido todavía. Mañana seguiré buscando. El resto del invierno y lo que venga después. Planeo con mucho detalle lo que haré: algo hermoso será. Y me dan escalofríos. Aquí no hay calefactor.

 

Me despierta el pitido de las grúas quitanieves que retroceden y avanzan sobre la avenida. Las conducen haitianos, musulmanes. A veces los saludo, intercambiamos palabras como si fuéramos amigos. Ellos saben de anonimato. Miércoles, media semana, ayer bebí. Una botella de vino blanco entera. Eso quiere decir sensación de fracaso, decir nadie estuvo en casa, compartió su cuerpo con el mío, hoy vulnerable, poco cubierto. Voy con retraso, la asesora me va a matar con su sermón, me intoxicará si no me tempero rápido bajo el agua. Uso los mismos calcetines de ayer, le robo a Tiago cereal, germen de alfalfa: lo como a puños. Imagino lo que podría decir a un guardia forestal, a un gendarme: si es un crimen ser un hombre que desayuna solo, señor, si es un crimen ser alguien que se peina el cabello con cera frente al espejo porque desea entender la belleza contemporánea, entonces, le diría, venga por mí.

La sed me invade mientras bajo las escaleras, los vecinos se fueron. Hay rituales de todos los días: tener la lengua seca, abrir la puerta de acero del edificio, salir a la intemperie. Es difícil. El viento es difícil, pero necesario. Entre el departamento y la parada de autobús hay un jardín de niños. A veces mi paso coincide con la clase de educación física. Voy siempre encorvado de frío, pero los niños pueden darle vueltas al patio, subir las manos como si estuvieran diseñados para la temperatura. Hoy no hay nadie, sin embargo. Algunos días, cuando paso por aquí, imagino a Olivier hacer deporte. Quizá la escuela que está en el cruce de la Vingt-cinquième Avenue y el Boulevard era la suya. No puedo asegurarlo.

Junto monedas y hago fila. El autobús llega pronto. Elijo uno de los asientos de atrás. Cuando el chofer pisa el acelerador, giro la cabeza y contemplo un detalle, algo de lo que no me había percatado: ninguna reja circunda la escuela, entre el patio de nieve y la calle no se interpone nada. Nadie se roba a los niños en Quebec, decía mi hermano, en Montreal todo está bien.

Me muerdo las uñas hasta llegar al semáforo.

Atravieso a paso rápido el estacionamiento del campus universitario. Está lleno de estudiantes de posgrado internacionales, coeficientes que se arruinan por el tabaco y el exceso de libros, los llevan de un lado a otro, son jóvenes, disfrutan las bicicletas. Aquí hay espacio para todos. Me excuso con mi asesora de tesis, su oficina huele a avellanas.

—Nicole, estoy atorado con el capítulo.

—No desistas, Alfonsó —me dice.

Es Alfonso, sin acento, le quiero decir, pero de inmediato suelta un “no perdamos el tiempo”, me sepulta bajo una pila de artículos que fotocopió para mí. Tan pronto abre la boca da nombres, fechas, su voz es la de un pato que da vueltas en círculo, nunca se agota. Me tenso de a poco en la silla de cuero, olvido los graznidos, no puedo dejar de pensar en el patio del jardín de niños, en la reja, cuál sería la diferencia si hubiera una reja entre el patio y la calle. Eso es lo más importante, no me interesa leer, a nadie le importa el siglo XVIII, ni siquiera noto cuando Nicole cambia el tema y comienza a hablar de su divorcio, como cada vez que estoy aquí. Levanto los ojos. Es vieja, está sola, qué desgracia, el marido la dejó después de cuarenta años juntos. Me gustaría ofrecerle un pañuelo, darle una lata de galletas, hacer que de una vez por todas me deje en paz.

—Désolé, madame —le digo—, pero tengo que recoger a mi hijo en la escuela, hoy vamos a la pista de hielo.

—Saludos a tu bebé —me dice.

Le sonrío. Yo soy uno de los pocos estudiantes que la escucha y llega acicalado a la oficina; eso basta para que piense que soy padre y tengo ocupaciones, para que me deje entregarle incompleto el avance. Está convencida de que el omega 3 de las avellanas la volverá joven, se conforma con las fotos de Olivier que le mando en momentos apropiados, me responde con corazones.

En el pasillo no soporto el cuchicheo de los estudiantes. El cúmulo de información me arrastra y me obliga a encerrarme en el baño. Tengo una paletita de cereza en la boca y me bajo los pantalones. Extiendo mi mapa. Dieciocho parques en tres meses, varias visitas a cada uno y todavía pocas pistas, qué ganas de arrancarme los ojos, no puedo creer que haya llegado el invierno, de ser verano todo sería claro, habría color, pero tengo que conformarme. Tranquilo, me digo, vas a terminar la tesis, mamá va a estar orgullosa de ti. Me atraganto la risa. Por supuesto, por primera vez orgullosa de mí. Mamá diciendo, también estás en Montreal como tu hermano, qué bueno, hasta que decides hacer algo de tu vida. Es como si la escuchara ahora. Y si pudiera responder, diría: esto es lo que hago de mi vida: selecciono un parque cercano a la ruta transcanadiense, el Parc Jarry, con la ilusión de recorrerlo entero, agotarme los músculos trotándolo. Encontraré algo, le diría, ya verás.

Un estudiante toca la puerta del cubículo con urgencia, me insulta, dice que ya me tardé. Da igual. Hace mucho que terminé, pero me quedo más tiempo solo para disgustarlo. Imagino los adoquines del parque, sus formas hexagonales; deliro como heroinómano ansioso de piquetes. Cuando esté ahí voy a respirar fuerte para que no se me baje la presión: el aire de esta ciudad me da asma; el río Saint Laurent, conjuntivitis. Aborrezco sentarme en bancas congeladas a comer pechuga de pollo y arúgula en un tupperware, el tenedor frío chocando con mis dientes.

Es la única forma de seguir la búsqueda: en los parques hay niños. Desde las bancas los miro. Hay padres, en los parques, que aman sin condición. Y los miro también. Salgo del baño y ni siquiera le hago caso al estudiante enfurecido, diarreico de notas al pie.

Él no tiene nada; yo dos cosas: fotos y parques.

Tengo que hacerme sentir.

Olivier, el cabello rubio, corto al ras.

Sentir. Como si pudiera, yo, ser algo que no soy. Que no seré. Nunca. Perdón, mamá.

 

El lunes tormenta de nieve. Encerrados Tiago y yo sin hablar, fumando en extremos contrarios. El martes, alerta de catástrofe meteorológica, sopa instantánea, doscientas lagartijas. El miércoles ya parece otra era. Nos gastamos junto al asador, en ropa deportiva. Y el jueves la ciudad bombardeada, en calma, nada en el cielo, imposible saber el rencor que se oculta bajo las superficies, la forma en que mis músculos se atrofian. Tres días y ya me quiero morir.

Coucou, les amis! Es hora de marcharse. A las dos de la tarde monto el autobús de la Societé de Transport, reaparezco. Entro de puntitas al bosque. Parque La Fontaine y tengo un gorro bolchevique puesto, me doy asco, es ridículo, no estoy en Siberia, pero luzco como bailarín de danza clásica, Anna Pávlova, un especialista, Olga Korbut en la viga de equilibrio. No puedo resbalar. El parque está cubierto de blanco, es como Disneylandia en glaciación, es complejo recorrerlo. Los trabajadores palean la nieve, despejan los senderos, buscan concentrados un tesoro. Tenemos la piel reseca. No ocultamos la ambición.

Los trabajadores del ayuntamiento ganan poco y, como yo, desean la primavera. Al aproximarme me interesa su trabajo, por nimio: mover nieve es inútil si va a derretirse, si llega cada vez más y más. A principios de abril cortarán setos, mantendrán el pasto.

No puedo evitarlo, me acerco a uno y le pregunto si le puedo dar unas paladas a la nieve.

Me muestro ansioso, a veces uno se debe al cuerpo.

—Si usted quiere, patrón —me dice.

—Deme acá.

Hundo la pala, necesito trabajar los brazos, estirar los dorsales, solo así, alguien, me notará. Me concentro, apenas levanto el brazo me siento niño otra vez con mi hermano, excavando en el jardín para enterrar a nuestro foxhound recién muerto, siguiendo por la banqueta para llegar al otro lado de una avenida congestionada, no respetando los semáforos en verde, moliéndonos los ojos a puñetazos. Recuerdo y el hielo cae, estalla, forma un relieve. Me acelero como si estuviera en el casino. Podría hacer esto toda la vida, me digo, no escuchar, no hablar con nadie. No es imposible sudar a doce grados bajo cero.

Una vez que reúno el calor suficiente devuelvo la pala. El hombre tiene un mostacho.

—Me gusta su gorro —dice—, yo también voto por la izquierda.

—Gracias, patrón —le digo limpiándome la frente.

Como si fuéramos el mismo.

Me alejo. Busco caramelos en el bolsillo del abrigo, me pongo los guantes. Dejé de sentir las manos en esta ciudad hace tanto. Me cuesta llevarme los dulces a la boca. No quiero recordar más. Si lo hago voy a regresar al trabajo físico hasta que me ardan los antebrazos, acabaré con toda la nieve de la provincia.

Si regresara y le dijera al hombre que compré el gorro ruso en una tienda lujosa, en uno de los túneles subterráneos, entre Square Victoria y Bonaventure, me odiaría. Suelo pasear a veces por esos túneles, conectan varias estaciones de metro, están llenos de tiendas, cafés, museos. No hace falta la intemperie ahí. Soy un topo, a oscuras, entre la gente. Uso la tarjeta de crédito una que otra vez.

Voy a trote. Hay sol, a pesar de todo. Doscientos metros, cardio, tengo que comprarme unas nuevas botas pronto, ya agoté las que tengo. Escucho el ladrido de un perro, giro la cabeza de inmediato: es idéntico al de nuestro pequeño foxhound. ¿Qué es esto? Enfoco la mirada. Una mujer castaña le avienta un frisbee al perrito. Él va, vuelve frenético, dejando huellas. Hay un niño, también. El hijo. Ahí está. Una inspección. No se parece a Olivier, es moreno. El perro, concluyo, no se parece al foxhound, es un labrador. El semblante del niño, sin embargo, se parece al mío. Años atrás.

Y me provoca acercarme, hacer comentarios sobre el clima, ganarme su complicidad, decir yo también tuve un perro como este, era enérgico, nos daba cariño, pero me quedo plantado en los adoquines, las manos en puño. De qué sirve salir si la distancia entre nosotros nunca se diluye. Ojalá pudiera aproximarme al niño —calculo que tiene siete años— y darle consejos para andar sobre la nieve. Cómo es hacer eso con un hijo, quiero saber. Estar en la feria. Caramelos de anís, menta en la boca del padre y el bebé, algodón de azúcar. El cuerpo me invita al avance, pero me bloqueo. Persiste el paleo de la nieve, a lo lejos, todavía, como un taladro.

Un hombre alto se acerca, hace lo que yo no. Tiene barba. Es bello y besa a la mujer, carga al niño en hombros. El niño mira directo al sol, levanta el brazo y enseguida, el dedo índice. El padre muestra la dirección, se van todos, yo me quedo. Me dan náuseas. Debajo del abrigo estoy húmedo.

Y es ahí cuando escupo, uno por uno, los caramelos.

Sobre la nieve son rojos, azules. Ya no son míos.

 

Frente a la máquina expendedora de jugos en la estación Berri-UQAM. No voy a pasar a la universidad, comer avellanas, pretender que leo en la biblioteca del campus hasta que me ardan los ojos. Solo quiero un jugo y meto dinero a la máquina. Hay naranjas frescas dentro, la gente pasa. Las frutas se deslizan por una banda, son cortadas, me entregan un líquido caro y lujoso. No es temporada, no es mi país.

Un verano, a los seis, Olivier visitó México, mamá se caía del gusto, a pesar de que no podía comunicarse con él, ni con mi cuñada, porque no hablaban español. Mientras mamá, su nuera y su hijo, traducción mediante, bebían martinis, me dejaron llevar a Olivier de paseo. El día entero para nosotros. Los jueguitos del centro comercial, la tienda de bicicletas. Quise comprarle una, verlo moverse rápido por las banquetas de la Colonia del Valle. Luego McDonald’s, nuggets, chocolate, nuestro amor por la diabetes y el cartón. Me jaló de la pierna: —Alfonsó, ven, ven— hasta los túneles de plástico. No he podido olvidar su exhibición de urgencia, su necesidad de alberca de pelotas, como si fuera un adicto al cigarro con síndrome de abstinencia, igual que su padre.

Imposible negarse a las peticiones de un niño. Lo dejé entrar a los toboganes, irse, una y otra vez, pero lo perdí de vista sin darme cuenta, las papas rebosando grasa mientras los niños, todos menos él, salían de la boca del tobogán y volvían a esconderse. No pude introducirme en el laberinto de túneles, me abrumaba no encontrarlo entre el plástico sucio y lleno de gérmenes. Los brazos en parálisis, el ojo izquierdo saliéndose de la cuenca. Un momento de distracción y todo había cambiado. Hice preguntas, di características. Ninguno de los niños lo había visto. Pensé salir del restaurante y atravesar a toda prisa Insurgentes hasta el Parque Hundido. Quizá estaría ahí, se lo habría llevado algún hombre.

En México nada está bien, le respondía yo a mi hermano, en México te pueden robar lo que sea.

Olivier, escapado de mi vista, se habría ido con alguien, pensé, habría recordado alguno de los parques de Montreal, sucumbido por la promesa del verde. Ese alguien lo habría llevado en un auto fuera de la ciudad, le habría dado un caramelo, después maniatado. En una cabaña, me dije. Sí, a mitad del bosque. Y lo peor: le habría hecho cosquillas.

No sucedió así. Alguien me informó:

—Ahí está su hijo.

Olivier había ido al baño por su cuenta. Regresaba descalzo hacia mí. Una escena de reencuentro en un McDonald’s, kilómetros de separación, años, décadas, un cuerpo contra el otro, un abrazo, la voracidad de las uñas enterrándose en la playerita a rayas.

—No te vayas sin pedir permiso, ¿de acuerdo?

Le acerqué el jugo.

—Debes tener sed.

Lo incliné contra su boca. Me lo arrebató.

—Yo puedo tomar solo.

Y lo miré beber, volviendo en mí.

Lo hizo de un trago. Era de naranja.

La gente apurada pasa por todas partes en esta conexión de metro. Nadie quiere perder el siguiente tren. La máquina chirría y el jugo cae rápido al vasito reciclable. Me desquicia, algunas veces, todavía, pensar en aquella tarde. En la posibilidad del cuidado. Necesito llenarme, golpearme el pecho con satisfacción, saciar. Palear nieve es complejo, requiere energía y afrenta.

Tomo el jugo a prisa, me inclino hacia atrás.

Tiro el vasito al piso de la estación.

Me integro a la multitud.

En el metro acidez estomacal. Un grupo de adolescentes molesta a una estudiante musulmana como si ocultara un kaláshnikov en su bolsa. La asesora acaba de enviarme un mensaje, me pide el avance, interesada en migraciones, notas al pie, no la soporto a veces, su labial caro en la foto miniatura me provoca enterrarla en la nieve. Prochaine station, una anciana me pide que le ceda el asiento a pesar de todos los espacios disponibles. Lo hago, me acomodo junto a las puertas, me miro la barba en el reflejo, nunca la recorto. Le envío a la asesora una foto de Olivier con el brazo roto: perdón, Nicole, se cayó de las escaleras, estoy triste, pero avanzando en la tesis, te llevo el capítulo la próxima semana. “Pero mon Dieu, cuida a ese bebé” escribe ella.

Me encanta que se preocupe. Le voy a comprar un frasco de avellanas.

—Ya te vas a la yihad, terrorista —le dicen a la estudiante.

Nadie la ayuda.

Me río con estrépito. Diez segundos, quince. Nicole me ha tomado en serio una vez más. Un veneno. Contamino el espacio. Medio minuto y no puedo parar. Los estudiantes y la chica de velo giran, bajan el volumen, se olvidan de su juego de púberes, apenas les sale la barba, pero yo in crescendo, intoxicado.

Imbéciles. Nunca escribirán una tesis, lo sé, a lo mucho van a llegar a la prisión local.

Miro a la chica un momento. Cuando llegamos a la estación Laurier sale del vagón disparada, se abre paso con el bolso a cuestas y se aleja corriendo.

Yo bajaré en la siguiente.

 

Ciudad sin mapa no es ciudad. Áreas verdes sin ciudad, qué son: un bosque. Y yo, uno solo con mi mapa, pero no vine como turista, a pesar de que los quebecois se detienen, me interrumpen el flujo de pensamiento, “tout va bien, t’es perdu?”. No estoy perdido, idiotas, estoy pensando. Cada vez más tiempo fuera, mirando los restaurantes cerrados. La gente va en zigzag desconcertada, el viento les tira las orejeras. Estoy en el antiguo distrito financiero, chocolate en la bolsa y sé que no puedo equivocarme esta vez.

Camino próximo a la reja de malla y paso el puño por el metal hasta sentir los nudillos. Entro al parque, busco los toboganes y las ruedas giratorias como un perro que identifica trozos de carne en algún sitio y no sabe qué dirección tomar. Entonces al fondo, entre los árboles, los encuentro. Me apresuro. Resbalo. Casi me orino. Golpeo mi teléfono con los dedos, funciona mal con el clima. Recorro las fotos, las he estado viendo en casa, regresivo, identificando sitios. Y al ver el pasamanos frente a mí, lo sé: Olivier estuvo aquí. A los cinco años se colgó de él y le tomaron una foto.

Mi presión a tope, el vaho, la escarcha sobre mi pelo. Ninguna duda.

El pasamanos desgastó su pintura y ahora está lleno de carámbanos. Boxeo hasta demolerlos. Quiero sentir el metal, el mismo que él tocó con urgencia, recorrerlo sin guantes, como si lo preparara con magnesia para ayudarle a subir, como si él fuera un gimnasta de la barra alta, mejor que Nadia Comăneci. El metal congelado me quema, pero eso es fascinante, quemarse por dentro e incluso por fuera es sentir algo. Me voy a la calle diciéndome: mi cuerpo puede derretirlo todo.

Soy alguien otra vez.

Eufórico, me pierdo entre las conexiones del metro. Quiero pista de hielo, filo, patines, helada. Quizá Montreal no está tan mal después de todo. Pago unos dólares y me descalzo.

Deme esos patines de cuero, buen canadiense, sé cómo hacer esto, lo practiqué muchas veces en la pista de hielo de Buenavista.

Liso, blanco es Quebec.

Acelero, no tengo frenos, buscándolo como si se me hubiera perdido entre la gente, ese hijo mío, tan rápido, mejor que yo, experto en las artes del frío. No conozco la contención, un hallazgo es suficiente para volcarme todo. Mis patines hieren la superficie, soy un esquiador y nada me importa. Las señales de modere la velocidad, el “Monsieur, arretez!” no es una advertencia. Quieren estar tranquilos, no saben nada: no han visto a un hombre perderse, sin aliento, en sí mismo. Y dos me derriban sobre la pista con todo el peso de sus cuerpos, mi sien impacta contra la superficie lisa y entonces el freno, la sangre.

Esto, mesdames et messieurs, es el hielo.

Estar vivo.

Sobre un tronco partido una joven me aplica agua oxigenada, no es necesario, arde. El policía me entrega una multa, me recrimina el comportamiento.

—Haga lo que quiera —le digo—, yo lo pago, solo quiero volver a casa con mi hijo.

Tomo un taxi hasta Rosemont, subo las escaleras, todo duele, Tiago está en su cuarto. Me echo en la cama, saco el chocolate del bolsillo, se trituró, eso me decepciona, el paladar se me quedó gélido, sabor a metal. Quisiera no pensar en otra cosa que no sea el éxito, pero Tiago golpea la puerta y me interrumpe, ojalá se fuera. ¿Qué es esta vez? ¿El recibo de la luz? ¿El del gas? No se lo perdono.

Recorro los tres metros de habitación sin molestarme en limpiar ni un poco, sin modificar nada. Abro y él se queda paralizado.

—¿Pero qué te pasó, estás bien?

—Me caí de la bicicleta —digo señalándome la herida con los dedos en forma de pistola.

Y él no sabe qué decir, mira enseguida la habitación, toda la suciedad que le muestro. La exposición de mi intimidad, las manzanas.

Me dice que viene su novia para cenar lasaña y que me invitan. Yo digo que no tengo hambre. Él se calla un momento, pero después tartamudea que nos hacen falta platos en la cocina y que, si no me molesta, él lava los que tengo en el cuarto. Le digo que sí, te los dejo en el fregadero.

Cierro la puerta, abro las persianas y miro la torre del estadio. No comprendo cómo Tiago pretende descifrar los misterios del universo si se la pasa extrañando el mar y a su madre, si tiene esa novia tan anodina que es idéntica a él, casi gemelos, casi incesto. Me dan asco.

Estaré bien solo, por mi cuenta toda la noche, me digo, pero más tarde, cuando siento hambre, me arrepiento de no haber aceptado la invitación. Escucho a la pareja prender el horno, chocar las copas, reír en una ceremonia doméstica que probablemente también hacía mi hermano en alguna de estas cuadras cuando Olivier estaba dormido en su casa de los sueños.

La novia y Tiago se meten al cuarto, y se meten las lenguas. Me paso todo el rato escuchando sus gemidos sentado en el piso. Me pico los ojos.

A veces pienso: Tiago es mi única familia en Montreal, compartimos sala, cocina, nos acompañamos, dormimos en el mismo hogar. No me basta. Olivier no está aquí y él es la única familia que importa. Una notificación en mi teléfono me dice que mañana es su cumpleaños. Ocho ya. Tan pronto.

Una foto suya: gorrito, confetti. Acaricio la pantalla.

Más tarde, cuando ya no hay ruido, voy a la cocina.

Tiago me dejó un trozo de lasaña, una nota pegada en la mesa: “Mejórate”.

 

Es su cumpleaños y me paseo tarde por las calles. Entregué el avance, más temprano comí pastel en una cafetería. Quiero celebrar, qué importa la tarjeta de crédito, puedo pedir prestado. Mezclo ginebra con cerveza, una tras otra, fumo, no me limito. Es necesario. Me explotaré este día mientras viva. Estoy en un sitio en Le Village, la zona gay de la ciudad, e intercambio miradas. Aquí nadie lleva abrigo, los cuerpos musculosos recuerdan el verano, se olvidan de los veinte grados bajo cero.

Es fácil seducir hombres si estás en el lugar indicado, llegar a su altura, decir qué estás bebiendo, vienes muy seguido aquí. Percibir su olor a leña. Alabar las camisas a cuadros. Me quedo bailando un rato solo, mirando en todas direcciones. Kylie Minogue, genial. No puedo vivir si vivir es sin ti, dice Mariah Carey. Me gusto a veces, algunos días.

Un cruce de miradas cerca de la barra y conozco a Adrien entre luces. Es alto, de cabello corto, lleva puesta una playera con la carita deNadia Comăneci, tiene la mezcla de timidez y arrojo que amo.

Es para mí. Me abro paso hacia él.

A los diez minutos salimos a trompicones del bar y nos subimos a un taxi. En el asiento trasero nos abrazamos, nos damos calor, la ciudad se refleja azul en los vidrios polarizados, la radio encendida, como si hubiera pasado otras veces, con el mismo cuerpo, a las cuatro de la mañana. El taxista nos echa una mirada, lo desafiamos con dientes vampíricos. Brillamos de vez en vez.

Bajamos en la entrada del edificio, él casi en cuatro. Subimos las escaleras y nos tropezamos con las botas de los vecinos.

En la mañana las encontrarán revueltas, buscarán poner orden.

Abro la puerta del hogar a oscuras, jalo del brazo a Adrien hasta la habitación, hacemos ruido, no guardamos la carcajada. Ningún espacio para la charla. Los platos sucios, las fotocopias.

Lo miro, contra mi edredón sucio lo empujo, le bajo los pantalones, voy contra él. Miel de maple. Eres tú el que está solo, ¿no es cierto? Policía montada. Pequeño criminal. Adrien gime, necesita. Lo manipulo, le lamo la espalda con mi lengua seca. Hacha. Nos encontramos a mitad del bosque. Leñador.

Trineo.

Le doy todo. Mis horas de soledad.

Me vacío. Exhalamos. Ya está.

 

La luz horas después.

Estoy crudo. Apesto. Voy al baño y me enjuago la boca.

Al regresar, Adrien se pone la ropa a prisa, se acerca a mi espejito, se pasa los dedos por la cara.

—No quiero ser viejo —me dice.

Es tan feo como los estudiantes de la universidad, ya no lo reconozco. Busco mis pantalones y me los pongo, pero quiero creer que no va a marcharse, que se quedará un poco más, o mucho tiempo más, que llegaremos algún día a escoger muebles juntos, que viajaremos, haremos planes.

Le junto la ropa, lo ayudo a vestirse, le acomodo los botones y el pelo.

—Me tratas igual que mi padre. Basta.

Y mi mano se detiene a medias. La garganta se atora. No respondo.

Su frase me acompaña más tarde, al anudarme las botas. Y después, mientras bajamos hacia la entrada. Lo contemplo de reojo y lo sé: envejecerá cuando menos se lo imagine, se le irá el cuerpo, pobre tipo, jamás tendrá hijos. Al mirar en el pasillo el reguero de botas de todos los tamaños, algunas más pequeñas que otras, el barandal sucio de la escalera, sé que yo tampoco los tendré. Quiero cepillarme los dientes hasta acabar con el esmalte, lo haré apenas vuelva. Me repugnan mi necesidad de sexo, los agujeros de mi ropa. Siempre espero que ellos no se den cuenta de que existen, que no miren de más la habitación.

Domingo. Es necesario recomenzar, como siempre. Abro la puerta y él sale, pero antes de irse, de perderse en la calle nevada, me pregunta:

—¿En qué parte de la ciudad estamos?

—En Rosemont, la Petite-Patrie.

—Qué clima —me responde—. No puedo esperar a que cambie.

Se pone los guantes y se aleja. No intercambiamos números. No volveré a verlo.

Me baño bajo el chorro del agua.

 

Jean Drapeau, Maissoneuve, René Levesque, Jardin Botanique, Île de la Visitation y yo, Parc des Rapides, todos ellos, Complexe Environnemental Saint Michel, todo este tiempo y queda uno solo. Quiero estrellarme la cabeza contra el vidrio. El autobús me aleja de las calles del centro y me bota en el parque Mont Royal, el más grande de la ciudad. Una curva. El parque es una montaña. Por ahí, en la ventana, los turistas chinos, los miradores panorámicos, binoculares que funcionan con tres monedas. Casi nadie viene hasta acá en invierno, pero es fin de semana. Miro atento la señalización. Y solicito la parada. De pronto ya estoy a mitad de una carretera vacía. A lo lejos puedo ver la ciudad entera, los rascacielos.

Vago entre árboles. Sé exactamente a dónde voy: al Lago de los Castores. Y confirmo: ciudad falsa, sitio anémico. Ningún castor, ningún pato. Un lago artificial hecho por arquitectos. Mi hermano creyéndose en la Arcadia sin conocer el terreno. Encuentro una zona de acampar y me tiro al suelo. El lago no queda lejos, puedo verlo desde aquí. Las familias se han reunido para comer sándwiches y beber whisky. Escucho las risas de los niños, están por allá: se lanzan bolas de nieve y llevan puestos, algunos, gorros de crochet.

Entre los manteles de cuadros y los árboles sin hojas hay un niño rubio, su cabello de la misma textura que el de Olivier: rizado al frente, lacio a los costados.

Un ángel, un alce. El sabor de la sangre en las encías.

Sentirlo es recordar que la herida de mi sien todavía no cicatriza. La tienda de bicicletas, mi necesidad frenética de ir a todas partes con él, tan agitados, el padre y el hijo que nunca fuimos. Ni seremos. Eso arde. Quizá mi hermano está en Siberia. En el fondo, lo resiento por muchas cosas desde el principio. Ya desde niño sabía yo que terminaríamos en pozos distintos. Él en el pozo de la familia y el orgullo de mi madre. Yo aquí. Mi hermano me quitó la conexión más próxima, la única posibilidad que tenía de cuidar a alguien más pequeño de alguna forma. Ahora bufo, rasco el hielo con las uñas. Sigo al niño de cabellos rizados. Tampoco es mi hijo. Pienso en la reja del kindergarten, en el pasamanos, la pala de nieve y las grúas. Perdedor. No hay fotocopia que te salve. Extraigo el mapa del bolsillo y lo hago trizas. Acá ya no hay ciudad. A qué vine. Cuando regrese a México haré un trabajo mediocre, seré lavaplatos, me olvidaré de todo, Nicole nunca volverá a saber de mí.

—J’sais ce que tu fais! Cochon!

Alguien llega, me empuja, no me da tiempo de reaccionar. Es una mujer. Dice, como todos los canadienses, que va a llamar a la policía. Que sabe lo que estoy haciendo. Me acusa de ver a su hijo de forma insistente, desde que estaba patinando hasta que armó su muñequito de nieve.

La miro desde abajo, no le creo.

—No hablo francés, señora. Soy turista —le digo en español.

Y prefiero imaginar lo improbable: los gendarmes del siglo XVIII, caballos, una escena de ejecución, la horca.

Señor guardabosques, venga por mí.

La mujer llama con aspavientos a todos los padres de familia.

Ellos preguntan qué ocurre. No tardan mucho.

Un hombre me toma del abrigo y me patea, inspecciona mis bolsillos.

Otro lo secunda. Un tercero me da un puñetazo.

La nieve es dura, no sé qué hacer, pero no opongo resistencia.

Es más, incluso sonrío.

Porque es la primera vez durante toda mi estancia que alguien me nota, quiere saber de mí.

Y eso me hace sentir alguna cosa.

Me escurre la saliva rápido, los trozos de mi mapa quedan regados en la escarcha. Me parten la boca y aun así, desde el suelo, sigo mirando hacia donde juegan los niños, todavía buscándolo. Qué podría decir. Enseñar las fotos. El cabello de su hijo, fue eso, es idéntico al del mío y perdón, no tengo excusas. Está muerto, decir. Se ahogó en este mismo lago, soltar. Soltar todo eso como un animal ante la punta de un fusil, la cabeza a punto de estallar.


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

No recuerdo lo que hice el 31 de agosto de 1997. Fue domingo, así que seguramente vi la lucha libre en la mañana, con mi hermano. Es muy probable que mi papá y mi mamá se hayan levantado tarde. No desayunamos en familia, esa nunca fue costumbre en casa.

No tengo idea de lo que hice por la tarde, si salimos o si peleamos o si alguien gritó. No recuerdo ninguna de las cosas que sentí o hice ese día, salvo una sola: en casi todos los canales de televisión hablaban de la misma cosa: el accidente automovilístico en el que Diana Spencer y Dodi Al Fayed habían perdido la vida. En tanto yo, no tengo algún recuerdo particular de ese día; el mundo entero se conmocionó por la muerte de la princesa Diana.

Nacida en 1961, y a pesar de haber pertenecido a este grupo de la nobleza moderna, podría decirse que Diana tuvo una infancia relativamente normal. No fue sino hasta que su padre recibió el título de conde, y ella empezó a ser llamada Lady Diana, que su vida tomó otro cariz.

Más allá del estatus, el título nobiliario solo hubiera tocado a Diana de rebote, por haber sido hija de su padre o hermana de su hermano, octavo y noveno condes de Spencer, respectivamente. Al ser mujer, el nombramiento solo le hubiera permitido mantener el estatus necesario para ser elegida como esposa de otro noble inglés o, en su defecto, europeo.

En 1981 su vida cambió para siempre tras el anuncio de su compromiso con Carlos, hijo mayor de la reina Isabel II y primero en la línea de sucesión al trono. Unos pocos años después del nacimiento de Diana, en 1969, en Estados Unidos se publicaba un ensayo escrito por Carol Hanisch bajo el título Lo personal es político. Este texto, además de ser usado hasta nuestros tiempos como un poderoso eslogan de la segunda ola del feminismo, demuestra las conexiones entre la vida pública y la vida privada de las mujeres de aquel tiempo.

El acceso a los espacios públicos se complementa con las implicaciones que sus ausencias de los espacios privados ponen sobre la mesa. Las mujeres que salían (salen) a la escuela, que conseguían (consiguen) un trabajo, que tenían (tienen) derecho a divertirse y a todo lo que el mundo fuera de casa derivaba y deriva en una serie de consecuencias, de pequeños impactos en las dinámicas familiares y de poder.

Las mujeres que no están en casa no pueden proveer cuidados, no pueden ocuparse del orden y la limpieza de una casa; no pueden solo pensar en el espacio íntimo de su círculo inmediato. Y quizá tampoco quieren, porque acceder al trabajo también significa poseer un sueldo, esa moneda de cambio para tener cosas, para poseerlas. El acceso a la educación confiere a las mujeres el derecho (reivindicación más que justa) de expandirse, material o simbólicamente. Dejando en claro que el matrimonio y los hijos no son el único futuro posible para ellas.

Otra de las reivindicaciones de los derechos de las mujeres fue la obtención del derecho al voto, que sucedió en diferente momento en cada país. En Reino Unido, se aprobó en 1918; en Estados Unidos, en 1919. A partir de esta cercanía temporal entiendo que hay una similitud en cuanto al desarrollo histórico de ambas naciones, al menos en este contexto.

Para la década de los ochentas, el feminismo estaba entrando en su tercera ola, tocando temas como interseccionalidad y teoría queer. Diana era una mujer blanca, perteneciente a la burguesía de uno de los territorios que preserva la monarquía como una institución, y aún en este contexto fue subyugada por los mandatos patriarcales que trastocan a las mujeres trascendiendo cualquier circunstancia material. Creo que nunca me ha hecho más sentido la correlación entre lo personal y lo político, que cuando leí sobre el acoso y la intromisión de los medios de comunicación de su tiempo, tanto en la vida de Diana, como en su muerte.

La primera vez que Guillermo y Enrique hablaron públicamente sobre su madre fue en 2007. El mayor de los hijos se refirió a los reporteros como una manada de perros que la acosó hasta el cansancio con tal de conseguir una fotografía. Después del accidente, los mismos que la persiguieron capturaron cómo se desangraba.

Esto es lo que me lleva a cuestionar: ¿hasta dónde es legítima esta intromisión en la vida de una mujer? ¿Hasta dónde la exigencia de un público justifica la invasión a la vida privada de alguien? ¿Por qué en vida nadie se puso a pensar en todo eso que terminó con la salud mental de una figura icónica que, ante todo, era una mujer? ¿No fue cada decisión de Diana un acto político en sí mismo?

Una princesa divorciada (una de las primeras, si no es que la primera) sobre quien el mundo volcó tanta atención que nunca pudo recuperar la tranquilidad; madre de dos niños a quienes el estado reclamó, obligándola a no cargar sola con el estigma de madre soltera, a no tener que limitarse en cuanto a sus apariciones públicas porque Carlos es representante de una monarquía y no podía perder el control sobre sus hijos, lo que significaba mantener mayoritariamente la custodia y ejercer una paternidad a puerta cerrada, pero con todos los privilegios y la ayuda del mundo; una mujer convertida en icono que mantuvo hasta el final una identidad propia.

Problemas como la depresión, la bulimia, la distancia emocional de un esposo y de su familia política, fueron abordados en Spencer, película de 2021 protagonizada por Kristen Stewart, otra figura pública señalada y castigada en su momento por actos privados que se volvieron del dominio público y, por tanto, políticos.

A Diana se le hace cuenta de los amantes que, en algún momento, hablaron para sostener o desmentir las historias, y a partir de eso se cuestionó su reputación. A Kristen Stewart se le señaló por haber mantenido una relación con el director de otra de las películas que protagonizó, y con esto de haber dañado profundamente a su coprotagonista de la saga Crepúsculo, porque, claro, su relación a prueba de todo debía trascender la pantalla y ser igual de satisfactoria y predestinada a suceder en la vida real. Quizá ambas figuras fueron hermanadas mucho antes por esta representación mediática ante la que no se puede perder la sensibilidad.

La gente habla de los vivos, de los muertos no. Mucho menos de las muertas que acaban muertas por todo lo que representa una violencia estructural. A veinticinco años de la muerte de Diana, sus hijos la recuerdan como su guardiana y protectora; otros miembros de la familia real, como una persona única; la gente común y corriente, como ídola, benefactora, filántropa… mujer que se salió del molde.

Yo solo puedo decir que hizo lo que pudo con lo que tenía, que trató de mantener una vida digna dentro de su contexto, con sus limitaciones y sus alcances. Pero no puedo negar que, a Diana, la carroza se le convirtió en calabaza mucho tiempo antes del accidente en París. A ella no la mató la herida pequeña en el sitio correcto ese 31 de agosto de 1997, sino una sociedad que, como siempre, utilizó a otra mujer como carne de cañón.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias.
Retrato de Karla Kaplun por Gustavo Castellanos
Retrato de Karla Kaplun por Gustavo Castellanos

Tornate all’antico e sarà un progresso

Giuseppe Verdi

La misión (2022), instalación de 15 cuadros y marcos de madera, 323 x 931 x 4.6 cm. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

La misión (2022), instalación de 15 cuadros y marcos de madera, 323 x 931 x 4.6 cm. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

En el epílogo del filme Il Decamerone de Pier Paolo Pasolini, el aprendiz de pintor de Giotto (interpretado por Pasolini mismo) se encuentra imposibilitado de realizar un tríptico que le ha sido encargado para decorar una iglesia. La encomienda se resuelve al concluir el filme, cuando el pintor, al despertar, tiene una visión. Tras contemplar el último panel vacío, el pintor se pregunta si, tal vez, no es más bella una obra cuando no se ha terminado. Vale la pena transcribir la pregunta del italiano, rebosante de poesía y sonoridad: perché realizzare un’opera d’arte quando e cosi bello soltanto sognarla? El filme cierra, pues, con una reflexión en torno al dilema de la creación artística: ¿es acaso más bella una obra cuando se sueña? Además de suponer un final abierto, la escena final instaura un espacio de representación configurado, ya no por la mano del pintor, sino por su mente. El cuadro que vislumbra el aprendiz de Giotto en la escena culminante es un tableau vivant religioso, un cuadro vivo rebosante de dramatismo, imposible de traducir en términos bidimensionales: niños angelicales, cuerpos desnudos pagando su condena en el averno, una virgen misteriosa interpretada por Silvana Mangano. La inaprensible composición de Pasolini/Giotto me parece el punto de partida ideal para desentrañar el sentido detrás de las imágenes de la pintora mexicana Karla Kaplun (Querétaro, 1993).

Lévantate y di (2022), 70.5 x 209 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

Lévantate y di (2022), 70.5 x 209 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México |Los Angeles

La tarde que visité a Karla Kaplun en su estudio del Centro Histórico, entonces ubicado en la calle de Mesones, la pintora llevaba unos zapatos de madera de tacón bajo, que alguna vez, me dijo, pertenecieron a su madre. El ruido hueco de la suela sobre las baldosas resonaba en cada rincón de aquella antigua vecindad. Portaba unos jeans holgados y un mandil con rastros de óleo del cual prendían brochas y pinceles. La soltura de sus movimientos, por motivos que no puedo explicar en palabras exactas, delataba, curiosamente, su oficio. Subimos las escaleras y abrió un pesado portón de madera. Con el celo religioso de una iglesia se ocultaba el proyecto en el que por entonces trabajaba, el cual, finalmente, presentó en febrero de este año en la galería House of Gaga en Los Ángeles. La misión (2022) es un retablo de una vasta simbología personal y onírica, conformado por catorce paneles pictóricos de gran formato. En cada panel se almacenan los recuerdos personales como si se tratara de un gran arca de Noé, a riesgo de rescatarlos del fatal diluvio del olvido.

Que se detenga el tiempo un poco, La reina ha cortado sus cabellos (2022), 202 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

Que se detenga el tiempo un poco, La reina ha cortado sus cabellos (2022), 202 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

La luz del atardecer doraba la fachada de los edificios del Centro Histórico. La pintora encendió un cigarro y desplegó sobre la mesa los bocetos que planificaban la portentosa estructura de su retablo. Aunque en ese entonces el avance era considerable, faltaban por terminar algunos detalles. Habría pensado que estos surgirían de manera espontánea, completando los huecos a la manera de Giotto. Si la memoria no me falla, quedaban pendientes un par de elementos de la composición superior y, por supuesto, definir cómo se montaría; si se construiría una escenografía especial basada en una tarima y escaleras para recorrer a manera de instalación, si bien la idea posteriormente se descartó. Bocetos meticulosamente diseñados en una libreta cuadriculada anticipaban los andamios de aquella maravillosa arquitectura. El interior del estudio se iba oscureciendo poco a poco; parecíamos sumergirnos en una especie de tenebrismo idéntico al de sus cuadros, haciendo, a su vez, difícil de distinguir los detalles pictóricos. La experiencia barroca de los cuadros de Kaplun se espejeaba en la decoración de su estudio: libros de arte religioso, flores marchitas, artesanías michoacanas, vasijas de barro. De la acera de enfrente se escuchaba una canción de Los Temerarios mientras los vendedores ambulantes devuelven la mercancía sobrante en las últimas horas del desgaste vespertino.

¿Qué provecho saca el hombre de tanto trabajar? (2022), 59 x 70.5 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

¿Qué provecho saca el hombre de tanto trabajar? (2022), 59 x 70.5 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

La conversación fluía en una especie de rapto, como si la pintora estuviera en un estado de iluminación no sé si inducido por el whisky en las rocas. Kaplun reconoce que, desde su infancia en su natal Querétaro, ha habido un acercamiento místico, una fascinación por el arte religioso y novohispano. No es casual que la sintaxis empleada para darle forma y rigor a La misión sea la del retablo, una de las expresiones características del barroco novohispano. El retablo es, para Justino Fernández, “una pintura escenográfica”, vista para ser contemplada a gran distancia. Señalaba el historiador de arte mexicano que [el retablo] “en conjunto, transporta al espectador a un mundo distinto del cotidiano, a otra realidad que alude al pasado de la historia religiosa, espiritual, que es gozable en el presente y que al convertir el gozo en meditación hace que el futuro inexorable se revele y de ahí su tensión y dramaticidad”1. Mi intención no es develar el misterio persiguiendo un aparato metodológico que pretenda desentrañar las imágenes desde las formalidades de la historia del arte. Conviene acercarse a La misión con una distancia que, sin ser reverencial, respete su carácter hermético. Sin ser evidente, la instalación de Kaplun versa sobre el misterio de la obra artística.

Monjes bisbiseantes (2022), 209 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

Monjes bisbiseantes (2022), 209 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

La misión bebe de fuentes novohispanas, y está empapada de la suntuosidad y dramatismo de las imágenes que abundan en nuestras iglesias. Sin embargo, la construcción del discurso, su dispositio, se remonta a fuentes aún más lejanas. Con un cigarro en la mano, Kaplun me entregó un ejemplar de El teatro de la mente de Giulio Camillo. Ese nombre tan poco conocido para nuestra época es una de las inspiraciones principales y uno de los andamiajes conceptuales que sostiene La misión. Camillo fue un pensador, filósofo, humanista y alquimista que vivió en la Italia del Siglo XVI. Estudió los modelos de retórica por excelencia clásicos y los adaptó en un ars combinatoria alucinante. En su tratado, Camillo fusionó las fuentes paganas, la interpretación exegética del cristianismo y el hermetismo. Aunque tuvo el apoyo y protección de la corte, acaso por su extrema complejidad aunado al escepticismo de sus coetáneos, hizo que su modelo de pensamiento difícilmente ganara adeptos. Como toda mente adelantada a su época, Camillo padeció rechazos y su nombre se fue sumergiendo en la oscuridad con el paso de los siglos.

La realidad dada (2022), 132 x 109 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

La realidad dada (2022), 132 x 109 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

Sería erróneo reducir el tratado de Camillo a un mero ejercicio mnemotécnico. Conlleva, en realidad, un esfuerzo sin precedentes por concebir por primera vez en la historia del pensamiento occidental un “teatro de la sabiduría” a través de imágenes agentes extraídas del mundo mitológico.  En su libro El Teatro de la Mente. De Giulio Camillo a Aby Warburg, Corrado Bologna explica que “el Teatro […] es ante todo y literalmente un libro lleno de libros, un libro-espectáculo”.2 Imposible de acotar en un esquema cerrado, el proyecto de Camillo es una estructura metamórfica y proteiforme que busca “totalizar, controlar, traducir en textos e imágenes y englobar, visualizándolo, el conocimiento de toda la realidad como texto-imagen”.3 Kaplun retoma el modelo estructural del Teatro de Camillo entendiéndolo como un vasto catálogo de imágenes preexistentes y proto-arquetipales, las cuales, mediante su sabia combinación, entregan en conjunto un resultado completamente original. El Teatro de Camillo es un tratado visual dirigido a iniciados. En las primeras páginas, su autor evoca a Hermes Trismegisto al advertirnos que “el lenguaje religioso está lleno de Dios y es mancillado cuando accede a él mucha gente”.4 El Teatro le sirve a Kaplun como método compositivo, pero también como un esquema de lectura donde los símbolos y los códigos herméticos resguardan el misterio de sus imágenes.

Andrajos y oraciones para un constante moribundo (2022), 209 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

Andrajos y oraciones para un constante moribundo (2022), 209 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

Kaplun parte de estas fuentes porque la condición litúrgica de La misión nos reclama, como espectadores-lectores, decodificar el relato en movimiento de su retablo a partir de una lectura de carácter exegético. Camillo sería acaso tan solo un lago donde confluyen diversas corrientes de relectura y reinterpretación de las Sagradas Escrituras. Habría que destacar, desde luego, los ejercicios espirituales del fundador de la Compañía de Jesús (Loyola vivió en la misma época que Camillo y pudo haber estado al tanto de su existencia), y, por supuesto, siglos atrás, el pensamiento de autores latinos, específicamente San Agustín. Para Erich Auerbach, la lectura figural consiste en alinear y cotejar el significado de los textos sagrados tanto con la historia pasada como con el porvenir histórico. Al desentrañar el significado del Viejo Testamento como una realidad histórica concreta que anticipa al Nuevo, la palabra escrita comienza a adquirir un carácter profético. La lectura figural, añade Auberbach, “siempre posee cierta incompletud; es la forma tentativa de algo eterno y atemporal”.5 En ese sentido, La misión de Kaplun apunta de forma simultánea hacia el pasado que fraguó las imágenes y al Porvenir o Eternidad al que están condenadas (¿o será mejor decir “salvadas”?).

"La Pesadilla de Gustavo" (2022), 209 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

“La Pesadilla de Gustavo” (2022), 209 x 132 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

De acuerdo con Auerbach, la interpretación figural sentó las bases del cristianismo a partir del siglo IV al haber sido empleada de manera recurrente en los sermones. Devino, asimismo, en interpretaciones éticas y alegóricas. En el marco de la lectura figural, el arca de Noé sirve como prefiguración de la institución eclesiástica (praefiguratio ecclesiae).6 Con el transcurso de los siglos dicho pasaje bíblico sirvió como vía para aprender y recitar los textos religiosos.7 La Biblia muy pronto se convirtió en un texto para ser memorizado, especialmente cuando los albaceas de la lectura eran los monjes, quienes adoptaron técnicas teatrales y mnemónicas para poder memorizar los salmos. A diferencia del texto religioso, la lectura del retablo de Kaplun no apela a la linealidad: por el contrario establece discontinuidades, rupturas, choques narrativos entre un panel y otro. Su técnica estaría más acorde con la de un montaje cinematográfico de Sergei Einsestein.

"Después del diluvio, Noé vivió todavía trescientos cincuenta años más" (2022), 109 x 70.5 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

“Después del diluvio, Noé vivió todavía trescientos cincuenta años más” (2022), 109 x 70.5 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México |Los Angeles

Si he insistido tanto en motivos literarios y también en claves de lectura, es porque la pintura de Kaplun es un rico mosaico de citas textuales que nos conduce a distintos puntos de la historia del arte en Occidente. Por su gesticulación dramática y el tratamiento violento del cuerpo dentro del espacio pictórico (Gustavo Castellanos, sastre y diseñador de Mermanegra, como una especie de Cristo mártir; Carlos Martínez, artista, como torero) asimila el lenguaje de luces y sombras de Caravaggio o Tintoretto. Sus retratados son los personajes en el cinematógrafo metafísico de Kaplun, dirigidos por la pintora en el set fílmico de sus recuerdos. Los personajes familiares confieren calidez, “intimidad espiritual” con las imágenes. Parece más evidente la citación pictórica en el panel donde la pequeña J. Schott adopta el semblante ceremonioso de la Infanta Margarita en Las Meninas.

"Se dice esplendor cuando el clima aúlla" (2022), 255 x 209 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

“Se dice esplendor cuando el clima aúlla” (2022), 255 x 209 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

Es cierto: los cuadros de gran formato de Kaplun instauran problemas de representación parecidos a los que se enfrentó Velázquez (quien también era, por cierto, un gran acumulador de citas). Como ha advertido Victor Stoichita, en la época de Velázquez las medidas de los personajes en el cuadro solían corresponder con la realidad representada. La mirada era absorbente, totalizante, puesto que “el cuadro pintado asumía cada vez más la tarea de reforzar las experiencias de una visión mística”.8 Por su parte, al pintor se le permitía incluir marcas que enfatizaban el efecto de ilusión y engaño en la representación, pues “la ilusión de realidad debía allanar la separación entre el cuadro y el observador”.9 Kaplun se separa de la técnica del XVII porque la ocasional desproporción anatómica de sus retratados, así como el piso de ajedrez, nos recuerda que el retablo se trata en última instancia de una ficción. Retornar a los mecanismos compositivos del barroco implica toda una poética del anacronismo. Se trata acaso de un “barroco prospectivo” que emplea elementos del barroco novohispano para trasladarlos al ámbito contemporáneo. Es importante no limitar el término barroco como un fenómeno situado en los confines de un periodo histórico, sino como un “estado transhistórico” que se extiende más allá del siglo XVII.10 En el contexto latinoamericano, el neobarroco se erige como un “revoltijo inflacionario de estratos y camadas, de simultaneidades y sincronicidades que no alcanzan la unificación”.11 Karla misma describe que su labor como “coser cosas que al final se van a desbaratar con una función mágica”.

"Tres veces pez espada" (2022), 70.5 x 209 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

“Tres veces pez espada” (2022), 70.5 x 209 x 4.6 cm, óleo sobre tela. Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

¿Cómo no evocar las palabras del cubano Severo Sarduy cuando defiende al neobarroco como un arte de la superabundancia?12 El vasto proyecto de La misión es neobarroco, no solo por las citas deliberadas de Velázquez, sino también por concebir la obra de arte desde su economía libidinal marcada por el exceso y el derroche. Porque nuestro barroco mexicano no está formado, como el europeo, como una simple distorsión de la morfología del clásico, sino que es barroco precisamente por sus prodigiosos entrecruces con la mano artesanal indígena. La misión de Kaplun opera como un collage transhistórico. Su autora ha decidido retornar al barroco como un gesto desafiante frente a los modelos de producción en los tiempos actuales, marcados por la velocidad. Kaplun entiende el barroco como “un estilo de vida”, como “la apertura a todo”. Pero La misión es neobarroca no solo por su metatextualidad e intertextualidad, sino principalmente por la manera en la que dispone al cuerpo humano, siempre en términos teatrales, recordándonos que en el barroco todo es ilusión, engaño y artificio.

Vista de sala de "La misión" (2022). Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México _ Los Angeles

Vista de sala de “La misión” (2022). Cortesía de la artista y Gaga Fine Arts, Ciudad de México | Los Angeles

El anhelo por capturar y plasmar una serie de visiones y de trasladar una realidad metafísica a un acontecimiento plástico motiva la obra pictórica de Karla Kaplun. Su retablo constituye, a la par, una escenografía de la memoria y un teatro de la sabiduría, tal como lo concibieron los primeros autores cristianos en formular métodos para albergar el conocimiento. Cito nuevamente a Bologna, para quien todo aquel que opera el arte de la memoria y la sabiduría (ars memoriae et sapientae), se convierte en un “artista de la existencia como texto, textura y tejido de una narración que es el hombre en la tierra”.13 Pues ¿qué otra cosa es el arte sino el relato de nuestras andanzas sobre la tierra? En esta era alejada cada vez más de todo misticismo, el gran mérito de La misión es restituir la función espiritual del arte. Por todo lo anterior, La misión será recordada en la historia de la pintura mexicana como una de las contribuciones más valiosas del primer cuarto del siglo XXI.

Ciudad de México. 3 de diciembre, 2021 – 25 de julio, 2022

Retrato de Karla Kaplun por Gustavo Castellanos

Retrato de Karla Kaplun por Gustavo Castellanos


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).