Aquel caminante, el que en los labios lleva un verso Delicado, que ya ha deambulado por estas líneas en otras ocasiones se ha apostado, ahora, en la planta alta de un vetusto edificio de dos centurias enclavado en el centro del antiguo señorío de Azcapotzalco. Este sacrosanto terruño, llamado estérilmente La Luna —quizás la feble imaginación del dueño nunca reparó en que por sus ventanas puede verse el frontispicio del templo que vio caer el último bastión realista en 1821, o que en ese lugar se veneró, por vez primera, a la Virgen de Guadalupe, en el siglo XVI, lo que hubiera hecho de La Realista o La Natural nombres más afortunados—, se ha enquistado por más de cien años en la memoria de los chintololos —cuyo gentilicio, dicen, se refiere a la “calipigia carnadura” o, para citar a López Velarde, a la “grupa bisiesta”—. Y ha resistido el tráfago del siglo veintiuno y su hipocresía mal disimulada junto a la Cervecería Toluca y El Dux de Venecia.
Para un vigía aferrado por necesidad a las cuatro paredes de una habitación que pueda vislumbrar la vida, la rutina adquiere tintes insospechados. Lo que el peatón común —no como aquel que es “asunto de la lluvia”— considera azar, para un sereno centinela no es sino el devenir de un autómata bajo el fragor de la batalla cotidiana:
bajar las escaleras del andén, subir las escaleras del andén, dejar maleta, sacar billete del bolsillo del abrigo, recoger maleta, entregar billete, al puesto de periódicos, comprar periódicos de la tarde, salir a la calle, llamar un taxi. Durante cinco años partí yo casi todos los días de algún punto y llegué a cualquier otro punto, por la mañana subía y bajaba las escaleras de la estación, por la tarde bajaba y subía las escaleras de la estación, tomaba taxis, buscaba dinero en el bolsillo de mi chaqueta para pagar al conductor, compré periódicos en el quiosco, y en algún rincón de mi conciencia disfruté la incuria minuciosamente estudiada de este piloto automático.1
La desidia de los días de la rutina se aprehende en los sentidos y éstos se revuelven en el centinela que vio desde otra ventana, quizás esta más remota, cómo aquellas tres etílicas feligresías, en las últimas dos décadas del siglo XX, se tornaron refugio y ciudadela de una caterva de escritores y periodistas que encontraron la casualidad certera para conformar una tertulia de esforzados bebedores, lectores de un rigor rayano con la crueldad y dueños de una pluma que por intransigente con la vocación se ha vuelto ya extraña para la aséptica y candorosa literatura de nuestros tiempos. La cerveza de barril y la intratable comida todavía pululan entre las paredes y las mesas de madera ajada, los cofrades se han ido extraviando entre el tiempo y la inmisericordia de la vida.
La soledumbre que la ausencia encaja entre el pecho y la espalda retoza aviesamente entre la piel de quien se atreve a mirar los despojos de otros tiempos que también fueron suyos, que se compartieron entre los resquicios de una primera juventud sedienta de la codicia de la calle y de sus secretos, de los furtivos versos que se escribieron entre las servilletas de cantinas que han visto pasar mejores días o que han sucumbido a la moderna celeridad. En medio de ella, un personaje devastado y con un mal de amores calando los huesos afirma:
Olvidé mencionar que soy sensible no sólo a la melancolía y a la jaqueca, sino que poseo, además, otro don casi místico: puedo percibir olores por teléfono y Kostert despedía un ofensivo hedor a pastillas de esencia de violetas.2
El del don místico es Hans Schnier, personaje de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, personaje que mira desde su miseria una Alemania devastada por la posguerra, aquel periodo que sucedió a las dos grandes derrotas del Estado alemán y que concluyera con una desmembración geográfica y moral. Hans Schnier afirma:
Soy un payaso, de profesión designada oficialmente como “Cómico”, no afiliado a ninguna Iglesia, de veintisiete años de edad, y uno de mis números se titula: la partida y la llegada, una larga (casi demasiado) pantomima, en la cual el espectador acaba confundiendo la llegada con la partida.3
El “pagliacci”, el bufón, el arlequín o el loco de la corte, así como sus distintas advocaciones, no solo ha acompañado a buena parte de las culturas occidentales a lo largo de su historia —baste señalar La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo o la ópera homónima, de Leoncavallo, como ejemplos inmediatos—, ha sido también el privilegiado espectador que, como en la canción de Fernando Z. Maldonado, se oculta para presenciarlo todo. “El carnaval del mundo engaña tanto”, escribió Juan de Dios Peza, a propósito de Garrick “el más gracioso de la tierra,/ el más feliz”, y cabe recordar que en la esquina de Plateros y Vergara, en la Ciudad antigua, se erigió La Fama Italiana, lugar predilecto de Ciro B. Ceballos y del propio Peza.4 En los recuerdos de ese lugar, el joven autor de Un adulterio y Croquis y sepias pergueñó su Panorama mexicano 1890-1910 (Memorias) un documento necesario e imperioso para conocer la historia mexicana decimonónica. En el apartado “El dios del vino”, Ceballos apunta a propósito de La Fama Italiana:
frecuentaban asiduamente ese lugar cuatro individuos de mucha popularidad caídos en el olvido. Se encontraban en la decadencia completa, en la bancarrota plena de la existencia, decepcionados, envejecidos, tristes […] Esos vencidos era un payaso, dos toreros y un enano, [el primero] había sido el clown más popular y más querido de los ancianos, de los jóvenes y de los niños; y el cuarto, Pirrimplín, era enano bohemio, que habría resultado un magnífico modelo para Diego Velázquez o Francisco de Goya, por su “perfección” teratológica, por su monstruosidad reveladora de la hermosura de lo espantoso.5
El clown al que Ceballos se refiere es Ricardo Bell, quien hizo reír a la sociedad mexicana finisecular con el Circo Orrín, primero, y después con su propia pista, proyecto que duraría poco, puesto que el payaso moriría en 1911, en Nueva York, y los escombros de su legado se confundirían con los del concreto que las balas de la Revolución desperdigarían. De este modo, puede constatarse que en la elección de un payaso como narrador —en el caso de Böll, derrotado y con el maquillaje ajado— se encuentra un profundo dominio y conocimiento de su tradición y de sus herramientas. La focalización que Böll empuña estará presente en toda su obra, y será una de las características más llamativas de una literatura que prefigurara narrativas posteriores.
Por ello, al momento de la publicación de Opiniones de un payaso, en 1967, Böll gozaba de un prestigio que había comenzado en 1949 con la publicación de su primera novela El tren llegó puntual, en donde narra la historia de Andreas, un soldado alemán que emprende un viaje hacia el frente de guerra en Polonia y en el cual sabe que la puntualidad a la que alude el título es la certeza de la escrupulosidad de la cita con la muerte. Escribe Böll:
—¿Por qué no subes?
—¿Cómo? —exclama el soldado sorprendido—. ¿Claro! Mejor me aviento a las ruedas… también puedo desertar […] Sí puedo, me puedo volver loco… y estoy en todo mi derecho: es mi legítimo derecho volverme loco. No quiero morir, eso es lo terrible, que no me quiero morir. 6
La sevicia de la guerra se trasluce a cada momento en la atmósfera de la novela; las ganas de llorar de Andreas, al tiempo que reflexiona sobre su destino —el acuchillamiento o el paredón— y su vida, preludian el desasosiego que Böll retrató con precisión al mirar de frente al pasado inmediato y fustigar el presente que quiere olvidarlo. Si la Alemania derrotada es el leit motiv de su escritura, son los matices los que la ensanchan: en Andreas de El tren llegó puntual es la juventud perdida la que atraviesa su fe; en Opiniones de un payaso es el lugar de enunciación —el maquillaje, el escenario, el cuarto de hotel— lo que le permite a Schnier contemplar la devastación. En El pan de los años tempranos es la inexperiencia y el temor de una generación asolada por la guerra lo que le brinda un carácter al personaje que afrenta la deshumanización de la cotidianidad.
Lo que quería hacer con ella, no lo había hecho jamás con una mujer. Había muchos nombres, muchos vocablos para definirlo, y yo los conocía casi todos, los había aprendido durante mis años escolares, en la residencia y con los compañeros de la escuela de ingenieros; pero ninguno de esos vocablos era aplicable a lo que quería hacer con ella… y seguía buscando la palabra. Amor no es palabra que lo exprese todo, quizá solo la que más se aproxima.7
Si el amor es ese vocablo que apenas escarcea con la verdad, es la estética de lo humano, con todos esos horrores que nos recuerdan al prefacio al Werther, de Goethe, lo que nos acerca a ella. La obra de Heinrich Böll es dolorosamente cercana, pero también es un retrato en el cual los surcos de la faz humana se acentúan y se desvelan impúdicamente.
Durante el siglo veinte, en la España posterior a la Guerra Civil emergió el “Grupo poético de los 50”, en Latinoamérica surge la “novela de la dictadura” y en Italia retoza el neorrealismo, un puñado de ejemplos que insisten en recordarnos que el fenómeno estético y artístico se crea ante la ruptura del orden establecido. Y qué mayor escisión que un conflicto —social, bélico o filosófico— que delinee lo mismo las más profundas vejaciones que la empatía más sincera. El resquebrajamiento de la realidad circundante es aquello que suscita un ciclo viciado en el que pueden asomarse algunas virtudes. En Billar a las nueve y media, novela de 1959, Böll escribe, en el ochenta aniversario de Heinrich Fähmel, el patriarca de dos generaciones de arquitectos:
o más terrible en él era que no conocía la ternura; cuando le vi cruzar el patio comprendí que era fuerte, y que todo lo que hacía, no lo hacía por los mismos motivos que mueven a los demás: porque fuera rico o pobre, guapo o feo, porque su madre le hubiese o no le hubiese pegado; todo eso son motivos que determinan las acciones de las demás personas: por eso construyen iglesias o asesinan a mujeres, son buenos maestros o malos organistas; pero de aquel muchacho sabía que ninguno de estos motivos me explicaría nada; en aquella época sabía reírme, pero en él no encontré ninguna rendija por la que poder meter mi risa; eso me dio miedo como si un ángel oscuro hubiese cruzado el patio de mi casa8
Heinrich construyó en su juventud la abadía de Sankt Anton, abatida durante la guerra; su nieto, Joseph, está encargado de reconstruirla. Robert, el segundo arquitecto Fähmel, cuenta:
Tenía un buen equipo: físicos y arquitectos, y volábamos todo cuanto se cruzaba en nuestro camino: lo último que volamos fue algo enorme, imponente, todo un conjunto arquitectónico, una serie de edificios muy sólidos: una iglesia, unos establos, unas celdas monacales, un edificio administrativo, una aparcería, un monasterio entero […] unos muros se derrumbaron allí ante mí; en los establos bramaba el ganado, y los monjes me maldijeron, pero no pudieron detenerme, volé toda la abadía de Sankt Anton, en el valle del Kissa, tres días antes de que terminara la guerra. Y siempre con la misma corrección, muchacho, ya me conoces.
Si con Hans Schnier la elección de un narrador para contar la historia es afortunada, no lo es menos la presentación de una decena personajes que cuentan, cada uno, su versión de los hechos narrados. Así, lo que supo o conoció alguno no es necesariamente lo mismo que el otro, y así, la historia de una abadía creada, demolida y restaurada es la representación de la historia humana: las ansias de arrasar con todo lo anterior para que al final se construya, de nuevo, el mismo templo, con un coro monumental de infinitas voces que quieres contar su propia verdad.
Si Gonzalo Celorio escribe que “la historia de la Ciudad de México es la historia de sus sucesivas destrucciones”,9 es ineludible el pensar que la afirmación es compartida. A través de las páginas del diario de Zeno Cosini, fumador implacable que busca las causas de su adicción, conocemos de sus temores y sus anhelos, pero también de las estructuras que merced a la fatalidad —en su caso, la Gran Guerra— caen asediadas por las circunstancias:
26 de junio de 1915
¡La guerra me ha alcanzado! Yo que escuchaba las historias de guerra como si se tratara de una de otra época de la que resultaba divertido hablar […] Había vivido en plena calma en un edificio cuya planta baja ardía y no había previsto que tarde o temprano todo el edificio se desplomaría, y yo con él, pasto de las llamas. La guerra me ha hecho presa, me ha sacudido como un trapo y me ha privado de golpe de toda mi familia […] De la noche a la mañana me he convertido en un hombre del todo nuevo; mejor dicho, para ser más exactos, cada hora del día es del todo nueva para mí.10
Las “sucesivas destrucciones” de las que habla Celorio, respecto de la Ciudad de México son:
el México independiente acabó con la del virreinato, y la ciudad posrevolucionaria, que se sigue construyendo todavía, arrasó con la del siglo XIX y los primeros años del XX, como si la cultura no fuera cosa de acumulación sino de desplazamiento.11
El desplazamiento no sólo tiene una dimensión simbólica, sino que se esparce por todas las naturalezas humanas. Heinrich Böll lo supo, y supo también delinearlo con justicia precisión, pero también desde el acto volitivo de la compasión, entendida ésta como el atisbo del otro desde la propia experiencia. Con su deslumbrante habilidad narrativa, en novelas como Retrato de grupo con señora, en la cual mezcla los documentos del juicio de Nüremberg con recortes de prensa y cartas, que pueden o no ser ficticias, o en El honor perdido de Katharina Blum, en donde exhibe a la opinión pública y a los medios de comunicación como mecanismos de poder totalitarios —su pertinencia está a punto de alcanzar cincuenta años—, Böll retrata una generación con la impronta de su pasado en la frente, con las cicatrices de un presente incierto y con la idea de un porvenir difuso, pero desde la convicción de que el nombrarlos es, quizás, la única manera de apostarse desde una cantina que ha resistido con estoicos bríos los embates del tiempo, percibiendo por el auricular de un teléfono el aroma de un whisky añejo, para reconocerse en alguno de esos fantasmas que, a su vez, son espectros de otros cuerpos que deambulan desplazados por sus calles
1 Heinrich Böll, Opiniones de un payaso. [Edición digital]
4Seduce el pensar que entre sus fustes ambos escritores —el primero un joven deslumbrado por el segundo, el “poeta del hogar”— despepitaron con fruición sobre la fama y el prestigio de Brummel ante sus arrebatos críticos en contra de Peza.
5Ciro B. Ceballos, “El dios del vino”, en Panorama mexicano 1890-1910 (Memorias), México: UNAM, 2006, pp. 83 y 84.
6 Heinrich Böll, El tren llegó puntual, México: Fondo de Cultura Económica, 2020, p. 7.
7 Heinrich Böll, El pan de los años tempranos. [Edición digital]
8 Heinrich Böll,Billar a las nueve y media. [Edición digital]
9Gonzalo Celorio, “México, ciudad de papel”, en Material de lectura. Serie “El ensayo contemporáneo”, núm. 4, México: UNAM, 2013, p. 27.
10Italo Zvevo, La conciencia de Zeno. [Edición digital].
1.1. Fue publicado en 2012 en El Quirófano Ediciones de Guayaquil, Ecuador; luego, en 2018 como parte de la Obra (in)completa que recopiló Herring Publishers, y finalmente en 2021, como parte de la colección Aibofobia de Palíndroma.
2. Bonzo se divide en dos secciones:
2.1. “Caja negra”, como el dispositivo que registra y almacena los datos de instrumentos y conversaciones de una nave y que, en caso de un accidente, permite reconstruir los hechos y las causas del desastre.
2.2. Y “Tiro de gracia”, expresión que se origina de la práctica misericorde de proporcionar a un herido una lesión mortal que acorte su agonía.
Del contenido de ambas secciones, Ángel Ortuño hace un recuento gozoso en el prólogo de esta edición. Desarma, como él confiesa, cada pieza del libro para ver cómo funciona.
3. En Bonzo no hay poemas.
3.1. Las formas que toman los textos contenidos en el libro, no se corresponden a las de un poema; sin embargo, lo aluden. La convención que se adopta de llamarlos poemas y no de otro modo, es un sesgo programado por la tradición en los lectores.
3.2. La temática de Bonzo no discurre sobre las ideas universales, los nobles sentimientos, categorías a priori o espíritus absolutos. Refiere de forma fragmentaria acontecimientos materiales y personajes insertos en una historia personal o pública.
3.3. A diferencia de un poema de la tradición, Bonzo dialoga metonímicamente con su mundo:
3.3.1. El 15 de julio de 2012 en Damasco, los rebeldes llevaron a cabo una operación masiva para conquistar la ciudad y el régimen gobernante respondió bombardeando los barrios en donde se concentraban los insurgentes.
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3.3.2. Luego de 144,000 días, el 21 de diciembre de 2012 fue el último día del decimotercer baktún en la cuenta larga del calendario maya y nos invadía la sensación de que era el fin del mundo. Usted recibirá una llamada que lo apure a llegar a casa. // Amable, cínica o provocadora. // Una llamada que haga que tome todo por perdido y se dirija con premura a su casa.
3.3.3. En las elecciones parlamentarias de Grecia, Corea del sur y Países Bajos, celebradas en 2012, los ganadores fueron partidos de centro-derecha. En México, el presidente electo, también. 1 Calme a la persona de su extrema derecha // 1.1 Si llega a salpicar pida disculpas // 2 Hidrate el área purulenta // 2.1 Utilice sólo agua o Sidra // 2.2 Lance chorros regulares al área infectada // 3 Reconozca que es un zombie
4. En Bonzo hay textos que le hablan a un Tú en modo imperativo.
4.1. Desde que Agustín de Hipona se maravilló con la forma en que su maestro San Ambrosio comprendía un texto, sabemos lo que esa estrategia textual de la apelación provoca en nuestra lectura silenciosa.
4.1.1. De pronto, el tú que no se pronuncia, se vuelve un yo que se habla a sí mismo.
4.2. En este sentido, textos como Efecto nocturno, Tipos duros, Malas palabras y en cierto grado Nubes violeta a ras de piso, amplían sus posibilidades semánticas de acuerdo a su performatividad.
4.2.1. Si los leo en voz alta, suplanto a ese hablante que decreta, que prescribe una realidad para otro; si los leo en silencio, interiorizo esos reproches y mandamientos para mí.
5. Los demás textos de Bonzo se articulan desde una primera persona. En modo indicativo, refieren una situación de descontento entre el hablante y su entorno.
5.1. Por momentos, el spleen del libro recuerda a otros recorridos melancólicos de la literatura.
5.1.1. Tiro de gracia, por ejemplo, está construido de la misma forma que Galope muerto: una comparación en donde el referente está escindido y provoca esa tensión constante de sentido-sin sentido en el texto.
5.1.2. Arenas movedizas y la palabra ángel, al igual que otros momentos del libro, nos evoca al paseante hastiado de Walking Around, pero ese hablante que tenía una residencia en la tierra, en Bonzo ya fue desplazado por la violencia y tiene deuda hipotecaria.
5.1.2.1. El Yo que aparece en los textos de Bonzo también se cansa de ser hombre, pero no de la artificialidad y la añoranza idílica de un edén; su cansancio es más parecido a nuestra psicosis social y burnout.
6. Este Bonzo se autoinmola en una sociedad neoliberal.
6.1. La traducción literal de burnout es “quemado” y se refiere al aumento crónico del estrés laboral que deviene en un síndrome de agotamiento generalizado.
6.1.1. El 11 de junio de 1963, el monje Thích Quảng Đức ardió hasta la muerte en una calle de Saigón protestando contra las persecuciones del gobierno vietnamita hacia los budistas.
6.1.2. Los bonzos de Vietnam se inmolan como respuesta a un opresor externo que dicta sobre sus destinos, que ejerce su poder desde afuera. La voz imperativa que subyuga a esos monjes viene de un otro-diferente a mí.
6.2. En cambio, dentro del bonzo de este libro están las instrucciones para autodestruirse, como el cerdo en el epígrafe de Linh Dinh. La voz que lo sujeta viene de sí.
6.2.1. A dondequiera que vaya el sujeto descrito en Bonzo, lo sigue un mercado que lo expone constantemente. No es más sujeto de representación, sino de exposición: Usted llegará esa noche temprano a casa y encontrará un objeto costoso decorado con grandes piedras que sean signo de la entrega al capital y sus ciclos. // Ese objeto decorado será un arma o una joya o un instrumento de placer destinada al ocio contemplativo. Su vida privada se vuelve de dominio general; mercancía pública Se sacudirá el polvo de las rodillas y volverá a casa a dormir bajo techo Mientras eso llega el capital rodea su pensamiento.
6.2.2. Es un sujeto extenuado cuyo cuerpo necesita una dosis de sustancias // revitalizantes algo de ansiolíticos // o polvos porcelana para despertar. No es un loco o un criminal presto a ser vigilado y castigado, es un sujeto deprimido, un zombie.
6.2.3. No hay que olvidar el asunto de la enunciación. El sujeto en los textos se exhibe desde el yo, pero también se da órdenes, se autoexige desde el tú. Su sintaxis fragmentada, en más de una ocasión enumera la realidad vertiginosa; su habla responde a esa hiperestimulación como una máquina que es incapaz de detenerse.
6.3. El hablante en el libro es un bonzo que sigue el gesto de Thích Quảng Đức en medio de una sociedad diferente.
6.3.1. Una tarde se detuvo a meditar bajo un Bodhi (Ficus religiosa), pero A ese árbol lo rodea el capital El lucro rodea a ese árbol Donde uno finge que duerme Donde uno piensa y tiene como estorbo el cuerpo… A ese árbol lo rodea el capital Grandes fuerzas multinacionales Hay videos que enseñan a meditar en seis idiomas.
6.3.2. En esta sociedad, el acto de protesta de un cuerpo que se calcina se interpreta como fracaso; el horror de un cadáver desnudo colgando de un puente se convierte en un billboard; el desamparo de un migrante que huye de la miseria y la violencia es nada más que un problema en un semáforo. Son algunas consecuencias esperadas de un sistema económico que radicaliza la competencia, la explotación y la indiferencia. En la sociedad de Bonzo, dejamos de vivir para los demás y cada quién lucha por sus objetivos personales. Las atrocidades mostradas en exceso convierten a esos cuerpos dolientes en otra mercancía de consumo, en una cifra estadística y en olvido.
6.3.3. Luego de registrar la barbarie en su caja negra, mirando cómo se acumula la ruina y cómo es arrastrado por un viento que ya no se percibe como progreso, este bonzo se percata de que está en llamas. Dentro de sí hay una voz que lo comanda desde hace tiempo, un dictador-él mismo contra el que no puede batallar. La única ofensiva es prenderle fuego antes de estar demasiado ansioso, demasiado deprimido, demasiado agotado, demasiado alegre, demasiado optimista, demasiado exitoso, demasiado hiperestimulado…
7. De lo que no se puede hablar, mejor es inmolarse.
Con concentración anómala, Chispita me observa mientras escribo. Casi siempre, cuando le hablo, alza las orejas e inclina el cráneo con la sinceridad de quien no entiende nada. Hoy no: desde que le platiqué que escribiría acerca de ella decidió sentarse frente a mí, como dispuesta a revelarme un secreto por el que no he preguntado. Hay en sus ojos un esbozo de entendimiento.
No ha crecido mucho desde el día que la adopté. Sus primeros meses los pasó en la casa de la familia materna de Clara. El jardín era tan amplio y los pasillos tan hondos que ni a ella ni a sus hermanas les faltaba tierra que recorrer, esquinas que doblar. Desconocía la existencia de un mundo fuera de la puerta. Cuando se lo presenté, cargada en brazos, no pudo evitar temblar. Pasó la primera tarde en mi casa hurgando debajo de las camas, trepando los muebles, oliendo a mi familia. Parecía asombrada por su condición de colonizadora esporádica.
Es una chihuahua negra, afable. Manchas cafés y blancas le recorren la parte ventral del cuerpo y los extremos de las patas. A pesar de su pasividad habitual, no duda defender los dominios de la casa cada que escucha un toquido extraño, una voz ajena. Le ladra y lanza mordidas al mundo con la belicosidad digna de un pitbull. Sólo le teme a los niños y a mi abuela.
En la facultad me enseñaron a estudiar a los animales ─nuestra especie incluida─ como si fueran simples monografías. El quehacer de la clasificación zoológica convierte a los organismos en fichas sobre las que se cuelgan algunos datos. Hablamos de sus hábitats, su distribución, lo signos de su morfología, sus minucias fisiológicas. Acostumbrado a observar al resto de las especies desde la otredad evolutiva, me sorprendo aún cada vez que encuentro a Chispita tendida sobre mi cama, dándome la bienvenida a fuerza de mover la cola. ¿Cómo carajo es que un cánido, pariente inmediatísimo de los chacales y los dingos, devino en una masita temblorosa que me exige mimos y paseos? ¿Qué azares de la Genética y la Etología disputaron una lucha para que este animal se convirtiera en el simbionte de mis sillones y mi comensal cotidiano?
II
Durante el transcurso soporífero que va de la preparatoria a la mayoría de edad, presencié en más de una ocasión cómo el profesor en turno revelaba lo que nos vuelve únicos como especie, que nos distingue de los animales. Algunos maestros mencionaban al lenguaje y, otros, cómicamente, a la razón.
Afirmo, y me perdonarán ustedes, expertos antropólogos, versadísimos sociólogos, relamidos genetistas, que lo que nos vuelve únicos como especie es nuestra extrañísima costumbre de tener mascotas.
III
Homínidos en ciernes, transitamos de la vida nómada al sedentarismo gracias a la bondad accidental de algunas semillas. El tramo del Neolítico nos sirvió para ensayar nuestro futuro agrícola, aprendices espontáneos de la labor de la selección artificial. Inauguramos la civilización cuando aprendimos a domesticar plantas. Los animales fueron el siguiente paso.
Los organismos domesticados presentan características que compaginan o le son útiles al estilo de vida humano, obtenidas gracias a una interacción prolongada con nuestra especie. Si los animales domésticos tienen una morfología, fisiología y comportamiento fijos es porque estos aspectos resultan heredables. Es decir: las marcas de nuestra convivencia han terminado por asentarse en su genoma.
Nuestra historia con las mascotas es la de un mutualismo involuntario. En primer lugar, lo que las separa de los animales domésticos comunes es que ellas no tienen ninguna utilidad en actividades de producción y supervivencia: no aran surcos, no cargan yugos, no pastorean ovejas. A pesar de que ciertas personas mononeuronales usan a sus perros como guardianes de la casa, delegándoles apenas un espacio precario en la azotea, no deberían ofrecer ningún tipo de trabajo, sólo compañía.
Las mascotas nos hacen necesitarlas más de lo que nos necesitan a nosotros. Gracias a ellas volvemos a casa con la esperanza de un abrazo peludo, de un par de lamidas. Gracias a ellas viajamos con cuidado al salir a trabajar, conscientes de que hay alguien que nos espera de vuelta sanos y salvos. Gracias a ellas secretamos la serotonina que nos separa de una mala decisión o de la misma muerte.
Gracias a ellas las casas resultan un lugar más habitable.
IV
Con toda la seriedad que caracteriza a los doctores que hacen investigación rigurosa en campo y en laboratorio, uno de mis profesores de Zoología llegó a decirme que los gatos son unos absolutos hijos de puta. Enunció sin dificultad alguna los motivos por los que le parecían detestables y nocivos (como el hecho de que son máquinas devoradoras de fauna local, expertos en desequilibrar las redes tróficas del mundo).
Me tomó por sorpresa, sin embargo, lo siguiente: aseguró que nunca en la historia terminamos de domesticar a los gatos. Simplemente se nos pegaron y ya, bonitos y tragones, voraces y soberbios. Demonios peludos, preciosos, elegantes, nos orillaron a adorarlos como dioses y a recogerles el excremento en cajitas llenas de arena. Pero nunca los domesticamos. Nomás les abrimos la puerta y ellos, de soslayo, decidieron bendecirnos con su presencia.
Me parece que, en mayor o menor medida, toda domesticación ocurre así: a medias.
V
Chispita duerme sobre mi cama. Desistió a acompañar mi escritura y se tiró de costado sobre la almohada, dueña absoluta de lo que hay en el cuarto y en el resto de la casa. Descansa en la misma posición en la que la encontré cuando la conocí, cachorra apenas. Sé que ella me adoptó a mí porque siempre que visitaba a Clara era la primera de sus hermanas en correr a mí y treparse sobre mi regazo. Sé que ella me adoptó a mí por la tranquilidad con la que siempre ha dormido cuando estamos cerca. Sé que ella me adoptó a mí por la alegría que se le escapa del cuerpo cada vez que la cargo, que la acicalo, que repito su nombre.
A lo largo del último año, su compañía me permitió superar el camino áspero del pánico y los antidepresivos. La paz de sus ojos enormes, de sus pasos ingrávidos, de sus orejas puntiagudas, logró suplir mi a demanda de benzodiacepinas.