Tierra Adentro
Ilustración por Martha E. Saint Martin.
Ilustración por Martha E. Saint Martin.

¿Se puede observar y describir la realidad de forma totalmente objetiva? ¿Se puede hacer literatura científica de la condición humana? Émile Zolá (1840-1902), escritor francés y padre del naturalismo, creía que era posible. Se consideraba a sí mismo un observador aséptico e imparcial, su meta al escribir era, en sus propias palabras, “una meta científica”.

El siglo XIX fue una época en la que se conjuntaron diversas corrientes estéticas, políticas y sociales que dieron paso a uno de los siglos más turbulentos y multifacéticos. Las ideas concebidas en el siglo XVIII se materializaron en los movimientos burgueses del siglo siguiente; hubo grandes avances científicos, dos revoluciones industriales y, en el campo de la filosofía, surgieron muchas de las ideas que darían lugar a las corrientes de pensamiento contemporáneas.

Una de las tendencias más relevantes fue el cientificismo, surgido como consecuencia del racionalismo ilustrado e impulsor de la idea de que la ciencia es la única forma válida de observación y conocimiento. Zolá se encuentra entre los defensores del cientificismo, pero aplicado a la literatura, lo que finalmente lo llevó a representar, teorizar e impulsar el naturalismo.

Este movimiento literario podría describirse como una rama “extrema” del realismo, pues se basa en la documentación imparcial y obsesivamente minuciosa de los objetos de estudio. El naturalismo busca representar de forma amoral todo el espectro de la conducta humana, tanto lo agradable, como lo más sórdido. Su estética desjerarquiza lo “bello” y lo “feo”, y elimina categorías como “bueno” y “malo” para mostrar lo “real”.

Paradójicamente, pocos escritores fueron tan duramente criticados por sus pares como Zolá. La publicación de su primera novela naturalista, Thérèse Raquin (1867), conmocionó a la sociedad literaria de la época. La tradición moralista decimonónica denunció su obra como “literatura pútrida”, obscena y nauseabunda. Argumentaban que el escritor era un “miserable histérico” que describía escenas pornográficas por morbo.

Ofendidísimo, Zolá escribió un prólogo para la segunda edición de Thérèse Raquin, en el cual responde a las críticas, expone sus objetivos, los principios del naturalismo y se reprocha a sí mismo ser tan ingenuo por pensar que los lectores serían tan inteligentes como él y entenderían la novela.

Los postulados de esta corriente del siglo XIX se basan en el materialismo, el determinismo y en la convicción de que el ser humano no posee libre albedrío, de que es más bien un animal totalmente a la merced de su entorno y esclavo de fuerzas e instintos que no puede controlar.

Zolá estudia “temperamentos y no caracteres”; plasma “desarreglos orgánicos o rebeldías del sistema nervioso”, pero no emociones; realiza “la tarea analítica que realizan los cirujanos en los cadáveres” sin pretensiones estéticas. La novela es su “sala de disección” y los personajes, “cuerpos vivos”.

Resumida muy groseramente, la historia de Thérèse Raquin trata de Thérèse y Laurent, una pareja de amantes que, dominados por pasiones irresistibles, asesinan al esposo de Thérèse para poder estar juntos. Sin embargo, el remordimiento y el rencor comienzan a actuar en su contra y todo termina en desgracia. Es una gran novela, de mis favoritas del siglo XIX.

Realmente es como ver a través de un microscopio cómo estos dos bichos se destruyen e intentan escapar de sí mismos, de la realidad sin moral y en carne viva, de los deseos y sus consecuencias. Por supuesto, Zolá expone a los personajes de forma impasible y hasta cierto punto cruel, sin embellecimientos.

Hoy nadie se escandalizaría de que un escritor retratara la realidad y sus detalles macabros, tampoco se le acusaría de ser indecente o un peligro para la sociedad. Los planteamientos de la novela naturalista, aunque ya algo obsoletos para la literatura actual, siguen dando de qué hablar académicamente y continúan planteando esta interrogante de si realmente se puede observar imparcialmente, describir sin juicios, diseccionar sin sentir o categorizar lo más recóndito del alma humana.

Sea cual sea la postura del lector, Thérèse Raquin es una obra valiosísima y muy interesante, un mapa detallado e intrincado de la psique humana, a veces demasiado cercano para no resultar perturbador.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
Martha E. Saint Martin
Martha Saint es una historiadora del arte que se dedica a la ilustración. Le gustan las cosas feas y la pizza con piña. Su nombre de ilustradora, Sushi con K-tsup, emerge bajo la necesidad de crear desde la ternura, la vulnerabilidad y la sinceridad más profunda. Ella es originaria de la Ciudad de México; actualmente radica en Montréal.
Perfil de Chale Bot (@bot_chale) en Twitter.
Perfil de Chale Bot (@bot_chale) en Twitter.

En los últimos meses, se han popularizado diversas aplicaciones de dibujo que usan inteligencia artificial; estas generan una imagen basándose en una biblioteca de referencias (como Dall-E). Los resultados que han dado este tipo de inteligencias son, cuando menos, impresionantes, desde ciudades tercermundistas en universos cyberpunk hasta Borges comiendo tamales.

La gráfica no es el único fin artístico que se le ha dado a las Inteligencias Artificiales. El primer género de la llamada “literatura digital” fue, de hecho, el generador de texto. Este campo fue inaugurado por WordStar, lanzado en 1978. El más famoso de estos procesadores es Microsoft Word.

Desde entonces, la literatura digital se ha expandido y ha evolucionado. De los procesadores de textos, se ha pasado al hipertexto: una estructura no secuencial que permite generar diversos tipos de contenido mediante enlaces. Un uso del hipertexto se da en los “bots”1 de poesía.

Si bien todavía se debate si una máquina puede hacer arte, la discusión es demasiado extensa. Cabe mencionar que, para Hegel, por ejemplo, el arte sirve como conexión entre el mundo y el espíritu. También podríamos hablar del Logos universal (del cual, según los presocráticos, todxs participamos) o de la psyché (el “alma”). Esta última, para muchos sofistas, no era inherente al cuerpo, sino transitoria (es decir, se movía por todo el cosmos). De igual forma, podríamos considerar la teoría animista, según la cual todo lo que existe en la naturaleza tiene un alma; ¿y no es un programa de computadora naturaleza manipulada por la misma naturaleza, como cuando el viento y la marea desgastan las rocas? Pero Chale Bot (@bot_chale) no busca responder estas cuestiones; Chale Bot es un bot triste que solo quiere decir cosas tristes.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ángela Leyva para scent.
Ángela Leyva para scent.

La obra de Ángela Leyva (CDMX, 1987) surge de un legado paterno. El hallazgo del archivo fotográfico digital, sobre el que se basa su producción plástica, ocurrió a mediados del 2017. La artista revisaba una vieja computadora de su padre; intentaba resguardar su información de la amenaza de un virus. Fue así como rescató un conjunto aproximado de 300 imágenes de niños y niñas con padecimientos genéticos, físicos, faciales y corporales. A este tipo de fotos se le conoce como pacientes-muestra y se utilizan para diagnosticar casos específicos. Sus identidades se perdieron en la niebla; los rostros aparecen cubiertos bajo el velo trágico del anonimato. Archivo sin historia, infancias en olvido.

Bilis negra en OTRXS MUNDXS (2020-2021), Museo Tamayo. Exhibición grupal [Group Exhibition]. Curada por [Curated by] Humberto Moro y Andrés Valtierra. Imágenes cortesía de Museo Tamayo, INBAL. Fotografía de Gerardo Landa y Eduardo López para GLR Estudio.

Bilis negra en OTRXS MUNDXS (2020-2021), Museo Tamayo. Exhibición grupal. Curada por Humberto Moro y Andrés Valtierra. Imágenes cortesía de Museo Tamayo, INBAL. Fotografía de Gerardo Landa y Eduardo López para GLR Estudio.

En el marco de la exposición Otrxs mundxs (2020) en el Museo Tamayo, el proyecto de archivo y retratística de Ángela Leyva titulado Bilis negra (2017- en curso) ya era, para entonces, una presencia inconfundible en la escena del arte mexicano. Tres obras de gran formato –en siniestro diálogo con una serie de esculturas prostáticas de Berenice Olmedo– destacaban en la sala de las corporalidades.

Estas imágenes de Leyva han transitado diversos circuitos y espacios del arte en México, tanto institucionales como independientes; añadiendo siempre una nueva capa de lectura. Bilis negra destaca en el panorama de las artes visuales en México por tratarse de un proyecto poliédrico y de largo alcance que, además de plantear problemas relacionados con la circulación y  materialidad de la imagen, arroja interrogantes en torno a las representaciones hegemónicas de la infancia.

OTRXS MUNDXS (2020-2021), Museo Tamayo. Exhibición grupal [Group Exhibition]. Curada por [Curated by] Humberto Moro y Andrés Valtierra. Imágenes cortesía de Museo Tamayo, INBAL. Fotografía de Gerardo Landa y Eduardo López para GLR Estudio.

OTRXS MUNDXS (2020-2021), Museo Tamayo. Exhibición grupal. Curada por Humberto Moro y Andrés Valtierra. Imágenes cortesía de Museo Tamayo, INBAL. Fotografía de Gerardo Landa y Eduardo López para GLR Estudio.

Diversas incógnitas empañan la procedencia de las imágenes. Desde luego, se pueden extraer unas cuantas hipótesis. Algunas fotografías podrían datar de los ochentas. Su calidad es baja; a veces no tienen nitidez. Se puede deducir que gran parte de las fotos fueron tomadas en casas y en clínicas. La mayoría de los niños son de origen caucásico. Solo un pequeño porcentaje posee rasgos latinos. ¿Acaso porque los primeros tenían mayor probabilidad de acceso médico y sus familias podían costear los tratamientos? Casi todos los niños sonríen frente a la cámara. Quizá el disparador los predispuso. ¿Se sabían fotografiados para ser parte de un historial médico? Cierta inocencia les fue despojada frente al lente fotográfico.

Bilis negra (políptico) V (2020)

Bilis negra (políptico) V (2020)

Para Leyva, era importante tratar con respeto las imágenes para poder contar a través de ellas un relato afectivo. Hubo que determinar condiciones previas al proyecto, entre las que destacan: no saber nada del paciente y cuidar que el rasgo congénito no fuese evidente al modificar la foto. Asimismo, no tener acceso a su historial clínico ni a su verdadera identidad.

Al recorrer los cuadros que conforman Bilis negra, el espectador se dará cuenta cómo se desvanecen los padecimientos físicos en cuestión. A cada una de estas presencias se les ha erosionado la mirada: sus ojos han sido despojados de la representación. Sin embargo, Leyva deliberadamente evita exaltar o romantizar la alteración congénita, ni pensarlo como algo perturbador1. Por el contrario, la serie preserva la pureza y la ternura de la infancia.

Bilis negra (humores XVIII), 40 x 30 cm

Bilis negra (humores XVIII), 40 x 30 cm

La emoción o estado de ánimo que Leyva ha decidido focalizar a través de esta serie es la melancolía. De ahí que el título haga referencia directa a uno de los cuatro humores del cuerpo humano, según la teoría médica de la Antigüedad Clásica conocida por su auge en la Edad Media y por perdurar en el paso de los siglos.

Esto no implica que la faz de los niños y niñas sea melancólica per se o que remita al célebre grabado de Durero en términos iconográficos2, sino que sitúa al espectador en una temporalidad melancólica; es decir, un desplazamiento hacia el pasado, similar al que experimentamos frente a ciertas obras literarias3. Los retratos de Bilis negra capturan la esencia de una persona, cuyo alejamiento transmite nostalgia y desasosiego.

Para Roger Bartra, “la melancolía fue ciertamente un sistema coherente capaz de dar sentido al sufrimiento y al desorden mental; proporcionó un medio para transmitir los sentimientos de soledad, así como una manera de expresar la incomunicación”4. Pero, ¿cómo es la sonrisa del ser melancólico?

A su vez, la ensayista holandesa Joke J. Hermsen define la melancolía como una “aflicción colindante con la alegría; una gravedad de espíritu que en cualquier momento puede transformarse en un ataque de risa”, reflejando y estimulando a su vez “la dualidad de nuestro ánimo”5.

Bilis negra (repisa 2) 40x100cm

Bilis negra (repisa 2) 40x100cm

De acuerdo con el neurocientífico Jesús Ramírez-Bermúdez, la melancolía “durante la Edad Media, el Renacimiento y hasta el siglo XVIII, era una categoría muy amplia, con límites imprecisos, usada en pacientes con unos pocos delirios, y sin fiebre”6. La amplitud del término contribuyó a que se pensara, ya no como enfermedad, sino como una “metáfora cultural”, sin limitar su significado a un cuadro de Depresión Mayor7.

En The Anatomy of Melancholy, el clérigo Robert Burton compiló los saberes de su época a fin de ofrecer remedios para el sujeto melancólico, así como para indagar en sus orígenes. Burton pensaba la melancolía como un mal heredado. Consideró la alimentación, la ingesta de alcohol o la vejez de los padres como factores que podían propiciar el entristecimiento de los hijos. Por ello, Burton también atribuyó las malformaciones físicas al temperamento de los padres en la etapa de gestación8.

Llama la atención la crueldad de sus juicios, pues demuestra que civilizaciones en tiempos remotos excluyeron a niños con deformaciones “de mente o espíritu”9. Esta es, por supuesto, la mentalidad antigua, que concibe a las personas con discapacidades como “víctimas del pecado”; prejuicio que aún persiste en la sociedad. A este grupo social todavía se le entiende desde la tragedia, conforme labores de caridad lo minimizan y lo oprimen10. La polisemia y ambivalencia del discurso artístico permite a Leyva enunciar un problema social, sin incurrir en facilismos o estereotipos.

Bilis negra V (2020) Óleo y transfer sobre lino montado en madera 30x25cm

Bilis negra V (2020) Óleo y transfer sobre lino montado en madera 30x25cm

Tuve la oportunidad de visitar a Ángela una tarde nublada en su estudio en la colonia San Miguel Chapultepec. Su taller es, asimismo, un espacio de arte independiente llamado CROMA. Envuelta en una frazada, Leyva evocó su niñez rodeada de libros médicos e imágenes anatómicas: “Llegué al archivo hace varios años, porque mi padre es genetista. Crecer con un padre médico me acercó hacia la imagen clínica y los órganos”, asegura la artista, al recordar esta época de su vida a la par de su formación académica en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado: La Esmeralda.

“Crecí viéndolo a él [mi padre] y pensando si yo era parte de esos niños. No dejaba de preguntarme: ¿quiénes son esos otros? Al ver las imágenes originales, aún pienso en mi pasado. Es la nostalgia de una niña que ve a otros niños desconocidos.”

Bilis negra (Humores X-XIII) Óleo y transfer sobre lino montado en madera 100x120cm, 2020.

Bilis negra (Humores X-XIII) Óleo y transfer sobre lino montado en madera 100x120cm, 2020.

Me confesó, que a su padre le pareció más adecuado que este archivo fuese explorado desde el arte y ya no desde la ciencia. Fue en el mismo período cuando la artista se debatía frente al soporte pictórico y sus alcances. Sus ideas sobre la pintura iban más allá de los problemas de representación, perspectiva o composición. Para Ángela, la pintura es un espacio que encapsula una parcela de la memoria.

Por influencia de su madre que es psicoanalista y a raíz de una beca del PECDA del Estado de México, Leyva trabajó a partir de historias personales de amistades cercanas, desarrollando actos pictóricos motivados por procedimientos psicoanalíticos. Su objetivo era “desencarnar el síntoma”. Conforme Bilis negra cobró forma, el padre de Leyva colaboró en el proyecto, redactando el diagnóstico de cada cuadro, transformando el caso clínico en un acontecimiento poético. Cada retrato acarrea un componente de ficción, la construcción potencial de un personaje.

Paciente X-XI, monotipo y óleo sobre papel de algodón, 44 x 64 cm, 2019.

Paciente X-XI, monotipo y óleo sobre papel de algodón, 44 x 64 cm, 2019.

Si bien el resultado parece simplemente pictórico a primera vista, el proceso de creación en realidad se complementa con técnicas de grabado. La fotografía de cada paciente se somete a sutiles alteraciones en las que se traslada la imagen digital, por medio de un tórculo hacia un soporte de papel. Son varios pasos hasta llegar al lienzo, donde se emplean líquidos corrosivos y emulsiones para conseguir un efecto deslavado.

Finalmente, se añaden capas de pintura que, como veladuras, generan vibraciones, dando en conjunto una paleta de color predominantemente oscura, de tonos ocres y olivos. El soporte rígido forrado de lino consigue cierto craquelado como si se tratara de una antigüedad. La técnica de transfer que ha desarrollado Leyva para crear su serie –aprendida en el Taller 120 de Gráfica de la academia de San Carlos (UNAM)–, preserva la cualidad fotográfica de las imágenes, dando como resultado una especie de pintura-costra o pintura-tatuaje.

El espectador pensaría que está viendo una especie de álbum familiar, aunque naturalmente no hay vínculos sanguíneos entre los retratos. Esta fue la estrategia del primer montaje de Bilis negra realizado en el hoy desaparecido espacio Textrañomucho (2020, CDMX), donde los retratos yacían en repisas, generando una atmósfera doméstica desconcertante. Anna Maria Guasch señala que toda obra archivística posee un “índice, serialidad, repetición, secuencia mecánica, inventario, monotonía serial y un trabajo con temas y conceptos singulares, libres de toda progresión lineal”11. Me parece que, al revisar este índice de infancias anónimas, Leyva ha reinterpretado en cientos de formas el archivo paterno para vencer el olvido de un grupo social específico.

Bilis negra (políptico), Mixta (óleo, transfer y polvo de oro) sobre madera, 30 x 130 cm, 2017.

Bilis negra (políptico), Mixta (óleo, transfer y polvo de oro) sobre madera, 30 x 130 cm, 2017.

En el 2020, en una exposición individual en el espacio USRR, Bilis negra se transformó en un gabinete de curiosidades que narra una historia clínica a través de documentos. Algo similar ocurre en el filme Ydessa, les ours et etc. (2004), documental de Agnès Varda dedicado a la obra de la galerista y artista Ydessa Hendeles, quien archivó miles de imágenes de niños posando con osos de peluche. Muchas de estas escenas se remontan a la Alemania de la preguerra; por lo que, los protagonistas de su vasto archivo quizá perecieron en las cámaras de gases.

Tanto las imágenes de Bilis negra, como las de Hendeles, son atravesadas por un duelo anticipado: nos situamos frente al retrato de un ser que posiblemente ya no tiene vida. ¿Qué visión es más dura de confrontar: la imagen del niño que, estando vivo al ser fotografiado, sabemos que hoy yace sin vida o la imagen misma del niño fallecido? En las artes de México es bien conocida “La muerte niña”, tradición pictórica que mostraba a los “angelitos” en su lecho de muerte12.

Leyva entiende las infancias que forman parte de Bilis negra como un “no-futuro”. Si la retórica oficial sostiene que los niños son el futuro, Leyva pone en cuestión cuál es el porvenir de las infancias que no logran amoldarse a un proyecto social sin la oportunidad de integrarse al capital. En Bilis negra, el futuro como posibilidad es difícil de vislumbrar: de ahí la insistencia en mirar hacia el pasado.

Montaje de Bilis Negra en textrañomucho, 2020. Fotografía de Jesús Pacheco Vela.

Montaje de Bilis Negra en textrañomucho, 2020. Fotografía de Jesús Pacheco Vela.

He notado afinidades y puntos de contacto entre el proceso creativo de Bilis negra y dos novelas clave de la literatura mexicana. Al integrar el discurso médico con el artístico, el soporte pictórico se concibe como un acto de transfiguración y cirugía. De forma parecida, Salvador Elizondo construyó la voz narrativa de su libro Farabeuf partiendo de las ilustraciones de técnicas amputatorias en el Manual de técnica quirúrgica (1893) del médico francés Louis Hubert Farabeuf; sumado a las fotografías de tortura china publicadas en el libro Les Larmes d’Éros (1961) de Georges Bataille.

Elizondo trazó entrecruces entre estas disciplinas para entregar una novela que, en última instancia, siempre se devuelve hacia el signo y el cuerpo. Asegura el narrador de Farabeuf que “uno de los principios fundamentales de la cirugía -como de la fotografía- es la nitidez”13.

Pero quizá el diálogo más sugerente es el que instaura con Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza, novela histórica que reconstruye la voz de Matilde Burgos, paciente del Manicomio General La Castañeda, a partir de una investigación de archivo, en la que las fotografías y las historias clínicas juegan un papel fundamental. La escritora explora los márgenes sociales y desmonta el discurso científico en boga durante los últimos años del porfirismo y la revolución: “Mientras los generales ensayaban nuevas estrategias para acabar con el enemigo (…) la locura pasó tan inadvertida como un mendigo en el centro de la ciudad en llamas”14.

Montaje en USSR. Fotografía de la cortesía de la artista.

Montaje en USSR. Fotografía de la cortesía de la artista.

scent x Ángela Leyva en CROMA, 2021. Fotografía cortesía de CROMA.

scent x Ángela Leyva en CROMA, 2021. Fotografía cortesía de CROMA.

Es así como Bilis negra se expande y ramifica, incluyendo una colaboración en 2021 con Scent, línea mexicana de streetwear. Para este diseño, Leyva y la marca adaptaron los rostros del archivo en togas de una tela opaca. Posteriormente, confeccionó en solitario piezas sueltas con telas traslúcidas, pañuelos solitarios que se yuxtaponían a los rostros, en aras de una desaparición gradual de la estructura facial. No por nada, Ángela define estas derivaciones textiles como “pellejos-fantasmas”.

Hace unos meses, Leyva desplazó la ejecución del proyecto Bilis negra de un proceso manual a la experimentación con tecnología. A través de una clase específica de algoritmos de Inteligencia Artificial15, Leyva generó nuevas combinaciones de rostros gracias al machine learning, adaptando a su vez el movimiento en lenticulares tridimensionales. Dichos rostros “incompatibles con la vida humana” fueron exhibidos recientemente en la galería Space52 (Atenas).

Máquinas que sueñan niños, 2022, instalación, medidas variables

Máquinas que sueñan niños, 2022, instalación, medidas variables.

Máquinas que sueñan niños (GANs I-XVIII), 2022, lenticulares 3D, 35x 24 c_u. Fotografía cortesía de CROMA.

Máquinas que sueñan niños (GANs I-XVIII), 2022, lenticulares 3D, 35x 24 c/u. Fotografía cortesía de CROMA.

En Bilis negra hay fortaleza y desolación. Su autora ha reinterpretado casi un tercio de las fotografías. ¿Logrará en algún momento abordarlas todas? De no ser así, ¿cuáles quedarán en el olvido y cuáles perdurarán en la memoria material del objeto artístico? Aún queda por ver cómo evolucionará esta serie en permanente mutación.

¿Cómo traducir esta obsesión que le mantiene cerca del archivo? “Cada imagen tiene sus necesidades; sus colores y contrastes. Pienso que, al final, lo triste logra convertirse en algo bello, potente”, asegura Leyva. Bilis negra nos ayuda a cobrar consciencia de un grupo social que ha sido relegado del imaginario público. Si una de las funciones del arte es generar empatía con esa otra experiencia ajena que nos hace vivir en comunidad, considero que este archivo de la melancolía ha logrado su cometido.

GANs I, 2022, lenticular, 35x24 cm. Fotografía cortesía de CROMA.

GANs I, 2022, lenticular, 35×24 cm. Fotografía cortesía de CROMA.

Ciudad de México, Agosto 7, 2022 – Septiembre 17, 2022


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

“Soledad, estrella de mis noches”.

Blanca Varela

I

De cierta manera, la soledad es el punto de partida de toda reflexión. Por más vulgar o sublime que parezca, una idea se forja lo mismo en la intimidad del sanitario que en el sagrado recogimiento de un templo. Basta un momento de lucidez, un instante revelador o un anodino espacio de “des-cubrimiento”, como el que condensa la expresión “epifanía de bus”. El pensamiento aflora gracias a una simple coincidencia o tras una larga maduración de sucesivos razonamientos; de cualquier forma, hay siempre una irreductible relación cara-a-cara, una suerte de desdoblamiento, acaso un “espejeo”. Se necesita un otro, pero no cualquier otro, sino uno especial (a veces, incluso un doble). No en vano la etimología de reflexionar evoca un “doblar hacia uno”, es decir, el ejercicio de asir una idea y volverla a pasar por el misterioso espejo de la mente.

Desde el “¡Eureka!” de Arquímedes en su bañera, hasta el golpe de la manzana en la cabeza de Newton, hay algo en el acto de pensar que brota mejor en soledad. Si bien necesita de otro para ocurrir, este funge como un alter ego y recuerda la anagnórisis griega, ese autorreconocimiento que encarna Edipo rey cuando el adivino Tiresias le revela que mató a su padre y desposó a su madre. En ese momento, Edipo entiende: conoce y se “re-conoce”. “El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos”, cejaba Octavio Paz en El laberinto de la soledad.

II

Hay una grandísima diferencia entre estar solo y sentirse solo. La soledad se puede experimentar en una aburrida reunión familiar, junto a la pareja que no sabe escuchar y abunda en monólogos, o en medio de una multitud de extraños; asimismo, la compañía es un estado de ánimo que a menudo sabe mejor estando solo. “Tengo a mis amigos en mi soledad. Cuando estoy con ellos, qué lejos están”, repetía Antonio Machado ante las preguntas sobre la amistad.

Quizás por eso muchos idiomas distinguen entre la soledad “objetiva” (no tener acompañantes en el plano espacio-temporal) y la “subjetiva” (pensar “¡qué solo estoy!”). Lonely1 no es lo mismo que alone2, ni désolé3 es igual a seul4. De igual forma, aparte de la distinción entre “solo” y “solitario”, en español tenemos el hermoso adjetivo “íngrimo”, que significa “abandonado, sin compañía”.

Como cualquier otro ser humano, Jean Jacques Rousseau vivió distintas facetas de la soledad a lo largo de su vida, pero hubo dos experiencias que lo marcaron definitivamente (y no son ajenas a quienes leen estas líneas tras la pandemia de 2020): la emergencia sanitaria y el confinamiento obligado. Quizás algunas divagaciones al respecto no resulten del todo idiotas.

La emergencia sanitaria

Tras la peste bubónica del siglo XIV, que diezmó la población europea en aproximadamente veinte millones de personas, las enfermedades endémicas se siguieron manifestando en pequeñas proporciones hasta mediados del siglo XIX. En 1743, en medio de la peste de Messina (una terrible epidemia que mató entre cuarenta y cincuenta mil personas), Rousseau realizó un viaje de París a Venecia a bordo de una falúa. Como la enfermedad había alcanzado a la ciudad por medio de un barco cuyos miembros moribundos llegaron al puerto, muchos poblados aledaños dictaron rígidos toques de queda y el transporte marítimo se detuvo. El navío donde estaba Rousseau se vio forzado a atracar en el puerto de Génova, donde las autoridades les dieron dos opciones a los pasajeros: podían pasar una cuarentena de veintiún días a bordo del barco, disfrutando de las provisiones enviadas por el gobierno genovés, o bien podían refugiarse en el “Lazareto” (un pequeño hospital abandonado que estaba a corta distancia del puerto, pero carecía de muebles o abrigo alguno, pues estos habían sido quemados tras la emergencia sanitaria). Para fortuna de las letras y el pensamiento humano, Rousseau tomó sus pertenencias, se improvisó una almohada y varias frazadas con su ropa y se aventuró al hospital.El calor insoportable, la cercanía de la embarcación, la imposibilidad de caminar en ella y las alimañas con las que pululaba, me hicieron preferir a toda costa el Lazareto”, escribió en Las confesiones. Pasó sus días libres escribiendo, leyendo y caminando por el cementerio de los protestantes. Solo él y otros pocos tripulantes tomaron la decisión correcta y salvaron su vida, porque el resto se contagió y falleció de la nefasta enfermedad.

Rousseau narra su cuarentena como un periodo particularmente solitario y rudo, pero no desprovisto de un recogimiento muy significativo:

Estuve encerrado tras grandes puertas con enormes cerraduras, y permanecía en plena libertad para caminar a mis anchas de habitación en habitación y de historia en historia, encontrando en todas partes la misma soledad y desnudez.

Esto, sin embargo, no me indujo a arrepentirme de haber preferido el Lazareto a la Felucca [velero mediterráneo]; y, como otro Robinson Crusoe, comencé a arreglarme para mis veintiún días [de cuarentena], tal como lo hubiera hecho para toda mi vida. […]

Entre las comidas, cuando no leía, ni escribía, ni trabajaba en el amueblamiento de mi apartamento, iba a pasear por el cementerio de los protestantes, que me servía de patio. Desde este lugar subía a una landa que daba al puerto, y desde la que podía ver entrar y salir los barcos. Así pasé catorce días.5

Si Rousseau hubiera elegido confinarse en el barco, su cuarentena habría estado unida a la de los demás miembros de la tripulación (biológica y psicológicamente), detalle que la desmarcaría de la experiencia solitaria. La cercanía hubiera vuelto inevitable sentir la molestia de los demás, oír sus quejidos, atisbar su desesperación, atravesar la barrera del auto-sabotaje. De hecho, algo similar vivimos durante el primer año del confinamiento por la pandemia de COVID-19: el hecho de estar conectados TODO EL TIEMPO a través de la tecnología nos impedía adentrarnos realmente en la experiencia del confinamiento.

Si hay algo que hace sostenible y deseable la soledad es justamente poder aislarse de las soledades ajenas: retirarse, retraerse, reflexionar, aislarse desde y en la soledad misma. Esto es lo que distingue una soledad sincera (como la referida por Nicolás Gómez Dávila al afirmar que “la soledad es el único árbitro insobornable”) de la contenida en la “irreductible relación cara-a-cara” del filósofo judío Emmanuel Levinas. Esta última se refiere a la capacidad de reconocernos en toda nuestra vulnerabilidad e imperfección, sin sentir el espanto de Edipo al descubrir su tragedia (producto de una ignorancia de sí) ni la dramática asfixia de Narciso (producto de un amor excesivo y malogrado de sí). Fue precisamente Narciso quien, embelesado con su propio reflejo, quiso besarlo —o besarse— y cayó en el estanque, donde no tardó en ahogarse.

El confinamiento

El episodio del hospital del Lazareto no fue el único semejante en la vida de Rousseau. De hecho, sus últimos dos años los pasó encerrado en el castillo de Ermenonville, propiedad de un amigo suyo situada al norte de París. Cualquiera diría que semejante confinamiento parece más un premio que un castigo, pero cada ser humano vive atrapado en su cielo y su infierno, y esta no era la excepción. El filósofo huía de una horda de perseguidores (furibundos detractores de sus ideas sociales y educativas, esgrimidas en El Emilio y El contrato social), que llegaron incluso a atacar su vivienda. Un alma atormentada y paranoica como la suya ha de haber sufrido bastante pese a las comodidades.

No obstante, con el transcurso de los días en que se dedicaba a hacer caminatas en los jardines de la propiedad, empezó a fraguar un proyecto (acaso el último): un libro de corte autobiográfico y filosófico dividido en “paseos” (y no en capítulos) donde quedaran plasmadas sus últimas reflexiones sobre temas tan decisivos como la soledad y la libertad, la verdad y la mentira. Lo bautizó Las ensoñaciones del paseante solitario, ignorante de que sería una obra fundacional para el naciente romanticismo.

De sus primeras cavilaciones, se desprenden varias ideas claras sobre la soledad: 1) cuando se elige por voluntad, su dulzura es tanta como el amargor que produce su imposición sobre alguien (en casos como la expatriación, la “expulsión de la tribu”). El provecho de la soledad depende, pues, de la libertad. 2) Hay que superar una barrera de “cháchara mental”, de pensamientos en círculo vicioso sobre los demás (“el infierno son los otros”, diría Sartre) para entregarse de lleno a una soledad serena. 3) La soledad es un marco ideal para la contemplación, la ensoñación y, sobre todo, el diálogo con uno mismo; puede ser una fuente de paz, sensibilidad y regocijo. Esto es algo que hoy parece obvio, pero en el siglo XVIII estaba revestido de un aura de rebeldía, pues emergía como reacción anárquica ante la dictadura de la razón y los cenáculos de iluminados donde se decidían las verdades absolutas del mundo.

De todos los “paseos” de las Ensoñaciones, el cuarto es de los más bellos y, quizás, también el más platónico en lo que atañe a la experiencia solitaria. En él, Rousseau hace un recuento de sus días felices en la isla de Saint Pierre, en una estancia que duró poco más de dos meses y donde estuvo íntimamente ligado al campo y a la vida rural, lejos del caos y del ruido citadino. Se refiere al sentimiento insular, al aislamiento positivo, a la idea de vivir como una isla distanciada y armónicamente conectada al mundo.

Al principio hay una apología del ocio: Rousseau afirma que su felicidad reside en el far niente, en su completa dedicación a actividades placenteras. Esto no significa “hacer nada”, como lo querría una traducción literal, sino más bien entregarse a los placeres individuales sin más imperativo que ese mismo, sin ninguna presión social o mandato que huela a burocracia, sin ninguna etiqueta mental de esas que deforman las ocupaciones y las vuelven “pendientes”. “Una de mis mayores delicias era dejar mis libros embalados y no tener escritorio”, escribió.

Posteriormente, el paseante reconoce que, más allá de la tranquilidad y la calma, el contacto social es necesario en la medida en que divierte y permite exteriorizar los sentimientos y las ideas encerradas en la mente; actúa como un dique movible que se abre cada tanto para dar flujo y estabilizar el cauce de las aguas sin que desborden. Luego, su reflexión termina con una hermosa evocación de la nostalgia centrada y la alegría lúcida. Su contemplación serena (y, hasta cierto punto, racional) de la transitoriedad de la vida y la impermanencia de las cosas conlleva una satisfacción espiritual, un estado cercano a la felicidad (cuya estabilidad, sabemos, es de antemano imposible).

He notado en las vicisitudes de una larga vida que las épocas de las más dulces alegrías y de los placeres más intensos no son, sin embargo, aquellas cuyo recuerdo me atrae y me conmueve más. Estos cortos momentos de delirio y de pasión, por vívidos que puedan ser, no son […] más que puntos bien dispersos en la línea de la vida. Son demasiado escasos y demasiado rápidos para construir un estado, y la felicidad que mi corazón lamenta no está compuesta de instantes fugitivos, sino de un estado simple y permanente […].

Todo está en un flujo continuo sobre la tierra: nada guarda una forma constante y detenida; nuestros afectos, que se apegan a las cosas exteriores, pasan y cambian necesariamente como ellas. Siempre, por delante o por detrás de nosotros, recuerdan el pasado que ya no es o previenen el futuro que, con frecuencia, no será: no hay nada de sólido ahí a lo cual el corazón pueda aferrarse. […] Apenas hay en nuestros más vivos goces un instante en que el corazón pueda verdaderamente decirnos: “Quisiera que este instante durara siempre”; ¿y cómo podemos llamar felicidad a un estado fugitivo que nos deja todavía el corazón inquieto y vacío, que nos hace lamentar alguna cosa antes, o desear nuevamente otra cosa después?

Pero si […] el alma encuentra un asiento lo bastante sólido como para reposar entero y reunir ahí todo su ser, sin tener la necesidad de recordar el pasado ni de saltar sobre el futuro, […] puede llamarse feliz […]. Tal es el estado en el que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, bien sea acostado en mi barco, que dejaba derivar al gusto del agua, o sentado en las orillas del lago agitado, o ya sea en otro lugar, al borde de una hermosa ribera o de un riachuelo murmurante sobre la grava.6

III

Las reflexiones sobre la soledad tienen una extraña vigencia. Su intemporalidad radica en el constante cambio que opera el flujo temporal sobre la vida. Hoy leemos con tanto gusto a Marco Aurelio o a Emily Dickinson como un lector de 1960 y, probablemente, como lo hará alguien más dentro de veinte o cien años. En particular, uno de los aciertos de Jean Jacques Rousseau reside en su forma de hermanar soledad y consciencia. Para él, una de las particularidades que comparten es que ninguna se concreta; si acaso alguna lo logra, es momentáneamente y en su propio devenir, en su correr incesante, como esas tonadas de jazz que no tienen “conclusión” ni “caída” y cuya belleza radica precisamente en su flujo, en su decurso.

Dentro de la incontable multitud de precisiones al respecto, hay una que me maravilla: la verdad de la soledad y la consciencia surge de una contradicción, pues ambas entrañan la página en blanco, el vacío.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Arturo Loera, Algunos sueños sobre el capitalismo. Portada de Axel Rangel.
Arturo Loera, Algunos sueños sobre el capitalismo. Portada de Axel Rangel.

La teoría de las palabras

me rebasa por completo.

Arturo Loera

Hay una peculiaridad en Algunos sueños sobre el capitalismo: la escritura poética dialoga directamente con el espectro de la realidad y el mundo onírico a partir del poder significante de un sufijo. El título del libro con que el poeta mexicano Arturo Loera fue merecedor del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2021 no es una obviedad. Antes que proponer un syllabus que deconstruya la teoría, los poemas de Loera buscan en la metáfora de la urbe significados que no solo le atañen al ismo, sino también al transeúnte y al ecosistema que habita. El poemario está estructurado en tres secciones: «Algunos sueños sobre el capitalismo», «El siglo de los lotófagos» y «Dos poemas aparentemente históricos».

Los sueños son cinco y están enumerados en ordinal. Desde el Primer sueño sobre el capitalismo hay una declaración de intenciones: Para los que vienen en búsqueda de teorías / yo solo tengo una manzana en la mano”. Así, los poemas se enuncian en función de imágenes y no en panfletos: un agujero en el calcetín como síntoma de una legislación ΩΩ o un muchacho desnudo que no puede encontrar el valor de x frente al pizarrón. En el “Segundo sueño sobre el capitalismo” aparecen dos niños que juegan futbol con una botella de Coca-Cola y se revelan inútiles para el mercado, pequeñas víctimas de una silenciosa guerra fría coloreada en rojo y esponsoreada por la cultura pop.

En unos cien o doscientos años / la humanidad de entonces / mirará a la de ahora y dirá: / ¿cómo era posible vivir de esa manera?”, plantea la voz poética en el tercero de los sueños que hay en el libro de Arturo Loera, y enseguida el mundo se revela de asfalto. El poema anticipa el futuro y lo prevé incompartido para una generación que le teme antes al buró de crédito y al cataclismo que a la orfandad. En el cuarto sueño, “Se repiten los patrones, / cambian los términos”. Hay un rastro de ecocidio en el poema: “Cuando se derriba un árbol / para construir un edificio / se suplanta un fruto por otro…”.

El fracaso rotundo del sistema en la imagen de la usurpación y el desahucio. Este es el eje del “Quinto sueño sobre el capitalismo”: “Aquí estoy por ahora, / en este cuarto de dos por uno ochenta, / donde la cama es casi todo el piso / y camino descalzo sobre las sábanas / para tomar de las repisas algo de ropa, los / cigarros, / el dinero que me queda a fin de mes / y acomodo, muy despacio, algunos libros”. Sin embargo, la resistencia ante un sistema que oprime a los sujetos, al tiempo que reduce y sobre todo aliena. La ideología del ismo deambula entre los poemas de Algunos sueños sobre el capitalismo como un fantasma que pellizca al lector y pretende configurar ante sus ojos una realidad dispar e insaciable.

En «El siglo de los lotófagos», uno de los marineros que viaja con Ulises a su regreso de Troya se pregunta si es verdadera la leyenda de los hombres que se nutren del loto: “¿Es cierto que el que prueba el fruto de la muerte no vuelve? ¿No tengo acaso, todavía, algo de memoria?”. El viajero se enamora de las flores del futuro y pone a prueba el recuerdo: “Olvido de dos filos, muerte de aparador, melancolía barata en hombres y mujeres de agua. No habrá por qué regresar. No habrá día”. Y entonces come del loto y olvida los pecados; come y elimina los errores. No hay problemas en la memoria. El sueño es otra forma del olvido, pero no se parece al perdón, y el sabor de las palabras cada vez es más difícil de recordar. El lenguaje permanece inamovible: “No, hermano. / No, hermana. / No vagaremos más”.

El último apartado de Algunos sueños sobre el capitalismo se trata de «Dos poemas aparentemente históricos»: “Xochiyáoyotl” y “Después de waterloo”. En el primero, la ciudad antigua emerge de la urbe moderna y se precipita sobre el nuevo milenio: “La tierra fértil es ahora un cenicero. / Las pirámides departamentos / con la renta prometida en una nube; / este nuevo sacrificio asalariado / que nos deja con la sangre / membreteada en una esquina”. Una vez más, la transfiguración del ismo en una imagen. El lenguaje y el cuchillo de obsidiana, el redoble del tambor sobre la nómina y el dinero en la base del sacrificio. En el segundo poema, la voz poética dialoga con un mariscal en el campo de batalla. La derrota, la posición en el mundo y la representación en el azar como acotaciones en el discurso del sistema: “¿Qué paréntesis envuelve estas palabras? / ¿En qué desierto se queman las ideas que uno / abandona? / No podemos morir aquí. / No podemos. No es el tiempo oportuno”.

En Algunos sueños sobre el capitalismo, Arturo Loera propone un acercamiento poético antes que teórico para el reducto inextricable del sistema. Mientras que ni el papel moneda ni el plástico garantizan la renta del cuerpo y los afectos, en el poema el lenguaje resignifica el poder del sufijo a partir de la experiencia cotidiana. La precariedad, el desencanto y el ismo cohabitan el espacio en los poemas de Loera como espectros que suplantan un fruto por otro. A diferencia de las manzanas que caen del árbol, las personas que se arrojan de edificios no sirven de alimento ni de abono, solo se entierran en cajas o se vuelve cenizas, con cirios y funerales según el presupuesto.

Y nadie se lleva nada.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

¿Qué es el fact check y con qué se come?

Siempre que digo que soy periodista de fact check recibo, ineludiblemente, la pregunta más emocionante de mi vida: “¿Y eso qué es?” Me emociona por dos razones. La primera es que me dedico a algo que me apasiona: saber historias y contarlas, aunque no sin antes asegurarme de que son verdad; la segunda es que encuentro una oportunidad para desmitificar al periodismo; un oficio que en los últimos años se ha vuelto tabú y enemigo mortal de muchas cúpulas.

Los datos al respecto son muy interesantes. De acuerdo con la encuesta Ipsos, en 2018 el 72% de las personas encuestadas en México se consideraba capaz de detectar una noticia falsa, mientras sólo el 44% consideró que los demás miembros de la sociedad podrían hacerlo.1

A pesar del optimismo, luego de un análisis de la Universidad de Míchigan tras el desarrollo de una inteligencia artificial que detectaba noticias falsas con una efectividad de 76%, se supo que las personas sólo acertaban en el 50% de los casos. “Daría igual que lo hicieran al azar”, ironizaba el periódico español elDiario.es.2

En esto coincide la firma Kaspersky, quienen 2020 encontró que, en promedio, el 70% de las personas en Latinoamérica no sabe cómo detectar una noticia falsa. En México la cifra es del 66%. “La investigación mostró también que el 16% de los consultados desconoce por completo este término; aspecto que parece guardar grandes similitudes con otros países latinoamericanos como Perú , en donde un 47% afirma no saber a qué se refiere el concepto.

En contraste, quienes están más familiarizados con esta expresión son los brasileños, con solo un 2% que dice ignorar lo que es una fake news”. Otra preocupación es que a la gente le gusta tener la razón, sin importar si la información es cierta o no, y por ello contribuyen a la desinformación. “Contrario a la creencia convencional, los robots aceleran la difusión de noticias falsas y verdaderas por igual, lo que implica que las noticias falsas se viralizaron más que las verdaderas porque los humanos, no las máquinas, son más propensos a difundirlas”, dice un estudio publicado en 2018 en la revista Science.

Es decir: si bien sucesos como el Facebook Papers nos hacen pensar que todo es culpa del algoritmo, buena parte de la responsabilidad sobre las fake news es humana. Desde su creación hasta su difusión viral.

El botón de las noticias falsas

Es innegable la necesidad de un botón para denunciar noticias falsas en redes sociales, porque aun cuando Facebook tiene  equipos o alianzas de verificación en prácticamente todo el mundo, muchas veces estas son clasificadas por los usuarios como spam al no existir un apartado que claramente diga “Esta información es falsa o engañosa”, lo que en realidad no da una magnitud ni clasificación correcta.

De acuerdo con el Servicio de Ayuda de Facebook: “el spam implica ponerse en contacto con otras personas con contenido o solicitudes no deseados. Este término engloba el envío de mensajes en masa, la publicación excesiva de enlaces o imágenes en las biografías de otras personas y el envío de solicitudes de amistad a personas que no conoces”. Ninguna de estas definiciones incluye la publicación, intencional o accidental, de información errónea.

Sin embargo, la red social principal de Meta Inc. etiqueta las informaciones falsas brindando links a la verificación realizada por (personal) independiente que forma parte de la Red Internacional de Verificadores de Datos (IFCN, por sus siglas en inglés).

“Cada vez que un verificador de datos califica un contenido como erróneo en nuestras plataformas, reducimos de forma significativa su distribución para que menos personas lo vean, lo etiquetamos como tal y notificamos a las personas que intentan compartirlo”, explican en la página del Facebook Journalism Program del que forma parte el Programa de Verificación Independiente.

Twitter, otro titán social, tampoco tiene una forma directa para la clasificación de noticias falsas sino que sólo ofrece la categoría Es spam entre sus opciones de denuncia. En un esfuerzo por combatir la desinformación, la plataforma invita a leer artículos antes de compartirlos al momento en el que una persona usuaria da retweet. Esto no aplica para imágenes o texto, solamente en links.

En el caso de esta red social, quedan por ahí los intentos reiterados de la actriz y cantante Patricia Navidad por volver a usarla luego de que su cuenta fue suspendida permanentemente al difundir información falsa sobre la vacunación y la COVID19. “No soy mala, no le hago daño a nadie”, repite incansablemente para aparentar que su bloqueo en Twitter se debió a un tema de odio y no a la desinformación que provocaba.

Tema aparte son las aplicaciones de mensajería privada como WhatsApp o Telegram, en donde no existe control alguno de la información  que se comparte ni sobre la viralidad que puede alcanzar gracias a la difusión masiva en grupos y canales.

Falsos verificadores

Otro aspecto que también llama mucho la atención son las personas que se hacen pasar por verificadores, sea para “desmentir” información que les afecta —pero que no es falsa— o para engañar, y que podemos encontrar en todo tipo de plataformas y en todo tipo de ámbitos.

Los tiempos convulsos en los que vivimos han demostrado la necesidad imperiosa de que la información difundida por medios de comunicación y autoridades sea real, precisa y verificable. Es vital que las instancias involucradas asuman esa responsabilidad y se comprometan con la verdad.

En los últimos años el tema central de la verificación del discurso ha sido la vacunación y la COVID19, por su gravedad y las implicaciones que tendría el hecho de caer en informaciones falsas. Esa es la importancia del fact check: ¿Qué puede pasar, por ejemplo, si alguien cree que bebiendo cloro puede evitar infectarse de SARS-CoV-2?

Las consecuencias en este caso podrían ser devastadoras, pero igual de peligroso resulta que un medio o autoridades den información engañosa sobre aumentos de precios en la canasta básica o un accidente mayor, como la tragedia del Metro de la Ciudad de México en 2021 o los terremotos de septiembre de 2017.

Guía breve para combatir la desinformación

La clave para combatir la desinformación es preguntarnos la veracidad de algo antes de compartirlo: revisa la fuente, consulta en Google la información. Si está ya fue desmentida, encontrarás la verificación realizada por algún fact checker en el mundo.

A nivel internacional existen diversos medios especializados en verificación de datos. México no se queda atrás: en el norte del país está Verificado MX, una de las iniciativas más representativas al respecto. También es posible encontrar importantes trabajos en El Sabueso de Animal Político.

Medios internacionales como The Associated Press (AP), Reuters, Al Jazeera (AJ+) y la Agence France-Presse (AFP) tienen operaciones en México y publican chequeos en español. En el caso de AFP, puedes solicitar verificaciones a través de su bot en WhatsApp, lo mismo que con Verificado MX.

También puedes confiar en textos de medios adheridos a The Trust Project, iniciativa internacional que hace énfasis en la veracidad y precisión en los medios de comunicación y las audiencias, quienes pueden firmar la promesa: Prometo apoyar la democracia, luchar contra la desinformación y comprobar quién y qué hay detrás de una noticia antes de compartirla en las redes sociales.

Al igual que la IFCN, The Trust Project insta a las redacciones a la transparencia en sus fuentes de financiamiento y propietarios para que las audiencias afiancen en esto su credibilidad. La forma más frontal de combatir la desinformación es dar la mayor difusión posible a la información clara, precisa y verificable.

 


Autores
(México, 1995). Divulgador cultural. Listado entre “Los 10 Influencers LGBT+ que mueven México” por el periódico La Crónica de Hoy en 2021 y disertante del Urban Thinkers Campus 2019 de la World Urban Campaign auspiciado por ONU Hábitat en Ciudad de México. Su trabajo periodístico ha aparecido en ContraRéplica, Cúpula (suplemento cultural de El Heraldo de México), El Economista, Regeneración Mx, Time Out México, Verificado Mx y la revista digital de la Iniciativa Mexicana de Arte, de la que es director fundador. Autor y productor de los formatos «Fiesta Mexicana de Arte», «Íconos» y «#HastaEncontrarles: homenaje a las madres buscadoras», este último en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris en noviembre de 2021. Es verificador de datos para Factstory —filial internacional de la Agence France-Presse (AFP)— y mentor en México de la Red Latinoamericana de Formadores en Fact Checking.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.
Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Hace unos días, leí un texto de Jhumpa Lahiri sobre las portadas de los libros y la reflexión que existe alrededor de ellas. El mundo editorial nos bombardea de sugerencias en los ejemplares, incluso antes de abrirlos y leerlos. Las prioridades de cada casa editorial son seguramente válidas, pero no podemos perder de vista lo que implica esta sugestión, pues es precisamente lo que parece un grito desde la mesa de novedades para que el futuro lector se decida entre uno y otro.

La verdad es que muchos títulos terminan por alejarse de lo que el autor quería decir en su obra, por comunicar algo distinto a lo que quizá el lector pueda descubrir en el texto. De aquí, me surgen muchas dudas y reflexiones en torno al mundo editorial en México. Considero cómo estos intereses, que también podríamos llamar causas, han influido en la producción de nuevos libros hoy en día. Vemos editoriales que cuidan hasta el más mínimo detalle en la selección del papel, la mancha tipográfica, la tipografía y el diseño de portada, con la intención de sacar al mercado un producto selecto o exclusivo.

La relación que existe entre el libro y el lector no puede pasar a segundo término frente a otros detalles, pues hablamos también de la experiencia de leer y no solo de un mero tránsito de ideas entre el autor y el lector. Pienso un poco en la Arquitectura y en lo que hoy denominamos como vivienda digna, que más que referirse a los acabados y proporciones, está relacionado con la experiencia de vivir un espacio, la iluminación y la ventilación. Los elementos que determinamos como dignos están relacionados intrínsecamente con nuestra forma de relacionarnos en ellos.

De esto hablé con Ghada Martínez, autora del libro Sapos en la lluvia, recientemente publicado en Tierra Adentro. Para ella, en una ciudad cada vez más compleja y peligrosa, donde nadie tiene tiempo para nada, el libro impreso es un espacio seguro. ¿Quién te asaltaría por un libro?

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

La democratización de la lectura puede haber ganado espacios con el libro digital y la libre circulación de los PDFs; sin embargo, no podemos ignorar que es tan solo una parte de la población quien se ve beneficiada de estos recursos.

Democratizar las letras es una labor de múltiples aristas. Es necesario comprender lo que pasa en el entorno antes de realizar actividades como conversatorios y presentaciones de libro. De nada sirve llevar estos eventos a una comunidad que poco le importa o ni siquiera está al tanto de la conversación actual de la literatura.

Este tema siempre me lleva a una reflexión que me gusta poner sobre la mesa, en torno a los procesos y a los escenarios de la narrativa contemporánea. En la transición por la que atravesamos en esta época, en la que no parece haber nada determinado y las urgencias siempre son válidas y distintas.; donde lo políticamente correcto es al mismo tiempo una figura de autocensura. Me gusta conocer la opinión de los autores, su posición frente estas posibles problemáticas o circunstancias.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

GM: Actualmente no estoy en contacto con este tipo de análisis literario, pero es visible que hace falta la crítica seria en la literatura, una reflexión seria sobre la obra literaria. Porque obviamente estamos en tiempos donde están cambiando rápido las cosas en lo político y lo social, pero la literatura como forma, me parece que también debería seguirse estudiando y reflexionando.

¿Cómo te posicionas tú frente a la figura del autor?

Es algo complejo y siento que no tengo una postura al respecto. Con esto del Me too, entiendo de dónde viene la crítica de que no vas a leer el libro de un acosador, pero al mismo tiempo entiendo esta parte de que si la literatura se leyera con base en sus autores a lo mejor nadie leería nada. Hay un buen de gente que tiene muchos pedos y hace cosas increíbles en cuestión de arte y literatura, aunque no eran precisamente buenas personas.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Recuerdo que mi asesora de tesis en el Claustro de sor Juana me contaba recientemente que —a diferencia de aquel entonces cuando comenzaban las conversaciones alrededor del feminismo y yo estudiaba en la carrera—, en estas últimas generaciones el movimiento ha ido tomando más fuerza, y también se ha estrechado bastante el pensamiento. Me decía que las generaciones que están entrando se niegan por completo a leer por ejemplo a Octavio Paz y cosas así. Incluso literatura que retrata posturas y personajes misóginos. Y con esto yo siento que hay un problema.

Actualmente yo tampoco leería hombres-blancos-heterosexuales-misóginos que es lo que siempre se ha leído en la historia de la literatura por siglos. Pero a la vez siento que las letras van más allá del autor. Es importante saber, que a lo mejor no vas a ser fan, pero tal vez, para poder hacer esta genealogía de las ideas y analizar las formas literarias o las raíces de ciertos movimientos, sería relevante conocer estos libros. También muchas veces en la literatura puedes distinguir cuando la obra tiene un discurso feo o cuando es una especie de retrato, porque finalmente la literatura es el archivo de las ideas humanas.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Entiendo la postura política de no leer a cierta persona, pero creo que no se puede ser tan prescriptibista, de lees a este wey, y por lo tanto no tienes convicciones, porque la literatura no solo es el autor, sino también es la forma y el arte de escribir.

Al mismo tiempo, lo referente al libro por el libro no se habla. La escritura como forma y como una construcción artística pensada, también logra transmitir, más allá de sostenerse en las causas como lo que hemos visto últimamente en el medio. La discusión sigue y seguirá, pero es importante que salga la crítica, el análisis de las obras. Cuando iba en la carrera y se estudiaba literatura del siglo XX, siempre se refería a la literatura escrita por mujeres como literatura femenina —como si para referirnos a la de hombres, dijéramos literatura masculina—y siempre se abordaba desde la perspectiva de género, que está bien para generar un panorama general, pero no podemos olvidar que es literatura, entonces debería abordarse como se aborda otro tipo de letras y análisis literario.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Me parece interesante que, en tu libro se vea perfectamente esa línea tan marcada donde no prevalece quizás una causa que abandere la publicación, sino un interés por irse descubriendo en sí mismo.

Mi intento tiene que ver con explorar estas dinámicas de claroscuros dentro de la familia. Es algo que me interesaba; sin embargo, mucha gente y muchas reseñas lo han interpretado como una crítica desde ese sentido, en el que hay que evidenciar y denunciar la violencia intrafamiliar. Lo entiendo, pero no es algo que me interese. Solo quería poner en una obra que las relaciones son así, el mundo es así, las familias son así. Estaría bien chido que no fueran así y que no existiera eso, pero es.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

No sé si puede cambiar, pero mi obra quiere reflexionar sobre eso. Aclaro que hay cosas bonitas, aunque también sale lo feroz, lo visceral, lo doloroso. Vivir así siempre va a existir, mientras exista la interacción humana, pero mi intención como autora es expresar. Me resulta curioso que la gente busque una interpretación así, con estas causas.

Me parece que el libro es un reflector a la monstruosa humanidad que nos habita

Las letras son un retrato de la condición humana, que es lo que finalmente buscamos con la literatura. Es importante y muy chido discutir alrededor de esta condición, lo que debería cambiar o lo que podemos hacer para tener una sociedad más digna, para erradicar, por ejemplo, la violencia.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Al mismo tiempo, reconocer que las letras y el arte no le debe nada a nadie. En este sentido, también me agrada la idea de retomar esta literatura que no está totalmente encausada a los movimientos sociales de ahora, y eso no significa que tenga que propugnar un discurso contrario. Simplemente me interesa hablar de otras cosas paralelas a mis intenciones políticas.

Para Ghada, estas reflexiones son parte de una necesidad en la literatura. Su libro Sapos en la lluvia está publicado por editorial Tierra Adentro, y como parte de este catálogo, me parece que corresponde congruentemente a una polifonía de voces jóvenes, que están siendo muy conscientes de las convicciones que sostienen como escritoras y escritores desde su obra, así como de su postura frente a las problemáticas que enfrenta el mundo editorial en nuestros días.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.

Ghada Martínez. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

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Los sonidos de la noche comienzan a subir de tono. El último chispazo del sol se desvanece detrás de las montañas. El cielo, el paisaje y la temperatura cambian. Mientras unas especies duermen, otras se aventuran al acecho. Los tepezcuintles salen de sus cuevas en busca de comida. Las comadrejas se despiertan y olfatean a su próxima presa. Las gallinas lo saben y se suben a los árboles de manzana que tengo frente a mi casa; en sus genes llevan el instinto animal que hace que se resguarden de los peligros. Mientras las observo, pienso en que nosotros, los humanos, también podemos identificar el peligro y, más aun, interpretarlo a partir de ciertos seres que nos advierten lo que puede suceder.

En la noche se da una profunda batalla entre los sonidos que presagian buenos y malos momentos. ¿Cómo saber interpretarlos? A partir de la vivencia, que se une a los conocimientos que hemos escuchado de distintas voces. Así aprendemos a reconocer los susurros que anuncian días de tristeza, de dolor, de preocupación y alegría. Algunos evaden los sonidos, pero nadie se escapa de escucharlos. Mostrarse indiferente a estos conduce a una de dos cosas: que pasen inadvertidos o que culminen en una tragedia.

Recuerdo que, de pequeño, uno de mis tíos me contó su experiencia sónica. Me platicó que cierta ocasión un grillo se asomó en la puerta de su casa y silbó suave y prolongadamente:

                                                                                                              chil

                                          chil                                            chil

                          chil                       chil                     chil

               chil                      chil

Chil

Mi tío entendió que el insecto le avisaba que pronto tendría días de preocupación, porque el silbido fue tan nostálgico que su corazón lo sintió. Aquella vez, él se encontraba enfermo del estómago y creyó que el grillo le anunciaba que se agravaría hasta alcanzar la muerte. Entonces recordó las palabras de su abuelo, quien le había dicho lo que debía hacer si alguna vez lo sorprendía un augurio. Lo primero que vino a su mente fue correr al grillo; le pidió que se fuera lejos, mientras lo empujaba con la escoba. El insecto se encaminó y brincó hacia la milpa hasta perderse de vista. Recordó que no debía matarlo porque, de hacerlo, provocaría que el mensaje se quedara en la casa.

Cuando mi tío me compartió su vivencia, comprendí que los sonidos de la noche son interpretados a partir de lo que el corazón logra sentir. Son intuiciones humanas y el miedo que provocan puede quitarnos la vida si no actuamos, si nos dejamos vencer por la incertidumbre. Nos preocupa la vida cuando se ve amenazada, pero ¿qué nos genera ese miedo: el silbido del grillo o saber que nos advierte algo? Las dos cosas; una se encuentra atada a la otra.

“¡Hay que saber pensar ante el peligro!”, mi madre me dijo la noche en que un grillo se paró y silbó en la puerta de la cocina. Tomábamos un poco de café cuando lo escuchamos. Al ver el insecto, recordé lo que mi tío me había contado. Sus palabras no habían tenido efecto en mi vida hasta esa noche. Al principio, tuve un poco de miedo y salté de mi silla, pero mi madre mantuvo la calma y se levantó de su asiento. “¡Vete de aquí! ¡Vete a las montañas! ¡Allá está tu casa!”, le decía mientras lo empujaba con un libro viejo que tenía guardado a un lado de las ollas. El insecto dio un brinco, extendió sus alas y se fue. La lucidez con la que actuó mi madre me dejó una enseñanza que ahora no solo aplico con los sonidos, sino también con los retos que conlleva el hecho de vivir.

Sé que no todos los grillos advierten malos momentos (solo aquellos de color negro, los verdes y los largos). Nadie me ha sabido decir quién les dio vida, si acaso fueron los ajawetik o el pukuj1. La única idea clara que tengo es que no debemos juzgar a los insectos por su apariencia, porque pueden ocasionarnos desdichas que superan nuestra propia imaginación.

2

Los grillos pertenecen a la familia de los insectos que tienen alas, pero prefieren saltar; sus piernas son tan fuertes que pueden recorrer largos tramos de un solo impulso; de ese modo se trasladan de un lugar a otro. En ocasiones pienso que, cuando deciden volar, lo hacen para perseguirnos y provocarnos pavor. Cuando la huida se hace inevitable, se ríen de nuestra cobardía. Nos causan el mismo temor que las cucarachas cuando vuelan. Siento un cosquilleo en mis piernas tan solo de pensarlo.

Si bien los grillos no suelen usar sus alas para volar, estas cumplen una función sorprendente, pues con ellas se genera el chirriar que los caracteriza. Su sonido no surge de la exhalación del aire, como sucede con otras especies, sino del roce de las puntas de sus alas que, al frotarse, generan un silbido que se expande por las milpas y montañas hasta tocar nuestros oídos. Un leve movimiento genera un profundo estruendo. La modulación de su chirriar se debe a los cambios de temperatura que experimenta su cuerpo y que se expresa en la velocidad con la que agitan sus alas. En las tardes y noches, cuando el frío abraza al pueblo, su silbido se vuelve más lento y pausado, pero sucede lo contrario cuando el calor es sofocante: su ritmo se acelera a la par de los latidos agitados del corazón.

Hay una cosa que me causa curiosidad: como sucede con el brillo de las luciérnagas machos, los grillos silban para atraer a las hembras y ellas, a su vez, eligen la melodía que logre transmitirles el calor que necesitan. Cada silbido es distinto; ninguno se asemeja a otro, pero todos los grillos parecen tener una habilidad para el cortejo y el apareamiento; es como si el mundo así lo prescribiera. Me resulta difícil pensar si alguna vez un grillo u otra especie de insecto podría quedarse sin pareja. ¿Será eso posible, como sucede con los humanos? Quizá ellos no tengan esa desventura; todo depende de cómo silben.

Ahora bien, el chirriar de los machos (y la fuerza con la que lo hacen) no solo sirve para encontrar pareja, sino también para marcar su territorio frente a otros machos que pretenden usurpar su espacio. Así los ahuyentan y les advierten que una batalla podría librarse si se acercan. De hecho, la protección del hábitat es una condición animal, pero también humana; es una característica que nos hace más similares de lo que parece.

3

Dicen que los silbidos de los grillos ––además de atraer a las hembras y marcar su territorio– son voces que todo el tiempo revelan algo de nosotros, pero que no alcanzamos a entender sino a partir de interpretaciones, que son el resultado de nuestros propios miedos. Solo así le damos sentido a lo que ellos murmuran o, más bien, lo que creemos que ellos nos dicen. Pude constatarlo años después de haber escuchado a mi tío.

Recuerdo haber caminado una tarde hacia la casa de mi abuela Antonia. La neblina comenzaba a asentarse en el suelo y disminuía mi visibilidad. Sentía el rocío de la llovizna escurriéndose en mis orejas; cada vez hacía más frío. Oscurecía poco a poco, pero no tenía miedo; no era la primera vez que caminaba solo. Mientras avanzaba, varios grillos comenzaban a chirriar; subían de tono. Parecían gritos de ayuda que, entre más fuerte sonaban, más me ensordecían, y eso, quizá, era lo que me provocaba temor.

No me sorprendió escuchar a varios grillos. Es común que silben en las tardes y noches, pero me asusté cuando uno verde y grande se detuvo frente a mí. Sentí que me veía. Movía sus alas con lentitud. De pronto, produjo un sonido que hizo temblar mi cuerpo. El tiempo se detuvo; solo se escuchaban los silbidos que venían de la neblina. Intenté aplastarlo, pero recordé lo que mi tío me había dicho. Después de eso, el insecto brincó hacia los pastizales.

Retomé mi andar y, mientras avanzaba, pensé en las cosas que el grillo intentó decirme. Me preguntaba si acaso iba a enfermarme o si me avisaba que algo me pasaría en el camino. No sabía si se trataba de mí o de alguien más. Me angustié de no saber con exactitud las palabras silbadas. Pero, antes de llegar a la casa de mi abuela, me detuve y me senté sobre un tronco. La noche ya había llegado. “¿Por qué tengo que traducir a mi lengua lo que el grillo me silbó? ¿Por qué nos han enseñado que debe ser así?”, me preguntaba en silencio.

En ese momento, me di cuenta de que todo lo que creía que el insecto me decía eran cosas negativas, como si el silbido necesariamente debiera ser malo. Tal vez se trataba de algo bueno; había una posibilidad de que así fuera. Le di muchas vueltas hasta que tomé la decisión de mejor contárselo a mi abuela una vez que la viera.

Cuando entré a su casa, la saludé. Ella me ofreció café y me preguntó si llevaba las tortillas que mi mamá le había enviado. Se las entregué y le conté lo que me sucedió en el camino. Esperaba que me dijera algo al terminar mi relato. “Tal vez fue un grillo que se cruzó y esperó a que caminaras para saber hacia dónde saltar”, fue lo único que pronunció. Sus palabras me dejaron pensando más que el propio insecto. “No te asustes; los grillos no son malos solo porque aparecen o se suben en tu ropa; si así fuera, ¿cuántos enfermos o muertos no habría por cada silbido que emiten?”.

Su pensamiento me pareció irrefutable. Mi corazón se tranquilizó y el miedo se diluyó en un santiamén. Seguramente el grillo ni siquiera pensó en decirme algo, aunque la gente insista en que ellos revelan cosas sobre nosotros. Ahora pienso que no son seres malos, como nos han hecho creer. Tan solo se trata de pequeños insectos con un lenguaje distinto al nuestro, condenados ellos y nosotros a nunca podernos entender.

4

En las diminutas alas de los grillos, nacen murmullos que únicamente son entendidos por ellos. Se cuentan cosas mientras saltan. Se turnan para silbar, pero en momentos parecen una orquesta bien organizada. Por las noches se oyen coros que arrullan nuestros sueños.

¡En el silbido de los grillos caben tantos pensamientos y palabras que se quedan sin revelar! Su sonido jamás se compara con nuestras voces. Hay niños que juegan a imitar el chirriar rrrrrrrrrrrrrrr rrrrrrrrrrrrrrr rrrrrrrrrrrrrrrr. Otros dicen chil chil chil. Su silbido es la grafía de su nombre.

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Chil


 

Te xuxub chile 2

1

K’unk’un ya xtoy moel sk’op te ajk’ubale. yak ta tup’el bael ta spat witsetik te slajibal sxojobil k’aale. Ya sjel sba te ch’ulchan, te lum k’inal sok te sk’ixnale. Jich bit’il ay chambalametik te ya xwayik, ay yantik te wik’ajtik sitik ta ajk’ubale. Ya xlok’ tal ta sch’enik te jalawetik ta sleel swe’elik. Ya xwijk’ sitik te sabinetik, ya yujts’ibeik yik’ te swe’elike. Ya sna’ik stojol te me’ mutetike, ya xmoik ta ste’el mantsana te tekel ta yelalwal jna. Ya snak’ sbaik yu’un te ya ya’y sbak’etalik te ay mach’a ya x-uts’inotike. K’alal te ya jk’abue ya jnop te jo’otik, te winik antsotike, te jbak’etaltik ya ya’y ek te p’astaele, ja’to k’axto stukel a tame ay bitik ya yak’ jna’tik stojol te ay bi stak’ xk’ot ta pasele.

Te ta ajk’ubale k’ubulto ya stsakla sba ya’el te bitik ch’inil woxolnax te ay lek ma lekuk ya yich’ a’yele, ¿Bit’il ta na’el stojol? Ja’nix te ta kuxinele, te nitil tsakal sok te p’ijilil te ay ka’yotik ta cha’oxten k’op a’yejetike. Ja’ jich ya jna’tik stojol te wulwul k’opetik ya yak’ik ta na’el te yorail mel o’tan, sk’uxul k’inal, x-a’yan o’tanil sok ak’ol k’inal. Ay mach’ajtik ya smakik ja’nax te m a’yuk mach’a ya xkol ta schikintaele. Jich biluk ta sche’bal ya xk’ot ta pasel yu’un te mach’a manax yich’ ta muk’e: ja’bal te jichnax ma chikanuk ya xjelawe, mak ay bi chopol ya xk’ot ta pasel.

Ya jna’ te k’alal ch’inonto ae, ay jtul jtajunab la scholben ka’y te binti wokol ak’ot ta pasel ta skuxinele. La yalben ka’y te ay jun welta k’ot jkojt chil ta sti’ sna, k’unk’un lijknax ta najtil xuxubinel.

                                                                                                              chil

                                          chil                                            chil

                          chil                       chil                     chil

               chil                      chil

Chil

Te jtajune la sna’ stojol ta yorail te ja’ ak’bet sna’ stojol chil, te ya xtal a’yanel o’tanil ta stojole, jich yu’un te xuxube ta lom mel o’tana sba la ya’y te yo’tane. Ta sk’alelal a teye chamel yu’un sch’ujt a te jtajune, la skuy ta ja’uk ya x-ak’bet sna’ stojol teme aybal ya sbats’e te abay tey ya xk’ot ta lajel ae. K’an sjultestal ta sjol te sk’op y’aye te jmame, melel ay jun k’aal a cholbet ya’y te binti ya stak’ spas tame ay jich xk’ot ta stojol melel ma jontolknax. Te binti sbabi a tal ta sjole ja’ te la xiwtes beel te chile, k’ubul la stikun beel a te bit’il yakal ta swesulael beel ta mesobil k’a’pale. Te chile bajt p’itp’unel ta yutil k’altik ja’to te ba k’alal ch’ay beel ta site. Jul ta sjol te ma stak’ la smile melel tame jich la spase jich ya’el te ja’ la yak’ smauk tey a te wokolil ta snae.

K’alal la yalben ka’y te bi la skuxinta te jtajune jich k’ot ta ko’tan yu’un te bi sch’inlajetik ta ajk’ubaltike ja’ jich ya yich’ tael ta nopel yu’un te bi ya ya’y te o’tanile, ja’ jich ya ya’y te winik antsetike. Yame xju’ smilotik tame mayuk binti ya jpastik yu’un te k’alal ya yak’betik te xi’wele, tame ja’ ya stsalotik te xi’wel te k’alal mabi ya jna’tik bi ya jpastike. Ja’meto ja’nax ya x-a’yan ko’tantik yu’un yutsilal a te jkuxineltik te k’alal ay ta uts’inele, binti xkal a te ya yak’betik jxi’weltike ¿ja’wan xkal te xuxub chile mak ja’ te p’ijilil te ay bi ya yak’ jna’tik stojole? Ta schebalikwan: pajal stsako sbaik.

“¡Ayuk p’ijilil ta sna’el stojol yu’un te p’astaele!”, xi la yalben ta jun ajk’ubal te jme’ k’alal alujcha xuxubinuk jkojt chil te ta bay sti’ te jna pas weilile. Yakonjo’tik ta yuch’el jtebuk kajpe a te k’alal la ka’yjo’tike. K’alal la kil te chile jul ta jol te bi yaloben jilel te jtajune. K’alal la yalben ae ma’yukto bi k’oem ta pasel ta jtojol a, ja’to te lijk jkuxinta ek. Ta slijkibal yato xi’won jtebuk a, wilon te ta jnaktibe, ja’chuk te jme’e maba la xi’ stukel, jajch ta snaktib, “¡Lok’an beel li’ini, ban ta te’tikil, ja’ te ay a te anae!”, xi la yalbe te bit’il yakal ta sjipel lok’el ta jpajk pokoj jun te sk’ejo ta bay xujk te p’inetike. Wil te chile, la xlich’la te xik’e jich a bajt. Jich la yak’ben jilel jnop ek te bit’il la yak’ sba ta lek te jme’e ma ja’uknax jich ya jpas sok te bi ya xk’opojike, ja’nix jich ya jpas ta swenta ek te bitik ya jkujchinta te ta kuxinele.

Ya jna’ te ma spisiluk chiletik ya yak’ik ta na’el stojol te bitik chopole, ja’iknax te ijk’ik sok te najtil yaxal chiletike. Ma’yuk mach’a sna’oben yalel mach’a a ak’bet skuxinelik, mak ja’bal a te ajawetike mak ja’ te chopol o’tanil pukuje. Jich yu’un, jamal jilem ta jol te manchuk ya kilbetik smulik te ch’ujch’ul chanetik yu’un te bi yilelike ya kaltik te ya yik’betik tal chopolil ta jtojoltik te ja’ jelawen yu’un a te snopojibal ku’untike.

 

2

Te chiletike ja’ yuts’ yalal sba sok te ch’ujch’ul chanetik te ay xik’ike ja’nax te ja’ ya smulanik te p’ijtele, Ta jp’ijtelnax ya stak’ najt ya xp’ijtik beel yu’un te stulanil yakanike, ja’ jich xtal xbajtiknax ta wilel ta yanyantik k’inaleltik. Ay ajk’ts’intik ya jnop te k’alal xp’itlajanik ta wilele ja’wan jich ya spas te k’alal ya sts’akliotik sok te ya xi’wtesotike. Ya yak’ anokotik. Ya jnop te ya niwan stselaotik yu’un te bit’il ya jxi’tike. Ja’ik ya yak’ik. xi’wel ek jich bit’il ya xwilik ek te pewaletike. Ya ka’y chikilnax kakan yu’un te yanax jnope.

Jich bit’il te ma k’aemuk ta stuntesel xik’ik te chiletik te bit’il ya xwilike, ja’meto ay swentail yu’unik, ja’me tey ya xlok’tal a te bit’il sch’ininetiknax ta awe. Mame ja’uk tey ya xlok’tal sch’ininetel a te bit’il ya yich’ik ik’e, te ya xk’ax tal ta spechu sok ta yee jich bit’il ya spasik te yantik chanetike, ja’ukmeto ja’ ya sti sba sni’ te xik’ike, k’alal ya xjuxila sbae, ya xuxubin beel ta k’alk’altik sok ta bebetik k’alal ya xjul ta jchikintike.

Yalel moel te bit’il sch’ininete ja’ yu’un te ya sjel sba sk’alel te sbak’etale sok ja’ jich ya jtajtik ta ayel stojol yu’un a te bit’il ya swelulaj te xik’ike. Ta malk’aal sok ajk’ubal te bit’il spetoj jlumaltik a te sike, ala jtebnax xmaklajet ya ka’ytik te xuxube, ma jichuk stukel a te k’alal k’uxnax te k’aale, ya xtoymoel yip ta xuxubinel ja’ pajal sok jich bit’il animalnax ya spas t’umt’unel te yo’tantike.

Ay binti te ya jk’an jna’ stojole, jich bit’il te ya spasik sok xojobalik te kelem kukayetike, jich ya yik’tal yantsilelik ek te chiletike, jich te antsil chile, ja’ ya stsaik te xuxub te ya xk’asesbetik sk’ixnalike, ajtaltenme te jujun xuxube, ma’yuk junuk ya spaj sba sok te yantike. Pajalnax ay yipik yilel te k’alal ya yantsin sbaik sok te k’alal skuchkuch sbaike, jich yilel te ja’ jich ya sk’an te balamilale. Ma jna’ tame aybal jkojt chil mak yanxan ch’ujch’ul chanetik a te ma’yuk banti ya sta te snujp’ike, ¿Jichwan skuxinelik xkal ek te bit’il winik antsetike? Ma niwan jichuk ya spasta ta stojol stukelik teye, ja’ niwan chikan a te bit’il ya kiltike.

Ma ja’uknax ya stak’ sta yantsik yu’un xuxubik sok yipik te kelem chiletike ja’me swentaxan ya yak’be sna’ stojol yantik kelem chiletik te ba k’alal smako te yawilike swenta jich ma xpojbetik a, ja’ jich ya xiwtesla beel sok ya yak’be sna’ stojol tame ya stijtsaike ya xju’ xjajch tsaktomba yu’unik. Ja’ jich kuxulik te bit’il ya skananta te snaike jich bit’il te winik antsetike, ja’ jun stalelik te jna’otik bit’il ayike.

 

3

Ja’la te xuxub chiletike ––te ja’ swenta ya yik’ tal a te yantsilelik sok te bi’til ya sp’is te yawilike–– ja’la k’op a’ye yu’unik te ta spisil ora ay bi ya yalbetik ta jwentatik ja’nax te ma xju’ ya jtajtik ta na’el ta jichnax, ja’to ta slekil smelolal snopbenal ku’untik: te ta jxi’weltik tojkemtale. Ja’to jich ya kich’tik ta muk’ te bi ya yalbetike, mak ju’uk, ja’ te binti ya jnoptik te ya yalbetike. Ja’ jich la jna’ stojol ta patil a te bi la scholben jilel te jtajune.

La jna’ te jun malk’aal, k’alal ya xbenon beel ta sna a te jme’chun x-Antone, te tokale yakal ta slamanel sba koel a te ta lumilale, ma lom xkilix a te k’inale, ya ka’y a te ya’lel k’inja’ale ya xmal koel ta jchikin, yak ta bats’eel tal a te sike. K’unk’un ijk’ub te k’inale ja’nax te ma la jxi’e, melel maba ja’tonax ya xbenon ta jtukel a. K’alal yakon ta beele bayel chiletik jajchik ta ch’inch’unel, ya stoy moel te sk’opike, k’anuk ta ay mach’a ya sk’an koltael yu’un te k’alal stoy moel te sch’inch’unelike, k’ax la smakben jchikin, ja’mene, ja’ niwan ya yak’bon jxi’wel.

Te k’alal la ka’ytikla te chiletike ma la yik’ben jch’ulel, ja’nanix jich a te ya xuxubinik ta jujun malk’aal sok ajk’ubale, ja’nax yu’un la jxi’ jkojt chil te k’alal akojta ta jxujke. Ma la jtabe ta ilel te site ja’nax la ka’y te la sk’abuone. K’unk’unax ya sp’atula te xik’e, la jxi’ te bit’il la ka’y te k’opoe. Majchanax la ka’y te k’aale, ja’nax ya ka’y a te xtutetiknax ta xuxub te ya xlok’ tal ta lumil tokale. K’anuk jt’us ja’nax yu’un jul ta jol te bi la yalben jilel te jtajune. Ta patil p’ijt beel ta akileltik te chile.

La jts’ak beel te jbeele jich la jnopilay beel te binti k’an yak’ben jna’ stojol te chile. Ya jnop a tame aywan ya stsajkon ta chamel ae, mak ay binti k’an jtsujkulin ta jbeel. Ma jna’ tame ja’ ta jwenta ae. Lajnax jmel ko’tan yu’un te ma jna’ te binti ya yal te xuxube. Ja’ yu’un k’alal ayto sk’an xk’oon ta sna a te jme’chune la jtejk’anba jich naklon koel ta jun chumante’. La stsakonix a te ajk’ubale. “¿bistuk te yejtal ya jsoles ta jk’op te binti la xuxubtaben ka’y te chile? ¿Ja’bal yu’un te ja’ jich ak’bil jnoptike?”, jichnax la jnop ta mukin.

Ta yorail la jolin te bitik chopol la jnop tal ta jol yu’un te bitik la xuxubtaben ka’y te chile, ja’ jich ya’el te chopolik bi ya yal ka’ytik ta jk’optik te bit’il xuxubinike. Ay niwan lek te binti la yak’ ta na’el stojole, ya stak’ jich ya xk’ot ta pasel a, ma jna’ ta lek binti a, ja’ niwan jich. Bayel la jnopila ja’to te la jnop ya kalbe a te jme’chun te k’alal ya jta ta ilele.

Ochon bael ta yutil sna te jme’chune, la jpatbe yo’tan. La yak’ben kuch’ jtebuk kajpe jich la sjojk’oben tame lajlabal kich’be beel te waj te ak’be tal te jme’e. Jich la kak’be, la jcholbe te binti la jpas ta bee, la jmaili te ayuk bi ya yalben ka’y te bit’il xlaj ko’tan ta scholele, “ala chil niwan te k’anax jelawuk ta axujke, la niwan smaili te xjelawate swenta ya sna’a te banti xp’ijtbele”, ja’nax jich la yal abi. Ja’ uts binti la yak’benxan jnop yu’un eka ma jichuk te bitik la yak’laben jnop te ala chiletike. “Maxa axi’, te chiletike maba chopolik, ja’nax te jich ya xtalike mak ay ya xmo ta ak’ue, melel te jichuke ¿jayebto jchameletik mak animaetik te k’alal jujun ch’o ya xuxubinike?” Te snopbenal yu’une ma’yuknax ta p’ajel la ka’ybe.

Lamaj te ko’tane, ajk’nax a tal te xiwele. Ja’ tame ma’yuk binti sk’an ya yalben ka’y a te chile, manchuk tame ya yal te winik antsetik te ay binti ya sk’an yak’ik ta na’el ta jtojoltike. Jich ya jnopix ya’tik te maba chopol jkuxineletike, jich bit’il ak’bil jch’untik, ala ch’ujch’ul chanetik ek te k’ejel sk’opik ek te bit’ilotike, jich ich’bilik ta wenta ek te bit’ilotike, te winik antsotike, te ma’yuk bin ora ya xk’o jna’betik smelol.

 

4

Ta sch’ujch’ul xik’ik ya xlok’ tal xuxubik te ala chiletike banti ja’nax ya sna’be sbaik te yuts’yalal sbaike. Ay bi scholbe sbaik te k’alal yakik ta p’itlajanele. Ya schol sbaik ta xuxubinel, ay ajk’al ts’in k’anuk ta jsonowiletik ya schap sbaik ta sk’ajintael te lekil k’ayoje. Ya yich’ ayel sk’ayojik ta ajk’ubaltik te ja’nax ya sch’abtes te jwayeltike.

Yalel moel nopojibaletik sok k’opetik ya x-och ta xuxub chiletike te maba ya yich’ a’yantaele. Te sk’opike ma xju’ ya yich’ pajaltayel sok te jk’optike. Ay alaletik ya xtajinik ta sk’ainel sk’op te chile rrrrrrrrrrrrrrr rrrrrrrrrrrrrr rrrrrrrrrrrrr. Ayxan yantik ya yalik chil chil chil. Te xuxube ja’ sts’ib te sbiile.

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Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.