Son historias casi desconocidas. O, más bien, que han decidido no contar.
Historias de los campos de concentración en donde los japoneses tuvieron como prisioneros a los colonizadores neerlandeses en las entonces Indias Orientales Neerlandesas.
No hay origen, pero busco en ellos el origen de mi ser, una mirada que corresponda a la mía, un gesto. Los desentierro y les doy una voz, mi voz.
A mi oma le encantaba bordar en punto de cruz. La trama de su vida la llevó a perder la memoria casi por completo, a ser de nuevo una niña. Con cada hilo que bordaba, intentaba cubrir la tela blanca, raída, que fue el inicio de su juventud.
“Oma en Indonesia”. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.
Las Indias Orientales Neerlandesas (en neerlandés: Nederlands-Oost-Indië) se fundaron después de una larga ocupación económica y mercantil de parte de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC). Luego de la liquidación de la compañía en 1799, el gobierno de los Países Bajos se encargó de la administración del territorio bajo un modelo colonial hasta 1949, cuando triunfó la Revolución Nacional de Indonesia. En ese entonces, las islas del archipiélago de Indonesia (cuyas islas principales son Java, Bali, Sumatra, Kalimantan [la parte indonesia de Borneo], Sulawesi y parte de Papúa) eran parte de las Indias Orientales Neerlandesas La capital era Batavia, hoy Yakarta.
Los nudos del bordado dependen de mí.
Cruzo un hilo sobre otro. La aguja sube y baja a través de la tela de lino agujereada, una fila de puntos incompletos en diagonal que serán tejidos, matemáticamente trazados, contenidos en un patrón perfectamente medido pero sin color, hecho con símbolos repetitivos, que deberá seguirse al pie de la letra para obtener así un bordado que pueda estabilizar y fijar la imagen en sus agujeros.
Ida y vuelta.
No hay fotos de mis bisabuelos juntos, el día de su boda. Se casaron de forma remota, él desde Java, ella en Ámsterdam.
En el acta de matrimonio de mis bisabuelos se consigna que mi bisabuelo era un joven asistente contable de veintidós años que vivía en Semarang, en las Indias Orientales Neerlandesas desde 1928. Mi bisabuela obtuvo su diploma de educación en 1926 y trabajó como maestra de escuela en varias escuelas de Ámsterdam hasta que se casó en 1930.
Hay una fotografía que muestra solo a mi bisabuela, vestida de blanco, frente a unas puertas de madera, cargando un ramo de flores y con un solo “guante”, sin nadie a su lado. En holandés se le llama a esto trouwen met de handschoen (matrimonio de guante) y era una práctica común en la que frecuentemente el hombre estaba en las Indias Orientales y la mujer en los Países Bajos. Ambos se casaban legalmente, el mismo día, en su propia ciudad. En ocasiones había un “suplente” como novio de la mujer, el hermano o el primo del novio. Tras el matrimonio de forma remota, mi bisabuela pudo finalmente viajar y reunirse con su ahora esposo. Llegó a Java el 10 de mayo de 1930.
Catharina Wilhelmina Christina Meijer. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.
La ida y la vuelta, mi mano, diluida en el movimiento mecánico y la cuenta mental.
Al completar los nudos cedo mi necesidad de contener las figuras en mi mente, mi obsesión, al patrón compuesto por alguien que desconozco, al trazo que resulta repetitivo y monótono.
Ir y venir.
Ella sigue tejiendo su espera.
Mi oma, Elisabeth Christina Dörsch Meijer, nació un 3 de Julio de 1932 en Semarang, una ciudad en la costa norte de la isla de Java. Casi noventa años después, aún conservo un álbum fotográfico en donde su madre Catharina Wilhelmina Christina, mi bisabuela, escribió todos los detalles de su nacimiento y primeros años.
Entre las fotografías y el texto manuscrito en neerlandés, dirigido a mi oma, adivino los detalles de su vida en la isla. La bisabuela le escribe a su hija los pormenores de sus primeros balbuceos, la semana exacta en la que comenzó a sonreír, cuándo empezó a sostener su cabeza por sí sola, las enfermedades que tuvo y sus primeras palabras. Hay una tabla de sus medidas y peso y otra del mes en el que cada diente le brotó.
Las fotografías muestran a la naciente familia con su primera hija, alternando entre los paisajes tropicales llenos de palmeras de Indonesia y los árboles sin hojas del invierno de los Países Bajos, en donde frecuentemente pasaban algunos meses al año.
Mi tío abuelo, Jan Siebold Dörsch Meijer nació un 27 de mayo de 1939, siete años después que su hermana mayor, en Nieuw Tjandi, una zona residencial de Semarang.
Johanes Thomas Dorsch. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.
En Europa, llegó en 1940 la Segunda Guerra Mundial hasta los Países Bajos. El ejército nazi ocupó el país en mayo de 1940. La suerte de las colonias también cambiaría muy pronto.
Mis bisabuelos, que tenían planes de viajar, lo cancelaron todo. El contacto entre la colonia y Europa era muy esporádico. El mundo se aisló y al mismo tiempo se volvió interdependiente, dada la necesidad de recursos y materias primas para la guerra. Los japoneses intentaron presionar al sudeste asiático porque querían agenciarse sobre todo su caucho y su abundante petróleo, materias que necesitaban para sus campañas militares. A su vez, era muy importante para el imperio japonés mantener separados y lejos de toda influencia europea a la población local asiática, para que no hubiera actos de sabotaje. Querían humillar a los occidentales y vengarse también por los campos en donde internaron a ciudadanos japoneses o de ascendencia japonesa en otros países como en los Estados Unidos.
La amenaza de la guerra se acercó al sudeste asiático de forma frontal después del ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. La población local todavía tenía fe en el ejército y la marina neerlandesa para defender los territorios coloniales. Pero a partir de diciembre, la región colapsó. Los japoneses atacaron las Filipinas y bombardearon Manila. Cayó Singapur, que era considerado un territorio invulnerable. Ocuparon Borneo y otras áreas clave para la extracción del petróleo.
Al escuchar estas noticias, en las Indias Orientales Neerlandesas mucha gente decidió construir albergues en contra de bombas y pronto comenzaron los bombardeos aéreos. Todo eran noticias por radio. Se escuchaba el mensaje: “Estén preparados”. Alrededor, barcos de guerra y aliados estaban combatiendo para defender el mar de Java.
Era la isla en donde nació, en donde creció. La isla de su infancia, de sus años formativos. ¿Cómo sería el bordado de las líneas invasoras, acercándose a la velocidad de un rayo, asediando las casas por aire y por tierra? ¿Se puede delinear un quiebre de un mundo, tan radical? Y no poder volver ya nunca atrás, a la plácida serenidad de la amistad, la escuela, andar en bicicleta, las visitas sociales, una vida en paz.
En una entrevista que le hice a mi oma en 2005, muy poco antes de que el alzhéimer comenzara a carcomer sus recuerdos, me contó que cuando había alarma de bombas por la presencia de aviones japoneses en el aire, ella y su familia se metían debajo de la mesa para estar un poco protegidos. Eso es todo lo que recuerdo.Fue poco tiempo y muy rápido los japoneses ocuparon por lo menos la isla de Java, en donde yo vivía.
El 28 de febrero los japoneses llegaron por barco a invadir, por tres flancos distintos, la isla de Java. Apenas unos días después, el 9 de marzo de 1942, Java cayó oficialmente bajo el mando de los japoneses. El General Ter Poorten, oficial comandante del ejército neerlandés firmó la rendición incondicional. Dada la “incondicionalidad” de la rendición, para el ejército japonés se abrieron todas las puertas. Confiscaron todas las casas de los colonizadores y los pobladores locales de las regiones periféricas saquearon todas las residencias que yacían solas, tras la invasión. Rápidamente se llevaron a todos los hombres a campos de prisioneros de guerra. A los que se unieron a la resistencia, les fue peor. En las ciudades, cerraron las escuelas. Las familias de neerlandeses se mudaron juntas para ahorrar y para sobrevivir en comunidad.
A mi bisabuelo lo aprisionaron en su último refugio, en la compañía tabacalera Ketandan, cerca de Klaten, apenas un día después de la rendición, el 10 de marzo de 1942.
(Fuente: openarchives.nl)
A finales del mismo año se llevaron también a mi bisabuela, a mi oma y a su hermano de menos de tres años a los campos. Oom Jan cuenta que, junto con otros 450 mujeres y niños, los mandaron a un campo de prisioneros civiles en Soemowono al noreste de Ambarawa, localizado en un campo militar en donde antes entrenaban los oficiales de la armada neerlandesa de artillería. 1
Se estima que más de 130,000 civiles aliados (50,000 hombres, 42,000 mujeres y 40,000 niños) estuvieron internados en las Indias Orientales durante la Segunda Guerra Mundial.2 La mayoría eran ciudadanos neerlandeses. Más de 14,000 civiles internos murieron como resultado del confinamiento. Estaban detenidos en más de 350 campos en las distintas islas y las condiciones eran diferentes en cada lugar, dependiendo de los oficiales a cargo y de las instalaciones.
A nosotros nos llevaron a un lugar que yo ahora creo que eran barracas de militares, unos lugares grandes sin nada, nada más camas. Ahí vivimos varias familias.
Los hombres ya estaban en otros campamentos, luego hicieron campamentos de niños, y los metieron junto a hombres viejos. Primero sacaron a los de dieciséis años, luego a los de catorce y si mal no recuerdo, al final hasta a los de doce los separaron de sus mamás y los pusieron en los campos de concentración, donde tenían hombres ya de edad avanzada.
Hay un recuento publicado de otro testigo que estuvo en el mismo campo, Dieuwke Wendelaar Bonga,3 que cuenta que el campo de Soemowono estaba construido sobre las laderas de una cordillera, a modo de terraza. Había largas galerías cubiertas que iban de barraca a barraca con escalones entre ellas y el campo se inclinaba cuesta abajo. En el centro había espacio de almacenamiento, abajo estaban las cocinas y en la parte inferior los establos de caballos, vacíos. El campo estaba rodeado por completo con alambre de púas. En cada barraca había aproximadamente sesenta y cinco personas, dependiendo del tamaño de las familias, y en total había unas ochocientas mujeres y niños.
“Oma y oom Jan”. Cortesía de Christina van der Plas, fotografía de álbum familiar.
Oom Jan no escribió casi nada sobre la vida diaria en los campos, quizás porque era muy pequeño como para recordarlo. Y mi oma no era alguien que contara casi nada sobre su vida durante esos dos años, pero en esa entrevista grabada me contó algunos detalles sobre la vida diaria en los campos en donde los tuvieron como prisioneros los japoneses.
El desayuno era una especie de engrudo, y allá en Indonesia tenían un azúcar, parecido al piloncillo de aquí, y lo metían derretido en el engrudo. La comida era arroz blanco, sin nada, y una especie de chícharos verdes secos. Si mal no recuerdo esto era todo lo que nos daban de comer. La comida venía en tambores grandes, pasabas con tu platito y las mismas señoras lo servían. Pero era de tal forma el hambre que las mujeres se quejaban, “a ella le quedó un poco de arroz en la cuchara, eso me toca a mí”. Tenían hambre, todos querían la mayor cantidad posible de comida.
Había una señora que tenía muchos hijos y que atrapaban ratas. Como no tenía aceite para freír, aceite de comida, ella todavía guardaba aceite de bacalao del que le daban a sus hijos. Guisaba las ratas en un anafre de carbón y entonces hacía un calor insoportable en las barracas cuando las freía en el aceite de bacalao. Era una peste… y todo el lugar en donde estábamos olía a eso.
Los baños eran como letrinas, había un chorrito de agua que andaba y a los lados ponías los pies, te sentabas y hacías lo que tenías que hacer. Te limpiabas con agua, porque papel de baño no había. Tampoco había regaderas, había lugares grandes con agua, y tú con una cubetita con un mango, te echabas el agua.
Las mujeres cocinaban con lo que hubiera, porque todos teníamos hambre. Recuerdo que una amiga y yo cultivamos en un pedazo de tierra espinacas, lechuga, y jitomates. No me preguntes de dónde saqué las primeras semillas, no recuerdo, alguien debe de haberlas tenido, o a lo mejor fuimos a la cocina y las encontramos. Queríamos tener algo más saludable de comer. Y te voy a decir algo: como en la noche, esto era especial para los niños, era peligroso ir a las letrinas en la oscuridad, teníamos bacinicas. Y esto acabó siendo el abono para las plantas. ¡Y sí sirvió!
Para cocinar, buscábamos ramas o algo, y si ya no encontrábamos, teníamos camas que estaban hechas de tablas de madera y encima estaba puesto el colchón. Quitaban una tabla y se dividían bien las demás. Al final ya casi no había tablas, apenas aguantaba el colchón.
Te puedo decir que mi mamá, como ella era maestra, a mi hermano y a un niño de una amiga de ella de la misma edad, que estaban en edad de ir a la escuela, les enseñó a leer y a escribir. No tenían cuadernos, entonces usaban unos blocs que eran originalmente para apuntar los puntos en el bridge. Con lápiz, trazó las dobles rayas en las hojas y les enseñó a escribir.
En las mañanas teníamos que formarnos y luego cuando llegaban los soldados japoneses, teníamos que ponernos en atención y en posición de ¡firmes! Nos teníamos que inclinar, pararnos, y luego quedarnos en posición de descanso. Nos formábamos en filas y los de enfrente tenían que contar en japonés: ichi, ni, san, shi, go, roku. Tenías que pararte, como los militares, y hacer así: kiwotsuke (¡atención!), keirei (hacer una reverencia), naore (en descanso). Por lo que yo recuerdo.
Oom Jan cuenta que el 14 de marzo de 1944 los cambiaron de campo y los enviaron al campo 6 de Ambarawa, en donde los detuvieron hasta mucho después de la liberación en agosto de 1945. Describe que la situación en el campo estaba empeorando, la gente estaba enferma de malaria, disentería, diarrea, paperas, sarampión o simplemente estaba completamente desnutrida. Los obligaban a estar de pie horas bajo el sol para cuando pasaban lista. A veces encerraban a las mujeres y las golpeaban durante días en espacios pequeños, a modo de castigo. Y como llegaban nuevas familias de otros campos, había cada vez menos espacio y no había privacidad. Oom Jan detalla que su madre lo obligaba a comer chiles porque tenían muchas vitaminas y hasta la fecha no le gusta comer nada con chile.
Mi madre me dice que oom Jan tiene muchos problemas de vista. En los años de crecimiento también los tenía, pero no se los detectaron ni se los trataron a edad temprana porque estaba en el campo y no fue a la escuela de forma normal. Pero de joven ya no tenían remedio esos problemas. Como consecuencia, ya le han hecho varias operaciones de la vista.
Wendelaar anota que el campo 6 de Ambarawa al que los trasladaron era mucho más rígido. Desde un inicio les dijeron que eran oficialmente prisioneros de guerra y tenían que seguir las reglas militares. El comandante era un japonés coreano que describe como “sádico” y que golpeaba a las mujeres por cometer cualquier error. Este campo había sido un viejo hospital y estaba en muy malas condiciones, además de tener que albergar a muchas más personas.
Mi oma nunca habló de la crueldad de los soldados ni de los ejercicios forzados que los obligaban a hacer, pese a estar todos malnutridos y anémicos, repitiendo los números en japonés. No habló nunca de los trabajos forzados que obligaban a todos a hacer ni de las golpizas que les daban cuando cualquier cosa no estaba como ellos querían. No me contó de las visitas sorpresa en las que revisaban todas sus pertenencias y cómo tenían que esconder lo poco que aún guardaban, debajo de los colchones. No sabía de las miles de mujeres y niños que murieron por enfermedades o por desnutrición y cómo las tenían que enterrar, ahí mismo. Quizás eso era lo que tejía, quizás por eso no hablaba mucho, quizás por eso perdió la memoria, definitivamente.
Japón capituló el 15 de agosto de 1945, después de ser víctimas de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. En los campos, no se supo esto hasta semanas más tarde. Desde aviones, los aliados lanzaron panfletos para anunciar la rendición. La actitud de los soldados japoneses cambió rápidamente. Había más comida y hasta medicinas para repartir.
A fines de 1945, después de la liberación, llevaron a todos los residentes a Semarang y los transportaron en barco o avión a Batavia (Yakarta), a otro campo. No fue sino hasta el 14 de marzo de 1946 que mi oma, su hermano y su madre tomaron un barco que transportaba tropas de guerra hacia los Países Bajos. El mismo día, sin que ellos lo supieran, mi bisabuelo salió también del puerto de Singapur, con el mismo destino.
A mi papá, cuando empezó la guerra, lo pusieron en el ejército y no supimos nada de él. Después escuchamos que los japoneses los internaron y él estuvo en el ferrocarril de Burma, haciendo trabajos forzados. Era un ferrocarril famoso en esa época.
Mi madre me contó que su opa, su abuelo, le contó que los prisioneros a los que se llevaron a trabajar en el ferrocarril de Birmania tenían también que comer ratas muchas veces. Que las cocinaban solo al calor de las brasas y se las comían, porque no tenían alimentos y necesitaban proteína. Uno de los traumas de guerra que le quedó es que se le fue la voz. Era algún problema que tenía. Cuando lo conocí, te hablaba muy quedito, se le iba la voz y de pronto alzaba la voz, le regresaba. De niña él hablaba así, se le iba, le regresaba y volvía a tener voz. Y no era ningún problema físico, era un problema de trauma de guerra que tenía, porque después le hicieron estudios y le dijeron que era algún trauma de guerra que no se le pudo corregir.
Y lo volvimos a ver ya cuando después de la guerra cuando nos fuimos en barco. Estábamos camino a Holanda. Los barcos siempre se paraban en Port Said o en Suez, en el canal. Estábamos ahí, atracados, y de repente por el altavoz escuchamos que le estaban hablando a la señora Dörsch, porque estaba su esposo en la zona en donde subes al barco. Yo nada más le grité a mi mamá: ¡tienes que ir allá! ¡Yo voy porque es papá! Yo fui la primera que lo saludé. Así fue como lo volvimos a ver después de varios años. Nada más fue un rato porque él estaba en otro barco, se tuvo que ir. Nos reunimos ya llegando a Holanda.
El 14 de abril de 1946 atracó el barco de mi oma y su familia en Ámsterdam y el de mi bisabuelo llegó el día 19 a Rotterdam. Por fortuna, estaban juntos y vivos.
No fue la misma fortuna la de muchísimas familias que regresaron, incompletas. Cuyos bordados y tramas fueron interrumpidas, para siempre, por una guerra lejana, por ambiciones incomprensibles.
Regresé a Holanda, fuimos a vivir en casa de mi abuela, porque en Holanda ahí también pasaron la guerra con los alemanes y no había suficientes casas y mis papás volvieron unos años a Indonesia y yo me quedé en Holanda para ir a la escuela.
A pesar de buscar trabajo, mi bisabuelo no logró que lo contrataran en ningún lado tanto porque había una escasez de trabajos como porque sus diplomas de las Indias no eran válidos para trabajar en su país natal. Así fue como se fraguó el plan de regresar de nuevo, después de todo, de volver a Indonesia. Según oom Jan, en 1947 su padre encontró un trabajo en Medan, Sumatra del norte y, poco después, él y su madre lo siguieron para instalarse de nuevo en la colonia.
Mi oma no se quedó con su abuela en Bloemendaal, sino con los vecinos de su abuela, una familia que no tenía hijos.
Los años siguientes en las Indias Orientales los describe oom Jan como buenos años con muchas comodidades, hasta el periodo de la segunda acción policial en la que los republicanos ocuparon Djokja y los Países Bajos se vieron obligados a reiniciar las negociaciones sobre la independencia de Indonesia. En ese entonces, vivían en Boolweg y cuando la independencia se acercó, la familia planeó su retorno definitivo a los Países Bajos hacia octubre de 1949.
Nunca volvieron a mencionar nada acerca de los campos y mi oma decía que era muy niña, no me acuerdo de mucho, no sé nada al respecto. De hecho, mi oma (no sé si conscientemente o no) me dijo en la entrevista que le hice que ella tenía seis o siete años cuando estuvo en los campos. Pero las fechas y la matemática no concuerdan. Ella tenía ya diez años cuando se los llevaron a los campos y trece cuando salió. Pero no hablaba de ello con nadie. Tampoco se consigna nada sobre los años de los campos de concentración en los álbumes de fotos ni en ningún documento, excepto la cartilla de prisionero de mi bisabuelo, escrita en inglés, holandés y japonés. Oom Jan le llama a esto el “Indisch zwijgen”, el callarse, el silencio, la negación de su experiencia en Indonesia. Si no lo cuentas, no existe.
Por eso lo cuento, aquí, hoy, ochenta años después, dos o tres generaciones después. No es mi historia pero es mi historia, que he ido descubriendo a lo largo de los años, a fuerza de preguntarle a diferentes personas y de investigar datos en línea, leyendo testimonios de otros sobrevivientes.
El tejido va y viene. Una cruz que se completa de abajo para arriba, para cubrir la ausencia, lo que nunca se contó.
No hay origen, pero ellas y ellos son mi silencio, mi herencia llena de agujeros.
Portada del libro “Encuéntrame afuera”, Cristian Lagunas. Tierra Adentro.
Qué hermosa la policía montada, la miel de maple, el guardabosques, una fila de caballos que tira con fuerza, como si me deslizara en trineo, por las calles de Montreal. Es invierno y camino sin mirar a ningún lado. Me dirijo a prisa hacia el departamento que alquilo en Rosemont, el antiguo barrio de mi hermano. Tiene balcón, piso de madera, un asador: lo suficiente para hacer una vida y, sin embargo, lo único que me agrada es contemplar desde ahí el estadio olímpico. Soy fan deNadia Comăneci y una de esas personas que usa cupones de descuento en el supermercado. Mis vecinos, como buenos canadienses, no usan botas dentro del hogar, las dejan en el pasillo. No imaginan que a veces, cuando subo las escaleras, las miro —inspecciono las agujetas, el forro, las levanto rápido—. Poco saben de mí. Yo tengo una forma de saber cómo son.
Avalancha en la lengua. Llego a casa por fin con mi bolsa del súper llena de fruta y caramelos. Ahí está Tiago, mi compañero de departamento. Insiste en hacer para los dos, con su escobita, un lugar habitable. Vino de São Paulo, es un prometedor astrofísico. Tiene sueños. Proyectos. Lo saludo breve:
—Gracias por limpiar.
Y me apresuro al cuarto.
Lo primero que hago es desnudarme, botar la ropa entre los platos sucios que se acumulan junto a la cama. No me molesto en recoger los pañuelos usados, los envoltorios de condones, los corazones de manzana que le dan a la habitación un olor ácido y se descomponen poco a poco. Tengo fastidio y me tiro sobre el edredón a ver mi mapa anexo a la Guía Michelin de la ciudad.
Con plumón rojo señalé las áreas verdes, esas que le gustan mucho a mi hermano, experto en parques, fascinado desde siempre por el pasto, las flores, las ardillas, por los zapatos de nieve que nunca, bajo ningún pretexto, habríamos usado en México. Fulminado por su necesidad bucólica, se hizo el quebecois diez años. Después se fue no sé a dónde. Él sale de escena, yo aparezco. Hice el equipaje y vine al país del norte solo después de que se marchara. El pretexto una beca, mi tesis sobre inmigración francófona, siglo XVIII: algo que nunca, nadie, va a leer.
El mapa muestra dos cosas: las zonas de oxígeno puro y las de asfalto. Ver los trazos de Montreal es ver una parte de mi familia. Montreal, como mi familia, me produce sospechas: nada bueno puede ofrecer un sitio que se congela año con año, que se convierte en un refrigerador mohoso, lleno de conservas. Lo miro con cuidado, desde Longueuil hasta Dollard-Des-Ormeaux y pienso vaya nombres impronunciables, vaya ciudad tan fea, de líneas perfectas, llena de gente alta. De pronto ya tengo bruxismo, el papel a medio milímetro de la cara, como si eso pudiera ayudarme, acercarme a lo que quiero.
Otro día sin hallazgos. El mapa en el suelo. Voy a la ventana. El estadio ahí, iluminado. Abajo la calle. Exhalo. Imagino que alguien pasa y me sostiene la mirada, un par de ojos lascivos que me invitan a perderme en los senderos del jardín botánico, oscuros antes de la hora de cierre, pero se van los minutos, nadie pasa.
Creo que es momento. Una dosis no me vendrá mal. En el teléfono, mensajes pendientes de mamá y la asesora de tesis. Los ignoro. Voy directo a la galería y deslizo los retratos de Olivier, mi sobrino, un niño de la provincia de Quebec, mitad mexicano, mitad leñador. Desaparecido también, junto a mi hermano y su esposa. Me arrastro a la cama, paso las fotos una por una: brazo fracturado, diente de leche, raquetas. La mandíbula se relaja. Disfruto ampliar con los dedos, hay detalles muy pequeños al fondo y los miro bien. Por fin la avalancha sale, mi aliento sobre el colchón. Mi sobrino a sus cinco años, a los seis años, a los tres meses de nacido. Mi sobrino saludándome con su manita pálida. Lo miro y pienso: se parece a mí, no a mi hermano, tiene mi cabello y mis ojos, los hoyuelos que se me forman al sonreír.
Cuando termino de ver las fotos ya es de noche, nada ha cambiado, sigo a solas. Me muerdo los labios. No me daré por vencido todavía. Mañana seguiré buscando. El resto del invierno y lo que venga después. Planeo con mucho detalle lo que haré: algo hermoso será. Y me dan escalofríos. Aquí no hay calefactor.
Me despierta el pitido de las grúas quitanieves que retroceden y avanzan sobre la avenida. Las conducen haitianos, musulmanes. A veces los saludo, intercambiamos palabras como si fuéramos amigos. Ellos saben de anonimato. Miércoles, media semana, ayer bebí. Una botella de vino blanco entera. Eso quiere decir sensación de fracaso, decir nadie estuvo en casa, compartió su cuerpo con el mío, hoy vulnerable, poco cubierto. Voy con retraso, la asesora me va a matar con su sermón, me intoxicará si no me tempero rápido bajo el agua. Uso los mismos calcetines de ayer, le robo a Tiago cereal, germen de alfalfa: lo como a puños. Imagino lo que podría decir a un guardia forestal, a un gendarme: si es un crimen ser un hombre que desayuna solo, señor, si es un crimen ser alguien que se peina el cabello con cera frente al espejo porque desea entender la belleza contemporánea, entonces, le diría, venga por mí.
La sed me invade mientras bajo las escaleras, los vecinos se fueron. Hay rituales de todos los días: tener la lengua seca, abrir la puerta de acero del edificio, salir a la intemperie. Es difícil. El viento es difícil, pero necesario. Entre el departamento y la parada de autobús hay un jardín de niños. A veces mi paso coincide con la clase de educación física. Voy siempre encorvado de frío, pero los niños pueden darle vueltas al patio, subir las manos como si estuvieran diseñados para la temperatura. Hoy no hay nadie, sin embargo. Algunos días, cuando paso por aquí, imagino a Olivier hacer deporte. Quizá la escuela que está en el cruce de la Vingt-cinquième Avenue y el Boulevard era la suya. No puedo asegurarlo.
Junto monedas y hago fila. El autobús llega pronto. Elijo uno de los asientos de atrás. Cuando el chofer pisa el acelerador, giro la cabeza y contemplo un detalle, algo de lo que no me había percatado: ninguna reja circunda la escuela, entre el patio de nieve y la calle no se interpone nada. Nadie se roba a los niños en Quebec, decía mi hermano, en Montreal todo está bien.
Me muerdo las uñas hasta llegar al semáforo.
Atravieso a paso rápido el estacionamiento del campus universitario. Está lleno de estudiantes de posgrado internacionales, coeficientes que se arruinan por el tabaco y el exceso de libros, los llevan de un lado a otro, son jóvenes, disfrutan las bicicletas. Aquí hay espacio para todos. Me excuso con mi asesora de tesis, su oficina huele a avellanas.
—Nicole, estoy atorado con el capítulo.
—No desistas, Alfonsó —me dice.
Es Alfonso, sin acento, le quiero decir, pero de inmediato suelta un “no perdamos el tiempo”, me sepulta bajo una pila de artículos que fotocopió para mí. Tan pronto abre la boca da nombres, fechas, su voz es la de un pato que da vueltas en círculo, nunca se agota. Me tenso de a poco en la silla de cuero, olvido los graznidos, no puedo dejar de pensar en el patio del jardín de niños, en la reja, cuál sería la diferencia si hubiera una reja entre el patio y la calle. Eso es lo más importante, no me interesa leer, a nadie le importa el siglo XVIII, ni siquiera noto cuando Nicole cambia el tema y comienza a hablar de su divorcio, como cada vez que estoy aquí. Levanto los ojos. Es vieja, está sola, qué desgracia, el marido la dejó después de cuarenta años juntos. Me gustaría ofrecerle un pañuelo, darle una lata de galletas, hacer que de una vez por todas me deje en paz.
—Désolé, madame —le digo—, pero tengo que recoger a mi hijo en la escuela, hoy vamos a la pista de hielo.
—Saludos a tu bebé —me dice.
Le sonrío. Yo soy uno de los pocos estudiantes que la escucha y llega acicalado a la oficina; eso basta para que piense que soy padre y tengo ocupaciones, para que me deje entregarle incompleto el avance. Está convencida de que el omega 3 de las avellanas la volverá joven, se conforma con las fotos de Olivier que le mando en momentos apropiados, me responde con corazones.
En el pasillo no soporto el cuchicheo de los estudiantes. El cúmulo de información me arrastra y me obliga a encerrarme en el baño. Tengo una paletita de cereza en la boca y me bajo los pantalones. Extiendo mi mapa. Dieciocho parques en tres meses, varias visitas a cada uno y todavía pocas pistas, qué ganas de arrancarme los ojos, no puedo creer que haya llegado el invierno, de ser verano todo sería claro, habría color, pero tengo que conformarme. Tranquilo, me digo, vas a terminar la tesis, mamá va a estar orgullosa de ti. Me atraganto la risa. Por supuesto, por primera vez orgullosa de mí. Mamá diciendo, también estás en Montreal como tu hermano, qué bueno, hasta que decides hacer algo de tu vida. Es como si la escuchara ahora. Y si pudiera responder, diría: esto es lo que hago de mi vida: selecciono un parque cercano a la ruta transcanadiense, el Parc Jarry, con la ilusión de recorrerlo entero, agotarme los músculos trotándolo. Encontraré algo, le diría, ya verás.
Un estudiante toca la puerta del cubículo con urgencia, me insulta, dice que ya me tardé. Da igual. Hace mucho que terminé, pero me quedo más tiempo solo para disgustarlo. Imagino los adoquines del parque, sus formas hexagonales; deliro como heroinómano ansioso de piquetes. Cuando esté ahí voy a respirar fuerte para que no se me baje la presión: el aire de esta ciudad me da asma; el río Saint Laurent, conjuntivitis. Aborrezco sentarme en bancas congeladas a comer pechuga de pollo y arúgula en un tupperware, el tenedor frío chocando con mis dientes.
Es la única forma de seguir la búsqueda: en los parques hay niños. Desde las bancas los miro. Hay padres, en los parques, que aman sin condición. Y los miro también. Salgo del baño y ni siquiera le hago caso al estudiante enfurecido, diarreico de notas al pie.
Él no tiene nada; yo dos cosas: fotos y parques.
Tengo que hacerme sentir.
Olivier, el cabello rubio, corto al ras.
Sentir. Como si pudiera, yo, ser algo que no soy. Que no seré. Nunca. Perdón, mamá.
El lunes tormenta de nieve. Encerrados Tiago y yo sin hablar, fumando en extremos contrarios. El martes, alerta de catástrofe meteorológica, sopa instantánea, doscientas lagartijas. El miércoles ya parece otra era. Nos gastamos junto al asador, en ropa deportiva. Y el jueves la ciudad bombardeada, en calma, nada en el cielo, imposible saber el rencor que se oculta bajo las superficies, la forma en que mis músculos se atrofian. Tres días y ya me quiero morir.
Coucou, les amis! Es hora de marcharse. A las dos de la tarde monto el autobús de la Societé de Transport, reaparezco. Entro de puntitas al bosque. Parque La Fontaine y tengo un gorro bolchevique puesto, me doy asco, es ridículo, no estoy en Siberia, pero luzco como bailarín de danza clásica, Anna Pávlova, un especialista, Olga Korbut en la viga de equilibrio. No puedo resbalar. El parque está cubierto de blanco, es como Disneylandia en glaciación, es complejo recorrerlo. Los trabajadores palean la nieve, despejan los senderos, buscan concentrados un tesoro. Tenemos la piel reseca. No ocultamos la ambición.
Los trabajadores del ayuntamiento ganan poco y, como yo, desean la primavera. Al aproximarme me interesa su trabajo, por nimio: mover nieve es inútil si va a derretirse, si llega cada vez más y más. A principios de abril cortarán setos, mantendrán el pasto.
No puedo evitarlo, me acerco a uno y le pregunto si le puedo dar unas paladas a la nieve.
Me muestro ansioso, a veces uno se debe al cuerpo.
—Si usted quiere, patrón —me dice.
—Deme acá.
Hundo la pala, necesito trabajar los brazos, estirar los dorsales, solo así, alguien, me notará. Me concentro, apenas levanto el brazo me siento niño otra vez con mi hermano, excavando en el jardín para enterrar a nuestro foxhound recién muerto, siguiendo por la banqueta para llegar al otro lado de una avenida congestionada, no respetando los semáforos en verde, moliéndonos los ojos a puñetazos. Recuerdo y el hielo cae, estalla, forma un relieve. Me acelero como si estuviera en el casino. Podría hacer esto toda la vida, me digo, no escuchar, no hablar con nadie. No es imposible sudar a doce grados bajo cero.
Una vez que reúno el calor suficiente devuelvo la pala. El hombre tiene un mostacho.
—Me gusta su gorro —dice—, yo también voto por la izquierda.
—Gracias, patrón —le digo limpiándome la frente.
Como si fuéramos el mismo.
Me alejo. Busco caramelos en el bolsillo del abrigo, me pongo los guantes. Dejé de sentir las manos en esta ciudad hace tanto. Me cuesta llevarme los dulces a la boca. No quiero recordar más. Si lo hago voy a regresar al trabajo físico hasta que me ardan los antebrazos, acabaré con toda la nieve de la provincia.
Si regresara y le dijera al hombre que compré el gorro ruso en una tienda lujosa, en uno de los túneles subterráneos, entre Square Victoria y Bonaventure, me odiaría. Suelo pasear a veces por esos túneles, conectan varias estaciones de metro, están llenos de tiendas, cafés, museos. No hace falta la intemperie ahí. Soy un topo, a oscuras, entre la gente. Uso la tarjeta de crédito una que otra vez.
Voy a trote. Hay sol, a pesar de todo. Doscientos metros, cardio, tengo que comprarme unas nuevas botas pronto, ya agoté las que tengo. Escucho el ladrido de un perro, giro la cabeza de inmediato: es idéntico al de nuestro pequeño foxhound. ¿Qué es esto? Enfoco la mirada. Una mujer castaña le avienta un frisbee al perrito. Él va, vuelve frenético, dejando huellas. Hay un niño, también. El hijo. Ahí está. Una inspección. No se parece a Olivier, es moreno. El perro, concluyo, no se parece al foxhound, es un labrador. El semblante del niño, sin embargo, se parece al mío. Años atrás.
Y me provoca acercarme, hacer comentarios sobre el clima, ganarme su complicidad, decir yo también tuve un perro como este, era enérgico, nos daba cariño, pero me quedo plantado en los adoquines, las manos en puño. De qué sirve salir si la distancia entre nosotros nunca se diluye. Ojalá pudiera aproximarme al niño —calculo que tiene siete años— y darle consejos para andar sobre la nieve. Cómo es hacer eso con un hijo, quiero saber. Estar en la feria. Caramelos de anís, menta en la boca del padre y el bebé, algodón de azúcar. El cuerpo me invita al avance, pero me bloqueo. Persiste el paleo de la nieve, a lo lejos, todavía, como un taladro.
Un hombre alto se acerca, hace lo que yo no. Tiene barba. Es bello y besa a la mujer, carga al niño en hombros. El niño mira directo al sol, levanta el brazo y enseguida, el dedo índice. El padre muestra la dirección, se van todos, yo me quedo. Me dan náuseas. Debajo del abrigo estoy húmedo.
Y es ahí cuando escupo, uno por uno, los caramelos.
Sobre la nieve son rojos, azules. Ya no son míos.
Frente a la máquina expendedora de jugos en la estación Berri-UQAM. No voy a pasar a la universidad, comer avellanas, pretender que leo en la biblioteca del campus hasta que me ardan los ojos. Solo quiero un jugo y meto dinero a la máquina. Hay naranjas frescas dentro, la gente pasa. Las frutas se deslizan por una banda, son cortadas, me entregan un líquido caro y lujoso. No es temporada, no es mi país.
Un verano, a los seis, Olivier visitó México, mamá se caía del gusto, a pesar de que no podía comunicarse con él, ni con mi cuñada, porque no hablaban español. Mientras mamá, su nuera y su hijo, traducción mediante, bebían martinis, me dejaron llevar a Olivier de paseo. El día entero para nosotros. Los jueguitos del centro comercial, la tienda de bicicletas. Quise comprarle una, verlo moverse rápido por las banquetas de la Colonia del Valle. Luego McDonald’s, nuggets, chocolate, nuestro amor por la diabetes y el cartón. Me jaló de la pierna: —Alfonsó, ven, ven— hasta los túneles de plástico. No he podido olvidar su exhibición de urgencia, su necesidad de alberca de pelotas, como si fuera un adicto al cigarro con síndrome de abstinencia, igual que su padre.
Imposible negarse a las peticiones de un niño. Lo dejé entrar a los toboganes, irse, una y otra vez, pero lo perdí de vista sin darme cuenta, las papas rebosando grasa mientras los niños, todos menos él, salían de la boca del tobogán y volvían a esconderse. No pude introducirme en el laberinto de túneles, me abrumaba no encontrarlo entre el plástico sucio y lleno de gérmenes. Los brazos en parálisis, el ojo izquierdo saliéndose de la cuenca. Un momento de distracción y todo había cambiado. Hice preguntas, di características. Ninguno de los niños lo había visto. Pensé salir del restaurante y atravesar a toda prisa Insurgentes hasta el Parque Hundido. Quizá estaría ahí, se lo habría llevado algún hombre.
En México nada está bien, le respondía yo a mi hermano, en México te pueden robar lo que sea.
Olivier, escapado de mi vista, se habría ido con alguien, pensé, habría recordado alguno de los parques de Montreal, sucumbido por la promesa del verde. Ese alguien lo habría llevado en un auto fuera de la ciudad, le habría dado un caramelo, después maniatado. En una cabaña, me dije. Sí, a mitad del bosque. Y lo peor: le habría hecho cosquillas.
No sucedió así. Alguien me informó:
—Ahí está su hijo.
Olivier había ido al baño por su cuenta. Regresaba descalzo hacia mí. Una escena de reencuentro en un McDonald’s, kilómetros de separación, años, décadas, un cuerpo contra el otro, un abrazo, la voracidad de las uñas enterrándose en la playerita a rayas.
—No te vayas sin pedir permiso, ¿de acuerdo?
Le acerqué el jugo.
—Debes tener sed.
Lo incliné contra su boca. Me lo arrebató.
—Yo puedo tomar solo.
Y lo miré beber, volviendo en mí.
Lo hizo de un trago. Era de naranja.
La gente apurada pasa por todas partes en esta conexión de metro. Nadie quiere perder el siguiente tren. La máquina chirría y el jugo cae rápido al vasito reciclable. Me desquicia, algunas veces, todavía, pensar en aquella tarde. En la posibilidad del cuidado. Necesito llenarme, golpearme el pecho con satisfacción, saciar. Palear nieve es complejo, requiere energía y afrenta.
Tomo el jugo a prisa, me inclino hacia atrás.
Tiro el vasito al piso de la estación.
Me integro a la multitud.
En el metro acidez estomacal. Un grupo de adolescentes molesta a una estudiante musulmana como si ocultara un kaláshnikov en su bolsa. La asesora acaba de enviarme un mensaje, me pide el avance, interesada en migraciones, notas al pie, no la soporto a veces, su labial caro en la foto miniatura me provoca enterrarla en la nieve. Prochaine station, una anciana me pide que le ceda el asiento a pesar de todos los espacios disponibles. Lo hago, me acomodo junto a las puertas, me miro la barba en el reflejo, nunca la recorto. Le envío a la asesora una foto de Olivier con el brazo roto: perdón, Nicole, se cayó de las escaleras, estoy triste, pero avanzando en la tesis, te llevo el capítulo la próxima semana. “Pero mon Dieu, cuida a ese bebé” escribe ella.
Me encanta que se preocupe. Le voy a comprar un frasco de avellanas.
—Ya te vas a la yihad, terrorista —le dicen a la estudiante.
Nadie la ayuda.
Me río con estrépito. Diez segundos, quince. Nicole me ha tomado en serio una vez más. Un veneno. Contamino el espacio. Medio minuto y no puedo parar. Los estudiantes y la chica de velo giran, bajan el volumen, se olvidan de su juego de púberes, apenas les sale la barba, pero yo in crescendo, intoxicado.
Imbéciles. Nunca escribirán una tesis, lo sé, a lo mucho van a llegar a la prisión local.
Miro a la chica un momento. Cuando llegamos a la estación Laurier sale del vagón disparada, se abre paso con el bolso a cuestas y se aleja corriendo.
Yo bajaré en la siguiente.
Ciudad sin mapa no es ciudad. Áreas verdes sin ciudad, qué son: un bosque. Y yo, uno solo con mi mapa, pero no vine como turista, a pesar de que los quebecois se detienen, me interrumpen el flujo de pensamiento, “tout va bien, t’es perdu?”. No estoy perdido, idiotas, estoy pensando. Cada vez más tiempo fuera, mirando los restaurantes cerrados. La gente va en zigzag desconcertada, el viento les tira las orejeras. Estoy en el antiguo distrito financiero, chocolate en la bolsa y sé que no puedo equivocarme esta vez.
Camino próximo a la reja de malla y paso el puño por el metal hasta sentir los nudillos. Entro al parque, busco los toboganes y las ruedas giratorias como un perro que identifica trozos de carne en algún sitio y no sabe qué dirección tomar. Entonces al fondo, entre los árboles, los encuentro. Me apresuro. Resbalo. Casi me orino. Golpeo mi teléfono con los dedos, funciona mal con el clima. Recorro las fotos, las he estado viendo en casa, regresivo, identificando sitios. Y al ver el pasamanos frente a mí, lo sé: Olivier estuvo aquí. A los cinco años se colgó de él y le tomaron una foto.
Mi presión a tope, el vaho, la escarcha sobre mi pelo. Ninguna duda.
El pasamanos desgastó su pintura y ahora está lleno de carámbanos. Boxeo hasta demolerlos. Quiero sentir el metal, el mismo que él tocó con urgencia, recorrerlo sin guantes, como si lo preparara con magnesia para ayudarle a subir, como si él fuera un gimnasta de la barra alta, mejor que Nadia Comăneci. El metal congelado me quema, pero eso es fascinante, quemarse por dentro e incluso por fuera es sentir algo. Me voy a la calle diciéndome: mi cuerpo puede derretirlo todo.
Soy alguien otra vez.
Eufórico, me pierdo entre las conexiones del metro. Quiero pista de hielo, filo, patines, helada. Quizá Montreal no está tan mal después de todo. Pago unos dólares y me descalzo.
Deme esos patines de cuero, buen canadiense, sé cómo hacer esto, lo practiqué muchas veces en la pista de hielo de Buenavista.
Liso, blanco es Quebec.
Acelero, no tengo frenos, buscándolo como si se me hubiera perdido entre la gente, ese hijo mío, tan rápido, mejor que yo, experto en las artes del frío. No conozco la contención, un hallazgo es suficiente para volcarme todo. Mis patines hieren la superficie, soy un esquiador y nada me importa. Las señales de modere la velocidad, el “Monsieur, arretez!” no es una advertencia. Quieren estar tranquilos, no saben nada: no han visto a un hombre perderse, sin aliento, en sí mismo. Y dos me derriban sobre la pista con todo el peso de sus cuerpos, mi sien impacta contra la superficie lisa y entonces el freno, la sangre.
Esto, mesdames et messieurs, es el hielo.
Estar vivo.
Sobre un tronco partido una joven me aplica agua oxigenada, no es necesario, arde. El policía me entrega una multa, me recrimina el comportamiento.
—Haga lo que quiera —le digo—, yo lo pago, solo quiero volver a casa con mi hijo.
Tomo un taxi hasta Rosemont, subo las escaleras, todo duele, Tiago está en su cuarto. Me echo en la cama, saco el chocolate del bolsillo, se trituró, eso me decepciona, el paladar se me quedó gélido, sabor a metal. Quisiera no pensar en otra cosa que no sea el éxito, pero Tiago golpea la puerta y me interrumpe, ojalá se fuera. ¿Qué es esta vez? ¿El recibo de la luz? ¿El del gas? No se lo perdono.
Recorro los tres metros de habitación sin molestarme en limpiar ni un poco, sin modificar nada. Abro y él se queda paralizado.
—¿Pero qué te pasó, estás bien?
—Me caí de la bicicleta —digo señalándome la herida con los dedos en forma de pistola.
Y él no sabe qué decir, mira enseguida la habitación, toda la suciedad que le muestro. La exposición de mi intimidad, las manzanas.
Me dice que viene su novia para cenar lasaña y que me invitan. Yo digo que no tengo hambre. Él se calla un momento, pero después tartamudea que nos hacen falta platos en la cocina y que, si no me molesta, él lava los que tengo en el cuarto. Le digo que sí, te los dejo en el fregadero.
Cierro la puerta, abro las persianas y miro la torre del estadio. No comprendo cómo Tiago pretende descifrar los misterios del universo si se la pasa extrañando el mar y a su madre, si tiene esa novia tan anodina que es idéntica a él, casi gemelos, casi incesto. Me dan asco.
Estaré bien solo, por mi cuenta toda la noche, me digo, pero más tarde, cuando siento hambre, me arrepiento de no haber aceptado la invitación. Escucho a la pareja prender el horno, chocar las copas, reír en una ceremonia doméstica que probablemente también hacía mi hermano en alguna de estas cuadras cuando Olivier estaba dormido en su casa de los sueños.
La novia y Tiago se meten al cuarto, y se meten las lenguas. Me paso todo el rato escuchando sus gemidos sentado en el piso. Me pico los ojos.
A veces pienso: Tiago es mi única familia en Montreal, compartimos sala, cocina, nos acompañamos, dormimos en el mismo hogar. No me basta. Olivier no está aquí y él es la única familia que importa. Una notificación en mi teléfono me dice que mañana es su cumpleaños. Ocho ya. Tan pronto.
Una foto suya: gorrito, confetti. Acaricio la pantalla.
Más tarde, cuando ya no hay ruido, voy a la cocina.
Tiago me dejó un trozo de lasaña, una nota pegada en la mesa: “Mejórate”.
Es su cumpleaños y me paseo tarde por las calles. Entregué el avance, más temprano comí pastel en una cafetería. Quiero celebrar, qué importa la tarjeta de crédito, puedo pedir prestado. Mezclo ginebra con cerveza, una tras otra, fumo, no me limito. Es necesario. Me explotaré este día mientras viva. Estoy en un sitio en Le Village, la zona gay de la ciudad, e intercambio miradas. Aquí nadie lleva abrigo, los cuerpos musculosos recuerdan el verano, se olvidan de los veinte grados bajo cero.
Es fácil seducir hombres si estás en el lugar indicado, llegar a su altura, decir qué estás bebiendo, vienes muy seguido aquí. Percibir su olor a leña. Alabar las camisas a cuadros. Me quedo bailando un rato solo, mirando en todas direcciones. Kylie Minogue, genial. No puedo vivir si vivir es sin ti, dice Mariah Carey. Me gusto a veces, algunos días.
Un cruce de miradas cerca de la barra y conozco a Adrien entre luces. Es alto, de cabello corto, lleva puesta una playera con la carita deNadia Comăneci, tiene la mezcla de timidez y arrojo que amo.
Es para mí. Me abro paso hacia él.
A los diez minutos salimos a trompicones del bar y nos subimos a un taxi. En el asiento trasero nos abrazamos, nos damos calor, la ciudad se refleja azul en los vidrios polarizados, la radio encendida, como si hubiera pasado otras veces, con el mismo cuerpo, a las cuatro de la mañana. El taxista nos echa una mirada, lo desafiamos con dientes vampíricos. Brillamos de vez en vez.
Bajamos en la entrada del edificio, él casi en cuatro. Subimos las escaleras y nos tropezamos con las botas de los vecinos.
En la mañana las encontrarán revueltas, buscarán poner orden.
Abro la puerta del hogar a oscuras, jalo del brazo a Adrien hasta la habitación, hacemos ruido, no guardamos la carcajada. Ningún espacio para la charla. Los platos sucios, las fotocopias.
Lo miro, contra mi edredón sucio lo empujo, le bajo los pantalones, voy contra él. Miel de maple. Eres tú el que está solo, ¿no es cierto? Policía montada. Pequeño criminal. Adrien gime, necesita. Lo manipulo, le lamo la espalda con mi lengua seca. Hacha. Nos encontramos a mitad del bosque. Leñador.
Trineo.
Le doy todo. Mis horas de soledad.
Me vacío. Exhalamos. Ya está.
La luz horas después.
Estoy crudo. Apesto. Voy al baño y me enjuago la boca.
Al regresar, Adrien se pone la ropa a prisa, se acerca a mi espejito, se pasa los dedos por la cara.
—No quiero ser viejo —me dice.
Es tan feo como los estudiantes de la universidad, ya no lo reconozco. Busco mis pantalones y me los pongo, pero quiero creer que no va a marcharse, que se quedará un poco más, o mucho tiempo más, que llegaremos algún día a escoger muebles juntos, que viajaremos, haremos planes.
Le junto la ropa, lo ayudo a vestirse, le acomodo los botones y el pelo.
—Me tratas igual que mi padre. Basta.
Y mi mano se detiene a medias. La garganta se atora. No respondo.
Su frase me acompaña más tarde, al anudarme las botas. Y después, mientras bajamos hacia la entrada. Lo contemplo de reojo y lo sé: envejecerá cuando menos se lo imagine, se le irá el cuerpo, pobre tipo, jamás tendrá hijos. Al mirar en el pasillo el reguero de botas de todos los tamaños, algunas más pequeñas que otras, el barandal sucio de la escalera, sé que yo tampoco los tendré. Quiero cepillarme los dientes hasta acabar con el esmalte, lo haré apenas vuelva. Me repugnan mi necesidad de sexo, los agujeros de mi ropa. Siempre espero que ellos no se den cuenta de que existen, que no miren de más la habitación.
Domingo. Es necesario recomenzar, como siempre. Abro la puerta y él sale, pero antes de irse, de perderse en la calle nevada, me pregunta:
—¿En qué parte de la ciudad estamos?
—En Rosemont, la Petite-Patrie.
—Qué clima —me responde—. No puedo esperar a que cambie.
Se pone los guantes y se aleja. No intercambiamos números. No volveré a verlo.
Me baño bajo el chorro del agua.
Jean Drapeau, Maissoneuve, René Levesque, Jardin Botanique, Île de la Visitation y yo, Parc des Rapides, todos ellos, Complexe Environnemental Saint Michel, todo este tiempo y queda uno solo. Quiero estrellarme la cabeza contra el vidrio. El autobús me aleja de las calles del centro y me bota en el parque Mont Royal, el más grande de la ciudad. Una curva. El parque es una montaña. Por ahí, en la ventana, los turistas chinos, los miradores panorámicos, binoculares que funcionan con tres monedas. Casi nadie viene hasta acá en invierno, pero es fin de semana. Miro atento la señalización. Y solicito la parada. De pronto ya estoy a mitad de una carretera vacía. A lo lejos puedo ver la ciudad entera, los rascacielos.
Vago entre árboles. Sé exactamente a dónde voy: al Lago de los Castores. Y confirmo: ciudad falsa, sitio anémico. Ningún castor, ningún pato. Un lago artificial hecho por arquitectos. Mi hermano creyéndose en la Arcadia sin conocer el terreno. Encuentro una zona de acampar y me tiro al suelo. El lago no queda lejos, puedo verlo desde aquí. Las familias se han reunido para comer sándwiches y beber whisky. Escucho las risas de los niños, están por allá: se lanzan bolas de nieve y llevan puestos, algunos, gorros de crochet.
Entre los manteles de cuadros y los árboles sin hojas hay un niño rubio, su cabello de la misma textura que el de Olivier: rizado al frente, lacio a los costados.
Un ángel, un alce. El sabor de la sangre en las encías.
Sentirlo es recordar que la herida de mi sien todavía no cicatriza. La tienda de bicicletas, mi necesidad frenética de ir a todas partes con él, tan agitados, el padre y el hijo que nunca fuimos. Ni seremos. Eso arde. Quizá mi hermano está en Siberia. En el fondo, lo resiento por muchas cosas desde el principio. Ya desde niño sabía yo que terminaríamos en pozos distintos. Él en el pozo de la familia y el orgullo de mi madre. Yo aquí. Mi hermano me quitó la conexión más próxima, la única posibilidad que tenía de cuidar a alguien más pequeño de alguna forma. Ahora bufo, rasco el hielo con las uñas. Sigo al niño de cabellos rizados. Tampoco es mi hijo. Pienso en la reja del kindergarten, en el pasamanos, la pala de nieve y las grúas. Perdedor. No hay fotocopia que te salve. Extraigo el mapa del bolsillo y lo hago trizas. Acá ya no hay ciudad. A qué vine. Cuando regrese a México haré un trabajo mediocre, seré lavaplatos, me olvidaré de todo, Nicole nunca volverá a saber de mí.
—J’sais ce que tu fais! Cochon!
Alguien llega, me empuja, no me da tiempo de reaccionar. Es una mujer. Dice, como todos los canadienses, que va a llamar a la policía. Que sabe lo que estoy haciendo. Me acusa de ver a su hijo de forma insistente, desde que estaba patinando hasta que armó su muñequito de nieve.
La miro desde abajo, no le creo.
—No hablo francés, señora. Soy turista —le digo en español.
Y prefiero imaginar lo improbable: los gendarmes del siglo XVIII, caballos, una escena de ejecución, la horca.
Señor guardabosques, venga por mí.
La mujer llama con aspavientos a todos los padres de familia.
Ellos preguntan qué ocurre. No tardan mucho.
Un hombre me toma del abrigo y me patea, inspecciona mis bolsillos.
Otro lo secunda. Un tercero me da un puñetazo.
La nieve es dura, no sé qué hacer, pero no opongo resistencia.
Es más, incluso sonrío.
Porque es la primera vez durante toda mi estancia que alguien me nota, quiere saber de mí.
Y eso me hace sentir alguna cosa.
Me escurre la saliva rápido, los trozos de mi mapa quedan regados en la escarcha. Me parten la boca y aun así, desde el suelo, sigo mirando hacia donde juegan los niños, todavía buscándolo. Qué podría decir. Enseñar las fotos. El cabello de su hijo, fue eso, es idéntico al del mío y perdón, no tengo excusas. Está muerto, decir. Se ahogó en este mismo lago, soltar. Soltar todo eso como un animal ante la punta de un fusil, la cabeza a punto de estallar.
No recuerdo lo que hice el 31 de agosto de 1997. Fue domingo, así que seguramente vi la lucha libre en la mañana, con mi hermano. Es muy probable que mi papá y mi mamá se hayan levantado tarde. No desayunamos en familia, esa nunca fue costumbre en casa.
No tengo idea de lo que hice por la tarde, si salimos o si peleamos o si alguien gritó. No recuerdo ninguna de las cosas que sentí o hice ese día, salvo una sola: en casi todos los canales de televisión hablaban de la misma cosa: el accidente automovilístico en el que Diana Spencer y Dodi Al Fayed habían perdido la vida. En tanto yo, no tengo algún recuerdo particular de ese día; el mundo entero se conmocionó por la muerte de la princesa Diana.
Nacida en 1961, y a pesar de haber pertenecido a este grupo de la nobleza moderna, podría decirse que Diana tuvo una infancia relativamente normal. No fue sino hasta que su padre recibió el título de conde, y ella empezó a ser llamada Lady Diana, que su vida tomó otro cariz.
Más allá del estatus, el título nobiliario solo hubiera tocado a Diana de rebote, por haber sido hija de su padre o hermana de su hermano, octavo y noveno condes de Spencer, respectivamente. Al ser mujer, el nombramiento solo le hubiera permitido mantener el estatus necesario para ser elegida como esposa de otro noble inglés o, en su defecto, europeo.
En 1981 su vida cambió para siempre tras el anuncio de su compromiso con Carlos, hijo mayor de la reina Isabel II y primero en la línea de sucesión al trono. Unos pocos años después del nacimiento de Diana, en 1969, en Estados Unidos se publicaba un ensayo escrito por Carol Hanisch bajo el título Lo personal es político. Este texto, además de ser usado hasta nuestros tiempos como un poderoso eslogan de la segunda ola del feminismo, demuestra las conexiones entre la vida pública y la vida privada de las mujeres de aquel tiempo.
El acceso a los espacios públicos se complementa con las implicaciones que sus ausencias de los espacios privados ponen sobre la mesa. Las mujeres que salían (salen) a la escuela, que conseguían (consiguen) un trabajo, que tenían (tienen) derecho a divertirse y a todo lo que el mundo fuera de casa derivaba y deriva en una serie de consecuencias, de pequeños impactos en las dinámicas familiares y de poder.
Las mujeres que no están en casa no pueden proveer cuidados, no pueden ocuparse del orden y la limpieza de una casa; no pueden solo pensar en el espacio íntimo de su círculo inmediato. Y quizá tampoco quieren, porque acceder al trabajo también significa poseer un sueldo, esa moneda de cambio para tener cosas, para poseerlas. El acceso a la educación confiere a las mujeres el derecho (reivindicación más que justa) de expandirse, material o simbólicamente. Dejando en claro que el matrimonio y los hijos no son el único futuro posible para ellas.
Otra de las reivindicaciones de los derechos de las mujeres fue la obtención del derecho al voto, que sucedió en diferente momento en cada país. En Reino Unido, se aprobó en 1918; en Estados Unidos, en 1919. A partir de esta cercanía temporal entiendo que hay una similitud en cuanto al desarrollo histórico de ambas naciones, al menos en este contexto.
Para la década de los ochentas, el feminismo estaba entrando en su tercera ola, tocando temas como interseccionalidad y teoría queer. Diana era una mujer blanca, perteneciente a la burguesía de uno de los territorios que preserva la monarquía como una institución, y aún en este contexto fue subyugada por los mandatos patriarcales que trastocan a las mujeres trascendiendo cualquier circunstancia material. Creo que nunca me ha hecho más sentido la correlación entre lo personal y lo político, que cuando leí sobre el acoso y la intromisión de los medios de comunicación de su tiempo, tanto en la vida de Diana, como en su muerte.
La primera vez que Guillermo y Enrique hablaron públicamente sobre su madre fue en 2007. El mayor de los hijos se refirió a los reporteros como una manada de perros que la acosó hasta el cansancio con tal de conseguir una fotografía. Después del accidente, los mismos que la persiguieron capturaron cómo se desangraba.
Esto es lo que me lleva a cuestionar: ¿hasta dónde es legítima esta intromisión en la vida de una mujer? ¿Hasta dónde la exigencia de un público justifica la invasión a la vida privada de alguien? ¿Por qué en vida nadie se puso a pensar en todo eso que terminó con la salud mental de una figura icónica que, ante todo, era una mujer? ¿No fue cada decisión de Diana un acto político en sí mismo?
Una princesa divorciada (una de las primeras, si no es que la primera) sobre quien el mundo volcó tanta atención que nunca pudo recuperar la tranquilidad; madre de dos niños a quienes el estado reclamó, obligándola a no cargar sola con el estigma de madre soltera, a no tener que limitarse en cuanto a sus apariciones públicas porque Carlos es representante de una monarquía y no podía perder el control sobre sus hijos, lo que significaba mantener mayoritariamente la custodia y ejercer una paternidad a puerta cerrada, pero con todos los privilegios y la ayuda del mundo; una mujer convertida en icono que mantuvo hasta el final una identidad propia.
Problemas como la depresión, la bulimia, la distancia emocional de un esposo y de su familia política, fueron abordados en Spencer, película de 2021 protagonizada por Kristen Stewart, otra figura pública señalada y castigada en su momento por actos privados que se volvieron del dominio público y, por tanto, políticos.
A Diana se le hace cuenta de los amantes que, en algún momento, hablaron para sostener o desmentir las historias, y a partir de eso se cuestionó su reputación. A Kristen Stewart se le señaló por haber mantenido una relación con el director de otra de las películas que protagonizó, y con esto de haber dañado profundamente a su coprotagonista de la saga Crepúsculo, porque, claro, su relación a prueba de todo debía trascender la pantalla y ser igual de satisfactoria y predestinada a suceder en la vida real. Quizá ambas figuras fueron hermanadas mucho antes por esta representación mediática ante la que no se puede perder la sensibilidad.
La gente habla de los vivos, de los muertos no. Mucho menos de las muertas que acaban muertas por todo lo que representa una violencia estructural. A veinticinco años de la muerte de Diana, sus hijos la recuerdan como su guardiana y protectora; otros miembros de la familia real, como una persona única; la gente común y corriente, como ídola, benefactora, filántropa… mujer que se salió del molde.
Yo solo puedo decir que hizo lo que pudo con lo que tenía, que trató de mantener una vida digna dentro de su contexto, con sus limitaciones y sus alcances. Pero no puedo negar que, a Diana, la carroza se le convirtió en calabaza mucho tiempo antes del accidente en París. A ella no la mató la herida pequeña en el sitio correcto ese 31 de agosto de 1997, sino una sociedad que, como siempre, utilizó a otra mujer como carne de cañón.