Estimado señor alcaide,
Como uno de sus presos más antiguos y peligrosos, me he tomado la libertad de escribirle esperando que en honor a los cerca de quince homicidios, desmembramientos y violaciones que cometí en mi larga carrera como asesino serial, tome usted en cuenta esta breve crítica a la calidad culinaria del corredor de la muerte de esta cárcel, en la que fuera de un par de motines y peleas con otros prisioneros, he pasado unos años bastante agradables.
La vida, de suyo, ya es un lugar miserable, terrible, angustiante; además de la dificultad de dotar de sentido la vida, de hacernos cargo de nosotros mismos, de sobrevivir al día a día, de salir del paso con la comida, los pagos, el trajín de nuestras necesidades más imperiosas y saber que al final lo único que nos espera es la muerte, una muerte solitaria e ineludible, además de eso, encima de eso, como si eso no fuera poco, también existen las tesis.
Cuando decidí adentrarme al mundo de Sor Juana Inés de la Cruz fue por el prejuicio que pienso se tiene de ella, en cuanto a las formas y leyendas sobre esta monja de la que generalmente sólo conocemos una frase: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”, y de la imagen de los billetes de 200 pesos viejos.