Tierra Adentro
Ilustración realizada por Rosario Lucas
Ilustración realizada por Rosario Lucas

Debo admitir que el mes del orgullo siempre me causa una serie de conflictos internos. Por un lado, me llena de dicha ver cómo tanta gente encuentra comunidad y disfruta vivir abiertamente su sexualidad o identidad de género de forma colectiva. Confieso que pocas cosas se comparan con estar en una marcha del orgullo en la Ciudad de México y sentir cómo vibra el piso cuando la multitud grita: “¡el que no brinque es buga!”.

Por otro lado, no puedo evitar pensar en aquellas personas que no pueden compartir este orgullo de forma abierta por miedo a perder a su familia, su comunidad o incluso la vida. Pienso, también, en la mercantilización de lo LGBTTTIQ+, en los anuncios publicitarios de antros y fiestas que muestran a personas blancas, delgadas, con ropa de marca.

Inevitablemente pienso en Pedro Lemebel, quien escribió sobre su visita a Nueva York, donde reflexionó que “tal vez lo gay es blanco” (64) y que “lo gay se suma al poder, no lo confronta, no lo transgrede” (117). Y es que formar parte de una comunidad que se ha visto cooptada por el orden neoliberal para ser vendida como algo digerible y amigable puede generar incomodidad pero, afortunadamente, también abrir espacios de reflexión.

Más allá de estos conflictos que me surgen cada que se aproxima el mes del orgullo, la vida me ha llevado a estar en un constante tránsito entre México y Estados Unidos, lo cual me ha dado varios privilegios y, al mismo tiempo, hecho de mi relación con mi expresión de género algo cambiante y que cuestiono muy a menudo dependiendo de mi contexto y perspectiva. Cuando era estudiante de doctorado en Estados Unidos solía participar como voluntaria en entrenamientos para la comunidad universitaria sobre cómo apoyar a las poblaciones LGBTTTIQ+.

Mi participación consistía en narrar mi salida del clóset y luego explicar que, a pesar de ser hija única de una madre soltera, mi experiencia había sido positiva y nuestra relación se había fortalecido desde aquel momento en que fui completamente honesta con ella. Sin embargo, la gente normalmente quería escuchar una historia trágica basada en prejuicios sobre un México monolítico, católico, conservador y machista. Porque existe la idea entre los estadounidenses de que su país es mucho más seguro para quienes vivimos al margen de la heterosexualidad. Sin embargo, a pesar de que México se enfrenta a un grave problema en cuanto a discriminación y crímenes de odio contra personas de la diversidad (ni hablar del índice de feminicidios), el vecino del norte no se queda atrás.

Desde la introducción de proyectos de ley que buscan limitar los derechos y protecciones a personas LGBTTTIQ+ en distintos estados, hasta la famosa ley “Don’t Say Gay” en la Florida, la cual prohíbe abordar temas relacionados con la orientación sexual e identidad de género en las escuelas públicas, ser parte de la comunidad es cada vez más difícil en los Estados Unidos, en especial para las personas transgénero y/o racializadas.

Por ello, me resulta indispensable rechazar la noción de Estados Unidos como un país ideal, pues en muchos casos esta idea se construye al oponerse a países como el mío. Si bien soy consciente de las muchas dificultades y horrores que atraviesan a las personas LGBTTTIQ+, pensar de modo colectivo también implica entender y valorar las experiencias individuales, en especial las de aquelles quienes no gozan de los mismos privilegios que otres.

Fue también durante mis años de estudiante que comenzaría mi investigación académica, la cual me ha llevado a escribir y pensar sobre lo queer, sobre su posible traducción al español como “cuir” y cómo se construye desde un contexto latinoamericano pero, sobre todo, me lleva a reflexionar constantemente en torno a mi propia relación con la masculinidad femenina. Mi primer contacto con esta idea surgió tras mi lectura del texto de J. Halberstam, Female Masculinity (1998). Las palabras de Halberstam me ayudaron a reflexionar sobre cómo las mujeres también contribuimos a generar distintas masculinidades y cómo éstas, más allá de ser simples copias de una categoría hegemónica, son múltiples e imposibles de definir bajo taxonomías simples (Halberstam 46).

Fue poco después de mi encuentro con este texto que las palabras de Halberstam pasaron de la teoría a la práctica, convirtiéndose en parte de mi relación personal con mi masculinidad. Hasta hace algunos años ésta era para mí algo incómodo que me generaba una sensación de fracaso por no caber dentro de la feminidad convencional. Si bien mi madre no se inmutó cuando salí del clóset, sí pasó toda una vida repitiéndome que tenía que ser “más femenina”, incluso llegándome a decir cómo sostener el cigarro para verme menos “tosca”.

Más que venir de un deseo de decirme cómo vivir, con los años he entendido que sus consejos provenían de la preocupación de que su hija causara incomodidad por no seguir las pautas de lo “femenino”. Sentía el mismo miedo que sienten muchas madres mexicanas cuando sus hijas viajan solas o salen de fiesta o simplemente salen de sus casas de noche. Quería hacerme invisible para protegerme, pero yo siempre me rehusé.

Fue de la mano de Halberstam, pero también gracias a una ex compañera de la secundaria que empecé a considerar mi expresión de género como algo liberador. La excompañera en cuestión, que diez años antes me había hecho bullying, llamándome “marimacho” y “machorra” frente a otros adolescentes, ahora me escribía para preguntarme sobre mi sexualidad y mi relación con el género y sus categorías: ¿Me identificaba yo como “butch” o “femme”? ¿Qué pensaba sobre las categorías? La verdad es que yo no pensaba mucho en ellas más allá de la teoría.

No me identificaba con ninguna y, por lo tanto, solía pensar que no eran relevantes para mí en la práctica. ¿No había sido suficiente el haber salido del clóset como lesbiana? ¿Ahora tenía que escoger otra etiqueta? Más tarde me di cuenta de que poco importaba lo que yo pensara sobre mi propia expresión de género, pues alguien siempre se encargaría de colocarme en una categoría.

Aunque mi otrora bully convertida en interlocutora me ayudó a cuestionar mi relación con el género, vivir en Estados Unidos ha complicado mi escurridiza relación con categorías como “femme” y “butch”. Algunas otras lesbianas de este lado del Río Bravo han insistido en nombrarme “butch” como si de un diagnóstico médico se tratase.

Las mismas personas que citan a Judith Butler de memoria para decir que el género es un performance parecen olvidarse de que en El género en disputa (1990)Butler escribió que tenía “la esperanza de que las minorías sexuales formen una coalición que trascienda las categorías simples de identidad…  y suprima la violencia impuesta por las normas corporales restrictivas” (32). Si bien las categorías estadounidenses “butch” y “femme” han sido de suma importancia para la identidad lésbica, su visibilidad y sus luchas políticas, ir más allá de un orden binario nos permite verdaderamente entender la complejidad de la experiencia humana.

Como académica enfocada en la literatura mexicana y en los estudios de género, tengo y he tenido tanto la desgracia de presenciar los muchos esfuerzos que las escritoras y activistas LGBTTTIQ+ deben hacer para que se escuchen sus voces, como el privilegio de atestiguar cómo las nuevas generaciones cuestionan el pasado para construir un mejor futuro que nos incluya a todes. Por ejemplo, en primera instancia pienso en la historia que la escritora Artemisa Téllez ha compartido abiertamente en distintos espacios sobre su experiencia con la publicación de su novela Crema de vainilla, la cual, tras ser leída por un editor, fue rechazada por contener “demasiadas vaginas”.

Esto me recuerda que nuestra comunidad se ha visto históricamente dominada por los hombres gays y que todavía queda mucho por hacer para que otras voces puedan ayudarnos a entender las múltiples experiencias y puntos de vista que existen en nuestra colectividad. ¿Cómo podemos siquiera pensar en nuestras formas de vivir y expresar otras masculinidades si hay puertas que se nos siguen negando para hacerlo?

Por otro lado, también pienso en la Marcha Lencha en la Ciudad de México, que no sólo ha servido de inspiración para mi trabajo, sino que también ha renovado mi esperanza en que podemos construir redes de sororidad que luchen contra los prejuicios y cuyas voces hablen mucho más fuerte que las de grupos transodiantes. Una marcha organizada por mujeres para mujeres, que no deja fuera a personas trans y no binarias, que se aleja de los esencialismos y discursos de odio y que más allá de ver el lesbianismo como una identidad al invitar a pensar en las “lenchitudes”, o el amor entre mujeres, sin importar la orientación sexual ni las etiquetas.

Y es que este tipo de perspectiva me remite a mi propia relación con lo que se considera femenino, la cual es igual de compleja que con lo masculino. No rehúyo de “butch” o “femme” por llevar la contraria, sino porque son títulos de origen estadounidense que, como mexicana, me cuesta trabajo pensar que puedan definirme a pesar de vivir aquí. Al mismo tiempo, si retomamos la esperanza de Butler, debemos recordar que la expresión de género, como la sexualidad, no es algo estático. En mi caso personal, la forma en que me visto y me percibo a mí misma tiene más que ver con el día en que se me pregunte. Hay días en los que me gusta usar aretes, jamás salgo de casa sin maquillaje y cuando no me muerdo las uñas, me gusta hacerme manicure y pintármelas de colores. Pero también hay decisiones que tomo diariamente y que, sin duda, influyen en la forma en que me miran los demás. A mis 35 años, he decidido que no tengo por qué volver a ponerme un vestido. Si me invitan a una boda, simplemente aclaro que no uso vestido. Si es un requisito, entonces no tengo que por qué asistir. Y aunque la masculinidad femenina va mucho más allá de la ropa o los accesorios, estos aspectos visibles marcan las pautas de cómo nos ve el mundo.

No busco encontrar una categoría a mi medida y seguramente muchas personas tampoco piensan en ello como una meta. Más bien, concuerdo con Halberstam sobre la infinidad de maneras de aproximarnos a la masculinidad femenina y cómo estos tipos de masculinidades pueden ayudarnos a cuestionar el machismo y las ideas que ven el género como algo intrínseco.

¿Dónde cabemos quienes vemos la expresión de género como una infinidad de posibilidades y no como algo estático? ¿Cómo nos nombramos aquelles que no salimos de casa sin maquillaje, pero jamás nos pondríamos una falda o vestido? ¿Es realmente necesario encontrar una sola manera de ser o de hacer? Aunque no tengo respuestas para estas preguntas, sí intuyo que éstas radican en validarnos de forma colectiva y en comprometernos a seguir en constante evolución.

Bibliografía

  • Butler, Judith. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona. Paidós. 2007.
  • Halberstam, J. Female Masculinity. Durham. Duke University Press. 1998.
  • Lemebel, Pedro. Loco Afán. Crónicas de sidario. Barcelona. Anagrama. 1996.

Autores
Es profesora asistente de literatura latinoamericana con un enfoque en género y sexualidad en Michigan State University. Se doctoró en letras latinoamericanas por la University of North Carolina at Chapel Hill en 2018. Su trabajo ha sido incluido en revistas académicas como Chasqui, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Latin American Literary Review y Clepsydra. Ha publicado capítulos en torno a los estudios de género y sexualidad en colecciones editadas como Senderos de violencia: Latinoamérica y sus narrativas armadas, Fronteras de violencia entre México y Estados Unidos y el Routledge Handbook of Queer Rhetoric. Sus intereses académicos incluyen la crónica en América Latina, las representaciones de violencia de estado en la literatura mexicana, el cine LGBT latinoamericano, y los estudios queer en Latinoamérica. Su actual proyecto de libro se enfoca en la representación del deseo lésbico en la literatura mexicana contemporánea.

Ilustrador
Rosario Lucas
Nací, crecí y vivo en el Estado de México desde el invierno de 1994. Dibujante, ilustradora y fabricante de cómics. Persona neurodivergente que encuentra en el cómic el medio perfecto para sacar lo que duele y pagar las cuentas del psiquiatra. He trabajado en distintos medios editoriales, como Planeta, Malpaís, Pengüin Random House y proyectos periodísticos independientes con Daniela Rea, Agencia Ocote, Global Initiative y Pie de Página. Trabajo de forma autogestiva desde 2019, desde una casa azul en los cerritos de Atizapán de Zaragoza. Creo en la ternura, la digna rabia y amo a los perritos.
Ilustración realizada por Rosario Lucas
Ilustración realizada por Rosario Lucas

Lo primero fue la inexistencia. Hacía calor, como pocas veces lo recuerdo en esta ciudad. La memoria es un fantasma curioso. Se pasea por la casa sin permiso, a media noche, escondida, ensabanada entre los recuerdos furiosos de quien se mantiene con convicción en el olor del suavitel aroma lavanda que impregnaba una cama de la infancia. Pero esta no es esa cama. Una cama ajena. La memoria es selectiva, dicen. Creo más en los recuerdos como una forma de desdibujar el cuerpo frente al tiempo. En la insistencia del cuerpo por permanecer y borrarse. Ya sé que la memoria no es algo en lo que alguien pueda creer. Existe o se desvanece. Ya sé, y por eso insisto. Hacía calor y me desperté en una cama que no era la mía. Amaneció, como siempre. Las sábanas eran azules. En el buró, un vaso con flores de aquella otra noche que ya había vivido también con él. Frente a mí, apenas la primera insistencia del sol por entrar y un escritorio blanco. En realidad, mi mirada estuvo primero en el escritorio y luego en el sol pequeñísimo que atravesaba la ventana. Observé las llaves con la alpaca arcoiris que traje de regalo de Perú. Pensé en que la memoria también se instala en los objetos y se apropian de las formas en que habitamos el mundo a través de ellos. Pienso, todavía, en que me aterra la idea de la memoria como un cajón vacío. Recuerdo y me niego a levantarme. Esta es una de las memorias que quiero conservar intacta: pasará el tiempo, despertaré en lugares diferentes, me encontraré dispersa en los recuerdos de otros, pero en ese sitio, en el lugar intacto de las preguntas, destinada ya a la incertidumbre, envuelta en azul y en otro cuerpo que no reconozco como mío, en medio del calor, con mi mano entrelazada en otra mano, permanecerá la insistencia en el cariño.

 

Hacia allá, lejano, se encuentra mi cuerpo.

 

Crecí con la idea de que yo era un pecado. Mentir estaba mal. Querer como quería ser querida estaba mal. Todo lo que soy estaba mal. La idea sobre el bien y el mal estaba marcada por la interpretación de la biblia que hacían las profesoras de la escuelita cristiana a la que asistía todos los domingos. Ese diminutivo me molestaba. Una escuela igual que la escuela laica de lunes a viernes pero discursivamente en miniatura. ¿Por qué algo insignificante tenía que establecer la forma en que vivía la vida? ¿Por qué algo minúsculo decidía que mi existencia estaba mal? Mi cuerpo de infante era incluso mucho más grande que la palabra “escuelita”. Hasta antes de los doce años no podía cortarme el cabello. Tenía que usar faldas largas y un velo de encaje sobre la cabeza para que me cubriera el cabello. Ninguna mujer podía entrar al templo sin ese uniforme. Al parecer nuestro cabello y nuestras piernas le molestan a Dios. Mujeres disfrazadas de mujeres de otros tiempos. No recuerdo haber visto a mi madre en falda larga y velo. Nunca me cuestioné por qué solamente mis hermanos y yo teníamos que ir al templo todos los domingos. En algún momento me pareció profundamente injusto que mis padres no fueran con nosotrxs. Pero creí (siempre intento creer) que buscaban salvarnos de algo. La salvación, ese secreto escondido en un hoyo negro en medio del templo, oculto entre los pies de quienes bailaban y le hablaban en lenguas a nuestro señor. Siempre me imaginé que esa habilidad de hablar en lenguas le era otorgada a quienes, con fe, lograban entrever la existencia de ese señor. Para mi yo infante, ese hoyo negro tenía una membrana finísima que lo cubría y sostenía el baile y el canto de los creyentes. Algún día la membrana se iba a desbaratar con la potencia de las voces y de los pies sobre ella para dar paso a una increíble caída de cuerpos chocando contra otros cuerpos, felices de por fin conocer el fondo y ver con sus propios ojos la luz, el espíritu santo, nuestro señor. Nuestro, y sin embargo.

Mi abuelo paterno construyó el templo cristiano que estaba a una cuadra de nuestra casa. Toda su vida la ha dedicado a construir cosas. Ese es su compromiso consigo mismo. Erigió las casas que ahora habitan algunos de mis familiares y esas otras que ahora están en disputa. Ninguna nos pertenece. Mi única casa es mi cuerpo. Me miento insistentemente acerca de esta última oración.

Nunca me atreví a nombrarme bisexual hasta hace unos meses. Siempre supe que me gustaban las mujeres. Mis barbies se besaban entre ellas, incluso si existía la posibilidad de que algún Ken o algún Max Steel llegara a la ecuación que se formaba a partir del pacto de ficción entre mis muñecas de plástico y yo. Imaginaba que sufrían terribles rupturas amorosas. Ninguna de ellas se quedaba al final con el amor de su vida. Era pecado amar y desear a otra mujer. Yo, como escritora de sus vidas, Dios encarnado en una niña que jugaba con barbies, las castigaba por sus pecados. El castigo era ser infelices para toda su vida, como yo supuse que iba a ser la mía. Decidí renunciar a ser infeliz. Renuncié conscientemente a una vida en la que pudiera amar o desear a otra mujer. ¿Para qué insistir si de frente estaba la historia que alguien más ya había escrito para mí? Una historia como todas las historias que se han contado. O que nos hemos contado a partir de la existencia de la heterosexualidad obligatoria. Es decir, desde siempre. Me he enamorado, de verdad, o lo que entendía como enamoramiento en esos momentos, de un par de hombres a lo largo de esa historia. Me iba a casar. Estuve enamorada de un hombre que estudiaba una maestría en Nueva York. Un Poeta, en mayúsculas. Me enamoré también de un compañero de mis clases en la facultad que era diez años mayor que yo. Otro Poeta. Tenía publicados algunos libros en la editorial del gobierno de su estado. Venía los lunes a la Ciudad de México para estudiar su segunda licenciatura. Después vino la violencia. Y el engaño. Y un llorar en los autobuses. En los aviones. Los secretos. Y el MeToo. Dejarlo todo por irme con ellos y al final quedarme con nada. Renuncié a adoptar otra vez esa historia. Mi problema, quizás, es que me dolía demasiado no ser la persona que otros escogen. Qué difícil decir, incluso después de tantas lecturas, tantas reflexiones en conjunto, demasiados cuestionamientos al amor romántico, que una se tiene que elegir a sí misma. Escribo esto con la duda en la punta de los dedos.

Le conté que estaba escribiendo un ensayo en el que lo mencionaba. Me da cringe, dijo, y luego corrigió esa última palabra: me da vergüenza. Me arrepentí al instante. Regresé al libro que estaba releyendo y en el que, tiempo atrás, había subrayado las frases

¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor.

Como si besarse por primera vez les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces.

Yo lo había provocado: yo y mi disfraz de falsa nymphet, a quien le habían robado su chupete.

 

Es un libro que estoy releyendo para el ensayo que escribo, le dije. Me preguntó si podía verlo. Descubrió los subrayados y me volví a arrepentir. Pensé en que las personas asumen que los subrayados en los libros son parte de la formación de una identidad en espejo a lo que leemos, una constante en la que nos repetimos a nosotras mismas con el lápiz sobre las letras y las oraciones con las que nos identificamos, las oraciones que queremos guardar, el momento justo en el que nos presentan de cuerpo entero una realidad que nos atraviesa desde la hoja de papel hasta la punta del ojo. Y tienen razón. Leer los subrayados en los libros de otras personas es un acto intimísimo. Por primera vez en mucho tiempo dejé de tener miedo. Ya no espero ser elegida. Soy esas palabras y las que continuarán acumulándose.

Disfrutaba mucho leer la biblia, a pesar de todo. Como cualquier preadolescente cristiano que siente curiosidad por los finales, me obsesioné con el libro del Apocalipsis. Quería devorarlo entero. Si estaba destinada a ser una mujer del templo, iba a ser la mujer de falda y velo negro experta en el gran libro de las revelaciones. Anhelaba el día del rapto. Estaba segura de que me iba a quedar en la tierra porque no merecía ser ascendida al reino de los cielos. Quería ver con mis propios ojos cómo se iba a terminar el mundo tal y como lo conocíamos. La obsesión me duró poco. Un día, en una de las clases dominicales, se me reveló que existía un libro dentro de la biblia que era considerado “poesía pura”, así, con esas palabras. No sólo era la palabra de Dios convertida en versículos aleccionadores del bien y del mal que teníamos que aprender de memoria, también existía la poesía. Me iluminó. El cantar de los cantares llegó a mí durante la adolescencia como un regalo sobre la existencia de las posibilidades del amor. Ahí, escondido entre Eclesiastés e Isaias, estaban esos versos que me reconfiguraron la forma de ver las imposiciones aburridas de cada domingo que repetíamos infinitamente. El gusto me duró poco. A pesar de ser “poesía pura”, el cantar de los cantares era un poema que no merecía estar dentro de la biblia, se nos dijo. Cómo algo en el que no se cuestiona la existencia humana, algo en lo que ni siquiera se menciona a Dios, estaba en el libro sagrado. Leerlo, por fin, estaba mal. Desobedecí por primera vez en el templo. Llegando a casa agarré una de las sillas de madera del comedor, la coloqué frente a la ventana que daba a la terraza del tercer piso, abrí la biblia en el cantar de los cantares y me prometí que sería el único libro que me aprendería de memoria. No me iba a levantar de aquella silla hasta saberlo de principio a fin. Fundaría una rebelión en contra de Dios.

Por algunos años, mi refugio del abuso y la violencia machista fueron mis relaciones sexoafectivas con mujeres. O algo así como la ilusión de un refugio. Una casa abandonada en medio del bosque en donde las únicas voces que se escuchaban eran las nuestras. Un refugio cálido. Apenas el viento y el murmullo de la lluvia sobre el techo. Un lugar seguro. Esto es algo que me da vergüenza admitir. Es verdad que la sexualidad no es un ente estático que se fija en el cuerpo una vez que asumes una posición frente al mundo. Pero yo sentía que había encontrado mi lugar. Amar como era amada se sentía bien. Ser como yo era había dejado de ser un pecado. Ya no importaba lo que pensara Dios de mí y de mi forma de querer y anhelar ser querida. Estaba en el lugar correcto. Esa tenía que ser la casa que iba a habitar por el resto de los años. Anidé en una identidad que adopté como un posicionamiento de cuidado propio frente al temor de que mi cuerpo fuera lastimado otra vez. Insisto: me da vergüenza. Pero no me arrepiento. Sigo buscando en el significado de las palabras la potencia de las posiciones políticas de amar a otres a pesar de este mundo que insiste en odiarnos. A pesar de las imposiciones de las historias sobre las vidas que deberíamos vivir. No quiero que se me malentienda. Mi refugio-identidad lo formé a partir de mi historia de violencia. Era una casa en la que cabíamos mis afectos y yo. Una historia que, tengo la certeza, se ha repetido miles de veces en los cuerpos de otras mujeres. Nos reconocemos entre nosotras. Pero, al final, esto era un refugio para una sola persona. Mi historia de violencia es quizá la historia de violencia de otras mujeres. No quiero que este refugio sea entendido como una idea esencialista de la violencia.

 

Salí con vergüenza de esa casa abandonada en el bosque.

 

La vergüenza es un afecto universal. Es quizá el afecto más relacionado con el estigma. La vergüenza le pertenece subjetivamente a quienes no entran dentro del cánon de la perfección. Se impregna solamente en quienes no son dioses. Solamente hay un ser humano completo en el mundo que es incapaz de sonrojarse: un padre joven, casado, blanco, urbano, norteño, heterosexual y protestante, que posee educación universitaria, pleno empleo, buena complexión, peso y estatura, y un record deportivo reciente, escribió Irving Goffman. La vergüenza le es conferida socialmente a los otros, a los mortales. La vergüenza nos es heredada como vestigio de nuestra falta de completud. La perfección responde a la no-vergüenza. Sentimos y somos habitados por la vergüenza porque nos vemos no-perfectos. Ese afecto llega como un vestigio. La vergüenza implica una exposición, un estar afuera, la forma en que se exhibe no estar listo para ser visible. La vergüenza, incluso en soledad, se desdobla frente a los otros como amalgama inamovible del yo. No hay un otro que no sea un yo en las afectaciones de la vergüenza. Tengo claro que esta vergüenza de estar afuera de mi refugio me fue heredada por el miedo a ser vista como una desertora. Deserté de la clase mujer cristiana. Deserté del templo. Abandoné completamente la idea de casarme, tener hijos y criarlos, como mandaba Dios, bajo la fe cristiana. Deserté de ser mujer heterosexual. Deserté, incluso, de ser mujer lesbiana. Dejé de creer en que la religión podía determinar mis caminos y la forma en que me habito dentro de mi cuerpo y en mis afectos. Y aquí me coloco, frente al mundo. Quiero pensar en que la violencia tampoco puede determinar esos caminos. Me dejo aquí, expuesta.

 

Anhelo apropiarme de mi historia.

 

Aprendí desde muy pequeña que sentarme con las piernas cerradas, incluso con la falda hasta el tobillo, me hacía una mujer que los hombres iban a respetar. Colocar las manos bajo la mesa y no sobre ella todo el tiempo significaba que la gente en el restaurante podía creer que me estaba tocando para sentir placer, me dijo mi tía, también cristiana, cuando tenía nueve años. Descubrí que mi vulva tenía olor a los once cuando mi madre me golpeó en las manos porque olía a que me había estado tocando ahí. Descubrí también que la atracción era algo irrenunciable y que no podía alejar para siempre a los niños que no me gustaban dándoles patadas en la espinilla cada que me entregaban una rosa que terminaba en la basura los catorce de febrero. Guardé un mechón de pelo rubio de Franciso en mi libro de español. Él nunca me dio una rosa. Besarme con mis amigas de la primaria para practicar en caso de que algún muchacho se nos acercara en el convivio del día del niño fue lo peor que pude haber hecho para deshonrar a mi familia. No se enteraron nunca de que Sandra y yo nos seguíamos besando a escondidas. Sandra también era cristiana.

Empecé a leer a Adrienne Rich y a Monique Wittig. Leí en voz alta poemas de Elizabeth Bishop. Vi todas las películas del canon sobre relaciones entre mujeres. Sigo buscando esa forma otra de contar nuestras historias, fuera de la mirada heterosexual y sexualizada para el consumo del patriarcado. Busqué en todas las librerías Amora de Rosamaría Roffiel. Lo encontré. Estaba ávida de encontrarme en alguna de esas historias. Quería asegurarme de que ese refugio que había creado tenía otros refugios hermanos que se hubieran replicado sobre la tierra. Un espejo. Una aldea de refugios. Sigo buscando, todavía. Leí sobre la configuración de la sexualidad en la sociedad. Sobre la importancia de nombrar lo que somos. De no tenerle miedo a nombrarnos. Sobre la relevancia de no invisibilizar lo que nos fue históricamente arrebatado. Insistí. E incluso después, me doy cuenta de que la configuración de mis afectos no cabe en la palabra lesbiana. Cuán poderoso es el miedo. ¿Cuántas mujeres caben en un cuerpo?

Un suceso. Dormí junto a un hombre. No lo había reflexionado como algo que fuera extraordinario. Me imagino esa escena como aquella pintura de Jean François Millet: dos cuerpos durmiendo sobre las gavillas de trigo regadas en el campo, junto a ellos sus herramientas de trabajo, las hoces, y al fondo lo que parecen ser unas vacas o unas ovejas. En la pintura, descansan acompañados. Nada más. Un trato de confianza. Pensé en que podía quererlo como he querido a las mujeres de mi vida. Pensé también en que no importa. No aspiro a ser elegida. Mis afectos ya no son un universo clandestino. No existe un tiempo verbal que traduzca un episodio suspendido en el aire para siempre, escribió Margarita García Robayo, pero me sostengo sobre la idea de que ese para siempre permanece de cierta forma en los sentidos y en las formas en que recorremos con los dedos los fantasmas propios.

Me preguntó con el vos y con su acento que arrastra las ye si yo era alguien que se aferraba a lo material. Contesté que sí, mientras recordaba la sensación de sus dientes como rebaño de ovejas trasquiladas sobre mi oreja en una noche que no se va a volver a repetir.


Autores

Ilustrador
Rosario Lucas
Nací, crecí y vivo en el Estado de México desde el invierno de 1994. Dibujante, ilustradora y fabricante de cómics. Persona neurodivergente que encuentra en el cómic el medio perfecto para sacar lo que duele y pagar las cuentas del psiquiatra. He trabajado en distintos medios editoriales, como Planeta, Malpaís, Pengüin Random House y proyectos periodísticos independientes con Daniela Rea, Agencia Ocote, Global Initiative y Pie de Página. Trabajo de forma autogestiva desde 2019, desde una casa azul en los cerritos de Atizapán de Zaragoza. Creo en la ternura, la digna rabia y amo a los perritos.
Vista de la Marcha del orgullo LGBT en Paseo de la Reforma, Ciudad de México, 2019. Fotografía de Luis Alvaz (CC BY-SA 4.0)
Vista de la Marcha del orgullo LGBT en Paseo de la Reforma, Ciudad de México, 2019. Fotografía de Luis Alvaz (CC BY-SA 4.0)

Otro año más de salir a las calles y demostrar nuestrx orgullo. Este año se conmemora poco más de medio siglo desde que Marsha P. Johnson, Sylvia Rivera y otres levantaran la primera piedra aquella noche en que una redada policiaca violentó un lugar de ambiente en Nueva York. Hoy a este acto de resistencia lo conocemos como el levantamiento de Stonewall, sucedido el 28 de junio de 1969. A nadie debería sorprenderle que el día internacional del mes del orgullo LGBTTTIQAP+ sea representado por un acto de resistencia que sucedió en el mal llamado primer mundo. ¿Por qué no el 17 de noviembre en honor a la redada policiaca del baile de los 41? ¿o el mes de septiembre cuando Pedro Lemebel lee entaconado, con una hoz y martillo en la cara, su manifiesto “Hablo por mi diferencia”? ¿Y si volviéramxs a hablar por nuestra diferencia?

A esto se refiere María Galindo en Feminismo bastardo cuando nxs propone romper con el enlatado gelebetoso que ha llegado a imponer una lógica organizativa que nxs es ajena: “un enlatado que no ha surgido desde dentro de las raíces de nuestros movimientos, sino que ha entrado como moda neoliberal domesticadora” (158). Una de las principales consecuencias de este enlatado es la corporativización del movimiento. Ya José Joaquín Blanco en 1979 hablaba de una “tolerancia sexual del consumo” que pronto se impondría en México para domesticar nuestra diferencia política nacida de la persecución y el rechazo. Basta con salir a pasear por la zona rosa para sentir está ‘democracia’ capitalista. Si bien el enlatado gelebetoso no nxs ha quitado el pánico a soñar, si nxs arrebata la rabia e higieniza los afectos que sostienen nuestrxs devenires políticos.

Escribo esto un par de días después de que se anunciara una marcha del orgullo sin automotores. ¿Será que éste es el año en que regresamxs a ras del suelo? ¿a la calle? Dicen que 2023 será un parteaguas: el regreso de la jotería política y de la disidencia incómoda. Dicen que la nueva ola de rechazo nxs mueve la rabia, la ternura y renacen las ganas de protesta. A mí me gusta la idea de una marcha sin automotores para ver si así se nxs obliga a detener la mirada en lxs activistas que nxs siguen llevando a todxs a cuestas. Para ver si así vemxs nuestra diferencia.

Dicen que en esta marcha andaremxs perras y diablas. Que hay que detener está transfobia para evitar una nueva (¿o vieja?) Florida. ¿Sabían que unx niñx de cinco años no puede hablar de su hermana trans en la escuela? ¿Cómo le explicas a unx niñx de esa edad que su hermana no puede existir fuera de casa sin sufrir consecuencias que todavía son difíciles de medir? Sabemxs, por ejemplo, que ya despiden a profesores de universidades por discutir la famosa ‘ideología de género’. Como dice Cristina Rivera Garza, en está marcha andaremxs perras, andaremxs diablas. Y la lucha será transincluyente o no será.

En este contexto, cabe preguntarse el papel de la escritura, por sus medios de publicación, de difusión y distribución. Quizá la única certeza que tengo hoy es que es que hay que seguir ocupando espacios y desde diversas trincheras. En este dossier, la escritura es una trinchera que surge para desedimentar las diferentes capas de la historia LGBTTTIQAP+, capas que los discursos oficiales han borrado. Martín H. González Romero habla de cómo ha sobrevivido el orgullo y a través de este concepto, rastrea la genealogía del movimiento. El ensayo plantea una oportunidad para imaginar el pasado que nxs ha sido negado. Arcelia Paz se sumerge a las gavetas de Patlatonalli, la primera colectiva lésbica en Guadalajara. A través de la crónica, lx autorx reconstruye su propio quehacer archivístico que culmina con una exposición en el museo Cabañas. La imaginación propuesta por González Romero se mezcla con las dimensiones afectivas de trabajar con “las Patlas” y nxs recuerda la importancia de utilizar las emociones como herramienta de trabajo en la creación de archivos.

Ytzel Maya reflexiona desde el propio cuerpo sobre la imposición religiosa de la sexualidad y la violencia machista que ha marcado a su “refugio-identidad” para recordarnxs que nuestrxs que afectos “ya no son un universo clandestino”. Alejandra Márquez sigue con la línea autobiográfica y esboza una masculinidad sin hombres desde su experiencia migrante. Lizbeth Hernández mezcla el testimonio con la nota periodística para registrar la experiencia trans en el Salvador. Tres acercamientos distintos a lo biográfico para anclar la lucha en cuerpxs que sienten, tienen nombres y todavía sonríen.

Mariana Orantes y Juan Manuel Ramírez Velázquez ensayan diferentes espacios de resistencia a través de un retrato del pintor Ocaña y de los conventos del siglo XVIII. Orantes propone que además de las historias fundacionales, hay rituales y espacios de veneración desde los cuales debemxs pensar la disidencia. Esto es reiterado por Ramírez Velázquez quien encuentra en el convento colonial un espacio para reconceptualizar la sexualidad no-normativa.

Dos poemas conceptuales de Alan Mendoza Sosa atraviesan el dossier para recordarnxs la importancia del lenguaje en la construcción de nuestras disidencias. Continuando con la poesía, Citlalli Santos narra su experiencia en los poetry slams de Puebla y específicamente habla de la resistencia lésbica.

Ernesto Reséndiz y Juan Pablo Ramos profundizan en la literatura y cinematografía queer en el contexto latinoamericano. Reséndiz analiza lo que llama la “pedagogía pederástica” de José Urbano Escobar en su novela Vereda del norte como una de las primeras historias homosexuales mexicanas. Ramos aborda el viejo tópico de la melancolía queer para repensar tres películas. Ambos ensayos sugieren el papel de la crítica cuir como accionamiento político que moviliza la memoria.

Los siguientes dos ensayos vuelven sobre el tema del archivo. Continuando con su trabajo de rescate de la obra literaria de “Las elegantes” —grupo de escritoras que en los ochenta escribieron la primera novela colectiva y desapropiativa de la literatura mexicana— Didí Gutiérrez ubica a una de las integrantes del colectivo dentro del panorama de la literatura sáfica en México. De ser esto cierto, Julia Méndez habría escrito en los ochenta la primera novela lésbica y habría que repensar las genealogías de la disidencia desde este descubrimiento y desde las prácticas de la comunalidad de la escritura como una ética cuir. De manera similar, recupero la historia de Concepción Jurado/Carlos Balmorí, quien en los años treinta, se travestía para realizar acciones que incomodaban a la élite mexicana. Estos ensayos muestran que los archivos de la disidencia sexual y de género suelen ser escurridizos. Repensar (o inventar) nuestras propias genealogías es hablar por nuestra diferencia.

El mes cierra con dos textos que justamente subrayan la relación del lenguaje con la diferencia, pasando por los lazos afectivos que nxs unen. Iván Eusebio Aguirre Darancou propone un diccionario de conceptos clave para la vida cuir en México desde una perspectiva transfeminista e interseccional. La Bala Rodríguez nxs invita a regresarle su mierda a la cultura hegemónica como una forma de resistencia. Pero también que recatar una genealogía del placer y la dulzura desde nuestrxs cuerpxs. Lia García (La Novia Sirena) cierra el mes con su ya conocida ternura radical. Su invitación es simple: “si algo te asusta, ve y tócalo con ternura”. Como un todo, los textos de este mes demuestran que nuestra presencia y resistencia es de largo aliento, que las plagas (para usar la metáfora de Lia García) no se acaban con facilidad. Quizá todavía hoy nxs da pánico soñar, pero a estas bocas les encanta producir ruidos y afectos porque estamos para siempre enrabiadas de ternura.


Autores
(Tijuana, 1988) Es doctora en estudios hispánicos con una especialidad en estudios de género y sexualidad. Ha publicado reseñas en diversos medios, artículos académicos y es colaboradora de Hablemos escritoras. Actualmente vive en Estados Unidos donde es profesora investigadora. Su investigación se centra en el estudio de la producción cultural cuir de mujeres en México. Le interesa la construcción del canon, las teorías de los afectos, los movimientos feministas y transfeministas en Latinoamérica.

¿Vale la pena conocer en persona a los autores que admiramos? Se preguntó José Israel Carranza antes de acercarse a Tito Monterroso en un texto que ofrece un retrato singular del autor de Lo demás es silencio, en el que también resuenan las risas de Borges y Bioy Casares.

No es raro que los lectores sinceros se decepcionen al llegar a conocer en persona a sus escritores favoritos. Por ejemplo, en una presentación, el caso más frecuente, cuando aquel encantamiento que se anticipaba termina canjeado en el mejor de los casos por pena ajena, cuando no por franca repulsión, algo de lastimita o sincero odio. Por tanto, tampoco es raro que, mientras no se dé el encuentro, el escritor en cuestión sea imaginado como un ser fascinante: sabio, oportuno, cordial, simpático y, si no se ha visto antes una foto suya, hasta monón.

Como sus libros. La ilusión que propicia el chasco se explica, en parte, porque es natural, en un sentido meramente afectivo, identificar las virtudes de la obra con las de su hacedor: por disfrutar un libro se asume que se disfrutará de la presencia del autor —sin embargo, no ocurre lo mismo cuando la lectura fue una experiencia detestable: en vez de dar por hecho que el responsable del horror vivido será aborrecible también, lo natural es juzgarlo con indulgencia o con mera indiferencia. Pero además ese presupuesto está alentado por varias nociones (o malentendidos) que dan forma a lo que Hugo Hiriart ha llamado “lo consabido literario”: que escribir es de suyo una actividad no sólo digna, sino prestigiosa; que entregarse a ella es simultáneamente privilegio y abnegación de los mejores, que incluso el peor bodrio es disculpable porque, para haber llegado a existir, no puede ser tan bodrio. De ahí que todo libro esté justificado por el solo hecho de ser eso, un libro, y que a su firmante se lo vea automáticamente libro se asume que se disfrutará de la presencia del autor —sin embargo, no ocurre lo mismo cuando la lectura fue una experiencia detestable: en vez de dar por hecho que el responsable del horror vivido será aborrecible también, lo natural es juzgarlo con indulgencia o con mera indiferencia.

Pero además ese presupuesto está alentado por varias nociones (o malentendidos) que dan forma a lo que Hugo Hiriart ha llamado “lo consabido literario”: que escribir es de suyo una actividad no sólo digna, sino prestigiosa; que entregarse a ella es simultáneamente privilegio y abnegación de los mejores, que incluso el peor bodrio es disculpable porque, para haber llegado a existir, no puede ser tan bodrio. De ahí que todo libro esté justificado por el solo hecho de ser eso, un libro, y que a su firmante se lo vea automáticamente las librerías (pero también la ingente proliferación de nuevos escritores que facilitan los nuevos modos de autopublicación, en papel o en línea), pronto haya únicamente escritores —o sea lectores que dejaron de ser meramente eso—, mientras exista el lector sincero continuarán prevaleciendo la comprensión del escritor como un ser extraordinario (investido de autoridad incluso en asuntos que no tendrían por qué incumbirle y, por ello, una suerte de oráculo) y la idealización del mundo en que se mueve, necesariamente superior e imponente, mítico y fascinante. De ahí lo chocante que puede resultar ir a una presentación, digamos, y constatar cómo aquel que se creía gracioso es en realidad insulso; cómo las palabras, esa misma materia con que ha hecho maravillas por escrito, sólo son tartamudeo o sandeces cuando toca que hable; cómo su lamentable presencia desdice toda figuración de nobleza que hubiera podido fraguarse respecto a él; cómo puede ser ridículo, fatuo, insignificante o inane.

Ahora bien: si yo digo que me habría gustado conocer en persona a Augusto Monterroso —jugando, para decirlo, a ser el lector sincero que ya jamás podré ser: a mí también me dio por escribir mis cositas, y cuando eso pasa ya no hay remedio—, lo hago amparándome en la certeza de que él debió de ser uno de los escritores más prevenidos ante esos malentendidos que privan en torno al oficio y los ámbitos en que se desarrolla.

Es decir: como pocos en la literatura hispanoamericana, Monterroso tuvo a su favor un alto sentido de autocrítica no sólo individual, sino además gremial, que lo resguardaba de los efectos más perniciosos del prestigio y la celebridad (lo que en un medio inveteradamente provinciano, como el nuestro, son automáticamente lo mismo): el endiosamiento, pero encima la convicción de que el endiosamiento está bien fundado y es salvoconducto para todo despropósito, negligencia o exceso; la autosatisfacción en la vanidad y la consecuente incompetencia para el escepticismo; la certeza de que el edificio entero de la cultura se tambaleará si se le retira el apoyo de los propios pareceres (un escritor termina de serlo cuando acepta que su juicio, en cualquier materia, es indispensable); la atrofia de la capacidad de reírse de sí mismo. Por eso quiero creer que no habría sido decepcionante tratarlo, y lo pienso en concreto a raíz de ese libro divertidísimo que es Lo demás es silencio, una pieza que, en el conjunto de su obra, tengo la impresión, ha sido vista más bien con extrañeza, antes que con la admiración con que se festejan sus miniaturas y sus fábulas —y no es inexplicable, pues, como ha señalado Hiriart, en el mismo ensayo en el que le leí eso de“lo consabido literario”, Eduardo Torres (ese escritor a un tiempo tonto e inteligente, gloria de su ciudad, influyente y poderoso, venerable y temible pero también zafio y ridículo, sobre todo a ojos de su esposa) “es, de muchos modos, nuestro espejo y el de todos los que nos dedicamos a escribir” 1: un espejo risible, sí, pero ante todo incómodo. Incomodísimo. Felizmente.

La única vez que vi a Monterroso fue en la Feria del Libro de Guadalajara de 1996, a la que asistió para recibir el entonces Premio Juan Rulfo. No lo escuché: nomás atestigüé cómo era llevado, como flotando, por la nutrida comitiva que lo paseaba por los pasillos de la feria, enfundado en un traje azul que brillaba a cada flashazo. La primera impresión que me quedó fue que era rosita: un señor ya mayor, de sonrisa azorada y cauta, con cara de quien está pendiente de que en el tumulto no vayan a sacarle la cartera, perplejo por la atención y las lisonjas que concita. No es mi intención sugerir que su tez estuviera congestionada por ninguna razón, ni atino a suponer ninguna causa para sus chapetes (bonita palabra, pero no sé si se entienda en todos lados lo que significa: mejillas coloradas, sea por la aplicación de maquillaje o por efecto de la mera irrigación sanguínea): lo que quiero decir es sólo que era rosita. Como un peluche. La segunda impresión fue que estaba completamente a disgusto en el papel de homenajeado, pero esto más bien es una conjetura: arropado por las zalamerías propias del momento, por las excesivas demostraciones de esa afectuosidad con que se satura la atmósfera de todo homenaje, a fin de que su recipiendario se sienta no sólo honrado, sino además —y sobre todo— querido, me parecía detectar en su mirada un poco de hartazgo y otro tanto de sorna. Es lo que quiero creer, desde luego, porque lo que no recuerdo es haber reconocido, en su tránsito por esa sobreexposición a que lo sometían, las afectaciones o el regodeo que tan bien habría sabido desplegar Eduardo Torres si el premio se lo hubieran dado a él. ¿Monterroso merecía esos honores? Sin duda. ¿Creyó que se los merecía?

Es posible, y no hay razón para reprochárselo. Pero, a diferencia de tantísimos otros —Torres por delante—, lo más seguro es que en su ánimo y en su comprensión de la circunstancia imperara esa actitud autocrítica que le habrá servido, también seguramente, para sobrellevar el agobio con la resignación que da entender que nada es para tanto. Como ha señalado Guillermo Sheridan 2, la principal materia prima de la obra monterrosiana es la estupidez, y pocos yacimientos tan ricos como las ocasiones más señaladas de la vida literaria.

Lo demás es silencio sigue, en varios aspectos, el modelo de las Crónicas de H. Bustos Domecq, esa zona que se reservaron Borges y z Casares para darle vuelo a algunas de sus imaginaciones más descabelladas, pero también más malévolas y, por ende, hilarantes. Desde el título, que al atribuirse erráticamente en el epígrafe resume la petulancia ignorante de Eduardo Torres, lo que rige la fabricación del personaje son unas irreprimibles ganas de joderlo, de exponer simultáneamente las enseñas de su gloria y las evidencias de lo infundada que está. Es lo que hacía precisamente aquel par, cuando se encerraban a tramar las historias de personajes que hallaban cautivadores por desorbitados, repelentes, deliberadamente extravagantes o rematadamente imbéciles (la leyenda cuenta que Silvia Ocampo tenía que ir a callarlos cuando pasaban horas escribiendo a risotadas): tomar por hazañas las burradas y ponderarlas con afinada circunspección que llega a la celebración contenidamente exaltada. Como con Eduardo Torres, los “genios” que descubren inusitadas posibilidades y se abocan a ellas para deslumbramiento general son denunciados en su tontería mediante el recurso de exhibir sus desfiguros sin ningún reproche; al contrario: comprendiéndolos y contemplándolos con reverencia, lo mismo que los habitantes de San Blas, S. B., se acercan al prohombre para rendirle pleitesía y requerirlo en la misión que él, desde luego, desdeña con soberbia modestia: buscan que acepte ser candidato a la gubernatura (¿quién mejor que él?), pero Torres sabe, y se lo hace saber a sus prosélitos, que su destino no puede distraerse en esas fruslerías (¿o secretamente se reconoce inepto?): “Permítanme, pues, se lo suplico, no cruzar este Rubicón reservado históricamente a los Julios, y volver a mi retiro de siglos, desde el cual, lejos del mundanal aplauso, podré servir mejor a mis felices conciudadanos, y vencer en mí mismo lo que todo clásico sabe que es lo más difícil de vencer en cualquier lid: la ambición y los halagos de la cosa pública”.3

Cuanto llegamos a conocer sobre el trabajo de Torres, incluidas las magníficas muestras que pueblan las partes segunda y tercera del libro, “Selectas de Eduardo Torres” —un compendio de barbaridades que serían conmovedoras en su ingenuidad si no las insuflara la jactancia desmedida de su autor— y “Aforismos, dichos, etc.” —auténticas gemas del yerro que atina y de la puntería que nunca da en el blanco, muchas de ellas cosechadas en la cantina, que es donde parece que Torres solía brillar más—, cuanto dejan ver quienes contribuyen a su elogio, es evidencia de que el sabio y denodado erudito es en realidad un papanatas que se las arregla con un puñado de lugares comunes y baraja con deleite los supuestos y equívocos que le bastan para adornarse (aunque esté impedido para identificarlos como tales, da por hecho que aquellos a quienes cautiva están más impedidos aún), una mente baldía de originalidad e ingenio, un distraído haragán que no trabaja en otra cosa que en el engrandecimiento de su presunción.

No obstante, por si no quedara claro, están los testimonios desternillantes de su hermano y de su esposa. El primero, que lo presenta como alguien que “siempre ha sido fiel a su fidelidad a sí mismo”, antes que abundar sobre los frutos que el semblanteado ha dado tras una vida de mamar la “cultura clásica”, prefiere extenderse en las posibles causas de la enuresis que lo aquejó al final de la infancia: “La etapa infantil”, recuerda Luis Jerónimo Torres al trazar ese retrato, exigido por la grandeza de Eduardo pero facilitado por el resentimiento, “se cierra con cierta curiosa y repentina regresión a la falta de control de esfínteres, atribuida entonces, por miembros de la familia, a las siguientes causas: a) falta de carácter; b) capricho; c) afán de molestar; d) sobra de carácter; e) frío; f) afán de llamar la atención; g) herencia paterna; h) herencia materna; i) falta de afecto; j) imitación de otros niños; k) mimo excesivo; l) calor sofocante; m) razones desconocidas; n) exceso de bebidas refrescantes, en su caso; o) exceso de comidas irritantes, en su caso; p) temores nocturnos; q) insomnio; r) sentimiento de abandono; s) fatiga; t) agresión; u) rencor contenido; v) simple deseo; w) alergia al ambiente; x) nueva etapa anal; y) fantasía; z) todas estas causas juntas”.4 Doña Carmela, por su parte, rinde el pormenorizado recuento de la vida doméstica como una declaración aparentemente inocente que por momentos adquiere visos de desahogo y hasta de desquite: su “Lalo”, el gran hombre al que se le supone (sobre todo porque él se encarga de que así sea) una existencia libresca consagrada al estudio y a la creación, en realidad es un impostor supremo, el primer encandilado por su propio brillo: “En los primeros años yo me entrometía mucho y delante de todos le decía que se dejara de cosas, que él tampoco había leído esa novela o libro, pero entonces Eduardo soltaba una carcajada como dando a entender a las visitas que era una bromista de marca”.5 Y aunque en su turno Luciano Zamora, el criado o secretario al que Torres prefiere llamar valet, se desentiende pronto del exordio de su patrón para mejor referir su propia vida amorosa, deja entrever el juego de simulaciones en que ambos están metidos, y que constituye la naturaleza de todo trato que sostiene Torres con la sociedad samblasense, con su círculo íntimo y consigo mismo: “[…] él como que notará algo raro y mirándome enojado me dirá qué te pasa muchacho cabrón, apuesto a que ya te estuviste masturbando, te vas a volver loco, y yo en lugar de decirle que sí (ya que también él tendrá razón), inventaré que estuve estudiando civismo, los símbolos patrios, o los límites de San Blas, y él hará como que se deja engañar, y cuando se marche me volverá a encerrar entre sus libros, pues insiste en que yo soy su valet-secretario y no su criado”.6

Del título a la cuarta de forros firmada por un “Lic. Efrén Figueredo”, Lo demás es silencio aprovecha con deleite las posibilidades del malentendido que tan bien supieron usufructuar Borges y Bioy Casares en las Crónicas, haciendo que los personajes interfirieran en la composición del libro de tal manera que nunca terminan por quedar claras (y al mismo tiempo son evidentes) las intenciones de cada quien. ¿Quienes encomian a Eduardo Torres lo ven en realidad en la cumbre en que se ve él mismo, o buscan hacerlo bajar de ahí con insinuaciones no siempre demasiado veladas? Por ejemplo, en el problema que supone la autoría de la agria reconvención que un tal “Alirio Gutiérrez” hace al soneto “El burro de San Blas (Pero siempre hay alguien más)”, cuya autoría también es un problema que dicha reconvención pone de relieve: ¿el soneto lo escribió Torres, le fue atribuido por un rival, su anónimo censor —que metió su crítica en el libro cuando éste ya estaba por imprimirse— es él mismo, y, al serlo, desmiente la posibilidad de que él haya escrito esos versos que terminan por denigrar a todos sus lectores? Es una confusión inagotable, digna de Gervasio Montenegro, aquel intruso que sabía colarse por las notas a pie de página en las imaginaciones de Bustos Domecq. Y seguramente Monterroso —a quien hemos de aceptar quecorresponde toda la responsabilidad del enredo— también urdía estos laberintos muerto de risa. (Como observó Álvaro Uribe en el ensayo “Las lecciones de Monterroso”, éste tuvo la perspicacia para dar vida a Eduardo Torres mediante la publicación de entregas suyas en revistas y suplementos de los años cincuenta en México: se trata, dice Uribe, del “milagro dual de introducir primero un personaje ficticio en la vida pública verdadera y rescatarlo después en un volumen con aspecto no tanto de ficción narrativa como de fragmentario estudio biográfico”. 7)

A la vista de este manual para identificar los disparates a que conduce la asunción automática de la vida literaria como algo de suyo respetabilísimo, sospecho —aunque no me extraña tanto— que hay una cierta reticencia a considerar cabalmente a su autor como un humorista antes que otra cosa. En el libro Con Augusto Monterroso en la selva literaria 8, que, como podrá verse, acabo de soplarme para escribir esto, me parece que no se lo llama así ni una sola vez. Uribe, en el ensayo citado, repara en que su primer libro, Obras completas (y otros cuentos), “le granjeó de inmediato una indeleble fama de humorista”, pero enseguida procede a asentar que ese volumen “trasciende con mucho el ejercicio ostentoso del humor”, y más adelante parece deplorar la “tenaz reputación de escritor satírico” 9 que se afirmó con La oveja negra y demás fábulas. ¿Se teme que ese término mengüe su valía? Tal vez él mismo desalentaba a quienes hubieran pensado en tomarlo por tal: en la entrevista que sostiene con Ana María Jaramillo se muestra un poco fastidiado de que se insista en los aspectos irónicos de su obra, y dice de la ironía —que ha llegado a considerar “un virus de la comunicación”— que “con su mal uso se puede llegar a perder un verdadero contacto con los demás, quienes en un momento dado ya no sabrán si les estás diciendo lo que verdaderamente piensas o tomándoles el pelo”.8Nota bene: El ejemplar que tengo de Lo demás es silencio, debo reconocer, viene rotulado en la portadilla con el nombre de mi amigo David Izazaga, quien también estampó ahí la fecha “Enero 91”, que ignoro si será de cuando lo compró o de cuando lo leyó. Más de veinte años habré pasado creyendo que el libro era mío, pero —acabo de percatarme— resulta que no: se lo robé a Izazaga. Sólo pienso reconocerlo si él llega a leer esto y viene a reclamarme.

1. “La ballena literaria de Augusto Monterroso”, en Con Augusto Monterroso en la selva literaria, Ediciones del Ermitaño, México, 2001.

2. “Miel de tigre”, recogido también en Con Augusto Monterroso en la selva literaria, p. 210.

3. Lo demás es silencio (segunda edición), de Augusto Monterroso, Seix Barral, Barcelona, 1982. Biblioteca Breve

4. Ídem, pp. 26-27.

5. Ídem, p. 66.

6. Ídem, pp. 32-33.

7. Álvaro Uribe, La parte ideal, unam/dge Equilibrista, México, 2006. p. 91.

8. Ídem, p. 88-89.

9. “Veneros de la memoria”, en Con Augusto Monterroso en la selva literaria, p. 142.


Autores
nació en Guadalajara en 1972. Su libro más reciente es Las encías de la azafata (2010). Es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.@azotecarranza

Con la apertura de la primera sala de cine, el 28 de diciembre de 1895, en el sótano del Gran Café, Boulevard des Capucines 14, en París,nuestra manera de imaginar el mundo cambió para siempre. El cine ha transformado la percepción humana de una manera tan profunda que no es descabellado suponer que incluso haya modificado la manera en que se soñaba antes de su existencia.

Hoy su influjo es tan grande que la mayor parte de las personas que habitan el planeta imagina la vida —empezando por la propia— en términos cinematográficos. Por tal razón dedicamos parte de las páginas de esta edición a ese arte. El cine recoge y da expresión a nuestros deseos, fantasías, temores, pero ya no es (si alguna vez lo fue) sólo un inocente espejo de ellos. Los conduce y los induce.

El cine ha sido utilizado hasta la saciedad como un instrumento para brindar satisfacciones fáciles a un público poco cultivado, habituado a recibirlo todo “en estado de distracción” (la definición es de Benjamin) pero decenas de creadores cinematográficos han demostrado que su capacidad para producir poesía es inmensa.

“Hay una forma de poesía que sólo es posible en el cine”, decía Serguei Eisenstein, y es a propósito de esa poesía posible, de su ausencia o de su presencia en la pantalla, que medita la poeta y documentalista Tatiana Lipkes, a partir de un cuarteto de cineastas —el alemán Werner Herzog; el francés Jean Painlevé; el armenio Artavazd Pelechian, y el portugués Pedro Costa— cuya obra debe conocer todo aquel que se diga cinéfilo.

“Creo que ahora el problema más grave del cine mexicano es la exhibición,” dice Kenya Márquez en un punto de la charla, a la que los convocamos con la intención de que los propios creadores comiencen a hablar públicamente de sus preocupaciones y con ello den lugar a una reflexión seria, crítica e informada, que involucre a muchos otros actores de la cinematografía nacional, cuyo papel en la vida del país podría y debería ser trascendental.

Otro cuarteto, esta vez mexicano, conformado por tres cineastas y una crítica de cine —Natalia Beristáin, Kenya Márquez, Michel Franco y Fernanda Solórzano—, conversa acerca de lo que implica, según la experiencia de cada uno, hacer cine en México —y exhibirlo.

Otra conversación que anima este número es la que sostuvieron hace un par de meses Alma Gui- llermoprieto y Juan Villoro en torno de la práctica periodística y, más precisamente, del cultivo de la crónica o reportaje de investigación.

En México, ya se sabe, la crónica es el género fundacional de nuestras letras. Y se sabe también que a partir del siglo XIX alcanza una gran calidad literaria. Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, clásicos del género, son algunos de los autores responsables de ello (véase al respecto el prólogo de Carlos Monsiváis en A ustedes les consta).2

Los periodistas de nuestro tiempo se valen con enorme frecuencia de técnicas narrativas que convierten su trabajo en un objeto verbal perdurable, y ya nadie duda que el periodismo —“literatura bajo presión”, como lo definía Fernando Benítez— sea, en muchos casos, eso, literatura, y que, en sus mejores momentos, sea gran literatura. Tanto los reportajes de Alma Guillermoprieto como las crónicas de Juan Villoro son ejemplo de ello.

Cine y periodismo son los dos ejes que vertebran este número, las dos bisagras sobre las que gira la puerta que ahora se abre para ti.

Rafael Vargas

1   Tomamos de Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Ediciones Akal, Madrid, 2004, p. 694

2   A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, Ediciones Era, México, 1980.


Autores

Fin y Fin

En sus mejores momentos, las novelas de David Monteagudo son muy buena televisión; un buen elogio para estos tiempos que corren. Cuando apareció Fin (2009) los críticos se asombraron por la particular historia del autor —un obrero de una fábrica de cajas, que descubre su vocación literaria en su mediana edad— como por la prosa pulcra, atenta, que a media novela da un vuelco de lo que parecía una obre de teatro existencialista a un episodio que no le pide nada al mejor de Lost. Desafortunadamente, el efecto sorpresivo no fue tan afortunado en sus siguientes novelas Marcos Montes y Brañaganda, que si bien conservan esa prosa cuidada y rigurosa no tienen tramas tan fuertes y cuidadas como la de la primera novela. Su nuevo libro de relatos, El edificio (2012) publicado como casi todos sus libros en Acantilado, recupera mucho de la sorpresa y magnificencia de Fin.

Con David Monteagudo, mucho se comentó con la aparición de su primera novela, la editorial Acantilado había descubierto una mina de oro: un autor con calidad literaria pero con tramas de potencial para Hollywood, que atraen a una gran cantidad de lectores de todos los niveles de exigencia. Fin cuenta la historia de un grupo de amigos que se reúnen después de años de no haberse visto en una cabaña en el bosque. Como cabe esperar, las rencillas y los rencores de años no tardan en hacer su aparición. Uno de ellos no llega a la reunión. Sin embargo, de pronto, algo sucede que hará que las expectativas sobre esta reunión cambien por completo. Spoiler: Fin no es una novela de horror; este no es un refrito de Cabin in the Woods ni de Evil Dead, es algo mejor, más cercano a Borges o a Bioy Casares.

Desafortunadamente, la cinta adaptada de la novela de Monteagudo, también llamada Fin (Jorge Torregosa, 2012) es un despropósito que no logra ser ni fiel al original —cambia el final con resultados muy decepcionantes— ni presentar un ritmo o un lenguaje propiamente cinematográficos. El director no parece olvidar los guiños que, en apariencia, la novela tiene a la teleserie Lost y eso resulta evidente desde el póster de la película. Las comparaciones positivas terminan ahí. Si bien las actuaciones de Maribel Verdú, Daniel Grao y Clara Lago resultan cuando menos solventes, no son suficientes para sobreponerse a la flaca adaptación de la novela.

Este es un caso más en que es preferible leer la novela y evitar la película. Vale la pena, también, evitar Marcos Montes y lanzarse directamente a El edificio y a El hacha de piedra (2013) la última novela de David Monteagudo, publicada por el autor y disponible en exclusiva como libro electrónico.


Autores

Participan: Rodrigo Castillo, Carmen Villoro y la autora

Salón Juan José Arreola, planta alta, Expo Guadalajara


Autores