Cuando Haydee Santamaría se enteró del asesinato del Che Guevara en Bolivia, en 1967, escribió: “Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos; y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única: te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo”.
Esta era Haydee. Además del profundo amor hacia quien fuera uno de sus indispensables, un “infinito”, la sensibilidad y claridad política hacia el arte: el acto de creación más sublime.
Nacida el 30 de diciembre de 1922, Haydee Santamaría creció en un central azucarero en Encrucijada, en la parte central de Cuba. Fue hija de inmigrantes españoles. Terminó el sexto grado de primaria y repitió tres o cuatro veces más el último grado, solo por el gusto de volver a estudiar. Su maestro no fue común. Le hablaba de Carlos Manuel de Céspedes y de Antonio Maceo, y del heroísmo de un cubano que fue más grande que su propia vida, José Martí.
Desde joven, Haydee encontró en su hermano menor, Abel, nacido en 1927, además de un referente, un confidente. Juntos crecieron amando su suelo, su calor y sus palmeras, y odiando la injusticia y sus rostros. Aunque pertenecieron a una familia de la pequeña burguesía rural, ella y Abel apoyaron en su juventud a la organización de los trabajadores de Constancia.
En poco tiempo, Encrucijada tendría un horizonte muy pequeño para ellos. Abel se iría a La Habana y poco tiempo después lo alcanzaría Haydee. En un apartamento situado en 25 y O, estos dos hermanos vivirían momentos determinantes de la historia. El medio siglo XX cubano transcurría entre el robo de dinero público, el auge del gangsterismo, la división del movimiento obrero y la sumisión del país a los mandatos imperiales.
En esos años Abel y Haydee militaron en las Juventudes del Partido Ortodoxo, liderado por Eddy Chibás. Poco después la situación se complicaría. El 10 de marzo de 1952, Fulgencio Batista daba un golpe de Estado en contra del gobierno de Prío Socarrás. Abel sentía un odio particular hacia Batista por el asesinato del revolucionario de la década de 1930, Antonio Guiteras. En poco tiempo, su departamento se convertiría en el punto de reunión de algunos jóvenes convencidos de la necesidad de una renovación social y política.
Ahí fue donde Abel le presentó a Haydee a Fidel Castro. Ella recuerda: “y entonces él empieza a caminar, venía con un tabaco, empieza a caminar de un lado para otro, igualito, así, unas zancadas grandes, grandes, grandes, y yo iba caminando con la vista junto con él; y él iba, ¡pam!, echando cenizas, ¡pam!, echando cenizas, y yo había acabado de limpiar”. Desde ese momento, sintió que el amor que profesaba hacia su hermano Abel podía experimentarse hacia otras personas, aunque no fueran su sangre. Porque Haydee fue una combatiente que amaba, una combatiente con un sentido de la humanidad muy elevado, y con una ternura casi infinita.
Mientras publicaban el periódico El Acusador, Abel, Haydee, Fidel, Melba Hernández, Boris Luis Santa Coloma, Jesús Montané, Elda Pérez, Ernesto Tizol y Raúl Gómez García, entre otros, organizaron y prepararon el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.
Haydee recordaría aquel 26 de julio de 1953 hasta su muerte. Fue en esa experiencia en donde se forjó su voz, su mirada y su palabra.
Después fueron los primeros segundos y los primeros minutos y luego fueron las horas. Las peores, más sangrientas, más crueles, más violentas horas de nuestras vidas. Fueron las horas en que todo puede ser heroico y valiente y sagrado. La vida y la muerte pueden ser nobles y hermosas, y hay que defender la vida o entregarla absolutamente […]
La muerte segando a los muchachos que tanto amábamos. La muerte manchando de sangre las paredes y la hierba. La muerte gobernándolo todo, ganándolo todo. La muerte imponiéndosenos como una necesidad y el miedo a vivir después de tantos muertos; y el miedo a morir sin que hayan muerto los que deben morir; y el miedo a morir cuando todavía la vida puede ganarle a la muerte una última batalla.
A partir de ese momento, la muerte y la vida fueron las únicas elecciones para ella.
El asalto fracasó y Haydee, junto con Melba, Fidel y otros compañeros, fueron encarcelados. Era tanto el odio que sentía Batista hacia los revolucionarios, que juró matar a diez rebeldes por cada soldado muerto. Y lo cumplió. En la prisión, le llevaron a Haydee el ojo de Abel en una palangana. Le dijeron: “Este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro”. Ella respondió: “Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo”.
Durante su juicio, recordaría a su novio, Boris, con pesar y dignidad:
le pregunté qué le habían hecho, lo que me contestaron es lo que yo no quería decir al tribunal por pudor… me dijeron que le habían extirpado los testículos… […] Yo le contesté: ‘¡Si él supo guardar silencio, no voy a traicionarlo ahora, criminales!’. […] me contestaron los guardias que ellos no eran criminales, sino que cumplían con su deber, que cumplían órdenes…; ‘¿de hombres o de bestias?’, les pregunté y me respondieron: ‘De nuestro jefe, el coronel Chaviano y de Batista.
El sentido de dignidad de Haydee Santamaría lo comprendió pronto Fidel. En su alegato, La historia me absolverá, Fidel declaró al referirse a Haydee: “Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana”. Este texto, sacado por fragmentos de la prisión y escrito con jugo de limón entre las líneas de sus cartas ordinarias, sería editado, publicado y distribuido por millares por Haydee y Melba, después de haber obtenido su libertad, tras siete meses en prisión, en 1954.
En 1955, la presión del pueblo cubano logró la amnistía para los presos políticos y Fidel fue excarcelado. Conformados en el Movimiento 26 de julio, la lucha clandestina los encontró “en la sierra y en el llano”. La Generación del Centenario cambiaría el curso de la historia de nuestras naciones latinoamericanas: el exilio de Fidel en México; el desembarco del yate Granma en costas cubanas, en 1956; la partida, en 1958, de Haydee hacia Estados Unidos para organizar el apoyo a la lucha guerrillera y mandar armas, marcaron la llegada al poder de la Revolución cubana, el 1 de enero de 1959. La que fuera la última colonia del continente en independizarse durante el siglo XIX, realizó la primera revolución socialista de Nuestra América.
A partir de ese año, Haydee cumpliría una de las tareas que a su juicio fueron de las más grandes que le dio la Revolución: encabezar y dirigir Casa de las Américas, la institución cultural cubana, encargada de romper el bloqueo que el imperialismo estadounidense impuso en contra de Cuba, y de sembrar el arte y la cultura emancipadoras en todos los territorios hermanos.
Su sensibilidad y sus capacidades la pusieron a encabezar la política del arte de la Revolución. Aunque había diversos intelectuales que podían haber orientado la que pronto se convertiría en la casa de decenas de pintores, escritores, fotógrafos y músicos de todo el mundo, la claridad política y la estatura humana de Haydee le permitieron conducir certeramente la relación entre el arte y la política. Hablando acerca del Premio Casa de las Américas, pedía al jurado: “Nos sentimos satisfechos al decir que el Premio Casa de las Américas no es político […] Ofrézcanle el Premio al mejor y así diría que esta es la mejor política […] Y nuestra política”.
Quien fuera parte de la Dirección Nacional del 26 de Julio, conformó después la Dirección Nacional del Partido Unido de la Revolución Socialista y, en octubre de 1965, el Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Aunque la grandeza de Haydee no se puede comprender únicamente por sus cargos, desempeñó responsabilidades vitales durante los siguientes años: presidió, en 1967, la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS); representó a Cuba en la mayoría de los países socialistas; participó, en 1963, en el Congreso de la Federación Democrática Internacional de Mujeres, en la URSS; se entrevistó, en 1968, con el presidente de la República Democrática de Vietnam, Ho Chi Minh, y participó en debates internacionales.
Qué es el arte socialista. ¿Quién lo sabe? Creo, lo primero, es que el socialismo haga llegar el arte al pueblo, todo cuanto se pueda, lo otro se decidirá de verdad cuando el mundo sea socialista, porque hasta ahora ese mundo es capitalista y cómo hacer un arte si no existe todavía la sociedad socialista comunista, no perdamos el tiempo y démosle al pueblo nuestro arte; […] no creo haya que pensar tanto quién lo hizo, si el que lo hizo pensó en el pueblo; para eso están los revolucionarios, para rescatarlo y entregarlo al que tiene todos los derechos.
La presencia de Haydee
Haydee nunca escribió para ser leída. Ella decía que le gustaba menos escribir que hablar. Escribió porque fue una necesidad. Su literatura se encuentra en sus discursos y en los cientos de cartas que intercambió con decenas de intelectuales y artistas de todo el mundo. En ella podemos escuchar y sentir a la combatiente, a la militante del Partido, a la madre, esposa e hija, a la cubana, a la dirigente, a la teórica. Pocas veces habló en primera persona; ella fue un nosotros vivo. Sus experiencias, las recordó siempre en compañía de sus compañeros y compañeras revolucionarias:
Hasta aquellos momentos sabíamos que podían existir cosas terribles, habíamos oído hablar mucho de lo que eran capaces los hombres. Pero nuestra fe en los hombres siempre nos hizo pensar que eran hombres; por nuestra fe en los hombres no podíamos pensar que una sociedad podía convertir a hombres en monstruos […]
Allí se nos reveló muy claramente que el problema no era cambiar un hombre, que el problema era cambiar el sistema; pero también que, si no hubiéramos ido allí [al Moncada] para cambiar a un hombre, tal vez no se hubiera cambiado un sistema.
Su claridad política y sus convicciones nunca representaron una contradicción con su sensibilidad.
Creo que hay que hacer un gran esfuerzo para ser violenta, para ir a la guerra, pero hay que ser violenta e ir a la guerra si hay necesidad. Pero lo que no se puede perder ante eso es la sensibilidad. Hay que seguir con la misma sensibilidad y calidad humanas, igual que antes de haber matado; porque se haya matado por necesidad, no es un placer matar, es un dolor matar. Pero si es una necesidad, hay que hacerlo.
Haydee fue también una artista. Se hizo a sí misma. Decía constantemente que quien no se transforma, muere, aunque siguiera andando por ahí. De la mano de Martí, aprendió a comprender lo particular y lo universal del ser humano; con el paso del tiempo, floreció la conciencia nacional y el internacionalismo proletario.
¡La verdad es el comunismo! ¿Cuándo se puede hacer? ¿Quién lo puede decir? Porque mientras haya un pueblo que necesite de nosotros, el comunismo con toda su abundancia no se puede hacer aquí: mientras haya un niño que muera porque no tiene leche, no podemos hacer el comunismo. Ahora, eso no quiere decir que no se hará […]
Después seguimos haciendo tareas, funciones, y fuimos viendo la necesidad de hacer un hombre nuevo, una conciencia nueva. Pensamos: ‘¿Cómo se hace?’. Pues transformando también el sistema, y que el sistema sea capaz de transformar al hombre. Pues hay necesidad de una doctrina para transformar al hombre […] Lo que yo no quería era una doctrina falsa […] Porque en mi caso personal, compañero, para mí ser comunista no es militar en un partido; para mí ser comunista es tener una actitud ante la vida.
Desde Casa de las Américas, edificó su concepción acerca de la revolución y del arte, articulándola con su militancia política y partidaria. Defendió el derecho del pueblo a la belleza y cuando la cuestionaban, respondía:
el pueblo entiende de la belleza más que nadie, porque el pueblo ama las flores porque son bellas, y porque las ha conocido toda la vida […] ¿qué es lo que tiene que hacer la Revolución? Tratar de que en todos los pueblos de nuestro país pueda haber de verdad exposiciones de todo tipo, que el pueblo vea las cosas hermosas y se acostumbre a las cosas bellas […]
a veces me decían: ‘Bueno, eso no tiene contenido político’. Entonces yo le decía a ese compañero: ‘¿Por qué tú no te vistes con un pantalón que tenga contenido político?’ […] Porque tu contenido político no está en el vestido, tu contenido político está en tu actitud, tu contenido político está en lo que vas a ser capaz de hacer, si es que no lo hiciste.
El Moncada
Haydee fue una antes del Moncada y otra después de él. “Yo le explicaba que para mí el Moncada era como cuando una mujer va a tener un hijo: los dolores hacen gritar, pero esos dolores no son dolores […] Hay dolor, porque uno dejó mucho allí”, y en él conoció la belleza y la muerte:
Aquella noche fue la noche de la vida, porque queríamos ver, sentir, mirar todo lo que ya tal vez nunca miraríamos, ni sentiríamos, ni veríamos. Todo se hace más hermoso cuando se piensa que después no se va a tener […] Por eso la cosa más fuerte era que todo era más hermoso, todo era más grande, todo era más bello y todo era más bueno […]
de verdad, lo que más había en mí era toda la belleza que había en la naturaleza, que había en el ser humano.
Su grandeza correspondió al tamaño de su dolor. Primero se fueron los del Moncada, se fue Abel y Boris; después Camilo Cienfuegos; la pérdida del Che la destrozó. A pesar de esto, enfrentó con valentía a los ciegos durante el llamado quinquenio gris (1971-1976) y junto con Armando Hart tuvo dos hijos biológicos, Abel Enrique y Celia María. Recibió en Casa a luchadores sociales, artistas e intelectuales, desde Angela Davis y Stokely Carmichael hasta Roque Dalton o Alejo Carpentier.
Pero el dolor del Moncada nunca se fue. Haydee se quitó la vida el 28 de julio de 1980. Por un error de la Revolución —lo que no significa que la Revolución esté equivocada—, fue velada en el Cementerio Colón.
Portada de “Hay que defender la vida” por Haydee Santamaría, Casa de las américas, Ocean sur, (2022).
“Yo nací malvada”, afirmó Dueñas en cierta entrevista. Pero la verdad de uno nunca basta, así que esta condición hubo de confirmarla otra escritora: “Eres tan mala como uno de los personajes de tus cuentos”, le echó en cara nada menos que Inés Arredondo, su compañera becaria del Centro Mexicano de Escritores.
Se sabe que Dueñas le contestó a Arredondo con un puntualísimo “Sí”.
También Arredondo tildaría a Dueñas de “fantasiosa”, a causa de cierta historia que contaba Guadalupe: su padre cazaba gatos con un rifle y luego los cocinaba en cacerolas que la madre debía, más tarde, desinfectar. A este señalamiento, Dueñas le respondió: “Mis cuentos no son sino un pedazo de mi corazón”. Lo que equivalía a darle la razón a Arredondo. ¿O qué es el proceso de escritura si no una cirugía a corazón abierto?
Insistiré en el léxico quirúrgico para referirme a mi experiencia con la factura de cuentos: algunos llegan por parto natural y otros precisan de cesárea, si bien la mayoría se alumbra prematuramente y muere del mismo modo; llegan “con el pulso trémulo”, igual que la hermanita fallecida al nacer sobre la que Dueñas nos cuenta en “Historia de Mariquita”, su cuerpecito flotando en aguardiente y sosa cáustica dentro de un frasco de chiles. (Similar, aunque un tanto más impúdico, es el destino de los buenos cuentos: rarezas que se paren o se extirpan, para luego presumirse en el formol de este o aquel premio literario.)
Los cuentos de Dueñas son, en efecto, fantasías de un corazón maldito en el mejor sentido; y, entre todos, el que mejor exhibe este carácter es “Al roce de la sombra”, imbuido de eso que Baudrillard llamó la energía del “principio del Mal”, que no es moral sino “de desequilibrio y de vértigo, un principio de complejidad y de extrañeza, un principio de seducción”.
¿No es vértigo, extrañeza y seducción lo mínimo que se espera de un cuento sobre una pobre huérfana a la que asesinan dos hermanas millonarias con un aristocrático gusto por el incesto?
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Los escritores novatos disponemos de un puñado de generalizaciones en torno al quehacer —manuales, guías, decálogos— que solo sirven para dos cosas: prepararnos para la inminente medianía o adensar el enigma de nuestro oficio.
A la mala; es decir, en la práctica, he aprendido que no es en las máximas ni en los aforismos donde uno encuentra un verdadero norte, sino en las observaciones más mundanas y los consejos menos eruditos que los maestros dejaron dispersos por ahí. Uno de mis favoritos, de la controvertida Flannery O’Connor, dice: “La ficción opera a través de los sentidos”. Y es una frase a la que recurro a menudo; no solo para escribir cuentos, sino también para leerlos y valorarlos.
Podríamos decir que un cuento cumple cuando su protagonista experimenta una transformación; cuando la narración compromete e intenta elucidar —para insistir en la sabiduría de O’Connor— “el misterio de la personalidad humana”. Pero, mejor aún, diremos que un cuento es efectivo cuando, además, despliega recursos prosísticos que nos conducen a oler lo que se nos pide que escuchemos; cuando nos llevan a palpar lo que sugieren que veamos.
Ya desde su título, “Al roce de la sombra” presenta una de las malicias que sostendrán al relato: una sensualidad que, por desbordante, amalgama los sentidos.
En la escritura de Dueñas, lo auditivo se somete a la gravedad, lo abstracto se torna corrosivo y lo material se sublima. De modo que un nombre puede “caer en la vida” de la protagonista con un “tintineo de joyas”. Dos mujeres pueden bajar de una limusina “hechas fragancia” y la música es capaz de tornarse “derretida y espesa”. A través de una imaginería hipersensorial, la suntuosidad del relato “embriaga hasta [hacernos] daño”.
Así consigue Dueñas aquello que O’Connor le atribuía al buen cuentista: “Crear un mundo con peso y espacialidad”.
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“Al roce…” comienza por introducir a la joven y huérfana Raquel durante un episodio de insomnio, acosada por “el sudor y el espanto”. En la tentativa por conciliar el sueño, Raquel recrea su viaje en tren hacia el pueblo de San Martín y recuerda también a otro viajero que conoció en el trayecto: oriundo del sitio al que ella se dirige y compañero de juegos en la infancia de las hermanas Moncada (Monina y la Nena, “deslumbrantes como carrozas, como palacios”). En la hacienda de estas hermanas deberá hospedarse Raquel por indicaciones de la monja a cargo del hospicio en que creció. El cuento procede a mostrarnos las interacciones distantes, luego cordiales y cariñosas, entre Raquel y sus anfitrionas hasta desembocar en el descubrimiento de la relación incestuosa entre las hermanas, que produce el ulterior asesinato de Raquel a manos de ellas.
Ya durante el trayecto, a Raquel se le advierte que se dirige a un pueblo “dejado de la mano de Dios”, tanto en el sentido figurado como en el literal: “Es lamentable que a usted, tan jovencita, la hayan destinado a [San Martín]: no hay nada que ver”, le dice aquel otro viajero con quien compartió el vagón. La elección de palabras en este diálogo resulta magistral porque enseña lo que es, por definición, el foreshadowing o presagio: Raquel se dirige precisamente al encuentro de su destino, malhadado porque verá lo que no debe.
La literalidad del abandono de Dios puede hallarse en la descripción de cierta “capilla olvidada” en las inmediaciones de la propiedad de Monina y la Nena, y que secretamente visitan ellas durante los paseos que suelen emprender luego de asistir a misa, en la iglesia del pueblo:
El musgo y la maleza asfixian el emplomado —se nos advierte de dicha capilla—, las ramas trepan por la espalda de Santa Mónica y anudan sus brazos polvorientos. La antigua estatua de San Agustín es un fantasma de tierra hundido hasta las rodillas. Las hojas se acumulan sobre el altar ruinoso.
En este punto se destaca una sencilla nota de la autora: “Raquel siempre tuvo de miedo de los santos”. Y se perfila deliciosamente otro tipo de presagio: al final del cuento, el cuerpo Raquel yacerá dentro de un pozo cubierto por una tarima y resguardado por un san José de piedra.
La descripción, en Dueñas, funge asimismo como caracterización. Se construye a los personajes al construir los espacios; es decir, se nos despliega la interioridad de las Moncada al mostrarnos la capilla: la fe abandonada, un sitio reconquistado por la naturaleza. Entendemos, entonces, la doble vida que llevan las hermanas, observantes de la religión en lo público, pero en lo privado, alejadas de Dios; su verdadera naturaleza se ha impuesto a sus creencias.
A Raquel, agobiada por “la culpa de ser fea”, se le caracteriza a través de la mirada de las hermanas que, al conocerla, la rozan apenas “con sus dedos blanquísimos”. Dueñas no desaprovecha la oportunidad de aleccionarnos sobre la importancia de cada palabra en un cuento, construyendo bidireccionalmente a sus personajes en un párrafo que, a un tiempo, afianza el carácter esnob de las observadoras junto con la condición pasiva y vulnerable de la observada:
Con que reprobación miraron [las Moncada] el traje negro que enfundaba su delgadez, cómo condenaron sus piernas de pájaro presas en medias de algodón y cuánto le hicieron sentir la timidez opaca de su mano tendida. Ante el desdén [Raquel] quiso tartamudear una excusa por su miseria y estuvo a punto de alejarse; pero las encopetadas la detuvieron al leer la firma de la reverenda Madre… Entonces la miraron como si hubieran recibido un regalo…
A partir de ese momento, Raquel se transforma en “una princesa cuidada por dos reinas”, colmada por ellas de “incansable afecto”: la alimentan con “panes diminutos” y “compota de manzana”; la procuran con lujosas ropas —encajes, cachemiras, gasas—, del mismo modo en que se ceba a un animal para el sacrificio o se atavía a la virgen que se ofrecerá a un ídolo.
¿Es una suerte de aquelarre lo que celebran Monina y La Nena cuando Raquel las sorprende “peor que desnudas, en el secreto de sus almas”?
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“Al roce…” es un cuento que leo a menudo. Me lo receto como lección y como acicate: así es como se instila atmósfera en un buen relato —me digo—; así es como quisieras escribir y nunca escribirás.
En cada relectura, sin embargo, encuentro la posibilidad renovada de entenderlo o de abarcarlo. ¿Es un cuento de hadas, precautorio en su sadismo? ¿Es una fábula proletaria que nos arenga sobre la perversión de la aristocracia y las clases altas? ¿Es el exorcismo que hace Dueñas de la fantasmagoría impuesta en ella por una educación ultracatólica? ¿De qué trata el cuento, ultimadamente?
Pero el tema de los cuentos —nos dice O’Connor con toda razón— “es inexpresable por inarticulable… Una historia es una forma de decir algo que no puede decirse de ninguna otra manera”.
Una lectura reciente me lleva a observar en “Al roce de la sombra” cierta obviedad en el título, y cedo a una tentación prohibida: psicoanalizar el texto. ¿Es casualidad que contenga la palabra “sombra”? ¿Sería posible repensar el cuento desde la Sombra arquetípica?
La Sombra, según Jung, es todo aquello que no deseamos ser: lo propio que relegamos a ser lo otro. Se condensa en una personalidad alterna que desarrollamos paralela a la que mostramos; “una instancia psicológica negada que mantenemos aislada [pero que] termina configurando una especie de personalidad disidente” y que, aun oculta, opera en nuestra vida consciente.
La Sombra es otro que es yo, y que, en apariencia, se toma libertades.
¿Es la Sombra de Raquel quien la conduce a abrir una puerta que no debe abrir, y a encontrarse a las Moncada en su “estrafalario rito”? ¿O son Monina y la Nena encarnaciones de la Sombra de Raquel: su deseo sexual contenido, aunado a su deseo de autoaniquilación? Sabemos que el destino último de Raquel será el “agua podrida” de un pozo: ¿Será que ella, como Narciso, muere a causa de confrontar aquello que desea? ¿O, viceversa, es Raquel la Sombra de las hermanas (la culpa que les devenga su perversión, personificada en el arquetipo que encarnaran ellas mismas en su juventud: vírgenes católicas e inocentes)?
“Un cuento es bueno —pondera O’Connor— cuando [uno puede] seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno”.
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El incesto entre las Moncada —de quienes se asegura que son “señoritas, no señoras”; es decir, solteronas— apenas es sugerido por Dueñas. Antes bien, el lector no puede asegurar que sea eso lo que ocurre en el relato. La autora se esmera en la insinuación vía la ambigüedad, refiriéndose a “lo viscoso de marchitas tentaciones, de ausencias cómplices”.
Asumimos que Raquel se encuentra a las hermanas interactuando al desnudo porque remira “sus escotes sin edad, sus omóplatos salientes de cabalgaduras, su espantable espanto”. Y porque a Raquel, educada por monjas, le inspira “asco” el hecho de que las hermanas pasen “de sobrias y adustas” a “mundanas y estridentes”. Y porque las Moncada “[caen] del sofá” al verse descubiertas, y miran a Raquel con rabia e “inclemente estupor”.
Quizá la acción más nítida que se nos muestra es que las hermanas “ahondan” cada una “la fosa de su compañera”. Pero incluso este fraseo nos fuerza a echar mano del doble sentido —de nuestra mente cochina— para confirmar el supuesto acto lésbico.
Sería incorrecto pensar que Dueñas omite lo explícito llevada por un sentido del decoro, o que se autocensura para evitarse los señalamientos de las buenas conciencias literarias. Por el contrario, Dueñas encubre los hechos de plano y efectúa esta operación del único modo posible: enmascarando los hechos con símbolos. No por nada llama “estrafalario rito” al supuesto acto sexual, siendo lo ritual casi siempre una reinvención, una reordenación o una inversión simbólica. Resultado de ello es que se dota al relato de un misterio mayor, de un secreto como visto por el rabillo del ojo. Y “el secreto —nos dice Baudrillard— no debe ser develado, so pena de caer en una historia banal”.
Dueñas sabe cuál efecto quiere producir, con este encubrimiento, en el lector. Por eso decide confiar en el poder de lo no dicho. Su decisión no es moral sino estética.
De esto último derivo una lecciones para el aspirante a cuentista —a escritor, en general—: hay que saber qué callarse y cuándo; pero, más importante aún, hay que saber cómo callarlo.
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Miguel Sabido rememoraba cierta madrugada en que Dueñas lo llamó por teléfono a fin de pedirle ayuda; un tigre se encontraba debajo de su cama, le dijo ella, y él acudió de inmediato al domicilio para constatar la presencia del terso invasor (que era, supieron más tarde, propiedad del hermano de Guadalupe, afecto a la cacería). Sabido se encontró con una Dueñas aterrada, llorando sobre el colchón.
La escena resulta llamativa por su involuntario simbolismo. ¿No es así, sorpresiva, prodigiosamente, como caen las historias en la vida del cuentista? ¿Y no tienen, muchas de ellas, un carácter felino (elusivo, arcano)?
Contra todo sentido común, O’Connor recomienda no saber qué sucederá en una historia antes de empezar a escribirla: “Deben —aconseja a los aspirantes a cuentistas— tener la posibilidad de descubrir algo en sus propios cuentos. Si ustedes no lo consiguen, probablemente nadie más lo hará”.
Dicho de otro modo, O’Connor aconseja escribir como se vive: a merced del misterio.
Quizá tampoco debamos saber nunca por qué escribimos, so pena de convertir nuestro oficio en una ocupación banal.
Bibliografía
Guadalupe Dueñas, Obras Completas. México: FCE, 2017.
Flannery O’Connor, “Para escribir cuentos”. La Palabra y el Hombre, abril-junio 1990, no. 74, 99-108 pp.
Robert Blay, El encuentro con la Sombra: El poder del lado oscuro de la naturaleza humana. Barcelona, España: Kairos, 2001. Jean Baudrillard, La Transparencia del Mal. España: Anagrama, 1991.
Portada de “El jardín de los ídolos”, de Georgina Moctezuma. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.
Más que otro género, el ensayo es un lugar idóneo para los soñadores que escriben. Tierra fértil para la imaginación desbordada, la tradición ensayística recurre al onirismo como fuente inagotable de curiosidad. Desde Montaigne, cada ensayista ha postulado sus propias alucinaciones como materia invaluable para descifrar los misterios de la vida. Es inevitable no voltear a ver a Freud y los proyectos vanguardistas del siglo XX que expurgaron en los sueños los caprichos del inconsciente. Sin embargo, me parece irrelevante plantear aquí una lectura psicoanalítica de El jardín de los ídolos, la ópera prima con la que Georgina Moctezuma (Puebla, 1987) obtuvo el José Luis Martínez en 2022. Propongo, en cambio, hablar del vínculo entre glosa y narrativa, actos inseparables en la prosa reflexiva de corte literario. Este libro es muestra de que el sueño no sólo bebe de la fantasía sino también de la palabra que lo explica.
Dividido en cinco apartados –“El jardín de los ídolos”, “Imaginería ligera”, “Las reliquias”, “Escucho con mis ojos a los muertos” y “Vaciar la casa de mi abuela”–, El jardín de los ídolos está escrito con peculiar urgencia: desvelar los secretos de una ciudad por medio de la magia. Puebla es el escenario donde el pasado acecha a la narradora, una mujer que busca en sus templos la correspondencia con las lealtades entre ella y las mujeres de su familia. Los recuerdos que guarda una madre acerca del jardín de los ídolos donde pasó su infancia, llevan a su hija a hacer memoria por medio de sus pasos. El propósito que persigue la narradora desde el inicio apuntala la tesis del libro: indagar en un pasado remoto –el jardín de los ídolos prehispánicos– entreverado en las ruinas del proyecto colonial que sentó las bases de la Angelópolis desde su fundación:
Muchas veces he caminado por mi ciudad buscando el jardín de los ídolos. Mi madre me habló de aquel lugar. De acuerdo con sus relatos, aquel terreno era un bosque. Un manantial formaba un estanque y alrededor había fresnos, eucaliptos y árboles de pirul que tendían sus ramas hacia abajo, buscando el agua. Yacían también, enterradas, pequeñas estatuas de piedra, ídolos prehispánicos que, según mi madre, eran auténticos. De todas sus anécdotas, esa era mi favorita y, aunque entiendo que ese lugar ya no existe, siempre quise saber dónde estaba. He seguido su rastro en mapas, fotografías y crónicas, he preguntado a aquellas personas mayores a las que tanto les gusta contar historias de la ciudad. Nadie ha podido darme una respuesta definitiva.
El relato sigue la cadencia lenta de los sueños. Avanza de a poco, insinuándose lúcidamente en la pesquisa gracias a la capacidad de Moctezuma de contarnos breves pasajes de mitos protagonizados por personajes conocidos: Asclepio, Tláloc, Circe, Odiseo, Eurídice, Huemac. Conocemos también historias fantásticas interpretadas por monjas insurrectas que se amotinan para escapar de las reglas dictadas por sus pares masculinos; historias de mujeres hechiceras y rebeldes, como la de la mulata Soledad que escapa de San Juan de Ulúa en un barco dibujado en los muros de la cárcel, o la de María de Jesús de Ágreda y sus poderes mágicos relacionados con la bilocación usados para huir de su celda.
En “Imaginería ligera”, la narradora habla de su propio encierro en la ciudad. Su abuela y su madre se distinguen y se oponen a ella por nunca tener miedo, o al menos no confesarlo, como lo hace la autora. La distancia generacional entre unas y otra queda más clara cuando sus amigas acuden a ella para contarle sus sueños, por lo general, escenarios donde son víctimas de hombres sin rostro que las besan o abrazan y cuyas caricias resultan inquietantes. La palabra que despeja las pesadillas de las más jóvenes se vuelve, entonces, un modo de resistencia.
El tono intimista de los primeros dos apartados postula la rebeldía como una forma de romper con el vínculo familiar. La narradora se inicia en la desobediencia la primera vez que le habla de amor a alguien; más tarde nos enteramos de que esa relación no funcionó y que tuvo que abortar, con todos los peligros que esto implica en una ciudad donde aún no se despenaliza el aborto. La narradora lucha contra los valores morales de la sociedad poblana, y el aborto, al no ser legal, resulta por tanto una práctica no sólo de alto riesgo sino también una suerte de ritual clandestino en detrimento de su salud, que debe realizar por medio de remedios caseros:
Tomé las dosis tal como leí las instrucciones de un manual en línea. Era viernes, tres de la tarde. Recién había llegado de la escuela. Me acosté fingiendo que tenía migraña. Puse cuatro pastillas debajo de mi lengua hasta que empezaron la fiebre, la diarrea y los escalofríos. Una vez que empiezas, tienes que llevar la interrupción hasta el final. Tres horas después tomé cuatro pastillas más y juro que escuchaba como en altavoz el choque de mis muelas, mi mandíbula retorciéndose hasta que ya no pude hablar. Tres horas después, con cuatro pastillas más debajo de la lengua, intenté no hacer ningún ruido, quedarme quieta mientras escuchaba en el delirio la voz de mi abuela, arrullándome entre las paredes de la fiebre. Eres valiente, Georgina. Y después la voz de mi madre, mucho más dulce, diciéndome valiente. Hasta que me quedé dormida. A medianoche soñé que me ponía el uniforme y salía a la escuela corriendo en la lluvia.
Como sucede en la relación con su abuela y su madre, la ciudad implica para Moctezuma otra lealtad peligrosa. Si Georgina, tal como se lo comentó alguna vez su abuela, significa “Mujer de la tierra”, la autora camina entonces por la ciudad para deshacer el embrujo que la ata a sus calles. Escribir es otra manera de envalentonarse y domar la adversidad. Escribir como caminar, pasear en la prosa como si uno soñara. En este sentido, el tercer apartado, “Las reliquias”, da cuenta de que quien escribe sobre una ciudad fundada en el sincretismo, debe saber que el cuerpo está de por medio.
Además de hablar de la costumbre atávica que involucra el entierro de su propio cordón umbilical para que su dueña no se aleje del lugar donde nació, en este mismo apartado la autora hace referencia a las disecciones extraoficiales que hicieron algunos devotos en el cadáver de san Sebastián de Aparicio, del que hurtaron órganos y pedazos de piel antes de preservar sus restos en el templo que lleva su nombre. También se menciona el caso de Manuel Fernández de Santa Cruz, el obispo que legó a las monjas agustinas su corazón antes de morir.
El libro se compone también de alusiones a las fisuras de tiempo que se suponen ocultas en las calles de Puebla. Nos encontramos con Hugo Leicht y el damero de las calles trazadas por ángeles, la torre de la catedral que sirve de cobijo a una sirena varada que subyace debajo del templo, antiguas casonas que evocan un pasado lleno de tensiones entre la magia como práctica ancestral y los ritos católicos instaurados desde la Colonia. La inclusión de estos pasajes insólitos da cuenta de una ciudad llena de historias, labrada con anécdotas de doble raíz: indígena y cristiana. Debemos su conocimiento al trabajo de la narradora, que no sólo se pierde en la ciudad, sino que además se emplea en el Archivo Histórico de la Catedral de Puebla. Su labor como archivista es tal vez uno de los momentos más interesantes del libro, pues la vemos interactuando con documentos escritos que van del siglo XVI al XIX.
Además de ser archivista, la narradora también dice que es profesora, “una profesora que escribe”. Aunque desafortunadamente nunca la vemos dando clase (lo que hace que la mención quede fuera de lugar), lo cierto es que, gracias a esta relación íntima con textos antiguos, la escritura para ella sirve de puente simbólico entre pasado y presente, mientras que la lectura involucra un estado mental cercano al misticismo, como se ve por momentos durante el relato en los que entra en un estado de trance, alucina lo que lee con fervor y asombro:
Una empieza a echar mano de todos los recursos disponibles en cada expediente […] se prestan ojos como si se prestaran oídos, pues cuando conversamos con otro también desciframos lo que sucede al margen de la voz. Así puede distinguirse si quien asentó́ una declaración fue el mismo informante (de su puño y letra), si se trata de una carta, de una cuenta o de un recado, o si corresponde a la caligrafía procesal de un secretario o un amanuense.
Como la lectura, el acto de escribir también puede alterar la realidad que nos circunda. El famoso verso de Francisco de Quevedo, “escucho con mis ojos a los muertos”, da título al apartado donde Moctezuma aprovecha la sinestesia del poeta español para hablar de su trabajo en el archivo diocesano. El trabajo documental va más allá del que desempeña cualquier paleógrafo. Antes bien, lleva a la autora a reflexionar sobre su propio encierro y salir de la torre donde trabaja para mirar a la gente que pasa por ahí, en un interesante ejercicio propio de la microhistoria. La narradora retrata, en un ímpetu similar al que lee en los documentos antiguos, la cotidianidad de la que es testigo y parte.
Los legajos clericales no son usados aquí únicamente en su sentido de documento histórico, sino como evocación de un pasado legendario inscrito a su vez en los muros de la ciudad. Me animaría a decir, incluso, que los archivos en El jardín de los ídolos funcionan como umbral a otras dimensiones espaciotemporales. Es posible encontrar visos fantásticos en la narración ensayística de Moctezuma: un compilado de historias que involucran documentos y las realidades que éstos recogen, siempre en busca de un elemento inusual que conduzca su presente a ese tiempo misterioso de los textos antiguos. Hechizo inquebrantable que surte efecto una vez que se lee en voz alta, la escritura es para ella el vehículo que la mueve tanto por medio de citas de cronistas de la talla de Von Humboldt y Sahagún, como entre anécdotas personales y pasajes bíblicos que combinan las supersticiones cristianas con los ritos prehispánicos, dos tradiciones que sobreviven en una ciudad cuya identidad está bien cimentada en hechos extraordinarios pasados por el tamiz de lo sagrado.
A estas alturas, queda clara la obsesión que apremia la escritura de Georgina Moctezuma: el gusto por lo oculto en medio de una atmósfera enrarecida, llena de secretos y herencias ocultas. Las reflexiones que se producen a lo largo del ensayo, del que entramos y salimos con sutileza gracias a su fragmentación, nos proveen de una experiencia cercana a la intimidad del arrobo místico, un momento privado en que el cuerpo entero participa del rapto sensorial de esta clase de episodios. El relato pasa de la realidad tangible, donde la narradora trabaja en el Archivo y aborta muy joven, a esa otra en la que vuelve a contar momentos de su infancia en compañía de su abuela.
En “Vaciar la casa de mi abuela”, el último apartado del libro, la narradora describe un juego de su infancia que consistía en hacerse pequeña y adentrarse en su mandil hasta reconocer los objetos en el interior. La abuela representa el vínculo con la magia y la ruptura del hechizo que une a la narradora con las mujeres de su familia. Como parte del duelo, la niña Georgina adquiere la capacidad de transformarse por medio de la magia, el juego y la imaginación.
Atada a los valores de una ciudad conservadora, su búsqueda es la de una mujer joven que intenta desligarse del influjo del pasado y de los mandatos sociales que encerraron a sus predecesoras en sus propias prisiones invisibles: la feminidad como una construcción social, la ciudad y sus peligros, el pasado familiar del que hereda prácticas de antaño por medio de las palabras que son, al mismo tiempo, enfermedad y antídoto, como los sueños.
La historia de las mujeres que narra Georgina Moctezuma en El jardín de los ídolos, incluida la suya, comparten “la voluntad para controlar sus apetitos, pasiones y deseos […] la única opción que tenían para ser libres, un acto de rebeldía velada”. El trance, la ensoñación y la escritura son maneras de escapar, sublevarse, romper el hechizo.
“Así es como quise leer esta ciudad en la que estoy encerrada —mi laberinto—, a través de lo que subyace y palpita en sus imágenes, en el paisaje, los edificios, las historias y las calles; interpretar los símbolos como instrumento de defensa, mi propio vade retro contra la maldición que me impide salir”, podría leerse como epíteto de una autora poblana cuyo primer libro ha sentado las bases de una obra con la que podemos soñar.
Portada de “Diez batallas que cambiaron a México” por Pedro Salmerón Sanginés y Raúl González Lezama. Colección popular, FCE.
En Tacuba está Cortés con su escuadrón esforzado, triste estaba y muy penoso triste y con gran cuidado, una mano en la mejilla y la otra en el costado.
Anónimo citado por Bernal Díaz del Castillo
El inicio y las razones de la guerra
La guerra empezó con una matanza a traición: Moctezuma había exigido a Cortés que se fuera del Anáhuac, pues ya había estado suficiente tiempo como huésped en Tenochtitlan, pero Cortés y sus cómplices (los capitanes, los que habían inventado un ayuntamiento para eludir la ley) no tenían a dónde ir. Así, arrinconados, Cortés y sus amigos tuvieron la suerte de que se presentara en Veracruz el capitán Pánfilo de Narváez, enviado con fuerte escolta por las autoridades españolas para detener a Cortés por traidor y rebelde.
Cortés pidió a Moctezuma permiso para combatir a Narváez y el tlatoani mexica se lo concedió, así que el capitán salió hacia la Villa Rica de la Vera Cruz con la mayoría de sus hombres y de sus aliados tlaxcaltecas, huejotzincas, cholultecas, otomíes y totonacos, dejando en México al capitán Pedro de Alvarado, uno de sus principales cómplices, con unos 80 castellanos y dos o tres mil aliados.
Pedro de Alvarado decidió forzar las cosas y en una matanza, un golpe de mano a traición, trató de hacerse de México-Tenochtitlan, con su tlacatecuhtli y con sus principales, pensando quizá que ello le daría la ciudad y el soñado, fantaseado, Imperio mexica.
Las crónicas no lo dicen pero, como era de día y corría mayo, podemos suponer que brillaba el sol en lo alto de aquel cielo tan azul, de “la región más transparente del aire”, como la llamó Alfonso Reyes al imaginar, al reconstruir, aquel Anáhuac que vieron los españoles por primera vez unos meses atrás de ese luminoso día de mayo.
Los gobernantes, los sacerdotes y los guerreros tenochcas celebraban la fiesta en honor de Huitzilopochtli. Los acompañaban los señores aliados de Texcoco, Tlacopan y otros altepemeh. El pueblo llenó el recinto sagrado para ver el espectáculo, cuando, sigilosamente, los españoles y sus aliados cerraron las salidas del lugar y, acto seguido, cargaron contra los desarmados guerreros que constituían el núcleo de la fiesta. Escribe fray Bernardino de Sahagún:
Pues así las cosas, mientras se está gozando la fiesta, ya es el baile, ya es el canto […] en ese preciso momento los españoles toman la determinación de matar a la gente. Luego vienen hacia acá, todos vienen en armas de guerra. Vienen a cerrar las salidas, los pasos, las entradas: la Entrada del Águila, en el palacio menor; la de Acatl Iyacapan [Punta de la Caña], la de Tezcacoac [Serpiente de Espejos]. Y luego que hubieron cerrado, en todas ellas se apostaron: ya nadie pudo salir. Dispuestas así las cosas, inmediatamente entran al Patio Sagrado para matar a la gente. Van a pie, llevan sus escudos de madera, y algunos los llevan de metal y sus espadas.
Después, los cronistas españoles y las fuentes de tradición indígena darían varias explicaciones y justificaciones de la matanza a traición ordenada por Alvarado. La mayoría de las versiones no resisten el más elemental ejercicio de la crítica histórica, pero hay tres hechos que se desprenden de la matanza: 1) El propósito de Alvarado era liquidar a la jerarquía militar mexica. 2) Muy probablemente fue entonces cuando aprehendió a Moctezuma y a los demás dignatarios que esta ríanpresos con él (empezando por los señores de Tlatelolco, Texcoco y Tlacopan, y Cuitláhuac, señor de Iztapalapa). 3) La matanza del Templo Mayor provocó la guerra. Esta vez coinciden las fuentes. La reacción de los mexicas fue inmediata. Dice fray Bernardino de Sahagún:
Y cuando se supo fuera, empezó una gritería: “Capitanes, mexicanos… venid acá; ¡Que todos armados vengan: sus insignias, escudos, dardos…! ¡Venid acá de prisa, corred: muertos son los capitanes, han muerto nuestros guerreros!” Entonces se oyó el estruendo, se alzaron gritos, y el ulular de la gente que se golpeaba los labios. Al momento fue el agruparse, todos los capitanes, cual si hubieran sido citados: traen sus dardos, sus escudos. Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aun con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa amarilla las cañas sobre los españoles se tienden.
Es probable que, pese a todo, la matanza de Tóxcatl no descabezara en términos políticos ni militares a la Triple Alianza, y al parecer no debilitó la fuerza guerrera de México-Tenochtitlan, ni provocó una crisis en el mando. Sin embargo, en las narraciones aparece un hueco muy notable: el que va del 20 o 22 de mayo, día de la matanza, al 24 de junio, cuando Cortés regresó a Tenochtitlan. Podríamos entenderlo porque todas las narraciones están centradas en Cortés, pero es curioso que en un mes los mexicas no hayan podido acabar con 80 españoles y unos pocos miles de aliados, y que luego, en sólo seis días, con un liderazgo reconocido y sus capitanes libres, hayan reducido a las últimas a más de mil castellanos y 8 000 a 10 000 aliados.
Lo que sabemos de ese mes, casi perdido en las crónicas, es que los 80 españoles y sus aliados, con Moctezuma y muchos principales presos, realmente rehenes, se defienden en el Palacio de Axayácatl, asediados, sitiados por los mexicas y cada vez más desesperados. Posteriormente, algunos autores nacionalistas infirieron que el mando militar mexica recayó en Cuauhtémoc, “señor de Tlatelolco”, pero no hay fuentes para asegurarlo, ni Cuauhtémoc fue elevado a esa dignidad sino hasta el asesinato de Itzquauhtzin, simultáneo al de Moctezuma y al de los tlatoanis de Texcoco y Tlacopan.
En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo arriesga una explicación de la razón por la que los mexicas no acabaron con Pedro de Alvarado y sus compañeros: según el soldado cronista, cuando los mexicas se enteraron de que Cortés había desbaratado a Narváez, “Montezuma y sus capitanes […] dejaron de dar guerra a Alvarado”. Sin embargo, hay más de una semana entre una cosa y la otra. No dejemos de señalar que dice “Montezuma y sus capitanes”, cuando éste ya estaba preso de Alvarado.
La parte de la guerra que sí está documentada en las fuentes es la que inicia el 24 de junio, cuando Cortés regresa a la ciudad. Una guerra cuyo motivo principal y explícito, haciendo a un lado justificaciones de toda índole, fue el afán de riqueza y dominio. ¿Quiénes y por qué se enfrentaron en esta guerra? Vayamos a ello.
Las armas, los contendientes
Los europeos merodeaban en las cercanías de lo que hoy es México desde 1492 e hicieron contacto directo en 1497. Después hubo naufragios (1513), batallas (1517) y, finalmente, en 1519, arribó la expedición capitaneada por Hernán Cortés.
¿Cuál era esa tierra a la que arribaron estos aventureros? No conocemos el nombre que le daban sus habitantes (a veces usamos Anáhuac, aunque no sea del todo preciso), pero hace décadas al parecer estamos de acuerdo en llamarle Mesoamérica a la “superárea cultural” en la que irrumpieron los españoles y que desde 1517 vivió un periodo prolongado de guerras que se han llamado “de conquista”, que realmente nunca concluyeron.
No es nuestro objetivo explicar Mesoamérica, pero sí necesitamos asomarnos a dos aspectos: su organización política y sus formas de hacer la guerra.
En una sociedad en la que la agricultura intensiva y la extracción de tributo son la clave de la economía había una doble forma de explotación: la de una clase sobre otra en la sociedad en general y en cada altépetl en particular, y la de la clase dirigente sobre pueblos tributarios. La base de la estructura social eran los calpulli (barrio o comunidad) que conformaban un altépetl (pueblo o ciudad). Los altepemeh (plural de altépetl) solían ser bastante estables y en 1519 llevaban medio milenio de constantes guerras. Para librar esas guerras se asociaban en confederaciones militares. Cuando un altépetl dominaba a otros alcanzaba la siguiente categoría: la de señorío o tlatocáyotl… sin dejar de ser altépetl. Los altépetl sometidos conservaban su gobierno (de los que había varias formas distintas) y reconocían como autoridad política superior al tlatoani del tlatocáyotl.
Para 1519 los tlatocáyotl de Tenochtitlan y Texcoco representaban las formas políticas más avanzadas de su época y fueron modelo de otros centros de poder; junto con Tlacopan, habían constituido la Excan Tlahtoloyan (Triple Alianza), que desde 98 años antes expandía gradualmente su dominio e imponía tributos a otras confederaciones de tlatocáyotl, primero en la Cuenca de México y luego más allá de sus límites geográficos. También para ese momento el proceso de centralización del poder en México-Tenochtitlan prefiguraba quizá un cambio del modelo de guerra endémica y de dispersión del poder político.
Ahora bien, ¿cómo se hacía esta guerra endémica? Nos han dicho que se trataba de guerras altamente ritualizadas, negándoles o minimizando sus implicaciones políticas y económicas. Sin duda la guerra florida tenía un marcado componente ritual, pero no era la única forma de guerra. Resulta evidente que esa guerra “ritualizada” permitía a los mexicas mantener el control de sus más peligrosos rivales, liquidando sistemáticamente a sus élites guerreras y, así, facilitando su control. Sin embargo, más allá de lo “ritual”, al parecer simplificó las tácticas militares mesoamericanas, pues las batallas generalmente consistían en líneas paralelas de guerreros donde lo importante era el combate individual cuerpo a cuerpo.
A primera vista, en las fuentes de tradición indígena la guerra mesoamericana sólo aparece como una guerra ritual cuyo centro, cuyo objetivo, era el sacrificio… ¿Era así? Las nuevas lecturas críticas de estas fuentes muestran que, en muchos sentidos, lo que hacían los ancianos tlatelolcas que contaron las “antigüedades mexicanas” a los padres de San Francisco era confirmarles a aquéllos el carácter demoniaco de la cultura mesoamericana… “carácter” en el que las imágenes del sacrificio y el canibalismo tienen gran importancia.
Los franciscanos son explícitos: a los sacrificados “se los llevaba el demonio”, y la guerra florida tenía objetivos muy precisos: según fray Diego Durán, los mexicas podrían haber sometido a Tlaxcala, Huejotzingo, Tepeaca, Atlixco y otras poblaciones, pero decidieron no hacerlo
por dos razones que daban aquella gente para comida sabrosa y caliente de los dioses cuya carne les era dulcísima y delicada y la segunda era para exercitar sus valerosos hombres y donde fuese conocido el valor de cada uno y así en realidad de verdad no se hacían para otro oficio ni fin las guerras entre México y Tlaxcallan sino para traer gente de una parte y de otra para sacrificar […] Donde toda su contienda y batalla era el pugnar por prender unos a otros para el efecto de sacrificio […] para poder traer más cautivos que sacrificar de suerte que en aquellas batallas más pugnaban por prender y no matar ni hacer otro daño en hombre ni mujer ni en casa, ni en sementera, sino sólo traer de comer al ídolo.
Pero las fuentes no hablan con el mismo detalle de las campañas en que los mexicas y sus aliados pretendían someter a su dominación y tributo a otros grupos, campañas que van mucho más allá de la guerra florida, pues tienen claros objetivos políticos y económicos y cuyas formas y desarrollo no aparecen (o casi no lo hacen) en las fuentes cuasi indígenas que, insistimos, en realidad reproducen figuras clásicas, bíblicas y medievales. Estas guerras de conquista eran el motor económico y político del modelo socioeconómico.
Así pues, en Mesoamérica también hacían la guerra para derrotar militarmente al enemigo; para ello, se mataba en el campo de batalla, aunque tengamos poca o ninguna información sobre sus tácticas militares. Por cierto, para el verano de 1520 ya habían aprendido a enfrentar las armas de metal y fuego y los caballos y sus jinetes (la principal experiencia derivaba de las cuatro batallas libradas en Tlaxcala en el otoño de 1519).
¿Con qué armamento libraban estas guerras? Principalmente armas de piedra y madera, armas arrojadizas y defensas de algodón grueso; pero la especialización militar de las élites hacía de estos instrumentos terribles armas mortales.
Las armas arrojadizas todavía parecían directamente vinculadas a la caza y la pesca: el arco y la flecha de piedra y madera (puntas de obsidiana o pedernal), la honda y el atlatl o tiradera (instrumento para arrojar lanzas). Cortés, Díaz del Castillo y otros cronistas hablan también de “varas” o “jabalinas” (lanzas de madera endurecida al fuego, a veces impulsadas por atlatl).
Las armas contundentes y cortantes eran mazos y garrotes con incrustaciones de piedra. La más famosa era el macahuitl (una especie de porra con pedernales en sus dos costados), que, junto con cuchillos de obsidiana, fueron los más usados en los combates de “pie con pie”, de “cuerpo a cuerpo” o “frente a frente”. Armas que mataban, y mucho. Sumemos los “escudos” de madera (chimalli) y las “armaduras” acolchadas de algodón (ichcahuipillis), cuya eficacia era tan notoria que los españoles empezaron a usarlas muy pronto en sustitución de sus pesados y sofocantes petos de metal.
En cuanto a los españoles que llegaron a estas tierras con afán de lucro y dominio, ¿qué guerra hacían? Hay quienes opinan que la expedición de Cortés fue una empresa capitalista, en la que el genial capitán general fue planeando paso a paso las estrategias de acuerdo con una mentalidad plenamente moderna (“maquiavélica”), como modernas eran sus armas. La “superioridad” tecnológica y, más aún, la “intelectual” serían clave en su victoria. ¿Modernos? Hay quienes los presentan más bien como medievales.
Los historiadores que hemos revisado el tema y, sobre todo, aquellos que hemos analizado con cuidado las fuentes de la invasión española y la realidad del armamento que traían, encontramos que, en muchos aspectos, las expediciones españolas y portuguesas fueron una continuación de sus endémicas guerras medievales a las que bautizaron como “reconquista” (una tan falsa como poderosa construcción ideológica). Como en la “reconquista”, Hernán Cortés y sus amigos se instalaron por la fuerza, fortificaron sus casas, impusieron el bautismo… Repitieron nombres como Segura de la Frontera.
Los cronistas de Indias (los españoles de la primera generación de historiadores) parecen hablar de sí mismos en el tono del Cid Campeador. También combaten junto a ellos, delante de ellos, decidiendo batallas, Santiago Matamoros, transformado en Santiago Mataindios, además de la Virgen María y el apóstol San Pedro.
Se ha confirmado que en la irrupción española en Mesoamérica de 1519-1521 no hay armamento ni tácticas modernas (“renacentistas”). En esos días España se estaba convirtiendo en una potencia militar en Europa. Durante casi dos siglos los españoles señorearon los campos de batalla europeos; pero las armas y las tácticas que le dieron a España una larga y duradera ventaja militar, y que aparecen con claridad en la batalla de Pavía (1525), no estuvieron presentes en Mesoamérica.
En efecto: los estudios históricos y arqueológicos del armamento del puñado de españoles que acompañaron a Cortés (poco más de 2 000 en total, de los cuales 1 100 lo hicieron durante los días de junio de 1520 que nos ocupan, mientras que en la mencionada batalla de Pavía en un solo día el ejército español tenía más de 30 000 hombres) han mostrado que la mayoría de las 93 “escopetas” carecían de sistemas de ignición, lo que las coloca más cerca de las armas del siglo XIV que de las del siglo XVI: eran un lento instrumento medieval con alcance inferior a 50 metros. Tampoco las ballestas resultaron eficaces.
Parece que, más que la pólvora, el acero pudo marcar diferencias en el combate mesoamericano cuerpo a cuerpo. Las picas del puñado de jinetes y las pesadas espadas de los infantes eran claramente superiores a las armas contundentes de piedra y madera; sin embargo, por su muy escaso número (unos pocos cientos en batallas que involucraban a miles o decenas de miles de contendientes), su eficacia era temporal y limitada.
Las fuentes muestran a los indígenas y, particularmente, a los enviados de Moctezuma aterrorizados ante los “truenos” y los caballos en noviembre de 1519, pero los hechos indican que desde septiembre de ese año los tlaxcaltecas supieron bien a qué atenerse frente a unos y otros. La relativa ventaja que daban los equinos fue contrarrestada con defensas, zanjas, trampas y otros artilugios elementales.
Ahora bien, dado que las fuentes originales coinciden en ese aspecto, para muchos historiadores el verdadero efecto del armamento europeo fue el psicológico. Es decir, el terror que caballos, pólvora y acero sembraron en las “hordas primitivas” de los mesoamericanos. Al caerse el anterior argumento, éste carece de base y no merece ser discutido.
Otros historiadores sostienen que, en efecto, las armas no representaron una contribución técnica fundamental para la conquista, sino que ésta se logró más por el genio de Cortés. Por lo tanto, la oposición modernidad / atraso va limitándose al genio, eliminadas las escopetas y los arcabuces. Un historiador muy influyente escribió que “los españoles eran hombres renacentistas, con una visión del mundo esencialmente laica, mientras que los indios tenían una cosmovisión mucho más arcaica, en la que el ritual y la magia desempeñaban una función importante”. Esto omite todo lo que hemos mostrado del pensamiento medieval de la hueste de Cortés y vuelve a caer en el racismo eurocéntrico… que llega a afirmar que el enfrentamiento entre mexicas y españoles (siempre reduciéndolo a esa falsa dicotomía) se trató del equivalente a un enfrentamiento entre quienes tuvieran armamento atómico y quienes carecieran de él.
Para entender lo anterior hay que tratar de desentrañar los hechos, la guerra.
TWINKIE: La mañana que supimos que habían matado a Cascarita, nos fugamos de la escuela. No es que no lo hiciéramos a menudo para irnos a jugar algún partido o por el sencillo gusto que nos daba no estar donde debíamos. Pero ese día, quizá ese y solo ese, fue el único en el que realmente valió la pena dejar la cancha. La barda perimetral de la escuela tenía un pequeño problema de seguridad; es decir, un agujero enorme, como preludio de una guerra imaginaria de la que todos recordamos historias. En seguida fuimos a la calle, como nuestras madres solían denominar a cualquier espacio donde jugáramos al futbol: “de la calle no te mueves” grita mi mamá, aunque yo me encuentre en la tienda, en el pasamanos o sobre el almendro que da a la puerta de mi casa. Cuando llegué donde estaba Cascarita, Cagón ya estaba ahí. Cagón era de esos chamacos que se la viven en la calle con una pelota prestada retumbando de una rodilla a otra. También iba a la escuela, aunque no a menudo, y siempre en el mismo grado, pero ese día no estaba en su asiento del fondo como acostumbraba, ni en la cancha de futbol que da a un lado del monte.
CAGÓN: Sí es él, sí lo vi. Le vi la mano como esquivando el aire, como solía hacerlo en los partidos. Debiste haber estado, Twinkie. Nunca había visto a un muerto dentro de una bolsa negra. Lo vi todo. Antes de que lo embolsaran tenía la mano extendida llena de dedos muertos. Y no lo vas a creer, pero alcancé a ver su dedo índice moverse hacia mí, como tratando de decirme algo sin usar la boca, sin usar la voz, en completo silencio estéril, pero no entendí qué era.
TWINKIE: Cuando llegué ya lo estaban subiendo a la camioneta de la SEMEFO y cuando se fueron solo dejaron un charco de sangre con el grafiti que dibujó el contorno del cuerpo de Cascarita. Flaca, Belén, Stanley, Pelos y Coreano llegaron después, eran mis amigos y esos eran los nombres que se les dieron como recuerdo de una gloria pasada, un chiste, una caída torpe, un programa de televisión. En ese tiempo no gastábamos memoria aprendiendo nombres, los nombres son para los viejos. Mi padre viajaba mucho, por así decirlo, y siempre me mandaba regalos por paquetería. En ese entonces me había mandado una bicicleta de aluminio rodada 26. La recuerdo bien, era roja con negro y le nacían llamas feroces a los costados, aunque ese no era precisamente mi estilo. Tú me entiendes, ¿no? Como sea, la mía era la más veloz de todas, a pesar de que la silla era demasiado alta como para sentarme en mella y apenas podía alcanzar los pedales. Aun así, llegué primero, bueno, después de Cagón. Ese día pedaleé como nunca. ¿Qué se hace al ver un muerto? Flaca me tapó los ojos, con sus escuetos dedos blancos de bruja, pero no fue suficiente. La imagen ya estaba ahí. Ella era una especie de jefa de grupo, de manzana, de barrio, gurú, vocera, secretaria, tesorera, era de todo. Acordonaron el área con esa cinta amarilla que dice en letras negras “no pasar” y se fueron para la chingada. Nunca los volvimos a ver. Ni a los forenses, ni a los peritos, ni a los judiciales que siempre llegaban en parvadas de camionetas negras. Nada volvió a ser igual después de ese día. Creo que porque todos decidimos olvidarlo, o porque no duró más que la pintura blanca que dejan los muertos sobre la carretera. Volvimos a nuestras vidas, pero sin futbol. Como si hubiera vida sin eso.
2
Antes
Un balón de caucho viejo, como las paredes de las casas que se enfilan a los lados de una calle sin número, rebota de un lado a otro por una cancha donde la maleza marca los límites del campo. Aunque no existan líneas divisorias ni medidas exactas, los jugadores siguen las reglas de un partido profesional, con saques de meta, faltas, penalizaciones. Hasta que cae un gol.
COREANO: Gooooool. Ganamos. Ganamos. Ganamos.
Coreano barre la cancha y todos aplauden enloquecidos por su primer gol de chilena. La muchedumbre no se lo puede creer. Una victoria para el equipo, es una victoria para Santiago Mataindios, es una victoria para el mundo.
CAGÓN: No mames, no mames, no mames, me duele. Es falta.
BELÉN: Falta mis güevos, entró limpiecita, ¿qué no viste? No sé para qué escoges al pinche Stanley de portero, ni siquiera puede caminar en línea recta sobre las banquetas porque se cae.
CAGÓN: Tú cállate, Belén, que ni güevos tienes.
BELÉN: Pues sea lo que sea que tenga, te aseguro que son más grandes que los tuyos.
Los demás jugadores merodean alrededor, azuzando el conflicto a la espera de una resolución que prolongue el juego, aunque lleven horas jugando y nadie anote ya la cuenta de los goles.
CAGÓN: Es penal, pinche Pelos. Me empujaste y me jodiste la rodilla.
PELOS: Yo no te hice nada, Cagón.
STANLEY: ¿Te lastimaste, Cagón? Yo te curo. A ver, denle espacio, necesita respirar. Una camilla, una camilla. A ver, Pelos, levántalo porque tú lo jodiste.
PELOS: Pero yo no quise.
FLACA: No les creas, Pelos.
CAGÓN: Me duele, chingados.
STANLEY: No lo muevas así. Solo déjalo como estaba.
TWINKIE: Corrí lo más rápido que pude, ¿qué pasó?
CAGÓN: Pinche Twinkie, mejor te hubieras quedado en la banca, aquí no sirves para nada.
BELÉN: No seas así, Cagón. Twinkie solo quiere ayudar.
FLACA: No mamen, no se pongan así de gandallas, no se vale. Ni le pasó nada. Ya están más lloronas que la María Belén.
BELÉN: ¿Yo qué te dije, Flaca?
FLACA: No tú, pendeja, la de la novela.
BELÉN: Pues explícate.
FLACA: No mames, Cagón, siempre te hacen falta. Yo ya no te creo nada. Acéptenlo, ganamos, ¿verdad, Twinkie?
TWINKIE: Sí, Flaca, entró limpiecita.
CAGÓN: A callarse, chingados. No contó y punto. Nos vamos a penales.
BELÉN: Nada de penales, ya ganamos.
COREANO: ¿Por qué no jugamos al gol gana y ya? El equipo que meta gol primero, gana.
STANLEY: Esperaba que dijeras eso, Coreano.
BELÉN: Cállate, Coreano. Tú eres de nuestro equipo. Además fue tu gol, chingados.
PELOS: Sí, cállate, Coreano. No se vale. Ya habíamos ganado.
CAGÓN: Estoy de acuerdo con Coreano y Stanley. Creo que eso arreglaría la situación. A ver, ayúdenme a levantarme.
TODOS hacen bulla.
BELÉN: Ganamos y punto. Además, ya se está haciendo tarde. Ya es de noche.
CAGÓN: ¿A qué le tienes miedo, Belén? ¿A que no esté caliente tu cena cuando vuelvas a casa?
BELÉN: Jódete, Cagón. Tú ni papá tienes. Mañana hay que ir a la escuela. Me largo. Vamos, Flaca. Twinkie, dame el balón.
CASCARITA (suena su silbato): ¿Qué pasó aquí?
BELÉN: ¿Pues qué no ves? Ni para réferi sirves, Cascarita. Ya párale a la mona un rato, ¿no? Nos vemos mañana, ya nos vamos.
FLACA: Cascarita (le muestra sus codos con las vendas caídas), ¿me ayudas con mis vendas?
CASCARITA (le venda los codos): Qué buen golazo, Flaca.
FLACA (mira a los demás jugadores): Me la pelan.
BELÉN: Flaca, apúrate. Ese no es tú papá.
BELÉN sale de primero con el balón y FLACA se acongoja detrás de ella. Es claro que piensa en su padre.
Portada de “La cascarita”, Janil Uc Tun. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023
Se descubrió al borde del olvido. Reintegrado, con su mente aún dispersa.
Tenía la noción vaga de sueños rotos, de un gran periodo inconexo. Miró a su alrededor. La escena no era inédita; de hecho, le recordó un videojuego retro de su juventud: el universo destrozado y él, al borde de su pequeña casa, en el fragmento último del planeta.
Era su primera propiedad, comprada con el fruto de su esfuerzo, mientras sufría la furia de su padre, el peso de ser desheredado a causa de sus malas decisiones, debido a su terquedad de salirse con la suya; con la congoja de las tarjetas de crédito canceladas, sin esa red de protección, pero al lado de ella, de Mercedes.
¿Qué había pasado después? ¿Antes de que todo se extinguiera con ella? ¿Antes de amasar su fortuna?
Ése era uno de los problemas de la sobreestimulación, de exponerse de forma voluntaria a tanta multimedia, a tanta ficción gráfica y conceptual sobre el ser humano. Hay teorías que aseguran que sólo percibimos aquello que ya tenemos como idea en nuestro cerebro. Que funcionamos a base de preconcepciones. Y sus lecturas, sus investigaciones sobre la vida después de la vida, eran tan amplias que ya le resultaba imposible un enfrentamiento con la genuina materia de la muerte.
Todo, al borde, en el vacío, parecía un remolino inverso, un agujero de gusano que iba expulsándolo todo. Asociaciones rotas, memorias flotantes llegaban como resaca de su recién destruido mundo.
“Estás en una realidad virtual de reconstrucción de personalidad —se explicó a sí mismo. Se sentó en flor de loto, en el círculo de una fuente que nunca llegó a construir. Empezó a tratar de absorber, de recuperar del vasto vacío la totalidad de sus memorias. Eso se supone que debía realizar… Aunque no recordaba, a pie juntillas, hacerlo en el pasado—. Quizá es una memoria robótica de procedimiento, parte de un más sofisticado protocolo de rearmado.”
A lo mejor se trataba de un fallo en las programaciones. Un afortunado error que él debía aprovechar para rescatar todo lo posible, para formar un recaudo, un cofre secreto que ningún editor pudiera extirpar antes de su siguiente encarnación. Porque debía haber una siguiente. Morair Saer no habría supervisado todo si no pretendiera darle continuidad…
Volvió a mirarse. De muchas maneras, aquella versión de sí mismo era su imagen idealizada. Parte de su paradójica unicidad. El pantalón que llevaba era militar y estaba lleno de bolsas. También la chamarra. Empezó a saturar esos contenedores con todo aquello que antes no recordaba, con lo que lucía esencial, insustituible.
Una alarma comenzó a girar al borde de la pantalla, es decir, de su campo visual.
El mundo se sacudió, pulsó. Se transformó en la vieja Ciudad de México de 2030. Ahí estaban todas las señales: la propaganda del gobierno saliente, las protestas civiles en contra de la nueva elección, los tempranos adornos navideños, los autos de combustión interna. Y los helicópteros sobrevolando todo.
Y el miedo… Percibió con el rabillo del ojo cómo la gente se dispersaba ante el paso de una motocicleta, en la esquina del Palacio de Bellas Artes y Eje Central. La mujer, en la parte de atrás, tendió su subfusil Xiuacóatl y rafagueó a los turistas al pie de la estatua de Perseo, Pegaso y Medusa.
Él ni siquiera pudo mover las piernas. La llanta delantera se detuvo casi sobre su bota.
—No puedes traicionarnos. Necesitamos las armas que prometiste…
—Yo, en este tiempo, ni siquiera…
—No seas imbécil. Ésta es una transmisión pirata.
De tu ayuda depende la supervivencia del país, de toda nuestra raza.
—¿En qué año estamos?
—2084, por supuesto…
De un cielo sin nubes se precipitó un rayo. Exacto. Mortal. En el lugar de la motocicleta y sus jinetes quedó una sombra carbonizada, un vapor con aroma a carne quemada.
El ambiente empezó a pixelarse. A pulsar, a parpadear, antes de transformarse todo en un azul de falta de señal. Luego, en el negro de la pérdida de conciencia.
*
Impaciencia. Su isla iba creciendo con cada nuevo despertar consciente, parecía extender sus fronteras, la misma arquitectura del lugar, sin que él consiguiera comprender la mecánica de aquello.
El sitio semejaba el levantamiento de estructuras desde el plano delirante de un arquitecto. Uno que olvidaba el trabajo previo, que fuera construyendo de forma dadaísta o con automatismo bretoniano. Un dédalo absurdo con fragmentos de su pueblo natal, de ciudades visitadas, añoradas; de escalinatas deseadas que partían de solares y acababan conduciendo a ninguna parte, como esas múltiples puertas de diversos estilos, de materia varia, distribuidas sin ton ni son; umbral, conducto a paredes, a vacíos, pocas veces a corredores que llevaban a otros ambientes.
Cada cierto tiempo, además, homúnculos de rasgos básicos surgían cuando él estaba distraído, cuando no miraba, e iban habitando cada inmediación.
Y con cada crecimiento del terreno, él iba quedando aislado, encerrado. Por eso construyó su pequeña torre, ese observatorio elevado con telescopios que pronto fueron obstaculizados por otras estructuras vecinas.
Su mente había recuperado teologías, investigaciones peculiares. Un fragmento de Swedenborg lo hizo incluso cuestionarse sobre el sitio. El infierno, según la interpretación de Borges de los escritos del filósofo y teólogo sueco, tenía la forma de un demonio y quizá todo aquel desbarajuste de edificaciones estaba ahí con el único propósito de impedirle cartografiar el lugar. Y, de cualquier manera, ¿qué forma develaría un mapa?, ¿cuál sería su apariencia demoniaca?, ¿la de la carta de la lotería tradicional mexicana? ¿La del triunfo número quince de qué mazo del tarot? ¿Una versión del panteón primigenio de Lovecraft? ¿O sólo la imagen de sí mismo?
Pensar en esas metafísicas siempre lo llevaba a esa peligrosa postura de morderse la cola. Terminaba enredándose en sí mismo. Desbordándose, así, hecho un nudo de dudas absurdas que, sin embargo, seguían torturándolo.
Si habitaba el averno, teorizaba, al menos tenía que agradecer la ausencia de torturas físicas. Todas eran intelectuales y la más acuciante versaba sobre la culpabilidad. Al tener los recuerdos de Morair Saer,¿compartía con él sus pecados? ¿Sería juzgada cada una de sus versiones de manera independiente por la distinta suma de pecados? ¿Su alma se habría subdividido? ¿Se fusionarían cuando todos alcanzaran la muerte? ¿O sólo el alma original habitaba el genuino tártaro?
No era el primer hombre que recuperaba un atisbo de interés sobrenatural, que se aferraba a la fe desechada en vida al enfrentar la muerte; al negarse a su propia disolución, al analizar el sinsentido de la vida… Y peor, al interrogarse sobre estas estancias límbicas, estos parajes que le permitían sentirse no extinguido, pero, de igual manera, arrojado a otra “realidad” agreste y sin manual de instrucciones, sin nada nuevo que llenara los huecos, que calmara los malestares. El fantasma en la mansión abandonada… Peor, el fantasma en la máquina…
Sea como fuere, su sentido práctico lo instó a superar la parálisis, a recuperar su bagaje tecnológico. Necesitaba un dron para sobrevolar ese reducto geográfico, para realizar genuinas exploraciones. Después de su primer despertar en ese sitio, ninguna nueva manifestación de la Ciudad de México, de los motociclistas, se había hecho presente. Y la idea de una transmisión pirata siempre le resultaba terapéutica; reforzaba la premisa de que todo aquello no era más que su estancia en la realidad virtual, a la espera del nuevo encarnamiento.
Sin sol, sin luna, le era imposible medir el tiempo. La ausencia del hambre, las impredecibles llegadas del sueño (prefería llamarlo así) o la inconsciencia, incalculables en su longitud, tampoco marcaban pautas.
Primero logró construir un robot todoterreno y una terminal receptora; así supo cómo cualquier acción suya generaba reacciones de respuesta: un autómata más completo y funcional capturó y deshizo a su primogénito mecánico. Se esmeró en crear distractores, en recordar mitologías, mientras optimizaba la tecnología de vuelo. Antes de finalizar el armado de su artilugio pudo ver arpías, pegasos cruzando el cielo.
Disfrazó a su dron como una lechuza e hizo el primer vuelo de reconocimiento. Lo elevó hasta el límite y circunnavegó la isla. Era en exceso simple. Semejaba la primera versión de la Ínsula Morair. Y las construcciones arracimadas, sobrepuestas, constituían el cercano laberinto que lo aprisionaba. En cada una de las variantes arquitectónicas un homúnculo iba evolucionando en sus rasgos, hasta parecerse a la versión adolescente, humana, de Morair Saer. De sí mismo.
En el viaje de regreso, dos minicazas de combate, con extremidades prensiles, empezaron a seguirlo. Esforzó las maniobras evasivas. Hizo más, procuró hackear aquellos armatostes, robarles la mayor información posible. No se distrajo, consiguió copiar los programas de recepción y, de inmediato, ordenó una vuelta errónea, sacrificó a su propio dron. Debía hacerles creer que ellos seguían con el control, que estaban ganando y las suyas eran meras batallas pírricas.
Tomó nota del sadismo con que los minicazas despedazaron a su falsa lechuza: con disparos estratégicos y sus extremidades como garras, como advirtiéndole la calidad de las posibles represalias.
Y actuó una supuesta y sentida derrota: abandonó su industria. De manera aparente. Derivó al arte. Inició con una escultura de sí mismo luego con una reproducción del exterior de A4, después con A1, aunque en realidad se fabricaba una armadura. E iba moldeando otro par de autómatas básicos.
Lo importante era fingir, pretender el desarrollo de piezas inocuas, mientras abonaba a sus planes. En la terminal programó videojuegos básicos que corrían a pantalla completa, mientras, en un gadget del tamaño de un celular espiaba las órdenes que los genuinos guardianes drónicos recibían.
Estaba en la Isla de las Posibilidades, en The What If Island. En el laboratorio de edición de memoria. Ya era evidente, cada cosa lo señalaba así: duplicados de sus distintos recuerdos, editados, estandarizados, transformados en versiones genéricas de sí mismo, para la futura integración de su personalidad.
Esa nueva pieza del rompecabezas lo llevó a generarse un disfraz homúnculo, uno que portaría bajo el de A1. Luego diseñó la sobrecoraza que lo haría lucir como un A8 básico. Hizo moldes de aquello. Y consiguió vaciar en bronce, en plástico, las nuevas estatuas.
Admiraba el bulto irregular de los moldes, cuando empezó el ulular. El sonido cacofónico, crispante, de esa sirena parecida a las de alerta de bombardeos. Luego llegó la vibración, esa sacudida, un temblor de tierra que, al instante, empezó a fragmentar todas las estructuras, a abrir huecos, caminos en las bardas, en las cercas de contención.
Supuso que los protocolos estaban completos. Dejó una versión simple de sí mismo, movida por un esqueleto robótico que empezó a pedir auxilio en cuanto se alejó lo suficiente, cruzando muros, atravesando el laberinto de manera no ortodoxa. Su nuevo dron, semejante a un cuervo, fue indicándole las rutas que los homúnculos, como un ejército de hormigas, iban tomando y se dirigían hacia el borde de tierra más próximo al agujero de gusano, a ese anillo luminoso que ahora estaba succionándolo todo.
Así, con triple disfraz, alcanzó el muelle.
La barca era un híbrido de cohete y navío egipcio. No se detuvo. Caminó como extraviado, sin dejar de repetir pasajes de El arte de la guerra. No hubo aduana, examen a quienes iban embarcando. Vio confluir a un puñado de minicazas hacia su morada. Sabía lo que seguiría.
Se internó en lo más profundo del cohete, se agazapó en una esquina y en el gadget tipo celular activó su identidad A8, con los códigos hackeados a los minicazas. El lugar fue llenándose de homúnculos más definidos, de copias básicas de sí mismo. Escuchó la alerta de cierre de compuertas e, inmediatamente después, la explosión, el sonido que anunciaba el fin de su personalidad, el exterminio de su simulacro mecánico. Luego sintió el empuje de los motores, el avance majestuoso que al poco tiempo dejó de tener efectos inerciales.
El viaje fue en exceso corto. Al activarse los chorros de frenado se adelantó hacia la exclusa de salida. Fue abriéndose paso y, a punto de tomar el primer puesto, lo vio.
Era una versión íntegra de sí mismo en la plancha de operaciones; sin extremidades, con el torso abierto e instalado en una silla de ruedas motorizada. Tras él estaba su versión editada, como la creatura de Frankenstein, con brazos, piernas y tórax cosidos con grandes y brutales puntadas.
La luz roja advirtió sobre la apertura de la compuerta. Hubo un resplandor blanco y el cadáver en silla de ruedas atravesó ese rectángulo cegador. Tras el cierre hidráulico hubo una pausa, la luz cambió a verde y la escotilla se abrió a un amplio paraje campestre. En cuanto su yo frankensteiniano pisó el pastizal, se dispersó en diminutos corpúsculos.
Lo imitó. Dio el paso. Un cosquilleo recorrió toda su piel; un haz energético e invisible incidía sobre él. Hubo resistencia. Su gadget comenzó a llenarse de nuevos datos. Su armadura exterior se vaporizó; luego, la tipo A1 y su disfraz homúnculo… Los genéricos se desintegraban en cuanto accedían a ese falso jardín del Edén. Su piel empezó a crepitar, sus ropas a fragmentarse. Una luz amarilla se encendió en el cohete.
Echó a correr hacia la única estructura visible. No volvió la mirada. Reconoció las escalinatas de la mansión de Ínsula Morair, su observatorio.
Se esforzó los últimos metros en el sprint. Pateó la puerta, ingresó con la ropa hecha garras. Una larga tira de su pantalón lo hizo tropezar. Cayó de bruces.
El golpe en el mentón sacudió su cerebro.
El sonido de la alarma no dejó de sonar aún después de que perdiera el sentido.
Portada de “El jardín de los ídolos”, de Georgina Moctezuma. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.
Acudía a ese lugar todas las noches, esperando que al amanecer los ídolos abandonaran el sueño conmigo, convertidos en figuras sustanciales, graves y silenciosas, con el peso y la consistencia de las piedras. Lamentablemente, la experiencia me ha mostrado que la magia no interviene así. Al igual que los relatos, los ídolos de mis ensoñaciones estaban hechos de aire, eran imágenes animadas por el flujo del viento que escapaban una vez clareaba el día. Al no poder tenerlos frente a mí, preferí contemplarlos en aquel espacio construido hacia dentro, reservados en la intimidad que corresponde a las verdaderas fantasías.
Conforme a la enseñanza de la Filosofía natural, así como de algunos mitos y tradiciones antiguas, quise creer que al interior de los ojos reside un fuego que aviva la mirada, ilumina los objetos hacia donde se dirige. Me gustaría entender qué sucede con las imágenes que existen hacia dentro de nuestras pupilas, aquellas que observamos al momento de cerrar los párpados cuando dormimos. Imágenes que fluyen de algún pensamiento específico, de algún recuerdo remoto, o esas otras que surgen de las fantasías y parecen posibles tan solo en lo profundo de nuestras ideas.
El mundo cambia constantemente. Astros, nubes, animales, plantas, todos estamos sujetos a ese principio. Sin embargo, parece que existen sueños, ilusiones y recuerdos que no se alteran ni construyen con la misma rapidez; permanecen por más tiempo y pueden durar más que algunos actos. De la misma forma que ocurre con los mitos, a menudo tengo la impresión de que mis recuerdos han sido escritos como imágenes sobre piedra.
Encontrar el significado de los sueños, los símbolos y los mitos entraña uno de los conocimientos más antiguos que, de forma muy sutil, ilumina el camino de cierta sabiduría, encerrada en su refugio como una verdad intacta en el fondo de nuestra naturaleza más primitiva. Es entonces cuando descubrimos esa cámara oscura y profunda, que no tolera más que la media luz de una vela y que algunos han llamado magia. Lo cierto es que ese conocimiento, como cualquier objeto antiguo arrojado al desuso, desaparece pronto en el olvido.
Muchas veces he caminado por mi ciudad buscando el jardín de los ídolos. Mi madre me habló de aquel lugar. De acuerdo con sus relatos, aquel terreno era un bosque. Un manantial formaba un estanque y alrededor había fresnos, eucaliptos y árboles de pirul que tendían sus ramas hacia abajo, buscando el agua. Yacían también, enterradas, pequeñas estatuas de piedra, ídolos prehispánicos que, según mi madre, eran auténticos. De todas sus anécdotas, esa era mi favorita y, aunque entiendo que ese lugar ya no existe, siempre quise saber dónde estaba. He seguido su rastro en mapas, fotografías y crónicas, he preguntado a aquellas personas mayores a las que tanto les gusta contar historias de la ciudad. Nadie ha podido darme una respuesta definitiva. No he averiguado lo que más me interesa: cómo eran esos ídolos, qué representaban y dónde están ahora, quién se los llevó.
Pensar en la magia como una forma de conoci miento, puede parecer extravagante para mi época. Siendo quien soy, una profesora que escribe, no parece concebible que demuestre empeño en indagar el origen de aquellos ídolos únicamente a partir de lenguajes oscuros. Por eso, he recorrido y caminado mi ciudad en todas las formas que me ha sido posible, insisto en buscar aquellos ídolos con el deseo de detenerme un día frente a ellos, observarlos por fin de fijo con toda su entereza. Quisiera conservar su imagen como un refugio, un amuleto, un símbolo que pudiera apresar y durar en el tiempo.
De acuerdo con antiguas creencias inscritas en mi imaginación, los ojos tienen el poder de transformar materialmente el mundo. Dicho atributo no es exclusivamente humano, se comparte con determinados animales, poseedores de una mirada fija y brillante. En uno de sus ensayos, Montaigne narra un episodio donde un gato acecha a un pájaro al pie de un árbol. Clava su mirada en sus ojos hasta que, como si le hundiera un zarpazo, el pájaro cae muerto a los pies del felino, atraído hacia el suelo por una fuerza inexplicable, proveniente de la mirada del felino.
También Plinio, en su Historia natural (ca. 79 d. C.), apuntó que si un lobo fija la vista en un hombre, este pierde instantáneamente su capacidad de hablar: “los ojos de algunos lobos quitan la palabra y aturden a quienes los miran”; una anécdota similar se encuentra en las Bucólicas (ca. 37 a. C.) de Virgilio: “Moeris per dió la voz, los lobos le vieron primero”. Tal vez esta superstición se debe al temor de enfrentarse con la mirada hermética y avivada de secretos, profundamente oscuros en los ojos del animal. Como consecuencia, el miedo genera frío, palpitaciones, palidez y, sobre todo, afonía.
Según el mito griego, Perséfone perdió la voz cuando fue raptada por Hades, quien la convirtió en su esposa. Pero al ser él quien gobernaba el inframundo, se trató de un pacto de matrimonio y muerte. “La muerte es como el matrimonio y el matrimonio es como la muerte”, dice Artemidoro en su tratado sobre los sueños Oneirokritiká, “el sueño del matrimonio es equivalente al de la muerte porque ambos representan una etapa conclusiva”. Al desposado y al fallecido les corresponden los mismos signos: el cortejo, las coronas, los ungüen tos, los perfumes y hasta la sucesión de bienes. Sin embargo, Perséfone se conservó doncella, como en un tránsito que nunca se completa, en mitad de un camino hacia el matrimonio y la muerte.
No recuerdo un momento durante mi niñez en el que sintiera miedo: ni a la oscuridad, ni a quedarme sola, excepto las ocasiones en que soñaba con un lobo. Ese sueño me enmudecía. Recuerdo la angustia, la opresión en el pecho y la garganta, como si una soga me estrangulara, hasta que ya no podía hablar. Si hubiera sido capaz de refugiarme en las palabras, en ese sentimiento de alivio que a menudo producen cuando somos capaces de enunciarlas en voz alta, estoy segura de que mi abuela me habría dedicado una mirada firme de reprobación, una mezcla de fastidio y desprecio al escuchar mi relato, como diciendo no seas tonta Georgina, nosotras no tenemos miedo.
Siempre quise ser como ella quería que yo fuera. Procuraba jugar a su alrededor, a una distancia donde pudiera verme sin que le disgustara mi presencia infantil, mis aspavientos. En mis fantasías, el juego era el siguiente: atravesaba un campo intrincado y lleno de peligros, mi madre dormía prisionera al otro lado y mi misión era llegar hasta ella para liberarla. En el trayecto había muchas trampas que iba inventando mientras caminaba: tierras pantanosas, redes en las que podía caer, pozos ocultos que conducían a cavernas profundas; el peligro siempre sugería ser tragada por la tierra.
Entonces, más que nunca, odiaba mi nombre: Georgina. Pero es muy bonito, me reprochaba mi abue, ¿no entiendes lo que significa? Mujer de la tierra. La amenaza principal de llevar un nombre así es la cantidad de serpientes que se deslizan por donde sea que pise. En aquel juego, si resbalaba y descendía al interior de una caverna, tenía que permanecer dentro con los ojos cerrados por al menos unos minutos, simulando la oscuridad. Lo único que podía consumir para continuar el recorrido eran los gajos de mandarina que mi abuela ponía en una jarra de vidrio, en un lugar preciso donde les diera bien el sol. La regla más importante era que no podía matar a las serpientes, tenía que mover los pies de manera ágil y acompasada, interpretando pasos de baile. Así evitaba tropezar con sus ondulaciones.
La representación de la serpiente tiene abundantes significados. Según el Génesis, era la más astuta de todos los animales, quien incitó a la mujer para que comiera el fruto del árbol del bien y el mal. Por vivir en el desierto, entre los escombros, dentro de pozos y bajo la tierra, la serpiente conoce todos los secretos, puede predecir el futuro y concede el pensamiento científico. Además, varias tradiciones coinciden en darle fuerza lunar debido a que una vez cumplido un ciclo, se regenera y rejuvenece, por eso se piensa que tiene el poder de la fecundidad y son aliadas de las mujeres, pues se reconocen una a otra debido al ciclo menstrual. Entre las niñas de mi primaria, era muy comentado que usar el aceite de serpiente en el cabello hacía que luciera más bonito, brillante y terso, pero había un riesgo: si empe-zaba a llover, debías trenzarlo rápidamente y evitar que se mojara, pues, al contacto con la lluvia, tu coleta podía convertirse en una larga serpiente y enroscarse varias veces por tu cuello hasta ahorcarte.
Hubo un tiempo en que quise hacerme delgada hasta el exceso. Deseaba que alguien me cuidara con esmero, tomara posesión de mi cuerpo, me rescatara del sueño en la carretera, de aquel lobo, y me depositara dentro de una taza de agua tibia para reconfortar mi cuerpo. Deliraba con ese pensamiento, pero desistí pues nadie ha tenido fuerza para sacarme de esa pesadilla, y porque disfruto mucho más caminar sola, dar largos paseos en búsqueda de alguna cosa, equilibrar en ambas piernas mi peso cuando corro por las mañanas. Imagino que estoy bailando, pero esta vez mis muslos son las serpientes.
Ahora puedo distinguir los miedos que más me obstinan. Por ejemplo, tengo miedo a perder el control, a que un extraño me siga por los callejones que conducen a mi casa y que secretamente se meta en mi dormitorio por la noche. Pero, sobre todo, tengo miedo de pensar que alguien pueda hacernos daño; a mis amigas o a mí misma; es terrible porque la amenaza persiste, incluso cuando soñamos.
Con frecuencia, mis amigas me hablan de sus pesadillas.
Sé de alguna que despierta llorando cada que durante su sueño se transforma el rostro de algún personaje. Por ejemplo, estoy en un concierto con un hombre al que no conozco, pero que en el sueño me resulta conocido, dice ella mientras inclina su cuello hacia el pecho tratando de evocar lo que pasaba después. Al salir paseamos por un parque hasta detenernos un momento a conversar. Nos sentamos en una banca.
—No sé quién es —continúa—, pero me siento en confianza, nuestra plática es muy amena. Nos quedamos sin luz conforme avanza la tarde, los rasgos en el rostro del hombre empiezan a perderse hasta que no distingo nada más en la penumbra, solamente escucho su voz. Me asusta no poder mirarle la cara. Le pido que volvamos a la avenida, pensando que estará alumbrada —le alcanzo un vaso de agua para que fluya su relato—. Al volver, advierto que su rostro ha cambiado por completo y que ahora se trata de un sujeto muy distinto, ya no es el mismo —niega con la cabeza, ha llegado al punto de su sueño que la hizo venir a contármelo—. Lo miro incrédula, sin poder emitir palabra, mientras él me guiña un ojo de manera sarcástica, perversa, como si se burlara de mí, como si hubiera caído en una trampa.
La abrazo con mucho sentimiento y reconforto sus hombros, le preparo un té y le ofrezco un lugar en mi cama para que descanse, ¿qué más puedo hacer?
Otra amiga me ha contado que se sueña durmiendo junto a alguien que la abraza por la espalda. Enseguida advierte que no es normal, porque casi nunca duerme acompañada. Consciente de ello, quiere darse la vuelta para saber quién es, pero los brazos que la rodean la tienen sujeta con fuerza. Intenta zafarse pero es inútil. Grita hasta que siente que una mano torpe y rasposa la toma por las mejillas, tuerce su cuello y se aproxima sobre ella para besarla bruscamente. El sueño termina cuando ese beso le llena la boca de gusanos.
Nunca sé qué decirle, solo puedo darle un espacio para que ella hable de cómo le gustaba, cuando era niña, escarbar en la tierra y encontrar caracoles. Juntas, buscamos ilustraciones de larvas, orugas y crisálidas que se transforman en mariposas, poco a poco nos olvidamos de la pesadilla.
Otra amiga me ha contado: sueño que estoy en una casa vacía, parece un lugar muy elegante, tiene una es ca lera amplia, como de película. Baja corriendo una niña pequeña, tiene el cabello despeinado y lleva puesto el mismo vestido con el que me tomaron una fotografía hace muchos años. Se avienta a mí llorando, desconsolada, y me abraza por la cintura. Me encuentra tan sorprendida que la muevo bruscamente hacia el otro lado. La niña, furiosa, torna sus ojos y me muestra sus mejillas rojas, como si la hubiera golpeado con la palma de la mano al rechazar su abrazo. De repente se vuelve más pequeña, me patea las rodillas, me grita y me reclama por qué la dejé sola, por qué la abandoné ahí. Mi amiga llora, la abrazo fuerte pero no logro decir ni hacer nada, otra vez me quedo muda. Respiramos al mismo tiempo y con intensidad sacamos el aire que contenemos en nuestros úteros vacíos.
Temo por ellas. Las pesadillas de mis amigas también son mías.
Portada de “Mundo anclado”, de Alejandro Espinosa Fuentes. Ediciones contrabando, 2023.
Mundo anclado es una novela coral de casi 400 páginas en las que cinco voces en cinco tiempos dislocados reconstruyen a manera de memorias, diario testimonios, cartas, poemas y un peculiar diccionario de piedras el misterio del asesinato de la joven estudiante de letras, Mélida Areúsa.
Para Héctor Espinosa Pérez
In memoriam
Para Luis y Miriam
In memoriam
Para Daniela Barajas
In memoriam
JULIÁN SEGOVIA – DESHORAS (I)
Recuerdo cuando solía despertarme a deshoras para escribir lo que fuera, diálogos entre dos mimos recién jubilados, canciones de cuna para muñecas de plástico, cuentos de ancianos que no querían irse a la cama, la página doscientos veinticinco de una novela coral que cambiaría al mundo. Me gustaba comenzar con la frase: “Y así las cosas”, como si fuera la conclusión de un largo viaje; la historia arrancaba en un momento de serenidad con mi vida ya conforme.
Aún lo hago.
Son las cuatro y media de la mañana, hace años que no escribo de manera seria, tengo un trabajo que odio y que no me da para vacacionar en el Caribe, pero me sigo despertando a deshoras, pese a la ruina social y amorosa que es mi vida, me sobresalto con una idea inquietante: consejos de escritura para los jóvenes creadores, discursos de recepción de un premio importante, adivinanzas postapocalípticas. Hubo un tiempo en el que decidí ignorarlas y me pasaba la noche en un rincón del cuarto fingiendo que movía con la mente las manecillas de mi reloj descompuesto.
Y así las cosas.
O podría escribir que el caso sigue abierto, que aún no han identificado al verdadero responsable, o a la verdadera responsable, qué sé yo. A estas alturas no sé nada, o casi nada, sólo que la encontré adentro de la tina, recostada como si se hubiera quedado dormida al tomar un baño. Se me escapa el principio. Son colores y gritos apagados. El motor dejó de sacudirse, las llaves cuchichearon, de la puerta emergió un pie inseguro, un zapato lustroso que al bajar pisó un grillo. Y el grillo dejó de cantar. Había pocas estrellas en el cielo. Era una de esas noches nubladas en las que Marte parece un avión envuelto en llamas. Crujían las ramas al ritmo de mis pasos. Noche de ruinas chamuscadas, flotaba en círculos el humo de una chimenea de campo hacia el terreno vecino, el que una vez fue nuestro.
Pero me estoy adelantando.
Chirrió la madera podrida de las vigas, estaba helada la cerámica del piso, dos pasos al frente, seis a la derecha. Todas las luces estaban encendidas con excepción de la última, al fondo del pasillo. Flotaba un vapor culposo al interior del recinto, mi sombra se introdujo en la sombra embotellada de esa casa vacía; nos mezclamos en oscuridades polvorientas. Suspiramos. Tenté la pared del baño, sentí el interruptor viscoso, y en ese mismo instante o un instante después de presionarlo, vi mi mano manchada de sangre, sangre vieja, sangre color marrón. Seguí las gotas al piso de cerámica, donde había huellas sanguinolentas de un calzado menos elegante que el mío, uno más pequeño y tosco. Alrededor caían delgados ríos rojizos, el blanco ahuesado de la tina estaba también embarrado de sangre, era una imagen parecida a la bandera de Inglaterra. No sé si antes o después encontré la pastilla de jabón machacada, como si alguien la hubiera apretujado, alguien tenso, alguien que sufría, alguien que la dejó caer en cualquier sitio, porque su cuerpo sin vida se desmoronó al siguiente instante. Fueron tres disparos, pómulo, frente y mejilla, tres estruendos. Y el hombre vestido de etiqueta que era yo, el hombre que encontró ese cuerpo con el cráneo reventado por las balas, se dejó caer adentro de la tina, en la sangre de aquella mujer a la que alguna vez creyó haber amado.
Antes de interrogarme he de devolverle un poco de orden al pasado, muchos años atrás, cuando él ya no era joven y ella sí, cuando él tenía miedo y ella no, cuando él la miró de lejos y ella lo miró de vuelta, y ninguno de los dos sonrió, pero pienso que si se lo tuviera que contar ahora a un extraño añadiría el detalle de una sonrisa, o una media sonrisa. Lo cierto es que a mi edad uno se va quedando solo. A mi edad uno ya no encuentra a quién contarle estas cosas. El recuerdo de Mélida Areúsa, a estas alturas, me causa más cansancio que dolor, pese a que durante un tiempo la mera mención de su nombre o de una palabra parecida a su apellido me provocara vértigos y azarosas taquicardias.
Hablé con ella por primera vez en el pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el área común del primer piso a la que algunos llaman El Aeropuerto. Según los profesores más ñoños porque ahí se reunían los pachecos “a viajar”, aunque jamás vi a nadie fumar marihuana en esa zona tan desprotegida.
Ocurrió en ese tiempo que ahora llamo “mi juventud”, cuando yo, según esto, estaba ahorrando para un fantasioso viaje a Europa que jamás realizaría. Tenía un puesto de libros viejos en El Aeropuerto, ediciones pésimas que me daba vergüenza que se empolvaran en el librero de mi casa y que podía venderle a un precio excesivo a los fresitas de la Facultad. Los títulos pretenciosos y las portadas oníricas me llenaban el bolsillo al final de la jornada, aunque el dinero casi siempre me lo gastaba en cahuamas que me bebía en el Rocabar y muy pocas de mis ganancias las cambiaba a euros.
El Rocabar, por esos años, era una leyenda universitaria para los estudiantes que habían dejado la carrera trunca, como yo, como Cuautli, como el sabio Vallejo. Eran unas escaleras ocultas a un lado del Centro de Estudios para Extranjeros donde la seguridad universitaria no vigilaba o hacía la vista gorda y uno podía emborracharse en paz. A la fecha, hay quien todavía lo llama el Corredor Bonifaz Nuño porque fue el poeta quien mandó construir ese pasaje para que fuera más sencillo trasladar los libros de la Imprenta Universitaria a la gran Biblioteca Central. A ese tugurio invité a Mélida Areúsa a tomar una cerveza el día que nos conocimos.
Ella no bebía alcohol ni café. Me lo dijo casi como línea introductoria cuando nos presentamos. Mi puesto de libros estaba al otro lado de las escaleras, junto a los viejitos otomís que hacían una fortuna vendiendo chicles en período de exámenes y las chicas de Pedagogía que ofertaban sushi universitario; las pobres rara vez vendían más de una o dos bandejas, el resto se les echaba a perder y tenían que tirarlo, cosa que los grupos ecologistas veían con malos ojos.
Ahora que lo pienso, con más cansancio que dolor, tal vez la única razón por la que Mélida Areúsa reparó en mi presencia fue porque eran las seis de la tarde y el sushi universitario de las pedagogas ya empezaba a desprender un aroma fétido. Areúsa respingó la nariz como si alguien le acabara de mentar la madre y se dio media vuelta, tras la cual le fue inevitable verme detrás de mi puestito de libros viejos. Creo que se interesó por uno de Paul Auster, maestro de los títulos presuntuosos, y el tono chillón de las ediciones de bolsillo de Anagrama la imantó a mis dominios. Como buen vendedor, me limité a mirarla feo y a esperar hasta el último instante para recomendarle un ejemplar. Le tendí, con cara de pocos amigos, Los diarios del ron de Hunter S. Thompson y ella lo rechazó diciendo:
–Yo no bebo alcohol ni tomo café.
Me quedé paralizado y devolví el libro al recuadro correspondiente, donde alguien había rayoneado la frase: “En caso de Apocalipsis, puto el que quede”.
Los dos nos reímos al mismo tiempo. Al ponerme de buen humor, me vi orillado a confesarle que mis libros eran una farsa. Malas traducciones. Ediciones imprecisas. Dos jovencitos con gafas de pasta que merodeaban por el puesto se hicieron los desentendidos. Su fuga me hizo gracia y creí que ya era momento de presentarme.
–Soy Julián.
Hice un necio ademán con la mano, un gesto que haría unade esas personas que, sin hablar francés, exclama cosas como Voilá! o Oulala!
Areúsa se presentó de nombre completo y me contó que estudiaba Letras Alemanas. Ya estaba por hablarle de algún autor rebuscado de las oscuras letras germanas cuando me interrumpió para preguntarme si podía sentarse conmigo. Al parecer tenía que esperar hasta las diez de la noche a que su madre pasara por ella y no sabía muy bien qué hacer durante las cuatro horas de tiempo muerto.
–Te puedo ayudar a vender tus libros malos –me dijo.
Me recorrí para hacerle hueco en la banquita y se sentó demasiado cerca, lo que resultó en un inicio incómodo y después aletargante. Hubo más suspiros que silencio en ese par de horas que pasamos juntos custodiando mi puestito de libros. Sólo logramos venderle a una profesora dicharachera Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, una novela que ignoro por qué abunda entre los libros de segunda mano. Le compartí a Areúsa una teoría al respecto (en mi opinión nadie en el mundo lo había leído, pero el título era tan bueno que seguían imprimiendo ejemplares) antes de decirle que a las ocho solía recoger mi puesto para irme a beber al Rocabar.
Se me ocurrió proponerle que me acompañara.
–Puedes tomar un té o un Gatorade –le dije.
Yo, como de costumbre, me compraría una cahuama y tal vez una anforita de ron para al rato. Areúsa aceptó casi aliviada. Era evidente que las horas que faltaban para que la recogiera su madre la apesadumbraban. Me ayudó a guardar mis libros en esa mochila enorme que jamás me llevaría a Europa y caminamos juntos, como dos amigos de la infancia, por el pasillo de la facultad.
Ya en el Rocabar no tardaron en aparecer Vallejo y Cuautli. Surgían por generación espontánea, como si mi presencia fuera el conjuro que invocara sus almas en pena. Vallejo venía de su clase de Francés Medieval, una materia que había cursado tres veces sin resultados satisfactorios. Llevaba ocho años intentando terminar la carrera. Cuautli venía de trabajar en el metro. Tocaba la guitarra y cantaba cumbias melancolizadas en el primer tramo de la línea verde. Vivía al día, sacaba unos trescientos pesos con los que se pagaba un cuartucho de cobro cotidiano en el Centro, seis tacos de canasta y las cervezas que nos bebíamos en el Rocabar hasta que nos llovía, nos daba sueño o nos corría la seguridad universitaria.
Se los presenté a Areúsa como “mis amigos” y los dos se extrañaron, pues nunca antes habíamos calificado la inercia dipsómana que nos reunía cada tarde como una amistad.
–Él es Vallejo, estudia Letras Francesas –dije. Vallejo torció una sonrisa irónica.
–Y él es Cuautli, toca la guitarra y escribe poemas que siempre se le pierden.
Areúsa los saludó sin estremecimientos. Ellos se quedaron cabizbajos, bebiendo en silencio, como solían hacer cuando se aparecía una mujer bonita. Me vi obligado a conducir la plática, a darles vida a esos títeres inmóviles que no sentían la más mínima curiosidad el uno por el otro. Conté la historia del rayón y de los jovencillos filósofos a los que ahuyenté de mi puesto. Relaté la noche en la que convencimos a Cuautli de que la novela 1984 jamás había existido. Dije de Vallejo lo poco que sabíamos de él, que era un decadente decimonónico extraviado en el siglo XXI cuyo único punto de humanidad era su gusto ingobernable por los bimbuñuelos Bimbo.
–Antes de estudiar Letras Francesas, Vallejo intentó ser ingeniero –dije.
Él respondió:
–No mames.
Como no sabía casi nada de Areúsa, tras mencionar que otra vez se les había podrido el sushi universitario a las pedagogas, aproveché para preguntarle de dónde venía cuando nos encontramos en El Aeropuerto.
–De por ahí –dijo señalando a lo alto.
Para mi incierta fortuna, Areúsa, al igual que Vallejo y Cuautli en compañía de mujeres bonitas, también era una persona de pocas palabras. Me bebí lo que quedaba de mi cahuama a modo de turbochela y me sumé al silencio precavido.
La turbochela era un ritual de fraternidad gringa que aprendí en tercero de secundaria. Consistía en destapar la cahuama, agitarla cubriendo la boquilla con el dedo, empinarla a noventa grados y metértela a la boca para que un litro de cerveza te entrara al organismo sin que tu esófago pudiera rechazarlo. Algunos vomitaban acto seguido, lo más común era que te lastimara la zona derecha del cerebelo y te hiciera creer que llevabas tres noches bebiendo vodka. Como yo ya no era un niño, el resto de la cahuama ni siquiera me mareó. Era una medicina indispensable para que me diera la gana tolerar al mundo.
Areúsa me observó asqueada y, sin mirar la hora, dijo que ya se tenía que ir. Cuautli se levantó a la par y creí que le había nacido de otra vida un anticuado gesto de caballerosidad. Gritó que iba a mear y se fue sin prestarnos atención. Me levanté de un salto y le propuse a Areúsa que me visitara cuando quisiera en El Aeropuerto.
–Si no estoy ahí –le dije–, seguro estoy acá.
–Chido –dijo estampándome un beso indiferente en el cachete.
Le dio también uno a Vallejo y bajó las escaleras hacia el Circuito universitario, donde me imaginaba que estaría su madre a bordo de una vagoneta de señora, esperando a su princesita mientras escuchaba Horizonte o una estación de radio ñoña.
–Está muy chida tu rurru –me dijo Vallejo. No lo contradije y abrí la anforita de ron.
–¿Ya te la… acá? –preguntó revoloteando sus ojitos miopes, dando a entender que hablaba de sexo.
–Sólo una vez, hace mucho –mentí y cambié de tema.
¿De qué hablamos después? De lo de siempre: teorías conspiranoides de geopolítica, la banca inglesa, la dominación judía, algoritmos cibernéticos del FBI. Cuautli regresó silbando una cumbia guapachosa y, sin mujeres a la vista, actuó como de costumbre, es decir, se puso a decir pendejadas como merolico. Que si la poesía brasilera le llevaba ciento veinte años de ventaja a la mexicana, que el gran problema de México a nivel deportivo era que no teníamos negros, que quería escribir un análisis estructuralista de las canciones de José José y, entre otras cosas, dijo que mi rurru, o sea Areúsa, se había ido con el eminente filólogo Emilio Bazán, que tanto a Cuautli como a mí nos había dado clase en la carrera.
Debía tener casi ochenta años nuestro profesor, pero según Cuautli, de camino al baño, los vio en la Pasarela bien abrazaditos y se fueron de la mano hacia el volvo color verde que Bazán tenía en el estacionamiento de profesores.
–No entiendo nada –dije bebiéndome de sopetón mi anforita.
La Pasarela era el pasillo exterior de la Facultad de Filosofía y Letras donde muchos otros que tampoco terminaron la carrera y yo nos dedicamos durante los primeros cuatro años de estudios a ver mujeres a la distancia.
–Ya te la bajaron –se burló Vallejo. Cuautli acompañó su carcajada.
–Acéptalo, Julián, el pinche Bazán es mejor partido que tú, está bien ruco, pero tiene salario de investigador SNI.
Comenzaron a enhebrar teorías a mis expensas sobre los cientos de miles de pesos que debía ganar Emilio Bazán si sumabas su salario, sus prestaciones, sus becas y las regalías de sus libros. Entre los míos, en esa mochila que nunca me llevaría a Europa, tenía a la venta uno de su autoría. Era un manual de teoría literaria que me daba rabia por reduccionista. Y entonces pensé que tal vez Areúsa no se había acercado a mi puesto por la pestilencia del sushi podrido, ni porque hubiera algo destacable en mi persona, sino porque se encontró con esa edición y le dañó el orgullo cuando dije que los libros que vendía eran una mierda, porque entre éstos estaba uno de su amante, novio, esposo. Quién sabe.
Rebatí las burlas diciéndoles que lo mío con Areúsa no era nada serio y que ella podía acostarse con quien quisiera y yo también. Vallejo y Cuautli siguieron chingando, comparándome con el eminente filólogo Emilio Bazán, hasta que decidí dar por terminada la noche y volver a mi casa a no hacer nada, otra vez, por quinto año consecutivo.
Portada de “Mundo anclado”, de Alejandro Espinosa Fuentes. Ediciones contrabando, 2023.