Tierra Adentro
Ilustración realizada por Julissa Montiel
Ilustración realizada por Julissa Montiel

I. Time

Ceci cantaba. La miré mientras en las tripas me punzaba un ardor devoto: en ese entonces solían cautivarme con facilidad los esnobismos naturales de la adolescencia, como conocer un álbum y medio de Pink Floyd. Al ritmo de Time, sus dedos se deslizaban con precisión mecánica por el mástil de un bajo imaginario. El primero de los rasgos que la anticipaban por los pasillos de la preparatoria siempre fue el cabello negro, larguísimo, que se le movía en un bloque uniforme. Esa opacidad sedosa era tan identificable como un estribillo de la infancia. 

Ahí, sentada y con los audífonos puestos, encarnó una desgracia artificial: sin tener más de dos décadas encima, coreaba sobre un sol invariable que atestigua la vejez del cuerpo.

And then one day you find ten years have got behind you

No one told you when to run, you missed the starting gun

Tuve el buen gusto de dejarla terminar. Me vio acercarme y levantó una mano mientras se quitaba los audífonos con la otra. Al besarle la mejilla alcancé a olfatear, quedito, el aroma de su perfume de vainilla. Nunca me animé a decirle que con eso encima olía a Mantecadas Bimbo.

     —¿Listo?  

Lo preguntó sonriendo. Ceci nació en Cuisillos, el pueblito jalisciense que se hizo más o menos famoso por la banda homónima salida de ahí. Poco después de conocerla, quizá en algún momento en el que nos quedamos sin mejor tema de conversación, me contó la anécdota central del sitio. Hubo en su pueblo un par de compadres bastante ilustres, señores católicos de hacienda, eran inseparables, vaya. Un día, un niño los vio subir juntos al monte y los siguió, chismoso como cualquier persona de su edad. Ahí, entre los matorrales y el terregal, vio al Compadre Uno poner a gatas al Compadre Dos mientras le bajaba los pantalones de mezclilla. Antes de penetrarlo alcanzó a decirle: ¿Listo?

Por eso, en la Región Valles, el siguiente es un intercambio medianamente común:

     —¿Listo?

     —Listo no: preparado. Listos los de Cuisillos.

Yo estaba preparado, pues. Salimos de la prepa en busca de Roger, el estudiante del turno contrario que se había hecho famoso por escaparse de dos anexos en menos de seis meses, más amaestrado que redimido. No era un dealer en regla. Simplemente nos revendía la marihuana corriente que compraba en su colonia.   

Cargamos el tostón —nadie, por ese entonces, hablaba de onzas o medidas semejantes— mientras buscábamos alguna esquina para forjar. Era hierba fea, sin volumen, con olor a fluidos corporales dejados a fermentar bajo la luz del sol. La combustión resultaba un escándalo: advertía su presencia en toda la cuadra. Por eso, Sabritones en mano, solíamos caminar hacia un lote baldío que se encontraba a espaldas de la escuela. Yo la veía lamer el papel arroz

 desde una distancia que nunca supe atribuir a la fascinación o al nerviosismo.

II. Chasquido

Ceci cantaba. Su paso tenía la marca del desenfado con el que van por la vida quienes saben que están haciendo lo incorrecto. Temeroso y emocionado, durante las tardes que compartimos aprendí que incluso la ética admite licencias: sólo en alguien con su carisma el cinismo podía resultar atractivo.  

Nuestro paseo tenía la venia del prefecto. Alguna infección estomacal nos hizo el favor de librarnos del profesor de Filosofía y, con el horario libre, ganamos permiso de retirarnos a casa. Como siempre, Ceci nos tenía planeado un circunloquio.

Nunca rebasé ese primer acercamiento ocurrido en la adolescencia. Tan proclive a las taquicardias, tan vulnerable a las descompensaciones de la realidad, he rehuido puntualmente a los polvos y las pastillas. Prescritas por un hombre en bata, mis drogas comunes han sido más bien paliativos del estrés y la ansiedad: benzodiacepinas e inhibidores de la recaptación de serotonina. No he buscado aventurar palpitaciones o delirios, consciente de que los ataques más sencillos bastarían para romperme.

A pesar de la cautela, he seguido al tanto de las convenciones con las que, quienes me rodean, procuran deformarse los sentidos. Hay una práctica curiosa, que se repite: los emprendimientos de narcomenudeo, coordinados casi siempre por Telegram y WhatsApp, ofrecen menús coloridos que se abocan en aclarar que el origen de sus productos está en el autocultivo. Las estampitas de Hello Kitty y su estética de la ternura, acaso, pretenden apaciguar las conciencias veinteañeras que consumen cepas de marihuana con nombres frutales, radioactivos. La hierba manchada de sangre no parece llevarse bien con el veganismo y la lucha de clases.

Como suele ocurrir en todo mercado, abunda el simulacro. Cada tercer día se desenmascaran “negocios autogestivos” que surten su catálogo de manos de la plaza local. Ni siquiera en las facultades de humanidades se ha logrado evadir la dinámica del consumo supeditado al crimen organizado.

El prohibicionismo y la peste del pánico moral han orillado a los compradores a conformarse con productos furtivos, de baja calidad, potenciados en su peligro por culpa de la poca estandarización y la tendencia a contaminarse, diluirse, cortarse.

Pero a los dieciséis años uno no piensa en muertos ni estadísticas. Piensa, apenas, en el alcance de los cincuenta pesos que carga en sus bolsillos.

Llegamos a una vecindad diminuta, estrecha, con la arquitectura encimada sobre sí misma. A las dos hileras de casas que se miraban fachada contra fachada las separaba apenas un corredor angosto y enlamado a fuerza de mojarse por fugas de agua no atendidas.

Aunque lo usual era llamar con un silbido, Ceci optaba por chasquear la lengua, incapaz de emitir con los labios un ruido competente. Mi presencia no contribuía en el canje: era apenas una sombra tímida, escondida tras la chica pelinegra que no tardaba en desembolsar tostón a cambio de tostón, parada frente a una puerta discreta.  

III. Arcos

Ceci cantaba. Ya bien entrado El madrileño, C. Tangana parecía seguir sufriendo por la ausencia de las nalgas de su exnovia. Cinco años después de la primera vida que compartimos, la bajista que me había lampareado los tanates con rock progresivo gritaba en el asiento del copiloto, ventanas abajo:

No puedo más que pensar

En tu culo al pasar

Rebotando

Y en tu forma de atarte el pelo

Con una cola, para atrás

La recogí en su casa. Su familia —americanista toda— celebraba la derrota de Chivas ante el Atlas en los cuartos de final. Ella emergió del griterío vestida con un cárdigan de lana blanca, holgado, a lo Taylor Swift. Me sorprendió ver que los años la habían obligado a usar lentes. Conservaba el corte, el largo del cabello. Después de terminar la prepa habíamos cruzado la mirada sólo un par de veces. Nos animamos a salir de nuevo un día en el que, sin planearlo, volvimos a toparnos bajo las luces de un bar repleto de universitarios.

Me saludó como si no tuviéramos media existencia que contarnos:

—No mames, parecemos una pareja de lesbianas.  

Sólo hasta entonces me volví consciente de la camisa hawaiana que llevaba encima.  

Nos pusimos al tanto el uno del otro de camino al cine. Pasaron minutos para comprobar que la Facultad no había bastado para mermarle los ánimos ni reprender la soltura con la que derramaba su voz y su energía. Tras el suéter y la miopía seguía siendo ella, insolente, solar.

Esta no es la crónica de las caricias espontáneas que intercambiamos en la oscuridad de la sala de proyección, ni del beso apresurado que tardó cinco años en concretarse, cubiertos ambos por las luces de un estacionamiento subterráneo.

Esta es la crónica de mi imbecilidad habitual.

Llamamos libre albedrío a nuestro derecho de ignorar las advertencias que nos manda el cielo. El primer acto negligente de la noche fue resistirme a razonar que, quizá, no era la mejor de las ideas tomar el auto de mi padre sin su permiso, aprovechándome de las vacaciones en las que estaba y de las que no volvería en días. La cita se convirtió en un error acumulado cuando obedecí sin más la petición que me hizo Ceci mientras se removía en el asiento:

—Llévame a un paro.

Lo dijo cuando estábamos por tomar Anillo Periférico, enfilados hacia su casa. No había perdido la costumbre de improvisar rodeos en nuestros planes.

No quería un favor: paro es la palabra que usó para referirse a lo que otros llaman punto. Hablaba, claro, del paro de Arcos de Zapopan.

Estacioné el carro en una calle vacía, a espaldas de una unidad deportiva del municipio. Quienes rompían el silencio transitaban hacia el mismo lugar que nosotros dos. Otra vez me encontraba caminando tras la espalda de Ceci, disminuido a una silueta informe que no tenía otra labor más que la de testigo de una compra.

Son curiosas, las comodidades de la corrupción. Distanciada por unos cuantos metros de un puesto de tacos, una carpa se alzaba bajo las farolas ambarinas del vecindario, repleto de edificios departamentales venidos a menos. En el sitio, las cosas transcurrían con la tranquilidad de lo que no se cuestiona. Dentro del orden de la noche, nuestra presencia era el único elemento que permanecía sin encajar.

Ceci pidió una onza de una cepa híbrida, de precio desorbitante (o al menos lo era ante la óptica de mis recuerdos de adolescente). Se la entregaron en el interior de un pequeño frasco traslúcido sellado con una tapa de aluminio. Al abrirlo, de su interior emanó un rumor hipertrofiado que dejaba en ridículo al aroma ácido al que me había acostumbrado años antes. La hierba, procedente de invernaderos refinados, había logrado perfeccionarse tras varias generaciones de siembra dirigida.

Desde fuera del barrio llegaban los ruidos de la ciudad: cláxones traslapados entre las canciones de bocinas estruendosas, alaridos de los atlistas que celebraban su triunfo reciente. En mi interior resonaba la emoción de saber que las cosas habían salido bien. Hasta que nos dimos cuenta de que el carro no estaba en el lugar donde lo estacioné.

A esas alturas, quien lo conducía ya nos habría aventajado un municipio. Sin papeles a la mano y sin saberme de memoria las placas, asumí que no habría denuncia alguna que permitiera, al menos, ubicar su ruta de escape. De recuperarlo ni hablar.  

Ceci sufrió su culpa en silencio.

Habíamos comprado una onza mutante a cambio de quedarnos varados en medio de la noche y de la soledad urbana. La nada de concreto, el silencio paranoico. Del otro lado de la ciudad, del otro lado del calendario, me esperaba un problema mayúsculo.

Aplacé la angustia de mi futura cita con las represalias dándole un par de caladas al cigarro de consolación que me ofreció Ceci.

Tosimos sin decoro alguno, tirados en la banqueta oscura.

Me debatía entre la euforia y el llanto cuando nos distrajo un grito seco que colonizó el aire de la calle.

—Ya llegué, le dije que no me tardaba.

Tras el marco de una de las puertas del carro distinguí un par de capas de mugre que configuraban algo similar a un rostro. Entre la oscuridad se asomaba una boca oblicua, sesgada como la de quienes experimentan un derrame. Pero los dientes barrenados, la lengua parda, funcionaban con una gramática defectuosa que no correspondía a los accidentes cardiovasculares, sino a la sedación.

—Le dije que no soy ningún puto ladrón, a la verga. Y usted chingue y chingue como pendejo. Ahí está su mamada, hombre, ahí está.

El tipo bajó del auto y, sin tambalearse, sacó del asiento trasero una televisión arcaica, jorobada. Los componentes de su interior emitían ruido como si se hubieran dislocado después de la turbulencia del camino. Él la sostuvo sobre los hombros, plantado en el suelo como un profeta.

—Ustedes nunca me creyeron. Valen verga. Les dije que la tele es mía, mía. Por qué se la va a quedar ella si es mía.

Se dio la vuelta mientras explicaba que no iba patrocinar el entretenimiento de tres hijos que no eran suyos. O que al menos no le constaba que fueran suyos.

Cuánta razón en tan poco cuerpo.

Mareados aún, Ceci y yo nos acercamos al carro como si su carrocería fuera un espejismo metálico. Pero el hedor resultó más real que cualquier persona en varias cuadras a la redonda. Del asiento se evaporó un perfume que mezclaba solventes y humedad, empotrado hasta el fondo del tapizado.

Añoré el olor a mantecadas durante el abrazo que nos dimos antes de abordar.

Ya dentro, constaté que el bombín de arranque estaba desecho: ninguna llave lo activaría, convertido en un par de cables que debían hacer contacto para encender el motor.

Calculé, más que las calles y el tiempo de regreso, el dinero que me costaría arreglar el carro sin que mi padre se enterara. Lavaría los asientos como si el cochambre fuera sangre inculpadora.

Al llegar a casa, antes de darme un baño o de bajar avión o de gritar o de arrancarme un mechón de pelo, bloquearía a Ceci en todas las redes sociales existentes y borraría su contacto de mi teléfono y de mi vida.

Chasqueó la boca cuando tomó el cable auxiliar y lo conectó a su celular. Presta a que la devolviera con su familia, reprodujo un ensamble de guitarras soporíferas que no pude distinguir hasta que de las bocinas surgió la voz de Roger Waters.  

Quizá esa fue la última advertencia de la noche.

—¿Lista? —le pregunté mientras movía la palanca de velocidades.

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Fotografía cortesía de la autora
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