Parece ser lo más común del mundo, algo que te pertenece y que se usa de forma omnipresente en cómo te comunicas diariamente. La usas. La escuchas. Está ahí todo el tiempo y la das por sentado. Ella media tu vida social, mucho más que los segundones, la palabra escrita. Habitas un mundo de lleno de sus ecos y hay días en que te es difícil abrirte paso en el laberinto de las demasiadas que te invaden como hostiles proyectiles. Hablas todos los días, pero casi nunca la consideras, la piensas, la cuestionas.La voz es un alienígena.
Están las voces que viven en ti. Y las que, aunque son tuyas, parecen surgir de afuera. Diálogos entre las voces. Diálogos entre tus voces y las voces de otros. Conversaciones entre tus múltiples voces y el ejército de voces de los demás.
En su forma más habitual, concebimos a la voz como el soporte material del lenguaje, como la maleta en donde el emisor empaca los mensajes en un cierto lenguaje para que después (de los retrasos enormes que sufre, por ejemplo, en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México luego de que los perros le bailan encima) se reciban (o no) en su destino, siempre más desarreglados, magullados y sucios que lo que originalmente se envió. Es el núcleo básico de la comunicación. Pero la comunicación y la manera en que producimos sentido no tienen nada que ver con la voz. Rara vez pensamos en la maleta (excepto cuando se pierde o no llega—la afasia; o cuando se usa con otro propósito y aparece de otra forma—el canto, la poesía).
Primero presto atención a tu tono de voz, a tu acento, a tu timbre, a tu cadencia. Pero una vez mi cerebro se ajusta al artificio, peculiaridad y características absolutamente únicas de tu voz (en vez de la singularidad de las huellas dactilares, “mi voz es mi contraseña” como te requieren los bancos), dejo de prestarle atención. Entonces sólo registro el significado que transmites. Y se me olvida tu voz y tu contraseña.
La voz y su materialidad desaparecen en el significado que transmiten. “Si hablamos para decir algo, entonces ella es precisamente lo que no puede ser dicho”. Es “la materialidad en su forma más intangible y por consiguiente más tenaz”. 1
[Si mi transcripción siguiera el ritmo de mis grabaciones serían un largo bloque continuo o una serie de líneas llenas de espacios vacíos, cuando hay dudas. Anotar las grabaciones requiere, para mi proceso, colocarlas como si las escribiera en una partitura, como si estuviera armando un poema con las piezas de mi decir, sin modificar lo dicho pues le quiero ser fiel a las palabras y también a lo que no quería decir, pero dije (excepto cuando hay frases demasiado redundantes). Solamente corto el verso, la cadencia, añado signos de puntuación y espacio a lo que no lo tiene, a lo que es una grabación libre que no se concibió para que la capturara su demiurgo, la escritura]
Nota de una grabación para Habilitación, #22
Por culpa de Armando, comencé a escuchar hace años (y cada vez que estaba atascada en el tráfico hacia la universidad, es decir casi todos los días) el programa de Martha Debayle. No vi su fotografía sino hasta años después y me sorprendió como nunca antes la falta de correspondencia entre su voz y la imagen que yo me había creado de ella en mi mente. En mi imaginación, era otra persona, totalmente diferente. Nunca me pude adaptar ni aceptar que hay una persona real de la que sale la voz, que esa que veo en las fotos (que desconozco) es la que me parece tan próxima en la radio. De pronto, una voz se vuelve compañía, pero para lograrlo, se tiene que despersonalizar. Desapegar de su persona.
Es absurdo, te dices, “esta voz no puede surgir de este cuerpo”, “no suena en absoluto a esa persona”. O “esa persona no se parece para nada a su voz”.
La voz es un objeto parcial (Lacan, obviamente).
[arrogante]
La voz es algo que está afuera y que constituye el punto ciego de una narrativa.
Ahí en donde el sujeto puede ver, analizar, representar, conocer a la voz como un objeto, esto solo sucede porque ya hay algo del sujeto en el mundo de los objetos. Es decir, una parte del sujeto se disuelve en el mundo de los objetos.
Esto me hace pensar por supuesto que, para que yo pudiera ser un sujeto fuera del hospital, necesitaba que parte de mí,
como sujeto,
se disolviera en el objeto-contención-de-la-prisión-hospitalaria.
Y solo así me constituí como un sujeto, porque una parte de mí estaba en ese adentro, aunque yo me imaginaba del otro lado.
Es un corte radical que sucede a través del cual es posible ver ambos lados:
el sujeto es excéntrico a su propia constitución.
Yo en el mundo de afuera y en el mundo de adentro era otra.
No era un sujeto, sino un objeto: “eres una máquina”.
…
¿Tuvo esto que ver con el quiebre?
…
Por culpa de Armando, comencé a escuchar hace años (y cada vez que estaba atascada en el tráfico hacia la universidad, es decir casi todos los días) el programa de Martha Debayle. No vi su fotografía sino hasta años después y me sorprendió como nunca antes la falta de correspondencia entre su voz y la imagen que yo me había creado de ella en mi mente. En mi imaginación, era otra persona, totalmente diferente. Nunca me pude adaptar ni aceptar que hay una persona real de la que sale la voz, que esa que veo en las fotos (que desconozco) es la que me parece tan próxima en la radio. De pronto, una voz se vuelve compañía, pero para lograrlo, se tiene que despersonalizar. Desapegar de su persona.
Es absurdo, te dices, “esta voz no puede surgir de este cuerpo”, “no suena en absoluto a esa persona”. O “esa persona no se parece para nada a su voz”.
Nota de una grabación para Habilitación, #16b
Grabo aquí en un nuevo mundo.
Y creo que empecé a hacer esta serie de grabaciones porque me parece que, mientras que en la escritura tengo mucho menos censura, en el habla, eeeem, tengo un DIQUE, vaya, una MURALLA CHINA ENORME que no me permite expresar tantas cosas que están dentro de mí.
Entonces es muy raro porque cuando paso por el habla
hay pausas,
hay dudas
(excepto si estoy en una de esas fases en donde sólo hablo, amilporhorasindudarlo).
Hay timidez.
Hay vergüenza.
Y todo aquello que por lo demás intento evitar y no mostrar. Y por lo tanto no lo quiero mostrar y que sea algo que me confronte cara a cara, o boca a boca. Es mucho más difícil de expresar.
Entonces por eso empiezo esta serie de grabaciones.
Y porque pienso que ahí puede estar en gran parte y en gran medida la parte externa de Habilitación.
Espero que poco a poco pueda al menos escucharme de una manera diferente mientras hablo, y por lo tanto descubrir otras zonas, que no me permite descubrir la escritura.
La mayoría de las personas van a la escritura para tener otra expresión que no es la del habla y yo voy al habla para poder tener otra expresión que no es la de la escritura. —Quizás aquí sea más seria, menos juguetona, más contenida y censurada—. Por ahí va esta apuesta de las grabaciones.
Y la otra parte interesante es que te permite regresar, volver a escuchar. Escucharte a ti mismo como a ese objeto que tiene un cierto efecto de extrañamiento en donde tu voz ya no es tu voz, sino que es algo que se capturó en un dispositivo. Por ahí va.
Después de la invención de la radio, el gramófono, el teléfono y el grabador, se perdió la cualidad acusmática de la voz.2 Es decir, por culpa de las tecnologías de la comunicación se perdió el misterio acusmático de escuchar sin ver la fuente sonora. Adiós al misterio, bienvenida la desacralización.
Se cuenta en un mito (que al parecer es falso, como todos los buenos mitos) que Pitágoras, preocupado porque su apariencia física y sus gestos podrían distraer de su mensaje a los estudiantes, decidió dirigirse a sus sectarios detrás de un velo que lo ocultaba. Quienes tenían derecho a participar, eran los llamados mathēmatikos (los “científicos”). Y quienes escuchaban desde afuera, eran los akousmatikoi (los “escuchas”). Dicen que estas dos posturas luego dieron lugar a dos sectas pitagóricas: los que transmitieron los aspectos científicos de la doctrina de Pitágoras (matemáticos) y los que observaban en la práctica los rituales esotéricos y las reglas pitagóricas, interpretando los aforismos y dichos del maestro (acusmáticos).
La modernidad y la tecnología de las grabaciones se deshizo de los acusmáticos, queda muy poco de los efectos siniestros que produjeron en un inicio las tecnologías de los medios de comunicación. Lo acusmático se volvió banal, común. La sagrada fuente pitagórica ya no está, solo hay un artefacto técnico de donde emanan las voces. El aparato toma el lugar de la fuente invisible.
Mladen Dolar cuenta al respecto la famosa historia que Proust relata en la cual por primera vez usó el teléfono para comunicarse con su abuela. Extrañadísimo de escuchar la voz de una anciana, no pudo reconocerla, a pesar de que sabía que era ella. Sintió tal ansiedad que tuvo que regresar con urgencia por tren a la casa de su abuela para verificar que la voz que había escuchado era la de su abuela, que de su cuerpo surgía esa voz. Pero nunca más pudo volver a concebir a su abuela de la misma manera luego de haber escuchado esa voz de una anciana sin cuerpo.
La grabadora es un instrumento que permite captar un momento temporal de forma que se pueda reproducir. Multiplicarse y tener hijos (otras versiones), transmitir y reiterar, repetir. Siempre en otro momento. Sonsaca al pasado de su presente para capturar la materialidad más intangible, la voz.
No hay experimento más tortuoso que el de grabarte y luego escucharte. Oírte hablar. La voz en ese momento es realmente ese alienígena que te habita. Y tú eres su ventrílocuo. Tú eres el muñeco autónomo que es puro cuerpo. Y por otro lado está tu voz, que emana de otra fuente. Incluso si veo la abertura de tu boca. Tu cuerpo es un muñeco autónomo, tu voz está en otro lado: entre el lenguaje y tu cuerpo. Pero no le pertenece a ninguno de los dos. ¿Y si fuéramos nosotros los que tenemos una marioneta en nuestras entrañas, la voz?
Nota de una grabación para Habilitación, #37a
[Entre lágrimas y dicho muy rápido]
“No tienes que hacerlo sola, hay alguien que te acompaña”.
El momento afuera del hospital como un momento de desborde, de líneas de fuga. Delinear el cuadro que ella tenía en el consultorio. Un cuadro de figuras geométricas, un círculo “solar”, y con líneas como cables de luz que obsesivamente delineaba para poder contenerme. Cortarme como una forma de contenerme, delinearme, darme un límite que no tenía. Antes del hospital, el desborde. (((((El hospital pone límites, contiene, intenta suprimir, encierra eso que se desborda)))) También su florero. Lo delineaba obsesivamente: un fondo y un adelante unidos. Quizás ahí está la clave de ese dentro y afuera. ((((La banda de Möbius))))
La escucha, lo mejor desarrollado de alguna manera, porque es lo que no tengo o siento que no tengo. Se trata de escuchar, no oír, no entender, pensado desde esa frase de Lacan, “dar lo que no se tiene a quien no es” (pero no quisiera añadir esta última parte de la frase porque soy egoísta y no quiero que haya nadie, solo la falta). Dar lo que no tengo, que es la escucha. Quizás por eso sea tan buena escucha.
Pero también las dificultades de decir el no poder decir; el no poder poner en palabras.
Porque se atora en el cuello, en… Escribir como… como algo que tiene un ritmo…y un aliento y… ahí la escritura,
el ritmo tiene que ver con el corazón, con ese palpitar que uno escucha hasta en la noche
que también me recuerda la mortalidad, el ¿Qué pasa si esto se detiene?, EL RITMO.
Y luego el aliento, que tiene que ver con respirar. No respiro desde el estómago, sino sobre todo desde el pecho, que es un respirar entrecortado, más como mi ritmo, que no viene de mis entrañas.
O quizás cuando hablo sí.
Y la escritura como aliento.
No puedo escribir, encontrar la forma porque no hay un afuera, porque la narración no contiene lo de afuera porque lo de afuera es el puro desborde y no lo puedo contener y por lo tanto me cuesta tanto escribirlo, porque no se puede narrar, no se puede contar. ((((Y algo atorado en la garganta y las lágrimas que vienen por el miedo, por el miedo de desbordarse y caer en el hoyo negro, que al menos se puede apalabrar y antes no se podía ni nombrar))))
Y ella me habla del eclipse.
No sabía que tiene que ver con su escucha que me ha acompañado por tanto tiempo, incluso en los silencios, en el dolor, en los momentos en los que no me puedo contener y necesito estar en compañía, aunque yo tenga que pelear con los molinos (“molino de viento/Molino de aliento/ Molino de cuento/ Molino de intento/ Molino de aumento/ Molino de ungüento/ Molino de sustento”). Poemas que guardo en las entrañas.
Recientemente, Geraldine me envió la mejor postal y mensaje del mundo desde la casa y consultorio de Freud (Berggasse 19) en Viena. Su escritura es un regalo que se cuenta a cuentagotas. Después, me envió algunas fotografías. E intercambiamos mensajes sobre cómo cuando Freud se estaba quedando sordo de un oído, tuvo que modificar cómo se posicionaba con relación al paciente. Es la primera vez que me vuelvo consciente o me entero de la sordera de Freud. Y leo entonces que después de una serie de cirugías, se quedó ciego del oído derecho y tuvo que cambiar el acomodo del espacio, y que en 1923 movió el diván hacia otra pared.
No puedo evitar pensar en lo que se dice hasta el cansancio: el dispositivo analítico es el habla y la escucha, y luego la transferencia, etc. La famosa “terapia del habla”.
Y es obvio, pero no es tan obvio, que el dispositivo analítico tiene también que ver con la voz. El analista de alguna manera deja de ponerle atención al cuerpo en frente de él, acostado en el diván, para poder enfocarse en su discurso, puntuar lo que se dice, o lo que el lenguaje dice (a través del cuerpo, esa marioneta). Como si se pudiera separar el sentido del cuerpo, la voz del cuerpo, gracias al diván que lo suspende. Es una dimensión en la que el psicoanálisis está menos cómodo, en el cuerpo (y sus afectos, su materialidad), porque necesita suspenderlo para escucharlo. (¿Y para restaurar el efecto acusmático a través de la voz del analista?)
Pitágoras y el oráculo fueron los primeros analistas (detrás del velo, detrás del diván, voces sin cuerpo).
También surge otra pregunta, secundaria y menos interesante: ¿Cómo puede ser que Freud y Beethoven, los grandes maestros de la música y la escucha, se quedarán sintomáticamente sordos? Escuchaban demasiado.
(En mi caso, ¿La terapia es para el habla que no está o que se oculta, tímida, detrás de las faldas de la escritura?)
Porque muda ya he sido. Un día me voy a quedar sorda.
El nombre de William Somerset Maugham, hoy en día, dice poco o nada a los lectores mexicanos; sus veinticuatro obras teatrales, que a principios de siglo XX revolucionaron los teatros londinenses; las veintiún novelas, que en su momento se vendieron por millones; más de cien relatos, por los que llegó a ser considerado uno de los grandes maestros del género, así como su obra ensayística, en la actualidad se encuentran sumidos en el más penoso olvido.
El que fuera, para John Le Carré, “el estilista narrativo más refinado de su época”, “el escritor contemporáneo que más me ha influido”, según George Orwell, un narrador admirado por Hemingway, Truman Capote, Anthony Burgess, W. H Auden y por el gran crítico literario Ciryll Connolly, no tuvo la misma suerte de ser parangonado en la historia de la literatura con el mismo prestigio que Joyce, Faulkner, Woolf o Thomas Mann. ¿A qué se debe esta renuencia por parte de la crítica especializada a incorporarlo en el canon de los grandes escritores del Siglo XX?
En parte, puede que se deba a su cinismo. Él mismo dijo en las postrimerías de su vida: “Soy el mejor de los escritores de segunda”. Es posible también que su prosa, diáfana y “legible” (debe ser el autor de temáticas existenciales más popular), lo aleje de ese oscurantismo y esa aura misteriosa que todo autor prestigioso posee. O bien puede ser que su fracaso futuro se lo deba al colosal éxito que tuvo su obra en vida: la crítica lo consideró un bestseller pasajero, su prosa se abarató en inocuas versiones cinematográficas que, si bien siempre han contado con un excelente elenco y producción (Bettie Davids, Bill Murray, Jeremy Irons, Sean Penn, Edward Norton) y son bien consideradas por la crítica, diluyen la esencia vital de sus libros, convirtiéndolos en meros argumentos sentimentales.
¿Se puede caer en el olvido por una sobredosis de celebridad? El mismo Maugham lo explicaba al hablar de su maestro Rudyard Kipling, uno de los mejores cuentistas de lengua inglesa, premio Nobel, éxito en ventas, cuya obra, con el cambio de siglo, comenzó a ser considerada imperialista y dejó de estar de moda (“fashionable”). Sin embargo, la obra de Maugham, sin ningún detrimento hacia la de Kipling, nunca estuvo relacionada con la politiquería: “Pienso que los escritores que, con la idea de estar escribiendo una novela, escriben un documento social están extremadamente equivocados”; y la obsesión que lo impulsaba a escribir lo orillaba constantemente a metaforizar el viaje fracasado del ser despojado de todo bien material que busca el desarraigo para descubrir el sentido estético de la vida; un tema que une sensiblemente sus novelas con Retrato del artista adolescente, La montaña mágica o Una habitación propia.
En el 150 aniversario de su nacimiento, Somerset Maugham (París, 1874- Niza, 1965), el más desarraigado de los escritores ingleses —pues nació en Francia, estudió en Alemania, pasó la mayor parte de su vida viajando por las islas del sudeste asiático y terminó sus últimos días en el mediterráneo— parece estar más vigente que nunca. Su obra se lee en cierto grado como documento histórico, pero las pasiones y conflictos que ésta desata parecen surgir del siglo actual.
Su vida también está siendo redescubierta por algunos escritores jóvenes, que encuentran en él mucho más que a un simple escritor de bestsellers, sino a un espíritu atemporal, un observador decadente brutalmente honesto, un escritor que siempre escribió e hizo lo que le dio la gana. La casa de las puertas del escritor malasio Tan Twan Eng, considerada por numerosos medios la mejor novela del año 2023, es una libre recreación de los días más dolorosos de Maugham en el sudeste asiático donde el escritor, asfixiado por un matrimonio infeliz y forzado, habiendo escondido durante muchos años su homosexualidad, pierde todos sus ahorros y busca desesperadamente una historia para escribir un nuevo libro que lo saque de su penuria.
Porque para Maugham la escritura siempre era obcecación: “Yo no escribía por gusto; escribía para liberarme de una obsesión insoportable”. Todo lo escribía a mano, cada obra la reescribía hasta tres veces antes de encontrar resultados satisfactorios o sencillamente hasta que pensaba que quizás todo estaba mal, pero era lo mejor que podía hacer. Debido a su temprana orfandad, nunca tuvo una casa, viajó la mayor parte de su vida. Maugham fue sin duda un autor de ideas complejas, psicologías exóticas, temáticas antisistema, pero su prosa era clara y sencilla de leer. Decía que todo lo que sabía de la conducta humana lo aprendió en los cinco años que pasó como médico en el hospital St. Thomas, ya que los humanos siempre tienen una máscara y es en la enfermedad o cerca de la muerte donde revelan su verdadero ser. Sus novelas surgían a través de dudas que lo inquietaban o lo atormentaban y, tras ponerlas por escrito, dejaban de atormentarlo.
Escribió obras de teatro durante quince años sin conseguir que aceptaran ponerlas en escena, hasta que, a la edad de 34 años, por accidente (“soy esclavo de los accidentes”, decía), logró que una de sus obras fuera representada y el éxito fue inmediato, al año siguiente ya tenía cuatro obras más en cartelera; algo que no logró ni siquiera Oscar Wilde.
Su primera novela Liza de Lambeth (1897), una novela proletaria semejante al cine de Kaurismäki sobre la relación de una joven que trabaja en una fábrica y un viejo casado, tuvo un éxito inmediato, pero Maguham, si bien llevaba una vida ostentosa, nunca dejó que el éxito se le subiera a la cabeza. Cuando su amigo, el escritor estadounidense Sinclair Lewis dijo que “los escritores ingleses eran malísimos y servían los cocteles calientes”, Maugham se ofendió, “no por aquello de que los escritores ingleses fuéramos malos, sino porque yo le preparé muchos cocteles y me pareció que Lewis los había disfrutado”. Eso habla del tipo de personaje que era.
Si bien la obra de Maugham es vasta y casi toda excelente, comenzaré a continuación un breve recorrido por las que considero que son sus dos grandes novelas: Servidumbre humana (1915) y El filo de la navaja (1944), no sin antes mencionar sus convulsivos libros de cuentos El impulso creativo y otros cuentos (Atalanta, 2017), algunos de sus relatos en las islas del Pacífico que la editorial Sexto Piso conjuntó en El temblar de una hoja (2008), el libro que contiene uno de los más logrados relatos de la lengua inglesa, Lluvia y otros cuentos (el cual también incluye “El mexicano lampiño”, un intrigante relato de espías, que recuerda los tiempos en que Maguham se desempeñó como doble agente para el gobierno británico); así como las novelas breves El mago (1904), una caricatura de Aleister Crowley que le valió que el mismo Crowley lo demandara por plagio, El velo pintado (1925), genial relato pandémico en el que una pareja adúltera en Hong Kong decide extinguirse en un sanatorio donde está desatada la peor crisis del cólera, Don Fernando (1935), sobre los años que pasó en Sevilla, La luna y seis peniques (1919), una novela que reinventa la vida del pintor Paul Gauguin, cuando lo dejó todo en Francia para irse a pintar a Tahití y, por último, The Summing Up (aún no editado en español), unas geniales memorias literarias donde Maugham desentraña con honestidad todo lo que piensa y cree de la literatura.
Of Human Bondage – Servidumbre humana
Esta novela de casi 700 páginas fue un parteaguas en la carrera literaria de Somerset Maugham, Servidumbre humana terminó de escribirse en los albores de la Primera Guerra Mundial y su autor pensaba que a nadie iba a interesar una bildungsroman (novela de aprendizaje) centrada en un personaje con un pie deforme que no hace más que vagabundear por Europa en busca del sentido de la vida.
Huérfano desde el nacimiento, Philip Carey es enviado a vivir con su tío, un ministro anglicano, fanático y egocéntrico que no le permite más que comer un huevo duro al día y acudir a escuchar sus sermones religiosos en la iglesia. El niño tiene un pie deforme que le provoca una cojera y sufre en la escuela el acoso permanente de sus compañeros:
“Todos tienen un defecto físico o moral, el mundo era como un hospital sin poesía ni prosa”. (659)
Philip no tarda en descubrir que ese defecto físico es señalado por sus interlocutores cada vez que se enfadan con él, se trata de un punto débil que con el paso del tiempo se naturaliza, pero que, en cada una de sus relaciones, ya sean académicas, laborales o amorosas, prorrumpirá nuevamente para herirlo. El niño se abstrae en los libros, su hipersensibilidad no le permite desarrollar amistades duraderas, pues siempre se siente traicionado por todos:
Insensiblemente, se formó en él el más exquisito hábito humano: el hábito de la lectura. Ignoraba que con ello se creaba un refugio contra todos los dolores de la vida; mas no sabía, sin embargo, que creaba para su uso un mundo ficticio, que alguna vez chocaría con el mundo real, produciéndole una amarga desilusión. (45)
Philip decide que no quiere continuar en la escuela, se empecina en viajar a Alemania para aprender el idioma y distanciarse de los seres dañinos. Pese a la reticencia de su tío y del director de la escuela, que quieren que persiga la carrera religiosa, el niño se va a Heidelberg, donde no tarda en hacerse amigo de un estudiante estadounidense llamado Weeks y de Hayward, un poeta inglés que sólo persigue la voluptuosidad. Estos brillantes personajes, semejantes a los Naphta y Settembrini de Thomas Mann cuando se pelean por el espíritu intelectual de Hans Castorp en La montaña mágica, discuten sobre arte y religión intentando moldear el pensamiento del joven Philip
—Su nuevo amigo tiene aire de poeta —dijo Weeks con una leve y amarga sonrisa.
—Lo es.
—¿Se lo ha dicho a usted? En América le llamaríamos un campeón de la holgazanería.
—Pero aquí no estamos en América —repuso fríamente Philip.
—¿Cuántos años tiene? ¿Veinticinco? ¿Y se pasa la vida en las pensiones escribiendo versos?
—Usted no lo conoce —exclamó Philip con calor.
—¡Oh sí! Le conozco perfectamente. He encontrado ciento cuarenta y siete como él. (125)
A Maugham siempre le interesa enfrentar el pragmatismo capitalista de los estadounidenses, con el esteticismo del pensamiento decimonónico europeo, sin embargo, si bien no oculta su desprecio hacia las vidas prefabricadas y exitistas, su retrato de aquellos que buscan perseguir una vida poética suele derivar en el peor desgarro:
“—Hubiera debido imaginármelo. Naturalmente, usted lee el griego como un profesor; yo lo leo como un poeta.
—¿Y halla usted más poesía en sus lecturas cuando no comprende lo que lee?” (127)
Philip entonces descubre, gracias a la poesía, que verdaderamente no cree en la religión que le inculcó a la fuerza su tío, no cree en ese Dios al que tantas noches le rezó para que curara su pie deforme, ni siquiera lo comprende. “Si hay un Dios y quiere castigarme porque sinceramente no creo en Él, nada puedo hacer para evitarlo” (136). A su vuelta a Inglaterra, sin ningún buen panorama económico en su porvenir (su pequeña herencia no se la darán hasta que cumpla la mayoría de edad), entra a trabajar en el despacho de un notario, donde descubre el grotesco horror que le producen las vidas oficinescas. Desesperado, pide a su tía un préstamo y se va a París con la idea de convertirse en pintor.
Este impulso del que lo deja todo para convertirse en artista es un tópico frecuente en la obra de Maugham, quien estaba obsesionado con la vida de Gauguin y el modo en el que abandonó todas sus comodidades, su familia y su hogar para buscar el verdadero sentido artístico en las islas del Pacífico. Sin embargo, Philip no encontrará en la Academia de Artes de París más que el destino de su propia mediocridad:
—Me pregunto si vale la pena llegar a ser un pintor mediocre. En las demás profesiones, medicina o comercio, la mediocridad no hace mucho al caso. Se gana para vivir y se sale adelante. Pero en el arte no ocurre así.” (272)
Rodeado por artistas decadentes, Philip no termina de comprender cuál es el sentido del arte, después de encontrar el cadáver de una amiga pintora que murió de inanición, su brújula existencial lo orilla cada vez más a pensar que debe buscar un sustento, pues su escasa herencia no tardará en agotarse. Un poeta victoriano refugiado en París, acaso un símil de Oscar Wilde, le recomienda perder cualquier escrúpulo: “la primera condición para hacer el mundo soportable es reconocer el inevitable egoísmo de la sociedad” (239).
A lo largo de la obra, el ojo despiadadamente crítico del narrador repara en la doble moral e hipocresía de esos intelectuales que juegan a ser vagabundos porque romantizan la pobreza: “los que dicen que el dinero no es importante son los que lo tienen”. Philip entonces acepta su destino y vuelve a Londres a estudiar medicina, como hizo su padre. Servidumbre humana puede jugar un doble sentido en su título, tanto en las relaciones sociales de Philip, que permanentemente lo llevan a subyugarse ante gente nefasta, como en sus relaciones económicas, pues Philip no tarda en gastar rápidamente sus últimos ahorros para pagar sus estudios y termina desamparado.
“Philip continuaba creyendo anormal su situación. Las personas de su clase no se morían de hambre. El hecho de no poder creer la realidad de lo que le estaba sucediendo le impedía abandonarse a la desesperación” (540).
Después de pasar tres días sin comer, durmiendo en la calle, por fin consigue un trabajo en una tienda departamental donde, vestido con un saco barato, les indica a los clientes a dónde ir:
—Primer piso a mano derecha, segundo piso a mano izquierda.
Si bien, en las primeras páginas, la deformidad de su pie se utiliza como un recurso autocompasivo, Somerset Maugham nunca se conforma con esta superficialidad de las emociones sencillas y, conforme Philip crece, convierte este vago sentido de la vulnerabilidad en un anquilosado mecanismo de placer masoquista. En sus relaciones amorosas con Mildred, una mujer que lo maltrata constantemente, Philip irá perdiendo orgullo, dinero, cultura, dignidad, hasta terminar de destruir en él la más mínima pizca de idealismo que le quedaba para convertirse en un esclavo de una vida que jamás quiso: “Sólo el amor podía hacer soportable la pobreza y ella no lo amaba”.
En último grado, el único recurso que dispone Philip para volver al estatus que solía disfrutar, es que muera su tío y con la herencia retomar sus estudios de medicina. Philip comprende cómo la miseria lo arrastra a tener fantaseos avaros y criminales: “¡Había imaginado un delito! ¡Quién sabe si otras personas no tenían pensamientos semejantes! ¿Eran anormales o depravados?” (598) Impacientemente, este personaje violentado por su deformidad, aguarda cada mes a que su tío expire el último aliento; la prosa de Maugham evita moralejas y, con ojo clínico, desarrolla las perspectivas más cínicas, decadentes y pesimistas de su era sin esgrimir en ningún momento un mínimo rasgo de piedad.
The Razor’s Edge – El filo de la navaja
Escrita 30 años después de Servidumbre humana, El filo de la navaja desarrolla la biografía de un personaje outsider semejante a Philip Carey, pero esta vez se centra en un joven estadounidense de familia acomodada llamado Lawrence Darrell, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que, después de atestiguar el sinsentido de la guerra, pospone su matrimonio con Isabel, rechaza ser corredor de la bolsa y se va a París a buscar otra forma de vida. En Europa, se dedica a leer, aprender idiomas mientras realiza trabajos que su entorno juzga de la peor manera: trabaja en una pescadería, en las minas alemanas y en la pizca.
—¿Sabes una cosa? Tengo la idea de que me gustaría hacer en esta vida algo más interesante que vender acciones.
—Muy bien; entonces, entra en un bufete o estudia Medicina.
—No; tampoco me apetece eso.
—¿Qué quieres hacer, entonces?
—Holgazanear — respondió tranquilamente.
En esta novela de casi 400 páginas, la cual anticipó e influyó notoriamente en las generaciones posteriores, como los poetas beatniks, fue uno de los primeros testimonios del occidental desencantado que viaja al continente asiático para descubrir las religiones budistas de Oriente. Un Maugham más maduro se vale de todos sus recursos estilísticos para contar la historia de un hombre que rechaza la “prosperidad” en busca de una vida austera y tranquila.
Puede que El filo de la navaja sea la primera gran novela New Age de la literatura anglosajona, uno se imagina a Larry Darrell como a los Beatles cuando viajaron al norte de la india con el ashram de Maharishi Mahesh Yogi para aprender la meditación trascendental. Pero también prefigura a esos jóvenes de la clase media, que hoy abundan en los países europeos y latinoamericanos, los cuales viajan estacionalmente con documentos legales a los países primermundistas para dedicarse a la pizca.
En vez del narrador omnisciente de Servidumbre humana, en esta obra el mismo Somerset Maugham se suma a la diégesis para relatar a manera de narrador testigo el viaje existencial de Larry, pésimamente interpretado por Bill Murray en la versión cinematográfica de 1984. El gran problema de adaptar la obra de Maugham al cine, y en particular esta novela, es que las adaptaciones hollywoodenses siempre coquetean sentimentalmente con una cursilería que está completamente ausente en la prosa de los grandes escritores. La ironía cruda de Maugham se escarnece con gestos actorales impropios de sus personajes. Como ocurre con los títulos de la mayoría de sus libros, éste tiene también un doble significado de acuerdo al conflicto central de la novela. El filo de la navaja es a la par un verso del libro sagrado budista Unpanishad Kathara sobre la búsqueda de una vida espiritual, como una crítica al sistema capitalista, que hará todo lo posible por liquidarte si quieres vivir a contracorriente.
Después de viajar a la India, aprender idiomas y encontrar nuevos significados, Larry vuelve a París y se empareja con Sophie, una vieja amiga de Chicago que perdió a su esposo e hijo en un accidente automovilístico y desde entonces vive en París dedicándose a la prostitución y a ingerir todo el alcohol y drogas para terminar con su agonía. Larry ve en ella a una persona buena y le pide matrimonio. Pero la navaja no permite que el guion predeterminado de una vida sea modificado. Isabell, antigua prometida de Larry, la cual lo dejó por no querer seguirlo en su modo de vida austero, encuentra la forma de sabotear su relación haciendo que Sophie vuelva a las drogas. Son diametralmente opuestas las experiencias poéticas que uno encuentra en la novela cuando hallan a Sophie muerta y la melodramática escena que se ve en la pantalla grande cuando lo descubren. En el libro se limitan a decir:
—Supongo que sabrás que Larry ha pasado el invierno en Sanary. ¿Le has visto por casualidad?
—Sí. Estuvimos los dos en Tolón el otro día.
—¿Sí? ¿Qué hacíais allí?
—Enterrar a Sophie.
—Pero… ¿Se ha muerto? —exclamó Isabel.
—Si no se hubiera muerto no habríamos tenido ninguna razón para enterrarla.
Somerset Maugham es un excelente escritor costumbrista, retrata el lujo, la frivolidad, la hipocresía y ridiculez de la alta sociedad con la maestría con la que, en su época, lo hicieron Jane Austen, Charles Dickens o Henry James, pero en la obra de Maugham siempre hay un personaje añadido, un extraterrestre, un inadaptado decadente, que perturba genialmente el cuadro de época.
Si bien entre la clase media no suelen ser ajenos esos Larrys que, de pronto, fingen abandonar todas sus comodidades para irse a vivir a la costa oaxaqueña o a la sierra chiapaneca, en Larry esta búsqueda no es fingimiento, sino un sincero hartazgo. En El filo de la navaja, Larry irá poco a poco desprendiéndose de todas sus posesiones, regala todo su patrimonio, sus libros e incluso la ropa sobrante que tiene, pero su fin no es convertirse en un monje del Himalaya, sino que tiene el plan futuro de volver a Estados Unidos y trabajar como taxista:
—Eventualmente, me instalaré en Nueva York. Entre otras razones, a causa de sus bibliotecas. Puedo vivir con muy poco dinero; no me importa dormir en donde sea y tengo bastante con una comida al día. Para cuando haya visto todo lo que quiero ver en América deberé tener bastante dinero ahorrado para comprarme un taxi y trabajar con él en Nueva York.
—Te deberían encerrar, Larry. Estás como un cencerro de loco.
—Nada de eso. Soy muy sensato y práctico. Como conductor propietario de un taxi solamente necesitaría trabajar las horas indispensables para ganar el dinero de mi alojamiento y de mi comida y para amortizar el valor del taxi. El resto del día lo podría dedicar a mis estudios, y si necesitase ir aprisa a algún sitio podría hacerlo en mi taxi.
—Pero, Larry — le dije para tomarle el pelo—, un taxi es un valor económico como el papel del Estado. El convertirte en propietario de un taxi no serías más que un capitalista.
—No. Mi taxi sería únicamente mi herramienta de trabajo. Sería el equivalente del báculo y de la escudilla del mendigo
Al final, incluso el propio autor intenta echarle una mano para que, por lo menos, publique su libro en una gran editorial y la gente conozca sus pensamientos, pero Larry rechaza también la pretensión de llegar a las masas y se conforma con hacer un sencillo libro artesanal:
—Si quieres mandármelo cuando lo termines, creo que podría encontrarte editor.
—No te molestes. Tengo unos amigos americanos que tienen una pequeña imprenta en París y ya tengo arreglado con ellos que me lo impriman.
—Pero un libro editado así no se venderá, ni se ocupará de escribir acerca de él ningún periódico.
—No me importa que no escriban acerca de él y no espero que se venda. No voy a imprimir más que los ejemplares necesarios para mandar a mis amigos indios y a las pocas personas de Francia a quienes pueda interesar.
Hay mucho que aprender de Larry Darrell.
¡Y muchísimo más del gran W. Somerset Maugham!
“With the Beatles”, 1963. Imagen recuperada de Flickr (CC BY 2.0 DEED)
A Marisol Chávez Cano, por la banda en la que un día estuvimos
En la bochornosa primavera chihuahuense de 2008 descubrí a los Beatles. Vamos, sabía de su existencia, pero nunca les había prestado atención. Siempre he dicho, medio en broma, medio en serio, que para mí el pop noventero en inglés fue contracultural y lo digo, sobre todo, porque en el ámbito rural en el que crecí la música imperante es lo que se le conoce como regional mexicano —en el que también se incluía el Tex-Mex, popularizado en esa época—, en la radio, si acaso sonaba otra cosa era pop en español y baladas; hasta finales de la década de los 90 empezamos a escuchar otras cosas, gracias a los programas de videoclips en la televisión abierta.
Allá por 2008, YouTube se había popularizado —era la época en la que el copyright en la plataforma de videos no era tan estricta y hasta películas enteras podíamos ver ahí— y ahí empecé a escuchar al grupo de Liverpool. Veía algunos de los videos que hicieron en su carrera, videos que, dicho sea de paso, eran un deleite visual, no solo auditivo, que se adelantaba dos décadas a lo que más tarde llegaría a ser MTV. Pienso, por ejemplo, en la fascinación que me causó Strawberry fields forever, un videoclip en el que la música incluye el uso de un mellotron, uno de los primeros teclados electrónicos.
Me fascinó el desparpajo de los cuatro jóvenes, la energía de su música y descubrir, gracias a la generosa Wikipedia, lo mucho que su trabajo significó en la música pop que se produjo después de ellos. Su carrera como agrupación ni siquiera alcanzó una década, pero fue tiempo más que suficiente para cambiar por completo el rock y la música pop.
Recuerdo aquellos días en los que pasaba horas viendo sus videos o yendo de una página de Wikipedia a otra, queriendo saber más, engolosinarme con la música y con todos los detalles alrededor de ella: cómo esos adolescentes de Liverpool, nacidos en plena Segunda Guerra Mundial, se conocieron y empezaron a tocar juntos; cómo no acabaron de dar con un nombre para la banda que conformaban, y un larguísimo etcétera de conocimientos que iba adquiriendo sobre ellos.
Ciertamente sentía cierta envidia hacia quienes conocieron aquel fenómeno en vivo, hacia quienes escucharon por primera vez sus discos, quienes los oyeron tocar en vivo en The Cavern o en el techo de Apple Corps; sentía una extraña nostalgia por aquello que no viví y no pude vivir. Ni siquiera podía contar con compartir la beatlemanía con mis padres, en la década de 1960 eran niños, en el ejido en el que crecieron ni siquiera había luz eléctrica y en las pocas radios que había no se escuchaba algo como los Beatles —treinta años después, en mi propia infancia, tampoco—.
Una de las cosas que me atraía de los Beatles, ahora me queda claro, es que veía en ellos el zeitgeist de esa década, la contracultura y los movimientos de derechos civiles, la idea de la revolución a la vuelta de la esquina, la necesidad de experimentar y crear algo nuevo —fue la década en la que Julio Cortázar publicó Rayuela y Vladimir Nabokov su Pálido fuego, ambas novelas que caben en lo que hoy se da en llamar literatura ergódica y en aquel tiempo se llamaba novela experimental—. Veía esa época casi como un paraíso perdido, una edad de la inocencia que buscaba la libertad —que incluía la sexual— y que había culminado con la respuesta del autoritarismo en los últimos años de esa década —era joven e ingenuo y proyectaba esa ingenuidad en la idea que me hice de ese tiempo—. En esa perspectiva no era casual que también el sueño que fueron los Beatles hubiera terminado también al concluir la década de 1960.
Para aquel que era —un millenial que creció en un ejido y vivía en la anodina ciudad de Chihuahua—, encontrarme con la música de los Beatles fue una revelación. Solo podía preguntarme cómo había sido para quienes se encontraron por primera vez con ellos allá por 1963 o 1964.
Ninguno de mis padres llegó a escuchar a los Beatles cuando empezaron a sonar, pero sí conocía a alguien que los conoció y escuchó sus canciones en los discos que vendían. Enrique Servín me contó que él era un niño, pero que su música no le fue desconocida y que tuvo el sencillo con Strawberry fields forever en el lado A y Penny Lane en el lado B. Me contó que en la radio de Chihuahua capital sí se llegaron a escuchar algunas de sus canciones y que guardó la esperanza de que se volvieran a reunir después de su separación; él tenía 12 años cuando salió Let it be y se dio a conocer la disolución de The Beatles.
Con las anécdotas de Enrique y de las canciones que escuchaba en su niñez, me quedó claro, algo que era obvio por lo demás en los videos que veía, que los Beatles atraían sobre todo a los jóvenes, adolescentes y, como fue el caso de mi amigo, los niños. Veía en su música algo del espíritu juvenil que sentía compartir con muchas personas de mi edad —no por nada para ese momento la idea de juventud, como lo plantea Jon Savage en Teenage, ya era un grupo diferenciado de la infancia y la adultez, con valores y preocupaciones propias—. De ahí que siguiera preguntándome cómo fue ese descubrimiento para los jóvenes de aquella época, cuando los mismos Beatles no eran más que unos muchachos que apenas habían cumplido veinte años.
Así imaginaba a una joven en los Estados Unidos, podría ser en alguna ciudad de la Costa Este, pero también de la Costa Oeste, que entraba a la tienda de discos a la que iba con asiduidad. Pensemos en esta joven, el cabello peinado y sostenido con un listón a juego con el vestido amarillo pastel y la rebeca blanca, su gusto musical no es nada del agrado de sus padres, que preferirían que escuchara baladas en lugar de rock. Esta jovencita, llamémosla Mindy, viene del frío de la calle —son los últimos días de enero de 1964, por lo que estamos en medio del invierno— y, al cruzar la puerta, se soba los brazos como para darse calor, mientras pasa su mirada por las portadas de la góndola de novedades. Mindy ya conoce los títulos que hay ahí, salvo uno, que no bien lo ve llama su atención. Camina hacia él. Ahí están en un recuadro negro los rostros de cuatro jóvenes en blanco y negro, la mitad del rostro iluminada y la otra mitad en la sombra, tanto que casi se integra al fondo. En letras azules y rojas el título Meet The Beatles!, bajo el cual puede leer: The first Album by England’s Pop Combo. Decide comprarlo.
En su casa, en el tocadiscos empieza a escuchar el disco, es un disco que tiene mucho del rock que ha escuchado —en sus primeros discos siguen componiendo muy cerca a sus influencias del rock estadounidense de la década de 1950; todavía les falta tiempo para llegar a las experimentaciones que harán en Revolver o en +—. Primero escucha I Wanna Hold Your Hand, con la voz de John Lenon; la siguiente pieza es Paul, coreado por George y John, quien canta I Saw Her Standing. Pronto escucha los dos lados del disco, las doce canciones, y vuelve a escucharlo. Como ella miles de jóvenes, hombres y mujeres, empezaron a escuchar en Estados Unidos a The Beatles.
Para ese momento no eran unos desconocidos en su natal Inglaterra, de hecho, Meet the Beatles contenía la mayoría de las canciones de su segundo álbum, With the Beatles, con el que compartía también la portada: la fotografía de Robert Freeman. Ya se habían presentado en París y en Hamburgo. El año anterior, en Inglaterra, se acuñó el término beatlemanía para describir el entusiasmo de los jóvenes ante la banda. Para ese momento estaban en planeación de la que sería su primera película: Long day’s night; en su estancia en Florida, compusieron algunas de las canciones para ella.
Ese entusiasmo pudo verse el 9 de febrero de 1964, cuando los jóvenes de Liverpool se presentaron en el programa de Ed Sullivan. De acuerdo con William Sullivan, se recibieron cincuenta mil solicitudes para presenciar en vivo la presentación de los Beatles, en un teatro con una capacidad de setecientas personas.
John, Paul, George y Ringo se presentaron sonrientes y con la melena que los caracterizaba en sus primeros años —su productor Brian Epstein insistió en que llevaran ese corte— y que contrastaba con el corte casi a rape que la mayoría de los hombres en el público llevaban. Hay una notable diferencia entre la gente que presencia el programa de Ed Sullivan: los adultos mantienen su rigidez durante todas y cada una de las canciones; mientras los jóvenes, sobre todo las jovencitas, están entusiasmados con cada una de las canciones, con la voz y la guitarra de John, con el bajo y los ojos tristes de Paul, con la guitarra y la sonrisa de George, con la batería y el ritmo de Ringo. Abrieron con She Loves You y This Boy. Sullivan, mientras conversaba con ellos, advirtió que John era un hombre casado, algo que Epstein trató de mantener en secreto —el año anterior, cuando Julian nació, John asistió al hospital de incógnito y su esposa fue registrada con el nombre de soltera para evitar a los fans—. Cerraron su presentación con I Wanna Hold Your Hand, que en ese febrero alcanzó el número uno en las radios. La presentación fue un éxito y más de setena millones de personas vieron a los Beatles.
Los Estados Unidos descubrieron a los Beatles y con ellos el mundo lo hizo. Así, Meet the Beatles! fue el álbum que se vendió en otros países. Blair recoge la anécdota de que en Colombia se vendió con el subtítulo de Las escobas que cantan. Fue el segundo disco en Estados Unidos en alcanzar el millón de copias vendidas, con él mucha gente descubrió la existencia de The Beatles, que para ese momento tenía por delante la mayor parte de su carrera.
Han pasado sesenta años desde que aquel álbum fuera lanzado en Estado Unidos y apenas el año pasado Paul McCarney lanzó la última canción de los Beatles: Now and Then. Gracias a la tecnología pudo recuperar la voz de John Lenon de una cinta de baja calidad —Yoko Ono le había dado la cinta en 1995, junto con otros demos que su esposo hizo en 1977 para grabar con los Beatles, pero su asesinato en 1980 se lo impidió; Paul, Ringo y George grabaron la música, pero no pudieron utilizar la voz de John hasta ahora—. El título no deja de ser sugerente, como su última canción, que habla de ahora y entonces; como lo fue el título de su último álbum: Let it be, un llamado a dejar que las cosas siguieran su curso. Han pasado más de quince años desde que yo los descubrí y me apasioné con sus canciones y con su historia; así es la beatlemanía: un apasionamiento que surge no bien se descubre a The Beatles, haya sido ese descubrimiento en 1964, en 2008 o en 2024.
Fuentes
Blair, William, The Beatles: Su historia en anécdotas, Manon Troppo, Barcelona, 2010.
Marcos, Carlos, “‘Now and Then’, la nueva canción de los Beatles con ayuda de la inteligencia artificial: historia y controversia tras escucharla”, en El País, 02 de noviembre de 2023.
Savage, Jon, Teenage: La invención de la juventud, 1875-1945, Desperta Ferro Ediciones, Fráncfort, 2020.
Portada de “Innecesárea” de Jessica Anaid. Fondo Editorial Tierra Adentro.
En su poemario Innecesárea (2023), ganador del VI Concurso Nacional de Poesía Germán List Arzubide, la escritora Jessica Anaid Hernández dirige su mirada hacia la experiencia de una mujer que ha pasado por una cesárea injustificada. Si bien la autora aborda una cuestión que depende de circunstancias muy precisas, personales, su poesía logra desentrañar las complejidades que posee esta intervención quirúrgica en esencia, recuperando en la escritura el tiempo de alumbramiento que la cesárea hizo breve. Es así como en estos poemas podemos leer y conocer, de modo significativo, los despojos que el procedimiento ha retirado en su propio cuerpo y también, de forma general, en la sociedad y la cultura.
Existe una señal que puede llamar nuestra atención: a pesar de que la cesárea está recomendada solamente cuando el parto vaginal pone en riesgo a la madre o al recién nacido, su práctica se ha extendido cada vez más. Según la OMS, hay regiones del mundo donde el porcentaje de cesáreas que se practican ha superado el índice aconsejado. En Innecesárea, Jessica Anaid interpreta esta realidad global desenredando el nudo de emociones contenidas que pudo dejar esa experiencia desde lo personal, para entender y dilatarse hasta dar luz sobre cuáles fueron los posibles motivos y cuáles los remanentes de una cesárea: la impotencia de una mujer a quien se le ha presionado e incluso forzado para concluir así su embarazo, la pérdida de una labor de parto que orgánicamente parte del proceso de gestación, la injusticia de no conocer si las razones por las que se practica son realmente válidas. La alarma está puesta en que, para muchos casos, la decisión obedece a determinada conveniencia: optimizar el tiempo y aumentar el costo.
En el primer apartado “Zeus devora mi embarazo”, Jessica Anaid alude a determinados episodios de la mitología griega donde el dios Zeus utiliza su poder contra Sémele y Metis, para ser él mismo quien termina de gestar a sus hijos, Dionisio y Atenea. Ahoga sus gritos, las anula con violencia, niega su capacidad de alumbrar y las desplaza de su posición como madres. Nos comunica y destaca el dolor de haber quedado desposeída, de manera ilegítima y muchas veces violenta, de su poder para dar a luz:
sé parir,
pero Zeus es quien anota el nombre de nuestros hijos
en la página blanca y los gesta en la bolsa de su bata
blanca, cuya tela roza el muslo de su pierna
izquierda
Este primer apartado concluye con una invocación a Gea, la madre tierra, fecunda y progenitora original, pidiéndole que instaure nuevamente su dominio en el parto, su potestad en las tinieblas, en lo incierto, e incluso en el oráculo que dicta el momento de parir y que no obedece a ningún interés:
Gea: quieren evitarme el parto, quieren extraer a mis hijas e hijos desde la masa negruzca del caos
En el segundo apartado, “El paraíso hospitalario”, Jessica Anaid sugiere una correspondencia de aquel mandato divino presente en el Génesis, según el cual, después de comer la manzana prohibida, Eva es sentenciada a parir con dolor. En lo que la escritora llama el “Paraíso hospitalario”, existe una nueva premisa, se trata de un lugar donde el conocimiento científico puede estar condicionado al elevado costo que representa una cesárea, destinando a muchas mujeres a someterse a este procedimiento sin justificación válida.
Sé parir, Adán, y tiembla la tierra, y se abre para expulsarte, porque sé parir, sabemos parir, y no pariremos injustificadamente desde la costilla: innecesárea
En este paraíso, es Adán quien se presenta como un traidor, pues ha robado la manzana, ha desposeído a Eva del dominio de su cuerpo, mientras ella permanece inmovilizada, incapaz de sentir las contracciones, excluida del conocimiento que le pertenece a sí misma como instinto. Soy yo la creadora, la Diosa, el parto es mío en esta habitación, declara, se pronuncia, y es así que logra recuperar su posición. Ya no como una petición sino en rebeldía.
Es notorio cómo estos relatos perduran en la literatura y todavía nos representan ciertas verdades significativas de la experiencia humana, acercándose a nuestro entendimiento, a pesar de ser fantásticas y no pertenecernos directamente. Además de la presencia y reescritura de estos mitos, la autora de Innecesárea logra detenerse en el ritmo apresurado, el día a día en la vida de una madre, para confrontarse con la extrañeza y frustración que la cesárea ha producido. Expone cómo fue la depresión post parto en sus circunstancias:
Intento crear una conexión con mi hijo
miro sus ojos
y un faro quirúrgico se enciende
me alejo de su mirada
pero no hay marcha atrás
es el quirófano el que está aquí
nunca volverá a apagarse
Por otro lado en este libro, Jessica Anaid recupera la práctica de las parteras tradicionales, y nos recuerda cómo han sido silenciadas dentro del espacio quirúrgico, es decir, ese recinto pulcro, impersonal, con monitores eléctricos y bajo la luz blanca. Es así que la voz poética de la autora ha recurrido a ellas, las parteras, para buscar cuidado durante la cesárea y también alivio:
Mi abuela es una tramoyista del teatro japonés,
vestida de negro como la conciencia
se escabulle en el quirófano ofreciéndome sus manos
las tomo para masajear mi vientre
…
las manos de mi abuela intenta desencadenar
mi parto
los médicos la ignoran
De manera emotiva, la autora de Innecesárea anuncia factores que han determinado la práctica excesiva e injustificada de cesáreas, como resultado de nuestras dinámicas económicas y sociales, las decisiones se han basado en la eficiencia del tiempo y el beneficio económico. Las posibles consecuencias, podemos leerlas en la obra de Jessica Anaid, son el silencio impuesto, la desconexión con el cuerpo femenino y los efectos de una anestesia que no tiene un final definido. De fondo, también la ilegitimidad de no posibilitar y priorizar el parto biológico siempre que haya las condiciones. Y el menosprecio por las prácticas tradicionales de la partería que sistemáticamente han sido ignoradas, censuradas, transformadas o desaparecidas. Todo esto tomando en cuenta determinado beneficio que no siempre es a favor de madres e hijos.
En los últimos apartados, “Paisajes sobre la cesárea” y “Eva pariendo a Adán”, el poemario contiene una serie de imágenes traducidas en versos, poemas que apuntan hacia la pintura y la plástica. La voz de la escritora recurre a la contemplación como un procedimiento personal, lento, libre de mandato, eficacia y lucro. Toma tiempo para detenerse en imágenes de su entorno que representan su experiencia, tanto en su estado de ánimo como en su ambiente, cómo se ha transformado y cómo han sido los cambios en su propio cuerpo. Crea un lenguaje que nos recuerda al haiku, observa su espacio y devela las formas y los colores. Pronuncia así las palabras para sanarse a sí misma:
Pus verde
en la herida fluorescente
de la luciérnaga
El poemario termina con un conjunto de autorretratos. Una reinterpretación de una serie de obras artísticas conocidas: la iconografía de Louise Bourgeois, Remdrandt, Pollock, etc., en los que la autora describe con detalle cómo percibe su cuerpo. Es decir, cómo ha tenido que reconfigurar la imagen que tiene de sí misma después de la cesárea. Recrea figuras y las traduce en palabras para expresar lo que queda en su cuerpo, lo que observa e imagina, lo que una vez no pudo gritar durante el parto: el instinto negado en su propia piel, en sus extremidades. El movimiento de los músculos, los órganos que ha sido necesario desentrañar y diseccionar, hasta darles lugar y resonancia en la poesía. En Innecesárea, Jessica Anaid revela qué subyace en este tema y su lectura sugiere nuevas interrogantes que merecen nuestra atención. A partir de la lectura de este libro, podemos reflexionar en las repercusiones que tiene esta realidad.
Mosaico V.I. Lenin, Museo de Historia y Costumbres Locales. P. V. Alabina en Samara. Fotografía por: Vadim Kondrátiev. Imagen recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 3.0 DEED).
El 21 de enero se conmemora un siglo de la muerte de Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Vladimir Lenin, artífice intelectual y material de la segunda revolución de masas mundial —la primera fue la Revolución mexicana—.
Sin duda el enfoque marxista del cual derivó gran parte del pensamiento y acciones políticas de Lenin serviría de ejemplo para muchos otros países durante buena parte del siglo XX.
Para el caso de este texto, dejaremos de lado la amplia producción intelectual que Lenin desarrolló en su corta vida (1870-1924), para concentrarnos en sus cualidades de liderazgo en la conducción política, respecto a tres grandes elementos claves para el surgimiento del Estado soviético: el triunfo de la Revolución rusa de 1917 y la Guerra Civil; la ejecución de la Nueva Política Económica (NEP), y la institucionalización del movimiento revolucionario ruso, mediante la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922 y la promulgación de su Constitución en 1924.
Lenin militar: Las revoluciones de 1917 y la guerra civil rusa (1918-1920)
A causa del colapso del gobierno imperial de Nicolás II en marzo de 1917, derivado de los combates contra fuerzas alemanas durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), por un lado, y gracias a la revolución liberal y al gobierno provisional que fueron apoyados por Lenin, la facción socialista y la facción socialrevolucionaria, por otro, se estableció entre marzo y noviembre de 1917 la República Federativa Democrática Rusa.
Uno de los problemas que tanto Lenin como el grupo socialista criticaron al gobierno republicano de Alexander Kerensky fue la continuación de la guerra contra Alemania,1 la cual afectó severamente al aparato productivo y poblacional ruso desde 1914, y dejó tras de sí hambruna y un cansancio general respecto al conflicto. En consecuencia, frenar la guerra y reactivar la producción se convirtieron en demandas impostergables a ser solucionadas (las cuales fueron debidamente captadas a su favor por los bolcheviques), pues de lo contrario solamente se auguraban mayores y más intensos conflictos internos.2
Ante ello, en noviembre de 19173 los soviets4 de los principales centros políticos y administrativos de Rusia en Moscú y Petrogrado, en asociación con la facción de izquierda de los socialistas revolucionarios, tomaron el poder, sustituyendo al gobierno republicano de Kerensky.
Toda vez logrado esto, el gobierno de coalición encabezado por Lenin5 y los socialistas revolucionarios, mediante el Consejo Popular de Comisarios (Sovnarkom), ejecutó decretos relacionados con la reforma de tierras, otorgando su control a los campesinos que se habían apropiado de ellas. De igual forma, los trabajadores tomaron el control de las industrias nacionales. Además, se abolieron privilegios de clase políticos y legales, se nacionalizó la banca y se establecieron tribunales revolucionarios, en lugar de las cortes tradicionales.6
Otro punto de toral importancia fue la negociación y firma de un tratado de paz con Alemania, en Brest-Litovsk, el 3 de marzo de 1918, en el cual Rusia perdió 30% del territorio imperial aproximadamente, lo que generó tensiones dentro de la coalición de gobierno con los socialistasrevolucionarios e indicó a los elementos nacionalistas previamente pertenecientes al Imperio ruso que un momento propicio se presentaba para adquirir independencia. Así comenzó la Guerra Civil rusa.
Desde la región de Checoslovaquia, pasando por Ucrania, Polonia, la parte norte-central de Rusia, Siberia y hasta el este ruso, el gobierno liderado por Lenin y el Sovnarkom entre 1918 y 1919 experimentó serios reveces militares comandados por los ejércitos blancos, una coalición de antiguos militares zaristas, políticos conservadores y socialistas moderados.7 Estos grupos contaban con recursos financieros, militares y humanos brindados por las potencias que ganaron la Primera Guerra Mundial —especialmente Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Japón—, y tenían el objetivo de derrocar al gobierno emanado de la Revolución de Octubre.8
Mientras enfrentaba una peligrosa situación de supervivencia, el gobierno bolchevique ejecutó diversas medidas para revertir el curso de la guerra a su favor. En primer lugar, estableció una política estricta de organización administrativa, militar y económica en los territorios controlados denominada “Comunismo de Guerra”, la cual permitió canalizar todos los recursos hacia el aparato militar y sostener los embates de los ejércitos blancos. Con el fin de reformar y constituir real y formalmente al Ejército Rojo, y gracias a las labores de Lev Trotsky y a la movilización social general,9 encabezada por el Partido Bolchevique, se incrementó y profesionalizó, en 1922, a 5 500 000 efectivos de las fuerzas del recién creado Ejército Rojo. De esta forma, el Estado bolchevique —posteriormente soviético— adquirió un carácter predominantemente militar, el cual fue determinante para la recuperación de los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial y para contener el segundo embate de agresión por parte de la Alemania Nazi en 1941 y su cuasi total destrucción sin ayuda externa hacia 1945. Posterior a ello, contuvo cualquier interferencia política agresiva hacia la Unión Soviética hasta 1991, las cuales eran llevadas a cabo normalmente por la otra superpotencia militar de la época, Estados Unidos, o alguno de sus satélites euroatlánticos.
En segundo lugar, la militarización excesiva y el control administrativo efectivo de Moscú y Petrogrado, centros neurales del Estado ruso junto con toda su periferia industrial y productiva, permitieron que a partir de 1920 y hasta 1922 los ejércitos blancos y sus aliados extranjeros fueran contenidos y expulsados del territorio nacional,10 a la par que toda oposición política fue suprimida y desterrada, estableciéndose el dominio estatal por parte de un solo partido político: el Bolchevique/Comunista.11
Finalmente, con la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, el tratado de Brest-Litovsk se anuló, y con el triunfo bolchevique en la mayoría del territorio, con excepción de armisticios que aseguraron breves periodos independientes en Finlandia, los Estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y el gobierno terrorista revolucionario de Josef Pilsudski en Polonia12, se consolidó el control territorial de la futura URSS.
Después de este proceso, la recuperación nacional era el tema que debía ser atendido por el gobierno de Lenin, pues los efectos de una segunda guerra en el territorio ya habían comenzado a hacerse latentes y nuevamente el régimen corría peligro por una amenaza interna: el hambre y la inestabilidad política interna, derivadas de la aplicación intensiva del Comunismo de Guerra.
Lenin y la NEP: apuesta por la recuperación económica bajo tensiones ideológicas
Frente a una sociedad extenuada por los combates, un campo inactivo por casi 10 años y una industria totalmente desbalanceada y con niveles de productividad de principios de siglo, Lenin, junto con los ministros del Sovnarkom, diseñaron y ejecutaron la Nueva Política Económica o NEP (por sus siglas en ruso Новая кономическая политика-Novaya Economícheskaya Polítika), en febrero de 1921.
Con el principal objetivo de reactivar y reorientar la economía nacional hacia el crecimiento agrícola e industrial, la NEP no solamente buscaba el crecimiento económico, sino beneficiar a las clases agrícola y trabajadora de Rusia, pilares de la Revolución y el Estado bolchevique según Lenin13.
Con la implementación del Comunismo de Guerra, las requisiciones forzadas agrícolas para alimentar al aparato militar durante la Guerra Civil generaron fuertes tensiones entre el sector campesino y el gobierno bolchevique, por lo que uno de los primeros puntos de la NEP fue el reemplazo de aquel sistema draconiano por un impuesto fijo sobre dichos productos, además de que se permitió vender libremente el excedente posterior al pago de dicho impuesto.14
Lo anterior, junto con la reafirmación de la posesión de tierras por parte de los campesinos —desarrollada en 1917—, desembocó en la distribución de tierras entre 100 millones de campesinos aproximadamente, lo que generó una producción agrícola general de pequeña escala, de la cual 75% era realizada por medio de mecanismos manuales.15
Aunque esto permitió la recuperación del sector a niveles previos a la Primera Guerra Mundial, las características generales de la producción, principalmente su carácter manual, eran insuficientes para asegurar el crecimiento económico nacional, por lo cual surgió un nuevo problema que no podría ver solucionado Lenin y que presentó un desafío constante para las autoridades soviéticas subsecuentes a partir de Stalin: la industrialización y modernización agrícola en la URSS.
Respecto al sector industrial, el control férreo del Comunismo de Guerra tuvo que relajarse para reactivar su dinámica, por lo tanto, con excepción de las empresas clave de la economía estatal (energía e industria pesada, principalmente), aquellas que empleaban menos de 20 trabajadores, junto con otros conglomerados de mayor tamaño de carácter manufacturero y de comercio minorista, fueron excentas de la nacionalización comenzada desde 1917.
De igual forma que a los campesinos, a las empresas se les permitió vender sin regulación estatal sus productos, utilizando precios que fluctuaban libremente, lo cual causó severas crisis de balance entre estos y los productos agrícolas, afectando la economía nacional y generando tensiones internas entre las alas más radicales del partido Bolchevique,16 las cuales consideraron que los efectos de la NEP sobre el sector industrial representaban un retroceso político e ideológico de los principales postulados revolucionarios hacia los trabajadores.
Esta política aplicada al sector industrial fue quizá una de las que tuvo mayores impactos en uno de los pilares revolucionarios, pues de acuerdo con el “Grupo de los Trabajadores”, encabezado por Trotsky, la NEP reanudaba la explotación laboral, a causa de la permisividad que tuvo el gobierno con respecto al regreso de los antiguos administradores en ciertos sectores industriales.17
Y esto era cierto, pues en los principales centros urbanos como Petrogrado y Moscú la recuperación económica era evidente para los sectores comerciales más favorecidos, constituidos en un grupo de élite conocido como “NEPmen” u “hombres de la NEP”, el cual significó una amarga evidencia del retroceso revolucionario.18 Aunque el comercio exterior se mantuvo bajo el control del Estado soviético,19 las tensiones y eventuales choques políticos entre Lenin y su grupo que abogaba por el mantenimiento de la NEP y el “Grupo de los Trabajadores” que demandaba una reforma de la política para detener los abusos a la clase obrera fueron aumentando hacia 1923. Todo esto, mientras la salud de Lenin se veía afectada por la serie de accidentes cerebro-vasculares del 9 de marzo de 1923, que lo retirarían totalmente de la escena política hasta su muerte en 1924.
Finalmente, y a pesar del carácter transformador de la revolución de 1917 en términos políticos, económicos y sociales, el Estado bolchevique-soviético no pudo prescindir de antiguos miembros del entramado estatal anterior (zarista), para poder asegurar la ejecución no solamente de la NEP, sino de muchas otras políticas que garantizaron la transformación del Estado imperial en el soviético.20
Sin embargo, esta medida fue la que menor tiempo se mantuvo, pues luego del establecimiento e institucionalización del Estado soviético durante el gobierno de Stalin (1924-1953), los cuadros administrativos estatales surgieron principalmente del Partido Comunista de la URSS (PCUS).
El legado institucional inicial de Lenin: el acta fundacional de la URSS y la Constitución de 1924
Como mencionamos en el anterior apartado, al término de la Guerra Civil rusa y los primeros frutos positivos de la NEP, la salud de Lenin se encontraba seriamente deteriorada y su habilidad de liderazgo dentro del Sovnarkom y el Partido Bolchevique comenzaba a ser disputada por dos figuras, que tras su muerte lucharían por sucederlo a la cabeza del proyecto político de la Revolución rusa: Lev Trotsky y Iósif Stalin. Sin embargo, a pesar de las vicisitudes de salud que sufrió entre 1922 y 1924, Lenin fue todavía capaz de iniciar dos procesos fundamentales para la institucionalización y materialización del Estado soviético; por un lado, la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, finalizada el 30 de diciembre de 1922, y, por otro, el inicio de los trabajos de redacción de la Constitución de la URSS, que sería aprobada en el Segundo Congreso General de Soviets, el 31 de enero de 1924.
Pero, antes de entrar en los detalles de cada documento estatal fundacional, es preciso mencionar que, para ambos procesos de institucionalización, sería Stalin en calidad de sucesor cada vez más claro de Lenin a la cabeza del Estado soviético quien se encargaría en gran parte de lograr un buen término para cada uno de ellos.21
Ahora, respecto a la fundación de la URSS, por medio de la intermediación inicial de Lenin, se coordinaron los intereses políticos de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR), de las Repúblicas locales y de los miembros del Partido. Luego, junto con la intervención de Stalin ya en calidad de Secretario General del PCUS, el 29 de diciembre de 1922, los delegados de la RSFSR, la República Socialista Soviética de Ucrania, de Bielorrusia y de la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia (que incluyó a Georgia, Armenia y Azerbaiyán) firmaron el Tratado de Creación de la URSS.
Este documento, además de cimentar las fronteras de la URSS hasta 1939, cuando los Estados bálticos se incorporarían a su territorio (gracias a la cláusula de incorporación de nuevos territorios), determinó las bases para el funcionamiento político y administrativo del Estado soviético: una república federal.
Para evitar redundancias temáticas entre ambos documentos fundacionales (el Acta Fundacional de la URSS y la Constitución de 1924), es posible establecer en términos amplios que el poder legislativo se asignó al Congreso de Soviets de todas las repúblicas, y, cuando aquellos no estuvieran sesionando, dicha prerrogativa recaía en el Comité Ejecutivo Central (CEC) de la URSS. Este último poseía las facultades principales del poder ejecutivo, el cual funcionaba mediante el Consejo de Comisarios Populares. Por su parte, el poder judicial, ejercido por la Suprema Corte, se establecía bajo el control del CEC.
Paralelo a aquellos importantes procesos para el Estado soviético, Lenin, en los últimos años de vida y ante la incapacidad de incidir como en otros tiempos dadas sus precarias condiciones de salud, redactó con ayuda de sus secretarias entre 1922 y 1923 un testamento político para asegurar una transición política pacífica luego de su deceso.
En dicho texto, sugería cambios a la estructura del aparato soviético de gobierno y sopesó la probable fragmentación del Partido, causada por las fricciones entre Trotsky y Stalin, que ponía en riesgo la estabilidad política. Sin embargo, esto último no pasó y el documento fue distribuido a los líderes de todas las delegaciones durante el 12º Congreso del Partido (17-25 abril de 1923),22 sin que Stalin perdiera el poder que ya había adquirido y que eventualmente lo llevaría a la cúspide del liderazgo en 1924.
Finalmente, una vez Lenin muerto, su figura fue retomada por el gobierno de Stalin para establecer una especie de símbolo patriótico unificador en toda la URSS, sus escritos fueron elevados a los máximos niveles políticos y académicos, y ello permitió mantener la cohesión nacional y partidaria hasta que las instituciones de seguridad soviéticas se encargaran de ello en todo el país, hacia la década de 1930. Sin embargo, un hecho ya era ineludible, el Estado soviético se encontraba plenamente establecido y funcionando, aunque no como Lenin esperaba.
Conclusión: ¿Y después de Lenin?
Mucho podemos especular respecto a los posibles desarrollos del Estado soviético si Lenin hubiera tenido una vida más larga, que le permitiera mantener el control político en la URSS después de 1922.
Sin embargo, para efectos de este texto, me gustaría reflexionar sobre una idea que a mi parecer es central y que no pudo observar de manera clara Lenin: la realidad del panorama político y geopolítico internacional de principios del siglo XX. Debido a la aplicación dogmática del marxismo, Lenin tuvo una visión romántica del futuro, la cual predecía un colapso eventual y casi inminente de las naciones capitalistas, a causa de guerras entre éstas, que dejaba peligrosamente al margen a la URSS.
En contraste, la agresividad de las naciones capitalistas hacia el proyecto estatal socialista fue uno de los puntos de observación más importantes que pudo percibir Stalin al ejecutar los procesos de industrialización intensiva del campo y el sector pesado (acero y manufacturas complejas y de gran escala, principalmente) por medio de la fuerza.
Gracias a esto, al final de la primera mitad de ese siglo, posterior a la destrucción casi total de la amenaza nazi a manos del Ejército Rojo, la URSS había renacido de las cenizas de la cruenta Segunda Guerra Mundial y a la muerte de Stalin quedaba armada con bombas nucleares, parafraseando a Isaac Deutscher, minucioso analista de este periodo.
De manera complementaria, es imposible considerar que otro líder diferente a Stalin pudiera haber asumido los costos políticos y sociales de transformar en 18 años y sin sucumbir ante las presiones internas y externas un Estado predominantemente rural a uno de carácter energético, agrícola y militar moderno, al grado de poder plantarse de frente a un Estados Unidos triunfador, doble expoliador comercial de Europa mediante las dos guerras mundiales, cuyo territorio y aparato productivo jamás fueron tocados por el conflicto.
Desafortunadamente, debido a la militarización de la sociedad y el Estado soviético, la URSS plantó las semillas de su destrucción, pues aunado a la osificación del gobierno unipartidario nacional, los penosos liderazgos posteriores a Stalin y el efectivo aislamiento de la dinámica general del capitalismo global, propiciado por el mundo euroatlántico durante la Guerra Fría, el Estado soviético comenzó a aislarse de gran parte del mundo durante la segunda mitad del siglo XX, lo que culminaría con su disolución en 1991.
Fuentes Consultadas
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Gleason, Abbott, Ed., A Companion to Russian History, Wiley-Blackwell, Chichester, 2014.
Grigor Suny, Ronald, Maureen Perrie y Dominic Lieven, The Cambridge History of Russia, vol. III, Cambridge University Press, Cambridge, 2006.
Hough, Jerry F. y Merle Fainsod, How the Soviet Union is Governed, Harvard University Press, London, 1979.
Instituto de Marxismo-Leninismo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Lenin: a Biography, Progreso, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 1983.
Millar, James R., Ed., Encyclopedia of Russian History, Thomson Gale, Detroit, 2004.
Rowney, Don K. & Huskey, Eugene, Eds., Russian Bureaucracy and the State: Officialdom from Alexander III to Vladimir Putin, Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2009.
Service, Robert, Lenin: a Biography, Pan Books, Londres, 2002.
Zickel, Raymond E., Ed., Soviet Union: a country study, Federal Research Division/Library of Congress, Washington D. C., 1991.
Desde que Pablo VI publicó Humanæ vitæ en 1968, ningún documento papal había tenido ni la resonancia ni la resistencia que Fiducia supplicans ha suscitado en el último mes a propósito de la posibilidad de impartir bendiciones no litúrgicas a parejas “irregulares”, homosexuales incluidas. La polémica representa la punta de la lanza de la oposición de buena parte del clero al espíritu renovador del papa Francisco, quien aceleró los nombramientos de puestos clave en el Vaticano y las principales diócesis del mundo a partir de la muerte de Benedicto XVI y a sabiendas de su delicado estado de salud en los últimos meses. Fiducia supplicans es una respuesta equilibrada a las dos grandes posturas en torno a la homosexualidad en el catolicismo contemporáneo: desde la urgencia por revisar en mejores términos el juicio que hace de ella el Catecismo —iniciativa liderada por muchos obispos de Europa occidental, Estados Unidos y Sudamérica— hasta la violencia homofóbica con que la mayoría de obispos africanos condena cualquier relación “intrínsecamente desordenada” (sic), que llega a su epítome en aquellos países que penalizan a personas homosexuales, bajo la mirada cómplice de la mayoría obispos católicos.
Las personas LGBT+ llevamos años sufriendo la homofobia institucionalizada desde los tiempos en que Juan Pablo II y el entonces cardenal Joseph Ratzinger tuvieron la necesidad de inventarse un enemigo externo para hacer frente, uno muy fallido, a la prevención de la pederastia en la Iglesia. En su cabeza pasaba el prejuicio típico de los años ochenta: que los homosexuales somos pederastas. Así, uno acabó acostumbrándose a terapias de conversión disfrazadas de confesiones y retiros, a chistes homofóbicos muy hirientes en las casas parroquiales y en los centros de formación religiosa, a columnas y publicaciones de curas acusándonos de ser los destructores de la familia, a miradas de odio y a negarnos el saludo de la paz en misa después de ver que abrazamos a nuestra pareja para rezar el Padrenuestro. Dejaron el odio crecer en Roma durante muchos años, lo convirtieron en obispos y cardenales. Por eso cualquier gesto de parte de la Iglesia que nos trate con cierta dignidad es recibido como cosa extraordinaria. Es humillante reconocerlo, pero es así.
Propongo revisar la declaración a la luz de cuatro consideraciones necesarias para entenderla: la pastoral, la sacramental, la dogmática y la eclesiológica. Sólo así podremos ubicar el lugar que la declaración tiene en la Iglesia, que no es, ni por asomo, un cambio importante a nivel doctrinal respecto de la homofobia institucionalizada que hacen pasar por verdad revelada.
1. El sentido de la declaración es eminentemente pastoral: se trata de una larga reflexión sobre el sentido bíblico y teológico de las bendiciones. Su sentido primario es “glorificar a Dios por sus dones”. En este sentido, la declaración recuerda que una bendición no es sino la expresión pública del honor que cualquier creyente rinde a Dios por los bienes que su gracia dispensa, pero también es una acogida pública a su misericordia, sobre todo en contextos de necesidad u opresión.
Ya antes de la declaración, si una persona solicitaba una bendición para sí misma o para objetos de piedad, el sacerdote podía bendecirla usando para ello alguna oración espontánea y un signo como la señal de la cruz. No estamos, en este caso, ante una bendición litúrgica —es decir, no forma parte de las bendiciones “oficiales” recogidas en el Ritual romano—, sino de un modo de oración personal que invoca, sobre la persona que la pide, el auxilio de Dios. Lo novedoso de la declaración es que reconoce la posibilidad de bendecir “parejas en situaciones irregulares”, como personas divorciadas en una segunda unión y homosexuales. Y por mucho que la declaración no cambie la doctrina actual de la Iglesia, sí resulta una postura mucho más abierta la de este pontificado el hecho de reconocer que, sin mover una coma del Catecismo, se puede incluir a estas parejas en una oración por su bienestar. En una bendición. Resalto este último punto: la declaración reconoce —que no innova— que, así como están las cosas, ese tipo de parejas no están excluidas de la oración de la Iglesia.
2. El aspecto sacramental es más complicado de tratar. La declaración tiene demasiadas concesiones a grupos homofóbicos en la Iglesia, y más las que se añadieron en los días siguientes: no puede ser una bendición que parezca una aprobación de esa relación, y por tanto no puede llevarse a cabo con ornamentos litúrgicos, ni en un lugar muy visible del templo, ni usando ninguna fórmula del Bendicional, ni el mismo día en que se celebra el matrimonio civil, ni debe tardar más de 15 segundos, ni debe realizarse en voz alta. Las personas homosexuales vivimos un auténtico apartheid sacramental de la Iglesia: por el mero hecho de serlo, no podemos acceder al sacramento del orden sagrado; pero si además vivimos en pareja, tampoco podemos acudir al sacramento de la confesión, ni a la eucaristía, ni al del matrimonio, ni a la unción de enfermos a menos que abracemos un celibato impuesto o que encontremos a sacerdotes que operen al margen de las restricciones de Roma y estén dispuestos a escucharnos en confesión. En este país, me atrevo a decir, es una gran mayoría, aunque timorata.
De los siete sacramentos, el matrimonio fue el último en reconocerse formalmente como tal (hasta el siglo XVI, cuando el Concilio de Trento). Por esa razón, a diferencia de otros como el bautismo o la reconciliación, la teología del sacramento del matrimonio no cuenta con una reflexión teológica sopesada que dé cuenta de su carácter esencial. En este sentido, una tarea importante por parte de la schola theologorum, como llamaba el cardenal Newman a la comunidad teológica dispersa por el mundo, es reconocer, con base en las fuentes de que abreva la Iglesia, qué es lo propio de este sacramento: ¿de verdad es la procreación la esencia del matrimonio?, ¿debe la procreación ser un bien mayor al de la comunión, expresada en la unidad del cuerpo y del alma de la pareja en el acto sexual?, ¿caben consideraciones teleológicas sobre la genitalidad aun cuando la biología moderna ha iluminado tantas oscuridades de la metafísica aristotélica sobre la corporalidad?, ¿es correcta la deducción según la cual las relaciones homosexuales no proceden de una verdadera complementariedad, como afirma el Catecismo que escribió el cardenal Ratzinger, si se reconoce que la premisa de la cual parte es errónea?, ¿por qué no se trata con la misma vileza a parejas heterosexuales que no pueden concebir, ya sea por la edad o por alguna condición corporal, si teóricamente están en la misma situación que las homosexuales?
Si de algún punto deben partir las respuestas a lo anterior es de una verdadera ortodoxia cristiana. Los sacramentos son signos visibles de la gracia, en otras palabras, son signos manifiestos de la presencia de Dios en la vida de cada creyente y en la vida de la Iglesia. Si una pareja de personas divorciadas, si una pareja de homosexuales tiene un proyecto de vida basado en el amor, en la ayuda desinteresada, en el crecimiento personal y espiritual, y un compromiso declarado por la santificación mutua, no se me ocurre cómo explicar ese proyecto sino como un signo visible de la gracia: una relación con carácter sacramental, o sea, una manifestación del amor de Dios en el alma de cada creyente y de la Iglesia. Porque “Dios es amor” (I Jn IV, 8), y por mucho que cueste reconocerlo para algunas personas, quienes somos homosexuales tenemos la misma capacidad de amar que la de las personas heterosexuales; la misma capacidad de hacer presente al Amor en este mundo, pues una cosa tiene clara la antropología cristiana y es que el amor no es algo que surja de uno mismo. Siempre es dádiva. Siempre es un don que viene de lo alto.
En octubre, durante el sínodo en Roma, el padre James Martin compartió docenas de testimonios de parejas homosexuales que han vivido entregadas al proyecto de vida que emprendieron, hasta la muerte. Las hay por montones. Que haya católicos homosexuales con experiencias afectivas negativas —por ejemplo, tantos sacerdotes que no pueden vivir su sexualidad en libertad y opten por el camino de la represión disfrazada de sacrificio— no significa que el resto de parejas estén condenadas a pasar por la misma historia. Y aunque fuera el caso, con mayor razón la Iglesia debería sostener a tales parejas con la cura sacramental.
3. Las reacciones negativas hacia el documento revelan una profunda ignorancia en el catolicismo conservador sobre la distinción entre dogmas y doctrinas en la Iglesia. El embrollo se lo debemos a Pío IX, pero ésa es otra historia. A grandes rasgos, los dogmas son las verdades reveladas por Dios que la Iglesia descubre a lo largo de su caminar en este mundo; están sintetizados en el Credo: que Dios es trino y uno, que Cristo es Dios y humano, que el purgatorio existe, que María es virgen, que el papa no yerra cuando pronuncia una declaración ex cathedra, que María fue asunta, etcétera. Son poco más de cuarenta y no hay ninguno sobre la moralidad de las relaciones homosexuales. Ni uno sólo. Las doctrinas, por su parte, son enseñanzas que han sido sujetas a revisión pontificado tras pontificado. Hay documentos papales y declaraciones conciliares que el tiempo demostró incompatibles o irrelevantes para la fe de la Iglesia.
Hay quienes afirman que el dogma que se refiere a la sacramentalidad del matrimonio basta para prohibir el acto homosexual, pero ese dogma sólo dice lo que acabo de mencionar: que el matrimonio es un sacramento. Pero incluso si lo dijera, y esto ya lo entrevía santo Tomás de Aquino (ST IIIa, q. 65), existe la posibilidad de que se reconozcan más sacramentos instituidos por el Señor. La Iglesia sigue caminando tras las huellas del Resucitado, y en su caminar recoge las flores que otrora dejó a su paso. Ya en el siglo XIX el cardenal Newman advertía sobre el peligro de pretender paralizar la acción del Espíritu en la Iglesia. El desarrollo de la doctrina se parece más al devenir de una semilla en árbol: no se parecen en nada, pero lo esencial, lo más íntimo, se mantiene.
La doctrina sobre los actos homosexuales no es un dogma de la Iglesia. Es una doctrina, y como toda doctrina está sujeta a revisión. Ha habido algunas en la Iglesia, sostenidas por la Biblia, por la tradición y por la ley natural, que hemos descubierto inmorales. La última doctrina en ser eliminada del Catecismo, apenas en 2018, fue la aceptación de la pena de muerte, ampliamente defendida (de nuevo) por la Biblia, la tradición de la Iglesia y la ley natural. Otro ejemplo histórico es el carácter institucional de la esclavitud (bíblicamente aprobada o tolerada en Ex. XXII, 3; Deut. XXI, 10-14; Ef. VI, 5; I Tim VI, 1…; en la tradición, padres de la Iglesia como san Agustín, san Jerónimo y san Juan Crisóstomo la consideraron compatible con el cristianismo; en lo que respecta a la ley natural, Aristóteles la defendió como una institución natural indispensable y necesaria para la vida política). La esclavitud y la pena de muerte son los precedente más claros que tenemos sobre doctrinas que terminaron por reconocerse como incompatibles con la fe cristiana. En eso la perspicacia del cardenal Newman es siempre vigente: no es que las doctrinas cambien, más bien se llega a reconocer que nunca fueron verdaderas. La homofobia está justificada por la Biblia, por la tradición y por un principio metafísico nebuloso llamado “ley natural”. ¿Qué nos hace pensar que no correrá, la homofobia, el mismo (bendito) destino que las doctrinas sobre la esclavitud y la pena de muerte en la tradición de la Iglesia?
4. Concluyo con el aspecto eclesiológico de la declaración, y para eso retomo la curiosa etimología de “Sumo Pontífice”, uno de los títulos del papa. Proviene del sustantivo latino pontifex, “constructor de puentes”. Entiendo que el papa deba hacer concesiones a grupos homofóbicos dentro de la Iglesia, pues el riesgo de cisma es muy alto y su papel es el de mantener la unidad de la barca encomendada a su cuidado. En este sentido, la declaración me parece un balance más o menos logrado entre el ímpetu pastoral que quiere hacer visible para creyentes LGBT+ y las resistencias de muchos obispos homofóbicos. Sin embargo, es altamente criticable su manera de comprender la sinodalidad en la Iglesia: no se trata de escuchar todas las posturas y tomar decisiones en las que todo mundo esté de acuerdo. Ésta es la famosa falacia del punto medio. Se trata, más bien, de reconocer el enorme daño que una doctrina ha hecho a millones de personas en la historia de la Iglesia (justo como sucedió con los esclavos durante los primeros siglos del cristianismo y con las personas condenadas a muerte ante el silencio ominoso de la Iglesia hasta el año 2018) y de dar pasos concretos para que el odio hecho institución no tenga cabida en la comunidad de creyentes.
Espero que Fiducia supplicans sea un primer paso, timidísimo pero en la dirección correcta, hacia la plena integración de las personas LGBT+ en la Iglesia, tal como lo dijo hace no mucho el cardenal obispo de San Diego, Robert McElroy. No es casualidad que Roma haya publicado la declaración el 18 de diciembre, día de Nuestra Señora de la Esperanza: se preguntan por qué uno sigue en la Iglesia cuando se sabe no querido dentro de ella. La respuesta sólo se entiende a la luz de la fe: el Señor prometió que “los poderes del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia” (Mt XVI, 18) y uno confía en su palabra. Una Palabra que hace esperar, contra toda esperanza, que defender la dignidad de poblaciones históricamente vulneradas es una manera de construir el Reino. Una manera de recordar que la homofobia no tiene el monopolio sobre la fe.
En la mañana el gallo ronco la despertó. Abrió los ojos y se acomodó la falda roja. De la mesa de madera tomó la taza de peltre y bebió el pinole remojado en agua. Se asomó a la puerta, vio los granos de maíz en el suelo, y el olote descubierto, desnudo, despojado de sus granos amarillos. Las gallinas comían picándose las cabezas entre sí. Mariquita rio, y se tapó la boca. A lo lejos, la bicicleta azul oxidada de su tío “El Pelón”se atoraba entre las piedras. Dejó de reír, entró de nuevo a la casa. Abrió la puerta de la estufa y metió un pedazo de ocote muy grande que olía a pino. Lo observó arder. Las llamas saltaron, y las cenizas cayeron junto a sus pies.
—Alítate Maiquita, ya llegó tío —le gritó su mamá, mientras metía las gallinas al corral.
La niña se puso los lentes que le habían regalado los chabochis, hombres que hacían exámenes de la vista gratis a los niños y ancianos. Su tío entró a la casa, llevaba puesto un paliacate rojo que cubría su nariz y boca. Había regresado de la ciudad, más cambiado, con una camisa azul brillante, la cual traía bordada en la espalda la imagen de la virgen de Guadalupe.
Mariquita subió a la bicicleta y se aferró a la camisa de su tío. Tras recostar su mejilla en la imagen bordada, pensó en el niño de ojos entrecerrados bajo los pies de la virgen. Se aferró fuerte a la espalda del hombre y también agachó la mirada como el niño. Sintió el viento helado en su rosto. Otra vez no iría a la escuela.
Entró a la casa del tío, y miró al santo en la cabecera de la cama: una figura de yeso, descarapelada, un hombre con túnica blanca y verde que sostenía un palo de madera. Pensó en su padre, quien antes de morir llevaba consigo un palo para defenderse de aquellos que lo habían “tableado”, por rehusarse a trabajar sin paga. Su tío entró a la habitación y con voz ronca y gruesa le ordenó: «Métete debajo de la cama, ya sabes dónde. Ahorita llegan más tarde por nosotros».
Se metió debajo de la cama y quitó la madera que cubría el hoyo que estaba en el piso. Entró en la tierra. Vio de nuevo las venas del árbol, las raíces de las que a veces se agarraba fuerte; e imaginaba cómo las hojas se movían al igual que su cuerpo estrujado por su tío.
Su tío entró al hoyo, después de ella. Le arrancó la falda roja y ella la vio caer bajo sus pies. Se sintió como el olote despojado de sus granos, como una mazorca roja, desechada, inservible por estar agusanada. A Mariquita el gusano voraz la perforó, le royó la carne y todas sus almas. Su tío se marchó. Ella se quedó inerte como una raíz, oculta, con la hojarasca de su inocencia palpitando entre sus piernas.
Después de unas horas, su tío regresó, golpeó muy fuerte la madera que cubría el hoyo y desde afuera le gritó:
—Levántate, ¿Pa’qué te duermes? Te voy a llevar a que ayudes a cortar las florecitas de amapola. Ándale, apúrate, antes de que anochezca—.
Mariquita y su tío avanzaron por un camino hasta llegar a la carretera. En la curva se observaba una capilla pequeña. Adentro de esa casa blanca y abarrotada se distinguía un santo y una vela encendida. Una camioneta roja se acercó a ellos.
—Súbete, Pelón. ¿Y esa niña? —preguntó el hombre de la camioneta mientras encendía un cigarro.
—Es la Mariquita, mi sobrina, la traigo pa’que jale en la amapola —contestó “El Pelón”, mientras acariciaba la nuca de Mariquita.
La niña sintió que la nariz le ardía por el olor a hierba quemada, mariguana. Pensó en el ocote, y también en el olor de la camisa de su tío, en el olor de la virgen, de ese pecho tatuado que a veces aplastaba su cuerpo. Sintió asco y miedo. Su corazón palpitó como la vela de la capilla.
Llegaron al lugar. Un hombre, cuyo rostro no pudo ver porque lo traía cubierto con una capucha, le entregó una navaja y le explicó lo que tenía que hacer con las flores rojas. No entendió lo que dijo, y se quedó viendo la calavera pintada en su gorro. Recordó la cara de su padre, cuando lo descubrió calcinado en la pastura, en el corral de su casa. «No entes Maiquita, ese no es tu padre», escuchó de nuevo la voz de su madre, como si esas palabras le estuvieran picoteando la cabeza. Otra vez se vio a sí misma correr hacia el cadáver que llevaba una hebilla en el cinto, la cual su padre compró en la ciudad, una rueda de plata con la imagen de ese gallo ronco que la despertaba todas las mañanas.
Mariquita cerró el puño y sintió el filo de la navaja en uno de sus dedos. Ninguno de los niños que estaban en la fila volteó a verla. Se acomodó en la última hilera frente a una flor e imitó lo que hacía el niño de enseguida. Comenzó a cortar la flor, vio como le salía un líquido blanco y pegajoso, y pensó en su sabor agrío. A su mente llegó otra vez ese lugar oscuro, debajo de la cama de su tío, adentro de la tierra; se vio a sí misma al igual que el niño de ojos entrecerrados cargando el peso de un cuerpo que se subía a ella a la fuerza; se vio observando esa imagen de la virgen en la camisa tirada a un lado de su cuerpo desnudo, a esa virgen que nunca hizo nada por defenderla. Se vio con las piernas pegajosas de ese líquido blanco que había brotado de su tío. Y ella, como la virgen, la santa que no habla, no gritó; no se defendió porque tuvo miedo.
Regresó de nuevo a su realidad. Apretó la navaja. Estaba decidida: le contaría todo a su madre; por fin, al igual que el gallo ronco, hablaría. Como las gallinas, alzaría el pico para clavarlo sobre la verdad.
Su tío se acercó a ella y en tono de burla le dijo: «Vámonos, Mariquita, ya terminó la escuela».
Fernanda López es una de las madres que ha apoyado la infancia trans de su hijo
“¿Cómo criarás a un niño si no pudiste con una niña?” Aseveró el padre de Fernanda. El reproche consumió el corazón de la mujer, quien tuvo a su primera hija a los 16 años. La joven vio crecer a su bebé mientras ella prosperaba a la par. Después de 13 años, llegó una nueva vida al seno familiar y, con ella, una pérdida. Este ser echó raíces en la hija de Fernanda y la desbordó en una nueva identidad de género: un adolescente trans.
Un día, Fernanda escuchó de su hija una petición: “Mamá, quiero cortarme el cabello”. En cualquier otro caso, la idea habría sido solo un viaje normal a la estética; tintes, chismes sobre estereotipos de belleza femenina y una cuenta elevada. Tener un corte pequeño, similar a los que usaba el abuelo de la familia, era equivalente a silencios incómodos en la sobremesa. Tras deshacerse de los largos mechones de cabello, de forma inesperada comenzó una revolución en la familia contra los roles de género.
Tías y abuelos seguían cuestionando a Fernanda por la decisión de su hija, quien pedía a los demás usar pronombres masculinos cada que se dirigieran a su persona. Así comenzó el proceso para enunciarse con su identidad. Las duras críticas al respecto pronto se convirtieron en inseguridades para la joven madre. “Me preguntaba qué había hecho mal para que pasara esto”.
Pese a la presión, ella decidió guardar sus lágrimas. Quería proyectar una imagen de fortaleza, confianza hacia su ahora hijo y al mismo tiempo enfrentaba un duelo. “Sentí como si hubiera muerto mi hija”, admitió con la voz fría que abrazó su llanto. Estar en este punto la hacía sentir vencida por la incertidumbre. Temía defraudar a su hijo que recién buscaba apoyo.
De estampas de Campanita a colores neutros
Al inicio había confusión tanto por parte de la entonces adolescente como de Fernanda. “Me decía que era lesbiana. Yo subestimé lo que dijo, y pensé que solo era una etapa, que se le pasaría con el tiempo”, recordó la posición incrédula desde la que hablaba en 2019, cuando escuchó por primera vez la orientación sexual de su ahora hijo. Las palabras cobraron seriedad con una afirmación poco clara: “Mamá, creo que tengo esto”, dijo el joven un año más tarde durante la pandemia. Tenía el celular en la mano, y en la pequeña pantalla había álbumes de jóvenes que se identificaban como mujeres y hombres trans.
En el país, la diversidad sexual ha logrado representatividad social entre los jóvenes. De los 6.8 millones de adolescentes de 13 y 14 años que viven en México, entre el 1.2 y 2.7% tienen una identidad de género distinta a la asignada al nacer, es decir, 81 mil a 183 mil adolescentes, de acuerdo con el Consejo Nacional de Población (CONAPO). La expresión libre de género también ha ganado relevancia en años recientes.
Fernanda trató de creer que las palabras que escuchó al respecto solo eran producto de las indecisiones en su entonces hija. “Supe que era real cuando se cortó el cabello como niño”. Este hecho logró afectar a la joven madre, quien ni siquiera se impactó por la orientación sexual de la chica. Al recordar esa tarde, soslayó la mirada y perdió la gentileza que la desbordaba. Los 13 años de aquella vida tradicional llegaron al ocaso. Había nostalgia en sus ojos. La sonrisa cálida que acompañaba su rostro se esfumó en una cortina que ensombreció su semblante. Ese matiz grisáceo la acompañó después de aquel hecho. “El siguiente paso fue quitar las estampas de Campanita de su cuarto y pintarlo con colores neutros como el gris”.
El dormitorio pequeño de cuatro por tres metros cuadrados, como cualquier otro hogar de clase media de la alcaldía Azcapotzalco, albergaba colores rosas y cálidos. Aquellos rastros de una primera infancia femenina se transformaron en un presente con aspecto varonil. Las sábanas de ositos y las muñecas fueron reemplazadas por fundas de colchones sin diseños y playeras con estampados de patinetas y calaveras. Poco quedó de esa niña que solía dormir ahí. Ahora, por las mañanas, despertaba un chico enredado en las cobijas. Mientras tanto Fernanda seguía en negación ante este proceso.
Ella presenciaba cómo otra persona habitaba a su lado. Se sentía poco preparada para protegerlo y aceptarlo. En más de una ocasión, sintió dolor al conocer aquella identidad de género. Sin embargo, calló cualquier comentario porque temía romper en llanto. Además, ante un ser que crecía a pasos gigantes día tras día, las confusiones aumentaban. “Yo no sabía cómo criarlo, tampoco sabía qué hacer”. Naufragaba entre aquel mar de no saberes con miedo a la discriminación que pudiera sufrir su hijo.
En México el 42.6% de esta comunidad considera que la discriminación ha afectado sus vidas, según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG). Al menos siete de cada 10 padres rechaza a sus hijos adolescentes o los echa a las calles, situación que se agravó durante la pandemia de Covid 19. Además, el 83.9% de la comunidad LGBT manifestaron haber sido víctimas de acoso verbal durante 2020 en sus escuelas debido a su orientación sexual o expresión de género, de acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).
Son solo cifras que han esbozado los rostros excluidos en el país, y aún conforman una realidad a la cual Fernanda, admite, siempre temerá. “Mi mayor miedo es que alguien quiera hacerle daño a mi hijo”. Él vive con libertad su expresión de género, los signos se reflejan en bermudas, pantalones de corte masculino y una facha que Fernanda describe “entre ídolos de K-pop y skatos”. Una combinación que, a simple vista, llama la atención y despierta prejuicios ante ojos conservadores. Sin embargo, condensa una existencia en búsqueda de identidad acompañada con amor y valentía. Así surge un chico en aspecto como cualquier otro: libre y feliz como pocos. Su nombre es Alexis.
Una unión más allá de la sangre
El proceso para asumir una identidad de género diferente, aunque difícil, tuvo momentos divertidos. “Cuando compramos pantalones y bermudas para hombre en línea, llegaron enormes. Él nadaba en la ropa”. Fernanda tomó un respiro luego de contar la anécdota y agregó: “El chiste nos salió caro”. Su risa desbordó la tristeza que había escapado de sus ojos cuando hablaba del luto que sentía. Demostró un poco de su habilidad para convertir en chistes cualquier aspecto de la maternidad. Un talento que explota los viernes o sábados por la noche cuando ofrece su show de stand up en Beer Hall, ubicado en la colonia Roma de la CDMX, calle Puebla número 372.
Esta parte de sí misma la descubrió junto a su hijo. Los cambios que él experimentaba, desde el corte de cabello hasta la ropa, dejaron risas en ambos. “Llegué a pensar que yo era la única mamá que pasaba por esto, me di cuenta de que no era así”. Al acudir con psiquiatras para acompañar la transición de su hijo, llegaron a una red de apoyo llamada Transfamilias, que cuenta con un perfil en Instagram para establecer contacto con la gente. Madres, hermanos, hijos y demás familiares de personas trans acompañaron a Fernanda en su proceso de aceptación, y notó que ellos anunciaban partes de su propia historia.
Las experiencias que ahí se contaban tenían distintos matices, pero se unían por el sentimiento de pérdida y el amor que llegaba tras aceptar la identidad de género de un ser querido. De nuevo, el sentido del humor en Fernanda ayudó a restar dolor en las conversaciones. “Cada que alguien decía algo incómodo o llegaba tarde, yo agregaba: ‘por eso tienes un hijo trans’, como broma”.
Ella sentía que había ganado compañeros en el camino, más importante aún, logró ganarse a su hijo como un cómplice. Antes de la transición, consideraba que nunca se involucró en realidad con su entonces hija. Las escasas conversaciones giraban alrededor de un simple “¿Cómo te fue en la escuela” o un “¿A qué hora llegas del trabajo?”. Fernanda admite que pasar más de ocho horas en la oficina era su forma de evadir la realidad, aunado a las noches de fiesta y juventud que interferían con una maternidad temprana.
“Cometí muchos errores al principio”, se confesó a ella misma y la sinceridad de sus palabras pareció tomarla por sorpresa. Cuando Alexis llegó a su vida, entendió que su hijo necesitaba una madre presente; lo que nunca imaginó fue que ese chico de apenas 13 años se convertiría en un apoyo para ella. “Alexis se mostró muy comprensivo con la forma en que me sentía, incluso lo pensaba mucho antes de pedirme algo relacionado con el cambio de su imagen. Él estuvo ahí”.
Ese compañerismo ha permanecido intacto hasta en los actos que exigían enfrentar al mundo. Ambos ignoraron comentarios intolerantes durante aquellos años y juntos solicitaron el cambio de género en los documentos de identificación oficial. En 2021, la capital se sumó a una regulación local que reconoce formalmente a la comunidad trans y otorga el derecho a los ciudadanos de cambiar legalmente al sexo con el que se identifica, de acuerdo al Congreso de la Ciudad de México.
La ley de identidad de género, permite a la comunidad LGBT realizar esta rectificación en las actas de nacimiento. En la actualidad hay 13 estados en México que la han aprobado: Ciudad de México, Coahuila, Colima, Chihuahua, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Oaxaca, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sonora y Tlaxcala. Respecto a los que otorgaron este derecho a los adolescentes de 14 años sobresalen Oaxaca, Jalisco y la capital. Sin embargo, hay una migración de personas trans a la CDMX para tramitar el cambio de género, pues se han contabilizado 3 mil 524 hombres, de acuerdo con el Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (CONAPRED).
Consideró que por primera vez ambos se involucraron en la vida del otro, incluso comenzaron a hablar más seguido y se dedicaban sonrisas desbordadas de complicidad. Miradas que funcionan como declaración de intenciones y la promesa de que siempre estarán el uno para el otro. Alexis se convirtió en el joven protector de Fernanda, y ella en guía para él. “Descubrí que ser mamá va más allá de mantener a mi hijo con vida y ayudarlo a comprar una casa”.
La conexión madre e hijo, ayudó a Alexis a enfrentar su depresión severa debido a una existencia pasada que nunca representó su identidad. Antes ella observaba a una niña cuya vida se esfumaba entre el fastidio. En su presente, mira a un chico que sigue una expresión libre de su propio ser, más allá de lo que dictan los esquemas de género. “Alexis salvó la vida de mi hija”, dijo Fernanda en cuya voz hay un matiz de plenitud incontenible.
Han transcurrido casi tres años, Fernanda presenció cambios. “Sus calificaciones mejoraron y lo veo muy contento”, reconoció con un tono optimista. El chico logró retomar el ímpetu para salir de su cama y encontró la paciencia para acudir a terapia psicológica. Incluso Fernanda se percató de algo que antes hubiera creído imposible: ver una sonrisa genuina iluminar el rostro de su pequeño.