Tierra Adentro
Portada “Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas” de Susi Bentzulul. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada “Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas” de Susi Bentzulul. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Presentación del libro Tenbilal Antsetik / Mujeres Olvidadas de Susi Bentzulul

Librería Juan Bañuelos del Fondo de Cultura Económica

San Cristóbal de Las Casas, 21 de julio de 2023

La poesía es, en el fondo, una crítica de la vida.

Matthew Arnold

Tenbilal antsetik/Mujeres olvidadas es un poemario bilingüe (tsotsil-español) escrito y traducido por Susi Bentzulul. Tiene una portada ilustrada por Andrea Alcántara Aguirre. Publicado por el Fondo de Cultura Económica, colección Tierra Adentro en noviembre del 2022. El primer tiraje consta de 2000 ejemplares.

El libro está conformado por 26 poemas, divididos a su vez en tres secciones: Almas heridas (8 poemas), Cuerpos y sentimientos despojados (8 poemas) y Voces silenciadas (10 poemas). A modo de introducción, hay un epígrafe para cada una de las secciones. En Almas heridas resuena la voz poética de Alfonsina Storni: “¡Llévame! Está la noche/ muy negra y muy sombría:/ La muerte por los mundos/ anda de cacería./ Hazme olvidar lo mucho que/ me pesa en los hombros./ Esta carga pesada de/ pesados escombros”. En Cuerpos y sentimientos despojados retumba la voz poética de Alejandra Pizarnik: “Pero sucede que oigo a la noche llorar/ en mis huesos./ Su lágrima inmensa delira./ Y grita que algo se fue para siempre”. Y en Voces silenciadas estalla la voz poética, en náhuatl y en español, de Araceli Patlani: “No quiero amanecer/ con una piel bolsa de oscuridad,/ con una boca gris que no habla. // No quiero dormir en pedazos/ dentro de la tierra/ mientras vienes a encontrarme”. Además, en el poema titulado Velorio, la poeta Bentzulul testimonia las palabras de la madre de una hija asesinada con un epígrafe que enchina la conciencia y la piel: “No sé quién la mató o quiénes la mataron y no pienso investigarlo. ¿Para qué? Si así no voy a revivirla.” (p. 65).

Ante este panorama estructural y general del poemario, cualquier persona puede figurarse, desde ya, que Tenbilal antsetik/Mujeres olvidadas es un libro contra el feminicidio y, como acertadamente indica la contraportada, “Es, al mismo tiempo, un poderoso libro de denuncia y un acto de resistencia ante la hegemonía lingüística”. Es, además y sin duda, una imperiosa y legítima exigencia de justicia por las mujeres asesinadas en que la autora afirma: “Nuestras voces enterradas/ claman.” (p. 23).

Repito: “Nuestras voces enterradas/ claman”. Los dos versos que acabo de citar son de las contadas ocasiones en que la voz poética del libro habla en primera persona del plural. Es decir, se incluye, te incluye, me incluye, nos incluye (a quienes estamos vivos) y, evidentemente, incluye a cada una de las mujeres que han muerto, no por causa natural, sino por la violencia y por el odio, ambos atroces, lamentables. Nótese también que, más allá de ser una misma imagen, no está escrita en un único verso y, gracias a la exactitud y a la disposición de las palabras, la poesía emerge en el texto. Pues la autora proporciona espacio y tiempo suficientes, unos cuantos segundos, para que “nuestras voces enterradas” resurjan de la tierra, resuciten, se hagan sentir, y clamen. O, dicho de otra forma, da pie para que recapacitemos, de manera urgente, porque el feminicidio, mientras no logremos erradicarlo, debería como mínimo concernirte a ti, a mí, a cada uno de nosotros y no pasar desapercibido, ni ser una situación indiferente ante los ojos de la humanidad.

Cabe mencionar que estos versos cierran el poema Destierro, y justo en el primer verso de éste aparecen las palabras que dan título al libro: “Hemos sido mujeres olvidadas.” (p. 23). Aquí surge una dinámica gramatical muy interesante porque es una oración completa. Al utilizar punto en lugar de coma, se está conteniendo a todas y cada una de las mujeres. Y, a partir del segundo verso, la poeta contextualiza y nos conduce en un santiamén a su verdad, a sus raíces, a San Juan Chamula, Chiapas, su lugar de nacimiento: “Sufrimos por ser mujeres tsotsiles,/ despojadas de nuestros territorios:/ el dolor pisotea nuestras almas,/ nos destierra a un inframundo de soledad. // Ellos arrancan y entierran/ nuestros sueños./ El odio que anida en sus corazones/ envenena a la sagrada madre tierra.” (p. 23). Se demuestra cómo lo que ocurre en una geografía determinada repercute “a la sagrada madre tierra”, repercute por ende al mundo entero.

Ahora, ¿qué otras herramientas utiliza la autora para que este libro halle sendero y se abra paso para trascender en cada uno de los lectores? La mayor parte del tiempo y a través de los textos, la voz poética está escrita en primera persona del singular. Es decir, a partir del “yo”. Ese “yo” traspasa las fronteras de lo autobiográfico porque, como expresó Gerard de Nerval: “La vida de un poeta es la de todos”. Y claro que lo es. Qué persona, por ejemplo, estaría exenta de pronunciar y de identificarse por lo menos alguna vez en su vida cuando la autora escribe en la página 31: “Una mañana extravié mis esperanzas”. O cuando en la página 35 exclama: “No quiero ver cómo el tiempo deshace mi cuerpo./ No quiero ver cómo la esperanza abandona mi alma”.

Además, la voz poética, al dirigirse a la mujer, a su padre, a su madre o a sus abuelas, en realidad le está hablando a la humanidad, que muchas veces y cuando le conviene es indiferente. Lo cual me hace sentir que, ante la indiferencia y la omisión,  sería menos trágico que la humanidad se empeñara en enfocar la compasión y los ojos, aunque fuese completamente ciega. Ya se preguntó José Martí: “¿Quién es el ignorante que sostiene que la poesía no es necesaria a los pueblos? Hay gente de tan corta vista mental que cree que toda la fruta se acaba en la cáscara”.

Indaguemos entonces el sabor de boca que producen algunas de las figuras retóricas más empleadas por Susi Bentzulul a lo largo del libro. Probemos desde su experiencia de vida y su sensibilidad poética a qué nos saben la anáfora, la epístrofe, la metáfora y el oxímoron. Nos demos permiso de sentir y de paladear a qué saben el fogón, las brasas, el humo, el barro, los matorrales de su tierra, desde donde ella ha visto cómo se echa al olvido a mujeres a quienes, así porque sí, asesinan y arrojan en un terreno baldío, desnudas, violadas, descuartizadas, a cuestas.

A continuación, cito versos seleccionados de los poemas Muero, Fosa y Maldigo a mi padre, en los que la poeta recurre a la anáfora, figura retórica por excelencia, que consiste en repetir la misma palabra o las mismas palabras al inicio de distintos versos, dotando de sonoridad a lo que se dice y que logra hacer las imágenes más impactantes y memorables:

Muero con el rostro marginado.

Muero silenciada por el desprecio.

Muero en todos y cada uno

de los rincones de mi vida.

Muero en cada suspiro. (p. 11).

Mi cuerpo es una fosa.

Una fosa donde mi padre arrojó mi infancia,

una fosa donde mi alma se pudre.

Una fosa con olor a olvido.

[…]

Ahí muere mi historia.

Ahí muero yo. (p. 33).

Maldigo a mi padre por lo devastada que me dejó.

Maldigo a mi padre desde el silencio de mi alma.

Maldigo a mi padre tantas veces como respiro. (p. 35).

La anáfora, reina de las figuras retóricas en este libro, aparece también en poemas como No me preguntes, Una herida sangra, Danza, Una mañana, Mi padre, Silencio, No hay dolor más grande, Como otras niñas o Mujer.

En el siguiente ejemplo, sustraído del poema Cuando muera, se mezcla el uso de la anáfora con la epístrofe. Ésta última pudiese considerarse una hermana gemela de la primera y se caracteriza por repetir los mismos finales, ya sea de los versos o de las estrofas. Asimismo, la poeta toma el primer terceto para llevar estos versos al último cuarteto, donde vuelve a entrar en juego la disposición de las palabras y que es capaz de recrear el significado dentro del texto logrando a su vez un mecanismo cíclico, de eterno retorno:

Recuérdame

aunque las flores de mi entierro se pudran

y con ellas se pudra mi dolor.

[…]

Recuérdame en los días y las noches.

Recuérdame, aunque las flores

de mi entierro se pudran

y con ellas se pudra mi dolor. (p. 17).

Como pudo observarse, la anáfora está contenida en la palabra “recuérdame” tanto del terceto como del cuarteto, enunciada en tres ocasiones. Y la epístrofe está en los versos que dicen “y con ellas se pudra mi dolor”.

Desconozco si sería válido considerar como epístrofe al hecho de utilizar las mismas palabras al final de un verso en distintos textos dentro de un libro. Pero tratándose del análisis de un poemario que, como la misma editorial dijo, es “un acto de resistencia ante la hegemonía lingüística” y porque me da la impresión de que Tenbilal antsetik/Mujeres olvidadas es también un libro de resistencia ante los academicismos y de ruptura ante las reglas poéticas ya preestablecidas, no quisiera pasar por alto un detalle que llamó mi atención mientras leía y que me da por sentirlo como una nueva propuesta de la figura retórica en cuestión.

La autora, en el apartado Cuerpos y sentimientos despojados, termina dos poemas consecutivos justo con tres palabras iguales. En Angustia clausura con el dístico: “Una espesa angustia se desborda en mi vagina,/ la noche se desangra dentro de mí.” (p. 41). Y en Féretro concluye con el verso: “Mi infancia yace podrida y vacía dentro de mí.” (p. 43).

¿Sería entonces puesto en consideración que la recreación de la epístrofe fuese, además de un guiño que proyecta y sustenta el subtítulo del libro, pedazos de un solo cuerpo, de un sentimiento despojado? Pongo la pregunta y mi interpretación como cartas sobre la mesa. Quizás tengan cabida, aun si no alcanzaran la certeza y la verdad de la autora cuando, recurriendo a una voz poética impersonal, afirma: “Cada trozo de ese cuerpo/ es un escombro hundido en el silencio.” (p. 45).

Para ejemplificar la metáfora y el oxímoron, que son de las imágenes poéticas más conocidas por el público en general, recurriré a un cuarteto del poema Silencio. Ahí están superpuestas ambas figuras: “Una niña despojada de su infancia/ es una llaga que se desangra bajo el olvido,/ es un cuerpo hueco/ invadido de miedo.” (p. 45). La metáfora identifica a “una niña” a la vez con “una llaga” y con “un cuerpo”. Y el oxímoron yuxtapone en primera instancia “cuerpo hueco”; y, en una segunda, “hueco invadido”. Es decir, ante la palabra “cuerpo”, “hueco” hace la función de oxímoron y, ante la palabra “hueco”, “invadido” sirve como oxímoron del oxímoron. Estos versos, en cuanto a contenido se trata, son sumamente dolorosos. Sin embargo, en cuanto a la forma, el uso de las imágenes resulta exquisito. Añade belleza a las imágenes y hace que quien lo lea o escuche, reflexione.

Por último, habiendo mencionado los contrastes del oxímoron, aprovecho para mostrar el contraste de la voz poética al dirigirse a la mujer. Por un lado, en un poema de la primera sección, la voz, dotada de luz y de optimismo, incita al movimiento: “¡Mujer!/ Danza./ No te detengas.” (p. 25); y por otro, en un poema de la tercera sección, esa misma voz se conduele y exige una respuesta: “¡Mujer!/ ¿Cómo desahogar esta impotencia?/ ¿Cómo aguantar tanta rabia sin reventarme las venas?” (p. 55).

“¿Cómo aguantar tanta rabia sin reventarme las venas?”. ¿Tú lo sabes? ¿Alguien de ustedes lo sabe? ¿Habrá alguien en el mundo que lo sepa? Yo no lo sé. Sin embargo, me gusta creer y sentir que cada vez estamos más cerca de ese día, ese día en que los seres humanos dejemos de ser clasificados por género. Ese día en que la mujer no tenga que afirmarse mujer, ni el hombre tenga que afirmarse hombre, y que quienes no se identifican con el sexo masculino o femenino no se vean en un aprieto. Ese día en que podamos al fin tener conciencia plena de quienes hemos sido, somos y seremos. Es decir, ese día en el que las personas nos consideremos enteramente personas y así mismo valoremos y respetemos a nuestros semejantes. Ese día, insisto, en que la humanidad sea una sola, sin distinción por color de piel o de bandera, mucho menos, por distinción de género.

Mientras tanto, mientras llega ese día, suscribo y hago eco a las palabras de la poeta Susi Bentzulul en su ópera prima: “No hay dolor más grande/ que ver tu cuerpo sin vida,/ frío, mutilado,/ hundiéndose en el olvido.” (p. 51).

Referencias

Bartolomé, Efraín. La Poesía. Segunda Edición. Editorial Praxis, 2001.

Bentzulul, Susi. Tenbilal antsetik / Mujeres olvidadas. Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, 2023.


Autores
Mónica Zepeda (San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, 1987). Licenciada en Literatura y Creación Literaria por Casa Lamm. Meta-NLP Master Practitioner por The International Society of Neuro-Semantics. Es autora de Si miento sobre el abismo (2014) y Las arrugas de mi infancia (Coneculta Chiapas, 2020). Ha participado en festivales de poesía nacionales e internacionales como Jornadas Pellicerianas 2022 y The Americas Poetry Festival of New York 2022. Parte de su obra poética ha sido traducida al polaco, inglés e italiano e incluida en diversas antologías. Poemas suyos también han sido publicados en reconocidos medios impresos y electrónicos de México, España, Honduras, Guatemala, Perú, Bolivia, Colombia, Chile, Estados Unidos, Italia y El Salvador.
Portada de "Meth Z", Gerardo Arana. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013.
Portada de “Meth Z”, Gerardo Arana. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013.

¿Qué es Meth Z? para Gerardo Arana, escritor queretano, quizá haya sido su primera novela, publicada originalmente en formato digital por Radiador Magazine. Para Pegaso Zorokin, es el medio para escribir su primera novela. Pero Meth Z es más que una novela. Para el lector cautivo que escribe un ensayo al respecto, es ante todo un fractal: desdoblamiento de símbolos y constante onirismo. Para María Eugenia puede ser una tortuga. Para María Eugenia es anarcosentimentalismo. 10 minutos de no corregir nada.

El lector cautivo, ahora farsa de ensayista, recibe un correo. Meth Z será reeditada nuevamente por Tierra Adentro (la primera vez fue en 2013). El ensayista enciende su computadora, abre el PDF pirata1 del libro y un documento de Word.

Fractal: Renovación de lo que ya está ahí.

Fractal: Truco matemático.

Fractal: Sudor de tortuga.

Tortuga: Símbolo reiterativo.

Las tortugas aparecen mencionadas 58 veces a lo largo de la novela. La primera vez, la tortuga es buscada por María y destruida en mil pedazos.

Entonces comienza la novela.

“DESTRUIR ES NARRAR A LA INVERSA”

Pegaso fuma Meth Z en el caparazón destruido de una tortuga y comienza el libro.

Durante Copy & Hack (segunda parte que merecería un ensayo para ella solita) la tortuga no es mencionada, pero vuelve a aparecer en Beatriz destruida.

“(…) la oscurecida discusión del sitio epistemológico correspondiente al símbolo —  formación psíquica del pensamiento indirecto bien decía E. Cassier en un intento desprecisar su naturaleza: “(El símbolo) no sólo debe ser visto como mero indicador de objetos, sino, hermenéuticamente, como una organización instauradora de la realidad”

Entonces, ¿Cómo explicarse la sórdida persistencia en la aparición del célebre símbolo conchado? Si bien consideramos el artefacto literario como una realidad distinta ¿Un símbolo tiene la capacidad de instaurar una novela? De ser así ¿Cuál es su verdadero alcance? ¿Cuáles son sus posibilidades?”

El mismo Arana hace un análisis de las implicaciones simbólicas de la tortuga dentro de Beatriz destruida, referencia a la cita de Mallarmé que usa en el segundo capítulo: “La destrucción era mi única Beatriz”.

Destrucción destruida. Juegos psicotrópicos de palabras.

Tortuga: Anarcosentimentalismo

El sentimentalismo fue un movimiento gestado a mediados del siglo XVIII, difundido principalmente en la literatura europea durante la última etapa de la Ilustración, influenciado por las ideas de Rousseau, ponía énfasis en la bondad humana y apelaba a la emoción del lector.

Han pasado muchas décadas desde el auge del sentimentalismo, ya el concepto de bondad ha mutado considerablemente. Arana busca ternura en lo grotesco, es en el vicio y la destrucción donde se presenta el bien.

“Siempre llevaba un lápiz amarillo. Se decía aficionada al desastre. Nick Cave le resultaba irresistible. El cine alemán la hechizaba. Creía en los fantasmas. Creía que los fantasmas nos estaban buscando. Había tenido tres novios. Uno había intentado matarse. Uno la había intentado estrangular. A otro le había enseñado cómo. María Eugenia, aunque estoy seguro de que dudaría en el último instante, sabía cómo matar. María creía que teníamos derecho a las drogas y a elegir nuestra muerte. María no creía en Dios. La adolescente creía que el hombre había venido al mundo a destruir esta idea. Nadie iba a detenerla. Tenía diecinueve. No fumaba. El cáncer le causaba terror. Se sabía los pasajes de Juventud de Schumann. Un día le robó el revólver a su padre y se encerró tres días en su cuarto. Una rata infeliz del Distrito Federal. Un ángel de entre los subterráneos.”

El anarcosentimentalismo es escatológico, la destrucción es el fin último de todas las cosas, el nuevo modo de conocerlas porque en palabras de Gerardo “si el mundo no se acaba entonces nada tiene sentido”.

Drogarse, matar, robar, huir de la policía y romper cosas son la nueva virtud: libertad hasta sus últimas consecuencias. Somos caos, pero nos responsabilizamos cínicamente de ello.

Mediante una estética decadente, Arana nos lleva por Wirikuta, convenciones de anime, Hogwarts y un montón de locaciones donde la perdición es la única manera de encontrarse.

Gerardo Arana murió en 2012 a la edad de 25 años dejándonos además de su única novela-trilogía y decenas de pinturas y grabaciones., libros alucinantes como Visto bengalas, bebés y diamantes, de poesía, La máquina de hacer pájaros, de cuentos y Bulgaria Mexicalli, donde hace un remix con los versos de López Velarde y Geo Milev para hablar de la violencia y  las patrias rotas, este poemario incluso fue reseñado por Cristina Rivera Garza, aunque esta no es la única que ha reconocido la importancia de su obra, escritores como Antonio Ortuño, Chío Benítez, Hiram de la Peña, Horacio Warpola y decenas más han dedicado líneas al trabajo del autor queretano.

Podría quedarme a analizar otros símbolos de la novela como el de la hoja negra, pero prefiero dejarle ese asunto al lector que considere mi recomendación: Meth Z es una chingonería y cualquier cosa que pueda decir al respecto es vana comparada con la grandeza de esta obra met(h)anarrativa, por favor léanla o no me van a pagar (carita compungida).


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Portada de "Teoría del polen", Victoria Ramírez. Provincianos Editores, 2019.
Portada de “Teoría del polen”, Victoria Ramírez. Provincianos Editores, 2019.

De todas las razones para rebelarse, las plantas escogen la lengua. Al echar raíces desmantelan sus dialectos. Este hábito subterráneo causa extrañeza en los humanos. Sus nombres en latín pierden sentido. El verdadero lenguaje es la omisión: una planta no miente si guarda silencio.

Comienza como un tubo

           comprimido se desgaja

                    pasa su lengua

          por los pétalos

de una flor de camelia

hasta que se posa una polilla

          el zorro la caza al instante

                    devorado el insecto

          hay víspera de polinización

viscosidad que chorrea

en otras plantas una orgía

          cada estambre su filamento

                    su antera disparada

                    el estigma erecto

          hacia el horizonte vegetal

gineceo en su zona

arrojado hacia el tubo

                    se remite al nacer

          y un quejido de la nada

cambia de posición

se entrega al cloroplasto

          esto es un color imaginario

                    la placenta transparente

nada tiene que envidiar

      a una antigua forma del amor


Autores
Es una poeta nacida en Santiago, Chile, en 1991. Ha publicado Magnolios (Overol, Salta el Pez) y Teoría del polen (Provincianos, Salta el Pez). Obtuvo el Premio Roberto Bolaño en 2016 y en 2019 fue becaria de la residencia Macdowell en Estados Unidos. En 2019 y 2020 obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias en la categoría de poesía inédita que entrega el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio en Chile. Ha sido parte de antologías en España, Francia, México, Argentina y Chile. Ha sido becaria de la Fundación Pablo Neruda en Chile y parte del colectivo de poesía y traducción Frank Ocean.
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

Eras mi lector favorito, lo fuiste desde el primer día. El mero roce de tu piel le daba vida a mis páginas, llenaba de palpitaciones mis palabras y hacía que me recorriera un temblor intenso que arqueaba mis costuras.

No sé con exactitud por qué me elegiste, pero agradezco que te hayas detenido en mi estante. Desde la primera vez que me tomaste entre tus manos, ya nunca esperé que me leyera alguien diferente; solo te quería a ti. Cuando estabas conmigo, me sentía el libro más feliz y afortunado. No puedo explicar cómo, pero de algún modo tú lograbas que nuestros contornos se difuminaran.

No fue hasta que dejaste de venir cuando descubrí que los libros teníamos memoria; desde hace más de un año no te veo, pero no por eso he podido olvidar tus caricias, tu perfume, tu esencia. Tu mero recuerdo me llena de agitación. Me gustaba creer que tus ojos habían sido hechos solo para mí. ¿Dónde estarás ahora? ¿Por qué no vienes a visitarme?

Me dijeron que te han visto pasar por la biblioteca, pero que ya no te detienes como antes. Me temo que me hayas cambiado por literatura barata, mas no pierdo la esperanza de que algún día regreses. Mi solapa te extraña, mi ser te extraña. Eras la única persona a la que habría dejado alterar mis historias y ni siquiera lo sabes. No imaginas cuántas veces he soñado con tener pies para salir a buscarte.

Si la situación fuera a la inversa, yo te leería despacio, saboreando cada palabra. Pasaría con inmenso cuidado tus páginas para no perder ningún detalle y besaría tu portada. Te llevaría conmigo a todas partes. Te cuidaría como si fueras mi tesoro más valioso. Amaría de ti cada línea, cada espacio… Si fueras un libro, te trataría de tú a tú, suspiraría soñando con la posibilidad de convertirme en la protagonista de tu historia.

Escribo entre líneas, pero no pienso dejar de hacerlo hasta tu regreso. Me niego a creer que me hayas olvidado.

Tu libro favorito


Autores
Estudia la Licenciatura en Literatura y Creación Literaria en el Centro de Cultura Casa Lamm. Le apasiona el arte en todas sus formas. Ha publicado microficciones en la Revista “El Comité 1973”. Actualmente incursiona en el periodismo con Datanoticias.
Ilustración realizada por Karina Janis
Ilustración realizada por Karina Janis

Francisco Ignacio Madero González nació en Parras de la Fuente, Coahuila, hace 150 años, el 30 de octubre de 1873. Político, escritor, líder de la Revolución mexicana y primer presidente electo de México, el personaje de Francisco I. Madero ha generado interés debido a su importancia en la historia nacional. Sin embargo, ha despertado particular curiosidad a lo largo de mucho tiempo, en razón de su entusiasmo por el espiritismo. Al día de hoy, abundan anécdotas en torno a su entendimiento en la mediumnidad, así como en la homeopatía, el magnetismo y el vegetarianismo. Muchos historiadores han investigado de manera sensata este aspecto de su vida y cómo intervino en su determinación política el desarrollo del movimiento espiritista en México, surgido de distintos círculos y revistas. En especial, ha sido un tema para la literatura, ya que distintos escritores han publicado varios textos en donde se resalta este aspecto; por mencionar un ejemplo, está la novela histórica de Ignacio Solares, Madero, el otro, de 1989. Así, persiste en torno a él un aura de excentricidad y misterio.

Para muchos de quienes cursamos la educación básica en el siglo pasado, resultaba un enigma saber cuál era su segundo nombre, oculto tras la inicial I, y se pensaba erróneamente que correspondía al de “Indalecio” o hasta “Inocencio”, porque a la pregunta de examen que dictaba “¿cuál fue el principal error de Madero?”, la respuesta correcta apuntaba al juicio inequívoco: “su principal error fue haber confiado”. Pasado el tiempo, al enterarnos de la crítica hacia su particular creencia en los espíritus y la comunicación con ellos, y cómo este rasgo formó parte de su carácter moral, filosófico y ético, la incógnita aumentó y nos condujo a la ambigüedad y al desconcierto.

El movimiento espiritista que inspiró a Madero tuvo su origen en 1848, a partir de un episodio sucedido en Hydesville, Nueva York, cuando una niña de apellido Fox escuchó ciertos ruidos en su casa y descifró en ellos un mensaje enviado por el anterior inquilino. En consecuencia, se hizo común el término de mediumnidad para referirse

al que posee la ciencia, el don de evocar los espíritus de los muertos, de producir sus manifestaciones y servirles de intermediario en sus relaciones con los seres humanos […] Estas relaciones se establecerán por medio de golpes dados sobre cualquier objeto, y serán tan comprensibles que se podrán establecer conversaciones seguidas con el mundo invisible, y será posible a los espíritus hacer conferencias repletas de gracia y de poesía.1

Esta comunicación con espíritus fue distinta de las que antiguamente ya se practicaba en rituales, magias, prácticas esotéricas y adivinatorias de diversas culturas a lo largo del tiempo, ya que esta vez su definición fue pensada sobre una base científica. Además, el espiritismo incorporaba ideas de la época como el abolicionismo, el socialismo, el feminismo y el darwinismo, al considerar la existencia y la evolución del espíritu sin distinción alguna de clase social o género. En especial, para muchas mujeres representó un beneficio la oportunidad de profesar mediumnidad, pues les abría un espacio para expresar sus ideas, al argumentar que les eran transmitidas por los espíritus mediante el trance. Incluso podían expresar juicios a favor del reconocimiento de sus derechos civiles y políticos, como el sufragio femenino. Por último, a manera de actividad económica, les permitía lograr cierta autonomía.

Posteriormente, el espiritismo se difundió en Francia cuando León Denizard recibió el mensaje de que en una vida pasada, en la época de los druidas, su nombre había sido Allan Kardec. Asumiendo esta identidad, escribió El Libro de los Espíritus, en 1856, sistematizando así el movimiento.

Reunidos alrededor de una mesa circular sostenida por tres patas, los participantes en las sesiones espiritistas buscaban evocar y recibir comunicaciones de los espíritus que habían existido antes encarnados. Estos mensajes, transmitidos en códigos a quienes eran médium en trance, contenían principalmente enseñanzas que conducían a hacer el bien, inculcaban valores, y encauzaban pasiones, defectos y vicios. Por tanto, el movimiento se caracterizó por ser una doctrina moral y filosófica que buscaba conciliar con principios científicos, pues planteaba la existencia de un mundo espiritual en el mismo espacio concedido al mundo material, así como la inmortalidad del alma, de un modo que podía ser comprobado mediante leyes físicas como el magnetismo.

En México, el espiritismo se introdujo en el ambiente liberal de la época y coincidía con los principios de progreso, modernidad, reforma y secularización de las ideas, que se intentaban instituir desde la ciencia. A pesar de la fuerte crítica impuesta por quienes defendían el positivismo dominante, así como por quienes conservaban los dogmas de la iglesia católica, el movimiento tuvo aceptación por parte de un considerable número de adeptos, quienes creían en una ética que podía purificar su espíritu, convirtiéndolos a su vez en mejores ciudadanos.

En 1872, el General Refugio I. González tradujo al español El evangelio según el espiritismo, de Allan Kardec. En ese mismo año, inició la publicación de La Ilustración Espírita, una revista periódica que imitó el estilo de propagación del espiritismo francés. Además, se fundó la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana y se reconocieron distintos círculos fundados en Guadalajara, Guanajuato, San Luis Potosí, Monterrey y Tampico.

En 1891, cuando Francisco I. Madero leyó por primera vez la Revue Spirite, en México habían sucedido diversas confrontaciones en el Liceo Hidalgo, donde se abrió un foro de discusión abierta entre materialistas y espiritistas, figurando entre los participantes personajes como Francisco Pimentel, Gustavo Baz, Gabino Barreda, José Martí, Justo y Santiago Sierra, entre otros. El movimiento empezaba a perder el vigor de los primeros años, sin embargo, de acuerdo con lo que apunta la historiadora Yolia Tortolero en el libro El espiritismo seduce a Francisco I. Madero(2003), todavía en 1900 Francisco I. Madero formó un círculo donde él mismo fue médium escribiente de los mensajes que le enviara el espíritu de Raúl, hermano suyo que murió a los tres años de edad.

El interés de Madero por la política y por el espiritismo siempre fueron de la mano, tanto quería propagar los ideales espíritas como abanderar un cambio democrático en el país. En 1909 publicó La sucesión presidencial de 1910, y al año siguiente escribió su Manual espírita. Fue notable también la influencia que tuvo su acercamiento al pensamiento oriental de la India, así como su lectura y Comentarios al Bhagavad Gita. “Fue para él una creencia que le llevó a modificar su forma de ser y a conformar una ética que fue la guía de su comportamiento público y privado […] hacer el bien fue una de sus mayores aspiraciones; confió en el ser humano a pesar de sus traiciones”.2

Espiritismo y literatura mexicana

Además de su influencia en la sociedad y en la política, el espiritismo se vinculó con la literatura, manifestándose de manera notable en la producción literaria de la época. Conforme a lo que apunta José Ricardo Güemes, en su artículo “Espiritismo y literatura en México”, este vínculo con la literatura mexicana no se limitó solamente a ser tema en diversos poemas y narraciones, sino que también representó una forma de propaganda. Además, propone que en esta relación hubo dos etapas. La primera, la decimonónica, continúa tres décadas más en el siglo xx con el Modernismo literario, y se caracteriza porque las obras son un medio para formular doctrinas acerca del espiritismo; mientras que, en la segunda, se convierte más en un recurso o tema para la literatura.

Entre los escritores que figuraban dentro de la etapa inicial, Güemes menciona a Pedro Castera, ingeniero, minero, inventor, espírita y médium, quien publicó en 1872 el cuento “Un viaje celeste” y en 1890 la novela Querens, considerada una de las primeras novelas fantásticas mexicanas. En su colección de cuentos Las minas y los mineros, Castera ofrece una visión realista, puesto que describe la naturaleza de ese ambiente peligroso y subterráneo, y narra anécdotas en las que persiste el carácter humano de sus protagonistas. Sin embargo, en estos relatos, el autor también expone sus ideas acerca del espiritismo en la exploración del alma que hace, cuando los personajes atraviesan de un espacio a otro, de un adentro hacia afuera de la mina, simbolizando así una transformación personal de la oscuridad intensa a la verdadera bonanza, mediante el filón de luz que advierten al salir.

Según Lily Litvak, era común que en los cuentos espiritistas se narrara alguna experiencia reveladora haciendo alusión a la luz, como alegoría al descubrimiento que permite esta doctrina para conocer los secretos del más allá. Otra de las características que presentan este tipo de cuentos, es su propósito social, debido que muchas veces se muestra la fraternidad sin límites hacia personajes que la sociedad rechaza. Además, en la mayoría de estas narraciones se percibe como fundamento una base científica, referente al contenido temático e incluso al vocabulario que se utiliza durante la narración. Estas tres características están presentes en el cuento de Pedro Castera titulado “En plena sombra”, que alude a cierto acontecimiento ocurrido en el municipio de Huetamo, Michoacán. Dos hombres se internan en la profundidad de una caverna que algún día será una mina, pero recién está descubierta. Uno de ellos es foráneo y el otro es “natural” de esa tierra. En principio, entran buscando un tesoro, pero al extraviarse en el interior, agotadas las velas y los cerillos, presienten estar inmersos en la oscuridad de un sepulcro: “La inmensa tumba, como diría Víctor Hugo, pero en la inmensa sombra”. El relato narra con tensión el tiempo que transcurre desde que buscan la salida hasta su desesperación al no encontrarla; finalmente, ambos advierten a sus pies el rastro de sus propias sombras, proyectadas por un lejano indicio de claridad que les orienta hacia la salida.

La salida de la cueva me parecía una entrada a la gloria. El cielo estaba de un color azul pálido, y las estrellas también comenzaban a resplandecer. En un punto el horizonte se teñía de púrpura, e imitando en las montañas lejanas una erupción volcánica, arrojaba sobre los cielos un inmenso penacho de llamas, en que parecía haberse disuelto en polvo el oro virgen.3

Uno de los avances tecnológicos útiles para la propagación del movimiento espiritista fue la fotografía. Se pensaba en ella como un documento probatorio con el que se podía transmitir y reforzar la creencia en la inmortalidad, mostrando que supuestamente se capturó la presencia de espíritus o entidades sobrenaturales, fenómenos inexplicables o figuras etéreas, que no eran visibles en el mundo físico. Para capturar estas manifestaciones, los fotógrafos emplearon diversas técnicas y trucos como la doble exposición, el uso de velos y cortinas, determinado encuadre o iluminación, etcétera.

Así, en el ímpetu de las ideas que coincidieron durante la época de la Revolución mexicana, Francisco I. Madero se constituyó como un líder que anhelaba un cambio profundo en la sociedad. Su participación en el espiritismo y su creencia en la comunicación con el más allá ofrecen una perspectiva de su carácter, ética y sentido moral. En un país que enfrentaba una posible transformación, el movimiento espiritista migró de las mesas donde se practicaban sesiones de mediumnidad, hasta convertirse en una doctrina esencial de cierta visión política.

Por su parte, la literatura y la fotografía espiritistas, en la búsqueda y defensa de la inmortalidad, explotaron los límites de la realidad tanto en las imágenes como en las narraciones, en un deseo compartido de trascender el mundo material. Estas expresiones reflejan actos de fe en un mundo convulso. El movimiento político que encabezó Madero, encontró así su eco en palabras e imágenes de quienes veían en el espiritismo una forma de iluminar la oscuridad de su tiempo.

Referencias

Castera, Pedro, Las minas y los mineros, Instituto de Investigaciones Filológicas/Penguin Random House, México, 2020.

Chaves, Ricardo, “Espiritismo y literatura en México”, Literatura Mexicana, vol. XVI, núm. 2, Instituto de Investigaciones Filológicas, México, 2005.

García, Ramón, El magnetismo, sonambulismo y espiritismo, Garnier hermanos, París, 1880. 

Kardec, Allan, El libro de los médiums, Confederación Espiritista Argentina, Buenos Aires, 2014.

Litvak, Lily, “Entre lo fantástico y la ciencia ficción. El cuento espiritista en el siglo XIX”, Anthropos, núm(s). 154-155, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, [s. l.], 1994.

Saborit, Antonio, “Pedro Castera: una vida subterránea”, Historias, núm. 39, Museo Nacional de Antropología/Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, 1998.

Tortolero, Yolia, El espiritismo seduce a Madero, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2003.


Autores
Georgina Angélica Moctezuma Ruiz es originaria de la ciudad de Puebla. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Tiene una maestría en Letras Iberoamericanas por la Ibero Puebla. Da clases de Lenguaje y Comunicación en la licenciatura en Educación Escolar para las maestras que se preparan para educadoras.
Portada del álbum "Either/Or" de Elliott Smith, 1997. Discográfica Kill Rock Stars.
Portada del álbum “Either/Or” de Elliott Smith, 1997. Discográfica Kill Rock Stars.

Comienzo a reproducir en Spotify la canción Piano Quintet No. 1 in D Minor, Op. 89: I. Molto moderato. Los nombres de algunas piezas de música me generan la misma sensación que las nomenclaturas de química orgánica. Sin embargo, al igual que en la química, el hecho de no saber cómo traducir su lenguaje, no me niega el hallazgo de su fenómeno. Así que la materia continúa su síntesis o descomposición en mí, a pesar de la ignorancia. Lo mismo con el movimiento muy moderado de Gabriel Fauré. No necesito saber que la D en su tonalidad menor está asociada a piezas con carácter más melancólico o serio, para sentirme, respectivamente, más melancólico o serio, mientras se ejecutan el piano y el cuarteto en la sala de mi casa.

Escucho, o más bien acecho con mis orejas, lo que persiguieron con los dedos Jean Hubeau y el Cuarteto Via Nova al interpretar a Gabriel Fauré. Ahora el sonido le pertenece a la pieza No. 2 in C Minor Op. 115: I. Allegro moderato. La canción me insinúa una felicidad y angustia recíprocas. Casi como lo que se padece al dejar un sitio. Casi como repasar cada una de las cosas que sentiste en ese sitio mientras te alejas de él. Casi como dibujar la cartografía sensible de un espacio, sabiendo que el mapa nunca acaba de explicar lo que ocurre en un territorio.

Desde otra parte del edificio. De la cuadra. De este día de octubre, me invade otro pulso. Sé que es una canción de Maná. Obviamente, me sé el coro. Que tire la primera piedra quién no se sepa un coro de alguna canción de Maná. Detengo a toda la Francia que se reproduce en mi bocinita bluetooth, para distinguir lo que sea que Fher Olvera esté tratando de decirme. Labios compartidos, labios divididos, mi amor. 

El vecino carga un dolor, es evidente porque ha decidido reproducir todo el Amar es combatir. Y sin miedo a reproducir, una, dos, tres veces la misma canción, pues pa´que cale, si no pa qué. Acompaño, sin invitación, pero con la misma fe, su dolor a las tres de la tarde. Miro por la ventana. También me acuerdo de algo. Y me alegra recordar también esa enfermiza insistencia de pensar en la tradición, que tanto repiten en cualquier taller literario. Dijo Octavio Paz amar es combatir, si dos se besan. Yo creo que Maná está muy de acuerdo.

Llegué a Gabriel Fauré gracias a Quignard, quien asevera que los últimos discos del pianista y organista contienen una violencia y una tristeza sublimes. Esto, necesario mencionar, lo afirma en medio de otras cosas como Ahora que llega la primavera, lo que más espero son los espárragos del Yonne, en Sens. Me queda claro que lo simple puede ser otro vehículo para presentar la gravedad del mundo.

No es extraño que Pascal Quignard haga convivir las palabras violencia y sublime en la misma oración para describir en qué consiste la expresión de Fauré. Claro que la violencia a la que se refiere en este caso responde solo a la primera raíz latina de la palabra vis-, potencia, y quizá, sobre todo, a su antecedente indoeuropea, wei- querer, desear, buscar algo.

Al decir que no me sorprende ese binomio utilizado por Quignard, es porque él mismo ha ensayado y pensado en el sonido y la música como algo que no reconcilia ningún límite. El sonido se precipita, nos abarca sin pausa y, en consecuencia, nos muestra el despliegue de eso que no podemos abolir. Las orejas no tienen párpados. Con esta comprensión de la fuerza, su exceso y deseo, llegamos a las relaciones explícitas de lo que implica la violencia (vis, fuerza, –olentus, abundancia) en la música para explicar formas específicas de la barbarie y la guerra.

Escuchar es ser tocado a distancia. Es cierto, así llegó Maná a mi sala. Así fue como escuché las últimas piezas de un hombre que se estaba quedando sordo hace ya más de cien años en París. Un clásico, ¿no? La sordera en los músicos. Sin embargo, me parece que la pérdida de audición en Gabriel Fauré reafirma lo que dice Quignard respecto a la violencia en sus últimas canciones. La gran y quizá única respuesta de un pianista a la sordera fue procurar que cada una de las notas sobreviva, no ya para sus oídos, sino para los otros, los que habitan en distancias imposibles de imaginar, pero aún así verdaderas. Ante la violencia del silencio futuro, Fauré respondió con sonido.

Termino el disco. No me siento particularmente triste. Pero sé que algo me ocurrió, porque el aire en su brusquedad de octubre tirando la ropa de los tendederos del otro edificio, propiciando una danza absurda y veloz en los respectivos dueños de esas prendas, me parece hermoso. Casi como los cosechadores de manzanas esperando que la sacudida brutal en el árbol acabe regalándoles el último dulzor de la temporada. Casi como niños atrapando la lluvia. Sin importar que no se pueda.

Platico mi hallazgo de los tendederos como árboles desprendiendo sus frutos. Mi amigo Will aprovecha para contarme de su propio hallazgo con las manzanas. Al cumplir cuatro años de casado con Whitley, deciden ir a visitar una isla cerca de la Upper Peninsula en Michigan. Will me describe la isla como uno de los pocos lugares en Estados Unidos donde la contaminación sonora es casi nula, o al menos cumple la regla de no alojar fuentes sonoras artificiales que afecten el entorno natural con ruidos mayores a 65 decibeles. Ningún avión cruza el espacio aéreo de la isla. Un solo bote a la semana lleva exploradores o investigadores.

Al llegar, lo primero que les explica el guía, es que hace doscientos años, gente que deseaba estar lo más alejada del mundo, llegó a poblarla. Gente harta de la velocidad industrial since 1823. Ocurrió también que esa gente cumplió su deseo. Muriendo sin que nadie pudiera percibir un solo gesto de su muerte. Una muerte insonora.

El único rastro de esos habitantes es una pequeña estructura de madera ya bastante carcomida por la misma cosa que agrieta las piedras. Al lado de las tablas, milagrosamente aún unidas, hay varios árboles de manzanas. Ya después de dos siglos esas manzanas se han olvidado de la mano que correspondió su semilla. Frutas emancipadas de la espera humana.

Los dos, como un simulacro breve de Adán y Eva, muerden el rojo. La manzana más jugosa que he probado en mi fucking vida. Casi como si todas las manzanas que me hubiera comido hubieran sido solo un pretexto para este fruto primerizo y original. Y la descripción de Will se interrumpe porque desde otro piso se viene anunciando el himno de un taladro contra el hueso del edificio.

Continuamos la videollamada a pesar de las máquinas y sus respiraciones. Antes de colgar Will trata de explicarme el sonido de la lluvia estando en medio de la isla. Es como si pudieras escuchar, no solo gota por gota, sino, aún más, el agua resbalándose hacia adentro de la tierra. Pero ya me percaté que mientras te lo cuento no estoy ni cerca de explicar realmente qué nos sucedió.

Adán y Eva en medio de una isla de la Upper Península escuchan la lluvia por primera vez. Luego van y comen fruta. Escupen las semillas en donde sea. Despojados ya del paraíso no sabrán nunca si esas semillas se convirtieron en algo. Whitley y Will en medio de una isla de la Upper Peninsula escuchan la lluvia como si fuera la primera vez que llueve en el mundo. Luego van y comen fruta de unos árboles salvajes. Escupen las semillas. Y al terminar el día, se apuran para que el bote no los deje en medio de un lugar sin siglo.

Días más tarde me llega un audio de mi amigo. Una grabación de dos minutos de lluvia. En ciertas partes es tanta la prisa con la que el agua estaba cayendo, que más bien el audio parece la grabación de la estática de un televisor viejo que olvidó cómo sintonizar los canales. Viene con una pequeña advertencia. I told u. Y tiene razón, tendría que estar ahí para entender la cadencia, el golpe y su final silencio. La misma pugna ocurre entre escuchar música grabada desde la aburrida paciencia del hogar e ir a un concierto.

El centro de la experiencia se me revela completamente corpóreo. Continúo caminando hacia el zócalo de esta ciudad. En mi trayecto, la violencia sonora de todos yendo (¿a dónde?) trata de filtrarse a través de mis audífonos. Resisto subiéndole el volumen, pero la competencia es injusta. Gana la patrulla. Desafortunadamente, siempre gana la patrulla.

Jordi Savall, el violagambista preocupado por la música antigua, o mejor, usando una descripción más acertada, porque la provocó la amistad y la admiración, es la de un músico que está en confraternidad con los tiempos de los solitarios y olvidados. Savall y Pascal Quignard son amigos y platican de cosas, muchas, como del clavecinista Johann Jacob Froberger.

O de por qué escuchar música grabada solo es un simulacro de lo que el cuerpo demanda sentir cuando está en el presente insustituible de una interpretación en vivo. La música es acción, dice Savall. Y yo sigo caminando en medio de calles donde algo se está vendiendo con mucha insistencia, mientras reproduzco una canción del último álbum de Sufjan Stevens.

          It’s a terrible thought to have and hold,escucho.

          Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta, escucho también.

          No traigo monedas.

          Sigo yendo.

          ¿A dónde?

Froberger tiene una pieza titulada Meditación sobre mi muerte futura la cual se toca lentamente con discreción.

Ese título podría definir la discografía completa de algunos músicos.

El disco de Sufjan termina y spotify, habiendo ya sintetizado en un algoritmo mi inclinación hacia el bajo, la guitarra acústica y la melancolía, empieza a reproducir Angeles de Elliott Smith.

          And be forever with my poison arms, around you, escucho.

          Chocolate tipo jerchi a diez. Sí mire y también le vengo ofreciendo…

          No traigo monedas.

La trayectoria musical de Elliott Smith fácilmente puede resumirse usando el título de Froberger.

Meditación sobre mi muerte futura la cual se toca lentamente con discreción.

De nuevo en la sala de mi casa. Nunca he visto el video de Elliott cantando en los Óscar en 1998. Me dispongo a mirarlo. Pero algo se anuncia en mis orejas. Los vecinos pelean. No estoy seguro de qué tratan sus averiguaciones, hasta que escucho un crees que soy pendeja, justo después de la palabra celular.

La conversación sigue, encontrando su punto final en el sonido de una puerta azotándose. Por fin reproduzco el video. Un Elliott en traje blanco. Incómodo. Casi con la misma postura de hombros que tiene uno al desnudarse en un consultorio médico. Canta Miss Misery. Le aplauden y la cámara que transmite la premiación da una vista completa del recinto enfocando, por último, la parte superior del Dolby Theatre. La siguiente toma muestra a dos mujeres en vestidos nítidamente lujosos acompañando a Smith afuera del escenario. La orquesta de la Academia comienza a tocar la cortina que da pie a la apertura del sobre a mejor canción original. Elliott compite contra Céline Dion. Good Will Hunting, pierde. Titanic gana.

Busco entrevistas de Elliott. Le preguntan por el origen de su songwriting. Contesta I just wanted to be able to do it. I’d listen to the radio. I dunno, it was like… magic, and I wanted to be able to do it. So, I started trying to do it.

Reitera Quignard No hay impermeabilidad de uno mismo ante lo sonoro. Infiero que los músicos no solo aceptaron la incapacidad de los cuerpos de resistirse al sonido, sino que deliberadamente propician las potencias de su anatomía, para no ser meras víctimas de la sonoridad del mundo, y más bien, volverse una de ellas.

En la última escena de Good Will Hunting, Matt Damon deja una nota en el buzón de Robin Williams. Luego, una toma abierta que muestra un Chevy Nova 71 andando en una carretera con dirección a California. De fondo se escucha Miss Misery de Elliott Smith. Y encima de toda esa imagen y sonido, aparecen los créditos.

Do you miss me, Miss Misery,

like you say you do?

El gran sonido que me faltaba agregar aparece. Acecha cada rincón de mí. Bajo acompañado de otros vecinos. Ya no solo son mis pulsos lo que escucho, y cada peldaño recorrido por las docenas de pies de mi edificio, generan su propia música ansiosa e indeseable. Afuera continúa el chillido, reproduciéndose en cada esquina. Hasta que calla. La ciudad por un lapso minúsculo algo no dice. Y comienzan a sonar las ambulancias y una especie de murmullo de quién sabe qué lado, pero llega.

Ya en el departamento, el sonido de las sirenas comienza a ceder a la música de las fiestas que pausaron su lujuria y por lo tanto su danza. Decido buscar en YouTube la última escena de Good Will Hunting.

Prefiero pensar que Elliott no murió con un cuchillo clavado en el pecho. Prefiero pensar que en vez de Matt Damon yendo a California en el Chevy, el que va manejando es Elliott.

El radio suena. Pero también el aire que choca contra la ventana algo le dice a Elliott:

Do what you want to whenever you want to.

Though it doesn’t mean a thing.Big nothing.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Como acostumbra, Albert Einstein camina por el campus para darle orden a sus ideas. Intenta dar con uno de los experimentos mentales que lo han hecho tan famoso y que poco menos de medio siglo antes le permitieron desarrollar las teorías que cambiaron la física. Pero esa idea que busca no llega; no encuentra ese experimento mental que le permita dar con la clave para la unificación de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. En cambio, su mente lo devuelve a un barco dos décadas antes. 

Ya no percibe el ligero viento otoñal que levanta las hojas de los arces y los álamos. Su memoria le arroja la brisa marina. Vuelve a aquel día de octubre de 1933. Todas las sensaciones de aquel momento las percibe como si estuvieran ocurriendo otra vez. La algarabía de los inmigrantes que como él dejaban la vieja Europa; la frialdad metálica del barandal del barco; la visión, por segunda vez, de la imponente mole de la Estatua de la Libertad. Aquel lejano desembarco en la isla de Ellis, ya no es lejano. 

Su cabello entonces no era completamente blanco, aunque ya tenía la desenvoltura que todo mundo aprecia en las fotos. Recuerda el flash de varias cámaras que lo captaron en aquel momento. Se lleva una mano a la cabeza para cerciorarse de que se puso el sombrero, pero se encuentra con el cabello suelto. Se sonríe, como tantas otras veces el sombrero se quedó en el perchero. 

Ve unos pájaros levantar el vuelo desde un roble que se encuentra a unos pasos de él. “Algo los ha asustado”, piensa, mientras sigue las figuras que las aves hacen en el aire. Un fotógrafo empieza a disparar su cámara a unos cien metros de él. “¿Qué gracia tiene un viejo septuagenario para que le tomen fotos?”. Se pregunta. Podría ignorarlo y seguir su caminata o acercársele y darle la oportunidad de que lo fotografíe más a su gusto. Albert se detiene y dirige la mirada hacia el hombre que vuelve a prepararse para otra foto. El fotógrafo vuelva a disparar su cámara y Albert le saca la lengua. 

“¿En qué estaba?”. Se pregunta. La fama es algo que lo ha importunado desde hace tanto tiempo. Al menos desde principios de 1920, cuando obtuvo el Nobel de Física, aunque, desde antes su imagen empezó a figurar en los periódicos. Sigue asombrándolo la fascinación que la gente siente por él, no puede negar que lo halaga y lo satisface. 

El fotógrafo dispara algunas veces más su cámara, pero Einstein ya no le dedica ni siquiera una mirada. Se sumerge en sus pensamientos. La prodigiosa mente no puede volver a sus reflexiones en torno a la física, a su aspiración por una teoría unificadora, el santo grial al que ha dedicado los últimos años de su vida —la física, más de seis décadas después de su muerte, sigue sin encontrar una teoría unificadora de las cuatro fuerzas. La Teoría de la Gran Unificación logra condensar tres de las cuatro fuerzas (débil, fuerte y electromagnetismo)—. 

En cambio, la mente lo devuelve a aquella mañana de un octubre hace más de veinte años, al viento frío que descendía del Hudson, a los gritos de alegría y perplejidad de quienes lo acompañaron en el barco. Toda aquella gente que ansiaba dejar Europa donde el fantasma del fascismo campeaba a sus anchas, toda esa gente para quien los Estados Unidos eran una esperanza, un nuevo comienzo.

Recuerda la línea de edificios que los recibía, el horizonte erizado por los rascacielos. Aquella no era la primera vez que pisaba Estados Unidos, ya lo habían invitado antes a dar una serie de conferencias. 

Atrás quedaba el Atlántico y la vieja Europa. El ascenso al poder de los nazis en su natal Alemania fue uno de los factores que lo llevaron a aceptar el trabajo que le ofrecieron en la Universidad de Princeton. Casi un año antes, en diciembre de 1932, abandonó Alemania; y ese octubre llegó a América. 

Einstein piensa en aquel hombre de cincuenta y cuatro años que arribaba a una nueva nación. Piensa en la incertidumbre que deja en las personas de a pie la marcha de la historia. Él era alemán, un judío alemán nacido en 1879 —nada menos que la misma década en la que fue proclamado el Imperio alemán—. Pero ese partido político que había ido creciendo hasta llegar a controlar Alemania negaba que él —o cualquiera en su situación— pudiera ser alemán. “Es más fácil destruir el átomo que un prejuicio”, piensa al evocar los primeros años de la década de los treinta. 

Se sabía alemán y así se pensó mucho tiempo, pero las leyes que se fueron aprobando en Alemania a partir de 1933 le negaban esa condición. “A pesar de lo que proclamaban”, piensa, “Alemania era más que la ideología nazi”. 

Una ráfaga de viento le da en la espalda y lo hace perder el equilibrio, aunque no cae. Se ríe por el viento que delante de él va levantando las hojas secas y haciendo crujir las ramas de los árboles. “Qué bueno que olvidé mi sombrero”, se congratula y trata de recuperar el hilo de pensamiento en el que estaba, pero su mente sigue sin atisbar un experimento mental que le sea útil para unificar las cuatro fuerzas de la naturaleza. 

El conocimiento que se tiene del mundo es muy amplio, máxime si se le compara con el que se tenía cuando él nació. Tiene la seguridad de que por medio de las matemáticas podrá explicarse el Universo. Sabe que ese entendimiento ha crecido mucho, a lo largo de sus más de setenta años ha visto el avance de la ciencia y ha contribuido notablemente a ese avance. Por ejemplo, gracias a James Clerk Maxwell (1831-1879) se consideró a la electricidad y al magnetismo como una sola fuerza. En ese momento se creía que era poco lo que quedaba por descubrir. El fin de siècle trajo muchas sorpresas; por una parte, el descubrimiento de los electrones y de la radiación, y con ella de nuevos elementos, y por otra, Max Planck (1858-1947) resolvió el problema de la caja negra con la ley que lleva su nombre —Einstein, siguiendo su planteamiento años más tarde, planteará que la energía se presenta en paquetes, cuanta o quanta, lo que producirá la revolución cuántica en las siguientes décadas—. 

Desde Newton, la teoría de la gravedad era suficiente para explicar el movimiento de las estrellas, cometas, satélites y planetas. A esas dos fuerzas de la naturaleza, establecidas en la física de finales del siglo XIX, se sumaron en el siglo XX la fuerza nuclear débil y la fuerza nuclear fuerte. La primera, responsable del decaimiento de isotopos de algún elemento en elementos más ligeros y, la segunda, responsable de mantener unidos los protones y neutrones dentro del núcleo del átomo. 

La unificación de las cuatro fuerzas se volvió el sueño de su vida cuando llegó a los Estados Unidos; una teoría matemática que explicara las fuerzas que mantienen el orden del universo. Sin embargo, ese sueño cada vez lo ve más lejano, aunque ansía vivir otro año como el que tuvo casi medio siglo atrás. Con la publicación de cuatro trabajos en 1905, se dio a conocer su ingenio para la ciencia y con ello demostró que era capaz de explicar el mundo de la física y resolver algunos de sus problemas. 

Primero publicó en Annalen der Physik el artículo “Un punto de vista heurístico sobre la producción y transformación de luz” en el que, siguiendo a Planck, plantea que la luz se presenta en cuantas —fue ese trabajo el que el comité del Premio Nobel eligió en 1921 para galardonarlo—. Este trabajo sirvió también de base para el desarrollo, en los siguientes años, de la mecánica cuántica que explicaría el funcionamiento de la física en espacios subatómicos. 

Al igual que Erwin Schrödinger (1887-1961), quien se opuso a algunos de los postulados a los que llegaron los estudiosos de la mecánica cuántica, no pocas veces Einstein cuestionó el desarrollo y conclusiones de esta teoría. En este contexto fue que Einstein pronunció la famosa frase “Dios no juega a los dados”, para oponerse a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, impulsada por Niels Bohr (1885-1962). 

El segundo trabajo que publicó fue “Sobre el movimiento requerido por la teoría cinética molecular del calor de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario”, durante julio de 1905. En ese trabajo quedaba demostrado de manera empírica que la materia estaba compuesta de átomos y moléculas. 

Además, el 26 de septiembre de ese lejano 1905 publicó el estudio titulado “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, con el que sentó las bases de la teoría de la relatividad especial. En dicho trabajo estableció que no hay un único marco de referencia fuera de la velocidad de la luz en el vacío (c), lo que significa que todo es relativo, con excepción de ese límite. 

Por último, el 21 de noviembre publicó “¿Depende la inercia de un cuerpo de la energía que contiene?”, en donde presentó la famosa formula E = mc2, a través de la cual planteó la equivalencia entre la materia y la energía.

Con esos cuatro trabajos —escritos en los ratos libres que le permitía su labor en la oficina de patentes de Berna en Suiza— Einstein dio a conocer su genio. Todavía faltaba el trabajo sobre la relatividad general publicado en 1915, en el cual planteó que el espacio y el tiempo son una misma cosa —el espaciotiempo—, el cual se distorsiona ante la presencia de los objetos. Con esto, dio una explicación física al origen de la gravedad, contraria a la teoría newtoniana que no lo explicaba. 

Su planteamiento fue comprobado el 29 de mayo de 1919 por los ingleses Frank Watson Dyson (1868-1939) y Arthur Stanley Eddington (1882-1944). Astrónomos ingleses comprobaban la teoría de un físico alemán, aunque durante esos años Alemania se enfrentaba a Inglaterra en la Primera Guerra Mundial —la búsqueda científica estaba más allá de los conflictos entre naciones—. Dyson y Eddington viajaron para observar el eclipse total de sol (solo visible en el hemisferio sur) y comprobar que la gravedad del sol curvaba la luz, como planeaba Einstein en su teoría. De esta manera, descubrieron que eran visibles estrellas que deberían estar detrás del sol: la gravedad curvaba la luz, Einstein tenía razón. La fama le aguardaba. 

Todo aquello había pasado hacía tanto tiempo. El maravilloso año de las publicaciones quedaba casi cincuenta años atrás, antes incluso de la confrontación que se llamó Gran Guerra, aquella conflagración que se creía la más mortífera que hubiese visto el ser humano. La revolución bolchevique, la República de Weimar, la depresión, el fascismo, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial —se detiene en este punto, ese frenesí demencial que se apoderó de Alemania ha pasado, pero no antes de cometer sus atrocidades, “¿cómo lo permitimos?”, vuelve a preguntarse—. Y la imagen de la guerra lo atemoriza; esa guerra cuyos tambores bélicos apenas escuchaba pues vivía ya de este lado del Atlántico, pero sabía que existía una posibilidad, la terrible posibilidad de que la Alemania nazi alcanzara a controlar el poder del átomo, por eso fue que firmó una carta dirigida al presidente Franklin D. Roosevelt (1882-1945), en la que le advertía de ese peligro y lo conminaba a desarrollar la bomba atómica antes de que los alemanes lo hicieran —de donde surgió el Proyecto Manhattan—. Pero todo aquello era ya pasado. 

El mundo está dividido en dos bloques, el soviético y el estadounidense, cada uno con su arsenal de bombas atómicas que podría acabar no solo uno con el otro, sino con el mundo entero. “Y en parte fui responsable”, piensa. El poder del átomo, la materia convertida en energía. 

A pesar de sus mejores deseos, la Organización de las Naciones Unidas no ha sido suficiente para mantener la paz; ha servido más la amenaza de destrucción. Los conflictos bélicos siguen siendo una posibilidad que puede terminar con el mundo como lo conoce. Recuerda las palabras que pronunció años antes, cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin: “No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”. 

Sigue caminando. Unos gansos vuelan sobre él y los ve perderse en la distancia. Se acuerda de la casa que tuvo en Berlín, la que tuvo que abandonar cuando dejó Alemania. Y se acuerda de sí mismo mucho más joven, cuando caminaba hacia su oficina en Berna, aquellas caminatas en las que empezaron los experimentos mentales. 

“¿Y si ninguna de mis teorías hubiera sido cierta?”, se cuestiona; una pregunta que antes ya se ha planeado y contestado. 

“Los estadounidenses dicen que soy suizo” —piensa en los sucesivos pasaportes que ha tenido—, “los suizos, que soy alemán” —y en este punto recuerda la razón por la que dejó su país natal— “y los alemanes, que soy judío”. 

Atardece, el viento corre helado. “Es hora de volver a casa”, se dice, “ya mañana habrá tiempo de encontrar un experimento mental”. 

Referencias

Einstein, Albert, The World As I See it, [s. l], [s. e.], 1934.

Isaacson, Walter, Einstein: His Life and Universe, Waterville, Thorndike Press, 2007.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Fragmento de cómic "El Infiltrado" por VILE
Fragmento de cómic “El Infiltrado” por VILE


Autores
(Martínez de la Torre, 1999). Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la ENES, UNAM campus Morelia, con área de profundización en comunicación visual. Ha colaborado como ilustradora en las revistas Tierra Adentro, Punto de Partida, Mood y Medicus.