El pasado 8 de noviembre se cumple un siglo del Putsch (golpe) de la Cervecería o de Múnich, en el cual Adolfo Hitler junto con un grupo de fieles radicales intentaron tomar la plaza central y los edificios administrativos de la ciudad, para establecer una base de operaciones del Partido Nazi en crecimiento, y a partir de ello generar un movimiento y marcha nacional que esperaba confrontar directamente al gobierno central alemán, y bajo la amenaza de un enfrentamiento militar directo, derrocarlo1.
Afortunadamente, el golpe no tuvo ni la convocatoria, ni los resultados esperados, sin embargo, dadas las laxas reacciones del gobierno central contra los conspiradores, Hitler incluido, éste último aprendería que no era necesario ocupar medios violentos ni fuera de la institución para asirse del poder, ya que para 1933, sería nombrado Canciller y el resto, como bien conocemos es historia.
Por otro lado, a propósito de este evento, me gustaría hacer una serie de reflexiones generales al respecto, pues los golpes de Estado, como los conflictos o las crisis económicas, son eventos inherentes al propio Estado moderno.
Es así, que en este texto me gustaría comenzar dilucidando al lector los detalles de un golpe de Estado, sus causas y tratamientos hasta el comienzo de la Guerra Fría (1945-1991); para luego actualizar éstas categorías analíticas en un contexto más cercano; y finalmente exponer como en el Siglo XXI, plenamente interconectado económica y tecnológicamente hablando, existe todavía la amenaza de dicho fenómeno y algunos relacionados como la desinformación, que abonan perfectamente a la inestabilidad política, condición altamente indispensable para su aparición.
Los Golpes de Estado desde el S. XVII hasta el S. XX
Para empezar, definamos qué es un “Golpe de Estado”, para ello, los elementos tratados por Edward Luftwak2 y Juan Branco3 se presentan como fundamentales para establecer lo siguiente: reemplazo violento, rápido y contundente de ciertos funcionarios clave en las instituciones de gobierno, ello para generar una disociación de los administradores permanentes del Estado y el liderazgo político, así tomar el control del aparato de toma de decisiones central estatal y finalmente, adquirir el control político efectivo del país y el territorio.
La anterior definición aplica de manera particular a los golpes de Estado durante y después de la Guerra Fría, sin embargo, los términos generales de aquella definición, relacionados a la toma del poder de manera forzada o violenta para controlar en última instancia al Estado por medio de su centro de toma de decisiones constituido en el gobierno, aplicó desde su institucionalización como fenómeno multidimensional desde el S. XVII.
A este último respecto, Michel Foucault4 rescata de manera magistral a Francis Bacon5 (1561-1626) en sus clases en el Collège de France en 1978, y las cuales dan un esquema bastante completo, pero además de ello, aplicable en la actualidad a este tipo de eventos.
En primer lugar, el golpe de Estado tiene como principal objetivo asegurar la continuidad del desarrollo y consolidación del propio Estado por dos vías; una violenta y otra de normalización por medio de la asignación de leyes que continúen el marco y forma estatal.
Adicionalmente, el golpe de Estado posee un elemento representativo teatral y trágico que es necesario para lograr un impacto en la población general, pero este junto con las sediciones6 como condición previa para un golpe deben considerarse como fenómenos naturales, normales y cíclicos en la vida de un Estado.
Sin embargo, existen condiciones elementales que dictarán a los gobernantes la posibilidad de la aparición y desenvolvimiento de un golpe de Estado:
Comienza a circular un discurso contra el Estado y el gobierno.
Se genera una inversión de apreciaciones respecto al gobierno por parte de los opositores.
La inversión de apreciaciones, de buen funcionamiento estatal a uno negativo, permea en el gobierno hasta causar una interrupción y mala ejecución de órdenes políticas en el Estado.
Los allegados al soberano o al Estado como funcionarios clave, comienzan a actuar por iniciativa propia, y no conforme a los lineamientos generales previamente dictados.
Al generarse esta iniciativa propia de los funcionarios, el soberano o el gobierno central en el Estado, pierde esa cualidad aglutinante e impositiva de intereses estatales sobre los particulares o de facciones, y ante ello opta por sostener la estabilidad política por medio de cumplir los intereses de un grupo a expensas de otro, inclusive los estatales.
De forma paralela a estas condiciones de la germinación de un golpe, existen también causas estructurales que abonan a su aparición las cuales, según Bacon, son de dos tipos fundamentales, y quizá en éstas, su vigencia en la actualidad es más que evidente:
Causas materiales: condiciones de pobreza intolerable en el Estado, descontento de la población real o generado, por lo tanto, es necesario para el gobernante tener en cuenta las condiciones de indigencia y el estado de la opinión pública para calcular su peso negativo o positivo respectivo.
Ocasionales: Catástrofes como desastres naturales, guerras, o fenómenos intempestivos que causen un súbito deterioro de las causas materiales.
Como método de prevención ante aquellas situaciones, y la aparición de condiciones para el inicio de un Golpe de Estado, Bacon sugiere disminuir las condiciones materiales de la población, mantener en constante vigilancia y control el descontento popular, y establecer una rivalidad de intereses entre las élites y el pueblo, pues este último es considerado por el filósofo como el más peligroso respecto a un asentamiento de sedición en sus filas que ponga en riesgo al gobierno, y peor aún, una alianza con las élites resultaría en un desastroso e inminente derrocamiento.
Pero, ante ese último escenario catastrófico, también existe una solución adecuada, y ésta es el fomento de la división y ruptura entre los múltiples grupos de las élites y el pueblo, para evitar una futura coagulación de descontentos que exploten en rebeliones generales.
Ahora, y ésta es una condición particular de este periodo respecto a los golpes, exceptuando el periodo de inestabilidad y revolución generalizada durante los S. XIX y principios del XX, los cuales si bien vieron a la luz del mundo por medio de su aparición en Europa las revoluciones que generarían importantes avances sociales, dichas estarían inscritas esencialmente en su institucionalización bajo la estructura del Estado moderno.
Curiosamente, y dejando fuera el episodio con el cual abrimos el texto por no mencionar algunos otros pocos, los golpes dentro de la anterior estructura fueron un evento contado y enmarcado principalmente en dicho continente, aunque gracias al devenir de la historia y sus enfrentamientos, junto con la independencia y consolidación de nuevos Estados en América Latina, Asia y África, ello vendría a cambiar radicalmente.
La era del Golpe de Estado: S. XX en adelante
Toda vez que los enfrentamientos genocidas de la Primera y Segunda Guerra Mundial (1914-1945) fueron dirimidos entre los Estados y potencias imperiales de la época, junto con la doble aniquilación de las aspiraciones alemanas de volverse un Reich continental-global, en franca melancolía atavística del Sacro Imperio Romano Germánico, la competencia por el dominio mundial directo o indirecto entre dos súper Estados (La URSS y Estados Unidos), hicieron uso de la herramienta de los golpes de Estado como mecanismo predilecto de alineación de gobiernos locales a su área de influencia7.
Dicho primer elemento junto al nacimiento de nuevos Estados en los antiguos territorios de los imperios coloniales inglés, francés, español, portugués y belga hizo el escenario perfecto para que Moscú y Washington, pero especialmente este último, establecieran una serie de condiciones para emplear el golpe de Estado como mecanismo idóneo y encubierto de coordinación de intereses y objetivos en pleno contexto de la Guerra Fría (1945-1991), de los cuales destacan:
El patrocinio financiero o militar estadounidense es suficiente para inclinar la balanza a favor del grupo ejecutor del golpe.
El gobierno establecido posterior al golpe estará más alineado a los intereses estadounidenses que el anterior.
En caso de fallar el golpe, la amenaza de futuros intentos puede delegar al gobierno estadounidense una fuerte carta de negociación sobre el gobierno que no está totalmente plegado a sus intereses.
En caso de ejecutar una medida de intervención militar directa y controlada, ésta únicamente debe estar enfocada en distraer al enemigo de sofocar a las fuerzas bélicas instigadoras del golpe.
De forma alternativa, Connor y Hebditch8 actualizan como en su momento hizo Bacon, los cuestionamientos necesarios que determinaron, y actualmente determinan, sobre todo para el caso africano, en el cual el desarrollo y procesos de institucionalización estatal no terminan de culminar debido al arbitrario y premeditado al fracaso trazado de fronteras nacionales por parte de las antiguos poderes coloniales, las condiciones necesarias que de ser en su mayoría afirmativas o negativas, lo ponen en mayor o menor riesgo de experimentar un golpe de Estado:
¿Antiguo territorio o posesión ultramarina colonial?
¿Yace en latitudes tropicales?
¿Existen divisiones religiosas, étnicas o tribales para general una inestabilidad política significativa?
¿Posee recursos naturales estratégicos, especialmente energéticos como gas o petróleo?
¿Existe una corrupción y nepotismo persistente en los gobiernos nacionales?
¿Se encuentra en una posición geoestratégica?
¿Hay un régimen autoritario o despótico que lleva largo tiempo gobernando?
¿Los oficiales clave militares han sido entrenados en el exterior?
¿Existen recursos financieros o condiciones para la operación de grupos militares o milicias privadas?
¿Ha tenido un golpe de Estado anteriormente?
En contraste al anterior diagnóstico cuasi-médico de la probabilidad de los Estados de experimentar un “mal de golpe de Estado”, existen otro tipo de características cualitativas que política y socialmente ayudan a comprender el por qué de este fenómeno múltiple contemporáneo en la política internacional.
Entre los principales destacan: la inestabilidad política, el débil grado de institucionalización y consolidación en varios Estados derivado de dicha inestabilidad, junto con un frágil o nulo vínculo de relación y confianza entre el gobierno y la sociedad aunado a un endémico subdesarrollo económico9 son causas igualmente válidas no solamente para la presentación de un golpe de Estado, sino también de la generación de un círculo vicioso de disrupción y violencia política que afecta de manera general a los Estados y sus respectivas poblaciones.
Como una posible medida para evitar las sediciones que evolucionen en golpes de Estado, las cuales no son exclusivas de aplicarse en Estados subdesarrollados económica y políticamente10, Rory Cormac propone que aunque éstas implican una temporalidad larga de aplicación, planeación y ejecución, deben orientarse a construir resiliencia social y educación pública para prevenir la intervención de ideas o discursos sediciosos falsos en el mundo real y virtual, para esto último, es necesario una cooperación con las grandes compañías de redes sociales, y acopio de información tecnológica como Google, Facebook, X entre otras11.
Complementario a lo anterior, todos los Estados deben ejecutar campañas políticas preventivas en la esfera real y virtual, que permitan zanjar las diferencias internas proclives a generar inestabilidad política, esto por la razón de que la división y la desigualdad económica, política y social son escenarios idóneos para la proliferación de discursos de carácter sedicioso, que pueden ser introducidos por grupos estatales o no estatales, locales e internacionales que exacerben condiciones artificiales como “guerra de culturas”, “choque de civilizaciones” o simplemente un discurso político tóxico12.
No obstante, y para ofrecer al lector un panorama más completo respecto a la cuestión antes de ofrecer un conjunto de reflexiones finales, el fenómeno de los golpes de Estado en el Estado actual, es un tanto más complejo de desenmarañar y a partir de ello, evidenciar amenazas de este tipo.
Esto por un lado causado al advenimiento desde principios del S. XX de una sociedad de Masas y un Estado masivo desarrollado y perfeccionado en las últimas cuatro centurias, pero ante ello, los problemas multifactoriales que éste enfrenta serán siempre más y no terminarán de acumularse, y mientras no sea posible atenderlos de manera pronta y efectiva, la defensa y atención de peligros de insurrección y golpe se verán obstaculizados por la dinámica anterior, presentándose así un problema técnico toral del funcionamiento estatal13.
Por otro lado, rescatando el argumento esbozado por Curzio Malaparte en el párrafo anterior, existe, al menos desde el periodo de la pandemia de COVID-19 que hizo volver a todos los ciudadanos del mundo rehenes dentro de sus propias residencias ante una amenaza invisible, el buscar un resquicio de confort y estabilidad en un mundo virtual que posee una dualidad de saber infinito altamente explotable y favorable para el desarrollo cultural e intelectual de la humanidad; y otro de carácter oscuro manejado por intereses disfrazados, que se encargaron de esparcir teorías de la conspiración y discursos políticos altamente polarizantes en la sociedad.
Y una vez que terminó el periodo de emergencia sanitaria, y volvimos todos a la nueva normalidad, parece ser que la polarización política gestada en pandemia, está volcándose a la realidad política estatal y social, ante funcionarios públicos totalmente incapaces de mantenerse al tanto de este creciente peligro, junto a la deleznable explotación de nuevos líderes populistas construidos a través del internet, y que paradójicamente como hace 100 años, prometieron la solución a todos los problemas nacionales en Italia y Alemania, y cuyas consecuencias se encuentran debidamente archivadas en la historia.
Conclusión: el futuro de los Golpes
Ante esta nueva realidad, pareciera que durante toda la Guerra Fría, los golpes de Estado fueron ampliamente utilizados por las dos superpotencias en diversos grados de intensidad para afiliar a su esfera de influencia a los países ya independientes, o a los que se encontraban en pleno proceso de, como la mayoría de las naciones del continente africano, principalmente a lo largo de toda la década de 1960.
Sin embargo, desde el fin de aquel enfrentamiento global en 1991, podemos también evidenciar que no solamente los golpes de Estado siguen siendo una actual herramienta para la resolución de conflictos políticos, todo ello al margen de un nuevo proceso geopolítico de escala universal multipolar entre diversas potencias, que se disputan de renovada cuenta el control de regiones del mundo por vía indirecta, por medio del derrocamiento de gobiernos por dicho medio.
Y otros de carácter más violento e intensivo que de igual forma fueron utilizados en la Guerra Fría, nos referimos a las Proxy Wars o Guerras subsidiarias, en la cual dos actores estatales o no-estatales se enfrentan en una guerra local o regional, con el apoyo encubierto, en recursos financieros, bélicos o personales de otras potencias o entes privados con intereses en desenlazar a su favor el conflicto.
Añadido al carácter político y real de todos éstos fenómenos de la realidad internacional, los cuales oscilan en una de las dos grandes esferas de la interacción global que es el conflicto, junto a una relegada y disminuida cooperación interestatal, el campo virtual, y en menor medida con el paso del tiempo, el de los medios masivos de comunicación, se han posicionado como dominantes para moldear la opinión pública local y mundial al momento de desatarse cualquier tipo de enfrentamiento.
Al contrario, de apelar por una resolución pronta del problema, pareciera que su tónica actual es acrecentar únicamente las ganancias de acuerdo al mejor postor entre los bandos enfrentados, en una lógica puramente económica, que dicho sea de paso, contribuye al sufrimiento de las poblaciones que experimentan las guerras por vía del prolongamiento de la muerte y el sufrimiento.
Finalmente, y a manera de brindar una alternativa coherente y menos pesimista a nuestros lectores, es preciso ahora más que nunca, analizar detenidamente la dinámica, origen y propósito de los golpes de Estado, como parte de una red mucho más compleja de actores e interacciones en las relaciones internacionales actuales, para con ello identificar en qué hemos fallado como sociedad perteneciente y contribuyente al desarrollo de un Estado, que desde su propio surgimiento como dinámica primordial en permanente auto-construcción política y social para el aseguramiento de la supervivencia humana, contrastantemente emplea la violencia de manera reiterada para dirimir cualquier controversia. O dicho en un simple cuestionamiento: ¿Es posible humanizar y pacificar al Estado?
Fuentes
Branco, Juan, Coup d’État Manuel insurrectional, Au Diable Vauvert, Francia, 2023.
Charles River Editors, The Beer Hall Putsch: The History and Legacy of Adolf Hitler and the Nazi Party’s Failed Coup Attempt in 1923, Charles River Editors, S/L, S/A.
Connor, Ken y Hebditch, David, How to stage a military coup : planning to execution, Greenhill Books, Reino Unido, 2005.
Cormac, Rory, How to Stage a Coup and Ten Other Lessons from the World of Secret Statecraft, Atlantic Books, Reino Unido, 2022.
Foucault, Michel, Seguridad, Territorio, Población: Curso en el Collège de France (1977-1978), Fondo de Cultura Económica, México, 2022
Luttwak, Edward, Coup d’état : a practical handbook, Harvard University Press, Estados Unidos, 2016.
Malaparte, Curzio, Técnica del golpe de estado, Ed. Zig Zag, Chile, 1934.
Ceci cantaba. La miré mientras en las tripas me punzaba un ardor devoto: en ese entonces solían cautivarme con facilidad los esnobismos naturales de la adolescencia, como conocer un álbum y medio de Pink Floyd. Al ritmo de Time, sus dedos se deslizaban con precisión mecánica por el mástil de un bajo imaginario. El primero de los rasgos que la anticipaban por los pasillos de la preparatoria siempre fue el cabello negro, larguísimo, que se le movía en un bloque uniforme. Esa opacidad sedosa era tan identificable como un estribillo de la infancia.
Ahí, sentada y con los audífonos puestos, encarnó una desgracia artificial: sin tener más de dos décadas encima, coreaba sobre un sol invariable que atestigua la vejez del cuerpo.
And then one day you find ten years have got behind you
No one told you when to run, you missed the starting gun
Tuve el buen gusto de dejarla terminar. Me vio acercarme y levantó una mano mientras se quitaba los audífonos con la otra. Al besarle la mejilla alcancé a olfatear, quedito, el aroma de su perfume de vainilla. Nunca me animé a decirle que con eso encima olía a Mantecadas Bimbo.
—¿Listo?
Lo preguntó sonriendo. Ceci nació en Cuisillos, el pueblito jalisciense que se hizo más o menos famoso por la banda homónima salida de ahí. Poco después de conocerla, quizá en algún momento en el que nos quedamos sin mejor tema de conversación, me contó la anécdota central del sitio. Hubo en su pueblo un par de compadres bastante ilustres, señores católicos de hacienda, eran inseparables, vaya. Un día, un niño los vio subir juntos al monte y los siguió, chismoso como cualquier persona de su edad. Ahí, entre los matorrales y el terregal, vio al Compadre Uno poner a gatas al Compadre Dos mientras le bajaba los pantalones de mezclilla. Antes de penetrarlo alcanzó a decirle: ¿Listo?
Por eso, en la Región Valles, el siguiente es un intercambio medianamente común:
—¿Listo?
—Listo no: preparado. Listos los de Cuisillos.
Yo estaba preparado, pues. Salimos de la prepa en busca de Roger, el estudiante del turno contrario que se había hecho famoso por escaparse de dos anexos en menos de seis meses, más amaestrado que redimido. No era un dealer en regla. Simplemente nos revendía la marihuana corriente que compraba en su colonia.
Cargamos el tostón —nadie, por ese entonces, hablaba de onzas o medidas semejantes— mientras buscábamos alguna esquina para forjar. Era hierba fea, sin volumen, con olor a fluidos corporales dejados a fermentar bajo la luz del sol. La combustión resultaba un escándalo: advertía su presencia en toda la cuadra. Por eso, Sabritones en mano, solíamos caminar hacia un lote baldío que se encontraba a espaldas de la escuela. Yo la veía lamer el papel arroz
desde una distancia que nunca supe atribuir a la fascinación o al nerviosismo.
II. Chasquido
Ceci cantaba. Su paso tenía la marca del desenfado con el que van por la vida quienes saben que están haciendo lo incorrecto. Temeroso y emocionado, durante las tardes que compartimos aprendí que incluso la ética admite licencias: sólo en alguien con su carisma el cinismo podía resultar atractivo.
Nuestro paseo tenía la venia del prefecto. Alguna infección estomacal nos hizo el favor de librarnos del profesor de Filosofía y, con el horario libre, ganamos permiso de retirarnos a casa. Como siempre, Ceci nos tenía planeado un circunloquio.
Nunca rebasé ese primer acercamiento ocurrido en la adolescencia. Tan proclive a las taquicardias, tan vulnerable a las descompensaciones de la realidad, he rehuido puntualmente a los polvos y las pastillas. Prescritas por un hombre en bata, mis drogas comunes han sido más bien paliativos del estrés y la ansiedad: benzodiacepinas e inhibidores de la recaptación de serotonina. No he buscado aventurar palpitaciones o delirios, consciente de que los ataques más sencillos bastarían para romperme.
A pesar de la cautela, he seguido al tanto de las convenciones con las que, quienes me rodean, procuran deformarse los sentidos. Hay una práctica curiosa, que se repite: los emprendimientos de narcomenudeo, coordinados casi siempre por Telegram y WhatsApp, ofrecen menús coloridos que se abocan en aclarar que el origen de sus productos está en el autocultivo. Las estampitas de Hello Kitty y su estética de la ternura, acaso, pretenden apaciguar las conciencias veinteañeras que consumen cepas de marihuana con nombres frutales, radioactivos. La hierba manchada de sangre no parece llevarse bien con el veganismo y la lucha de clases.
Como suele ocurrir en todo mercado, abunda el simulacro. Cada tercer día se desenmascaran “negocios autogestivos” que surten su catálogo de manos de la plaza local. Ni siquiera en las facultades de humanidades se ha logrado evadir la dinámica del consumo supeditado al crimen organizado.
El prohibicionismo y la peste del pánico moral han orillado a los compradores a conformarse con productos furtivos, de baja calidad, potenciados en su peligro por culpa de la poca estandarización y la tendencia a contaminarse, diluirse, cortarse.
Pero a los dieciséis años uno no piensa en muertos ni estadísticas. Piensa, apenas, en el alcance de los cincuenta pesos que carga en sus bolsillos.
Llegamos a una vecindad diminuta, estrecha, con la arquitectura encimada sobre sí misma. A las dos hileras de casas que se miraban fachada contra fachada las separaba apenas un corredor angosto y enlamado a fuerza de mojarse por fugas de agua no atendidas.
Aunque lo usual era llamar con un silbido, Ceci optaba por chasquear la lengua, incapaz de emitir con los labios un ruido competente. Mi presencia no contribuía en el canje: era apenas una sombra tímida, escondida tras la chica pelinegra que no tardaba en desembolsar tostón a cambio de tostón, parada frente a una puerta discreta.
III. Arcos
Ceci cantaba. Ya bien entrado El madrileño, C. Tangana parecía seguir sufriendo por la ausencia de las nalgas de su exnovia. Cinco años después de la primera vida que compartimos, la bajista que me había lampareado los tanates con rock progresivo gritaba en el asiento del copiloto, ventanas abajo:
No puedo más que pensar
En tu culo al pasar
Rebotando
Y en tu forma de atarte el pelo
Con una cola, para atrás
La recogí en su casa. Su familia —americanista toda— celebraba la derrota de Chivas ante el Atlas en los cuartos de final. Ella emergió del griterío vestida con un cárdigan de lana blanca, holgado, a lo Taylor Swift. Me sorprendió ver que los años la habían obligado a usar lentes. Conservaba el corte, el largo del cabello. Después de terminar la prepa habíamos cruzado la mirada sólo un par de veces. Nos animamos a salir de nuevo un día en el que, sin planearlo, volvimos a toparnos bajo las luces de un bar repleto de universitarios.
Me saludó como si no tuviéramos media existencia que contarnos:
—No mames, parecemos una pareja de lesbianas.
Sólo hasta entonces me volví consciente de la camisa hawaiana que llevaba encima.
Nos pusimos al tanto el uno del otro de camino al cine. Pasaron minutos para comprobar que la Facultad no había bastado para mermarle los ánimos ni reprender la soltura con la que derramaba su voz y su energía. Tras el suéter y la miopía seguía siendo ella, insolente, solar.
Esta no es la crónica de las caricias espontáneas que intercambiamos en la oscuridad de la sala de proyección, ni del beso apresurado que tardó cinco años en concretarse, cubiertos ambos por las luces de un estacionamiento subterráneo.
Esta es la crónica de mi imbecilidad habitual.
Llamamos libre albedrío a nuestro derecho de ignorar las advertencias que nos manda el cielo. El primer acto negligente de la noche fue resistirme a razonar que, quizá, no era la mejor de las ideas tomar el auto de mi padre sin su permiso, aprovechándome de las vacaciones en las que estaba y de las que no volvería en días. La cita se convirtió en un error acumulado cuando obedecí sin más la petición que me hizo Ceci mientras se removía en el asiento:
—Llévame a un paro.
Lo dijo cuando estábamos por tomar Anillo Periférico, enfilados hacia su casa. No había perdido la costumbre de improvisar rodeos en nuestros planes.
No quería un favor: paro es la palabra que usó para referirse a lo que otros llaman punto. Hablaba, claro, del paro de Arcos de Zapopan.
Estacioné el carro en una calle vacía, a espaldas de una unidad deportiva del municipio. Quienes rompían el silencio transitaban hacia el mismo lugar que nosotros dos. Otra vez me encontraba caminando tras la espalda de Ceci, disminuido a una silueta informe que no tenía otra labor más que la de testigo de una compra.
Son curiosas, las comodidades de la corrupción. Distanciada por unos cuantos metros de un puesto de tacos, una carpa se alzaba bajo las farolas ambarinas del vecindario, repleto de edificios departamentales venidos a menos. En el sitio, las cosas transcurrían con la tranquilidad de lo que no se cuestiona. Dentro del orden de la noche, nuestra presencia era el único elemento que permanecía sin encajar.
Ceci pidió una onza de una cepa híbrida, de precio desorbitante (o al menos lo era ante la óptica de mis recuerdos de adolescente). Se la entregaron en el interior de un pequeño frasco traslúcido sellado con una tapa de aluminio. Al abrirlo, de su interior emanó un rumor hipertrofiado que dejaba en ridículo al aroma ácido al que me había acostumbrado años antes. La hierba, procedente de invernaderos refinados, había logrado perfeccionarse tras varias generaciones de siembra dirigida.
Desde fuera del barrio llegaban los ruidos de la ciudad: cláxones traslapados entre las canciones de bocinas estruendosas, alaridos de los atlistas que celebraban su triunfo reciente. En mi interior resonaba la emoción de saber que las cosas habían salido bien. Hasta que nos dimos cuenta de que el carro no estaba en el lugar donde lo estacioné.
A esas alturas, quien lo conducía ya nos habría aventajado un municipio. Sin papeles a la mano y sin saberme de memoria las placas, asumí que no habría denuncia alguna que permitiera, al menos, ubicar su ruta de escape. De recuperarlo ni hablar.
Ceci sufrió su culpa en silencio.
Habíamos comprado una onza mutante a cambio de quedarnos varados en medio de la noche y de la soledad urbana. La nada de concreto, el silencio paranoico. Del otro lado de la ciudad, del otro lado del calendario, me esperaba un problema mayúsculo.
Aplacé la angustia de mi futura cita con las represalias dándole un par de caladas al cigarro de consolación que me ofreció Ceci.
Tosimos sin decoro alguno, tirados en la banqueta oscura.
Me debatía entre la euforia y el llanto cuando nos distrajo un grito seco que colonizó el aire de la calle.
—Ya llegué, le dije que no me tardaba.
Tras el marco de una de las puertas del carro distinguí un par de capas de mugre que configuraban algo similar a un rostro. Entre la oscuridad se asomaba una boca oblicua, sesgada como la de quienes experimentan un derrame. Pero los dientes barrenados, la lengua parda, funcionaban con una gramática defectuosa que no correspondía a los accidentes cardiovasculares, sino a la sedación.
—Le dije que no soy ningún puto ladrón, a la verga. Y usted chingue y chingue como pendejo. Ahí está su mamada, hombre, ahí está.
El tipo bajó del auto y, sin tambalearse, sacó del asiento trasero una televisión arcaica, jorobada. Los componentes de su interior emitían ruido como si se hubieran dislocado después de la turbulencia del camino. Él la sostuvo sobre los hombros, plantado en el suelo como un profeta.
—Ustedes nunca me creyeron. Valen verga. Les dije que la tele es mía, mía. Por qué se la va a quedar ella si es mía.
Se dio la vuelta mientras explicaba que no iba patrocinar el entretenimiento de tres hijos que no eran suyos. O que al menos no le constaba que fueran suyos.
Cuánta razón en tan poco cuerpo.
Mareados aún, Ceci y yo nos acercamos al carro como si su carrocería fuera un espejismo metálico. Pero el hedor resultó más real que cualquier persona en varias cuadras a la redonda. Del asiento se evaporó un perfume que mezclaba solventes y humedad, empotrado hasta el fondo del tapizado.
Añoré el olor a mantecadas durante el abrazo que nos dimos antes de abordar.
Ya dentro, constaté que el bombín de arranque estaba desecho: ninguna llave lo activaría, convertido en un par de cables que debían hacer contacto para encender el motor.
Calculé, más que las calles y el tiempo de regreso, el dinero que me costaría arreglar el carro sin que mi padre se enterara. Lavaría los asientos como si el cochambre fuera sangre inculpadora.
Al llegar a casa, antes de darme un baño o de bajar avión o de gritar o de arrancarme un mechón de pelo, bloquearía a Ceci en todas las redes sociales existentes y borraría su contacto de mi teléfono y de mi vida.
Chasqueó la boca cuando tomó el cable auxiliar y lo conectó a su celular. Presta a que la devolviera con su familia, reprodujo un ensamble de guitarras soporíferas que no pude distinguir hasta que de las bocinas surgió la voz de Roger Waters.
Quizá esa fue la última advertencia de la noche.
—¿Lista? —le pregunté mientras movía la palanca de velocidades.
Portada de “Innecesárea” de Jessica Anaid. Fondo Editorial Tierra Adentro.
I Zeus mide con su relámpago de metal mis huesos pélvicos: caderas estrechas, dice y su diagnóstico frena el impulso de un rayo en la cabeza de mi hijo siento el fragor detenerse en el hueco final y el hueso es un trueno petrificado las estrías violáceas de mi vientre anuncian que se aproxima una tormenta no hay lluvia que descienda entre mis piernas Zeus ha dicho —imponiéndose con su luz plateada— que no he de alumbrar a este dios porque soy incapaz de permitirle la salida. Es un retoño que ninguna diosa podría parir Su relámpago me entra por la espalda y pierdo el
conocimiento anota el nombre de mi futuro recién nacido en una hoja y el nombre de mi hijo se convierte en un cordón umbilical que se adhiere a la bolsa de su bata blanca la tela le roza el muslo izquierdo el médico Zeus comienza a gestar a mi hijo desde las 8:00 de la mañana y lo alumbra a las 10:00 despierto en la sala de recuperación y me encuentro con el rastro calcinado de su relámpago en el vientre una línea de sangre coagulada la sangre seca que bordea un hilo negro. Soy Sémele Es un retoño que ninguna diosa podría parir ¿diosa? caderas estrechas, justificación innecesárea que se amolda al brillo de su relámpago que pesa más de treinta mil estruendos presagiados en la hoja de un seguro de gastos médicos mayores ¿diosa? madre, sí sé parir, pero Zeus es quien anota el nombre de nuestros hijos en la página y los gesta en la bolsa de su bata blanca, cuya tela roza el muslo de su pierna izquierda
La Feria de Zapotlán es una de las festividades más populares en el Sur de Jalisco y, quizás —permítaseme esta aseveración chauvinista—, es una de las pocas fiestas pueblerinas cuya celebridad ha trascendido al territorio internacional. Esto último encuentra su motivación, sobre todo, en el hecho de que Juan José Arreola plasmó su carácter festivo en su novela La feria (1963) —su algarabía jocosa y llena de leyendas, sus chascarrillos y rimas en doble sentido.
Como nativo tlayolense, desde hace décadas he presenciado los preparativos y el tradicional desfile de la fiesta religiosa a San José, el Santo Patrono. El espectáculo es notable: carros alegóricos representando las principales escenas de la vida del nazareno, miles de danzantes que se congregan para acompañar el recorrido al ritmo de la tambora y la chirimía; escuelas, charros y peregrinos que acuden a celebrar a la efigie sagrada que, desde el siglo xix, protege —o lo intenta— al sur de Jalisco de los temblores.
Como es de esperarse, un evento de esta magnitud invita no pocas veces al malestar de los pobladores: entre la contaminación visual, las inmensas cantidades de basura, las calles bloqueadas, el número de incomodidades es creciente desde el primer día de la fiesta pagana, que empieza mucho antes que la religiosa. Y es precisamente una de estas incomodidades la que me motiva a escribir este texto: los famosos “monstruos” del desfile alegórico.
Es imposible concebir el desfile del Santo Patrono sin hablar de los monstruos. Personajes por demás pintorescos que, disfrazados de las maneras más diversas —los he visto con máscaras de zombis, de vampiros, de vaqueros, disfrazados de Chucky, Fredy Krueger, Peso Pluma e incluso del presidente en turno—, blanden un ceremonioso chicote con el que castigan el asfalto en auténtico pandemónium. Los monstruos son, como los danzantes, fieles acompañantes del recorrido de San José a través de las calles de Tlayolan, y su presencia es constante recordatorio de que no se puede concebir la divinidad sin su contraparte demoniaca.
Fotografía de Masao Yanome
Para la crítica Cassandra Eason, la presencia de los monstruos en la sociedad no sólo sirve para evidenciar los caracteres abyectos que se esconden en las conductas humanas. Los monstruos son, también, un recordatorio o acaso advertencia de un mundo sobrenatural más allá del mundo que habitamos. En el fondo, las sociedades siguen inventando monstruos porque sirven para expresar la posibilidad de una existencia más allá de la nuestra. “El interés en los monstruos —dice Eason— puede deberse en parte a la decadencia de las religiones convencionales en las sociedades, conduciendo a que la gente busque desesperadamente si hay vida más allá del mundo material y que no estamos solos en el universo” (xiv).
Si bien la mayoría de las sociedades conocidas ha creado su propio circuito de monstruos, la cercanía del pueblo mexicano con estos seres abyectos —sobre todo durante sus celebraciones religiosas— es una cualidad del folclor nacional que ha llamado la atención de numerosos artistas y académicos alrededor del mundo. De todos ellos, siempre me ha parecido particularmente relevante el caso de Mizuki Shigeru quien, además de ser uno de los mangakas más populares del siglo pasado, fue también uno de los más importantes catalogadores de monstruos japoneses del que tenemos noticia.
Mizuki Shigeru nació en Sakaiminato, prefectura de Tottori, el 8 de marzo de 1922. Desde sus primeros años como estudiante de primaria, mostró una habilidad artística extraordinaria, lo que lo llevó a tener exposiciones de sus dibujos y a ser publicado en los periódicos de su ciudad natal. Experimentó la guerra en Papua Nueva Guinea durante su juventud, una experiencia que lo marcó emocionalmente y lo volvió un pacifista declarado —algo que dejó claro tanto en sus entrevistas como en sus memorias—. Finalmente, terminó por establecerse en Japón en donde comenzaría una carrera como mangaka en 1957 con el manga ロケットマン [Rocketman]. Sin embargo, no fue sino hasta la aparición de ゲゲゲの鬼太郎 [Gegege no Kitarō, originalmente conocido como 墓場鬼太郎, Hakaba no Kitarō, o “Kitarō del cementerio”] que su fama se difundió por todo el país. En este manga, además, Mizuki definiría su peculiar estilo artístico, pero sobre todo, su pasión por los monstruos japoneses, mejor conocidos como妖怪 [yōkai].
Etimológicamente, el término yōkai se compone de los caracteres 妖 [siniestro, sospechoso] y 怪 [extraño, aparición]. En la actualidad, se ha vuelto una palabra de uso relativamente común, pues se ha difundido en todo el mundo gracias al anime y otros productos culturales masivos. Quizás el más popular sea 妖怪ウォッチ [Yōkai Watch], anime que se encuentra en diversas plataformas de streaming y cuya fama alcanzó su punto más álgido en años recientes. No obstante, el término yōkai ha estado presente en el folclor japonés desde hace siglos. Su definición establece algunas claves interesantes: en primer lugar, el yōkai no es simplemente un monstruo en el sentido estricto, sino que deberíamos entenderlo más bien como un fenómeno. Para Michael Dylan Foster, el yōkai es un monstruo o ser fantástico, un espíritu o una aparición, pero también es una idea que surge de preguntas como “quién encendió la televisión en medio de la noche cuando no había nadie cerca” (25).
Komatsu Kazuhiko —probablemente el más importante estudioso del tema en Japón— nos dice que podríamos dividir la definición en tres partes. Primero, entendiendo a los yōkai como incidentes siniestros, experiencias extrañas capaces de estimular la imaginación e inspirar historias con mensajes nacidos del miedo (13). Segundo, como entidades sobrenaturales, seres tangibles, habitantes de diversas historias, chismes, leyendas o cuentos que tratan de explicar eventos extraños; en esta categoría, por cierto, podríamos incluir a la mayoría de los monstruos en todas las latitudes. Por último, como entes representados en pinturas y otras manifestaciones gráficas que, desde el arte, muestran el carácter ceremonial de estas criaturas, manifestándose a un nivel profundo de la cultura japonesa. Como mencionamos antes, los yōkai son mensajeros de lo místico.
Si bien en la actualidad los yōkai han encontrado un nicho en los estudios culturales —los libros y artículos sobre el folclor japonés se cuentan ahora en cientos—, lo cierto es que el interés por estos seres en el ámbito de la literatura precedió en muchos años al ámbito de la academia. Mizuki Shigeru podría contarse como uno de los primeros autores que dedicó una parte importante de su producción artística al estudio y taxonomía del yōkai. A tal grado llegó su interés por la clasificación de estas criaturas, que durante varios años elaboró una enciclopedia donde reunió varios cientos de entradas de yōkai, quizás el catálogo editado más completo en su tipo.
Además de la titánica labor de taxonomía, Mizuki ilustró cada una de las entradas de su enciclopedia.1 Su obra reúne cientos de entradas de todos los rincones de Japón, y fue publicada recientemente en español por Satori Ediciones, en un esfuerzo descomunal por traer a nuestra lengua uno de los compendios yōkai más completos y documentados que existen, pues cada una de las entradas viene acompañada de una breve narración que Mizuki obtuvo de una fuente literaria o histórica. Lo anterior resulta, a mi parecer, un acto de justicia literaria, pues la obra de Shigeru llegó a México de manera tardía, a pesar de que el autor compartió el éxito con mangakas como Osamu Tezuka (Astroboy, La princesa caballero).
Entrada “Chaneque”
Otro esfuerzo editorial notable lo trajo la editorial Astiberri, que publicó los seis tomos de su autobiografía, que se han distribuido en México y se consiguen con relativa facilidad. En estos libros, la experiencia de la guerra, los viajes para conocer distintas comunidades indígenas, las tribulaciones del artista, se presentan en un manga bastante digerible y entretenido. Y si bien cada uno de estos libros merece un estudio aparte, el tomo seis es particularmente relevante, pues Mizuki Shigeru comparte una experiencia inédita: su visita a Oaxaca para profundizar en la cultura mexicana.
Su viaje ocurrió en octubre de 1996. Como él mismo relata en su autobiografía, el interés por conocer nuestro país derivaría del Primer Congreso Mundial de Yōkai, realizado el 25 de agosto de ese año en Sakaiminato. La visión de las máscaras mexicanas —las mismas máscaras que todavía pueden observarse en los desfiles y en las danzas regionales—, fue un evento que impactó el espíritu aventurero del autor: “Los yōkai y espíritus normalmente no se pueden ver […] pero estas máscaras ayudan a visualizarlos” (189).
Además de su autobiografía, Mizuki Shigeru escribió un libro de viaje, titulado 幸福になるメキシコ 水木しげるの大冒険 妖怪楽園案内 [Kōfuku ni naru Mekishiko. Mizuki Shigeru no daibōken. Yōkai rakuen an’nai; Felicidad en México. La gran aventura de Mizuki Shigeru. Guía del paraíso de los monstruos]. En este particular volumen compiló sus notas sobre la experiencia del viaje en México, e incluyó una ingente cantidad de fotografías e ilustraciones, así como fragmentos de manga, donde expresa la experiencia mexicana al completo.
Algunas de estas fotografías remiten a la natural experiencia del turista —bebiendo mezcal oaxaqueño, conviviendo con campesinos y artesanos mexicanos—; otras, muestran ya el interés por catalogar las famosas figuras talladas —a veces también llamadas alebrijes oaxaqueños, aunque hay discusión sobre la terminología—. Finalmente, como un tierno homenaje del folclor nacional, el autor incluye cuatro entradas de monstruos mexicanos, que remiten con claridad a su propia enciclopedia.
Por considerarlo de interés para el lector mexicano, dejo a continuación la que corresponde al chaneque:
Esta es una historia muy conocida sobre un yōkai que, según se cuenta, vive en las granjas y pequeñas poblaciones cerca de la Cuenca de Papaloapan, en el estado sureño de Veracruz.
En los tiempos en los que no había electricidad, un día apareció un duende. Era un duende que tenía un aspecto muy similar al de un humano, aunque estaba desnudo. Los locales llamaron a esta criatura “chaneque”.
Se dice que cualquiera que se encuentre con este chaneque, será hipnotizado y raptado, el chaneque lo golpeará severamente, lo despojará de sus prendas y posteriormente lo desechará en algún lugar lejano.
Aunque es una criatura muy peligrosa, los adultos lo utilizan para asustar a los niños. “Si no te portas bien, te va a llevar el chaneque”, les dicen para mejorar su comportamiento. Esto parece resultar efectivo.
Se dice que, debido que las personas que se llevó el chaneque estaban en un estado hipnótico, les resulta muy difícil volver a casa. El regreso les puede llevar muchos días. Cuando la persona por fin recobra el sentido (no se sabe cuándo ni cómo va a volver en sí), recordará algunas cosas al principio, pero sentirá como si estuviera en un sueño. (9-10)
Fotografía de Masao Yanome
El autor concluiría el relato del viaje a México hablando con entusiasmo de la cultura mexicana de la muerte, de su visita a las pirámides prehispánicas y, cosa por demás interesante, de su experiencia con una chamana que lo proveyó de hongos sagrados. “Los hongos son hijos de los dioses”, declararía la misteriosa mujer al autor. De esta última experiencia —tan alucinante como divertida— sólo mencionaré que el autor ilustró con peculiar detalle cada una de las etapas del viaje espiritual: desde su ingreso al corazón de las pirámides, hasta su violenta expulsión de las alucinaciones saliendo por el trasero de una mujer gigante. Con este relato, el viaje al paraíso mexicano de los monstruos se da por concluido.
Como un modesto corolario, me parece importante destacar que el estudio de los yōkai no sólo ha encontrado un nicho entre la comunidad académica en Japón, sino que hay centros de investigaciones dedicados exclusivamente a estudiar estos fenómenos culturales. El más relevante de ellos es el centro que fundó el propio Dr. Komatsu en el国際日本文化研究センター [Centro de Investigación Internacional para los Estudios Japoneses], ubicado en la ciudad de Kioto. En éste se encuentra quizás la más grande colección de yōkai, en registros que datan de varios siglos atrás. De particular interés resulta su base de datos en donde el lector no sólo podrá consultar los grabados de estas criaturas extrañas, en muchas ocasiones también encontrará las historias que se contaban sobre sus características y apariciones. Sólo me queda decir que la tierra de los monstruos sigue atenta, esperando la llegada de más investigadores y artistas que pretendan nutrirse de ella.
Ya sea que hablemos del carácter folclórico del monstruo mexicano, o de las siniestras apariciones del yōkai japonés, lo cierto es que la presencia de los monstruos en la cultura nos revela mucho acerca del carácter de sus sociedades: permiten conocer sus miedos, sus expectativas sobrenaturales, los valores y antivalores a los que otorgan mayor relevancia. Los monstruos son mucho más que un divertimento, una figuración de lo abyecto o de lo perverso. Ante todo, son una interpretación del mundo, y llevan presente una carga cultural que no debería de ignorarse: son un espejo en donde depositamos las cosas ocultas en nosotros mismos.
Referencias
Eason, Cassandra (2008). Fabulous Creatures, Mythical Monsters, and Animal Power Symbols. Greenwood Press.
Foster, Michael Dylan (2015). The Book of Yokai. Mysterious Creatures of Japanese Folklore. University of California Press.
Komatsu, Kazuhiko (2017). An Introduction to Yōkai Culture. Japan Publishing Industry Foundation for Culture.
La literatura es una carrera de patadas en el culo, gana quien llega más lejos con las que ha recibido.
Adán Valparaíso
Ustedes y yo sabemos que ningún arte verdadero puede adormecernos, puede hacernos olvidar lo que somos y el mundo que vivimos. Si fuera así, la obra de arte suprema, la más sencilla —como dice un tipo listo cuyo nombre no recuerdo ahora— sería un martillazo en la cabeza.
Christopher Philip Marlowe
Abrí los ojos y frente a mí todavía estaba el cadáver. Aquel hermoso rostro amortiguó mi resaca. Desperté con el culo adolorido. Más tarde el hijo de la chingada de Arturo me diría que había dejado que las putas jugaran conmigo cuando me dormí. Mientras una me metía un par de dedos por el ano, la otra utilizaba mi mano para masturbarse. Arturo lo miraba todo y se moría de risa, el cabrón.
Me levanté y le rocé el pelo al cadáver antes de seguir mi camino hasta la cocina. Me serví un vaso de agua y lo bebí de un trago. En la habitación de Arturo estaban las dos putas y él. Tres asquerosos cuerpos enredados entre sí. Sentí asco. Tomé mi chamarra e intenté abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Volví a sentarme en el sofá donde pasé la noche. Miré el reloj de mi teléfono: eran las 12:46. Tenía tiempo para llegar al trabajo.
No entendía muy bien cómo me había metido en esto. Se supone que era un taller de literatura y terminamos robándonos un cadáver —qué hermoso era—. Volteé a verlo. Su mirada inmóvil me hipnotizaba. Lo habíamos acomodado en el sillón individual de la sala de Arturo —ese hijo de su reputa madre—. En vida fue una mujer, no sé si hermosa u horripilante. No importaba mucho. Ahora, tiesa, inmovilizada en aquel sofá, era la perfección. Y pensé: eso debe ser la perfección, la belleza es solo perceptible en su inmovilidad. Lo que se mueve no alcanza a ser bello, lo busca. Aquel estado de reposo natural en el que, al fin, la belleza se posaba sobre el objeto y lo fijaba. Pasaba de estar en el espacio dinámico para entrar al espacio estético, el arte, la belleza. Tal vez por eso las pinturas, los retratos, las fotografías, una vez fijas, deben llevar un marco. La función del marco es separar un espacio imaginario —el artístico— de otro real. Recortar aquel trozo de no-movimiento del mundo que no para, nunca, de moverse.
Este tipo de pensamientos me invadían mientras avanzaba con los ojos sobre el cuerpo semidesnudo de aquella mujer. O tal vez debería llamarla cadáver. O mejor: escultura. Aunque sus senos, que se asomaban discretos entre las rasgaduras de su blusa, me invitaban a no excluir su sexo. Estaba ahí, tras los girones de ropa que el asesino la había dejado conservar. O debería decirle violador. ¿Cuál era la intención del sujeto —o mejor dicho: el escultor—? ¿Quería meterle la verga, así nada más? ¿Eyacular dentro de su carne inútil? ¿Saciarse, vaciarse? O tal vez buscaba matarla, meterle algunos navajazos —como lo hizo—, y comenzó practicando con su pene. Se lo metía como si fuera navaja. Atravesaba una herida ya hecha antes por la naturaleza. La vagina sucia escurría el semen del asesino que, pobrecito, también era hombre y antes de cumplir su trabajo quiso exprimirse la tristeza de quién sabe cuántas noches de onanismo solitario. Perro triste. Perro que muerde. Perro que cabalga mujeres bellas. Así me lo imagino repitiendo: perro asustado, perro con rabia, perro que sangra por la verga, mientras escucha los alaridos de la perra que posee. Perra de raza, perra de familia, con su platito de comida al lado de la mesa de los patrones. Perra.
La noche detrás del hijo de perra, que miraba las lágrimas de la cachorra arrepentida. Le dio miedo, perro cobarde, y luego de asestarle varios puñetazos en el rostro le dio vuelta. La puso de perrito y, apretándole las muñecas con sus manos ensangrentadas, volvió a penetrarla hasta que sus gritos fueron aullidos a la luna. Y el cielo se desplomó sobre el movimiento ajetreado de los dos caninos amantes. Todo quedó en silencio, inmóvil.
La belleza entonces. El asesino se puso de pie y ni siquiera se subió el pantalón. Su pito escurría una baba blanca como el filo de la luna. Los jadeos de la perra no eran de placer, pero ya no importaba. Tomó la pistola y terminó su labor. Cansado, el escultor volvió a su cotidianidad, sin perras y sin mármol.
Le quité del rostro un hilo de cabello que me estorbaba. Acaricié sus mejillas con mi dedo índice. Luego fui a su boca, entreabierta, y en la comisura de los labios entretuve mi yema tibia que contrastaba con la frialdad de piedra de su condición divina. Bajé por su cuello y utilicé las manos para saborear el contorno de su anatomía. Con la derecha terminé de desprender el pedazo de blusa que le quedaba, con la izquierda tomé su seno, sin apretarlo mucho. Miré su pezón y lo rodeé con el índice, me acerqué y lo besé. Mis labios se acomodaron en aquel brote de piel oscura. Mientras respiraba el olor agrio de su piel putrefacta, terminé de sacarle lo que traía encima. Solo quedó un calzón sucio que se detenía en sus tobillos. Lo dejé ahí mientras recorría con la nariz la mitad del cuerpo que me faltaba. En el sexo había rastros del semen del artista. Seco, como una costra que ensuciaba el monumento final. Me dieron ganas de lamerlo, comerme los últimos rastros de aquello que había sido hecho por un hombre nacido no divino desde el principio.
Eres un puto enfermo, dijo Arturo, y soltó una carcajada. Te pasas de verga, pinche Rodrigo. Le dije que debía irme, tenía trabajo. Antes tenemos que ver qué haremos con el cuerpecito este que te quieres ligar, güey. Obviamente no se podía quedar en su casa, me dijo. Ni en la mía, respondí. Pero realmente tenía ganas de llevármelo. Vamos a esperar a que se despierten es tas viejas, tal vez ellas tengan una idea. Ya sabes, las putas siempre le salvan la vida a los poetas, es un lugar común. Se la pasaba haciendo chistes sobre escritores que yo no entendía.
Bueno, ¿pido algo de comer o comemos afuera?, preguntó como si no le importara un carajo que yo debía trabajar y que tenía un cadáver sentado en el sofá de su sala. No mames, le dije. Quiero ir a mi casa, darme un baño. Me duele el culo.
Fue entonces que me contó que las putas se habían divertido con mi cuerpo. No te encabrones, güey, se adelantó. A ti te gusta sabrosearte a los muertos, así que estás peor. Inútil explicarle algo. Arturo pertenecía a otro mundo, o mejor: a otro lado del mundo. Volví a pedirle las llaves y me dijo que estaba bien, pero que antes lo ayudara a despertar a las viejas.
Me paré en el umbral de la habitación y grité: ¡despierten! No seas pendejo, me dijo mi compañero, a estas putas no se les despierta así. Luego se acercó a la cama, se bajó el pantalón deportivo que traía puesto y empezó a masturbarse en la cara de una de ellas. Divertido, volteó a verme y me invitó a hacer lo mismo con la otra. Moví la cabeza con asco y fui a la cocina por agua y a fumarme un cigarro. Antes de irme alcancé a mirar que el pene de Arturo conseguía una erección y que —hijo de su puta madre— golpeaba los cachetes de la prostituta con su miembro.
Las carcajadas y los jadeos de mi anfitrión eran el único fondo musical del que disponía para mirar la calle desde la ventana de aquella cocina que olía a limpio, a pesar de que a unos metros se encontraba un cuerpo en descomposición. El barrio en el que nos encontrábamos era tranquilo y de clase media alta. Ahí vivía Arturo desde que obtuvo, con apenas veintinueve años, una beca de creación y un par de premios que, además de brindarle la estabilidad económica que nunca había tenido, lo catapultaron a la fama entre un sector medianamente pudiente de escritores del norte del país. El departamento tenía todas las comodidades para un hombre soltero de su edad, además de que podía darse el lujo de pagar un servicio de limpieza para no tener otra cosa en qué ocupar su tiempo que en escribir, lo que para él se traducía en drogarse, contratar prostitutas y ver Netflix.
En la ciudad, Arturo prefería quedarse encerrado. La gente de Morelia lo asqueaba. Miserables, decía, mediocres que no queren salir de la mierda en la que se regocijan cual moscas. Aclaraba que no se refería a mí cuando decía eso. No te lo tomes personal, men, me refiero a los escritorzuelos, artistuchos que dicen que hacen arte y literatura para el porvenir. Puras mamadas. Nosotros miramos a las moscas con asco, ¿y sabes cómo nos miran ellas a nosotros? De igual forma. Ellos me observan con recelo y repugnancia, desde su retrete disfrazado de centro cultural o museo, me vomitan a mí y a todos los que hemos logrado despegarnos del fango de lo contracultural e independiente.
Pero la verdad era que no estaba mucho por acá. La mayor parte del tiempo se encontraba viajando. Iba a encuentros literarios, daba charlas en alguna universidad o hacía residencias creativas en equis o ye lugar. Siempre uno donde hubiera contacto con la naturaleza y un spa con barra libre.
Fui de regreso a la sala porque la campana del camión de la basura me sacó de mis cavilaciones. Al pasar por la habitación de Arturo pude ver que una de las putas —la que supuestamente dormiría conmigo—, ayudaba al escritor a “despertar” a la bella durmiente. Mientras él le embarraba el líquido lubricante de su pito en la boca, la otra restregaba su lengua vacuna en la panocha de su colega.
Me senté con cuidado —seguía doliéndome el culo— enfrente de Atenea, así me gustaba llamarla. Encendí otro cigarro y, mientras veía sus ojos aletargados, me quedé dormido.
Hace mucho que no venía aquí y ya quiero irme. No lo recordaba tan caluroso y tan lleno, quizás solo sea mi estado de ánimo. Cada vez hay más extranjeros y los culeros de la entrada la hacen más de a pedo para poder entrar, si no hay reservación ni se te ocurra pararte ahí mi moreno y aún con la reserva, la hacen tardada. Los meseros siguen igual, queriéndole morder al queso a cada oportunidad que tienen, ellos si agarran parejo pero su festín principal son los güeros que, al parecer, encuentran todo barato aquí.
La pista está llena, ahora ya no importa si sabes o no bailar, el chiste es moverse, no como antes, que solo se paraban ahí las personas que sacaban los buenos pasos, o las ficheras que te bailaban y te hacían ver bien aunque no supieras bailar, ya no hay nada de eso.
¿Una botella o que pedo?, pregunta Piter, pero yo no quiero beber tanto, cuando ando sacado de pedo el alcohol se me sube enseguida y estos cabrones cuando andan libres no paran hasta que amanece, sin embargo, le digo que como ellos quieran. Un Smirnoff de ¾ en más de $1,000 pesos y con solo 5 minerales mini llega a la mesa, el mesero nos sirve tres tragos cargadísimos para que pronto nos vayamos a la verga de ahí, pues al parecer, la fila de güeros que quieren entrar empieza a crecer y aún no es ni media noche.
Cámara chaparro, saca a bailar a una güera me dice Fercho quien de inmediato y junto con el Piter, van a una mesa contigua para invitar a bailar a dos chicas que no hablan español y que de inmediato aceptan. Sin ganas de hacer lo mismo, agarro la botella y me preparo una cuba más mientras veo como mis acompañantes, sonríen, bailan, coquetean y dan de vueltas a ritmo de la orquesta que como siempre, está tocando la de “Ojitos mentirosos” en ese lugar ahora trendy de la Obrera.
Cuando nos enteramos que ella tenía cáncer, todo lo que nos dijeron los doctores era favorable, ni siquiera iba a recibir radioterapia o quimios, con un medicamento vía oral sería más que suficiente por el momento. Si bien yo me alegré de oír ese diagnóstico, mi madre no se veía muy confiada, pues los dolores que comenzaba a sentir eran cada vez más fuertes, dejándola muy débil la mayor parte del día.
No me he parado en todo ese rato más que para ir a mear y Piter se da cuenta, le da las gracias a la chica con la que bailaba y se sienta a mi lado, ¿cómo vas? ¿Necesitas que te traiga algo?, respondo que no con la cabeza, y le digo que quizás no fue muy buen idea empedar después de todo, anímate, me dice, ya sabíamos que tarde o temprano eso pasaría, no te puedo decir que no te saques de pedo, pero al menos pásala bien esta noche, hace mucho que no salimos así.
Fercho sigue bailando con quien se deja, pero se acerca a la mesa y nos dice que le gustó mucho una alemana que, al parecer, sí sabe bailar. Solo sonrío, me gusta verlo cuando está muy de buenas como hoy.
Piter vuelve a la pista junto a otra chica más alta que él, me mira de reojo y me sonríe presumido, yo solo lo veo alejarse y perderse entre los cuerpos que a ritmo de “Maruja”, se mueven extasiados al sonido de la orquesta. El mesero se acerca y me sirve un trago más. ¿Usted no baila joven?, me pregunta, le digo que sí, pero que en realidad, hoy solo vengo a beber y a valer verga, pues debería de bailar joven, me responde, hay mucha muchacha bonita, o ¿le gustan los chavos? También hay harto guapetón…
Los estudios siguieron semanalmente y el diagnostico cambió de pronto. Nos dijeron que era urgente operar pues había riesgo de que el cáncer se extendiera a otros órganos y mientras más pronto lo hicieran, el resultado sería más favorable. Ves, estos pinches doctores nunca saben qué pasa, me dijo al salir de la consulta. Según esto, tenía que internarse el próximo fin de semana para ser operada el lunes por la mañana. El nuevo resultado nos dejó fríos, por lo que decidimos ir a desayunar y a comprar cosas que no necesitábamos: zapatos, perfumes, un par de abrigos y hasta unas botellas. Al final del día, terminamos en un restaurant de comida china bebiendo nuestros tragos favoritos.
Fercho regresa después de un rato de no verlo, me dice que ya se besó con la alemana pero que ya le aburrió. Me acaba de mandar mensaje Lalo, que anda en el centro porque hace ocho días bien pedo encontró a un imitador chingón de Juan Gabriel en las chelerías de Garibaldi y quiere encontrarlo de nuevo. Tu mamá era bien fan del Juan Ga ¿no? Creo que estaría chingón recordar a tu jefa con ese wey de fondo. Le digo que sí, que estaría cagado.
Piter se acerca y nos dice esta mamada ya está hasta el culo y nos van a empezar a picar lo ojos, ya le pagué al chaquetas y ya le dijo al de la puerta que salen dos más conmigo pero dice que de todos modos nos acompaña por si hay pedo. El mesero nos lleva a la salida y les dice a los de la entrada que podemos irnos, nos subimos al coche de Fercho y con tres caguamas que compramos en la tienda de enfrente, nos dirigimos al centro.
Agarramos un tramo de Bolívar para dar vuelta a la derecha y llegar al Eje Central con la música muy alta. Fercho reconoce la canción que suena en el radio y la empieza a cantar, pensando en ti sé que no puedo dejar de temer, andando por los bares te pasas noches y días enteros, y cuando estas a solas grabas algunas cosas perversas. Ese si es un pinche bajo ochentero dice Piter mientras bebe de la caguama. En el alto una patrulla se nos empareja y ninguno de mis acompañantes se inmuta, yo me pongo nervioso porque Piter siempre trae droga y aparte los tres venimos tomando, miro de reojo a los policías que no dejan de observarnos, el semáforo se pone en verde y no pasa nada. Piter dice, vez, esta noche el destino quiere que empédenos rico, Fercho acelera y la música sigue fuerte mientras los dos gritan a coro lo que sigue de la canción creo que creo que creo que creo que mamá se está volviendo se está voviendo loooocaaa…
La cirugía que tendría para quitarle un tumor cancerígeno del hígado, se ha estado complicando, al principio los doctores nos dijeron que la operación era viable, pero ahora, han decidido esperar pues un resultado no favorable apareció en los últimos estudios que le hicieron, parece que parte del hígado que creían estaba sano, no lo está, además de que en otros órganos han aparecido pequeñas manchas que predicen lo peor.
Llegamos a un infiernito que está cerca del Panteón San Fernando, para hacer base y ver dónde está el pinche Lalo, dice Fercho, por mi está bien. Me dirijo al baño y al salir, Piter me da una bolsita de coca junto a un vodka cranberry, pa que se anime chingón me dice mientras sale del lugar repleto de gente, afortunadamente, el DJ está poniendo buena música.
El sonido es tan fuerte que no queda otra que bailar, las luces rojas y azules que de vez en vez chocan con mis ojos me dejan ciego, tengo que bajar la mirada para recuperar la vista y sentir que estoy bien. Bailo a ritmo de esa electrónica oscura que me encanta a lado de otros más, parece que estamos juntos, pero también que no nos conocemos. La voz de Nicola Kuperus se exalta cada vez más, creo que la canción es “Everything & Nothing”, que maldito buen ritmo. Los sintetizadores y la caja de ritmos de la canción se entremezclan con otros sonidos que apenas logro reconocer, un buen trago al vodka y un primer sniff a la bolsita para seguir moviéndome. Parece que la noche mejora, por un breve momento y a lado de muchos desconocidos, este sopor y enojo con la vida parece desvanecerse.
La operación se ha postergado y mi madre ya lleva una semana internada. Hoy me tocó venir por la mañana y al cambiar turno con mi tía, ella me dijo que la vio bien y que la dejo durmiendo. Cuando llego a su cama, parece que mi madre me está esperando, ¿Cómo estás? me dice, ¿no ha habido problemas en casa? Le respondo que no y que, aunque los hubiera, lo importante es que ella se recupere para que regrese pronto. Pues así como van estos doctores no creo que regrese pronto me dice un poco molesta.
Sin querer tocar el tema de su salud, hablamos de cosas triviales, de la serie que estamos viendo y que me prohibió ver sin ella, de lo que haré con mi vida ahora que terminé mi relación con Tania, y otras cosas más con las que me esfuerzo para que por lo menos en ese momento, no recuerde que su salud está empeorando.
Fercho entra por mí y me dice que Lalo está en Garibaldi, vamos ¿no?. Ambos salimos y esperamos a que Piter termine su cigarro mientras suena “Run” de Boy Harsher adentro del cuarto de baile, esto se va a poner bueno nos dice.
Fercho le marca a Lalo pero no le contesta, ¿Pues qué hora es? Pinche Lalo ya ha de andar bien pedo, dice molesto. Seguro perdió su cel de nuevo dice Piter fastidiado. Yo le doy otro sniff a la bolsita mientras veo a los mariachis y a los borrachos que comienzan a inundar la explanada de Garibaldi. ¿Te acuerdas cuando íbamos por piedra con tus compas de la escuela a esas vecindades gallo? me dice Piter mientras señala los edificios de atrás del mercado, a lo que le respondo que sí, estaba bien bara esa madre ¿no?, remata.
Pues chingue su madre dice Fercho, les invito un mezcal en el Tenampa y ahí preguntamos qué pedo con el doble del Juan Ga. Entramos y enseguida nos dan mesa, un mariachi canta a todo pulmón “El mono de alambre” mientras la familia que la pidió, ríe desenfrenadamente. Fercho pide tres mezcales más cervezas para empezar, cuando las traen, le pregunta al mesero si sabe qué onda con el doble del Juan Ga, pues hay un chingo joven, más en los antrillos gays, pero no sabría bien bien decirle en cuál, más bien láncense a los de República de Cuba o a los de por ahí sobre Eje Central, seguro ahí encuentran al Juan Gabriel, sonríe.
La operación se hará, pero con ciertas precauciones, si bien parte del hígado está sano y bien podría regenerarse, el tumor es muy grande por lo que implica un mayor riesgo, entonces, como su familiar más directo, tiene que firmar algunas responsivas sobre esto por si la operación no resulta favorable, ¿está de acuerdo? Yo asiento con la cabeza, el tiempo de mi madre se acaba y los otros métodos para evitar la operación no funcionaron, además ella así lo quiso, si este es el último recurso para intentar recuperarme, se tiene que hacer para bien o para mal, me dijo.
Piter se siente incómodo ante tanto grito de mariachis, y le dice a Fercho, como me cagan estos weyes gritones,jálate mejor a esos norteños y pídete una rola, al fin a este wey también le gustan, me señala. Fercho les llama y el trio se pone frente a nosotros con su acordeón, contrabajo y tarola. Tóquense la de “Aguanta corazón” y le siguen con “Alma enamorada” del Chalino por favor. Piter acompaña a coro mientras le da un trago a su cerveza y otro a su mezcal, yo hago lo mismo, te imaginas que se sepan unas del Komander, estaría cagado ¿no?, me dice al oído.
Ya me llegó la ubicación de este pendejo nos dice Fercho, sí anda por Cuba, ¿nos echamos la última y ya o nos movemos? Piter y yo le decimos que la última y ya.
Caminamos sobre Eje Central inundado de gente como si fuera de día, dejando atrás un sinfín de lugares en los que se ve buena fiesta a ritmo de electrónica y reggaetón. Fercho señala uno y nos dice mejor hay que quedarnos aquí con las trans, se ven bien buenas, a lo que Piter sonríe. Mientras caminamos me voy dando cuenta que el alcohol empieza a atontarme, Piter también lo nota y me dice jálale a esa madre, ponte vergas carnalito, a lo que enseguida, le doy otro sniff a la bolsita si dejar de caminar. Un par de chicas ven lo que hago y me empiezan a pedir, míralo, no se veía que estuvieras tan guapo, invitas o te da pena, a lo que Piter les responde, le da pena, mientras me jala del brazo y me dice, vámonos pinches viejas piojosas. Yo solo me río mientras doy otro jale.
Los dolores en su vientre y en casi todo su cuerpo cada vez son más fuertes, la hacen replegarse mucho y de sus ojos brotaban algunas lágrimas. A veces, cuando estoy con ella, le agarro la mano para que la apriete y sienta que estoy ahí con ella, no sé por qué lo hago, ni por qué pienso que eso es bueno, pero lo hago y ella no suelta mi mano hasta que el dolor pasa.
Llegamos al lugar indicado, pero no sabemos cuál es, hay al menos 4 diferentes lugares en los que Lalo podría estar. Fercho empieza a preguntar en cada uno si ahí se presenta el doble de Juan Gabriel, tres responden que no y el otro nos dice que en el antrillo de a la vuelta siempre se presenta uno.
Llegamos al lugar y pedimos la entrada, subimos unas escaleras y vemos a lo lejos a Lalo sentado con su novio y con un par de amigas que se están besando. Fercho lo saluda a lo lejos y nos acercamos a su mesa. La música a ritmo de cumbia sonidera inunda el lugar con un mix de Selena, en la pista bailan varias parejas mientras en las mesas la cerveza es lo que más circula.
Te pasas de verga pinche Lalo, llevamos un rato buscándote, ¿A qué hora sale ese wey?, pregunta Fercho. Perdon pero ando acá con mi morro y ustedes se tardan un chingo siempre, el Juan Ga sale hasta después de las 4, ya casi ¿no?, miro mi reloj y en efecto, están por dar las 4 am y la fiesta sigue con todo.
Es la noche previa a la operación, y tengo que quedarme con ella, dormir en una silla junto a su cama o en un sillón afuera, son las opciones que me dieron. No recuerdo que ella me contara tantas anécdotas de cuando era pequeño como hoy, algunas las recuerdo, pero la mayoría no, parece que con esos recuerdos, se está despidiendo de mí. Sin querer tocar el tema de la muerte y esas cosas, le digo que es mejor que descanse para que mañana esté más entera para la operación, pero ella me dice es que no quiero dejar de hablar, puede que esta charla sea la última y ya, y no quiero que se acabe. No sé qué decirle, pero comienzo a hacerle preguntas de su pasado, ella abre los ojos y feliz continúa respondiendo todas las preguntas que le hago.
Pedimos una silla extra para Piter y una cubeta con 10 cervezas. Mientras miramos el lugar rodeado de espejos, un wey barbón saca a bailar a Fercho a quién le encanta bailar con quien se deje. Lo vemos moverse y bailar mejor que con las chicas de hace rato, se avienta más vueltas y se deja llevar por el barbón sin ningún problema, hasta parece que se lo están ligando. Piter me dice que va al baño a miar y a ver si encuentra algo más de diversión. Yo me quedo en la mesa, bebiendo cerveza y en espera del wey que según es el doble de Juan Gabriel.
A lo lejos miro a una mujer enorme con plataformas y peluca que se acerca a la mesa y me dice ¿bailamos? Le digo que no por el momento, pero Lalo me escucha y me dice no seas mamón baila con Crystal culero. No me queda de otra y ya medio ebrio me levanto y de la mano de ella empezamos a movernos. En la pista mis malos pasos me hacen chocar con otros bailadores que se molestan al verme, hasta que ella me dice, no te pongas nervioso, mira, agarra mi mano y con la otra agarra mi cintura, pero fuerte, sin miedo, no muerdo, a menos que quieras, me dice mientras me repega sus enormes senos operados. Como puedo trato de darle unas vueltas, pero su altura me lo hace muy difícil, me he de ver muy gracioso bailando con ella y sus más de 1.80 de estatura a ritmo de “dicen tus jefes que a mí no me quieren, y yo me agüito y me salgo a beber, dicen que yo soy un gran mujeriego…”
Sin haber dormido más de tres horas, las enfermeras llegan al cuarto de mamá para prepararla para la operación, salgo de la habitación mientras eso sucede. Minutos después dos camilleros la llevan un piso abajo indicándome que los siga, uno de ellos me dice al ser una operación de alto riesgo, es necesario que se despida de su familiar. Me acerco a ella y le tomo las manos, le beso la frente y le digo que la espero de vuelta, que todo estará bien y que la quiero mucho. Ella sonríe y me dice yo te quiero más hijo, no estés de preocupón, todo estará bien. La veo alejarse, esperando que nada malo suceda.
Termina la canción y el sonido del lugar avisa que en pocos minutos Juan Gabriel tomará las riendas del escenario, no sin antes ver el show de unos gogos que, sin pudor, enseñan su miembro erecto y lo restriegan a quién se deja y así lo quiere. Fercho y Piter están enfiestadísimos, ríen y bromean con Lalo, los gogos, el mesero y con Crystal que desde que regresamos a la mesa, no se ha a apartado de mi lado. Si quieres, podemos ir al baño y te la mamo, me dice Crystal al oído, le digo que no estoy interesado y que, realmente, solo me gustan las mujeres, y que soy yo tontuelo, a poco nunca habías visto a un mujerón como yo, me dice. Sonrió y le digo que tiene razón pero que por el momento no estoy interesado, es más, así como estoy dudo que se me pare, uy nene, eso déjamelo a mí, me dice, a lo que le digo que mejor le invito un poco de coca y ahí la dejamos, ella se carcajea y me dice, vale chaparrito, eres muy adorable, mientas besa mi mejilla.
El sonido y las luces del lugar empiezan a bajar, Lalo llama al mesero y pide una ronda de tequila para todos. Piter se está besando con las dos amigas de Lalo mientras les pasa con la lengua una pastilla que de seguro es MD.
El sonido regresa en forma de mariachi y del fondo del lugar, sale un Juan Gabriel que poco se parece al divo de Juárez, eso sí, porta un blazer de lentejuelas y trae copa en mano para hacer el playback de “Por qué me haces llorar”. Fercho me mira y me dice, por tu jefa bro, mientras Piter alza su cerveza para brindar conmigo a lo lejos.
En una pausa entre canciones Piter me da una pastilla, lo último de la noche carnalito, pa amanecer chingones me dice. Miro la pastilla y sí es MD, la tomo con un trago de chela y a seguir mirando al Juan Ga del lugar.
Mamá ya no tuvo fuerzas para regresar consiente, mientras la operación se hacía hubo complicaciones y necesitaron mi autorización para entubarla. Lo sentimos mucho pero solo así, podemos postergar la vida de su familiar un poco más, sin embargo, ya no hay nada que hacer, ¿nos autoriza la entubación o dejamos que lo inevitable suceda? Aún tiene unos minutos para decidir, en un momento vuelvo von usted, me dice el doctor que operó a mamá, pero le respondo enseguida que no es necesaria la espera y que, si ya no hay nada más que hacer, podemos evitar entubarla. El doctor asiente y se retira, me dice que, en un momento, un colega mío saldrá para que nos llene y firme algunos papeles más…
El tiempo ha pasado, pero a la mayoría parece no importarle, cantan a coro el clásico “Mi fracaso”, muchas gracias, te agradezco, los momentos de felicidad, te deseo, buena suerte, porque no me veras ya jamássss. También aplauden demasiado a ese divo del escenario venido a menos y pienso que no es para tanto. Yo apenas puedo mantener los ojos abiertos mientras Crystal me acaricia la pierna. Fercho y Piter están extasiados, no dejan de ver y de cantar a coro con ese “doble”.
El divo falso se despide del público que le pide otra, pero al parecer ya es algo tarde, sin embargo, regresa y nos dice, bueno pues, la última y ya. Parece entonces que la fiesta en el lugar continuara al menos por un rato más.
Poco a poco siento que me desvanezco, la mirada me falla y cada vez veo más borroso todo, pinche MD creo que no me cayó tan bien. Piter se acerca y me abraza, me dice que le dé un jale más al regalo que me dio para que me reponga, hoy no se acaba hasta que amanece mi chingón, además hoy fiestamos por ti, tu jefa y porque estamos vivos papi, me dice. Yo solo sonrió porque ya no puedo más, la cabeza me da vueltas y por momentos quiero vomitar.
En la mesa escucho a Fercho y a los demás, ponerse de acuerdo para ir a la casa de Lalo y seguir la fiesta. Creo que necesitaré otro sniff pero ya no tengo, la pinche Crystal se lo acabó todo…
Portada de “Cómo pesa el silencio de los muertos”, Zel Cabrera. Editorial Gato Blanco.
El día que conocí a Horacio fue un día perfecto. Numéricamente hablando también lo fue, quiero decir, el día que conocí a Horacio fue un día capicúa. Esos días que se pueden leer igual de atrás para delante y es el mismo día, la misma combinación de dos y cero sin afectar el orden.
Un día palíndromo, como decir “reconocer” o “sometamos o matemos”, así. Pero eso lo supe después, por un recuerdo de Facebook. Caí en cuenta de eso tres años después del día que lo conocí y fue entonces que pensé en los milagros, en las casualidades, en el destino, y no antes.
Habían nombrado a Horacio Saavedra director de inteligencia del Departamento de Policía de Cuernavaca dos meses antes. Su nombramiento estuvo cargado de polémica. Desató chistes crueles entre los reporteros de nota roja del Hora21, el periodiquillo morelense que me contrató luego de salir de la carrera.
—¿Qué, otro recomendado que no tiene ni idea de lo que hace y llega al puesto por dedazo? —le pregunté ese día a Rebeca, la reportera de nota roja que se encargó de ponerme al tanto de su nombramiento.
—No, güey, éste está que te cagas. Lo mandaron de la procu.
No respondí, le di otra calada al cigarro mentolado que compartía con ella.
—No mames, cómo te gusta fumar esta chingadera pa’ viejas fresas.
Sonreí. A Rebeca también le gustaban los cigarros mentolados, pero nunca los compraba. Eso hubiera amenazado la imagen de mujer autosuficiente que le gustaba proyectar. Rebeca podía ver cadáveres o partes de cuerpos sin inmutarse, pero un abrazo la ponía incómoda, un cumplido la dejaba sin saber qué decir.
Tras otra calada, apagué el cigarro en la triste maceta que estaba afuera de la redacción y me metí a la oficina. Añoré los tiempos en los que podía fumar mientras trabajaba y nadie se quejaba; los días en los que en la maceta que ahora hacía las veces de cenicero, rebosaba una palma. No había aire acondicionado ni cafetera fina, pero la comodidad de fumar en la privacidad de mi cubículo sin interrumpir el trabajo, lo valía. Aunque eso significara tomar café soluble y que después de un rato nos sudara el culo más que fisicoculturista entusiasta.
Habían pasado seis años y casi nada cambió en las oficinas del Hora21. Algunos aumentos de sueldo que llegaron cuando el viejo dueño del diario decidió jubilarse y cederle la dirección a su hijo menor, Sebastián. Un tipo cacarizo y palidón que había estudiado comunicación en una universidad patito de Puebla, que no solamente usaba los pantalones apretados, sino que también tenía ideas apretadas.
“Vamos a llevar al 21 al 21, vamos a entrarle a la internet, equipo”, sentenció apenas su padre dejó el periódico. Todos nos volteamos a ver sin decir mucho.
Sebastián, que sabía que yo había estudiado en una escuela privada de mucho reconocimiento en el periodismo, se dirigió a mí sin tener mucha idea de lo que hacía:
—Tú vas a llevarte el nuevo departamento de medios digitales, colega.
—Yo estoy bien en Cultura y Espectáculos, Sebas —rezongué después de que Rebeca soltara una risa de burla.
—Se vienen cambios fuertes.
Guardé silencio. Me molestaban su falso acento norteño y sus frases sacadas de películas de narcos, pero me enojaba más que quisiera cambiarme de área nomás porque los pantalones ajustados no le oxigenaban bien el cerebro.
—Va, pues. A ver qué me invento —balbuceé sin muchas ganas de alegar. Después de todo ¿qué difícil puede ser moverle a las redes sociales?
Entender el papel de Social Media, es decir, el puesto que Sebastián me había asignado, era difícil e importante. Sí, aunque en ese momento no lo supiera. Las redes sociales tenían su propia naturaleza. Eran algo más que horarios y métricas. Conocer su oscura materia era también detectar las pulsaciones ocultas puestas en likes, fotos compartidas, amigos en común. Se podía descifrar mucho de la psique humana observando el comportamiento de los individuos en la red y en sus interacciones. Dominar estos aparentes secretos, que con un poco de atención estaban a la vista de todos, podía ser una gran herramienta de la cual echar mano, como la vez que pudimos conseguir la entrevista con aquella soprano que resultó ser prima lejana de un amigo de la universidad. Curiosamente, saber cómo se mueven las redes sociales y lo que comparte la gente sería algo muy útil para salvarle el pellejo a Horacio.
A la llegada del cacarizo Sebastián, mi sueldo apenas aumentó un par de miles de pesos. Ya no salía a cubrir festivales musicales. Me dejaron de llegar boletos para conciertos de la Filarmónica de Cuerna. No iba a los estrenos teatrales, ni entrevistaba a escritores. Mi trabajo era de oficina permanentemente. Desde hacía dos años, pasaba todo el tiempo contestando llamadas, transcribiendo los audios de los reporteros, programando publicaciones de Facebook, acomodando caracteres para hacerlos caber enTwitter, y sobre todo, correteando al diseñador gráfico que siempre parecía tener la cabeza en otra parte.
Había días en que yo también tenía la cabeza en otra parte. Esos días cuando miraba con nostalgia todos esos libros regalados que seguían apilados en el cubículo de mi escritorio. Como un recordatorio de lo que no pude hacer y me quedó contemplar. Novelas, poemarios, libros de ensayo, crónicas, compilaciones de cuentos publicados por otros que sí se animaron. Hubiera querido ser escritora y no pasar catorce horas en la sala de redacción de un periódico local dirigido con un mirrey que se creía mucho por hacer las compras en los outlets de Las Vegas una o dos veces al año. Hubiera querido seguir haciendo los versitos cursis que escribía en las últimas hojas de los cuadernos de la universidad. Ser yo la reseñada, la entrevistada, la que publicaba. Ser la estrella y firmar mis propios libros. Ya ni las notas del 21 llevaban mi nombre. Redacción pasó a ser la firma de las cosas que escribía siempre a prisa.
En esas nostalgias remilgadas e inútiles andaba cuando sonó el teléfono. En la oficina apenas la contadora y yo habíamos llegado. Era Rebeca. “Necesito que me tires un paro, cabrona”, “No tengo dinero, Bequito”, respondí cariñosamente sabiendo que casi siempre era yo la que le pedía prestado. “No seas pendeja, no es eso. Necesito que me cubras hoy en la conferencia del Sabroso Saavedra. Ni de pedo llego al auditorio, güey. Se me atravesó un Q8”, “¿Otra vez?”, “Ya sabes cómo son las redadas en la sonaja. Una se le hace agua la boca con tanta agua de almeja”, “Va, pues, pero te va a costar”, “Ya sabes que sí”.
La oficina seguía vacía. Apenas había sacado de la bolsa mi teléfono, mi agenda y dos plumas para comenzar el día. Encendía mi computadora. Pensaba en prepararme un café o salir a comprar un latte cuando me marcó Rebeca. Y ahora tenía que atravesar la ciudad, sin cafeína para salvarle el pellejo a mi amiga. Le mandé un mensaje al cacarizo Sebastián para decirle que yo cubriría la conferencia de Saavedra. Más tardé en enviarlo, que él en llamarme. Solía hacer eso cuando le daba flojera escribir, es decir, todo el tiempo.
“¿Extrañas jugarle a la reportera?”, “No, le estoy haciendo un favor a una amiga. Rebeca está indispuesta y no podrá llegar”, “Se volvió a ir de putas…”, “Está indispuesta”, “O hasta la madre de peda, bueno, asegúrate de grabar todo para que al rato que reviva la gorda pueda redactar algo decente. En una de esas ya se te olvidó cómo usar la grabadora”, “Así será”. Colgamos sin mayor alharaca.
Estaba acostumbrada a darle poca importancia a sus comentarios provocadores disfrazados de bromas inocentes. Sebastián era un simplón hasta cierto punto inofensivo al que sólo le interesaban los cocteles y las fiestas con políticos y uno que otro empresario de poca monta a los que les vendía publicidad para el periódico a cambio de hablar bien de ellos. No tenía ese espíritu combativo de los periodistas de la vieja guardia. Si se llegaba a publicar alguna noticia importante y real en el diario era porque sus amiguchos le habían dado el pitazo. Era conveniente, monetariamente jugoso. El resto era pura pantomima.
La sensación de que Horacio había llegado a mi vida para cambiarla fue lo primero que tuve de él. Evitaba verlo a la cara las dos primeras veces que hablamos. Prefería fijar mi atención en el segundo botón de su camisa y no en sus ojos verdes, penetrantes.
Prefería adivinar las formas de los tatuajes de sus dedos, mientras movía las manos al hablar antes que fijar mi mirada en sus labios, antes de siquiera tener el atrevimiento de permitirme pensar si besaba bien o era de los que daban besos por compromiso. Besos de trámite fiscal. Ver sus botones o sus manos me mantuvo a salvo momentáneamente. Luego, como esos que saben que la voluntad sobre su destino ya no les pertenece, la caída fue irremediable. Porque estar con aquel hombre que en ese momento rozaba los cuarenta, era caer. Ceder, saber que ya es del otro el suceder de los días. Lo que viniera.
Y aunque lo parezca, ceder no es una cosa simple.
Había llegado a la conferencia casi con el tiempo justo para registrarme y que me pasaran báscula los perros de la Fiscalía: Tenían registrado el nombre de Rebeca como quien iría de Hora21 a cubrir la conferencia.
—Soy Viridiana Carrillo, la jefa de Medios Digitales de Hora21. Rebeca Robles, mi compañera, no pudo venir y yo la estoy cubriendo —aseguré, mientras les mostraba mi credencial del diario y mi ine.
Que llegara yo les había quebrado el sistema infalible, a pensar de ellos, del control de los reporteros.
—Pero no tenemos su nombre registrado… ¿Cómo sabemos que es usted?
—Soy yo. Ve mi foto. Acá está mi acreditación.
A querer y no, me dejaron pasar no sin despegarme la mirada mientras metía de nuevo mis cosas en la bolsa. Mi apariencia de muchacha de buena familia y mi suéter de flores seguramente les inspiraba confianza.
—No se vaya a perder, ¿eh? Es a la izquierda y luego todo derechito. Ahí va a ver unas sillas en la explanada. Es ahí —me advirtió el guardia peor encarado mostrando desconfianza.
Era la primera vez que iba a la Fiscalía a cubrir algo, pero no era primeriza en los rituales de las conferencias de prensa. Todas eran lo mismo: pasar la revisión de la vigilancia, a veces anotar tu nombre, teléfono, la fecha y hora en una hoja de registro. Otras no. En las de la fuente cultural nada más era necesario mostrar una identificación. Algunos vigilantes de Casa Borda ya me conocían y hasta me saludaban por mi nombre.
Entendí la exigencia con las acreditaciones y el registro de los reporteros que cubrirían la primera conferencia que daba Horacio. Era nuevo, tenían que poner cuidado en quienes estarían ahí, y quizás hasta lo que le preguntarían.
Seguramente estaban instruidos en no dejar pasar a los reporteros de La Voz del Pueblo, conocidos por no medirse en sus preguntas, meter calumnias e incluso provocar funcionarios con tal de publicar notas amarillistas o incendiarias que hicieran quedar mal a la nueva autoridad en el cargo.
Por fortuna, el Hora21 no era conocido por ser un periódico de tendencias golpistas o contestatario. Podría decirse que la gran mayoría de sus páginas estaban dedicadas a la prensa del corazón y notas de socialité desde que Sebastián había asumido la dirección. Mi presencia ahí no representaba ningún peligro para el nuevo director de inteligencia del Departamento de Policía.
Horacio Saavedra llegó puntual. Ni un segundo después de las 10:00. Temprano, muy temprano. Mucho más de lo que acostumbraban las autoridades de Cuernavaca que siempre derrapaban al cinco para la hora. Yo todavía no agarraba lugar. Servía en una taza muy blanca y bien lavada un café cargado, que de tan oscuro no se veía el fondo. Parecía café de los restaurantes italianos del Centro. Nada que ver con el agua de calcetín a la que nos tenían acostumbrados. Los otros reporteros cuchicheaban mientras revolvían su café con cucharas de metal y no de plástico, como también solía ser:
—Se nota que este pendejo quiere caernos bien —bromeó un flacucho de lentes a su camarógrafo que también agarraba galletas de la charola decorosamente dispuesta.
—Sí, a huevo. Hasta se trajo el juego de té de su abuelita, pinche mamón.
No pude evitar sonreír. Incluso para mí que estaba familiarizada con el servicio de café, los canapés o el vino de cortesía de los museos y las galerías cuernavaquenses, las tazas y los utensilios de metal de la conferencia de la fiscalía me parecían un exceso. También me parecía un exceso la gabardina azul marino y los mocasines del nuevo director de inteligencia. Imaginé que a Rebeca le daría un ataque de tos de tanto reírse del atuendo del Sabroso, como le decían. Apodo que ya desde ese primer momento, no me parecía tan apartado de la realidad.
Horacio lo tenía bien ganado, aunque mis razones para nombrarlo sabroso no fueran las mismas por las que lo bautizaron. Ese hombre se sabía vestir. Se antojaba como un apetitoso bocado de ojo en medio de ese bufete de tacos placeros e insípidos que eran los reporteros de la fuente policiaca. Ojerosos, panzones, con camisas mal planchadas que de lejos incluso parecían no haberse cambiado en varios días y aún con saliva seca en las comisuras de sus bocas. De verlos, una consideraba seriamente el celibato.
Horacio había dejado de pasearse con la elegancia de un tigre por la parte de atrás del estrado para ocupar su lugar en el atril. No traía un discurso ni hojas para leer.
Una voz en off nos dio la bienvenida, “Preside esta conferencia el licenciado Horacio Saavedra, director de inteligencia del Departamento de Policía de Cuernavaca…”
—Según la instrucción que he recibido de la alcaldesa Rosales les comunico que…
De pronto el sonido del micrófono disminuyó e interrumpió a Saavedra. Los parlantes comenzaron a emitir un zumbido que nos aturdió ligeramente, varios reporteros nos llevamos las manos a los oídos, Horacio ni se inmutó. Permaneció tranquilo para todo el peso y la responsabilidad que carga sobre su cabeza. Debió estar muy bien entrenado para no mostrar nervios, para presentarse y presentar a sus colaboradores tranquilamente y darnos los nombres de las personas que desde ese momento estaban “para vigilar y cuidar el sueño de los cuernavaquenses”.
Habló brevemente de las técnicas y mecanismos tecnológicos y digitales que implementaría “para estar al pendiente las 24 horas de cada movimiento en las calles y, sobre todo, en las zonas de conflicto de la ciudad”.
—Toda la zona de La Barona y de Santa Elena de la Cruz serán una prioridad para nuestro plan de trabajo. Los nuevos sistemas ya se encuentran en la etapa de instalación y cableado. Los ingenieros están trabajando para tenerlos listos a la brevedad. Mantendremos la atención en iluminar el perímetro de las cámaras, y los nuevos sistemas de vigilancia tendrán un botón de pánico que enlazará inmediatamente la alerta al C4 para dar atención inmediata a la emergencia, como sucede en las grandes capitales del mundo. Infraestructura de primer nivel. No nos cabe la menor duda.
Hablaba con la soltura de un locutor de noticias y un político corrupto que aún no se sabe corrupto. A lo mejor con una seguridad que rozaba en el cinismo, eso aparentaba.
Los reporteros ignoraron sus ejes de trabajo y sus planes de implementar nuevos dispositivos a la hora de hacerle las preguntas cuando se dispuso a abrir el micrófono. Se enfocaron en cuestionarlo al respecto de la tragedia sucedida dos meses antes de su nombramiento. Es decir, la verdadera razón de que él estuviera ahí.
Dos meses antes, Cuernavaca fue un verdadero polvorín, durante una noche vivió todo el terror que encierra el infierno. Nadie o casi nadie durmió en paz o siquiera concilió el sueño. Explotaron casas, coches, volaron cadáveres y fragmentos de cuerpos por todos lados. Los corazones de todos en más de un sentido quedaron hechos añicos. No es que pudiéramos decir que era algo que no se veía venir, pero bien se sabe que había condiciones para que sucediera. Que todo estaba puesto para explotar. A lo mejor alguno ya lo había mirado doblar la esquina, pero en todo caso, todos los demás éramos demasiado ingenuos o tercos para reconocerlo.
La violencia sostenida era algo de los otros. Una realidad que siempre vimos lejana. Nos cegaba la certeza falsa de ser solamente otra ciudad más de México. Vivíamos en la burbuja de estar cerca de Ciudad de México, éramos el vecino buena onda con balnearios, jardines para bodas, aguas termales e invernaderos.
La noche del 14 de abril todo ardió y las flamas siguieron ardiendo durante la madrugada siguiente. Cuernavaca fue un verdadero campo de batalla. Un infierno que no le dio tregua ni al más inocente de sus santos. Pasamos horas que parecieron años con el corazón pegado a la garganta. El destino de toda una ciudad estuvo en manos de unos cuantos que habían decidido no dejar piedra sobre piedra, o no al menos antes de que quedara claro el mensaje: un nuevo jefe estaba en el pueblo dispuesto a dejarnos ver su poder a base de terror y masacre.
El tinjoroch es un juego tradicional de las infancias en Yucatán. Es un dispositivo hecho con una corcholata aplastada y un hilo de hamaca, o cáñamo, como le decimos en la península, que atraviesa su centro. La construcción es sencilla: se atraviesa un largo hilo en dos orificios previamente realizados en una corcholata aplastada, de tal manera que esta quede en medio y el hilo salga por los lados, como dos orejas. Una vez teniendo esta forma, el hilo se amarra y el juguete está terminado. Para accionarlo, solo es necesario posicionar las manos en cada extremo del cordel y tirar de las orejas para que la tapa se mueva en círculos al ritmo que le demos. A menudo sucede que nos podemos quedar viéndolo girar por horas, hipnotizados por su sonido característico, ese que solo podemos comparar con una sierra diminuta, o el aleteo de un insecto, o el paso sosegado del tiempo que transcurre en el pueblo.
Para nuestros abuelos más primeros, el conteo del tiempo era vital para su organización cultural y social. Esto no ha cambiado en esencia, pues para nosotros los mayas contemporáneos el tiempo sigue siendo fundamental para la organización. Es por ello que el cultivo de la milpa tiene una sincronía con la temporada de lluvias, así como el tiempo de la cosecha y la tumba del monte, entre otras actividades agrícolas, rituales, sociales y culturales.
La lectura del tiempo es una constante, aunque ya no se empleen las ruedas calendáricas que alguna vez usamos y que ahora se empolvan en diferentes museos repartidos en otras geografías. Nuestro tiempo es cíclico, es el tinjoroch en el que damos vueltas en katunes infinitos. Así que siempre volvemos, como una noria de viento que chifla los nombres de todos, hasta de nuestros muertos.
Quizá por eso aquí esperamos el aviso del regreso que sucede a finales de octubre. Ya desde fechas cercanas al Janal Pixano’ob (comida de ánimas), se susurran en las calles y en los encuentros el “ya estoy oliendo el Píib” o “ya se siente al aire de finados”, susurros que construyen una complicidad en quienes habitamos en pueblos mayas peninsulares, estemos vivos o muertos. Porque en la comida de finados, nos sentamos a la mesa con los que ya no están físicamente, así que nos preparamos para recibirlos con su comida y bebida preferida en un altar.
En la rueda del tiempo, la comida de finados es el punto en el que coincidimos con el tinjoroch. Es el momento de la vuelta en la que nosotros y los que están más allá de las ramas de la ceiba nos encontramos frente a frente. El tinjoroch representa la ciclicidad del tiempo. El Janal Pixano’ob es el testimonio de ese ciclo. En la península de Yucatán, algunos y algunas escritoras han manifestado la ciclicidad del tiempo a través de su escritura, como son Isaac Carrillo Can, Ana Patricia Martínez Huchim, Marcos Núñez Núñez, Hilario Chi Canul y Claudio Canul Pat. Es por ello que daremos tres vueltas al tinjoroch a través de estas voces que se han detenido a hablar desde el katún en el que la muerte, la vida, el ayer y el mañana, se conjugan en un vaivén de movimiento centrípeto.
Primera vuelta
Isaac Carrillo Can (1983-2017) fue poeta, narrador, dramaturgo y docente maya nacido al sur de Yucatán. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Literatura Maya Waldemar Noh Tzec (2007) y Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (2010). Isaac jugaba con las letras y el tiempo como un niño que juega con tierra mojada y cortezas de árboles para construir insectos y ceibas. En el siguiente poema, titulado Neek’/Semilla (Círculo de lectura, 2017) nos arroja a la vuelta de la semilla que germinará, como una promesa de xooch’.
Neek’
In t’aane’,
jump’éel wóolis chak neek’ kin pak’ik tu tuuch lu’um,
Beyo’,
le kéen méek’a’ak xma uj tumeen u ts’ook jump’éel in áak’abile’,
yaan junkúulche’tal tu’ux ch’oj ch’íich’o’ob kun k’ayik in k’ajláay.
Semilla
Mi voz, mi palabra,
es una semilla roja que siembro en el ombligo de la tierra,
así,
cuando mi última noche abrace a la luna,
será un árbol grande en cuyas ramas, pájaros azules canten mi memoria.
Para Isaac, la palabra es la semilla del regreso, pues cuando esta se escucha, se siembra en el ombligo, o como decimos aquí, en el tuuch’ para que no nos perdamos en el regreso a la casa de la memoria.
Segunda vuelta
Ana Patricia Martínez Huchim (1964-2018), narradora y recopiladora de tradición oral maya. Fue Premio Nacional de Literatura Indígena Enedino Jiménez, con el libro U k’a’ajsajil u ts’u’ noj k’áax. Recuerdos del corazón de la montaña, y autora de libros de gran impacto para la literatura maya contemporánea, entre los que destacan U yóol xkaambal jaw xíiw. Contrayerba (2013) y Tsíimin tuunich, Jwáay miis yéetel Aluxo’ob. Antología de relatos orales mayas (CDI, 2015).
X’Pati es la mujer de las mil voces; como un ajtóojol prestó sus manos y su palabra a la comunidad en su más amplio sentido, ese que se extiende más allá del antropocentro, pues en su producción literaria se presentan las voces de los animales, de los muertos e incluso de las cosas de los muertos. Ejemplo de ello es el cuento Jpaax sa’e’ yéetel jpaax k’óol/Desventuras de aquellos músicos del atole y del k’ool (CDI, 2018) en el que realiza un homenaje al universo de los músicos del pueblo, que llenan de vida las fiestas. En este cuento, narrado desde la perspectiva de un saxofón cuyo músico ha muerto, nos presenta una mirada de los velorios en los pueblos, esos llenos de recuerdos, comida, convivio y bebida.
Jpaax sa’e’ yéetel jpaax k’óol
Te nak’lika’, te peka’aneni’ yóok’ol jump’éel xla’ kisibche’, táan in paktikech chúumuk naj yanech, te tuts’kinsa’anechi’ yóok’ol jump’éel mayakche’ yéet u chéen sak nook’il. Yaan kants’íit kib t’aba’antako’ob yéetel ya’ab nikte’il a báak’pachil. A wu’ulabo’obe’ ken okko’obe’ ku ch’enebtiko’ob a wich te tuts’kina’anech. Tene’ mixmáak ku naats’al tin wiknal. Mantats’ bey úuchij, kex múul paaxnako’on chéen teche’ ka papaxk’abtal, ka bo’otal xane’, tene’ ma’.
Beooráa’ yaan máake’ ku kapik taak’in tu k’ab a watan leti’ tun choj uya’il u yiche’ tun k’amik a tak’ine’. Bey úuche’, ken k paaxnako’on ka ki’ kaltal, teech ka láaj xuupik a náajal, ken k’uchkech ta wotoche’ ku ya’alik ti’ teech a watane’:
—Le beya’, nuxi’, tu’uxan u tojol a paax.
—Ma’ tin konaje’, jets’ekba’alo’ —ka tuch’liken.
—Ma leti’ kin k’áatik techi’, jets’ekba’alo’ -ka tuch’liken.
—Ma’ leti’ kin k’áatik techi’, jeta’an mejen, ma’ patkabaj; tin k’áatke’ u tojol úuchak a bo’ota’aj.
—¡Ay xnuuk, lelo’ tin láaj xuupaj!
Desventuras de aquellos músicos del atole y del k’óol
Arrinconado sobre un viejo banquillo, veo que te han encaramado en una mesa con mantel blanco, en medio de la casa. Cuatro velas encendidas y muchas flores te rodean. Cuando las visitas llegan, van adonde te han colocado para contemplar tu rostro, a mí nadie se me acerca. Siempre fue así… aunque tocábamos juntos, sólo a ti sólo a ti te aplaudían y sólo a ti te pagaban.
Ahora, algunas personas ponen billetes y monedas en las manos de tu esposa que llora. Siempre fue así… cuando teníamos tocata, con gusto te emborrachabas y gastabas todo tu pago y al llegar a tu casa tu mujer te exigía:
—Viejo, ¿dónde está el producto de tu música?
—No lo vendí, allí está —y me señalabas.
—¡No te pregunté eso, mejen kisin, no te hagas!, me refiero a tu pago
—¡Ay, vieja, lo gasté todito!
Para Pati, la muerte se engarza necesariamente a la vida, a la risa, a la celebración. Este cuento fue escrito en honor a su padre, quien en vida fue un músico de la región oriental de Yucatán.
Tercera vuelta
Esta tercera vuelta gira a varias manos. Referimos al relato oral Le ku’uk wayak’naje’/La ardilla que soñó (Ideazapato, 2013). Este relato oral fue documentado por Marcos Núñez Núñez, quien en 2012 obtuvo mención honorífica en el concurso de ensayo Alfonso Villa Rojas, con el texto: El discurso profético. La identidad étnica en la narrativa oral de los mayas de Quintana Roo. De la mano de Hilario Chi Canul, realizó la recopilación y traducción a lengua maya, respectivamente, de la historia sobre este relato compartido por don Claudio Canul Pat. El relato transita sobre la muerte y la importancia de los sueños. A continuación, presentamos un fragmento.
Le ku’uk wayak’naje’
—U’uyej, Maam —ku ya’alik— ¿te’exe’ ba’ax ka beetike’ex?
—Aj, táan ak beetiko’on jun p’éel chan kibilil, tumen kíinsa’ab le óotsil Maama’
—¿Jach jaaj?
—Jach jaaj, ti’ yaan te’elo’, óotsil, kimen. ¿ma’ wa uts ta wich a láak’intiko’oni’?
—Ma’alob… ma’alob —ku ya’alik le tsuubo’.
—Chen ba’ale’, Maam, k’a’ana’an a síijik jun p’íit a payalchi’ ti’.
—¡Chan tsuub! ¡chan tsuub! —ku ya’alik le tsuubo’, tumen bey u payalchi’ le baj yéetel le tsuubo’, ku ya’alik u k’aaba’ob.
La ardilla que soñó
En aquel lugar estuvieron los tres animalitos haciendo ese chan velorio, pero pasó tanto tiempo que la pobre ardillita comenzó a pudrirse. Como ya olía mucho, al ratito llegó un zopilote.
—Oyes, Mam, ¿qué están haciendo?
—Ah, Mam… ¿sabes una cosa? —dijo la cigarra—. Mataron a esta pobre Mam y le estamos haciendo su chan velorio.
—¿Sí?
—Sí. ¿quieres acompañarnos?
—Claro, ¿por qué no? —dijo el zopilote, que se unió a la cigarra, la tuza y el sereque para seguir velando a la ardilla que tuvo un sueño terrible.
Cada una de estas tres vueltas nos envuelve en una impresión de huracanes, de fragmentos de rompecabezas que combinan los caminos de la ceiba que conecta a los vivos con los muertos, de lenguas de pájaros, de la muerte que se encuentra en los sueños, en la comida, en la siembra y en aquellos sueños en los que se recuerda la vida: la vida en su sentido más digno, aquel que se esconde en la dignidad y en la permanencia, en la semilla que no saben que somos.
El tinjoroch es una fuerza centrípeta que busca su centro, que camina sobre los cuatro puntos cardinales y visita en katunes a chik’in, lak’in, xaman y nojol. ¿Qué voces traerá este año?, ¿qué montes recorrerán los finados convertidos en animales e insectos? ¿Cuánto tenemos que jalar las orejas de la memoria para sentarnos en la mesa? Porque como dijo el poeta maya k’iche’, Humberto Ak’abal, “Si el tiempo es un ciclo, caminar hacia adelante solo nos lleva al olvido”.