Tierra Adentro
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Hablar de la narrativa de Yuko Tsushima es hablar al mismo tiempo de su vida. La propia Satoko Tsushima, conocida como escritora bajo el nombre de Yuko, no tuvo reparos confesando en la nota de la autora de El hijo predilecto (Editorial Impedimenta, 2023) los nervios y la dificultad que acompañaron el proceso de su segunda novela. Esta acaba de ser publicada el pasado mes de septiembre y perfecciona el estilo que desde su ópera prima parecía ya no tener espacio para crecer. 

Yuko Tsushima nació en la ciudad de Tokio en 1947. Su padre, el escritor Osamu Dazai, moriría por suicidio en junio de 1948, después de intentarlo en repetidas ocasiones desde 1929. La madre de Yuko, Michiko Tsushima, se convirtió en madre soltera tan solo un año después del nacimiento de su hija. La habilidad de Yuko —para llevarnos de la mano dentro de la mente de sus personajes femeninos y las normas sociales del Japón de los setenta— nos hace cuestionarnos qué tanto el talento literario puede o no llevarse en las venas, considerando que Dazai fue uno de los escritores japoneses más importantes del siglo XX, con obras como El ocaso e Indigno de ser humano.

Tsushima escribió su primer libro en entregas. Se publicaba un capítulo al mes, en la revista literaria Gunzo. Entre 1978 y 1979, cada uno de estos capítulos o cuentos correspondía con el mes del año corriente y de lo que más adelante sería Territorio de luz, la historia de una madre soltera que intenta abrirse camino en Japón con su hija de tres años. El éxito de su publicación en Impedimenta durante el 2020 nos ha regalado, ahora, la historia de Koko, traducida al español por Tania Oshima. Otra madre soltera, una profesora de piano, que busca ganarse la vida y recuperar el cariño y respeto de su hija adolescente, Kayako. En El hijo predilecto, el cuál se titula originalmente Choji en japonés y The Child of Fortune en inglés, la maternidad excede los límites que la encierran dentro de los mismos clichés de una literatura posiblemente anticuada y juiciosa. Yuko declaró, en una conversación con la escritora inglesa Margaret Drabble en 1990, la insatisfacción que le provocaba que experiencias como la sexualidad, el parto y la crianza, fueran filtradas a través de la perspectiva masculina o escritas para ser aceptadas por estándares masculinos. Ambas coincidían en que algunos de los problemas a los que se enfrentaban constantemente como escritoras era que el lenguaje y temas importaban muchísimo más de lo que parecería a primera vista. Tsushima dijo que al escribir Territorio de luz tuvo que “reconsiderar y reexaminar cada palabra relacionada con el embarazo”. No podía continuar hablando de él con las mismas convenciones prevalentes en la sociedad japonesa.

De esta forma, con un esfuerzo instintivo pero también determinante Yuko Tsushima consiguió convertirse en un referente de la literatura escrita por mujeres, quizá antes de que el término llegara a nosotras. Si bien su segunda novela la hizo merecedora del premio Joryu Bungaku de 1978, un premio a la literatura femenina, este esfuerzo nunca estuvo dictado por un deseo guiado por la comercialización de su escritura sino por la confianza en los alcances de una literatura voraz y honesta. 

Tsushima no se consideraba a sí misma feminista, aunque me invade la curiosidad saber cómo se llamaría a sí misma hoy, siete años después de su muerte. Es innegable que su propia maternidad experimentada desde la soltería la llevó a plantearse las preguntas que intenta responder en varias de sus novelas. Pero, lo que hace más destacable a El hijo predilecto, es el mundo interno de Koko. Su autora escribe:

Esta novela que concebí un día como la historia de una mujer de mediana edad con sus amoríos y su miedo a quedarse embarazada, fue más leída de lo que yo esperaba […] Gracias a ella no tuve que abandonar la escritura, pero cuando quise darme cuenta el libro había cobrado vida propia y se estaba convirtiendo, a mi pesar, en el estandarte de la “crítica al divorcio”, conmigo en la cima. Pero también las circunstancias en torno al divorcio han cambiado mucho desde entonces. En aquella época, no había ninguna ventaja para la mujer divorciada. Era, de hecho, un estigma. 

Para Kayako, la hija adolescente de una mujer de treinta y seis años, su madre es una vergüenza. Kayako vive con su tía, una mujer mucho más adinerada que su madre, con la intención de alejarse de Koko pero también para entrar a un instituto privado de monjas, que su madre no tiene los medios económicos para pagar. Koko también es vista como una desgracia para su hermana y su cuñado. Al morir la madre de Koko y su hermana, dos años antes de que empiece la novela, Koko decidió comprar la casa donde vive con la parte de la herencia que le correspondía. El dinero sobrante se lo dejó a su hermana y su esposo abogado, por haberle ayudado con los trámites. Ahora, la hermana se aprovecha de la ventaja que le da haberse quedado con ese dinero: lo utiliza para ganarse a Kayako comprándole vestidos y dándole una vida de lujos que Koko no puede permitirse. 

Cuando conocemos a Kayako y a Koko, pronto nos damos cuenta por sus interacciones que la hija quisiera que esa no fuera su mamá. Y que, de hecho, hasta a sus pasados amantes y su exesposo, Hatanaka, les avergüenza “el tipo de mujer en que se ha convertido”. De muchas formas Tsushima nos deja entrever los juicios de los personajes que la rodean: en algunos momentos, lo hace dejando espacios vacíos que el lector deberá completar por su cuenta; en otros, la rapidez de los diálogos hace que las escenas ocurran de manera tan visual y clara como lo harían en una película. Así, sin que el narrador la juzgue, los prejuicios de la sociedad convierten a Koko en una mujer que, para las demás personas de vida, descuida su aspecto, no es capaz de cuidar de sí misma (¿cómo sería entonces capaz de criar a Kayako?) y tampoco tiene ambiciones ni ganas de conseguir un trabajo mejor pagado.

En pocas palabras, Koko es, a todas luces, una mala mamá. En lo que podemos escuchar de la mente de Koko, ella también piensa que ha cometido errores y que si empezara de nuevo haría las cosas diferente. La madre se pregunta, en muchas ocasiones, hasta qué punto se daba cuenta de las cosas esa niña pequeña. Y hacerse tal pregunta le provoca escalofríos. Pero en ningún momento tiene miedo de sus pensamientos ni sus ideales. El amor que le tiene a su hija es grande pero tampoco debería ser el centro de su vida ni el motivo por el que tenga que sacrificar sus ganas de amar: de amarse a sí misma y de amar a otras personas que no sean su hija. Sobre todo, porque Koko no tiene pena de admitir, y a la autora tampoco le atemoriza narrar, que la hija, Kayako, es maleducada, insulsa, sin sentido del humor o demasiado débil. Koko es vulnerable, pero nunca débil. Son los demás los que se jactan de hacerla menos, y tratan de convencerla de que no es la mujer fuerte que aparenta ser. 

Pero Koko no aparenta nada. Si acaso, ese es su mayor crimen. No aparentar, no avergonzarse, no dar por hecho que una vez nacida su hija sus deseos y personalidad ya no serán suyas. Koko no se cree nunca la mentira de que ella debe entregarle su vida entera a la niña. Y si así es como debería ser, ¿por qué no es recíproco? ¿Por qué la niña de doce años le quitaría todo sin entregar nada? La protagonista admite: 

De todos modos, ¿acaso era posible que madre e hija no quedaran mutuamente enredadas en sus problemas? Si la madre soltara a la hija para alejarla de sus circunstancias, entonces sería la hija quién arrastraría a la madre hacia las suyas. Kayako tendría que aprender a vivir  metida en los líos de su madre. Koko no iba a renunciar a ella ahora, no después de tantos años y con tantos otros por delante. 

Aquí es donde entran los amantes de Koko. Por si no había sido suficiente el atrevimiento del divorcio, que en sí ya era una deshonra, peor aún que la protagonista siguiera explorando su sexualidad cuando le correspondía “únicamente” la crianza de la niña. Porque no hay espacio para nada más en el Japón retratado por Tsushima. Y es vital recordar a través de la lectura de El hijo predilecto, ¿qué tanto de este Japón se extiende hasta el resto del mundo y hasta el año presente? Ésta novela es un respiro fresco que, tristemente, podría haber sido escrita hoy o cinco años atrás. A través de los hombres con los que Koko mantiene relaciones sexuales, no solo se abre espacio para hablar de tabús de los que nadie más hablaba en su momento, sino que conocemos más del mundo interior de Koko, de sus anhelos, de las cosas que le dan (y también le roban) esperanzas. 

La novela es un paseo por la mente de una madre que está paralizada por el miedo al abandono, por parte de su hija y de los hombres que amó. Con una destreza incomparable, los recuerdos de Koko se entretejen con sus vivencias y cada vez el tiempo presente se le escapa más de las manos, hasta que de pronto es su pasado el que cobra vida y nos vemos, como lectores, enfrentados a la misma confusión de Koko. 

Su vida se vuelve inasible y ella incapaz de recuperar las riendas. Pero ni el miedo ni la soledad y las violencias ejercidas sobre ella por sus amantes detienen de seguir intentando salir de la celda donde la han encerrado los estigmas de una maternidad que ella no va a ejercer. No de esa forma, no con las reglas del patriarcado ni con los consejos de su hermana que solo busca, a lo largo del libro, que Koko la dé en adopción a Kayako y se “vuelva a casar con quién se le dé la gana y se dedique a pasárselo bien”. Pero que no la meta más en sus líos, le dice por el teléfono después del funeral de su madre. De esta forma, la Kayako de doce años ya vive con su tía y visita a su madre solo los sábados para pasar la noche ahí e irse temprano el domingo por la mañana. En alguna de sus peleas, donde Koko ya se ha tomado un par de cervezas y está harta de las miradas y las críticas constantes sobre el departamento y el trabajo que tiene, imagina con coraje que todo podría solucionarse si atara a su hija a las patas de la mesa. Pero, sin decírnoslo, vemos cómo todas esas palabras que vienen de Kayako van hiriendo a Koko cada vez más. Y van alejándose hasta un punto irreparable. 

De haber llegado antes a Yuko Tsushima, muchas respuestas habría encontrado ante mis decisiones y mi visión de la maternidad deseada y no deseada. Pero la novela no busca plantear una solución, ni un manual de lo bueno o lo malo. Esa es también una de sus mayores virtudes. La frescura y desenvoltura de la prosa de Yuko es un descubrimiento que, aunque he mencionado incomparable,  me recuerda a novelas como Pechos y huevos, de Mieko Kawakami, Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta e incluso Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé. Esta última, más que ser una comparación, es un contraste que es importante mirar desde las diferencias más que las semejanzas. En ese proceso, descubro lo importante resulta liberarse de los juicios para construir personajes femeninos complejos, no porque necesiten competir con los masculinos, sino porque las mujeres también merecen la libertad de ser más que solo madres. De ser villanas, de ser antiheroínas, de ser malvadas, ser despreciables, ser maestras, ser talentosas o mediocres pianistas y, a pesar de eso, construir belleza y una vida más allá de la idea de “la familia” o “la musa”. 

Yuko Tsushima se pregunta qué opinarán las generaciones más jóvenes al leer El hijo predilecto. Escribe al final del libro: 

Sean cuales sean lo tiempos y el contexto social, las separaciones son siempre dolorosas, las relaciones amorosas son siempre difíciles para la mujer con hijos, y los embarazos plantean siempre las mismas dudas. Quizá la función de una novela sea observar qué aspectos cambian y cuáles no. Esa fue también una de las enseñanzas que me trajo este libro. 

Me gustaría que pronto pudiéramos responder que somos capaces de recibir y sentir ternura, amor, enojo sin condiciones. Que somos capaces de construir belleza más allá de la idea de “la familia” o “la musa”. Que pronto pudiéramos responder que todo ha cambiado, que no vivimos todavía en una sociedad que nos arrebata tanto, o nos obliga a renunciar a tanto, solo por haber nacido mujeres.

Referencias

Enomoto, Y. (1998). The Reality of Pregnancy and Motherhood of Women: Tsushima Yuko´s Choji and Margaret Drabble´s The Millstone. Pennsylvania State University. Disponible en línea. 

Tsushima, Y. (2023). El hijo predilecto. Editorial Impedimenta.


Autores
(Tijuana, 1995). Egresada de la licenciatura en Escritura Creativa y Literatura. Ganadora de la Beca Kyoto (2013) en el área de Arte y Filosofía. Fue becada desde el 2009 hasta el 2015 por el programa “Talentos Artísticos: Valores de Baja California”. Participó en el Festival Cultural Interfaz ISSSTE-Cultura "Los Signos en Rotación" en poesía (Culiacán 2018) y en ensayo (Real del Monte 2018). Ha sido seleccionada para formar parte de la XVIII promoción de la Fundación Antonio Gala (curso 2019-2020).