Tierra Adentro
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Volvieron —dijo mi abuela— va a volver a pasar, como cuando era pequeña y vinieron retumbando el monte con ese aleteo infernal que llega a deshoras y nomás se come todo a su paso con la furia desenfundada, como si una bestia enorme de mil cabezas se arrojara hacia un barranco. Yo no entendí lo que estaba diciendo porque a veces habla en lenguas que ya casi nadie recuerda y que pertenecieron a otra época que a mí no me tocó vivir, pero que ella se encarga de que no olvidemos.

“¿Quiénes volvieron?” le pregunté mientras tenía un gusano vivo en la boca que se deslizó sutilmente entre mis dientes para escuchar los murmullos de mi abuela que decían yo no sé qué tantas otras cosas. Una vez fuera de mi boca, el gusano me miró con cara de tregua como preguntándome con tanta ternura y terror en sus ojos: “¿me dejas ir?”, que se me fue el hambre y no tuve más remedio que darle paso.

“Estarás contenta” le dije a la abuela refunfuñando mientras el gusano atravesaba el monte sin mirar a los cientos de insectos que acampan a esa hora de la noche cerca de nuestra casa, y siguió su camino hasta perderse más allá del rumbo de las sartenejas.

“No me estés chingando a la abuela” interrumpió mi madre al llegar con su marsupio lleno de chinches, que había estado recolectando desde la tarde. Luego le habló al oído e intercambiaron breves palabras que culminaron en un vámonos.

“¿A dónde? Ni siquiera hemos cenado” le contesté más que enfurecida como solo una Capricornio puede contestar cuando tiene hambre y la andan chingando como si no valiera nada. Para mí era natural que yo y mi abuela no nos lleváramos bien, después de todo ella había nacido bajo el signo de Escorpio y acá todos sabemos que son el peor signo, o al menos yo me he encargado de difundir esa idea en la Comarca. Después de todo, muy pocas como yo han dedicado la vida entera a la lectura del tarot o de la posición de las estrellas.

Es la tercera vez que nos mudamos de casa —le dije a mi madre— no me pienso mover de aquí, lo dicen las estrellas. La última vez ni siquiera habíamos logrado desempacar las cosas de la mudanza, cuando la abuela tuvo esa profecía de “Inminente inundación” y nos tuvimos que alejar de la zona roja. Ese era el lugar perfecto para asentarnos y vivir tranquilas. Había una fila de casas en las que siempre tiraban las mejores sobras y eran perfectas para nosotras.

“Volvamos ahí” dijo con cierto entusiasmo como si no supiera que ahora es territorio de Las Oregon Rattus y que donde ellas se ponen no dejan nada para nadie. Ahora, si todas jaláramos parejo otra historia sería, pero nadie en la Comarca es de las que luchan, y nomás les gusta andar regalando lo poco que tenemos.

Ya no son tiempos de guerra —replicó mi madre en voz baja— tenemos que respetar la tregua.

Ah, chingados, tregua mis polainas —le contesté en seguida—. Acá nadie nos respeta ni un carajo y tú quieres andar pregonando que estamos en tregua. Despierta, madre, esto ya no es como en tus tiempos.

—Tu abuela dice que volvieron y que no se irán hasta que peinen todo.

—¿Todo qué? Si aquí no hay nada. Vivimos en la intemperie, como si no supiéramos dominar el fuego.

—Son Las Norte Langostas. Entiende que no hay escapatoria para sus infinitas mandíbulas.

—¿Y qué con eso? Ya nos hemos enfrentado a pandillas antes.

—Tú estás bien chamaca por eso no sabes lo que dices. Las Norte Langostas vienen volando en enjambres y se comen todo a su paso. Toda fruta, verdura o raíz y no dejan nada.

—Bajo tierra no pueden acercarse a nosotras. Para eso hicimos la casa.

—Bajo tierra no hay suficiente alimento. Además, piensa que, si se comen todo, ¿qué insectos vendrán a vivirse por acá? Tenemos que irnos antes de pasar hambre. Tu abuela no resistirá otra hambruna.

—Ni resistirá otro viaje. Acá nos quedamos, ya lo consulté con las cartas. La abuela no sabe ni lo que dice, esta no es la primera vez que sale con sus pendejadas. Te dije que era una mala idea mudarnos la última vez, por seguirle el juego, ahora estamos como estamos. Sea lo que sea, resistiremos.

—Sabes que establecernos en un solo lugar va contra natura. Siempre debemos estar en movimiento. Somos nómadas. ¿Qué más da irnos tantito más atrás del monte?

—Que no y no se diga más.

Pero sí importaba irse tantito más al monte porque de ahí venimos y nos costó mucho llegar hasta esta tierra baldía que no le pertenecía nadie. De algún modo, estar lejos de la carretera nos ha resguardado del peligro que significan para nosotras los automovilistas alcoholizados, los jardineros complacientes y las señoras con escobas asesinas. Además, tenemos la protección de Las Oregon Rattus,por una cuota mínima de semillas que no nos cuesta nada recolectar en esta zona. Todo está organizado en una cadena perfecta que no iba a dejar ir por el sueño de una anciana. Hasta que llegaron.

Lo que mi abuela decía de Las Norte Langostas no era del todo preciso. No era cierto que volaban, pero sí hacían un ruido infernal. Eso no puedo negarlo. Vinieron cabalgado sobre bestias amarillas que nunca habíamos visto y que se tragaban todo a su paso con sus pies metálicos, producto de la sociopatía humana para acabar con todo lo vivo. Mi madre no me habla desde que llegaron y se guarda en su marsupio todo lo que alguna vez me dijo. Mi abuela, por el contrario, lleva meses sin dormir y no se calla nada. Cuenta, de las formas más imaginativas, cómo nos vamos a morir todas en este pequeño encierro de madriguera. Las Serpientes 8 huyeron más hacia el norte, por fuera de la zona roja y acabaron por anidar en algunas bañeras y lavabos de casas cercanas.

Es mejor que nada —dijeron— y se fueron antes de que botaran la primera fila de árboles. Tampoco ahí les queda mucho qué esperar. Las Serpientes 8 son un grupo de reptiles sigilosos, famosas por hacer operaciones encubiertas, pero eventualmente tendrán que salir a la superficie. Y a nadie le gusta ver a una serpiente cuando está sentado sobre el inodoro con los pantalones abajo.

Las Oregon Rattus opusieron resistencia desde el principio, pero ya nomás les queda una pequeña flotilla de iniciados que todavía no han desarrollado todos sus dientes. Las ratas son mamíferos realmente duraderos, ágiles e inteligentes, pero no pueden controlarse cuando sienten cerca la comida descompuesta. Hay algo en ella que les hace perder la cabeza en un instante y nomás caen una a una en las decenas de trampas que la humanidad ha diseñado para su especie: desde la ratonera común, hasta la goma pegajosa AKA, “el verdugo de las ratas y ratones”. Pero la preferida, desde tiempos inmemoriales, es el siempre confiable veneno. Cualquier cosa con veneno es letal para todas nosotras. Y los humanos lo saben.

Sin la protección de Las Oregon Rattus nos quedamos a la deriva. Nuestra Comarca se partió en dos: por un lado, están las que decidieron replegarse más hacia el monte donde ahora son presa fácil de Las Colarillos Queens y de otras células delictivas, que se han ido formando ante la restructuración territorial; por el otro, está nuestra pequeña familia, que está sitiada por Las Norte Langostas y ha optado por encerrarse en un hueco como si fuéramos criminales.

Desde que llegaron, no han parado de trabajar día y noche. Primero llegaron los topógrafos y midieron toda la tierra con sus aparatos y tomaron fotografías como si no hubiera un mañana. Luego, llegó la caballería a llevarse todos los árboles hasta donde alcanzaba a ver desde el tronco de un álamo que no pudieron desprender del suelo. No mucho después comenzó a llegar, como una horda de hormigas rojas, la infantería. Esa fue la peor, porque tienen órdenes de su comandante en jefe —un tipo que nunca se despega de la cara sus lentes de sol Versace— de atacar a muerte a cualquiera de nosotras sin preguntarnos nada.

“De todas maneras, no tenemos papeles, no hay nada qué pelear” dice mi tía, mientras yo sigo cavando hacia el fondo de la tierra como un minero que busca diamantes que nunca va a gastarse. Mi madre, en cambio, solo se come su silencio y me mira con desprecio, como si yo los hubiera invitado a que vinieran a invadirnos.

Lo último que alcancé a ver antes de que nos cerraran el acceso a las estrellas, fue que usaron nuestra madriguera como cimiento para una columna de metal, en la que más tarde acomodarían esas letras características de los humanos en rojo y azul: C-O-S-T-C-O-W-H-O-L-E-S-A-L-E, que no pude entender del todo, pero que mi abuela asegura, como solo las abuelas pueden hacerlo, que únicamente podía significar una cosa: “Territorio de Las Norte Langostas”. Esas que vinieron desde su infancia como un murmullo agitado que no nos deja dormir por las noches y que nomás esperan a que simplemente nunca hubiéramos nacido.


Autores
(1994, Ticul, Yucatán) es Licenciado en Literatura Latinoamericana y Técnico en Educación Artística con Especialidad en Creación Literaria. En 2022 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo”, ganador de los “LXIII Juegos Florales Nacionales de Ciudad del Carmen” y seleccionado en la 3ra convocatoria “Alas de Lagartija”. En 2020 ganó el Premio Estatal de Cuento Corto “Tiempos de Escritura”. Es productor ejecutivo del colectivo U Yotoch Yúuyum.
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