Tierra Adentro
Portada de "El diablo en el cuerpo", Raymond Radiguet. Editorial Confabulaciones.
Portada de “El diablo en el cuerpo”, Raymond Radiguet. Editorial Confabulaciones.

¿Qué ocurre cuando lo demoníaco se convierte en la esencia misma de la persona? ¿Qué pasa cuando el cuerpo no responde a los comandos de la mente sino a sus propias necesidades? Brutalidad, sensualidad, perversión y posesiones. Sólo que esta novela de Raymond Radiguet, escritor nacido en las cercanías del río Marne y de París, maldito si se quiere, quien murió además a los veinte años, no pertenece al género de terror, ni siquiera se manifiestan en ella los elementos sobrenaturales. El diablo de Radiguet se conforma por las ideas que van en contra de la moralidad reinante, por la futilidad de lo accesorio y, también, por la oscuridad del alma transida por las pasiones del cuerpo y nada más.

Es decir, Radiguet propone en El diablo en el cuerpo una escritura decadentista, oscura y llena de una crítica velada contra el belicismo de la época. Al momento de su publicación, Francia ya había pasado por los horrores de la Gran Guerra y el nacionalismo exacerbado formaba parte de la opinión pública.

El decadentismo es un hijo del romanticismo, como lo anuncia Mario Praz en La carne, la muerte y el diablo en la literatura, y una de sus cunas fue Francia, con la obra de Pierre Louÿs, Joris-Karl Huysmans o d’Aurevilly, sin olvidar la influencia de poetas malditos como Baudelaire, Verlaine o Lautréamont. Como tal, su búsqueda parte del “corazón”, más que de la mente, pero también de las pasiones que no forman parte de la moralidad y las reglas burguesas. La obra de Radiguet se inscribe, aunque “la época dorada del decadentismo” ya hubiera pasado, dentro de esa corriente crítica, despiadada y casi pornográfica.

En El diablo en el cuerpo hallamos la historia de un hombre, en realidad un adolescente, que se “enamora” de una mujer algunos años mayor que él, quien además está comprometida con un militar que permanece, gran parte de la novela, en el frente de combate. Marthe, es una mujer que se siente parte de las costumbres, que acepta su destino como futura esposa, y quien además realiza todas las actividades que se esperan de ella, hasta que el adolescente (y narrador) termina por hechizarla y martirizarla hasta convertirla, casi, en un despojo, en una esclava de sus pasiones que no tiene ningún reparo en mantener su amor, aunque su reputación sea mancillada.

Aunque en la contraportada de la edición de Pre-Textos, El diablo en el cuerpo se anuncie como una gran novela de amor, este amor es corrupto, egoísta, inmaduro, peligroso y estúpido. El narrador-protagonista vive la diégesis desde un ámbito doble, pues además de mostrar las pasiones que lo invadieron en el instante en que ocurren, es también un juez profundo de sus actos, de su exageración y de sus intenciones, todas pérfidas e inmaduras. Un niño acostumbrado a hacer lo que desea, a ser obedecido y a no trabajar en ninguna otra empresa que no sea la de su obsesión.

El adolescente tiene al diablo en su cuerpo no sólo por el irrefrenable deseo que mantiene hacia Marthe, la joven esposa, sino por las intenciones que no hacen más que romperla, castigarla, hacerla suya bajo una forma de esclavitud sentimental de codependencia enfermiza. Como en las grandes obras del decadentismo, en la novela subyace la perversión de las costumbres como una interrogante del sentido de vida, especialmente del sentido burgués, de su vida cómoda, llena de trabajos sencillos, simplones, o careciendo de ellos, en pos de placeres, reuniones aburguesadas, comidas, paseos y bailes. Es la eterna “Tarde de domingo…” donde todos los demás quedan suprimidos, y quienes se mantienen cerca del Marne, en los campos, en el picnic, son los supuestos enamorados.

Las grandes empresas que el narrador acomete se basan en la posesión absoluta de Marthe, en la claudicación de su voluntad para hacerla por completo suya. Posesión demoníaca, no sólo la que recubre su cuerpo, sino la que él realiza, como demonio idiota e irreflexivo, para penetrar en la voluntad de su compañera. El diablo es él también, es quien quebranta “el buen actuar”, las “buenas costumbres” y mira hacia el lector no para buscar comprensión ni redención, sino entendimiento.

El matrimonio y la guerra. El adulterio y las relaciones enfermizas. ¿Efebofilia? Tal vez. Quebrantamiento de los valores burgueses, pero también una crítica velada hacia la estupidez humana, incluido el belicismo.

La novela de Radiguet fue publicada en el último año de vida de quien sería llamado el Nouveau Rimbaud, provocando un escándalo en el público lector francés, pese a la aceptación literaria de escritores que vieron con buenos ojos la escritura, el estilo y el tema de El diablo en el cuerpo, desde Paul Valéry a Jean Cocteau, quien fue jurado en un premio que le fue otorgado a Radiguet. Los temas tocaban puntos complejos de la sociedad francesa, principalmente cuestiones nacionales como la guerra, ya que el narrador de la novela sostiene que es la guerra la que permite a los amantes consumar su unión.

Además de la guerra, en El diablo en el cuerpo son los trabajos dedicados a la pasión, al quebrantamiento de la voluntad y al mero cumplimiento de caprichos, los que resaltan durante la narración. El adolescente no se encuentra dolido como lo estuviera Werther, no se encuentra lleno de un sufrimiento gozoso donde su amada se convierte en un ángel, en una diosa. Y, aunque Marthe es una persona de la que no puede desprenderse el adolescente, los sentimientos que tiene hacia ella son edípicos, de una codependencia absoluta, y de posesión. No importa enaltecer, amar, edificar, sino lo contrario, romper y derruir la voluntad, convertir al otro en un títere y que lo demás sea silencio.

¿Podría decirse que El diablo en el cuerpo es una novela actual, que pueda disfrutarse del todo bajo nuestros preceptos contemporáneos? Es la misma pregunta que surge cuando se leen novelas de principios de siglo, del XIX, por ejemplo, cuando se ajusta todo lo que debe ajustar un lector para entrar en la prosa de Tolstoi, de George Sand o de alguna de las hermanas Brontë. En la novela de Radiguet esto también es necesario, pero, al contrario de lo que uno pudiera encontrar en las infidelidades de Anna Karenina en la novela del mismo nombre, lo que se encuentra en El diablo en el cuerpo es suciedad, torcimiento de los ideales y una ruptura de aquello que pensamos como “novela de amor”, y no es porque Cumbres borrascosas u otras novelas góticas o románticas carezcan de esta perversión del amor, de las relaciones humanas, sino que la forma en que se construye el discurso del adolescente golpea algunas de las preocupaciones actuales respecto a los vínculos sexo-afectivos de nuestra actualidad.

¿Es el matrimonio un contrato vigente para nuestra forma de entender los vínculos? ¿Es realmente Marthe una mujer traicionera, estúpida, egoísta, absolutamente infiel a quien deberíamos condenar? ¿No es, precisamente, esta contemplación y crítica del matrimonio durante la novela lo que resuena en nuestras preocupaciones actuales? La unión de una mujer a muy corta edad con un hombre que debe irse, la suprema obediencia que le debe la pareja femenina a su esposo, la aceptación absoluta ante la construcción de una sociedad que busca sólo eso, la mirada baja de una buena esposa.

La novela es trágica no porque los personajes pertenezcan al heroísmo, no porque sucumban a un destino irreductible, sino porque se adentran en las asperezas del otro voluntariamente, sin conocerse, sin quererse, sin comprenderse ni a sí mismos, y cuando lo descubren, persiguen ese mismo sueño de autodestrucción sin que nada más importe. ¿Qué los hace actuar así?, ¿Qué hace que una persona busque la ruina, el rompimiento de otros o de sí mismo? Podemos saberlo, utilizar la psicología o la psiquiatría para entender esas pulsiones, pero durante la lectura de esta novela agria, dolorosa y afilada, con el tufillo permanente de algo que se está pudriendo en la cesta de las frutas, en el jardín, en el interior de uno mismo, el lector no puede sino maravillarse ante las pulsiones humanas, el vacío de las instituciones y de los ideales absolutos, principalmente los pertenecientes a los vínculos humanos.

La novela, pues, es trágica, y absolutamente moderna, pues en ese tufillo recubierto de perfume, nos entendemos.

Portada de “El diablo en el cuerpo” de Raymond Radiguet. Editorial Confabulaciones, 2020.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por María Orozco
Ilustración realizada por María Orozco

Después de enterarse

que el cuerpo de un anciano

permaneció una década frente al televisor

hasta momificarse,

mi madre imagina la muerte que me espera;

piensa en mis ojos haciéndose pequeños

hasta cruzar por un pozo de miedo.

Varios años después,

aquel rostro se seguía iluminando

por la señal abierta, no veo

televisión pero mi madre piensa que moriré

mirando algún documental

sobre el antiguo Egipto

y sé que imagina mi muerte en soledad

porque no tendré hijos.

No habrá estirpe, mi sangre

no tendrá descendencia,

Ángel, hijo de Ángel, nieto de Ángel, nadie

heredará mis ojos, este color

igual a los que tuvo mi primera mascota;

el vientre que mis amigas ofrecieron

para salvarme, ni estoy interesado

en el linaje. En cambio,

empecé con el proceso

de preparar mi muerte.

Investigo las formas en que un cuerpo

puede evitar la descomposición,

los ambientes propicios, secos,

fríos, muy solitarios,

que inducen a la desecación de la materia,

metales, piedras que cruzan

unas palabras con la muerte para decir

no traigas tus gusanos con su hambre.

He pensado en la escena:

la casa limpia, ordenada,

algunos libros,

las ventanas herméticas, la luz tenue.

Programaré la música

hasta la eternidad

y me recostaré en un sillón muy cómodo,

en el descansapies dejaré ochenta años

y cerraré los ojos

y llegará de pronto

la quietud.

Dejaré los servicios pagados

para que el refrigerador siga su marcha

hasta que mis ahorros se vacíen

y venga un día el señor de la luz

a tocar a la puerta

y vea que hay algo raro,

mientras mi cuerpo

desecado, frágil, quebradizo,

hecho con su astilla de tiempo

un para siempre,

como el cuerpo incorrupto de los santos

cuando les pega el aire, se haga polvo.


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
Portada de "Cajas de cartón", de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023
Portada de “Cajas de cartón”, de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023

I. BAJO LA ALAMBRADA

La frontera es una palabra que a menudo escuchaba cuando, siendo un niño, vivía allá en México, en un ranchito llamado El Rancho Blanco, enclavado entre lomas secas y pelonas, muchos kilómetros al norte de Guadalajara. La escuché por primera vez a fines de los años cuarenta, cuando papá y mamá nos dijeron a mí y a Roberto, mi hermano mayor, que algún día íbamos a hacer un viaje muy largo hacia el Norte: cruzar la frontera, llegar a California y dejar atrás para siempre nuestra pobreza.

Yo ni siquiera sabía qué cosa era California exactamente, pero veía que a papá le brillaban los ojos siempre que hablaba de eso con mamá y sus amigos. “Cruzando la frontera y llegando a California nuestra vida va a mejorar”, decía siempre, parándose muy erguido y echando el pecho adelante.

Roberto, que era cuatro años mayor que yo, se emocionaba mucho cada vez que papá hablaba del mentado viaje a California. A él no le gustaba vivir en El Rancho Blanco, aún menos le gustó después de visitar en Guadalajara a nuestro primo Fito, que era mayor que nosotros.

Fito se había ido de El Rancho Blanco. Estaba trabajando en una fábrica de tequila y vivía en una casa con dos recámaras, que tenía luz eléctrica y un pozo. Le dijo a Roberto que él, Fito, ya no tenía que madrugar levantándose, como Roberto, a las cuatro de la mañana para ordeñar las cinco vacas. Ni tenía tampoco que acarrear a caballo la leche, en botes de aluminio, por varios kilómetros, hasta llegar al camino por donde pasaba el camión que la recogía para llevarla a vender al pueblo. Ni tenía que ir a buscar agua al río, ni dormir en piso de tierra, ni usar velas para alumbrarse.

Desde entonces, a Roberto solamente le gustaban dos cosas de El Rancho Blanco: buscar huevos de gallina y asistir a misa los domingos.

A mí también me gustaba buscar huevos e ir a misa. Pero lo que más me gustaba era oír contar cuentos. Mi tío Mauricio, el hermano de papá, solía llegar con su familia a visitarnos por la noche, después de la cena. Entonces nos sentábamos todos alrededor de la fogata hecha con estiércol seco de vaca y nos poníamos a contar cuentos mientras desgranábamos las mazorcas de maíz.

En una de esas noches papá hizo el gran anuncio:  íbamos por fin a hacer el tan ansiado viaje a California, cruzando la frontera. Pocos días después empacamos nuestras cosas en una maleta y fuimos en camión hacia Guadalajara para tomar allí el tren. Papá compró boletos para un tren de segunda clase, perteneciente a los Ferrocarriles Nacionales de México. Yo nunca había visto antes un tren. Lo veía como un montón de chocitas metálicas ensartadas en una cuerda. Subimos al tren y buscamos nuestros asientos. Yo me quedé parado mirando por la ventana. Cuando el tren empezó a andar, se sacudió e hizo un fuerte ruido, como miles de botes chocando unos contra otros. Yo me asusté y estuve a punto de caerme. Papá me agarró en el aire y me ordenó que me quedara sentado. Me puse a mover las piernas, siguiendo el movimiento del tren. Roberto iba sentado frente a mí, al lado de mamá, y en su cara se pintaba una sonrisa grande.

Viajamos por dos días y dos noches. En las noches casi no podíamos dormir. Los asientos de madera eran muy duros y el tren hacía ruidos muy fuertes, soplando su silbato y haciendo rechinar los frenos. En la primera parada a la que llegamos le pregunté a papá:
—¿Aquí es California?
—No, m’ijo, todavía no llegamos —me contestó con paciencia—. Todavía nos faltan muchas horas más.

Me fi jé que papá había cerrado los ojos. Entonces me dirigí a Roberto y le pregunté:
—¿Cómo es California?
—No sé —me contestó—, pero Fito me dijo que ahí la gente barre el dinero de las calles.
—¿De dónde sacó Fito esa locura? —preguntó papá, abriendo los ojos y riéndose.

—De Cantinflas —aseguró Roberto—. Dijo que Cantinflas lo había dicho en una película.
—Ése fue un chiste de Cantinflas —respondió papá siempre riéndose—. Pero es cierto que allá se vive mejor.
—Espero que así sea —dijo mamá. Y abrazando a Roberto agregó—: Dios lo quiera.
El tren redujo la velocidad. Me asomé por la ventana y vi que íbamos entrando a otro pueblo.

—¿Es aquí? —pregunté.
—¡Otra vez la burra al trigo! —me regañó papá, frunciendo el entrecejo—. ¡Yo te aviso cuando lleguemos!
—Ten paciencia, Panchito —dijo mamá sonriendo—. Pronto llegaremos.
Cuando el tren se detuvo en Mexicali, papá nos dijo que nos bajáramos.
—Ya casi llegamos —dijo mirándome.

Él cargaba la maleta color café oscuro. Lo seguimos hasta que llegamos a un cerco de alambre. Según nos dijo papá, ésa era la frontera. Él nos señaló la alambrada gris y nos aclaró que del otro lado estaba California, ese lugar famoso del que yo había oído hablar tanto. A ambos lados de la cerca había guardias armados que llevaban uniformes verdes. Papá les llamaba “la migra” y nos explicó que teníamos que cruzar la cerca sin que ellos nos vieran.

Ese mismo día, cuando anocheció, salimos del pueblo y nos alejamos varios kilómetros caminando. Papá, que iba adelante, se detuvo, miró todo alrededor para asegurarse de que nadie nos viera y se arrimó a la cerca. Nos fuimos caminando a la orilla de la alambrada hasta que papá encontró un hoyo pequeño en la parte de abajo. Se arrodilló y con las manos se puso a cavar el hoyo para agrandarlo. Entonces nosotros pasamos a través de él, arrastrándonos como culebras. Un rato después nos recogió una señora que papá había conocido en Mexicali. Ella había prometido que, si le pagábamos, iba a recogernos en su carro y llevarnos a un lugar donde podríamos encontrar trabajo.

Viajamos toda la noche en el carro que la señora iba manejando. Al amanecer llegamos a un campamento de trabajo cerca de Guadalupe, un pueblito en la costa. Ella se detuvo en la carretera, al lado del campamento.

—Éste es el lugar del que les hablé —dijo cansada—. Aquí encontrarán trabajo pizcando fresa.

Papá bajó la maleta de la cajuela, sacó su cartera y le pagó a la señora.

—Nos quedan nomás siete dólares —dijo, mordiéndose el labio.

Después de que la señora se fue, nos dirigimos al campamento por un camino de tierra flanqueado por árboles de eucalipto. Mamá me llevaba de la mano, apretándomela fuertemente. En el campamento les dijeron a mamá y papá que el capataz ya se había ido y que no volvería hasta el día siguiente.

Esa noche dormimos bajo los árboles de eucalipto. Juntamos unas hojas que tenían un olor a chicle y las apilamos para acostarnos encima de ellas. Roberto y yo dormimos entre papá y mamá.

A la mañana siguiente me despertó el silbato de un tren. Por una fracción de segundo me pareció que todavía íbamos en el tren rumbo a California. Echando un espeso chorro de humo negro, el tren pasó detrás del campamento. Viajaba a una velocidad mucho mayor que el tren de Guadalajara. Mientras lo seguía con la mirada, oí detrás de mí la voz de una persona desconocida. Era una señora que se había detenido para ver en qué nos podía ayudar. Su nombre era Lupe Gordillo y era del campamento vecino al nuestro. Nos llevó algunas provisiones y nos presentó al capataz que afortunadamente hablaba español. Él nos prestó una carpa militar para vivir en ella, y también nos ayudó a armarla.

—Ustedes tienen suerte —nos dijo—. Ésta es la última que nos queda.

—¿Cuándo podemos comenzar a trabajar? —preguntó papá, frotándose las manos.

—En dos semanas —respondió el capataz.

—¡No puede ser! —exclamó papá, sacudiendo la cabeza—. ¡Nos dijeron que íbamos a trabajar de inmediato!

—Lo siento mucho, pero resulta que la fresa no estará lista para pizcar hasta entonces —contestó el capataz, encogiéndose de hombros y luego retirándose.

Después de un largo silencio, mamá dijo:

—Le haremos la lucha, viejo. Una vez que empiece el trabajo todo se va a arreglar.

Roberto estaba callado. Tenía una mirada muy triste.

Las dos semanas siguientes mamá cocinó afuera, en una estufi ta improvisada hecha con algunas piedras grandes, y usando un comal que le había dado doña Lupe. Comíamos verdolagas, y también pájaros y conejos que papá cazaba con un rifl e que le prestaba un vecino.

Para distraernos, Roberto y yo nos poníamos a ver los trenes que pasaban detrás del campamento. Nos arrastrábamos debajo de una alambrada de púas para llegar a un punto desde donde los podíamos ver mejor. Los trenes pasaban varias veces al día.

Nuestro tren favorito pasaba siempre a mediodía. Tenía un silbido diferente al de los otros trenes. Nosotros lo reconocíamos desde que venía de lejos. Roberto y yo le llamábamos “El Tren de Mediodía”. A menudo llegábamos temprano y nos poníamos a jugar en los rieles mientras esperábamos que pasara. Corríamos sobre los rieles, o caminábamos sobre ellos, procurando llegar lo más lejos que pudiéramos sin caernos. También nos sentábamos en los rieles para sentirlos vibrar cuando se acercaba el tren. Conforme pasaron los días, aprendimos a reconocer desde lejos al conductor del tren. Él dis-minuía la velocidad cada vez que pasaba junto a nosotros y nos saludaba con su cachucha gris con rayas blancas. Nosotros también le devolvíamos el saludo.

Un domingo, Roberto y yo cruzamos la alambrada más temprano que de costumbre para ver el tren de mediodía. Roberto no tenía ganas de jugar, así que nos sentamos en uno de los rieles con los brazos entre las piernas y la frente en las rodillas.

—Me gustaría saber de dónde viene ese tren —le dije a Roberto—. ¿Tú no lo sabes?

—Yo también he estado pensando en eso —contestó, levantando muy despacio la cabeza—. Creo que viene de California.

—¡California! —exclamé yo—. ¡Pero si aquí estamos en California!

—No estoy tan seguro —dijo—. Recuerda lo que…

Entonces lo interrumpió el silbido del tren que conocíamos tan bien. Nos apartamos de los rieles haciéndonos a un lado. El conductor disminuyó la velocidad hasta casi detenerse, nos saludó y dejó caer una bolsa de papel color café, justamente cuando estaba frente a nosotros. La recogimos y examinamos lo que había adentro. Estaba llena de naranjas, manzanas y dulces.

—¡Ya ves, te dije que venía de California! —exclamó Roberto. Corrimos al lado del tren saludando con la mano al conductor. El tren aceleró y pronto nos dejó atrás. Seguimos el tren con la mirada y lo vimos hacerse más y más chiquito, hasta que desapareció completamente.

Portada de "Cajas de cartón", de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023
Portada de “Cajas de cartón”, de Francisco Jiménez. Colección Popular, FCE, 2023

“Casas de cartón” está disponible en la Librería Virtual del FCE, adquiérelo aquí.


Autores
Emigró de Tlaquepaque a California, de niño trabajó junto a sus padres en campos agrícolas estadunidenses. Actualmente es profesor emérito de la Universidad de Santa Clara, California. Su trabajo ha sido reconocido por diversas instituciones e instancias gubernamentales tanto en los Estados Unidos como en México. Ha sido acreedor a diversos premios literarios. Su serie autobiográfica, compuesta por cuatro libros, que incluye Cajas de cartón, es considerada por la American Library Association Booklist, como una de las mejores 50 obras para jóvenes de todos los tiempos.
Portada de "Cadáver Perlogher", Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.
Portada de “Cadáver Perlogher”, Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.

Uno de los versos del libro Cadáver Perlongher de Juan Antonio Alfaro arroja esta pregunta: “¿Por dónde tendría que comenzar el Autor?”. Yo me pregunto lo mismo: ¿Por dónde tendría que comenzar el reseñista? Así que decido iniciar hablando del estado en el que me hallaba durante mi primer acercamiento al libro. Leí el poemario de Alfaro durante mi convalecencia —la segunda de mi vida— de Covid. Incluso durante mi fiebre de casi treinta y nueve grados, seguí leyendo. La verdad es que son ciertos los clichés que dicen que un libro te puede cambiar la existencia o modificar tu punto de vista. Lo cabrón para mí es que por primera vez me topé con un libro que cambió mi cuerpo. Por lo menos eso sentí, gracias al delirio febril que acompañó mi lectura. Es más, entiendo que la sensación que describiré es artificial, tiene que ver con el fallo de mi organismo, de mi cerebro; pero siendo honesto, ello también fue provocado, en gran medida, por el estupendo trabajo poético del autor. Conforme avanzaba en los poemas, sentía que mis manos se agrandaban al punto de abarcar mi casa entera; sentí que alguien me había robado varios de mis órganos internos y, en su lugar, había colocado granadas de fragmentación; sentí que mi cara se convertía, de a poco, en un machete. En fin, a veces, incluso el padecimiento es bastante extraordinario.

“Entrar y salir del cuerpo como entrar y salir de la

enfermedad. Entrar al cuerpo es entrar a la enfermedad.

Conocerlo es enfermarse. La enfermedad nos recuerda

que ahí está el cuerpo”.

La musicalidad de los poemas de Alfaro es contradictoria, va de la armonía y la belleza inmaculada al desenfreno y el sinsentido que desconcierta. Este contraste mesmeriza. La música del libro es una bestia iluminada que te destroza a dentelladas y luego te lame las heridas hasta dejarlas sanas. El autor ha domado su ritmo, lo conoce a la perfección. Por ello logra alejarse de los sonsonetes de algunos poetas contemporáneos y nos presenta un sonido a la medida de su propio ser.

Varios de los versos del autor son preguntas. Su obra, de hecho, logra comunicar el poderío de los cuestionamientos, la belleza de las interrogaciones. Me parece que el único enunciado de verdad infinito es la pregunta, en especial la que tiene interminables respuestas, como el caso de los versos de Alfaro.

Hay una serie de menciones a autores, pensadores, especialistas del lenguaje, activistas, personas renombradas. Entes que al ser citados se encumbran, generan una atención plena en su trayectoria, seres reales que al ser invocados también se transforman en héroes épicos o líricos, quienes viven aventuras en el silencio de nuestra lectura, que cambian nuestras nociones de la realidad eliminando algunos monstruos de nuestro pensamiento. Valga un ejemplo:

¿A qué suenan las palabras?

Cementerio y humano no se parecen en nada. Humano

y enterrar, tampoco.

Cementerio, según Guido Gómez de Silva, en su Breve

diccionario etimológico de la lengua española, viene

del griego koimêtêrion, que significa “cuarto de dormir;

lugar para enterrar.

Guido Gómez de Silva es un lingüista y lexicógrafo mexicano. Me atrevo a decir, sin exagerar, que la mención de su obra en este poema será el mayor de los homenajes que el especialista reciba, y no por una falta de mérito, sino por la calidad poética del autor que lo convoca. La verdad, yo pensé que sería una bendición que un escritor de este talento mencionara mi nombre o mi trabajo en alguno de sus textos.

Pienso que un libro memorable debe incluir lo inaudito, la sorpresa como elemento latente. Debe estar ligado a lo alternativo, a la excepción, a la periferia. Ser experimental en la poesía siempre da una ventaja. Nada como hacer productos que se alejen del canon, nada como ser particular de forma espontánea, honesta. Poco o nada se parece a este libro. Yo sí creo que hay algo nuevo bajo el sol, que no estamos llenos de refritos, este poemario lo comprueba. De vez en vez aparece en el mercado algo que nos destantea por completo, que nos hace cimbrar al no poderlo clasificar, acotar, o nombrarlo con exactitud. La ruptura en esta obra me resulta hermosa, es un valor agregado.

Un cuerpo hundido, en la tierra, si puede decirse. Bajo

las matas. Mejor, en la página. En algo escrito, tal vez.

El caso es que hundido. Enterrado. Un cuerpo enterrado.

Un cuerpo hundido. Una aliteración. Las palabras que

suenan igual (Perlongher pone el cuerpo, por ejemplo).

Casi igual. El sonido. El sonido de las palabras.

Me deslumbró la idea de un autor que se halla enterrado entre las páginas de sus obras. Sepultado, sí; pero no pudriéndose ni anegándose de gusanos, todo lo contrario: enriqueciéndose en medio de los párrafos, alcanzando la iluminación debido al fulgor de sus propias construcciones. Lo que en el libro hay de Alfaro, y de los otros autores que cita, vale la pena exhumarlo; después inquirirlo hasta comprender que la descomposición o el desgaste del cuerpo también pueden ser prodigios.

El libro habla, en gran medida, del misticismo de la materia, lo esotérico en lo concreto, de “Una escritura muscular, enteramente física”. La manera en que el autor vuelve al cuerpo sagrado me confirmó algo que siempre he pensado: dios es materia. El poeta nos recuerda que estamos tan distraídos con necedades como el alma, la iluminación, la moral (elementos fantasmagóricos) que se nos olvida lo verdaderamente importante: el cuerpo, la carne, las tripas. El libro es un gran homenaje a lo existente. Es un rezo a las deidades de la corporalidad, es un mantra que pesa, que se puede apretar hasta exprimirle las entrañas.

“El poeta se va del otro lado. La poesía reconfigura algo,

el sujeto. La poesía descompone el lenguaje, lo vuelve

humano: le devuelve lo más humano.”

En Alfaro hay un dominio de la técnica, de la gramática, la puntuación. La maestría de la sintaxis es el verdadero nirvana de los autores. Se alcanza el éxtasis cuando alguien reafirma las normas, les da la vuelta o las quebranta con exactitud. En Cadáver Perlongher, la carcasa del poema se vuelve un portento en sí misma. Ello evidencia que forma y fondo son lo mismo y que al fundirse ambas se gesta la verdadera grandeza. El valor retórico del libro también es ejemplar.  El uso de figuras poéticas hace evidente que la literatura sí es juego, exploración. Incluso la aliteración, una figura muy sobada, muy sobreexplotada, aquí se vuelve un hallazgo:

Las sibilas dan sus oráculos en una corriente de

agua o desde alguna gruta, alguien mide los

hexámetros, transcribe a mano para sentir que es

el cuerpo quien escribe

¿Para sentir que es el cuerpo quien escribe?

En otro caso vemos cómo, a través de la técnica, el desvanecimiento se representa con letras, con signos, con espacios vacíos:

“El cuerpo se perlonghiza.

¿El cuerpo?

¿Él?

¿………?”

La Logopeia (eso que el pedante, pero genial, de Pound describía como la danza del intelecto sobre las palabras, la parte reflexiva del lenguaje) también está presente con eficacia aquí, el valor ensayístico de los poemas, las sentencias que te hacen dudar aparecen varias veces a lo largo del escrito.

“Una cosa que la gran poeta confesó antes de

morder su donut: un buen poema se escribe como

si no importara.”

La poética del autor, su definición de poesía (ese término que ni Heidegger ni Emerson han podido terminar de definir) me agrada:

“La poesía, queramos o no, es el relato de cómo se

avanza hacia la muerte.”

Al final del compilado aparece una confesión estremecedora. Varias partes del libro están configuradas, por supuesto, con métodos tradicionales; pero también hay otros fragmentos que fueron confeccionados mediante recursos alternativos, con herramientas de escritura no creativa como les llaman algunos. Es decir, que el autor parafrasea e interviene fragmentos de otros autores. En este caso, hablamos no de magia (creación directa) sino de alquimia (transformación de algo ya existente). Ello, al menos a mí, me parece igual de válido. Al final del día, el aspecto polémico del parafraseo y la intervención le añade una capa de interés al poemario. La estrategia se convierte en otras preguntas: ¿Es válido tomar pasajes de otros y apropiarse de ellos?, ¿Absolutamente todo lo que aparece en un libro debe ser creado de forma tradicional?

Uno de los grandes halagos es el agradecimiento, así que yo le doy las gracias al autor por sacarme del mundo un rato y devolverme distinto. Gracias por sus preguntas, por su desconcierto, su honestidad, su materialidad, por el valor de su talento innegable. Termino con lo obvio, la recomendación: lean Cadáver Perlongher ya.


Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario: Tatuajes de un mexicano herido. La BUAP editó su libro 52 vueltas.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

El famoso leak de los cuentos inéditos de J.D. Salinger

El 28 de noviembre de 2013, hace exactamente diez años, una noticia conmocionó a los amantes de la literatura que frecuentan Reddit: aparecieron de manera ilícita tres cuentos inéditos del famoso escritor norteamericano Jerome David Salinger, fallecido tres años atrás. Una noticia así, en sí misma, no suena como un gran escándalo. ¿Por qué sería negativo que se publique o no el trabajo de alguien muerto?, ¿No es el mundo editorial un entorno de zopilotes expertos en explotar hasta la última sílaba “póstuma” de cualquier autor medianamente relevante? Y si murió trágicamente joven, mejor. Y si se suicidó, no hay cómo detenerlos. Pero J.D. Salinger no encaja en ninguno de estos, al contrario, murió plácidamente recluido en su hogar de New Hampshire a los 91 años. Y es que, para comprender el revuelo que suscitó este leak, habría que atender ese comentario que los rucos escribimos a cada meme incomprensible: ¡Contexto pls! Porque no se puede hablar de Salinger sin mencionar el tamaño de la fama que alcanzó tras la publicación de su primera novela, El guardián entre el centeno, y la manera en que esta fama se exponenció con su comportamiento posterior: elusivo, ermitaño y algo excéntrico.

Comencemos.

J.D. Salinger nació en Nueva York en 1919, hijo de padre judío y madre conversa, creció en un hogar acomodado con todas las oportunidades a su alcance, tan a su alcance que no dejó pasar la ocasión de desperdiciarlas, abandonando sus estudios en tres ocasiones con un desempeño mediocre. Quedó claro que el problema estaba en su falta de interés cuando en 1938 tomó una clase de Escritura Creativa con Whit Burnett y supo lo que quería era escribir. Comprendió que un verdadero escritor debe dedicarse por completo y tener estómago para el rechazo constante y, para esto, tendría que deshacerse de una personalidad arrogante y de su inconstancia académica. Mandó siete textos para publicación a The New Yorker, (todos rechazados) y muchos otros a la revista Story, donde tras varias negativas accedieron a publicarle “Young Folks”, considerado a la fecha uno de sus mejores cuentos.

En estos tiempos, Salinger ya empezaba a escribir con la obsesión y dedicación que lo acompañarían el resto de su vida y cuando en 1942 uno de sus relatos, “Slight Rebellion off Madison”, fue aceptado por The New Yorker, el sitio más prestigioso para publicar como escritor primerizo en aquel entonces… (y aún ahora), parecía que todo cambiaría… Entonces, Pearl Harbor. Entonces… la publicación se canceló porque de un día a otro dejó de ser oportuna con el involucramiento de Estados Unidos en la Guerra y los jóvenes americanos yendo a morir al otro lado del mundo. Entonces… también a Salinger lo llamaron al frente y pasó los siguientes tres años inmerso en el horror de la Segunda Guerra Mundial, grabando en su mirada las imágenes atroces que nunca logró sacarse de encima. Durante ese tiempo nunca dejó de escribir. Incluso cuando no tenía papel ni pluma, en su mente siguió adelante con el proyecto que había comenzado con “Slight Rebellion off Madison”, una historia que retrataba a un adolescente malhumorado llamado Holden Caulfield paseando por las calles de Manhattan. Sí, se trata del mismo Holden Caulfield que protagonizaría El guardián entre el centeno. Pero aún no llegamos a eso.

Salinger regresó de la guerra en un muy mal estado, no volvió “con todas sus facultades intactas” como le deseó la pequeña Esmé al soldado X en “Para Esmé, con amor y sordidez”. Estuvo internado en un psiquiátrico con imposibilidad de escribir ni una palabra, y quién sabe cuánto le hubiera tomado superar su estado catatónico sin la aparición del Budismo Zen en su vida. A través de técnicas de respiración y meditación diaria, poco a poco recuperó la estabilidad y comenzó una serie de relatos que más tarde se recopilarían, en mi opinión, en uno los mejores compendios de cuentos que existen. Una serie de relatos que arrancó con el fabuloso “Un día perfecto para el pez plátano” en el que aparece por primera vez Seymour Glass, uno de los miembros de la familia Glass de la que Salinger escribiría mucho más, y que le abrió la puerta a la publicación constante en The New Yorker. Estos cuentos tocan el tema de la guerra sin hablar directamente de ella, sorprendieron por su cotidianidad, su mezcla de dulzura y tristeza que se volvieron su sello personal además le granjearon cierto reconocimiento en el medio.

Pero el joven Caulfield aún no lo abandonaba. Esa historia que empezó a rumiar en 1942 seguía ahí, presionando por ser escrita, a pesar de que su autor había cambiado tan radicalmente que era difícil, por no decir imposible, que mantuviera la visión entusiasta de los años previos a la guerra. Es quizás ese matiz pesimista y deprimido ante la inevitable perdida de la inocencia lo que conquistó a tantos lectores. Así nació El guardián entre el centeno, la novela que se reimprimió ocho veces en apenas dos meses, estuvo 30 semanas seguidas en las listas de Best Seller y a la fecha nunca ha dejado de estar en impresión. A pesar de que la novela por años ha sido parte elemental del temario en las secundarias estadounidenses, inicialmente fue vetada en muchos sitios por su lenguaje obsceno y blasfemo. Ahí está su magia, fue la primera novela en la que un adolescente hablaba como un adolescente: obsceno y blasfemo. El libro ganó cientos de adeptos que se sentían tan identificados que creían que “se trataba sobre ellos”, acosaban al autor con preguntas, lo esperaban afuera de su casa y lo asediaban con cuestionamientos sobre Holden como si se tratara de una persona real. Los fans enloquecieron, la prensa enloqueció, las editoriales enloquecieron. Y el autor, para no enloquecer con el resto, decidió alejarse de todo.

Salinger rápidamente se dio cuenta que el costo de la fama era la pérdida de la privacidad, cualidad invaluable en su escala de valores y cuyo restablecimiento se convertiría en su máxima aspiración. Escribir seguía siendo su pasión y jamás dejaría de hacerlo, pero se dio cuenta de que publicar atraía atención innecesaria y, en el tenor de los Beatles que en el pináculo de su fama decidieron abandonar los conciertos debido a la obsesión de sus fans, Salinger tomó la decisión irreversible de mantener su escritura entre las paredes de su hogar.

Su proceso de reclusión fue progresivo. No dejó de publicar de inmediato y todavía nos obsequió dos libros posteriores: Franny y Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, cada uno compuesto de dos relatos largos, aún alcanzó a dar una o dos entrevistas, pero sí, fue esta experiencia la que lo llevó a detestar la fama y a buscar evitarla a cualquier costo. Sus posturas al respecto eran tan radicales que llegó incluso a prohibir que sus cuentos se incluyeran en compendios, se reeditaran o se sacaran nuevas versiones de sus libros, y a demandar a un escritor sueco por escribir una secuela a El guardián entre el centeno en la que un Holden Caulfied de 76 años acaba de escapar de un asilo para errar las calles de Manhattan. Sobra decir que odiaba las entrevistas y sólo dio un par a lo largo de su carrera, la última de ellas para despotricar contra un escritor que pretendió hacer una biografía sobre su vida.

Suficiente contexto.

Volviendo al escandaloso leak, ¿Hace más sentido ahora? Los tres cuentos inéditos que se filtraron en internet se encontraban resguardados bajo llave para consulta de especialistas y académicos con acreditación especial: el primero de ellos, –que se rumora es uno de los mejores relatos de Salinger, protagonizado una vez más por el famoso Holden Caulfield–, “An Ocean Full of Bowling Balls”, se encuentra en la Universidad de Princeton y los otros dos “Paula” y “Birthday Boy” en la Universidad de Texas. Gracias a esto, quienes los habían leído con anterioridad confirmaron que lo publicado en Internet no era apócrifo, sino los mismos textos que pueden examinarse bajo supervisión en las universidades. What.cd, el sitio al que se filtraron los cuentos, los bajó rápidamente, pero debido a la naturaleza de Internet, más de un fanático logró descargarlos a tiempo y gozar del privilegio de leerlos.

Todo lo mencionado hasta este punto se puede averiguar sencillamente a través de una dedicada (ni tanto) navegación por internet, así que, para hacer de esto un verdadero artículo, hay que hacer preguntas. Cuestionamientos para los que no ofrezco respuestas, sino más y más preguntas.

Publicar los trabajos inacabados de autores que fallecieron antes de darlos por buenos puede ser carroñero, pero el caso de J.D. Salinger es distinto porque sus trabajos no quedaron necesariamente a medias. Su hija Margaret contó en sus memorias que su padre tenía un método para clasificar su trabajo no publicado, marcaba con rojo lo que estaba listo para salir al mundo en caso de su muerte, con azul lo que requería edición, etcétera. O sea, si había archivos en rojo, listos para publicar ¿Dónde están? Salinger dejó de publicar por… ¿Por qué exactamente?

El autor dijo en una entrevista que abandonó el deseo de publicar “Porque no escribía por los aplausos o el ego. Escribía para sí mismo y no buscaba recompensa”. Más tarde, su hijo profundizó sobre esta decisión: “Simplemente decidió que lo mejor para su escritura era no tener muchas interacciones con la gente, particularmente del tipo literario. No quería jugar esas partidas de póker, él quería, y alentaría a cualquier escritor en ciernes a hacer lo mismo, nadar en su caldo”. No puedo dejar de relacionar la estrecha afiliación de Salinger a las filosofías orientales con este comportamiento a primera vista desapegado a su escritura. No publicar porque quita tiempo, distrae de lo verdaderamente importante y nos jala una y otra vez de vuelta al ego. ¿Es esto cierto? ¿Los escritores publican por el aplauso exclusivamente? ¿Para engrandecer su ego? No podría ser que compartir lo creado ayuda a darle sentido al arte. Si el gran arte no tiene un fin, ¿No sería su único objetivo el de compartirlo con otros, el de conseguir ocasionalmente conmover (asustar/escandalizar, indignar/etcétera)? La obstinación de Salinger también podría considerarse egocéntrica: sintiéndose por encima del medio literario (que sí, lo sabemos, es un medio difícil) y del resto de los escritores que disfrutan de la compañía unos de otros. Pensar que la mejor versión de tu obra se crea en absoluta soledad puede resonar a esos escritorcillos que “No leen para no contaminarse”, como si hubieran pisado la tierra ya iluminados. Al final, las correcciones, las ideas y el contacto con los demás completan las obras y magnifican su potencia. Además, ¿Es posible que exista un escritor sin lectores? Si no contemplamos la belleza, ¿Existe?

Los fans se dividen entre aquellos ansiosos por leer cualquier palabra disponible y aquellos que respetan los deseos excéntricos del autor de controlar su legado incluso desde la tumba. Yo me debato. Por un lado, me promulgo de la segunda camada despotricando contra el padre de Anna Frank por atreverse a violar así la privacidad de una adolescente, de la familia de Bolaño con la publicación de 2666 y muchos otros que ignoran que el defecto más común de los grandes escritores es un perfeccionismo enfermo y que la mayoría de ellos se horrorizarían de ver sus trabajos inacabados o íntimos en los estantes de novedades. Por otro lado, soy la primera en devorar los diarios de Pizarnik, las cartas de Sylvia Plath, y me pasé horas y horas buscando esos tres cuentos inéditos de J.D Salinger para poder convertir este artículo en una reseña sobre ellos, con ambiciones heroicas que no conseguí cumplir. Culpo a mi falta de atrevimiento para entrar a la Deep web 🙁

¿Por qué creemos que el arte de alguien muerto nos pertenece, que podemos leer sus diarios, distribuir sus cartas y publicar aquello que por un motivo u otro los artistas no quisieron publicar? Incluso si no logramos comprender sus motivos. Incluso si nos parece que rozan en lo arrogante.

Los rumores sobre lo que hay archivado y está actualmente en poder de la viuda y de su hijo Matt Salinger varían desde 15 novelas terminadas hasta un par de cuentos inconexos sobre la familia Glass. Por años se ha dicho que en algún momento todo el trabajo de Salinger saldrá a la luz, pero no se ve claro. Tras su muerte la familia aseguró que entre 2015 y 2020 se publicarían cinco novelas. Hoy no hemos visto ni una. Ahora aseguran que no pasa de esta década, pero ya vamos por el cuarto año sin noticias. Si es verdad que no dejó de escribir durante toda su vida como lo aseguran sus dos hijos y sus esposas/amantes, la cantidad de obra archivada –buena o mala– podría ser abrumadora.            

A fin de cuentas, más allá de la ética y de los argumentos que logremos esgrimir, cada uno sabemos en nuestro fuero interno qué haríamos frente a una encrucijada de esa naturaleza: publicar o no las cartas de la abuela, los diarios del padre pintor, los últimos poemas de un querido amigo poeta. Dependerá de la muy personal concepción de la privacidad y dependerá también, de la idea que se tenga de “obligación” hacia la historia del arte, de “Compartir porque se lo debemos a la gente” (¿Qué demonios le debemos a nadie?). Yo sé lo que haré si algún día salen esas novelas, pero por lo pronto, aprovecho lo que Salinger sí publico en vida y está disponible para que lo leamos, que tal vez es poco pero suficiente: una novela corta, cuatro novelas cortísimas y unos doce cuentos.


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.
21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.

El 5 de diciembre de 1933, el gobierno local de Utah en una convención estatal ratificó la 21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América, volviéndose efectiva así su aprobación y posterior ejecución. Esta enmienda ha sido la única de este tipo en la historia constitucional estadounidense, pues anuló una enmienda previamente hecha —la 18ª, ratificada el 16 de enero de 1919—, y un año después inauguró el famoso periodo histórico y legal estadounidense conocido como La Prohibición.

A noventa años del primer evento, y más de cien del segundo, me gustaría brindar al lector una serie de desarrollos puntuales sobre este interesante proceso, durante la etapa de consolidación legal y estatal de Estados Unidos, para luego expandir un poco más el foco del análisis y explicar cómo este fenómeno relacionado con la prohibición del consumo de sustancias alcohólicas no fue un evento religioso ni enteramente circunscrito al aspecto legal, y tampoco fue exclusivo de la historia estadounidense.

Finalmente, trataré de ofrecer una breve actualización de la prohibición como instrumento de control de seguridad pública actual, que se muestra insuficiente contra el crimen, así como dar una alternativa posible a ello.

Desarrollo y resultados de la prohibición en Estados Unidos

El 6 de enero de 1919, los legisladores estatales de Nebraska ratificaron la 18ª enmienda a la Constitución estadounidense, cumpliendo el criterio de tres cuartas partes del total de aprobación por legislaturas estatales para cualquier caso de enmienda constitucional. Para el caso de la número 18, el principal objetivo fue la prohibición de la comercialización, transporte, manufactura e importación de sustancias alcohólicas, cuyo porcentaje etílico fuera mayor a 0.5%,1 esto último de acuerdo con la instrumentación de la enmienda, por medio de la “Acta Nacional de Prohibición” o “Acta Volstead”.2

Además de contar con la aprobación de numerosos políticos dentro de la administración y legislación estatal estadounidense, dos grupos del movimiento por la moderación respecto al consumo de bebidas alcohólicas (Temperance Movement), y al cual regresaremos de manera más amplia en el siguiente apartado, tuvieron relevancia fundamental para cristalizar sus demandas en políticas y leyes.

Por un lado, la Liga Anti-Salón (Anti-Saloon League) —actualmente conocida como el Consejo Americano sobre la Adicción y Problemas del Alcohol (ACAAP)—, y, por otro lado, la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza (WCTU), ejercieron presión continua sobre el Congreso estadounidense desde finales del siglo XIX y principios del XX, para desarrollar una ley que se enfocara en el control del ejercicio predatorio,3 monopolístico y desregulado de las empresas productoras de alcohol, las cuales ya estaban generando serios problemas de salud y sociales en Estados Unidos.

Para no caer en especificidades y tecnicismos legales ya superados por la ratificación de la enmienda constitucional número 21, es importante destacar, para términos de nuestro texto, que tanto el acta como la enmienda 18 no estaban orientadas a castigar al consumidor, sino a perseguir a los productores y comercializadores4 de sustancias alcohólicas.

Durante los primeros años de la ejecución de la ley sobre la prohibición, los resultados parecían ser favorables, la venta legal de dichas sustancias se suspendió, el nivel de consumo se redujo, los arrestos por manejar bajo la influencia del alcohol disminuyeron considerablemente, y la condición social y de salud de las clases trabajadoras estadounidenses (las cuales, según el movimiento de moderación, eran las más afectadas por la circulación de alcohol de manera irrestricta) mejoraron con respecto a tiempos anteriores.5

Sin embargo, de manera paralela a dicho éxito inicial, el periodo prohibicionista trajo consigo un periodo de erosión legal e institucional, primero porque las capacidades de aplicación efectiva de la ley desde las agencias legales federales eran infinitamente menores a la realidad para poder cumplirla a cabalidad, y segundo, existía un sentimiento de rechazo de un sector de la población no alineado al movimiento de moderación, que veía la ley como injusta, lo que lo llevó a tratar de revertirla por medio de canales institucionales, pero al no tener éxito decidieron simplemente ignorarla y continuar consumiendo bebidas alcohólicas, ahora con un origen ilegal.

En este punto, organizaciones criminales ya establecidas en el país, como la mafia italiana, entre otras, encontraron un área de oportunidad y crecimiento idónea, establecieron redes locales, y luego transnacionales, elaboradas para el traslado y comercialización del alcohol y otras sustancias ilegales, como las drogas. Debido a que ellos fácilmente podían ajustar a discreción los precios, obtenían un alto nivel de ganancias.

Adicional a lo anterior, gracias a la sofisticación y fortalecimiento de las redes de tráfico ilegal de sustancias, las organizaciones criminales lograron sobornar a numerosos oficiales policiales y gubernamentales para facilitar el comercio de sus productos,6 con lo cual los niveles de corrupción en el Estado estadounidense aumentaron, y la infiltración gubernamental y el poder de las organizaciones criminales también.

Estos grupos eran organizaciones piramidales, jerárquicamente estructurados,7 y representados históricamente por los “grandes capos” que se inscribieron en el imaginario popular,8 como Al Capone y Lucky Luciano. Este último fue fundador del Sindicato Nacional del Crimen en 1929, el cual trató de amalgamar a los grupos más importantes del crimen organizado en Estados Unidos, y se volvió una amenaza para la seguridad pública nacional. Este sindicato no sería debilitado y casi disuelto sino hasta la década de 1960.

Otro efecto negativo fue el económico, pues entre 1920 y 1932, el ingreso federal del gobierno estadounidense tuvo pérdidas anuales por 750 000 millones de dólares,9 los cuales, ajustados a los valores actuales, representan 13.8 billones de dólares. Esta circunstancia sin duda tuvo un efecto aún más devastador cuando la crisis de 1929 sacudió los cimientos económicos de Estados Unidos, y orilló a millones de personas en el país y en el mundo a niveles de pobreza nunca experimentados en la historia moderna.

Este evento económico, junto con su inadecuada administración por parte del presidente Herbert Hoover (1929-1933), generaron las condiciones necesarias para la llegada al poder de una de las figuras más importantes del siglo XX en la historia estadounidense: Franklin D. Roosevelt (1933-1945). Este ascenso también significó la rápida cancelación de la enmienda constitucional 18 y el Acta Volstead, no solamente por las concepciones ideológicas propias de Roosevelt, sino también por el cambio en la opinión pública nacional respecto a la prohibición, así como por las consecuencias negativas sufridas, principalmente, relacionadas al crimen organizado.

Entre el 16 y 20 de febrero de 1933, y posterior al apabullante triunfo demócrata en la presidencia y ambas cámaras legislativas, pudo iniciarse rápidamente el proceso de cancelación de la enmienda 18, y de manera alterna se aprobó y ejecutó el Acta Cullen-Harrison en marzo de 1933,10 la cual permitió la producción y tributación de ciertas bebidas alcohólicas, como la cerveza, con el objetivo de reanimar esta industria, suspendida por quince años, y para destinar los recursos obtenidos de esto a estructurar una solución ante los graves efectos de la Gran Depresión de 1929.

Finalmente, y como mencionamos al principio del texto, el 5 de diciembre de 1933, el periodo de la prohibición oficialmente llegaba a su fin.

La prohibición como fenómeno mundial y actual

Durante la primera mitad del siglo XX, el Imperialismo, el colonialismo consolidado y el capitalismo irrestricto y desregulado, se encontraban en pleno auge y expansión en el mundo. En este contexto, el alcohol fue el producto primordial de exportación por parte de los grandes conglomerados estadounidenses y europeos coloniales hacia ciertos mercados locales, lo que generó dos campos de lucha para el movimiento de moderación, no solamente dentro de Estados Unidos.

En primer lugar, el Imperio Ruso y luego la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), impusieron una ley que prohibía la comercialización y producción de bebidas alcohólicas, principalmente el vodka, cuyo monopolio de distribución y tributario estaba enlazado directamente al Estado ruso, y tuvo como efecto negativo la pérdida de un tercio de los ingresos gubernamentales. Por lo tanto, luego de dimensionar los costes económicos de dicha prohibición y ante un necesario aumento de los recursos estatales, el gobierno de Iósif Stalin (1922-1953) decidió levantar la prohibición a finales de la década de 1920.11

Además del ejemplo ruso, en Suecia se realizó un referéndum impulsado principalmente por el movimiento de moderación en 1909, cuyo resultado tuvo 99% de aprobación para la imposición de la prohibición, no obstante, debido al carácter político diverso del Estado sueco, y a los múltiples intereses involucrados, nunca pudo traducirse en una política.12 Gracias a este episodio en la vida nacional y política sueca, encabezado por el movimiento de moderación, el 1 de octubre de 1955 se estableció la empresa estatal Systembolaget (la compañía del sistema), la cual desde entonces controla la venta y distribución de bebidas alcohólicas superiores a 3.5% de volumen de alcohol a personas mayores de veinte años.

En segundo lugar, el movimiento de moderación a escala mundial sirvió como una idea política para articular proyectos de Estados modernos, por ejemplo, en Turquía, Mustafá Kemal Ataturk (1923-1938)13 la utilizó como medio principal para combatir la dominación imperial británica. Pero más allá de este caso, el movimiento representó para los pueblos colonizados una herramienta efectiva contra la subyugación política de la metrópoli, la cual distribuía de forma descontrolada licor a las poblaciones.14

Paralelamente al tema del alcohol, durante los siglos XIX y XX, movimientos de moderación y prohibición convivieron con los inmorales y, con el paso del tiempo, ilegales métodos de control político colonial en África, India y China. Sólo falta recordar a este último país y sus Guerras del Opio (1839-1842, 1856-1860), en las cuales se mantuvo el flujo de esa sustancia, del alcohol y demás productos adictivos, proporcionados por el Imperio británico junto con sus aliados franceses a punta de pistola, cuya consecuencia, entre otras, destaca la generación de millones de adictos y de muertos. Esto, sin mencionar todos los territorios africanos que estuvieron sujetos a esta dinámica imperial de adicción hasta 1960, y que habrían de hacerle frente, durante su liberación nacional, de manera poco satisfactoria debido a las débiles instituciones heredadas del periodo colonial.

Regresando al foco estadounidense, a partir del fin del periodo prohibicionista, el Estado ya no buscaría imponer nuevas medidas restrictivas respecto al alcohol, pero desde la academia y la sociedad civil surgieron dos instituciones importantes para combatir el alcoholismo en el país y en el mundo. Por una parte, El Centro de Estudios de la Universidad de Yale en 1935, el cual para 1974 se convirtió en el Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y Alcoholismo —parte de la política general de Richard Nixon (1969-1974) de combate frontal a las drogas—. Por otra parte, la fundación de Alcohólicos Anónimos, en 1935. Según esta institución, la responsabilidad de la enfermedad y el tratamiento ya no se orientaba a perseguir y condenar al productor, sino en tratar y modificar el comportamiento del individuo afectado por el alcohol y el alcoholismo. Para esto, establecieron un método de doce pasos orientado a desarrollar la responsabilidad personal y la abstinencia, como el mejor remedio15 para prevenir y detener el problema.

Desafortunadamente, con el advenimiento de nuevas sustancias, como las drogas derivadas de una mayor interconexión comercial y acelerado desarrollo tecnológico durante la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestros días, hemos presenciado que el alcohol es solamente uno de los eslabones de la gran cadena de sustancias que rápidamente captan dentro de sus redes, legales en este caso, pero ilegales en otros, a los consumidores, y que de manera derivada han causado el crecimiento internacional del crimen organizado.

Junto a esto, se impuso una política punitiva que busca criminalizar al consumidor y cazar al productor para justificar la existencia de inmensos aparatos burocráticos, como la DEA, el FBI y otras agencias de seguridad16 en el caso estadounidense, que perpetúan la “Guerra Contra las Drogas”. Esta política creó una guerra que nunca podrá ganarse, a pesar de que los grandes conglomerados mediáticos mantengan a la opinión pública del lado contrario: el de un triunfo que “cada vez está más cerca, pero sigue en desarrollo”.

Ante el dilema anterior, Michael Levine, funcionario de la DEA por 25 años y quien evidenció el fracaso de la “Guerra Contra las Drogas” —iniciada por Richard Nixon en 1969—, lejos de proponer una solución centrada en las agencias de seguridad, estableció una política de “contrataque” (Fight Back),17 en la cual las agencias de seguridad deben, por un lado, crear las condiciones para que el consumidor desista del consumo, mediante amenazas de detención —en otras palabras, que esas condiciones hagan imposible sostener su dinámica adictiva—, y, por otro lado, generar las circunstancias para que el negocio del distribuidor no pueda desarrollarse de manera efectiva, por medio de continua vigilancia de las zonas de tráfico de drogas.

Para que esto se prolongue, pero sin agotar los recursos humanos de las agencias de seguridad, es necesario, según esta política, establecer una alianza con las comunidades afectadas, haciéndolas conscientes de la problemática que existe en ellas. De esta manera, la población mantiene una presión indirecta, mediante llamadas puntuales a la policía, empleo de señales de ruido o luminosas en zonas de tráfico de drogas, además de que se establecen nuevas relaciones de confianza con las comunidades vecinas y con los sectores policiales locales, con el pretexto de una amenaza y objetivo compartidos: la lucha contra el narcotráfico.

Conclusión: prohibición y el restablecimiento de nuevos lazos comunitarios

Con el desarrollo de una posmodernidad política, en la que las demandas individuales en términos políticos, económicos, sociales e inclusive sexuales han logrado ser ideologizados, y en algunos casos llevados a extremos dogmáticos y fundamentalistas por figuras y narrativas populistas, impulsadas por los viejos y nuevos medios de comunicación y redes sociales, parece ser que las necesidades del sujeto y su satisfacción inmediata son los dictados primordiales para el establecimiento de nuevos proyectos políticos que auguran un futuro fragmentado en lo comunitario y, con esto, la total incapacidad de resolver problemas compartidos como el consumo desmedido de alcohol y el abuso de drogas.

Por esta razón, es preciso ir en sentido contrario, rescatar el carácter reflexivo y analítico de las comunidades —producto de la conformación de grupos comunitarios, y luego nacionales, que identificaron problemáticas compartidas—, que generó una positiva materialización política de movimientos definitorios durante el siglo XX, por ejemplo, el de la moderación y el rechazo al Imperialismo y a la violencia como medios únicos para la conducción de la política interna y externa.

No obstante, para que esto pueda realizarse de manera efectiva, es preciso, en primer lugar, retomar la importancia del papel que juega la comunidad no solamente para el desarrollo del individuo desde que nace y se incorpora en ella, sino también el rol que tiene en la identificación grupal y consensuada de las problemáticas que aquejan a dicho conjunto. Para así, en un segundo paso, poder entablar diálogos enmarcados en una estricta tolerancia y respeto con otras comunidades, y descubrir así que ciertos fenómenos negativos, como el abuso del alcohol y otras sustancias ilegales, no son exclusivos de la comunidad, sino también afectan a agrupaciones más amplias como los Estados o regiones en distintas latitudes del mundo. Además, es necesario entender que esta lógica se propaga y fortalece gracias a la fragmentación social, derivada del excesivo individualismo ideologizado, producto de la posmodernidad posterior al fin de la Guerra Fría.

Finalmente, equivocarnos en reconocer aspectos compartidos en problemáticas transnacionales, con el pretexto de la diversidad social y una malentendida incompatibilidad de aspiraciones y objetivos de desarrollo —consecuencia de aquel individualismo ideologizado—, solamente puede generar un estancamiento y falta de visión para establecer horizontes compartidos de crecimiento y solución de problemas a futuro. Esto sucede, mientras élites políticas y criminales se aprovechan de la fragmentación social, para amparar y cumplir sus designios de poder y riqueza, a expensas de la mayoría fragmentada e incomunicada entre sí.

21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.
21ª enmienda a la Constitución de Los Estados Unidos de América. Imagen de dominio público.

Fuentes consultadas

Gomes da Costa, De Leon Petta, Organized Crime and the Nation-State Geopolitics and National Sovereignty, Routledge, Londres, 2019. 

Hamm, Richard, Ed., Prohibition’s greatest myths: the distilled truth about America’s anti-alcohol crusade, Louisiana State University Press, Baton Rouge, 2020.

Lynch, Tymothy, Ed., After Prohibition: an adult approach to drug policies in the 21st century, Cato Institute, Washington DC, 2000.

Pinney, Thomas, A History of Wine in America: From Prohibition to the Present, Univeristy of California Press, Berkeley, 2005.

Rorabaugh, W. J., Prohibition: A Very Short Introduction, Oxford University Press, Nueva York, 2020.

Schrad, Mark, Smashing the liquor machine: a global history of prohibition, Oxford University Press, Nueva York, 2021.

Schrad, Mark, The political power of bad ideas: networks, institutions, and the global prohibition wave, Oxford University Press, Nueva York, 2010.

Warburton, Clark, The Economic Results of Prohibition, Columbia University Press, Nueva York, 1932.


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Ilustración realizada por Laura Velazquez
Ilustración realizada por Laura Velazquez

Se dice que Hunter S. Thompson, en su legendaria novela Fear and Loathing in Las Vegas, optó por caracterizar a Oscar Zeta Acosta como un samoano para proteger su identidad legal, pero en realidad era un activista chicano. En la novela se narran los excesos del protagonista y de su abogado, drogas y alucinaciones, reportajes con sujetos distorsionados, sudor y pálidas, el estilo gonzo del periodista lo hacía apegarse a lo sucio, al despilfarro nihilista, a suficiente material para incriminar a un verdadero abogado, Zeta Acosta. En 1998 el libro se adaptó al cine, Benicio del Toro en el papel de supuesto samoano.

Esto y más lo escuchaba por primera vez de boca de mi amigo y ex compañero de cuarto, El Güero. Disparaba los datos a la velocidad con la que se acercaba a La Pera, esa curva míticamente peligrosa que lleva de la Ciudad de México a Cuernavaca. El Jetta 2009 color ceniza rebasaba a carros y camionetas de lujo, se regodeaba con los motociclistas extremos que, como rémoras del mar de concreto, abjuraban la vida en merced de la adrenalina.

Zeta Acosta, en su labor de abogado, se unió al Chicano Movement junto con figuras emblemáticas como el luchador social César Chávez. Defendió a los activistas políticos del “Brown Pride” y se ganó la enemistad del brazo judicial del gobierno de California. En 1974 viajó a México y ya no se supo más de él. Jamás se encontró su cuerpo o algo que indicara qué sucedió tras su desaparición.

Las ventanas del Jetta estaban hasta abajo, el aire de la curva de La Pera nos despeinó, jugueteó con la bolsa de Rancheritos y con el celofán de los más de cincuenta discos de vinilo que El Güero llevaba en los asientos traseros. Discos de Frank Zappa y The Mothers of Invention. Con un volantazo tomamos la salida a Tepoztlán. Como si fuera lo más normal, como si se tratara de poner la direccional, El Güero hurgó debajo de su asiento y sacó un libro grueso, Zappa: A Biography de Barry Miles, me lo mostró fugazmente y lo aventó por su ventana. Aquí se quedan los mediocres, los incompletos, los de las masas, dijo, pásame los Rancheritos. ¿Todavía quedan?

Fue un momento ideal para preguntarse por qué estaba ahí, como copiloto, en aquel Jetta cenizo, rumbo a Tepoztlán, con mi amigo y unos cincuenta discos vinilo de Zappa. No hice muchas preguntas, lo admito, quizá vencido por el amor romántico, por aquella idea de que esto era una especie de despedida de soltero para El Güero, a unos meses de su boda con Georgina, su novia de siempre.

Los discos de Zappa, en un inicio del viaje, los vinculé a su gusto, por todos conocido, a ese regalo que le hice del vinilo de Sheik Yerbouti. Lo encontré en una librería de viejo a precio risible, lo compré sin tener una tornamesa, ya con la idea de dárselo a mi amigo, aunque con la seguridad de que sería un repetido. Un aficionado de Zappa a fuerzas tiene uno de sus discos más famosos. Coincidió que justo El Güero le había prestado Sheik Yerbouti a un ahora examigo, éste se fue del país con todo y préstamo.

Al ver el libro de la biografía de Zappa volar por la ventana temí que quizá estaba atestiguando un ritual de desprendimiento, de rechazo al músico, seguirían los vinilos. El Güero vio mi rostro y respondió que no era necesario resguardar los discos, nada contra Zappa, sino contra Miles, el biógrafo, que dejó fuera del recuento de su vida algo esencial, la estadía del músico en Tepoztlán en 1974; así es, coincidió con Dr. Gonzo, con Zeta Acosta, fueron cuatitos.

Entramos al pueblo y subió las ventanas del Jetta, sólo entonces noté que estuvo sonando todo esta tiempo Ionisation de Edgar Varèse, percusiones desarticuladas, inquietantes, exasperantes, un desmadre de ruidajos, diría mi madre, como gatos en regadera.

Tepoztlán, las calles y sus turistas, las nieves y micheladas, el misticismo barato, conoce tu aura, limpia tu chi, agua de chía, baño a cinco pesos, chapulines y pulque, lleve el sombrero, gringos color camarón pelado, cortesía del sol, poetas expulsados de la capital, cortesía de los críticos literarios, ajedrecistas de tiempo completo, tortillas recién hechecitas, itacates de frijoles, de chicharrón, huevos con colorín, lectura de tarot neoevangélico, caminata de leyendas prehispánicas now in english, café quemado, llaveros mágicos El Tepozteco, pulseras con tu nombre y el de tu ex.

Nos alejamos del centro, del bullicio, por más callecitas empedradas, por otras enlodadas, luego por una recién pavimentada, hasta cruzar un riachuelo por donde corría agua espumosa y una bolsa congénere de los Rancheritos que El Güero, casi en su totalidad, se atascó él solo, hasta una esquina, como otras, con una casa igual que las otras, nada especial, una buganvilia anodina y una puerta de madera. Es aquí, ahí se hospedó Frank Zappa en 1974. Tuvo broncas con los vecinos por el estruendo que hacía desde temprano con su batería.

Ten toma, un brindis. Sacó una botella de jugo Jumex con la etiqueta arrancada. ¿Qué es? Tequila, del que vamos a dar en la boda, lo vende un haitiano de la cajuela de su carro, ahí por la chamba. Raspa rico la garganta, ¿No? Frank Zappa fue un músico autodidacta, tocaba decenas de instrumentos, siempre en busca de un más allá, de un más acá, de notas irrepetibles, de solos auténticos. Experimentación pura que produjo más de setenta discos como solista y como cabeza de The Mothers of Invention.

Los rockeros de los 60 y 70 parecen estrellas del pop más comercial al escucharlos junto a Zappa. Era irreverente en sus letras, con títulos como “Don’t Eat the Yellow Snow”, “I Have Been in You”, “Why Does it Hurt When I Pee?”, le parecía estúpido escribir canciones de desamor. Pero, sobre todo, era un compositor ambicioso. Su proyecto musical era una exploración inagotable. Al respecto dijo: “How big is the ‘data universe’ that people can take in and still perceive it as a musical composition? That’s the direction I’m going in.” Simplemente escucha “G-Spot Tornado” y vas a entender el alucín de Zappa. Alguien así debía ensayar una y otra vez, hasta desquiciar a sus vecinos.

Sin ninguna otra explicación, puso en reversa el Jetta y tomó una calle que nos llevó de vuelta al centro de Tepoztlán, a sus gringos color camarón, a sus itacates y micheladas, a sus nieves con infinidad obscena de sabores. Por el camino, intenté atisbar el ejemplar despreciado de la biografía de Zappa, pero El Güero le pisó, era imposible ver detalles en el escenario, los verdes y amarillos eran brochazos de pintor en coca. Tomamos rumbo a Cuernavaca.

Vamos a ver a un amigo, fue lo único que dijo. A cualquier pregunta sucedánea sólo contestaba con alguna arenga de que tuviera calma, no comas ansias, un huevo no se hierve al segundo, Roma tardó más de un día, el becerro no pone huevos, pensaste que era un hombre, pero era un muffin. Con ligero mareo, mejor le di por su lado.

Ya en Cuernavaca, en la colonia Delicias, cerca de la parroquia, nos detuvimos frente a una casa con fachada de piedra y portón rojizo, como de caballeriza. Emocionado, como un niño, bajó y con las llaves del carro dio de golpes contra el metal color ladrillo. No sé qué esperaba, pero me sorprendió que abrieran de inmediato, que una melena encanecida asintiera, para luego volver a cerrar.

El Güero regresó al carro y me dijo que debíamos esperar. Su amigo estaba terminando una sesión. Sin las precauciones habituales, de al menos fijarse si venía alguien, si había alguna patrulla, encendió y le entró a un pipazo. El olor a amoniaco llenó el carro. Me salí y ahí estuve esperando a que terminara algo que no sabía qué era, para ver a alguien que no sabían quién era, por motivos que desconocía, pensé en fumar también, pero yo no le hago a las sintéticas. 

A Frank Zappa le caían mal los Velvet Underground y la mayoría de los rockeros de su época que construyeron sus auras alrededor de las drogas. Para él esas sustancias eran un impedimento para lograr la verdadera y sincera exploración de la música. En muchos aspectos, Zappa era conservador, incluso al morir: mientras otros se ahogaron en vómito, se pasonearon, o cayeron en una avioneta, éste rockero se murió de cáncer de próstata. ¿Sabías que estuvo a nada de ser candidato a la presidencia?  

Se volvió a asomar la melena encanecida y eso bastó para que El Güero cachara que ya era hora. Sacó del asiento trasero la pila de vinilos de Zappa. Dejamos el carro afuera, el portón sólo se abría un poco, lo suficiente como para pasar rozando el metal rojizo. Ahí te encargo la de tétanos. No había casa en sí, sino una inmensa palapa en el centro de un jardín descuidado. Material de construcción en una esquina. Una tienda de acampar. Y bajo la palapa una cocineta, un comedor, un baño al aire libre y una hamaca. El señor que nos abrió se recostó en la hamaca. El Güero le pasó la pila de vinilos y tomó una silla plegable para sentarse. Yo permanecí parado.

¿Te acuerdas de Zeta Acosta? ¿Lo que te conté en la carretera? Te lo presento. El mismísimo Dr. Gonzo vestía un short caqui, unas chanclas Adidas y una camisa hawaiana rosada abotonada a medias. Además de ser leyenda, es un coleccionista y vendedor de discos. Pero dile, dile también que no le vendo a cualquiera. Hablaba con un acento extraño, entre chilango y gringo. Ah sí, sí, sólo vende a otros coleccionistas de verdad. Por eso los tuve que traer.

El presunto Zeta Acosta dejó la hamaca, fue a su cocineta, abrió una puerta de la alacena y sacó un vinilo. Se lo entregó a El Güero quien dio un brinquito infantil. En la portada estaba Zappa con un sol saliendo de su cabeza, por debajo una pirámide; en letras moradas: Tepoztlan’s Sun. Es el disco que hizo en Tepoztlán, el que encabronó a su vecino, ahí donde te mostré. Es inconseguible, bueno, casi. Gracias. Le pasó una bolsa de lino, Zeta Acosta la aventó a la cocineta, cayó en el lavabo. A ti, amigo. ¿Te podemos preguntar sobre Zappa? ¿Cómo era? ¿De qué hablaba? Sí, sí, claro, era un sol, un sol grande y delicioso. Pero bueno, voy a empezar otra sesión, perdón, hay que comer.

En el carro seguía el olor a amoniaco. Pinches apesta, ¿Cómo te gusta esa madre? Ya, ya no chilles, mira, con esto se quita. Sacó un porro. Para celebrar. Fumamos dos caladas cada uno y tomamos otros tragos de tequila haitiano. Camino de regreso con cincuenta y un discos de Frank Zappa, sonó a tope Safe as Milk de Captain Beefheart: “Well I was born in the desert came on up from New Orleans / Came up on a tornado sunlight in the sky / I went around all day with the moon sticking in my eye”. La carretera se encendió con el sol en fuga. A la semana recibí varias llamadas de un número desconocido, a la cuarta o quinta me rendí al spam y contesté, resultó ser Georgina, la novia de El Güero, con voz de vidrio.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Vaticano. Imagen recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
Vaticano. Imagen recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

1943: diez mil bombas sobre Roma.

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Enclave: territorio fagocitado. Paréntesis geográfico. Ciudad mitocondrial: Vaticano.

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Controversia: todavía no queda claro si el papa Pío XII fue un cómplice del exterminio judío o uno de sus salvadores, pero sabemos que el 5 de noviembre de 1943 él estaba en Ciudad del Vaticano cuando un avión no identificado bombardeó la Santa Sede. 

El papel de María Giuseppe Giovanni Pacelli, conocido como Pío XII, tras ocupar el trono de San Pedro, es objeto de especulaciones contradictorias que lo señalan, por un lado, de conocer lo que ocurría en los campos de concentración de Belzec, Auschwitz y Dachau, desde 1942, según una carta que lo informaba encontrada en los archivos vaticanos; y, por otro, de haber ordenado abrir iglesias, colegios, conventos y universidades romanas para ocultar a los judíos perseguidos. La decisión del papa Francisco de desempolvar en 2020 los archivos relacionados con Pío XII ha revelado poca información y no permite reconstruir el pensamiento del pontífice debido a que los diarios y cartas personales de los papas se destruyen una vez que estos mueren. Algunos afirman que con su silencio evitó la furia de los nazis y logró articular una operación humanitaria discreta y silenciosa. Otros apuestan por la oscuridad de un personaje que oscila entre la santidad y el mutismo asesino.

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En el contexto de una Roma asediada por los aliados, en medio de bombardeos masivos, dormía el Vaticano, con sus museos, su arte, su recién conformado cuerpo de bomberos y sus papas encriptados en mármol, con la seguridad de ser un Estado neutral, orgulloso de su diplomacia. Enclavado en una ciudad convulsa, pero protegida por la importancia estratégica y espiritual de la cristiandad. O eso se creía.

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A las 8:10 pm del 5 de noviembre de 1943, un avión arrojó cinco bombas sobre el Vaticano. Cuatro de ellas explotaron, dañando una parte importante de su patrimonio y dejando tras de sí un ambiente de confusión y un incendio que sería apaciguado en las próximas horas. La destrucción reveló su verdadero rostro a la mañana siguiente: una pequeña estación férrea y un depósito de agua; el Estudio del Mosaico, en el que se conservaban diez mil metros cuadrados de cerámica de la basílica; parte del edificio del Gobierno vaticano; la plazuela de San Marta y la basílica de San Pedro afectada por la onda expansiva. Más allá de eso, la moral de la Iglesia era la verdadera afectada. Un ataque simbólico a la cristiandad. 

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Las especulaciones sobre la autoría no se hicieron esperar y la indignación del mundo entero creció rápidamente, por tratarse de un Estado indefenso y desarmado. Hubo una triada de hipótesis: una venganza fascista contra Pío XII, un error norteamericano o un ataque nazi para obligar al papa a salir de la Santa Sede. 

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Tras ochenta años del bombardeo, sigue siendo un evento crucial para entender plenamente la Segunda Guerra Mundial que devastó Europa y que parecía no dar tregua, ni siquiera a un Estado cuya peligrosidad radicaba más en sus contactos y movilización de la fe que en su poder bélico. El dilema ético y moral de las estrategias militares y sus consecuencias siguen vigentes, a la espera de los archivos que ayuden a esclarecer los porqués de un proceder militar que comprometió un patrimonio artístico que trasciende a la propia fe católica, y que puso en relieve la importancia de la protección de bienes culturales en conflictos bélicos, la naturaleza de la guerra, la protección de la cultura y el papel de la religión en tiempos de conflicto, así como la responsabilidad de las potencias en la preservación del patrimonio humano, en un sentido amplio. Lo que sigue, claro, es netamente valorativo. ¿Hay patrimonios culturales más valiosos que otros? La respuesta, en sí misma, tiene una naturaleza beligerante, por no decir armamentística. 

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[… ]

Vencido nuestro ejército 

dejamos a las aves 

la carne 

y la piedad no llegó. 

Nunca lo hace. 

De las guerras el perdón está ausente.  

Un buque de libertad viene siempre cargado

de hijos explosivos

para poblar la tierra de pequeños destellos. 

En la fragmentación de los metales, 

la carcasa de hierro donde bombea el miedo,

recibimos el cielo de la beligerancia. 

Existe una palabra 

mucho más expansiva

que una bomba

pero si la pronuncio aquí 

se activará el sensor que nos detonaría.

Hoy sabemos que hay guerras 

que nunca se terminan 

ni con la remoción completa

de todos los rencores, 

que hay ciertos enemigos que odian replegarse, 

que el desarme no te asegura nada, 

que al amor con todo y su cascajo 

hay que desactivarlo.

Aunque todos guardemos armamento 

para guerras futuras, 

olvidamos rastrear 

su pequeño futuro esplandeciente. 

Dejar a la memoria y a sus cortos circuitos

el fusible de tantas toneladas

para que el miedo llegue de repente

y nos regrese 

a una guerra 

donde todos perdemos. 


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.