La antigua ciudad de Cantona fue construida sobre un flujo de oleadas de lava que emanaron hace cerca de sesenta mil años del volcán Caldera de los Humeros, en lo que hoy es el estado de Puebla, cerca del límite con Veracruz. Se estima que los primeros habitantes llegaron alrededor del 600 a.n.e. y eligieron este territorio debido a la abundancia de recursos naturales. A unos 9 km de distancia, se encontraba un generoso yacimiento de obsidiana que pudieron explotar, tanto para su uso interno como para el intercambio de otros bienes.
De manera tradicional se ha dicho, creo haberlo escuchado en algún programa de radio en más de una ocasión, que la palabra Cantona quiere decir “lugar donde hay muchas casas”, pero al parecer no hay un fundamento que afirme o niegue este significado. El nombre ha trascendido en razón del uso, tanto en mapas antiguos como en los reportes y crónicas que recogieron algunos viajeros que visitaron el sitio en el siglo XIX. Lo cierto es que la zona arqueológica de Cantona tiene como característica esencial la abundancia de casas, patios, calles, templos, pirámides y juegos de pelota, elementos que se entrelazan para dar vida doméstica a una población.
Supe de la existencia del sitio desde hace mucho, cuando viajaba con mi tía y mi abuela rumbo a Veracruz, sumida en el asiento trasero en medio de mi hermano y mi primo, intentando descifrar el camino por la ventana. Es verdad que alcanzaba a ver muy poco, pero recuerdo en especial un momento en el trayecto que inauguraba el resto de mis ensoñaciones, el agua brillante de la laguna de Alchichica. Decíamos: “Es un cráter que se llenó de agua” o “Las sirenas no existen… Aquí llegan ovnis…” y “Los ovnis tampoco existen”. Y escuchábamos las voces adultas, determinantes: “No, no vamos a ir” y “No, no pueden nadar allá”.
Después aparecía el letrero con fondo azul, muy distinto a los que habitualmente veía tanto en la carretera como en mi ciudad, ese que señalaba la desviación hacia Cantona; sólo ponía esa palabra en mayúsculas “CANTONA” y el ícono que identifica a las zonas arqueológicas. Mostraba una flecha hacia una carretera un poco más rústica:
“Cuidado, no vaya a chocar con la pirámide”
“¿Cuál pirámide?”
“¿Qué hay allá?”
No había respuesta, pero las señales eran suficientes. Más adelante veíamos el cofre de Perote, la Sierra Negra y finalmente el Citlaltépetl
“Todos son volcanes”
“Y si están conectados, ¿pueden hacer erupción todos juntos?”
“Sí, pero, no están activos…
¿Verdad?”
Aunque el sitio de Cantona se mantuvo como un misterio para mí, las historias que me sugerían estas imágenes eran suficientes para acompañarme el resto del viaje y lo han sido por años. La representación de una pirámide reducida a sus elementos más básicos en la señalética, en medio de un paisaje de lagunas y volcanes, se convirtió en un presagio persistente en mi memoria. Siempre a punto de ser descubierto pero postergado por algún pretexto, porque mantenerse a la víspera de lo incierto también tiene su propia emoción.
Tiempo después, leí que la antigua ciudad de Cantona permaneció oculta en el contorno y la transformación del paisaje desde que fue abandonada —tal vez en el 1050 d.n.e.— hasta su descubrimiento oficial, cuando el explorador Henri de Saussure la describió a mediados del siglo XIX. Posteriormente, hubo investigadores que dieron más detalle acerca de las dimensiones y temporalidad del sitio, pero fue a partir de 1992 cuando el proyecto tomó mayor relevancia con una investigación sistemática a largo plazo dirigida por el arqueólogo Ángel García Cook. Fueron sus publicaciones, artículos, documentales y entrevistas lo que avivó más mi interés por visitar Cantona, sobre todo fue por el afecto con el que narraba su experiencia en el sitio.
No hay un autobús que llegue de manera directa hasta allá, así que lo más práctico era tomar el camino que ya conocía desde aquellos recorridos, pero esta vez, al volante. Aunque tengo muchas razones por las que prefiero no hacerlo (empezando porque no tengo auto propio, porque para mí ritmo de vida no es necesario y hasta porque me produce pereza), conducir en carretera tiene algo de placentero. Bien o mal, me he acostumbrado a sobrellevar la ansiedad, pero cuando conduzco me siento consistente, segura, fiel al compromiso de mantenerme atenta tan sólo a lo que sucede en el presente, en el trayecto.
La distancia para llegar a Cantona desde el lugar donde vivo es relativamente corta, aunque, tal vez por haber contenido un largo tiempo la ilusión de mi visita, tuve la sensación de que el viaje había durado más tiempo, o al menos así es como ahora elijo conservar el recuerdo en mi memoria. Al llegar, noté que los visitantes éramos apenas unos cuantos, no más de cinco, o seis, a pesar de ser domingo. Después, en el registro, el guardia encargado de la taquilla me indicó dónde comenzaba el sendero para recorrer el circuito y me advirtió que la zona es muy extensa, con varios retornos señalados en la ruta por si quisiera regresar antes. Para entonces, ya sabía que la antigua ciudad había alcanzado aproximadamente hasta 1, 450 hectáreas durante su existencia, que abarcó varios siglos.
Uno de los rasgos distintivos de Cantona, que no es muy común, es el entramado de vías de comunicación interna, calles delimitadas formando ejes a partir de los que se disponen otros elementos constructivos, como patios y terrazas. Se dice que esto constituye una prueba de que fue una ciudad planeada rigurosamente. García Cook señala que, si bien algunas de estas vías pudieron tener un carácter ritual, no deberíamos pasar por alto su función básica, vale la pena destacar su uso en las actividades sociales y comerciales de sus pobladores. Mientras caminaba, quise imaginar cómo habría sido el ir y venir habitual de la ciudad, cómo eran sus habitantes, qué lenguas hablaban y qué tipo de diálogos intercambiaban en el camino. De qué trataban sus propios relatos antiguos.
Otra característica importante es que las unidades residenciales y patios comunes de Cantona estaban encerradas por muros periféricos que a su vez conectaban con las áreas cívicas y religiosas. Se ha calculado que entre los años 600 y 900 d.n.e., la ciudad contaba con unas 7,000 unidades habitacionales. Según la información que he leído, estas casas habitación estaban construidas con material perecedero. En su interior, sobre el piso natural y emparejado del terreno, las familias que las habitaban, ya fueran nucleares o extensas, compartían su vida cotidiana y su descanso. Al pensar en este aspecto de casa y de familia que tanto destaca en la arquitectura de Cantona, inevitablemente me surge la curiosidad de preguntarme cómo se habrán escuchado las risas de sus habitantes en los patios, cómo eran sus saludos, su convivencia, sus animales domésticos, de qué gozaban o padecían quienes caminaron esta misma senda. Ahora, el silencio grave, como una sentencia, bien puede aliviar todas mis dudas sobre lo incierto.
Un elemento más que distingue el paisaje urbano de Cantona es la asimetría, la cual se observa claramente tanto en la planta de las estructuras como en sus fachadas, en sus muros y en el trazado de sus calles. Se trata de una marca distintiva. Los investigadores del proyecto sugieren que sus habitantes aprovecharon la topografía del terreno, es decir, se adaptaron al suelo irregular de las distintas coladas de lava sobre las que construyeron la ciudad, y crearon así su entorno asimétrico. De este modo, negaban también el estilo común en la arquitectura contemporánea e imponían una característica propia.
Para García Cook, el uso constante de una ruta, aun cuando presente algunas transformaciones, deja huella en el paisaje natural y de esta forma es posible identificar dónde hubo un camino, incluso a través del tiempo. El suelo transformado y emparejado de las calles hechas con pedazos de lava, rotas y ensambladas, se mantiene en Cantona desde que transitaron sus habitantes y de hecho constituye uno de los principales elementos culturales que la definen. Es verdad que no tuve oportunidad de nadar en la laguna cráter, como lo señalaron mi abuela y mi tía durante nuestros viajes, pero por estas calzadas y veredas pavimentadas con trozos de lava desgastada, puedo caminar bastante bien.
Los muros de la ciudad fueron construidos sin la necesidad de cemento o argamasa. Tampoco se usó ningún recubrimiento o enlucido hecho con lodo o estuco. En lugar de ello, sus pobladores aprovecharon los colores propios de las distintas piedras basálticas como elemento decorativo, usaron tezontle para los taludes de las estructuras principales, cantera volcánica para las escalinatas y caliza blanca para los elementos rituales.
Caminé frente a un muro observando, piedra tras piedra, me alejé para contemplarlo y volví a acercarme, como el personaje de una entrañable novela, seguí con la palma de la mano la línea ondulante, imprevisible, de ese muro que parecía vivo. Ardía en la punta de mis dedos la superficie de sus piedras.
A medida que los exploradores han descubierto las ruinas, se han revelado características específicas que hacen al sitio aún más valioso. Es notable el hallazgo de un número considerable de canchas de juego de pelota, destaca que sean 27 las identificadas hasta el momento. De este modo, Cantona es la ciudad prehispánica que posee el mayor número de estos espacios, distribuidos en un solo sitio, hasta ahora conocido. Presentes tanto en plazas cívicas, religiosas y otras estructuras arquitectónicas destinadas propiamente para el juego, así como en centros secundarios establecidos dentro de los barrios, dan cuenta de la importancia que tenía la ciudad, pero también de las inciertas ceremonias, ya fueran bélicas o rituales, para que las que se construyeron. Esta característica es tan importante que, cada conjunto de juego de pelota, alineado a alguna pirámide con una o dos plazas, forma parte de un escenario que en especial se ha nombrado “Juegos tipo Cantona”.
Por otro lado, en la disposición de algunas canchas sobresale la relación de quienes eran espectadores, pues permitía que el juego se pudiera observar desde la pirámide, o desde las plazas, cabezales y laterales. Al considerar que las canchas son diferentes tanto en su armonía como en su temporalidad, y que incluso el número de siglos que perduró viva la ciudad es amplio, fue inevitable que me perdiera, imaginando, intentando comprender cómo habrían cambiado las reglas y dinámicas, incluso los fines, del juego. Me quedé un rato sentada en la hierba que crece, escasa, por encima del suelo, suspendida entre la duda y las posibles interpretaciones.
Si supieras escuchar… escribe Susana Villalba en el monólogo de una piedra que aparece en uno de sus poemas.
si supieras escuchar adentro mío el universo crepitar
no soy muda quedé atónita
Lo entendí. Me levanté y caminé por el empedrado de regreso, con la intuición de haberme quedado muda también, al menos por un tiempo. El tiempo necesario para asimilar ¿De qué trataba, en esencia, el juego?, y regresar al sitio de Cantona nuevamente, después, en otro momento.
Referencias
García Cook, Á. (Presentador). (2012). Un paseo en Cantona con el arqueólogo Ángel García Cook [Video]. Arqueología. Puebla. Cantona. Cápsulas informativas. Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ciudad de México. https://www.youtube.com/embed/quKhpJeHeGU
En la metafísica clásica, la de Aristóteles, las entidades se componen de dos principios esenciales, la materia —aquello de lo cual algo está hecho— y la forma —aquello que hace que algo sea eso mismo y no otra cosa—. Estas dos nociones fueron reelaboradas en el escolasticismo al grado de constituir la base del pensamiento occidental, lo mismo en investigaciones científicas que en doctrinas teológicas. Fueron, pues, la base sobre la cual se inteligieron el mundo y lo sobrenatural antes de su escisión moderna. Por eso no extraña, cuando redacta su Testamento (14-15), que Francisco de Asís se refiera a la Regla como una revelación del Altísimo para vivir según “la forma del santo Evangelio”.
Por su impacto en la expansión del catolicismo romano y en la profundización del mensaje evangélico, la Orden franciscana ocupa un lugar privilegiado en la historia de la iglesia. También por las repercusiones de su fundador, reconocido como santo por la mayoría de Iglesias históricas: Oscar Wilde llegó a afirmar, en ese monumental testamento espiritual llamado De profundis, que san Francisco de Asís ha sido el único cristiano después de Cristo, pues “Dios le concedió alma de poeta […], y con alma de poeta y cuerpo de mendigo no halló difícil el camino de la perfección. Entendió a Cristo y se volvió su semejante. […] La vida de san Francisco fue la auténtica imitatio Christi, fue un poema ante el cual el libro de Kempis es simplemente prosa”. (La traducción, del inigualable José Emilio Pacheco). Recordar, por tanto, con ánimo celebrativo los 700 años de la aprobación de la Regla de san Francisco es una oportunidad idónea para recuperar el sentido de “forma de vida” bajo la cual concibió su redacción y aplicación: la opción preferencial por los pobres.
Entre los textos de san Francisco que sobrevivieron encontramos tres redacciones de la Regla: la primera data de 1209, se reducía a una serie de normas tomadas del Evangelio en las que se enfatizaba la opción por la pobreza como el fundamento del seguimiento cristiano. Fue aprobada de manera oral por el papa Inocencio III, luego de una famosa audiencia con los frailes que ya para entonces habían tomado el nombre de “menores”, por indicación directa de su fundador. Uno de los frescos de Giotto, en la basílica de san Francisco de Asís, representa al papa entregando al hermano Francisco un documento, posiblemente, la aprobación de esta Regla; no obstante, tal representación es apócrifa. Los frailes menores volvieron a Asís con el visto bueno de la sede apostólica, mas no con una bula que la confirmara.
La confirmación de la Orden de Frailes Menores fue un proceso orgánico en el que se sucedieron varias bulas de Honorio III, amigo cercano de Francisco de Asís: Cum dilecti (1218), Pio dilectis (1220) y Cum secundum (1220), hasta la publicación de Solet annuere, el 29 de noviembre de 1223, en la que se aprueba oficialmente la Regla de la Orden de Frailes Menores —de ahí que también se le conozca como Regla bulada—. Se trata de un parteaguas en la historia de la Iglesia romana: Francisco de Asís consiguió, no a través del proselitismo sino de una auténtica conversión espiritual y ecológica, la ansiada reforma de la Iglesia que tanta sangre hizo correr desde la Alta Edad Media. Piénsese en las persecuciones contra los patarinos, los pauperistas y los valdenses, partidarios de la pobreza evangélica como condición necesaria para alcanzar la salvación —persecuciones a las que luego sucederán las de los husitas, las beguinas y los franciscanos espirituales, partidarios del regreso al espíritu de pobreza evangélica que predicó san Francisco—. Dicha reforma no podría concretarse si no se volvía a las fuentes: el Evangelio, lugar donde la condena contra quienes acumulaban riqueza fue uno de los tópicos constantes de la predicación del Señor. Incluso más que las alusiones a la moral sexual —de la cual apenas si se pronunció—, el mensaje evangélico es tajante cuando se trata de reivindicar la dignidad de los pobres frente a los abusos de los opulentos. San Francisco entendió el mensaje del Evangelio de la manera más pura posible: Cristo no invita a los ricos a despegarse de la riqueza, sino a renunciar a ella. Predicar lo contrario constituye una alteración herética de la doctrina cristiana, una muy extendida en la Iglesia desde hace varios siglos al grado de parecer ortodoxa para muchas comunidades religiosas.
Un vistazo a la estructura del documento arroja diferencias importantes en materia de formación intelectual y teología de la vida consagrada con respecto a otras órdenes de su tiempo. A diferencia, por ejemplo, de las órdenes monásticas inspiradas en las Reglas de san Agustín o de san Benito, Francisco se negó a aceptar el monacato como el estilo de vida de los frailes menores, a quienes exhortó a trabajar y a mendicar “en el mundo” para el mantenimiento de la comunidad. Por otra parte, se mostró reservado sobre el hecho de que los frailes estudiasen, temiendo que al hacerlo la vanagloria se sobrepusiera a los sentimientos de sencillez y pobreza, únicas aspiraciones legítimas de quienes portaban el hábito marrón. En esto se diferencia radicalmente de uno de sus contemporáneos, santo Domingo de Guzmán, quien veía en el estudio de la teología un medio para evangelizar a los infieles.
Que san Francisco haya hecho de la pobreza evangélica la columna vertebral de su orden supone, en primer lugar, que la opción preferencial por los pobres es la esencia de la vida cristiana. El asunto no era baladí: Pierre de Blois (1130-1200), teólogo, padre de familia, canciller del obispo de Canterbury, contemporáneo de san Francisco, denunció el apego al dinero del obispo de Lisieux con términos similares a los del Evangelio de san Mateo (XXV):
Te ha abierto el Señor un camino facilísimo de salvación: pues ha venido un hambre cruel que amenaza a los pobres, y es como si, en ellos, el Señor te ofreciera su reino a precio de saldo. Tanto te costará el reino, cuanto seas capaz de mostrar a los pobres de afecto y de compasión. El pobre es el vicario de Cristo (pauper Christi vicarius est). Y así como al Señor le duele ser rechazado y despreciado en el pobre, así le alegra ser acogido en él1.
No se trata de romantizar la pobreza, sino de descubrir en ella el sitio eminente desde donde ocurrió la salvación del género humano: el Hijo de Dios se encarnó en el seno de una familia pobre, y predicó un mensaje de liberación que opera necesariamente en ambos planos, el material y el espiritual, porque Él es Señor de todo lo creado (Fil. II, 11). Por eso, cuando san Francisco habla de la Regla en términos de la “forma” del santo Evangelio, la pretensión no es poca cosa: se trata de la explicitación esencial del mensaje salvífico que contiene la Revelación escrita: nadie se puede salvar si no se asemeja al Cristo pobre que se encarnó en el seno de una virgen desamparada, migrante, perseguida por el poder de Herodes.
En un acto que pretendía manifestar la autoridad del papado sobre el poder temporal, Inocencio III se arrogó el título de “vicario de Cristo”, desplazando así la referencia a los pobres de su sentido original. Con todo, la opción preferencial por los pobres, tal como fue pensada por Francisco de Asís en su Regla, continúa siendo un tópico que resuena en muchos novelistas católicos contemporáneos. Umberto Eco (1932-2016), en El nombre de la rosa (1980), reproduce un supuesto conciliábulo entre dominicos y franciscanos en torno a una polémica harto conocida en el siglo XV: ¿Era Cristo dueño de su túnica? Polémica a la que Roma no dio cabida en las discusiones teológicas de la Baja Edad Media, y que terminó por decantarse en la herejía del desapego —que no renuncia— a la riqueza. Un ejemplo más cercano en tiempo y cultura lo encontramos en La soldadesca ebria del emperador (2010), de Pablo Soler Frost (1965), un diario novelado del emperador bizantino Miguel III quien, atormentado por sus muchos crímenes, reza por que al menos un pobre hable bien de él frente al Justo Juez en el juicio final.
Empéñense todos los hermanos en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo y recuerden que nada hemos de tener de este mundo […]. Y deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobre y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos […] y no se avergüencen: más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios omnipotente, “puso su faz como piedra durísima” (Is L, 7) y no se avergonzó, y fue pobre y huésped y vivió de limosna (Regla, IX, 1-5).
Palabras éstas de san Francisco que viene a bien recordar de vez en cuando. Sobre todo, si se pone en perspectiva que las referencias en el Evangelio a una moral sexual son casi nulas —aunque nos quieran hacer creer lo contrario— si las comparamos con uno de los tópicos centrales de la enseñanza del Mesías: que no se puede servir a Dios y al dinero (Lc XVI, 13).
Portada de “Cadáver Perlogher”, Juan Antonio Alfaro. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.
¿Es el pelo de los muertos el hilo de la conversación?
LUIS FELIPE FABRE
Retrato hablado del cuerpo antes de ser borrado
tenía el aire de una señora. de relación bizarro. realmente se cruzaba y se bajaba y. se era cuidadoso en sus movimientos. no era maletín chiquitito que se hacía así y calzado que usaba. usaba calzado grande. casi sé que oyes esto. vive y disculpa. a veces tocaba el timbre y salía una mucama o chicos y le decían qué largo. su cabello negro. sus ojos de una inteligencia especialísima. pero con bastante dificultad de río. una especie de nutria. algo que sacaba de sí mismo. una personalidad. vida haciendo encuestas por las calles. muchas veces río. el manatí. sí. es un bicho ese destino. y no protegió nada. una vida y con lo que eligió en físicamente. era feo y sabía que era de relación bizarro. inmediatamente uno lo veía raro. pero con bastante dificultad lo veía. algo bichesco muchas veces tocaba el timbre. tocó en la vida. era un chico bien raro. con tiempo seduciendo. bastante parecido a Woody Allen. tacicoturno. con una suela muy alta. no. hay una señora que te quiere ver. se divertía ante el espanto. nunca fuimos lindos. digámoslo así. con tacos así altos. si se quiere. pero con el pelo profundamente serio. pero de esa seriedad esencial. iba así y así viajaba a lo bichesco. esos bichos de indumentaria. así caminaba por un maletín chiquitito que era un río. el manatí. sí. el pelo largo. cuando quería era el oeste. una persona que no era agradable. mujer grande. era feo. horrible. discúlpame que presos juntos. pero estamos libres juntos. era muy alto y aparte andaba con pañuelos la vida. nunca le sacó el cuerpo. tenía el aire. entregó el cuerpo a ese el cuerpo. comodín que siempre estaba investigando y curioseando con la palabra. y estaba todo así. caminaba por los andenes que van. pero era feo. horrible. esos bichos de con lo que le tocó en la de una señora. cuando que ría era como. físicamente era un personaje muy raro no su presencia. su indumentaria. bastante cuello y cabello largo y ultramaricona. y un bicho de río el tipo hacía del oeste. era como un feo. era feo. pero seducía. y seducía la matanza en una época. se ganaba. parecía. parecía no una chica sino una de ultramar. ultramaricona. y con la que al cuello y cabello largo era ese swing. era muy flaco. no era. una persona que no era. una persona que no era. es más. una persona que no era con la palabra. y estaba el cuerpo. le entregó el cuerpo a. le entregó el cuerpo a. le entregó el
Hablar de la narrativa de Yuko Tsushima es hablar al mismo tiempo de su vida. La propia Satoko Tsushima, conocida como escritora bajo el nombre de Yuko, no tuvo reparos confesando en la nota de la autora de El hijo predilecto (Editorial Impedimenta, 2023) los nervios y la dificultad que acompañaron el proceso de su segunda novela. Esta acaba de ser publicada el pasado mes de septiembre y perfecciona el estilo que desde su ópera prima parecía ya no tener espacio para crecer.
Yuko Tsushima nació en la ciudad de Tokio en 1947. Su padre, el escritor Osamu Dazai, moriría por suicidio en junio de 1948, después de intentarlo en repetidas ocasiones desde 1929. La madre de Yuko, Michiko Tsushima, se convirtió en madre soltera tan solo un año después del nacimiento de su hija. La habilidad de Yuko —para llevarnos de la mano dentro de la mente de sus personajes femeninos y las normas sociales del Japón de los setenta— nos hace cuestionarnos qué tanto el talento literario puede o no llevarse en las venas, considerando que Dazai fue uno de los escritores japoneses más importantes del siglo XX, con obras como El ocaso e Indigno de ser humano.
Tsushima escribió su primer libro en entregas. Se publicaba un capítulo al mes, en la revista literaria Gunzo. Entre 1978 y 1979, cada uno de estos capítulos o cuentos correspondía con el mes del año corriente y de lo que más adelante sería Territorio de luz, la historia de una madre soltera que intenta abrirse camino en Japón con su hija de tres años. El éxito de su publicación en Impedimenta durante el 2020 nos ha regalado, ahora, la historia de Koko, traducida al español por Tania Oshima. Otra madre soltera, una profesora de piano, que busca ganarse la vida y recuperar el cariño y respeto de su hija adolescente, Kayako. En El hijo predilecto, el cuál se titula originalmente Choji en japonés y The Child of Fortune en inglés, la maternidad excede los límites que la encierran dentro de los mismos clichés de una literatura posiblemente anticuada y juiciosa. Yuko declaró, en una conversación con la escritora inglesa Margaret Drabble en 1990, la insatisfacción que le provocaba que experiencias como la sexualidad, el parto y la crianza, fueran filtradas a través de la perspectiva masculina o escritas para ser aceptadas por estándares masculinos. Ambas coincidían en que algunos de los problemas a los que se enfrentaban constantemente como escritoras era que el lenguaje y temas importaban muchísimo más de lo que parecería a primera vista. Tsushima dijo que al escribir Territorio de luz tuvo que “reconsiderar y reexaminar cada palabra relacionada con el embarazo”. No podía continuar hablando de él con las mismas convenciones prevalentes en la sociedad japonesa.
De esta forma, con un esfuerzo instintivo pero también determinante Yuko Tsushima consiguió convertirse en un referente de la literatura escrita por mujeres, quizá antes de que el término llegara a nosotras. Si bien su segunda novela la hizo merecedora del premio Joryu Bungaku de 1978, un premio a la literatura femenina, este esfuerzo nunca estuvo dictado por un deseo guiado por la comercialización de su escritura sino por la confianza en los alcances de una literatura voraz y honesta.
Tsushima no se consideraba a sí misma feminista, aunque me invade la curiosidad saber cómo se llamaría a sí misma hoy, siete años después de su muerte. Es innegable que su propia maternidad experimentada desde la soltería la llevó a plantearse las preguntas que intenta responder en varias de sus novelas. Pero, lo que hace más destacable a El hijo predilecto, es el mundo interno de Koko. Su autora escribe:
Esta novela que concebí un día como la historia de una mujer de mediana edad con sus amoríos y su miedo a quedarse embarazada, fue más leída de lo que yo esperaba […] Gracias a ella no tuve que abandonar la escritura, pero cuando quise darme cuenta el libro había cobrado vida propia y se estaba convirtiendo, a mi pesar, en el estandarte de la “crítica al divorcio”, conmigo en la cima. Pero también las circunstancias en torno al divorcio han cambiado mucho desde entonces. En aquella época, no había ninguna ventaja para la mujer divorciada. Era, de hecho, un estigma.
Para Kayako, la hija adolescente de una mujer de treinta y seis años, su madre es una vergüenza. Kayako vive con su tía, una mujer mucho más adinerada que su madre, con la intención de alejarse de Koko pero también para entrar a un instituto privado de monjas, que su madre no tiene los medios económicos para pagar. Koko también es vista como una desgracia para su hermana y su cuñado. Al morir la madre de Koko y su hermana, dos años antes de que empiece la novela, Koko decidió comprar la casa donde vive con la parte de la herencia que le correspondía. El dinero sobrante se lo dejó a su hermana y su esposo abogado, por haberle ayudado con los trámites. Ahora, la hermana se aprovecha de la ventaja que le da haberse quedado con ese dinero: lo utiliza para ganarse a Kayako comprándole vestidos y dándole una vida de lujos que Koko no puede permitirse.
Cuando conocemos a Kayako y a Koko, pronto nos damos cuenta por sus interacciones que la hija quisiera que esa no fuera su mamá. Y que, de hecho, hasta a sus pasados amantes y su exesposo, Hatanaka, les avergüenza “el tipo de mujer en que se ha convertido”. De muchas formas Tsushima nos deja entrever los juicios de los personajes que la rodean: en algunos momentos, lo hace dejando espacios vacíos que el lector deberá completar por su cuenta; en otros, la rapidez de los diálogos hace que las escenas ocurran de manera tan visual y clara como lo harían en una película. Así, sin que el narrador la juzgue, los prejuicios de la sociedad convierten a Koko en una mujer que, para las demás personas de vida, descuida su aspecto, no es capaz de cuidar de sí misma (¿cómo sería entonces capaz de criar a Kayako?) y tampoco tiene ambiciones ni ganas de conseguir un trabajo mejor pagado.
En pocas palabras, Koko es, a todas luces, una mala mamá. En lo que podemos escuchar de la mente de Koko, ella también piensa que ha cometido errores y que si empezara de nuevo haría las cosas diferente. La madre se pregunta, en muchas ocasiones, hasta qué punto se daba cuenta de las cosas esa niña pequeña. Y hacerse tal pregunta le provoca escalofríos. Pero en ningún momento tiene miedo de sus pensamientos ni sus ideales. El amor que le tiene a su hija es grande pero tampoco debería ser el centro de su vida ni el motivo por el que tenga que sacrificar sus ganas de amar: de amarse a sí misma y de amar a otras personas que no sean su hija. Sobre todo, porque Koko no tiene pena de admitir, y a la autora tampoco le atemoriza narrar, que la hija, Kayako, es maleducada, insulsa, sin sentido del humor o demasiado débil. Koko es vulnerable, pero nunca débil. Son los demás los que se jactan de hacerla menos, y tratan de convencerla de que no es la mujer fuerte que aparenta ser.
Pero Koko no aparenta nada. Si acaso, ese es su mayor crimen. No aparentar, no avergonzarse, no dar por hecho que una vez nacida su hija sus deseos y personalidad ya no serán suyas. Koko no se cree nunca la mentira de que ella debe entregarle su vida entera a la niña. Y si así es como debería ser, ¿por qué no es recíproco? ¿Por qué la niña de doce años le quitaría todo sin entregar nada? La protagonista admite:
De todos modos, ¿acaso era posible que madre e hija no quedaran mutuamente enredadas en sus problemas? Si la madre soltara a la hija para alejarla de sus circunstancias, entonces sería la hija quién arrastraría a la madre hacia las suyas. Kayako tendría que aprender a vivir metida en los líos de su madre. Koko no iba a renunciar a ella ahora, no después de tantos años y con tantos otros por delante.
Aquí es donde entran los amantes de Koko. Por si no había sido suficiente el atrevimiento del divorcio, que en sí ya era una deshonra, peor aún que la protagonista siguiera explorando su sexualidad cuando le correspondía “únicamente” la crianza de la niña. Porque no hay espacio para nada más en el Japón retratado por Tsushima. Y es vital recordar a través de la lectura de El hijo predilecto, ¿qué tanto de este Japón se extiende hasta el resto del mundo y hasta el año presente? Ésta novela es un respiro fresco que, tristemente, podría haber sido escrita hoy o cinco años atrás. A través de los hombres con los que Koko mantiene relaciones sexuales, no solo se abre espacio para hablar de tabús de los que nadie más hablaba en su momento, sino que conocemos más del mundo interior de Koko, de sus anhelos, de las cosas que le dan (y también le roban) esperanzas.
La novela es un paseo por la mente de una madre que está paralizada por el miedo al abandono, por parte de su hija y de los hombres que amó. Con una destreza incomparable, los recuerdos de Koko se entretejen con sus vivencias y cada vez el tiempo presente se le escapa más de las manos, hasta que de pronto es su pasado el que cobra vida y nos vemos, como lectores, enfrentados a la misma confusión de Koko.
Su vida se vuelve inasible y ella incapaz de recuperar las riendas. Pero ni el miedo ni la soledad y las violencias ejercidas sobre ella por sus amantes detienen de seguir intentando salir de la celda donde la han encerrado los estigmas de una maternidad que ella no va a ejercer. No de esa forma, no con las reglas del patriarcado ni con los consejos de su hermana que solo busca, a lo largo del libro, que Koko la dé en adopción a Kayako y se “vuelva a casar con quién se le dé la gana y se dedique a pasárselo bien”. Pero que no la meta más en sus líos, le dice por el teléfono después del funeral de su madre. De esta forma, la Kayako de doce años ya vive con su tía y visita a su madre solo los sábados para pasar la noche ahí e irse temprano el domingo por la mañana. En alguna de sus peleas, donde Koko ya se ha tomado un par de cervezas y está harta de las miradas y las críticas constantes sobre el departamento y el trabajo que tiene, imagina con coraje que todo podría solucionarse si atara a su hija a las patas de la mesa. Pero, sin decírnoslo, vemos cómo todas esas palabras que vienen de Kayako van hiriendo a Koko cada vez más. Y van alejándose hasta un punto irreparable.
De haber llegado antes a Yuko Tsushima, muchas respuestas habría encontrado ante mis decisiones y mi visión de la maternidad deseada y no deseada. Pero la novela no busca plantear una solución, ni un manual de lo bueno o lo malo. Esa es también una de sus mayores virtudes. La frescura y desenvoltura de la prosa de Yuko es un descubrimiento que, aunque he mencionado incomparable, me recuerda a novelas como Pechos y huevos, de Mieko Kawakami, Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta e incluso Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé. Esta última, más que ser una comparación, es un contraste que es importante mirar desde las diferencias más que las semejanzas. En ese proceso, descubro lo importante resulta liberarse de los juicios para construir personajes femeninos complejos, no porque necesiten competir con los masculinos, sino porque las mujeres también merecen la libertad de ser más que solo madres. De ser villanas, de ser antiheroínas, de ser malvadas, ser despreciables, ser maestras, ser talentosas o mediocres pianistas y, a pesar de eso, construir belleza y una vida más allá de la idea de “la familia” o “la musa”.
Yuko Tsushima se pregunta qué opinarán las generaciones más jóvenes al leer El hijo predilecto. Escribe al final del libro:
Sean cuales sean lo tiempos y el contexto social, las separaciones son siempre dolorosas, las relaciones amorosas son siempre difíciles para la mujer con hijos, y los embarazos plantean siempre las mismas dudas. Quizá la función de una novela sea observar qué aspectos cambian y cuáles no. Esa fue también una de las enseñanzas que me trajo este libro.
Me gustaría que pronto pudiéramos responder que somos capaces de recibir y sentir ternura, amor, enojo sin condiciones. Que somos capaces de construir belleza más allá de la idea de “la familia” o “la musa”. Que pronto pudiéramos responder que todo ha cambiado, que no vivimos todavía en una sociedad que nos arrebata tanto, o nos obliga a renunciar a tanto, solo por haber nacido mujeres.
Referencias
Enomoto, Y. (1998). The Reality of Pregnancy and Motherhood of Women: Tsushima Yuko´s Choji and Margaret Drabble´s The Millstone. Pennsylvania State University. Disponible en línea.
Tsushima, Y. (2023). El hijo predilecto. Editorial Impedimenta.
Frente a la arquitectura porfiriana de la casona del Centro Cultural Casa del Tiempo, una manta con el rostro de Francesca Gargallo, su nombre y la frase “marcha con nosotras”. Cierra el homenaje a su persona, obra y activismo, tras música y performance, tras un ritual y el convidar de un mezcal. No conozco a nadie. Vengo con mi bici, sin saber dónde dejarla, malabareo el vasito de mezcal y brindo con desconocidos, con quienes seguramente fueron las amistades, la familia, de la autora de la novela Marcha seca, eje del anteproyecto que acabo de enviar a la UAM para mi ingreso a la maestría.
En el homenaje hubo charlas sobre su vida y obra, pero se centraron en su activismo como feminista, su relación con pueblos originarios, su posicionamiento político. No se dijo mucho de su literatura.
La conocí en vida, podría decirles a estas personas, la mayoría mujeres, que entre sonrisas y lágrimas intercambian anécdotas durante el homenaje, que prometen próximas visitas, se abrazan y empinan el mezcal. Pero hablar de ese encuentro sería acercarme a mi impresión de ella, se escurriría lo sincero. La verdad es que no me simpatizó. Fue en una charla en la que (al menos esa fue mi impresión) se dedicó a regañar al escaso público.
Años después de ese encuentro desafortunado, leí, por insistencia de mi amigo Rodríguez Landeros, la novela corta que ya mencioné. Resultó ser un novelón. Se separó por completo la obra de la autora, al menos de la figura que yo tenía de ella. Poco después de ese hallazgo y reconciliación lectora, Francesca Gargallo falleció.
La novela Marcha seca, publicada en 1999, narra en segunda persona la supervivencia de un grupo de personas en la Sierra del Nayar en medio de un incendio forestal. En su brevedad (tan solo 76 páginas) se palpa la catástrofe climática, el sistema patriarcal, la contaminación de la tierra por los humanos y la violencia del Estado contra los pueblos originarios. Arriesgo la comparación sencilla que nace del origen italiano de la autora: esta novela es un espresso doble. Por estar en condición de tesis, la he leído cuatro veces de corrido y en cada vuelta encuentro cosas nuevas.
Si existiera un Santa Claus del mundo editorial, le pediría que reeditara esta novela, no solo por su importancia temática, sino por su valor literario, me parece por mucho lo mejor que he leído de Gargallo. Es una desgracia que sea casi imposible de encontrar uno de esos dos mil ejemplares de la única tirada que hizo la editorial Era hace más de veinte años. Mejor, querido Santa Claus editorial, si existes, por favor reedita la obra completa de Gargallo, incluye lo inédito, que sé que es vasto.
Gargallo publicó gran parte de su obra en la editorial Era, aunque sin reediciones y con poca distribución. Parece que al respecto su narradora y personaje principal de Marcha seca, quien se intuye como un alter ego de la autora, reniega: “que quién me creo que soy para no temerle al olvido del mundo intelectual”.1 Sospecho que no le interesaba el reconocimiento literario, esa famita ridícula en un país con pocos lectores. Sobre su motivación para escribir dice su alter ego: “Dejar testimonio de ti, de mí, del cielo que se estremece, construir historias para escapar de esta pesadilla presente, definir el amor para entender las diferencias […] Escribo y entiendo, escribo y explico; es al mundo exterior a quien me dirijo”.2
Esta novela contrastó con la superficial idea que tenía de la autora, me imaginaba que sería una novela-sermón, panfleto, regañona. Fue refrescante encontrarse con humanidad, contradicción, vulnerabilidad, ternura y miedo ante las interrogantes. Sin ese moralismo, Gargallo expone al lector a las problemáticas ambientales, machistas, colonialistas. Es generosa con su saber, con su propia búsqueda, pero sin caer en paternalismo condescendiente. De estas cualidades admirables nació mi inquietud por acercarme a su obra con una tesis, entender cómo una obra puede tratar un tema apremiante sin caer en la superioridad moral o la moralina caricatura.
Pasando a otra de sus obras: Estar en el mundo, novela publicada en 1994, narra un triángulo amoroso, por momentos con tintes incestuosos, al menos obsesivos, entre dos hermanas y un hombre. Inicia en Italia y termina en México, tras un paso por Angola, Brasil y Colombia, por causas perdidas, activismo, guerrillas, ideologías, coloquios, feminismos, organizaciones populares, proyectos editoriales y herencias despilfarradas.
Esta novela proyecta las inquietudes sociales de la autora, su idealismo y lucha política; pero, de nuevo, lo hace desde el reconocer que se es humano, falible, en constante aprendizaje. Cualquiera que haya tenido una juventud activista, de zapatour por los caracoles, en admiración de tatik Samuel, entre manifestaciones y esa esperanza hermanada a la digna rabia se sentirá identificado con la protagonista y su mundo. Al final de la novela juega con la ficción especulativa, surge el tema climático en un futuro cercano, la sobrina de la protagonista funda un proyecto de investigación, Biósfera III, para tratar de resolver la crisis. Pero todas estas cuestiones sociales y sistémicas son un telón de fondo para lo principal: las relaciones amorosas, sexoafectivas, familiares y de amistad:
Había nacido en mí, casi a despecho de mi propia menopausia, un deseo alegre de volver a vivir, confirmado por signos externos que me parecían maravillosos: las semillas de los bancos norteamericanos funcionaban, un antiviral de espectro muy amplio atacaba los retrovirus del SIDA y del cáncer, y en Alemania se desbarató el último grupo neonazi. Una sensualidad renovada acompañaba las paces hechas con el recuerdo de mis padres; como si hubiéramos obtenido el perdón de unos fantasmas bonachones, jugaba con ellos, les sonreía, me dejaba acompañar en mis correrías.3
En la narrativa de Gargallo es difícil separar a la autora del personaje, se intuye que hay mucho de una en la otra. En esta novela, la protagonista, Begonia, es una italiana que termina viviendo en México: “Morir o desear morir en un lugar es como nacer en él4”, “Llegué a México porque todas las rutas llevaban a él”.5 De la misma manera, Francesca Gargallo es una autora mexicana, a pesar de haber nacido en Siracusa, Italia. Aquí se escribió en el mundo, aquí murió.
Verano con lluvia es un libro de siete cuentos publicado en 2003, en ellos Gargallo visita los temas del machismo, la maternidad, la sexualidad, el viaje y la culpa: “seré una mala madre, pero si fuera un hombre todos me entenderían6”, “Nuestras leches se mezclaron en las gargantas. Cómo muerde el tuyo. Y nos reímos. Juntas, muy juntas”7, “Si tus amigos se te escapan, ellos que han sido tu casas durante tanto tiempo, encuentra un lugar que te guste. Podrás hospedarlos cuando regresen y alojarte a ti misma”.8
En sus cuentos plasma inquietudes, pero también dudas. En ellos ofrece imágenes que permanecen en el lector por su riqueza poética: “El fin de los tiempos se cumplirá un domingo de lluvia por la noche, entre comercios cerrados y otras tristezas”,9 “La guerra es la culpa más vieja, su origen y su gemela”,10 “De sus labios brotaban plegarias a la luna llena, a la caída de la nieve, al ocaso sorbe el mar y las montañas. Rezaba para que los demás pudieran gozar de lo que él gozaba en silencio y pedía que, por eso mismo, lo dejasen en paz”.11
La decisión del capitán es la novela que la colección popular del Fondo de Cultura Económica reeditó en 2021, por ello es fácil conseguirla, aunque, debo decir, que de las obras que he leído de Gargallo, me parece la de prosa más inaccesible. Es admirable el tono poético que maneja la autora, pero creo que en esta obra se desborda, opaca la trama y los personajes (en este sentido, Estar en el mundo es una novela donde se inclina más por la trama y los personajes; La decisión del capitán se engolosina por la forma, por el estilo; y Marcha seca es el punto medio perfecto, creo que por eso es mi favorita). A pesar de su estilo desbordado, es un buen libro, vale la pena leerse, aunque no lo recomendaría a cualquiera, debe haber un gusto por el estilo, por las imágenes: “Cuando el sol no concede sombra alguna, la tierra puede parecer gris de tanta luz. Entonces la tristeza se agiganta como la sed. El animal sudado resopla. Paso a paso cruza el mediodía, se arrastra por la tarde. Lento y cansado como el dolor de su dueño”.12
Se trata de una novela histórica, remonta al siglo XVI, a los esfuerzos del capitán Miguel Caldera por entablar la paz entre los conquistadores y el pueblo chichimeca. Como en Marcha seca, está presente el tema de los pueblos originarios y su relación con los blancos; además de personajes que desafían los preceptos patriarcales, tal es el caso de Constanza, una mujer prestamista que entabla negocios en condición de igualdad con hombres. Pero, curiosamente, no es en ella donde se identificó Gargallo, sino en Miguel, como escribió en su blog: “Miguel es el personaje de mi literatura con el que más siento identificación: Miguel soy yo”.13 Caldera era hijo de mujer chichimeca y hombre español, era y no era, según Gargallo, se identificó con ese no ser algo fijo, con ese andar de arriba y para abajo, de aquí a allá, contradictorio, fluctuante.
Otro libro de Francesca Gargallo que se consigue fácilmente es el recientemente publicado por Penguin Random House Grupo Editorial: En qué momento me volví esa señora iracunda. Y otros relatos. Debo admitir que no puedo hablar del libro ya que no lo he comprado, estoy en condición de estudiante, debo limitar mis compras. Espero que esta reciente publicación sea un indicador de que vienen más libros de esta autora, que el Santa Claus editorial se está poniendo guapo.
Por último, también espero haber convencido a al menos un lector, que como yo se adentre en la prosa de Gargallo, que le brinde el homenaje póstumo de leerla. Yo por mi parte continuaré con la tesis, con relectura tras relectura de su novelón. Y, Francesca, si me permites el atrevimiento y lo cursi, gracias por tu obra, gracias por definir el amor para entender las diferencias, por tumbar mis prejuicios y ofrecerme tan generosa literatura; lamento no haber coincidido, hubiera enriquecido a mi investigación alguna que otra entrevista, mezcal de por medio… llegué tarde. Espero que hayas aprovechado tu lugar en mi altar de muertos de este año y que este texto, a manera de pobre homenaje, te dé algo de calorcito.
Geléia geral (“jalea total”) es la expresión creada por el poeta concreto Décio Pignatari, para referirse a la simultaneidad y diversidad de la producción cultural en Brasil, durante la segunda mitad de la década de 1960. También es el título de la canción manifiesto del poeta Torquato Neto y de Gilberto Gil, la cual integra el álbum Tropicália ou Panis Et Circenses (1968), considerado un marco en la historia de la música brasileña, pues inaugura el movimiento cultural conocido como tropicália o tropicalismo.
La tropicália transformó la música brasileña al fusionar las manifestaciones de la cultura popular —sobre todo del nordeste brasileño— con referencias internacionales, como el rock and roll y, en especial, con la música de los Beatles. Sumando las innovaciones de los acordes “desafinados” de la bossa nova con una simultaneidad de diálogos entre la literatura, el cine y las artes plásticas y escénicas brasileñas de aquel entonces, Caetano Veloso y Gilberto Gil impulsaron la formación de un trabajo musical colectivo, que culminó con el mencionado álbum Tropicália ou Panis Et Circenses.
Así, entraban en la escena de la música popular brasileña —esencialmente acústica— los sonidos del bajo y la guitarra eléctrica, enmarcados en un movimiento cuyas referencias incluyeron a las vanguardias anteriores de la poesía brasileña, el Modernismo y el Concretismo, mediante la obra O Rei da vela, del Teatro Oficina de José Celso Martinez, los Parangolés, de Hélio Oiticica, y el movimiento cinematográfico denominado Cinema Novo, en especial la película Terra em Transe (1967), de Glauber Rocha, que Caetano Veloso ubicó como fundamental para el nacimiento de ese movimiento cultural, que buscaba refundar la música de Brasil. A la tropicália se le sumaron artistas como Nara Leão, que venía de la bossa nova, la cantante Gal Costa, la banda de rock psicodélico Os Mutantes —liderada por Rita Lee—, el músico y poeta Tom Zé, y los poetas José Carlos Capinam y Torquato Neto.
En una de las escenas icónicas de la película Terra em Transe, el personaje del actor Jardel Filho (Paulo Martins), acompañado por su pareja, interpretada por la gran actriz Glauce Rocha, desde adentro de un coche en alta velocidad a punto de estrellarse en contra de dos policías, vocifera: “Precisamos resistir, resistir! E eu preciso cantar!”.1
Esta relación entre el canto y la resistencia en contra de la opresión es algo intrínseco a la cultura brasileña, la cual se remite a la tradición de la poesía ibérica (con sus juglares y trovadores) y a los cantos de matriz africana. Hoy ya se sabe que, durante el periodo del tráfico de esclavos —que Portugal mantuvo de los siglos XV al XIX y que en Brasil duró hasta 1888—, los esclavizados, provenientes de diversas regiones del continente africano, cantaban durante el largo viaje que los llevaba a ese país, para intentar mitigar la depresión y la muerte que sufrían en los terribles navíos negreros. El canto también los acompañaba durante los tediosos y duros trabajos a los cuales eran sometidos cuando llegaban a sus destinos, en lo que se conoció como cantos de trabajo de los esclavos, los cuales expresaban la potencialidad del canto como resistencia frente a una realidad opresiva y violenta.
Años más tarde, los cantos de la tropicália sonaron como respuesta a otro momento oscuro de la historia de Brasil: la represión ejecutada por la dictadura militar de 1964 a 1985.
En ese momento, ya se encontraban en marcha diversas acciones culturales que intentaban resistir y enfrentar la opresión impuesta por el golpe militar de 1964, el cual se intensificó en 1968 tras la declaración del Ato Institucional Número 5 (AI5), del general Artur da Costa e Silva. Este decreto constitucional recrudeció el régimen militar en Brasil, pues facultó al presidente para disolver la Cámara de Diputados y el Senado Federal, revocar los derechos políticos de cualquier ciudadano, así como declarar estado de sitio y confiscar bienes.
Las producciones promovidas por los intelectuales de la izquierda planteaban un arte popular revolucionario, como las surgidas del Centro Popular de Cultura de la Unión de los Estudiantes (CPC-UNE). Lo mismo sucedía con la música combativa de los festivales de la canción, en donde participaron Chico Buarque y los tropicalistas. En ese momento, se esperaba del artista un compromiso político, que suponía una función social pragmática, en aras de atender a la urgencia de la lucha política, que desembocó en la lucha armada, durante los años más sangrientos de la dictadura.
En concreto, lo que buscaban Caetano y Gil con su propuesta de refundar la música brasileña a través del tropicalismo, era producir un arte que fuese política sin perder sus dimensiones estética y sensible. Por supuesto, esto no fue aceptado de inmediato por ciertos artistas, cuyas ideologías los llevó a aislarse de forma consciente de la grave situación política del país.
En aquel momento, las investigaciones estéticas del tropicalismo eran incomprensibles para muchos. Luego, la tensión social evidenció la necesidad de la dimensión política de esas búsquedas estéticas, por lo que la sutileza se hizo menos evidente y sus expresiones se volvieron contundentes, al reflejar el terrible momento por lo cual pasaba el país, como vemos en el melancólico disco de Gilberto Gil, Marginália II, de 1968.
Así como muchos de las y los intelectuales y artistas brasileños, Gil y Caetano vivieron en el exilio entre 1969 y 1972. Desde Inglaterra, siguieron produciendo sus cantos de resistencia. Hoy ambos siguen siendo una referencia fundamental para la música y la cultura de Brasil en el mundo.
Uno de los integrantes del tropicalismo, el poeta y músico Tom Zé, defiende la hipótesis de que las innovaciones que representa la tropicália en la música brasileña son producto del origen social de sus creadores. Sus autores, además de nacer en Bahía —cuna de la cultura afrobrasileña, cuya capital, Salvador, fue la primera capital del país en el siglo XVIII—, vivieron su niñez en el interior del estado: Tom Zé es de Irará, Caetano es de Santo Amaro da Purificação y Gil vivió por mucho tiempo en Ituaçu. Durante la década de 1940, estos creadores se educaron con los cancioneros populares nordestinos, cuyos orígenes remiten a la tradición de las canciones medievales portuguesas de los siglos XII-XIV, a los cantares de gesta, y a los trovadores y los juglares. Desde ahí también podemos pensar la intrínseca relación, que todavía se mantiene, entre la música y la poesía en la cultura brasileña.
La búsqueda de los tropicalistas por crear otros horizontes de sensibilidad como herramientas para enfrentarse a una realidad opresiva, se reflejó también en cierta producción de la poesía brasileña posterior, conocida como Poesía Marginal o Geração Mimeógrafo. Uno de sus representantes, el poeta Paulo Leminski, se dio a conocer justo por medio de la música, cuando su amigo Caetano Veloso compuso una canción a partir del poema “Verdura”, presentada en el disco Outras palavras (1981). El poema, lleno de ironía, versa sobre la imposición sociocultural de Estados Unidos en Brasil.
En la Música Popular Brasileña (MPB), la palabra y la poesía siempre se destacaron, basta con pensar en las letras de las canciones de los cantautores como Cazuza, Renato Russo, Arnaldo Antunes, Marisa Monte, Chico Buarque, Toquinho, Tom Jobim, y en la obra poético-musical de Vinícius de Moraes.
Cantar el amor y la muerte sin perder el sentido del humor y de la ironía, como se aprecia en la poesía de Carlos Drummond de Andrade, parece ser el material que ayuda a coadunar palabra, música y baile. Intrínsecos, estos elementos conforman la fuerza de la resistencia cultural en los momentos claves y oscuros de la historia de Brasil, como la dictadura militar y la esclavitud.
Durante siglos las cartas han sido una llave para entrar a otros portales del universo subjetivo de un escritor, escritora, artista o personalidad influyente. Las cartas muestran otra manera de acercarse a la creación, con arcillas similares, pero al calor de una intimidad más profunda.
Las cartas nos permiten conocer a un autor o autora con mayor soltura. Podemos percibir su expresividad con más libertad que la que pueda tener cuando escribe para la academia, para una revista o para una editorial, inclusive para lectores universales, críticos implacables como el tiempo. Las cartas, en cambio, se escriben para expresar —la mayoría de las veces— situaciones cotidianas y emociones espontáneas relacionadas al afecto hacia la persona remitente, lector o lectora clave, con rostro, biografía y contexto predeterminado.
Sin esa falta de pretensiones estéticas que confieren las epístolas jamás hubiéramos conocido a un Bolívar, apasionado, encendido, derrotado y suplicante —como buena presa del amor— a los pies de Manuela. Y son esas cartas —que estuvieron ocultas por años—, las que resquebrajan el mármol de la estatua y dejan que aparezca la piel, la sangre, los huesos y los sentimientos de un hombre que libertó unas cuantas naciones con el pecho hinchado a toda vela por su coronela.
Las cartas de amor entre Miller y Anaís Nin, las de Maiakovski a Lilia Brick, las de Kafka a Milena, las cartas a Chepita de Sabines, las cartas de Pablo Neruda a Matilde Urrutia, solo por nombrar algunos ejemplos, ya clásicos, como parte de la “literatura epistolar”, nos muestran un lado distinto de estos autores; sin duda, el que escribe las cartas fogosas a Nora Barnacle no es el mismo Joyce del Ulises, aunque esa historia, que dura 24 horas, se dé el mismo día en que ambos se conocieron, el 16 de junio de 1904.
“Sin las cartas la vida se rompería a pedazos”, escribió en una ocasión Virginia Woolf, gran exponente de este género, que apenas unas pocas almas enamoradas siguen cultivando en este planeta de pantallas. Y es que las cartas fueron, hasta hace poco tiempo, el medio ideal para los asuntos de amor. Y así lo fue para nuestro poeta Ramón Palomares, quien desde los inicios de su relación amorosa con la joven abogada María Eugenia Chávez —con quien se casó en dos ocasiones— comenzó a enviarle pequeños escritos, cartas, poemas, postales, tarjetas… desde distintos lugares y distancias, por alguna ocasión especial, celebración o desde el arrebato amoroso de la cotidianidad y la nostalgia.
“Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
Gracias a esta fuente inspiradora que es María Eugenia, los amantes de la obra de Ramón Palomares podremos acercarnos al tesoro expresivo que nos regala otro lado de ese pájaro encendido sobre los cielos andinos, y nos invita a beber de los ríos con que nos sigue obsequiando su poesía. “Yo le metía papelitos en los bolsillos de los pantalones, de las chaquetas o dentro de la carpeta donde estaban los poemas que iba a leer en algún festival”, nos cuenta María Eugenia, mientras va sacando una carta que el poeta escribió desde Bogotá:
Gracias por los papelitos, los mensajes cariñosos y llenos de amor. Te quiero mucho mi vida, y desde este paisaje que miro desde el piso número 20 (la ciudad brumosa, con verdores que apenas brillan bajo un sol palidísimo, se pierde señoreando su gran llanura), vuelvo a ser tuyo para siempre, como siempre…
Y finaliza la carta con este poema:
¿Me sientes?
Querida mía, hermosa
mía,
entro en ti, he abierto tú
preciosa casa,
tú casa adorada,
tu casa de cien mil puertas.
Desde esta muestra podemos descubrir las combinaciones de las que están hechas estas misivas en donde Palomares juega, dibuja, adorna. Donde las cartas a veces se entrecruzan con poemas dentro de un sobre que lleva inscrito un verso con una flecha que atraviesa de una esquina a otra, de manera transversal, para mostrar su continuidad; o una hojita con versos y una estrellita de cinco puntas, un árbol con un cuarto de luna que lo alumbra, como dibujados por un niño. A veces sale del cofre un poema sobre un papel y un sobre muy finos, elegantes, con pétalos finamente colocados de manera imborrable para el tiempo, que aún guardan su aroma intacto. Y luego aparece otro poema con ese esplendor, guardado por décadas en una servilleta que parece deshacerse entre las manos y que nos electrifica con el instante frágil de esa escritura.
“Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
Aunque la mayoría de los poemas que fueron entregados como misivas de un amor profundo: “Desde el avión penetrando el mar”, contemplando el Mediterráneo, sus islas, sus poblados… desde la habitación de un hotel, desde una calle, etc., poseen un cuidado de la expresión casi instintiva que alcanza la belleza anhelada de la palabra. A veces el poeta utiliza alguna tachadura para sustituir un vocablo que no posee la precisión de la flecha. Ludovico Silva decía que la poesía de Palomares en “esa apariencia sencilla y como inocente de sus versos oculta una labor de zapa crítica, una lima incesante, un perfeccionismo que el poeta no osaría negar si se lo preguntasen”, pero en este caso las circunstancias de esta escritura es otra: las rutinas de los aeropuertos, los rituales del vuelo, la espera del equipaje cargado de la nostalgia que todo viaje trae consigo. En medio del trajín brota la imagen precisa y perfecta del poema:
Toco la sombra: es una piel fresca
rodándose en la noche como canción de agua,
como una risa que se hace mano
perfumada.
Eres tú.
Son pocas las veces que encontramos desbordada en la obra de Palomares esa fuerza amorosa de lo íntimo y lo sensual. De hecho, son escasos los estudios sobre el tema amoroso en su obra. La pasión expresada en estos escritos nos muestra a un Palomares que estuvo atesorando —literalmente— en un cofre guardado con mucho amor.
Esta mujer se llama EUGENIA y su cabeza vuela en la mía,
y en adelante iré siempre con ella, enamorado y sonámbulo,
tratando de descifrar una verdad: su verdad (que es la mía) y
que me corresponde por los siglos de los siglos.
Este amor se muestra a veces como una colina nublada por angustias, en ocasiones, estremecida por el trueno que espanta la escondida distancia, del miedo de que la amada no regrese, como si lo envolviese un latente peligro de perderla. María Eugenia nos cuenta que al inicio de la relación ella viajaba constantemente a atender casos, como abogada, en el estado Zulia, por lo que emprendía viajes hasta dos veces por semana a otras ciudades, durante largas horas y caminos difíciles, en un Mustang pequeño. Entonces, cada separación atormentaba al poeta, lo hundía en la nostalgia, no solo cuando viajaba ella, también ocurría cuando él salía a un compromiso poético, en cualquier lugar dentro o fuera del país.
Dónde respiras envuelta en tu perfume
de claveles y leche,
ahora
cuando el azul, nuestro cobijo de hace
solo unas horas,
se queja de tu escritura sola y flotante
desde el espejo como una desolada
mariposa.
Somos confidentes de un dolor y una angustia por donde asoma la muerte, una imagen constante desde sus primeras obras: “Cuando ya no seamos El amor/me portaré como la muerte”, ahora con nuevas desgarraduras del alma. El poeta sufre la distancia, una de las saetas que más hieren a un enamorado, por eso Joyce suplicaba a Nora: “¡Sálvame, fiel amor mío! ¡Sálvame de la malicia de este mundo y de mi propio corazón!”. El corazón lejos de la amada parece dejar de latir:
Cuando la ausencia me aparta así
de mis ilusiones, de mis sueños,
escucho la muerte revolver mis papeles
como escribiéndome una carta.
Cortázar titula un bello texto “El alma es un mundo en sí”, para hablar del poeta Keats. Allí cita una frase de Pierre-Jean Jouve, que dice: “La poesía es un vehículo interior del amor. Nosotros los poetas debemos producir ese ‘sudor de sangre’ que es la elevación a sustancias tan profundas, o tan altas, que derivan de la pobre, la bella potencia erótica humana”. Ramón Palomares nos eleva y nos sumerge en emociones frágiles, que van pulsando cuerdas de una melodía que resuena en nuestro lado amoroso y erótico.
…de modo que, marcados así, tú y yo quedemos para siempre en el vaivén de todas las cartas de amor, en el espasmo del corazón que se destruye amando, en ese espacio suspendido entre la flor que se abre y la ráfaga que la marchita…
Desde un lugar llamado siempre. Cartas y poemas de amor a María Eugenia fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Venezuela, en el mes de noviembre de 2023, en una hermosa edición que nos da la posibilidad de sumergirnos en las letras inéditas más íntimas del poeta Ramón Palomares, aquellas signadas por su amor carnal y espiritual, por la inquietud sublime del enamoramiento y por la angustia de quien en ello lo apuesta todo.
“Desde un lugar llamado siempre”, Ramón Palomares. Nila Ediciones, 2023.
Fotografía del interior del pub Eagle and Child en Oxford (Inglaterra), donde los Inklings se reunían (1930–1950). Tom Murphy VII, 2005. CC BY-SA 3.0 DEED
Durante demasiado tiempo, hemos pensado el quehacer literario como un oficio solitario: la labor del genio escritor que trabaja desde su torre alta. Sin embargo, los Inklings —uno de los grupos literarios más influyentes de la historia contemporánea– rompen con ese paradigma al tiempo que revelan una forma distinta de pensar la escritura, una más comunitaria, basada en el intercambio de ideas y la retroalimentación constante; una escritura que se tiene sus cimientos en la amistad.
La historia de los Inklings, cuyos miembros más famosos fueron C. S. Lewis, J.R.R. Tolkien, Owen Barfield y Charles Williams, es una de amistad, mitos, espiritualidad y creación. El grupo, que comenzó sus reuniones a inicios de 1930 en Oxford, acogió a una larga lista de escritores, académicos, estudiantes y entusiastas de la literatura quienes, gracias a las reuniones semanales que se llevaron a cabo durante poco menos de tres décadas, eran animados a escribir y comentar las obras de los asistentes. A pesar de que todo apuntaría a mirar a los Inklings como una sociedad literaria o algún club, se trataba, antes que nada, de un grupo donde, en palabras de Lewis, “no había reglas, oficiales, agendas ni elecciones formales”, simplemente se trataba de reuniones recurrentes de amigos que disfrutaban escribir y comentar sus textos. Fue ahí donde vieron la luz las versiones más tempranas de El hobbit, El señor de los anillos, Las crónicas de Narnia, El problema del dolor y muchos otros libros. Los Inklings demuestran la necesidad de una amistad constante entre artistas, y las obras que surgieron de sus reuniones son el fruto de la exhortación continua entre sus miembros. Pero nunca habrían existido de no ser por Lewis y Tolkien.
Soy como tú, tú eres igual
Se conocieron en la Universidad de Oxford en mayo de 1926 después de haber ingresado ambos a trabajar en la Facultad de Lenguaje y Literatura, se encontraron por primera vez en una reunión de personal que tenía como fin, entre otros temas, continuar con las discusiones para la renovación del plan de estudios. Después de esa reunión, las dos facciones de la facultad, literatos y filólogos, se enfrentarían en una lucha tranquila, pero llena de separación. Por un lado, los filólogos, grupo al que pertenecía Tolkien, deseaban que el plan de estudios se enfocara en el lenguaje, en los estudios anglosajones, en el minucioso aprendizaje de inglés antiguo, y de textos donde Chaucer sería lo más moderno; afuera quedaban de su listado Shakespeare, Marlowe, Spenser y todos los autores post-medievales por ser “demasiado modernos”. Los literatos por su parte, y junto con ellos Lewis, buscaban la inclusión de literatura más moderna, hacían un llamado a disminuir la inclusión de textos en griego, latín e inglés medieval y deseaban estudiar a todos aquellos autores que habían surgido después de Chaucer.
Fue en esa reunión de personal en la que Lewis conversó brevemente con un hombre, el nuevo profesor de Anglosajón, al que describió en su diario como “tranquilo, pálido y de conversación fluida” que “cree que la literatura está escrita solo para el entretenimiento de hombres de entre treinta y cuarenta años”, “su abominación favorita es la idea de ‘estudios liberales’”, “cree que el lenguaje es lo realmente valioso de la escuela” y de quien finalmente dijo que “solo necesita que le den un buen golpe”; se trataba, desde luego, de Tolkien. Las cosas empeoraron: conforme ambos se conocían, empezaron a hacerse claras sus diferencias. Tenían intereses distintos, venían de tradiciones religiosas diferentes, sus especialidades diferían y se encontraban en lados opuestos de la discusión por el cambio de plan de estudios. Lewis escribió al respecto en su diario: “Cuando llegué al mundo se me advirtió (implícitamente) que nunca confiara en un católico y después de mi llegada a la facultad de inglés, (explícitamente) que nunca confiara en un filólogo. Tolkien era ambos”.
Los dos hombres habrían continuado así de no ser una estrategia ideada por Tolkien para impulsar su propuesta de plan de estudios. El problema se debía, pensó él, a que quizás aquellos opuestos a su forma de pensar la educación literaria no conocían el gratificante placer de estudiar a fondo los lenguajes antiguos. Tolkien —cuya pasión por los lenguajes lo había llevado a convertirse en filólogo, aprender más de una docena de lenguas y crear las propias— fundó entonces el grupo Coalbiters (o Kolbítar, el nombre venía de un antiguo dicho nórdico que se refería a un grupo de hombres que en invierno se juntaban tan cerca del carbón que parecía que lo mordían) que se dedicaba una vez por semana al estudio de las Eddas en su lenguaje original. Lewis terminó asistiendo a ese grupo guiado por la fascinación que cualquier obra antigua, pero especialmente los mitos nórdicos, producían en él desde niño. Con los Coalbiters encontró un espacio para volver a su antigua pasión mitológica y durante años se reunió semana tras semana con ellos. Durante las sesiones, el grupo se dedicó a la traducción paulatina de las Eddas —Lewis en una sesión lograba quizás terminar la traducción de un párrafo o dos, mientras que Tolkien podía fácilmente traducir una docena de páginas— y, lento pero seguro, la amistad entre los dos empezaba a florecer.
Primero, se trató de un reconocimiento mutuo, una suerte de felicidad por encontrar a alguien más que compartiera su amor por todo lo nórdico, su fascinación con el mundo lejano de las Eddas, su emoción ante la perspectiva de una tierra llena de héroes y cielos amplios. Y así, una noche de diciembre de 1929, Tolkien y Lewis comenzaron una charla que duraría hasta las 2:30 de la madrugada, donde hablaron sin descanso de los gigantes y los dioses de Asgard y encontraron en el otro a un compañero de gustos, alguien que los acompañaba en una fascinación en la que pensaban que se encontraban solos.
Pronto encontraron más cosas en común y comenzaron a reunirse cada lunes para comer y charlar. Entonces, Tolkien decidió dar un salto de fe y le entregó a Lewis el manuscrito de La Historia de Beren y Lúthien, un largo poema inconcluso que contaba la historia de amor entre el hombre mortal Beren y la mitad elfa mitad maia inmortal Lúthien y que estaba inspirado en la historia de amor de Tolkien y su esposa Edith. Hasta ese momento, Tolkien había mantenido casi completamente en privado su afición por la escritura: debido a un incidente en 1925 en el cual mandó extractos de su poesía a un antiguo profesor y tras ser criticado profusamente, dejo de mostrar sus textos por completo.
Como respuesta, y para gran felicidad de Tolkien, Lewis mandó la siguiente carta:
Mi querido Tolkien,
[…] Puedo decir con honestidad que ha pasado mucho tiempo desde que pasé una tarde tan maravillosa: el interés personal de leer el trabajo de un amigo tuvo poco que ver con mi deleite, pude haber disfrutado tanto esta lectura si la hubiera encontrado en una librería, escrita por un autor desconocido. […] Críticas detalladas (incluyendo quejas sobre líneas individuales) por venir.
Tuyo,
C.S. Lewis
Unas semanas después de esa carta, Tolkien recibió su poema ampliamente comentado por Lewis quien, además de anotar el texto como si se tratara de una obra de literatura antigua, escribía usando los sobrenombres Pumpernickel, Peabody y Schnick, académicos inventados por él, quienes discutían el poema de Tolkien y hablaban de las debilidades del texto como si se trataran de errores de transcripción de algún manuscrito antiguo. Lewis sugirió reemplazar pasajes completos, demostrando haberle prestado toda su atención a lo escrito por Tolkien y, sobre todo, dándole la seguridad de que su obra era comprendida, apreciada y tomada en serio.
Durante sus siguientes encuentros, discutieron aún más el poema, llegando a revisarlo juntos y Tolkien empezó a compartir con Lewis fragmentos de El Silmarillion, trayendo a su ahora amigo al mundo que por mucho tiempo solo le había pertenecido a él y a sus seres más queridos: la Tierra Media.
Lo que Lewis le dio a Tolkien fue mucho más valioso que cualquier consejo sobre escritura o cualquier crítica constructiva respecto a su trabajo (aunque de eso hubo mucho), se trataba de la certeza de que había alguien que apreciaba su trabajo, alguien que lo animaba, lo leía y a quien le importaba lo que el mundo creciente de la Tierra Media tenía que ofrecer.
Tolkien escribiría sobre el entusiasmo y amistad de Lewis de la siguiente manera: “La deuda impagable que le tengo no fue su ‘influencia’ como ordinariamente se ha entendido, sino su aliento continuo. Él fue por mucho tiempo mi único público. Solo de él llegué a tener alguna vez la idea de que mis ‘cosas’ podían ser más que un hobby privado”.
Y entonces fueron los Inklings
No se sabe con exactitud en qué momento las reuniones semanales de Tolkien y Lewis se convirtieron en las reuniones de los Inklings. Sabemos que el nombre fue tomado de una sociedad literaria estudiantil que había desaparecido tras la graduación de su fundador, que a Tolkien le hizo gracia pensar en el sentido doble de la palabra, que denotaba tanto a una persona que trabajaba con tinta como a un escrito incompleto, y que hubo tres sucesos que contribuyeron a su creación.
El primero fue la amistad de Tolkien y Lewis; el segundo, la conversión de Lewis al cristianismo; y, finalmente, la llegada de Warren (o Warnie), el hermano de Lewis a Oxford.
Lewis era ateo. En su juventud, después de la muerte de su madre, la larga tutoría bajo el profesor W. T. Kirkpatrick —quien le había hablado una y otra vez sobre la necesidad de un razonamiento claro, científico, basado solo en hechos y no en opiniones o sentimientos— y su tiempo en las trincheras de la Gran Guerra, había terminado por afianzar su rechazo hacia cualquier creencia religiosa. Con los años, sin embargo, su ateísmo comenzó a ceder. Primero, se debió a la influencia de Owen Barfield —posterior miembro de los Inklings— quien lo había llevado a reconsiderar la importancia de lo que hasta ese momento Lewis había visto como irracional; es decir, las emociones y los hechos subjetivos. Después, Lewis comenzó a sentir confrontada su creencia de que la religión era para “mentes simples” tras darse cuenta de que la mayor parte de sus escritores favoritos y amigos cercanos eran creyentes. Lewis pasó del ateísmo al agnosticismo a un teísmo libre de clasificación conforme su estancia en Oxford se ampliaba. Finalmente, durante otra de aquellas largas charlas con Tolkien, terminó considerando y aceptando no solo la idea de un Dios, sino la visión cristiana de lo divino. Tolkien le había hablado del cristianismo, la muerte de Cristo y la redención que con ella venía, como un mito real y del impulso creador del escritor como un reflejo de la creación divina algo que llamó “Mitopoeia”.
El diario de Lewis refleja su lucha interna: “[me encuentro en] peligro de caer de vuelta en la más infantil de las supersticiones”, pero Lewis terminó por ceder ante aquello de lo que tanto se había burlado y repudiado para convertirse finalmente al cristianismo. Así, comenzó a escribir El regreso del peregrino y entonces Tolkien tuvo la oportunidad de comentar ahora la obra de Lewis.
Fue después de este despertar espiritual que Warnie Lewis llegó a Oxford, para vivir con su hermano en una casa que compraron juntos. Pronto, Warnie comenzó a asistir también a las reuniones entre Tolkien, a quien Lewis había bautizado como Tollers, y su hermano, a quien llamaba Jack de cariño. A estas visitas a veces se sumaba Owen Barfield, cuya visión particular del lenguaje y su relación con lo mítico, descrita en su libro Poetic Diction, terminó por influir la obra de Tolkien.1
Así fue pasando el tiempo y pronto las reuniones entre Tolkien, Lewis, Warnie, Barfield, Charles Williams2 y otros invitados, se convirtieron en las reuniones de los Inklings. Estas se celebraban martes y jueves. Los jueves se reunían en las habitaciones de Lewis en Oxford y comentaban las nuevas entregas de lo que fuera que estuvieran trabajando en esa ocasión; mientras que los martes —y cualquier otro día de la semana ya que estas reuniones no eran formales ni obligatorias de ninguna manera— se reunían por la mañana a tomar cerveza en el bar Eagle and Child. El grupo llegó a contar con más de una docena de miembros y, aunque no del todo formal, tenía votaciones cada vez que alguien deseaba invitar a alguien o cada vez que se nombraba a un nuevo miembro.
Las reuniones donde se hablaba de lo que se había escrito podían llegar a ser brutales, incendiarias, combativas e implacables. Warnie escribió que: “Las alabanzas hacia los trabajos buenos eran ilimitadas, pero la censura hacia el mal trabajo —o incluso el mediocre— era usualmente brutalmente franca”. Y en una ocasión, tras salir de una de las reuniones, Lewis escribió en su diario:
Tuve una agradable tarde el jueves con Williams, Tolkien y Wrenn, durante la cual Wrenn casi seriamente expresó un deseo intenso de quemar a Williams, o por lo menos, mantuvo tal conversación con Williams, que le llevó a entender por qué los inquisidores podían llegar a pensar que quemar gente era algo correcto. Tolkien y yo llegamos después a la conclusión de que sabíamos justo a lo que se refería: que al igual que algunas personas… son completamente golpeables, Williams es completamente combustible.
Sin embargo, a pesar de las fuertes críticas, Charles Williams escribió que los Inklings con todo y lo que tenían que decir de su trabajo o lo “combustible” que pudieran llegar a verlo, eran “buenos para mi mente”.
Los Inklings tenían en común la escritura, el amor por la literatura, la fe y la amistad.3 Fue en sus reuniones donde se leyeron por primera vez extractos de El señor de los anillos de Tolkien, Las crónicas de Narnia y Más allá del planeta silencioso de Lewis, y muchos otros textos que iban desde obras de fantasía o ciencia ficción hasta estudios literarios. Cuando salía el libro de alguno de los miembros, los demás le escribían alabanzas en los periódicos locales y revistas literarias. Y, aunque no eran un grupo libre de fricciones y rivalidades —en cierta ocasión uno de los miembros intentó lograr que se prohibiera que Tolkien llevara más textos “de hobbits”— por lo general se apoyaban entre sí, se brindaban ánimos para la escritura, para iniciar o continuar algún proyecto y no le temían a la crítica constructiva (o a la destructiva). Sus reuniones eran animadas, llenas de risa y conversación. Y, cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, llegaron a compartir raciones de alimentos y a animarse mutuamente mientras el país se hundía en el caos.
Los Inklings reflejaban aquellas primeras reuniones entre Tolkien y Lewis: las de unos amigos que se juntan por el placer de estar juntos, que comparten lo que han escrito por el gusto de compartirlo y por el gusto de escuchar al otro decir lo que piensa.
Es imposible intentar abarcar en un artículo como este todas las instancias de apoyo mutuo, la importancia de cada reunión en la obra de uno o de otro, cada aporte hecho a lo largo de los años, cada instancia de una crítica brutalmente honesta. Se ha tenido que dejar fuera a Charles Williams, cuya relación con Tolkien y Lewis fue tormentosa con uno e ideal con el otro; la fantástica teoría del lenguaje mítico de Barfield; los libros escritos por Warnie, que encontró en la literatura una segunda carrera gracias al apoyo constante de los Inklings; la importancia de Christopher Tolkien; y la sociedad de Mitopoeia, fundada en honor de los Inklings, en recuerdo de la charla entre Tolkien y Lewis donde Lewis volvió a la fe. Bastará decir que ese grupo de amigos fue un espacio que impactó con fuerza en la literatura contemporánea y, sin el cual, nuestro mundo echaría en falta las obras sin las cuales la ficción especulativa sería muy distinta.