Louis Aragon le advirtió a todo aquel comentarista que se quisiera acercar a la obra de Tristan Tzara lo siguiente: “Dios sabrá lo que [los comentaristas] querrán hacer con este hombre cuya corbata les resultará imposible de alinear. Tendrán aún más dificultades intentando poner en orden el gran desorden que puso en palabras”.
En un intento por no alinear su corbata ni poner en orden el desorden, este texto describe cuatro formas en las que se ha entendido la antifilosofía, pero hace un cadáver exquisito con fragmentos (identificados con cursivas) de los Siete manifiestos Dada y de “El Surrealismo y la posguerra”, que escribió el señor Aa, el antifilósofo, el dadaísta Tristan Tzara.
1
Los primeros pensadores que se llamaron a sí mismos antifilósofos eran un grupo de católicos conservadores. Supersticioso desencadenando los engranajes. En la época de la Ilustración, en el siglo XVIII en Francia, se oponían a los enciclopedistas personas muy inteligentes. Defendían los dogmas religiosos y la autoridad de la iglesia. Los también llamados anti-iluministas eran enemigos de Voltaire y Diderot. Es decir, se definían en oposición al postulado universal de la razón. ¿Quién tiene razón: Dios, Dadá o la crítica?
En la Enciclopedia, la palabra razón se define como “las verdades que la mente humana puede alcanzar de manera natural y sin ayuda de la fe. Las verdades de la razón son eternas y necesarias y positivas (de manera lógica, metafísica y geométrica)”. Las fuerzas de la regresión no están ya rodeadas del halo de una esencia de naturaleza a imagen divina. Todo puede discutirse a la luz de la inteligencia, con las armas de esta sola inteligencia.
Los antifilósofos se opusieron también vehementemente a la reconfiguración que significó la Revolución francesa. Están con precisión en contra de la idea política y social en la que el hombre se vuelve figura central de la sociedad y no las instituciones, que están hechas para servirle.
De esos antifilósofos reaccionarios casi nadie habla. El retorno puro y simple a las formas prescriptas es un desmentido a la ley de progresión y debe ser considerado como reaccionario.
La religión, viento furioso, la ropa de las nubes y de las plegarias, es antifilosófica en tanto la revelación se sobrepone a la razón plenamente filosófica.
2
Desde el psicoanálisis (el psicoanálisis es una enfermedad peligrosa, adormece las propensiones anti-reales del hombre), Jacques Lacan usa el término en tres ocasiones aisladas y siempre con relación a su enseñanza o epistemología en acto. Lacan asocia el término con la formación y la educación del analista.
El rol de la antifilosofía es poner en evidencia la raíz indestructible y el sueño eterno de los mercaderes de ideas de la “antología paciente de la imbecilidad”, que caracteriza al discurso universitario, los acaparadores universitarios y a la Filosofía. Un sol pútrido salido de las fábricas del pensamiento filosófico. Para Lacan, la filosofía es el modelo de la ignorancia transcultural institucional que se aprende, y por lo tanto va a la raíz de la relación entre la institución y las formas de pensamiento. Al contrario, la práctica psicoanalítica debería modelar y remodelar las formas institucionales en una suerte de “revolución permanente”, en la que la imaginación y el sueño se unen a la acción y la Revolución en el plano concreto de la lucha por la liberación del hombre.
Es decir, la antifilosofía para Lacan es un movimiento en contra de la mercantilización y fetichización del saber, del esquema en el cual el “amo” que sabe o pretende saber (un profesor que suponemos posee un saber y lo puede transmitir) esclaviza al estudiante, al ponerlo en el rol del “desecho”, una cochinada como todas, el que no sabe ni produce, es improductivo, asociativo y latente. Todo producto del asco susceptible de convertirse en una negación de la familia, esdada.
3
Alan Badiou se dice a sí mismo filósofo y no solo eso, sino Filósofo (con mayúscula) platónico. El Filósofo serio con su Sistema y Axiomática, con un rigor minucioso, con su Matemática como Ontología. Para él, el filósofo solo se puede definir si atraviesa y sobrevive a todas las objeciones y golpes violentos del antifilósofo, su enemigo.
Hay al menos tres operaciones antifilosóficas que Badiou propone como las principales tácticas antifilosóficas:
1. El movimiento general de toda antifilosofía es la destitución de la categoría filosófica de la verdad. No hay una Verdad última. La dialéctica es una máquina divertida que nos conduce de manera banal a las opiniones que hubiéramos tenido de todas maneras. Los antifilósofos dicen: la cuestión del ser y del mundo es una cuestión del lenguaje. Las palabras no son las cosas y la verdad es meramente lingüística o un efecto retórico, resultado de un momento histórico y parte de una cultura. Los banqueros de la lengua siempre recibirán su pequeño porcentaje de la discusión.
2. Los antifilósofos van siempre en busca de lo que hay más allá de lo decible, más allá del sentido. Ese más allá es casi místico, de inspiraciónmás bien mística y mesiánica. Lo que importa es la forma en que una idea nos transforma de manera existencial, terapéutica o revolucionaria, más allá de la mera formulación lógica. Lógica ceñida por los sentidos es una enfermedad orgánica. La lógica es una complicación. La lógica siempre es falsa. Ella tira de los hilos de las nociones, palabras, en su exterior formal, hacia objetivos y centros ilusorios. Sus cadenas matan.
3. Hay un acto radical que desacredita todo sistema teórico o elaboración conceptual que, también, involucra al sujeto. Todo acto es un disparo de revólver cerebral. El sujeto se pone en juego. Por eso, los antifilósofos no suelen escribir de manera sistemática. Estoy en contra de los sistemas, el más aceptable de los sistemas es no tener, por principio, ninguno. Sus textos son más experimentales y autobiográficos: diarios, seminarios, cartas, aforismos, crónicas. La manera de mirar rápidamente el otro lado de una cosa, a fin de imponer su opinión indirectamente, se llama dialéctica, es decir, regatear el espíritu de las patatas fritas bailando la danza método en derredor.
Esas tres son las características que desarticulan la noción de ser, verdad y sujeto de la filosofía: la verdad es lingüística, hay un más allá del sentido y se requiere un acto radical para detonar la teoría.
Cada página debe reventar, ya sea merced a la seriedad profunda, el torbellino, el vértigo, lo nuevo, lo eterno, merced a la burla aplastante.
4
Tristan Tzara: ¡Mírenme bien! Soy un idiota, soy un farsante, soy un bromista. Un joven rumano nace en el último aliento del siglo XIX, en 1896. Durante la Primera Guerra Mundial se refugia en la neutralidad de Suiza. En 1916, en el número 1 de la Spielgasse, frente a la casa de Lenin y Krupskaia. En el Cabaret Voltaire de Zúrich el rumano y sus amigos juegan al ajedrez con el revolucionario ruso por la tarde, y por la noche se entregan a la irreverencia y rebelión en contra de la contra de la estética tradicional y la moral burguesa. Traman el golpe vanguardista más radical: DADA. Hay un gran trabajo destructivo, negativo, por cumplir. Barrer, asear.
Es en esta época, la de los Manifiestos dadaístas,que Tristan Tzara se autoproclama el “Señor Aa el antifilósofo”. Tristan Tzara les dice: quisiera hacer otra cosa, pero prefiere seguir siendo un idiota, un farsante y un bromista.
Su única base de entendimiento, el arte, le da el título de “Señor Aa el antifilósofo”. Pero no se trata de cualquier tipo de arte, sino de el arte que no tiene la importancia que nosotros, centuriones de la mente, le prodigamos desde hace siglos. Un arte que necesita manifestar en sus “manifiestos”.
El arte se duerme para el nacimiento de un mundo nuevo.
La anti-filosofía de las acrobacias ESPONTÁNEAS.
La antifilosofía no es antifilosófica en el sentido de ser no filosófica. Al contrario, el antifilósofo no quiere evadir o destruir la filosofía, sino llamar la atención de las formas del conocimiento que la filosofía no puede conocer, afrontando la filosofía y subvirtiendo sus afirmaciones.
Luego de una larga correspondencia con los surrealistas franceses, el rumano se establece en París en 1919. El Surrealismo nació de las cenizas de Dada. Pueden ejecutarse juntas las acciones opuestas, en una sola y fresca respiración. A favor de la continua contradicción.
El arte no es cosa seria, se los aseguro.
Antifilosofía. Una táctica que despliega una hostilidad intelectual que busca fulminar, impacientarse en contra de la filosofía. Hostilidad dentro del propio pensamiento, lleva a la caza las ideas. Destruye las gavetas del cerebro y las de la organización social.
Hacia 1935, luego de reconciliarse con los surrealistas, se separó definitivamente de ellos para seguir su espíritu marxista, adhiriéndose al Partido Comunista Francés. En 1947 se sumó a la resistencia francesa. La antifilosofía funciona también como emblema de una afiliación, una declaración polémica y enunciado de un método en la literatura y el arte, politizados pero sin programa.
Tristan Tzara murió en París, Francia, el 25 de diciembre de 1963.
El poeta está sometido, a todo lo largo de su vida productiva, al ejercicio de ese movimiento donde se juega toda su existencia. Es de esta manera como vive la poesía. La vive en cada momento donde se afirma su existencia. Ella es una sucesión ininterrumpida de negaciones de la negación. Antifilosofía de la antifilosofía.
Portada de “Casas caídas” de Alberto H. Tizcareño. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.
En la esquina de nuestra calle se extiende el baldío, sembrado de teles descompuestas, sobras de comida y llantas que se recuecen al sol. Ahí no brota la mala hierba que, en otros terrenos, se alza con espinas y orgullo de conquistadora. Tampoco lo pepenan las hormigas, quienes lo rodean antes que atravesarlo. Las arañas, gordas y tornasoladas, abandonan sus telas a medio hilar entre los desechos. Las moscas huyen no bien brotan de la carne podrida. Los vecinos solo se atreven a invadir lo de madrugada: arrojan sus trastos y se alejan sin mirar atrás, apremiados por la náusea o la culpa.
Nada vivo aguanta la pestilencia del baldío, nada cuerdo resiste su pesadumbre. De modo que solo algo demente y sin vida haría de él un sitio de esparcimiento.
—Les juro que anoche vi ahí al fantasma del Loquito —le dice uno de los niños del barrio a su grupo de amigos, todos entre ocho y once años—. Andaba hurgando en la basura. Traía sus gabardinas puercas de siempre, pero su cara más fea.
—¿Y qué esperabas?, ¿un fantasma guapo? —le contesta otro—. Me cae que eres rejoto.
Se refieren a Jaime “Martillos” Martínez, a quien ellos renombraron el Loquito, sin importarles que contara ya con un apodo, acuñado por nosotros.
No los juzgamos, sin embargo. Todo en el hombre apuntaba al desvarío. Frente al baldío permanecía atento a la basura; vigilaba a diario con la misma mirada trágica que tienen los santos de nuestra parroquia. Luego corría hacia el bulevar para arrojarse sobre los coches, soltando alaridos, propagando la peste acendrada bajo sus cinco abrigos mugrientos.
Ahora que se habla de su muerte, “un camión se lo llevó de corbata”, dicen las señoras, los niños se aferran a su presencia. Van por el barrio preguntando por él: quién era, qué le pasó. No tardan en venir a pedirnos que les contemos lo que sabemos. Más nos vale prepararnos.
Tendremos que desempolvar nuestras notas, releer el expediente a conciencia y repasar la historia otra vez:
En el baldío solía encontrarse la casa de Martillos —diremos—, venida abajo hace más de 30 años. Y la casa era enorme: le cabían todas las tragedias.
Ya antes de que se mudara Martillos, los chicos vigilábamos aquella casa y traducíamos sus desperfectos a horrores de lo más aparatosos.
En el jardincito desértico del frente “habían sepultado viva a una mujer”, decíamos. Y bajo el sendero de ladrillo rojo que conducía a la entrada, descansaban los restos de sus primeros habitantes.
La puerta de madera lloraba resina, lágrimas por los mil asesinatos cometidos ahí. Y el aldabón osificado, con forma de puño, era en realidad una mano robada a un cadáver y bañada de bronce.
Sobre el umbral sobresalía un mascarón penachudo que tenía la boca bien abierta, como si pegara de gritos. Y en el polvo de los ventanales, los fantasmas dejaban mensajes: Puto, Buuu, 666.
En los descarapelamientos de la fachada podíamos distinguir las siluetas de un cuchillo o una calavera. Y por debajo de la puerta susurraba el chiflón: decía “funeral”, decía “frío”, decía “fantasma”.
Con sus muros calados, la casa se sostenía a duras penas. Parecía entercada en infligirnos su fealdad hostil, vigilante, acumulando leyendas igual que juntaba hojarasca en la cornisa.
El barrio nos llamaba “la bolita del poste”. Charlie Mendoza, de 10 años; Toñito Salazar y Juanjo Ramos, de nueve; Óscar Soto y Julio Cruz, de 12; además de otros dos que asegurábamos tener once y medio para sentirnos cerca de Óscar Soto, a quien considerábamos líder por ser el primero al que le salió el bigote (el único que tenía Nintendo y el más corpulento de la bolita).
Cierta fotografía que tomó uno de nuestros padres, fechada el 13 de enero de 1995, da cuenta del gregarismo del grupo. Junto al poste, aparecemos uniformados con overoles de mezclilla azul y cangureras, a unos metros de la Casa Rosa y con nuestros ojos fijos en ella.
Congregados ahí los chicos debatíamos las molestias de la pubertad: Los pelos. Las erecciones inoportunas. Los novedosos sueños húmedos, estelarizados por la hija del panadero, con 13 años recién cumplidos y los pechos esponjados de repente, como los panquecitos en el horno de su padre.
De ella estábamos pendientes aquel mediodía de abril (brincaba la cuerda en la acera de enfrente, desen tendida del vaivén de sus atributos), cuando el traqueteo nos retrajo del ensueño: el asfalto cimbrado al paso de un camión, Hermanos Salinas Mudanzas y Fletes. De este se bajó un moreno de gorra verde que se encaminó a la Casa Rosa, metió una llave en la cerradura y, sin miedo, abrió la puerta.
Lo siguieron otros tres, con cinturones de herra-mientas y guantes de carnaza. El de la gorra comenzó a darles instrucciones; pero cuando ellos le preguntaron, “¿de a cómo la propina?”, él les contestó que “de ni un centavo”, y se armó la bronca:
—Oquei, usté no tiene que aportar —le dijo uno soltando la silla que cargaba—. Pero nosotros tampoco tenemos que acomodarle sus triques.
—Faltaba más —dijo otro—. A ver quién le echa la mano.
—Pues déjenmelos ahí —les gritó el de la gorra—. Total, ¡ni que estuviera yo manco!
Y esa única orden cumplieron. Sobre la banqueta aventaron el sofá, la cama y las cajas de cartón, para luego subirse al tráiler y salir despedidos entre claxonazos.
El de la gorra puso manos a la obra. Se echó un costal al hombro y lo metió a la casa. Al salir se detuvo en el umbral y se viró lento para encararnos. Su talante era el de los limosneros, solícito y resentido a un tiempo: parecía que nos pedía ayuda pero se odiaba por necesitarla. Moreno, corpulento, henchía los pectorales con el orgullo de los machos esculpidos por el trabajo físico. Su musculatura imponía tanto como su mirada, que nos aventaba como un pie resuelto a aplastar pinacates.
Comenzó a lloviznar cuando el hombre retomaba el acarreo de sus pertenencias. Pero no se apresuró a salvarlas del chaparrón. Las fue metiendo sin prisa, manso, acostumbrado a perder.
La última caja, ablandada por el agua, se le desbarató en brazos y su contenido cayó al suelo: tres martillos que azotaron con redoble de mala noticia.
Las lluvias eran motivo de ansiedad. Disparaban la venta de impermeabilizante. Recrudecían la sinusitis de nuestras abuelas. Anegaban la calle, vuelta espejo ondulante que duplicaba el relieve: los gatos en las azoteas, las rejas de los patios, el cableado eléctrico y las jacarandas, inflándose y encogiéndose como si aspiraran su perfume secreto (nadie más lo percibía).
Los chicos creíamos que se inundaba porque las hojas y flores tapaban las coladeras, pero una breve investigación en la biblioteca local nos sacó del error. Emplazado entre cerros, sobre tierra que siglos atrás alojara una laguna; mal construido a través de las épocas y peor planeado en cuanto a drenaje y uso de suelo; víctima de un volumen de precipitación superior al de la media nacional y de asentamientos irregulares, nuestro pueblo acabará por ahogarse.
Con sus barrios incongruentes, apiñados de casonas coloniales junto a casas en obra negra. Con sus antiguos palacetes, destripados por inmobiliarias que los rentan ahora como pensiones de coches. Con sus nuevas pocilgas de interés social, idénticas y grises, apretujándose en la cuadrícula que se expande en las afueras. Con su horizonte acuchillado por dos nuevas antenas de telecomunicaciones, Casas Caídas se va despintando, en espera de que el mal tiempo lo remate.
Además de los cuentos que inventábamos los muchachos, se oían los de nuestros mayores: que la Casa Rosa había sido un prostíbulo de mala muerte “y de muchas muertes”, según decía la dueña de la mercería; o un dispensario donde “se practicaban abortos”, como decía la tortera con un hilo de voz antes de persignarse; o una hacienda quemada por los Revolucionarios y “en cuyos cimientos se habían enterrado lingotes de oro”, de acuerdo con la señora que atendía la farmacia. Pero en estos dimes y diretes se cifraba más la idiosincrasia regional que la propia historia de la casa.
Durante otra breve investigación llevada a cabo en la hemeroteca, dimos con una leyenda de otro tipo: la Casa Rosa solía conocerse como la Casa Roja, construida en la que entonces fuera la calle más distinguida del pueblo; era el insigne hogar de los Azpeitia, linaje de arquitectos, ingenieros y presidentes municipales. Los Azpeitia habían construido el mercado, el cine, el teatro y el Palacio de Gobierno. Levantaron Casas Caídas, por así decirlo.
En un reportaje de cierta gaceta ahora extinta, aparece una foto fechada en el año de 1945: dos Azpeitia, hermanos, posan durante la inauguración de nuestro Palacio de Gobierno. El mayor sonríe, el menor lo intenta.
Uno de ellos era el padre de Jaime “Martillos” Martínez.
A la semana de la mudanza se oyeron los primeros chismes: el nuevo residente se apellidaba Azpeitia, según cierto trámite testamentario que Ifigenio Sánchez —vecino nuestro y empleado del Registro Civil— extrajo de los archivos municipales.
—La Casa Rosa era de su legítima propiedad —nos dice Ifigenio hoy, tan sorprendido como hace 30 años—. El inmueble se creía intestado y los del municipio tenían planes para demolerlo y construir en el predio sus nuevas oficinas postales. No contaban con que les cayera el tal Azpeitia Martínez, ni con que les trajera sus papeles en regla para reclamar la casa.
—A muchos nos extrañó —prosigue— que el tipo firmara con el apellido materno. Más raro se nos hizo que fuera a meterse a esa covacha que ya andaba en las últimas. ¿Quién en su sano juicio viviría en un lugar así?
Lo mismo nos preguntábamos los chicos.
Portada de “Casas caídas” de Alberto H. Tizcareño. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.
Tengo en mis manos el librito de las Poesías de Ósip Mandelstam
y, a un lado, el grueso volumen de memorias de su mujer, la heroica y porfiada Nadiezhda Mandelstam.
Pier Paolo Pasolini.
Tener en mis manos la obra reunida de alguien, o más aún, su obra completa, siempre me deja pensando en la desproporción entre la vida y la escritura. Años dispuestos al ejercicio de pensar y sentir cosas, reducidos, a veces (porque hay obras exhaustivas en pasta dura con sus 26 volúmenes) a no más de 400 páginas.
El peso del libro no dice nada. Su orden cronológico, su insistencia a clarificar lejanías lingüísticas se vuelven solo precisiones más cercanas a la ambición monográfica, que está hermanada con la terquedad de un diccionario. Claro que lo agradezco, reunir la obra de alguien, determinar su estado de completitud no es cualquier cosa, sin embargo, para mí, en estos volúmenes de obra completa, hay algo que no encuentro. Pero, ¿En dónde sí?
El libro que tengo en las manos solo presenta a Ósip Mandelstam bajo el título de Poesía. Me hace sentido su laconismo, no hay más que explicar. Y me golpea el hallazgo de saber que el primer libro de poesía de Mandelstam se titula La piedra y que su última escritura haya encontrado refugio en las paredes de una habitación, en quién sabe qué parte del frío soviético, antes de volverse un cuerpo anónimo, amontonado debajo de otros en 1938. Nadie sabe dónde está Ósip. Nadie-zhda no supo dónde quedó Ósip. Esta fue su última pregunta: ¿Será posible que yo aún exista realmente, que esto que llega es la muerte verdadera?
Ósip no escribía sus poemas, o al menos no de la forma en la que consideramos a la escritura como resultado de la perturbación del color blanco en una hoja. Ensayaba una y otra vez sus versos. En voz alta, hasta que de tanto repetirlos, el aire le devolvía el acento de la palabra necesaria, y ahí y no antes, decidía fijarlos ya no solo en la memoria, sino en la otra memoria, la que pareciera que es menos endeble, la que se ejecuta con la mano, la que es puro silencio.
También hace sentido que Ósip ensayara con el aire. Reconociendo la pesadez simbolista, busco ser otro en sus metáforas, hasta llegar a la montaña. Esto solo es posible desde la ligereza. La oralidad entonces para este poeta ruso no era una costumbre, ni una apuesta distraídamente metafísica por la palabra, sino directamente, infligir una tentación a lo liviano, y entonces, decir.
Dijo Mandelstam que nadie de nosotros puede ir al origen del sonido. Así que los poetas juegan con el eco de ese sonido originario. El poeta ruso camina por la nieve y repite varias veces Olvidé la palabra que quería decir, y luego, mientras sigue caminando, algo le regresa las mismas palabras. El poeta ruso continúa su trayecto por la nieve y repite varias veces A los mortales les fue dado el poder de amar y reconocer. Y de nuevo, algo le regresa las mismas palabras. Escritor peripatético, camina interrumpiendo la simetría del agua quieta. Ceñido a su itinerario, la huella del zapato en la nieve, es la palabra misma. Me retracto, Ósip también escribía en una hoja en blanco.
Que los últimos versos escritos de Mandelstam sean una pregunta, más allá de escudriñar en el dolor y en el silencio consecuente, más allá de pensar su enfermedad que era igual a la enfermedad de muchos deportados soviéticos, implica, primero, que si la escribió es porque bajo su premisa de escritura, asumió la dimensión de lo escrito como algo ya concretado. Dice Ósip, El cielo es denso, y el futuro, solo una promesa.
No se diría que Mandelstam fue un poeta asociado activamente con la Revolución de 1917. Sin embargo, en 1933, las dimensiones de su poesía encontraron la sonoridad justa para inaugurarse sin pausa alguna, y con todas sus consecuencias, contra el régimen de Stalin, aunque el mismo Mandelstam declarara que con el mundo del poder solo ha tenido vínculos pueriles. Aunque supongo que describir los dedos de Stalin como sebosos gusanos y decir que tiene bigotes de cucaracha está en el mismo horizonte del insulto que prescribe un niño a diestra y sin temor, en medio del patio, a la hora del recreo, a la mitad de cualquier siglo. Y así, claro que sí, siempre hay alguien que acusa la pequeña majadería. ¿A eso nos referíamos de niños al jugar a los policías y ladrones?
Nadiezhda tuvo razón, Nos estarán escuchando los vecinos. Nadie confiaba en nadie y en cada conocido veíamos a un soplón. De nuevo, el aire. El Epigrama contra Stalin o El Montañés del Kremlin recitado por primera vez en noviembre 1933 por Ósip a Nadiezhda, y luego, con los amigos, pero nunca transcrito, solo vertido sobre el aire en las reuniones en el santuario de la casa. Así le llamaban a la cocina cada vez que Ajmátova iba a visitarlos. Y el soplón hizo acto anónimo de presencia. Y buscando beber de la saliva del régimen, procuró lo que Ósip no. En contra de la ligereza, un otro, copió el poema y lo entregó a un lector punitivo y persecutor. Y luego, los Urales y mayo de 1934.
Desde el campo de tránsito de Vladivostok, Ósip escribe una carta dirigida a su hermano Shura y a su esposa. Estoy delgado y completamente agotado, casi irreconocible. Y más adelante, ya solo dirigiéndose a Nadiezhda, ¿Vives, querida mía? Y ella responde, en otro tiempo, desde otro frío, Nadie lo vio morir. Nadie lo limpió por última vez. Nadie lo metió en una urna. El delirio de los mártires de los campos no conoce el tiempo y no distingue la leyenda de la realidad.
La portada de mi libro de Alianza que antóloga con bastante detalle los pormenores de las publicaciones, atravesados por la biografía del poeta, muestran a un Ósip Mandelstam detenido, clausurado en el blanco y negro de una fotografía para el archivo policial fechada en 1934. Pier Paolo Pasolini habla de un libro de Poesías de Ósip. Detalla la fotografía que acompaña su libro. Otro Ósip, antes del gulag, por supuesto. Cuando era muchacho, un guapo muchacho judío, sensual e inteligente, aseguraPasolini. Me da curiosidad, pero aún así no busco fotografías del Ósip joven. Pasolini sabía cosas. ¿Quién soy yo para discutir sus adjetivos?
Pasolini sentencia en su ensayo que Mandelstam nos dio una de las poéticas más felices del siglo. No sé si acabo de entender el apelativo que le adjudica a la obra de Ósip, quizá porque en realidad no entiendo la felicidad en ningún siglo, pero es obvio que decir siglo y Mandelstam en la misma línea, le exige a la memoria estos versos del poeta ruso, Estoy en el corazón del siglo. El camino es oscuro.
Esla noche del primer arresto. Moscú. Es mayo de 1934. Apartamento 26 del número 5 de la calle Nashokinski. Ana Ajmátova va de visita a casa de los Mandelstam desde Leningrado. No hay mucho que comer. En realidad, no hay nada para ofrecerle a la visita. Ósip va casa de los vecinos. Lo único que alcanza a conseguir es un huevo duro. ¿Qué fue primero, el huevo o la poesía?
Esa noche, inesperadamente, el traductor David Brodski se aparece en la casa de los Mandelstam. Se la pasa recitando poesía sin despegarse ningún momento del sillón, salvo cuando Ósip sale en busca del huevo original. Nadiezhda y Ajmátova pensaron que al salirse Mandelstam, Brodski también se iría. Horas después, se darán cuenta que la infame insistencia de David Brodski por recitar poesía francesa sin descanso, era en realidad una instrucción de vigilancia sobre la familia del apartamento 26. Impedir que pudieran esconder o destruir los manuscritos que inculpaban a Ósip.
Los chequistas hicieron honor a su nombre y checaron hasta por debajo de la lengua de cada libro. Uno de ellos voltea a ver a David Brodski y le da la instrucción de irse a casa. La traición es más que nítida. Cuando se llevan a Ósip, ya es de día y la casa desmembrada. Ana Ajmátova le ayuda a Nadiezhda a empacar algunas cosas para Ósip. Siete libros, y como el huevo duro nadie se lo había comido, sin olvidarse de ponerle sal, se lo ofrecen a Ósip en desayuno. Entonces, ¿Qué fue primero?
Ahí, quizá, o quizá cada una de las veces que se llevaron a un amigo de Ana Ajmátova, la poeta siempre se repitió lo mismo Yo he traído la desgracia a mis seres queridos, que han muerto uno tras otro… Ante esto, Nadiezhda solo le responde, casi como si fuera un abrazo lleno de ceniza, para reconocerse como parte de la misma noche, Si se llevan a todos, por qué a nosotros no nos llevarían.
Recuerdo un poema titulado Guerra, del poeta serbio Charles Simic. Recuerdo que describe por completo aquella escena:
El dedo tembloroso de una mujer
baja por la lista de los caídos
la noche de la primera nieve.
La casa está fría y la lista es larga.Todos nuestros nombres están incluidos.
Portada del disco “12 éxitos de oro” de José Alfredo Jiménez, 1988. RCA International.
La convivencia fue breve. José Alfredo Jiménez Medel tenía apenas 7 años cuando murió su padre. Jiménez Medel (Ciudad de México, 1966) recuerda que los compromisos de trabajo de El Rey, José Alfredo Jiménez, eran absorbentes.
Como un acto de memoria, Jiménez Medel reunió durante 30 años entrevistas con personajes como Juan Gabriel, Armando Manzanero, Marco Antonio Muñiz, César Costa, etcétera. De ahí se desprende el espectáculo “Así fue mi padre”.
La motivación, además de la memoria, fueron su esposa y su hija Alexa. Ambas con cáncer en momentos distintos. “Yo lo tenía que hacer rápido porque mi hija tenía un diagnóstico fatal, no había mucho que la medicina pudiera hacer por ella”, recuerda José Alfredo.
El trabajo fue maratónico: audicionar mariachis, editar las entrevistas en video, buscar una voz cantante y escribir un guion de 90 minutos —el doble de la duración de la primera vez que presentó una versión del espectáculo—.
Ahí contó con el apoyo de la ahora directora artística de Así fue mi padre, su hija Karla Rebeca Jiménez. “Por supuesto que me gustaría dirigirlo”, le respondió la también actriz, quien desarrolló la idea a partir de lo que José Alfredo había escrito.
Un amplio conjunto de estrellas como Rubén Fuentes, Humberto Elizondo y José Cantoral unieron fuerzas creativas para dar luz al debut del espectáculo, estrenado en la sala del Centro Cultural Roberto Cantoral de la Sociedad de Autores y Compositores.
“El espectáculo es audiovisual”, describe Jiménez Medel. “Estamos en la sala de mi casa, yo le estoy hablando al público de mi padre, pero no a través de mí, sino de sus amistades”.
Relatar desde la honestidad
Con una sonrisa del otro lado del teléfono, Jiménez Medel confiesa que uno de los testimonios más especiales es el de Vicente Fernández. “Coincidió con mi padre en algún momento de su vida, pero no fue un encuentro muy agradable ni fueron los mejores amigos”, relata. “Tú sabes que yo a tu padre no le caía bien”, respondió Fernández cuando fue convocado.
-Yo sé que usted no le caía bien
-¿Y aun así quieres que yo hable en tu show?
-Pues el espectáculo se llama Así fue mi padre, ¡Cuénteme cómo fue!
La validez del espectáculo, remarca José Alfredo, es “No poner nada en el guion ni decir nada en el escenario que no pueda probar al público”. Con esa mentalidad documentó cada una de las partes que integran Así fue mi padre. Incluso, recuerda, alguien en la audiencia se negó a creer que Vicente Fernández no estaba en su gracia sino hasta que vio el video de El Charro de Huentitán contándolo.
Reencuentros
José Alfredo califica el espectáculo como emotivo. “Evoca tus recuerdos, te transporta a momentos de tu vida que sólo tú conoces”. Desde su perspectiva, la gente “Se reencuentra con su padre, no con el mío”.
La versatilidad es otra de sus claves: el espectáculo lo mismo ha viajado a teatros en Bogotá, San Diego, Dallas, o Laredo, recintos como el Teatro Degollado, el Macedonio Alcalá o el Lunario del Auditorio Nacional de México han sido testigos de las historias de vida de El Rey, recopiladas por su hijo.
Agradecimiento
Jiménez Medel considera que, de no haber sido por “Los grandes intérpretes que se conjugaron con el talento de mi padre, la obra de mi padre se hubiera quedado en un cajón”. Y habría tenido que ser un cajón grande, porque el Instituto Mexicano de la Radio (IMER) recoge que Jiménez podría haber escrito unas 300 canciones. Según explica José Alfredo, fueron 240 canciones de las que casi 200 son éxitos.
“Cuando mi padre se encuentra con el maestro Rubén Fuentes, que es quien revoluciona el mariachi, hacen una mancuerna genial en la que el maestro [Fuentes] hacía los arreglos y mi padre las letras. Trabajaron juntos en unos 25 discos y esa música trascendió hasta la fecha, incluso los idiomas”, señala. Rafael, Alejandro Fernández, Julio Iglesias, Enrique Bunbury, Maluma… “Todos los cantantes de música mexicana o cualquiera que quiera cantarla, en algún punto tiene que cantar algo de José Alfredo Jiménez. Es como una regla no escrita”.
Retrato de Emily Brontë pintado por su hermano Branwell. Fragmento de una pintura con sus hermanas. Óleo sobre tela. Imagen de dominio público.
Allí donde pastan entre helechos los grises rebaños,allí, a la montaña, donde brama el viento salvaje.
Emily Brontë
Entre los páramos desolados, en una casa parroquial rodeada de groselleros, vivían los Brontë. Eran una familia extraña. El padre, el reverendo Patrick Brontë, era un escritor fracasado y excéntrico que se había conformado con una vida en la iglesia; el hermano, Branwell, era un artista frustrado que había decidido ahogarse en el opio y el alcohol; de las cinco hermanas, Maria, Elizabeth, Charlotte, Emily y Anne, solo tres llegaron a la edad adulta, pero ninguna llegaría a cumplir los cuarenta. De la mano de aquellas tres sobrevivientes, Charlotte, Emily y Anne, llegarían algunas de las obras más representativas de la época victoriana: Jane Eyre de Charlotte, La inquilina de Wildfell Hall de Anne y Cumbres borrascosas de la más recluida de las tres, aquella a quien llamaban “la extraña”: Emily Brontë.
Adentrarse sin permiso
Cuando empecé a escribir este ensayo, me debatía entre un sentido del deber hacia escribir alguna clase de texto biográfico de Emily Brontë, las ganas de hablar de toda la familia, hacer un ensayo biográfico de todos los Brontë y el deseo, siempre presente, de solo hablar de Cumbres Borrascosas. Escribir de Emily presenta un desafío: no se sabe mucho de ella. No dejó diarios y solo se le conocen tres cartas.
Por otro lado, escribir de los Brontë amplía demasiado el margen de lo que es posible escribir en un ensayo sin ser aburrido. Un ensayo para una revista no puede ser una biografía tan detallada como esta familia lo merece y de esas ya hay varias escritas por personas mucho más informadas que yo.
Por último, este no es un texto sobre Cumbres borrascosas, por más que me encantaría que lo fuese. Es un texto sobre Emily Brontë, de quien no se sabe mucho, de quien quedan solo lo dicho por los que la conocieron, solo lo recopilado por sus biógrafos.
Es un ensayo sobre alguien que permanece entre las sombras, moldeada apenas por las palabras de su hermana Charlotte: “Mi hermana Emily no era una persona de carácter efusivo, ni alguien en cuyos pensamientos y sentimientos más recónditos pudiera inmiscuirse uno imprudentemente sin permiso”. Emily Brontë, quien dejó una novela y una serie de poemas desoladores, portentosos, que parten el corazón, es difícil de distinguir. Así, este ensayo recopila algunas cosas, algunos datos, que pueden ayudarnos a verla mejor, a intentar distinguirla, aunque sea una tarea —probablemente— imposible. Intentaremos, sin permiso, inmiscuirnos imprudentemente en ella. Esperemos encontrarla.
Inicios
Emily Jane Brontë nació el 30 de julio de 1818 en Thornton, Inglaterra. Hija del clérigo Patrick Brontë y Maria Branwell, tenía tres años cuando falleció su madre. Entonces la familia ya se había mudado a Haworth donde su padre había recibido un puesto como coadjutor perpetuo de la parroquia. Era un puesto austero que no le permitía quedarse con el dinero de los diezmos, como hubiera sido lo normal, ni recibir dinero de las ofrendas. En su lugar, la iglesia le daba un estipendio y una casa donde vivir con sus seis hijos. La casa de la parroquia era lo suficientemente grande como para que todos vivieran cómodamente y, aunque el poco dinero que recibía Patrick auguraba una vida de esfuerzo para sus hijos, mientras no desearan una vida holgada, nunca les faltaría casa y comida.
Familia
La familia Brontë ha sido, desde hace mucho tiempo, un objeto de fascinación y de especulación continua. Entre ellos, no hay un miembro más misterioso que Emily. Se sabe poco de su vida y la mayor parte de los datos que tenemos son de su niñez o del tiempo que pasó con sus hermanos como maestra. Sabemos que tras la muerte de su madre antes de los cuarenta años —edad que ninguno de los Brontë (con excepción de su padre) rebasaría— fue su tía, Elizabeth Branwell, quien se ocupó de ella y sus hermanas. Esto, según la biógrafa de la familia, Winifred Gérin, fue “una desdicha para todos”, pues Elizabeth era fría y estricta. Ahí comenzó una serie de eventos desafortunados que marcarían a todos los hermanos profundamente.
Ciénaga
Resuelto a buscar la manera de ayudar a sus hijas a obtener la mejor educación que pudiera proporcionarles, su padre decidió mandar a las mayores, Maria y Elizabeth, a un internado con la esperanza de que ahí podrían ser formadas para convertirse en institutrices. Las hermanas fueron trasladadas a otra escuela para llegar a un colegio que tenía un programa de caridad para las hijas de clérigos indigentes. Charlotte se unió a ellas poco tiempo después, dejando en casa a Anne y Emily.
Fue en ese periodo —lejos de Charlotte, Elizabeth y Maria— en el que una tarde mientras Branwell, Anne y Emily jugaban en los páramos, se abrió la ciénaga de Crow Hill en medio de una tormenta que azotó la región durante horas. El suelo temblaba y uno de los vidrios de la casa se rompió mientras el viento azotaba los árboles y la tierra de le ciénaga se abría haciendo crujir el suelo. El lodo, lleno de peces del pantano, creó riachuelos en las colinas y los hermanos estuvieron perdidos por horas. Volvieron a casa empapados y llenos de lodo. Entonces, se especula, fue que Emily empezó a amar las tormentas, la fuerza de la naturaleza y todo aquello que le recordara esa tarde que pasó con sus hermanos, perdidos entre el lodo y el viento de los páramos.
Escuela
Emily se reunió con sus hermanas mayores en la escuela para hijas de clérigos. Era un internado para niñas donde la más grande tenía 22 años, Emily, con 6, fue la menor de todas las alumnas. La directora la recordaba como “una niña preciosa” y “la más mimada del colegio”. Pero ese tiempo duró poco, pues al año siguiente se desató una ola de tifus que pronto contagió a muchas de las alumnas. Las hermanas regresaron a casa, pero ya era tarde, Maria y Elizabeth se habían contagiado y murieron poco tiempo después.
Charlotte se inspiró en su tiempo en la escuela —y en otra a la que las mandarían después— para escribir Jane Eyre.
Hace veinte años
“Branwell, que, con sus macabras imaginaciones, tuvo una fuerte influencia sobre las hermanas en cuanto hubo regresado del colegio, declaró que de noche oía la voz de María gimiendo al otro lado de las ventanas. Aunque Emily guardara silencio sobre ese hecho, cuando lo mencionó veinte años después demostró que no lo había olvidado. Transportó la experiencia a otro plano, con gran autenticidad. La voz de Catherine Earnshaw sollozando tras la ventana de Cumbres Borrascosas: “¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar… son veinte años, veinte años… Precisamente veinte años llevo vagando a la deriva!”, no sería tan espeluznante si no fuera porque Maria, la mimada de la familia, llevaba muerta esa misma cantidad de años.”
Winifred Gérin, Emily Brontë
Branwell
Ninguno de los hermanos volvió a ser el mismo después de las muertes de Maria y Elizabeth, pero los biógrafos de la familia creen que el más afectado fue Branwell, el cuarto de los seis hermanos. Branwell fue, en la vida de Emily, el hermano más querido y una posible inspiración para Heathcliff.
Branwell quería ser artista. Al hablar de él Elizabeth Hardwick escribe lo siguiente: “solo por accidente nos enteramos de la existencia de personas como Branwell que parecen destinadas al arte, incapaces para trabajar en cualquier otra cosa, pero que no tienen el talento, la disciplina o la tenacidad para mantener cualquier clase de esfuerzo artístico”. Branwell era exactamente eso. Tenía una vocación firme, pero le faltaba el esfuerzo y se sentía insuficiente en su talento.
Así, tiempo después de la muerte de sus hermanas y mientras las otras tres aprendían a ser institutrices, Branwell fue mandado a Londres a estudiar arte gracias a un esfuerzo económico enorme por parte de la familia, pero, quizás abrumado por el mundo londinense, o dudando de su talento, nunca se matriculó. No entregó sus papeles ni las cartas de recomendación. Se gastó el dinero de la colegiatura en los bares cercanos y regresó a casa deprimido y humillado, fingiendo que lo habían asaltado en la ciudad.
Branwell era autoindulgente, indisciplinado, caprichoso y, al volver a casa, su mal humor infectaba a la familia; un amor no correspondido hacia una mujer casada lo atormentaba día y noche, poco a poco fue sumiéndose más y más en el alcohol y las drogas. Fue Emily quien lo cuidó cuando él volvió a casa y se dice que lo esperaba en la noche, cuando regresaba demasiado ebrio como para caminar, para ayudarlo a subir las escaleras hasta su cuarto.
Una vez, drogado, incendió su recámara al quedarse dormido y entonces su padre empezó a compartir el cuarto con él para cuidarlo también de noche. Harwick dice que era “como una pestilencia” que absorbía a la familia y los mantenía preocupados constantemente. Branwell nunca supo de las publicaciones de sus hermanas, Charlotte escribió al respecto: “Mi infeliz hermano nunca supo lo que habían hecho sus hermanas en la literatura. Nunca supo de la publicación de una sola de nuestras líneas. No podíamos decirle sobre nuestros esfuerzos por miedo a causarle una herida demasiado grande llena de remordimiento por su tiempo y talento perdidos”.
Melancolía
Emily no pudo volver a soportar estar mucho tiempo fuera de casa. Quizás fue la epidemia de tifus que se llevó a sus hermanas mayores, quizás era que realmente necesitaba el aire de los páramos y la compañía de su padre y su hermano para estar tranquila, quizás fue la preocupación constante por Branwell, pero después de su tiempo en la escuela, cada vez que lo intentaba, empezaba a llenarse de una melancolía profunda cuando se encontraba lejos de casa por periodos prolongados. Lo intentó varias veces más. En la escuela a la que asistió con Charlotte y Anne, en una academia en Bruselas, en una escuela en Inglaterra donde fue institutriz, en otros puestos variados. Pero el resultado era el mismo siempre: se llenaba de melancolía. Dejaba de hablar y de salir; no hacía amigos, eventualmente dejaba de comer y empezaba a verse cada día más enfermiza.
La muerte de su tía detuvo sus intentos de salir de casa y la llevó a quedarse en Haworth para cuidar de su padre y de su hermano. Entonces, el sueño de las Brontë era establecer una escuela para niñas donde todos los hermanos darían clases juntos. Emily, Anne y Charlotte tenían ya experiencia como institutrices y Branwell daba clases privadas. La escuela era su esperanza de un ingreso fijo en un mundo donde solo el matrimonio podría sacarlas de la pobreza, pero nunca lograron llevarla a cabo.
Algunas leyendas
El carácter de Emily siempre ha sido una fuente de especulación. Charlotte escribió de ella que era “poco flexible y solía actuar en contra de sus intereses. Tenía un temperamento magnánimo, pero ardiente y brusco; y un espíritu inflexible”. Algunas leyendas sobre ella cuentan que una vez su perro la mordió y ella cauterizó la herida con un hierro ardiente; que en Bruselas, cuando le preguntaron por qué no se vestía a la moda, respondió que prefería “estar como Dios me trajo al mundo”; que anhelaba más que nada ser libre, pero aun así se rehusaba a salir de casa; que en una ocasión molió a golpes a su perro; que recogía animales enfermos y los cuidaba hasta que mejoraban; que cuando un matrimonió la invitó a ella y a Charlotte a cenar, no dijo ni una sola palabra durante toda la velada e ignoró a todos en la mesa; que amaba tocar el piano y lo hacía muy bien; que era grosera; que era muy amable; que era culta; que no lo era.
Lo único en lo que parecen ponerse de acuerdo todas estas especulaciones es en que amaba a sus hermanos y se pasaba el día escribiendo.
Gondal
Cuando eran niños, Charlotte y Branwell inventaron un mundo del que componían poemas e historias. Se llamaba Angria. Con los años, después de la partida de Charlotte, Emily y Anne decidieron crear su propio universo: Gondal.
La historia de Gondal se ha perdido, así como todos los cuentos en prosa que escribieron las hermanas; pero sobreviven los numerosos poemas que Emily escribió de su mundo imaginario. Durante mucho tiempo se pensó que la poesía de Emily surgía de la experiencia personal, pero, eventualmente, sus biógrafos comenzaron a darse cuenta que la mayor parte de sus poemas eran sobre Gondal, sus mitos, reinos y personajes.
Gondal era lo único en lo que Emily pensaba. En sus reyes y guerras, sus intrigas y desesperanzas. Llenaba sus cuadernos con poemas sobre ese mundo y luego los transcribía con cuidado una y otra vez hasta llegar a una versión que le complaciera. Siguió escribiendo de Gondal mucho después de que Charlotte dejara de escribir de Angria; después de convertirse en institutriz; después de la muerte de su tía. En los poemas de Gondal encontramos rastros de los personajes que poblarían Cumbres borrascosas.
Un día, Charlotte encontró su cuaderno de poesía e intentó convencerla para publicarlos junto con algunos de ella y Anne. Emily se enojó, pero aceptó la propuesta. Todas decidieron publicar bajo un seudónimo: Charlotte sería Currer, Emilly, Ellis y Anne, Acton. Las tres firmarían bajo el apellido Bell. Así el primer volumen de Poems vio la luz en 1846, Emily tenía 28 años. Solo se vendieron tres copias, pero los poemas de Ellis Bell fueron bien recibidos por la crítica.
Salvaje, melancólica y edificante
“Un día de otoño de 1845, encontré casualmente un volumen manuscrito de poemas con la letra de mi hermana Emily. Desde luego no me sorprendió, pues sabía que podía escribir poesía, y que lo hacía; lo leí detenidamente y se apoderó de mí algo que era más que sorpresa: el absoluto convencimiento de que no se trataba de efusiones corrientes ni se parecía en nada a los versos que suelen escribir las mujeres. Me parecieron concentrados y tersos, vigorosos y genuinos. Percibí en ellos una música peculiar: salvaje, melancólica y edificante.”
Charlotte Brontë en la nota editorial de Cumbres Borrascosas
Cumbres borrascosas
Las hermanas se propusieron escribir y publicar cada una una novela. Charlotte escribió Jane Eyre, Anne escribió Agnes Grey y Emily, Cumbres Borrascosas.
Si sus poemas eran “salvajes, melancólicos y edificantes”, su estilo solo se potenció en Cumbres borrascosas. Por medio de la historia de amor de Heathcliff y Catherine, Emily retrató un lado de la naturaleza humana que pocas veces se había mostrado antes y pocas veces volvería a mostrarse después. Es una novela tormentosa sobre el amor, el deseo, el duelo y la obsesión. Sobre un amor constante que trasciende la muerte; con personajes obsesivos, despiadados, crueles, que se alimentan los unos de los otros formando relaciones imposibles; en un terreno desolado, lleno de páramos, neblina y tormentas.
Emily vertió en su novela la frustración de su familia, la incapacidad de subir de rango, los sueños frustrados, el horror de la muerte de sus hermanas, el dolor de la decadencia de Branwell y la soledad de los páramos.
Ella, que nunca se casó y no tuvo parejas conocidas, no conoció del amor más que la frustración de su hermano ante un amor no correspondido; un amor imposible que lo hundía día tras día en la adicción.
La novela se publicó en 1847 y tuvo una acogida terrible, una de las reseñas dice: “Cómo alguien pudo haber escrito un libro semejante sin suicidarse antes de terminar una decena de capítulos es un misterio. Es una compilación de depravación vulgar y horrores antinaturales”.
Eventualmente, después de la muerte de Emily, la novela sería considerada como uno de los libros más importantes de su época.
Muerte
Branwell murió al año siguiente de la publicación de Cumbres borrascosas, a los treinta y un años, en la cama que compartía con su padre. Su partida destrozó a Emily quien enfermó de tuberculosis poco tiempo después del entierro de su hermano. Se rehusó a ver a un doctor o tomar medicamentos. Se consumió lentamente y dejó de comer. Al morir, estaba tan delgada que su ataúd era el más estrecho que habían construido en Haworth. Murió el 19 de diciembre de 1848. Tenía treinta años.
A los quince días de su entierro, Anne se enfermó también y falleció cinco meses después a los veintinueve. Charlotte vivió más tiempo. Se dedicó a dar a conocer la obra de sus hermanas y publicó más novelas. Se casó y murió de tuberculosis estando embarazada a los treinta y ocho años.
Encontrar los páramos
La tragedia de las Brontë, la tragedia de Emily, está en lo pudieron haber hecho de haber vivido más tiempo, en el potencial perdido tan pronto. ¿Qué obras habría escrito Emily después de Cumbres borrascosas? ¿Qué vida habría vivido? ¿Quién habría sido? ¿Habría sido una figura más fácil de definir o nos habría dejado con la misma cantidad de dudas y especulaciones?
Cumbres borrascosas no basta para terminar de definirla, sus poemas no son suficientes, las cartas de Charlotte tampoco. ¿Quién era Emily Brontë? ¿De dónde surgió la obsesión de Heathcliff y la crueldad de Catherine? ¿De dónde vino esa historia de amor tan grande, tan dolorosa, que trascendió el tiempo, que trascendió a los personajes, que trascendió el dolor y la obsesión, y la crueldad para formar parte de nuestro imaginario colectivo? Que nos baste decir que en el aniversario de su muerte pensamos en ella. Recordamos los páramos desolados de su novela y especulamos sobre quién pudo haber sido Emily Brontë.
–
Póster de la película “El balneario de Battle Creek”, 1994. Director Alan Parker.
En 1994 el director británico Alan Parker estrenó el filme The Road to Wellville (El balneario de Battle Creek), una comedia dramática y satírica basada en la novela homónima sobre el sanatorio (una especie de resort con servicios médicos) fundado y dirigido por John Harvey Kellogg en Battle Creek, Michigan. Kellogg, interpretado por Anthony Hopkins, fue un defensor de la medicina holística y distintos métodos para procurar la salud. Sus ideas sobre la salud humana convivieron con ideas religiosas propias, dado que era practicante de la Iglesia Adventista del Séptimos Día.
Con una mirada a la vez satírica y crítica, la película muestra como el sanatorio atraía a varios tipos de personas, incluyendo a pacientes con diversas afecciones y a individuos de la alta sociedad que buscaban mejorar su salud. Si bien en el filme y novela no aparecen, varios íconos de la historia norteamericana fueron pacientes de ese balneario/sanatorio. Por ejemplo: el inventor Tomas Alba Edison, la aviadora Amelia Earhart, el empresario Henry Ford, el banquero John D. Rockefeller, el escritor Bernard Shaw, William Howard Taft, presidente de los EEUU, el fisiólogo ruso Iván Pavlov, Frederick Grant Banting, ganador del premio Nobel por haber descubierto la insulina y los hermanos Mayo fundadores de la Clínica Mayo.
En el filme se revelan las excentricidades y obsesiones del Dr. Kellogg, quien era un afamado médico, así como sus teorías y prácticas peculiares en la búsqueda de la salud y el bienestar. Se muestran los métodos empleados en el sanatorio, como ejercicio físico, la abstinencia sexual y la prohibición estricta de la masturbación, los baños de agua helada, baños de luz, enemas, dietas vegetarianas y otras técnicas de tratamiento desarrolladas por el Dr. Kellogg. También se retratan las dinámicas entre los personajes y las peculiaridades del sanatorio, abordando a su vez, tópicos como la influencia de la medicina, las creencias en torno a la salud, la obsesión por alcanzar el bienestar físico y espiritual.
El Dr. John Kellogg es principalmente conocido por haber creado y difundido los cereales para desayuno -en específico las hojuelas de maíz o corn flakes– junto con su hermano William Kellogg. Este alimento revolucionó los hábitos alimenticios de Norteamérica, así como del mundo occidental.
En 1894, John se encontraba investigando y desarrollando métodos alimenticios para mejorar la salud de los pacientes del ya mencionado sanatorio de Battle Creek. Dentro de sus ideas holísticas sobre la salud figuraba la noción de que “una mente sana” se reflejaba en un “un intestino sano”. En convivencia con las ideas bíblicas provenientes del cánon adventista, Kellogg promovía la salud espiritual y la salud física estaban profundamente conectadas. Esta era la base de sus métodos de nutrición en el que menospreciaba a la carne por sus características poco higiénicas, así como a la constante irrigación del colon con agua ya fuese por vía oral o por medio de enemas. En esta interpretación de la salud gastrointestinal, contemplaba la existencia de microorganismos en los intestinos, mismos que debían ser controlados con la dieta y enemas realizados no solamente con agua sino con yogurt.
Los relatos mencionan que mientras experimentaba con granos de maíz, accidentalmente dejó una mezcla de maíz hervido durante mucho tiempo, lo que causó que se secara y se convirtiera en escamas. En lugar de desecharlo, pasó por rodillos la masa seca y la horneó, resultando en hojuelas crujientes y tostadas. Este descubrimiento fue el origen de las primeras hojuelas de maíz o corn flakes.
Esta invención fue aprovechada por John Kellogg en el marco de su interés por desarrollar alimentos que fueran fáciles de digerir y saludables para sus pacientes en el sanatorio de Battle Creek a quienes alimentó con este nuevo tipo de alimento.
Su hermano William Keith Kellogg notó rápidamente el potencial comercial de los corn flakes. En 1906, fundaron la Battle Creek Toasted Corn Flake Company, que más tarde se convertiría en la Kellogg Company. Con el tiempo, esta empresa comenzó a producir y comercializar los Corn Flakes en masa, promocionándolos como un desayuno saludable y conveniente, causando una ruptura entre John y William pues el primero consideraba que más que un negocio, este alimento debía de proporcionarse solamente en el sanatorio a los pacientes. El éxito de los Corn Flakes fue notable y rápidamente ganaron popularidad en todo Estados Unidos y posteriormente en todo el mundo.
La introducción de los Corn Flakes transformó profundamente la industria alimentaria. Aunque inicialmente eran simples hojuelas de maíz tostado, se convirtieron en el prototipo para el desarrollo de diversos tipos de cereales para el desayuno como los creados por Charles William Post, quien además de haber sido paciente del sanatorio de Battle Creek, también fue otro exitoso empresario de la industria de los cereales.
El impacto en la cultura alimentaria de los cereales de La Kellogg Company, fue indeleble pues, se esforzó por promover los cereales de desayuno como una opción alimenticia conveniente, nutritiva y de rápida preparación. Sin embargo, aunque la visión original de este producto estaba vinculada a la idea de una dieta sana y equilibrada, ésta ya no coincide por completo con las comprensiones modernas de la salud y la nutrición. En su tiempo, se creía que los carbohidratos provenientes de los cereales eran una fuente de energía importante para comenzar el día. Sin embargo, con el progreso en la investigación en el campo de la nutriología, las percepciones sobre los carbohidratos y su papel en la dieta han evolucionado.
El valor nutricional puede variar dependiendo de los ingredientes, la cantidad de azúcares añadidos y la presencia de otros nutrientes esenciales. No obstante, el consumo masivo de estos productos es posible gracias a su dominio comercial y mercadotécnico en todas partes del mundo, contribuyendo a diversos problemas colectivos de salud en distintas latitudes.
En ese sentido el caso del Dr. Kellogg es importante tanto para la historia de la salud y la medicina, como para la historia de la alimentación humana y toda su dimensión cultural y social. Es importante destacar que la salud y los procesos vinculados a mantener la homeostasis en el cuerpo humano, están vinculados a valores y creencias que vinculan en mayor medida las características morales e intelectuales del humano con su realidad biológica. En el caso de la medicina holística de Kellogg, el caso de la sexualidad era problemático. Para el Dr., la pérdida de fluidos provocaba un estado de poca salud por lo que impedía el sexo y la masturbación llegando a separar a los pacientes varones de las mujeres en Battle Creek. En ese tenor, promovía el ejercicio rutinario y colectivo, desarrollando lo que posteriormente serían descrito como aerobics.
Vinculada al universo de la salud humana, la alimentación humana es un fenómeno complejo con una dimensión social, cultural e histórica. Desde las ciencias antropológicas, se ha estudiado la forma en la que las funciones biológicas del ser humano son mediadas por códigos de conducta colectiva que varían según el contexto cultural y las estructuras sociales. Las respuestas emocionales, los patrones de sueño, los actos de alimentarse, defecar, orinar, enfermarse, reproducirse sexualmente y morir, son rasgos que compartimos con otros animales, sin embargo, el ser humano ha creado diferentes significados y conductas en torno a dichos procesos. En el caso de la alimentación, un proceso que permite el equilibrio de los organismos vía la obtención de energía por medio del consumo de ciertas sustancias, también se manifiesta socioculturalmente. Es por ello que la influencia de la figura de Kellogg y sus productos siguen siendo cruciales en la cultura alimentaria global, la industria alimentaria y algunos campos de la medicina. En pocas palabras, Kellogg buscó controlar la conducta de sus pacientes a través de sus hábitos alimenticios y sus preceptos religiosos y morales, a la vez que contribuyó a la investigación médica, por ejemplo, infiriendo la presencia de bacterias en el intestino lo cual más adelante se le conocería como flora intestinal, de forma contemporánea a la consolidación de la teoría microbiana de las enfermedades sintetizada por Koch en 1904.
Ilustración de Alfred Leete para “Extricating Young Gussie”, cuento de PG Wodehouse. Recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
En 1923 se imprimió como novela El inimitable Jeeves, un libro conformado por once relatos conectados entre sí y previamente publicados en diversas revistas, donde generaron tal sensación entre los lectores que la editorial Herbert Jenkins consideró una gran estrategia juntarlos en un solo tomo para su distribución y venta. Y tuvo razón. Cien años después, este libro sigue siendo traducido y distribuido alrededor del mundo y a la fecha es considerado esencial en las listas de libros de comedia. Además, forma parte de la serie de Jeeves, un acumulado de dieciocho libros —algunos compendios de cuentos, otras novelas— del reconocido escritor inglés P.G. Wodehouse.
Para aquellos que jamás habían escuchado este nombre (como yo hasta hace poco), se trata de un autor cómico británico que escribió sobre las clases altas londinenses, y es reconocido principalmente por dos series de libros: la que gira alrededor de la familia Blanding y la que concierne a los personajes de Jeeves y Wooster, (y a este artículo). P.G. Wodehouse fue un escritor apreciado en vida, reconocido por los mejores humoristas de su época como un maestro en el arte del lenguaje y nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico en 1974, un año antes de su muerte.
Se trató de un escritor sumamente prolífico. Se dice que no dejó pasar un solo día sin escribir durante una carrera que se extendió por siete décadas, y esto queda en evidencia con la bastedad de su obra: más de noventa novelas, cuarenta obras de teatro y doscientos relatos breves. Estos números asustan cuando uno quiere acercarse tímidamente a la obra de un escritor que no conoce, pero creo que con Wodehouse es sencillo: se empieza por Jeeves, y se puede hacer por cualquier libro de la serie, ya que no siguen ningún tipo de secuencia y difícilmente se recuerde más adelante el título por el que se comenzó. Algunos de los libros más célebres de la serie: ¡Muy bien Jeeves¡, ¡Gracias Jeeves!, ¡Adelante Jeeves!, El código de los Wooster, De acuerdo Jeeves y El inimitable Jeeves. Les reto.
La escritura de Wodehouse parodia las costumbres y la forma de vida de la aristocracia, pero sin juzgarla o buscar una crítica social profunda, más bien se trata de una burla alegre, amistosa y sin compromisos como la que podría hacer un hermano mayor sobre las tonterías del más pequeño. Para estándares actuales, su escritura podría considerarse clasista (y lo es), pero es importante considerar el contexto de la época en la que se sitúa para mirarla con claridad, además de que lo cálido de su universo y de sus personajes parecen contrarrestar nuestras ganas de protestar al respecto.
Jeeves y Wooster
En todos los episodios —llámese capítulos, cuentos o novelas— de la serie de Jeeves hay dos personajes constantes: Jeeves, el valet (o ayuda de cámara) competente y astuto,de un joven londinense rico y ocioso llamado Bertie Wooster. Bertie es un burgués inútil, holgazán (considera ofensivo que se le despierte antes de las 12:00pm), que gasta dinero sin ninguna consideración y se recarga en el incondicional Jeeves para que le solucione la vida, a veces con su permiso y a veces sin él.
Para entender esta relación —esencial para el disfrute de la novela— entre maestro y sirviente es importante comprender lo que es un valet, ya que se trata de una figura social que jamás existió como tal en Latinoamérica. Un valet, en el contexto histórico y cultural británico, era un sirviente doméstico que desempeñaba un papel crucial en la vida de un caballero u hombre adinerado, atendiendo las necesidades de su amo, desde limpiar su habitación hasta seleccionarle la ropa, asegurándose de que su día transcurra sin contratiempos desde el momento en que se levanta hasta que se va a la cama. También conocido con el nombre de el caballero de un caballero, el valet es el equivalente masculino a la doncella de una dama. Es importante apuntar que la relación entre un caballero y su valet a menudo iba más allá de las simples tareas domésticas, implicando una conexión personal y una confianza mutua.
A pesar de lo anticuado o jerárquico que pueda sonar hoy en día, ser valet de un gran señor era considerado uno de los mejores y más honrosos trabajos para cualquier hombre; de hecho, había quienes se enorgullecían de un linaje en el que abuelos y tatarabuelos sirvieron a la misma familia que ellos servirían años después. Es común encontrar esta figura en las novelas victorianas como Orgullo y Prejuicio, Drácula o El retrato de Dorian Grey, y en un ejemplo más reciente, en la serie Downtown Abbey.
Así que Jeeves —intelectual, serio, práctico y brillante— es para Bertie Wooster una especie de niñera de tiempo completo, pero como además nuestro aristócrata es medio tarado, encuentra en Jeeves no solo a su mano derecha en cuanto a temas domésticos, sino un confidente, consejero y aliado para sacarlo de los problemas en los que no puede evitar meterse.
Bertie, por su parte, suena como un personaje insoportable por su permanente hedonismo, pero conforme uno se adentra en sus aventuras, se descubre un hombre cuyo valemadrismo responde a una visión relajada de la vida y que, bien visto, pasa la mayor parte del tiempo intentando ayudar a sus amigos, aún más dispersos que él, e intentando complacer a sus feroces tías.
La serie de Jeeves se llevó a la televisión en la década de 1980 con el nombre de “Jeeves and Wooster”, protagonizada por Hugh Laurie (inmortalizado para nuestra generación en el personaje de Dr. House) como Bertie Wooster y Stephen Fry como Jeeves. Se trata de una adaptación fiel a las anécdotas y a los diálogos de los originales, que ilustra con claridad la divertida dinámica entre los protagonistas —apoyada por el hecho de que los actores eran mejores amigos en la época de la filmación— y que resulta bastante graciosa. Se puede ver completa en YouTube.
¿Por qué leer hoy comedia inglesa de principios del siglo XX?
Es difícil contestar esta pregunta. Personalmente no creo que haya nada más lejano a la mexicanidad que esta clase de humor inglés, pero apelando a la universalidad de la literatura, es posible para nosotros disfrutar de situaciones que no nos tocan ni de cerca. En El inimitable Jeeves el humor es el atractivo principal, pero tampoco es su único valor, por esto intenté resumir en una lista las razones para leer hoy en día (no relacionadas con lo cómico), este o cualquier otro libro de la serie de Jeeves.
1. Personajes secundarios. Es imposible ignorar que el señor tenía una capacidad increíble para crear personajes demenciales y queribles, que ayudan a las tramas enredadas de las que Bertie Wooster tiene que librarse. Claude y Eustace, sus primos gemelos apostadores y ocurrentes; Bingo Little que se la pasa enamorándose perdidamente cada dos episodios de un sinfín de variedad de mujeres; la tía Agatha, impositiva y amargada, a la que Bertie siempre termina obedeciendo; chicas deportistas medio locas; mayordomos severos y todo el séquito de amistades de Wooster que viven de las pensiones de viejos tíos y desprecian la sola idea de trabajar.
2. Época inventada. Stephen Fry, quien interpretó a Jeeves en la serie de TV, dijo que la magia de P.G. Wodehouse estaba en que “nunca creció, y su mundo nunca crece tampoco, está congelado en un estilo de años veinte que no existieron en realidad. En toda su obra menciona la guerra una sola vez”. Y es que en el universo de Wodehouse existen el jazz y las bromas universitarias clásicas de aquellos años, que a su vez conviven con una rigidez en las estructuras sociales que no corresponde con la época, empezando porque después de la Primera Guerra Mundial, la figura del valet empezó a caer en desuso debido a las afrentas económicas generalizadas. Pero en el mundo de Wodehouse no hay escasez, no hay guerras, no hay problemas que no puedan esquivarse con un poco de buen humor e ingenio y esto resulta refrescante.
3.“Es pura dicha, tan simple como eso”. Las tramas de los cuentos de Jeeves son variadas y algunas completamente ridículas. Pueden ir desde una apuesta entre caballeros sobre cuál párroco dará el sermón más extenso el domingo hasta ver a Bertie haciendo todo lo posible para descomprometerse de alguna chica con la que se comprometió de manera accidental. Debo confesar que cuando empecé a leer este libro no pude evitar sentir decepción: los relatos parecían demasiado inocentes y llenos de conflictos livianos (por no decir tontos), pero conforme avancé en la lectura, el carácter de los personajes y la repetición de sus errores terminaron por convencerme de que precisamente en esa ligereza radica su belleza. Los eventos que suceden rozan lo surreal y crean un ambiente entusiasta, en el que cualquier cosa puede suceder y, ¿por qué no disfrutar también esta clase de lecturas alegres? ¿De dónde saqué la idea de que solo vale la pena leer o ver historias profundas, serias y llenas de reflexiones existenciales? Por ahí del sexto capítulo —el libro está partido en dieciocho— ya leía con una sonrisa, y poco después me reí en fuerte por primera vez y con esto me convencí de otra observación de Fry: leer a Wodehouse es pura dicha, tan simple como eso.
4. El lenguaje. Este es, según el análisis de diversos expertos, el mayor mérito de Wodehouse. Se habla de su ritmo, de su estilo claro y conciso que combina expresiones refinadas con jerga deportiva, jerga de jazz, jerga de colegiales y lo mezcla todo para crear un estilo propio —un estilo denominado inimitable—. Wodehouse leía a Shakespeare todos los años, a Tennison y a Melton, pero a la vez estaba fascinado con las maneras coloquiales, las muletillas y los vicios del lenguaje (por ejemplo, es común que Bertie repita expresiones como “I say” antes de hablar y “what?” al terminar), creando un estilo que contrasta la vulgaridad con la finura en cada línea y es por todo esto que sus traductores sufren en exceso.
5. La relación entre Jeeves y Wooster. Estos dos personajes se balancean y ponerlos uno frente al otro crea un contraste dinámico que atrapa al lector. A pesar de que en teoría se trata de una relación jerárquica, en la práctica es una amistad y la relación más importante en la vida de ambos y, aunque he mencionado un montón de veces que Wodehouse nunca intentó hacer crítica social, es de notar que la jerarquía en la práctica se invierte, porque es el sirviente quien mueve los hilos y controla las decisiones de su señor.
Algo a resaltar es que sus tramas suelen estar armadas con una precisión casi matemática. Lo que quiero decir con esto es que, si leíste un libro suyo y no te gustó, lo más probable es que no disfrutes ningún otro, pues se trata de un escritor cuyas historias responden a formulas narrativas muy marcadas, que le permiten crear un efecto cómico, pero que no varían mucho de un libro al siguiente.
El humor en la literatura
Hay una frase mamona que repiten mis tíos con el orgullo de quienes creen que inventaron algo que lleva existiendo un par de milenios: “la cultura es como la mermelada, mientras menos tienes, más la embarras”. Algo similar se observa en el ingenio que crea el humor, el que apenas puede pensar una frase atinada durante la tarde, la vocifera, la repite, la cuela innecesariamente en la conversación hasta que se le congracie con una sonrisa. A pesar de que considero esto cierto, intuyo que también puede haber problemas con el exceso de humor, en especial en la literatura. Leí una frase de Jim Hardison que decía: “tu novela debe contener chistes escandalosos, absurdos y sin sentido, pero jamás debe ser un chiste”. Inventar aforismos es una habilidad perdida, pero lo intentaré: el humor es como el perfume, si lo usas en exceso, lejos de agradar incomoda.
Mi problema con algunos libros humorísticos es que buscan que absolutamente todo en ellos sea comedia y eso cansa. Peor, eso lleva la historia a un nivel de absurdo en el que uno ya no conecta con los personajes, porque terminan por convertirse en estampitas y ¿Qué puede importarnos si una estampita se muere, se quema, le cae un piano encima o se convierte en confeti? Además del ritmo, encuentro que la clave para escribir con humor está en la dosificación. Wodehouse, por ejemplo, crea una parodia con la forma de ser de sus personajes, agrega algo de ironía y autocrítica en la voz del narrador (Bertie), pero nos regala también situaciones medianamente realistas, y algunos personajes sensatos como Jeeves que anclan el relato en la realidad.
Creo que en la narrativa siempre hay que darle prioridad al personaje y a la trama, si los chistes se comen la novela (o el cuento o el poema o la película) puede que nos saquen una risilla, pero no serán memorables. El acierto de sitcoms como Friends o The Office, que no persiguen la reflexión social, es que además de la risa pronta crean personajes entrañables a quienes queremos que les vaya bien o mal, y con quienes podamos identificarnos por sus situaciones de vida. Esto difícilmente se consigue en las novelas de P.G. Wodehouse, pues se trata de un entorno ajeno que con cada año que pasa diluye su vigencia. Si aún existe algún burguesillo orgulloso de su ociosidad, al menos ahora intenta pasar desapercibido. El tema del contexto se resuelve fácilmente en una novela más seria, a través de notas al pie, pero en la comedia se complica porque ¿existe algo peor para arruinar un chiste que explicarlo? Esto me hace dudar de la supervivencia de Wodehouse a futuro porque, a pesar de que ya pasó la prueba de los cien años, hoy no es ni de cerca tan divulgado como lo fue en su tiempo ¿Terminará la obra de Wodehouse por ser un vestigio que solo interesa por su color y por la nostalgia de una época bella y libre de angustia (para los afortunados millonarios)? O, al contrario, ¿será precisamente eso lo que la preservará a lo largo del tiempo? Veremos.
El 14 de Diciembre de 2003, la BBC publicó la siguiente imagen:
Un día antes, el presidente Iraquí había sido capturado por el ejército estadounidense durante una guerra que Hollywood se encargaría de retratar fantasiosamente en los años posteriores. Casi una década después, la imagen comenzaría a circular por foros de internet con ediciones en tono burlesco.
Poco después sería sentenciado en un tribunal internacional y ejecutado.
Pero ¿Quién fue Saddam Hussein? ¿Por qué se escondió en un agujero? ¿Qué implicaciones tiene la mofa a su captura?
El usurpador
En medio de las tensiones étnicas que han acompañado a Irak (árabes y kurdos) y gran parte de Medio Oriente a lo largo de su historia, Saddam Hussein orquestaría en 1979 un golpe de estado contra Ahmad Husayn Khudayir as-Samarrai, aunque ya llevaba varios años siendo líder de facto, en la década de los 80s pasaría a masacrar aldeas kurdas de manera sistemática.
Saddam nació en el seno de una familia campesina el año de 1937 y durante su juventud se vería atraído por el baazismo. El baazismo es una ideología proveniente del renacimiento y resurrección árabe, basada en principios nacionalistas y socialistas. Su núcleo doctrinal busca por el progreso y la formación de una nación árabe, guiada por un partido al frente de un estado “revolucionario”.
Entre octubre y noviembre de 1956, se dio de la crisis del Suez, lo que afirmó el liderazgo de Gamal Abdel Nasser y la soberanía de Egipto frente a las potencias coloniales de Reino Unido, Francia e Israel. Este desmadre sirvió como catalizador para un grupo de jóvenes revolucionarios, entre los cuales se destacaba un Saddam Hussein de apenas 19 años. Inspirados por la gesta de Nasser, estos weyes se lanzaron en un infructuoso intento de golpe de Estado contra el monarca de Irak Faisal II en el mismo año 1956.
El año siguiente marcaría un cambio radical en la vida de Saddam. Después de ser rechazado en la Academia Militar debido a su historial académico culerillo, el morro, influido nuevamente por su tío y en busca de nuevos horizontes, decidió adentrarse en el ámbito político. Fue en este punto que Saddam Hussein se encontró con el baazismo, una corriente ideológica que lo cautivó con sus principios izquierdistas, laicos y revolucionarios. En 1957 formalizó su afiliación al Partido Baaz Árabe Socialista, dando inicio así a una etapa decisiva en su camino hacia el liderazgo.
Un año más tarde, el 14 de julio de 1958, sucedió un golpe de Estado en Irak que marcó el fin de la monarquía hachemí. Un grupo de militares liderados por Abdul Karim Qasim y Abdul Salam Arif, encabezó la revuelta que resultó en la destitución y ejecución del monarca Faysal II. Esto dió paso a una dictadura militar de índole nacionalista, antioccidental y prosoviética.
A partir de 1974, Saddam emergió como la figura preeminente en el seno del partido y del gobierno, consolidando su posición al ocupar diversos cargos públicos y alcanzar la segunda posición más relevante en la jerarquía. Bajo su marcada influencia, logró persuadir a su predecesor, Ahmed al-Bakr, para llevar a cabo medidas significativas que transformarían la estructura y las políticas del país. En 1972, Hussein abogó por la nacionalización del petróleo, destinando los ingresos para impulsar la industria armamentística de Irak. Además, en 1976, logró la prohibición de la existencia de otros partidos políticos contrarios al Baaz porque a huevo, consolidando así el poder del partido gobernante.
Saddam, reconocido por su admiración hacia Stalin, consolidó su poder mediante una purga interna en el partido, utilizando los servicios secretos para neutralizar a cualquier opositor, como haría cualquier político déspota en sus cabales. Asimismo, desató una feroz persecución religiosa contra la población chiita, resultando en detenciones, deportaciones e incluso asesinatos. En el mismo año, llevó a cabo una persecución masiva de comunistas, lo que deterioró relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.
Estratégicamente orientó sus políticas hacia Occidente y mejoró las relaciones con Francia, que proporcionó apoyo en forma de uranio e infraestructura para su programa nuclear. Sin embargo, Saddam desvió estos recursos para fines militares, falseó la información al afirmar que estaban destinados a beneficios civiles, elaborando una red de engaños que marcarían su trayectoria en el escenario internacional.
En la Guerra Irán-Irak Saddam Hussein desató una política militar motivada por la disputa territorial, intereses petroleros de multinacionales y la inestabilidad en Irán tras la Revolución islámica. Invadió Irán, respaldado por Estados Unidos, Francia, Arabia Saudita y Kuwait, con la supuesta preocupación de que Irán pudiera expandir su influencia a través del fundamentalismo islámico. A pesar de la dizque neutralidad buscada por la Unión Soviética, Irak recibió apoyo armamentístico del Pacto de Varsovia. La guerra resultó en una pérdida devastadora de vidas y dejó a ambos países en crisis económica, sin un claro ganador.
Durante este conflicto, Saddam perpetró el genocidio kurdo en la región norte de Irak, conocido como la Operación al-Anfal. Esta brutal campaña entre 1986 y 1989 resultó en la destrucción de 4,500 poblaciones y aldeas por Ali Hassan al-Mayid, primo de Saddam. En 1990 invadió Kuwait debido a disputas petroleras y precios del crudo. La Guerra del Golfo, iniciada en 1991 por una coalición internacional liderada por Estados Unidos, restauró Kuwait, pero dejó a Irak en una crisis económica y aislamiento. Saddam se mantuvo en el poder, enfrentando los bombardeos y sanciones de la ONU. En 2003, una invasión liderada por Estados Unidos, que decidió que Saddam no era tan compa, lo derrocó pero no se encontraron las armas de destrucción masiva que habían usado de excusa para intervenir el país. Capturado en diciembre de 2003 durante la “Operación Amanecer Rojo”, fue declarado prisionero de guerra junto con 11 de sus colaboradores y entregado al gobierno iraquí en junio de 2004 tras meses de custodia bajo el control de las fuerzas estadounidenses.
Los memes (a manera de conclusión)
El 19 de octubre de 2005 comenzó el juicio en el que fue acusado por la matanza de 148 chíies en Duyail en 1982. El proceso duró hasta el 27 de julio de 2006, y durante éste, Saddam se mostró bien verguitas. El 5 de noviembre de 2006 fue condenado a muerte por el Alto Tribunal Penal iraquí, controlado por Estados Unidos.
Su ejecución tuvo lugar el 30 de diciembre de 2006. A pesar de sus últimas palabras retadoras y su negación a que le cubrieran la cabeza, fue ahorcado. Esto provocó atentados en Bagdad y fue seguida por disturbios. Su cuerpo fue entregado a su familia para que lo enterraran en Tikrit.
El número de víctimas atribuidas al régimen de este cabrón varía según las fuentes. Human Rights Watch estima entre 250,000 y 290,000 muertes y desapariciones, mientras que el gobierno de Estados Unidos afirmó que Saddam mató a 300,000 iraquíes. Las cifras incluyen víctimas de diversas persecuciones y campañas llevadas a cabo durante su gestión. Durante las manifestaciones universitarias que se dieron recientemente en Guanajuato, los defensores de la iconoclasia repetían constantemente el mantra: “memoria y resistencia”; a 20 años de la captura y 17 muerte de Saddam, vale la pena preguntarse, ¿No es la mofa de estas figuras que atentan contra la integridad de los pueblos, y a la cual podría agregarse un sinfín de políticos como el reciente y afortunadamente fallecido Henry Kissinger, una forma de memoria y resistencia históricas? John Locke decía que el pueblo tiene derecho a rebelarse si sus derechos son violentados sistémicamente, y la revolución es la última alternativa después de agotar las opciones pacíficas. El meme de internet ha demostrado ser una transgresión en el lenguaje capaz de incitar a la reflexión. En el meme resistimos.