Tierra Adentro

En la mañana el gallo ronco la despertó. Abrió los ojos y se acomodó la falda roja. De la mesa de madera tomó la taza de peltre y bebió el pinole remojado en agua. Se asomó a la puerta, vio los granos de maíz en el suelo, y el olote descubierto, desnudo, despojado de sus granos amarillos. Las gallinas comían picándose las cabezas entre sí. Mariquita rio, y se tapó la boca. A lo lejos, la bicicleta azul oxidada de su tío “El Pelón” se atoraba entre las piedras. Dejó de reír, entró de nuevo a la casa. Abrió la puerta de la estufa y metió un pedazo de ocote muy grande que olía a pino. Lo observó arder. Las llamas saltaron, y las cenizas cayeron junto a sus pies.

Alítate Maiquita, ya llegó tío —le gritó su mamá, mientras metía las gallinas al corral.

La niña se puso los lentes que le habían regalado los chabochis, hombres que hacían exámenes de la vista gratis a los niños y ancianos. Su tío entró a la casa, llevaba puesto un paliacate rojo que cubría su nariz y boca. Había regresado de la ciudad, más cambiado, con una camisa azul brillante, la cual traía bordada en la espalda la imagen de la virgen de Guadalupe.

Mariquita subió a la bicicleta y se aferró a la camisa de su tío. Tras recostar su mejilla en la imagen bordada, pensó en el niño de ojos entrecerrados bajo los pies de la virgen. Se aferró fuerte a la espalda del hombre y también agachó la mirada como el niño. Sintió el viento helado en su rosto. Otra vez no iría a la escuela.

Entró a la casa del tío, y miró al santo en la cabecera de la cama: una figura de yeso, descarapelada, un hombre con túnica blanca y verde que sostenía un palo de madera. Pensó en su padre, quien antes de morir llevaba consigo un palo para defenderse de aquellos que lo habían “tableado”, por rehusarse a trabajar sin paga. Su tío entró a la habitación y con voz ronca y gruesa le ordenó: «Métete debajo de la cama, ya sabes dónde. Ahorita llegan más tarde por nosotros».

Se metió debajo de la cama y quitó la madera que cubría el hoyo que estaba en el piso. Entró en la tierra. Vio de nuevo las venas del árbol, las raíces de las que a veces se agarraba fuerte; e imaginaba cómo las hojas se movían al igual que su cuerpo estrujado por su tío.

Su tío entró al hoyo, después de ella. Le arrancó la falda roja y ella la vio caer bajo sus pies. Se sintió como el olote despojado de sus granos, como una mazorca roja, desechada, inservible por estar agusanada. A Mariquita el gusano voraz la perforó, le royó la carne y todas sus almas. Su tío se marchó. Ella se quedó inerte como una raíz, oculta, con la hojarasca de su inocencia palpitando entre sus piernas.

Después de unas horas, su tío regresó, golpeó muy fuerte la madera que cubría el hoyo y desde afuera le gritó:

—Levántate, ¿Pa’ qué te duermes? Te voy a llevar a que ayudes a cortar las florecitas de amapola. Ándale, apúrate, antes de que anochezca—.

Mariquita y su tío avanzaron por un camino hasta llegar a la carretera. En la curva se observaba una capilla pequeña. Adentro de esa casa blanca y abarrotada se distinguía un santo y una vela encendida. Una camioneta roja se acercó a ellos.

—Súbete, Pelón. ¿Y esa niña? —preguntó el hombre de la camioneta mientras encendía un cigarro.

—Es la Mariquita, mi sobrina, la traigo pa’ que jale en la amapola —contestó “El Pelón”, mientras acariciaba la nuca de Mariquita.

La niña sintió que la nariz le ardía por el olor a hierba quemada, mariguana. Pensó en el ocote, y también en el olor de la camisa de su tío, en el olor de la virgen, de ese pecho tatuado que a veces aplastaba su cuerpo. Sintió asco y miedo. Su corazón palpitó como la vela de la capilla.

Llegaron al lugar. Un hombre, cuyo rostro no pudo ver porque lo traía cubierto con una capucha, le entregó una navaja y le explicó lo que tenía que hacer con las flores rojas. No entendió lo que dijo, y se quedó viendo la calavera pintada en su gorro. Recordó la cara de su padre, cuando lo descubrió calcinado en la pastura, en el corral de su casa. «No entes Maiquita, ese no es tu padre», escuchó de nuevo la voz de su madre, como si esas palabras le estuvieran picoteando la cabeza. Otra vez se vio a sí misma correr hacia el cadáver que llevaba una hebilla en el cinto, la cual su padre compró en la ciudad, una rueda de plata con la imagen de ese gallo ronco que la despertaba todas las mañanas.

Mariquita cerró el puño y sintió el filo de la navaja en uno de sus dedos. Ninguno de los niños  que estaban en la fila volteó a verla. Se acomodó en la última hilera frente a una flor e imitó lo que hacía el niño de enseguida. Comenzó a cortar la flor, vio como le salía un líquido blanco y pegajoso, y pensó en su sabor agrío. A su mente llegó otra vez ese lugar oscuro, debajo de la cama de su tío, adentro de la tierra; se vio a sí misma al igual que el niño de ojos entrecerrados cargando el peso de un cuerpo que se subía a ella a la fuerza; se vio observando esa imagen de la virgen en la camisa tirada a un lado de su cuerpo desnudo, a esa virgen que nunca hizo nada por defenderla. Se vio con las piernas pegajosas de ese líquido blanco que había brotado de su tío. Y ella, como la virgen, la santa que no habla, no gritó; no se defendió porque tuvo miedo.

Regresó de nuevo a su realidad. Apretó la navaja. Estaba decidida: le contaría todo a su madre; por fin, al igual que el gallo ronco, hablaría. Como las gallinas, alzaría el pico para clavarlo sobre la verdad.

Su tío se acercó a ella y en tono de burla le dijo: «Vámonos, Mariquita, ya terminó la escuela».

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