En Tacuba está Cortés con su escuadrón esforzado, triste estaba y muy penoso triste y con gran cuidado, una mano en la mejilla y la otra en el costado.
Anónimo citado por Bernal Díaz del Castillo
El inicio y las razones de la guerra
La guerra empezó con una matanza a traición: Moctezuma había exigido a Cortés que se fuera del Anáhuac, pues ya había estado suficiente tiempo como huésped en Tenochtitlan, pero Cortés y sus cómplices (los capitanes, los que habían inventado un ayuntamiento para eludir la ley) no tenían a dónde ir. Así, arrinconados, Cortés y sus amigos tuvieron la suerte de que se presentara en Veracruz el capitán Pánfilo de Narváez, enviado con fuerte escolta por las autoridades españolas para detener a Cortés por traidor y rebelde.
Cortés pidió a Moctezuma permiso para combatir a Narváez y el tlatoani mexica se lo concedió, así que el capitán salió hacia la Villa Rica de la Vera Cruz con la mayoría de sus hombres y de sus aliados tlaxcaltecas, huejotzincas, cholultecas, otomíes y totonacos, dejando en México al capitán Pedro de Alvarado, uno de sus principales cómplices, con unos 80 castellanos y dos o tres mil aliados.
Pedro de Alvarado decidió forzar las cosas y en una matanza, un golpe de mano a traición, trató de hacerse de México-Tenochtitlan, con su tlacatecuhtli y con sus principales, pensando quizá que ello le daría la ciudad y el soñado, fantaseado, Imperio mexica.
Las crónicas no lo dicen pero, como era de día y corría mayo, podemos suponer que brillaba el sol en lo alto de aquel cielo tan azul, de “la región más transparente del aire”, como la llamó Alfonso Reyes al imaginar, al reconstruir, aquel Anáhuac que vieron los españoles por primera vez unos meses atrás de ese luminoso día de mayo.
Los gobernantes, los sacerdotes y los guerreros tenochcas celebraban la fiesta en honor de Huitzilopochtli. Los acompañaban los señores aliados de Texcoco, Tlacopan y otros altepemeh. El pueblo llenó el recinto sagrado para ver el espectáculo, cuando, sigilosamente, los españoles y sus aliados cerraron las salidas del lugar y, acto seguido, cargaron contra los desarmados guerreros que constituían el núcleo de la fiesta. Escribe fray Bernardino de Sahagún:
Pues así las cosas, mientras se está gozando la fiesta, ya es el baile, ya es el canto […] en ese preciso momento los españoles toman la determinación de matar a la gente. Luego vienen hacia acá, todos vienen en armas de guerra. Vienen a cerrar las salidas, los pasos, las entradas: la Entrada del Águila, en el palacio menor; la de Acatl Iyacapan [Punta de la Caña], la de Tezcacoac [Serpiente de Espejos]. Y luego que hubieron cerrado, en todas ellas se apostaron: ya nadie pudo salir. Dispuestas así las cosas, inmediatamente entran al Patio Sagrado para matar a la gente. Van a pie, llevan sus escudos de madera, y algunos los llevan de metal y sus espadas.
Después, los cronistas españoles y las fuentes de tradición indígena darían varias explicaciones y justificaciones de la matanza a traición ordenada por Alvarado. La mayoría de las versiones no resisten el más elemental ejercicio de la crítica histórica, pero hay tres hechos que se desprenden de la matanza: 1) El propósito de Alvarado era liquidar a la jerarquía militar mexica. 2) Muy probablemente fue entonces cuando aprehendió a Moctezuma y a los demás dignatarios que esta ríanpresos con él (empezando por los señores de Tlatelolco, Texcoco y Tlacopan, y Cuitláhuac, señor de Iztapalapa). 3) La matanza del Templo Mayor provocó la guerra. Esta vez coinciden las fuentes. La reacción de los mexicas fue inmediata. Dice fray Bernardino de Sahagún:
Y cuando se supo fuera, empezó una gritería: “Capitanes, mexicanos… venid acá; ¡Que todos armados vengan: sus insignias, escudos, dardos…! ¡Venid acá de prisa, corred: muertos son los capitanes, han muerto nuestros guerreros!” Entonces se oyó el estruendo, se alzaron gritos, y el ulular de la gente que se golpeaba los labios. Al momento fue el agruparse, todos los capitanes, cual si hubieran sido citados: traen sus dardos, sus escudos. Entonces la batalla empieza: dardean con venablos, con saetas y aun con jabalinas, con arpones de cazar aves. Y sus jabalinas furiosos y apresurados lanzan. Cual si fuera capa amarilla las cañas sobre los españoles se tienden.
Es probable que, pese a todo, la matanza de Tóxcatl no descabezara en términos políticos ni militares a la Triple Alianza, y al parecer no debilitó la fuerza guerrera de México-Tenochtitlan, ni provocó una crisis en el mando. Sin embargo, en las narraciones aparece un hueco muy notable: el que va del 20 o 22 de mayo, día de la matanza, al 24 de junio, cuando Cortés regresó a Tenochtitlan. Podríamos entenderlo porque todas las narraciones están centradas en Cortés, pero es curioso que en un mes los mexicas no hayan podido acabar con 80 españoles y unos pocos miles de aliados, y que luego, en sólo seis días, con un liderazgo reconocido y sus capitanes libres, hayan reducido a las últimas a más de mil castellanos y 8 000 a 10 000 aliados.
Lo que sabemos de ese mes, casi perdido en las crónicas, es que los 80 españoles y sus aliados, con Moctezuma y muchos principales presos, realmente rehenes, se defienden en el Palacio de Axayácatl, asediados, sitiados por los mexicas y cada vez más desesperados. Posteriormente, algunos autores nacionalistas infirieron que el mando militar mexica recayó en Cuauhtémoc, “señor de Tlatelolco”, pero no hay fuentes para asegurarlo, ni Cuauhtémoc fue elevado a esa dignidad sino hasta el asesinato de Itzquauhtzin, simultáneo al de Moctezuma y al de los tlatoanis de Texcoco y Tlacopan.
En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo arriesga una explicación de la razón por la que los mexicas no acabaron con Pedro de Alvarado y sus compañeros: según el soldado cronista, cuando los mexicas se enteraron de que Cortés había desbaratado a Narváez, “Montezuma y sus capitanes […] dejaron de dar guerra a Alvarado”. Sin embargo, hay más de una semana entre una cosa y la otra. No dejemos de señalar que dice “Montezuma y sus capitanes”, cuando éste ya estaba preso de Alvarado.
La parte de la guerra que sí está documentada en las fuentes es la que inicia el 24 de junio, cuando Cortés regresa a la ciudad. Una guerra cuyo motivo principal y explícito, haciendo a un lado justificaciones de toda índole, fue el afán de riqueza y dominio. ¿Quiénes y por qué se enfrentaron en esta guerra? Vayamos a ello.
Las armas, los contendientes
Los europeos merodeaban en las cercanías de lo que hoy es México desde 1492 e hicieron contacto directo en 1497. Después hubo naufragios (1513), batallas (1517) y, finalmente, en 1519, arribó la expedición capitaneada por Hernán Cortés.
¿Cuál era esa tierra a la que arribaron estos aventureros? No conocemos el nombre que le daban sus habitantes (a veces usamos Anáhuac, aunque no sea del todo preciso), pero hace décadas al parecer estamos de acuerdo en llamarle Mesoamérica a la “superárea cultural” en la que irrumpieron los españoles y que desde 1517 vivió un periodo prolongado de guerras que se han llamado “de conquista”, que realmente nunca concluyeron.
No es nuestro objetivo explicar Mesoamérica, pero sí necesitamos asomarnos a dos aspectos: su organización política y sus formas de hacer la guerra.
En una sociedad en la que la agricultura intensiva y la extracción de tributo son la clave de la economía había una doble forma de explotación: la de una clase sobre otra en la sociedad en general y en cada altépetl en particular, y la de la clase dirigente sobre pueblos tributarios. La base de la estructura social eran los calpulli (barrio o comunidad) que conformaban un altépetl (pueblo o ciudad). Los altepemeh (plural de altépetl) solían ser bastante estables y en 1519 llevaban medio milenio de constantes guerras. Para librar esas guerras se asociaban en confederaciones militares. Cuando un altépetl dominaba a otros alcanzaba la siguiente categoría: la de señorío o tlatocáyotl… sin dejar de ser altépetl. Los altépetl sometidos conservaban su gobierno (de los que había varias formas distintas) y reconocían como autoridad política superior al tlatoani del tlatocáyotl.
Para 1519 los tlatocáyotl de Tenochtitlan y Texcoco representaban las formas políticas más avanzadas de su época y fueron modelo de otros centros de poder; junto con Tlacopan, habían constituido la Excan Tlahtoloyan (Triple Alianza), que desde 98 años antes expandía gradualmente su dominio e imponía tributos a otras confederaciones de tlatocáyotl, primero en la Cuenca de México y luego más allá de sus límites geográficos. También para ese momento el proceso de centralización del poder en México-Tenochtitlan prefiguraba quizá un cambio del modelo de guerra endémica y de dispersión del poder político.
Ahora bien, ¿cómo se hacía esta guerra endémica? Nos han dicho que se trataba de guerras altamente ritualizadas, negándoles o minimizando sus implicaciones políticas y económicas. Sin duda la guerra florida tenía un marcado componente ritual, pero no era la única forma de guerra. Resulta evidente que esa guerra “ritualizada” permitía a los mexicas mantener el control de sus más peligrosos rivales, liquidando sistemáticamente a sus élites guerreras y, así, facilitando su control. Sin embargo, más allá de lo “ritual”, al parecer simplificó las tácticas militares mesoamericanas, pues las batallas generalmente consistían en líneas paralelas de guerreros donde lo importante era el combate individual cuerpo a cuerpo.
A primera vista, en las fuentes de tradición indígena la guerra mesoamericana sólo aparece como una guerra ritual cuyo centro, cuyo objetivo, era el sacrificio… ¿Era así? Las nuevas lecturas críticas de estas fuentes muestran que, en muchos sentidos, lo que hacían los ancianos tlatelolcas que contaron las “antigüedades mexicanas” a los padres de San Francisco era confirmarles a aquéllos el carácter demoniaco de la cultura mesoamericana… “carácter” en el que las imágenes del sacrificio y el canibalismo tienen gran importancia.
Los franciscanos son explícitos: a los sacrificados “se los llevaba el demonio”, y la guerra florida tenía objetivos muy precisos: según fray Diego Durán, los mexicas podrían haber sometido a Tlaxcala, Huejotzingo, Tepeaca, Atlixco y otras poblaciones, pero decidieron no hacerlo
por dos razones que daban aquella gente para comida sabrosa y caliente de los dioses cuya carne les era dulcísima y delicada y la segunda era para exercitar sus valerosos hombres y donde fuese conocido el valor de cada uno y así en realidad de verdad no se hacían para otro oficio ni fin las guerras entre México y Tlaxcallan sino para traer gente de una parte y de otra para sacrificar […] Donde toda su contienda y batalla era el pugnar por prender unos a otros para el efecto de sacrificio […] para poder traer más cautivos que sacrificar de suerte que en aquellas batallas más pugnaban por prender y no matar ni hacer otro daño en hombre ni mujer ni en casa, ni en sementera, sino sólo traer de comer al ídolo.
Pero las fuentes no hablan con el mismo detalle de las campañas en que los mexicas y sus aliados pretendían someter a su dominación y tributo a otros grupos, campañas que van mucho más allá de la guerra florida, pues tienen claros objetivos políticos y económicos y cuyas formas y desarrollo no aparecen (o casi no lo hacen) en las fuentes cuasi indígenas que, insistimos, en realidad reproducen figuras clásicas, bíblicas y medievales. Estas guerras de conquista eran el motor económico y político del modelo socioeconómico.
Así pues, en Mesoamérica también hacían la guerra para derrotar militarmente al enemigo; para ello, se mataba en el campo de batalla, aunque tengamos poca o ninguna información sobre sus tácticas militares. Por cierto, para el verano de 1520 ya habían aprendido a enfrentar las armas de metal y fuego y los caballos y sus jinetes (la principal experiencia derivaba de las cuatro batallas libradas en Tlaxcala en el otoño de 1519).
¿Con qué armamento libraban estas guerras? Principalmente armas de piedra y madera, armas arrojadizas y defensas de algodón grueso; pero la especialización militar de las élites hacía de estos instrumentos terribles armas mortales.
Las armas arrojadizas todavía parecían directamente vinculadas a la caza y la pesca: el arco y la flecha de piedra y madera (puntas de obsidiana o pedernal), la honda y el atlatl o tiradera (instrumento para arrojar lanzas). Cortés, Díaz del Castillo y otros cronistas hablan también de “varas” o “jabalinas” (lanzas de madera endurecida al fuego, a veces impulsadas por atlatl).
Las armas contundentes y cortantes eran mazos y garrotes con incrustaciones de piedra. La más famosa era el macahuitl (una especie de porra con pedernales en sus dos costados), que, junto con cuchillos de obsidiana, fueron los más usados en los combates de “pie con pie”, de “cuerpo a cuerpo” o “frente a frente”. Armas que mataban, y mucho. Sumemos los “escudos” de madera (chimalli) y las “armaduras” acolchadas de algodón (ichcahuipillis), cuya eficacia era tan notoria que los españoles empezaron a usarlas muy pronto en sustitución de sus pesados y sofocantes petos de metal.
En cuanto a los españoles que llegaron a estas tierras con afán de lucro y dominio, ¿qué guerra hacían? Hay quienes opinan que la expedición de Cortés fue una empresa capitalista, en la que el genial capitán general fue planeando paso a paso las estrategias de acuerdo con una mentalidad plenamente moderna (“maquiavélica”), como modernas eran sus armas. La “superioridad” tecnológica y, más aún, la “intelectual” serían clave en su victoria. ¿Modernos? Hay quienes los presentan más bien como medievales.
Los historiadores que hemos revisado el tema y, sobre todo, aquellos que hemos analizado con cuidado las fuentes de la invasión española y la realidad del armamento que traían, encontramos que, en muchos aspectos, las expediciones españolas y portuguesas fueron una continuación de sus endémicas guerras medievales a las que bautizaron como “reconquista” (una tan falsa como poderosa construcción ideológica). Como en la “reconquista”, Hernán Cortés y sus amigos se instalaron por la fuerza, fortificaron sus casas, impusieron el bautismo… Repitieron nombres como Segura de la Frontera.
Los cronistas de Indias (los españoles de la primera generación de historiadores) parecen hablar de sí mismos en el tono del Cid Campeador. También combaten junto a ellos, delante de ellos, decidiendo batallas, Santiago Matamoros, transformado en Santiago Mataindios, además de la Virgen María y el apóstol San Pedro.
Se ha confirmado que en la irrupción española en Mesoamérica de 1519-1521 no hay armamento ni tácticas modernas (“renacentistas”). En esos días España se estaba convirtiendo en una potencia militar en Europa. Durante casi dos siglos los españoles señorearon los campos de batalla europeos; pero las armas y las tácticas que le dieron a España una larga y duradera ventaja militar, y que aparecen con claridad en la batalla de Pavía (1525), no estuvieron presentes en Mesoamérica.
En efecto: los estudios históricos y arqueológicos del armamento del puñado de españoles que acompañaron a Cortés (poco más de 2 000 en total, de los cuales 1 100 lo hicieron durante los días de junio de 1520 que nos ocupan, mientras que en la mencionada batalla de Pavía en un solo día el ejército español tenía más de 30 000 hombres) han mostrado que la mayoría de las 93 “escopetas” carecían de sistemas de ignición, lo que las coloca más cerca de las armas del siglo XIV que de las del siglo XVI: eran un lento instrumento medieval con alcance inferior a 50 metros. Tampoco las ballestas resultaron eficaces.
Parece que, más que la pólvora, el acero pudo marcar diferencias en el combate mesoamericano cuerpo a cuerpo. Las picas del puñado de jinetes y las pesadas espadas de los infantes eran claramente superiores a las armas contundentes de piedra y madera; sin embargo, por su muy escaso número (unos pocos cientos en batallas que involucraban a miles o decenas de miles de contendientes), su eficacia era temporal y limitada.
Las fuentes muestran a los indígenas y, particularmente, a los enviados de Moctezuma aterrorizados ante los “truenos” y los caballos en noviembre de 1519, pero los hechos indican que desde septiembre de ese año los tlaxcaltecas supieron bien a qué atenerse frente a unos y otros. La relativa ventaja que daban los equinos fue contrarrestada con defensas, zanjas, trampas y otros artilugios elementales.
Ahora bien, dado que las fuentes originales coinciden en ese aspecto, para muchos historiadores el verdadero efecto del armamento europeo fue el psicológico. Es decir, el terror que caballos, pólvora y acero sembraron en las “hordas primitivas” de los mesoamericanos. Al caerse el anterior argumento, éste carece de base y no merece ser discutido.
Otros historiadores sostienen que, en efecto, las armas no representaron una contribución técnica fundamental para la conquista, sino que ésta se logró más por el genio de Cortés. Por lo tanto, la oposición modernidad / atraso va limitándose al genio, eliminadas las escopetas y los arcabuces. Un historiador muy influyente escribió que “los españoles eran hombres renacentistas, con una visión del mundo esencialmente laica, mientras que los indios tenían una cosmovisión mucho más arcaica, en la que el ritual y la magia desempeñaban una función importante”. Esto omite todo lo que hemos mostrado del pensamiento medieval de la hueste de Cortés y vuelve a caer en el racismo eurocéntrico… que llega a afirmar que el enfrentamiento entre mexicas y españoles (siempre reduciéndolo a esa falsa dicotomía) se trató del equivalente a un enfrentamiento entre quienes tuvieran armamento atómico y quienes carecieran de él.
Para entender lo anterior hay que tratar de desentrañar los hechos, la guerra.
TWINKIE: La mañana que supimos que habían matado a Cascarita, nos fugamos de la escuela. No es que no lo hiciéramos a menudo para irnos a jugar algún partido o por el sencillo gusto que nos daba no estar donde debíamos. Pero ese día, quizá ese y solo ese, fue el único en el que realmente valió la pena dejar la cancha. La barda perimetral de la escuela tenía un pequeño problema de seguridad; es decir, un agujero enorme, como preludio de una guerra imaginaria de la que todos recordamos historias. En seguida fuimos a la calle, como nuestras madres solían denominar a cualquier espacio donde jugáramos al futbol: “de la calle no te mueves” grita mi mamá, aunque yo me encuentre en la tienda, en el pasamanos o sobre el almendro que da a la puerta de mi casa. Cuando llegué donde estaba Cascarita, Cagón ya estaba ahí. Cagón era de esos chamacos que se la viven en la calle con una pelota prestada retumbando de una rodilla a otra. También iba a la escuela, aunque no a menudo, y siempre en el mismo grado, pero ese día no estaba en su asiento del fondo como acostumbraba, ni en la cancha de futbol que da a un lado del monte.
CAGÓN: Sí es él, sí lo vi. Le vi la mano como esquivando el aire, como solía hacerlo en los partidos. Debiste haber estado, Twinkie. Nunca había visto a un muerto dentro de una bolsa negra. Lo vi todo. Antes de que lo embolsaran tenía la mano extendida llena de dedos muertos. Y no lo vas a creer, pero alcancé a ver su dedo índice moverse hacia mí, como tratando de decirme algo sin usar la boca, sin usar la voz, en completo silencio estéril, pero no entendí qué era.
TWINKIE: Cuando llegué ya lo estaban subiendo a la camioneta de la SEMEFO y cuando se fueron solo dejaron un charco de sangre con el grafiti que dibujó el contorno del cuerpo de Cascarita. Flaca, Belén, Stanley, Pelos y Coreano llegaron después, eran mis amigos y esos eran los nombres que se les dieron como recuerdo de una gloria pasada, un chiste, una caída torpe, un programa de televisión. En ese tiempo no gastábamos memoria aprendiendo nombres, los nombres son para los viejos. Mi padre viajaba mucho, por así decirlo, y siempre me mandaba regalos por paquetería. En ese entonces me había mandado una bicicleta de aluminio rodada 26. La recuerdo bien, era roja con negro y le nacían llamas feroces a los costados, aunque ese no era precisamente mi estilo. Tú me entiendes, ¿no? Como sea, la mía era la más veloz de todas, a pesar de que la silla era demasiado alta como para sentarme en mella y apenas podía alcanzar los pedales. Aun así, llegué primero, bueno, después de Cagón. Ese día pedaleé como nunca. ¿Qué se hace al ver un muerto? Flaca me tapó los ojos, con sus escuetos dedos blancos de bruja, pero no fue suficiente. La imagen ya estaba ahí. Ella era una especie de jefa de grupo, de manzana, de barrio, gurú, vocera, secretaria, tesorera, era de todo. Acordonaron el área con esa cinta amarilla que dice en letras negras “no pasar” y se fueron para la chingada. Nunca los volvimos a ver. Ni a los forenses, ni a los peritos, ni a los judiciales que siempre llegaban en parvadas de camionetas negras. Nada volvió a ser igual después de ese día. Creo que porque todos decidimos olvidarlo, o porque no duró más que la pintura blanca que dejan los muertos sobre la carretera. Volvimos a nuestras vidas, pero sin futbol. Como si hubiera vida sin eso.
2
Antes
Un balón de caucho viejo, como las paredes de las casas que se enfilan a los lados de una calle sin número, rebota de un lado a otro por una cancha donde la maleza marca los límites del campo. Aunque no existan líneas divisorias ni medidas exactas, los jugadores siguen las reglas de un partido profesional, con saques de meta, faltas, penalizaciones. Hasta que cae un gol.
COREANO: Gooooool. Ganamos. Ganamos. Ganamos.
Coreano barre la cancha y todos aplauden enloquecidos por su primer gol de chilena. La muchedumbre no se lo puede creer. Una victoria para el equipo, es una victoria para Santiago Mataindios, es una victoria para el mundo.
CAGÓN: No mames, no mames, no mames, me duele. Es falta.
BELÉN: Falta mis güevos, entró limpiecita, ¿qué no viste? No sé para qué escoges al pinche Stanley de portero, ni siquiera puede caminar en línea recta sobre las banquetas porque se cae.
CAGÓN: Tú cállate, Belén, que ni güevos tienes.
BELÉN: Pues sea lo que sea que tenga, te aseguro que son más grandes que los tuyos.
Los demás jugadores merodean alrededor, azuzando el conflicto a la espera de una resolución que prolongue el juego, aunque lleven horas jugando y nadie anote ya la cuenta de los goles.
CAGÓN: Es penal, pinche Pelos. Me empujaste y me jodiste la rodilla.
PELOS: Yo no te hice nada, Cagón.
STANLEY: ¿Te lastimaste, Cagón? Yo te curo. A ver, denle espacio, necesita respirar. Una camilla, una camilla. A ver, Pelos, levántalo porque tú lo jodiste.
PELOS: Pero yo no quise.
FLACA: No les creas, Pelos.
CAGÓN: Me duele, chingados.
STANLEY: No lo muevas así. Solo déjalo como estaba.
TWINKIE: Corrí lo más rápido que pude, ¿qué pasó?
CAGÓN: Pinche Twinkie, mejor te hubieras quedado en la banca, aquí no sirves para nada.
BELÉN: No seas así, Cagón. Twinkie solo quiere ayudar.
FLACA: No mamen, no se pongan así de gandallas, no se vale. Ni le pasó nada. Ya están más lloronas que la María Belén.
BELÉN: ¿Yo qué te dije, Flaca?
FLACA: No tú, pendeja, la de la novela.
BELÉN: Pues explícate.
FLACA: No mames, Cagón, siempre te hacen falta. Yo ya no te creo nada. Acéptenlo, ganamos, ¿verdad, Twinkie?
TWINKIE: Sí, Flaca, entró limpiecita.
CAGÓN: A callarse, chingados. No contó y punto. Nos vamos a penales.
BELÉN: Nada de penales, ya ganamos.
COREANO: ¿Por qué no jugamos al gol gana y ya? El equipo que meta gol primero, gana.
STANLEY: Esperaba que dijeras eso, Coreano.
BELÉN: Cállate, Coreano. Tú eres de nuestro equipo. Además fue tu gol, chingados.
PELOS: Sí, cállate, Coreano. No se vale. Ya habíamos ganado.
CAGÓN: Estoy de acuerdo con Coreano y Stanley. Creo que eso arreglaría la situación. A ver, ayúdenme a levantarme.
TODOS hacen bulla.
BELÉN: Ganamos y punto. Además, ya se está haciendo tarde. Ya es de noche.
CAGÓN: ¿A qué le tienes miedo, Belén? ¿A que no esté caliente tu cena cuando vuelvas a casa?
BELÉN: Jódete, Cagón. Tú ni papá tienes. Mañana hay que ir a la escuela. Me largo. Vamos, Flaca. Twinkie, dame el balón.
CASCARITA (suena su silbato): ¿Qué pasó aquí?
BELÉN: ¿Pues qué no ves? Ni para réferi sirves, Cascarita. Ya párale a la mona un rato, ¿no? Nos vemos mañana, ya nos vamos.
FLACA: Cascarita (le muestra sus codos con las vendas caídas), ¿me ayudas con mis vendas?
CASCARITA (le venda los codos): Qué buen golazo, Flaca.
FLACA (mira a los demás jugadores): Me la pelan.
BELÉN: Flaca, apúrate. Ese no es tú papá.
BELÉN sale de primero con el balón y FLACA se acongoja detrás de ella. Es claro que piensa en su padre.
Portada de “La cascarita”, Janil Uc Tun. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023
Se descubrió al borde del olvido. Reintegrado, con su mente aún dispersa.
Tenía la noción vaga de sueños rotos, de un gran periodo inconexo. Miró a su alrededor. La escena no era inédita; de hecho, le recordó un videojuego retro de su juventud: el universo destrozado y él, al borde de su pequeña casa, en el fragmento último del planeta.
Era su primera propiedad, comprada con el fruto de su esfuerzo, mientras sufría la furia de su padre, el peso de ser desheredado a causa de sus malas decisiones, debido a su terquedad de salirse con la suya; con la congoja de las tarjetas de crédito canceladas, sin esa red de protección, pero al lado de ella, de Mercedes.
¿Qué había pasado después? ¿Antes de que todo se extinguiera con ella? ¿Antes de amasar su fortuna?
Ése era uno de los problemas de la sobreestimulación, de exponerse de forma voluntaria a tanta multimedia, a tanta ficción gráfica y conceptual sobre el ser humano. Hay teorías que aseguran que sólo percibimos aquello que ya tenemos como idea en nuestro cerebro. Que funcionamos a base de preconcepciones. Y sus lecturas, sus investigaciones sobre la vida después de la vida, eran tan amplias que ya le resultaba imposible un enfrentamiento con la genuina materia de la muerte.
Todo, al borde, en el vacío, parecía un remolino inverso, un agujero de gusano que iba expulsándolo todo. Asociaciones rotas, memorias flotantes llegaban como resaca de su recién destruido mundo.
“Estás en una realidad virtual de reconstrucción de personalidad —se explicó a sí mismo. Se sentó en flor de loto, en el círculo de una fuente que nunca llegó a construir. Empezó a tratar de absorber, de recuperar del vasto vacío la totalidad de sus memorias. Eso se supone que debía realizar… Aunque no recordaba, a pie juntillas, hacerlo en el pasado—. Quizá es una memoria robótica de procedimiento, parte de un más sofisticado protocolo de rearmado.”
A lo mejor se trataba de un fallo en las programaciones. Un afortunado error que él debía aprovechar para rescatar todo lo posible, para formar un recaudo, un cofre secreto que ningún editor pudiera extirpar antes de su siguiente encarnación. Porque debía haber una siguiente. Morair Saer no habría supervisado todo si no pretendiera darle continuidad…
Volvió a mirarse. De muchas maneras, aquella versión de sí mismo era su imagen idealizada. Parte de su paradójica unicidad. El pantalón que llevaba era militar y estaba lleno de bolsas. También la chamarra. Empezó a saturar esos contenedores con todo aquello que antes no recordaba, con lo que lucía esencial, insustituible.
Una alarma comenzó a girar al borde de la pantalla, es decir, de su campo visual.
El mundo se sacudió, pulsó. Se transformó en la vieja Ciudad de México de 2030. Ahí estaban todas las señales: la propaganda del gobierno saliente, las protestas civiles en contra de la nueva elección, los tempranos adornos navideños, los autos de combustión interna. Y los helicópteros sobrevolando todo.
Y el miedo… Percibió con el rabillo del ojo cómo la gente se dispersaba ante el paso de una motocicleta, en la esquina del Palacio de Bellas Artes y Eje Central. La mujer, en la parte de atrás, tendió su subfusil Xiuacóatl y rafagueó a los turistas al pie de la estatua de Perseo, Pegaso y Medusa.
Él ni siquiera pudo mover las piernas. La llanta delantera se detuvo casi sobre su bota.
—No puedes traicionarnos. Necesitamos las armas que prometiste…
—Yo, en este tiempo, ni siquiera…
—No seas imbécil. Ésta es una transmisión pirata.
De tu ayuda depende la supervivencia del país, de toda nuestra raza.
—¿En qué año estamos?
—2084, por supuesto…
De un cielo sin nubes se precipitó un rayo. Exacto. Mortal. En el lugar de la motocicleta y sus jinetes quedó una sombra carbonizada, un vapor con aroma a carne quemada.
El ambiente empezó a pixelarse. A pulsar, a parpadear, antes de transformarse todo en un azul de falta de señal. Luego, en el negro de la pérdida de conciencia.
*
Impaciencia. Su isla iba creciendo con cada nuevo despertar consciente, parecía extender sus fronteras, la misma arquitectura del lugar, sin que él consiguiera comprender la mecánica de aquello.
El sitio semejaba el levantamiento de estructuras desde el plano delirante de un arquitecto. Uno que olvidaba el trabajo previo, que fuera construyendo de forma dadaísta o con automatismo bretoniano. Un dédalo absurdo con fragmentos de su pueblo natal, de ciudades visitadas, añoradas; de escalinatas deseadas que partían de solares y acababan conduciendo a ninguna parte, como esas múltiples puertas de diversos estilos, de materia varia, distribuidas sin ton ni son; umbral, conducto a paredes, a vacíos, pocas veces a corredores que llevaban a otros ambientes.
Cada cierto tiempo, además, homúnculos de rasgos básicos surgían cuando él estaba distraído, cuando no miraba, e iban habitando cada inmediación.
Y con cada crecimiento del terreno, él iba quedando aislado, encerrado. Por eso construyó su pequeña torre, ese observatorio elevado con telescopios que pronto fueron obstaculizados por otras estructuras vecinas.
Su mente había recuperado teologías, investigaciones peculiares. Un fragmento de Swedenborg lo hizo incluso cuestionarse sobre el sitio. El infierno, según la interpretación de Borges de los escritos del filósofo y teólogo sueco, tenía la forma de un demonio y quizá todo aquel desbarajuste de edificaciones estaba ahí con el único propósito de impedirle cartografiar el lugar. Y, de cualquier manera, ¿qué forma develaría un mapa?, ¿cuál sería su apariencia demoniaca?, ¿la de la carta de la lotería tradicional mexicana? ¿La del triunfo número quince de qué mazo del tarot? ¿Una versión del panteón primigenio de Lovecraft? ¿O sólo la imagen de sí mismo?
Pensar en esas metafísicas siempre lo llevaba a esa peligrosa postura de morderse la cola. Terminaba enredándose en sí mismo. Desbordándose, así, hecho un nudo de dudas absurdas que, sin embargo, seguían torturándolo.
Si habitaba el averno, teorizaba, al menos tenía que agradecer la ausencia de torturas físicas. Todas eran intelectuales y la más acuciante versaba sobre la culpabilidad. Al tener los recuerdos de Morair Saer,¿compartía con él sus pecados? ¿Sería juzgada cada una de sus versiones de manera independiente por la distinta suma de pecados? ¿Su alma se habría subdividido? ¿Se fusionarían cuando todos alcanzaran la muerte? ¿O sólo el alma original habitaba el genuino tártaro?
No era el primer hombre que recuperaba un atisbo de interés sobrenatural, que se aferraba a la fe desechada en vida al enfrentar la muerte; al negarse a su propia disolución, al analizar el sinsentido de la vida… Y peor, al interrogarse sobre estas estancias límbicas, estos parajes que le permitían sentirse no extinguido, pero, de igual manera, arrojado a otra “realidad” agreste y sin manual de instrucciones, sin nada nuevo que llenara los huecos, que calmara los malestares. El fantasma en la mansión abandonada… Peor, el fantasma en la máquina…
Sea como fuere, su sentido práctico lo instó a superar la parálisis, a recuperar su bagaje tecnológico. Necesitaba un dron para sobrevolar ese reducto geográfico, para realizar genuinas exploraciones. Después de su primer despertar en ese sitio, ninguna nueva manifestación de la Ciudad de México, de los motociclistas, se había hecho presente. Y la idea de una transmisión pirata siempre le resultaba terapéutica; reforzaba la premisa de que todo aquello no era más que su estancia en la realidad virtual, a la espera del nuevo encarnamiento.
Sin sol, sin luna, le era imposible medir el tiempo. La ausencia del hambre, las impredecibles llegadas del sueño (prefería llamarlo así) o la inconsciencia, incalculables en su longitud, tampoco marcaban pautas.
Primero logró construir un robot todoterreno y una terminal receptora; así supo cómo cualquier acción suya generaba reacciones de respuesta: un autómata más completo y funcional capturó y deshizo a su primogénito mecánico. Se esmeró en crear distractores, en recordar mitologías, mientras optimizaba la tecnología de vuelo. Antes de finalizar el armado de su artilugio pudo ver arpías, pegasos cruzando el cielo.
Disfrazó a su dron como una lechuza e hizo el primer vuelo de reconocimiento. Lo elevó hasta el límite y circunnavegó la isla. Era en exceso simple. Semejaba la primera versión de la Ínsula Morair. Y las construcciones arracimadas, sobrepuestas, constituían el cercano laberinto que lo aprisionaba. En cada una de las variantes arquitectónicas un homúnculo iba evolucionando en sus rasgos, hasta parecerse a la versión adolescente, humana, de Morair Saer. De sí mismo.
En el viaje de regreso, dos minicazas de combate, con extremidades prensiles, empezaron a seguirlo. Esforzó las maniobras evasivas. Hizo más, procuró hackear aquellos armatostes, robarles la mayor información posible. No se distrajo, consiguió copiar los programas de recepción y, de inmediato, ordenó una vuelta errónea, sacrificó a su propio dron. Debía hacerles creer que ellos seguían con el control, que estaban ganando y las suyas eran meras batallas pírricas.
Tomó nota del sadismo con que los minicazas despedazaron a su falsa lechuza: con disparos estratégicos y sus extremidades como garras, como advirtiéndole la calidad de las posibles represalias.
Y actuó una supuesta y sentida derrota: abandonó su industria. De manera aparente. Derivó al arte. Inició con una escultura de sí mismo luego con una reproducción del exterior de A4, después con A1, aunque en realidad se fabricaba una armadura. E iba moldeando otro par de autómatas básicos.
Lo importante era fingir, pretender el desarrollo de piezas inocuas, mientras abonaba a sus planes. En la terminal programó videojuegos básicos que corrían a pantalla completa, mientras, en un gadget del tamaño de un celular espiaba las órdenes que los genuinos guardianes drónicos recibían.
Estaba en la Isla de las Posibilidades, en The What If Island. En el laboratorio de edición de memoria. Ya era evidente, cada cosa lo señalaba así: duplicados de sus distintos recuerdos, editados, estandarizados, transformados en versiones genéricas de sí mismo, para la futura integración de su personalidad.
Esa nueva pieza del rompecabezas lo llevó a generarse un disfraz homúnculo, uno que portaría bajo el de A1. Luego diseñó la sobrecoraza que lo haría lucir como un A8 básico. Hizo moldes de aquello. Y consiguió vaciar en bronce, en plástico, las nuevas estatuas.
Admiraba el bulto irregular de los moldes, cuando empezó el ulular. El sonido cacofónico, crispante, de esa sirena parecida a las de alerta de bombardeos. Luego llegó la vibración, esa sacudida, un temblor de tierra que, al instante, empezó a fragmentar todas las estructuras, a abrir huecos, caminos en las bardas, en las cercas de contención.
Supuso que los protocolos estaban completos. Dejó una versión simple de sí mismo, movida por un esqueleto robótico que empezó a pedir auxilio en cuanto se alejó lo suficiente, cruzando muros, atravesando el laberinto de manera no ortodoxa. Su nuevo dron, semejante a un cuervo, fue indicándole las rutas que los homúnculos, como un ejército de hormigas, iban tomando y se dirigían hacia el borde de tierra más próximo al agujero de gusano, a ese anillo luminoso que ahora estaba succionándolo todo.
Así, con triple disfraz, alcanzó el muelle.
La barca era un híbrido de cohete y navío egipcio. No se detuvo. Caminó como extraviado, sin dejar de repetir pasajes de El arte de la guerra. No hubo aduana, examen a quienes iban embarcando. Vio confluir a un puñado de minicazas hacia su morada. Sabía lo que seguiría.
Se internó en lo más profundo del cohete, se agazapó en una esquina y en el gadget tipo celular activó su identidad A8, con los códigos hackeados a los minicazas. El lugar fue llenándose de homúnculos más definidos, de copias básicas de sí mismo. Escuchó la alerta de cierre de compuertas e, inmediatamente después, la explosión, el sonido que anunciaba el fin de su personalidad, el exterminio de su simulacro mecánico. Luego sintió el empuje de los motores, el avance majestuoso que al poco tiempo dejó de tener efectos inerciales.
El viaje fue en exceso corto. Al activarse los chorros de frenado se adelantó hacia la exclusa de salida. Fue abriéndose paso y, a punto de tomar el primer puesto, lo vio.
Era una versión íntegra de sí mismo en la plancha de operaciones; sin extremidades, con el torso abierto e instalado en una silla de ruedas motorizada. Tras él estaba su versión editada, como la creatura de Frankenstein, con brazos, piernas y tórax cosidos con grandes y brutales puntadas.
La luz roja advirtió sobre la apertura de la compuerta. Hubo un resplandor blanco y el cadáver en silla de ruedas atravesó ese rectángulo cegador. Tras el cierre hidráulico hubo una pausa, la luz cambió a verde y la escotilla se abrió a un amplio paraje campestre. En cuanto su yo frankensteiniano pisó el pastizal, se dispersó en diminutos corpúsculos.
Lo imitó. Dio el paso. Un cosquilleo recorrió toda su piel; un haz energético e invisible incidía sobre él. Hubo resistencia. Su gadget comenzó a llenarse de nuevos datos. Su armadura exterior se vaporizó; luego, la tipo A1 y su disfraz homúnculo… Los genéricos se desintegraban en cuanto accedían a ese falso jardín del Edén. Su piel empezó a crepitar, sus ropas a fragmentarse. Una luz amarilla se encendió en el cohete.
Echó a correr hacia la única estructura visible. No volvió la mirada. Reconoció las escalinatas de la mansión de Ínsula Morair, su observatorio.
Se esforzó los últimos metros en el sprint. Pateó la puerta, ingresó con la ropa hecha garras. Una larga tira de su pantalón lo hizo tropezar. Cayó de bruces.
El golpe en el mentón sacudió su cerebro.
El sonido de la alarma no dejó de sonar aún después de que perdiera el sentido.
Portada de “El jardín de los ídolos”, de Georgina Moctezuma. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.
Acudía a ese lugar todas las noches, esperando que al amanecer los ídolos abandonaran el sueño conmigo, convertidos en figuras sustanciales, graves y silenciosas, con el peso y la consistencia de las piedras. Lamentablemente, la experiencia me ha mostrado que la magia no interviene así. Al igual que los relatos, los ídolos de mis ensoñaciones estaban hechos de aire, eran imágenes animadas por el flujo del viento que escapaban una vez clareaba el día. Al no poder tenerlos frente a mí, preferí contemplarlos en aquel espacio construido hacia dentro, reservados en la intimidad que corresponde a las verdaderas fantasías.
Conforme a la enseñanza de la Filosofía natural, así como de algunos mitos y tradiciones antiguas, quise creer que al interior de los ojos reside un fuego que aviva la mirada, ilumina los objetos hacia donde se dirige. Me gustaría entender qué sucede con las imágenes que existen hacia dentro de nuestras pupilas, aquellas que observamos al momento de cerrar los párpados cuando dormimos. Imágenes que fluyen de algún pensamiento específico, de algún recuerdo remoto, o esas otras que surgen de las fantasías y parecen posibles tan solo en lo profundo de nuestras ideas.
El mundo cambia constantemente. Astros, nubes, animales, plantas, todos estamos sujetos a ese principio. Sin embargo, parece que existen sueños, ilusiones y recuerdos que no se alteran ni construyen con la misma rapidez; permanecen por más tiempo y pueden durar más que algunos actos. De la misma forma que ocurre con los mitos, a menudo tengo la impresión de que mis recuerdos han sido escritos como imágenes sobre piedra.
Encontrar el significado de los sueños, los símbolos y los mitos entraña uno de los conocimientos más antiguos que, de forma muy sutil, ilumina el camino de cierta sabiduría, encerrada en su refugio como una verdad intacta en el fondo de nuestra naturaleza más primitiva. Es entonces cuando descubrimos esa cámara oscura y profunda, que no tolera más que la media luz de una vela y que algunos han llamado magia. Lo cierto es que ese conocimiento, como cualquier objeto antiguo arrojado al desuso, desaparece pronto en el olvido.
Muchas veces he caminado por mi ciudad buscando el jardín de los ídolos. Mi madre me habló de aquel lugar. De acuerdo con sus relatos, aquel terreno era un bosque. Un manantial formaba un estanque y alrededor había fresnos, eucaliptos y árboles de pirul que tendían sus ramas hacia abajo, buscando el agua. Yacían también, enterradas, pequeñas estatuas de piedra, ídolos prehispánicos que, según mi madre, eran auténticos. De todas sus anécdotas, esa era mi favorita y, aunque entiendo que ese lugar ya no existe, siempre quise saber dónde estaba. He seguido su rastro en mapas, fotografías y crónicas, he preguntado a aquellas personas mayores a las que tanto les gusta contar historias de la ciudad. Nadie ha podido darme una respuesta definitiva. No he averiguado lo que más me interesa: cómo eran esos ídolos, qué representaban y dónde están ahora, quién se los llevó.
Pensar en la magia como una forma de conoci miento, puede parecer extravagante para mi época. Siendo quien soy, una profesora que escribe, no parece concebible que demuestre empeño en indagar el origen de aquellos ídolos únicamente a partir de lenguajes oscuros. Por eso, he recorrido y caminado mi ciudad en todas las formas que me ha sido posible, insisto en buscar aquellos ídolos con el deseo de detenerme un día frente a ellos, observarlos por fin de fijo con toda su entereza. Quisiera conservar su imagen como un refugio, un amuleto, un símbolo que pudiera apresar y durar en el tiempo.
De acuerdo con antiguas creencias inscritas en mi imaginación, los ojos tienen el poder de transformar materialmente el mundo. Dicho atributo no es exclusivamente humano, se comparte con determinados animales, poseedores de una mirada fija y brillante. En uno de sus ensayos, Montaigne narra un episodio donde un gato acecha a un pájaro al pie de un árbol. Clava su mirada en sus ojos hasta que, como si le hundiera un zarpazo, el pájaro cae muerto a los pies del felino, atraído hacia el suelo por una fuerza inexplicable, proveniente de la mirada del felino.
También Plinio, en su Historia natural (ca. 79 d. C.), apuntó que si un lobo fija la vista en un hombre, este pierde instantáneamente su capacidad de hablar: “los ojos de algunos lobos quitan la palabra y aturden a quienes los miran”; una anécdota similar se encuentra en las Bucólicas (ca. 37 a. C.) de Virgilio: “Moeris per dió la voz, los lobos le vieron primero”. Tal vez esta superstición se debe al temor de enfrentarse con la mirada hermética y avivada de secretos, profundamente oscuros en los ojos del animal. Como consecuencia, el miedo genera frío, palpitaciones, palidez y, sobre todo, afonía.
Según el mito griego, Perséfone perdió la voz cuando fue raptada por Hades, quien la convirtió en su esposa. Pero al ser él quien gobernaba el inframundo, se trató de un pacto de matrimonio y muerte. “La muerte es como el matrimonio y el matrimonio es como la muerte”, dice Artemidoro en su tratado sobre los sueños Oneirokritiká, “el sueño del matrimonio es equivalente al de la muerte porque ambos representan una etapa conclusiva”. Al desposado y al fallecido les corresponden los mismos signos: el cortejo, las coronas, los ungüen tos, los perfumes y hasta la sucesión de bienes. Sin embargo, Perséfone se conservó doncella, como en un tránsito que nunca se completa, en mitad de un camino hacia el matrimonio y la muerte.
No recuerdo un momento durante mi niñez en el que sintiera miedo: ni a la oscuridad, ni a quedarme sola, excepto las ocasiones en que soñaba con un lobo. Ese sueño me enmudecía. Recuerdo la angustia, la opresión en el pecho y la garganta, como si una soga me estrangulara, hasta que ya no podía hablar. Si hubiera sido capaz de refugiarme en las palabras, en ese sentimiento de alivio que a menudo producen cuando somos capaces de enunciarlas en voz alta, estoy segura de que mi abuela me habría dedicado una mirada firme de reprobación, una mezcla de fastidio y desprecio al escuchar mi relato, como diciendo no seas tonta Georgina, nosotras no tenemos miedo.
Siempre quise ser como ella quería que yo fuera. Procuraba jugar a su alrededor, a una distancia donde pudiera verme sin que le disgustara mi presencia infantil, mis aspavientos. En mis fantasías, el juego era el siguiente: atravesaba un campo intrincado y lleno de peligros, mi madre dormía prisionera al otro lado y mi misión era llegar hasta ella para liberarla. En el trayecto había muchas trampas que iba inventando mientras caminaba: tierras pantanosas, redes en las que podía caer, pozos ocultos que conducían a cavernas profundas; el peligro siempre sugería ser tragada por la tierra.
Entonces, más que nunca, odiaba mi nombre: Georgina. Pero es muy bonito, me reprochaba mi abue, ¿no entiendes lo que significa? Mujer de la tierra. La amenaza principal de llevar un nombre así es la cantidad de serpientes que se deslizan por donde sea que pise. En aquel juego, si resbalaba y descendía al interior de una caverna, tenía que permanecer dentro con los ojos cerrados por al menos unos minutos, simulando la oscuridad. Lo único que podía consumir para continuar el recorrido eran los gajos de mandarina que mi abuela ponía en una jarra de vidrio, en un lugar preciso donde les diera bien el sol. La regla más importante era que no podía matar a las serpientes, tenía que mover los pies de manera ágil y acompasada, interpretando pasos de baile. Así evitaba tropezar con sus ondulaciones.
La representación de la serpiente tiene abundantes significados. Según el Génesis, era la más astuta de todos los animales, quien incitó a la mujer para que comiera el fruto del árbol del bien y el mal. Por vivir en el desierto, entre los escombros, dentro de pozos y bajo la tierra, la serpiente conoce todos los secretos, puede predecir el futuro y concede el pensamiento científico. Además, varias tradiciones coinciden en darle fuerza lunar debido a que una vez cumplido un ciclo, se regenera y rejuvenece, por eso se piensa que tiene el poder de la fecundidad y son aliadas de las mujeres, pues se reconocen una a otra debido al ciclo menstrual. Entre las niñas de mi primaria, era muy comentado que usar el aceite de serpiente en el cabello hacía que luciera más bonito, brillante y terso, pero había un riesgo: si empe-zaba a llover, debías trenzarlo rápidamente y evitar que se mojara, pues, al contacto con la lluvia, tu coleta podía convertirse en una larga serpiente y enroscarse varias veces por tu cuello hasta ahorcarte.
Hubo un tiempo en que quise hacerme delgada hasta el exceso. Deseaba que alguien me cuidara con esmero, tomara posesión de mi cuerpo, me rescatara del sueño en la carretera, de aquel lobo, y me depositara dentro de una taza de agua tibia para reconfortar mi cuerpo. Deliraba con ese pensamiento, pero desistí pues nadie ha tenido fuerza para sacarme de esa pesadilla, y porque disfruto mucho más caminar sola, dar largos paseos en búsqueda de alguna cosa, equilibrar en ambas piernas mi peso cuando corro por las mañanas. Imagino que estoy bailando, pero esta vez mis muslos son las serpientes.
Ahora puedo distinguir los miedos que más me obstinan. Por ejemplo, tengo miedo a perder el control, a que un extraño me siga por los callejones que conducen a mi casa y que secretamente se meta en mi dormitorio por la noche. Pero, sobre todo, tengo miedo de pensar que alguien pueda hacernos daño; a mis amigas o a mí misma; es terrible porque la amenaza persiste, incluso cuando soñamos.
Con frecuencia, mis amigas me hablan de sus pesadillas.
Sé de alguna que despierta llorando cada que durante su sueño se transforma el rostro de algún personaje. Por ejemplo, estoy en un concierto con un hombre al que no conozco, pero que en el sueño me resulta conocido, dice ella mientras inclina su cuello hacia el pecho tratando de evocar lo que pasaba después. Al salir paseamos por un parque hasta detenernos un momento a conversar. Nos sentamos en una banca.
—No sé quién es —continúa—, pero me siento en confianza, nuestra plática es muy amena. Nos quedamos sin luz conforme avanza la tarde, los rasgos en el rostro del hombre empiezan a perderse hasta que no distingo nada más en la penumbra, solamente escucho su voz. Me asusta no poder mirarle la cara. Le pido que volvamos a la avenida, pensando que estará alumbrada —le alcanzo un vaso de agua para que fluya su relato—. Al volver, advierto que su rostro ha cambiado por completo y que ahora se trata de un sujeto muy distinto, ya no es el mismo —niega con la cabeza, ha llegado al punto de su sueño que la hizo venir a contármelo—. Lo miro incrédula, sin poder emitir palabra, mientras él me guiña un ojo de manera sarcástica, perversa, como si se burlara de mí, como si hubiera caído en una trampa.
La abrazo con mucho sentimiento y reconforto sus hombros, le preparo un té y le ofrezco un lugar en mi cama para que descanse, ¿qué más puedo hacer?
Otra amiga me ha contado que se sueña durmiendo junto a alguien que la abraza por la espalda. Enseguida advierte que no es normal, porque casi nunca duerme acompañada. Consciente de ello, quiere darse la vuelta para saber quién es, pero los brazos que la rodean la tienen sujeta con fuerza. Intenta zafarse pero es inútil. Grita hasta que siente que una mano torpe y rasposa la toma por las mejillas, tuerce su cuello y se aproxima sobre ella para besarla bruscamente. El sueño termina cuando ese beso le llena la boca de gusanos.
Nunca sé qué decirle, solo puedo darle un espacio para que ella hable de cómo le gustaba, cuando era niña, escarbar en la tierra y encontrar caracoles. Juntas, buscamos ilustraciones de larvas, orugas y crisálidas que se transforman en mariposas, poco a poco nos olvidamos de la pesadilla.
Otra amiga me ha contado: sueño que estoy en una casa vacía, parece un lugar muy elegante, tiene una es ca lera amplia, como de película. Baja corriendo una niña pequeña, tiene el cabello despeinado y lleva puesto el mismo vestido con el que me tomaron una fotografía hace muchos años. Se avienta a mí llorando, desconsolada, y me abraza por la cintura. Me encuentra tan sorprendida que la muevo bruscamente hacia el otro lado. La niña, furiosa, torna sus ojos y me muestra sus mejillas rojas, como si la hubiera golpeado con la palma de la mano al rechazar su abrazo. De repente se vuelve más pequeña, me patea las rodillas, me grita y me reclama por qué la dejé sola, por qué la abandoné ahí. Mi amiga llora, la abrazo fuerte pero no logro decir ni hacer nada, otra vez me quedo muda. Respiramos al mismo tiempo y con intensidad sacamos el aire que contenemos en nuestros úteros vacíos.
Temo por ellas. Las pesadillas de mis amigas también son mías.
Portada de “Mundo anclado”, de Alejandro Espinosa Fuentes. Ediciones contrabando, 2023.
Mundo anclado es una novela coral de casi 400 páginas en las que cinco voces en cinco tiempos dislocados reconstruyen a manera de memorias, diario testimonios, cartas, poemas y un peculiar diccionario de piedras el misterio del asesinato de la joven estudiante de letras, Mélida Areúsa.
Para Héctor Espinosa Pérez
In memoriam
Para Luis y Miriam
In memoriam
Para Daniela Barajas
In memoriam
JULIÁN SEGOVIA – DESHORAS (I)
Recuerdo cuando solía despertarme a deshoras para escribir lo que fuera, diálogos entre dos mimos recién jubilados, canciones de cuna para muñecas de plástico, cuentos de ancianos que no querían irse a la cama, la página doscientos veinticinco de una novela coral que cambiaría al mundo. Me gustaba comenzar con la frase: “Y así las cosas”, como si fuera la conclusión de un largo viaje; la historia arrancaba en un momento de serenidad con mi vida ya conforme.
Aún lo hago.
Son las cuatro y media de la mañana, hace años que no escribo de manera seria, tengo un trabajo que odio y que no me da para vacacionar en el Caribe, pero me sigo despertando a deshoras, pese a la ruina social y amorosa que es mi vida, me sobresalto con una idea inquietante: consejos de escritura para los jóvenes creadores, discursos de recepción de un premio importante, adivinanzas postapocalípticas. Hubo un tiempo en el que decidí ignorarlas y me pasaba la noche en un rincón del cuarto fingiendo que movía con la mente las manecillas de mi reloj descompuesto.
Y así las cosas.
O podría escribir que el caso sigue abierto, que aún no han identificado al verdadero responsable, o a la verdadera responsable, qué sé yo. A estas alturas no sé nada, o casi nada, sólo que la encontré adentro de la tina, recostada como si se hubiera quedado dormida al tomar un baño. Se me escapa el principio. Son colores y gritos apagados. El motor dejó de sacudirse, las llaves cuchichearon, de la puerta emergió un pie inseguro, un zapato lustroso que al bajar pisó un grillo. Y el grillo dejó de cantar. Había pocas estrellas en el cielo. Era una de esas noches nubladas en las que Marte parece un avión envuelto en llamas. Crujían las ramas al ritmo de mis pasos. Noche de ruinas chamuscadas, flotaba en círculos el humo de una chimenea de campo hacia el terreno vecino, el que una vez fue nuestro.
Pero me estoy adelantando.
Chirrió la madera podrida de las vigas, estaba helada la cerámica del piso, dos pasos al frente, seis a la derecha. Todas las luces estaban encendidas con excepción de la última, al fondo del pasillo. Flotaba un vapor culposo al interior del recinto, mi sombra se introdujo en la sombra embotellada de esa casa vacía; nos mezclamos en oscuridades polvorientas. Suspiramos. Tenté la pared del baño, sentí el interruptor viscoso, y en ese mismo instante o un instante después de presionarlo, vi mi mano manchada de sangre, sangre vieja, sangre color marrón. Seguí las gotas al piso de cerámica, donde había huellas sanguinolentas de un calzado menos elegante que el mío, uno más pequeño y tosco. Alrededor caían delgados ríos rojizos, el blanco ahuesado de la tina estaba también embarrado de sangre, era una imagen parecida a la bandera de Inglaterra. No sé si antes o después encontré la pastilla de jabón machacada, como si alguien la hubiera apretujado, alguien tenso, alguien que sufría, alguien que la dejó caer en cualquier sitio, porque su cuerpo sin vida se desmoronó al siguiente instante. Fueron tres disparos, pómulo, frente y mejilla, tres estruendos. Y el hombre vestido de etiqueta que era yo, el hombre que encontró ese cuerpo con el cráneo reventado por las balas, se dejó caer adentro de la tina, en la sangre de aquella mujer a la que alguna vez creyó haber amado.
Antes de interrogarme he de devolverle un poco de orden al pasado, muchos años atrás, cuando él ya no era joven y ella sí, cuando él tenía miedo y ella no, cuando él la miró de lejos y ella lo miró de vuelta, y ninguno de los dos sonrió, pero pienso que si se lo tuviera que contar ahora a un extraño añadiría el detalle de una sonrisa, o una media sonrisa. Lo cierto es que a mi edad uno se va quedando solo. A mi edad uno ya no encuentra a quién contarle estas cosas. El recuerdo de Mélida Areúsa, a estas alturas, me causa más cansancio que dolor, pese a que durante un tiempo la mera mención de su nombre o de una palabra parecida a su apellido me provocara vértigos y azarosas taquicardias.
Hablé con ella por primera vez en el pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el área común del primer piso a la que algunos llaman El Aeropuerto. Según los profesores más ñoños porque ahí se reunían los pachecos “a viajar”, aunque jamás vi a nadie fumar marihuana en esa zona tan desprotegida.
Ocurrió en ese tiempo que ahora llamo “mi juventud”, cuando yo, según esto, estaba ahorrando para un fantasioso viaje a Europa que jamás realizaría. Tenía un puesto de libros viejos en El Aeropuerto, ediciones pésimas que me daba vergüenza que se empolvaran en el librero de mi casa y que podía venderle a un precio excesivo a los fresitas de la Facultad. Los títulos pretenciosos y las portadas oníricas me llenaban el bolsillo al final de la jornada, aunque el dinero casi siempre me lo gastaba en cahuamas que me bebía en el Rocabar y muy pocas de mis ganancias las cambiaba a euros.
El Rocabar, por esos años, era una leyenda universitaria para los estudiantes que habían dejado la carrera trunca, como yo, como Cuautli, como el sabio Vallejo. Eran unas escaleras ocultas a un lado del Centro de Estudios para Extranjeros donde la seguridad universitaria no vigilaba o hacía la vista gorda y uno podía emborracharse en paz. A la fecha, hay quien todavía lo llama el Corredor Bonifaz Nuño porque fue el poeta quien mandó construir ese pasaje para que fuera más sencillo trasladar los libros de la Imprenta Universitaria a la gran Biblioteca Central. A ese tugurio invité a Mélida Areúsa a tomar una cerveza el día que nos conocimos.
Ella no bebía alcohol ni café. Me lo dijo casi como línea introductoria cuando nos presentamos. Mi puesto de libros estaba al otro lado de las escaleras, junto a los viejitos otomís que hacían una fortuna vendiendo chicles en período de exámenes y las chicas de Pedagogía que ofertaban sushi universitario; las pobres rara vez vendían más de una o dos bandejas, el resto se les echaba a perder y tenían que tirarlo, cosa que los grupos ecologistas veían con malos ojos.
Ahora que lo pienso, con más cansancio que dolor, tal vez la única razón por la que Mélida Areúsa reparó en mi presencia fue porque eran las seis de la tarde y el sushi universitario de las pedagogas ya empezaba a desprender un aroma fétido. Areúsa respingó la nariz como si alguien le acabara de mentar la madre y se dio media vuelta, tras la cual le fue inevitable verme detrás de mi puestito de libros viejos. Creo que se interesó por uno de Paul Auster, maestro de los títulos presuntuosos, y el tono chillón de las ediciones de bolsillo de Anagrama la imantó a mis dominios. Como buen vendedor, me limité a mirarla feo y a esperar hasta el último instante para recomendarle un ejemplar. Le tendí, con cara de pocos amigos, Los diarios del ron de Hunter S. Thompson y ella lo rechazó diciendo:
–Yo no bebo alcohol ni tomo café.
Me quedé paralizado y devolví el libro al recuadro correspondiente, donde alguien había rayoneado la frase: “En caso de Apocalipsis, puto el que quede”.
Los dos nos reímos al mismo tiempo. Al ponerme de buen humor, me vi orillado a confesarle que mis libros eran una farsa. Malas traducciones. Ediciones imprecisas. Dos jovencitos con gafas de pasta que merodeaban por el puesto se hicieron los desentendidos. Su fuga me hizo gracia y creí que ya era momento de presentarme.
–Soy Julián.
Hice un necio ademán con la mano, un gesto que haría unade esas personas que, sin hablar francés, exclama cosas como Voilá! o Oulala!
Areúsa se presentó de nombre completo y me contó que estudiaba Letras Alemanas. Ya estaba por hablarle de algún autor rebuscado de las oscuras letras germanas cuando me interrumpió para preguntarme si podía sentarse conmigo. Al parecer tenía que esperar hasta las diez de la noche a que su madre pasara por ella y no sabía muy bien qué hacer durante las cuatro horas de tiempo muerto.
–Te puedo ayudar a vender tus libros malos –me dijo.
Me recorrí para hacerle hueco en la banquita y se sentó demasiado cerca, lo que resultó en un inicio incómodo y después aletargante. Hubo más suspiros que silencio en ese par de horas que pasamos juntos custodiando mi puestito de libros. Sólo logramos venderle a una profesora dicharachera Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, una novela que ignoro por qué abunda entre los libros de segunda mano. Le compartí a Areúsa una teoría al respecto (en mi opinión nadie en el mundo lo había leído, pero el título era tan bueno que seguían imprimiendo ejemplares) antes de decirle que a las ocho solía recoger mi puesto para irme a beber al Rocabar.
Se me ocurrió proponerle que me acompañara.
–Puedes tomar un té o un Gatorade –le dije.
Yo, como de costumbre, me compraría una cahuama y tal vez una anforita de ron para al rato. Areúsa aceptó casi aliviada. Era evidente que las horas que faltaban para que la recogiera su madre la apesadumbraban. Me ayudó a guardar mis libros en esa mochila enorme que jamás me llevaría a Europa y caminamos juntos, como dos amigos de la infancia, por el pasillo de la facultad.
Ya en el Rocabar no tardaron en aparecer Vallejo y Cuautli. Surgían por generación espontánea, como si mi presencia fuera el conjuro que invocara sus almas en pena. Vallejo venía de su clase de Francés Medieval, una materia que había cursado tres veces sin resultados satisfactorios. Llevaba ocho años intentando terminar la carrera. Cuautli venía de trabajar en el metro. Tocaba la guitarra y cantaba cumbias melancolizadas en el primer tramo de la línea verde. Vivía al día, sacaba unos trescientos pesos con los que se pagaba un cuartucho de cobro cotidiano en el Centro, seis tacos de canasta y las cervezas que nos bebíamos en el Rocabar hasta que nos llovía, nos daba sueño o nos corría la seguridad universitaria.
Se los presenté a Areúsa como “mis amigos” y los dos se extrañaron, pues nunca antes habíamos calificado la inercia dipsómana que nos reunía cada tarde como una amistad.
–Él es Vallejo, estudia Letras Francesas –dije. Vallejo torció una sonrisa irónica.
–Y él es Cuautli, toca la guitarra y escribe poemas que siempre se le pierden.
Areúsa los saludó sin estremecimientos. Ellos se quedaron cabizbajos, bebiendo en silencio, como solían hacer cuando se aparecía una mujer bonita. Me vi obligado a conducir la plática, a darles vida a esos títeres inmóviles que no sentían la más mínima curiosidad el uno por el otro. Conté la historia del rayón y de los jovencillos filósofos a los que ahuyenté de mi puesto. Relaté la noche en la que convencimos a Cuautli de que la novela 1984 jamás había existido. Dije de Vallejo lo poco que sabíamos de él, que era un decadente decimonónico extraviado en el siglo XXI cuyo único punto de humanidad era su gusto ingobernable por los bimbuñuelos Bimbo.
–Antes de estudiar Letras Francesas, Vallejo intentó ser ingeniero –dije.
Él respondió:
–No mames.
Como no sabía casi nada de Areúsa, tras mencionar que otra vez se les había podrido el sushi universitario a las pedagogas, aproveché para preguntarle de dónde venía cuando nos encontramos en El Aeropuerto.
–De por ahí –dijo señalando a lo alto.
Para mi incierta fortuna, Areúsa, al igual que Vallejo y Cuautli en compañía de mujeres bonitas, también era una persona de pocas palabras. Me bebí lo que quedaba de mi cahuama a modo de turbochela y me sumé al silencio precavido.
La turbochela era un ritual de fraternidad gringa que aprendí en tercero de secundaria. Consistía en destapar la cahuama, agitarla cubriendo la boquilla con el dedo, empinarla a noventa grados y metértela a la boca para que un litro de cerveza te entrara al organismo sin que tu esófago pudiera rechazarlo. Algunos vomitaban acto seguido, lo más común era que te lastimara la zona derecha del cerebelo y te hiciera creer que llevabas tres noches bebiendo vodka. Como yo ya no era un niño, el resto de la cahuama ni siquiera me mareó. Era una medicina indispensable para que me diera la gana tolerar al mundo.
Areúsa me observó asqueada y, sin mirar la hora, dijo que ya se tenía que ir. Cuautli se levantó a la par y creí que le había nacido de otra vida un anticuado gesto de caballerosidad. Gritó que iba a mear y se fue sin prestarnos atención. Me levanté de un salto y le propuse a Areúsa que me visitara cuando quisiera en El Aeropuerto.
–Si no estoy ahí –le dije–, seguro estoy acá.
–Chido –dijo estampándome un beso indiferente en el cachete.
Le dio también uno a Vallejo y bajó las escaleras hacia el Circuito universitario, donde me imaginaba que estaría su madre a bordo de una vagoneta de señora, esperando a su princesita mientras escuchaba Horizonte o una estación de radio ñoña.
–Está muy chida tu rurru –me dijo Vallejo. No lo contradije y abrí la anforita de ron.
–¿Ya te la… acá? –preguntó revoloteando sus ojitos miopes, dando a entender que hablaba de sexo.
–Sólo una vez, hace mucho –mentí y cambié de tema.
¿De qué hablamos después? De lo de siempre: teorías conspiranoides de geopolítica, la banca inglesa, la dominación judía, algoritmos cibernéticos del FBI. Cuautli regresó silbando una cumbia guapachosa y, sin mujeres a la vista, actuó como de costumbre, es decir, se puso a decir pendejadas como merolico. Que si la poesía brasilera le llevaba ciento veinte años de ventaja a la mexicana, que el gran problema de México a nivel deportivo era que no teníamos negros, que quería escribir un análisis estructuralista de las canciones de José José y, entre otras cosas, dijo que mi rurru, o sea Areúsa, se había ido con el eminente filólogo Emilio Bazán, que tanto a Cuautli como a mí nos había dado clase en la carrera.
Debía tener casi ochenta años nuestro profesor, pero según Cuautli, de camino al baño, los vio en la Pasarela bien abrazaditos y se fueron de la mano hacia el volvo color verde que Bazán tenía en el estacionamiento de profesores.
–No entiendo nada –dije bebiéndome de sopetón mi anforita.
La Pasarela era el pasillo exterior de la Facultad de Filosofía y Letras donde muchos otros que tampoco terminaron la carrera y yo nos dedicamos durante los primeros cuatro años de estudios a ver mujeres a la distancia.
–Ya te la bajaron –se burló Vallejo. Cuautli acompañó su carcajada.
–Acéptalo, Julián, el pinche Bazán es mejor partido que tú, está bien ruco, pero tiene salario de investigador SNI.
Comenzaron a enhebrar teorías a mis expensas sobre los cientos de miles de pesos que debía ganar Emilio Bazán si sumabas su salario, sus prestaciones, sus becas y las regalías de sus libros. Entre los míos, en esa mochila que nunca me llevaría a Europa, tenía a la venta uno de su autoría. Era un manual de teoría literaria que me daba rabia por reduccionista. Y entonces pensé que tal vez Areúsa no se había acercado a mi puesto por la pestilencia del sushi podrido, ni porque hubiera algo destacable en mi persona, sino porque se encontró con esa edición y le dañó el orgullo cuando dije que los libros que vendía eran una mierda, porque entre éstos estaba uno de su amante, novio, esposo. Quién sabe.
Rebatí las burlas diciéndoles que lo mío con Areúsa no era nada serio y que ella podía acostarse con quien quisiera y yo también. Vallejo y Cuautli siguieron chingando, comparándome con el eminente filólogo Emilio Bazán, hasta que decidí dar por terminada la noche y volver a mi casa a no hacer nada, otra vez, por quinto año consecutivo.
Portada de “Mundo anclado”, de Alejandro Espinosa Fuentes. Ediciones contrabando, 2023.
Portada de “Taller de literatura”, José Agustín Solórzano. Fondo Editorial Tierra Adentro, 2023.
Sigo convencido de que la experiencia lectora determina lo que un libro nos añade o nos arrebata. Yo leí la novela Taller de literatura de José Agustín Solórzano durante una semana particularmente difícil: había perdido por tercera vez el mismo concurso de cuento, mi epilepsia había arreciado, incluso, se me había caído una resina de una muela y el dolor en el diente era un suplicio. Sin embargo, a pesar de todas las diminutas tragedias, disfruté en exceso la lectura del texto. Cientos de escritores, me parece, se olvidan de algo esencial, los libros también son un medio de entretenimiento. Tiene gran valía el hecho de distraer al lector de su propia mierda leyendo acerca de la mierda de otros. Muchos de quienes estamos hechos pedazos nos reconstruimos un tanto leyendo; ese es, en realidad, el objetivo del esparcimiento, darte espacios de gozo entre tribulación y tribulación. Solórzano sí lo tiene claro, ya que su novela de verdad divierte, narra una historia poderosa con un tono desfachatado y sin falsas pretensiones. De hecho, muchas veces, en literatura, lo contrario de la grandilocuencia es justo la elocuencia. Solórzano cuenta, de forma prístina, una historia sobre personajes atroces: un escritor y un periodista que roban el cadáver de una mujer. Mientras la difunta se agusana, también se van pudriendo las circunstancias de los protagonistas.
La pulcritud y la desvergüenza de Solórzano son dos de las virtudes de su novela. Taller de literatura resulta, pues, una perversa y entretenida comedia de enredos que —a un mismo tiempo— destantea, hace estremecer y provoca risas en el lector. Yo me siento agradecido por ello, porque me permitió mandar al carajo mi pesar y concentrarme en el de los personajes.
Otra cualidad que me parece digna de celebrar es el descaro con el que Solorzano escribe. Sin miramientos, se pasa por los huevos cualquier atisbo de corrección política. De hecho, su novela logró hacerme sonrojar por momentos, y eso que soy un cínico desencantado de la vida. No hay mesura en lo que el texto revela, los actos y quienes los ejecutan son inmundos, condenables por entero. No hay medias tintas en el estilo ni en la forma de comunicar ideas, esto me parece un signo de valentía en nuestro tiempo. Uno de los personajes habla con absoluta contundencia al respecto: “Entonces, te digo, es el tipo de literatura que le hace falta a este país de mierda. Literatura, así como la tuya, provocadora, casi inmoral. Que para decir culo use la palabra culo y para la mierda no solo diga mierda, sino que se la unte en la cara al lector”. En sí mismo, este fragmento representa la poética del novelista. Le aplaudo su postura.
A lo largo de la novela, hay varios personajes que se masturban de forma inédita, uno viendo capítulos de Dragon Ball, otro frente a la cara de una prostituta dormida y uno más viendo imágenes de cadáveres. Yo me masturbo pensando en los reaccionarios que se rasgarán las vestiduras y gritarán indignados al leer las “barbaridades” de Taller de literatura, eso me basta para provocarme un enorme gozo.
La alegoría principal de la novela es, por supuesto, el taller literario; sobre todo, los malos talleres de escritura: esos morideros en donde pasan a mejor vida las ideas originales, las buenas amistades, el sentido común, las carreras exitosas, la posibilidad de ser leídos, las jóvenes promesas, la mutua admiración y cualquier atisbo de sentido crítico. Los protagonistas del libro son miembros de un taller que sólo les sirve para acrecentar su inmoralidad.
El libro cuenta también con un alto valor reflexivo, los personajes van soltando sentencias o aforismos carentes de vergüenza cuyas entrañas vale la pena escarbar. Algunas ideas planteadas por el autor me siguen atormentando aún hoy. Como ejemplo valga la noción de que las víctimas de asesinatos o desapariciones también pueden ser personas inmundas y ello no le resta nada a lo trágico de sus circunstancias. La novela me hizo concluir que vale la pena buscar o clamar justicia incluso por personas miserables. Por otro lado, me llevó a comprobar que los escritores o los artistas, en general, no son necesariamente personas de una sensibilidad extrema ni ejemplar, y que están lejos de ser incluso personas que aportan valor a la sociedad. Y, sobre todo, que no importa en qué tono se nos presente —trágico, fársico, poético— la violencia del país siempre nos termina desgarrando. Algunas de las ponderaciones del autor mezclan, de forma literal, las tripas y la mente, ya que hablan de asuntos fecales: “No puede haber placer intelectual sin satisfacción física, pensaba el reportero. Justificaba el reportero. No puede haber pensamiento, ideas, si no hay sangre subiendo desde el corazón. No puede haber reflexión, gozo estético, si no hay antes un saciar de los placeres. Comemos para pensar, y cagamos por consecuencia. La mierda es el residuo de nuestro combustible. Nos damos el lujo de pensar a condición de tener el pesar de cagar”. Cuánta certeza en unas pocas líneas.
Hay un detalle que de verdad disfruté, el autor nos narra una versión narco-melodramática de Dragon Ball. Se trata de la vida del Gokú y el Vegeta mexicanos, dos jóvenes cuyo hado es darse de chingadazos con quien se deje, dos saiyajines mexas que terminan devastados por sus deseos. El valor paródico e ilustrativo del fragmento resalta, sin duda. Quizás sea mi parte favorita del libro. Aquí una muestra: “Le decían el Gokú, porque cuando se encabronaba era bueno para los madrazos. Estaba parado afuera de la casa de su patrón, recargado en su Tsuru blanco que era como su nube voladora. Desde morro supo que lo suyo era ser un guerrero. Veía Dragon Ball con sus primos y cuando terminaba el capítulo se agarraban a putazos entre todos”.
Volviendo a la idea del taller literario, me parece que un buen libro es siempre una lección de escritura en sí mismo. La novela de Solórzano también me parece un modelo potente de narrativa para que los autores jóvenes entiendan cómo escribir una historia clara, con giros justos y gran valor retórico. De hecho, aparecen a lo largo del texto algunas nociones inquietantes sobre la literatura, ideas dignas de una versión demente de Aristóteles, una interpretación insolente de la idea del artificio artístico: “Él sostenía que la escritura tenía como premisa la mentira. Pura chapucería. Solo en la literatura la vida tiene un sentido, las acciones un significado. En los talleres de escritura te exigen que seas verosímil, que cada detalle esté justificado en la trama, “si describes un arma, alguien tiene que usarla”; mamadas, si el arte imita la vida, la imita de la rechingada y ésa es la mentira fundamental: la vida no tiene sentido y las cosas pasan porque se les hinchan los güevos”. Todo lo que afirma aquí el personaje me parece verdadero.
El final del libro me pareció justo, tiene un equilibro de sorpresa y lógica que me deslumbró. Nada tan importante, creo, como un buen cierre para que una obra se eleve. Solórzano demuestra que los caminos a donde nos lleva la escritura, tanto en la vida como en la ficción, no dejan de maravillarnos. Así que Taller de literatura es una obra que recomiendo por todo lo alto. Tierra Adentro sigue siendo una referencia de autores a los que es necesario ponerles atención, y que establecerán la forma en la que se crea buena literatura en nuestro país y en Latinoamérica. Mi sugerencia es que dejen de ir a talleres mediocres o, de plano, dañinos, y mejor lean esta novela; seguro que, al menos, los saca un rato de sus diminutas —o tal vez descomunales— tragedias.
“El exorcista”, 1973. Dir. William Friedkin. Portada de la versión cinematográfica original.
“La película más terrorífica de la historia”, “una parábola de la eterna lucha entre el bien y el mal”, es decir, El Exorcista como epítome del género de terror, y que al mismo tiempo “trasciende” (signifique lo que esto signifique) el género. La película de William Friedkin es una de las más oscuras, geniales, brutales, y maravillosas (además de terroríficas) películas de la historia. Pero ¿Es cierto? Teniendo en cuenta nuestros parámetros históricos, todo lo ocurrido después del estreno de la película en 1973, contando guerras, la caída de la URSS, atentados terroristas, más guerras, una pandemia global, narcotráfico, fosas comunes, desapariciones forzadas… ¿Una película como El Exorcista aún puede asustar?
Esta pregunta no es fácil de contestar, pues el contexto histórico debe tomarse en cuenta para entender tanto a la obra analizada (o simplemente apreciada) como la recepción que ésta tuvo en su momento, atendiendo a la noción de que El Exorcista es una película clásica, incluso de culto. No hay nada que rebatir a ello, sin embargo, lo que sí puede preguntarse uno como espectador, como entusiasta del cine de terror (o el cine en general), es el mensaje, los temas, lo que la película sigue significando y mostrando hoy en día. Y si aún, por supuesto, es capaz de asustar o de provocarnos algún estremecimiento, incluso uno de tipo existencial.
El exorcismo y el diablo, ¿Siguen siendo relevantes para nuestra cultura actual, aficionada al cine de terror? Al menos en México llama la atención la infinidad de películas que llevan la palabra “diablo” o “exorcismo”, para crear títulos absurdos como El Exorcismo de Dios, cuyas implicaciones tanto teológicas como de puro sentido común (si se acepta que existe un Dios omnipotente y omnisciente al estilo cristiano) son completamente ilógicas. Eso no quita que sigan gustando las palabras exorcismo y diablo. Un exorcismo es una serie de rituales que implican expulsar a un ente demoníaco (un diablo, o un esbirro de El Diablo con mayúsculas) que ha tomado posesión de una persona (incluso una cosa o hasta un animal). Cuando ocurre la posesión, la entidad afectada deja de ser ella, es errática, violenta, se convierte en otro, en otra, cumpliendo con el efecto de lo siniestro: lo que no debería ser, es.
Así, aunque pueda parecer anacrónico, el diablo, Satán y todo lo relacionado con lo luciferino y con el infierno, sigue siendo un elemento constitutivo de nuestra cultura popular, al menos dentro de las narrativas pertenecientes al terror. El diablo sigue estando entre nosotros, la dicotomía se mantiene a pesar de la modernidad: la lucha entre el bien y el mal, en un maniqueísmo tan simple pero efectivo que puede verse incluso en obras tan disímiles como Star Wars o True Detective, se mantiene como una narrativa válida. El mal cobra sentidos diversos para convertirse tanto en metáfora como en objeto puro de la concepción de una manifestación cultural: el mal incluye y es una narrativa que provee a los lectores o espectadores, por medio de los personajes, de un desarrollo, de diégesis que avanza hacia un punto medular: el sentido de la existencia misma, además de una explicación de los “horrores de este mundo”.
En el famoso cuento de Arthur Machen, “El Gran Dios Pan”, un doctor desea realizar una operación en una chica que se ofrece voluntariamente (esto podría estar a discusión) para “abrir” sus percepciones al mundo verdadero, la “realidad tras el velo”. La operación sale mal, ya que la chica se convierte en una “idiota”, pero puede atisbar el verdadero horror: la presencia del Dios Pan, causa prima del “pánico”, de donde proviene esta palabra. En el cuento, el narrador se cuestiona junto al doctor sobre la naturaleza del mal, y cree que nosotros, como sociedad occidental, no hemos comprendido ni atisbado realmente el mal. El mal no es la corrupción, la enfermedad, las desviaciones, los asesinatos, ni siquiera la tortura, que se podría explicar bajo aspectos psicológicos, psiquiátricos e incluso sociopolíticos. El mal es mucho más profundo para Machen. Siguiendo este pensamiento, Hannah Arendt desarrolla la idea de la “banalidad del mal”, cuyo significado se acerca a esta interpretación de lo que no es realmente el mal. Arendt, quien asistió al juicio del criminal de guerra nazi, Adolf Eichmann, desarrolló la idea de que el criminal no era un “pozo de maldad”, es decir, no era El Diablo, sino un burócrata que seguía las reglas permitidas en esa sociedad. Matar es “malo”, pero bajo ciertas circunstancias es “loable” o, incluso, es permisible y entendible. Para la maquinaria de pensamiento sociopolítica y cultural del Reich, Eichmann, aunque culpable (o responsable si se prefiere), no había actuado como un ser maligno, sino como alguien que sigue las reglas sin cuestionar.
El mal, entonces, debería estar encarnado por la oscuridad misma, por una entidad sobrenatural que busca, insidiosamente, provocar daño a la humanidad. En la narrativa cultural occidental yace con fuerza la religiosidad cristiana, específicamente la católica, donde esta manifestación está encarnada en el Ángel Caído, Lucifer, Satanás, el Diablo, que no es un dios del mal, sino una criatura rebelde de Dios, que ha decidido no seguir con los mandatos divinos, y que busca, celosa y envidiosa, hacer daño en las criaturas preferidas de su padre: los humanos.
En 1949, un caso de exorcismo hizo revuelo en los medios estadounidenses. Un niño de 14 años fue exorcizado por un sacerdote jesuita en Cottage City, Maryland. Este caso llegó a las manos y ojos de un joven William Peter Blatty, que estudiaba en la Universidad de Georgetown. De alguna manera podría decirse que lo poseyó, nunca lo abandonó, pues, a pesar de que al terminar sus estudios se dedicara a la escritura de guiones de comedias, concibió años después la novela El Exorcista, en la que se basa directamente el filme del mismo nombre, dirigido por William Friedkin y publicado un par de años después.
Antes de la década de los 70 ya habían sido publicadas novelas de terror cuyo tema principal era el diablo, siendo dos las que tomaron mayor relevancia Juicio a Satán (1962) de Ray Russelly, El bebé de Rosemary (1967) de Ira Levin. Con la novela de Russell, lo demoníaco volvió a salir a la luz ante un público que había perdido el interés en un tema que parecía ya superado, casi medieval, lo que puede verse en la incredulidad del padre Karras en la posterior El Exorcista.
Sin embargo, el boom verdadero de lo diabólico no surgió hasta el estreno de la película de Roman Polanski, El bebé de Rosemary, en 1968. Como tal, ni la novela ni la película retratan una posesión en sí, sino la concepción del hijo de Satán, un anticristo que provocará el nacimiento de una nueva era. Stephen King cree, en Danza Macabra, que estas novelas surgieron a través de la paranoia que ya existía en los años 50 por la “posible infiltración” de agentes comunistas en la sociedad norteamericana, específicamente auspiciada por la URSS. Esta paranoia puede verse en la Rosemary de Ira Levin, quien comienza a dudar de las intenciones de sus vecinos, del doctor, de todo su círculo social, quienes, al parecer, forman parte de una secta que busca la concepción y el nacimiento del hijo de Satanás. La cuestión de mayor interés en esta obra yace en el “¿Qué pasaría si no estoy en un error?”, “¿Qué pasaría si lo que creo, por más improbable que sea, es verdad?”. La conspiración no es una fantasía, sino una realidad.
Cuando William Peter Blatty escribe la novela, existían ciertas dudas al respecto de parte de sus editores, a quienes convenció a pesar de ser un escritor dedicado a la comedia. “No querían una nueva El bebé de Rosemary”. La obra debía ser distinta, y lo era, porque a pesar de mantenerse esta duda y esta paranoia, se concebía bajo la posesión y, principalmente, con la presentación del ritual: el exorcismo.
En la película de William Friedkin puede observarse aún esa duda en el padre Karras, pues, a pesar de la apariencia de Regan, a pesar de los fenómenos claramente sobrenaturales que ocurren en la casa de los McNeill, subyace esa pregunta que es más clara en la novela: ¿Realmente la chica, Regan, está poseída por un demonio? Y, no sólo por uno, sino por El Diablo, como lo menciona Karras cuando investiga el caso.
Karras es un sacerdote que ha estudiado psiquiatría en universidades de la Ivy League, de semblante melancólico, sufre por la decadencia y posterior muerte de su madre mientras mantiene dudas sobre su propia fe. No es el mejor sacerdote para responsabilizarse por el caso de Regan, la hija de la famosa actriz MacNeil, a pesar de conocer del tema e incluso de estudiarlo de manera científica. Sin embargo, es el elegido para la tarea, aunque al final sea asistido por el padre Merrin, un exorcista experimentado, misionero y arqueólogo que ha visto ya a Pazuzu mientras lideraba excavaciones en Irak. Pazuzu, la verdadera identidad del demonio que posee a Regan.
Dudamos con Karras en la novela y asistimos a su sorpresa en la película. Y justo eso, la duda y la posibilidad de volver a creer en lo imposible, aunque esta imposibilidad abarque lo maligno, es lo que sigue vivo en nuestro imaginario. Prueba de ello es la secuela de 2023, The Exorcist: Believer. No porque el diablo sea realmente uno de los motivos que siga asustándonos como sociedad occidental (o latinoamericana si se quiere), sino por las implicaciones tras ello: sobre la maldad y sobre la posibilidad de que exista justo su contrario.
Tal vez esto parezca demasiado simplista, la dicotomía entre la bondad y la maldad, y la posibilidad de la reafirmación de la fe, pero más allá de los temas religiosos, obvios, por supuesto, en El Exorcista, los temas sobre la creencia, sobre la maravilla de una realidad traspasada, y lo increíble de esa posibilidad, siguen manifestándose en los intereses de los lectores y de los espectadores y aficionados al cine de terror. No porque el Demonio sea una de las amenazas que más aterroricen a nuestra sociedad, sino por la posibilidad de que exista un núcleo, una realidad-otra que le dé un sentido más profundo a nuestra realidad. Y justo por eso podemos seguir celebrando El Exorcista y las obras (la mayoría de calidad cuestionable)1 inspiradas o subsecuentes de este universo donde un demonio puede poseer a un inocente y, al mismo tiempo, donde un hombre de a pie, cualquiera de nosotros, puede alejar incluso a la misma encarnación de la maldad.
Nacimiento Anónimo napolitano. Siglo XVIII. Barro cocido, madera, cuerda, alambre y tejidos. Fotografía de Juan Quintas, 2008. CC BY-SA 4.0 DEED
Una de las consecuencias más sofisticadas del pensamiento de san Francisco de Asís en la cultura cristiana —y, por tanto, en el mundo occidental— es la reivindicación de la naturaleza como locus theologicus, un lugar desde donde reflexionar el papel de lo divino y su relación con el ámbito material. Si bien no logró del todo escapar de la dicotomía sacro-profano, sí que intuyó una tercera vía para superar la dicotomía naturaleza-civilización: el reconocimiento de ambas esferas de la creación como producto de una misma voluntad, la de Dios.
Esta reivindicación se evidencia particularmente en la comprensión franciscana del misterio de la encarnación, según el cual el Hijo de Dios “se hizo carne” en el vientre virginal de María. Tal misterio constituyó una afrenta a varias comunidades cristianas de la Antigüedad, como los apolinaristas y los docetistas, que defendían la absoluta incompatibilidad entre la naturaleza divina de Cristo y la posibilidad de su humanización. Su ser hombre, aseguraban, no era una categoría digna de su divinidad, por lo que no podía ser más que una mera apariencia. La idea de un Dios encarnado parecía, por citar al mismo san Pablo “escándalo y estulticia” (I Cor, I, 23) para quienes sólo podían concebir la idea del Dios altísimo, encumbrado en los cielos, sin dejarse contaminar por lo abyecto de la materia.
Sea por un arrebato místico, por un afán piadoso o por dejar en claro su postura contra las herejías monofisistas, Francisco de Asís organizó una representación viviente del nacimiento de Jesús en la Nochebuena de 1223, en la pequeña localidad de Greccio, en el centro de Italia. La descripción de Celano es rica en detalles:
Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. […] El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre (85-86).
El mismo Celano narra, siguiendo el testimonio de uno de los asistentes a la misa, que en esa ocasión Francisco, revestido con la dalmática, el ornamento de los diáconos —recuérdese que, en un contexto no muy distinto del actual, en el que la jerarquía de la Iglesia no tomaba tan en cuenta a seglares como a ordenados, el fundador de la orden fue obligado a ordenarse diácono, pues se rehusó a recibir el orden presbiteral—, predicó un sermón tan entrañable que estuvo en más de una ocasión al borde del llanto. En él dio cuenta de la abyección que abrazó el Hijo de Dios, al nacer en un ambiente tan distinto al que su categoría de Dios merecía. Ambiente, sin embargo, bien conocido y asumido por los frailes menores, quienes vieron en la pobreza evangélica un medio ideal para el seguimiento de Cristo. Llegó un momento, cuenta la misma fuente, en que, en medio del buey y el asno, sobre el pesebre apareció el niño Jesús, y que Francisco lo tomó entre sus brazos y lo arrulló hasta quedar dormido. Uno de los frescos de Giotto, El nacimiento de Greccio (1295-1299), en la basílica mayor de Asís, representa el momento en que Francisco acuesta al Niño mientras un grupo de frailes entonan los himnos correspondientes a la misa de Navidad.
Si bien es cierto que ya desde el siglo XI en Milán había pequeñas esculturas que ilustraban la natividad de Jesucristo, la representación de Greccio pasa por ser el primer nacimiento navideño. Hay una discusión interesante en términos de arte sacro: por una parte, quienes dicen que tal representación no fue en realidad un nacimiento sino un drama litúrgico —similar, por ejemplo, a las pastorelas—; por la otra, quienes afirman que Greccio sentó las bases para la tradición de los nacimientos típicos de la época navideña, pues las esculturas de Milán no se limitaban a ese periodo en particular, sino que se exponían durante todo el año como cualquiera otra imagen sagrada.
Inspirados en la devoción de su fundador, fueron los frailes franciscanos quienes popularizaron la representación del nacimiento de Jesucristo en sus templos y conventos, y quienes la expandieron a América a través de las misiones a su cargo. La Navidad en Greccio dio pie a dos de las tradiciones más típicas de la temporada en México: las pastorelas y los nacimientos, que fueron de las primeras en arraigarse en el nuevo mundo. Para muestra, el Códice Franciscano: fray Pedro de Gante narra las celebraciones de la Navidad de 1527, pocos años después de la caída de Tenochtitlan, en medio de una algarabía popular: los frailes habían entendido que la danza y el canto eran elementos esenciales de los cultos mesoamericanos, y no escatimaron esfuerzos en reconvertir tales liturgias. El 16 de diciembre, que comienza el novenario previo a la Navidad, los nacimientos se colocaban en los lugares de culto y poco a poco se extendió la costumbre a las casas y las plazas de las principales ciudades del país. Los nacimientos se adecuaron a los materiales típicos de cada zona: barro en Metepec, talavera en Puebla, madera tallada en Oaxaca y Michoacán, totomoxtle en Hidalgo, ámbar en Chiapas, plata en Guerrero y barro negro en Oaxaca, sin ser esta lista exhaustiva.
Este año, para conmemorar los 800 años del primer nacimiento en Greccio, la Santa Sede ha concedido una indulgencia plenaria a cualquier creyente que, cumpliendo las condiciones habituales de esta práctica, se detenga un momento a contemplar los nacimientos colocados en cualquier casa o templo que pertenezca a la familia franciscana. En México el aniversario ha pasado prácticamente desapercibido, aun cuando nuestro país cuenta con una riqueza tan extraordinaria en la tradición de los nacimientos, tanto por la diversidad de materiales con los que se fabrican como por la antigüedad de la que datan, a diferencia de cualquier región del continente.