Tierra Adentro
Portada de "Innecesárea" de Jessica Anaid. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada de “Innecesárea” de Jessica Anaid. Fondo Editorial Tierra Adentro.

En su poemario Innecesárea (2023), ganador del VI Concurso Nacional de Poesía Germán List Arzubide, la escritora Jessica Anaid Hernández dirige su mirada hacia la experiencia de una mujer que ha pasado por una cesárea injustificada. Si bien la autora aborda una cuestión que depende de circunstancias muy precisas, personales, su poesía logra desentrañar las complejidades que posee esta intervención quirúrgica en esencia, recuperando en la escritura el tiempo de alumbramiento que la cesárea hizo breve. Es así como en estos poemas podemos leer y conocer, de modo significativo, los despojos que el procedimiento ha retirado en su propio cuerpo y también, de forma general, en la sociedad y la cultura.

Existe una señal que puede llamar nuestra atención: a pesar de que la cesárea está recomendada solamente cuando el parto vaginal pone en riesgo a la madre o al recién nacido, su práctica se ha extendido cada vez más. Según la OMS, hay regiones del mundo donde el porcentaje de cesáreas que se practican ha superado el índice aconsejado. En Innecesárea, Jessica Anaid interpreta esta realidad global desenredando el nudo de emociones contenidas que pudo dejar esa experiencia desde lo personal, para entender y dilatarse hasta dar luz sobre cuáles fueron los posibles motivos y cuáles los remanentes de una cesárea: la impotencia de una mujer a quien se le ha presionado e incluso forzado para concluir así su embarazo, la pérdida de una labor de parto que orgánicamente parte del proceso de gestación, la injusticia de no conocer si las razones por las que se practica son realmente válidas. La alarma está puesta en que, para muchos casos, la decisión obedece a determinada conveniencia: optimizar el tiempo y aumentar el costo.

En el primer apartado “Zeus devora mi embarazo”, Jessica Anaid alude a determinados episodios de la mitología griega donde el dios Zeus utiliza su poder contra Sémele y Metis, para ser él mismo quien termina de gestar a sus hijos, Dionisio y Atenea. Ahoga sus gritos, las anula con violencia, niega su capacidad de alumbrar y las desplaza de su posición como madres. Nos comunica y destaca el dolor de haber quedado desposeída, de manera ilegítima y muchas veces violenta, de su poder para dar a luz:

sé parir,

pero Zeus es quien anota el nombre de nuestros hijos

en la página blanca y los gesta en la bolsa de su bata

blanca, cuya tela roza el muslo de su pierna

izquierda

Este primer apartado concluye con una invocación a Gea, la madre tierra, fecunda y progenitora original, pidiéndole que instaure nuevamente su dominio en el parto, su potestad en las tinieblas, en lo incierto, e incluso en el oráculo que dicta el momento de parir y que no obedece a ningún interés:

Gea: quieren evitarme el parto, quieren extraer a mis hijas e hijos desde la masa negruzca del caos

En el segundo apartado, “El paraíso hospitalario”, Jessica Anaid sugiere una correspondencia de aquel mandato divino presente en el Génesis, según el cual, después de comer la manzana prohibida, Eva es sentenciada a parir con dolor. En lo que la escritora llama el “Paraíso hospitalario”, existe una nueva premisa, se trata de un lugar donde el conocimiento científico puede estar condicionado al elevado costo que representa una cesárea, destinando a muchas mujeres a someterse a este procedimiento sin justificación válida.

Sé parir, Adán, y tiembla la tierra, y se abre para expulsarte, porque sé parir, sabemos parir, y no pariremos injustificadamente desde la costilla: innecesárea

En este paraíso, es Adán quien se presenta como un traidor, pues ha robado la manzana, ha desposeído a Eva del dominio de su cuerpo, mientras ella permanece inmovilizada, incapaz de sentir las contracciones, excluida del conocimiento que le pertenece a sí misma como instinto. Soy yo la creadora, la Diosa, el parto es mío en esta habitación, declara, se pronuncia, y es así que logra recuperar su posición. Ya no como una petición sino en rebeldía.  

Es notorio cómo estos relatos perduran en la literatura y todavía nos representan ciertas verdades significativas de la experiencia humana, acercándose a nuestro entendimiento, a pesar de ser fantásticas y no pertenecernos directamente. Además de la presencia y reescritura de estos mitos, la autora de Innecesárea logra detenerse en el ritmo apresurado, el día a día en la vida de una madre, para confrontarse con la extrañeza y frustración que la cesárea ha producido. Expone cómo fue la depresión post parto en sus circunstancias:

Intento crear una conexión con mi hijo

miro sus ojos

y un faro quirúrgico se enciende

me alejo de su mirada

pero no hay marcha atrás

es el quirófano el que está aquí

nunca volverá a apagarse

Por otro lado en este libro, Jessica Anaid recupera la práctica de las parteras tradicionales, y nos recuerda cómo han sido silenciadas dentro del espacio quirúrgico, es decir, ese recinto pulcro, impersonal, con monitores eléctricos y bajo la luz blanca. Es así que la voz poética de la autora ha recurrido a ellas, las parteras, para buscar cuidado durante la cesárea y también alivio:

Mi abuela es una tramoyista del teatro japonés,

vestida de negro como la conciencia

se escabulle en el quirófano ofreciéndome sus manos

las tomo para masajear mi vientre

las manos de mi abuela intenta desencadenar 

mi parto

los médicos la ignoran

De manera emotiva, la autora de Innecesárea anuncia factores que han determinado la práctica excesiva e injustificada de cesáreas, como resultado de nuestras dinámicas económicas y sociales, las decisiones se han basado en la eficiencia del tiempo y el beneficio económico. Las posibles consecuencias, podemos leerlas en la obra de Jessica Anaid, son el silencio impuesto, la desconexión con el cuerpo femenino y los efectos de una anestesia que no tiene un final definido. De fondo, también la ilegitimidad de no posibilitar y priorizar el parto biológico siempre que haya las condiciones. Y el menosprecio por las prácticas tradicionales de la partería que sistemáticamente han sido ignoradas, censuradas, transformadas o desaparecidas. Todo esto tomando en cuenta determinado beneficio que no siempre es a favor de madres e hijos.

En los últimos apartados, “Paisajes sobre la cesárea” y “Eva pariendo a Adán”, el poemario contiene una serie de imágenes traducidas en versos, poemas que apuntan hacia la pintura y la plástica. La voz de la escritora recurre a la contemplación como un procedimiento personal, lento, libre de mandato, eficacia y lucro. Toma tiempo para detenerse en imágenes de su entorno que representan su experiencia, tanto en su estado de ánimo como en su ambiente, cómo se ha transformado y cómo han sido los cambios en su propio cuerpo. Crea un lenguaje que nos recuerda al haiku, observa su espacio y devela las formas y los colores. Pronuncia así las palabras para sanarse a sí misma:

Pus verde

en la herida fluorescente

de la luciérnaga

El poemario termina con un conjunto de autorretratos. Una reinterpretación de una serie de obras artísticas conocidas: la iconografía de Louise Bourgeois, Remdrandt, Pollock, etc., en los que la autora describe con detalle cómo percibe su cuerpo. Es decir, cómo ha tenido que reconfigurar la imagen que tiene de sí misma después de la cesárea. Recrea figuras y las traduce en palabras para expresar lo que queda en su cuerpo, lo que observa e imagina, lo que una vez no pudo gritar durante el parto: el instinto negado en su propia piel, en sus extremidades. El movimiento de los músculos, los órganos que ha sido necesario desentrañar y diseccionar, hasta darles lugar y resonancia en la poesía.
En Innecesárea, Jessica Anaid revela qué subyace en este tema y su lectura sugiere nuevas interrogantes que merecen nuestra atención. A partir de la lectura de este libro, podemos reflexionar en las repercusiones que tiene esta realidad.


Autores
Georgina Angélica Moctezuma Ruiz es originaria de la ciudad de Puebla. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Tiene una maestría en Letras Iberoamericanas por la Ibero Puebla. Da clases de Lenguaje y Comunicación en la licenciatura en Educación Escolar para las maestras que se preparan para educadoras.
Mosaico V.I. Lenin, Museo de Historia y Costumbres Locales. P. V. Alabina en Samara. Fotografía por: Vadim Kondrátiev. Imagen recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 3.0 DEED).
Mosaico V.I. Lenin, Museo de Historia y Costumbres Locales. P. V. Alabina en Samara. Fotografía por: Vadim Kondrátiev. Imagen recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 3.0 DEED).

El 21 de enero se conmemora un siglo de la muerte de Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Vladimir Lenin, artífice intelectual y material de la segunda revolución de masas mundial —la primera fue la Revolución mexicana—.

Sin duda el enfoque marxista del cual derivó gran parte del pensamiento y acciones políticas de Lenin serviría de ejemplo para muchos otros países durante buena parte del siglo XX.

Para el caso de este texto, dejaremos de lado la amplia producción intelectual que Lenin desarrolló en su corta vida (1870-1924), para concentrarnos en sus cualidades de liderazgo en la conducción política, respecto a tres grandes elementos claves para el surgimiento del Estado soviético: el triunfo de la Revolución rusa de 1917 y la Guerra Civil; la ejecución de la Nueva Política Económica (NEP), y la institucionalización del movimiento revolucionario ruso, mediante la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922 y la promulgación de su Constitución en 1924.

Lenin militar: Las revoluciones de 1917 y la guerra civil rusa (1918-1920)

A causa del colapso del gobierno imperial de Nicolás II en marzo de 1917, derivado de los combates contra fuerzas alemanas durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), por un lado, y gracias a la revolución liberal y al gobierno provisional que fueron apoyados por Lenin, la facción socialista y la facción socialrevolucionaria, por otro, se estableció entre marzo y noviembre de 1917 la República Federativa Democrática Rusa.

Uno de los problemas que tanto Lenin como el grupo socialista criticaron al gobierno republicano de Alexander Kerensky fue la continuación de la guerra contra Alemania,1 la cual afectó severamente al aparato productivo y poblacional ruso desde 1914, y dejó tras de sí hambruna y un cansancio general respecto al conflicto. En consecuencia, frenar la guerra y reactivar la producción se convirtieron en demandas impostergables a ser solucionadas (las cuales fueron debidamente captadas a su favor por los bolcheviques), pues de lo contrario solamente se auguraban mayores y más intensos conflictos internos.2

Ante ello, en noviembre de 19173 los soviets4 de los principales centros políticos y administrativos de Rusia en Moscú y Petrogrado, en asociación con la facción de izquierda de los socialistas revolucionarios, tomaron el poder, sustituyendo al gobierno republicano de Kerensky.

Toda vez logrado esto, el gobierno de coalición encabezado por Lenin5 y los socialistas revolucionarios, mediante el Consejo Popular de Comisarios (Sovnarkom), ejecutó decretos relacionados con la reforma de tierras, otorgando su control a los campesinos que se habían apropiado de ellas. De igual forma, los trabajadores tomaron el control de las industrias nacionales. Además, se abolieron privilegios de clase políticos y legales, se nacionalizó la banca y se establecieron tribunales revolucionarios, en lugar de las cortes tradicionales.6

Otro punto de toral importancia fue la negociación y firma de un tratado de paz con Alemania, en Brest-Litovsk, el 3 de marzo de 1918, en el cual Rusia perdió 30% del territorio imperial aproximadamente, lo que generó tensiones dentro de la coalición de gobierno con los socialistasrevolucionarios e indicó a los elementos nacionalistas previamente pertenecientes al Imperio ruso que un momento propicio se presentaba para adquirir independencia. Así comenzó la Guerra Civil rusa.

Desde la región de Checoslovaquia, pasando por Ucrania, Polonia, la parte norte-central de Rusia, Siberia y hasta el este ruso, el gobierno liderado por Lenin y el Sovnarkom entre 1918 y 1919 experimentó serios reveces militares comandados por los ejércitos blancos, una coalición de antiguos militares zaristas, políticos conservadores y socialistas moderados.7 Estos grupos contaban con recursos financieros, militares y humanos brindados por las potencias que ganaron la Primera Guerra Mundial —especialmente Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Japón—, y tenían el objetivo de derrocar al gobierno emanado de la Revolución de Octubre.8

Mientras enfrentaba una peligrosa situación de supervivencia, el gobierno bolchevique ejecutó diversas medidas para revertir el curso de la guerra a su favor. En primer lugar, estableció una política estricta de organización administrativa, militar y económica en los territorios controlados denominada “Comunismo de Guerra”, la cual permitió canalizar todos los recursos hacia el aparato militar y sostener los embates de los ejércitos blancos. Con el fin de reformar y constituir real y formalmente al Ejército Rojo, y gracias a las labores de Lev Trotsky y a la movilización social general,9 encabezada por el Partido Bolchevique, se incrementó y profesionalizó, en 1922, a 5 500 000 efectivos de las fuerzas del recién creado Ejército Rojo. De esta forma, el Estado bolchevique —posteriormente soviético— adquirió un carácter predominantemente militar, el cual fue determinante para la recuperación de los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial y para contener el segundo embate de agresión por parte de la Alemania Nazi en 1941 y su cuasi total destrucción sin ayuda externa hacia 1945. Posterior a ello, contuvo cualquier interferencia política agresiva hacia la Unión Soviética hasta 1991, las cuales eran llevadas a cabo normalmente por la otra superpotencia militar de la época, Estados Unidos, o alguno de sus satélites euroatlánticos.

En segundo lugar, la militarización excesiva y el control administrativo efectivo de Moscú y Petrogrado, centros neurales del Estado ruso junto con toda su periferia industrial y productiva, permitieron que a partir de 1920 y hasta 1922 los ejércitos blancos y sus aliados extranjeros fueran contenidos y expulsados del territorio nacional,10 a la par que toda oposición política fue suprimida y desterrada, estableciéndose el dominio estatal por parte de un solo partido político: el Bolchevique/Comunista.11

Finalmente, con la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, el tratado de Brest-Litovsk se anuló, y con el triunfo bolchevique en la mayoría del territorio, con excepción de armisticios que aseguraron breves periodos independientes en Finlandia, los Estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y el gobierno terrorista revolucionario de Josef Pilsudski en Polonia12, se consolidó el control territorial de la futura URSS.

Después de este proceso, la recuperación nacional era el tema que debía ser atendido por el gobierno de Lenin, pues los efectos de una segunda guerra en el territorio ya habían comenzado a hacerse latentes y nuevamente el régimen corría peligro por una amenaza interna: el hambre y la inestabilidad política interna, derivadas de la aplicación intensiva del Comunismo de Guerra.

Lenin y la NEP: apuesta por la recuperación económica bajo tensiones ideológicas

Frente a una sociedad extenuada por los combates, un campo inactivo por casi 10 años y una industria totalmente desbalanceada y con niveles de productividad de principios de siglo, Lenin, junto con los ministros del Sovnarkom, diseñaron y ejecutaron la Nueva Política Económica o NEP (por sus siglas en ruso Новая кономическая политика-Novaya Economícheskaya Polítika), en febrero de 1921.

Con el principal objetivo de reactivar y reorientar la economía nacional hacia el crecimiento agrícola e industrial, la NEP no solamente buscaba el crecimiento económico, sino beneficiar a las clases agrícola y trabajadora de Rusia, pilares de la Revolución y el Estado bolchevique según Lenin13.

Con la implementación del Comunismo de Guerra, las requisiciones forzadas agrícolas para alimentar al aparato militar durante la Guerra Civil generaron fuertes tensiones entre el sector campesino y el gobierno bolchevique, por lo que uno de los primeros puntos de la NEP fue el reemplazo de aquel sistema draconiano por un impuesto fijo sobre dichos productos, además de que se permitió vender libremente el excedente posterior al pago de dicho impuesto.14

Lo anterior, junto con la reafirmación de la posesión de tierras por parte de los campesinos —desarrollada en 1917—, desembocó en la distribución de tierras entre 100 millones de campesinos aproximadamente, lo que generó una producción agrícola general de pequeña escala, de la cual 75% era realizada por medio de mecanismos manuales.15

Aunque esto permitió la recuperación del sector a niveles previos a la Primera Guerra Mundial, las características generales de la producción, principalmente su carácter manual, eran insuficientes para asegurar el crecimiento económico nacional, por lo cual surgió un nuevo problema que no podría ver solucionado Lenin y que presentó un desafío constante para las autoridades soviéticas subsecuentes a partir de Stalin: la industrialización y modernización agrícola en la URSS.

Respecto al sector industrial, el control férreo del Comunismo de Guerra tuvo que relajarse para reactivar su dinámica, por lo tanto, con excepción de las empresas clave de la economía estatal (energía e industria pesada, principalmente), aquellas que empleaban menos de 20 trabajadores, junto con otros conglomerados de mayor tamaño de carácter manufacturero y de comercio minorista, fueron excentas de la nacionalización comenzada desde 1917.

De igual forma que a los campesinos, a las empresas se les permitió vender sin regulación estatal sus productos, utilizando precios que fluctuaban libremente, lo cual causó severas crisis de balance entre estos y los productos agrícolas, afectando la economía nacional y generando tensiones internas entre las alas más radicales del partido Bolchevique,16 las cuales consideraron que los efectos de la NEP sobre el sector industrial representaban un retroceso político e ideológico de los principales postulados revolucionarios hacia los trabajadores.

Esta política aplicada al sector industrial fue quizá una de las que tuvo mayores impactos en uno de los pilares revolucionarios, pues de acuerdo con el “Grupo de los Trabajadores”, encabezado por Trotsky, la NEP reanudaba la explotación laboral, a causa de la permisividad que tuvo el gobierno con respecto al regreso de los antiguos administradores en ciertos sectores industriales.17

Y esto era cierto, pues en los principales centros urbanos como Petrogrado y Moscú la recuperación económica era evidente para los sectores comerciales más favorecidos, constituidos en un grupo de élite conocido como “NEPmen” u “hombres de la NEP”, el cual significó una amarga evidencia del retroceso revolucionario.18 Aunque el comercio exterior se mantuvo bajo el control del Estado soviético,19 las tensiones y eventuales choques políticos entre Lenin y su grupo que abogaba por el mantenimiento de la NEP y el “Grupo de los Trabajadores” que demandaba una reforma de la política para detener los abusos a la clase obrera fueron aumentando hacia 1923. Todo esto, mientras la salud de Lenin se veía afectada por la serie de accidentes cerebro-vasculares del 9 de marzo de 1923, que lo retirarían totalmente de la escena política hasta su muerte en 1924.

Finalmente, y a pesar del carácter transformador de la revolución de 1917 en términos políticos, económicos y sociales, el Estado bolchevique-soviético no pudo prescindir de antiguos miembros del entramado estatal anterior (zarista), para poder asegurar la ejecución no solamente de la NEP, sino de muchas otras políticas que garantizaron la transformación del Estado imperial en el soviético.20

Sin embargo, esta medida fue la que menor tiempo se mantuvo, pues luego del establecimiento e institucionalización del Estado soviético durante el gobierno de Stalin (1924-1953), los cuadros administrativos estatales surgieron principalmente del Partido Comunista de la URSS (PCUS).

El legado institucional inicial de Lenin: el acta fundacional de la URSS y la Constitución de 1924

Como mencionamos en el anterior apartado, al término de la Guerra Civil rusa y los primeros frutos positivos de la NEP, la salud de Lenin se encontraba seriamente deteriorada y su habilidad de liderazgo dentro del Sovnarkom y el Partido Bolchevique comenzaba a ser disputada por dos figuras, que tras su muerte lucharían por sucederlo a la cabeza del proyecto político de la Revolución rusa: Lev Trotsky y Iósif Stalin. Sin embargo, a pesar de las vicisitudes de salud que sufrió entre 1922 y 1924, Lenin fue todavía capaz de iniciar dos procesos fundamentales para la institucionalización y materialización del Estado soviético; por un lado, la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, finalizada el 30 de diciembre de 1922, y, por otro, el inicio de los trabajos de redacción de la Constitución de la URSS, que sería aprobada en el Segundo Congreso General de Soviets, el 31 de enero de 1924.

Pero, antes de entrar en los detalles de cada documento estatal fundacional, es preciso mencionar que, para ambos procesos de institucionalización, sería Stalin en calidad de sucesor cada vez más claro de Lenin a la cabeza del Estado soviético quien se encargaría en gran parte de lograr un buen término para cada uno de ellos.21

Ahora, respecto a la fundación de la URSS, por medio de la intermediación inicial de Lenin, se coordinaron los intereses políticos de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR), de las Repúblicas locales y de los miembros del Partido. Luego, junto con la intervención de Stalin ya en calidad de Secretario General del PCUS, el 29 de diciembre de 1922, los delegados de la RSFSR, la República Socialista Soviética de Ucrania, de Bielorrusia y de la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia (que incluyó a Georgia, Armenia y Azerbaiyán) firmaron el Tratado de Creación de la URSS.

Este documento, además de cimentar las fronteras de la URSS hasta 1939, cuando los Estados bálticos se incorporarían a su territorio (gracias a la cláusula de incorporación de nuevos territorios), determinó las bases para el funcionamiento político y administrativo del Estado soviético: una república federal.

Para evitar redundancias temáticas entre ambos documentos fundacionales (el Acta Fundacional de la URSS y la Constitución de 1924), es posible establecer en términos amplios que el poder legislativo se asignó al Congreso de Soviets de todas las repúblicas, y, cuando aquellos no estuvieran sesionando, dicha prerrogativa recaía en el Comité Ejecutivo Central (CEC) de la URSS. Este último poseía las facultades principales del poder ejecutivo, el cual funcionaba mediante el Consejo de Comisarios Populares. Por su parte, el poder judicial, ejercido por la Suprema Corte, se establecía bajo el control del CEC.

Paralelo a aquellos importantes procesos para el Estado soviético, Lenin, en los últimos años de vida y ante la incapacidad de incidir como en otros tiempos dadas sus precarias condiciones de salud, redactó con ayuda de sus secretarias entre 1922 y 1923 un testamento político para asegurar una transición política pacífica luego de su deceso.

En dicho texto, sugería cambios a la estructura del aparato soviético de gobierno y sopesó la probable fragmentación del Partido, causada por las fricciones entre Trotsky y Stalin, que ponía en riesgo la estabilidad política. Sin embargo, esto último no pasó y el documento fue distribuido a los líderes de todas las delegaciones durante el 12º Congreso del Partido (17-25 abril de 1923),22 sin que Stalin perdiera el poder que ya había adquirido y que eventualmente lo llevaría a la cúspide del liderazgo en 1924.

Finalmente, una vez Lenin muerto, su figura fue retomada por el gobierno de Stalin para establecer una especie de símbolo patriótico unificador en toda la URSS, sus escritos fueron elevados a los máximos niveles políticos y académicos, y ello permitió mantener la cohesión nacional y partidaria hasta que las instituciones de seguridad soviéticas se encargaran de ello en todo el país, hacia la década de 1930. Sin embargo, un hecho ya era ineludible, el Estado soviético se encontraba plenamente establecido y funcionando, aunque no como Lenin esperaba.

Conclusión: ¿Y después de Lenin?

Mucho podemos especular respecto a los posibles desarrollos del Estado soviético si Lenin hubiera tenido una vida más larga, que le permitiera mantener el control político en la URSS después de 1922.

Sin embargo, para efectos de este texto, me gustaría reflexionar sobre una idea que a mi parecer es central y que no pudo observar de manera clara Lenin: la realidad del panorama político y geopolítico internacional de principios del siglo XX. Debido a la aplicación dogmática del marxismo, Lenin tuvo una visión romántica del futuro, la cual predecía un colapso eventual y casi inminente de las naciones capitalistas, a causa de guerras entre éstas, que dejaba peligrosamente al margen a la URSS.

En contraste, la agresividad de las naciones capitalistas hacia el proyecto estatal socialista fue uno de los puntos de observación más importantes que pudo percibir Stalin al ejecutar los procesos de industrialización intensiva del campo y el sector pesado (acero y manufacturas complejas y de gran escala, principalmente) por medio de la fuerza.

Gracias a esto, al final de la primera mitad de ese siglo, posterior a la destrucción casi total de la amenaza nazi a manos del Ejército Rojo, la URSS había renacido de las cenizas de la cruenta Segunda Guerra Mundial y a la muerte de Stalin quedaba armada con bombas nucleares, parafraseando a Isaac Deutscher, minucioso analista de este periodo.

De manera complementaria, es imposible considerar que otro líder diferente a Stalin pudiera haber asumido los costos políticos y sociales de transformar en 18 años y sin sucumbir ante las presiones internas y externas un Estado predominantemente rural a uno de carácter energético, agrícola y militar moderno, al grado de poder plantarse de frente a un Estados Unidos triunfador, doble expoliador comercial de Europa mediante las dos guerras mundiales, cuyo territorio y aparato productivo jamás fueron tocados por el conflicto.

Desafortunadamente, debido a la militarización de la sociedad y el Estado soviético, la URSS plantó las semillas de su destrucción, pues aunado a la osificación del gobierno unipartidario nacional, los penosos liderazgos posteriores a Stalin y el efectivo aislamiento de la dinámica general del capitalismo global, propiciado por el mundo euroatlántico durante la Guerra Fría, el Estado soviético comenzó a aislarse de gran parte del mundo durante la segunda mitad del siglo XX, lo que culminaría con su disolución en 1991.

Fuentes Consultadas

  • Carr, Edward Hallet y R. W. Davies, The Russian Revolution: From Lenin to Stalin, 1917-1929, Palgrave Macmillan, Hampshire, 2004.
  • Gleason, Abbott, Ed., A Companion to Russian History, Wiley-Blackwell, Chichester, 2014.
  • Grigor Suny, Ronald, Maureen Perrie y Dominic Lieven, The Cambridge History of Russia, vol. III, Cambridge University Press, Cambridge, 2006.
  • Hough, Jerry F. y Merle Fainsod, How the Soviet Union is Governed, Harvard University Press, London, 1979.
  • Instituto de Marxismo-Leninismo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Lenin: a Biography, Progreso, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 1983.
  • Millar, James R., Ed., Encyclopedia of Russian History, Thomson Gale, Detroit, 2004.
  • Rowney, Don K. & Huskey, Eugene, Eds., Russian Bureaucracy and the State: Officialdom from Alexander III to Vladimir Putin, Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2009.
  • Service, Robert, Lenin: a Biography, Pan Books, Londres, 2002.
  • Zickel, Raymond E., Ed., Soviet Union: a country study, Federal Research Division/Library of Congress, Washington D. C., 1991.


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.

Desde que Pablo VI publicó Humanæ vitæ en 1968, ningún documento papal había tenido ni la resonancia ni la resistencia que Fiducia supplicans ha suscitado en el último mes a propósito de la posibilidad de impartir bendiciones no litúrgicas a parejas “irregulares”, homosexuales incluidas. La polémica representa la punta de la lanza de la oposición de buena parte del clero al espíritu renovador del papa Francisco, quien aceleró los nombramientos de puestos clave en el Vaticano y las principales diócesis del mundo a partir de la muerte de Benedicto XVI y a sabiendas de su delicado estado de salud en los últimos meses. Fiducia supplicans es una respuesta equilibrada a las dos grandes posturas en torno a la homosexualidad en el catolicismo contemporáneo: desde la urgencia por revisar en mejores términos el juicio que hace de ella el Catecismo —iniciativa liderada por muchos obispos de Europa occidental, Estados Unidos y Sudamérica— hasta la violencia homofóbica con que la mayoría de obispos africanos condena cualquier relación “intrínsecamente desordenada” (sic), que llega a su epítome en aquellos países que penalizan a personas homosexuales, bajo la mirada cómplice de la mayoría obispos católicos.

Las personas LGBT+ llevamos años sufriendo la homofobia institucionalizada desde los tiempos en que Juan Pablo II y el entonces cardenal Joseph Ratzinger tuvieron la necesidad de inventarse un enemigo externo para hacer frente, uno muy fallido, a la prevención de la pederastia en la Iglesia. En su cabeza pasaba el prejuicio típico de los años ochenta: que los homosexuales somos pederastas. Así, uno acabó acostumbrándose a terapias de conversión disfrazadas de confesiones y retiros, a chistes homofóbicos muy hirientes en las casas parroquiales y en los centros de formación religiosa, a columnas y publicaciones de curas acusándonos de ser los destructores de la familia, a miradas de odio y a negarnos el saludo de la paz en misa después de ver que abrazamos a nuestra pareja para rezar el Padrenuestro. Dejaron el odio crecer en Roma durante muchos años, lo convirtieron en obispos y cardenales. Por eso cualquier gesto de parte de la Iglesia que nos trate con cierta dignidad es recibido como cosa extraordinaria. Es humillante reconocerlo, pero es así.

Propongo revisar la declaración a la luz de cuatro consideraciones necesarias para entenderla: la pastoral, la sacramental, la dogmática y la eclesiológica. Sólo así podremos ubicar el lugar que la declaración tiene en la Iglesia, que no es, ni por asomo, un cambio importante a nivel doctrinal respecto de la homofobia institucionalizada que hacen pasar por verdad revelada.

1. El sentido de la declaración es eminentemente pastoral: se trata de una larga reflexión sobre el sentido bíblico y teológico de las bendiciones. Su sentido primario es “glorificar a Dios por sus dones”. En este sentido, la declaración recuerda que una bendición no es sino la expresión pública del honor que cualquier creyente rinde a Dios por los bienes que su gracia dispensa, pero también es una acogida pública a su misericordia, sobre todo en contextos de necesidad u opresión.

Ya antes de la declaración, si una persona solicitaba una bendición para sí misma o para objetos de piedad, el sacerdote podía bendecirla usando para ello alguna oración espontánea y un signo como la señal de la cruz. No estamos, en este caso, ante una bendición litúrgica —es decir, no forma parte de las bendiciones “oficiales” recogidas en el Ritual romano—, sino de un modo de oración personal que invoca, sobre la persona que la pide, el auxilio de Dios. Lo novedoso de la declaración es que reconoce la posibilidad de bendecir “parejas en situaciones irregulares”, como personas divorciadas en una segunda unión y homosexuales. Y por mucho que la declaración no cambie la doctrina actual de la Iglesia, sí resulta una postura mucho más abierta la de este pontificado el hecho de reconocer que, sin mover una coma del Catecismo, se puede incluir a estas parejas en una oración por su bienestar. En una bendición. Resalto este último punto: la declaración reconoce —que no innova— que, así como están las cosas, ese tipo de parejas no están excluidas de la oración de la Iglesia.

2. El aspecto sacramental es más complicado de tratar. La declaración tiene demasiadas concesiones a grupos homofóbicos en la Iglesia, y más las que se añadieron en los días siguientes: no puede ser una bendición que parezca una aprobación de esa relación, y por tanto no puede llevarse a cabo con ornamentos litúrgicos, ni en un lugar muy visible del templo, ni usando ninguna fórmula del Bendicional, ni el mismo día en que se celebra el matrimonio civil, ni debe tardar más de 15 segundos, ni debe realizarse en voz alta. Las personas homosexuales vivimos un auténtico apartheid sacramental de la Iglesia: por el mero hecho de serlo, no podemos acceder al sacramento del orden sagrado; pero si además vivimos en pareja, tampoco podemos acudir al sacramento de la confesión, ni a la eucaristía, ni al del matrimonio, ni a la unción de enfermos a menos que abracemos un celibato impuesto o que encontremos a sacerdotes que operen al margen de las restricciones de Roma y estén dispuestos a escucharnos en confesión. En este país, me atrevo a decir, es una gran mayoría, aunque timorata.

De los siete sacramentos, el matrimonio fue el último en reconocerse formalmente como tal (hasta el siglo XVI, cuando el Concilio de Trento). Por esa razón, a diferencia de otros como el bautismo o la reconciliación, la teología del sacramento del matrimonio no cuenta con una reflexión teológica sopesada que dé cuenta de su carácter esencial. En este sentido, una tarea importante por parte de la schola theologorum, como llamaba el cardenal Newman a la comunidad teológica dispersa por el mundo, es reconocer, con base en las fuentes de que abreva la Iglesia, qué es lo propio de este sacramento: ¿de verdad es la procreación la esencia del matrimonio?, ¿debe la procreación ser un bien mayor al de la comunión, expresada en la unidad del cuerpo y del alma de la pareja en el acto sexual?, ¿caben consideraciones teleológicas sobre la genitalidad aun cuando la biología moderna ha iluminado tantas oscuridades de la metafísica aristotélica sobre la corporalidad?, ¿es correcta la deducción según la cual las relaciones homosexuales no proceden de una verdadera complementariedad, como afirma el Catecismo que escribió el cardenal Ratzinger, si se reconoce que la premisa de la cual parte es errónea?, ¿por qué no se trata con la misma vileza a parejas heterosexuales que no pueden concebir, ya sea por la edad o por alguna condición corporal, si teóricamente están en la misma situación que las homosexuales?

Si de algún punto deben partir las respuestas a lo anterior es de una verdadera ortodoxia cristiana. Los sacramentos son signos visibles de la gracia, en otras palabras, son signos manifiestos de la presencia de Dios en la vida de cada creyente y en la vida de la Iglesia. Si una pareja de personas divorciadas, si una pareja de homosexuales tiene un proyecto de vida basado en el amor, en la ayuda desinteresada, en el crecimiento personal y espiritual, y un compromiso declarado por la santificación mutua, no se me ocurre cómo explicar ese proyecto sino como un signo visible de la gracia: una relación con carácter sacramental, o sea, una manifestación del amor de Dios en el alma de cada creyente y de la Iglesia. Porque “Dios es amor” (I Jn IV, 8), y por mucho que cueste reconocerlo para algunas personas, quienes somos homosexuales tenemos la misma capacidad de amar que la de las personas heterosexuales; la misma capacidad de hacer presente al Amor en este mundo, pues una cosa tiene clara la antropología cristiana y es que el amor no es algo que surja de uno mismo. Siempre es dádiva. Siempre es un don que viene de lo alto.

En octubre, durante el sínodo en Roma, el padre James Martin compartió docenas de testimonios de parejas homosexuales que han vivido entregadas al proyecto de vida que emprendieron, hasta la muerte. Las hay por montones. Que haya católicos homosexuales con experiencias afectivas negativas —por ejemplo, tantos sacerdotes que no pueden vivir su sexualidad en libertad y opten por el camino de la represión disfrazada de sacrificio— no significa que el resto de parejas estén condenadas a pasar por la misma historia. Y aunque fuera el caso, con mayor razón la Iglesia debería sostener a tales parejas con la cura sacramental.

3. Las reacciones negativas hacia el documento revelan una profunda ignorancia en el catolicismo conservador sobre la distinción entre dogmas y doctrinas en la Iglesia. El embrollo se lo debemos a Pío IX, pero ésa es otra historia. A grandes rasgos, los dogmas son las verdades reveladas por Dios que la Iglesia descubre a lo largo de su caminar en este mundo; están sintetizados en el Credo: que Dios es trino y uno, que Cristo es Dios y humano, que el purgatorio existe, que María es virgen, que el papa no yerra cuando pronuncia una declaración ex cathedra, que María fue asunta, etcétera. Son poco más de cuarenta y no hay ninguno sobre la moralidad de las relaciones homosexuales. Ni uno sólo. Las doctrinas, por su parte, son enseñanzas que han sido sujetas a revisión pontificado tras pontificado. Hay documentos papales y declaraciones conciliares que el tiempo demostró incompatibles o irrelevantes para la fe de la Iglesia.

 Hay quienes afirman que el dogma que se refiere a la sacramentalidad del matrimonio basta para prohibir el acto homosexual, pero ese dogma sólo dice lo que acabo de mencionar: que el matrimonio es un sacramento. Pero incluso si lo dijera, y esto ya lo entrevía santo Tomás de Aquino (ST IIIa, q. 65), existe la posibilidad de que se reconozcan más sacramentos instituidos por el Señor. La Iglesia sigue caminando tras las huellas del Resucitado, y en su caminar recoge las flores que otrora dejó a su paso. Ya en el siglo XIX el cardenal Newman advertía sobre el peligro de pretender paralizar la acción del Espíritu en la Iglesia. El desarrollo de la doctrina se parece más al devenir de una semilla en árbol: no se parecen en nada, pero lo esencial, lo más íntimo, se mantiene.

La doctrina sobre los actos homosexuales no es un dogma de la Iglesia. Es una doctrina, y como toda doctrina está sujeta a revisión. Ha habido algunas en la Iglesia, sostenidas por la Biblia, por la tradición y por la ley natural, que hemos descubierto inmorales. La última doctrina en ser eliminada del Catecismo, apenas en 2018, fue la aceptación de la pena de muerte, ampliamente defendida (de nuevo) por la Biblia, la tradición de la Iglesia y la ley natural. Otro ejemplo histórico es el carácter institucional de la esclavitud (bíblicamente aprobada o tolerada en Ex. XXII, 3; Deut. XXI, 10-14; Ef. VI, 5; I Tim VI, 1…; en la tradición, padres de la Iglesia como san Agustín, san Jerónimo y san Juan Crisóstomo la consideraron compatible con el cristianismo; en lo que respecta a la ley natural, Aristóteles la defendió como una institución natural indispensable y necesaria para la vida política). La esclavitud y la pena de muerte son los precedente más claros que tenemos sobre doctrinas que terminaron por reconocerse como incompatibles con la fe cristiana. En eso la perspicacia del cardenal Newman es siempre vigente: no es que las doctrinas cambien, más bien se llega a reconocer que nunca fueron verdaderas. La homofobia está justificada por la Biblia, por la tradición y por un principio metafísico nebuloso llamado “ley natural”. ¿Qué nos hace pensar que no correrá, la homofobia, el mismo (bendito) destino que las doctrinas sobre la esclavitud y la pena de muerte en la tradición de la Iglesia?

4. Concluyo con el aspecto eclesiológico de la declaración, y para eso retomo la curiosa etimología de “Sumo Pontífice”, uno de los títulos del papa. Proviene del sustantivo latino pontifex, “constructor de puentes”. Entiendo que el papa deba hacer concesiones a grupos homofóbicos dentro de la Iglesia, pues el riesgo de cisma es muy alto y su papel es el de mantener la unidad de la barca encomendada a su cuidado. En este sentido, la declaración me parece un balance más o menos logrado entre el ímpetu pastoral que quiere hacer visible para creyentes LGBT+ y las resistencias de muchos obispos homofóbicos. Sin embargo, es altamente criticable su manera de comprender la sinodalidad en la Iglesia: no se trata de escuchar todas las posturas y tomar decisiones en las que todo mundo esté de acuerdo. Ésta es la famosa falacia del punto medio. Se trata, más bien, de reconocer el enorme daño que una doctrina ha hecho a millones de personas en la historia de la Iglesia (justo como sucedió con los esclavos durante los primeros siglos del cristianismo y con las personas condenadas a muerte ante el silencio ominoso de la Iglesia hasta el año 2018) y de dar pasos concretos para que el odio hecho institución no tenga cabida en la comunidad de creyentes. 

Espero que Fiducia supplicans sea un primer paso, timidísimo pero en la dirección correcta, hacia la plena integración de las personas LGBT+ en la Iglesia, tal como lo dijo hace no mucho el cardenal obispo de San Diego, Robert McElroy. No es casualidad que Roma haya publicado la declaración el 18 de diciembre, día de Nuestra Señora de la Esperanza: se preguntan por qué uno sigue en la Iglesia cuando se sabe no querido dentro de ella. La respuesta sólo se entiende a la luz de la fe: el Señor prometió que “los poderes del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia” (Mt XVI, 18) y uno confía en su palabra. Una Palabra que hace esperar, contra toda esperanza, que defender la dignidad de poblaciones históricamente vulneradas es una manera de construir el Reino. Una manera de recordar que la homofobia no tiene el monopolio sobre la fe.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

En la mañana el gallo ronco la despertó. Abrió los ojos y se acomodó la falda roja. De la mesa de madera tomó la taza de peltre y bebió el pinole remojado en agua. Se asomó a la puerta, vio los granos de maíz en el suelo, y el olote descubierto, desnudo, despojado de sus granos amarillos. Las gallinas comían picándose las cabezas entre sí. Mariquita rio, y se tapó la boca. A lo lejos, la bicicleta azul oxidada de su tío “El Pelón” se atoraba entre las piedras. Dejó de reír, entró de nuevo a la casa. Abrió la puerta de la estufa y metió un pedazo de ocote muy grande que olía a pino. Lo observó arder. Las llamas saltaron, y las cenizas cayeron junto a sus pies.

Alítate Maiquita, ya llegó tío —le gritó su mamá, mientras metía las gallinas al corral.

La niña se puso los lentes que le habían regalado los chabochis, hombres que hacían exámenes de la vista gratis a los niños y ancianos. Su tío entró a la casa, llevaba puesto un paliacate rojo que cubría su nariz y boca. Había regresado de la ciudad, más cambiado, con una camisa azul brillante, la cual traía bordada en la espalda la imagen de la virgen de Guadalupe.

Mariquita subió a la bicicleta y se aferró a la camisa de su tío. Tras recostar su mejilla en la imagen bordada, pensó en el niño de ojos entrecerrados bajo los pies de la virgen. Se aferró fuerte a la espalda del hombre y también agachó la mirada como el niño. Sintió el viento helado en su rosto. Otra vez no iría a la escuela.

Entró a la casa del tío, y miró al santo en la cabecera de la cama: una figura de yeso, descarapelada, un hombre con túnica blanca y verde que sostenía un palo de madera. Pensó en su padre, quien antes de morir llevaba consigo un palo para defenderse de aquellos que lo habían “tableado”, por rehusarse a trabajar sin paga. Su tío entró a la habitación y con voz ronca y gruesa le ordenó: «Métete debajo de la cama, ya sabes dónde. Ahorita llegan más tarde por nosotros».

Se metió debajo de la cama y quitó la madera que cubría el hoyo que estaba en el piso. Entró en la tierra. Vio de nuevo las venas del árbol, las raíces de las que a veces se agarraba fuerte; e imaginaba cómo las hojas se movían al igual que su cuerpo estrujado por su tío.

Su tío entró al hoyo, después de ella. Le arrancó la falda roja y ella la vio caer bajo sus pies. Se sintió como el olote despojado de sus granos, como una mazorca roja, desechada, inservible por estar agusanada. A Mariquita el gusano voraz la perforó, le royó la carne y todas sus almas. Su tío se marchó. Ella se quedó inerte como una raíz, oculta, con la hojarasca de su inocencia palpitando entre sus piernas.

Después de unas horas, su tío regresó, golpeó muy fuerte la madera que cubría el hoyo y desde afuera le gritó:

—Levántate, ¿Pa’ qué te duermes? Te voy a llevar a que ayudes a cortar las florecitas de amapola. Ándale, apúrate, antes de que anochezca—.

Mariquita y su tío avanzaron por un camino hasta llegar a la carretera. En la curva se observaba una capilla pequeña. Adentro de esa casa blanca y abarrotada se distinguía un santo y una vela encendida. Una camioneta roja se acercó a ellos.

—Súbete, Pelón. ¿Y esa niña? —preguntó el hombre de la camioneta mientras encendía un cigarro.

—Es la Mariquita, mi sobrina, la traigo pa’ que jale en la amapola —contestó “El Pelón”, mientras acariciaba la nuca de Mariquita.

La niña sintió que la nariz le ardía por el olor a hierba quemada, mariguana. Pensó en el ocote, y también en el olor de la camisa de su tío, en el olor de la virgen, de ese pecho tatuado que a veces aplastaba su cuerpo. Sintió asco y miedo. Su corazón palpitó como la vela de la capilla.

Llegaron al lugar. Un hombre, cuyo rostro no pudo ver porque lo traía cubierto con una capucha, le entregó una navaja y le explicó lo que tenía que hacer con las flores rojas. No entendió lo que dijo, y se quedó viendo la calavera pintada en su gorro. Recordó la cara de su padre, cuando lo descubrió calcinado en la pastura, en el corral de su casa. «No entes Maiquita, ese no es tu padre», escuchó de nuevo la voz de su madre, como si esas palabras le estuvieran picoteando la cabeza. Otra vez se vio a sí misma correr hacia el cadáver que llevaba una hebilla en el cinto, la cual su padre compró en la ciudad, una rueda de plata con la imagen de ese gallo ronco que la despertaba todas las mañanas.

Mariquita cerró el puño y sintió el filo de la navaja en uno de sus dedos. Ninguno de los niños  que estaban en la fila volteó a verla. Se acomodó en la última hilera frente a una flor e imitó lo que hacía el niño de enseguida. Comenzó a cortar la flor, vio como le salía un líquido blanco y pegajoso, y pensó en su sabor agrío. A su mente llegó otra vez ese lugar oscuro, debajo de la cama de su tío, adentro de la tierra; se vio a sí misma al igual que el niño de ojos entrecerrados cargando el peso de un cuerpo que se subía a ella a la fuerza; se vio observando esa imagen de la virgen en la camisa tirada a un lado de su cuerpo desnudo, a esa virgen que nunca hizo nada por defenderla. Se vio con las piernas pegajosas de ese líquido blanco que había brotado de su tío. Y ella, como la virgen, la santa que no habla, no gritó; no se defendió porque tuvo miedo.

Regresó de nuevo a su realidad. Apretó la navaja. Estaba decidida: le contaría todo a su madre; por fin, al igual que el gallo ronco, hablaría. Como las gallinas, alzaría el pico para clavarlo sobre la verdad.

Su tío se acercó a ella y en tono de burla le dijo: «Vámonos, Mariquita, ya terminó la escuela».


Autores
(Saltillo, 1991) es poeta y narradora. Es autora de los libros Los orgasmos de la tierra (2016) y Han apagado ya las luces (2021). En 2022 fue galardonada conel Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal.
Fernanda López es una de las madres que ha apoyado la infancia trans de su hijo
Fernanda López es una de las madres que ha apoyado la infancia trans de su hijo

“¿Cómo criarás a un niño si no pudiste con una niña?” Aseveró el padre de Fernanda. El reproche consumió el corazón de la mujer, quien tuvo a su primera hija a los 16 años. La joven vio crecer a su bebé mientras ella prosperaba a la par. Después de 13 años, llegó una nueva vida al seno familiar y, con ella, una pérdida. Este ser echó raíces en la hija de Fernanda y la desbordó en una nueva identidad de género: un adolescente trans.

Un día, Fernanda escuchó de su hija una petición: “Mamá, quiero cortarme el cabello”. En cualquier otro caso, la idea habría sido solo un viaje normal a la estética; tintes, chismes sobre estereotipos de belleza femenina y una cuenta elevada. Tener un corte pequeño, similar a los que usaba el abuelo de la familia, era equivalente a silencios incómodos en la sobremesa. Tras deshacerse de los largos mechones de cabello, de forma inesperada comenzó una revolución en la familia contra los roles de género.

Tías y abuelos seguían cuestionando a Fernanda por la decisión de su hija, quien pedía a los demás usar pronombres masculinos cada que se dirigieran a su persona. Así comenzó el proceso para enunciarse con su identidad. Las duras críticas al respecto pronto se convirtieron en inseguridades para la joven madre. “Me preguntaba qué había hecho mal para que pasara esto”.

Pese a la presión, ella decidió guardar sus lágrimas. Quería proyectar una imagen de fortaleza, confianza hacia su ahora hijo y al mismo tiempo enfrentaba un duelo. “Sentí como si hubiera muerto mi hija”, admitió con la voz fría que abrazó su llanto. Estar en este punto la hacía sentir vencida por la incertidumbre. Temía defraudar a su hijo que recién buscaba apoyo.

De estampas de Campanita a colores neutros

Al inicio había confusión tanto por parte de la entonces adolescente como de Fernanda. “Me decía que era lesbiana. Yo subestimé lo que dijo, y pensé que solo era una etapa, que se le pasaría con el tiempo”, recordó la posición incrédula desde la que hablaba en 2019, cuando escuchó por primera vez la orientación sexual de su ahora hijo. Las palabras cobraron seriedad con una afirmación poco clara: “Mamá, creo que tengo esto”, dijo el joven un año más tarde durante la pandemia. Tenía el celular en la mano, y en la pequeña pantalla había álbumes de jóvenes que se identificaban como mujeres y hombres trans.

En el país, la diversidad sexual ha logrado representatividad social entre los jóvenes. De los 6.8 millones de adolescentes de 13 y 14 años que viven en México, entre el 1.2 y 2.7% tienen una identidad de género distinta a la asignada al nacer, es decir, 81 mil a 183 mil adolescentes, de acuerdo con el Consejo Nacional de Población (CONAPO). La expresión libre de género también ha ganado relevancia en años recientes.

Fernanda trató de creer que las palabras que escuchó al respecto solo eran producto de las indecisiones en su entonces hija. “Supe que era real cuando se cortó el cabello como niño”. Este hecho logró afectar a la joven madre, quien ni siquiera se impactó por la orientación sexual de la chica. Al recordar esa tarde, soslayó la mirada y perdió la gentileza que la desbordaba. Los 13 años de aquella vida tradicional llegaron al ocaso. Había nostalgia en sus ojos. La sonrisa cálida que acompañaba su rostro se esfumó en una cortina que ensombreció su semblante. Ese matiz grisáceo la acompañó después de aquel hecho. “El siguiente paso fue quitar las estampas de Campanita de su cuarto y pintarlo con colores neutros como el gris”.

El dormitorio pequeño de cuatro por tres metros cuadrados, como cualquier otro hogar de clase media de la alcaldía Azcapotzalco, albergaba colores rosas y cálidos. Aquellos rastros de una primera infancia femenina se transformaron en un presente con aspecto varonil. Las sábanas de ositos y las muñecas fueron reemplazadas por fundas de colchones sin diseños y playeras con estampados de patinetas y calaveras. Poco quedó de esa niña que solía dormir ahí. Ahora, por las mañanas, despertaba un chico enredado en las cobijas. Mientras tanto Fernanda seguía en negación ante este proceso.

Ella presenciaba cómo otra persona habitaba a su lado. Se sentía poco preparada para protegerlo y aceptarlo. En más de una ocasión, sintió dolor al conocer aquella identidad de género. Sin embargo, calló cualquier comentario porque temía romper en llanto. Además, ante un ser que crecía a pasos gigantes día tras día, las confusiones aumentaban. “Yo no sabía cómo criarlo, tampoco sabía qué hacer”. Naufragaba entre aquel mar de no saberes con miedo a la discriminación que pudiera sufrir su hijo.

En México el 42.6% de esta comunidad considera que la discriminación ha afectado sus vidas, según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG). Al menos siete de cada 10 padres rechaza a sus hijos adolescentes o los echa a las calles, situación que se agravó durante la pandemia de Covid 19. Además, el 83.9% de la comunidad LGBT manifestaron haber sido víctimas de acoso verbal durante 2020 en sus escuelas debido a su orientación sexual o expresión de género, de acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Son solo cifras que han esbozado los rostros excluidos en el país, y aún conforman una realidad a la cual Fernanda, admite, siempre temerá. “Mi mayor miedo es que alguien quiera hacerle daño a mi hijo”. Él vive con libertad su expresión de género, los signos se reflejan en bermudas, pantalones de corte masculino y una facha que Fernanda describe “entre ídolos de K-pop y skatos”. Una combinación que, a simple vista, llama la atención y despierta prejuicios ante ojos conservadores. Sin embargo, condensa una existencia en búsqueda de identidad acompañada con amor y valentía. Así surge un chico en aspecto como cualquier otro: libre y feliz como pocos. Su nombre es Alexis.

Una unión más allá de la sangre

El proceso para asumir una identidad de género diferente, aunque difícil, tuvo momentos divertidos. “Cuando compramos pantalones y bermudas para hombre en línea, llegaron enormes. Él nadaba en la ropa”. Fernanda tomó un respiro luego de contar la anécdota y agregó: “El chiste nos salió caro”. Su risa desbordó la tristeza que había escapado de sus ojos cuando hablaba del luto que sentía. Demostró un poco de su habilidad para convertir en chistes cualquier aspecto de la maternidad. Un talento que explota los viernes o sábados por la noche cuando ofrece su show de stand up en Beer Hall, ubicado en la colonia Roma de la CDMX, calle Puebla número 372.

Esta parte de sí misma la descubrió junto a su hijo. Los cambios que él experimentaba, desde el corte de cabello hasta la ropa, dejaron risas en ambos. “Llegué a pensar que yo era la única mamá que pasaba por esto, me di cuenta de que no era así”. Al acudir con psiquiatras para acompañar la transición de su hijo, llegaron a una red de apoyo llamada Transfamilias, que cuenta con un perfil en Instagram para establecer contacto con la gente. Madres, hermanos, hijos y demás familiares de personas trans acompañaron a Fernanda en su proceso de aceptación, y notó que ellos anunciaban partes de su propia historia.

Las experiencias que ahí se contaban tenían distintos matices, pero se unían por el sentimiento de pérdida y el amor que llegaba tras aceptar la identidad de género de un ser querido. De nuevo, el sentido del humor en Fernanda ayudó a restar dolor en las conversaciones. “Cada que alguien decía algo incómodo o llegaba tarde, yo agregaba: ‘por eso tienes un hijo trans’, como broma”.

Ella sentía que había ganado compañeros en el camino, más importante aún, logró ganarse a su hijo como un cómplice. Antes de la transición, consideraba que nunca se involucró en realidad con su entonces hija. Las escasas conversaciones giraban alrededor de un simple “¿Cómo te fue en la escuela” o un “¿A qué hora llegas del trabajo?”. Fernanda admite que pasar más de ocho horas en la oficina era su forma de evadir la realidad, aunado a las noches de fiesta y juventud que interferían con una maternidad temprana.

“Cometí muchos errores al principio”, se confesó a ella misma y la sinceridad de sus palabras pareció tomarla por sorpresa. Cuando Alexis llegó a su vida, entendió que su hijo necesitaba una madre presente; lo que nunca imaginó fue que ese chico de apenas 13 años se convertiría en un apoyo para ella. “Alexis se mostró muy comprensivo con la forma en que me sentía, incluso lo pensaba mucho antes de pedirme algo relacionado con el cambio de su imagen. Él estuvo ahí”.

Ese compañerismo ha permanecido intacto hasta en los actos que exigían enfrentar al mundo. Ambos ignoraron comentarios intolerantes durante aquellos años y juntos solicitaron el cambio de género en los documentos de identificación oficial. En 2021, la capital se sumó a una regulación local que reconoce formalmente a la comunidad trans y otorga el derecho a los ciudadanos de cambiar legalmente al sexo con el que se identifica, de acuerdo al Congreso de la Ciudad de México.

La ley de identidad de género, permite a la comunidad LGBT realizar esta rectificación en las actas de nacimiento. En la actualidad hay 13 estados en México que la han aprobado: Ciudad de México, Coahuila, Colima, Chihuahua, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Oaxaca, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sonora y Tlaxcala. Respecto a los que otorgaron este derecho a los adolescentes de 14 años sobresalen Oaxaca, Jalisco y la capital. Sin embargo, hay una migración de personas trans a la CDMX para tramitar el cambio de género, pues se han contabilizado 3 mil 524 hombres, de acuerdo con el Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (CONAPRED).

Consideró que por primera vez ambos se involucraron en la vida del otro, incluso comenzaron a hablar más seguido y se dedicaban sonrisas desbordadas de complicidad. Miradas que funcionan como declaración de intenciones y la promesa de que siempre estarán el uno para el otro. Alexis se convirtió en el joven protector de Fernanda, y ella en guía para él. “Descubrí que ser mamá va más allá de mantener a mi hijo con vida y ayudarlo a comprar una casa”.

La conexión madre e hijo, ayudó a Alexis a enfrentar su depresión severa debido a una existencia pasada que nunca representó su identidad. Antes ella observaba a una niña cuya vida se esfumaba entre el fastidio. En su presente, mira a un chico que sigue una expresión libre de su propio ser, más allá de lo que dictan los esquemas de género. “Alexis salvó la vida de mi hija”, dijo Fernanda en cuya voz hay un matiz de plenitud incontenible.

Han transcurrido casi tres años, Fernanda presenció cambios. “Sus calificaciones mejoraron y lo veo muy contento”, reconoció con un tono optimista. El chico logró retomar el ímpetu para salir de su cama y encontró la paciencia para acudir a terapia psicológica. Incluso Fernanda se percató de algo que antes hubiera creído imposible: ver una sonrisa genuina iluminar el rostro de su pequeño.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Retrato de Haydee Santamaría tomado de la portada de "Hay que defender la vida", Casa de las américas, Ocean sur, (2022).
Retrato de Haydee Santamaría tomado de la portada de “Hay que defender la vida”, Casa de las américas, Ocean sur, (2022).

Cuando Haydee Santamaría se enteró del asesinato del Che Guevara en Bolivia, en 1967, escribió: “Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos; y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única: te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo”.

Esta era Haydee. Además del profundo amor hacia quien fuera uno de sus indispensables, un “infinito”, la sensibilidad y claridad política hacia el arte: el acto de creación más sublime.

Nacida el 30 de diciembre de 1922, Haydee Santamaría creció en un central azucarero en Encrucijada, en la parte central de Cuba. Fue hija de inmigrantes españoles. Terminó el sexto grado de primaria y repitió tres o cuatro veces más el último grado, solo por el gusto de volver a estudiar. Su maestro no fue común. Le hablaba de Carlos Manuel de Céspedes y de Antonio Maceo, y del heroísmo de un cubano que fue más grande que su propia vida, José Martí. 

Desde joven, Haydee encontró en su hermano menor, Abel, nacido en 1927, además de un referente, un confidente. Juntos crecieron amando su suelo, su calor y sus palmeras, y odiando la injusticia y sus rostros. Aunque pertenecieron a una familia de la pequeña burguesía rural, ella y Abel apoyaron en su juventud a la organización de los trabajadores de Constancia.

En poco tiempo, Encrucijada tendría un horizonte muy pequeño para ellos. Abel se iría a La Habana y poco tiempo después lo alcanzaría Haydee. En un apartamento situado en 25 y O, estos dos hermanos vivirían momentos determinantes de la historia. El medio siglo XX cubano transcurría entre el robo de dinero público, el auge del gangsterismo, la división del movimiento obrero y la sumisión del país a los mandatos imperiales. 

En esos años Abel y Haydee militaron en las Juventudes del Partido Ortodoxo, liderado por Eddy Chibás. Poco después la situación se complicaría. El 10 de marzo de 1952, Fulgencio Batista daba un golpe de Estado en contra del gobierno de Prío Socarrás. Abel sentía un odio particular hacia Batista por el asesinato del revolucionario de la década de 1930, Antonio Guiteras. En poco tiempo, su departamento se convertiría en el punto de reunión de algunos jóvenes convencidos de la necesidad de una renovación social y política.

Ahí fue donde Abel le presentó a Haydee a Fidel Castro. Ella recuerda: “y entonces él empieza a caminar, venía con un tabaco, empieza a caminar de un lado para otro, igualito, así, unas zancadas grandes, grandes, grandes, y yo iba caminando con la vista junto con él; y él iba, ¡pam!, echando cenizas, ¡pam!, echando cenizas, y yo había acabado de limpiar”. Desde ese momento, sintió que el amor que profesaba hacia su hermano Abel podía experimentarse hacia otras personas, aunque no fueran su sangre. Porque Haydee fue una combatiente que amaba, una combatiente con un sentido de la humanidad muy elevado, y con una ternura casi infinita.

Mientras publicaban el periódico El Acusador, Abel, Haydee, Fidel, Melba Hernández, Boris Luis Santa Coloma, Jesús Montané, Elda Pérez, Ernesto Tizol y Raúl Gómez García, entre otros, organizaron y prepararon el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. 

Haydee recordaría aquel 26 de julio de 1953 hasta su muerte. Fue en esa experiencia en donde se forjó su voz, su mirada y su palabra.

Después fueron los primeros segundos y los primeros minutos y luego fueron las horas. Las peores, más sangrientas, más crueles, más violentas horas de nuestras vidas. Fueron las horas en que todo puede ser heroico y valiente y sagrado. La vida y la muerte pueden ser nobles y hermosas, y hay que defender la vida o entregarla absolutamente […] 

La muerte segando a los muchachos que tanto amábamos. La muerte manchando de sangre las paredes y la hierba. La muerte gobernándolo todo, ganándolo todo. La muerte imponiéndosenos como una necesidad y el miedo a vivir después de tantos muertos; y el miedo a morir sin que hayan muerto los que deben morir; y el miedo a morir cuando todavía la vida puede ganarle a la muerte una última batalla.

A partir de ese momento, la muerte y la vida fueron las únicas elecciones para ella. 

El asalto fracasó y Haydee, junto con Melba, Fidel y otros compañeros, fueron encarcelados. Era tanto el odio que sentía Batista hacia los revolucionarios, que juró matar a diez rebeldes por cada soldado muerto. Y lo cumplió. En la prisión, le llevaron a Haydee el ojo de Abel en una palangana. Le dijeron: “Este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro”. Ella respondió: “Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo”. 

Durante su juicio, recordaría a su novio, Boris, con pesar y dignidad:

le pregunté qué le habían hecho, lo que me contestaron es lo que yo no quería decir al tribunal por pudor… me dijeron que le habían extirpado los testículos… […] Yo le contesté: ‘¡Si él supo guardar silencio, no voy a traicionarlo ahora, criminales!’. […] me contestaron los guardias que ellos no eran criminales, sino que cumplían con su deber, que cumplían órdenes…; ‘¿de hombres o de bestias?’, les pregunté y me respondieron: ‘De nuestro jefe, el coronel Chaviano y de Batista.

El sentido de dignidad de Haydee Santamaría lo comprendió pronto Fidel. En su alegato, La historia me absolverá, Fidel declaró al referirse a Haydee: “Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana”. Este texto, sacado por fragmentos de la prisión y escrito con jugo de limón entre las líneas de sus cartas ordinarias, sería editado, publicado y distribuido por millares por Haydee y Melba, después de haber obtenido su libertad, tras siete meses en prisión, en 1954.

En 1955, la presión del pueblo cubano logró la amnistía para los presos políticos y Fidel fue excarcelado. Conformados en el Movimiento 26 de julio, la lucha clandestina los encontró “en la sierra y en el llano”. La Generación del Centenario cambiaría el curso de la historia de nuestras naciones latinoamericanas: el exilio de Fidel en México; el desembarco del yate Granma en costas cubanas, en 1956; la partida, en 1958, de Haydee hacia Estados Unidos para organizar el apoyo a la lucha guerrillera y mandar armas, marcaron la llegada al poder de la Revolución cubana, el 1 de enero de 1959. La que fuera la última colonia del continente en independizarse durante el siglo XIX, realizó la primera revolución socialista de Nuestra América.

A partir de ese año, Haydee cumpliría una de las tareas que a su juicio fueron de las más grandes que le dio la Revolución: encabezar y dirigir Casa de las Américas, la institución cultural cubana, encargada de romper el bloqueo que el imperialismo estadounidense impuso en contra de Cuba, y de sembrar el arte y la cultura emancipadoras en todos los territorios hermanos. 

Su sensibilidad y sus capacidades la pusieron a encabezar la política del arte de la Revolución. Aunque había diversos intelectuales que podían haber orientado la que pronto se convertiría en la casa de decenas de pintores, escritores, fotógrafos y músicos de todo el mundo, la claridad política y la estatura humana de Haydee le permitieron conducir certeramente la relación entre el arte y la política. Hablando acerca del Premio Casa de las Américas, pedía al jurado: “Nos sentimos satisfechos al decir que el Premio Casa de las Américas no es político […] Ofrézcanle el Premio al mejor y así diría que esta es la mejor política […] Y nuestra política”.

Quien fuera parte de la Dirección Nacional del 26 de Julio, conformó después la Dirección Nacional del Partido Unido de la Revolución Socialista y, en octubre de 1965, el Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Aunque la grandeza de Haydee no se puede comprender únicamente por sus cargos, desempeñó responsabilidades vitales durante los siguientes años: presidió, en 1967, la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS); representó a Cuba en la mayoría de los países socialistas; participó, en 1963, en el Congreso de la Federación Democrática Internacional de Mujeres, en la URSS; se entrevistó, en 1968, con el presidente de la República Democrática de Vietnam, Ho Chi Minh, y participó en debates internacionales.

Qué es el arte socialista. ¿Quién lo sabe? Creo, lo primero, es que el socialismo haga llegar el arte al pueblo, todo cuanto se pueda, lo otro se decidirá de verdad cuando el mundo sea socialista, porque hasta ahora ese mundo es capitalista y cómo hacer un arte si no existe todavía la sociedad socialista comunista, no perdamos el tiempo y démosle al pueblo nuestro arte; […] no creo haya que pensar tanto quién lo hizo, si el que lo hizo pensó en el pueblo; para eso están los revolucionarios, para rescatarlo y entregarlo al que tiene todos los derechos.

La presencia de Haydee

Haydee nunca escribió para ser leída. Ella decía que le gustaba menos escribir que hablar. Escribió porque fue una necesidad. Su literatura se encuentra en sus discursos y en los cientos de cartas que intercambió con decenas de intelectuales y artistas de todo el mundo. En ella podemos escuchar y sentir a la combatiente, a la militante del Partido, a la madre, esposa e hija, a la cubana, a la dirigente, a la teórica. Pocas veces habló en primera persona; ella fue un nosotros vivo. Sus experiencias, las recordó siempre en compañía de sus compañeros y compañeras revolucionarias:

Hasta aquellos momentos sabíamos que podían existir cosas terribles, habíamos oído hablar mucho de lo que eran capaces los hombres. Pero nuestra fe en los hombres siempre nos hizo pensar que eran hombres; por nuestra fe en los hombres no podíamos pensar que una sociedad podía convertir a hombres en monstruos […] 

Allí se nos reveló muy claramente que el problema no era cambiar un hombre, que el problema era cambiar el sistema; pero también que, si no hubiéramos ido allí [al Moncada] para cambiar a un hombre, tal vez no se hubiera cambiado un sistema. 

Su claridad política y sus convicciones nunca representaron una contradicción con su sensibilidad.

Creo que hay que hacer un gran esfuerzo para ser violenta, para ir a la guerra, pero hay que ser violenta e ir a la guerra si hay necesidad. Pero lo que no se puede perder ante eso es la sensibilidad. Hay que seguir con la misma sensibilidad y calidad humanas, igual que antes de haber matado; porque se haya matado por necesidad, no es un placer matar, es un dolor matar. Pero si es una necesidad, hay que hacerlo.

Haydee fue también una artista. Se hizo a sí misma. Decía constantemente que quien no se transforma, muere, aunque siguiera andando por ahí. De la mano de Martí, aprendió a comprender lo particular y lo universal del ser humano; con el paso del tiempo, floreció la conciencia nacional y el internacionalismo proletario.

¡La verdad es el comunismo! ¿Cuándo se puede hacer? ¿Quién lo puede decir? Porque mientras haya un pueblo que necesite de nosotros, el comunismo con toda su abundancia no se puede hacer aquí: mientras haya un niño que muera porque no tiene leche, no podemos hacer el comunismo. Ahora, eso no quiere decir que no se hará […] 

Después seguimos haciendo tareas, funciones, y fuimos viendo la necesidad de hacer un hombre nuevo, una conciencia nueva. Pensamos: ‘¿Cómo se hace?’. Pues transformando también el sistema, y que el sistema sea capaz de transformar al hombre. Pues hay necesidad de una doctrina para transformar al hombre […] Lo que yo no quería era una doctrina falsa […] Porque en mi caso personal, compañero, para mí ser comunista no es militar en un partido; para mí ser comunista es tener una actitud ante la vida. 

Desde Casa de las Américas, edificó su concepción acerca de la revolución y del arte, articulándola con su militancia política y partidaria. Defendió el derecho del pueblo a la belleza y cuando la cuestionaban, respondía: 

el pueblo entiende de la belleza más que nadie, porque el pueblo ama las flores porque son bellas, y porque las ha conocido toda la vida […] ¿qué es lo que tiene que hacer la Revolución? Tratar de que en todos los pueblos de nuestro país pueda haber de verdad exposiciones de todo tipo, que el pueblo vea las cosas hermosas y se acostumbre a las cosas bellas […]

a veces me decían: ‘Bueno, eso no tiene contenido político’. Entonces yo le decía a ese compañero: ‘¿Por qué tú no te vistes con un pantalón que tenga contenido político?’ […] Porque tu contenido político no está en el vestido, tu contenido político está en tu actitud, tu contenido político está en lo que vas a ser capaz de hacer, si es que no lo hiciste.

El Moncada

Haydee fue una antes del Moncada y otra después de él. “Yo le explicaba que para mí el Moncada era como cuando una mujer va a tener un hijo: los dolores hacen gritar, pero esos dolores no son dolores […] Hay dolor, porque uno dejó mucho allí”, y en él conoció la belleza y la muerte: 

Aquella noche fue la noche de la vida, porque queríamos ver, sentir, mirar todo lo que ya tal vez nunca miraríamos, ni sentiríamos, ni veríamos. Todo se hace más hermoso cuando se piensa que después no se va a tener […] Por eso la cosa más fuerte era que todo era más hermoso, todo era más grande, todo era más bello y todo era más bueno […]

de verdad, lo que más había en mí era toda la belleza que había en la naturaleza, que había en el ser humano.

Su grandeza correspondió al tamaño de su dolor. Primero se fueron los del Moncada, se fue Abel y Boris; después Camilo Cienfuegos; la pérdida del Che la destrozó. A pesar de esto, enfrentó con valentía a los ciegos durante el llamado quinquenio gris (1971-1976) y junto con Armando Hart tuvo dos hijos biológicos, Abel Enrique y Celia María. Recibió en Casa a luchadores sociales, artistas e intelectuales, desde Angela Davis y Stokely Carmichael hasta Roque Dalton o Alejo Carpentier. 

Pero el dolor del Moncada nunca se fue. Haydee se quitó la vida el 28 de julio de 1980. Por un error de la Revolución —lo que no significa que la Revolución esté equivocada—, fue velada en el Cementerio Colón.

Portada de "Hay que defender la vida" por Haydee Santamaría, Casa de las américas, Ocean sur, (2022).
Portada de “Hay que defender la vida” por Haydee Santamaría, Casa de las américas, Ocean sur, (2022).


Autores
(1990). Estudiante de “Filosofía” en la UNAM. Ha trabajado en producción cinematográfica como asistente de arte y en librerías enfocadas a editoriales independientes y de nicho, en donde actualmente se desempeña. Es socia fundadora de la Cooperativa Editorial Viandante, en donde funge como administradora y responsable de relaciones públicas.
Retrato de Guadalupe Dueñas
Retrato de Guadalupe Dueñas

“Yo nací malvada”, afirmó Dueñas en cierta entrevista. Pero la verdad de uno nunca basta, así que esta condición hubo de confirmarla otra escritora: “Eres tan mala como uno de los personajes de tus cuentos”, le echó en cara nada menos que Inés Arredondo, su compañera becaria del Centro Mexicano de Escritores.

Se sabe que Dueñas le contestó a Arredondo con un puntualísimo “Sí”.

También Arredondo tildaría a Dueñas de “fantasiosa”, a causa de cierta historia que contaba Guadalupe: su padre cazaba gatos con un rifle y luego los cocinaba en cacerolas que la madre debía, más tarde, desinfectar. A este señalamiento, Dueñas le respondió: “Mis cuentos no son sino un pedazo de mi corazón”. Lo que equivalía a darle la razón a Arredondo. ¿O qué es el proceso de escritura si no una cirugía a corazón abierto?

Insistiré en el léxico quirúrgico para referirme a mi experiencia con la factura de cuentos: algunos llegan por parto natural y otros precisan de cesárea, si bien la mayoría se alumbra prematuramente y muere del mismo modo; llegan “con el pulso trémulo”, igual que la hermanita fallecida al nacer sobre la que Dueñas nos cuenta en “Historia de Mariquita”, su cuerpecito flotando en aguardiente y sosa cáustica dentro de un frasco de chiles. (Similar, aunque un tanto más impúdico, es el destino de los buenos cuentos: rarezas que se paren o se extirpan, para luego presumirse en el formol de este o aquel premio literario.)

Los cuentos de Dueñas son, en efecto, fantasías de un corazón maldito en el mejor sentido; y, entre todos, el que mejor exhibe este carácter es “Al roce de la sombra”, imbuido de eso que Baudrillard llamó la energía del “principio del Mal”, que no es moral sino “de desequilibrio y de vértigo, un principio de complejidad y de extrañeza, un principio de seducción”.

¿No es vértigo, extrañeza y seducción lo mínimo que se espera de un cuento sobre una pobre huérfana a la que asesinan dos hermanas millonarias con un aristocrático gusto por el incesto?

*

Los escritores novatos disponemos de un puñado de generalizaciones en torno al quehacer —manuales, guías, decálogos— que solo sirven para dos cosas: prepararnos para la inminente medianía o adensar el enigma de nuestro oficio.

A la mala; es decir, en la práctica, he aprendido que no es en las máximas ni en los aforismos donde uno encuentra un verdadero norte, sino en las observaciones más mundanas y los consejos menos eruditos que los maestros dejaron dispersos por ahí. Uno de mis favoritos, de la controvertida Flannery O’Connor, dice: “La ficción opera a través de los sentidos”. Y es una frase a la que recurro a menudo; no solo para escribir cuentos, sino también para leerlos y valorarlos.

Podríamos decir que un cuento cumple cuando su protagonista experimenta una transformación; cuando la narración compromete e intenta elucidar —para insistir en la sabiduría de O’Connor— “el misterio de la personalidad humana”. Pero, mejor aún, diremos que un cuento es efectivo cuando, además, despliega recursos prosísticos que nos conducen a oler lo que se nos pide que escuchemos; cuando nos llevan a palpar lo que sugieren que veamos.

Ya desde su título, “Al roce de la sombra” presenta una de las malicias que sostendrán al relato: una sensualidad que, por desbordante, amalgama los sentidos.

En la escritura de Dueñas, lo auditivo se somete a la gravedad, lo abstracto se torna corrosivo y lo material se sublima. De modo que un nombre puede “caer en la vida” de la protagonista con un “tintineo de joyas”. Dos mujeres pueden bajar de una limusina “hechas fragancia” y la música es capaz de tornarse “derretida y espesa”. A través de una imaginería hipersensorial, la suntuosidad del relato “embriaga hasta [hacernos] daño”.

Así consigue Dueñas aquello que O’Connor le atribuía al buen cuentista: “Crear un mundo con peso y espacialidad”.

*

“Al roce…” comienza por introducir a la joven y huérfana Raquel durante un episodio de insomnio, acosada por “el sudor y el espanto”. En la tentativa por conciliar el sueño, Raquel recrea su viaje en tren hacia el pueblo de San Martín y recuerda también a otro viajero que conoció en el trayecto: oriundo del sitio al que ella se dirige y compañero de juegos en la infancia de las hermanas Moncada (Monina y la Nena, “deslumbrantes como carrozas, como palacios”). En la hacienda de estas hermanas deberá hospedarse Raquel por indicaciones de la monja a cargo del hospicio en que creció. El cuento procede a mostrarnos las interacciones distantes, luego cordiales y cariñosas, entre Raquel y sus anfitrionas hasta desembocar en el descubrimiento de la relación incestuosa entre las hermanas, que produce el ulterior asesinato de Raquel a manos de ellas.  

Ya durante el trayecto, a Raquel se le advierte que se dirige a un pueblo “dejado de la mano de Dios”, tanto en el sentido figurado como en el literal: “Es lamentable que a usted, tan jovencita, la hayan destinado a [San Martín]: no hay nada que ver”, le dice aquel otro viajero con quien compartió el vagón. La elección de palabras en este diálogo resulta magistral porque enseña lo que es, por definición, el foreshadowing o presagio: Raquel se dirige precisamente al encuentro de su destino, malhadado porque verá lo que no debe.

La literalidad del abandono de Dios puede hallarse en la descripción de cierta “capilla olvidada” en las inmediaciones de la propiedad de Monina y la Nena, y que secretamente visitan ellas durante los paseos que suelen emprender luego de asistir a misa, en la iglesia del pueblo:

El musgo y la maleza asfixian el emplomado —se nos advierte de dicha capilla—, las ramas trepan por la espalda de Santa Mónica y anudan sus brazos polvorientos. La antigua estatua de San Agustín es un fantasma de tierra hundido hasta las rodillas. Las hojas se acumulan sobre el altar ruinoso.

En este punto se destaca una sencilla nota de la autora: “Raquel siempre tuvo de miedo de los santos”. Y se perfila deliciosamente otro tipo de presagio: al final del cuento, el cuerpo Raquel yacerá dentro de un pozo cubierto por una tarima y resguardado por un san José de piedra.

La descripción, en Dueñas, funge asimismo como caracterización. Se construye a los personajes al construir los espacios; es decir, se nos despliega la interioridad de las Moncada al mostrarnos la capilla: la fe abandonada, un sitio reconquistado por la naturaleza. Entendemos, entonces, la doble vida que llevan las hermanas, observantes de la religión en lo público, pero en lo privado, alejadas de Dios; su verdadera naturaleza se ha impuesto a sus creencias.

A Raquel, agobiada por “la culpa de ser fea”, se le caracteriza a través de la mirada de las hermanas que, al conocerla, la rozan apenas “con sus dedos blanquísimos”. Dueñas no desaprovecha la oportunidad de aleccionarnos sobre la importancia de cada palabra en un cuento, construyendo bidireccionalmente a sus personajes en un párrafo que, a un tiempo, afianza el carácter esnob de las observadoras junto con la condición pasiva y vulnerable de la observada:  

Con que reprobación miraron [las Moncada] el traje negro que enfundaba su delgadez, cómo condenaron sus piernas de pájaro presas en medias de algodón y cuánto le hicieron sentir la timidez opaca de su mano tendida. Ante el desdén [Raquel] quiso tartamudear una excusa por su miseria y estuvo a punto de alejarse; pero las encopetadas la detuvieron al leer la firma de la reverenda Madre… Entonces la miraron como si hubieran recibido un regalo…

A partir de ese momento, Raquel se transforma en “una princesa cuidada por dos reinas”, colmada por ellas de “incansable afecto”: la alimentan con “panes diminutos” y “compota de manzana”; la procuran con lujosas ropas —encajes, cachemiras, gasas—, del mismo modo en que se ceba a un animal para el sacrificio o se atavía a la virgen que se ofrecerá a un ídolo.

¿Es una suerte de aquelarre lo que celebran Monina y La Nena cuando Raquel las sorprende “peor que desnudas, en el secreto de sus almas”?

*

“Al roce…” es un cuento que leo a menudo. Me lo receto como lección y como acicate: así es como se instila atmósfera en un buen relato —me digo—; así es como quisieras escribir y nunca escribirás.

En cada relectura, sin embargo, encuentro la posibilidad renovada de entenderlo o de abarcarlo. ¿Es un cuento de hadas, precautorio en su sadismo? ¿Es una fábula proletaria que nos arenga sobre la perversión de la aristocracia y las clases altas? ¿Es el exorcismo que hace Dueñas de la fantasmagoría impuesta en ella por una educación ultracatólica? ¿De qué trata el cuento, ultimadamente?

Pero el tema de los cuentos —nos dice O’Connor con toda razón— “es inexpresable por inarticulable… Una historia es una forma de decir algo que no puede decirse de ninguna otra manera”.

Una lectura reciente me lleva a observar en “Al roce de la sombra” cierta obviedad en el título, y cedo a una tentación prohibida: psicoanalizar el texto. ¿Es casualidad que contenga la palabra “sombra”? ¿Sería posible repensar el cuento desde la Sombra arquetípica?

La Sombra, según Jung, es todo aquello que no deseamos ser: lo propio que relegamos a ser lo otro. Se condensa en una personalidad alterna que desarrollamos paralela a la que mostramos; “una instancia psicológica negada que mantenemos aislada [pero que] termina configurando una especie de personalidad disidente” y que, aun oculta, opera en nuestra vida consciente.

La Sombra es otro que es yo, y que, en apariencia, se toma libertades.

¿Es la Sombra de Raquel quien la conduce a abrir una puerta que no debe abrir, y a encontrarse a las Moncada en su “estrafalario rito”? ¿O son Monina y la Nena encarnaciones de la Sombra de Raquel: su deseo sexual contenido, aunado a su deseo de autoaniquilación? Sabemos que el destino último de Raquel será el “agua podrida” de un pozo: ¿Será que ella, como Narciso, muere a causa de confrontar aquello que desea? ¿O, viceversa, es Raquel la Sombra de las hermanas (la culpa que les devenga su perversión, personificada en el arquetipo que encarnaran ellas mismas en su juventud: vírgenes católicas e inocentes)?

 “Un cuento es bueno —pondera O’Connor— cuando [uno puede] seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno”.

*

El incesto entre las Moncada —de quienes se asegura que son “señoritas, no señoras”; es decir, solteronas— apenas es sugerido por Dueñas. Antes bien, el lector no puede asegurar que sea eso lo que ocurre en el relato. La autora se esmera en la insinuación vía la ambigüedad, refiriéndose a “lo viscoso de marchitas tentaciones, de ausencias cómplices”.

Asumimos que Raquel se encuentra a las hermanas interactuando al desnudo porque remira “sus escotes sin edad, sus omóplatos salientes de cabalgaduras, su espantable espanto”. Y porque a Raquel, educada por monjas, le inspira “asco” el hecho de que las hermanas pasen “de sobrias y adustas” a “mundanas y estridentes”. Y porque las Moncada “[caen] del sofá” al verse descubiertas, y miran a Raquel con rabia e “inclemente estupor”.

Quizá la acción más nítida que se nos muestra es que las hermanas “ahondan” cada una “la fosa de su compañera”. Pero incluso este fraseo nos fuerza a echar mano del doble sentido —de nuestra mente cochina— para confirmar el supuesto acto lésbico.

Sería incorrecto pensar que Dueñas omite lo explícito llevada por un sentido del decoro, o que se autocensura para evitarse los señalamientos de las buenas conciencias literarias. Por el contrario, Dueñas encubre los hechos de plano y efectúa esta operación del único modo posible: enmascarando los hechos con símbolos. No por nada llama “estrafalario rito” al supuesto acto sexual, siendo lo ritual casi siempre una reinvención, una reordenación o una inversión simbólica. Resultado de ello es que se dota al relato de un misterio mayor, de un secreto como visto por el rabillo del ojo. Y “el secreto —nos dice Baudrillard— no debe ser develado, so pena de caer en una historia banal”.

Dueñas sabe cuál efecto quiere producir, con este encubrimiento, en el lector. Por eso decide confiar en el poder de lo no dicho. Su decisión no es moral sino estética.

De esto último derivo una lecciones para el aspirante a cuentista —a escritor, en general—: hay que saber qué callarse y cuándo; pero, más importante aún, hay que saber cómo callarlo.

*

Miguel Sabido rememoraba cierta madrugada en que Dueñas lo llamó por teléfono a fin de pedirle ayuda; un tigre se encontraba debajo de su cama, le dijo ella, y él acudió de inmediato al domicilio para constatar la presencia del terso invasor (que era, supieron más tarde, propiedad del hermano de Guadalupe, afecto a la cacería). Sabido se encontró con una Dueñas aterrada, llorando sobre el colchón.

La escena resulta llamativa por su involuntario simbolismo. ¿No es así, sorpresiva, prodigiosamente, como caen las historias en la vida del cuentista? ¿Y no tienen, muchas de ellas, un carácter felino (elusivo, arcano)?

Contra todo sentido común, O’Connor recomienda no saber qué sucederá en una historia antes de empezar a escribirla: “Deben —aconseja a los aspirantes a cuentistas— tener la posibilidad de descubrir algo en sus propios cuentos. Si ustedes no lo consiguen, probablemente nadie más lo hará”.

Dicho de otro modo, O’Connor aconseja escribir como se vive: a merced del misterio.

Quizá tampoco debamos saber nunca por qué escribimos, so pena de convertir nuestro oficio en una ocupación banal.

Bibliografía

Guadalupe Dueñas, Obras Completas. México: FCE, 2017.

Flannery O’Connor, “Para escribir cuentos”. La Palabra y el Hombre, abril-junio 1990, no. 74, 99-108 pp.

Robert Blay, El encuentro con la Sombra: El poder del lado oscuro de la naturaleza humana. Barcelona, España: Kairos, 2001. Jean Baudrillard, La Transparencia del Mal. España: Anagrama, 1991.


Autores
Alberto H. Tizcareño (Ciudad de México, 1987). Publicista y narrador. Autor de Casas Caídas, novela de reciente aparición en el catálogo del Fondo de Cultura Económica / Fondo Editorial Tierra Adentro. Su libro de cuentos Señoras se erigió, por unanimidad del jurado calificador, con el Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2023, otorgado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas como Nexos, Luvina y Tierra Adentro.
Portada de "El jardín de los ídolos", de Georgina Moctezuma. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.
Portada de “El jardín de los ídolos”, de Georgina Moctezuma. Colección Tierra Adentro, FCE. 2023.

Más que otro género, el ensayo es un lugar idóneo para los soñadores que escriben. Tierra fértil para la imaginación desbordada, la tradición ensayística recurre al onirismo como fuente inagotable de curiosidad. Desde Montaigne, cada ensayista ha postulado sus propias alucinaciones como materia invaluable para descifrar los misterios de la vida. Es inevitable no voltear a ver a Freud y los proyectos vanguardistas del siglo XX que expurgaron en los sueños los caprichos del inconsciente. Sin embargo, me parece irrelevante plantear aquí una lectura psicoanalítica de El jardín de los ídolos, la ópera prima con la que Georgina Moctezuma (Puebla, 1987) obtuvo el José Luis Martínez en 2022. Propongo, en cambio, hablar del vínculo entre glosa y narrativa, actos inseparables en la prosa reflexiva de corte literario. Este libro es muestra de que el sueño no sólo bebe de la fantasía sino también de la palabra que lo explica.

Dividido en cinco apartados –“El jardín de los ídolos”, “Imaginería ligera”, “Las reliquias”, “Escucho con mis ojos a los muertos” y “Vaciar la casa de mi abuela”–, El jardín de los ídolos está escrito con peculiar urgencia: desvelar los secretos de una ciudad por medio de la magia. Puebla es el escenario donde el pasado acecha a la narradora, una mujer que busca en sus templos la correspondencia con las lealtades entre ella y las mujeres de su familia. Los recuerdos que guarda una madre acerca del jardín de los ídolos donde pasó su infancia, llevan a su hija a hacer memoria por medio de sus pasos. El propósito que persigue la narradora desde el inicio apuntala la tesis del libro: indagar en un pasado remoto –el jardín de los ídolos prehispánicos– entreverado en las ruinas del proyecto colonial que sentó las bases de la Angelópolis desde su fundación:

Muchas veces he caminado por mi ciudad buscando el jardín de los ídolos. Mi madre me habló de aquel lugar. De acuerdo con sus relatos, aquel terreno era un bosque. Un manantial formaba un estanque y alrededor había fresnos, eucaliptos y árboles de pirul que tendían sus ramas hacia abajo, buscando el agua. Yacían también, enterradas, pequeñas estatuas de piedra, ídolos prehispánicos que, según mi madre, eran auténticos. De todas sus anécdotas, esa era mi favorita y, aunque entiendo que ese lugar ya no existe, siempre quise saber dónde estaba. He seguido su rastro en mapas, fotografías y crónicas, he preguntado a aquellas personas mayores a las que tanto les gusta contar historias de la ciudad. Nadie ha podido darme una respuesta definitiva.

El relato sigue la cadencia lenta de los sueños. Avanza de a poco, insinuándose lúcidamente en la pesquisa gracias a la capacidad de Moctezuma de contarnos breves pasajes de mitos protagonizados por personajes conocidos: Asclepio, Tláloc, Circe, Odiseo, Eurídice, Huemac. Conocemos también historias fantásticas interpretadas por monjas insurrectas que se amotinan para escapar de las reglas dictadas por sus pares masculinos; historias de mujeres hechiceras y rebeldes, como la de la mulata Soledad que escapa de San Juan de Ulúa en un barco dibujado en los muros de la cárcel, o la de María de Jesús de Ágreda y sus poderes mágicos relacionados con la bilocación usados para huir de su celda.

En “Imaginería ligera”, la narradora habla de su propio encierro en la ciudad. Su abuela y su madre se distinguen y se oponen a ella por nunca tener miedo, o al menos no confesarlo, como lo hace la autora. La distancia generacional entre unas y otra queda más clara cuando sus amigas acuden a ella para contarle sus sueños, por lo general, escenarios donde son víctimas de hombres sin rostro que las besan o abrazan y cuyas caricias resultan inquietantes. La palabra que despeja las pesadillas de las más jóvenes se vuelve, entonces, un modo de resistencia.

El tono intimista de los primeros dos apartados postula la rebeldía como una forma de romper con el vínculo familiar. La narradora se inicia en la desobediencia la primera vez que le habla de amor a alguien; más tarde nos enteramos de que esa relación no funcionó y que tuvo que abortar, con todos los peligros que esto implica en una ciudad donde aún no se despenaliza el aborto. La narradora lucha contra los valores morales de la sociedad poblana, y el aborto, al no ser legal, resulta por tanto una práctica no sólo de alto riesgo sino también una suerte de ritual clandestino en detrimento de su salud, que debe realizar por medio de remedios caseros:

Tomé las dosis tal como leí las instrucciones de un manual en línea. Era viernes, tres de la tarde. Recién había llegado de la escuela. Me acosté fingiendo que tenía migraña. Puse cuatro pastillas debajo de mi lengua hasta que empezaron la fiebre, la diarrea y los escalofríos. Una vez que empiezas, tienes que llevar la interrupción hasta el final. Tres horas después tomé cuatro pastillas más y juro que escuchaba como en altavoz el choque de mis muelas, mi mandíbula retorciéndose hasta que ya no pude hablar. Tres horas después, con cuatro pastillas más debajo de la lengua, intenté no hacer ningún ruido, quedarme quieta mientras escuchaba en el delirio la voz de mi abuela, arrullándome entre las paredes de la fiebre. Eres valiente, Georgina. Y después la voz de mi madre, mucho más dulce, diciéndome valiente. Hasta que me quedé dormida. A medianoche soñé que me ponía el uniforme y salía a la escuela corriendo en la lluvia.

Como sucede en la relación con su abuela y su madre, la ciudad implica para Moctezuma otra lealtad peligrosa. Si Georgina, tal como se lo comentó alguna vez su abuela, significa “Mujer de la tierra”, la autora camina entonces por la ciudad para deshacer el embrujo que la ata a sus calles. Escribir es otra manera de envalentonarse y domar la adversidad. Escribir como caminar, pasear en la prosa como si uno soñara. En este sentido, el tercer apartado, “Las reliquias”, da cuenta de que quien escribe sobre una ciudad fundada en el sincretismo, debe saber que el cuerpo está de por medio.

Además de hablar de la costumbre atávica que involucra el entierro de su propio cordón umbilical para que su dueña no se aleje del lugar donde nació, en este mismo apartado la autora hace referencia a las disecciones extraoficiales que hicieron algunos devotos en el cadáver de san Sebastián de Aparicio, del que hurtaron órganos y pedazos de piel antes de preservar sus restos en el templo que lleva su nombre. También se menciona el caso de Manuel Fernández de Santa Cruz, el obispo que legó a las monjas agustinas su corazón antes de morir.

El libro se compone también de alusiones a las fisuras de tiempo que se suponen ocultas en las calles de Puebla. Nos encontramos con Hugo Leicht y el damero de las calles trazadas por ángeles, la torre de la catedral que sirve de cobijo a una sirena varada que subyace debajo del templo, antiguas casonas que evocan un pasado lleno de tensiones entre la magia como práctica ancestral y los ritos católicos instaurados desde la Colonia. La inclusión de estos pasajes insólitos da cuenta de una ciudad llena de historias, labrada con anécdotas de doble raíz: indígena y cristiana. Debemos su conocimiento al trabajo de la narradora, que no sólo se pierde en la ciudad, sino que además se emplea en el Archivo Histórico de la Catedral de Puebla. Su labor como archivista es tal vez uno de los momentos más interesantes del libro, pues la vemos interactuando con documentos escritos que van del siglo XVI al XIX.

Además de ser archivista, la narradora también dice que es profesora, “una profesora que escribe”. Aunque desafortunadamente nunca la vemos dando clase (lo que hace que la mención quede fuera de lugar), lo cierto es que, gracias a esta relación íntima con textos antiguos, la escritura para ella sirve de puente simbólico entre pasado y presente, mientras que la lectura involucra un estado mental cercano al misticismo, como se ve por momentos durante el relato en los que entra en un estado de trance, alucina lo que lee con fervor y asombro:

Una empieza a echar mano de todos los recursos disponibles en cada expediente […] se prestan ojos como si se prestaran oídos, pues cuando conversamos con otro también desciframos lo que sucede al margen de la voz. Así puede distinguirse si quien asentó́ una declaración fue el mismo informante (de su puño y letra), si se trata de una carta, de una cuenta o de un recado, o si corresponde a la caligrafía procesal de un secretario o un amanuense.

Como la lectura, el acto de escribir también puede alterar la realidad que nos circunda. El famoso verso de Francisco de Quevedo, “escucho con mis ojos a los muertos”, da título al apartado donde Moctezuma aprovecha la sinestesia del poeta español para hablar de su trabajo en el archivo diocesano. El trabajo documental va más allá del que desempeña cualquier paleógrafo. Antes bien, lleva a la autora a reflexionar sobre su propio encierro y salir de la torre donde trabaja para mirar a la gente que pasa por ahí, en un interesante ejercicio propio de la microhistoria. La narradora retrata, en un ímpetu similar al que lee en los documentos antiguos, la cotidianidad de la que es testigo y parte.

Los legajos clericales no son usados aquí únicamente en su sentido de documento histórico, sino como evocación de un pasado legendario inscrito a su vez en los muros de la ciudad. Me animaría a decir, incluso, que los archivos en El jardín de los ídolos funcionan como umbral a otras dimensiones espaciotemporales. Es posible encontrar visos fantásticos en la narración ensayística de Moctezuma: un compilado de historias que involucran documentos y las realidades que éstos recogen, siempre en busca de un elemento inusual que conduzca su presente a ese tiempo misterioso de los textos antiguos. Hechizo inquebrantable que surte efecto una vez que se lee en voz alta, la escritura es para ella el vehículo que la mueve tanto por medio de citas de cronistas de la talla de Von Humboldt y Sahagún, como entre anécdotas personales y pasajes bíblicos que combinan las supersticiones cristianas con los ritos prehispánicos, dos tradiciones que sobreviven en una ciudad cuya identidad está bien cimentada en hechos extraordinarios pasados por el tamiz de lo sagrado.

A estas alturas, queda clara la obsesión que apremia la escritura de Georgina Moctezuma: el gusto por lo oculto en medio de una atmósfera enrarecida, llena de secretos y herencias ocultas. Las reflexiones que se producen a lo largo del ensayo, del que entramos y salimos con sutileza gracias a su fragmentación, nos proveen de una experiencia cercana a la intimidad del arrobo místico, un momento privado en que el cuerpo entero participa del rapto sensorial de esta clase de episodios. El relato pasa de la realidad tangible, donde la narradora trabaja en el Archivo y aborta muy joven, a esa otra en la que vuelve a contar momentos de su infancia en compañía de su abuela.

En “Vaciar la casa de mi abuela”, el último apartado del libro, la narradora describe un juego de su infancia que consistía en hacerse pequeña y adentrarse en su mandil hasta reconocer los objetos en el interior. La abuela representa el vínculo con la magia y la ruptura del hechizo que une a la narradora con las mujeres de su familia. Como parte del duelo, la niña Georgina adquiere la capacidad de transformarse por medio de la magia, el juego y la imaginación.

Atada a los valores de una ciudad conservadora, su búsqueda es la de una mujer joven que intenta desligarse del influjo del pasado y de los mandatos sociales que encerraron a sus predecesoras en sus propias prisiones invisibles: la feminidad como una construcción social, la ciudad y sus peligros, el pasado familiar del que hereda prácticas de antaño por medio de las palabras que son, al mismo tiempo, enfermedad y antídoto, como los sueños.

La historia de las mujeres que narra Georgina Moctezuma en El jardín de los ídolos, incluida la suya, comparten “la voluntad para controlar sus apetitos, pasiones y deseos […] la única opción que tenían para ser libres, un acto de rebeldía velada”. El trance, la ensoñación y la escritura son maneras de escapar, sublevarse, romper el hechizo.

“Así es como quise leer esta ciudad en la que estoy encerrada —mi laberinto—, a través de lo que subyace y palpita en sus imágenes, en el paisaje, los edificios, las historias y las calles; interpretar los símbolos como instrumento de defensa, mi propio vade retro contra la maldición que me impide salir”, podría leerse como epíteto de una autora poblana cuyo primer libro ha sentado las bases de una obra con la que podemos soñar.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).