En este ensayo, pretendo reflexionar sobre mi trayectoria personal y profesional, enmarcada en la constante tensión entre la autonomía y la institucionalidad. Abordaré los retos y dificultades que he enfrentado como mujer joven tsotsil al navegar entre estos dos ámbitos, a partir de mis experiencias en organizaciones no gubernamentales, colectivos, partidos políticos, espacios de activismo, instituciones gubernamentales, educativas y académicas. Mi objetivo principal es responder a la pregunta: ¿es necesario tejer entre la autonomía y la institucionalidad si se es una mujer tsotsil feminista? Para ello, también me interrogo sobre la necesidad de transitar entre estos dos espacios. Es importante destacar que este ensayo no seguirá una estructura lineal, sino que fusionará mis experiencias actuales y anteriores, a partir de un recuento desde el año 2014 hasta la fecha, entrelazando pasado y presente, en una apuesta política de tejer desde la ontología relacional (Cariño, 2021).
El ensayo se divide en cuatro apartados: 1) Mi andar como escritora, 2) Mi caminar como estudiante e investigadora, 3) Mis pasos como traductora, y 4) Mi labor como docente. Finalmente, presentaré algunas reflexiones breves.
Mi andar como escritora
Para adentrarme en el mundo de la escritura, transitando desde mis primeros acercamientos en diversos talleres artísticos, como pintura, danza, teatro y música, hasta llegar al primer taller de literatura tsotsil-tseltal en 2013, impartido por la Unidad de Escritores Mayas Zoque (unemaz), donde se tejió la antología Stso’op Joj Nido de Cuerdos (2014), con el apoyo del programa Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales. Este fue un primer paso significativo que despertó en mí la pasión por la poesía.
Motivada por esta experiencia, decidí inscribirme en 2015 a un taller de poesía experimental, dirigido a jóvenes tsotsiles. Durante dos años, este taller autónomo nos permitió publicar dos libros cartoneros: Snichimal Vayuchil y Uni tsebetik (ambos en 2017), consolidándonos como un colectivo independiente. Optamos por no depender de becas o financiamientos gubernamentales, sino trabajar con nuestras propias habilidades y recursos, desde la impresión hasta la distribución en librerías.
Estas experiencias iniciales tenían como objetivo fortalecer las lenguas indígenas, promover su uso y realizar una recuperación lingüística. Sin embargo, posteriormente ingresé a talleres de poesía en español (2019-2023), mayormente financiados por el gobierno. En 2019, busqué una beca del Fondo Nacional para las Culturas y las Artes (fonca) y, en 2021, obtuve una beca del gobierno de los Estados Unidos para cursar el Programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa.
En 2021, participé en el concurso nacional del Fondo Editorial Tierra Adentro (feta), con la intención de publicar el poemario que escribí con la beca del fonca, el cual fue aceptado y publicado en diciembre de 2022. Además, tuve la oportunidad de impartir talleres de poesía en lenguas indígenas a través del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (inbal), los cuales se brindaron de forma gratuita para hablantes de lenguas indígenas.
Una de las experiencias más sobresalientes en las que participé fue en Originarias: Mujeres que escriben fuera de la hegemonía, una gira de poetas indígenas que recorrió lugares como Morelia, Pátzcuaro y Michoacán. Este proyecto excepcional y autónomo tiene como objetivo desafiar los paradigmas arraigados en el ámbito literario al amplificar la voz de las mujeres indígenas a través de la poesía. Surgida del esfuerzo y compromiso de tres compañeras, esta iniciativa completamente autogestionada se gestó con recursos limitados, pero con una determinación inquebrantable por compartir nuestro talento poético en diferentes rincones de México. En esta gira, diversas voces de mujeres se unieron, lo que resultó en la publicación de una antología y un libro individual para cada participante, producto del arduo trabajo que implicó desde la edición y corrección de estilo hasta el encuadernado artesanal de cada ejemplar.
La mayoría de mis experiencias en el ámbito de la escritura han transcurrido en espacios institucionales, aunque no menos importantes son aquellos proyectos autónomos que han contribuido significativamente a mi desarrollo literario. Los talleres de poesía en español, por ejemplo, han desempeñado un papel fundamental en mi trayectoria, al permitirme construir una identidad literaria sólida. Gracias a becas literarias, tuve la oportunidad de dedicar un año entero a la escritura de mi libro, cuya publicación posterior fue posible gracias a un programa editorial. Ambas experiencias resultaron trascendentales, ya que me brindaron la plataforma necesaria para denunciar las diversas formas de violencia que enfrentamos las mujeres tsotsiles y abordar temas que muchas veces son tabú en nuestras comunidades, de modo que asumí que es necesario tejer con las instituciones. Publicar un libro es un proceso complejo y exigente, con requisitos rigurosos por parte de las editoriales, pero es un medio indispensable para alzar la voz y cuestionar las prácticas machistas arraigadas en un sistema patriarcal que nos discrimina por nuestra identidad racial, prácticas machistas que se ejercen sobre nuestros cuerpos racializados por este sistema patriarcal que es racista, clasista, misógino.
Además de estas oportunidades, he impartido talleres en línea de poesía en lenguas indígenas en colaboración con el inbal, un espacio crucial para reflexionar sobre la literatura de los pueblos indígenas de México y formar a futuros escritores en otras lenguas originarias.
En estas experiencias, especialmente en mi encuentro con la escritura y la poesía, he encontrado un refugio donde puedo expresar libremente mis sentimientos y conectar con mis raíces. La poesía, para mí, va más allá de ser una forma de arte; es un camino hacia la esperanza y una herramienta para dar voz a quienes a menudo son silenciadas en un mundo dominado por el patriarcado. Cada verso que escribo se convierte en un acto de justicia para todas las mujeres, como lo expresó Galindo.
Escribo para incendiar-escribo como quien grita. Como quien bloquea con piedras el camino. Como quien rompe una camisa de fuerza. Como quien escribe su epitafio. Como quien escribe un telegrama urgente con una noticia inesperada. Escribo a ritmo de quien bombea con oxígeno un pulmón al borde de la asfixia. Como quien escribe algo más importante que las tablas viejas del viejo testamento, como los viejos mandamientos patriarcales que nos definen a las mujeres como propiedad y como carne sin verbo-escribo sin dios, sin amo y sin patrón (Galindo, 2021, p. 27).
Escribo para romper mis propias opresiones, hilvano con fuego la escritura para apartar las sombras que acechan, para romper todas las cadenas invisibles que constriñen nuestra voz. Pienso que cada verso es una barrera, una piedra contra el patriarcado. Mi escritura es un acto de resistencia, para romper esta dominación en la que estamos sumergidas. En cada línea, en cada estrofa, construyo un mundo donde la voz de la mujer resuena con fuerza y dignidad, donde existe justicia.
Senderos como estudiante e investigadora
Mi formación académica transcurrió en la Universidad Intercultural de Chiapas (unich), donde cursé la Licenciatura en Lengua y Cultura (2013-2017). Esta etapa fue fundamental en mi vida, ya que gracias a esta licenciatura y al contexto del movimiento zapatista en Chiapas, pude aprender a escribir, traducir y leer en mi lengua materna, algo que no había sido posible en otros entornos académicos. Esta experiencia no solo me proporcionó herramientas importantes para mi desarrollo profesional, sino que también fue un despertar, una reafirmación de mi identidad como mujer maya tsotsil.
Ingresar a la unich me permitió reevaluar mi ser como mujer tsotsil, reivindicar mi idioma y mi cultura, y valorar los rituales y prácticas tsotsiles. Dejé de tener miedo de afirmar que soy una mujer tsotsil de Chamo’-Chamula, y comprendí que lo que había vivido en mi educación básica era racismo, algo que debía ser denunciado. Me volví consciente de que ser tsotsil no era algo negativo y, a partir de entonces, tuve la determinación de no volver a ocultar mi identidad.
Antes de finalizar la licenciatura, obtuve una beca para participar en un Seminario de Historia y Liderazgo en los Estados Unidos, en la Universidad de Tucson. Esta beca se otorgaba a jóvenes indígenas con excelentes calificaciones que no hablaban inglés, sino una lengua indígena mexicana, con el objetivo de reconocer y fortalecer nuestras trayectorias. Esta experiencia fue un impulso para seguir escribiendo y fortalecer mi idioma. A lo largo de mi formación, viví el racismo en la educación media, lo que me llevó a ocultar mi identidad, pero esta beca me empoderó y motivó al ser exclusiva para personas de pueblos indígenas. Afortunadamente, en algunos ámbitos académicos se ha valorado el maya tsotsil.
Decidí adentrarme en el ámbito académico cursando una maestría en estudios feministas, motivada por la inquietud que me dejó mi tesis de licenciatura y mi trabajo como educadora de calle con niñas y niños tsotsiles. Para financiar mis estudios, solicité una beca del programa de Conahcyt, otorgada por el gobierno de México. Lo extraordinario de esta beca radica en que el instituto de posgrado considera como requisito ser hablante bilingüe de una lengua indígena, no necesariamente una lengua extranjera.
Hasta este momento, mi trayectoria educativa ha estado íntimamente ligada a espacios institucionales, como la licenciatura, el seminario y la maestría, para los cuales tuve que solicitar becas para completar mis estudios, lo que probablemente habría sido mucho más complejo sin ellas. A pesar de haber transitado por estos espacios institucionales, es importante reconocer la lucha de mis compañeras y compañeros zapatistas, ya que la unich fue fundada gracias a este movimiento. Este levantamiento armado buscaba que se reconociera a los pueblos indígenas de Chiapas, y sin él, no habría sido posible que forjara mi trayectoria desde mi idioma y cultura. Por lo tanto, si bien estudié en una institución, fue gracias a un movimiento revolucionario que abrió las puertas a este camino.
Trayectoria como traductora
Mi labor como traductora inició en el ámbito literario, donde comencé traduciendo mis propios poemas. Posteriormente, al trabajar como educadora de calle, tuve la oportunidad de traducir talleres en tsotsil para familias y niños tsotsiles, así como acompañar a niñas víctimas de violencia en la fiscalía indígena de San Cristóbal. Otro momento crucial fue mi participación como traductora para partidos políticos a nivel estatal en 2019, abordando temas de violencia política en razón de género hacia las mujeres tsotsiles.
Desde el 2021, como parte de mi activismo en defensa de los derechos de las mujeres tsotsiles, colaboro voluntariamente como traductora con la Diputada Evelyn Sánchez, en Baja California, Tijuana y Mexicali. En estos lugares, un gran número de mujeres, niños y niñas migrantes, originarios del municipio de Mitontic, se enfrentan a violaciones constantes de sus derechos. La diputada les proporciona pasaje y comida, además de apoyo para resolver sus detenciones y evitar ser extorsionados. Esta red de apoyo es fundamental para mí, ya que sin ella no podría viajar a Baja California para ayudar en la traducción en las procuradurías o DIF, ni podríamos lograr que salgan de la cárcel. Aunque proviene de un partido político, considero que esta red es importante, ya que nos permite infiltrarnos y desestructurar el sistema racista y patriarcal en el que vivimos las mujeres indígenas.
Durante mi trayectoria, coordiné la traducción de dos libros sobre violencia de género, dirigida tanto a mujeres indígenas como no indígenas, en colaboración con un partido político. Más allá de si estos partidos realizan estas acciones como una cuota política o como una forma de destacar las lenguas indígenas en su agenda, considero que es una oportunidad para infiltrarse en el sistema y desafiar su hegemonía patriarcal.
Participar como traductora es un acto de resistencia que eleva la voz desde la lengua tsotsil, desafiando la hegemonía del discurso patriarcal. Esta experiencia me permitió abordar la problemática de la violencia desde la perspectiva tsotsil, fomentando el diálogo y la reflexión entre mis compañeras tsotsiles. Aunque mi labor se desarrolló en el ámbito político, pude apreciar la importancia de estos intercambios como una estrategia efectiva para desafiar y cuestionar el sistema patriarcal, y para dar voz a las mujeres indígenas desde la perspectiva de los feminismos comunitarios y las luchas que surgen en nuestras propias comunidades, evitando que el feminismo sea cooptado por instituciones, gobiernos o partidos. Estos espacios me brindaron la oportunidad de reflexionar y analizar con otras mujeres tsotsiles. Tuve la oportunidad de participar en foros donde se fortalecía el liderazgo de las mujeres para ocupar espacios políticos. En estos foros, mi tarea como traductora implicaba una serie de reflexiones, preguntas, aprendizajes y desafíos. Considero que esta experiencia no habría sido posible sin el respaldo de los partidos políticos, ya que implicaba un gran gasto y logística. A través de estos eventos, pudimos reflexionar sobre las violencias de género que afectan a nuestras comunidades.
Docente-educadora de calle
Durante dos años (2017-2019), trabajé en la ONG Melel Xojobal como educadora de calle, un puesto que requería fluidez en la lengua tsotsil. Mi labor consistía en promover y proteger los derechos de niñas, niños y adolescentes indígenas, impartiendo talleres en su lengua materna. Melel Xojobal es una organización civil que aboga por los derechos de la infancia indígena. En San Cristóbal de las Casas, transitaba por las calles, conectando las realidades de niñas, niños y mujeres tsotsiles de la ciudad con los desafíos teóricos y prácticos de la vida diaria. Esta experiencia me mostró la necesidad de abordar profundamente estas realidades con metodologías arraigadas en nuestras comunidades indígenas.
Mi trabajo como educadora me sumergió en el corazón de mi comunidad, donde descubrí necesidades y metodologías que previamente desconocía. A través de los movimientos feministas comunitarios, identifiqué la importancia de mi identidad como mujer tsotsil y mi formación en una universidad intercultural. Diseñé proyectos que se alineaban con los movimientos indígenas y el levantamiento del EZLN, crucial para aquellos niños y niñas que habían perdido la conexión con sus raíces debido al racismo latente en nuestra ciudad.
Durante dos años, me desempeñé como educadora de calle, una experiencia que me sumergió en la realidad de las niñas y niños tsotsiles. Durante este tiempo, fui testigo del despertar lingüístico al aprender el alfabeto del idioma tsotsil. Además, les acerqué al conocimiento de la lucha liderada por el movimiento zapatista, el cual busca defender sus derechos e identidad cultural. Les brindé la oportunidad de explorar lugares que, hasta entonces, solo existían en la memoria de sus ancestros. Esta vivencia me lleva a reflexionar sobre la importancia de trascender las fronteras académicas y llevar el conocimiento a las calles y campos, donde la vida comunitaria palpita con fuerza, permitiendo que las realidades se vuelvan tangibles y los aprendizajes adopten nuevas formas (Galindo, 2021).
En la actualidad (2023), soy docente en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), impartiendo la materia de lengua tsotsil. Considero este espacio como un acto político de resistencia, ya que incluir el tsotsil en el plan curricular de la licenciatura en lenguas con enfoque turístico es una lucha por la defensa de nuestro idioma. Este hecho es trascendental, ya que comúnmente solo se consideran las lenguas hegemónicas como el inglés, francés e italiano. Mi labor en esta universidad es un testimonio de la resistencia de los pueblos indígenas.
Además, también soy docente en la Escuela Normal Superior de Chiapas, donde imparto la materia “Acercamiento a los pueblos originarios de Chiapas”. Esta institución, preocupada por la situación de los pueblos indígenas, demuestra un interés genuino por integrar la voz de los ancestros, la sabiduría, la cosmovisión y la cultura indígena en su plan de estudios.
En suma, mi trayectoria laboral ha estado marcada por la defensa y promoción del idioma tsotsil y los Derechos Humanos de las infancias indígenas en Chiapas. Mi labor en instituciones gubernamentales y ONG demuestra un compromiso constante con la visibilización y valoración de las lenguas indígenas en Chiapas.
Reflexiones finales
Ser escritora, estudiante y traductora, reconocida con premios a nivel estatal, nacional e internacional, me ha permitido trabajar desde mis posibilidades con la convicción de un cambio verdadero en nuestras comunidades y pueblos indígenas. Sin embargo, esta labor no está exenta de la mirada del otro, que busca realzar nuestra labor como activistas. Por ello, considero fundamental cuestionarnos si nuestra participación en instituciones y con el gobierno está contribuyendo efectivamente a nuestros objetivos o si, por el contrario, nos estamos limitando por las estructuras y herramientas de estas instancias. En este sentido, las palabras de Audre Lorde (1987) son pertinentes: “No desmontaremos la casa del amo con las herramientas del amo”.
La constante reflexión sobre nuestro quehacer es fundamental para avanzar hacia un cambio verdadero. Mi trayectoria como mujer maya tsotsil, involucrada en diversos espacios, tanto institucionales como autónomos, me ha permitido observar las complejidades y contradicciones que entrañan estas dinámicas. En el contexto de un México que nos oprime, violenta y margina por ser indígenas, mujeres y pobres (Curiel, Falquet y Masson, 2005), surge la pregunta crucial: ¿en realidad ocupamos recurrir a las instituciones de gobierno, a las financiadoras, cuando claramente vemos todos los días que vivimos en un México que nos oprime, nos violenta, un México racista misógino y sumamente patriarcal-neoliberal? Esta interrogante cobra especial relevancia para las feministas que buscamos construir alternativas al sistema patriarcal y neoliberal. La colaboración con instituciones gubernamentales, si bien puede ofrecer recursos y visibilidad, también puede implicar la adopción de agendas y estructuras que no necesariamente coinciden con nuestras visiones y valores. Es necesario repensar nuestras estrategias y buscar alternativas que nos permitan construir un futuro más justo e incluyente para nuestras comunidades.
Los premios en los que he participado, en su mayoría, buscan reconocer las trayectorias de mujeres indígenas con perspectiva de género y en la defensa de sus derechos. Esta iniciativa, si bien puede interpretarse como una acción gubernamental para cumplir con cuotas, también puede tener un sentido político más profundo. Como mujeres indígenas destacadas podemos darle un significado político a estos reconocimientos al visibilizar nuestras luchas y reivindicaciones, y al posicionarnos como agentes de cambio en un contexto marcado por la violencia y la desigualdad. Mi participación en estos premios ha sido impulsada por la convicción de que las mujeres tsotsiles tenemos la capacidad de acompañar a otras mujeres y cambiar las narrativas que nos estereotipan. En mi labor de acompañamiento a mujeres víctimas de violencia, he experimentado la necesidad de contar con recursos económicos para cubrir gastos como traslados, llamadas telefónicas, alimentos y alojamiento. La remuneración económica que acompaña a algunos premios ha sido de gran ayuda para aligerar esta carga y permitirme continuar con mi trabajo. Además de los gastos materiales, mi labor también implica procesos de contención emocional para el cuidado personal y colectivo. Si yo, como acompañante, no me encuentro bien, no puedo brindar el apoyo adecuado a las mujeres que necesitan mi ayuda. Estos procesos de autocuidado también generan costos económicos que, en muchas ocasiones, no son cubiertos por las instituciones. En definitiva, la participación en premios y becas, así como la obtención de recursos económicos, no solo me ha permitido apoyar a otras mujeres tsotsiles, sino que también ha contribuido a visibilizar nuestras luchas y a fortalecer nuestra capacidad de agencia en un contexto adverso.
Enfrentando la marginación histórica, las mujeres indígenas encuentran en las alianzas con el feminismo comunitario una estrategia para fortalecer sus luchas. Reconociendo las particularidades de cada movimiento, este diálogo permite el intercambio de conocimientos y la construcción de estrategias conjuntas. El feminismo comunitario, al surgir desde las propias comunidades, resuena con la cosmovisión indígena y enfatiza la autonomía de las mujeres. De esta manera, las alianzas no solo nutren las luchas individuales y desafían las etiquetas limitantes, sino que también trazan un camino propio hacia la emancipación, donde las mujeres indígenas son protagonistas en la construcción de un futuro más justo. En ese sentido:
nosotras vamos retomando todo lo que nutre nuestra lucha, y vamos dando a las otras mujeres todo lo que pudiera nutrir su propia lucha, en algunos momentos nos unimos en voces, en eventos, en exigencias a quienes corresponde en este país o fuera de él, pero con nuestra propia estrategia para seguir luchando adentro de las comunidades y organizaciones por hacer de nuestra lucha (Sánchez, 2015:50).
En el contexto actual, las alianzas estratégicas se construyen como herramientas fundamentales para fortalecer las luchas de las mujeres indígenas. A menudo, al unirnos a movimientos feministas y formar alianzas, somos etiquetadas como radicales. Sin embargo, este proceso de unión y autoidentificación como agentes de cambio, en lugar de víctimas o sujetos pasivos, es crucial para transformar las narrativas que nos han sido impuestas. Tanto el feminismo autónomo como el institucional ofrecen perspectivas valiosas, y mi experiencia personal me ha permitido transitar entre ambos enfoques. De hecho, mi vinculación con partidos políticos en torno a temas como la violencia política contra las mujeres indígenas, ha demostrado la necesidad de involucrarnos en estos espacios, siempre con una mirada crítica y cuestionando las estructuras de poder en las que nos insertamos (Álvarez, 1999:48). En este sentido, retomo las palabras de Audre Lord (1982) citadas por Tere Garzón, quien nos invita a “jugar con las herramientas del amo” para tender una trampa al poder. Esta estrategia nos permite aprovechar aquellos espacios que, si bien han sido creados por el sistema patriarcal, pueden ser utilizados para avanzar en nuestra lucha por la emancipación y por una transformación social.
En mi experiencia, he encontrado valiosos aportes tanto en los espacios feministas autónomos como en los institucionales. Un ejemplo de ello se encuentra en la Declaración Feminista Autónoma “El desafío de hacer comunidad en la casa de las diferencias”, donde se reflexiona sobre la necesidad de “revisar y complejizar la comprensión del relacionamiento con las instituciones, con el financiamiento, con otros movimientos sociales y con otros feminismos, incluyendo los feminismos institucionales” (Espinosa, 2011, p.4). Esta reflexión me ha llevado a valorar mi propia experiencia como coautora de dos libros cartoneros junto al colectivo de jóvenes tsotsil, un grupo al que le tengo un profundo cariño por el camino que labramos juntos, resistiendo ante las grandes editoriales. Considero que aliarnos con estas instituciones, sin perder de vista nuestro objetivo político, puede ser una oportunidad para debilitar el sistema patriarcal. Si bien la participación en estos espacios puede ser desafiante, debido a las posibles imposiciones o limitaciones, cuando tenemos claro nuestro posicionamiento, podemos aprender a dialogar con estas instituciones de manera efectiva.
Mi trayectoria ha abarcado diversos espacios, desde la academia feminista y las organizaciones de la sociedad civil hasta colectivos independientes. Cada uno de ellos me ha brindado aprendizajes únicos y significativos que han moldeado mi labor como activista tsotsil. Las experiencias más relevantes en mi formación incluyen los dos primeros talleres de poesía en lengua originaria, mis estudios en la UNICACH y la beca de la Embajada de los Estados Unidos en México. Estas experiencias me permitieron reconocer el valor de mi lengua materna, comprender las heridas coloniales que enfrentan los pueblos indígenas y encontrar un espacio de diálogo en la academia feminista, donde las prácticas políticas de las luchas indígenas se encuentran con el feminismo. Cada espacio que he habitado, ya sea la calle, la academia o la poesía, ha sido un grito de liberación, un lugar de aprendizaje y dilema donde mi identidad como mujer tsotsil se entrelaza con las luchas feministas. Desafiando las fronteras impuestas, busco abrir caminos hacia la justicia a través de la poesía, un acto de transformación en sí mismo. En cada verso, en cada palabra escrita, se alza la voz de resistencia que arde con la fuerza de la palabra y la esperanza. Cada etapa de mi recorrido ha sido importante, única y reflexiva, brindándome aprendizajes y generando discusiones que me invitan a reflexionar sobre mi propio papel como mujer tsotsil. Sin importar el entorno, ya sea en organizaciones, en el ámbito académico o en partidos políticos, las complejidades y desafíos siempre están presentes.
Cada experiencia vivida, ya sea en organizaciones, en el ámbito académico o en la esfera política, ha enriquecido mi voz y ha fortalecido mi capacidad de expresión. He aprendido que la lucha feminista es vasta y trasciende fronteras, permeando numerosos aspectos de la vida, desde la educación hasta la participación política. En cada espacio en el que me he desenvuelto, he enfrentado desafíos y complejidades, pero también he encontrado inspiración en las mujeres que, como yo, están tejiendo sus propios caminos de resistencia. A lo largo de mi trayectoria personal, explorando la autonomía y la institucionalidad, así como participando en movimientos de pueblos originarios y el feminismo, he acumulado reflexiones y aprendizajes significativos. Desde mis primeros pasos en organizaciones no gubernamentales hasta mi ingreso en la academia feminista y mi compromiso como traductora para amplificar las voces de las mujeres indígenas, he enfrentado contradicciones inherentes a mi identidad como mujer tsotsil. Mis experiencias en la educación de calle me han enseñado la importancia de la acción directa, de poner el cuerpo en las calles y trabajar desde la base, desde el lugar de origen, desde el campo. El conocimiento adquirido en estas experiencias ha sido fundamental para comprender las verdaderas necesidades de nuestras comunidades. A través de esta reflexión personal, he llegado a reconocer la necesidad de cohesión y el valor de reconocer las diversas trayectorias y perspectivas de las mujeres en la lucha feminista. Cada voz es única y valiosa, y nuestra fuerza radica en nuestra diversidad unida en un objetivo común: una transformación social despatriarcal.
Portada de la primera edición de “The Fellowship of the Ring”, Tolkien. George Allen & Unwin, 1954.
Nuestras aventuras tienden a ser humildes y de dimensiones domésticas. Por eso, a la tradición de subir una sierra todos los años yo superponía la aventura de los hobbits, a quienes se les impone una tarea que, muchas veces, temen más grande que sus capacidades. Cuando comenzaba mi adolescencia, empezó también una tradición en mi familia: cada Semana Santa subir el Cerro de San Ignacio, la cumbre de la sierra del mismo nombre, que con sus 2 900 metros se eleva más de seiscientos metros sobre la meseta en la que crecí. Una tradición que lleva más de veinte años. Es una aventura extenuante, siete kilómetros de subida desde el ejido hasta la cima, una hora allá arriba para comer y reponer fuerzas y de tres a cinco horas para regresar.
Por la misma época en que mis padres —entonces tenían la misma edad que yo tengo ahora—, mi abuelo de casi setenta años y mi hermana un año menor, empezamos a subir esa sierra, apareció también en cines La Comunidad del Anillo, dirigida por Peter Jackson. Tiempo después me hice, gracias al dinero de mis primeros trabajos, con el primer tomo de El Señor de los Anillos, el mismo que Jackson había adaptado —creo que para entonces ya estaba en cine Las dos torres—. Cierto es que la mayoría de los personajes los imaginaba con los rostros de los actores que los representaban, no así los espacios, mi experiencia de cada año de subir la sierra entre los bosques de encinos, táscates, pinos blancos y pinos reales, se superponía a las imágenes de los espacios narrados por Tolkien. Rivendel tenía esa misma luz crepuscular con la que lo dotó Jackson en su adaptación, pero era el lecho de un arroyo cerca de unos ojos de agua en la sierra —la luz crepuscular también estaba ahí puesto que a ese sitio arribábamos ya en la bajada, cuando el sol se estaba poniendo sobre las crestas que habíamos recorrido—, los alamillos, los encinos blancos y colorados, los fresnos, el agua cristalina y fresca de la que bebíamos —en la que el sol poniente resplandecía— me hacían pensar en la residencia de Elrond. Puesto que hacemos ese viaje cada año he podido ver cómo en dos décadas la sierra, un ramal de la Sierra Tarahumara, se ha ido desertificando, los ojos que conocimos no son las fuentes de entonces, apenas si existen, cada año observamos más pinos y encinos secos.
¿Por qué resonó tanto en mí aquella historia? Por supuesto está la aventura que Tolkien narra y el hecho de que las películas dirigidas por Jackson eran un fenómeno de masas en los primeros años de la década del 2000. Pero también porque El Señor de los Anillos fue un refugio. Adolescente que vivía en una pequeña ciudad del norte de México, ni siquiera era la capital del estado, contaba con pocas amistades —y de entre ellas con pocas podía hablar de cómo me sentía, de quien era, no solo de mi homosexualidad, que dada la sociedad represiva en la que vivía ni siquiera me atrevía a reconocer, sino de lo que me entusiasmaba—. Encontré una obra en la que un grupo de pequeños pueblerinos —es una forma en la que podríamos llamar a los hobbits— realizan, a su pesar, una gran aventura, recorren el mundo y hasta lo salvan. Al adolescente que fui le resultaba tentador equipararse con Frodo o Sam, con la esperanza de dejar la comarca en la que vivía y conocer el mundo. De ahí que sintiera mías las palabras de Elrond cuando habla con Frodo de su misión:
Podéis deteneros o volver, o tomar algún otro camino, según las circunstancias. Cuanto más lejos lleguéis, menos fácil será retroceder, pero ningún lazo ni juramento os obliga a ir más allá de vuestros propios corazones, y no podéis prever lo que cada uno encontrará en el camino.
En mi caso elegí el camino de la escritura y es a través de él que ahora recorro la obra de Tolkien. Descubro, algo que apenas intuí en aquellas primeras lecturas adolescentes, la prodigiosa habilidad de construcción de la obra, el profundo sentido de entramado de la narración —hilado a través de la tensión episódica y emocional de los personajes, y muy relacionado con el sentido de suspenso que se manifiesta, por ejemplo, en la estructura del III tomo, El retorno del Rey, donde, durante la primera mitad [el libro V], quien lee no sabe cuál fue el destino de Frodo y Sam, y si logran destruir el anillo, hasta empezar la segunda parte [libro VI]—.
En 1954, cuando se publicó La Comunidad del Anillo, J. R. R. Tolkien era conocido por ser un profesor de Lengua y Literatura Inglesas en la Universidad de Oxford y por haber publicado un libro para niños en 1937: El Hobbit. En la primera parte de El Señor de los Anillos, Tolkien mostró lo que el conjunto era, los personajes que la protagonizaban, el tipo de aventuras a las que se enfrentarían y cómo lo haría el adversario al anillo. Aunque el autor escribió la obra como un todo, las decisiones editoriales la separaron en tres; ayudó que en su concepción el autor la dividiera no en capítulos, sino en libros, en seis, con dos de esos libros por tomo editado se construyó la trilogía que hoy conocemos.
Tolkien escribió El Señor de los Anillos como una continuación de El Hobbit —el subtítulo, Historia de una ida y una vuelta, podría ser, de acuerdo con Ursula K. Le Guin, también el subtítulo: El hecho es que vamos caminando desde la Comarca hasta la Montaña Solitaria con Frodo y Sam. Uno, dos, izquierda, derecha, a pie, durante todo el camino de ida. Y de vuelta—, lo cual resulta evidente en la elección de los personajes protagónicos (Frodo Bolsón es sobrino de Bilbo Bolsón, el protagonista de El Hobbit; junto a su jardinero, Sam Gamyi, y sus amigos: Merry Brandigamo y Pippin Tuk). Los primeros capítulos se circunscriben a la Comarca y a contar la apacible vida de los hobbits, a quienes no les interesa aventurarse más allá de su propio espacio —Michael Moorcock, en su ensayo Epic Pooh, señala que muchas de las características de los hobbits, como su negativa a conocer el mundo más allá de su comunidad, surgieron del conservadurismo de Tolkien—. Bilbo deja la Comarca y hace a Frodo heredero de sus posesiones, incluido Bolsón Cerrado y el anillo mágico con el que se divertía. La tensión, en estas primeras páginas, apenas es apuntada, el anillo todavía no adquiere la ominosa presencia que tendrá en la obra, pero ya apunta, de alguna manera, su negatividad.
—Si me enojo [Bilbo a Gandalf], es por tu culpa. Te vuelvo a repetir que es mío. Mío. Mi tesoro. Sí, mi tesoro.
La cara del mago seguía grave y atenta, y solo una luz vacilante en los ojos profundos mostraba que estaba asombrado, y aun alarmado.
El anillo pronto se vuelve el punto central de la narración. Tolkien revierte la tradición de las narraciones de fantasía en las cuales la búsqueda de un objeto prodigioso —un tesoro, el grial, un caldero mágico o, yéndonos a la antigüedad clásica, un vellocino de oro— es el motor de la aventura, así, el objeto con propiedades mágicas está desde el primer momento en manos de los protagonistas y la aventura inicia porque hay que destruirlo. El anillo no es inocuo, como desde los primeros momentos nos lo hace notar la narración, tiene poder y voluntad.
La voluntad y el poder del anillo parece afectar menos a los hobbits, razón por la cual Frodo se convierte en el portador desde que deja la Comarca y es confirmado en esa función en el Concilio de Elrond en Rivendel, al conformarse la Comunidad del Anillo, integrado por individuos de todas las razas que habitan la Tierra Media. Los hobbits, debido a las características que Tolkien les confirió, parecen verse poco afectados por el anillo, no tienen la ambición o el deseo de control y conocimientos que otros personajes de ese mundo sí poseen —fuera de los hobbits el único ser que no se ve afectado por su poder es Tom Bombadil, un hombre que habita en el Bosque Viejo con su esposa Baya dorada, hija de un río, pero él, en tanto que es la encarnación de fuerzas naturales y casi atemporales, la cuestión del anillo, de su destrucción y la amenaza que significa Sauron poco le interesa—. De hecho, no deja de llamarme la atención que el poder del anillo sea tal que termina nombrando a la obra en sí, el título no hace referencia a Frodo o a ninguno de sus compañeros, ni al mago que descubre qué es el anillo y planea su destrucción, ni siquiera a la Tierra Media que es donde transcurren todos los hechos, sino al objeto a destruir y a su creador, Sauron, el Señor de los Anillos.
La Comunidad del Anillo se divide en los libros I y II, en el primero conocemos la Comarca y a los hobbits, en el segundo se conforma la Comunidad del Anillo y comienza el viaje para ir hacia el sur, al Monte del Destino para destruir el anillo —“La orientación es sumamente importante en todo el libro. Creo que, literalmente, en ningún momento ignoramos dónde está el norte y en qué dirección marchan los protagonistas”: Ursula K. Le Guin—. La narración se construye a través de episodios en los que una aventura tensa sigue a un momento de respiro. Así, por ejemplo, a la incursión en el Bosque Viejo, donde el bosque mismo ataca a los hobbits, sigue el encuentro con Tom Bombandil, quien los rescata del viejo sauce. Del encuentro con Tom pasan a la aventura en los túmulos y el ataque del tumulario, de quien logran escapar gracias a los recuerdos felices de Frodo y a que puede convocar a Bombadil.
Ursula K. Le Guin, en su ensayo La estructura rítmica en El Señor de los Anillos, utiliza el episodio en los túmulos para ahondar en el sentido de ritmo con el que Tolkien construyó la obra.
“Niebla en las Quebradas de los Túmulos”, unas catorce páginas, elegidas casi al azar, si bien buscaba una sección en la que los personajes viajaran, porque los viajes son un elemento principal de la historia. Peiné el capítulo recabando cada imagen, suceso y emoción importantes y anotando en particular los elementos recurrentes o las fuertes similitudes de palabras, frases, escenas, acciones, sentimientos e imágenes.
Esa elección que ella plantea como casual no lo es tanto. El tono y la atmósfera opresiva y ominosa con las que Tolkien construyó ese episodio son los mismos que se pueden encontrar en Las tumbas de Atuan, la segunda novela de la serie de novelas y cuentos que Le Guin construyó sobre Terramar, saga que no se hubiese escrito de no haber existido antes la obra de Tolkien.
Le Guin además de haber sido narradora fue poeta y de ahí que, al analizar el ritmo en El Señor de los Anillos, comience a hacerlo en sus términos más básicos, en los patrones acentuales y de medida propios de la escritura de la poesía más que de la prosa, aunque también presentes en esta:
Woolf y Dickens no escribieron poesía. Tolkien escribió mucha, en su mayoría poemas narrativos y endechas, muchas veces en formas tomadas de su campo de interés académico. A menudo sus versos demuestran una extraordinaria factura en lo relativo al metro, la aliteración y la rima, aunque son fáciles y fluidos, a veces en exceso. Con frecuencia su prosa narrativa tiene poemas intercalados, y al menos una vez en la trilogía Tolkien pasa sigilosamente de la prosa al verso sin señalarlo de manera tipográfica. En La Comunidad del Anillo, Tom Bombadil habla métricamente.
Le Guin ha leído a profundidad y con atención El Señor de los Anillos, con una atención que a nosotros que leemos la obra a través de su traducción se nos dificulta conseguir.
La prosa de Tolkien sigue la proporción normal de la narrativa, con una sílaba tónica de cada dos a cuatro. En pasajes de acción y sentimientos intensos la proporción puede aumentar hasta casi el cincuenta por ciento, como en poesía, pero, aun así, salvo las palabras de Tom, es irregular, no puede escandirse.
Pero el ritmo está ahí, Le Guin observa también a un poeta que conoce su oficio y no se puede permitir dislates que para un oído no entrenado pueden ocurrir.
El relato corre en cadencias equilibradas durante los pasajes de acción épica, con un ímpetu majestuoso que recuerda la epopeya, pero sigue siendo pura prosa. Tolkien tenía un oído demasiado bueno y demasiado entrenado en la prosodia como para caer en el verso sin darse cuenta.
El ritmo se construye, por supuesto, palabra a palabra y frase a frase, cada lengua provee de una forma particular a su prosa —ya no digamos a su poesía—, de su forma particular de construir un ritmo palabra a palabra —Tolkien, filólogo y lingüista, es muy consciente de ello.
Esa formación de Tolkien le permite utilizar un sinfín de recursos que le facilitan construir su obra. Él mismo lo dice, en su ensayo Sobre los cuentos de hadas, que escribió a finales de los 1930, cuando comenzó la escritura de El Señor de los Anillos: “Un buen artesano ama sus materiales y posee el conocimiento y la intuición de la arcilla, la piedra o la madera que solo el arte de trabajarlos puede proporcionar”. No duda en convocar elementos de la poesía, al hacer hablar a Tom o con las canciones de Bilbo o de los elfos, o elementos de la oralidad o de la prosa moderna, al respecto Le Guin apunta:
En los relatos orales, que en general preservan muchos elementos formales, se puede establecer una estructura rítmica repitiendo ciertas palabras claves y agrupando los hechos en semirrepeticiones de cosas similares y acumulables: piénsese en “Los tres osos” o “Los tres cerditos”. Las fábulas europeas utilizan tríadas; las historias de los nativos norteamericanos tienden a agrupar las cosas en conjuntos de cuatro. Con cada repetición se afirman las bases del acontecimiento culminante y se hace avanzar el relato. […] En una novela de una concepción tan profunda y una escritura tan artística como El Señor de los Anillos, esos elementos operan juntos de un modo indisoluble y simultáneo.
Tolkien logra que la narración de su obra tenga la cualidad de una narración oral, envolver a sus lectores como se envuelve al escucha de un cuento de hadas. Por supuesto, cuando él habla de cuentos de hadas no se refiere a las historias que proliferaron a partir del siglo XIX, donde las hadas son seres diminutos o las historias han sido edulcoradas a tal grado que resultan empalagosas —en sus cartas señaló, por ejemplo, su desagrado con la adaptación de Blancanieves que realizó Disney en 1937, sobre todo por la forma en la que representó a los enanos—, le interesan más los cuentos de hadas de las tradiciones orales, los cuales son su fuente —como las compilaciones que hizo Andrew Lang, y las cuales llegó a leer en su propia infancia—, a eso es a lo que aspira, a que El Señor de los Anillos tenga esa dimensión narrativa que tienen las historias orales contadas al calor del fuego y que hablan de los otros seres que habitan los bosques. En el citado ensayo Sobre los cuentos de hadas lo expresa en los siguientes términos:
Sospecho, sin embargo, que esta delicadeza de porcelana fue también un producto de la “racionalización”, que convirtió la fascinación del país de los elfos en mera delicadeza, y su invisibilidad en fragilidad que podía ocultarse en una prímula o quedar encogida tras una brizna de hierba. Tal noción comenzó a ponerse de moda poco después de que los grandes viajes empezaran a reducir demasiado el mundo como para albergar juntos a los hombres y los elfos: esa época en que la mágica región occidental de Hy Breasail se transformó en el simple Brasil, la tierra del palo brasil.
Aquí es evidente el pensamiento conservador que se le ha criticado, como lo hace Michael Moorcock en Epic Pooh, quien señala que no solo en los seres mágicos, sino en los valores de grupos específicos que retrata en su obra se manifiesta ese conservadurismo:
[Tolkien] Como Chesterton y otros escritores ortodoxos cristianos que sustituyeron fe por el rigor artístico él ve a la pequeña burguesía, los artesanos honestos y los campesinos como el baluarte contra el caos. Esta gente es siempre es retratada en con tal sentimentalismo en esas ficciones porque tradicionalmente son siempre los últimos en lamentar cualquier deficiencia del status quo [la versión al español es propia]
Así, por ejemplo, se puede hacer una lectura de los hobbits como esos campesinos, artesanos honestos y de la pequeña burguesía. A lo largo de El Señor de los Anillos una de las formas en las que se caracteriza la maldad es a través de la implementación de la técnica o del desarrollo que puede interpretarse como encaminado a la industrialización y la destrucción del medio ambiente —las acciones, por ejemplo, de Saruman en Isengar—. Este último punto jugó a favor de la difusión de la obra porque tuvo una resonancia positiva en los incipientes movimientos ambientalistas de los años 1960 y 1970.
Se puede objetar, por supuesto, que Tolkien se opuso a ese tipo de lecturas de su obra, que nunca tuvo la intención de hacer alegoría alguna en El Señor de los Anillos, como cuando apuntó que no pretendía que su obra fuera leída en la clave de las dos guerras mundiales —aunque haya luchado en la primera y el enemigo en su obra amenace en el oriente, como lo hizo Alemania, el principal enemigo de los británicos en ambos conflictos—. Pero la intención del autor es una cosa y su obra otra, y este poco o nada puede hacer para que surjan diversas lecturas, algunas contradictorias con sus propias intenciones. Por ello no es de extrañar que Moorcock vea en la obra de Tolkien una manifestación de la ideología inglesa que permitió, por ejemplo, el ascenso de Margaret Tathcer —Epic Pooh fue redactado mientras ella era primera ministra—.
Él [Tolkien] ha clamado que su trabajo era primeramente lingüístico en su concepción original, que no hay símbolos o alegorías que se puedan encontrar en ella, pero sus creencias permean el libro tan completamente como lo hacen en los libros de Charles Williams y C. S. Lewis, quienes, consciente o inconscientemente, promueven su torysmo ortodoxo en todo lo que escribieron. Mientras que hay un argumento por la naturaleza reaccionaria de los libros, ciertamente ellos son profundamente conservadores y con una fuerte posición anti-urbana […]. Yo no creo que estos libros sean ‘fascistas’, pero ciertamente no se oponen a la ilustración Tory con la que los ingleses se reconfortan a sí mismos tan frecuentemente en estos perturbados tiempos. No tienen ningún cuestionamiento para los hombres blancos que pretenden saber qué es mejor para todos.
Para Moorcock la obra de Tolkien es solo un síntoma de un problema mayor, es, por supuesto, la principal obra contra la que dirige sus ataques, pero no es la única. El énfasis que hace contra El Señor de los Anillos surge precisamente de la difusión y repercusión que esta obra tuvo desde su aparición.
después de la Primera Guerra Mundial, adoptaron los mitos sentimentales (particularmente el mito del sacrificio) que hicieron la guerra soportable (y ayudaron asegurar que fuéramos capaces de soportar más guerras) proveyéndonos con una miserable ética de pasiva “decencia” y autosacrificio, por medios de los cuales los británicos fuéramos capaces de consolarnos a nosotros mismos en nuestra apatía moral (incluso Buchan detuvo sus diatribas antisemitas para proveer algunas de estas obras). […] El Señor de los Anillos es una perniciosa confirmación de los valores de una nación en declive, con una clase moralmente en bancarrota cuya cobarde autoprotección es responsable de los problemas de Inglaterra.
Moorcock va todavía más allá en su crítica a Tolkien:
El género comercial que se desarrolló a partir de Tolkien es probablemente el efecto que más consterna. Crecí en un mundo en el que Joyce era considerado el mejor escritor anglófono del siglo XX. Sucede que yo creía que Faulkner es mejor, mientras que otros eligen a Conrad, decir Thomas Mann es un gigante ejemplar de moral y ficción mítica. Pero introducir la fantasía de Tolkien a un debate así es una triste observación de nuestros estándares y ambiciones. ¿Es una señal de nuestros tiempos más lerdos que El Señor de los Anillos reemplace al Ulises como libro ejemplar de su siglo?
No me corresponde a mí colocar en una escala las novelas del siglo XX, la reacción de Moorcock surge, como ya señalé, de la enorme difusión y repercusión que la obra de Tolkien tuvo —en Estados Unidos, por ejemplo, se generalizó sobre todo a partir de 1964 cuando se hizo la edición de pasta blanda que fue muy accesible para diversos públicos y coincidió con la llegada a ese país de otros productos culturales como, por ejemplo, The Beatles—. Desde entonces numerosos autores, tanto del mundo anglófono como fuera de él, reconocen su deuda con Tolkien, el fenómeno de masas que significó a partir de la adaptación cinematográfica de Peter Jackson. Estos son solo algunos de los ejemplos del fenómeno que produjo El Señor de los Anillos.
Incluso entre quienes se saben deudores de Tolkien no deja de haber críticas, como las señaladas por George R. R. Martin, el autor de Canción de hielo y fuego, la saga en la que se basó la exitosa serie de televisión de HBO Juego de Tronos. Martin, en una entrevista para Mikal Gilmore que se publicó en The Rolling Stones, dijo:
Gobernar es difícil. Esto [Canción de hielo y fuego] fue mi respuesta a Tolkien, a quien, por mucho que yo admiro lo critico. El Señor de los Anillos tiene una filosofía muy medieval: si el rey es un buen hombre el reino prosperará. Vemos la historia real y no es así de simple. Tolkien puede decir que Aragorn se volvió rey y reinó por cien años, y que fue sabio y bueno. Pero Tolkien no se pregunta ¿cuál fue la política tributaria de Aragorn? ¿Mantuvo un ejército permanente? ¿Cuál fue su respuesta en tiempos de inundaciones o hambrunas? ¿Y qué hay de todos esos orcos? Al final de la guerra Sauron se ha ido, pero no todos esos orcos —estaban en las montañas. ¿Aragorn promovió una política de genocidio sistemático y los mató? ¿Incluso a los pequeños bebés orcos?, ¿en sus pequeñas cunas orcas? [versión propia].
Así, Martin comenzó a construir su propio universo literario a través de la laguna que él consideró había en El Señor de los Anillos. Canción de hielo y fuego terminó siendo una obra más amplia, mucho más amplia, que la obra de la que abrevó, lo cual es solo una muestra de la influencia y fecundidad que la obra de Tolkien ha tenido desde su aparición. El mismo Martin, en una entrevista del 2014, realizada por Jim Windolf para Vanity Fair, lo planteó de la siguiente manera:
Es algo que tomé de Tolkien, en los términos de la estructura inicial del libro. Si ves El Señor de los Anillos, todo comienza en la Comarca con el cumpleaños de Bilbo. Tienes un foco demasiado pequeño. Tienes el mapa de la Comarca justo en el inicio del libro —piensas que es el mundo entero. Y luego ellos salen. Cruzan la Comarca, lo cual parece épico por sí mismo. Y luego el mundo sigue agrandándose y agrandándose. Y luego se añaden más y más personajes, y luego esos personajes se separan. Esencialmente vi al maestro ahí y adopté la misma estructura. Todo en Juego de tronos comienza en Invernalia [versión propia].
Esta obra de fantasía seduce a muchos de sus lectores —no a todos, por supuesto, y algunos, como Moorcock, han apuntado la problemática de los valores maniqueos que presenta—.
Tolkien imbuye su obra en el aura de las obras imperecederas, mientras se lee El Señor de los Anillos se tiene la sensación de adentrarse en una historia que ha sido contada una y otra vez por siglos. Quizá sea producto de su deseo de construir una mitología y un mundo a las lenguas que inventó —como señaló en sus cartas—, de la necesidad de seres que hablaran el quenya, el sindarin, la lengua oscura y el resto de las lenguas que llegó a inventar. De ahí surgió también la necesidad del woldbuilding de El Señor de los Anillos, esas lenguas inventadas no solo necesitaban quién las hablara, sino un espacio y mitos que fueran narrados y cantados en ellas, además de un espacio en el que sus hablantes se movieran y así surgió la Tierra Media y sus montañas, sus ríos, sus bosques y reinos de los hombres y los elfos.
El creador de ese mundo, conocedor de múltiples idiomas y de múltiples mitos, reviste con sus estructuras tanto a sus lenguas como a su gran mito, la epopeya de seres humildes que viven en cuevas y toman dos desayunos. Construye una narración que trata de emular los ritmos naturales y que adentra en su mundo a quien lo lee, como bien apunta Ursula K. Le Guin:
Partí de la impresión de que, en la narración, es probable que a un suceso oscuro le siga uno más luminoso (o viceversa); que cuando los personajes han realizado un esfuerzo tremendo, luego pueden tomarse un respiro; que cada acción suscita una reacción, de naturaleza nunca predecible, pues la imaginación de Tolkien es inagotable, pero de tipo más o menos predecible, como el día que sigue a la noche y el invierno al otoño.
Pero, no hay que olvidar que es una emulación, es parte del artificio del creador, hacer creer que se lee una historia que ha permanecido en la memoria por un tiempo inmemorial, una historia que él solo rescató de los anales de la Comarca, como apunta en el prólogo. Sin embargo, se lee una obra del siglo XX, una obra en la que su autor era consciente de sus lectores y de los alcances que puede tener la prosa. Otra vez Le Guin lo plantea en estos términos:
Por supuesto, esta alternancia “trocaica” entre tensión y alivio es un recurso elemental en cualquier narración, desde los cuentos populares hasta Guerra y paz; pero Tolkien la emplea de un modo llamativo. Y eso, entre otras cosas, confiere a su técnica un aire destacado a mediados del siglo XX.
El excombatiente de la Primera Guerra Mundial, el maestro de Lengua y Literatura inglesas de Oxford, logra que su obra adquiera la atemporalidad, poco importa, mientras se siguen los pasos de Frodo y Sam hacia el Monte del Destino o del resto de los miembros de la Comunidad del Anillo, que el libro haya sido publicado en los años 1950. Lo que se quiere saber es cómo logran enfrentar las aventuras que se les presentan, cómo es descansar en Rivendel o recuperar fuerzas en Lòrien o cómo fue cruzar Moria.
La sensación de encontrarse con una obra imperecedera es uno de los logros de Tolkien. En Sobre los cuentos de hadas, que escribió cuando comenzaba a construir El Señor de los Anillos, apuntó a esta cuestión:
La Renovación (que incluye una mejoría y el retorno de la salud) es un volver a ganar: volver a ganar la visión prístina. No digo “ver las cosas tal cual son” para no enzarzarme con los filósofos, si bien podría aventurarme a decir “ver las cosas como se supone o se suponía que debíamos hacerlo”, como objetos ajenos a nosotros.
Y en su obra lo consigue, al leer El Señor de los Anillos se tiene esa sensación de objetos ajenos a nosotros, pero que, sin embargo, están encaminados a pertenecernos, al hacernos partícipes de su aventura. Ese mundo imperecedero de las historias, que en su ensayo Tolkien llama Fantasía, es al que él en su novela sobre la destrucción del anillo nos introduce. Ese mundo maniqueo en el que las fuerzas del bien han de prevalecer y las del mal han de ser destruidas, en el que la voluntad de poder puede corromper todo y que, sin embargo, es lo que permite, en primera instancia, que haya una historia que contar, de ahí que sea Sauron y uno de sus epítetos los que dan nombre al libro —recuérdese que la intención original de Tolkien fue publicarlo como un solo libro, pero fue su editor quien optó por volverlo una trilogía—.
Han pasado setenta años desde su primera publicación —cuando incluso W. H. Auden la reseñó favorablemente en el The New York Times; Auden fue alumno de Tolkien en Oxford en los años 1920—. ¿Qué ha significado desde entonces?, ¿cómo se ha leído? Apenas puedo responder a esas preguntas con meras aproximaciones, sobre todo limitado por mi experiencia lectora, aproximaciones que para otros lectores podrán ser inválidas. Sin embargo, aquí pongo mi intento de responder a esas preguntas, y a algunas otras que surgieron mientras escribía este texto, este intento de entender una obra y mi lectura de ella.
Una obra, por mucha repercusión, por muchas resonancias narrativas de las que esté imbuida y por muchos ecos que tenga, es poco si sus lectores no encuentran algo en ella. En mi caso, cuando la leí por primera vez, encontré un refugio, un escape del mundo en el que vivía —una pequeña ciudad del norte de México donde ni siquiera me atrevía a declararme abiertamente a mí mismo quién era—. Encontré una aventura y la forma en la que alguien podía construir todo un mundo con sus historias, sus mitologías, sus razas y hasta sus lenguas. Un mundo en el que muchas personas desde que se publicó han encontrado refugio e inspiración —al adolescente que fui le permitía no pensar en la ciudad en la que vivía, pero también me inspiró a tratar de escribir una aventura fantástica, intento que, por otra parte, para bien, se ha perdido en la noche de los tiempos—.
Portada de la primera edición de “The Fellowship of the Ring”, Tolkien. George Allen & Unwin, 1954.
En una cuna, estaba sentado un anciano. El escaso cabello, la barba larga y sus piernas frágiles que colgaban de entre los barrotes revelaban una edad aproximada de 70 años. Esperaba en una habitación hasta que sus primeras palabras rompieron el silencio: “¿Eres mi padre?”. El hombre apenas tenía unas horas de nacido en 1860.
La pregunta se dirigía al propietario de la compañía Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, Roger Button. Su bebé había sido condenado a vivir la juventud con la apariencia de un anciano; mientras que a su vejez llegaría en las condiciones físicas y mentales de un niño que apenas toma conciencia de sí mismo.
La contradicción también afecta a las personas en el ocaso de sus últimos días, cuando los recuerdos se convierten en el único tiempo habitable y la memoria es el vestigio que aún permanece de la identidad. Bajo estas circunstancias inusuales nació el hombre cuya vida fue un reloj que marchaba hacia atrás. El mundo lo conoció a través del cuento de F. Scott Fitzgerald, “El curioso caso de Benjamin Button”, publicado el 27 de mayo de 1922.
Benjamin Button, el hombre detrás de las paradojas
Benjamin Button es una creación del autor Francis Scott Key Fitzgerald, nacido el 24 de septiembre de 1896 en St. Paul, Minnesota, autor que dejó una huella indeleble en la literatura estadounidense con sus obras que capturan el espíritu de la Era del Jazz.
Hijo de Edward Fitzgerald y Mary (Mollie) McQuillan, Fitzgerald combinó en su escritura las influencias de su ascendencia, la literatura, su paso por Princeton, su relación con Zelda Sayre Fitzgerald, y su lucha contra el alcoholismo. Su vida y obra, marcadas por sus ambiciones y desafíos personales, reflejan una época de grandezas y decadencias en el contexto estadounidense del siglo XX.
En Princeton vivió una de sus etapas más fructíferas para su desarrollo literario. Sin embargo, la interrupción de su educación por su servicio en el ejército durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y su objetivo de casarse con Zelda Sayre, fueron algunos de los reveses a los que se enfrentó antes de alcanzar su potencial.
El paso de la guerra tuvo consecuencias sobre su juventud y el innegable talento que poseía. La colisión entre el arte y la desolación del conflicto bélico provocó un impacto tan profundo en él que su novela El gran Gatsby (1925) y el cuento “El curioso caso de Benjamin Button” tienen referencias directas a este enfrentamiento armado.
En ambas obras, la guerra es un punto de inflexión en la decadencia de los personajes. Para Gatsby significó la renuncia momentánea del amor y sus sueños de alcanzar una mejor posición social. Button, quien prestó servicio en la Guerra hispano-estadounidense, representó la muerte de la inocencia. Fue un proceso en el que el hombre buscó nuevas experiencias a una edad avanzada, fuera de su familia con su esposa, Hildegarde Moncrief, y su hijo, Roscoe.
Ascendió dentro del ejército al grado de teniente coronel. Su experiencia en posiciones privilegiadas hizo que Button se separara de sus años apacibles junto a su padre y abuelo. También se olvidó del cariño de un hogar. El hombre reconoció estas consecuencias por medio de una contradicción. Con 50 años, pero apariencia de un chico de 16, intentó regresar a la armada. Un soldado se burló de él apenas se presentó en el cuartel.
Al igual que en el cuento, las contradicciones también colmaron la trayectoria de Fitzgerald. El autor se vio a menudo atrapado en el torbellino de la celebridad y las dificultades financieras, a pesar de que su trabajo en revistas populares y el éxito inicial de sus novelas permitieron un estilo de vida extravagante.
La relación con Zelda fue una fuente de inspiración y un suplicio; el amor intenso, la creatividad, la tragedia debido a la salud mental de la mujer y el alcoholismo de Fitzgerald. Sin embargo, los problemas encontraron un lugar en sus obras, en las que abordó temas de aspiración, pérdida y el sueño americano, aspectos que lo consolidaron como un cronista de su era.
Benjamin Button fue un personaje con el que Fitzgerald exploró la forma en que las paradojas forman parte de la vida. El hombre que nació viejo tuvo que llevar una infancia repleta de los límites físicos de la vejez, pero impulsada por el deseo de amor fraternal y las preguntas de una niñez curiosa.
Las decisiones que tomaba parecían ser determinadas por una edad interna que se contraponía a su aspecto. El desarrollo de Button siempre iba en contraste con una madurez gradual a la que llega el resto de las personas al envejecer, así lo demostró al cumplir 50 y tomar la elección errática de alistarse al ejército. Era una eterna marcha hacia atrás que permitía tener algunos puntos de encuentro con sus familiares más viejos.
Cuando era un niño y aparentaba tener la edad de su abuelo, encontró en él una compañía dulce en sus esfuerzos fallidos por socializar con otros chicos. En su juventud lucía como un hermano de su padre, con quien encontró cierta afinidad y un modelo para actuar con cautela, aunque era un joven impulsivo.
Las paradojas del hombre son inmortales porque remiten a un ser repleto de contradicciones: el humano. El personaje trazaba una concatenación de tiempos externos e internos yuxtapuestos. Desde el día de su nacimiento hasta su muerte, él fue una improbabilidad.
La historia de Benjamin Button es una crónica de instantes que se contraponen en dos tiempos distintos, el externo y el interno. Si bien el cuento tiene una narración lineal, el protagonista rechaza el ritmo y avanza en dirección opuesta. En su infancia obtuvo una madurez anticipada, a causa del aislamiento por su condición.
En los momentos que pasó junto a sus familiares varones, encontró lugares que podía visitar por medio de las vivencias de su abuelo y su padre. Aprendió a valorar la vida al punto de formar su propia familia, a construir un hogar. En la vejez, experimentó una ausencia de su identidad.
Antes de este punto, Button recorrió un camino de penurias, alegrías y deseos. En los destinos a los que llegó, encontraba una oportunidad para convertirse en quien quiso ser, sin importar cuantas veces haya cambiado de opinión. Nunca fue demasiado viejo, o en su curioso caso, demasiado joven para hacerlo. La paradoja de sus edades físicas e internas hicieron de él un hombre sin tiempo.
Su esposa e hijo definieron una de las decisiones que cambiaron la forma en que comprendía su realidad. La suma de las personas que lo acompañaron y las pasiones que conoció a través de otros formaron parte de su historia e influyeron en los impulsos que lo hacían continuar, a pesar de rejuvenecer con cada año. El cúmulo de esas experiencias para él fueron la vida misma, sin importar sus actos.
Se convirtió en militar, empresario y un niño sin memoria al final. Los cambios drásticos y en colisión entre sí, como las olas de un mar enfurecido al estrellarse en la costa, provocaron que el hombre dejara partes de sí mismo en cada paso que daba.
Un mar que se olvidó a sí mismo
Las lecciones que Benjamin Button aprendió cuando era joven, lo abandonarían en su vejez, etapa en la cual los niños y los ancianos suelen tener conductas similares. Ambos son seres que carecen de personalidad. El primero, la busca a través de los años; el segundo, llega a perderla con el pasar del tiempo.
Esta lucha eterna entre la memoria y el olvido podría ser un reflejo del final de Fitzgerald. Sus últimos años estuvieron marcados por intentos fallidos de resurgimiento tanto en su carrera como en su vida personal. A pesar de trasladarse entre Europa y Estados Unidos en busca de un nuevo comienzo y de trabajar en Hollywood en la industria del cine, Fitzgerald nunca logró recuperar completamente su estatus previo.
Falleció el 21 de diciembre de 1940, creyéndose a sí mismo fracasado, sin presenciar la inmortalidad de su obra, que capturaró el imaginario colectivo y aseguraró su lugar entre los más grandes escritores de Estados Unidos y de la literatura universal.
El final de Benjamin Button predijo las emociones con las que murió Fitzgerald. El personaje del cuento, convertido en un niño de corta edad, pasó el final de su vida bajo el cuidado de una mujer. Los días eran confusos entre sus lloriqueos cada vez que tenía hambre y la suave superficie de su cuna.
El pasado se había ido, solo existía un presente perpetuo en el que había olvidado quién era, la persona que había sido y la gente con la que aprendió a habitar su mundo. Tanto el autor como el protagonista del relato nunca pudieron reconocerse en los días previos a su muerte.
Los recuerdos para ambos eran sombras a las que perseguían con desesperación e intentaban recrear lo mejor que podían. La búsqueda de la identidad con la reminiscencia es un rito cíclico. Uno de los libros que lo aborda con una estructura no lineal es Farabeuf o la crónica de un instante (1965), de Salvador Elizondo.
En la antinovela, el tiempo desaparece y funciona como un bucle en el que se intentan recordar los vestigios de un encuentro entre Farabeuf y una mujer desesperada por saber quién es. Un rito que Salvador Elizondo narra en su novela, en la que una mujer debe rememorar junto al protagonista los pasajes de su juventud, para finalizar con la búsqueda de su ser.
La trama se entreteje a través de eventos repetitivos sin continuidad aparente, como los últimos días de Button. En ocasiones, el autor presenta momentos cruciales como el instante en una playa, el suplicio chino y el encuentro de una pareja en una casa abandonada, los cuales se ven interrumpidos por la falta de temporalidad.
La obra alcanza el final, cuando la preparación detallada de un personaje para su muerte parece ofrecer un escape momentáneo a esta serie de instantes congelados, solo para regresar a la repetición en el desenlace.
El cuento de Fitzgerald tiene un final parecido. Button muere en su cuna sin saber quién fue ni dónde estaba. Los vestigios del pasado, su carrera militar, la familia que inició y las herencias de su padre, se perdieron en la vacuidad de su mente. Las percepciones incluso eran difusas, sonidos, olores y luces lo confundían hasta que solo hubo oscuridad.
El camino que emprendió desde su nacimiento lo obligó a vivir como un hombre mayor a una edad temprana y buscar aventuras a medida que aparentaba ser un niño. Mientras rejuvenecía, se extraviaba entre la madurez que tuvo en épocas pasadas y el olvido que llega al envejecer. Ante los ojos de los demás, era un pequeño sin memoria que ya había hecho su vida.
El contraste entre las edades internas y externas de Button dibujó ondas que chocaban entre sí en la superficie del océano en calma que era su memoria. El hombre sin tiempo parecía un mar que se había olvidado a sí mismo. Quienes una vez surcaron sus olas en paz, terminaron perdidos junto a él en una eterna marcha hacia atrás.
Estadio “Nido de Los Águilas”. Fotografía de Jon Gudorf, 2009. CC BY-SA 2.0
Crecí a pocas cuadras de un estadio de béisbol. Era el único estadio con capacidad suficiente para albergar torneos internacionales en la ciudad de Mexicali. Junto a mis padres veía los partidos por Canal 66 y los batazos de hit o de jonrón los escuchábamos en la sala unos segundos antes que en la televisión. La colonia Pro-Hogar retumbaba, era el llamado para que los ladrones de baterías de carro se pusieran a trabajar, mientras todos se preguntaban sobre el acontecer en el diamante. El estruendo de los maderos era así de potente. Luego, el sonido local describía los turnos al bat, nombres de una lista de interminables patrocinadores y colocaba canciones que iban de acuerdo con una serie de juegos de cámaras que enfocaban a los asistentes para obligarlos a darse un beso, a bailar, o simplemente a aguantar las burlas de algún chiste barato. A lo lejos se miraba humo, cuyas cortinas obtenían un efecto más dramático a contraluz de las enormes luminarias del nido de las Águilas.
A pesar de la cercanía, visité el estadio menos de diez veces en toda mi vida. La primera vez que lo hice me dio miedo. Los baños tenían esos urinales en forma de bebedero de ganado en el que perfeccionas el arte de ver la pared o el techo en lugar del prójimo. Más de tres bandas le ponían ambiente sinaloense a la cosa, en diferentes accesos y en compañía de edecanes de la Tecate y Telcel. Pero otra cosa fue la que me enamoró por completo de visitar las afueras del estadio durante la temporada regular, incluso sin boleto: las bubas.
La historia de las bubas es una de ídolos del béisbol y mercadotecnia. A inicios de este siglo, un jugador llamado Charles Smith consiguió hacerse de varios títulos individuales de bateo en dos equipos de la Liga Mexicana del Pacífico, Venados de Mazatlán y Águilas de Mexicali. Pero además de estos récords, su memoria vive a través de la oferta gastronómica en los estadios de béisbol. El apodo del jugador, “Bubbba”, comenzó a utilizarse para nombrar a las salchichas para asar. Esas salchichas color rojo cuyo contenido en proteína es un misterio, y donde más que carne hay grasa y un debate eterno sobre si se comen con la membrana que las cubre o no, si se trata de plástico o no.
La buba se parte a la mitad y se cocina en cualquier plancha, pero en el estadio lo hacen en asadores, al carbón, lo que les da un espíritu muy distinto. Entre el sabor del mezquite, la cerveza, la salsa del Amor y las colitas de cerdo, miles de aficionados se entretienen y se emborrachan cada otoño-invierno en los estadios de la LMP. El ambiente es de fiesta, poco importa que algún foul encuentre en su trayectoria alguna cabeza, y si sucede, es un espectáculo.
Conforme avanzaba la campaña, y si es que los Águilas entraban en playoffs, la cantidad de personas en las gradas incrementaba de forma notoria. Desde la esquina de mi casa había un muy buen termómetro: los botes de cerveza tirados en la banqueta, la falta de espacios de estacionamiento y el movimientos de los roba pilas. Si el equipo ganaba o perdía, la gente igual tiraba su basura. La gente igual buscaba espacios para estacionarse afuera del estadio. Los tecolines igual practicaban el oficio. Pero en playoffs todo adquiere un valor distinto, incluyendo las entradas al nido.
Ahora, en 2024 y con las decepciones de una selección de futbol varonil que ha dado resultados por lo menos detestables, pareciera que el béisbol “cobró” importancia en territorio nacional. Sumado a la preferencia del presidente López Obrador, se habla más de béisbol que nunca. Faitelson critica en televisión abierta que la gente va al estadio a emborracharse y a tomar el lugar de los verdaderos aficionados. Las imágenes comparando las naturalizaciones de Randy Arozarena y Julián Quiñones de acuerdo a su performance en los seleccionados nacionales de sus respectivos deportes son brutales. El deporte anda en el ambiente. He sido testigo de personas que se lanzan a jugarlo por primera vez, a ver partidos del Clásico Mundial por primera vez. Desde cierto lugar, pareciera ser que el béisbol es mainstream en México. Por primera vez.
No obstante, siempre voy a pelear contra la idea de que algo se “popularizó” cuando se le empezó a prestar atención en el centro del país. Los norteños defendemos pequeñas islas de honor que existen solo en nuestra imaginación, pero el peso simbólico de lo que representan es tan grande que nunca lo soltamos. El béisbol representa casi casi que “lo nuestro”. Los sonorenses se inflan el pecho con el número de jugadores que han mandado a las Grandes Ligas, los de Sinaloa no desaprovechan ninguna oportunidad para presumir sus estadios, los de Mexicali nos defendemos con que la frontera es una ventaja para traer jugadores y demás. Para ser justos, en este caso, el béisbol no es el deporte más popular tan solo en el norte, todo el sur también cuenta con equipos importantes que juegan en la liga del verano, la Liga Mexicana de Béisbol.
“Hay que… macanear”, dijo el todavía presidente, con acento tabasqueño y ante la mirada burlona de jugadores profesionales de béisbol, adultos que tuvieron que aguantar la risa. ¿El país escuchó? ¿Estamos macaneando más que nunca realmente? Lo cierto, es que ese mensaje no lo necesitaban escuchar en los extremos de la geografía mexicana. Defiendo que la gente va a un estadio para pasarla bien ignorando el juego, es algo común del ambiente beisbolero en México. Lo musicalizarán distinto dependiendo del lugar donde se encuentre un estadio, pero los fanáticos del béisbol que yo conocí de toda la vida se han dedicado a amar el juego, amar la bebida y amar el baile. Si los equipos ganan o pierden, la fiesta está ahí. La expectativa de un hit puede esperar ante la urgencia del tercer vaso de cerveza, y del cuarto, y del quinto. No va peleado con las personas que se toman el juego en serio. Y de ser así, por pura estadística y negocio, ya hubieran sacado a los serios, y no a los fiesteros.
Para terminar, solo diré que la vida me dio la oportunidad de ver un juego de béisbol en La Habana. El ambiente de fiesta se sentía, no era similar ni de cerca, pero se sentía. Lo verdaderamente electrizante fue que cuando el pitcher lanzaba la bola la multitud entraba en un silencio total. Un estado de meditación colectiva en el que todos los ojos buscaban a la pelota y su destino al final de cada lanzamiento. Se aplaudían las jugadas interesantes del equipo rival, a la manera del futbol europeo. Nunca vi algo así en México, y de entrada pensé que eso hablaba muy bien del significado del juego en Cuba. Lo que quiero decir, es que pensé que ese conjunto de sucesos les daba una especie de superioridad en el entendimiento del juego. Aunque, sin duda alguna el béisbol en el Caribe cobra tintes religiosos, he llegado a entender que los deportes se manifiestan como fenómenos sociales muy diferentes de país a país, de región a región.
Mi tierra es un lugar donde las bubas del estadio, con secciones achicharradas por el carbón, son indispensables. Una banda sinaloense o un norteño en diferentes accesos de los estadios es cosa de cada temporada. Apretar los dientes y pedirle a dios que no vaya a aparecer tu cara junto a una caricatura en la pantalla gigante es una rutina cotidiana que no respeta entre gente común y famosos.1 La tierra en donde nací, a final de cuentas, es un lugar cálido, donde las fechas en las que comienza la temporada, otoño-invierno, ya son motivo suficiente para celebrar, para salir cada noche después de haber estado encerrado un verano entero para no sufrir el calor. Las botanas bien calientes, y la cerveza bien helada, por costumbre, acompañan el apoyo a los equipos locales.
Una afición divertida que combina las experiencias de concierto de banda, asistencia a evento deportivo, degustación de carnes frías, mariscos y cerveza, es un escándalo para algunos. Para nosotros, quienes componemos la cultura del Pacífico Norte, que va desde Mazatlán hasta Tijuana,2 tan solo es un día más en la temporada regular de la Liga. Dios no quiera que nos civilicemos un día y empecemos a comer guisos.3 Para nosotros, el silencio de la grada solo se presenta entre los segundos que hay después de un buen hit y la llegada de la pelota al guante del rival, al césped o al exterior de la barda. Después, la fiesta siempre continúa. Adentro y afuera de los estadios. Siempre. Nadie nos robará la alegría.
Svetlana Alexiévich. Fotografía de Elke Wetzig, 2017. CC BY-SA 3.0
En diciembre de 2015 la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich recibió en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura. Como sucede en esos casos, la nominación trajo consigo la difusión planetaria de su obra. A nuestro país sus libros (o por lo menos dos de ellos: Voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer) llegaron un mes antes, en noviembre, y colmaron los escaparates de prácticamente todas las librerías. Para entonces, en América Latina, Svetlana era prácticamente una desconocida.
Recuerdo bien que, al furor de los días posteriores a que se anunciara la ganadora del Nobel de aquel año, algunas voces, todas masculinas, se alzaron para tratar de desestimar los méritos artísticos y literarios de Svetlana, cuya obra el comité de la Academia Sueca acababa de referirse como “un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.
Entre otras cosas, aquellas voces “críticas” tildaban a Svetlana de ser una autora efectista, interesada en conmover a sus lectores, y por cuyas páginas corrían ríos de vehemente sentimentalismo. Otros fueron aún más allá y se atrevieron a cicatear la condición de escritora de Svetlana, a la que acremente se referían como “una simple periodista”.
Así pues, decidí comprobar si aquellas afirmaciones y percepciones de grandes e ínclitos señores tenían algún dejo de verdad. Comencé con La guerra no tiene rostro de mujer. Acodado en la barra de la cantina El Recreo, emprendí su lectura. Inicialmente pensé que sería un libro sobre la guerra; sobre la historia de las mujeres en la guerra. Pero pronto comprendí que se trataba de una obra más bien poco convencional, porque como declara la misma autora en las primeras páginas, “las personas son más que la guerra”.
Comienzo a leer y un efluvio de voces de la vida diaria, todas femeninas, de historias de compasión y de dolor aparecen frente a mis ojos. Y es que es preciso recordar que durante la Segunda Guerra Mundial el fenómeno femenino se hizo más que patente. Las mujeres participaron como nunca en todos los frentes de todos los ejércitos. Sin embargo, el caso del ejército soviético no tiene parangón: más de un millón de mujeres sirvieron en todas las especialidades militares. Francotiradora, conductora de carro tanque, jefa de sección de zapadores, partisana, cirujana militar… el femenino de esas “actividades y condiciones masculinas” surgió durante esa guerra.
Y este libro es sobre ello. No sobre la guerra, sino sobre las voces sobrevivientes de cientos de mujeres que participaron en el Ejército Rojo. Es un relato documental que, como la misma Svetlana lo confiesa, “rastrea el sentimiento, no el suceso”. Y más adelante puntualiza enfática, ella que como a muchos soviéticos se les trató de convencer que eran hijos de la Gran Victoria: “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy una historiadora del alma. […] Una historiadora de lo etéreo”.
La declaración es brutal y contundente. Y a este propósito, evoco al gran José Emilio Pacheco que, en su “Inventario” del 25 de diciembre de 2010, se refirió a la condición del “sentimentalismo”: “‘Sentimentalismo’ es la cualidad del sentimental, es decir, quien alberga o suscita sentimientos tiernos o amorosos y la persona propensa a tales sentimientos”. Hoy como ayer el sentimentalismo es un lastre para un mundo basado en la rapiña y la codicia. El primer mandamiento del decálogo hitleriano fue abandonar toda forma de sentimentalismo, en primer término, la compasión.
¿Por qué como civilización hemos preferido palabras vinculadas a la guerra (victoria, enemigo, triunfo, correcto, razón, poder) por sobre aquellas asociadas a lo que podríamos llamar humanismo? Y no solo eso: ¿por qué estas últimas (como el sentimentalismo) a menudo provocan escozor, malestar, fastidio o, en el mejor de los casos, nos parecen una ramplonería, una cursilería?
Aunado a esto, el sentimentalismo ha sido estereotipado y endosado al universo de lo femenino. Al respecto, Svetlana despliega la tesis principal de su libro: la guerra no tiene rostro de mujer. “No logro quitarme de encima la sensación de que la guerra es fruto de la naturaleza masculina, de la que en muchos aspectos me siento muy alejada”; del patriarcado, del machismo… Porque las mujeres protagonistas de este libro saben que por encima de todo está vivir, y hablen de lo que hablen, siempre tienen presente la misma idea: “la guerra es ante todo un asesinato”. Por su parte, los hombres “permiten” con apatía y condescendencia que las mujeres entren en su mundo, su territorio: la guerra.
“La guerra es un mundo, no es un suceso… Aquí todo es distinto: el paisaje, el hombre, las palabras…”.
Disminuir la historia
“Yo escribo, reúno las briznas, las migas de la historia”, declara Svetlana. En La guerra no tiene rostro de mujer –y en sus demás libros, como se verá– existe una obsesión constante: la tentativa por disminuir la historia hasta que esta tome una dimensión humana. La obra de Svetlana es un reclamo perenne por defender el espacio de lo diminuto, lo asilado, “ese espacio minúsculo que ocupa un solo ser humano”. El planteamiento conlleva a pensar los grandes sucesos históricos a la luz de lo doméstico. Pequeñez por sobre la grandeza. Porque acerca de las heroicidades hay cientos de libros. Existe una extensa bibliografía del poder. No así sobre las voces soterradas, anónimas, olvidadas…
Esta dimensión y valor que Svetlana le otorga a lo minúsculo, a lo doméstico y humano, y la consecuente reducción de la Historia, le ha causado severos problemas, reclamos, descalificaciones y hasta demandas judiciales (como veremos más adelante). Ha sido acusada, entre otras tantas cosas, de “vulgarizar” la grandeza de la historia de la gran Patria, de ese enorme país que no hace mucho llamábamos Unión Soviética.
Y es que en la obra de Svetlana no hay artificio, no existe la ficción: “No hace falta inventarse nada. Hay fragmentos de grandes libros en todas partes. En cada persona”, apunta. Por el contrario, se intenta exponer la verdad tal como es. Y para ello recurre a los testigos reales (Los últimos testigos es el título de su segundo libro, por cierto). Dice Svetlana, en el discurso que pronunció en Estocolmo el 10 de diciembre de 2015, al recibir el Nobel: “Es necesaria una ‘superliteratura’. Es el testigo quien debe hablar. También cabe recordar a Nietzsche y sus palabras: ‘Ningún artista tolera la realidad. No puede cargar con ella’”. Por eso la vida real tiene fantasía. Y a propósito de los testigos, también reflexiona sobre la necesidad de aprender a apreciar y admirar “la vertiente oral” que tiene la vida humana.
A este respecto, cuando en 1953 Juan Rulfo publicó su libro de cuentos El llano en llamas, fue criticado por algún sector que opinó que Rulfo solamente había transcrito en ese libro lo escuchado en la región de los Altos de Jalisco. Era una suerte de taquígrafo del habla. Mucho tiempo después, Rulfo tomó esa crítica y la convirtió en broma, así, cada que alguien se atrevía a increparlo sobre por qué había dejado de escribir, contestaba: “Es que ya murió mi tío que me contaba todas esas historias”. La anécdota la traigo a colación porque Svetlana fue juzgada de algo similar: de solo transcribir los testimonios de sus entrevistados. Porque posiciona a los testigos en primer plano. Que sean ellos los que hablen. Y dicho ejercicio, como el de Rulfo o el de muchos otros escritores, requiere de creatividad, entereza, inteligencia y talento, para escuchar las historias, entretejerlas y presentarlas mediante la palabra escrita.
Así pues, contar, subrayar y dignificar aquello que la Historia suele obviar, ignorar o aun borrar; recordar que somos pequeños y que la vida está en lo minúsculo; que las diminutas voces humanas de los testigos hablen son, quizás, las características más valiosas presentes en la obra Svetlana y gracias a ello ha logrado historiar magistralmente los sentimientos humanos de todas aquellas personas a las que escuchó pacientemente.
Cientos de voces a mi alrededor
El gran recurso de Svetlana es la escucha. La escucha, ese menudo problema… El filósofo alemán Karl Lenkersdorf (quien vivió por casi 20 años en la región de Los Altos, en Chiapas, y que se tojolabalizó al vivir como miembro de ese pueblo) plantea en su libro Aprender a escuchar que escuchar siempre implica un esfuerzo consciente. Es decir, no basta “parar oídos”, como reza el dicho. Y aunque conocemos qué es escuchar, no somos buenos escuchando porque, entre otras cosas, no nos enseñaron a escuchar.
En la escuela nos aleccionan para hablar, leer y escribir. Pero por alguna razón no nos entrenan en la otra realidad de la palabra: la escucha. Tal vez porque se da como una actividad pasiva y obvia. Sin embargo, escuchar implica desarrollar y echar a andar una serie de habilidades intelectuales y físicas, tal como sucede cuando hablamos, leemos o escribimos.
Escuchar —siguiendo a Lenkersdorf— implica entender al otro desde su propia perspectiva y respetarlo. Además, requiere de empatía. Significa despegarnos por un momento del mundo del “yo” (ese plagado de ganadores, campeones, jefes, líderes, gritones y sordos) y trasladarse a la realidad del otro, reconociéndolo en su voz escuchada.
Svetlana es una magistral escuchadora. “Flaubert se definía a sí mismo como una pluma humana, yo puedo decir de mí que soy un oído humano”, confiesa. Una gran oreja que escucha a otra persona, que lee su voz. Y añade: “Adoro cómo habla el ser humano… adoro la solitaria voz humana. Es mi gran amor y mi pasión”.
La memoria como creatividad y revelación
El otro gran tópico presente en la obra de Svetlana es la memoria, las imágenes que los testigos guardan en la memoria. Sus obras documentan el pasado a través de la suma de las voces humanas. Pero no el pasado heroico o patriótico, sino el del hombre pequeño. Y para reconstruir la memoria, Svetlana emplea la palabra. La palabra en sus cuatro realidades: escuchada, dicha, leída (leo la voz) y escrita. Gracias a su escritura, la palabra dicha por los otros se corporeiza.
“Los recuerdos son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder”, apunta. Mediante el recurso de la pregunta, Svetlana reúne miles de cintas con horas de entrevistas. Pero, ¿qué pregunta?: “No hago preguntas sobre el socialismo [o la guerra], sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez, o sobre la música, los bailes, los peinados, sobre infinidad de detalles de una vida que ha desaparecido. Esa es la única forma de mostrar, de adivinar algo, inscribiendo la catástrofe en un contexto familiar”, responde.
Para Svetlana recordar y hablar son un acto de creatividad. Porque cuando alguien narra desde su memoria, desde el flujo de la conciencia, “la gente crea y redacta su vida”. Entonces los testigos hablan, y Svetlana escucha. Y cuando esos testigos hablan desde sus pensamientos desenterrados de la memoria aparece la revelación. La memoria como revelación. Amargas y tristes claridades que se develan al echar la mente atrás, recordar y narrar lo vivido…
El libro del tiempo
Svetlana Alexiévich nació el 31 de mayo de 1948, en Ucrania, y ha escrito cinco libros: La guerra no tiene rostro de mujer (1985), sobre las voces de las mujeres sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial; Los últimos testigos (1985), acerca de los niños sobrevivientes que participaron en la guerra; Los muchachos de Zinc (1989), que reúne los testimonios de las madres y los sobrevivientes de la guerra del ejército soviético en Afganistán, entre 1979 y 1989 (y por el cuál Svetlana fue llevada a juicio pues los soldados opinaron que “narra una verdad tan horrible que suena a mentira”); Voces de Chernóbil (1997), sobre el desastre nuclear de abril 1986, y que según Svetlana representó otro tipo de guerra que rompió el hilo del tiempo; y El fin del «Homo soviéticus» (2013), una monumental obra —no solo por su volumen (643 páginas) — sobre el derrumbe y la desarticulación política y cultural del régimen soviético en 1991.
Sin embargo, tras leer toda su obra, uno tiene la sensación de que esos cinco libros son en realidad uno sólo: El libro del tiempo. Traigo las palabras del hermético escritor Cormac McCarthy, cuando afirmaba que todo gran escritor solo posee un único tema. Todo lo demás son solo variaciones. En su caso, el gran tema es la frontera. En el caso de Svetlana, pienso: la condición humana bajo el drama del socialismo; bajo la égida de la época soviética; la historia del alma ruso-soviética. Y ese gran tema es atravesado por tres grandes subtemas: la guerra, la catástrofe de Chernóbil y el colapso de la utopía del imperio socialista.
Pero además Svetlana plantea a lo largo de su obra un tema filosófico muy sugerente: el derecho del hombre a no matar y la filosofía de la vida, en contra posición a la filosofía de la desaparición.
Hacia la mitad de El fin del «Homo soviéticus» hay un relato verdaderamente estremecedor que bien resume el cariz de la obra de Svetlana. Se trata del testimonio de un joven militar que está próximo a contraer matrimonio con la nieta de un veterano que sirvió como alto oficial en el ejército ruso. Aquel venerable anciano, de nombre Iván D., vive muy bien, con honores y con una jugosa pensión. El Estado le ha dado una dacha, de esas que solo le entrega a intelectuales o escritores (como a Turguéniev o Pasternak). En la víspera de la boda, la familia entera se traslada a la dacha para pasar unas vacaciones. Es una finca muy lujosa, familiar, llena de paz. Pero un día las mujeres de la casa se van a la ciudad y solo se quedan en la dacha el joven militar y el veterano Iván. Se emborrachan de lo lindo. Sobre todo, Iván. Entonces, a la luz de las blancas llamas del alcohol, se abre el abismo del horror… El anciano Iván, orgulloso, le confiesa al joven las monstruosidades que perpetró como verdugo al servicio de la NKVD (el Comisariado del pueblo para asuntos interno, antecesor del KGB) contra “los enemigos del pueblo”.
El Estado era el universo de aquel hombre.
Por momentos uno quiere cerrar el libro…
“Solemos creer que los monstruos tienen cuernos y pezuñas. Pero te ves de repente ante un hombre en apariencia normal… Un tipo que se sorbe los mocos, un hombre enfermo que bebe vodka…”, confiesa el joven militar, y añade: “El mal hipnotiza… Se han escrito cientos de libros sobre Stalin y Hitler… […] El hacha está ahí esperando… El hacha sobrevive a su dueño”.
A la mañana siguiente, el joven militar se marchó de la dacha. No hubo boda. “¡Tremendo fue aquello! ¿De qué matrimonio podíamos hablar después de aquella confesión? Yo no podía volver a aquella casa. ¡Es que no podía! ¡De ninguna manera!”, concluye.
“La persona es más que la guerra. La ley marcial no es ley humana” (Svetlana).
Cierro mis apuntes…
La obra de Svetlana permea generaciones. Es uno de los testimonios más auténticos, conmovedores e inteligentes acerca de la historia del siglo XX. Una épica obra que constantemente nos hace plantearnos aquella espiritual interrogante de Dostoievski (que Svetlana cita en su libro La guerra no tiene rostro de mujer): “¿Cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti?”. Somos gente de concilio y de esperanza, así nos lo ha enseñado la historia, y estamos acostumbrados a vivir juntos y en común. Hay esperanza.
Hasta la fecha, los libros de Svetlana están prohibidos en Bielorrusia, la tierra de su padre y la ciudad en la que se formó, que es gobernada por el llamado “último dictador de Europa”: Aleksandr Lukashenko, quien este 2024 cumplirá 30 años como presidente de Bielorrusia. En 2020, Lukashenko enfrentó una fuerte oposición. Y la enfrentó a su manera: “Me caracteriza un estilo de gobernar autoritario, y siempre lo he admitido. Es mejor ser dictador que ser gay”, declaró. Su gobierno encarceló al líder de la oposición y a cientos de personas más.
Svetlana, que manifestó su apoyo al movimiento femenino y juvenil contra el gobierno de Lukashenko, se vio tan acosada por la policía secreta bielorrusa que tuvo que abandonar su casa de Minsk, a la vera del río Svíslach. Ahora, desde el exilio, busca y escucha sus libros de alguna ciudad del centro de Europa. Ha declarado que se encuentra escribiendo un libro sobre el amor.
Portada de “Crepúsculo”, Stephenie Meyer. Little, Brown and Company, 2005.
¿Cómo comenzaron a leer? ¿Cuáles fueron los primeros libros que marcaron su vida? ¿De cuáles se acuerdan más? ¿Siempre leyeron a Baudelaire, Rulfo o Borges? ¿Siempre les importó esa clase de literatura? Amigos, no hay que olvidarnos nunca de cuando lo mejor del mundo eran unos vampiros que brillaban bajo el sol.1
En el principio, fue Stephenie Meyer y Meyer escribió Crepúsculo y todos vimos que era bueno. Ese fue el verdadero inicio de todo, el verdadero Big Bang, la verdadera Creación; el jardín del Edén con todo el universo en expansión: el inicio de la literatura Young Adult contemporánea.
Es necesario decir, sin embargo, que el género —dirigido a un rango de edad más o menos entre los 13 y los 18 años— surgió realmente en 1930 y se consolidó en 1970. Siempre objeto de burla y siempre tratado como “literatura menor”, fue estudiado como fenómeno literario hasta 1980, cuando Linda Bachelder, Patricia Kelly, Donald Kenney y Robert Small, en su artículo “Young Adult Literature: Looking Backward: Trying to Find the Classic Young Adult Novel”, crearon un primer acercamiento a un canon del género. Nombraron como representativos a 17 libros, comparándolos con obras de autores como Faulkner o Dickens.
Este primer acercamiento no le quitó al Young Adult —o YA, o juvenil— el juicio que ya habían emitido otros críticos literarios al tachar el género de malo, mediocre y falto de imaginación; pero el YA no surgió como un género por y para la élite literaria. Tuvo éxito gracias al deseo de los adolescentes de leer historias donde ellos fueran los protagonistas sin necesidad de agregar enseñanzas morales; historias que los mostraran capaces, fuertes y audaces.
Podemos pensar en algunos clásicos del juvenil anteriores a Stephenie Meyer y su Crepúsculo (2005) como Las ventajas de ser invisible (1999), Goosebumps (1992), El increíble castillo vagabundo (1986), o incluso a algunos miembros inesperados como El guardián entre el centeno (1951) de J. D. Sallinger o El señor de las moscas de William Golding (1954), ambos catalogados como YA por su acertada descripción del yo adolescente. Desde luego, guiándonos por esa premisa, podemos meter muchas otras novelas en la categoría de juvenil, como Emma de Jane Austen, Grandes esperanzas de Charles Dickens o Nada de Carmen Laforet, en un ejercicio de reapropiación para el género.
Sea como fuere, para finales de la década de 1990, el YA crecía en reconocimiento, en un sentido puramente comercial porque nunca tuvo mucho reconocimiento por parte de la crítica, y para los 2000, se venía ya formando un boom del género. El gran boom, pero del YA.
El asunto fue este: la mayoría de quienes caímos en el YA de adolescentes fuimos primero niños que crecieron con Harry Potter y sus amigos. Eso, especulan los críticos, tuvo que ver con el tipo de historias que buscaríamos al llegar a la adolescencia. Acostumbrados a la magia, buscamos eso mismo: magia. Acostumbrados a un personaje que reflejaba nuestro ser infantil (y luego adolescente), salimos de Potter decididos a encontrar algo similar. Y lo encontramos, bueno, tan similar como se pudo, en los libros del YA.
Algunos se siguieron con Percy Jackson y los dioses del Olimpo, Las crónicas de Narnia, Eragon o cualquier otra saga de fantasía, saltando entre YA y no, enfocados más bien en el género fantástico y su sensación de aventura; otros, cayeron en los romances sobrenaturales que empezaban entonces con Meyer; algunos otros, convertidos gracias a Potter en máquinas devora libros, se leyeron todo lo que pudieron encontrar sin discriminar entre romance, distopía, fantasía o lo que fuera. Todo era bueno.
Y de todo eso, lo más popular sin duda empezó a ser el romance. Muchas lectoras y lectores empezaron a circular alrededor de los romances sobrenaturales que rápidamente se popularizaron y dieron origen a sagas completas. Todo, desde luego y ahora sí, gracias a Crepúsculo y su historia de amor icónica, gracias a aquellos vampiros brillosos obligados a repetir la preparatoria una y otra vez.
Vimos el nacimiento de subgéneros del romance sobrenatural. Romance con hadas (Wicked Lovely [2007]), romance con tritones (Sea Change [2009]), romance con brujos (A Great and Terrible Beauty [2003]), romance con ángeles (Hush Hush [2009]), romance con un chico con un reloj por corazón (La mecánica del corazón [2007]), romance con hombres lobo (Shiver [2009]); con triángulos amorosos entre dos seres fantásticos que se peleaban por la protagonista sosa de la saga en turno (tenía que ser sosa, tenía que sentirse sosa, ese era su encanto porque al no tener personalidad podíamos ponerle la nuestra) para ganar su amor. Eso nos encantaba.
Entonces el YA se convertía en el género de los best sellers. Y eventualmente se llenó de un público mayoritariamente femenino con protagonistas mayoritariamente femeninas. Se convirtió, como dice Brenda O. Daly, en “Laughing WITH, or Laughing AT the Young-Adult Romance”, en el género que surgía de “una imaginación femenina” porque no todo era romance con vampiros. Llegó la era de la literatura especulativa YA (mayoritariamente distopías), el libro de acción juvenil por excelencia, con exponentes como Los juegos del hambre (2008), Divergente (2011), Maze Runner (2009), Cazadores de sombras (2007), Cinder (2012) o La huésped (2008) y la mayoría de ellos tenían protagonistas femeninas. Entonces las adolescentes podíamos ser lo que quisiéramos: éramos estrategas, éramos heroínas, éramos las elegidas, éramos la anomalía; el ingrediente faltante de lo que fuera. Las historias empezaban y terminaban con nosotras.
No todo era, desde luego, romance sobrenatural y ficción especulativa. Fueron llegando los libros de romance realista, por llamarlo de alguna manera, y no por realista dejaba de ser adolescente. Eran historias de primeros amores, de relaciones imposibles, de amigos que se convierten en pareja, de ilusión y risas y posibilidades infinitas. Fue el tiempo de John Green con libros como Buscando a Alaska, Ciudades de papel o Bajo la misma estrella. Fue el debut de escritoras como Rainbow Rowell con Fangirl. Fue la época de los amores que esperábamos tener algún día, de las historias que anhelábamos que sucedieran.
Fue, también, el boom de la era del fanfiction, la cultura del fandom, los blogs dedicados a libros, autores, adaptaciones; a teorías conspirativas de la saga; a especulaciones sobre si tal o cual actor sería el más apropiado para esta u otra adaptación; a hacer edits (imágenes editadas bonito o videos sobre un personaje o ship particular), headcanons (una teoría que un fan asume como cierta en su universo personal de una saga), ships (cuando te gustaría que se hiciera realidad tu pareja soñada de alguna saga); a decir “es mi OTP” (one true pairing, el ship principal de un fan) o “los shippeo tanto”; a leer fanfictions con algún AU (de alternate universe, por ejemplo, ¿y si Harry Potter fuera mexicano?) poco comunes.
Desde luego, como sucede siempre que todos quieren un pedazo de alguna franquicia, la ficción especulativa juvenil comenzó a bajar su calidad (que de por sí a veces era cuestionable) y comenzaron a tener premisas cada vez más ridículas; pero sin importar lo que pasara, el género nunca murió, ¿cómo podría morir?
Cada año siguen saliendo más y más sagas YA ahora renovadas —volvió durante un tiempo largo el romance sobrenatural, ahora se pusieron de moda las hadas con El príncipe cruel y Una corte de rosas y espinas— con una búsqueda cada vez más grande por la representación de minorías raciales (Pet, Punching the Air), protagonistas LGBTQ+ (Una estrella oscura y vacía, Carry On) y universos donde los adolescentes pueden seguir salvando el día (Alas de sangre, Powerless).
Cuando fui adolescente leí muchas cosas que nada tenían que ver con los clásicos. Leí chatarra y lo hice con gusto y cuando alguien intentaba avergonzarme, leía todavía más y lo disfrutaba mucho, mucho más. Borges no podía competir con Stephanie Meyer ni Rulfo con Mathias Malzieu. Aprendí que la base de la lectura es el disfrute antes de aprender todo lo demás, amé el Young Adult antes que a cualquier otro género y lo hice con orgullo.
A mí me conformaron esos libros, los que dan cringe, los que son “para niñas”, los que son populares entre las adolescentes, los de historias de amor entre humanos y seres sobrenaturales, los de academias de brujas y vampiros, los de héroes distópicos que se enfrentan al status quo; me conformaron los triángulos amorosos, esa felicidad sin sentido de cuando Bella escoge a Edward. Los libros YA formaron mi mirada literaria primigenia de formas que no puedo terminar de entender, pero que sé que tienen que ver con el disfrute; con esa idea adolescente, sí, pero por ello hermosa, de la emoción que debe dar empezar un libro nuevo; el amor por el libro inexplorado; la promesa de pasarla bien durante un rato donde nada importa mucho y todo importa demasiado; de esa cosquillita hambrienta que te dice desde el estómago “solo un capítulo más” porque Katniss está por hacer algo.
Sé, porque los amo, que no todos valen —lo digo con mis lentes de crítica y literata— una segunda leída. Esa segunda revisión solo los haría deplorables, sus carencias terminarían por estar todavía más expuestas. Sé que algunas sagas impulsaron estereotipos de género poco saludables e ideales sobre las relaciones francamente tóxicos; o que llanamente hay series que estaban mal escritas. Todo eso lo sé. Los libros juveniles nunca han sido parte de un género perfecto o virtuoso, todo lo contrario; pero son un género-refugio.
Es el género de las primeras lecturas por interés, de las que salvan de cuando alguien no pudo leer Pedro Páramo en la secundaria y creyó que toda la literatura era de difícil acceso; son una puerta de entrada. No son libros que nos vayan a hacer mejores (¿esos libros existen?), no son libros que nos hagan más sabios o que nos abran ningún panorama de nada; pero tampoco creo que ese sea el papel de la literatura. Son libros para disfrutar, para pasar el rato, para olvidarnos un poco de la seriedad de los autores y los cánones; para dejar de tomarnos tan enserio. Son libros para volver a ser adolescentes y reivindicar el gusto de los adolescentes, sí, nos dan pena ajena ahora, pero un día lloramos por un vampiro que brillaba y de eso no se regresa.
Portada de “Pedro Páramo”, por Juan Rulfo. Colección de Letras Mexicanas, FCE, 1955. Primera edición.
Pedro Páramo (1955), la icónica obra de Juan Rulfo, ha capturado a lectores de generaciones pasadas y lo hará durante las épocas venideras. Su estructura narrativa innovó la literatura mexicana del siglo XX y representó a un país con profundas heridas tras la Revolución. No obstante, se mantiene vigente a través de las múltiples formas con las que evoca los fantasmas de la memoria colectiva y las penas que atormentan un corazón arrepentido.
Con los escenarios desolados, el silencio en la obra y la línea cada vez más difuminada que presenta a personajes vivos y muertos, logra dar voz al diálogo cercano entre la vida y la muerte que caracteriza a la cultura mexicana. Un aporte inmortal de la novela es la descripción de las múltiples dimensiones con las que los fantasmas habitan a una persona, la embrujan como lo harían en una casa o en un pueblo.
Una casa llena de fantasmas
En Comala, donde transcurren los hechos, los residentes se sumieron en la resignación frente al yugo impuesto por Pedro Páramo, personaje central descrito por su propio hijo ilegítimo, Abundio, como “ese rencor vivo”, después de ser rechazado por Susana San Juan, a quien él amaba. La figura de Páramo, convertida en un cacique opresor, ha marcado la vida de aquellos que habitaron el pueblo, y los condenó a una existencia de silencio y dolor incluso en la muerte.
Una de las pocas personas que logró escapar fue Dolores, quien tuvo un hijo con Pedro Páramo. Aunque estuvo alejada del pueblo, la mujer vivía de recuerdos que la consumían. Sus años posteriores hasta su muerte fueron de evocación y luto a raíz del rechazo que sufrió por parte del cacique, pues fue indiferente tras la partida de su familia.
El niño producto de este desamor, Juan Preciado, creció lejos del rencor de su padre hasta que, en un último deseo, su madre lo envió a Comala a cobrarle caro el olvido a aquel hombre que los dejó durante una vida. En cuanto llegó al pueblo, Abundio sugirió a Preciado pasar la noche en una casa que en el pasado fue una posada.
En el hogar de Eduviges hay muebles de quienes se fueron del pueblo. Las pertenencias son una materialización de las evocaciones que anunciaba Dolores y permitieron traer de vuelta a las ánimas una noche más.
El retorno de los fantasmas a la casa es solo una muestra de cómo habitan en Comala y la forma en que embrujan a quienes lograron salir del pueblo. Son rastros de una humanidad aún arraigada al sufrimiento que dejó la opresión del cacique Pedro Páramo. Voces tan dolientes que por momentos parecen vivas.
Usaron su lengua muerta para hacerse escuchar a través del tiempo hasta la casa de Eduviges, donde Juan Preciado se hospedaba. Sus historias de melancolía y sumisión se transformaron en cazadores que persiguieron a Juan Preciado hasta asesinarlo en un callejón oscuro.
Dolores había advertido a su hijo, Juan, que en Comala escucharía mejor su voz. Las palabras de la mujer son una suerte de presagio que incluso Eduviges ya conocía, y resaltan la conexión que tenía con el pueblo. Para hablar en aquel lugar, habría que estar muerto, y para escuchar es necesario hallarse en el límite entre la vida y la muerte.
En esta frontera surge la cuestión a lo largo de la obra respecto a qué personaje sigue vivo o cuál ha fallecido. ¿Acaso importa? Quienes se quedaron habían perdido su humanidad desde antes de morir. Los que lograron salir jamás dejaron de estar habitados por los fantasmas de su pasado, como el caso de Dolores.
Las ánimas dentro de las memorias de una persona nunca permanecen ahí. Su influencia otorga más dimensiones en un individuo, similar a la definición de Jean-Luc Nancy en Corpus (2003): “El ser no habla, el ser no se desahoga en lo incorporal de la significación. El ser es ahí el ser-lugar de un ‘ahí’, un cuerpo”.[1] Así el “ser-lugar” es un sitio de existencia, del cual pensamiento y emociones forman parte. Los sujetos transmutan en casas embrujadas.
Los fantasmas interiores definieron a Dolores y guiaron a Juan a la muerte. En consecuencia, vivir con fantasmas íntimos difumina el tiempo al evocar de forma constante aquello que no debería pertenecer al presente. En última instancia, estas ánimas también habitan a este personaje que vive de recuerdo.
Este sentido es el que Mariana Enríquez recupera en la novela, Nuestra parte de noche (2019); cuando Juan, médium de la Orden de la Oscuridad, hace una petición a su esposa Rosario: “haunt me”, una promesa de acompañamiento eterno, una declaración de amor que la autora mantiene en inglés por la connotación alejada de su traducción literal, “embrujar”, porque “haunt” también es habitar.
Habitarse, una palabra que la mayoría del tiempo se desestima de significado y se asume performativa. Es un concepto que adquiere relevancia cuando se mira hacia las obsesiones que embrujan el ser. Una retrospección a la que se accede con la lectura de Pedro Páramo, cuya visión de Comala muestra un espacio inmersivo donde cohabitan los fantasmas.
Comala es un no-lugar habitable
Comala es más que un pueblo en Pedro Páramo. Es tan complejo que ni siquiera las memorias de Dolores logran conformar una cartografía capaz de representar sus confines. Las fronteras del lugar escapan de un territorio geográfico y echan raíces a través del tiempo, debido a los fantasmas que ahí habitan.
La influencia del lugar reclama a los descendientes de quienes asolaron su tierra con desamor y rencor. Juan Preciado es la víctima indirecta del pueblo que solo pudo conocer cuando falleció. La muerte es el único camino en que los pobladores habitaron su tierra y es la vía por la cual el lector accede a ella. Sin tiempo, espacio y vida, Comala se convierte en un no-lugar, donde hay silencio entre el vaivén de los gritos fantasmales.
El espacio cero en cuestión tiene dimensiones físicas, pero se experimenta con la memoria que se convierte en una extensión del pasado. De esta forma, las percepciones que surgen desde el recuerdo, lleno del dolor que provocó el rencor de Pedro Páramo, resultan aún más vívidas y llegan al presente.
Comala, el no-lugar, puede ser desde una casa en ruinas hasta un lugar en la memoria de una anciana moribunda como Dolores. El pueblo y las emociones de las cuales sirve de escenario tienen una fuerte carga íntima para las personas que alguna vez vivieron allí. Sus historias se vuelven una sola hasta llegar a oídos de Pedro Páramo.
El no-lugar se mantiene en pie sin cemento ni barrillas; en su lugar, usa las emociones de quien cae en sus garras. Obtiene el mantenimiento de los viejos rencores y anhelos que las personas guardaron durante años. Allí acuden las cosas que alguna vez terminaron y reverberan en el presente.
El silencio y las voces de los fantasmas se amplifican en Comala, y se parecen uno después del otro. En este ciclo sobrevive una certeza: no hay futuro ni descanso para los habitantes, solo queda una existencia en un perpetuo pasado.
¿Comala consume a quienes la habitan? ¿Necesita hacerlo para erigirse en medio del olvido como un monstruo? Se mantiene inmortal porque representa un dolor ancestral que, pese a estar entre los muertos, por momentos parece vivo. El pueblo traga a sus habitantes vivos y muertos para sobrevivir. La obra de Rulfo depreda la memoria y se convierte en un no-lugar habitable para cada lector que acuda a ella, a través de cualquier época pasada, presente y futura.
Una piedra que dejó de rodar
Susana San Juan abandonó a Pedro Páramo, se casó con Florencio para nunca volver. El cacique enloqueció de dolor por perder a la única mujer que amaba. En consecuencia, desató su rencor hacia el pueblo y sus propios hijos ilegítimos. La consecuencia de este odio hizo que él mismo y los pobladores perdieran su humanidad antes de convertirse en almas en pena.
Algunos fantasmas pueden embrujar por las noches con gritos de desesperación y remordimiento. Otros, se quedan a habitar por siempre los lugares que los cautivan, y quien camina en estos parajes, lo hace acompañado. Los fantasmas de Pedro Páramo pertenecen al primer tipo.
El cacique estableció la forma en que habitarían Comala: a través del dolor que a él mismo lo consumía y el silencio que invadió sus últimos días al saber que Susana San Juan nunca lo amó. Cuando murió, dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras, como explicó Abundio, quien lo mató.
Las ánimas, arraigadas al rencor y el odio, nunca se van. Ambos sentimientos desbordaron a Pedro Páramo, lo convirtieron en un ser absoluto que devoró el destino de quienes sometió. Incluso Dolores resintió las consecuencias y se llevó consigo cientos de fantasmas que la desbordaron.
Juan Preciado escuchó algunas historias con las que vivió su madre el resto de su vida. Sin una conexión con la muerte en su vida antes de llegar a Comala, fue arrastrado a las sombras por las almas cautivas del pueblo. El horror no mató al hombre, lo hizo la profunda tristeza de las historias condenadas a repetirse por siempre atadas a Pedro Páramo. Al morir, se transformó en una roca en la que los demás fantasmas fueron uno para nunca rodar.