Así como si no hubiese transcurrido el día que limpió el polvo del aire, las cenizas dentrodel viento frío que parece estático pero que en verdad está en movimiento, las estrellas unapor una aparecieron y nosotros vimos nuevamente el cielo. Los animales volvían a sushuecos, las ranas tomaban la forma y el color de los troncos de los árboles; todos volvíana su lugar salvo nosotros que no podíamos dejar de ver lo que sucedía entre ellas como unreflejo premonitorio de lo que sucedería entre nosotros
De todas formas, no podríamos decirlo,la manera en la que fue es imposible de decirno existe, ya no está acá,todas esas cosas que explicamosverdaderamente para explicar otrasse ocultaron como ellas, revelaron el viajecuando se hizo de día
Me acuerdo de que una tarde de sábado del año 2001, debe haber sido octubre o noviembre… no, creo que más bien, fines de noviembre, me vestí con un traje color turquesa que tenía un estampado de caballos. Era un saco y una pollera, de corte medio sastre, pero de tela blanda de poliéster, que había comprado en 1998 en la galería Bond Street. El saco tenía un cinturoncito.
Bueno, me acuerdo de que esa tarde me puse ese traje y zapatos de taco y dije: ¡Hoy me llevo el mundo por delante!, ¡hoy me llevo el mundo por delante! Y me fui a una lectura en la Casa de la poesía. ¡Llevarse al mundo por delante en la casa de la poesía! Ja: tengo que poner “ja”. Qué gracioso.
Pero yo soy así y cada uno juega sus cartas en la vida.
Yo jugué las cartas de la sensibilidad.
Obviamente, llevarme el mundo por delante era conocer a un chico que me amara, porque ese sábado estaba sola, pero también era estar totalmente absorta en la Sensibilidad.
Con una falda de poliéster tableada, ¡completamente absorta en la Sensibilidad!
El centenario de José Revueltas (Santiago Papasquiaro, Durango, 1914- Ciudad de México, 1976) tuvo la desventura de ser en día festivo pues Revueltas nació justo cuatro años después de que Madero se alzó en armas contra Porfirio Díaz, así que varios libros que se proponían conmemorar la fecha apenas alcanzaron a salir, y luego se precipitó el fin de año. Sin embargo, las semanas de festividades decembrinas en las que no hay mayor actividad cultural fueron un bálsamo para poder leer algunos de esos libros que ahora puedo comentar tranquilamente, sin la premura de la fecha y la entrega. Para empezar, hay que decir que en 1978 la hija mayor de José Revueltas, Andrea Revueltas, junto con Philipe Cheron, iniciaron la edición de las obras reunidas, mismas que fueron comprendidas en veintiséis volúmenes hasta 1987: prácticamente un libro por título. Ahora, por fortuna, empezó a circular una nueva edición, en sólo siete volúmenes se condensan todos aquellos títulos y se hace más práctica, menos dispersa, incluso más accesible (pues algunos libros ya estaban agotados), la obra de Revueltas.
Los primeros tres tomos contienen la narrativa conocida de Revueltas, seis novelas y tres libros de cuentos: en el primero, Los muros de agua, El luto humano, Los días terrenales; en el segundo, En algún valle de lágrimas, Los motivos de Caín, Los errores y en el tercero El apando, Dios en la tierra, Dormir en tierra y Material de sueños. Estos tres primeros tomos permiten leer sus 6 novelas alejadas ya del pensamiento de compromiso social que las impulsó y, sobre todo, de las polémicas facciosas que condenaron un par de ellas: Los días terrenales y Los errores. En Los errores, Revueltas hizo una crítica a la izquierda, palabras que suenan tan actuales pues a ratos parece que les habla a nuestros obtusos políticos de izquierda de hoy (además en 2014 esta novela cumplió 50 años de publicarse por primera vez así que el FCE la reeditó con el pretexto del doble festejo). Tengo para mí que Revueltas es, junto con Martín Luis Guzmán, el mejor prosista de la primera mitad del siglo XX. “Dios en la tierra” es un cuento que de principio a fin es un poema estremecedor, un poema redondo, y El apando es un relato de un solo y escalofriante párrafo, sin puntos y aparte, llevada al cine en 1976 por Felipe Cazals con un guion del propio Revueltas y José Agustín. Como han dicho otros críticos, en esta narrativa se encontrarán los personajes característicos de la obra revueltiana: ladrones, prostitutas, homosexuales, encarcelados, drogadictos, que a mí me hacen pensar que Revueltas es el Genet mexicano.
José Revueltas, Obra reunida, 7 tomos, Conaculta / Era, México, 2014.
Aunque escribió algunos poemas, Revueltas no fue poeta. En algún momento de su presentación, José Manuel Mateo los llama “piezas verbales” y creo que justo eso son. Algunos de ellos se dieron a conocer a finales de los años treinta en El popular, periódico en el que trabajaba su amigo Efraín Huerta, y nunca los publicó en un libro hasta que aparecieron en Las cenizas (tomo 4 de las Obras reunidas). Otros son versos garabateados en servilletas que, luego de escribirlos, Revueltas destruyó pero su primera esposa, Olivia Peralta, rescató literalmente de las cenizas. Así se construyó este tomito de poemas, El propósito ciego que apareció póstumamente, en 1979, y luego una reedición en 2001 (que es la misma que ahora se reedita). En un testimonio reciente, su hijo Román Revueltas lo recuerda como “un ser a quien los horrores del mundo lo sacudían verdaderamente en su interior”; varios de estos poemas fueron respuesta a algún sacudimiento. Dice Álvaro Ruiz Abreu en su biografía José Revueltas. Los muros de la utopía que “jamás se sintió poeta; sus versos fueron pasatiempo o descarga sentimental, no una función decisiva en su quehacer literario”; no necesitaba escribir poemas porque en su narrativa ya había suficiente poesía, como he dicho del cuento “Dios en la tierra”.
José Revueltas, “El propósito ciego”, Ed. José Manuel Mateo, Fondo de Cultura Económica / Era, México, 2014.
La Iconografía que también preparó José Manuel Mateo es una especie de crónica ilustrada de la azarosa vida de Revueltas. La cronología sirve de introducción más a la vida de Revueltas que a su obra: aparece retratado con su familia; en las Islas Marías siendo todavía un adolescente; en una serie de los Hermanos Mayo está sentado frente a su máquina de escribir tecleando con fruición alguno de sus textos; al lado de su amigo Efraín Huerta y de su hermana mayor, la actriz Rosaura Revueltas y la célebre fotografía cuando abandonó Lecumberri haciendo la V de la victoria con la mano derecha. Todo eso ayuda un poco para poder rastrear algunos textos que no están compilados en las Obras reunidas: recuerdo algunas cartas más a distintos personajes (que deberían ir en el ahora tomo 7) y un curioso ensayo sobre la obra del pintor Héctor Xavier (que tal vez podría estar en el tomo 4, dentro de la obra póstuma).
José Revueltas, Iconografía, ed. José Manuel Mateo, Fondo de Cultura Económica, México, 2014.
Por su parte, Álvaro Ruiz Abreu publicó en 1992 la primera edición de la biografía, que ahora, con el centenario, ha revisado, corregido y vuelto a circular. Ruiz recrea bien el ambiente familiar, la influencia de sus hermanos mayores: Silvestre, el músico, y Fermín, el extraordinario pintor cuyas obras ilustran las portadas de cada uno de los tomos de la Obra reunida; así como el ambiente de los años treinta en los que Revueltas inicia su militancia política en el Partido Comunista Mexicano; sus inicios literarios con cuentos a la sombra de Dostoievski; las varias encarcelaciones que sufrió, primero en la correccional de menores, luego en las Islas Marías y finalmente en Lecumberri; la persecución que padeció por parte de sus camaradas con la publicación de sus novelas Los días terrenales, luego por Los errores y con su obra de teatro El cuadrante de la soledad, cada una con su consecuente palinodia; su participación activa en el Movimiento estudiantil del 68 donde fue una especie de guía moral y, tal vez por eso, fue acusado de ser el autor intelectual de la revuelta estudiantil y su polémico y multitudinario entierro. Los muros de la utopía es, con toda seguridad, una de las mejores biografías que se han escrito en la literatura mexicana de un escritor mexicano del siglo XX.
Álvaro Ruiz Abreu, José Revueltas. Los muros de la utopía, Cal y Arena, México, 2014.
En el caso de Revueltas en la hoguera, Ruiz Abreu aclara que no es una “antología de lo que la crítica ha dicho sobre Revueltas” pues esa función ya la cumplió Nocturno en que todo se oye. José Revueltas ante la crítica (ed. Edith Negrín, Era / UNAM, 1999), sino “un muestrario de textos cruciales para empezar a leer su obra con la intención de que el lector tenga un acercamiento más íntimo o más preciso de ella”. En este libro están compilados dos curiosos textos de Pablo Neruda, el primero en el que desconoce a Revueltas por la publicación de la novela Los días terrenales y el segundo es una carta al entonces presidente Díaz Ordaz pidiéndole la excarcelación de Revueltas “porque tiene la genialidad de los Revueltas y también, lo que es muy importante, porque lo queremos muchísimo”. Además, una curiosa mención de Salvador Novo en una de sus columnas justamente sobre Los días terrenales, pero a Novo no le interesa el dogmatismo que condenaba esa novela sino el estilo que “se ha depurado, ágil, profundo, rico”. En Revueltas en la hoguera se incluyen una crónica de Elena Poniatowska, escrita a la muerte de Revueltas, y un lúcido ensayo de José Joaquín Blanco quien, al decir de Ruiz Abreu, fue “uno de los primeros críticos que recorrió el largo camino de los cuentos y novelas” de Revueltas, un hilarante relato de Héctor Aguilar Camín que fabula una apuesta y discusión dialéctica sobre la existencia de Dios, entre muchos otros.
Los lectores y críticos más jóvenes de Revueltas fueron llamados por Vicente Alfonso para conformar el volumen El vicio de vivir, pues lo cierto es que la obra de Revueltas carece de lectores jóvenes que la vuelvan a poner en el lugar que merece. Así, doce escritores jóvenes escriben sobre distintos aspectos de la obra revueltiana. Uno de los mejores ensayos es el de Eleonora Luna pues centra una disertación sobre el teatro y el trabajo para cine que hizo Revueltas; Luna considera que “su obra cinematográfica y teatral se desconoce, a pesar de su poder y rigor, de su gran aportación a estas disciplinas dentro de la historia del cine y del teatro en México”. El poeta Andrés Márquez, por su parte, en un breve pero sucinto ensayo disecciona el magnífico relato El apando, cuyo anhelo es “mover los espíritus”. Y así cada uno de los diez ensayistas restantes aborda un tema u obra de Revueltas: Mijaíl Lamas vuelve sobre los poemas reunidos en El propósito ciego; la poeta Claudina Domingo aborda la obsesión por la muerte en varios cuentos, la muerte asumida como “una sensación natural” por el autor que creó una literatura “del lado moridor”.
Aunque el centenario de su nacimiento ya pasó, nunca es tarde para volver a las páginas deslumbrantes de Revueltas.
Vicente Alfonso (comp.), El vicio de vivir. Ensayos sobre la obra de José Revueltas, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2014.
Cebras que pastan; el amortiene formas así, penachoscuando logra que el minuto se completedevore la hora, preñada de días,tal vez años, tal vez fila de estrellas,y mueva la cola al compás de las moscasy las moscas se retiren a su muerte por un rato.
Anoche me encontré con una: no pastaba;bebía, con paciencia de cebra de unos ojos.Me hizo pensar en que quizás, el amorpodría haber cambiado de elemento.Porque esa cosa, también, va por el aire:se han visto nubes con forma de caballo naranja,duraznos perfectos, se pudo ver el cielo enteroalguna vez…
Pero el aire ahorano quiere darnos naday no hay ni un minuto vacío:vivo abarrotada de concienciaen el congreso de usureros,en la fábrica de anteojos;podría morir de asfixia ovidrios rotos.
Podría morir de tantas cosas:invadida por la fe, descerebrada,mordida por la artrosis, la gangrenao por besar una pantalla y recibirla patada eléctrica de todos los toros.
O no. Mirá la vida:¿ese trueno que ahora escucho,ese rayo por las nubes,no es la cebradesbocada que regresa?
esta mañana saqué afuera los potus mellizosal regreso de la jornada ellos me hablaron del viento y del solque son como una música animalen los primeros instanteslos tallos se ablandaronpasaron de una sala de esperacontroladaa un boliche con humo negro (exterior)dijeron que si quería lastimarlosmejor era de a pococerca del mediodía eran machossudabany era inevitable doblarseel vecino los miró extrañadoy dijo en voz alta:qué lindas macetas para plantas de interior
los potus mellizos se conocen desde siemprellegaron juntos a este mundopero cómo es la vidaque al final de la jornadauno estaba casi muerto y el otrocasi vivoabrí el portón y los viya las hojas de uno no se veíanacurrucadas aún atadas al tallohaciéndose una siesta sobre la tierray el otro erguido encarandoese mundo de luz y vientonuevas plagasausencia
quise sacarlos para lucirloshermanos de saviaahora aprendí una lección de botánicalos espacios se respetanestá el adentro y el afueramorirse es de a pocoy la vida depende de todos
me hablaron del veranoque pasa de veinte grados a una lluvia heladay retoma empoderado el calor astringentedijeron que lo difícil así es respirarme senté frente a ellosles sonreíellos no se movieronestaban aún echadospero yo los miré y les sonreíy ellos no hicieron nadaentonces decidí quedarmelos miré y les sonreíen el cielo la nube bajóhace calor les dije pero va a llover les dijequieren entrar preguntéy ellos estaban ahí como dejadosqué lindas macetas, pensé¿de qué se mueren?
esta mañana saqué los potus mellizosa la ventana del jardínson plantas de interior, penséson plantas, penséy ahora estoy acá, mirándolasy ellas, nada
El pasado 13 de diciembre el fotógrafo documentalista Christian Rodríguez presentó su fotolibro Selfie, en el que aborda el tema del autrorretrato y de su uso en las redes sociales. Sin duda el fenómeno del selfie ha sido poco estudiado, tal vez por tratarse de un tema al que damos poca importancia, sin embargo el selfie no solo ha transformado la manera en la que usamos la fotografía y en la que interactuamos con nosotros mismos, sino también ha modificado la forma en la que nos relacionamos con los demás a través de su publicación en las redes sociales. El selfie es el resultado de una sociedad mediatizada, cibernética y narcisista, a su vez representa la imagen perfecta del hombre nuevo, quien encarna la era del hiperindividualismo en todas sus actitudes.
Según afirma Gilles Lipovetsky, la posmodernidad ha llegado a su fin, dando paso a una nueva época: la hipermodernidad. En ella el pasado reaparece, el presente adquiere una importancia fundamental en la vida de los individuos y el porvenir se asoma como nueva forma de reinterpretar el futuro: el progreso deja de tener cabida.[1] El hombre nuevo es producto de un momento histórico en el que el prefijo hiper define el comportamiento de la sociedad y el sistema en el que se desenvuelve: hiperconsumismo e hiperindividualización.
La economía cada vez va más dirigida al consumo, así como a la comunicación de las masas, lo que ha llevado al nuevo hombre a la búsqueda y revaloración de sí mismo a través de la imagen. Le gusta ver su imagen reflejada, tal como Narciso, pero su amor no ha sido correspondido y en esa lucha se vuelve un hombre cada vez más insatisfecho. El hombre hipermoderno es al mismo tiempo hipervisual y sus necesidades de consumo de imágenes se ven saciadas no sólo por la publicidad y el internet, sino también por las herramientas que le son suministradas para la producción de imágenes. La fotografía resurge como un medio que permite al individuo reinventarse en una necesidad de reencontrarse consigo mismo.
Lo hipermoderno se caracteriza por la transformación que hubo en torno a la concepción del tiempo, pues cada día nos es más importante conseguir mayor aprovechamiento en el tiempo. Este es el motivo por el cual buscamos horarios laborales más variables y mayor tiempo libre, hacemos más espacio al tiempo de consumo, al de actividades culturales y al tiempo de vacaciones.[2] Cuanto más tiempo libre se tiene, existe mayor necesidad de fotografiar cada instante. En 1965 Pierre Bourdieu escribió sobre la actividad fotográfica de las familias de Lesquire, en Bearn, e identificó que la mayor actividad se realizaba durante las vacaciones, lo que significa que estaba muy relacionada a la actividad turística. “La fotografía está allí para certificar, para siempre, que el tiempo era libre y que se tuvo la libertad de fotografiarlo”.[3] Ya no se trata únicamente de preservar el momento en la memoria familiar, sino de inmortalizar nuestra propia esencia, de conservar en nuestra memoria y llevar a la memoria colectiva el reflejo de nosotros mismos que se manifiesta en esa nueva superficie cristalina que Narciso no conoció: el lente de la cámara.
Los valores éticos de los años sesenta ya no nos gobiernan, hoy en día entramos a lo que Lipovetsky llama la era de la felicidad, en la que se enarbola la bandera de la realización personal, con la que se evoca al tiempo libre, al erotismo, al bienestar físico y espiritual. La fotografía de las vacaciones en familia aún es vigente, pero al cambiar los “modelos de familia” se modifican también los motivos a fotografiar. Hoy muchas de las nuevas familias se conforman únicamente por la pareja, y la ausencia de hijos es cada vez más evidente. Aparece la fotografía de viaje en pareja, al igual que la fotografía del disfrute del tiempo libre en soledad. Es en ese punto en el que el selfie cobra importancia y sentido. Entre más abandonamos la colectividad más volvemos la mirada hacia nosotros mismos, nos hacemos cada vez más conscientes de nuestra esencia, el yo cobra más fuerza y en la medida en la que interiorizamos más profundamente nos alejamos un todo, nos volvemos más solitarios y en esa soledad es que nace Narciso.
Con el selfie no sólo se quiere enaltecer la figura de uno mismo, sino también reflejar ese bienestar físico y espiritual que tanto busca el hombre hipermoderno. Ya no se retrata el momento en el que uno forma parte del colectivo, sino se retratan aquellos en los que uno está solo en la cotidianidad como para reafirmar socialmente que se ha tenido éxito, que cuidamos de nosotros mismos y que hemos logrado el confort que el hipermodernismo propone: lograr la felicidad sin necesitar a nadie. Se consume el bienestar para uno mismo, teniendo siempre interés por mostrar la imagen de self love a los demás. El Narciso no sólo está preocupado por sí mismo, sino por demostrar a los demás que se ama. El nuevo hombre es narcisista y hace uso de la fotografía para reafirmarlo.
La hiperproducción de imágenes de uno mismo responde a la necesidad de reinventarnos con cada foto, pero también a la necesidad de reconocimiento por parte de lo demás. Nos decimos independientes, autónomos, siempre volteando hacia adentro y buscando satisfacer nuestros propios intereses, pero Narciso no puede ser él mismo sin el reconocimiento de otro, sin su aprobación, sin un like. El selfie es el nuevo narcótico, ese al que uno produce y consume en un intento por llenar el vacío de existencia que deja la hipermordernidad en nuestro tiempo.
[1]Gilles Lipovetsy, Los tiempos hipermodernos, trad. Antonio Prometeo Moya, Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, pág. 62.
[3]Pierre Bourdieu, “Culto a la unidad y diferencias cultivadas”” en Un arte medio. Ensayo sobre los usos sociales de la fotografía, Editorial Gustavo Gili, Col. Fotoggrafía, Barcelona, 2003, pág. 75.
mientras construíala casa de mis padresmi abuelo se cayó del techoy se quebró dos costillasme contaron que no quiso ir en autoal hospital llegó en colectivomi abuelo hablaba pocoy nunca fuimos muy cercanosaunque pasamos algún tiempo juntoscuando lo internaron una tardefui a cuidarlo y me confundiócon un ladrón al que quiso disuadiracá no hay nada, repetía una y otra vezacá no hay nada, no hay naday era cierto: no había, pero entoncesempezó a hacer algo con sus manoscomo si atornillara algo en el aireun movimiento que al finalabandonaba con resignacióninsistía en arreglar esa persianapara mí la poesía es un poco como esoquerer arreglar una cosa que no existey chau, morirse en el intento.
Del vasto acervo de la Ciudad y las Tierras, el “Canto de la Nena vista” es, sin duda, la flor más retorcida. De autor desconocido —aunque abunden, por supuesto, las hipótesis—, su composición se sitúa en los tiempos de esa Revuelta por la Larga que sacudió los cimientos de aquella sociedad. Los críticos subrayaron después, una y mil veces, la extrañeza de que una obra de fuste, redactada al calor de esos fuegos y dedicada a rescatar la figura de una de sus heroínas más cantadas, eluda cualquier referencia al movimiento. El “Canto” es, sin dudas, una composición culterana que no busca popularidad ni intenta intervenir en los combates del momento. No sirve en absoluto a la causa en la que militó la Nena: ni siquiera la ataca. Esta prescindencia es una toma de partido. El autor parece postular que, en medio de la tormenta, los mismos materiales que se usan para agitar pueden utilizarse para otros propósitos; si no fuera así, es evidente que podría haber escrito más o menos lo mismo tomando como protagonista a cualquier otra persona. El autor parece afirmar, con el “Canto”, que la belleza —o lo que él considera, supongamos, la belleza— puede apoderarse de cualquier trinchera. El problema es que su composición no responde —ni por estructura ni por temática— a ninguno de los cánones aceptados, clásicos, de la belleza en la Ciudad y las Tierras.
Y, aun así, sobrevivió a los siglos y llegó hasta nosotros, en la bellísima traducción que debemos primero al francés del caballero Alphonse des Thoucqueaux y por fin, modestamente, al castellano de un servidor. Sin ánimo de abusar de la paciencia del lector, dos o tres aclaraciones imponen su necesidad: en la lengua de la Ciudad y las Tierras, el tiempo se mide en estaciones —tres estaciones igualan un año—, válvula significa vulva y los pelos verdes son la marca que siempre identificó a la Nena en la iconografía revolucionaria.
Canto de la Nena vista
Cuando su madre la veía,le veíalo azaroso del tiempo, cuandola miraba, despacio, los ojos entornados,lo que veía eran bastantesNenas. Muchas Nenasse le mezclaban cada vezque intentaba mirarla. Mirarlaera de vértigo para Raquel, su madre:se le escapaba todo el tiempo cada cara.Las veía todas cada vez,mezcladas.Cuando su madre la veía,veíacómo fue que se le abrió la cara cuando dio el primer grito, recordaba:la cara era una arruga arrepollada, como una feta todavía de las carnes desdedonde tan recién había llegado.La cara era de adentro y sólo–una feta todavía, una mordida rebanada–se hizo de afuera cuando se le abrió brutal la boca para el grito, cuandose vio que la Nena también su adentrotenía, hecho de rosadito resbaloso; nada másteniendo adentro puede alguienpasar a ser de afuera.
Cuando su madre la veía,veíatambiénla primera cara de feroz que puso una tercera,bien mezclada.La cara de feroz era redonda como un racimo de uvas, recordaba:por aquí un poco hinchada, por allá máshinchadapor la cólera de chupar sin que nada saliera, rechinandosobre esa mama flaca. En esa caralos ojos le quedaban ranuras, la boca un aspaviento, la narizapretada, todo, todo y la carase habían cerrado: todoestaba afuera. La crueldades una cara que cierra sus agujeros.
Lo azaroso es el tiempo; cuandosu madre la veía, veíatambiénla cara de la Nena la primeravez que le dio un beso con su lengua, recordaba:ya de seis estaciones, casi siete,la Nena con el pelo rapado para mostrar que la cuidaban, sus manitasfregando sin parar la una a la otra, sus ojosque nunca se quedabanen una cosa sola, sus rodillasque tanto se enredaban, unas palabrasque ella sola entendía y la maneraen que le contestó su beso con un beso, estirandoextremando, expatriando,enarcando o casi serpenteandosu lengüita de iguana puntiaguda y entendióque una parte de adentro podía pasar afuera y despuésadentro de otro adentro, mezclarseen otro adentro no por hambre o un grito sinopor ganas nada más, por estar yendo.
Lo azaroso, cuando su madre la veía en un momento,en ése, el tiempo, le veíasu cara también una primera, antes de despertarse, con colores ydespués,esa misma primera, al despertarse, con sus pelos pintados, recordaba:la cara de la Nena en su sueño que rebosaba de coloresque mal se le escapaban de las manos y después la carade la Nena cuando se despertó, de pánfila inocencia,ya de veinte estaciones, mirando a ningún lado, y con sus pelosmal pintados del verde que siempre llevaría. Le parecióque había entendido—que Nena había entendido: a la madre le pareció que la hijahabía entendido—que hay por lo menos dos lugares:si adentro es rosadito resbaloso, afueratiene que ser de otro color: el verdeera decirle que ya se le había ido.
Le tenía tantas caras.
Una madre en la cara ve muchas veces carasde una primera vez, y otra y aquellavez que nadie se acordaría si no fueraporque ahí está, para eso, sin querero sí queriendo, nadie sabe, ella.
Le puede ver y recordar y cada vezverle también las caras—mezcladas, amalgamadas, confundidas—que otros le vieron, recordaba:cómo vio que los ojos de Juanca la veían, igualque tantos de otros hombres, compungidapor tan igual que la veían, más que nadacomo la cara que una válvula de esas gordetas puedepermitirse tener; una manerade prometer su adentro desde afuera, un modode decir que su carano es su cara.
Una madre en la cara ve muchas veces carasde una primera vez, y otra y aquellasveces que no recuerda nadie, muchas carasque poca cosa, unaque se miraba en un espejo, unaque se golpeó la nariz y le sangraba, unaque no podía dormir, lloraba y se le hizo de nuevo la primera, unade asombro por una hormiga viva, unade gran felicidad por nada, unaque cerraba los ojos y jugaba a ser ciega, unaque entendió que su madre era otra cara, unaque parecía de mucho espanto, unaque parecía de acuchillarse, unaque parecía ser tantas, unaque nunca supo qué era, todasen lo azaroso bien mezcladas—entreveradas, confundidas, bienmezcladas.
Amalgamadas, bienmezcladas, entreveradaslas veía:el grito adentro afuera, la lengüitaenarcada, los ojos apretados,la válvula gordeta, la manerade decir no es su cara, el aspavientode haber cerrado todo, hormiga viva,felicidad por nada, chupandina,el espejo de pánfila, la marcade sangre en la nariz, pavor, la muecade ver que no era ella, la lengüitaexpatriada, ojo ciego, los colores,rapado el pelo tanto cuanto verde,el rosadito adentro afuera, todolo azaroso del tiempo lo mezclaba.
Lo azaroso del tiempo lo veíaen esas mezclas de una cara, lo taradodel tiempo: no es azaroso,es tonto. Ella sabíaque tantas caras de la Nena se perdíancon ella. Es más que tonto: esazaroso, el tiempo:caras que se perdían porque sí, con ella.
No pudo verla en otras, nunca pudoverla en los ojos del soldado ni de algunosque la vieron después ni de los tantosque después la tuvieronen las manos. Su caraen tantas manos ya sin hacerse niser hecha, yasin quedar, porque no tenía dónde.Yasu madre, ella, Raquel, su madrese había muerto. El tiempose esconde de las caras. Despuésde muerta madre le quedaba a la Nena—a cualquiera le queda—sólo una cara sola, cada vezdistinta, pero una cada vez,sin amalgama.En nadiese le mezclan. Para esosirve madre, decía, para hacerque el tiempo se confundaun poco,tropiece,trastabilley vuelva a ser de nada.