Tierra Adentro
Fotografía: Flickr / José Miguel.

Dos poemas

Así como si no hubiese transcurrido el día que limpió el polvo del aire, las cenizas dentro del viento frío que parece estático pero que en verdad está en movimiento, las estrellas una por una aparecieron y nosotros vimos nuevamente el cielo. Los animales volvían a sus huecos, las ranas tomaban la forma y el color de los troncos de los árboles; todos volvían a su lugar salvo nosotros que no podíamos dejar de ver lo que sucedía entre ellas como un reflejo premonitorio de lo que sucedería entre nosotros

De todas formas, no podríamos decirlo, la manera en la que fue es imposible de decir no existe, ya no está acá, todas esas cosas que explicamos verdaderamente para explicar otras se ocultaron como ellas, revelaron el viaje cuando se hizo de día


Autores
(Buenos Aires, 1985) es autora de los libros de poemas Pensó que ya lo sabía (Huesos de Jibia, 2008) y Los barcos vuelven (La Propia Cartonera, 2010).
Ilustración: Flickr / Helena Perez García.

2001

Me acuerdo de que una tarde de sábado del año 2001, debe haber sido octubre o noviembre… no, creo que más bien, fines de noviembre, me vestí con un traje color turquesa que tenía un estampado de caballos. Era un saco y una pollera, de corte medio sastre, pero de tela blanda de poliéster, que había comprado en 1998 en la galería Bond Street. El saco tenía un cinturoncito.

Bueno, me acuerdo de que esa tarde me puse ese traje y zapatos de taco y dije: ¡Hoy me llevo el mundo por delante!, ¡hoy me llevo el mundo por delante! Y me fui a una lectura en la Casa de la poesía. ¡Llevarse al mundo por delante en la casa de la poesía! Ja: tengo que poner “ja”. Qué gracioso.

Pero yo soy así y cada uno juega sus cartas en la vida.

Yo jugué las cartas de la sensibilidad.

Obviamente, llevarme el mundo por delante era conocer a un chico que me amara, porque ese sábado estaba sola, pero también era estar totalmente absorta en la Sensibilidad.

Con una falda de poliéster tableada, ¡completamente absorta en la Sensibilidad!


Autores
(Mendoza, 1973) es autora de Swedenborg vs. Kant (La Propia Cartonera, 2010).

El centenario de José Revueltas (Santiago Papasquiaro, Durango, 1914- Ciudad de México, 1976) tuvo la desventura de ser en día festivo pues Revueltas nació justo cuatro años después de que Madero se alzó en armas contra Porfirio Díaz, así que varios libros que se proponían conmemorar la fecha apenas alcanzaron a salir, y luego se precipitó el fin de año. Sin embargo, las semanas de festividades decembrinas en las que no hay mayor actividad cultural fueron un bálsamo para poder leer algunos de esos libros que ahora puedo comentar tranquilamente, sin la premura de la fecha y la entrega. Para empezar, hay que decir que en 1978 la hija mayor de José Revueltas, Andrea Revueltas, junto con Philipe Cheron, iniciaron la edición de las obras reunidas, mismas que fueron comprendidas en veintiséis volúmenes hasta 1987: prácticamente un libro por título. Ahora, por fortuna, empezó a circular una nueva edición, en sólo siete volúmenes se condensan todos aquellos títulos y se hace más práctica, menos dispersa, incluso más accesible (pues algunos libros ya estaban agotados), la obra de Revueltas.

Los primeros tres tomos contienen la narrativa conocida de Revueltas, seis novelas y tres libros de cuentos: en el primero, Los muros de agua, El luto humano, Los días terrenales; en el segundo, En algún valle de lágrimas, Los motivos de Caín, Los errores y en el tercero El apando, Dios en la tierra, Dormir en tierra y Material de sueños. Estos tres primeros tomos permiten leer sus 6 novelas alejadas ya del pensamiento de compromiso social que las impulsó y, sobre todo, de las polémicas facciosas que condenaron un par de ellas: Los días terrenales y Los errores. En Los errores, Revueltas hizo una crítica a la izquierda, palabras que suenan tan actuales pues a ratos parece que les habla a nuestros obtusos políticos de izquierda de hoy (además en 2014 esta novela cumplió 50 años de publicarse por primera vez así que el FCE la reeditó con el pretexto del doble festejo). Tengo para mí que Revueltas es, junto con Martín Luis Guzmán, el mejor prosista de la primera mitad del siglo XX. “Dios en la tierra” es un cuento que de principio a fin es un poema estremecedor, un poema redondo, y El apando es un relato de un solo y escalofriante párrafo, sin puntos y aparte, llevada al cine en 1976 por Felipe Cazals con un guion del propio Revueltas y José Agustín. Como han dicho otros críticos, en esta narrativa se encontrarán los personajes característicos de la obra revueltiana: ladrones, prostitutas, homosexuales, encarcelados, drogadictos, que a mí me hacen pensar que Revueltas es el Genet mexicano.

José Revueltas, Obra reunida, 7 tomos, Conaculta / Era, México, 2014.

José Revueltas, Obra reunida, 7 tomos, Conaculta / Era, México, 2014.

 

Aunque escribió algunos poemas, Revueltas no fue poeta. En algún momento de su presentación, José Manuel Mateo los llama “piezas verbales” y creo que justo eso son. Algunos de ellos se dieron a conocer a finales de los años treinta en El popular, periódico en el que trabajaba su amigo Efraín Huerta, y nunca los publicó en un libro hasta que aparecieron en Las cenizas (tomo 4 de las Obras reunidas). Otros son versos garabateados en servilletas que, luego de escribirlos, Revueltas destruyó pero su primera esposa, Olivia Peralta, rescató literalmente de las cenizas. Así se construyó este tomito de poemas, El propósito ciego que apareció póstumamente, en 1979, y luego una reedición en 2001 (que es la misma que ahora se reedita). En un testimonio reciente, su hijo Román Revueltas lo recuerda como “un ser a quien los horrores del mundo lo sacudían verdaderamente en su interior”; varios de estos poemas fueron respuesta a algún sacudimiento. Dice Álvaro Ruiz Abreu en su biografía José Revueltas. Los muros de la utopía que “jamás se sintió poeta; sus versos fueron pasatiempo o descarga sentimental, no una función decisiva en su quehacer literario”; no necesitaba escribir poemas porque en su narrativa ya había suficiente poesía, como he dicho del cuento “Dios en la tierra”.

José Revueltas, "El propósito ciego", ed. José Manuel Mateo, Fondo de Cultura Económica / Era, México, 2014.

José Revueltas, “El propósito ciego”, Ed. José Manuel Mateo, Fondo de Cultura Económica / Era, México, 2014.

 

La Iconografía que también preparó José Manuel Mateo es una especie de crónica ilustrada de la azarosa vida de Revueltas. La cronología sirve de introducción más a la vida de Revueltas que a su obra: aparece retratado con su familia; en las Islas Marías siendo todavía un adolescente; en una serie de los Hermanos Mayo está sentado frente a su máquina de escribir tecleando con fruición alguno de sus textos; al lado de su amigo Efraín Huerta y de su hermana mayor, la actriz Rosaura Revueltas y la célebre fotografía cuando abandonó Lecumberri haciendo la V de la victoria con la mano derecha. Todo eso ayuda un poco para poder rastrear algunos textos que no están compilados en las Obras reunidas: recuerdo algunas cartas más a distintos personajes (que deberían ir en el ahora tomo 7) y un curioso ensayo sobre la obra del pintor Héctor Xavier (que tal vez podría estar en el tomo 4, dentro de la obra póstuma).

José Revueltas, Iconografía, ed. José Manuel Mateo, Fondo de Cultura Económica, México, 2014.

José Revueltas, Iconografía, ed. José Manuel Mateo, Fondo de Cultura Económica, México, 2014.

Por su parte, Álvaro Ruiz Abreu publicó en 1992 la primera edición de la biografía, que ahora, con el centenario, ha revisado, corregido y vuelto a circular. Ruiz recrea bien el ambiente familiar, la influencia de sus hermanos mayores: Silvestre, el músico, y Fermín, el extraordinario pintor cuyas obras ilustran las portadas de cada uno de los tomos de la Obra reunida; así como el ambiente de los años treinta en los que Revueltas inicia su militancia política en el Partido Comunista Mexicano; sus inicios literarios con cuentos a la sombra de Dostoievski; las varias encarcelaciones que sufrió, primero en la correccional de menores, luego en las Islas Marías y finalmente en Lecumberri; la persecución que padeció por parte de sus camaradas con la publicación de sus novelas Los días terrenales, luego por Los errores y con su obra de teatro El cuadrante de la soledad, cada una con su consecuente palinodia; su participación activa en el Movimiento estudiantil del 68 donde fue una especie de guía moral y, tal vez por eso, fue acusado de ser el autor intelectual de la revuelta estudiantil y su polémico y multitudinario entierro. Los muros de la utopía es, con toda seguridad, una de las mejores biografías que se han escrito en la literatura mexicana de un escritor mexicano del siglo XX.


Álvaro Ruiz Abreu, José Revueltas. Los muros de la utopía, Cal y Arena, México, 2014.

En el caso de Revueltas en la hoguera, Ruiz Abreu aclara que no es una “antología de lo que la crítica ha dicho sobre Revueltas” pues esa función ya la cumplió Nocturno en que todo se oye. José Revueltas ante la crítica (ed. Edith Negrín, Era / UNAM, 1999), sino “un muestrario de textos cruciales para empezar a leer su obra con la intención de que el lector tenga un acercamiento más íntimo o más preciso de ella”. En este libro están compilados dos curiosos textos de Pablo Neruda, el primero en el que desconoce a Revueltas por la publicación de la novela Los días terrenales y el segundo es una carta al entonces presidente Díaz Ordaz pidiéndole la excarcelación de Revueltas “porque tiene la genialidad  de los Revueltas y también, lo que es muy importante, porque lo queremos muchísimo”. Además, una curiosa mención de Salvador Novo en una de sus columnas justamente sobre Los días terrenales, pero a Novo no le interesa el dogmatismo que condenaba esa novela sino el estilo que “se ha depurado, ágil, profundo, rico”. En Revueltas en la hoguera se incluyen una crónica de Elena Poniatowska, escrita a la muerte de Revueltas, y un lúcido ensayo de José Joaquín Blanco quien, al decir de Ruiz Abreu, fue “uno de los primeros críticos que recorrió el largo camino de los cuentos y novelas” de Revueltas, un hilarante relato de Héctor Aguilar Camín que fabula una apuesta y discusión dialéctica sobre la existencia de Dios, entre muchos otros.

Los lectores y críticos más jóvenes de Revueltas fueron llamados por Vicente Alfonso para conformar el volumen El vicio de vivir, pues lo cierto es que la obra de Revueltas carece de lectores jóvenes que la vuelvan a poner en el lugar que merece. Así, doce escritores jóvenes escriben sobre distintos aspectos de la obra revueltiana. Uno de los mejores ensayos es el de Eleonora Luna pues centra una disertación sobre el teatro y el trabajo para cine que hizo Revueltas; Luna considera que “su obra cinematográfica y teatral se desconoce, a pesar de su poder y rigor, de su gran aportación a estas disciplinas dentro de la historia del cine y del teatro en México”. El poeta Andrés Márquez, por su parte, en un breve pero sucinto ensayo disecciona el magnífico relato El apando, cuyo anhelo es “mover los espíritus”. Y así cada uno de los diez ensayistas restantes aborda un tema u obra de Revueltas: Mijaíl Lamas vuelve sobre los poemas reunidos en El propósito ciego; la poeta Claudina Domingo aborda la obsesión por la muerte en varios cuentos, la muerte asumida como “una sensación natural” por el autor que creó una literatura “del lado moridor”.

Aunque el centenario de su nacimiento ya pasó, nunca es tarde para volver a las páginas deslumbrantes de Revueltas.

Vicente Alfonso (comp.), El vicio de vivir. Ensayos sobre la obra de José Revueltas, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2014.

Vicente Alfonso (comp.), El vicio de vivir. Ensayos sobre la obra de José Revueltas, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2014.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Fotografía: Flickr / David López Sánchez.

Cebras

Cebras que pastan; el amor tiene formas así, penachos cuando logra que el minuto se complete devore la hora, preñada de días, tal vez años, tal vez fila de estrellas, y mueva la cola al compás de las moscas y las moscas se retiren a su muerte por un rato.

Anoche me encontré con una: no pastaba; bebía, con paciencia de cebra de unos ojos. Me hizo pensar en que quizás, el amor podría haber cambiado de elemento. Porque esa cosa, también, va por el aire: se han visto nubes con forma de caballo naranja, duraznos perfectos, se pudo ver el cielo entero alguna vez…

Pero el aire ahora no quiere darnos nada y no hay ni un minuto vacío: vivo abarrotada de conciencia en el congreso de usureros, en la fábrica de anteojos; podría morir de asfixia o vidrios rotos.

Podría morir de tantas cosas: invadida por la fe, descerebrada, mordida por la artrosis, la gangrena o por besar una pantalla y recibir la patada eléctrica de todos los toros.

O no. Mirá la vida: ¿ese trueno que ahora escucho, ese rayo por las nubes, no es la cebra desbocada que regresa?


Autores
(Buenos Aires, 1977) es autora de El vino de la casa (Vox, 2007) y Fuego chico (Nulú Bonsai Editora, 2009).
Fotografía: Flickr / Angel Rodriguez-Rey.

Los potus

esta mañana saqué afuera los potus mellizos al regreso de la jornada ellos me hablaron del viento y del sol que son como una música animal en los primeros instantes los tallos se ablandaron pasaron de una sala de espera controlada a un boliche con humo negro (exterior) dijeron que si quería lastimarlos mejor era de a poco cerca del mediodía eran machos sudaban y era inevitable doblarse el vecino los miró extrañado y dijo en voz alta: qué lindas macetas para plantas de interior

los potus mellizos se conocen desde siempre llegaron juntos a este mundo pero cómo es la vida que al final de la jornada uno estaba casi muerto y el otro casi vivo abrí el portón y los vi ya las hojas de uno no se veían acurrucadas aún atadas al tallo haciéndose una siesta sobre la tierra y el otro erguido encarando ese mundo de luz y viento nuevas plagas ausencia

quise sacarlos para lucirlos hermanos de savia ahora aprendí una lección de botánica los espacios se respetan está el adentro y el afuera morirse es de a poco y la vida depende de todos

me hablaron del verano que pasa de veinte grados a una lluvia helada y retoma empoderado el calor astringente dijeron que lo difícil así es respirar me senté frente a ellos les sonreí ellos no se movieron estaban aún echados pero yo los miré y les sonreí y ellos no hicieron nada entonces decidí quedarme los miré y les sonreí en el cielo la nube bajó hace calor les dije pero va a llover les dije quieren entrar pregunté y ellos estaban ahí como dejados qué lindas macetas, pensé ¿de qué se mueren?

esta mañana saqué los potus mellizos a la ventana del jardín son plantas de interior, pensé son plantas, pensé y ahora estoy acá, mirándolas y ellas, nada


Autores
(Buenos Aires, 1981) es autora del libro de poemas La central del sentir (Nulú Bonsai, 2014).

El pasado 13 de diciembre el fotógrafo documentalista Christian Rodríguez presentó su fotolibro Selfie, en el que aborda el tema del autrorretrato y de su uso en las redes sociales. Sin duda el fenómeno del selfie ha sido poco estudiado, tal vez por tratarse de un tema al que damos poca importancia, sin embargo el selfie no solo ha transformado la manera en la que usamos la fotografía y en la que interactuamos con nosotros mismos, sino también ha modificado la forma en la que nos relacionamos con los demás a través de su publicación en las redes sociales. El selfie es el resultado de una sociedad mediatizada, cibernética y narcisista, a su vez representa la imagen perfecta del hombre nuevo, quien encarna la era del hiperindividualismo en todas sus actitudes.

Según afirma Gilles Lipovetsky, la posmodernidad ha llegado a su fin, dando paso a una nueva época: la hipermodernidad. En ella el pasado reaparece, el presente adquiere una importancia fundamental en la vida de los individuos y el porvenir se asoma como nueva forma de reinterpretar el futuro: el progreso deja de tener cabida.[1] El hombre nuevo es producto de un momento histórico en el que el prefijo hiper define el comportamiento de la sociedad y el sistema en el que se desenvuelve: hiperconsumismo e hiperindividualización.

La economía cada vez va más dirigida al consumo, así como a la comunicación de las masas, lo que ha llevado al nuevo hombre a la búsqueda y revaloración de sí mismo a través de la imagen. Le gusta ver su imagen reflejada, tal como Narciso, pero su amor no ha sido correspondido y en esa lucha se vuelve un hombre cada vez más insatisfecho. El hombre hipermoderno es al mismo tiempo hipervisual y sus necesidades de consumo de imágenes se ven saciadas no sólo por la publicidad y el internet, sino también por las herramientas que le son suministradas para la producción de imágenes. La fotografía resurge como un medio que permite al individuo reinventarse en una necesidad de reencontrarse consigo mismo.

Lo hipermoderno se caracteriza por la transformación que hubo en torno a la concepción del tiempo, pues cada día nos es más importante conseguir mayor aprovechamiento en el tiempo. Este es el motivo por el cual buscamos horarios laborales más variables y mayor  tiempo libre, hacemos más espacio al tiempo de consumo,  al de actividades culturales y al tiempo de vacaciones.[2] Cuanto más tiempo libre se tiene, existe mayor necesidad de fotografiar cada instante. En 1965 Pierre Bourdieu escribió sobre la actividad fotográfica de las familias de Lesquire, en Bearn, e identificó que  la mayor actividad se realizaba durante las vacaciones, lo que significa que estaba muy relacionada a la actividad turística. “La  fotografía está allí para certificar, para siempre, que el tiempo era libre y que se tuvo la libertad de fotografiarlo”.[3] Ya no se trata únicamente de preservar el momento en la memoria familiar, sino de inmortalizar nuestra propia esencia, de conservar en nuestra memoria y llevar a la memoria colectiva el reflejo de nosotros mismos que se manifiesta en esa nueva superficie cristalina que Narciso no conoció: el lente de la cámara.

Los valores éticos de los años sesenta ya no nos gobiernan, hoy en día entramos a lo que Lipovetsky llama la era de la felicidad, en la que se enarbola la bandera de la realización personal, con la que se evoca al tiempo libre, al erotismo, al bienestar físico y espiritual. La fotografía de las vacaciones en familia aún es vigente, pero al cambiar los “modelos de familia” se modifican también los motivos a fotografiar. Hoy muchas de las nuevas familias se conforman únicamente por la pareja, y la ausencia de hijos es cada vez más evidente. Aparece la fotografía de viaje en pareja, al igual que la fotografía del disfrute del tiempo libre en soledad. Es en ese punto en el que el selfie cobra importancia y sentido. Entre más abandonamos la colectividad más volvemos la mirada hacia nosotros mismos, nos hacemos cada vez más conscientes de nuestra esencia, el yo cobra más fuerza y en la medida en la que interiorizamos más profundamente nos alejamos un todo, nos volvemos más solitarios y en esa soledad es que nace Narciso.

Con el selfie no sólo se quiere enaltecer la figura de uno mismo, sino también reflejar ese bienestar físico y espiritual que tanto busca el hombre hipermoderno. Ya no se retrata el momento en el que uno forma parte del colectivo, sino se retratan aquellos en los que uno está solo en la cotidianidad como para reafirmar socialmente que se ha tenido éxito, que cuidamos de nosotros mismos y que hemos logrado el confort que el hipermodernismo propone: lograr la felicidad sin necesitar a nadie. Se consume el bienestar para uno mismo, teniendo siempre interés por mostrar la imagen de self love a los demás. El Narciso no sólo está preocupado por sí mismo, sino por demostrar a los demás que se ama. El nuevo hombre es narcisista y hace uso de la fotografía para reafirmarlo.

La hiperproducción de imágenes de uno mismo responde a la necesidad de reinventarnos con cada foto, pero también a la necesidad de reconocimiento por parte de lo demás. Nos decimos independientes, autónomos, siempre volteando hacia adentro y buscando satisfacer nuestros propios intereses, pero Narciso no puede ser él mismo sin el reconocimiento de otro, sin su aprobación, sin un like. El selfie es el nuevo narcótico, ese al que uno produce y consume en un intento por llenar el vacío de existencia que deja la hipermordernidad en nuestro tiempo.

 


[1]Gilles Lipovetsy, Los tiempos hipermodernos, trad. Antonio Prometeo Moya, Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, pág. 62.

[2]Ibid., pág. 79.

[3]Pierre Bourdieu, “Culto a la unidad y diferencias cultivadas”” en Un arte medio. Ensayo sobre los usos sociales de la fotografía,  Editorial Gustavo Gili, Col. Fotoggrafía, Barcelona, 2003, pág. 75.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.
Fotografía: Flickr / *L

La persiana

mientras construía la casa de mis padres mi abuelo se cayó del techo y se quebró dos costillas me contaron que no quiso ir en auto al hospital llegó en colectivo mi abuelo hablaba poco y nunca fuimos muy cercanos aunque pasamos algún tiempo juntos cuando lo internaron una tarde fui a cuidarlo y me confundió con un ladrón al que quiso disuadir acá no hay nada, repetía una y otra vez acá no hay nada, no hay nada y era cierto: no había, pero entonces empezó a hacer algo con sus manos como si atornillara algo en el aire un movimiento que al final abandonaba con resignación insistía en arreglar esa persiana para mí la poesía es un poco como eso querer arreglar una cosa que no existe y chau, morirse en el intento.


Autores
Mar del Plata, Argentina, 1983) escribe y traduce. Como poeta publicó Josele, Los círculos del agua (Dársena3, 2004), Pluvia, Una, dos comadrejas, Bruma (los tres publicados por VOX en 2007, 2010 y 2012, respectivamente), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) entre otros. Tradujo Paterson V, de William Carlos Williams (Luz Mala Ediciones, 2012).
Ilustración: Flickr / .gsr.

Breve noticia de “Canto de la Nena vista”

Del vasto acervo de la Ciudad y las Tierras, el “Canto de la Nena vista” es, sin duda, la flor más retorcida. De autor desconocido —aunque abunden, por supuesto, las hipótesis—, su composición se sitúa en los tiempos de esa Revuelta por la Larga que sacudió los cimientos de aquella sociedad. Los críticos subrayaron después, una y mil veces, la extrañeza de que una obra de fuste, redactada al calor de esos fuegos y dedicada a rescatar la figura de una de sus heroínas más cantadas, eluda cualquier referencia al movimiento. El “Canto” es, sin dudas, una composición culterana que no busca popularidad ni intenta intervenir en los combates del momento. No sirve en absoluto a la causa en la que militó la Nena: ni siquiera la ataca. Esta prescindencia es una toma de partido. El autor parece postular que, en medio de la tormenta, los mismos materiales que se usan para agitar pueden utilizarse para otros propósitos; si no fuera así, es evidente que podría haber escrito más o menos lo mismo tomando como protagonista a cualquier otra persona. El autor parece afirmar, con el “Canto”, que la belleza —o lo que él considera, supongamos, la belleza— puede apoderarse de cualquier trinchera. El problema es que su composición no responde —ni por estructura ni por temática— a ninguno de los cánones aceptados, clásicos, de la belleza en la Ciudad y las Tierras.

Y, aun así, sobrevivió a los siglos y llegó hasta nosotros, en la bellísima traducción que debemos primero al francés del caballero Alphonse des Thoucqueaux y por fin, modestamente, al castellano de un servidor. Sin ánimo de abusar de la paciencia del lector, dos o tres aclaraciones imponen su necesidad: en la lengua de la Ciudad y las Tierras, el tiempo se mide en estaciones —tres estaciones igualan un año—, válvula significa vulva y los pelos verdes son la marca que siempre identificó a la Nena en la iconografía revolucionaria.

 

Canto de la Nena vista

Cuando su madre la veía, le veía lo azaroso del tiempo, cuando la miraba, despacio, los ojos entornados, lo que veía eran bastantes Nenas. Muchas Nenas se le mezclaban cada vez que intentaba mirarla. Mirarla era de vértigo para Raquel, su madre: se le escapaba todo el tiempo cada cara. Las veía todas cada vez, mezcladas. Cuando su madre la veía,veía cómo fue que se le abrió la cara cuando dio el primer grito, recordaba: la cara era una arruga arrepollada, como una feta todavía de las carnes desde donde tan recién había llegado. La cara era de adentro y sólo –una feta todavía, una mordida rebanada– se hizo de afuera cuando se le abrió brutal la boca para el grito, cuando se vio que la Nena también su adentrotenía, hecho de rosadito resbaloso; nada más teniendo adentro puede alguien pasar a ser de afuera.

Cuando su madre la veía, veía también la primera cara de feroz que puso una tercera, bien mezclada. La cara de feroz era redonda como un racimo de uvas, recordaba: por aquí un poco hinchada, por allá más hinchada por la cólera de chupar sin que nada saliera, rechinando sobre esa mama flaca. En esa cara los ojos le quedaban ranuras, la boca un aspaviento, la nariz apretada, todo, todo y la cara se habían cerrado: todo estaba afuera. La crueldad es una cara que cierra sus agujeros.

Lo azaroso es el tiempo; cuando su madre la veía, veía también la cara de la Nena la primera vez que le dio un beso con su lengua, recordaba: ya de seis estaciones, casi siete, la Nena con el pelo rapado para mostrar que la cuidaban, sus manitas fregando sin parar la una a la otra, sus ojos que nunca se quedaban en una cosa sola, sus rodillas que tanto se enredaban, unas palabras que ella sola entendía y la manera en que le contestó su beso con un beso, estirando extremando, expatriando, enarcando o casi serpenteando su lengüita de iguana puntiaguda y entendió que una parte de adentro podía pasar afuera y después adentro de otro adentro, mezclarse en otro adentro no por hambre o un grito sino por ganas nada más, por estar yendo.

Lo azaroso, cuando su madre la veía en un momento, en ése, el tiempo, le veía su cara también una primera, antes de despertarse, con colores y después, esa misma primera, al despertarse, con sus pelos pintados, recordaba: la cara de la Nena en su sueño que rebosaba de colores que mal se le escapaban de las manos y después la cara de la Nena cuando se despertó, de pánfila inocencia, ya de veinte estaciones, mirando a ningún lado, y con sus pelos mal pintados del verde que siempre llevaría. Le pareció que había entendido —que Nena había entendido: a la madre le pareció que la hija había entendido— que hay por lo menos dos lugares: si adentro es rosadito resbaloso, afuera tiene que ser de otro color: el verde era decirle que ya se le había ido.

Le tenía tantas caras.

Una madre en la cara ve muchas veces caras de una primera vez, y otra y aquella vez que nadie se acordaría si no fuera porque ahí está, para eso, sin querer o sí queriendo, nadie sabe, ella.

Le puede ver y recordar y cada vez verle también las caras —mezcladas, amalgamadas, confundidas— que otros le vieron, recordaba: cómo vio que los ojos de Juanca la veían, igual que tantos de otros hombres, compungida por tan igual que la veían, más que nada como la cara que una válvula de esas gordetas puede permitirse tener; una manera de prometer su adentro desde afuera, un modo de decir que su cara no es su cara.

Una madre en la cara ve muchas veces caras de una primera vez, y otra y aquellas veces que no recuerda nadie, muchas caras que poca cosa, una que se miraba en un espejo, una que se golpeó la nariz y le sangraba, una que no podía dormir, lloraba y se le hizo de nuevo la primera, una de asombro por una hormiga viva, una de gran felicidad por nada, una que cerraba los ojos y jugaba a ser ciega, una que entendió que su madre era otra cara, una que parecía de mucho espanto, una que parecía de acuchillarse, una que parecía ser tantas, una que nunca supo qué era, todas en lo azaroso bien mezcladas —entreveradas, confundidas, bien mezcladas.

Amalgamadas, bien mezcladas, entreveradas las veía: el grito adentro afuera, la lengüita enarcada, los ojos apretados, la válvula gordeta, la manera de decir no es su cara, el aspaviento de haber cerrado todo, hormiga viva, felicidad por nada, chupandina, el espejo de pánfila, la marca de sangre en la nariz, pavor, la mueca de ver que no era ella, la lengüita expatriada, ojo ciego, los colores, rapado el pelo tanto cuanto verde, el rosadito adentro afuera, todo lo azaroso del tiempo lo mezclaba.

Lo azaroso del tiempo lo veía en esas mezclas de una cara, lo tarado del tiempo: no es azaroso, es tonto. Ella sabía que tantas caras de la Nena se perdían con ella. Es más que tonto: es azaroso, el tiempo: caras que se perdían porque sí, con ella.

No pudo verla en otras, nunca pudo verla en los ojos del soldado ni de algunos que la vieron después ni de los tantos que después la tuvieron en las manos. Su cara en tantas manos ya sin hacerse ni ser hecha, ya sin quedar, porque no tenía dónde. Ya su madre, ella, Raquel, su madre se había muerto. El tiempo se esconde de las caras. Después de muerta madre le quedaba a la Nena —a cualquiera le queda— sólo una cara sola, cada vez distinta, pero una cada vez, sin amalgama. En nadie se le mezclan. Para eso sirve madre, decía, para hacer que el tiempo se confunda un poco, tropiece, trastabille y vuelva a ser de nada.


Autores
(Bueno Aires, 1957) es periodista y escritor. Ganador del premio Rey de España y del premio Herralde de Novela. Su libro más reciente es El hambre (Planeta, 2014).