¿Y si escribir fuera como ese momento del parto, cuando ya no hay fuerzas ni para mantener los ojos abiertos, cuando escapa la energía en los gritos, cuando es mejor cancelar para poder irse a dormir? Cuando escribo, me asomo a ese otro mundo donde viven las historias, como a través de un agujero en el hielo, y las pesco para traerlas a este lado materializadas en letras. Entro en trance: para parir y para escribir. Aunque recuerdo mis partos, no registro los momentos en los que escribo ni reconozco mis textos como propios cuando los releo más tarde.
Empecé a escribir después de haber pasado todas mis tardes leyendo: durante el invierno, en un sillón de un solo cuerpo en el que me estiraba transversalmente, escondida en una parte de mi casa adonde nadie iba nunca; y en la cama del cuarto más caluroso de alguna casa durante el verano. Los estantes de la biblioteca se doblaban por el peso de los libros. Con mi hermana nos repartíamos esos títulos que pertenecieron a un abuelo con cualidades de prócer al que nunca conocimos; intercalábamos manuales de anatomía con clásicos literarios. Entre esos objetos que nadie sabía cómo leer, una tarde de tormenta encontré unos cuentos que mi madre le había robado a su hermana en un rapto de odio. Ese libro me hizo sentir que quizás yo también podía escribir. Que las ideas y las escenas que vivían en mi imaginación podían nacer a este mundo.
No escribo todo el tiempo, sino cuando no puedo evitarlo: cuando una línea rebota sin parar adentro de mi cabeza y sé que hasta que no la haga letras no se callará. Cuando empiezo, no paro hasta que quedo seca. Entonces dejo de ser yo: mis dedos tejen como arañas sobre las teclas y al final no sé qué pasó qué hice ni durante cuánto tiempo. Muchas veces no me atrevo a leer lo que escribí porque me avergüenza: sospecho que dejé alguna parte secreta de mí titilando en la pantalla, impúdica, exhibicionista.
Hace unos tres años decidí dejar la Argentina junto a mi familia. Al mismo tiempo tomamos la decisión de tener un hijo. No era la primera vez que hacíamos alguna de esas dos cosas y, como siempre que tomamos una decisión que cambia radicalmente nuestras vidas, no le dimos muchas vueltas.
El proceso mental que hicimos para dejar nuestra vida en Buenos Aires fue lineal: uno busca en el fondo de su memoria y encuentra las mil razones de esos otros migrantes, los primeros, los que nos dieron nuestros apellidos. Posibilidades y oportunidades completan en segundos la lista innecesaria de pros y contras, que nos da el envión para lo que uno ya sabe que va a hacer. Mi salida fue caótica, confusa, convulsionada. Y la llegada al nuevo destino fue inversamente proporcional: todos los “no” se convirtieron en “sí”. Cada día nos reafirmaba lo necesario del cambio. Era como si este lugar, que nunca habíamos visitado y del que no sabíamos absolutamente nada, nos hubiera estado esperando.
Pero en la búsqueda de nuevos horizontes me despedí de mi ciudad, la musa caprichosa e incomprensible que día y noche me susurraba palabras al oído. Recuerdos de infancia disparados por un aroma, historias imposibles imaginadas en el cruce de una mirada, poemas nacidos del chillido de un camión de basura. El cambio me encontró con los brazos llenos de niños, los míos, convertida en la única madre posible para ellos, a quienes había dejado sin otros familiares que pudieran ayudarlos o reconfortarlos. En Buenos Aires tenía un trabajo que me permitía escribir en la tranquilidad de la oficina. Aquí trabajo en casa, mientras cuido a mi hija menor, que se divierte más trepando por mi cuerpo que en los juegos del parque. Mi agenda de actividades está organizada por los horarios del distrito escolar, a los que no solamente adapto la hora en la que sonará la alarma del despertador, sino hasta qué momento del día trabajaré y cuándo debe dormir la siesta mi hija.
Las experiencias son nuevas de verdad: no disparan recuerdos ni paralelismos con mi vida anterior. Y, como si fuera la primera vez, no dejan de llegar a toda velocidad y de estimular mis sentidos. Me ajusto al nuevo mundo una y otra vez. De pronto me definen partes de mi identidad en las que ni siquiera pensaba: sudamericana, carnívora part-time, hispanoparlante. Debo comprender qué soy, para luego completar formularios: “ethnicity: latino; race: white”. Busco acomodarme en mis papeles de madre a la salida de la escuela, vecina en una nueva comunidad, empleada de gente a la que sólo conozco telefónicamente, amiga de personas a quienes jamás había imaginado. Quiero dejar atrás partes de mí que no me gustan y que tienen mucho que ver con la ciudad violenta y caótica de la que provengo y a la que extraño todos los días. Como es adentro es afuera, y sé que si me siento feliz y optimista, podré irradiar sonrisas. Pero primero debo aprender a sonreír un poco más; a ser más tranquila; a suponer lo mejor de las personas. Como una madre monstruosa, Buenos Aires se me aparece en la forma de recuerdos vívidos y recurrentes: una librería en una esquina, frente a una escuela; una cuadra en el barrio chino donde estacionamos el auto una sola vez; el olor de una plaza por la noche en verano, circa 1996. Los recuerdos me atacan cuando estoy sola, sin otro testigo que defina qué es la realidad y qué es el pasado.
Toda mi creatividad, mi imaginación, las historias y la poesía que descubro en el mundo, no se vuelcan al papel sino en la crianza de mis hijos. Invento frases que dejarán al adolescente helado para derretirlo segundos más tarde; cuentos cuando paseamos por la calle para el de siete años; canciones mientras manejo para la de dos. Espero poder recordar las historias que valen la pena para cuando tenga uno de esos momentos de trance frente a la pantalla de mi computadora. Y si no puedo, no me importa: al menos habrán embellecido algunos momentos, como flores o mariposas que quedan prendidas del aire en el instante de una tarde de verano y luego se escapan por una costura suelta del día.
Escribir es como parir, como cazar animales invisibles dentro de un ropero sin fondo y depositarlos en la mesa del comedor. Escribir es como colgarse del cable de la luz y electrocutarse un poco. Es como meter la cabeza a través de un agujero en el hielo y descubrir un mundo al revés, en el que si te acuestas en el piso te caes contra el techo; como dormirse cuando ya se hizo de día y empiezan a oírse los motores de los autos que taponan la autopista para llegar, todos juntos, al centro.
¡¡¡¡¡¡¡CÙÙÙÙÙÙÙÙÙÙMBIÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!!!!!
—silencio de esos preñados de desastres, de inminencia pura y muda.
Silencio de antes de que: desenlácese su propia polifonía aturdidora, sus gritos revueltos.
Y rómpanse los tímpanos:
Fue un aullido de proporción gigavática y replicación viral: la consagración de la fiesta desde las rancherías más remotas hasta los canales navegables del Río de la Plata, la bailanta total, la estereofonía absoluta: cumbia.
Fue una precipitación vertical y telúrica como pistolitas veintidós, como clavos, como locomotoras, como misiles aire tierra, como todas las ollas Essen arrojándose al suelo y perforando las baldosas de las cocinas; arrancándose de cada cosa, sumándose en violento arrebato al imán del centro del planeta, el magma ardiente, la ebullición elemental.
De cada parlante online: cumbia. Un grito monstruoso, la consumación del arte hacker de la periferia. Al toque, al toque del aullido, el craquelado de los vidrios que rechinaron como casi toda cosa cuando se rompe, rechinaron los vidrios cuando explotaron en rectas y en diagonales filosas y enseguida lo peor: el estrépito de las caídas guillotinescas sobre los cuerpos vivos y el coro de aullidos, ay, ese último acto de miles y miles. La ciudad entera se inundó de sangre y la sangre llegó al río: en su caudal flotaron brazos, piernas, dedos y cabezas desprendidas con la misma expresión de pavor y sorpresa que habrá tenido Juan El Bautista pero multiplicada por cincuenta mil, como cientos de pantallas las cabezas cortadas transmitieron paradójicamente sin cortes ese pavor y esa sorpresa durante los días y días que pasaron hasta que se dispuso de ellas. Tantos fueron los trozados en las bocas de tormenta que al final las taparon: cada esquina floreció como un cantero de miembros humanos erguidos en ramillete y resistiendo al empuje de la sangre que quería, como todo líquido que camina en Buenos Aires, irse al río, asumir su hidrodestino sudamericano.
Fue el primer vidriomoto urbano de la historia: caída, sangre, polvo y caos. Fue así: primero, el aullido. Después, un silencio que duró menos que lo que tarda en decirse, “silencio” digo, diga “silencio” para tener la medida, pruebe, dígalo: hablo de ese tiempo, la casi nada que pasó entre que el aullido les voló las gorras y los cascos a los negros policías y el impacto con la tierra, liviano el de las gorras antes de rodar a las zanjas y hundirse en el agua podrida —no hay otra agua— y pesado el de los cascos que cayeron un poco más abajo que las gorras: sumergiéronse a fuerza de inercia sónica primero y gravitatoria después: a doble fuerza se hundieron los cascos.
Se suspendieron las cosas ese instante mudo. Como si el tiempo se hubiera salido de ellas para tomar envión: se vació de sí el tiempo y volvió en estallido, acelerado y veloz de esas velocidades que matan, que sólo las explosiones dan. Todo el instante y todas las cosas muertas como si un museo fuera bomba: instante de advenimiento porque fue el antes de la victoria aplastante de la gravedad, una especie de megamaldición babélica y rascaciélica, de origen celestial y fines de averno. Los vidrios rotos, astillados en pedazos filosos, se hundieron en cuerpos vivos. O se pulverizaron, porque terminaron siendo polvo todas las cosas que alguna vez habían sido arena.
Esto es lo que cuento, el aullido, el impacto del aullido sobre cada vidrio, el avance silencioso de las fisuras, la estrepitosa precipitación primera, el gran desastre que se fragmentó en pequeños: las cosas que rebotaron y le pegaron a otras cosas y volvieron a caer y rebotaron cada vez más bajo y menos vertical hasta que cayeron del todo: hasta que cesó la inercia y yacieron como los muertos que ellas mataron, yacieron las cosas convertidas en raíz y apoyo de los sucesivos desmoronamientos que siguieron.
Todo fue cuestión de dos minutos. El resto, el avance capilar del desastre, fue un tiempo de esos que suceden sin prisa y sin pausa, casi imperceptibles, que no necesitan velocidad ni violencia, que en materia de tiempo son casi la misma cosa, porque tienen de aliada a la naturaleza misma: un tiempo como el del agua que no cesa de comerse las casas aun después del aluvión. Lo que no paró, quiero decir, fue el proceso de ósmosis del desastre, una radicalización lenta pero incesante como si algo del aullido se les hubiera metido adentro a las cosas para siempre, una fisión atómica hecha de ruido: cumbia. Radicalización, digo, porque este ruido hizo de cada cosa que tuviera vidrio una parte de sí, como una raíz que creciera para arriba transformando todo en sí misma. Que de eso, y no de otra cosa, está hecha la monstruosidad.
Y en eso, en el principio de la raíz del fin de un mundo —porque, ay, nada de la nada sale: nada empieza sin que termine otra cosa, sin tragarse a la otra—, llegó la Negra Sombra.
Y empezó la diversión. Porque lo que acabo de contar, el aullido y la precipitación vertical y los desangrados al fin —el casi fin porque no, la cosa no terminaba ahí, obviamente: si no quién ahora acá— pasó en dos minutos y pareció el principio del apocalipsis y fue y no fue porque hubo más, monstruoso como cualquier principio tomado desde la primera molécula de su radicalidad, empezó queriendo ser una fiesta:
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Lo que estoy contándoles es más que vidrios rotos, más que caos urbano, más que el colapso último de la General Paz: es la caída del capitalismo global en su localización porteña y granbonaerense. En el primero, segundo y tercer cordón, ese ahorcamiento sucesivo de miserias que asfixian hasta llegar a la nada misma: la pampa y las siempre ajenas, las vaquitas de los otros. Y si no cayó, la miseria, como sí se precipitaron los frentes de los rascacielos y las vidrieras de los shoppings y los parabrisas de los autos blindados, fue porque la arquitectura ranchera está rota de entrada y hasta el fondo, se hace de pedazos de cosas y entonces es más blanda y más nómade: no se cayó nada que no pudiera arreglarse con un palo o atarse con un alambre. Y así fue. Se torcieron más los ranchos, se tornaron más laberínticos los pasillos, se volaron algunas chapas y se murieron un par de pendejos y un par de minas y un par de viejos: muertes que la biomasa miserable reemplaza y multiplica constantemente.
Pero capitalismo sí cayó en su versión Reina del Plata, presa, como estaba escrito, de sus propias tecnologías, que es como decir desgarrado por sus propias garras o cocido en su tinta o muerto de su propia medicina en el sentido más farmacológico del asunto, ese del remedio venenoso y el veneno sanador, ¿se entiende que quiero decir que ganó la parte envenenada? Que se desinfló la globalización, así de sencilla fue la cosa: lo que quedó fueron los globos pinchados de un fin de fiesta y una resaca bárbara que duró décadas, que dura todavía.
Por eso digo que estoy contando más que eso, más que vidrios rotos y desmoronamientos y fiestas muertas y fiestas recién nacidas, digo, les digo a ustedes, el futuro de mí, y no miento pero tampoco digo la verdad: estoy contando mucho menos, ni siquiera
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entera puedo contarles. Sólo lo que veo y veo un quilombo de breves filmaciones archivadas con el solo criterio de su última modificación. Random miro, no puedo más que someterme al azar de lo que sea que coincida un poco y me llame la atención. Dejo pasar el barrido que me muestra alternativamente y en cien pantallitas a la vez los miles de videos y empiezo a mirar cuando me alerta el chirrido computadoresco que salta cada vez que algunas coincidencias de colores o de sonidos se marcan en los gráficos que también miro y analizan las imágenes saltando de a treinta minutos más o menos o eso creo.
Veo, ahora, en este mismo momento, la imagen pixelada de la Negra Sombra: está vestida de naranja, con una túnica, a lo Sai Baba, como si lo hubiera pensado la Negra, como si hubiera previsto que para ser vista más vale un color vibrante y uniforme: la veo en las cien ventanitas de mi pantalla, en el barrido de las miles de filmaciones que están cargadas en el archivo del Museo del Origen, mi genealogía, la nuestra, la de la mártir, la matriz de nosotros, la matrificada: la madre sacrificada que vivió para contarlo, nuestra hipócrita abuela, nuestra hermana, nuestra verduga: la súper madre, la Negra Sombra, el objetivo de todas las cámaras ese 11 de septiembre de 2015 en el único terreno que no había sido tomado ahí en el Camino de Cintura, un campito tan calvo, tan rasurado de miseria que ni yuyos, que ni pastaban gatos ni cataban ratas.
Todas las cámaras para la Negra dije porque lo veo y sin embargo ninguna lente la agarra entera: como si los miles de 100% negro cabeza que portaban celulares de última generación conseguidos como fuera para la gigabailanta —la fiesta había empezado días antes con un sinfín de arrebatos telefónicos que sorprendieron a policías y medios, que por eso lo sabemos ahora, porque quedaron papelitos prensa— se hubieran puesto de acuerdo en hacerla salir linda. Y el único modo de que Frankenstein se vea bonito es mostrarlo en sus partes, en lo más central de sus fragmentos: lo liso, lo más alejado de las costuras. Así que eso filmaron de la Negra: pedazos. Entre el amontonamiento de gente se ve: un rulo rubio, los agujeros de la nariz, el lóbulo blanquísimo de una oreja, un brazo, la boca, las uñas comidas de sus manos negras. Por momentos, media cara: no digo prolijos perfiles, nada de eso, apenas los ojos y la frente o la nariz y la boca para esa Frankenstein tardía y primeriza, nuestra causa motora, la semilla, la ideóloga de La Bailanta Más Grande Del Mundo.
En fin, de a pedazos, como a cualquier todo pero más que a ninguno, la veo a la Negra Sombra ahora también en contrapicado: la coronilla le veo. Se habrán subido los monchos de su corte a las terrazas, a los postes de luz, a los fierros pelados de las puntas de las columnas que erizaban los techos de las casitas como evidencia de la certeza de la multiplicación familiar que tenía la biomasa por entonces. La veo a la Negra dejando caer su burka, veo los pelos rubios que aparecen, las cabezas negras que se apartan, la burka que cae lentamente como si alguna brisa la meciera para amortiguarle la caída a la seda para que flote sobre el charco de la zanja crística la burka en milagro suburbano y subhumano: bonaerense.
Lo que armo con todos los pedazos es a la Negra. Veo, por sobre su coronilla rubia de cabecilla de la negrada, cómo levantó la mano y arrojó su burka, que más que caer, descendió: se bamboleó en una lentitud que tal vez fuera el fruto de los últimos rebotes del primer aullido, melodioso ya de gastadas sus aristas contra tanto suelo y tanto ciudadano. Por los motivos que fueran, descendió sedosa la burka y sedosamente tapó las gorras y los cascos de los primos o los hermanos o los cuñados policías enfrentados a la negrada que se venía mucha, aluvional se venía. Terminó de caer la burka naranja y sedosa o de seda y cuando se le empezaron a hundir los bordes en el agua por eso de la ósmosis que hablábamos antes, la Negra movió un poco esa cara de muñeca nórdica que se había ligado y gritó otra vez, gutural, funesta, fiestera y apocalíptica:
Y, ahí sí, estalló la música: Re loco re mamado yo bailo cumbia Re loco re mamado Siempre descontrolado bailo mi cumbia Al baile voy mamado. Cantó Lescano desde arriba del tropicamión que se había armado como escenario y toda la negrada empezó a mover el orto y a dar esos pasitos que daban en los bailes de esa época. Llegó con los vidrios rotos el camión pero los tachos de luz habían zafado porque venían metidos adentro de cajas de telgopor: los rayos de colores hicieron círculos sobre la biomasa que respondió bailando y abriendo las heladeritas portátiles llenas de birra y de jarras locas que habían traído: ardió la fiesta. Y se multiplicaron los negros como gremlins estimulados por el alcohol y las luces. Y duró días en el Bloque, que así se llamaba esto en el principio, antes de llamarse El Pueblo. El Bloque: acá, donde nadie se había muerto porque todavía no le habían puesto vidrios a las ventanas, donde nadie lamentó los muertos de la ciudad porque no se enteraron hasta tres días después. Habían llegado bastante puestos al sapucai del Bloque, que así le habían llamado los hackers a su chiste, que no había sido otra cosa que poner a aullar a todos los parlantes online a la vez para que sí, que esa vez, la fiesta fuera
Uno no pensaría que en esta pequeña ciudad se gestaran tantos discursos y se revolvieran tantas culturas. Ideas en movimiento, aristas desde donde observar el mundo y replantearlo. Si la vemos desde arriba, Oaxaca parece una pequeña olla a punto de explotar, un sitio natural privilegiado y protegido por montañas, entidades poderosas y sagradas a quienes se les debe respeto. Supongo que esa misma diversidad y una no tan pasiva renuencia al cambio en nuestras tradiciones nos han salvado el pellejo ante algunas prácticas inhumanas del capitalismo feroz, como la vida corporativa, la existencia de godínez, por ejemplo. Es quizás en esa necedad ante lo nuevo donde hemos encontrado una brújula para navegar entre las aguas de estos tiempos y abrirnos hacia lo múltiple, lo compartido.
Las ciudades son una invención reciente. Cuando veo la ciudad desde el Fortín, un pequeño cerro que preside incólume este valle, siento náuseas. En unas cuantas décadas, la mancha urbana ha alcanzado casi la punta de los cerros circundantes, el valle ciertamente ha dejado de serlo, el rugido de la ciudad se escucha desde cualquier punto, una señal mortífera de humanidad cercenada por la bestia que todos llevamos dentro. Suceden muchas cosas aquí, la vida cultural es rica (aunque en ocasiones nos quejemos de ser siempre los mismos), burbujea la producción artística, abundan las exhibiciones y galerías, se abren continuamente espacios culturales alternativos. Un ejemplo reciente de esta salud discursiva es Santoral, de Iván Bautista, que se exhibe en el Taller La Chicharra, un espacio dedicado a la producción y exhibición de gráfica oaxaqueña.
Santoral hace referencia al calendario litúrgico. Recordemos que para la Iglesia católica a cada día le corresponde un santo, de ahí que los niños llevaran el nombre del día en que nacieron; el día de su santo. Esta práctica ya no es tan común en la ciudad —y en parte qué bueno que así sea —, mi nombre pudo haber sido Ramona. Nací el día en que llevan a los animales a bendecir, aunque pensándolo bien, quizás de ahí provenga mi infinito amor por todas las criaturas y mi escurridiza pero frecuente misantropía. Lo cierto es que en Santoral, Iván Bautista no rinde homenaje a los santos de su devoción, si es que tiene, sino a las emociones encarnadas en el cuerpo de su modelo, Edith Chávez, artista gráfica sumamente talentosa que trabaja en el mismo taller.
En Santoral, cada imagen es el estudio de una emoción que proviene de otro tipo de cuerpo sagrado, de otra forma de pasión sanguínea. Las imágenes de santos son profundamente conmovedoras, una de las herramientas evangelizadoras más exitosas fue precisamente esa expresividad, reflejos de dolor y gozo, o de dolores gozosos. Desde donde queramos verlo, la pasión de Jesucristo es también nuestra, así como el semblante sereno de Buda nos habita en cada respiración. Las imágenes religiosas siempre han estado ahí para tratar de describirnos, poniéndonos en duda. Iván toma es sentido erótico, de enlace sagrado entre cuerpo y sufrimiento, entre cuerpo y desaparición —que es la verdadera condena—, y lo reinterpreta a partir de una mezcla entre dibujo, acuarela y grabado.
El resultado, son piezas abiertas que inician un diálogo que puede tomar distintas direcciones: ¿las mujeres encarnan a los santos de nuestra devoción?, ¿son las emociones los elementos del cuerpo que debemos adorar?, ¿es el cuerpo un sitio sagrado ante el cual nos postramos todas los días al despertar?, ¿somos una paradoja entre la violencia y el silencio? Estos son retratos dónde aventarnos para dejar de observar.
Como toda obra de arte, el objeto estético queda así tanto dentro como fuera de sí mismo. He visto otros trabajos de Iván Bautista y me parece que es en Santoral donde se perfila más nítidamente la búsqueda de su lenguaje. Las expresiones y colores son sutiles pero de ellos no emerge tranquilidad sino perturbación. Algo perturba a su personaje, tal vez sabe que cuando uno posa también se esconde. Y es precisamente esa distancia estrecha entre la franqueza del gesto y la pose casi teatral del cuerpo, lo que convierte estos retratos en una propuesta estética, una ficción.
En el arte, el misterio se presiente. ¿Se hacen cosas nuevas en Oaxaca?, ¿es necesario lo nuevo?, ¿existe, para empezar, lo nuevo?, ¿o es que acaso a esa persecución infructuosa nos han empujado las dinámicas mercantiles? Frecuentemente escucho que en los artistas emergentes hace falta un estilo propio, un discurso donde se apueste por otro lenguaje y la obra se convierta así en una búsqueda profunda de las propias palabras. Sin embargo, me parece que lo nuevo no necesariamente es lo propio, y habría siempre que hacer esta distinción al opinar. Sin importar su origen o propósito, las imágenes son diálogos que entablamos con la parte oculta del mundo.
¡Cómo pude caer tan bajo! ¡Cómo pude llegar a esto! ¡A este estado! ¡A ser el eslabón perdido entre el hombre y la bolsa de papas! ¡Yo que siempre me sentí tan bien, tan feliz!…
Siempre fui tan feliz… me acuerdo de mí, de ella, de la casa, las cosas… cada cosa en su lugar, las tacitas tan limpias, y los platitos… los platitos de porcelana uruguaya, blancos, ordenados uno arriba del otro como una pirámide reluciente, inmaculada, perfecta… en realidad nunca tomé demasiado café, o para ser sincero nunca en mi vida tomé café… no le conozco el gusto, ni siquiera el olor… el olor del café me trae náuseas, jaqueca, acidez… su mero nombre me irrita, me pone de mal humor… cuando estoy en un bar y alguien pide un café, ese estado se apodera de mí y lo echa todo a perder… irremediablemente la conversación se suspende… las cosas toman un curso accidentado… Como nunca tomo café, rara vez usé esas tacitas y esos platitos, pero su ausencia es insoportable… están tan presentes en mí como si siempre los hubiera usado, como si en vez de haber dedicado la vida entera a la sociología hubiese sido cafetero, o aún más, catador de café, en caso de que ésa sea la palabra precisa —catador— ya que habitualmente catador se utiliza para el vino, uso por cierto vulgar ya que catar significa simplemente “probar, gustar alguna cosa para examinar su sabor o sazón”, es decir que incluye al café, así como a otras bebidas no alcohólicas, e incluso a comidas… Es curioso, pero ahora que lo recuerdo, ella siempre tomaba café, tomaba litros diarios de café, e incluso muchas veces se lo servía yo, se lo servía y se lo llevaba a la cama y el olor nunca me indispuso, al contrario, toda la escena se desarrollaba dentro de la más absoluta normalidad… ¡Todo con ella era tan distinto!… ¿Y cómo pude haber llegado a este estado? ¿A esta confusión? ¿Cómo pude haber tocado fondo tan sólo porque me abandonó? Eramos tan ideales… el
uno para el otro… la armonía… Me acuerdo de ella, siempre dispuesta, servicial, lista para el pedido, entregada para la ofrenda. Yo le decía “traeme esto” y ella me lo traía, le decía “hacé lo otro” y ella lo hacía. Todo en ella era entusiasmo. La más absoluta devoción. Yo le pedía un favor, y ahí iba ella, yo la veía caminar y escuchaba sus pasitos “tiqui tiqui tiqui”, volvía y de nuevo escuchaba sus pasitos, “tiqui tiqui tiqui”; iba otra vez y yo le veía su colita que se movía, se balanceaba para un lado, para el otro, siempre parada, esbelta; tiqui tiqui tiqui, su colita; tiqui tiqui tiqui, se balanceaba… Nunca me dijo que no a nada, nunca se negaba a nada, todo lo hacía, iba, volvía… tiqui tiqui, tiqui… su colita… sus pasitos… Era tan buena conmigo, tan fiel, tan adiestrada, que más que mi mujer parecía un perrito… pero… pero… entonces… no, no es posible… ¡Por Dios que no!… ¡Sí!… Ahora lo veo tan claro: ¡era un perrito! ¡Una perrita de verdad! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Cómo pude ser tan ciego! ¡Cómo no lo vi antes! ¡Cómo pude ser tan idiota, tan confiado!… ¡Cómo pude estar enamorado de un animalito!… ¡Esto es terrible! La cabeza me da vueltas como una pelotita de ping-pong, como un partido de tenis… mejor dicho como una calesita, las calesitas dan vueltas, las pelotitas van y vienen… qué estado de confusión… Ahora lo veo todo tan claro… tan oscuro… todo tan difuso… tan diáfano… Lo veo todo con mis dos ojos, mis dos ojos me ven a mí mirando la situación con mis dos ojos… ¡Tengo cuatro ojos! ¡Soy deforme! Tengo que tranquilizarme, nada es tan terrible… ¡Mentira, todo es terrible!: me abandonó mi amor, mi amor era una perrita y… ¡soy deforme! Las tres cosas son terribles, siniestras. ¿Cuál de las tres es más terrible? ¿Puede ser una cosa más terrible que otra? ¿No es lo terrible un absoluto, lo máximo, lo inconmensurable infinito? Si así lo fuese, no habría un terrible más terrible que otro, sería posible que mis tres terribles valiesen igual, o en otros términos, no estaría experimentando ya no el yugo del padecer tres problemas terribles, sino uno solo —ya que terrible siempre es lo Uno—, uno solo pero terrible. Eso implicaría que mis tres problemas sólo son uno… ¡tengo dos problemas menos! ¿Pero cuáles? Primero, no soy deforme: tengo apenas dos ojos… ¡Qué tonto, tendría que haberme dado cuenta antes!… Cómo no me di cuenta de que llevo puesto sólo un par de anteojos que, claro está, tiene sólo dos lentes, una para cada ojo… si tuviese cuatro ojos tendría que llevar anteojos de cuatro lentes y me hubiera llamado la atención. Ahora tengo que descartar uno de los otros dos problemas. ¿Descarto que me abandonó mi amor o que mi amor era una perrita? ¡Qué duda! ¡Qué elección!…
La elección, cualquier elección, es siempre terrible… siniestra… esa es la clave de todos mis problemas… ¡Todo es terrible, siniestro! Me caso, es terrible. Me separo, es siniestro. Gozo, es siniestro; sufro, es terrible. No puedo hacer algo, entonces lo quiero. No lo quiero, entonces lo hago. Mi cabeza está saturada… más por menos, más… ¿Qué estoy diciendo? ¿Perdí el hilo?… No puedo elegir entre dos absolutos… el dolor es la pura empiria y lo siniestro su teoría… Es como si se estuviera desarrollando en mí una especie de fenomenología privada, una fenomenología mía, que se aplica sólo a mí… Como una fenomenología superadora de mi fenomenología tradicional, de lo que fue hasta ahora mi vida: no darme cuenta de nada. ¿Y cómo me di cuenta ahora? ¿Cómo caí? ¿Cómo pasé de un estado a otro? ¿Cómo accedí a ese estado en el que al fin puedo preguntar?… Mi mente está completamente extraviada… son varias a la vez… mentes hay muchas, naturaleza hay una. Tengo que volver al estado de naturaleza, a lo que fue mi vida: pocas preguntas, muchas certezas… ¿Cómo llegué a este estado? Me siento como si fuera más de uno, como si yo fuera dos, tres, doscientos dieciséis mentes… Me siento acompañado por infinitos mí mismos…. Cada uno de nosotros ocupa su propia posición en el mundo y tiene su propia perspectiva… es fácil dejarse deslizar desde esta verdad obvia hacia una noción confusa de relativismo conceptual… El punto de partida no es más que el relativismo —familiar e inocuo— de la posición que se ocupa en el espacio y el tiempo… Puesto que cada uno de nosotros ocupa con exclusividad un determinado volumen de espacio-tiempo, dos de nosotros no podemos hallarnos exactamente en el mismo lugar al mismo tiempo… ¡Basta de epistemología!… ¡Cómo puedo estar pensando en eso en una situación como ésta!… ¿Qué hace una chica como vos en un lugar como éste? ¿De dónde era esa frase, de qué película?… Me acuerdo de que alguna vez se lo dije a ella, estaba oscuro, bailábamos, yo olía a whiskola, ella a café, todo era tan romántico, tan auténtico… ¡cómo pude ser tan ciego de decirle esa frase a una perrita! Me acuerdo de cómo continuó la velada, cómo terminó… no…. ¡No!… ¡No!… ¡Apártate de mí, recuerdo!… ¡Qué asco!… ¡Puajjjj!… ¡Huuugchhhh!… ¡Ahhhhhhhjjj!… ¡Hice el amor con un animal! ¡Con una perra!… ¡Cómo pude hacerlo! ¡Hacerlo durantes semanas, meses, años! ¡Soy un enfermo! ¡Un amoral!… Pero a ella le gustaba… a mí también… ¡Cómo puedo tener esos pensamientos! ¡Todo lo que hice es horrible!… No puedo mirarme a los ojos, me miro y no me veo, veo todo oscuro, negro… no puedo ni pensar lo que hice… ¡Cómo pude enamorarme tanto de una perra!… ¡Cómo pudimos hacer el amor tan bien, tanto tiempo!… Estoy acabado… perdí la condición humana… ¡Me doy asco!… ¡Soy un animal! ¡Ella también es un animal! ¡Somos dos animales! ¡Por eso nos llevábamos tan bien!… Es tan obvio como que la fisiología que subyace en toda conducta sexual es universal para todos los mamíferos, incluida la especie humana… Sobre cuestiones sexuales, da lo mismo experimentar con humanos o con animales… ¿Pudo haber sido todo un experimento? ¿Fuimos cobayitos de algún juego?… ¿Y el amor?… ¿Y la pasión?… ¿Y los mimitos?… ¿Y el te quiero monstruito?… ¿Y el yo también bichito?… ¿Será el amor algo experimental? ¿Pero entonces se pueden establecer sus reglas, sus mecanismos, sus procedimientos?… ¿Podría elaborarse una teoría? ¿Hay un lenguaje que lo exprese?… Mientras espero tu llegada mañana, me encuentro pensando Yo te amo: entonces viene el pensamiento: me gustaría escribir un tratado de sociología que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras, pero no puedo, es imposible… en realidad es imposible, porque soy un sociólogo mediocre, dediqué años a estudiar la ciencia de las relaciones y comportamientos sociales, pero nunca pude entender algo más allá del abc… en la facultad copiaba en los exámenes, aprovechaba mi altura para mirar por sobre el hombro de mi compañero de adelante, conseguí varios trabajos de encuestador y los perdí todos, gané una beca porque sabía que el presidente del jurado había fraguado su título universitario (¡no era sociólogo, era técnico mecánico!) y me fui a estudiar a París, dije que era hijo de un perseguido político y por piedad me dieron un diploma y me arreglaron un posgrado, volví y me junté con unos tipos que tenían plata robada del tercer gobierno de Perón y los convencí de que fundaran la universidad privada que dirijo y que me hizo famoso, me publican en las mejores editoriales y me invitan siempre a la televisión y… ¿Y a cuenta de qué venía esto? ¿En qué estoy pensando?… Mi cabeza está saturada… Soy… soy… ¡Un perverso! ¡Cómo pude hacer el amor con un animal!… ¿Pero acaso ella no fue también culpable? ¿No lo hizo con un hombre? Los animales son seres indeterminados y obedecen ciegamente a los procesos instintivos, mientras que el hombre —ser indeterminado que goza del libre albedrío— puede a voluntad modificar (sublimando o bestializando) su propia determinación sexual… ¡No tengo perdón! ¡Cómo pude hacerlo! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Cómo pude ser tan ciego!… Si aunque sea hubiese visto algo, algún indicio… pero no… Años y años de disfrutar como animalitos entregados uno al otro… la pasión… el placer… La propia vida cotidiana no tenía nada de cotidiano, todo era mágico… el goce absoluto… ¡Nada hacía sospechar este desenlace! ¡Qué tragedia! ¡Qué drama! ¡La desdicha se apodera de mí! ¡Y la culpa también! ¡Merezco una condena moral! ¡Cómo pude hacer el amor con un animal! ¡Soy un degenerado! ¡Un desgraciado! ¡Un asocial! ¡Estoy fuera de la sociedad!… ¡Qué terrible!… Yo, que dediqué mi vida entera al estudio de la sociedad… ¡Ahora estoy expulsado! ¡Soy un sociólogo de una sociedad de uno! ¡Soy libre!… ¿Qué estoy diciendo?… ¡Nada puede ser peor!… Rompí todos los lazos con mis prójimos… no doy… no recibo… no intercambio. ¡Estoy condenado! ¡Soy culpable, lo confieso!… ¡Fue sin querer! ¡No me di cuenta de nada! No soy malo… debo tener alguna enfermedad desconocida, alguna aberración sexual… Pese a todo debe haber cosas peores… no sé, el incesto… ¡Los animales no practican el incesto! En los kibutz de Israel, donde niños y niñas son criados y educados juntos desde su más temprana edad… ¡Cuando llegan a adultos no se casan entre sí! Los humanos somos tan siniestros y los animales tan puros… viven en la norma, aceptan lo dado, no transgreden… ¡Ningún animal desea a la mujer de su prójimo!… ¡Sucede que los animales no gozan! ¡Pero ella sí! Me acuerdo de cómo gemía… cómo pataleaba… cómo sacaba su lengüita seca y me la pasaba por detrás de la oreja… ¡Cómo llenaba la cama de pelos!… ¡Ella ya no era una perra, se había convertido en un humano!… ¡Y yo en un animal!… ¡Por qué siempre todo tiene que estar al revés! Si yo me vuelvo animal, ella se hace humana… ¡Nada tiene remedio para mí! Si voy para un lado, las cosas van para el otro… siempre a contramano, a destiempo… me doy cuenta que empezó el verano cuando ya llegó el otoño… me engripo y pienso “es la típica alergia de verano”, se lo digo a mis amigos y creen que bromeo… ¡Ya estoy harto de que me digan “qué sentido del humor tenés”!… no puede ser que me tomen siempre en broma… ¡Hablo en serio!… ¡Soy un incomprendido!… qué digo… qué me importan mis amigos… ¡Mi vida sin ella es una desdicha! ¡Nada tiene sentido! ¡Cómo me pudo pasar esto a mí! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Cómo pude ser tan ciego! ¡Cómo no vi nada! Sin ella es como si viese todo negro, todo a oscuras… la casa a oscuras… mi cara a oscuras… mis ojos a oscuras… la vida a oscuras; es como si no viese ya ninguna luz, nada alrededor, sólo la más absoluta negritud, el alma más oscura que la oscuridad… cada cosa sin su forma, sin distinción entre fondo y figura… todo en un mismo plano continuo, negro sobre negro sobre negro; el cielo bajo su color, sobre las estrellas y la oscuridad eterna… escucho todo tan bien pero veo todo tan mal… mi vida se volvió opaca, no tengo matices… todo es tan oscuro… me miro y no me veo… ¿me habré vuelto transparente? Es como una transparencia negra… un velo que todo lo cubre, la más absoluta soledad, la imposibilidad llevada a su clímax… no veo nada ahora… no vi nada antes… ¡Cómo no me di cuenta de todo! ¡Cómo no lo vi! ¡Cómo pude ser tan ciego!… Pero… no, no… no es posible… es una pesadilla… ¡No puede ser!… ¡No puede ser cierto! ¡No veo nada porque…! ¡No! ¡No! !No!… ¡Sí!… ¡Sí! ¡Soy ciego! ¡Qué terrible! ¡Soy ciego! ¡Por eso no veo nada!… ¡Soy ciego, con razón veo todo negro! ¡Cómo no me di cuenta antes!… Ahora lo veo todo tan claro… ¡Veía oscuro porque era ciego! ¡Mi vida es una pesadilla! ¡Una calamidad! Me siento como si trastabillase… ¡Estoy trastabillando!… ¡Obvio, si no veo dónde están las cosas! ¡Dónde dejé mi bastón! ¡Ahora sí toqué fondo! ¡No tengo escapatoria! ¡Voy a suicidarme! ¡Ahora mismo voy a cortarme el cuello con un cuchillo!… ¡Para qué lado queda la cocina!… la cocina… para allá… tres pasitos… después a la derecha… la mano sobre la heladera… la pileta… conozco mi casa de memoria… voy al tacto… Ahora que me doy cuenta, siempre fui al tacto… el baño… para allá… el balcón… para el otro lado… ¡Qué buena memoria que tengo!… ahora que lo recuerdo… siempre lo supe… ¡No es posible!… ¡Ya sabía que era ciego! ¡Qué mala memoria que tengo! ¡Qué tonto que soy, cómo pude haberlo olvidado!… ¡Claro, soy ciego de nacimiento!… ¡Soy un desmemoriado bárbaro!… ¡Con razón mis maestras me decían que tenía problemas de atención en clase! ¡Siempre me olvido de todo!… Si tengo una cita, tengo que anotarla en la agenda para no olvidarme, pero siempre me olvido de escribir en braille y después no puedo leer lo que escribí… ése es mi destino: un manual de buenas intenciones fallidas… Las cosas van para un lado, yo para otro, y el mundo para un tercer lugar… Nunca nada coincide con nada… las cosas… yo… el mundo; todo me salió al revés de como lo había querido… Pero nunca quise nada, desde ese punto de vista en realidad todo salió al derecho… Ahora quiero que todo se invierta, que sea al revés… al revés del derecho… dado vuelta… ¡Quiero que todo esté dado vuelta! ¡Pero todo ya está dado vuelta! ¡Quiero que todo se dé vuelta para el otro lado! Mi vida: un giro de 360 grados… ¡Qué terrible desdicha! ¡Todo lo que supe lo olvidé! ¡Y todo lo que olvidé lo inventé!… Mi vida no es más que una ficción, una impostura… ¡Hacía como que veía! ¡Y los demás me creían! ¡Lo veía en sus caras!… ¡Qué imaginación la mía! ¡La imaginación es mi condena!… Sueño despierto, no pertenezco a este mundo… ¡Soy extraterrestre! ¡Los marcianos no son verdes, son ciegos!… Sería tan fácil creerlo… pero ya no creo en nada… la verdad afloró como la primera espina de un rosal; siempre la rosa y la espina, esto y aquello, la ilusión y el fracaso… ¡No puedo seguir siendo tan desmemoriado!… Me olvido de las cosas y entonces las invento… ¡Con razón los resultados de mis investigaciones sociológicas son tan extraños!… Siempre dicen de mí que soy un sociólogo muy creativo, un sociólogo vanguardista… ¡Soy vanguardista porque me olvido de las cosas y tengo que inventarlas! ¡Si tuviese buena memoria no sería tan innovador!… Ahora mismo me vienen los recuerdos como remolinos, como olas en el mar… van… vienen… ¡Quédense un segundo!… Me acuerdo de que una vez hice un curso de mnemotecnia, tenía que crear como una especie de teatro de la memoria… El arte de la memoria es como un alfabeto interno: quienes conocen las letras del alfabeto pueden escribir lo que se les dicta y leer lo que han escrito; quienes hemos aprendido mnemotecnia podemos poner en lugares lo que se ha oído y sacarlo de la memoria cuando lo deseemos… La memoria es el absoluto de la pura combinatoria… igual que el lenguaje… igual que la imaginación… ¡Otra vez estoy imaginando!… ¡Cuál es la diferencia entre la memoria y la imaginación!… Ahora que me acuerdo, fracasé en el curso de mnemotecnia, nunca pude recordar nada… ¡Ni siquiera el primer paso del método para aprender las tablas de multiplicar!… La combinatoria de la memoria tiene reglas que no responden a nuestra voluntad…. igual que el lenguaje… igual que la imaginación… ¡No, no otra vez! ¡Basta de disquisiciones! ¡Basta de memoria y de imaginación!… ¡Cómo pude caer tan bajo! ¡Cómo pude llegar a este estado!… ¡Todo por una perrita!… Encima de todo, ahora me acuerdo de todo… ¡Ahora que me acuerdo de que ya sabía que era una perrita! ¡Si la compré en la veterinaria de Brigitte Bardot y me salió un ojo de la cara! ¡De ahí me volví ciego! ¡Qué fácil es todo cuando la memoria vuelve!… ¡Los recuerdos vuelven como una canilla que gotea! ¡Plink plink plink plink! ¡Derrámense sobre mí, recuerdos!… Me acuerdo de que la perrita tenía cara triste, por eso le puse Kafka… ¡Kafkita, mi perrita! ¡Te extraño mi amor! ¡Dónde estarás! ¡Qué aventuras tendrás! ¡Qué lejos estás de mí!… Me acuerdo de tantas cosas… fotos, libros, discos… Me acuerdo de cuando nos fuimos de vacaciones a Uruguay, cuando salíamos de compras buscando tacitas de porcelana, me acuerdo de la playa… ¡Qué vacaciones fantásticas!… El sol… la arena… el viento en la cara… la caquita enterrada en la arena… Ahora que me acuerdo… ¡Fue ahí donde te perdiste!… De repente ya no estabas más, te buscaba y no te encontraba… caminé, caminé, caminé y te hallé: estabas con otra perrita, tirada al sol, respirando agitada… Me acuerdo de vos, me acuerdo de… ¡No! ¡No es posible! ¡Ahora me acuerdo de todo!… ¡Recuerdos, huyan de mí!… ¡No quiero acordarme de nada más! ¡Me acuerdo de que estabas con esa perrita!… ¡Besuqueándose todas!… ¡Te enamoraste de ella! ¡Te volviste lesbiana! ¡No puedo creer que mi Kafkita me abandonó por otra perrita! ¡Justo ahí fuiste a descubrir tu sexualidad! ¡Maldición eterna a Uruguay! ¡Malditas vacaciones!… Me acuerdo de vos, de la otra perrita, de las olas… había unos niños en el mar, jugaban, saltaban, bailaban… Me acuerdo de que había uno que no estaba en el mar; tenía un baldecito y una palita, llenaba el baldecito con arena y lo volvía a vaciar, llenaba el baldecito y lo vaciaba otra vez, lo llenaba y lo vaciaba, así sucesivamente… Me acuerdo de mis pensamientos al mirarlo: “Qué lindo que es llenar el baldecito con arena… ¡Cómo me gustaría ser empresario de la construcción!”… Pero mis sueños nunca se cumplen… Soy un fracasado… un perdedor… un desmemoriado total… Te recuerdo mirándome detrás del niño, tu patita sobre la patita de la otra, tus ojos en los míos… como intercambiando pensamientos… Qué mira ése, no se da cuenta de que no pienso volver con él… ¡Al fin soy libre! ¡No pienso dar un paso atrás! ¡Estoy harta de él! ¡Quién me mandó a conocerlo!… Yo era una perrita promisoria… era el futuro de las jóvenes generaciones… era buena, educada, nunca un ladrido de más, nunca hacía pis en el living… ¡Cómo pude ser tan idiota! ¡Cómo pude estar tanto tiempo con… con ese… ese… insolado!… Nunca conocí un amo peor: se hacía llamar sociólogo vanguardista, resistente, crítico y underground; pero en realidad soñaba con volverse famoso, con salir en diarios y revistas y ser reconocido, ir a la televisión, ser traducido, ganar premios, asesorar a empresas… pero nadie lo llamaba… en los años que estuve con él nunca lo llamaron para dar una conferencia, nunca publicó un artículo, nadie conoce su nombre, no es nadie… Y todo lo disfrazaba, lo daba vuelta, decía que era producto de su radicalidad, que era inasimilable para sus contemporáneos… ¡Qué desdicha la mía! ¡Cómo pude ser tan tonta! ¡Cómo no me escapé antes! ¡Cómo pude soportarlo tanto!… Yo movía la colita pidiéndole agua y él me traía café en unas horribles tacitas blancas… Yo sacaba la lengua porque estaba cansada y él interpretaba que yo quería hacer el amor… Yo lo hacía sin ganas y él decía que había gozado como nunca antes… ¡Era un egoísta! ¡Un narcisista! ¡Un solipsista!… Me acuerdo de cuando me dijo que estaba enamorado de mí… primero me sentí halagada… pero después me di cuenta de que… ¡Me había confundido con un humano! ¡Qué espanto! ¡Qué horrible! ¡Cómo pude ser tan ciega! ¡Cómo pude caer tan bajo!…. Sus amigos le decían “es una perrita”, pero él se hacía pasar por sordo… por ciego… por desmemoriado… Me acuerdo de un día que fuimos a jugar el tenis… la raqueta me pesaba un tonelada… me tocaba sacar, iba ganando 40-30 y de repente me puse a pensar… ¿por qué algunos tienen que ganar y otros que perder?… El mundo es para quien nace para conquistarlo, no para mí… aunque ahora alcanzaría con que la pelota pase la red y él no pueda devolverla… que pase la red y caiga como una tormenta, un huracán, un rayo que pasó y dejó su marca, su huella, la huella de la ingratitud… La pelota pasa, pica y listo, después todo son aplausos, el final del movimiento… ¿Y si en vez del movimiento fuese la quietud? ¿Por qué el rayo y no la piedra, el árbol o la sombra?… ¡Ah, la sombra! ¡La sombra de las playitas de Uruguay!… La sombra es cálida, fresca, tierna… La sombra siempre se alarga… cambia… bajo la sombra me siento tan plácida… serena…. quieta… inmóvil…. Todo se iguala en la penumbra, las cosas son intercambiables… los pensamientos aparecen… desaparecen… vuelven a aparecer… La sombra se parece a la ceguera… se parece a… se parece a… mí… ¡Yo también soy ciega!… ¡Por eso no embocaba una con la raqueta…! ¡Ahora me doy cuenta de todo!… ¡Ahora lo veo todo claro!… ¡Con razón tampoco me di cuenta de nada!… Mejor dicho… ¡Me di cuenta de todo!… ¡Me di cuenta de todo porque soy ciega! ¡Si hubiera visto no me hubiera dado cuenta de nada!… Estoy tan confundida… las cosas dan vuelta alrededor de mí… las cosas están quietas y yo me muevo… Necesito pensar… ¡Pensar en qué!… ¡Tengo que dejar de pensar! ¡Tengo que comprender lo que está pasando! ¡Pero cómo voy a comprender sin pensar!… ¡Debo haber llegado a este estado por pensar demasiado!… ¡Yo sólo quiero jugar al tenis en las playitas de Uruguay!… ¡Ah Uruguay!… ¡Qué lindo es Uruguay!… ¡Uruguay en verano!… ¡Las playas con eucaliptus!… ¡Qué hermosa era mi vida cuando iba a Uruguay!… En realidad nunca fui a Uruguay, ni conozco el aroma de los los eucaliptus… es más, detesto la playa, los árboles, los pájaros y hasta el ruido de la sombra… Sin embargo, extraño las playitas de Uruguay y su sombra de eucaliptus… Las extraño más que si hubiese ido, o quizá por eso, las extraño tanto porque nunca fui, ni nunca iré… ¡Nunca jamás!…. Todo es tan ambiguo… extraño lo que detesto, detesto lo que amo… todo es tan… tan… ¡Cómo si una especie de amnesia se hubiese apoderado de mí!… como si hubiera… como si hubiera perdido la… ¡Perdí la memoria!… Los recuerdos disparan para un lado, para el otro… ¡Qué contradicción! ¡Qué terrible es tener amnesia!… Por qué será que los niños no tienen amnesia… Me acuerdo de mi infancia, de mi cuchita, mis huesitos con gusto a frutilla… los tratamientos contra las garrapatas… ¡Qué hermosos son los recuerdos de infancia!… Tan lejanos… tan sencillos… los recuerdos… ¿los recuerdos?… ¡Los recuerdos!… ¡Cómo es posible que esté recordando en medio de un ataque de amnesia! ¡Me estoy volviendo loca!… Mi vida no tiene solución… ¡Soy una frustrada! ¡La tristeza es mi destino!… Estoy tan confundida… ya no sé… no sé nada… ¿A quién amo?… ¿Amo a mi amo?… ¿Amo a la otra perrita?… pero si la abandoné ni bien terminó el verano… ¡Los recuerdos van volviendo!… ya lo sabía… ¡Si no soy amnésica! ¡Soy una desmemoriada!… Ahora lo sé dos veces… ¡Soy redundante! ¡Por eso no tengo ningún encanto!… ¡Qué complicado que es todo! ¡La vida es tan difícil!… ¡Necesito hacer terapia!… Siempre tuve resistencia al psicoanálisis… el sentido excede al análisis, no lo resiste… Todo en mi vida está tan emnarañado… como un nudo imposible de desatar… Miro mi vida hacia atrás y parace una mala película… siempre esperando el tren en un pueblo por donde no pasa el tren… ¿Por qué algunos tienen que ganar y otros que perder?… Lo único que quiero es jugar al tenis… ganar 40-30, sacar y que la pelotita pase del otro lado de la red… ¡Quiero tan poco! ¡Y es tanto…! ¡Qué calor que hace!… No soporto más estos pelos… Al fin y al cabo todo es tan tonto… apenas… levemente… tan… tantas cosas… Tomé la decisión equivocada en el momento equivocado… ¡Todas las decisiones son equivocadas! ¡Siempre se toman en el momento equivocado!…. Balbuceo… no puedo hablar… tengo un nudo en la garganta… ¡Es el collar que me aprieta!… ¡Con razón siempre estoy afónica!… ¿Cuántos años tendrá este collar?… Llegó el momento de sacármelo… Cómo me gusta este pastito… la humedad bajo mis patas… Allá veo un parejita de enamorados… ¿Querrán una perrita?… Los miro y me dan pena, o tal vez alegría… tanto amor, tantas caricias… Voy a caminar como un cangrejito, de costado para que no me sientan llegar… Los voy a seducir con mis mejores armas… ¡Si supieran lo que pienso no se acercarían a mí!… Lo que pienso es indecible… ¡Por eso sólo se escuchan ladridos!… ¡Las perritas incomprendidas somos póstumas!… Soy como una cebolla, capa bajo capa, hasta llegar al corazón… El corazón: un diamante en bruto… Sé que podría llegar a brillar, llegar a ser más dura que el acero… Soy la pura potencialidad… Soy todas las posibilidades… La anulación de toda intención… El fracaso en tiempo real. Aquí llega la parejita… risas… roces… me miran… me están mirando… ¿Los saludo o los muerdo?
El grito de Chica entró por la ventana abierta del taller, nítido, atravesando todo el parque, como si el aire del verano lo cargara en brazos, como a un niño. Sara sonrió y se irguió sobre el banco de trabajo, acomodándose las vértebras. Juntó en una pila los papeles con anotaciones y dibujos, y los metió en una carpeta. Como cada año, trabajaba en un nuevo diseño de prótesis.
Se bajó del banco apoyándose primero en la pierna sana, haciendo un ligero requiebre de cadera cuando la otra, la artificial, tocó el suelo.
Alrededor de las lámparas giraban polillas y otros bichos. La humedad, el calor, los hacía brotar durante la noche. Antes de apagar las luces, Sara paseó la vista por el taller ordenadísimo: Favio, el muchacho nuevo que había contratado para ayudarlas, se había pasado toda la semana limpiando y tirando cosas que no servían pero iban quedando por ahí. Ahora todo parecía haber encontrado su sitio. Hasta sus viejas piernas, una por cada año, cuarenta, colgadas de sus clavos en las paredes.
Su viejo se caería de culo si viera el taller así. Siempre había sido un despelotado.
Caminó desde el fondo hasta la casa con un rengueo suave. Con el tiempo había ido amansando ese cuerpo fuera de escuadra y ahora podía caminar casi con elegancia. Aunque Chica seguía riéndose de ella y de vez en cuando todavía sacaba a relucir aquel viejo chiste infantil:
—Guarda con los pozos, Sarita.
Comieron los tres en la cocina, mirando la telenovela, con las luces apagadas para que los bichos no se metieran en los platos. En vez de eso, se pegaban a la pantalla y Chica, que estaba más a tiro, a cada rato los espantaba con un chicotazo del repasador, que luego se colocaba sobre el hombro.
Ellas dos hablaron de algunas pavadas. Como siempre que iba al pueblo, Chica había traído un montón de chismes. Favio comió callado, apenas levantó la vista del plato para posarla, como un insecto más, en la pantalla. Era un chico tímido, pero voluntarioso. A las dos les caía bien y las ayudaba bastante. Podría colaborar muchísimo más si Chica lo dejara. Pero ella siempre quería hacerlo todo. A Sara no le permitía levantar ni un cubierto.
Apenas terminaron de comer, Favio dijo buenas noches y se fue a su pieza. Le habían instalado un televisorcito chico para que pudiera mirar lo que quisiera.
Mientras Chica limpiaba la cocina, Sara fue a sentarse debajo de los tilos. Caminó despacio, con su ligero vaivén, sobre el césped cortado al ras, como los pelos de una alfombra o una barba prolija. A Chica le gustaba mantenerlo así, a pocos centímetros del suelo. En esta época, día por medio iba y venía por la enorme extensión de terreno, empujando la podadora con la fuerza de sus brazos morenos, hombrunos, metiendo bulla a la hora de la siesta. No tenía caso pedirle que lo dejara para después, cuando el sol no estuviese tan bravo o cuando ella no estuviese descansando. Alguna vez le había dicho de comprar uno de esos tractorcitos para cortar el pasto, para que le resultara más liviano. Chica se había muerto de risa.
—Déjese de joder. Voy a parecer un mono arriba de esa cosa. Como esos monos de los circos que andan en triciclos de este tamaño.
Tampoco quiso oír hablar de que ese trabajo lo hiciera Favio.
—Mire si se electrocuta y hay que pagarlo por bueno.
Le encantaba el olor dulzón de los tilos florecidos, así que cuando se sentó en el sillón de mimbre, aspiró hondo y retuvo el aire hasta que empezó a marearse y lo fue soltando con pequeños soplidos. De la riñonera sacó la bolsita de tabaco y el papel y armó un cigarrillo. Así como había aprendido a fabricar prótesis mirando a su padre, también había aprendido a armar copiando sus movimientos. El viejo no se hubiese comedido a enseñarle ni una cosa ni la otra.
Desde allí podía ver la ruta que pasaba a unos doscientos metros, más tranquila a estas horas, algunos autos, pero sobre todo camiones. Los camioneros son duchos y saben, mejor que los conductores de veraneo, que más vale agarrar la fresca de la noche para viajar. En cambio, de día, se llena de coches modernos y veloces, cargados hasta la jeta de valijas, tablas de surf, bicicletas, carpas… todos buscando empalmar con la interbalnearia.
Pitó y el dolor vino de golpe, haciéndola atorar con el humo.
La puta madre, pensó. Y enseguida se le vino a la cabeza el vozarrón fastidiado de su padre:
—No es dolor, es sólo un reflejo.
Durante años había tenido que escuchar esa mierda. ¿Por qué no te morís de una vez, la puta que te parió?, escupió cerrando los ojos y volviendo a abrirlos de inmediato. Si los mantenía cerrados, la maldita frase se dibujaba en letras luminosas sobre sus párpados: es sólo un reflejo.
Pasada la primera piña, el dolor se fue convirtiendo sólo en una molestia. Volvió a prender el cigarrito y dio una nueva pitada, el gusto dulce del tabaco mezclado con el olor de las flores.
La vio a Chica salir de la casa con el canasto de ropa debajo del brazo y encaminarse al tendedero. Muerto el viejo, se había salido con la suya y armado el tendedero en el frente. Decía que ahí había “mejor sol y mejor viento” que en los fondos de la casa. Y en verano le gustaba colgar la ropa de noche porque “el secamiento era más suave” y las telas no quedaban duras. Esta Chica estaba llena de mañas.
La observó agacharse, tomar una sábana, sacudirla, prenderla con los broches. Fue repitiendo la acción a lo largo de toda la soga y después pasó a la otra. La luz le daba de atrás y su cuerpo aparecía dibujado a través de las sábanas como un monigote de sombras chinas.
Sara estaba cabeceando cuando sintió el tintinear de vidrios. Era Chica que venía a hacerle compañía. Traía una botella y unas copas.
—Compré un vinito hoy. ¿Quiere?
Se sentó enfrente y el sillón crujió bajo su peso. Sirvió un chorro en cada copa y brindaron por nada en especial, por costumbre.
Chica era la única familia que le quedaba. Se habían criado juntas, tenían más o menos la misma edad y aunque hasta habían ido a la misma escuela, desde que Sara entró en la adolescencia, Chica, su amiga, su compañera de juegos, pero también la hija de la sirvienta, empezó a tratarla de usted.
En un tiempo, como a los veinte, se había ido a vivir a la capital con un hombre. Estuvieron unos cuantos años sin verla, pero siempre llamaba por teléfono o escribía o le mandaba giros a su mamá. Volvió cuando la madre se enfermó. Nunca supieron qué había pasado con el tipo que se la había llevado, ni cómo había sido su vida con él. No hablaba de eso. Simplemente volvió y atendió a su madre y los atendió a ellos y nunca volvió a irse.
—¿Cómo anduvo hoy? —le preguntó Chica tomando un trago y mirándola a los ojos.
—Ahora me duele un poco.
—Es la humedad. Qué porquería. Espérese que ya vengo.
Era la única que siempre le había creído. Nunca su padre ni los médicos que todas las veces le salían con lo del reflejo.
Cuando comenzó a trabajar en el taller, aprovechó su trato directo con los clientes y, cuando su padre no la escuchaba, tímidamente, empezó a preguntarles. Casi todos eran hombres grandes, mucho más fuertes que su viejo, tipos acostumbrados al trabajo bruto, que pese a todo seguían activos. Algunos incluso habían perdido un brazo o una pierna en un accidente laboral. En el campo es bastante común. Otros, los más viejos, por diabetes u otras enfermedades. Sin embargo, todos terminaban confesándole, un poco avergonzados o como un secreto, lo mismo:
—Y sí… digan que no, pero de vez en cuando duele, Sarita.
Ahora Chica trajo un frasco con alcohol. Arrastró el sillón más cerca y se dio unos golpecitos en el muslo, como invitando a una mascota a treparse. Sara apoyó en la pierna de Chica su pierna sana. La otra se echó alcohol en las manos y empezó a masajearla con las palmas abiertas, fuerte, casi quemándole la piel. El tronco y la cabeza de Chica se movían también al compás de los masajes.
A su padre podría parecerle una locura, pero funcionaba, el dolor se iba evaporando junto con el alcohol.
—¿Mejor?
—Mucho. Tus friegas siempre dan resultado.
—No se crea que le va a salir de arriba, eh… dele, ármeme un cigarro decente.
Le gustaba fumar, pero tenía los dedos toscos y torpes y sus armados parecían un pedazo de tripa. A veces Sara, cuando tenía tiempo, le preparaba una buena cantidad que ella guardaba en una cajita de lata.
A su viejo también le armaba los cigarrillos. Nunca le había enseñado nada, pero cuando descubría que ella había aprendido sola, no dudaba en sacar beneficio. No se acordaba qué había sido primero, si los cigarros o las prótesis. Lo que era seguro es que enseguida lo había superado: su padre, un ebanista mediocre, puesto a fabricar patas de palo (como les decía él), no era más que uno del montón. Ella le había dado a la empresa familiar el buen nombre y la calidad que tenía. Y estaba orgullosa de eso.
Muchos pensaban que su padre ya estaba en el negocio cuando ella había tenido el accidente e, invariablemente, se referían al destino como una especie de maldición. Sin embargo, había sido al revés: el accidente primero, después la fábrica. No hay desgracia sin suerte, decía siempre el viejo.
En los últimos años el trabajo había menguado bastante. La gente, aconsejada por los médicos, prefería las prótesis industriales aunque costasen una fortuna. Sara compraba y leía montones de revistas sobre el tema. Y en su taller estudiaba, experimentaba, buscando mejorar algún mínimo detalle. Creía que a pesar de los avances técnicos siempre habría románticos como ella que preferirían la ortopedia artesanal.
En silencio, se tomaron toda la botella. Chica tenía la cara colorada y a Sara le dio risa. La otra le siguió la corriente. Terminaron con los ojos brillosos.
Chica se paró y la ayudó a levantarse. La agarró por abajo del sobaco y medio la cargó sobre su hombro. Al principio trastabillaron, pero después le agarraron el ritmo y entraron en la casa topando muebles. Favio salió, alarmado y con los pelos revueltos, en calzoncillos, a ver qué pasaba. Verlo tan flacucho y pálido y lleno de granitos, cubriéndose avergonzado el bulto con las manos, las hizo doblarse de risa. Chica tuvo que tomar aire para ordenar:
—Vaya a dormir que acá no pasa nada. Entraron al dormitorio y la ayudó a echarse sobre la cama.
—¿Todavía le duele? Sara soltó unos borbotones más de risa antes de contestar:
—Ahora no porque estoy en pedo.
—Olvídese. Esta noche va a dormir como un bebé, Sarita.
—Dormí conmigo.
—Déjese de joder, con la calor que hace.
—Bueno, pero quedate hasta que me duerma. Tengo miedo de lanzar todo.
—Mire que es hinchapelotas cuando quiere.
Chica se tendió de espaldas a su lado. Se quedaron mirando las aspas morosas del ventilador de techo.
Sara le tomó una mano.
—Sos muy buena conmigo, Chica.
Y a Chica le agarró otro ataque de risa.
—Déjese de joder, Sarita. Parecemos dos tortilleras.
Una sola lista nunca será suficiente; ni 10 ni 12 discos del año. Muchos son los factores que inciden al momento de elaborar este tipo de recuentos. ¿Se busca representatividad del lapso que finalizó? ¿Influyen también los gustos personales del periodista
Afortunadamente, cada vez hay menor influencia desde la industria discográfica o desde la misma crítica. La mediosfera abrió los ámbitos de discusión pero dio cabida a un inmenso sector amateur con ganas de participar. Los debates se han multiplicado; la atención mediática se dispersó abarcando un espectro cada vez más amplio. Los reflectores del análisis cada vez iluminan menos a los muchos protagonistas del momento.
En esos “otros” grandes discos hay muchas veces una mayor vitalidad y soltura; no necesariamente tienen que ser esas “obras maestras” que engalanen las rutilantes listas pero a la vez consiguen fascinarnos a través del relámpago de lo inesperado.
Perfume Genius
Too Bright(Matador Records)
Un proyecto que comenzó con un adolescente contando sus pesares desde su habitación, luego salió a conocer mundo y se erigió como un continuador de los dramas al estilo Antony and The Johnsons de otra generación. Pero no se quedó ahí y trató de llevar a su pop, minimalista y elegante, un paso más adelante. Para su tercer disco contó con la producción de Adrian Utley de Portishead y cada elemento se ha fortificado. Mike Hadreas sigue siendo autobiográfico y confesional pero ya no se regodea en el dolor y el mundo gay; su gama de emociones y temas se ha ampliado sin perder un ápice de su lado emocional y algo desgarrador. Ha sabido sobrellevar la enfermedad de Crohn a través de canciones que calan hasta la médula, como “My body” en la que suelta: “llevo mi cuerpo como un melocotón podrido / es todo tuyo si aguantas la peste / estoy tan abierto como un cerdo eviscerado”. Contundente y profundamente llegador.
Bonobo
The North Borders Tour (Ninja Tune)
Es muy usual que se subvalore y descalifique a los discos en directo, por ello vale la pena remediar estas omisiones. Simon Green es un productor, compositor, músico y DJ británico con grandes capacidades, y ahora lo demuestra en un montaje downtempo lleno de matices y voces invitadas. Utiliza batería en vivo y sazona sus piezas con partículas de jazz, ambient y sonoridades del Medio Oriente. Una mixtura elegante y seductora que amplía las posibilidades de la electrónica en cuanto a los actos en vivo. Encontró una poderosa manera de mostrar su quinto álbum de estudio sobre los escenarios del mundo.
The Horrors
Luminous (XL Recordings)
Probablemente, una de las sorpresas más agradables del año, sobre todo porque esperábamos casi nada de unos ingleses a los que les sobraba look y les faltaba música. Su propuesta parecía agotada pero lograron reinventarse. ¿La fórmula? Trabajar más a detalle las melodías, repasar algo del pop —por aquello de los estribillos — sin dejar por ello los ritmos krautrock. Un cuarto LP que los muestra más lúcidos y con mayores capacidades musicales. A la postre, ofertan un intenso viaje a través de un electrónica contemporánea.
Pumcayó
Pumcayó (Discos Intolerancia)
Una nueva generación de músicos mexicanos decide que la paleta sonora de lo que aquí se produce debe de ampliarse. Debemos celebrar esta onda expansiva y la acometida de un indie folk que tiene influencias de Fleet Foxes y Grizzly Bear, pero que a la vez nos remite a la música popular latinoamericana. Una novel agrupación de Guadalajara debuta con una colección brillante de canciones que contienen textos elaborados y muy narrativos. Habremos de apuntar como un extra la gran solvencia técnica de cada uno de los miembros. No en vano han recabado excelentes críticas en el extranjero. Desechemos de una vez por todas al malinchismo y apreciamos los hallazgos virtuosos.
Toumani & Sidiki
Toumani & Sidiki(World Circuit Records / Discos Corasón)
Malí es un bastión de la tradición musical africana y mucho se debe a la existencia de los griots —mitad juglares, mitad religiosos— que se encargan de difundir mensajes de paz y concordia. Centran su arte en la ejecución de la Kora, una combinación entre arpa y laud, que se construye con una calabaza gigante. Toumani —el padre— es un maestro consumado, mientas que Sidiki se ha acercado a los modos del hip hop contemporáneo. Ellos encarnan a las generaciones 71 y 72 de su estirpe y ofrecen una obra llena de magia y prodigios surgidos de sus instrumentos. Espiritualidad e interpretación inspirada son las claves para que nos hagan ingresar a otra dimensión.
Kongos
Lunatic (Epic Records)
Un grupo formado básicamente por hermanos de ascendencia griega que crecen entre Sudáfrica e Inglaterra para luego mudarse al sur de Estados Unidos y hacer un álbum rebosante de energía y punch. Se trata de un rock robusto y peleón condimentado con un buen acordeón y slide guitar. Las canciones que lo conforman son tan redondas que han valido para un relanzamiento del disco con mayor fuerza mediática. Trabajan minuciosamente las partes melodías que no extraña su gran poder para comunicarse con el gran público. Por estos lares debimos ponerles más atención.
Pablo Und Destruktion
Sangrín (Discos humeantes)
Desde el corazón de Asturias nos llega un cantante sobrado de cojones y canciones ruidosas, combativas y que muestran las entrañas. Un bélico rock chatarrero atascado de letras sociales y llenas de lucidez. 8 temas y 33 minutos de un acto político que va desgranando frases que retumban como cañonazos y pretenden demoler las instituciones. Una crítica profunda a los fracasos de España y una afortunada acometida del arte social sin pasteurizar. De verdad hace falta que surjan más proyectos con ideas tan claras de ética y estética musical.
Hollow & Akimbo
Hollow & Akimbo (Quite Scientific Records)
Jon Visger y Brian Konicek residen en Michigan y graban para una disquera minúscula, lo que no ha sido obstáculo para que logren un disco estupendo. De repente son algo indies, tienen momentos de folk —especialmente en sus coros— pero sobre todo priva una electrónica popera. Es un debut imaginativo y con un sonido muy actual que se contagia. Incluso hay algunos ritmos africanistas que les dan personalidad. A la postre suenan muy orgánicos.
Omar Souleyman
Wenu Wenu (Ribbon Records)
Las sacudidas del conflicto armado al interior de Siria hacen que no hablemos muy bien de aquel país; por eso es importante que el arte haga contrapeso y más con un artista que durante años se ganó la vida cantando en bodas y otras ceremonias antes de dar el salto como una estrella de la electrónica global. Acompaña su voz con líneas de un teclado raruno, un instrumento árabe tradicional, y debajo una base rítmica elemental. El hombre del turbante, bigote y gafas pretende hacer música contemporánea de su cultura; siempre homenajeando al pasado.
Mark Lanegan Band
Phantom Radio (Vagrant Records)
Posee una voz cavernosa que estremece, le gusta guitarrear con furia, es amigo cercano de Josh Homme (Queens of the Stone Edge) y cuenta además con una larga trayectoria que lo ha juntado con Isobell Campbell, Soulsavers o Moby. Ahora le dio por sacar su amor por una vieja caja de ritmos, las canciones de Echo and the Bunnymen y algo de krautrock. Allá donde antes había riffs ahora hay camas de teclado. Al final, aflora una banda como tal para que luzcan las canciones sombrías y taciturnas de quien fuera el hombre fuerte de Screaming Trees. Lanegan hace lo que le da la gana y nosotros podemos ser sus cómplices.
Bonus disc
Javiera Mena
Otra era (Unión del sur)
Esta belleza chilena sabe cómo convertir al pop electrónico en una herramienta de liberación y transgresión. Ella ha declarado que quería hacer un disco de punchis-punchis, y para ello se fue con su productor de cabecera Cristián Heyne a mezclar a Miami. Javiera no conoce de prejuicios y arma un rave desenfadado con temas hiperpegadizos y que también pueden abordar cuestiones sexuales (ahora explícitamente lésbicas). La era afterpop ha encontrado a una de sus verdaderas divas. Hedonismo de principio a fin.
A nivel cinematográfico, la premiación de los Globos de Oro es la antesala para la premiación del Oscar, pero también son un pequeño bosquejo de lo que tendrá la televisión durante la primera mitad del año. En esta edición, la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood (HFPA) entregó algunos premios que terminaron por cerrar una extraña noche, con una “crítica” política obligada y un par de buenas sorpresas que confirman que la vida de la televisión será muy, muy larga.
Lo inesperado
Las opciones en comedia siempre han sido diversas, y este año quedaron atrás muchos nombres que parecían acaparar casi por tradición las nominaciones (Sofía Vergara, Tina Fey, Edie Falco; Modern Family, Girls, The Big Bang Theory). La ola de frescura llegó con dos series muy jóvenes que, sin mucho esfuerzo, podrían convertirse en los siguientes referentes de la hilaridad.
Así, por ejemplo, Gina Rodríguez rompió las predicciones y dejó a varias veteranas en el camino por obtener el premio a “Mejor actriz de comedia” su serie: Jane The Virgin, otro ejemplo de cómo se pueden jugar con las narrativas latinoamericanas, pues no hay que olvidar que esta sitcom está basada en la telenovela venezolana Juana la Virgen.
Además, la carta fuerte de Amazon Studios superó a las grandes productoras como HBO y Netflix y se llevó a casa dos premios: “Mejor comedia” y “Mejor actor de comedia” a través de Transparent. Esta pequeña joya nos presenta a Mort (Maura), un profesor jubilado que decide salir del clóset a sus casi 70 años. La historia por sí sola ya es un imán de premios, pero su actor protagonista, Jeffrey Tambor, imprimió un cariño muy especial a su personaje. Sin duda, de los premios más merecidos en la noche.
Lucha de gigantes
Todos esperaban la confirmación: True Detective es una de las propuestas televisivas más interesantes de la década y tenía que ser coronada como tal, pero no fue así. La piedra en el zapato fue Fargo, la adaptación del trabajo de los hermanos Coen ganó como “Mejor miniserie” e hizo que uno de sus actores, Billy Bob Thornton, se llevara a casa el premio a “Mejor actor en miniserie”. Sí, Matthew McConaughey sólo quedará en la memoria como uno de los mejores antihéroes de la televisión.
Aunque una con un estilo más convencional (Fargo) que la otra (True Detective), ambas nominaciones eran justas y necesarias pues con una temática similar, es de agradecer el reciente interés creativo por abordar la violencia y los límites de la condición humana. Con sus fans, detractores y unas segundas temporadas muy esperadas, es indiscutible el halo de competencia que ya se creó entre ambas. Los seriéfilos estamos muy felices.
La política
Los dramas políticos son la tendencia más recurrida en la televisión. Con sus clichés y prototipos casi siempre masculinos, vemos la participación femenina limitada al sexo o personajes secundarios; sin embargo, el otoño pasado la BCC, en colaboración con Sundance TV, construyeron un giro interesante: The Honourable Woman, miniserie que dio a Maggie Gyllenhaal el premio a “Mejor actriz en miniserie”, desbancando (por fin) a Jessica Lange con un American Horror Story, que ya agotó su fórmula, e ignorando (desafortunadamente) la brillante actuación de Frances McDormand en Olive Kitteridge.
La importancia del premio radicó no sólo en las habilidades histriónicas de Gyllenhaal, quien encarna a un personaje ambiguo que tiene que lidiar con arenas movedizas, sino que permite vislumbrar esas otras posibilidades narrativas en un género que comienza a desgastarse.
Lo diferente
¿Cuánto más durará el encanto de las conspiraciones diplomáticas? Al menos en esta premiación, el golpe fue triple porque en la tendencia a los dramas políticos, las quinielas apuntaban a que House of Cards se coronaría como heredera de Breaking Bad en “Mejor serie dramática”. Sí, la historia decía que difícilmente ganaría la fantasía de Game of Thrones, la decadente Downton Abbey (¿por qué sigue nominada?), el drama femenino en The Good Wife o una serie tan joven como The Affair.
Otra vez nos equivocamos y no ganó la mejor, sino la que ofreció algo diferente: The Affair. ¿Por qué? Basta echarle un ojo a la narración y a la focalización para entender cómo es que los creadores llevaron un paso más allá un culebrón de infidelidades entre dos parejas que también logró darle el premio a “Mejor actriz de drama” a Ruth Wilson por encima de las queridas y aclamadas Robin Wright (Claire Underwood / House of Cards) y Julianna Margulies (Alicia Florrick / The Good Wife).
Pero, ¿será suficiente? Mantener ese premio requiere varios años consecutivos con la misma racha y el regreso de algunas series consagradas como Mad Men pondrán a prueba una de las decisiones más sorpresivas de este año. A veces reconocer lo joven y ‘arriesgado’ no es tan buena decisión porque, así como llegan, las series desaparecen en los índices de audiencia.
La Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood no podía darse tantos lujos. Después de alocarse un poco al otorgar premios agridulces, tenía que continuar con su propia línea narrativa y no olvidar a los consentidos de los televidentes. El premio de ‘consolación’ para la producción, y para muchísimos fans, de House of Cards fue el reconocimiento de Kevin Spacey como “Mejor actor de drama”. Francis Underwood superó a interpretaciones tan memorables como la de Clive Owen y su irritante doctor Thackery en The Knick.
Al final, la revancha para muchas de estas nominaciones vendrá este 2015 con el regreso y continuación de muchos títulos que, presionados por el marketing, tendrán que poner sobre la mesa sus mejores cartas. Pues, aunque no lo parezca, tener un Globo de Oro en tu sala significa muchísimo a nivel de producción, financiamiento y fidelidad entre los fans. Con buenas o malas decisiones, tener ceremonias en donde se reconozca el trabajo hecho en la pantalla chica es algo que se debe agradecer. Sí, ni los Emmy ni los Globos de Oro son toda la televisión, pero una cosa lleva a la otra. Esperemos que en breve se comience a mirar lo que hay en otros continentes.
La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, quien discutía su alcance, su poder, su capacidad de desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte solamente predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba.
Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos —y si ella lo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba con los dedos mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un tajo—. Incluso había quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: aquellos que ya conocían el método, que no querían el beso de esa cara horrible.
La chica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo.
Cuando pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para cirugías plásticas, no tenían sentido, nunca volvería a tener una cara normal, lo sabía. Pedía solamente para sus gastos, para el alquiler, la comida —nadie le daba trabajo con la cara así, ni siquiera para puestos donde no hiciera falta verla—. Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitarlo, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Y, mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor. Cuando ella no podía hablar, cuando estaba en el hospital y todos esperaban que muriera, Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado el alcohol en una pelea, había intentado fumar un cigarrillo todavía mojada.
—Y le creyeron —sonreía la chica del subte, con su boca sin labios, su boca de reptil—. Hasta mi papá le creyó.
Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Él estaba preso.
Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada pero el silencio en que quedaban, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.
A lo mejor no fue la chica del subte la que desencadenó todo, pero fue quien introdujo la idea en su familia, creía Silvina. Fue una tarde de domingo, volvían con su madre del cine —una excursión rara, casi nunca salían juntas—. La chica del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando terminó agradeció y se bajó en la siguiente estación. No le siguió a su partida el habitual silencio incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a decir qué manipuladora; qué asquerosa, qué necesidad; también hacía chistes. Silvina recordó que su madre, alta y con su pelo corto y gris, todo su aspecto de autoridad y potencia, cruzó el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico, casi sin tambalear —aunque el vagón se sacudía como siempre— y le dio un puñetazo en la nariz, un golpe decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su madre no respondió, ni al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la mirada rápida, la orden silenciosa de sus ojos, y cómo las dos salieron corriendo no bien las puertas se abrieron, y siguieron corriendo por las escaleras a pesar de que Silvina estaba poco entrenada y se cansaba enseguida —correr la hacía toser— y su madre ya tenía más de sesenta años. Nadie las seguía, pero eso no lo supieron hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y Pueyrredón; y se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o incluso a la policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a salvo. Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años que no la veía tan feliz.
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Hicieron falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que llegaran las hogueras. Lucila era modelo y era muy hermosa pero sobre todo era extrañamente encantadora. En las entrevistas de la televisión parecía distraída e inocente pero tenía respuestas inteligentes y audaces, y por eso también se hizo famosa. Medio famosa. Famosa del todo se hizo cuando anunció su noviazgo con Mario Ponte, el 7 de Unidos de Córdoba, un club de segunda división que había llegado heroicamente a primera y se había mantenido entre los mejores durante dos torneos gracias a un gran equipo, pero sobre todo gracias a Mario, que era un jugador extraordinario, que había rechazado ofertas de clubes europeos de puro leal —aunque algunos especialistas decían que, a los treinta y dos y con el nivel de competencia de los campeonatos europeos, era mejor para Mario convertirse en una leyenda local que en un fracaso transatlántico—. Lucila parecía enamorada y aunque la pareja tenía mucha cobertura en los medios, no se le prestaba demasiada atención. Era perfecta y parecía feliz, y sencillamente faltaba drama. Ella consiguió mejores contratos para publicidades y era la que cerraba todos los desfiles; él se compró un auto carísimo.
El drama llegó una madrugada cuando sacaron a Lucila en camilla del departamento que compartía con Mario Ponte: tenía el 70% del cuerpo quemado y dijeron que no iba a sobrevivir. Sobrevivió una semana.
Silvina recordaba vagamente los informes en los noticieros, las charlas en la oficina; él la había quemado, durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le había vaciado una botella de alcohol sobre el cuerpo —ella estaba en la cama— y, después, echó un fósforo encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó arder unos minutos y la cubrió con la colcha. Después llamó a la ambulancia. Dijo, como el marido de la chica del subte, que había sido ella.
Por eso cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó, pensaba Silvina, mientras esperaba el colectivo —no podía usar su propio auto cuando visitaba a su madre: la podían seguir—. Creían que estaban protegiendo a sus hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la verdad; costó mucho concebir las hogueras.
Ahora, que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni qué decir ni cómo detenerlas, salvo lo de siempre: controles, policía, vigilancia. Pero no servía. Una vez le había dicho una amiga anoréxica a Silvina: no pueden obligarte a comer. Sí pueden, le había contestado Silvina, te pueden poner suero, una sonda. Sí, pero no pueden controlarte todo el tiempo. Cortás la sonda. Cortás el suero. Nadie puede vigilarte veinticuatro horas. La gente duerme. Era cierto. Esa compañera de colegio se había muerto, finalmente. Silvina se sentó con la mochila sobre las piernas. Se alegró de no tener que viajar parada. Siempre tenía miedo de que alguien abriera la mochila y se diera cuenta de lo que cargaba.
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Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras. Es contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios y revistas y radio y televisión y donde pudieran hablar. Era tan complejo informar, decían, porque por un lado hay que alertar sobre los femicidios y por otro se provocan estos efectos, parecidos a los que ocurren con los suicidios entre adolescentes. Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país. Con alcohol la mayoría de las veces, como Ponte, por lo demás el héroe de muchos; pero también con ácido y, en un caso particularmente horrible, la mujer había sido arrojada sobre neumáticos en llamas, que ardían en medio de una ruta por alguna protesta de trabajadores. Pero Silvina y su madre recién se movilizaron —y sin consultarlo entre ellas— cuando pasó lo de Lorena Pérez y su hija, las últimas asesinadas antes de la primera hoguera. El padre, antes de suicidarse, les había pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método de la botella de alcohol. No las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital a tratar de visitarlas, a protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y ahí estaba también la chica del subte. Pero ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas edades, ninguna de ellas quemada. Cuando llegaron las cámaras, la chica del subte y sus compañeras se acercaron a la luz. Ella contó su historia, las otras asentían y aplaudían. La chica del subte dijo algo impresionante, brutal:
—Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. ¿Estaría bueno, no? Una belleza nueva.
La mamá de Silvina se acercó a la chica del subte y a sus compañeras cuando se retiraron las cámaras. Había varias mujeres de más de sesenta años, a Silvina le sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS. Ella también se quedó y, por la mañana, fue a la oficina sin dormir. Sus compañeros ni estaban enterados de la incineración de la madre y la niña. Se están acostumbrando, pensó Silvina. Lo de la niñita les da un poco más de impresión pero sólo eso, un poco. Estuvo toda la tarde mandándole mensajes a su madre, pero no le contestó ninguno. Era bastante mala para los mensajes de texto, así que Silvina no se alarmó. Por la noche la llamó a su casa, y tampoco la encontró. ¿Seguiría en la puerta del hospital? Fue a buscarla, pero las mujeres habían abandonado el campamento. Quedaban apenas unos fibrones abandonados y paquetes vacíos de galletitas, que el viento arremolinaba. Venía una tormenta y Silvina volvió lo más rápido que pudo hasta su casa porque había dejado las ventanas abiertas.
La niña y su madre habían muerto durante la noche.
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Silvina participó de su primera hoguera en un campo de la ruta 3. Las medidas de seguridad, entonces, todavía eran muy elementales; las de las autoridades y las de las Mujeres Ardientes. Todavía la incredulidad era alta; sí, lo de aquella mujer que se había incendiado, dentro de su propio auto, en el desierto patagónico, había sido bien extraño: las primeras investigaciones indicaron que ella había rociado de gasolina el vehículo, que ella se había sentado dentro, frente al volante, que ella había dado el chasquido del encendedor. Nadie más: no había ni rastros de otro auto y eso era imposible de ocultar en el desierto, y nadie hubiera podido irse a pie. Un suicidio, decían, un suicidio muy extraño, la pobre mujer estaba sugestionada por todos estos incineramientos de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina, estas cosas son de países árabes, de la India.
—Serán hijos de puta, Silvinita, sentate —le dijo María Helena, la amiga de su madre, que dirigía el hospital clandestino de quemadas ahí, lejos de la ciudad, en el casco de la vieja estancia de su familia, rodeada de vacas y soja—. Yo no sé por qué esta muchacha, en vez de contactarse con nosotras, hizo lo que hizo, pero bueno: a lo mejor se quería morir. Era su derecho. Pero que estos hijos de puta digan que los incineramientos son de los árabes, de los indios…
María Helena se secó la manos —estaba pelando duraznos para una torta— y miró a Silvina a los ojos.
—Los incineramientos los hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices. La torta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había sobrevivido su primer año de quemada. Algunas de las mujeres que iban a la hoguera preferían recuperarse en un hospital, pero muchas elegían los centros clandestinos, como el de María Helena. Había algunos otros, Silvina no estaba segura de cuántos.
—El problema es que no nos creen. Les decimos que nos quemamos porque queremos, y no nos creen. Por supuesto, no podemos hacer que hablen las chicas que están internadas acá, podemos ir presas.
—Podemos filmar una ceremonia —dijo Silvina.
—Ya lo pensamos, pero sería invadir la privacidad de las chicas.
—De acuerdo, ¿pero si alguna quiere que la vean? Y podemos pedirle que vaya hacia la hoguera con, no sé, una máscara, un antifaz, si quiere taparse la cara.
—¿Y si distinguen dónde queda el lugar?
—Ay María, la pampa es toda igual, si la ceremonia se hace en el campo, ¿cómo van a saber dónde queda?
Así, casi sin pensarlo, Silvina decidió hacerse cargo de la filmación, cuando alguna chica quisiera que su Quema fuera difundida. María Helena se contactó con ella menos de un mes después del ofrecimiento. Sería la única autorizada, en la ceremonia, a entrar con un equipo electrónico. Silvina llegó en auto: entonces, todavía, era bastante seguro usarlo. La ruta 3 estaba casi vacía, apenas la cruzaban algunos camiones; podía escuchar música y tratar de no pensar. En su madre, otra jefa de hospital clandestino, en una casa enorme del sur de la ciudad de Buenos Aires; su madre, siempre arriesgada y atrevida, tanto más que ella, que seguía trabajando en la oficina y no se atrevía a unirse a las mujeres; en su padre, muerto cuando ella era chica, un hombre bueno y algo torpe (“ni se te ocurra pensar que hago esto por culpa de tu padre”, le había dicho su madre una vez, en el patio de la casa-hospital, durante un descanso, mientras inspeccionaba los antibióticos que Silvina le había traído, “tu padre era un hombre delicioso, jamás me hizo sufrir”). En su exnovio, a quien había abandonado al mismo tiempo que supo definitiva la radicalización de su madre, porque él las pondría en peligro, lo sabía, era inevitable. En si tenía que traicionarlas ella misma, desbaratar la locura desde adentro. ¿Desde cuándo era un derecho quemarse viva? ¿Por qué tenía que respetarlas?
La ceremonia fue al atardecer. Silvina usó la función video de una cámara de fotos: los teléfonos estaban prohibidos y ella no tenía una cámara mejor, tampoco quería comprar una nueva por si era rastreada. Filmó todo: las mujeres preparando la pira, con enormes ramas secas de los árboles del campo, el fuego alimentado con diarios y gasolina hasta que alcanzaba más de un metro de altura. Estaban campo adentro —una arboleda y la casa ocultaban la ceremonia de la ruta—. El otro camino, a la derecha, quedaba demasiado lejos. No había vecinos, ni peones. Ya no a esa hora. Cuando cayó el sol, la mujer elegida caminó hacia el fuego. Lentamente. Silvina pensó que iba a arrepentirse, porque lloraba. Había elegido una canción para su ceremonia, que las demás —unas diez: pocas— cantaban: “Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va/ Lo consume pronto, lo acaba sin tocarlo”. Pero no se arrepintió. La mujer entró al fuego como a una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda de que lo hacía por su propia voluntad, una voluntad supersticiosa o incitada, pero propia.
Ardió apenas veinte segundos: cumplido ese plazo, dos mujeres protegidas por amianto la sacaron de entre las llamas y la llevaron corriendo al hospital clandestino. Silvina detuvo la filmación antes de que pudiera verse el edificio.
Esa noche lo subió a internet. Al día siguiente, millones de personas lo habían visto.
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Silvina tomó el colectivo. Su madre ya no era la jefa del hospital clandestino del sur; había tenido que mudarse cuando los padres enfurecidos de una mujer —que gritaban “¡tiene hijos, tiene hijos!”— descubrieron qué se escondía detrás de esa casa de piedra, centenaria, que alguna vez había sido una residencia para ancianos. Su madre había logrado escapar del allanamiento —la vecina de la casa era una colaboradora de las Mujeres Ardientes, activa y al mismo tiempo distante, como Silvina— y la habían reubicado como enfermera en un hospital clandestino de Belgrano: después de un año entero de allanamientos, creían que la ciudad era más segura que los parajes alejados. También había caído el hospital de María Helena, aunque nunca descubrieron que la estancia había sido escenario de hogueras porque, en el campo, nada hay más común que quemar pastizales y hojas, siempre iban a encontrar pasto y suelo quemado. Los jueces expedían órdenes de allanamiento con mucha facilidad y, a pesar de las protestas, las mujeres sin familia o que sencillamente andaban solas por la calle caían bajo sospecha: la policía acostumbraba hacerles abrir sus bolsos, mochilas, baúles del auto cuando ellos lo deseaban, en cualquier momento, en cualquier lugar. El acoso había sido peor: de una hoguera cada cinco meses —registrada: con mujeres que acudían a los hospitales normales— se pasó al estado actual, de una por semana.
Y, tal como esa compañera de colegio le había dicho a Silvina, las mujeres se estaban arreglando para escapar de la vigilancia notablemente bien. Los campos seguían siendo enormes y no se podían revisar con satélite constantemente; y además todo el mundo tiene un precio; si podían ingresar al país toneladas de drogas, ¿cómo no iban a dejar pasar autos con más bidones de nafta que lo razonable? Eso era todo lo necesario, porque las ramas para las hogueras estaban ahí, en la locación. Y el deseo, las mujeres lo llevaban consigo.
No se va a detener, había dicho la chica del subte en un programa de entrevistas de televisión. Vean el lado bueno, decía, y se reía con su boca de reptil. Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego —y capaz que le pegan fuego al cliente también.
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Una noche, mientras esperaba el llamado de su madre, que le había encargado antibióticos —Silvina los conseguía haciendo la ronda por los hospitales de la ciudad donde trabajaban colaboradoras de las Mujeres Ardientes—, Silvina tuvo ganas de hablar con su exnovio. Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo de cigarrillo y del olor a la gasa furacinada, la que se usaba para las quemaduras, que no se iba nunca, como no se iba el de carne humana quemada, que era muy difícil de describir, sobre todo porque, más que nada, olía a gasolina aunque detrás había algo más, inolvidable y extrañamente cálido. Pero se contuvo. Lo había visto en la calle, con otra chica. Eso, ahora, no significaba nada. Muchas mujeres trataban de no estar solas en la calle, para no ser molestadas por la policía. Todo era distinto desde las hogueras. Hacía apenas semanas las primeras Mujeres Ardientes sobrevivientes habían empezado a mostrarse en público. A tomar el colectivo. A comprar en el supermercado. A tomar taxis y subterráneos, a abrir cuentas de banco y a disfrutar de un café en las veredas de los bares, con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos a veces sin algunas falanges sosteniendo la taza. ¿Les darían trabajo? ¿Cuándo llegaría el mundo ideal de hombres y monstruas?
Silvina había visitado a María Helena en la cárcel. Al principio, ella y su madre temieron que las otras reclusas la atacaran, pero no, la trataban inusitadamente bien. “Es que yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabían nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta? La educación en este país se fue a la mierda. Pero tienen interés, pobrecitas, quieren saber”.
—¿Qué quieren saber? —preguntó Silvina.
—Y, quieren saber cuándo van a parar las hogueras. —¿Y cuándo van a parar?
—Ay, qué se yo hija, ¡por mí que no paren nunca!
La sala de visitas de la cárcel era un galpón con varias mesas y tres sillas cada una: una para la presa, dos para las visitantes. María Helena hablaba en voz baja: no confiaba en las guardias.
—Algunas chicas dicen que van a parar cuando lleguen al número de la caza de brujas de la Inquisición.
—Eso es mucho —dijo Silvina.
—Depende —intervino su madre—. Hay historiadores que hablan de cientos de miles, otros de cuarenta mil…
—Cuarenta mil es un montón —murmuró Silvina.
—En cuatro siglos no es tanto —siguió su madre.
—Había poca gente en Europa hace seis siglos, mamá —Silvina sentía que la furia le llenaba los ojos de lágrimas. María Helena abrió la boca y dijo algo más pero Silvina no la escuchó, y su madre siguió y las dos mujeres conversaban en la luz enferma de la sala de visitas de la cárcel y Silvina solamente escuchó que ellas estaban demasiado viejas, que no sobrevirían una Quema; la infección se las llevaba en un segundo pero Silvinita, ah, cuándo se decidirá Silvinita, sería una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego.