Tierra Adentro

Era ya casi de noche cuando Eduardo ingresó al CERESE (Centro de Readaptación Sentimental) No. 82, mejor conocido entre sus internos como “El Frensón”, a donde lo enviaron luego de ser declarado culpable de “confesión amorosa no correspondida” y del “cortejo doloso en tercer grado” de Adriana Bermúdez, su compañera de trabajo y amor platónico durante los últimos dos años.

El joven Eduardo, despechado y cabizbajo, aún con los recuerdos de su desastrosa declaración de amor punzándole la cabeza, descendió del camión de prisioneros y atravesó el alambrado de púas escoltado por dos corpulentos guardias, que de tanto en tanto, lo miraban burlones y lo golpeaban con sus toletes mientras le susurraban cosas como “es que para ella es más importante tu amistad, puto”.

El encargado de nuevos ingresos, luego de pedirle sus datos y de recordarle que en “El Frensón” todos los internos eran iguales y a todos se les veía como hermanos, le entregó el uniforme gris reglamentario y procedió a explicarle la rutina que a partir de ese día tendría que seguir.

—El desayuno se sirve a las 7 —dijo—. El menú incluye un plato de avena y un vaso de ese asqueroso jugo de nopal que odias pero que empezaste a tomar para tener algo en común con ella. Durante las comidas tenemos también la costumbre de poner canciones que te la recuerden. Está terminantemente prohibido llorar, y aquel sea sorprendido haciéndolo será enviado una semana a confinamiento solitario.

Eduardo, con un nudo en la garganta, escuchó en silencio el resto de la explicación limitándose a asentir con la cabeza. Después de leer y firmar el reglamento interno, con el que se comprometía a cumplir su condena con dignidad, a aceptar la amistad de Adriana y a no ponerse raro cada vez que la viera, fue asignado y escoltado a la celda 14 que compartiría con un prisionero encerrado ahí desde hacía más de quince años.

—Yo era vecino de Adriana cuando éramos niños —le explicó Francisco, su nuevo compañero de celda, avejentado y portando una larga y desaliñada barba—. Aunque en el fondo sabía que si lo hacía iba a terminar aquí, llegó un punto en el que no me pude aguantar más y una noche en la que estaba muy borracho cometí el crimen de escribirle una carta explicándole lo mucho que la amaba.

—¿Y cómo reaccionó?

—Pues al día siguiente se presentaron en mi casa varios policías con una orden de arresto y me subieron a empujones a una patrulla diciendo que yo era demasiado lindo y que lo mejor era no complicar las cosas. Desde entonces estoy aquí.

Los primeros días fueron los más difíciles y Eduardo tuvo que hacer un enorme esfuerzo por reprimir su llanto y lucir indiferente ante el rechazo. Aconsejado por Francisco, hizo lo posible por sonreír y mostrarse entusiasmado cuando a la mañana siguiente el funesto director del CERESE, reunió a los internos en el patio central para dirigir los ejercicios matutinos, pasar revista y pedirles consejos amorosos.

—¡A ver, señoritas! —vociferó el alcaide, mirando con seriedad a los prisioneros una vez que todos estuvieron formados en el patio y mostrándoles la fotografía de un sujeto posando con un celular frente al espejo de su baño—. Ustedes son hombres y nos interesa su opinión. Este tipo le gusta mucho pero no le ha escrito a Adriana en más de tres días, ¿creen que deba ella escribirle para ver qué pasa?

—¡No! —respondió con timidez uno de los presos, que había sido compañero de Adriana en preparatoria y que había pasado tres años dándole clases privadas de matemáticas—. ¡Es obvio que este güey no quiere nada serio y sólo la va a lastimar!

—Puede ser —dijo el alcaide meditando por unos momentos—. ¿Por qué carajos no pueden ser todos los hombres tan lindos y bien intencionados como usted?

—¡Yo creo que es bastante obvio que este tipejo solo quiere aprovecharse de ella! —gritó otro de los presentes—. ¡Si a mí Adriana me aceptara una salida a cenar vería que no todos los hombres somos iguales!

Súbitamente se activaron las estruendosas alarmas del CERESE, y a una seña del director cinco guardias apostados en las torres de control se aprestaron a abrir fuego sobre los internos, apuntando con sus rifles de asalto hacia el patio y gritando para mantener el orden.

—¡Habíamos quedado que sólo éramos amigos! —exclamó el director señalando al prisionero que había provocado el alboroto—. ¡En esta cárcel cualquier insinuación romántica está penada con confinamiento solitario!, ¿que ya no se acuerda del reglamento?

Antes de que el aludido pudiera responder, cuatro guardias anti-motines se abalanzaron sobre él y lo sacaron del patio a rastras.

Aquello era demasiado para Eduardo. Además de la tediosa y agotadora rutina diaria que incluía trabajos forzados como cargar bolsas, sostener puertas abiertas y encender calentadores de gas, debía también asistir una vez por semana a una terapia de grupo llamada: “¿Qué tiene ese pendejo que no tenga yo?”, impartida por el doctor José Pringado, y de la que invariablemente salía aún más deprimido.

Constantemente fantaseaba con la idea de fugarse, y en su cabeza elucubraba sofisticados y elaborados planes de escape como los que había visto en las películas, y con los que estaba seguro que impresionaría a Adriana y finalmente se ganaría su amor. Ninguno de esos proyectos se concretó, en parte por la estricta vigilancia a la que estaba sometido, pero también por su extrema timidez y miedo al ridículo.

Sus escasas oportunidades de escapar o de algún día llegar a ser exonerado se evaporaron por completo un par de meses después, cuando por órdenes del director del CERESE,  Eduardo fue asignado a labores en el área de las cocinas, donde se convirtió en el encargado de comprar, pagar y administrar los enormes cargamentos de refresco Fanta que llegaban a diario a prisión, pero que por alguna misteriosa razón ninguno de los internos jamás probaba.


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena

El gerente del supermercado debe vender la mercancía perecedera antes de que caduque; cierto ciudadano se ha propuesto terminar su libro antes de que cierre la convocatoria; el doctorante firmó un acuerdo que lo obliga a llegar a una conclusión antes de que termine la beca; el funcionario en turno se ha propuesto aguantar en su cargo el tiempo necesario como para asegurarse una posición, alcanzar a ahorrar un poco y tratar de no quedar mal con nadie; cierto editor debe publicar la novedad del año antes de que venza el contrato; el joven matrimonio se resigna al cálculo económico de una hipoteca compartida; la maestra de primaria, fatigada más por la rutina que por los niños, se da ánimos diciéndose que no falta mucho para la jubilación; el estudiante, con cínica impaciencia, finge haber entendido para no leer dos veces, pues ya sólo quiere que termine el semestre para dormir tranquilo de nuevo; están todos esos rostros desconocidos que pasan de prisa por la ciudad y que nos confirman que es posible aburrirse de vivir, que nos demuestran que el tiempo es un espectáculo anodino si no lo ameniza el afán de cambiar de domicilio, el afán de encontrar un lugar mejor, el afán de por fin bajar de peso; está el burócrata que debe mandar el informe y su atención se enfría más rápido que el café; cierto redactor, rebasado por el trabajo que aceptó a costa de su propia felicidad con tal de ganarse un quinto, se propone terminar la columna que le exigen todas las semanas y que escribe con desdén, se dice “al menos el viernes no tendré que escribir otra columna”; en el restaurante el cliente y el mesero se observan, uno ve con envidia al otro, “seguramente no tiene nada de qué preocuparse”, pero ambos tienen la cabeza en otro lugar, uno en ese paraíso de pantuflas y sin preocupaciones, el otro, el cliente, en ese paraíso en el que la esposa no lo demanda, la amante no le exige y los hijos no lo desobedecen. Todos tenemos la cabeza en ese lugar donde las cosas se hacen definitivamente y no sólo para salir del paso; todos queremos escapar de esta forma provisional de vivir.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Against Me! ya no es la banda de anarquistas que era hace doce años, cuando sacaron su primer EP, Crime. En ese entonces grababan demos caseros y se movían por Florida de aventón y tocaban conciertos en casas okupa, a cambio de platos de papas y arroz. Escribían letras crudas y sardónicas —«Crime», «Those Anarcho Punks Are Mysterious», «Pints of Guiness Make You Strong»— que alcanzaron el nivel de himno entre adolescentes que creían en la inminencia de la revolución en tiempos de derrota revolucionaria: adolescentes como yo. Hoy la banda ya no toca «Baby, I’m an Anarchist» —canción que incluye un pasaje sobre tirar ladrillos a través de las ventanas de un Starbucks— con tanta frecuencia como «I Was a Teenage Anarchist», y eso quizá lo dice todo. Pero nadie puede culparlos por haber creído. Ni por haber cambiado.

Doce años después del verano en que escuché Reinventing Axl Rose, el sábado pasado los vi tocar por primera vez en un Plaza Condesa repleto de personas y de nostalgia. Más que un concierto, fue un viaje auditivo al pasado: guitarras furiosas, cuerpos agolpados, sudor, codazos en los dientes. Recordé lo que se siente tener diecinueve años y que la música te hierva en la sangre. En el público estaban los espectros del punk rock: esos que hace quince años tenían veinticinco, tocaban con sus bandas en el Alicia, y hoy tienen cuarenta, trabajos de oficina y la cabeza llenas de canas.

Laura Lee Grace (se llamaba Tom Gable, pero cambió de género y nombre) es una figura única, enigmática. Es la única roquera en dar el salto de muchacho punk a señora punk. Carismática, los brazos llenos de tatuajes negros, una sonrisa intimidante: su presencia escénica es tan poderosa y desconcertante como sólo puede ser la de una mujer con pene. Tiene algunas de las mejores letras del rock: el veneno que alimentó su música fueron sus dudas de género, la muerte de sus amigos, su ansiedad ante la vida que pasa demasiado rápido. Esos síntomas de la rabia existencial que no se curan con dinero ni con fama, y que nunca dejan de perseguir. Verla cantando me recordó que, si el punk dejó alguna lección duradera, una que tal vez cambió el mundo, fue que todos tenemos derecho a ser quienes nos dé la pinche gana, amar a quien se nos dé la pinche gana. Incluso a convertirnos en mujeres si se nos da la pinche gana.

La escena musical ha sufrido una transformación casi igual de radical que Laura. Los punks de hoy ya no usan pulseras punzocortantes. Es posible ir a un concierto sin salir oliendo a cigarro. Un mosh pit de treintones se queda sin gasolina a la quinta canción. Hay menos camisetas de The Descendents y Crass —y, como lo señaló el amigo que me acompañaba, más chalequitos comprados en Pull&Bear— que los que se veían hace una década.

El set de la noche fluctuó entre los extremos de su repertorio. Desde esas canciones de los primeros discos que el público mexicano conocía poco («Cliché Guevara») hasta sus éxitos de la lista Billboard («Trash Unreal»). La mitad del concierto se lo dedicaron a canciones oscuras: «Don´t Lose Touch», «How Low», «Americans Abroad». «Turn Those Clapping Hands Into Angry Balled Fists», canción sobre la depresión de una ama de casa de los suburbios estadounidenses, fue la menos cantada de la noche. Pero en los momentos decisivos, Against Me! demostró que canciones de pocos acordes pueden incitar a un motín. La prueba queda en un par de zapatos destazados, en una camiseta llena de sudor. En unas cuerdas vocales más gastadas que las de una vieja guitarra.

Hay playlists que parecen dedicadas a quienes llevamos doce años esperando. El concierto cerró con mi favorita «We Laugh at Danger And Break All the Rules», del primer disco. En honor a que también tocaron «Walking is Still Honest», esta semana no tomaré el autobús, sólo caminaré.


Autores
(Ciudad de México, 1984) creció en distintos países de América del Norte y el Caribe. Es escritor y traductor. Ha publicado crónicas y ensayos en distintos medios. Su primer libro, El paralelo etíope (FETA, 2015), ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.

Del 19 al 21 de febrero se llevará a cabo el primer Festival de Poesía Interdisciplinar en San Luís Potosí, que incluirá las propuestas de 23 poetas nacionales e internacionales. Además de ofrecer lecturas poéticas, talleres y conciertos en diversas plazas públicas de la ciudad, el festival busca integrar a los habitantes del estado y visitantes al proceso creativo de la escritura a través de la participación y la interacción.

Es este encuentro también se presentarán las propuestas de tres grupos musicales, se realizarán las Clínicas de imaginación poética (talleres formativos y de fomento a la lectura) y se repartirán 120 mil poemas impresos durante los días del Festival.

Todas las actividades son gratuitas. Para más información consulta: https://www.facebook.com/MasLibrosMejorFuturo

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

En muy pocos géneros musicales del mundo occidental, hay una tensión tan marcada entre el sector tradicionalista y los nuevos intérpretes como en el flamenco. A los aferrados de los modos históricos les cuesta aceptar que se trata de un patrimonio cultural vivo que sigue su propia dinámica y evolución. Por supuesto que se deben conocer y apreciar los orígenes, pero hay que entender que la única manera de conservarlos es saber cómo proyectarlos hacia el futuro con inteligencia y algo de desparpajo.

Es así como se han impuesto y siguen brillando con luz propia dos discos que marcan un antes y un después del arte del cante jondo. Inicialmente La leyenda del tiempo (1979), que le debemos al inmenso Camarón de la Isla, y después vendría Omega (1996) que firmó el gran maestro Enrique Morente junto al grupo Lagartija Nick. En el primero de ellos también soplan los vientos del jazz, pero en los dos hay marcados acentos de la fuerza y las maneras del rock. Ambos son Lp´s excepcionales que forman parte de un universo que es reacio —a su manera— para entender y justificar los momentos en los que se presenta la reinvención.

En tales querencias flamencas, tradición y modernidad son una especie de estira y afloja que ha permitido la aparición de figuras que contribuyen a renovaciones radicales. Y no son pocas, la lista es nutrida pero Paco de Lucía, Tomatito, Kiko Veneno y últimamente Javier Limón, son nombres para considerar en el cuadro de honor de esta música mestiza.

Y cuando apenas el año pasado apreciamos los desplantes de la brillante cantante Silvia Pérez Cruz junto a Raül Fernandez Miró “Refree” en su muy atrevido álbum Granada, hubiéramos podido pensar que no sobrevendría tan seguido otro alud de fino y elegante flamenquismo.

En su segundo disco (tras debutar en 2012 con Claridad), Rocío Márquez decidió no guardarse nada y hacer un homenaje a otra figura polémica por heterodoxa: Pepe Marchena, muy avezado en la parte histórica pero capaz también de inventar nuevos “palos” y acercarse a la música más popular de la península ibérica de su época. Coplas, tonadillas y rumba eran —y son vistas— por debajo del hombro por los puristas.

Resulta que esta cantaora excepcional lo ganó todo en el Festival del Cante de las Minas de la Unión del 2008 (algo que sólo había logrado Miguel Poveda) y sorprendió con El niño (Universal, 2014) que surge del sobrenombre del cantante. Lo que hace es seguir sus enseñanzas de investigadora y dar con piezas que reflejen su personalidad —reinterpretar es volver a crear—. Se trata de una joven mujer que conoce muy bien el interior de la academia y que planea con cuidado cada paso a seguir. Rocío sabía que no se harían esperar las críticas y sin titubear les sale al paso: «Mis queridos talibanes… Solo me interesan las opiniones constructivas. Yo creo que hay que partir de lo clásico, pero sin limitaciones. No he vivido una guerra, no he pasado hambre, he ido a la universidad y a mis amigos les gusta Extremoduro. No puedo ser igual que los de antes. La tradición debe vivir en el presente. En el siglo XVIII ya existía el debate sobre la pureza y aquellos que entonces no eran académicos y traicionaban la tradición hoy son nuestros referentes. Quizá reproducir sin más el pasado solo es ofrecer algo sin vida. Y lo que no está vivo, está muerto»; así se lo reitero a la periodista Elsa Fernández-Santos en una conversación a finales de año para el diario El país.

Márquez (Huelva, 1985) ha dedicado a “El Niño de Marchena” una tesis que todavía no concluye pero que le permitió profundizar en el pasado para seguir descubriendo material sorprendente e innovador. En el álbum se encuentran esas dos caras de una misma moneda.

Para su parte más clásica recibió consejo del flamencólogo y artista Pedro G. Romero y se encargó la producción a Faustino Nuñez, quien coordinó a una serie ilustre de colaboradores entre los que se cuentan Pepe Habichuela, Manolo Franco, Manolo Herrera y Raúl Rodríguez. Para luego saltar hacia esa vertiente visionaria en la que luce –una vez más- la producción y guitarra de Raül Fernandez Miró (Refree) e invitados como Niño de Elche (cante), Oriol Roca (batería) y Miguel Ángel Cortés (guitarra).

Marchena no encontraba diferencias abismales entre las modalidades nuevas y viejas, así que hizo que se alternaran y convivieran de la mejor manera en un álbum lleno de filigrana e inspiración. Cada participante fue respetuoso y atrevido por partes iguales, cada uno supo lo que debía aportar; sólo así se pudo lograr una disco mayúsculo de 17 partes del que —afirman los expertos— que Rocío logró cantar por Morente, como si el cantaor ya fuera un palo flamenco en sí mismo. Un elogio mayúsculo.

El niño es una obra para adentrarse y conocerla como una totalidad, pero a fuerza de tener que hallar sus pasadizos de entrada más fascinantes, habré de decantarme por “Los extraños” y “Una rosa”; ambas con esa carga experimental que no opaca su exuberante belleza.

Rocío Márquez ya trae de cuna el talento vocal que ha logrado desarrollar en clasicismo y vanguardia. Es una artista madura con todo y su juventud. Ella nos confirma que en este Cabaret de galaxias, todos los días sube a un escenario gente que sorprende con su arte mayúsculo.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, es un lugar donde la cordura fracasó miserablemente.

La intención de Raum (Juan César Dorante, 2013) es demostrarlo. El cineasta judío, reconocido por su trabajo Paciente 7 (2009), asalta a la crítica con su primer mediometraje documental. Todo empieza con una pregunta: ¿Por qué no hay aula 111 en la Facultad? ¿Por qué, entre la 110 y la 112 hay un espacio mucho más amplio que la suma de los dos salones juntos?

Dorante recuerda, y ése es el leit motiv de Raum (“espacio”, en alemán), haber entrado el primer día de clases de la Facultad en el salón 111, capicúa de la memoria. Sólo había una chica con la que el director asegura haber hablado durante un buen rato. Después, la chica se despidió.

Dorante, confiesa, se enamoró y regresó durante cuatro jueves (a las ocho de la mañana era la clase) al salón 111. A mitad del semestre sufrió un accidente automovilístico horrible (donde perdió la mano izquierda) y dejó de asistir.

Ahora, el director realiza frente a la cámara una pesquisa para encontrar a esa chica. La primera sorpresa es que no encontró el salón 111. Un informante —pixeleado de pies a cabeza— revela información difusa: el salón 111 nunca ha existido. Por decisiones logísticas, se hicieron dos aulas un 50% más grande que otras (la cuestión de la numeración fue un error humano). Así, el salón 111 nunca ha sido más que una falla de asignación de espacios.

En la última recta del documental, Dorante decide permanecer durante toda la noche en la Facultad con ayuda de los miembros del cineclub Manuel González Casanova. Sale de su escondite a las 00:45, según el marcaje del video.

La siguiente escena es Dorante y los integrantes de cineclub, hablando en una cafetería de Copilco. Dorante les confiesa que encontró el salón 111. “Estaba ahí, entre el 110 y el 112 —cuenta el realizador—, entré. La luna brillaba poco, como si hubieran puesto un foco de 15watts en el salón. Me senté y me puse a hacer unos paneos del pizarrón. De repente, vi un objeto en el escritorio. Era mi mano. Sí, mi mano. Salí. Regresé al cubículo y desperté esta mañana”.

El documental termina con dos leyendas. La primera: “Nunca se pudo recuperar el contenido del miniDV con que grabó Dorante”, se disuelve para dar paso a la segunda: “El miniDV tenía grabados 64 horas de ruido blanco. El tiempo máximo de grabación de un miniDV, en calidad mínima, son 8 horas”.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.

Sabritas dice que nos quiere ver sonreír pero sigue fabricando y vendiendo sus repulsivos Sabritones: esos desperdicios industriales con textura de unicel que durante años nos han vendido como chicharrones con chile, y que por alguna razón nunca faltan en la Sabri-semana y en las fiestas y reuniones a pesar de que en el fondo a nadie le gustan.

Según un riguroso estudio publicado recientemente por científicos de la UNAM, resulta física y mentalmente imposible que un ser humano sonría después de comerse un Sabritón. El documento de 563 cuartillas (disponible en línea para cualquier interesado en consultarlo), contiene suficientes testimonios, datos, estadísticas y gráficas de pastel para sustentarlo y perseguir a Sabritas por delitos contra la salud pública, pero la verdad es que cualquier persona con sentido común y papilas gustativas podría haber llegado a las mismas conclusiones.

Más allá del riesgo físico por el escozor y sangrado de lengua y de paladar que provocan, los Sabritones son devastadores para la psique humana. La gente que se acaba de comer uno suele entrar en negación y acostumbra disimular su decepción comiéndose otro y fingiendo que lo disfruta, pero la realidad es que no hay experiencia más traumática y desmoralizante en la vida que estar hambriento y pasado de copas en una fiesta, acercarse a la mesita de las botanas y descubrir que solamente queda un platón —eternamente lleno— de esas bazofias enchiladas que a pesar de todo seguimos comprando y ofreciéndoles a nuestros invitados, y que para colmo parecen nunca terminarse. Mientras los Rancheritos, Ruffles, Doritos, Churrumais con limoncito y el resto de los comestibles se esfuman en cuestión de minutos, el plato de Sabritones permanece, ajeno al tiempo, reabasteciéndose como por arte de magia y esperando a ese pobre borracho incauto que eventualmente se acercará a él y se aventurará a comer uno o dos en un fútil y desesperado intento de saciar su hambre.

Yo mismo caigo de vez en cuando. Cada vez que me dispongo a engullir un Sabritón (por lo general ya de madrugada y después de haber estado un rato picando migajas del resto de los platones), me prometo que esta vez será distinto, que esta vez Sabritas de verdad cambió y que todo lo que me hizo antes fue solamente porque me quiere. En el momento en el que empiezo a masticar ese pedazo de lija con limón, sin embargo, invariablemente me deprimo y comienzo a sentir ganas de encerrarme a llorar en la regadera.

Un viejo contacto mío dentro del siniestro mundo de la industria botanera (despedido hace varios años de Sabritas por atreverse a comer sólo una) se enteró de mi investigación y una noche me habló por teléfono.

—Lo que te voy a contar es confidencial —me dijo, distorsionando su voz con una bolsa vacía de Pizzerolas en el auricular—. Si algo me llega a pasar quiero que denuncies a Sabritas en mi nombre y que te lleves mis cenizas de putas.

Le prometí que lo haría, y que también intentaría denunciar a Sabritas. Mi contacto procedió entonces a narrarme una historia escalofriante y en principio un tanto inverosímil que, sin embargo, confirmé cuando a la mañana siguiente amaneció muerto en su casa, misteriosamente asfixiado con una bolsa de Quesabritas y con heridas en la piel provocadas por aparentes raspones de Sabritón.

—Debido su alta inflamabilidad, los Sabritones se utilizaban originalmente como material combustible para calentar las máquinas freidoras de Sabritas —me dijo después de asegurarse de que nadie estuviera interviniendo la línea—. En estas freidoras gigantes se cocinan el resto de sus productos y de vez en cuando se arroja a algún espía industrial enviado por Barcel. Uno de estos espías, sorprendido mientras fotografiaba un prototipo secreto del primer Frito de jalapeño, fue capturado y encerrado en las bodegas subterráneas, en donde por varias semanas y por mera curiosidad científica se le alimentó a base de Sabritones. Para sorpresa de sus captores el prisionero no sólo no se murió sino que comenzó a exigir platones cada vez más grandes, a pesar de que cuando se los terminaba le sangraba la boca y se pasaba el resto del día acurrucado en un rincón de su celda llorando. Sus torturadores, crueles y sanguinarios pero con gran espíritu capitalista, descubrieron en ese momento una nueva posibilidad de negocio.

El nombre Sabritones, que originalmente surgió de un juego de palabras entre Sabritas y Cartones, se mantuvo, y se les agregó chile y limón para disfrazar el ligero olor a petróleo que desprendían. A pesar de que parecen estar fabricados de fósforo y se puede encender una pira con ellos, al público se le vendieron como «frituras de harina de trigo», y el resto es historia conocida.

Ahora, ¿por qué seguimos comprando y comiendo Sabritones?, ¿nos hemos resignado como sociedad o contienen alguna sustancia especial que genere adicción? Entre los ingredientes enlistados en el empaque están dos colorantes llamados «Rojo Allura» y «Amarillo Ocaso», que si bien no suenan peligrosos o adictivos sí suenan sumamente pretenciosos, ¿es acaso esta combinación de colores la que los vuelve tan atractivos para los eventos sociales? Los científicos de la UNAM que llevaron a cabo la investigación tampoco tuvieron respuesta para esta pregunta, ni para ninguna otra porque seguían con la lengua y el paladar demasiado lastimados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena

El cuerpo es un espacio de transformación constante. Fragilidad, vacío donde giramos. Lo cierto es que algunos discursos se ponen en juego con cada cuerpo: palabras y textos ajenos, tratados políticos y dolores propios que si no entendemos nos consumen. En el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), en la ciudad de México, se exhiben algunas dinámicas de expropiación corpórea. Si ponemos atención podremos ver que las injusticias no conciernen solamente a una época. La herida siempre ha estado ahí, aunque intentemos ocultarla nos persigue. Lugar de reflexión y asombro, el museo es un cuerpo que visibiliza la medida de nuestros actos. Los museos son recordatorios, epístolas que enviamos hacia nuestro otro yo para entendernos. Como parte de este diálogo, el MUAC exhibió Teoría del color, un ejercicio curatorial que indaga en las repercusiones sociales y económicas que el racismo tiene para el individuo. Se trata de una investigación sobre el racismo en Latinoamérica desde distintas perspectivas.

Nadie nos dijo que compartimos nuestro cuerpo con un huésped, voz subyugada a la materia que en ocasiones nos quita el sueño. Nacemos con la capacidad de aniquilarnos pero también de dialogar con ese otro que se nos presenta como un misterio. Las visiones holísticas del cuerpo, la mente y las emociones hablan de este tratado. Nuestros abuelos conocían algunos remedios para combatir la extrema soledad, la tiricia, como todavía le llaman. Sobre este mismo huésped escribió Guadalupe Nettel en su novela homónima, ceguera que convierte a su protagonista en el otro tan temido: un marginado, habitante periférico de esta metrópoli, mendigo que recorre los intestinos de la ciudad de México. Es precisamente en el Metro donde la protagonista encuentra, ya sin ver, su verdadero reflejo. El otro cuerpo es uno mismo, su deterioro y placer.

De ese otro trata igualmente Teoría del color, de esa voz construida como categoría desde la Conquista y su dominación, y que mina ahora las visiones que tenemos en torno a nuestro propio cuerpo. El otro sigue siendo todo aquel que no es blanco. La supremacía blanca es motor y leña de desigualdades sociales, laborales y económicas hasta nuestros días. Negros y morenos compartimos el mismo sendero marginal aunque no lo veamos, parecido a los mendigos de Nettel, habitamos un submundo bajo la ciudad mientras buscamos alcanzar ese imaginario. Pero sin importar el dinero que ganemos o lo inteligentes que seamos, sin importar las cirugías estéticas que paguemos o la ropa que usemos, la teoría del color, el tratado sobre los niveles de melanina y su significado jerárquico, sigue operando en nuestra mente y definiendo la forma en que vemos al otro.

Suite de ornamentación facial, de Zach Blas desarrolla una pregunta que explora esa desigualdad: ¿qué pasaría si no tuviéramos rostro?, ¿si ante las estrategias de control estatales fuéramos irreconocibles? A partir de datos biométricos, Blas construyó máscaras multiformes para usar diariamente y cuestionar así el aparato de control y vigilancia que surge junto a la fabricación de identidades. Ironiza también el supuesto estudio de una universidad norteamericana donde los encuestados afirmaron haber discernido entre homosexuales y heterosexuales al observar partes de su rostro. El rostro es aquí un territorio político, espacio para decir cuando se oculta.

Espectro Indígena, de Pedro Lasch, muestra piezas precolombinas de frente al rostro de algún ícono popular mexicano grabado sobre vidrio. El espectador se observa en tres niveles o capas que conforman a su vez un estereotipo del mestizo construido paulatinamente desde la Conquista: rostro de indio superpuesto al de una celebridad mexicana y sobre el suyo. El espectro que vemos en el espejo es el nuestro, identidad atravesada por discursos oficiales y prejuicios, esperpento quizás entre imaginación y deseo que mucho dice de las prácticas de poder hegemónicas. En todo caso, esas imágenes vienen de afuera, la valoración del indígena como categoría es una construcción que poco o nada tiene que ver con una forma de aprender a dialogar con quien vive diferente.

En 97 empleadas domésticas, Daniela Ortíz reúne fotografías de Facebook pertenecientes a la clase alta peruana donde accidentalmente aparecen empleadas domésticas, cuya tez morena contrasta con la piel aterciopelada de los niños que cuidan o los jóvenes que atienden durante sus fiestas. Las empleadas domésticas, usando en su mayoría uniforme (como si tuvieran que distinguirse aún más de sus empleadores) sólo surgen de manera accidental u oblicua. A pesar de que viven en sus casas, hacen su comida y atienden a sus hijos, a pesar de que reciben míseros salarios y no tienen los mismos beneficios que trabajadores institucionales, son invisibles, desaparecer en la cocina o entre los muebles de la casa es parte de ese contrato casi novohispano.

Las fotografías del venezolano Alexander Apóstol juegan con el imaginario oficial del indio y mulato en ese país. El indio venerable y aceptado es el que se encuentra en libros, el indio muerto que ostenta su grandeza entre las fichas técnicas de una biblioteca y no tiene otra voz más que la de un pasado traducido desde el aniquilamiento y la diferencia; mientras que la mulata luce su desnudez acompañada de frutos tropicales, rastros de aquellas imágenes prototípicas asociadas con fertilidad, sexualidad exuberante y barbarie, visiones que siguen definiendo la medida de nuestro ojo sobre el color.

Si algo he encontrado en visitas a museos, talleres y galerías, es arte que intenta hacerse presente, tener una voz propia, aunque pasajera, en torno a lo que sucede en este tiempo y que sabemos la historia oficial no cuenta. Esa es quizás su utilidad actual, hacer visibles las contradicciones donde nos sumergimos y de las cuales brotan violencias solitarias o masivas. Tiricias u horrores kilométricos. Lo político no es sino lo social, aquella labor hacia la tierra que compartimos y cuya fuerza aprendimos a olvidar. La mayor afrenta es hacia ella, una deuda que atraviesa el tejido social y destruye cualquier forma de solidaridad, de empatía o de simple aceptación del otro que es uno mismo.

Aquí la liga donde pueden descargar Teoría del color en su formato libro y que el MUAC amablemente libera al público: http://www.muac.unam.mx/


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.