El 26 de agosto de este año, Julio Cortázar habría cumplido cien años. En Tierra Adentro ya nos habíamos declarado fanáticos del Gran Cronopio cuando le dedicamos la portada de nuestro número 177. Sin embargo, no quisimos dejar pasar la oportunidad de revisitar a este autor aprovechando la cercanía de su centenario, que coincide a su vez con las celebraciones por los cincuenta años de la publicación de Rayuela, una novela —o antinovela, como se define a sí misma— que marcó a varias generaciones de escritores en todo el mundo. Si bien la influencia de la obra cortazariana es innegable, en fechas recientes su relevancia ha cambiado de forma y ha abierto espacios a otras obras y escritores que trabajan en el mismo espacio literario y vital. Convocamos a Fernanda Trías (Uruguay), a Jorge Carrión (España) y a Hernán Lara Zavala (México), para hablar de lo que Rayuela representó en su formación como lectores y escritores.
Estimados: Les escribo este correo largamente retrasado sobre la conversación en torno a los cincuenta años de Rayuela, su vigencia, y la de la obra de Cortázar. El plan es simple: discutir de manera relajada sobre el tema en cuestión; pasarla bien, sobre todo. Se me ocurre comenzar preguntando: ¿ha desplazado Los detectives salvajes a Rayuela en el imaginario de los lectores?
—René López Villamar
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Lo primero que hay que dejar claro es que Los detectives salvajes es hija de Rayuela. Sin las estructuras narrativas que imaginó Cortázar, sin esa libertad creativa, no sería posible la novela de Bolaño. Él mismo lo dijo en varias ocasiones, entre ellas en el discurso de aceptación del Rómulo Gallegos. Aunque sí es cierto que la convivencia en nuestra época de ambas obras se ha vuelto una competición, al menos en potencia. No obstante, diría que se leen ambas. Es decir, no se leen las grandes novelas de Carpentier, Asturias o Donoso; pero sí hay espacio para las novelas extensas de Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar y el inesperado heredero de todos ellos: Bolaño. Quizá, en términos sociológicos, se ha adelantado la lectura de Rayuela a la adolescencia y la de Los detectives salvajes parece que es más propia de la juventud. Pero eso es generalizar: hay que ver lo que importa, la experiencia de lectura de cada cual.
—Jorge Carrión
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Tengo la impresión de que Rayuela es una novela experimental típicamente cortazariana, que ni tiene parangón ni tuvo seguidores, aunque sí infinidad de lectores. Rayuela, como Ulises de James Joyce, llevó a su máxima expresión un tipo de novela que cerró más caminos de los que abrió. Son novelas tan definitivas que tuvieron una enorme importancia en la historia de la literatura pero que en última instancia condujeron a callejones sin salida. Hay muchos discípulos de Cortázar, pero no continuadores de Rayuela.
De algún modo, la rayuela o “mandala” venía gestándose, estilísticamente, desde los primeros cuentos y novelas, muy en especial en el libro Imagen de Keats, donde Cortázar toma como pretexto al poeta John Keats y lo mezcla con sus traducciones, interpretaciones, comentarios, anécdotas, chistes, biografía y autobiografía. Digamos que Cortázar percibía el mundo como una rayuela. El método principal de la novela es el de la fragmentación y el collage en el que todo cabe para lograr la unidad de la obra. Su técnica experimental y aleatoria le permite todo tipo de juegos y malabares que van desde las diversas posibilidades de lectura del libro, hasta las citas de autores reales y ficticios, las conversaciones filosóficas, los capítulos líricos, las parodias, el surrealismo, el absurdo, etcétera.
Como en todo Cortázar, siento más el placer del texto en su tono fresco, humorístico, desenfadado y creativo que en sus disquisiciones metafísicas. Para mí, Rayuela ha envejecido en su ánimo innovador pero se ha mantenido viva en sus mejores capítulos, que pueden leerse casi al margen de la anécdota que, por otro lado, no es particularmente rica ni interesante. La Maga, la heroína de la novela, nunca significó gran cosa para mí. En todo caso disfruté más la creación de personajes como Berthe Trépat que la acerca al esperpento. En cuanto a la comparación de Rayuela con Los detectives salvajes, no encuentro ni el más mínimo atisbo de influencia o parangón. En todo caso siento la impronta de José Agustín, en particular en el caso de De perfil.
—Hernán Lara Zavala
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Hola a todos, acá una representante rioplatense. Me parece interesante la lectura que hace Jorge, aunque busqué el discurso de aceptación del Rómulo Gallegos de Bolaño y no logré encontrar la mención a Cortázar. De todas maneras, las filiaciones en la literatura suelen ser involuntarias. Por eso sí veo un lazo entre las dos novelas en cuanto a la idea de “la bohemia”, que ahora llamaríamos épica juvenil, porque no sé si la bohemia como concepto puede seguir existiendo. Sería interesante saber si los jóvenes siguen leyendo Rayuela como yo la leí hace veinte años o más. Por supuesto, no tengo esas estadísticas, así que son puras conjeturas. Sin embargo, si tuviera que regalarle un libro a un adolescente, eligiría Los detectives salvajes. Me pregunto cómo leería hoy un adolescente ese mundo de referencias culturales de Rayuela. A su vez, el juego de las múltiples lecturas imagino que no le resultaría novedoso, porque ahora, con internet, es normal leer así, saltando de un lado para el otro. Eso me hace acordar a lo que dijo Piglia, que las tablas de lectura de Rayuela son “el lector salteado” de Macedonio Fernández. (Hablando de filiaciones voluntarias e involuntarias.)
—Fernanda Trías
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Quizá este puede ser un camino adicional de discusión: pareciera que el mundo del siglo XXI ha asimilado mucho de lo que Rayuela proponía como juego. Hace años hubo un proyecto de reproducir la novela en cientos de sitios, cada reproducción enlazando sólo un capítulo, por ejemplo. Y aparte hay cosas curiosas: ¿tendría sentido el juego de Oliveira y la Maga en una época para encontrarse en la que todos hacemos check-in para indicar dónde nos encontramos todo el tiempo? ¿El lector necesitará pronto notas al pie para entender Rayuela? ¿Esto afecta o no su vigencia como obra?
—RLV
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Varias respuestas.
En efecto, me traicionó el recuerdo. Bolaño citó mucho la maestría de Cortázar, de quien dijo que “era el mejor”. En “Derivas de la pesada”, su radical intervención en el campo literario argentino (creo que como poeta se sentía chileno y como narrador, argentino; con esos “rivales” quería medirse), dice irónicamente: “No es necesario escribir libros originales, como Cortázar o Bioy, ni novelas totales, como Cortázar o Marechal, ni cuentos perfectos, como Cortázar o Bioy”. Entiendo que cuando habla de originalidad y de totalidad se refiere a Rayuela. En cualquier caso, estoy convencido de que es su gran modelo conceptual y estructural. En sus cartas a Porrúa, Cortázar habla de “antinovela”, y esa es la idea que articula Los detectives salvajes. Se trata de escribir una novela antimonumental, con los materiales innobles de su época (el diario adolescente, los testimonios transcritos casi en bruto de unas entrevistas); una novela aparentemente precaria, pero muy sofisticada, como pudo serlo Rayuela en su momento histórico (cuya lengua también suena coloquial, ese argentino tan novedoso en su momento).
Me interesa esa idea de la bohemia que Fernanda ha trabajado en su novela La ciudad invencible, precisamente ambientada en Buenos Aires. Creo que cada generación inventa su propia forma de bohemia. Temporal, pero bohemia al fin y al cabo. Y que Rayuela ha sido leída por todas las generaciones desde su publicación. Otro tema es si Rayuela es una novela que conecta con los jóvenes lectores europeos y latinoamericanos (e incluso norteamericanos: Cortázar es una influencia rastreable en muchos autores de Estados Unidos nacidos en los sesenta, setenta y ochenta, como Mark Z. Danielewski o Blake Butler), mientras que Los detectives salvajes es una novela que en América Latina puede llegar antes, pero que en Europa o en Estados Unidos llega en la etapa universitaria. No lo sé.
Parte del éxito de Rayuela tiene que ver con su traducción directa en el turismo cultural. Si la traducción es la forma más extrema de la lectura, la traducción en pasos, visitas y fotografías sería la forma ultrarradical. Yo fui a París por Rayuela. Y quién sabe si también a Buenos Aires. El Instituto Cervantes de París tiene su propia ruta en la página web. El mundo de Cortázar, por ser un mundo en que se remezclan vida y obra, se presta al fetichismo, a la geolocalización. En tiempos del GPS los paseos a ciegas de la Maga y Oliveira todavía tienen más sentido y son más románticos: porque a la idealización se le une la nostalgia.
Lo que más me interesa de Cortázar no es la perfección de sus cuentos, ni sus ensayos mejorables, ni su poesía ingenua, ni siquiera sus obras maestras (“El perseguidor”, “Casa tomada”, Rayuela), sino su capacidad de investigación, de hallazgo, de prueba y error, de sorpresa, de apertura a todas las formas artísticas de su época. Cómo incluyó en su prosa la música, cómo dialogó con pintores, cómo firmó guiones de cómic, cómo practicó la deriva post-situacionista en Los autonautas de la cosmopista, cómo creó collages que son arte contemporáneo (Último round, La vuelta al día en ochenta mundos), cómo dialogó con sus lectores, editores y críticos en cartas absolutamente memorables, recorridas por la curiosidad. Cómo convirtió su vida en un laboratorio que engendraba libros. Creo que hay pocos autores en español tan abiertos al mundo y a las artes. Tal vez Lorca.
—JC
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De acuerdo. También veo puntos de contacto entre Rayuela y Los detectives salvajes, las distintas hablas coloquiales, los idiolectos de los personajes (sus características particulares que no son cien por ciento “realistas” —al menos puedo afirmarlo en lo que respecta a la uruguaya de Los detectives salvajes—) y su estructura con fragmentos intercambiables. Pero lo importante es que, para cualquier parricidio, es necesario que haya habido un padre y Rayuela fue innovadora, más allá de que, como bien dijo Hernán, hoy no nos resulte tan novedosa (a eso habría que sumarle el hecho de haber “presagiado” un modo de lectura). La pregunta de por qué Rayuela parece haber perdido prestigio entre los escritores (nótese que no digo “los lectores”) del Río de la Plata y no en España o México, me parece interesante. Por una parte, ni Cortázar ni Rayuela tienen la culpa de que París, como escenario, se haya vuelto un poco snob. También la sensibilidad amorosa de Rayuela tiene algo “tanguero” que hace chirriar los dientes en el Río de la Plata actual, la verborragia no se amolda a lo que predomina hoy, desde las historias mínimas hasta las frases secas y despojadas, cosas así. Si hoy escribo “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, me tiran con tomates. Puig, sin embargo, también trabaja lo cursi y trabaja con materiales innobles, pero envejeció de otra forma.
En cambio en los cuentos, como “Casa tomada” o “El perseguidor”, que coincido con Jorge son notables, no pasa esto. Es tarde en el Sur, pero me quedo con ganas de comentar el resto del correo de Jorge. Mañana la seguimos, bonne nuit.
—FT
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Sobre la bohemia, sí, es cierto, pero inevitablemente uno añora la bohemia que ya pasó. Tiendo a asociar la bohemia con cierto idealismo, donde el ocio se entiende como una forma de resistencia; prima una sensación de que está pasando algo “ahí” (algo que es preferible a otra cosa), las personas/personajes se definen a partir de una pertenencia a un grupo y el grupo tiene una manera compartida de ver el mundo (y aunque los integrantes de la cofradía tengan ideas opuestas y discutan o incluso se peleen, sigue primando la sensación de que ese modo de vida es preferible a otro). Hoy, la idea misma de pertenencia a un grupo es muy complicada.Tal vez exista de facto, pero uno nunca se atrevería a afirmar que esos cinco o seis escritores que gravitan en torno a un lugar (como podría ser el Varela Varelita en Buenos Aires) forman un grupo, mucho menos le pondrían un nombre. Hay una inocencia en eso que ya nadie se permite. Por eso Onetti, con su desencanto, está tan vigente. Digo esto y, sin embargo, Cortázar mismo me refuta. Oliveira parece distinguir entre dos tipos de bohemia (al menos), cuando dice “[…] no había querido fingir como los bohemios al uso que ese caos de bolsillo era un orden superior del espíritu o cualquier otra etiqueta podrida”. Entonces estarían los bohemios al uso y los otros (bohemios ¿a la antigua?) que no le asignan a esa forma de vida (el caos, las vidas “vomitadas de música y tabaco y vilezas menudas”) un mayor valor. La bohemia al uso sería entonces la snob. Me pregunto cuál sería la bohemia al uso de hoy, tal vez la bohemia trashumante. Ahora, por ejemplo, está quedándose en casa el escritor galés Richard Gwyn, y la bohemia trashumante se pone en marcha: nosotros lo recibimos porque es amigo de amigos, hablamos de libros, de traducción, tomamos vino y todos los clichés… La relativa facilidad para viajar ha ampliado los límites de esos “grupos”. Gwyn me dice que le encanta Cortázar, leyó Rayuela y por supuesto no ve esa prosa pomposa que a algunos nos rechina en el Río de la Plata. Sin embargo, no le gusta Philip Larkin, por los mismos motivos. Es decir que la cercanía tiene un papel en todo esto. (Recordemos que César Aira es muy crítico de Cortázar: “El mejor Cortázar es un mal Borges”).
Yo no recorrí París siguiendo a Rayuela, pero es innegable que Rayuela ha marcado mi idea de París, lo que no es poca cosa (de Buenos Aires pienso en Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato). Si alguien me dice “Del lado de allá”, siempre pienso en París, o al menos en Europa (nunca podría ser Nueva York, por ejemplo); sin embargo “acá” y “allá” bien podrían ser las coordenadas norte/sur y no este espacio dividido por el océano Atlántico.
En Rayuela me gusta la manera en que se habla de Montevideo, una Montevideo decadente. Creo que en determinado momento Oliveira dice que el río estaba lleno de pescados muertos (risas).
—FT
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En realidad, creo que cuando se habla de esta novela como de una lectura iniciática, adolescente, se piensa en la pequeña parte que es una historia de (des)amor, los capítulos neorrománticos, muy deudores de Nadja de André Breton; pero en realidad la mayor parte de la novela es una suerte de enciclopedia sobre literatura, música, pintura, historia, en sintonía con lo que en esa misma época estaban haciendo otros autores europeos, como Georges Perec.
—JC
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Hoy en el avión, de Santiago de Chile a Santa Cruz, Bolivia, se sentó a mi lado un chico joven, de veintipocos, y el libro que tenía en la mano era Los premios. Hablamos un buen rato y me dijo que había leído Rayuela dos años antes, siguiendo el mapa, y que le había fascinado. Lo que más le interesaba, dijo, no eran las historias en sí, sino la manera de contarlas, el “cómo”. Al final resultó que el chico estudiaba cine, y me dijo algo que me gustó: que ese encuentro (el hecho de que él se sentara justo en el asiento de al lado cuando nosotros estamos teniendo este diálogo sobre Cortázar) podría haber ocurrido en Rayuela.
Para mí lo más interesante, o debería decir, lo que me sigue interesando, es justamente esa parte enciclopédica que menciona Jorge. Por eso recuerdo con fascinación “El perseguidor”, aparte de que el retrato de la locura que hace en ese cuento es fabuloso.
—FT
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Que seas tú mi interlocutora me hace pensar en las Rayuelas de nuestra época. Los libros excesivos, que rompen moldes. Las Rayuelas que se imponen, como La casa de hojas, de Danielewski; y las que no, como La novela luminosa, de Levrero. En el contexto del boom fue paradójicamente mucho más sencillo que una novela se difundiera en el conjunto de la lengua. Y que influyera globalmente. La influencia de Rayuela fue instantánea, la de Bolaño o Danielewski necesitó varios años, la de Levrero se puede rastrear localmente pero se instala todavía en el porvenir (que en realidad es el lugar de la literatura).
—JC
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Sería buenísimo tener una novela de Levrero con la estructura de Rayuela, porque una estructura así se prestaría bien para historias con ribetes oníricos o fantásticos. Para mí la estructura sigue teniendo mucho potencial (la idea de los capítulos descartables, también), más ahora en la época del hipertexto. Cuando te mencionaba “El perseguidor” ayer, es porque de algún modo ahí ya están los problemas de Rayuela; el mismo Cortázar dijo que “‘El perseguidor’ era una paqueña Rayuela”. Levrero, a diferencia de Cortázar y Danielewski, no se interesaba por la novela total; sin embargo, su manera de escribir, espontánea, sin orden (aunque vivió luchando por imponerse un orden, y de esa lucha nacen La novela luminosa y El discurso vacío), más bien intuitiva, es similar al modo en que Cortázar escribió Rayuela. Leí en alguna entrevista que lo primero que escribió fue el capítulo de la tabla con la que querían unir las ventanas. Fue un episodio que Cortázar vio en la calle, y luego lo escribió con la idea de que iba a ser un cuento, pero cuando terminó de escribirlo se dio cuenta de que ahí no había un cuento, y a partir de esa escena y de esos personajes empezó a escribir el resto (o sea, lo anterior, el pasado en París). El hecho de que la escritura de Rayuela fuera así, hecha de fragmentos, de cositas que Cortázar tenía escritas en libretas o sueltas y que luego fue integrando a la novela, creo que hace a su estructura y a su estilo. Porque el material llama a la forma. Sobre los libros excesivos, yo creo que —como los malos poetas de Fogwill (risas)— se necesitan más libros excesivos.
—FT
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Pienso que ya casi estaría todo. Sin embargo quisiera que cerráramos la conversación abordando una última cuestión: recuerdo en la correspondencia de Cortázar que la escritura de Rayuela le parecía necesaria porque se oponía a esas novelas de “pelotudos ontológicos” (estaba pensando en Sabato) y le parecía que era necesario plantearse la novela de otra manera. Parece que hoy la literatura se encuentra en el punto opuesto del péndulo, y aun así hay quienes descartan a Cortázar (no sólo al de Rayuela) como un formalista, cuya obra carece de sustancia y es puro juego verbal. Es algo en lo que difiero, pero quisiera saber cuál es su postura y qué tanto ha cambiado el perfil de un escritor “comprometido”, desde Cortázar hasta nuestros tiempos.
—RLV
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Yo diría que, por un lado, están los supervivientes de la época de Cortázar, como Juan Goytisolo o Mario Vargas Llosa, que siguen actuando como intelectuales de aquellos tiempos, en medios como El País, que también actúan así porque hay un público que siente que esa continuidad es posible y necesaria. Por el otro lado, está el compromiso que se justifica por la intensidad política de ciertas zonas, pienso en David Grossman en Israel o en los escritores venezolanos o mexicanos de nuestro cambio de siglo. Sin esa intensidad crónica, violenta, es difícil poder creer en la figura del intelectual clásico.
—JC
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Lo que pasa es que hoy hay batallas que se juegan en distintos frentes, por lo que la idea de escritor comprometido es más amplia o más diversa. Estoy de acuerdo con Jordi sobre la importancia de esos autores que trabajan la crónica o el testimonio del horror. Pienso también que trabajar el lenguaje (es decir, con el lenguaje) ya es un compromiso político. Escribir una novela de denuncia con un lenguaje plano, que repite las fórmulas de la gran estructura que nos oprime, es para mí igual de inútil. Por supuesto que esto es una opinión muy personal. Ahora recuerdo el maravilloso texto de Diamela Eltit, El padre mío, que es la desgrabación íntegra de unas entrevistas realizadas a un esquizofrénico que vivía en la calle. El resultado no sólo es sumamente político sino poético y conmovedor. Además diría que un escritor comprometido sería también el que utiliza los espacios de visibilidad que se le abren a partir de sus libros (que no tienen por qué tener ningún contenido abiertamente político) para generar conciencia sobre los temas que le preocupan.
—FT
Aurora Bernárdez, traductora
Mientras se llevaba a cabo esta conversación, falleció en París Aurora Bernández (1920 – 2014), quien fuera la primera esposa de Julio Cortázar y su albacea literaria. Si bien asumimos que será imposible separar su figura pública de su relación con el autor de Rayuela, queremos tomar esta breve nota para agradecerle sobre todo por su labor como traductora. Bernárdez tradujo, entre otros, a Ray Bradbury, Gustave Flaubert, William Faulkner, Vladimir Nabokov, Jean-Paul Sartre, Albert Camus. Con sus traducciones no sólo ayudó a divulgar toda una generación de autores que ahora nos resultan indispensables, sino que tenían siempre una calidez y claridad que supieron acercar a toda una generación de lectores hispanoparlantes a grandes obras de otras latitudes. Por ejemplo, en Justine, de El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, supo conferir muy bien el exotismo y el sabor mediterráneo de la ciudad egipcia. Donde la prosa árida de Durrell recuerda a la de su maestro Henry Miller, la traducción de Aurora Bernárdez emparenta la Alejandría de la entreguerra con el Macondo de García Márquez, la Ciudad de México de Carlos Fuentes y el París de Cortázar, que fue también su París.
las colmenas habían dado a las flores, al silencio, a la suavidad del aire,
a los rayos del sol, un significado nuevo.
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas.
Cuando pienso en la traducción de poesía que se lleva a cabo en Argentina, el panorama nacional es sumamente alentador; hay muchos y muy buenos traductores, abocados a distintas lenguas, entre ellos Miguel Ángel Petrecca (traductor de la poesía china contemporánea); Cristian De Nápoli (que tradujo al poeta brasileño Vinicius de Moraes); Laura Wittner (publicó recientemente una antología de poemas de James Schuyler); Ezequiel Zaidenwerg (que tradujo a Mark Strand); Mirta Rosenberg (reconocida traductora de la poesía norteamericana; se pueden leer sus versiones de Katherine Mansfield, que realizó junto a Daniel Samoilovich); Jorge Fondebrider (traductor, entre otros, de la obra de Georges Perec); Delfina Muschietti (traductora de la poesía de Pier Paolo Pasolini); Fabián Iriarte (son destacables sus traducciones, junto a Lisa Bradford, de los poetas latinos en Estados Unidos); Marcelo Cohen (me viene a la memoria, entre muchas otras, su traducción de Ventanas altas, de Philip Larkin); Rolando Costa Picazo (que publicó recientemente una antología de poemas de Frank O’Hara), Jorge Aulicino (su reversión del Infierno, de Dante, es monumental) y Ricardo Herrera (traductor de la obra de Eugenio Montale), entre muchos, muchísimos otros que seguramente estoy olvidando. Poco importan las omisiones: la lista no pretende ser exhaustiva sino reveladora de un panorama heterogéneo, activo y prometedor. Después de este recuento, quisiera hablarles del Gran Traductor Argentino. Para mí, el Gran Traductor de poesía no se encuentra entre los mencionados, porque su tarea es silenciosa y microscópica, como la de esos insectos insignificantes cuya existencia, no obstante, constituye la base de un ecosistema entero. El Gran Traductor Argentino se llama Eric Schierloh —conocido como Billy, el Apicultor— y editor del sello Barba de Abejas. El rótulo de “editor” le queda particularmente chico: Schierloh es impresor, ilustrador, diseñador y encuadernador de los libros de su editorial. Como esos cuadros hiperrealistas de Helmut Ditsch, en donde la suma de trazos mínimos termina por desafiar a la imagen fotográfica, del mismo modo, los libros de la editorial Barba de Abejas, que Schierloh fabrica con sus propias manos en su taller de City Bell (ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires), son, a fuerza de un máximo refinamiento, mejores que cualquier libro de imprenta, porque conservan algo de lo que Walter Benjamin llamaba “aura”.
El carácter artesanal de cada ejemplar es el producto de una parsimonia de abeja que desconoce toda ansiedad. Estos libros, cosidos, encuadernados en tapa dura, vienen numerados, con una tipografía cómoda que no escatima lugar en la página; los textos, traducidos por el mismo Eric, suelen estar acompañados de un prólogo y notas acerca de los detalles de la traducción. Los ejemplares jamás se agotan porque el editor siempre puede hacer más. En pocas palabras: estamos ante ediciones cuidadas, de buena calidad, resistentes, con traducciones inéditas en español o que no se consiguen en Argentina.
Si el rótulo de “editor” es demasiado pequeño e injusto para una tarea tan grande, en cambio, pienso en Eric Schierloh como el Gran Traductor Argentino. Schierloh, en efecto, traduce en sentido estricto: en su editorial ha publicado antologías de Theodore Enslin, los textos poéticos de Herman Melville, los diarios inéditos en español de Ralph Emerson, Henry David Thoreau y Nathaniel Hawthorne, poemas de D.H. Lawrence y David Meltzer, entre otras cosas. Como vemos, su lugar de editor está atravesado por su condición simultánea de traductor, lo cual nos permite imaginar toda una nueva dimensión de lo que significa traducir, ya en sentido amplio: se trata de otorgar un nuevo soporte al texto original, y no sólo situarlo en otra lengua, sino dotarlo de una nueva materialidad, de una nueva apariencia. Traducir es editar: hacer que el texto reaparezca en otro formato. Traducir es un proceso de polinización: una transferencia del poema desde los textos originales hasta las partes receptivas del lenguaje personal del traductor, donde germinan, haciendo posible la producción de semillas —libros y frutos—, los lectores y las lecturas.
En Argentina, muchas editoriales independientes publican traducciones de poesía: Gog y Magog, Bajo la luna, Adriana Hidalgo, Ediciones del Dock, Huesos de Jibia; sin embargo, con Barba de Abejas emerge la idea de que traducir también es generar los propios recursos materiales para hacerlo; saber dónde ubicar los libros, cuáles serán las librerías-colmena más fecundas. No se trata simplemente de hacer un producto autosustentable y mucho menos rentable, sino de tener una política editorial que proteja el aura de los objetos artísticos que salen de la mente del Gran Traductor. Por eso, los libros de Barba de Abejas no podrían ser absorbidos por las grandes lógicas del mercado. Todo lo contrario, el apicultor prepara sus libros siempre en pequeñas cantidades pero con base en firmes demandas de libreros y lectores que compran y recomiendan su trabajo. Así se genera una red que sale de la ciudad y se ramifica, lenta pero firmemente, por muchos otros lugares del país y, a veces, del continente.
Para hablar de la traducción de poesía en Argentina me parece que ya no es posible soslayar el trabajo de Eric Schierloh y su editorial Barba de Abejas. Y no sólo por el valor intrínseco de los textos que pone en circulación o por la belleza de las ediciones que produce, sino precisamente porque nos permite repensar la traducción como una práctica que va más allá del lenguaje, en donde vemos involucrados los modos de hacer libros, los diseños de redes de distribución y la proyección de nuevos lectores. El traductor también puede ser comparado, finalmente, con un apicultor, según lo describe Maeterlinck en La vida de las abejas: aquel que “aguarda con un sombrero de paja (porque la abeja más inofensiva saca inevitablemente el aguijón apenas se enreda en los cabellos), pero sin careta ni velo, y después de haber metido los brazos hasta el codo en agua fría, recoge el enjambre”.
Sin afán de apelar a una autoridad inmerecida frente a mi lector, le cuento que, revisando un cuaderno de apuntes, di con algo que Eliot Weinberger me dijo en una conversación fortuita en Banff, Canadá, en 2011: “El ensayo nunca ha tenido una vanguardia”. Esta sentencia era en realidad una expresión más contundente de algo que Eliot ya había dicho muchos años atrás en una entrevista que concedió para Esther Andradi, publicada por Letras Libres España.[1]En el texto publicado por la revista, Eliot había expresado: “El ensayo, especialmente en inglés, nunca ha tenido una vanguardia, es un territorio inexplorado, hay pocos ensayos de interés en inglés y todos han sido escritos por poetas. En inglés el ensayo está exactamente en el mismo punto que en el siglo dieciocho.”
Curiosamente, en la conversación cotidiana, sin registro ni participación periodística, Eliot Weinberger había decidido ser más tajante en su visión del ensayo contemporáneo. Solemos dejarnos impresionar por estas frases categóricas precisamente por su aire definitivo y me imagino que frente a unos traductores jóvenes no había tenido necesidad de hacer matices para lograr tal efecto. Recuerdo que discutimos sobre lo que significaba vanguardia, sobre algunos ensayistas en lenguas modernas de Europa, sobre lo que era o no era un ensayo tradicional y, a punto de caer en una discusión bizantina, Eliot advirtió que lo que había dicho no estaba enunciado en términos de veracidad, sino de posibilidad. Es decir, quería preguntarnos qué tan vanguardista se puede ser en el ensayo y lanzar la consigna de abrir nuevos senderos para un género tan escurridizo.
Una vanguardia vista desde la historia literaria parece ser tan sólo una mudanza de los valores estéticos que los escritores ofrecen y que la sociedad y sus instituciones culturales aprueban o desaprueban (entiéndase institución en su sentido amplio, que implica desde universidades, editoriales, crítica y opinión de autores o intelectuales prestigiosos). Sin público, sin una recepción afortunada, la innovación artística es vista como un ridículo malabarismo. Pero el verdadero espíritu de la vanguardia, en la acepción que le damos hoy en día, es el proyecto de modificar no sólo esos valores estéticos, sino retomarlos para evidenciarlos y cambiarlos de registro. La vanguardia es un propósito estético de alteración. Ahora bien, desde esta perspectiva, ¿qué tan vanguardista ha sido el ensayo?
Un libro suyo en particular bien puede ser el salterio de su prédica. Weinberger publicó An elemental thing en 2007;[2] es un libro de ensayos cuya particularidad es ofrecerse como una acumulación de hechos o aseveraciones sin citas, pero con una bibliografía abierta. Se trata de una suerte de mosaico organizado de hechos que de suyo son literarios, sorprendentes; un mosaico de conocimientos cuya virtud ensayística da la impresión de residir en el lugar que el escritor les ha concedido en el texto. El único requisito que Eliot se impone es que toda la información ofrecida debe ser verificable.
Para no hablar abstractamente, puedo ilustrar esta tendencia con su ensayo sobre los rinocerontes. Primero nos ofrece un texto periodístico sobre este animal en peligro de extinción: una ficha escrita en hawaiano que concluye con la pregunta: “¿con qué objeto fue entonces creado el rinoceronte?”. Luego, hace una historia brevísima del paso de los rinocerontes desde la alta Edad Media, hasta el siglo XVII. Habla del rinoceronte de Durero, de la obsesión de los reyes por poseer uno y de la muerte de cada uno de estos especímenes. En un punto intermedio, transcribe la correspondencia entre un cazador y un naturalista, donde éste se alarma por la disminución radical de la población de rinocerontes en África. El final, caracterizado por la falta de argumentación y por la impersonalización del discurso, es realmente una forma singular de ensayar. Eliot Weinberger nos ofrece una lista desalentadora de la población restante de rinocerontes en el mundo; inmediatamente después termina el ensayo citando el texto budista más antiguo que se encuentra en la Biblioteca de Londres y que fue reconstruido por algunos estudiosos: el budismo más antiguo recomienda “vagar como rinoceronte”. No es necesario que nos diga que la obsesión de Occidente por este animal acabó por extinguirlo.
La extraña morfología del ensayo filosófico de cierta escuela francesa, o la novela ensayística (llamémosla así) de Roberto Calasso, pueden ser ejemplos de una intención vanguardista de integrar la crítica textual a la interpretación histórica y la narrativa a la estrecha tarea de demostrar y persuadir.
Decir “El ensayo nunca tuvo una vanguardia” puede ser una provocación directa a los ensayistas para invitarlos a no conformarse con un género que siempre quiere ser más que la propia forma que lo contiene. Eliot Weinberger, ese erudito incívico, ese académico autodidacta, ese descreído bibliógrafo, demuestra que el ensayo quizá sea un territorio tan vasto que aglutine a otros géneros. En la medida en que sea cierta esa profecía de que todo texto puede ser convertido en literatura. ¿Qué –ismos podremos destinarle al arte de dar nuestra opinión?
Cada calle es una calle solasin otras que a simple vista la crucenpor amenazantes, son pocas y bien largas, lo suficientepara huir a tiempo si vivís justo en el mediode una calle que está en una manzanalarguísima equivalente a tres cuadrasy escuchás el ruido de los invasoreso de los que quieren deportarte, llevarte a una guerramatarte de frío, de hambre, de venenosbuscarte para ir a lugares desconocidosque tienen demasiadas calles, tres callesdonde en las colonias hay una sola,con el número correspondiente de esquinaspor donde doblan y puedenacceder rápido a todas las casasrobar chicos, secuestrar comida, usurparviolar a las rubias, rayar los pisos,desparramar las piedritas, arrastrar macetasromper los jardines y las verjas pintadas.
Y si lo mirás desde google earth vesdetrás de cada casa un espacio verdeunos patios camposdonde podés criar hasta seis terneroshacer crecer zapallitos y pepinosen el verano,construirle una casa a los chorizosque se secan en invierno,diseñar una ermita con piedraspara una virgen o santo estatuillao pintadas en azulejos, sacar sillasal patio delantero, recibirvisitas bajo un sauce, subirteal muro del gallinero para espiarlelos chanchos al vecino, quejarsepor el olor y los cajones de abejasvivir con el asfalto por delanteel césped recién cortado por detrás,los hoyitos para los rosales,la vereda barrida.Ahora sí, miro cuidadosamente cadacentímetro y no encuentronada que me perturbe.
Me gusta pensar que pertenezco a una generación que buscó regenerarse a sí misma y salir adelante. Con ello me refiero, un poco en broma, a quienes hemos vivido situaciones similares respecto al consumo de drogas y ahora nos dedicamos a algo relacionado con el arte. Las fotografías de Hecho en Ciudad Juárez, de Germán Canseco, me trajeron de vuelta los recuerdos del deterioro de mi propio cuerpo durante esos años, el mal sueño que significa la realidad cuando uno se automedica de esta forma y piensa que no pasa nada, que no pasará nada años después, cuando nuestro cuerpo cobre la factura.
En Hecho en Ciudad Juárez, los retratados son en su mayoría migrantes que no pudieron cruzar la frontera, que lo perdieron todo al perseguir un fantasma o al huir de lugares sumamente violentos y se hicieron amantes de la malilla —como le dicen a la heroína— en alguno de los miles de picaderos de Ciudad Juárez, Chihuahua.
En nuestro caso, a los 20 años el mundo posmoderno de la fiesta nos sedujo y de su mano tomamos las peores decisiones. Algunos terminamos en salas de emergencia, otros en centros de rehabilitación (los spas, como les decimos con humor); quienes se la vieron más difícil pasaron un tiempo en manicomios (manicures, como los llamamos para aminorar el miedo); y peor aún, los menos afortunados, aquellos que no contaron con el apoyo de su familia o con los recursos suficientes, todavía siguen deambulando entre la lucidez y la pesadilla que significa vivir anestesiado.
Hecho en Ciudad Juárez se inauguró el pasado diciembre en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. No se trata de una serie nueva, pertenece a la colección José F. Gómez y fue reimpresa gracias al apoyo del Centro de las Artes de San Agustín (CASA). En septiembre del año pasado, Germán Canseco, Antonio Turok, Juan Carlos Reyes y Félix Reyes Matías presentaron en el mismo lugar, esta serie fotográfica en formato libro. Para tomar estas fotografías, Canseco visitó más de 80 picaderos de aquella ciudad fronteriza durante el 2008.
Cuando en una entrevista le preguntaron si había sido peligroso fotografiar esos lugares, Germán contestó que sintió más miedo al buscar una fotografía de Peña Nieto. Como fotoperiodista de la revista Proceso, cubrió además el conflicto armado en Chiapas, las visitas del Papa a México, las campañas electorales desde Ernesto Zedillo hasta Peña Nieto; el conflicto magisterial en Oaxaca, la hambruna en la Sierra Tarahumara y las caravanas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD).
Al escuchar que algunas personas defienden el consumo libre, recreativo, de drogas, pienso que nadie sabe lo que dice. Aún hoy me cuesta trabajo tomar una postura firme en torno a la legalización de estas sustancias. Veo que es claramente un problema de salud pública que debe atenderse, que la legalización implica también hacer esta llaga visible y darle solución; sin embargo, también miro con desconfianza a quienes se proclaman consumidores frecuentes y dicen poder controlarlo, no estar dañando su sistema nervioso, su equilibrio mental, su carne.
Las imágenes exhibidas en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo retratan estas vicisitudes del cuerpo de los adictos a la heroína. Carne carcomida, carne molida por las jeringas, las infecciones y el daño que causa esta droga en los tejidos frescos. Deterioro de la carne por la malilla. La malilla que los obliga a robar y hasta a matar para conseguir un poco de dinero e inyectarse unas cuatro veces al día. Hay una imagen estremecedora que Germán Canseco tituló “El baile del diablo”. En ella aparecen dos pares de piernas en aparente movimiento sobre el piso de tierra de un picadero. Un hombre y una mujer bailan, seguramente en éxtasis por la droga. Sus piernas desnudas muestran las heridas que han dejado los pinchazos, sangre expuesta y coagulada, a veces chorreante.
Aparte del horror y la sorpresa que producen estas imágenes en el espectador, lo que se rescata en ellas es su carácter de denuncia social. Canseco hace visible esta realidad desgarradora, un estado de las cosas del que evidentemente poco sabemos. No en balde Inframundo —proyecto paralelo a Hecho en Ciudad Juárez — le hizo merecedor del Premio Nacional de Periodismo 2008. Lo cierto es que en las clínicas suelen negarles atención médica, quizás porque los consideran un caso perdido, quizás por desconfianza o miedo. Quizás porque comúnmente se piensa que un adicto sabe qué hace y no le importa, es egoísta y prefiere el placer que otorga la sustancia, y en parte así es, pero también un ser desterrado necesita ayuda, todos en algún momento la necesitamos.
Hace algunos años no me daba cuenta de que el uso de drogas, ese uso excesivo que forma parte de la fiesta y su sintomatología, es un reflejo vivo de un sistema enfermo donde aprendemos a automedicar nuestras desgracias. Hijos posmodernos, con padres que trabajaron todo el tiempo para cumplir sus propias fantasías. Fuimos educados por la publicidad y las falsas gratificaciones. Aprendimos a tragarnos todo el miedo y a explotar en la plasticidad de la fiesta, la música, la compañía efímera. Muy diferente es el caso de los adictos retratados por Germán Canseco. No obstante, en el fondo compartimos la facilidad con que encontramos las sustancias y lo difícil que fue recibir ayuda o pedirla.
A como están las cosas hoy día en el mundo occidental con relación a los conflictos en Medio Oriente (y eso que esto se escribió antes de los atentados en Francia), que un artista pretenda abrirse paso en aquel país portando un nombre árabe me parece, de entrada, un acto más que valiente… muy osado. Así que conociendo tan sólo el nombre deje correr el track que da título al tercer LP de un músico orgulloso de sus raíces. “Moonlight” tiene un arranque exótico que me remontó a lo que hace la banda Dengue Fever; una combinación de psicodelia con rock camboyano anterior al estallido de la revolución, al que suele llamarse rock jemer. Pero por allí no iban los tiros.
Luego me pareció que también tenía que ver con esa actualización de aquella maraña sesentera que hacen los australianos de Tame Impala (especialmente en el tema “The Teeth”). Es interesante escuchar como ese sonido retorcido y de largos pasajes instrumentales se ha extendido a lo largo y ancho del mapamundi. Algo tendrá que ver con la Retromanía señalada por el ensayista Simon Reynolds, pero tampoco es el blanco principal. A fin de cuentas, ésta es una buena historia que se alimenta de países y culturas.
Resulta que este multi-instrumentista es norteamericano de nacimiento pero sus padres le aportan dos afluentes; por una parte, la tradición palestina (que se aprecia desde el nombre mismo), mientras que por parte de madre es mitad filipino (especulemos que de allí proviene ese tufillo exótico). El asunto es que Hanni es el primer miembro de ambas familias ya con tal nacionalidad y crecido en San Francisco, esa ciudad californiana tan crucial para la historia del rock y otros enclaves culturales, como la generación beat.
Se trata de una urbe —localizada en medio de la bahía y de montañas— que se ha caracterizado por ser punto de encuentro de viajeros (puerto, al fin), por desarrollar una importante tolerancia social que le permite ser uno de los sitios más progresistas de Estados Unidos. Cuenta además con una buena infraestructura de bares y salas de concierto para tocar. El talento local encuentra mucho fogueo.
El Khatib ha decidido formar parte de esa larga corte de músicos que rinden reverencia al pasado y al sonido del blues y el rock primigenio y polvoso; es un músico que identificamos con sótanos avejentados, con garajes astrosos y un fuerte olor y sabor a whiskey bourbon. Basta decir que los grandes ídolos del guitarrista son, nada menos, que Robert Johnson y Sam Cooke.
Desde su debut con Will The Guns Come Out (2011) dejó ver que de la escena actual tiene mucho que ver con Jack White, John Spencer Blues Explosion y hasta un poco de Black Rebel Motorcircle Club (cuando sube la velocidad). Es por ello que no extraña que para su siguiente grabación, Head in the Dirt(2013), haya escogido como productor a Dan Auerbach de The Black Keys (el rival más conocido de White), pues también el gusta del rock ruidoso, destartalado y muy vintage. “Family” se convirtió en un éxito del circuito emergente y una de sus piezas insignia.
Otra peculiaridad de esta historia es que Hanni El Khatib antes de incursionar de lleno en la música era el director creativo de HUF, una importante compañía para la moda y la parafernalia skate (él mismo es un consumado patinador). Como parte de las campañas que había desarrollado había recurrido a su pasión por la cultura pop de los años 50 y 60 o de figuras como Elvis y Johnny Burnette. Es decir, se trata de un tipo avezado en el diseño y aplicación de estrategias. Cada vez que tiene oportunidad explica que se considera un gran consumidor de música, fanzines, arte, fotografía y cine. Ocupa todo lo que le obsesiona en sus canciones que han sido elegidas para comerciales de marcas importantes como Capitán Morgan, Nike y Nissan.
Desde sus comienzos presentó sus temas con una buena frase —un tanto romántica—: “estas canciones fueron escritas para alguien que nunca haya sido disparado o arrollado por un tren”. Levanta altas expectativas, que compensa con un rock rugoso y áspero, bastante peleón, que ha fogueado bastante en festivales como el SXSW y Bonnaroo, además de girar con Florence and The Machine, recabando la experiencia del buen telonero.
Con ese rodaje es que encaró a su tercera creatura; Moonlight (Innovative Leisure, 2015). Las 11 canciones que lo conforman buscan tener el octanaje necesario para acelerar a un público más amplio y para ello recurre a riffs cochambrosos y rústicos. La idea es que aflore ese lado salvaje que fundamenta al viejo rock and roll.
Hay músicos a los que les queda bien esa condición de outsider; lo mismo a un enriquecido Jack White que a figuras de un culto más minoritario como The Legendary Tigerman. Hanni bien podría acomodarse en un punto intermedio entre ambos.
No resulta un dato menor que ha contado en repetidas ocasiones ser coleccionista de coches clásicos, latas de pomada y navajas de muelle; objetos que proceden de tiempos idos. Hanni se asoma una y otra vez al pasado a la hora de rockear y presume su pasión por lo artesanal y una manera directa y natural de hacer las cosas. Él tiene claro lo que cualquier artista que se respete debe enfrentar: “tener errores y hacer las cosas lo más crudas posible”.
Moonlight no tiene lugar para contemplaciones… es un disco de rock; tanto sólo hay que dejar que corra su furia.
¿Qué veíamos en los perros?La agilidad de los galgos no alcanzabay los hombres necesitabanmeter sustancias en sus cuerpos.Con tu cámara filmastecómo sostenían el muslo de un perroy lo acariciaban hasta aflojarlo,hasta clavarle una aguja.Fue raro que tomaras esa imagenporque el documental no iba a ser de denuncia.Yo corrí la mirada y vi que estaban listosseis de los perros en las gateras.Desde el otro extremo de la pistaalguien arrastraba por la tierraun cadáver de conejo.A los galgos los ojos se les salían.Cuando volvíamos dijiste que lo difícilno era ver todas esas cosassino hacer algo con ellas.
Hay un paisaje:En el vientre de mi hermana se gesta un niño.También podría decir queen la panza de mi hermana crece Blas,como un poroto en un frasco de dulce,entre algodones húmedos. Pero:—en el vientre de mi hermana se gesta un niño—suena más milagroso. Más medallita.Y que te crezca alguien nuevo,como el brote de un poroto entre algodones húmedos,es un milagro. Algo extraño. Magia blanca.Una brujería que algunas mujeres deciden ejercer.
Ahora la internaron,y le pusieron suero para frenarlo a Blas,que quiere nacer sin pulmones.Si la llamás por teléfono tecuelga antes de que tedespidas.Para quedarse llorandosin que puedas verla.
Me pregunto por qué Blas,que ni siquiera tiene pulmones,angustia a su madre antes de tiempo.¿Qué será de ella entonces,cuando él pueda llenárselos de humo?
Con mi carita de buena, cuando salítambién le hice angustia a la míay presión en un ojo hasta quedejó de ver.Tuvieron que separarnos el partero y las enfermerasque la asistían.
Del asunto las dos salimos malheridas:Ella con un ojo ciegoy yo con un soplo en el corazón.Cuando lo cuento y me dicen: —Qué bajón—Me gusta responder:—No tanto, siempre quise tenerunamamápirata.
—Un soplo—me decía ella—es tener aire en el corazón.Como un vientito—.En esa explicación nos reconciliabamos.Mariana, una nena veciname porfiaba que un soplito esun agujerito en el corazón que te sangra.
Al soplo le echaban la culpade que me la pasara llorando como un chancho.Un chancho chiquitito, rosado, agradable, me imagino.De esos que no vale la pena carnear.De esos que cualquiera adoptaríauna tardeen el parque,sin pensarlo mucho.
Pero en vez de llevarme al parqueme sacaban bajo un árbolpara que solita se me quitara la maña de llorar.Y funcionó.
Hay chanchos que si les acaricias la panzano pueden evitar quedarse dormidos.Qué bestia hermosa.
Por eso Blas, a vos te digo:que de este lado se la pasa bastante bien.
Te tocó mamá maestra, papá taxista.De hermana una gordita piola.Viven frente a la plaza, rodeados de terrenoy les dieron el Procrear para un baño más, un agrandar la cocinay hacer una pieza dondepasarás como 18 años por lo menos.Así que tranquilo: Hay tiempo.
De este lado se la pasa bastante bienpero tranquilo, disfrutalo.Porque por las noches, cuando esté oscuro,y zumbe por la ventana lo que anda en la calley tu cuerpo esté echado entre almohadones,o abrazado a la espalda caliente de una mujero de un hombreo de los dos,descubrirás:aquello que te mantiene despierto ya no interrumpe el sueño de nadie.Una sensación fundante volverá a vos,y extrañarás algoque te hará arrepentirte de haberte apurado tanto.