Tierra Adentro
Ilustraciones: Santiago Solís

Los compañeros de trabajo de Silvio Luján Viviani están demasiado ocupados encendiendo un porrito infinitesimal que al prenderse se consume más rápido por la erosión del viento en la brasa que por las caladas urgentes de cada boca. Se enciman unos a otros formando una carpa humana que proteja a este espécimen en peligro de extinción, valiéndose de camperas y delantales, de brazos y cabeceos, y se olvidan de burlarse de Silvio, como cada día al final de la jornada de trabajo. Silvio los mira, se siente ligeramente desilusionado por no tener el protagonismo de la burla (de manera consensuada, una forma de inclusión) pero no se entristece: sabe que para ellos esa es una tuca clave, la de antes de volver a casa, es su premio por la misión cumplida del día.

Él no puede fumar. Una vez le convidaron (le insistieron), probó y vomitó y después anduvo unas horas muy desorientado. Si bien, al principio, él y sus compañeros de trabajo se rieron bastante con sus balbuceos canábicos (sentía la mandíbula de espuma), con la descompostura y la sesión de vómitos y confusión hubo inquietud, culpa, alarmismo, intentos de llamar a un médico o a los padres de Silvio o a los del pil (Plan de Integración Laboral), que fueron los que armaron el convenio de pasantías por el que pudo entrar a trabajar como bachero en el restorán.

Mañana Silvio cumple veinticinco años. Como los padres lo han sobreprotegido, es decir, controlado; es decir, sometido, Silvio nunca pudo estar con una chica: jamás durmió fuera de su casa, nunca pudo hacer algo más que manosear a alguna compañerita de la escuela especial, a la que todavía va dos veces por semana para asistir a las actividades integradoras que el establecimiento organiza con los exalumnos. Por momentos, Silvio siente que esa contención también es una forma de prisión. Tal vez esté demasiado institucionalizado, sobreestimulado, hipercontenido, tan ocupado en ejercer la normalidad vinculándose cotidianamente con las organizaciones privadas y gubernamentales que se encargan de casos como el suyo, que no tiene chance de hacer lo único que quiere, lo que realmente le interesa en esta etapa de su vida, sobre todo antes de cumplir los veinticinco años, que es cojer.

No tenía la idea tan definida hasta que entró a trabajar al restorán, donde sus compañeros, para hacerlo sentir uno más, comenzaron a preguntarle primero, y a molestarlo constantemente después, acerca de su virginidad.

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Hay una broma troncal relacionada con la edad y la inexperiencia sexual desde la que se ramifican el resto de los chistes y las burlas, las jaranas, las gansadas, los comentarios nimios, que siempre conducen en dirección al mismo tema, atraídos por la fuerza de gravedad más poderosa del universo (de ese universo de la cocina, al menos), que es la virginidad de Silvio. Se diría que el mundo gira gracias a su castidad, que cada uno de los muchachos que trabaja en el restorán amanece cada día en su miserable cama con el único propósito de llegar al trabajo para encontrarse con el mogo lavando vajilla para preguntarle, palmada cariñosa mediante:

–¿Y, Silvito? ¿Debutaste anoche?

Cada noche que no pierde su virginidad asegura un nuevo amanecer.

Pero algo ha cambiado: mañana Silvio cumple veinticinco años y ha decidido cometer doble infracción. La primera, bastante grave, es no volver ahora inmediatamente a su casa, donde vive con sus padres. Se va a tomar unas horas, dos o tres, verá él lo que vaya necesitando. La segunda, menor pero estratégica, es no haber comentado con sus compañeros que en este momento, que ha terminado el turno, va a agarrar su bicicleta y encarar la ruta hacia la zona de muchachas, para levantar alguna que lo ayude, que lo asista y que lo conduzca a cambiar su estatus; el estado que lo mantiene aferrado a la niñez, que lo convierte en el centro del universo (de ese universo) y que es el motor que mueve todas las cosas.

Entonces dice chau con la mano. Los compañeros le tosen guarangadas sobre la proximidad de su cumpleaños (soplar la vela, esas cosas), y vuelven a concentrarse en sus menesteres. Silvio monta su bicicleta, de cara al viento frío de agosto y se mete por la avenida que desemboca en la ruta. Y cuando agarra la ruta, sonríe.

El verdadero nombre de Janis es Melina Ayelén Montoya. Se hace llamar Janis después de una búsqueda de alternativas cariñosas para el nombre Yanina (Yani, Yanín, Ya), que siempre le gustó, pero como está lleno de putas que se llaman Yanina, quiso ser más original. Nunca pensó en Janis Joplin. Cuando tiene que escribir su nombre artístico por algún motivo (darle su teléfono a un cliente, firmar una notita en la que deja dicho adónde va o simplemente reafirmar su identidad en los márgenes de un cuaderno, como una adolescente, usando diferentes caligrafías, acompañando con garabatos las horas muertas), pone Yanis. Pero al decirlo en voz alta, la inicial que sale de su boca es un chistido sordo, es el aire pasando finito entre los dientes que la ubica en el mapa rioplatense de fonaciones, donde doble eles, jotas extranjeras y yés se pronuncian invariablemente de la misma manera. Y Janis, que cuando se escribe, escribe Yanis; cuando se presenta, se nombra a sí misma como Shanis.

Las compañeras de trabajo de Janis dejan pasar al pibe de la bicicleta, aunque él también las está dejando pasar a ellas. Venía pedaleando rápido por la ruta y de a poco va disminuyendo la velocidad. La estela única de chicas empieza a fragmentarse en individuas, el pincelazo, el manchón que eran todas juntas sobre la banquina se atomiza en distintas señoritas, en boquitas pintadas, en siluetas, en estilos, en silbidos.

No hay nada que piense o sienta Silvio en este momento: como es algo que nunca ha hecho, no está preocupado ni eufórico, no siente incertidumbre ni la inclinación a repetir un procedimiento aprendido. Lo desconocido no le causa temor, no le causa nada.

Y es ese estado alfa el que lo atraviesa al reducir la velocidad cuando aparecen las chicas. Disminuye la fuerza dinámica de su pedaleo y empieza a ir lento, gatuno, como hacen los coches y camiones que pasan por este tramo de la ruta, a veces causando accidentes.

Es un tramo que se mete en la ciudad desde unos alrededores rurales inmediatos, que viene por las chacras, pasa por los galpones y entra con su tránsito pesado, peligrosísimo, imponiéndose como un tajo en el plano urbano: de un lado de la ruta, el alto; del otro lado, el bajo. En los contornos, apagándose a medida en que se acerca al centro, se despliega el paño de ilegalidades arrabaleras, con su oferta de servicios de todo tipo.

Las chicas trabajan dispersas en la zona de chacras y más concentradas ya donde hay galpones. Pero el núcleo de la actividad se ubica en la intersección de la ruta con una avenida (el cruce) que desemboca en la terminal de ómnibus, una gran ayuda al momento de orientar al visitante urgido, a quien basta con decirle “Siga derecho por ésta”.

Silvio ha pasado por esa zona desde siempre en el coche de sus padres, en el asiento trasero, intentando entender y, finalmente, entendiendo. Sobre todo ahora, gracias al empujoncito informativo que le vienen dando sus compañeros del restorán.

—¿Sabés lo que tenés que hacer vos, Silvito? Vos tenés que levantarte una mina del cruce. Se te solucionan todos los problemas, jajaja.

TA198_interiores_IMPRENTA-106El frío del anochecer le va secando la transpiración de la cara, le va aplacando los rubores de la velocidad reciente. Pedalea a paso de hombre, va sobre el asfalto pero por momentos muerde las piedras de la banquina y tambalea. Alguna le grita una guarangada y las demás se ríen. Él también se ríe, por reflejo. Hasta que la ve a Janis.

Se detiene frente a ella empujado por la traición del azar, atraído por la nada misma que conforma el aura de una prostituta absolutamente regular, ni joven ni vieja, tirando a fea, de gesto insípido, desapegada, casi inexistente. Y en la risotada de todas, que es a la vez la de ninguna, Janis se despega con una mueca que parece compasiva aunque también puede ser de impresión, y sin asco o con todo el asco del mundo, se anima a mirar a Silvio a los ojos.

Son dos bolitas negras de muñeco que emiten una confusa señal, capas superpuestas de inocencia y picardía. Alrededor, párpados achinados, arrugados prematuramente, asimétricos, cubistas, le dan a su cara un aspecto animal o extraterrestre. Janis, que nunca entendió nada, ahora entiende a Silvio y tomándolo del codo amablemente lo aparta del coro de malditas que se ríen de ellos dos, de lo que van a hacer ellos dos en cuanto se pongan de acuerdo con unos números y se encierren en una habitación de motel.

Sin advertirlo, Janis y Silvio coinciden en una característica de su personalidad: los dos creen que obtienen de la vida un máximo permitido; lo que tienen, lo que logran, a lo que acceden, es para ellos un regalo y a la vez un límite. Pueden eso, pueden hasta ahí, callan y agradecen, inconscientes devotos de la religión de los humildes que pregona una ambición de corto alcance, que no cruce la frontera de lo conseguido hacia el pecado de lo imposible. Entonces ahora, al momento de negociar, Silvio está dispuesto a pagar lo que Janis le pida y Janis está dispuesta a darle a Silvio lo que necesite, porque es lo mejor que pueden obtener y porque en una parte recóndita de sus corazones, detrás del sufrimiento y la segregación, hay gratitud por este momento, que es una oportunidad, que es un empujón más a la gran calesita de sus vidas, que milagrosamente sigue girando.

Van a ir a un motel que queda a dos kilómetros, donde Janis tiene descuento, ella puede tomar cerveza y él, una Coca (el alcohol tampoco le hace bien). Pero el trato está cerrado a medias: cuando Silvio hace un ademán caballeresco para subirla al caño de la bicicleta como si se tratase de su corcel, Janis se empaca:

—No. Ni en pedo.

Silvio pasa los segundos que dura la duda en el blanco profundo del desconcierto. No sabe si se le acaba de arruinar el plan o si es apenas un inconveniente. Cualquiera sea la situación, espera que Janis pueda resolverla. Y ella lo hace:

—Acompañame hasta la parada de taxi.

Bajan de la ruta hacia una calle lateral, más o menos iluminada, con frentes que son portones y persianas bajas de negocios cerrados (taller mecánico, carnicería, bulonera). El único local vivo es un cubículo vidriado con un cartel que parpadea “Radiotaxi” y debajo, un número de teléfono. Janis se asoma y habla con un señor que fuma detrás de un escritorio, que la mira con un ojo y con el otro sigue una pelea de boxeo en la televisión. Silvio espera sosteniendo su bicicleta en el cordón de la vereda. Un coche blanco se detiene frente al local. Janis se acerca, abre la puerta trasera, mira a Silvio y organizando la logística con claridad e infinito desencanto, como hace con sus hijos, le ordena:

—Seguinos.

Cuando se sube al coche y cierra la puerta, usa el mismo tono para hablarle al chofer.

—Vaya despacio, que el chico nos va a seguir con la bici.

El taxi sube a la ruta por la primera calle que se lo permite y Silvio, pedaleando con todas sus fuerzas, va detrás. Teme perderlos de vista. No afloja. Obedece porque es habitual para él que le digan hacia dónde ir y también porque va a cojer, ya lo sabe, y para que eso ocurra tiene que seguir a la mujer que se lo va a posibilitar. No puede sin ella y estas son las condiciones.

Pasan coches, se adelantan, se indignan los conductores por la velocidad del taxi, algunos le tocan un bocinazo condenatorio. Las urgencias de los autos y sus estelas de aire sucio hacen vacilar a Silvio, que se agarra más fuerte del manubrio y se concentra, traccionado por su deseo. Y pedalea y pedalea por la ruta detrás del taxi blanco que lleva a Janis. Ella se da vuelta cada tanto para ver si viene. A veces desaparece detrás de un coche, pero vuelve a aparecer. Lo que no ve Janis desde el asiento trasero es que Silvio, mientras se acerca pedaleando vigorosamente sobre la ruta nocturna, habla solo y se ríe. Y tampoco ve la cara del taxista, que por el espejo retrovisor espía la escena imaginándose todo tipo de cosas.

¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Silvio no lo sabe, se despierta de un salto con la estocada suave de la mano de Janis en su brazo gordito, relajado sobre la sábana que disfraza la triste verdad del cobertor de hule protegiendo el colchón.

—Tenemos que desocupar la pieza, papito.

Está mareado. Babeó. Mientras se pone la ropa, se ensimisma y siente el hormigueo de la piel recién tocada, reconoce el desgaste suave de las células frotadas por primera vez, un zumbido en la superficie del cuerpo, las repercusiones de infinitas explosiones citoplasmáticas escapándose como los vahos de un géiser por los poros de su humanidad completa. ¿Y si esto que ahora siente es el sentir de un hombre? ¿Y si nunca más se va el cosquilleo? No tendría problemas, se acostumbraría (se ha acostumbrado a cada cosa).

Janis saca la cuenta en el aire, en voz alta para demostrar transparencia, aunque ya la tenía clara en su cabeza: el taxi de ida, la habitación, la bebida, el servicio, el taxi de vuelta.

Silvio la sigue con la mirada pero de ninguna manera con la operación. Agarra su billetera con las manos de manteca, le zumban, le vibran, le fallan. Se le cae, la levanta, se le escapa, se ríe Silvio de sus reflejos anestesiados, de las secuelas físicas de su primera vez. En estas condiciones no va a poder pedalear hasta su casa.

Janis se sienta a su lado porque es madre y está en su naturaleza socorrer al necesitado. ¿Será esa característica la que detectó Silvio en ella entre la oferta de todas las chicas? ¿Y si él tiene un sentido más desarrollado que los demás, acaso entrenado en contextos institucionales, para reconocer el espíritu asistencial de las personas?

Le agarra la billetera mirándolo a los ojos: él cede. Saca todo el dinero y lo cuenta en voz alta, otra vez, recita para Silvio el cálculo completo mientras apoya sobre su muslo (enfundado desde hace rato en su jean) los billetes, uno sobre otro, que le corresponden. Devuelve el sobrante a la billetera y con la plata que ya es de ella hace un rollito y se la guarda en el corpiño. Y otra vez mirándolo a los ojos, le dice a Silvio:

—Te sacaste la lotería conmigo.

Silvio se ríe. ¿Se referirá al dinero? Como sea, le parece gracioso. Se le mezclan las palabras de la muchacha (¿señora?) con lo que siente, lo que recuerda que imaginaba con lo que efectivamente fue; sus veinticinco años, su masculinidad. Y se da cuenta de que no recuerda ahora el nombre de esta mujer intrascendente que para él será inolvidable. Se lo pregunta.

—¡Sha te dije! ¡Shanis! —se ríe ella.

Silvio se ríe de vuelta y la contagia y Janis se ríe más fuerte con él.

—Vos también te sacaste la lotería conmigo, Shanis —le dice Silvio.

Y las carcajadas explotan en la piecita depre del motel que los vio interpretar la ficción del amor en un contexto transaccional. A la mañana siguiente, los compañeros de Silvio lo encuentran, como todos los días, lavando la vajilla sucia del turno de noche. Es su cumpleaños y le han preparado una sorpresa que él ni se imagina: en una de las heladeras de la cocina se conserva desde ayer un pastel decorado con un gran par de tetas hechas de masa sabor vainilla. Sobre un pezón planean poner una vela con el número dos y sobre el otro, una con el número cinco. (La idea se les ocurrió fumados y les pareció genial).

Vienen riéndose ya de la cara de sorpresa que va a poner Silvio, vienen haciendo chistes que pueden hacer entre ellos pero jamás delante de él. Y con la primera palmada en el hombro que recibe, el universo de la cocina se subvierte, se configura un nuevo orden de todas las cosas, ocurre una revolución microscópica, un Big Bang imperceptible entre esas paredes de todos los días, que encierran al mismo tiempo lo ordinario y lo excepcional.

—¡Feliz cumpleaños, Silvito! ¿Y? ¿Debutaste anoche?

—Sí.


Autores
(Neuquén, 1978) es exbailarina y escritora, aún conserva en sus libros mucho de su antigua profesión: el movimiento y la flexibilidad de su pluma son especialmente notorias en su novela El telo de papá, libro basado en sus memorias: una mirada al pasado, al mundo de los adultos, a sus padres y al crecimiento en una provincia argentina.
Fotografía: CONARTE

En su nueva novela, La doble vida de Jesús (Alfaguara, 2014), Enrique Serna cuenta la historia de un político conservador de Cuernavaca que inicia una cruzada contra la corrupción, la violencia y los políticos coludidos con los narcos. Jesús, el protagonista, gana la candidatura de su partido pero, por otro lado, pierde el corazón por Leslie, una travesti que se prostituye y tiene una historia secreta.

Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) es uno de los mejores prosistas, tanto en ensayo como en narrativa, de la literatura mexicana actual. Y ahora, con motivo de la reciente aparición de su nueva novela, platiqué con él al respecto.

 

Sergio Téllez-Pon (ST-P): Enrique, lo primero que me llamó la atención es que volviste al tono irónico, paródico de El miedo a los animales, ¿crees que la sátira es una mejor crítica en estas circunstancias sociales?

Enrique Serna (ES): Creo que ese tono nunca lo he abandonado. Quizá la similitud que encuentras es más bien por entrar en temas sociales, una novela que refleja más el contexto histórico-social, en eso sí estoy de acuerdo. Y, bueno, en esta novela hay un humor subterráneo, creo yo, en parte porque a mí me gusta narrar ocultándome tras bambalinas, no quiero hacerme presente en la narración porque me parece que puede ser más eficaz cuando el escritor no aparece, sigo la escuela de Flaubert, del “realismo objetivo”. De pronto en la novela hay una distancia irónica y creo que el conflicto de mi personaje entre su vida íntima y su vida pública pues se prestaba para un tratamiento de comedia que hay en varios momentos de la novela.

En otros momentos no, paso más bien a referirme a una tragedia social, a una tragedia delincuencial, la psicosis de inseguridad en la que hemos estado desde hace ocho años. Pero también hay elementos satíricos, sin duda alguna, en cuanto a las parodias de la demagogia de los políticos, también del lenguaje de los periodistas políticos y todo eso que hace que sea una novela un tanto carnavalesca.

ST-P: En el momento en que Jesús Pastrana toma posesión de la candidatura lanza su discurso y ese discurso me suena a la misma demagogia, es decir, el lenguaje es el mismo lenguaje demagógico que supuestamente quiere combatir…

ES: Es que es muy difícil, en un medio en el que todos mienten, que una declaración de este tipo tenga credibilidad, como la de mi personaje. Los lectores saben, porque realmente pueden entrar a su mente, que en su caso sí es honesto, él lo está diciendo de corazón. Quién sabe cómo lo interpreten los receptores de ese mensaje, aunque él tiene a su favor que sabe que tiene buena fama pública entre la gente de Cuernavaca y probablemente eso lo hace pensar que su mensaje será más creído que el de los demás.

ST-P: Y precisamente, ¿por qué ubicar la novela en Cuernavaca? ¿Es algo que podría suceder en Tijuana o Monterrey o en cualquier ciudad, o representa un escenario nacional?

ES: Es un microcosmos de lo que sucede a escala nacional. Escogí Cuernavaca porque la conozco bien, he vivido allí los últimos 15 años, eso me permitió reconstruir esas atmósferas ya con conocimiento de ellas. Y, además, en este caso coincide que el estado de Morelos, en general, ha sido una de las regiones más castigadas por la criminalidad impune en México, desde los años noventa hasta acá.

ST-P: Sí, de hecho, hace años hubo un gobernador al que se le encontraron nexos con los narcos.

ES: Sí, desde los tiempos de Carrillo Olea quien al parecer tenía un contubernio con el Señor de los Cielos, Amado Carrillo, de hecho, vivían en la misma manzana y decían que había túneles secretos que unían su casa con la de Amado Carrillo. Él sigue viviendo allá muy campante, yo a veces me lo he encontrado.

Y en la actualidad, a raíz de la ejecución de Beltrán Leyva, estamos muy cerca de Iguala, a cincuenta kilómetros, la misma organización criminal a la que le atribuyen la matanza de los normalistas opera en Cuernavaca, muy cerquita, en Jiutepec, que es donde Jesús levanta a Leslie… De modo que la ubicación en Cuernavaca también es realista porque es una ciudad que ha tenido ese tipo de tragedias.

ST-P: Por otra parte, sé que tus novelas siempre tienen un trasfondo filosófico o eso te propones, ¿nos podrías revelar cuál es el de La doble vida de Jesús?

ES: Hay un guiño irónico hacia el evangelio, sin duda, porque Jesús es un redentor social, pero es un redentor social al que digamos la moral conservadora podría calificar de depravado porque está locamente enamorado de un transexual. Por eso la titulé así, La doble vida de Jesús. Hay momentos de la novela en los que se dice que él tiene doce guardaespaldas que son sus doce apóstoles, etcétera… En el momento del acto de cobardía que le deja un terrible sentimiento de culpa por no haber defendido en la preparatoria a su amigo gay ante un bullyng, él está leyendo La vida de Jesús como antídoto para el efecto corruptor, según él, el de la represión que le dejó Demian, de Herman Hesse, que era un libro muy leído en la preparatoria (a mí me lo dejaron leer en la preparatoria), y que es un libro veladamente gay pero que, me parece, es bastante subversivo sobre todo cuando lo lee un adolescente ingenuo.

Entonces hay esa idea de que finalmente el legado de Jesucristo es simpatizar con las putas, con los forajidos y no con los fariseos. Y finalmente creo que este hombre, en ese proceso de liberación íntima y de liberación social que va a tratar de encabezar, se rencuentra no sólo con su destino más auténtico sino con el significado más profundo del evangelio.

ST-P: Hablando de la liberación íntima de Jesús, me recuerda a Fruta verde y a La sangre erguida y pienso que es otro de los afortunados recursos de tus novelas…

ES: Sí, claro. Yo creo que en toda novela en general es importante explorar la sexualidad de los personajes porque es un elemento muy importante de la existencia. En este caso, además, porque me parece que la vida íntima y la vida pública están muy interrelacionadas y una repercute sobre la otra.

En el caso de Leslie, me gusta el personaje por varias razones, una de ellas es para contraponerlo con su hermano gemelo: el narco, en términos de valor. Yo me pregunto quién tiene más valor: un travesti que se atreve a salir a talonear vestido de mujer o un narco que agarra una metralleta y que va a secuestrar a una persona indefensa.

ST-P: Y que siempre se está escondiendo, ¿no?

ES: Y que siempre se está escondiendo, exacto, entonces, digamos que el valor de personajes como Leslie, que finalmente nadan a contracorriente, que tienen que desafiar toda una moral que los condena, son muy importantes en un momento como el que vive México porque lo que necesita México es personas que naden a contracorriente. Y en ese sentido, creo que ella tiene un vínculo con Jesús, que está encabezando esta cruzada bastante “quijotesca” para tratar de expulsar de la ciudad donde vive a una mafia narcopolítica.

ST-P: Y este personaje redentor, ¿lo ves actualmente en alguien? ¿Crees que un político esté lanzando esta cruzada?

ES: Yo creo que sí pueden existir políticos honestos e incluso creo que pueden existir en todos los partidos, incluido el PRI. Aunque también creo que no los dejan llegar muy alto. En la actualidad hay una tendencia a satanizar a toda la clase política y ya ves que eso lo explotan incluso varios partidos que pretenden ser un “movimiento ciudadano”: nosotros no somos políticos, somos ciudadanos. Lo cual encierra un engaño porque obviamente quien se mete a la política, se convierte en político automáticamente, de modo que no creo que sea saludable satanizar a la clase política en general. Finalmente, las ambiciones de mi personaje son relativamente modestas: él no cree en las utopías redentoras, sólo cree en el estado de derecho. Y eso es algo que han logrado otros países latinoamericanos con un nivel de desarrollo parecido al de México, donde tienen una mejor impartición de justicia, no hay una anarquía tan terrible como la que se vive aquí. Por eso creo que ese personaje es verosímil aunque haya tal vez pocos en las ligas políticas actuales.

ST-P: Para terminar, Enrique, es evidentemente que esta novela no la escribiste la semana pasada (en lo que la escribiste y en lo que se editó) pero muchos pasajes parece que sucedieron ayer o que muchas frases fueron sacadas de los periódicos de esta mañana. Pero ¿te gustaría que tu novela se leyera aparte de las circunstancias sociales que estamos viviendo?

ES: Pues sí, claro, todos los escritores queremos que nuestros libros perduren, que no sólo se lean durante la temporada, de modo que ese es un anhelo que todos tenemos. Mientras la escribía tenía las antenas muy abiertas para captar cosas que estaban sucediendo: por ejemplo, me enteré del asunto relacionado con los médicos que estaban desapareciendo de Cuernavaca por una oleada de secuestros, creyendo los delincuentes que todo médico es rico. Eran cosas que yo, como una aspiradora, las aprovechaba y las metía dentro de la trama.

ST-P: O el caso de uno de los candidatos rivales de Jesús que tiene una novia que es una cantante de pop de nombre Alelí…

ES: ¡Claro! Sí, desde luego, porque a raíz de que el presidente actual, en base de este matrimonio, se colocó como una figura mediática, pues ya hay muchos que están siguiendo su ejemplo: el gobernador de Chiapas, que también está gastando millones y millones de pesos para lo que llaman los políticos “posicionarse”. De modo que esto ya se está convirtiendo en una epidemia. Y en mi novela hay una intención muy clara de ridiculizar este tipo de artimañas para encumbrar a políticos mediocres.

ST-P: Volviendo al punto, ¿hubieras querido que la novela se leyera bajo otras circunstancias o que saliera después, el próximo año, tal vez, con los ánimos más calmados y que esto ya sólo fuera anecdótico?

ES: Es una casualidad que saliera en este momento de efervescencia social, de protestas, porque en los primeros dos años del sexenio actual  parecía que se estaba logrando un relativo control de la criminalidad y no se habían conocido grandes escándalos en este asunto. Y cuando yo ya había terminado la novela, cuando ya la había entregado, vino lo de Tlatlaya y luego lo de la matanza de Iguala que ha vuelto a poner este tema a la orden del día, entonces, más bien es una coincidencia.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.

Yo era de Buenos Aires, del barrio de Almagro; papá tenía un almacén en Gascón casi Díaz Vélez, una casa de altos alargada y finita: en la planta baja estaba el almacén y nosotros —papá, mamá y yo— vivíamos arriba. A la casa se entraba por una puerta al costado del negocio, después había una cancel que daba al patio y del patio salía una escalera que hacía una torsión y llevaba directamente a la cocina, donde mamá escuchaba la radio y cosía. En esa escalera, en invierno y verano, yo me sentaba a leer los libros que sacaba de la biblioteca. Tardes enteras que pasé leyendo. Cuando era joven papá había visto cómo un colectivo atropellaba a un chico, y supuestamente por eso me controlaban tanto y no me dejaban salir sola a la calle, por miedo a que me pasara algo.

TA198_interiores_IMPRENTA-62Preferible que lea, decía papá, y desde atrás del mostrador no tenía más que girar un poco el cuello para verme del otro lado de la ventana, sentada justo donde la escalera hacía una curva, y yo podía usar la pared de respaldo y flexionar las piernas contra la baranda.

Propiamente un gato, decía papá cuando me veía ahí, como encastrada entre la pared y la baranda, leyendo muy tranquila. Los gatos son así, tienen ese instinto como de agua o de plastilina, de andar buscando cosas que les den forma. Si encuentran una caja de cartón, se meten adentro aunque no quepan y se refriegan contra las paredes y se contorsionan hasta que el cuerpo se les amolda a la caja y así se quedan, quietos y enroscados sobre sí mismos, durante horas; incómodos pero felices. Yo era igual, pero con la escalera. Apoyaba la cabeza contra la pared y los piernas sobre la baranda, del otro lado, y hacía fuerza hasta que mi espalda quedaba pegada al escalón, las cervicales doblándose contra el zócalo y las piernas flexionadas para que las rodillas me quedaran sobre el pecho. Sobre las rodillas apoyaba el libro y leía durante horas, a mitad de la escalera, ahí contenida.

Propiamente un gato, decía papá cuando me veía.

¡Ponete derecha! ¡Te vas a quedar toda curcuncha! ¡Te va a salir la joroba!, decía mamá cuando quería bajar al almacén y no podía porque mi cuerpo le interrumpía el paso.

Pero los dos estaban contentos de que fuera una buena chica y me quedara adentro, entre los libros, con ellos. Yo leía historias de amor, de aventuras, de cualquier cosa, pero sobre todo me gustaban los libros que hacían llorar. Novelas donde al chico se le moría la madre y el padre se quedaba sin trabajo y se entregaba a la bebida, y la abuela también se moría de tuberculosis y el chico iba descendiendo más y más en la pobreza, y a su mejor amigo, el amigo travieso que lo arrastraba a robar billeteras y lo iniciaba en el mundo del hampa y del crimen, lo metían preso o lo mataban en un enfrentamiento con la policía y entonces, perdido por perdido, el chico ya no sabía qué más hacer y ahí, en ese momento, aparecía la maestra buena y lo rescataba, se lo llevaba a vivir con ella y le enseñaba a leer y a escribir y lo hacía un hombre de bien.

Buscaba ese tipo de libros con placer casi enfermizo, buscaba cosas que me hicieran llorar. Mientras al chico le pasaban calamidades, yo lloraba de pura pena, y un poco también lloraba por adelantado, como si ese llanto fuera un antídoto que funcionaba igual que las vacunas: para mantenerla lejos te inyectaban un poquito de la enfermedad.

TA198_interiores_IMPRENTA-65Pero las partes en que más me emocionaba era cuando aparecía la maestra que venía a rescatarlo. ¿Por qué lloraba ahí? No lo sé. Supongo que liberaba la tensión que había juntado acompañando al pobre chico por tantas cosas feas. Pero también lloraba ante la belleza de que en el mundo todavía hubiera gente tan buena. Y cerraba el libro y me quedaba soñando y pensando, ¿quién me rescataría a mí si la vacuna no era efectiva y mi mamá se moría y mi papá mal vendía todas nuestras bolsas de harinas y fideos para comprar ginebra? Ahí, enroscada sobre mí misma, en la escalera, me volvía dramática y fantaseaba con perderlo todo, como si esa fuera la única manera de encontrar a alguien que me rescatara de verdad.

Y así se me pasaron esos años, leyendo en la escalera. Hasta que en unas vacaciones en Mar del Plata conocí a Elvio. Lo conocí un poco porque estaba leyendo. Vino, se sentó al lado en la arena y me preguntó qué libro era ese.

¿Qué lees?, me preguntó y yo le dije. Ya ni me acuerdo qué era.

Habré tenido dieciséis o diecisiete años y él era dos años más grande que yo. A esa edad y en ese tiempo los muchachos no hablaban mucho con las chicas, o hablaban únicamente si querían darse corte y venían a alardear y buscar novia. Pero éste parecía diferente y yo debo haber estado medio aburrida y con ganas de charla. La cuestión es que empezamos a conversar y ahí nos fuimos conociendo, aunque poco. El nuestro ni siquiera llegó a ser un amor de verano, porque a él le quedaban tres días en Mar de Plata y nosotros recién llegábamos, así que nuestras vacaciones apenas si coincidían. Me invitó una nochecita al cine y yo fui, y después caminamos por la rambla pero había tanto viento que no se podía escuchar nada, así que entramos a un bar y tomamos un café y él se pidió un tostado, pero no le dijo al mozo tostado, sino carlitos. Traígame un carlitos, le dijo, porque en Córdoba a los tostados los llaman así.

Elvio era simpático y contaba buenas historias y ese día hablamos de qué queríamos ser en la vida y yo dije que no sabía y él me respondió muy seguro que quería ser intendente de su pueblo.

Mi abuelo fue intendente de Cabrera, y mi papá es el intendente ahora y lo único que quiero en la vida es ser intendente de Cabrera, dijo. Ya en ese entonces él lo sabía y lo tenía muy claro y después lo fue, tres veces fue intendente de Cabrera; la última, cuando murió, todavía estaba en el cargo.

Pero por aquellos días en Mar del Plata todo estaba por verse y a él le llegó el tiempo de irse y se fue y yo me quedé en la playa. Dos semanas después, ni bien volví a Buenos Aires, empecé a recibir cartas suyas. Al principio me mandaba cartas cortitas pero enseguida empezaron a ser más largas. Eran cartas entretenidísimas y yo las leía sentada en la escalera y papá me veía por la ventana y movía la cabeza, preocupado, pero mamá sabía cómo venía la mano y ella era más compañera, y no decía nada, o me guardaba las cartas, si es que llegaban muy encimadas, y me las daba cuando papá no veía, así él no armaba escándalo.

TA198_interiores_IMPRENTA-68Por ese entonces yo cada tanto salía a tomar algo con uno de los muchachos de mi barra, y había otro que también me buscaba, pero ninguno terminaba de convencerme, y con Elvio, por carta, todo parecía ser fácil y hermoso. En sus cartas Elvio me contaba historias de Cabrera. Me describía el pueblo y describía a sus vecinos y a sus amigos y a los viejos que hablaban macanas en el bar y a las viejitas que tomaban sol en la vereda. Me contó la historia de la iglesia, que se estaba hundiendo por un problema de cimientos y un día iban a tener que tirarla abajo pero que todavía sigue ahí, con el techo cuarteado, enterrándose tan despacio en el suelo que ni una vida entera alcanza para darse cuenta. Y me contó de los bailes de fin de año y de los corsos que organizaban alrededor de la plaza, y de una navidad en que a los de la cooperadora de la escuela se les escapó el lechón que iban a hacer asado y mandaron a los chicos de cuarto y quinto grado a correrlo por el boulevard ancho, un montón de guardapolvos blancos atrás de un chancho. Y me contó de la vez que los del taller mecánico usaron el auto del cura, que se los había dejado porque había que cambiarle el aceite, para correr una carrera en un pueblo vecino y terminaron ganando, pero no pudieron festejar para que no se supiera que el auto era robado. Cada vez que en el bar alguien los felicitaba por el triunfo ellos decían ¿Quiénes? ¿Nosotros? ¡Pero no! ¡Con qué auto vamos a correr nosotros!, y el cura, que no era ningún zonzo, paraba la oreja, porque sospechaba. Hasta que llegó la Pascua y las mujeres los mandaron a confesarse y para no tener que contarle al cura del robo, los del taller mecánico se fueron a confesar al pueblo de al lado.

Esas historias me contaba Elvio en sus cartas largas, de varias páginas, con letra prolija y pausada. Se iba a escribirlas al bar del club y me describía lo que pasaba alrededor suyo, las conversaciones, los partidos de billar, las trucos y las apuestas. También me decía de sus proyectos. Los militares habían sacado a su padre de la intendencia y mandaron un interventor, alguien que ni siquiera era del pueblo y que no entendía nada y hacía todo mal, pero Elvio ya entonces seguía con lo suyo, y estaba en plenas gestiones para lograr que Cabrera tuviera banco y no tener que ir a hacer los trámites al pueblo vecino, y formaba parte del Consejo de la Cooperativa Eléctrica y también participaba del Consorcio Caminero y en lo único que pensaba era en cómo mejorar el pueblo, cómo hacerlo crecer, cómo hacer que su gente viviera mejor, que estuviera más cómoda. Que fue lo que después hizo, cuando fue intendente.

La cuestión es que así, de a poco, por carta, yo lo fui sabiendo todo sobre Cabrera. Sabía los olores de la época de la cosecha y sabía del frío que se te mete entre la piel y la ropa en las madrugadas de invierno. Sabía cómo la gente se divertía, quién estaba peleado con quién, qué películas pasaban los fines de semana en que había cine, cuál iba a ser el abanderado en la escuela ese año y cuánto habían gastado en comprar una central telefónica nueva. Elvio describía el pueblo palmo a palmo y yo no sé si me enamoré de él o de Cabrera.

Cuando les hablaba de Elvio, mis amigas decían que estaba loca y trataban de sacarme a bailar, a conocer otra gente, a pasear un poco. Pero a mí nunca me gustaron mucho esas cosas. Entonces llegó una carta mucho más delgada que las otras, con una sola hoja, una tarjeta más bien. Lo único que decía era ¿querés casarte conmigo? Y yo quise, aunque había días en que si no iba y miraba la foto ni siquiera recordaba su cara. Pero sabía que nunca iba a encontrar a otro hombre tan bueno como Elvio. Ni uno que me entendiera tan bien, ni que me entretuviera tanto.

De todos modos, no respondí enseguida: necesitaba estar segura y convencerlo más que nada a papá. Fueron y vinieron cartas, charlamos sobre cuanto tema hubo que charlar, desde los económicos hasta los de vivienda y cosas más íntimas también. Elvio ya tenía todo resuelto y al final vino a Buenos Aires a pasar quince días para hablar bien con mi familia. Vino en auto y se perdió en la entrada. Había preguntado en una estación de servicio y le indicaron mal y en lugar de Almagro terminó dando dos vueltas a la Casa Rosada y estacionando frente al Cabildo, que como había visto muchas veces en los libros, le pareció un buen punto de encuentro. Desde ahí buscó un teléfono con fichas y llamó al almacén y habló con mi papá. Yo estaba en la escalera, con un libro que leía pero no leía, porque tenía la mente en otro lado: había calculado los tiempos y sabía que estaba por llegar. En eso suena el teléfono y pensé se mató, se mató en la ruta, se metió debajo de un camión y entonces lo escucho a mi papá hablar y casi enseguida se asoma a la ventana y me dice: llamó el enamorado ese tuyo que dice que está frente al Cabildo, que lo vayas a buscar porque no sabe cómo venir hasta acá. ¡La alegría que me dio! Me tomé un taxi y fui y me lo encontré apoyado sobre el capot del auto, con los brazos cruzados, frente al Cabildo, mirando la plaza. No sé cómo no le habían puesto ninguna multa. Él en ese entonces tenía un Dodge 1500 de los primeros que se veían y yo me senté a su lado y le empecé a señalar por dónde ir y le decía, doblá acá, tomá para allá, cuidado con aquella que es contramano y él me decía sí, sí, y manejaba tan feliz, con la ventanilla baja y el codo afuera, casi como paseando por Avenida de Mayo llena de colectivos y autos, sin darse ni cuenta de que le tocaban bocina o que los taxis se nos venían encima.

Y así, contenta y un poco sin darme cuenta, llegué al pueblo.

Fue un gran cambio. Cabrera era como él me lo había contado, pero no como yo lo había leído. Era un pueblo triste, amplio y vacío en medio de la pampa lisa lisa, como si en lugar de tierra nos rodeara agua calma. Yo enseguida supe que allí no encajaba, pero me callé y no dije palabra. Todo era tan ancho, tan ancho, caminabas por las calles y veías al final el campo extendiéndose hasta perderse. Veías el cielo y daba miedo de tan inmenso e ilimitado. El llano se achataba y por donde uno mirara había cielo, mezclándose lejos con la tierra, formando un horizonte como envuelto en vahos. Llegué en agosto y el viento corría por el campo, serruchando, y hasta parecía tomar carrera y a propósito golpear con fuerza, pero a nadie le llamaba la atención y a lo sumo, en la cooperativa o en alguna tienda, la gente en lugar de decir qué calor o que frío, decía viento hoy, o está bravo hoy, o sopla fuerte hoy y después se quedaba callada.

La gente me trataba bien porque era la esposa de Elvio y a Elvio todo el mundo lo quería, pero yo me daba cuenta de que no encajaba, de que conmigo eran corteses y atentos, pero nada más. La familia de Elvio desde siempre fue una de las mejores familias del pueblo y eso servía de algo: había respeto, había prestigio y cierto lugar que ocupar. Todas las mujeres que conocí ni bien podían me llevaban aparte y me preguntaban cómo era vivir en Buenos Aires. Y al poco tiempo me di cuenta de que así como yo me había imaginado un pueblo idílico y fascinante, así ellas se imaginaban la ciudad. Al final, y con el correr de los años, muchas de esas mujeres se fueron, otras se casaron, otras se quedaron ahí, pero siempre me miraron desde lejos. Supongo que conmigo se les mezclaba la envidia con el respeto y también un poco de incomodidad, de no saber cómo moverse, cómo hablar, qué decirle a alguien que venía de la capital y que además se había casado con el futuro intendente, porque Elvio ya estaba en campaña y juntaba votos, y a mí me sacaba a recorrer el pueblo, de un lado y del otro lado de la vía, y me presentaba a cuantos se nos cruzaran en la calle y la gente me besaba y me mostraba a sus hijos y me convidaban mate y me trataban con una cortesía, con un respeto que yo no comprendía. Tuvo que pasar mucho tiempo para que entendiera que no era por mí que me trataban de esa manera, sino porque venía de Buenos Aires, porque me había casado con Elvio.

TA198_interiores_IMPRENTA-71Quedé embarazada casi enseguida y mi mamá, que se daba cuenta de las cosas por más que una no las dijera, se ofreció a instalarse en el pueblo por unos meses, para hacerme compañía, pero yo le dije que no. ¿Qué iba a hacer papá solo con el almacén, sin su ayuda?

Todo había sido demasiado rápido y yo me asombraba de estar viviendo esa vida que nunca me había imaginado para mí y que no tenía nada que ver con la vida que Elvio había descrito en las cartas. Y no sé qué pasó, pero en lugar de acomodarme y ver cómo mejorar, me escudé en el embarazo y empecé a quedarme cada vez más encerrada sin querer ver a nadie. Y si Elvio me decía vení, vamos a hacer esto, vamos a hacer aquello, yo le respondía que no, que gracias, que fuera él porque yo estaba cansada.

A Elvio ya lo habían elegido y se iba temprano a la Municipalidad y volvía ya cuando era de noche oscura, así que me pasé el embarazo de Enriquito sola, tirada en la cama extrañando los cines de capital, los bares de la capital, las amigas que habían quedado atrás, las bibliotecas, las librerías de Corrientes. Elvio de tanto en tanto viajaba a Córdoba para alguna reunión de intendentes y me traía libros, porque en el pueblo en ese entonces todavía no habían fundado la biblioteca, así que dependía de eso, nada más. Y tarde a la noche, cuando Elvio ya dormía y yo seguía leyendo una y otra vez la misma novela y llorando siempre en las mismas partes, apagaba el velador y me quedaba pensando que la vida era como uno de esos juegos de unir los puntos que viene al final del diario, uno de esos que cuando los unís bien aparece un dibujo, pero que yo ya iba bastante avanzada y que en las líneas cruzadas que empezaban a verse todavía no podía adivinar qué figura se estaba formando. Entonces me preguntaba ¿habré hecho bien? Me daba miedo haberme saltado algún punto, o que al final no hubiera ningún dibujo, sino solamente un manchón, un rayoneo puro, como el que hacen los chicos cuando todavía ni saben agarrar el lápiz. Ahí, en lo oscuro, pensaba esas cosas y me agarraba la panza y trataba de adivinar la forma que había ido tomando mi vida y me decía a mí misma: ¿Qué hago acá? ¿Cómo me transformé en esto? ¿Esta es la parte necesaria para que después venga alguien y me rescate?

Pero enseguida me obligaba a sacarme esas ideas de la cabeza porque pensaba que se le iban a contagiar al bebé que tenía adentro, y después, durante mucho tiempo, hasta que Enriquito fue grande, me la pasé controlándolo, mirándolo cuando él no se daba cuenta, siempre a la espera del menor indicio que mostrara que no era un chico normal, de que por mi culpa, por los pensamientos a los que me había entregado durante el embarazo, Enriquito me hubiera salido traumado. Pero al final Enrique terminó siendo un excelente hombre, alegre como el padre, buen hijo, buen esposo. Y cada vez que pienso en eso, en cómo hizo para salir tan bueno, no dejo de asombrarme.

Después, ahí nomás, llegaron Alberto y al final Martha y estuve ocupada y ya no tenía ni tiempo de pensar en el pueblo, en libros, en las historias que Elvio me había contado por carta.

A veces me pregunto, ¿por qué me quedé tanto tiempo en ese pueblo? ¿Por qué no me fui antes? ¿Por qué no le dije a Elvio que nos fuéramos? Pero Elvio amaba Cabrera, sus muertos estaban allá, sus historias.

¿A dónde vamos a ir?, decía. ¿Dónde vamos a estar mejor que acá?, decía y señalaba alrededor y alrededor yo sólo veía casitas bajas y grises, arbolitos de morondanga, los cables de la luz balanceándose en el viento, y puro campo, el campo casi metiéndose hasta el patio de mi casa, el pueblo en medio del descampado, el pueblo deshilachándose en el campo y el descampado siempre ahí, amenazando.

¿Qué veía Elvio en el pueblo que yo no podía ver? ¿Qué cosas sabía él que yo no alcanzaba a conocer?

Fui al médico, un especialista, un médico importante, de Córdoba, porque Elvio me dijo: vos estás mal, no podés seguir así, todo el día encerrada, tirada en la cama. Fui al médico y el médico me dio unas pastillas y me sugirió que tratara de concentrarme en las cosas lindas.

TA198_interiores_IMPRENTA-74

¿Qué te dijo?, me preguntó Elvio cuando volvíamos.

Que me concentre en las cosas lindas.

¡Y tiene razón!, saltó él y se golpeó la frente, como diciendo por qué no me di cuenta antes. Tiene razón, dijo Elvio. Vos siempre te fijás en las cosas feas, ese es el problema.

Era verdad, mi mente se encerraba sobre sí misma y sólo pensaba en el viento y la inmensidad que nos embrutecía, en cómo de pura aburrida la gente se arruinaba la vida, en cómo todos estábamos como perdidos, ahí, en la inmensidad de la pampa.

¡Ah! ¡Qué maravilla! ¡Qué bueno consejo! Concentrarse en cosas lindas, dijo Elvio entonces, mientras manejaba. ¡Yo te voy a mostrar todas las cosas lindas que tenemos! ¡Yo te voy a mostrar!, dijo y a partir de entonces, a la tardecita, siempre me cargaba en el auto y me sacaba a dar una vuelta. Él de paso controlaba que los de barrido y limpieza hubieran cortado bien el césped en el boulevard, que las cunetas estuvieran limpias, que no hubiera ningún foquito quemado y frenaba para anotar en una libretita lo que al día siguiente tenía que acordarse de comentar en la Municipalidad. Mientras tanto, me iba señalando cosas lindas por las calles de Cabrera.

Cosas lindas, cosas lindas, murmuraba Elvio mientras manejaba. En ese entonces ya teníamos un Taunus último modelo, color azul brillante, con asientos de cuero y aire acondicionado, de los primeros con aire, porque Elvio lo había querido comprar full full. Cosas lindas, cosas lindas, murmuraba y parecía estar rodeado de cosas hermosas y no saber cuál elegir primero, con cuál lograría entusiasmarme más. Entonces me señalaba a los adolescentes noviando de la mano por la calle principal, frente al Club y la Cooperativa, y decía ¡qué puede haber más lindo que eso! O me mostraba los teros que habían anidado en el jardín de la iglesia y que el padre Porto alimentaba con trocitos de carne cruda, cortada a cuchillo, muy chiquita. ¡Mirá!, decía, mirá, ¿no son una belleza? ¿No te ponen contenta de sólo verlos? O me llevaba a ver la feria de ciencias de los chicos en la escuela, o el surgente que habían inaugurado para sacar agua fresca y llenar el tanque, y una vez hasta me hizo subir al campanario de la iglesia, para que conociera a un búho grande como un pollo y muy blanco, de cara chata, que nadie sabía de dónde venía, pero que tenía allí su nido. Yo miré un rato el búho y después me quedé mirando el pueblo desde arriba, tan chiquito, terminando enseguida, tres o cuatro manzanas más allá, perdiéndose en el pasto y el yuyerío, en los potreros, en las cosechas.

TA198_interiores_IMPRENTA-77Cosas lindas, cosas lindas, decía Elvio y en primavera me señalaba las grandes magnolias florecidas en el centro de la plaza y me contaba cómo a todos esos árboles los había plantado su bisabuelo.

Apenas llegaron esto no era nada, decía. ¿Entendés? ¡Esto no era nada! Se encontraron con planicie, pura planicie. Entonces clavaron cuatro mojones y dijeron “esta va a ser la plaza” y a partir de ahí, arrancaron. Cavaron un pozo para el agua y plantaron sauces alrededor de la plaza, porque los sauces crecen rápido y necesitaban árboles para que el pueblo se distinguiera de lejos y la gente que quisiera venir para acá pudiera ubicarse, supiera para dónde rumbear. El problema es que los sauces son madera mala y no habían pasado ni diez años cuando empezaron a apolillarse y a morirse en pie, hasta que se terminaron de caer a pedazos. Los sauces no duran lo que dura un pueblo, ese había sido el problema, y decidieron plantar cipreses altos y finitos, todos en escuadra, alrededor de la plaza. A los dos años pasó un tornado y los arrancó de cuajo. Después iban a plantar eucaliptus, igual que en el camino del basural, pero por ese entonces se había instalado acá un viejito húngaro, que decía que había sido jardinero antes de la guerra y se empeñó en que no pusieran eucaliptus: mala hora plantar eucaliptus, decía, porque el eucaliptus crece grande y basta un poquito de viento para que se venga abajo y con las ramas aplaste a alguien. Y lo bien que hizo en oponerse, decía Elvio, porque es cierto, mirá sino el eucaliptus que el viento tiró abajo el año pasado en el cementerio: nos derrumbó tres panteones enteros. El viejito ese, el húngaro, fue el que les insistió para que plantaran magnolias.

Son lentas pero bien lo valen, les dijo, y le hicieron caso y plantaron magnolias. Y mirá ahora, mirá los árboles enormes y bonitos que tenemos.

Era verdad, las magnolias de Cabrera eran hermosas, sobre todo cuando florecían y su olor se desparramaba por las calles y una no podía darse cuenta de qué manera lo lograban, entre tanto viento y tierra, pero se olían en todo el pueblo. Elvio lo sabía, sabía que eran mi debilidad y por eso cuando yo empezaba a quejarme me llevaba a la plaza y me hacía sentar en un banco, debajo de las magnolias. Él se sentaba a mi lado y me agarraba de la mano y con toda la paciencia del mundo respiraba hondo e iba soltando el aire lento, muy lento, como si quisiera que el olor de las magnolias se le impregnara por dentro.

Así, así, decía. Respirá conmigo, decía y me enseñaba cómo hacerlo.

TA198_interiores_IMPRENTA-80A veces yo iba sola, a la hora de la siesta, cuando por allí no había nadie, y me encontraba con que debajo de la magnolia dormían los perros guachos del pueblo, perros de esos medio cruza con galgos, con garrapatas y el pelo lleno de ronchas, siempre cansados de perseguir ovejas, o de robar comida en los tachos de basura o de escaparse de los chicos que les tiraban con la gomera. Me sentaba en el banco, debajo de la magnolia, y me quedaba mirando cómo se les pasaba la vida y pensaba me llevo uno, lo esquilo, lo baño, se lo regalo a los chicos, entre todos lo cuidamos. Alberto debe haber tenido tres o cuatro años, y era terrible, travieso, no se le podía quitar los ojos de encima. Marthita ya gateaba y yo pensaba, les llevo un perro y los hago felices. Debajo de la magnolia inmensa no crecía el pasto y me los quedaba mirando, nomás, dormir sobre el guadal fresco. Me quedaba mirando los perros y pensando mis cosas, sin poder decidir cuál llevarme, si eran todos igual de viejos, de sucios, de lagañosos y mañeros, sin encontrar la fuerza para agarrar al perro y convencerlo de que me siguiera. Entonces me iba y no me llevaba ninguno.

Después venía Elvio y me decía:

Te han visto otra vez sola en la plaza. ¿Qué tal la magnolia? ¿Estaba linda la magnolia?

Y yo le decía que sí, que estaba hermosa.

Había tardes en que me subía al auto y le preguntaba, ¿qué hacemos, acá, Elvio, por qué no nos vamos?

Entonces él movía la cabeza y no decía palabra. Agarraba el camino de los paraísos y me llevaba para la zona del bajo, donde no se sembraba maní ni sorgo porque era pura cañada y no crecía nada y no se podía cosechar. Ahí había sólo pasto rastrero y duro entre los lamparones de sal. Para ese lado íbamos y Elvio dejaba el auto en la banquina y me ayudaba a cruzar el alambrado y se ponía a caminar por ahí, derecho por el medio del campo, con el viento en la cara.

Vení, sentí lo que es esto, Ada, sentí, me decía y abría los brazos y la campera le flameaba.

Yo lo miraba y lo único que veía era todo ese horizonte alrededor, al fondo de la pampa achatada, y los ojos se me ponían estrábicos de tanto mirar el campo vacío, ni un solo punto donde fijar la vista.

¡Sentí! ¡Sentí qué hermosura!, me decía entonces Elvio y yo me reía, pero no dejaba de preguntarme qué era lo que Elvio veía que yo no podía ni siquiera notar.

Me quedaba callada, pero por mis adentros pensaba es viento, qué más va a ser.

Y también pensaba ¿será él que de inocente y bueno se entusiasma con bagatelas? ¿O seré yo que tengo ojos de ciudad, acostumbrados a edificios y antenas, y es por falta de sutileza que no veo?

Hubo épocas largas, meses enteros en que me olvidaba que Elvio era Elvio y me enredaba en un mundo donde estaba siempre enojada y refunfuñando, quejándome, retando a los chicos, malhumorada y triste, porque me había convertido en la esposa del intendente, en una mujer condenada a vivir en un pueblo con el que mi marido mantenía un romance que yo no entendía, en una mujer cuyo sufrimiento se agravaba cada vez más: todo empeoraba porque era necesario que así fuera, sólo de ese modo el rescate que me esperaba sería todavía más grandioso. Y, después, sin saber por qué, mientras servía fideos en los platos o mientras ayudaba a los chicos con los deberes, me despertaba de pronto y el cristal negro que hasta entonces me había cubierto los ojos desaparecía y entonces lo veía de nuevo a Elvio, sentado del otro lado de la mesa, ayudándole a Marthita a enroscar los tallarines en el tenedor, mi Elvio, el Elvio bueno, alegre, que me había escrito todas aquellas cartas, el Elvio bienintencionado, que velaba por todas y cada una de las almas de Cabrera, fueran del partido que fueran, el Elvio cariñoso, el Elvio que me amaba y no entendía cómo me había podido olvidar durante tanto tiempo de que estaba enamorada de él.

Elvio se daba cuenta de esas cosas y me tenía paciencia y ni bien notaba que la nube negra se había despejado y yo lo volvía a mirar como lo miraba antes, levantaba los ojos y me sonreía, y apenas moviendo los labios, me susurraba todo va a estar bien, Ada, todo va a estar bien.

Entonces, por unos días, yo volvía a estar tranquila y veía el pueblo con buenos ojos, y las cosas ya no me entristecían tanto como antes.

TA198_interiores_IMPRENTA-83Cuando los chicos se hicieron grandes, Elvio se los empezó a llevar al campo, para mostrarles, para enseñarles cómo había sido la tierra donde se levantaba Cabrera antes de que ahí hubiera un pueblo.

¡Antes no había nada!, les explicaba todavía maravillado por la idea, y se los llevaba al campo y a la tarde volvían los cuatro cansados, corriendo, con la tierra pegada al cuerpo y ese olor a dulce y sobado que tiene la transpiración de los chicos en invierno.

Mamá, ¡vimos una perdiz!, ¡vimos un zorrino aplastado!, ¡vimos una víbora y papá la agarró con la mano pero yo no quise tocarla!, ¡vimos un nido de urraca y los huevos eran azules!, mis hijos me contaban.

A mí me hacía feliz verlos contentos y pensaba: es por ellos que todavía tenemos que quedarnos un poco más, está bien que se críen acá. Andaban sueltos por la calle, iban y venían, no tenían que estar encerrados.

Y yo pensaba: cuando crezcan se van a querer ir.

Con lo que sobró de la venta de la casa de Almagro, cuando papá murió, les pagué un viaje a Europa, a los tres, para que salieran un poco, para que vieran el mundo y se tentaran. Fueron y volvieron y dijeron que todo había sido muy lindo, pero que ellos se quedaban en Cabrera. Es como dicen: la sangre no es agua. Primero se casó Enrique, después Alberto. Cuando se casó Martha, Elvio ya estaba por su tercer intendencia y me dijo, Ada, es la niña de mis ojos, hacemos fiesta, tiramos la casa por la ventana. Nos mandó a las dos a Córdoba quince días a que nos midiéramos vestidos y al final Marthita eligió uno bonito pero no deslumbrante, sencillo, como ella, y yo no pude comprarme el fucsia que había visto, porque qué hubieran dicho las mujeres si la madrina entraba más impactante que la novia misma, así que me compré también un vestido sencillo, de manguita corta, color manteca, con canutillos bordados. Elvio me vio y dijo que estaba hermosa. Y ¡qué fiesta! Elvio sí que sabía divertirse. Contrató la mejor orquesta y él mismo colgó los banderines bien pegados unos a otros, para que cubrieran el techo del salón. Línea tras línea de banderines de todos colores, que flameaban y se alborotaban cuando en el vals Elvio hacía girar a Marthita, la vuelta cada vez más grande, más grande, hasta que parecía que no iban a parar más.

Y así ellos también se fueron quedando. Los tres tuvieron hijos y de tanto en tanto reclaman lo poco que los visito, lo descuidados que tengo a mis nietos. Ellos son como Elvio, están bajo un hechizo que yo no entiendo.

Elvio murió de un paro cardíaco una noche, durmiendo a mi lado. Murió tranquilo, ni él ni yo nos dimos cuenta. Lo velaron en la Municipalidad, con presencia de todas las autoridades del pueblo y las fuerzas vivas, la banda, los chicos de la escuela, esas cosas de las que ni quiero acordarme. Lo enterramos en el panteón de su familia, cerca de aquellos que el eucaliptus había derrumbado. En ese mismo panteón también hay un lugar para mí, porque Elvio era organizado para todo y hasta eso había planeado.

TA198_interiores_IMPRENTA-86Después que él faltó, ya no duré mucho en Cabrera. Volví a la capital, me alquilé un departamento amplio, en Barrio Norte, con un ventanal que da a la calle y un dormitorio extra, que nunca usa nadie, porque a mis hijos la ciudad no les gusta. Yo, en cambio, la disfruto cada día más. Voy sola al cine a la hora de la siesta, miro vidrieras, me compro un libro y tardo horas en elegirlo y después busco un bar lindo y me siento a leerlo muy despacio, para que me dure. Ya no compro novelas; hay una edad en que las historias inventadas dejan de interesar. Ahora sólo me llaman la atención los libros de historia, las memorias de los grandes hombres que ayudan a entender el mundo, que explican cómo fueron, cómo son las cosas. Los leo y de tanto en tanto subrayo una frase y pienso: qué interesante, con la edad que tengo y nunca antes me había dado cuenta de algo como esto.

A veces, muy de tanto en tanto, me junto a tomar el té con alguna amiga de las de antes, mis amigas de la secundaria, las del barrio, pero ya no tenemos nada que decirnos. Los dibujos que formaron los puntitos que unimos a lo largo de nuestras vidas son tan distintos entre sí que la única manera de mantener una conversación es ignorarlos, hacer de cuenta que esos dibujos no existen y que todavía tenemos quince años y vivimos en el tiempo de antes. Entonces sólo terminamos hablando de algo que vimos en la televisión, o de los descuentos en el shopping, o de enfermedades, o del calor.

¿Y mi dibujo?, me pregunto yo. Hay días en que creo que mi dibujo es raro, desequilibrado. Hay días en que en las líneas de mi dibujo adivino la cara de Elvio. Y hay días en que sólo veo las calles rectas del pueblo, igual a como las vi desde arriba del campanario, las calles perdiéndose en la hoja en blanco, esfumándose.

Pero a veces, algunas tardes, pienso que a mi dibujo todavía le falta un trazo dominante, una raya gruesa que venga ahora y que organice toda la composición, la equilibre y revele el verdadero sentido de todas estas líneas.

En esas cosas pienso mientras miro la ciudad desde la ventana: los ómnibus, los taxis, la gente que pasea o va apurada, las hojas de los plátanos, el verdulero que espera clientes, los balcones del otro lado de la calle, los postes llenos de cables, las ramas.


Autores
(Córdoba, Argentina, 1977), escritor y comunicólogo. Autor de los libros 222 patios y 00.
Ilustración: Juanjo Güitrón

Los programas de fomento a la lectura han demostrado ser ineficaces y, en algunos casos, contraproducentes. En este ensayo Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) discurre sobre las complicaciones de la vida lectora, prácticamente inexistente en un tiempo lleno de distracciones y juicios carentes de valor.

Los discursos moralistas están en franco repliegue. La admonición, el sermoneo, la prédica aleccionadora, declinan bajo la flexibilidad de las costumbres y la ampliación de criterios tan propios de la sociedad contemporánea. Junto con la moralina retrocede, se diría que por necesidad, su aliada inseparable, su virtual hermana siamesa: la hipocresía total. Porque una regla frecuente, y de tan frecuente casi infaltable, ha sido que por detrás de los parloteos rígidos y estrictos se ocultan los procederes más abyectos y retorcidos. O al menos, en todo caso, esta simple verificación: que entre aquellos más proclives a sentenciar reglas sobre lo que debe hacerse, escasea el cumplimiento de esas mismas reglas que imparten.

Curiosamente es la lectura, un hábito tan restringido, un asunto en torno del cual los discursos del moralismo perduran. Se oye por todas partes, a cada momento, sobre lo bueno que es leer y lo preocupante que es que se lea tan poco. En la televisión, en las conversaciones de oficina, en las reuniones de padres en los colegios, en las mesas redondas de las ferias del libro aflora ese machacar: el lamento porque “los chicos no leen”, el consejo de que lean, las promesas fehacientes sobre los beneficios que la lectura por sí misma deparará a los jóvenes (la inteligencia, el conocimiento, el florecimiento de la imaginación, la erradicación de los errores de ortografía).

Aclaro que mi opinión personal es en general favorable a la lectura (aunque entrando en particularidades, podría llegar a vacilar). Desconfío, sin embargo, de los apostrofamientos al uso, de todo lo que se enuncie con tonalidades de púlpito (haciendo brillar virtudes y tronar escarmientos). Por eso acabo de citar así: “los chicos no leen, los chicos no leen”, apuntando a la manera en que los desvelos por este tema tienden a encuadrarlo como un problema de adolescentes, de hijos o de alumnos: un flagelo juvenil. No obstante, si se piensa que el problema es que “los chicos no leen”, no es sino para favorecer la impresión de que los adultos sí, que los padres y los profesores sí lo hacen.

Las reuniones de padres en los colegios son una ocasión privilegiada para el despliegue de esta clase de puesta en escena: acuden preocupados, pesarosos, mortificados, a compartir con el profesor o la profesora de literatura de sus hijos esa carencia moral que según parece los perturba y les quita sueño: que los chicos no leen. Los profesores en esos casos acostumbran a prescindir, por prudencia o por desinterés, de esta simple averiguación: si acaso estos padres, por lo demás tan acongojados, leen más de lo que leen sus hijos; o si leen, en tanto que ellos no; y si lo hacen, qué es lo que leen; o si serían capaces, llegado el caso, de mencionar al menos cinco escritores que no estén muertos, incluso si no los han leído, o cinco títulos de sus libros, aunque sea solamente de oídas (y esto sin querer ponerse a indagar, lo que sería también importante, qué tipo de lector es el docente: si es un lector en actividad, lector en presente, que apenas termine este desfile de padres volverá con gusto al libro que lleva en este mismo momento consigo; o si es en cambio un lector ya concluido en el pasado, dotado de las lecturas que adquirió durante su formación y aplicado, de ahí en más, a administrar y dispensar ese stock fijo y cada vez más remoto).

Rara vez se plantea esta cuestión, la del déficit de lecturas en la sociedad actual, sin enumerar cuáles son los enemigos a conjurar. A la lista estable de otrora, compuesta por la televisión, el flipper y el teléfono en el propio cuarto, se agregaron posteriormente la computadora, la PlayStation y el celular. Pero es raro que en este catálogo de los enemigos de la bibliofobia aparezca eso que es, a mi entender, el principal obstáculo, el opositor cabal cuando se trata de que “los chicos lean”: los padres.

Los padres dicen infatigablemente que quieren que sus hijos lean, cuando saben que tal cosa no va a suceder. Descuentan esa imposibilidad y entonces, al amparo de esta garantía subyacente, peroran. Pero si por ventura ese hijo se convirtiera en un verdadero lector, lector de pasión y constancia, de voracidad y esmero, sus padres no harían otra cosa que consternarse. Entonces sí se preocuparían de verdad. Y se abocarían sin duda, con la presteza del caso, a disuadir a su retoño, a boicotear el flamante hábito, a enderezar eso que les parecerá un desvío fatal hacia la soledad, el aislamiento y la rareza. “¡Basta de leer!”, exclamarán muy pronto, tratando de normalizar la conducta del hijo antes de tener que recurrir a un psicólogo. Ante el caso de un hijo lector (demasiado lector, digamos), son muchos los padres que menean, adustos, la cabeza, y reclaman la presencia de todo eso que en el fondo consideran que es la verdadera vida: las salidas, los amigos, el deporte, el aire libre, la diversión.

Hace mucho tiempo, cuando contaba entre mis trabajos el de profesor de literatura en colegios secundarios, propuse el siguiente ejercicio a mis estudiantes de cuarto año: que el sábado por la tarde, después de comer en sus casas, se tiraran en la cama y se pusieran a leer un libro (o que fingieran hacerlo, si leerlo de verdad no podían); que se mostraran gozosamente dispuestos a pasarse así la tarde entera y aun las tardes subsiguientes, y que probaran establecer cuánto tiempo transcurría antes de que a la puerta de su habitación se asomaran mamá o papá, a preguntarles, no sin angustia, si les pasaba algo, si estaban mal, si había algo que quisieran contar, si precisaban ayuda.

Los lectores sabemos bien que la vida no está hecha para permitirnos leer. Más aún, cabe decir que está hecha para impedirlo. Siempre aparece otra cosa que hacer, siempre surge una ocupación más urgente, siempre hay una prioridad que se interpone; nunca faltan, en el día a día, motivos de distracción, arteras interrupciones, personas que nos hablan, incordios garantizados. Tal vez les toque ser a los padres los primeros educadores —según se dice—, prepararnos desde la infancia para eso, ofrecernos los escollos iniciales, habituarnos prontamente a la obstrucción. Qué leer y cómo leer son los nudos sustanciales de la formación de un lector en el marco educativo, pero yo no descartaría otros dos aspectos más pedestres y concretos: el de cuándo y el de dónde. Porque lo que muy a menudo complica la vida del lector cabal es la falta de lugares y momentos que lo pongan a salvo de las tantas interferencias del mundo, que lo blinden contra el acecho de las infinitas desconcentraciones, que le aseguren el derecho elemental (pero tantas veces violado) de poder quedarse solo, de estar callado, el derecho al retraimiento vital para cualquier lector.

Se supone que nos apasiona leer, y que el caso de los que no leen nos importa. Admitamos antes que nada que no conocemos ninguna fórmula comprobada que nos permita certeramente contagiar una pasión (si la hubiera, y si la supiéramos, los amores no correspondidos no existirían; y lo cierto es que no solamente existen, sino que es lo que nos toca en suerte a cada rato). No obstante, la hipocresía del que declara una pasión que en verdad no siente, la hipocresía de las puras frases a las que ninguna práctica efectiva respalda, es indefectiblemente detectada (sobre todo por los estudiantes, que notan siempre cuando el profesor que les habla está mintiendo).

A cambio, cuando se trata de una pasión genuina, es raro que no se la perciba, y es raro que no se la considere. El lector pleno, el lector feliz, el lector fluido que sabe darle cabida a su placer, suscita cuanto menos intriga: suscita curiosidad. El goce real del verdadero lector provocará, si no una imitación mecánica, al menos una atención expectante, quizá cierta sugestión. Pero el verdadero lector es justamente el que puede prescindir por completo de sermones y moralinas. Hace lo que le parece bien, hace lo que le resulta bien; no precisa alzar la voz, ni levantar el dedo.

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Autores
(Buenos Aires, 1967) es autor de una decena de libros, entre los que destacan Ciencias morales (Premio Herralde de Novela 2007) y Bahía Blanca.
Ilustración: Diego Molina

En este ensayo, Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) reflexiona sobre las prótesis y otros modos de intervenir y transformar los cuerpos.

Ya no hay prostitutas en Buenos Aires. Ya no hay o ya no se ven. De la vasta legión que hace veinticinco años patrullaba parques, calles oscuras y alrededores de hoteles, sólo persiste un puñado de sobrevivientes que languidecen en dos o tres bares del centro, abrumadas por la certeza de vender una mercancía —la mujer pública— que tiene cada vez menos mercado. La extinción, de todos modos, no ha sido natural. Mientras las putas tradicionales desertaban del espacio público del que siempre fueron, a la vez, un emblema de escarnio y un objeto de fruición, otra comunidad de cuerpos tomaba su lugar, si en rigor no las expulsaba: la comunidad travesti. Las putas, cuerpo público por excelencia, se autoconfinaron en departamentos particulares, se privatizaron y buscaron asilo en una forma de institucionalidad —el burdel— que, adaptada a la flexibilidad contemporánea, les prometía la seguridad y el amparo que la calle les negaba.

Ganaron respetabilidad y hasta belleza (como esos autos que se mantienen jóvenes porque no duermen en la calle sino en parkings techados), pero perdieron la visibilidad que durante una larga temporada les dio su prestigio acanallado y bohemio. Para visibles, los cuerpos de los travestis: espectaculares, archifemeninos, estereotipados hasta decir basta. Donde antes estaban los cuerpos traumatizados de las putas —atractivos o no, pero siempre atravesados por el imaginario del sufrimiento—, ahora gobierna el aura lumpen, desafiante, de una comunidad que se presenta con orgullo como el brazo armado de la teoría queer. A diferencia de los de las putas, siempre vacilantes entre la zona de sombra donde se disimulaban y el súbito resplandor nocturno que las revelaba para el deseo, son cuerpos hechos para la visiblidad, concebidos y fabricados para ser vistos, notados, recortados. De ahí todas las plusvalías que los marcan, “anomalías“ que, lejos de disimular, exhiben con jactancia, como si lo que ofrecieran fuera eso —un plus, un suplemento aberrante— y no el todo al que se integrarían, que embellecerían y casi seguro encarecerían. Plus: no sólo el genital sino también, y sobre todo, los cargamentos de colágeno, las siliconas, los implantes, todos los extras que los convierten en cuerpos superlativos porque son imposibles de evitar para la mirada.

¿Se trata de una excepción? ¿La vieja ley del deseo podría explicarla? No estoy seguro. Puede que la presencia ostensible y cada vez más masiva de esos suplementos sea la norma contemporánea del modo de aparecer del cuerpo en la arena pública. Aun lejos del mundo tenebroso del sexo callejero, los adictos a la telefonía celular, al iPod, al MP3, a los auriculares —es decir: prácticamente todos nosotros—, no lucen mucho más naturales o autónomos —autosuficientes— que los travestis que se agregan carne en los talones para incrementar sus estaturas y tarifas (o, si me apuran, que los adalides de la salud que sacan a pasear todos los días sus cócteles de anabólicos). Ya no hay cuerpos unplugged: todo cuerpo que camina por la ciudad es un cuerpo cableado, enchufado, conectado con algún dispositivo técnico. Como los travestis, el ciudadano à la page en asuntos de tecnología ya no exhibe su cuerpo sino la aleación que funde su cuerpo con alguna clase de prótesis.

Curioso: el momento de auge del cuerpo solo (“hablar solo”: un cable y un micrófono casi invisibles bastaron para “normalizar” y hasta conferir cierto glamour a esos soliloquios callejeros que un par de décadas atrás eran considerados síntoma inequívoco de trastorno psiquiátrico) coincide con el momento de máxima intervención de prótesis en el organismo humano. Antes —señal de déficit— las prótesis tendían a disimularse: la ortopedia diseñaba sus piezas siguiendo lo más fielmente posible el diseño del miembro natural, y los anteojos eran reemplazados por lentes de contacto invisibles. El cuerpo público contemporáneo lo invierte: los anteojos son más bellos que los ojos a los que sirven, la ortodoncia incrusta sus aparatos correctivos con piedras preciosas y la ortopedia se desenfrena en modelos que le deben poco a la anatomía y todo a la herrería artística, el bauhaus o la ciencia-ficción. (Manco de nacimiento por talídome, el escritor mexicano Mario Bellatin viene llevando adelante una obra singular: arroja periódicamente sus distintas prótesis —diseñadas todas por artistas plásticos— en distintos ríos del mundo).

Y hay también otra tribu de cuerpos públicos nuevos, mutantes, a su modo espectaculares, que la crisis argentina del 2001- 2002 parió de manera brutal e incorporó de manera fulminante al espacio público: la comunidad cartonera. Difícil hablar del “cuerpo cartonero” en sí, que no existe separado de la unidad que forma con los carros (a veces robados de supermercados) en los que todos los días, con la caída del sol, transportan los cartones que recogen de la calle y que venderán en los centros de reciclaje para sobrevivir. La imagen —monumento o ruina del capitalismo periférico— es impresionante: cuerpos literalmente fundidos con los desechos que con suerte les darán de comer y con el vehículo que los acarrea, cuerpos que interfieren el ritmo del tráfico urbano con un biorritmo propio —lentitud, pies arrastrados, espalda encorvada— que es también el de sus medios de transporte. Tracción a sangre… humana.

El cuerpo de los cartoneros —la unidad cuerpo-carro-desechos— hace escandalosamente visible otra marca fuerte de los cuerpos públicos del presente: la animalidad. El cuerpo es cuerpo de carga, cuerpo-carga anacrónico que entorpece el “buen” flujo de circulación y a la vez despunta en las calles como una criatura espectral, suerte de mensajero-fantasma vuelto a la ciudad para evocar la catástrofe que todos se encarnizan en olvidar. (A diferencia de los excluidos criminalizados, los cartoneros, “integrados” al mundo del trabajo vía el reciclado de cartón, encarnan de algún modo la forma “decente” y pacífica de la exclusión y, acaso, de la protesta. Como los mendigos, más numerosos que nunca y a veces más inspirados. Desde hace meses veo a uno en mi cuadra. Vive en la vereda, duerme en un colchón de plaza y media que despliega contra la pared de una casa deshabitada y que a la mañana siguiente enrolla y guarda entre las ramas de un árbol, junto con su ropa. Usa el bajoventana de la casa para acomodar sus efectos personales (toalla, vasos, botellas, jabón, periódicos). Todos los días se aposta en la esquina y baila y vocifera de manera intermitente la música que escucha de un pequeño reproductor MP3 —¡ciberdependiente también él, que no tiene nada!— y que lo hace bailar como un dandy poseído. Como Diógenes, no tiene pudor pero tampoco agresividad: su obscenidad es su arte y su política de soberanía).

Y hay por fin otra cara de la prótesis animal que el espacio público vuelve cada vez más visible: es la mutación que viene sufriendo en los últimos tiempos la relación entre los humanos y los así llamados “animales domésticos”. Se ha dicho siempre que la domesticación del animal es correlativa de su “humanización”. Lo que no era tan evidente es hasta qué punto los humanos, para humanizar a los animales, deben “simpatizar” y reconocerse en ellos, animalizarse, ellos, a su vez. Un episodio de Seinfeld imaginaba a una delegación extraterrestre pisando la tierra por primera vez y topándose con la escena —hoy cada vez más común— de un amo agachándose a recoger la humeante deposición de la mascota que (lo) sujeta de una correa. ¿Cuál es la especie superior y cuál la inferior?, se preguntaban los diplomáticos marcianos. La pregunta, en términos más locales, sería: ¿cuál es la prótesis y cuál el organismo original? ¿Quién es el animal y quién el humano?

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Autores
(Buenos Aires, 1959) es escritor y ensayista. Entre sus libros de no ficción figuran El factor Borges, La vidadescalzo y Temas lentos. Su primera novela, El pudor del pornógrafo (1985), acaba de reeditarse en Anagrama. En 2003 obtuvo el Premio Herralde de Novela por El pasado.
Imagen: cortesía Wikipedia.

La fama de su novena sinfonía (conocida como Del nuevo mundo) oscureció la recepción de los trabajos sinfónicos previos de Antonín Dvořák. Desde 1930, cuando surgieron los primeros análisis de las obras de este compositor, la atención dedicada a la novena sinfonía ha sido apabullante en comparación con las demás. Esto se debe a que durante mucho tiempo Dvořák no fue considerado un compositor importante fuera de la antigua Checoslovaquia. Sin embargo, en las décadas de 1930 y 1940 se hicieron grabaciones de algunas de las obras que lo consolidarían como uno de los grandes compositores del siglo XIX (i.e., sus Danzas Eslavas, su Cuarteto Americano y su Concierto para chelo grabado en 1937 por Pablo Casals y dirigido por George Szell).

En otros formatos, la historia de las obras de Dvořák fue diferente; desde que en 1878 estrenara su cantata Los herederos de las blancas montañas obtuvo un gran reconocimiento local. Poco después, la editorial Simrock (en Berlín) publicó esta obra, así como los Dúos moravos y las Danzas eslavas gracias a la recomendación de Brahms, lo que le dio reconocimiento internacional a este compositor checo. El estreno de su Stabat Mater en 1880 fue todo un éxito en Praga, así como el de su Novena sinfonía en Nueva York en 1893.

Fue después de su muerte que la obra de Dvořák comenzó a ser menos conocida y estudiada. De hecho, durante algunas décadas del siglo XX se le consideró un compositor folclórico con algunas obras populares, pero nada más.

Dvořák comenzó a trabajar en su sexta sinfonía en agosto de 1880 y terminó de escribirla en octubre de ese mismo año. En noviembre de 1879, Hans Richter (entonces director de la Orquesta Filarmónica de Viena) programó la Rapsodia eslava No. 3 de Dvořák en uno de los conciertos en esa ciudad. Richter había sido el director del primer festival de Bayreuth, el director principal en la Ópera de la Corte de Viena y después de la Filarmónica de Viena; era una de las mayores celebridades del mundo de la música europea. La noche del estreno, Brahms y Dvořák escucharon la música sentados en la banca del órgano. Al final de la presentación, Richter llamó al compositor al frente, lo abrazo y éste no podía creer la ovación del público. Al día siguiente el director organizó una cena en honor de Dvořák y lo comprometió a componer una sinfonía para la programación del año siguiente de la Filarmónica de Viena. En noviembre de 1880 Dvořák le entregó la partitura a Richter (a quien le dedicó la obra). Richter había elegido tocar esa sinfonía, las Canciones gitanas y una nueva versión del Concierto para violín de Dvořák ese año. El director de orquesta no tenía empacho en mostrar su admiración por el trabajo del checoslovaco, lo que no pasó inadvertido entre otros músicos y agentes de la cultura.

Richter había anunciado que la sinfonía se estrenaría para finales de diciembre de ese año, pero poco antes de la fecha alegó que la orquesta tenía un exceso de trabajo y que era mejor posponer el estreno para marzo. Sin embargo, una vez que la fecha se aproximaba, Richter volvió a posponer el estreno arguyendo que estaba por nacer su hijo, que otros dos de sus hijos estaban enfermos y que su madre acababa de morir. Dvořák se mostró comprensivo, pero también tuvo la intuición suficiente para no insistir, pues sospechaba que había otras razones de fondo y era cierto: los sentimientos antichecoslovacos de los alemanes y austríacos habían aflorado lo suficiente como para que los músicos de la orquesta se negaran a seguir interpretando obras del compositor checo.

Dvořák decidió conservar la dedicatoria, pero le entregó la partitura a Adolf Čech, director de la Orquesta Filarmónica de Praga y un antiguo compañero de estudios con quien había tocado la viola años atrás en la Sala de Ópera de Praga. Čech estrenó la sinfonía el 25 de marzo de 1881. Con todo, la amistad entre Richter y Dvořák permaneció. De hecho, el éxito de Richter cuando dirigió la sexta sinfonía de Dvořák en Londres en 1882 fue tal que la Sociedad Filarmónica Real invitó a Dvořák a dirigir una serie de conciertos dos años después y le comisionó la que sería su séptima sinfonía.

La sexta sinfonía de Dvořák abre con cornos y un grupo de violas divididas que tocan acordes sincopados en Re mayor. Los alientos, trombones, chelos y contrabajos acompañan estos acordes tocando dos notas del mismo un par de veces, extendiendo la idea del inicio de la obra. Los violines se incorporan, pianissimo, tocando la última nota del acorde cuatro veces transformando la frase en una idea lírica propia. A esto sigue una dinámica inesperada: los segundos violines ejecutan su parte con gran fuerza, lo que crea un contraste y una gran tensión que se resuelve en un regreso grandioso (así lo marca Dvořák) de la melodía del inicio. La apertura es de un gran equilibrio: sencilla, sin aspavientos y con la fuerza necesaria para comprometernos como escuchas en espera del siguiente movimiento.

A diferencia de otras sinfonías de este compositor (e.g. la séptima o la novena), la sexta se mantiene en tonos mayores, en un ambiente de luz que oscila entre la calma y el entusiasmo. Los cambios de tono y de tema son más claros que en otras obras, quizás porque aquí Dvořák le apuesta a la sencillez y la transparencia como un medio genuino de expresión de distintos matices. No es necesario, parece decirnos, que la oscuridad propia de muchas obras románticas sea siempre necesaria para comunicar una gran diversidad de sensaciones.

El siguiente tema está marcado por una melodía que interpretan el chelo y el corno, a la que sigue otra a través del oboe. Esta melodía del oboe, una vez que se ha ejecutado en un sonoro fortissimo, cierra la exposición. (En la partitura se pide que vuelva a tocarse la exposición.) Sin embargo, una vez que la música ha vuelto a este punto, la transición indicada se basa en un pianissimo de todos los instrumentos. Esto sirve de preparación para que vuelva a aparecer el tema de la apertura creando una resonancia inédita en las obras de Dvořák. Normalmente los desarrollos en las obras sinfónicas son mucho más activos que las exposiciones; se procesa en ellos más material, más temas y suele haber más cambios de dinámicas (velocidades e intensidades). Aun cuando el tempo no se altere, la música parece ir más rápido porque estamos acostumbrados a que sea en el desarrollo donde ocurran las sorpresas, donde el autor sostenga y “fundamente” lo expuesto con anterioridad. Sin embargo, Dvořák hace lo contrario. Después de la riqueza de matices en la exposición, el desarrollo se siente lento, como una transición acaso interesante. En el desarrollo las armonías cambian muy poco (se mantienen durante diecinueve compases en Sol, la última nota baja del tema inicial del desarrollo) y la dinámica predominante es pianissimo (con la indicación del propio Dvořák de “sempre pe molto tranquillo”).

La fuerza lírica del primer tema es interrumpida con un exabrupto sonoro que abre paso a un acompañamiento sul ponticello[1] de los segundos violines y las violas. Esta parte alcanza un punto dramático después del cual viene la recapitulación, con una coda inusual (ligera, amable) para sacudirnos finalmente con otro brusco acorde sonoro. La influencia de Schubert y Brahms está muy presente en esta sinfonía; se trata, sobre todo, de una manera de diálogo y de citar a estos compositores. Por ejemplo, en la apertura del Adagio, escuchamos cuatro compases interpretados por los instrumentos de aliento que son exactamente los mismos que emplea Beethoven, en el lugar correspondiente, en su novena sinfonía. La melodía subsecuente es sutil y creativa, Dvořák logra con ella momentos de gran riqueza, de contemplación y variaciones suficientes para justificar la cita. El aire de este movimiento es onírico; la estructura, delicada; y la coda puede definirse por su sutileza.

Después viene el scherzo con gran fuerza; se trata de una danza bohemia tradicional que se caracteriza por la alteración de compases de dos y tres cuartos. La música que se despliega en este movimiento es bailable y festiva. (Lleva el subtítulo de “furiant”.) El trío es tranquilo y suave generando un nuevo contraste en donde aparece el piccolo en un solo; un momento inédito en una sinfonía de Dvořák.

En el último movimiento hay un guiño al final de la segunda sinfonía de Brahms; la indicación marca pianissimo, pero comparte también el ritmo de marcha. Es un movimiento en el que confluyen varios temas breves, sorprendentes, que confieren el dinamismo propio de un final. La coda está compuesta por una secuencia de dos notas seguidas por una pausa de dos tiempos sucesivamente, lo que resulta en un ritmo casi marcial y con una fuerza ascendente que facilita la contundencia del último acorde.

 


[1] Sul ponticello es una técnica que consiste en tocar muy cerca o sobre el puente del instrumento de cuerda. El sonido que produce es más alto en timbre, con más matices de lo ordinario y con un efecto metálico.


Autores
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.

1. ¿Qué quiere decir interpretar un relato? Muchos han llamado la atención sobre el modo en que Kafka leía en voz alta La metamorfosis: la risa le interrumpía la lectura. Por su parte, en la grabación de algunos fragmentos del Finnegans Wake la voz de Joyce salta de una consonante a otra, con un tono jocoso, medio circense, como si nos advirtiera de que se trata de un relato cómico.

2. En su novela Cicatrices, Saer interpreta —digamos— el relato «Examen de la obra de Herbert Quain» de Borges. En el cuento se describe el proyecto de una novela «regresiva, ramificada», donde se narran simultáneamente todas las alternativas posibles de una historia. Si bien, según creo recordar, la crítica no ha reparado en esta relación, es evidente que Saer se propuso escribir esa ficción potencial. Los capítulos de Cicatrices repiten el nombre de la novela de Quain (April, March) y narran cuatro desarrollos posibles —y simultáneos— de un mismo argumento, con sus variantes y mutaciones.

3. En 62/Modelo para armar, Cortázar utiliza un capítulo de Rayuela como indicio o germen de una ficción posible. La novela se despliega a partir de la noción de figura, una construcción espacial que determina la vida de los personajes. Retoma así, y lleva al límite, el procedimiento formal de algunos de sus mejores cuentos («La noche boca arriba», «Axolotl», «Una flor amarilla», «Todos los fuegos el fuego», «El otro cielo») donde ya intentaba ir más allá de las estructuras lineales de la narración y establecía conexiones espaciales entre distintos episodios y épocas en un relato múltiple.

4. Se puede analizar este procedimiento con una breve definición de la interpretación musical: «Una partitura es simplemente un indicio de música potencial» (R. Vaughan Williams, Some Thoughts on Beethoven’s Choral Symphony with Writings on Other Musical Subjects). Un relato siempre puede ser interpretado, es decir, vuelto a narrar. La realización de esa forma potencial está ligada también a la memoria de otras tradiciones interpretativas. Antes de grabar el movimiento lento del concierto en sol menor de Bach, el pianista Glenn Gould le anticipó a su productor Andrew Kazin: «Voy a tocar con toda suerte de voces interiores y de síncopas, muy en la línea de Wanda Landowska, con un aire al estilo del Modern Jazz Quartet» (cfr. Kevin Bazzana, Vida y arte de Glenn Gould). En una conferencia sobre Hawthorne, en 1949, Borges imaginó en el final del escritor un relato futuro, el núcleo de una historia posible. «Su muerte fue tranquila y fue misteriosa, pues ocurrió en el sueño. Nada nos veda imaginar que murió soñando y hasta podemos inventar la historia que soñaba —la última de una serie infinita— y de qué manera la coronó o la borró la muerte. Algún día, acaso, la escribiré y trataré de rescatar con un cuento aceptable esta deficiente y harta digresiva lección». El cuento anunciado, como sabemos, es «El sur» (1953). Al contarlo utilizó sus viejos temas el bibliotecario —Dahlman antes de morir sueña que muere en un duelo a cuchillo— pero también los usó al aire de otras interpretaciones. El tema es una variación del cuento de Ambrose Bierce «An Occurrence at Owl Creek Bridge», donde el protagonista en el momento de ser ejecutado sueña o alucina que logra liberarse y huye, aunque en realidad ya está muriendo en la horca. Lo mismo pasa en «The Snows of Kilimanjaro» de Hemingway, donde el escritor —en el momento de morir de una gangrena en un safari en África— cree ver el avión que llega a rescatarlo. Borges —a diferencia de esos admirables modelos— deja el final en suspenso, diluye la revelación de la muerte, y su cuento puede interpretarse no sólo como un sueño, sino también como un relato realista en el que efectivamente Dahlman se recupera, sale del hospital, viaja al sur en tren, baja en un pueblo y entra en un almacén de campo donde es desafiado y elige la muerte en un duelo a cuchillo. Las dos interpretaciones están presentes en el mismo cuento y Borges insinúa esas dos alternativas en el argumento inicial: «la coronó o la borró la muerte», dice en la conferencia, y en el cuento mantiene la doble interpretación. («Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por la geografía otoñal y el otro encarcelado en un sanatorio»). Borges narra dos anécdotas que se combinan; hace posible así dos interpretaciones: modula un tema principal con variantes y motivos que se repiten en las dos tramas y cumplen en cada caso una función distinta, a la manera —hablando metafóricamente— de las Variaciones Goldberg. En «La noche boca arriba», Cortázar se propone narrar el mismo tema: un motociclista accidentado en la ciudad sueña en la pesadilla de la fiebre que va a ser sacrificado en una ceremonia ritual en el México prehispánico, pero el final insinúa que es el remoto moteca quien, al morir, sueña una incomprensible situación en la que muere conduciendo un rugiente caballo metálico. En otro nivel Cortázar postula que los dos hombres que mueren, distanciados en el tiempo y en el espacio, son en realidad uno solo (si bien esa posibilidad está apenas insinuada, entre otros detalles, por la condensación de palabras que da nombre a la tribu inventada del moteca).

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5. Recuerdo que hace años en un curso sobre las novelas cortas de Onetti, en Puan, es decir, en la carrera de letras de la UBA, los estudiantes explicaban con entusiasmo las oscuras y siempre intrigantes nouvelles de Onetti. En Una tumba sin nombre, una mujer con un chivo está en la estación Constitución, ¿se trataría del devenir animal? La cara de la desgracia —con la historia de la muchacha muda que es asesinada— ¿no era una sinécdoque del callar ante la ley? Las hipótesis circulaban, siempre brillantes y sorprendentes, pero en lugar de interpretar el relato, los estudiantes sólo lo teorizaban. Un día corté el circuito y les pedí que me resumieran la anécdota de Tan triste como ella. Estupefacción, escándalo. Sí, tenían que leer muy cuidadosamente la historia y hacer un resumen del argumento. ¿Era esa lectura una interpretación? Lo fue, cada uno de los estudiantes debía tomar decisiones en el entrevero de la historia y estaba obligado a definir uno de los sentidos implícitos y aludir los otros posibles. A partir de ahí la discusión podía enriquecerse porque todos eran expertos en el relato, ya que lo habían leído como si tuvieran que reescribirlo. Imaginé que algún estudiante me iba a copiar el relato tal cual —o con imperceptibles variantes— y me lo iba a entregar como su resumen de lectura, pero eso no sucedió.

6. Podríamos plantear el problema de la interpretación de otra manera: ¿Qué quiere decir, después de todo, entender un relato? O en todo caso, ¿qué clase de comprensión está en juego en un relato? Podemos recordar el ejemplo que daba el novelista inglés E. M. Forster en su libro Aspects of the Novel: «El rey murió y luego murió la reina» es un hecho. «El rey murió y luego murió la reina, de tristeza» es un relato. Se preserva la sucesión en el tiempo, pero el sentimiento de causalidad la articula y le da un sentido —la motivación, ¿por qué suceden las cosas?— es la base de la interpretación narrativa. En verdad la cuestión es siempre cómo seguir un relato y, dado el carácter provisorio de toda narración, muchas veces a un relato se le responde con otro relato —que no lo anula pero lo contradice o lo complementa— y esa red de narraciones que se contraponen es una de las líneas centrales de la historia de la cultura. Recordemos, en fin, como señalaba Carlo Ginzburg (en Ojazos de madera) que la palabra latina interpretatio significa traducción. La narración razona con ejemplos —argumenta con argumentos— y siempre se la puede traducir, es decir, volver a narrar, en otro tono, con otro lenguaje.

7. Joyce postula su novela Ulises como una versión de la Odisea; la metempsicosis —palabra que Molly no entiende al comienzo del día— sugiere que el alma del héroe griego ha reencarnado en Bloom, el judío errante que vaga por Dublín. La historia del viajero, del forastero, del astuto Odiseo, el polytropos, el hombre de muchos viajes, que está lejos, siempre en situación precaria, reaparece y es vuelta a narrar e interpretada en distintas épocas, por Dante, Virgilio, Kafka, Canetti, y cada versión interpreta —y traduce— de otro modo el argumento.

8. Lo mismo se puede decir de Don Quijote. Lionel Trilling (en La imaginación liberal) ha señalado que «toda la prosa de ficción es una variación sobre el tema del Quijote». Pero quizá no es la prosa de ficción la que encuentra su fundamento en esa novela sino más bien la interpretación personal de la ficción. Sabemos que el héroe de la primera novela es un lector de novelas, un apasionado de las ficciones heroicas que sale a la realidad y trata de vivir lo que ha leído. Muchas veces encontramos esa figura del lector apasionado y crédulo en la historia del género: Madame Bovary de Flaubert, desde luego, pero también Julien Sorel en Stendhal o Raskólnikov en Dostoievsky, y lo mismo sucede con Silvio Astier en El juguete rabioso de Arlt («Me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca», así empieza la novela y Astier no hace otra cosa que vivir —o intentar vivir— lo que ha leído).

9. En El beso de la mujer araña, de Puig, los dos protagonistas, recluidos en una celda, discuten las interpretaciones de distintas ficciones como una forma de pasar el tiempo pero también de conocerse y seducirse. Molina, el joven gay, cuenta películas y al contarlas se identifica con la atmósfera sentimental del cine de Hollywood; por su parte, Arregui, el guerrillero marxista, sólo ve en esos films la alienación burguesa y la manipulación ideológica. En un sentido, el libro es una discusión sobre la ficción y su poder, sobre los modos de interpretar la narración y la fantasía. Lo extraordinario —y otra muestra de la capacidad narrativa de Puig— es que los dos terminan por «actuar» en la película del otro: Arregui se transforma en un héroe romántico, enamorado y sensible, mientras que Molina muere heroicamente en una cita política, asesinado —y eso no se decide— por la policía, o por los guerrilleros del grupo de Arregui.

10. La novela ha contado muchas veces la historia del héroe como intérprete o descifrador de signos; quizá Marcel, el narrador de En busca del tiempo perdido, ha sido el máximo protagonista de esa odisea de la interpretación (y el obsesivo protagonista de las novelas de Thomas Bernhard, una de sus realizaciones más extremas). A menudo el relato ha hecho de la comprensión desviada el centro de la trama. Ya no se trataba de las interpretaciones equívocas del oráculo sagrado que, en la tragedia, llevaba a los héroes a la decisión inevitable y a la muerte. El protagonista de la novela busca, en cambio, el sentido en el deambular por la ciudad, en ciertos gestos triviales, en algunas palabras equívocas, en textos mal leídos (o leídos demasiado fervientemente). La interpretación equivocada está más presente en nuestra cultura —y en nuestra vida personal— de lo que nos resignamos a aceptar. Por eso tal vez la novela ha sido el género que mejor ha mostrado el desconcierto de la significación —y la busca del sentido— en un mundo del que han desertado los dioses.

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Autores
(Adrogué, 1941) es escritor. Autor de las obras Formas breves y El último lector. Su novela más reciente es El camino de Ida.
Portada: Le Passé

En una de las primeras escenas de El pasado (Le passé, 2013), el trabajo más reciente del iraní Asghar Farhadi, una mujer espera detrás de una puerta de cristal en un aeropuerto. Un hombre aparece y ella intenta comunicarse. Hace señas, habla, gesticula. Nada logra llamar la atención del recién llegado. Es una secuencia que engloba la idea detrás de la película: la incapacidad de dos personas para entenderse a pesar de la obviedad de sus problemas. Pronto descubriremos que alguna vez fueron marido y mujer; él está de visita en Francia para firmar los papeles de divorcio porque ella tiene una nueva pareja y quiere casarse de nuevo.

Después de ganar un Oscar a Mejor Película Extranjera y un Oso de Oro en el Festival de Berlín con Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011), es claro que Farhadi buscó subir la apuesta con El pasado, retomando algunos de los temas que dieron solidez a su proyecto anterior —la vida de pareja, tensión familiar— para insertarlos en una trama más ambiciosa. Farhadi se confirma como uno de los pocos directores actuales con la capacidad de llevar un melodrama a lugares inesperados, uno capaz de seguir tocando fibras sensibles.

En apariencia, Le passé es un melodrama más sobre la dinámica fracturada de una pareja, afincado en una historia que podríamos encontrar en un capítulo de Mujer, casos de la vida real o Lo que callamos las mujeres. Es el esquema usado por el director el que eleva la película, mucho más cercano al cine negro con sus detectives y femmes fatales. Así tenemos al exesposo Ahmad (Ali Mosaffa en plan melancólico) de regreso en tierras parisinas para encontrarse con la mujer que marcó su pasado, Marie (Bérénice Bejo), quien ha tenido una larga lista de fracasos sentimentales y está lista para intentarlo de nuevo con Samir (Tahar Rahim, el impresionante protagonista de Un profeta), dueño de una tintorería y padre de un pequeño de cinco años, Fouad (Elyes Aguis). El conflicto se desarrolla a partir de la mudanza de Samir y Fouad al hogar de Marie y sus dos hijas; al mismo tiempo, poco a poco se nos revela que la todavía esposa de Samir lleva meses en coma y que su estado se relaciona al nuevo amor de éste.

Los personajes de Farhadi hablan constantemente, pelean, discuten, escupen las palabras como si de antemano supieran que éstas regresarán para acosarlos y acusarlos. El recuerdo de lo dicho y del silencio es lapidario. En la paradoja contenida en el discurso de Le passé, estos seres humanos no dejan de hablar, de comunicarse, sin embargo no logran entenderse y vaya que lo intentan. Un tema que Richard Linklater abordó hace unos meses con Antes de la medianoche (Before Midnight, 2013).

Éste es un thriller que avanza con sutilezas en los diálogos, palabras sueltas que otorgan pistas para armar el rompecabezas. Desde el inicio hay una sombra creciente que terminará por cubrir a todos los personajes. Un juego del cineasta iraní con su audiencia que funcionó en Una separación, y que aquí termina por perderse gracias a la permanente suma de capas al relato hasta volverlo abrumador. Al no optar por lo sencillo, Farhadi sabotea su cinta. Uno tras otro los giros de tuerca se apilan, al grado de que Ahmad, el personaje que detona la anécdota y da perspectiva a la historia, termina por desdibujarse hacia el último tercio del filme.

Podríamos rastrear las influencias de Farhadi hasta Yasujirō Ozu, Robert Bresson, Douglas Sirk o Rainer Werner Fassbinder; no obstante, su intención de montar un melodrama usando el esquema del thriller y el film noir lo acerca más al Alfred Hitchcock de Rebecca (1940), donde también una figura femenina del pasado y los recuerdos se ciernen sobre todos los personajes hasta trastornar sus vidas.

A pesar de esa pantanosa densidad narrativa, las emociones son el punto más importante de El pasado. Para Farhadi, estrujarnos el corazón es más relevante que entregarnos una narración regida por la lógica; El pasado funciona mejor cuando sus personajes sufren y sus sentimientos quedan en carne viva. Desde la lucha de un niño pequeño por adaptarse a la vida en su nuevo hogar, hasta el conflicto de una adolescente ocasionado por el secreto que esconde. El drama vibra hasta enganchar al público: aunque no conocemos a estas personas nos interesan; aun en esa primera escena en que Ahmad y Marie no se encuentran, quisiéramos estar ahí para indicarles la dirección adecuada, colocarlos en el camino del entendimiento.

Aunque llevan años separados y un par sin verse cara a cara, Ahmad y Marie siguen sintiendo algo por el otro; su relación acabó varios calendarios atrás, el amor no. Ella es el resentimiento encarnado, no importa que haya alguien nuevo en su vida; los sentimientos por Ahmad siguen ahí y desde el viaje al aeropuerto en el automóvil del nuevo amante hay cierta intención de venganza. Incluso en algún punto de la película Ahmad la cuestiona: “¿Por qué tengo que estar en medio de toda esta mierda?… ¿Extrañas nuestras peleas, cariño?”.

Las actuaciones del elenco principal son claves. El buen trabajo con los intérpretes es un testamento del talento de Farhadi. Destaca la forma en que usa a Bérénice Bejo, quien venía de robar cámara con su sencillez y ángel en El artista (The Artist, 2011), del director galo Michel Hazanavicius. Aquí interpreta a una mujer cruel, desesperada por encontrar un poco de estabilidad en su vida, aun cuando eso significa reemplazar a un hombre con otro de la misma talla y volver a repetir el ciclo; al mismo tiempo dota a Marie de un aura compasiva, muy propia de una víctima de su propia naturaleza. Su situación actual no es sino la suma de las decisiones de su vida. La furia encerrada en su mirada basta para comprobar el resentimiento que le provocan los recuerdos del pasado y sus inútiles intentos por escapar de sus garras.

Asimismo, el director se da tiempo de tocar un tema que le afecta de manera personal como inmigrante iraní desarrollando su profesión en una patria ajena. Uno de los personajes secundarios deja entrever que el fracaso del matrimonio de Ahmad no fue enteramente culpa de Marie: nuestro protagonista se debatía de manera constante entre aceptar su nueva vida en Francia o regresar a su natal Irán. En su tierra adoptiva no puede evitar sentirse como un extranjero, incomunicado, diferente, mientras que el recuerdo de su hogar sigue fresco, como un lastre incómodo. Farhadi seguro mantiene un debate similar consigo mismo, deseoso de trabajar en Irán e imposibilitado para hacerlo por el ambiente político reinante —el mismo que llevó a su compañero Jafar Panahi a disfrutar del arresto domiciliario y una prohibición vitalicia para filmar—. Los personajes de Le passé no son los únicos que sufren por los anhelos provocados por el recuerdo.

Farhadi es un hombre interesado en la moralidad de las acciones humanas y en los problemas que ésta ocasiona. Sin embargo, como personas no tenemos control de ellos ni opciones para cambiarlos, como bien dice Ahmad: “la vida sigue sin ti y sin mí”.

Resulta curioso que al otro lado del Atlántico haya un hiperactivo joven interesado en temas similares a los de Farhadi, aunque su tratamiento es diametralmente opuesto. Para Xavier Dolan, la verdad sobre el pasado, sus muertos y sus memorias son un tabú capaz de terminar con la estabilidad de la sociedad rural canadiense en Tom en el granero (Tom á la fermé, 2013).

Tom (Dolan) acaba de perder a su novio; destrozado, viaja a la casa de éste en el campo para compartir su dolor con la familia del difunto. Al llegar a la granja, Tom descubre que la madre de su pareja, Agathe (Lise Roy), nunca descubrió la homosexualidad de su hijo —incluso lo imagina con novia—, y que el hermano del recién fallecido, el violento Francis (Pierre-Yves Cardinal), se encarga celosamente de mantener el secreto lejos de los oídos de la señora.

A diferencia de Farhadi, quien propone una reflexión sobre la vida y su validez moral, Dolan está más interesado en hacer una declaración política. Un panfleto militante contra la conservadora visión del campo y en favor de la más abierta vida citadina, personificado en el personaje del mismo director.

Hasta Tom en el granero, Dolan se había interesado en una reapropiación del melodrama confeccionado por Sirk, Fassbinder, Max Ophüls y el español Pedro Almodóvar; su comportamiento y ejecución eran propios de alguien que se cree el salvador del género, heredero de los grandes maestros. Este trabajo viene a ser un cambio en el paradigma de Dolan gracias a estar planteado como un thriller que goza de una cautivante atmósfera. A veces perturbadora, más cercana a la Rebecca hitchcockiana que a sus anteriores trabajos. Al menos, las secuencias terminan en algo que no son gritos y discusiones acaloradas.

La única forma que Tom tiene de enfrentar el recuerdo del difunto Guillaume es iniciar un torcido juego con su familia, donde los involucrados evaden la verdad de sus deseos y adoptan máscaras ajenas con el único fin de continuar con la farsa. De esta manera Tom será el mejor amigo de Guillaume y no su pareja, y a su vez reemplazará el deseo por el occiso con la violenta presencia de su homófobo hermano; la madre se dejará llevar por la presencia de una fraudulenta novia de su vástago. Es más fácil conservar la dinámica perturbada a ser francos y derribar la fachada de la granja.

Las intenciones de Dolan son loables. Aboga por una mayor igualdad sexual a todos niveles y no permite una tolerancia miedosa por conveniencia; sin embargo, los personajes no trascienden su esquema básico. Son ideas —y no personas— capaces de generar empatía. Su existencia es el vehículo que mueve el narcisismo de Dolan. Él también está interesado en romper con su pasado, pero retrocede siempre que avanza.


Autores
(Distrito Federal, 1989) es editor general de Butaca Ancha y colaborador de Forbes, Revista Freim y Algarabía.