Para quien se haya arrepentido de sus actos, acometidos con el consentimiento del alcohol, no del juicio, el acto de contrición viene a sumar el malestar moral al malestar físico. La resaca, si realmente es tal, pone a prueba las facultades del espíritu.
Voy a ser personal, pero esto el lector puede perdonármelo: sólo soy el pretexto para una anécdota.
Solía, por una natural tendencia a la culpa, sentir cruda moral mucho tiempo antes de comenzar a tomar. Una vez, que por azar fui a dar a una cantina, conocí a un comerciante que solía ir a Durango desde Tepehuanes para atender sus habituales negocios en una cremería del mercado de abastos, y cuya anécdota me ayudó, digamos, a menospreciar y a librarme de esa culpa premeditada. El señor, un ganadero tan elocuente como seco en las palabras, me contó cierto incidente que le acababa de suceder. Había ido a la cantina no sólo a quitarse la cruda que abate la carne, sino también aquella que aqueja el alma.
La anécdota, simple pero inesperada, implicaba una vaca. Era una anécdota de una cruda moral que involucraba una vaca.
—Me doy la vuelta por Durango cada cinco semanas. Vengo a traer queso ranchero. A veces me quedo unos tres días, otras veces la semana completa, según como esté la venta del queso. Pero este viernes todo el queso lo vendí nomás llegando. Y pues me emocioné, porque hasta me encargaron más. Se me hizo fácil agarrar la borrachera. Vine aquí mismo, porque me gusta esta cantina. Unas cuantas cervezas y me fui ya medio entonado a tomar unos tragos a La Espuela. Yo no sé cómo, compadre, pero saliendo ya me agarraba de las paredes. En eso dos policías me ven, según ellos, como queriendo mear y me subieron a la patrulla. ¿A quién le iba a hablar si aquí no conozco a nadie? Tengo un primo de Tepehuanes que vive por el mercado, pero nunca nos hablamos. Creo que ni su teléfono tengo. Bueno, el caso es que me meten a los separos. Pero nunca me iba a imaginar yo que una vaca iba ser mi compañera. Sí, sí, ¡una vaca! Al principio cuando la vi nomás me dije “ah, tan pedo ando que hasta veo pendejadas” y pues me acosté en la litera de arriba. Cuando desperté, ya de madrugada, con un dolor de cabeza que ni los ojos me dejaba abrir, vi a la vaca otra vez, medio harta y medio mugiendo. No era porque estaba borracho: una vaca estaba en los separos y yo estaba con ella. Medio que me dio risa. Pero en eso que llega el policía para decirme que podía salir, que había sido retención preventiva y que tenía que pagar nada más una multa. Y en eso, que un cabrón periodista me toma una foto. Mire, compadre, la foto de hoy del Diario: “Cae muy bajo: amanece en separos con una vaca”. ¿Cómo chingados voy a sentirme, oiga? Y pues vine a quitarme la cruda moral.
La pregunta más urgente que tenía para él era, ¿qué estaba haciendo la vaca allí? Comprendiendo que hacía falta información, me extendió el periódico para que yo mismo leyera cómo fue que una vaca suiza, lechera y mansa, terminara junto a él. Ese viernes, como si estuvieran predestinados a encontrarse, por error, un trabajador del parque agrícola dejó la puerta abierta del establo. Dos vacas salieron a rondar la ciudad. Ante un vivero, no pudieron distinguir la sutil diferencia entre pasto, pastura y fauna, y se comieron casi por completo los árboles y las flores de un vivero. El gasto por los daños superaba los 20 000 pesos. Cuando el dueño del vivero se dio cuenta de lo que las vacas habían hecho no supo qué hacer y habló a la policía. La policía no supo qué hacer y metió a las vacas a la cárcel mientras encontraban a los dueños. Por eso fue que a nuestro amigo le tocó dormir con una de las delincuentes. Y no sólo eso, le tocó ser el titular en un periódico que celebraba el incidente.
¿Qué es una cruda moral? Sentir un malestar físico por la intoxicación etílica y compartir con una vaca el castigo de alterar el orden de las buenas costumbres.
Este año —más que ninguno anterior— se apreció una urgencia por que aparecieran las listas. No faltó alguna publicada a finales de noviembre y no se puede negar que muchos medios periodísticos cayeron en la precipitación, afectados por la prisa crónica de los tiempos que corren.
Y todavía se hubiera entendido ante un año virtuoso, ante un periodo de discos superlativos que de plano nos abrumaran. Pero no ocurrió así. Tampoco es que podamos quejarnos por la falta de material interesante. Sabiendo buscar se puede armar un recuento notable; otra cosa será el lugar que ocuparan ante la historia.
2014 sembró interrogantes a distintos niveles; más que nunca la polémica planteada por Simon Reynolds en su Retromania se percibe vigente. ¿Será que las ideas se han agotado? ¿Estamos en un impasse que antecede a un nuevo estallido estridente?
He aquí el recuento de lo hallado:
FKA Twigs
LP1 (Young Turks)
Sólo el retrofuturismo pudo salvarnos en un año turbulento. A los 26 años, la joven inglesa Tahliah Debrett Barnett (FKA Twigs) hizo un amasijo de soul digital lleno del charmé de su voz e incluso logra arrancar el disco diciendo una poesía. Aunque no puede obviarse el hecho de que un tándem de ensueño la acompañara en la producción de una obra de R&B futurista que marca tendencias al crepitar y quebrarse; al combinar el susurro y la fuerza. “Two Weeks” lo hace patente. Esta dama sabe dosificar el minimalismo y darle valor al espacio entre elementos. Logra ofrecer una experiencia estética fascinante: el ritmo disminuye, las texturas se multiplican y la voz manda.
The war on drugs
Lost in the dream (Secretly Canadian)
Adam Granduciel ya no tiene a Kurt Vile a su lado; lo que permanece es una pasión inflamada por la música de antaño. Y es que no sólo subyace el hálito dylaniano, ahora la influencia de Springsteen es notable, aun cuando el autor cuenta haber partido desde Neil Young. Una excelente producción que luce en los teclados que acompañan canciones de patina polvosa que buscan ser atemporales. Un sonido atmosférico y espacial ayuda a ir mucho más allá del folk rock. Nunca lo vintage lució mejor.
Caribou
Our love(Merge Records)
Hay discos que aportan gran probidad y respeto hacia la música de baile y éste es uno de esos contados álbumes. Si fuera artista plástico se diría que logra el balance perfecto entre lo figurativo y lo abstracto. A lo largo de esta obra permean las diferentes facetas del amor —hace poco fue padre— e incluso un homenaje a su ingeniero de sonido que falleció. “Can’t Do Without You” es capaz de seducir tanto a los consumidores facilistas como a los expertos. Dan Snaith es un orfebre del sonido pero sabe darle un sentido. Se encuentra en plenitud total.
Damon Albarn
Everyday robots (Pharlophone/Warner)
Se trata de un disco que habla de soledad y tecnología desde la perspectiva de un adulto que ha cruzado los 45 años. El primer trabajo que el excantante de Blur firma con su nombre es sosegado e introspectivo. Sintetizadores, cuerdas y ritmos lentos bien orquestados por Richard Russell (el genio de XL Recordings) y la presencia de amigos talentosos (Brian Eno y Natasha Khan). El británico revisa la manera en que ve la vida y, ni modo, aflora tristeza y melancolía.
Röyksopp
The Inevitable End (Interscope)
El dueto noruego se despide desde lo más alto, sin perder el aura de oscuridad y misterio que siempre caracterizó a sus composiciones. Apegados a su estética sombría y robótica, mientras las voces de sus invitados aportan la luminosidad necesaria. Tan evidente en “Monument”, procedente del disco que hicieron con Robyn —una especie de himno posmoderno—. Vaya volumen musical que logran ir amasando. ¿Cuántos otros deberían tomar el ejemplo de irse en la cumbre?
Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández Miró
Granada (Universal)
Si la belleza y sus momentos más sublimes pudieran concentrarse en su máxima esencia en un disco sería en este. La unión de una cantante de extrema fineza y un productor-guitarrista que no distingue entre géneros. Aquí el entorno clásico se une al folk y al rock para recrearlo todo. El legado de Enrique Morente presente y transformado. Un rara avis donde los haya; pocas versiones han rozando la gloria como su “Pequeño vals vienés”.
Sun Kil Moon
Benji(Caldo Verde Records)
Existe una cofradía secreta, huidiza e inaprensible de la que han formado parte Bill Callahan, Damien Jurado y Bonnie “Prince” Billy; un discreto culto para auténticos iniciados en la canción que está hecho de intestinos y nervio, y al que también pertenece Mark Kozelek, un hombre de 47 años nacido en Ohio, quien alguna vez creara la banda Red House Painters. Es un músico compulsivo y promiscuo que ahora retorna a su proyecto más estable. En 2013 editó 3 discos y el año pasado 2; de los cuales éste es un recto a la cabeza. Un poco más instrumentado de lo que acostumbra, hace las veces de un documentalista-poeta del mundo real. Temas como “Carissav y “Richard Ramirez Died Today Of Natural Causes” nos golpean con la vida de frente.
Leonard Cohen
Popular Problems(Columbia)
Tener a los 80 años esa sapiencia musical y existencial, ese porte —entre afable y elegante— y esa voz ronca que va desgranando aforismos no es un asunto menor. Es algo para aplaudir y aprender. Sorpresiva y grata fue la llegada de composiciones nuevas que evidencian sus supremos haceres como un orfebre de la palabra y profeta de la canción. Antes espaciaba mucho más sus novedades, pero Leonard Cohen —viejo y sabio— se mantiene en estado de gracia.
Porter
Moctezuma (Indedependiente)
El grupo de Guadalajara emprendió un largo viaje para llenarse de vivencias y refundarse. Cambiaron de vocalista y cuando muy pocos auguraban gratas sorpresas, dieron con uno de los discos que será considerado una obra mayor en la historia reciente del rock nacional. Han logrado abordar pasajes de la historia precolombina y la Conquista para colocarlos dentro de piezas de vibrante actualidad. Hay épica, interesantes juegos melódicos y gran imaginería compositiva. Ocurre muy de vez en cuando, pero se trata de un disco de alcances internacionales que debe enorgullecer a la escena mexicana. Algún día debemos aprender a reconocer la cabalidad nuestros aciertos.
Ben Frost
A U R O R A (Bedroom community/Mute)
Una verdadera odisea sonora; combinación alucinante de texturas, atmósferas, percusiones y ruido. Este australiano, radicado en Islandia, se preocupa por registrar todo tipo de sonidos: si antes trabajó con lobos ahora utiliza a la Aurora boreal que le da nombre al álbum. La experiencia en el cine y girando al lado de Swans le agregan matices a un proyecto detallado. Nos baña con un flujo de magma auditivo que lo derrite todo. No quita el dedo de la experimentación radical, pero aun así es comprensible para oídos no habituados pero con lo sentidos atentos y abiertos.
Electrónica
Enzo Maqueira
Interzona
Buenos Aires, 2014.
128 pp.
Argentina es sinónimo de fervor. Por las calles de Buenos Aires transitan los viejos fantasmas de su pasado europeo, mientras la arquitectura sufre la voracidad de la clase política y los banqueros. ¿Se saben latinoamericanos en Argentina? La guerra de las Malvinas representó un punto de inflexión en su historia reciente. Las dictaduras prohibieron cualquier influencia de sus oponentes británicos y sus aliados estadounidenses. Forzadamente se dio un estallido de la cultura nacional; tan sólo un retador Charly García era capaz de inventarse arengas que pedían no bombardear Buenos Aires mientras los chicos escuchaban a The Clash.
Durante muchos años, los argentinos han dejado en claro que a ciertas cosas hay que tenerles respeto: “la pelota no se mancha”. De la misma manera que los hinchas del futbol, los seguidores del rock nacional construían altares para los santones eléctricos. Pese a las altas y bajas en la calidad, el rock hecho en Argentina siguió adelante tras el extraordinario envión que trajeron consigo los ochenta. Los conciertos aportaban importantes ingresos, más allá del retroceso de la industria discográfica, golpeada por la piratería y las constantes crisis económicas. Desafortunadamente, el 30 de diciembre de 2004 tuvo lugar uno de los acontecimientos más funestos en torno al género: la sala de conciertos República Cromañón se incendió, debido a unos fuegos artificiales y la mala infraestructura, con un saldo de casi doscientos muertos y más de mil heridos. La desafortunada actuación de Callejeros provocó un cisma con las autoridades y el cierre de muchas salas, boliches y centros culturales. Se redujeron al extremo las posibilidades de tocar en vivo en la capital. El rock argentino debió reinventarse una vez más.
De forma paralela al rock, desde mediados de los noventa corría la escena de la música electrónica que trajo consigo los grandes raves y los años dorados de las discotecas de lujo. Se desarrollaba una vivísima corriente en torno a la cumbia, conocida en la periferia como villera, que también provocó una versión electrónica más cercana al tecno de vanguardia. En distintos momentos, el rock se entrecruzaba con estas expresiones y con otras tan populares como el tango y la canción folklórica.
Lo anterior dificultó el relevo generacional. Las grandes figuras seguían siendo asuntos de masas, mientras que las nuevas generaciones buscaban en internet y las redes sociales las plataformas para abrirse camino. El rock argentino, acostumbrado a ir contracorriente, mantener su espíritu underground y a la vez estar cómodo en los grandes estadios, encuentra formas de adaptarse a las circunstancias y le ha costado mucho obtener legitimidad como fenómeno cultural; las instituciones le dan importancia porque saben reconocer su arrastre popular, pero continúan denostando su valor. Entonces, ¿los nuevos escritores se han sentido atraídos por el rock para construir sus historias?
Nadie puede negar la representatividad que ciertas figuras icónicas tienen en el entorno social. Cuando el pasado 4 de septiembre falleció Gustavo Cerati podía pensarse que era pronto para abordar su figura desde la ficción, pero Vera Fogwill —hija de Rodolfo Fogwill— había publicado un año antes Buenos, limpios y lindos, una novela protagonizada por una fan obsesionada con el cantante de Soda Stereo. Poeta y con un hijo de cuatro años, la seguidora se encuentra en una especie de estado de coma, un extraño limbo que la convierte en una potente narradora que —sin hablar, moverse ni comunicarse— logra un gran sentido a las cosas.
Vera, cineasta, dramaturga y actriz, cuenta una historia que se adentra en una experiencia similar a la que experimentaba el autor de “Bocanada”. La primera novela de la artista resulta en más de un sentido conmovedora y trae consigo una interesante anécdota que compartiera con Radar, el suplemento del diario Página 12:
Una amiga que vive en París hace treinta años leyó la novela antes que nadie. Años más tarde, viene a Buenos Aires y se sorprende cuando ve un disco de Cerati: “¿Cómo? Pensé que era un invento. No sabía que existía este músico y ¡todo eso es verdad!”. Sí, todo es verdad, la novela está cargada de verdades y quién sabe, algún día será un libro de historia. Yo no inventé nada, transcribí ciertos hechos, ni siquiera puedo decir que la escribí. Fue un sueño intervenido por la realidad de este mundo, que tristemente convierte horrores inventados en realidades universales.
Es así como desde la distancia se puede recrear el entorno de un músico, pero por otro lado también puede escribirse desde el oficio mismo, aun siendo una figura de masas.
Tras su experiencia en la dirección cinematográfica y con una marcada tendencia para asumir proyectos muy demandantes, Fito Páez, estrella rosarina del rock, decidió crear una historia de largo aliento centrada en el amor loco y desmedido de un exitoso artista por una toxicómana alternante de la vida bohemia. A través de Féliz Ure, Páez hace un homenaje al director de teatro Alberto Ure, pero plaga su narración de posibles conexiones autobiográficas o de desplantes locos, al estilo de Charly García.
La puta diabla tiene en su centro a un personaje de cine, música y teatro que tira todo por la borda y desciende al mundo de los desposeídos para redimirse sin querer. Fito se da vuelo y cuenta muchísimas cosas hasta lograr una prospección futurista en donde la capital queda devastada por una megatormenta en 2018. Hacia el final de la obra, busca sacar lo peor de la clase política a través de una broma lisérgica en colectivo.
A la postre, uno de los artistas más completos del cono sur conversa con el periodista Martín Pérez y deja bien delineadas sus intenciones con esta primera novela:
«Porque si bien el libro es en parte un ensayo sobre el amor y la pasión, terminó siendo una manera de entender ciertas tensiones sobre mi madre. Aun cuando, decididamente, no se trate de una novela autobiográfica. Por más que pueda parecerlo por ciertos detalles».
La puta diabla se editó en Mansalva, una editorial pequeña y arriesgada que dirige Francisco Garamona, otro músico que escribe. El mismo Garamona acaba de publicar, con el sello Nulú Bonsai, Mi primera banda punk, una colección de poemas en prosa que ha tenido distintas versiones. Los sentimientos (2014) es el sexto disco de Garamona y como poeta ha publicado en iniciativas de muy distintas envergaduras. Es un incansable animador del underground y ha formado parte de varias bandas desde los quince años. Sus poemas suelen ser directos y confesionales; en uno de ellos puede leerse: “¿Te acordás de ese que escupió sangre sobre el público/ en un recital en Villaguay?/ Bueno, era yo, pero no quise decírtelo cuando te conocí”.
Pero no sólo en la escena alternativa se reivindica al punk; hay quien puede aprovechar el envión de la fama para dar a conocer su propuesta escritural. Flavio Cianciarulo, bajista, compositor y cofundador de Los Fabulosos Cadillacs, da continuidad a Rocanrol, canciones sin música (2006), la novela The Dead Latinos (2009) y Crónicas del León (2008), con una serie de cuentos que se instalan en su Mar del Plata natal. Surfer Calavera (Piloto de Tormenta, 2014) apela a la literatura fantástica y de misterio, pues no sólo aparecen sus habituales rockers y skinheads sino también una amplia galería de zombies, vampiros y una que otra alma en pena. El punto de partida es presentar una ciudad completamente distinta a los clichés que explota la industria turística.
Algo que tal vez sea muy pronto para analizar es Electrónica (Interzona, 2014), la tercera novela del periodista Enzo Maqueira, que abre la puerta para recrear los años de los grandes raves en Argentina. La obra profundiza en la cruda existencial que sobreviene a una mujer de treinta años una vez que se enamora de su alumno de dieciocho, redefiniendo las relaciones sentimentales, las amistades y costumbres. El escritor Washington Cucurto no se anda con medias tintas y asevera: “Esta es la gran novela de la clase media argentina semi-culta y universitaria”. Es un libro que plasma el desencanto de una generación que ve cómo el gobierno es incapaz de ofrecerle opciones para sacar adelante la vida. El país parece sumergido en una permanente disfunción.
Este es apenas un esbozo del vínculo intenso entre música, rock y literatura en Argentina. La intensidad con que se viven los conciertos, la clarividencia de las canciones y su entrecruzamiento con los acontecimientos más importantes de la vida pública hacen que siga siendo una veta llena de garra e intensidad. Un conjunto que es difícil de concentrar en este espacio y que nos lleva a recordar a Gustavo Cerati y la letra de “Lago en el cielo”, la última canción que tocara en vida: “El tiempo es arena en mis manos”. A veces no hay oportunidad de abarcarlo todo.
Esta madrugada del 7 de enero, alrededor de las 4:30 horas, Julio Scherer García murió.
Hombre clave del periodismo mexicano y maestro de múltiples generaciones de periodistas sesudos y críticos en México.
Scherer nació el 7 de abril de 1926 en el Distrito Federal. A sus casi 18 años comenzó a trabajar en el diario Excélsior, donde inició como mandadero en la redacción y 6 años después, publicaría sus primeras notas en el vespertino ÚltimasNoticias y al año siguiente ya colaboraría de fijo en Excélsior.
Posteriormente, en septiembre de 1968, asumió la dirección del Excélsior, que en aquel entonces era el diario más reconocido y prestigioso del país. Debido a su línea editorial crítica al régimen de entonces, se confrontó con los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y Luis Echeverría Álvarez (1970-1976).
En junio de 1976, tras una operación articulada desde la administración de Luis Echeverría, Julio Scherer, junto con otros periodistas, redactores y trabajadores del diario Excélsior, dejó la dirección de dicho periódico. Ese mismo año fundó el semanario Proceso, cuyo primer número vio la luz el 6 de noviembre de 1976.
Scherer García realizó controvertidas entrevistas a lo largo de su carrera periodística, una de las más memorables y difundidas fue la que llevó a cabo al líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el subcomandante Marcos en 2001.
Obtuvo diversos premios, como el Premio María Moors Cabat, en 1971 y en 1977 fue reconocido como el periodista del año por Atlas Word Press Review de Estados Unidos.
El 1988 rechazó el Premio Nacional de Periodismo, en ese entonces lo entregaba el presidente de la república. También recibió en 2001 el reconocimiento Roque Dalton.
En 2002 obtuvo el Premio Nuevo Periodismo CEMEX-FNP, promovido por el escritor colombiano Gabriel García Márquez.
En 2003 aceptó el reconocimiento del Premio Nacional de Periodismo, una vez que éste se ciudadanizó.
En 2014 la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca le otorgó el doctorado honoris causa. También ese mismo año recibió la medalla John Reed por su trayectoria periodística.
La redacción de Tierra Adentro lamenta profundamente el fallecimiento de uno de los pilares de la cultura mexicana, gran defensor y promotor de la libertad de expresión e institución, sin duda alguna, del periodismo crítico y libre de México.
Diente de león
María Baranda
Ediciones El Naranjo
México, 2012, 80 pp.
La publicación de un libro-álbum ilustrado implica una fuerte inversión: los colores brillantes se cuidan en preprensa bajo la mirada especializada de diseñadores exigentes, el papel se elige para que las ilustraciones resalten y los acabados resultan costosos, más aún si se consideran tintas especiales y un barniz a registro (el efecto realzado o texturizado que se le da normalmente a los títulos en las tapas de ediciones lujosas). Los forros en cartoné —firmes y resistentes para las manos de cualquier pequeño destructor— aumenta varios ceros el presupuesto. Todo esto sin mencionar los adelantos de regalías para el autor e ilustrador, quienes comparten crédito por estas historias tejidas con imágenes.
Las editoriales que le dan un valor preponderante a la llamada LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) se multiplican, puesto que invertir en este mercado presupone que formará a los lectores de las generaciones venideras. Sin embargo, este panorama literario no está exento de inercias y vicios propios de un mercado inestable y cambiante. También, los pequeños lectores son concebidos como un target al que hay que atacar. Por ejemplo, la apuesta del Fondo de Cultura Económica —sello que actualmente destina un importante presupuesto a la edición de libros-álbum ilustrados— se ve reducida a los mismos autores probados que ya tienen un mercado y un grupo de lectores. De esta manera, en su catálogo desfilan año con año obras de Oliver Jeffers, Isol, Anthony Browne, David Almond, Sebastian Meschenmoser y, como la estrella de los autores mexicanos, Antonio Malpica, cuyo libro más reciente, Por el color del trigo, bellamente ilustrado por Iban Barrenetxea, ostenta una libertad estilística concedida sólo a los autores con un consolidado grupo de lectores y seguidores.
Con respecto a los autores latinoamericanos, la visión no es muy distinta. Este año, el Fondo de Cultura Económica publicó La vida sin Santi, de Andrea Maturana, escritora chilena cuya obra es abanderada con tres premios prestigiosos y ha recibido la ovación de la crítica por sus entregas para adultos. Con ilustraciones típicamente naïve de Francisco Javier Olega, el libro trata el tema de la separación de dos pequeños amigos sin otro logro que la narración dual entre texto e ilustraciones, aspecto que se espera de cualquier libro-álbum.
La vida sin Santi Andrea Maturana Fondo de Cultur Económica México, 2014, 48 pp.
Uno de los caminos que ofrece el Fondo de Cultura Económica a la creación joven o contemporánea y a temáticas refrescantes en LIJ es el concurso anual A la orilla del viento, que convoca a los escritores e ilustradores de los países en donde el Fondo tiene presencia comercial. Un jurado compuesto por expertos elige la obra que, a su juicio, es más representativa, entre aproximadamente doscientas propuestas que compiten por un solo premio que se comparte entre el autor y el ilustrador ($150,000 pesos mexicanos). El año pasado las ganadoras fueron las peruanas Micaela Chirif e Issa Watanabe con ¡Más te vale, mastodonte!, obra editada en tamaño tabloide dirigida a los pequeños que están aprendiendo a leer. Aunque imaginativa y perspicaz, la historia se ve disminuida por el tamaño del formato que la acoge. Micaela Chirif, la autora del texto, ha publicado más de seis libros infantiles, uno de ellos en coautoría con su difunto esposo, el reconocido poeta José Watanabe (Don Antonio y el albatros, 2008). De esta manera, se intuye que otorgar un premio como éste —a pesar de la apertura expresada en sus bases— también implica la trayectoria.
Otras editoriales pertenecientes a grandes consorcios apuestan más por la literatura juvenil, que se ha posicionado en el mercado con las conocidas sagas que invaden las estanterías, casi todas derivadas del género llamado “épica fantástica”. Como respuesta al todavía hegemónico camino de los libros-álbum, paradójicamente, editoriales más pequeñas han decidido abrirle las puertas a temáticas más arriesgadas, incluyendo en sus catálogos a autores jóvenes o poco conocidos, aventurándose en auténticos juegos estéticos dignos de coleccionarse. Este es el caso de Sana Colita de Rana, sello lidereado por la psicóloga Andrea Hegewisch, cuyo propósito es conjugar el poder reparador y curativo de las letras con los procedimientos psicoterapéuticos. Por su catálogo transitan títulos con temas peliagudos como la adopción (El árbol de las preguntas de Guadalupe Alemán), la muerte (Mi amigo el sauce de Joyce C. Mills) y la llegada de un nuevo miembro a la familia (Querido marciano de Martha Riva Palacio Obón). Aunque fuertemente enraizada en la psicología, la propuesta visual de Sana Colita de Rana es variada, responde a las necesidades actuales y permite que sus autores continúen explorando los matices y problemáticas sociales (Guadalupe Alemán, por ejemplo, eligió este sello para publicar, en 2013, su libro sobre la inadecuación, la lucha interna y el drama de una pequeña ajena a su escuela alienante: Nikola o cómo ser normal y fracasar en el intento, obra que quizá no hubiera encontrado cabida en los puntos de venta).
Diente de león María Baranda Ediciones El Naranjo México, 2012, 80 pp.
Editorial 3 abejas surgió en el 2013 financiada por el INBA y Conaculta —a través del Programa Único EPRO Libros 2012— con un catálogo que conjuga nombres ampliamente conocidos como Jaime Alfonso Sandoval, María Baranda, Marisela Aguilar (socia fundadora del proyecto y antiguamente coordinadora de la colección Rehilete en Editorial Progreso) al lado de autores jóvenes y con una trayectoria en ciernes, como Elman Trevizo, Esteli Meza y la ilustradora Flavia Zorrilla Drago. Con una marcada preferencia por los valores artísticos y literarios sobre los comerciales, este sello se caracteriza por la calidad de su trabajo, dedicado en su totalidad a libros-álbum ilustrados.
Textofilia Ediciones, con el concepto de la lectura como placer, restituyendo el aspecto gozoso y adictivo del lector de antaño —que no era tanto un comprador compulsivo, como algunos sellos transnacionales lo conciben, sino más bien un devoto de la buena literatura— formó la colección El gato, también dirigida al público adulto. Sus libros-álbum tienen formatos más pequeños y costeables, pero no por ello de menor calidad, a precios accesibles (privilegio que en México sólo el Fondo de Cultura Económica, por su naturaleza subsidiada, puede darse). La directora editorial, Alejandra Nevárez, abre las puertas a escritores jóvenes y a historias sin posibilidad de moraleja, empáticas con los lectores de cualquier edad y, sobre todo, que rompen paradigmas. En El gato hay libros con ilustraciones abstractas, sugerentes e inquietantes (Formas que aparecen, de la artista mexicana Magali Lara; Donde nace el color, de Manuel García Melgar, y Mi amigo perdió la cabeza, de Amira Aranda, de próxima aparición), temáticas ríspidas para la moral mexicana, caprichos imaginativos de gran belleza (Cuaderno de mar, de Alejandro Magallanes), materiales de apoyo para pedagogos (Gato garabato y Gato garabato 100% natural) e incluso las primeras incursiones en la LIJ de escritores con una trayectoria en el campo adulto (Salón de horripilancias, de Ana García Bergua).
Un sello que ha demostrado calidad en sus títulos y autores, y que ha logrado consolidarse con el paso de los años cosechando el reconocimiento internacional, es Ediciones El Naranjo. El año pasado, con Diente de león de María Baranda e ilustraciones de Isidro R. Esquivel, El Naranjo obtuvo el premio al arte editorial CANIEM. Un libro de poesía que aborda la guerra, el hambre y el abandono, a la vez que ofrece una contraparte lúdica y esperanzadora con el estilo y tono característico de la autora. También en 2013, el libro Fiestas del agua. Sones y leyendas de Tixtla, de Caterina Camestra y Héctor Vega, ilustrado por Julio Torres Lara, recibió una mención honorífica en la Feria del Libro Infantil de Bologna en la categoría Nuevos Horizontes —para libros publicados en América Latina, Asia y África—. La multiculturalidad mexicana con sus matices y juegos de palabras, particularmente de las comunidades de Guerrero, así como una propuesta visual que combina técnicas como el grabado, le valieron la mención en uno de los espacios más emblemáticos para la LIJ a nivel mundial.
Formas que aparecen Magali Lara Textofilia México, 2013, 34 pp.
Si bien su alcance es aún limitado, estas editoriales apuestan por la difusión y comercialización a través de estrategias que van desde los convencionales carruseles de entrevistas hasta la intensa presencia en redes sociales, desde las clásicas presentaciones con cuentacuentos hasta la participación en ferias del libro y licitaciones públicas, como la que convoca la sep anualmente bajo su programa Libros del rincón para enriquecer las colecciones de las Bibliotecas Escolares y de Aula de las escuelas públicas —un programa inexplicablemente despoblado de títulos de editoriales independientes—. Pareciera que la respuesta de estos sellos ante este panorama, acaparado por una pequeña hegemonía de autores, ilustradores y grupos transnacionales —algunos de merecido prestigio que tienen la mirada fija en el mercado ya probado por un escritor o ilustrador— es la especificidad. Si las ediciones producidas en masa y destinadas a públicos grandes ya existe e incluso contamina el gusto de los pequeños lectores, los sellos independientes se revitalizan con bibliodiversidad y ofrecen alternativas dignas, capaces de competir y ganar la elección del lector. Lo anterior no sólo es heroico, sino paradójico, porque en otros momentos de la historia editorial las excepciones de gran calidad brillaban de vez en cuando con algunas apuestas individuales; la basura consumida por el gran público a veces generaba y justificaba diamantes. Hoy por hoy las fórmulas son transgredidas y la creación se refresca en manos de empresas con recursos económicos limitados, fieles a sus esencias, y otorgan un sano color a este mundo ilustrado.
Buena parte de las películas de Woody Allen son comedias románticas. Y eso no es malo.
El director neoyorkino ha hecho varias veces la misma película: un neurótico (casi siempre alter ego de Allen) conoce a una chica que “no le conviene”, quien es justo lo que el personaje no necesita o desprecia. Al final, “el corazón quiere lo que el corazón quiere” y el protagonista, en plena epifanía, resuelve no seguir a su cerebro y optar por la felicidad.
Magic in the Moonlight (2014) sigue el esquema: un neurótico mago, positivista y cientificista, conoce a una supuesta médium; su trabajo es desenmascarar los trucos y revelar que sus artimañas sólo sirven para engatusar a un joven heredero multimillonario. La médium resulta ser un fenómeno real (aunque al final sí es un fraude) y el mago modifica su visión de la realidad: hay vida más allá de la muerte y, por tanto, el mundo excede lo que se puede medir o comprobar por métodos experimentales. Aun así, el mago no cambia: calcula todo, se siente superior y encumbra la racionalidad. La médium se enamora de él e intenta conquistarlo con sus recursos: la emocionalidad, la sinceridad, el “no pensar mucho las cosas”. El mago, que está comprometido con una mujer hecha a su medida (con la misma mente científica que él), niega los avances de la médium, pues son de “mundos distintos”. Al final del día, el mago se da cuenta de que a quien realmente ama es a la médium y rompe su compromiso para estar con ella.
Manhattan (1979) trata de un neurótico que tiene una relación con una chica de 17 años. Cuando conoce a otra mujer (depresiva pero “madura”; culta pero relajada), abandona a su novia preparatoriana porque “son de mundos distintos”. La historia se vuelve una comedia de enredos: un amigo del neurótico sostiene una relación extramarital con la nueva mujer del neurótico; la ex esposa (ahora lesbiana) del neurótico le aconseja regresar con su novia joven; la ex mujer del amigo está intrigada por la nueva relación del neurótico, etcétera. Al final del día, el neurótico se da cuenta de que a quien realmente ama es a la chica de preparatoria y termina su relación con la otra mujer para estar con ella.
Las películas son hermanas en la filmografía de Allen: ambas proponen relaciones entre hombres maduros y chicas mucho más jóvenes, tanto que podrían ser sus hijas (guiño intencional). Ambas tienen escenas de “contacto humano” entre los protagonistas en planetarios; en las dos, los hombres se dan cuenta de lo conviene que es seguir a su corazón, ignorar las complicaciones racionales y simplemente “dejarse llevar por el amor”.
La diferencia, y lo que hace que Manhattan sea una obra maestra y Magic in the Moonlight una película que deja de importar tres minutos después de acabar de verla, estriba en el tratamiento de la forma cinematográfica.
La fotografía de Manhattan va más allá de una mera utilidad. Los cortes, el montaje y el encuadre de cámara no sólo responden a un “contar la historia” de manera más económica posible, sino que busca crear una respuesta estética: el encuadre durante la conversación en el puente de Queensboro, el montaje con voz en off al principio de la película y la iluminación en la escena del planetario se relacionan con el espectador en dos niveles. El primero, a nivel de anécdota: esas escenas hacen avanzar la historia o completan el carácter de los personajes. El segundo sucede a nivel de impresión concreta y se relaciona con las decisiones excesivas; éstas son las que hacen de una película esa película, le dan su materialidad.
No significa que en Magic in the Moonlight no existan decisiones (ya que todo encuadre, por ejemplo, es una decisión consciente). Lo que sucede es que son genéricas. La materialidad de una película la hace memorable y buscar que sea lo más inédita posible es la búsqueda de cualquier buen cineasta: tratar de salir de lo que uno ya está acostumbrado a ver, porque lo que se visto una y otra vez se vuelve invisible.
Piénsese en el melodrama telenovelesco mexicano y su uso suigeneris del close-up al rostro. Hemos visto tantas veces ese recurso y lo hemos visto usado siempre en la misma manera que desaparece. Como no nos aporta información nueva, parece que el cerebro “se lo salta” para no perder tiempo en una percepción que no le aportará nada distinto.
Las decisiones sobre la materialidad de una película, cuando son genéricas, hacen que desaparezca como fenómeno visual. Si además se le suma la desaparición de la historia de una película por medio de decisiones genéricas sobre la trama, entonces, es como si no se hubiera visto nada.
Manhattan tiene profundidad porque sus decisiones visuales son complejas (tal vez las de la trama sean un poco menos interesantes), exigen atención del espectador y le aportan nueva información.Vale la pena verla más de una vez porque las decisiones visuales se enriquecen, por ejemplo, el montaje del principio con la voz en off es uno de los mejores momentos de la película porque permite muchos planos de visión: el contraste entre voz e imagen, las imágenes solas, el contenido de lo que dice la voz, etcétera.
Magic in the Moonlight desaparece casi en su totalidad: ninguna decisión sobre su forma es innovadora o interesante. Sus tomas y su montaje es genérico, no aportan gran cosa al espectador, por eso ninguna escena es memorable (tal vez sólo la del observatorio, pero por negatividad: es un auto plagio). La historia y sus giros, por su parte, son bien conocidos y no sorprenden a nadie.
Esa podría ser la definición de una película dominguera: un producto lleno de decisiones genéricas, las cuales el espectador no ve, porque, en realidad, ya ha visto esa película muchísimas veces y, en esta ocasión, la usa para matar un domingo aburrido en el que lo importante es que no pase nada.
Magic in the Moonlight es demasiado dominguera, un producto hecho para verse y desecharse. Tampoco eso está mal; los domingos pueden llegar a ser terribles y a veces uno necesita no pensar en nada.
Este poema, de Michael Palmer, pertenece a Company of Moths (2005), y forma parte del libro Música ficta, antología preparada y traducida por Román Luján y Marcelo Pellegrini, que será publicada por la editorial Bonobos en coedición con la Universidad Nacional Autónoma de México.
Jackal and Falcon
Oh Gerardo Deniz, tell me, if you know,
is it only pyruvic acid
that causes the Muses’ tears to flow?
And who was Galatea anyway?
(Someone asked me yesterday.)
And the map as large as a territory,
whose thing is that?
And that the map is blank,
a perfect whiteness as of sand,
sand that whistles and shifts?
And the cities beneath that sand,
the canopic jars, the fractured tablets?
(Four sons had Horus: baboon,
human, jackal and falcon.)
And the Forbidden Rice, deep indigo,
of which we are so often told,
its grains as dark as pages are light,
is it ever to be known
and rolled upon the tongue?
Or is it only to be sung?
It’s suddenly gotten cold. I’m putting on
my stolen sweater and this coat.
Chacal y halcón
Oh Gerardo Deniz, dime, si es que sabes,
¿es sólo el ácido pirúvico
lo que hace fluir las lágrimas de las Musas?
¿Y quién fue Galatea en cualquier caso?
(Alguien me preguntó ayer).
¿Y el mapa tan grande como el territorio,
de quién es esa cosa?
¿Y que el mapa esté en blanco,
perfecta blancura como de arena,
arena que silba y cambia?
¿Y las ciudades debajo de esa arena,
los vasos canópeos, las fracturadas lápidas?
(Cuatro hijos tuvo Horus: babuino,
humano, chacal y halcón).
¿Y el Arroz prohibido, profundo índigo,
del cual tan frecuentemente nos hablan,
tan oscuros sus granos como claras las páginas,
se conocerá alguna vez
y se enrollará en la lengua?
¿O es sólo para cantarse?
De pronto hace frío. Me pongo
mi suéter robado y este abrigo.
Lo primero que habría que decir es que quizá lo último que importa de un libro es su año de publicación —es relevante, sí, por la forma en que toca y es tocado por su contexto, por los distintos modos en que puede ser leído en cada época, mas no como fecha de nacimiento o rasgo de novedad—. Lo segundo que habría que decir es que, en ese sentido, lo que sigue no es una lista de los mejores libros del año. Más por comodidad que por otra cosa, la historia de la literatura se afana en ser cronológica, pero la historia de la lectura nunca lo es. Los lectores son —para usar el término de Macedonio Fernández— salteados por definición. En el centro de la biografía —irrepetible— de un lector, en ese desorden y aparente aleatoriedad que implican que uno lea un libro y no otro, lo que se pone en juego es el gusto, ese valor que Beatriz Sarlo defendía como postura crítica en su trabajo sobre ficciones del presente. Por qué preferimos ciertos temas, autores o géneros. Lo que sigue, entonces, va en defensa de la subjetividad. Pedimos a una serie de escritores mexicanos (poetas, narradores, ensayistas y cronistas) que nos dijeran cuál, de entre los libros que leyeron durante el 2014, fue el que más les gustó, sin importar si se trataba de un libro reciente, una relectura o un clásico. El resultado es diverso, conviven obras que aparecieron en el siglo XV junto a otras que se publicaron hace apenas unos meses, y puede dar pie a reflexiones sobre cómo leen quienes escriben. (¿Qué buscamos en los libros?, ¿por qué, y qué, se lee en el metro?, por ejemplo.) Y quienes escriben son —ante todo, aunque también durante y después de escribir— lectores.
David Miklos
Este año en que Patrick Modiano se sumó a la larga lista de autores franceses acreedores del Nobel, yo encontré a un escritor que me parece uno de los mejores de dicha literatura: Jean Rolin. La cerca, publicada por Sexto Piso en 2012, llegó a mis manos después de una discusión sobre el vínculo entre la literatura y la historia. Rolin, lector del presente y de la ciudad que lo contiene, París, fracasa en su expedición al pasado —la rememoración del mariscal napoleónico Michel Ney— y vence en su deambular por el aquí y el ahora —el retrato vivido de la marginalia parisina, delimitada por el periférico Bulevar Ney—. Híbrido que no es novela ni ensayo ni crónica ni nada, La cerca es un libro, sin más, perfecto: una obra literaria en sí misma, recubierta de un teflón que se resiste a las etiquetas, difícil de describir pero fácil de leer: el recorrido al que Rolin nos invita, repleto de calles, personajes, momentos históricos, relingos urbanos y tiempo vuelto polvo, es un notable ejercicio de prosa sin género, además de una muestra de que la literatura francesa, premios aparte, es aún vigorosa.
Antonio Ramos Revillas
Aunque de origen alemán, uno de los autores tradicionales mexicanos con quienes tengo una deuda de lectura es B. Traven, compromiso que empecé a saldar este año. Puente en la selva (Compañía General de Ediciones) es una novela que relata la vida de la gente en una selva virgen, donde los hombres viven con lo necesario, pero regidos por lazos ancestrales y con un marcado sincretismo. La historia, narrada desde el punto de vista de un norteamericano, narra la desaparición de un chico durante una noche de fiesta que se realiza junto a un gran tanque de agua a donde antes llegaban barcos en su paso por el río. La tensión, desde ese momento, no desaparece. La selva en esta novela es asfixiante: la temperatura, el hambre, el dolor, así como la tensa relación entre los personajes y la narración del rito mortuorio. Traven narra con todos los sentidos. Además, el lenguaje es preciso, algo recargado, como lo que se cuenta. Una de mis lecturas más emocionantes de este año.
Sara Uribe
Un festival de objetos y fragmentos: una lista con algunos de los discos de Cornell que se encontraron en su estudio al momento de su muerte. Cronologías y cartografías verídicas e imaginarias. Minúsculos mapas de ciudades improvisadas para perderse. La rueca del azar o de la infancia. Una caja de cartón que contiene postales de: Simic, Mekas, Duchamp, Dickinson, Borges, Ovidio, Rothko, Sontag, Dalí, Rimbaud, Lévi-Strauss, Whitman, Picasso, Chirico, Eliot, Pound. Una yuxtaposición de escenarios y destinos fallidos ante la fascinación por el viaje inmóvil. Bajo el auspicio de lo descoyuntado: un montaje que se fractura. Escenas repetidas e invertidas. Letras que se empequeñecen. Un listado de hoteles o una relectura de collages: Manhattan-New York-Times Square-Mulberry Street. Viñetas, tachaduras, montajes instantáneos, espectáculos en miniatura, breves ensayos y apuntes biográficos que crean y recrean a todos los Cornell posibles. Un obituario sin traducir. Una pequeña Lady Godiva atravesando fotogramas en un corcel blanco. Elegía Joseph Cornell (Caja Negra Editora), de María Negroni, es una casa abandonada a la que entramos furtivos, con cámara en mano, para dar cuenta de todo lo perdido, para regodearnos, voyeuristas, con los exquisitos souvenirs y artefactos expuestos en cada una de sus habitaciones textuales. Este libro es también una delicada caja-trampa para asir. Un poema fílmico. Un assemblage.
Yuri Herrera
Si tuviera que elegir uno solo, diría que La Celestina, de Fernando de Rojas, es un libro en transición (entre épocas, entre géneros), impúdico, inventivo, en el que hay magia, crítica social, sexo, traición, poesía. Es un libro al que le encuentro algo distinto en cada relectura.
Juan Pablo Anaya
Este 2014 releí la novela La venus de las pieles (Tusquets), de Leopold von Sacher- Masoch, a la luz de La metamorfosis y la Carta al padre de Franz Kafka. La pista que me llevó a esta lectura la encontré en la biografía de Sacher-Masoch que escribió Bernard Michel. En ella señala cómo varios elementos en La metamorfosis aluden claramente a la novela de quien dio nombre al masoquismo. La noche antes de amanecer convertido en insecto, Gregor Samsa se dedicó a contemplar una estampa de la venus que precisamente idolatraba el propio Sacher-Masoch, La venus de las pieles. Gregor es el nombre que, en la novela de Masoch, Wanda, su dominatriz, le asigna al héroe masoquista. Samsa bien podría ser un anagrama parcial del apellido Sacher-Masoch. Desde esta perspectiva, La venus de las pieles resulta un experimento literario y político que precede e influencia al propio Kafka. En una entrañable y divertida novela rosa, el protagonista lleva a cabo un experimento político que es a su vez una caricatura invertida de la sociedad patriarcal: firma un contrato con una mujer que establece su esclavitud y le da derecho a ella de asesinarlo. Como dice Deleuze, a base de humor el héroe masoquista lleva hasta sus últimas consecuencias una prohibición moral: pide que lo castiguen de antemano por desear a una mujer que no será su esposa, por lo que se vuelve el esclavo de ella y le exige que lo azote. Algo así es lo que hace Franz Kafka cuando en la Carta al padre lleva hasta sus últimas consecuencias la inflación del complejo de Edipo, al punto en que la figura del padre, en un agrandamiento hasta el absurdo, se vuelve ridículamente culpable de casi todo.
Jazmina Barrera
Este año leí Las pequeñas virtudes (Acantilado), de Natalia Ginzburg. Ya había leído algunos de sus ensayos y un libro que escribió sobre Chéjov, pero durante las dos semanas que viví en Washington Heights, en Nueva York, leí por primera vez, durante mis largos trayectos en metro, Las pequeñas virtudes completo. Sólo me permitía leerlo en el metro, para que no se me fuera a terminar demasiado pronto. Un par de veces se me pasó la estación de lo concentrada que estaba en la lectura. No se me ocurre mejor manera de ejemplificar cómo me atrapó el libro, cómo, desde la primera página, ya tenía tristeza de que se fuera a terminar. Ginzburg escribe de la melancolía en Inglaterra, de su vocación, del silencio, de Cesare Pavese y de su relación con su esposo. El primer ensayo, «Invierno en los Abruzzo», es acerca de su vida en esta zona de Italia en donde vivió en el destierro con su esposo y sus hijos, a la espera de volver a la gran ciudad. En ese entonces se quejaba de la vida del pueblo, que le resultaba demasiado pacífica en comparación con su pasado. Cuando su esposo murió en una prisión de Regina, se dio cuenta de la importancia de ese momento en su vida, de la anticipación de la felicidad que es en realidad la felicidad misma: «En ese entonces creía en un futuro simple y feliz, lleno de esperanzas cumplidas, con experiencias y planes compartidos. Esa fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que se me ha ido para siempre, sólo ahora me doy cuenta». La nostalgia en Ginzburg nunca es derrotista, convive con un entusiasmo y un sentido del humor cautivantes. Estas son sólo algunas de las enormes virtudes de la escritura de Ginzburg.
Ángel Ortuño
Los páramos inversos (Popayán), de Juan José Rodinás es un volumen de casi 700 páginas que reúne poemas escritos durante 12 años (2000-2012). Esa es mi respuesta si me preguntan por uno de los más asombrosos libros que he leído este 2014. Intrincados versículos neobarrocos, líneas escuetas de realismo duro, referencias de altísima cultura u oscuras y deliciosas basuras serie Z, todo está aquí con un fraseo, una respiración y una inagotable capacidad de montaje y re-composición que nunca se plantea el falso dilema entre el uso de la metáfora y la metonimia sino que convierte el poema en un huracán de recursos tropológicos cuya multiplicidad de registros hace pensar en las muestras de estratos geológicos o en los paisajes vistos desde un avión. La composición es, a la vez, delirante y rigurosa, lisérgica y feroz pero con una extraña delicadeza.
Laia Jufresa
Me quedo con El idioma materno (Sexto Piso), de Fabio Morábito. Los dos mil caracteres de cada texto me duraban las tres estaciones de metro que me separan del gimnasio. Los leí así: uno por uno, de ida y vuelta. Y luego, como me olvidaba de sacarlo de la bolsa de los tenis, lo releí un par de veces seguidas, en desorden. Es un libro grato para cualquiera, pero quizá lo disfrute especialmente quien escribe. Sin disquisiciones ni pedantería, con la puntería y limpieza que distinguen a Morábito, cada texto explora algún rincón (los quiebres, las debilidades, las necesarias traiciones) de una vida entregada a la escritura.
Jezreel Salazar
El libro que más llamó mi atención este año fue Pornoterrorismo, de Diana J. Torres, escritora española además de artista multidisciplinar. Lo editó Sur+, una editorial con mucho olfato crítico y con marcada postura militante (lo que la hace excepcional al interior del campo cultural mexicano). El libro combina lo autobiográfico con la reflexión ensayística de corte feminista, ofreciendo una mirada desprejuiciada y provocadora en torno al uso del cuerpo como espacio de liberación y como ejercicio de una disidencia política única, la que sostiene que la desobediencia civil comienza por la sexualidad. Torres lleva a cabo un ejercicio radical de autonomía personal y enarbola una escritura contra las etiquetas, las convenciones y la sumisión en general, pero a favor de la sistemática falta de respeto a toda moral (ultraconservadora o plenamente liberal) que implique la represión de los cuerpos. Leído en México es aire puro debido a que el deseo, me refiero al deseo emancipado, es una experiencia que no ha sido suficientemente expresada en nuestra propia literatura. El libro es, además, un ejemplo de lo que el ensayo puede llegar a ser cuando se piensa como ejercicio disidente. No se trata de un tratado estilístico, pero si la literatura sigue siendo transgresión de normas, desautomatización, lenguaje que rompe los vínculos ordinarios entre un yo y su mundo, escándalo… este es el libro más literario que he leído en los últimos meses.
Daniela Tarazona
Secretos a voces (RBA), de Alice Munro. Porque me alucinó la construcción de los relatos, la discreta o casi invisible manera en que enlaza un hecho con otro, el devenir del tiempo en las historias, la construcción de los personajes, los atisbos de verdad y el humor: Munro teje con un hilo finísimo.
Nicolás Cabral
El libro que más me impactó, entre los que leí este año, fue The Uprising. On Poetry and Finance, de Franco Berardi «Bifo». Acaba de ser publicado en español por Sur+, como La sublevación. Yo leí la edición original, en inglés. Me importa sobre todo la noción de «insolvencia»: extraer al lenguaje del intercambio económico. Es un ensayo muy lúcido sobre el papel de la poesía en el mundo actual: «En el inicio de la segunda década del nuevo siglo, mientras el capitalismo depredador desregulado destruye el futuro del planeta y de la vida social, la poesía va a jugar un nuevo juego: el juego de la reactivación del cuerpo social». Bifo propone una literatura que se oponga a la «semioinflación», donde se necesitan cada vez más signos, palabras e información para «comprar» menos significado.
Fernanda Melchor
Leí Losalbañiles (Seix Barral), de Vicente Leñero, tres veces este año, y en cada una de esas ocasiones llegué a la página final con la impresión de haber leído una novela policial redonda, aunque en ella Leñero se niegue a presentarnos una única solución al crimen: el asesino de un odioso velador pederasta puede bien haber sido cualquiera de los albañiles que trabajan en la construcción, o incluso el ingeniero a cargo. Esta solución —o más bien, esta falta de solución— empleada por Leñero tiene la virtud de espejear con fidelidad al sistema de justicia mexicano, caracterizado por la impunidad, la investigación deficiente y el expediente eternamente abierto. Polifónica, densa y engañosamente nítida, es quizás mi novela favorita de este autor recién fallecido.
Eduardo Huchín Sosa
Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Tiene más de diez años y lo adquirí en un remate de libros (estos dos datos no son menores). Más que un simple libro de divulgación científica, es una amplia, y en verdad divertida, celebración de la curiosidad. Te permite, si ya pasaste los treinta años, interesarte por todo eso que se supone habías aprendido en la primaria —el nacimiento del universo, la edad de la Tierra, la Corriente del Golfo, las placas tectónicas, la actividad celular, la evolución de las especies, las glaciaciones, la extinción de los dinosaurios— y que seguramente habías olvidado porque venía explicado de la manera más aburrida posible. Bryson tiene un especial talento para hacer que todo eso resulte no sólo entretenido sino apasionante y escalofriante y sorprendente. Cuando uno se da cuenta de que este libro recorre 13 mil millones de años de historia, empieza a pensar que el reto era todo menos pequeño. Y el resultado es de verdad envidiable.
Maricela Guerrero
Este año seguí releyendo el Qujiote para mis hijos —lectura en voz alta con ruiditos y efectos: Sancho, por ejemplo, habla con ese tono defeñoclaselumpen de película de la época del cine de oro que, a decir de Sofía, le da mucha chistosidad—. Iniciamos esta aventura por ahí de abril o mayo de 2013. Vamos lento, nos regresamos, avanzamos, casi siempre volvemos al inicio del capítulo IV «La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo», que termina triste triste triste. Y en ese punto nos rehusamos a pensar que las aventuras deben terminar así, con el aventurero todo aporreado, y suponemos que esa es una de las alegrías que nos da esta lectura compartida: que podemos platicarla y decidir nuestra propia interpretación. Por otro lado, nuestra lectura tiene partes favoritas. No nos saltamos ningún capítulo, poema, verso, frase o palabra. Cuando algo no me queda claro, investigo y lo comentamos a la siguiente, intentamos cantar las canciones, justo ahora estamos en el capítulo XLIII, que se inicia con estas coplas que interpreta el mozo de mulas enamorado de Clara y a quien la discreta Dorotea consuela: «Marinero soy de amor / y en su piélago profundo / navego sin esperanza / de llegar a puerto alguno. / Siguiendo voy a una estrella / que desde lejos descubro, / más bella y resplandeciente / que cuantas vio Palinuro». Supongo que a mis chamacos y a mí nos queda Don Quijote para rato, y, bueno, el libro es una maravilla que leí hace como quince años, pero que hoy, en voz alta, con mis chamacos de interlocutores y con todo lo que nos da para recordar juntos, es de lo mejor de los últimos tiempos.
Daniel Saldaña París
Mi libro del año sería La novela luminosa(Random House), de Mario Levrero, que no había leído hasta agosto-septiembre de 2014. La novela luminosa tiene más de 500 páginas, pero una buena parte del libro, en realidad, es un largo prólogo a la novela en sí, titulado «Diario de la beca». En ese falso y desmesurado prólogo, el narrador gana una beca de la fundación Guggenheim para escribir La novela luminosa, pero no puede comenzar a escribirla porque está ocupado perdiendo el tiempo en la computadora, viendo pornografía y haciendo mínimos ajustes a su procesador de texto para que organice las entradas del diario que está escribiendo. La trama se demora sin comenzar nunca mientras Levrero-narrador lucha contra sus horarios de sueño o come milanesas cocinadas por una tal ChL, uno de los pocos personajes que aderezan el encierro asfixiante del libro. En definitiva, es al mismo tiempo una de las novelas más aburridas que he leído en mi vida y una de las más geniales, honestas y rabiosamente contemporáneas.
Nadia Villafuerte
El libro que más disfruté este año fue Cuentos completos (Lumen), de Flannery O’Connor. Se trata de un puñado de historias ambientadas, la mayor parte de ellas, en el sur de Estados Unidos: un territorio geográfico signado por la belleza del paisaje (casi bíblico) y por su atrocidad; por la relación intrínseca entre el paisaje exterior (árboles, ríos, los monzones del verano, las tormentas, el paso del tren) y el mapa interior de personajes con vidas destruidas o destruyéndose a perpetuidad, pues el sur americano ha estado marcado por el racismo y el abandono. Flannery O’Connor es una maestra del cuento, y en pocas páginas construye personajes que casi siempre enfrentan un dilema moral o ético, a menudo también sin solución. La prosa de O’Connor, a diferencia de la densidad estilística de Faulkner, otro escritor sureño, es simple. No busca el retrato triste sino la complejidad de la vida tal como es. Nada de adornos ni expectativas. Y es justo en esa simpleza donde se potencia la impiedad con la que esta autora trató al blanco y al negro, al rico y al pobre, al hombre y a la mujer de su época: nadie es inocente en el universo, la estupidez y la violencia vienen de sus propios deseos o impulsos, pero igual cierta belleza en la existencia les posibilita redimirse: una belleza mística o platónica que los hace experimentar una sacudida para salir de sí mismos, para arrancarlos, aunque sea por un instante, de la conformidad. Debo añadir que este libro no sólo fue gozoso por razones literarias, sino porque me permitió reconciliarme con las historias de mi tierra natal, historias que había olvidado. Ese es el prodigio de la literatura: que dos sitios geográficos distintos provoquen un mismo colapso emocional.
Óscar David López
Cerocerocero (Anagrama) de Roberto Saviano es un libro que borra los límites entre la ficción y la no ficción debido a que el autor reconstruye relatos y anécdotas del poder de las drogas. Saviano tiene una pluma multigenérica que sabe ofrecer tanto una prosa rigurosa como un componente poético para hablarnos de cómo la cocaína gobierna desde muchas alturas y ángulos el mundo. Por experiencia propia, uno de mis temas favoritos son las drogas, tanto las recreativas como las de distribución farmacéutica, entonces he leído un sinnúmero de tratados y crónicas sobre la cocaína, su producción y usos, y puedo decir que el libro de Saviano plantea el modo en que países como Colombia y México son un diamante para las economías de sus gobiernos y sus mafias. «Quien no conoce México —dice el autor— no puede entender cómo funciona hoy la riqueza en este planeta».