Tierra Adentro

Cuando me mudé a la Ciudad de México, a los dieciocho años, lo que más me impresionó fue la indigencia. Quizá porque fue lo primero que vi. Apenas tomé el metro, con una mochila ridícula al hombro y un hombre posiblemente enfermo del hígado se arrastraba por los vagones con un trapo en la mano, intentando limpiar los zapatos de los usuarios.

     Antes de la mudanza, por teléfono, había acordado con una señora de nombre Violeta ocupar uno de sus cuartos; en un periódico de clasificados ofrecía la habitación para “caballeros honorables”, mostraba algunas fotos de la decoración avejentada y explicaba que el inquilino no tendría que hacerse cargo de nada. Su casa estaba a espaldas de Chimalistac; escogí vivir allí porque así podría irme caminando a la Facultad de Filosofía y Letras. No tendría otra cosa más que hacer que leer.

Esperando a que llegaran mis cosas, la primera noche en el D.F. la pasé, sin embargo, en la casa de una prima de mi papá, que no conocíamos hasta el reciente funeral de mi abuelo; le conté en el funeral que me mudaba y me ofreció hospedaje. A la Ciudad de México me mudé un sábado y el domingo me entregaban las llaves de mi cuarto. Así que le hablé a la señora Isabel. Cuando llegué a su casa ella se sentía un poco avergonzada conmigo porque alguien le había pedido el mismo favor un día antes; se trataba de un viejo amigo de la familia que había estado en un centro para alcohólicos donde abusaban de los internos y, desesperado, le había pedido ayuda. Cuando me presenté y le pregunté su nombre me dijo: “Me puedes decir Sr. Derrota” y soltó una carcajada protagonizada por una ausencia casi completa de dientes.

Compartimos la habitación, un cuarto con dos camas individuales, decorada con pósteres del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Niño de Atocha. El Sr. Derrota estaba completamente golpeado; lo alcancé a ver de reojo cuando se quitaba la camisa, desvié la mirada hacia el techo pero le hice la plática por la enorme curiosidad que me causó. Con la luz apagada, mirando hacia el techo, platiqué con un viejito de 80 años desconocido y triste que había sido redactor de libros de texto para la Secretaría de Educación Pública de Veracruz. Cuando le conté que venía a estudiar literatura al D.F. se puso a hablar de Dostoievski. Naturalmente había una pregunta que debía hacerle, la más importante: “¿Qué va a hacer después, si no tiene dónde quedarse y no se puede quedar allí para siempre?”. La respuesta era más abrumadora de lo que pensaba: “No sé. La verdad no sé. Creo que voy buscar un albergue”.

Al día siguiente llevé mis cosas a mi nueva casa y la señora Violeta, disfrazada con una falsa opulencia, me recibió con un bastón en la mano y miles de recomendaciones. Una de las recomendaciones era no ir al barrio de Santo Domingo. Ese mismo día por la tarde fui a comer al centro, a una fonda que ya no existe y que estaba por Donceles y Bolívar. Cuando salí atravesé Eje Central rumbo a La Alameda: había un tragafuegos en la esquina; un niño paseaba a otro niño sin piernas en un carrito, pidiendo dinero; frente a la iglesia cercana a metro Hidalgo y por el parque José Martí había dos personas con las piernas gangrenadas y un grupo de muchachos inhalando solventes.

Naturalmente había visto el rostro de la indigencia, pero no ese rostro, no uno tan dramático y terrible, como si la pobreza tuviera además de una injusticia rotunda una todavía mayor reservada para otros tantos. Lo primero que me dije fue que esa reacción que había tenido debería conservarla y no dejar de sentirla nunca: para muchos, y no quería ser uno de ellos, es fácil acostumbrarse.

Años más tarde me invitaron a una fiesta cerca de Polanco, pero no muy lejos de la Condesa. Aparentemente, la casa donde se celebraba el cumpleaños de uno de los propietarios había pertenecido a un escritor famoso que, para variar, yo nunca había leído; la biblioteca tenía libros de gran valor, supuestamente. Ese cuadro era de alguien, aquella silla también. La casa estaba decorada con las reliquias que el jet-set mexicano idolatraba y con los amuletos caros al esnobismo, como un jardín. Los temas de conversación eran poco menos variados que los tipos de alcohol que los meseros servían. Parecía una ciudad desmesurada donde ni la opulencia ni la pobreza tenían límites, donde todas las formas de existir parecían desmedidas.

Uno de los invitados, al parecer un fotógrafo en ciernes con buenos contactos, decidió que era buen momento para anunciar que él y su amigo, el cumpleañero, el festejado, iban a exponer pronto en una galería afamada un portafolio que habían preparado para un periódico europeo. No es necesario que insista en la azarosa costumbre con que nos reencontramos con las personas. Las fotos colocadas en el jardín eran los retratos de algunas casas para ancianos y de la lamentable situación en que vivían. El tema era algo como “Ser viejo en Latinoamérica”. La tercera foto era la del Sr. Derrota. El señor, que al parecer nunca se había repuesto del todo de los hematomas, sonreía naturalmente desdentado para el fotógrafo y para todos nosotros, sus vecinos de ciudad.