Tierra Adentro
Ilustración: Flickr / artvintage.

las colmenas habían dado a las flores, al silencio, a la suavidad del aire,

a los rayos del sol, un significado nuevo.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas.

 

Cuando pienso en la traducción de poesía que se lleva a cabo en Argentina, el panorama nacional es sumamente alentador; hay muchos y muy buenos traductores, abocados a distintas lenguas, entre ellos Miguel Ángel Petrecca (traductor de la poesía china contemporánea); Cristian De Nápoli (que tradujo al poeta brasileño Vinicius de Moraes); Laura Wittner (publicó recientemente una antología de poemas de James Schuyler); Ezequiel Zaidenwerg (que tradujo a Mark Strand); Mirta Rosenberg (reconocida traductora de la poesía norteamericana; se pueden leer sus versiones de Katherine Mansfield, que realizó junto a Daniel Samoilovich); Jorge Fondebrider (traductor, entre otros, de la obra de Georges Perec); Delfina Muschietti (traductora de la poesía de Pier Paolo Pasolini); Fabián Iriarte (son destacables sus traducciones, junto a Lisa Bradford, de los poetas latinos en Estados Unidos); Marcelo Cohen (me viene a la memoria, entre muchas otras, su traducción de Ventanas altas, de Philip Larkin); Rolando Costa Picazo (que publicó recientemente una antología de poemas de Frank O’Hara), Jorge Aulicino (su reversión del Infierno, de Dante, es monumental) y Ricardo Herrera (traductor de la obra de Eugenio Montale), entre muchos, muchísimos otros que seguramente estoy olvidando. Poco importan las omisiones: la lista no pretende ser exhaustiva sino reveladora de un panorama heterogéneo, activo y prometedor. Después de este recuento, quisiera hablarles del Gran Traductor Argentino. Para mí, el Gran Traductor de poesía no se encuentra entre los mencionados, porque su tarea es silenciosa y microscópica, como la de esos insectos insignificantes cuya existencia, no obstante, constituye la base de un ecosistema entero. El Gran Traductor Argentino se llama Eric Schierloh —conocido como Billy, el Apicultor— y editor del sello Barba de Abejas. El rótulo de “editor” le queda particularmente chico: Schierloh es impresor, ilustrador, diseñador y encuadernador de los libros de su editorial. Como esos cuadros hiperrealistas de Helmut Ditsch, en donde la suma de trazos mínimos termina por desafiar a la imagen fotográfica, del mismo modo, los libros de la editorial Barba de Abejas, que Schierloh fabrica con sus propias manos en su taller de City Bell (ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires), son, a fuerza de un máximo refinamiento, mejores que cualquier libro de imprenta, porque conservan algo de lo que Walter Benjamin llamaba “aura”.

El carácter artesanal de cada ejemplar es el producto de una parsimonia de abeja que desconoce toda ansiedad. Estos libros, cosidos, encuadernados en tapa dura, vienen numerados, con una tipografía cómoda que no escatima lugar en la página; los textos, traducidos por el mismo Eric, suelen estar acompañados de un prólogo y notas acerca de los detalles de la traducción. Los ejemplares jamás se agotan porque el editor siempre puede hacer más. En pocas palabras: estamos ante ediciones cuidadas, de buena calidad, resistentes, con traducciones inéditas en español o que no se consiguen en Argentina.

Si el rótulo de “editor” es demasiado pequeño e injusto para una tarea tan grande, en cambio, pienso en Eric Schierloh como el Gran Traductor Argentino. Schierloh, en efecto, traduce en sentido estricto: en su editorial ha publicado antologías de Theodore Enslin, los textos poéticos de Herman Melville, los diarios inéditos en español de Ralph Emerson, Henry David Thoreau y Nathaniel Hawthorne, poemas de D.H. Lawrence y David Meltzer, entre otras cosas. Como vemos, su lugar de editor está atravesado por su condición simultánea de traductor, lo cual nos permite imaginar toda una nueva dimensión de lo que significa traducir, ya en sentido amplio: se trata de otorgar un nuevo soporte al texto original, y no sólo situarlo en otra lengua, sino dotarlo de una nueva materialidad, de una nueva apariencia. Traducir es editar: hacer que el texto reaparezca en otro formato. Traducir es un proceso de polinización: una transferencia del poema desde los textos originales hasta las partes receptivas del lenguaje personal del traductor, donde germinan, haciendo posible la producción de semillas —libros y frutos—, los lectores y las lecturas.

En Argentina, muchas editoriales independientes publican traducciones de poesía: Gog y Magog, Bajo la luna, Adriana Hidalgo, Ediciones del Dock, Huesos de Jibia; sin embargo, con Barba de Abejas emerge la idea de que traducir también es generar los propios recursos materiales para hacerlo; saber dónde ubicar los libros, cuáles serán las librerías-colmena más fecundas. No se trata simplemente de hacer un producto autosustentable y mucho menos rentable, sino de tener una política editorial que proteja el aura de los objetos artísticos que salen de la mente del Gran Traductor. Por eso, los libros de Barba de Abejas no podrían ser absorbidos por las grandes lógicas del mercado. Todo lo contrario, el apicultor prepara sus libros siempre en pequeñas cantidades pero con base en firmes demandas de libreros y lectores que compran y recomiendan su trabajo. Así se genera una red que sale de la ciudad y se ramifica, lenta pero firmemente, por muchos otros lugares del país y, a veces, del continente.

Para hablar de la traducción de poesía en Argentina me parece que ya no es posible soslayar el trabajo de Eric Schierloh y su editorial Barba de Abejas. Y no sólo por el valor intrínseco de los textos que pone en circulación o por la belleza de las ediciones que produce, sino precisamente porque nos permite repensar la traducción como una práctica que va más allá del lenguaje, en donde vemos involucrados los modos de hacer libros, los diseños de redes de distribución y la proyección de nuevos lectores. El traductor también puede ser comparado, finalmente, con un apicultor, según lo describe Maeterlinck en La vida de las abejas: aquel que “aguarda con un sombrero de paja (porque la abeja más inofensiva saca inevitablemente el aguijón apenas se enreda en los cabellos), pero sin careta ni velo, y después de haber metido los brazos hasta el codo en agua fría, recoge el enjambre”.


Autores
Mar del Plata, Argentina, 1983) escribe y traduce. Como poeta publicó Josele, Los círculos del agua (Dársena3, 2004), Pluvia, Una, dos comadrejas, Bruma (los tres publicados por VOX en 2007, 2010 y 2012, respectivamente), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) entre otros. Tradujo Paterson V, de William Carlos Williams (Luz Mala Ediciones, 2012).

Sin afán de apelar a una autoridad inmerecida frente a mi lector, le cuento que, revisando un cuaderno de apuntes, di con algo que Eliot Weinberger me dijo en una conversación fortuita en Banff, Canadá, en 2011: “El ensayo nunca ha tenido una vanguardia”. Esta sentencia era en realidad una expresión más contundente de algo que Eliot ya había dicho muchos años atrás en una entrevista que concedió para Esther Andradi, publicada por Letras Libres España.[1]En el texto publicado por la revista, Eliot había expresado: “El ensayo, especialmente en inglés, nunca ha tenido una vanguardia, es un territorio inexplorado, hay pocos ensayos de interés en inglés y todos han sido escritos por poetas. En inglés el ensayo está exactamente en el mismo punto que en el siglo dieciocho.”

Curiosamente, en la conversación cotidiana, sin registro ni participación periodística, Eliot Weinberger había decidido ser más tajante en su visión del ensayo contemporáneo. Solemos dejarnos impresionar por estas frases categóricas precisamente por su aire definitivo y me imagino que frente a unos traductores jóvenes no había tenido necesidad de hacer matices para lograr tal efecto. Recuerdo que discutimos sobre lo que significaba vanguardia, sobre algunos ensayistas en lenguas modernas de Europa, sobre lo que era o no era un ensayo tradicional y, a punto de caer en una discusión bizantina, Eliot advirtió que lo que había dicho no estaba enunciado en términos de veracidad, sino de posibilidad. Es decir, quería preguntarnos qué tan vanguardista se puede ser en el ensayo y lanzar la consigna de abrir nuevos senderos para un género tan escurridizo.

Una vanguardia vista desde la historia literaria parece ser tan sólo una mudanza de los valores estéticos que los escritores ofrecen y que la sociedad y sus instituciones culturales aprueban o desaprueban (entiéndase institución en su sentido amplio, que implica desde universidades, editoriales, crítica y opinión de autores o intelectuales prestigiosos). Sin público, sin una recepción afortunada, la innovación artística es vista como un ridículo malabarismo. Pero el verdadero espíritu de la vanguardia, en la acepción que le damos hoy en día, es el proyecto de modificar no sólo esos valores estéticos, sino retomarlos para evidenciarlos y cambiarlos de registro. La vanguardia es un propósito estético de alteración. Ahora bien, desde esta perspectiva, ¿qué tan vanguardista ha sido el ensayo?

Un libro suyo en particular bien puede ser el salterio de su prédica. Weinberger publicó An elemental thing en 2007;[2] es un libro de ensayos cuya particularidad es ofrecerse como una acumulación de hechos o aseveraciones sin citas, pero con una bibliografía abierta. Se trata de una suerte de mosaico organizado de hechos que de suyo son literarios, sorprendentes; un mosaico de conocimientos cuya virtud ensayística da la impresión de residir en el lugar que el escritor les ha concedido en el texto. El único requisito que Eliot se impone es que toda la información ofrecida debe ser verificable.

Para no hablar abstractamente, puedo ilustrar esta tendencia con su ensayo sobre los rinocerontes. Primero nos ofrece un texto periodístico sobre este animal en peligro de extinción: una ficha escrita en hawaiano que concluye con la pregunta: “¿con qué objeto fue entonces creado el rinoceronte?”. Luego, hace una historia brevísima del paso de los rinocerontes desde la alta Edad Media, hasta el siglo XVII. Habla del rinoceronte de Durero, de la obsesión de los reyes por poseer uno y de la muerte de cada uno de estos especímenes. En un punto intermedio, transcribe la correspondencia entre un cazador y un naturalista, donde éste se alarma por la disminución radical de la población de rinocerontes en África. El final, caracterizado por la falta de argumentación y por la impersonalización del discurso, es realmente una forma singular de ensayar. Eliot Weinberger nos ofrece una lista desalentadora de la población restante de rinocerontes en el mundo; inmediatamente después termina el ensayo citando el texto budista más antiguo que se encuentra en la Biblioteca de Londres y que fue reconstruido por algunos estudiosos: el budismo más antiguo recomienda “vagar como rinoceronte”. No es necesario que nos diga que la obsesión de Occidente por este animal acabó por extinguirlo.

La extraña morfología del ensayo filosófico de cierta escuela francesa, o la novela ensayística (llamémosla así) de Roberto Calasso, pueden ser ejemplos de una intención vanguardista de integrar la crítica textual a la interpretación histórica y la narrativa a la estrecha tarea de demostrar y persuadir.

Decir “El ensayo nunca tuvo una vanguardia” puede ser una provocación directa a los ensayistas para invitarlos a no conformarse con un género que siempre quiere ser más que la propia forma que lo contiene. Eliot Weinberger, ese erudito incívico, ese académico autodidacta, ese descreído bibliógrafo, demuestra que el ensayo quizá sea un territorio tan vasto que aglutine a otros géneros. En la medida en que sea cierta esa profecía de que todo texto puede ser convertido en literatura. ¿Qué –ismos podremos destinarle al arte de dar nuestra opinión?

 

 


[1]http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/entrevista-con-eliot-weinberger

[2]El original inglés es de New Directions. Atalanta lo tradujo y publicó en 2010.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.
Fotografía: Flickr / Ard Hesselink.

Cada calle es una calle sola sin otras que a simple vista la crucen por amenazantes, son pocas y bien largas, lo suficiente para huir a tiempo si vivís justo en el medio de una calle que está en una manzana larguísima equivalente a tres cuadras y escuchás el ruido de los invasores o de los que quieren deportarte, llevarte a una guerra matarte de frío, de hambre, de venenos buscarte para ir a lugares desconocidos que tienen demasiadas calles, tres calles donde en las colonias hay una sola, con el número correspondiente de esquinas por donde doblan y pueden acceder rápido a todas las casas robar chicos, secuestrar comida, usurpar violar a las rubias, rayar los pisos, desparramar las piedritas, arrastrar macetas romper los jardines y las verjas pintadas.

Y si lo mirás desde google earth ves detrás de cada casa un espacio verde unos patios campos donde podés criar hasta seis terneros hacer crecer zapallitos y pepinos en el verano, construirle una casa a los chorizos que se secan en invierno, diseñar una ermita con piedras para una virgen o santo estatuilla o pintadas en azulejos, sacar sillas al patio delantero, recibir visitas bajo un sauce, subirte al muro del gallinero para espiarle los chanchos al vecino, quejarse por el olor y los cajones de abejas vivir con el asfalto por delante el césped recién cortado por detrás, los hoyitos para los rosales, la vereda barrida. Ahora sí, miro cuidadosamente cada centímetro y no encuentro nada que me perturbe.


Autores
(Coronel Suárez, 1981) es profesora y poeta. Ha publicado las plaquettes de poesía Calle mate (Isidoro, 2009) y Du bist net schön (Acción Creativa, 2010).

Me gusta pensar que pertenezco a una generación que buscó regenerarse a sí misma y salir adelante. Con ello me refiero, un poco en broma, a quienes hemos vivido situaciones similares respecto al consumo de drogas y ahora nos dedicamos a algo relacionado con el arte. Las fotografías de Hecho en Ciudad Juárez, de Germán Canseco, me trajeron de vuelta los recuerdos del deterioro de mi propio cuerpo durante esos años, el mal sueño que significa la realidad cuando uno se automedica de esta forma y piensa que no pasa nada, que no pasará nada años después, cuando nuestro cuerpo cobre la factura.

En Hecho en Ciudad Juárez, los retratados son en su mayoría migrantes que no pudieron cruzar la frontera, que lo perdieron todo al perseguir un fantasma o al huir de lugares sumamente violentos y se hicieron amantes de la malilla —como le dicen a la heroína— en alguno de los miles de picaderos de Ciudad Juárez, Chihuahua.

En nuestro caso, a los 20 años el mundo posmoderno de la fiesta nos sedujo y de su mano tomamos las peores decisiones. Algunos terminamos en salas de emergencia, otros en centros de rehabilitación (los spas, como les decimos con humor); quienes se la vieron más difícil pasaron un tiempo en manicomios (manicures, como los llamamos para aminorar el miedo); y peor aún, los menos afortunados, aquellos que no contaron con el apoyo de su familia o con los recursos suficientes, todavía siguen deambulando entre la lucidez y la pesadilla que significa vivir anestesiado.

Hecho en Ciudad Juárez se inauguró el pasado diciembre en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. No se trata de una serie nueva, pertenece a la colección José F. Gómez y fue reimpresa gracias al apoyo del Centro de las Artes de San Agustín (CASA). En septiembre del año pasado, Germán Canseco, Antonio Turok, Juan Carlos Reyes y Félix Reyes Matías presentaron en el mismo lugar, esta serie fotográfica en formato libro. Para tomar estas fotografías, Canseco visitó más de 80 picaderos de aquella ciudad fronteriza durante el 2008.

Cuando en una entrevista le preguntaron si había sido peligroso fotografiar esos lugares, Germán contestó que sintió más miedo al buscar una fotografía de Peña Nieto. Como fotoperiodista de la revista Proceso, cubrió además el conflicto armado en Chiapas, las visitas del Papa a México, las campañas electorales desde Ernesto Zedillo hasta Peña Nieto; el conflicto magisterial en Oaxaca, la hambruna en la Sierra Tarahumara y las caravanas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD).

Al escuchar que algunas personas defienden el consumo libre, recreativo, de drogas, pienso que nadie sabe lo que dice. Aún hoy me cuesta trabajo tomar una postura firme en torno a la legalización de estas sustancias. Veo que es claramente un problema de salud pública que debe atenderse, que la legalización implica también hacer esta llaga visible y darle solución; sin embargo, también miro con desconfianza a quienes se proclaman consumidores frecuentes y dicen poder controlarlo, no estar dañando su sistema nervioso, su equilibrio mental, su carne.

Las imágenes exhibidas en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo retratan estas vicisitudes del cuerpo de los adictos a la heroína. Carne carcomida, carne molida por las jeringas, las infecciones y el daño que causa esta droga en los tejidos frescos. Deterioro de la carne por la malilla. La malilla que los obliga a robar y hasta a matar para conseguir un poco de dinero e inyectarse unas cuatro veces al día. Hay una imagen estremecedora que Germán Canseco tituló “El baile del diablo”. En ella aparecen dos pares de piernas en aparente movimiento sobre el piso de tierra de un picadero. Un hombre y una mujer bailan, seguramente en éxtasis por la droga. Sus piernas desnudas muestran las heridas que han dejado los pinchazos, sangre expuesta y coagulada, a veces chorreante.

Aparte del horror y la sorpresa que producen estas imágenes en el espectador, lo que se rescata en ellas es su carácter de denuncia social. Canseco hace visible esta realidad desgarradora, un estado de las cosas del que evidentemente poco sabemos. No en balde Inframundo —proyecto paralelo a Hecho en Ciudad Juárez — le hizo merecedor del Premio Nacional de Periodismo 2008. Lo cierto es que en las clínicas suelen negarles atención médica, quizás porque los consideran un caso perdido, quizás por desconfianza o miedo. Quizás porque comúnmente se piensa que un adicto sabe qué hace y no le importa, es egoísta y prefiere el placer que otorga la sustancia, y en parte así es, pero también un ser desterrado necesita ayuda, todos en algún momento la necesitamos.

Hace algunos años no me daba cuenta de que el uso de drogas, ese uso excesivo que forma parte de la fiesta y su sintomatología, es un reflejo vivo de un sistema enfermo donde aprendemos a automedicar nuestras desgracias. Hijos posmodernos, con padres que trabajaron todo el tiempo para cumplir sus propias fantasías. Fuimos educados por la publicidad y las falsas gratificaciones. Aprendimos a tragarnos todo el miedo y a explotar en la plasticidad de la fiesta, la música, la compañía efímera. Muy diferente es el caso de los adictos retratados por Germán Canseco. No obstante, en el fondo compartimos la facilidad con que encontramos las sustancias y lo difícil que fue recibir ayuda o pedirla.


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
Fotografía: Wikipedia

A como están las cosas hoy día en el mundo occidental con relación a los conflictos en Medio Oriente (y eso que esto se escribió antes de los atentados en Francia), que un artista pretenda abrirse paso en aquel país portando un nombre árabe me parece, de entrada, un acto más que valiente… muy osado. Así que conociendo tan sólo el nombre deje correr el track que da título al tercer LP de un músico orgulloso de sus raíces. “Moonlight” tiene un arranque exótico que me remontó a lo que hace la banda Dengue Fever; una combinación de psicodelia con rock camboyano anterior al estallido de la revolución, al que suele llamarse rock jemer. Pero por allí no iban los tiros.

Luego me pareció que también tenía que ver con esa actualización de aquella maraña sesentera que hacen los australianos de Tame Impala (especialmente en el tema “The Teeth”). Es interesante escuchar como ese sonido retorcido y de largos pasajes instrumentales se ha extendido a lo largo y ancho del mapamundi. Algo tendrá que ver con la Retromanía señalada por el ensayista Simon Reynolds, pero tampoco es el blanco principal. A fin de cuentas, ésta es una buena historia que se alimenta de países y culturas.

Resulta que este multi-instrumentista es norteamericano de nacimiento pero sus padres le aportan dos afluentes; por una parte, la tradición palestina (que se aprecia desde el nombre mismo), mientras que por parte de madre es mitad filipino (especulemos que de allí proviene ese tufillo exótico). El asunto es que Hanni es el primer miembro de ambas familias ya con tal nacionalidad y crecido en San Francisco, esa ciudad californiana tan crucial para la historia del rock y otros enclaves culturales, como la generación beat.
Se trata de una urbe —localizada en medio de la bahía y de montañas— que se ha caracterizado por ser punto de encuentro de viajeros (puerto, al fin), por desarrollar una importante tolerancia social que le permite ser uno de los sitios más progresistas de Estados Unidos. Cuenta además con una buena infraestructura de bares y salas de concierto para tocar. El talento local encuentra mucho fogueo.
El Khatib ha decidido formar parte de esa larga corte de músicos que rinden reverencia al pasado y al sonido del blues y el rock primigenio y polvoso; es un músico que identificamos con sótanos avejentados, con garajes astrosos y un fuerte olor y sabor a whiskey bourbon. Basta decir que los grandes ídolos del guitarrista son, nada menos, que Robert Johnson y Sam Cooke.

Desde su debut  con Will The Guns Come Out (2011) dejó ver que de la escena actual tiene mucho que ver con Jack White, John Spencer Blues Explosion y hasta un poco de Black Rebel Motorcircle Club (cuando sube la velocidad). Es por ello que no extraña que para su siguiente grabación, Head in the Dirt (2013), haya escogido como productor a Dan Auerbach de The Black Keys (el rival más conocido de White), pues también el gusta del rock ruidoso, destartalado y muy vintage. “Family” se convirtió en un éxito del circuito emergente y una de sus piezas insignia.

Otra peculiaridad de esta historia es que Hanni El Khatib antes de incursionar de lleno en la música era el director creativo de HUF, una importante compañía para la moda y la parafernalia skate (él mismo es un consumado patinador). Como parte de las campañas que había desarrollado había recurrido a su pasión por la cultura pop de los años 50 y 60 o de figuras como Elvis y Johnny Burnette. Es decir, se trata de un tipo avezado en el diseño y aplicación de estrategias. Cada vez que tiene oportunidad explica que se considera un gran consumidor de música, fanzines, arte, fotografía y cine. Ocupa todo lo que le obsesiona en sus canciones que han sido elegidas para comerciales de marcas importantes como Capitán Morgan, Nike y Nissan.

Desde sus comienzos presentó sus temas con una buena frase —un tanto romántica—: “estas canciones fueron escritas para alguien que nunca haya sido disparado o arrollado por un tren”. Levanta altas expectativas, que compensa con un rock rugoso y áspero, bastante peleón, que ha fogueado bastante en festivales como el SXSW y Bonnaroo, además de girar con Florence and The Machine, recabando la experiencia del buen telonero.

Con ese rodaje es que encaró a su tercera creatura; Moonlight (Innovative Leisure, 2015). Las 11 canciones que lo conforman buscan tener el octanaje necesario para acelerar a un público más amplio y para ello recurre a riffs cochambrosos y rústicos. La idea es que aflore ese lado salvaje que fundamenta al viejo rock and roll.

Hay músicos a los que les queda bien esa condición de outsider; lo mismo a un enriquecido Jack White que a figuras de un culto más minoritario como The Legendary Tigerman. Hanni bien podría acomodarse en un punto intermedio entre ambos.

No resulta un dato menor que ha contado en repetidas ocasiones ser coleccionista de coches clásicos, latas de pomada y navajas de muelle; objetos que proceden de tiempos idos. Hanni se asoma una y otra vez al pasado a la hora de rockear y presume su pasión por lo artesanal y una manera directa y natural de hacer las cosas. Él tiene claro lo que cualquier artista que se respete debe enfrentar: tener errores y hacer las cosas lo más crudas posible”.

Moonlight no tiene lugar para contemplaciones… es un disco de rock; tanto sólo hay que dejar que corra su furia.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

¿Qué veíamos en los perros?

¿Qué veíamos en los perros? La agilidad de los galgos no alcanzaba y los hombres necesitaban meter sustancias en sus cuerpos. Con tu cámara filmaste cómo sostenían el muslo de un perro y lo acariciaban hasta aflojarlo, hasta clavarle una aguja. Fue raro que tomaras esa imagen porque el documental no iba a ser de denuncia. Yo corrí la mirada y vi que estaban listos seis de los perros en las gateras. Desde el otro extremo de la pista alguien arrastraba por la tierra un cadáver de conejo. A los galgos los ojos se les salían. Cuando volvíamos dijiste que lo difícil no era ver todas esas cosas sino hacer algo con ellas.


Autores
(Buenos Aires, 1987) es autora de Allá es mañana (Editorial Funesiana, 2013) y Los perros también se van (Viajero Insomne Editora, 2014).
Ilustración: Flickr / Sue Clark.

Pensaba que no había un paisaje pero

Hay un paisaje: En el vientre de mi hermana se gesta un niño. También podría decir que en la panza de mi hermana crece Blas, como un poroto en un frasco de dulce, entre algodones húmedos. Pero: —en el vientre de mi hermana se gesta un niño— suena más milagroso. Más medallita. Y que te crezca alguien nuevo, como el brote de un poroto entre algodones húmedos, es un milagro. Algo extraño. Magia blanca. Una brujería que algunas mujeres deciden ejercer.

Ahora la internaron, y le pusieron suero para frenarlo a Blas, que quiere nacer sin pulmones. Si la llamás por teléfono te cuelga antes de que te despidas. Para quedarse llorando sin que puedas verla.

Me pregunto por qué Blas, que ni siquiera tiene pulmones, angustia a su madre antes de tiempo. ¿Qué será de ella entonces, cuando él pueda llenárselos de humo?

Con mi carita de buena, cuando salí también le hice angustia a la mía y presión en un ojo hasta que dejó de ver. Tuvieron que separarnos el partero y las enfermeras que la asistían.

Del asunto las dos salimos malheridas: Ella con un ojo ciego y yo con un soplo en el corazón. Cuando lo cuento y me dicen: —Qué bajón— Me gusta responder: —No tanto, siempre quise tener una mamá pirata.

—Un soplo— me decía ella —es tener aire en el corazón. Como un vientito—. En esa explicación nos reconciliabamos. Mariana, una nena vecina me porfiaba que un soplito es un agujerito en el corazón que te sangra.

Al soplo le echaban la culpa de que me la pasara llorando como un chancho. Un chancho chiquitito, rosado, agradable, me imagino. De esos que no vale la pena carnear. De esos que cualquiera adoptaría una tarde en el parque, sin pensarlo mucho.

Pero en vez de llevarme al parque me sacaban bajo un árbol para que solita se me quitara la maña de llorar. Y funcionó.

Hay chanchos que si les acaricias la panza no pueden evitar quedarse dormidos. Qué bestia hermosa.

Por eso Blas, a vos te digo: que de este lado se la pasa bastante bien.

Te tocó mamá maestra, papá taxista. De hermana una gordita piola. Viven frente a la plaza, rodeados de terreno y les dieron el Procrear para un baño más, un agrandar la cocina y hacer una pieza donde pasarás como 18 años por lo menos. Así que tranquilo: Hay tiempo.

De este lado se la pasa bastante bien pero tranquilo, disfrutalo. Porque por las noches, cuando esté oscuro, y zumbe por la ventana lo que anda en la calle y tu cuerpo esté echado entre almohadones, o abrazado a la espalda caliente de una mujer o de un hombre o de los dos, descubrirás: aquello que te mantiene despierto ya no interrumpe el sueño de nadie. Una sensación fundante volverá a vos, y extrañarás algo que te hará arrepentirte de haberte apurado tanto.


Autores
(Bahía Blanca, 1985) es profesora de artes visuales y autora del libro de poemas Tramontina (Vox, 2012).

Tusk (Smith, 2014) hubiera sido grande: un hombre es secuestrado por un viejo marinero loco que lo intenta convertir quirúrgicamente en una morsa.

Las razones del viejo son rarísimas y a la vez, entrañables. Durante una expedición en su juventud, naufragó en una isla donde una morsa le brindó compañía, amistad y, al final, alimento. El marinero sobrevivió canibalizando a su dientón amigo —al cual llamó Mr. Tusk— y la culpa lo corroyó tanto que buscó revivir a la morsa en seres humanos. Tusk es la historia de un asesino serial que intenta responder la pregunta que nos ha invadido desde que empezamos a caminar sobre la Tierra: “¿Es el hombre, en el fondo de su corazón, una morsa?”.

A Tusk le falta algo tan fundamental pero tan simple que a veces pasa desapercibido: unidad de efecto.

Poe, en La filosofía de la composición, resume así el concepto: “Prefiero empezar con la consideración de un efecto. Teniendo la originalidad siempre en el horizonte, en primer lugar, me pregunto: ‘De los innumerables efectos o impresiones de los cuales el corazón, el intelecto o el espíritu son susceptibles, ¿cuál de ellos, en esta ocasión, escogeré?’. Después de elegir una novela [una forma], primero, y, segundo, un efecto, considero si acaso éste último será mejor logrado por medio de los hechos o del tono —por hechos cotidianos y un tono particular o, a la inversa, a través de hechos insólitos y un tono igual de notable—”.

Poe aboga, en el cuento o en el poema, por enfrentar al lector a una sola cosa. Si acaso el escritor quisiera, en la brevedad, proponer una plétora de efectos, el resultado sería la insuficiencia de todos ellos (“El que mucho abarca poco aprieta”, ¿no?).

Cuando el escritor estadounidense habla de la consideración de un efecto en una narración breve, se refiere a una economía de la lectura y a que es mejor apostar a la sencillez que a la saturación.

Una película, por su duración, se acerca más a la lógica del cuento que a la de la novela (ése es el lugar de la serie televisiva). Pensado así, el consejo de Poe puede ser aplicado a la mayoría de los filmes.

Tusk son dos películas, pero no en el buen sentido de tener profundidad y diferentes planos de interpretación, sino en el negativo: son dos películas simplemente pegadas. Una dura hasta que el protagonista completa su metamorfosis morsística; ésta es un thriller, cercano a la lógica del torture porn de Hostel. La segunda se extiende hasta el final y parece ser una comedia negra.

La tragedia de Tusk es doble: primero, en su saturación, pierde fuerza; segundo, ninguna de las películas que la conforman termina de funcionar.

El consejo de Poe sobre la unidad de efecto debe ser tomado con ligereza. No es una regla ni un requisito indispensable para que una narración breve funcione. La variedad de efectos en el espectador puede funcionar; por ejemplo, en Audition (Miike, 1999), también hay dos películas: una de amor y otra de torture porn. Ambas tienen sus distintos efectos, aunque la magia de Miike fue hacer la primera parte aburridísima, sosa, y la segunda impactante y asquerosa. En conjunto, las dos películas logran hacer una y, de algún modo, la multiplicidad de efectos se sintetiza.

En Tusk, la síntesis es imposible porque Smith ni siquiera tuvo claro que quería hacer con cada mitad. Ambas oscilan entre una comedia negra y un thriller; la segunda quiere contrapuntear con gore (que está bastante bien). El final (malísimo) es una especie de epifanía de a gratis y el malo, Howard Howe, termina siendo justificado por una “infancia terrible”, por lo que la importancia de la morsa queda desplazados en una sentencia del tipo “Soy asesino porque sufro mucho”.

“¿Es el hombre, en lo profundo de su corazón, una morsa?”. La pregunta nada más así; igual y alguien más la venga a contestar.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.