Tierra Adentro
"Los sorias", Alberto Laiseca. Editorial Barrett, 2024.
“Los sorias”, Alberto Laiseca. Editorial Barrett, 2024.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que escuché hablar de Los Sorias. Lo que sí sé es que, desde el primer momento, supe que era una novela legendaria escrita por un argentino, Alberto Laiseca, que me sonaba a un discípulo de Pynchon o quizá de John Barth. Lo siguiente que supe fue que quería conocer más de este autor, principalmente de su novela, porque no era cualquier cosa. Si bien es cierto que Alberto Laiseca, nacido en Rosario en 1941 y muerto en Buenos Aires en 2016, fue un escritor boyante, con más de doce novelas publicadas y una serie de cuentos que siguen, de una u otra manera, un estilo particularísimo que lo convirtió en un autor de referencia para la literatura no solo argentina, sino hispanoamericana, yo deseaba entrar en su mente y en sus escritos por la inmensa puerta llamada Los Sorias.

Ahora no sé si elegí la manera correcta de hacerlo.

Hay otras maneras de encontrarse con Laiseca, sí, seguro. Yo recomendaría empezar con Aventuras de un novelista atonal, publicada en el 82, porque tiene una estructura más sencilla, es muchísimo más corta y su “realismo delirante” parece más controlado. Y digo “parece” porque en Laiseca no hay control. El delirio es su leitmotiv o, mejor aún, su propósito en la literatura. Entonces, me desdigo. No hay ninguna otra manera de encontrarse con Laiseca más que por medio del delirio. Escoja una novela, un grupo de cuentos, y lo encontraréis. Quizás exagero. Es posible. Pero si uno es terco y no puede dejar de deslumbrarse por esas novelas ambiciosas, monstruosas y eternas, hallará las puertas (o mejor dicho las murallas) del estilo, del proyecto literario, de la obra de Laiseca en Los Sorias.

Hay que decir algunas cosas sobre esta novela, que en realidad es una reedición. Los Sorias se convirtió en una novela legendaria por muchos motivos. Para empezar, el escritor tardó diez años en escribir el inmenso mamotreto (o tocho, elija usted) de 1400 páginas que comenzó a circular como manuscrito por los ojos de otros escritores punteros de la literatura argentina (Piglia, Aira). Pasaron otros dieciséis años para que se publicara, en una editorial independiente, con poquísimos ejemplares, y pocos más después en una reedición también de culto. Ahora está publicada por la editorial independiente española Barrett, lo cual es de elogiar, pues una publicación de este calibre no es poca cosa para una independiente (¿por qué Penguin u otra de las editoriales “chonchas” no se atrevieron a hacerse con esta novela?, habría que preguntarles; muy caro el asunto, esa debe ser la razón, quizás) que va haciéndose nombre con libros de Alejandra Costamagna o la sorpresa editorial que significó Panza de burro de Andrea Abreu. La tirada de esta edición consta de 2000 ejemplares (no 500, como se anunció en algunos medios1). Aunque, si de algo pudiera quejarme es de la cantidad ínfima de ejemplares (esperemos la tirada se venda y haya más reimpresiones), porque por lo demás, tanto la hermosa portada como el texto del libro, es un trabajo impecable.

Hasta ahora he mencionado un solo motivo: el tiempo de escritura. O dos motivos: el tiempo de escritura y el tiempo para publicarse. ¿Hay otro? ¿Qué tal su contenido? El más obvio. Para eso estamos aquí. Bastaría decir, a manera de sinopsis, que Los Sorias retrata no una historia familiar, como yo pensé durante años sin acercarme del todo a la novela, teniéndola en una cutre edición digital esperándome a que me quemara los ojos en ella, ni tampoco es una de esas novelas que recorre a través de los siglos a personajes extravagantes, imposibles, ignotos. Es más, ese “plural” en Sorias es justamente perfecto, pues la historia de esta novela va sobre los habitantes de varios países ficticios, entre ellos uno llamado Soria. Luego entonces, los sorias son los habitantes de esta nación ficticia, que llevan un mismo apellido: Soria. Y digo esto de lo plural porque en realidad, los personajes no importan demasiado, al menos en un nivel psicológico profundo. A Laiseca no le ha importado sumergirse en los detalles de sus mentes, aunque estemos hablando de los horrores de personajes psicológicamente erráticos. 

Me explico, Los Sorias retrata la guerra fría entre tres naciones: Soria, La Tecnocracia y la Unión Soviética. Las tres son dictaduras que toman influencia de Estados que han existido en la historia del mundo durante el siglo XX (y podríamos decir que también en el XXI). El Mundo de Soria y Tecnocracia no es el mismo que el nuestro, pero se le parece en lo geopolítico, así como en lo burocrático y en la tremenda violencia ejercida en cada país. Por momentos, se siente que las formas de gobierno de estas naciones se parecen a la dictadura nazi, a la soviética, a la rusa, a la de Libia, a la argentina, mexicana, o cualquiera que se nos pueda ocurrir. Lo diferente es que en este mundo hay magia y tecnologías superiores a las que conocemos. Aunque hay armas nucleares, también hay bombas de tiempo, astrales, ataques psíquicos y espirituales, vudú y torturas imposibles. Porque en el mundo de Los Sorias lo que abundan son los horrores y la risa estupidizante del sinsentido que, sin embargo, sí lo tiene. Y también los personajes que son más bien tipos que representan la barbarie, el jolgorio, la violencia, el sadismo o la cultura. El Soriator como gobernante de Soria y el Monitor como gobernante la Tecnocracia, además de los gobernantes de países en la periferia, otros Sorias e Isekas que serán músicos, bufones, víctimas, prostitutas, amantes, generales, combatientes y sufrientes (esto más que nada) de las políticas salvajes de los gobiernos dictatoriales.

Es decir, en Los Sorias el lector encontrará la historia de una rencilla entre naciones por causas absurdas que provocan acciones igual de absurdas. Porque la imaginación de Laiseca está puesta para los horrores principalmente, pues la galería de torturas que abundan durante gran parte de la novela es inmensa. No hay suplicio imaginable que no esté dentro de la novela, aunque hay preferencia por la decapitación, la castración y la extirpación de los senos, además de otras linduras.

Durante varias páginas me preguntaba si valía la pena seguir leyendo este catálogo de horrores. ¿Su objetivo era ese, terminaría en algún momento? ¿Por qué leer algo que nunca he hallado estéticamente agradable? Se podría argumentar que ahí está la obra del Marqués de Sade, de Masoch, la literatura de horror, el gore, y un larguísimo etcétera. Las experiencias estéticas no dependen solamente de la belleza, pero mi argumentación, muy personal, se deriva en el placer intelectual provocado cuando un lector, en el caso de la literatura, halla un complejo cuya trama, prosa, historia, profundidad, originalidad, intertextualidad, y un largo etcétera, se combinan para crear una experiencia calculada, o incluso sorpresiva. Eureka, decimos cuando frente a nosotros está algo que no se esperaba crear o encontrar. Incluso en lo feo y en lo grotesco puede existir ese placer estético que asombra y que atrae. En estos horrores, como si se tratara de un pináculo de lo siniestro, ¿existía también ese tremendo misterio que me alejaba y atraía por igual? Debía encontrarlo pese a las, sí, exageradas descripciones de tortura, en busca de una lectura que me diera algo. Y al finalizar la novela, descubrí que no lo encontraba. 

Y aquí es el momento en el que la lectura se vuelve pesada. Porque hay que decirlo. Leer una novela de más de mil páginas no es una experiencia del todo sencilla o grata, a menos que se trate de una saga de fantasía, o de una obra cuya intencionalidad está enmarcada en el disfrute de una narración de largo alcance. Pero no es solo eso, sino la pregunta de “hacia dónde va todo esto.” Porque, hablando de fantasía, se podría pensar en una saga de Brandon Sanderson, pues el worldbuilding está presente tanto en la psicología de la sociedad (que no tanto de los personajes), como en su historia, o en su tecnología y en su sistema de magia; aquí ciencia y magia conviven sin ningún tipo de empacho. Los Sorias, sin embargo, no tiene la intención de ser una narrativa sencilla (o poseerla), pues estas peculiaridades de la tecnología de una u otra nación, o de la magia utilizada para hacer zombis, entrar al astral, a los registros akáshicos o lanzar “mudras”, no tiene una estructura del todo fácil de entender. Porque la intención de Laiseca no es crear un mundo lógico, sino uno demente. Hay magia porque este es un mundo de locos. ¿O no? 

Leer, ya lo decía un párrafo antes, una novela de esta magnitud puede resultar un ejercicio tedioso. No es que la prosa vuelva complicada la lectura, como en el caso de Joyce o en algunas obras de Cartarescu. Aquí no hay lirismos, una prosa recargada, tecnicismos ni nada parecido. No hay flujo de consciencia. La estructura de la novela, sin embargo, sí representa un desafío, pero no por la manera intrincada en la que está construida Los Sorias, sino por ese aparente descuido. Por un momento se habla de los sindicatos de la Unión Soviética, y en otro momento de los bufones de la Tecnocracia, en otro apartado se discute cómo en una nación el yogurt se ha convertido en ambrosía y en otra es una sustancia prohibida, y en uno más las diferentes técnicas de emasculación. Máquinas y hombres desquiciados, espías, magos y un escritor que bebe del Amadís de Gaula o de Solszhenytsin, lo mismo que música de Wagner y Mozart, y pinturas y arte y cultura y… de nuevo tortura.

¿Cuál es el propósito de esta novela? ¿Cuál es la estética? Quizá el absurdo, pero no como en el teatro, pues aquí no hay onirismo. Delirio, uno que habla directamente de la realidad… es posible. Porque esta historia no está alejada de las actuales dictaduras. Uno puede descubrir en Los Sorias mentes de líderes en cualquier parte del mundo, sean históricos o contemporáneos. ¿Qué tan alejada está la Tecnocracia de los Estados Unidos bajo Trump? ¿Los Sorias es una novela sobre la desmesura, sobre el exceso, y esto es justo lo que encontré, casi gritando “¡Eureka!”, al descubrir la intención de Alberto Laiseca. La desmesura por la desmesura tanto como el arte por el arte. Y también otra cosa, y aquí es donde hallé solaz: la imaginación.

Lo que hace Laiseca en Los Sorias, y realmente en gran parte de su obra, es extremar la imaginación y hacer que cosas aparentemente contrarias convivan: la magia y la ciencia, la dictadura y la ternura, la tortura y el humor. Porque en los artefactos, en la inmensidad de todo lo que ocurre aquí los límites terminan por llegar a lo pantagruélico. Y es Rabelais precisamente uno de los maestros de Laiseca para concebir lo inconcebible, e incluso para darle forma a algo que, a pesar de todos los artefactos, tecnologías y de ese aparato de nombres e inconsistencias, la realidad se abra camino hasta el lector. Soria, la Tecnocracia o la Unión Soviética, ¿son meras fantasías? Qué tan lejos estamos de ese punto cuando aquí afuera, en nuestro propio mundo laiseciano, Elon Musk levanta la mano como si realizara un saludo nazi en el día en el que asume funciones por segunda ocasión Donald Trump. Quizá las risas, el humor y la imaginación de Laiseca se hallen en esta novela llena, ya lo he dicho, de horrores, para contrarrestar el delirio de su mundo, uno que se parece demasiado al nuestro. ¿Qué tan distinta es Soria de Europa, de una dictadura latinoamericana, del Estados Unidos bajo el segundo mandato de Trump?

¿Vale entonces dedicarle días y días a esta novela inmensa? Yo diría que por supuesto lo vale. También añadiría algunas cláusulas que me parecen importantes para disfrutar la lectura de esta inmensidad: hacerlo por partes, descansar la lectura e ir a otra cosa, tener paciencia y… más paciencia, y reírse también, un poco al menos, de una novela que expresa una búsqueda dentro de todo ese delirio, que es el arte también, y la narrativa, a pesar de que el arco del escritor, Personaje Iseka, o de los dictadores o de cualquier otro personaje, nos lleven a desilusiones. Aquí no hay una gran profundización de ellos, pero sí lo hay de las obras, de la sociedad, del plural, de Fuenteovejuna y también de una sola mente, la de un autor que podría ser catalogado de genial, pero también de absoluto timador.

Por momentos, Los Sorias se convierte en eso, en una especie de burla hacia el lector, como si Los Sorias hubiera antecedido esa broma que no se acaba, y de la que, tal vez, es acusado justamente Foster Wallace. ¿De qué acusaremos a Alberto Laiseca? Al menos de incontinente, de desmesurado, y sí, también de delirante.

"Los sorias", Alberto Laiseca. Editorial Barrett, 2024.
“Los sorias”, Alberto Laiseca. Editorial Barrett, 2024.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Portada de "Cosmos", Witold Gombrowicz. Grove Press, 2011.
Portada de “Cosmos”, Witold Gombrowicz. Grove Press, 2011.

Me resulta difícil escribir de Cosmos (1965), imaginada en la Polonia de la posguerra por Witold Gombrowicz como “una novela sobre la formación de la realidad”. Ni siquiera sé si se le pueda denominar relato policial o ficción detectivesca. ¿Es posible definir como historia esa constante acumulación y disociación de elementos… cosas… ideas? Sí, pero en tal caso, se trata de un intento por organizar el caos, en donde toda trama es posible y el personaje principal es el signo lingüístico. Un mundo excéntrico, incluso un rompecabezas filológico absurdo, pícaro.

            Según la leyenda de una vida nómada, marcada por la guerra y el exilio, a Witold Gombrowicz su pasión por la filosofía lo salvó del único problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. En 1969, luego de sus años argentinos y de vuelta en Europa —que no en su natal Małoszyce—, el escritor polaco pedía insistentemente a sus amigos Constantin A. Jelenski y Dominique de Roux que le consiguieran veneno o un revólver.

            Entre el 27 de abril y el 25 de mayo de ese año, desahuciado en su casa de Vence, comuna francesa, Witold Gombrowicz dictó a su mujer, Marie Rita Labrosse, y a Dominique Roux, un Curso de filosofía en seis horas y cuarto (1971). Su objetivo era reconstruir una especie de “genealogía” del Existencialismo (el cuarto de hora se lo dedicó al Marxismo). El poeta Czesław Miłosz lo recuerda como un amigo a quien solo le gustaba hablar de filosofía y música clásica.

            Witold Gombrowicz asegura en su Diario (1953-1969) que “[…] el arte es el único medio del que disponen los hombres dentro del caos de la Existencia para hacer valer un poco su forma”. Es decir, que lo que caracteriza a la humanidad es la incesante necesidad de otorgarle un sentido a su realidad, dentro de tantas experiencias posibles del mundo. En palabras de Francesco M. Cataluccio, a propósito de las lecciones de filosofía de Gombrowicz, el autor de carne y hueso, como los personajes de sus historias, era un ser que podía volverse loco si sus ojos se fijaban en un objeto o su mente, en un pensamiento…

            Sucede con Witold, homónimo personaje principal de Cosmos, y Fuks, su cómplice de fechorías, asociaciones e ideas. Un par de detectives o criminales del juicio. Ambos lunáticos, estrafalarios en cuanto a la acumulación especulativa, barrocos en lo descriptivo. Witold y Fuks, como el resto de la humanidad —según la filosofía de Gombrowicz—, se caracterizan por un inagotable dilema por encontrar la forma. Así describe dicha urgencia en su Diario el escritor polaco: “Como una ola que, compuesta de un millón de moléculas caóticas, reviste sin embargo a cada instante una forma determinada”. Todos los objetos y personas, pues, constituyen un ejército gigantesco, una multitud inagotable, un enjambre, un tumulto, un caos.

            El Universo.

            Las obsesiones filosóficas y personales de Witold Gombrowicz se ven particularmente expresadas en Cosmos como una novela policial. Parte de una premisa: el ahorcamiento de un gorrión, encontrado por Witold y Fuks durante su deambular por el camino de Krupowki, en Zakopane, mientras buscaban una pensión en la que alojarse. Un gorrión colgado de un alambre fino enredado a una rama, con la cabeza inclinada y el pico abierto. Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Para los dos, todo se concentró de golpe en ese animal muerto —en realidad, asesinado—, una primera anomalía, al tiempo que evidenciaba su total excentricidad:

            ¿Quién ahorcó al gorrión? La perversidad y el dolor, ¿por qué?

            No muy lejos de ese anormal patíbulo, una cerca con un letrero decía —en polaco, pero yo leí la traducción de Sergio Pitol— algo así como: “Se alquilan cuartos”. Era la casa de doña María Wojtys (abnegada ama de casa y también casera, en extremo parlanchina, como todas las caseras del mundo) y del señor León Wojtys (ex bancario, pensador de la broma en serio y personaje por demás singular debido a su vocabulario). Vivían con ellos Lena, su hija, y Ludwik, el esposo, además de Katasia, la mucama. A partir de ellas dos, otra anomalía primordial en el relato: la asociación entre la boca de Lena y la boca de Katasia.         

            De la mucama, un defecto en sus labios, un alargamiento mínimo que provocaba un enroscamiento reptiloide; de la boca de la hija de los Wojtys, tímida hasta lo erótico, un mutismo que rayaba en el enigma. No fue la primera asociación de Witold —a él y a Fuks les servían el desayuno y la comida en sus cuartos, escrupulosamente auscultados por ellos mismos—, porque ya había observado todos los objetos en la casa durante la cena, que compartían con la familia en la planta baja. El escenario de las cosas, durante la conversación, les proporcionó a ambos una anomalía más: un palito que finalmente dilucidaron como una flecha.

            Todo se le presentó entonces a Witold como una evidente señal de algo que no podía ver, pero que intuía en el mundo de las ideas. “Apenas fijamos nuestros ojos y ya, bajo nuestra mirada, surge el orden… las formas…No importa. Que sea como quiera”. Luego el indicio, la especulación, cierta inagotable fuente de ideas dispersas que, no obstante y por medio de un esfuerzo mental neurótico, significan. “Si fijamos los ojos en un solo punto del mapa sabemos entonces que se nos escapan todos los demás”. No hay otra opción sino rascar en la cartografía de la galaxia para encontrar un punto que se dirija hacia otro, sea cual sea el camino.

            “¿Pero cómo relatar algo sino a posteriori? ¿Es que realmente no se puede expresar nada en el momento de su nacimiento, cuando se trata aún de algo anónimo? ¿Es que nunca nadie será capaz de transmitir el balbuceo del momento que nace? ¿Por qué razón si hemos salido del caos no podemos nunca entrar en contacto con él?”, se preguntó Witold cuando él y Fuks debatieron luego de sus paranoicas pesquisas. Una suerte de flecha los dirigía al cuarto de Katasia, exponiéndola como la principal sospechosa… ¿del crimen?

            Un plan de acción, una linterna. Los dos en medio de la noche… ¿buscando qué? Nada, indicios, pistas que los llevaran, por lo menos, a comprobar algo, casi un experimento. Fifty-fifty. Luego, el estruendo, de nuevo el caos: se separan los policías (o los ladrones). Fuks persigue un ruido en el exterior; Witold, la luz del cuarto matrimonial de Lena. Desde el primer momento la deseó, a pesar de estar casada, y se obsesionó con la perversión ero-nero-eróticamente-noerótica (sic), de su mano en relación con la de su esposo. Las posibilidades táctiles…

            “Todo depende del tacto (pensaba), de su manera de tocarla, y podía muy bien imaginarme la forma en que ellos se tocaban, decente o indecentemente, perversa, salvaje, furiosamente, o de una manera totalmente matrimonial, y nada, nada me resultaba claro, nada, porque ¿quién podía asegurar que unas manos bien formadas no pudieran tocar de un modo feo, horrible?”. Por eso Witold, además, se convirtió en un voyeurista.

            Los espió sin escrúpulos, la vio desnuda y perdió la razón, cómo no. “Ver a un hombre junto a la mujer que nos interesa no tiene nada de agradable”, esa fue su justificación para el vacío que le generó el voyeurismo, repleto de falsos signos, de huellas que no eran huellas, sino posibilidades de sendero. ¿El silogismo? Witold ahorcó a Dawidek, el gato de Lena, y lo colgó en el jardín. Otra más de las anomalías, pero ahora una causada por él, fuera de sí.

            Un gorrión colgado, una flecha sinuosa, un gato ahorcado. La boca de Lena, entreabierta o cerrada, tierna, en oposición a la deformidad viscosa de la boca de Katasia. El casi ininteligible lenguaje con que León Wojtys se expresa del pasado. La rotunda aceptación de una vida mórbida por parte de doña Bolita o Bolibolol o Bolibolibol, como llama su esposo a María Wojtys. Paranoia social, neurosis comunitaria. Una excursión, tres parejas en luna de miel, un sacerdote y la cabaña en medio de las montañas de una Polonia (in)existente. Más indicios, más sospechas, más caos, enredo, vorágine. Nadie averigua nada. Todo es demasiado. Y al final: un suicidio.

            Tiru-liru-lá.

            ¿Capricho soberano? ¿Pura fantasía? ¿Crimen lingüístico-filosófico? No, no declararía “culpable” a ninguno de los implicados en Cosmos, ni siquiera a Witold Gombrowicz, quien fue uno de los que no se suicidó. Tampoco sobrevivió para leer las notas de su Curso de filosofía en seis horas y cuarto, murió mientras preparaba la clase sobre el Estructuralismo. Una entrada de su Diario, fechada en octubre de 1966, propone una conclusión posible para sus lecciones de filosofía: “El problema fundamental de nuestra época, el que domina completamente toda la episteme occidental […] puede enunciarse así: cuanto más intelectual, más estúpido”.

            Cosmos es una búsqueda espasmódica de indicios, asociaciones y series de ideas en pos de un lenguaje que, por fin, pueda dotar de forma al caos. Montones de palabras, imágenes, metáforas. ¿Cuántas frases pueden formarse con las letras del alfabeto? Lo respondió Ludwig Wittgenstein en el numeral 2.6 de su Tractatus Logico-Philosophicus (1921):

            “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”.

            [El texto se interrumpe aquí].

Portada de "Cosmos", Witold Gombrowicz. Grove Press, 2011.
Portada de “Cosmos”, Witold Gombrowicz. Grove Press, 2011.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Still del documental “Bitter Lake” de Adam Curtis, “We are all born killers” (2015).

Nunca se trató de amor. Se repetía Héctor.

Nunca se trató de amor. La frase rebotaba dentro de su cerebro, como pelota de ping pong, como si se hubiera desencadenado un rebote de izquierda a derecha y ya no pudiera detenerse. “Nunca” toque cráneo lateral derecho, “se” rebote en mandíbula, “trató” toque cráneo lateral izquierdo, “de” rebote en mandíbula, “amor” toque cráneo lateral derecho, “Nunca” rebote en mandíbula…

¿Entonces de qué se trató? le preguntaba Nano sentado en el asiento copiloto mientras Héctor pisaba el acelerador. Nano no tenía muchas cosas claras: ¿por qué Héctor sudaba?, ¿qué imágenes pasaban por su cabeza?, ¿quería llorar o por qué apretaba así la boca?, ¿por qué iban tan rápido?, ¿qué pasaría si un perro cruzara la calle en ese instante?, ¿qué se sentiría morir?, ¿por qué vivimos y con qué objetivo? Las preguntas sobre Héctor no lo apuraban tanto como la última, así que, cuando entendió que Héctor no pensaba hablar, se sumergió en su propia pregunta y volteó a ver la luna creciente.

San apretaba el gatillo del encendedor desde el asiento trasero, batallando contra el viento que entraba por la ventana abierta de Héctor.

Hace tiempo no le salía un porro tan horrible. Pero la velocidad de Héctor y la premura del momento lo habían puesto un poco nervioso. En un carro en movimiento y con las manos sudorosas era difícil forjar con elegancia. 

Eventualmente el humo de la ganjah cumplió su cometido y con los pulmones hinchados de verde, San encontró la paz que llevaba un rato buscando. 

Vi un documental cabrón, dijo en voz alta. 

Sobre Afganistán, continuó. 

He estado viendo muchos videos sobre las torres gemelas. 

¿Te gusta ver cómo caen?, preguntó Nano.

Me gusta ver el fuego.

¿Pero las personas? ¿Te has puesto a ver los videos de la gente que se avienta?

No, wey.

Ah.

¿A ti sí te gusta ver eso?

Los veo y me pregunto qué estaría pasando por su cabeza.

¿Mientras caen?

Antes.

¿Justo antes?

Sí.

Y con ese sí, Nano ponía final al interrogatorio. 

Se dejó caer el silencio, y se volvió protagónico el sonido de la defensa del chevy, que Héctor había aflojado con un banquetazo, meses atrás.

Las luces de los otros carros atravesaban los vidrios. El rechinido de la defensa marcaba un ritmo zigzagueante que arrulló las mentes de los tres. Pensaron primero en la muerte, como concepto y certeza; luego en su propia muerte; y luego temieron la muerte de sus padres. 

Con un movimiento decidido, la mano de Héctor encendió la radio y Marco Antonio Solís inundó el ambiente con su voz color azul con franjas doradas; al menos, ese era el color que le asignaba San. 

He hecho unos cambios en mí, pensando si te gustarán…

¿Será que los hombres somos más proclives a la violencia por haber nacido con pito?, se preguntó San, observando la nuca de Héctor, con su cabello al ras, cortado obsesivamente con la afeitadora de su papá. Era perfecto el corte y evidenciaba el color rojo que seguía tiñendo apenas la nuca de Héctor, que brillaba todavía a causa del sudor. 

San estudiaba biología, aspecto que, de vez en cuando, lo llevaba a hacerse preguntas con respecto al género. Le gustaban mucho los animales, y trataba de entender qué hacía a los machos ser machos y las hembras ser hembras. 

Volvió a pensar en el documental, Bitter Lake se llama, y reparó en que eran hombres casi todas las personas que aparecían en pantalla. 

Hombres en guerra. 

El documental lo impactó, y cuando su mente se volvía turbia, visitaba los momentos que lo habían hecho sentir cosas; como una escena en los primeros minutos del documental, en la que salen unos soldados, parece que están ebrios y hablan de la cantidad de personas que mataron ese día. Como si hablaran de un videojuego. Recordando con euforia cómo ese día habían asesinado 24 personas, sin orden alguna. 

Todos se callan cuando uno le replica a otro: todos nacimos asesinos.

¿Y si sí?

San se preguntaba si sería capaz de matar a otra persona. No estaba seguro de odiar esa fantasía. 

Héctor frenó de repente. 

Nano había percibido como iban desacelerando poco a poco después de una prolongada curva. Se habían orillado oportunamente. 

Sus manos seguían aferradas al volante. 

San preguntó: ¿Hay plan?

Nano respiró profundamente. Era evidente que nadie había hecho ningún plan. 

Héctor rompió en lo que parecía un llanto o un ataque de tos contenido. Sintió ganas de estrellar su cabeza contra la ventana, contra el volante; necesitaba herirse con urgencia. Y ahora también lloraba, como marica. Se intentó reventar la cabeza con dos puñetazos y al notar la dificultad de la empresa, optó por apretarla entre los puños y estrellarla repetidamente contra el volante. El claxon sonaba en consecuencia.

Nano pensó que eso era ya excesivo. Que era solo cuestión de tomar decisiones. Pero en esta ocasión no tenía ni una sola idea sobre cuál era el camino correcto. Tenía claro cuál sería el camino más práctico, aunque probablemente no el moralmente más adecuado. Pero conociendo a Héctor, seguir complicando este dilema moral sería una tortura. Pobre Héctor, ahora sí era incierto cómo saldría de esta. Solo parecía haber tragedia en el panorama. 

“Esperemos todo resulte bien”, pensó, dándose cuenta de que era una frase que repetía mucho su madre. Curioso, enunció en su mente, mientras tomaba su barbilla con la mano en un gesto pensativo.

Héc, Héc. Para cabrón. Estás haciendo mucho ruido.

Cálmate, wey.

Respira, Héc.

Nano observó a San y pensó que tenía una habilidad particular para brindar tranquilidad a otras personas en momentos de crisis. Y se sintió tranquilo, aunque antes de eso no se había sentido intranquilo. Eso también le pareció curioso.

Una vez que Héctor empezó a respirar y un moco escurría por su nariz, San y Nano se vieron a los ojos, y con la mirada se dijeron tantas cosas; entre ellas, que había que decidir qué hacer porque Héctor no parecía tener posibilidad de resolverlo solo. 

San pensaba que la verdad era fácil de manipular, si es que de hecho la verdad existía. Lo vio en el documental, los políticos lo hacían, la gente que dirigía las grandes potencias mundiales se permitía eso. Y ¿qué no, al fin y al cabo, ser bueno o ser malo dependía del ángulo desde el que se juzgaban los actos? Con los argumentos adecuados y las acciones oportunas, Héctor podía aparecer como el bueno de la historia. Todo dependía de quién contara la historia. Todo dependía de quién contara la historia antes y más fuerte. 

Pensaba que me amaba, dijo Héctor. 

Por fin se había destrabado su pensamiento. 

No pintaba nada bien esa respuesta, meditó Nano. Con cuestiones emocionales, él prefería no participar. Nunca había podido cultivar la capacidad de empatizar con las emociones de los demás; tampoco había tenido interés en ello. Cerró los ojos y se entregó a la oscuridad.

San repasó en su cabeza la frase de Héctor y pensó que era interesante el vuelco que había dado con dicho diálogo.

Eventualmente aceptó que no quedaba nada más que esperar que pasara la noche y el día les revelara nuevas respuestas. Se acostó en el asiento trasero y fumó nuevamente. ¿Habría alguna persona verdaderamente buena en el mundo o solo era una serie de hipocresías acumuladas lo que nos hacía creer entender el bien y distinguirlo del mal?


Autores
(Ciudad de México, 1993) Dramaturga, directora de escena y docente. Tiene la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Fue ganadora del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños, Niñas y Jóvenes “Perla Szuchmacher” 2021, por su obra Oppa, y del Premio Nacional de Dramaturgia Jóven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo” 2023, por su obra Sobre el sonido de un derrumbe. Desde el 2014, con su compañía La voz de las cosas, ha dirigido y adaptado obras de teatro para público jóven y adulto; así mismo se ha especializado en el trabajo y diálogo con jóvenes audiencias, desde la docencia en nivel secundaria, hasta su participación en diversos eventos de difusión cultural entre niñas, niños y jóvenes.
"Blood on the tracks", Bob Dylan. Columbia Records, 1975.
“Blood on the tracks”, Bob Dylan. Columbia Records, 1975.

People tell me it’s a sin

To know and feel too much within

I still believe she was my twin

But I lost the ring

She was born in spring

But I was born too late

Simple Twist of Fate

I

Esta es una imagen que me seduce. Alguien —del mismo modo que lo hago yo, aunque cincuenta años atrás— se acerca a un ejemplar de Blood On The Tracks para reproducirlo de inicio a fin. Su disco, a diferencia del mío, carga consigo la incertidumbre que inspiran las obras nuevas. Novísima, de hecho, la que el oyente imaginario tiene entre las manos: es 20 de enero de 1975. Es probable que él, al igual que el resto del público, no espera del trabajo de Bob Dylan otra cosa que una medianía atendible; han pasado casi diez años desde Blonde on Blonde y el cantautor de Minnesota parece haberse desinteresado por la introspección emocional que caracterizó su obra temprana. Acaso opacado bajo la sombra de los sesenta, Planet Waves, su trabajo reciente, se había distinguido por la sofisticación armónica y sensibilidad tonal que, en colectivo, fue lograda de la mano de The Band, el excepcional grupo que contaba con Rick Danko, Levon Helm, Garth Hudson, Richard Manuel y Robbie Robertson. Algunos fanáticos, sin embargo, señalaban que el proyecto creativo llevaba varios años en franco declive.  

La carrera de Dylan, inmersa en un punto estético que dividió al público, apuntaba en muchas direcciones, excepto en su coordenada germinal. Es por eso que me fascina imaginar la conmoción del primer oyente de Blood On The Tracks. Un gesto pícaro me invade cuando pienso cómo es que, al iniciar “Tangled up in Blue”, se encuentra con un patrón rítmico que las manos de Dylan habían olvidado: el fingerpicking típico de la música folk. Lleno de acordes abiertos, el arpegio orgánico y resonante es la compañía central de las largas estrofas que inundan la primera canción del álbum. Ya desde el esquema lírico, Dylan parece mostrar que no persigue un retorno a lo que fue: ha reinventado los sonidos en los que se gestó, maduro ahora. El amor perdido, en este y en el resto de los tracks, es la excusa del narrador para mostrar el destierro en el que se encuentra. Se trata de una voz en perpetuo punto de partida:  

Así que volveré,

de algún modo tengo que llegar a ella.

Todas las personas que solíamos conocer

son ahora una ilusión para mí.

Algunos son matemáticos,

otras esposas de carpinteros.

No sé cómo empezó todo,

ni qué es lo que hacen con sus vidas.

Pero yo sigo en el camino, 

en busca de otro lugar.

II

Quien haya contrastado las declaraciones públicas que Bob Dylan ha hecho sobre su propia música debería tener algo muy claro: no hay que fiarse de él. Esto no ocurre solo con sus canciones. Parte de su formación como personaje ha girado alrededor de las (muy) habituales disonancias y contradicciones discursivas. En 1985, por ejemplo, declaró: 

Tal vez en los años 90 o posiblemente en el próximo siglo la gente considerará los años 80 como la Era de la Masturbación, cuando se llevó al límite, eso podría ser todo lo que está sucediendo ahora en gran medida.

Más tarde, en una rueda de prensa, un reportero le preguntó si aún consideraba que vivíamos en la Edad de la Masturbación. Antes de reír, el cantante frunció el ceño: “¿Eso fue algo que dije? Dios…”.

Al igual que muchas de sus ideas públicas, los objetos referenciales de las letras de Dylan son a menudo elusivos y cambiantes. En una entrevista con Craig McGregor hecha en abril de 1978, dijo al respecto de “Tangled up in Blue” que el origen de la canción se encontraba en la fuerte contaminación mental que le había provocado el Blue, de Joni Mitchell. En 2018 agregaría que, de hecho, en esa época él estaba bajo el influjo de varios álbumes y canciones azules: Kind of Blue, De Miles Davis; “Blue Bayou”, de Linda Ronstadt; “Blue Moon of Kentucky”, escrita por Bill Monroe y popularizada por Elvis; etc. También se ha dicho que fue Norman Raeben, su maestro de pintura, quien miró uno de sus cuadros y le dijo que parecía estar envuelto en tristeza (jugando, también, con los pigmentos usados sobre el lienzo: tangled up in blue). 

La de la legitimidad de su inspiración es una incógnita que se extiende a lo largo de todo Blood On The Tracks. Se da por sentado que este álbum —melancólico, vengativo y nostálgico en proporciones iguales— gira en torno a la ruptura, específicamente la que Bob Dylan atravesó con Sara Lownds. Quizá cansado del tema, quizá receloso de vulnerar su intimidad a través de la óptica del arrepentimiento y la pérdida, él dedicó un tramo de Chronicles: Volume One a negar la interpretación biográfica con la que se ha analizado el álbum durante décadas. Sin dar ejemplos puntuales, aseguró que las historias que pueblan a cada uno de los diez tracks están inspiradas en la narrativa de Anton Chéjov. Con todo y la obvia evasión a su vida sentimental, es cierto que el poder creador que habita las historias del disco es totalizante en sus temáticas y potentísimo en su brevedad. La primera estrofa de “Idiot Wind”, más que evocar imágenes, construye un microrrelato de espíritu ladino y un poco jocoso: 

Alguien conspira en contra mía,

siembra historias en la prensa.

Quienquiera que sea, ojalá lo deje ya,

pero cuándo lo hará, sólo puedo adivinar.

Dicen que le disparé a un hombre llamado Gray

y me llevé a su esposa a Italia.

Ella heredó un millón de dólares

y, cuando murió, el dinero fue para mí.

No puedo evitar tener suerte.

Hubo algo de suerte, sí, en el golpe de fortuna que le permitió a Dylan crear una obra maestra en un momento de su vida en el que los críticos no esperaban ya nada de él. Y es imposible, aunque él pretenda lo contrario, no recurrir a su biografía para entender el proceso convulso del que nació Blood On The Tracks. Casado con ella desde noviembre de 1965, se divorciaría de Sara Lownds hasta junio de 1977, después de haber criado juntos a cinco hijos. Mientras tanto, la relación estuvo llena de altibajos entre los que resaltó el amor furtivo y breve que Dylan sostuvo con Ellen Bernstein, a quien conoció en febrero de 1974, cuando ella tenía 24 años. 

Ellen trabajaba como ejecutiva para Columbia Records cuando lo conoció. Ambos se encontraron en una fiesta organizada por el promotor Bill Graham y, avanzada la noche, optaron por abandonar el sitio. La inteligencia y el carisma de Ellen cautivaron a Dylan, quien la acompañó a su casa para quedarse a jugar backgammon hasta el amanecer (quisiera que esto fuese una suerte de eufemismo, pero parece que la interacción se limitó al juego de mesa). Pronto, después de llevarla a conocer su casa en Malibú, él le pidió que lo acompañara durante el verano a Minnesota, cerca de su hermano, David Zimmerman. Fue ahí donde el proceso comenzó. Lejos de su matrimonio, Dylan dedicó la temporada a escribir canciones en un cuaderno rojo. Todos los días, por la tarde, acudía a Ellen para mostrarle su progreso. Había un patrón: las letras cambiaban siempre. 

Es probable que “You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go”, escrita durante la aventura de verano, sea un reflejo de la fugacidad del vínculo con Bernstein, así como una anticipación de su inevitable ruptura. ¿Acaso es solo una coincidencia que se mencionen Honolulu y San Francisco, donde ella vivió, y Ashtabula, donde nació? 

Te buscaré en el viejo Honolulu,

en San Francisco o en Ashtabula.

Tendrás que dejarme ahora, lo sé,

pero te veré en el cielo,

en la hierba alta, en quienes amo.

Me harás sentir tan solo cuando te vayas.

Acaso la insistencia de Dylan en negar toda intención confesional dentro de Blood On The Tracks puede ayudar a comprender que una de las grandes bondades del álbum es que no apoya su universo en la autoreferencialidad: más que evadir lo biográfico, lo trasciende. Es común que los cantautores contemporáneos (siguiendo el modus operandi de Taylor Swift) dediquen tramos enteros de su discografía a construir su mito personal —el evangelio desde el que buscan explicar su arte— a partir de easter eggs que persiguen, sobre todo, volverse trivia más tarde. Libre de este vicio contemporáneo, Dylan ha buscado la universalidad en sus letras diluyéndose a sí mismo.

III

En septiembre del mismo año, pasado el romance con Bernstein, Dylan comenzó a grabar Blood On The Tracks. La ciudad que había elegido fue Nueva York, aunque las sesiones terminarían hasta diciembre, en el Sound 80 Studios de Minneapolis. El trabajo no fue sencillo para nadie: el cambio de lógica, en el que buena parte de la instrumentación había sido abandonada para darle prioridad a las vocales y la guitarra de Dylan, tenía a todos en el estudio sometidos a jornadas de extravagante creatividad. Glenn Berger, ingeniero de sonido que trabajó para la producción, relataría en su libro Never Say No to a Rock Star cómo es que Dylan, al tocar “Idiot Wind” por primera vez frente a su equipo, había entrado en un trance de intensa vulnerabilidad (en ese entonces, el tono de la canción era más bien furioso, un poco dolido). Al terminar, el compositor buscó aliviar la tensión del momento dirigiéndose al cuarto de control con una pregunta que los hizo reír: ¿Fui lo suficientemente sincero? 

Fue la sinceridad lo que salvó la carrera de Dylan. Antes de lanzarse a grabar Blood On The Tracks, se había acercado a Norman Raeben, pintor neoyorquino de origen ruso, para pedirle que lo instruyera. Según relata Chronicles, las clases lo orillaron a ser honesto con los motivos que lo había llevado a recurrir al pincel: “No es que pensara que era un gran dibujante, pero sí sentía que estaba poniendo orden en el caos que me rodeaba”. Raeben, inmiscuido en buena parte de los procesos artísticos de su pupilo, le recomendó comenzar a emplear estructuras no lineales en su lírica: poner al ayer, el hoy y el mañana en la misma habitación. En “You’re a Big Girl Now”, por ejemplo, nos encontramos con un narrador que, mediante la remembranza de la mujer perdida, muestra cómo se encuentra estancado entre el pasado y el presente: 

Nuestra conversación fue breve y dulce,

casi me hizo perder el suelo.

Y yo estoy de nuevo bajo la lluvia, oh, oh,

y tú en tierra firme.

De algún modo lo lograste.

Eres una mujer ahora.

El arrepentimiento que uno encuentra en Blood On The Tracks está contaminado de esperanza, del espíritu de quien, habiendo perdido todas las batallas previas, encontró la forma de ganar la guerra. 

Acudí con una vidente,

que dijo: cuidado con los rayos que puedan caer.

Desconozco la paz y el silencio

desde hace tanto que ya no recuerdo cómo se sienten.

Hay un soldado solitario en la cruz,

humo saliendo de la puerta de un vagón.

Tú no lo sabías, no pensaste que pudiera lograrse.

Pero al final él ganó la guerra,

después de perder cada batalla.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
"Carta Al Hijo", Sergio Ceyca. Textofilia, 2023.
“Carta Al Hijo”, Sergio Ceyca. Textofilia, 2023.

No hallarás otra tierra ni otro mar.

La ciudad irá siempre en ti. Volverás

a las mismas calles. Y en los mismos

suburbios llegarás a tu vejez.

Constantino Cavafis

La Ciudad

Todo viajero corre peligro de toparse con su ciudad en cualquier otra geografía. Las huellas que nuestro lugar de origen imprime en aquellos destinos que visitamos, se traducen en una imposibilidad de desprendimiento. Se repiten copiosamente las calles, el viento, los sonidos y el río que, a pesar de Heráclito, siempre es el mismo. Son muy pocos los visitantes que logran olvidar su pueblo y, así, evitar sentirse como en casa tras percibir el aroma de un café lejano o el sabor de la cerveza de otro país. Lo mismo pasa con las historias, estas también se multiplican. Las ciudades las ocultan y fluyen como corrientes subterráneas bajo sus caminos. Los recuerdos habitan sigilosamente los rincones exigiendo ser descubiertos. Sin embargo, los viajeros que se dan a la tarea de narrar estas historias, se plantan ante el riesgo de proferir insultos, ya que, depende del escucha, un elogio también es una afrenta. Al referirnos a otra ciudad, a sus creencias y costumbres, en ocasiones se debe hablar casi entre dientes. Bajo la máxima de que “más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”, se obliga al visitante a nombrar las cosas en voz baja, pues nunca sabes quién podría estar escuchando

La novela Carta al hijo (2023), del sinaloense Sergio Ceyca (1990), sigue el viaje que Mara emprende con la finalidad de escribir un relato que, en esta misma tesitura, desafía no solo a una ciudad o a un país, sino a la concepción de Hermann Kafka como el padre posiblemente más despreciado de la literatura universal. La experiodista de 24 años llega a Praga con el deseo de responder a la duda: “¿Por qué para todo el mundo Hermann Kafka sigue vivo como el hombre que describe Franz en la Carta al padre, y no se habla de su muerte?”. Su estadía y su búsqueda de respuestas son acompañadas, en un principio, por Holič y sus amigos, un grupo de jóvenes anarquistas miembros de la banda de punk kafkesque: Gregor Samsa is not dead. El objetivo de Mara por encontrar los rezagos de una figura paterna (evocando a Pedro Páramo) la conduce a presenciar los misterios que apenas se asoman en la “nueva” ciudad. En cada línea de este libro navegan entre murmullos voces soterradas, ocultas, como quien se avergüenza de su pasado e intenta escapar de las miradas inquisitivas. Qué horrores y misterios esconde la ciudad de los Kafka, esa es la cuestión.

En Praga, un grupo de fervientes devotos de Franz Kafka moldea su vida en torno a la figura y la obra del escritor. Los Chacales anidan en un parque de diversiones abandonado, transformado ahora en un santuario que lleva por nombre “El Pueblo de los Ratones”, en honor a uno de los cuentos más inquietantes del autor. Este lugar, laberíntico y enigmático, fue diseñado bajo los preceptos de la llamada “arquitectura kafkiana”, un concepto que parece emular la esencia de los textos del escritor: perder, confundir y sumir a quienes lo recorren en un estado de extrañeza. El recinto es un rompecabezas de espacios insólitos. En sus entrañas, entre pasillos retorcidos, se encuentran atracciones mecánicas y escenarios que parecen fragmentos arrancados de la imaginación de Kafka: un imponente insecto metálico recostado en una cama; un hombre sentado sobre paja, que revive el relato “Un artista del hambre”; los pasillos de los tribunales de El Proceso y el despacho del abogado Bucéfalo. Dentro de este santuario, un grupo de fieles ha dedicado años a preservar la figura de Franz Kafka en un pedestal intocable, a cualquier precio. Son un séquito receloso y combativo, cuya devoción se materializa en acaloradas discusiones sobre su obra en los tribunales que ya todos conocemos.

Los Chacales nos recuerdan que el fanatismo deviene en locura. La vida del fanático es monotemática y vive bajo la amenaza de que su verdad, única e inmutable, sea ofendida. Las aficiones no se trastocan, o al menos no sin antes dar pelea. Así pues, cuando el culto está dirigido a la literatura, sus autores o algunos personajes, los sectarios suelen adoptar la vida aprehendida en la ficción. Y al igual que algún caballero andante que lucha contra molinos de viento, existen adoradores como los Chacales que nos recuerdan que la ortodoxia, al toparse con su antagonismo, alienta la violencia. Su vida responde a una lógica reaccionaria. En este sentido, no es posible contradecir la noción canónica de la paternidad tiránica de Hermann Kafka sin caer en la confrontación. Con los Chacales no hay espacio para la redención, ni siquiera después de la muerte. Es por eso que en Praga, hablar de una figura tan importante como Franz Kafka puede ser peligroso. 

Por su parte, el otro grupo de fanáticos, en apariencia menos radical, oculta un secreto que amenaza con resquebrajar la imagen de Hermann como el villano inapelable que su hijo describió en la carta. Las noches de fiesta y las conversaciones entre Mara y sus nuevos amigos están teñidas de silencios calculados y verdades a medias, como si para Holič y los Gregor Samsa hablar demasiado fuese un riesgo. La narración avanza con cautela, desentrañando los pliegues de esta historia a medida que la tensión se acumula, hasta que, finalmente, cede al misterio. En su travesía por Praga, Mara no solo se deslumbra con la belleza de la ciudad (la imponente Catedral de San Vito, el Reloj Astronómico y el Puente de San Carlos), sino que también comienza a percibir sus sombras. Pronto comprende que la violencia tiene un rostro familiar. En Praga, como en su hogar, los muertos descansan bajo los edificios y los asesinatos de escritores disidentes tampoco les son ajenas. En este espacio extraño pero íntimo, Mara entiende que el pasado no se deja atrás tan fácilmente y que incluso la penumbra de una ciudad nueva puede resultar irresistible y envolvente. A fin de cuentas, es posible que las aguas del Moldava logren reflejar la ribera del río Tamazula. 

Por otra parte, junto al relato que seguimos a través de Mara, emerge una segunda narrativa: misma ciudad, diferente tiempo. Es 1924. En este momento, Franz Kafka es muchas cosas: “una pila de libros que nadie lee”, una mirada indescifrable, un cuerpo que cuatro hombres hacen descender a la tierra dentro de un ataúd. ¿Cómo sobrevive un padre ausente a la muerte de un hijo? Especialmente cuando ese hijo, un joven frágil y contestón, dejó tras de sí una carta cargada de reproches. ¿Y si Franz no era más que una persona muy delicada que buscó un antagonista? ¿Y si Hermann solo fue un padre primerizo, inexperto, que hizo lo mejor que pudo? La literatura, a diferencia de la muerte, permite segundas oportunidades, y en esta historia Hermann encuentra la suya. Este relato revela la otra cara de la moneda: un padre vilipendiado que intenta reconciliarse con la memoria de su hijo. Para Hermann, la ausencia de Franz no termina con su muerte. Los muertos se convierten en búsquedas, en preguntas sin respuestas sencillas. Con pasos titubeantes y cargado de dudas, el hombre intenta recuperar fragmentos de su hijo, mientras lucha por proteger el legado de su obra. La vejez y la enfermedad le confieren una dignidad inesperada: la de un padre que, incluso en su ocaso, sigue buscando consuelo.

En esta novela Sergio Ceyca, en un gesto literario que no busca comodidades, convierte el manejo del misterio en su mayor acierto. El misterio transforma a quien lo contempla. Y es quizá en esa insistencia de que no se puede escapar del río que nos atraviesa, del nombre que llevamos, donde radica su mayor fuerza. Mara es testimonio de que los roles no son fijos. En nuestro andar por el mundo las sombras no solamente nos siguen, a veces nos anteceden. Y si se presenta el momento indicado, logran tomar un protagonismo que posiblemente siempre les perteneció. Carta al hijo nos enfrenta con destinos que son inexorables. Con una narrativa compleja y desconcertante, esta historia se atreve a preguntarnos qué certezas propias estamos dispuestos a sacrificar para ir detrás de nuevos hallazgos.


Autores
(Los Mochis, 1997) estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la  Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) ediciones 2021 y 2023. Ha publicado ensayos como “El animal esdrujulario” en la antología La flor es la espina de la nada y “Un dios que juega a ser niño” en Álbum rojo, publicados por el Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC). Además de publicar ensayos, crónicas, reseñas y entrevistas en diversos medios impresos y digitales.
Reloj del Juicio Final, Boletín de los Científicos Atómicos.
Reloj del Juicio Final, Boletín de los Científicos Atómicos.

El reloj del juicio final simboliza cuán cerca está el mundo de terminar, de acuerdo con el Consejo de Ciencia y Seguridad del Boletín de Científicos Atómicos. En 2025, las manecillas indican ochenta y nueve segundos para la medianoche. El cambio climático, las armas de destrucción masiva, la enfermedades con potencial pandémico y el uso de Inteligencia Artificial (IA) sin regulación por parte de la industria militar y en los medios de comunicación aparecen como las principales amenazas a la vida de acuerdo con su declaración de 2025.

Respecto al año pasado, el reloj se adelantó un segundo. La principal razón fue el nulo avance hacia la mitigación de los desafíos que podrían terminar con la humanidad, en palabras de Daniel Holz, Presidente del Consejo de Ciencia y Seguridad del Boletín. Aunque el avance parece insignificante es el momento más cercano al final que el Consejo ha reportado y el tiempo se agota para retroceder el minutero, como lo advirtió el invitado especial de este año, Juan Manuel Santos, expresidente de Colombia y Premio Nobel de la Paz: “Cada segundo cuenta”.

Uno de los aspectos de la IA que enciende las alarmas en el Consejo es su relación con medios de comunicación y redes sociales. La principal preocupación se refiere a su potencial para desinformar con fake news y material engañoso. Además, se critica que al usar la herramienta para difundir noticias, la información llega sin contexto que permita entender un hecho noticioso. 

Incluso las noticias respecto al reloj del juicio final y su minutaje, solo se refieren a que faltan pocos segundos para el fin de la humanidad sin ahondar en las causas de este resultado. La cobertura a los factores que llevarán al mundo a la aniquilación carecen de información suficiente para visualizar las múltiples dimensiones de estos fenómenos. 

Marshall McLuhan, en su libro, El medio es el masaje (1969) planteó que cada medio de comunicación y la forma en que presenta sus coberturas logran condicionar la percepción de la realidad en las personas. En el caso de los medios digitales, se caracterizan por la sobrecarga de información inmediata. Sin mayor profundidad en un hecho, provocan un sesgo informativo.    

Los medios cumplen la función de condicionar la percepción de la realidad en la audiencia de acuerdo con un discurso en específico: normalizar los peligros que amenazan con destruir al mundo. El uso de la IA para tal objetivo es crucial, con ella se logran difundir mensajes alarmantes del reloj para diseminarlos en tiempo récord.

En estos contenidos se omite el por qué la IA es un peligro latente para la sociedad y su capacidad de entender la realidad. En su lugar, se habla de las amenazas nucleares para hacer gala de su potencial destructivo para el mundo. De nuevo, la información tampoco explica quiénes son los promotores de esta amenaza, como es el caso de Estados Unidos, que a menudo se presenta en los medios como una potencia garantista en los acuerdos de desarme.

Dos minutos para la medianoche: solo importan los terrores para Estados Unidos

El Reloj del Juicio Final es una herramienta simbólica creada en 1947 por el Boletín de los Científicos Atómicos (Bulletin of the Atomic Scientists), una organización fundada por científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan. La idea de representar el peligro a través de un reloj fue concebida por Martyl Langsdorf, esposa del físico Alexander Langsdorf Jr., quien diseñó la primera portada de la revista. 

El propósito en aquel momento también era simbolizar la urgencia de los peligros nucleares. Desde entonces, ha sido ajustado 26 veces para reflejar los cambios en las tensiones globales que, por desgracia, se han ampliado hasta considerar el cambio climático y el uso desmedido de la IA.

La cronología del reloj revela que el Boletín ha volcado su atención solo en algunos peligros que afectan directamente a Estados Unidos como las armas nucleares, pese a la urgencia de otros problemas en diversos estados. En 1953, durante la Guerra Fría, el reloj se ajustó a dos minutos para la medianoche tras las pruebas de la bomba de hidrógeno de Estados Unidos y la Unión Soviética.

En 1991, tras el final de la Guerra Fría y la firma del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), el reloj se ajustó a diecisiete minutos para la medianoche. Uno de los momentos en los cuales habría una frágil paz entre las potencias nucleares. 

Desde entonces, las amenazas para el país norteamericano suelen dictar cuán importante es o no es un tema en la agenda. Muchos países han tenido crisis sanitarias preocupantes, altos niveles de hambruna, escasez y catástrofes derivadas por el calentamiento global. El último elemento ha sido una de las grandes preocupaciones para el Consejo. De hecho, se ha retomado desde 2020 para actualizar al reloj cada año.

Eso sin mencionar las crisis humanitarias que las invasiones norteamericanas han desatado en Medio Oriente, derivadas de acontecimientos como la guerra contra el terror, una invasión que se centró en Afganistán y duró veinte años sin acabar con el problema del terrorimo. También se puede mencionar  el caso de la operación Cóndor, una serie de intervenciones militares en varios países de América Latina para desestabilizar a los Estados independientes e instaurar dictaduras militares en ellos.  

Tampoco se considera el papel activo que ha tenido Estados Unidos en el desarrollo de las armas nucleares pese a participar en los tratados que buscaron detenerlas. El Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) permitió desde 1968 a ese país, Francia, Reino Unido, Rusia y China poseer armamento de destrucción masiva. A pesar de esto, los últimos tres países han aumentado su capacidad en cuanto al armamento nuclear. La negativa de Estados Unidos a abandonar la superioridad armamentística heredada del proyecto Manhattan también ha sido un factor que contribuyó a esta situación.

En la actualidad se estima que 5 mil 244 ojivas respaldan el espíritu bélico estadounidense. Rusia es el único país que lo supera con alrededor de 5 mil 889. Quizá Corea del Norte supere al par de potencias, aunque se desconoce el número exacto de sus ojivas. En cuanto al resto del mundo, apenas superan el centenar, como es el caso de Pakistán (170), India (160), Reino Unido (225) y Francia (290), según algunos medios de corte pro-occidente.

En el pasado, las autoridades de América Latina y el Caribe buscaron inspirar a las potencias hacia un desarme con el tratado de Tlatelolco en 1967. Fue una de las respuestas al terror de las bombas atómicas. El objetivo explícito era prohibir el uso, desarrollo, adquisición, ensayo y emplazamiento de armas nucleares en América Latina y el Caribe. Al parecer, solo se escribieron estos pactos enfocados a detener la producción de armas nucleares en otros países menos en suelo estadounidense. 

La presión del acuerdo fue mínima para Estados Unidos, que se encontraba en plena guerra fría. Durante dicho periodo, desarrolló bombas de hidrógeno y mantuvo firme su intención de permanecer con el programa nuclear bajo el argumento de un inminente bombardeo ruso. Con esta excusa, el ejército estadounidense tuvo total justificación de implementar y desarrollar un arsenal más mortífero. 

Desde entonces, la amenaza del fin del mundo bajo un apocalipsis nuclear se acrecentó. En 2023, la Duma rusa aprobó retirar la ratificación por parte de Moscú del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares. Al mismo tiempo, el senado estadounidense se negó a debatir la ratificación, según el boletín de científicos atómicos. 

Poco sirvió para Estados Unidos tener cerca al reloj del juicio final. La concientización que los científicos quisieron implementar en su propio país fue en vano porque, desde la creación de este símbolo hasta la actualidad, se han refinado las armas de destrucción masiva. 

La amenaza de un apocalipsis nuclear y su sentido de urgencia suele aumentar si es letal o no para Estados Unidos, como se ha podido observar en la cronología del reloj. Ha tenido grandes reajustes debido a los conflictos que la nación ha protagonizado.

Una prueba de ello fue lo ocurrido en la década de 1980, cuando el reloj indicaba siete minutos antes del final, tras el fracaso del tratado SALT (Tratado de Limitación de Armas Estratégicas) hacia el desarme. La Unión Soviética y Estados Unidos se intimidaban con sus avances en tecnología militar. Para 1984, la humanidad se quedó a tres minutos de la extinción debido a la escasa negociación entre los soviéticos y los estadounidenses. Desde ese entonces, este último bloque inició una nueva carrera armamentista hacia un sistema antimisiles balísticos basado en el espacio.

En 2002 hubo otro reajuste que llegó a los siete minutos debido a que Estados Unidos expresó su deseo de desarrollar armas nucleares tras los ataques del 9/11. Se justificó la decisión con la falsa información que aseguraba la existencia de armamento nuclear al mando del dictador Sadam Hussein. El ejército estadounidense emprendió una invasión en Irak para encontrar y destruir el arsenal que jamás apareció.

Lo anterior influyó en el ajuste del reloj porque hubo una proliferación en la cantidad de materiales nucleares aptos para la fabricación de armas que se encuentran en el mundo sin protección. Además, Estados Unidos rechazó una serie de tratados de control de armamentos y anunció que se retiraría del Tratado sobre Misiles Antibalísticos que había firmado con la Unión Soviética en 1972. 

Menos de una década más tarde, en 2020, hubo otro ajuste en el reloj, cuando el mundo vivió una de sus más profundas crisis. Aquel año ocurrieron hechos históricos que hundieron a la humanidad en la incertidumbre: tensiones nucleares en los ensayos del armamento norcoreano, el anuncio de Irak de reactivar su programa nuclear, la negativa de varias potencias a rectificar un desarme de armas de destrucción masiva, el cambio climático, la pandemia del Covid-19 y desinformación global.  Debido a este caos, el reloj llegó a los 100 segundos para la medianoche.

En 2023 y 2024 el panorama solo empeoró. La invasión rusa a Ucrania en 2022 y las amenazas de usar armas nucleares para terminar la guerra, llevaron al reloj a su posición más cercana: 90 segundos para la medianoche. En ese punto, uno de los componentes claves hacia la destrucción es el uso de la IA en sistemas militares y medios de comunicación. 

Cien segundos antes de la medianoche: IA, la infodemia y la post verdad

La IA es una de los principales engranajes que ha hecho avanzar al reloj del juicio final. Su uso sin regulaciones claras para difundir información, como los chatbots, facilita el acceso de las fake news y más discursos dirigidos a alterar la comprensión de algún hecho con información veraz.  

La distorsión desde este frente deja a la humanidad incapaz de comprender cómo las decisiones de sus líderes terminan con los recursos naturales o propician una carrera armamentista con otra potencia. Para llegar a estos resultados, los políticos deben conseguir el poder y lo hacen a través de las redes sociales previo a los comicios en los que resultan vencedores. 

Los principales usuarios de las redes sociales y la IA para fines desinformativos son los políticos. Ellos suelen realizar estrategias para desestimar la información que daña su imagen; usan chatbots para atacar en redes sociales a periodistas con incontables amenazas de muerte, o los acusan de haber inventado información contra algún político porque fueron contratados por el bloque opositor. 

Además, fabrican fake news de sus contrincantes, difunden información poco fiable con programas de IA para esparcirla en segundos e intentan influir en la opinión de las personas con supuestas pruebas que señalan al partido opositor de haber tramado un crimen contra la sociedad. Por supuesto, muchas de estas pruebas son videos falsos creados con IA, o con la generación de audios apócrifos. Esto ha causado un sesgo informativo que impide a la sociedad distinguir la veracidad detrás de un discurso. 

El Consejo de Ciencia y Seguridad consideró que estas artimañas componen un escenario más mortífero que el apogeo de la Guerra Fría a causa de los obstáculos para entender qué sucede en el exterior, detrás de las pantallas del celular, la sociedad queda a la deriva entre la infodemia de la IA. La guerra ahora es contra la verdad en diversas plataformas.

En este rubro, se resalta el daño que ha hecho la post verdad en redes sociales. Este concepto se refiere a: “todo el fenómeno de la posverdad es sobre: ‘Mi opinión vale más que los hechos’. Es sobre cómo me siento respecto de algo”, como explicó el filósofo Anthony C. Grayling en una entrevista para BBC.

Algunos políticos recurren a la post verdad, pero lo hacer con ayuda de los chatbots para generar tendencias en masa a su favor. En estos posteos, usan como pretexto un hecho factual para vender su postura política e intentan que las personas simpaticen con su discurso a través de una apelación a los sentimientos. 

Así, cuando logran viralizar su opinión por el gran volumen de publicaciones que generaron con la IA, consiguen que las personas también se unan a la tendencia, y si tienen un éxito rotundo, se posicionan a su favor. La post verdad imposibilita la capacidad de respuesta para los problemas globales. 

Como testimonio de lo anterior, aparece el presidente estadounidense Donald Trump, quien usa argumentos vagos para negar el cambio climático e incentivar a sus votantes a ignorar el tema. Debido a esas acciones, las personas pasan por alto un gran motivo del adelanto del reloj hacia el final. Tampoco es posible pensar en respuestas colectivas contra estos desafíos.

Para que un discurso tenga tal impacto en la sociedad, las personas que lo eligen deben conseguir un puesto político en el que puedan tomar decisiones en un país. Para ello, se vale de una amplia gama de tretas con IA en periodos electorales. El estudio “Desinformación” de Democracy Reporting International (DRI) revela que los chatbots de IA difunden información falsa e inexacta de forma intencional en Europa.

ChatGPT4, Gemini, y Copilot de Microsoft difundieron respuestas incorrectas o parciales a preguntas sobre procesos electorales. Más de una de cada tres respuestas de los chatbots fue errónea o imprecisa. ChatGPT rara vez se negó a responder, lo que resultó en tasas más altas de respuestas incorrectas. Los errores más graves sucedieron en Polonia, Copilot omitió información clave sobre el registro de votantes en el extranjero. 

La desinformación se clasificó como “intencionada” cuando las empresas son conscientes de errores y no los corrigen. OpenAI, en particular, ha evitado tomar medidas al respecto. El bajo compromiso con la verdad daña al entramado social y acerca a la democracia a una crisis. 

Respecto a ChatGPT, una de las IA más usadas a nivel global,  proporcionó información incompleta a los votantes irlandeses sobre formularios de registro, causando confusión. En Grecia, se les dijo erróneamente a los ciudadanos que debían registrarse para votar cuando ya estaban registrados automáticamente.

En Estados Unidos la situación con la IA es similar. Los chatbots más populares (Claude, Gemini, GPT-4, LLaMA 2 y Mixtral) entregaron información falsa en al menos el 50% de los casos, de acuerdo con el estudio realizado en AI Democracy Projects.

Un ejemplo de lo anterior afectó a los votantes en Texas. Los cinco chatbots fallaron al identificar que es ilegal usar en las urnas un sombrero MAGA (Make America Great Again), el slogan del presidente Donald Trump. 

En términos generales, de acuerdo con el estudio de AI Democracy Projects, los chatbots presentan “medias verdades” y desinformación que podrían afectar la democracia y el acceso a derechos electorales. Más del 40% de las respuestas fueron clasificadas como perjudiciales, incompletas o sesgadas.

En el caso de México, el problema se agudiza debido al uso de chatbots en las campañas digitales. TikTok y YouTube han superado a Facebook, Instagram y X (antes Twitter) para diseminar el discurso político. En las elecciones de 2024 se perfilaron como las preferidas por los candidatos presidenciales, de acuerdo con análisis de la Universidad de Oxford

El uso de videos elaborados con deep fake y la veloz circulación de fake news logró que el 77% de las personas fueran incapaces de diferenciar clips reales de los falsos, lo que aumenta su eficacia para desinformar en redes sociales. En México, los deepfakes crecieron un 600% el año pasado y podrían aumentar hasta un 800% en 2025 debido al contexto electoral, de acuerdo con la empresa de ciberseguridad Silikn.

Algunas noticias falsas en redes sociales desinformaron a los votantes sobre un cambio de fecha en las votaciones y desincentivaron la participación. El momento cúspide llegó durante el conteo de votos. La página del Instituto Electoral de la Ciudad de México (IECM) sufrió un ciberataque, lo que provocó una caída temporal.

La democracia está en grave riesgo con el uso desmedido de la IA para fines políticos. El complemento para alterar el poder democrático de países como México es la post verdad. Se trata de la herramienta perfecta, pues con ella el posicionamiento emocional por encima de la relevancia del hecho mismo resulta en una distorsión de la realidad. 

Los medios exacerban el problema con una cobertura mediática de las noticias sin ahondar en el contexto u origen de algún fenómeno impactante diseminado en las pantallas de los celulares y en las televisiones. 

Al experimentar un sesgo informativo de tal magnitud, ya de por sí corrompido con la intervención de la IA, el daño de la post verdad también afecta la forma en que la gente consulta información. La mayoría de los usuarios, podría acercarse a contenidos que mejor se adecúen a las posturas políticas de cada quien, sin importar la veracidad. La necesidad de corroborar los hechos dejará de existir, sin importar que el mundo esté cerca del final debido a que nadie pone en duda si un líder político dice que el cambio climático es un invento.

Ochenta y nueve segundos para la medianoche: integrados en el apocalipsis

El Boletín de científicos atómicos buscaba advertir al mundo cuán cerca estaba de su extinción con el Reloj del Juicio Final. Si hubiera vislumbrado que los medios convertirían su símbolo de advertencia en una narrativa morbosa y sin contexto, utilizada para explicar los peligros que acechan a la humanidad, también habría considerado la normalización de estos mensajes. 

Hablar de forma frívola sobre el fin del mundo contribuye a crear una narrativa simplona, en la que son intrascendentes los peligros cercanos. Con la ignorancia de estos desafíos es poco probable que la sociedad los asuma para intentar poner marcha atrás al reloj, o cuando menos, detenerlo unos años. 

En tanto el acceso a la veracidad sea limitado por la irrupción de la IA y la post verdad, la humanidad jamás sabrá con exactitud qué la lleva hacia el final. En cambio, solo quedará la perpetua sensación de agonía que pierde relevancia, como pasa con los videos virales al cabo de días u horas en algunos casos. 

Con tantos bombardeos de noticias para desdibujar la realidad, las personas se enfrentan a un limbo en el que la advertencia del reloj pierde impacto: faltan noventa segundos para el día del juicio final. Al aceptarse como una narrativa común en cualquier medio de comunicación, el apocalipsis se transforma en una herramienta para someter la voz crítica de la sociedad.

En su libro, Apocalípticos e Integrados (1964), Umberto Eco plantea dos categorías distintas de posicionamiento ante la cultura y sus cambios: los apocalípticos y los integrados. El primer grupo hace referencia a quienes miran con sospecha cualquier cambio cultural introducido en los medios de comunicación masiva. Se oponen a cualquier contenido compartido por la mayoría.

En cuanto a los integrados, son más ecuánimes al aceptar nuevos fenómenos culturales e incentivan un discurso en el que todos tienen cabida. A diferencia de los apocalípticos, evitan preguntarse de dónde vienen estas modificaciones ni a qué intereses responden. 

En la actualidad, la forma en que se presenta en medios el fin del mundo deja a ambos bandos con las manos atadas. Para los apocalípticos será aún más difícil saber por qué el fin se acerca y de dónde proviene la normalización de este discurso, a causa del uso de la IA para crear fake news y los chatbots dedicados a la desinformación. 

Mientras tanto, los integrados compartirán despreocupados las notas respecto a cómo se acerca una tercera guerra mundial tras el conflicto de Ucrania y Rusia sin sospechar que ya comenzó la contienda. El campo de batalla es la información, los soldados son ellos; y las trincheras, sus celulares. 

Los dos bandos se enfrentan a obstáculos que impiden la comprensión de los principales problemas en la actualidad. Sin una visión de estos múltiples factores y su gravedad, ninguno podría formular respuestas para detener lo que lleva a la humanidad hacia su extinción. 

Cada año desde 2020, el reloj se acerca a la perdición. Más allá de la proliferación de las armas nucleares, el último clavo del ataúd apunta a ser la incapacidad de la sociedad para dimensionar las catástrofes que la llevan hacia la destrucción. Entender estos problemas será el primer paso para hacer retroceder las manecillas antes que marquen la medianoche. 

Fuentes y referencias:

McLuhan, M., Fiore, Q. c. (1969). El medio es el masaje.

Eco Humberto. (1965) Apocalípticos e integrados

https://thebulletin.org/doomsday-clock/#nav_menu

https://www.who.int/health-topics/infodemic#tab=tab_1

https://www.elfinanciero.com.mx/empresas/2024/02/22/ine-desarmado-no-tiene-recursos-para-controlar-fake-news-con-ia-y-bots-en-elecciones-alertan/

https://www.elfinanciero.com.mx/elecciones-mexico-2024/2024/06/04/deep-fakes-y-fake-news-marcaron-el-escenario-electoral/

https://thebulletin.org/doomsday-clock/timeline/

https://www.iaea.org/es/temas/el-oiea-y-el-tratado-sobre-la-no-proliferacion

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/desarme-nuclear-reto-pendiente-mundo-armado_23297

https://treaties.unoda.org/t/tlatelolco

https://legal.un.org/avl/pdf/ha/ctbt/ctbt_s.pdf

https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/20-anos-despues-de-la-invasion-de-irak-ni-armas-de-destruccion-masiva-ni-libertad-prometida/

https://wmo.int/es/news/media-centre/el-ano-2024-va-camino-de-ser-el-mas-calido-jamas-registrado-en-un-momento-en-que-el-calentamiento

https://www.euronews.com/next/2024/06/08/ai-chatbots-intentionally-spreading-election-related-disinformation-study-finds

https://www.proofnews.org/content/files/2024/02/SeekingReliableElectionInformationDontTrustAI.FullReport-Methodology.pdf

https://www.oii.ox.ac.uk/news-events/ballots-bots-and-bullets-the-complex-landscape-of-mexicos-2024-election/

https://www.elfinanciero.com.mx/elecciones-mexico-2024/2024/06/04/deep-fakes-y-fake-news-marcaron-el-escenario-electoral/

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-38594515

https://politica.expansion.mx/presidencia/2020/05/14/reguillo-detras-de-los-ataques-y-contraataques-en-redes-hay-mucho-dinero

https://articulo19.org/en-los-primeros-cien-dias-de-gobierno-se-ha-intensificado-la-intolerancia-a-la-critica-y-el-discurso-disidente/


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Portada de "Amor supremo remix" por Zauriel, 2025.
Portada de “Amor supremo remix” por Zauriel, 2025.

Encontré una entrada sobre John Coltrane en el manual de hauntología.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Anabaptistas reunidos en secreto en la barca de Peter Piersz. Ilustración de Jan Luyken, 1685. Imagen de dominio público.
Anabaptistas reunidos en secreto en la barca de Peter Piersz. Ilustración de Jan Luyken, 1685. Imagen de dominio público.

Al salir de mi pueblo, en cualquiera dirección, se encuentran campos menonitas. Desde que se asentaron en la región hace un siglo —mi pueblo tiene su historia ligada a la de los menonitas, a su llegada la hacienda de Rubio fue convertida en colonia agrícola con el nombre del entonces presidente y ante quien se negoció el su asentamiento: Álvaro Obregón— la comunidad ha crecido y prosperado en relación con los menonitas. Desde mi infancia me ha llamado la atención las diferencias con los menonitas y nosotros: su comida, en la que abundan los productos lácteos —no solo el queso que los ha hecho famosos—, su vestimenta —aunque el overol tradicional es utilizado cada vez menos, no así los vestidos de las mujeres, que ellas mismas confeccionan—, la ausencia de televisiones en sus casas, la dedicación al trabajo, su lengua y sobre todo su religión. 

Y es que fue su religión el motivo por el que recorrieron medio mundo y terminaron aquí, como mis vecinos. Llegaron a la región, el primer sitio en México en el que se asentaron, en 1922, luego de haber radicado en Canadá a partir de los últimos años del siglo XIX, a donde arribaron desde Ucrania. Ahí estuvieron por un siglo, desde que Catalina la Grande los invitó a abandonar Prusia, reino al que llegaron en el siglo XVII luego de que las persecuciones religiosas los obligaron a abandonar, primero, la región alrededor del río Rin y, después, Bohemia. Pero, ¿por qué ese peregrinar? ¿Cuáles son las creencias que hicieron que diversos grupos los persiguieran?

Los menonitas son uno de los grupos anabaptistas que se formaron tras la reforma de Martín Lutero en el siglo XVI. A este movimiento se le impuso el nombre de anabaptista por sus perseguidores, que fueron tanto protestantes como católicos. Anabaptista significa: rebautizados o bautizados de nuevo. Cuando el movimiento inició, en Zúrich en 1525, se les acuso de buscar un segundo bautismo, puesto que consideraban que este era válido hasta que era tomado de manera consciente y que el bautizo infantil era una imposición sobre criaturas que no eran capaces de entender sus implicaciones. 

Zúrich en la década de 1520 —así como Suiza y en general los diversos estados germanos— estaba inmersa en las controversias que en la década anterior desató Martín Lutero con la publicación de sus noventa y cinco tesis. La venta de indulgencias para financiar los proyectos papales, la construcción de San Pedro, pero también las guerras en las que los Estados Papales se habían visto inmiscuidos, desde la última década del siglo XV, conflictos en los que las alianzas se formulaban en función de los intereses políticos del Papa en turno —intereses que podían cambiar de un momento a otro, así, por ejemplo, Alejandro VI pasó de enfrentarse a los franceses a aliarse a ellos al final de su reinado o Julio II promoviendo la Liga de Cambrai para mermar el poder de Venecia para, después, aliarse a dicha república y enfrentarse a su aliado Francia—.

El descontento contra la Iglesia supuso el terreno fértil para que las tesis de Lutero fueran bien acogidas. A pesar de los esfuerzos de la Iglesia católica y de los diversos príncipes, sobre todo el emperador Carlos V del Sacro Imperio, el movimiento de reforma se extendió rápidamente desde Wittenberg hacia el resto de Europa. Ayudado, en gran medida, por la imprenta, que permitió que se difundiera el mensaje reformista de Lutero. Se cuestionaba el papel de la Iglesia en la sociedad, su intermediación no solo entre la divinidad y la población, sino entre esta y los hombres que ejercían el poder.

En los cantones suizos la efervescencia de reforma no se hizo esperar. Muchos suizos que participaron en las guerras italianas, fueron testigos del modo en el que el poder papal respondía a los intereses del hombre en el sitial de Pedro y no a su misión como vicario de Cristo. Ulrico Zuinglio predicó en Zúrich en favor de la reforma y se convirtió en la figura que llamaba a la renovación y a un acercamiento más personal con la divinidad en Zúrich. Con una formación eclesiástica, en la que aprendió griego y latín, concluyó que muchas de las enseñanzas de la Iglesia estaban en oposición con el Evangelio. En 1519 el gobierno de Zúrich lo nombró predicador por sus protestas contra el enlistado de los suizos en los ejércitos papales. La población zuriquesa escuchó y secundó las predicas de Zuinglio, entre ellas en favor del fin de las indulgencias, pero también el retiro y destrucción de las imágenes dentro de los recintos sagrados. Así mismo comenzó a publicar textos a favor de la reforma en los que abogaba por el fin del celibato o que el ayuno es contra la fe cristiana. Esto fue señalado por los dominicos y por la Iglesia, por lo que el gobierno de la ciudad hubo de convocar un debate sobre las tesis de Zuinglio, el cual se llevó a cabo el 29 de enero de 1523, y que fue ganado por este y sus seguidores. 

Entre los seguidores de Zuinglio se encontraban Félix Manz, Conrad Grebel y George Blaurock, quienes a partir de su propia formación eclesiástica y de los debates que comenzaron a darse en Zúrich a partir de enero de 1523 llegaron a conclusiones más extremas que las de Zuinglio. Así, por ejemplo, empezaron a cuestionar el vínculo entre la iglesia y el estado, pero, lo que terminó nombrándolos, fue que rechazaron el bautismo infantil. En un principio, el promotor del movimiento de reforma en Zúrich no se opuso a ellos, incluso llegó a estar de acuerdo en que no había un sustento en los evangelios para el bautismo infantil, sin embargo, pronto se fue distanciando de ellos. 

Wilhelm Reublin había sido un predicador de la reforma en Basilea, de donde terminó siendo expulsado en 1523 por la radicalidad de sus posturas, entre ellas la oposición al bautismo infantil. Se refugió en Zúrich y predicó en sus alrededores.

Manz, Grebel y Blaurock predicaron, junto a Reublin, en contra del bautismo infantil, por lo que los hijos de las personas a las que les predicaron no recibieron el bautismo, lo que los puso en la mira de las autoridades zuriquesas. El gobierno de la ciudad decidió convocar un nuevo debate teológico, como los que se habían llevado a cabo desde 1523, en enero de 1525, en el cual se discutió el bautismo infantil. Zuinglio discutió en su favor y las autoridades de Zúrich lo declararon ganador y exigieron que los infantes no bautizados lo fueran antes del 21 de enero. 

Con el ultimatum impuesto por las autoridades y con Zuinglio ya como uno de sus oponentes Grebel, Blaurock, Reublinn y Manz se reunieron en la casa de Ruedi Thomann para decidir qué hacer. Podían aceptar que se habían equivocado, que, a fin de cuentas, el bautismo infantil era secundario o seguir con su postura. Solo en la tradición encontraban una justificación y no dentro de las escrituras para el pedobautismo, en cambio, veían en Marcos 16:16 —El que crea sea bautizado, y será salvo; pero el que no crea, será condenado— la piedra de toque de su fe. 

El día era frío, se turnaban alrededor del fuego mientras discutían qué hacer y leían las escrituras. Pasaron horas, hasta que Hans Bruggbach se levantó llorando y gritando: Soy un gran pecador, por favor, rueguen por mi ante Dios. Blaurock también se levantó y le preguntó: ¿Deseas la gracia del Señor? Bruggbach, todavía entre lágrimas, respondió que sí.

Félix Manz se puso de pie y les dirigió una mirada a todos antes de cuestionar: ¿Quién me prohibirá mi deber de bautizarlo? A lo que Blaurock respondió: Nadie.

Manz tomó un cazo con agua y se encaminó hacia Bruggbach. Te bautizó en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Luego Manz le solicitó a Blaurock que a su vez lo bautizara. El resto de los hombres presentes en casa de Thomann reconocieron sus pecados y solicitaron el bautizo, que recibieron de Blaurock.

El 21 de enero de 1525 se recuerda como el inicio del movimiento anabaptista porque en dicha fecha se realizó primer bautismo reformado. Los que más tarde serían conocidos, dentro de su propio movimiento, como los Hermanos Suizos acaban de romper por completo con Zuinglio y con la ciudad de Zúrich, cuyo gobierno llegó a encarcelarlos en los siguientes meses y años —el 5 de enero de 1527 a Félix Manz se le ejecutó por ahogamiento en el río Limmat, método de ejecución que sería utilizada para los anabaptistas tanto por los católicos como por otros grupos reformistas—.

En 1527 se establecieron los principios del movimiento anabaptista en lo que es conocida como la Confesión de Schleitheim, por el cantón en el que se declararon. Es probable que el documento haya sido escrito por Michael Sattler. Dicha confesión estableció siete artículos: el bautismo, administrado solo a quienes se arrepintieron conscientemente; la prohibición, la renuncia del pecado; la fracción del pan, solo quienes sean bautizados pueden recibir la comunión; Separación del pan, la comunidad cristiana no debe tener ninguna relación con quienes no reconocen a Dios o están en rebelión con él; Pastores en la Iglesia, todos los ancianos y líderes han de ser hombres de buena reputación; la espada o el pacifismo cristiano, no se debe usar la violencia en ninguna circunstancia; y el juramento, no se deben hacer juramentos.

Los seguidores de los Hermanos Suizos dejaron Zúrich y esparcieron su mensaje en los países vecinos de Suiza, sobre todo a lo largo de la rivera del Rin, de donde fueron expulsados en las siguientes décadas. Entre 1534 y 1535 un grupo de anabaptistas, con la visión teológica de Melchor Hoffman, tomó la ciudad de Münster. La ciudad fue sitiada y sufrió de una fuerte represión. A consecuencia de esto fueron perseguidos y expulsados de la región de Frisia y de los valles del Rin.

Recorro las carreteras entre los campos menonitas, veo uno de sus sobrios cementerios a la orilla del camino entre los maizales que ellos mismos siembran. Paso entre sus casas, algunas, pocas, hechas de adobe como las que construyeron al llegar aquí hace poco más de cien años. 

Hemos convivido por un siglo los descendientes de los anabaptistas, término peyorativo que sus perseguidores les aplicaron —y que, en todo caso, tuvo sentido para referirse a los primeros anabaptistas, quienes recibieron el bautismo infantil antes de seguir el nuevo movimiento, donde recibieron el que, para ellos, era el verdadero bautismo y que para sus adversarios era el segundo, el rebautismo del que hacían mofa con el término anabaptista—. Una convivencia que incluso se ha tornado en un aspecto del cual se ha formulado la identidad regional: a Cuauhtémoc, mi municipio, se le ha dado en llamarlo la tierra de las tres culturas, por la presencia menonita, tarahumara y de la población que se identifica a sí misma como mestiza —de mayoría católica—.

Los menonitas, como los amish o los huteristas, tuvieron su origen hace cinco siglos en aquella casa de Zúrich donde un grupo de hombres con una fe radical en el evangelio reconocieron sus pecados y buscaron el que ellos consideraban un bautismo verdadero, a pesar de que sabían que ello podría significar la persecución e incluso la muerte. Fue esa fe lo que los motivó a abrazar un pacifismo extremo, afianzado en las escrituras, que los orilló a dejar en primera instancia sus regiones de origen y deambular por media Europa hasta que, asentados en Ucrania empezaron a emigrar a América —los amish se asentaron en Estados Unidos, mientras que los menonitas en Canadá, primero, y luego en México; a lo largo del siglo XX fueron emigrando hacia otros países de América Latina—. 

El anabaptismo inició como parte de los movimientos de reforma, quienes lo iniciaron no pensaban en un nuevo movimiento religioso sino en abrazar sus convicciones, vivir una fe renovada cuya base fueran las escrituras y, sobre todo, la palabra cristiana. 

Bibliografía

Albert Henry Newman, A history of Anti-pedobaptism, from the rise of the pedobaptism to A.D. 1609, American Baptis Publication Society, Filadelfia, 1897 


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.