Hace unos días, durante la presentación de un libro, alguien me contaba que en una librería —cuyo nombre he preferido omitir deliberadamente— la sección de literatura erótica había sido substituida por una de literatura feminista. Es fácil suponer que la decisión obedece a las leyes siempre volubles del mercado. Y, en cierto modo, cabría celebrar el gesto para quienes nos reconocemos en la aspiración de poner fin a la subordinación política, social, sexual, económica, psicológica y física de los cuerpos femeninos y feminizados, pues podría leerse como un indicio de que el feminismo gana terreno. Si ese avance es verdaderamente productivo o no, es tema para otro momento. Sin embargo, en esa maniobra comercial, aparentemente trivial, percibo un desplazamiento que me interpela a pensar las implicaciones de esta peculiar forma de serendipia, una que une el discurso político feminista con lo erótico.
En mi experiencia, la sección de literatura erótica en las librerías mexicanas suele ser un territorio reducido, casi residual, donde se amontonan ejemplares en decoloración constante de la ya desaparecida colección La sonrisa vertical de Tusquets (1977-2014), junto con ediciones económicas del Marqués de Sade. De vez en cuando, se cuelan algunos libros de fotografía o manga erótico. Estas secciones suelen relegarse deliberadamente a rincones discretos, apartados de la circulación principal y en polos opuestos de la sección infantil. Además, me da la impresión de que funcionan como una suerte de pabellón de la muerte: los libros se acumulan, se desgatan bajo el roce constante de manos curiosas, pero rara vez abandonan ese espacio. Por ejemplo, en mis años de librera, clasificar un libro como literatura erótica equivalía, precisamente, a una sentencia de muerte. Recuerdo que Cincuenta sombras de Grey fue inicialmente ubicado y exhibido como bestseller y novela, antes que como literatura erótica, en un intento evidente por favorecer aún más su circulación y sus ventas. Cabe preguntarse, entonces, si esa librería no estaba, de manera deliberada o accidental, relegando la literatura feminista a su propia sección de condenados. Aunque creo que tampoco necesita mucha ayuda para ello.
Pero lo que hoy me interesa pensar no es la literatura feminista per se, sino las implicaciones de la posible desaparición de la categoría de literatura erótica, justamente en un momento histórico en que la sexualidad parece estar siendo atacada, tensada entre discursos que la regulan, la mercantilizan o la repliegan. Si aceptamos que el lenguaje es performativo, las clasificaciones no solo describen, sino que producen aquello que nombran: la categoría de literatura erótica no solo agrupa ciertos textos, sino que también establece expectativas sobre qué cuenta como erótico, qué queda fuera y cómo debe leerse. En otras palabras, el reordenamiento de la librería en cuestión no es simplemente práctico, sino que es un gesto cargado de implicaciones culturales y sociales: revela que nuestras ideas sobre lo erótico están cambiando y, de alguna manera, estos cambios parecen estar relacionados con el auge del feminismo, tal como se manifiesta en el desplazamiento de categorías que la propia librería realiza.
Sin embargo, esta no es la primera vez que se vive una reconfiguración del erotismo en México. En la década de los sesenta, por ejemplo, el moralismo sexual predominaba en la literatura mexicana hasta que la llamada “generación de medio siglo” decidió desafiar los tabúes sexuales, poco antes del inicio del movimiento de liberación sexual. Este desafío respondió al clima cultural de desencanto que permeaba el país: hacia finales de los años cincuenta, las promesas de la Revolución Mexicana no se habían cumplido y el socialismo había dejado de percibirse como una solución viable para la política nacional. En este contexto, dicho grupo propuso una reconceptualización del arte y una nueva manera de entender México y sus relaciones globales a través de lo erótico.
Durante esta época, el erotismo se concebía como un medio para liberarse de las limitaciones de los discursos nacionales, promoviendo una estética que rechazaba cualquier forma de coherencia política rígida. Escritores como Salvador Elizondo y Juan García Ponce lo entendían como una forma de transgresión capaz de propiciar el colapso de significados unívocos y de discursos absolutistas. Así, esta transgresión funcionó como una vía renovadora para comprender el mundo tras el desencanto político con el socialismo. En un periodo en el que predominaba la idea de que el arte debía asumir una postura política, el erotismo emergió como un medio posible para escapar de las supuestas limitaciones del compromiso político.
A esta generación pertenece Inés Arredondo, una de las escritoras más relevantes de la literatura erótica en México. Cuando hablo de literatura erótica parto de un rasgo fundamental para su categorización: la necesidad de que el texto trate la sexualidad de manera que el lector pueda intuir la posibilidad de goce. Ese goce puede o no concretarse, pero la literatura erótica es aquella que siempre lo contiene como una potencia latente. En el caso de Arredondo, gran parte de sus cuentos exploran sexualidades disidentes: prácticas que rehúyen la razón, la seguridad y la utilidad, y que, en cambio, se inscriben en el riesgo, el exceso, la perversidad, el peligro e incluso la tortura como formas de placer y juego; prácticas que hoy suelen agruparse bajo el acrónimo BDSM (Bondage/Disciplina, Dominación/Sumisión y Sadismo/Masoquismo).
Sin embargo, esta concepción del erotismo que vemos en Arredondo no puede desligarse del marco teórico que la rodea. En este caso, la noción de erotismo viene de autores como Georges Bataille que, al definirlo como una trasgresión violenta, reproduce estructuras patriarcales. Para Bataille, el erotismo es un intercambio ritualizado entre un victimario (masculino) y una víctima (femenina), donde lo femenino queda reducido a la pasividad y a su condición de objeto del deseo masculino. En esta lógica, la sexualidad de las mujeres aparece como algo que debe ser consumido y controlado, y su falta de subjetividad se convierte en un marcador de diferencia y en el espacio mismo de la transgresión. Así, la sexualidad femenina queda configurada en función del deseo masculino, reforzando estructuras heteropatriarcales presentes en buena parte de la narrativa mexicana de la época, como puede observarse en la obra de Juan García Ponce o en textos como Farabeuf de Elizondo.
En este contexto, la obra de Arredondo ocupa un lugar particularmente complejo. Aunque en muchos de sus relatos se advierte una complicidad con esta mirada masculina del erotismo, también emergen fisuras: espacios de agencia donde sus personajes femeninos adquieren una subjetividad encarnada. Más allá de esto, Arredondo ensaya una rearticulación del propio erotismo al sugerir que el masoquismo —y el estado de vulnerabilidad que implica— puede practicarse de maneras que desestabilizan y reconfiguran los roles de género. Leer su obra desde esta clave permite entender cómo una escritora negocia su posición de escritora “perversa” dentro de un orden heteropatriarcal, abriendo, desde dentro, otras posibilidades para pensar el deseo y lo erótico.
Desde esta perspectiva, considero que el cuento “Mariana” es el primero en el que Arredondo explora de manera explícita las relaciones de poder y las dinámicas de Dominación/Sumisión desde una mirada feminista y disidente. El hecho de que el relato lleve por título el nombre de su protagonista sugiere ya un desplazamiento respecto a otros de sus cuentos: aquí, la subjetividad femenina ocupa el centro. Mariana es una mujer bella y rebelde que encuentra placer en prácticas sexuales no normativas y consensuadas, entre ellas los juegos de poder, la asfixia erótica y los juegos de impacto. La trama es, en apariencia, sencilla: Mariana se enamora de Fernando, pero su padre —figura anclada en una concepción arcaica de la mujer como objeto— se opone a la relación. La pareja huye, luego regresa tiempo después para reconciliarse con la familia, se casa y forma una vida aparentemente convencional.
Sin embargo, esa normalidad se fractura cuando Fernando es internado en un manicomio, acusado de haber intentado matar a Mariana durante una de sus prácticas sexuales. El lector descubre entonces que ambos participaban en juegos de control de la respiración —como la asfixia y la inmersión en agua—, prácticas de alto riesgo en las que el placer se entrelaza con la posibilidad de muerte. La inexperiencia de Fernando lo lleva a perder el control, y, creyendo haberla asesinado, desencadena la intervención de la familia, que lo castiga mientras Mariana queda reducida a la imposibilidad de hacer inteligible el carácter consensuado de su deseo. No obstante, el relato comienza con el funeral de Mariana. Solo al final se revela que su muerte no ocurrió a manos de Fernando, sino de un desconocido con quien, tiempo después de su separación forzada, continuó practicando estos juegos eróticos hasta morir por asfixia en una habitación de hotel. Narrado en primera persona por una amiga, el cuento se construye como una investigación fragmentaria que obliga al lector a recomponer los hechos y, con ello, a confrontar los límites entre consentimiento, placer y violencia.
En el cuento de “Mariana”, Arredondo introduce una variación crucial: la relación entre los protagonistas se presenta como relativamente igualitaria, sin las asimetrías económicas, sociales o afectivas que atraviesan otros relatos de la autora. Ambos comparten edad, entorno y formación, y construyen un vínculo basado en la confianza, lo que sugiere —aunque no sea explícito— la existencia de consentimiento mutuo y de un proceso de negociación entre pares. Pero el gesto más significativo de Arredondo radica en la construcción de Mariana como un personaje femenino complejo, cuya subjetividad y placer no son accesorios, sino el motor mismo de la narración. Mariana no es representada como víctima pasiva ni como objeto vacío, sino como una mujer que elige ceder el control —suspender momentáneamente su agencia— como parte de una economía del deseo. En este sentido, su figura tensiona tanto la tradición patriarcal que naturaliza la sumisión femenina como las teorías del erotismo que la reducen a objeto. En lugar de reproducir una lógica en que la transgresión dependa de la negación de la autonomía femenina, Arredondo propone el masoquismo como una práctica capaz de reorganizar los cuerpos y las relaciones de poder, abriendo la posibilidad de imaginar formas de deseo que exceden la norma heteropatriarcal. Así, en “Mariana” no solo hay una fascinación por las prácticas sexuales consideradas perversas, sino también un intento por repensar el poder mismo: no el poder del erotismo, sino la erotización del poder. En este desplazamiento, Arredondo sugiere una inflexión teórica que permite leer su obra como una respuesta crítica a los límites de Bataille y al resto de la generación de medio siglo, al tiempo que propone nuevas formas de entender el erotismo desde la agencia, la vulnerabilidad y el cuerpo femenino.
Volver hoy a Arredondo no es un gesto nostálgico, sino una operación crítica. Si, como sugiere la escena inicial, nos encontramos ante un momento en el que lo erótico parece desdibujarse como categoría —desplazada por otras formas de nombrar— tal vez convenga tomar en serio la serendipia de esa librería que decide cambiar la etiqueta de “literatura erótica” por la de “literatura feminista” y pensar la relación entre ambas. Recuerdo, en este sentido, una escena reciente en un aula: un grupo de estudiantes de literatura leía “Mariana” y coincidía, casi sin fisuras, en interpretarlo exclusivamente como un caso de violencia de género y feminicidio. No sé si me atrevería a decir que la lectura es incorrecta, pero sí parcial y descontextualizada. Al insistir únicamente en ese marco, el relato se clausura: Mariana queda reducida a víctima, su deseo se vuelve ilegible y sus prácticas eróticas desaparecen bajo el peso de una interpretación que, paradójicamente, termina por negarle agencia. Lo que en el cuento se presenta como una zona ambigua —donde el placer, el riesgo y el consentimiento se entrelazan de manera incómoda— se resuelve rápidamente en una clave moral que restituye certezas.
Quizá lo inquietante no sea que esta lectura exista, sino que se vuelva la única posible porque entonces el gesto crítico corre el riesgo de reproducir, bajo otros signos, aquello que pretendía cuestionar: la imposibilidad de pensar la sexualidad fuera de marcos normativos, incluso cuando esos marcos se enuncian desde el feminismo. Tal vez, entonces, lo que ese desplazamiento en la librería pone en evidencia no es solo la desaparición de una categoría, sino la urgencia de revisar cómo leemos lo erótico en relación con los encantos y desencantos de los nuevos discursos políticos que prometen cambios sistemáticos en la nación. Volver a una tradición feminista de la literatura erótica en México —una que no niegue el conflicto, pero que tampoco borre el deseo— podría ser una forma de evitar dos riesgos: por un lado, la apolitización de lo erótico, reducido a mercancía o a consumo vacío; por otro, la instauración de un nuevo moralismo sexual que, en nombre de la crítica, termine por disciplinar el placer. Entre la desaparición y la normalización, entre el silencio y la regulación, el reto no es elegir entre lo erótico y lo feminista, sino sostener la tensión entre ambos. Ahí, en ese espacio incómodo, lo erótico todavía puede operar —como en Arredondo— no como un residuo del pasado, sino como una forma crítica de pensamiento que insiste en recordarnos que el deseo también es un campo de disputa.
El agua, cristal lábil, es el primer indicador de la salud de un ecosistema: a su composición acudimos para constatar qué microorganismos acechan nuestras vísceras y con qué clase de metales o carbonatos habrán de lidiar nuestras arterias. Basta diluir en ella apenas un poco de mercurio —o de algún pariente igual de funesto, vecino suyo en la tabla periódica— para arruinar la carne de quien la bebe: lacerar su piel, degradar sus riñones, atrofiar sus nervios. El cuerpo humano no tolera variaciones en el agua más extremas que las de unos cuantos electrolitos; colmado ante la contaminación del líquido, heredará toda clase de malformaciones e impedimentos. Es, la del agua corrompida, una afrenta que persiste durante generaciones.
Para cuando entré a la adolescencia, ya se conocían los efectos nefrotóxicos que el agua contaminada de ciertas regiones de Jalisco había causado en centenas de pobladores. Con los ojos bien puestos en su propio ombligo, los habitantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara se habían limitado a mirar los reportajes del desastre ambiental como quien escucha una historia que, aunque lacrimosa, es lo suficientemente lejana para no ponerle demasiada atención. Esto cambió cuando el problema se acercó a la ciudad. Desde hace un mes, son comunes los reportes de alteraciones en la corriente que sale de los ductos domésticos: copioso, el líquido mana de las tripas de metal con un color a medio camino entre el café y el negro. Dos días atrás me encontraba en el centro de investigación donde trabajo —¡centro en el que se investigan, por cierto, problemas ambientales y sanitarios!— cuando me topé por primera vez con uno de los chorros infames. Lleno de ironía incómoda ante el caudal turbio, me di cuenta de que lavarme las manos era un ejercicio contraproducente. Un trabajador de limpieza escuchaba la radio al fondo del pasillo contiguo. De la pequeña bocina alcancé a escuchar, en la sección de noticias internacionales de algún programa, el recuento de daños que había dejado la lluvia negra en Irán. Me enfrenté al recordatorio de que del otro lado del mundo había más personas víctimas del agua opaca (y la de ellos era más preocupante aún).
El ocho de marzo, Teherán despertó con una nube negra asentada sobre sus edificios. Múltiples bombardeos habían tenido lugar la noche anterior; en esa ocasión, la alianza militar israelí-estadounidense atacó depósitos de combustible a lo largo de la capital y de Karaj. Importa poco debatir qué tan lícita fue la embestida: sus efectos, más allá del impacto en la logística industrial y militar iraní, se pasean por el perímetro del crimen de guerra.
Los hidrocarburos arden hasta producir dióxido de carbono y agua. Cuando el petróleo pasa por una combustión incompleta —en condiciones turbulentas y con mezcla deficiente de oxígeno— una fracción termina convertida en hollín, capa de finas partículas carbonosas. Escasamente compatible con el agua, el tizne tóxico transita la atmósfera mientras se recubre de compuestos que sí atraen humedad: sulfatos, nitratos y aerosoles orgánicos. Asfixiante, el aire no tarda en volverse un matraz gigante que produce ácido sulfúrico y ácido nítrico a borbotones. Adheridas al agua disponible en el medio, filtradas al interior de la sombra negra de las nubes, las partículas de la combustión caen de vuelta a la tierra en chorros espesos. Llega pulverizada la muerte, parduzca y aceitosa.
La mañana posterior al ataque, los habitantes de Teherán se encontraron con una plasta tóxica que tapaba las superficies de sus calles. El líquido pegajoso era el resultado de la lluvia negra cuyo origen químico recién describí. Los niños y los ancianos, poseedores de bronquios especialmente sensibles a la irritación, pasaron largas horas de tos y ahogo. Mareados, los pobladores evitaron salir de casa con tal de no respirar los gases (varios de ellos cancerígenos, como el benceno y el formaldehído) que harían contraerse sus vasos sanguíneos hasta provocar, en el mejor de los escenarios, agudos dolores de cabeza. Quienes recorrieron las calles se toparon con un detalle apocalíptico adicional: bajo el asfalto, los oleoductos ardían y exhalaban llamaradas a través de las alcantarillas. Fueron frecuentes las comparaciones con ciertos pasajes de la Guerra del Golfo.
Nuevos conflictos han traído consigo nuevos recursos bélicos. En cada época, la implementación de armas inéditas y de técnicas de ataque modernas ha fungido como el eje central de la estrategia militar. Es así como las guerras contemporáneas, masivas con relación a los insumos explosivos que precisan, han extendido su escala de daños con tanta facilidad. En pocas décadas pasamos de tener batallas en las que solo se intercambiaban balas a desplegar operativos exprés orientados al uso de dispositivos de destrucción masiva o, incluso peor, de armas químicas y biológicas. El agente naranja y el gas mostaza, lo hemos visto, les sobreviven a sus primeras víctimas: causan estragos en quienes ni siquiera habían nacido cuando estaban en curso las guerras en que fueron empleados.
La contaminación derivada de los ataques a infraestructuras industriales y civiles debe tomarse con plena seriedad. Previo a las agresiones recientes, Irán ya se encontraba en una situación complicada respecto a su abastecimiento de agua potable; con lo ocurrido, el panorama no ha hecho más que agravarse. Conforme se acumulen más ofensivas contra recursos químicos inestables se volverá más difícil estimar sus repercusiones ambientales.
En lo que va del año, Donald Trump y sus aliados se han dedicado a intimidar al mundo. Poco menos de cuatro meses bastaron para que el presidente de los Estados Unidos lanzara advertencias (algunas cumplidas, algunas no) contra Venezuela, Dinamarca, Colombia, México, Irán y Cuba. La actual guerra contra el país persa, estúpida e innecesaria por donde se le mire, ha vuelto más clara la amenaza que compartimos. Es ingenuo pensar que una intervención norteamericana —promovida cada tanto por sus propios políticos, quienes toman la lucha contra el crimen organizado como la excusa perfecta para sus operaciones— no tendría la misma repercusión en nuestro acceso a insumos básicos para la supervivencia. Los retos climáticos a los que nos enfrentamos sólo nos vuelven más vulnerables ante escenarios de conflictos armados. Si los Estados Unidos han convertido la diplomacia en un ejercicio de intimidación permanente, nos queda apenas preguntarnos: ¿quién sigue?
Las escritoras Diana Domínguez, Susi Bentzulul, Yásnaya Aguilar, Sasil Sánchez Chan y Nadia López en la FILO, 2022.
En la actualidad ya no sorprende cómo el mundo de la literatura —a través de becas, talleres, premios y editoriales— nos ha agrupado a las escritoras de algún pueblo indígena dentro de las llamadas literaturas indígenas. Lo que resulta novedoso es que cada vez más escritoras rechacemos esta categoría debido a que, sostenemos, desdibuja las particularidades de nuestras comunidades y la filosofía de nuestra cultura. Algunas incluso hemos apostado por que la escritura sea nombrada desde nuestras lenguas —nagua, ñuu savi, ayuuk, maya, entre otras— con el fin de reconocer la lucha histórica de nuestros pueblos. Ésta no es una simple cuestión semántica, sino un firme posicionamiento político cimentado desde la escritura.
En este tenor, me gustaría compartir algunas reflexiones que fui desarrollando durante la redacción de mi tesis doctoral. A lo largo de mi investigación y análisis, pude comprobar que muchas escritoras pertenecientes a pueblos indígenas hemos optado por participar en las literaturas indígenas como una estrategia para insertarnos en el mundo literario. Así, encontré que, si bien hay diferencias en nuestras trayectorias, también hay similitudes que no son casuales ni responden a cuestiones individuales, por el contrario, atienden claramente a las estructuras impuestas desde las mismas literaturas indígenas, que suelen estandarizar. Así, debemos seguir un patrón con ciertas características, claramente definido, y del cual no hay que salirse.
En repetidas ocasiones hemos escuchado a escritores y críticos literarios cuestionarse cómo y quiénes han establecido lo que supuestamente debe ser una escritora o escritor indígena, y han concluido, entre otras cosas, que las políticas del Estado mexicano, así como nuestro propio quehacer literario, han configurado patrones bien definidos. Por ejemplo, la participación en talleres, becas y premios dirigidos exclusiva o parcialmente a escritoras y escritores de alguna de las sesenta y ocho lenguas oficialmente reconocidas en México, para después escribir sólo en una de esas lenguas y autotraducirnos al español simultánea o inmediatamente después, con el fin de publicar, más por exigencia que por convicción, ediciones bilingües, en editoriales especializadas o institucionales.
En el caso de los talleres literarios, descubrí que autoras como Nadia López, Diana Domínguez, Cruz Alejandra y yo misma hemos participado en espacios promovidos por instituciones gubernamentales o particulares, como la Fundación para las Letras Mexicanas, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia o el Programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa. Todos ellos forman parte de un contexto específico —el mundo mestizo, occidental e hispanohablante— en el que se siguen reproduciendo formas y estándares de escritura ajenos a nuestras culturas. Una paradoja de estas instituciones es que, para ingresar a sus talleres, se exige a los postulantes que hablen alguna lengua indígena, a pesar de que los contenidos se impartirán exclusivamente en español, lo que parece indicar que las lenguas indígenas son vistas como un simple requisito, una categoría de identidad, pero no como parte de la formación, con lo cual se posiciona al español como único idioma de creación literaria válido. Lo anterior me lleva a preguntarme: ¿están las lenguas indígenas frente a un reconocimiento únicamente simbólico o de cuotas lingüísticas?, ¿realmente ocupan un lugar en el que sean reconocidas y validadas?
Al mismo tiempo, descubrí que algunas de nosotras nos hemos formado en espacios independientes y autónomos, como el colectivo mixe COLMIX y la Unidad de Escritores Mayas Zoques. Ahí recibimos talleres impartidos en nuestras lenguas, pues las conciben como el eje central de la formación; allí, la lengua no es un requisito: es necesaria para el proceso literario. En este punto entramos en tensión: ¿estos espacios autónomos son reconocidos y legitimados dentro del mundo literario? Lo cierto es que no. A pesar de los esfuerzos, casi siempre son relegados de los círculos del canon literario. Mientras unos espacios son totalmente reconocidos, otros son excluidos, evidenciando una desigualdad en términos de legitimidad y validación.
En lo que respecta a las becas del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (antes FONCA), Nadia López, Diana Domínguez, Sasil Sánchez, Cruz Alejandra y yo hemos obtenido dicha beca en más de una ocasión, y todas en la disciplina de Letras en Lenguas Indígenas. Ésta no es una cuestión individual, responde a las estructuras y patrones ya mencionados, y que hemos seguido como escritoras pertenecientes a pueblos indígenas, para poder acceder al mundo literario. Cabe señalar que dichas becas obedecen a políticas públicas del Estado mexicano, el cual, mediante acciones afirmativas, intenta resarcir la desigualdad histórica vivida por los pueblos indígenas. Sin embargo, no podemos negar que a través de estas acciones se reproducen categorías y clasificaciones que, lejos de contribuir, separan la literatura que se hace en los pueblos indígenas del resto de la literatura mexicana, lo cual reproduce lógicas racistas y clasistas.
Por otra parte, para cumplir con esta beca debe presentarse obligatoriamente un manuscrito en formato bilingüe —originalmente escrito en una lengua indígena y con su respectiva traducción al español—. No se trata, pues, de una elección libre de las escritoras, sino de una imposición institucional que nos dice que la obra únicamente tendrá reconocimiento y será validada dentro del canon literario si está traducida al español.
Otra paradoja es que los tutores de estas becas, si bien hablan una lengua indígena, frecuentemente no coincide con la lengua o variante dialectal de las becarias y becarios, por lo que recurren a evaluar en español. Por consiguiente, nos encontramos frente a instituciones con políticas de inclusión simbólica, más no reales, lo cual desmantela la posibilidad de que las lenguas indígenas sean el eje central de la formación y ocupen espacios legítimos. Hay un esfuerzo, sí, pero no un compromiso real. Además, al exigirle a las y los becarios que se autotraduzcan, se produce una carga de trabajo adicional que no es remunerada, lo que no sucede con los becarios de otras especialidades literarias. Vemos y escuchamos discursos a favor de las lenguas indígenas, pero con una sobrecarga laboral para las y los escritores de dichas lenguas. Estamos, pues, frente a una inclusión, pero que demanda más trabajo con respecto a quienes escriben en español, volviéndolo un ingreso condicionado y una práctica naturalizada para acceder a estos espacios, lo que nos lleva a concluir que autotraducirnos no es una decisión propia, sino una imposición institucional que, de cierto modo, puede verse como una estrategia para ingresar a la literatura mexicana.
Lo mismo sucede con quienes han ganado premios dirigidos exclusivamente a escritoras y escritores en lenguas indígenas: estos espacios y reconocimientos dentro del mundo de la literatura, si bien coadyuvan a visibilizar nuestras obras, también segregan. El Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle, el Premio CaSa de Literatura para Niños, el Premio Internacional de Poesía del Mundo Maya Waldemar Noh Tzec, entre otros, están destinados a obras escritas en alguna de las sesenta y ocho lenguas indígenas reconocidas oficialmente y asumen la finalidad de difundir y reconocer la diversidad cultural y lingüística del país. En consecuencia, forman parte de una política pública cultural, con lógicas específicas y características similares, que, aunque pretende reconocer y premiar a escritores indígenas, nos cierra la puerta al diálogo con el resto de la literatura mexicana. En este sentido, es necesario cuestionar por qué las y los escritores en lenguas indígenas no concursan en premios de literatura que no estén dirigidos exclusivamente a ellas y ellos, un patrón que se repite constantemente.
Otro tema crucial es el de la difusión: ¿en qué editoriales publican a las escritoras?, ¿quién las está leyendo y quién legitima lo que escriben? Algo que pude observar en el análisis de mi tesis doctoral es que, al igual que en los talleres y becas, existe una separación respecto a dónde deben y pueden publicar. En este sentido, las escritoras en las que centré mi investigación y yo misma hemos publicado principalmente en doce editoriales: Pluralia, Almadía, El Ala del Tigre, Joldhi, Fondo de Cultura Económica, Edelvives, LibrObjeto, Heredad, Originaria, Secretaría de Cultura de Yucatán, Avión de papel y Universidad de las Américas Puebla. Existe, pues una gran variedad de editoriales, tanto independientes como gubernamentales, que están publicando nuestros trabajos, no obstante, no todas gozan del mismo estatus y prestigio ni tienen la misma visibilidad y alcance en el mundo literario.
Los casos de Pluralia, El Ala del Tigre, Avión de Papel, Originaria, Secretaría de Cultura de Yucatán y la Universidad de las Américas Puebla, editan únicamente libros bilingües en lenguas indígenas, lo cual demuestra que existen espacios exclusivos para la difusión de la literatura en lenguas indígenas. Asimismo, editoriales como el Fondo de Cultura Económica, Edelvives, LibrObjeto o Heredad, si bien no tienen como objetivo la publicación de libros en lenguas indígenas ni los excluyen, mayormente publican en español, al ser la lengua predominante en el mercado editorial. Por consiguiente, aunque tengan publicaciones en lenguas indígenas, se trata de una inclusión más bien minoritaria dentro del mercado editorial mexicano. Así, escritoras como Nadia López y yo misma hemos optado por insertarnos en editoriales de prestigio como el Fondo de Cultura Económica —no como una decisión personal, sino como una estrategia frente a un espacio y condiciones desiguales—, para que así nuestra literatura sea reconocida y obtenga mayor visibilidad. Más que casos individuales, son actos colectivos de resistencia que nos empujan a cuestionar constantemente lo establecido, lo dominante, y desafiar los cánones literarios frente a sistemas de jerarquización y de legitimidad, aunque implique o un doble o triple esfuerzo por demostrar que nuestra escritura también puede ocupar estos escenarios. Con esto, buscamos desmantelar las relaciones desiguales y de poder que existen en la literatura, ya que estos espacios ganados no son gratuitos, sino que, a diferencia de quienes escriben sólo en español, han estado marcados y atravesados por condiciones desiguales e injustas.
Un ejemplo sumamente revelador de lo dicho antes lo encontramos en la propia Nadia López, quien, con el sello del Fondo de Cultura Económica, en 2022 publicó Dorsal, libro monolingüe en español con el que, además, se hizo acreedora al XVI Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón 2021. Con esto, Nadia López, además de establecer un parámetro para el ingreso a estos espacios y contribuir al desmantelamiento de los criterios de las editoriales hegemónicas, rompió con varios prejuicios asociados a la literatura indígena: libros en formato bilingüe —redactados primero en su lengua y traducidos después al español por el propio autor o autora— y comúnmente relacionados con la cultura de nuestros pueblos. Sin embargo, cabe señalar que, aunque la editorial no se fijó en la identidad de la autora, sino en la calidad de su obra, ella sólo pudo insertarse en este espacio a través del español, una lengua válida en el canon literario.
Ese mismo año, el Fondo de Cultura Económica también publicó Tenbilal Antsetik/Mujeres olvidadas, libro de mi autoría y primero de su colección en formato bilingüe tsotsil-español. Con esto se confirma que, cada vez más, se incluyen a las lenguas indígenas en las editoriales de alto prestigio, un reconocimiento, vaya, totalmente tardío, siendo que la literatura contemporánea en lenguas indígenas existe por lo menos desde los años setenta y tuvo su auge en los noventa. A título personal, me pregunto cuáles fueron los motivos que tuvieron para apostar a una escritora que está asociada a la literatura indígena. Mi cuestionamiento no es menor, ya que nos obliga a preguntarnos y reflexionar sobre los criterios de selección con que estas editoriales eligen a quién publicar. ¿Estos criterios premian la calidad literaria o se reducen a políticas públicas para cumplir con cuotas afirmativas? Dicho sea de paso, ese mismo año (2022) fue proclamado como el de los pueblos indígenas y afromexicanos, lo que nos hace imposible no preguntarnos si hubo relación entre la decisión de la editorial y los contextos políticos de México. En este tenor, es necesario cuestionarse acerca de qué llevó al escritor y editor Víctor Santana a optar por esta obra en vez de otra, cuando él mismo ha mencionado que, dentro del mundo editorial, se tiene la idea de que la poesía en lenguas indígenas no se vende.
Lo anterior revela que, más allá de publicar la obra, hubo una apuesta editorial que implicaba un riesgo comercial, ya que no se sabía si el libro se vendería o no. Lo sorprendente es que este libro se agotó en menos de seis meses, y al año siguiente se reimprimió, lo que puso en tensión a las editoriales de alto prestigio, que, mediante sus criterios y lógicas, deciden qué debe leer el público y han evitado apostar a lo largo de su historia por libros en lenguas indígenas.
Ahora bien, en el caso de las universidades, sólo la Universidad Nacional Autónoma de México (a través de Alas de Tigre) y la Universidad de las Américas Puebla (con su serie en lenguas originarias) han incursionado en la creación de sellos dedicados exclusivamente a la publicación de literatura en lenguas indígenas, con la edición de Cruz Alejandra (UDLAP) y Nadia López (UNAM) en 2021 y 2025, respectivamente. No cabe duda de que estos esfuerzos están encaminados a difundir y visibilizar la poesía en lenguas indígenas, sin embargo, también nos obligan a reflexionar sobre por qué se abren series exclusivas para este tipo de producción, aislándolas del resto de la literatura, ya que, si bien se generan mayores espacios de publicación, también se reproducen las diferencias en el mundo literario o mercado editorial de las que ya hemos hablado. A los dos casos anteriores, se suma la editorial Pluralia, la cual, aunque sostiene que su objetivo es revitalizar las lenguas indígenas, únicamente publica a escritores indígenas en formato bilingüe.
Por otro lado, también es crucial y necesario cuestionar cuál es el alcance de dichas obras en términos lingüísticos. ¿A qué personas están llegando?, ¿a las correctas? En este sentido, es preciso mencionar que no basta con tener series en lenguas indígenas o editoriales exclusivamente para escritores de los pueblos indígenas, ya que el problema radica también en la difusión y distribución, pues publicar un libro no asegura que vaya a tener el alcance o reconocimiento en la literatura mexicana —o, por lo menos, compita en condiciones de igualdad respecto a otras obras.
Sobre este punto, llama a la reflexión el hecho de que estas editoriales realicen invariablemente el proceso de edición en español, aunque las obras estén en lenguas originarias, lo que denota una carencia, una limitante en este campo, imposible de pasar por alto: no hay editores en lenguas indígenas. Una vez más, esto nos recuerda que a pesar de insertarse en espacios que reconocen las lenguas indígenas, el español es el eje central que desplaza a las lenguas indígenas a un plano de subordinación. Vemos, pues, que el español siempre es el punto de partida para revisar y dictaminar todo lo escrito en lenguas originarias.
Como resultado, corre a cargo de nosotras como escritoras la edición de los textos en nuestra lengua: somos nosotras quienes realizamos este trabajo sin contar siquiera con un especialista dentro de las editoriales que nos acompañe o asesore durante el proceso. Esto, además de evidenciar una notoria carencia dentro de estos espacios, revela las desigualdades laborales en los que se producen nuestros libros: hay una carga extra para nosotras, quienes, además de escribir, revisar y corregir nuestros textos en español, debemos hacerlo también en nuestra lengua indígena sin remuneración extra ni reconocimiento institucional. Esto implica que, si bien no editamos en español —esa es una tarea única y exclusiva de las editoriales—, sí asumimos la edición de nuestros textos en lenguas indígenas, lo que se convierte en una distribución desigual en el proceso de la edición: nos dan y asumimos toda la responsabilidad en la edición del texto en nuestras lenguas, pero no es pensable que suceda lo mismo en el español. Esto parte de lógicas y prejuicios que se tienen sobre nuestro dominio del español, lo cual es otra forma de reproducir estereotipos sobre nosotras y las personas indígenas en general. No obstante, casos concretos como los de Nadia López y Diana Domínguez ponen en jaque estos prejuicios y desafían los mandatos de lo que se ha dictado dentro de las literaturas indígenas. Nadia, por ejemplo, al desempeñarse como editora de una revista en Noruega, además de posicionar su voz en la escena literaria internacional, rompe con la lógica de que las escritoras indígenas sólo deben escribir en sus idiomas y no editar en español. Su trabajo, pues, nos dice que ella está cuestionando constantemente los límites y fronteras impuestas por los prejuicios y la desigualdad.
Por su parte, Diana se ha opuesto a ese sistema que nos exige a las escritoras en lenguas indígenas autotraducirnos, ya que ella escribe sus poemas directamente en mixe, pero delega su traducción a una lingüista que domina esa lengua. Este acto no es banal. Por el contrario, es sumamente crucial debido a que cuestiona lo hasta ahora normalizado y nos abre a considerar otras formas o posibilidades de traducción. Nos empuja, pues, a pensar esta faceta como algo que no necesariamente forma parte de nuestro trabajo como escritoras, algo especializado que requiere de la participación de un profesional externo y que no debe recaer forzosamente en nosotras.
Sin duda, estos actos son necesarios para poco a poco transformar y desestructurar lo establecido dentro del mundo literario, sin embargo, al mismo tiempo nos plantean nuevas cuestiones, campos de análisis. Por ejemplo, ¿quién traduce estos poemas? En este caso específico, la traducción recae en una persona lingüista mixe y no en una poeta, lo cual nos obliga a cuestionarnos sobre quién es esa persona que interviene en estos procesos de traducción, cuáles son sus implicaciones y si los criterios que emplea parten de un enfoque más lingüístico que poético. En conclusión, si bien estamos frente a una ruptura frente a lo normalizado hasta ahora en el tema de la autotraducción, con ella se abren otros cuestionamientos y tensiones que nos invitan a reflexionar sobre la complejidad de este fenómeno y los contextos en que se produce.
Por otra parte, este tipo de acciones se presentan también como opciones para superar algunos problemas inherentes al tema de la autotraducción, como la doble presión hacia nosotras como escritoras. Por ejemplo, si escribimos primero en nuestro idioma, hay por parte de los pioneros de la literatura en lenguas indígenas contemporánea una exigencia muy fuerte por que sigamos las reglas y normas gramaticales del idioma, convirtiendo a la escritura en una tarea ardua y rigurosa. Del mismo modo, al traducirnos al español, son las editoriales quienes nos exigen un alto dominio del español y los recursos literarios. Ambos escenarios nos exponen como escritoras a un ambiente de exigencia sumamente alto. Esto no es completamente negativo, al contrario, forma parte de la rigurosidad que implica la creación literaria y que debemos asumir todas las escritoras y escritores. No obstante, suele pasarse por alto que no por ser hablantes de una lengua indígenas somos especialistas en ella, además de que pocas disponemos de una formación lingüística apropiada. Al mismo tiempo, al exigirnos que manejemos con soltura los recursos literarios del español, se olvida que, si bien algunas de nosotros hemos asistido a talleres en español, otras crean primero en su idioma —como Diana en ayuuj, o Sasil en maya yucateco— y hay pocos estudios sobre los recursos literarios en lenguas indígenas. Así pues, como escritoras nos enfrentamos a dos sistemas de exigencia a los que tenemos que contestar constantemente y de manera simultánea.
Finalmente, me resta decir que estos son sólo algunos apuntes de lo mucho que se puede reflexionar en torno a las trayectorias literarias de las escritoras indígenas contemporáneas. A través de ellas podemos darnos cuenta de que, efectivamente, es posible deconstruir lo establecido y proponer nuevas formas de relacionarnos y participar en el mundo literario y el mercado editorial. De este modo, y tal como hemos visto, en cada una de nosotras se observan rupturas distintas pero muy significativas para las literaturas en lenguas indígenas: Nadia López y yo, por ejemplo, contamos con obras publicadas en el Fondo de Cultura Económica, con lo cual hemos conseguido adentrarnos en una casa editorial de alto prestigio y legitimidad. Asimismo, su trabajo como editora en español de una revista Noruega desmonta el prejuicio de que sólo podemos editar en nuestras lenguas. Diana Dominguez, por su parte, ha cuestionado y nos está empujando a cuestionarnos también el tema de la obligatoriedad de la autotraducción. De manera similar, Sasil Sánchez, al publicar su primer libro en una edición monolingüe de maya yucateco (es decir, sin traducir al español), ha desafiado fuertemente la idea de ceñirnos forzosamente a un formato bilingüe. En cuanto a Cruz Alejandra, cabe mencionar que no se ha restringido a la poesía, ya que también ha incursionado en el cómic, rebatiendo así la idea que dentro de la literatura indígena únicamente hay poetas. Así, cada una de estas rupturas, entendidas como actos colectivos y no como prácticas individuales, constituyen en conjunto una serie de esfuerzos que buscan tensionar lo establecido y, de paso, recordarnos que no somos sólo escritoras indígenas, sino también agentes que transformamos constantemente los múltiples espacios en los que habitamos.
Portada de “La Policía de la Memoria”, de Yoko Ogawa. Tusquets Editores, 2025.
I. “Pero aún podía ver el árbol de mirto por la ventana”
Me gusta imaginar que Yoko Ogawa podría ser la primera mujer japonesa en ganar el Nobel de Literatura. Si bien Haruki Murakami lleva bastante tiempo con su nombre asomándose por la puerta —y constantemente apareciendo en la mayoría de las listas de “apuestas”—, sólo Yukio Mishima y Kenzaburo Oe han llevado el premio a su país. Desde antes de que Han Kang ganara el Nobel en 2024, la literatura asiática se alzaba ya, literal y metafóricamente, hasta el frente de las mesas de novedades en librerías, pero fue este premio lo que consolidó la presencia de autoras surcoreanas y japonesas en espacios mainstream del mundo latinoamericano del libro.
Hay un cierto instinto, o simplemente algo que no logro nombrar, que me deja con esa esperanza de que la obra y el trabajo de Ogawa sean reconocidos con el Nobel. No porque su obra sea esperanzadora, sino porque sin dudas para mí la carrera literaria de la autora lo amerita. En ese sentido, Kang recibió muchas críticas por haber ganado joven y sin tantos libros traducidos el Nobel; Yoko Ogawa alcanza una “mayoría de edad” y muchos libros con un culto de lectores, como pasa con La policía de la memoria.
En su momento, me habría gustado que más personas en Latinoamérica hubieran leído La vegetariana o Actos humanos antes del anuncio del Nobel para defender a Kang de las sospechas que surgieron. O, al menos, contraatacar esas críticas. Así, considero un servicio a la comunidad lectora escribir esta guía mínima con la esperanza, nuevamente, de acercar a otras personas que quizá tengan ganas de leer a Ogawa, pero que no sepan por dónde empezar, o que conozcan una novela en particular y ahora no sepan hacia cuál otro libro avanzar.
Hay muchos arrepentimientos que considero insoportables, sin embargo, aunque llegar tarde a una autora no sea uno de ellos, sí que representa cierta desesperación reconocer que se ha pasado tanto o determinado tiempo sin descubrir la obra de quien sabes que ha cambiado tu vida o, al menos, tu perspectiva de la literatura o gustos editoriales. Esto me ha pasado con esta escritora japonesa: sus libros son de los pocos que me he visto forzada, casi diría que involuntariamente convencida, por un poder externo, probablemente el de su prosa magnética, a empezar de nuevo inmediatamente después de haberlos terminado —suceso que sólo se ha repetido con contados autores, como Jeffrey Eugenides, Lee-Young Li, Eugenia Ladra, Elena Ferrante, Bae Suah y Donna Tartt. Las primeras y últimas líneas de sus libros están tatuadas en mi cerebro, como el inicio de La policía de la memoria: “En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.” O el final de su novela recientemente traducida al inglés, Mina’s Matchbox, que da título a este apartado inicial: “Pero aún podía ver el árbol de mirto por la ventana”.
II. “Un lugar para los corazones que no están vacíos”
Yoko Ogawa nació el 30 de marzo de 1962 en Okayama, Japón —una década antes que Han Kang—. Comparte también cumpleaños con la reconocida escritora Yuko Tsushima, hija de Osamu Dazai, quien al morir a los 68 años en 2016 dejó un amplio legado explotando la soledad, el estigma contra las mujeres, la memoria, la maternidad y las distintas costumbres y los prejuicios de la sociedad patriarcal, muy de su época. Otras autoras japonesas que en décadas anteriores siguen los temas en los que profundiza Ogawa son Fumiko Enchi, Mieko Kawakami, Hiromi Kawakami, Mieko Kanai, Izumi Suzuki, Yoko Tawada, Asako Otani, Saou Ichikawa y Asako Yuzuki. Si algo tienen en común estas escritoras contemporáneas es justo una perspectiva desafiante de los estigmas y tabús que deben romper las mujeres para abrirse camino en el mundo, así como reflexiones acerca de lo que construye nuestra identidad y lo que se forma alrededor del significado de ser mujer, o por lo menos, sobre las ideas preconcebidas que los hombres tienen del universo femenino desde su otredad —considerando las dualidades del género y la identidad que, aunque hoy en día no entendemos del todo o presentemos como binarios, categorizó cierta escuela de pensamiento, para bien y para mal.
La policía de la memoria (密やかな結晶 / Hisoyaka na Kesshō)se publicó por primera vez en invierno de 1994. En 2019 fue traducido al inglés por Stephen Snyder y nominado en 2020 para el International Booker Prize. Aunque no con esta novela, Yoko Ogawa es ganadora de los más prestigiosos premios literarios de su país: con su primera novela Cuando la mariposa se descompone, obtuvo el Premio Kaien en 1988; con el libro El embarazo de mi hermana le es concedido el Premio Akutaga en 1991, convirtiéndose inmediatamente en un best seller. A partir de la traducción de La policía de la memoria, , las personas de habla inglesa hicieron lo esperado: elogiar el libro y volverlo tendencia en el espacio de bookstagram, a la par de que rechazaron su proeza literaria. Fue un libro polarizante: o lo amas o lo odias. Desde el momento en que lo descubrí , el último invierno antes de la pandemia, aquel rostro ya aparecía en todas las publicaciones de los mejores libros del año. Esa distintiva ilustración fotográfica, como de pasaporte antiguo, en tonos azul marino y trazos de garabatos anaranjados, junto con la estampa policial que engloba el título y el nombre de la autora en una insignia circular color amarillo mantequilla, lo convierte en un libro que desde su paleta de colores y portada transmite una identidad misteriosa pero magnética. Basta con leer las primeras páginas de la novela para entender que esa misma cualidad posee la prosa de Ogawa: un lenguaje simple, directo, desafiante e inyectado de intriga.
En repetidas ocasiones he visto a la crítica y a los lectores dotarlo de una cualidad nostálgica, aunque no comparto esa opinión. Para mí, su lectura desafía a quien se adentra en ella precisamente por la falta de referencias a una sensación similar a la nostalgia. En una isla sin nombre, los objetos comienzan a desaparecer sin aparente razón. En realidad: continúan desapareciendo desde muchos años atrás, quizá desde la historia entera de esa isla, sin que nadie pueda rastrear motivo ni inicio del fenómeno. Hay sólo un antes y un después. Un momento cuando la memoria de los habitantes de la isla podía contener sus recuerdos enteros y un momento cuando La Policía de la Memoria se asegura de que lo que ha desaparecido permanezca olvidado. Ahí, una escritora joven descubre que, de la misma forma que su madre, su editor es capaz de mantener sus recuerdos de los objetos que ya se han borrado de la mente de todos en la isla, incluso de la suya.
De una manera que en este texto no alcanzaríamos a ahondar, pues el libro raya en la filosofía del lenguaje y en una pedagogía semiótica sobre la forma en la que percibimos los conceptos intangibles, la novela interroga los métodos con los que valoramos un recuerdo sobre otro, utilizando ejemplos brillantes como el trauma de la pérdida bajo el totalitarismo, la distopía del control cultural y el aislamiento de los regímenes dictatoriales. No es casual que se le compare con George Orwell, Samuel Beckett o Franz Kafka. Sin embargo, mirarla desde el lente de la ciencia ficción únicamente también se convierte en una postura reduccionista en tanto que hoy —como en los noventa— estamos más cerca de lo que entendemos como universos distópicos, y más y más cerca, también, de la noticia de la explosión de la Tercera Guerra Mundial cada vez que damos refrescar a nuestro feed.
El sentimiento que transmite podría parecerse al de la nostalgia, pero es más bien el de un duelo congelado, una sensación de algo que se ha perdido, donde los personajes intentan sobreponerse al dolor, mientras atraviesan un proceso de pérdida que termina desensibilizándolos. ¿Cómo recuperarte de un luto si ni siquiera sabes por qué estás padeciéndolo? Procesar el luto no es lo mismo que atravesarlo. Para la narradora de La policía de la memoria, una pequeña cosa brillante está del otro lado de la isla, del otro lado del recuerdo de su madre con el que inicia la novela, llamémosle esperanza, que es también un estado paralizado de desilusión. La novela no se permea de nostalgia, sino de las ganas de mantener la ilusión que ya se ha perdido, pero brilla ante los ojos de algunos. Esa contradicción existe y es un “estira y afloja” constante de la trama, un lugar seguro para quien quiera leer una historia ante la que no puedes permanecer indiferente.
III. Desde el editor y el profesor de matemáticas hasta el hipopótamo de Mina
Antes de que La policía de la memoria fuera traducida al español y publicada por Tusquets, muchos de los libros de Ogawa habían aparecido en Funambulista, una editorial española, con sede en Madrid, fundada en 2004. Actualmente cuentan con más de una docena de libros de Ogawa, muchos de ellos ya descontinuados o muy difíciles de conseguir fuera de España.
Actualmente, los títulos más famosos de la autora fueron rediseñados en Estados Unidos: la propuesta es una colección nueva, y bastante atractiva, con colores pastel y los títulos escritos en japonés en la portada. Forman parte de la reimpresión La policía de la memoria, Hotel Iris, Venganza, La fórmula preferida del profesor y La piscina.
Su última novela fue escrita en 2005, publicándose por entregas, y editada como un libro entero en 2006: se cumplen veinte años de Mina’s Matchbook, una historia diametralmente opuesta a la de la isla de objetos y palabras desaparecidas. En aquella novela, centrada en los años setenta, se narra la historia de Tomoko, una niña de doce años que aborda un tren para ir a vivir en un pueblo cerca de la playa con su tía. Ésta es una narración realista, centrada en la amistad de Tomoko y Mina, su prima asmática con una capacidad para inventar historias y decir mentiras que, inmediatamente, hipnotiza a Tomoko. Aquí, el universo del Japón industrializado de 1972 es espacio de apariencias y efervescencia, de costumbres y secretos de infancia. Una familia adinerada que lidia todavía con las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y el contraste entre la tradición y la modernidad de ese Japón de la posguerra y, en el centro, un zoológico que forma parte de la enorme mansión donde las niñas pasan los días y observan al hipopótamo que habita a tan sólo unos pasos de su residencia. La vida de Tomoko no será la misma después de haber dejado a su madre en busca de mejores oportunidades con su tía. Puede ser el libro para ti si disfrutas historias con un ritmo más lento sobre familia y amistad.
En La fórmula preferida del profesor la narradora es una madre soltera que trabaja en una agencia de empleadas domésticas. La hermana de un profesor brillante, pero retirado, contrata a la protagonista de esta novela buscando a alguien que pueda hacerse cargo de un matemático que, desde que un sufrió un accidente con un severo daño en la cabeza, es capaz de recordar solamente ochenta minutos de su vida. Como si fuera una grabadora que tiene que resetearse exactamente cada ochenta minutos. De esta forma se desarrolla una amistad, en la que el profesor y la empleada doméstica construyen una relación presentándose una y otra vez, y sorprendentemente, descubren tener más en común entre ellos que con sus respectivas familias. El profesor tiene un cariño por el hijo de la narradora, quien constantemente la acompaña al estudio, y juntos comienzan a hacer planes a futuro como si dicha condición neurológica no eclipsara toda posibilidad de llevar una vida normal. Dicha cercanía comienza a crear tensiones entre la hermana del profesor y a causarle problemas a la narradora. Este es un libro para lectores de Mieko Kawakami, Han Kang o Yuko Tsushima, una reflexión sobre la maternidad y la enfermedad, con una atmósfera conmovedora y un monólogo interno que invita a reflexionar las verdades que damos por sentado y la percepción que tenemos sobre las personas que pasan de ser desconocidos a una parte fundamental de nuestra rutina diaria, quizás incluso de nuestra personalidad entera.
Por último, uno de los libros que incluiré en esta lista para acercarse a la obra de Yoko Ogawa sin duda tiene que ser Hotel Iris. Cada una de las novelas mencionadas en esta guía mínima tienen el estilo claro e hipnotizante de la prosa que caracteriza a la autora, sin embargo, son lo suficientemente distintos en sus personajes, su trama y su atmósfera, como para sentir cada vez que descubres a una autora desconocida. Puedes confiar en la calidad de la obra y, al mismo tiempo, dejarte sorprender.
En este último libro, Mari, de diecisiete años, trabaja en la recepción de un hotel en la costa de Japón. Contrario a los ejemplos anteriores, Yoko Ogawa hace una exploración de la intimidad y el deseo de la adolescente cuando su madre, administradora del hotel, se ve forzada a expulsar del recinto a un hombre mayor y una trabajadora sexual. Mari desarrolla una obsesión por el hombre, un traductor del ruso que más adelante se revelará viudo, y que despierta en Mari sentimientos de deseo y resistencia ante su autoridad, invitándola a explorar un oscuro espacio de placer sexual que termina por descolocar o repeler a los lectores. Es quizá la novela más difícil de Ogawa en el sentido de que pide comprometerse con un pacto de ficción para no dejarnos llevar por la moralidad sino por las intenciones de los personajes y las consecuencias de llevarlos al límite como víctimas de sus determinadas circunstancias. En la ternura que podíamos encontrar en la amistad entre el editor y la escritora, o entre las primas habitando el Japón de los setentas, aquí encontramos una relación inquietante y una soledad como respuesta de la misma alienación adolescente.
Por su parte, aunque los lectores podrían considerar La policía de la memoria como un libro enteramente político y una crítica social, la maestría de Ogawa radica en que, al final, la historia también funciona como una alegoría de la muerte, un texto que plantea preguntas sin respuesta y que nos obliga a observar la naturaleza y los riesgos hacer de las cosas que importan sólo cosas reemplazables que ocurren en los márgenes. ¿Cómo amar, cómo existir, cómo encontrar un sentido de permanencia, cuando sabemos que no sobreviviremos la catástrofe de ser olvidados y de olvidar todas las historias que nos contamos sobre nosotros mismos?
IV. En defensa del consumo y traducción de más literatura asiática
Hace poco, en una conversación entre varios creadores de contenido y librerxs de la Ciudad de Mexico, alguien me preguntó que por qué nos gustaba tanto la literatura surcoreana o japonesa. Y cuando digo nos era particularmente un te individualizado. ¿De dónde viene tu obsesión?
Me detuve un poco antes de responder.
No es que no pudiera responder: era más bien la primera vez que alguien me hacía esa pregunta de una forma tan directa, con genuina sorpresa por un universo no desconocido, sino tal vez demasiado hypeado. Y quizá fue una pregunta, aunque me pese admitirlo, que ni siquiera yo me la había planteado críticamente: somaticé y di por hecho lo que desde hace una década se popularizó en el espacio de creación de contenido y tribus lectoras a la par del movimiento por la lectura de más mujeres: que el hashtag #ReadWomen y las consignas que surgieron de él, y que tanto enojan a los onvres del internet, fueron la respuesta a la insatisfacción que encontrábamos por leer siempre a los mismos escritores y siempre desde una perspectiva masculina que no nos hablaba directamente, no problematizaba las inquietudes que podíamos tener ni tuvo respuestas hasta después de descubrir activamente escritoras mujeres, ya sea para rescatarlas de siglos anteriores o darles su debido reconocimiento en mesas de novedades.
Para decirlo clara y concisamente: me obsesioné con leer sólo mujeres y leer sólo literatura asiática.
V. ¿Y qué pasará si las palabras desaparecen?
No tengo una respuesta para eso, y sé bien que leer la novela de Yoko Ogawa es más un ejercicio de hacerse preguntas constantemente que un ejercicio de obtener respuestas, pero quizás por lo mismo la única certeza que tengo ante esta pregunta que se hace la protagonista de La policía de la memoria sea la convicción de que Ogawa se hizo la misma pregunta y decidió escribir un libro para imaginarlo. Uno que regaló al mundo, consciente de que es urgente y necesario tanto en el presente clima político como desde el momento en que se publicó en los noventa. Quizá si las palabras desaparecieran, perderíamos también los libros y, como lo dice la autora, perderíamos también toda capacidad de darle sentido al mundo y a nuestro ser. Ogawa acorta la brecha entre la memoria histórica y la memoria personal y nos recuerda que aunque desaparezca la memoria, los cuerpos retienen algo: el silencio de un corazón sin forma, pero también sin límites.
El 12 de febrero de 2016 en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana dos hombres mayores se encontraron. Ninguno conocía la lengua del otro (y con su edad, 69 años uno, 79 el otro, tampoco es que estuvieran en condiciones de aprenderlas), sin embargo, eso no les impidió hacer una declaración conjunta. Su reunión, por supuesto, no fue fortuita, al contrario, a pesar de la secrecía con la que se organizó, llevó años de preparación —la prueba es la declaración misma, redactada antes de que el encuentro tuviera lugar.
¿Quiénes son estos hombres y por qué su encuentro fue tan importante como para hacer declaración conjunta? Uno, el más joven, nació el 20 de noviembre de 1946 en Leningrado, hoy San Petersburgo, en una Unión Soviética que acababa de salir triunfante de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los millones de muertos, pero no del estalinismo. El otro nació una década antes del otro lado del globo, en Buenos Aires, Argentina, hijo de inmigrantes piamonteses, el 17 de diciembre de 1936. Ambos hombres dedicaron sus vidas a sus respectivas iglesias, uno a la Iglesia Ortodoxa Rusa y el otro a la Iglesia Católica, y ambos, para el momento en el que se encontraron, habían sido dirigentes de ambas instituciones, uno con el nombre de Cirilo, Kirill, y el otro con el de Francisco (sus nombres seculares: Vladimir Mikhailovich Gundyayev y Jorge Mario Bergoglio Sivori). El primero tenía siete años como obispo de Moscú y todas las Rusias, el segundo todavía no cumplía tres años como obispo de Roma.
Su encuentro en La Habana la tarde de ese viernes 12 de febrero fue el primero que tuvieron un patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa y un pontífice. Según la misma declaración, eligieron el país caribeño por considerarlo un sitio neutro y por el dinamismo que muestra el cristianismo en América Latina.
Con alegría, nos hemos reunido como hermanos en la fe cristiana, que se encuentran para “hablar de viva voz” (2 Jn, 12), de corazón a corazón, y discutir acerca de las relaciones mutuas entre las Iglesias, de los problemas esenciales de nuestros fieles y de las perspectivas de desarrollo de la civilización humana.
Del Primer punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
Múltiples son las razones por las que se consideró histórica la reunión entre el patriarca y el pontífice. La primera es que, como dijimos, nunca habían tenido una reunión de este tipo, desde el establecimiento del patriarcado moscovita en 1589. La Iglesia Ortodoxa Rusa forma parte de la comunión de iglesias ortodoxas, de las cuales se estima que tiene la mitad de fieles, unos 110 millones de los 220 millones que siguen alguna forma de cristianismo ortodoxo, lo que la hace la segunda denominación cristiana en cuanto a número de seguidores, después de la Iglesia Católica, con más de 1 400 millones de feligreses.
Fue histórico también porque en ese encuentro se salvaban muchas distancias. Por principio, el de la distancia física que separa a Roma y Rusia —y que por siglos tuvo al Imperio Otomano en medio—, y la del tiempo —desde medio milenio antes de la elevación patriarcal de Moscú se dio el conflicto que separó el cristianismo católico y el ortodoxo con el Cisma de Oriente.
Al reunirnos a distancia de las antiguas disputas del “Viejo Mundo”, sentimos con especial fuerza la necesidad de una colaboración entre católicos y ortodoxos, llamados, con dulzura y respeto, a dar al mundo razón de nuestra esperanza.
Del tercer punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
La reunión de apenas dos horas, un alto en el viaje que el papa Francisco estaba haciendo en su gira a México, permitió que ambos hombres se conocieran y establecieran un diálogo a través de traductores, porque ni Kirill hablaba español ni Francisco, ruso. Como testigo estuvo el presidente de Cuba, Raúl Castro. ¿Qué se dijeron? Se ignora puesto que fue a puertas cerradas y ninguno de los presentes habló después de lo que se trató en esa reunión.
Hay diferencias entre los dos hombres, pero también muchos puntos de coincidencia. Los sectores más conservadores de sus respectivas religiones tuvieron objeciones en su elección; de Kirill, por ejemplo, señalaron su ecumenismo —del cual esta reunión es una prueba—. El patriarcado de Kirill, sin embargo, ha sido señalado por su cercanía a Vladimir Putin (a quien se dice que el padre del patriarca bautizó), tanto así que llegó a justificar la invasión a Ucrania —de ahí que la que la Iglesia grecocatólica ucraniana protestara ante la reunión del papa Francisco y el patriarca Kirill.
Por parte del pontífice, la reunión es la primera de una serie de hitos que fue adquiriendo desde antes de que fuera electo papa. El primer pontífice nacido en el hemisferio sur, el primer latinoamericano, el primer jesuita, el primero cuya lengua materna era el español —los Borja o Borgia, en su versión italiana, eran aragoneses y no castellanos, otro tanto se puede decir del así llamado papa Luna, el antipapa Benedicto XIII—. Aunque estos hitos se difundieron una y otra vez en los medios a partir del 13 de marzo de 2013 cuando se le elevó al sitial de Pedro, la impresión que había dado en sus primeros años de pontificado no pasaba de las continuas declaraciones que daba y que enfurecían a los sectores más conservadores del catolicismo, pero que no cambiaban a grandes rasgos el quehacer de la institución que encabezaba. Sin embargo, el encuentro que tuvo con Kirill luego de descender del avión a las dos de la tarde, hora de La Habana, ese viernes 12 de febrero, era más que una declaración, era la muestra de la labor que estaba construyendo, de su pontificado.
A la vuelta de una década y una vez que el reinado del papa Francisco ha terminado puede entenderse más claramente en qué consistieron muchos de sus actos. Hijo de inmigrantes, sacerdote que le tocó ver perecer amigos durante la dictadura de su país, se atuvo al sentido original de la función que le fue encomendada en el Conclave de 2013: el de pontífice, el hacedor de puentes. Se dedicó a tender puentes desde su ascensión hasta su muerte en abril de 2025. Uno de esos puentes fue la Declaración de La Habana.
A pesar de tener la Tradición común de los diez primeros siglos, los católicos y los ortodoxos, desde hace casi mil años, están privados de la comunión en la Eucaristía. Permanecemos divididos por unas heridas causadas por los conflictos del pasado lejano o reciente, por las diferencias heredadas de nuestros antepasados acerca de la comprensión y la explicación de nuestra fe en Dios, uno en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lamentamos la pérdida de la unidad, fruto de la debilidad humana y del pecado, que se produjo a pesar de la oración sacerdotal de Cristo Salvador: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros”.
Del quinto punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
No se discutieron asuntos teológicos, aunque se trató de un acercamiento, las causas del distanciamiento no fueron abordadas. El Cisma de Oriente, como se le conoce en el ámbito latino, fue el rompimiento de la comunión entre las iglesias católica y la ortodoxa el 16 de julio de 1054. El cisma se dio por diferentes motivos, no todos teológicos. Entre los políticos, se encuentra la cuestión sobre la preminencia de las sedes episcopales —el papa proclama a Roma como la Santa Sede con autoridad sobre el resto; en oposición a Constantinopla como parte de la pentarquía, con autonomía de sus sedes—. Mientras que, en cuanto a la liturgia, se discutió si la eucaristía se debía realizar con pan ácimo o fermentado —la católica promovía al primero y la ortodoxa el segundo—. En cuanto a lo teológico, fue la versión del Credo y en la procedencia del Espíritu Santo —una de las tres personas de la divinidad en el cristianismo trinitario—, si sólo procede del Padre, como en la versión griega, o también procede del Hijo —filioque en la versión latina—. En 1053 el papa exigió a las iglesias del sur de Italia que abandonaran el rito griego y tomaran el latino, ante la respuesta negativa la orden pontifica fue el cierre. En respuesta, el patriarca de Constantinopla cerró las iglesias de rito latino en su ciudad. Fueron enviados legados papales a Constantinopla, pero el conflicto sólo se amplió y terminó en la separación de ambas iglesias.
Para el momento del cisma la Iglesia ortodoxa rusa ya tenía más de seis décadas de existencia desde 988 con el bautizó de Vladimir de Kiev. La Rus de Kiev fue una sede metropolitana del Patriarcado de Constantinopla, sus primeros metropolitanos fueron griegos y hasta el siglo XV fueron consagrados en Santa Sofía. En 1488 un consejo de obispos eligió al obispo Jonás de Moscú Metropolita de Kiev y toda Rus, con lo que se consiguió la autocefalía de la Iglesia Ortodoxa Rusa. A la muerte de Jonás el título de la cabeza de la iglesia se cambió al de Metropolita de Moscú y toda Rus. En 1589, el patriarca Jeremías II de Constantinopla otorgó la bendición y consagró al metropolita Job como patriarca.
Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional para que actúe urgentemente y se evite la expulsión de más cristianos en Oriente Medio. Levantamos la voz en defensa de los cristianos perseguidos, y expresamos nuestra compasión por los sufrimientos padecidos por los fieles de otras tradiciones religiosas, también ellos víctimas de la guerra civil, el caos y la violencia terrorista.
Del noveno punto de la Declaración Conjunta del papa Francisco y el patriarca Kirill de Moscú y todas las Rusias.
Los líderes religiosos expresaron sus preocupaciones conjuntas y las esperanzas que abrigaban porque su reunión fuera una oportunidad de unión no sólo para sus feligreses, sino para el mundo. Para muchos, me incluyo, no pasó de un mero acto simbólico como los que hizo de continuo Francisco en sus primeros años de pontificado. En México esa reunión casi pasó inadvertida por la visita misma del papa que hizo después —en lo personal recuerdo aquella respuesta fúrica a una feligresa que no dejaba de tocarlo: “¡No seas egoísta!”—. Dada su edad, cuando fue electo se le tuvo por un papa de transición que habría de tener un pontificado corto —él mismo así lo confiesa en su autobiografía, donde cuenta que un grupo de cardenales europeos le preguntaron si era verdad que sólo tenía un pulmón durante el cónclave—, pero reinó por más de doce años, a través de los cuales se dedicó a tender puentes —a partir del 7 de octubre de 2023 se comunicaba diario con Pierbattista Pizzaballa, el patriarca latino de Jerusalén, para seguir de cerca el desarrollo del conflicto en Gaza—, tanto así que uno de los hombres elevado al cardenalato por él fue quien resultó electo papa en el Cónclave de 2025.
La intención de acercamiento quedó hecha, tanto el papa Francisco como el patriarca Kirill dieron muestras de su ecumenismo reconociéndose cristianos y con historia compartida. ¿Qué deparará a las dos denominaciones cristianas con mayor número de fieles en un mundo al que, a pesar de las declaraciones, poco se preocupa por la fe y menos por las enseñanzas cristianas de perdón y amor al prójimo?
Interiores de “House of Leaves”, Mark Z. Danielewski. Recuperado de Flickr. CC BY-NC 2.0
La casa de hojas (Danielewski, 2000) es una obra de esas que mi maestro de estética, Genaro, llamaría un libro de defensa personal por lo voluminoso del ejemplar, aunque desde mi perspectiva, en términos de protección, este libro ofrece todo lo contrario, pues leer esta novela de Danielewsky puede hacer que el lector termine más bien herido y con una profunda sensación de vulnerabilidad y desasosiego.
La historia nos remite a Johny, un tatuador y paria social que, tras colarse al departamento de su vecino recientemente fallecido, encuentra el manuscrito de un ensayo que transcribe el expediente Navidson, una found footage que muestra la historia de una familia que descubre que su casa es unas pulgadas más grande por dentro que por fuera. Hasta aquí todo relativamente normal, pero el desarrollo y cruce de estas tres capas narrativas nos harán descender en una espiral de horror y soledad como pocos libros han logrado de forma tan inquietante.
Abrir este libro es abrir una puerta sin retorno. Es sumergirse en un vacío interminable en forma de pasillo. En La casa de hojas, la arquitectura se vuelve lectura, avanzar por el texto implica desplazarse dentro de un espacio que responde a reglas propias, donde los vacíos pesan tanto como lo escrito y donde la forma de la página guía el recorrido. La casa, más que ser visitada, se atraviesa, se descifra, se pierde y se vuelve a armar.
Este ensayo se mueve desde esa intuición: que el papel funciona como un plano vivo, una superficie que contiene y al mismo tiempo expande lo que nombra. La casa hecha de papel rompe con la estabilidad de lo material y radica en la vibración de lo que se escribe y se reescribe con cada lectura. Habitarla implica aceptar que el sentido cambia de lugar, que los límites se desplazan y que cada página abre una habitación distinta dentro de la misma estructura.
Dentro de esta casa, el recorrido nunca es completamente lineal. Los pasillos se alargan más de lo esperado, las habitaciones cambian de proporción y algunos espacios parecen responder a una lógica que se escapa de la medida humana. En La casa de hojas, la profundidad del espacio deja de definirse únicamente por la distancia, y la cuestión pasa a la imposibilidad de fijarla. Cada intento de cartografiar la casa produce nuevas zonas, como si el acto de observarla activara su expansión.
El texto reproduce esa misma condición. Las notas al pie interrumpen el flujo, abren rutas secundarias que a veces conducen de vuelta al punto de origen y otras veces, a fragmentos que desvían la atención hacia relatos dentro de relatos. La lectura se convierte en una navegación donde cada referencia funciona como una puerta, y cada puerta conduce a un pasillo distinto que reconfigura la comprensión del conjunto.
En este entorno, la figura del lector adquiere un papel activo. Leer implica orientarse dentro de una estructura que responde al movimiento de quien la recorre. El sentido emerge de la interacción entre capas: el manuscrito, los comentarios, las anotaciones y los silencios. Cada capa sostiene a las otras y, al mismo tiempo, introduce variaciones que alteran la estabilidad del conjunto.
La casa hecha de papel se manifiesta entonces como un sistema en expansión. No se trata únicamente de una historia sobre un espacio imposible, sino de una experiencia que transforma la lectura en habitabilidad. El texto construye un entorno donde la atención, la memoria y la interpretación funcionan como herramientas de orientación. En ese tránsito, la casa deja de ser un objeto representado y se convierte en un campo donde el lenguaje organiza la percepción y produce lugar.
En este punto, puede leerse La casa de hojas desde las intuiciones de Ulises Carrión, quien en El arte nuevo de hacer libros plantea que un libro no es un recipiente de información, sino una estructura autónoma donde la forma, la secuencia y el recorrido constituyen su verdadero significado. El libro deja de ser un objeto que se lee en sentido tradicional para convertirse en un espacio que se atraviesa. En esta lógica, escribir no es narrar una historia sino construir un dispositivo de experiencia.
Desde esta perspectiva, el libro se organiza como una arquitectura de fragmentos, de entradas y salidas, de trayectos posibles. El sentido reside en la manera en que el texto obliga al lector a desplazarse dentro de él. Leer se vuelve una forma de habitar una estructura verbal, donde cada página funciona como unidad espacial más que como unidad narrativa.
En La casa de hojas, esta idea se radicaliza. El libro representa una casa imposible: adopta la lógica misma de un objeto-libro expandido, inestable, que se redefine con cada intervención del lector. El manuscrito, las notas, los comentarios y los vacíos operan como capas de construcción simultáneas donde el acto de leer coincide con el acto de recorrer una arquitectura textual en constante mutación.
En este territorio de papel, la percepción deja de funcionar como un instrumento estable. El ojo negocia constantemente con aquello que aparece. La casa se presenta en fragmentos que obligan a reconstruirla desde la experiencia. En ese proceso, la mirada se vuelve inestable: lo que se observa cambia en el momento en que se intenta nombrar, medir o recordar.
La sensación de espacio seguro se fractura desde dentro. Aquello que se entiende como hogar —un lugar íntimo, reconocible, predecible— se transforma en un entorno que responde a otra lógica. En este sentido, resuena la atmósfera de Casa tomada de Julio Cortázar, donde los espacios familiares se ven ocupados gradualmente por una presencia que no se define del todo, pero que reorganiza el habitar. La casa deja de ser refugio y se convierte en un organismo que desplaza a quienes la ocupan.
En la obra La casa de hojas, esta vulneración se intensifica a través de una arquitectura que más que contener el miedo, lo produce. Los espacios interiores rompen su propia estabilidad; se expanden, se profundizan y generan zonas donde la orientación se vuelve incierta. La casa funciona como un sistema que responde a la exploración con nuevas capas de profundidad, activando una experiencia donde el límite entre dentro y fuera pierde claridad.
La arquitectura del miedo se construye entonces en la relación entre cuerpo y espacio. El miedo surge cuando la percepción ya no logra anticipar lo que viene después, cuando cada paso implica una reconfiguración del entorno. Los pasillos largos, los vacíos que no reflejan luz, las distancias imposibles de calcular, todo contribuye a una sensación de desproporción que afecta directamente la forma en que el cuerpo se posiciona dentro del espacio.
En este escenario, habitar implica exponerse. La casa hecha de papel somete la experiencia a una serie de variaciones constantes donde la seguridad se redefine como un estado inestable. La percepción se vuelve una herramienta de supervivencia simbólica: leer, avanzar, retroceder, comparar, recordar. Cada acción contribuye a mantener una orientación mínima dentro de un entorno que se reescribe con cada intento de comprensión.
Así, la casa estructura el miedo. El espacio mismo participa en la generación de esa sensación, organizando la experiencia del lector como una sucesión de encuentros con lo desconocido. En esa dinámica, el papel deja de ser superficie neutra y se convierte en un plano activo donde la percepción, el miedo y la arquitectura se entrelazan en una misma forma de habitar.
En ese desplazamiento constante entre lo que se percibe y lo que se alcanza a comprender, la casa también se vuelve un espejo inestable del propio acto de leer. Cada intento por fijar un significado produce nuevas capas de incertidumbre, como si el texto respondiera al lector con variaciones que exceden cualquier interpretación única. La casa hecha de papel contiene algo más que espacios; contiene modos de atención, ritmos de lectura, pausas, regresos. El movimiento no ocurre únicamente dentro de la historia, sino dentro de quien la atraviesa.
En La casa de hojas, esta relación entre sujeto y espacio adquiere una cualidad casi corporal. La lectura se experimenta como una especie de orientación sensorial: avanzar implica sostener una dirección, detenerse implica escuchar lo que emerge en los márgenes, desviarse implica aceptar que el recorrido puede bifurcarse en cualquier momento. La casa no se limita a ser observada; se integra a la percepción como un entorno que reconfigura la forma en que el lector organiza su experiencia.
En este punto, la arquitectura del miedo se entrelaza con la arquitectura del sentido. La inestabilidad espacial produce una inestabilidad interpretativa, y ambas se retroalimentan. La ausencia de referencias firmes abre un campo donde el significado se construye en tránsito, nunca en reposo. La casa funciona como un dispositivo que desplaza continuamente el centro de gravedad de la comprensión, generando una tensión constante entre lo que se cree entender y lo que aún permanece en fuga.
Ese mismo desplazamiento revela que la casa no pertenece del todo a quien la habita ni a quien la describe. Se sitúa en un umbral donde lenguaje y experiencia se cruzan y se modifican mutuamente. El papel sostiene la estructura, pero también permite que esa estructura se expanda más allá de sus propios límites visibles. En ese sentido, habitar la casa equivale a participar en su construcción, a sostenerla con cada acto de lectura, a recorrerla como quien reconoce que el espacio se completa en el movimiento.
Con esa condición en mente, la casa hecha de papel se perfila como un entorno que no se posee ni se domina, sino que se recorre y se reconfigura en cada intento de darle forma. Al final, se revela como un espacio que se abre y se extiende en la experiencia de quien la recorre. En La casa de hojas, la arquitectura, la percepción y el lenguaje convergen en una misma superficie donde cada lectura activa nuevas disposiciones del sentido. La casa no permanece como una construcción en constante actualización, sostenida por la interacción entre texto y lector.
Habitar este tipo de espacio implica aceptar que la seguridad, la orientación y la comprensión se configuran de manera dinámica. La casa deja de funcionar únicamente como refugio y se convierte en un entorno que expone, transforma la percepción y reorganiza la relación con lo desconocido. En ese tránsito, el miedo y la curiosidad comparten el mismo terreno, delineando una experiencia donde cada avance implica también una redefinición de los límites.
La casa hecha de papel condensa así una idea central: el lenguaje, más que solo describir el mundo, también lo produce en formas que pueden habitarse. La lectura, entendida como recorrido, convierte al texto en un espacio vivo, donde la estructura emerge en el acto mismo de atravesarla. En ese sentido, la casa se construye en cada paso, en cada pausa y en cada retorno, como una forma de habitar lo que se escribe.
Bibliografía
Danielewski, M. Z., La casa de hojas, Duomo Ediciones, Barcelona, 2007, (trad. de la obra original House of Leaves, 2000).
Carrión, Ulises, El arte nuevo de hacer libros, Alias Editorial, México, 2016.
Cortázar, Julio, “Casa tomada”, Bestiario, Alfaguara, México, 2005, pp. 9–16.
Portada de “Monstruo o prodigio : cómo la IA está transformando la escuela, el trabajo y la vida”, Eduardo Andere M. Siglo XXI editores, 2025.
Estás a punto de embarcarte en un fascinante recorrido, como fascinante fue para mí escribirlo. Es un recorrido que desemboca en un libro sobre dos inteligencias: la humana y la artificial. No es una obra sobre la historia de ambas inteligencias, sino del enfrentamiento entre ellas. En esa contienda, muchas cosas suceden que habrán de cambiar las formas en las que los humanos nos relacionamos entre nosotros y con las máquinas. Muchas de esas cosas son nuevos eventos, empresas, jugadores y productos que tejen, poco a poco, una nueva normalidad. Mucho de lo que leemos u observamos hoy, como modelos innovadores de inteligencia artificial generativa a través de chatbots o versiones recientes de dichos modelos, serán obsoletos en poco tiempo, pero las versiones anteriores son como los escalones de una escalera que se construye peldaño tras peldaño. Documentar las formas, las razones y la evolución de esos eventos o modelos, es escudriñar en las entrañas del nuevo fenómeno tecnológico que una vez más, como sucedió otrora con la imprenta, la radio, la televisión, el teléfono, las computadoras, el internet, los teléfonos inteligentes, cambiará la forma en la que los seres humanos nos relacionamos y los hábitos para una nueva vida cotidiana.
Por ende, este libro narra la historia del presente y del futuro, un oxímoron. Es un relato sobre la forma en la que las coyunturas (nuevos eventos, modelos, productos) tejen patrones, los patrones, tendencias y las tendencias, proyecciones. El libro, entonces, es una crónica de un nuevo fenómeno que algunos predicen como la gestación de un monstruo, que destruirá a la humanidad, y otros, como la gestación de un prodigio, que la catapultará.
Vivimos un momento particular en la historia de la humanidad. Por primera vez nos cuestionamos si el ser humano es capaz de crear una máquina con una inteligencia superior a la suya, con mejores habilidades para el análisis, las decisiones y la creatividad. Ya sabíamos, antes de esta era, que las máquinas superaban algunos rasgos de la inteligencia humana, pero justo nos enfrentamos, de manera sorprendente, con máquinas que entablan conversaciones con los humanos, como si también ellas lo fueran, y cada día lo hacen mejor, al grado de confundirnos si la interlocución es con una máquina o con otro humano.
Esta evolución tecnológica ha volteado de cabeza las cabezas de todos nosotros, con preguntas que solo el tiempo resolverá, pero que al hilvanar las coyunturas podemos visualizar por dónde irá el cauce, y qué funciones y estructuras cambiarán en todos los niveles de la vida humana, como la familia, la escuela, la universidad, la empresa y la sociedad. Después de una revisión a profundidad de la gestación de este fenómeno y de los hallazgos de unos, los epítetos de otros y los efectos de tecnologías similares, la tesis que enarbolo es que la máquina, por maravillosa que sea, nunca superará a la inteligencia humana, no al menos a la inteligencia humana vista en su completa dimensión. Para ciertas definiciones o rasgos de inteligencia como acumulación de datos, memoria exacta, rapidez y magnitud de cálculo, etcétera, la máquina ya ha superado al humano y lo seguirá haciendo, pero en una definición que comprenda todas las dimensiones de la inteligencia humana como la incertidumbre, las emociones, la versatilidad, la autonomía total, la autogestión, la consciencia, y la combinación de dimensiones que juegan al mismo tiempo en el cerebro y la mente humanas, no. Como veremos a lo largo del libro, parte de la respuesta se finca en la esencia biológica de la inteligencia humana. Mientras la inteligencia artificial sea, esencialmente, fierros, plásticos e impulsos eléctricos, sin carne, hueso y sangre, le será imposible saltar del mundo de las cosas al mundo de los vivos.
Dicho eso, la IA, en muchos formatos, pero en especial la generativa, que ocupa la mayor parte de este libro, ha impresionado a propios y extraños; expertos y novatos. No es para menos. Cualquiera de nosotros puede hacer, con la ayuda de la IA, una síntesis de una cuartilla, a partir de un libro de 100 cuartillas o más, en el espacio de un minuto; cualquiera de nosotros puede encontrar la información que antes nos llevaba días o semanas recopilar, en menos de un minuto. Dentro de muy poco tiempo, ya ni siquiera necesitaremos navegar en internet con cientos de opciones y páginas web que visitar, sino que la inteligencia artificial —en su forma de asistente artificial y portátil, quizá en forma de lentes, de reloj de mano o de un dije— lo hará por nosotros. Pero en todo esto hay un costo.
Al igual que tú, yo también me sorprendí, desde diciembre de 2022, cuando realicé mis primeras consultas en ChatGPT, y luego, en muchos otros modelos de lenguaje extenso como Gemini, Andisearch, Copilot, Perplexity, DeepSeek, de las “acertadas” respuestas a preguntas o comandos de toda índole. Con el tiempo, muchos de nosotros nos dimos cuenta de que no en todos los casos las respuestas eran correctas. Entonces, empezaron a proliferar los informes de alucinaciones, falsedades e improperios de la IA, que levantaron las antenas de expertos y organizaciones mundiales para darle un sentido teleológico a la nueva incursión tecnológica, para no dejarla a la deriva. Empezó una vorágine instigada tanto por las empresas encarreradas en una feroz competencia como por los usuarios demandando más y mejores productos, y los gobiernos buscando una brújula para trazarle el camino al nuevo invitado para la fiesta digital del siglo XXI. Justo el fenómeno de la IA está animado o encauzado por esas tres fuerzas: el ímpetu de las empresas, la curiosidad de los usuarios y la regulación de los gobiernos. Los próximos años o décadas viviremos una danza de unos que empujan, otros que invitan y otros más que limitan. La fiesta no terminará, como no ha terminado desde que en el siglo pasado inició con la gestación de otros fenómenos como la computadora, el internet, la World Wide Web (WWW) y, en este siglo, con el teléfono inteligente. Lo que ahora vivimos es una consecuencia lógica de lo que nació hace casi cien años.
Con la incursión de los teléfonos inteligentes nos hemos acostumbrado a que cada año se anuncia un nueva versión de iPhone u otro teléfono inteligente. Ahora nos tenemos que acostumbrar a que cada par de meses o menos se anuncie una nueva versión de chatbot, de aplicación de chatbot, de tecnologías inteligentes como la que está en ciernes y se le conoce como Inteligencia Sintética, que a veces se empalma con la inteligencia general artificial y con los cíborgs, pero que va más allá.
En esta vorágine, decidí seguirle la pista al nuevo fenómeno, sobre todo a la inteligencia artificial en su forma de chatbots y a otras tecnologías similares o adyacentes y a sus creadores. Me entregué a la tarea de buscar las mejores fuentes de información, de leer cientos de artículos académicos, de divulgación, de difusión y periodísticos, que de alguna manera me permitieran entender qué pasaba, cuáles eran los pasos pequeños y los grandes saltos en el movimiento universal de la tecnología de la IA. ¿Con qué propósito? Ubicarnos a todos en la nueva era de la inteligencia artificial y sus acompañantes, y hacer sentido de lo que ocurre y ocurrirá. Saber qué es, conocer sus límites, sus alcances y poder tomar decisiones de cómo usarla, de qué leer, de dónde buscar información certera, de quiénes son y serán los principales jugadores de este súper juego, nos permitirá vislumbrar, antes de que ocurran las grandes transformaciones funcionales y estructurales, lo que sucederá y cómo prepararnos y preparar a nuestros hijos y estudiantes para la nueva realidad o la nueva, futura, normalidad. Sí, eso es, estamos viendo el nacimiento de una nueva normalidad que transcenderá generaciones. Es, pues, ubicarnos, para darle un sentido profundo a las miles de interacciones, promesas y frustraciones que se desprenderán de una fascinante y, a la vez, preocupante tecnología.
Durante meses y meses me abstraje del mundo cotidiano, me alejé de los medios, de las charlas, de los viajes, para retirarme a un mundo de lectura y escritura en un tema que cruza la vida de todos nosotros, pero sin duda, la vida de las escuelas, las universidades y las empresas, que tratan de entender qué pasa, para discernir qué hacer. Entonces, al cabo de algunas semanas de leer las primeras literaturas especializadas, empecé a ordenar los temas. Primero dejé que la mano, con pluma y papel (teclado y pantalla), llevara la batuta. Luego acudí a mi departamento de organización de conceptos y ordené los párrafos en secciones y después en capítulos. En muchos casos le solicité ayuda a diferentes modelos de inteligencia artificial, cosa que fue nueva para mí, y lo será para todos nosotros; así como antes acudíamos a los buscadores de internet y a los inmensos repositorios de datos, ahora le pediremos ayuda a la inteligencia artificial generativa para localizar, sintetizar y organizar más rápido y quizá mejor lo que antes nos llevaba horas, días, semanas y meses hacer. Pero todo esto siempre con la idea de aprender de lo que ocurría, en el momento que ocurría, en ese mundo de la IA y otras tecnologías que le acompañan, para, finalmente, verter en un formato clasificado y secuencial las decenas de relatos que brotaban en mi escritorio cada día. Así, le di teleología a mi proyecto, para alumbrar mi propio camino y compartir contigo, amable lector y lectora, la historia intertemporal (otro oxímoron) de la IA: ¿de dónde viene?, ¿en dónde está? y ¿adónde va?, con un lenguaje sencillo y ameno, sin perder acuciosidad ni profundidad. Por ello, encontrarás cientos de fuentes bibliográficas, unas académicas, otras periodísticas y otras más anecdóticas que les dan sustento a mis narrativas pero que también te permitirían pausar y profundizar en temas específicos para tu interés o mayor elucubración.
Inicié este periplo con la intención de revisar el mundo de la IA generativa (IAG). La verdad es que lo que está sucediendo, y sin duda cuajará, es una fusión de varias tecnologías, por ello, he incursionado también, de forma paralela, en el derrotero de otras, como las de la realidad virtual y aumentada, la robótica y automatización, los robotaxis y los drones inteligentes. Todas estas tecnologías están desatadas y están llegando a los hogares, las escuelas y las empresas empacadas de forma muy atractiva y manejable para despertar el apetito de todos nosotros. Bueno, mi interés es presentar este fenómeno de una forma que nos permita tomar decisiones de qué y cuánto consumir de manera educada.
Espero, sinceramente, que las páginas que siguen te sirvan de arranque para incursionar en lo que será la nueva cotidianidad de los años y, quizá, décadas por venir.
Introducción
Objetivo
¿Qué es la inteligencia artificial? En pocas palabras, se entiende por IA al “conjunto de tecnologías que hacen que las computadoras hagan cosas que se cree que requieren inteligencia cuando [esas cosas] las realizan las personas” (Heaven, 2024a).1Precisamente de ahí, se deriva, quizá de modo no acertado, el nombre de este campo tecnológico: inteligencia artificial.
Dicho eso, la tesis de este libro es que la inteligencia artificial no es superior, y nunca lo será, a la inteligencia humana. Sin embargo, hay rasgos de la inteligencia artificial que desde hace tiempo han igualado y superado, con creces, a la inteligencia humana. Pero los rasgos no son inteligencia en sí misma, son mecanizaciones; por ejemplo, almacenamiento y memoria, conteos, cálculos, repeticiones, predicciones, probabilidades. Como el ser humano, con todo y su inteligencia, no puede hacer este tipo de labores con total exactitud, prontitud, repetición y sin cansancio, inventó máquinas (y sus programas) para potenciar y liberar su cerebro, precisamente en las partes que necesitaba hacerlo: tareas repetitivas y mecánicas. Con ello podría dedicarse a otro tipo de actividades como descansar, divertirse, relajarse, jugar, inventar, crear, y muchas más que las máquinas no pueden hacer. El ser humano creó a las máquinas y no al revés.
Para colocar la misma idea con otras palabras:
Uno de los factores diferenciadores más importantes [entre los humanos y las máquinas] tiene que ver con nuestras habilidades particulares. Si bien las máquinas tienden a sobresalir en cosas que a los adultos les resultan difíciles (como jugar al ajedrez a nivel de campeón mundial, por ejemplo, o multiplicar números muy grandes), les resulta difícil (o imposible) lograr cosas que un niño de cinco años puede hacer con facilidad, como atrapar una pelota o caminar por una habitación sin chocarse con las cosas. (Gardiner, 2025) 2
Digamos que una gran demostración de inteligencia es inventar una máquina que ayude a multiplicar la capacidad de logro de la inteligencia humana. Por esa razón, el primer capítulo del libro se dedica a enfrentar la inteligencia humana contra la inteligencia de la máquina.
Aprendemos en la escuela y en la vida. La escuela nos ayuda a transitar del capullo del hogar a la rigidez de la sociedad. Ahí, en la escuela, podemos fallar de manera segura. La mejor escuela nos entrega herramientas para aprender toda la vida y ayudar a nuestras 3.7 trillones de células a vivir mejor, durante más años, con más salud y bienestar. Cuando damos el último paso de la escuela a la vida en sociedad, en realidad pisamos, por primera vez, el camino de la vida de los adultos. Una vida que avanza apresuradamente, que nunca descansa, que combina tanto elementos fáciles como difíciles, sencillos como complejos, y que nos recibe con apertura, siempre y cuando aportemos nuestros mejores esfuerzos, productividad y creatividad. Quienes salieron de la escuela hace 100 años enfrentaban entornos radicalmente diferentes a los nuestros, pero para su época eran igual o más desafiantes. Para empezar, no había acceso universal a la educación básica; los automóviles apenas llegaban a las élites, las escuelas eran básicamente convencionales y la sociedad estaba fuerte y totalmente segregada, tanto a nivel de los hechos como de la retórica y de las leyes.
Por tanto, este libro resalta y documenta los cambios en las escuelas, las universidades, las empresas y la vida cotidiana con la llegada del más reciente invitado a la fiesta de la era de la digitalización, la inteligencia artificial generativa (IAG) y otras tecnologías que le ayudarán a inmiscuirse para potenciar el crecimiento de todas ellas; por ejemplo, la de los teléfonos inteligentes, los robots, las máquinas autónomas como los robotaxis y muchas otras, los relojes y lentes inteligentes, y, por supuesto, los artilugios y programas de las realidades virtuales, aumentada y mixta. Por ahí también llegarán los drones inteligentes. En fin, es un juego de fusiones y sinergias como en su momento ocurrió con el nacimiento y evolución del iPhone y otros teléfonos inteligentes.
Uno no puede analizar de manera aislada a las escuelas y a las universidades sin tocar y trastocar lo que sucede y probablemente sucederá con todos nosotros fuera de los recintos educativos en el camino de la vida. Uno de los grandes avances de las ciencias educativas es que, en el aprendizaje, la línea divisoria entre las escuelas y el hogar, la universidad y la empresa, se diluye, quizá hasta desaparecer.
Para muchos de nosotros, quienes crecimos en las escuelas, las universidades y los andares de la vida del siglo XX, el contexto cultural y digital del siglo XXI es apabullante y sorprendente a la vez, en ambos sentidos, positivo y negativo. Solo un puñado de países, quizá los cinco nórdicos del norte y los nórdicos del sur (Australia y Nueva Zelanda) más Suiza, Luxemburgo y algunos pocos más, pueden presumir altos niveles de bienestar, democracia auténtica, paz y desarrollo social. Para el resto, la vida es un desafío cotidiano.
Por supuesto, la población humana se ha duplicado en 50 años al pasar de un poco más de 4 mil millones de habitantes en 1975 a un poco más de 8 mil millones en 2024 (World Bank, 2024). Esto, sin duda, entraña una demanda excesiva de bienes públicos que a todos impactan, como son el medio ambiente y la salud. Todos los habitantes de la tierra fuimos testigos de la primera pandemia global con el COVID-19, que cambió nuestros modos de vida de la noche a la mañana de manera temporal. Sin embargo, otras “pandemias” silenciosas y menos agresivas han modificado los hábitos de todos nosotros de manera definitiva. Me refiero a los cambios culturales que ha provocado el avance de las tecnologías digitales. Todos, sin importar origen, estatus social o color ideológico, nos comunicamos e informamos, compramos y vendemos, divertimos y enviciamos, engañamos o nos engañan, robamos o nos roban, con los artilugios y sus pantallas. Cuando al mundo llegaron el internet y la World Wide Web, cambiamos de forma paulatina pero radical muchos de nuestros hábitos, tanto en las escuelas como en las universidades y en las empresas. Esos cambios que empezaron de manera esporádica crearon un patrón, mismo que crecerá con las nuevas tecnologías.
La pandemia del COVID-19 modificó drásticamente nuestros hábitos por un par de años, cuando mucho. En el momento que la situación mejoró y la pandemia terminó, regresamos a la normatividad anterior. Sin embargo, las “pandemias” tecnológicas llegaron para quedarse. No hay forma de regresar al fax cuando tenemos el correo electrónico y los PDF; no hay forma de regresar a la televisión de tubo de rayos catódicos cuando tenemos las pantallas de cristal líquido (LCD) o pantallas de diodos emisores de luz (LED); como tampoco a los teléfonos fijos cuando hoy tenemos teléfonos móviles inteligentes que nos acompañan a todas partes durante las 24 horas del día y hacen muchas cosas más que un simple teléfono fijo o un teléfono celular; o a las Guías Roji contra las aplicaciones de Maps o Waze de Google; o las cámaras fotográficas populares de rollos de 35 mm contra las cámaras de los teléfonos inteligentes. Por ello, y ante la nueva escalada tecnológica de IAG, vale la pena pausar para entender su significado e impacto en la vida actual y previsible de todos nosotros, pero, en especial, de los niños y jóvenes que se forman en las escuelas y universidades.
Advertencia
Este libro no versa sobre la ciencia, la ingeniería o la tecnología de la IA, pero sí sobre la forma en la que sus productos crecen, se usan y afectan la vida en las escuelas, los hogares, las universidades, las empresas y la cotidianidad de todos nosotros. Por tanto, este libro es testigo de dicho cambio y del nuevo pulso en la vida escolar, universitaria y hasta empresarial alrededor del mundo. Mi intención es ofrecer a los usuarios de la IA y otras tecnologías un panorama de lo que ocurre, con visión académica o informada. Como la pandemia del COVID-19, la IAG en forma de chatbots3 nos tomó por sorpresa. El tsunami llegó sin aviso para la mayoría de nosotros y, al mismo tiempo que debíamos continuar con los quehaceres de la vida apresurada, presionada y angustiosa del siglo XXI, también teníamos que “reparar” nuestras naves (hogares, escuelas, universidades y empresas) para la nueva marcha tecnológica, más que por un prurito de mejora en la calidad de servicios y aprendizajes, por un temor de quedarnos atrás, desplazados, obsoletos. Con ese estado mental, el de ayudarnos a navegar en aguas turbulentas, escribí este libro, que, entre otras cosas, pretende apaciguar las aguas para nadar de manera más serena y visionaria, sin prisas ni ansiedades innecesarias, y tomar decisiones pertinentes para mejorar tanto la calidad de los servicios escolares y universitarios como para conocer en lo personal, fuera de la avalancha publicitaria, los alcances de la IAG y otras tecnologías.
Contenidos
El primer capítulo devela los conceptos de inteligencia humana (IH) e inteligencia artificial (IA). Todos, en el mundo de las escuelas, las universidades y las empresas, habíamos escuchado de la IA, pero muy pocos esperábamos el tsunami que se detonó en noviembre de 2022 cuando la empresa de IA, OpenAI, introdujo al mercado su modelo de IA a través de ChatGPT. El mundo quedó impactado. Las inversiones fluyeron hacia las empresas que estaban en la carrera de la IAG. Como todos los capítulos lo documentarán, la cascada de nuevos productos diseñados para los gustos de un número creciente de clientes reales y potenciales de IA creció sin límites. Sin embargo, como también lo veremos, para finales de 2024 y principios de 2025, algunos observadores y expertos empezaron a resaltar un estancamiento del entusiasmo inicial. Cualquiera que sea el devenir de esta nueva incursión, me parece que una forma amable de iniciar el tema de la vida en la IA es precisamente hurgando sobre el concepto de inteligencia, colocando frente a frente a la humana con la artificial. El capítulo empieza con una narrativa sobre el ajedrez, que ha sido el juego que, por excelencia, ha desafiado a la IH durante siglos. Este inicio es importante porque marca la visión que hace 50 años se tenía sobre el devenir de las máquinas inteligentes. Cierro el primer capítulo con unas reflexiones sobre la inteligencia y las escuelas en el mundo, que solo me servirán de plataforma para lanzarnos hacia un nuevo periplo en el mundo del aprendizaje.
El segundo capítulo no podría versar sobre otro tema sino por el que representa lo que muchos han designado como “el producto más exitoso en la historia de la humanidad”. Le pregunté al nuevo ChatGPT-4, en su momento, enriquecido con la capacidad de navegación y herramientas multimodales (texto, imagen, navegación y expedientes), cuál era el producto más exitoso en términos de ventas, y me respondió que el iPhone “con más de 2.2 mil millones de unidades vendidas globalmente desde su lanzamiento en 2007” (OpenAI, 2024b). Así que este dato, más el irónico clamor mundial y escolar de limitar su uso en las escuelas, parecen un buen punto de partida para los siguientes capítulos, amén de que la forma más conspicua en la que la IAG está llegando a las personas es con las aplicaciones de los teléfonos inteligentes y otros artilugios. ¿Tendrá la IA el mismo derrotero que los teléfonos inteligentes? ¿Cambiará la IA las culturas de todos nosotros en todas partes como sucedió con los teléfonos inteligentes? La respuesta está, primero, en los capítulos que siguen, pero, después y con más certeza, en el irremediable paso del tiempo.
El capítulo tercero entra de lleno al tema de la IAG en la forma de chatbots y hace un breve recorrido del origen y crecimiento de esta fantástica tecnología que a todos nos tiene sorprendidos, y de la forma en la que la IA nos hipnotiza haciéndonos creer que “el interlocutor” de chatbot es una persona de carne y hueso, inclusive superando la famosa prueba de Turing. El capítulo también relata el explosivo crecimiento de los modelos de LLM (Large Language Models por sus siglas en inglés) y de la forma y variedad con la que se presentan, tratando de superar lo insuperable: los errores, alucinaciones, falsedades e imprecisiones. A pesar de lo anterior, el capítulo también expone las virtudes de los nuevos invitados.
El cuarto capítulo presenta concisamente el debate ético-filosófico sobre la IA, en especial la generativa. Las opiniones están divididas y polarizadas. Hay quienes defienden que la IA, como un dios en gestación, ampliará las capacidades humanas al liberarnos de tareas rutinarias, repetitivas y complejas, como en su momento lo hicieron tanto la regla de cálculo como la calculadora, después las computadoras y luego los programas y aplicaciones. En el otro extremo, se ubican los pesimistas que, en síntesis, sostienen que con la IA se ha abierto la caja de Pandora, y que la ven como un monstruo en gestación, mucho antes de que las organizaciones y gobiernos estén listos para prevenir, controlar y erradicar los efectos perversos, perniciosos y hasta catastróficos de su uso y mal uso. Yo me ubico en un justo medio, no tanto porque adopte la posición cómoda de los promedios, sino porque, al final del día, la fuerza del avance tecnológico es imparable y debemos encontrar la fórmula de adaptarlo al mayor beneficio ético y humano.
El capítulo quinto hurga sobre el fascinante debate sobre la concienciación de las máquinas. ¿Son las máquinas capaces de pensar como piensan los seres humanos?, ¿o simplemente las máquinas pueden hacer ciertas cosas, como registrar memorias infalibles, hacer cálculos a velocidades extremas o predecir palabras que son probabilísticamente adecuadas de acuerdo con las palabras que les anteceden? ¿Son las máquinas capaces de sentir y sufrir? La computación cuántica impulsará a las máquinas, pero ¿las hará sentir y pensar como lo hacen los humanos? El capítulo quinto termina con una breve reflexión sobre la respuesta humana ante el renovado ímpetu de las máquinas.
El capítulo sexto intitulado “Los vaivenes de la IA: ¿Qué hacer?” repasa la literatura sobre el mal uso de la tecnología artificial y revisa el papel de la IA que quiere acercarse a las formas humanas, como los cíborgs, robotoids y humanoids. Para entender el tema del mal uso, se repasan, brevemente, algunos esfuerzos internacionales para mantener la euforia controlada, y se proporcionan ejemplos de los fracasos de la ia para ubicarnos a todos en sus alcances y límites. En este capítulo, acudo a la ayuda de la pedagogía del aprendizaje sobre algunas de las acciones que las escuelas y las universidades realizan para encauzar el papel de los maestros e investigadores, potenciar los procesos de enseñanza y aprendizaje, y lidiar con las conductas humanas de plagio, engaño, mentira, falsedad que han acompañado a los seres humanos durante toda la vida y que, a la Fausto de Goethe, describen la inevitable naturaleza del ser humano. Este capítulo sexto también resalta la forma en que las organizaciones internacionales o nacionales especializadas en IA o las escuelas y las universidades están tomando medidas regulatorias o normativas para mitigar, reducir o eliminar las conductas antisociales o antimorales.
El capítulo séptimo recorre las páginas de la actualidad y describe lo que está sucediendo en el mundo de la IA, principalmente la generativa, y otras tecnologías como la realidad virtual, la realidad aumentada, los asistentes portátiles de IA, los robots, los robotaxis e, inclusive, los drones. En ese recorrido se observa una carrera por nichos y liderazgo que anuncia una tendencia por donde las aguas se asentarán. Uno de esos nichos, y de los más grandes, es el de la educación. En este capítulo, expongo un ejemplo de mi propio aprendizaje, o cómo de forma autónoma, uno puede motivar, afinar y mejorar el entendimiento con la ayuda de la IA generativa. Este ejemplo sirve de línea de la forma en la que la IA y la IH hacen sinergia, no fusión, para potenciar diversas cosas, entre ellas, el aprendizaje.
El capítulo octavo se ocupa del futuro de la IA y otras tecnologías relacionadas. Empezará con una visión futurista sobre el devenir de estas tecnologías, pero continuará con los pies sobre tierra firme, es decir, menos futurista pero más realista, con lo que los expertos esperan para 2025 y los años subsecuentes. La realidad del siglo XXI es muy diferente a la del siglo xx. Las tecnologías están avanzando a pasos agigantados y con nuevos productos que abren y cierran puertas. Pero las diferentes tecnologías no solo tienen sus propios derroteros, sino que se unen entre sí para crear fusiones de tecnologías diferentes y entregarnos productos que ahora unen a la IA con la robótica, o que tratan de unir a la biología, es decir seres vivos, con las máquinas para producir nuevas “cosas”, que ahora se les denominan cíborgs. Además de hablar sobre la siguiente Gran Cosa en IAG, i.e., los agentes —por encima de los asistentes actuales— este capítulo introduce el tema de la inteligencia general humana o AGI (Artificial General Intelligence) por sus siglas en inglés. Es una literatura que también se describe como superinteligencia y la capacidad de la máquina de superar a la inteligencia humana. Aprenderemos que una cosa es lo que dicen los productores de estas máquinas, cuando anuncian o venden sus hallazgos, invenciones o mejoras, y otra cosa mucho más moderada es lo que dicen cuando se les entrevista para medios especializados o participan en discusiones académicas o en ambientes regulatorios. En esta contradicción nace la confusión del mensaje de la IA. Por ello, he dedicado muchas páginas, en diferentes capítulos, a dilucidar con cuidado el mensaje mercadológico del mensaje académico, es decir, lo que realmente pueden hacer y hasta dónde se vislumbra que pueden llegar. Como todo, la fuerza de la mercadotecnia es, en el corto plazo, superior a la voz de la academia.
El capítulo noveno se intitula “La máquina contra el humano”, el cual cuenta con una perspectiva cotidiana y no de inteligencia, como lo vimos en el capítulo primero. Se aborda, principalmente, el desplazamiento del humano por la máquina, tanto en las fábricas como en las oficinas, hospitales, universidades y escuelas; en los servicios y en las consultas. ¿Quiénes ganan y quiénes pierden? ¿Por dónde va el mercado? ¿Qué habilidades demandan hoy las empresas y qué habilidades se prevé que serán las más demandadas en el futuro cercano? Cierto, las cosas pueden cambiar, nuevos empleos surgen y desaparecen con las recientes tecnologías y las nuevas formas de hacer las cosas, hasta los nuevos gustos de los consumidores pueden cambiar. Pero la información vertida en este capítulo documenta lo que los expertos dicen sobre lo expresado por las empresas de todo el mundo con respecto a la generación y desaparición de empleos, tal y como está sucediendo hoy y se prevé que suceda para los próximos años. De estos datos coyunturales que se repiten, se derivan, como dije antes en el prefacio, patrones, tendencias, proyecciones y cambios estructurales. Hoy somos testigos del nacimiento de dichos cambios y el capítulo noveno lo documenta.
El último capítulo es el de las lecciones. Toda esta historia o relato sobre la inteligencia artificial aterriza en aprendizajes para la vida, la crianza en el hogar, la enseñanza en las escuelas y los hogares, y algunas recomendaciones también para las empresas y los gobiernos. Termino con unas sugerencias sobre la forma en la que deben cambiar los programas educativos, a la luz de la llegada y el rápido crecimiento de la IA, y con una reflexión de lo que nos espera, a todos nosotros, en el futuro.
El tema álgido es que la forma tan sorpresiva en que llegó la presentación comercial de la IA, pero, sobre todo, la forma tan rápida en que ha evolucionado provocó que, literalmente, el futuro nos alcanzara antes de lo esperado. De modo similar y análogo, cuando de la noche a la mañana tuvimos que adaptarnos a trabajar, estudiar y comerciar a la distancia con la pandemia del COVID-19 a partir del 11 de marzo del 2020 y durante dos años; así, ahora, las escuelas, universidades y empresas, y los hogares también, se adaptan a una nueva realidad. ¿Cuál será la normalidad de la cuarta década del siglo XXI y después? Es difícil saber con precisión, pero mi intención con esta obra es la de abonar el terreno para que cualquiera que sea la nueva normalidad, que aquí se vislumbra y traza, la recibamos de manera más suave y fluida.
Por ello, este último capítulo cierra con varias reflexiones que van más allá del mercado laboral per se. Van hacia algo más importante para el futuro de todos nosotros, que es la formación de los niños y jóvenes. En este sentido en el capítulo décimo se pregunta si las escuelas y las universidades de hoy deberían cambiar sus programas, su pedagogía y su didáctica para el mundo de mañana. Por ejemplo, ¿cómo compaginar las mejores y más apropiadas tareas de los maestros con la llegada del tutor artificial? O, también como ejemplo, si debemos seguir resaltando contenidos o más bien enfocarnos en habilidades suaves y competencias.
Este cambio vertiginoso de las primeras tres décadas del siglo XXI también afectará la crianza y la forma en que mamá y papá buscarán la educación de sus hijas e hijos. Por tanto, cierro con algunas elucubraciones sobre el futuro de los hogares, las escuelas, las universidades y las empresas, y el de la humanidad en general.
Portada de “Monstruo o prodigio : cómo la IA está transformando la escuela, el trabajo y la vida”, Eduardo Andere M. Siglo XXI editores, 2025.
Las consultas médicas revelan nuestros vicios ocultos y nuestros secretos mejor guardados. En ocasiones desnudan literalmente las intimidades del paciente en turno, sin más escudo que una batita ridícula. Pero si hay algo peor que el momento de la auscultación clínica es la espera que la antecede.
Las manifestaciones artísticas destinadas a embellecer cualquier recinto dedicado a la salud son, al menos para mí, un misterio del arte moderno. Desde los murales y esculturas pétreas de madres abnegadas y médicos entregados al pueblo bueno, representantes del milagro mexicano, que adornan las fachadas de los principales hospitales públicos, hasta las figuras de cerámica en forma de muela en los consultorios de algunos dentistas, me pregunto si están ahí para hacer sentir mejor a los enfermos.
En la antesala a una exploración intestinal alguna vez contemplé un óleo con flores algo psicodélicas titulado “Endoscopía floreciendo”. ¿Qué capricho artístico o desviación vocacional condujo a su autor por ese camino? ¿Sería acaso su ópera prima, pintada expresamente para alegrar el día de quienes llevaban 72 horas a base de líquidos? O, por el contrario, ¿el autor del cuadro sería ajeno al título e ignoraba el destino de sus flores al óleo?
Si no fuera el escenario de algunos de los episodios más angustiantes de mi vida, el Centro Médico Siglo XXI me parecería bonito. Supongo que en su origen, la fusión de motivos precolombinos y derechohabientes satisfechos en los vitrales y varios muros cumplía una función pedagógica. Pero en el sinuoso camino de la burocracia mexicana, el sistema de salud ha entrado en una competencia por acumular el mayor número de trámites absurdos y ha hecho que contemplar su ornamentación sea imposible. Además de limitar la entrada, conseguir no digamos ya una consulta, sino una cita se sitúa en alguno de los círculos infernales.
Otras obras de arte de menor ambición y prolijidad también me generan dudas. Los modelos a escala de fetos o del sistema digestivo que he visto en diferentes salas de espera lindan entre lo artístico y lo educativo. En algún lado leí que antes del perfeccionamiento de la taxidermia y del embalsamamiento, y mucho antes de la conservación por refrigeración, los modelos anatómicos eran realizados por artistas de renombre que andaban cortos de trabajo. Mi último ginecólogo, al margen de sus consultas, tenía por hobby pintar cáscaras de huevo. Yo desconocía que ese pasatiempo existía, pero él tuvo no una, sino varias exposiciones con cascarones de diferentes tipos.
En Los Soprano, Tony se obsesiona con el cuadro de un granero que adorna el consultorio de la Dra. Melfi y piensa que es una prueba de Rorschach. Tal vez porque se trataba de la primera temporada y Tony era nuevo en el mundo de la terapia, pero debería saber que nadie da consulta gratis, ni aunque seas el capo de la mafia italoamericana.
Nunca le pregunté a mi dentista si el cuadro de una cabeza flotante con lirios y ranas alrededor que adornaba su sala de espera significaba algo, pero pasé bastante tiempo contemplándolo. La alternativa era leer revistas recortadas que, durante los años que duró mi tratamiento de ortodoncia, nunca rotaron y sólo aparecían cada vez más recortadas. Creo que también había una tele, pero por algún motivo la cabeza con ranas era más emocionante. Todo esto pasó antes de que los smartphones llegaran a llenar el tiempo muerto y tal vez ahora las salas de espera sean mucho más adustas.
Si los cuadros y las esculturas en los consultorios son hipnóticos distractores, los asientos para contemplarlos suelen provocar penurias y dolor lumbar, y le recuerdan al paciente su penoso paso por esta tierra. En aras de darles una vida útil lo más larga posible, suelen ser hileras de sillas de plástico o de metal. En ocasiones son sillones que simulan ser de cuero y se pegan en la espalda. En los peores escenarios, he visto personas dormidas en bancas de piedra, más cercanas a correctores ortopédicos que a artefactos de descanso apropiados para las posaderas y la espalda.
La función de todo esto es agradecer cuando por fin uno pasa al consultorio y se encuentra con un escenario más bien aséptico y la única decoración es una serie de instrumentos conocidos: abatelenguas, estetoscopio y manómetro. No hay otra explicación.