Disección de una cita médica
Las consultas médicas revelan nuestros vicios ocultos y nuestros secretos mejor guardados. En ocasiones desnudan literalmente las intimidades del paciente en turno, sin más escudo que una batita ridícula. Pero si hay algo peor que el momento de la auscultación clínica es la espera que la antecede.
Las manifestaciones artísticas destinadas a embellecer cualquier recinto dedicado a la salud son, al menos para mí, un misterio del arte moderno. Desde los murales y esculturas pétreas de madres abnegadas y médicos entregados al pueblo bueno, representantes del milagro mexicano, que adornan las fachadas de los principales hospitales públicos, hasta las figuras de cerámica en forma de muela en los consultorios de algunos dentistas, me pregunto si están ahí para hacer sentir mejor a los enfermos.
En la antesala a una exploración intestinal alguna vez contemplé un óleo con flores algo psicodélicas titulado “Endoscopía floreciendo”. ¿Qué capricho artístico o desviación vocacional condujo a su autor por ese camino? ¿Sería acaso su ópera prima, pintada expresamente para alegrar el día de quienes llevaban 72 horas a base de líquidos? O, por el contrario, ¿el autor del cuadro sería ajeno al título e ignoraba el destino de sus flores al óleo?
Si no fuera el escenario de algunos de los episodios más angustiantes de mi vida, el Centro Médico Siglo XXI me parecería bonito. Supongo que en su origen, la fusión de motivos precolombinos y derechohabientes satisfechos en los vitrales y varios muros cumplía una función pedagógica. Pero en el sinuoso camino de la burocracia mexicana, el sistema de salud ha entrado en una competencia por acumular el mayor número de trámites absurdos y ha hecho que contemplar su ornamentación sea imposible. Además de limitar la entrada, conseguir no digamos ya una consulta, sino una cita se sitúa en alguno de los círculos infernales.
Otras obras de arte de menor ambición y prolijidad también me generan dudas. Los modelos a escala de fetos o del sistema digestivo que he visto en diferentes salas de espera lindan entre lo artístico y lo educativo. En algún lado leí que antes del perfeccionamiento de la taxidermia y del embalsamamiento, y mucho antes de la conservación por refrigeración, los modelos anatómicos eran realizados por artistas de renombre que andaban cortos de trabajo. Mi último ginecólogo, al margen de sus consultas, tenía por hobby pintar cáscaras de huevo. Yo desconocía que ese pasatiempo existía, pero él tuvo no una, sino varias exposiciones con cascarones de diferentes tipos.
En Los Soprano, Tony se obsesiona con el cuadro de un granero que adorna el consultorio de la Dra. Melfi y piensa que es una prueba de Rorschach. Tal vez porque se trataba de la primera temporada y Tony era nuevo en el mundo de la terapia, pero debería saber que nadie da consulta gratis, ni aunque seas el capo de la mafia italoamericana.
Nunca le pregunté a mi dentista si el cuadro de una cabeza flotante con lirios y ranas alrededor que adornaba su sala de espera significaba algo, pero pasé bastante tiempo contemplándolo. La alternativa era leer revistas recortadas que, durante los años que duró mi tratamiento de ortodoncia, nunca rotaron y sólo aparecían cada vez más recortadas. Creo que también había una tele, pero por algún motivo la cabeza con ranas era más emocionante. Todo esto pasó antes de que los smartphones llegaran a llenar el tiempo muerto y tal vez ahora las salas de espera sean mucho más adustas.
Si los cuadros y las esculturas en los consultorios son hipnóticos distractores, los asientos para contemplarlos suelen provocar penurias y dolor lumbar, y le recuerdan al paciente su penoso paso por esta tierra. En aras de darles una vida útil lo más larga posible, suelen ser hileras de sillas de plástico o de metal. En ocasiones son sillones que simulan ser de cuero y se pegan en la espalda. En los peores escenarios, he visto personas dormidas en bancas de piedra, más cercanas a correctores ortopédicos que a artefactos de descanso apropiados para las posaderas y la espalda.
La función de todo esto es agradecer cuando por fin uno pasa al consultorio y se encuentra con un escenario más bien aséptico y la única decoración es una serie de instrumentos conocidos: abatelenguas, estetoscopio y manómetro. No hay otra explicación.




