Tierra Adentro

Si las matemáticas no fallan, si las matemáticas son ciertas, Dios le debe a este grupo de mujeres 145 años de vida, eso, claro, bajo la creencia popular de que un escalón subido suma sesenta segundos a nuestra existencia. ¿En eso pensaban cada una de las tardes en que, sin importar el clima, subieron y bajaron más de cincuenta veces de la calle principal hasta sus terrenos? No precisamente.

—Es que los camiones no llegaban hasta arriba, te dejaban el material ahí en el principio del cerro, en lo que entonces era la calle principal, y teníamos que subirlo en costales, poco a poco. A veces los niños, antes de irse a la escuela, bajaban por una poquita de arena, un tabique o dos, lo que se aguantaran, hasta que ya en la tarde, en la noche, llegaban los hombres y ellos sí subían más. Pero nosotras sí, todo el día subiendo y bajando material.

La explicación de Alejandrina es de corrido, cerro verbal que se deslava y a ver quién lo para; cuando suelta una frase, le engarza detrás todas las que puede, hasta que el aire se le acaba y no le da para inflar más palabras: tal vez Alejandrina está acostumbrada a que no la escuchen tanto como ella quisiera y por eso, al menor resquicio de atención, suelta todo lo que se tiene que soltar.

—Pero eso tiene, ¿qué?, ¿treinta años? Pues si tu hermano tenía…

Alejandrina mira a Elsa, que parece hacer cuentas mentalmente pero al final no dice nada, seguramente está acostumbrada a que su madre mida los recuerdos con la edad de ella y sus hermanos: no hay calendario más preciso que la vida de quienes amamos inserta en nuestras propias vidas. Antes de que Alejandrina misma pueda darse una respuesta, o Elsa tenga una, se acaba el descanso y hay que seguir avanzando: el recorrido por las calles de la colonia Gabriel Hernández, en la alcaldía Gustavo A. Madero, de la Ciudad de México, está lejos de terminar: el día apenas comienza y en una colonia siempre hay asuntos por atender y fallos por reparar, ellas lo saben. Hoy, por ejemplo, se trata de un asunto vital: el agua.

De las siete maravillas del mundo antiguo, dicen, los Jardines Colgantes de Babilonia son la única cuya existencia que no se ha podido probar del todo porque no quedan vestigios que pudieran servir para constatarlo. No obstante, si uno necesitara ver lo más cercano a ellos, podría acudir a esta colonia, una concatenación de zócalos, de frisos hechos de pura piedra pura: mucho se parecen al milagro, por lo mucho que desafían al vacío, aunque, en realidad, son parientes más cercanos de la matemática.
—¿No te has cansado? ¿Estás bien? Si quieres nos paramos otro ratito.

Estas mujeres cuidan siempre, a todas horas: es su vocación y parece que, a diferencia de los que no somos de aquí, les sobra el aire para hacer todo, incluso a esta altura. Allá abajo, la ciudad es una pleamar de concreto a varios metros de distancia en caída libre; si uno no quiere sentir vértigo, la solución es sencilla: mirar sólo hacia arriba. Suena como una lección de vida, probablemente lo sea. Cuando uno está aquí, cierta pregunta se vuelve inevitable: ¿quién, en su sano juicio, construiría en una zona tan escarpada que, además, las leyes prohíben habitar? Sencillo: todo aquel que no tenga otra opción.

Acorde a la Constitución de la Ciudad de México, en su artículo 16, sobre Ordenamiento Territorial, en su apartado C, inciso 5, el territorio de la Ciudad de México se clasificará en suelo urbano, rural y de conservación. Un paso más atrás, en el inciso 3, señala que “El Gobierno de la Ciudad evitará la expansión sobre áreas de conservación y de patrimonio natural, fomentará el mejoramiento y la producción de viviendas adicionales en predios familiares ubicados en pueblos, barrios y colonias populares, en apoyo a la densificación, la consolidación urbana y el respeto al derecho de las personas a permanecer en los lugares donde han habitado, haciendo efectivo el derecho a la vivienda”. Por lo tanto, habitar en la Sierra de Guadalupe, área natural protegida, a menos que uno sea un ave endémica o la Tonantzin, es considerado informal. Gran parte de la Gabriel Hernández, sin embargo, está construida en esta zona. “Este suelo, que muchos llaman el pulmón de la ciudad, pierde su capacidad de pulmón si lo empiezan a talar, a cambiar su uso; se genera toda una problemática”, explicó alguna vez la doctora Clemencia Santos Cerquera, para la UNAM, en entrevista con María Luisa Santillán.

Sin embargo, esto no es nada nuevo: los asentamientos irregulares, también conocidos como asentamiento informal o infravivienda, son lugares donde se establece una persona o un grupo de personas, sitios donde el terreno está al margen de los reglamentos o las normas establecidas por las autoridades encargadas del ordenamiento urbano. ¿Quién lo dice? La Subdirección de Investigaciones y Estudios de la Ciudad de México. Por lo regular, señala esta misma institución, estos asentamientos son ocupados por personas que pertenecen a grupos marginados y con una economía limitada, los utilizan para vivienda autoconstruida y con características deficientes, ya que cuentan, por estar ubicadas en los bordes de la ciudad, con servicios limitados. De esto último, todas estas mujeres pueden dar fe: conseguir agua, drenaje, transporte y recolección de basura fue un trabajo, valga como nunca la expresión, cuesta arriba.

—Tampoco los camiones de la basura subían —Guadalupe, a pesar de traer puesto un sombrero de ala ancha, se hace sombra en la cara con la mano derecha—, primero, porque de plano el motor no daba, segundo, no tenían por qué: se suponía que ahí no estaba viviendo nadie, ¿no? Pero era lo que teníamos.

Una vez más, ¿por qué vivir en un lugar así? La invasión u ocupación de predios no destinados a la vivienda humana obedece, en gran medida, al crecimiento poblacional de la Ciudad de México, a la migración de las personas de diferentes estados de la república, la falta de oferta en materia de vivienda y su costo. Las estadísticas no mienten: de los primeros habitantes de la Gabriel Hernández, al menos la mitad venía de otros estados; algunos, como Luci, aún conservan el acento de su lugar de origen. Y porque la historia tiende a repetirse, ahora esta misma colonia ha recibido una oleada de migrantes haitianos; como un puerto, donde las nacionalidades más diversas se dan cita.

—¿No los que está viviendo hasta allí arriba, junto al tanque, son haitianos?

Erika lanza la pregunta, pero nadie tiene la respuesta. Es posible, sí, no sería extraño, pero quién sabe. Además, ¿de qué serviría tener esa información? Es muy probable que esas personas ya no se encuentren aquí el próximo mes, imposible saberlo. “A veces, como nadie los ve porque están hasta allá arriba, los asaltan o se los llevan”. ¿Quiénes se los llevan? Mejor no decirlo en voz alta.

En 2020, la superficie ocupada por AHI (siglas usadas para denominar los asentamientos humanos irregulares) ascendió a 3 138.5 hectáreas, de las cuales 1 510 hectáreas se consideran ya consolidadas, según datos del Instituto de Planeación Democrática y Prospectiva. Si estas zonas son los pulmones de la ciudad, entonces la ciudad tiene fibrosis pulmonar y puede que un día deje de respirar.

Desde este ángulo, parece que a nuestros pies sólo está el vacío, así son el grueso de las calles aquí, por eso los nombres que llevan son precisos hasta lo poético: Cabo San Lucas, Cabo Hornos, Cabo San Roque, Cabo Lobos, epítetos dados por parte de las autoridades del entonces Departamento del Distrito Federal, en 1994, cuando por fin le reconocieron a estas personas el derecho a habitar esta zona de la Sierra de Guadalupe que, antes que otra cosa, era reserva natural.

—Nosotras queríamos que llevaran nombres de revolucionarios —las manos de Alejandrina trazan una línea imaginaria sobre la calle a su izquierda—. Ésta, por ejemplo, se iba a llamar Lucio Cabañas.

La vialidad que señala lleva por nombre Cabo San Lucas, una cinta de asfalto que sube, serpentea y se quiebra casi al ritmo del poema de Francisco Hernández. La taxonomía, si no es la que deseaban los habitantes, sí resulta la más exacta: las calles de la Gabriel Hernández son justo eso, lenguas de tierra que penetran en el límpido mar azul grisáceo del cielo de esta ciudad. La vista desde esta altura es insuperable: al ver la disposición de los edificios, las calles, las plazas y lo que queda de algunos lagos, se intuye que la Ciudad de México es un terremoto vivo aguantándose las ganas de estornudar.

Ya que hablamos de nombres, ¿cuántos de aquí saben que la colonia lleva el nombre de un líder militar, oriundo de Tlaxcala, que se levantó en armas contra el porfirismo y luego fue acribillado en la Ciudad de México en 1913? “Pocos, casi nadie”. Alejandrina sacude la cabeza con incredulidad. “A mí porque me lo enseñaron en un curso de ya no me acuerdo qué”. Quizá Gabriel Hernández fue cabo antes de alcanzar el grado de brigadier, es posible, pero ahora su nombre reposa en el estupor de esta tarde en la que alguno que otro avión, de vez en cuando, rompe la monotonía de un cielo que ya casi olvidó cómo ser azul.

—Y les insistimos —tercia Luci—, yo estaba aquí pegada con los arquitectos de la UNAM que ayudaron al diseño del barrio, pero al final los nombres de nuestras calles los pusieron allá las autoridades.

Al ver estas vialidades, resulta casi imposible pensar en otros más adecuados; si todo el Nilo está en la palabra Nilo, la colonia entera está en el nombre de cada una de sus calles. Cabos, montones de cabos, pero no de los rangos militares (lo que pudo, en algún momento, satisfacer a quienes deseaban aquellos nombres revolucionarios en una colonia que desde sus orígenes se caracterizó por ser combativa), sino cabos de los que tienen que ver con el agua, parientes de la isla, la isleta y la península.

“Nuestras calles”, dijo Luci, y es cierto, son de ellas: antes de que llegaran, esto seguía siendo cerro y el único camino era el que trazaban los animales en su andar. Sus calles, sus colonias, su agua, su lucha: esto les pertenece a sus habitantes porque lo han trabajado desde hace varios años. Podría parecer asunto menor, pero es un tema constante entre ellas el que no les hayan permitido nombrar a su gusto las calles de esta colonia.

―Bueno —Guadalupe se quita el sombrero, se persigna y vuelve a colocárselo—, pues ya se llaman así, ya ni modo.

Luci, cuyo nombre real es Nicomedes (“como mi madrina”, asegura cada vez que ese nombre se pronuncia), recuerda con precisión que la capilla frente a la que ahora pasamos estaba destinada a ponerse unos pasos más allá, “pero yo venía con ellos, cada quien con su plano, y a ver, ¿qué es lo que dicen que quieren hacer? No, mejor así, nosotras proponemos así. Y quedó mejor”. Las demás asienten.

Nosotras, ellas, ustedes: la pertenencia al ser se desgrana en múltiples posibilidades. Cuando Luci (que no sabe que la precisión geométrica en su mirada parece herencia del matemático que llevaba su mismo nombre, ese que también tenía su madrina) dice “nosotras”; cuando Elsa dice “nosotras”; cuando Erika dice “nosotras”; cuando Guadalupe dice “nosotras”; cuando Alejandrina dice “nosotras”, ¿de quiénes hablan? Porque para ellas el nombre no es sólo una etiqueta (“nuestras calles debieron llevar nombres de revolucionarios”), sino un territorio ganado palmo a palmo. Y cuando alguna de ellas dice “nosotras” habla de la Colectiva Mujeres Trabajando, ese pequeño grupo de mujeres que, desde los orígenes de la colonia Gabriel Hernández, han luchado, literalmente luchado, para dignificar y mejorar las condiciones de vida de un lugar que años, muchos años atrás, era apenas un asentamiento irregular a orillas de una reserva natural, pero ya no. ¿Y cómo lograron que les reconocieran la posesión de la tierra?

―Lo importante son los términos ―Alejandrina es enfática―, nosotros no pedimos una regularización sino una desincorporación. Así, al ya no ser reserva natural, no había impedimento legal para otorgarnos las escrituras.

Un pequeño quiebre en el lenguaje, un rincón apartado de la terminología para un pequeño rincón de tierra allí, aunque suene a melodrama mexicano, cerca del cielo. Eso el gobierno lo supo y por ello no pudieron impedirles que obtuvieran derechos y nombres en sus calles (aunque no sean los que esperaban), que obtuvieran servicios; que obtuvieran identidad. De esta manera, las más de quinientas familias, que hasta entonces habitaban en la zozobra, adquirieron sus escrituras y pasaron a formar parte de la colonia que, valga la coincidencia, tenía como última calle, antes de la reserva, la llamada Cabo Finisterre. Aunque a Alejandrina y al resto de las integrantes de la Colectiva no les convenza, aquí las calles fueron nombradas con precisión quirúrgica.

—Ya son las once y no hemos ni recorrido la mitad —Elsa deja escapar un suspiro mitad puesta en escena mitad cansancio y mira hacia arriba, como buscando con la mirada el tanque de agua de la colonia—, todavía hay que llegar a hacer la comida.

De la colonia Gabriel Hernández, ¿qué es lo que se sabe hacia el exterior? Que está cerca de un cerro (forma parte de él o al menos solía formarlo), que está cerca de metro Martín Carrera y, según se vea, de Indios Verdes. Sin embargo, lo segundo que más se escucha de ella es que inició como un sitio de “paracaidistas”, esa palabra que aquí, con el vacío tan próximo, adquiere un significado nunca antes tan preciso. ¿Y qué es lo primero que se escucha de esta colonia? Que lo mejor es no acercarse, sus montones de asesinados a balazos, a puñaladas, a golpes en riñas en alguno de los innúmeros callejones de la colonia (cuya disposición en capas recuerda más bien a una flor de asfalto crudo) parecen refrendar el miedo que se le suele tener. ¿Es cierto eso? ¿Resulta justificada la fama?

—Pues…, como todo, en ciertas zonas.

El gesto de Elsa pretende ser vago, pero es preciso aunque ella no lo desee.

Con una capacidad de asombro menor que el resto de los habitantes de la alcaldía Gustavo A. Madero, los habitantes de la Gabriel Hernández sí han visto, no obstante, casos que los cimbran: Anthony, un niño que era encadenado todos los días por su padre en su propia casa; el derrumbe del techo de un kínder, hace ya varios años, que aunque no cobró víctimas sí resultó escandaloso en todo sentido; un hombre que recibió un tiro en la cabeza dentro de su mismo domicilio y, a la postre, se descubrió que tenía poco de haber salido de la cárcel: hasta para el horror hay siempre suficiente espacio, aunque le gane terreno al asombro. Como a su epónimo, a esta colonia se le fusila por la espalda cada dos por tres y sus pulmones se regeneran al anochecer para, al otro día, recibir más tiros. No es que a algunos de sus habitantes no les dé miedo vivir aquí, es que se trata de su hogar y, en casos como los de las integrantes de la Colectiva, se lo han ganado tan a pulso que irse no es opción.

Si se sube, y se sube, y se sigue subiendo, como hacemos nosotros ahora, la colonia con nombre de militar de la Revolución mexicana se convierte en una colonia con nombre de militar de la Independencia de nuestro país: a las colonias Gabriel Hernández y Vicente Guerrero sólo las separa una canaleta de concreto y un delgado muro del mismo material. Podrían parecer lo mismo, pero no lo son, eso lo explicarán con vehemencia estas mujeres si uno llegase a confundirse.

―La canaleta se mandó construir porque en la época de lluvias se deslavaba el cerro y se inundaba toda la unidad CTM.

Elsa, hija de Alejandrina y miembro de la Colectiva, señala hacia abajo, a un punto que las innumerables construcciones no deja ver. “Y entonces el gobierno mandó a hacerla”.

La marcha se detiene porque dos vecinos le piden a Alejandrina que se acerque, ella entonces se separa del grupo. “Qué calor”, suelta Guadalupe mientras Erika, la integrante más joven de la Colectiva atiende una llamada a unos pasos de nosotros. Al ver a estas mujeres, uno no sospecharía que cada una de ellas ha subido, en promedio, cien veces su propio peso en materiales de construcción por estas empinadas calles. Quizá a ellas mismas les sorprendería. No obstante, la construcción de este último tramo de la Gabriel Hernández no sólo se trató de subir materiales, sino de despejar el terreno.

—Todas las piedras de esta calle las partió mi marido, bueno, con otros vecinos también, ¿tú te acuerdas?

No, Guadalupe no se acuerda, Erika ni siquiera había nacido y Elsa era apenas una niña. Tal vez Alejandrina sí guarde recuerdo de aquello, pero sigue hablando con los vecinos a unos pasos de nosotros, frente a una tienda cuyos refrigeradores luchan a brazo partido contra esta sofocante tarde.

—¿Sabes cómo le hacían? —Luci levanta el índice con gesto pedagógico— Y eso, fíjate, porque un vecino había trabajado de minero cuando era joven: le prendían fuego encima a la piedra, con zacate, con cartón, con madera, la tapaban bien bien y así se quedaba un rato; ya que estaba bien caliente, venían con agua helada, ¡bum!, nomás se escuchaba el tronido de la piedra y ya, mucho más fácil que estarle dando con el pico.

Luci es una guía de turistas en este reino de piedra, de tierra domesticada a golpes. Al final de su historia, una pequeña sonrisa de satisfacción parece decirme “¿tú crees?” y se la devuelvo porque no, jamás me lo hubiera imaginado. Antes de que se me ocurra decir algo (¿qué agregar a una historia así que no sea embeleso?), Alejandrina vuelve al grupo y Erika termina su llamada. Guadalupe alza los hombros para preguntar qué era eso tan importante que tenían para decir esas personas, tanto como para interrumpir el rondín de la Colectiva.

—Que otra vez vinieron unos fulanos a estar preguntando del agua, que por dónde corre, que si estos tubos vienen desde la caja de agua y no sé qué tanto —quizá mi cara de incredulidad es tanta que Alejandrina voltea a verme—. Es que ya desde hace varias semanas los de la unidad de allá abajo se quieren robar el agua de la colonia. Imagínate, agua para 200 departamentos.    

Sigo la trayectoria que marca su índice hasta dar con la edificación a la que se refiere: allí, en medio de la llanura de concreto a nuestros pies, se alza una nueva unidad habitacional. Bueno, tal parece, por el gesto de las demás miembros de la Colectiva, que ya saben lo que viene: además de gestionar actividades culturales para la población, la búsqueda de recursos gubernamentales para el mejoramiento del barrio y jornadas de deporte y salud, ahora la Colectiva Mujeres Trabajando deberá vigilar muy de cerca el agua de su colonia. Mujeres trabajando, al fin y al cabo: el gerundio mejor usado que haya visto.

Ahora, frente a este muro gris que se tuesta despacio bajo el sol de mediodía, Alejandrina anota algo más en su bitácora. Muy seguramente lo discutirán en la siguiente junta, que se llevan a cabo, por lo general, en las instalaciones de su Colectiva, dos salones amplios, bien construidos, donde imparten talleres de danza, grabado y cocina.

—Antes esta pared marcaba el límite del área natural protegida, más allá de él, ya no se podía construir, pero mira cómo está ya.

Un par de casas brotan aquí y allá en medio de lotes baldíos en los que los árboles tienen de fuera los nervios; a todo esto lo rodea un anillo de basura que ha pasado tantas veces por el tamiz de la miseria que ya no tiene otro uso más que el de adornar una que otra crónica. Aquí todo lo que puede servir ya se ha usado. Huele a leña y plástico quemado.

—Es como te dijimos: aquí ya es la Vicente Guerrero.

Sin más explicación, seguimos subiendo hacia nuestro destino, que ahora, después del reporte que recibió Alejandrina, es más importante que nunca: la caja de agua que surte a la Gabriel Hernández, cuya presencia es casi un ripio en esta versificación de árboles y barro, cielos limpios y aves tañendo el aire que aquí arriba es más limpio que una metáfora de Lizalde. Para sorpresa de nadie, en la construcción de esta obra también estuvieron presentes ellas.

―Bueno, con decirte que a los albañiles que estaban construyendo el depósito de agua los asaltaban a cada rato ―Guadalupe medo se ríe y medio se indigna al recordar, las cabezas de sus compañeras asienten bajo este sol que está a punto de volverse despiadado―, así tal cual en calzones los vimos bajar a veces. En serio, los dejaban sin nada porque pues si ahorita está solo, imagínate en aquel entonces.

—Entonces subíamos con ellos y aquí estábamos cuidándolos —Luci señala a Alejandrina con el mentón—, tú te acuerdas.

Sí, se acuerda, pero todas reflexionan (hasta Erika, que no lo vivió pero lo sabe) sobre todos los esfuerzos que tuvieron que realizar para poder tener agua corriente y no depender del sistema de acarreo (con burro, los más afortunados, con aguantador, los otros). De eso, asegura, Guadalupe, ya hacen más de veinte años. “Y luego por qué no te dejaba entrar a tu casa tu marido”, le recuerdan en broma, a lo que Guadalupe, con severidad mansa en el rostro, asiente al recordar. “Se enojaba, cómo no, y ya llegando me decía ‘¿tú qué estás allá arriba haciendo con esos cabrones?’. En serio”.

Sueltan la carcajada, todas, y el agua de sus risas baja dando tumbos por este cerro que desprende un aroma a hierba húmeda, a madera quemada y a desechos humanos.

―Es que una vez los tuvimos que acompañar al MP a declarar, a los albañiles ―sus compañeras asiente mientras se cubren los ojos con la mano―, y salimos como a las dos de la mañana. Cuando llegué a mi casa, mi marido no me abrió. “Ah, pues te gusta estar allá, ¿no? Pues allá duérmete”.

Va a dar la una de la tarde y el representante de la alcaldía Gustavo A. Madero quedó muy formal, según me dicen, de verlas ahí a esa hora en punto. Ya las conoce, sabe que lo mejor, cuando se trata de la Colectiva Mujeres Trabajando, es asistir puntual a la cita o no va a dejar de tener noticias de ellas. Mientras esperan, evocan el camino que las trajo hasta aquí, los años de zozobra, de enfrentamientos con la policía, con grupos de choque y con sus mismas familias, pero saben que ha valido la pena, que aquellos terrenos que alguna vez ocuparon porque no tuvieron más opción (sí, a esta altura se entiende el término paracaidista con una claridad feroz), esos terrenos divididos con palos y trapos, ahora son una colonia organizada.

—Y mañana todavía hay que ver lo del festival.

Aquí, mientras estas mujeres trabajen, siempre habrá un festival, alguna clase, un recital o taller, por eso su nombre es en gerundio: la gramática es estética, cuando se aplica bien en un texto, pero en la vida real, para ellas sobre todo, también es declaración de principios: queda mucho por hacer, pero ellas saben cómo hacerlo.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
"El verano", Giuseppe Arcimboldo. Óleo sobre tabla, 1563. Obra de dominio público
“El verano”, Giuseppe Arcimboldo. Óleo sobre tabla, 1563. Obra de dominio público

I.

Sus inicios, por lo que sabemos, no parecen presagiar su fama posterior: pintaba murales para iglesias de pueblo, confeccionaba estandartes, insignias, escudos de armas y diseños para taburetes. Nada de lo que hizo durante sus primeros años, en Lombardía, nos prepara realmente para la invención de sus cuadros alucinantes, hermosos y horrendos como la carne que retratan, y que convoca lo mismo al deseo que al desastre.

De chico trabajó el vidrio. Su padre, Biagio, era empleado en la fábrica del Duomo en Milán, donde producía piezas para los vitrales. Imagino al niño limpiándose el sudor con el borde de la casaca, el rostro encandilado por las bocas ardientes de los hornos, correteando de un lado a otro para traer los alicates, los tubos de soplado, las lancetas. Un mundo de objetos y materias puras.

Allí conoció la luz y los colores: los destellos del esmaltado, la multiplicación de los reflejos, el brillo hiriente del vidrio al rojo vivo, que emanaba sordamente con el poder de un sol. La melancolía de los azules y los morados, la alegría de los amarillos. Conoció también las figuras —aprendió la geometría con el filo de los cristales— y la perspectiva —los vitrales se hacían pieza por pieza, como un rompecabezas—, pero sobre todo, conoció allí la materia, es decir, el tacto: el vidrio era primero una lava encendida que goteaba úlceras de plata; de pronto era una carne mullida, lodo espeso; finalmente, una pantalla sólida y filosa, delgada como el ala de una mariposa.

Nada nos prepara para lo que vino después, y sin embargo, veo al niño asombrado: frente a él, la materia se transforma, es transitoria, movediza, imprevisible, pura alquimia. Ofrecida a sus manos de niño, parece decirle al oído: Todo puede ser otra cosa.

"El bibliotecario", Giuseppe Arcimboldo, 1566. Obra de dominio público.

“El bibliotecario”, Giuseppe Arcimboldo, 1566. Obra de dominio público.

 

II.

Una pera es una nariz; las fauces de un lobo simulan un ojo; un martillo es una oreja; un tiburón es una boca; una pila de libros compone un torso. En Las cuatro estaciones, los rostros se componen de frutas y verduras que crecen en cada una de esas estaciones. Las espigas de trigo forman el torso de Verano, y en Los cuatro elementos, aves, animales y criaturas acuáticas construyen el Aire, la Tierra y el Agua, respectivamente, mientras que el Fuego arde con rasgos creados a partir de llamas. Las figuras de un cocinero y un sumiller están igualmente compuestas por objetos relacionados con sus actividades: ollas, sartenes, un barril de vino. Un montón de libros apilados representan al bibliotecario y al jurista. Flora está hecha de flores, y Vertumno, de frutas de todas las estaciones.

"El jurista", Giuseppe Arcimboldo, 1566. Obra de dominio público.

“El jurista”, Giuseppe Arcimboldo, 1566. Obra de dominio público.

 

Los cuadros de Arcimboldo recuerdan algunos versos clásicos de la poesía amorosa, que el tiempo ha hecho palidecer hasta el extremo de la vergüenza ajena, y que hoy son cursilería pura: Tus labios de rosa y tus ojos como el mar. Tus cabellos, dorados como los rayos del sol, y tus dientes, perlas luminosas y perfectas. Las figuras de esta larga tradición literaria, que por siglos selló matrimonios y encumbró poetas, aparecen sin embargo invertidas. Podemos pensar en poemas visuales, en sentido estricto, pero son algo más: no hay equivalencia en sus metáforas, sino simultaneidad, enloquecen al símbolo, lo presentan en su ambigüedad más desnuda. Aquel hombre tiene realmente los dientes de corcho; tiene realmente nariz de cerdo: la piel de la muchacha es de marfil, y sus mejillas, cuando se sonroja, son dos rosas. Podría decirse que, como Kafka, Arcimboldo expresa literalmente lo que, por lo general, sólo decimos figuradamente.

El procedimiento funciona en varios niveles. En un inicio, el espectador es obligado a utilizar su imaginación para obtener el retrato metafórico de algún personaje, sólo muy puntualmente creíble, a través de la descomposición y el amontonamiento de cuerpos o elementos orgánicos. Ante la abundancia de acontecimientos visuales, sin embargo, se presenta una elección reconocer y descifrar, o no hacerlo, o lo que es lo mismo, mirar de cerca o mirar de lejos. Tal elección permite ver un cuerpo, un rostro o tan solo sus partes. Desde entonces, se instaura el reino de la ambigüedad, porque aquí se oculta y se muestra al mismo tiempo, pero en sentidos opuestos: la mirada se desvía del significado total por el significado del detalle y viceversa. Participamos activamente en la creación de la figura, como en las formas y caras que vemos en las nubes.

Ahora veo frutos y animales amontonados. Ahora veo el rostro de un emperador. Elijo: Cercanía o lejanía, las partes o el todo. Lo realmente asombroso no es la proeza técnica por sí misma, ni tampoco el absurdo de unir cosas que normalmente no se unen, sino algo que compete más bien al concepto: la identidad de los dos objetos no depende de la simultaneidad de la percepción, sino de la rotación de la imagen y de la actitud del espectador frente al cuadro. El todo tiene un efecto diferente al de la suma de las partes.

Cualquier cosa puede adquirir un significado opuesto, dicen las pinturas de Arcimboldo. Todo tiene un significado, según el sentido en que se mire, pero este significado nunca es el mismo.

La lectura oscila continuamente y, como señala Barthes, sólo el título logra detenerla.

 

III.

Sus primeros motivos son representaciones naturales, animales exóticos y plantas, aún bajo la influencia lombarda de da Vinci. Tras una primera etapa plagada de querubines delicados, inocentes putti y cupidos amorosos, abandona la timidez y se arroja. En 1562 se traslada a la corte de los Habsburgo. Allí, durante más de un cuarto de siglo, sirve como pintor imperial de Fernando I, Maximiliano II y, finalmente, Rodolfo II.

Reconozco en su periodo cortesano a dos Arcimboldos distintos, cada uno a la espalda del otro. La corte, como cualquier espacio de poder, obliga a la escisión de la personalidad. Así, como en una de sus clásicas ilusiones pictóricas, el primer Arcimboldo aparece inmediatamente, se ofrece a los ojos en todo su lustre, está ávido por acaparar las miradas. Es erudito, audaz, de finos modales y amante del fasto. Y se dedica, sobre todo, al juego: dirige representaciones de teatro, torneos de invierno, proyecta ceremonias de coronación y de boda, idea máquinas y artilugios para navegar, diseña blasones e incluso un método de transcripción musical a partir del color. Príncipes y condes celebran su capacidad para idear cifrados y encontrar formas de cruzar rápidamente los ríos. Pero sobre todo, pinta: cabezas compuestas, retratos jocosos, juegos e ilusiones florales. Es, al parecer, un gran bufón: hace reír, él mismo ríe con frecuencia.

El segundo aparece únicamente al voltear la imagen. Es el reverso negro del héroe: un Arcimboldo ambicioso, conspirador, desclasado. No bien llegado a la corte, se esfuerza por crear para sí una genealogía inexistente: asegura descender, por parte de su padre, de la distinguida familia noble Arcimboldo que, entre otros antepasados, había dado dos arzobispos en Milán. Este arribismo, más bien comprensible, se junta sin embargo con otros gestos pequeños pero delatores: a sus explosiones de gozo les sobrevienen, de un momento a otro, ataques de ira, celos inexplicables, rabietas de niño. Es el temperamento voluble y atormentado del héroe neurótico: va de la egolatría a la vacilación, de la bilis amarilla a la negra, del gozo al desamparo.

Están, además, las pinturas: acostumbrados a la inocencia de sus juegos con frutas, flores y verduras, condestables, doncellas y pajes palidecen de pronto ante la Cabeza de Herodes, donde el rey de Judea que mandó degollar a los recién nacidos está compuesto por los cuerpos de sus víctimas, como si lo atacara una enfermedad purulenta, o frente a El cocinero, donde un lechón, un ave y otras viandas conforman el rostro torcido y putrefacto de un leproso. Parecería que, entre sus trabajos más festivos, aparecen de pronto destellos de una fuerza ominosa, pesadillesca, como una cuerda desafinada en medio de un acorde.

En el más famoso de sus autorretratos se le mira serio, casi agresivo: las cejas maduras, cernidas sobre sus ojos vidriosos; la boca, fruncida alrededor de una barba como un bosque, estilizada al modo de magos y los profetas. Más que un pintor parece un viejo panadero, un ciclista de largas distancias. Algo tiene de matón y de insolente: nos reta con la mirada torva de los que aman el vino y la pendencia. Todo allí desentona con su fama de chistoso, de bromista hiperactivo y niño eterno. Quizás por la pretensión de aparecer en la tela como genio nacido bajo el signo de Saturno, o quizás porque, como todos los verdaderos bromistas, es un melancólico, y la broma es para él una revancha de tristezas metafísicas.

 

IV.

Las colecciones del emperador Rodolfo eran las más impresionantes de Europa. Pinturas, esculturas, espadas ceremoniales, relojes, fuentes, instrumentos musicales, astrolabios, brújulas, telescopios, animales exóticos y jardines botánicos asombraban a los visitantes de su castillo en Praga, donde se permitía que un león y un tigre vagaran por los pasillos, como se lee en los libros de cuentas, que registran las indemnizaciones pagadas a los supervivientes de los ataques o a los familiares de las víctimas.

Como se sabe por sus cartas, el monarca era sombrío y meditabundo. En sus retratos aparece con el semblante enfermizo, tétrico de tanta reclusión: bajo la frente severa frunce unas cejas como aves a la distancia, los ojos son demasiado redondos y en ellos la mirada es fría, cínica y defensiva, propia de los que fueron frágiles en la infancia. La barba abundante no logra maquillar y más bien pronuncia su prognatismo. Tenía, sin duda, el sello misántropo propio de los verdaderos coleccionistas: los otros siempre pueden ser un incordio; sólo las cosas ofrecen una compañía sumisa.

Las colecciones estimulan, excitan: son el placer repetido. Por eso tienden al infinito, no hay colecciones completas. Su destino es la adición infinita; n + 1 es la ecuación de toda colección. Tampoco hay, por cierto, colecciones únicas: el acto de coleccionar es promiscuo. Como dice Sontag: “coleccionar es una sucesión de deseos”. El auténtico coleccionista no está atado a lo que colecciona, sino al hecho de coleccionar.

Sólo en este sentido es posible entender la perla del castillo de Rodolfo: la Wunderkammer, el gabinete de curiosidades más grande de Europa, que incluía “los tres reinos de la naturaleza y las obras del hombre”. Un mundo en miniatura donde cabían todos los seres y las cosas, sin distinción: la cuerda con la que se ahorcó Judas, pianos para gatos, varitas mágicas, mandrágoras y rarezas chinas. Fue en esos muros, entre accidentes de la naturaleza, efigies de enanos, de gigantes, de hombres y mujeres hirsutos, que se dispusieron obras del propio Arcimboldo.

En un primer momento, la elección debió haber parecido racional, incluso obvia. La Wunderkammer, como los cuadros de Arcimboldo, era un microcosmos, el reflejo del mundo y sus jerarquías. Curada por Boetius de Boodt, gemólogo y médico, contaba con un arreglo enciclopédico de los objetos, se dividía en grupos, géneros y conjuntos. Un gesto estético y filosófico, pero sobre todo político: clasificar el caos del mundo era la expresión del orden de Dios, pues en la colección, Rodolfo gobernaba los órdenes del mundo; en los retratos, gobernaba los elementos.

Fue quizás este deseo de sistematización por parte del monarca el mismo que lo rindió ante Arcimboldo: creía encontrar en sus cuadros la misma armonía, la misma estabilidad del orden, bajo la premisa de que las partes del universo son paralelas entre sí, están vinculadas.

Por otro lado, no puede ser menos que una paradoja, o una ironía. Tal vez, como toda ironía, corroe el corazón de toda jerarquía. Pues aunque los cuadros de Arcimboldo, en la superficie, representan un orden, es un orden en proceso de delirio. Lo monstruoso, como lo maravilloso, es esencialmente lo que transgrede la separación de los reinos: mezcla lo animal y lo vegetal, lo animal y lo humano; es exceso, en la medida en que cambia la calidad de las cosas a las que Dios ha asignado un nombre.

Los órdenes se derrumban unos en otros.

La pesadilla del coleccionista.

La pesadilla del rey, del enciclopedista, la pesadilla de dios.

 

V.

En 1590, pinta al emperador Rodolfo II como un montón de frutas y vegetales: nabos, coles, zanahorias, pepinos, peras, cerezas y moras. El monarca aparece con el traje del dios romano Vertumno, personificación de las estaciones y la renovación de la naturaleza. Hay aquí mucha técnica y también mucha broma, pero sobre todo, hay sagacidad política: la imagen proyectada de Rodolfo es la de un gobernante que domina los elementos y sus poderes, es la fertilidad y el comercio, la dádiva de la naturaleza, la circularidad de un poder que no deja de renacer.

Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno", Giuseppe Arcimboldo, 1591. Obra de dominio público.

Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno”, Giuseppe Arcimboldo, 1591. Obra de dominio público.

 

Para entonces, Arcimboldo tiene 63 años; en menos de cuatro estará muerto. Ha regresado a Milán con el permiso del monarca, quien lo ennoblece, a la víspera de su partida en Praga, con honores inesperados, casi imposibles para un mero retratista: elevado al rango de conde palatino, se le da permiso de trabajar desde su hogar con sueldo vitalicio.

Imagino una vejez acomodada, reflexiva, en extremo consciente de un final que ya le hace guiños desde el horizonte. Después de todo, para la época es un anciano: podemos verlo ya sin dientes, vacilante en el paso, hirsuto y canoso, y con el rostro como tallado por una gubia. Lentamente, parece transformarse en uno de sus cuadros. Sin embargo, a pesar de que sus contemporáneos lombardos lo idolatran en poemas, biografías y tratados artísticos, la suya no es una vejez consumada.

Bien podría dedicarse a mirar atrás: divertir en las tertulias con alguna anécdota de la corte, dar largos paseos nostálgicos por el canal, alimentando a los patos, corregir con amabilidad de padre a uno de sus estudiantes. Pero es demasiado ególatra, demasiado fogoso. Se sabe demasiado genio: el silencio no le viene bien. Aún le queda un último golpe, a la vez testamento y epitafio. Pintará hasta el final de sus días.

Sus últimos cuatro trabajos  Flora, El Jardinero, Los vegetales, Vertumno— comparten un motivo común: el mundo vegetal. Son cuadros coloridos, vivaces, casi melosos: en una primera mirada, creemos advertir en ellos al viejo enamorado de las flores; tierno y paternal, llora con el vuelo de las palomas y regala manzanas a los chiquillos. Victoria cursi del anciano: después de años de tranzar con las oscuridades del mundo, se ha ganado por fin el derecho de conquistar la belleza simple de los jardines.

Casi olvidamos, por un momento, que los últimos cuadros de Arcimboldo, como en la tradición de las naturalezas muertas, son portadores de un recordatorio más bien oscuro: su tema es el fruto, y el fruto es la carne condenada a la putrefacción. En un parpadeo las rosas se habrán marchitado, serán un cúmulo de hojas resecas; la ciruela habrá soltado su jugo oscuro, que servirá de festín para las moscas; pronto crecerá en el corazón de la manzana el musgo verdoso de los hongos, lo corromperán las larvas de gusanos pálidos.

Nada más apropiado para un pintor, al final de su vida, que mostrar el malestar propio de la carne, la podredumbre de la sustancia. Puesto que la idea misma de pintar hace del artista alguien en extremo consciente de la transitoriedad de los elementos, de la fugacidad intrínseca del mundo. El pintor está abocado al instante. Todo está cerca del umbral de la vida, pero todo está a punto de morir. Es este el verdadero juego de las formas, su desaparición ineludible: al final se combinan todos los órdenes, puesto que se vuelven polvo.

Vitalidad y abundancia. Pero también: sobra, desperdicio, desecho.

Exceso. Es decir, decadencia. Es decir, muerte.

 

VI.

Lo que quiero decir de la pintura de Arcimboldo es algo obvio, evidente en el sentido etimológico de la palabra. Es decir, se trata de algo que está ofrecido a la vista. Sin embargo, me cuesta mucho escribirlo. Quizás se trate de una cosa de vocabulario, quizás es algo más profundo. Quizás haga falta una nueva forma de nombrarlo.

Las “cabezas compuestas” de Arcimboldo están hechas de cosas. Libros. Frutas. Flores. Vegetales. Instrumentos: cuchillos, azadones, trinches, ribetes. Pedazos de carne y de pez. Aves de caza, barriles, ollas, piedras, canastos, platos, rollos de pergaminos. Cosas que pululan y proliferan, que se propagan, se amontonan, que se suman unas a otras, se añaden, borbotean y supuran, como una infección. Cosas que se multiplican hasta el delirio.

Mi experiencia al mirar estos cuadros es de una tumescencia mental. Por eso, al describirlos mi primer impulso es hacer listas. La propia lista es ya un gesto de sublimación: poseo las cosas al pensarlas así, ordenadamente; consigo, por un momento, domesticar el exceso en una serie de afinidades y semejanzas.

Lo cierto es que me desconciertan. También me divierten, me atraen y, en otro sentido, me dan asco. Si pudiera definir este estado, diría que se trata de la combinación de dos placeres. El primero es sensorial: lo siento en los ojos, en la punta de los dedos, incluso en la lengua. Es como si descubriera, por primera vez, que me gustan las cosas: siento su peso, su consistencia y su textura. Las cosas me salen al paso, me tocan, puedo tocarlas: siento, de pronto, el tacto del mundo. Es una sensación, o casi. Algo a medio camino entre la sensación y el adjetivo.

Pienso entonces en algunas palabras: delicioso, puntiagudo, rugoso, suculento, brillante, suave, resbaloso. La vista es promiscua, como el lenguaje: su divisa básica es el deseo. Quisiera envolver esas cosas con las manos, pasarles la yema del índice, apretarlas, pincharlas, darles una mascada. En este momento me digo que no debo olvidar un dato decisivo: Arcimboldo pintaba al óleo, y el óleo, más que ninguna otra técnica pictórica, posee una potencia de ilusión, es decir, de verosimilitud. Sus objetos, aunque son puramente visuales, apelan al sentido del tacto. En palabras de John Berger: “definen lo real como aquello que uno podría tener entre las manos”.

El segundo es un placer intelectual, cerebral. Pero no: es algo antes que eso. Un placer, sobre todo, espacial: el de volver, por un instante angustioso y lleno de asombro, a la parcela infinita de donde surgen, por primera vez, las clasificaciones, los grupos, los géneros. Esa sábana primigenia que se extiende bajo el mundo, y donde éste se posa y se delimita. La sensación tiene algo de primitivo: refiere a un puro espacio, paradójicamente, sin cosas, o más bien, donde esas cosas aparecen como cosas. Pues los objetos de Arcimboldo no proceden de un espacio familiar y cotidiano. Su único contexto es el de estar allí juntos, unos con otros. Habitan un espacio común, pero imaginario, absurdo: son una cabeza, un rostro, el busto de un emperador. Una cabeza hecha de peces. Un rostro de verduras apiladas. Dos mejillas de durazno. Un libro abierto como una cabellera.

No sé cómo escribirlo, pero es en esta bifurcación, en este cruce de dos placeres, donde los cuadros de Arcimboldo me empujan a un límite, agotan mis herramientas, me encierran en una paradoja sin solución posible: se rompe toda lógica, se la dinamita desde dentro, porque, como el hombre que tira de su propia barba, el espacio de estos cuadros se sostiene sólo en sí mismo. Es irracional, pero visible.

Todo conocimiento está vinculado a un orden clasificatorio. Toda comprensión, toda cordura, toda civilización, toda paz, se sostiene en este precario equilibrio: que las cosas se mantengan en su lugar, que no dejen de ser, de pronto, en un gesto incomprensible, lo que ellas son.

El mundo está loco, dicen estos cuadros. La vida es absurda, si la miras un poco más de cerca, o de más lejos. Cualquier cosa puede transformarse en otra, todo puede ser algo más, algo menos, todo puede ser bello, horrible, asqueroso, deseable. Un objeto se puede hacer de cualquier cosa. Cualquier forma se puede deformar.

Ésta es la cuestión para la que hay que encontrar un nuevo nombre.


Autores
(Santiago de Chile, 1995). Es licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2020-2022) en el área de narrativa, becario del Fondo Nacional de las Artes en Ensayo Creativo y miembro del Quinto Programa de Tutoría de Novela de la UNAM. Su libro Si en medio del bosque un árbol fue merecedor del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2025. Es miembro fundador de la compañía teatral Vincent Company, y su actuación en el monólogo Y la guerra sigue fue meritoria del reconocimiento a Mejor actuación masculina en el XXVI Festival Internacional de Teatro Universitario.
Fotografías cortesía del Museo Universitario del Chopo
Fotografías cortesía del Museo Universitario del Chopo

No es fácil sostener la mirada. Ahora que las pantallas van de forma continua e incesante de una imagen a otra, es menos probable que una imagen se quede. Mantener la mirada supone escudriñar algo, un rostro, un detalle, hallar algo único que no está en otra parte o no de la misma forma. Sostener la mirada es también insistir.

Nadie aguanta ni siquiera un minuto mirándose en serio. Luego de unos segundos, algo comienza a desestabilizarse, sobre todo en la cara, que es el punto donde focaliza quien se observa. De insistir, el rostro pierde familiaridad, se enrarece. Del laberinto de la identidad surgen sospechas, por ejemplo, que las orejas son extrañas o que los dientes, vistos de otra manera, son un añadido inusual.

Como ejercicio prolongado durante décadas, Nahum B. Zenil ha insistido en su propia imagen, que, como en un juego de espejos, se repite en su obra hasta el infinito. Dueño de un desdoblamiento singular, el artista ha logrado que se quede una imagen, la que representa de sí mismo. En él, la insistencia no es una repetición necia o el disco rayado que vuelve una y otra vez sobre la misma nota, es el descubrimiento y la propuesta de situaciones que colocan su imagen en escenarios que, por yuxtaposición y permuta, cambian la obra.

Antes de hablar del montaje de Zenil, hay que pensar la idea pictórica que tiene de sí mismo. Es una de las características principales de su trabajo, que conlleva una reflexión obligada sobre la identidad, categoría en boga del pensamiento contemporáneo que encaja con su obra, pero que él comenzó a trabajar a finales de los años sesenta, como propone la muestra del Museo Universitario del Chopo Nahum B. Zenil. El límpido espejo de mis ojos (1968-2025).

La forma en que el artista se autorrepresenta conlleva una discusión de la idea de objetividad. Para empezar, se trata del rostro, que siempre es el mismo, con ligeras variantes, ni más joven ni más viejo, acaso algunas arrugas en las obras más recientes. Un rostro serio, concentrado, que mira de frente. Pero hay algo más en la obra, algo muy intrigante. El hombre que aparece en los cuadros no es igual al que los pinta, es decir, su imagen crea una distancia, el desdoblamiento que aparece en la tela.

En las obras de Frida Kahlo, con quien a menudo se compara a Zenil por sus autorretratos, el público no tiene dudas, se trata de ella. Hay fotografías en las que la Frida retratada es igualita a la de las pinturas. Con Zenil es lo contrario. No tan famoso como Frida, por ahora, Zenil no se parece a su propia representación, es decir, no es fiel a la realidad, lo cual no quiere decir que mienta sobre quién es. El arte es invención; la identidad, un vericueto.

El parecido no es evidente, sin embargo, nadie duda que el hombre que aparece tantas veces repetido en sus cuadros es el mismo Zenil. Quizá se trata de la redundancia, pero, en realidad, la afirmación de su imagen se genera a partir de una verdad que no corresponde a lo verosímil sino al reino de lo poético, de la imagen, del enigma. Es una contradicción donde surge una mirada única. Es la mirada que tantas versiones y variantes de Nahum dirige al espectador.

Una de las obras más conocidas de Zenil es la de la pareja nupcial, que se puede ver en la muestra, donde él mismo aparece ataviado como el novio, con traje oscuro y pajarita, y como la novia, con el vestido blanco y el libro entre las manos. Si se mira el fondo —en la parte superior, una franja de color café que coincide con las cabezas de las figuras, y el resto de un tono mucho más claro, donde se puede ver la caída del velo, ausente en la cabeza de la novia— se descubre el montaje de la pieza. Es como si el artista hubiera recortado con tijeras las cabezas de una fotografía de bodas para poner las suyas. Juego de genios, tanto plástico como de suplantación y pensamiento, que alude a la dislocación de categorías rígidas como el género.

Algo similar se ve en otras piezas en las que representa a una familia donde cada integrante, incluidas mascotas como perros y gatos, tiene su cara, aunque en ellas el truco del fondo, que permite observar de manera más clara el montaje o edición, no está. La plasticidad de Zenil, que es multiplicidad de imágenes, a pesar de mantener siempre su mismo rostro, recuerda la polifonía de la identidad que Madonna cantaba en los albores de los años noventa: I could be your sister / I could be your mother / we could be friends / I’d even be your brother / but I’d rather be your lover.

Como astucia de encantamiento, en Zenil el rostro a veces está elidido o en segundo plano, son gestos potentes y, curiosamente, políticos, son también obras que ya son parte del canon del arte mexicano. “Dar la cara”, dice la frase coloquial que expresa la idea de hacerse responsable de algo, pero Zenil, a su manera, prefiere dar el culo, por el que entra el mástil de la bandera mexicana. La pieza, de 1996, es la afirmación estética de la existencia de los homosexuales en la sociedad mexicana, que en esa época no eran ni bien vistos ni aceptados, a diferencia de la caritativa y engañosa tolerancia de hoy.

El ardid de la máscara, artimaña de la identidad, aparece directamente en el retrato, de formato vertical, de un diablo con cuernos, cola y, por si fuera poco, un pene descomunal que seguramente haría vibrar a toda la comunidad de bi latin men. Sobre el rostro del maligno erótico, Zenil colocó una máscara que, por supuesto, corresponde a su cara. Por este tipo de obras, que aparecen a lo largo de los años en su producción, el artista es muy importante para la comunidad LGBTQ+, un pionero del deseo homoerótico explícito en la pintura que, además, se atrevió a mostrarse a sí mismo.

También hay mucho juego en su obra, de rasgos populares, que recuerda ferias ambulantes y otros espectáculos ya extintos. En otra estampa clásica, Nahum aparece en una contorsión que recuerda al Acróbata (1929) de Carlos Orozco Romero, pero mostrando un falo erecto que apunta hacia arriba. En la fantástica Títeres (1980) se representa como una marioneta acompañada de otros cuatro personajes; en todos se distingue que sus cabezas son intercambiables, pueden ser uno y otro, según la ocasión. Fluidez de imaginación.

En El límpido espejo de mis ojos también se pueden ver otras obras representativas del arte gay mexicano, si es que esa categoría existe, como la célebre pieza en que el rostro de Zenil se asoma desde la abertura de un pantalón, la infaltable y discreta mirada braguetera en la que se reconocen quienes son de ambiente. O las sillas en cuyo asiento tienen pintado un falo, como se hacía en las escuelas para humillar al otro, a los raros; son los “muebles con-trozo”, dicen los asistentes a la exhibición, que hacen un juego de palabras con la emblemática mueblería mexicana.

La muestra es fiel representante del trabajo de Zenil, que, con certeza, es inagotable. Se trata de una cita imperdible para conocer y profundizar en uno de nuestros artistas más geniales. Escapado para siempre del espejo, Zenil todavía sostiene la mirada al espectador y, quizá lo más duro, a sí mismo. El creador ha reconocido que autorretratarse ha sido un trabajo de autoconocimiento arduo. No es poca cosa su insistencia y mucho menos que su imagen, repetida mil veces, siempre parezca y aparezca en contextos y escenarios diversos, resultado de un proceso de iconicidad notable, singular para un artista todavía activo, prolífico de obra, pletórico de ideas sobre sí mismo.

Nahum B. Zenil. El límpido espejo de mis ojos (1968-2025) se puede visitar hasta el 30 de agosto de 2026.


Autores
Es periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Colabora en las revistas mexicanas Letras Libres, Nexos y Arquine. También en la argentina Otra Parte y en la mexico-estadounidense Literal Magazine. Como traductor, es uno de los autores del libro colectivo Las mariposas beben de las lágrimas de la soledad (Ediciones Del Lirio, 2024), de Anne Genest. En 2023 fue parte de la residencia de traducción Seneffe-Passa Porta en Bélgica, donde tradujo una obra de Chantal Akerman. Actualmente prepara dos libros sobre Roberto Gavaldón y Arturo Ripstein.

Conjuro una promesa rota

al empezar el día

 

con el café adelgazado

en el agua de plástico

peino con las uñas la cabeza de mi hija

 

mi mano tiembla

siete punto cuatro grados

         en la escala de Richter

después de una jornada abierta

de doce horas cosiendo bolsillos

marcaje ochocientos

y aún falta

          para completar el mes de renta.

 

El tiempo sin más

esta fibromialgia

baja para trabajar

como un síntoma que punza

en la línea de la espalda.


Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.


Autores
Nací, crecí y vivo en el Estado de México desde 1994. Cuando no dibujo, escribo, y a veces, hago los dos al mismo tiempo usando diferentes manos. Trabajo de forma autogestiva en una casa color azul en un cerrito demasiado pequeño para ser montaña pero lo suficientemente alto para ver las nubes.
Portada de "Fuera del reino", Julia Melissa Rivas Hernández. UACAM, 2025.
Portada de “Fuera del reino”, Julia Melissa Rivas Hernández. UACAM, 2025.

a razón de la liturgia del color, 

la ruina de aquel sitio es posible en la imagen

 

todo pigmento pierde ímpetu frente al ojo, 

incienso que se consume 

y el observador desiste 

(finalmente) 

dominio de maravillas corruptibles, 

bella imitación y artificio de la creación:

 

 

ocultos en el color 

—igualdad y origen— 

desde el interior nacen los ojos cansados de ver

 

formas que deja el oro sobre figuras que crean la 

santidad 

—canción aprendida desde la infancia— 

formas que persuaden a unir las manos:

 

 

ungir de óleos, señal de las obras, 

señal de la ceremonia, 

símbolo del color que perfuma

 

un frasco de alabastro puede ser un templo, 

reposo de arena, 

reposo de piedra

 

mas el olor fragante de la ofrenda 

en todo tiempo es derramado mediante instrumentos de 

orfebre, 

dispersando la luz por doquier:

 

Portada de "Fuera del reino", Julia Melissa Rivas Hernández. UACAM, 2025.

Portada de “Fuera del reino”, Julia Melissa Rivas Hernández. UACAM, 2025.


Autores
Cursó la Licenciatura en Artes Plásticas y en Literatura Hispanoamericana por la UNISON. Beneficiaria en diversas becas estatales. Reconocimientos: Juegos Florales Lagos de Moreno, categoría cuento; VII Juegos Florales Nacionales Toluca “Horacio Zúñiga”; II Premio Nacional de Poesía Joven Raúl Rincón Meza; Certamen Nacional de Poesía de los XL Juegos Florales Nacionales Universitarios, 2022; Concurso del Libro Sonorense 2023, género poesía. Libros: Habitaciones, Imperio, Arqueología del paraíso y Fuera del reino.

sumi love poem <3

ya puedo empezar o qué?

te fijas en los brillos extraños que aparecen en los días los

coleccionas como piedras

acaricias brevemente a las pirañas porque no le tienes miedo a la mordida de aquello que respira bajo el agua

te amo y lo digo sin titubear

miras cómo con sus colores sin punta diosito colorea el cielo y es confuso, amor, lo sé

dibujar sin líneas que delimiten el dibujo, amor, lo sé

no tengo geometría entre mis pertenencias, te debo las líneas, me quedo debiéndote el límite

pero además de eso

lo que tú necesites yo puedo dártelo

quiero desglosar mi envidia:

le envidio a las orugas la linealidad del futuro un futuro alado repleto de terciopelo

futuro de trompa espiral polinizadora

le envidio a las orugas la pronta metamorfosis estirar por dentro las costuras de un suéter

le envidio a los niños pirómanos de cuarto de primaria el gesto deformado no por el miedo

sino por la expectativa

ese gesto arcaico ese mapa de gesticulaciones

amor mío, de las orugas como tú yo admiro la alimentación coqueta de las hojas comidita monocromática

alimentarse del verde la clorofila el verde de un suéter escolar de fibras sintéticas

te alcanzaría cualquier objeto que me pidas

de metamorfosis no aprendí mucho me sacaron de la clase

por mucho hablar del sol

de metamorfosis no sé mucho pero ponme a prueba, amor

te amo y lo digo sin titubear

veo tus piernas de mástil de

barco pirata te

pienso a todo estribor

en la proa susurrándole boleros a los peces que quieran quedarse al after

te ves cansado, amor, dime qué necesitas,

puedo continuar??

qué te gusta???

te gustan más grandes?? más sabios?? de cortezas cerebrales añejas???

puedo esforzarme, esforzarme seriamente

apretar los dientes para sacarme canas gruesas tan gruesas como para hacerte un pincel con el

que puedas pintar pichones en servilletas para limpiarte las comisuras de la boca

qué precisas, corazón??

haré memoria aprenderé a transformarme en todo lo que puedas necesitar

soy una silla si te sientas en mí, venga, descansa los pies relaja la espalda baja dime qué tipo

de silla quieres

que sea

de desdoblamieeeeeentooooossssss sí sé

quieres necesitas precisas de una silla acapulco lo seré me ancharé me haré cóncava como

balón desinflado

banquito de cocina flojito de una pata

dime si quieres que me detenga

no?

sale

diván pomposo, silla blanca de plástico coca cola

silla de montar

ya he relinchado antes

en muchos otros poemas

tú dime

aquí andamos para lo que necesites, puedo ser unas tijeras

para que hagas un collage

tu champú orgánico pipiris nais arderte en los ojos al bañarte deshacerte los nudos engrosarte

el cabello la voz la paciencia

qué quieres, qué necesitas??

desdoblarme sí sé, lo hago en partículas simultáneas de magia y sudor amarillo

puedo amarrarme a tu cuello volverme metálica ser una cadenita ser un rosario cuentas

gordas escapulario de lana vieja

le envidio a las mariposas que fueron orugas

y cuánta envidia siento de las orugas

siguiendo tu lista de requerimientos dime qué te falta

puedo

poner mi aliento mañanero dentro de tu aliento mañanero

celar a las orugas celar su futuro claro

celar a las orugas celar a las orugas

si te conviertes en un macho musculoso sumamente enojado

puedo convertirme en pared de tablaroca

sácame el aire de la panza hazle un agujero a la pared

te amo y lo digo sin titubear

la música toma asiento para ver cómo masticas y se entretiene en pararse para entrar y salir

en la palabra tímpano que es hermosa en sí misma pero embarnece dentro de tu oreja

puedo seguir?? continúo??

qué celos la música con su capacidad incorpórea de atravesarte

celar a las orugas porque a ellas las invitan a las fiestas de las flores esas fiestas clandestinas

de excesos de líneas de polen gotas naciendo y muriendo en un pétalo

cigarras libidinosas confeti comestible

qué envidia la crisálida que no es nada más que el cuarto de un adolescente que abusa del

seguro de su puerta

qué envidia las orugas qué envidia los adolescentes, sus

vellos suaves, los secretos que albergan en el acné

seré tu cuadernito tu libro de texto subráyame con marcatextos rosa

hazme importante

dóblame la página en donde te quedaste

hazlo con alevosía y ventaja

disculpa el atrevimiento

no fue mi intención decirte qué hacer, no sé en qué momento perdí la brújula de este poema

puedo

callarme la boca

tú dime

dame luz verde

soy una silla, soy un papalote impaciente tengo

una corazonada y el bolsillo del pantalón repleto de instructivos traducidos al español,

alemán, inglés, portugués y chino

dame

luz roja

si quieres

no sé

ya puedo terminar???

 

 

 

Rancho sentimental

ser vaquero es una tarea anacrónicamente bella

hay que amar fuerte al caballo más que a la vida misma hay

que enterrar la espuela y amar la obediencia obcecada del relincho adolorido

traigo enquistado en el pecho el viejo oeste, lo presté para que grabaran las primeras western

traigo casi a reventar el corazón de sheriffs, forajidos y pistoleros

pero ser vaquero no es eso, no

ser vaquero poco tiene que ver con el aliento pesado de masticar tabaco

de masticar películas en blanco y negro de

usar la cuerda para atrapar cuellos

ser vaquero, en realidad, tiene que ver con el caballo

y el caballo, entonces, tiene que ver con la fe

se habla mucho del alcoholismo al volante

NO hay que conducir ebrios

pero poco se habla de andar borracho atarantado

desparpajado lisonjero cuando montas a un corcel

dos cuerpos asustados de los bocinazos del desierto

caballo de fuerza, uno basta, humano débil, carnes flexibles

se olvidan, sí, se olvidan que dos corazones juntos

desparramados, mamíferos

alcanzan una rapidez

más inmensa que la de la luz

dos cuerpos coqueteando con los barrancos

dejándose endulzar el oído

trotando a pelo

siendo la espuela

un cowboy caprichoso

ojo alegre

encaprichado con la luna

enamorado de la posibilidad de caer

 


Autores
Silvia A. Castelán Huerta (Cuija Besucona) nació en 1997 en la Ciudad de México. Estudió la licenciatura de Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es poeta, fanzinera, librera y traductora. Ha participado escribiendo principalmente poesía en distintos medios como Buenos Aires Poetry, Periódico de Poesía UNAM, Cardenal Revista Literaria, Void y Yerba Mala, así como en la plataforma de difusión cultural Pata de Mono y en la editorial digital Brokn English. Además de los poemarios y fanzines que ha publicado por su cuenta, En 2024 se publicó su poemario, Beber de agua estancada, a cargo de la editorial y el colectivo R.A.D. (Red de Apoyo Diverso). Algunos poemas suyos fueron publicados en la antología Novísimas (2020) publicada por la editorial Libros del perro, y en el libro Monstrua, antología de diez escritoras mexicanas (2022), de la colección Hilo de Aracne, de Libros UNAM. Participó en 2019 en el curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas en Xalapa, Veracruz. Es miembro de la Congregación Literaria de la Ciudad de México y ha dado talleres de poesía y fanzine en el MUAC, en preparatorias de la UNAM de la Ciudad de México (con el apoyo del Museo del Chopo), así como en otras escuelas y bibliotecas. Participa desde 2017 en lecturas en voz alta alrededor de todo el país (Guadalajara, Mérida, Hidalgo, Puebla, CDMX, Edomex). Es una de las creadoras y gestoras del colectivo poético Observatorio de Relámpagos, proyecto con el cual transmitió por dos años Temporada de Cigarras programa radiofónico de poesía y música en Radio Nopal. Con el colectivo, coordina los eventos de poesía en voz alta Este pecho no es bodega, realizados en Puebla, Estado de México, Pachuca y Ciudad de México. Actualmente es librera en U-tópicas.
Ilustración de Rosario Lucas
Ilustración de Rosario Lucas

DELANTE DE MÍ ESTÁ LA PISTA DE CORRER y el viento que desciende de las copas más altas de esos árboles variaciones de tonos verdes movimientos luz comienzo las primeras pisadas pensando en mi respiración que debe llevar la carrera la mente en mi cuerpo mis piernas endurecen en el esfuerzo por subir las pendientes jadeo otros jadeos pienso que es el último kilómetro en la colina desciendo siento el golpe del pecho mi corazón la sangre correr por mi cara caen las primeras gotas que se resbalan hacia la espalda pero quedan atrapadas en el círculo que forma mi playera en el cuello suave se junta un charquito a momentos frío cuando el aire lo pega a mi piel me asombro de estas piernas que avanzan a este cuerpo me pregunto hasta dónde podrán llevarme y pienso el día que subí una montaña desde antes del amanecer para ver el cielo la luna después los primeros tonos del sol encendiéndome un aire fresco casi frío sobre mi cara seguir caminando un placer primero en la respiración el sonido de los pasos la sangre saliva el viento quedito hasta que pasan las horas el dolor insoportable y el cuerpo casi comienza a desaparecer

 

 

DISPARO CON PISTOLA DE AIRE COMPRIMIDO
Los juegos olímpicos de París me trajeron a Kim Ye-ji

y ahora imagino que soy Hervé Joncour, y ella

la muchacha

(en este poema)

con ojos de sesgo oriental frente a mí

escuchando la historia de mi vida

sin despegar la mirada hasta que el agua

tibia en una taza al borde de mi boca

nos suspende la contemplación

en el silencio que en seguida corto aún

en la dulzura de mis labios humedecidos.

Ella alarga su mano hacia la taza que gira

a la altura de sus ojos

buscando mis labios para beber en los suyos

también

que luego me envía una carta escrita en coreano

hilos de seda haciendo las pisadas de todos los pájaros del mundo

como tributo a nuestro amor

pero también canto a lo imposible

(como mirlo extraviado en el desierto)

cuando intenta recordar algunos versos de Song of Everlasting Regret de Bai Juyi

un poema triste sobre los amantes

(la princesa Yang y el emperador Xuanzong de Tang)

que no pueden estar juntos

y somos nosotras

ella en un barco que atraviesa el mar Amarillo para regresar a casa

y yo en esta carta

             a la otra orilla del mar

con el mismo deseo de la princesa:

que el mundo se apague para ser pájaros y volar juntas.

Un cielo de aves que pasa por la ventana es lo que nos espera

entrando al sueño

y verla de cerca con su gorra al revés

lentes futuristas

mirada sostenida en dos pequeñísimos lunares

una mano en el bolso y la otra

a punto de jalar el gatillo

que la convertirá en el personaje de ciencia ficción de los olímpicos

o en la chica de rasgos orientales

que me disparó al corazón

a diez metros de distancia.

 

 

COMO ABRIR UNA BOLSA DE PAPITAS

Cuando bajé del avión el aire

se me pegó al cuerpo como calca de los looney tunes

la única estampilla que recuerdo

de la infancia.

 

La encontraba de a una

o con suerte de a dos o tres

en la bolsa de papas.

Luego la ponía en el nintendo que llegó a casa

y era de segunda

pero justo por eso entrañable y lo quería hermoso

porque aunque viejo tapizado de cinta canela

funcionaba.

 

Así, Rebeca,

cuando llegué a la ciudad donde vives

recordé la época

cuando esperaba la fortuna de que en la bolsa de papitas

hubiera más de una calcomanía para lucir

bello

radiante

como mi nintendo que además

tenía pistola para cazar patos.


Autores
Elsa Tamez (Saltillo, 1984) es poeta, editora, gestora cultural y académica. Docente en la licenciatura de Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Coahuila. Estudió el doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Nacional de Colombia y en la University College London. Forma parte de la cuarta generación del Diplomado en Escritura Creativa de la UNAM. Poemas y artículos de su autoría aparecen en diversos libros y revistas.