Nahum B. Zenil, todas sus versiones escapadas del espejo
No es fácil sostener la mirada. Ahora que las pantallas van de forma continua e incesante de una imagen a otra, es menos probable que una imagen se quede. Mantener la mirada supone escudriñar algo, un rostro, un detalle, hallar algo único que no está en otra parte o no de la misma forma. Sostener la mirada es también insistir.
Nadie aguanta ni siquiera un minuto mirándose en serio. Luego de unos segundos, algo comienza a desestabilizarse, sobre todo en la cara, que es el punto donde focaliza quien se observa. De insistir, el rostro pierde familiaridad, se enrarece. Del laberinto de la identidad surgen sospechas, por ejemplo, que las orejas son extrañas o que los dientes, vistos de otra manera, son un añadido inusual.

Como ejercicio prolongado durante décadas, Nahum B. Zenil ha insistido en su propia imagen, que, como en un juego de espejos, se repite en su obra hasta el infinito. Dueño de un desdoblamiento singular, el artista ha logrado que se quede una imagen, la que representa de sí mismo. En él, la insistencia no es una repetición necia o el disco rayado que vuelve una y otra vez sobre la misma nota, es el descubrimiento y la propuesta de situaciones que colocan su imagen en escenarios que, por yuxtaposición y permuta, cambian la obra.
Antes de hablar del montaje de Zenil, hay que pensar la idea pictórica que tiene de sí mismo. Es una de las características principales de su trabajo, que conlleva una reflexión obligada sobre la identidad, categoría en boga del pensamiento contemporáneo que encaja con su obra, pero que él comenzó a trabajar a finales de los años sesenta, como propone la muestra del Museo Universitario del Chopo Nahum B. Zenil. El límpido espejo de mis ojos (1968-2025).

La forma en que el artista se autorrepresenta conlleva una discusión de la idea de objetividad. Para empezar, se trata del rostro, que siempre es el mismo, con ligeras variantes, ni más joven ni más viejo, acaso algunas arrugas en las obras más recientes. Un rostro serio, concentrado, que mira de frente. Pero hay algo más en la obra, algo muy intrigante. El hombre que aparece en los cuadros no es igual al que los pinta, es decir, su imagen crea una distancia, el desdoblamiento que aparece en la tela.
En las obras de Frida Kahlo, con quien a menudo se compara a Zenil por sus autorretratos, el público no tiene dudas, se trata de ella. Hay fotografías en las que la Frida retratada es igualita a la de las pinturas. Con Zenil es lo contrario. No tan famoso como Frida, por ahora, Zenil no se parece a su propia representación, es decir, no es fiel a la realidad, lo cual no quiere decir que mienta sobre quién es. El arte es invención; la identidad, un vericueto.

El parecido no es evidente, sin embargo, nadie duda que el hombre que aparece tantas veces repetido en sus cuadros es el mismo Zenil. Quizá se trata de la redundancia, pero, en realidad, la afirmación de su imagen se genera a partir de una verdad que no corresponde a lo verosímil sino al reino de lo poético, de la imagen, del enigma. Es una contradicción donde surge una mirada única. Es la mirada que tantas versiones y variantes de Nahum dirige al espectador.
Una de las obras más conocidas de Zenil es la de la pareja nupcial, que se puede ver en la muestra, donde él mismo aparece ataviado como el novio, con traje oscuro y pajarita, y como la novia, con el vestido blanco y el libro entre las manos. Si se mira el fondo —en la parte superior, una franja de color café que coincide con las cabezas de las figuras, y el resto de un tono mucho más claro, donde se puede ver la caída del velo, ausente en la cabeza de la novia— se descubre el montaje de la pieza. Es como si el artista hubiera recortado con tijeras las cabezas de una fotografía de bodas para poner las suyas. Juego de genios, tanto plástico como de suplantación y pensamiento, que alude a la dislocación de categorías rígidas como el género.

Algo similar se ve en otras piezas en las que representa a una familia donde cada integrante, incluidas mascotas como perros y gatos, tiene su cara, aunque en ellas el truco del fondo, que permite observar de manera más clara el montaje o edición, no está. La plasticidad de Zenil, que es multiplicidad de imágenes, a pesar de mantener siempre su mismo rostro, recuerda la polifonía de la identidad que Madonna cantaba en los albores de los años noventa: I could be your sister / I could be your mother / we could be friends / I’d even be your brother / but I’d rather be your lover.
Como astucia de encantamiento, en Zenil el rostro a veces está elidido o en segundo plano, son gestos potentes y, curiosamente, políticos, son también obras que ya son parte del canon del arte mexicano. “Dar la cara”, dice la frase coloquial que expresa la idea de hacerse responsable de algo, pero Zenil, a su manera, prefiere dar el culo, por el que entra el mástil de la bandera mexicana. La pieza, de 1996, es la afirmación estética de la existencia de los homosexuales en la sociedad mexicana, que en esa época no eran ni bien vistos ni aceptados, a diferencia de la caritativa y engañosa tolerancia de hoy.

El ardid de la máscara, artimaña de la identidad, aparece directamente en el retrato, de formato vertical, de un diablo con cuernos, cola y, por si fuera poco, un pene descomunal que seguramente haría vibrar a toda la comunidad de bi latin men. Sobre el rostro del maligno erótico, Zenil colocó una máscara que, por supuesto, corresponde a su cara. Por este tipo de obras, que aparecen a lo largo de los años en su producción, el artista es muy importante para la comunidad LGBTQ+, un pionero del deseo homoerótico explícito en la pintura que, además, se atrevió a mostrarse a sí mismo.

También hay mucho juego en su obra, de rasgos populares, que recuerda ferias ambulantes y otros espectáculos ya extintos. En otra estampa clásica, Nahum aparece en una contorsión que recuerda al Acróbata (1929) de Carlos Orozco Romero, pero mostrando un falo erecto que apunta hacia arriba. En la fantástica Títeres (1980) se representa como una marioneta acompañada de otros cuatro personajes; en todos se distingue que sus cabezas son intercambiables, pueden ser uno y otro, según la ocasión. Fluidez de imaginación.
En El límpido espejo de mis ojos también se pueden ver otras obras representativas del arte gay mexicano, si es que esa categoría existe, como la célebre pieza en que el rostro de Zenil se asoma desde la abertura de un pantalón, la infaltable y discreta mirada braguetera en la que se reconocen quienes son de ambiente. O las sillas en cuyo asiento tienen pintado un falo, como se hacía en las escuelas para humillar al otro, a los raros; son los “muebles con-trozo”, dicen los asistentes a la exhibición, que hacen un juego de palabras con la emblemática mueblería mexicana.

La muestra es fiel representante del trabajo de Zenil, que, con certeza, es inagotable. Se trata de una cita imperdible para conocer y profundizar en uno de nuestros artistas más geniales. Escapado para siempre del espejo, Zenil todavía sostiene la mirada al espectador y, quizá lo más duro, a sí mismo. El creador ha reconocido que autorretratarse ha sido un trabajo de autoconocimiento arduo. No es poca cosa su insistencia y mucho menos que su imagen, repetida mil veces, siempre parezca y aparezca en contextos y escenarios diversos, resultado de un proceso de iconicidad notable, singular para un artista todavía activo, prolífico de obra, pletórico de ideas sobre sí mismo.

Nahum B. Zenil. El límpido espejo de mis ojos (1968-2025) se puede visitar hasta el 30 de agosto de 2026.




