Me pregunto cómo se sintieron Nadia y Olvido cuando me encontraron en la playa. Después de todo, yo estaba en el mismo sitio donde vieron a su hermano por última vez.
Pienso en él, en Sebastián. ¿Es hermano mío también? ¿O los lazos obtenidos después de la muerte dejan de contar? Aunque no compartimos el mismo ADN, su historia y la mía están tan entrelazadas como esa molécula que determina quiénes somos. También compartimos el mismo nombre.
Es difícil tratar de imaginarlo a los cuatro años sin que se me hunda el corazón. Yo tenía la misma edad el día que sus hermanas me robaron. ¿Qué habrá sentido ese niño cuando las garras del Pacífico removieron el mundo bajo sus pies? Me lo imagino caminando por la orilla, fascinado por el espectáculo de las olas justo antes de que el mar se lo tragara.
Me imagino los pies de mi madre veinte años después, buscándome en una playa desierta.
Olvido se esperó hasta la muerte de Nadia para decirme la verdad. Dijo que ya no tenía sentido guardar el secreto. Que con nuestra hermana muerta, la mitad de la responsabilidad desaparecía. Incluso tuvo el descaro de mostrarme una fotografía de su hermano muerto. A lo mejor pensó que eso me ayudaría a entender la razón de mi secuestro; pero lo único que sentí fue lástima y envidia del niño que reemplacé. Tristeza por la vida que le fue negada. Horror al pensar que nunca sabré cuál es mi verdadero nombre.
Sebastián significa “venerado”. Cuánto pesa sobre los hombros de un niño ser amado así. Cuán ligero fui a los ojos de mis hermanas que pensaron que nadie me extrañaría. Ojalá mi madre me haya dado por muerto. Dejé de existir cuando Nadia y Olvido me rescataron. El resto ha sido sólo un eco. Una onda en el océano. Mis recuerdos me parecen turbios como agua estancada. Miro mis brazos morenos y no los siento míos.
Tampoco mis manos eran mías cuando maté a Olvido. Antes de morir se atrevió a decirme que mientras me llevaba, tomé las suyas sin chistar.
“La universidad es una prisión. Aplasta la creatividad y la imaginación”, dijo Jet, estudiante de último año de cultura y lengua española en mi universidad, al explicar su collage en clase. Se disculpó y se sonrojó al hablar de esa sensación de opresión. “Bueno, excepto esta clase”, dijo en voz bajita, excusando a la propia asignatura de escritura académica que yo enseño y de la que forma parte. Pero su modestia no impidió que fuera incisivamente crítica.
La educación universitaria es una momia, un cuerpo decrépito cubierto de vendas que cubren su cadáver y ciegan el camino. A duras penas permiten ver una salida. Dos brazos por delante, la momia ancestral camina y carga en su interior el saber del pasado, que de alguna manera se preserva y milagrosamente todavía no se ha descompuesto. Y es que el conocimiento que proclamamos transmitir en la universidad tiene un arraigo medieval: un día te darán un título y un grado académico enmarcado que colgarás en tu oficina (o dejarás amarilleándose en tu ático, como en mi caso) y te permitirá comprobar que eres el amo supremo de ese saber acumulado. Un título que, inflado de falso valor, solo es el testimonio de que sufriste lo suficiente como para comprobar tu martirio. Como para constatar que ya te domesticaron, que puedes pensar dentro de las exigencias de LA Institución.
La momia educativa aplasta en el collage de Jet las palabras creatividad, imaginación y resistencia. Va camino a una casita en donde dos figuras informes de color se contorsionan y aplastan sus extremidades para poder caber dentro de las paredes. Jet dibujó los barrotes de una prisión sobre la casa que limita a las dos figuras. Quiero pensar que las dos figuras somos tanto los profesores como los estudiantes, haciendo lo imposible, achicando nuestra voz, nuestras ilusiones e ideas para caber en donde no cabemos.
Un globo aerostático sobrevuela la prisión, vigilando como ojo panóptico lo que sucede. Como todo globo, dentro de su circunferencia, dentro de esa vigilancia, no hay nada: hay un vacío, puro aire. Pero ese vacío lo infla todo, se asegura de que su propaganda divina (“reflexión”, “obligatoria”, “citar”), enviada desde las alturas, se cumpla. No se entromete directamente, sino que asume que debes saber y si no pretendes lo suficientemente bien que sabes, serás castigado.
La paradoja más grande es que le encargan enseñar una clase de escritura académica a la profesora más cínica. No soporto el protocolo y fórmulas del género académico. Es un formatito que, aunque lo domino, decido no seguir, una y otra vez. Y eso ha tenido consecuencias, una y otra vez, en mi carrera académica. Mi decisión de no citar, de no conformarme con escritura mediocre, de no adecuarme al canon de las exigencias de la prisión.
En la universidad neoliberal se impone un pensamiento uniforme, un énfasis en la técnica, el método, los objetivos, las herramientas, la evaluación y la evaluación de la evaluación. Yo pierdo, mientras tanto, como Jet, todas las ganas de estar dentro de una prisión con tantos caprichos. Quizás hablo desde el hartazgo, pero no dejo de pensar en renunciar por segunda vez a la universidad: aplasta mi curiosidad, mis ganas, mi rebeldía y, sobre todo, lo más doloroso, mis ganas de jugar. Es una profesión imposible, como dijo Freud.
El hecho de que sea imposible no quiere decir que renuncie a seguir fracasando.
Intento, entonces, alterar los modos admitidos de enseñar. Para salir de la automatización, del saber heredado y momificado. Transmitir una experiencia que conlleva un saber perforado. Aceptar la incertidumbre. Preguntar, no responder. No elaborar productos a evaluar, sino intervenir en los modos de hacer y pensar, en donde el proceso siempre imperfecto del quehacer, los cortos circuitos, son lo importante.
Pero me estrello contra los muros que también hablan de otras maneras:
“Por supuesto que es divertido hacer algo creativo, pero, al mismo tiempo, quiero graduarme con buenas calificaciones. Me preocupa, quiero graduarme cum laude. Por eso quisiera saber qué se espera de mí en esta tarea creativa”, dijo durante mi clase de psicoanálisis y literatura de la maestría una estudiante, la única que dijo que no había estado nunca en ningún tipo de terapia psicológica. Pero que debería, urgentemente.
Escucho en su ansiedad la expectativa de la institución: que el globo aerostático marque los criterios para superar el nivel y que te den una palmadita en la espalda, una buena calificación que ponga en números, en una escala, el valor de tu conocimiento, qué bien que lo hiciste, un trabajo excepcional. Ahora puedes ir a congresos para lucirte y que nadie te entienda porque usas jerga de un teórico incomprensible con un poquito de Lacan también, porque ya puedes decir que lo leíste. Espolvoreas un poco de discursos de moda, algo de feminismo, unas gotas de ecocrítica, un ángulo de análisis desde la precariedad racial y económica decolonial del sur global y listo, ya eres lo suficientemente marginal y astuto como para entrar en la prisión también.
Escucho también en la frase el núcleo de la pedagogía mercantil: no se aprende, ni se enseña, sin evaluación. Solo cuando hay una calificación se controla la calidad de la enseñanza y se puede aseverar que cumple su obligación de fabricar aprendizaje. La lógica detrás es que aprender y evaluar se comprueban con tasas y medidas claras, rúbrica de por medio, para justificar algo que siempre será subjetivo. Enseñar entonces es una línea cualquiera de producción y eficacia, un producto (el conocimiento, validado por un título) que da un cierto estatus y que permite acceder a poder comprar aún más productos para mantener ese mismo estatus. Y mientras tanto, sigue tomando tu producto anestésico de la angustia que obtura la falta generadora de todo deseo.
Escucho a mis estudiantes, escucho a Jet. Las notas disonantes de su descontento individual, y también el malestar generalizado con un sistema que nos transforma, tanto a los estudiantes como a los profesores, en eslabones cuadrados y sosos en una cadena bien aceitada para la efectividad numérica, pero que corta las alas de toda creatividad.
Pero escucho también la resistencia. A pesar de saberse momificada, abrir una manera diferente de imaginar y de crear. Nuevas experiencias y conversaciones para seguir insistiendo en las formas críticas de nombrar e inscribir el descontento para reventar el globo, desde adentro.
se dice que en las paredes hay arte de criaturas gigantes
GALOPAN en la megalópolis
se amontonan y se agrupan
para crear ese ser
húmedo y frío, en medio del mar.
nadie me dijo que ahí la vida era mejor
tasa de suicidios alta,
idols colapsadas
y oficinistas zombis,
pero soñé con escalar con garras y dientes un rascacielos que me llevara más allá del smog y la contaminación cruzada allá allá allá muy allá a lo lejos en lo alto de la gran estrella nipona donde se dice que todo el mundo pone los ojos expectantes a la gran emoción que recorrerá sus venas y sus espaldas y que cuando vean aquello que aman cuando vean aquello que anhelan a 10,000 km de distancia cuando vean aquello en lo que poner sus expectativas cuando vean aquello que en sus paladares sienten y dejarán a las demás generaciones sabré que no me abandonaron y nunca lo hicieron porque en el centro del mundo no quedó nada más que promesas de un mundo mejor (con un poco de racismo) y nadie les dijo cómo actuar y se esparcieron por todas partes y se sintieron cómodos dejando a los niños con libros de cálculo y tik tok absorbiendo cerebros que luego serán usados para maquilar los grandes robots-androides-ángeles del futuro sí sí sí aquellos que después de muchos años nos salvarán de la próxima bomba atómica ellos cruzarán cielo mar y tierra esos hermosos robots-androides-ángeles del futuro y yo sé que cuando los vean no dejarán de acordarse de la gran estrella nipona que con garras y dientes escaló un rascacielos jurásico en medio de la jungla urbana que es la grandísima ciudad de tokio japón y no es por ser arrogante sólo sé que mi destino es estar en grandes cosas exposiciones artísticas y tener gran influencia en el este asiático japón es mi punta de flecha para hacer que los gatos dominen el mundo con una tecnología y lenguaje completamente nuevos que nosotros ni siquiera llegaremos a comprender porque este estará mucho más allá allá allá mucho más allá del tiempo como lo conocemos los humanos si nosotros dijimos que dijimos algo para ellos los gatos eso se va a decir y estiraaaaaaaar lo más que se pueda en el universo por los gugóles de años que por fin existan y existieron y yo sé que todo eso pasará porque ellos me lo dijeron ellos con sus series animadas de personajes de ojos grandes y narices pequeñas me lo dijeron que yo era el elegido para llevar un gran mensaje al resto del mundo ellos me dijeron que yo puedo ser la siguiente chica mágica y yo les creí y les seguiré creyendo porque fueron mi infancia y adolescencia resentida olvidada y desubicada pero ahí estuvieron para mí a 10,000 km de distancia mirándome a lo lejos saludando con sus ojos grandotes y rasgados diciéndome que tenía razón y motivo para seguir copiando y dibujando ilustraciones de esa vieja revista de anime que me regalaron cuando cumplí 10 años y vi sailor moon por primera vez ellos creyeron en mí así como creí en ellos y me amaron cuando la violencia era arrasadora con los sentimientos más puros y los versos más oníricos escribías en primera persona y ellos lo apreciaron con sus ojos grandes y rasgados vieron que la vida te trataría mejor después de mucho tiempo y aunque sigas esperando el día lo encontrarás como ellos te encontraron a ti con tus ojeras de tanuki y besitos sabor matcha ya que a ellos no les importó que escribieras demasiado abstracto porque las elipsis forman parte de su literatura y ellos te aman aunque nunca te supieran reconocer a los lejos muy a lo lejos ellos te seguirán amando.
Había renunciado a mi empleo y, por primera vez en mucho tiempo, podía permitirme rituales innecesarios: hervir té de canela y jengibre a las seis, cuando la luz se hunde y deja en la cocina un resplandor ocre, casi doméstico. Sostenía mi taza —la de Smile, regalo de una excompañera que seguramente ya olvidó mi nombre— y me quedé mirando cómo el sol se colaba por la ventana con la insolencia de quien se sabe a punto de desaparecer. El aroma del té me envolvía como un abrazo tibio.
Y justamente cuando todo era calma, la puerta principal se abrió de golpe.
Un estruendo metálico recorrió la casa y una ventisca irrumpió como si alguien hubiera respirado demasiado hondo sobre mí. Antes de reaccionar, él ya estaba dentro.
Era alto, tan alto como el marco de la entrada, y su cuerpo semejaba la silueta de un hombre hecha únicamente de palitos de madera: astillas, cortezas, fragmentos secos. El rostro era apenas una careta troncosa. Cada paso suyo crujía como hojas muertas, y un olor a madera recién partida se extendió por la cocina. No desagradable: peculiar.
Me quedé clavada en mi sitio, todavía con la taza caliente entre las manos.
Pensé —absurdamente— que, si ese ente quería atacarme, al menos podría arrojarle la taza. No sabía si aquello era real o si la tarde tibia me había inducido a un sueño extraño. Apenas di un paso hacia atrás, chocando con la puerta del refrigerador, y él se detuvo.
“No tengas miedo. No te haré daño”.
La voz no salió de ninguna boca. Se instaló, grave y melodiosa, en mi mente.
Supe entonces que no sólo podía hablarme así, sino también leer mis pensamientos.
“¿Quién eres?”, pregunté sin abrir los labios.
“Tengo muchos nombres. El más conocido es Satanás”.
Mis ojos se abrieron como lámparas en la madrugada. Lo observé de arriba abajo, incrédula. Nada en él encajaba con la figura del Diablo que todos imaginan.
“No te pareces al Diablo de los mitos”.
“No soy como la gente dice. Nadie me conoce realmente. Hoy eres la primera en ver una de mis formas. Puedo ser agua, viento, fuego… o un león rugiente”.
Antes de que pudiera procesarlo, su cuerpo empezó a modificarse: las astillas se replegaron, la madera se volvió sombra y luego piel. En cuestión de segundos tenía frente a mí a un hombre elegante: traje casual, gafas redondas y un sombrero bombín negro que parecía sacado de otra época.
Se recargó en la pared con una naturalidad inquietante.
“Esta es otra de mis formas. Fui quemado por el omnipotente. De mis cenizas surgí hecho de la madera que me consumió. Ese es mi estado original”.
A pesar de mí, algo en su porte —en su arrogancia maligna, en su manera de ocupar el espacio— lo volvía atractivo. Intenté no pensarlo, sabiendo que él lo sabría.
Se acercó un paso, con la sombra del bombín sobre los ojos.
“Estoy aquí porque quiero que seas mi escriba. Quiero que cuentes mi verdadera historia. Estoy cansado de la fantasía con la que los humanos me han inventado. Quiero que sepan quién soy”.
Respiré hondo. Dejé la taza en el fregadero, como si hiciera falta tener las manos libres para enfrentar ese momento.
“¿Por qué yo?”.
“Porque eres igual a mí. No lo malinterpretes. Te he leído. Eres una humana que busca la verdad, aunque te cueste derrotas. Eso es convicción. Y necesito a alguien así”.
La propuesta era tan absurda que, precisamente por eso, me sedujo. Ser la escriba de Satanás. Eso no me inquietaba, sino la exigencia de que cada vez que escribo es una forma de entrega. ¿Qué podía costarme? ¿Mi alma? ¿Un destino incierto en un infierno cuya existencia dudaba? No importó. Sentía que debía aceptar.
“Pero… ¿qué obtengo a cambio?”.
Caminó hacia la sala y se sentó, como si ya fuera dueño de mis muebles. Me indicó que lo siguiera. Obedecí sin pensarlo.
“Pide lo que quieras. Dinero, fama, poder… incluso revivir a alguien”.
“¿Cualquier cosa?”.
“Cualquiera. Pero decide bien. No habrá marcha atrás. Cuando estés lista, volveré”.
Extendió su mano. Vacilé. Después de unos segundos, al estrecharla, sentí un calor profundo, como un sello grabándose en la piel.
Luego desapareció con la misma brisa vespertina con la que había llegado.
Han pasado meses desde aquella tarde. Tengo una hoja en blanco sobre el escritorio. No sé por dónde empezar su historia. O la nuestra.
Lo único que sé es que aún no decido qué quiero pedirle a cambio.
No ha vuelto, pero a veces, mientras camino por la calle, personas desconocidas se detienen frente a mí y preguntan sin más, siempre con la misma voz, el mismo gesto:
“¿Ya decidiste?”.
Y entonces lo entiendo: Satanás me vigila desde todas partes. Tal vez este cuento que acabo de escribir no es el suyo.
El acto de regalar flores ha estado históricamente vinculado al universo simbólico de lo femenino. Las flores representan belleza, efimeridad, afecto y cuidado: todos atributos que, en las sociedades patriarcales, han sido tradicionalmente adjudicados a las mujeres. Así, el gesto de obsequiar flores a un hombre aparece como algo excepcional, incluso transgresor, no porque el hombre no merezca belleza o ternura, sino porque la masculinidad hegemónica ha sido construida como ajena a ese tipo de lenguaje afectivo.
No regalar flores a los hombres no es una omisión anecdótica. Es una expresión simbólica del sistema de género. Es el síntoma de una educación emocional que ha disociado al varón del universo de lo sensible, del adorno, del regalo no funcional. Mientras a las mujeres se les enseña desde temprana edad a recibir halagos, obsequios y atenciones como forma de validación —y también de subordinación afectiva—, los hombres son instruidos para dar, no para recibir; para ofrecer protección o recursos, pero rara vez para ser el objeto del cuidado o del detalle gratuito.
Esta dinámica está íntimamente ligada a la estructura de poder que sostiene la masculinidad dominante. Recibir flores implicaría asumir un rol pasivo, estar en el lugar del “otro deseado”, admitir cierta vulnerabilidad. En otras palabras, pondría en crisis el mandato de la autosuficiencia masculina. La ternura, cuando se dirige hacia los varones, suele estar condicionada: es aceptable en la infancia, tolerada en la enfermedad, pero sospechosa en la vida adulta. Por eso mismo, el gesto de regalar flores a un hombre no sólo es inusual: a menudo provoca incomodidad, burlas o rechazo, como si el hombre que acepta flores estuviera cediendo un fragmento de su virilidad.
El desbalance no es sólo simbólico, sino afectivo. La imposibilidad cultural de regalar flores a los hombres reproduce la lógica de que ellos no necesitan ser reconocidos desde la belleza, la fragilidad o la celebración gratuita. Se presupone que no anhelan ser sorprendidos, cuidados o agasajados sin una razón utilitaria. Esta lógica no sólo empobrece los vínculos, sino que priva a los varones de lenguajes afectivos alternativos que podrían habilitar otras formas de sensibilidad.
Cuestionar por qué no se les regalan flores a los hombres es, en el fondo, preguntarse por qué seguimos asignando el afecto como un atributo femenino y el merecimiento simbólico como un privilegio exclusivamente femenino en tanto objeto, no en tanto sujeto sensible. La transformación de las relaciones de género también pasa por estas prácticas mínimas, donde se reconfigura quién merece ternura, belleza o detalle, y en qué condiciones.
Regalar flores a un hombre no es un simple gesto: es una forma de disputar el guion afectivo impuesto por el patriarcado. Es permitirle, aunque sea por un instante, habitar un lugar distinto: el de quien no tiene que merecer nada, el de quien puede simplemente recibir.
II
Me acuerdo de cómo
ir a la tumba de José Alfredo a dejarle flores era pensar
en que así te amaba más.
A lo mejor las flores, te las debí haber dado a ti
pero los hombres nunca reciben flores.
Me dijiste la razón de por qué a José Alfredo, le dolía pasar por Salamanca
y te escuché con más atención que con la que se escuchan los sermones de la iglesia.
No te dije, pero me cambiaste la vida
a los 17, me diste el mejor consejo del mundo: “no estudies Letras, es aburrido y tú nunca sabes lo que es aburrirse”, sentenciaste con tu sabiduría de monje al que corrieron del seminario por manosear señoritas.
Siempre fuiste José Alfredo,
una caguama directo de la botella,
un viejo porro que nunca ardió pero tú querías que fumara contigo,
“conmigo mejor que con otro”.
Siempre fuiste Flecha Amarilla con descuento de estudiante y que mis papás no supieran que te amaba como una loca, como una niña.
Te contaba todo, de todos y no te aburrias.
Juraste “con novio y sin novio” y te creí como se creen en los juramentos.
Te creo entonces y te creo ahora a mis casi 40.
Te escribo entonces y te escribo ahora a mis casi 40.
Siempre tú, siempre nosotros.
En aquella terraza de tus amigos pintores que sabían que el amor era otra cosa.
Nosotros también sabíamos que el amor era otra cosa,
amor siempre y este es el primer poema
que descaradamente habla de amor y se deja descaradamente
y cínicamente ser cursi
como cursi era contigo a los 17, a los 21 a los 27, a los 37.
SOY LO PROHIBIDO
Mientras tomaba un café en la Roma,
un mariachi tocaba “Soy lo prohibido”.
No pidió permiso, ni lo necesitaba.
De repente, la serenata que me cantabas en secreto hace veinte años
volvió a mí como un perfume viejo
guardado en el fondo de un cajón
que no se ha querido abrir.
Volvió tu voz —más joven, más rota—,
volvió tu risa nerviosa,
volvieron tus manos escribiéndome cartas
que nunca llegaron.
Volvió la certeza de que lo que tuvimos
nunca fue correcto,
pero fue nuestro.
Y no sé si decirle milagro,
fortuna
o destino.
No sé si fue casualidad
o castigo,
pero ahí estaba:
tu canción en mi mesa de café,
tus labios en mi memoria,
tu sombra sentándose conmigo
como si nunca se hubiera ido.
Le sonreí al mariachi.
No le di una moneda. No le pedí otra.
Con esa bastaba.
QUE NO SOMOS IGUALES DIJO LA GENTE
Fue la sentencia cayendo una gran roca entre nosotros y casi nos aplasta,
pero José Alfredo seguía cantando “si nos dejan”
aunque casi nunca nos dejaron
y cayeron sobre nosotros los años y las cosas.
Crecimos lejos aunque a veces seguías diciéndome “amor”
y yo procuré que a mi nostalgia no se le viera la costura,
esconder tus palabras abajo del tapete, voltear para otro lado cuando pasaba por Salamanca y no contarle a nadie sobre esas noches en las que te quise y fuimos
lo prohibido. Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti
cada vez que escuché esa canción, pensé en ti,
Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti.
Aunque ya no doliera como antes y pudiera cantarla sin llorar,
aunque fingiera que ya no recordaba la textura de tu voz diciendo mi nombre.
Aprendí a pasar por Salamanca sin pestañear, a dejar que el recuerdo se me escurriera
entre los dedos como si fuera agua, como si nunca te hubiera amado tanto.
Pero no se olvida tan fácil lo que una quiso a escondidas,
lo que una defendió en silencio,
lo que una abrazó con miedo.
Que no somos iguales, dijeron, y qué razón tenían.
Yo me hice adulta con tus ausencias,
tú seguiste siendo el muchacho que prometía y huía.
Fuimos lo prohibido, sí, pero también lo inolvidable.
Una grieta en la historia que no se cierra,
un “por poquito” que pesa más que cualquier certeza.
Y aunque ya no sepa si aún me llamas “amor”
cuando nadie te escucha,
yo sigo pensando que, si nos hubieran dejado,
quizá —sólo quizá—
habríamos sabido qué hacer con tanto amor maldito.
Portada de “Los hombres nunca reciben flores”, Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026. Disponible aquí
Tenía veinte años, y durante varios meses atrás había leído muchísimos libros sobre bebés y maternidad; veía documentales, series, e incluso reality shows sobre el tema, lo suficiente, según yo, para llegar lista al momento de recibir a mi hija recién nacida en brazos. Mi visión no provenía de un anhelo amoroso, sino más bien de un sentido de responsabilidad ante un proyecto de vida que había aceptado. Y por supuesto que nada salió conforme lo planeé.
Los recién nacidos no saben respirar ni comer como nosotros. Nacemos así, sin saber nada. No hablamos este lenguaje común, no escuchamos ni vemos de la misma manera. Somos y fuimos otro tipo de seres, y yo lo entendí cuando conocí a Dafne. Sentí que cargaba un pez ciego y frágil. Ella tenía el color de un camaroncito cocinado y lloraba menos que yo. Mi abuela y mi entonces suegra me repetían que “me la pegara”. Al hacerlo descubrí que yo no producía leche de manera instantánea, que no era una hermosa vaca lechera y que después de varias horas de frustración e intentos por parte mía y de mi hija, al fin el primer agarre de succión llegaría a través de mucho dolor. Prueba y error, querida, prueba y error. Ambas bajo un aprendizaje vital. Yo con entuertos dolorosísimos cada dos horas y bajo la influencia potente de diversos analgésicos y opioides administrados en la clínica, tuve además que recibir a muchísimos familiares contra mi voluntad. Tomaban fotos, traían regalos, el flash resplandecía, los escalofríos de mi cuerpo me retorcían sobre la camilla, se morían de ternura con la bebé y yo solo estaba a punto de mandarlos al carajo para que nos dejaran a solas.
Fuera del hospital el dolor no disminuyó, cambió de zona. Por orden del sesenta por ciento de las mujeres de mi familia, fui presionada para tomar cantidades absurdas de atole de ajonjolí, levadura y agua. Amamantaba a mi hija a libre demanda, o sea, todo el día y toda la noche, dado que la bebé dormía siestas de cuarenta minutos cada dos horas. A veces tenía suerte y dormía tres o cuatro horas de corrido, pero era eso, suerte, hadas mágicas que aparecían antes de volverme loca. Tuve que inventar mi propia rutina para no dormir mientras daba de comer. Por curiosidad me metía a ver videos de hembras mamíferas con sus crías. Para mi sorpresa ellas sí dormían y no vivían paranoicas cuidando la supervivencia de sus cachorros. Me quedó clarísimo que somos los animales más frágiles de la tierra. Nos acostumbramos muy pronto a nuestra fragilidad, la defendemos y nos gusta, tanto que repetimos muchas veces que la vida sueña más vida y se busca a sí misma, cuando la realidad es que también la vida busca transformarse a través de la muerte para mutar en algo distinto. Quizás me equivoco, pero esa certeza me acomodaba en el cuello mientras rodaba sobre mi ojera derecha el tercer día sin dormir como Dios manda. Esto debe ser un vicio occidental. Sin contar que aquí, en México, nos gusta estirar la vida de algunas palabras como si fueran de plastilina, como en este caso el mamar, mamador, no mames, mamado, mamadas, mamaste, mame. Todas adjudicando un carácter infantil, inmaduro, fastidioso e insoportable. Todo desde la raíz mamma, que no solo nombra el pecho, nombra dependencia, exceso, goce, porque mamar va más allá de un acto biológico, mamar es una forma de habitar el mundo. Pender desde lo umbilical, insistir con el cuerpo entero. Quizá por eso el adulto que continúa mamando irrita demasiado, y pensamos, oh, tremendo mamador. Succionar fuera de lugar, fuera de tiempo y de la escena permitida. O el inmamable, como alguien o algo imposible de llevarnos a la boca, incomible, insoportable.
¿Y es que acaso no puede realizar una lectura de la realidad? ¿O estamos ante un necio que no regula su deseo? Bebesotes problemáticos. Destete violento, fijación oral, la búsqueda de la mamada. Mamadores del patrón, del Estado y no hay destete del consumismo porque el sistema necesita que sigamos succionando. Por eso resulta obsceno que el insulto recaiga sobre el cuerpo que pide y no se señale al gran pecho seco, un cuerpo que se niega a alimentar. Entonces estar mamando pudiese provenir de un duelo mal resuelto del destete. Sobreestimulación ante algo que nos mama, es decir, nos encanta, y lo queremos engullir en sobremanera. Ahora, contrario al mamador, el mamado es el que provee, como mis tetas que se ejercitaban con frecuencia porque dentro de ellas cada glándula mamaria trabajaba y la hacía crecer aún más. Entre más eres mamada, tienes más capacidad de alimentar. Así, podemos pensar en tres tipos de mamados, el fuerte o musculoso, el borracho y el que se excede. Lleno, llenísimo de sí, más allá de su epidermis. Y sin embargo, no hay que olvidar que sus recursos son limitados, como los pechos cuando se vacían totalmente y de repente pierden su redondez para ser como dos sacos miserables, estructuras en ruinas, como las que dicen las bocas cuando el sentido resbala de las palabras y juega con el exceso nuevamente, llevando en ocasiones a un límite de lenguaje. Eco verbal que no nutre más que la vacuidad y el silencio. Alimento probable del mamador para sostenerse. Este mismo sujeto puede verse ligado al artefacto de mamila, móvil que le alimenta mediante un chupón de plástico, símbolo del pezón, regresión a la mama. Santo patrono de las fantasías. Pechos enormes frente a tu cara. Pero también está la atribución al presumido, esa mirada desde la lengua cotidiana. Palabra torcida. Prima hermana del mamón y el mamoncito. Letras petulantes entre la suavidad extraña de las emes.
¿Y qué succiona el mamador, según el mexicano promedio? ¿Por qué a la sociedad le irrita tanto el mamar de un ser que no es un bebé?
¿Por qué nos cuesta muchísimo separarnos de las mamas? ¿Es la búsqueda de aquel estado frágil que vivimos al nacer? Estirar la juventud como estiramos las palabras. Ese primer gran vínculo afectivo nos moldea cada surco del lenguaje, como si de verdad el primer amor que conocimos tuviese la seguridad de alimentación y resguardo, nuestra madre poseedora de las mamas, que salvaguardan nuestro cuerpecito de este mundo aterrador y salvaje.
Con el correr de las semanas y la locura, mis pezones comenzaron a sangrar. Coloqué dexpanthenol sobre las grietas. Me acusaron de amamantar mal, de que por eso pasamos todas y ni modo. Aquello lejos de reconfortarme o redirigirme, me colocó bajo estados de ánimo confusos y llenos de tristeza. Da la leche si no quieres mastitis. Ya podía oler la pus saliendo de mi cuerpo, con los pechos hirviendo y la piel morada, a punto de ser intervenida en la clínica. El miedo era más grande que el dolor y la resignación de la pena. Mis pezones se partieron y en cada entrega la niña pujaba enojada porque su vaca de confianza no daba leche a montones. Yo la hacía trabajar, esforzarse, mamar con fuerza, entonces se enojaba y me mordía, masticaba mi carne a su servicio y yo lloraba. Ella me veía y sonreía. No mames, pensé. ¿Es esta la personalidad heredada? Mi hija como los bebés del mundo, relacionándose a través de la boca y sus sonidos guturales. Fase oral. Placer y conocimiento por esta nueva realidad. Una libido viva en un sueño blanco. Yo, parada de pestañas y entre alucinaciones por falta de sueño, me topé de frente con el otro mammon, a quien se le adjudica como rey y señor de la energía material mundana. La palabra es citada en la biblia y proviene del arameo mamona, que significa riqueza o dinero. Pensé en invocarlo como si fuese a llamar a un repartidor de pizza. Pensé que no estaría sufriendo así si tuviera el dinero a mi servicio, si pudiera resolver mi situación de otra forma, una más delicada y gozosa donde por lo menos pudiera dormir y mi pezón no se cayera a pedacitos sin ser revictimizada. Tomaría una ducha tibia si tuviera un boiler a mi disposición o tan siquiera alguien me apoyara con la crianza cuidando a mi bebé. Pagaría una enfermera si tuviera el capital económico. Y sí, compraría sacaleches, contenedores adecuados, almohadas de hule espuma, cazoletas para mi piel, más y mejores analgésicos que no incidan en mi producción y calidad de leche, un ambiente más dulce, horas hermosas de sueño para relajar mi sistema nervioso colapsado.
Respirar y mantener el contacto visual con el recién nacido que te muerde con sus encías tiernas. Mi pedazo de carne más vulnerable. Una niña hermosa con la sensación del cielo.
No hay nada placentero en ser molida. Quizá eso tenga sentido para algún católico ortodoxo, pero para mí no. A eso sumemos la maroma que implica dar de comer en público y tener que colocarse una manta encima para no incomodar a la gente que merodea o evitar las miradas de los individuos morbosos. Porque por más increíble que eso parezca, sí hubo más de una señora enojada que se acercó a mí para decirme vulgar, y señores que de lejos me veían amamantar y se tocaban por encima del pantalón con la mano. Como si escondieran dinosaurios o ellos fueran animales sin tanto sentido. Avatares en la inercia de un camino tamásico. Y yo, más estresada. Gallina clueca. Marte en la constelación de Cáncer. Proteger debajo del mar a la perla más brillante. Los riesgos que corría los percibía triplicados estando sola, con una niña, siendo una madre jovencísima en una ciudad hostil e insegura, como lo es Poza Rica. Perennifolia de vidrio sobre el asfalto y las vías.
Pasados los primeros seis meses pude complementar la alimentación de mi hija con fórmula láctea. Disco solar en mi trayectoria de leche. La panacea de algunas mamis, y con ello el chuponcito de vez en cuando. Poco a poco lejos del calor y el ritmo de los latidos sobre mi pecho. Amor falso, decía mi abuela. Mejores oportunidades para mi salud mental. Poco a poquito. ¿Qué diría Freud de nuestras soluciones? Quizá sea cierto y provoque ciertas fijaciones, morderse las uñas a los siete, fumar cigarrillos a los veinte, quién sabe. Pancita inflada. Tomarla en brazos y darle palmaditas hasta que salga de su cuerpo un eructo. Como un fantasma o un espíritu que exorcicé de la posesión. Esto no pasaría si yo fuera una cabra. Pensar en la maternidad fuera de lo humano fue una forma de alivio. Así pude despojarla año tras año de su lenguaje en mi herencia, hasta que nuestra relación mutó, así como mutó el vínculo de mi hija con la comida y la boca. La mamá tlacuache entre sus trece pezones da a luz a crías embrionarias que trepan solas hasta el marsupio y se adhieren al pezón durante semanas. Las gatas y las perras amamantan acostadas, muy comúnmente entre el sueño o la vigilia, y si una cría muere, en ocasiones se lo comen o lo apartan del resto. Las vacas adelgazan su producción láctea si sienten estrés o miedo. Las elefantas crían un solo bebé entre varias, durante cinco o seis años, que es aproximadamente lo que dura el periodo de lactancia. Se reparten el cuidado de vigilancia, alimentación y sueño. Defienden entre todas a sus hijos del mundo exterior. Aloparentalidad. Por otro lado, está la maternidad solitaria de las ardillas. Tienen ocho pezones y suelen parir camadas pequeñas o medianas. Los pequeñines salen al mundo ciegos y pelones, totalmente dependientes de la madre. Madre soltera, construye un nido y amamanta varias veces al día durante semanas, hasta que las crías puedan alimentarse poco a poco de frutos y hojas. Quisiera ser práctica como ellas. No son monógamas, se aparean con varios y después de que comienzan la gestación se apartan. Van y vienen de copa en copa, hacen malabares sobre las líneas de los edificios y los cables. Quizá en ellas el cuerpo no construye identidad como en nosotras. Por eso después del parto hay una destrucción del yo. La barriga flota y nuestra personalidad como madres es algo nuevo. ¿Dónde nos quedamos dentro y fuera de nuestros cuerpos? Más allá de las estrías que arden y una cadera inflada que duele, pese a las compresas tibias. Hay una tarea meramente biológica que se cubre mientras dura la demanda. Quizá, solo quizá por eso nos duele tanto, porque a esta exigencia animal le pedimos sentido, símbolo, relato, y la leche no tiene épica más allá del blanco, es supervivencia. El cuerpo lo sabe antes que nosotras.