Aranza tiene su origen en el vasco y su significado es lugar de espinos
Cómo podría explicar
explicar de manera sencilla
que no quiero esto del mundo.
Que odio
en verdad detesto la idea
de tener que irme
cuando tú digas quédate
quédate a la cena
quédate al desayuno.
Que no quiero seguir el guion,
no quiero ser llamada de esta forma
no quiero mi nombre
no quiero tener la espina incrustada
siempre en mi cuello.
No quiero despertar en las madrugadas
despertar llorando en las madrugadas
con la frente llena de sudor
tanto sudor que arden las marcas
las marcas de recuerdos
de una infancia dolorosa
que no desaparecen
que molestan antes de dormir.
No quiero seguir soñando
soñando tanto que no duermo
porque sueño con gritos
con ahogarme en un río tan bajo
que apenas cubre los dedos de mis pies
pero yo me ahogo
porque no sé hacer otra cosa
y me aterroriza la idea
de escapar
de no aceptar lo que viene
aunque no venga nada.
Odio imaginar el escenario
imaginar siempre
que me recuesto en tus piernas
y me haces cariños en la cara
y me das besos en la frente
pero yo tengo que decirte basta
basta porque no respiro
basta porque tengo que irme.
Tengo que irme a ningún lugar
a ningún lugar donde no existas
porque estás en todos lados.
Tener que escapar de mí
porque yo ya no estoy conmigo.
Estoy tan lejos de ser yo
que ni siquiera puedo reconocerme
en las fotografías.
Te llevaste tantas cosas
que podría ser todo
todo aunque yo no tuviera nada.
Quiero hacer una confesión
dejar de lado lo previo
la queja persistente
el ritmo cardiaco tan acelerado.
Dentro de toda esta obra de teatro
sólo me reconozco en una escena banal:
cuando me desmaquillo.
Siempre lo hago
frente al espejo de treinta por treinta
mientras me restriego crema del real
y me veo mal
tan mal
tan mal que me imagino
las múltiples versiones de mí
alguien que llora
porque no volverá a ver al amor de su vida
alguien a quien le informaron
que su hermano murió en la guerra
alguien a quien le acaban de entregar
el cuerpo de su perrito muerto
en la veterinaria.
Lo que quiero decir
es que sólo soy yo
cuando me imagino como alguien más.
Me reconozco entre mentiras,
en el mal aliento por haber fumado tanto
en mis uñas tan pequeñas que duelen
duelen por morderlas tanto.
Soy yo en las ojeras que no se van
al desaparecer el rímel mientras me desmaquillo
porque sí duermo
pero duermo mal.
Pésimo.
Tan mal que en ocasiones sudo.
Duermo tan mal que repito cosas
que necesito decirlas
decirlas de verdad
para creerlas.
Como un título,
inventar un título.
Uno de verdad.
Un título
que diga todo.
Un final que sea un título.
05 de junio del 2023, después de cenar.
Me acompaña Raúl. Fuimos a un restaurante que está en el sexto piso de algún lado. Bebí dos cervezas. Luego nos fuimos y seguimos un camino que alguien ya hizo antes. Caminamos hasta llegar a la Plaza Hidalgo, donde nos sentamos a platicar. Otro Chihuahua conocimos, no el de día.
Imagínate Itzel:
Tú y Itzel tienen un país
—Gerardo Arana
Imagínate, Raúl.
Tú en tu planeta negro
lleno de soles que no dan sombra
soles negros que advierten
el fin del mundo.
Imagínate
un plato de ensalada
aderezado con Universo
para cenar los dos.
Imagínate
a las estrellas atascadas
en la punta de mis dedos
que tocan tu rostro
que sostienen un encendedor
que dan golpecitos en tu brazo.
Imagínate,
imagínate.
En tu planeta negro
aturdidos de melancolía
reímos de la locura que invade al mundo,
a nosotros.
Imagínate.
Una canción que sólo nosotros escuchamos
apacigua el grito de nuestras voces.
Y hablas de algún escritor que no conozco
y me miras
y me explicas cómo se creó el mundo
cómo funciona
cómo es que estamos aquí juntos.
Raúl, piensa en una vida
donde vayamos a cenar los domingos.
Alsuper
So, even though you have broken my heart yet again,
I wanted to say, in another life, I would have really liked just
doing laundry and taxes with you.
Everything Everywhere All At Once
□ Pechuga de pollo
□ Limones
□ Apio
□ Pan de barra
□ Shampoo
□ Azúcar
□ Café
□ Tortillas de maíz
dices
mientras empujas el carrito rojo
como si te diera vergüenza
como si pesara demasiado
como si tu vida pudiera comprarse
en una promoción.
Yo voy atrás de tus pasos
porque siempre has estado lejos
Me golpea el pensamiento intrusivo:
me hubiera gustado
hacer la lista de lo que falta en casa
contigo
poder debatir sobre qué café soluble
es el menos peor
intentar llegar a un acuerdo
como si estuviéramos redactando
un tratado internacional
Si llevamos Oro, propongo que yo lave los trastes de la mañana y la noche
hasta que se acabe
y responder
si mejor escogemos Nescafé, podría pensar en lavar toda tu ropa y planchar tus camisas
hasta que nos dure el gusto
dejar que el Oro gane
por amor a la patria
más que por coherencia.
Podríamos hacer la lista del mandado
y tal vez decir
que nos hace falta un cuadro
de los dos besándonos en Roma
justo en medio de la sala.
No pensar en comprar pan
o cereales
sino en lo realmente importante
como tiempo para acurrucarnos en el piso
sobre la cobija que robamos
de casa de tu mamá.
En la lista deberíamos incluir
con tinta roja:
no olvidar que lo importante es tomarse de la mano
Medias lunas sobresalen de la punta de mis dedos. Espadas de seda tornasol. Del uno al diez hacen frente a los ojos, al juicio sumario de un desfallecido pelotón que persigue refrendar mi pulcritud. El preludio fue el afluente, que desprende el jabón de las manos que harán frente al escrutinio. El agua que lava, remoja, remueve y separa es del río, que huele a valle, a trigo recién cortado, alfalfa humedecida y a flor, esas ramitas silvestres que roban humedad a la orilla del canal para brotar, nimias, como la brisa de las mañanas veraniegas. Blancas, leves mis uñas, dientecillos afilados del extremo de mis dedos, no saben de culpas y deberes. Mi pulcritud no es suficiente, son mis dos manos contra sus ojos, que penan su longitud extrema. Y frente a cuarenta pupitres, dos navajas feroces, la risa de todos y mi vergüenza, sufro por mis diez caballos mudos, esos dedillos que abrazan al lápiz para aprender una nueva lección de crueldad.
ESMALTE DE UVAS
Ella toma vino blanco
porque hace juego
con el esmalte de sus uñas.
Acomoda los dedos
en la barriga cristalina de una copa
y las mira subir,
arrimar a su garganta
la esencia frutal y la arena
del valle aburrido.
Pero eso no importa.
Los cinco deditos
dormitan en el espejismo de otras manos
que desprenden racimos
de futuro fermento,
bienestar transitorio,
muy lejano a ese afán.
A ella no le gusta el vino blanco
ni mirar el sol tras de unos lentes.
Su sombrero no combina
con las ramas hirientes
de la cepa tornasol.
Tampoco cuenta,
con los días en su espalda,
y si hay o no tedio
pues el viento enreda su pelo
lo acicala salino
con un Santana que anuncia
el final de la vendimia.
Ella no barniza las puntas de sus dedos
ni prueba las uvas
pero sí se desgañita
con los frutos en flor.
No piensa en esmaltes
ni en mujeres con sombrillas
solo para sí será llenar las canastas
frente a los surcos infinitos
de su hambre.
Micrografía de endometriosis ovárica. Nephron, 2010. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0
“La enfermedad nunca es neutra. El tratamiento nunca está libre de ideología. La mortalidad nunca está exenta de política.”
Desmorir, Anne Boyer
Paciente de 28 años acude al servicio de urgencias el día 18 de agosto por presentar dolor abdominal severo localizado en mesogastrio e hipogastrio derecho de severa intensidad relacionado con periodos menstruales. O bien, podría reescribir esas líneas con los años que pasé con “dolor abdominal severo”, esa entidad que poco a poco protagonizó los días, y que yo reconocí más profundamente como una “molestia” en la espalda baja. Diez por ciento de las mujeres del mundo, ciento noventa millones de personas con útero son prueba insuficiente para hablar del dolor menstrual. Sin nombrarlo con claridad, se ha corporeizado en una masa amorfa de siete centímetros colgando de mi ovario, ha expandido sus células a otras partes de mi cuerpo, y me hizo pensar que quizá mover mis libreros me dejó incapacitada; que podría derivar de un problema lumbar, o que quizá el curandero suizo que acomoda las vértebras tiene razón, y la diabetes, el cáncer, y no sé cuántas cosas más se acomodan una vez que alineas tu vértebra C1.
Leo Desmorir, de Anne Boyer (2021), a más de diez años del dolor severo abdominal localizado y subrayo: “Un cuerpo con un malestar misterioso se expone a la medicina con la esperanza de ajustarse a un vocabulario con el que poder hablar de su sufrimiento. Si ese sufrimiento no halla un lenguaje adecuado, aquellos que padecen ese sufrimiento deben aunar esfuerzos para inventarlo. Los enfermos sin diagnóstico han desarrollado una literatura de la enfermedad innominada, también una poesía de ella, y una narrativa de su búsqueda de soluciones”. ¿Cuál es el vocabulario para hablar del dolor transparente? ¿Qué palabras podemos ponerle a eso que los médicos nos piden obviar? Se realiza eco pélvico encontrando tumoración de siete centímetros en anexo derecho.Probable quiste hemorrágico. Se programa para laparotomía exploratoria el día 19 de agosto encontrando endometrioma roto con proceso adherencial severo. ¿Es este el vocabulario que me hará entender mi dolor?
En el ensayo La enfermedad y sus metáforas (2022), Susan Sontag nos advierte del peligro del lenguaje en torno a la enfermedad, de su romantización y de las narrativas de culpabilidad o debilidad de quien la padece. Alrededor de la endometriosis circulan todo tipo de metáforas y recomendaciones médicas risibles, como sugerir un embarazo o tomar anticonceptivos. Alrededor de la endometriosis hay de siete a diez años de espera de un diagnóstico que siempre llega tarde, cuando no hay más opción que extirpar y limpiar. Se reseca quiste roto y se libera proceso adherencial severo, se reseca salpinge derecha por el daño estructural que presenta debido al proceso adherencial. Se da por terminado el procedimiento sin complicaciones aparentes. En Desmorir, Boyer sostiene que la poca investigación sobre el tipo de cáncer de mama que padeció, uno de los más agresivos, está atravesada por una cuestión política, pues afecta en su mayoría a mujeres racializadas. ¿Lo poco que nuestros médicos saben sobre la endometriosis es porque se trata de una enfermedad cubierta por la niebla, arropada por los misterios que la ciencia aún debe develar? ¿O estará atravesada por el hecho de que les ocurre a sujetos con útero? Vaya sorpresa, en un porcentaje imposible, la histerectomía no es una solución definitiva. “Todo cuerpo sintiente es un recordatorio de que mañana no es hoy”, sostiene Boyer, y agrega “quizá sufrir el dolor sirva para algo, o sirva para algo más que nada: la educación del dolor es una educación en todo y un recordatorio del todo de la nada”. Mientras el dolor la invadía completa, María Luisa Puga (2021) escuchaba las recomendaciones de su médico: “Haga usted sus ejercicios, siga yendo a la alberca y adapte su vida. Es lo más que le puedo recomendar”.
Coma zanahoria cruda. Esto deriva del pecado original. Aumenta tu ingesta de vitamina E. Baja de peso. Lo cierto es que mi diagnóstico llegó cuando ya era demasiado tarde. Sigo anotando a Puga. En mi cuaderno, fragmentos de su Diario del dolor: “No podía pensar. Dolor me recorría por todas partes… Dolor es impermeable al vivir cotidiano. Nada lo distrae, es de una entereza envidiable”.
El verano de 2014 me enamoré por última vez y manejamos nueve horas en mi auto desde Monterrey a Ciudad de México, para recoger sus cosas y hacer una mudanza apresurada. El dolor agudo llevaba conmigo casi un año, y yo había tratado de paliarlo convenciéndome de que era sobrellevable. Cuando el ibuprofeno y el ketorolaco dejaron de funcionar, recordé que a mi madre le dieron tramadol después de un accidente y no necesitaba prescripción. Antes del viaje, nos acostábamos en el sillón, juntos, en el sueño de amapolas, o tardábamos horas intentando orinar por sus efectos. Yo estaba segura de que mi dolor de espalda era resultado de mover muebles, acomodar cajas de libros. Al llegar a CDMX fuimos con el iniciado suizo a que me acomodaran el Atlas, caminé muy erguida toda la tarde, el dolor desapareció y decidimos ir a Six Flags. Subí un par de veces a la montaña de Superman. Nos alcanzó el granizo y la lluvia, quizá ellos me salvaron la vida.
Entendemos a la endometriosis como una enfermedad ginecológica crónica donde tejido “similar” al endometrio se genera fuera del útero produciendo inflamación. Aunque no se sabe bien a bien qué la causa, se piensa que podría tratarse de una especie de “menstruación retrógrada” que hace migrar a las células endometriales, sin embargo, no todas las menstruaciones retrógradas producen endometriosis. Otra posible causa es la metaplasia celómica, esto es que algunas células podrían transformarse en células similares al endometrio al estar bajo ciertos estímulos hormonales, particularmente, los estrógenos son los enemigos. Una tercera teoría sería que las células endometriales viajan por diseminación linfática o sanguínea, alojándose en otras zonas del cuerpo que pueden estar tan lejanas del útero como el pulmón o el cerebro. Podría ser también una respuesta a alteraciones inmunológicas. Además, los síntomas de alerta son mayormente negados o anulados en consulta: dolor incapacitante, dolor que no desaparece con analgésicos comunes, relaciones sexuales dolorosas persistentes, infertilidad, dolores al evacuar u otros síntomas digestivos que se alinean con el ciclo menstrual, incluso fatiga.
Teníamos apenas un mes viviendo juntos, otro par de conocernos. Nuestra decisión fue impulsiva, pero si hubiera muerto en el hospital al menos habría vivido también intensamente. La endometriosis es una enfermedad que guarda ciertos paralelismos con el cáncer, pero se considera benigna, “común en mujeres en edad fértil, pero tiene comportamientos similares a los tumores malignos, como invasión, implantación y recurrencia”. En los días que no puedo dormir, le pregunto a la IA por qué si puedes morir por una peritonitis derivada de la endometriosis, o si la endometriosis puede invadir el pulmón o el cerebro, es una enfermedad benigna: No hace metástasis en el sentido clásico maligno. No destruye órganos de forma progresiva como un cáncer agresivo. En el grupo de Nancy’s Nook, alguien cuenta cómo su apéndice explotó por los implantes. Mientras me extirpan el tumor/endometrioma y mi salpinge, descubren que las adherencias han pegado mis órganos, intestinos, vejiga y útero. La cirugía se prolonga por tres horas más. Por fin me llevan a la habitación. Me doy un baño. R cepilla y trenza mi cabello, no se va.
Cursa primeras 24 horas de estancia hospitalaria, se inicia dieta y deambulación asistida. El segundo día de estancia hospitalaria presenta cefalea intensa, dolor retro esternal y disnea de inicio súbito, por lo cual se interconsulta con neumólogo intensivista. Se realizan EKG, placa de tórax, exámenes de laboratorio y angio TAC, llevando al diagnóstico de tromboembolia pulmonar, por lo que se inicia manejo de anticoagulantes, pasa a terapia intensiva y se programa para colocación de filtro en vena cava por cirujano cardiotorácico.
Ha pasado un día desde la cirugía que dibuja una línea sobre la de mi cesárea. A este dolor ya lo conocía. Ya me había bañado y caminado por el hospital, hasta ese último mareo. Quería pararme al baño y le pedí ayuda a R. Me llevaba a pasitos cuando sentí la negrura, no sé cómo más describirla: algo que me jalaba hacia adentro, o me expulsaba a un lugar desconocido donde no había aire y donde las voces se escuchaban lejanas, donde no podía articular que no respiraba y que veía solo oscuridad. Las enfermeras me pedían que me calmara. Vomitaba, insistía en el dolor en mi pecho. Tromboembolia pulmonar masiva. La fragilidad. Traer al hijo a despedirse de su madre. El día 22 de agosto se realiza procedimiento de colocación de filtro en vena cava sin complicaciones aparentes. Cursa tres días hospitalarios en terapia intensiva estable y mejorando. El día 25 de agosto la trasladan de terapia intensiva a piso por presentar franca mejoría. Actualmente permanece internada y manejada con terapia anticoagulante, antibiótico, analgésico, reposo relativo, oxígeno en puntas nasales. En espera de evolución para valorar alta. 26 de agosto de 2014.
La endometriosis es una enfermedad benigna, pero sus lesiones tienen una propia red de vasos sanguíneos. Es una enfermedad benigna, pero las células que deberían eliminarse sobreviven. Es una enfermedad benigna, pero produce inflamación crónica. Es una enfermedad benigna, pero a pesar de mi cirugía puede reaparecer y comportarse como una enfermedad persistente, incluso si me hubieran extirpado el útero, incluso si entrara en menopausia. Es una enfermedad benigna porque no hace metástasis ni destruye órganos progresivamente. Es benigna porque solo hay una ligera predisposición para ciertos cánceres de ovario del tipo endometrioide. Su mortalidad es extremadamente baja, pero en la mayoría de los casos produce un dolor incapacitante permanente que se elimina con cirugía. Es una enfermedad benigna, pero está enlistada en mis padecimientos y/o enfermedades excluidas. Esta póliza no ampara los gastos y/o atención médica en que incurra el asegurado derivado de la/las siguiente(s) enfermedad(es), cualquiera que sea su causa y origen, incluyendo secuelas y complicaciones: ENDOMETRIOSIS Y OTROS QUISTES DE OVARIO.
Febrero de 2026
Bibliografía
Boyer, Anne, Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista, México, Sexto Piso/Universidad Autónoma Metropolitana, 2021.
Li, B., Wang, Y., Wang, Y., Li, S., & Liu, K., “Deep Infiltrating Endometriosis Malignant Invasion of Cervical Wall and Rectal Wall With Lynch Syndrome: A Rare Case Report and Review of Literatur”. Frontiers In Oncology, 12 (2022). https://doi.org/10.3389/fonc.2022.832228
Puga, María Luisa, Diario del dolor, México, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, 2021.
Sontag, Susan, La enfermedad y sus metáforas, México, Penguin Random House Grupo Editorial, 2022.
Empecé a escribirle dos meses después de que se hubiera muerto. Había tomado dos postales gratuitas de la biblioteca, que acababa de lanzar una campaña de promoción de la lectura. La primera mostraba a un niño rubio leyendo en el suelo y la segunda a un abuelo pálido en un sillón. Escogí la primera.
Escribí: “Hola mamá, supongo que ya estás descansando”.
Lo más difícil fue conseguir un timbre postal, porque en este país frío, al que nos mudamos para poder tener un trabajo que de verdad nos pagara, las cosas más simples de la vida cotidiana eran casi siempre oscuras. Descubrí por medio de un colega que en las tiendas de tabaco los vendían y compré tres timbres para México. La dirección era la de la casa en la que yo había crecido, una casa en la que ahora solo vivía mi padre y que tres días a la semana se sometía al cuidado de Marta, la señora que mi mamá había contratado para hacer la limpieza cuando se enteró de su enfermedad. Escribí la dirección de esa casa en automático, como si estuviera rellenando un formulario de inscripción al gimnasio, y la eché en el buzón.
2
Mis hijas juegan a ser pedicuristas y toman turnos para masajearme los pies con la crema que compré de urgencia en un viaje en carretera, cuando la pequeña desarrolló una dermatitis. “Señorita, ¿qué color de esmalte va a querer?”, me dice la mayor. Me pide ayuda para abrir el bote de vidrio, soldado a la tapa por una capa de esmalte naranja que se había solidificado. Se echa al suelo a la altura de mis uñas y se dice a sí misma, murmurando, hay que tener mucho cuidado con esto, mientras estudia sus manos y mis pies.
Al principio había descartado usar la postal del abuelo pálido. Principalmente, porque no pensaba enviar más que una. Pero cuando sentí la necesidad de volver a escribirle a mi mamá, ahora que ya estaba muerta, mi primera intuición fue buscar una postal con imágenes que tuvieran algún sentido. Eso habría sido lo ideal.
En la calle principal de la ciudad en la que vivimos hay una tienda de cosas demasiado bonitas, como tazas de cerámica japonesas o velas con amatistas. Pero casi todas las postales eran del mismo estilo. Ilustraciones hechas a mano y con un pulso turbio que enseñaban dos manos sosteniendo un pastel en forma de corazón. Pero las manos tienen pelos en los dedos. O se ve una pareja de caricatura posando desnuda, agarrados de la mano. Pero sus genitales están cubiertos con calcetines sucios. Más que los destellos de abyección al ver las ilustraciones, me incomodaba la idea de que todas esas postales en blanco y negro hubieran sido diseñadas para enviarlas a gente viva.
3
Aunque la postal del abuelo leyendo en el sillón no significaba nada, decidí usarla. Esta vez escribí: “Recuerdo una vez que te miré desde lejos con curiosidad. Estabas en Walmart viendo las opciones de maquillaje como si se te fuera la vida en escoger el tono de tu labial. Usabas tonos oscuros y probablemente escogiste uno cercano al burdeos. Después de que te incineraron, me di cuenta de que tenías más de veinte tonos de labiales muy similares entre ellos, perfectamente alineados en una caja de acrílico cerca del lavabo, al lado de tus esmaltes. No tenías las cosas así a la vista cuando yo vivía en tu casa. Me las escondías. Pero un día después de que te moriste, cogí todos tus labiales, mamá. Los puse en una bolsa zip-lock de dos litros, los junté con tus esmaltes de color naranja y rosa, y me los llevé a mi casa”.
El timbre postal era de una corona, un símbolo que tampoco me decía nada. Las niñas se pusieron las botas y yo me cubrí la cabeza con el gorro del impermeable. Empezamos a caminar bajo la lluvia, que era tolerable. Las niñas acordaron sin conflicto que la misión de la caminata era saltar en los charcos, compitiendo por ver quién lograba mojarme más los pantalones. Sus voces agudas sobresalían en el entorno gris como una piñata de estrella de diez picos y se lo hice saber: “Niñas, son tan ruidosas y alborotadas como una fiesta a la que no quería venir”. Pero detrás de mi irritación había algo de tolerancia hacia su condición ajena e infantil, que no sé si alcanzaron a percibir.
4
Cuando llegamos al buzón, frente a una casa con marcos de ventana azules, me di cuenta de que la postal se había mojado. “¿Crees que se puede leer bien?”, le pregunté a la mayor. “Creo que sí”, me respondió. La menor intentó meter el brazo entero en el buzón y después me preguntó si podía ser ella la que depositara la postal. Sus manos estaban húmedas, el agua de los charcos le había salpicado hasta los cachetes. Pero era la primera vez que se ofrecía a hacerme un favor, y su cara mostraba responsabilidad genuina, así que le puse la postal en las manos sucias y le dije que sí.
En mi casa se escuchan gritos. No intervengo. Las niñas están con su padre, así que están a salvo. Empieza a sonar música y los gritos se convierten en carcajadas. Es la hora de la cena y de regreso del paseo se me olvidó pasar al supermercado. Voy a la despensa y encuentro una bolsa de lentejas, un bote de mostaza y una lata de crema de champiñones. Una lata que voy a calentar paradarle de comer a mis hijas.
5
Después de la cena tengo una ventana de tres o cuatro horas que suelo dedicar a releer alguno de los libros que conservo de mi biblioteca de estudiante, que consiste en malas traducciones al español de clásicos universales. Acababa de terminar de releer Anna Karenina hace unos días. La primera hoja en blanco del libro todavía tenía restos del ex libris que hice la primera vez que lo leí: un garabato de florero con tallos que sostenían tres letras capitulares copiadas de manuscritos medievales, que había sacado de internet. Cuando era adolescente, el diseño de aquel ex libris me había tomado más de un día. Me propuse entonces hacer lo mismo con el tema de las postales, que se había convertido en un problema sin solución.
El grosor de la tapa del libro era perfecto. Lo suficientemente rígido para mantenerse como un objeto unitario en su viaje transatlántico, pero fino como cualquier otro producto postal. Busqué las tijeras y, antes de medir las dimensiones de la portada, la arranqué con violencia del lomo, que reaccionó con dolor. El pegamento que unía la portada con el resto del libro se había convertido en una pasta rígida, un músculo que cubría los nervios de hilo rojo que habían estructurado su columna durante veinte años.
Después de recortar los pies y la falda de Anna Karenina —sacrifiqué también la tierna compañía de un perro dormido a su lado— me di cuenta de que lo había logrado. Tenía una postal con sentido, un símbolo trágico de la búsqueda de libertad femenina en medio del páramo doméstico, aunque pensado por un hombre.
6
Esta vez le escribí: “Me pregunto si viviste bien, si en realidad querías tener la vida que al final tuviste. Porque parecía que sentías un gozo especial por tener la casa en orden antes de calentar una crema Campbell’s y pedirnos discretamente que te diéramos las gracias por la cena. Sin esa validación, no te quedabas tranquila. Pero hacías un bacalao a la vizcaína muy bueno. La última vez que lo preparaste, cuando ya sabías que te ibas a morir, te quedaste esperando a que te pidiera la receta —cocinando lentamente, anunciando las cantidades y los procesos, nombrando los ingredientes—. Pero no tomé nota. No me atreví”.
Enviar la tercera postal trajo una nueva serie de problemas. Una nevada de veinte centímetros me impidió incorporar el paseo al buzón en las rutinas del día. Todo, incluyendo las escuelas, estaba paralizado, y la solución más lógica habría sido quedarnos en casa. Pero las clases de natación de la mayor eran obligatorias. De acuerdo con las leyes de este país, que se sabe frágil en una sola cosa —su superficie terrestre se encuentra por debajo del nivel del mar—, todos los niños deben obtener un certificado que los acredite para sobrevivir de manera independiente ante la posible inundación del país entero.
Mi mamá había hecho ese tipo de cosas bien, podría decir que a la perfección. El deber era su única forma de placer. Esperar afuera de las clases de baile o de natación, o formarse a tiempo en la cola de padres que iban a recoger a sus hijos a la escuela a diario. Pero en el coche, de camino a la clase de natación, yo decidí fallar.
7
—Tengo que pasar por el correo, porque van a cerrar—, le dije a mi hija.
Corrí en el sentido contrario al viento, con la postal en la frente para protegerme los ojos del hielo. El funcionario de correos me vio entrar y me habló en su idioma. Le entregué la postal con el sello para México —otra corona— y me quedé esperando su reacción.
—Esta no es una postal—, me dijo.
—Es una postal—, le contesté en su idioma.
Decidí que no me iba a ir de la oficina de correos hasta que aceptara enviarla. A lo lejos, lo vi sacar una regla para medir. Su compañero, translúcido, observaba los restos de pegamento en el reverso de la imagen de Anna Karenina. Los rascó con la uña y miró al otro, que había terminado de comprobar que las medidas eran las adecuadas.
Volvieron los dos al mostrador, caminando con una uniformidad programada, y el primero anunció Okei. Un par de sílabas que sonaron como el salto de vuelta a la vida después de recibir los resultados de un análisis médico. O el aplauso después de una competencia de atletismo. O como el perdón de tu pareja después de haberla cagado de una forma irreparable. Okei. La postal estaba en el buzón para envíos internacionales.
Mi hija está llorando en la sala de mi casa, frente a la televisión apagada. No llegamos a tiempo a su clase de natación. La menor va a la cocina por un trapo y lo usa para cubrir a una muñeca perturbada, que gime a gritos porque tiene hambre. Mi bandeja de entrada está hasta arriba de correos que voy a responder el sábado, en mi tiempo libre.
Miro el libro destazado sobre la mesa, con rayones de colores en las primeras páginas. Esos rayones no estaban ahí cuando decidí usarlo para hacer la postal. Entonces todavía era mío. Los nervios en el lomo del libro se parecen a mis venas, de las que me extraían sangre cada mes cuando estaba intentando quedar embarazada. Se ven como látigos de cuero en un ritual de fertilidad, con cuerpos de mujeres orientados al Este, por donde sale el sol. Y como vino que separa los adoquines del centro urbano, en la celebración de purga que viene después del invierno.
“El lugar sin madre es un lugar oscuro”, me habían dicho en el funeral.
Estábamos llorando las tres.
Los días se hicieron más largos sin que me hubiera dado cuenta de cómo se había dado esa progresión. Simplemente, un día noté que no era necesario encender las luces a la hora de la cena. Las voces alrededor de la mesa del comedor tomaban turnos para nombrar cuál era la comida que más odiaba cada uno: arroz con pollo, ejotes, pizza fría. “A mí me gusta todo, menos la comida de aquí”, dije yo.
Recogí los platos de la cena mientras mis hijas subían a quitarse la ropa y ponerla dentro del bote de la ropa sucia, como cada noche. Dejé de escuchar sus voces cuando empezó a caer el agua de la regadera, y el silencio se sintió novedoso. Como se siente gritarle a alguien y que no reaccione.
Al siguiente día recibí un aviso de la oficina de correos. Nuestro buzón se había roto y en algún punto lo habíamos quitado. Habían pasado varias semanas sin que recibiéramos cupones ni correspondencia, y la notificación pegada a la puerta fue la que me avisó de que me había llegado una carta con la dirección de mi padre en el remitente.
Dejé a mis hijas escoger accesorios de bisutería para disfrazarse antes de ir a la escuela. En el camino, se pelearon a gritos y golpes, y un collar de perlas de plástico terminó en el suelo. La mayor se puso a recoger las perlas que habían rodado hasta la calle y las metió de tres en tres en la bolsa de su chaqueta. La menor se quedó mirándola y al poco tiempo se distrajo con los cilindros y espirales que habían quedado en las banquetas después de los fuegos artificiales de la noche anterior. Se encaminaron hacia la puerta del colegio, saludando y tocando la ropa de pequeños doctores, princesas y un dinosaurio verde. Cuando nos despedimos, les dije que las vería en la casa cuando saliera del trabajo, después de pasar a la oficina de correos.
Me pasé una parte considerable de la jornada laboral preguntándome por la función del carnaval y por qué las celebraciones de la antigüedad habían servido como bisagras en el paso de una estación a la otra. Es cierto que tener derecho a los rayos del sol ameritaba una fiesta, y colectiva a ser posible. Pero no podía entender de dónde venía el consenso, la creencia generalizada en que las tensiones internas que produce el deber solo se pueden liberar con el juego del disfraz. Pero sí, no es mentira que el juego libera algo. Y las máscaras también.
El funcionario de correos se había puesto una corona dorada de plástico y una capa de terciopelo rojo. Sonrió como si me reconociera de antes y me preguntó cómo podía ayudarme.
—Tengo un aviso para recoger una carta —le dije en su idioma.
—Un momento —me respondió.
Después de enseñarle mi identificación, el funcionario se dio la vuelta y caminó con una autoridad amplificada por su corona de plástico. Miré a mi alrededor. La oficina estaba adornada con guirnaldas de colores, banderitas y luces que habían reciclado de la Navidad. Yo era la única que no estaba disfrazada, que no sonreía.
El funcionario reapareció con una carta en las manos.
—Esto lleva dos semanas esperando a que lo recogiera, estábamos por devolverlo al remitente —me dijo.
Tomé la carta y me dirigí hacia la puerta. El funcionario me llamó la atención.
—Se olvida de firmar.
Para volver a casa tomé una bicicleta pública. Pedaleé con dificultad mientras las otras bicicletas me adelantaban sin culpa. Era casi la hora de la cena, mis hijas estarían con hambre, tenía que pasar al supermercado. Los últimos días habíamos estado cenando las sobras de la comida, pero hoy no.
Agarré un atado de espárragos y un bote de alcaparras. Había un aceite de trufa que nunca me había atrevido a comprar. Lo puse en la canasta, encima de las verduras, y me dirigí a la charcutería. Tomé salami, roast-beef y jamón. De camino a la caja, vi que había mangos importados y plátanos dominicos. También los compré.
Justo antes de pagar, ya en la caja, tomé unos chocolates rellenos de caramelo y cubiertos con un polvo de pistache muy fino. Saqué la tarjeta de crédito y la pasé sin pensarlo. Acomodé las bolsas en la canasta al frente de la bicicleta y pedaleé a mi casa. Estaba empezando a oscurecer, pero no hacía frío.
Las luces de mi casa están encendidas. Las niñas arman un rompecabezas con su papá en el suelo de la sala. Los veo a través de la ventana mientras abro la puerta. Me quito los zapatos en la entrada y camino hacia el comedor.
—Traje cosas ricas para la cena — les digo.
Antes de ponerme a cocinar, me siento en el sofá. La carta es de parte de Marta, la señora que se había encargado de poner orden en las cosas de mi mamá, de regalar toda su ropa. Y sus zapatos. La que había amarrado todas las bufandas juntas, haciendo un manojo de telas de colores y patrones que no combinaban entre sí. Veo que ha puesto un cuidado casi amoroso en distribuir las cosas que antes ordenó y clasificó una persona que ahora está muerta. Abro el sobre así, con el mismo cariño con el que ella lo lamió para cerrarlo.
“Hola, señorita:
Le mando una cartita que encontré cuando estaba ordenando los papeles y las cosas de su mamá. Espero que estén todos muy bien por allá y que no se vayan a enfermar”.
Sobre el papel reconozco su letra. La carta está fechada en octubre de 2001. Hago memoria. Debía tener once años, cuando me bajó la regla por primera vez. La hoja estaba intacta, era un papel de correspondencia con filigranas en forma de flor de lis. La caligrafía era homogénea, había sido pasada a limpio. Pero mi mamá no había enviado la carta. Ni ninguno de sus borradores anteriores.
—Mamá, ¿cuándo vamos a cenar? —me dicen.
—Ahorita.
Me dirijo a la cocina y dejo las compras sobre la encimera. Me quedo durante un segundo mirando el conjunto de bolsas de plástico.
Pongo la carta junto con los demás papeles que se han estado acumulando en las últimas semanas: facturas de los servicios, avisos de la escuela y un montón de notas a mano sobre diversos asuntos que a mi marido le da por acumular en el mismo rincón, a un lado del fregadero.
La pequeña se acerca mientras acomodo las carnes frías en el refrigerador. Quiere probar algo, lo que sea. Me pregunta si sé lo que estoy haciendo, que si me puede ayudar.
—Claro que sí. Lava las cebollas con agua fría — le digo.
Prendo el sartén y quito la liga que ata los espárragos juntos. Puedo escuchar su voz. Me dice que el aceite se debe echar cuando el sartén está tibio. La gente dice que primero pongas a sofreír el ajo y después la cebolla, pero no. El ajo se quema rápido y no suelta jugo, la cebolla sí. Andrea, echa primero la cebolla picada. Así no. Toda a la vez, así. ¿Ves? Ahora echa el ajo picado. Okei.
Empiezo a picar la cebolla, ahora que mi hija escurre el agua de los espárragos. Después, pico el ajo. Ahora tengo dos montañas de verduras blancas sobre la tabla de madera. Cuando el aceite está caliente, empiezo a sofreír la cebolla. Ya que está ligeramente dorada, después de haber soltado un poco de su jugo, echo el ajo en el sartén para que se dore lentamente.
La casa empieza a oler a comida. He seguido el orden de las cosas que tienen sentido.
De forma más o menos recurrente me ronda la pregunta: ¿por qué escribo? Es un cuestionamiento que surge casi de forma involuntaria, sin ningún elemento previo que lo desencadene. A veces me asalta mientras escucho las puertas del metro abrirse y contemplo con la mirada perdida el oscuro túnel por el que transitamos millones de personas en esta inmensa ciudad. A veces sucede justo antes de dormir, cuando mi cerebro se dedica a enlistar las malas decisiones que he tomado en los últimos años. Por desgracia, no tengo una respuesta sencilla, al menos no una que me parezca satisfactoria para repetirla antes de dormir. Decir “porque sí, porque me gusta” no me parece suficiente y cuando pretendo elaborar mejores razones no dejo de pensar en el enorme narcisismo que encarna el ansia de ser leído.
Cuando era adolescente, no me hacía estas preguntas, tampoco pensaba en el futuro ni en la escritura como destino; a esa edad, la vida me resultaba menos abrumadora y deambulaba por el mundo con la suave inocencia que provoca no pagar renta ni sufrir para cancelar el “pago mínimo para no generar intereses”. Mi principal obsesión radicaba en romper mi récord mensual de libros leídos y para conseguirlo, cada fin de mes recorría los estantes de la biblioteca de mi ciudad y hacía una selección que debía durarme cuatro semanas. Comencé a escribir con ese mismo ímpetu e ingenuidad. Pasaba las noches construyendo personajes, hilvanando historias y me divertía al imaginar el desenlace de las tramas que había creado. El problema llegó cuando gané un concurso al que envié un manuscrito como si se tratase de un juego. El premio me permitió publicar, viajar a la capital, aparecer en medios, en conclusión: ser vista. El libro trajo consigo cosas buenas, como una beca universitaria, pero también el peso de convertirme en algo que aún no había decidido ser: escritora. Entonces llegaron los consejos no pedidos sobre cómo conseguir fama, mayor visibilidad; llegaron las reflexiones sobre qué temas importan y cuáles no, cómo clasificar la buena y la mala literatura, qué libros debía leer y qué autores (hombres, en su mayoría) tendría que recitar de memoria.
Como consecuencia de todo aquello, dejé de escribir, ya no me resultaba divertido crear historias, me aterraba que fueran comparadas con mi trabajo anterior. Ahora no escribía para mí, sino para otros; seres desconocidos y abstractos, a quienes debía complacer. Cuando iniciaba un relato, no podía avanzar más que un par de párrafos, nada me parecía suficiente. Me llené de angustia, así que, por mi bienestar, dejé de intentarlo. La palabra fracaso se instaló en mi psique de forma tan profunda que transformó la manera en que comencé a ver el mundo y a mí misma. Escribir solo valía la pena si podía replicar, e incluso superar, el éxito adolescente. Como un penitente, transité más de una década en silencio, rumiando la idea de volver a crear, volver a imaginar, mientras me preguntaba: ¿para qué?
Me atreví a intentarlo de nuevo cuando entendí que el éxito no debía ser la medida de todas las cosas y que podía recuperar el encanto que hay detrás de crear historias, personajes y maneras de entender la vida. María Zambrano dice que escribir es defender la soledad en que se está, y conforme pasa el tiempo, comprendo mejor esa frase. Escribo para recuperar el silencio en medio del ruido, para convertir mis ideas etéreas e impalpables en entes capaces de comunicarse con quienes habitan fuera de mi mente. Por un breve momento y frente a este texto, dos personas ajenas se encuentran y dialogan sin necesidad de pronunciar palabra. Es un trabajo tedioso, detallado como el de un artesano. Las palabras se gestan poco a poco, se van encadenando y quien escribe, teje pequeñas flores sobre un largo mantel. Solo quien observa con atención es capaz de reconocer los detalles.
Aún a finales del siglo XX, ser un escritor era algo valioso, algo que tenía alguna clase de relevancia social. Hoy, en medio de un bombardeo de imágenes, estímulos y discursos, la lectura parece una actividad arcaica y la escritura una práctica inútil; justo por ello, escribir se me hace tan urgente. No para el mercado, sino para la vida interior, para ser libres de las circunstancias, diría Zambrano. En cambio, aspirar a ser escritora me resulta secundario. La probabilidad de que un libro sobreviva a la avalancha de opciones de entretenimiento es escasa; las posibilidades de conseguir la fama también son pocas. Cada día se publica más, pero apenas unos cuantos títulos pueden soportar más de dos semanas sobre la mesa de novedades.
Hace tiempo tuve que firmar una cláusula donde declaraba que mi último libro fue escrito sin usar inteligencia artificial. Luego descubrí que hay cientos de obras en línea que fueron creadas de esa manera, por eso la aclaración era necesaria. Me pareció triste, incluso un poco patético, imaginar que alguien ansía con tanto ímpetu ver su nombre estampado en una portada, tanto así, que prefiere adelantar el proceso. Nadie termina siendo la misma persona después de hacer un libro, algo se transforma en medio de la lucha por encontrar el adjetivo indicado, después de los desvelos, la edición y las relecturas. El peregrinaje siempre valdrá la pena y es quizás, lo único que importa. No creo en la vida después de la muerte y la idea de la posteridad me parece aun más vergonzosa que la de la fama. “Los demonios han de llevarme al infierno, pero escribiendo”, decía Roberto Bolaño al hablar de su carrera literaria y los rechazos que fue acumulando. Esa, ahora, es mi única certeza.
Mary Beard en su libro Mujeres y poder. Un manifiesto muestra cómo la historia ha tratado a las mujeres y personajes femeninos poderosos. Analiza inicialmente algunos pasajes de la literatura clásica, para reparar sobre la voz pública de las mismas. “El principio de la tradición literaria occidental —dice Beard— comienza cuando un hombre le dice a una mujer que se calle”. Esos ejemplos van desde Penélope y Medusa hasta Hillary Clinton, en un libro interesante que plantea reflexiones fundamentales sobre la voz femenina, su lugar en el discurso público y las estructuras de poder (que son esencialmente masculinas). En este especial para la revista Tierra Adentro y a propósito de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, es urgente que se escuche y lea la voz de las convocadas aquí, mujeres escritoras. Creadoras que reflexionan a través de la imaginación, la creatividad y la escritura; varias alternativas para sentir, pensar e incluso discernir en colectivo. Escritoras con trayectoria y otras emergentes que muestran la temperatura de la creación de las mujeres México, y que se ubican desde el norte, la costa, occidente, bajío y centro hasta el sur profundo. Todas con un techo y una habitación que siguen en constante intervención; y donde el pulso se agita, estalla y pronuncia. Volviendo a citar a Gloria Anzaldúa, por pertinente y porque nos sigue replicando con apremio, dice: “Escribo para grabar lo que otros borran cuando hablo, para escribir nuevamente los cuentos mal escritos acerca de mí, de ti. Para ser más íntima conmigo misma y contigo. Para descubrirme, preservarme, construirme, para lograr la auto autonomía”. O como también nos exhorta Audre Lorde en Siste Oustider: “para transformar nuestros silencios en lenguaje y acción”. Porque antes de que un texto se muestra siempre serán antecedido por las anécdotas. El cómo comenzaron a tomar forma y se gestaron; y cómo desde su surgimiento se establece una escucha activa y participativa. Así, recordemos esta fecha tomando el control del significado y la verdad; tomando el control de nuestras palabras, asumiéndolas y compartiéndolas. Como dice Rebeca Solnit, a propósito de cómo surgió el libro Los hombres me explican cosas, “Nuestra herramienta fundamental es contar historias”. Así que hagamos comunidad lectora, unidas y unidos contra la tiranía del silencio.
Portada de “Entre Quetzalcóatl y el Che: Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX”, Tatiana Coll. Siglo XXI editores, 2025
Hay muchas biografías de mujeres germinales y valiosas, pero de Laurette Séjourné no se había escrito ninguna: hay artículos, referencias generales, se ha celebrado algún encuentro, pero ella sigue siendo una desconocida a pesar de la enorme y contundente obra escrita que nos legó sobre nuestro pasado prehispánico. Antes de comenzar a armar el relato de una vida significativa, me pregunté por qué sería importante escribir al respecto y por qué podría ser yo quien lo escribiera.
Ciertamente, Laurette fue una mujer extraordinaria, y lo fue en una época en la que los “grandes hombres” dominaban en todos los espacios sociales. Desde muy joven escogió la difícil ruta de ser una mujer libre, y su transitar por ella concitó la pasión y admiración de grandes hombres. Esas pasiones, que recibió en amplia medida, fueron tanto amorosas y de admiración, como de celos y rivalidad. En todo caso, hoy día representa una de esas mujeres que abrió el camino para las demás, luchando por nosotras en diferentes terrenos y de ahí que sea necesaria una mirada femenina para recuperarla.
A Laurette la miro a partir de la relación que forjé con ella a lo largo de 54 años en los que compartimos toda una vida. Intentaré un esbozo íntimo, cercano de sus presencias, múltiples siempre, porque no era una mujer sencilla. Lo intentaré desde los recuerdos, las vivencias y herencias que tengo de ella, pues cuando yo nací ella ya estaba allí, en mi mundo, nuestro mundo familiar. Para entonces ya era amiga de Josefina Oliva de Coll,2 mi tía —a la que siempre llamamos Nina—, pues estudiaban juntas en el viejo edificio de la Escuela de Antropología en la calle Moneda. No sé cuantas mujeres habría en el grupo, pero ellas dos hicieron contacto inmediato, aún antes de saber que las unían vivencias iguales. Josefina y su marido habían logrado escapar al franquismo y conseguir un barco para México. En ese barco viajaban también Irina Lebedeff, mi madre, y Gretia, mi abuela, que huían del fascismo que entraba a Francia. El barco, como casi todos, fue desviado a Casablanca y Dakar, donde nació Atlántida, mi prima, cuyo nombre marcó para siempre su historia. Poco tiempo después, Laurette haría el mismo trayecto.
Laurette, Nina e Irina, tres mujeres audaces, forjaron esa inevitable comunión identitaria de los refugiados marcados por señas persistentes. Josefina fue su mejor amiga, con la que compartió el estudio de la arqueología y el descubrimiento de las excavaciones, viajes, lecturas, traducciones, reflexiones y todo tipo de búsquedas, hasta que los años las rindieron: Nina tuvo Alzheimer y Laurette se encerró a cuidar a Arnaldo Orfila, su esposo. Laurette, Josefina e Irina crearon toda una vida de amistad que llenaron con experiencias familiares compartidas, donde concurrían los cariños, la cotidianidad, las esperanzas, los temores, las lecturas, las decepciones y las victorias. Un tejido denso de muchos hilos que se entremezclaron. Atlántida (“Ninita” en familia) y yo misma (“Tania” en familia), junto con Jeaninne Kibalchich (hija de Víctor Serge, seis años mayor que Ninita y quince años más grande que yo) pasamos a ser las hijas compartidas entre todo el núcleo familiar. Es decir, mi vínculo con Laurette y Arnaldo Orfila, su tercer marido, fue el de una hija en todos sentidos, una parte de mi propia vida se definió con ellos, y trabajé tanto con Laurette, como con Arnaldo en diferentes momentos.3
No pretendo entrar en el debate de las historias intelectuales, en ocasiones construidas fuera de contexto y muchas veces a partir de adscripciones teóricas que empañan con juicios previos los análisis. Tampoco me daré a la tarea de comentar la imponente obra antropológica y artística de Laurette buscando descubrir vetas insospechadas. Mi propósito es traer a la mujer de carne y hueso, múltiple, libre y de “pico y pala” que se atrevió a desafiar muchos límites, a romper prejuicios y enfrentar con dolor las consecuencias de su osadía. Presentar a la mujer en la intimidad, en la cercanía desconocida, en lo que pueden revelar, más allá de su potente bibliografía, su sentir y su actuar, sus expresiones interiores, su forma de mirar, sus decisiones en momentos personales complejos, en un mundo difícil.
Pero el esfuerzo por rescatar y cuidar la memoria de Laurette no empieza con este libro, sino desde 2004, con el intento de Esperanza Rascón y mío de abrir el Centro Cultural Séjourné-Orfila. Al morir Laurette, Esperanza y yo tuvimos que organizar el desalojo de su casa —situada en el segundo piso de Siglo XXI Editores— llena de libros, papeles, cartas, cuadros y mil cosas más, urgidas por Jaime Labastida, entonces director general de la editorial, a vaciar todo. Dividimos en dos bloques los documentos, los libros y las cosas. Esperanza tuvo la idea de abrir el Centro y Alonso Aguilar,4 dirigente del Movimiento de Liberación Nacional (junto con Lázaro Cárdenas) y editor muy amigo de Arnaldo Orfila, y yo la apoyamos rentando una vieja y bella casona en Amecameca, hasta que fue casi imposible sostenerlo monetariamente. El bloque de documentos conservado por Esperanza Rascón es el que había conformado el archivo del Centro Cultural Séjourné-Orfila y que, cuando este cierra, fue donado al Instituto de Investigaciones Estéticas, hasta donde se conserva (no sin lamentables e inexplicables pérdidas) hasta hoy bajo el nombre de “Archivo Laurette Séjourné”.
Un segundo momento fue cuando participé en el merecido y sugerente coloquio “Asedios a Laurette Séjourné”, celebrado en septiembre de 2022 por iniciativa de Silvia Ibáñez, Delia Salazar, Ivonne Chávez y Haydeé López, desde la Coordinación Nacional de Antropología. El coloquio me trajo a la memoria un hecho que Laurette me había relatado justamente aquel año del 2003, cuando murió. Un hecho desconcertante, encerrado en su memoria, silenciado y que marcó su vida: cuando las autoridades del INAH decidieron eliminar su libro fruto de las excavaciones en Zacuala durante los años cincuenta, Un palacio en la ciudad de los dioses, Teotihuacán, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Los murales, tras ser descubiertos, fueron removidos del sitio y trasladados a las bodegas, de donde más tarde desaparecieron sin dejar rastro. En 1959, el libro de Laurette, que daba cuenta de esos murales, también fue desaparecido. La ponencia con la que participé en el coloquio denunciaba este hecho. Además, escribí un artículo en La Jornada y acudí a Francisco Pérez Arce, muy querido compañero desde el 68 y director editorial del FCE actualmente, para proponerle que reeditaran el libro en el 20 aniversario de la muerte de Laurette, lo que aceptó con entusiasmo, pues él también conoció a Laurette y Arnaldo. Escribí entonces la introducción a la nueva edición, que considero mi primer acercamiento a la figura de Laurette Séjourné.
Desde entonces, rebusco en mi memoria y rastreo señales, como las muy elocuentes contenidas en las cartas de tres hombres que la amaron y con las que ahora entretejo el relato de su vida. Las cartas inéditas de Arnaldo Orfila guardadas en mi archivo fueron siempre muy significativas, las he leído varias veces. Otra señal importante me llegó a través de Eugenia Huerta, antigua colaboradora de Siglo XXI, quien me encaminó a un periodista francés que preguntaba sobre la relación de Laurette con Víctor Brauner, el pintor surrealista rumano. Prácticamente ninguna de nosotras sabía gran cosa al respecto, era otro de los silencios profundos de Laurette. El nombre de Brauner me brincó porque me hizo recordar un descubrimiento que había hecho de niña sobre Laurette: su apego a un cuadro precioso de ese artista, que más adelante me heredó. Entonces busqué los archivos de Brauner en París en el Museo Nacional de Arte Moderno. Para completar el mosaico de los hombres que la amaron, finalmente releí el diario inédito que Víctor Serge5 le escribió durante su travesía en barco desde Marsella a Veracruz, del 7 de abril a noviembre de 1941, y que ella guardó celosamente en un sobre cerrado en el fondo de un cajón, bajo llave, durante muchos años y que, a su muerte, terminó en mis manos, junto con muchas otras cartas y escritos que tengo en archivo.
Así he ido encontrando a esa Laurette interior, escondida, que es la que presento en el primer capítulo, “Mirando a Laurette”, con pinceladas de recuerdos vividos. Después, sigue una biografía más formal en los tiempos, procesos, historias, temas. Su primera vida y sus huidas decisivas, tres de ellas que determinaron su vida. La primera, la de su padre adscrito al fascismo; la segunda, a Marsella, provocada por la entrada de los ejércitos de Hitler a Francia; y la tercera, a América Latina y el Caribe, donde finalmente se forjó la definitiva Laurette Séjourné en sus grandes pasiones y embates, sus compromisos, su obra, su legado, que presento en los dos últimos capítulos. Empiezo, a modo de epígrafe, con fragmentos de las cartas y diarios de los tres grandes hombres de su vida, apasionados por ella.
Cuando no estoy ni deprimido, ni cansado, también veo muy bien lo real: tu lucidez, tu gentileza, tu belleza, tu caminar decidido en la vida, con un ritmo de retiradas interiores y pausas, la oportunidad que tú mereces, pues amas la vida, sabes saborearla, sabes entregarte a la vida. Salvo en ciertos momentos, estoy menos ansioso de lo que nunca lo he estado, nuestro amor es para mí una forma de confianza, y no solo en ti, sino también en el destino. ¡Un amor tan puro y tan valiente, llegado en tal hora de la vida, cuando tenía en contra todos los vientos, se convirtió en un triunfo tal que me parece ser una apuesta ganada, cuando se logra esto es que se puede vencer mucho más! ¡Nosotros venceremos juntos, querida, nosotros! Ves de qué manera profunda me das fuerza.
Víctor Serge,
12 de abril de 1941
Esta tarde calurosa de agosto, L… está usted más bella que nunca y me pertenece, yo estaba acostado sobre la hierba y usted a mi lado. Y su olor oriental embelesaba mi soledad y mi abstinencia, asi el instante prolongado en este atardecer igualó, en el cual el erotismo abrió todos los caminos cerrados, se debió a usted (vous était du).
Laurendamieamonamourpour
Lamodedumonde perdu car
J/am/ai/s c/on/u
Víctor Brauner,
5 de agosto de 1941
Hasta ahora, a las 8:30 de la noche, solo he leído tres veces tu carta. Me da rabia no poder leerla en voz alta a alguien porque tengo esa novedad enfermiza de que se me corta la voz por la emoción cuando escribes cosas tan hermosas y conmovedoras. No sé por qué, unas más que otras, pero toda la lectura, que me trae tu recuerdo, que me hace verte vivir allí, absorbiendo esa vida nueva, ese espíritu, ese mundo nuevo, me conmueven hondo, me alegran. Te veo aún con ciertas tristezas que no te abandonan, o preocupaciones, o depresiones, pero estás viviendo otra vida que tiene que levantarte, alegrarte, tonificarte y darte esa seguridad en tu grandeza, en tu profundidad, en tu extraordinaria personalidad y tu creación tan por encima de tanto que se hace, para mí diré, de todo, porque se me da la gana de decirlo. Y se acabó […]. Por una rendija del marco de la ventana con el asiento en la sala, se ha parado una ramita de hiedra que sigue creciendo adentro, con hojas y todo, buscándote a vos…
Arnaldo Orfila,
4 de mayo de 1970
Querida Laurette: ¡Gracias!… Por tu amor, traducido en lágrimas ante la opresión, el dolor… En mí, como en todos los que te conocen, dejas siempre, serenamente, una enseñanza. Los abrazo muy fuerte, Adelina.
Adelina (una amiga argentina),
15 de mayo de 1981
Mirando a Laurette
Haría falta alguien más inteligente y con más recursos historiográficos y literarios que yo para poder contar a dos tipos de lectores absolutamente diferentes, dos versiones de la historia con el mismo material […], dedicarle, a unos, explicaciones y narraciones de contexto […] y mayor abundancia en el debate político del momento, a los otros.
Paco Ignacio Taibo II
Como la hiedra que asomaba a la ventana de su casa, hay que buscar a Laurette sigilosamente, para no asustarla. Ella fue una mujer que todo el mundo conoció, pero de cuya vida no sabían nada. Los nombres de las personas que la conocieron son, la mayoría de ellos y ellas, también muy conocidos: pintores, escritores, antropólogos, revolucionarios, historiadores, psicólogos, astrónomos, arquitectos, editores, fotógrafos; mexicanos, franceses, italianos, cubanos, rumanos, norteamericanos… Una lista muy larga, imposible de abarcar. Sin embargo, ninguna, o pocas de estas personas, seguramente, sabían de su vida, tal vez solo las mujeres más cercanas. Ella mantuvo un consistente silencio sobre los hechos de su vida personal; algunas señales nos llegaban a pedazos, a veces, en alguna plática en la que se abría. Laurette prefirió que fuese su obra escrita la que hablara por ella.
Cuando me pregunto por qué es necesario intentar reconstruirla ahora a partir de esos pedazos —de los que supe, de los que andan esparcidos en muy diversos espacios— me respondo que es precisamente porque el legado escrito que nos dejó es tan determinante que necesita ser acompañado por el rescate de su vida, de su presencia en nuestro mundo. Su obra es producto de esa vida, en la cual fue acumulando pieza por pieza su visión, su comprensión y su pasión. Y ambas, su vida y su obra, son un retrato de esas mujeres que desde principios del siglo XX empezaron a romper las cercas impuestas a todas. Levantó pasiones, admiración, respeto, pero también envidias, resquemores y rechazos: tal como sucedía, y sucede, frente a mujeres tan suyas, tan libres.
La pasión por Laurette se hace evidente al leer los ardientes, suplicantes, evocativos párrafos llenos de añoranza y amor de tres hombres excepcionales, que se distinguieron en diferentes espacios, pero apasionados todos por su quehacer comprometido, por sentir y pensar una humanidad distinta y, también, por admirar a Laurette y enamorarse de ella. Víctor Serge, Víctor Brauner y Arnaldo Orfila, cada uno la evoca según su estilo, su personalidad y su forma de relacionarse, pero todos parecen estar bajo el “embrujo” de su presencia, necesitados de ella en su ausencia, preocupados por ella, ansiosos de ella. La inevitable pregunta que surge es ¿por qué levantó Laurette esas pasiones?
Fue una mujer extraordinaria en diferentes sentidos; sin embargo, ha quedado como desdibujada: muchas veces, solo como “una figura enigmática”; otras más, subsumida en las figuras imponentes de dos de sus maridos, Víctor Serge y Arnaldo Orfila, cuando en realidad ella nunca fue “la esposa de…” o “la mujer de…”, sino, antes que nada, una mujer muy libre, muy suya. Marcó su propio espacio público, incluso al guardar el nombre de Laurette Séjourné, ya que nadie conocía a su primer marido Bernard Séjourné —solo ella y sus hermanas, seguramente—; lo guardó para siempre como, tal vez, un sentido homenaje a su primer refugio contra la locura fascista de su padre, a cuyo apellido, Valentini, renunció, y del momento que la obligó varias veces a huir de su vida. Como el primer hombre que le abrió un espacio de reconocimiento y que fue el padre de su único hijo, René.
Cuando pienso en el padre de Laurette y en las guerras fascistas que vivió, suelo recordar una extraña petición que ella me hizo en el año 2000, cuando por primera vez fui a Europa: me pidió un ejemplar de Moby Dick en francés, me dijo que era un libro que la había estremecido mucho porque describía la locura, pero que no sabía en qué mudanza se le había perdido y quería releerlo. Lo consideraba un libro que le hablaba con precisión de esa extraña y feroz locura que invade a algunos hombres. Lo busqué en la librería francesa pero no lo encontramos. Al paso de los años lo releí yo también, buscando aquello que ella quiso rememorar y que creo que se trataba justamente de desentrañar esa locura imparable que movía con fervor a Ajab contra la ballena: “La locura humana es frecuentemente la cosa más astuta y felina que haya. Cuando usted cree que se ha ido, no ha hecho más que transformarse en una forma aún más sutil”, escribió Melville. En su vida, Laurette intentó desentrañar dos frenéticas “locuras” destructoras: la del fascismo y la de los conquistadores españoles en “Nuestra América” (siguiendo a José Martí).
Alejada del mundanal ruido que producen muchos intelectuales en su carrera meritocrática, prefirió dejar constancia de su propia envergadura solo a través de sus libros. Su audacia intelectual y su inasistencia a los foros de debate le atrajeron una crítica mezquina de quienes dominaban el mundo de la arqueología y no aceptaron el hecho de que una mujer libre e inteligente se atreviera a formular tesis nuevas y proyecciones interpretativas diferentes sobre el difícil e intrincado pasado prehispánico. Para avanzar en su creación intelectual, procuró recuperar todos los nuevos productos sorprendentes de sus excavaciones, haciendo hablar a las piedras, cerámicas y murales, verdaderas obras de arte. Desconfiaba, pero leía siempre, a los intérpretes-traductores, los conquistadores y cronistas españoles. Hoy, cuando muchas mujeres han renacido públicamente en merecidos homenajes y con ediciones de sus obras, me parece muy necesario restaurar también la presencia intelectual de Laurette. Una mujer como ella y su poderosa obra no pueden quedar en un difuso recuerdo perdido en el tiempo.
Laurette era una mujer bella, de esa belleza diferente, en realidad más bien guapa, atractiva, con su pelo negro siempre recogido atrás, sus ojos negros e inquisitivos, de mirada curiosa y penetrante, en la que aparecía a veces un brillo de ironía, junto con una pequeña mueca en la boca, un ligero levantamiento de hombros. Una mujer del sur, del Mediterráneo. Su sonrisa amplia, su figura siempre elegante, pero vestida con total sencillez, más bien como con un aire indiferente o casual de elegancia y pausa. Callada y observadora en público, de palabras sopesadas y algo distante, pero con aseveraciones contundentes, a veces un tanto irónicas, escabulléndose de las grandes reuniones, pero cercana y efusiva, cariñosa y entusiasmada en la cercanía de las amistades. Tal vez por todo eso el joven arqueólogo Eduardo Matos la llamó “la dama misteriosa”. A su vez, Alberto Ruz la nombró la “hermana franciscana” durante las excavaciones en Palenque y Miguel León Portilla dijo que era “la apóstol de los nahuas” por sus apasionadas defensas del arte y significado de los legados prehispánicos.
Una mujer muy reservada, incluso hermética en relación con sus procesos íntimos, seguramente muy dolorosos. Para mí, esto nunca fue extraño porque mi madre, Irina, nacida en Francia, hija de desterrados rusos que salieron por Marsella al nuevo mundo, también lo fue. Mi padre Óscar y la familia española, que sobrevivieron a la devastación de la guerra civil española, tampoco quisieron hacer el relato de los horrores y penurias que habían pasado, sobre todo mi padre, que estuvo un año en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Esto caracterizó muchas de las relaciones del exilio. Entre los muy diversos refugiados que llegaron a México se establecieron comunidades de sentires, de ideas, de vida. Cómplices en el silencio significativo e identitario, solo debatían apasionadamente entre ellos. Los transterrados, como escribió Adolfo Sánchez Vázquez, empezaron a buscar sus nuevos caminos tejiendo redes, tejidos de apoyo; las comunidades fueron diversas, pues venían de un mundo europeo sumido en el desgarramiento, donde se manifestaron las expresiones más brutales de la deshumanización, pero también de las aspiraciones más esperanzadoras y utópicas de un mundo mucho mejor. Este hermetismo nos heredó, sin duda, la necesidad de investigar, de escudriñar en aquel pasado y reconstruirlo a partir de nuestras propias percepciones de pertenencia a momentos que no vivimos, pero que presentimos como nuestros también desde pequeños, a pesar de haberlos compartido en silencios significativos.
Laurette nunca perdió el acento francés, lo cual añadió un toque más a su donaire, aunque ella se esforzaba en ocultarlo, frente a las conocidas xenofobias que despertaba, hablando un español preciso, claro. Escribió sus obras siempre en francés; al principio, Arnaldo Orfila, y después, Josefina, las tradujeron. Con frecuencia utilizaba la palabra cuggioso, es decir “curioso”; así exclamaba, en su español afrancesado, esa terrible doble rr española impronunciable; a Arnaldo Orfila siempre le llamó queggido, arrastrando la falsa erre, tal como la pronunciaron Alejo Carpentier y Julio Cortázar, ambos amigos muy próximos del matrimonio Orfila-Séjourné.
Prefería con mucho las relaciones íntimas, un espacio diferente para cada amiga de acuerdo con la esencia diversa de cada una de ellas y de la relación que las unía. Como era una mujer muy sensible, reflexiva, pero también complicada y con esas “tristezas, preocupaciones y depresiones” como apuntó Arnaldo Orfila, o Víctor Serge, que las llamó “un ritmo de retiradas o retrocesos interiores, una pausa”, de silencios insondables a veces, diría yo, la relación con ella no era fácil, no era fácil ser su amiga cercana y rebasar el peldaño de conocida. De pronto, podía pasar que la relación se enfriara a pesar de la cercanía y Laurette se alejaba, como sucedió con Julieta Campos, la pintora surrealista Leonora Carrington o María Luisa Puga. Tuvo muchas amigas en diferentes espacios y momentos. De las que yo conocí y recuerdo están, además de Nina e Irina siempre presentes, Margaret Randall; la arquitecta Graciela Salicrup; Dominique Éluard (viuda del poeta surrealista); Alaíde Foppa, poeta guatemalteca; Rosa Cendreros, economista argentina; Delia Etcheverry, gran compañera de Orfila desde los años en La Plata y pedagoga; Palmira Volkov;6 Olga Harmony, crítica de arte; las notables profesoras cubanas Nuria Nuiry, Graziella Pogolotti, Haydée Santamaría y Vicentina Antuña; Clari, esposa de Sergio Bagú; Estela, la esposa de Alonso Aguilar, Lucrecia Gutiérrez Maupomé, que la introdujo con entusiasmo a la astronomía; Concepción Zea, Eugenia Huerta y María Dolores de la Peña;7 Françoise Bagot;8 Esperanza Rascón. Por supuesto, con cierta frecuencia veía a sus hermanas Blanche (o Bianca) en Francia, a Milou, que vivía en Venezuela casada con un italiano, y a su sobrina Daniela. Mantuvo una relación con algunas familias y personas que conoció en los terrenos de excavación, como, por ejemplo, la familia Flores, de Atlautla, por el rumbo de Ozumba, cuya hija Alejandra fue su ahijada; o Teresa, que ayudó a Laurette con las tareas de la casa y a las cuales menciona en su testamento, dejándoles a cada una un 10% del dinero que quedaba en su cuenta bancaria.
Mantuvo siempre una cercanía y arropó con cariño a Natalia Sedova, viuda de León Trotsky, hasta su muerte en 1962. Seguramente sintió desde el inicio que tenían una historia compartida, desde que estuvo varias veces con ella al llegar a México, cuando Natalia y Serge escribieron una breve biografía sobre Trotsky. Mi propio recuerdo de Natalia Sedova tamizado por Laurette se remonta a los años cincuenta, cuando con mis padres vivíamos en una especie de “bungalow” rentado en el Hotel Chulavista de Cuernavaca y con frecuencia nos visitaban Laurette y Arnaldo. Cuando venían con Natalia, yo ya sabía que tenía que esconder a mi querido gato porque a mi padre se le había ocurrido ponerle de nombre “Trotsky”, ya que tenía dibujada en su blanca y peluda cara una barbicha negra igualita a la de León. Cada vez, Laurette llamaba para avisar que había que esconder al gato. Natalia se parecía mucho a mi abuela Gretia y yo hablaba con ella en ruso como si fuera mi propia abuela.
No conocí a otras amigas esenciales en su vida. Las mencionaba en ciertos momentos y ahora se me hacen presentes a través de sus cartas llenas de significados, o bien por la presencia de sus cuadros, como me pasa con Leonora Carrington o Ida Kárskaya. Laurette dedicó muchas horas a sostener cuidadosamente una sustantiva correspondencia con amigas, familia, editoriales, autores y con Arnaldo, por supuesto. Como pasa con las correspondencias, en los archivos suelen conservarse únicamente las respuestas; es decir, que entre los papeles de Laurette no contamos con las cartas que ella escribió, pero sí con muchísimas cartas, notas, tarjetas postales, recados que le enviaron y que ella, cuidadosamente, guardó. Para mi sorpresa, encontré varias mías, escritas desde Chile y Cuba. Así aparecen reconocidas personalidades del siglo XX, como María Zambrano, la filósofa;9 Marguerite Bonnet, amiga cercana, editora de André Bretón, profesora y crítica de arte;10 Lévi-Strauss, antropólogo; Cintio Vitier, poeta y escritor cubano; Mircea Eliade, filósofo rumano; Ida Karskaya, pintora exiliada en París, y muchas más. Al leerlas me doy cuenta de que le era mucho más fácil comunicar epistolarmente sus estados de ánimo, sus angustias, sus descubrimientos, sus reflexiones y sus viajes. Su presencia solidaria y consistente, sensible, se mantuvo siempre en las difíciles condiciones que imponían las dictaduras, particularmente las del Cono Sur. En algunas de sus cartas, Laurette podía abrirse más que en las presencias; pero otras cartas recibidas se quejan de sus silencios, sus alejamientos en ciertos momentos, y le piden, por lo menos, alguna señal de que siguen juntas y seguirán siendo amigas.
Laurette valoraba la honestidad intelectual, la coherencia, la sensibilidad y capacidad de mirar; a la par detestaba la demagogia, la superficialidad, las relaciones “diplomáticas”, el dispendio, el consumismo, las conversaciones de compromiso, por ello huía de los espacios de grandes reuniones, de fiestas; solo asistía a los cocteles de la editorial porque Arnaldo se lo pedía encarecidamente, y ya ahí procuraba hablar solo con los más cercanos.
La pasión de Laurette se expresó siempre de manera tranquila pero contundente, con una gran tenacidad persiguió cada uno de sus elementos, con obstinación pensó y repensó mil veces en cada una de las señales que percibía en sus descubrimientos. A pesar de esa constancia y entrega absoluta, nunca dejó de preguntarse angustiada si es que tenía razón: la duda rigurosa la carcomía por dentro, en sus silencios. Entonces emprendía el proceso de escribir sus observaciones, dudas y respuestas en un montón de papelitos de todo tipo y forma que, después, colocaba en cierto desorden significativo para repasarlos una y otra vez. La gran pasión de Laurette que se configuró aquí en México le planteó enormes y variados retos, empezando por el complejo trabajo de despojarse de todo un acervo cultural que traía consigo y la colocaba en la difícil posición de ser una europea frente a un mundo del todo diferente. Es decir, como muchos pensadores han señalado, debía deconstruir, con la suficiente fuerza para resignificar y dimensionar lo nuevo, sin perder lo valioso de lo viejo.11 Una operación de graduar la mirada para percibir con mayor claridad los colores humanos diversos. Una actitud necesaria para adentrarse comprensivamente a esa compleja dualidad que caracterizaba al mundo antiguo y que, de una forma u otra, ha marcado al mundo actual mexicano, con procesos descarnados y trágicos o con deslumbrantes pervivencias coloridas y a veces mágicas.12
Seguramente siempre fue una mujer apasionada, pero de una forma especial: tenía una pasión que la arrebataba por dentro, que determinaba sus múltiples actividades, su escribir constante, su moverse y viajar para acercarse a los espacios donde se había “gestado la humanidad con tal esplendor”, como ella lo definía. Recuerdo varios de sus viajes que emprendió en los años sesenta, todos con Josefina, para buscar estas señales en coincidencias y particularidades nuestroamericanas en las culturas de Guatemala, de Colombia, de Perú o Bolivia. Como fruto de ellos, sostuvo contacto cercano con antropólogos y arqueólogos de esos países y guardaba una impresionante colección de fotografías de centros arqueológicos, cerámicas, estatuas, textiles. Sus viajes también marcaron mi infancia con muchos regalos, como figuritas de llamas en todo tipo de materiales, una pequeña reproducción del oro prodigioso colombiano, alguna “mola” colorida y gatos diversos, pues Nina y Laurette compartían el amor por estos seres tan independientes. Además, desde pequeña yo descubría al pasar, en espacios tan diferentes como el garaje, un pasillo, la despensa o una bodega, grandes sacos llenos de tepalcates. Me intrigaban muchísimo, hasta que un día le pregunté: “¿Por qué guardas tantos pedazos de ollas rotas?”. Ella se rio y respondió: “Porque son un rompecabezas que voy armando, Abelito me ayuda porque él los va dibujando”.13 Obviamente, mi admiración por ella creció, era increíble que pudiese algún día armar todo ese rompecabezas con tantísimos pedazos. Y, sin embargo, lo hizo, esa fue su pasión.
La Laurette del espacio familiar era, sorprendentemente, una gran cocinera: recuerdo su deliciosa lasaña, el pollo al curry, el gigot de pierna de cordero, pero sobre todo el inigualable mousse de chocolate que le enseñó a hacer a mi hija mayor, Tatiana.14 Ella generalmente no bebía, pero procuraba que siempre hubiera una botella de buen vino rojo para Arnaldo y los invitados. Disfrutaba mucho las comidas o cenas con los más cercanos, buscaba que los invitados fuesen a congeniar entre ellos, para establecer un diálogo común. Yo recuerdo esas comidas desde pequeña, en la casa que montaron arriba del Fondo de Cultura Económica cuando estuvo en avenida Universidad y Parroquia. Recuerdo la sólida mesa redonda de madera, que también pasó por la casa de Gabriel Mancera en la que se inauguró Siglo XXI y finalmente quedó en la casa de Siglo en Cerro del Agua. Mi memoria me dice que me aburría terriblemente, pues la plática era, evidentemente, política; entonces yo me quedaba siempre mirando un cuadro de Víctor Brauner, que Laurette colgó en el lugar más destacado de las tres casas, y que representaba una misteriosa mujer-gata15 en el centro, bella, esbelta y vestida de negro, pero en total desnudez, surgiendo de un huevo-flor, con otro personaje al lado que se aleja de espaldas, también una mujer de negro con un enorme sombrero de bruja. Atraída y seducida por el enigma que entrañaba, me dedicaba a armar cuentos para distraerme. Alguna vez Laurette me descubrió y me preguntó: “¿Te gusta el cuadro?”. Yo le dije que sí y la hice cómplice de mis creaciones y conclusión: “Tú eres la mujer-gato, ¿verdad?”. Ella se rio y seguimos hablando de lo que podía hacer la tan maravillosa mujer, yo sin entender aún que también a mí me había atrapado el surrealismo y que había descubierto una historia de ternura resguardada en la memoria de Laurette. Antes de morir, ella me dio el cuadro y me dijo que recordaba aquella conversación muy bien y que, desde entonces, para ella estaba claro que yo entendía el valor íntimo que tenía.
A esta Laurette familiar le gustaba mucho organizar comidas en el campo, “picnics”, por los rumbos de Tepoztlán y las pirámides de Teotihuacán (en los años cincuenta había muchísimos lugares cercanos a la Ciudad de México en los que se podía pasar el día). Estos picnics continuaron años después en el frondoso jardín de la casa de Elena Poniatowska donde se fundó Siglo XXI. Recuerdo muy especialmente uno, tal vez el último, el 2 de febrero de 1974. Era mi cumpleaños y estábamos recién llegados de Chile y Argentina, después del golpe de Estado a Allende y antes de que al padre de mis hijas le fuera enviada, por el mismo Bartlet, la orden de abandonar el país en 48 horas. Digo que fue tal vez el último porque, poco después, se mudaron al conocido edificio de Cerro del Agua, construido bellamente por Luis Porter.
A Laurette le gustaba disfrutar de los hoteles emblemáticos que construyó Eduardo Villaseñor, un entrañable amigo de Arnaldo desde el Congreso Estudiantil de 1921, que constituyeron una especie de modelo con el conocido estilo “californiano” de los años cuarenta. Hubo varios de ellos: el de Chulavista en Cuernavaca; el de San José Purúa en Jungapeo, Michoacán; el bellísimo de Tecolutla y el Mocambo en Veracruz. Pero el favorito fue el Tepozteco, en Tepoztlán, bajo el volcán, en las pendientes de ese macizo de rocas misteriosas, donde aquel definitivo año de 1965 se refugiaron unos días Laurette y Arnaldo para construir el proyecto y nacimiento de Siglo XXI Editores.
Después del Tepozteco, el hotel de Tecolutla en Veracruz, entre el mar y un enorme manglar, era el que más le gustaba a Laurette. A él viajamos varias veces en familia y, con Arnaldo ya en silla de ruedas, en diciembre de 1989. Fueron días llenos de sol y del aire de mar que empezaron muy bien, con sabrosas comidas en una fonda de largo nombre: “Camarón Dormido, se lo lleva la corriente”. Instalados por las tardes en una larga terraza frente al mar, con una brisa fresca constante, Arnaldo, inagotable y ameno conversador, aprovechó para repasar un montón de anécdotas de la infancia, de la universidad, el movimiento por la autonomía, y de sus maestros Alfredo Palacios y Alejandro Korn, de su Universidad Popular.16
Laurette, siempre vigilante y cuidando intensamente de Arnaldo, aprovechaba esas charlas colectivas para dar sus paseos solitarios por la playa, por el mar que tanto le gustaba, recoger conchas, trozos de colores de caracoles, pedazos de madera que después armaba sobre cestas de paja. La brutal invasión de veintiséis mil marines estadounidenses en Panamá el 20 de diciembre de 1989 empañó totalmente aquel viaje. Las charlas de memorias animadas fueron remplazadas por la búsqueda incesante de noticias y por la remembranza de tantas otras brutalidades imperialistas. La cínicamente llamada “operación Causa Justa” y el inicio de las llamadas “intervenciones democráticas” que más tarde se extenderían a Haití e Irak invadieron el espacio. La cifra de muertos panameños osciló entre seiscientos y tres mil: no había mucho que celebrar ese fin de año.
Los últimos años de vida fueron difíciles para ambos. Arnaldo, de más de 90 años de edad, tuvo una fatal caída en la que se rompió la cadera y que le ganó varias operaciones. A pesar de su postramiento, mantuvo una lucidez sorprendente, atento a todo, pero inmovilizado. Recuerdo que, de manera mecánica e imprudente, cuando nos veíamos, yo le decía: “¿Y cómo estás?”, a lo que él respondía, invariablemente: “Y… ¿no me ves?, ¡aquí, bien jodido en esta silla, con un cuerpo que no responde!”, pero enseguida se enganchaba en una conversación, preguntando por los procesos en Cuba y terriblemente preocupado por las consecuencias de la desaparición del campo socialista y la URSS. Prácticamente todos los domingos de esos años nos reuníamos con Arnaldo y Laurette, Sergio y Clary Bagú, Estela y Alonso Aguilar Monteverde, sus constantes amigos de vida y, finalmente, mi pareja de entonces, César Navarro, y yo. Allí se entusiasmaban con el correr de las opiniones, eran los años del levantamiento zapatista y aparecían movimientos indígenas por todo el continente, también estaban los acuerdos de Paz en Centroamérica. Para Laurette, la inquietud y el desvelo constantes por Arnaldo eran demoledores; muchas veces nos llamó por la noche para que acudiéramos corriendo, pues había una crisis que no podía afrontar sola. ¡Cuántas noches nos encontramos con Ninita y su marido Luis, médico, haciendo guardia, vigilando un suero que le ponía César, también médico, buscando tranquilizarlos! Pero la fortaleza de Arnaldo era tanta que sobrevivía y así alcanzó los cien años exactamente. Arnaldo fue un hombre de tres siglos: nació al final del XIX, vivió intensamente el XX y proyectó para todos el siglo XXI.
Los cinco años que Laurette vivió sola, cuando también muchos de los viejos amigos habían fallecido, fueron difíciles: la voz se le entrecortaba, tenía dolores en el cuello y de cabeza, casi no lograba trabajar. De pronto había perdido el sentido cotidiano de ser fuerte y sostener a Arnaldo. Además, la atormentaba una angustia terrible: la casa, que ocupaba en el piso superior de la editorial Siglo XXI, nunca estuvo a nombre de Arnaldo o de ella; en realidad, nunca tuvieron una propiedad, integraron siempre su vida y su casa a la editorial misma y así lo señalaron en su testamento.17 La atormentaba el hecho de no saber si Jaime Labastida, el director de Siglo XXI, le permitiría quedarse en la casa en esas condiciones. Con frecuencia, Guadalupe Ortiz, la gerente general, la visitaba para tranquilizarla; sin embargo, Laurette siempre mantuvo esa congoja, sus depresiones y ansiedad crecían. Buscaba en nuestras conversaciones sobre muy diversos temas sacar fuerzas, interesarse en otros temas, preguntaba insistentemente sobre los procesos del zapatismo en Chiapas, le admiraban sus declaraciones libertarias y más de una vez exclamó: “¡Pero es puro anarquismo! ¿Cómo se entrevera con el comunitarismo de los indígenas?”. En algún momento después de la muerte de Laurette, Jeaninne dijo que Laurette había intentado suicidarse tomando pastillas y que ella la había salvado. Yo no lo creo; para mí, a Laurette le pasaba como a mi madre: no lograba dormir por las noches, lo que incrementaba sus angustias y, en su desesperación, se atiborraba de algún medicamento que después la hacía pasar el día dormitando, medio sonámbula. A pesar de todo, Laurette me decía que muchas mañanas conseguía levantarse al amanecer y mirar a su querida Venus aparecer en el horizonte, lo que la llenaba de vigor y tranquilidad en aquella época. En esos momentos seguía trabajando en el esbozo y notas de su último libro, publicado póstumamente con el apoyo de Martí Soler. Desde su ventanal también era posible ver los volcanes nevados que tanto la inspiraron.
Bibliografía y referencias
Para acceder a la bibliografía de este libro, puede hacerlo escáneando el siguiente código QR con su celular.
Portada de “Entre Quetzalcóatl y el Che: Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX”, Tatiana Coll. Siglo XXI editores, 2025. Disponible aquí.