Escribir en medio del ruido
De forma más o menos recurrente me ronda la pregunta: ¿por qué escribo? Es un cuestionamiento que surge casi de forma involuntaria, sin ningún elemento previo que lo desencadene. A veces me asalta mientras escucho las puertas del metro abrirse y contemplo con la mirada perdida el oscuro túnel por el que transitamos millones de personas en esta inmensa ciudad. A veces sucede justo antes de dormir, cuando mi cerebro se dedica a enlistar las malas decisiones que he tomado en los últimos años. Por desgracia, no tengo una respuesta sencilla, al menos no una que me parezca satisfactoria para repetirla antes de dormir. Decir “porque sí, porque me gusta” no me parece suficiente y cuando pretendo elaborar mejores razones no dejo de pensar en el enorme narcisismo que encarna el ansia de ser leído.
Cuando era adolescente, no me hacía estas preguntas, tampoco pensaba en el futuro ni en la escritura como destino; a esa edad, la vida me resultaba menos abrumadora y deambulaba por el mundo con la suave inocencia que provoca no pagar renta ni sufrir para cancelar el “pago mínimo para no generar intereses”. Mi principal obsesión radicaba en romper mi récord mensual de libros leídos y para conseguirlo, cada fin de mes recorría los estantes de la biblioteca de mi ciudad y hacía una selección que debía durarme cuatro semanas. Comencé a escribir con ese mismo ímpetu e ingenuidad. Pasaba las noches construyendo personajes, hilvanando historias y me divertía al imaginar el desenlace de las tramas que había creado. El problema llegó cuando gané un concurso al que envié un manuscrito como si se tratase de un juego. El premio me permitió publicar, viajar a la capital, aparecer en medios, en conclusión: ser vista. El libro trajo consigo cosas buenas, como una beca universitaria, pero también el peso de convertirme en algo que aún no había decidido ser: escritora. Entonces llegaron los consejos no pedidos sobre cómo conseguir fama, mayor visibilidad; llegaron las reflexiones sobre qué temas importan y cuáles no, cómo clasificar la buena y la mala literatura, qué libros debía leer y qué autores (hombres, en su mayoría) tendría que recitar de memoria.
Como consecuencia de todo aquello, dejé de escribir, ya no me resultaba divertido crear historias, me aterraba que fueran comparadas con mi trabajo anterior. Ahora no escribía para mí, sino para otros; seres desconocidos y abstractos, a quienes debía complacer. Cuando iniciaba un relato, no podía avanzar más que un par de párrafos, nada me parecía suficiente. Me llené de angustia, así que, por mi bienestar, dejé de intentarlo. La palabra fracaso se instaló en mi psique de forma tan profunda que transformó la manera en que comencé a ver el mundo y a mí misma. Escribir solo valía la pena si podía replicar, e incluso superar, el éxito adolescente. Como un penitente, transité más de una década en silencio, rumiando la idea de volver a crear, volver a imaginar, mientras me preguntaba: ¿para qué?
Me atreví a intentarlo de nuevo cuando entendí que el éxito no debía ser la medida de todas las cosas y que podía recuperar el encanto que hay detrás de crear historias, personajes y maneras de entender la vida. María Zambrano dice que escribir es defender la soledad en que se está, y conforme pasa el tiempo, comprendo mejor esa frase. Escribo para recuperar el silencio en medio del ruido, para convertir mis ideas etéreas e impalpables en entes capaces de comunicarse con quienes habitan fuera de mi mente. Por un breve momento y frente a este texto, dos personas ajenas se encuentran y dialogan sin necesidad de pronunciar palabra. Es un trabajo tedioso, detallado como el de un artesano. Las palabras se gestan poco a poco, se van encadenando y quien escribe, teje pequeñas flores sobre un largo mantel. Solo quien observa con atención es capaz de reconocer los detalles.
Aún a finales del siglo XX, ser un escritor era algo valioso, algo que tenía alguna clase de relevancia social. Hoy, en medio de un bombardeo de imágenes, estímulos y discursos, la lectura parece una actividad arcaica y la escritura una práctica inútil; justo por ello, escribir se me hace tan urgente. No para el mercado, sino para la vida interior, para ser libres de las circunstancias, diría Zambrano. En cambio, aspirar a ser escritora me resulta secundario. La probabilidad de que un libro sobreviva a la avalancha de opciones de entretenimiento es escasa; las posibilidades de conseguir la fama también son pocas. Cada día se publica más, pero apenas unos cuantos títulos pueden soportar más de dos semanas sobre la mesa de novedades.
Hace tiempo tuve que firmar una cláusula donde declaraba que mi último libro fue escrito sin usar inteligencia artificial. Luego descubrí que hay cientos de obras en línea que fueron creadas de esa manera, por eso la aclaración era necesaria. Me pareció triste, incluso un poco patético, imaginar que alguien ansía con tanto ímpetu ver su nombre estampado en una portada, tanto así, que prefiere adelantar el proceso. Nadie termina siendo la misma persona después de hacer un libro, algo se transforma en medio de la lucha por encontrar el adjetivo indicado, después de los desvelos, la edición y las relecturas. El peregrinaje siempre valdrá la pena y es quizás, lo único que importa. No creo en la vida después de la muerte y la idea de la posteridad me parece aun más vergonzosa que la de la fama. “Los demonios han de llevarme al infierno, pero escribiendo”, decía Roberto Bolaño al hablar de su carrera literaria y los rechazos que fue acumulando. Esa, ahora, es mi única certeza.




