Tierra Adentro
Portada de "Entre Quetzalcóatl y el Che: Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX", Tatiana Coll. Siglo XXI editores, 2025
Portada de “Entre Quetzalcóatl y el Che: Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX”, Tatiana Coll. Siglo XXI editores, 2025


Fotografía de Laurette Séjourné en su juventud.

Antes de comenzar1

Hay muchas biografías de mujeres germinales y valiosas, pero de Laurette Séjourné no se había escrito ninguna: hay artículos, referencias generales, se ha celebrado algún encuentro, pero ella sigue siendo una desconocida a pesar de la enorme y contundente obra escrita que nos legó sobre nuestro pasado prehispánico. Antes de comenzar a armar el relato de una vida significativa, me pregunté por qué sería importante escribir al respecto y por qué podría ser yo quien lo escribiera.

Ciertamente, Laurette fue una mujer extraordinaria, y lo fue en una época en la que los “grandes hombres” dominaban en todos los espacios sociales. Desde muy joven escogió la difícil ruta de ser una mujer libre, y su transitar por ella concitó la pasión y admiración de grandes hombres. Esas pasiones, que recibió en amplia medida, fueron tanto amorosas y de admiración, como de celos y rivalidad. En todo caso, hoy día representa una de esas mujeres que abrió el camino para las demás, luchando por nosotras en diferentes terrenos y de ahí que sea necesaria una mirada femenina para recuperarla.

A Laurette la miro a partir de la relación que forjé con ella a lo largo de 54 años en los que compartimos toda una vida. Intentaré un esbozo íntimo, cercano de sus presencias, múltiples siempre, porque no era una mujer sencilla. Lo intentaré desde los recuerdos, las vivencias y herencias que tengo de ella, pues cuando yo nací ella ya estaba allí, en mi mundo, nuestro mundo familiar. Para entonces ya era amiga de Josefina Oliva de Coll,2 mi tía —a la que siempre llamamos Nina—, pues estudiaban juntas en el viejo edificio de la Escuela de Antropología en la calle Moneda. No sé cuantas mujeres habría en el grupo, pero ellas dos hicieron contacto inmediato, aún antes de saber que las unían vivencias iguales. Josefina y su marido habían logrado escapar al franquismo y conseguir un barco para México. En ese barco viajaban también Irina Lebedeff, mi madre, y Gretia, mi abuela, que huían del fascismo que entraba a Francia. El barco, como casi todos, fue desviado a Casablanca y Dakar, donde nació Atlántida, mi prima, cuyo nombre marcó para siempre su historia. Poco tiempo después, Laurette haría el mismo trayecto.

Laurette, Nina e Irina, tres mujeres audaces, forjaron esa inevitable comunión identitaria de los refugiados marcados por señas persistentes. Josefina fue su mejor amiga, con la que compartió el estudio de la arqueología y el descubrimiento de las excavaciones, viajes, lecturas, traducciones, reflexiones y todo tipo de búsquedas, hasta que los años las rindieron: Nina tuvo Alzheimer y Laurette se encerró a cuidar a Arnaldo Orfila, su esposo. Laurette, Josefina e Irina crearon toda una vida de amistad que llenaron con experiencias familiares compartidas, donde concurrían los cariños, la cotidianidad, las esperanzas, los temores, las lecturas, las decepciones y las victorias. Un tejido denso de muchos hilos que se entremezclaron. Atlántida (“Ninita” en familia) y yo misma (“Tania” en familia), junto con Jeaninne Kibalchich (hija de Víctor Serge, seis años mayor que Ninita y quince años más grande que yo) pasamos a ser las hijas compartidas entre todo el núcleo familiar. Es decir, mi vínculo con Laurette y Arnaldo Orfila, su tercer marido, fue el de una hija en todos sentidos, una parte de mi propia vida se definió con ellos, y trabajé tanto con Laurette, como con Arnaldo en diferentes momentos.3

No pretendo entrar en el debate de las historias intelectuales, en ocasiones construidas fuera de contexto y muchas veces a partir de adscripciones teóricas que empañan con juicios previos los análisis. Tampoco me daré a la tarea de comentar la imponente obra antropológica y artística de Laurette buscando descubrir vetas insospechadas. Mi propósito es traer a la mujer de carne y hueso, múltiple, libre y de “pico y pala” que se atrevió a desafiar muchos límites, a romper prejuicios y enfrentar con dolor las consecuencias de su osadía. Presentar a la mujer en la intimidad, en la cercanía desconocida, en lo que pueden revelar, más allá de su potente bibliografía, su sentir y su actuar, sus expresiones interiores, su forma de mirar, sus decisiones en momentos personales complejos, en un mundo difícil.

Pero el esfuerzo por rescatar y cuidar la memoria de Laurette no empieza con este libro, sino desde 2004, con el intento de Esperanza Rascón y mío de abrir el Centro Cultural Séjourné-Orfila. Al morir Laurette, Esperanza y yo tuvimos que organizar el desalojo de su casa —situada en el segundo piso de Siglo XXI Editores— llena de libros, papeles, cartas, cuadros y mil cosas más, urgidas por Jaime Labastida, entonces director general de la editorial, a vaciar todo. Dividimos en dos bloques los documentos, los libros y las cosas. Esperanza tuvo la idea de abrir el Centro y Alonso Aguilar,4 dirigente del Movimiento de Liberación Nacional (junto con Lázaro Cárdenas) y editor muy amigo de Arnaldo Orfila, y yo la apoyamos rentando una vieja y bella casona en Amecameca, hasta que fue casi imposible sostenerlo monetariamente. El bloque de documentos conservado por Esperanza Rascón es el que había conformado el archivo del Centro Cultural Séjourné-Orfila y que, cuando este cierra, fue donado al Instituto de Investigaciones Estéticas, hasta donde se conserva (no sin lamentables e inexplicables pérdidas) hasta hoy bajo el nombre de “Archivo Laurette Séjourné”.

Un segundo momento fue cuando participé en el merecido y sugerente coloquio “Asedios a Laurette Séjourné”, celebrado en septiembre de 2022 por iniciativa de Silvia Ibáñez, Delia Salazar, Ivonne Chávez y Haydeé López, desde la Coordinación Nacional de Antropología. El coloquio me trajo a la memoria un hecho que Laurette me había relatado justamente aquel año del 2003, cuando murió. Un hecho desconcertante, encerrado en su memoria, silenciado y que marcó su vida: cuando las autoridades del INAH decidieron eliminar su libro fruto de las excavaciones en Zacuala durante los años cincuenta, Un palacio en la ciudad de los dioses, Teotihuacán, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Los murales, tras ser descubiertos, fueron removidos del sitio y trasladados a las bodegas, de donde más tarde desaparecieron sin dejar rastro. En 1959, el libro de Laurette, que daba cuenta de esos murales, también fue desaparecido. La ponencia con la que participé en el coloquio denunciaba este hecho. Además, escribí un artículo en La Jornada y acudí a Francisco Pérez Arce, muy querido compañero desde el 68 y director editorial del FCE actualmente, para proponerle que reeditaran el libro en el 20 aniversario de la muerte de Laurette, lo que aceptó con entusiasmo, pues él también conoció a Laurette y Arnaldo. Escribí entonces la introducción a la nueva edición, que considero mi primer acercamiento a la figura de Laurette Séjourné.

Desde entonces, rebusco en mi memoria y rastreo señales, como las muy elocuentes contenidas en las cartas de tres hombres que la amaron y con las que ahora entretejo el relato de su vida. Las cartas inéditas de Arnaldo Orfila guardadas en mi archivo fueron siempre muy significativas, las he leído varias veces. Otra señal importante me llegó a través de Eugenia Huerta, antigua colaboradora de Siglo XXI, quien me encaminó a un periodista francés que preguntaba sobre la relación de Laurette con Víctor Brauner, el pintor surrealista rumano. Prácticamente ninguna de nosotras sabía gran cosa al respecto, era otro de los silencios profundos de Laurette. El nombre de Brauner me brincó porque me hizo recordar un descubrimiento que había hecho de niña sobre Laurette: su apego a un cuadro precioso de ese artista, que más adelante me heredó. Entonces busqué los archivos de Brauner en París en el Museo Nacional de Arte Moderno. Para completar el mosaico de los hombres que la amaron, finalmente releí el diario inédito que Víctor Serge5 le escribió durante su travesía en barco desde Marsella a Veracruz, del 7 de abril a noviembre de 1941, y que ella guardó celosamente en un sobre cerrado en el fondo de un cajón, bajo llave, durante muchos años y que, a su muerte, terminó en mis manos, junto con muchas otras cartas y escritos que tengo en archivo.

Así he ido encontrando a esa Laurette interior, escondida, que es la que presento en el primer capítulo, “Mirando a Laurette”, con pinceladas de recuerdos vividos. Después, sigue una biografía más formal en los tiempos, procesos, historias, temas. Su primera vida y sus huidas decisivas, tres de ellas que determinaron su vida. La primera, la de su padre adscrito al fascismo; la segunda, a Marsella, provocada por la entrada de los ejércitos de Hitler a Francia; y la tercera, a América Latina y el Caribe, donde finalmente se forjó la definitiva Laurette Séjourné en sus grandes pasiones y embates, sus compromisos, su obra, su legado, que presento en los dos últimos capítulos. Empiezo, a modo de epígrafe, con fragmentos de las cartas y diarios de los tres grandes hombres de su vida, apasionados por ella.

Cuando no estoy ni deprimido, ni cansado, también veo muy bien lo real: tu lucidez, tu gentileza, tu belleza, tu caminar decidido en la vida, con un ritmo de retiradas interiores y pausas, la oportunidad que tú mereces, pues amas la vida, sabes saborearla, sabes entregarte a la vida. Salvo en ciertos momentos, estoy menos ansioso de lo que nunca lo he estado, nuestro amor es para mí una forma de confianza, y no solo en ti, sino también en el destino. ¡Un amor tan puro y tan valiente, llegado en tal hora de la vida, cuando tenía en contra todos los vientos, se convirtió en un triunfo tal que me parece ser una apuesta ganada, cuando se logra esto es que se puede vencer mucho más! ¡Nosotros venceremos juntos, querida, nosotros! Ves de qué manera profunda me das fuerza.

Víctor Serge,

12 de abril de 1941

Esta tarde calurosa de agosto, L… está usted más bella que nunca y me pertenece, yo estaba acostado sobre la hierba y usted a mi lado. Y su olor oriental embelesaba mi soledad y mi abstinencia, asi el instante prolongado en este atardecer igualó, en el cual el erotismo abrió todos los caminos cerrados, se debió a usted (vous était du).

Laurendamieamonamourpour

Lamodedumonde perdu car

J/am/ai/s c/on/u

Víctor Brauner,

5 de agosto de 1941

Hasta ahora, a las 8:30 de la noche, solo he leído tres veces tu carta. Me da rabia no poder leerla en voz alta a alguien porque tengo esa novedad enfermiza de que se me corta la voz por la emoción cuando escribes cosas tan hermosas y conmovedoras. No sé por qué, unas más que otras, pero toda la lectura, que me trae tu recuerdo, que me hace verte vivir allí, absorbiendo esa vida nueva, ese espíritu, ese mundo nuevo, me conmueven hondo, me alegran. Te veo aún con ciertas tristezas que no te abandonan, o preocupaciones, o depresiones, pero estás viviendo otra vida que tiene que levantarte, alegrarte, tonificarte y darte esa seguridad en tu grandeza, en tu profundidad, en tu extraordinaria personalidad y tu creación tan por encima de tanto que se hace, para mí diré, de todo, porque se me da la gana de decirlo. Y se acabó […]. Por una rendija del marco de la ventana con el asiento en la sala, se ha parado una ramita de hiedra que sigue creciendo adentro, con hojas y todo, buscándote a vos…

Arnaldo Orfila,

4 de mayo de 1970

Querida Laurette: ¡Gracias!… Por tu amor, traducido en lágrimas ante la opresión, el dolor… En mí, como en todos los que te conocen, dejas siempre, serenamente, una enseñanza. Los abrazo muy fuerte, Adelina.

Adelina (una amiga argentina),

15 de mayo de 1981

Mirando a Laurette

Haría falta alguien más inteligente y con más recursos historiográficos y literarios que yo para poder contar a dos tipos de lectores absolutamente diferentes, dos versiones de la historia con el mismo material […], dedicarle, a unos, explicaciones y narraciones de contexto […] y mayor abundancia en el debate político del momento, a los otros.

Paco Ignacio Taibo II

Como la hiedra que asomaba a la ventana de su casa, hay que buscar a Laurette sigilosamente, para no asustarla. Ella fue una mujer que todo el mundo conoció, pero de cuya vida no sabían nada. Los nombres de las personas que la conocieron son, la mayoría de ellos y ellas, también muy conocidos: pintores, escritores, antropólogos, revolucionarios, historiadores, psicólogos, astrónomos, arquitectos, editores, fotógrafos; mexicanos, franceses, italianos, cubanos, rumanos, norteamericanos… Una lista muy larga, imposible de abarcar. Sin embargo, ninguna, o pocas de estas personas, seguramente, sabían de su vida, tal vez solo las mujeres más cercanas. Ella mantuvo un consistente silencio sobre los hechos de su vida personal; algunas señales nos llegaban a pedazos, a veces, en alguna plática en la que se abría. Laurette prefirió que fuese su obra escrita la que hablara por ella.

Cuando me pregunto por qué es necesario intentar reconstruirla ahora a partir de esos pedazos —de los que supe, de los que andan esparcidos en muy diversos espacios— me respondo que es precisamente porque el legado escrito que nos dejó es tan determinante que necesita ser acompañado por el rescate de su vida, de su presencia en nuestro mundo. Su obra es producto de esa vida, en la cual fue acumulando pieza por pieza su visión, su comprensión y su pasión. Y ambas, su vida y su obra, son un retrato de esas mujeres que desde principios del siglo XX empezaron a romper las cercas impuestas a todas. Levantó pasiones, admiración, respeto, pero también envidias, resquemores y rechazos: tal como sucedía, y sucede, frente a mujeres tan suyas, tan libres.

La pasión por Laurette se hace evidente al leer los ardientes, suplicantes, evocativos párrafos llenos de añoranza y amor de tres hombres excepcionales, que se distinguieron en diferentes espacios, pero apasionados todos por su quehacer comprometido, por sentir y pensar una humanidad distinta y, también, por admirar a Laurette y enamorarse de ella. Víctor Serge, Víctor Brauner y Arnaldo Orfila, cada uno la evoca según su estilo, su personalidad y su forma de relacionarse, pero todos parecen estar bajo el “embrujo” de su presencia, necesitados de ella en su ausencia, preocupados por ella, ansiosos de ella. La inevitable pregunta que surge es ¿por qué levantó Laurette esas pasiones?

Fue una mujer extraordinaria en diferentes sentidos; sin embargo, ha quedado como desdibujada: muchas veces, solo como “una figura enigmática”; otras más, subsumida en las figuras imponentes de dos de sus maridos, Víctor Serge y Arnaldo Orfila, cuando en realidad ella nunca fue “la esposa de…” o “la mujer de…”, sino, antes que nada, una mujer muy libre, muy suya. Marcó su propio espacio público, incluso al guardar el nombre de Laurette Séjourné, ya que nadie conocía a su primer marido Bernard Séjourné —solo ella y sus hermanas, seguramente—; lo guardó para siempre como, tal vez, un sentido homenaje a su primer refugio contra la locura fascista de su padre, a cuyo apellido, Valentini, renunció, y del momento que la obligó varias veces a huir de su vida. Como el primer hombre que le abrió un espacio de reconocimiento y que fue el padre de su único hijo, René.

Cuando pienso en el padre de Laurette y en las guerras fascistas que vivió, suelo recordar una extraña petición que ella me hizo en el año 2000, cuando por primera vez fui a Europa: me pidió un ejemplar de Moby Dick en francés, me dijo que era un libro que la había estremecido mucho porque describía la locura, pero que no sabía en qué mudanza se le había perdido y quería releerlo. Lo consideraba un libro que le hablaba con precisión de esa extraña y feroz locura que invade a algunos hombres. Lo busqué en la librería francesa pero no lo encontramos. Al paso de los años lo releí yo también, buscando aquello que ella quiso rememorar y que creo que se trataba justamente de desentrañar esa locura imparable que movía con fervor a Ajab contra la ballena: “La locura humana es frecuentemente la cosa más astuta y felina que haya. Cuando usted cree que se ha ido, no ha hecho más que transformarse en una forma aún más sutil”, escribió Melville. En su vida, Laurette intentó desentrañar dos frenéticas “locuras” destructoras: la del fascismo y la de los conquistadores españoles en “Nuestra América” (siguiendo a José Martí).

Alejada del mundanal ruido que producen muchos intelectuales en su carrera meritocrática, prefirió dejar constancia de su propia envergadura solo a través de sus libros. Su audacia intelectual y su inasistencia a los foros de debate le atrajeron una crítica mezquina de quienes dominaban el mundo de la arqueología y no aceptaron el hecho de que una mujer libre e inteligente se atreviera a formular tesis nuevas y proyecciones interpretativas diferentes sobre el difícil e intrincado pasado prehispánico. Para avanzar en su creación intelectual, procuró recuperar todos los nuevos productos sorprendentes de sus excavaciones, haciendo hablar a las piedras, cerámicas y murales, verdaderas obras de arte. Desconfiaba, pero leía siempre, a los intérpretes-traductores, los conquistadores y cronistas españoles. Hoy, cuando muchas mujeres han renacido públicamente en merecidos homenajes y con ediciones de sus obras, me parece muy necesario restaurar también la presencia intelectual de Laurette. Una mujer como ella y su poderosa obra no pueden quedar en un difuso recuerdo perdido en el tiempo.

Laurette era una mujer bella, de esa belleza diferente, en realidad más bien guapa, atractiva, con su pelo negro siempre recogido atrás, sus ojos negros e inquisitivos, de mirada curiosa y penetrante, en la que aparecía a veces un brillo de ironía, junto con una pequeña mueca en la boca, un ligero levantamiento de hombros. Una mujer del sur, del Mediterráneo. Su sonrisa amplia, su figura siempre elegante, pero vestida con total sencillez, más bien como con un aire indiferente o casual de elegancia y pausa. Callada y observadora en público, de palabras sopesadas y algo distante, pero con aseveraciones contundentes, a veces un tanto irónicas, escabulléndose de las grandes reuniones, pero cercana y efusiva, cariñosa y entusiasmada en la cercanía de las amistades. Tal vez por todo eso el joven arqueólogo Eduardo Matos la llamó “la dama misteriosa”. A su vez, Alberto Ruz la nombró la “hermana franciscana” durante las excavaciones en Palenque y Miguel León Portilla dijo que era “la apóstol de los nahuas” por sus apasionadas defensas del arte y significado de los legados prehispánicos.

Una mujer muy reservada, incluso hermética en relación con sus procesos íntimos, seguramente muy dolorosos. Para mí, esto nunca fue extraño porque mi madre, Irina, nacida en Francia, hija de desterrados rusos que salieron por Marsella al nuevo mundo, también lo fue. Mi padre Óscar y la familia española, que sobrevivieron a la devastación de la guerra civil española, tampoco quisieron hacer el relato de los horrores y penurias que habían pasado, sobre todo mi padre, que estuvo un año en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Esto caracterizó muchas de las relaciones del exilio. Entre los muy diversos refugiados que llegaron a México se establecieron comunidades de sentires, de ideas, de vida. Cómplices en el silencio significativo e identitario, solo debatían apasionadamente entre ellos. Los transterrados, como escribió Adolfo Sánchez Vázquez, empezaron a buscar sus nuevos caminos tejiendo redes, tejidos de apoyo; las comunidades fueron diversas, pues venían de un mundo europeo sumido en el desgarramiento, donde se manifestaron las expresiones más brutales de la deshumanización, pero también de las aspiraciones más esperanzadoras y utópicas de un mundo mucho mejor. Este hermetismo nos heredó, sin duda, la necesidad de investigar, de escudriñar en aquel pasado y reconstruirlo a partir de nuestras propias percepciones de pertenencia a momentos que no vivimos, pero que presentimos como nuestros también desde pequeños, a pesar de haberlos compartido en silencios significativos.

Laurette nunca perdió el acento francés, lo cual añadió un toque más a su donaire, aunque ella se esforzaba en ocultarlo, frente a las conocidas xenofobias que despertaba, hablando un español preciso, claro. Escribió sus obras siempre en francés; al principio, Arnaldo Orfila, y después, Josefina, las tradujeron. Con frecuencia utilizaba la palabra cuggioso, es decir “curioso”; así exclamaba, en su español afrancesado, esa terrible doble rr española impronunciable; a Arnaldo Orfila siempre le llamó queggido, arrastrando la falsa erre, tal como la pronunciaron Alejo Carpentier y Julio Cortázar, ambos amigos muy próximos del matrimonio Orfila-Séjourné.

Prefería con mucho las relaciones íntimas, un espacio diferente para cada amiga de acuerdo con la esencia diversa de cada una de ellas y de la relación que las unía. Como era una mujer muy sensible, reflexiva, pero también complicada y con esas “tristezas, preocupaciones y depresiones” como apuntó Arnaldo Orfila, o Víctor Serge, que las llamó “un ritmo de retiradas o retrocesos interiores, una pausa”, de silencios insondables a veces, diría yo, la relación con ella no era fácil, no era fácil ser su amiga cercana y rebasar el peldaño de conocida. De pronto, podía pasar que la relación se enfriara a pesar de la cercanía y Laurette se alejaba, como sucedió con Julieta Campos, la pintora surrealista Leonora Carrington o María Luisa Puga. Tuvo muchas amigas en diferentes espacios y momentos. De las que yo conocí y recuerdo están, además de Nina e Irina siempre presentes, Margaret Randall; la arquitecta Graciela Salicrup; Dominique Éluard (viuda del poeta surrealista); Alaíde Foppa, poeta guatemalteca; Rosa Cendreros, economista argentina; Delia Etcheverry, gran compañera de Orfila desde los años en La Plata y pedagoga; Palmira Volkov;6 Olga Harmony, crítica de arte; las notables profesoras cubanas Nuria Nuiry, Graziella Pogolotti, Haydée Santamaría y Vicentina Antuña; Clari, esposa de Sergio Bagú; Estela, la esposa de Alonso Aguilar, Lucrecia Gutiérrez Maupomé, que la introdujo con entusiasmo a la astronomía; Concepción Zea, Eugenia Huerta y María Dolores de la Peña;7 Françoise Bagot;8 Esperanza Rascón. Por supuesto, con cierta frecuencia veía a sus hermanas Blanche (o Bianca) en Francia, a Milou, que vivía en Venezuela casada con un italiano, y a su sobrina Daniela. Mantuvo una relación con algunas familias y personas que conoció en los terrenos de excavación, como, por ejemplo, la familia Flores, de Atlautla, por el rumbo de Ozumba, cuya hija Alejandra fue su ahijada; o Teresa, que ayudó a Laurette con las tareas de la casa y a las cuales menciona en su testamento, dejándoles a cada una un 10% del dinero que quedaba en su cuenta bancaria.

Mantuvo siempre una cercanía y arropó con cariño a Natalia Sedova, viuda de León Trotsky, hasta su muerte en 1962. Seguramente sintió desde el inicio que tenían una historia compartida, desde que estuvo varias veces con ella al llegar a México, cuando Natalia y Serge escribieron una breve biografía sobre Trotsky. Mi propio recuerdo de Natalia Sedova tamizado por Laurette se remonta a los años cincuenta, cuando con mis padres vivíamos en una especie de “bungalow” rentado en el Hotel Chulavista de Cuernavaca y con frecuencia nos visitaban Laurette y Arnaldo. Cuando venían con Natalia, yo ya sabía que tenía que esconder a mi querido gato porque a mi padre se le había ocurrido ponerle de nombre “Trotsky”, ya que tenía dibujada en su blanca y peluda cara una barbicha negra igualita a la de León. Cada vez, Laurette llamaba para avisar que había que esconder al gato. Natalia se parecía mucho a mi abuela Gretia y yo hablaba con ella en ruso como si fuera mi propia abuela.

No conocí a otras amigas esenciales en su vida. Las mencionaba en ciertos momentos y ahora se me hacen presentes a través de sus cartas llenas de significados, o bien por la presencia de sus cuadros, como me pasa con Leonora Carrington o Ida Kárskaya. Laurette dedicó muchas horas a sostener cuidadosamente una sustantiva correspondencia con amigas, familia, editoriales, autores y con Arnaldo, por supuesto. Como pasa con las correspondencias, en los archivos suelen conservarse únicamente las respuestas; es decir, que entre los papeles de Laurette no contamos con las cartas que ella escribió, pero sí con muchísimas cartas, notas, tarjetas postales, recados que le enviaron y que ella, cuidadosamente, guardó. Para mi sorpresa, encontré varias mías, escritas desde Chile y Cuba. Así aparecen reconocidas personalidades del siglo XX, como María Zambrano, la filósofa;9 Marguerite Bonnet, amiga cercana, editora de André Bretón, profesora y crítica de arte;10 Lévi-Strauss, antropólogo; Cintio Vitier, poeta y escritor cubano; Mircea Eliade, filósofo rumano; Ida Karskaya, pintora exiliada en París, y muchas más. Al leerlas me doy cuenta de que le era mucho más fácil comunicar epistolarmente sus estados de ánimo, sus angustias, sus descubrimientos, sus reflexiones y sus viajes. Su presencia solidaria y consistente, sensible, se mantuvo siempre en las difíciles condiciones que imponían las dictaduras, particularmente las del Cono Sur. En algunas de sus cartas, Laurette podía abrirse más que en las presencias; pero otras cartas recibidas se quejan de sus silencios, sus alejamientos en ciertos momentos, y le piden, por lo menos, alguna señal de que siguen juntas y seguirán siendo amigas.

Laurette valoraba la honestidad intelectual, la coherencia, la sensibilidad y capacidad de mirar; a la par detestaba la demagogia, la superficialidad, las relaciones “diplomáticas”, el dispendio, el consumismo, las conversaciones de compromiso, por ello huía de los espacios de grandes reuniones, de fiestas; solo asistía a los cocteles de la editorial porque Arnaldo se lo pedía encarecidamente, y ya ahí procuraba hablar solo con los más cercanos.

La pasión de Laurette se expresó siempre de manera tranquila pero contundente, con una gran tenacidad persiguió cada uno de sus elementos, con obstinación pensó y repensó mil veces en cada una de las señales que percibía en sus descubrimientos. A pesar de esa constancia y entrega absoluta, nunca dejó de preguntarse angustiada si es que tenía razón: la duda rigurosa la carcomía por dentro, en sus silencios. Entonces emprendía el proceso de escribir sus observaciones, dudas y respuestas en un montón de papelitos de todo tipo y forma que, después, colocaba en cierto desorden significativo para repasarlos una y otra vez. La gran pasión de Laurette que se configuró aquí en México le planteó enormes y variados retos, empezando por el complejo trabajo de despojarse de todo un acervo cultural que traía consigo y la colocaba en la difícil posición de ser una europea frente a un mundo del todo diferente. Es decir, como muchos pensadores han señalado, debía deconstruir, con la suficiente fuerza para resignificar y dimensionar lo nuevo, sin perder lo valioso de lo viejo.11 Una operación de graduar la mirada para percibir con mayor claridad los colores humanos diversos. Una actitud necesaria para adentrarse comprensivamente a esa compleja dualidad que caracterizaba al mundo antiguo y que, de una forma u otra, ha marcado al mundo actual mexicano, con procesos descarnados y trágicos o con deslumbrantes pervivencias coloridas y a veces mágicas.12

Seguramente siempre fue una mujer apasionada, pero de una forma especial: tenía una pasión que la arrebataba por dentro, que determinaba sus múltiples actividades, su escribir constante, su moverse y viajar para acercarse a los espacios donde se había “gestado la humanidad con tal esplendor”, como ella lo definía. Recuerdo varios de sus viajes que emprendió en los años sesenta, todos con Josefina, para buscar estas señales en coincidencias y particularidades nuestroamericanas en las culturas de Guatemala, de Colombia, de Perú o Bolivia. Como fruto de ellos, sostuvo contacto cercano con antropólogos y arqueólogos de esos países y guardaba una impresionante colección de fotografías de centros arqueológicos, cerámicas, estatuas, textiles. Sus viajes también marcaron mi infancia con muchos regalos, como figuritas de llamas en todo tipo de materiales, una pequeña reproducción del oro prodigioso colombiano, alguna “mola” colorida y gatos diversos, pues Nina y Laurette compartían el amor por estos seres tan independientes. Además, desde pequeña yo descubría al pasar, en espacios tan diferentes como el garaje, un pasillo, la despensa o una bodega, grandes sacos llenos de tepalcates. Me intrigaban muchísimo, hasta que un día le pregunté: “¿Por qué guardas tantos pedazos de ollas rotas?”. Ella se rio y respondió: “Porque son un rompecabezas que voy armando, Abelito me ayuda porque él los va dibujando”.13 Obviamente, mi admiración por ella creció, era increíble que pudiese algún día armar todo ese rompecabezas con tantísimos pedazos. Y, sin embargo, lo hizo, esa fue su pasión.

La Laurette del espacio familiar era, sorprendentemente, una gran cocinera: recuerdo su deliciosa lasaña, el pollo al curry, el gigot de pierna de cordero, pero sobre todo el inigualable mousse de chocolate que le enseñó a hacer a mi hija mayor, Tatiana.14 Ella generalmente no bebía, pero procuraba que siempre hubiera una botella de buen vino rojo para Arnaldo y los invitados. Disfrutaba mucho las comidas o cenas con los más cercanos, buscaba que los invitados fuesen a congeniar entre ellos, para establecer un diálogo común. Yo recuerdo esas comidas desde pequeña, en la casa que montaron arriba del Fondo de Cultura Económica cuando estuvo en avenida Universidad y Parroquia. Recuerdo la sólida mesa redonda de madera, que también pasó por la casa de Gabriel Mancera en la que se inauguró Siglo XXI y finalmente quedó en la casa de Siglo en Cerro del Agua. Mi memoria me dice que me aburría terriblemente, pues la plática era, evidentemente, política; entonces yo me quedaba siempre mirando un cuadro de Víctor Brauner, que Laurette colgó en el lugar más destacado de las tres casas, y que representaba una misteriosa mujer-gata15 en el centro, bella, esbelta y vestida de negro, pero en total desnudez, surgiendo de un huevo-flor, con otro personaje al lado que se aleja de espaldas, también una mujer de negro con un enorme sombrero de bruja. Atraída y seducida por el enigma que entrañaba, me dedicaba a armar cuentos para distraerme. Alguna vez Laurette me descubrió y me preguntó: “¿Te gusta el cuadro?”. Yo le dije que sí y la hice cómplice de mis creaciones y conclusión: “Tú eres la mujer-gato, ¿verdad?”. Ella se rio y seguimos hablando de lo que podía hacer la tan maravillosa mujer, yo sin entender aún que también a mí me había atrapado el surrealismo y que había descubierto una historia de ternura resguardada en la memoria de Laurette. Antes de morir, ella me dio el cuadro y me dijo que recordaba aquella conversación muy bien y que, desde entonces, para ella estaba claro que yo entendía el valor íntimo que tenía.

A esta Laurette familiar le gustaba mucho organizar comidas en el campo, “picnics”, por los rumbos de Tepoztlán y las pirámides de Teotihuacán (en los años cincuenta había muchísimos lugares cercanos a la Ciudad de México en los que se podía pasar el día). Estos picnics continuaron años después en el frondoso jardín de la casa de Elena Poniatowska donde se fundó Siglo XXI. Recuerdo muy especialmente uno, tal vez el último, el 2 de febrero de 1974. Era mi cumpleaños y estábamos recién llegados de Chile y Argentina, después del golpe de Estado a Allende y antes de que al padre de mis hijas le fuera enviada, por el mismo Bartlet, la orden de abandonar el país en 48 horas. Digo que fue tal vez el último porque, poco después, se mudaron al conocido edificio de Cerro del Agua, construido bellamente por Luis Porter.

A Laurette le gustaba disfrutar de los hoteles emblemáticos que construyó Eduardo Villaseñor, un entrañable amigo de Arnaldo desde el Congreso Estudiantil de 1921, que constituyeron una especie de modelo con el conocido estilo “californiano” de los años cuarenta. Hubo varios de ellos: el de Chulavista en Cuernavaca; el de San José Purúa en Jungapeo, Michoacán; el bellísimo de Tecolutla y el Mocambo en Veracruz. Pero el favorito fue el Tepozteco, en Tepoztlán, bajo el volcán, en las pendientes de ese macizo de rocas misteriosas, donde aquel definitivo año de 1965 se refugiaron unos días Laurette y Arnaldo para construir el proyecto y nacimiento de Siglo XXI Editores.

Después del Tepozteco, el hotel de Tecolutla en Veracruz, entre el mar y un enorme manglar, era el que más le gustaba a Laurette. A él viajamos varias veces en familia y, con Arnaldo ya en silla de ruedas, en diciembre de 1989. Fueron días llenos de sol y del aire de mar que empezaron muy bien, con sabrosas comidas en una fonda de largo nombre: “Camarón Dormido, se lo lleva la corriente”. Instalados por las tardes en una larga terraza frente al mar, con una brisa fresca constante, Arnaldo, inagotable y ameno conversador, aprovechó para repasar un montón de anécdotas de la infancia, de la universidad, el movimiento por la autonomía, y de sus maestros Alfredo Palacios y Alejandro Korn, de su Universidad Popular.16

Laurette, siempre vigilante y cuidando intensamente de Arnaldo, aprovechaba esas charlas colectivas para dar sus paseos solitarios por la playa, por el mar que tanto le gustaba, recoger conchas, trozos de colores de caracoles, pedazos de madera que después armaba sobre cestas de paja. La brutal invasión de veintiséis mil marines estadounidenses en Panamá el 20 de diciembre de 1989 empañó totalmente aquel viaje. Las charlas de memorias animadas fueron remplazadas por la búsqueda incesante de noticias y por la remembranza de tantas otras brutalidades imperialistas. La cínicamente llamada “operación Causa Justa” y el inicio de las llamadas “intervenciones democráticas” que más tarde se extenderían a Haití e Irak invadieron el espacio. La cifra de muertos panameños osciló entre seiscientos y tres mil: no había mucho que celebrar ese fin de año.

Los últimos años de vida fueron difíciles para ambos. Arnaldo, de más de 90 años de edad, tuvo una fatal caída en la que se rompió la cadera y que le ganó varias operaciones. A pesar de su postramiento, mantuvo una lucidez sorprendente, atento a todo, pero inmovilizado. Recuerdo que, de manera mecánica e imprudente, cuando nos veíamos, yo le decía: “¿Y cómo estás?”, a lo que él respondía, invariablemente: “Y… ¿no me ves?, ¡aquí, bien jodido en esta silla, con un cuerpo que no responde!”, pero enseguida se enganchaba en una conversación, preguntando por los procesos en Cuba y terriblemente preocupado por las consecuencias de la desaparición del campo socialista y la URSS. Prácticamente todos los domingos de esos años nos reuníamos con Arnaldo y Laurette, Sergio y Clary Bagú, Estela y Alonso Aguilar Monteverde, sus constantes amigos de vida y, finalmente, mi pareja de entonces, César Navarro, y yo. Allí se entusiasmaban con el correr de las opiniones, eran los años del levantamiento zapatista y aparecían movimientos indígenas por todo el continente, también estaban los acuerdos de Paz en Centroamérica. Para Laurette, la inquietud y el desvelo constantes por Arnaldo eran demoledores; muchas veces nos llamó por la noche para que acudiéramos corriendo, pues había una crisis que no podía afrontar sola. ¡Cuántas noches nos encontramos con Ninita y su marido Luis, médico, haciendo guardia, vigilando un suero que le ponía César, también médico, buscando tranquilizarlos! Pero la fortaleza de Arnaldo era tanta que sobrevivía y así alcanzó los cien años exactamente. Arnaldo fue un hombre de tres siglos: nació al final del XIX, vivió intensamente el XX y proyectó para todos el siglo XXI.

Los cinco años que Laurette vivió sola, cuando también muchos de los viejos amigos habían fallecido, fueron difíciles: la voz se le entrecortaba, tenía dolores en el cuello y de cabeza, casi no lograba trabajar. De pronto había perdido el sentido cotidiano de ser fuerte y sostener a Arnaldo. Además, la atormentaba una angustia terrible: la casa, que ocupaba en el piso superior de la editorial Siglo XXI, nunca estuvo a nombre de Arnaldo o de ella; en realidad, nunca tuvieron una propiedad, integraron siempre su vida y su casa a la editorial misma y así lo señalaron en su testamento.17 La atormentaba el hecho de no saber si Jaime Labastida, el director de Siglo XXI, le permitiría quedarse en la casa en esas condiciones. Con frecuencia, Guadalupe Ortiz, la gerente general, la visitaba para tranquilizarla; sin embargo, Laurette siempre mantuvo esa congoja, sus depresiones y ansiedad crecían. Buscaba en nuestras conversaciones sobre muy diversos temas sacar fuerzas, interesarse en otros temas, preguntaba insistentemente sobre los procesos del zapatismo en Chiapas, le admiraban sus declaraciones libertarias y más de una vez exclamó: “¡Pero es puro anarquismo! ¿Cómo se entrevera con el comunitarismo de los indígenas?”. En algún momento después de la muerte de Laurette, Jeaninne dijo que Laurette había intentado suicidarse tomando pastillas y que ella la había salvado. Yo no lo creo; para mí, a Laurette le pasaba como a mi madre: no lograba dormir por las noches, lo que incrementaba sus angustias y, en su desesperación, se atiborraba de algún medicamento que después la hacía pasar el día dormitando, medio sonámbula. A pesar de todo, Laurette me decía que muchas mañanas conseguía levantarse al amanecer y mirar a su querida Venus aparecer en el horizonte, lo que la llenaba de vigor y tranquilidad en aquella época. En esos momentos seguía trabajando en el esbozo y notas de su último libro, publicado póstumamente con el apoyo de Martí Soler. Desde su ventanal también era posible ver los volcanes nevados que tanto la inspiraron.

Bibliografía y referencias

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Portada de "Entre Quetzalcóatl y el Che: Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX", Tatiana Coll. Siglo XXI editores, 2025
Portada de “Entre Quetzalcóatl y el Che: Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX”, Tatiana Coll. Siglo XXI editores, 2025. Disponible aquí.
  1. Le robo el nombre y la idea de este pequeño preámbulo a Margaret Randall de su libro Traspasar los límites: Haydeé Santamaría (Ediciones Moneda, 2021), sobre esta mujer cubana excepcional, revolucionaria, creadora de la Casa de las Américas. Las dos fueron grandes amigas de Laurette Séjourné. Margaret, poeta y escritora norteamericana, llegó a México en los años sesenta y fundó la revista El corno emplumado; vivió en Cuba muchos años y acaba de publicar un libro en inglés con la vasta correspondencia que sostuvo con la pareja Séjourné-Orfila: Letters from the Edge (NYU Press, 2025).
  2. Geógrafa, historiadora y arqueóloga, llegó a México como parte del exilio español, amiga íntima de Laurette y traductora en Siglo XXI. Madre de Atlántida.
  3. Con Laurette, hice una recopilación bibliográfica histórica sobre Cuba y después participé realizando las entrevistas del libro La mujer cubana en el quehacer de la historia. Con Orfila, trabajé como su secretaria varios años en la naciente Siglo XXI Editores.
  4. Alonso Aguilar Monteverde, economista brillante fue también creador de la editorial Nuestro Tiempo y la Revista Estrategia y fundador del MPM, Movimiento del Pueblo Mexicano.
  5. Víctor Serge fue un revolucionario ruso-belga, simpatizante de Trotski, crítico de la burocratización y del régimen estalinista. Era pareja de Laurette al momento de su exilio a América.
  6. Es bastante curioso, como diría Laurette, o más bien significativo, que entre las informaciones sobre Esteban “Sevia” Volkov, nieto de Trotsky, no aparece el nombre de su esposa, Palmira Fernández Volkov, pero sí de sus cuatro hijas. Palmira era una de las “niñas de Morelia” llegadas de España a Michoacán en medio de la guerra civil.
  7. Todas ellas, pilares fundamentales en el trabajo de la editorial Siglo XXI.
  8. Joven francesa casada con el pintor mexicano Zealtiel, que sustituyó a Abel Mendoza —su inseparable compañero de exploraciones, que dibujó meticulosamente sus descubrimientos— a su muerte, realizando los dibujos de los tepalcates, cerámicas y otros de las excavaciones. Artista también ella y amiga de Laurette.
  9. Con quién mantuvo una relación muy especial, analizada recientemente por Madeleine Cámara de la Universidad de South Florida, en el escrito titulado muy certeramente “Las Heterodoxas: María Zambrano y Laurette Séjourné”, reconociendo su trascendencia como desafiantes mujeres intelectuales.
  10. A la que también enviaba sus escritos en francés para que los corrigiera antes de su traducción.
  11. Wallerstein lo llamó unthinking the social sciences. Unthinking, palabra compleja, también se traduce como “despensar”. Otros, como Ruy Mauro Marini desde la teoría de la dependencia, no nombraron ese proceso, pero reconstruyeron el marxismo a la luz de una realidad tan diferente como la latinoamericana; algunos, como Aníbal Quijano, empezaron a señalar la necesaria “descolonización del pensamiento y el poder”; González Casanova habló del persistente fenómeno del colonialismo interno. O bien, Mircea Eliade, amigo de Laurette que, enfrentado al estudio sistemático del mundo religioso, buscó un método para despojarse de la materia y acercarse a lo espiritual.
  12. Como Quetzalcóatl, que es tierra y aire, o la muerte-vida, el sacrificio-liberación, el agua ardiente, el espejo humeante y muchas otras. Muchas veces se hace sensiblemente presente en la literatura de Rulfo y de tantos otros, como en Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro.
  13. Se refiere a Abel Mendoza, su inseparable compañero de exploraciones, que dibujó meticulosamente estos descubrimientos.
  14. Con quien compartió el amor por la danza y se dio el tiempo de llevarla a clases de ballet durante una temporada a pesar del trabajo que siempre la atenazaba.
  15. De hecho, Peggy Guggenheim, que logró organizar una breve exposición de cuadros de Brauner en Grenoble a finales de 1940, antes de huir hacia Nueva York en junio del 41, lo nombró “el cuadro de la mujer-gata”, la “femme-chatte”. Un cuadro que aparece mencionado en muchos relatos sobre el pintor.
  16. A finales de los años treinta, fundaron en La Plata la Universidad Popular Alejandro Korn, en homenaje al gran filósofo y pensador, especialmente para obreros y trabajadores, como un proyecto muy temprano de educación popular. En ella dio clases Pedro Henríquez Ureña, que, al tener que salir de México, se refugió en Argentina.
  17. El testamento no fue uno formal, porque, como ellos detallaron, no tenían propiedades para heredar que ameritaran un notario, y señalaron que lo escribían como una carta testimonial dirigida a sus amigos cercanos, firmada por los dos un año antes de la muerte de Arnaldo y entregada a María Dolores de la Peña para su cumplimiento. Como la propia María Dolores tuvo un cáncer terrible, que prácticamente la llevó a la muerte poco después de Laurette, me dejó a mí una copia que ellos “certificaban” para apoyar a María Dolores.
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