Tierra Adentro
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Aire suave terciopelo. Aire salpicado de brillantina del rocío mañanero. El aire que respiran los dioses de Olimpia. Aire ligero que llega hasta los oídos del Dios de los Justos para llevarle las últimas plegarias de los moribundos. Limpio, fresco, recién nacido y listo para respirarse. Así es el aire que entra en los pulmones del quinielista. 

El eco radial opaca el canto de los pájaros. Gregorio escucha al cronista que describe la cara de angustia, los ojos llorosos y las manos jalándose el cabello del equipo perdedor. Se acabó, señores, Atlante le gana a Leones 3-0.

Las manos callosas detienen la furia que arremete la lija contra la pared del edificio en construcción. Baja de la escalera, saca un papel de la bolsa trasera del pantalón y raya con un lápiz amarillo. Nueve de diez partidos. El último está empezando. El clásico nacional, no puede fallar su intuición de hombre de apuestas, de señor que antes de consultarle la suerte a Dios, le pregunta a Dieguito que está en la fila de las ánimas. 

¿A dónde vas? No te hagas wey, que hay trabajo. Ya déjate de pendejadas. Aguántame, Raúl, voy por un chesco, te invito una Pepsi, o mejor compro una de a litro pa’ los dos. Ya, cálmate. Te juro que no voy a dejar tirada la chamba. No le importa, no escucha la respuesta de Raúl porque tiene un buen presentimiento. Necesita recorrer bien esa zona de gente fifí, emperifollada y de alcurnia que camina con ropa blanca y resplandeciente, con tacones de aguja, con zapatos recién boleados, con corbatas de puntos rojos en un fondo ultramarino. Necesita con urgencia un televisor.

Dos cuadras adelante hay un restorán. Está lleno y hay fila. Se acerca y lo ven mal. Le voltean la cara, se tapan disimuladamente la nariz.  Goyo se pega al vidrio. Qué bonitos los colores de los manteles, aunque no están tan bonitos como el que tenía en la casa cuando Lola vivía conmigo. A ella le gustaban los manteles color champán, con angelitos y pájaros revoloteando en las orillas y con un frutero bordado a mano en el centro. 

La gente come, no voltean al vidrio, no les interesa saber quién está del otro lado porque el árbitro acaba de pitar el inicio del clásico. Desde el primer minuto se disputan la victoria. No hay espacio para errores ni para azares del destino. No cuando juegas con tu enemigo, a muerte. Un partido es la diferencia entre Goyo y una vida de millonario.

Falta para el equipo rival. Tiro libre. La barrera se acomoda. Pitazo, el brinco de los futbolistas nervudos con piernas de caballo de hipódromo que se abren en el último segundo y el portero que no alcanza a detener el riflazo. Uno a cero. 

No importa. Está bien, apenas es el primer tiempo, no todo está perdido. Así me pasó a mí con la Lola cuando trabajaba con Melquiades en la pulquería. Siempre de blusa de tirantes escotada, brava, sirviendo de mala gana los pulques. Dejándolos en la mesa junto con un plato de cacahuates rancios. Regresando a la barra sin dejar de sonar sus tacones anchos en los azulejos. Mascando chicle, los brazos cruzados debajo de las tetas y dejando al descubierto su tatuaje de rosa con espinas en la chiche izquierda, en el lado del corazón. 

Su equipo no se fue para abajo con el marcador. Apretaron el paso, organizaron bien el contraataque. Todos los jugadores en el área enemiga. Un tiro al arco. Poste. Rebote, atajada. Puta madre, ya casi cae. 

Dos goles, dos goles es lo que necesita. Todo es posible en el fútbol. 

Otras personas se juntaron alrededor de él. El clásico debería ser visto por cualquiera, hasta por los que ya van tarde al trabajo, qué más da atrasarse cinco minutos o diez. Descuido de los rivales, el juego es delantero contra el portero. Una finta y gol. Goyo salta, grita; otra vez hay un gol de diferencia. No hay lugar para el empate. Quisiera que los partidos no fueran tan largos, que no hubiera pausas entre los primeros cuarenta y cinco minutos, y los siguientes. Quisiera tener un banco dónde sentarme, tener a Lola junto a mí y apretarle la mano. 

El tiempo de compensación termina y se van al descanso con el empate. Raúl debe estar enojado, buscándome. Mentándome la madre y diciendo: este cabrón ya me vio la cara de pendejo y todavía se atreve a jurarme que no me va a dejar la chamba tirada. Ya, ya. A ver qué se me ocurre. 

Levanta un pie y luego otro, ya se cansó de estar parado. Hasta en ese momento le caería bien una cubeta de pintura Comex. Hace mucho que no se queda a un partido de ganar la quiniela. La última vez, Lola todavía estaba en su casa. Cómo le había costado convencerla de irse con él, de dejar esa vida de mujer casquivana y juntarse con un hombre honrado, chambeador, responsable y dispuesto a adorarla toda la vida. Con él. 

¿Tú? Si ni tienes para mantenerte a ti. No, no Lolita, dame el beneficio de la duda. Deja que te demuestre que sí puedo. 

Los primeros meses, como son todos los primeros meses de los recién amancebados; puro gusto, dicha y pasión. Desfogándose en los rincones de la casa chica pero modesta de Goyo, que le heredaron sus papás al morir. Dejando la cama y las sábanas mojadas por el sudor de sus cuerpos recién descubiertos, novedosos y brillantes. Y luego Lola diciéndole que se había embarazado, que qué iban a hacer ahora. Déjamelo a mí, yo puedo. Dame el beneficio de la duda. 

Lo peor de los medios tiempos son los comerciales que no dejan de pasar; uno tras otro, bofos e inútiles. Anunciando cosas que él no iba a comprar. Enseñando rebanadas de Pizza Hut que ni siquiera estaba seguro que vendieran en su ciudad. Hamburguesas ¼ de libra, agua mineralizada Perrier

Los jugadores salen al campo. Los mismos veintidós dan inicio al segundo tiempo. Su equipo está dispuesto a ganar; tiene que estarlo. Sólo es un gol. Ya no tendría que estar contando peso tras peso, ahorrando cada centavo del vuelto para pagar un viaje a Ixtapa. Recuerda bien cuando le dijo a Lola que la llevaría de viaje, para que disfrutara unos días del mar y del sol, luego de la pérdida. 

Lola casi no hablaba, lo veía con rencor, con coraje. Se subió a la suburban que los llevaría a la playa en un asiento solitario. Él, resignado, sentado al lado de un viejo que roncaba como perro catarriento. Mirando cómo las casas y edificios de ventanas cuadradas y sin chiste iban quedando atrás, para darle paso a la alfombra azul y espumosa del mar. A la arena de color gris, como el de las paredes que debe lijar hasta borrarle las asperezas. El cemento se pule mejor que los corazones cicatrizados. 

Vente Lolita, vamos por una palapa. Ya tengo hambre, ¿tú no? Ven. Podemos pedir un pescado para los dos. O si quieres unos camarones. Traje un cartón de cervezas Pacífico y una hielera del Oxxo. Ven, mi amor.

Lola, suspendida, lejana, ausente. Se acomodaron en la palapa. Goyo abrió la primera lata de cerveza que le supo a agua fresca de manantial. Ella se quitó el pareo, dejando ver un traje de baño de dos piezas. El top resbalándose de sus tetas redondas como dos soles al amanecer. Llenas de leche agria. El calzón no le alcanzaba a tapar la cicatriz de la cesárea. El vientre abultado todavía, conteniendo el fantasma del hijo. Alrededor, gente, la arena gris. El azul paraíso que vieron a lo lejos, desapareció de cerca. El agua revolcada, gris, con espuma nudosa. Arena gris, agua gris, solo azul sobre sus cabezas.

Muchachas de cuerpo de calendario de modelos de Avón, con sombreros grandes de lunares, de colores fluorescentes; caminando con un bikini sin dejar mucho a la imaginación. Niños aventando pelotas al agua, esperando impacientes a que las olas las dejaran de nuevo a sus pies. Un perro corriendo tras un palo y regresando al dueño, para volver a sacar la lengua, feliz. Caras sonrientes, alegres, despreocupadas. Sólo ella tan sola, mostrando sus cicatrices, su dolor mermado, su sufrimiento atorado en la garganta, incapaz de llorar, o de correr como el perro. Y para Goyo, nada existía fuera de Lola. Lola y el mar. Lola y el cielo. Lola abriéndose camino entre la gente como la Venus de Sandro. Como Eva recién salida de la costilla, todavía manchada de la tierra que somos todos. La primera y única mujer del mundo, dejando al descubierto su rosa llena de espinas, la rajadura que separaba sus tetas redondas en las que le gustaba hundirse todas las noches. Y él tan insignificante, sintiéndose chiquito, un remedo, un inútil; incapaz de ser buen padre y marido. Mirando cómo se le escurría de las manos inevitablemente el amor. 

El delantero corre. Otro error imperdonable de la defensa. Corre libre, solo, como conejo en la pradera. Sólo él y el portero, un mano a mano. Se puede, no falles, no metas la pata, cabrón; pégale, pégale; tira ya, hijo de putaaaaaaa. El estadio se queda en silencio. Alientos suspendidos, caras desfiguradas, bocas torcidas. Mala barrida del defensa. Golpe al tobillo en el área. El árbitro no lo duda. Roja directa y penaaaaal.

Las lágrimas brotan de emoción. Aires de cambio, vuelta de tuerca, fortuna al alcance de la mano. Si tan sólo Lola estuviera conmigo, si me diera otra oportunidad, si no me hubiera dejado, gritando a los cuatro vientos que soy una mierda. Una basura, que deja morir al hijo por falta de pesos. Que los pañales y la ropita eran muy caros, que se ponía el bebé morado en la noche, que no podía respirar, que le pegara en la espalda, que: “así no, bruto”; que cuidado, que vamos al hospital, que: “si tuvieras seguro, no habríamos esperado toda la noche y el niño todavía estaría vivo.” Te fuiste y dejaste la casa sola, la cama vacía. Me quitaste el alma, mi amor. 

Goooooooooooool. Cobro perfecto, imposible de atajar. El árbitro marca el final del partido. Ganó su equipo. El papel arrugado de los diez partidos, todos palomeados, ganador de millones, sabedor de dolencias. Las lágrimas humedecen el papel, la cara y la sonrisa de dientes picados, chuecos; feliz. Brinca, aprieta los puños, se siente una vez más en la playa. Solo. 

Corre por la calle, saludando al que se encuentre, sintiendo el aire azul terciopelo, aire brillantina que entra e hincha los pulmones.


Autores
Samanta Galán Villa (Moroleón, Guanajuato,1991) Ha formado parte de talleres impartidos por Eduardo Antonio Parra, Mario González Suárez, Carlos Vicente Castro, Elma Correa y Eugenio Partida. Algunos de sus cuentos se han publicado en medios como la revista Pez Banana, Revista Sputnik, Neotraba, Revista Estrépito, Monolito, La Factoría, Tintero Blanco y en el periódico oaxaqueño El Imparcial. Su cuento “Luz” se tradujo al inglés y se publicó en la revista Asymptote. Sus poemas han aparecido en plataformas como Low Fi Ardentía y Revista 3 pies. Se han incluido textos suyos en antologías como La Ciudad de los Ahorcados y Letrinas del Cosmódromo, bajo el sello editorial Agujero de Gusano. En la actualidad promueve su primer libro de cuentos Amorfismos, publicado por la editorial independiente La Tinta del Silencio.
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

Xox chuuy

Ko’olel ku julik tu púuts’ chak ts’íits’íbo’ob,

ts’o’oke’ ku chuyik k’aayo’ob ti’al u weensik u paalal.

Yéetel u sak k’áanile’ ku wojik múuyalo’ob

ti’al u xmukul chupik yéetel u ja’il u yich,

ku ts’o’okole’ ku t’ojik tu ka’anatsil ich.  

Te’e na’aliko’, tu chan xuulil u k’a’ajesaje’,

ku yáakam u xaakil u chuuy;

chéen tuupul oochelo’ob yaani’,

chéen xma’ top’ol tuukulo’ob p’áati’,

ma’ yanchaj u nikte’ilo’obi’, mix t’aanilo’obi’. 

Sak nook’ ti’al u chuuye’ u k’áak’náabil u tso’otsel u pool

ku yáalkab tak tu bejilo’ob u yoot’el. 
Ko’olele’ ku xokchuuy

yéetel jump’éel púuts’ p’isik u máan k’iin;

xts’íibe’ ku chuyik tuukulo’ob,

yéetel u k’áanilo’ob sayab lu’um,

ku bin u kóolik jujump’éelil tu ts’u’ u puksi’ik’al.  

Hilo contado

Una mujer enhebra en su aguja pájaros rojos,

y les borda cantos para arrullar a sus hijos.

Con hilos de plata dibuja nubes

donde guarda lágrimas en silencio

y los vierte en sus párpados cansados.


Al fondo, por el borde de su memoria,

su canasta de hilos agoniza;

ya solo guarda siluetas umbrías,

de ideas que no germinaron,

ni en flores ni en palabras.

La tela blanca nace del océano de sus cabellos

y desemboca en los ríos de su piel.
La mujer hace el hilo contado 

con una aguja que marca el tiempo;

es la escribana que hilvana historias

con hilos de tierra fértil,

que desenrolla uno a uno del corazón.


Autores
Egresada de la Escuela de Creación Literaria en lengua maya del Centro Estatal de Bellas Artes. Ha publicado en revistas literarias como Yook T’aan (Palabras en Camino); “Al Pie de la Letra” de la Universidad Modelo; en la antología “Los Nuevos Cantos de la Ceiba Vol. II”, editado por la Secretaría de Cultura y las Artes de Yucatán; en la antología literaria de escritoras yucatecas Salkabil Woojo’ob, en 2022. Ganadora de diversos certámenes literarios, como el Concurso Juvenil de Cuento Corto en Lengua Maya con la obra narrativa Jts’oono’ob, organizado por el Instituto para el Desarrollo de la Cultura Maya, en 2014; Premio Estatal de la Juventud 2016, en la categoría de Promoción y Desarrollo Cultural. Ganadora del Certamen Estatal de Poesía “El espíritu de la letra”, en 2016 y del concurso Tiempos de Escritura en 2020. Autora del poemario Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, del Programa de Jóvenes Creadores 2013 – 2014 en la disciplina de Letras en Lenguas Indígenas: poesía; Becaria del Programa de Estímulo a la Creación y desarrollo artístico (PECDA) 2015 – 2016. Actualmente es coordinadora del Club de Lectura SOLYLUNA que promueve la alfabetización temprana en comunidades del interior del estado de Yucatán y editora de K’iintsil, sección en maayat’aan del periódico peninsular La Jornada Maya.

Ilustrador
Hilda Ferrer
Cómic de Kareninja, 2024.
Cómic de Kareninja, 2024.


Autores
Ana Karenina (Kareninja) es lesbiana, comiquera y tatuadora. Es originaria de Ensenada, Baja California, y reside en la Ciudad de México desde 2013. Ha dibujado desde siempre, pero empezó a cobrar en 2017. Hace dibujos divertidos, tiernos y absurdos o surreales. Y también aborda temas relacionados a las mujeres y las identidades disidentes. Ha publicado viñetas y cómics en medios impresos y digitales, y puedes encontrar su trabajo mensualmente en El Chamuco (desde 2019) y en Alharaca (desde 2021).
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

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Bulimia vs Bulimia

Estoy acostumbrándome al error

me vuelvo intolerable desde lo más nimio

es que es el cansancio

es el hastío

son los días y las noches

el rojo y el verde

es la burocracia

es Chihuahua y su “no pasa nada”

es el mundo que me regurgita

un águila que me pone en su pico

espera a que algo me coma

así me incluye excluyéndome.

Y qué bien que pase así

no tengo prisa en que me traguen

no tengo prisa en que incluyan

tengo bulimia de mundo

tampoco los apetezco.


Autores
Buba Alarcón. Chihuahua, 1983. Está interesada en la búsqueda de formas para extender la acción de la poesía y experimenta con esculturas en espacios públicos, graffitis sonoros o archivos muertos. Ha sido beneficiada con las becas del PECDA (2013), FONCA (2016) y FORCAN (2017). Le otorgaron el Premio Universitario de literatura Enrique Macín Rascón (2006). Cursó estudios en el Conservatorio de Música del Estado de Chihuahua (2001-2003) y es egresada de Letras Españolas UACh (2004-2008) y certificada como Chef por Blue Chefs (2021). Fundó el colectivo multidisciplinario Tole (2004-2008) y co-fundó Astrovandalistas (2010-2011) proyecto de arte experimental sonoro. Coordinó el Foro Multidisciplinario Conjugando Musas. Publicó Historieta: porque soy princesa (IMAC, 2007/2009). Incluida en Tan lejos de Dios, antología de poesía de la frontera norte de México (2010) España-México. Co-autora de (Una nada asombrosa pero) EXACTA PALABRA (que te nombra), montaje poético-teatral de arte colaborativo (España). . Chihuahua, 1983. Está interesada en la búsqueda de formas para extender la acción de la poesía y experimenta con esculturas en espacios públicos, graffitis sonoros o archivos muertos. Ha sido beneficiada con las becas del PECDA (2013), FONCA (2016) y FORCAN (2017). Le otorgaron el Premio Universitario de literatura Enrique Macín Rascón (2006). Cursó estudios en el Conservatorio de Música del Estado de Chihuahua (2001-2003) y es egresada de Letras Españolas UACh (2004-2008) y certificada como Chef por Blue Chefs (2021). Fundó el colectivo multidisciplinario Tole (2004-2008) y co-fundó Astrovandalistas (2010-2011) proyecto de arte experimental sonoro. Coordinó el Foro Multidisciplinario Conjugando Musas. Publicó Historieta: porque soy princesa (IMAC, 2007/2009). Incluida en Tan lejos de Dios, antología de poesía de la frontera norte de México (2010) España-México. Co-autora de (Una nada asombrosa pero) EXACTA PALABRA (que te nombra), montaje poético-teatral de arte colaborativo (España).
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

El 12 de febrero de 2024 el todopoderoso magnate de las telecomunicaciones, Carlos Slim, salió de su lujosa caverna y se quitó las transfusiones de sangre joven (porque qué más hace la gente opulenta). Anunció que la empresa que lo convirtió en el hombre más rico del mundo, Telmex, estaba en números rojos y ya no era negocio.

Pero hubo un tiempo en que esos números eran verde esmeralda, destellantes. A eso contribuyeron los teléfonos públicos de tarjeta Ladatel. En el México noventero, Telmex instaló una cantidad absurda de teléfonos públicos que se usaban con tarjetas de prepago y que reemplazaron a los teléfonos públicos de monedas. 

Variaban los diseños de los plásticos, según los precios. Las tarjetas de 20 o 30 pesos contenían comerciales chafas, pero las de 200, 300 o 500, eran plasmadas con obras de arte. Las casetas Ladatel no irradiaban el encanto de las londinenses, eran metálicas, grises y cuadradas, sin chiste. De lejos, un recuadro celeste con un logo de una bocina blanca te ayudaba a reconocerlas. 

Pasaron 20 años y con la invasión de los celulares, las tarjetas se convirtieron en un artículo de colección raro y caro. Las casetas Ladatel fueron desapareciendo y muchas las reemplazaron por teléfonos públicos de monedas, que aunque sí funcionan, tampoco nadie usa. Karma.

***

Buscar teléfonos Ladatel en el centro de Monterrey se parece a explorar el desierto en busca de peyote. Fue en Estación Marte, Coahuila, cuando cansada de caminar y no encontrar ese cactus geométrico que solo conocía en fotos, derrotada me senté en la tierra. 

Al levantarme, justo en el lugar donde había acomodado mis asentaderas, apareció el primer peyote, incrustado en la tierra. Era imposible no haberlo visto. A partir de ahí, los peyotes comenzaron a brotar con un eje místico por todos lados ante mis ojos. Como si el desierto por fin se dignara a confiar en mí. 

El peyote bien podría ser una especie alienígena que importaron a la Tierra. No por nada, ingerirlo se compara a traer al octavo pasajero en la panza, hasta que, luego de recorrer tu cuerpo, sale disparado junto con tus jugos gástricos y empieza lo bueno. 

Ya que si eres de la generación antielevarse pero adicta a las pantallas, buscar teléfonos Ladatel podría ser similar a capturar pokemones en la calle, a través de una app con realidad aumentada, en tu celular.

***

El enemigo público y responsable del genocidio de las casetas Ladatel fue el celular. Esa misma noche salí a investigar si quedaban supervivientes. Subí al carro, encendí motores y puse en el estéreo Hanging on the telephone de Blondie. Inicié la ruta en Modesto Arreola, pero hace unos meses la arreglaron para, según, darle una mejor cara al Centro. Quitaron todo lo que estorbaba, excepto a los indigentes. 

Necesitaba un sitio alejado de las manos de Dios y de cualquier gobernante, así que me dirigí a Villagrán, famosa zona roja en los 90 y 2000. Si bien, ya no existe la gran cantidad de bares de mala muerte de antes, las condiciones deplorables en la calle continúan desde entonces. Supuse que por ahí podría encontrar un teléfono Ladatel. Supuse bien. 

Iba sospechosamente lento desde Treviño y al llegar a un semáforo en rojo, en el cruce de Villagrán y Espinosa, volteé a la derecha y la luz carmín resplandeció en una caseta. Mi corazón empezó a saltar con la fuerza del día uno en Estación Marte. Puse las intermitentes y, al acercarme, mi sorpresa fue mayor: era una caseta doble.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

No solo había sobrevivido un Ladatel al olvido, sino dos. Los examiné con el detenimiento de un regalo nuevo, aunque los usé más de una década. No se veían mal, solo algo raspados y empolvados. Incluso levanté la bocina y la acerqué a mi oreja; me arrepentí al instante.

El segundo hallazgo fue más dark. La caseta estaba a tres cuadras, afuera del Hospital San Vicente. De volada la divisé, rememorando el segundo peyote. Pero estaba de espaldas, escondida entre las ramas de un árbol, apenas iluminada y medio bloqueada por una Van. 

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Miedo y asco en la caseta. Al asomarme, olía a miados frescos. El teléfono estaba cubierto por una costra negra y seca. Como si Carlos Slim, o cualquier otro ser con un pacto con el Diablo, hubiera comido peyote y se hubiera vomitado sobre el teléfono. Continué la investigación y encontré otras dos casetas telefónicas de muerte: una afuera de una funeraria y otra a un costado de Televisa Monterrey.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Por fin, encontré al santo grial de los teléfonos públicos Ladatel. Era tan horrible, que era hermoso. Viva representación del fuerte devorando al débil. Torcido, cabizbajo, golpeado, rayado, escupido, miado, magullado, resistiendo el caos que reina en su ubicación, saliendo de la estación del Metro Fundadores. Presenciar esa imagen con la luz del día era imperativo. 

***

El martes 13 llegué al punto (donde estaba el teléfono) a la una y media de la tarde. Desde la acera de enfrente, se veía un camión ruta 223 que avanzaba caracoleando y descubría el teléfono poco a poco. Entre el bullicio diurno, su magnífica fealdad era aún más bella. 

Crucé la avenida Cuauhtémoc para apreciarla correctamente. Caminé con dificultad entre varios puestos ambulantes, uno de calcetines, uno de regalos para el Día de San Valentín que sugieren que lo importante no es lo que regalas, sino el detalle; uno de dulces y papitas, uno de churros, otro de calcetines y uno de quesadillas estilo México, hasta que topé con el teléfono. 

Fácil sería una obra de arte conceptual con destino a Zona Maco. Qué perfecta ironía si existiera una tarjeta Ladatel con una foto de ese teléfono, por supuesto, de 500 pesos. Lo único que sujetaba esa caseta era un cable amarrado en un poste. Diversos artículos se recargaban sobre él, una sombrilla roja de Coca-Cola, una escoba, un recogedor, tinas con cemento, un diablito, y colgaban bolsas negras de basura. Todo armonizado con Los Caminos de la vida que salía de un radio cercano.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

A su lado, un montón de usuarios del transporte urbano esperaban su camión. Visualizo mentadas de madre en los 90 por las largas filas para llamar desde ese punto. Ahora, las personas pasaban sin siquiera notar la reliquia que en años pasados les facilitó comunicarse. Inmersos en sus pantallas, tecleando, cabizbajos como la caseta, proseguían con su existencia. 

Porque con la llegada de WhatsApp, los mensajes escritos arrasaron con la preferencia. Llamar por teléfono se transformó en sinónimo de invasivo o acosador, e incluso, hay que pedir permiso.

***

Deambulé por el centro, recordando esas veces que le llamaba a mi crush desde un teléfono público para que no reconociera mi número en su identificador, solo para escuchar su voz diciendo: ¿Bueno? Y luego colgarle. En la actualidad, la gente ya no responde llamadas pensando que del otro lado hay un cobrador, un agente de call center rogando que te cambies a Movistar o un presidiario queriendo extorsionarte. 

Entonces hallé otro teléfono en Matamoros y Guerrero. A diferencia de los demás que tenían un soporte por detrás, este estaba empotrado a una pared lila de un negocio. De los supervivientes que vi, era el único con energía eléctrica. Los dígitos en la pequeña pantalla decían: INDISPONIBLE POR EL MOMENTO. Dudo que vuelva a estar disponible alguna vez. 

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

En la manejada final, vi otros dos teléfonos en la lejanía: uno en Cuauhtémoc y Espinosa, y otro en Juárez y Arteaga. Ahí concluyó mi búsqueda. En total, sumé ocho supervivientes a la purga. 

***

Tres días después, ya había olvidado los teléfonos públicos otra vez. Fui a un Oxxo que suelo frecuentar, en Tapia y Diego de Montemayor, y por primera vez noté que había dos teléfonos Ladatel pegados en una barda. ¿Cómo era posible que no los hubiera visto? El misterio continuaba, al igual que con el peyote. Número de supervivientes: 10.


Autores
Periodista egresada de la UANL. Autora del libro Cártel de una chica (no) rocker (2022). Fue integrante del Centro de Escritores de Nuevo León 2020. Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2020 y 2021. Sus crónicas han sido incluidas en las antologías Palabras como golpes como balas y Máscara vs. Cabellera. Fue directora de la Revista cultural Lagarto.
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

Grrr, grrr, grrr, vociferaban mis tripas haciendo una trifulca, reclamaban el antojo de media tarde: botana con exceso de salsa picante. Sin titubear, me dirigí a la tienda de autoservicio, como autómata fui al pasillo exacto donde se encontraban.

Casi al salir del establecimiento, algo me llamó la atención: era amarillo con rojo como la sangre expuesta con tal honestidad: “Empozolado”, exclamaba el trozo de papel, con tipografía grande como la imagen misma del cadáver descuartizado dentro de un tambo de 200 litros que ocupaba casi todo el tabloide, a excepción de un recuadro en la esquina superior donde aparecía una modelo en ropa interior.

La sangre vende, con esta frase quería mitigar las ganas de devolver el estómago después de ver aquello. ¿Cómo nació esta simbiosis tan convulsa de desdibujar al pudor y el erotismo?, ¿por qué llegamos a los límites de normalizar el consumo de la sexualidad con lo abyecto de un crimen?

Como especie, aún le tememos a la muerte, sin darnos cuenta que el verdadero terror fue el desmantelar nuestra capacidad de asombro o repulsión por ella. La reemplazamos por una nueva retórica unívoca: la corporalidad es una máquina de consumo, sea como sea, viva o muerta.

***

Y el morbo se hizo carne: clic a clic, con imágenes sugestivas, sexting, doble sentido, twerking, lubricantes, sabor afrodisiaco, sadomasoquismo, modelantes, dickpicks, operaciones para exaltar cada curva del cuerpo, poppers, bondage, viagra, vibradores, perreo, etc. El porno es cada vez más popular; menos escandaloso. Fue todo un éxito el mostrarlo en contenido casual –de fácil consumo-, abrió nuestros canales de curiosidad –el qué va a pasar- por más repulsivo que sea.

Hemos condicionado nuestra existencia al placer instantáneo de experiencias en pro de la virtualidad. Ahora, la carne se recorre pagando contenido exclusivo a través de los confines de una pantalla. En este despojo del ente personal, no dimensionamos la historia particular junto a los desafíos que enfrenta cada corporalidad. Escapamos a la idea que cada ser -unos más que otros- nos encontramos en una constante lucha por tener validez -consciente o inconsciente-.

Nosotras las mujeres, padecemos con mayor intensidad esta pornificación de lo cotidiano. Nos volvimos un territorio de placer o de muerte, se nos despojó de nuestra identidad para volvernos un objeto. Se nos exige un canon de belleza determinado donde no importa la radicalización de los métodos para llegar a ello –aunque se pueda fallecer en el intento-. Además, la juventud no se puede perder, por ello nuestros mejores amigos son: el botox y el ácido hialurónico para mantener la piel tersa; seguir en el juego del deseo y mantenernos sexys ante el ojo del otro –del hombre-.

Para configurar nuestra identidad sexual, tenemos dos opciones: la invisibilidad o ser cogible. Si escogemos la primera estamos destinadas a ser “olvidadas” ante el ojo del deseo masculino, por ello desde adolescentes nos fuerzan a usar maquillaje, pantalones ajustados, escotes y demás artilugios para ser visibles –deseables-.

Además del peso social de ser mujer, ser parte de la disidencia sexo-genérica vuelve mi existencia es un acto de resistencia contra-sistémico, debido a que mi cuerpo en esta sociedad se ha vuelto parte del circo mediático, donde una parte me hipersexualiza y vuelve un fetiche, mientras que la otra busca mi exterminio –físico o social- por ser este “error” el cual no encaja en los cánones preestablecidos.

***

La sometiste, la tomaste con fuerza del cabello. Estás muy excitado, te posas con autoridad delante de ella. Crece en ti el deseo de someterla con fuerza, con esa violencia que tú solo conoces, con ese vigor de hombre. Así lo viste –viviste- de los doce años, repasas en tu cabeza cada escena, de cada película; te excita recordar aquellas mujeres exuberantes.

Una mujer, una muñeca, un objeto o qué más da. Te trastorna el poder, querer poseerla, ella vivirá contigo porque sabes que les encanta ser sometidas. Está ahí, te mira de manera nerviosa, con temor, pero tú sabes que es placer. Ella no es perfecta, lo sabes, no tiene esos pechos grandes, ni ese sexo tan limpio, ella debería estar agradecida: ¡te fijaste en ella! Pero ella no importa, sólo tú, es tu placer, tu miembro, tu bendito semen. Todo gira en ti, por ti: como el gran sistema de placer que eres.

***

Quizá fue el mismo cristianismo con su ignominia por la lujuria –lo prohibido es más satisfactorio- , quien nos enseñó a través de su iconografía el goce de ver a un Cristo flagelado en obras como la Piedad de Miguel Ángel o en la infinidad de representaciones de la crucifixión.

De lo que estoy convencida, es habernos inculcado el pensamiento sadomasoquista, gracias a sus 300 años de tortura en la Santa Inquisición. Dejen les cuento mis motivos para tal aseveración, a través de manual inquisitorio para el goce:

En la búsqueda de placer, es un deleite usar las cuerdas para ser sujetadas de pies y de manos. Este es el juego de la dominación, así como lo era el potro para hacer hablar al acusado, hoy lo usamos para gritar –confesar- nuestra excitación.

En la antigüedad se usaban los azotes para someter, hacer confesar o simplemente para condenar por los pecados cometidos. Pudimos buscar el goce en el sadismo, azote con azote, palmada con palmada, zaaaz, zaaaaz: ese exquisito sonido del látigo pegando en la piel. El dolor (des)controlado nos genera una goce único.

Y junto a ello viene el gusto culposo –y no tanto- de la humillación erótica. Así como nos leían nuestro acto de fe con toda la ignominia cometida. Hoy nos encanta eyacular, escupir u orinar sobre el cuerpo del sumiso, especialmente sobre su rostro o boca, mientras le gritas lo cuan basura: delicioso.


Autores
Es egresada de la licenciatura en Letras Españolas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue becaria en el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) “David Alfaro Siqueiros” 2016. Acreedora de la Beca Interfaz del ISSSTE en la emisión Chihuahua 2016. En la actualidad es integrante de la 7ma generación de la Red Latinoamericana Jóvenes Periodistas. Fue publicada en la antología latinoamericana en la antología poética Novísimas (2021) y “Un hogar llamado cuerpo, poetas trans de Abya Yala” (2022).
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Majtsk joon

Matsk mutsk joonunk

japom japom kyajkjëtet

jam mää yë’ pujx metep tsujmëp

määte’n ka’t xëë jëmëjt nyaxy

nay ja’ japom japom y’ejxtëp

nay jaa jyënmä’äny jatëkojk tyany

jatsy näjxëp jantsy tëjkëp ey tsimy jyaa’et

jëts ka’t jatyëke’etyët ku jam kyaajk tmëët’ät.

Te’n ëjts ja ntääk kyë’ njamyajts

joknëmmëny kyaajk tmatëtskojy

jëts tëë ja’ nyi’anu’kxën ku näjty tsyu’yën

ku apiky kowankëxp jä’äy yak’iiy

majts mutsk joonunk

mete’p ka’t nijuun ojts wyeen y’ää kë’m tont, 

majts mutsk joonunk

mete’p ka’t ja tsyuj’äjtë’n nijuun kë’m kataxontä’äkt.

Dos pájaros

Dos pequeños pájaros

aletean cada día 

tras las rejas que los encierran 

donde no transcurre la vida

miran hacia el mismo lado todos los días 

con los sueños sin lugar a donde ir 

aletean de un lado a otro en ese trozo de aire 

para no olvidar que tienen alas.

Así recuerdo las manos de mi madre 

pájaros aleteando apenas aclaraba el día

y al caer la noche, cansados

por ese canto también obligado 

dos pequeños pájaros 

que nunca acariciaron su propio rostro

dos pequeños pájaros 

que nunca contemplaron la belleza de su vuelo.

Anu´kx

Anu’kxëp ja ne’kx ja kojpk

amonëp ja ää ayuujk

atujknëp wanety ja ween 

mete’p ja jënmä’äny myäjtsyijtpy.

¿Pë määte’nëk ëjts xakpäät?

te’nëk ja jä’äy jam nyay’amptompity

jëts nejt ja tun ja kojpk tnëatsoo

mëët ja ayuujk mëtep ka’t pën t’uk mëtoon.

Yë’ ja’y ëjts x’expätämp

pën tnë’ejxp ja tu’u mëtep ye’epy

tu’ukety majtskety  ëjts xpayo’oyä’äny

jëtsnëm mëtokuyä’än 

ja kyë’m ayuujk mëte’p ojts t’ëxye’eny. 

Cansancio

Un cuerpo agobiado

una voz que se extingue 

párpados que anuncian 

la condena de una memoria.

¿Qué en dónde estoy?

resuenan gritos en otro idioma

y los cerros responden por mi

en un lenguaje olvidado.

Solo los ojos que miran 

la tierra en que caminan

podrán advertir mi andar tortuoso

y acaso, escuchar con mi voz 

su propio canto.

Käjpxp yë kumä’äy

Ja’ m’awejxp ku kumä’äy kyäjpxt,

amënynaxy mmä’ät jëts tsuj ka’pxy xmëto’ot,

jënpeets atya’aky, jëts ka’t mween xakyä’äxt,

ka’t ja’ xtuknëjäwët ku jotmay mejts maktëjk’aye’epy

ku nejt tkatsokt kyäjpxt

jëts atya’aky mak’atëna’aty jam mää tyëjk’ääë’n.

Los sueños hablan (Traducción por Elena Gil)

Espera la llamada de los sueños,

duerme en gran silencio para que puedas escucharlos bien por completo,

cierra los ojos lentamente para evitar que lloren,

que no se enteren que vienes de visita con tus penas

porque tal vez no te quieran ni hablar 

y te detengan despacio justo en la boca de su puerta.


Autores
Trabajadora Social, poeta y traductora Ayuujk (Mixe) originaria de San Pedro y San Pablo Ayutla Mixe Oaxaca. Cuenta con una especialidad en Modelos de intervención de Trabajo Social con Personas Mayores por la Universidad Nacional Autónoma de México, ha participado en diversos proyectos y recitales de poesía, sus poemas han sido publicados en medios digitales como MEUI Revista Cultural, Revista Tierra Adentro, Gusanos de la memoria, Revista Tlatelolco y Desinformémonos, es becaria del Fondo Nacional Para la Cultura y las Artes en la categoría de Letras en Lenguas Indígenas, así mismo participa en la creación de material audiovisual en su comunidad para la difusión de la lengua ayuujk y para fomentar la participación de las personas mayores dentro de ella.
Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

8 de marzo, año electoral.

¿Cómo comenzar a hablar de las necesidades de un país con más de 3000 asesinadas en un año? ¿Cómo empezar a escribir sobre el dolor, el miedo, la impotencia y el cansancio de existir siendo mujer en un lugar así? ¿Cómo pensar en la taza de impunidad del 95% de los agresores, sin perder la esperanza? Hoy, mientras me preparo para asistir a la marcha del 8M pienso en eso; pero también en la resistencia, en la rebeldía de la ternura ante la barbarie, en la necesidad de visibilizar nuestras exigencias y en el hartazgo de vivir con miedo.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Muchas de mis amigas no asistieron a la marcha del año pasado. Se trató de un tipo de cansancio muy particular: el de la falta de esperanza ante la violencia del país, el de la sensación de estar abrumadas y en riesgo de tornarnos apáticas. Sabíamos que estábamos hartas, que seguíamos hartas; de la violencia y la desigualdad. Sabíamos que el horror poco había cambiado tras años de alzar la voz. Habíamos leído teoría feminista; protestado en movilizaciones grandes y pequeñas. Habíamos escrito crónicas, ensayos, cuentos y poemas; entrevistado a distintas personas; creado y participado en muchos proyectos. Habíamos cuestionado, incluso, a nuestros amigos… Pero siempre parecía haber más violencia esperándonos a la vuelta de la esquina. Invariablemente parecía haber más feminicidios, más agresores impunes, más machismo, más desinformación, más criminalización; como una pila interminable de mierda. Nos cansamos, y luego nos sentimos culpables por nuestro cansancio. Pensamos que por más que alzáramos la voz, el horror persistía. Pensamos, si de verdad servía de algo marchar en un país donde solo el 25% de los asesinatos de mujeres se reportan como feminicidios; en un lugar donde las niñas no están seguras ni en sus salones de clases o en sus casas; si de verdad importaba marchar en un México que recorta la cifras de desaparecidas, solo por un capricho; donde la gente se queja más por los disturbios de la marcha que por las cifras de feminicidios anuales, donde es más escandaloso decir “cuerpa” o pluralizar en femenino que hablar de las asesinadas del día.

Me reúno con Donají y un grupo de escritoras en la Fundación para las Letras Mexicanas, para marchar a su lado. Somos solo siete, pero bromeamos con la idea de decir que somos una colectiva. Hacemos carteles, hablamos de ser mujeres en una industria de hombres, hablamos de nuestros proyectos de escritura y nuestras esperanzas de lograr una carrera en este medio; no quiero decir que me siento cansada y que este año casi no marcho, no quiero decir que cuando pienso en el 8M pienso en si de verdad sigue valiendo la pena salir a marchar. En lugar de eso les pregunto por qué marchan. Hablan de sentirse hartas, de sentirse libres de salir a marchar ahora que estamos juntas, del deseo de que todo cambie, de honrar a quienes salieron a defender y luchar por los derechos que ahora damos por hecho.

Salimos hacia el Monumento a la Revolución y llegamos a la Glorieta de las Mujeres que Luchan, a tiempo para escuchar la última parte del discurso de un grupo de madres buscadoras. Me dan ganas de llorar; leo el tendedero que está puesto en la glorieta; escuchamos historias de lucha contra la impunidad, de cansancio y de rabia. La sesión termina con una promesa a voces de no parar hasta encontrar a todas, todos y todxs los que faltan.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Cuando por fin llegamos al Monumento a la Revolución, nos unimos a una colectiva, y vemos pasar todo tipo de pancartas, flores gigantes, lonas y cruces rosas. El día promete ser caluroso, con un cielo casi despejado y un viento que sopla poco; las jacarandas ya han empezado a florecer. Me doy cuenta de que dejé la gorra en casa. Vemos más tendederos, más historias de violencia, más nombres y rostros de agresores. Podría ser abrumador, podría ser trágico, pero nadie está triste, se siente un ambiente de tensión y fiesta al mismo tiempo: el momento antes del estruendo.

Comienza la marcha. Avanzamos hasta llenar la calle y a nuestro alrededor solo estamos nosotras, todas nosotras. Somos voces que gritan, tambores que resuenan, miles y miles de pasos que suenan como lluvia en el asfalto, somos pancartas, cruces, dibujos y paraguas llenos de flores; somos vestidos de quince años de color morado; somos sandalias, tenis, tacones, botas; vestidos, pantalones, shorts y faldas; torsos descubiertos; tatuajes; y cabello, con capuchas negras y rosas. Sobre todo: somos rabia. La primera vez que nos tocaron sin nuestro permiso, las miradas lascivas en nuestro cuerpo; la violencia infligida por alguien que nos amaba; el miedo de caminar solas, cuando nos siguieron de regreso a casa; los horrores vividos en la escuela; esa vez que no nos creyeron; el dolor de no volver a ver a una hermana, una amiga o una hija. Somos kilómetros recorridos en busca de alguien que un día se esfumó sin dejar rastro, la revictimización del proceso de denuncia, el dolor de la impunidad; somos el enemigo público número uno de este sexenio; nuestras opiniones rechazadas; nuestros cuerpos inertes. Somos rabia, somos resistencia y somos amor radical, todo eso extendido a lo largo de cuadras y cuadras de ciudad.

Dejo de pensar en mi cansancio. Donají me dice que quiere llorar tras leer algunos carteles. Este año, más que los anteriores, hay pancartas con denuncias, se nombran víctimas y victimarios y poco a poco me voy dando cuenta de que algo más está sucediendo: la ciudad entera se convierte en un tendedero. Todos los muros, todas las vallas están siendo forradas por hojas y hojas de denuncias, pintas con nombres, carteles de: se busca.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Gritamos consignas, saltamos, festejamos. Me arde la cara por el sol. La policía nos rodea por todos lados, hay calles donde su presencia es opresiva, pero está la Brigada Marabunta; colectivas y organizaciones como esta, acuerpan, y hay pocos conflictos. Y así, poco a poco, nos abrimos paso hacia el Zócalo. Entramos por Cinco de Mayo, pues han bloqueado Madero con más vallas y la cosa se siente claustrofóbica. Las han puesto ambos lados de la calle. Cuando el bloque negro pasa, las golpea con martillos y el sonido resuena por toda la avenida.

Llegamos al Zócalo. No hay bandera en el asta: montamos la nuestra. Los edificios también están protegidos por vallas: las convertimos en tendederos. Llenamos la plancha del Zócalo y los contingentes siguen llegando. Estamos en todos lados. Conversamos, reímos, lloramos.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Termina la marcha, al menos para nosotras, porque seguirá a lo largo del día. Habrá quemas y enfrentamientos con la policía. Gas pimienta y una bandera para reemplazar la que nos negaron. Vendrán más colectivas, habrá más gritos, más muestras de protesta.

La pequeña, y recién formada colectiva de escritoras, vamos a comer. Caminamos, cansadas y ahora calladas, por las calles del Centro, mientras a nuestro alrededor se siguen escuchando las voces de la marcha. Puedo ver el humo morado de las bengalas y el sonido de los tambores. Nos movemos del Zócalo y vamos a la calle de Regina para evitar las muchedumbres y asegurar una mesa donde podamos comer. Comemos, todavía en silencio, rodeadas de otras asistentes de la marcha, con pañuelos morados y verdes. Siento que sigo ahí, los oídos me resuenan todavía con nuestras voces gritando al unísono. La ciudad está llena de mujeres.

Se pone el sol. Antes de irme a casa acepto ir por una cerveza a una cantina cercana, y a mi alrededor la ciudad parece transformada. Por milésima vez en el día me dan ganas de llorar, porque es de noche y la calle está llena de mujeres. Me doy cuenta de que no tengo miedo. Así podría ser siempre; no, así debería ser siempre. La cantina está llena. Una colectiva entera está ahí y cantan y gritan y se ríen y bailan y todo se siente en su lugar, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera tocarnos, nadie que pudiera asustarnos, o siquiera que desee hacerlo.

Vuelvo a casa. Aviso que llegué bien. Le pido a Donají que haga lo mismo. El encanto terminó.

Acostada en la cama, pienso en mi cansancio, en el de mis amigas, en el dolor conjunto ante la violencia de nuestro país. En que sí, el feminismo no es perfecto, tiene carencias, y que un conjunto de teorías no va a cambiar al mundo: esa es nuestra responsabilidad. Hace unos minutos que ya no es 8M y sigue siendo necesario salir a marchar. Marchar con el corazón roto y con impotencia, marchar para visibilizarnos, para gritar con fuerza. Marchar porque esta no es una carrera de velocidad, sino de resistencia, y hay mucho trabajo por hacer.

Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.