Ahora sabemos lo que significan Cuartel Moncada, 26,
Lo que significan Camilo, Che, Girón, Escambray, octubre.
Los libros lo recogen y lo proponen.
El viento inmenso que lo afirma barre las montañas y los llanos
Donde los que no tienen nombres,
O cuyos nombres no conoce nadie todavía
Preparan en la sombra llamaradas
Para fechas vacías que veremos arder.
Roberto Fernández Retamar, Que veremos arder
Este 1 de mayo fue diferente. Millones y millones de trabajadorxs en todo el mundo salieron a las calles en un contexto que algunos asemejan (con interesantes argumentos) al de las dos guerras mundiales. Justa distribución de la riqueza e impuestos progresivos a los multimillonarios; seguridad social, salarios, vivienda, salud, educación y condiciones laborales dignas y justas; alto a la guerra, paz, soberanía y patria; antiimperialismo, antifascismo y antisionismo; democracia y libertad de asociación, de manifestación y de expresión, fueron algunas de las consignas que acompañaron e hicieron eco de la rabia, la protesta, el hartazgo, la impotencia y los sueños de millones de personas que vivimos cada día cómo entre más trabajamos, más pobres y miserables somos, más vigilados estamos y más sometidos vivimos. En el propio corazón del Imperio —donde no está admitido oficialmente el Día de lxs Trabajadorxs, a pesar de reconocerse mundialmente a partir de las manifestaciones en Chicago del siglo XIX—, no guerras, no reyes, no multimillonarios, no ICE e impuestos a los ultrarricos, fueron algunas de las exigencias que ese pueblo multiétnico, bautizado forzosamente como estadounidense, hizo retumbar por las calles.
“Los trabajadores antes que los multimillonarios” resume el pulso de quienes, una vez más y contra algunos pronósticos, confrontan, en las calles y en las ideas, aquellas teorías y políticas que aseguran (e imponen) que puede existir un mundo en el que coexistan pacíficamente los multimillonarios y lxs trabajadorxs. Y hago énfasis al decir en las calles y en las ideas, pues los multimillonarios tienen plena conciencia de que el poder político no radica únicamente en ser dueños de la producción, la tecnología y los medios de distribución y consumo, sino también en distorsionar el sentido común y adueñarse de las conciencias de los constructores de mundos.
Es probable que al pensar el trabajo como tema literario, lo hagamos en su expresión más amplia, la de la relación entre el ser humano y los medios que crea, utiliza y reinventa para reproducir la vida. Aunque este leitmotiv ha acompañado a la literatura desde que la literatura es, a partir del siglo XIX dejó de ser el escenario en el que sucedían las historias, para convertirse en el centro de la experiencia humana. Los relatos de obrerxs (en ocasiones dóciles, en otras, rebeldes), la vida en las fábricas y las mineras, la burocracia miserable y la idealización del trabajo rural, dieron paso a historias sobre la enajenación del trabajo y el trabajador, el desempleo y la renuncia consciente al trabajo deshumanizante, los trabajos colectivo, profesional, de servicios, de cuidados, entre otros, y futuros utópicos y distópicos. Sin embargo, el trabajo, en tanto condición esencial del ser humano para ser, se ha expresado de otras formas en la literatura y, una de las más amplias, y tal vez más controvertida, es aquella que se expresa en la ideología de los textos, es decir, el punto de enunciación del escritor: ¿quienes viven del trabajo ajeno imaginan mundos diferentes a quienes vivimos sólo de nuestro trabajo?, ¿a qué grado esta circunstancia influye en el punto de partida de una historia?, ¿en qué medida esto importa en la valoración literaria de una obra?
El afán de estas preguntas no tiene como fin limitar esta valoración; a estas alturas sería un tanto estúpido y ciego afirmar que sólo lxs proletarixs hemos creado literatura. Sabemos de sobra que el valor literario de una obra va más allá del contexto y clase social de lxs escritorxs, es un ecosistema en el que conviven dialécticamente las obras, lxs escritorxs, lxs lectorxs, los medios de comunicación, las circunstancias históricas, el grado de avance tecnológico de la sociedad, la ideología dominante y sí, también, la de la resistencia. Tiene mucho más que ver con la manera en la que los textos se relacionan con lo estático y con lo fluctuante de las condiciones subjetivas y objetivas del ser humano, atravesadas por la lucha de clases, que con el nivel de conciencia de clase del escritor. En consecuencia, para analizar una obra no sólo debemos considerar la ideología del momento histórico, sino también de quien la escribe, no desde el dogmatismo que ve en la ideología del autor, la ideología de los personajes y su mundo, sino para comprender por qué utilizó ciertas referencias y le dio tribuna a ciertas voces, pero silenció otras, de forma consciente o no.
Sería insensato negar que vivimos un mundo en transformación, por decir lo menos. El imperialismo, su neofascismo y sus guerras de repartición y expansión abriendo sus fauces para calmar la codicia insaciable de unos cuantos; la barbarie subyugando la razón de miles de millones de personas en el mundo; la pobreza y la contaminación enfermando cada brote de vida humana y planetaria; el terror social, la militarización, el paramilitarismo y la violencia como forma de dominio y gobierno de lxs colonizadxs y explotadxs, tienen su correlato no sólo en las historias y enseñanzas de las miles de luchas de resistencia y organización, con sus victorias y sus derrotas, que emprenden los pueblos y comunidades por su emancipación, sino también en miles de millones de voces particulares que unas veces expresan el lugar frío y gris, tenso, doloroso, amargo y, en ocasiones, bello, en el que vivimos los desposeídos, y otras, el deseo y la búsqueda, conscientes o intuitivas, que emprendemos de una historia, personal o colectiva, que respete el bienestar común.
La poesía de Aketzaly Moreno y Octavio Martínez, las crónicas de Iohana Marr y Karen de Villa, el cuento de Diana Colín y los ensayos de Rodrigo Riquelme y Michel Torres, resultan sólo una breve muestra de que en el mundo del trabajo enajenado y enajenante, en donde los pueblos y comunidades seguimos sometidos a la dictadura del capital y su sistema de explotación de miles de millones por unos cuantos, la literatura, con su fuerza disruptiva y transformadora, presta sus palabras, imágenes y sonidos en virtud de lo que, en última instancia, le da sentido a nuestras vidas: los actos y las ideas relacionadas con el bien y el mal, lo bello y lo feo, lo material y lo espiritual, la identidad y la otredad, etcétera; en pocas palabras, la ideología. Y, ante esta condición innegable, si la “angustia existe sí / Como la desesperanza / el crimen o el odio. / ¿Para quién deberá ser la voz del poeta?”.
Ta jujun sakubel k’inal ya xk’ajinik te ulichetik.
En cada amanecer las golondrinas cantan.
II
Una onomatopeya es una palabra que imita fonéticamente el sonido de la acción, objeto o animal que describe.1 Cada idioma tiene sus onomatopeyas propias. El cacareo de la gallina en tseltal es representado con un tok tok, que no el mismo en italiano, al enunciarse como il coccodè. Los sonidos adquieren una forma según la imaginación de los hablantes.
En tseltal, el ladrido del perro se representa con un woj woj, del cual deviene el verbo ladrar. Ya xwojwon te ts’i’e (el perro ladra).
III
Hay onomatopeyas que se emplean para designar sonidos específicos, aun cuando se trata de la misma acción. Un ejemplo es el acto de “quebrar”.
Quebrar algo alargado como una rama o el tallo del maíz, fonéticamente se representa con la palabra k’as, que también es el verbo quebrar. La sk’as sk’ab te te’e (se quebró la rama del árbol). Pero la representación cambia cuando lo que se quiebra es una cosa de barro o de cerámica, entonces se emplea la palabra top’, que es el sonido del chasquido. La jtop’ te jsamete (quebré mi comal). Asimismo, la palabra también alude al acto de quebrar o rajar la leña con un machete, incluso para romper la tierra con el asadón. Ya jtop’ jsi’ (quiebro mi leña). Este sonido se produce cuando la herramienta entra en contacto con la cosa que se fractura.
El chasquido que suena cuando se quiebra una cosa pequeña y redonda como un huevo, también cambia al representarse con la palabra t’us. La st’us tomut te kereme (el niño quebró un huevo). Así, según sea la característica de la cosa y el cómo se quiebre, edifica su onomatopeya.
Además, hay sonidos que se diferencian aun cuando provenga de la misma fuente. El retumbo que emite el golpe de la mano tiene una característica según la manera en que se da. Si se da con la palma de la mano o con algo plano como una regla, entonces el sonido es hueco, por lo tanto, se denomina poch. Pero si es con el puño cerrado, entonces el sonido es p’om, como algo que se estampa.
Sea cual sea el sonido del golpe con la mano, el dolor es inevitable. Quizá la expresión del dolor sea un ¡ay!
IV
T’om
T’om
T’om
Jich la ka’iy k’alal at’om te sibake.
T’om
T’om
T’om
Así escuché cuando el cohete explotó.
V
Un golpe tiene sonidos:
Xt’ululet te ja’e. Sonido de gota.
Xnililet te chawuke. Sonido del trueno.
Xpumpon te k’ayobe. Sonido del tambor.
Xchejk’lajet ta tontikil be. Sonido de piedras golpéandose entre sí.
Jaxaxet koel. Sonido al resbalarse de golpe.
En el mundo tseltal no hay golpes sin onomatopeya.
VI
El latido del corazón es nombrado como xt’umt’on, xtumton, xtumtun, xp’itp’on, según la variante. Al mencionarlo se siente el ritmo de la palpitación. La onomatopeya del latido es indisociable del corazón.
Xt’umt’on nax ko’tan
Mi corazón late
k’alal ya ka’iy ak’ope.
cuando escucho tu voz.
Xt’umt’on nax ko’tan
Mi corazón late
K’alal ya jts’ibuy abiile.
cuando escribo tu nombre.
VII
Una de las onomatopeyas que me resulta muy particular es la que se produce “al frotar algo liso con la mano, produciendo un ruido agudo”2, que en tseltal se dice kits’, palabra que emula el sonido. Kits’a awe (frótate los dientes [limpiarlos con los dedos]). ¿Pueden imaginarse el sonido? ¿Alguna vez lo han hecho?
VIII
La onomatopeya le da musicalidad a las lenguas.
IX
La onomatopeya es un recurso retórico que da expresividad y lírica a las cosas que emula. Ch’ur ch’ur tak’in, por ejemplo, es el nombre del timbre de escuela. El kurkuwit es el nombre de un ave que deviene de su canto. Al leer las palabras se encuentra la onomatopeya y la imagen que representa.
«Cristo Eucarístico». Madrid, Oratorio del Olivar. CC0 1.0
Derribar la estatua de quien ha sido condenado por la historia se nos presenta como una victoria de la lucidez sobre la mentira. Una corrección de la memoria —el primer santuario que uno habita—, la imagen paradigmática de una justicia simbólica pero reparadora. Nadie vive sin imágenes y nadie las destruye desde la vaguedad de lo informe. Quien derriba una efigie obedece a otra efigie acaso más sutil: la de la historia expiada. Las sociedades occidentales han sustituido las estatuas por consignas, los pedestales por pantallas y al Mesías por relatos redentores; han secularizado los materiales de culto, pero no la humana necesidad de figurar aquello que aman o temen. La imaginación social, expulsada del mármol, regresa disfrazada de lema. La tensión es antiquísima.
En uno de los acontecimientos inaugurales de Occidente, entre los relámpagos del Sinaí, la voz de Dios prohibió la fabricación y la adoración de imágenes. En su negativa resuena una sospecha harto justificada sobre la condición humana, y es que el ídolo es la tentación de apresar lo que excede toda presa. El Dios bíblico irrumpió en la historia como nombre impronunciable para evitar que incluso esa imagen suya pudiera emplearse como insignia, pues donde lo divino puede reducirse a objeto, nace también una voluntad de dominio. Quien posee una imagen cree poseer también el poder que representa.
Esta querella de las imágenes tomó en Bizancio la forma de una tempestad prolongada, como si el Imperio hubiese descubierto de pronto que no sabía qué hacer con sus propios ojos. En el año 726, bajo el reinado de León III Isáurico, se implementaron medidas contra el uso y la veneración de imágenes sagradas. Su primera víctima fue el ícono de Cristo que encabezaba la Puerta de Chalke, la entrada principal al Gran Palacio de Constantinopla, y su elección no fue arbitraria: tocar una imagen situada en el umbral del poder era declarar que la disputa concernía al orden visible del mundo. En torno a esa decisión convergían diversas inquietudes, desde derrotas militares frente a los árabes interpretadas como castigo divino hasta deseos de disciplinar la religiosidad popular y afirmar la autoridad imperial sobre los monasterios y los obispos; quizá también una vieja sospecha teológica heredada del relato del Sinaí. La legislación se presentaba como una ambigua promesa de instruir al ignorante y conmover al devoto, pero cuando una civilización duda de sus imágenes, en realidad duda de sí misma.
La crisis se agudizó durante el imperio de Constantino V (741-775), hijo de León III, férreo defensor de la iconoclastia. En 754 convocó al Concilio de Hieria, celebrado cerca de Calcedonia con más de trescientos obispos, para condenar la veneración y producción de imágenes religiosas. Se argumentó que pintar a Cristo dividía su naturaleza humana y divina al reducir el misterio de la Encarnación a pigmentos y tablas. ¿Cómo representar al Verbo hecho carne sin delimitar en contornos a Quien excede toda medida? Los iconoclastas sostenían que la verdadera imagen de Cristo era la eucaristía, o aun la vida virtuosa del creyente, pero no un pedazo de madera pintada. Los monasterios favorables a los íconos fueron perseguidos y sus bienes, confiscados.
Frente a esa ofensiva surgió la defensa de los iconódulos (su etimología no puede ser más provocadora: eikṓn significa “imagen” y douleía, “veneración”), encabezados por Juan Damasceno, del monasterio de Mar Saba, cerca de Jerusalén, esto es, fuera de la jurisdicción imperial. Su argumento poseía la elegancia de las ideas simples: si Dios se hizo hombre en Jesucristo, entonces aceptó entrar en la esfera de lo visible; negar toda imagen de Cristo sería casi como negar la Encarnación misma. No se veneraba la tabla en cuanto tabla, sino a Quien era recordado en ella. El honor tributado al signo pasaba al prototipo porque la materia, lejos de ser prisión, podía ser transparencia.
Décadas más tarde, la emperatriz Irene, regente de su hijo Constantino VI, hizo las veces de pontífice —“constructora de puentes”— y convocó el II Concilio de Nicea en 787, el último de los concilios ecuménicos reconocidos por todas las confesiones cristianas, que restauró la veneración de imágenes cuidándose de no confundirla con la adoración debida sólo a Dios. La paz, sin embargo, fue breve. A comienzos del siglo IX, León V el Armenio reabrió el debate convencido, tras nuevas derrotas militares, de que el Imperio seguía bajo la ira divina. La historia repitió su ritmo pendular: concilios contrarios, obispos depuestos, monasterios vigilados, imágenes retiradas o colocadas según el parecer del trono. Fue hasta el año 843, durante la regencia de la emperatriz Teodora y el patriarcado de Metodio I, que la veneración de los íconos se restauró definitivamente.
Las Iglesias orientales celebran hasta la fecha la fiesta del Triunfo de la Ortodoxia, que tiene lugar el sexto domingo antes de Pascua. Más que conmemorar antiguas querellas imperiales, lo que evocan es una pedagogía de la mirada: los fieles procesionan con íconos para mostrar que la materia puede ser transfigurada y que la belleza del arte sacro es senda hacia lo invisible. Por eso la fiesta conserva una vigencia más amplia. En una época saturada de propaganda visual, también hoy nos preguntamos cuáles imágenes revelan y cuáles manipulan; cuáles educan la sensibilidad y cuáles la sustituyen con simulacros. El Triunfo de la Ortodoxia nos recuerda que no toda imagen es ídolo, pero que ninguna está exenta de serlo.
“Que no te vuelvas indiferente.
Que no te vuelvas eficiente antes que sensible.
Que no te vuelvas máquina antes de tiempo.”
¿Y si te dijera que tu abuelita, la que usa lentes, es un cíborg? ¿Y también tu tía la que manda memes de piolín? Es más, hasta tú mismx que lees esto desde una computadora o celular eres un cíborg. Lejos de ser una distopía ciberpunk, estamos hablando de un debraye medio filosófico enmarcado en el posthumanismo que implica el cómo nos concebimos actualmente en medio de una sociedad cada vez más atravesada por la máquina y la digitalización.
Para empezar, pensar lo cíborg no implica necesariamente imaginar cuerpos futuristas llenos de implantes visibles o circuitos metálicos acá bien hardcore sobresaliendo de la piel como en las caricaturas. Implica, más bien, reconocer que la condición humana contemporánea ya está entrelazada con sistemas tecnológicos, simbólicos y biológicos de manera tan profunda que resulta difícil trazar una frontera clara entre lo natural y lo artificial. En ese sentido, la idea de cíborg va más allá de nomás describir un cuerpo híbrido: interpela una forma de existencia.
Anoche, por ejemplo, me descubrí con la cara iluminada por la pantalla a las 3:17 de la mañana. Los ojos secos, el pulgar repitiendo un gesto que ya no era del todo mío. Pensé en mi abuelita limpiando sus lentes con la misma paciencia con la que se limpia el mundo para poder verlo. Pensé en cómo nuestros cuerpos han aprendido a extenderse sin pedir permiso: el cristal como córnea extra, el teclado como prótesis del lenguaje, la batería como una ansiedad que también es mía. Ser cíborg no es una idea: es este cansancio compartido.
El concepto se populariza a partir del pensamiento de Donna Haraway, quien propone que los seres humanos ya vivimos en una relación de continuidad con las máquinas, nos atraviesan y las atravesamos. Para ella, el cíborg no es únicamente una criatura de ciencia ficción, sino una figura conceptual que permite entender cómo la identidad, la tecnología y la cultura se constituyen mutuamente. Desde esta perspectiva, el celular en la mano, los lentes en el rostro, los relojes inteligentes, las prótesis médicas o incluso los algoritmos que median nuestras decisiones cotidianas, más que simples herramientas externas, son extensiones del ser que participan activamente en la configuración de nuestra experiencia del mundo. La identidad ha pasado a ser híbrida, teniendo ahora un estadio material y uno digital.
La memoria, por ejemplo, ha perdido su residencia exclusiva en el cerebro. Se distribuye en agendas digitales, fotografías almacenadas en la nube, memes en el celular, buscadores que recuerdan por nosotros y plataformas que organizan nuestra vida cotidiana. Recordar dejó de ser un acto meramente interno y se ha convertido en un proceso asistido. Del mismo modo, la comunicación ha dejado de ser un intercambio inmediato entre cuerpos presentes: ahora se fragmenta en mensajes, emojis, audios y flujos de información que atraviesan redes invisibles. En ese cruce, la identidad se vuelve también una interfaz. Sin embargo, una memoria digital también implica una responsabilidad de mantener nuestra memoria corpórea activa: prestar atención, recordar el cumpleaños de nuestrxs amigxs, aprender cosas nuevas, estimular nuestra propia neuroplasticidad y no caer en el vacío de guardar archivos en medio del scroll infinito.
Ser cíborg, entonces, se acerca menos a incorporar dispositivos y más a vivir inmersxs en sistemas que amplifican, condicionan y reconfiguran nuestras capacidades. Incluso el lenguaje que usamos está mediado por tecnologías de escritura, edición y transmisión. La percepción misma del tiempo y del espacio cambia cuando las notificaciones de Meta interrumpen el presente o cuando la geolocalización del Google Maps orienta nuestros movimientos. El cuerpo está en constante diálogo con capas tecnológicas que amplían sus límites.
El cuerpo está en constante diálogo con capas tecnológicas que amplían sus límites, la misma Inteligencia Artificial como tecnología de la mente es ejemplo de esto. Vale la pena preguntarnos cuál es el poder que le estamos dando a las grandes empresas como OpenAI o Microsoft sobre nuestra información y por lo tanto sobre nuestra identidad digital. ¿Qué parte de nosotrxs hemos dejado plasmada en nuestro teléfono o en una base de datos solo para saber cómo nos veríamos en tal o cual estilo animado?
Como podemos ver, esta condición cíborg también cuestiona ideas tradicionales sobre la autonomía. Muchas de nuestras decisiones están influenciadas por recomendaciones algorítmicas, tendencias digitales o estructuras de información diseñadas para captar la atención. En lugar de un sujeto completamente independiente, emerge una subjetividad distribuida, ensamblada entre lo biológico, lo técnico y lo social: un cíborg.
Pero no todxs habitamos el cíborg de la misma manera. Hay cuerpos que pueden desconectarse y otros que viven enchufados por necesidad. Hay quienes eligen su extensión tecnológica y quienes son absorbidos por ella. ¿Qué pasa con el tiempo que nos roba sin que lo nombremos robo? ¿Qué pasa con la atención convertida en mercancía, con el cansancio que no se reconoce como explotación? Tal vez no estamos en una distopía… pero eso no significa que estemos a salvo.
En este contexto, la agencia, esa capacidad que tenemos de decidir y actuar, depende de todas las entidades y circunstancias con las que nos relacionamos así como de nuestra forma de relacionarnos.
Aceptar que todo el mundo es un cíborg no reduce ni niega lo humano, al contrario, amplía su definición y, además, abre un espacio para la relación horizontal con otras especies. Permite entender que la humanidad siempre ha sido técnica en algún grado —desde las herramientas primitivas hasta los sistemas digitales actuales—, y que la diferencia contemporánea radica en la intensidad y la integración de esa relación. No se trata de una ruptura con el pasado, sino de una continuidad que se ha vuelto más evidente.
Nunca antes en la historia habíamos podido cantar frente a decenas de personas desde la comodidad de nuestra casa o consolar en tiempo real a alguien en el otro lado del mundo.
Entonces, pensar la vida cotidiana como una experiencia cíborg no es sino una descripción más precisa. Somos organismos biológicos atravesados por flujos de información, dispositivos y redes que participan activamente en nuestra percepción, memoria, identidad y acción. En ese cruce, lo humano deja de ser una esencia fija y se convierte en un proceso en constante ensamblaje con lo tecnológico. Estamos inventando nuestra especie, una especie híbrida en constante transición, y hacernos conscientes de las dimensiones de esto es un ejercicio necesario para soñar futuros más habitables y sobre todo (paradójicamente) más humanos.
Tal vez la pregunta no es si somos cíborgs. Tal vez la pregunta es qué tipo de vínculo estamos construyendo con aquello que nos extiende. Porque si el cuerpo ya no termina en la piel, entonces también la responsabilidad se expande. Y entonces mirar al otro —incluso a través de una pantalla— deja de ser un acto neutro. Se vuelve una forma de tocar.
BIBLIOGRAFÍA
Haraway, Donna J., “Manifiesto para cyborgs: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX”, Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza, Cátedra, Madrid, 1995, pp. 251–311.
Braidotti, Rosi, Lo posthumano, Gedisa, Barcelona, 2015.
La Habana, Cuba, 2017. Fotografía de Pedro Szekely. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0
La reciente intervención militar estadounidense en Venezuela alteró drásticamente el equilibrio geopolítico regional y del mundo. Tras el fácil secuestro del presidente Nicolás Maduro, la administración Trump asumió una premisa que, por lo visto, ha resultado ingenua, pero peligrosa: con amenazas y acciones militares puntuales, se puede obtener grandes réditos políticos a muy bajo costo. En este ánimo Cuba apareció como el siguiente “blanco fácil”. El presidente norteamericano y su equipo más cercano celebraron anticipadamente y expresaron con jactancia que las horas del proyecto soberano cubano estaban contadas. Esta certeza arrogante emanaba de un cálculo puramente mecanicista que llevan haciendo medio siglo y que nunca ha acertado: las restricciones materiales inevitablemente van a doblegar al país. El propio mandatario insinuó que el colapso ocurriría por su propio peso, y que no sería necesario un esfuerzo militar extraordinario para lograr el objetivo. Sin embargo, la historia caribeña no obedece a las matemáticas imperiales. Cuba ha desmentido —otra vez— la profecía de Washington.
La ceguera estratégica de la Casa Blanca radica en su incapacidad para leer la realidad más allá de sus propios dogmas ideológicos. Trump calculó que la interrupción drástica de los suministros petroleros venezolanos provocaría un estallido social inmediato en la isla. Es innegable que Venezuela representó un pilar fundamental para la seguridad energética cubana durante dos décadas, y que la reducción de esos envíos agravó una crisis material severa que ya castigaba duramente a la población. Pero a pesar de este panorama desolador, la implosión deseada por los halcones de Washington no se ha materializado.
En esto meses la Oficina Oval ha abandonado cualquier sutileza diplomática. Es el sello de esta administración. J. D. Vance humilla a los europeos, Trump amenaza con aranceles al mundo, Rubio llama descaradamente a la reconquista del mundo colonial… No hay sorpresa respecto a que, en el caso cubano hayan abrazado la brutalidad descarnada de la guerra económica. Washington implementó una táctica de presión máxima que combinó el terror mediático con la asfixia financiera. En febrero, Trump declaró una emergencia nacional respecto a Cuba y la calificó como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional. A continuación, echó mano de uno de sus instrumentos predilectos de chantaje: amenazó con imponer aranceles punitivos a cualquier país que suministrara combustible a la isla. Esto, de facto, estableció un bloqueo energético contra el país, que ha estrangulado las rutas logísticas internas, ha provocado el cierre de múltiples negocios privados por falta de abastecimiento y ha afectado directamente servicios esenciales como la red hospitalaria.
A la agresión económica se ha sumado la reactivación de la amenaza militar directa. En más de una ocasión desde febrero el presidente estadounidense ha deslizado la posibilidad de una intervención armada. Recordemos cuando dijo que solo restaba “entrar y destruir el lugar”. Semejante retórica bélica, pronunciada después de la caída en combate de treinta y dos cubanos en Venezuela, ha elevado la tensión bilateral a niveles no vistos desde la Guerra Fría.
Una invasión militar norteamericana representaría una aventura sumamente costosa y, si bien el ejército cubano no es un ejército con acceso a tecnología de punta como pueden ser el ruso o el iraní, el Pentágono sabe que es el único de Latinoamérica con experiencia en guerra regular por las campañas por la liberación de África. Además de que Cuba no es un lejano país de Medio Oriente, sino un vecino a 90 millas. Esto explica la histórica oposición de los mandos militares norteamericanos contra sucumbir a la opción militar contra la isla.
En medio de este escenario se han establecido mesas de conversación, confirmadas por ambos gobiernos. Y aunque el contenido de lo que se discute cae en el ámbito de la especulación y de las dudosas filtraciones respecto a las cuales los medios norteamericanos alegan poseer “fuentes anónimas cercanas al Departamento de Estado”, la posibilidad de un entendimiento real choca contra obstáculos estructurales inmensos. La política exterior estadounidense hacia la isla permanece secuestrada por el lobby cubanoamericano de extrema derecha. Figuras como Marco Rubio exigen pasos que no pueden leerse sino como humillaciones para el liderazgo cubano y manifestaciones de revanchismo político miamense. El gobierno cubano, a su vez, reitera que no forman parte de las negociaciones la modificación de elementos de los sistemas políticos de ninguno de los dos estados, sólo asuntos bilaterales. Sin embargo, realmente Cuba no posee recursos que ofrecer a Estados Unidos. La obcecación norteamericana con la isla atiende a motivaciones políticas e ideológicas, precisamente las que Cuba no se puede permitir negociar.
Para justificar este cerco de aniquilación, la nación norteamericana y las derechas hemisféricas recurren al gastado discurso civilizatorio y a la supuesta defensa de los derechos humanos. La racionalidad del exterminio colonial emerge y se escuda en las imperfecciones democráticas del sistema cubano. El castigo colectivo del bloqueo, y la eventual acción militar, estarían plenamente justificados porque la isla no cumple con los estándares de “buena conducta democrática”. Ya habíamos escuchado a Trump decir que los bombardeos en Irán eran necesarios para “salvar a los gays” del gobierno islámico. Así se maneja el asedio a Cuba —por parte de congresistas como María Elvira Salazar, o de distintos actores de la derecha cubana de Miami— como un “último esfuerzo para la libertad”, no importan los “daños colaterales”. Lo cierto es que un bloqueo energético que amenaza el soporte vital en los hospitales constituye un acto criminal, sin importar los pretextos políticos esgrimidos. El derecho a la vida prima sobre cualquier otro, y ninguna democracia florecería sobre las ruinas de un colapso social inducido. Es realmente vergonzoso que tras veinte años de estar Estados Unidos y la OTAN destruyendo países en Medio Oriente y el norte de África, con excusas como la protección de los derechos humanos o la lucha contra el terrorismo, todavía alguien crea en esos discursos.
No obstante, la hostilidad desmedida de la Casa Blanca ha provocado un efecto búmeran imprevisto a escala planetaria. Trump calculó que la intervención en Caracas aislaría definitivamente a La Habana en el hemisferio. Sucedió exactamente lo contrario. La soberbia imperial y la amenaza inminente de aniquilación han despertado una ola de solidaridad internacional extraordinaria. Este respaldo global se nutre no solo del prestigio y del peso simbólico que posee la Cuba revolucionaria, sino también del creciente repudio mundial hacia las políticas erráticas y supremacistas del actual inquilino de la Casa Blanca. Millones de ciudadanos y múltiples organizaciones internacionales identifican a Cuba como símbolo de resistencia digna frente al neofascismo emergente. El mundo que observa el ensañamiento irracional contra una pequeña isla, y que ya sufrió con impotencia el genocidio en Gaza, canaliza su sentimiento anti-Trump —y contra el creciente auge de la ultraderecha aliada a él y al sionismo— a través de la defensa activa de la soberanía cubana.
Los que condenan la impunidad estadounidense en Medio Oriente reconocen en el asedio a Cuba la misma matriz de dominación colonial. El desprecio de Washington por el derecho internacional y su uso obsceno del chantaje arancelario espantan incluso a sus propios aliados comerciales. La estrategia del “garrote y garrote” ya va agotando la paciencia de una parte de la comunidad global. No es casual que en un foro como la Cumbre por la Democracia 2026 en España, se haya alzado una voz por Cuba. Quizá en otro momento esto hubiera sido impensable. Sin embargo, incluso izquierdas reformistas y de centro como el PSOE español sienten en su nuca el aliento de una ultraderecha, de cuyo avance el tema cubano es un capítulo.
Sin embargo, el peligro no merma, pues el fracaso de Trump en Irán y su muy posible retirada pueden ser mala noticias para Cuba. La búsqueda de una limpieza de paladar con una victoria fácil en el Caribe puede llevar a esta administración norteamericana a cometer un grave error que sólo traerá sufrimiento a ambos países. Recientemente se filtró que el presidente norteamericano orientó al Pentágono prepararse para posibles operaciones en Cuba. Al mismo tiempo se sobreexpone mediáticamente la negociación entre ambos países y se echan a rodar supuestas ofertas hechas por Estados Unidos. Esto puede ser una manera de decir al mundo “les hemos dado opciones de salvación, pero no han aceptado, no nos queda otra que entrar con las armas”.
Mientras tanto, dentro de Cuba la población intenta seguir viviendo. Este dato, en apariencia trivial, constituye en realidad el núcleo de la disputa: la vida concreta frente a las abstracciones estratégicas. La insistencia de Washington en producir condiciones de asfixia como mecanismo de cambio político pone en evidencia una racionalidad que subordina la reproducción de la vida a objetivos geopolíticos espurios. En ese sentido, el caso cubano no es una excepción, sino una expresión particularmente nítida de una lógica más amplia de gobierno sobre la vida y la muerte en el sistema internacional contemporáneo. La resistencia de la isla, por tanto, no puede leerse únicamente en clave nacional, sino como parte de una confrontación más amplia entre proyectos de orden global incompatibles. Es también —sin caer en chovinismo— una gran epopeya silenciosa de la época. No obstante, lo que los cubanos reclaman es bastante simple: que los dejen vivir en paz. Sólo eso.
“Mis sueños son muy mundanos: casi todas las noches sueño con estar en línea”, me dijo mi paciente Emilio, de dieciséis años, que porta una melena larga y lacia, hasta debajo de los hombros, muy rubia. “Anoche soñé con la pantalla de mi computadora, podía ver una imagen de Mizuki, y la app de Discord, y estaba mandándoles mensajes de texto a mis amigos. Creo que también les mandé una fotografía, pero no me acuerdo de qué”, me dijo.
Yo, su vieja psicoterapeuta, de otra generación, nunca había concebido que fuera posible soñar con estar en línea, y entonces le hice mil preguntas acerca de cómo se veía en sus sueños el mundo en línea, si se veía a sí mismo en la computadora, en la pantalla de su teléfono, o qué interpretaba él a partir de estos sueños virtuales. Lo escuché y me quedé atónita. Jamás había pensado en lo que sería tener un sueño en internet o con mi teléfono celular. Emilio, sin embargo, lo veía como algo completamente natural y le quitó el velo místico a algo que yo escuchaba como un fenómeno tan extraño: “lo veo todo como desde una máscara de realidad virtual, desde mi perspectiva”, y “yo creo que mis sueños no tienen ningún significado. Son para entretener a mi cerebro, para que no se aburra. Como paso tanto tiempo en línea, es como una continuación de lo mismo, también mis sueños suceden en el mismo ambiente”.
¿Qué diría el capítulo aún no escrito de La interpretación de los sueños sobre el trabajo del sueño de los sueños virtuales, dentro de una estructura ya virtual? ¿Cómo se transforman la condensación y el desplazamiento, qué deseo se articula en esta otra forma de habitar el mundo, a través de pantallas, en la pantalla de nuestro cerebro y el trasfondo del inconsciente? Si, como decía Freud en su famosa frase en el mismo libro, “los sueños son la vía regia que nos lleva al inconsciente”, ¿qué vía abren los sueños que reduplican la virtualidad? ¿Cómo referirnos a la letra del sueño, sin leer ahí también una nueva organización del inconsciente, que se construye con el material mismo no ya de nuestro entorno y de nuestras relaciones, sino con ausencias virtuales?
Escuchar los sueños como una forma de entender el mundo que no se comprende del todo en la vigilia no es un impulso nuevo, ni mío. Charlotte Beradt también paraba la oreja: periodista que frecuentaba los círculos intelectuales de Viena y de Berlín y se dedicó, entre 1933 y 1939, a recopilar relatos de sueños. Su inquietud la llevó a notar que la gente quería hablar de sus sueños e intuyó que en la producción onírica de los habitantes del Tercer Reich podía encontrar una pista más clara de lo que estaba sucediendo que lo que intuía en la vigilia. En su entorno, nadie parecía encontrar una explicación racional de lo que estaba sucediendo: el ascenso meteórico de Hitler, la consolidación del fascismo, el antisemitismo y el totalitarismo. Luego de compilar un archivo muy completo, Beradt guardó los sueños. Se exilió en los Estados Unidos, tradujo la obra de Hannah Arendt y no publicó su compilación sino hasta 1966, bajo el nombre El Tercer Reich de los sueños.1
En El Tercer Reich de los sueños, Beradt afirma que los soñantes “no se enfrentan a conflictos de su ámbito privado y mucho menos los de un pasado lejano que habría provocado una enfermedad en su personalidad, sino que se ven sumergidos en conflictos propios del espacio público, con su estimulación amontonada de hechos, rumores, conjeturas, de conocimiento y presentimientos a medias”, por lo que los sueños “tratan sobre las relaciones humanas perturbadas, pero perturbadas por su mundo circundante”. En los relatos de los sueños se constata esa alianza entre el mundo onírico y la vigilia. A diferencia de lo que algunos psicoanalistas proponen, en este caso no se trata de sueños en donde hay un mensaje cifrado que hay que interpretar, sino que se trata de algo más cercano a lo que Lacan proponía al leer los sueños a la letra, pues son “sueños casi conscientes”, su “trasfondo no sólo no es invisible, sino que es en gran parte visible”. El archivo onírico de Beradt es la evidencia más afectiva y éxtima del fascismo en Alemania y funciona como una suerte de compilación de “diarios nocturnos” que registran “minuciosamente el impacto de los acontecimientos políticos externos en el interior de la persona a la manera de un sismógrafo” aunque provengan de “una actividad psíquica involuntaria”. Es decir, las imágenes de los sueños nos pueden ayudar a interpretar no ya la interioridad de un sujeto, sino más bien la estructura de una realidad “que se dispone a transformarse en una pesadilla”.
Beradt encontró en los sueños del Tercer Reich el sismógrafo de una reconfiguración histórica. Me pregunto si no estamos ante otra, menos visible porque no tiene el rostro inconfundible del fascismo, pero igualmente profunda en sus efectos sobre la interioridad. El psicólogo social Jonathan Haidt la llama “la gran reconfiguración” de la infancia, y la fecha con precisión: sucedió cuando el smartphone se volvió ubicuo, lo cual coincide, según sus datos, con el aumento exponencial de diagnósticos de ansiedad y depresión en jóvenes de la Generación Z, sobre todo en países anglófonos, entre 2010 y 2015.
Leo el libro trágico de Haidt que me cuesta terminar: The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (que se tradujo con un título más moralino como: La generación ansiosa: por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes). Y lo defino como trágico no por sus datos sino por su certeza: traza un vínculo causal inevitable entre la innovación tecnológica y la patología, como si la reconfiguración sólo pudiera conducir al desastre.
Esto no resulta sorpresivo si pensamos que, según las estadísticas que presenta Haidt, la mitad de los adolescentes reporta que usan internet constantemente, al menos siete horas al día, y si se añade el tiempo que pasan pensando acerca de las redes sociales, mientras están alternando actividades en el “mundo real”, entonces se podría considerar que el número de horas al día incrementa hasta dieciséis. Es decir, ciento doce horas por semana en las que los adolescentes no están realmente presentes ni atentos a lo que sucede a su alrededor, sino al mundo virtual. Según Haidt, mientras más tiempo pasan los adolescentes en la pantalla, menos conexiones forman con sus amigos en el “mundo real”, su atención se fragmenta inevitablemente y su calidad del sueño es mucho peor, además de que un algoritmo secuestra sus deseos y manipula sus acciones a cambio de una descarga de dopamina, concediéndoles un efecto placentero a corto plazo.
No obstante, aunque la argumentación de Haidt es incontrovertible y sí creo que efectivamente estamos en una “gran reconfiguración” de la forma en que nos relacionamos, lo cual afecta mucho más a los niños y jóvenes, no comparto la proyección de un futuro enteramente negativo. He visto de primera mano las listas de espera inacabables de una clínica de atención psicológica y psiquiátrica para niños y adolescentes y me parece difícil atribuirle causalmente esto, como señala el título del libro en español, a las redes sociales o a un smartphone y no a un sistema capitalista que provocó ya, mucho antes de la tecnología que lo canaliza, una atomización y fragmentación de la sociedad que nos aliena: la tecnología empuja y lleva a sus últimas consecuencias lo que ya estaba sucediendo.
Y, sin embargo, soy parte de esa reconfiguración que describo. Veo a mi paciente Emilio también a través de una pantalla. Lo veo en su cuarto, frente a sus posters, sentado de cuclillas en su cama, mientras yo estoy en mi ático, sentada en una silla acapulco, copiándole a mi analista. Nos hablamos también, de alguna manera, desde la cabeza sin cuerpo de la virtualidad. Soy parte de la estadística, de ese número de horas que pasa frente a una pantalla y nuestra interacción también carece de la cercanía, contexto, y del encuentro real de dos cuerpos. Y, a pesar de ser virtual, la continuidad de sus sueños, nuestro encuentro es muy cercano, y es quizás gracias a esa reconfiguración que Emilio se permite ser lo que yo envidio: un niño que se comporta como si tuviera ocho años, que juega videojuegos, mientras piensa acerca de los vericuetos existenciales más profundos, citando a Schopenhauer. La reconfiguración de la infancia no conduce inevitablemente a una patología, ni es una condena de nuestro futuro.
Veo hoy, cuando le pregunto a mis pacientes por los sueños, una inquietud similar, una necesidad de hablar de lo que sucede en la vida onírica para poder darle un sentido al mundo de la vigilia que comprendemos cada vez menos, y que quizás sigue con más fidelidad las reglas de una pesadilla cada vez más absurda.
A Emilio se le acabó la batería de uno de sus audífonos. Se lo quitó de la oreja derecha, y se puso otro en la izquierda. En esa misma sesión en la que hablamos de sus sueños, me di cuenta de que Emilio vive con un solo audífono todo el día, escondido debajo de su larga cabellera y que, también cuando está en una sesión conmigo, escucha una serie de canciones repetitivas o algún soundtrack. “Lo escucho a un volumen bajo”, me aclaró, y “sólo en un oído para poder estar alerta también al exterior”. En varios meses de encontrarnos, no me había dado cuenta. En la escuela, me dijo, nadie se da cuenta tampoco. El único momento en el que confesó que se lo quita es para la clase de español, porque ahí tiene que hacer ejercicios de escucha, a través de la computadora. Yo, de nuevo, lo cuestioné desde mi curiosidad insaciable: ¿cómo es vivir todo el día con música en uno de tus oídos?, ¿medio escuchas?, ¿no te estorba la música para entender? “No, me ayuda a concentrarme, hasta se me olvida que está ahí. Puedo desconectarme y luego sintonizar la música y como es algo que me interesa, me ayuda a enfocarme en lo que no me interesa, como una conversación o las clases en la escuela”.
Parar la oreja es también esto: que hoy me escuchas con una oreja, que te cuesta tanto escuchar y enfrentarte con las otras voces que prefieres aislarte, al menos parcialmente, para poder sobrevivir. Hay días en los que la estructura de una realidad se dispone como una pesadilla y hay días en los que, esa misma estructura, te protege de lo Real.
“Miguel de Cervantes imaginando El Quijote”, pintura de Mariano de la Roca y Delgado, 1858. Obra de dominio público.
Todas las novedades son combustible para la caldera de nuestro indecible aburrimiento.
César Aira
I
En un lugar de las redes de cuyo hashtag no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un viejo de los de pulgar sensible a la hora de reenviar videos conspirativos, memes misóginos, stickers de Buenos días y postales sonoras con difuntos resucitados por la IA.
Es, pues, de saber que este sobredicho anciano, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a scrollear incesantamente reels hipnóticos con tanta afición y gusto que ya no podía hablar con las nuevas generaciones sin insultarlas o sentirse insultado, así se olvidó de sus antiguos ideales para convertirse en un tío panista de los que creen que el pobre es pobre porque quiere, y que todo mal que aqueja al mundo es culpa del feminismo, los chairos, la migración o las nuevas generaciones.
Tengámosle piedad a este quijote enajenado, que intercambió su nombre por el de una guerra, entendiendo, junto con Borges, que, así como “Alonso Quijano tomó la decisión de ser Don Quijote y salió de su biblioteca”, este viejo hidalgo de la era digital también podría tener el arrojo, el ímpetu, la valentía de abandonar su rutina para deshacer entuertos y combatir las fake news como un caballero inamovible, twitteando añejos rencores en defensa de la vieja moral.
En vez de quemarle su biblioteca, sus familiares intentarían esconderle el teléfono para que este Quijote whatsappero dejara de ponerlos en ridículo en lo chats grupales, pero de poco serviría la censura, pues los videos conspirativos, las teorías illuminati reptileanas ya habitarían los claroscuros de su memoria, y este viejo hidalgo buscaría a toda costa un cafecito con wifi para armarse influencer, exigiéndole al gerente (al que él confunde con Luisito Comunica), que lo deje pasar la noche junto al módem (que él cree que son las oficinas de Google) para velar sus armas indispensables: un selfie stick, aros de luz led, un micrófono inalámbrico y la dogmática confianza que caracteriza a los youtubers.
No tardaría este Quijote en encontrar a un escudero, más simpático e ignorante, para consolidar la brillante idea de hacer un podcast juntos. A este Sancho lo motivaría la promesa de su amo de que al alcanzar el millón de likes le regalaría una ínsula privada que pudiera gobernar a su antojo. ¿Quién pensaría que la ilusa ambición de Sancho Epstein reencarnaría en este siglo en una isla pedófila? Los licenciados vidriera del nuevo milenio, cínicos pero hastiados, amenazarían con cancelar los valores decrépitos de esta parejita belicosa y organizarían, en resistencia, el Coloquio de los Therians para soportar la asfixia de un mundo en el que no pueden respirar.
Las energías limpias sopladas por el viento serían grotescas fake news en la mente conspiranoica de nuestro Quijote, que en vez de molinos vería gigantes mentiras que reproducen las ideologías woke para exterminar el “democrático” mundo gestionado por el hombre “civilizado”. Nuestro Quijote, en su guerra infinita contra las aberraciones inmorales, citaría las hazañas de otros caballeros como Amadís Shapiro, Galamusk, Rogan Furioso y Esplandián Peterson, encomendándose de todo corazón a su amada Dulcichat del GPT (esa ausencia que a todos nos acompaña) para fracasar constantemente en su intento de encontrar la verdad de Montesinos en su cueva digital.
Montado en Trendelmame, su enjuto caballo algorítmico, nuestro Quijote se enfrentaría al Ayatolá de los Espejos o al Chapo Vizcaíno en confusas batallas traducidas a conveniencia por Cide Hamete Benengeli News, el teatrillo de Ginés de Pasamonte, y los duques opinólogos de la intelectualidad parasitaria. No tardaría, por la fama que da el embuste, en sentirse primero ofendido, después halagado, por precarios imitadores como el Milei de Avellaneda, que multiplicarían su gloria. Si bien Nabokov proponía que un final más espectacular para la novela de Cervantes hubiera sido que el Quijote verdadero se terminara enfrentando con el Quijote apócrifo de Avellaneda, y el primero cayera derrotado frente a su doppelganger espurio, lo cual no sería una mala actualización para la historia de nuestro Quijote conspiranoico, que después de soltar tanta rabia desinformada, morirá, como en el libro de Cervantes, cómodamente en su cama pidiéndole disculpas a Sancho por creer equivocadamente que el mundo podía ser salvado por caballeros estáticos.
II
Pero tengámosle piedad a este Quijote agónico. Después de todo, el siglo XXI odia la vejez. De eso se trata esta era cibernéticamente adicta a la novedad, las pieles tersas y el dogma del morbo. Sólo en este siglo palabras tan respetables como señor (piénsese en la frase: “no hagas chistes de señor”) o señora (piénsese en la frase: “ya siéntese, señora”) son insultos velados, acaso sinónimos de la palabra imbécil.
Nadie quiere caducar, nadie quiere representar una moral ajena a la moda, nadie quiere verdaderamente ser un Quijote. ¿Qué le importa a este mundo un demente chocho que busca deshacer entuertos por mano propia sin filantropías telescópicas, superioridad moral o banderitas convenencieras? Yo pensaba que nada, o casi nada. Y luego leí la novela de Cervantes con mis estudiantes, pertenecientes a la llamada generación Z, y cambié de opinión.
A razón de sesenta por grupo y seis grupos a lo largo de cinco años, calculo que han pasado por mis aulas casi dos mil estudiantes; una muestra nada desdeñable que me da ínfulas de creer que entiendo algunos rasgos distintivos de estos supuestos nativos digitales.
Aclararé primero dos asuntos categóricos:
1) No creo que la llamada generación Z difiera mucho de mi generación millenial ni de los boomers ni de la primera generación cavernícola, y considero que aquello de segmentarnos en temporalidades es un constructo mercadotécnico para dividirnos como sociedad. Dicho lo anterior, sí creo completamente en las marcadas diferencias entre un espíritu joven, sin importar su edad, y un espíritu envejecido; creo que son bandos antagónicos que llevan librando una guerra tácita desde que el mundo es mundo. Hay un diálogo en la serie True Detective que, me parece, lo resume a la perfección. El suegro del detective Woody Harrelson externa esa redomada patraña de que las cosas ya no son como antes y que el mundo está cambiando para peor, porque ahora todo es sexo y los hombres se maquillan, y Woody Harrelson le contesta: “¿Sabes qué? Apuesto que, a lo largo de la historia, cada viejo probablemente ha dicho lo mismo. Y los viejos se mueren. Y el mundo sigue girando”.
2) Leo con mis estudiantes El Quijote en la versión actualizada por Andrés Trapiello. Mis eruditos colegas cervantistas se llevan una mano al pecho, pero es claro para mí que El Quijote, más allá de emblemas, clichés y parques temáticos en Alcalá de Henares, es una obra muerta en nuestro idioma. A diferencia de Shakespeare, que revive cada día al ser representado en todos los teatros del mundo, a Cervantes ya sólo lo leen en su lengua original los académicos; sin embargo, es mucho más leído y reivindicado en otras lenguas porque la traducción lo actualiza. Por otro lado, Trapiello no modifica ningún aspecto crucial del texto, tan sólo clarifica en su mayoría sustantivos, verbos y preposiciones que lo hacen supuestamente más accesible. ¿Sería ideal leer a nuestro más grande clásico en su versión original? Por supuesto, pero no vivimos en un mundo ideal, y, cuando el primer año lo intenté, no pudimos, entre dudas y distracciones, rebasar siquiera los primeros prólogos.
Con la de Traipello el texto fluyó de maravilla.
¡Es como Deadpool! ¡Es como Shrek! ¡Es como Kick-Ass!, comentaron enloquecidos mis estudiantes tras comprobar que ese tabique solemne del año del caldo es un desquiciado juego paródico que se burla de todo. Cinco años más tarde, actualizaron los comparativos: ¡Es como One piece! ¡Es como las cazadoras del k-Pop! Le pedí a mi camarada Kin Navarro, quien escribió hace poco un brillante ensayo sobre One Piece (esa serie icónica que abanderó las marchas evaporadas de la Generación Z) preguntándole qué tenía que ver ese ánime con El Quijote, y su respuesta me dejó boquiabierto:
Las referencias al Quijote en One Piece son numerosas. Donquixote es el apellido de un personaje que es un noble de la cúpula mundial, llamados tenryubitos, es un mercenario pirata que dio un golpe de Estado en una de las islas llamada Dressrosa que está inspirada en Europa, principalmente España-Italia-Francia. Él es uno de los Shikibukkai que son piratas licenciados para trabajar bajo las órdenes de la Marina que es el brazo armado del Orden Mundial. Su historia es brutal y cruel, pero no te la voy a espoilear. Un par de sus frases más famosas son: “¡Los niños que nunca han visto la paz y los niños que nunca han visto la guerra tienen valores diferentes!”. Y: “La justicia prevalecerá, dices, por supuesto que sí. Quienes ganan la guerra, se convierten en Justicia”. Por otro lado, en el arco de Skypeia, que es una alegoría de la Latinoamérica colonial y la tensión entre indígenas, mestízos católicos y gringos fanáticos, aparece un personaje que sí es mucho más referencial al Quijote llamado Gen Fall, o el caballero del cielo. Su similaridad es aparente porque él es el antiguo mandatario de las islas del cielo y era tratado con el mote de Dios hasta que aparece Enel, un budista-narcisista que quiere extraer todo el oro de unas antiguas ruinas Shandías que desaparecieron misteriosamente del mar 400 años antes. Te podrás dar cuenta que la trama es mucho más compleja de lo que el estilo de dibujo sugiere en el manga/ánime. En resumidas cuentas, Luffy mismo, el protagonista, es un personaje quijotesco (ojo, aquí respeta a los héroes pero ya ha dicho más de una vez que no le interesa ser uno) porque persigue ideales que parecen locura pero suelen ser más cuerdos que lo que es la gente adaptada a las estructuras de poder.
Fascinado, comencé a ver el ánime y debo reconocer que existen múltiples vasos comunicantes. Quizás El Quijote esté más vivo en el imaginario de Oriente que en el occidental. Y eso que siempre recuerdo, gracias a Vila-Matas, que El Quijote llegó a China con el título Historia del caballero encantado a través de un traductor que nunca tuvo acceso al manuscrito, pero lo parafraseó a partir del argumento que le había contado el amigo de un amigo:
La falta de conocimiento del idioma español —así como de cualquier otra lengua occidental— no fue un impedimento para que el reconocido letrado chino Lin Shu se abocara a la monumental tarea de traducir El ingenioso hildago don Quijote de la Mancha ala lengua china. Con la ayuda de su amigo Chen Jialin, quien había leído un ya distorsionado texto en inglés y se lo relataba pacientemente en baihua, el mandarín coloquial, Lin Shu se puso manos a la obra.Y así, en 1922, nació la primera traducción al chino de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra. (Plitt, BBC News, 2021).
Esa versión se popularizó por décadas y la mayoría la prefirió incluso cuando aparecieron nuevas traducciones milimétricamente cotejadas. Otra razón por la que podría estar más vivo el espíritu de El Quijote en Oriente es porque allá, al menos en las series que veo, todavía se practica el respeto a los ancianos, y parece que aún creen relevante lo que puedan decir aquellas personas con más de medio siglo de vida; un respeto que siento que se ha perdido entre las clases medias mexicanas. Basta ver a un anciano preguntar cómo se pide un Uber, cómo se manda un audio, cómo se hace una foto al revés, para que cualquier adolescente pele unos ojos de fastidio que Lin Shu traduciría como: “¡Por qué no te mueres de una vez!”.
Lo mismo si no estás al corriente con los memes o videos virales, inmediatamente resultas caduco, anticuado y, por ende, incómodo. Es por eso que mi espíritu, prematuramente envejecido, pasó la tarde del domingo poniéndose al corriente con las Cazadoras del k-pop y, ¿qué puedo decir? Just delightful (Jason Seagel dixit). La premisa general de la película es: “No puedes arreglar al mundo si no te puedes arreglar a ti mismo”, algo que parece calcado del Tolstoi más cervantino: “Todos piensan en cambiar a la humanidad, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Lo más importante para las cazadoras del k-pop son los fans, como para Don Quijote los menesterosos; los demonios son almas en pena, avergonzados por sus vidas pasadas, que se disfrazan de una boy band para robarles la audiencia. “Si a ti te parece que ese demonio que dices huele a ámbar”, le dice Don Quijote a Sancho, “o tú te engañas o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio”. El peor de los crímenes del k-pop es tomarse un descanso, no exigirse lo suficiente para ganarse el corazón de los fans, al igual que Don Quijote, cuyo único descanso es el pelear. Y la única forma de sanar al mundo en el k-pop es encontrando la voz propia: “¿Cómo se supone que sanaré al mundo si no tengo mi propia voz?”, declara la protagonista poco antes de descubrir que ella, la más célebre cazadora de demonios, también tiene marcas demoniacas en la piel. Y yo escuchaba la canción del suicida Grisóstomo en El Quijote:
Y a la par de mi deseo que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Y ya no pude más: ¿Hibridación de géneros? ¿Enemigos imaginarios de la lírica? ¿Demonios encantadores que se hacen pasar por apócrifos poetas? ¿Humor enternecido entre camaradas desesperanzados? ¿Salvar al mundo enajenado en tu propio narcisimo? A mis ojos era evidente la herencia cervantina de estas cantantes-pop/cazadoras que fusionaron a la perfección el célebre discurso de las armas y las letras de El Quijote, en el que Cervantes, afincado en su propia biografía, se decanta por la preeminencia de las armas sobre la inútil poesía, que jamás cambiará al mundo. Cervantes, como las cazadoras del k-pop, elige las armas porque, diría Bolaño, “…escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud”. Porque yo estuve ahí cuando el más cervantino de los escritores mexicanos, David Toscana, dio un precioso discurso al recibir el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia; yo escuché el rugido de las máquinas (había a la par un evento de Fórmula 1), cuando David Toscana, frente a quinientos jóvenes envejecidos que lo ignoraban deslizando contenido en sus teléfonos, se atrevió a hablar del verdadero inicio de El Quijote, cuando en el prólogo Cervantes se disculpa por su novela imperfecta: “Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo, el más discreto que pudiera imaginarse”. Y Toscana, aunque miope, seguro veía esa marea robótica que lo ignoraba con descaro, pero aun así les dijo que “mientras sea hermosa, gallarda y discreta, bienvenida sea toda esa literatura”. ¡Bienvenidas sean las cazadoras del k-pop! Aunque eso último creo que no lo dijo.
Me siento como Geppetto.
Portada de “Carne fósil”, Jorge Martínez. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025.
La fascinación de Anina por la tolvanera nos llevó a vivir una temporada en los confines de la comarca. Instalamos una casa de acampar y dormimos cobijados por el silencio de la estepa. No brillaron las estrellas por la tormenta de polvo que opacó el cielo semanas atrás. Las nubes sostenían el desierto para que no se nos cayera encima. Ella se había enamorado de una ráfaga que le levantó la falda aquel verano. Yo la veía acariciar el viento con los dedos todas las noches. Entre ambos se abrió una zanja con las dimensiones de un gran cañón. Ninguno de los dos caminaba con arnés o tomando de la mano al otro. Cuando por fin apareció el torbellino anhelado, Anina no lo dudó. Se fue montando al polvo.
La vi elevarse como un copo de algodón. Las puntas de sus botas de exploradora apuntaban al suelo. Tenía los ojos en trance. Volaba divina. Se despegó del piso como una planta sagrada. Yo no pude hacer nada con mis manos. Batallé con los brazos contra el viento, pero la ráfaga me volteó la cara y no supe adónde se la llevó. Anina desapareció con el vendaval. Me quedé con la casa de acampar patas arriba. El terreno escupió las estacas y yo mordía el polvo con mis puños buscando el mazo. En la mirada, una brisa me velaba el horizonte. Finalmente, el torbellino me venció. Lo último que pude ver fueron sus botitas pataleando entre las nubes.
Dejé el campamento abandonado y busqué el rostro de Anina en el paisaje, pero sólo encontré desolación. Manejé todavía con la mirada turbia. Por el camino de vuelta confirmé la manera en la que la ciudad fue devorada por la corrosión. El polvo ya lo había derruido todo. Se acumularon montañas de arena en las banquetas de la colonia. Los vecinos me observaron llegar solo. Todos estaban encerrados. Yo esperaba que ella reconociera la clave en el toctoctoc y me abriera la puerta, pero eso no sucedió. Tuve que desenterrar la llave de emergencia. Rompí mis uñas rascando la tierra. Una vez que abrí la cerradura, Anina no estaba dentro de la casa. El viento no la había devuelto a nuestro verdadero hogar.
Hurgué entre sus cosas en busca de alguna pista. Revolví todos los cajones, desarmé cada gabinete del baño, hasta rompí el forro del sofá. El ombligo de la casa estaba en el aire cuando encontré una nota que decía “Cachiripa”. Su último deseo encarnaba una antigua profecía. Yo me quedé parado frente a nuestra cama y recordé todas las veces que hicimos el amor. Anina siempre supo cómo funcionaba la magia. Puse su pijama en el otro lado del colchón y me dormí pensando en las palabras que inventamos juntos.
Por la mañana me despertó un toctoctoc inigualable. En la presión de los golpes sentí la anatomía de Anina. La cama me expulsó como una resortera y me estampé en la pared con la frente. Su nombre palíndromo me escaldaba la lengua. Mi mente repetía la secuencia como si no supiera de memoria el exacto paralelo de cada letra. Me temblaba el paladar en el remate de la boca. Era la puntual precisión del espejo. Tenía que ser Anina y nadie más. Sólo ella y yo conocemos el lenguaje secreto. Lo construimos junto con esta casa.
En el momento que abrí la puerta, no llevaba los pantalones puestos. Me oriné sobre la pijama prestada de Anina. Ella estaba frente a mí con el cabello alborotado. Yo limpié el charco de sus lágrimas con mis besos. La mitad de su cara se había quedado reseca.
Anina entró en la casa como una exploradora. No reconocía el tamaño de sus pasos ni la distancia precisa hasta nuestra recámara. Yo pensaba en la partición de su rostro. En cómo la tormenta le marcó la cara. Jamás me contó qué fue lo que pasó. Sólo se dedicó a guardar silencio para siempre. La observé vivir su esencia vegetal. Ella se plantó en medio de la sala y ya no se volvió a mover. Se pudrió con la tierra de su propia maceta. La mitad de mi amor se esfumó casi de inmediato; la otra permaneció conmigo hasta que Anina se comenzó a secar.
Ninguno de los dos tenía saliva suficiente para remojar las grietas
y con eso empapar el barro
y luego masajear el lodo
y entonces construir adobes
y así erigir de nuevo nuestra casa.
El fragmento marchito carcomía poco a poco la otra porción. Su cuerpo dejó de comunicarse con el mío. Empezó a desprenderse de sí misma y se arrancó retazos de piel como corteza rancia. El cabello le caía como hojas resecas en las raíces de los pies. Tenía ramas puntiagudas en las costillas. El polvo momificó su lengua. Yo guardaba la última palabra de Anina en un frasco al fondo del refrigerador. Cuando logró articular sonidos, su voz de árbol me sobresaltó:
—Cachiripa —dijo.
Afuera, el remolino de tierra se estrellaba en las ventanas como si conociera la clave secreta. Escuchaba en el toctoctoc la incomparable voz del viento. Me susurraba la combinación correcta. Así es como funcionamos la mayoría de los seres humanos. Otros habitantes de la Tierra poseen aldabas meramente decorativas. Anina pertenecía a una especie distinta. Ella hablaba el idioma de las nubes. Yo la observé por la mirilla, pero su cerradura no estaba hecha de palabras. La tormenta entró hasta el último rincón. Nos comprimió entre el polvo y levantó nuestros cuerpos del piso. Anina flotaba en el fondo de la estancia, erecta como un tallo. A mí la tierra no me quería.
Yo no asimilaba ese lenguaje, pero sí aquel polvo. Era prácticamente lo único que conocía. Polvo. Me había carcomido la retina desde el día en que nací. Todo a mi alrededor siempre fue del mismo tono pardusco. Mi cara y los colores del campo. En medio del torbellino, entre los copos de tierra se formó el rostro de Anina con los músculos faciales relajados y el pelo negro y liso. Sus ojos me traspasaron. Incluso se parecía a la Anina que yo recordaba o a la que quería cerca de mí.
Estiró uno de sus brazos y me tocó la boca. Sentí en los labios el desmoronamiento de su piel. Percibí el crujido de la arena cuando apreté mis muelas. Nunca antes había sabido con tanta exactitud qué era lo que tenía que decir.
La tormenta había raído todas las fotografías en las que aparecíamos juntos. El polvo caía sin parar y se apoltronó a mi alrededor. Me engulló como una pira de tierra. Sentía la cosquilla mineral rascarme la tripa. Anina estaba ceñida a la borrasca. En las ráfagas de viento planeaban pelos, cutícula y otras células muertas. Las escamas de nuestros cuerpos nos envolvían como serpentinas.
En el instante que pronuncié la palabra sagrada, la tolvanera se desvaneció y chorreó en finos espirales hacia el suelo. Me convertí en mito. Deambulé por lo que quedaba de la casa y reconocí los muebles por el tacto. Aspiré el aire caliente y suspiré en la bruma.
El polvo me palpaba la cara y te nombraba y se reía y se reía y se reía mientras yo me carcajeaba…
AMIGO PIEDRA
Tenías la maña de pasearte en la noche por la casa sin decir palabra, sólo para crispar los nervios de tu madre. Arrastrabas los pies deliberadamente. Bisbiseabas. Le escondiste los cigarros, intercambiaste todas las pastillas y, desde hace algún tiempo, comenzaste a frotar en la pared una moneda a la altura de la cenefa. Ya hasta habías abierto un surco que iba de tu cuarto al de las gemelas. Cuando viste que el cobre descascaraba la primera capa de pintura y luego el yeso, y finalmente tocaba el concreto, decidiste agujerear también el muro de tu habitación, pues era la única que no tenía ventanas.
Querías sentir el viento del que todos hablaban, experimentar en carne propia el escozor del cielo. Pero aquello nada tuvo que ver con el polvo ni la densa bruma.
Nunca lograste excavar por completo las paredes de tu cuarto. Antes achataste cada cubierto de la alacena. Chupaste las miasmas que exudaban los ladrillos. Te encerraste en la habitación para no escuchar todas las voces de tu madre y la respiración artificial de un par de niñas repetidas. La familia pasó noches enteras apartando escombro para encontrar tu cara. Yo tampoco mencionaba tu nombre cuando acudieron a mí para que les recordara un rostro.
Sin embargo, escarbé y escarbé y escarbé… hasta que vi la punta de tu nariz en medio de las vigas del techo derrumbado, Piedra.
Era la noche de cualquier día. No te hubiera reconocido sin el grito agudo de las niñas. Te encontramos incrustado entre las ruinas. Ellas intentaron cerrar tus ojos, pero tenías los párpados marchitos y acartonados. No llevábamos morralla para cubrirte las pupilas. Parte a parte fuimos exhumando tu cadáver fracturado, el cuerpo roto por la intemperie y la ventisca. Se atoraba la carne entre el metal, la tierra y el concreto. Nosotros no te cortamos, pero tuvimos que sacarte cercenado por todos lados.
Cuando por fin descubrimos tu torso, Piedra, en el pecho había una concavidad ocupada únicamente con un cubierto de plata.
Te habías extirpado el corazón a cucharadas.
A la mañana siguiente, encontré a las niñas restregándose las frentes mutuamente con un risco. Tu mamá friccionaba entre sus manos dos rocas buscando el fuego. Yo pateaba guijarros como cuando éramos niños. Todos nos sentíamos culpables. Ellas me exigieron que les contara historias en las que fuiste feliz, sólo para recordar cómo sonreías. Les describí la sensación del moho sobre la acequia, tus pies atascados junto a los míos cuando nos metíamos a bañar en la corriente. Todo esto antes de que el barrio se apelmazara de lodo y de que la canícula se extendiera hasta el día de mi santo. Nunca volvimos a escuchar tu voz.
El fondo de la tierra te había reclamado para sí desde mucho antes.
No les conté mis hipótesis al respecto:
a) que, sencillamente, el techo no soportó el tamaño de tus sueños y se derrumbó a sí mismo —sin pensarlo tanto como tú—, y entonces el cemento te invadió el cerebro;
b) que tú no tenías enemigos, pero que tu mirada se perdió en la nada caliza, en tu yo rocoso, en tu inamovible disposición de piedra;
c) que ya no querías platicar conmigo, porque yo siempre hablo del pasado, y eso pesa más que cualquier loza de concreto.
¿Estás ahí, amigo Piedra?
Lamento informarte que todos te dieron la espalda en tu funeral. Cuando me asomé al esqueleto de mármol que te contenía, intenté no mostrarme efusivo. Hablé con rimas y ecuaciones. Procuré ocultar todo mi encono, apretado dentro de mi garganta como un grueso nudo de cáñamo. No íbamos a envejecer juntos. Por fin habías cumplido tu cometido. Nos habías abandonado en la catástrofe. Justo cuando necesitábamos más manos para rascar la entraña del planeta. No soportaste la picazón del éter. Aprendiste a cavar y te agujereaste el pecho. Yo ya tenía los labios rotos por la nicotina cuando comencé a contar esta historia en la que el mundo se había abierto y te tragó incompleto,
y cómo jamás te escupió en el rostro,
y luego la ciudad se anegó de tierra, y
las plantas que sembraste se pudrieron en cuestión de horas,
se llenaron de peste y epidemia, y
nosotros nunca supimos
dónde enterraste tu corazón.
UN VAQUERO DE VERDAD
El cuerpo me apesta todavía a tabaco y cerveza caliente. Estoy desnudo. Amanecí vivo, empapado de sangre cuajada y reseco de semen que no sabe ni huele como el mío. Un desconocido está acostado junto a mí. Se durmió con los ojos abiertos antes de rajarse el cuello. No me di cuenta de nada. Lo único que lleva puesto son sus botas vaqueras. Fue por eso que pude acordarme de todo, hasta de los detalles más insignificantes:
Uno. Era un vaquero como todos los demás: muy, muy hombre; muy, muy macho. Llevaba toda la vida en la monta, adorando a Dios, a su santa madre y a su difunta esposa. Hasta que me conoció a mí. Aunque —según él— yo tuve la culpa de todo y él nada tuvo que ver; sólo estaba ahí, con el culo babeando en una esquina del salón. Vi que me miraba. Lo único que él tuvo que hacer fue dejarse arrastrar por mí hasta no dejar en su cuerpo un rastro de cincuenta y cuatro años de devoción ranchera.
Dos. Fui yo quien lo invitó a bailar, por mucho que él jure y perjure lo contrario. Fui yo quien se acercó a él en un salón atarrascado de gente y con el piso pegajoso de gargajos y charcos de cheve barata. La polvareda era tan espesa que las parejas en medio de la pista se deslizaban lentísimas, algunas muy enamoradas. Muchos se frotaban las barbas por debajo de sus texanas de cuero, llevaban los pantalones ajustadísimos, embarrados en las piernas, y todos usaban botas picudas. Puros hombres. Cuando yo llegué a la barra, él ya estaba arremangado en la cantina. No tengo idea de cuánto tiempo llevaba ahí ni de cuántos otros vaqueros habían intentado seducirlo antes que yo, ni con qué artimañas. Nada más de ver el caminito de ceniza que subía desde sus dedos, era más que evidente que yo no era el primero.
Tres. Me llevó en su camioneta a un motel en la orilla de la carretera. El cuarto tenía lo estrictamente necesario para pasar la noche (una cama, un baño, agua caliente), pero de todos modos no podíamos quedarnos mucho tiempo. Supongo que cada uno tenía algo importante que hacer en la mañana. En el espejo, lustroso y manchado de granos, se acicaló el bigote recién perfilado, que él consideraba su gran atractivo frente a los demás vaqueros. Para mí no era más que una cosquilla en el labio inferior. Al pasar sus dedos por los pelos que le salían encima de la boca, dejaba a la vista una fila de dientes un poco manchados, pero grandes y derechitos. Lo más llamativo era que con la otra mano se acariciaba la verga, y que el caballo de su hebilla parecía relinchar enfurecido con cada palpitación de su cuerpo campesino.
Cuatro. Entre empuje y empuje, él lloraba con la cabeza sumida en la almohada, creyendo que yo no lo veía. Pero, en una habitación de motel de carretera como la nuestra, cada fluido se ve, se siente en la piel y, casi siempre, se huele escondido en el aromatizante. Tras varias horas pujando en silencio quedamos agotados; sobre todo yo, estrangulado por sábanas mojadas con sudor de hombre. Su aliento me picaba en la parte rugosa del paladar, sentía cómo palpitaba su miembro al contacto con el mío. Y entonces el humor que exhalaba su cuerpo me convenció para animarlo, y me puse a hacerle rollitos con los pelos que le crecían en el pecho. Hasta le limpié discretamente las lágrimas. Acaricié su bigote con mis dedos y luego lo besé con ternura. Creo que incluso conseguí hacerlo reír.
Cinco. Claro que nos prometimos cosas de lo nuestro y el futuro. Que despertaríamos juntos por la mañana y yo cuidaría de él. Que él me elegiría a mí y renunciaría a todos los demás vaqueros. Que no era cierto que se había enamorado de su esposa muerta. Que juntos tendríamos el rancho más bonito de todo el pueblo, y que viviríamos rodeados de vacas y olor a establo. Que esto era el comienzo de algo maravilloso, el amor que nunca sintió y, sobre todo, el deseo. Que él quería que yo fuera su vaquerita. Que la historia del salón de baile y esta anécdota de cómo nos conocimos nos harían reír durante años, y que las recordaríamos para siempre. Moriríamos de felicidad, porque al fin nos habíamos encontrado, nosotros que no éramos más que dos llaneros solitarios en la vereda. Por primera vez, aquella noche me preguntó cómo estaba y quién era. Me pidió que le contara algo de mí, lo que fuera, que él de todos modos me creería. Y entonces yo por fin comencé a hablar, pero en voz muy baja para que él se tuviera que acercar mucho a mí:
—Ya no recuerdo hace cuánto, pero yo todavía era muy joven el día que encontré tirado en el llano un cuaderno ruñido y amarillento, sus hojas como las del periódico. El color desdibujado en unas viñetas que de inmediato captaron mi atención. Lo hojeé mientras mi padre pateaba un balón en una cancha de tierra punteada por crestas de zacate reseco. El libro vaquero, ‘Los gemidos del pistolero’, año XXVIII, número 1214. En la portada dos hombres, dos hombres de verdad, con barbas y bigotes y sombreros, coloreados en tonos pasteles, el uno besuqueándole el cuello al otro, montados en el mismo caballo. Y este deseo que nació en mí justo ese día y que me instó a escabullirme temprano de la carne asada del domingo para encerrarme en mi cuarto, jarioso, cautivado por el nuevo mundo que acababa de descubrir, aquel donde los vaqueros montan y se montan, con barbas y bigotes y sombreros, hombres de verdad. Esa tarde que mi padre me llevó a comprar mis primeras botas vaqueras, pensé que en el granero de la botería cabían todas las botas del mundo. Y yo, en medio de todos aquellos anaqueles de ropa western y música country, escogí las botas que me hacían sentir más hombre, más macho y más vaquero, más parecido a mi papá. Y mi viejo que sacó un fajo de billetes arrequintándose el pantalón al estilo ranchero, espulgó la morralla en la palma de su mano y pagó con feria. Después, la escuela de jinetes, la silla de montar, la carne del caballo por debajo de la mía y el roce del galope en la mezclilla. Cuánto me apretó los muslos con sus manos el vaquero que me enseñó a ser un buen jinete, cómo sentí al cuaco de la escuelita embestirme el cuerpo con furia, por eso nunca quise que se terminara la clase de monta. Luego aquella tarde en el rodeo, la plaza llena, las miradas de la gente en la polvareda de la arena, los jinetes y sus montas, música norteña con bajo sexto y tarola. Las correas de la montura que se me encarnaron en las piernas, el caballo manso, manso; y yo, casi a punto de salir a la faena, pensé en los vaqueros que montan y se montan, y cabalgué, cabalgué como un hombre de verdad, y así ha sido desde entonces.
Último. Cuando llegó la policía, yo todavía no me lavaba los dientes. Él llevaba ya varias horas desangrado. Antes de rajarse el cuello, había dejado en el espejo del baño frases escritas con mi colorete rojo y sin faltas de ortografía. Lo tenía todo planeado. Luego vino a la cama conmigo y se me metió muy adentro. Cabalgamos juntos, como hombres de verdad. Y todo con el único objetivo de ensuciarme la consciencia para siempre, aun sabiendo que nunca podría borrar de mi cuerpo el misterio que representaba un vaquero como él.
Un vaquero de verdad.
Portada de “Carne fósil”, Jorge Martínez. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025.