Tierra Adentro
Ilustración de Changos Perros
Ilustración de Changos Perros

“Que no te vuelvas indiferente.
Que no te vuelvas eficiente antes que sensible.
Que no te vuelvas máquina antes de tiempo.”

¿Y si te dijera que tu abuelita, la que usa lentes, es un cíborg? ¿Y también tu tía la que manda memes de piolín? Es más, hasta tú mismx que lees esto desde una computadora o celular eres un cíborg. Lejos de ser una distopía ciberpunk, estamos hablando de un debraye medio filosófico enmarcado en el posthumanismo que implica el cómo nos concebimos actualmente en medio de una sociedad cada vez más atravesada por la máquina y la digitalización.

Para empezar, pensar lo cíborg no implica necesariamente imaginar cuerpos futuristas llenos de implantes visibles o circuitos metálicos acá bien hardcore sobresaliendo de la piel como en las caricaturas. Implica, más bien, reconocer que la condición humana contemporánea ya está entrelazada con sistemas tecnológicos, simbólicos y biológicos de manera tan profunda que resulta difícil trazar una frontera clara entre lo natural y lo artificial. En ese sentido, la idea de cíborg va más allá de nomás describir un cuerpo híbrido: interpela una forma de existencia.

Anoche, por ejemplo, me descubrí con la cara iluminada por la pantalla a las 3:17 de la mañana. Los ojos secos, el pulgar repitiendo un gesto que ya no era del todo mío. Pensé en mi abuelita limpiando sus lentes con la misma paciencia con la que se limpia el mundo para poder verlo. Pensé en cómo nuestros cuerpos han aprendido a extenderse sin pedir permiso: el cristal como córnea extra, el teclado como prótesis del lenguaje, la batería como una ansiedad que también es mía. Ser cíborg no es una idea: es este cansancio compartido.

El concepto se populariza a partir del pensamiento de Donna Haraway, quien propone que los seres humanos ya vivimos en una relación de continuidad con las máquinas, nos atraviesan y las atravesamos. Para ella, el cíborg no es únicamente una criatura de ciencia ficción, sino una figura conceptual que permite entender cómo la identidad, la tecnología y la cultura se constituyen mutuamente. Desde esta perspectiva, el celular en la mano, los lentes en el rostro, los relojes inteligentes, las prótesis médicas o incluso los algoritmos que median nuestras decisiones cotidianas, más que simples herramientas externas, son extensiones del ser que participan activamente en la configuración de nuestra experiencia del mundo. La identidad ha pasado a ser híbrida, teniendo ahora un estadio material y uno digital.

La memoria, por ejemplo, ha perdido su residencia exclusiva en el cerebro. Se distribuye en agendas digitales, fotografías almacenadas en la nube, memes en el celular, buscadores que recuerdan por nosotros y plataformas que organizan nuestra vida cotidiana. Recordar dejó de ser un acto meramente interno y se ha convertido en un proceso asistido. Del mismo modo, la comunicación ha dejado de ser un intercambio inmediato entre cuerpos presentes: ahora se fragmenta en mensajes, emojis, audios y flujos de información que atraviesan redes invisibles. En ese cruce, la identidad se vuelve también una interfaz. Sin embargo, una memoria digital también implica una responsabilidad de mantener nuestra memoria corpórea activa: prestar atención, recordar el cumpleaños de nuestrxs amigxs, aprender cosas nuevas, estimular nuestra propia neuroplasticidad y no caer en el vacío de guardar archivos en medio del scroll infinito.

Ser cíborg, entonces, se acerca menos a incorporar dispositivos y más a vivir inmersxs en sistemas que amplifican, condicionan y reconfiguran nuestras capacidades. Incluso el lenguaje que usamos está mediado por tecnologías de escritura, edición y transmisión. La percepción misma del tiempo y del espacio cambia cuando las notificaciones de Meta interrumpen el presente o cuando la geolocalización del Google Maps orienta nuestros movimientos. El cuerpo está en constante diálogo con capas tecnológicas que amplían sus límites.

El cuerpo está en constante diálogo con capas tecnológicas que amplían sus límites, la misma Inteligencia Artificial como tecnología de la mente es ejemplo de esto. Vale la pena preguntarnos cuál es el poder que le estamos dando a las grandes empresas como OpenAI o Microsoft sobre nuestra información y por lo tanto sobre nuestra identidad digital. ¿Qué parte de nosotrxs hemos dejado plasmada en nuestro teléfono o en una base de datos solo para saber cómo nos veríamos en tal o cual estilo animado?

Como podemos ver, esta condición cíborg también cuestiona ideas tradicionales sobre la autonomía. Muchas de nuestras decisiones están influenciadas por recomendaciones algorítmicas, tendencias digitales o estructuras de información diseñadas para captar la atención. En lugar de un sujeto completamente independiente, emerge una subjetividad distribuida, ensamblada entre lo biológico, lo técnico y lo social: un cíborg.

Pero no todxs habitamos el cíborg de la misma manera. Hay cuerpos que pueden desconectarse y otros que viven enchufados por necesidad. Hay quienes eligen su extensión tecnológica y quienes son absorbidos por ella. ¿Qué pasa con el tiempo que nos roba sin que lo nombremos robo? ¿Qué pasa con la atención convertida en mercancía, con el cansancio que no se reconoce como explotación? Tal vez no estamos en una distopía… pero eso no significa que estemos a salvo.

En este contexto, la agencia, esa capacidad que tenemos de decidir y actuar, depende de todas las entidades y circunstancias con las que nos relacionamos así como de nuestra forma de relacionarnos.

Aceptar que todo el mundo es un cíborg no reduce ni niega lo humano, al contrario, amplía su definición y, además, abre un espacio para la relación horizontal con otras especies. Permite entender que la humanidad siempre ha sido técnica en algún grado —desde las herramientas primitivas hasta los sistemas digitales actuales—, y que la diferencia contemporánea radica en la intensidad y la integración de esa relación. No se trata de una ruptura con el pasado, sino de una continuidad que se ha vuelto más evidente.

Nunca antes en la historia habíamos podido cantar frente a decenas de personas desde la comodidad de nuestra casa o consolar en tiempo real a alguien en el otro lado del mundo.

Entonces, pensar la vida cotidiana como una experiencia cíborg no es sino una descripción más precisa. Somos organismos biológicos atravesados por flujos de información, dispositivos y redes que participan activamente en nuestra percepción, memoria, identidad y acción. En ese cruce, lo humano deja de ser una esencia fija y se convierte en un proceso en constante ensamblaje con lo tecnológico. Estamos inventando nuestra especie, una especie híbrida en constante transición, y hacernos conscientes de las dimensiones de esto es un ejercicio necesario para soñar futuros más habitables y sobre todo (paradójicamente) más humanos.

Tal vez la pregunta no es si somos cíborgs. Tal vez la pregunta es qué tipo de vínculo estamos construyendo con aquello que nos extiende. Porque si el cuerpo ya no termina en la piel, entonces también la responsabilidad se expande. Y entonces mirar al otro —incluso a través de una pantalla— deja de ser un acto neutro. Se vuelve una forma de tocar.

 

BIBLIOGRAFÍA

Haraway, Donna J., “Manifiesto para cyborgs: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX, Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza, Cátedra, Madrid, 1995, pp. 251–311.

Braidotti, Rosi, Lo posthumano, Gedisa, Barcelona, 2015.