Tierra Adentro
Tehuantepec, Región Istmo, Oaxaca, 2007. Fotografía de @Lon&Queta. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Tehuantepec, Región Istmo, Oaxaca, 2007. Fotografía de @Lon&Queta. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

NE NEPƗ HƗKƗ

Ne nepɨrawiya tatei Yurienakatsie ne ɨkatekɨ,

Ne xikɨri nemutaweke nepɨyiane hɨritsie.

Ne Hikuri niawarieya maiwe nepɨyɨane.

SOY YO

Soy yo la tierra bajo mis pies,

el espejo que brota entre las montañas.

soy el canto de la jícara sagrada.

Kɨpaima Norma Robles Carrillo

 

1

Eso que llamamos territorio

“Como decían los abuelos, para conocer el territorio hay que caminarlo”, me dice Francisco, comunero del pueblo de Capulalpam, en el último tramo de la madrugada. Una delgada línea se traza en la cumbre de las montañas del poniente, el sol aparece. Francisco me ha invitado a observar su pueblo desde el mirador, apreciamos el intenso verde que se extiende de un horizonte a otro. Francisco me afirma que pertenecer a una comunidad implica un compromiso con el territorio, porque en él se encuentra todo lo que se necesita para subsistir. “Es importante cuidar los bosques, el agua, porque eso nos da vida. Es importante cuidar la tierra porque ella es quien nos provee los alimentos”.

Francisco y yo descendemos por un sendero distinto al que subimos. Pasamos por un ojo de agua, donde un grupo de mujeres se encuentra reunido para realizar un ritual de sanación. Saludo a doña Elvia, una de las médicas tradicionales de la comunidad, me invita a observar la curación. Un joven está en la orilla del manantial, le colocan algunas flores aromáticas, le rocían un poco de aguardiente y las señoras le cantan para fortalecer su aliento, para liberarle las dolencias que han afectado su estabilidad anímica. “Así como nos enfermamos, el territorio nos da las medicinas, las plantas para curarnos. La tierra no nos enferma sin darnos nuestro remedio”, comparte doña Elvia. El territorio tiene vida y es recíproco con las personas mientras cuiden de él, nunca le haría daño a su gente. Las señoras agradecen a las cuatro esquinas del mundo y al centro, les piden a los seres sagrados que cuide la fuerza del joven y el agua donde es sanado.

El ritual termina, nos despedimos de las médicas tradicionales. Francisco me lleva a otro punto del pueblo, donde la gente dispone la tierra para el cultivo de maíz y otras semillas. Allí nos encontramos a Aldo, un compañero de la comunidad vecina, quien me cuenta de las técnicas milenarias que utilizan para producir los alimentos. “La tumba, roza y quema no es nociva, pues al limpiar el terreno, rozar y quemar para sembrar maíz, se garantiza que tenga vitalidad, ya que únicamente se usa un año y luego se deja descansar hasta después de varios años. Cuando el campesino vuelve al mismo lugar se encuentra con un bosque grande”. Dicha práctica, dice Aldo, es “la milpa que camina”, la que es itinerante, porque después de un año de trabajo se busca otra parte para dejar descansar la tierra: esa es la manera de cuidarla, de recuperar su fuerza.

 

El lenguaje del viento

Otro día, un nuevo amanecer.

El territorio tiene sus cantos y susurros propios, que son escuchados por la gente que lo habita. “La vida gira en torno al viento”, dice don Jerónimo, un campesino meño, mientras desgaja las hojas de su maíz diuxe (zapalote chico). Avanza con cadencia, en medio de un céfiro caudaloso. El sol está por irse y con él otro día. La vida en el Istmo sucede a través de los vientos y de éstos se teje un lenguaje que solo la gente zapoteca sabe descifrar. El campo sucede entre aires, entender su caudal y dirección mantiene el sostenimiento de prácticas anudadas con la milpa. “El viento del norte hace crecer rápido el maíz, pero el viento del sur no. El viento de en medio es el provinciano, pero eso no hace nada”, comenta don Jerónimo, quien aprendió a interpretar las corrientes por la sabiduría heredada de su padre. Corta algunas hojas y mazorcas que coloca en una yunta arrastrada por dos grandes toros. Caminamos hacia la casa de don Jerónimo.

La vida en el mundo de los pueblos originarios es siempre dual: no puede comprenderse el sol sin la luna, sin los ambientes cálidos y fríos, sin el sur y el norte. “La gente dice que el viento del sur es el hombre, si tienes una herida cuando viene te duele. Y el viento del norte es la mujer, allí no duele nada”, afirma doña Clarita, mujer zapoteca, esposa de don Jerónimo, mientras prepara unas tortillas en un fogón típico de su cultura. Pero los vientos también afectan lo que se produce, de allí la importancia de saber cuándo hacer el corte de maíz y de la madera. “Si cortas el maíz en el viento del sur sale gorgojo, lo mismo que si cortas madera se pica, las vigas de la casa rápido se desgajan”.

La fuerza de los vientos nace de la luna, según su fase implica un tipo de soplo. Las lunas llenas dan vitalidad y fortalecen las semillas que se siembran, así como la madera que se corta, haciéndola más resistente. Las noches sin luna son tenues; las menguantes calman los cantos inclementes del tiempo. “En el Istmo vive la gente viento”, asevera doña Clarita.

 

Otro día, un nuevo amanecer.

El viento mueve el agua. La fortalece y debilita dependiendo de la dirección que tome. “Cuando entra el sur baja el agua, por el calor. El norte mantiene el agua”, afirma don Claudio, campesino zapoteco, mientras camina sobre los riachuelos que descienden de la colina, donde inicia el suministro de agua del que se abastece la gente del campo. El agua de riego se da entre los meses de noviembre y marzo, tiempo en que la lluvia de temporal se ausenta, eso permite garantizar la primera cosecha del año, al abrirse las cortinas y los canales de riego.

Pero el viento no solo afecta el campo, sino a los mares. “Cuando hay norte no viene la gente, tampoco se va a trabajar por el peligro que eso implica. El norte se lleva los peces, pero el sur trae los mariscos. El viento cambia el paisaje. Hay que tenerle respeto al viento porque te puede aventar en el mar”, cuenta don Manuel, un hombre que toda su vida se ha dedicado a la pesca. A lo alto de las montañas frente a Ixtepec, se observan los parques eólicos que han sido colocados en las partes bajas, a un costado del mar, donde la gente campesina solía trabajar, pero ante el ruido y la contaminación producto de las eólicas, el campo ha sido abandonado. “Sabemos que el viento produce energía, pero eso es para las empresas, no para la gente del campo”, sentencia don Manuel. El viento reclama su libertad, viento que también ha sido extractivizado por el capitalismo.

 

El canto de la milpa

Otro ciclo, un nuevo amanecer.

“La modernidad ha ido cambiando todo”, afirma don Saúl, mientras vemos la tierra árida en las faldas de la montaña. Caminamos rumbo a su milpa, es septiembre y ha llegado el tiempo de cortar el maíz. El sentir de don Saúl no es fortuito, al indicar que la modernidad ha influido en los jóvenes, provocando que abandonen el campo, que la juventud migre hacia otras partes en búsqueda de oportunidades laborales, pues la tierra ya no la ven como una forma de vida. “La juventud ya no crece con amor al territorio, pero no es completamente su responsabilidad, también nosotros algo no estamos haciendo bien para que lo aprecien”. Escucho atento a don Saúl con cierta preocupación, por la forma en que salen sus palabras.

En el camino nos encontramos a doña Alicia, maestra y campesina, corta algunos elotes, nos regala un montón. Se suma a nuestra plática. Doña Alicia también comparte el mismo sentir, el desarraigo de la juventud hacia el campo. “No es que la juventud tenga que ser campesina, pero sí que sepa producir lo que consume. ¿Si no hay quien produzca lo que comemos, cómo vamos a sobrevivir, cómo van a sobrevivir nuestros nietos y nietas?”. La pregunta me genera desasosiego, y aunque yo no soy parte de su localidad, puedo percibir que sucede algo parecido en mi comunidad. “Hay mucho trabajo por hacer por el propio bienestar de nuestros hijos e hijas”, me dice doña Alicia, con una sonrisa que me devuelve la esperanza. “Sí”, le digo, con la convicción de que nos queda mucho por caminar.

Uno de los grandes desafíos que presenta el campo en México –además del abandono, la escasa repartición de tierras, el despojo territorial– es la endeble transición de la sabiduría sobre las semillas, el viento, el cuidado del agua y el reconocimiento del territorio a las nuevas generaciones. Sin esa transmisión se debilita el sentido de pertenencia; el afecto a la tierra, al pueblo y la comunidad. Las infancias crecen sin saber cómo se planta un árbol, cómo se germina una semilla, cómo se cosecha lo que comemos en casa. “Hace un tiempo di un taller de semillas en un preescolar y me sorprendió que los niños tenían miedo de tocar la tierra porque iban a ensuciarse las manos y que su mamá los fuera a regañar”, expresa Saúl, atónito, ante la incertidumbre de cómo hacer que las infancias y juventudes tengan la voluntad de conocer el territorio, el trabajo comunitario y levantar una milpa. “Para que las semillas sobrevivan hay que sembrarlas. ¿Quiénes la sembrarán? Pues las niñas, los niños; el trabajo debe empezar en casa, transmitirles el asombro de ver crecer un árbol, de ver brotar el maíz, de cortar el frijol. Nosotros, los adultos, debemos transmitirles ese cariño, heredarles el amor que las abuelas, que los abuelos nos dieron a nosotros”.

Cada milpa tiene su lenguaje, como si tuviera un canto que es reconocido por quien lo escucha. El canto está en los sonidos de la tierra surcada, en las aves que vuelan mientras se siembra, en los silbidos de los insectos que se pasean en las ranuras del suelo. El canto está en el tiempo de cada semilla hasta convertirse en milpa. “La milpa es sagrada porque sostiene la vida”, me dice don Saúl, mientras guarda los elotes en una morraleta. Cuánta sabiduría en una oración. “Caminar el territorio es también aprender a soñar. Todas las personas sueñan con que las generaciones que vienen también disfruten lo que hoy se goza, pero también de que se aprenda a vivir en tiempos desafiantes”.

Es de noche, hemos vuelto a la casa de don Saúl. Doña Martha, su esposa, ha encendido el fuego para asar los elotes que nos regalaron. Elotes que son la suma de un esfuerzo colectivo; de gente que sueña, resiste y lucha por un mundo digno, por el respeto al territorio, a la vida y al trabajo en el campo.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Imagen de Charis Tsevis, 2023. Se creó utilizando capturas de pantalla del software de Palantir e imágenes de aplicaciones reales. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Imagen de Charis Tsevis, 2023. Se creó utilizando capturas de pantalla del software de Palantir e imágenes de aplicaciones reales. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

En agosto de 2000, Jürgen Habermas le envió a Alexander Karp una carta de tres páginas escrita a máquina. El filósofo rechazaba continuar como director de su tesis. “Sencillamente no puedes competir con los críticos literarios y teóricos que han abordado recientemente este tema”, escribió, según el relato posterior del director ejecutivo de Palantir, quien recordó el golpe como “un shock absoluto y una herida”. En noviembre de 2002, Karp recibió su doctorado en la Universidad Goethe con una tesis titulada Aggression in der Lebenswelt,1 sobre la agresión como mecanismo de poder a través del lenguaje.

Karp estudió en Frankfurt el modo en que el lenguaje puede volverse jerga autoritaria y agresión revestidas de autenticidad. Dos décadas después dirige una empresa que vende al Estado sistemas para clasificar personas, vínculos, riesgos, direcciones, enemigos y prioridades. Palantir toma fragmentos dispersos de la vida administrativa, médica, policial, militar o migratoria y los vuelve una forma del mundo legible para quienes deciden.

El idealismo y sus herederos

La república tecnológica de Palantir nace de dos desarrollos filosóficos. Karp procede de Habermas y su teoría de la racionalidad comunicativa. En toda conversación humana genuina, decía, existe una pretensión de justificación, el interlocutor puede pedir razones, refutar, exigir que el poder se explique. Así, la democracia deliberativa es la institución política de esa exigencia, el espacio donde las decisiones deben pasar por la prueba del desacuerdo.

Karp llegó a Frankfurt después del Haverford College y la Stanford Law School. Afinó su alemán, leyó a Talcott Parsons y a Adorno; trabajó sobre el Jargon der Eigentlichkeit2 y sobre la agresión en la vida cotidiana. En sus años de formación, el problema era el lenguaje que domina bajo la apariencia de verdad; en Palantir, ese problema reaparece, pero la discusión pública se desplaza hacia una plataforma que clasifica datos y acelera decisiones.

The Technological Republic, el libro que Karp publicó en 2025 con Nicholas Zamiska, convierte ese desplazamiento en un programa político. Silicon Valley debe abandonar la comodidad de las aplicaciones de consumo y volver al poder nacional. La ingeniería aparece como vocación pública y el software como infraestructura moral de Occidente.

A Peter Thiel, Girard le ofreció en Stanford una teoría del deseo como contagio. Los seres humanos aprenden a desear a través de otros. La imitación produce rivalidad. La rivalidad se descarga sobre las víctimas cuya expulsión recompone temporalmente al grupo. En Girard había una crítica de la violencia colectiva y cierta compasión por la víctima. Thiel conservó el diagnóstico y retiró la compasión. Si el deseo imitativo vuelve destructiva la competencia, la salida racional consiste en escapar de ella. Su máxima, “la competencia es para perdedores”, resume esa postura. El monopolio aparece así como un refugio filosófico del fundador que ha comprendido la trampa antes que los demás.

Sloterdijk vio en Thiel una figura cercana al filósofo rey, estratégico y convencido de que la inteligencia privilegiada concede derecho de mando. Thiel imagina vías de escape de la democracia liberal. Karp traduce el regreso del ingeniero al Estado como responsabilidad nacional. Palantir surge en el punto donde esas dos trayectorias dejan de ser una biografía intelectual y se vuelven un contrato público.

Una arquitectura de trabajo

De esta telaraña idealista nace la división del trabajo que Palantir ofrece al Estado. Arriba están los que interpretan la historia y nombran la amenaza. En medio, quienes codifican la respuesta. Abajo, aquellos que producen los datos con su propia vida y aparecen luego ante el poder como riesgo, expediente, objetivo o prioridad.

El manifiesto de veintidós tesis que Palantir publicó en X en abril de 2026, un resumen de The Technological Republic, puede abordarse como un programa laboral. Habla de Occidente, de enemigos, de poder duro, de servicio nacional. También reparte funciones. A los fundadores les reserva la interpretación histórica. A los ingenieros les asigna la misión. A la ciudadanía la condena al servicio.

Thiel y Karp se dividen la cúspide. Thiel opera como un arquitecto metafísico. Financia candidatos, construye ecosistemas ideológicos y coloca a sus pupilos en posiciones de mando. Karp invoca el deber nacional, la reconstrucción industrial y la defensa de Occidente. Uno desconfía de la democracia liberal, el otro busca la captura técnica del Estado desde el lenguaje del servicio.

Luego viene la élite ingenieril, interpelada en las primeras tesis del manifiesto. “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso”. “La élite ingenieril tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación”. “El poder duro del siglo XXI debe construirse sobre software”.

En la base queda la ciudadanía. Cuerpos, trayectorias, expedientes, domicilios, vínculos, historiales, desplazamientos y patrones de conducta alimentan sistemas que actúan sobre ella sin convertirla en interlocutora. “El servicio nacional debería ser un deber universal”, dice la tesis 6 del manifiesto.

Mark Coeckelbergh, filósofo de la Universidad de Viena, ha conceptualizado esta combinación de militarización tecnológica, desprecio por la deliberación, jerarquía cultural y fusión entre poder corporativo y poder estatal como tecnofascismo. La utilidad del término radica en que permite mirar más allá de los uniformes, los partidos de masas y la retórica antigua de sangre y suelo. La ontología puede reproducirse con interfaces, contratos, cuadros de mando, sistemas de vigilancia y una élite que sólo reconoce como tribunal su propia eficacia.

La quinta tesis del manifiesto de Palantir alerta acerca de que los adversarios de Occidente “no se detendrán a participar en debates teatrales”. Habermas había colocado la fuerza del mejor argumento en el centro de la vida democrática, Palantir presenta la discusión como una demora estética frente al enemigo.

La división en uniforme

En junio de 2025, el Ejército de Estados Unidos juró a cuatro ejecutivos tecnológicos como tenientes coroneles de la Reserva dentro del Detachment 201, también llamado Executive Innovation Corps. Entre ellos estaba Shyam Sankar, director de tecnología de Palantir, junto con Andrew Bosworth, de Meta, Kevin Weil, de OpenAI, y Bob McGrew, asesor de Thinking Machines Lab y ex Chief Research Officer de OpenAI.

Sankar escribió ese día que su misión sería ayudar al Ejército a transformarse para las misiones futuras y adoptar tecnología de vanguardia. El directivo tecnológico entra al Ejército sin abandonar la empresa, el uniforme aparece como credencial de servicio.3

El modelo rebasa a Estados Unidos. Palantir lleva dos décadas ejecutando la estrategia que Karp describe como land and expand. Primero, entra con un contrato acotado. Después, despliega ingenieros, para luego imponer una ontología, el esquema de categorías con que el sistema organiza una institución. Cuando la dependencia técnica madura, la institución comienza a ordenar su trabajo con las categorías del proveedor.

La industria llama a esto vendor lock-in. Una agencia pública que adopta la ontología de Palantir empieza a mirar con los ojos de Palantir. Cambian las pantallas, los flujos, los campos obligatorios, las relaciones relevantes, la manera de definir un caso y la forma de priorizarlo. La dependencia técnica produce dependencia conceptual y la dependencia conceptual produce dependencia política.

En el Reino Unido, la entrada se produjo en el ámbito de la salud. Palantir llegó al NHS en 2020 con un contrato de emergencia durante la pandemia. En 2023, obtuvo el contrato de la Plataforma de Datos Federados por 330 millones de libras a siete años. En diciembre de 2025, el Ministerio de Defensa firmó otro con la compañía por 240 millones de libras para el análisis de datos militares.

Palantir también firmó, en enero de 2024, una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa israelí para suministrar tecnología vinculada al esfuerzo bélico. Bloomberg reportó que la compañía veía una fuerte demanda de sus productos en Israel desde el inicio de la guerra y describió AIP como una plataforma capaz de analizar objetivos enemigos y proponer planes de batalla.

Otros sistemas israelíes, como Gospel y Where’s Daddy, han sido documentados por investigaciones periodísticas y organizaciones de derechos humanos. Aunque la integración exacta de los productos de Palantir con cada sistema de selección de objetivos permanece fuera del dominio público, Palantir fue señalada por la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, dentro del ecosistema corporativo que sostiene las capacidades militares y de ocupación israelí.

Peter Thiel visitó Buenos Aires y se reunió oficialmente con Javier Milei en la Casa Rosada el 23 de abril de 2026. El gobierno difundió una comunicación breve. Varios medios argentinos reportaron una agenda reservada con figuras del poder político, entre ellas Santiago Caputo, asesor del presidente Milei.

Del diálogo a la clasificación

Palantir conserva algo de la ambición habermasiana, la intención de ordenar racionalmente la vida pública, no obstante, la empresa abandona el espacio de discusión entre ciudadanos y se instala en una plataforma que clasifica datos y acelera decisiones. La teoría del deseo mimético sufre una operación parecida, sobrevive el diagnóstico de la rivalidad, pero se evapora la advertencia sobre la víctima.

Una empresa formada por alguien que estudió cómo el lenguaje puede convertirse en instrumento de dominación vende sistemas que lo usan para producir acción estatal. Llamar a algo nexo migratorio, asignar a una dirección una puntuación de confianza de 98.95 sobre 100, clasificar a una persona como objetivo priorizado de arresto, cada acto nombra y activa. El Estado actúa sobre aquello que el sistema vuelve legible.

El lenguaje de Palantir tiene apariencia técnica, por eso resulta tan difícil discutirlo. Aparece como campo de datos, alerta, relación, probabilidad, entidad o evento. La jerga autoritaria que Adorno analizó y Karp estudió reaparece en forma de interfaz computacional. Su autoridad proviene de la neutralidad que simula. Quien recibe la clasificación suele carecer de los instrumentos para disputarla. El código es secreto. La ontología es propietaria. El proveedor responde ante la agencia que lo contrata. El afectado aparece al final de la cadena, cuando la categoría ya produjo una consecuencia, arresto, deportación, investigación, vigilancia, exclusión de un beneficio, priorización militar.

La fábrica de alfileres de Adam Smith fue la metáfora inaugural de la división del trabajo moderna. Smith advirtió que el obrero condenado a repetir una sola operación podía volverse “tan estúpido e ignorante como puede serlo una criatura humana”. Durkheim añadió que la división del trabajo genera solidaridad cuando crea interdependencia entre especialistas capaces de reconocerse mutuamente. Marx vio en la alienación la separación del trabajador respecto de su producto, de su actividad y de su propia potencia social. Lenin extendió el problema a una escala imperialista, analizando cómo la concentración del capital en monopolios y la fusión del capital bancario con el industrial producen una nueva división internacional del trabajo. Unas naciones suministran materias primas y mano de obra barata; otras administran finanzas, tecnología y poder. La jerarquía económica también es jerarquía de interpretación.

La alienación adquiere aquí una forma digital. La categoría que define a alguien ante el poder la fija, actualiza y ejecuta una arquitectura que el afectado casi nunca puede ver. El ciudadano queda frente a instituciones que hablan en nombre de un sistema cuya lógica aparece protegida por el secreto comercial, la seguridad nacional o una supuesta complejidad técnica.

La república tecnológica de Palantir anuncia una distribución política del trabajo en la que los fundadores interpretan, los ingenieros codifican, el Estado ejecuta y los ciudadanos son clasificados. Esta fórmula concentra el poder en quienes diseñan las categorías y deja a la ciudadanía frente a decisiones tomadas desde sistemas ajenos, en foros impuestos y por actores que rara vez responden ante ella.

Habermas imaginó una democracia sostenida por la fuerza del mejor argumento disponible. Thiel y Karp han construido una república sostenida por la fuerza del mejor sistema disponible. En la primera, supuestamente cualquiera podría formular el argumento que altere el orden; en la segunda, la ontología es propietaria y el código permanece cerrado. Impugnar una puntuación de confianza de 98.95 sobre 100 asignada a tu dirección por la aplicación de una empresa que vende software al gobierno que te deporta exige contratar a un abogado capaz de citar al juez correcto antes de que el agente llegue a la esquina. Para la inmensa mayoría de quienes entran en el mapa de ELITE, esa opción tiene una puntuación de confianza bastante baja.


Autores
Egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas. Periodista. Ha sido reportero de Tecnología en el periódico mexicano El Economista desde 2018.
Fotografía de Peter Thoeny, 2018. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Fotografía de Peter Thoeny, 2018. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0

Ella camina erguida, orgullosa. El sonido de sus tacones resuena en las escaleras de la estación mientras se apresura para alcanzar el metro. En una mano lleva la bolsa con las compras; con la otra, empuja el carrito donde va su hijo.

Al llegar al andén, escucha cómo el metro se aleja.

—No importa, ya vendrá otro —se dice.

Recorre el lugar con paso firme, pulcra. Consulta su reloj: tiene tiempo de sobra; en una hora estará en casa, cocinando el platillo favorito de su suegra. Planea impresionarla con los cubiertos recién comprados y una receta que ha practicado durante días.

Va a demostrarle que trabajar no significa descuidar el hogar. Aunque su esposo apenas lave los trastes, pase un rato con el niño y luego se distraiga frente al televisor… No es que no la ayude, piensa; simplemente necesita que le den indicaciones. A veces, ni ella sabe qué decirle. Tal vez debería dejarle cada mañana una lista con todas las tareas del día. Sólo necesita prestar más atención.

La vibración de su teléfono interrumpe sus pensamientos. Es su jefa: “Necesito que envíes la documentación antes de las 5 pm al correo adjunto”.

Son varios archivos. Calcula que, si se apura, le tomará media hora. Aún podría preparar la cena. Tendrá que ser más rápida, pero confía en lograrlo.

El metro no llega. El andén comienza a llenarse de rostros cansados y ropa sudada. Mira el reloj: han pasado diez minutos. Empieza a inquietarse al sentir que el tiempo se convierte en un problema. El niño se mueve impaciente y balbucea. Ella saca de su bolsa un peluche de capibara y se lo da para entretenerlo. Sigue siendo el pilar de su hogar, piensa, y mira a su hijo con orgullo. Ha evitado un berrinche.

Llega un mensaje a su WhatsApp. Es su supervisor: el formulario que envió hace unas horas tiene errores; el mensajero está confundido porque hay tres calles con nombres similares. Debe verificar el código postal.

Responde que lo revisará e intenta buscar la dirección en Google Maps, pero no puede acceder a la aplicación. La conexión se vuelve lenta hasta que la imagen se congela.

—¡Carajo!

Llama de inmediato a la compañía con el saldo restante. Una grabación le informa que la cuenta está vencida. Su esposo olvidó pagar el plan y ella tampoco se lo recordó. Empieza a morderse la uña del meñique izquierdo. ¿Por qué no pensó antes en la lista de tareas? No fue lo suficientemente precavida.

Se lleva de nuevo el dedo a la boca, pero se detiene. Decide balancear el bolso para distraerse. Lo siente demasiado ligero. No debería pesar tan poco, sobre todo si lleva un pollo entero. Asustada, revisa el interior: ahí están los cubiertos, la crema de champiñones, los espárragos, el azafrán y el arroz. La carne no aparece. La dejó en la caja de la tienda.

—¿Cómo pude ser tan pendeja? —se recrimina.

Considera volver al supermercado, pero lo descarta de inmediato: hay demasiada gente. Debe llegar cuanto antes a casa, enviar lo que le piden y, al final, conseguir carne de tercera en algún puesto ambulante para prepararla con arroz. Su suegra entenderá…

Sabe que no será así. Se seca una lágrima al pensar en lo que dirá después de la cena: “Con lo difícil que es mantener tu hogar y criar a tu hijo, ¿para qué quieres un trabajo afuera?”.

Entra una llamada: el supervisor insiste. Necesita la información; el mensajero lleva horas dando vueltas sin poder contactar al cliente. De ese encargo depende completar la nómina. Le reclama: “Es la tercera vez que ocurre, no puede ser tan distraída”.

Ella se disculpa, promete solucionarlo y pide tiempo. La llamada se corta. Intenta devolverla, pero no logra comunicarse. Un mensaje aparece: su saldo se ha agotado.

Es su primer mes bajo contrato. Recuerda la mirada de su jefa cuando firmó los papeles, después de tres meses a prueba: “Te voy a dar una oportunidad. Aunque priorizamos a las solteras, sé que tú le vas a echar ganas”.

Antes de salir del edificio, escuchó a su supervisor decir en el pasillo: “Quién sabe si la jefa hizo bien. Esas nomás firman y empiezan a fallar”.

Esas. La palabra le pesa. Le limpia la boca a su hijo, que ha llenado el peluche de saliva. Está decidida a demostrar que puede cumplir como cualquiera. Sólo necesita organizarse mejor. Crear una nueva rutina.

Por fin llega el metro. Mira el reloj y calcula: si al salir compra una recarga y toma un taxi, podrá encontrar la dirección correcta en el trayecto, enviarla al mensajero, mandar los documentos y pasar por la carne. Se conformará con una cena sencilla. Tal vez se retrase un poco, pero sólo serán unos minutos.

Sube al vagón, aliviada. Gracias a Dios, el metro avanza con buena velocidad.

Afuera, en el andén, su hijo juega con el peluche de capibara dentro del carrito.


Autores
Politóloga por la UNAM y maestra en Periodismo Político por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. En el ámbito literario se ha formado en la SOGEM, el INBAL y el Colegio de Escritores de Latinoamérica. Sus cuentos han sido publicados por las editoriales Méndez Cortés Editores, Unidos por la Lectura, Soconusco Emergente y Endora Ediciones Sótano. Ha participado como autora invitada en la FIL Minería, la FILIJ, el Museo del Palacio Legislativo, la Casa León Trotsky y el Festival del Libro y la Rosa. En 2026 publicó la novela Camarada Koshka con Escritoras Mexicanas.
"La Cruz del Trabajo". Dibujo de Vicente Cutanda, 1897. Obra de dominio público.
“La Cruz del Trabajo”. Dibujo de Vicente Cutanda, 1897. Obra de dominio público.

La experiencia cotidiana de millones de trabajadores alrededor del mundo revela agotamiento, precariedad, escaso tiempo libre y una sensación, tristemente para la mayoría inexplicable, de que la vida en realidad sólo comienza cuando termina la jornada laboral. El marxismo –ignorado en el mejor de los casos, denostado en el peor– ofrece la explicación trazando una diferencia histórica entre el trabajo como actividad vital humana y el trabajo inserto en el entramado de relaciones sociales capitalistas: trabajo enajenado.

Para Marx, el trabajo no es una categoría económica más, sino la actividad fundamental del ser humano. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, el trabajo aparece como metabolismo consciente entre el ser humano y la naturaleza: un proceso en el que el individuo transforma la materia externa y, al hacerlo, se transforma a sí mismo y se reconoce en el producto de su acción. Se dice mucho que el hombre crea herramientas y que luego las herramientas transforman al hombre, pero esa es sólo una visión reduccionista de la dialéctica entre el sujeto y su actividad.

La dimensión de la praxis como creación convierte al trabajo en la quintaesencia de la libertad humana (o de su ausencia), en la actividad mediante la cual el ser genérico se realiza, se convierte en sujeto consciente, en individuo. Engels afirmaría que fue el trabajo quien nos convirtió en seres humanos. Marx también marcaría esa diferencia, dando en El Capital el famoso ejemplo de la abeja que construye un panal por instinto, mientras que el ser humano proyecta en su mente aquello que va a construir. El trabajo es, por ende, un fenómeno exclusivamente humano y, por supuesto, un fenómeno social, una actividad para la cual nos trazamos un fin, sea como individuos o como parte de un colectivo, es decir, una actividad teleológica, intencional y, en las prístinas condiciones de la socialización preclasista, una fuente de satisfacción y desarrollo.

Y es importante precisar el entorno sociopolítico en el que se trabaja. El trabajo sólo posee carácter emancipador si las relaciones sociales lo permiten. En el capitalismo, como parte de las relaciones sociales capitalistas de explotación, asume la forma social de trabajo asalariado, proceso mediante el cual se genera la plusvalía. El tiempo de vida del trabajador se subordina a la valorización del capital: su tiempo es el oro de sus explotadores, del capitalista. Esa doble condición del trabajo, en tanto potencial emancipatorio y como eslabón del ciclo mercantil, es una de las tensiones fundamentales que define a la lucha social por un mundo distinto, mejor; un mundo en el que los hombres y las mujeres no se definan como máquinas productoras de bienes o que prestan servicios.

En 1880, el yerno de Marx, Paul Lafargue, publicó El derecho a la pereza, un artículo mordaz y todavía vigente. Lafargue no reivindicaba la holgazanería como vicio individual, sino que desmontaba la ideología del “derecho al trabajo” que, bajo una apariencia progresista, consagraba la obligación universal de someterse a la explotación. La verdadera libertad de la clase trabajadora no consistía en conquistar un empleo digno dentro del capitalismo, sino en reducir drásticamente la jornada laboral, liberar tiempo para el ocio, la ciencia, el arte y la vida comunitaria, y desterrar el dogma de que el trabajo asalariado es un fin moral en sí mismo. El trabajo ennoblece, diría Martí, pero nos atreveríamos a apostillar que sólo si ese trabajo no redunda en la depauperación irreversible de las condiciones de vida de la masa trabajadora.

Es la paradoja más cruel del capitalismo: los obreros, en su acepción lata, producen socialmente una riqueza que luego es propiedad de unos pocos “elegidos”, sean aristócratas, terratenientes o tecnofascistas del big data. Y son esos obreros los que sufren tratando de llegar a fin de mes, los que tienen ocho horas para dormir, ocho horas para trabajar y otras ocho horas para comer, desplazarse entre la casa y la oficina o la fábrica, y hacer todo lo que nos da dicha como individuos, más allá de la responsabilidad y el deber moral de “contribuir”.

La crítica de Lafargue enfiló cañones contra la “extraña pasión por el trabajo” que llevaba al proletariado a reivindicar su propio agotamiento como un derecho, cuando en realidad reclamar más trabajo equivalía a reclamar más miseria, más sometimiento y más desgaste físico y espiritual. La pereza debía ser su reclamo, arrebatarle el monopolio del ocio a los pudientes, a los afortunados. Y, de paso, salvar a la burguesía del “exceso de tiempo libre” que, como casi todos los excesos, la corrompía y hacía que incluso esos pudientes y afortunados se sintieran miserables.

Si el capital logró que el trabajador asumiera como necesidad el hecho de trabajar hasta el límite de sus fuerzas, el primer paso en la senda de la emancipación debía ser que el obrero entendiera, reconociera su derecho al ocio como una condición material de la libertad. La automatización de procesos fabriles y, con la inteligencia artificial, de casi cualquier arista de las interacciones humanas “profesionales”, implica que con unas pocas horas de trabajo social pudiera bastar para satisfacer las necesidades colectivas, con lo cual las personas tendríamos más tiempo para las cosas que disfrutemos, tengan o no valor de cambio. Pero la solución del capital es otra: ponernos a maldecir a la tecnología, con afán ludita; y a competir entre nosotros, como animales rabiosos, por los puestos vacantes en la seudojerarquía laboral.

El capitalismo (o sea, los capitalistas) ha convencido a amplias mayorías de que la mercantilización es útil para la satisfacción de necesidades humanas, ocultando que esas necesidades, en la lógica mercantil, son un mero pretexto para mantener en movimiento la rueda de la valorización. No se atiende una demanda, sino que se producen demandas artificiales, estilos de vida impostados… Se produce un sujeto para el objeto, y no al revés. Y el sujeto trabajador se somete, muchas veces voluntaria y casi que gozosamente, a transformar el trabajo de actividad expresiva de su subjetividad, de su única y trascendente condición humana, en sacrificio ritual, cotidiano, para acceder a medios de vida. En términos gramscianos, es uno de los grandes logros hegemónicos que sustenta el statu quo global, el estado actual de cosas.

Sólo en una sociedad comunista, en una “sociedad de productores libremente asociados”, el trabajo necesario para la reproducción material (ese sacrificio) se reduciría al mínimo gracias al desarrollo tecnológico, y se distribuiría de manera racional y colectiva. Nadie monopolizaría el ocio ni el negocio. El “tiempo libre” –diametralmente opuesto al “tiempo muerto”– podría dedicarse a la creación artística, a la investigación científica… y al sexo, el vino y la contemplación de la naturaleza.

Una pequeña digresión etimológica, a propósito de la premeditada cacofonía del dúo ocio/negocio: la primera palabra proviene del latín otium, que los romanos utilizaban para nombrar los meses en los que no se lanzaban a la guerra, generalmente el tiempo invernal que no era propicio para menesteres bélicos. Por oposición, nec otium era el tiempo contrario, el tiempo que se ocupaba con la guerra, y la guerra era la principal ocupación laboral de muchos ciudadanos romanos. Por ende, lo que hoy entendemos como negocio no sólo es la negación del ocio, sino que tiene su raíz en la guerra… de ahí que no extrañe que hoy la guerra sea una fuente de ingreso tan rentable y una muy sostenible industria que ofrece trabajo bien remunerado.

Pero volvamos al tema que nos atañe: sólo si se corta el nudo gordiano que ata el trabajo a su forma mercantilizada se podrá superar la lógica del capital y arribar a ese “reino de la libertad” en el que la verdadera democracia impere, una democracia de todos y para el bien de todos (parafraseando a Martí), sin privilegios ni castas; donde se ejerza un control consciente del proceso económico y no seamos víctimas de las estocásticas apetencias del mercado y de los fetichismos capitalistas.

La solución jurídica, las leyes contra los vagos, no hacen más que traducir en norma esa construcción social hegemonizada que impone al ser humano una dinámica de desgaste, de esclavitud. Un millonario puede dedicarse a viajar el mundo en jet o en yate, sin que le remuerda la conciencia, pero el trabajador es culpable de su pobreza, es pobre porque quiere, porque no le “echa ganas”. Y el castigo puede ser una sanción expresa pero es mucho más cruento cuando se naturaliza como exclusión, como una sutil pena capital: si no trabajas para el mercado –si no vendes tu fuerza de trabajo, tu tiempo de vida– te mueres de hambre.

La “uberización” y otros fenómenos “modernos” no son más que reajustes contingentes de esa hegemonía capitalista, que ya no tiene que presentar a los ganadores del juego como “jefes”. En teoría, eres tu propio jefe pero no haces más que convertirte en un engranaje autómata del sistema, ajeno a cualquier mínima garantía o derecho laboral. Tú mismo te niegas tu ocio, tú mismo te encargas de triunfar o de fracasar, tú eres el responsable de tu éxito, aunque toda estadística indique que tienes pocas oportunidades reales.

La reivindicación de la pereza en Lafargue, como lo podría ser hoy, no es una simple y patética apología del parasitismo, sino un acto de rebeldía: urge devolverle el tiempo al hombre, librarlo de su ataúd de oropel. Mientras el capital continúe robando nuestras horas y días con el discurso demagógico del sacrificio o con las promesas del “emprendimiento”, la libertad será apenas un cartel de neón, otra etiqueta para las redes digitales. Exorcizarnos implica dejar de medir la vida en productividad, reconquistar y resignificar el otium.

Como diría Marx: “El reino de la libertad sólo empieza allí donde termina el trabajo determinado por la necesidad […] La libertad en este terreno solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente su metabolismo con la naturaleza, lo pongan bajo su control común, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego”. Sólo si superamos el trabajo como fenómeno que nutre al intercambio mercantil, le devolveremos a este su cualidad ennoblecedora, y nos haremos los trabajadores soberanos de nuestras propias vidas; sólo si el trabajo deja de ser solamente un medio de vida, para ser la primera necesidad vital, es decir, una actividad que ejerzamos a conciencia y con gusto, por la dicha de ser útiles, podremos decir que vivimos en una sociedad superior.

Y en esa sociedad seremos un poco más vagos y mucho más felices.


Autores
Michel E. Torres Corona (La Habana, 1993). Licenciado en Derecho y máster en Derecho Constitucional y Administrativo por la Universidad de La Habana. Director del Grupo Editorial Nuevo Milenio. Guionista y conductor de Con Filo, programa de la televisión cubana. Articulista de varios medios nacionales e internacionales, como Granma, La Jiribilla, Cubadebate, Mate Amargo, Alma Plus TV, Resumen Latinoamericano y otros.
Fotografía de Iohana Marr
Fotografía de Iohana Marr

A los diecinueve años, mientras trabajaba de cajera en Costco (mi primera chamba), las cosas frente a mí se empezaron a desdoblar y a sobreponer al mismo tiempo que un resplandor me estorbaba la vista. Fui al oftalmólogo y en la revisión tan sólo me pusieron gotas que me provocaron un fuerte ardor. El médico dijo que se trataba de diplopía causada por estrés y que pasaría pronto. No pasó pronto: estuve así dos meses enteros. Tuve que manejar y cruzar calles bajo esa circunstancia. Un día, desapareció.

Más o menos tres años después sufrí una parálisis facial, provocada nuevamente por “estrés”. El trabajo en una barra de café de especialidad y las exigencias universitarias (otra forma de trabajo) llevaron mi sistema nervioso al límite. Esta vez prescindí del médico alópata y me fui directo a la acupuntura. Después de tres sesiones, la parálisis desapareció.

Estos episodios me obligaron a investigar sobre posibles causas y conexiones. Y el común denominador que hallé fue la esclerosis múltiple.

A mis veintitrés años, la necesidad de trabajar y estudiar me mantuvo en un ritmo de vida estresante. Esto se reflejó en un nuevo episodio (más tarde sabría que se les llama brotes). Mi pierna derecha dejó de responder, era como si se hubiera vuelto tan rígida como la madera. Empecé a cojear y terminé hospitalizada. Luego de la resonancia magnética, el diagnóstico dio una enfermedad crónica degenerativa: esclerosis múltiple. Aunque fue traumante saber que era algo que nunca se iría, me alivió el hecho de que siempre tuve razón.

Diez años después del diagnóstico, me queda claro que ya no pertenezco al mundo de “los sanos”, “los capaces”, “los que sirven”, “los que trabajan bien”. Ahora no puedo valerme por mí misma, o al menos no de la forma en que lo había venido haciendo. Si en la mayoría de los trabajos de por sí piden más de lo que una podría o debería hacer con sus capacidades “normales”, con esta condición eso se complica hasta el límite. Quienes hablan el lenguaje financiero dirían que pasas de ganancia a pérdida. Además, ante los compañeros y jefes, te conviertes en un ser “frágil” y “anormal” que fácilmente puede volverse un riesgo para sí mismo y para los demás. Esta situación daña la autoestima y genera aislamiento.

Hace dos años experimenté la progresión de un síntoma que creía parte del estrés acumulado. Mi mano derecha comenzó a temblar de manera involuntaria y eso tuvo repercusiones en todas mis actividades, especialmente en el trabajo. En el café, como consecuencia de la pérdida de agarre, rompía platos y tazas y salpicaba las bebidas que preparaba o servía. Las personas a mi alrededor, tanto clientes como compañeros, empezaban a desesperarse o de plano se incomodaban hasta sentirse ansiosos. Yo luchaba conmigo misma para fingir la normalidad absoluta, como si sólo se tratara de pequeños accidentes. Tardé mucho en aceptar que mi enfermedad ya era una parte ineludible de mí y que tenía que lidiar con ella más que quedarme en la mera evasión.

Con la pierna y la mano derechas jugando en mi contra tuve que asumir la adaptación constante que exige la esclerosis. No me quedaba de otra que enfocarme en la motricidad izquierda de mi cuerpo. Cosas tan sencillas como cortar un limón me ponían a prueba. Mis manos se fueron llenando de cicatrices. Algo tan natural y necesario como mi sexualidad también se vio afectado. Era impostergable reaprender cosas tan básicas que a veces me sentía como una bebé: reapropiarme de la escritura a mano, necesitar apoyo para preparar mis alimentos y comer, para peinarme, para vestirme, para lavarme los dientes. Todo esto me obligó a practicar la paciencia, porque a veces, aunque suene injusto, me desesperaba el ritmo de quienes me asistían. Por suerte, el cerebro tiene una neuroplasticidad impresionante y poco a poco me he ido abriendo camino.

He luchado con límites que no pedí ni me busqué. La esclerosis es un padecimiento invisible por el dolor y la fatiga que sólo yo conozco. Una pérdida de fuerza repentina e inexplicable que te deja varada a mitad de la urbe. Por eso me he tenido que apoyar en un bastón, para validar mi enfermedad y moverme con menos dificultad en un escenario tan frenético y hostil como la Ciudad de México. Antes de esto era duro ir parada en el transporte público y ver que los asientos reservados estaban ocupados por personas sin impedimentos. Mucho tiempo el orgullo me impidió utilizar bastón. Pero cuando comencé a hacerlo noté que la generosidad de la gente era grande: casi todos ayudaban a que mis recorridos por la ciudad fueran más amigables. En una ocasión iba en el metrobús y una chica que se dio cuenta de mis dificultades se detuvo y me amarró las agujetas. Eso me conmovió muchísimo porque era alguien completamente desconocida. No puedo decir lo mismo de la infraestructura y los servicios. Un buen ejemplo es el Metro, donde no hay rampas suficientes ni adecuaciones para que alguien en silla de ruedas tenga un acceso pleno.

En el contexto laboral esta condición me aleja del ideal de los empleadores. Sabemos que el capitalismo necesita de cuerpos fuertes y enteros para perpetuar su sistema de explotación. Si para una persona “normal” las horas de trabajo y la escasez de tiempo de recuperación implican un gran desgaste, para alguien con una discapacidad dicha situación se vuelve prácticamente imposible. No es que me sienta ávida por que las grandes corporaciones expriman mi fuerza de trabajo, pero el hecho de emplearse es inevitable en nuestra sociedad. Al menos para la clase social a la que pertenezco. Aunque hoy cuento con la ayuda de mis padres, no siempre será así. Reparar en eso es aterrador.

Los trabajos a los que más me he dedicado son la fotografía y el barismo en cafés de especialidad. En cuanto a la foto, lo que más me ha afectado es el temblor de mi mano derecha. Por suerte existen artefactos y técnicas de los que me puedo valer para seguir explorando mi creatividad. Incluso la propia condición, que a veces se me presenta tan molesta y deprimente, ha dado pie a un estímulo artístico. Hace poco apliqué para una beca estatal con un proyecto que pretende abordar la esclerosis mediante mil fotografías. Esto se debe a que se le conoce como la enfermedad de los mil rostros por presentarse de manera distinta en cada persona. En caso de ser seleccionada, no buscaría la foto que me represente porque no hay tal, sino el conjunto que muestre que soy todas esas imágenes y ninguna en su devenir. También es importante mencionar que la expresión fotográfica es un trabajo que se articula muy bien en comunidad. Mis amigos dedicados a la moda o el arte no han dejado de buscarme para sus sesiones, ni de apoyarme en aspectos fundamentales como la iluminación, el montaje y los traslados.

En cuanto al barismo, por tratarse de un trabajo sumamente físico y demandante, en el que se suelen pasar más de ocho horas seguidas de pie y en arduo movimiento, tuve que alejarme de las barras. Siempre he sentido un fuerte vínculo con el café y aquello que lo rodea. Tal vez porque es una bebida con un efecto estimulante que sirve para contrarrestar mi fatiga crónica y despejar la niebla mental. No extraño el trabajo extenuante y casi siempre mal pagado, pero sin lugar a dudas se trataba de una fuente de ingresos segura y que dominaba con más de diez años de experiencia.

Entre las últimas ocasiones que me empleé como barista fue cuando estuve en Holbox hace no muchos años y mis jefes pensaron que mi padecimiento podría ser contagioso. Nada más ilógico y ridículo que una enfermedad autoinmune contagiosa. Además creían que por lo mismo no sería capaz de manejar la máquina de espresso (pese a que llevaba años usando los mejores modelos) y me delegaron las tareas de limpieza. Sé que puede tratarse de mera ignorancia, pero dicho episodio refleja el rechazo a las personas con discapacidad y una tendencia al capacitismo.

En esa época tuve como compañera de trabajo y roomie a Fran, una chica chilena que estaba ciega de un ojo porque le dispararon una bala de goma en su país mientras protestaba. Algo que nos unió especialmente fue que nuestras discapacidades eran invisibles. Como su ojo parecía intacto, los patrones le recriminaban que no fuera tan eficiente, pero era obvio que su vista estaba limitada. Otro punto común entre nosotras fue la actitud contestataria ante los horarios abusivos y la falta de prestaciones. Su formación en filosofía y la mía en comunicación con perspectiva filosófica no nos permitían quedarnos calladas. Por lo que no tardamos en volvernos las ovejas negras y en tener problemas que a ella la llevaron al despido y a mí a la renuncia. Pudimos haber iniciado un proceso legal por discriminación, pero al final nos abstuvimos porque Fran no tenía sus papeles en regla.

Una de las soluciones laborales que he encontrado está en los beneficios de las opciones a distancia. En esas modalidades es posible un ajuste al ritmo propio y evitar la ansiedad social que a veces se desprende de mi condición. Aun así, no se debe perder de vista que la sociedad mexicana carece de conciencia para incluir a las personas con esclerosis. La mayoría de los empleadores no saben qué es y por lo mismo se comportan poco empáticos e incluso abiertamente hostiles con sus implicaciones. Deben de ser muchas las personas que se ven obligadas a ocultarla para no perder el sustento. Yo misma tuve que hacerlo alguna vez. Desde luego que hay iniciativas públicas y privadas al respecto, pero me parece que aún no se cuenta con un plan estructural de inserción.

Gran parte del problema viene de anteponer los intereses individualistas a los colectivos. Es algo que me queda claro tras mi experiencia como barista y fotógrafa. En las barras de café, por más que los empleados, muchas veces amigos, nos esforzáramos por crear lazos comunales, lo que prevalecía era la eficiencia a nivel personal. Es decir, qué tan explotable eres. O me sirves o no me sirves, parecen gritar los patrones con la mirada. Si te fatigas, si rompes tazas, si no preparas rápido los pedidos, si derramas las bebidas por el temblor de tu mano, ese trabajo ya no es para ti. Y no hay más, las puertas se cierran de golpe. En la fotografía a veces ha sido distinto gracias a que cuento con una red de apoyo que va más allá de los meros intereses económicos. Gente que se preocupa por cómo me encuentro y no solamente por lo que puede obtener de mí. Tal vez en eso radique la clave para encontrar formas legítimas de inclusión. En la comunidad que te abraza como una parte integral desde tu condición y no en el engranaje que te oprime hasta que dejas de funcionar como herramienta. No quiero decir categóricamente que la fotografía sea mejor que el barismo, puesto que también en el café he hecho vínculos y amistades valiosos y en la foto he padecido explotación y malos tratos, sino que depende por completo de los intereses de los empleadores.

Muchas veces me pregunto por qué mi cuerpo se ataca. Es difícil no intentar darle sentido a una condición tan contradictoria. Poco a poco me he dado cuenta de que se trata de una cuestión multifactorial. En una ocasión Luo, la doctora que me aplica las agujas en acupuntura, me dijo esa frase hecha de que nada en exceso es bueno. Llego a pensar que quizá tiene razón, que ya he caminado demasiado a una gran velocidad y ahora es tiempo de detenerme un poco. Pero qué desafiante hacerlo en un mundo como el que habitamos, aun cuando se tenga voluntad para ello. Este mundo que parece atenazarnos para luego imponer su ritmo desquiciante. Este mundo en el que no se puede ser una “discapacitada suficiente” para validarse ni una “sana suficiente” para rendir. Y es como si esa paradoja tuviera el poder de ponernos en nuestra contra. Como si el capitalismo funcionara de una forma similar a la esclerosis en ese atacar a lo que debería proteger. Sea como sea, algo que rescato de esta condición limitante es la conciencia que he cobrado sobre cosas que antes pasaba por alto o creía perdidas.

En primer lugar, la empatía. Agradezco que la gente me ayude, que su amabilidad sea tan natural en medio del trajín urbano. Es algo que me devuelve cierta esperanza y me ayuda a sentir menos sola ante el aislamiento que puede venir de factores externos o incluso de mí misma. También pienso en todo lo que los seres humanos hemos sido capaces de hacer en comunidad. Y no sólo lo pienso, lo experimento en carne propia cada vez que recibo el apoyo de quienes me rodean. Ya sea para desplazarme en el transporte público, o para preparar mis alimentos, o para lograr la composición de una buena fotografía. Recuerdo que los diagnósticos iniciales me colocaban en una silla de ruedas antes de diez años. Gracias a la acupuntura, el yoga, el ejercicio constante, una alimentación especial y atención psicológica logré superar esas predicciones. Pero no hubiera sido posible sin los cuidados (otra forma de trabajo) de familiares y amigos.

Lo más duro quizá sea aceptar que las cosas no volverán a ser como eran. A pesar de eso, hoy cuento con la certeza de que soy mucho más que mi enfermedad. No sólo por las cosas que he conseguido sola, sino por el respaldo comunitario. Todas estas transformaciones me han llevado a conocer mi cuerpo con mayor profundidad y a descubrir que las personas pueden ser amables y cooperativas cuando están informadas sobre las discapacidades. Antes, cuando alguien se acercaba a preguntarme ¿qué te pasó?, ¿estás bien?, ¿cómo te ha ido?, ¿en qué andas trabajando?, yo me molestaba porque lo sentía como un ataque personal. Ahora puedo responder que estoy bien, que ando trabajando en mí misma.


Autores
Iohana Marr (Ciudad de México, 1992) estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la UAM Cuajimalpa y se formó en fotografía y revelado análogo en la Escuela de Fotografía Ansel Adams. Su trabajo se centra en el retrato combinando procesos análogos y digitales para explorar la relación entre cuerpo, percepción y transformación. Mediante sus imágenes aborda la experiencia física y emocional, así como las tensiones entre lo visible y lo invisible, para construir escenas íntimas que dialogan con elementos naturales como las plantas, los espacios verdes, el cuerpo humano y los animales. Ha realizado fotografía para artistas musicales, editoriales de revistas y foto fija en proyectos audiovisuales. Presentó la exposición Somos parte de, en la que reflexiona sobre la relación entre los humanos y otras formas de vida a partir de la contemplación y el reconocimiento de nuestra conexión con el entorno.
Fotografía de Ignacio Ferre, 2017. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Fotografía de Ignacio Ferre, 2017. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

Hipólito

 

Soy Hipólito, enjuto,

casi viejo a los 40;

el cañaveral me llama

para que vuelva,

pero el mundo está hueco

y me atrevo a clamar que la carne y el dinero

pasaron de largo ante mis ojos.

 

Puedo reír porque estoy loco,

y la amargura de ser pobre se disipa;

y el hambre de pan duro en el fogón

me pertenece.

 

Policía, padre, escritor:

lo que me rodea

lucha por salvar al mundo

de Hipólito,

para que la gente

pueda hacerse de un tatuaje,

sembrar un jardín en la azotea,

tener zapatos y camisa.

 

Luchan

para que se me escapen los caballos

y no me sea posible

decir esto.

 

“Hay que curarlo”,

repiten,

“de su voz

cubierta por la hiel y la ignorancia”.

 

Nadie quiere ser loco

o pobre,

que es lo mismo.

 

Nadie menciona de los locos

las ciudades que alzamos,

las fábricas que echamos adelante,

la lengua que inventamos;

pero todos los que pueden

se sacian y se ceban

con el fruto de la locura

y la pobreza,

que es lo mismo.

 

No quieren de los locos

más que eso:

las ciudades, las fábricas, la lengua,

 

y el cuerpo enjuto de Hipólito

adentro de las cañas.

 

 


 

Vacaciones

 

Escupo sobre los que se van de viaje.

 

Para escribir,

aprieto letras en un papel

que no me sobra.

 

Escupo

en su dinero,

que usan para cuidarse

e ir al gimnasio.

 

Quisiera igual y más.

 

Pero la pobreza crece sin memoria;

ni siquiera puedo ver el rostro de otros pobres:

desconfío.

 

Viajar te abre la mente,

pero yo no tengo de eso.

 

 


 

Argos

 

A un perro

le toca

solo un hombre.

 

Cuando cierro la puerta

alcanzo a sospecharlo.

 

Mientras atiendo

las llamadas

en la oficina del callcenter,

 

el perro del que soy

morirá solo.


Autores
(1984, Chalco, Estado de México). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad de Chile. Escribe poesía y ensayo. Ha publicado poemas en Punto de Partida, la revista chilena Podeta y el Anuario 2007 del Fondo de Cultura Económica. Obtuvo el Premio de Ensayo Joven Max Rojas en 2012. Trabaja en la docencia y ha incursionado en la escritura fantasma. Actualmente trabaja en la Universidad Nacional Rosario Castellanos.
Fotografía cortesía de la autora
Fotografía cortesía de la autora

Para cuando llegué al Rancho Santa Lucía a trabajar en los huertos, ya había cambiado el teatro por las ferias de libro y los libros por la incertidumbre de no saber qué pasaría la quincena siguiente. En mis días de escritorio en instituciones de cultura y educación ya había fantaseado con dejar todo aquello. Quería dejar de sentir que mi vida le pertenece a alguien más e indagar si era capaz de hacer algo que no estuviera en función del capital político de algún funcionario. Me fui a la selva baja deforestada entre Campeche y Tabasco, cerca de un pueblo llamado Palizada.

El nombre del pueblo alude a los tiempos en que se explotaba el árbol palo de tinte. Como un árbol que sangraba, la tinta se extraía y llevaba a Europa entre los siglos XVI y XIX. Algunos le llaman a ese saqueo “exportación”. Después, con la industrialización, el pueblito quedó en el olvido de la geografía turística y productiva de la península de Yucatán.

Me dicen los dueños del rancho que vengo a ayudar a las mujeres a poner sus huertos en Campo Nuevo, una población en el municipio de Jonuta, que es oficialmente el más pobre de Tabasco, frente a los ranchos más grandes de Campeche, donde el Río Usumacinta divide las dos realidades: la de los grandes ranchos de cientos de hectáreas de producción forestal venidos a menos y la de la vida rural en un islote lleno de casas de madera, sin agua potable, pero al lado del río más caudaloso de México y Centroamérica.

Aquí soy una aprendiz, aquí el espejismo de la intelectualidad de la ciudad no me sirve para hacer las curvas de nivel en la tierra ni para manejar el cayuco de un extremo a otro del río, ni siquiera me serviría para bajar un coco de la palmera si padeciera de sed. Aquí aprendo un poco de las cosas más elementales como mantener un fuego, manejar el baño seco o sobrevivir a las picaduras de insectos. Helga y Pedro, los dueños de Santa Lucía, me dicen que las mujeres de la comunidad de Campo Nuevo son analfabetas, que queman la basura y que eso está muy mal, que sus maridos no las dejan hacer porque predomina el machismo y, lo de siempre, que el gobierno les trae promesas, programas y despensas cada seis años. Ahora, la población está tirando los árboles nativos para sembrar las especies que aparecen en la lista del nuevo programa y ganarse un dinero, así los nuevos tiempos del cuidado ambiental oficial. Luego vendrá el tren y a ver cómo nos va. Se supone que yo debo ayudar a concientizar a esas mujeres, pero, en realidad, la analfabeta soy yo, la que recibe ayuda soy yo. La que no entiende el mundo real, de suelo y agua que sigue su ciclo soy yo. Aquí la vida no se resuelve desde las pantallas y eso es un gran descanso para mí.

En mis días calurosos de treinta y ocho grados y húmedos al ochenta por ciento, aprendo a convivir con los sapos, los murciélagos, los olores fétidos de la selva y las serpientes de río. Entre la deforestación, los monocultivos de palma de aceite y los pastizales para ganado, aprendo a cuidar huertos en una tierra en la que todo crece a gran velocidad, casi la misma con la que se riega el pesticida por los ranchos aledaños. El territorio parece una constante carrera entre la selva y el tractor. Helga me explica cómo funciona el rancho y qué tengo que hacer con el proyecto, luego se va a su natal Alemania, probablemente para vivir en un clima más amable, lo cual ya es mucho decir de Palizada y sus alrededores. Me deja con su esposo Pedro, un ex empleado de una petrolera que decidió convertir su patrimonio en un proyecto ecológico, o eso me dicen.

Eugenia, Ana, Lorena y Mayra van por mí en el cayuco y atravesamos el río hasta Campo Nuevo. Nos sentamos en sillas de madera junto al río entre casas de tablones y techo de lámina. Ellas van por cocos y hacen un agua que sabe a oasis en medio de un desierto. Quieren reírse de todo y me contagian. Así pasamos las tardes escuchando nuestras fantasías: ellas quieren una casa por donde no se cuelen los mosquitos ni la lluvia, quieren un auto último modelo. Yo quiero vivir sin asfalto, pero no sé si pueda quedarme aquí con esta humedad. Sembramos chile habanero, oreganón, frijol de árbol, chaya, acelga y otras hierbas que yo no conocía así como ellas no conocían el nopal. Mientras dibujamos un mapa de Campo Nuevo y el río, los hijos de Eugenia se ríen como en cualquier otra parte mientras saltan sobre unas hojas de palma que hallaron por ahí tiradas, como nadie les ha hablado de todo lo que les hace falta, no les falta nada, al menos mientras no enfermen. Hay tanta vida abriéndose camino por donde puede, que no me sorprendería que pudieran brotar plantas de tabaco de las colillas. Y en un par de meses, las semillas que sembramos se convierten en plantas de treinta o cuarenta centímetros.

Cuando no voy a Campo Nuevo mis días en el rancho son solitarios porque solamente vivimos unas cinco personas en trescientas hectáreas. Me despierto a las seis am porque a esa hora el calor de treinta y dos grados aún es soportable antes de que al mediodía llegue a los treinta y ocho. Desayuno y camino por los viveros de samán y palo de tinte, me voy en bicicleta por la carretera, regreso, me preparo alguna cosa de cenar, aprendo a usar la estufa de leña aunque nunca me sale del todo bien, leo y después duermo. Mi piel se va cansando cada vez más con el calor y la humedad que nunca se detiene, mi cabello siempre está húmedo y me brota un acné que no tuve ni en mis peores años de pubertad. Hay días en que tengo febrícula y otros en los que me siento bien y me voy a hablar por teléfono cerca de un árbol de samán, el único lugar en donde hay un poco de señal.

Un día, Eugenia, la más entusiasta de las mujeres de Campo Nuevo, la que hizo crecer hasta berenjenas, no llega a la cita. Dicen por ahí que se fue del pueblo.

—Ya no vas a reportarle a Helga, ahora yo voy a tomar el proyecto. Necesito que repongas todas las horas que no estuviste por irte al curso —un taller agroecología en Palenque al que él me mandó— y que llenes las tablas de Excel que te di. Tienes que cumplir los objetivos que te especifiqué en cada cuadro e informar diariamente de los progresos. Lo del Excel lo necesito para hoy —hoy es domingo y el día de la feria del pueblo, la única que habrá en meses, si no es que en todo el año.

—¿Cuándo va a regresar Helga de Alemania? Teníamos otros planes sobre el proyecto.

—No tiene fecha de regreso. ¿Por qué no habías ido a buscar a Eugenia? —Pedro tiene una forma de hablar tan golpeada que hace sonar las oraciones completas como monosílabos.

—Porque no sé manejar yo sola un cayuco tan grande.

—Eso se aprende fácil, Sandrine iba sola y eso que ella es francesa, no teníamos que estarla llevando —pienso que Sandrine seguramente sabía nadar. A mí me prohibieron las clases de natación porque padecí una artritis reumatoide inventada por el IMSS. Pienso que por qué tanta predilección por extranjeros y chilangos para venir a hacer lo que cualquier persona de Jonuta podría hacer o aprender.

—Sí, como sea, ya fui a buscarlas, Juan me ayudó. Y, pues para ellas es difícil establecer horarios, tienen que ir caminando varios kilómetros para llevar a los niños a la escuela y esperarlos afuera hasta que salgan. Entonces creo que quizás deba ir con ellas de camino a la escuela, aunque no podríamos estar en los huertos. También me comentaron que los niños andan enfermos, dos han tenido fiebre.

—Entonces los fines de semana.

—Los fines de semana no quieren trabajar más. El sábado pasado tenían globos y música porque estaban festejando un cumpleaños. Están los maridos y a ellos no les gusta mucho la idea del huerto. Yo creo que deberí…

—¿Y qué pasó con Eugenia?

—No está, no saben cuándo regresa. Su suegra me contó lo que le pasó. El papá de Eugenia se suicidó… se ahorcó… y fue ella quien lo encontró… es muy triste porque ella estaba muy entusiasmada con su huerto. Su hijita mayor, Ariadna, también estaba contenta y ayudaba a regar los cultivos… creo que habría que pensar en alguna manera de ayudarla cuando regrese.

—Bueno, pero puedes trabajar con las demás. No es necesario tanto retraso.

—El otro día estaba platicando con tu amigo Luis. Me contó que el plan de reforestar las cien hectáreas es para producir carbón para venderlo y, con las ganancias, poder irte a vivir a Alemania para cuando el cambio climático inunde todo Tabasco y parte de Campeche. Yo ya no entiendo tu proyecto.

Y así, una vez más, llego a ese punto en el que lo que digo es tan directo para el honorable ego de la autoridad que se revienta todo. Como cuando le dije al profesor de actuación de la facultad que él era el profesor que salía con sus alumnas. Yo simplemente había contestado a su pregunta de qué se decía sobre él en los pasillos. Después de ese día me cerraba la puerta en la cara cuando llegaba a clase. Nunca apareció un ningún tendedero, ninguna denuncia, sigue dando clases.

En resumen, para Pedro es más importante el archivo de Excel que esas mujeres y sus hijos. Una vez más, las personas no importan mucho aquí y lo ambiental menos. Y no tengo ganas de irme en buenos términos, me dan ganas de romperlo todo. Que la selva se trague su rancho. Que el Usumacinta lo inunde todo. Renuncio por sexta vez y dejo la rabia dentro de mí un rato mientras hago mi maleta, pero luego la pongo a bailar, que para eso nació la cumbia y esta noche toca Grupo Cañaveral-al-al-al en la Feria de Palizada-ada-ada-ada, el evento más esperado del año y a sólo cuarenta minutos en camión del rancho del que me estoy largando. Cuarenta minutos en un camión que puede pasar a la una y seis de la tarde o quizás antes o quizás después o tal vez simplemente no pase hoy. Y no pasa.

Después de que cae una tormenta eléctrica veo que me quedan solamente doscientos pesos y decido usarlos para detener un taxi que me lleva por el atardecer más rojizo de mi existencia. A través de la carretera se siente una especie de furia, algo distinto de la rabia o el enojo, es un tipo de ímpetu, como el que necesita la semilla para romper la cáscara, el jaguar para perseguir a su presa o el árbol para crecer hacia arriba. Así se siente la selva que muere, como una furia que acecha al lado del rancho ganadero, entre los resquicios del “progreso”, en los intersticios del monocultivo de las palmas de aceite o los palos de tinte. La selva calla por las tardes pero vibra como una corriente eléctrica que fuera a explotar para expulsar lo que le sea ajeno. Mientras veo el sol más poderoso de mi historia tengo flashbacks de toda mi vida laboral: Don Silvio, el trabajador que duerme en el piso del teatro y los técnicos que laboran de lunes a domingo por 6 mil pesos, la edición de libros de texto al vapor y su irrelevante calidad, las ferias del libro para que se luzca el Señor Premio Nacional de Sabe Qué, el ridículo de un Ingeniero de Toluca dirigiendo un programa editorial federal que lleva libros del ejército a la feria de Frankfurt. ¿Qué quieres ser de grande? Más allá de la selva aparece el pueblo de paredes de adobe, hamacas y tejas holandesas que encajan perfectamente entre sí y con las leyendas de los piratas que se llevaron el palo de tinte de este lugar.

La carpa en el centro de Palizada chorrea sudor de todo el pueblo, incluyendo el honorable sudor del Señor Presidente Municipal y de la Señorita Palizada de este año. Aquí nadie saca a bailar a nadie, todos están casados y vienen de dos en dos, y no bailan, están sentados tomando su respectiva caguama. Y porque tiene espinas el rosal, bailo sola. Me siento como en cualquier otro lugar, de esos mugrosos, sudorosos y gozosos que hay en cualquier lugar respetable del mundo. Y no sé dónde dormiré esta noche.

Lejos estaba de pensar que amanecería en una hamaca con una fiebre a la que le calculo, a falta de termómetro, unos cuarenta grados, junto a Bernardo, que me ofrece su casa mientras se me pasa la fiebre y me voy. Sueño con hojas secas sobre troncos en degradación, estos a su vez sostienen hongos que se comunican entre sí, y todos están conectados a las raíces de los palos mulatos, los plátanos o las ceibas. Una sinfonía de mil orquestas. Un solo gran organismo. La selva volverá una y otra vez como volvió sobre los templos mayas, sin importar lo que tenga que cubrir, sin importar cuántos trenes intenten pasar sobre ella. El sudor me envuelve por completo con una sensación de frío y calor simultáneos, el olor de mi cuerpo me da náuseas. Pero ya no estoy en ninguna selva sino en el sofá de mis papás: desempleada y con dengue.

El olor del virus está en todos mis fluidos. La cabeza me punza como si quisiera recordarme de todas las veces que no paré en el esfuerzo inútil de querer entender mi vida pensando y analizando desde una mente desconectada del cuerpo y el corazón. Con certeza puedo decir que no sé nada. No sé cómo no sentirme mal de haber dado todo por sentado: cagar en el agua, comer bien cada día, respirar buen aire. No sé cómo dar la vuelta, no sé cómo explicar, no sé si deba. Tal vez simplemente soy una niña herida que no supo decir lo que sentía. El sargazo en la orilla del mar, el humo en el pantano, el pastizal en la selva, la inundación en el asfalto… pero ese asfalto también ha sido mi casa. ¿Cómo caminar la paradoja? Todo me grita al unísono. Un silencio corto. La piel de ese otro, el granizo en bicicleta, una salsa vieja en un cabaret, una montaña que subí, un desierto que me dejó entrar, la sonrisa de una niña corriendo hacia mí, un círculo de personas alrededor del fuego, un trago de café por la mañana. Quizás estoy recuperado el asombro. Sí, eso.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM y maestrante en Cine Documental por la Universidad de la Comunicación. Centra su quehacer creativo en el ensayo narrativo ambiental, el cine documental, la ecopsicología, los pueblos originarios de América y los ritmos afrolatinos. IG: @kala_de_villa
Guadalajara, Jalisco, 2015. Fotografía de JosEnrique. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Guadalajara, Jalisco, 2015. Fotografía de JosEnrique. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

No me juzgues tan pronto,
cuando me veas orinando los bustos de piedra
y te parezca fácil.
Acaso antes de llevarte la mano a la nariz
y despreciar la miseria que me cubre,
sentenciosamente señalarás
mi pobre educación y falta de valores,

 

después, te seguirás derecho sin volver la mirada
con la fortuna de haber nacido
atravesado por otra historia,
bajo otro techo,
con otro nombre de venas cerradas.

 

Te he escuchado decir,
desde tu figura de mártir ejemplar,
que funcionaría mejor el mundo sin mi sombra,
sin los jirones de mi cuerpo
desperdigados en las aceras;
si, en cambio,
escondiera de una vez la mano que mantengo extendida
y como tú y otros tantos
encontrara ocupación que me sacara adelante.

 

Pero, compañero,
¿qué es salir adelante?
¿Quién te ha dicho que los hombres como yo no luchan ni lloran?
¿Qué te hace creer que tu medida del éxito
también me sirve para medirme el frío?
Tal vez no lo sepas,
pero no es fácil buscar calor en la fragancia de la mierda.

 

Temo también al hambre como a la noche,
a las sequías que traen consigo ese delirio
que me atormenta y me confunde.

 

Mientras tu línea siga trazada,
mientras no tenga pan ni luz para enfrentar mis terrores
y la esperanza no sea sino una carga que agobia el camino
de aquel que no tiene más lugar
que los huesos dentro de su piel
y la lengua dentro de su boca,
no me digas
qué es lo que debería hacer
con las monedas que me han dado.

 

Sé que no es heroico ni valiente
aspirar el olvido
para esquivar el llanto de la miseria;
pero es lo único que tengo,
no preciso una historia de gloria,
quizás, entrar inconsciente en la muerte
y acaso en eso seamos parecidos.

 

Pero a diferencia de ti,
y no sé si eso me haga más transparente,
no te pediría
que escupieras fuego en la avenida
para qué supieras que la vida
que a unos les quema
a otros nos arde.


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es poeta y editora en La Plaqueta Editorial. Ha publicado los poemarios titulados Vuelo de muerte, Nada queda en pie, Relámpago en la sangre y Sabré llegar. En 2021, participó con Ernesto Baca en el taller teórico-práctico “A cuadro: Práctica Experimental y Concurso Internacional de Cortometraje” con el corto Esta palabra no es blanca, montaje paralelo entre el poema homónimo, el archivo personal de Baca y la Filmoteca UNAM. Es parte de la organización del Encuentro Internacional de Poesía en Milpa Alta.