Tierra Adentro
Portada del álbum "Chega de saudade", João Gilberto, 1959.
Portada del álbum “Chega de saudade”, João Gilberto, 1959.

Hoy lo sabemos. Disfrutamos de esa muchacha más linda tan llena de gracia que viene y que pasa balanceándose dulcemente mientras camina hacia el mar gracias a la melodía de Antônio Carlos Jobim y a la poesía de Vinicius de Moraes que exalta la belleza y el anhelo agridulce. Pero eso que hace que todo nuestro cuerpo se balancee junto con ella y se inunde de deseo como quien la mira en este instante, es gracias a eso que algunos le llaman cadencia, otros le llaman batida y tantos más, a falta de un concepto concreto, le llaman João Gilberto. Sí: Tom, Vinicius —y otros seres superiores del Brasil como Carlos Lyra y Roberto Menescal— nos pusieron la bossa nova en el oído. João Gilberto hizo que nos corriera por todo el cuerpo.

João Gilberto Pereira de Oliveira murió en Rio de Janeiro en 2019, en medio de problemas económicos y de salud que contrastaban con el estatus del cual gozó en el ámbito de la música y la cultura brasileña: la de ser “el padre de la bossa nova”, ese movimiento musical que a punta de melodías dulces y poesía cotidiana revolucionó la música del Brasil en 1959, logrando en la década de los sesenta un impacto internacional y propiciando en los años setenta otro movimiento de ruptura cuyo impacto se extiende hasta nuestros días: la MPB, Música Popular Brasileira, cuyos mayores representantes, a saber: Chico Buarque, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Milton Nascimento, María Bethânia y la desaparecida Gal Costa, propusieron ritmos que rompían y, al mismo tiempo, dialogaban con el de João, a quien no se han cansado de referir como un padre musical.

Empezó en 1958, pero en 1959 sucedió el estallido: João Gilberto, su voz suave —curiosamente, poseía una voz cantante muy potente, pero esta cedió frente a la necesidad de las nuevas canciones— y su guitarra cadenciosa eran uno mismo cuando cantaba, todo dulzura y vaivén sabroso: chega de saudade a realidade é que sem ela não há paz não há beleza… Canción destino que, a la vez, fue el título del primer disco del cantante y músico. La década de los sesenta, definitiva para todo el mundo, tuvo a João Gilberto como una figura mayor y es en 1963 cuando ocurre lo inevitable: la bossa nova, por su estructura, compartía sendas similitudes con el jazz de la época, por lo que en Estados Unidos no dudaron en incorporar este ritmo a su repertorio, hasta que de plano el saxofonista Stan Getz invitó a João a grabar juntos una serie de bossa novas que, reunida, conforma el disco de música brasileña por antonomasia: Getz/Gilberto, con la participación del mismísimo Antônio Carlos Jobim y de la cantante Astrud Gilberto, entonces compañera de João.

Cuatro años más tarde, la bossa nova tuvo otra carta de certificación internacional, cuando salió al mundo Francis Albert Sinatra & Antônio Carlos Jobim, en el que el máximo cantante estadounidense convocó al mayor compositor de música brasileña para tocar y cantar juntos, en un dúo de antología que terminó por poner a la bossa nova en el punto más alto del jazz internacional. En ambos discos, la carta de presentación es la tonada más archireconocida del Brasil —tan llevada y traída, que injustamente se le ha terminado catalogando como “música de elevador” —: Moça do corpo dourado do sol de Ipanema, o seu balançado é mais que um poema, é a coisa mais linda que eu já vi passar. La “Garota de Ipanema” fue el símbolo del Brasil musical en Estados Unidos y, por ello, para todo el mundo. Por fortuna, muchas son las maneras de escuchar hoy en día el resto de las canciones que conforman ambos discos y, con ello, cabe la oportunidad de descubrir y disfrutar otras piezas más complejas y exquisitas, como “Pra machucar meucoraçao”, de Ary Barroso, y las clásicas de Tom y Vinicius, “Desafinado”, “Corcovado”, “Meditaçao”, “Insensatez” y “O amor em paz”, que João Gilberto ya había grabado. En el caso del disco con Old Blue Eyes están traducidas y sus versiones en inglés forman parte del gran cancionero norteamericano.

La seducción neoyorkina logró que João Gilberto permaneciera varios años en Estados Unidos y que, al regresar, no volviera precisamente a Río de Janeiro, ni a su natal Bahía, sino a otro destino, en ese entonces, paradisíaco: Acapulco, en México. Lo que se vislumbraba como un viaje de unos cuantos días, de mero turismo, se convirtió en dos años que rindieron un fruto que nos acompaña hasta hoy, gracias a la magia de las plataformas digitales: el disco João Gilberto en México, de 1970. Se trata de un álbum de estudio en el que, en once pistas, parecen estar reunidos todos los universos de João —lo cual no necesariamente se manifiesta en cada uno de sus discos—: el cantante de bossa novas nuevos y clásicos, el intérprete de sus propias composiciones y, quizá la más interesante, la de explorador de las músicas de otros lares, que al caer en su voz y su guitarra se tornan en fusiones musicales tan sencillas como complejas: riquísimas.

“De conversa em conversa”, de Lúcio Alves y Haroldo Barbosa —sobre el infortunio de atender a los rumores—, la exultante “Éla é carioca”, de Tom y Vinicius, “Esperança perdida”, de Tom y Billy Blanco —una oda a la desazón ante la pérdida del ser amado—, la instrumental, con croas incluidas, “O sapo”, y el bello duelo sobre la desaparición de algo o alguien, “Astronauta”, son las canciones que interpreta de otros autores brasileños. De su autoría desgrana en la guitarra dos piezas instrumentales: “João Marcelo”, dedicada a su hijo y, para que no quede duda de lo bien que allí la pasó, “Acapulco”, la cual incluye un sabroso tarareo. Aunque esas piezas son suficientes para hacer del disco un proyecto notable, son cuatro canciones las que terminan por hacerlo redondo, inolvidable y referencial.

De su amplia experiencia norteamericana, elige un tema que entra como anillo al dedo en la bossa nova: “The Trolley Song”, la exquisita canción que canta Judy Garland mientras viaja en un tranvía en “Meet Me in St. Louis”. Para cerrar el disco, elige una de las canciones cubanas más delicadas: “Eclipse”, de Margarita Lecuona. La versión íntima, dolorosa, que João Gilberto hace de esta pieza, tiene una fuerte repercusión en la forma en que los cantantes venideros abordan esta y otras piezas similares del repertorio. El mejor ejemplo es la versión que hace Natalia Lafourcade en su álbum Musas, que es todo un homenaje a la del brasileño. Y, para no soltar a la cantautora mexicana, hay que decir que su versión de “Farolito”, de Agustín Lara, en el disco Mujer Divina, no es otra cosa más que otro homenaje de primer orden a la versión que João dejó para la posteridad en ese disco grabado en México. El guiño de Lafourcade queda clarísimo al cantar el tema a dúo con la leyenda de la MPB, Gilberto Gil.

Finalmente, en João Gilberto en México sucede lo que tarde o temprano tenía que pasar con figuras de la música como él: cayó en la seducción de Consuelo Velázquez y el bolero que le dio la vuelta al mundo, haciéndole saber a ese mundo lo que es el bolero: “Bésame mucho”.

A pesar del enamoramiento mexicano, João Gilberto volvió a Brasil. En 1973 lanzó un disco con su propio nombre, el cual es considerado, por los que saben, su obra maestra, su “álbum blanco”. El disco abre con la íntima versión de João al clásico “Aguas de março”, de Jobim y De Moraes. Un año después, hace exactamente cincuenta años, esa misma pieza, en una versión más explosiva, abriría el que es considerado uno de los mayores discos de la música del Brasil: Elis & Tom, que reunía al patriarca Antônio Carlos Jobim con Elis Regina, quien hasta nuestros días y a pesar de su temprana muerte en 1982 a los 36 años de edad, sigue siendo la diva mayor de ese país.

Los años setenta pasaron. En Brasil, João Gilberto siguió grabando discos —abrió el nuevo milenio con el soberbio Voz e violão, en donde vuelve a las viejas e infalibles de su repertorio y le agrega dos de Caetano Veloso, “Desde que o samba é samba” y “Coração vagabundo” —, coincidió con las nuevas estrellas de la música brasileña —con el propio Caetano ofreció en Argentina, en 1999, un concierto legendario para celebrar los primeros cuarenta años de la bossa nova— y, con la vejez, vinieron los problemas de salud, dicen que se convirtió en ermitaño, dosificó demasiado sus apariciones en público: vaya, se dice que hizo todo lo posible para hacerle honor al apodo que le puso la comunidad cultural y musical brasileña: El Mito. Pero eso no impidió que, al presentarse frente a su legión de fieles, junto a otras tantas canciones fundamentales del repertorio de la bossa nova, João Gilberto se acordara de Acapulco y complaciera a sus audiencias evocando ese farolito que alumbras apenas mi calle desierta, musitándoles bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez.

Hace cinco años, el 6 de julio de 2019, para el padre de la bossa nova fue la última vez.


Autores
Periodista cultural. Se ha desempeñado como reportero especializado en artes escénicas y literatura en medios como Radio Educación, Time Out México, La Ciudad de Frente, Distrito Teatral, El Heraldo de México, Cartelera de Teatro, Revista Purgante, Nexos y Tierra Adentro. Es creador de La Indie Pedia, periodismo sobre editoriales y librerías independientes. Es miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas Teatrales. Funge como publirrelacionista de artes escénicas y ámbito editorial.
Portada de "Ustedes brillan en lo oscuro", Liliana Colanzi. Paginas De Espuma, 2022.
Portada de “Ustedes brillan en lo oscuro”, Liliana Colanzi. Paginas De Espuma, 2022.

Desde niño habito los terrenos de la ciencia ficción. Cuando llegué, en esos mundos vivían ya Mary Shelley, Jules Verne y Edgar Allan Poe, pioneros de lo fantástico. Ahí leí los relatos de C.S. Lewis con la imaginación intacta, crecí con los robots de Isaac Asimov y supe de la existencia de Marte por Ray Bradbury. Alcancé la fase culminante del kémmer con Ursula K. Le Guin, me perdí en los paraísos tecnológicos de William Gibson, temí por mi cordura con las novelas paranoicas de Philip K. Dick. Mi favorito: Stanisław Lem, por reaccionario y exuberante, a quien únicamente (re)leo cuando estoy muy triste porque me saca del mundo en un cohete directo y sin escalas hasta Solaris. Los más recientes: Jeff Noon, Olga Ravn, China Miéville, Lidia Yuknavitch, Ted Chiang. 

Ninguno de ellos escribió sus historias en español y, como seguramente a muchos otros lectores hispanohablantes, en algún momento me saltaron las palabras, los ambientes, hasta los nombres de los personajes. ¿Por qué los héroes de la ciencia ficción no pueden ser, por ejemplo, mexicanos o, en todo caso, vivir en algún país latinoamericano? El género como tal, su fandom y hasta la crítica al respecto, habitan la periferia, el territorio de lo híbrido, al tiempo que refutan un desafortunado mote de evasión acuñado por el canon. La ciencia ficción, tanto como el noir o lo fantástico o las LIJ, son escrituras que permiten pensar e intervenir el mundo a partir de la especulación y su influencia en la vida cotidiana es irrefutable. 

La ciencia ficción en español existe, desde luego, con personajes que se llaman como nosotros y habitan mundos —incluso planetas— cercanos al nuestro, en tanto lengua, cosmovisión y tradiciones. De ello deja constancia la escritura de Liliana Colanzi (Bolivia, 1981), en cuyo eje central convergen las claves de la ciencia ficción y el realismo fantástico para dar cuenta de un horizonte de expectativas que, si bien abreva de los títulos clásicos del género, también propone una visión desde este lado y a partir de nuestros presentes. En Ustedes brillan en lo oscuro (2022), la escritora boliviana explaya un arsenal de mecanismos literarios para narrar esa otra realidad de las comunidades latinoamericanas con una diversidad de registros, temáticas y giros lingüísticos.  

En “La cueva”, el primero de los relatos, Colanzi construye una geología del tiempo a partir de un espacio habitado por el guano, la fauna cavernaria, humanos y sus dioses, frescos prehistóricos, tormentas de píxeles. La confrontación en el cuento es directa no solo en la dupla que conforman Xóchitil Salazar y Onyx Müller, sino entre todo el ecosistema que dialoga a lo largo de una narración que abarca desde la vida microscópica hasta puertos del ciberespacio. 

“Atomito” es la historia de Kurmi Pérez, Never Orkopata, Yoni, Percéfone Mamani y el Moko, underdogs y okupas que se reúnen en La Yareta, barrio de El Alto, para especular en torno a la Central de Investigación Nuclear Tupác Katari. Una distopía ecológica cuyos personajes experimentan en los cuerpos una luminosidad radiactiva con diálogos en lenguaje lumpen, escenas nostálgicas de videojuegos y viñetas en la tradición del cómic. 

“La deuda” y “Los ojos más verdes” son cuentos apegados a la imaginación fantástica, con un realismo fantasmagórico antes que costumbrista. En el primero, una chica acompaña a su tía en un viaje por el pasado y la memoria, donde temas como la identidad, el árbol genealógico y la maternidad contrastan con un presente fracturado por presencias fantasmales y superstición. El segundo cuenta la historia de una niña que, a partir de un anhelo profundamente escondido, entabla comunicación con el Jefe y pide un deseo a cambio no solo de renunciar al Cielo, sino que acepta las consecuencias de olvidar y ser olvidado.

“El camino angosto” dialoga directamente con los anteriores dos cuentos, en tanto que presenta una cosmovisión religiosa, pero con el giro de la distopía. Tiene una peculiaridad que lo distingue: en medio del relato bíblico, una trama ciberpunk provoca una ruptura en el mundo narrado de una comunidad aislada. Separados del Afuera por un perímetro, los personajes experimentan en el cuerpo la sensación física de las fronteras desde su hábitat. Es a partir de la organización y la disidencia que se establecen entre los protagonistas que el cuento se abre como un relato cuyo misterio radica en la confrontación con la Otredad. 

Si bien los hechos narrados en “Ustedes brillan en lo oscuro” están basados en el accidente radiológico de Goiâna de 1987, advierte la autora en una Nota, se trata de una obra de ficción. Lo anterior no hace sino potenciar el relato de lo sucedido en esa población brasileña que se enfrentó a la catástrofe biológica y la consecuente paranoia desatada en la comunidad. En este último relato que titula al libro, la narración se construye a partir de una polifonía de voces que cuenta los hechos desde la experiencia directa en los cuerpos, la bitácora de la carne y el soporte que otorgan los espacios de la memoria a la lengua oral. 

¿Qué es el cuerpo sino la criatura que respira? En la narrativa de Liliana Colanzi, el mundo se percibe dislocado, sus personajes alienados y los escenarios periféricos. La diversidad temática de Ustedes brillan en lo oscuro comunica una pluralidad de voces, sujetos e individualidades en quienes radica esta hibridez genérica que propone la autora boliviana en sus cuentos cienciaficcionales y fantásticos. No solo se trata de la latinoamericación de un género prototípicamente de habla inglesa, sino de inocular en las literaturas de anticipación nuestros propios lenguajes, cosmovisiones y modus vivendi

Liliana Colanzi escribe en español y sus personajes son latinoamericanos. En el cada vez más explorado planeta del What if…, la obra cuentística de la escritora boliviana instala mecanismos tecnológicos en la selva, lleva catástrofes nucleares a comunidades olvidadas, cuenta la historia del tiempo desde una caverna en Oaxaca. Brilla en lo oscuro porque expande los horizontes elásticos de la ciencia ficción, al tiempo que gira el telescopio y corrobora que desde este lado también volteamos a ver a las estrellas. 

Y que el relato de los mundos nos pertenece a todxs. 

Portada de "Ustedes brillan en lo oscuro", Liliana Colanzi. Paginas De Espuma, 2022.
Portada de “Ustedes brillan en lo oscuro”, Liliana Colanzi. Paginas De Espuma, 2022.

Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Viñeta realizada por Mildreth Reyes
Viñeta realizada por Mildreth Reyes

Nos cifra una suma impredecible. Entre el cuerpo y la mente se acomodan mecanismos opacos que acaso nunca terminaremos de entender. Puede que me haya vuelto biólogo a causa de esa incógnita inamovible: más que la minucia bioquímica y el capricho estructural de los organismos, lo que me interesa de ellos es la sombra que no se alcanza a explicar a punta de matemática y fisiología.  

Sé que la vida nos iguala a todos en el desconocimiento de sus circunstancias. 

No pienso, pues, dedicarle mi desprecio a nadie que procure comprender —con timidez o distancia incluso— la materia abstracta de la que está hecha la personalidad. ¿Qué es madurar sino el proceso de perseguir ese descubrimiento y nunca llegar a él? La vida vale la pena cuando la dedicamos a inquirir la mente que nos habita el cráneo, obstinados por dar con hallazgos tan momentáneos como la pólvora que estalla y muere en la oscuridad.  

No existe oficio más noble que el de explicarse los contornos propios. 

Sin embargo, buena parte de los monstruos que deambulan por nuestro siglo nacieron de la necesidad colectiva de encontrarle sentido al desconcierto que se traslapa en el interior de la mente. Entre las personas de mi edad —y de una o dos generaciones a la redonda— persiste la encomienda extraña de empaquetar comportamientos y hábitos para luego mutilarlos de su singularidad; envueltos en celofán, se busca sellarlos con un código de barras que permita clasificarlos con rigidez.

Pocas cosas definen tanto a los miembros de la generación Z como su urgencia por un diagnóstico: con supersticiones o pseudociencia, horóscopos o psiquiatría, procuran la excusa mínima para embalar sus rasgos usando etiquetas omniscientes. 

Internet está lleno de gente que necesita filtrar su conducta bajo el signo de una prescripción. 

*

No somos monografías. No somos especímenes resguardados en formol a los que, por pura conveniencia taxonómica, se les puede pegar una notita rayada con plumón que baste para condensar todo lo que nos compone. No cargamos en la frente con un marbete que sea capaz de, con sencillez y desenfado, resumirnos las usanzas del temperamento, las costumbres de nuestra identidad, los vicios de nuestro carácter.  

El cuerpo no admite epígrafes. 

*

Acaso todo esto es culpa de los millenials que hace diez años decidieron distraer sus horas de oficina respondiendo cuestionarios exprés de personalidad. En los tiempos en los que las palabras BuzzFeed y Vice aún significaban algo para el internauta promedio, abundaron quizzes que uno podía usar para evadir las responsabilidades del Excel y, con base en un puñado de preguntas, conocer qué clase de postre o carro deportivo era.

Sospecho que esta broma, tras el paso del tiempo, escaló a las alturas del diagnóstico y comenzó a ser replicada en diferentes pruebas de personalidad que se popularizaron más tarde (quizá esta misma inercia fue la encargada de resucitar a la de Myers-Briggs, la cual, a pesar de haber dejado buenos memes, pronto perdió fama). Se puede dar un paseo entre los escombros de BuzzFeed —el latinoamericano, al menos— para constatar que las pruebas proyectivas migraron de la mofa inocua hacia una seriedad ridícula. Sobran entradas como las que siguen:  

Elige entre estos objetos negros y te diremos cómo se ve el lado oscuro de tu mente. 
Elige entre muchos animales bebés y te diré qué emoción secundaria te domina. 
Elige entre estos colores y te diré si tienes más energía femenina o energía masculina. 
Elige entre estos personajes de Sanrio y te diremos si eres convincente o manipulador. 
Responde estas preguntas y te diré si eres más sabio, genio o erudito. 
Puedo adivinar cuál es tu coeficiente intelectual solo con tus respuestas a estas preguntas.
Puedo adivinar si tu cerebro es más lógico o creativo con este test de matemáticas.

Quisiera estar bromeando. 

No propongo la hoguera como castigo para los desdichados copy writers que tuvieron que redactar semejantes bodrios; me queda claro que ellos escriben lo que escriben por motivos semejantes a los míos: porque tienen la costumbre de comer. En años recientes, el problema de esta dinámica es que ha sido tomada en serio fuera del contexto burlesco dentro del que se concibió por primera vez. La creación de categorías tan arbitrarias para condensar la esencia de una persona (como someter el cerebro al binarismo de ser lógico o creativo, por ejemplo, o asumir que si no eres convincente entonces eres manipulador) se ha vuelto una norma popular gracias a la complicidad de las plataformas de video de formato corto, como TikTok. 

Entre adolescentes (niños incluso) es común divulgar discursos sobre la personalidad que, además de pseudocientíficos, resultan peligrosos la mayoría del tiempo. No son pocos los creadores de contenido que han replicado conceptos como el de energía femenina y energía masculina, perfecta excusa de renovación del sexismo más rancio que nos ha rodeado toda la vida. Es fácil toparse con clips en los que se clasifica a las personas a partir de criterios frenológicos con tintes bastante racistas (fenómeno del cual ya he hablado por acá). 

Cada que nos encontremos con clasificaciones tan miopes alrededor de la conducta y la identidad, habría que diseccionarlas con precaución para encontrar los motivos ideológicos que les subyacen. 

*

Twitter está lleno de neurodivergentes autodiagnosticados. Autistas y personas con déficit de atención sostienen concilios multitudinarios con bipolares y víctimas del trastorno limítrofe de la personalidad para contar cómo ha sido su vida desde el terrible día que descubrieron su condición gracias a tres tiktoks y una entrada de blog anónima. Sin ironías de por medio, me animo a defenderlos: limitados a un acceso precario a la atención mental, los internautas (y sobre todo los jóvenes) cuentan con pocos recursos para procurar entenderse. ¿Qué hacer sino buscar un diagnóstico que ilumine los malestares que los aquejan? 

No existe proyecto más legítimo que el de la formación de la cosmogonía personal. Fermentados a lo largo de los años que cargamos encima, los sucesos significativos de nuestra biografía y los hábitos más peculiares que devinieron de ellos se combinan en una suerte de código íntimo que dicta las minucias de nuestro actuar. Acaso reducir las aristas complejas de la identidad a un mero compendio de etiquetas restrictivas y defectuosas es un mecanismo de defensa, una forma de eludir el difícil conflicto del autoconocimiento. Un modo de suspender la mente en una superficialidad cómoda. 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Libellus de medicinalibus Indorum herbis ff. 38v-39r. Martín de la Cruz, 1552. Obra de dominio público. Recuperada de Wikimedia Commons.
Libellus de medicinalibus Indorum herbis ff. 38v-39r. Martín de la Cruz, 1552. Obra de dominio público. Recuperada de Wikimedia Commons.

En mi libro de lecturas de segundo grado, había un poema sobre una niña que iba al monte. Es un texto corto del cual, a fuerza de leerlas y releerlas varias veces por años, recuerdo incluso de memoria algunas de sus líneas. Era muy fácil aprender versos de memoria, lo hacía a menudo. Estoy segura de que entonces lo hacía por gusto, por pasar el rato, por juego, solo porque sí. “Al monte va: con un cesto, en la mañana, ¿Quién sabe lo que traerá? La niña no va por flores, por hierbabuena ni malva. ¡Quién sabe lo que será!”. Tal vez aprendía rimas y poemas con tal de no aburrirme por las tardes, pues, a diferencia de la niña, yo no podía ir al monte.

Si por luceros, limones,
estrellitas o naranjas.

¡Dígame, si alguien lo sabe,
que no sé por lo que va!

Tan solo el ejercicio de lectura me hacía sentir que podía estar en un lado distinto. Quería ser esa niña, emprender largas caminatas al monte, vivir rodeada de hierbas, de árboles frutales y de flores. Era muy fuerte el pacto que lograba hacer con las palabras, memorizaba y repetía los versos hasta que podía sentir la frescura de la mañana en el rostro. Intuía cómo podían ser los colores, los aromas, la luz intensa, incluso desde donde estaba, una habitación sin decorado. Mi mirada se dirigía hacia la ventana siempre, desde donde podía ver de lejos la montaña.

Lo que más me daba gusto de imaginar en ese juego era la canasta y lo que podría contener. En el poema no lo dice, ese es su misterio, “¡Quién sabe lo que será!”. A veces pensaba que, si yo fuera la niña, llenaría mi canasta con hierbas aromáticas, flores silvestres muy pequeñas, hongos con sombreros de distintas formas, semillas y bayas, de color rojo o morado intenso, de esas que decían que eran venenosas. Imaginaba el camino de ida y de vuelta, llevando siempre en la mano un diente de león.

Recuerdo también la lectura de un cuento compilado en otro libro de texto, “La escuela de las flores”, de Rabindranath Tagore. Hablaba del viento húmedo, de la lluvia, de las flores, y de cómo aparecen en el suelo después de un aguacero de junio, las

ramas entrechocan en el bosque y las hojas se estremecen con el viento furioso, las gigantescas nubes dan unas palmadas y las niñas-flores salen corriendo, con sus vestidos rosados, amarillos y blancos.

En realidad, conocía esa escena, las flores de algunos árboles esparcidas en el pavimento después de una tarde de lluvia, tan quietas, adornaban el piso por un momento breve y solemne. Leía y releía mientras recreaba ese ambiente que me parecía cercano, no tenía que ir muy lejos para contemplar esa ceremonia, solo abrir la ventana y esperar a que sucediera, imaginando que las flores brotarían pronto por las grietas y las esquinas.

Al día de hoy, mis juegos de memoria y la relectura de ese cuento me parecen muy ingenuos. ¿Cómo podía pretender que exploraba el monte o el bosque cuando ni siquiera salía de casa? Era una aspiración distante de mi entorno, como la montaña, que resultaba casi irreal. Mi experiencia de la niñez estuvo marcada por largas horas en casa. Ahora resulta cursi, sin embargo, aún persiste esa urgencia en mí. Cada tarde, al recordar el poema de la niña y el cuento de Tagore, me siento con el apuro de salir apresuradamente de casa. Camino —por la banqueta— buscando flores y hierbas que crecen en el pavimento o que caen después de la lluvia. Es como si esas lecturas hubieran sembrado una semilla que he tenido que buscar en los rincones de mi entorno urbano porque hay una barrera que no comprendo, pero me impide ir más allá.

Sin embargo, hay un encuentro en cada paso de estas caminatas. Llevo un registro de cada especie que llama mi atención, dónde y cómo la encontré. Anoto el lugar, la hora precisa, como si estuviera construyendo un herbario, aunque en un formato distinto del tradicional ya que no me atrevo a arrancarlas. Me gusta hacerlo así, mi herbario queda donde está y es como es, con las especies labradas en la calle, colgando de las bardas, en los terrenos baldíos o en la orilla del camino. Aunque no las recolecte físicamente, no dejo de hacer un intento por catalogarlas y comprender su presencia en el entorno urbano. Mi herbario callejero es efímero porque su flora es transitoria, pero vuelve y permanece, es por eso que quisiera conservar su memoria.

La representación de plantas en herbarios y textos botánicos ha sido una práctica arraigada a lo largo de la historia. Antiguamente, estos compendios no solo registraban las características botánicas de las plantas, sino que también reflejaban las creencias y prácticas culturales de sus creadores. Las plantas se representaban utilizando una técnica llamada ectypa plantarum, que consistía en impregnar las plantas con negro de humo para luego imprimir la imagen sobre un papel. En ocasiones, en los herbarios europeos aparecían algunos glifos, los cuales podrían haber sido utilizados para indicar propiedades medicinales, prácticas mágicas, virtudes atribuidas a las plantas, o incluso aspectos relacionados con su cultivo o recolección. Durante la época medieval, fueron escritos en latín.

Estos herbarios están estrechamente vinculados a los antidotarios, libros dedicados a la preparación de medicamentos. La herbolaria fue una práctica común en diversas épocas, que implicaba recolectar e identificar diferentes tipos de plantas, considerando el momento del año y la hora del día o de la noche para hacerlo. Al plasmar sus propiedades medicinales y mágicas, las plantas se convertían en protagonistas. Incluso hoy en día, la lectura de estos textos nos permite reflexionar sobre su importancia, pero sobre todo da la oportunidad de imaginarlas con todas sus propiedades, en cada uno de sus dominios y entornos, disfrutar así de su aliento y belleza.

En el mismo afán de fantasear con las imágenes que evoca la literatura al mencionar ciertas plantas, o de recorrer las calles en busca de especies botánicas, la contemplación de estos herbarios produce una satisfacción única. Se puede pasar mucho tiempo solamente observando las imágenes, intentando interpretarlas, o repasando qué propiedades se le atribuyen a cada especie.

Uno de los herbarios más fascinantes para observar y comparar con la flora que se encuentra comúnmente en el entorno arvense y ruderal es el Códice Badiano, también conocido como Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis. Este antiguo manuscrito fue elaborado alrededor de 1550 en el Colegio de Santiago Tlatelolco en México, bajo la supervisión de Fray Jacobo de Grado. Fue creado por un médico indígena llamado Martín de la Cruz y traducido al latín por Juan Badiano, un discípulo del colegio. Es probable que un tercer colaborador, cuya identidad desconocemos pero probablemente era un tlacuilo, haya pintado las plantas siguiendo técnicas y glifos prehispánicos. Este herbario combina la estructura de los herbarios europeos con un estilo pictórico único y nombres originales en lengua náhuatl.

Además del Códice Badiano, otro texto interesante para reflexionar acerca de la flora encontrada es el Rerum medicarum novae hispaniae thesaurus, de Francisco Hernández. Este libro representa un punto de referencia importante en la comprensión de la flora medicinal de la Nueva España en el siglo XVI. Bajo la orden del rey Felipe II en 1570, Francisco Hernández realizó exhaustivas expediciones por todo el territorio, principalmente en el centro y sur, abarcando regiones como Michoacán, Oaxaca y Veracruz, donde recopiló información detallada sobre las plantas medicinales y las prácticas médicas de las comunidades indígenas. Durante ocho años, documentó meticulosamente cientos de plantas medicinales y sus propiedades, lo que resultó en un compendio invaluable de conocimientos botánicos y médicos.

Tengo en mi registro el apunte de una hierba fresca, adornada con flores azules que resaltan en mi memoria de manera singular, el recuerdo de su color me sugiere que no la olvide. La encontré por primera vez una tarde de junio, mientras caminaba de regreso a casa después del trabajo. Las flores se asomaban, muy pequeñas, tímidas, por debajo de un zaguán que bordea un terreno baldío. No es común encontrar en el camino ese color, tal vez por eso pescó mi mirada como un imán. El ruido de la calle, los autos, las voces, pareció desvanecerse en el fondo, mientras mi atención se centraba en aquel color. Sentí un profundo consuelo, como si esas flores fueran las mismas que había imaginado en mis fantasías al leer el poema sobre la niña que va al monte y por fin las hubiera encontrado. Me incliné hacia ellas, arrodillándome para reconocerlas, y quise capturar ese encuentro en una fotografía.

Utilizando la herramienta digital de iNaturalist, una plataforma de ciencia ciudadana y red social en línea que reúne a naturalistas, científicos ciudadanos y biólogos, pude identificar esta planta como Commelina. Este género comprende aproximadamente unas doscientas especies y tiende a crecer en lugares con exposición parcial al sol o ligeramente sombreados. Las flores son azules y el follaje es verde. Matlalxóchitl, una flor azul de este género, está representada en el códice Badiano, donde Martín de la Cruz la recomienda para aliviar el calor o la irritación de los ojos. También encontré referencias a esta planta y sus propiedades medicinales en el Rerum Medicarum Novae Hispaniae Thesaurus, de Francisco Hernández. Teresa Castelló Yturbide describe esta flor como una Commelina coelestis, “diurna y silvestre que nos trae la lluvia; es hija del agua, abre sus corolas al recibir los primeros rayos del sol y muere con la tarde”.

En El sueño de toda célula (2018), la poeta Maricela Guerrero plantea la búsqueda de un lenguaje poético que actúe como una forma de cuidado, sin dejar de reconocer la crisis ambiental actual como un punto de partida para reflexionar sobre la relación entre la humanidad y la naturaleza. En este poemario hace énfasis en el vínculo con “el baldío de al lado”, y hace recurrente la búsqueda de una lengua que acerque y fluya libremente, una lengua que nos conecte con el entorno inmediato y nos permita comunicarnos y vincularnos con la naturaleza que nos rodea.

Expandir el corazón: brotan manantiales en difusas y

posibles lenguas en químicas orgánicas e inorgánicas

y los pulmones y el baldío de al lado habitan:

aire compartido:

células soñando con células

mórulas

sábila

yerbabuena

olmo 

arce 

abeto

lobo

no estamos solos:

Estamos aquí

Maricela Guerrero, El sueño de toda célula, p. 23.

Leo y releo sus poemas como lo hacía cuando leía el cuento de Tagore o recitaba el poema de la niña que iba al monte. Me esfuerzo por aprenderlos de memoria y por tener de nuevo la capacidad de imaginar. Lo pienso como una invocación, llevo esos versos conmigo cada vez que salgo en la búsqueda, en mi limitado espacio cotidiano, de una nueva hierba para mi registro, el encuentro con la mirada de una flor.

Guerrero, Maricela, El sueño de toda célula, México, Antílope, 2022.

Hernández, Francisco, Rerum medicarum Novae Hispaniae thesaurus, 1570, recuperado de [https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=gri.ark:/13960/t9378cb8j&view=1up&seq=5&skin=2021]

Martín de la Cruz y Juan Badiano, Códice Badiano, Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, 1550, recuperado de [https://indd.adobe.com/view/ef9bfea9-94bc-4c06-8e54-b4c91c2f59cd]


Autores
Georgina Angélica Moctezuma Ruiz es originaria de la ciudad de Puebla. Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Tiene una maestría en Letras Iberoamericanas por la Ibero Puebla. Da clases de Lenguaje y Comunicación en la licenciatura en Educación Escolar para las maestras que se preparan para educadoras.
Ilustración realizada por Iurhi Peña
Ilustración realizada por Iurhi Peña

Es un hecho: las personas LGBTQIA+ somos propensas al suicidio y a las enfermedades mentales (Fernández Rodríguez y Fernando Vázquez Calle; Hocquenghem; Granados-Cosme y Delgado-Sánchez; Mieli). ¿Por qué? En el pasado, la respuesta era que las personas que no somos heterosexuales ni cis, teníamos un desorden psíquico o espiritual1. La psiquiatría (Foucault, los anormales), la psicología, el psicoanálisis (Reitter) y la clínica en general (Foucault, el nacimiento de la clínica; Demián) se dedicaron a considerarnos personas enfermas y perversas, lo cual les permitió producir un saber-poder que nos patologizaba (Foucault, El poder psiquiátrico; la voluntad de saber). La religión, a su vez, se dedicó a tratarnos de endemoniadxs. Esto hacía que el lugar de la sexodisidencia fuese la patología, el desorden y el peligro. Se constituye así una subjetividad antisocial, como un otro negativo del cual se debe huir a toda costa: el monstruo sexual.

Tales discursos estigmatizaron a la diversidad sexual e hicieron que cada persona interiorizara el terror por ese otro. Esta estigmatización se traducía a una somatización o habitus. En tanto que nos sentíamos perseguidxs, atacadxs, repudiadxs y odiadxs, producíamos un habitus enfermizo, así como los supuestos normales, una especie de paranoia social anti-diversidad sexual. La sociedad “sufre de un delirio de interpretación que le lleva a captar en todas partes indicios de una conspiración homosexual [sexodisidente] contra su buen funcionamiento” (Hocquenghem 27). Esto producía, y aún produce, una persecución interna tanto como externa de tal conspiración. Y la obsesión persecutoria daña psíquicamente a la sexodisidencia como a los supuestos normales. Bajo el estigma de malignidad se legitima la violencia social.

Cada persona, a su vez, se vuelve la policía de sus propios deseos al interiorizar los discursos de exclusión: cada persona debía acusarse a sí misma en caso de descubrirse como el Otro y producir la exposición pública del yo (salida del closet) que no es más que declararse culpable públicamente (“¡heme aquí, yo soy al que se busca!”). Se refina con ello el dispositivo de la confesión y se obliga a cada sujeto a dar cuenta de sí mismo. A esto Nietzsche consideraba mala consciencia donde “el ‘yo’ se vuelve contra sí mismo, desata en su propia contra una agresión moralmente condenatoria” (Butler 20); esta moral se traduce en la punición y en la persecución del diferente.

En este sentido, también podemos considerar al heterocispatriarcado como una política psíquica de corte expansionista territorialmente. Al volverse una estructura impuesta por la violencia y el colonialismo, se persigue a todos los pueblos con lógicas-otras del deseo y se permite con ello los genocidios y las exclusiones (por ejemplo, hoy lo vemos con el ocultamiento de las lógicas-otras del deseo de muchos pueblos indígenas no-heterosexistas); se constituye, también, orígenes perversos (Sodoma y Gomorra; el imperio otomano; la Grecia antigua, la Roma precristianismo; la América precolombina), así como una exotización de la negritud, los indígenas, y de oriente, haciéndolos aparecer como sexualmente indeseables o en una disposición “natural” e incontrolable hacia la sexualidad (Reich; Davis). El heterocispatriarcado estructuralmente legitima la muerte de sociedades enteras que son forzadas a negar sus cosmovisiones en favor de la sobrevivencia2, así como de perseguir individualmente a los sujetos “anormales” y eliminar de la memoria colectiva sus defensas y epistemes.

El problema es que ese otro al que se perseguía no estaba únicamente afuera, sino que podía ser cualquiera espontáneamente. Cualquiera podía volverse el otro y se incentivaba no acercarse a esos otros ya detectados, por temor al contagio. Pero si se podía ser el otro por contagio o espontaneidad, se volvió necesario producir una política de inmunidad capaz de calmar la histeria colectiva que se había producido al ver por todos lados a ese enemigo, interna y externamente con su cuerpo hermoso y deseable, que nos harían caer, ¡ay que terrible goce!, en la otredad.

Pero hoy es otro el mundo

Se nos dirá que hoy la cuestión ha cambiado. Las instituciones han sido reformadas, los gobiernos intentan mostrar una cara más abierta hacia las sexodisidencias. En algunos países del mundo, la mayoría de las personas puede casarse con quien quiera, adoptar y cambiar la identidad; las personas trans pueden obtener hormonas legalmente y las personas no binarias pueden denunciar la discriminación y solicitar el uso del lenguaje no binarie en su documentación. La sociedad es obligada a una tolerancia cada día más asfixiante para ella que les recuerda que vivimos en el espacio común. El progresismo ha advenido en un homonacionalismo que invita a la sexodisidencia a vivirse como los demás y con los demás… porque ya no resultan contagiosa. 

Pero esta tolerancia impuesta revela que, en el fondo, la sociedad ahora se considera en una inmunidad que permite que la heterosexualidad normativa no se sienta contaminable y tocable por el otro. ¿Qué permite esta paz donde el Uno puede continuar siendo lo que siempre ha sido, dejando que el Otro viva en su hogar sin miedo a ser transformado? Ha sucedido un proceso de neutralización del contagio, pero la inmunidad de la cual se sostiene tal tolerancia parte de lo siguiente: las sexualidades no-heterosexuales se han naturalizado esencialmente y con ello, neutralizado su contagio social. El heterocissexual puede dormir tranquilo, nunca sentirá que es marica o trans. La sexualidad se ha vuelto inmutable, algo que no puede modificarse con la vida y obtenido presocialmente. La sexualidad es algo, se dice, esencial y que no varía nunca.

Pero si pensamos que el deseo es plástico, es decir, puede transformarse a lo largo de la vida (Nebot-García et al.) (aunque no necesariamente lo haga), esto significa que nadie puede afirmar su sexualidad de una vez y para siempre. El accidente del deseo nos acecha sobre nuestro género y nuestra sexualidad. Ya no es necesario la marica, la trans, la lencha o el/la bisexual con sus insinuaciones y perversidades para que el mal acontezca. En el Uno habita el Otro con su capacidad de desviar la identidad.

Pero el terror por la capacidad plástica del deseo ha dado como resultado una nueva política anti-LGBTQIA+ que invita a alejar, por un lado, a las infancias de los temas sobre sexodisidencia (“¡con los niños no!”, grita el lema), pues se sospecha que si las infancias escuchan estos temas se volverían sexodisidentes, lo cual significaría que son “naturalmente” heterosexuales (ninguna niñez se hace hetero, sino que se presupone que se es heterosexual y se hace sexodisidente); por otro lado, con el acontecer de relatos y experiencias que dan cuenta de que la sexualidad y el género es un espectro en el cual podemos fluir de manera espontánea, se ha producido una neonaturalización de la sexodisidencia que implica que cada persona LGBTQIA+ lo es naturalmente y puede dar cuenta de esa realidad desde una reelaboración de su historia encontrando un continuum de su deseo desde la infancia hasta su presente3, negando cualquier cambio espontáneo.

Estas dos posturas se problematizan con las políticas trans en tanto que cierto feminismo y neoconservadurismo piensa que una ideología está haciendo trans a las personas. Esta perspectiva postula que las teorías queer son capaces de hacer que una persona deje de ser cis a través del discurso, lo cual recupera el mito del contagio (¡no lea usted a Paul Preciado o terminará siendo Paul Preciado!). Las posturas neoconservadoras, en cambio, creen que no se puede dejar de ser lo que se es (el uno siempre será uno) y por tanto, cualquier postura que atente contra el ser, es irracional y peligrosa. El neoconservadurismo vulgar y/o feminista se niega a aceptar la capacidad plástica de todo ser humano de darse a sí mismo otra forma a través de la autoconsciencia. Apelar a los datos “naturales” niega que “un cuerpo es siempre un dispositivo de transferencia, de circulación, de telepatía entre una realidad anatómica y una proyección simbólica”, como dice Catherine Malabou en El placer borrado (115). Para Malabou, el dato anatómico no es solamente lo que importa, sino lo que podemos hacer con él y que hacemos constantemente. Nuestro cuerpo se modifica por nuestra capacidad de simbolizar, es decir, de somatizar más allá de la reducción esencialista y anatómica. Nuestro cuerpo es la historia de la plasticidad consciente e inconsciente desde la simbolización y la tecnificación de nuestra materialidad. 

Ahora bien, las teorías queer son saberes que se relacionan con las nuevas posturas neurocientíficas (Ciccia) y biológicas (Haraway; Fausto-Sterling) que no reducen al ser humano a un ente totalizado por un sexo y una sexualidad inmutables que impediría la capacidad plástica del psiquismo así como del deseo agenciado con la técnica. Nuestro cuerpo es plástico biológica y técnicamente. Asimismo, los análisis sobre la plasticidad acaban de una vez por todas con el intento de binarizar al psiquismo desde la biología, demostrando que la subjetividad se sexualiza social e intersubjetivamente. No hay cerebros sexuados. Cualquier metafísica de lo inmutable y lo permanente del neoconservadurismo atenta contra un materialismo constructivista asentado en una filosofía y una ciencia que toma a la biología más allá de cualquier esencialismo y que muestra como la plasticidad es nuestro nuevo paradigma aún por explorar.

De tal manera, el supuesto avance que se tenía en materia social se ve cada día peligrado por la resistencia a la plasticidad y la vuelta a una metafísica esencialista. Nada de lo dicho anteriormente, por otro lado, significa que podamos cambiar nuestra sexualidad libremente, en una especie de conversión consciente, sino que la sexualidad tiene sus quiebres y flujos espontáneos que exceden al sujeto como soberano de sí mismo. Somos esclavxs de nuestra propia plasticidad subterránea. A esto llamamos plasticidad psíquica del deseo. Es justamente la consciencia de esta posibilidad espontánea lo que ha puesto en duda la inmunidad heterosexual proclamada en el siglo XX y ha producido un nuevo brote de violencia reaccionaria.

La paz mental duró poco para la sexodisidencia y, de nuevo, volvemos a sentirnos heridxs psíquicamente. Pero si nuestra psique ya había sido dañada y había encontrado un tiempo de resiliencia, ¿qué sucederá con esta nueva herida sobre la cicatriz pasada? Los fantasmas vuelven a brotar en nuestro imaginario y descubrimos que nunca fuimos del todo bienvenidxs, sino simplemente toleradxs. Como antaño, nos hayamos sitiadxs y vigiladxs, paranoicxs y depresivxs. Debemos pensar qué hacer desde y con nuestra herida psíquica por el heterocispatriarcal que nos impide otras formas de afectividad. Adquirir una consciencia de la historia de esta herida nos hace preguntarnos por modos de sanación y de dislocación de nuestros cuerpos.

Hacían una política queer/crip del psiquismo

La nueva perspectiva plástica implicaría no solo perder la inmunidad de la identidad sexual esencializada, sino hundir todo un mundo cimentado en la heterosexualidad normativa y esencialista. La hetero-cis-norma nos vuelve a declarar la guerra desde múltiples frentes, pero quizás esté sea el kayros donde le sea imposible una nueva inmunidad. La plasticidad, apoyada ahora por la ciencia y la filosofía, adviene como la fractura definitiva a todo intento de restructuración. No hay vuelta atrás y esto implica un brote psicótico de políticas reaccionarias.

Si como dice Malabou “se llama plástico, en mecánica, a un material que no puede recuperar su forma inicial una vez que ha sufrido una deformación” (¿Qué hacer…? 21), entonces podemos pensar que el acontecer de un pensamiento y política plástica es en sí mismo la imposibilidad de regresar a una forma de pensar anterior. Pero esto traerá consigo una lucha intensa para impedir a toda costa que la población crea en este cambio. El heteropatriarcado vuelve a hacernos pasar como locxs, enfermxs, criminales y antisociales que buscan confundir al mundo con esa terrible ideología de género. Debemos no bajar la guardia y utilizar a la filosofía, la ciencia y la literatura como medios para mostrar que la realidad no es como nos la contaron y que nuestra diferencia está justificada epistémicamente.

No, no estamos desvariadas; son ellxs quienes nos han hecho creer que nuestros saberes no tenían sentido. Hoy las cosas giran a nuestro favor y los datos e interpretaciones son demoledoras para este mundo. Podemos proclamar el atardecer del heterocispatriarcado, y la posibilidad de una nueva alba por venir. Pero esto implicará una nueva política del psiquismo y nuevos postulados sobre la constitución de un yo plástico. Asimismo, debemos atender a las mutilaciones y debilitamientos psíquicos y al problema del trauma como perdida de la plasticidad: imposibilidad de transformar la herida psíquica en un nuevo horizonte más allá de la depresión y la despotencialización de las singularidades.

Si el hetero-cis-patriarcado se fundamenta en un naturalismo de corte esencialista y no en un naturalismo de corte plástico, que a su vez rechaza la diversidad sexual, entonces todas las personas (heterosexuales o no) se subjetivan en el temor de convertirse en el Otro o de ser el Otro. La agresividad machista y fóbica, la anulación de las voces feministas y sexodisidentes críticas, la patologización y criminalización de nuestras vidas, el bullying que vivimos desde nuestras infancias diferentes, el borramiento y negación de nuestros saberes científicos y luchas sociales, la no inclusión en los planes de estudios ni en las clases sobre sexualidad; el aislamiento e individualización de nuestras experiencias; el silenciamiento de los problemas psíquicos que trae el heterocispatriarcado, no son simplemente “cuestiones aisladas”, sino el intento permanente de acabar con el virus que representamos. El heterocispatriarcado tiene miedo a que la gente se vuelva como nosotrxs. Y una forma de impedirlo es haciendo que nos vivíamos psíquicamente devilitadxs y mutiladxs

¿Qué nos ha hecho pensar que nuestros problemas psíquicos son individuales y personales y no más bien potencializados por el sistema actual? ¿Qué nos hace creer que nuestra psique no ha sido enfermada sistemáticamente? Es posible, sí, que no tengamos cada quien el mismo daño psíquico, pero debemos ser capaces de observar como la mayoría de las personas sexodisidente vivimos siempre psíquicamente mutiladas y que esta mutilación no es resultado de nuestra biología, sino de un traumatismo social.

El heterocispatriarcado enferma sistemáticamente a la sexodisidencia física y mentalmente a través de los discursos y las praxis cotidianas haciendo saber que la vida no-heterocissexual es en cuanto tal insostenible. Y a muchos nos han herido tanto que nos han mutilado la capacidad psíquica de tener un estado mental sostenible: nos han trastornado de por vida. A esto llamo, siguiendo los análisis de Jasbir Puar sobre mutilación y teoría crip/queer en El derecho a mutilar, así como los trabajos sobre el cerebro de Catherine Malabouen Los nuevos heridos, mutilación psíquica traumática. Por tanto, una política radicalmente queer/crip debe ser capaz de mostrar como el heterocispatriarcado produce heridxs psíquicos con mutilaciones y debilitamientos, produciendo traumas irreparables en muchxs de nosotrxs. Comenzar a pensar una política contra el “traumatismo sociopolítico” que son “todos aquellos daños causados por la extrema violencia relacional” (Malabou, Los nuevos 37) que producen un psiquismo mutilado y debilitado que “opera una metamorfosis absoluta del sujeto causada por el accidente en bruto” (Malabou, los nuevos 119) que no puede retornar a un estadio anterior, debe incentivar crear nuevos sentidos desde la herida psíquica al comprenderla como la inscripción sobre el psiquismo que posibilita hacer una política que impida la destrucción radical de nuestra subjetividad singular y colectiva y la apertura a otras formas de habitar el mundo.

Contra el orgullo homonacionalista racista, la resistencia disca

Pero el mundo, de nuevo, es otro. Ya tenemos tantos derechos… heteronormados. ¿Con eso basta? La sociedad ha producido sexualidades no-heterosexuales heteronormadas excepcionalmente tolerables. Como piensa Peter Drucker en Desviades y Jasbir Puaren Ensamblajes terroristas, la heteronorma ha sido capaz de construir una homonorma que replique la estructura y que vuelva a producir subjetividades basuras y territorialidades perseguibles por no encajar en las nuevas naturalizaciones de la sexualidad normal como excepcional. La racialización y la exclusión van muy de la mano con la constitución de psiquismos mutilados y debilitados y la producción de subjetividades discapacitadas desde lo físico y psíquico, hasta lo político. Una forma de dañar la capacidad plástica de la subjetividad es impedirle imaginar y pensar creativamente. El heterocispatriarcado es una mutilación masiva de las imaginaciones que nacen en lógicas-otras del deseo y la constitución de políticas anti-utópicas que son, a su vez, la anulación de futurabilidades dislocadas del sistema actual, como las que pueden presentar comunidades indígenas no-heterosexistas, así como sexodisidencia orientales, sureñas y no-eurocéntricas. Vivimos una especie de Alzheimer social que nos impide ver estas otras formas de proyectar futuros posibles desde lo concreto.

Una política sexodisidente del psiquismo plástico debe partir de una memoria colectiva de la historia de esta herida psíquica mundializada y de la historia de la destrucción de lógicas-otras donde era posible vivirnos más allá del sufrimiento psíquico. Oponerse a todo intento de asimilacionismo y de blanqueamiento de nuestras historias y denunciar la mutilación de nuestras memorias, se vuelve urgente. Al mostrarnos abiertamente como heridxs psíquicamente por un sistema estructural impuesto mundialmente en todos nuestros espacios, arrancando y ocultando de nuestra existencia esas otras lógicas del deseo, nos negamos a normalizarnos denunciando lo que han hecho con cada unx de nosotrxs y reafirmamos la necesidad de construir otras sociedades que partan de la plasticidad como realidad experimentable.

La política sexodisidente debe visualizar una nueva política del psiquismo que parta de una ontología plástica contra una metafísica esencialista. Si una de las preguntas de Malabou es ¿qué hacer con nuestro cerebro? las personas sexodisidentes debemos ser capaces de responder a esta pregunta no desde una patologización de nuestro psiquismo, sino desde el reconocimiento histórico de que el heterocispatriarcado es una tanatopolítica psíquica que se justifica en una metafísica esencialista. Pensar nuestras heridas psíquicas ya no como naturales —lo cual no niega los traumatismos cerebrales biológicos, como el Alzheimer—, sino como la consecuencia estructurar del heterocispatriarcado, permitirá constituir otras futurabilidades desde nuestra herida.

En medio del orgullo homonormado, declararnos heridxs psíquicxsy exigir posturas más allá del asimilacionismo y la normalización de nuestras vidas, invita a renovar la lucha. ¿De qué sirve casarnos, adoptar y o cambiar de género si seguimos siendo heridxs estructuralmente? Al mismo tiempo que exigimos los derechos comunes, debemos producir otras políticas no-normativas que acaben con la normalidad psíquica y que se concentren en un orgulloco disca. No hay cura para nosotrxs, pero la vida, como piensa Leonor Silvestri, empieza con la enfermedad. Contra toda normalización, el orgulloco disca es resistencia y devenir.

Anexo. Bibliografía

Butler, Judith. Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad, trad. Horacio Pons. Buenos Aires. Amorrturtu. 2009.

Ciccia, Lu. La invención de los sexos. México. Siglo XXI. 2022.

Davis, Angela. “Violación, racismo y el mito del violador negro” en Mujeres, raza y clase, trad. Ana Varela Mateos. México. Akal. 2023: pp. 207-240,

Demián, León A. Tecnologías del género. Contribuciones para una teoría micropolítica del placer. Barcelona. Egales. 2023.

Fausto-Sterling, Anne. El cuerpo sexuado. La política de género y la construcción de la sexualidad, trad. Abrosio García Leal. España. Melusina. 2006.

Fernández Rodríguez, María del C.  y Vázquez Calle, Fernando. “En torno al rechazo, la salud mental y la resiliencia en un grupo de jóvenes universitarios gays, lesbianas y bisexuales”. Revista Griot, 6, núm, 1. 2015: pp. 44–65.

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Haraway, Donna. Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, trad. Manuel Talens. Barcelona. Cátedra. 1995.

Hocquenghem, Guy. El deseo homosexual, trad. Geoffroy Huard de la Marre. España. Melusina. 2009.

Malabou, Catherine. El placer borrado: clítoris y pensamiento, trad. Horacio Pons. Adrogué. La Cebra. 2021.

Malabou, Catherine. Los nuevos heridos. De Freud a la neurología —pensar los traumatismos contemporáneos México. Paradiso Editores. 2018.

Malabou, Catherine. ¿Qué hacer con nuestro cerebro?, trad. Enrique Ruiz Girela. Madrid. Arena Libros. 2007.

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Nebot-García, Juan Enrique, Ballester-Arnal, Rafael, Giménez-García, Cristina, Ruíz-Palomino, Estefanía, y Martínez-Gómez, Naira. “¿Es la orientación sexual realmente estable?: diferencias de género, International Journal of Developmental and Educational Psychology, INFAD Revista de psicología 1, núm. 1. 2020: pp. 311-320.

Peter Drucker, Desviades. Normalidad gay y anticapitalismo queer, trad. Tomás Callegari (Barcelona: Sylone y Viento sur, 2023)

Puar, Jasbir K. El derecho a mutilar. Debilidad, capacidad y discapacidad, trad. Javier Sáez del Álamo. Manresa. Bellaterra Edicions. 2022.

Puar, Jasbir K. Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer, trad. María Euguix. Barcelona. Bellaterra edicions. 2017.

Reitter, Jorge N. Edipo gay. Heteronormatividad y psicoanálisis. Santiago de Chile: Pólvora Editorial, 2023.

Rich, Adrienne. Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, trad. Silvia Steinmann. Buenos Aires. Libros de la mala semilla. 2013.


Autores
Es estudiante de la maestría en Filosofía de la UNAM y egresó de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica por la misma casa de estudios. Es autor de Territorios Queer (2023), ensayo finalista del Premio Sonia Rescalvo Zafra de Teorías Queer y Crip.
Ilustración realizada por Mrpoper
Ilustración realizada por Mrpoper

INTRODUCCIÓN

Las drogas y los homosexuales tienen varias cosas en común. La más obvia, digámoslo con todas sus letras, es la ilegalidad con la cual se les ha identificado en varios países. En México, además, como si no fuera suficiente estar fuera de la ley, ambos conceptos han formado parte de la imaginería del pecado, la perversión, el vicio, la indecencia y, en fin, las múltiples esquinas donde el camino recto de la normalidad y la moral sexual se dobla y se extravía en incorregibles torceduras (una y otra vez). 

Siendo así, basta invocar cómo, por ejemplo, a inicios del siglo XX, algunas disposiciones oficiales y la prensa nacional frecuentemente hacían referencia a las sustancias que “degeneran la raza” en el caso de las drogas; en el de los homosexuales, podemos echar un vistazo al Diccionario de Jaime Cobian, “Diccionario Adjetivos para Afeminados”, y confirmar cómo cada uno de los términos léxicos ahí reunidos, la mayoría alusivos a hombres —afeminado, joto, mariposo—, está signado por el insulto homofóbico y la denigración social desde donde fueron discursivamente creados.

A continuación, exploraré, con una perspectiva histórica y apoyándome en textos del Corpus Diacrónico y Diatópico del Español de América (Cordiam), algunas colindancias semánticas entre drogas y hombres homosexuales en el contexto de la Ciudad de México, con el propósito de llevar a la reflexión la importancia en la manera de nombrar una realidad social actual: el consumo de sustancias en la comunidad LGBT+.

Las drogas. El antes y después del prohibicionismo

La palabra “droga”, como todas las palabras, tiene su propia historia. Veamos. Siglos antes de que las sustancias a las que hoy refiere estuvieran prohibidas y fueran perseguidas, “droga” aparece en documentos virreinales en donde su uso guarda relación con la salud y la medicina, como muestra una carta de fray Miguel Navarro (1564) en la que pide limosnas al rey para abastecer de “drogas” y medicinas necesarias las enfermerías franciscanas de la Nueva España. Todavía en los albores del siglo XIX, el comercio y el consumo de sustancias a base de opio, mariguana y vino con coca (hoy indudablemente drogas) se realizaban con fines medicinales; leemos en la literatura de José J. Fernández de Lizardi (1818) cómo la “droga”es un remedio que se distribuye en las boticas, las farmacias citadinas de la época. 

¿En qué momento la palabra adquiere las connotaciones peyorativas que hoy nos resultan tan familiares? De acuerdo con Luis Astorga en su libro El siglo de las drogas (2016) ocurre a partir de que México ingresa, en la década de los veinte del siglo pasado, al esquema internacional prohibicionista. Ahí se decretan leyes federales en contra del cultivo y la comercialización. Tal prohibición propicia, por un lado, que, al margen de la ley, pequeños productores vayan organizándose (en asociaciones de tráfico, cárteles y organizaciones criminales) para preservar un mercado en expansión; por otro, la prohibición genera los discursos oficiales, los cuales redefinen la palabra. Los comerciantes y consumidores de antes se convierten, gracias estas medidas, en “traficantes”, “viciosos” y “criminales”.

Dicho de otro modo: las drogas se desplazan de la farmacología hacia los campos semánticos de la ilegalidad, el vicio y, eventualmente, a la indecencia y el crimen. La literatura de mitad de siglo lo muestra clarísimo: “Pedazos de tortilla”, “perros sarnosos” y “cabarets de humo polvoso” en el “bailoteo de la luz neón” son las descripciones con las que “droga” —los sobres con “droga” y polvos— aparece en el retrato de Garibaldi, según la visión de Carlos Fuentes en La región más transparente (1958). En El eterno femenino (1975), obra teatral de Rosario Castellanos, notamos cómo el LSD, el cual es comparado con una secadora —“una especie de droga”— en un salón de belleza, despierta el escándalo y la idea de la indecencia —“las drogas son una porquería para viciosos. Este es un aparato decente”—.

Las marcas clasistas y criminalizadoras que se van incorporando en el discurso alcanzan un momento tremendamente revelador cuando la palabra se prohíbe en televisión nacional. En efecto, para 1987 SEGOB vigila y controla los libretos de Televisa. En la telenovela juvenil Quinceañera (1987), para hablar sobre el tema a pesar de la censura, se recurre a una sustitución de lo designado: “Pues lo que todo mundo sabe, que Gerardo anda en malos pasos”(capítulo 65).

La sustitución sinonímica revela lo que significa, inequívocamente, usar y consumir sustancias en aquella época. La censura de la palabra, lejos de ocultar su significado, lo exhibe como una cognición social. Podemos afirmar que “droga” no es cualquier palabra: se trata de una palabra política, demasiado marcada o, como ha dicho Jacques Derrida: “el concepto de ‘droga’ es un concepto no científico, instituido a partir de evaluaciones morales o políticas: lleva en sí mismo la norma o la prohibición”.

Para la década de los noventa, abatida la censura, la palabra toma protagonismo mediático: la captura y detención de líderes de organizaciones traficantes, y sus vínculos con el gobierno federal, estelarizan las noticias nacionales. Las campañas preventivas —“Vive Sin Drogas”, por ejemplo— y los titulares periodísticos le prestan una atención considerable. 

Pero es en las décadas posteriores al 2000, sobre todo durante el sexenio de Calderón y su desafortunada “Guerra contra el narcotráfico”, cuando “droga” será vinculada a lo que Oswaldo Zavala ha nombrado la invención mitológica de los cárteles (que no existen, al menos no como los imaginamos) y la narco-cultura, sin los cuales no se comprende el contexto mexicano contemporáneo. Para muestra, vemos cómo los términos asociados “narco”, “cártel”, “ejecutado” y “levantado” ingresan a la vida política. Y en muchas regiones del país a la cotidiana.

 En ese sentido, “droga” (independientemente de cuál) es una palabra cuyo significado ha evolucionado —porque la lengua siempre cambia— y, a la vez, se trata de un concepto político atravesado por evaluaciones morales. 

Engarce: El camino “torcido”

Así las cosas, navegando por la red metafórica localizamos un punto de encuentro entre lo que nos muestra la historia de la palabra “droga” y las primeras designaciones para homosexualidad masculina: el desvío de la norma social y su condena moral, umbral de la indecencia y la (doble) exclusión social. 

Por un buen rato, persecuciones policiacas, titulares periodísticos ridiculizantes y brutales sanciones, a la vera del legendario “baile de los 41” (1901), confirman la puesta en escena de la homofobia nacional y sus discursos de escarnio machista. No debemos dejar de decirlo: los crímenes contra la diversidad sexual continúan cometiéndose.

Sin embargo, frente a tantos actos de homofobia, sabido es que, aunado al avance en materia de derechos civiles, con la creación del “ambiente gay”, especialmente en ámbitos urbanos, el siglo XX atestigua la reconversión del insulto homofóbico (estrategia con la cual toda minoría opone resistencia política). Los gays, y en algunos casos también las lesbianas, animados por un espíritu contracultural, adoptan los insultos y, al “deconstruirlos”, tornándolos referencias indispensables, convierten en festivo y colorido lo que de origen es cruel e injusto. De esto modo surgen y se rehacen la “lengua joteril” y su conocido locabulario. 

Carlos Monsiváis lo dijo rotundamente: En ninguna época es fácil vivir transgrediendo la norma. Con todo, la conquista de espacios en la vida política y cultural de la Ciudad ha permitido, a ritmos desiguales, resignificaciones notables y una relativa seguridad social (que depende siempre de los privilegios).

Nuevas perspectivas. Comunidad LGBT+ y consumos (problemáticos o no)

En contraste, el avance en materia de despenalización y reducción de riesgos/daños para las drogas ha sido un camino más lento y complicado. Quizás aquí pesen más los estigmas y los miedos sociales. Pienso en la legalización de la marihuana y cómo el proceso legislativo ha convocado a diversos sectores de la sociedad civil, activistas y asociaciones científicas y académicas, las cuales trabajan interdisciplinariamente con usuarios de sustancias legales e ilegales. Su interés, enfocado en la salud y la ciencia, se orienta hacia lo que se ha denominado políticas de reducción de riesgos (y daños) y gestión de placeres en el uso de sustancias. Tres asociaciones tengo en mente (existen más): Conexiones Psicoactivas, Inspira Cambio A. C. y Divu A.C. 

Si bien su labor de investigación y divulgación se desmarca del esquema prohibicionista, ninguna de ellas fomenta el consumo y sí en cambio abonan esfuerzos para enseñar a consumir. Enseñar a consumir sustancias no significa fomentar su consumo, como frecuentemente acusan detractores quienes reproducen el esquema de percepción dominante, los citados discursos conservadores y antidrogas. De hecho, enseñar a consumir se trataría de una modalidad para mitigar daños en poblaciones vulnerables, en particular en poblaciones pertenecientes a la comunidad LGBT+. ¿No es acaso una forma más concreta y realizable de prevención?

Los retos se multiplican cuando el uso de sustancias deviene una práctica estrechamente asociada al ejercicio de la sexualidad, que es el caso del chemsex (y variantes, como el slamsex), pan de todos los días en las apps de ligue para hombres gay y de donde se desprenden una multiplicidad palabras, frases y signos visuales. Todas las variables ahí implicadas y, dicho sea, los riesgos reales en el consumo sustancias, en especial el cristal (metanfetamina), complejizan el asunto, en la medida en que la práctica se cruza con otra clase de peligros externos. 

Sin duda el tema plantea muchos subtemas imposibles de analizar en este espacio. Lo relevante en todo caso es que las asociaciones antedichas insisten en el uso de términos adecuados pues, como en la reconversión del insulto homofóbico, la designación social y la autodesignación definen la posición subjetiva. El lenguaje importa. Así, se prefiere el uso de ciertas palabras para desestigmatizar el consumo, modificar los prejuicios, y dirimir los sesgos informativos. Dos ejemplos. Para referir los hechos y las realidades se prefiere “usuarios” en vez de “drogadictos”; o “uso problemático” en vez de “adicción”. No hay ingenuidad en todo esto: el adjetivo “recreativa” no anula la existencia real de riesgos, pero admite otra representación que los discursos le han negado a la palabra (y a los usuarios).

El renombramiento y el uso consciente del lenguaje no resolverá, por arte de magia, los problemas de salud pública. No obstante, resulta imprescindible hacerlo para ceder lugar, poco a poco, a nuevos discursos. Aspiramos a discursos menos falaces y condenatorios, y sí basados en evidencia científica, que permitan una mejor comprensión del fenómeno (consumo de drogas en la comunidad LGBT+) con vistas a una prevención sensata (por ejemplo, cuáles sustancias es preferible no mezclar durante el consumo y por qué).

Vivir una sexualidad diversa (fuera de la heterosexualidad) y consumir drogas significa desafiar continuamente la sedimentación histórica. Como en un videojuego (psiconáutico): avanzar, divertirse y burlar el esquema de percepción dominante con el cual se han reproducido y continúan reproduciéndose el miedo y la desinformación que, desde la ritualización lingüística y sus redes, encierran, prohíben y aburren.

Bibliografía

Academia Mexicana de la Lengua, Corpus Diacrónico y Diatópico del Español de América (Cordiam) <www.cordiam.org>

Astorga, Luis. El siglo de las drogas. Del porfiriato al nuevo milenio. Ciudad de México. Penguin Random House. 2016

Cobian, Jaime. “Diccionario Adjetivos para Afeminados”. Locabulario: Lenguaje y opresión. Ciudad de México. Colectivo Sol A.C. 2002, pp. 161-187.

Derrida, Jacques. “Retóricas de la droga”. Revista Colombiana de Psicología 4. 1995, pp. 33-44.

Zavala, Oswaldo. Los cárteles no existen: Narcotráfico y cultura en México. Ciudad de México. Malpaso. 2018.


Autores
Es docente universitario, investigador y ensayista. Maestro en Filosofía y licenciado en Letras Hispánicas por la UNAM. Como investigador ha participado conferencias y congresos académicos, y ha publicado artículos de temas variados como como el cambio lingüístico de los insultos, imágenes televisivas de la villanía y sobre la enseñanza del español para estudiantes extranjeros. Actualmente es profesor de Filosofía de la Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de Filosofía del Lenguaje en el Seminario Conciliar del Espíritu Santo y de Español en el CECyT 13.
Ilustración realizada por Rosario Lucas
Ilustración realizada por Rosario Lucas

Sin tapujos, entre la inocencia y el asombro de quien tiene 13 años de edad, Andy le narra directamente a la audiencia lo que sucede cuando viaja desde la escuela en Santa María la Ribera hacia su casa en Ecatepec, en el último vagón del metro de la Ciudad de México. Entre tierno y excitado habla sobre las miradas, los guiños, los roces, los apretujones entre la multitud que puebla el convoy, la adrenalina ante ser visto, la palpitación al bajar del tren para seguir a otro hombre, de mayor edad que él, hacia un sitio apartado. Primero con curiosidad, después con franca familiaridad, Andy comparte su travesía con un público que lo mira entre enternecido y azorado. De hecho, algunos espectadores no pueden evitar soltar alguna expresión que acompaña y empatiza lo que Andy va revelando: hay goce y ganas ante lo clandestino, pero también dolor y hastío ante el abuso. 

Andy es el protagonista de Percusiones, una pieza dramática de Aldo Martínez Sandoval, un joven dramaturgo que con este texto entra de lleno en un asunto que por un lado es tabú y por otro secreto a voces: el cruising, el metreo, desde la óptica de un adolescente que está descubriendo su sexualidad y todo lo que conlleva ejercerla en un país como el nuestro. El enamoramiento y la aceptación de un entorno intrafamiliar violento forman parte de esta obra que recientemente estuvo en cartelera y que fue publicada hace un par de años, apenas pasando la pandemia por COVID-19, en la editorial Los Textos de La Capilla.

Al contrario de lo que ha sucedido en otros momentos de la historia del teatro mexicano, en esta ocasión Percusiones no es una obra aislada ni solitaria en la escena actual. Se trata de apenas un ejemplo de lo que actualmente está sucediendo con la dramaturgia y los montajes de contenido LGBTQ+ en México y eso es que hay una variedad de propuestas que aluden a todo -o casi todo- lo relacionado con la diversidad de expresiones y disidencias y ya no solamente a los avatares del hombre homosexual o, en menor medida, a la mujer lesbiana. La actual cartelera de teatro recibe obras nacionales y extranjeras que revisan las identidades y relaciones bi, trans, drag, no binarie y queer.

En el caso de las de dramaturgia nacional, el conflicto trans se ha abordado en obras como Beautiful Julia de Maribel Carrasco -reciente Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón-, Aquí en la tierra de Luis Eduardo Yee, Transbordador Zel de Tony Corrales Y Transcraf de Mariano Ruiz, todas pensadas para hablarle a las infancias y jóvenes audiencias, pero con un impacto definitivo en todas las edades. Fuera de la ficción, Les desertores de Laura Uribe es una obra documental que da voz y cuerpo a las historias de varias personas transgénero, que se plantan sobre el escenario para relatarlas, sin necesidad de actrices ni actores que les interpreten. En una unión de teatro y cabaret, César Enríquez dirige una dramaturgia colectiva en la que las obras de Shakespeare son reinterpretadas y resignificadas por un grupo de mujeres trans que aprovechan los personajes isabelinos para contar sus historias contemporáneas.

Cada vez se abren más clósets teatrales y, amén de la producción, en distintos géneros y formatos, de textos extranjeros traducidos, algunos con mayor éxito y calidad que otros, la dramaturgia mexicana dedicada a la exploración de las actualidades LGBTQ+ se ha enriquecido, al menos en la Ciudad de México, con los montajes recientes de obras actuales como, entre otras, Shanghái de Gibrán Portela, La ley del ranchero de Hugo Salcedo, Estúpida historia de amor en Winnipeg de Carlos Talancón, Tú eres tú de Amaranta Leyva, Humana y tradescantia de Jimena Eme Vázquez, El edén de las musas de Francisco Jácome, además de un muy exitoso nuevo montaje de Príncipe y Príncipe de Perla Szuchmacher.

Tres obras destacan por sus amplias referencias hacia momentos históricos de la comunidad LGBTQ+: 41 detonaciones sobre la puerta de un clóset de Sara Pinedo y David Gaitán, sobre el célebre Baile de los 41; Novo en un clóset de cristal cortado, un monólogo de Alejandro Román en el que Salvador Novo hace y deshace su propia biografía; y Junio en el 93 de Luis Mario Moncada, en el que se rinde un homenaje a Alejandro Reyes, uno de los actores más destacados de su generación, quien falleció en 1996 debido a complicaciones derivadas por el VIH-SIDA. La obra, basada en las memorias del propio histrión, mereció en 2022 dos premios de la crítica a la mejor obra de teatro.

Si bien los ejemplos anteriores ya dan cuenta de una riqueza en cuanto a la presencia en la cartelera de dramaturgia mexicana con temática LGBTQ+, hay que decir que ésta ha estado acompañada por dramaturgias de otros rincones del mundo. Tan solo en los últimos años ha sido importante la presencia del autor uruguayo afincado en Francia Sergio Blanco con obras como Kassandra, Tebas Land y La ira de Narciso, que exploran diversas formas de la diversidad sexual en entornos entre sórdidos y exquisitos. 

Entre reposiciones y estrenos, textos traducidos como Los chicos de la banda de Mart Crowley -en una nueva versión alejada del escándalo de censura que atravesó el primer montaje dirigido por Nancy Cárdenas-, Ángeles en América de Tony Kushner en traducción de David Olguín, Torch Song de Harvey Fiernstein en una traducción de Alejandro Villalobos (distinta a la que en la década de los ochenta hizo Carlos Monsiváis), Rotterdam de John Brittain en traducción de Roberto Cavazos, Straight de Scott Elmegreen y Drew Fornarola en traducción de Manolo Caro, Orgullo de Alexi Kaye Campbell traducida por Angélica Rogel, MMF de David M. Kimple, Una disculpa a Lady Gaga de Ed Cooke y Orlando y Mikael: los arrepentidos de Marcus Lindeen, traducida por María Renée Prudencio, han permitido que el poliamor, la bisexualidad, el drag y lo no binario tengan visibilidad no solamente en los carteles de los teatros independientes o subvencionados, sino en las marquesinas de teatros privados e, incluso, de los abiertamente comerciales.

Mientras algunas de estas obras convivían en la cartelera, llegaba la noticia de una reposición, la primera después de 33 años de su muy exitoso estreno, de una obra que se convirtió en un clásico del teatro mexicano LGBTQ+: El Eclipse de Carlos Olmos, la obra que su autor consideraba su pieza más personal y con la cual reafirmó su sitio en el Olimpo de los autores nacionales. Lo que en 1990 cobró un éxito avasallante gracias a la dirección del legendario Xavier Rojas y las actuaciones de un elenco de primera línea, volvió a ser exitoso y relevante para una nueva generación, pues fue atinadamente abordada por dos creadoras teatrales jóvenes: la dramaturga Jimena Eme Vázquez, responsable de la adaptación, y la directora Gina Botello, quien logró a través de su trabajo con el teatro de sombras y objetos, una puesta en escena que refrescó al texto y, sobre todo, la manera de aproximarse a las temáticas centrales de la obra: el descubrimiento de la homosexualidad de “el hombre de la casa” y el duelo que viven cuatro mujeres de distintas generaciones frente a la pérdida real y simbólica de sus hombres. Al mismo tiempo que esta nueva versión teatral, El Eclipse tiene una reciente versión cinematográfica: Estoy todo lo iguana que se puede -verso de Carlos Pellicer- adaptada y dirigida por Julián Robles se estrenó en el Palacio de Bellas Artes en febrero de 2023; en ella los temas de la obra se abordan desde una perspectiva distinta a la del montaje de Gina Botello, pero también permite que el texto de Olmos se actualice y se ubique en un presente que sabemos tan lejos y tan cerca de aquel 1990 en el que se estrenaba la obra maestra de Carlos Olmos, uno de esos dramaturgos y creadores escénicos que, al igual que Salvador Novo, Sergio Magaña, Emilio Carballido, Nancy Cárdenas, Oscar Liera, Luis Zapata, José Dimayuga, José Antonio Alcaráz, Gonzalo Valdés Medellín, Jesusa Rodríguez y Tito Vasconcelos, entre otros, abrieron el camino para que hoy en día existan obras en las que se intenta que las expresiones de la diversidad sean la situación de normalidad y no el conflicto.


Autores
Periodista cultural. Se ha desempeñado como reportero especializado en artes escénicas y literatura en medios como Radio Educación, Time Out México, La Ciudad de Frente, Distrito Teatral, El Heraldo de México, Cartelera de Teatro, Revista Purgante, Nexos y Tierra Adentro. Es creador de La Indie Pedia, periodismo sobre editoriales y librerías independientes. Es miembro de la Agrupación de Críticos y Periodistas Teatrales. Funge como publirrelacionista de artes escénicas y ámbito editorial.
Fotograma de "Doña Herlinda y su hijo" (1985). Director: Jaime Humberto Hermosillo
Fotograma de “Doña Herlinda y su hijo” (1985). Director: Jaime Humberto Hermosillo

En la historia del cine hay familias inolvidables. Si hablamos de los Corleone o los García –y también, si se quiere, de los Nobles, sí, con la letra ese, que no se agrega al plural de los apellidos– no hace falta decir los títulos de sus películas, de sobra se conocen sus aventuras y desdichas. Algunos directores crearon familias cuyos integrantes tienen nombres recurrentes, por ejemplo Claude Chabrol, que desarrolló en más de tres películas, sin ninguna conexión entre ellas, variantes del triángulo amoroso entre Charles, Hélène y Paul. Otros ampliaron la biografía de un personaje emblemático, es el caso de Truffaut y los cinco filmes sobre Antoine Doinel. En ciertas filmografías los títulos anuncian a los protagonistas. ¿Qué les dicen los nombres de Susana, Nazarín, Viridiana y Tristana? Decía Chantal Akerman, creadora de Jeanne Dielman (1975) y Los encuentros de Ana (1978), que “dar el nombre de alguien, de un personaje, como título de una película, hace que el personaje tenga más vida. Pienso en Jeanne Dielman como si hubiera existido. Efecto de realidad, también Ana. También Madame Bovary. También Ana Karenina”. Hay más. Algunos personajes son la parentela de su creador: La verdadera vocación de Magdalena, La pasión según Berenice, Doña Herlinda y su hijo, María de mi corazón, El verano de la señora Forbes, De noche vienes, Esmeralda y El malogrado amor de Sebastián. Ya desde los títulos de los filmes que lo conforman, el cuerpo de obra de Jaime Humberto Hermosillo se distingue como familia, retrato que agrupa películas realizadas en un periodo de cuarenta años; sin embargo, no se trata de una ocurrencia sino de una singularidad que estructura el tema principal del universo fílmico de Hermosillo, la familia como espacio que contiene, resguarda, encubre y ahorca los deseos. Ni mucho ni poco, las nuevas generaciones no saben ni jota de Jaime Humberto, el primer director abiertamente homosexual del cine mexicano en una época aciaga para los raros y diferentes. Como un viaje rulfiano para conocer o reencontrarse con los parientes, y sobre todo para conocer a su creador, se propone aquí un recorrido por la filmografía patronímica de Jaime Humberto. 

Los tuyos, los míos y los nuestros

Ya desde sus primeras tentativas, el creador, que nació en 1942 en la ciudad de Aguascalientes, tenía en mente un nombre fundacional que iba a marcar sus motivos y original estilo. Su primera película es el cortometraje inacabado Otro final para Thelma Ritter (1964). Aunque siempre hizo roles secundarios, Thelma Ritter, inolvidable actriz de soporte de Hollywood, es recordada como la enfermera lengualarga de La ventana indiscreta (1954) de Hitchcock, y sobre todo como la devota doméstica de Bette Davis en una película de Mankiewicz que en español se llama La malvada, aunque es preferible, siguiendo la estela de nombres propios inolvidables, el original Todo sobre Eva (1950). Si en el pecado –o el nombre– se lleva la penitencia, a Jaime Humberto Morbosillo, como le decían sus contemporáneos, siempre le fascinó asomarse, tomando el papel de voyeur, a la intimidad de sus personajes. En el cine de Jaime Humberto, lo malsano y lo anormal dependen no sólo del contexto o la época, también de la distancia y del encuadre, es decir, del procedimiento para filmar. Alternando entre panorámicas que despistan, fachadas que revisten estampas familiares, y acercamientos que descubren rasgos, trazos y expresiones que desvelan y desnudan la individualidad, la ironía de las apariencias es en su obra mojiganga y oda al mismo tiempo, la entretela de los deseos ocultos. Infelices cada una a su manera, las familias, que se empeñan en ocultar en los dobleces la naturaleza de quienes las conforman, ejercen una fuerza coercitiva que condena a las personas bajo llave, en la habitación de la desdicha; el baño es el lugar del aislamiento por excelencia en el cine de Jaime Humberto, como se ve en la cinta experimental Intimidades en un cuarto de baño (1991), ejercicio en el que la cámara inmóvil está situada en el lugar del espejo; el baño, espacio de alivio, apuros, huidas, sitio privilegiado de la libertad.   

El interés por la casa, metáfora de la familia, como lugar principal de la acción –concepto que no hay que tomarse muy en serio, Jaime Humberto más bien se enfocó en trabajar como naturalezas muertas los tiempos muertos que generan un panorama doméstico de las costumbres y los hábitos familiares– ya está en Los nuestros (1970), trabajo de tesis para el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. En esta cinta inaugural plantea los asuntos que tratará en toda su obra. El título anuncia a la familia como el eje de la trama. María Guadalupe Delgado, madre del director, es la protagonista, ama de casa que vive con sus tres hijos en un departamento modesto, típico de la clase media. Sus días pasan mientras hace la comida, pone la mesa, espera a los hijos, ve la televisión, saca a pasear al perro y platica con la vecina del edificio de enfrente. La rutina se interrumpe cuando se entera de que su hija tiene una nueva relación. No es el muchacho que ya se ganó su simpatía como suegra, así que le endilga a otro de los hijos que averigüe quién es. No solo se trata de un hombre casado, sino del esposo de la vecina. Entonces planea deshacerse de ella, asesinarla para asegurar más que la felicidad, el honor de la hija. La madre chantajea a la inmoralidad, fantasma que igual que un pariente incómodo se instala en casa ajena, y hace todo por cubrir las apariencias –mejor casarse con un viudo que ser la otra o el motivo de un divorcio– y evitar el escándalo. Muchos directores han incluido a sus madres en sus películas, por ejemplo Almodóvar, posterior al director mexicano y con quien se le suele comparar; pero ninguno ha ido tan lejos como Jaime Humberto al discutir y criticar la figura materna que, obligada o convencida, es capaz de hacer todo en nombre del honor familiar.

Afincado en el melodrama, de niño el creador huía de casa para ir al cine con su hermano, donde se fascinó con las películas para mujeres de Cukor y Ophüls, también con las de John Ford y los melodramas italianos de Valerio Zurlini. En La verdadera vocación de Magdalena (1972) su intención era echar mano de una ironía que desbordaba la ficción. La cinta sobre chantajes y celos maternos fue pensada para Rita Macedo y Julissa, madre e hija en la vida real. La vida de la protagonista de Rosenda (1948) –otra película-nombre emblemática del cine mexicano– está documentada en Mujer en papel. Memorias inconclusas de Rita Macedo, libro en el que Cecilia Fuentes, la hija que la legendaria actriz tuvo con Carlos Fuentes, delinea, entre otras cosas, su espinosa faceta maternal. Sin embargo, fueron Carmen Montejo y Angélica María quienes tomaron los roles principales. Con esta película, con la que el director entró como Pedro por su casa en el cine mexicano, pues se trató de su primer largometraje, plantea un conflicto generacional, el jaloneo entre la madre, oportunista y manipuladora, y la hija, que al descubrir su vocación se aleja de ella. Hacia el final, Jaime Humberto hace una imagen que de forma temprana resume sus empeños como cineasta, descorre el telón, pero solo un poco, para asomarse y entrever el reverso de las apariencias y la utopía de la libertad: Magdalena, ya convertida en una gran estrella del canto y la actuación, aparece en una pantalla de televisión mientras la entrevistan; luego, ya sin el recuadro del televisor, directamente, la cámara la descubre en un set que sugiere que su felicidad –o éxito– son una fabricación, un montaje o ensayo. 

La colección de madres de Hermosillo tiene una cumbre, la comedia Doña Herlinda y su hijo (1985). De ambivalente filigrana, el personaje de la matriarca, una alcahueta que se hace de la vista gorda para cubrir la homosexualidad de su hijo, no es fácil de asir, sus intenciones son difusas. En el libro Los hijos homoeróticos de Jaime Humberto Hermosillo, Aarón Díaz Mendiburo recoge que el cinefotógrafo Néstor Almendros decía que doña Herlinda es “un nuevo arquetipo de las artes narrativas: Doña Herlinda es como Don Juan, Don Quijote, Hamlet, La Celestina, etc.; un personaje que quedará para siempre como un modelo. Ella es la madre de todos los homosexuales, con sus ambigüedades, su saber y no saber, su querer y no querer reconocer, con su amor y comprensión. ¡Bravo!”. De nombre adusto, en doña Herlinda también se reconoce a la madre que ama al pecador pero odia el pecado. La película se filmó en Guadalajara, ciudad de contrastes, tan conservadora –o tapada– que en la jerga de ambiente se le conoce como Guadalagay. Quizá doña Herlinda, interpretada por Guadalupe del Toro, la mamá de Guillermo del Toro, es una madre deliciosa, servicial y simpática, y también egoísta que tolera los gustos y la forma de vivir de su hijo para no quedarse sola. Probablemente es todo lo anterior al mismo tiempo.

Variaciones sobre un mismo tema  

Hay habladurías sobre Berenice. Poco se sabe de ella. Su rostro guarda una cicatriz que retiene el misterio. La viuda de La pasión según Berenice (1976) es una profesora de taquimecanografía que vive en Aguascalientes. “Otra vez volviste a soñar con el fuego, Berenice”, le dice su madrina, una usurera en las últimas que se resiste a morir, como si adivinara las entretelas que resguardan las honduras de su vida. Mantilla para ir a misa y suéter de cuello alto para la función de cine los domingos. La atmósfera quieta y seca de Aguascalientes, fuerza opaca y sutil, se anima con los chismes de las vecinas y las comadres. Se comentan, por ejemplo, las andanzas de la joven viuda a la zona roja de la ciudad. Más que la opresión de Berenice, ya prefigurada en sus sueños incandescentes, es la llama de Rodrigo, un médico que regresa a la ciudad, la que termina por encender el deseo de huir; la fuga implica destruir todo, la casa provincial con el patio al centro, el carro recién comprado y deshacerse de la madrina. En La pasión según Berenice, filme sobre la posibilidad de ser libre, Emma Roldán, la molona y avara madrina a cargo de su ahijada, representa la unión familiar, nudo y soga en la cuerda que tensa las relaciones. Es la relación inquebrantable en el cine de Jaime Humberto, que después va a reelaborar y ensayar con las vecinas de Naufragio y las patronas y las empleadas domésticas de Confidencias (1982) y Encuentro inesperado (1993).  

En 1988 el realizador dirigió en La Habana la adaptación del cuento de García Márquez “El verano feliz de la señora Forbes” con Hanna Schygulla, la actriz emblemática del cine de Fassbinder, como protagonista. Una década después de Berenice, el director invierte los asuntos de la represión y la libertad, intercambia el clima seco de Aguascalientes por la humedad para contar la historia de una institutriz alemana –también misteriosa y elusiva– a la que se le encomienda disciplinar a dos niños incorregibles durante las vacaciones. Imperturbable y severa de día, de noche, a diferencia de Berenice, la señora Forbes es arrebatada y voluptuosa. Igual que los espectadores, los niños la espían en su habitación, que se parece a un hábitat con adornos que recuerdan la flora marina, y hacen conjeturas sobre sus cálidos hábitos nocturnos. Más que el fuego, aquí se trata de la metáfora del agua, imagen de violenta libertad que arrasa con todo y todo lo invade: Schygulla en el fondo del mar, que también es su habitación, suspendida en el líquido, se entrega a sus fantasías morbosas, por fin plenas y felices. Embriaguez, locura o sueño se confunden en El verano de la señora Forbes, dueña de una teutona y gélida lujuria que recuerda al cine de Schroeter, Haneke y Ulrich Seidl.       

Ave María 

María Rojo ocupa un lugar especial en la familia fílmica de Jaime Humberto, juntos hicieron más de diez películas. Tanto María de mi corazón (1979) como De noche vienes, Esmeralda (1997) son filmes que abordan dos espacios de control, el manicomio y el ministerio público. En la primera, Rojo interpreta a una maga que actúa en carpas ambulantes. Durante un viaje, su camioneta se descompone, así que toma el autobús para continuar su recorrido, pero se trata de un camión equivocado que la lleva a un hospital donde la confunden con una enferma mental. A Esmeralda, por su lado, la acusan de haberse casado en múltiples ocasiones –dentro y fuera de la ley, de manera ficticia– y de cohabitar con varios hombres. Son los motivos por los que un agente le lee la cartilla. La medicina y la ley, como la familia, constriñen en espacios bien definidos. El manicomio de María de mi corazón, probablemente la película más sobrecogedora de Jaime Humberto, es también una cárcel, imposible de franquear, que enferma y castiga en la misma medida. Ni siquiera Héctor, el esposo de María, cree en su sanidad una vez que da con su paradero. El tono oscuro de la película se opone a la fantasía de De noche vienes, en la que el director cuenta la historia de Esmeralda y convierte el ministerio público en un set que cambia de decorados por el que desfilan actores emblemáticos de Jaime Humberto como Martha Navarro, la protagonista de La pasión según Berenice, Roberto Cobo, Farnesio de Bernal, Ana Ofelia Murguía, Tito Vasconcelos y Alberto Estrella. A la manera de Fellini, las fantasías de Esmeralda son los argumentos que la protegen de la cruel realidad, sus explicaciones y pretextos la mantienen sana y vital, pícara, dicharachera y deseosa. Quizá por eso, la película es una oda a la representación misma y al cine como espacio de creación en el que –¡por fin!– la libertad es posible. 

El cine como antro

No fue su última película, pero la imagen apoteósica que guarda la asez fructífera carrera de Jaime Humberto es la del final de El malogrado amor de Sebastián. Ya en su última etapa filmada en digital, en 2006 adaptó el cuento “Agapi Mu”, de Luis González de Alba. Se trata de la historia de Sebastián, un muchacho que trabaja como mesero en una fiesta en la que conoce a Antonio. El flechazo es instantáneo. Para Sebastián, la flecha es la punta que horada su ternura, herida de la que mana la desdicha. Caminan, platican, recorren los parques de la capitalina colonia Del Valle y se encierran en el departamento que tiene a su cargo Sebastián. Sin embargo, un día Antonio desaparece sin decir nada. ¿Qué fue lo que pasó? Queriendo asir el resplandor del fogonazo de su breve amor, Sebastián, con la astilla bien clavada en el corazón, va en su búsqueda. Más que el recuerdo del cuerpo amado, Antonio se convierte en una presencia, un espectro que Sebastián tiene que exorcizar. El antro elegido para el exorcismo es la sala de cine. Para un cinéfilo como Jaime Humberto no podría haber un lugar mejor. La sala está poblada sólo por hombres. La película que se proyecta es Las apariencias engañan (1983), otra de las cumbres del director mexicano. Ni bien ocupa una butaca, el hombre a su lado toca la mejilla de Sebastián. Luego toma la mano del muchacho y la ajusta en su paquete o bragueta. Sebastián se desnuda, se acerca al balcón que da a la pantalla, ahí permanece dándole la espalda a las butacas. El hombre duda, pero se acerca y se la mete. Luego sigue otro de los espectadores, después uno más y otro más. Anestesiado por el dolor, Sebastián termina envuelto en un gang bang en el que él es el objetivo, el culo a penetrar. Antes de terminar con un primerísimo primer plano del rostro imperturbable de Sebastián, que no expresa placer ni dolor, un hombre con una pierna enyesada entre las butacas observa la escena grupal. ¿Se trata de Jaime Humberto? Es una referencia al Jeffries de La ventana indiscreta y la mejor manera de decir que el cine, como los sueños, es el depósito privilegiado de los deseos y una de las maneras más eficaces de representarlos. Esta escena culminante, con la que se podría resumir una de las filmografías más audaces del cine mexicano, es más que una alusión a las prácticas sexuales de hombres gays, es un recordatorio de que el arte es siempre un espacio de libertad, a veces en peligro de ser controlado o censurado e incluso de desaparecer. 

La obra de Jaime Humberto es un portento de imaginación, de ingenio, de genio para encontrar maneras eficaces, pero más que nada poéticas para enunciar, señalar, criticar o simplemente representar dinámicas, hábitos, deseos, pulsiones y calenturas blancas, sucias, turbias, pícaras o sencillamente inconfesables. Magdalena, Berenice, doña Herlinda, María, la señora Forbes, Esmeralda y Sebastián son parte de la parentela de Jaime Humberto Hermosillo y una manera de conocer su obra, de adentrarse en su singular visión del mundo. Durante los cincuenta años que estuvo activo, el director insistió en la familia como agente que influye de formas insospechadas en la vida de las personas. Hay que conocer a esta gran familia cinematográfica para que se le haga justicia a lo que sabiamente se dice por ahí: ¡respeta tu cultura, maricón! 


Autores
Es periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Colabora en las revistas mexicanas Letras Libres, Nexos y Arquine. También en la argentina Otra Parte y en la mexico-estadounidense Literal Magazine. Como traductor, es uno de los autores del libro colectivo Las mariposas beben de las lágrimas de la soledad (Ediciones Del Lirio, 2024), de Anne Genest. En 2023 fue parte de la residencia de traducción Seneffe-Passa Porta en Bélgica, donde tradujo una obra de Chantal Akerman. Actualmente prepara dos libros sobre Roberto Gavaldón y Arturo Ripstein.