Ilustrador
Mariana G
Resido y dibujo desde CDMX. Soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica por parte de la UAM Azcapotzalco e ilustradora por parte del azar. Hace un par de años estudié Ilustración Experimental en la Escuela de Diseño del INBA. He colaborado de manera independiente con distintas agencias de publicidad y estudios creativos, sin embargo, mayormente mi trabajo ha estado presente en proyectos editoriales y animados. Actualmente, junto con una amiga, editamos MALA, un fanzine colaborativo hecho por mujeres.
Fotografía de @needtofly, 2021. Recuperada de Pexels.
Mi hija huele a gasolina.
Es un bidón que tiembla de coraje.
Es un carburador que le tumbó
los dientes a su hermano.
Mi hija huele a gasolina.
Lo percibo mientras sube las escaleras
para encerrarse en su cuarto.
Me palpo de inmediato los bolsillos,
ya no llevo el encendedor.
Mi hija se convertirá en un incendio.
Le ruego que me abra.
La oigo raspar tres veces el pedernal.
Le exijo que no se mate.
Rezo con las manos en la boca,
me enfurece pensar
en todo lo que no es Dios.
No es un extintor,
no es arena contra fuegos,
no es una manta ignífuga,
no es una lluvia que suena
como una cascada de arroz
cayendo infinitamente de la mesa.
Mi hija huela a gasolina
y está embarazada.
Durante un instante,
mi nieto será gestado
por un ave fénix sin alas.
Golpeo la puerta roída,
me rompo un dedo,
golpeo más fuerte
hasta partirme el meñique.
Pienso que el cuerpo incandescente
de mi hija también hará arder la casa.
Por unos momentos,
la habitaremos a ella.
Luego me quedaré sola con su hermano.
Sin dos o tres habitaciones
que nos separen.
Nada me aterra tanto.
Oigo el crepitar de las primeras llamas
que suenan como el llanto
de una adolescente embarazada.
Mi hija es su propia pira.
Corro por el teléfono,
mientras marco el nueve y el uno,
pienso que Dios
tampoco es un camión de bomberos.
Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario:
Tatuajes de un mexicano herido . La BUAP editó su libro 52 vueltas.
Fotografía de Joaquin Carfagna, 2024. Recuperada de Pexels.
La zona estaba vacía. Naira atravesó la avenida a toda velocidad, temerosa de que la patrulla de guardia pasara de nuevo. La ronda se daba cada veinte minutos. Tiempo suficiente para llegar, abrir la puerta y entrar.
Su reflejo, como una sombra, la siguió a lo largo de los aparadores en el exterior del mercado de artesanías. Si bien, le interesaban más los lugares que ponían a prueba su entrenamiento de parkour , también le gustaba ese lado más misterioso de la exploración. Entrar a un lugar y saber que los objetos olvidados la esperaban abría en su mente un destello creativo con el que disfrutaba inventar historias para su canal en redes sociales. ¿De quién eran? ¿Por qué estaban ahí? ¿Para qué los usaban? ¿Pensarían alguna vez en regresar por ellos?
Otro explorador urbano, de los interesados en arquitectura, había posteado un reel en el que aseguraba que, después de la inundación, nadie había vuelto para reclamar la mercancía atrapada en el interior. Si tenía suerte, llegaría antes que él y publicaría primero su video. Muchos mitos engrandecían el mercado, incluido uno sobre misteriosas desapariciones en los alrededores. Pero ella estaba lista para convertirse en leyenda y desmentir los rumores.
Se detuvo ante las enormes rejas de hierro retorcido y tiró de la cadena hacia afuera. Ni siquiera usó el estuche de ganzúas que ya tenía en la mano. El candado dio vuelta apenas tocarlo. Retiró los gruesos eslabones oxidados para liberar la puerta. Guardó el estuche.
El roce del metal contra el metal fue un murmullo en comparación con el quejido de las bisagras. El eco atravesó la oscuridad ida y vuelta como una bienvenida. Apenas tuvo tiempo de dar un paso y entrecerrar la puerta cuando las luces de la patrulla lamieron el interior del edificio.
Naira se resguardó detrás de un pilar lateral de la entrada. Admiró la estructura de piedra durante el tiempo que los haces duraron, cambiantes entre el rojo y el azul. Los muros se alzaban más de diez metros hasta el techo de vidrio. Las vigas de hierro le recordaban a la vieja estación de tren abandonada en las afueras de la ciudad. Si hubiera tenido tiempo de investigar un poco más, pensó que hubiera encontrado el nombre del mismo arquitecto como encargado de la construcción. Se aseguró de hacer un barrido con la cámara para capturar la esencia que la rodeaba.
Los pasillos recordaban el olor del río: madera hinchada, plantas húmedas, fango y flores secas. Los puestos continuaban abiertos. Del cinturón, Naira desabrochó la lámpara de luz LED y la apuntó hacia el interior de uno de los puestos. Sobre los estantes posaban vasijas rotas, muñecas de trapo cubiertas de hongo negro y varias máscaras de madera que la seguían con una mirada estática mientras avanzaba.
Si alguien había entrado antes, era imposible saberlo. El camino se mantenía enterrado bajo una gruesa capa de lodo, aún húmedo, por la última tormenta. Llamó su atención la silla junto a la mesa de juguetes de madera. Estaba limpia, como si alguien acabara de levantarse. Naira alzó una de las muchas tablas mágicas del montón en la mesa. Los listones habían perdido su color por completo. Sujetó la primera, a través de sus guantes le era imposible percibir la textura. Los bloques de madera dieron un vuelco, y en lugar de caer con la ilusión de una cascada, se soltaron de la tela podrida. La estridencia de cada pieza que caía una sobre otra la estremeció. Esperó a que el eco dejara de exigirle silencio y prestó atención hacia el fondo del pasillo. Nada. Estaba sola.
En el último local descubrió una vitrina caída, volcada cara abajo, con las pequeñas patas de metal corroído quebradas. Por varios minutos pensó que la exploración apresurada había sido un error. Ahí sólo encontraba trompos hinchados por el agua, yoyos desarmados, pirinolas con las caras borradas, muñecas que se deshacían al tacto. Algunos alebrijes en miniatura habían sobrevivido en las repisas más altas de los locales. Pero de la ropa con tejido tradicional, los tapetes y la cerámica, quedaba nada que pudiera vender a los coleccionistas.
Cuando estaba a punto de rendirse, notó entre el barro una figurilla pequeña. Vidrio soplado. La forma de un colibrí apareció en cuanto retiró el lodo con la torpeza que los guantes le permitían. Suspiró. Los pocos objetos que había recolectado no valían su falta a la escuela el siguiente día. Deslizó las puertas traseras de la vitrina que quedaban hacia un lado. Varias cadenas ennegrecidas se esparcían por el fondo. Naira las levantó. Entre ellas se enredaban algunos anillos de superficie amarillenta. Las piedras habían perdido por completo su brillo. Dijes de ámbar. Las manos de maniquí y los cuellos de plástico blancos estaban vacíos. Alguien había estado ahí ya, y había tomado las mejores joyas, pero al menos tenía algo.
Sonrió para sí. Abrió la mochila para guardar el botín.
Con una buena limpieza, vendería la plata en un par de semanas entre los distintos bazares de la ciudad. Y claro, le tomaría algunas horas editar el video que evidenciaba sus faltas al código de exploración: Dejarás los lugares como los encontraste para asegurar la preservación histórica de los mismos.
“Tonterías”, se dijo.
Ninguno de los exploradores que conocía era capaz de mantener las manos quietas o resistirse a la oferta de los coleccionistas que pagan exploraciones por encargos.
Afuera, la tormenta estalló con un rugido que cimbró el edificio. Las gruesas gotas aporreaban el techo de vidrio antes de filtrarse entre las uniones de la estructura.
Hora de irse.
Al topar con la ropa que colgaba del techo mientras salía, la cadena de tendederos se desmoronó sobre ella. El pañuelo que cubría su nariz resultó insuficiente para contener el ataque de tos que el polvo provocaba. Se encogió con la cabeza entre las rodillas, tal y como le habían enseñado un explorador veterano con quien entrenó las primeras exploraciones.
El peso sobre ella la mantuvo ahí algunos segundos, al menos, lo que le tomó darse cuenta de que estaba debajo de tela podrida y que podía levantarse con facilidad. Se sacudió las telarañas y otros insectos que caminaban por sus brazos.
La luz blanquecina de la lámpara LED asegurada en el tirante de su mochila parpadeó. Una vez. Dos más. Al fondo del lugar, entre la intermitencia, vislumbró una figura humana. Su primer instinto fue meter la mano en el bolsillo lateral de su pantalón y sacar una navaja. Esperó a que la bruma de motas de polvo se disolviera. Entre cajas de madera podrida, junto a lo que parecía un antiguo vestidor, estaba de pie un ser, demasiado quieto.
—¿Quién eres? —Su voz quedó opacada por un trueno que hizo vibrar el mercado entero.
La forma humana permaneció en silencio.
Naira podría haber esperado más, pero en lugar de ello se aproximó con la hoja de la navaja apuntando hacia la figura. El color blanco de la piel en manos, cuello y rostro, delató de inmediato que se trataba de un muñeco enorme. La cara estaba cubierta por los detalles que decoraban una máscara. Detrás del maniquí, el cubículo que antaño fungía de vestidor, resguardaba un segundo muñeco.
Entre las telas esparcidas por el suelo, asomaba un bulto similar a una mochila de acampar: grande, de muchas bolsas. Un escalofrío la recorrió. Apuntó su lámpara hacia el maniquí. La máscara era lisa, sin poros; blanca como el resto del muñeco. Las comisuras de los labios ondulaban bordeados por un fino hilo de metal.
Prestó atención a los bordes. Podría jurar que los detalles alrededor de los labios, los ojos y el margen tenían un hilo de plata que simulaban lágrimas. Quizás fuera el objeto más costoso que había visto en todo el mercado. La emoción disipó la duda. Acarició el metal. Un hálito tibio atravesó su guante.
La máscara despedía un tacto cálido cuando tiró de los cordones traseros para quitarla. Aún había montañas de polvo flotante a su alrededor. La linterna iluminó el interior. A través de la bruma distinguía lo que creyó eran unas pestañas. Se retiró el pañuelo hasta la barbilla y sopló.
La lluvia continuaba derramándose en chorros sobre el techo metálico del local. El inconfundible rechinar de la reja de entrada encendió su instinto de alerta. Al darse la vuelta y buscar el botón de su lámpara, la máscara cayó entre la tela y el lodo.
—Maldita sea…
Sumergida en la oscuridad, Naira observó atenta la danza tenue de las sombras que se sacudían en el pasillo. Silencio. El motor de un coche en la calle principal se alejaba. Un suspiro se le escapó al tiempo que tanteaba con los dedos entre la ropa caída. Encendió la linterna.
Dio con la máscara justo en el instante en que el maniquí junto a ella se desarmaba. Sus partes quedaron en un montón sin forma entre la ropa oscura. Había algo que llamaba su atención en aquel muñeco, pero con la prisa era incapaz de concentrarse y descifrarlo.
Acuclillada lograba percibir un leve aroma de perfume fresco y cigarro a pesar del denso olor a barro y óxido que lo impregnaba todo. Otra vez, el quejido de las bisagras en la puerta principal confirmó aquello que su instinto había indicado desde la primera vez. Alguien estaba ahí afuera.
Se quitó la linterna del soporte en el pecho y la metió en su bolsillo. Por encima de la ropa vieja y mohosa le resultó fácil llegar hasta el pasillo, amortiguaban el sonido de sus pasos. Un vistazo rápido. En el primer local, dos linternas se movían perezosas. El rumor de las voces era apenas perceptible. Debía salir de ahí, rápido.
Naira avanzó hacia la salida, segura de que los locales de paso servirían para ocultarse en caso de que los otros visitantes la vieran.
Había avanzado dos locales cuando los pasos, las lámparas y las risas emergieron del primer local. Naira ingresó a la tienda más cercana y se adentró hasta el fondo. Sus manos temblaban mientras buscaba la forma de meter la máscara en alguno de sus bolsillos del pantalón o la mochila para conseguir mayor movilidad
Los hombres se acercaban.
Naira no lograba abrir la navaja, y por el temor de perder la máscara, se la puso. El tiempo pareció detenerse cuando a través de su nariz entró una mezcla penetrante de diversos olores. Perfume dulce, amaderado, seco; sudor, lluvia, humedad, fruta. Fue como si cientos de personas se posaran a su alrededor o acabaran de abandonar el mercado.
A través de la delgada malla que cubría los agujeros para los ojos, distinguió que dos hombres con linternas, guantes y máscaras, al estilo de los pintores, ingresaban a la tienda del frente. Entre las guitarras podridas y colgadas, sus cabezas desaparecieron mientras revisaban el área.
Naira creyó que era justo el momento para salir de ahí, pero al intentar avanzar, sus pies pesaban toneladas. Un vistazo rápido le permitió distinguir que se habían hundido varios centímetros dentro del fango recién mojado por la lluvia que se filtraba de todas partes.
Se estiró hacia la mesa delante de ella donde juguetes artesanales se esparcían sin orden alguno.
Pronto, sus manos dejaron de responder a las órdenes de su mente y le fue imposible enderezar la espalda. El pecho le dolía cuando intentaba respirar, pues el torso parecía estar atrapado dentro de un apretado corsé de hierro. Su aliento tibio se convertía cada vez más en un soplo polvoso.
“Carajo”, pensó al notar que los hombres salían del local del frente y se dirigían hacia ella. Ninguno medía menos de un metro setenta y cinco. Sus cuerpos robustos se desdibujaron cuando la luz le apuntó directo a los ojos y se supo descubierta.
—¿Qué es esto? —dijo la voz más gruesa de los dos.
—Debe ser una broma —respondió la segunda voz, tersa y profunda—. ¿De dónde salió todo esto? Creo que tenemos compañía.
El segundo hombre se acercó hasta quedar a menos de medio metro.
Naira no lograba mover un sólo músculo.
“Por favor, no me lastimes”, intentó gritar al tiempo que la navaja se le deslizaba de entre los dedos completamente paralizados.
El hombre que se había quedado atrás, salió al pasillo y dirigió la luz hacia el fondo del mercado.
—No veo ni escucho nada.
—Asegúrate. Esto me parece muy extraño. Definitivamente los otros ya estuvieron aquí. Veo pasos sobre el lodo.
“¿De qué hablas?”.
Las palabras se quedaban atoradas en ese espacio entre la nariz y la garganta, espesas y dolorosas.
Cuando el hombre del pasillo desapareció de su vista. La figura delante de ella bajó la linterna. Fue entonces cuando distinguió el soporte en el tirante de una mochila y la cámara con estabilizador de movimiento encendida.
—Esos niños están enfermos —dijo el hombre mientras se quitaba la mascarilla completa y revelaba un rostro familiar. Diez años, quizás más, mayor que ella, con la barba oscura bien rasurada y una mirada profunda coloreada de noche.
“Pax… Pax, ayúdame, no puedo moverme”.
En medio del silencio, Pax_Rudy, como lo conocían a través de su canal en las redes sociales, le dio la vuelta mientras tocaba su ropa, los guantes que le cubrían las manos, la mochila.
Naira se esforzaba por girar la cabeza y seguir sus movimientos mientras la rodeaba, pero su cuerpo se revelaba a su voluntad.
—¿Qué diablos es esto? —repitió Pax mientras los cierres de su mochila sonaban al abrirse—. ¡Sato! No dejaré que me asustes. Sal de ahí, deja de esconderte.
Pax aguardó una respuesta, al tiempo que Naira gritaba en una voz muda, como un eco hacia su pecho, que estaba delante de él.
—Deja de gritar, Rudy —dijo el hombre con la voz más gruesa desde el pasillo—. La patrulla pasará por aquí en unos diez minutos. ¿Encontraste algo?
—Tienes que ver esto.
Al tiempo que Pax sacaba un puñado de joyas de la mochila de Naira, el hombre se acercó.
—Trae eso y sigamos adelante.
—Mira bien, idiota. —Pax pasó las manos por el torso de Naira y abría los bolsillos hasta extraer varias de sus posesiones—. Es equipo de exploración. ¿Ves? La cámara, un silbato. La lámpara está encendida.
—Entonces todavía andan por aquí. Revisaré bien los locales, podrían estar debajo de las mesas.
El segundo hombre estaba por salir y Pax detrás de él cuando se detuvieron.
Las lágrimas de Naira bajaban entre la máscara y sus mejillas.
—Esto no es gracioso. —Pax se tronó el cuello—. Apaga la cámara, si nos los encontramos seguimos grabando.
—Rudy, trae las cosas. Esto me da mala espina. Revisemos rápido y salgamos.
—Ok.
Pax desabrochó las correas de la mochila y las acomodó para colgársela al hombro. Pasó la lámpara por la máscara y Naira imaginó que ella había tenido esa misma mirada entre la sorpresa y la admiración por lo hermosa que era la pieza. El segundo hombre esperaba en el pasillo.
—¿Por qué tardas tanto, Rudy?
—Dame un segundo —murmuró mientras deshacía el moño en la nuca de Naira y sujetaba con delicadeza el rostro de la máscara—. ¡Maldita sea! No mames. Esto es una broma de mierda y está cagadísima.
El temblor en su voz delataba un terror que buscaba contener.
—Anda, Rudy. Hora de continuar.
—¿No crees que se parece a la chica exploradora?
—¿Cual, Dora?
Ambos rieron, pero la risa de Pax resultaba forzada.
—No, no. Urbex_Sato, del canal que tiene una serie de cementerios este mes.
—Oh, ya. —El hombre se aproximó—. Pues no, Rudy. No me lo parece.
—Tiene esos ojos rasgados y la nariz pequeña que…
—Vámonos.
“¡Ayúdame! ¿Qué están haciendo? No es gracioso”.
Un relámpago iluminó todo el mercado. De pronto, las formas negras de los objetos abandonados recuperaron un atisbo del colorido que alguna vez tuvieron.
—Pues se tomó muchas molestias para esta estupidez. ¿Por qué dejaría aquí su mochila?
—Me adelanto.
—Te alcanzo en un momento.
Naira hubiera querido detener las manos de Pax que le acariciaban la cara para limpiar sus lágrimas, pero al verlo buscar en el techo algún agujero por el cual se filtrara el agua, supo que no estaba jugando. Él no la veía.
Le bastó una idea, como el relámpago, para comprender que si Pax salía de ahí sin ella, jamás la encontrarían.
“Deja de jugar, Rudy. ¿Qué está pasando? ¡Ayúdame!”.
El corazón le dolía como si un alfiler se le clavara, largo y frío, de lado a lado.
Pax revisó una última vez el local y se agachó para recoger la navaja que había caído junto a la mesa. Se acomodó junto a ella y miró en la dirección hacia la que Naira miraba afuera del local.
—¿Qué quieres que vea, Urbex? —dijo casi en el oído de Naira. Pax levantó la máscara delante de ambos. Hacía justo lo que ella hubiera hecho si creyera que él le había dejado un acertijo. Se colocó delante de ella y trató de imitar su posición al otro lado de la mesa—. ¿Cuál es el truco?
Lo siguiente ocurrió tan rápido que Naira no tuvo tiempo de procesarlo. Pax se colocó la máscara blanca con detalles metálicos y apretó los listones como Naira había hecho. Se giró hacia ella y se quedó inmóvil.
Era tarde para reconocer que las exploraciones urbanas tenían un riesgo y lo estaba viendo pasar ante sus ojos. Las manos de Pax se volvían blancas. Percibió en sus ojos el mismo horror que ella misma debió expresar cuando las extremidades de su cuerpo dejaron de responderle y se convirtió en un maniquí como el que ahora posaba quieto delante de ella.
Autores
(1987). Docente. Publicó
Mi obsesión es pelirroja (2017),
Tracy, Ser Inmortal (Fondo Blanco Editorial, 2022),
De noche: Niebla y sombras (2024),
As de Espadas (Carabel Editorial, 2023),
Ciudad de monstruos I: Bran (Editorial de los Maestros, 2024),
Bailar para las sombras (2025, Huargo Editorial) y
Alma de Lobo (Trillas, 2026). Escribió para las revistas
Red es poder ,
El ojo de UK ,
Estepa del Nazas ,
Metrópoli ,
El Universal , entre otros. Primer lugar en el concurso Tintas de Revueltas (ICED, 2021), y primer lugar del premio “José Mendiola” (cuento,
Memorias del que fuiste , 2021). Aparece en las antologías
Flores que solo abren de noche (Fóbica Fest y la Tinta del Silencio, 2021),
Llaman a la puerta (Estigma Editorial, 2025),
El reverso de la piel (Estigma, 2025). Participó en Letras Sin Fronteras: Durango, una colaboración entre México y Noruega, de la Estrategia Nacional de Lectura, y en Fandangos por la Lectura (Presidencia de la República, 2024).
Portada de “La voz de la sangre”, Gabriela Rábago Palafox. Corda Ediciones, 2026.
El imaginario folclórico del vampiro, originado en mitos y supersticiones ancestrales, puede rastrearse desde la mitología griega, específicamente en la figura femenina y monstruosa de Lamia, mitad mujer y mitad serpiente que bebía sangre humana. Vinculada a ella debido al proceso histórico y cultural de la demonización de la figura femenina, está Lilith, cuyos oscuros orígenes, según Janet Howe Gaines en su artículo Lilith. Seductress, heroine or murderer? , se remontan a la demonología babilónica, pues su nombre se menciona por primera vez en la Epopeya de Gilgamesh , y representaba el caos y la seducción. En la Edad Media cobró gran auge al ser reinterpretada como la primera mujer, convirtiéndose en una de las figuras centrales de la mitología judía al tomar el papel de la primera esposa de Adán, misma que, tras rebelarse, es condenada a beber sangre para sobrevivir, siendo representada con garras y alas de lechuza. En cuanto a la mitología clásica grecorromana, destacan las estriges, criaturas demoniacas con forma de aves rapaces con garras o alas de murciélago que se alimentaban de sangre de infantes. Protovampiras todas ellas, son el origen de los súcubos en la mitología medieval, demonios con forma de mujeres atractivas que seducen a los hombres para robarles la energía vital.
En México contamos con la tlahuelpuchi, considerada una versión prehispánica del vampiro: un ente sobrenatural de la mitología nahua, del estado de Tlaxcala, que tiene, al igual que un nahual, el poder de transformarse en un animal. El término proviene de tlawihpochin , “sahumador iluminado” o “neblina luminosa”, y se traduce como “bruja chupasangre”, mujeres que pueden transformarse de noche y que suelen alimentarse de sangre de bebés o niños pequeños.
A partir del siglo XVII, específicamente en Europa del este, comienza a gestarse el arquetipo del vampiro como criatura legendaria que se alimenta de la sangre de otros seres vivos para poder subsistir. Representados por cadáveres de seres humanos, se creía que regresaban para atormentar a otros tras morir de forma violenta. Si bien las razones por las que esto ocurrió se relacionan con distintos elementos del contexto sociohistórico, las epidemias y los entierros prematuros ayudaron a popularizar el mito.
En el siglo XVIII, la “epidemia de histeria vampírica”, cuya base fueron varios casos documentados en periódicos, impulsó la figura del vampiro en la literatura. Ya como criatura moderna y con otros atributos, representó, entre otras cuestiones, la otredad y los temores colectivos de periodos históricos específicos, así como la explicación a pestes y plagas. Los tres grandes antecedentes literarios son El vampiro (1819), de John Polidori, que establece al vampiro como un noble seductor; Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu, que presenta a la primera protagonista vampira y añade el elemento del deseo homoerótico; y Drácula (1897), de Bram Stoker, que crea el gran arquetipo del vampiro basado en Vlad el Empalador, mismo que se ha popularizado desde entonces, atravesando las páginas para llegar a la pantalla grande en distintas adaptaciones que continúan reinterpretando (y adaptando) al personaje.
Si bien existen registros de cuentos vampíricos de autores mexicanos desde inicios del siglo XX, hay una autora fundamental en los géneros no miméticos que trabajó la figura del vampiro de forma profunda y original: Gabriela Rábago Palafox (1950-1995) con La voz de la sangre (1990), libro de cuentos con el que obtuvo el segundo lugar en el certamen de Premios Literarios Estatales de 1989, convocado por el Instituto Mexiquense de Cultura, en la modalidad de Cuento de Espantos. La gran aportación de Rábago fue adaptar el vampiro europeo a nuestra realidad y folclore a través de doce relatos, retomando elementos esenciales como las leyendas, en específico la del niño panteonero de Momoxpan (Puebla), habitante de un pueblo prehispánico que buscaba los cuerpos de sus padres y hermanos, indígenas víctimas de los conquistadores, para darles una sepultura digna y que sus almas pudieran descansar. Esta fue la semilla para su cuento “Criaturas de la noche”, protagonizado por Gaudelia y su hijo Pablito, un pequeño vampiro de dos años que ayuda a subvertir la autoridad impuesta del catolicismo.
En otro de los cuentos, “A cadena perpetua”, Rábago realiza una gran analogía entre el vampirismo y la homosexualidad: hace referencia a impulsos e inclinaciones y a un rasgo singular: “Pienso que en cada familia hay, por lo menos, un ejemplar”; ese otro que ofrece un contraste o un espejo. En uno de los más breves, “Lorquiano, místico vampiro”, describe así al protagonista: “Era el hombre muy fino y discreto, poco hermoso, con cicatrices de viruela en el rostro moreno, serio hasta la pared de enfrente”. En “Un muchacho de cabellos rojos”, relata el encuentro decisivo con una criatura: “algo como una la presión de una mano invisible lo sujetaba por la nuca, lo atraía, lo dominaba. Allí estaba Sofía, con los ojos relucientes como vidrios, la piel traslucida, la boca abierta y húmeda como las fauces de un perro cuando olfatea el alimento. La miró avanzar hacia él: sintió que el frío de su cuerpo lo iba envolviendo, se le metía en los poros, lo traspasaba. Se dejó caer en el abismo de esos ojos. Sintió los colmillos, la lengua, los labios que se apoderaban de su cuello, de su sangre”.
A lo largo de este libro habitado por personajes leales a su oscura naturaleza, resalta el uso preciso del lenguaje poético y la crítica a un país, en ese entonces, profundamente católico, homófobo y machista. Rábago deshegemoniza la figura del vampiro a través de narrativas subversivas y propositivas que configuran, adaptan, actualizan y vuelven mucho más cercana y auténtica a esta figura mítica.
La importancia y relevancia de mexicanizar a este arquetipo en esencia europeo es reflejar el sincretismo y la cultura popular, en especial al rescatar las leyendas, base de la cultura oral que mantiene viva la memoria y la identidad de las comunidades.
Actualmente, el esfuerzo por retomar la obra de Palafox trasciende nuestro país: La voz de la sangre fue traducido al inglés por M. Elizabeth Ginway y Enrique Muñoz-Mantas en la Universidad de Tampa, Florida, y se publicó en el sello editorial de la propia universidad en octubre de 2025 bajo el título de The Voice of Blood . Enrique Muñoz-Mantas, además, lleva varios años estudiando la obra de Palafox: su ensayo Vampiros en “La voz de la sangre” de Gabriela Rábago Palafox: Mexicanidad e intertextualidad ” sentó las bases para esta primera traducción.
En México, tenemos la gran fortuna de poder leer de nuevo estos cuentos gracias a Corda Ediciones, que reeditó por primera vez La voz de la sangre a principios de este año, edición que cuenta, además, con una detallada introducción cuyos autores son los ya citados M. Elizabeth Ginway y Enrique Muñoz-Mantas.
Sirva esta muestra de la magnífica y oscura obra de Rábago para seguir imaginando vampiros latinos, seres de la noche fieles a su naturaleza, misma que puede resultar terrible pero que no está tan alejada de la del propio ser humano.
Portada de “La voz de la sangre”, Gabriela Rábago Palafox. Corda Ediciones, 2026. Disponible aquí .
Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos
Tusitala de óbitos ,
El vals de los monstruos ,
Tristes sombras y
Despojos .
Fotografía de Mihailo Jovicevic, 2024. Recuperada de Pexels.
August “Gus” Renner camina en pos de su sombra. Va dando tumbos detrás de aquel fantasma que se prolonga y lo recorta sobre la pálida arena de Nuevo México. Una proyección deforme de sí mismo que pareciera mofarse de su andar cómico y desparpajado. De pronto, le abruma una duda. ¿Será él quien baila al ritmo que impone aquella silueta larguirucha y espectral?
—No dejes que se meta en tu cabeza, Gus. El desierto puede hacer eso. Nublar la razón y enredar los pensamientos como una bola de cardos para volverlos en tu contra.
La voz de Jedediah se abre paso entre el aire de la tarde. August carga el peso tibio del sol sobre su espalda; en contraste, la brisa empieza a ser desagradable en el rostro. Despega los ojos del suelo. Recorre el horizonte. Le urge un sitio donde sobrevivir la noche. A lo lejos, se alza una loma rebanada por un flanco, y a Renner le parece buena idea replegar su humanidad contra el calor guardado en la piedra para mitigar el frío nocturno.
—Jedediah Coats, arriero de Misuri, convertido en una fuente de proverbios —se burla Harlan.
—La cosa cambia cuando te haces uno con la tierra, Hal.
August los ignora. Humedece las grietas de sus labios doloridos, resecos como escamas de serpiente, irritados del polvo fino que arrastra el viento helado de febrero. El gusto salado a tierra y sudor es lo único que ha probado desde hace horas. Nada sólido después de los restos de conejo que ingirió al amanecer. Tres días atrás, no tuvo el valor para desollar al azabache luego de sacrificarlo. Ahora se arrepiente.
—¿De verdad, Gus? ¿En serio me vas a salir con escrúpulos después de todo? —le había reclamado Hal.
Renner no deja de pensar que Harlan jamás dudaría en alimentarse de su cadáver de ser necesario.
—Esto no. Además, no estás en posición de reclamar ni madres. Nada de esto hubiera pasado si no fuera por ti.
***
Jedediah Coats, Harlan Weeks y August Renner cruzaron destinos al enlistarse en las fuerzas de Stockton. Estando en la guarnición de Monterey, el teniente Maddox les encomendó ir a San Juan Bautista por remonta; cincuenta kilómetros de trayecto entre el húmedo aliento del Pacífico engrosado por el sol de agosto, y que de a poco iría transmutando a un calor más seco al dejar atrás la costa. A Jed le hacía gracia la evidente colisión de las personalidades de Gus y Hal; por un lado, a este último le encantaba llevar a las personas hasta el límite de la paciencia, en cambio Renner era conocido por su estrecho umbral de tolerancia a la estupidez. De modo que para el joven Coats un poco más de diez horas de camino fueron todo excepto aburridas.
Cuando llegaron a San Juan Bautista, las lámparas de la plaza ya se hallaban encendidas. Desde el adobe del cuartel viejo de la misión brotaban, como una promesa, los sordos acordes de una guitarra acompañados del canto herido de un hombre. No hubo necesidad de mediar palabra para encaminarse a la Fonda de San Juan, bastaban la sed y el cansancio compartidos.
—¿Tienes whisky? —preguntó Harlan a la mujer que atendía las mesas, una vez dentro.
—Sólo aguardiente y vino de la misión —replicó ella—, a veces es más vinagre que otra cosa.
—Aguardiente será —sentenció August.
Jedediah se tapó la boca y dejó escapar una risita.
—¿Whisky? —Gus le clavó los ojos a Hal—. ¿Siquiera tienes con qué pagarlo?
—August Renner, chupatintas de Pensilvania, descendiente de alemanes y alma de la fiesta —respondió Weeks alzando una copa imaginaria en ademán de brindis.
En la mesa de enfrente, un sujeto abandonó una partida de póquer mientras la mujer les servía las bebidas.
—Deséenme suerte —dijo Jed tras apurar el trago y se levantó para integrarse a los naipes. En la mesa había más pesos que águilas, y los cuartos americanos sonaban igual que un par de reales—. ¿Puedo? —solicitó el muchacho.
Un hombre de sombrero elegante por donde se asomaban restos de cabello oscuro y algunas canas al azar, asintió.
—¿Cómo carajos es que Coats trae dinero para apostar? —preguntó Renner.
Harlan se encogió de hombros, intentando contener la sonrisa.
—¡Maldito mocoso…!
—Espera —murmuró Hal tomando a Gus del brazo—. Jed sabe lo que hace.
—Más le vale, o ustedes le van a explicar a Maddox por qué regresamos sin dinero y sin caballos.
Harlan le dedicó un guiño a Renner, luego intentó imitar al guitarrista tuerto de voz rasposa.
Y si me vooooy…
Por alguna razón, Gus encontró aún más desagradable el español impostado de Weeks que los berridos del artista.
Jed Coats empezó a ganar manos importantes; al cabo de un rato, sólo quedaban él y el sujeto del sombrero; el efectivo en disputa era suficiente para que los rostros expectantes de la fonda dedicaran su atención en la partida. A petición de Harlan, el cantante entonó Old Dan Tucker mientras Hal le daba golpecitos a la mesa al compás de la guitarra.
Old Dan Tucker was a fine old man…
Presa de un ataque de tos, el tuerto paró en seco la ejecución en el segundo verso. En la inercia de la algarabía, Harlan Weeks entró en el coro dando un trío de golpes seguidos a la mesa, tres golpes que resonaron en el silencio abrupto de la canción.
—No voy —dijo Jedediah soltando los naipes.
El hombre del sombrero no dejaba de relacionar los golpes de Hal y la tercia de reyes que sostenía en la mano derecha. No era necesario mucho esfuerzo para entender el cuadro.
—¡Cabrones! —exclamó el hombre buscando su revólver.
Dos estallidos cimbraron el lugar. El hombre arrastró una silla al caer. En el suelo, soltó el arma, buscó su costado. Las balas de Hal le dieron arriba; el aire se le escapaba por donde no debía. Cuando expiró exhalando sangre, los presentes se amagaban en dos bandos. El cantinero habló primero.
—Acaban de matar a un oficial del ejército: al teniente Crowe, apostado en San José. Prácticamente lo asesinaron por la espalda, después de hacerle trampa. No tarda mucho en asomarse por esa puerta el alguacil con un par de voluntarios, y apenas salga el sol habrá un jinete de camino a Monterey para avisarle a Maddox.
”Pero no nos pongamos locos, no hace falta echar más bala. Entre más rápido se larguen de San Juan, mejor para ustedes. Echen cuentas, aunque disparen primero, no saldrían vivos de aquí.
Aunque no hacía falta, Gus hizo la cuenta en su mente. Tres a uno. Dos mesas llenas y el dueño de la fonda contra ellos tres. Ocho fulanos con las pistolas listas para escupir lumbre más el rifle del sujeto detrás de la barra. Por donde lo vieras, el cantinero tenía razón. Arma en mano, Renner empezó a moverse hacia la puerta, Jed y Hal lo siguieron sin conceder la espalda a los parroquianos. En cuestión de minutos galoparon en dirección al este y abandonaron el pueblo.
***
August Renner aviva el fuego con ramas de sabino y hierba seca. Ha llenado el bidón con retazos de nieve sucia que halló detrás de una roca. Sentado en un sarape, persigue los fantasmas de las brasas con la vista. Agradece el crujido del fuego que mitiga el murmullo insoportable del desierto. El aullido de un coyote a la distancia rompe la noche.
—Yo también lo escuché, Gus.
La voz de Hal suena distinta, despojada de ironía. Transparente. No habla del coyote, y Renner lo sabe.
—La fiebre, de seguro.
—Puedes creer lo que quieras, si eso te da un poco de paz. Lo cierto es que yo también oí la sonaja de tortuga, la flauta y el tamborileo, tal cual lo describió Jed.
—Será mejor que no lo invoques, necesito descansar.
—También vi los pies del chico hopi bailando en la oscuridad, pero sólo podía ver eso, sus pies correosos apretados por las sandalias.
—Bueno, de plano no piensas callarte, ¿no?
Aunque August no lo ve, siente cómo Harlan retrocede, se hace pequeño hasta desvanecerse, dejándolo a solas con el crepitar de las llamas y la memoria ambigua de los rostros del muchacho hopi y su padre.
***
Harlan no tuvo empacho en confesarle a Gus que él y Jedediah tenían muy bien ensayada aquella práctica en la guarnición de Monterey, si bien intercambiaban roles, les había dado mejores resultados cuando Hal actuaba fuera de la mesa. Finalmente, Weeks reconoció que no era lo mismo apostar con granos de maíz y exponerse a un triste zape que hacerlo con reales o cuartos de dólar ante desconocidos.
—¡Son unos pendejos! —vociferó Renner—. Y yo más por aceptar venir con ustedes.
Fue idea de August avanzar hacia el este, evitando el Camino Real, los ranchos grandes y las postas de correo. Así atravesaron el desierto de Mojave hasta rodear por un costado el Cañón del Colorado. En un descuido, el moro que montaba Jedediah bebió agua tibia y estancada de un charco; a los días ya estaba tan hinchado que parecía a punto de parir. Hal no dudó en sacrificar al animal ante la incertidumbre cobarde de Coats, y Gus aceptó de mala gana llevar a Jed en ancas, situación poco factible a largo plazo.
Algunos días después del incidente, tras dejar atrás Shongopavi, Renner advirtió a la distancia un grupo de hopis. Los nativos recolectaban víboras cerca de un arroyo. Aquello representaba un caballo posible para Jed, de modo que conservaron una prudente lejanía y esperaron la noche.
En la oscuridad, con la fogata reducida a brasas y los hopis entregados al sueño de la borrachera, Coats se acercó a las bestias. A unos diez metros del campamento, los caballos estaban atados a un álamo junto al arroyo. Luego de observarlos un momento, Jedediah se decidió por el que tenía la mejor montura: una tosca silla mexicana con fuste de madera forrado en cuero crudo que apestaba a sebo y polvo, los otros dos apenas tenían el lomo cubierto por unas mantas.
Mientras Jed seguía examinando a los animales, desde el matorral, Harlan observó cómo uno de los hopis enderezaba la espalda. De reojo, advirtió en la expresión de August que él también lo había visto. Al tiempo que el nativo, aún adormecido y con los ojos entrecerrados de legañas, se dirigía al arroyo, Gus y Hal se encaminaron agazapados como linces hacia el árbol donde Jedediah, ajeno a todo, luchaba por deshacer un nudo. Después de orinar un largo rato, el hopi se despabiló lo suficiente como para percibir la silueta de Coats entre los animales. Al instante, él y Jed intercambiaron miradas incrédulas. Aprovechando el desconcierto, Harlan emergió como un depredador por detrás de los caballos. Se abalanzó sobre el nativo derribándolo sobre la arena. Se trataba de un muchacho más joven que Jedediah, aunque corpulento y alto, aún adolescente; pero Hal no se dio cuenta de ello hasta que ya le había apagado el futuro a cuchilladas.
Otro de los miembros de la cuadrilla se incorporó. Por alguna razón, August asumió que se trataba del padre del chico. Y aunque en su mente el desenlace del atraco había pintado muy distinto, no tuvo más remedio que meterle un par de tiros al hombre que se aproximaba todavía sonámbulo. De unas zancadas ya estaba junto a los restos de la fogata para vaciar la Colt en el par de cuerpos que yacían embriagados a sus pies. Tras los disparos, algo se revolvió dentro de una bolsa de cuero junto a uno de los hombres. Vencido por la curiosidad, August la abrió y enseguida cayó de nalgas cerca de las brasas. Cubiertas de harina, varias serpientes escaparon de la bolsa, arrastrando algunas plumas en su fuga. Al regresar con Jed y Harlan, escuchó balbucear al presunto padre del muchacho, una frase que a Gus le recordó el siseo de las víboras acababa de liberar. Con las manos ensangrentadas oprimiendo los agujeros que le había dejado Renner y el aliento entrecortado, el hombre seguía murmurando desde el suelo mientras August recargaba el revólver. Hasta que un tiro entre las cejas, lo silenció para siempre.
***
Para calentar el cuerpo y engañar al estómago, Gus ha hervido algunas hojas de chamiso. Se frota las manos al calor del fuego, extiende las mangas de la camisa para no quemarse con el hierro desgastado y ardiente de la taza. Escupe una maldición tras escaldarse la lengua.
—Si no fueras un mojigato, ya estarías aplacando la tripa con carne seca —dice Hal—. No vas a llegar a San Antonio, Gus. Al menos no sin mancharte de nuevo las manos.
Renner fantasea con la idea de volver a sentarse detrás de un mostrador, hacer cuentas, leer cartas, traducir textos, lo que sea con tal de dejar atrás aquella cadena de errores y empezar con la libreta en limpio; servicios que sólo podrían ser útiles en una ciudad grande, como San Antonio. Pero Harlan tiene razón, sin caballo, sin raciones de pinole o carne seca y en un desierto cerrado a las posibilidades, lo más seguro no iba a ser lo más honesto. August alza la mirada hacia las montañas del este, a la columna de humo difuminada en el horizonte, si aquello proviene de una chimenea, sin duda debe estar acompañado de provisiones.
—No tiene que ser de esa forma, Gus.
—No, Jed —replica August—, pero que sea lo que tenga que ser. Ya estoy harto. Incluso si me topo con cuerda o plomo, hasta eso es mejor que seguir así.
***
Renner, Weeks y Coats sobrevivieron el otoño y la entrada del invierno alquilándose para la siega de maíz, chile y frijol en las tierras de Antonio José Otero y José Vicente Chávez, a cambio de un rincón donde dormir, granos y algunos reales. Pasaron ese último trimestre de 1846 entre Belén, Socorro, Tomé e Isleta como peones de bajo perfil. Una vez cerrada la cosecha, muy ocasionalmente conseguían trabajo desgranando maíz o arreando borregos, aunque cada vez con menor frecuencia.
Aquella dinámica quebró por fin el 21 de enero, cuando Harlan supo de la convocatoria para integrarse a los Voluntarios Montados de Nuevo México. Ceran St. Vrain, socio principal del recién asesinado gobernador de Nuevo México Charles Bent, ofrecía techo, alimento y la promesa de una futura remuneración económica por parte del ejército a los voluntarios. El único requisito era contar con caballo, fusil y el coraje necesario para usarlos.
Dos días antes, a Charles Bent le habían arrancado el cuero cabelludo en presencia de su familia mientras intentaba escapar. Encabezados por Tomás Romero, un grupo compuesto de nativos pueblo y mexicanos asaltaron la casa del gobernador en Taos, ante la negativa de este a las demandas políticas de los locales, entre ellas, la liberación de prisioneros y ponerle un alto a los abusos por parte de miembros del ejército.
Y aunque aquello no prometía un paseo por la plaza, era peor soportar la incertidumbre del hambre. De modo que, al día siguiente, Gus, Jed y Hal salieron a Santa Fe para anotarse como voluntarios en uno de los almacenes de la Bent, St. Vrain & Co. No hubo preguntas incómodas ni tuvieron que dar explicación alguna de sus orígenes, y para el 23 ya iban rumbo a Taos, bajo las órdenes del coronel Sterling Price.
Junto a las filas de Price, salieron de Santa Fe entre carretas de municiones, infantería y los demás voluntarios montados. Los hombres de Romero se habían dispersado entre los pueblos del norte, y los caminos estrechos favorecían emboscadas desde lo alto de los cañones de la sierra. En Cañada, Jed, Gus y Hal avanzaron entre cercas, acequias y casas de adobe mientras los defensores respondían desde las lomas. Luego vinieron más días de marcha, nevadas y tiros sueltos en los pasos de montaña rumbo a Embudo.
Al llegar a Taos Pueblo, los rebeldes se habían encerrado en la iglesia de San Jerónimo y en los edificios de adobe contiguos. Price ordenó colocar la artillería frente al templo. Los primeros cañonazos apenas levantaron polvo de las paredes gruesas; después, una brecha se abrió junto a una de las entradas. Cuando los soldados y voluntarios cargaron hacia ella, desde el interior respondieron con fusiles, piedras y flechas. La iglesia cayó antes de que terminara el día, y los sobrevivientes fueron sacados de entre los escombros. Renner encontró a Harlan arrodillado junto a un cuerpo en el suelo de la iglesia. Jed yacía con un par de flechas incrustadas en el estómago, murmuraba algo ininteligible. A Gus le recordó al padre del muchacho hopi.
***
August aguardó la oscuridad en el lecho de un arroyo seco. La chimenea todavía exhala un humo que se dispersa en la profundidad del cielo estrellado del llano. A menos de cien metros, se hallan dos construcciones de adobe. Desde la más grande se filtra débil el ámbar de unas velas por los boquetes de las ventanas. A juzgar por el tamaño de las puertas, la otra debe ser una troje. Mareado y adolorido de cansancio y hambre, Renner camina hacia la segunda, destraba la puerta y se interna en su negrura. Decide quemar un fósforo de los seis que le quedan; el almacén deja al descubierto un costal de grano, maíz seguramente, con suerte algo de avena o cebada, dos mulas, un caballo y algo de heno suelto del campo en un rincón. Antes de volver a la oscuridad, mete la mano desesperada en el alimento de las bestias y se lo lleva a la boca. Huele a rancio y a orines de ratón pero no le importa, sigue machacando con las muelas el grano endurecido mezclado con polvo y restos de chile seco. Luego de saciarse, camina a tientas en dirección del heno. Una mula o un caballo exhala fuerte a su derecha, a Gus le suena como un reclamo o una advertencia. Deja caer el trasero sobre la paja, se recuesta. Un descanso le vendría de perlas, al menos una siesta leve.
***
Desde el verano anterior, Tuwikya despertaba con un gusto de tierra en la boca. A Lomahongva, sacerdote de la Sociedad de la Serpiente en Shongopavi, aquello no le extrañaba. A pesar de que el muchacho no era su primogénito, todo él estaba lleno de señales. Daba la impresión tener el visto bueno de las víboras por la manera en que se desenvolvía entre ellas y viceversa. Además, Sikya ya tenía algunos años de haberse iniciado y no era inusual que dos o más jóvenes de la misma casa formaran parte del grupo. Por eso, cuando Lomahongva lo propuso a los viejos estos otorgaron su consentimiento por unanimidad.
No era la primera vez que Tuwikya acompañaba a la cuadrilla en la recolecta, pero en esta ocasión era diferente. No lo limitarían a cargar agua y el saco para las serpientes, no. Esta vez haría uso de la harina, las plumas de águila; le correspondía recogerlas, hablarles, prepararlas para la plaza. Al fin cruzaría ese umbral que separa el pueblo de los mensajeros, al hopi común de aquellos que se transforman en puente que comunica con los antiguos. El sueño recurrente, la danza en la kiva, al fin materializado.
Lomahongva, su padre, no podría estar más ancho de orgullo, y por esa razón es que los viejos se permitieron un poco de aguardiente aquella noche junto al arroyo. Desacostumbrados al alcohol, cayeron en un sueño profundo. Excepto Tuwikya que no había bebido gota. Cuando despertó y vio a Jed junto al álamo lo confundió con uno de los suyos, y mientras se esforzaba por enfocarlo, nunca advirtió el movimiento fulminante de Hal.
***
Renner se revuelve entre el heno. Sueña con los hábiles pies de Tuwikya danzando entre los agujeros de la tierra que conectan con el inframundo. Baila alrededor de un nido imposible de serpientes. Una de ellas se le enreda en el tobillo, asciende por la pierna del muchacho rodeándolo hasta el tórax, hasta el cuello. El chico la detiene en su boca, la muerde mientras la víbora se retuerce de igual forma que Gus en la troje. August escucha los tambores, la sonaja de tortuga imitando un cascabel, el rumor de una multitud en la plaza. Detrás de Tuwikya está Lomahongva, Sikya, los ancianos y algunos iniciados. Renner se ve a sí mismo desnudo en el centro de la plaza. En las manos lleva la daga ensangrentada de Harlan. La misma que Gus le extrajo de la funda mientras ambos dormían: August en la brumosa frontera entre el letargo y la pesadilla, Weeks inconsciente y vulnerable. Para cuando Renner abrió los ojos, ya le había arrebatado el futuro a Hal a cuchilladas. August se une a la danza, algunos hombres portan máscaras de demonios, aun con el rostro descubierto, se sabe uno de ellos. Gus agita los tobillos, las sonajas responden. Renner se deja llevar por una especie de éxtasis, la piel pálida se le ha oscurecido. Las sandalias se funden con sus pies ligeros que bailan alrededor de un nido imposible de serpientes. Alguien abre la puerta. Una culebra se le enrosca en los muslos. Él la deja continuar hasta tenerla a la altura de su boca, la muerde y las escamas se adhieren a sus labios, ásperas, resecas. De unas zancadas el hombre en la troje ya está encima de Renner. Apunta. Las balas le abren dos boquetes en el pecho. Los disparos reverberan hasta el inframundo, donde Gus no deja de bailar al ritmo que le dictan las sombras.
Autores
(Chihuahua, 1974) escribe ficción especulativa. Radicado en Ciudad Juárez, su obra y proyectos están profundamente vinculados a la narrativa de la frontera norte de México. Ha publicado las antologías de relatos
Los cuernos de Alewá y otros relatos oscuros y
Conjuros , libros que exploran el horror urbano, rural y sobrenatural. Sus cuentos aparecen además en la antología
La vértebra oscura 3: Ecoterror y la revista digital
Penumbria .
Fotografía de Christian Moreno, 2023. Recuperada de Pexels.
Era diciembre de 1987 y Miguel cumplía cuarenta y ocho años. El último mes lo había vivido con el cerebro remojado en alcohol, tanto, que convirtió su memoria en un borrón sucio después de perder a su esposa y a su hijo de ocho años en un accidente de carretera en Texas.
Un amigo lo visitó desde México y bebió con él hasta el amanecer. Al día siguiente le presentó a otro amigo, que le ofreció un trabajo para ocupar el tiempo y la cabeza. Era para alguien de confianza que no tuviera nada que perder, le dijeron. Miguel aceptó.
Manejó desde Eagle Pass hasta Ciudad Madera. Cuando llegó, con la misma facilidad de quien compra blanquillos y tortillas en la tiendita a la orilla del camino de terracería, consiguió una cabaña, víveres, una escopeta y amigos. Aprovechó el invierno que soplaba incesante del noroeste y dejó que la nieve se tragara la Pickup 78 junto con la entrada de su nueva casa. Nadie preguntó qué planes traía porque lo supieron desde la primera vez que lo vieron, aunque fingían no saber nada.
Salía a caminar cuando la nieve amainaba, con la escopeta colgada al hombro. Usaba un tronco largo tan grueso como su mano callosa lograba rodear, y lo hundía hasta la mitad para tantear la firmeza del terreno. Luego daba pasos donde las botas y la mezclilla se cubrían con el blanco helado. El vaho se movía frente a él como un fantasma, lo mismo que quería ser. Había sido un invierno duro, más largo que otros, pero consiguió echarle un ojo a la siembra escondida que había trabajado un hombre antes que él en la zona alta de la sierra, a diez kilómetros desde la Capilla del Santo Niño, donde el terreno se volvía casi impenetrable.
***
Desde que la nieve empezó a cubrir la sierra, y las chimeneas a humear al cielo, las desapariciones y la muerte alimentaron el animal de nuestro miedo.
Vimos varios cuerpos sin alma de camino a la capilla del Santo Niño bajo la sombra antigua de los pinos más grandes del bosque.
Primero fueron animales. Criaturas violentadas hasta la muerte, desgarradas por deporte. Donde antes había ojos, ahora sólo huecos negros que guardaban otros tiempos. Nudos de gusanos habitaban su podredumbre, arrastrando su miseria por la carne negra.
Imaginamos una bestia. Algo que había recorrido la sierra por kilómetros hasta nuestra pequeña ciudad, y que se escondía bajo tierra, ahí donde la luz del día no atravesaba el bosque.
El alcalde no nos escuchaba. Ni siquiera cuando desaparecieron los primeros niños, ni cuando se encontraron los cuerpos de personas enfermas que iban a pedir el milagro a la capilla. Todos en la misma área maldita.
Cuando llegó la primavera, teníamos el área bien marcada. Era un triángulo perfecto. Una advertencia para nosotros mismos. Pusimos cruces hechas con ramas colgadas desde los pinos.
***
Miguel cumplía con los mandados sin rezongar. Cada semana, junto al teléfono público de la plaza, se sentaba en el cordón de la banqueta con el sombrero en las rodillas y una taza de café de olla en mano a esperar la llamada del patrón. El sol de mediodía le calaba en la piel, mientras sus pensamientos más oscuros seguían sumergidos en el alcohol de la noche anterior. Había encontrado un modo de sobrevivir que casi lo convencía de que seguía vivo. La llamada apenas duraba un minuto. Daba razón de inconvenientes, si es que los había, de cómo estaba el suelo, el clima y la labor de la tierra.
En la última llamada, el patrón dijo que lo empezaba a considerar para las siguientes temporadas, y enviaría manos de obra para ayudarlo. Y si todo salía bien, tendría un año más en Ciudad Madera con la paga dobleteada.
Miguel no dijo nada.
El futuro le importaba poco, aunque la ayuda podría ser buena si no tenía que vivir con ella. Se guardó de pedirle municiones. Había tenido una buena caza durante el invierno, y sólo le quedaba una bala que lo hacía fantasear. También ahogó el detalle de las cruces que brotaban por todos lados como piñas de camino a su área. Mientras no se metieran con lo suyo, él no se metería con ellos.
***
Veneramos al Santo Niño de Atocha en su capilla a orillas de un ojo de agua milagrosa. Él responde a los necesitados, a los enfermos, a los cautivos. Somos cautivos en la tierra más fría de México. Acorralados al mal que despierta cada cierto tiempo. Lo despierta la envidia. Cuando los oídos del Santo Niño son más prestos a nuestras plegarias, entonces los que creen tener todas las respuestas fuera de la comunión de Dios, revientan en acciones pestilentes que se esparcen por los bosques como neblina tóxica.
Es la envidia alimentada por el maligno, el innombrable. Nos atormenta con la muerte de animales puros, interceptando a los enfermos camino a sus mandas, desapareciendo a los niños.
¿A quién ha usado esta vez el maligno para burlar los milagros de nuestro Santo Niño?
***
Miguel se dio cuenta de que todavía tenía el control. Cambió el vicio por levantarse cuando la oscuridad aún aplastaba la tierra. Se enfrascó en horas de raspa y rallado de la cosecha. A las ocho de la noche volvía a pisar la cabaña. El día le calaba en todo el cuerpo. Cenaba copioso. Luego desarmaba la escopeta y disponía las piezas sobre la mesa como un cirujano que acomoda los huesos de un animal pequeño. Limpiaba la madera, el mecanismo y los cañones de acero. Sacaba doble brillo al último cartucho mientras el fantasma de su esposa y su hijo le sonreían sentados frente a él. Después se moría en la cama.
En un amanecer encontró el triángulo marcado de cruces sin cruces. Sólo quedaba una. A los pies de una pared rocosa, un extraño con el cabello separado en mechones gruesos como helecho, estaba arrodillado de espaldas junto al cuerpo que parecía el de un ciervo. Los débiles rayos del sol lo tocaban por ínfimos instantes y delineaban su figura y enseguida se extinguían, como si la espesa oscuridad que lo formaba consumiera la luz.
Miguel se quedó quieto, con una curiosidad marchita renaciendo desde sus entrañas. Pensó que el cuerpo pequeño y huesudo podría corresponder a una mujer vieja, o a un hombre vagabundo. Tal vez, a un miserable que vivía en cuevas y cazaba como los antiguos. Un desgraciado que no tenía nada que perder. Alguien parecido a él, pero sin un trabajo clandestino, que sólo aceptaría un enfermo del alma o un loco. Él era ambos. Los movimientos del extraño eran pocos. Movía las manos, como si confeccionara algo sobre la carne del animal.
De pronto, el extraño se detuvo. Miguel retuvo la respiración y aguzó la vista. No estaba seguro de cuánto tiempo había transcurrido, pero la luz del sol quebraba las sombras entre los pinos y las rocas, y moría en los dos cuerpos. El extraño giró la cabeza hacia él. Entonces Miguel encontró el miedo, una ceniza sucia que se suspendía bajo su piel. Quiso continuar el camino, pero sus pies se volvieron raíces agarradas de la tierra con la fuerza de siglos.
El extraño saltó a la pared rocosa con agilidad felina y quedó sujeto a ella como una mosca. Dejó caer su cabeza hacia atrás y una lengua larga y roja descendió hasta el cuerpo abierto del animal y avanzó como una serpiente de fuego hacia Miguel.
La visión se le llenó de sangre y perdió el conocimiento.
***
El domingo, al terminar la misa, el padre nos anunció que don José tenía una invitación para todos. Don José se paró junto al púlpito y nos miró uno a uno a los ojos. Nosotros no lo esquivamos, nunca lo hacíamos, como si nos hiciera papalotes.
—Esta noshe los espero en mi finca. Tenemos que eshar cabeza al asunto, pues. Estoy seguro de que podemos encontrar al culpable.
Murmuramos dudas.
—Y también estoy seguro —dijo don José después de chistar con la lengua—, de que no es ninguno de los presentes. Porque el monstruo que hace esas shingaderas, con su perdón, padre Manuel, porque no hay otra palabra, pues —se persignó y miró la cruz por encima del hombro—, no podría pisar esta iglesia.
Las horas del día fueron pura espera. Para la noche, todos teníamos al menos un nombre, un apodo o una referencia.
Faltaron más de la mitad de los presentes a la invitación, aun así, éramos suficientes.
Doña Lety nos sirvió un vasito con sotol puro. Escribimos en un papelito un nombre y lo dejamos en una caja junto a la puerta. Nos retiramos cuando el sotol nos había abrigado la sangre y fuimos inmunes al frío de la noche.
***
Miguel olfateó el árnica y el eucalipto aceitoso en el aire. Le pesaban los ojos como bolsas de arena. Vislumbró una silueta pequeña y ancha acuclillada cerca de él.
—Quéese quieto. ¿Don Miguel, vedad ? Soy Sewá. Guadalupe Sewá…
La mujer soltó un hálito tibio sobre su frente y luego presionó con un trapo aceitoso en la sien.
—Le va a quedar hinchado y le va a doler unos días, pero va a estar bien.
Miguel recordó la visión grotesca y lo recorrió una sensación eléctrica. Abrió los ojos, animado por la adrenalina. La mujer que tenía a su lado era un poco mayor que él; robusta, morena y de ojos pequeños.
—¿Usted lo vio?
—¿Qué cosa? —La mujer untó el trapo en un cuenco y lo dobló en cuatro—. ¿El venado de cola blanca? Qué triste, ¿vedad ?
—No, no. La cosa… La cosa que estaba junto al venado. Tenía una lengua…
La mujer abrió la boca y se levantó de golpe, como si se hubiera quemado. Dejó el cuenco sobre una mesa de madera rústica y se acercó a la lumbre por el café. Junto al fuego había un estante de barro con frascos y líquidos. Del techo colgaban hierbas amarradas con lazos.
—Usted sabe de lo que hablo. ¡Hable!
La mujer sirvió dos tazas y lo miró de frente. Miguel aceptó la invitación a sentarse junto a ella y abrazó la taza con las manos.
—No somos mushos los que podemos verlo y vivir pa’ contarlo.
Miguel aguantó un quejido. La cabeza le latía.
—Tome el café, le ayudará.
Miguel dio un sorbo. El café estaba amargo, muy diferente al que estaba acostumbrado. De todos modos, le sentó bien.
—Cuénteme que era eso.
—El agua e’ sagrada, ¿vedad ?
Miguel no entendió, pero se vio obligado a asentir como respuesta para que la mujer continuara.
—Es una historia muy vieja… Lo sabían muy bien los antiguos que dejaron su peso espiritual en el aire que se arremolina en las cañadas de las cuarenta casas. —El tono de la mujer cambió a uno solemne y bien pronunciado, como si una energía extraña la poseyera—. Cuando el hombre corrompió las tierras y contaminó los manantiales, un espíritu con garras de pedernal y cuerpo de arcilla volcánica se liberó hacia la superficie. Por donde camina propaga la muerte. Es todo lo que conoce.
Miguel pensó en el agua de manantial que usaba para las cosechas. Aunque el mecanismo lo había construido el que estuvo antes que él, ahora él estaba en su lugar. ¿Acaso esa mujer lo estaba acusando de contaminar los manantiales? Había creído que las muertes y desapariciones podían ser coincidencias. Sin embargo, había visto de frente algo que no correspondía a este mundo.
—¿Cómo me encontró?
La señora se encogió de hombros.
—Cuando jui por mis hierbas y por agua, lo vimos ahí tirao , le sangraba la frente… Iba con mi mushasho , trabaja en un aserradero por San Juanito, pero había venido a verme…
Miguel tomó un último sorbo que guardaba un concentrado de canela. El calor le lamió el vientre y le despejó la cabeza.
—¿Asté en qué cree, don Miguel? ¿e’ católico o cristiano?
Miguel pensó que llevaba demasiado tiempo hablando con esa señora, más de lo que había hecho con cualquiera en mucho tiempo.
—Gracias por ayudarme, señora. Me tengo que ir.
—Yo tampoco soy naaa de eso, don Miguel. Soy viuda y vivo sola. Por eso, como a asté , no le caigo muy bien a musha gente. Creo en algo más poderoso, un creador. Y respeto y aprendo de sus creaciones.
Miguel agarró su sombrero y agradeció una vez más antes de salir de la casa. Las bisagras sueltas rechinaron y pudo ver, entre la madera vieja, huecos inconvenientes para el frío de las noches.
***
Doña Guadalupe Sewá y don Miguel, eran los nombres que se repitieron esa noche.
Doña María era una mujer de bien. Caminaba todos los días hacia la capilla del Santo Niño para limpiar sus figuras, cambiar sus velas y rellenar los floreros. Siempre fue generosa y se preocupaba por todos. Solía comprarle remedios a doña Guadalupe Sewá, con quien también era buena, aunque despotricara contra la iglesia.
Doña María era amable y alegre, incluso cuando arrastraba una enfermedad cada temporada. Se ausentó el invierno, y cuando los brotes de las primeras piñas salpicaron los pinos, las piernas de doña María despertaron poco a poco. Se levantó temblando, con el cuerpo ahogado, pero impetuoso. Entonces retomó las caminatas hasta la capilla.
Ayer, varios de nosotros la esperábamos rezando a los pies del Santo Niño. Y otros la vimos sentada en una piedra, esperando el suspiro siguiente para avanzar. Qué valiente era doña María. El Santo Niño aceptaría su manda y le devolvería la salud.
Pero Doña María nunca llegó. Más tarde la encontramos sentada en el triángulo de la misma área maldita. Sólo había una cruz bailando al viento por encima de su cabeza. Tenía los brazos sobre las piernas llenas de venas negras, ramitas que engrosaban hacia los muslos. Tenía la quijada rota, con una boca chueca, imposible. De la mirada opaca brotaba una flor roja. Una flor que polinizaba miedo. Un miedo que nos contagió a todos.
***
Miguel colgó la llamada con el patrón y vio que la gente alrededor de la plaza lo miraba más de la cuenta, como si le escurriera la amargura por el sudor. El patrón le aseguró que la ayuda llegaría la siguiente semana.
Ya en su cabaña, cuando terminó la puerta con madera de pino fresco que construyó para la señora Sewá, la subió en la caja de carga de la Pickup 78 junto con las herramientas. Se le había hecho tarde, pero al siguiente día no tendría tiempo.
—Don Miguel —Don José abrió la reja sin invitación y avanzó hasta él.
Miguel saludó con un movimiento del sombrero.
—¿Ya supo lo de doña María?
—No, señor.
—Pues que la encontraron muerta. —Don José se persignó—. Iba camino a la capilla del Santo Niño. En la misma área por la que usted pasa todos los días pues .
Don Miguel se sacó el sombrero y movió la boca hacia un lado.
—Antes de usted hubo otros. Y después de usted habrá más. Conozco a su patrón, yo también le informo de cómo se mueven las cosas por aquí. ¿Entiende a lo que me refiero?
—No mucho. Dígame bien qué quiere.
—Que doña María era muy querida, pues . Y que la gente se va a quejar. Ya se armaron y, pues, su nombre salió ganador junto con otro.
—¿Qué está insinuando?
—Que estoy de su lado, don Miguel. Estamos en el mismo bando. Pero pues le va a costar un poco, no es tan fácil, pues …
—¿Qué quiere?
—Una semana de paga está bien, hasta que se calmen las cosas, pues .
—¿Y cómo sé que se van a calmar?
—Porque se van a calmar, don Miguel… —Don José le palmeó el hombro—. Yo no sé qué recreaciones tenga, pero se van a calmar, ¿cierto, don Miguel?
—No sé de qué me habla.
—Pues, pronto lo va a saber.
***
El cielo sangraba detrás de los árboles y la oscuridad empezaba a pesar. No fuimos muchos. Sólo quedamos los más leales.
La agarramos en su choza mientras dormía. Le tapamos los ojos para que no nos hechizara. Le amarramos las manos con un nudo ciego. La bruja soltaba gritos de animal herido. Encendimos troncos muertos para iluminar el camino y la arrastramos por la sierra, entre la tierra y las piedras hasta la zona maldita. Queríamos que sufriera, pero tuvimos cuidado de que llegara completa y respirando hasta el pino de la última cruz. Nos gritaba en su idioma, pero las palabras le salían como una pasta entre los labios rotos. Escupía sangre negra de lodo. Pasamos una soga por la rama donde bailaba la cruz y amarramos con el otro extremo la cintura de la bruja. Queríamos que su muerte fuera lenta. Fue difícil porque ya no se sostenía sola, tenía una pierna al revés, igual que las manos y el alma. La alzamos hasta dos metros por encima de nosotros. Y con la fuerza de nuestro odio la mantuvimos ahí hasta sujetar el otro extremo en el árbol vecino. Admiramos nuestra justicia y nos acercamos con la llama…
***
Miguel tomó el camino por la carretera hacia la capilla del Santo Niño. Con la Pickup ahorraría al menos cuarenta minutos de caminata. De copiloto lo acompañaba la escopeta con su única bala, en los brazos del fantasma de su esposa. Su hijo le sonreía por el retrovisor. Sentía una urgencia abrasiva burbujeándole en el estómago. Pensó que había dudado más de la cuenta, pero cuando el cielo sangraba en el horizonte no pudo negarlo más: le importaba algo. Se preguntó si acaso había vivido lo suficiente para encontrar la razón por la que seguía vivo. Si acaso la vida era una rueda infinita que te paseaba sobre fango, flores o piedras mientras perdías pedazos de ti. ¿Cuánto había quedado de Miguel después de tanto paseo? Tal vez ya no importaba, pero los residuos eran suficientes para que hiciera lo que creía correcto.
Pisó el freno cuando por la vista lateral lo alcanzó el guiño de llamas flotantes entre los árboles de la pendiente. El ocaso terminaba y el fuego de esos troncos viejos sería la única luz a kilómetros en pocos minutos. Agarró la escopeta y corrió pendiente arriba.
A medida que se acercaba, distinguió al menos siete siluetas y un bulto amarrado a una cuerda que lo jalaban y lo elevaban hasta la rama de un árbol. Apenas a unos metros lo entendió todo y se escondió tras una roca. Ajustó el rifle preguntándose a qué le dispararía.
El grupo se dispersaba poco. Una vez que Sewá estaba en lo alto, las manos de todos se volvieron una sola garra que sostenía una de las antorchas, acercándose a la carne viva de los pies. Los gemidos de Sewá eran chillidos de un insecto nocturno agonizante. Los movimientos de su cuerpo descoyuntado eran débiles pinceladas negras en la naciente penumbra del bosque. El fuego abrazó las piernas de Sewá y entonces Miguel supo donde iría la bala.
Distinguió la cuerda por arriba del bulto y la cortó con el proyectil. Sewá cayó en la hierba húmeda y el golpe aplastó el fuego de su cuerpo.
La masa humana se dispersó a pasos torpes y dos antorchas alcanzaron el suelo. Las brasas hambrientas recortaron el área maldita como un azote. Sus rostros iluminados gritaban de miedo. Y entonces todos lo vieron: la criatura agarrada a la pared rocosa con la cabeza hacia atrás dejó caer su lengua que se arrastró y se mezcló con las líneas de fuego.
Miguel corrió hacia Sewá, se veía más pequeña de cómo la recordaba. Descubrió que su corazón aún latía. La subió a su espalda para regresar pendiente abajo. No quería mirar el incendio, ni al extraño de lengua de fuego, ni al grupo que gritaba un terror grave y claustrofóbico. Pero le bastó un segundo de curiosidad que lo dejó atrapado en esa visión.
Las garras de pedernal abrían las carnes de los vientres. Las vísceras alimentaban la tierra en cascadas de sangre. La lengua rodeaba sus cuellos, los cortaba con el filo hasta dejar sus cabezas colgando de un hilo de carne. Su boca de volcán les succionaba los ojos y con los colmillos curvos de obsidiana arrancaba las lenguas. Y se reía. Reía como las piedras de un derrumbe, y como la caída del granizo, y como la carrera del viento entre los pinos.
Autores
(Santiago de Chile, 1984). Reside en Ciudad Juárez, Chihuahua desde 2002. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (2009), cuenta con un diplomado de escritura creativa de cuento y novela en la Universidad ITESO de Guadalajara (2025). Practica artes marciales japonesas tradicionales en el Bujinkan Fudōshin Dōjō Juárez desde el 2007. Ha colaborado en antologías de cuentos con las editoriales Letras Negras, Huargo y Amatlioque (
Vertebra Oscura 3 ). También ha participado en revistas literarias de ficción especulativa como
Anapoyesis y
Penumbria . Es autora de
El diablo que me habita (Huargo, 2025). Actualmente trabaja en cuentos para una nueva antología y en una saga de
thriller juvenil que une sus dos grandes pasiones: la literatura y las artes marciales
Fotografía de Simon Hurry, 2026. Recuperada de Pexels.
Despertó en la oscuridad sintiendo asco, un asco denso, primitivo, provocado por la fetidez acumulada de miles de cadáveres pudriéndose al mismo tiempo. Lo primero que pensó fue que estaba muerto y ahora se encontraba en el infierno. Los cuerpos a su alrededor se apretujaban y sentía su tacto húmedo, rebosante de fluidos malolientes. Sentía sus miembros restregarse contra él; en vano trató de rechazar el contacto de esas epidermis velludas que desprendían un olor a fango. Se sintió desnudo y, en realidad, lo estaba. Por años pensó que el infierno olía a azufre, pero ahora descubría que apestaba a mierda y sangre. ¿Y el diablo? ¿Quién era? ¿Era él? ¿Eran todos? Un torrente de vómito subió por su garganta lentamente, pero pudo contenerse. Buscó una luz lejana que le indicara respuestas sin encontrar otra cosa que figuras amorfas a su alrededor. Aspiró, sus pulmones se llenaron de ese aire corrupto, aun así, saboreó la bocanada. Podía respirar.
Un golpe bestial lo sacó de su ensimismamiento y lo mandó al suelo, su cabeza cayó sobre un pantano desbordante de inmundicia y secreciones. Quiso limpiarse el rostro con las manos, pero fue inútil. Un dolor penetrante lo impedía: todo su cuerpo se vio aplastado por una masa de carne ardiente y palpitante, como si una bestia marina, muerta y voluminosa, hubiera caído sobre él. Luego consiguió ponerse en pie. A la distancia y en la penumbra escuchó unos alaridos desgarrados, unos chillidos estridentes que presagiaban sufrimiento y dolor. Un aroma a hierro atravesó el ambiente sutil e imperturbable, era un mal supremo que se deslizaba sobre las cabezas de los condenados. De nuevo se escucharon los alaridos y la estampida se repitió. Se resistió a caer de nuevo. Los cuerpos desnudos empujaban y, finalmente, encontró un muro y consiguió sujetarse. Sintió correr por su rostro el deslizar caliente que dejó su sangre, mezclada con sudor, al abrirse camino por los poros de su piel. El olor, el sabor del hierro. Luego, sin pensarlo, sintió hambre. La sangre abría su apetito.
Momentos después llegó la calma; dormitó un momento y despertó agitado, sin noción del tiempo, sin saber la hora, sin saber si perdió la conciencia por un minuto, unas horas o tres días. No soñó ni tuvo pesadillas. Era, no obstante, el mismo sitio. ¿Qué lugar era este? ¿Realmente se encontraba pagando ya por sus pecados o estaba en manos de sus enemigos esperando su momento para ser ejecutado? Pero no, no se sentía como un prisionero; además, no estaba atado a una silla, ni lo tenían colgado de las muñecas para torturarlo como había hecho él siguiendo sus propios métodos. Esto era peor: la oscuridad total, la humedad, el olor, las moscas vejando su rostro y zumbando sin parar. Y los cuerpos sin forma, ahora calmos, pero siempre desnudos, untados en sus propios deshechos en un movimiento errático, en una danza ciega.
Los alaridos que siguieron lo pusieron en alerta, escuchó voces a lo lejos, unas risas escandalosas y ruidos, ruidos metálicos como de cadenas que se arrastran en casas solitarias acercándose poco a poco. A pesar del dolor y la suciedad hizo un esfuerzo por recordar y llegaron a su mente las cosas horribles que había hecho para malvivir durante los últimos años: los secuestros, las torturas, las ejecuciones, los miembros que cercenó para comprobar que había hecho su tarea. Los cuerpos que lo rodeaban se movieron como en un espasmo y sus balbuceos ásperos removieron sus entrañas. Su trabajo más reciente, el último, le pareció un juego de niños. Su objetivo era un sujeto conocido como el Carnicero, que se posicionó como uno de los criminales más despiadados de la región. Según las indicaciones que recibió, provenientes de un emisor anónimo, El Carnicero era un hombre mayor y tenía una pierna amputada. Esto último, su reputación y el medio millón en efectivo que cobraría por sus servicios lo llenaron de confianza. Además, le habían dado un adelanto.
Llegó por la noche a la residencia de El Carnicero en un barrio peligroso de la ciudad, bajó de su auto y pensó que esta vez sería diferente. Todo se sentía extraño. El silencio y la calma lo hicieron desconfiar y, por un momento, pensó en largarse con su adelanto y desaparecer. No lo hizo. Luego consiguió entrar en la casa y avanzar en sigilo hasta encontrar a su víctima. Un golpe inesperado lo mandó a dormir. Cuando reaccionó estaba atado a una silla, los pies sujetos con cinta adhesiva y las manos por la espalda. Comprendió que sería su último trabajo: el suelo estaba cubierto con plásticos para envolverlo una vez que hubiera muerto. Sintió el odio correrle por las venas mientras esos hijos de puta miserables le hacían heridas en el pecho y lo golpeaban. De pronto se abrió una puerta y entró un hombre; sin decir nada, se acercó a él y con una navaja de barbero, vieja y oxidada, le cortó la garganta. Antes de morir, lo último que vio fue su sangre cubriendo el plástico y la prótesis de El Carnicero que regresaba por donde había entrado.
Las cadenas se escucharon de nuevo y también las risas y las voces de los hombres. Los hombres del Carnicero que volvían. Ahora sí, pensaba, lo iban a matar en serio. Igual que a todos los que estaban con él. Sintió miedo por primera vez en mucho tiempo, miedo y una rabia que le incendiaba todo el cuerpo. Desde algún lugar en la oscuridad escuchó los pasos que se acercaban. Los cuerpos desnudos se apretujaron y de nuevo comenzó el caos. Se deslizó entre ellos sintiendo la humedad de sus fisonomías, palpaba miembros desconocidos y deformes tratando de avanzar hacia una salida que estaba sólo en su imaginación. Se sentía indefenso como la víctima que ahora era.
Un destello lo cegó por unos segundos. Se encendieron de pronto unas luces fluorescentes de una tonalidad blanquecina cuya pureza contrastó con el desorden y la suciedad del sitio donde se encontraba. Nunca había creído en Dios, ni en la vida después de la muerte, pero en ese instante supo que había muerto: el Carnicero lo había degollado y su cuerpo estaría pudriéndose en un terreno baldío o en medio del desierto bajo el sol de agosto, mientras los animales carroñeros se daban un festín con su carne. Se reconoció: había un par de pezuñas negras de mugre y suciedad donde debían estar sus manos, su piel rosada y lacerada, se cubría de unas ásperas cerdas blancas y despedía un hedor nauseabundo. Reconoció también los cuerpos cartilaginosos y desnudos de todos los que le rodeaban desde hacía tiempo, un mar de lomos rosados se extendió hasta donde alcanzaron sus ojos. El horror y la desesperanza lo poseyeron. Intentó gritar, pero sólo articuló un gruñido gutural que se le atoraba en la garganta. Levantó la vista y contempló su destino frente a frente: tres cerdos con el vientre abierto y las costillas expuestas estaban colgados de las patas traseras extendidas hacia arriba y las extremidades rígidas como crucifijos invertidos.
Los cerdos se apretujaron entre sí de nuevo en una revuelta obscena cuando una puerta lejana se abrió. Los hombres con botas de goma y delantales ensangrentados se acercaban, acostumbrados a la sangre tanto como él. Llevaban con ellos ganchos de acero. El rastro era la verdad. Estaba a punto de morir de nuevo.
Autores
Nació en Ciudad Juárez, Chihuahua en 1991. Es maestro en Estudios literarios egresado de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Es autor de
Club VHS y otras cintas de lo extraño (2022) y de
La gente de octubre (2024).
Fotografía de Oscar Millán, 2022. Recuperada de Pexels.
Las fiestas de los muertos tocan desde que septiembre se convierte ya en la antesala del otoño. Caen algunas hojas, los tejocotes siembran la tierra como si fueran la promesa de que vendrá la muerte… y quizás después algo más. Y es eso, el punto exacto donde la especulación se transforma en alguna forma de esperanza el motivo por el que soñamos con el otoño, y cuando llega pensamos en nuestros muertos, en los horrores y en las maravillas de lo que se encuentra tras el velo. Soñamos, y en ocasiones tenemos pesadillas.
Hace no muchos años, en México existía una cierta preferencia por tildar el Halloween, los fantasmas, las arañas y las Jack o’Lanterns como figuras propias de una cultura capitalista que nos es completamente ajena. Como si realmente lo que ocurriera en Estados Unidos, como si sus productos culturales nunca hubieran tocado a la sociedad mexicana… hablando desde el mismo grito que antecedió a las independencias en el continente. ¿Sólo porque hablan inglés? ¿Sólo por su racismo? ¿Sólo por su segregación? Claro que por eso, y por una señal de identidad propia. Pero con esto no quiero decir que el Halloween siempre ha sido rechazado, o que no tengamos nuestras festividades de muertos para convertir este recuerdo y esta añoranza hacia lo que se ha ido y hacia lo que nunca vendrá en una manifestación de colores, poemas, historias y leyendas urbanas o rurales donde los miedos ante la muerte hacen presencia nada más comienza el otoño en el hemisferio norte.
Las flores amarillas llegan con la tradición inversa de una serie comercial argentina con producción norteamericana, y se quedan con la forma no sólo de la flor de calabaza, sino en el cempasúchil, en las tumbas, en las tiendas enmarcadas por los adornos y las ofrendas, porque ya no sólo hablamos del amor hacia quienes nos acarician y nos engañan, hacia quienes nos producen un gran sosiego y al mismo tiempo tuercen la calma. Aquí hablamos del misterio.
Y aquí hablamos de los muertos, del otoño, del pasado, y de aquello que se ha perdido entre los rincones del edificio muy formal, muy conocido en apariencia, al que hemos llamado “realidad”. Todo esto porque seguimos conmemorando, lo seguiremos haciendo, el trenzar de las flores de cempasúchil, la nube y la mano de león entre las coronas con las que señalaremos el ciclo cerrado de una vida, el círculo que ha terminado por alcanzarse, como si no hubiera otro, como si el principio fuera realmente una verdad rotunda.
No hablamos aquí de un hecho constatable por el método científico. Pareciera en cierto momento que es lo único importante. Explicarlo todo. Seguir la línea lógica entre dos puntos. Como si las curvas y la fugacidad de una serie de puntos inconexos no fueran suficientes. Y aquí me incluyo, cuánto no hay de mente racional en mi día a día, de lógica y fuentes y formas de descubrir la “verdad”. Hay quien podría contrastarlo con una fuente más allá de las verificables con Descartes y Kant: la astrología. Que yo sea Libra y que la balanza y la justicia sea uno de los arcanos del tarot que señalizan mi signo solar debe decir algo. Oh, las fuentes no fidedignas, la tradición, el ocultismo. ¿No de eso se tratan estas fechas?
Señales en el cielo, fuego que brota de la tierra, un pantano vaporoso, una niebla con la forma de una mano, y en la tumba un revenant que pronto, depende la tradición del lar, podría convertirse al vampirismo. Oh, Voyvoda Empalador, protégenos con tu manto, impregna el aire con tu aroma a tumba, y danos de beber, pues la sangre es vida. Lo he dicho varias veces, pero aquí lo que importará será el misterio. Y otra cosa, una gran abundancia de ella: de la imaginación, la loca del castillo, que nos lleva a los rumbos del género de horror y de terror nacido en las tierras europeas, sí, pero también hacia las catacumbas de la Colonia, Nueva España, Nueva Galicia y las otras tierras “descubiertas” por Colombus. Aquí en octubre, mirando ya hacia noviembre y hacia el cierre del año, nos ponemos a pensar en los muertos, pero también en nosotros ocurre una transformación hacia un mood donde los monstruos nacionales se retuercen y beben un poco de pulque y vino con los hijos de otros lares. Que el hogar se encienda, pues aquí todos los monstruos y todo el misterio es bienvenido.
Hay acaso una tradición propia de la literatura de la muerte y los secretos. Nació, por supuesto, en Europa, cuando el racionalismo dio paso a los románticos, cuando se creyó que la Diosa Ciencia podía responder todo lo que había en el universo bajo la santa lógica. Y poco después hubo quienes se opusieron a contarlo todo como si educaran, como si se convirtieran en maestros que señalaran al lector cómo vivir de una manera adecuada y justa, incluso verdadera.
Primero los castillos, luego las grandes mansiones inglesas, los reformatorios, las escuelas lejanas ocultas tras las montañas germanas, y entonces los trenes, los carruajes, las mansiones, los lugares cálidos, las postas, los edificios de departamentos, las ciudades nuevas en América, los bosques occidentales, las junglas repletas de jaguares, las ciudades frías del sur, las urbes coloniales y el desierto levantándose como la periferia de una megalópolis. Entonces el terror y el horror dejaron de ser europeos y “occidentales” para convertirse en otra cosa, para ser parte del folclore de otros pueblos, para ser leídas estas historias en español, en portugués y en lenguas originarias, esclavizadas por las grandes reformas educadoras.
El género literario del misterio, de lo sobrenatural y del miedo, comenzó a escribirse en nuestra lengua, bajo nuestro espacio, bajo nuestros propios muertos. Y que sea ahora el Estado el gran vampiro Nosferatu. Y que sean ahora los hombres quienes acechen a las mujeres como si fueran momias o zombis hambrientos de sus cuerpos. Y que sea ahora este desierto y esta ciudad y este bosque y esta jungla y esta playa las que relaten las historias donde la muerte tiene cabida, pero también lo que ocurre después de ella. Porque aquí tenemos también muerte y muertos. Porque aquí también tenemos especulación sobre lo que ocurre tras la muerte y si hay allí algo más terrible, o tal vez el infierno sea ya esto.
Y para muestra, recordar a nuestros muertos bajo la pluma de estos escritores. Lector/a/e, aquí una selección muy parca, pero justo por ella muy esperanzadora, de lo que ocurre cuando las historias y el pensamiento sobre una literatura que abunda el misterio, que juega con el alma y convierte a monstruos reales en seres sobrenaturales para que se juzgue, se lea y se disfrute lo que hay en las plumas de escritoras y escritores de estas tierras mexicanas y latinas. Porque éste, no mentiremos, es un especial de Halloween, y también un especial sobre las fiestas de los muertos que aquí celebramos con agridulce alegría. Porque en Tierra Adentro leemos a quienes escriben terror, a quienes juegan con lo gótico, a quienes leen a las plumas norteamericanas, africanas, asiáticas o latinas (o de otras latitudes), mientras piensan en la muerte y en el horror, sea natural o sobrenatural. Porque cada año es más importante hacerlo, mirar a la oscuridad y descubrir, una vez más, de lo que estamos hechos.
Sirva entonces este especial de terror y de Halloween y de Día de Muertos para celebrar y disfrutar nuestras letras, y para volver a mirar de frente cómo el año muere, cómo el mundo muere, prometiendo, quizás, que tras el velo se halle algo menos terrible, o quizás algo sorprendente aunque horroroso, pero no por ello menos sublime. Porque en el hálito de la muerte se encuentra ese misterio que alguna vez nos ha hablado a nosotros de frente. Y porque aquí hay noche y hay luz y hay un destello, el de quien se enfrenta a la tinta y a la nada para hacer brotar de la imaginación monstruos y una realidad muy, muy parecida a la nuestra, terrible y asombrosa por igual.
Sean, entonces, bienvenid/as/os/es.
Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como
Ágora ,
Letrarte y
Momento . Parte de su obra se incluye en las antologías
Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Portada de “Rutas de neón”, Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.
La ciencia ficción ha planteado premisas memorables, como aquella que dicta: en el espacio nadie puede oír tus gritos. Me gusta la contrapropuesta del género que se crea en la novela de Antonio Berumen (Rutas de Neón) : en el espacio lo que más suena son las canciones de Juan Gabriel, Selena o José José. Los elementos guapachosos y kitsch que el autor usa para hilvanar su texto hacen que el libro sea de verdad un deleite de originalidad. La novela cuenta con referencias que, además, me son muy cercanas, como las películas de los hermanos Almada y la figura de Lupe Esparza (el cantante de Bronco).
La anécdota del libro es arquetípica, pero está narrada de manera novedosa. El protagonista y narrador, Egidio Murrieta, conocido como “La Vaquera”, es un trailero del espacio (fanático de los arrancones en el Cinturón de Asteroides, los toros mecánicos en los domos lunares y las peleas de gallos robóticos en los palenques clandestinos) que debe realizar su último viaje llevando un cargamento de litio en la ruta que va de Sonora a Marte. En el camino se topa con una nave abandonada en la que encuentra a un robot cercenado que pide ayuda. La compasión hacia el humanoide termina involucrando a La Vaquera en una conspiración interestelar.
La novela tiene un estilazo, un donaire bien gozoso, y no me refiero sólo a lo literario, hablo de la forma de vestir y hablar de los personajes; hablo de la ambientación, de los sonidos, la confección de escenas y las técnicas retóricas. Por ejemplo, acerca de La Vaquera, el autor nos dice: “La moda de los ochenta era su favorita. Le gustaba el cabello largo y rizado, el bigote sin canas; tenía un arete de plata que se pellizcaba para coquetear y los dedos saturados de anillos de fantasía; en la muñeca izquierda ostentaba un viejo Rolex clásico y dos esclavas: la primera con su apodo en cursiva y la segunda con la fecha en que nació su madre; en el cuello le colgaba una gruesa cadena de oro con forma de víbora, y nunca piloteaba sin su Texana Maverick roja ni sus botas de cocodrilo mutante”. Me parece un acierto usar la vestimenta del protagonista como un elemento que no sólo adorna, sino que también evidencia un trayecto de vida, también reviste el alma de quien luce los elementos. Me encanta la percha de todos los que habitan el libro. Más aún porque siento que los personajes literarios de hoy en día se visten horrible, se ponen lo primero que encuentran o de plano se conforman con las ropas de novela decimonónica que sus autores les imponen. Da gusto ver a un personaje que realiza sus peripecias, que vive sus triunfos y amarguras viéndose espectacular.
Pero no sólo es la forma lo que impacta, también el fondo de los personajes está bien construido. Cada uno resulta esencial para la trama. Son seres con la sabiduría o el colmillo de quienes pueden sonreír a pesar de que la existencia les ha tumbado varios dientes a su espíritu. Cuentan con el carisma de quienes pueden cantar y bailar el estruendo de sus tribulaciones. Dan ganas de estar rodeado de ellos. A La Vaquera la acompañan en sus peripecias La Torreona y La Tarzana. La primera es una sabia lesbiana de dos metros que usa corte militar, pero que “detrás de su actitud bravucona había una mujer que aprovechaba los descuentos en calcetines de Hello Kitty, que lloraba con viejas telenovelas debajo de las sábanas, y a la que nadie le preguntó jamás por qué se tatuó un Jesucristo cholo en la pantorrilla izquierda”. La Tarzana es el ex de Egidio, a quien todavía ama. El novelista nos cuenta algo de este romance a través de una poderosa analepsis en la que vemos a La Vaquera hablándole bonito a su enamorado: “Manuel, Manuelito, me encanta tu bigote, tu pecho peludo, tu barriga chelera donde puedo ronronear mientras me cuentas quién fuiste años antes de que fueras mío. ¿Cuándo te perforaste los pezones? ¿Cuándo te tatuaste esa flor? ¿Si la deshojo podré ver tu corazón? Platícame. Quiero saber por qué me encantas; por qué prefieres el lado izquierdo del colchón; por qué la noche te da miedo; por qué si rezas piensas en tu hermano en vez de Dios…”.
Otro ejemplo de cómo el autor le da la vuelta a los arquetipos es la aparición del famosísimo diablito y el más que conocido angelito que nos van guiando hacia encumbradas o condenables acciones. La Vaquera también tiene sus propios seres, uno astronauta y otro extraterrestre, que lo intentan atraer hacia algún lado de la balanza moral: “Egidio soltó el volante. En cambio, miró el tablero con atención. La matrícula de la nave que se aproximaba tenía antecedentes penales. “¿Qué pasará con el androide?”, el angelito astronauta con texana rosa caminó por el hombro de la Vaquera. “¡A quién vergas le importa!”, el diablito extraterrestre se cruzó de brazos. Egidio se sentía acorralado”.
Un elemento que me fascinó del libro, y que me gustaría tener en forma de juguete, es la nave que maneja el protagonista. Se trata de una carcacha de color rosa mexicano que fue restaurada para transportar litio. El vehículo intergaláctico cuenta con propulsores iónicos que alcanzan velocidades superiores a los noventa mil kilómetros por hora, un motor de propulsión eléctrica que se escucha como “lamento de theremín”, además de un escudo energético reflector que repele objetos mostrencos del espacio, meteoritos y los tiros de los piratas galácticos. Este vehículo es descrito por muchos como “un asteroide rosa con su propia estación de radio” que pone a bailar incluso a la antimateria con las canciones de Los Tucanes de Tijuana, Ramón Ayala o Lalo Mora. Es un vehículo tan memorable como la Máquina del Misterio de Scooby-Doo, el Mugremóvil del Ecoloco, el Ecto-1 de los Cazafantasmas o el camión Dina de Lola la Trailera. La gente al ver pasar la nave de La Vaquera comenta: “¡¿Ya vistes, carnal?! Allá va la Pomposa, la nave gay, la nave rosa con el pito alado que tiene un astronauta vaquero en las bolas. ¡La nave de la cumbia norteña!”. He de confesar que hasta soñé una noche que lo manejaba, sólo que yo iba escuchando al buen Rigo Tovar mientras llevaba, de un planeta a otro, libros de viejo.
El novelista cuenta con un arsenal de figuras retóricas y poéticas que le brindan una voz propia digna de destacar. El humor y el juego son parte medular de su estilo. También la imaginación desbordada, la desmesura en general se vuelven parte de su personalidad. Un ejemplo de ello: “¡Lucharán, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo! En esta esquina, Tu Pasado y El Presente. Y en esta otra, El Miedo y La Muerte”.
A muchos autores se les olvida que la literatura también es un medio de entretenimiento, que lo sofisticado no es sinónimo necesariamente de alta literatura. Berumen es la prueba fehaciente de que se puede escribir un libro con un valor literario ejemplar, sin olvidar contar una historia divertida, que den ganas de seguir leyendo hasta el final. Creo que en eso yo ubicaría su mayor virtud.
Vuelvo a la premisa que plantea el autor: en el espacio se escucha por encima de todo música popular desgarradora. Regreso a este punto porque justo el final de la novela va acompañado por una canción de los Tigres del Norte: “Yo te regalaba todo, todo lo que me pedías / sin embargo me reclamas, si te daba hasta mi vida/ Pero tú, ¿qué me has dado?, falsas promesas de amor…”.
Rutas de neón es una pieza que divierte y sorprende. Recomiendo su lectura, por supuesto. En uno de los episodios aparece una embajada espacial, llamada Octavio Paz, que flota alrededor de Marte. Ojalá que, en el futuro, un transbordador mexicano, o un satélite de telecomunicaciones, o una bomba de destrucción masiva lleve el nombre del autor de esta novela: Antonio Berumen. Seguro que más de uno pensará en su obra al ver el despegue, cuando el objeto se salga de su órbita o antes de ser masacrado por una explosión atómica.
Portada de “Rutas de neón”, Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026. Disponible aquí
Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario:
Tatuajes de un mexicano herido . La BUAP editó su libro 52 vueltas.