Ilustrador
Mariana G
Resido y dibujo desde CDMX. Soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica por parte de la UAM Azcapotzalco e ilustradora por parte del azar. Hace un par de años estudié Ilustración Experimental en la Escuela de Diseño del INBA. He colaborado de manera independiente con distintas agencias de publicidad y estudios creativos, sin embargo, mayormente mi trabajo ha estado presente en proyectos editoriales y animados. Actualmente, junto con una amiga, editamos MALA, un fanzine colaborativo hecho por mujeres.
“El futbol es otra homosexualidad tapada”
(Pedro Lemebel, “Hablo por mi diferencia”, 1986)
Un balón arcoíris rueda en la cancha a toda velocidad, el cañonazo lo impulsa directo hacia la portería. La pelota late multicolor como un corazón ardiente. La pasión redonda es una válvula de escape para esa rabia acumulada por las desigualdades patentes fuera y dentro del estadio. La barra brava ruge en las gradas. ¿Hay espacio para la población LGBT en el futbol, el deporte masculino por antonomasia?
En los vestidores sudorosos, lejos de las miradas indiscretas, y en las regaderas, en la intimidad de la desnudez, el capitán del equipo se le insinúa a otro: ¿eres portero o porque me la paras tanto? El homoerotismo hierve a flor de piel. El Mundial 2026 es el motivo ideal para asediar el deseo no heteronormativo en el futbol. El dossier especial del Orgullo LGBT de Tierra Adentro está concentrado en el vibrante cruce entre deporte y diversidad sexogenérica.
Esta vez, Luis Felipe Pérez Sánchez juega de delantero. En su ensayo, nuestro jugador considera que el asunto del deseo está contenido en la mirada y en la performance , en esa manera impuesta a los once uniformados para actuar los gestos de género de la masculinidad más tóxica. Luis Felipe recuerda la novela gay clásica Un beso de Dick , del autor colombiano Fernando Molano Vargas. La historia de amor adolescente de Felipe y Leonardo, jóvenes apasionados a la cascarita. El ensayista regresa a su juventud pambolera en Irapuato y apunta la ausencia de la visibilidad gay en la cancha. Rescata el caso de Justin Fashanu, el primer futbolista profesional negro que salió del clóset en 1990. La osadía del defensa inglés le costó la vida, pues la homofobia asesina lo orilló al suicidio con tan sólo treinta y siete años. Luis Felipe rastrea otros casos de jugadores fuera del clóset, son pocos y son muy valientes. En México hasta ahora ninguno ha cruzado ese umbral. Lo que sí ha ocurrido es que la FIFA ha sancionado a nuestro país por el grito homofóbico que ha tenido eco repetidamente en los estadios. El machismo sigue ganando en el marcador.
No obstante, Brenda Macías muestra cómo el futbol puede ser un vínculo afectivo poderoso y un refugio de familia para las mujeres lesbianas. Su ensayo es personal, entrañable y político. Además, la futbolista Raquel Medina narra la historia de Bianca Sierra y Stephany Mayor, la primera pareja lésbica fuera del clóset del futbol mexicano profesional. Raquel afirma que “otro futbol es posible”, un deporte donde las mujeres en toda su diversidad puedan anotar todos los goles que quieran. La Copa Lencha y la Liga de Mujeres Diversas son espacios donde se juega al balompié sin discriminación.
Al inicio de este partido, Fernando Yacamán anota un tiro perfecto en la portería. ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! Su cuento “Solo los tontos sueñan con un gol” es la combinación excitante de homoerotismo, fantasías cumplidas e ilusiones frustradas.
El juego de la diversidad también se narra desde las miradas trans. Roxana Olarte es la primera mujer trans mexicana comentarista deportiva. Desde 1989 ha narrado partidos con profesionalismo, pasión y autenticidad. Al igual que ella, Julieta Brambila nos cuenta con absoluta sinceridad el momento en que tomó la decisión de vivir como una mujer trans libre. La valentía de Julieta es conmovedora en un país donde la transfobia asesina todos los días.
Nuestro equipo tiene una cantera excepcional de poetas: Lázaro Izael, Alejandro Miravete, Aketzaly Moreno y Anne Feta Minaj imaginan el futbol desde la memoria, el deseo y los afectos. Lázaro Izael comenta que “dicen que para saber de futbol/ primero hay que entender el fuera de lugar”; mientras que el muchacho de Miravete disfruta “el placer una ventana al recuerdo/ los días que el otro le enseñó a jugar futbol”. Anne Feta Minaj afirma retadora: “la goliza de sus vidas está por comenzar”. Por su parte, Aketzaly se da cuenta que esa vez que su hermano la llevó al estadio Azteca: “en realidad me estaba enseñando cosas de la vida,/ esos asuntos que les gustan a la poesía/ y al futbol”.
Y sí, a veces, ciertas jugadas y algunos goles son poesía pura. Pero este número especial no solo se interesa por el fucho, Siobhan Guerrero Mc Manus nos ofrece un panorama fascinante y lúcido sobre la literatura trans contemporánea, mientras que Omara Corona centra su atención en dos obras desde y sobre lo trans en México: la novela Esta cuerpa mía (2024) de Uri Bleier y el cuentario Tú y yo y tus pinches antenas (2026) de la misma Siobhan Guerrero.
La recuperación de la memoria es una práctica política que emprenden Brianda Pineda Melgarejo y Jaime González Solís. Brianda ensaya una lectura lésbica de la poesía de Safo y Sor Juana Inés de la Cruz. Mientras que Jaime revisa la trayectoria gay de Olivier Debroise en el campo de la crítica de arte.
Por supuesto, también hay espacio para la ficción: Anaclara Muro entrega un cuento repleto de humor, “Criar cotorritos”, donde narra el descubrimiento más íntimo de Gloria, una vecina chismosa que se inmiscuye en la vida de Juan Carlos. Además, Israel Nicasio cuenta en “Noche uroboro” la historia de un hombre que regresa a su pueblo en la Costa Chica de Guerrero y con él se agolpan los recuerdos, el deseo y las violencias.
Con datos duros y precisos, Láurel Miranda denuncia las violencias sistemáticas que sufren las personas trans, en particular las mujeres trans. Por último, Bladimir Ramírez reflexiona sobre el poder de la amistad como red de contención y refugio frente a los crímenes de odio que ocurren un día sí y el otro también en todo el país.
Aunque en el marcador el machismo lleva la delantera, y a pesar de que sea el rival más faulero, la derrota no es una opción. La imaginación política y las alianzas estratégicas de los movimientos LGBT, los feminismos y las luchas de clases internacionalistas son una opción potente para hacer frente a los múltiples fascismos del presente. Mientras el balón arcoíris ruede en la cancha, hay la promesa de un tiro que atraviese la portería y lleve el marcador más allá. Un gol que nos mueva más allá del estadio, un golazo que nos lleve tierra adentro.
Autores
Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Autor de capítulos de los libros:
La memoria y el deseo. Estudios gay y queer en México; Juan Gabriel: lo que se ve no se pregunta y México se escribe con J ; prologó los libros
Voces del otro lado y Locabulario ; su artículo “César Moro, flor de invernadero” está en la bibliografía de la
Obra poética completa de César Moro , publicada por la colección Archivos. Su Twitter es @eroerny.
A las ciudades las distinguen sus espacios de convivencia. Incluso si dos urbes contasen con arquitecturas semejantes y una industria capaz de gestar las mismas condiciones económicas, sería posible individualizarlas —quiero decir, dotarlas de una identidad propia— echándole un vistazo a los insospechados recovecos donde converge el ocio de personas y animales.
Es en los pliegues del concreto, en el incansable serpentear de las avenidas, donde la realidad encuentra rincones inéditos: dimensiones adicionales a las del trabajo y la supervivencia. La recreación es indispensable porque estimula la cadencia de las ciudades y les insufla un aliento inventivo. Los parques y las plazas, las explanadas y los jardines, son sitios donde se despliegan los artificios más entrañables de cualquier civilización. En ellos nace nueva música, se crean palabras y expresiones, se practican bailes, se intercambian productos. Se conocen las personas entre sí.
Tres metrópolis mexicanas —Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México— han pasado, a propósito de los preparativos para el próximo Mundial de Futbol, por incontables adecuaciones que, en más de una ocasión, resultaron en decididas injurias contra su identidad. Aunque se presumen como actos de progreso que habrán de proyectar al país como una sede deportiva de primer nivel, muchas de estas intervenciones han puesto en riesgo la permanencia de miles de personas en sus respectivos barrios y han perjudicado el sustento económico de otras más.
Opto por un ejemplo cercano. El 28 de febrero de 1935 se inauguró en Guadalajara, dentro de la zona que siglos atrás le correspondió a un convento y luego a una penitenciaría, el Parque Revolución. El gobierno de Jalisco buscaba un espacio que permitiera la convivencia urbana en un momento decisivo para el desarrollo de áreas residenciales en la Colonia Americana (un siglo más tarde, el barrio atraería hordas de nómadas digitales tras ser considerado el más cool del mundo por la revista Time Out ). Los hermanos Juan José y Luis Barragán hicieron del parque un espacio funcionalista dividido en dos secciones, a los lados de la calle Juárez. Administración tras administración y con varias remodelaciones de por medio, el parque se convirtió en un oasis de precariedad en medio de varias cuadras que terminaron gentrificadas por un halo hípster. Las pocas luces y el mobiliario descuidado permitieron que el lugar deviniera en un sitio idóneo para los asaltos y el narcomenudeo.
El Parque Rojo (apodado así por el color que decora sus bancas) fue reapropiado por los jóvenes de Guadalajara. Hace unos años, en él se alzó uno de los tianguis culturales más grandes de la ciudad. La entrada a la estación Juárez del tren ligero, anexa a los jardines, comenzó a ser intervenida con murales que denunciaban la violencia feminicida lo mismo que el genocidio palestino. Como parte de las obras de preparación para el Mundial, la alcaldía clausuró el parque durante varios meses para remodelarlo. Una vez reabierto, no fue posible montar el tianguis nuevamente: el gobierno se aseguró de llenar la zona de policías. Los elementos de seguridad, además de garantizar que no se levantara un solo puesto, han evitado que colectivos de búsqueda peguen fichas de personas desaparecidas. Los murales de protesta fueron sustituidos por un mosaico insulso pensado, desde luego, como una superficie de cerámica a la que se le pudiese lavar fácilmente la pintura en aerosol. Un espacio inocuo.
El FIFA Fan Festival de Guadalajara busca reunir a más de 40 mil asistentes simultáneos a la transmisión en vivo de todos los partidos del Mundial. Para que su experiencia ocurra sin mayores contratiempos —sin críticas incómodas ni expresiones de descontento por parte de los pobladores— hará falta darles una apariencia vacua a los escaparates de la ciudad. Censurar la protesta ante la barbarie, desde la narcoviolencia hasta la categórica desigualdad que cifra la forma en la que habitamos nuestras ciudades, tiene la intención de despolitizar los espacios en común. Vaciado de signos, cada lugar se diluye para resultar agradable ante la superflua y escueta mirada del turista. Se sabe que el consumo no tiene cupo para disgusto alguno.
La experiencia es paralela en las otras sedes mundialistas. Buena parte de los habitantes de Santa Úrsula Coapa ha moldeado su estilo de vida alrededor del más prominente de sus vecinos: el Estadio Azteca. No sólo se ha desalojado a los comerciantes que solían vender mercancía deportiva y montar tianguis alrededor del estadio, sino que también ha ido en aumento la presión por actividades inmobiliarias: mayor cobro de rentas, reconversión de viviendas hacia Airbnb y, en general, desplazamiento de residentes de la zona. Un evento de poco más de un mes supondrá la devastación de vidas enteras de trabajo.
La Ciudad de México se ha convertido en un delirio morado. Bancas, postes, tótems, estaciones de transporte público y puentes peatonales han sido uniformizados con el mismo color. De paso, la figura del ajolote —anfibio neoténico que no ha terminado de salvarse de la amenaza de extinción— se ha colado hasta el hartazgo en todos los terrenos posibles. Pareciera que los espacios turísticos sólo sirven cuando están estereotipados. Omnipresente, la caricatura eclipsa las expresiones genuinas de la identidad local y desdeña el hecho de que también es legítima la pertenencia que se forja en las orillas, fuera del foco panfletario.
Se jugarán menos de quince partidos (de un total de ciento cuatro) en nuestro país. No más de cinco por ciudad. ¿Hasta qué punto vale la pena una alteración permanente en la calidad de vida de miles de personas a cambio de las migajas de un evento más publicitario que deportivo? La penosa condición del Mundial es su inaccesibilidad: los boletos del partido que nuestro país disputará contra Corea del Sur alcanzaron precios de más de 43 mil pesos, es decir, alrededor de cuatro meses y medio de salario mínimo. Un Mundial en México que no disfrutarán los mexicanos.
Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Erguido es el hombre, él solo, pero se tumba a descansar para el sueño, el amor, la muerte…
también en esta triple propiedad de su yacer se distingue de todos los otros seres.
La carencia de sentido de la existencia ha sido una preocupación constante de nuestra especie desde que tenemos registro; toda vida, sea cual sea su desarrollo, ha de terminar. La muerte está asegurada y después nada. Este hecho nos ha dejado perplejos desde antes incluso de ser seres humanos —la primera evidencia de enterramiento deliberado corresponde a Homo naledi , una especie homínida que vivió en el sur de África hace trescientos a doscientos cincuenta mil años; entre los neandertales también se han observado prácticas funerarias—. En los primeros textos literarios, escritos en el tercer milenio antes de nuestra era, esa preocupación ya está presente, es uno de los motivos de la épica de Gilgamesh. Esta preocupación ha sido constante no sólo en las literaturas, y oraliteraturas del mundo a lo largo de la historia, de ahí que sea una de las preocupaciones a partir de las cuales Hermann Broch (1886-1951) escribe La muerte de Virgilio (1945).
Publio Virgilio Marón (70 a. e. c. – 21 a. e. c.) fue un poeta que vivió en los turbulentos años finales de la República romana y durante el inicio del principado —fue, nada menos, amigo de César Augusto (63 a. e. c. – 14), el fundador del Imperio— y cuya obra es considerada el culmen de la poesía latina. Su periodo es considerado el siglo de oro de las letras latinas. Su obra no ha dejado de ser leída durante más de dos mil años, sobre todo el poema épico La Eneida , en el que se cuenta del héroe troyano Eneas desde su natal y destruida Troya hasta el Lacio, la región donde se fundó Roma. Un poeta cuya sombra se ha proyectado por siglos; tanto así que Dante Alighieri (1265-1321), en la Divina Comedia , lo hizo su guía; en el medievo se le consideraba, asimismo, uno de los pocos paganos que anticipó el nacimiento de Cristo.
Hermann Broch, a partir de una biografía de Virgilio escrita en latín medieval —que evidencia su tardía composición—, decidió recrear el último día de vida del poeta. La novela se divide en cuatro capítulos: “Agua-El arribo”, “Fuego-La espera”, “Tierra-La espera” y “Éter-El regreso”. Una narración que indaga en la creación, el quehacer del creador y su relación con su obra y legado. Comienza con un ritmo marino, un oleaje construido por frases profundas —algunas de ellas, a lo largo de la obra, se dilatan a través de múltiples subordinadas, algo que Broch aprendió en sus lecturas de Marcel Proust (1871-1922).
Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial, mientras esta se dirigía hacia el puerto de Brindis, dejando a la izquierda las chatas colinas de la costa de Calabria que se acercaban poco a poco.
Seguimos a Virgilio a través del narrador. La prosa se escapa de la convencional ficción histórica, pues Broch hace evidente que su protagonista es un poeta y hace que su prosa adquiera vuelos poéticos, además de la ya señalada longitud de las frases que contribuye a la inmersión en el mundo de ese poeta moribundo. Sería tentador decir que como Robert Graves (1895-1985), Marguerite Yourcenar (1903-1987) o Gore Vidal (1925-2012), Broch logra transportarnos a la Antigüedad romana a través de uno de sus personajes —Graves al imperio del siglo I a través de Claudio, Yourcenar a la Roma de la dinastía antonina con Adriano, Vidal a la del siglo IV con Juliano—, pero ese no es el objetivo que Broch persigue. La novela no busca mostrar el mundo de los primeros años del principado, su interés es el mundo de Virgilio, el hombre que está muriendo y tiene que enfrentarse a sí mismo, a su obra y a su existencia. Es innegable que Broch investigó a fondo la época y que pudo, si hubiese querido, mostrar ese mundo —varios episodios de la novela así lo demuestran, como el desembarco de la comitiva imperial en Brindisi—. Y es que lo importante es el poeta, de ahí que la prosa adquiera vuelos poéticos y llegue, en no pocos momentos, a abandonar la narración realista para narrar espacios oníricos y fantásticos que reflejan el momentáneo, y eventualmente definitivo, abandono del mundo de los vivos que sufre el moribundo.
El Virgilio de Broch es un hombre al final de sus días consciente de la muerte definitiva. Un hombre que se plantea, en ese trance, la destrucción de su obra puesto que no la ha podido terminar como deseaba: perfecta. Es quien, habiendo vivido, decide hacer balance de la propia existencia.
Él se había dejado llevar por el destino y el destino lo llevaba al final. ¿No había sido siempre esta la forma de su vida? ¿Había vivido él alguna vez de otro modo? ¿Habían significado para él otra cosa, tal vez, la nacarada concha del cielo, el mar primaveral, el cantar de las montañas y ese cantar doloroso en su pecho, la voz de la flauta del dios, otra cosa distinta de un lance que, como un vaso de las esferas, le acogería pronto para llevarle al infinito? Campesino era por su nacimiento; un campesino que ama la paz del ser terrenal; un campesino a quien hubiera convenido una vida simple y afincada en la comunidad del terruño; un campesino a quien, de acuerdo con su origen, hubiera correspondido poder quedarse, deber quedarse y que, de acuerdo con un destino más alto, no había abandonado la patria, pero tampoco había sido dejado en ella; había sido expulsado, fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, expulsado al ancho mundo hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: solo al borde de sus campos había caminado, solo al borde de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y sin embargo perseguido, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida.
Broch confronta al moribundo con sus amigos, con el joven que le sirve de guía por la ciudad y que hará de psicopompo, con Augusto y el poder. Virgilio sabe que ha alcanzado la poesía y que la gente lo admira por ello, que esa habilidad le ganó la amistad del emperador. Es el artista que es, todavía, dueño de la propia obra y, por ello, capaz de decidir sobre ella. La cuestión sobre la propiedad de la obra artística se manifiesta: una vez creada la obra a quién pertenece, ¿al artista?, ¿a quién la lee, contempla o escucha?, ¿a la persona a la que fue dedicada, quien la inspiró? Broch no da una respuesta unívoca a estas preguntas, al contrario, ofrece aproximaciones, contestaciones que se pueden contradecir y cuya tensión contribuye a la tensión narrativa de la novela, hasta que interviene el poder, representado por César Augusto, y dictamina la preservación de la obra, sin escuchar las objeciones del artista que desea acabar con ella.
El narrador, de la mano de Virgilio, reflexiona en torno al arte y su valor, en una doble aproximación.
y así sabía también que en tal verdad reside el deber de todo artista, el deber del hallazgo de la verdad y de la manifestación de la verdad en uno mismo, tarea impuesta al artista, para que el alma, consciente del gran equilibrio entre el yo y el todo, vuelva a hallarse en el todo, de modo que lo que el yo se ha ampliado por el conocimiento de sí, vuelva a ser reconocido como incremento del ser en el todo, en el mundo, más aún, simplemente en la humanidad, y si esta doble ampliación no puede ser nunca más que simbólica, de antemano ligada al simbolismo de lo bello, al simbolismo del bello límite, si por tanto nunca pasa de mero conocimiento simbólico, justamente por ese carácter de símbolo es, pese a todo, capaz de extender los más íntimos y más extremos límites del ser a nuevas realidades, no solamente a nuevas formas, no, a nuevos contenidos de la realidad: precisamente en esto se revela el más profundo secreto de la realidad, el secreto de la correspondencia, la recíproca correspondencia entre la realidad del yo y la realidad del mundo, aquella correspondencia que presta al símbolo su veraz precisión y lo eleva a símbolo de la verdad, la correspondencia preñada de verdad, de la que emana toda creación de realidad, penetrando capa a capa, tanteando, presintiendo hasta las inalcanzables regiones de la oscuridad del comienzo y del fin, penetrando hasta lo inescrutablemente divino en el todo, en el mundo, en el alma del prójimo, penetrando hasta ese último arcano de dios que, pronto a la revelación y al despertar, está presente por doquier, aun en el alma más pervertida… esto, la revelación de lo divino por el saber acerca del alma propia, que se conoce a sí mismo, es la misión humana del arte, su misión de humanidad, su misión de conocimiento y por eso mismo la justificación de su existencia, demostrada en su cercanía a la muerte oscura, que le ha sido impuesta, porque solo en esa cercanía puede tornarse arte genuino, porque solo por eso es el alma humana desarrollada en el símbolo[…]
Y frente al momento del fin, el hombre se encuentra en la balanza, la búsqueda de sentido de la propia existencia. Cada encuentro participa de ese juicio porque cada encuentro forma parte de ese momento, la conversación con Augusto es una de las más significativas en la novela, además de ser su voluntad el instrumento por el que se preserva La Eneida . Poeta y emperador discuten sobre su accionar, sus obras y el legado que, a través de ellas, van a dejar. El emperador ve al Estado como su obra y la considera al nivel de la poesía, aunque intuye que se engaña; el poeta considera que nunca o pocas veces alcanzó la verdadera poesía y que, por ello, sus esfuerzos fueron vanos.
—Óyeme, Virgilio, óyeme, pues soy tu amigo y además conozco tu obra: tu poema rebosa del más noble conocimiento; en él se halla desplegada Roma y tú la abarcas tanto en sus dioses como en sus guerreros, como en sus campesinos; abarcas su gloria y su piedad, abarcas el espacio romano en su totalidad, como abrazaste la edad romana, que alcanza hasta el poderoso antepasado troyano, pues todo lo has retenido… ¿No te basta este conocimiento?
—¿Retenido? Retener…, oh, retener…, sí, quise retenerlo todo, todo lo que ocurrió, todo lo que ocurre… Y así no podía lograrlo.
—Lo has logrado, mi Virgilio.
—Estaba ansioso de conocimiento… Por eso quise escribirlo todo…, esto es poesía; ay, es impaciencia por conocer, tal es su deseo y más allá no puede pasar…
—Estoy de acuerdo contigo, Virgilio, esto es poesía; abarca toda la vida y por esta razón es divina.
Y es en la consideración dividida de la poesía ante la cual el poeta se siente impotente, de su juicio sobre ella y la imposibilidad de haberla alcanzado es que nace su deseo de destruir su obra, de no agregarla al devenir del mundo —en sus reflexiones con sus amigos y con las sombras aspira al aniquilamiento de sí mismo, a su unión con el todo—. Quisiera que Augusto lo comprendiera y la conversación avanza, revela al poeta y al señor del mundo.
—¡Ay, Augusto, también yo creí un día que esta, justamente esta era la misión que tiene el poeta de conocer!… Por eso mi obra fue una búsqueda del conocimiento, sin convertirse en conocimiento, sin ser conocimiento…
—Entonces debo preguntarte una vez más, Virgilio, qué fin perseguías con tu poesía, si no debía ser el conocimiento de la vida.
—El conocimiento de la muerte.
Broch nos lleva por este camino del conocimiento, la vía en la que nos hace acompañar al poeta moribundo y adentrarnos en el conocimiento de la muerte —si el poeta acompaña a Dante en la Comedia, nosotros, lectores, lo acompañamos a él—. Que la muerte sea infranqueable y no haya quien relate qué aguarda, si es que algo aguarda, después del último suspiro carece de importancia en La muerte de Virgilio , porque en el desarrollo de la obra Broch sabe de esa imposibilidad y la utiliza a su favor, la hace coincidir con los contornos del mundo poético en el que Virgilio ha indagado toda su vida. La muerte se torna una liberación presentida, el universo de lo ignoto es el espacio del que se ha extraído la obra, de esa nada plana que tan profusamente es narrada en el último capítulo donde, se nos da a entender, se interna Virgilio y la inmortalidad que consigue con sus versos.
Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de
Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis , ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Los cerillitos no salen de la caja
traen poco más que la cabeza encendida
de nubes cirros entre la noche,
como un nenúfar blanco flotando sobre aguas tranquilas.
En sus delantales cuelgan
las morrallas musicales
como los cencerros que llevan las vacas
en los cuentos coloridos que conocí de niña,
las que sonríen y bailan,
sin ubres infectadas
ni violaciones constantes,
sin afectos de terneros y amistades
que se cuelan al sacrificio
o a más producción de leche
hasta que el cuerpo deje de ser rentable.
Aprendieron
el arte de estar parados por horas
uniformes sin sueldo,
pisos inestables
costeados por ellos mismos
y ahora deben mantener impolutos.
Memorizaron
las reglas del orden
dentro de un pequeño movimiento
obediente a lógicas de categoría:
jamás mezclar alimentos
con artículos de limpieza
los enlatados y empaques duros
son la base de la pirámide invisible
ahí los más frágiles van arriba
como una linda corona de huevos.
La rapidez en la técnica de la colocación
puede dejar el suficiente tiempo
para mirar los ojos del cliente
sonreír, dar los buenos días
hacer como si no esperaras demasiado
fingir la verdadera necesidad y empatía
pese a no recibir retribución alguna.
Las monedas han disminuido
desde que más tiendas
ampliaron las cajas de autoservicio
gracias a la Ley de Residuos Sólidos
sin bolsas ni cajas donde guardar el rostro.
“Hágalo usted mismo”
un contrapunto que no voltea la cara
para reconocerte en otro.
Tal cual si apenas existiera
ese cuerpo -que aún puede-
y así, avientas la mirada
como si tres pesos de propina
no fueran parte del empleo
sino migajas
de un acto compasivo.
Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.
“El amor es un final tercamente escondido en los inicios”, dijo Silvana Estrada en un pódcast, citando, o más bien versionando, el final de un poema de Roberto Juarroz. Me gusta su versión más que la del poeta argentino porque establece muy bien la temporalidad paradójica de una historia de amor, dicha en singular: aunque puede haber muchos preñados de potencialidad y de senderos que se bifurcan, hay un solo final. El verso que corta Silvana Estrada, sin embargo, sólo es posible desde el punto de vista de un “después” que, en retrospectiva, intenta ordenar los sucesos siempre desordenados y desacomodados de cómo se vive una historia de amor cuando se es un personaje tramado y sujetado por las redes del tejido amoroso.
Como esta misma historia, que fabulo en retrospectiva. Este mismo verso no se me iluminó como significativo sino hasta que lo escuché por tercera vez. Paseaba a mi perro mientras pensaba en cómo introducir un buen gancho para hablar en clase sobre cómo un escritor encuentra ¿o fabrica? una buena historia. En inglés hay dos palabras para lo que en español es una sola: story e history . En algún momento del siglo XV, el inglés escindió la palabra original griega en dos y le quitó el his a story (siglos después las feministas se quejarán de la falsa etimología para decir: her-story ). History se quedó con el peso del registro de los hechos, la investigación, lo testimonial que verifica lo que se dice. Story se tiñó de literatura y pasó a la narrativa, la fabulación, lo que se cuenta, aunque no se pueda comprobar.
El amor, pensé, nunca es history . Es siempre story : no un registro de lo que ocurrió, sino una fabulación que, al contarse, constituye el amor mismo. La historia de amor no documenta el amor, lo crea. Y Silvana Estrada lo sabía cuando versionó el verso de Juarroz, su versión es más verdadera que el original precisamente porque es menos fiel.
El problema de la historia de amor es que solo se puede contar desde afuera, después, en retrospectiva. Después de la caída. Cuando estás adentro, no hay narrativa, no todavía: hay caos, hay deseo, hay un acontecimiento que no sabes que es el inicio de algo hasta que ya aconteció. Por eso vuelvo a dos pensadores que me obsesionan precisamente porque no cesan de no definir el amor y buscan su lógica ilógica. Y, de paso, resisten la idea contemporánea de que hay que estar “bien trabajado” o haber encontrado el amor propio antes de poder amar a otro. Esa idea presupone que el amor es algo que se conquista desde la completud. Badiou y Lacan dicen lo contrario.
Toda historia necesita un acontecimiento que la detone, un inicio entre los inicios. Pero el acontecimiento solo se vuelve historia si tiene consecuencias. Un encuentro sin consecuencias no genera trama: son solo dos personas que se cruzaron. La trama es la fuerza que ordena el sentido en el tiempo: no el acontecimiento en sí mismo, sino la dirección que le damos, su sintaxis, la intención de sentido que proyectamos sobre la secuencia. Sin trama, hay tiempo, pero no historia. Badiou lo ve así también: en el amor hay un encuentro que acontece entre dos individuos, pero solo si tiene consecuencias pueden convertirse en sujetos de ese acontecimiento y comenzar a relanzar el deseo para sostener y construir la relación amorosa. La trama es el amor, el amor es la trama. “Amar la trama, más que el desenlace”, dice Drexler.
“El amor comienza”, propone Badiou, “donde termina la política”. La política va de la diferencia a lo mismo: su problema eterno es cómo producir unidad dentro de la división, cómo hacer converger lo que siempre se escinde. El amor hace exactamente lo contrario: introduce la diferencia en lo mismo. No resuelve la tensión entre dos, la habita. No es destino, sino encuentro, pensamiento, la invención y fabulación de uno mismo. Este comienzo, sin embargo, no existe sin sus consecuencias: es la capacidad de construir una verdad lo que sostiene el amor. Y la estructura de la verdad es “la escena del dos”. El amor destruye, tiránico, la cómoda unidad narcisista de cada individuo y establece el contradictorio reino del Dos sobre la experiencia del mundo.
De ahí que Badiou recupere la máxima maoísta acerca de la contradicción: “Uno se divide en dos. Dos no se fusiona en uno”. Es el matema del amor: el rechazo de la fusión, de la conjunción astral, de la media naranja, la visión romántica del amor. El amor no es una síntesis, sino una creación basada en la imposibilidad de la síntesis. Una creación rebelde, una conjunción imposible e impensable.
Pero toda esta arquitectura del Dos necesita explicar también por qué nos cuesta tanto habitarla. Por qué seguimos buscando la fusión, aunque sepamos que es imposible. Jacques Lacan lo encuentra en la propia filosofía, en el mito de origen del amor: en El Banquete de Platón, en la intervención de Aristófanes, el cómico, que había tenido hipo toda la velada.
En el mito que Aristófanes propone en El Banquete , hay dos seres que eran antes uno solo, esférico y andrógino, con cuatro brazos y piernas. Por su arrogancia e insolencia, de tan autosuficientes y satisfechos consigo mismos, los dioses los dividieron en dos y los condenaron a buscar a su otra mitad sin poder ya nunca reunirse. Estos seres esféricos, cortados en dos como un huevo duro, buscan a su otra mitad y le piden a Vulcano fundirlos juntos, “reunirlos con el soplo” de su forja, para que de dos pasen a ser uno. Lo que para nosotros aparece bajo una luz romántica, para las mitades rotas es un hecho fatal: se abrazan “con una tenacidad por así decir sin salida”, comenta Lacan, para “morir junto al otro, de impotencia por no poder reunirse”. Lo que el mito más romántico de nuestra cultura describe, en realidad, es el pánico. Y es ese pánico el que me recuerdo a mí misma cuando me pierdo en la marea alta del embriago amoroso: no quiero buscar una media naranja. No quiero buscar lo que me completa. Quiero habitar el Dos.
“El amor es dar lo que no se tiene”, dice Lacan, y añade un corolario muy importante: “a quien no es”. La contra intuición es obvia: para dar algo, habría que tener algo. Esa es la lógica de cualquier intercambio. Pero en el amor no se da algo a cambio de otra cosa, hay algo que resiste al intercambio. Lo que se da en el amor no es un bien, sino una falta. El amado tiene que soltar su propia ilusión de completud para amar desde su carencia, y dar lo más éxtimo posible: su propia falta. “Solo se puede amar si se hace como si no se tuviese, aunque se tenga”, añade Lacan. “El amor implica el dominio del no tener”.
Esto es lo que ningún discurso contemporáneo de amor propio quiere escuchar. La idea de que hay que estar “bien trabajado” antes de amar (y sí, he escuchado esta frase en muchos contextos, sobre todo en negativo como argumento para dejar una relación con alguien que “no está trabajado”), de que primero hay que completarse y estar lleno de amor propio para luego poder dar, presupone exactamente lo que Lacan y Badiou desmantelan: que el amor es un intercambio entre dos unidades completas. Si no te falta nada, ¿por qué querrías estar con alguien más? El deseo no nace de la completud. Nace de la fisura.
Este mes mis pacientes me han dado sus propias definiciones del amor. Quizás las escucho más de cerca por estar pensando en el amor, o quizás hay algo en el aire de primavera que nos regresa al amor que germina en el calor y el reverdecer. Uno describió el amor como “un sentimiento de paz”, “en donde estás desnudo completamente, estás cien por ciento vulnerable y eso da miedo, pero también estás en paz.” Es, de alguna manera, ese momento de dar la falta, la apuesta sin garantías que se juega en las consecuencias. Otro lo describió desde el extremo opuesto: “estoy muy metida”, “es muy intenso”, “no puedo ni dormir”. Y un tercero me habló de su pareja, que ve el amor de forma transaccional cuando él no “gana nada” al estar en la relación, y sin embargo está ahí: durmiendo en el sofá cama, limpiando la casa, llevando a su hijastra a la escuela, en espera de que ella sea capaz de amarlo. Ninguno de los tres puede contarlo todavía. Están adentro, tramados por la red, sin saber aún qué está ordenando el tiempo, sin desenlace visible. El tiempo todavía no se ha vuelto historia.
El amor es una apuesta terca. Sin garantías, sin poder ver el final escondido en los inicios, sin saber aún cómo está ordenado el tiempo. Quizás eso es lo que quería decir Juarroz, con el verso “original”:
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
Entre Juarroz y Estrada, una diferencia mínima redoblada, la posición y dónde ponemos el acento en los plurales, inicios o finales. Pero los dos acentúan la terquedad. Esa única forma terca de entrar en la trama de la historia de amor.
Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro
Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Fotograma de “Crepúsculo”, 1945. Dir. Julio Bracho
En la historia del cine hay caracterizaciones indisociables de un actor o personaje. Por ejemplo, Cantinflas y su sombrero con doblez y los pantalones caídos. O Tin Tan con el traje de pachuco. Siempre que se piensa en Marilyn Monroe o en Audrey Hepburn, vienen a la mente las imágenes de la falda blanca levantada por el aire curioso del respiradero del metro, que deja ver las piernas de la rubia, y del vestido negro y las perlas en el largo cuello de Audrey, frente al escaparate de la joyería Tiffany.
Otro fenómeno es el de los actores que el gran público identifica con algún rasgo físico. Hay que pensar en los ojos de Bette Davis —que hasta inspiraron una canción—, la mirada perdonavidas de Pedro Armendáriz o los senos de Lana Turner, la “chica del suéter”, que, primero, hizo popular la prenda que realzaba su pecho y después el concepto. También hay cejas para la historia: desde Jean Harlow y Marlene Dietrich hasta Dolores del Río y María Félix. O Salma Hayek, cejijunta igual que Frida Kahlo.
Igualmente, hay actores que trabajan con atributos que los distinguen. ¿Qué sería de Catherine Deneuve sin su melena boscosa y rubia, de princesa de cuento de hadas; o de Julianne Moore sin las innumerables contorsiones de su cara de ángulos enrevesados? Arturo de Córdova, por su lado, usaba las manos para expresar las contrariedades de sus personajes. En lo más destacado de su filmografía hay una recurrencia, las manos como vehículo expresivo ligado directamente a la historia que se cuenta. ¿El actor era consciente de ello? Es probable que los directores con los que trabajó sí lo hayan notado y, por lo tanto, echaron mano —literalmente— de este recurso interpretativo e iconográfico.
Fotograma de ¡Ay, qué tiempos, señor don Simón!
A de Córdova, que antes del cine trabajó como locutor, se lo reconocía más por la voz melodiosa y la dicción estudiada, de anuncio publicitario. También se puede hablar de su mirada altanera, entre irónica y socarrona. O de su cara de galán fufurufo —“¡estoy harto de tu cara de muñeco!”, le grita Fernando Soler en Celos (1935), de Arcady Boytler—. Sin embargo, de Córdova, un actor más bien lacónico, de gestos y trazos concisos, limitados, no sería el actor que alcanzó cotas tan altas como En la palma de tu mano (1951) o Él (1953), sin el valor expresivo de sus manos.
Hay actores de cine que actúan no sólo con la cara. A Greta Garbo se le recuerda primero por el rostro melancólico y luego por la voz grave. Pero hay mucho más. Al ver sus películas, se observa la emoción que emana de sus largas manos al abrazar a sus amantes, al acariciar sus rostros con piedad, deseo o frenesí. En A Woman of Affairs (1928), por ejemplo, se aferra de forma conmovedora a un ramo de rosas en sustitución del hombre que se lo envió.
Las manos de Arturo de Córdova no eran particularmente llamativas, pero sí elegantes. De talla mediana, ni muy fuertes ni muy delicadas, como se puede ver en Crepúsculo (1945), de Julio Bracho. Se trata de una película sobre el pulso, sobre la seguridad o firmeza en la mano para ejecutar una acción que requiere precisión. Esto es imprescindible para el trabajo del cirujano Alejandro Mangino (de Córdova). Ya al inicio del filme, el mayordomo lo acusa de otra vez no dormir y no desayunar, lo cual afecta su pulso. Alex Phillips, cinefotógrafo, lo capta mirándose las manos e intentando contenerse.
Mangino, justamente, pierde la seguridad, el pulso, cuando Lucía (Gloria Marín), una examante, se casa con Ricardo, un amigo suyo muy querido, sólo para volver a estar cerca de él. La película es un gran flashback que cuenta cómo se trastoca por entero su vida de éxito profesional, académico y social cuando se da cuenta de que necesita eliminar a su amigo para seguir la relación con Lucía. Sus manos elegantes parecen tener autonomía maligna cuando intentan empujar a Ricardo, a quien estima y odia por igual, al vacío. Cuando Mangino tiene que operar a su amigo, debido a un accidente, su pulso exacto de cirujano falla.
Fotograma de Crepúsculo.
Los personajes de Arturo de Córdova encarnan un tipo de tormento mucho más moderno que el de sus contemporáneos. La desolación de sus hombres, que siempre se deslizan poco a poco en una espiral que desciende al abismo, se relaciona con la enfermedad mental y el fracaso. El sufrimiento de De Córdova es un drama interno, no exento de los arrebatos propios de los charros cantores, pero sus formas de sufrir son más sofisticadas. Cerrar los puños en señal de frustración es uno de sus manierismos, como se ve en ¡Ay, qué tiempos, señor don Simón! (1941), donde un primer plano de su puño que rompe un vaso expresa su ira.
Con Juan Bustillo Oro hizo El hombre sin rostro (1950), filme de corte psicoanalítico donde un criminal se aprovecha de la psicosis de un hombre para hacerle creer que es el asesino serial de prostitutas que busca la justicia. La ironía es que son ellos quienes investigan el caso. En su delirio, de Córdova, quien vive atormentado por un sueño donde aparece una figura humana sin rostro, ve cómo sangran sus manos sin parar. Incontrolable, mancha las paredes y las toallas, se lava pero es inútil. Inducido por su jefe, cree que se trata de la sangre de las víctimas. De nuevo, el actor mira sus manos con espanto y horror, imagen que se repite una y otra vez en su carrera y que sintetiza el horror y la incredulidad de ser él mismo capaz de cometer crímenes, ya sea como sustitución de sus impulsos sexuales reprimidos o por ambición. En este caso, la culpa es más simbólica que real, pero no menos pesada.
Fotogramas de El hombre sin rostro .
Sus puños cerrados en Él (1953) son una manifestación de odio, un nudo que contiene sus impulsos violentos, que disemina aquí y allá en formas más sutiles y urbanas de humillación y desprecio, por ejemplo, los celos como demostración amorosa y la ironía como cuchilla. Buñuel hace también un acercamiento amenazante de sus manos, especialmente de sus nudillos, que sostienen la cuerda con la que pretende inmovilizar a su esposa (Delia Garcés). Católico y castigador, enfermo de razón que lucha por recuperar las tierras de Guanajuato que otrora fueron de su familia —guiño al rencor revolucionario—, el hombre desea a su esposa como una flor artificial de su casa de estilo art nouveau , un jardín disecado por la forma arquitectónica.
Fotograma de Él .
Antes de la película de Buñuel, obra maestra de característica atemporal, Arturo de Córdova hizo En la palma de tu mano (1951), que con el tiempo se revelaría como su filme más moderno y adelantado. En él, Roberto Gavaldón despliega un programa que resultó, intencionalmente o no, hecho a la medida de sus tics y manierismos, donde son las manos, justamente, el leitmotiv de la historia.
El profesor Karín (de Córdova) es un quiromántico que disfraza su desencanto con charlatanería. Miente al leer la mano de sus clientas ricas. Karín, que vive con Clara Stein (Carmen Montejo), estilista, sabe que por más esfuerzos que haga nunca va a salir de perico perro, es decir, que se siente estancado en la mediocridad de vivir al día, sin ningún horizonte. Él, por supuesto, anhela más y espera una oportunidad singular para dar el golpe maestro. La oportunidad llega cuando se entera de la muerte de un viejo millonario cuya sospechosa viuda, Ada Romano (Leticia Palma), joven y bella, va a recibir una cuantiosa herencia.
Fotograma de En la palma de tu mano .
El guion —de José Revueltas e inspirado en una historia de Luis Spota— está dicho. También el triángulo amoroso, donde Clara y el amante de la viuda (Ramón Gay), forman el tercer lado de una figura completamente trágica. Aquí, las manos de Arturo de Córdova son las de un criminal que mata más por pasión que ambición, traicionado por el destino, a pesar de todos sus cálculos. Mientras observa sus manos, con las venas saltadas por la luz de la fotografía de Alex Phillips, de Córdova escucha en su cabeza: “hay manos bondadosas y manos crueles, manos egoístas y manos desinteresadas, manos ruines y manos nobles, manos inocentes y manos homicidas”. Como se ve a lo largo de la historia, todas esas manos le corresponden, son suyas, en la complejidad de su ser.
Ya pasados sus años de gloria, Arturo de Córdova vuelve a la imagen recurrente de sus manos en un filme genial y socarrón, El esqueleto de la señora Morales (1960), donde probablemente entregó su mejor trabajo actoral. La película de Rogelio A. González se estrenó, curiosamente, el mismo año que Psicosis (1960), otro filme sobre un taxidermista.
Harta del olor a muerto de las manos de su marido, entre otras cosas, la señora Morales (Amparo Rivelles) siempre le pide que se las lave con alcohol. Son las mismas manos deseosas de redescubrir su cuerpo, vedado al deseo por el pudor y la culpa que amalgaman su actitud devota de la religión católica. Entre las divertidas alusiones a la masturbación, probablemente la única vía de alivio del hombre —“siempre estás pensando en cochinadas”, le dice Rivelles cuando lo descubre viendo en la televisión a unas mujeres que bailan con poca ropa—, queda una imagen inolvidable, la de las manos de Arturo de Córdova que hace un gesto, captado con un plano contrapicado, para indicar a la doméstica el grueso del bistec, medio cocido, que quiere que le cocine en ausencia de la señora.
Fotograma de El esqueleto de la señora Morales .
Manos aquí y allá, manos iconográficas del cine mexicano, son las manos de De Córdova que siguen haciendo gestos y señas que hablan, más que de otra cosa, de la sugestión de las imágenes que se quedan.
Autores
Es periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Colabora en las revistas mexicanas
Letras Libres ,
Nexos y
Arquine . También en la argentina
Otra Parte y en la mexico-estadounidense
Literal Magazine . Como traductor, es uno de los autores del libro colectivo
Las mariposas beben de las lágrimas de la soledad (Ediciones Del Lirio, 2024), de Anne Genest. En 2023 fue parte de la residencia de traducción Seneffe-Passa Porta en Bélgica, donde tradujo una obra de Chantal Akerman. Actualmente prepara dos libros sobre Roberto Gavaldón y Arturo Ripstein.
“La gran ola de Kanagawa”, Katsushika Hokusai (1760–1849). Obra de dominio público.
I.
Cuando nació fue Tokitarō, que significa “Primer hijo”, pero en su juventud, como aprendiz de un tallador de madera, se le conocía ya como Shunrō, “Primavera brillante”. Hacia los treinta, casado dos veces y dos veces viudo, fue Tawaraya Sōri, en honor al estudio de artistas donde era aprendiz, y hacia los cincuenta, como maestro consagrado, respondía a Taito, “El pacífico”. Cerca de los sesenta lo llamaron Iitsu, “El absoluto”, y hacia los ochenta, en el final de su vida, se nombró Gakyō Rōjin Manji, “El anciano loco por el arte”.
En sus casi noventa años, Katsushika Hokusai tuvo alrededor de treinta nombres, en promedio uno cada tres años. Mi primera intuición es que se trata de un rasgo de vanidad, la necesidad ególatra de procurarse, una y otra vez, una identidad artística distinta. Mi segunda intuición es la opuesta: es un acto de humildad secreta, risueña, el desaparecer tras una serie de máscaras sucesivas, volverse imperceptible, disgregarse en la multiplicidad.
En cualquier caso, el gesto dice: No tengo nombre, no tengo biografía. Mi obra es mi biografía.
La gran ola de Kanagawa
II.
Comenzó a pintar a los seis años, como ayudante de su padre, Nakajima Ise, fabricante de espejos para el shōgun: confeccionaba los diseños de los marcos, pulía los cristales. A los doce, trabajó en una biblioteca de préstamo, y de los catorce a los diecisiete, hizo grabados y pinturas de madera en un taller: imágenes de cortesanas y actores de kabuki.
En el año 1778, con dieciocho años, se convirtió en discípulo del maestro Katsukawa Shunsho, de la escuela ukiyo-e, con el que aprendió la xilografía. Desde entonces, no se detuvo: por casi sesenta años produjo tarjetas, surimonos , libros ilustrados, ilustraciones de antologías de poemas, libros eróticos, pinturas a mano o libros de bocetos. Realizó más de treinta mil dibujos en los que aparecen samuráis, animales, mujeres desnudas, trabajadores, batallas, paisajes. Dio clases, escribió manuales, confeccionó ornamentos para la aristocracia. Perdió dos esposas y un hijo, conoció la miseria y la riqueza; sufrió una parálisis intermitente en el brazo izquierdo, y se las vio con un nieto conflictivo, quien demostró ser un delincuente incorregible.
La consagración, sin embargo, le llegó tarde: no fue sino hasta los setenta años cuando compuso su obra cumbre: 36 vistas al Monte Fuji .
De haber muerto antes, probablemente la historia lo habría olvidado.
Senju en la provincia de Musashi
III.
36 vistas al Monte Fuji es un título engañoso. Sin duda, se trata de 36 xilografías donde se muestra a la montaña del mismo nombre desde distintas perspectivas y en diversas condiciones meteorológicas. Sin embargo, lo verdaderamente importante aquí es también lo más obvio: se trata, en esencia, de vistas . Es decir, lo que se nos muestra, ante todo, no es una serie de paisajes, o al menos no estrictamente. Más que los accidentes geográficos, lo que le interesa es cómo se mira, desde dónde, desde qué emoción y qué perspectiva.
El arte japonés es una pintura de la forma y del color. Al omitir la sombra, y por lo tanto el relieve, sus imágenes no buscan ser una imitación falsa o tramposa de la naturaleza, sino una mirada , una visión de un aspecto: un cuadro japonés nunca puede parecer otra cosa que la extensión plana de pigmento que es en realidad, y así mantiene su lugar como parte de la superficie de la pared.
El ojo de Hokusai parece estar siempre entre las escenas que retrata, perdido o mezclado en ellas. Por más que lo resguarde una distancia compositiva, aquel que mira está mezclado en el desorden, disuelto en un caos vivo. En La gran ola de Kanagawa , miramos a un pescador convertido en un simple insecto, agazapado en su precaria balsa, mientras una gigantesca ola se derrumba y se agita por encima de él; el Monte Fuji es apenas un triángulo a la distancia, espectador indiferente de la tempestad. En El templo de Gohyakurakan , la montaña sirve como la vista lejana y tranquila de un grupo de amigos que observan desde el balcón. En Esbozo de la tienda Mitsui , acompaña desde el fondo a un hombre que vuela un papalote y En las montañas de la provincia de Tōtōmi, puntea el final de la jornada, donde un grupo de carpinteros trabajan un gran bloque de madera. Solo en dos de las placas falta la presencia humana, y rara vez aparece el majestuoso monte en primer plano.
Al mirar la serie, tenemos la viva sensación de que fue pintada al aire libre. Esto no se debe únicamente al hecho evidente de que en ella aparecen paisajes naturales, ni a que el punto de vista, al menos en apariencia, se encuentra a la intemperie. En un sentido más profundo, tiene que ver con la relación del punto de vista del pintor con aquello que retrata. Hay miradas de reojo, al paso, breves e interrumpidas. Sus cuadros están llenos de movimiento, de gestos instintivos, momentáneos, naturales. Hay hombres, mujeres, bestias, plantas, árboles, edificios. Cada momento tiene su importancia, cada detalle, cada forma de existencia. Una fila de pájaros gorjeando en una valla, un caballo cansado, un pescador que tira la atarraya al atardecer. Las imágenes se abren más allá de sus contornos; su espacio es expansivo, circular, el marco las contiene solo provisionalmente.
Su actitud es siempre la del pintor del aspecto más que la del pintor del análisis. Y sin embargo, esta presencia subjetiva no nos conduce nunca a una afirmación del yo. Más bien lo contrario: es una mirada anónima precisamente porque está despojada del punto de vista abstracto.
Es siempre alguien que mira, pero ese alguien es cualquiera .
Es Tokitaro, Shunro, Taito. Es Hokusai y sus treinta nombres, perdido en la multitud.
Ejiri en la provincia de Suruga
IV.
Su esfuerzo fue el de aproximar, hasta la locura, los dos actos de la producción: el del lienzo y el de la realidad representada. Sin embargo, tal obligación no fue en él producto de una idea sobre el arte, sino de un abrumador sentimiento de empatía por la vida cotidiana, por los pequeños afanes y las ocupaciones anónimas de aquellos que habitan y rinden culto a la naturaleza.
La humanidad que realmente ama es, en su mayor parte, una humanidad ocupada. Para él, nada hay más sagrado que el trabajo. Sus cuadros están poblados de artesanos, pescadores, comerciantes y campesinos. Los vemos con el agua hasta las rodillas, inclinados, sembrando arroz, tirando rápidamente por las grandes carreteras, viajando sin descanso bajo la lluvia o bañados por el sol. Entre los juncos bromean los marineros, y entre las calles se detienen, en actitud contemplativa, los paseantes. Es hacia la clase artesana entre la que vivía hacia la que siente una mayor simpatía: conoce el esfuerzo violento de los cuerpos, sus convulsiones rítmicas, sus padecimientos y también su gozo secreto.
Sin embargo, el suyo no es un arte político, en el sentido estricto de sus motivos. Tampoco es un arte del Yo. Quizás la palabra más adecuada sea mítico , en el sentido en que está abocado a las apariencias cotidianas, a la experiencia de un mundo que comienza cada vez, cada día, cada hora en que la luz se transmuta. Le interesan las fiestas, los días de campo, los barcos, las mujeres, los trabajadores, las banderas, los árboles en flor: su vocabulario es el de un sueño popular.
Quizás, él mismo entendía el acto creativo del artista como uno más entre muchos actos similares. Insistía, repetía sus cuadros, una y otra vez, del mismo modo que el carpintero lija la madera, el pescador tira su atarraya y el leñador hiende su hacha. Si la mejor manera de aproximarse a la realidad era a través del trabajo, es porque la realidad misma es una forma de producción.
En las montañas de la provincia de Tōtōmi
V.
Los pintores no dejan de malograr sus cuadros; la destrucción es hermana de su oficio. Guiados por el delirio, exhaustos, irritados, maldicen la hora en que eligieron ser pintores, y sin embargo no dejan de insistir, de buscar esa pulgada infinitesimal que por fin los libere de su carga. Es arquetípica la imagen del artista que borronea, rasga e incluso incendia sus telas, siempre a un paso de la obra maestra que, sin embargo, parece eludirlo fatalmente. Como Sísifo, se aproxima sin llegar jamás; su condena es la repetición.
Hay siempre algo de grito en repetir: una cercanía desesperada, un fracaso que, sin embargo, ha rozado la imagen del deseo. Es también una forma de énfasis. Se quiere decir algo, pero aún no se ha dicho perfectamente: lo único que queda es decirlo nuevamente, una vez más, hasta que el cuerpo aguante. Allí se juega el estilo: en nuestras repeticiones no se revela tanto nuestro temperamento como la biografía de nuestras frustraciones, la radiografía de nuestras tentativas malogradas.
No es accidental, sin embargo, que se trate de un vicio de pintores. La historia de su arte está llena de estas obsesiones: Picasso y sus estudios para el caballo, las manzanas de Cezanne, los cristos de Grünewald y las majas de Goya. Quizás es un problema de luz: el pintor trabaja con el elemento cambiante por excelencia. El esfuerzo disecador del artista se enfrenta siempre a la naturaleza cambiante de las cosas, que se le resisten.
Durante toda su vida, Hokusai pintó compulsivamente. Ningún otro pintor ha sentido nunca un apremio comparable. Sin embargo, la imagen que nos ofrece no es la del artista atormentado, sino la del filósofo risueño, del humorista, del monje que recorta delicadamente las ramas de su bonsai. Hay en él, sin duda, una reverencia por las cosas cotidianas, y sin embargo, jamás las eleva, nunca desea salvarlas. Es, en un sentido anacrónico, estrictamente existencial: carece de ideología. La barca es una barca, no un refugio. Los cuerpos están cansados de andar, no han sido explotados. El Monte Fuji no es un símbolo; es una montaña. El pescador pesca, las garzas picotean el agua. Es una extraña desnudez, una simplicidad que tiene el don de transmitir la idea de una realidad que puede ser amada por lo que es.
Croquis de la tienda Mitsui de la calle Suruga en Edo
VI.
En 1834, después de producir Cien vistas del monte Fuji y cerca de cumplir ochenta años, escribió:
Desde los seis años sentí pasión por copiar la forma de las cosas y, desde los cincuenta, he publicado muchos dibujos, pero de todo lo que dibujé hasta los setenta años no hay nada que merezca la pena tener en cuenta. A los setenta y tres años comprendí en parte la estructura de los animales, las aves, los insectos y los peces, y la vida de las hierbas y las plantas. Así, a los ochenta y seis años progresaré aún más; a los noventa penetraré aún más en su significado secreto, y a los cien quizá haya alcanzado verdaderamente el nivel de lo maravilloso y lo divino. Cuando tenga ciento diez años, cada punto, cada línea poseerá vida propia.
Autores
(Santiago de Chile, 1995). Es licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2020-2022) en el área de narrativa, becario del Fondo Nacional de las Artes en Ensayo Creativo y miembro del Quinto Programa de Tutoría de Novela de la UNAM. Su libro
Si en medio del bosque un árbol fue merecedor del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2025. Es miembro fundador de la compañía teatral Vincent Company, y su actuación en el monólogo
Y la guerra sigue fue meritoria del reconocimiento a Mejor actuación masculina en el XXVI Festival Internacional de Teatro Universitario.
Sonora, México, 2006. Fotografía de @Lon&Queta. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Debí morir, lo sé, al menos con el disparo en la frente. Vació el cargador de su pistola y luego me amarró a este cactus. Estuve atado durante casi una semana. Calculé el tiempo según las noches, que era cuando la sangre se enfriaba y me sentía un poco más espabilado, al tiro en la temible oscuridad. En estos siete días, el sol achicharró mis pestañas, pero me mantuvo vivo únicamente con la intención de cocinarme las entrañas y hervir mi cabeza. Dudé si mi nombre, si mi cara… y los cambié varias veces. De nada sirvió.
¿Quién necesita un rostro? Ni apellido.
En esa semana procuré recordar mi aspecto. Imaginé mi cuerpo atado al cactus, goteando lodo ensangrentado, mientras reconstruía mi carne entre las espinas y el silencio. ¿Cómo era? ¿Quién? ¿Yo? ¿Así nací? ¿Un hombre de piedra incrustado en el tronco de este maldito cactus? Mis únicos referentes eran las puntas de mis botas, dos cuernos apuntando al cielo, y la sombra amorfa de la cactácea, más negra aún que la mía.
Quise ser güero, ojiazul y lampiño. Después deduje que, en tal caso, sí estaría muerto, reseco y pálido, como un lagartijo expuesto a la canícula. Preferí convertirme en cuatrero, con texana y chaleco de cuero, como aquel que me asesinó y luego ató mi cuerpo al cactus, nomás porque le robé un ternero. Los ojos fieros, la piel tostada. El bigote pobladísimo, de esos que espantan a los machos. Anhelé ser aún más prieto, como esos galoperos que doman caballos o un bullrider , que son los vaqueros más famosos y acalambran a las damas.
Pronto supe que era mejor morir: quien vive, sufre, fin.
Rehíce tantas veces mi cuerpo que, cuando la carroña comenzó a devorarme, no me importó, hasta me reí, deseando que acabara pronto conmigo. No le tuve miedo al dolor, tampoco a la muerte. Qué chingados. Solo no quería imaginar más caras infrahumanas con mi carne balaceada, reducida a mordiscones desde adentro.
El ruido de las ratas en mi tórax era aún más estrepitoso que las voces que rebotaban en las paredes de mi cráneo. Por alguna razón, en lugar de comerse primero mis ojos o mi lengua, recorrieron mi cuerpo entero y decidieron escarbarme el agujero en el pecho que me dejó una bala. En el interior, sus garras me daban cosquillas, pero las mordidas me hicieron gritar de dolor. Me sorprendió mi voz. Los dientes se sentían como diminutos cuchillos cortando mis entrañas sin parar, arrancando pedazos de carne, sangre en cada mordisco.
En algún momento terminó el dolor: ya no quedaba nada dentro de mí.
¿Morí? No. Escuché un rasguño áspero, continuo. Las ratas salían de mi cuerpo como si de un nido de arañas se tratara, despavoridas y satisfechas. Mis huesos se agitaron un poco, mi esqueleto se tambaleó. El cactus siempre permaneció erecto. Con las entrañas devoradas, enflaqué, y la cuerda, antes firme, resbaló. Topé de bruces con la ardiente arena, achicharrado de por sí, entre mis babas y mi sangre seca.
Libre.
Me paré, sacudí la tierra de mi ropa, por fin vi detrás del cactus y corroboré que estaba exactamente el mismo desierto que tuve enfrente todos estos días y noches. Las ratas también seguían ahí, observándome bípedas, con las trompas y las garras manchadas de sangre, riéndose de mí, quizás preguntándose quién era yo, cómo me llamaba. Devolví la sonrisa a esos santos roedores que me comieron y caminé.
Introduje un dedo en cada agujero que me habían dejado las balas, rasqué mis huesos, no pude palpar bondad ni misericordia cuando metí la mano. Fue el Diablo, no creo que Dios, quien me mandó aquellas ratas salvadoras, o quizás solo haya sido suerte, como la que tuvo la vaca que abdujeron y ahora muge en el espacio exterior. No me aterró la idea de morir, mientras recordara con claridad el nombre y la dirección del hombre que me mató.
Paraíso e Infierno, mismo lugar: un desierto negro del que nunca escapas.
Anduve y el horizonte se partió. Había otros cactus, muchos otros cactus, algunos retorcidos como espectros que miran siempre hacia abajo, como si hablaran en secreto con el desierto; otros erectos, como mi cactus materno, que parecían gritar de dolor, con las ramas como brazos acuchillados por espinas, pidiendo ayuda. Los dejé atrás, me olvidé de todos ellos menos de uno, y espero que ese cactus siga acordándose de mí, de esta voz y de mi verdadero nombre, mi cara, mis lágrimas.
Tampoco olvidaré la serpiente que se me encaramó en el cuello mientras estuve atado al cactus, la muy culera, y me dejó ver en sus ojos que yo también tenía la mirada de víbora. Levantó su cascabel y lo mantuvo erguido a la altura de mi oído, como retándome a probar un poco de su veneno. Metió su lengua bífida en mi boca, pero no me mordió. Poco a poco fue desenroscándose de mis vértebras hasta que pude respirar mejor y, finalmente, huyó, dejando un rastro zigzagueante entre mis botas.
El resto de las serpientes en el camino se apartaron conforme avanzaba, como si aquella cascabel les hubiese comunicado a todas que yo tenía un destino, que no estaba ni vivo ni muerto, sino espectro. Las escuchaba cuchichear a mi alrededor, así corren los chismes en el rancho. Ellas sabían lo que iba a suceder a continuación, como lo supieron entonces la llanura y el sol, los dinosaurios y las conchas marinas. Eran muchos los fósiles destrozados, en añicos, como los sesos de un cabrón al que le volaron la cabeza de un balazo. No sé si caminé durante casi una semana o tan solo unas cuantas horas, pero llegué.
Las mismas piedras, las mismas casas. Un rancho que crucé arrastrando el polvo de mis botas hasta el zaguán de la finca. Soledad kilométrica a la redonda. Mi asesino se orinó apenas verme al otro lado de la puerta. Seis balas en la pistola. Retrocedió en pánico hasta el centro de su casa, mientras yo apuntaba directamente a su corazón.
No había nada que decir, sin palabras, sin gestos, disparé primero a su rodilla derecha, luego a la izquierda. Se le reborujaron los brazos entre una herida y otra. Cayó de lleno con la cara, sin meter las manos, y se rompió la nariz, casi pude oír la fractura del tabique. Sangraba mucho y sus fluidos se confundieron amarillos y rojos en el pantalón de mezclilla. Arrastró su cuerpo y, aun malherido, intentó defenderse.
Apunté a la mano con la que disparaba y sus dedos se esparcieron como gusanos desmembrados, manchando los mosaicos de la sala. Luego disparé una vez en el estómago, en un punto que no lo mató, pero que le generaba un dolor supremo, una agonía indescriptible en el rictus de su cara, los estertores de su carne moribunda. Nos envolvió el silencio que sigue a un asesinato. Me quedaban dos balas, guardé la pistola. Cerré la puerta de la casa para tener más intimidad con él, para que ninguno muriera solo. De pie ante mi asesino, mirándolo plañir, implorando piedad, me rogó que, por favor, no lo matara. Un reguero de sangre sucia salía de su camisa y encharcaba el piso, gritaba de dolor.
Percibí la tortura en sus ojos, además del olor de su piel agujerada por el plomo y la pólvora, carne rota, chamuscada, expandiéndose de su panza al piso, sentiría frío en los brazos y en las piernas, un congelamiento que se iba apoderando de su cuerpo hasta dejarlo tieso como un animal disecado. Él, que era un asesino, y de los más crueles, sabía cuánto tiempo le quedaba de vida, cuánto de dolor, cuánto de agonía, y que era mejor morir rápido, porque no había escapatoria, perdió.
Nunca más vería a la mujer que amaba. Tampoco mi rostro carcomido por el tiempo que estuve atado al cactus, muriendo lento y espinado, lleno de ira, preso de una rabia que acumulé con el paso de los alacranes por mi rostro, sus aguijones rehuyendo mi carne envenenada, de fantasma llanero. No volvería a ver esta cara, relajada gracias a su dolor y la tortura, ni mi cuerpo balaceado, devorado por dentro, libre de venganza porque yo también lo maté. Jamás olvidaré el ruido del penúltimo balazo, atravesando su cara hasta la nuca y, si consigo llegar a viejo, probablemente en mi lecho de muerte recuerde cómo se apagaron sus ojos de pistolero fino.
Dejé el rancho, volví al desierto.
Mi cactus materno seguía en el mismo lugar. Acaricié su corteza rancia, pasé mis dedos entre sus espinas como si fuera la crin de mi primer caballo. Esa sangre no podía sino ser mía, cualquier otro infeliz del mundo, uno que tuvo suerte.
La mujer de mi asesino lo encontró muerto, con la boca abierta repleta de cucarachas, los ojos enmoscados. Lágrimas, duelo, todo eso. Enterró al hombre en el panteón municipal, junto a sus padres. Costó tanto limpiar su sangre reseca del mosaico de la sala, como si hubiera trasminado hasta la tierra, que la viuda también huyó del pueblo sin llevarse nada, pero dejó abierta la puerta por si el espíritu de su hombre quería venganza.
Nunca tuvieron hijos. Yo tampoco, pero si hubiera tenido uno, le regalaría esta pistola, como hizo mi padre conmigo, unas botas y su primer caballo. Mi vida y mi muerte serían, como la vida y la muerte de mi asesino, al final, casi las mismas.
Mi agonía solo mucho más larga, tenía una bala: abracé mi cactus.
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Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño.
Doppelgänger : @lagunauta.