Ilustrador
Mariana G
Resido y dibujo desde CDMX. Soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica por parte de la UAM Azcapotzalco e ilustradora por parte del azar. Hace un par de años estudié Ilustración Experimental en la Escuela de Diseño del INBA. He colaborado de manera independiente con distintas agencias de publicidad y estudios creativos, sin embargo, mayormente mi trabajo ha estado presente en proyectos editoriales y animados. Actualmente, junto con una amiga, editamos MALA, un fanzine colaborativo hecho por mujeres.
Portada de “Los hombres nunca reciben flores”, Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026.
Flores para José Alfredo
El acto de regalar flores ha estado históricamente vinculado al universo simbólico de lo femenino. Las flores representan belleza, efimeridad, afecto y cuidado: todos atributos que, en las sociedades patriarcales, han sido tradicionalmente adjudicados a las mujeres. Así, el gesto de obsequiar flores a un hombre aparece como algo excepcional, incluso transgresor, no porque el hombre no merezca belleza o ternura, sino porque la masculinidad hegemónica ha sido construida como ajena a ese tipo de lenguaje afectivo.
No regalar flores a los hombres no es una omisión anecdótica. Es una expresión simbólica del sistema de género. Es el síntoma de una educación emocional que ha disociado al varón del universo de lo sensible, del adorno, del regalo no funcional. Mientras a las mujeres se les enseña desde temprana edad a recibir halagos, obsequios y atenciones como forma de validación —y también de subordinación afectiva—, los hombres son instruidos para dar, no para recibir; para ofrecer protección o recursos, pero rara vez para ser el objeto del cuidado o del detalle gratuito.
Esta dinámica está íntimamente ligada a la estructura de poder que sostiene la masculinidad dominante. Recibir flores implicaría asumir un rol pasivo, estar en el lugar del “otro deseado”, admitir cierta vulnerabilidad. En otras palabras, pondría en crisis el mandato de la autosuficiencia masculina. La ternura, cuando se dirige hacia los varones, suele estar condicionada: es aceptable en la infancia, tolerada en la enfermedad, pero sospechosa en la vida adulta. Por eso mismo, el gesto de regalar flores a un hombre no sólo es inusual: a menudo provoca incomodidad, burlas o rechazo, como si el hombre que acepta flores estuviera cediendo un fragmento de su virilidad.
El desbalance no es sólo simbólico, sino afectivo. La imposibilidad cultural de regalar flores a los hombres reproduce la lógica de que ellos no necesitan ser reconocidos desde la belleza, la fragilidad o la celebración gratuita. Se presupone que no anhelan ser sorprendidos, cuidados o agasajados sin una razón utilitaria. Esta lógica no sólo empobrece los vínculos, sino que priva a los varones de lenguajes afectivos alternativos que podrían habilitar otras formas de sensibilidad.
Cuestionar por qué no se les regalan flores a los hombres es, en el fondo, preguntarse por qué seguimos asignando el afecto como un atributo femenino y el merecimiento simbólico como un privilegio exclusivamente femenino en tanto objeto, no en tanto sujeto sensible. La transformación de las relaciones de género también pasa por estas prácticas mínimas, donde se reconfigura quién merece ternura, belleza o detalle, y en qué condiciones.
Regalar flores a un hombre no es un simple gesto: es una forma de disputar el guion afectivo impuesto por el patriarcado. Es permitirle, aunque sea por un instante, habitar un lugar distinto: el de quien no tiene que merecer nada, el de quien puede simplemente recibir.
II
Me acuerdo de cómo
ir a la tumba de José Alfredo a dejarle flores era pensar
en que así te amaba más.
A lo mejor las flores, te las debí haber dado a ti
pero los hombres nunca reciben flores.
Me dijiste la razón de por qué a José Alfredo, le dolía pasar por Salamanca
y te escuché con más atención que con la que se escuchan los sermones de la iglesia.
No te dije, pero me cambiaste la vida
a los 17, me diste el mejor consejo del mundo: “no estudies Letras, es aburrido y tú nunca sabes lo que es aburrirse”, sentenciaste con tu sabiduría de monje al que corrieron del seminario por manosear señoritas.
Siempre fuiste José Alfredo,
una caguama directo de la botella,
un viejo porro que nunca ardió pero tú querías que fumara contigo,
“conmigo mejor que con otro”.
Siempre fuiste Flecha Amarilla con descuento de estudiante y que mis papás no supieran que te amaba como una loca, como una niña.
Te contaba todo, de todos y no te aburrias.
Juraste “con novio y sin novio” y te creí como se creen en los juramentos.
Te creo entonces y te creo ahora a mis casi 40.
Te escribo entonces y te escribo ahora a mis casi 40.
Siempre tú, siempre nosotros.
En aquella terraza de tus amigos pintores que sabían que el amor era otra cosa.
Nosotros también sabíamos que el amor era otra cosa,
amor siempre y este es el primer poema
que descaradamente habla de amor y se deja descaradamente
y cínicamente ser cursi
como cursi era contigo a los 17, a los 21 a los 27, a los 37.
SOY LO PROHIBIDO
Mientras tomaba un café en la Roma,
un mariachi tocaba “Soy lo prohibido”.
No pidió permiso, ni lo necesitaba.
De repente, la serenata que me cantabas en secreto hace veinte años
volvió a mí como un perfume viejo
guardado en el fondo de un cajón
que no se ha querido abrir.
Volvió tu voz —más joven, más rota—,
volvió tu risa nerviosa,
volvieron tus manos escribiéndome cartas
que nunca llegaron.
Volvió la certeza de que lo que tuvimos
nunca fue correcto,
pero fue nuestro.
Y no sé si decirle milagro,
fortuna
o destino.
No sé si fue casualidad
o castigo,
pero ahí estaba:
tu canción en mi mesa de café,
tus labios en mi memoria,
tu sombra sentándose conmigo
como si nunca se hubiera ido.
Le sonreí al mariachi.
No le di una moneda. No le pedí otra.
Con esa bastaba.
QUE NO SOMOS IGUALES DIJO LA GENTE
Fue la sentencia cayendo una gran roca entre nosotros y casi nos aplasta,
pero José Alfredo seguía cantando “si nos dejan”
aunque casi nunca nos dejaron
y cayeron sobre nosotros los años y las cosas.
Crecimos lejos aunque a veces seguías diciéndome “amor”
y yo procuré que a mi nostalgia no se le viera la costura,
esconder tus palabras abajo del tapete, voltear para otro lado cuando pasaba por Salamanca y no contarle a nadie sobre esas noches en las que te quise y fuimos
lo prohibido. Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti
cada vez que escuché esa canción, pensé en ti,
Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti.
Aunque ya no doliera como antes y pudiera cantarla sin llorar,
aunque fingiera que ya no recordaba la textura de tu voz diciendo mi nombre.
Aprendí a pasar por Salamanca sin pestañear, a dejar que el recuerdo se me escurriera
entre los dedos como si fuera agua, como si nunca te hubiera amado tanto.
Pero no se olvida tan fácil lo que una quiso a escondidas,
lo que una defendió en silencio,
lo que una abrazó con miedo.
Que no somos iguales, dijeron, y qué razón tenían.
Yo me hice adulta con tus ausencias,
tú seguiste siendo el muchacho que prometía y huía.
Fuimos lo prohibido, sí, pero también lo inolvidable.
Una grieta en la historia que no se cierra,
un “por poquito” que pesa más que cualquier certeza.
Y aunque ya no sepa si aún me llamas “amor”
cuando nadie te escucha,
yo sigo pensando que, si nos hubieran dejado,
quizá —sólo quizá—
habríamos sabido qué hacer con tanto amor maldito.
Portada de “Los hombres nunca reciben flores”, Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026. Disponible aquí
Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía
Tijuana 2018, es autora de los libros
Una jacaranda en medio del patio (2018),
Cosas comunes (2019) y
La arista que no se toca (2019).
Tenía veinte años, y durante varios meses atrás había leído muchísimos libros sobre bebés y maternidad; veía documentales, series, e incluso reality shows sobre el tema, lo suficiente, según yo, para llegar lista al momento de recibir a mi hija recién nacida en brazos. Mi visión no provenía de un anhelo amoroso, sino más bien de un sentido de responsabilidad ante un proyecto de vida que había aceptado. Y por supuesto que nada salió conforme lo planeé.
Los recién nacidos no saben respirar ni comer como nosotros. Nacemos así, sin saber nada. No hablamos este lenguaje común, no escuchamos ni vemos de la misma manera. Somos y fuimos otro tipo de seres, y yo lo entendí cuando conocí a Dafne. Sentí que cargaba un pez ciego y frágil. Ella tenía el color de un camaroncito cocinado y lloraba menos que yo. Mi abuela y mi entonces suegra me repetían que “me la pegara”. Al hacerlo descubrí que yo no producía leche de manera instantánea, que no era una hermosa vaca lechera y que después de varias horas de frustración e intentos por parte mía y de mi hija, al fin el primer agarre de succión llegaría a través de mucho dolor. Prueba y error, querida, prueba y error. Ambas bajo un aprendizaje vital. Yo con entuertos dolorosísimos cada dos horas y bajo la influencia potente de diversos analgésicos y opioides administrados en la clínica, tuve además que recibir a muchísimos familiares contra mi voluntad. Tomaban fotos, traían regalos, el flash resplandecía, los escalofríos de mi cuerpo me retorcían sobre la camilla, se morían de ternura con la bebé y yo solo estaba a punto de mandarlos al carajo para que nos dejaran a solas.
Fuera del hospital el dolor no disminuyó, cambió de zona. Por orden del sesenta por ciento de las mujeres de mi familia, fui presionada para tomar cantidades absurdas de atole de ajonjolí, levadura y agua. Amamantaba a mi hija a libre demanda, o sea, todo el día y toda la noche, dado que la bebé dormía siestas de cuarenta minutos cada dos horas. A veces tenía suerte y dormía tres o cuatro horas de corrido, pero era eso, suerte, hadas mágicas que aparecían antes de volverme loca. Tuve que inventar mi propia rutina para no dormir mientras daba de comer. Por curiosidad me metía a ver videos de hembras mamíferas con sus crías. Para mi sorpresa ellas sí dormían y no vivían paranoicas cuidando la supervivencia de sus cachorros. Me quedó clarísimo que somos los animales más frágiles de la tierra. Nos acostumbramos muy pronto a nuestra fragilidad, la defendemos y nos gusta, tanto que repetimos muchas veces que la vida sueña más vida y se busca a sí misma, cuando la realidad es que también la vida busca transformarse a través de la muerte para mutar en algo distinto. Quizás me equivoco, pero esa certeza me acomodaba en el cuello mientras rodaba sobre mi ojera derecha el tercer día sin dormir como Dios manda. Esto debe ser un vicio occidental. Sin contar que aquí, en México, nos gusta estirar la vida de algunas palabras como si fueran de plastilina, como en este caso el mamar , mamador , no mames , mamado , mamadas , mamaste , mame. Todas adjudicando un carácter infantil, inmaduro, fastidioso e insoportable. Todo desde la raíz mamma, que no solo nombra el pecho, nombra dependencia, exceso, goce, porque mamar va más allá de un acto biológico, mamar es una forma de habitar el mundo. Pender desde lo umbilical, insistir con el cuerpo entero. Quizá por eso el adulto que continúa mamando irrita demasiado, y pensamos, oh, tremendo mamador . Succionar fuera de lugar, fuera de tiempo y de la escena permitida. O el inmamable , como alguien o algo imposible de llevarnos a la boca, incomible, insoportable.
¿Y es que acaso no puede realizar una lectura de la realidad? ¿O estamos ante un necio que no regula su deseo? Bebesotes problemáticos. Destete violento, fijación oral, la búsqueda de la mamada. Mamadores del patrón, del Estado y no hay destete del consumismo porque el sistema necesita que sigamos succionando. Por eso resulta obsceno que el insulto recaiga sobre el cuerpo que pide y no se señale al gran pecho seco, un cuerpo que se niega a alimentar. Entonces estar mamando pudiese provenir de un duelo mal resuelto del destete. Sobreestimulación ante algo que nos mama , es decir, nos encanta, y lo queremos engullir en sobremanera. Ahora, contrario al mamador, el mamado es el que provee, como mis tetas que se ejercitaban con frecuencia porque dentro de ellas cada glándula mamaria trabajaba y la hacía crecer aún más. Entre más eres mamada, tienes más capacidad de alimentar. Así, podemos pensar en tres tipos de mamados, el fuerte o musculoso, el borracho y el que se excede. Lleno, llenísimo de sí, más allá de su epidermis. Y sin embargo, no hay que olvidar que sus recursos son limitados, como los pechos cuando se vacían totalmente y de repente pierden su redondez para ser como dos sacos miserables, estructuras en ruinas, como las que dicen las bocas cuando el sentido resbala de las palabras y juega con el exceso nuevamente, llevando en ocasiones a un límite de lenguaje. Eco verbal que no nutre más que la vacuidad y el silencio. Alimento probable del mamador para sostenerse. Este mismo sujeto puede verse ligado al artefacto de mamila, móvil que le alimenta mediante un chupón de plástico, símbolo del pezón, regresión a la mama. Santo patrono de las fantasías. Pechos enormes frente a tu cara. Pero también está la atribución al presumido, esa mirada desde la lengua cotidiana. Palabra torcida. Prima hermana del mamón y el mamoncito. Letras petulantes entre la suavidad extraña de las emes.
¿Y qué succiona el mamador, según el mexicano promedio? ¿Por qué a la sociedad le irrita tanto el mamar de un ser que no es un bebé?
¿Por qué nos cuesta muchísimo separarnos de las mamas? ¿Es la búsqueda de aquel estado frágil que vivimos al nacer? Estirar la juventud como estiramos las palabras. Ese primer gran vínculo afectivo nos moldea cada surco del lenguaje, como si de verdad el primer amor que conocimos tuviese la seguridad de alimentación y resguardo, nuestra madre poseedora de las mamas, que salvaguardan nuestro cuerpecito de este mundo aterrador y salvaje.
Con el correr de las semanas y la locura, mis pezones comenzaron a sangrar. Coloqué dexpanthenol sobre las grietas. Me acusaron de amamantar mal, de que por eso pasamos todas y ni modo . Aquello lejos de reconfortarme o redirigirme, me colocó bajo estados de ánimo confusos y llenos de tristeza. Da la leche si no quieres mastitis . Ya podía oler la pus saliendo de mi cuerpo, con los pechos hirviendo y la piel morada, a punto de ser intervenida en la clínica. El miedo era más grande que el dolor y la resignación de la pena. Mis pezones se partieron y en cada entrega la niña pujaba enojada porque su vaca de confianza no daba leche a montones. Yo la hacía trabajar, esforzarse, mamar con fuerza, entonces se enojaba y me mordía, masticaba mi carne a su servicio y yo lloraba. Ella me veía y sonreía. No mames, pensé. ¿Es esta la personalidad heredada? Mi hija como los bebés del mundo, relacionándose a través de la boca y sus sonidos guturales. Fase oral. Placer y conocimiento por esta nueva realidad. Una libido viva en un sueño blanco. Yo, parada de pestañas y entre alucinaciones por falta de sueño, me topé de frente con el otro mammon , a quien se le adjudica como rey y señor de la energía material mundana. La palabra es citada en la biblia y proviene del arameo mamona , que significa riqueza o dinero. Pensé en invocarlo como si fuese a llamar a un repartidor de pizza. Pensé que no estaría sufriendo así si tuviera el dinero a mi servicio, si pudiera resolver mi situación de otra forma, una más delicada y gozosa donde por lo menos pudiera dormir y mi pezón no se cayera a pedacitos sin ser revictimizada. Tomaría una ducha tibia si tuviera un boiler a mi disposición o tan siquiera alguien me apoyara con la crianza cuidando a mi bebé. Pagaría una enfermera si tuviera el capital económico. Y sí, compraría sacaleches, contenedores adecuados, almohadas de hule espuma, cazoletas para mi piel, más y mejores analgésicos que no incidan en mi producción y calidad de leche, un ambiente más dulce, horas hermosas de sueño para relajar mi sistema nervioso colapsado.
Respirar y mantener el contacto visual con el recién nacido que te muerde con sus encías tiernas. Mi pedazo de carne más vulnerable. Una niña hermosa con la sensación del cielo.
No hay nada placentero en ser molida. Quizá eso tenga sentido para algún católico ortodoxo, pero para mí no. A eso sumemos la maroma que implica dar de comer en público y tener que colocarse una manta encima para no incomodar a la gente que merodea o evitar las miradas de los individuos morbosos. Porque por más increíble que eso parezca, sí hubo más de una señora enojada que se acercó a mí para decirme vulgar, y señores que de lejos me veían amamantar y se tocaban por encima del pantalón con la mano. Como si escondieran dinosaurios o ellos fueran animales sin tanto sentido. Avatares en la inercia de un camino tamásico. Y yo, más estresada. Gallina clueca. Marte en la constelación de Cáncer. Proteger debajo del mar a la perla más brillante. Los riesgos que corría los percibía triplicados estando sola, con una niña, siendo una madre jovencísima en una ciudad hostil e insegura, como lo es Poza Rica. Perennifolia de vidrio sobre el asfalto y las vías.
Pasados los primeros seis meses pude complementar la alimentación de mi hija con fórmula láctea. Disco solar en mi trayectoria de leche. La panacea de algunas mamis, y con ello el chuponcito de vez en cuando. Poco a poco lejos del calor y el ritmo de los latidos sobre mi pecho. Amor falso, decía mi abuela. Mejores oportunidades para mi salud mental. Poco a poquito. ¿Qué diría Freud de nuestras soluciones? Quizá sea cierto y provoque ciertas fijaciones, morderse las uñas a los siete, fumar cigarrillos a los veinte, quién sabe. Pancita inflada. Tomarla en brazos y darle palmaditas hasta que salga de su cuerpo un eructo. Como un fantasma o un espíritu que exorcicé de la posesión. Esto no pasaría si yo fuera una cabra. Pensar en la maternidad fuera de lo humano fue una forma de alivio. Así pude despojarla año tras año de su lenguaje en mi herencia, hasta que nuestra relación mutó, así como mutó el vínculo de mi hija con la comida y la boca. La mamá tlacuache entre sus trece pezones da a luz a crías embrionarias que trepan solas hasta el marsupio y se adhieren al pezón durante semanas. Las gatas y las perras amamantan acostadas, muy comúnmente entre el sueño o la vigilia, y si una cría muere, en ocasiones se lo comen o lo apartan del resto. Las vacas adelgazan su producción láctea si sienten estrés o miedo. Las elefantas crían un solo bebé entre varias, durante cinco o seis años, que es aproximadamente lo que dura el periodo de lactancia. Se reparten el cuidado de vigilancia, alimentación y sueño. Defienden entre todas a sus hijos del mundo exterior. Aloparentalidad. Por otro lado, está la maternidad solitaria de las ardillas. Tienen ocho pezones y suelen parir camadas pequeñas o medianas. Los pequeñines salen al mundo ciegos y pelones, totalmente dependientes de la madre. Madre soltera, construye un nido y amamanta varias veces al día durante semanas, hasta que las crías puedan alimentarse poco a poco de frutos y hojas. Quisiera ser práctica como ellas. No son monógamas, se aparean con varios y después de que comienzan la gestación se apartan. Van y vienen de copa en copa, hacen malabares sobre las líneas de los edificios y los cables. Quizá en ellas el cuerpo no construye identidad como en nosotras. Por eso después del parto hay una destrucción del yo. La barriga flota y nuestra personalidad como madres es algo nuevo. ¿Dónde nos quedamos dentro y fuera de nuestros cuerpos? Más allá de las estrías que arden y una cadera inflada que duele, pese a las compresas tibias. Hay una tarea meramente biológica que se cubre mientras dura la demanda. Quizá, solo quizá por eso nos duele tanto, porque a esta exigencia animal le pedimos sentido, símbolo, relato, y la leche no tiene épica más allá del blanco, es supervivencia. El cuerpo lo sabe antes que nosotras.
Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.
Ilustración de Rosario Lucas
Aranza tiene su origen en el vasco y su significado es lugar de espinos
Cómo podría explicar
explicar de manera sencilla
que no quiero esto del mundo.
Que odio
en verdad detesto la idea
de tener que irme
cuando tú digas quédate
quédate a la cena
quédate al desayuno.
Que no quiero seguir el guion,
no quiero ser llamada de esta forma
no quiero mi nombre
no quiero tener la espina incrustada
siempre en mi cuello.
No quiero despertar en las madrugadas
despertar llorando en las madrugadas
con la frente llena de sudor
tanto sudor que arden las marcas
las marcas de recuerdos
de una infancia dolorosa
que no desaparecen
que molestan antes de dormir.
No quiero seguir soñando
soñando tanto que no duermo
porque sueño con gritos
con ahogarme en un río tan bajo
que apenas cubre los dedos de mis pies
pero yo me ahogo
porque no sé hacer otra cosa
y me aterroriza la idea
de escapar
de no aceptar lo que viene
aunque no venga nada.
Odio imaginar el escenario
imaginar siempre
que me recuesto en tus piernas
y me haces cariños en la cara
y me das besos en la frente
pero yo tengo que decirte basta
basta porque no respiro
basta porque tengo que irme.
Tengo que irme a ningún lugar
a ningún lugar donde no existas
porque estás en todos lados.
Tener que escapar de mí
porque yo ya no estoy conmigo.
Estoy tan lejos de ser yo
que ni siquiera puedo reconocerme
en las fotografías.
Te llevaste tantas cosas
que podría ser todo
todo aunque yo no tuviera nada.
Quiero hacer una confesión
dejar de lado lo previo
la queja persistente
el ritmo cardiaco tan acelerado.
Dentro de toda esta obra de teatro
sólo me reconozco en una escena banal:
cuando me desmaquillo.
Siempre lo hago
frente al espejo de treinta por treinta
mientras me restriego crema del real
y me veo mal
tan mal
tan mal que me imagino
las múltiples versiones de mí
alguien que llora
porque no volverá a ver al amor de su vida
alguien a quien le informaron
que su hermano murió en la guerra
alguien a quien le acaban de entregar
el cuerpo de su perrito muerto
en la veterinaria.
Lo que quiero decir
es que sólo soy yo
cuando me imagino como alguien más.
Me reconozco entre mentiras,
en el mal aliento por haber fumado tanto
en mis uñas tan pequeñas que duelen
duelen por morderlas tanto.
Soy yo en las ojeras que no se van
al desaparecer el rímel mientras me desmaquillo
porque sí duermo
pero duermo mal.
Pésimo.
Tan mal que en ocasiones sudo.
Duermo tan mal que repito cosas
que necesito decirlas
decirlas de verdad
para creerlas.
Como un título,
inventar un título.
Uno de verdad.
Un título
que diga todo.
Un final que sea un título.
05 de junio del 2023, después de cenar.
Me acompaña Raúl. Fuimos a un restaurante que está en el sexto piso de algún lado. Bebí dos cervezas. Luego nos fuimos y seguimos un camino que alguien ya hizo antes. Caminamos hasta llegar a la Plaza Hidalgo, donde nos sentamos a platicar. Otro Chihuahua conocimos, no el de día.
Imagínate Itzel:
Tú y Itzel tienen un país
—Gerardo Arana
Imagínate, Raúl.
Tú en tu planeta negro
lleno de soles que no dan sombra
soles negros que advierten
el fin del mundo.
Imagínate
un plato de ensalada
aderezado con Universo
para cenar los dos.
Imagínate
a las estrellas atascadas
en la punta de mis dedos
que tocan tu rostro
que sostienen un encendedor
que dan golpecitos en tu brazo.
Imagínate,
imagínate.
En tu planeta negro
aturdidos de melancolía
reímos de la locura que invade al mundo,
a nosotros.
Imagínate.
Una canción que sólo nosotros escuchamos
apacigua el grito de nuestras voces.
Y hablas de algún escritor que no conozco
y me miras
y me explicas cómo se creó el mundo
cómo funciona
cómo es que estamos aquí juntos.
Raúl, piensa en una vida
donde vayamos a cenar los domingos.
Alsuper
So, even though you have broken my heart yet again,
I wanted to say, in another life, I would have really liked just
doing laundry and taxes with you.
Everything Everywhere All At Once
□ Pechuga de pollo
□ Limones
□ Apio
□ Pan de barra
□ Shampoo
□ Azúcar
□ Café
□ Tortillas de maíz
dices
mientras empujas el carrito rojo
como si te diera vergüenza
como si pesara demasiado
como si tu vida pudiera comprarse
en una promoción.
Yo voy atrás de tus pasos
porque siempre has estado lejos
Me golpea el pensamiento intrusivo:
me hubiera gustado
hacer la lista de lo que falta en casa
contigo
poder debatir sobre qué café soluble
es el menos peor
intentar llegar a un acuerdo
como si estuviéramos redactando
un tratado internacional
Si llevamos Oro, propongo que yo lave los trastes de la mañana y la noche
hasta que se acabe
y responder
si mejor escogemos Nescafé, podría pensar en lavar toda tu ropa y planchar tus camisas
hasta que nos dure el gusto
dejar que el Oro gane
por amor a la patria
más que por coherencia.
Podríamos hacer la lista del mandado
y tal vez decir
que nos hace falta un cuadro
de los dos besándonos en Roma
justo en medio de la sala.
No pensar en comprar pan
o cereales
sino en lo realmente importante
como tiempo para acurrucarnos en el piso
sobre la cobija que robamos
de casa de tu mamá.
En la lista deberíamos incluir
con tinta roja:
no olvidar que lo importante es tomarse de la mano
y empujar el carrito
entre los dos.
Con todo esto quiero decir
que me hubiera gustado mucho
haber redactado
como un tratado internacional
la lista del súper
contigo,
caminar cuadras hacia casa
con dos bloques de bolsas
llenas de cosas inservibles
menos importantes.
Salgo del pensamiento que me asaltó
en el pasillo de congelados
y tú sigues repitiendo
☑ Pechuga de pollo
□ Limones
□ Apio
□ Pan de barra
□ Shampoo
☑ Azúcar
☑ Café
☑ Tortillas de maíz
Nunca te alcancé
Sigo detrás de ti
siempre años tarde.
Autores
Aranza Domínguez (2001, Chihuahua). Ha participado en diversos encuentros literarios locales y nacionales, además de distintas mesas de poesía. Es coautora de las antologías poéticas
Coordenadas de Voces Femeninas Chihuahua (2019),
Allá donde encontramos lo perdido. Poetas mujeres de Chihuahua (2019),
Diamantinas (2020),
Pandemials (2021),
Kurúwi-ra’ícha (Niño palabra) poesía infantil traducida al ralámuri (PACMYC, 2021) y
Humo en el Jardín, junto al grupo de poesía Cíbola. Es autora del poemario
Aterrizaje forzoso a tres kilómetros de Urano y astronautas no identificados (2020-2021), el cual fue seleccionado para su publicación como ganador de la categoría Soltar las Amarras por el Programa Editorial Chihuahua. En el año 2025 recibió una mención honorífica dentro del Premio de Literatura Joven Chihuahua en la categoría Nellie Campobello de cuento, con el libro titulado
El Olvido. Durante el año 2023 impartió el taller de escritura creativa “Poesía para (no) poetas”, que contó con una asistencia de 140 personas, siendo su última edición en Hidalgo del Parral, junto al colectivo Perros Famélicos. También ha impartido talleres para infancias, adolescentes y jóvenes adultos enfocados a la escritura creativa y fanzine. En el año 2024 dirigió la sala de lectura DIVERSOS, situada en el Centro Varonil de Reinserción Social No. 2, en colaboración con el Programa Nacional de Salas de Lectura. Dentro de la gestión cultural, se ha dedicado a organizar lecturas de poesía y eventos relacionados con impulsar a los artistas independientes en sus distintas disciplinas, con el objetivo de crear espacios para comunidades artísticas sanas y diversas en Chihuahua.
UÑAS: PLIEGO DE PRINCIPIOS
Si he de hablar de mis uñas
lo haré asida a esa piel, la más fina
donde mi cuerpo se alarga
como las ramas tiernas del árbol
que juegan con el aire más endeble.
Una y mil veces
buscaré sobar el mismo verso
que de repetirse hará cantar
el filoso extremo de mis dedos.
Hablaré, sí, de mis uñas
como si nunca hubiesen rasgado piel alguna
como si ignorara el filo de su borde
como quien escribe lamentos
en la carnosa densidad de una espalda.
Las uñas son todas
esquirlas
trozos de piel endurecida
tejido marchito, arma de un solo filo
testigo del desuello, trama desprendida
en la tersura de los frutos
o en la violencia salvaje
de la calle oscura.
Uñas somos
y en su incisiva transparencia
habita la verdad de nuestro origen
testifican nuestro nacimiento
y dan fe de nuestra muerte.
UÑAS LIMPIAS
Medias lunas sobresalen de la punta de mis dedos. Espadas de seda tornasol. Del uno al diez hacen frente a los ojos, al juicio sumario de un desfallecido pelotón que persigue refrendar mi pulcritud. El preludio fue el afluente, que desprende el jabón de las manos que harán frente al escrutinio. El agua que lava, remoja, remueve y separa es del río, que huele a valle, a trigo recién cortado, alfalfa humedecida y a flor, esas ramitas silvestres que roban humedad a la orilla del canal para brotar, nimias, como la brisa de las mañanas veraniegas. Blancas, leves mis uñas, dientecillos afilados del extremo de mis dedos, no saben de culpas y deberes. Mi pulcritud no es suficiente, son mis dos manos contra sus ojos, que penan su longitud extrema. Y frente a cuarenta pupitres, dos navajas feroces, la risa de todos y mi vergüenza, sufro por mis diez caballos mudos, esos dedillos que abrazan al lápiz para aprender una nueva lección de crueldad.
ESMALTE DE UVAS
Ella toma vino blanco
porque hace juego
con el esmalte de sus uñas.
Acomoda los dedos
en la barriga cristalina de una copa
y las mira subir,
arrimar a su garganta
la esencia frutal y la arena
del valle aburrido.
Pero eso no importa.
Los cinco deditos
dormitan en el espejismo de otras manos
que desprenden racimos
de futuro fermento,
bienestar transitorio,
muy lejano a ese afán.
A ella no le gusta el vino blanco
ni mirar el sol tras de unos lentes.
Su sombrero no combina
con las ramas hirientes
de la cepa tornasol.
Tampoco cuenta,
con los días en su espalda,
y si hay o no tedio
pues el viento enreda su pelo
lo acicala salino
con un Santana que anuncia
el final de la vendimia.
Ella no barniza las puntas de sus dedos
ni prueba las uvas
pero sí se desgañita
con los frutos en flor.
No piensa en esmaltes
ni en mujeres con sombrillas
solo para sí será llenar las canastas
frente a los surcos infinitos
de su hambre.
Autores
(Mexicali, Baja California, 1968). Es poeta, narradora, diseñadora y editora. Su trabajo literario ha sido incluido en antologías y revistas nacionales y gringas. Es autora del poemario
Señero (2014);
Postales de Inglewood , su libro de cuentos, recibió el Premio Nacional Dolores Castro en la categoría de narrativa 2017; y el poemario
Cuadernos de la dispersión recibió, en 2018, el Premio Estatal de Literatura que otorga el Instituto de Cultura de Baja California. Ha sido editora desde 1991. De 2000 a 2003 dirigió el programa editorial de revistas científicas de la UABC. De 2003 a 2011 estuvo a cargo del Departamento de Editorial Universitaria. Fue Coordinadora General de la Feria Internacional del Libro de la UABC de 2003 a 2013. De 2013 a 2022 fue redactora de cápsula de literatura y divulgación para la radio y televisión universitaria. Es propietaria, editora y gestora del sello editorial autogestivo Pinos Alados. Actualmente se desempeña como diseñadora del Programa Editorial del Centro de Enseñanza Técnica y Superior.
Micrografía de endometriosis ovárica. Nephron, 2010. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0
“La enfermedad nunca es neutra. El tratamiento nunca está libre de ideología. La mortalidad nunca está exenta de política.”
Desmorir , Anne Boyer
Paciente de 28 años acude al servicio de urgencias el día 18 de agosto por presentar dolor abdominal severo localizado en mesogastrio e hipogastrio derecho de severa intensidad relacionado con periodos menstruales. O bien, podría reescribir esas líneas con los años que pasé con “dolor abdominal severo”, esa entidad que poco a poco protagonizó los días, y que yo reconocí más profundamente como una “molestia” en la espalda baja. Diez por ciento de las mujeres del mundo, ciento noventa millones de personas con útero son prueba insuficiente para hablar del dolor menstrual. Sin nombrarlo con claridad, se ha corporeizado en una masa amorfa de siete centímetros colgando de mi ovario, ha expandido sus células a otras partes de mi cuerpo, y me hizo pensar que quizá mover mis libreros me dejó incapacitada; que podría derivar de un problema lumbar, o que quizá el curandero suizo que acomoda las vértebras tiene razón, y la diabetes, el cáncer, y no sé cuántas cosas más se acomodan una vez que alineas tu vértebra C1.
Leo Desmorir , de Anne Boyer (2021), a más de diez años del dolor severo abdominal localizado y subrayo: “Un cuerpo con un malestar misterioso se expone a la medicina con la esperanza de ajustarse a un vocabulario con el que poder hablar de su sufrimiento. Si ese sufrimiento no halla un lenguaje adecuado, aquellos que padecen ese sufrimiento deben aunar esfuerzos para inventarlo. Los enfermos sin diagnóstico han desarrollado una literatura de la enfermedad innominada, también una poesía de ella, y una narrativa de su búsqueda de soluciones”. ¿Cuál es el vocabulario para hablar del dolor transparente? ¿Qué palabras podemos ponerle a eso que los médicos nos piden obviar? Se realiza eco pélvico encontrando tumoración de siete centímetros en anexo derecho. Probable quiste hemorrágico. Se programa para laparotomía exploratoria el día 19 de agosto encontrando endometrioma roto con proceso adherencial severo. ¿Es este el vocabulario que me hará entender mi dolor?
En el ensayo La enfermedad y sus metáforas (2022), Susan Sontag nos advierte del peligro del lenguaje en torno a la enfermedad, de su romantización y de las narrativas de culpabilidad o debilidad de quien la padece. Alrededor de la endometriosis circulan todo tipo de metáforas y recomendaciones médicas risibles, como sugerir un embarazo o tomar anticonceptivos. Alrededor de la endometriosis hay de siete a diez años de espera de un diagnóstico que siempre llega tarde, cuando no hay más opción que extirpar y limpiar. Se reseca quiste roto y se libera proceso adherencial severo, se reseca salpinge derecha por el daño estructural que presenta debido al proceso adherencial. Se da por terminado el procedimiento sin complicaciones aparentes. En Desmorir , Boyer sostiene que la poca investigación sobre el tipo de cáncer de mama que padeció, uno de los más agresivos, está atravesada por una cuestión política, pues afecta en su mayoría a mujeres racializadas. ¿Lo poco que nuestros médicos saben sobre la endometriosis es porque se trata de una enfermedad cubierta por la niebla, arropada por los misterios que la ciencia aún debe develar? ¿O estará atravesada por el hecho de que les ocurre a sujetos con útero? Vaya sorpresa, en un porcentaje imposible, la histerectomía no es una solución definitiva. “Todo cuerpo sintiente es un recordatorio de que mañana no es hoy”, sostiene Boyer, y agrega “quizá sufrir el dolor sirva para algo, o sirva para algo más que nada: la educación del dolor es una educación en todo y un recordatorio del todo de la nada”. Mientras el dolor la invadía completa, María Luisa Puga (2021) escuchaba las recomendaciones de su médico: “Haga usted sus ejercicios, siga yendo a la alberca y adapte su vida. Es lo más que le puedo recomendar”.
Coma zanahoria cruda. Esto deriva del pecado original. Aumenta tu ingesta de vitamina E. Baja de peso. Lo cierto es que mi diagnóstico llegó cuando ya era demasiado tarde. Sigo anotando a Puga. En mi cuaderno, fragmentos de su Diario del dolor : “No podía pensar. Dolor me recorría por todas partes… Dolor es impermeable al vivir cotidiano. Nada lo distrae, es de una entereza envidiable”.
El verano de 2014 me enamoré por última vez y manejamos nueve horas en mi auto desde Monterrey a Ciudad de México, para recoger sus cosas y hacer una mudanza apresurada. El dolor agudo llevaba conmigo casi un año, y yo había tratado de paliarlo convenciéndome de que era sobrellevable. Cuando el ibuprofeno y el ketorolaco dejaron de funcionar, recordé que a mi madre le dieron tramadol después de un accidente y no necesitaba prescripción. Antes del viaje, nos acostábamos en el sillón, juntos, en el sueño de amapolas, o tardábamos horas intentando orinar por sus efectos. Yo estaba segura de que mi dolor de espalda era resultado de mover muebles, acomodar cajas de libros. Al llegar a CDMX fuimos con el iniciado suizo a que me acomodaran el Atlas, caminé muy erguida toda la tarde, el dolor desapareció y decidimos ir a Six Flags. Subí un par de veces a la montaña de Superman. Nos alcanzó el granizo y la lluvia, quizá ellos me salvaron la vida.
Entendemos a la endometriosis como una enfermedad ginecológica crónica donde tejido “similar” al endometrio se genera fuera del útero produciendo inflamación. Aunque no se sabe bien a bien qué la causa, se piensa que podría tratarse de una especie de “menstruación retrógrada” que hace migrar a las células endometriales, sin embargo, no todas las menstruaciones retrógradas producen endometriosis. Otra posible causa es la metaplasia celómica, esto es que algunas células podrían transformarse en células similares al endometrio al estar bajo ciertos estímulos hormonales, particularmente, los estrógenos son los enemigos. Una tercera teoría sería que las células endometriales viajan por diseminación linfática o sanguínea, alojándose en otras zonas del cuerpo que pueden estar tan lejanas del útero como el pulmón o el cerebro. Podría ser también una respuesta a alteraciones inmunológicas. Además, los síntomas de alerta son mayormente negados o anulados en consulta: dolor incapacitante, dolor que no desaparece con analgésicos comunes, relaciones sexuales dolorosas persistentes, infertilidad, dolores al evacuar u otros síntomas digestivos que se alinean con el ciclo menstrual, incluso fatiga.
Teníamos apenas un mes viviendo juntos, otro par de conocernos. Nuestra decisión fue impulsiva, pero si hubiera muerto en el hospital al menos habría vivido también intensamente. La endometriosis es una enfermedad que guarda ciertos paralelismos con el cáncer, pero se considera benigna, “común en mujeres en edad fértil, pero tiene comportamientos similares a los tumores malignos, como invasión, implantación y recurrencia”. En los días que no puedo dormir, le pregunto a la IA por qué si puedes morir por una peritonitis derivada de la endometriosis, o si la endometriosis puede invadir el pulmón o el cerebro, es una enfermedad benigna: No hace metástasis en el sentido clásico maligno. No destruye órganos de forma progresiva como un cáncer agresivo . En el grupo de Nancy’s Nook, alguien cuenta cómo su apéndice explotó por los implantes. Mientras me extirpan el tumor/endometrioma y mi salpinge, descubren que las adherencias han pegado mis órganos, intestinos, vejiga y útero. La cirugía se prolonga por tres horas más. Por fin me llevan a la habitación. Me doy un baño. R cepilla y trenza mi cabello, no se va.
Cursa primeras 24 horas de estancia hospitalaria, se inicia dieta y deambulación asistida. El segundo día de estancia hospitalaria presenta cefalea intensa, dolor retro esternal y disnea de inicio súbito, por lo cual se interconsulta con neumólogo intensivista. Se realizan EKG, placa de tórax, exámenes de laboratorio y angio TAC, llevando al diagnóstico de tromboembolia pulmonar, por lo que se inicia manejo de anticoagulantes, pasa a terapia intensiva y se programa para colocación de filtro en vena cava por cirujano cardiotorácico.
Ha pasado un día desde la cirugía que dibuja una línea sobre la de mi cesárea. A este dolor ya lo conocía. Ya me había bañado y caminado por el hospital, hasta ese último mareo. Quería pararme al baño y le pedí ayuda a R. Me llevaba a pasitos cuando sentí la negrura, no sé cómo más describirla: algo que me jalaba hacia adentro, o me expulsaba a un lugar desconocido donde no había aire y donde las voces se escuchaban lejanas, donde no podía articular que no respiraba y que veía solo oscuridad. Las enfermeras me pedían que me calmara. Vomitaba, insistía en el dolor en mi pecho. Tromboembolia pulmonar masiva. La fragilidad. Traer al hijo a despedirse de su madre. El día 22 de agosto se realiza procedimiento de colocación de filtro en vena cava sin complicaciones aparentes. Cursa tres días hospitalarios en terapia intensiva estable y mejorando. El día 25 de agosto la trasladan de terapia intensiva a piso por presentar franca mejoría. Actualmente permanece internada y manejada con terapia anticoagulante, antibiótico, analgésico, reposo relativo, oxígeno en puntas nasales. En espera de evolución para valorar alta. 26 de agosto de 2014.
La endometriosis es una enfermedad benigna, pero sus lesiones tienen una propia red de vasos sanguíneos. Es una enfermedad benigna, pero las células que deberían eliminarse sobreviven. Es una enfermedad benigna, pero produce inflamación crónica. Es una enfermedad benigna, pero a pesar de mi cirugía puede reaparecer y comportarse como una enfermedad persistente, incluso si me hubieran extirpado el útero, incluso si entrara en menopausia. Es una enfermedad benigna porque no hace metástasis ni destruye órganos progresivamente. Es benigna porque solo hay una ligera predisposición para ciertos cánceres de ovario del tipo endometrioide. Su mortalidad es extremadamente baja, pero en la mayoría de los casos produce un dolor incapacitante permanente que se elimina con cirugía. Es una enfermedad benigna, pero está enlistada en mis padecimientos y/o enfermedades excluidas. Esta póliza no ampara los gastos y/o atención médica en que incurra el asegurado derivado de la/las siguiente(s) enfermedad(es), cualquiera que sea su causa y origen, incluyendo secuelas y complicaciones: ENDOMETRIOSIS Y OTROS QUISTES DE OVARIO.
Febrero de 2026
Bibliografía
Boyer, Anne, Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista , México, Sexto Piso/Universidad Autónoma Metropolitana, 2021.
Li, B., Wang, Y., Wang, Y., Li, S., & Liu, K., “Deep Infiltrating Endometriosis Malignant Invasion of Cervical Wall and Rectal Wall With Lynch Syndrome: A Rare Case Report and Review of Literatur”. Frontiers In Oncology , 12 (2022). https://doi.org/10.3389/fonc.2022.832228
Puga, María Luisa, Diario del dolor , México, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, 2021.
Sontag, Susan, La enfermedad y sus metáforas , México, Penguin Random House Grupo Editorial, 2022.
Autores
(Monterrey, 1985). Es escritora, editora y artista. Licenciada en Artes Visuales por la Universidad Autónoma de Nuevo León, Maestra en Neuroeducación por UNIR México y maestranda en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos. Sus textos e ilustraciones han sido publicados en
Posdata ,
Armas y Letras ,
POLA ,
Residente y
Vocero . Su trabajo ha sido expuesto en México, Cuba y España. Fue becaria por el Centro de Escritores de Nuevo León. Actualmente dirige la revista
Posdata y es coordinadora editorial en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey.
Ilustración de Rosario Lucas
1
Empecé a escribirle dos meses después de que se hubiera muerto. Había tomado dos postales gratuitas de la biblioteca, que acababa de lanzar una campaña de promoción de la lectura. La primera mostraba a un niño rubio leyendo en el suelo y la segunda a un abuelo pálido en un sillón. Escogí la primera.
Escribí: “Hola mamá, supongo que ya estás descansando”.
Lo más difícil fue conseguir un timbre postal, porque en este país frío, al que nos mudamos para poder tener un trabajo que de verdad nos pagara, las cosas más simples de la vida cotidiana eran casi siempre oscuras. Descubrí por medio de un colega que en las tiendas de tabaco los vendían y compré tres timbres para México. La dirección era la de la casa en la que yo había crecido, una casa en la que ahora solo vivía mi padre y que tres días a la semana se sometía al cuidado de Marta, la señora que mi mamá había contratado para hacer la limpieza cuando se enteró de su enfermedad. Escribí la dirección de esa casa en automático, como si estuviera rellenando un formulario de inscripción al gimnasio, y la eché en el buzón.
2
Mis hijas juegan a ser pedicuristas y toman turnos para masajearme los pies con la crema que compré de urgencia en un viaje en carretera, cuando la pequeña desarrolló una dermatitis. “Señorita, ¿qué color de esmalte va a querer?”, me dice la mayor. Me pide ayuda para abrir el bote de vidrio, soldado a la tapa por una capa de esmalte naranja que se había solidificado. Se echa al suelo a la altura de mis uñas y se dice a sí misma, murmurando, hay que tener mucho cuidado con esto , mientras estudia sus manos y mis pies.
Al principio había descartado usar la postal del abuelo pálido. Principalmente, porque no pensaba enviar más que una. Pero cuando sentí la necesidad de volver a escribirle a mi mamá, ahora que ya estaba muerta, mi primera intuición fue buscar una postal con imágenes que tuvieran algún sentido. Eso habría sido lo ideal.
En la calle principal de la ciudad en la que vivimos hay una tienda de cosas demasiado bonitas, como tazas de cerámica japonesas o velas con amatistas. Pero casi todas las postales eran del mismo estilo. Ilustraciones hechas a mano y con un pulso turbio que enseñaban dos manos sosteniendo un pastel en forma de corazón. Pero las manos tienen pelos en los dedos. O se ve una pareja de caricatura posando desnuda, agarrados de la mano. Pero sus genitales están cubiertos con calcetines sucios. Más que los destellos de abyección al ver las ilustraciones, me incomodaba la idea de que todas esas postales en blanco y negro hubieran sido diseñadas para enviarlas a gente viva.
3
Aunque la postal del abuelo leyendo en el sillón no significaba nada, decidí usarla. Esta vez escribí: “Recuerdo una vez que te miré desde lejos con curiosidad. Estabas en Walmart viendo las opciones de maquillaje como si se te fuera la vida en escoger el tono de tu labial. Usabas tonos oscuros y probablemente escogiste uno cercano al burdeos. Después de que te incineraron, me di cuenta de que tenías más de veinte tonos de labiales muy similares entre ellos, perfectamente alineados en una caja de acrílico cerca del lavabo, al lado de tus esmaltes. No tenías las cosas así a la vista cuando yo vivía en tu casa. Me las escondías. Pero un día después de que te moriste, cogí todos tus labiales, mamá. Los puse en una bolsa zip-lock de dos litros, los junté con tus esmaltes de color naranja y rosa, y me los llevé a mi casa”.
El timbre postal era de una corona, un símbolo que tampoco me decía nada. Las niñas se pusieron las botas y yo me cubrí la cabeza con el gorro del impermeable. Empezamos a caminar bajo la lluvia, que era tolerable. Las niñas acordaron sin conflicto que la misión de la caminata era saltar en los charcos, compitiendo por ver quién lograba mojarme más los pantalones. Sus voces agudas sobresalían en el entorno gris como una piñata de estrella de diez picos y se lo hice saber: “Niñas, son tan ruidosas y alborotadas como una fiesta a la que no quería venir”. Pero detrás de mi irritación había algo de tolerancia hacia su condición ajena e infantil, que no sé si alcanzaron a percibir.
4
Cuando llegamos al buzón, frente a una casa con marcos de ventana azules, me di cuenta de que la postal se había mojado. “¿Crees que se puede leer bien?”, le pregunté a la mayor. “Creo que sí”, me respondió. La menor intentó meter el brazo entero en el buzón y después me preguntó si podía ser ella la que depositara la postal. Sus manos estaban húmedas, el agua de los charcos le había salpicado hasta los cachetes. Pero era la primera vez que se ofrecía a hacerme un favor, y su cara mostraba responsabilidad genuina, así que le puse la postal en las manos sucias y le dije que sí.
En mi casa se escuchan gritos. No intervengo. Las niñas están con su padre, así que están a salvo. Empieza a sonar música y los gritos se convierten en carcajadas. Es la hora de la cena y de regreso del paseo se me olvidó pasar al supermercado. Voy a la despensa y encuentro una bolsa de lentejas, un bote de mostaza y una lata de crema de champiñones. Una lata que voy a calentar paradarle de comer a mis hijas.
5
Después de la cena tengo una ventana de tres o cuatro horas que suelo dedicar a releer alguno de los libros que conservo de mi biblioteca de estudiante, que consiste en malas traducciones al español de clásicos universales. Acababa de terminar de releer Anna Karenina hace unos días. La primera hoja en blanco del libro todavía tenía restos del ex libris que hice la primera vez que lo leí: un garabato de florero con tallos que sostenían tres letras capitulares copiadas de manuscritos medievales, que había sacado de internet. Cuando era adolescente, el diseño de aquel ex libris me había tomado más de un día. Me propuse entonces hacer lo mismo con el tema de las postales, que se había convertido en un problema sin solución.
El grosor de la tapa del libro era perfecto. Lo suficientemente rígido para mantenerse como un objeto unitario en su viaje transatlántico, pero fino como cualquier otro producto postal. Busqué las tijeras y, antes de medir las dimensiones de la portada, la arranqué con violencia del lomo, que reaccionó con dolor. El pegamento que unía la portada con el resto del libro se había convertido en una pasta rígida, un músculo que cubría los nervios de hilo rojo que habían estructurado su columna durante veinte años.
Después de recortar los pies y la falda de Anna Karenina —sacrifiqué también la tierna compañía de un perro dormido a su lado— me di cuenta de que lo había logrado. Tenía una postal con sentido, un símbolo trágico de la búsqueda de libertad femenina en medio del páramo doméstico, aunque pensado por un hombre.
6
Esta vez le escribí: “Me pregunto si viviste bien, si en realidad querías tener la vida que al final tuviste. Porque parecía que sentías un gozo especial por tener la casa en orden antes de calentar una crema Campbell’s y pedirnos discretamente que te diéramos las gracias por la cena. Sin esa validación, no te quedabas tranquila. Pero hacías un bacalao a la vizcaína muy bueno. La última vez que lo preparaste, cuando ya sabías que te ibas a morir, te quedaste esperando a que te pidiera la receta —cocinando lentamente, anunciando las cantidades y los procesos, nombrando los ingredientes—. Pero no tomé nota. No me atreví”.
Enviar la tercera postal trajo una nueva serie de problemas. Una nevada de veinte centímetros me impidió incorporar el paseo al buzón en las rutinas del día. Todo, incluyendo las escuelas, estaba paralizado, y la solución más lógica habría sido quedarnos en casa. Pero las clases de natación de la mayor eran obligatorias. De acuerdo con las leyes de este país, que se sabe frágil en una sola cosa —su superficie terrestre se encuentra por debajo del nivel del mar—, todos los niños deben obtener un certificado que los acredite para sobrevivir de manera independiente ante la posible inundación del país entero.
Mi mamá había hecho ese tipo de cosas bien, podría decir que a la perfección. El deber era su única forma de placer. Esperar afuera de las clases de baile o de natación, o formarse a tiempo en la cola de padres que iban a recoger a sus hijos a la escuela a diario. Pero en el coche, de camino a la clase de natación, yo decidí fallar.
7
—Tengo que pasar por el correo, porque van a cerrar—, le dije a mi hija.
Corrí en el sentido contrario al viento, con la postal en la frente para protegerme los ojos del hielo. El funcionario de correos me vio entrar y me habló en su idioma. Le entregué la postal con el sello para México —otra corona— y me quedé esperando su reacción.
—Esta no es una postal—, me dijo.
—Es una postal—, le contesté en su idioma.
Decidí que no me iba a ir de la oficina de correos hasta que aceptara enviarla. A lo lejos, lo vi sacar una regla para medir. Su compañero, translúcido, observaba los restos de pegamento en el reverso de la imagen de Anna Karenina. Los rascó con la uña y miró al otro, que había terminado de comprobar que las medidas eran las adecuadas.
Volvieron los dos al mostrador, caminando con una uniformidad programada, y el primero anunció Okei . Un par de sílabas que sonaron como el salto de vuelta a la vida después de recibir los resultados de un análisis médico. O el aplauso después de una competencia de atletismo. O como el perdón de tu pareja después de haberla cagado de una forma irreparable. Okei . La postal estaba en el buzón para envíos internacionales.
Mi hija está llorando en la sala de mi casa, frente a la televisión apagada. No llegamos a tiempo a su clase de natación. La menor va a la cocina por un trapo y lo usa para cubrir a una muñeca perturbada, que gime a gritos porque tiene hambre. Mi bandeja de entrada está hasta arriba de correos que voy a responder el sábado, en mi tiempo libre.
Miro el libro destazado sobre la mesa, con rayones de colores en las primeras páginas. Esos rayones no estaban ahí cuando decidí usarlo para hacer la postal. Entonces todavía era mío. Los nervios en el lomo del libro se parecen a mis venas, de las que me extraían sangre cada mes cuando estaba intentando quedar embarazada. Se ven como látigos de cuero en un ritual de fertilidad, con cuerpos de mujeres orientados al Este, por donde sale el sol. Y como vino que separa los adoquines del centro urbano, en la celebración de purga que viene después del invierno.
“El lugar sin madre es un lugar oscuro”, me habían dicho en el funeral.
Estábamos llorando las tres.
Los días se hicieron más largos sin que me hubiera dado cuenta de cómo se había dado esa progresión. Simplemente, un día noté que no era necesario encender las luces a la hora de la cena. Las voces alrededor de la mesa del comedor tomaban turnos para nombrar cuál era la comida que más odiaba cada uno: arroz con pollo, ejotes, pizza fría. “A mí me gusta todo, menos la comida de aquí”, dije yo.
Recogí los platos de la cena mientras mis hijas subían a quitarse la ropa y ponerla dentro del bote de la ropa sucia, como cada noche. Dejé de escuchar sus voces cuando empezó a caer el agua de la regadera, y el silencio se sintió novedoso. Como se siente gritarle a alguien y que no reaccione.
Al siguiente día recibí un aviso de la oficina de correos. Nuestro buzón se había roto y en algún punto lo habíamos quitado. Habían pasado varias semanas sin que recibiéramos cupones ni correspondencia, y la notificación pegada a la puerta fue la que me avisó de que me había llegado una carta con la dirección de mi padre en el remitente.
Dejé a mis hijas escoger accesorios de bisutería para disfrazarse antes de ir a la escuela. En el camino, se pelearon a gritos y golpes, y un collar de perlas de plástico terminó en el suelo. La mayor se puso a recoger las perlas que habían rodado hasta la calle y las metió de tres en tres en la bolsa de su chaqueta. La menor se quedó mirándola y al poco tiempo se distrajo con los cilindros y espirales que habían quedado en las banquetas después de los fuegos artificiales de la noche anterior. Se encaminaron hacia la puerta del colegio, saludando y tocando la ropa de pequeños doctores, princesas y un dinosaurio verde. Cuando nos despedimos, les dije que las vería en la casa cuando saliera del trabajo, después de pasar a la oficina de correos.
Me pasé una parte considerable de la jornada laboral preguntándome por la función del carnaval y por qué las celebraciones de la antigüedad habían servido como bisagras en el paso de una estación a la otra. Es cierto que tener derecho a los rayos del sol ameritaba una fiesta, y colectiva a ser posible. Pero no podía entender de dónde venía el consenso, la creencia generalizada en que las tensiones internas que produce el deber solo se pueden liberar con el juego del disfraz. Pero sí, no es mentira que el juego libera algo. Y las máscaras también.
El funcionario de correos se había puesto una corona dorada de plástico y una capa de terciopelo rojo. Sonrió como si me reconociera de antes y me preguntó cómo podía ayudarme.
—Tengo un aviso para recoger una carta —le dije en su idioma.
—Un momento —me respondió.
Después de enseñarle mi identificación, el funcionario se dio la vuelta y caminó con una autoridad amplificada por su corona de plástico. Miré a mi alrededor. La oficina estaba adornada con guirnaldas de colores, banderitas y luces que habían reciclado de la Navidad. Yo era la única que no estaba disfrazada, que no sonreía.
El funcionario reapareció con una carta en las manos.
—Esto lleva dos semanas esperando a que lo recogiera, estábamos por devolverlo al remitente —me dijo.
Tomé la carta y me dirigí hacia la puerta. El funcionario me llamó la atención.
—Se olvida de firmar.
Para volver a casa tomé una bicicleta pública. Pedaleé con dificultad mientras las otras bicicletas me adelantaban sin culpa. Era casi la hora de la cena, mis hijas estarían con hambre, tenía que pasar al supermercado. Los últimos días habíamos estado cenando las sobras de la comida, pero hoy no.
Agarré un atado de espárragos y un bote de alcaparras. Había un aceite de trufa que nunca me había atrevido a comprar. Lo puse en la canasta, encima de las verduras, y me dirigí a la charcutería. Tomé salami, roast-beef y jamón. De camino a la caja, vi que había mangos importados y plátanos dominicos. También los compré.
Justo antes de pagar, ya en la caja, tomé unos chocolates rellenos de caramelo y cubiertos con un polvo de pistache muy fino. Saqué la tarjeta de crédito y la pasé sin pensarlo. Acomodé las bolsas en la canasta al frente de la bicicleta y pedaleé a mi casa. Estaba empezando a oscurecer, pero no hacía frío.
Las luces de mi casa están encendidas. Las niñas arman un rompecabezas con su papá en el suelo de la sala. Los veo a través de la ventana mientras abro la puerta. Me quito los zapatos en la entrada y camino hacia el comedor.
—Traje cosas ricas para la cena — les digo.
Antes de ponerme a cocinar, me siento en el sofá. La carta es de parte de Marta, la señora que se había encargado de poner orden en las cosas de mi mamá, de regalar toda su ropa. Y sus zapatos. La que había amarrado todas las bufandas juntas, haciendo un manojo de telas de colores y patrones que no combinaban entre sí. Veo que ha puesto un cuidado casi amoroso en distribuir las cosas que antes ordenó y clasificó una persona que ahora está muerta. Abro el sobre así, con el mismo cariño con el que ella lo lamió para cerrarlo.
“Hola, señorita:
Le mando una cartita que encontré cuando estaba ordenando los papeles y las cosas de su mamá. Espero que estén todos muy bien por allá y que no se vayan a enfermar”.
Sobre el papel reconozco su letra. La carta está fechada en octubre de 2001. Hago memoria. Debía tener once años, cuando me bajó la regla por primera vez. La hoja estaba intacta, era un papel de correspondencia con filigranas en forma de flor de lis. La caligrafía era homogénea, había sido pasada a limpio. Pero mi mamá no había enviado la carta. Ni ninguno de sus borradores anteriores.
—Mamá, ¿cuándo vamos a cenar? —me dicen.
—Ahorita.
Me dirijo a la cocina y dejo las compras sobre la encimera. Me quedo durante un segundo mirando el conjunto de bolsas de plástico.
Pongo la carta junto con los demás papeles que se han estado acumulando en las últimas semanas: facturas de los servicios, avisos de la escuela y un montón de notas a mano sobre diversos asuntos que a mi marido le da por acumular en el mismo rincón, a un lado del fregadero.
La pequeña se acerca mientras acomodo las carnes frías en el refrigerador. Quiere probar algo, lo que sea. Me pregunta si sé lo que estoy haciendo, que si me puede ayudar.
—Claro que sí. Lava las cebollas con agua fría — le digo.
Prendo el sartén y quito la liga que ata los espárragos juntos. Puedo escuchar su voz. Me dice que el aceite se debe echar cuando el sartén está tibio. La gente dice que primero pongas a sofreír el ajo y después la cebolla, pero no. El ajo se quema rápido y no suelta jugo, la cebolla sí. Andrea, echa primero la cebolla picada. Así no. Toda a la vez, así. ¿Ves? Ahora echa el ajo picado. Okei.
Empiezo a picar la cebolla, ahora que mi hija escurre el agua de los espárragos. Después, pico el ajo. Ahora tengo dos montañas de verduras blancas sobre la tabla de madera. Cuando el aceite está caliente, empiezo a sofreír la cebolla. Ya que está ligeramente dorada, después de haber soltado un poco de su jugo, echo el ajo en el sartén para que se dore lentamente.
La casa empieza a oler a comida. He seguido el orden de las cosas que tienen sentido.
Autores
Andrea Mariel Pérez es profesora de literatura y cultura Latinoamericana en la Universidad de Radboud (Países Bajos), es doctora en literatura hispánica por El Colegio de México. Se dedica al estudio de la literatura, los libros impresos y los archivos del periodo colonial mexicano.
A LAS DOS DE LA MAÑANA
un hombre espera
que cambie el semáforo para cruzar
Al extremo
una mujer se sostiene
reclinada en alguna pared de la avenida
El semáforo está en rojo
Un coche se acerca
tres sujetos bajan armados
bruscos la levantan
y avientan al auto
El semáforo sigue en rojo
El hombre que espera
no sabe que ella desconoce
que su cuerpo será arrojado
en una bolsa negra
rumbo a otra ciudad
La luz ya es verde
Reel
Veo a una mamá colapsar
con el hijo inquieto
tres cuatro compartidos
10 mil dislikes
Mala madre pobre pequeño
Nadie ve la cara de una mujer
deshacerse derretir
Una madre es un robot
que automatiza la familia
el desplazamiento del humano
sobreviviendo a las cuentas
el hijo
el esposo
los perros
máquina funcional
como artefacto sin derecho
de llorar o sufrir
Ojalá que la escoba y el mechudo
pudieran echarla de menos
HASTA DIOS TIENE DUDAS SOBRE SÍ
se pregunta por qué envió a Jesús a la tierra
si al ser poderoso también es capaz
de hacerse carne
de poseer un cuerpo
sin dejar que una niña
se vuelva madre y esposa
de un anciano carpintero decrépito
Qué caro le salió hacer la obra
Cada mañana en la iglesia
los fieles miran los ojos de Jesús
agradecen y le besan
las lenguas lavan oportunas sus errores
palabras húmedas vuelven sordas
a su origen
Qué caro le salió el asunto
Desde el cielo mira
cada hora el mismo ritual
observa que no hay imagen suya
ni siquiera en el espejo
Dios se pregunta por qué volvió a
Jesús un Rockstar
Autores
(Campeche, 1991). Comunicóloga y docente. Ha sido beneficiaria del programa Jóvenes Creadores FONCA 2024, PECDA 2020 en Campeche y del Festival Interfaz ISSSTE Yucatán en 2017. Ha participado en algunas antologías como
Anuario bilingüe de Poesía de San Diego y
Novísimas. Ha publicado en
Periódico de poesía, Luvina, Revista Altazor, Círculo de poesía, Carruaje de Pájaros, Carátula The Ofi Press Magazine, Beltway Poetry, entre otras.
De forma más o menos recurrente me ronda la pregunta: ¿por qué escribo? Es un cuestionamiento que surge casi de forma involuntaria, sin ningún elemento previo que lo desencadene. A veces me asalta mientras escucho las puertas del metro abrirse y contemplo con la mirada perdida el oscuro túnel por el que transitamos millones de personas en esta inmensa ciudad. A veces sucede justo antes de dormir, cuando mi cerebro se dedica a enlistar las malas decisiones que he tomado en los últimos años. Por desgracia, no tengo una respuesta sencilla, al menos no una que me parezca satisfactoria para repetirla antes de dormir. Decir “porque sí, porque me gusta” no me parece suficiente y cuando pretendo elaborar mejores razones no dejo de pensar en el enorme narcisismo que encarna el ansia de ser leído.
Cuando era adolescente, no me hacía estas preguntas, tampoco pensaba en el futuro ni en la escritura como destino; a esa edad, la vida me resultaba menos abrumadora y deambulaba por el mundo con la suave inocencia que provoca no pagar renta ni sufrir para cancelar el “pago mínimo para no generar intereses”. Mi principal obsesión radicaba en romper mi récord mensual de libros leídos y para conseguirlo, cada fin de mes recorría los estantes de la biblioteca de mi ciudad y hacía una selección que debía durarme cuatro semanas. Comencé a escribir con ese mismo ímpetu e ingenuidad. Pasaba las noches construyendo personajes, hilvanando historias y me divertía al imaginar el desenlace de las tramas que había creado. El problema llegó cuando gané un concurso al que envié un manuscrito como si se tratase de un juego. El premio me permitió publicar, viajar a la capital, aparecer en medios, en conclusión: ser vista. El libro trajo consigo cosas buenas, como una beca universitaria, pero también el peso de convertirme en algo que aún no había decidido ser: escritora. Entonces llegaron los consejos no pedidos sobre cómo conseguir fama, mayor visibilidad; llegaron las reflexiones sobre qué temas importan y cuáles no, cómo clasificar la buena y la mala literatura, qué libros debía leer y qué autores (hombres, en su mayoría) tendría que recitar de memoria.
Como consecuencia de todo aquello, dejé de escribir, ya no me resultaba divertido crear historias, me aterraba que fueran comparadas con mi trabajo anterior. Ahora no escribía para mí, sino para otros; seres desconocidos y abstractos, a quienes debía complacer. Cuando iniciaba un relato, no podía avanzar más que un par de párrafos, nada me parecía suficiente. Me llené de angustia, así que, por mi bienestar, dejé de intentarlo. La palabra fracaso se instaló en mi psique de forma tan profunda que transformó la manera en que comencé a ver el mundo y a mí misma. Escribir solo valía la pena si podía replicar, e incluso superar, el éxito adolescente. Como un penitente, transité más de una década en silencio, rumiando la idea de volver a crear, volver a imaginar, mientras me preguntaba: ¿para qué?
Me atreví a intentarlo de nuevo cuando entendí que el éxito no debía ser la medida de todas las cosas y que podía recuperar el encanto que hay detrás de crear historias, personajes y maneras de entender la vida. María Zambrano dice que escribir es defender la soledad en que se está, y conforme pasa el tiempo, comprendo mejor esa frase. Escribo para recuperar el silencio en medio del ruido, para convertir mis ideas etéreas e impalpables en entes capaces de comunicarse con quienes habitan fuera de mi mente. Por un breve momento y frente a este texto, dos personas ajenas se encuentran y dialogan sin necesidad de pronunciar palabra. Es un trabajo tedioso, detallado como el de un artesano. Las palabras se gestan poco a poco, se van encadenando y quien escribe, teje pequeñas flores sobre un largo mantel. Solo quien observa con atención es capaz de reconocer los detalles.
Aún a finales del siglo XX, ser un escritor era algo valioso, algo que tenía alguna clase de relevancia social. Hoy, en medio de un bombardeo de imágenes, estímulos y discursos, la lectura parece una actividad arcaica y la escritura una práctica inútil; justo por ello, escribir se me hace tan urgente. No para el mercado, sino para la vida interior, para ser libres de las circunstancias, diría Zambrano. En cambio, aspirar a ser escritora me resulta secundario. La probabilidad de que un libro sobreviva a la avalancha de opciones de entretenimiento es escasa; las posibilidades de conseguir la fama también son pocas. Cada día se publica más, pero apenas unos cuantos títulos pueden soportar más de dos semanas sobre la mesa de novedades.
Hace tiempo tuve que firmar una cláusula donde declaraba que mi último libro fue escrito sin usar inteligencia artificial. Luego descubrí que hay cientos de obras en línea que fueron creadas de esa manera, por eso la aclaración era necesaria. Me pareció triste, incluso un poco patético, imaginar que alguien ansía con tanto ímpetu ver su nombre estampado en una portada, tanto así, que prefiere adelantar el proceso. Nadie termina siendo la misma persona después de hacer un libro, algo se transforma en medio de la lucha por encontrar el adjetivo indicado, después de los desvelos, la edición y las relecturas. El peregrinaje siempre valdrá la pena y es quizás, lo único que importa. No creo en la vida después de la muerte y la idea de la posteridad me parece aun más vergonzosa que la de la fama. “Los demonios han de llevarme al infierno, pero escribiendo”, decía Roberto Bolaño al hablar de su carrera literaria y los rechazos que fue acumulando. Esa, ahora, es mi única certeza.
Autores
(Nicaragua, 1994). Ganadora del Certamen de Publicación de Obras Literarias del Centro Nicaragüense de Escritores en 2011 con la novela
Danzaré sobre su tumba . Es autora del libro de relatos
Breve historia del fracaso (2024). Residente del International Writing Program de la Universidad de Iowa en 2022 y de Yaddo Corporation en 2024. Becaria del programa Jóvenes Creadores de la Secretaría de Cultura de México en 2024.