Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mariana G

Como les sucede a las verdaderas superestrellas de nuestro tiempo cuando se agotan de sus fans, de los paparazzi o de sí mismos, Amy decidió hacer un viaje infraganti a la Ciudad de México para perderse una semanita en el anonimato de los laberintos urbanos. Así, dio la noticia a sus allegados de que se ingresaría de propio pie en un centro de rehabilitación. Algunos hicieron jetas y otros murmullaron aleluya, pero nadie sospechó y ella se rió a carcajadas con su engaño. Se aplicó una plasta de maquillaje sobre los tatuajes, se puso un sombrero mosquetero sobre el pelo alaciado, lentes de sol, guantes de gamuza y cruzó los dedos para que su estilacho tan inconfundible no la delatara; no pensaba pasar su tiempo libre autografiando brasieres y lonjas. Planeaba descansar y, si sucedía un momento mágico, componer.

Así se aventó un clavado en la normalidad con todo y la serie de pequeñas ofensas que los humanos promedio soportamos en el día a día: fila en el aeropuerto y en migración, un taxi atorado en el tráfico con el taxímetro sube que sube, un cuarto de hotel sin mayordomo incluido. Una vez encontrado un comerciante de narcóticos para su corta estadía, pasó los primeros días cómo alma errante por las calles de la Doctores y del Centro Histórico, entrando a librerías de viejo a sobetear páginas amarillentas, a tiendas de antigüedades donde olvidaba momentáneamente si corría aún el virreinato, y sentada en las bancas de los parques admirando por horas los colores de las jacarandas, con la boca un poco abierta, observando cómo las flores cambiaban de forma por efecto no sólo de su portentosa creatividad. No extrañaba a Blake, no extrañaba a nadie. Llegando a su cuarto cada noche prendía la regadera y cantaba a los gritos las notas más perfectas del jazz.

Uno de los últimos días, en una de estas vagancias, sus pies enchanclados la condujeron a unos callejones de la colonia Santa María. Caminó y caminó y, a pesar de estar segura de que avanzaba, constantemente se encontraba con una misma fachada particular en las esquinas. Una puerta de madera vieja con una reja oxidada sobrepuesta, un huequito del que salía un cordón con una cartulina fosforescente a un lado que indicaba “jale, este es el timbre”. Arriba de la puerta, sobre la pared, un letrero pintado en letras gordas decía “SOLUCIONES URGENTES”.

A Amy le pareció curiosísimo que el propietario de SOLUCIONES URGENTES tuviera locales en cada calle y que además compartieran el exacto estado de precariedad. Pero lo más raro era la poca claridad acerca de los servicios ahí ofrecidos. Se trataría, quizás, de uno de esos bares de mala muerte que pretenden ser irónicos. Bajo esa suposición y con la creciente necesidad de pasar un trago de pulque por su garganta, fue que Amy se paró en la siguiente esquina para tirar del hilo que tiraba a su vez de una campana. La puerta chirrió y se abrió a voluntad, despacio, como manejada por un control remoto.

El interior del lugar era tan lúgubre que los ojos de Amy tardaron en afocar las estanterías que cubrían las paredes. Alineadas unas sobre otras, sostenían frascos de vidrio iluminados desde arriba con un foco individual y tenían una placa abajo con la leyenda de ¿la obra? En el centro de la habitación había un mostrador que a primera vista le pareció vacío, pero al acercarse vio en el piso a un hombre viejo que dormía, una maraña de pelo y barbas blancas. Será un homeless, pensó la artista inglesa, y quiso salir de ahí antes de meterse en un extraño percance de esos que los tabloides consumen como heroína, no sin antes echarle un ojo a los frasquitos expuestos como piezas de arte.

Dentro del frasco más cercano había un conejo del tamaño de un dedo meñique, hecho bolita y con los ojos cerrados. La miniatura era asombrosa, casi parecía que los bigotes se agitaban al ritmo de una suave respiración y abajo, en la placa, se leía “conejo de la suerte” ¡tamaño cliché! La cantante tenía que tocarlo y dos cosas sucedieron en el instante en que tomó el frasco entre sus manos: empezó a sonar Feeling Good de Nina Simone y el conejito despertó y se paró en sus patas traseras recargando las delanteras contra el vidrio. La música terminó de darle un tono cinematográfico a la escena y a Amy se le tensaron las mandíbulas con el deseo de estrujarlo, de aplastarlo, de hacerle daño por la tremenda ternura, pero al intentar quitar el tapón resultó imposible, estaba sellada. El pobre animalito zangoloteándose de un lado al otro con los intentos banales de Amy por destaparla.

–No lo vas a lograr.

Los hombres no saben decir otra cosa, piensa Amy, que ya había olvidado al sujeto bajo la mesa. Su apariencia era muy lejana al desastre que se imaginó, en vez de usar los harapos informes característicos de los indigentes de cualquier nación, el tipo usaba un traje antiguo de tres piezas y traía un bombín en la cabeza.

–Mi tienda esta blindad contra ladrones.

–No iba a…

–Ya lo sé. Sólo los clientes potenciales encuentran la tienda. Además, la alarma suena cuando manos que no sean las mías tocan cualquier cosa.

–¿Nina Simone es tu alarma?

–Sí, no hay por qué perder los estribos cada que suena, ¿no crees?

Amy regresó el frasco de la suerte a su lugar, un poco apenada pero no lo suficiente. Miró el resto de los frascos y descubrió que dentro de todos ellos había seres diminutos: un puerco de la abundancia, un unicornio del buen dormir, un usurero del dinero, un hada de la venganza.

–¿De dónde sacaste un conejo tan pequeño?

–Es algo difícil de explicar.

–Bueno, en realidad no me interesa. Lo quiero. De hecho, quiero todo lo que vende.

–No creo que tengas suficiente para dar a cambio.

–Soy asquerosamente rica.

–Me imagino. No acepto dinero, sólo cosas valiosas, cómo las que vendo. Podría decirse que esta es una casa de cambio para la gente con problemas urgentes. A problemas urgentes…

Y señaló el letrero con el nombre de la tienda. Amy se contuvo de contestar con el entusiasmo de una alumna que sabe responder a la maestra. Regresó el micro lagomorfo a su sitio y siguió escaneando los extraños seres en sus cárceles de cristal, pensando si lo más prudente, lo más heroico, sería tirar todos al piso para liberar a las creaturas.

–En realidad no están vivos, por si crees que soy cruel. Son hologramas sólidos.

–Ah ya– contestó, a pesar de no tener idea de que hablaba el hombre. Puso cara de extranjera, abrió grandes los ojos y asintió como si le quedara claro clarísimo.

Entonces lo vio, un marciano como cualquiera que pudo inventar la televisión. Un cuerpo de complexión humanoide cubierta de escamas verde brillante, color quetzal. La cabeza grande y los ojos alargados hacia unas orejas en forma de tubos. Dos brazos que culminaban en manitas de pulpo, con unos siete o doce dedos tentaculares, y tres piernas con el mismo destino. Amy agarró el bote entre sus manos y, cuando creía que era imposible ver una criatura más maravillosa, vio como levantaba su bracito izquierdo en un ángulo recto, ponía el derecho en el antebrazo y luego alzaba el codo hacia la tapa sobre sí en una señal de “huevos”.

–Chingui tu madri– dijo.

–Aaaaa, qué es esta cosa más adorable. ¡Lo necesito!

–Claro que lo necesitas. En realidad, es el único objeto de esta tienda que podría venderte, sólo tienes que pensar en que me vas a ofrecer a cambio.

–Mmm.

–Cómo verías… ¿tu voz?

–Tranquilo, Úrsula, esa no se la doy a nadie. Sabe qué, en realidad no quiero nada de esta tienda, está usted bien raro y pervertido. Me encanta el marcianín, pero no le voy a dar mi voz.

–Vas a tener que hacerlo.

–¿Por?

–Corres mucho peligro, y ese pequeño es un alien de la protección, como lo dice en su placa. Eso significa que podría salvarte de las amenazas que se ciernen sobre ti.

–Nadie me amenaza, yo hago lo que quiero.

–¿Dónde creen tus amigas que estas?

Amy recordó su mentira y miró al viejo con un desprecio calmo, esperando que esto lo desincentivara y la dejara irse a seguir rolando por la ciudad. Si estaban muy chidos los monos, pero no iba a permitir que la psicoterapearan para conseguirlos.

–Deberías estar en rehabilitación.

Mmmta. Ni del otro lado del charco la dejaban en paz.

–Mi daddy dice que estoy fain.

–De acuerdo, entonces regrésame el frasco y sigue tu camino. Se cumplirá tu destino y, te aseguro, no va a ser bonito.

–Ay sí tú, te crees el muy adivinador con tus rimas chafas.

–Soy un oráculo, mira.

Y se sacó de la camisa un collar de oro con una gran letra O de Oráculo.

–O te llamas Owen. A ver Owen, dime mi futuro.

–De acuerdo, te lo mostraré gratis, sólo porque no puedo dejarte ir así con el mal agüero flotando sobre tu cabeza.

El hombre le indicó a Amy que se quitara el sombrero y le pasó su propio bombín. En cuanto Amy se lo puso, frente a sus ojos apareció ella misma sobre el escenario, cantando con gran potencia sus canciones favoritas, las que escribió como en un trance creativo, y a sus pies los fans gritándole su amor, su adoración, su absoluta necesidad de ella, de tocarla. La Amy imaginaria, seducida por el cariño del público, se acerca para tocar la mano de una niña parada sobre los hombros de un tipo robusto y, en ese momento, otro espectador la toma de la muñeca y la jala hacia abajo, hacia los brazos de esa masa engullente que la desea, porque la gente siempre quiere tocar el arte, poseerlo, aunque sea un pedacito. Un pelo, un pedazo de ropa, una gota de sudor sobre el pelo, y las personas la atraen hacia sí, le piden todo, ya no sólo su voz sino su cuerpo y su mente, la jalan en cualquier dirección hasta que le desprenden un tacón, un cachito del pantalón de cuero, una pestaña, un dedo, un brazo. La sangre corre entre los fans y como quiera piden más, más de su sangre. Truena una rodilla, la ropa se hace girones y el aullido de Amy es feroz y sensual y entonado, como ella. Es la música que la escena necesita.

–Wooooow, es espantoso– dijo Amy. –¿Lo puedo volver a ver?

–Las veces que necesites.

Ella se sentó en una esquina, en el piso, a contemplar su propia muerte una y otra vez y el hombre la miraba a ella, intentando adivinar sus pensamientos.

–Tienes que reconocer que es una muerte muy poética.

–Si eso quieres nadie va a detenerte.

–No no. También se ve bastante dolorosa. De acuerdo, Owen, ¿qué otra cosa puedo ofrecerte que no sea mi talento?

–¿Cómo verías tu fama? También es algo bastante cotizado.

–Pues bueno, esa ni siquiera me late tanto. Pero cómo le hacemos, qué te doy o qué.

–Nada, ahora ya puedes abrir el frasco. Amy volteó a ver a la pequeña creatura verde.

–Jiji vas a ser mío.

–Veti a li virga.

Abrió el bote, sacó a la criatura y se la sentó sobre la cabeza. Acomodó su gran melena en un montículo perfecto para que el marciano cupiera dentro, sentado o de pie, y a partir de ese momento ella podría escuchar sus agudas mentadas de madre cuando quisiera.

–Listo, ahora. Mírate en el espejo.

La muerte de una Amy que no era Amy sino un holograma sólido apareció en las noticias un par de meses después y nuestra Amy, la verdadera, siguió viviendo en la Ciudad de México. Su físico es distinto a los ojos de cada persona, es irreconocible menos cuando, en la soledad de su casa, en la regadera, o cuando mira las jacarandas, no puede evitar cantar con su misma voz de siempre.


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.

Ilustrador
Mariana G
Resido y dibujo desde CDMX. Soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica por parte de la UAM Azcapotzalco e ilustradora por parte del azar. Hace un par de años estudié Ilustración Experimental en la Escuela de Diseño del INBA. He colaborado de manera independiente con distintas agencias de publicidad y estudios creativos, sin embargo, mayormente mi trabajo ha estado presente en proyectos editoriales y animados. Actualmente, junto con una amiga, editamos MALA, un fanzine colaborativo hecho por mujeres.
Portada de "Los hombres nunca reciben flores", Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026.
Portada de “Los hombres nunca reciben flores”, Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026.

Flores para José Alfredo

El acto de regalar flores ha estado históricamente vinculado al universo simbólico de lo femenino. Las flores representan belleza, efimeridad, afecto y cuidado: todos atributos que, en las sociedades patriarcales, han sido tradicionalmente adjudicados a las mujeres. Así, el gesto de obsequiar flores a un hombre aparece como algo excepcional, incluso transgresor, no porque el hombre no merezca belleza o ternura, sino porque la masculinidad hegemónica ha sido construida como ajena a ese tipo de lenguaje afectivo.

No regalar flores a los hombres no es una omisión anecdótica. Es una expresión simbólica del sistema de género. Es el síntoma de una educación emocional que ha disociado al varón del universo de lo sensible, del adorno, del regalo no funcional. Mientras a las mujeres se les enseña desde temprana edad a recibir halagos, obsequios y atenciones como forma de validación —y también de subordinación afectiva—, los hombres son instruidos para dar, no para recibir; para ofrecer protección o recursos, pero rara vez para ser el objeto del cuidado o del detalle gratuito.

Esta dinámica está íntimamente ligada a la estructura de poder que sostiene la masculinidad dominante. Recibir flores implicaría asumir un rol pasivo, estar en el lugar del “otro deseado”, admitir cierta vulnerabilidad. En otras palabras, pondría en crisis el mandato de la autosuficiencia masculina. La ternura, cuando se dirige hacia los varones, suele estar condicionada: es aceptable en la infancia, tolerada en la enfermedad, pero sospechosa en la vida adulta. Por eso mismo, el gesto de regalar flores a un hombre no sólo es inusual: a menudo provoca incomodidad, burlas o rechazo, como si el hombre que acepta flores estuviera cediendo un fragmento de su virilidad.

El desbalance no es sólo simbólico, sino afectivo. La imposibilidad cultural de regalar flores a los hombres reproduce la lógica de que ellos no necesitan ser reconocidos desde la belleza, la fragilidad o la celebración gratuita. Se presupone que no anhelan ser sorprendidos, cuidados o agasajados sin una razón utilitaria. Esta lógica no sólo empobrece los vínculos, sino que priva a los varones de lenguajes afectivos alternativos que podrían habilitar otras formas de sensibilidad.

Cuestionar por qué no se les regalan flores a los hombres es, en el fondo, preguntarse por qué seguimos asignando el afecto como un atributo femenino y el merecimiento simbólico como un privilegio exclusivamente femenino en tanto objeto, no en tanto sujeto sensible. La transformación de las relaciones de género también pasa por estas prácticas mínimas, donde se reconfigura quién merece ternura, belleza o detalle, y en qué condiciones.

Regalar flores a un hombre no es un simple gesto: es una forma de disputar el guion afectivo impuesto por el patriarcado. Es permitirle, aunque sea por un instante, habitar un lugar distinto: el de quien no tiene que merecer nada, el de quien puede simplemente recibir.

II

Me acuerdo de cómo 

ir a la tumba de José Alfredo a dejarle flores era pensar 

en que así te amaba más.

A lo mejor las flores, te las debí haber dado a ti

pero los hombres nunca reciben flores.

Me dijiste la razón de por qué a José Alfredo, le dolía pasar por Salamanca

y te escuché con más atención que con la que se escuchan los sermones de la iglesia.

No te dije, pero me cambiaste la vida 

a los 17, me diste el mejor consejo del mundo: “no estudies Letras, es aburrido y tú nunca sabes lo que es aburrirse”, sentenciaste con tu sabiduría de monje al que corrieron del seminario por manosear señoritas.

Siempre fuiste José Alfredo,  

una caguama directo de la botella, 

un viejo porro que nunca ardió pero tú querías que fumara contigo, 

“conmigo mejor que con otro”.

Siempre fuiste Flecha Amarilla con descuento de estudiante y que mis papás no supieran que te amaba como una loca, como una niña. 

Te contaba todo, de todos y no te aburrias. 

Juraste “con novio y sin novio” y te creí como se creen en los juramentos.

Te creo entonces y te creo ahora a mis casi 40.

Te escribo entonces y te escribo ahora a mis casi 40.

Siempre tú, siempre nosotros.

En aquella terraza de tus amigos pintores que sabían que el amor era otra cosa. 

Nosotros también sabíamos que el amor era otra cosa, 

amor siempre y este es el primer poema 

que descaradamente habla de amor y se deja descaradamente 

y cínicamente ser cursi 

como cursi era contigo a los 17, a los 21 a los 27, a los 37.

SOY LO PROHIBIDO

Mientras tomaba un café en la Roma,

un mariachi tocaba “Soy lo prohibido”.

No pidió permiso, ni lo necesitaba.

De repente, la serenata que me cantabas en secreto hace veinte años

volvió a mí como un perfume viejo

guardado en el fondo de un cajón

que no se ha querido abrir.

Volvió tu voz —más joven, más rota—,

volvió tu risa nerviosa,

volvieron tus manos escribiéndome cartas

que nunca llegaron.

Volvió la certeza de que lo que tuvimos

nunca fue correcto,

pero fue nuestro.

Y no sé si decirle milagro,

fortuna

o destino.

No sé si fue casualidad

o castigo,

pero ahí estaba:

tu canción en mi mesa de café,

tus labios en mi memoria,

tu sombra sentándose conmigo

como si nunca se hubiera ido.

Le sonreí al mariachi.

No le di una moneda. No le pedí otra.

Con esa bastaba.

QUE NO SOMOS IGUALES DIJO LA GENTE

Fue la sentencia cayendo una gran roca entre nosotros y casi nos aplasta,

pero José Alfredo seguía cantando “si nos dejan” 

aunque casi nunca nos dejaron

y cayeron sobre nosotros los años y las cosas.

Crecimos lejos aunque a veces seguías diciéndome “amor”

y yo procuré que a mi nostalgia no se le viera la costura, 

esconder tus palabras abajo del tapete, voltear para otro lado cuando pasaba por Salamanca y no contarle a nadie sobre esas noches en las que te quise y fuimos

lo prohibido. Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti

cada vez que escuché esa canción, pensé en ti,

Cada vez que escuché esa canción, pensé en ti.

Aunque ya no doliera como antes y pudiera cantarla sin llorar,

aunque fingiera que ya no recordaba la textura de tu voz diciendo mi nombre.

Aprendí a pasar por Salamanca sin pestañear, a dejar que el recuerdo se me escurriera

entre los dedos como si fuera agua, como si nunca te hubiera amado tanto.

Pero no se olvida tan fácil lo que una quiso a escondidas,

lo que una defendió en silencio,

lo que una abrazó con miedo.

Que no somos iguales, dijeron, y qué razón tenían.

Yo me hice adulta con tus ausencias,

tú seguiste siendo el muchacho que prometía y huía.

Fuimos lo prohibido, sí, pero también lo inolvidable.

Una grieta en la historia que no se cierra,

un “por poquito” que pesa más que cualquier certeza.

Y aunque ya no sepa si aún me llamas “amor”

cuando nadie te escucha,

yo sigo pensando que, si nos hubieran dejado,

quizá —sólo quizá—

habríamos sabido qué hacer con tanto amor maldito.

Portada de "Los hombres nunca reciben flores", Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026.
Portada de “Los hombres nunca reciben flores”, Zel Cabrera. Los libros del perro editorial, 2026. Disponible aquí

Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).

Tenía veinte años, y durante varios meses atrás había leído muchísimos libros sobre bebés y maternidad; veía documentales, series, e incluso reality shows sobre el tema, lo suficiente, según yo, para llegar lista al momento de recibir a mi hija recién nacida en brazos. Mi visión no provenía de un anhelo amoroso, sino más bien de un sentido de responsabilidad ante un proyecto de vida que había aceptado. Y por supuesto que nada salió conforme lo planeé.

Los recién nacidos no saben respirar ni comer como nosotros. Nacemos así, sin saber nada. No hablamos este lenguaje común, no escuchamos ni vemos de la misma manera. Somos y fuimos otro tipo de seres, y yo lo entendí cuando conocí a Dafne. Sentí que cargaba un pez ciego y frágil. Ella tenía el color de un camaroncito cocinado y lloraba menos que yo. Mi abuela y mi entonces suegra me repetían que “me la pegara”. Al hacerlo descubrí que yo no producía leche de manera instantánea, que no era una hermosa vaca lechera y que después de varias horas de frustración e intentos por parte mía y de mi hija, al fin el primer agarre de succión llegaría a través de mucho dolor. Prueba y error, querida, prueba y error. Ambas bajo un aprendizaje vital. Yo con entuertos dolorosísimos cada dos horas y bajo la influencia potente de diversos analgésicos y opioides administrados en la clínica, tuve además que recibir a muchísimos familiares contra mi voluntad. Tomaban fotos, traían regalos, el flash resplandecía, los escalofríos de mi cuerpo me retorcían sobre la camilla, se morían de ternura con la bebé y yo solo estaba a punto de mandarlos al carajo para que nos dejaran a solas.

Fuera del hospital el dolor no disminuyó, cambió de zona. Por orden del sesenta por ciento de las mujeres de mi familia, fui presionada para tomar cantidades absurdas de atole de ajonjolí, levadura y agua. Amamantaba a mi hija a libre demanda, o sea, todo el día y toda la noche, dado que la bebé dormía siestas de cuarenta minutos cada dos horas. A veces tenía suerte y dormía tres o cuatro horas de corrido, pero era eso, suerte, hadas mágicas que aparecían antes de volverme loca. Tuve que inventar mi propia rutina para no dormir mientras daba de comer. Por curiosidad me metía a ver videos de hembras mamíferas con sus crías. Para mi sorpresa ellas sí dormían y no vivían paranoicas cuidando la supervivencia de sus cachorros. Me quedó clarísimo que somos los animales más frágiles de la tierra. Nos acostumbramos muy pronto a nuestra fragilidad, la defendemos y nos gusta, tanto que repetimos muchas veces que la vida sueña más vida y se busca a sí misma, cuando la realidad es que también la vida busca transformarse a través de la muerte para mutar en algo distinto. Quizás me equivoco, pero esa certeza me acomodaba en el cuello mientras rodaba sobre mi ojera derecha el tercer día sin dormir como Dios manda. Esto debe ser un vicio occidental. Sin contar que aquí, en México, nos gusta estirar la vida de algunas palabras como si fueran de plastilina, como en este caso el mamar, mamador, no mames, mamado, mamadas, mamaste, mame. Todas adjudicando un carácter infantil, inmaduro, fastidioso e insoportable. Todo desde la raíz mamma, que no solo nombra el pecho, nombra dependencia, exceso, goce, porque mamar va más allá de un acto biológico, mamar es una forma de habitar el mundo. Pender desde lo umbilical, insistir con el cuerpo entero. Quizá por eso el adulto que continúa mamando irrita demasiado, y pensamos, oh, tremendo mamador. Succionar fuera de lugar, fuera de tiempo y de la escena permitida. O el inmamable, como alguien o algo imposible de llevarnos a la boca, incomible, insoportable.

¿Y es que acaso no puede realizar una lectura de la realidad? ¿O estamos ante un necio que no regula su deseo? Bebesotes problemáticos. Destete violento, fijación oral, la búsqueda de la mamada. Mamadores del patrón, del Estado y no hay destete del consumismo porque el sistema necesita que sigamos succionando. Por eso resulta obsceno que el insulto recaiga sobre el cuerpo que pide y no se señale al gran pecho seco, un cuerpo que se niega a alimentar. Entonces estar mamando pudiese provenir de un duelo mal resuelto del destete. Sobreestimulación ante algo que nos mama, es decir, nos encanta, y lo queremos engullir en sobremanera. Ahora, contrario al mamador, el mamado es el que provee, como mis tetas que se ejercitaban con frecuencia porque dentro de ellas cada glándula mamaria trabajaba y la hacía crecer aún más. Entre más eres mamada, tienes más capacidad de alimentar. Así, podemos pensar en tres tipos de mamados, el fuerte o musculoso, el borracho y el que se excede. Lleno, llenísimo de sí, más allá de su epidermis. Y sin embargo, no hay que olvidar que sus recursos son limitados, como los pechos cuando se vacían totalmente y de repente pierden su redondez para ser como dos sacos miserables, estructuras en ruinas, como las que dicen las bocas cuando el sentido resbala de las palabras y juega con el exceso nuevamente, llevando en ocasiones a un límite de lenguaje. Eco verbal que no nutre más que la vacuidad y el silencio. Alimento probable del mamador para sostenerse. Este mismo sujeto puede verse ligado al artefacto de mamila, móvil que le alimenta mediante un chupón de plástico, símbolo del pezón, regresión a la mama. Santo patrono de las fantasías. Pechos enormes frente a tu cara. Pero también está la atribución al presumido, esa mirada desde la lengua cotidiana. Palabra torcida. Prima hermana del mamón y el mamoncito. Letras petulantes entre la suavidad extraña de las emes.

¿Y qué succiona el mamador, según el mexicano promedio? ¿Por qué a la sociedad le irrita tanto el mamar de un ser que no es un bebé?

¿Por qué nos cuesta muchísimo separarnos de las mamas? ¿Es la búsqueda de aquel estado frágil que vivimos al nacer? Estirar la juventud como estiramos las palabras. Ese primer gran vínculo afectivo nos moldea cada surco del lenguaje, como si de verdad el primer amor que conocimos tuviese la seguridad de alimentación y resguardo, nuestra madre poseedora de las mamas, que salvaguardan nuestro cuerpecito de este mundo aterrador y salvaje.

Con el correr de las semanas y la locura, mis pezones comenzaron a sangrar. Coloqué dexpanthenol sobre las grietas. Me acusaron de amamantar mal, de que por eso pasamos todas y ni modo. Aquello lejos de reconfortarme o redirigirme, me colocó bajo estados de ánimo confusos y llenos de tristeza. Da la leche si no quieres mastitis. Ya podía oler la pus saliendo de mi cuerpo, con los pechos hirviendo y la piel morada, a punto de ser intervenida en la clínica. El miedo era más grande que el dolor y la resignación de la pena. Mis pezones se partieron y en cada entrega la niña pujaba enojada porque su vaca de confianza no daba leche a montones. Yo la hacía trabajar, esforzarse, mamar con fuerza, entonces se enojaba y me mordía, masticaba mi carne a su servicio y yo lloraba. Ella me veía y sonreía. No mames, pensé. ¿Es esta la personalidad heredada? Mi hija como los bebés del mundo, relacionándose a través de la boca y sus sonidos guturales. Fase oral. Placer y conocimiento por esta nueva realidad. Una libido viva en un sueño blanco. Yo, parada de pestañas y entre alucinaciones por falta de sueño, me topé de frente con el otro mammon, a quien se le adjudica como rey y señor de la energía material mundana. La palabra es citada en la biblia y proviene del arameo mamona, que significa riqueza o dinero. Pensé en invocarlo como si fuese a llamar a un repartidor de pizza. Pensé que no estaría sufriendo así si tuviera el dinero a mi servicio, si pudiera resolver mi situación de otra forma, una más delicada y gozosa donde por lo menos pudiera dormir y mi pezón no se cayera a pedacitos sin ser revictimizada. Tomaría una ducha tibia si tuviera un boiler a mi disposición o tan siquiera alguien me apoyara con la crianza cuidando a mi bebé. Pagaría una enfermera si tuviera el capital económico. Y sí, compraría sacaleches, contenedores adecuados, almohadas de hule espuma, cazoletas para mi piel, más y mejores analgésicos que no incidan en mi producción y calidad de leche, un ambiente más dulce, horas hermosas de sueño para relajar mi sistema nervioso colapsado.

Respirar y mantener el contacto visual con el recién nacido que te muerde con sus encías tiernas. Mi pedazo de carne más vulnerable. Una niña hermosa con la sensación del cielo.

No hay nada placentero en ser molida. Quizá eso tenga sentido para algún católico ortodoxo, pero para mí no. A eso sumemos la maroma que implica dar de comer en público y tener que colocarse una manta encima para no incomodar a la gente que merodea o evitar las miradas de los individuos morbosos. Porque por más increíble que eso parezca, sí hubo más de una señora enojada que se acercó a mí para decirme vulgar, y señores que de lejos me veían amamantar y se tocaban por encima del pantalón con la mano. Como si escondieran dinosaurios o ellos fueran animales sin tanto sentido. Avatares en la inercia de un camino tamásico. Y yo, más estresada. Gallina clueca. Marte en la constelación de Cáncer. Proteger debajo del mar a la perla más brillante. Los riesgos que corría los percibía triplicados estando sola, con una niña, siendo una madre jovencísima en una ciudad hostil e insegura, como lo es Poza Rica. Perennifolia de vidrio sobre el asfalto y las vías.

Pasados los primeros seis meses pude complementar la alimentación de mi hija con fórmula láctea. Disco solar en mi trayectoria de leche. La panacea de algunas mamis, y con ello el chuponcito de vez en cuando. Poco a poco lejos del calor y el ritmo de los latidos sobre mi pecho. Amor falso, decía mi abuela. Mejores oportunidades para mi salud mental. Poco a poquito. ¿Qué diría Freud de nuestras soluciones? Quizá sea cierto y provoque ciertas fijaciones, morderse las uñas a los siete, fumar cigarrillos a los veinte, quién sabe. Pancita inflada. Tomarla en brazos y darle palmaditas hasta que salga de su cuerpo un eructo. Como un fantasma o un espíritu que exorcicé de la posesión. Esto no pasaría si yo fuera una cabra. Pensar en la maternidad fuera de lo humano fue una forma de alivio. Así pude despojarla año tras año de su lenguaje en mi herencia, hasta que nuestra relación mutó, así como mutó el vínculo de mi hija con la comida y la boca. La mamá tlacuache entre sus trece pezones da a luz a crías embrionarias que trepan solas hasta el marsupio y se adhieren al pezón durante semanas. Las gatas y las perras amamantan acostadas, muy comúnmente entre el sueño o la vigilia, y si una cría muere, en ocasiones se lo comen o lo apartan del resto. Las vacas adelgazan su producción láctea si sienten estrés o miedo. Las elefantas crían un solo bebé entre varias, durante cinco o seis años, que es aproximadamente lo que dura el periodo de lactancia. Se reparten el cuidado de vigilancia, alimentación y sueño. Defienden entre todas a sus hijos del mundo exterior. Aloparentalidad. Por otro lado, está la maternidad solitaria de las ardillas. Tienen ocho pezones y suelen parir camadas pequeñas o medianas. Los pequeñines salen al mundo ciegos y pelones, totalmente dependientes de la madre. Madre soltera, construye un nido y amamanta varias veces al día durante semanas, hasta que las crías puedan alimentarse poco a poco de frutos y hojas. Quisiera ser práctica como ellas. No son monógamas, se aparean con varios y después de que comienzan la gestación se apartan. Van y vienen de copa en copa, hacen malabares sobre las líneas de los edificios y los cables. Quizá en ellas el cuerpo no construye identidad como en nosotras. Por eso después del parto hay una destrucción del yo. La barriga flota y nuestra personalidad como madres es algo nuevo. ¿Dónde nos quedamos dentro y fuera de nuestros cuerpos? Más allá de las estrías que arden y una cadera inflada que duele, pese a las compresas tibias. Hay una tarea meramente biológica que se cubre mientras dura la demanda. Quizá, solo quizá por eso nos duele tanto, porque a esta exigencia animal le pedimos sentido, símbolo, relato, y la leche no tiene épica más allá del blanco, es supervivencia. El cuerpo lo sabe antes que nosotras.


Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.
Ilustración de Rosario Lucas
Ilustración de Rosario Lucas

Aranza tiene su origen en el vasco y su significado es lugar de espinos

Cómo podría explicar

explicar de manera sencilla

que no quiero esto del mundo.

Que odio

en verdad detesto la idea 

de tener que irme

cuando tú digas quédate

quédate a la cena

quédate al desayuno.

Que no quiero seguir el guion,

no quiero ser llamada de esta forma

no quiero mi nombre

no quiero tener la espina incrustada

siempre en mi cuello.  

No quiero despertar en las madrugadas

despertar llorando en las madrugadas

con la frente llena de sudor

tanto sudor que arden las marcas

las marcas de recuerdos 

de una infancia dolorosa

que no desaparecen

que molestan antes de dormir.  

No quiero seguir soñando

soñando tanto que no duermo

porque sueño con gritos

con ahogarme en un río tan bajo

que apenas cubre los dedos de mis pies

pero yo me ahogo

porque no sé hacer otra cosa

y me aterroriza la idea

de escapar

de no aceptar lo que viene

aunque no venga nada. 

Odio imaginar el escenario

imaginar siempre

que me recuesto en tus piernas

y me haces cariños en la cara

y me das besos en la frente

pero yo tengo que decirte basta

basta porque no respiro 

basta porque tengo que irme.

Tengo que irme a ningún lugar

a ningún lugar donde no existas

porque estás en todos lados. 

Tener que escapar de mí

porque yo ya no estoy conmigo.

Estoy tan lejos de ser yo

que ni siquiera puedo reconocerme

en las fotografías.

Te llevaste tantas cosas

que podría ser todo

todo aunque yo no tuviera nada.

Quiero hacer una confesión

dejar de lado lo previo

la queja persistente 

el ritmo cardiaco tan acelerado.

Dentro de toda esta obra de teatro

sólo me reconozco en una escena banal:

cuando me desmaquillo.

Siempre lo hago

frente al espejo de treinta por treinta

mientras me restriego crema del real

y me veo mal

tan mal

tan mal que me imagino 

las múltiples versiones de mí

alguien que llora 

     porque no volverá a ver al amor de su vida

alguien a quien le informaron

que su hermano murió en la guerra

alguien a quien le acaban de entregar

el cuerpo de su perrito muerto

en la veterinaria.

Lo que quiero decir 

es que sólo soy yo

cuando me imagino como alguien más.

Me reconozco entre mentiras,

en el mal aliento por haber fumado tanto

en mis uñas tan pequeñas que duelen

duelen por morderlas tanto.

Soy yo en las ojeras que no se van 

al desaparecer el rímel mientras me desmaquillo

porque sí duermo

pero duermo mal.

Pésimo. 

Tan mal que en ocasiones sudo.

Duermo tan mal que repito cosas

que necesito decirlas

decirlas de verdad

para creerlas.

Como un título,

inventar un título.

Uno de verdad.

Un título

que diga todo.

Un final que sea un título.

05 de junio del 2023, después de cenar. 

Me acompaña Raúl. Fuimos a un restaurante que está en el sexto piso de algún lado. Bebí dos cervezas. Luego nos fuimos y seguimos un camino que alguien ya hizo antes. Caminamos hasta llegar a la Plaza Hidalgo, donde nos sentamos a platicar. Otro Chihuahua conocimos, no el de día.

Imagínate Itzel: 

Tú y Itzel tienen un país 

—Gerardo Arana

Imagínate, Raúl.

Tú en tu planeta negro 

lleno de soles que no dan sombra 

soles negros que advierten 

el fin del mundo. 

Imagínate 

un plato de ensalada 

aderezado con Universo 

para cenar los dos. 

Imagínate 

a las estrellas atascadas 

en la punta de mis dedos 

que tocan tu rostro 

que sostienen un encendedor 

que dan golpecitos en tu brazo. 

Imagínate, 

imagínate. 

En tu planeta negro 

aturdidos de melancolía 

reímos de la locura que invade al mundo, 

a nosotros. 

Imagínate. 

Una canción que sólo nosotros escuchamos 

apacigua el grito de nuestras voces. 

Y hablas de algún escritor que no conozco 

y me miras 

y me explicas cómo se creó el mundo 

cómo funciona 

cómo es que estamos aquí juntos. 

Raúl, piensa en una vida 

donde vayamos a cenar los domingos.

Alsuper

So, even though you have broken my heart yet again,

I wanted to say, in another life, I would have really liked just

doing laundry and taxes with you.

Everything Everywhere All At Once

Pechuga de pollo

Limones

Apio

Pan de barra

Shampoo

Azúcar

Café

Tortillas de maíz

dices

mientras empujas el carrito rojo

como si te diera vergüenza 

como si pesara demasiado

como si tu vida pudiera comprarse 

en una promoción.

Yo voy atrás de tus pasos 

porque siempre has estado lejos

Me golpea el pensamiento intrusivo:

me hubiera gustado

hacer la lista de lo que falta en casa

contigo

poder debatir sobre qué café soluble

es el menos peor

intentar llegar a un acuerdo

como si estuviéramos redactando

un tratado internacional

Si llevamos Oro, propongo que yo lave los trastes de la mañana y la noche

hasta que se acabe

y responder

si mejor escogemos Nescafé, podría pensar en lavar toda tu ropa y planchar tus camisas

hasta que nos dure el gusto

dejar que el Oro gane

por amor a la patria

más que por coherencia.

Podríamos hacer la lista del mandado

y tal vez decir 

que nos hace falta un cuadro

de los dos besándonos en Roma

justo en medio de la sala.

No pensar en comprar pan

o cereales

sino en lo realmente importante

como tiempo para acurrucarnos en el piso

sobre la cobija que robamos

de casa de tu mamá.

En la lista deberíamos incluir

con tinta roja:

no olvidar que lo importante es tomarse de la mano

y empujar el carrito

entre los dos.

Con todo esto quiero decir

que me hubiera gustado mucho

haber redactado

como un tratado internacional

la lista del súper 

contigo,

caminar cuadras hacia casa

con dos bloques de bolsas

llenas de cosas inservibles

menos importantes.

Salgo del pensamiento que me asaltó

en el pasillo de congelados

y tú sigues repitiendo 

Pechuga de pollo  

Limones

Apio

Pan de barra

Shampoo

Azúcar  

Café

Tortillas de maíz

Nunca te alcancé

Sigo detrás de ti

siempre años tarde.


Autores
Aranza Domínguez (2001, Chihuahua). Ha participado en diversos encuentros literarios locales y nacionales, además de distintas mesas de poesía. Es coautora de las antologías poéticas Coordenadas de Voces Femeninas Chihuahua (2019), Allá donde encontramos lo perdido. Poetas mujeres de Chihuahua (2019), Diamantinas (2020), Pandemials (2021), Kurúwi-ra’ícha (Niño palabra) poesía infantil traducida al ralámuri (PACMYC, 2021) y Humo en el Jardín, junto al grupo de poesía Cíbola. Es autora del poemario Aterrizaje forzoso a tres kilómetros de Urano y astronautas no identificados (2020-2021), el cual fue seleccionado para su publicación como ganador de la categoría Soltar las Amarras por el Programa Editorial Chihuahua. En el año 2025 recibió una mención honorífica dentro del Premio de Literatura Joven Chihuahua en la categoría Nellie Campobello de cuento, con el libro titulado El Olvido. Durante el año 2023 impartió el taller de escritura creativa “Poesía para (no) poetas”, que contó con una asistencia de 140 personas, siendo su última edición en Hidalgo del Parral, junto al colectivo Perros Famélicos. También ha impartido talleres para infancias, adolescentes y jóvenes adultos enfocados a la escritura creativa y fanzine. En el año 2024 dirigió la sala de lectura DIVERSOS, situada en el Centro Varonil de Reinserción Social No. 2, en colaboración con el Programa Nacional de Salas de Lectura. Dentro de la gestión cultural, se ha dedicado a organizar lecturas de poesía y eventos relacionados con impulsar a los artistas independientes en sus distintas disciplinas, con el objetivo de crear espacios para comunidades artísticas sanas y diversas en Chihuahua.

UÑAS: PLIEGO DE PRINCIPIOS

Si he de hablar de mis uñas

lo haré asida a esa piel, la más fina

donde mi cuerpo se alarga

como las ramas tiernas del árbol

que juegan con el aire más endeble.

Una y mil veces

buscaré sobar el mismo verso

que de repetirse hará cantar

el filoso extremo de mis dedos.

Hablaré, sí, de mis uñas

como si nunca hubiesen rasgado piel alguna

como si ignorara el filo de su borde

como quien escribe lamentos

en la carnosa densidad de una espalda.

Las uñas son todas

esquirlas

trozos de piel endurecida

tejido marchito, arma de un solo filo

testigo del desuello, trama desprendida

en la tersura de los frutos

o en la violencia salvaje

de la calle oscura.

Uñas somos

y en su incisiva transparencia

habita la verdad de nuestro origen

testifican nuestro nacimiento

y dan fe de nuestra muerte.

UÑAS LIMPIAS

Medias lunas sobresalen de la punta de mis dedos. Espadas de seda tornasol. Del uno al diez hacen frente a los ojos, al juicio sumario de un desfallecido pelotón que persigue refrendar mi pulcritud. El preludio fue el afluente, que desprende el jabón de las manos que harán frente al escrutinio. El agua que lava, remoja, remueve y separa es del río, que huele a valle, a trigo recién cortado, alfalfa humedecida y a flor, esas ramitas silvestres que roban humedad a la orilla del canal para brotar, nimias, como la brisa de las mañanas veraniegas. Blancas, leves mis uñas, dientecillos afilados del extremo de mis dedos, no saben de culpas y deberes. Mi pulcritud no es suficiente, son mis dos manos contra sus ojos, que penan su longitud extrema. Y frente a cuarenta pupitres, dos navajas feroces, la risa de todos y mi vergüenza, sufro por mis diez caballos mudos, esos dedillos que abrazan al lápiz para aprender una nueva lección de crueldad.

ESMALTE DE UVAS

Ella toma vino blanco

porque hace juego

con el esmalte de sus uñas.

Acomoda los dedos

en la barriga cristalina de una copa

y las mira subir,

arrimar a su garganta

la esencia frutal y la arena

del valle aburrido.

Pero eso no importa.

Los cinco deditos

dormitan en el espejismo de otras manos

que desprenden racimos

de futuro fermento,

bienestar transitorio,

muy lejano a ese afán.

A ella no le gusta el vino blanco

ni mirar el sol tras de unos lentes.

Su sombrero no combina

con las ramas hirientes

de la cepa tornasol.

Tampoco cuenta,

con los días en su espalda,

y si hay o no tedio

pues el viento enreda su pelo

lo acicala salino

con un Santana que anuncia

el final de la vendimia.

Ella no barniza las puntas de sus dedos

ni prueba las uvas

pero sí se desgañita

con los frutos en flor.

No piensa en esmaltes

ni en mujeres con sombrillas

solo para sí será llenar las canastas

frente a los surcos infinitos

de su hambre.


Autores
(Mexicali, Baja California, 1968). Es poeta, narradora, diseñadora y editora. Su trabajo literario ha sido incluido en antologías y revistas nacionales y gringas. Es autora del poemario Señero (2014); Postales de Inglewood, su libro de cuentos, recibió el Premio Nacional Dolores Castro en la categoría de narrativa 2017; y el poemario Cuadernos de la dispersión recibió, en 2018, el Premio Estatal de Literatura que otorga el Instituto de Cultura de Baja California. Ha sido editora desde 1991. De 2000 a 2003 dirigió el programa editorial de revistas científicas de la UABC. De 2003 a 2011 estuvo a cargo del Departamento de Editorial Universitaria. Fue Coordinadora General de la Feria Internacional del Libro de la UABC de 2003 a 2013. De 2013 a 2022 fue redactora de cápsula de literatura y divulgación para la radio y televisión universitaria. Es propietaria, editora y gestora del sello editorial autogestivo Pinos Alados. Actualmente se desempeña como diseñadora del Programa Editorial del Centro de Enseñanza Técnica y Superior.
Micrografía de endometriosis ovárica. Nephron, 2010. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0
Ilustración de Rosario Lucas
Ilustración de Rosario Lucas

1

Empecé a escribirle dos meses después de que se hubiera muerto. Había tomado dos postales gratuitas de la biblioteca, que acababa de lanzar una campaña de promoción de la lectura. La primera mostraba a un niño rubio leyendo en el suelo y la segunda a un abuelo pálido en un sillón. Escogí la primera.

Escribí: “Hola mamá, supongo que ya estás descansando”.

Lo más difícil fue conseguir un timbre postal, porque en este país frío, al que nos mudamos para poder tener un trabajo que de verdad nos pagara, las cosas más simples de la vida cotidiana eran casi siempre oscuras. Descubrí por medio de un colega que en las tiendas de tabaco los vendían y compré tres timbres para México. La dirección era la de la casa en la que yo había crecido, una casa en la que ahora solo vivía mi padre y que tres días a la semana se sometía al cuidado de Marta, la señora que mi mamá había contratado para hacer la limpieza cuando se enteró de su enfermedad. Escribí la dirección de esa casa en automático, como si estuviera rellenando un formulario de inscripción al gimnasio, y la eché en el buzón.

2

Mis hijas juegan a ser pedicuristas y toman turnos para masajearme los pies con la crema que compré de urgencia en un viaje en carretera, cuando la pequeña desarrolló una dermatitis. “Señorita, ¿qué color de esmalte va a querer?”, me dice la mayor. Me pide ayuda para abrir el bote de vidrio, soldado a la tapa por una capa de esmalte naranja que se había solidificado. Se echa al suelo a la altura de mis uñas y se dice a sí misma, murmurando, hay que tener mucho cuidado con esto, mientras estudia sus manos y mis pies.

Al principio había descartado usar la postal del abuelo pálido. Principalmente, porque no pensaba enviar más que una. Pero cuando sentí la necesidad de volver a escribirle a mi mamá, ahora que ya estaba muerta, mi primera intuición fue buscar una postal con imágenes que tuvieran algún sentido. Eso habría sido lo ideal.

En la calle principal de la ciudad en la que vivimos hay una tienda de cosas demasiado bonitas, como tazas de cerámica japonesas o velas con amatistas. Pero casi todas las postales eran del mismo estilo. Ilustraciones hechas a mano y con un pulso turbio que enseñaban dos manos sosteniendo un pastel en forma de corazón. Pero las manos tienen pelos en los dedos. O se ve una pareja de caricatura posando desnuda, agarrados de la mano. Pero sus genitales están cubiertos con calcetines sucios. Más que los destellos de abyección al ver las ilustraciones, me incomodaba la idea de que todas esas postales en blanco y negro hubieran sido diseñadas para enviarlas a gente viva.

3

Aunque la postal del abuelo leyendo en el sillón no significaba nada, decidí usarla. Esta vez escribí: “Recuerdo una vez que te miré desde lejos con curiosidad. Estabas en Walmart viendo las opciones de maquillaje como si se te fuera la vida en escoger el tono de tu labial. Usabas tonos oscuros y probablemente escogiste uno cercano al burdeos. Después de que te incineraron, me di cuenta de que tenías más de veinte tonos de labiales muy similares entre ellos, perfectamente alineados en una caja de acrílico cerca del lavabo, al lado de tus esmaltes. No tenías las cosas así a la vista cuando yo vivía en tu casa. Me las escondías. Pero un día después de que te moriste, cogí todos tus labiales, mamá. Los puse en una bolsa zip-lock de dos litros, los junté con tus esmaltes de color naranja y rosa, y me los llevé a mi casa”.

El timbre postal era de una corona, un símbolo que tampoco me decía nada. Las niñas se pusieron las botas y yo me cubrí la cabeza con el gorro del impermeable. Empezamos a caminar bajo la lluvia, que era tolerable. Las niñas acordaron sin conflicto que la misión de la caminata era saltar en los charcos, compitiendo por ver quién lograba mojarme más los pantalones. Sus voces agudas sobresalían en el entorno gris como una piñata de estrella de diez picos y se lo hice saber: “Niñas, son tan ruidosas y alborotadas como una fiesta a la que no quería venir”. Pero detrás de mi irritación había algo de tolerancia hacia su condición ajena e infantil, que no sé si alcanzaron a percibir.

Cuando llegamos al buzón, frente a una casa con marcos de ventana azules, me di cuenta de que la postal se había mojado. “¿Crees que se puede leer bien?”, le pregunté a la mayor. “Creo que sí”, me respondió. La menor intentó meter el brazo entero en el buzón y después me preguntó si podía ser ella la que depositara la postal. Sus manos estaban húmedas, el agua de los charcos le había salpicado hasta los cachetes. Pero era la primera vez que se ofrecía a hacerme un favor, y su cara mostraba responsabilidad genuina, así que le puse la postal en las manos sucias y le dije que sí.

En mi casa se escuchan gritos. No intervengo. Las niñas están con su padre, así que están a salvo. Empieza a sonar música y los gritos se convierten en carcajadas. Es la hora de la cena y de regreso del paseo se me olvidó pasar al supermercado. Voy a la despensa y encuentro una bolsa de lentejas, un bote de mostaza y una lata de crema de champiñones. Una lata que voy a calentar paradarle de comer a mis hijas.

5

Después de la cena tengo una ventana de tres o cuatro horas que suelo dedicar a releer alguno de los libros que conservo de mi biblioteca de estudiante, que consiste en malas traducciones al español de clásicos universales. Acababa de terminar de releer Anna Karenina hace unos días. La primera hoja en blanco del libro todavía tenía restos del ex libris que hice la primera vez que lo leí: un garabato de florero con tallos que sostenían tres letras capitulares copiadas de manuscritos medievales, que había sacado de internet. Cuando era adolescente, el diseño de aquel ex libris me había tomado más de un día. Me propuse entonces hacer lo mismo con el tema de las postales, que se había convertido en un problema sin solución.

El grosor de la tapa del libro era perfecto. Lo suficientemente rígido para mantenerse como un objeto unitario en su viaje transatlántico, pero fino como cualquier otro producto postal. Busqué las tijeras y, antes de medir las dimensiones de la portada, la arranqué con violencia del lomo, que reaccionó con dolor. El pegamento que unía la portada con el resto del libro se había  convertido en una pasta rígida, un músculo que cubría los nervios  de hilo rojo que habían estructurado su columna durante veinte años.

Después de recortar los pies y la falda de Anna Karenina —sacrifiqué también la tierna compañía de un perro dormido a su lado— me di cuenta de que lo había logrado. Tenía una postal con sentido, un símbolo trágico de la búsqueda de libertad femenina en medio del páramo doméstico, aunque pensado por un hombre.

6

Esta vez le escribí: “Me pregunto si viviste bien, si en realidad querías tener la vida que al final tuviste. Porque parecía que sentías un gozo especial por tener la casa en orden antes de calentar una crema Campbell’s y pedirnos discretamente que te diéramos las gracias por la cena. Sin esa validación, no te quedabas tranquila. Pero hacías un bacalao a la vizcaína muy bueno. La última vez que lo preparaste, cuando ya sabías que te ibas a morir, te quedaste esperando a que te pidiera la receta —cocinando lentamente, anunciando las cantidades y los procesos, nombrando los ingredientes—. Pero no tomé nota. No me atreví”.

Enviar la tercera postal trajo una nueva serie de problemas. Una nevada de veinte centímetros me impidió incorporar el paseo al buzón en las rutinas del día. Todo, incluyendo las escuelas, estaba paralizado, y la solución más lógica habría sido quedarnos en casa. Pero las clases de natación de la mayor eran obligatorias. De acuerdo con las leyes de este país, que se sabe frágil en una sola cosa —su superficie terrestre se encuentra por debajo del nivel del mar—, todos los niños deben obtener un certificado que los acredite para sobrevivir de manera independiente ante la posible inundación del país entero.

Mi mamá había hecho ese tipo de cosas bien, podría decir que a la perfección. El deber era su única forma de placer. Esperar afuera de las clases de baile o de natación, o formarse a tiempo en la  cola de padres que iban a recoger a sus hijos a la escuela a diario. Pero en el coche, de camino a la clase de natación, yo decidí fallar.

7

—Tengo que pasar por el correo, porque van a cerrar—, le dije a mi hija. 

Corrí en el sentido contrario al viento, con la postal en la frente para protegerme los ojos del hielo. El funcionario de correos me vio entrar y me habló en su idioma. Le entregué la postal con el sello para México —otra corona— y me quedé esperando su reacción.

—Esta no es una postal—, me dijo.

—Es una postal—, le contesté en su idioma.

Decidí que no me iba a ir de la oficina de correos hasta que aceptara enviarla. A lo lejos, lo vi sacar una regla para medir. Su compañero, translúcido, observaba los restos de pegamento en el reverso de la imagen de Anna Karenina. Los rascó con la uña y miró al otro, que había terminado de comprobar que las medidas eran las adecuadas.

Volvieron los dos al mostrador, caminando con una uniformidad programada, y el primero anunció Okei. Un par de sílabas que sonaron como el salto de vuelta a la vida después de recibir los resultados de un análisis médico. O el aplauso después de una competencia de atletismo. O como el perdón de tu pareja después de haberla cagado de una forma irreparable. Okei. La postal estaba en el buzón para envíos internacionales.

Mi hija está llorando en la sala de mi casa, frente a la televisión apagada. No llegamos a tiempo a su clase de natación. La menor va a la cocina por un trapo y lo usa para cubrir a una muñeca perturbada, que gime a gritos porque tiene hambre. Mi bandeja de entrada está hasta arriba de correos que voy a responder el sábado, en mi tiempo libre.

Miro el libro destazado sobre la mesa, con rayones de colores en las primeras páginas. Esos rayones no estaban ahí cuando decidí usarlo para hacer la postal. Entonces todavía era mío. Los nervios en el lomo del libro se parecen a mis venas, de las que me extraían sangre cada mes cuando estaba intentando quedar embarazada. Se ven como látigos de cuero en un ritual de fertilidad, con cuerpos de mujeres orientados al Este, por donde sale el sol. Y como vino que separa los adoquines del centro urbano, en la celebración de purga que viene después del invierno.

“El lugar sin madre es un lugar oscuro”, me habían dicho en el funeral.

Estábamos llorando las tres.

Los días se hicieron más largos sin que me hubiera dado cuenta de cómo se había dado esa progresión. Simplemente, un día noté que no era necesario encender las luces a la hora de la cena. Las voces alrededor de la mesa del comedor tomaban turnos para nombrar cuál era la comida que más odiaba cada uno: arroz con pollo, ejotes, pizza fría. “A mí me gusta todo, menos la comida de aquí”, dije yo.

Recogí los platos de la cena mientras mis hijas subían a quitarse la ropa y ponerla dentro del bote de la ropa sucia, como cada noche. Dejé de escuchar sus voces cuando empezó a caer el agua de la regadera, y el silencio se sintió novedoso. Como se siente gritarle a alguien y que no reaccione.

Al siguiente día recibí un aviso de la oficina de correos. Nuestro buzón se había roto y en algún punto lo habíamos quitado. Habían pasado varias semanas sin que recibiéramos cupones ni correspondencia, y la notificación pegada a la puerta fue la que me avisó de que me había llegado una carta con la dirección de mi padre en el remitente.

Dejé a mis hijas escoger accesorios de bisutería para disfrazarse antes de ir a la escuela. En el camino, se pelearon a gritos y golpes, y un collar de perlas de plástico terminó en el suelo. La mayor se puso a recoger las perlas que habían rodado hasta la calle y las metió de tres en tres en la bolsa de su chaqueta. La menor se quedó mirándola y al poco tiempo se distrajo con los cilindros y espirales que habían quedado en las banquetas después de los fuegos artificiales de la noche anterior. Se encaminaron hacia la puerta del colegio, saludando y tocando la ropa de pequeños doctores, princesas y un dinosaurio verde. Cuando nos despedimos, les dije que las vería en la casa cuando saliera del trabajo, después de pasar a la oficina de correos.

Me pasé una parte considerable de la jornada laboral preguntándome por la función del carnaval y por qué las celebraciones de la antigüedad habían servido como bisagras en el paso de una estación a la otra. Es cierto que tener derecho a los rayos del sol ameritaba una fiesta, y colectiva a ser posible. Pero no podía entender de dónde venía el consenso, la creencia generalizada en que las tensiones internas que produce el deber solo se pueden liberar con el juego del disfraz. Pero sí, no es mentira que el juego libera algo. Y las máscaras también.

El funcionario de correos se había puesto una corona dorada de plástico y una capa de terciopelo rojo. Sonrió como si me reconociera de antes y me preguntó cómo podía ayudarme.

—Tengo un aviso para recoger una carta —le dije en su idioma.

—Un momento —me respondió.           

Después de enseñarle mi identificación, el funcionario se dio la vuelta y caminó con una autoridad amplificada por su corona de plástico. Miré a mi alrededor. La oficina estaba adornada con guirnaldas de colores, banderitas y luces que habían reciclado de la Navidad. Yo era la única que no estaba disfrazada, que no sonreía.

El funcionario reapareció con una carta en las manos.

—Esto lleva dos semanas esperando a que lo recogiera, estábamos por devolverlo al remitente —me dijo.

Tomé la carta y me dirigí hacia la puerta. El funcionario me llamó la atención.

—Se olvida de firmar.

Para volver a casa tomé una bicicleta pública. Pedaleé con dificultad mientras las otras bicicletas me adelantaban sin culpa. Era casi la hora de la cena, mis hijas estarían con hambre, tenía que pasar al supermercado. Los últimos días habíamos estado cenando las sobras de la comida, pero hoy no.

Agarré un atado de espárragos y un bote de alcaparras. Había un aceite de trufa que nunca me había atrevido a comprar. Lo puse en la canasta, encima de las verduras, y me dirigí a la charcutería. Tomé salami, roast-beef y jamón. De camino a la caja, vi que había mangos importados y plátanos dominicos. También los compré.

Justo antes de pagar, ya en la caja, tomé unos chocolates rellenos de caramelo y cubiertos con un polvo de pistache muy fino. Saqué la tarjeta de crédito y la pasé sin pensarlo. Acomodé las bolsas en la canasta al frente de la bicicleta y pedaleé a mi casa. Estaba empezando a oscurecer, pero no hacía frío.

Las luces de mi casa están encendidas. Las niñas arman un rompecabezas con su papá en el suelo de la sala. Los veo a través de la ventana mientras abro la puerta. Me quito los zapatos en la entrada y camino hacia el comedor.

—Traje cosas ricas para la cena — les digo.

Antes de ponerme a cocinar, me siento en el sofá. La carta es de parte de Marta, la señora que se había encargado de poner orden en las cosas de mi mamá, de regalar toda su ropa. Y sus zapatos. La que había amarrado todas las bufandas juntas, haciendo un manojo de telas de colores y patrones que no combinaban entre sí. Veo que ha puesto un cuidado casi amoroso en distribuir las cosas que antes ordenó y clasificó una persona que ahora está muerta. Abro el sobre así, con el mismo cariño con el que ella lo lamió para cerrarlo.

“Hola, señorita:

Le mando una cartita que encontré cuando estaba ordenando los papeles y las cosas de su mamá. Espero que estén todos muy bien por allá y que no se vayan a enfermar”.

Sobre el papel reconozco su letra. La carta está fechada en octubre de 2001. Hago memoria. Debía tener once años, cuando me bajó la regla por primera vez. La hoja estaba intacta, era un papel de correspondencia con filigranas en forma de flor de lis. La caligrafía era homogénea, había sido pasada a limpio. Pero mi mamá  no había enviado la carta. Ni ninguno de sus borradores anteriores.

—Mamá, ¿cuándo vamos a cenar? —me dicen.

—Ahorita.

Me dirijo a la cocina y dejo las compras sobre la encimera. Me quedo durante un segundo mirando el conjunto de bolsas de plástico.

Pongo la carta junto con los demás papeles que se han estado acumulando en las últimas semanas: facturas de los servicios, avisos de la escuela y un montón de notas a mano sobre diversos asuntos que a mi marido le da por acumular en el mismo rincón, a un lado del fregadero.

La pequeña se acerca mientras acomodo las carnes frías en el refrigerador. Quiere probar algo, lo que sea. Me pregunta si sé lo que estoy haciendo, que si me puede ayudar.

—Claro que sí. Lava las cebollas con agua fría — le digo.

Prendo el sartén y quito la liga que ata los espárragos juntos. Puedo escuchar su voz. Me dice que el aceite se debe echar cuando el sartén está tibio. La gente dice que primero pongas a sofreír el ajo y después la cebolla, pero no. El ajo se quema rápido y no suelta jugo, la cebolla sí. Andrea, echa primero la cebolla picada. Así no. Toda a la vez, así. ¿Ves? Ahora echa el ajo picado. Okei.

Empiezo a picar la cebolla, ahora que mi hija escurre el agua de los espárragos. Después, pico el ajo. Ahora tengo dos montañas de verduras blancas sobre la tabla de madera. Cuando el aceite está caliente, empiezo a sofreír la cebolla. Ya que está ligeramente dorada, después de haber soltado un poco de su jugo, echo el ajo en el sartén para que se dore lentamente.

La casa empieza a oler a comida. He seguido el orden de las cosas que tienen sentido.


Autores
Andrea Mariel Pérez es profesora de literatura y cultura Latinoamericana en la Universidad de Radboud (Países Bajos), es doctora en literatura hispánica por El Colegio de México. Se dedica al estudio de la literatura, los libros impresos y los archivos del periodo colonial mexicano.

A LAS DOS DE LA MAÑANA

un hombre espera

que cambie el semáforo para cruzar

Al extremo

una mujer se sostiene

reclinada en alguna pared de la avenida

El semáforo está en rojo

Un coche se acerca

tres sujetos bajan armados

bruscos la levantan

y avientan al auto

El semáforo sigue en rojo

El hombre que espera

no sabe que ella desconoce

que su cuerpo será arrojado

en una bolsa negra

rumbo a otra ciudad

La luz ya es verde

Reel

Veo a una mamá colapsar 

con el hijo inquieto

tres    cuatro compartidos

10 mil dislikes

Mala madre pobre pequeño

Nadie ve la cara de una mujer

deshacerse        derretir

Una madre es un robot 

que automatiza la familia

el desplazamiento del humano

sobreviviendo a las cuentas

el hijo

el esposo

los perros

máquina funcional

como artefacto sin derecho

de llorar o sufrir

Ojalá que la escoba y el mechudo 

pudieran echarla de menos

HASTA DIOS TIENE DUDAS SOBRE SÍ

se pregunta por qué envió a Jesús a la tierra 

si al ser poderoso también es capaz

de hacerse carne

de poseer un cuerpo

sin dejar que una niña

se vuelva madre y esposa

de un anciano carpintero decrépito

Qué caro le salió hacer la obra

Cada mañana en la iglesia 

los fieles miran los ojos de Jesús 

agradecen y le besan

las lenguas lavan oportunas sus errores

palabras húmedas vuelven sordas 

a su origen

Qué caro le salió el asunto

Desde el cielo mira

cada hora el mismo ritual

observa que no hay imagen suya

ni siquiera en el espejo

Dios se pregunta por qué volvió a  

Jesús un Rockstar


Autores
(Campeche, 1991). Comunicóloga y docente. Ha sido beneficiaria del programa Jóvenes Creadores FONCA 2024, PECDA 2020 en Campeche y del Festival Interfaz ISSSTE Yucatán en 2017. Ha participado en algunas antologías como Anuario bilingüe de Poesía de San Diego y Novísimas. Ha publicado en Periódico de poesía, Luvina, Revista Altazor, Círculo de poesía, Carruaje de Pájaros, Carátula The Ofi Press Magazine, Beltway Poetry, entre otras.

De forma más o menos recurrente me ronda la pregunta: ¿por qué escribo? Es un cuestionamiento que surge casi de forma involuntaria, sin ningún elemento previo que lo desencadene. A veces me asalta mientras escucho las puertas del metro abrirse y contemplo con la mirada perdida el oscuro túnel por el que transitamos millones de personas en esta inmensa ciudad. A veces sucede justo antes de dormir, cuando mi cerebro se dedica a enlistar las malas decisiones que he tomado en los últimos años. Por desgracia, no tengo una respuesta sencilla, al menos no una que me parezca satisfactoria para repetirla antes de dormir. Decir “porque sí, porque me gusta” no me parece suficiente y cuando pretendo elaborar mejores razones no dejo de pensar en el enorme narcisismo que encarna el ansia de ser leído. 

Cuando era adolescente, no me hacía estas preguntas, tampoco pensaba en el futuro ni en la escritura como destino; a esa edad, la vida me resultaba menos abrumadora y deambulaba por el mundo con la suave inocencia que provoca no pagar renta ni sufrir para cancelar el “pago mínimo para no generar intereses”. Mi principal obsesión radicaba en romper mi récord mensual de libros leídos y para conseguirlo, cada fin de mes recorría los estantes de la biblioteca de mi ciudad y hacía una selección que debía durarme cuatro semanas. Comencé a escribir con ese mismo ímpetu e ingenuidad. Pasaba las noches construyendo personajes, hilvanando historias y me divertía al imaginar el desenlace de las tramas que había creado. El problema llegó cuando gané un concurso al que envié un manuscrito como si se tratase de un juego. El premio me permitió publicar, viajar a la capital, aparecer en medios, en conclusión: ser vista. El libro trajo consigo cosas buenas, como una beca universitaria, pero también el peso de convertirme en algo que aún no había decidido ser: escritora. Entonces llegaron los consejos no pedidos sobre cómo conseguir fama, mayor visibilidad; llegaron las reflexiones sobre qué temas importan y cuáles no, cómo clasificar la buena y la mala literatura, qué libros debía leer y qué autores (hombres, en su mayoría) tendría que recitar de memoria. 

Como consecuencia de todo aquello, dejé de escribir, ya no me resultaba divertido crear historias, me aterraba que fueran comparadas con mi trabajo anterior. Ahora no escribía para mí, sino para otros; seres desconocidos y abstractos, a quienes debía complacer. Cuando iniciaba un relato, no podía avanzar más que un par de párrafos, nada me parecía suficiente. Me llené de angustia, así que, por mi bienestar, dejé de intentarlo. La palabra fracaso se instaló en mi psique de forma tan profunda que transformó la manera en que comencé a ver el mundo y a mí misma. Escribir solo valía la pena si podía replicar, e incluso superar, el éxito adolescente. Como un penitente, transité más de una década en silencio, rumiando la idea de volver a crear, volver a imaginar, mientras me preguntaba: ¿para qué? 

Me atreví a intentarlo de nuevo cuando entendí que el éxito no debía ser la medida de todas las cosas y que podía recuperar el encanto que hay detrás de crear historias, personajes y maneras de entender la vida. María Zambrano dice que escribir es defender la soledad en que se está, y conforme pasa el tiempo, comprendo mejor esa frase. Escribo para recuperar el silencio en medio del ruido, para convertir mis ideas etéreas e impalpables en entes capaces de comunicarse con quienes habitan fuera de mi mente. Por un breve momento y frente a este texto, dos personas ajenas se encuentran y dialogan sin necesidad de pronunciar palabra. Es un trabajo tedioso, detallado como el de un artesano. Las palabras se gestan poco a poco, se van encadenando y quien escribe, teje pequeñas flores sobre un largo mantel. Solo quien observa con atención es capaz de reconocer los detalles. 

Aún a finales del siglo XX, ser un escritor era algo valioso, algo que tenía alguna clase de relevancia social. Hoy, en medio de un bombardeo de imágenes, estímulos y discursos, la lectura parece una actividad arcaica y la escritura una práctica inútil; justo por ello, escribir se me hace tan urgente. No para el mercado, sino para la vida interior, para ser libres de las circunstancias, diría Zambrano. En cambio, aspirar a ser escritora me resulta secundario. La probabilidad de que un libro sobreviva a la avalancha de opciones de entretenimiento es escasa; las posibilidades de conseguir la fama también son pocas. Cada día se publica más, pero apenas unos cuantos títulos pueden soportar más de dos semanas sobre la mesa de novedades. 

Hace tiempo tuve que firmar una cláusula donde declaraba que mi último libro fue escrito sin usar inteligencia artificial. Luego descubrí que hay cientos de obras en línea que fueron creadas de esa manera, por eso la aclaración era necesaria. Me pareció triste, incluso un poco patético, imaginar que alguien ansía con tanto ímpetu ver su nombre estampado en una portada, tanto así, que prefiere adelantar el proceso. Nadie termina siendo la misma persona después de hacer un libro, algo se transforma en medio de la lucha por encontrar el adjetivo indicado, después de los desvelos, la edición y las relecturas. El peregrinaje siempre valdrá la pena y es quizás, lo único que importa. No creo en la vida después de la muerte y la idea de la posteridad me parece aun más vergonzosa que la de la fama. “Los demonios han de llevarme al infierno, pero escribiendo”, decía Roberto Bolaño al hablar de su carrera literaria y los rechazos que fue acumulando. Esa, ahora, es mi única certeza.


Autores
(Nicaragua, 1994). Ganadora del Certamen de Publicación de Obras Literarias del Centro Nicaragüense de Escritores en 2011 con la novela Danzaré sobre su tumba. Es autora del libro de relatos Breve historia del fracaso (2024). Residente del International Writing Program de la Universidad de Iowa en 2022 y de Yaddo Corporation en 2024. Becaria del programa Jóvenes Creadores de la Secretaría de Cultura de México en 2024.