Tierra Adentro

La máquina hace un sonido como el de los automóviles a gran velocidad en carretera. ¿Cómo quieren que alguien duerma así?

La noche anterior, Arturo me dio un iPod con música de ondas delta para eso del sueño, porque ya va siendo mucho problema. Hoy lo he puesto a todo volumen, pero la máquina sobrepasa el sonido.

Les pedí privacidad y los culpé de inquietar mi sueño, pero la verdad es que llevo algunos meses tomando café y sedalmercks a escondidas. Ya no quiero dormir. No, sí quiero dormir; lo que no quiero es soñar.

Entrar al mercado con un sueño te asegura al menos dos años de sobrevivencia amena, claro, cuando es un buen sueño. El resto es avaricia. De un momento al otro el dinero deja de caber en los bolsillos, pero sientes que en realidad no tienes en la vida más que una carga mental que solo va en aumento…

“No duermas, Ale, no duermas” me repito entre pestañeos. Mi cuerpo se hace cada vez más pesado hasta que me es imposible mantener los párpados abiertos; la cafeína ya no me hace efecto.

 

La semana pasada me encerré por dos horas en el baño de un Starbucks para dormir, cuando la cajera logró sacarme le dije que me había desmayado, pero que no era nada para preocuparse. La convencí de que no llamara a nadie, entonces ella me miró bien.

—¡Ey! ¡Eres esa chica!

Me revolvió el estómago que me reconociera y me resultó insoportable cuando me pidió un autógrafo.

Tomé un pedazo de papel de baño para hacerlo, mientras la escuchaba preguntar: “¿dormías?, ¿qué soñaste?”. Puse una mano en su hombro y le entregué el pedazo de papel al tiempo que le susurraba: “nuestra mente nos ataca”.

Miró el papel con cara de extrañeza, atónita. No estoy segura si su reacción fue por lo que dije o por darse cuenta de que le había entregado el dibujo de una carita feliz en lugar de mi autógrafo.

 

—No duermas, Ale, no duermas— digo justo al momento en que Arturo entra a la habitación.

—¿Por qué no?

Maldigo en voz baja, sabiendo que me ha descubierto. Se sienta en mi cama, me quita los audífonos y los cables, besa mi frente y me acurruca.

—¿Ale, por qué no duermes? Vas a dejar a tu equipo sin dinero.

Mientras escucho sus palabras aparecen en mi mente un montón de imágenes; todo pierde su forma, nacen nuevas figuras.

1

Caminaba sola por una calle bordeada por pinos altos apenas dibujados por sus contornos verdes neón.

Las personas se acomodan en sus asientos para disfrutar la función, les han dado lentes 3D.

Andaba con pasos firmes y toda esa escena me recordaba al episodio especial de Bob Esponja en el que solo caminaba por horas en una calle vacía.

Comienzan a abrir las botellas, por acá se ve una nube de humo, el olor revela que no es tabaco, incluso dudo que sea marihuana; por allá se ve una que otra persona con cuadritos y pastillas de colores; todos se ponen en tono para la función.

Llegaba a una fiesta. Ahí estaba Arturo, entre una multitud, fundiéndose en medio de todos esos cuerpos. Me miraba. Nos acercábamos. Nos internábamos en una habitación oscura que parecía una cueva.

Observo a cada espectador por separado y me doy cuenta que nunca antes he visto a ninguna de estas personas.

Nuestro cuerpo se encendía. Estábamos alumbrados por nuestros propios contornos, que con su luz dibujaban el movimiento de nuestras manos, el movimiento del beso y el tacto.

Aquello era un sueño erótico. ¿Cómo no me di cuenta hasta ahora que lo veo en esa pantalla rodeada de desconocidos?

Entonces todo lo que conformaba al sueño (los objetos amorfos, las luces, el ruido, la oquedad de la cueva) se adentraba por las cavidades del cuerpo y yo aquí tras la pantalla me escucho gritar y miro mi rostro deformado por la bestialidad del acto y mi propio cuerpo amasado entre las manos del sueño.

Observo a esa multitud que me mira sin verme y entre esa multitud también está Arturo y él es la multitud. ¡Todo lo que dicen! ¡Todo lo que hacen!

Las personas de la fiesta entran a la cueva, me sujetan el cabello, toman mi cuerpo hasta la náusea. No hay espacio para escapar de la gente que me tiene aprisionada y entra en mí por donde mejor le place.

Y del otro lado esa multitud riendo y esa multitud soltando vítores y esa multitud mirándome ahora a mí, a la yo espectadora y violándome con los ojos.

 

El sol me da directo a la cara, Arturo está dormido a mi lado y me siento frustrada por haberme quedado dormida también. Comienzan a venir recuerdos del sueño y pienso que no podría soportar verlo repetido en un pantalla frente a un montón de desconocidos que solo imitarían a la muchedumbre.

—¡No puede ser, Ale! ¡No grabaste nada! — grita Alberto al entrar a la habitación.

El alivio escala mi cuerpo como un escalofrío. No me puse los cables otra vez. Intento justificarme y parecer afectada, trato de esconder mi alivio de que aquella náusea quede guardada solo para la angustia de mi cabeza.

Alberto me reprocha a gritos y entre todo ese escándalo no noto en qué momento Arturo se despierta, apenas me doy cuenta al sentir un pinchazo en el brazo, me volteo y él está ahí sentado todavía con la aguja en la mano.

—Maldito bastardo —susurro mientras la sustancia en mis venas me hace pestañear una, dos, tres veces con un cansancio producido, hasta que me rindo de nuevo al sueño.

2

A la mañana siguiente, en la grabación no encontraron más que una escena que se repetía por horas y horas:

Tomé la bicicleta, abrí el cancel de la cochera y al salir vi pegado a la puerta un gusano quemador verde y azul con tenazas rojas, me dio un escalofrío, subí a la bici y partí.

Tomé la bicicleta, abrí el cancel de la cochera y al salir vi pegada a la puerta una hormiga de dos cabezas, una negra, otra roja, con un pequeño aguijón de alacrán, me dio un escalofrío, subí a la bici y partí.

Tomé la bicicleta, abrí el cancel de la cochera y al salir vi pegado a la puerta un escarabajo púrpura con lengua de mariposa, me dio un escalofrío, subí a la bici y partí.

Todo mientras sonaba aquella canción que usaba en los proyectos multimedia en la preparatoria, “Champagne Showers”.

Alberto no estaba contento.

—¿Quieres que venda una pesadilla?

—A mí no me dio miedo.

—Ale, ¿no conoces la clase de gente a la que le vendemos esto?

—Sí.

—No podemos provocar malviajes, se cae el mercado, ¿me entiendes?

—Sí, pero es lo que hay, ¿qué quieres que haga?

Alberto suspira y tras mirar en todas direcciones sin saber qué hacer, se acerca para tomarme la mano.

—Ale, dime qué tienes… no duermes y cuando lo haces tu mente está tan negra que no logramos sacar ni una imagen o cuando creemos que tenemos algo sales con cosas como estas.

—Ahora parece inmoral —digo al fin y al hacerlo es como asegurarme que tengo razón porque aún me abruman todos aquellas imágenes del sueño adentrándose en mí en una cueva, mientras el sueño en la pantalla replica esa manera de adueñarse de lo que soy.

—No me vengas con eso ahora, esto no es un asunto moral.

Se aparta harto y aun así parece que él ganó esta discusión y que yo soy la que debe resignarse.

Subo a la azotea del edificio; desde ahí puedo apreciar cómo se extiende la ciudad más allá de la vista, puedo ver las montañas y los edificios más altos; la bodega donde se presentó mi primer sueño y el auditorio que espera para presentar el siguiente. Busco la casa pequeña donde Arturo y yo vivíamos antes de esto, pero no llego a encontrarla, me cuesta incluso adivinar su ubicación. Luego, no puedo pensar más que en lo que está debajo de mis pies: el centro de producción, mi dormitorio.

 

Recuerdo la primera vez que grabé un sueño. Arturo se había ganado uno de esos aparatos en una rifa, fue una gran sorpresa, nunca habíamos tenido suerte, ni dinero. Arturo se grabó primero, pero vio el sueño en privado. Yo me grabé la segunda noche.

No era el sueño lo que te cambiaba, sino el hecho de observarlo. Epifanía. Antes se decían muchas cosas sobre los sueños, como que cada noche teníamos siete; con la máquina se descubrió que era solo uno. También se descubrieron muchas más cosas, por ejemplo, que el cerebro llega a actuar de maneras maquiavélicas mientras dormimos, que concentra miedos para crear pesadillas, que es capaz de crear recuerdos falsos mientras duermes, que intenta llevarnos a la locura en cada sueño. Todo se rompe cuando despertamos, porque el cerebro vuelve a funcionar a nuestro favor, y nos ayuda a olvidar los estragos que hizo mientras dormíamos.

El problema es que la máquina mantiene los recuerdos falsos, los miedos, toda aquella maldad de nuestra mente, para revivirlos tan exactos como lo fueron al crearse; entonces ves cada mínimo detalle de todo para darte cuenta de cómo conspira en tu contra, de cómo todo en uno mismo es autodestrucción y fatalismo. Entiendes que observarlo te hace daño, pero no puedes dejarlo porque te absorbe.

Meses después etiquetaron los sueños grabados como droga visual altamente adictiva. Uno puede entender por qué. Se prohibió la grabación del sueño y, como todo lo que se prohíbe, llegó al mercado.

Cuando no tienes un centavo es muy fácil vender un sueño, pero nadie te dice que es como exponer tu cuerpo sin piel ante las multitudes.

 

Despierto por la madrugada y me escabullo para ver la grabación en privado. Algo me asusta y me da alegría. Mi cabeza por primera vez se ha puesto a mi favor, estamos conspirando. Le envío un mensaje a Alberto para que programe una función de seis horas. “Tengo algo bueno”, le escribo.

 

El viaje a Marte fue largo, pero eso no es relevante ahora que la nave en la que viajamos está por estrellarse con el suelo duro de la tierra; el grupo está horrorizado y culpa al sujeto de cabeza en llamas, pero sobrevivimos y por azar quedamos perfectamente estacionados afuera de una tienda departamental enorme. Alguien dice por los altoparlantes de la tienda “pueden comprar lo que quieran, lo que quieran” y todos se vuelven locos, andan de un lado al otro tomando cosas de los estantes: vestidos, electrónicos, comida, muebles y cosas, muchas cosas, pero yo no tomo nada, más bien rompo los paquetes y tiro su contenido al suelo para bailar sobre ellos. Al final nos vamos sin comprar nada porque nada necesitamos, cuando salimos de la tienda vemos entrar al lugar a unos sujetos armados, “algo malo va a pasar” pensamos. Entonces, me doy cuenta que he dejado a mis padres y a mi hermana adentro de la tienda; regreso, alcanzo a advertirles y salimos. Tomamos un coche con otras personas y conduce el sujeto ebrio que conocí en mis veinte. Poco después notamos que falta alguien, ¿dónde han quedado mis padres? Lo obligo a regresar, conduce del asco, volvemos al estacionamiento de la tienda. Hubo una matanza, vemos a los sujetos de las armas irse. Llegan mis padres. Bajan los espíritus que han sido rehenes del atraco y se alegran de no haber muerto. Abrazo a mis padres. Hace tanto calor. Los espíritus y el grupo con el que he hecho el viaje a Marte jugamos futbol, las que son madres preparan puré de papá y lo ponen sobre una mesa de alimentos, entonces todos miramos al cielo, el sol se ha vuelto incandescente, nos ciega la vista…

La pantalla queda en blanco por cuatro minutos mientras los espectadores del sueño aguardan para ver que sigue… hasta que aparece mi rostro en la pantalla. Hay 365 personas en la sala, mira (o miro) a cada una de ellas, se toma su tiempo, dura más de una hora. Finalmente me mira a mí, me estoy observando en la pantalla, veo mis ojos, mi sueño, me observo viendo mi sueño. Clava sus ojos en nosotros y dice:

Ustedes están en mi cabeza.

3


Autores
(Guadalajara, 1995). En 2017 obtuvo el IX Premio Nacional de Narrativa Elena Poniatowska con el cuento breve Canicas. Formó parte del Libro Internacional Puente de Palabras XIII en Argentina y de la novena edición de Pluma del proyecto Por favor, lea poesía. Ha colaborado en diversas revistas, entre ellas Morbífica con Cazar el vuelo de un ave (2014), Zozobra con Del amor (2015), Pliego 16 con Juego a cinco dedos (2017), Golfa con Aniridia (2018), Huraño con Canicas (2019), Oajaca con Debugger (2019).

Ilustrador
Juan Carlos Boo
Juan Carlos Boo, formado como arquitecto, se especializó en diseño e ilustración. Actualmente trabaja como Director de diseño en Cirklo, una consultora de innovación. Tiene su estudio en la Ciudad de México donde trabaja en proyectos de ilustración personales y comerciales. Basa su inspiración en la naturaleza y la interacción de los humanos con ella. Su mayor influencia viene de la relación del humano con su entorno, sus emociones y sus prejuicios.
La Policía Federal Preventiva resguarda la UNAM tras la huelga, 2000, Wikimedia Commons.
La Policía Federal Preventiva resguarda la UNAM tras la huelga, 2000, Wikimedia Commons.

Jamás pude imaginarme —desde esa imaginación que cabe en una persona de dieciséis años— que la escuela en la que estudiaba se convertiría, así de pronto, en un gran yermo.

Fue en 1999 cuando eso sucedió o, mejor dicho, cuando lo pensé mientras barría hojas secas en uno de los patios de la preparatoria a la que asistía. Como todas las escuelas y facultades de la UNAM, aquel año mi preparatoria, la nueve, se encontraba en paro. Mientras recogía las hojas pensaba en eso, en lo increíble que era ver un espacio tan grande, vacío y silencioso. No lo hacía a manera de queja, denunciando la ausencia de clases, sino pensando en la fuerza de las convicciones, en las demandas que llevaron a que muchos estudiantes cerraran temporalmente la universidad a manera de protesta.

De aquellos días mantengo muy presente una especie de vorágine de información, activismo y discusión durante los días previos al estallido de la huelga y los primeros meses. Desde entonces no he visto repetirse en la universidad momentos como esos. Tal vez sea el sesgo de haber formado parte de ese movimiento estudiantil durante algún tiempo. Quizás no, y entonces no exagero si digo que la huelga fue como una ola que creció hasta hacerse un tsunami, el cual arrasó con varias de las concepciones que muchos teníamos sobre la experiencia de la política, el activismo, y las instituciones.

Se decía por entonces, que todo aquello obedecía a lo que sin duda eran las condiciones objetivas: un rector propone un nuevo reglamento de pagos (que incluye cobrar cuotas de inscripción en la universidad). Una campaña de comunicación agresiva que trata de legitimar la medida, al mismo tiempo que desprestigiar a quienes la cuestionan. Una red de colectivos estudiantiles que están al tanto de las reformas que se tratan de impulsar en la universidad y que disputan entre ellos y de manera simultánea, la hegemonía de un movimiento estudiantil que va creciendo. Un nuevo gobierno de la Ciudad de México, el primero en haber sido elegido mediante elecciones, y el cual intenta influir en algunos sectores activistas, lo mismo que mediar con las partes más radicales, tanto en la universidad como en el gobierno federal, quienes piden el ingreso de la policía a la universidad para romper con el paro. Todo lo anterior es parte del contexto de una serie de eventos que se acumularon durante casi nueve meses de huelga en la UNAM, nueve meses sobre los que, estoy seguro, todos los ahí presentes tenemos nuestras propias versiones de lo sucedido.

***

Recordar los pasos previos a la huelga del 99 es remontarse a tantas disputas como uno pueda imaginarse. Disputas de distintos y variados grupos. Entre una izquierda muy radical y uno que no se considera tanto. Entre autoridades de la universidad que respaldaban la medida del nuevo reglamento de pagos y otras que la cuestionan aun siendo minoría. Entre autoridades y estudiantes. Entre estudiantes contra estudiantes. Entre políticos y estudiantes.

Es una obviedad ecir que la huelga estudiantil del 99 hizo evidente el antagonismo de grupos que subyace en la Universidad. En la Universidad el antagonismo entre grupos es persistente, y consecuencia de su pluralidad. La diferencia entre los tiempos radica en cómo se hace manifiesta esa diversidad, en cómo se dirimen las disputas y los antagonismos.

El anhelo del historiador consiste en alcanzar cierta precisión para poner cada pieza en el lugar correcto de los hechos. De momento, cuando pienso en la huelga del 99, ese anhelo puede ponerse en pausa. Es necesario, porque lo que quiero resaltar es el aire de las semanas previas al 20 de abril de ese año, en donde hubo en gran parte de las Escuelas y Facultades de la Universidad un intento de debate público sobre cuestiones tan intangibles como el valor de la gratuidad de la educación. A la luz de los años, es cierto que quizás las formas muchas veces fallaron, sobre todo porque el siempre temerario asambleísmo activista no dio espacio a los matices. Pero eso no demerita (y esto lo pienso con años de distancia), el hecho de que un significativo número de estudiantes de la universidad se sumara a reflexionar acerca de lo que en ese momento se planteó como la defensa de la educación pública, esa cuestión tan difícil de definir para todos aquellos que no teníamos «formación política», para todos aquellos que vivíamos todavía en el país del partido hegemónico.

***

Y entonces sucedió. La huelga se votó después de días de tensión entre la promulgación del nuevo reglamento de pagos —realizada en una sesión extraordinaria del Consejo Universitario que tuvo lugar, debido a las protestas, en una sede alterna—, y la respuesta del movimiento estudiantil aglutinado en torno al Consejo General de Huelga.

Una foto ha registrado para la historia una gran manta colgada en uno de los costados de la Facultad de Filosofía y Letras que decía Sí a la Huelga. Eran los días previos, los días de asambleas maratónicas y de votaciones caóticas. Una a una las Escuelas y Facultades fueron sumándose desde la noche del 19 de abril. Mi escuela fue de las últimas porque en las preparatorias el activismo no era una cosa constante. Recuerdo que no me sumé al paro desde un inicio, pero seguía atento el devenir de los acontecimientos previos porque mi hermano mayor participaba activamente en su escuela. Fue con él con quien hablé de las consecuencias del paro estudiantil. Fue él quien me convenció para que asistiera a las guardias de mi preparatoria. Fue con él con quien entendí, bajo el trazo de unos mapas quizá poco calibrados en argumentos, lo que significaba la aprobación de «las cuotas» para un sistema universitario que había defendido históricamente la gratuidad de la educación.

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No pretendo limitar las diversas experiencias que generó el paro a lo que vivimos quienes participábamos como estudiantes dentro del movimiento. Recuerdo a una profesora de la licenciatura llorar en medio de la clase, al rememorar al año siguiente de terminada la huelga, lo que sintió después de un lapso de tiempo que pareció infinito. Estoy seguro de que todos los estábamos vinculados a la universidad en ese año perdimos algo. Miedo, e ingenuidad política, seguro, pero también, hubo quienes perdieron oportunidades laborales, demoras en sus investigaciones y para algunos, paradójicamente, posibilidades de seguir estudiando. Esos escenarios no los podíamos entender en ese momento. En nueve meses había que asimilar demasiadas cosas y la coyuntura demandaba altura de miras, pensar en el futuro, pensar en la huella que dejaría en la historia nuestra defensa de la educación pública.

***

En los hechos, esa defensa se cristalizaba en seis puntos de un pliego petitorio. Las asambleas de las Escuelas y Facultades habían llegado a un acuerdo para formularlo. El pliego se convirtió para algunos en el atalaya a defender del movimiento. Ni un paso atrás en la negociación de cada uno: i) abrogación del reglamento de pagos; ii) restitución del pase automático (que dos años antes había sido modificado); iii) Realización de un congreso universitario con carácter resolutivo para reformar la universidad; iv) anulación de actas y represalias contra los miembros del movimiento; v) reorganización del calendario escolar; vi) romper los vínculos entre la Universidad y el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior A. C. encargado, entre otras cosas, de realizar el examen de ingreso a la Universidad.

Si la primera ruptura fue con la apatía política de todos aquellos que sin trayectoria en el activismo nos sumamos al movimiento, la segunda ruptura fue al interior del mismo. Una división que pasó de lo normal y esperado en cualquier grupo político, a lo francamente ridículo cuando comenzaron las expulsiones y los vetos por diferencias en cuanto a cómo defender la totalidad del pliego; cuando comenzaron los reclamos porque no se iba a marchar siempre; cuando la división de votos asignados para cada escuela en las sesiones del Consejo General de Huelga, se hizo necesaria, como decisión salomónica porque se presentaban dos asambleas de la misma Escuela o Facultad.

Todos estos acontecimientos fueron desgastando al movimiento. Se construyó al interior del mismo una narrativa dominante en la que no era aceptable dar un paso atrás. El argumento era que, catorce años antes, «las cuotas» habían sido propuestas de igual manera por las autoridades universitarias y de la misma forma habían sido rechazadas, mediante una huelga estudiantil. Pero de ese episodio se fomentó una interpretación de la derrota y hasta de la traición, que poco a poco fue ganando terreno en el movimiento. Recuerdo que uno de los CGH, una de las corrientes al interior del mismo, repartía propaganda interna, una especie volante en el que, en menos de una cuartilla, hacía un recuento de la huelga del 86. La conclusión insistía en que era importante no caer en los mismos errores de aquella vez, no ceder en esta nueva ocasión.

***

En una de las tantas frases que Alejandro Rossi nos regaló en su Manual del distraído, hay una que describe de forma dilapidaría algunos contornos de nuestra condición humana: «Lo que pasa es que somos víctimas de una mezcla terrible: la prisa y las buenas intenciones». Lo decía en un breve texto: «Hipócrita», que era lo mismo una crítica que una pausa para entender los acontecimientos que derivaron en el golpe de Estado en Chile en 1973. La preocupación de Rossi era escribir, desde un momento distinto al de la pureza de las convicciones, la condena del hecho, del golpe. Gracias a lo cual, lograba puntualizar una circunstancia indiscutible: la dificultad extrema para interpretar situaciones históricas en donde el valor y el heroísmo ocultan otras tantas circunstancias que se intercalan en los acontecimientos de la derrota de un programa político de izquierda.

A menudo y a menor escala, múltiples episodios se acumulan en ese catálogo de las resistencias de la izquierda latinoamericana. En muchas de ellas se reproducen las formas de un microcosmos de la derrota. Se narran como momentos épicos y se deja de nombrar aquellas cosas que sólo con el tiempo dan sentido a la derrota.

En la huelga del 99 muchos de nosotros realizamos nuestras primeras incursiones políticas y por tanto ideológicas. Para quienes estábamos en el bachillerato al menos, comenzó otro modo de entender la historia. En mi preparatoria hicimos círculos de estudio, organizamos talleres de seguimiento y monitoreo de noticias, vimos documentales sobre las luchas emblemáticas de la izquierda latinoamericana, y hasta organizamos la proyección del MTV Unplugged-eléctrico de Los Fabulosos Cadillacs por considerar que era música nuestra.

Estoy seguro de que en la reflexión, debate y entendimiento de aquellos días se habló del golpe de Estado en Chile. No recuerdo, por supuesto, las conclusiones que sacamos, pero seguramente compartimos la rabia y la impotencia de las acciones orquestadas por el Imperio. Y, sin embargo, en todo ese desconcierto que provocaba leer la historia, no leímos a Rossi, o a cualquier otra autora o autor que fomentara el equilibrio de las posiciones en el conflicto, y que nos confrontara de ese modo con nuestras certezas.

De hecho, Rossi, antes que ser escuchado, fue cuestionado y denostado cuando con otros académicos reconocidos formuló «la propuesta de los eméritos» con la que intentaban mediar el conflicto. La propuesta no prosperó, ni creo que se haya debatido seriamente, porque cuando apareció, al tercer mes de huelga, la posición más radical dentro del movimiento se estaba consolidando.

***

Hay algo oculto en las líneas que escribo y que no encuentran su justa medida. Durante las semanas previas a la huelga y durante los meses que duró, hubo un desafió constante hacia la Autoridad, así con mayúscula. En parte, la respuesta se entiende por la forma mediante la cual se trató de imponer el nuevo reglamento de pagos, con información fragmentada y sin posibilidad real de diálogo con los sectores disconformes de parte de las autoridades de ese momento. Por eso parecía obvio para muchos estudiantes que la última medida consistía en lo que sucedió: el cierre de la universidad.

Pero a esa acción colectiva, que seguramente puede seguirse debatiendo (su idoneidad y su representatividad en todos los sectores), subyace una actitud de rebeldía de quienes constituyeron el movimiento como una disputa frente a las cúpulas de las instituciones de las que en principio formaban también parte.

No digo que los estudiantes, el sector mayoritario de la universidad, represente la voz más importante o preponderante. Es parte de un conjunto de actores. Pero sí creo que, en ese contexto, las autoridades entendieron poco del mensaje que había en la actitud rebelde de los estudiantes: las instituciones tienen que modificarse, ser representativas y auspiciar el diálogo mejorando los mecanismos de representación. A cambio sucedió lo contrario, tanto de parte de las autoridades como del sector más radical del movimiento estudiantil esa voluntad de diálogo no existió.

Son varias las lecciones que pueden aprenderse de ese episodio. La principal es que nunca debería de tolerarse que la policía del Estado de por terminado un movimiento estudiantil. Haber llegado a ese punto requirió sin duda de muchas decisiones erradas. Por lo que una revisión exhaustiva, siempre abierta a la discusión de todas las decisiones que ahí se tomaron por los distintos actores, debería ser siempre admitida.

Pero más allá de eso, no creo que ninguna voz pueda resumir la diversidad de experiencias ahí contenidas. Por tanto, pienso que, en el recuento de los daños y los aciertos sobre la huelga más larga de la historia de la UNAM, una lección básica en política y en la vida es necesaria: volver a escucharnos.


Autores
(Ciudad de México, 1982). Sociólogo y Doctor en Filosofía de la ciencia por la UNAM. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Humboldt de Berlín (2013) y el King’s College de Londres (2017). Escribe sobre ciencia, política y ficción.
Monumento al pescador, mejor conocido por los Monos Bichis. En la jerga local, bichi significa desnudez. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz.

 

El mundillo

Los consumidores nunca olvidan la primera vez que se encontraron con ella. La mayoría nunca la soltó. Algunos la veneran, otros la disfrutan a secas. Muchos gracias a ella vislumbraron su lugar en el mundo. Intensificaron el goce al dormir y comer. No hay ansiedad. Con ella han vivido grandes momentos de risa. Aunque también de paranoia y taquicardia. Por eso jamás se olvida la primera vez que uno se encuentra con ella. Hay momentos que nadie nos puede quitar. Cuando andamos en bici por primera vez, por ejemplo. El primer coito. Al policía, su primera balacera. Al piloto, su primer viaje. Con tanto significado, todos los consumidores de marihuana recuerdan su primer porro.

Una vez conocí a un piloto aviador que fumaba churros. A un policía también. Es archisabido que en todo el mundo se consume marihuana. La recepcionista del hotel fuma después del trabajo. El dentista compra brownies cannábicos. El abuelo con artritis, la madre con Parkinson y la vecina con artrosis. El turista que llega necesitado de recreación. El maestro universitario. La arquitecta, la contadora, el camionero, la maquillista, la cajera del OXXO. Ya no hay novedad.

La marihuana no respeta preferencia sexual, religión, cultura o clase social. Han quedado atrás los años en que era para vagos, hippies o artistas. O hippies artistas vagos. Al menos eso pensaba la generación de nuestros padres. Ahora la vemos de cerca y sabemos que hay un mundillo escondido en todos los barrios y todas las ciudades. Un mundillo de gente que consume marihuana cada día, cada hora, al despertar y al dormir.

Crean códigos y lenguajes, la cultivan o la compran, se esmeran por compartir información que desmitifique al cannabis. Se mantienen atentos con la lucha por su despenalización y las investigaciones sobre su papel en la medicina y la industria, y en los posibles beneficios fiscales.

En el municipio de Mazatlán, Sinaloa, no es fortuito que la marihuana tenga popularidad. Muchos argumentan que esto se debe a la cercanía que tiene con la Sierra Madre Occidental, donde la yerba crece sola, sin cuidarla ni regarla. O por estar a un paso de la playa.

Por esta bahía, los chinos trajeron por primera vez el opio a México y comenzaron a sembrar enervantes a finales del siglo XIX, y la marihuana se tomó de la mano y avanzó más allá, hasta convertirse en una cultura.

 

Sinaloa y la yerba

Cuadro de Malverde captado en expendio de cerveza. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz

Cuadro de Malverde captado en expendio de cerveza. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz

Sinaloa y Sonora fueron un mismo estado llamado Estado de Occidente (1824-1830). Durante estos años el puerto de Mazatlán fungió como referencia para llegar al río Presidio, y oficialmente se llamaba “Islas de Mazatlán” (Breve Historia de Mazatlán, Ayuntamiento de Mazatlán). Estas islas son un montón de cerros que hacen periferia al litoral sur del océano Pacífico. Ahora, más de doscientos años después, estas islas se conectan con andadores y calles comunes, y son colonias populares (excepto la parte con vista al mar), y ya no hay agua que las rodee, a excepción de cuando llueve y las alcantarillas rebosan.

A finales del siglo XIX los cerros no estaban colonizados y eran usados como carracas donde la gente subía a drogarse, tener sexo o explorar. Eran lotes baldíos que también se aprovechaban en ocasiones especiales: los pobladores subían a recibir y despedir los barcos que llegaban al puerto: ingleses listos para bombardear Mazatlán (1847), fragatas francesas hostiles (1864) o algún trasatlántico británico lleno de migrantes chinos (Antonio Lerma Garay, Mazatlán Decimonónico).

Panorámica de la entrada al puerto de Mazatlán, el faro como fondo. Gerardo Muñoz.

Panorámica de la entrada al puerto de Mazatlán, el faro como fondo. Gerardo Muñoz.

Con el tiempo, la tierra devoró al mar y los cerros se poblaron. Donde antes el agua recibía a los trasatlánticos, ahora se extiende transitada la avenida Miguel Alemán. El mar se fue recorriendo hasta llegar a la altura del cerro Crestón, donde se encuentra el faro. En esta parte del Océano Pacífico (devorado por la tierra, sobre un camino ahora asfaltado), llegó el opio por primera vez a México, en manos de los chinos que huían de la crisis humanitaria y las políticas de la dinastía Qing, la mayoría proveniente de Cantón y Hong Kong (Tu nombre en chino, Juan Esmerio).

Había chinos misteriosos que aliviaban las enfermedades de los mazatlecos con yerbas. Poco a poco se instalaron y fundaron sus propias boticas, y se ganaron el respeto de la gente por sus conocimientos ayurvédicos. Hay relatos que aseguran que en 1940 todavía se podía conseguir marihuana en las boticas del centro histórico. Se fundaron espacios para fumarla, junto con el opio, a los que llamaron sencillamente fumaderos.

Cerro del 08. Gerardo Muñoz.

Cerro del 08. Gerardo Muñoz.

Pero la mota no llegó con los chinos. Según Juan Pablo García Vallejo, en El primer manifiesto pacheco (1985), la llegada de esta yerba a México ocurre en 1530 por encargo de Hernán Cortés. No obstante, hacia el año 1550, el virrey Luis de Velasco ordenó limitar el cultivo porque “los indígenas empezaron a emplearla para algo más que la creación de cuerdas” (Florilegio medicinal de todas las enfermedades, Juan de Esteyneffer).

Aunque no hay una versión oficial de su etimología, fue en esta época que comenzó a conocerse como marihuana, quizás por los nombres María y Juana, indígenas curanderas o de oficios populares que consumían, proveían y usaban la marihuana con diferentes fines.

Nunca hubo regularizaciones estrictas sobre el uso de la marihuana, sin embargo el expresidente Lázaro Cárdenas (1934–1940) abogó por su uso medicinal en México y atender la adicción como problema de salud pública. El 17 de febrero de 1940 se publicó un decreto presidencial que legalizaba la marihuana. Duró en vigor solo unos meses, con la llegada de la prohibición estadounidense.

En su libro Nuestra historia narcótica, el mazatleco Froylan Enciso habla de la falta de “conciencia de la criminalización” de los enervantes. En un capítulo se encuentra una anécdota que en Mazatlán se contó durante mucho tiempo. Marlon Martínez Vela la reseña así:

“En este libro pueden encontrarse historias curiosas como la de un vendedor de huaraches en Mazatlán, a principios de la década de 1930, que es ayudado por un amigo ferrocarrilero para que salga de apuros económicos. La forma en que busca ayudarlo es proporcionándole cierta cantidad de cocaína para que la venda y así obtenga algo de dinero. Cuando el vendedor quiere colocar la mercancía, contacta a alguien para que lo ayude a venderla. Después de un tiempo el fulano se pierde, entonces el comerciante pone la denuncia de que le robaron la cocaína que iba a vender”.

Pero, aunque hubiese una campaña de desprestigio y la yerba comenzara a ser ilegal, el negocio nunca decayó. Históricamente, las drogas han generado más ganancias estando en la prohibición y esto ha influido para que los narcotraficantes se conviertan en poderosos hombres de negocios. Según el escritor mazatleco Juan José Rodríguez, el tema de la relación del gobierno con la marihuana en aquella época era un tema del que no dejaban huella.

—La referencia más oficial está en el libro Una vida en la vida sinaloense (1992) de Manuel Lazcano y Ochoa, donde se narra que el departamento de estado gringo solicita en la Segunda Guerra Mundial el cultivo de enervantes en la sierra sinaloense –me dijo Rodríguez al preguntarle sobre documentos de esta índole.

Durante el cardenismo (1934–1940) el sur de Sinaloa fue azotado por una guerra agraria que dejó más de 3 mil muertos. Se dio por “terminada” tras el asesinato del gobernador Rodolfo T. Loaiza. Según algunos historiadores pudo haber diferentes causas del homicidio. No obstante, el investigador Luis Astorga recoge un artículo del periodista Luis Spota, en el que señala que el gobernador había sido sobornado con ochenta mil pesos por un grupo de traficantes para hacer llegar un cargamento a Estados Unidos, a finales de 1943, pero él mismo, el gobernador, fue quien mandó a llamar a la policía federal para que los incautaran. Esto le habría costado la vida en el Hotel Belmar durante los festejos del carnaval de Mazatlán en febrero de 1944, a mano de los primeros mercenarios del noroeste. Una gavilla peligrosa al servicio de terratenientes llamados Los del Monte, liderados por El Gitano, quienes serían los primeros sicarios –como los conocemos ahora– de la región.

Retrato de Los del monte en el museo El Gitano, en Aguacaliente de Gárate. Gerardo Muñoz.

Retrato de Los del monte en el museo El Gitano, en Aguacaliente de Gárate. Gerardo Muñoz.

Aunque no haya versión oficial del asesinato de Loaiza, la marihuana, el opio y la amapola ya estaban presentes en la comunidad sinaloense y mexicana desde la Colonia, y su apogeo fue en la época de la revolución, cuando las “Adelitas” alimentaban a los combatientes y vendían de contrabando mezcal y marihuana.

Cuando la sociedad sinaloense comenzó a darse cuenta de que había mucho dinero en la comercialización de los enervantes y que, además, el suelo de la región se prestaba para su crecimiento, comenzaron a sacar a los chinos, no solo de los cultivos, sino del estado. La gente en Sinaloa se apropió del negocio, iniciando una empresa internacional de tráfico de drogas que, hasta ahora, en 2019, ha crecido tanto que es reconocida como una de las organizaciones delictivas más poderosas del planeta: el cártel de Sinaloa.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, los yanquis prescindieron de los enervantes sinaloenses, pero tanto en el extranjero y en México ya se había formado un grupo de consumidores que iban a mantener el negocio activo durante muchos años, hasta la actualidad, rebasando estigmas sociales, penalidades y desinformación.

 

MAZATLECOS

Olas Altas es el barrio de todos. Ubicado en el malecón del Centro Histórico, por donde llegaron los navíos de la invasión francesa e inglesa y el desembarco de tropas en la revolución mexicana. Ahora vive un apogeo económico y social. Es una zona bohemia de bares, música y cafés que se encuentra frente al mar y goza de atardeceres espectaculares. Aunque sea visitado por muchos turistas y haya algunos hoteles, se puede decir que Olas Altas es un parque público para los mazatlecos. Siempre hay más gente local que turistas. Nunca faltan los padres con los niños, las parejas, los ancianos que caminan, los deportistas y los policías en bicicletas y racers 4×4 dando vueltas. Aquí es donde recalco la presencia de la plebada que patina, toca música, hace malabarismo o simplemente asiste para salir de la rutina y ver el sol caer mientras bebe alcohol y fuma marihuana, desafiando a la autoridad.

De este ambiente surgen personajes populares que adoptan a Olas Altas como su segunda casa y llegan a ser parte de la identidad local: el Ice Man♰ quien vivía en la playa y se alimentaba de la bondad de los restauranteros y amigos; era adicto al cristal y murió el año pasado. El “Bolero sin Dinero”, alias el Chuchain, quien se dedica a arreglarles los zapatos a los gringos. El Blanquito Man, un perrito empistolado que acompaña a un hombre que vende dulces y tabacos. El Poeta, ni turista ni local, personaje oaxaqueño que viste con moda renacentista y ofrece, recita y vende las fotocopias de sus poemas. El Palancas, tatuado que maneja una moto. El Manitas, joven tatuador que aboga por la libertad. El Profe, poeta de los límites de la imaginación. La Alfonsina, reina gay del pueblo. La banda de reggae Guerrilleros Band, compuesta por siete músicos bohemios que se la viven en Olas Altas. Los muchachos de las peleas de gallos (rap) todos los domingos.

Y el Fletes, Rey Olasaltense y defensor del pueblo.

 

EL FLETES

Retrato del Fletes en el bar de cumbias La Fonda del Chalío. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Retrato del Fletes en el bar de cumbias La Fonda del Chalío. Fotografía por Gerardo Muñoz.

El Fletes vive en el cerro de la Nevería.

Este cerro se parte a la mitad para albergar dos clases sociales. Sobre la mitad con vista al mar hay departamentos y casas lujosas. La otra mitad, la que mira hacia la ciudad y le da la espalda al mar, es un barrio como cualquier otro y se le conoce como el Cerro del 4. Ahí vive José Fletes López desde que nació, “hace sesentayquiubole de años”.

Él es el Rey Olasaltense por muchas razones. Todos los días llega al lugar a beberse una o dos pachitas. Los jóvenes lo saludan y lo respetan. Se define por sus valores firmes, el respeto a las mujeres y la defensa de sus amigos. Tiene cuatro hijos mayores de edad y cuatro nietos. Lleva alrededor de cincuenta años fumando marihuana.

Retrato del Fletes en Olas Altas. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Retrato del Fletes en Olas Altas. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Mientras él bebe de su botella amarilla, pasa un policía en bicicleta y le dice “puto” en voz baja. La gente se le queda viendo por su parado curvado y la barba crecida, pero él está tranquilo. Le pregunto desde cuando fuma marihuana.

—Desde que tenía unos doce años, más o menos. La mota no era mota, era… no me acuerdo cómo le decían antes aquí… –hace memoria– le decían “mata bendita. Le decían así porque fumaban y decían “¡Ay, qué bendito!” –

La gente espera ansiosa la dilución del sol en el mar. Arriba las nubes son pintadas al lienzo. El Fletes saca un churro de mota, pero no lo enciende.

—A los dieciocho años me robé a mi vieja, la que tengo ahorita, somos abuelos. Chambeo en el aeropuerto de lavaplatos. Tengo veinticinco años trabajando ahí. El gerente ya me quiere jubilar, pero le digo que no, ¿pa qué?

Le pregunto por qué tuvo que robarse a su esposa.

—No, no me la robé como quinceañera de rancho, mijo, yo fui con mi suegra y le dije, me voy a robar a su hija. Pos llévatela, me dijo. Nunca se me va a olvidar –hace un gesto nostálgico y amoroso–. Fue mi suegro, que en paz descanse, a llevarnos a casar. Fuimos a la capillita de San José y ahí nos casamos, pero no con traje ni nada de eso, todo legal, mijo.

Aprovechando el tema familiar, pregunto si en su casa le reclamaban por fumar marihuana y emborracharse.

—No, no, no. Conmigo no se meten en problemas con mis vicios. Yo sí me meto en la vida de ellos, a ver, ¿qué calificaciones me vas a traer? Mire, awelo. ¿Te dejaron tarea? Sí, awelo, bueno pues póngase a hacerla pa que le den de comer ahorita que termine.

¿En tu casa eres la autoridad, Fletes?

—No autoridad, mijo, porque no son esclavos, hay que darles su espacio. A mí no me gusta que me digan Señor Fletes, ni don Fletes. A mí díganme Fletes. Así me han dicho siempre. No necesito tener autoridad, menos en mi casa. Yo llego a las once (de la noche) y todos están adentro, no hay nadie ya afuera. Ellos no fuman, no toman, no nada y te llevo a mi casa pa que veas, a mí no me gustan las mentiras.

Retrato de Fletes sosteniendo vino y tabaco. Gerardo Muñoz

Retrato de Fletes sosteniendo vino y tabaco. Gerardo Muñoz

Cuenta que su padre fue propietario de un bar famoso a inicios del siglo XX con nombre “El Avante”, que en diferentes crónicas y libros es mencionado. Famoso por ser, quizá, el primer bar, como tal, de Mazatlán. El Fletes me dice que la playa es suya y él es de la playa.

—Aquí nací mijo y aquí me voy a morir, no hay de otra. Me acuerdo cuando empecé a fumar marihuana, yo la compraba a veinte centavos. Ahorita es un robadero por todos lados.

El Fletes está consciente de los gastos hogareños y antes de llegar al malecón, deja sus ganancias en propinas, igual lo hace cuando cobra su pago semanal, en casa, porque “no vaya a ser que me lo gaste”, por lo que solamente trae consigo lo justo para su pachita y el taxi de regreso, o si no, se va caminando. Para él es lo mismo fumar cualquier tipo de marihuana, pero eso sí, le gusta fumar cuando el sol toca el mar, porque “me alucino”.

 

El Club de los Mazatlecos Hachíschins

Hay otro tipo de personas que sí están atentos a las variedades, olores y texturas de la yerba. Los CMH (Club de los Mazatlecos Hachíschins, como los nombraré en honor a Charles Baudelaire y porque me pidieron anonimato), son un grupo que pertenecen a esa generación que deambula entre los treinta y cinco y cuarenta y cinco años, y decidieron no tener hijos y hacer arte, música, pintura, fotografía o plástica. Están al tanto de las actualizaciones legales, medicinales, genéticas e incluso virtuales de la marihuana.

Los muchachos del CMH nos platicaron muchas cosas, a mí y al fotógrafo, mientras fumaban una marihuana que olía diferente a la que se fumaba el Fletes. El lugar era amplio, techo de vigas, rodeado de cuadros abstractos, instrumentos musicales y macetas. Me cuentan que la marihuana es más útil de lo que se cree.

—De hecho, los aceites que utilizan para los motores de las turbinas, para los helicópteros, es aceite de cáñamo, ningún otro aceite usan. El aceite de cáñamo no lo puedes eliminar del planeta, aunque quieran, lo que es la fibra de cáñamo, se usa para muchas cosas, aunque lo principal fue para hacer papel.

Otro más, agregó:

—La FDA (Agencia de Alimentos y Medicamentos, por sus siglas en inglés, es una agencia del gobierno de Estados Unudos responsable de regularizar los productos de consumo humano) la tiene catalogada como una droga más fuerte que la cocaína, de mayor adicción, como la heroína. El pedo es el dinero, carnal. Yo te voy a decir: son los cuarenta, hay papel de cáñamo, el papel de cáñamo crece, lo sacan de la fibra del tallo y de tres a seis meses ya tienes material. Contra los árboles y los pinos, por ejemplo, que tardan unos tres años en alcanzar dos metros. Ahora imagínate: el que tiene parcelas con un chingo de bosque que lo va a talar y va a ganar un billetón, que le digan, “eym tu bosque es más caro, está mejor usar el papel de cáñamo”. Pegaron el grito en el cielo, y era gente muy poderosa, entonces dijeron, “ey, esta madre pone, tiene efecto psicoactivo”, y comenzaron a sacar la campaña de que te podías volver delincuente, ibas a robar. Comenzaron con la campaña de desprestigio. Los carteles gringos eran bien agresivos. Había uno que decía que se te caían los brazos si fumabas marihuana.

 Cartel de la película “Reefer Madness”, dirigida en 1936 por Louis J. Gasnier, en la que jóvenes pasan de probar la mariguana a tocar salvajemente un piano, a la histeria y la muerte.

Cartel de la película “Reefer Madness”, dirigida en 1936 por Louis J. Gasnier, en la que jóvenes pasan de probar la marihuana a tocar salvajemente un piano, a la histeria y la muerte.

El sociólogo mazatleco Faith Muñoz me dice que el detalle de la prohibición y penalización de la marihuana no fue problema con las farmacéuticas, sino del capitalismo industrial del siglo XX y los terratenientes. Sostiene que el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) de 1994 vino a beneficiar, más que a nadie, a los cultivadores de enervantes.

—Se conjuga muy bien con el neoliberalismo. Por un lado, está la aceleración del flujo comercial y apertura de fronteras a las mercancías, y por otro lado la transformación del Estado que dejó tener el control histórico sobre empresarios paralegales.

El Club de los Mazatlecos Hachíschins reconoce que vivimos en una época “muy shida porque ahora ya te pueden vender sativa, índica, ya sabes lo que te venden, hay páginas, aplicaciones para el celular, como LeaFly”.

Es una App que permite a los usuarios calificar las variedades. Lee desde el celular y observo las barras y los porcentajes: “si te sirve más para dormir, para lo productivo, para activar la mente, para activarte, uso medicinal, para la fatiga, la migraña, para la depresión, para los calambres, artritis, para el estómago, para la ansiedad. Tú le picas a la de artritis y te muestra las diferentes plantas para eso”.

App WeedsMaps.

App WeedsMaps.

Otra aplicación es WeedMaps, una suerte de Tinder entre consumidores y dispensarios. Te muestra una lista de ubicaciones cercanas donde puedes comprar marihuana o medicamentos y productos a base de esta. Ellos están conscientes que en México aún es complicado tener este tipo de servicios, pero sostienen que “en menos de diez años, o quizá menos”, los usuarios del cannabis podrán hacer uso libre de todos los servicios y beneficios.

Un miembro del CMH está en espera del amparo para portar, cultivar y consumir libremente. Es el primer amparo mazatleco, quizá, ante la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios.

—Es un escrito abierto, ahí pidiendo tu solicitud, lo dejas en Cofepris, ellos lo mandan a Culiacán, luego a México y te mandan el acuse de recibido y ya, es esperar la negativa y cuando te la den, tramitas el amparo.

Aunado a esto, el pasado 17 de marzo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a través de su cuenta de Facebook, subió una captura de pantalla de su documento donde aclara que la “prohibición absoluta del consumo lúdico de marihuana, no es una medida necesaria para proteger la salud y el orden público”.

Captura de pantalla extraída del semanario de la Suprema Corte.

Captura de pantalla extraída del semanario de la Suprema Corte.

 

Me cuenta sobre Agropot, una organización de Quintana Roo que tiene una granja en Yucatán de chile habanero hidropónico.

—Hicieron una moneda virtual (Agropoint) que ahorita está respaldada por su plantío de chiles, pero cuando se legalice la marihuana ya van a tener toda la instalación.

 

El Justiciero del Gallo

El miembro del CMH me recomienda no evidenciar a las personas innecesariamente y al fotógrafo no le permiten sacar fotos. Pero hay otras personas que no se preocupan por este tipo de estigmas, sean legales o no, y abiertamente consumen en zonas seguras. Y para estos fines, no hay mejor zona que la casa.

Fuimos al cuarto de ensayo de El Justiciero del Gallo, como se hizo llamar para la entrevista. Él fundó, junto con otros amigos, un grupo de reggae mazatleco en el año de 1989, llamado Tabaco Turco. Su compromiso político a través de su música se hace presente en las letras de casi todas sus canciones. Faith Muñoz considera que el Justiciero del Gallo es parte de la historia cultural contemporánea de la ciudad por contribuir a la construcción de la identidad que liga la música de reggae con la identitad mazatleca.

Retrato del Justiciero del Gallo, fundador de Tabaco Turco, la primera banda de reggae en Mazatlán. Fotografía por Gera Muñoz.

Retrato del Justiciero del Gallo, fundador de Tabaco Turco, la primera banda de reggae en Mazatlán. Fotografía por Gera Muñoz.

En la recta final del calderonismo, en Mazatlán hubo una balacera cruenta de más de dos horas. En los periódicos no se dijo mucho, pero a nivel local se supo que era la salida de los Zetas de la ciudad. Al menos la presencia activa, pues eran los que asaltaban, extorsionaban a empresarios y protagonizaban balaceras en la ciudad. El Justiciero del Gallo me cuenta que estaban ensayando cuando comenzó la tronadera. La disputa fue desde el tercer piso de un edificio (supuesta base de operación de los Zetas) hacia la calle.

—Eso fue aquí a unas cuadras, por eso hice la rolita de “algún día –dice–. No salió ni en el periódico, o salió cualquier cosita. Duró dos horas y media. Estábamos ensayando y se metieron los perros asustados y nosotros les decíamos “¡sálganse, sálganse!” Porque dejamos de tocar y, nombre, escuchamos pum pum pum. “¡A la verga, apaga las luces, todo, todos normales!” Bien cabrón, nos pusimos a esperar a que se acabara, pero nomás no acababa.

La letra de “Algún día” de Tabaco Turco es reflexiva y esperanzadora: “ya la guerra comenzó, un mar de violencia estalló, el capo cayó, la policía nunca tuvo el control de la situación. Despliegan a miles de soldados, culpando inocentes, asustando a la gente, matando, violando, robando, aprovechándose de la confusión, no hay solución”.

 

El Justiciero del Gallo tiene toda una vida dedicado al reggae y a fumar marihuana. No sabe por qué la gente dice que la mota hace vicio, si él tiene 23 años fumando ¿y cuál vicio? Me relata la primera vez que fumó marihuana.

—Estamos hablando del año 95, veinte años tenía yo. Un día le caí a una fiesta en San Diego. Me dijo un compa “hay una fiesta ahí de unos hippies, vamos”. Sacaron un blunt, fue la primera vez que vi un blunt. Me lo pasaron y pensé: esta madre no me pega, ya me fumé 3 gallos, ya no hay bronca, le voy a jalar machín –hace sonidos de grandes caladas–, en eso mi compa me dice “aguanta, carnal, se te quedan viendo todos, no fumes así”, y le dije “no hay bronca, esta madre no me pega”, y me contesta “¡no wey, te lo vas a acabar!”

Le pregunté cuándo fue entonces que sintió por primera vez el efecto cannábico. Me dijo que ese mismo día, con los hippies.

—Éramos como quince personas en una sala, todos tenían guitarras o yembés, entonces todos comenzaron a tocar la misma canción, de repente a los diez minutos yo sentía los cachetes ardiendo, sentí que me hundía en el sillón, y pues, algo raro en mí, ya no aguantaba la música, era demasiado el ritmo del tambor, no sé, me estaba ahogando, decidí pararme y me salí. Afuera había una poltrona, la puse en el zacate, estaba lloviznando, me puse ahí. Fue mi primer trip. Me cayó la lluviecilla y empecé a tripear. Andaba bien loco, había fumado cronic, estaba de moda, y comencé a ver vetas de colores que se elevaban en espiral. Me fijé bien y eran como naipes elevándose. Una estructura ADN bien cabrona que subía al cielo.

El Justiciero del Gallo también es pintor. Hace murales, mascotas en piedras, retratos, óleos, acuarelas y lo que se deje pintar. Le ayuda a relajarse. Dice que la marihuana da ideas, pero luego te las quita. Da y quita.

—Depende de cada quien qué tanto ejercites tu lado artístico, o si eres de los que les gusta quedarse sentado viendo el infinito, es correcto también, cada quien, pero para mí, en lo personal, me funciona para la música, para relajarme, dormir, o a veces para hacer apetito. por eso a los desahuciados les recetan eso en el otro lado, y fuman y nombre, se comen hasta las tortillas duras.

Tabaco Turco fue la primera banda de reggae de Mazatlán. Tiene 43 canciones inéditas, pero solo una dedicada a la yerba, “Weed Man”.

—El reggae tiene mucho que ver con el boom de la mota. De todos modos la mota es la mota, con reggae o sin reggae, pero el hecho de que la gente le gustara el reggae y lo asociaran con Bob Marley porque fumaba abiertamente. Lo malo es que la gente se queda con eso y no lo que está diciendo Marley, sus mensajes, todo lo positivo que él quería expandir por todo el mundo, mensaje de amor, lucha, rebelión.

 

Guerrilleros Band

Guerrilleros Band es otro grupo mazatleco de reggae. Tienen seis años de trayectoria y han compartido escenario con Los Cafres y Antidoping. Próximamente están esperando lanzar su primer material discográfico y algunas canciones ya se encuentran en Spotify.

https://www.youtube.com/watch?v=CqCJ2DyFwu0

 

En el caso de Guerrilleros Band, la percepción hacia la marihuana varía entre ellos. La mayoría de sus canciones son de crítica social, pero también cuentan con algunas para bacilar. Les hice a todos la pregunta: ¿por qué en sus canciones no hablan de la marihuana? Uno respondió que prefiere hacer canciones para la naturaleza y la condición humana. Otro dijo que porque se ponen bien marihuanos y se les olvida. Otro me comenta:

—Al principio no quisimos que eso influyera en el primer disco, aunque somos bien marihuanos, no queríamos que nos dijeran marihuanos. La mayoría simplemente fuma por recreación y no necesariamente para hacer rituales. Aunque adoptaron el estilo de música surgido en Jamaica y conocen el movimiento rastafari, somos de Mazatlán y nos sentimos más identificados con la tradición mazatleca, aunque coincidamos en los mensajes básicos de paz y justicia.

https://www.youtube.com/watch?v=Ub9KANA6QSA

 

El “boom de la mota” ha llegado para quedarse. Los jóvenes que nacieron después del año dos mil y son consumidores de marihuana, tienen en común el interés de informarse constantemente sobre sus derechos legales, pues no soportan la idea de que siga satanizada y en la prohibición, y mucho menos ser víctimas del abuso policial por consumirla.

 

Denis

Denis nació en el año dos mil. Fuma desde los quince. Para ella la playa y el porro son un combo de libertad.

—Dos cosas que dan tranquilidad y relajación, de vez en cuando muy necesarias para salir de la rutina sistemática, las dos son naturales y placenteras, en lo personal creo que es lo mejor.

Denis en la playa.

Denis en la playa.

 

Denis está consciente de que todo en exceso es malo, yq tuvo una mala experiencia consumiendo “brownies mágicos”, pero aclara que lo hizo por desinformación, por lo que sí recomendaría el uso responsable de la yerba.

Denis tiene 19 años. Estudia y trabaja. Para ella la marihuana es algo más que fumar con amigos, pues, como a mucha gente, también le ayuda con diferentes padecimientos.

—La uso para tratar los cólicos. Pongo a hervir marihuana, me hago un té y con lo que sobra la pongo en un trapo con alcohol y me la unto en el vientre. Padezco de principio de migraña, y también cuando no soporto el dolor, tengo unas gotas de CBD, que es un extracto de la marihuana, se lo pongo en la bebida y me ayuda mucho.

 

¿Hacia dónde corre el aire?

Entramos a la playa en zapatos. La grabadora de audio abrazada en mi mano y Gerardo Muñoz esperando el arribo de una buena toma. Había encendido la cámara desde que bajamos del camión. Era domingo de puente. Dos bandas tocaban para turistas borrachos el son sinaloense. Frente a nosotros pasó un salvavidas en moto. No sé qué tan sabido sea, pero los salvavidas son policías también. Nos sentamos en una roca erosionada frente a su garita. Vimos su rutina: andar en la playa observando. Pero los ahogados no se buscan. Después me di cuenta de que buscábamos lo mismo.

Había grupos de morros que cargaban cerveza, lentes y pantalón. Personas que van a la playa a beber, escuchar música y fumar marihuana. Identificamos a unos que estaban a punto de fumar. Al menos eso creímos. Nos acercamos para investigar experiencias y sacarles, si se dejaban, fotografías. Al llegar me di cuenta de que un tipo chaparro desmenuzaba la yerba sentado en la arena. Y llegó el salvavidas en su cuatrimoto.

Bajó lentamente de la moto con una sonrisa burlona. Se agachó con tranquilidad hacia el sujeto que traía el porro y sin decir ni una palabra, como si ya supiera el final de la historia, se lo quitó de la mano. Todos callados.

—¿Qué es esto? Preguntó el salvavidas.

—Pues… ¿qué más? —le respondió el sujeto.

El salvavidas regresó a su cuatrimoto con una lentitud extrañísima. Mantenía la sonrisa burlona. Abrió el asiento y sacó las esposas. Uno reviró:

—¿Se lo va a llevar?

Asintió lento. Aproveché para preguntarle si mucha gente fuma marihuana en la playa.

—Uh, hijo, todos los días.

—¿Y cómo está el rollo? ¿Qué hace en casos como este que encontró a él con un porro, pero no fumándolo?

—¿Qué crees tú? Llevarlo con el juez de barandilla —respondió—. Ahorita es una falta administrativa, pero si le encuentro más de 5 gramos va a la PGR.

Monumento al pescador, mejor conocido por los Monos Bichis. En la jerga local, bichi significa desnudez. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Monumento al pescador, mejor conocido por los Monos Bichis. En la jerga local, bichi significa desnudez. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz.

—¿Cuántos detiene en un día “bueno” como hoy, domingo de puente, atascado de turistas? ¿Qué opina de la marihuana? ¿Cree que debería ser legal? ¿Usted la ha probado?

—¿Por qué tantas preguntas, morro?

Le dije que estaba haciendo un reportaje sobre la cultura de la marihuana en Mazatlán.

—¿Eres periodista?

—No.

—¿Y ustedes a qué se dedican?

Uno de la bolita dijo que era maestro de prepa. El que había sido atrapado con el porro dijo que estudiaba una maestría y que era maestro en una universidad local.

—Aquí todos fuman —dijo el salvavidas— hay gente bien que viene a la playa, niñas de quince años que uno se queda “¿cómo van a drogarse ellas?” Pero luego las cacha uno allá en las piedras fumando. Ya no es precisamente el cholo tatuado quien fuma. No debería decírselos, pero si van a fumar en la playa, primero vean hacia dónde corre el aire. Como en estas fechas el aire viene para este lado –levantó arena con el pie para comprobarlo­–, me llegó el olorcito.

No hace falta saber por quién doblan las campanas. Ahora la pregunta que viene sobre el futuro del cannabis es: ¿hacia dónde corre el aire?


Autores
Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y ha participado en diferentes cátedras y diplomados de literatura. Ha publicado cuentos en el libro Ráfagas de nombres (Colegio de Sinaloa, 2014) y en la Revista Timonel, impresa por el Instituto Sinaloense de Cultura . En el 2018 publicó dos cuentos: uno en el libro Cuentos desde la orilla, editado por Andraval Ediciones y el Instituto de Cultura de Mazatlán; otro en Álbum Negro (ISIC, 2018). Actualmente se desempeña como músico y maestro. Durante el periodo 2017–2018 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).

Ilustrador
Gerardo Muñoz
Titulado en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México; egresado de la Maestría en Ciencias Sociales con énfasis en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha expuesto material fotográfico en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en el marco del del XXXVI CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ANTROPOLÓGICA organizado por la ENAH y el INAH en 2017. Publicaciones en algunas revistas como el Boletín de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez; La Revista Afluente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; y la Revista Arenas de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente se desempeña como docente en el Instituto Tecnológico Superior de Sinaloa y la Universidad del Pacifico Norte.

Elefante de Valeria E. Loera recibió una mención honorífica en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2018 por su desafiante mezcla de texto e imágenes y aparece en Teatro de la Gruta XVIII.


 

 

IMAGEN_1 (1)

Un elefante no es una carga para un anciano
y para un joven tampoco
Poesía Yoruba

Prólogo

 

Olvida tu apellido, el lugar donde naciste y pasaste tu niñez, lo que desayunaste hoy, tu número de teléfono, darle de comer al perro, cómo se llama el perro. Olvídate del perro; del dinero guardado entre los libros; dónde dejaste la cartera, tus anteojos y el auto. Olvida tu primer beso y tu último helado; lavarte los dientes; las clases de inglés, de francés, de alemán, de español. Olvida tu aniversario, y dónde dejaste las llaves y las puertas, la letra de la canción, cómo ir al baño, dónde están tu casa y tu cuarto y tu cama, y dónde estás, y dónde estuviste, y regar las plantas, quiénes son las personas de la foto, cómo se llama el autor del libro que leíste, qué leíste, y la última vez que lloraste, cómo anudar las corbatas y las agujetas de los zapatos, dónde dejaste los zapatos. Olvida que las cosas siempre pueden ser peores y que hay gente mala y gente buena y gente que olvida las historias familiares transmitidas de generación en generación. Olvida levantarte con el pie derecho, y levantarte y pedir ayuda, y ser agradecido, y ser bueno.

Pero nunca te olvides de mí.

 

¿Qué día es hoy?

 

Habitación de Emil. Periódicos y papeles con notas tapizan el cuarto. Emil permanece recostado sobre la cama y abraza —o, mejor dicho, aferra— su libreta verde. Un rayo de sol crepuscular penetra por la ventana y se proyecta directamente sobre su pálido rostro, aguzando el inquietante brillo de su mirada. El resto es penumbra. Oliver entra, lleva consigo un tazón con ave- na y el periódico del día; se ve sumamente cansado.

 

 

Emil:

E…

Elle…

Ele…

Fan…

Te…

Te…

Te dije.

Ya está cerca.

 

Oliver: ¿Quién?

Emil: ¿No oyes? (silencio). ¿Oyes? Oye…, ya viene.

Oliver: Es hora de levantarse.

Oliver abre las cortinas de par en par; una luz blanquecina abrasa la habitación.

 

Emil: No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no.

 

Oliver sienta a Emil al borde de la cama.

 

Oliver: Te traje avena. Está rica.

Emil: Me dijeron que no confíe en ti.

Oliver: No les creas. Tú sabes quién soy: hace poco dijiste que sabías que eras mi padre.

Emil: ¿Soy tu papá?, ¿en verdad?… Bueno, te creo…

Oliver: Bueno, papá, es hora de desayunar.

Emil: no, no, no, no, no, no, no, no.

Oliver (acercando el plato con avena): Come. Es avena, te gusta la avena.

 

Emil abre la boca; recibe el alimento pero es incapaz de tragarlo. Oliver le inclina la cabeza hacia atrás para que la avena resbale por su garganta.

 

Oliver: No, no escupas, traga, así… está rica, ¿verdad? Eso. ¿Quieres hacerlo tú? Dame tu libreta para que puedas…

Emil: no, no, no, no, no, no, no…

 

La avena cae al suelo. Desastre.

 

Emil: Déjame.

 

Oliver sale. Emil abre la libreta y lee:
IMAGEN_3
Emil(cierra la libreta): ¿Qué día es hoy?

 

Silencio.

 

Emil: ¿Qué día es hoy?

Oliver (regresa con un trapo y limpia la avena): ¿Qué?

Emil: Dije: “¿Qué-día-es-hoy?”

Oliver: Miércoles.

Emil: Tráeme el periódico. No, éste no.

Oliver: Es el de hoy.

Emil: Éste no.

Oliver: Ten. ¿Qué buscas?

 

Silencio.

 

Oliver:¿Qué buscas?

Emil: La fecha, quiero ver la fecha, siempre me das fechas equivocadas. Quieres confundirme pero el periódico no miente; el periódico y los niños nunca mienten.

Oliver: Los borrachos. “Los borrachos y los niños”, no “el periódico y los niños”.

Emil: ¿Niños? Necesitamos un niño: trae un niño. Anda, tráelo.

Oliver: Aquí no hay niños, sólo periódicos; ningún borracho.

 

Silencio. Emil abre la libreta y escribe:

IMAGEN_4
Cierra la libreta.
 

 

Oliver: ¿Qué tanto escribes, eh? ¿Eh?

 

Silencio.

 

Emil (murmura): Pa lín dro mo.

Pa… Pa… Pa… Pa… Pa-pá…

papá.

Oliver: No soy tu papá.

 

Silencio. Oliver sale.

 

Emil (abre la libreta y dibuja):IMAGEN_5

Uno…

Dos…

Tres…

Elle…

Ele… Elefantes…

Se columpiaban…

 

(cierra la libreta. El bolígrafo cae lejos de él). Hey. Heey. (abre la libreta, busca y lee:

IMAGEN_6

 
Cierra la libreta
). ¡oliver!:

 

Oliver entra; trae consigo un plato con galletas.

 

Oliver: ¿Qué? ¿Qué? ¡¿qué?!

Emil: Se me olvidó.

 

Silencio.

 

Emil: Se me olvidó.

Oliver: Te escuché. ¿Olvidaste mi nombre?

 

Emil abre la libr…

 

Oliver: no. ¿Cómo me llamo?

Emil: Yo creo… ¿Emil?

Oliver: Tú eres Emil.

 

Silencio.

 

Emil: ¿Yo te conozco?

Oliver: Desde que nací.

 

Desconcierto. Mirada perdida.

Oliver deja el plato con galletas, recoge el bolígrafo y se lo entrega a Emil. Sale.

Emil abre la libreta, escribe algo en ella y la cierra.

 

Emil: Uno… dos… tres… se columpiaban… (se acomoda en posición fetal y duerme).

 

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Autores
(Chihuahua, 1993) estudió teatro en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue becaria de la FLM en el periodo de 2016 a 2018.
Cartel oficial del debate Peterson vs. Žižek
Cartel oficial del debate Peterson vs. Žižek

 

Primero como farsa y después como circo de tres pistas

A finales del año pasado, Jordan B. Peterson (1962), estrella emergente de la derecha light y anti corrección política, se enfrascó en un debate con un bot que reproduce citas de Slavoj Žižek (1949). El filósofo esloveno no tiene cuentas personales en redes sociales, sin embargo Peterson, como los usuarios de ELIZA e inteligencias artificiales más sofisticadas, creyó involucrarse en una profunda reflexión del Ser en la que solo quedó explicado su ser.

 

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Peterson, comediante y mártir, se convirtió en una figura pública a finales de 2016, cuando se opuso vía YouTube a la propuesta C-16 del congreso canadiense. La reforma a la ley, que fue aprobada en 2017, contempla cambios en el acta canadiense de derechos humanos y el código penal para proteger de la discriminación a la expresión y a la identidad de género. De acuerdo con Peterson, la C-16 abría el camino a la imposición de los pronombres neutros. Mientras que leyes previas en Europa prohíben ciertos discursos (como el negacionismo del Holocausto o el reconocimiento del genocidio armenio), una ley de este tipo sería la primera en obligar a la creación de un discurso específico.

Expertos en la ley canadiense consideraron que Peterson hizo una interpretación errónea, y que el uso incorrecto de los pronombres neutros bajo ninguna circunstancia podría calificarse como discurso de odio. Pero el debate, primero en las universidades canadienses y después en los medios estadounidenses, ya tenía vida propia, y Peterson hábilmente consiguió asignarse el papel de la voz sensata y no-racista del nuevo conservadurismo.

Se apresuró también a publicar su segundo libro y primer éxito de ventas: 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos. A juzgar por la portada, es un libro más de superación personal, pero el contenido lo distingue a medias del género. Peterson se retrasa en elucubraciones científicas para apoyar lugares comunes razonablemente aceptados fuera del canon de la autoayuda, como que tener una actitud positiva, aunque sea impostada, permite a las personas tener una relación más asertiva con los demás; o que las buenas compañías son a la larga más beneficiosas y satisfactorias que nuestros intentos de salvación de amigos que no desean más que hundirse en la amargura y la autocomplacencia.

 

 

No son ideas lo suficientemente innovadoras o radicales para justificar su reconocimiento creciente, sin embargo Peterson ha encontrado otros flancos para practicar sus habilidades en la discusión: la influencia de la teoría crítica (a la que llama marxismo cultural) en las universidades, la imposición de leyes a favor de la equidad, la idea de que la performatividad de género no tiene relación alguna con la biología, la brecha salarial entre hombres y mujeres, los mitos y tabús de la izquierda.

 

Lo que nos están dando

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Basta ver una entrevista o algún especial de RT (pero no sobra leerlo) para darse cuenta de que Žižek es una bestia mediática. Su hábito desagradable de sacudirse la nariz como los cocainómanos es ya un sello de garantía y un tic gozoso para sus seguidores. Su mérito inicial, la recuperación de Lacan en tiempos de tal reichianismo que la Redacción de Tierra Adentro escribe desde un acumulador de energía orgónica, fue nutriéndose con su capacidad para poner en cuestión cualquier acontecimiento global (de la crítica liberal a la victoria de Donald Trump al éxito de Roma).

La fama de Peterson y el debate con su bot no dejaron a Žižek indiferente, pero consideró que la popularidad del autor canadiense se debía a la incapacidad de la izquierda para abordar temas incómodos. Peterson aprovechó para retar a Žižek a un debate.

 

 

El resto está a punto de ser historia: este Viernes Santo 19 de abril de 2019, en el Ralston College de Savannah, Georgia, se llevará a cabo el debate entre Žižek y Peterson. El primero, según el cartel del evento, acudirá en defensa del comunismo, y el segundo del capitalismo, con la Felicidad como tema central. Los boletos están agotados, pero por 285 pesos puede verse el debate en pago-por-evento,  y en la Ciudad de México algunos espacios ya han anunciado que tendrán transmisión en vivo.

Profecía: no se espere un debate violento o agresivo, ni en las antípodas ideológicas. Žižek y Peterson comparten el desprecio a la corrección política, el Partido Demócrata de Estados Unidos y a la censura desde la academia. Además, Žižek es un conversador lúcido y entretenido, y está muy dispuesto a encontrar validez en los razonamientos de sus oponentes, como hizo con David Horowitz en el programa de Julian Assange. Y Peterson es fiel al noveno mandamiento de 12 reglas para vivir: “Da por hecho que la persona a la que escuchas puede saber algo que tú no sabes”.

 

 

Será un enfrentamiento interesante entre un peso crucero y un peso medio del pensamiento actual. El debate que preferiría Žižek (y la Redacción de Tierra Adentro) sería Žižek vs. Chomsky. Pero Noam Chomsky, como el zorro, como JD Salinger, como Juan Rulfo, es más astuto, y sabe que un debate con Žižek sería visto, inevitablemente, como la mala segunda parte de su debate con Michel Foucault en la televisión holandesa.

Y es que no todo tiempo pasado fue mejor, pero los setenta estuvieron muy bien.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

 

Extraído del quinto número de la revista Monodemonio

 

Instrucciones para ser asaltado y no morir

1. Guarde la calma, recuerde que el asaltante solo quiere sus pertenencias, no su vida.

2. Si el asaltante no tiene armas, no le dé sus pertenencias. Sólo trata de asustarlo.

3. Si el asaltante tiene armas: cuchillo, desarmador, pistola, quítese las cosas que estén a la vista del asaltante y que sean de valor: reloj, cadenas, aretes, dinero, celular y entréguelas.

4. Si tiene algo de valor que no es visible para el asaltante, diga que lo ha perdido o que hace poco se lo robaron. A los asaltantes les suena muy lógico: si yo pude robarle, de seguro ayer otra persona también.

5. Los que tienen más experiencia siendo asaltados traen algo de dinero y un celular viejo para el asaltante, lo de valor lo guardan en la mochila, gorra de la chamarra, calcetines, brasier, ano o cualquier otro lugar en donde piensan que nadie buscaría.

6. No vea fijamente a los rateros, lo toman como un reto e intentarán golpearlo con el arma o le dejarán el desarmador en uno de sus muslos.

7. Vea de repente a los asaltantes tratando de encontrar algo distintivo: un tatuaje, una cicatriz, perforaciones, vestimenta (le será de ayuda en el punto 13).

8. Si el o los asaltantes traen armas no ponga resistencia o no cumplirá el propósito de este instructivo.

9. Si no traen armas y usted cree, ingenuamente, que otras personas lo ayudarán, intente capturar a los asaltantes y llevarlos con las autoridades.

10. Deje de ver series policíacas y películas de acción

11. Si es que, por un milagro, resulta la captura de los asaltantes, recuerde que ellos no querían matarlo (ver punto 1), usted no los mate. Tampoco piense en mutilarlos, romperles las costillas o cortarles las manos como algunos candidatos a la presidencia proponen. Un poco de dinero y un celular no valen una vida, eso lo saben los asaltantes: no es lo mismo ser ratero a ser asesino. ¿Usted lo sabe? No es lo mismo ser víctima de asalto que un mutilador. Llévelos con las autoridades.

12. Una vez capturados los rateros, enfrentará un nuevo problema: todos llevan prisa. Así que es probable que decidan dejarlos amarrados a un poste o concederles la libertad. Usen cinta americana (la gris), la canela no resistirá mucho.

13. Si decide ir al ministerio público prepárese para perder todo el día en un sistema de enredaderas y procesos burocráticos que lo harán sentirse en una novela de Kafka*.

*Nota importante: Si no sabe quién es Kafka, puede aprovechar el tiempo de espera para que tomen su declaración y leer “El proceso” o “El castillo” o ambos.

Preguntas frecuentes:

¿Sirve de algo denunciar?

R: Sí, entre más denuncias existan sobre una misma zona, las autoridades pueden mandar más vigilancia.

¿Sirven de algo las autoridades?

R: Por eso la gente no denuncia.

14. Si los asaltantes huyen con sus pertenencias llame a una patrulla y haga la denuncia. Prepárese para el punto 13.

15. Si logró salvar su teléfono, publique en sus redes sociales algún comentario de odio hacia los rateros, lo ayudará a sentirse mejor.

16. Si no logró salvar su teléfono, piense en todo aquello que odia y que lo tiene aquí: maldiga al presidente y a su mamá (la del presidente), maldiga a la pobreza, la falta de educación. Maldiga a Dios. Maldiga el hecho de no tener dinero para comprarse un carro, perder horas en el tráfico y contaminar el planeta a cambio de estar más seguro.

17. Si el asalto fue en su carro, pregúntese si de verdad era tan malo el transporte público.

18. Siga su rutina.

19. Llegue a casa.

20. Llore.

 

 

Instrucciones para cometer un asalto

 

1. Use tenis y ropa cómoda.

2. Haga ejercicio.

3. No fume.

4. Pregúntese: ¿de verdad vale la pena perder su libertad o su vida por esto?

5. Si decide que sí, continúe leyendo.

6. Lleve un arma: esto es México, su voz no espanta a nadie.

7. No pierda el tiempo buscando pertenencias, agarre lo que la gente le dé y salga de ahí antes de que noten su nerviosismo o un vengador anónimo se atreva a sacar su pistola. Esto es México.

8. Si alguien se le queda viendo amenace con golpearlo, eso les mostrará que no está jugando. Un disparo al aire es excesivo y algunas balas pueden rebotar y matar a alguien.

9. Siempre tenga presente esto: usted es un asaltante, no un golpeador, mucho menos un asesino.

10. Si llegan a capturarlo intente dar lástima: “mi hijo se está muriendo de hambre” o “mi mamá tiene cáncer” son los mejores pretextos para convencer mexicanos.

11. Si llega una patrulla diga que para que las víctimas no pierdan su tiempo en el ministerio les regresa sus cosas y ahí que quede. Que lo disculpen, pero que no volverá a ocurrir. Quizás tenga que darle algo de dinero a los policías (lleve unos 500 pesos como mínimo).

12. Puede ocurrir que antes de cometer el asalto, usted sea víctima de uno, lleve algo de dinero extra y lea el instructivo anterior.

13. No asalte en lugares conocidos. Como dice el refrán mexicano: no hay peor ratero que el que roba a su familia.

14. Si se encuentra a algún familiar o amigo en el transporte que va a asaltar, no lo salude, trátelo como a cualquiera de los demás pasajeros.

15. No asalte en lugares desconocidos: no conoce las rutas de escape, nadie lo ayudará y no sabe qué tan necesitadas están las personas; si usted está robando por necesidad, imagine qué tan necesitados están los otros que soportan un trabajo que usted no haría ni aunque le pagaran.

16. No asalte solo, es menos dinero, pero aumenta la posibilidad de seguir libre y con vida.

17. Si su compañero es capturado, no regrese por él. Él no regresaría por usted.

18. Llegue a casa.

19. Cámbiese de ropa.

20. Sonría.


Autores
Tiene su origen en Nezahualcóyotl e Iztapalapa y forma parte de la red internacional de revistas del Ático Pent Cultural.
Edición por Mariana Martínez

 

En su ensayo sobre las relaciones entre la pintura y la poesía, luego de ponderar a “aquellos que han ayudado a crear una realidad nueva, una realidad moderna”, Wallace Stevens afirma: “Esta realidad es también el mundo trascendental de la poesía. Sus instantaneidades son la conocida inteligencia de los poetas, aun si tal inteligencia pertenece a otra región.” Inmediatamente después, el autor de Harmonium hace referencia a la pensadora francesa Simone Weil quien, en La gravedad y la gracia, expone un concepto al que llama decreación. “La decreación –explica Stevens- consiste en abrir paso de lo creado a lo no creado, pero que esta destrucción está abriendo paso de lo creado a la nada. La realidad moderna es una realidad de decreación, en la que nuestras revelaciones no son las revelaciones de la creencia, sino los preciosos portentos de nuestros propios poderes. La verdad más grande que podemos anhelar descubrir, en cualquier campo que lo hagamos, es que la verdad del hombre es la resolución final de todo.” No es difícil, a partir de estas reflexiones, situar la poesía de Vallejo como una progresiva avanzada hacia la conquista de esa “otra región”; un difícil internarse a través del lenguaje —y, muchas veces, en contra de éste— en una zona donde la poesía va dejando de ser lo que había sido e inaugura un nuevo decir que, aun sin haberse configurado plenamente, ya es el embrión de lo que vendrá. Así, en el poema XXXVIII de Trilce:

 

Este cristal aguarda ser sorbido

en bruto por boca venidera

sin dientes. No desdentada.

Este cristal es pan no venido todavía.

 

Hiere cuando lo fuerzan

y ya no tiene cariños animales.

Mas si se le apasiona, se melaría

y tomaría la horma de los sustantivos

que se adjetivan de brindarse.

 

Quienes lo ven allí triste individuo

incoloro, lo enviarían por amor,

por pasado y a lo más por futuro:

si él no dase por ninguno de sus costados;

si él espera ser sorbido de golpe

y en cuanto transparencia, por boca ve-

nidera que ya no tendrá dientes.

 

Este cristal ha pasado de animal,

y márchase ahora a formar las izquierdas,

los nuevos Menos.

Déjenlo solo no más.

 

Tal vez se podría conjeturar, en el orden de esa nueva dicción a la que aspira la poesía de Vallejo, que el cristal no es otra cosa que el poema mismo, situado aún a la espera de una boca que podrá incorporarlo a su propia naturaleza y otorgarle su mejor función. Se trata también de una boca futura, naciente, como se trata de un cristal que todavía no es alimento, pan, pero que está por serlo.

En la segunda estrofa Vallejo nos previene sobre los poderes de este ser en formación, que si bien “ya no tiene cariños animales”, es capaz de herir y que, en el caso de recibir un trato afectivo, podría dar pie a nuevas mutaciones del lenguaje donde “los sustantivos que se adjetivan” tomarían la pauta del habla poética, como, efectivamente, sucede en Trilce y en Poemas humanos.

La tercera y más extensa estrofa del poema, al volver sobre esta suerte de impase en el que se halla el cristal, le añade una característica, ya que éste ha de ser “sorbido de golpe / y en cuanto transparencia”. La insistencia de Vallejo es doble; por una parte, reclama el acto físico de sorber el poema-cristal —de asimilarlo también, de dejarse cautivar por él— de golpe, mediante un acto casi instintivo, lejos de todo cuestionamiento, admitirlo como lo que es: un germen alimenticio. Por otra parte, esa transparencia que es todavía mineral le permite al poeta regresar, afirmándola, a la boca futura que habrá de recibirlo/decirlo, como si al trasluz pudiera ya estar viendo lo que será.  Aquí, como en otros momentos de su poesía, Vallejo corta abruptamente una palabra, la “boca ve-nidera”, cuyo adjetivo queda escindido no sólo en sí mismo, sino que se le separa del verso alejandrino al que naturalmente pertenecería. La violencia que ejerce sobre el lenguaje y, en este caso, sobre el aspecto formal de un verso, hace pensar en la indispensable velocidad de la poesía que se aleja —de un salto— forzosamente de los modos convencionales. En un libro reciente, titulado Decreation (2005), Anne Carson elige como epígrafe unas líneas de Montaigne que vienen al caso: “Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos”.

Las cuatro últimas líneas del poema son también las más enigmáticas. Vallejo comienza por recordarnos las mutaciones del sujeto animal-cristal-poema (añadido por nosotros) que se aleja ahora “a formar las izquierdas/ los nuevos Menos”. Un vistazo a los símbolos elementales de la aritmética, hace pensar en el signo de sustracción “–” (menos, minus en latín) que se coloca del lado izquierdo de una cifra. De ser así no resulta difícil inferir que la novedad de este cristal tendrá que ver con la exclusión de algunos de sus elementos. El poema por venir –o en estado naciente- tendrá que configurarse con base en una cuidadosa selección no sólo de las palabras, la sintaxis y las figuras diversas que lo estructuran, sino también de todo aquello que, al hacerlo, el poeta omite; aquello que desaparece durante el proceso de creación. ¿Durante el proceso de decreación? En poesía, lo sabemos, muchas veces menos es más. De ahí, tal vez, la relevancia que Vallejo le otorga a esta operación negativa: al nombrar “los nuevos Menos” enfatiza el sujeto otorgándole una mayúscula inicial.

En las últimas páginas del libro mencionado líneas arriba —un compendio de poemas, ensayos y ópera—, Anne Carson elabora un cuidadoso ensayo en el que expone el concepto de la decreación, mediante el análisis de tres escritoras: Safo, Marguerite Porete y Simone Weil. De Simone Weil cita lo siguiente: “En la operación de escribir, la mano que sostiene la pluma y el cuerpo y el alma unidos a ella son cosas infinitamente pequeñas en el orden de la nada.” Si esta nada tiene que ver con la final disolución de lo creado, con la del poema y la del poeta mismo, no resulta una impertinencia suponer que este poema-cristal (“pan no venido todavía”) será alimento un día, para alguien que en ese momento no existe aún: para nosotros, que ahora lo leemos y podemos, así sea mínimamente, dar fe de su trayectoria incierta, de su paso vacilante pero audaz sobre el abismo de lo nuevo. Así, la operación que realiza Vallejo al escribir es, al mismo tiempo, matemática y quirúrgica. Un trabajo que consiste en socavar el lenguaje para insertar el poema en esa otra región en la que realidad y verdad se corresponden. Un trabajo plenamente humano:

 

“Déjenlo solo no más.”

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

César Vallejo, Obra poética. Edición crítica. Américo Ferrari, coordinador. ALLCA XX / FCE. Colección Archivos. Madrid, 1996.

Wallace Stevens, El elemento irracional en la poesía. Traducción de Patricia Gola revisada por Rafael Vargas. Universidad Autónoma de Puebla. Colección Meridiano. México, 1987.

Anne Carson, Decreación. Edición bilingüe. Traducción de Jeannette L. Clariond. Vaso Roto Ediciones. México, 2014.


Autores
Tiene publicados Alianza de los reinos (1988), Paloma de otros diluvios (1990), El cardo en la voz (1991), Isla de las manos reunidas (1997), Vena cava (2002). Con el título Región editó en 2004 su poesía reunida. Posteriormente aparecieron Uccello (2005), Cuaderno para iluminar (2008) y Anímula (2010). Ha obtenido los premios Nacional de Poesía Aguascalientes, Nacional de Traducción de Poesía y becas del Ministerio de Cultura de Francia y de la Fundación Civitella Ranieri de Italia. Su libro Descripción de un brillo azul cobalto (2010) mereció el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines. Sus libros más recientes son: Teoría del campo unificado (poesía, 2013), El rapto de Eloísa (cuento para niños, 2014), Breve catálogo de fuerzas (ensayos, 2015), Cámara nupcial (poesía, 2015). Este año, con el título Las piedras y el arco, publicó una nueva colección de ensayos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y dirige el sello Mano Santa Editores. Vive en San Antonio Tlayacapan, en la ribera del Lago de Chapala.
“Lunita” por Mariana Martínez

En 1902  Georges Méliès estrenó su filme Le Voyage dans la Lune, inspirado en dos novelas de Julio Verne (De la Tierra a la Luna Alrededor de la Luna) y en una novela de H. G. Wells: Los primeros hombres en la Luna de la cual se ha traducido el tercer capítulo para celebrar el Día internacional de los viajes tripulados al espacio.


Capítulo tres

Construyendo la esfera

 

Recuerdo claramente el momento en el que Cavor me habló de la esfera. Había tenido acercamientos a la idea antes, pero en ese momento pareció llegar a él en un estallido violento. Regresábamos al bungalow para tomar el té cuando comenzó a murmurar. Gritó repentinamente:

—¡Eso es! ¡Con eso estará completo! Con alguna clase de persiana enrollable.

—¿Qué estará completo? —pregunté.

—El espacio, ¡ir a donde sea! La luna.

—¿Qué quiere decir?

—¿Qué quiero decir? Que, desde luego, ¡debe ser una esfera! ¡Eso es lo que quiero decir!

Me di cuenta de que aquello estaba fuera de mi alcance, así que durante un tiempo lo dejé hablando solo, pues en ese momento no tenía ni la más mínima sospecha de lo que intentaría hacer. Al fin, una vez que tomó su té, me contó la idea.

—La cosa es así —dijo él—, la última vez puse esta sustancia que suprime la gravedad dentro de un tanque plano con una correa que lo sujetaba al suelo. En cuanto se enfrió y la fabricación se completó, empezó el alboroto: todo lo que estaba encima del aparato perdió su peso, el aire comenzó a fluir para arriba como si lo impulsara un chorro de agua, luego le siguió la casa y si el aparato no hubiera salido disparado también, no sé qué habría sucedido. Pero, ¿qué pasaría si la sustancia se encontrara suelta y tuviera la libertad de elevarse?

—¡Lo haría de inmediato!

—Exactamente. Sin más estruendo que el que causa disparar una pistola enorme.

—Pero, ¿eso de qué sirve?

—¡Subiré con su ayuda!

Bajé mi taza de té y lo miré fijamente.

—Imagine una esfera —explicó— lo suficientemente grande como para contener a dos personas junto con su equipaje. Será de acero revestido por una capa de vidrio grueso; contendrá una buena provisión de aire solidificado, comida concentrada, un aparato para destilar agua y todo lo demás que se necesite. Y esmaltado como si se tratara de una capa exterior de metal.

—¿Cavorita?

—Sí.

—Pero ¿cómo logrará entrar a la esfera?

—Me imagino que es un problema similar al que se enfrenta uno al cocinar un dumpling.

—Sí, lo sé, pero ¿cómo lo hará?

—Es perfectamente sencillo. Necesitamos un agujero del tamaño de un hombre que se pueda cerrar herméticamente. Eso desde luego será algo complicado; tendrá que haber una válvula para que, si la necesidad se presenta, podamos tirar algunas cosas sin perder demasiado aire.

—Como en De la Tierra a la Luna de Julio Verne.

Cavor no comprendió la referencia, pues no era un lector de ficción.

—Comienzo a entender —dije lentamente—, podría entrar usted y ajustar la tapa desde adentro, mientras la Cavorita sigue caliente, para salir disparado en cuanto se enfríe y se haga resistente a la gravedad. Usted volaría…

—En una tangente.

—Saldría volando en línea recta —me detuve abruptamente—. ¿Qué impedirá que esa máquina continúe viajando en línea recta hacia el espacio por toda la eternidad? No sabe con seguridad si llegará a algún lado y aún si lo hace, ¿cómo logrará regresar?

—He estado pensando en eso —dijo Cavor—. A eso me refería con que ya había descubierto cómo completarlo. La esfera interna de vidrio debe ser hermética, y, a excepción del agujero de entrada, continua, y la esfera de acero debe de hacerse en secciones, cada sección debe de ser capaz de enrollarse como una persiana. Podemos lograrlo con facilidad con la ayuda de resortes accionados por medio de cables eléctricos de platino soldados al vidrio que abran o cierren las persianas a conveniencia. Todo eso es solo cuestión de detalle, pero como puede ver, la cavorita será vertida y tomará la forma de esas persianas o ventanas, como prefiera decirles. Entonces, cuando todas las ventanas se encuentren cerradas, no habrá luz, calor ni gravedad alguna que se adentre en la esfera y esta volará en línea recta en el espacio, como dice usted. Imagínese las ventanas abiertas, al hacerlo seremos atraídos por cualquier cuerpo pesado que se encuentre en nuestra dirección.

Comencé a asimilar su idea.

—¿Lo entiende? —preguntó él.

—Oh, lo entiendo.

—Seremos capaces de viajar por el espacio todo lo que queramos. Ser atraídos por esto y aquello.

—Sí, eso ha quedado lo suficientemente claro. Aún así…

—¿Qué sucede?

—¡No le veo el sentido! Es simplemente dar un salto fuera del mundo y dar otro para regresar.

—¡Desde luego! Uno podría ir, por ejemplo, a la Luna.

—¿Y al llegar? ¿Qué encontraríamos?

—Ya veremos. Considere todos los conocimientos nuevos.

—¿Hay aire en la Luna?

—Quizás lo haya.

—Es una idea estupenda —dije—, pero me parece demasiado inmensa. ¡La Luna! Preferiría comenzar con algo más pequeño.

—Me temo que no se podrá.

—¿Por qué no aplicamos la idea de las persianas, recubiertas por Cavorita y hechas de acero, para levantar objetos pesados?

—No funcionaría —insistió—, después de todo, ir al espacio exterior no es mucho peor que ir a una expedición polar. Y hay hombres que van a esas expediciones.

—Pero no son hombres de negocios. Además les pagan por ir en esas expediciones. Si algo sale mal hay misiones de socorro. Pero esto… es lanzarnos fuera del mundo por nada.

—Piense en ello como una clase de expedición geológica.

—No habrá más remedio que pensarlo así, quizás se pueda escribir un libro al respecto.

—No tengo dudas de que encontraremos minerales allá —dijo Cavor.

—¿Como cuáles?

—Azufre, hierro, quizá oro o incluso nuevos elementos.

—No está pensando en lo que nos costará traer esos minerales de regreso —dije yo—, sabe bien que usted no es un hombre práctico. La Luna está a un cuarto de millón de millas de distancia.

—Me parece que no nos costará trabajo llevar cualquier cosa pesada siempre que la metamos en una caja de Cavorita.

No había pensado en eso.

—Así que sería un envío libre de costos para el comprador, ¿no es así?

—Además, no es como si estuviéramos confinados a la Luna.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, está Marte, con una atmósfera clara, nuevos alrededores, excelentes condiciones de ligereza. Quizá sea agradable ir allá.

—¿Hay aire en Marte?

—¡Oh, desde luego!

—Lo presenta como si se tratara de un lugar de descanso y retiro, un sanatorio. Por cierto, ¿qué tan lejos está Marte?

—Doscientos millones de millas, actualmente —dijo Cavor con emoción— y para ir uno debe pasar cerca del sol.

Mi imaginación comenzó a correr con libertad.

—Después de todo —dije— en estas aventuras hay algo. El viaje…

Una posibilidad extraordinaria asaltó mis pensamientos. Repentinamente vi, como si de una visión se tratara, al sistema solar en su totalidad plagado por esferas lujosas de Cavorita. “Derechos de adquisición preferente”, pensé. Derechos planetarios de adquisición preferente. Vislumbré el poder del antiguo imperio español convertido en oro americano. No se trataba de la capacidad de ocupar solamente este o aquel planeta, podríamos ocuparlos todos. Observé la cara rojiza de Cavor y mi imaginación, de golpe, comenzó a saltar y a danzar. Me paré y comencé a caminar de un lado para otro; mi lengua se había soltado.

—Comienzo a asimilarlo —dije—, comienzo a asimilarlo.

Mi transición de la duda al completo entusiasmo ocurrió en un instante.

—¡Pero esto es tremendo! —grité— ¡Es imperial! No he soñado nunca con algo así.

Una vez que la barrera de mi escepticismo se levantó, la sobreexcitación de Cavor pudo liberarse. Él también se levantó y comenzó a caminar nerviosamente, gritó y gesticuló. Nos comportábamos como hombres inspirados, pues en eso nos convertimos.

—¡Lo resolveremos! —dijo en respuesta a alguna dificultad incidental presentada por mí— ¡Pronto lo resolveremos! Comenzaremos los dibujos para las molduras esta misma noche.

—Los comenzaremos ahora —respondí, y nos apresuramos al laboratorio para comenzar la empresa en el acto.

Esa noche fui como un niño en el País de las Maravillas. El amanecer nos encontró a los dos trabajando, mantuvimos nuestras luces eléctricas encendidas aún durante el día. Todavía recuerdo con exactitud esos dibujos. Yo los sombreaba y entintaba mientras Carvor los dibujaba, cada una de sus líneas estaba algo emborronada por la prisa, pero eran maravillosamente exactas. Hicimos los pedidos de las persianas y marcos que necesitábamos de esa noche de trabajo, y terminamos de diseñar la esfera de vidrio en una semana. Renunciamos por completo a nuestras conversaciones del medio día y a nuestra antigua rutina. Trabajamos hasta el cansancio y comíamos o dormíamos cuando la fatiga nos impedía seguir trabajando. Nuestro entusiasmo contagió incluso a nuestros tres hombres, aunque no tuvieran idea de para qué era la esfera. Durante esos días Gibbs renunció a caminar y parecía ir a todos lados trotando quisquillosamente, incluso en la misma habitación.

Y la esfera creció. Pasó diciembre y llegó enero —pasé todo un día con una escoba creando un camino a través de la nieve para llegar del bungalow al laboratorio— febrero y después marzo. Para finales de ese mes el aparato estaba casi terminado. En enero había llegado un carro tirado por caballos, en él se encontraba un paquete enorme; por fin había llegado la esfera de cristal y ahora la teníamos debajo de la grúa que habíamos construido para insertar la esfera dentro del caparazón de acero. Todas las barras y persianas del caparazón —que en realidad no era esférico sino poliédrico con una persiana en cada cara— habían llegado en febrero y la mitad inferior ya estaba ajustada. En marzo la Cavorita estaba a la mitad de su fabricación, la pasta metálica había ya completado dos de las etapas de fabricación y habíamos colocado casi la mitad de ella en las barras y persianas metálicas. Era impresionante lo cercanos que nos manteníamos a la primera inspiración de Cavor al construir la máquina. Cuando terminamos de armar la esfera, Cavor propuso que quitáramos el burdo techo del laboratorio provisional en el que habíamos estado trabajando y construyéramos un horno con ese material. Así, la última etapa de fabricación de la Cavorita, en la que es calentada hasta alcanzar un tono rojo oscuro dentro de una corriente de helio, se efectuaría una vez que la sustancia estuviese adherida a la esfera.

Entonces discutimos las provisiones que llevaríamos al viaje: comida comprimida; esencias concentradas; cilindros de metal con reservas de oxígeno; una estructura para remover el ácido carbónico y los residuos del aire y así restaurar el oxígeno mediante peróxido de sodio; condensadores de agua y todo lo demás. Recuerdo el pequeño montón que formaban en una esquina: latas, rollos y cajas, un espectáculo convincente.

Eran días extenuantes, con pocos momentos para pensar en algo que no fuera la esfera. Pero un día, cuando nos aproximábamos a completar nuestra labor, un ánimo extraño se apoderó de mí. Había estado toda la mañana ensamblando el horno y me senté entre los ladrillos completamente exhausto. Todo me pareció entonces aburrido e inalcanzable.

—Pero mire, Carvor —dije—. Al fin y al cabo, ¿para qué hacer todo esto?

Sonrió.

—Ahora solo nos queda continuar.

—¡A la Luna! —reflexioné— Pero, ¿qué podemos esperar? Creí que la Luna era un mundo muerto.

Se encogió de hombros.

—Lo averiguaremos al llegar.

—¿Lo haremos? —dije, y me quedé mirando a la nada.

—Usted está agotado —afirmó—, le recomiendo que vaya a dar una vuelta.

—No —dije obstinadamente—, voy a terminar este enladrillado.

Lo hice, y me aseguré una noche de insomnio en el proceso. Creo que nunca he pasado una noche así. Tuve momentos difíciles antes de que colapsara mi negocio, pero las peores noches de ese entonces eran un sueño tranquilo a comparación con aquel doloroso e infinito desvelo. Repentinamente estaba lleno de un terror inmenso por la hazaña que intentábamos realizar.

No recuerdo haber pensado antes de esa noche en todos los peligros a los cuales quedaríamos expuestos. Ahora venían hacia mí como esa horda de espectros que alguna vez invadieron Praga, y acampaban a mi alrededor. Me abrumó la completa extrañeza de lo que íbamos a hacer, lo ajeno que era eso a todo cuanto se puede hacer en la Tierra. Era como un hombre que despierta de sueños placenteros para verse rodeado de las realidades más horribles. Me recosté en mi cama con los ojos abiertos. La esfera parecía verse cada vez más y más endeble y Cavor más y más irreal y fantasioso y toda la empresa más y más desquiciada a cada momento que pasaba.

Salí de la cama y merodeé por la habitación. Me senté cerca de la ventana y contemplé la inmensidad del espacio. Entre cada estrella se encontraba el vacío, ¡la insondable oscuridad! Intenté recordar los pocos y fragmentados conocimientos de astronomía que había ganado con mis lecturas irregulares, pero eran demasiado vagos como para que pudiera hacerme una idea de las cosas con las que podríamos encontrarnos. Regresé a mi cama y conseguí dormir por unos instantes —que estuvieron poblados por pesadillas— en los que caía y caía eternamente en el gran abismo del firmamento.

Sorprendí a Carvor en el desayuno. Le dije brevemente:

—No pienso acompañarlo en la esfera.

Enfrenté todas sus protestas con una persistencia sólida.

—Es un asunto demasiado desquiciado —dije— y no iré. Es una locura.

Me rehusé a regresar con él al laboratorio. Me quedé solo en mi bungalow por un tiempo y después tomé mi sombrero y mi bastón y salí a pasear solo, sin saber a dónde. La mañana era gloriosa: con una brisa cálida y un cielo despejado de un azul profundo, se podían ver ya los primeros verdores de la primavera y había una multitud de pájaros cantando. Almorcé carne y cerveza en una pequeña taberna cerca de Elham y sorprendí al dueño con esta observación sobre el clima:

—¡El hombre que abandona el mundo cuando comienzan a llegar días como este es sin duda un tonto!

—¡Eso mismo digo cuando escucho hablar sobre eso! —dijo el propietario y descubrí que para al menos una pobre alma este mundo había demostrado ser demasiado excesivo, pues un hombre se había suicidado cortándose la garganta hacía poco. Proseguí mi día con una nueva complicación en mis pensamientos.

En la tarde me eché una siesta agradable en un lugar soleado y proseguí mi marcha totalmente refrescado. Llegué a una posada de apariencia acogedora cerca de Canterbury. Estaba cubierta de enredaderas y la dueña era una anciana muy pulcra que se ganó mi simpatía. Era muy habladora y, además de otras particularidades, nunca había estado en Londres. Descubrí que tenía el dinero justo para hospedarme, así que decidí pasar la noche ahí.

—Canterbury es el lugar más lejano en el que he estado —dijo—. No soy de esas personas que van y vienen por todos lados.

—¿Qué le parecería hacer un viaje a la Luna? —exclamé.

—Nunca he entendido a la gente que disfruta los viajes en globo —dijo, evidentemente convencida de que ir a la Luna era una excursión común—, yo no lo haría jamás, por nada en el mundo.

Esto me pareció bastante gracioso. Y después de haber cenado, me senté en una banca cerca de la entrada de la posada y conversé con dos trabajadores sobre el proceso de fabricación de los ladrillos, los coches motorizados y los juegos de cricket del año pasado. Y en el firmamento, una pálida Luna creciente, azul e incierta como los Alpes vistos a la distancia, se hundió hacia el oeste, sobre el sol.

El día siguiente regresé con Cavor.

—Sí iré —dije—. Mis ideas han estado un poco desordenadas, eso es todo.

Y esa fue la única vez que sentí alguna duda verdadera sobre nuestra empresa. ¡Eran tan solo mis nervios! Después de eso trabajé con más cuidado, con menos prisa, y tomé descansos en los que caminaba perezosamente durante una hora cada día. Y finalmente, sin contar el calentamiento de la Carvorita por el horno, nuestras labores llegaron a su fin.


 

Cuarto capítulo: https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/cuarto-capitulo-de-los-primeros-hombres-en-la-luna-de-h-g-well


Autores
Herbert George Wells (Bromley; 21 de septiembre de 1866-Londres, 13 de agosto de 1946),​ más conocido como H. G. Wells, fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico. Fue un autor prolífico que escribió en diversos géneros docenas de novelas, relatos cortos, obras de crítica social, sátiras, biografías y autobiografías. Es recordado por sus novelas de ciencia ficción y es frecuentemente citado como el «padre de la ciencia ficción» junto con Julio Verne y Hugo Gernsback.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.