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Germán : Se llamaba Ismael. La última vez que lo vi iba allá, arriba. Toda una vida tratando de alcanzarlo. Toda una vida y ni siquiera un rasguño a la bestia. Persiguiéndola sin sentido. ¡Toda mi pinche existencia!; corriendo, cazando y nada
Se escucha el rugido de la bestia, que cruza el cielo.
Germán : Todavía la recuerdo. También me acuerdo de las noches de cigarro frente a la rue Gît-le-Coeur, las grabaciones en… (se oye otro rugido ). ¡Ahh!, las grabaciones en Nueva York y las improvisaciones nefastas de Baltimore, y nada, ni un rasguño al maldito animal (de nuevo, el rugido ). Yo tenía quince años cuando… Se llamaba Ismael. No hubo gritos; silencio nada más o… No me acuerdo. Tocar el cielo, tocarlo con mi sax… Se llamaba Ismael.
Una vez más, ruge la bestia mientras atraviesa el cielo.
Germán : Me vi obligado a convertirme en el mejor saxofonista desde Sidney Bechet para mi padre.
Ismael : ¿Tienes que estar ensayando a esta hora?
Germán : Debo hacerlo por lo menos tres horas diarias, ya sabes. Bechet seguro ensayaba diez.
Ismael : ¿Otra vez ese tal Bechet? Nadie lo conoce.
Germán : Sidney Bechet era el más grande saxofonista de… Olvídalo.
Ismael : Son genios, gente tocada por algún dios. Y tú…
Germán : ¿Me has oído?
Ismael : ¿Crees que eres un genio?
Germán : ¿Me has oído?
Ismael : Ya vas a empezar.
Germán : Escucha un poco de lo que estaba componiendo.
Ismael : Ya lo hice toda la noche.
Germán : No creo que lo hayas hecho.
Ismael : Practica media hora más y le paras. La gente quiere dormir.
Germán : Pasaron años y la presencia de mi padre seguía ahí…
Hypnos : Ya, cuéntales de cuando la conociste. Ve al grano; déjate de rodeos cursis. Podríamos ahorrarnos tiempo.
Germán : La primera revelación la tuve…
Hypnos : ¡Ay, sí! ¿“Revelación”? ¿Una revelación para el “iluminado”?
Germán :… la primera revelación la tuve cuando cumplí quince años.
El Moby : Ya, rólala.
Germán : Lo hubieras visto. No hizo nada: se quedó parado en el filo de la puerta. Yo corrí. Fui por un vecino y él lo quitó de la puerta; estaba con la cara más pendeja que te puedas imaginar.
El Moby : Los dos venían llegando de casa de tu abuela. Ya me habías contado.
Germán : Mi madre estaba en el piso de su cuarto y él prefirió no hacer nada, ni siquiera gritó. Sólo la miró.
El Moby : Rólala, pues.
Germán : Me acababan de comprar el sax; no supe qué hacer y me puse a tocar.
El Moby (ríe ): Deberías aprender a tocar otra cosa.
Germán : ¿Como qué?
El Moby : That’s the point . No te das el chance de cambiar. Cuando nos conocimos, era un panzón: fat , fat , como una puta ballena.
Germán : Pinche Moby.
El Moby : ¡Exacto! No dejaste de joder hasta que todo el mundo me dijo El Moby, porque lo habías leído en no sé qué chingados. Nomás para callarte el hocico, look at me now : ni un gramo de grasa, puto. Bueno, ya me aburrí, tócate algo.
Germán : Preferiría no hacerlo.
El Moby : No seas así. Un poco de lo que te rifaste en mi cumpleaños, ¿te acuerdas? Estaba chingón (ríe. Pausa ). ¿Quieres?
Germán : ¿Qué es?
El Moby : Chronic .
Hypnos : ¿Y qué tal te fue?
Germán : Pues primero todo empezó a acelerarse, y después, despacito, despacito. Cada vez más y más lento hasta que el tiempo se detuvo. El tiempo…
Hypnos : ¿Y luego?
Germán : ¡Shhh! Espérate… luego… luego vino el aire frío de la madrugada y luego… luego oímos a Janis Joplin, “Summertime”. En automático, comencé a tocar.
Hypnos : Pero ¿cuál fue tu “revelación”?
Germán : En eso estoy. La primera fue cuando cumplí quince años. Yo tenía…
Hypnos : Ya se te olvidó. Y sería sólo una de tantas otras “revelaciones” que se te olvidaron. Únicamente eran ilusiones, verdades de sueños que desaparecen por la mañana. ¿Por qué no vamos a la parte que nos interesa?
Germán : No, sí me acuerdo. La primera revelación fue el tiempo, que es obediente si uno quiere. Puedes hasta jugar con él. La música me ayudó a entender: me sacaba del tiempo, porque no tiene nada que ver conmigo ni contigo. Sólo estamos obsesionados con los minutos y los años.
Hypnos : ¿Y eso lo descubriste con una droga?
Germán : No, con mi sax. Es complicado. Los relojes pierden significado en cuanto toco. No existe mi papá ni sus deudas ni la oscuridad de cuando cortaron la luz, sólo mi música. Y el momento en que esa cosa entró en mí…
Hypnos : ¿Qué cosa?
Germán : El espíritu. No importó nada más, ni mis límites ni las reglas…
Ismael : ¿A qué hora llegaste? (pausa larga ). Te estoy preguntando a qué hora llegaste. Mírame a la cara. ¿Qué tienes en los ojos? ¡Contéstame! (Germán empieza a reír sin poder contenerse ). ¿De qué te estás riendo? ¡Te estoy hablando! Vete a tu cuarto.
Germán : Preferiría no hacerlo. (aparte ) Y así comenzó este jueguito con mi padre. Me escapaba todas las noches, mientras él dormía, y agarraba las llaves del coche que colgaban junto a la puerta.
Ismael : Ahí está de nuevo el ruido del motor. Cómo no oírlo si esa carcacha me la dio mi padre. Que estuviera encerrado en mi cuarto no significaba que durmiera.
Germán : Ni siquiera se enteraba de que salía. A veces me iba con mis amigos; las más, iba hasta el mirador a tocar un poco, practicar sin que nadie me dijera:
Ismael : ¡Calla ese maldito ruido!
Germán : O simplemente salía para ver si la noche me decía algo.
Ismael : Es obvio que te vas de putas o a fumar mota con tus amigos. Conozco muy bien esas excursiones nocturnas.
Germán : Y fue ahí que la noche habló, que las estrellas bailaron…
Hypnos : Ahí vas de nuevo, ¿no?
Germán : ¡Auuuuuuu! ¡¿Qué chingados es estoooo?!
El Moby : Se llama Mandy. mdma , pues.
Hypnos : ¡Otra droga! Creo que empiezo a entender de qué va esta obra.
Germán : La luna no podía estar más bella; el universo, su grandeza.
Hypnos : Suplementos del sueño, las drogas crean un mundo de fantasías inalcanzables. Sueños hechizos que puedes disfrutar sin poner los pies en la tierra. Pero no olvides voltear al cielo.
Germán : Las luces se mueven cada vez más y más rápido, y yo soy el único que es capaz de mirarlas sin moverse.
Hypnos : No es el destino, sin embargo, cuando escuches su rugido, sabrás que cada una de tus acciones ha soltado, poco a poco, las cadenas de la bestia.
Germán : Sólo necesitaba esto para mandar a la chingada todo: a mi padre; a su estúpida ilusión de que fuera un abogado, o quién sabe qué, encerrado en una pinche oficina, viendo cómo se me iba la vida tras un escritorio, ajeno al mundo.
Ismael : Nunca te dije que fueras un oficinista.
Germán : Claro que sí. Estábamos cenando. Yo estaba aquí y tú… tú, allá. No así, de espaldas. Y dijiste:
Ismael : ¡Te dije que no me gusta que fumes en la casa! Apágame esa chingadera (Germán lo hace de mala gana. Pausa ). Leí un libro anoche.
Germán : Mmm.
Ismael : ¿No me vas a preguntar qué leí?
Germán : ¿Qué leíste?
Ismael : Bart… Brad… Brat… Bradley , el escritor , o algo parecido.
Germán : Bartleby, el escribiente .
Ismael : Eso.
Germán : Mmm.
Ismael : Era de unos… de unos…
Germán : Copistas.
Ismael : Debe haber un trabajo así.
Germán : ¿Así cómo?
Ismael : Ha de ser muy gratificante aportar algo productivo a la cultura.
Germán : ¿Cuál es el punto?
Ismael : Transcriben uno por uno los libros de personas importantes. Trabajan.
Germán : ¿Terminaste el cuento?
Ismael : No, la verdad me dio sueño. ¿Adónde vas?
Germán : A donde no esté escuchando idioteces.
Ismael : Digo que ellos, al menos, reciben algo de dinero por lo que hacen.
Germán : Todo tiene que ver con los muchachos, ¿verdad?
Ismael : Germán, no tocan bien y hasta ahora no han ganado ni un centavo.
Germán : Los primeros años no hay ganancias. Luego uno va subiendo, llega el éxito y todos felices.
Ismael : ¿Y cuántos años son “los primeros años”?
Silencio .
Ismael : Mañana tienes una entrevista de trabajo con un amigo que necesita ayuda en la oficina. Es a las ocho de la mañana, no llegues tarde.
Germán : Soy músico.
Ismael : Tienes dieciocho años, es hora de que vayas trayendo dinero a la casa.
Germán : ¡Siempre el dinero!
Ismael : Pues a ver con qué vas a tus ensayos, porque yo no te daré ni un centavo más.
Germán : Termina de leer el cuento y luego hablamos.
Ismael : Después te largas.
El Moby (a Germán ): Setecientos pesos el gramo; yo lo vendo allá en doscientos dólares. Es un gran negocio por donde lo veas. Nadie sale lastimado y nosotros nadamos en billetes. Tu papá, contento: le mandas dinero cada mes, y san se acabó, bye al encierro.
Germán : La pinche Mandy era la cosa más increíble que había probado hasta entonces.
El Moby : ¿Verdad que no tiene madre? Pinche monstruote, la Mandy. Tú confía en mí. No hay por qué quedarse en este lugar, hermano. The American dream . Si quieres ser alguien en este país, primero debes viajar al gabacho. Tenemos veintidós años; es tiempo de hacer algo con nuestras vidas. Ya luego vemos de a cómo nos arreglamos. Dile adiós al trabajo que te consiguió tu papá; ve juntando lo del vato que nos va a cruzar, y lo demás es el sax, hermano. Sólo el sax.
Ismael : Hijo…
Germán : Un viaje para reencontrarse con el mundo. Sólo tenía que irme lejos. No podía seguir viviendo con mi padre porque en ese momento eso me abría el horizonte, veía más allá de estas cuatro paredes. Me largué de la horrible unidad habitacional que nos dio el Fovissste, y viajé, viajé lejos.
Ismael :… para qué nos hacemos pendejos.
Germán : Así que, al día siguiente de mi último pago, salí por la puerta y me llevé un saxofón lleno de polvo de hadas para el gabacho.
Ismael : Siempre supe que ibas a terminar mal.
Germán : Y dejé ese trabajo al que me encadenó mi padre durante tres años: capturista.
Autores
(Ciudad de México, 1989) es director y dramaturgo. Egresado del Diplomado para la Creación Literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (
inba ) y del Consultorio de dramaturgia del Centro de Artes de San Agustín Etla (
casa ), fue asistente general y coordinador en el Teatro el Milagro y coordinador y docente en el foro Cafebrería teatral Casa de la Sal, en Iztacalco, y en la Coordinación del Sistema de Teatros de la Ciudad de México. Es autor de
La Casa del Toro , obra finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2013;
El entierro de la libélula , ganadora del Segundo Premio Independiente de Joven Dramaturgia 2014; entre otras. Actualmente trabaja en Carretera 45 Teatro A.C.
(Fragmentos de entrevistas de historia oral
bajo la custodia del archivo de la palabra
del instituto de investigaciones
Dr. José María Luis Mora)
Recopilación y selección: Eva Salgado Andrade
De excelente carácter, afectuoso con sus
subordinados a quienes quería y trataba
con consideración, lo mismo que a los
campesinos, por lo que era sumamente
querido por sus soldados y casi venerado
por los pueblos de las regiones en donde
operaba, al grado que se decía: “que en el
sur, hasta las piedras eran zapatistas”.
Emiliano Zapata , Octavio Paz Solórzano
En el sur, hasta las piedras eran zapatistas *
* Tomado de Octavio Paz Solórzano, Tres revolucionarios,
tres testimonios. Tomo II. Zapata , México, eosa , 1986.
En el año de 1911, después de la firma de los Tratados de Ciudad Juárez, las tropas revolucionarias aceptaron el licenciamiento y depusieron las armas. Sin embargo, en el sur del país, un grupo de hombres, al no ver satisfechas las demandas que los habían llevado a la lucha, decidieron continuarla. Merced a su “justificada terquedad” —como la bautizaría Jesús Silva Herzog—, Zapata y los zapatistas se convirtieron en un constante dolor de cabeza para los sucesivos gobiernos. Enarbolando el Plan de Ayala, bajo el lema de “Libertad, Justicia y Ley”, y exigiendo que se les dotara de la tierra que les fuera prometida, la lucha de los campesinos zapatistas no claudicó.
Con trozos de testimonios del Archivo de la Palabra del Instituto Mora buscamos revivir los recuerdos de quienes conocieron o convivieron con Zapata, y compartieron con él ese amor por la tierra y la libertad. Los juicios, experiencias y recuerdos no deben ser juzgados por la exactitud o inexactitud histórica en ellos visible, sino como la expresión espontánea, ingenua a veces, de quienes fueron testigos —con los ojos o con el corazón— de “la raíz y la razón” de Zapata.
—Platíquenos de su primer encuentro con Zapata .
—Es demasiado humano para que usted lo —dijéramos— justifique, y es demasiado importante, porque Zapata y el zapatismo no es el mito que nos sirven en los periódicos, ¿verdad?
… En primer lugar, un día me dijo Everardo González: “Vamos a Atizapán”, y ái vamos hasta Atizapán, y en una casa de Atizapán, que llamaban cuartel general, estaba en un corredor Zapata y otros señores en un…, sentados en cajones, y otro cajón sirviendo de mesa y unas cuantas botellas de aguardiente de caña, jugando baraja. Cuando entró Everardo y enfiló por el corredor, le dijo: “¡Emiliano!” “Qué hubo, Everardo, ¿qué te trae?” “Te vengo a ver.” Llegó y lo saludó, y me dijo Everardo: “Espérame aquí tantito”. Se fueron a otro rincón y hablaron, y no supe lo que habían hablado. Lo que sí supe era cómo estaba Zapata: un hombre de ojos dulces, bigote más o menos grande, moreno aceitunado, vestido de charro… completo vestido de charro, con botonadura de plata. De cuerpo medio delgado, agradable, pero no dominante[1] .
—La primera vez que lo vio, ¿cómo iba vestido?
—Precisamente de camisa y blusa blanca, pantalón de charro, su botonadura de plata y su sombrero ancho.[2]
—Pues, no tuve ocasión más que de ver un indio respetuoso, como en general eran aquellos caballerangos; ya dentro de la graduación del campesino, el caballerango era un señor que conocía de caballos, los curaba, los atendía, recibía a las visitas, los ayudaba a montar, a otros los enseñaba, en fin. Era ya una categoría un tanto superior a la del campesino común y corriente, ¿verdad?, del que trabajaba la tierra. Hablaba muy poco, lo usual: “Cómo está el caballo”, etc.; nos decía: “Niños…”, en lugar de…, ya éramos hombrecitos, ¿verdad? “Niño, qué tal el caballo; la pata del lado derecho…” En fin, dándonos consejos de cómo debíamos tratar el caballo; muy sencillo, muy discreto.[3]
—¿Cómo era Zapata?
—No era ni muy chaparro, ni muy alto, de un cuerpo regular, con sus bigotes; tenía un lunar, no me acuerdo si en este ojo derecho o izquierdo, en el mero párpado del ojo; tenía un lunar. Y no era chino, era lacio, y era muy misterioso , yo no sé cómo le fueron a ganar ahora que lo mataron, si era rete hábil para eso.[4]
—Pues, era delgadito, ojo grande, bigotón, sí, sí, me tocó conocerlo (…) Pues, era buena persona con nosotros, era amable, sincero.[5]
—Nos trataba a gusto, era cariñoso, ¿verdad?, aunque cuando se enojaba era déspota, bueno, cariñoso; luego se le quitaba la muina y nos platicaba él.[6]
—Pues era un hombre muy fornido, alto. Por la buena era un buen cristiano, muy buen hombre, ¿verdad?, con todos. Era un hombre muy pasado por todo el mundo, muy decente.[7]
—Muy amable, muy amable, muy gente, muy respetuoso, le hablaba a usted con una sinceridad, con los que no tenía confianza se ponía más bien renuente, pero así hablando con usted, pues nosotros los muchachos, con los que tenía confianza, se ponía hasta a reírse y a jugar.[8]
“Pero Zapata no quedó conforme”
—Pero Zapata no quedó conforme. Ése no quiso dinero, no, dice: “Yo sigo peleando, yo quiero las tierras, porque ese compromiso lo tengo con los pobres, que tanto sufren”.[9]
—Zapata entendió el problema agrario, ¿verdad?, de acuerdo con los conceptos históricos.[10]
—Era el que (por ái han de ver la estatua, cuando pasen) quería que repartieran las haciendas de aquí del estado de Morelos, que eran de españoles o de mexicanos ricos.[11]
—Pues era un hombre… La historia de Zapata es buena, mucho muy buena, también. No puedo hablar mal de Zapata, porque Zapata fue el primero en la cuestión del reparto de tierras.[12]
—Según su biografía fue voluntario en tiempo… Pero allá en su infancia, según su plática que nos hizo a sus más amigos (…) nos narró que él cuando era joven su padre tenía terrenos de una hacienda y cultivaba para su sostén de la vida; pero cuando llegó el día en que el dueño de esa finca le recogió las tierras a su papá, él ya tenía, pues si no sobrada experiencia, pero se daba cuenta que comenzaba a ver la vida de sufrimiento y él mismo nos dijo que dijo al padre: “Si Dios no me quita la vida, yo tengo que vengar esto”. Ya su mente le avisaba las cosas.[13]
—¿Por qué hizo Zapata el Plan de Ayala?
—Porque era el compromiso que tenía con el pueblo, para que creyera en él, que él no iba a pelear por dinero, que iba a pelear para defender las tierras; que él quería las tierras de aquí de Morelos para su pueblo. Con eso iba a pelear, por eso fue a pelear él, para darle vida al pueblo, porque el pueblo no tenía, sufría, porque el hacendado, pues…, era pura caña, no los dejaban que sembraran milpa para comer maíz.[14]
—En 1913, antes de que mataran a Madero, nos llegó un Plan de Ayala, en una forma pues, incógnita, ¿verdad?, escondiditos. Entonces vimos y dijimos: “Aquí está nuestra salvación”. Y ya nos empezamos a platicar entre los muchachos y nos juntamos 26 y nos fuimos a presentar al señor general Melesio Cavanzo, que era zapatista (…) Por la cuestión de las tierras, ¿no?, porque nosotros no podíamos sembrar sin permiso del hacendado. Entonces dijimos: “Bueno, pues aquí está nuestra salvación”.[15]
—Pues, el pueblo sí lo quería, porque, porque… ¡Bueno!, ya Zapata no hacía cosas malas. Y los pueblos lo querían y allí lo protegían con maíz, con zacate para las bestias, y les daban de comer y todo eso, ¿verdad?[16]
—¿Cómo trataba Zapata a su gente?
—Con un corazón tan tierno, como todos se pueden imaginar, si ustedes han ido a Morelos y han visto una estatua que está por allá. Él está a caballo, un hombre humilde le está rindiendo informes de la situación vivida; el hombre está pues así, por respeto, sin sombrero, y él a caballo, está así inclinado a su oído a la petición del hombre.[17]
—Hablaba él con los generales, con los coroneles, a ellos los saludaba hasta de la mano y todo; pero (nosotros) así de pláticas así con él, no, ¿verdad? Éramos tropa, éramos soldados. Y, este, hasta eso, él no era orgulloso y nos trataba…, no como soldados, como un hijo, como un hermano, ¿verdad?[18]
—Pues mire, era un hombre muy amable con todos nosotros, lo que…, él les hablaba a toda la gente como si fueran sus hijos; de manera que usted se sentía halagado cuando él hablaba (…), si teníamos que ir a un ataque, íbamos felices, ninguno decía que: “Yo me quedo y que…” No, los jefes iban adelante, la mayor parte de los jefes iban adelante, la mayor parte, todos seguían a los jefes y nadie… como los carrancistas, que algunos se escondían… No, ahí todos, todos. Después de que él hablaba, todos se sentían halagados, toda la gente. Decía: “Hijos, tenemos que llegar a tal parte y vamos a hacerle la lucha, y tienen todo lo que ustedes necesitan; coman antes, si hay”. Y se sacaba él lo de él, pa’ regalarlo si no había. De manera es que se tenía muy buena opinión de él, ¿verdad?, porque le hablaba a usted con el corazón en la mano, y usted se sentía obligado a corresponderle.[19]
—Los zapatistas en campaña
—Mire usted, nosotros que pudimos ver de cerca el comportamiento de Zapata, personalmente Zapata jamás mató a nadie, en campaña el que le tocó le tocó; pero él, no supimos que matara a alguno ni robara, ni toleraba los robos.[20]
—La gente de Zapata era muy simpática, en general, todos nos recibían…, al principio nos veían con ojeriza, porque íbamos de trajecito, pero ya después por el calor de esas regiones, tuvimos que usar blusa blanca y pantalón de charro (…) Pues entendían (los zapatistas) que iban a ser mejores, porque se les iban a dotar de tierras, que por eso se peleaba, en Morelos, especialmente, que eran latifundios de ricos de la ciudad de México, que les habían quitado sus tierras para agrandar sus haciendas, se las iban a devolver. Con esta promesa todos estaban entusiasmados y eran de una obediencia ciega, lo que mandaba el general Zapata eso se hacía aunque expusieran su vida.[21]
—Emiliano, él era buena gente. Él ordenaba así, sus planes, las guerras las hacía ordenadas, él se metía muy valiente; había veces que también era confiado en: “Ya vienen, ya viene la gente, ya viene”, ¿no?, dice. Luego hasta los sitiaban y salían ya nomás para afuera y su caballo. Muy confiado que era, porque cuando la guerra, cuando el sitio de Cuautla, Cuautla era chiquito, no era grande, y fue el sitio con 400 hombres (…) con 400 hombres sitiaron Cuautla (…)[22]
—Pues la comida la hacían las señoras de los soldados compañeros, allí preparaban, por ejemplo, mandaba pedir una res o dos a los hacendados, se las daban y hacíamos como día de campo con mucho gusto, ¿verdad? Dice (Zapata): “Pues aliméntense bien, chaparros, porque quién sabe qué vaya a ser de nosotros dentro de días”. Y había señoras que, cuando estaba cerca de Morelos, siempre iban las señoras a visitarlos, le hacían de comer y todo, o es que lo invitaban a las fincas a comer.[23]
—Decían que era mal hombre, y don Emiliano no fue…, no era sinvergüenza, si siquiera, como dicen algunos… No, eso sí que no, porque ese hombre, por la buena, se quitaba sus trapos y se los daba a usté ; se quitaba la tortilla de la boca para dársela, aunque sea a uno de los soldados, con eso le digo todo. Cuan’taba en Jojutla, que la enfermedad taba rete juerte , de esa… gripa, o de eso que pegó, había harta gente de tierra fría, ¿verdad ?, y allí la tenía en los corralones y eso… Y toditos los días, pobre don Emiliano, a toditos tenía que darle pa’ que los asistieran. Bueno, algunos encueraditos. Ya traiba ropa y… del aquí, del cuartel general que tenía en Tlaltizapán, y ya llevaban ropa para vestir a algunas criaturas que estaban… Había algunos que iban a beber agua a, al estanque y allá quedaban, de la enfermedá que ’taba tan juerte . Y él, viendo por su gente y viendo por su gente y viendo por su gente. ¿Sería malo?[24]
“Era picardiento, mal hablado, rancherote de a tiro, ¡vaya!”
—Cuando yo llegué (a la estación de tren en Tlaltizapán), el general Zapata estaba parado en la puerta y ya tenía allí una música, puros músicos (…) Y cuando va llegando el tren lo viré para entrar con el coche para atrás. Cuando entré, paré merito allí, se subió el general Zapata, y me abrazó, era picardiento. Decía picardías. Zapata, sobre ese particular, así era grosero. Por otro lado, era buen hombre (…) Era mal hablado, rancherote
de a tiro, ¡vaya![25]
—Cuéntenos cuando iba usted a torear con Emiliano Zapata.
—Bueno, primero lo encontrábamos aquí, aquí en Yautepec, allí hacían los toros; allí en la estación no había casas ni nada, era una plazuela grande de la estación para acá; y ahí se hacían los toros y luego me llamaban: “¡Ahí viene la pachon a (risa), la vamos a hacer que monte, la vamos a hacer que monte!” “Que viene cansada.” “Ai se le quita el cansancio” (…) Ya llegaba yo: “Muy buenas tardes”. “Buenas tardes.” “¿Ya llegastes ?” “Ya.” “Ándele, ¿no quiere usté tomarse su cerveza?” “No, sabe usté que yo no tomo.” “Pues sus cincuenta pesotes para lo que quiera. ¡Ándele!” “No, no —le digo—, montaré pero sin interés de cincuenta pesos, porque si me mato, con los cincuenta pesos no voy a revivir” (risa). Y ái voy. “¡Mucho ojo con ella!”, decía él. Que me cuidaron; sí veían que me seguía el toro, que lo lazaron. Y ya me ponía las espuelas, y ái ando. Me cansaba yo, ya consideraba que estaba bueno, y: “Ahora sí ya, ya le di a usted gusto”.[26]
“Cuando le dijimos que lo iban a matar, pero él no lo quiso creer”
—Cuando Zapata cayó, pues yo andaba junto con él, con la escolta de él, éramos treinta generales ahí nada más; por cierto todos eran del estado de Morelos, sólo uno de allá de Guerrero, y uno de aquí de Morelos, y uno de Guerrero…, cuatro eran del estado de Puebla. Pues éstos eran los que estábamos ahí, cuando le dijimos que lo iban a matar, pero él no quiso creer (…) Apenas habíamos bajado del cerro, nos acabábamos de tomar ese traguito con Zapata —que nos regaló— cuando miró y dijo: “¿en dónde está el otro?” Pues, pasen a comer, ya está la comida, aquí dejan los caballos —dijo Zapata—. A ver, tú, ¡móntate, pícale para adentro a ver a Palacios! Y ahí va, y entonces lo agarraba el otro de las piernas, así… Se llevó a las fuerzas, levantó la cabeza y los vio allá arriba, se los traía así, Zapata. Pero luego vieron que iba a entrar, estaba con un clarín arriba, tomando el clarín, y se para toda esa fila de hombres, le tiran a la espalda, tenía seis balazos, aquí en el pecho, y el caballo lo tiró de la silla.[27]
“Zapata murió y no comprometió en nada”
—Zapata casi nunca quiso nada. Zapata murió pero no comprometió nada a su patria. Se murió pero… no comprometió para nada, ¿eh?, como otros que comprometen a su patria y a su nación. Cuando estábamos en Yautepec vino el general Serratos con tres americanos —porque el general Serratos conocía el idioma de los americanos—, y a ellos les presentaron a Zapata en Yautepec. Estábamos comiendo allí en la mesa, cuando llegaba el general con los americanos; le ofrecían armamento, artillería, nada más que dijera qué era lo que quería; caballada, lo que pidiera. Y Zapata dijo que no quería nada, que ya todo le sobraba. Si Zapata hubiera sido otro, entonces: “A ver, vengan tantos dólares o…”, pero no. Zapata murió y no comprometió en nada.[28]
“Yo los vi llorar al recordar a Zapata”
—Qué hubiera dado yo porque cuando hace 25 o 30 años que viajaba por Morelos hubiera habido grabadoras (…) para poder recoger el habla de esas gentes, su emoción; yo vi llorar a indios, a campesinos, a hombres de 60, 70 u 80 años, llorar al recordar a Emiliano Zapata. Una vez me iba a matar uno porque creyó que yo le iba a llevar noticias de Emiliano Zapata, me recibió en su casa, quería que le dijera si yo era mensajero de Emiliano Zapata para irle a decir que lo estaba llamando a la Revolución otra vez.[29]
Reprodujimos el fragmento anterior del libro Emiliano Zapata de Octavio Paz Solórzano con la autorización del Fondo de Cultura Económica
[1] Entrevista con Luis Vargas Rea, realizada por Eugenia Meyer, y Beatriz Arroyo, el 29 de agosto, 4, 17 y 30 de septiembre de 1975, en la ciudad de México, Archivo de la Palabra del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, PHO/1/164, pp. 30-3l.
[2] Entrevista con Juan Olivera López, realizada por Eugenia Meyer, el 25 de noviembre y 5 de diciembre de 1972, en la ciudad de México, ibidem , PHO/1/28, p. 36.
[3] Entrevista con Víctor Velázquez, realizada por Eugenia Meyer, el 6, 10, 14 y 25 de febrero y 7 de marzo de 1975, en la ciudad de México, ibidem , PHO/1/144, p. 56.
[4] Entrevista con María de la Luz Barrera, realizada por Rosalind Beimler, ibidem , PHO/1/206.
[5] Entrevista con Gregorio Campillo Arvizu, realizada por María Alba Pastor, el 19 de julio de 1973, en Chihuahua, Chihuahua, ibidem , PHO/1/67, p. 4.
[6] Entrevista con Jesús Chávez, realizada por María Alba Pastor, el 31 de agosto de 1973, en Cuautla, Morelos, ibidem , PHO/l/99, p. 26.
[7] Entrevista con Federico González Jiménez, realizada por Alexis Arroyo, en marzo de 1961 en la ciudad de México, ibidem , PHO/1/ 137, p. 16.
[8] Entrevista con Ramón Caballero, realizada por Laura Espejel, el 25 de abril de 1973, en San Luis Puebla, ibidem , PHO/1/51.
[9] Entrevista con Jesús Chávez, op. cit. , PHO/1/99, p. 24.
[10] Entrevista con Luis Vargas Rea, op. cit. , PHO/1/164, p. 31.
[11] Entrevista con Pedro Caloca, realizada por María Isabel Souza, el 23 de enero de 1973, en la ciudad de México, ibidem , PHO/1/36, p. 6.
[12] Entrevista con José Baray Morales, realizada por Ximena Sepúlveda, el 27 de junio de 1974, en Bachíniva, Chihuahua, ibidem , PHO/1/148, p. 37.
[13] Entrevista con Máximo Flores, realizada por María Alba Pastor, en San Martín Texmelucan, Puebla, el 14 de junio de 1974, ibidem , PHO/1/140, p. 35.
[14] Entrevista con Jesús Chávez, op. cit. , PHO/l/99, p. 36.
[15] Entrevista con Tiburcio Cuéllar, realizada por Eugenia Meyer, el 8 de marzo de 1973, en la ciudad de México, ibidem , PHO/1/45, pp. 9-10.
[16] Entrevista con María Chávez, realizada por Rosalind Beimler, ibidem , PHO /1/201, p. 6.
[17] Entrevista con Máximo Flores, op. cit. , PHO/1/140, p. 36.
[18] Entrevista con Víctor González, realizada por Rosalind Beimler, ibidem , PHO/1/202.
[19] Entrevista con Severiano Chávez Herrera, realizada por Jaime Alexis Arroyo, en mayo de 1961, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/134, p. 25.
[20] Entrevista con Juan Olivera López, op. cit., PHO/ 1/99, p. 32.
[21] Ibidem, p. 28.
[22] Entrevista con Consuelo Bravo, realizada por Rosalind Beimler, el 13 de junio de 1985, en Cuautla, Morelos, ibidem, PHO/1/211, p. 20.
[23] Entrevista con Ramón Caballero, op. cit., PHO/1/51, p. 3.
[24] Entrevista con Emiliano Bustos, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/l/194, p. 4.
[25] Entrevista con Manuel Sosa Pavón, realizada por Eugenia Meyer, el 27 de marzo, 5 de abril, 9 y 17 de mayo de 1973, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/48, p. 123.
[26] Entrevista con María de la Luz Barrera, realizada por Rosalind Beimler, ibidem , PHO/1/206.
[27] Entrevista con Jesús Chávez, op. cit., PHO/1/99, pp. 28-34.
[28] Entrevista con Aurelio Sánchez, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/1/210.
[29] Entrevista con Jesús Sotelo Inclán, realizada por Alicia Olivera de Bonfi l y Eugenia Meyer, el 15 de enero de 1970, en la ciudad de México, ibidem, PHO/4/5, p. 20.
Autores
(México, 1883 - 1936) fue escritor, político y periodista. Estudió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia donde fue condiscípulo de Antonio Caso y José Vasconcelos. Representante de Emiliano Zapata en Estado Unidos y miembro fundador del Partido Nacional Agrarista en 1920, publicó varios artículos sobre la revolución zapatista en diarios y revistas de la época y escribió una Historia del periodismo en México.
Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Ilustración por Maro Eduardo Cano Domínguez
Este texto forma parte de la segunda parte del tercer capítulo de la tesis doctoral de Baruc Martínez Días, titulada “La chinampa en llamas: conflictos por el territorio y zapatismo en la región de Tláhuac (1894-1923)”.
“…ihcon tictlanizqueh neca huey tlanahuatille ipehualoni tlalle, libertad ihuan justicia (…así ganaremos ese gran mandato de los principios de tierra, libertad y justicia)”[1]
La historiografía zapatista ha oscilado entre dos vertientes interpretativas: por un lado, los que ligan al movimiento suriano como uno más de los eslabones (si bien de mayúscula importancia) en la lucha de resistencia secular de las comunidades indígenas por la defensa de su territorio y de su autonomía; por el otro, aquellos que lo caracterizan como un movimiento campesino, asentado en una región con una larga tradición histórica, pero mestizo a final de cuentas. La primera tradición hermenéutica fue fundada por Jesús Sotelo Inclán, y la inauguró John Womack Jr.[2] Sin embargo, en lo que unos y otros están de acuerdo es que el zapatismo, en general, y Emiliano Zapata, en particular, no tuvieron relación alguna con la lengua náhuatl, salvo en un esporádico episodio, que más que una constante fue una excepción: la emisión de dos manifiestos en náhuatl en 1918.
El punto de partida para negar la presencia del náhuatl en Zapata y el movimiento suriano se encuentra en una afirmación de Jesús Sotelo, según la cual cuando en 1909 Emiliano recibió los documentos antiguos de Anenecuilco de manos de los ancianos que entonces le entregaban el cargo, este se dio cuenta de que un mapa contenía glosas en náhuatl, así, queriendo saber el significado de su contenido, envió a Tetelcingo —pueblo bien conocido por su dominio del náhuatl— a Francisco Franco en busca de un traductor. Ahí, Franco tuvo dificultades para encontrar a alguien que le pudiera traducir el documento hasta que por fin el cura del pueblo, originario de Tepoztlán (otro pueblo con gran tradición del idioma), realizó la traducción.[3] Basado en este testimonio, y en una tesis de Elizabeth Holt acerca de Morelos según los censos porfiristas, Womack afirmó que Zapata no conocía en lo más mínimo el idioma y que sólo el 9.29 % de los habitantes del estado hablaban en náhuatl en 1910.[4]
Ahora bien, frente a estas circunstancias, es necesario realizar algunas consideraciones. El que Zapata no haya comprendido el contenido de un viejo mapa colonial, de ninguna manera significa, en automático, su desconocimiento del náhuatl. Todo hablante nativo de un idioma no necesariamente puede comprender sus expresiones pretéritas; más cuando se trata de una lengua indígena sometida a un dominio colonial en donde las variantes dialectales se hacen más grandes y complejas, impidiendo la comprensión no sólo de textos antiguos sino aun de los contemporáneos (como de hecho sucede con el náhuatl hoy en día). Hay que decir que hablar una lengua no significa de ningún modo poseer la capacidad de traducirla; son dos aspectos muy distintos que corresponden a ámbitos diferentes: se aprende a hablar el idioma nativo en la cotidianidad, mientras que traducir requiere estudio y práctica. En esta tesitura, incluso si Zapata hubiera hablado en náhuatl, nada lo hubiera podido haber hecho apto para la traducción de aquellas glosas novohispanas. En Tetelcingo, donde la abrumadora mayoría sabía hablar náhuatl, Franco tuvo problemas para localizar un traductor; el único que pudo realizar tal labor fue el cura, quien además de saber el idioma poseía estudios sacerdotales, los cuales por aquellos años contemplaban la revisión de las viejas gramáticas nahuas coloniales.
Tomando en cuenta estas observaciones, me parecen infundadas las interpretaciones de Sotelo y Womack. En este sentido también lo son las que ha realizado Samuel Brunk, un historiador actual del zapatismo. Según este autor, el movimiento suriano sí incorporó a un buen número de nahuatlahtos , pero provenientes de las tierras altas morelenses, del Estado de México, del Distrito Federal y de Tlaxcala, por lo cual concluyó que Womack tenía razón en referencia a los valles centrales de Morelos; el núcleo inicial de la revuelta.[5]
Frente a estas circunstancias, es necesario repensar la relación entre el náhuatl y el zapatismo a la luz de otras fuentes históricas, así como bajo la lupa de nuevas perspectivas hermenéuticas. Antonio Peñafiel, por ejemplo, editó un libro en 1897 que contenía 19 vocabularios nahuas del estado de Morelos.[6] Esto no quiere decir de ninguna manera que solo en esos pueblos se conociera el náhuatl, sino que únicamente en ellos se pudo recoger la información. Asimismo, es necesario hacer notar que uno de éstos provino de la población y cabecera municipal de Villa de Ayala, vecina de Anenecuilco. Tomando en cuenta estas consideraciones, es factible señalar que la información proporcionada por Peñafiel permite afirmar que de los seis distritos en los que se dividía el territorio morelense, en todos se hablaba náhuatl; por lo menos en algunos de sus pueblos.[7]
El censo de 1940, el más idóneo para estudiar estas cuestiones debido a la metodología que se siguió, fue más lejos, señalando que en todos los municipios de Morelos había nahuatlahtos ; en algunos representaban a la mayoría de los pobladores, mientras que en el resto se reducían a unos cuantos hablantes. Es decir que en la mayoría del territorio morelense el náhuatl no era una lengua desconocida.
Por otra parte, es necesario hacer referencia a las investigaciones que Fernando Horcasitas y Yolanda Lastra llevaron a cabo en la década de 1970. En tres de sus estudios, en específico, se refirieron a algunas zonas zapatistas: Morelos, el oriente del Estado de México y el Distrito Federal. Para el caso de Morelos (1979) registraron que de los 66 pueblos visitados en 34 de ellos localizaron la presencia nahua; en algunas comunidades, las menos, con alta concentración de hablantes, otras intermedias y, finalmente, un buen número con sólo algunos ancianos conocedores.[8] En la región de los volcanes (1976), donde operó la división Everardo González, visitaron 25 poblaciones, de las cuales 12 tenían nahuatlahtos ; si bien en menor medida en comparación con el caso morelense.[9] Finalmente en el Distrito Federal (1974), tomando en cuenta el territorio que va de Cuajimalpa a Acahualtepec y de Coyoacán a Tlacoyucan (la zona zapatista), se localizaron nahuahablantes en 44 de los 55 sitios investigados; de igual forma, mientras que en pocos pueblos (sobre todo de Milpa Alta) había muchos que dominaban el náhuatl, en la mayoría sólo quedaban algunos viejos.[10]
Si se analizan con detenimiento los resultados de estos autores, puede vislumbrarse otro panorama del náhuatl durante el Porfiriato y a inicios de la Revolución. Haciendo un análisis retrospectivo, aquellos pocos ancianos que lo hablaban en la década de 1970 eran niños a principios del siglo XX, y no sólo los que vivían en aquella época sino también la mayoría de sus contemporáneos que para entonces ya habían fallecido. Así, un paisaje moribundo del náhuatl en los setenta, se convierte en uno con gran vitalidad respecto a la lengua. Aún más, si se piensa que durante el Porfiriato todavía estaban vivos los padres, abuelos o incluso bisabuelos de estos ancianos, la situación se torna muy diferente: un gran porcentaje de estas tres zonas zapatistas se expresaban en macehualcopa , es decir, en idioma náhuatl.
. En 1902, un funcionario mormón señaló lo siguiente para la región de los volcanes: “Estos poblados están alrededor de Ozumba y lo que los hace más interesantes para nosotros que cualquier otra cosa es que todos son poblados indios… Ya que corre muy poca sangre blanca entre ellos, con excepción de aquí en Ozumba. En los otros pueblos usualmente hablan mexicano (náhuatl) en vez de español, aunque pueden entender y hablar ambos.”[11] Acerca de esta misma zona, Luz Jiménez refirió: “Noihqui chalca otlatoaya macehualcopa. Amaqueñoz noihqui tlatoaya macehualcopa quename tehuan titlatoa [También los chalcas hablaban en náhuatl. Los de Amecameca, asimismo, lo hablaban como nosotros lo hacemos].”[12]
A la luz de estas consideraciones es menester incluso estudiar con mayor detenimiento el caso particular del general Zapata y su cercanía con el náhuatl. Es bien sabido que hasta nuestros días a Emiliano se le ha considerado como un campesino mestizo monolingüe de español. El propio Jesús Sotelo era de esa idea: “Los pueblos campesinos no son de indígenas siempre, sino de mestizos. Emiliano Zapata tampoco era indígena. Los retratos hechos por Diego Rivera de Emiliano Zapata como indio, son valores estéticos, pero nos son valores efectivos porque no era indio Zapata, Zapata era un mestizo.”[13] Quizás esta imagen del mestizo se reforzó aún más por las fotografías del general suriano durante la Revolución, en donde en la mayoría, aparece vestido de charro.
Hay ciertos indicios que permiten saber que Emiliano utilizaba la ropa tradicional indígena —camisa y calzón de manta, sombrero de palma y huaraches— cuando se dedicaba a sus labores agrícolas pero cuando tenía que atender algún asunto importante, o por lo regular los domingos, le gustaba utilizar el traje de charro.[14] Ahora bien, la cuestión de la vestimenta me parece un hecho menor, pues es bien sabido que los pueblos mesoamericanos a través de los siglos fueron adoptando aquellos elementos externos que les permitieron su reproducción como entidades colectivas; entre éstos el gusto por la charrería y los toros.[15]
El caso es que existen por lo menos tres testimonios que refieren a Zapata como un nahuatlahto . Luz Jiménez, nahua de Milpa Alta, señala que cuando las fuerzas surianas entraron a su pueblo por primera vez, el general en jefe se dirigió a su coterráneos en náhuatl para invitarlos a que se incorporaran a su ejército:
[…] tlatihuani Zapata Morelos. Ihuan omixmatia ican cuali itzotzoma ocualicaya. Oquipiaya ce calacecahuili patlactic, polainas ihuan […] Itlacahuan oquipiaya intzotzoma nochi iztac: icoton iztac, icalzon iztac ihuan tecahtin. Inimequez tlaca nochtin otlatoaya macehualcopa […] Noihqui tlatihuani Zapata omotlatoltiaya in macehualatoli. […] Tlatihuani Zapata quimecanaya itlacahuan. Ocalaquia quinonotzaya nochtlacatl Momochco. “¡Notlac ximomanaca! Nehuatl onacoc; oncuan on ica tepoztli ihuan nochantlaca niquinhuicatz. Ipampa in Totatzin Díaz aihmo ticnequi yehuatl techixotiz. Ticnequi occe altepetl achi cuali. Ihuan totlac ximomanaca ipampa amo nechpactia tlen tetlaxtlahuia tlatquihua. Amo conehui ica tlacualo ica netzotzomatiloz. Noihqui nicnequi nochtlacatl quipiaz itlal: oncuan on quitocaz ihuan quipixcaz tlaoli, yetzintli ihuan occequi xinachtli. ¿Tlen nanquitoa? ¿Namehuan totlac namomanazque?
[…] El señor Zapata de Morelos. Y se conocía por la buena ropa que traía. Tenía un sombrero ancho, polainas y […] sus hombres portaban toda la ropa blanca: su camisa blanca, su calzón blanco y huaraches. Todos estos hombres hablaban en náhuatl […] También el señor Zapata hablaba el idioma náhuatl […] El señor Zapata encabezaba a sus hombres. Entraba para hablarle a toda la gente de Milpa Alta: “¡Júntense conmigo! Yo me levanté, así pues, con armas y traigo a mis paisanos. Porque ya no queremos que nuestro padrecito Díaz nos cuide. Queremos un pueblo mejor. Y únanse a nosotros porque no me gusta lo que pagan los ricos. No alcanza para comer ni para vestir. También quiero que toda la gente tenga su tierra: para que siembre y coseche maíz, frijol y otras semillas. ¿Qué dicen? ¿Ustedes se unirán a nosotros?”.[16]
En esta misma tesitura, en 1979 Isabel Bueno, nahua de San José de los Laureles, municipio de Tlayacapan, afirmó que cuando las tropas zapatistas entraron a su pueblo en 1912, el general Zapata se dirigió a los vecinos utilizando la lengua náhuatl; idioma con el cual se entendieron.[17] En la región lacustre del sur de la Cuenca de México, quedó también el recuerdo de la expresión nahua del general en jefe del Ejército Libertador. El 21 de julio de 1914, los zapatistas en un notable avance hacia la capital del país ocuparon la plaza de San Francisco Tlaltenco; ahí repartieron grados, invitaron a que más pobladores se sumaran a la lucha y se quedaron a comer. Juana Orihuela Reynoso, una de las encargadas de atender a la tropa, se dirigió a Emiliano en náhuatl para invitarlo a comer, y él le respondió en el mismo idioma que primero atendiera a sus hombres y solo tomó un huevo de gallina crudo y se lo comió.[18]
Ahora bien, después de que ya había realizado mi investigación respecto al tema aquí tratado, conocí el trabajo de Magnus Pharao Hansen, un lingüista danés, quien basado en algunas fuentes similares a las que utilicé y en otras diferentes, pero sobre todo aplicando los métodos de la etnolingüística y la lingüística histórica, llegó a conclusiones parecidas a las que aquí he expuesto; incluso fue más lejos al demostrar que la población nahuahablante de Morelos hacia 1910 era considerable. Al corregir la mala lectura que hizo Elizabeth Holt de los censos porfiristas, mostró que ese 9.29 % hacía referencia sólo a los nahuas monolingües morelenses, sin embargo, una aproximación más apegada a la realidad, bajo una mirada muy modesta, daba como resultado casi el 30 %. Es decir, que para 1910 en Morelos, cuya población total era de 180,000, alrededor de 50,000 personas hablaban náhuatl. Y esto si nos quedamos sólo con una moderada proyección porque como afirma Hansen, es muy probable que los nahuatlahtos fueran todavía más, si se consideran factores como la negación del conocimiento del idioma debido a la estigmatización que las lenguas indígenas sufrían por aquellos años.[19] Sin embargo, lo que está claro es que el náhuatl era una lengua muy extendida en el campo morelense en vísperas de la Revolución. Si Hansen y yo apuntamos hacia conclusiones similares, trabajando de manera diferente y por separado, como él mismo lo dijo: “quizás no estamos tan equivocados.”
Frente a los datos aquí presentados, pienso que es posible aseverar que el náhuatl tuvo una estrecha relación con el movimiento zapatista, en general, y con Emiliano Zapata, en particular. Es decir, a pesar de lo que regularmente han pensado los zapatólogos, la presencia nahua fue muy importante dentro de las filas del Ejército Libertador del Sur y si aceptamos que toda lengua lleva consigo intrínsecamente una cultura, creo que el estudio del zapatismo tiene que privilegiar los aspectos nahuas que se hallaban presentes en los guerrilleros zapatistas y en los pueblos que fueron su principal soporte. No trato de sobredimensionar el idioma náhuatl en el zapatismo; todos los que por aquellos años lo hablaban eran bilingües, por lo tanto, frente a otros de sus compañeros monolingües de español, se comunicaban en esta última lengua. Lo que sí quiero dejar bien claro es que el idioma y la cultura nahuas no fueron ajenas ni extrañas al movimiento suriano y esto, es decir, la presencia náhuatl, debe generar una nueva mirada del zapatismo; más cercana a la civilización mesoamericana que a la multipretendida “identidad mestiza”. Esto último no es nada baladí, sobre todo si se tiene en cuenta que un clásico investigador del zapatismo, como John Womack, ha vuelto a insistir recientemente en que la presencia indígena no tuvo relevancia al interior de las filas surianas.[20] Nada más lejos de la realidad, pienso, si se toman en cuenta las observaciones que aquí he hecho.
Concluyo con unas líneas sacadas del segundo manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata:
Man titlatehuicah ihuan ahmo timocehuicah ihuan tohuaxca yez in tlalticpactli, tehuaxca oyeya tocolhuantzitzihuah, ihuan mahtexoxopilmeh techquixtilihqueh itencopa nin tonameyo de necateh opahpanohqueh tlahtlanahuatiani […] man titlatehuicah ihuan tiquintlanizqueh ahquihqueh yancuic mahcoquizqueh de quinpalehuizqueh non tetlalquihquixtilihqueh, de non mohueytominchihuah ican tequitl den toampoah ihuan de nonqueh hacienda-teca-mocayahqueh; yehua non totequimahuizzoh, tla ticnequih techtocayotizqueh de oquichtli cualli innemiliz, ihuan huel nelli cualli altepechanehqueh.
Que luchemos y que no descansemos y nuestra será la tierra, propiedad que fue de nuestros respetables abuelos, y que patas de manos de piedra nos han robado por las claras órdenes de aquellos gobernantes que han pasado y pasado […] que luchemos y venceremos a aquellos que de nueva cuenta se han encumbrado para ayudar a esos despojadores de tierras, a esos que hacen mucho dinero con el trabajo de nuestros semejantes, y a esos embusteros hacendados; ésa es nuestra honrosa labor, si queremos que nos llamen hombres de digna forma de vida, y muy buenos y verdaderos habitantes de los pueblos.
Repensar la relación que existió entre el idioma náhuatl y el movimiento zapatista no es algo ocioso sino trascendental para los futuros estudios históricos acerca de la revolución suriana. Implica darse cuenta que una comprensión más cabal de este proceso histórico tiene necesariamente que incorporar elementos antropológicos para profundizar en el entramado cultural de aquellos pueblos que le dieron fuerza y sustento al Ejército Libertador del Sur. Algo se ha avanzado al respecto pero queda todavía mucho por hacer.
[1] Frase tomada del primer manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata. La traducción es mía. El texto lo tomé de Miguel León Portilla, Los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata , México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1978, 112 p., p 61.
[2] Estos polos interpretativos continúan vigentes hasta nuestros días. La visión de Womack sigue presente en los trabajos de Felipe Ávila, quien ha afirmado que el zapatismo es un movimiento mestizo, con cierta presencia indígena, pero al final mestizo, por lo cual no puede ser interpretado como expresión indígena de la Revolución. Por el otro lado se encuentra Francisco Pineda, quien en todos sus trabajos ha tratado de mostrar, desde la larga duración, cómo la civilización mesoamericana se encuentra muy presente al interior de las filas surianas, y en específico su variante náhuatl. Como ejemplos véanse Felipe Arturo Ávila Espinosa, “Los indígenas en la Revolución”, en Miguel León Portilla y Alicia Mayer (coord.), Los indígenas en la Independencia y en la Revolución mexicana , México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Fideicomiso Teixidor, 2010, 475-495 p. Francisco Pineda Gómez, “To tlaticpac nantzi mihtoa Patria. Retórica nahua en la revolución del sur”, en Gerardo Ramírez Vidal (ed.), Conceptos y objetos de la retórica ayer y hoy , México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 2008, 149-164 p.
[3] Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata , 2ª. Edición, México, Comisión Federal de Electricidad, 1970, 588 p., p. 498.
[4] John Womack Jr., Zapata y la Revolución mexicana , Francisco González Arámburu (tr.), México, Siglo XXI Editores, 1969, 443 p., p. 69, nota 9.
[5] Samuel Brunk, Zapata: Revolution and Betrayal in Mexico , Albuquerque, University of New Mexico Press, 1995, 360 p., p. 249, nota 22. Brunk también recomendó consultar el libro de Judith Friedlander, sobre Hueyapan, para conocer “una fuerte argumentación en contra de cualquier supervivencia significativa de la cultura india, incluso en las zonas de tierras altas”. Éste no es el mejor momento para realizar una crítica a la investigación de Friedlander, sin embargo, sólo diré que su interpretación de lo indígena está rebasada en la actualidad por el purismo que le aplica al término indígena (sólo lo que es prehispánico) y por otorgarle un papel pasivo en la historia a los hueyapeños (ellos se autodefinen como indígenas sólo porque el Estado mexicano así lo quiere).
[6] De hecho fueron 20, sin embargo, de Tepoztlán se registraron dos, por ello sólo señalo 19 como muestra de que el náhuatl se hablaba en sendos pueblos morelenses.
[7] Antonio Peñafiel, Vocabulario gramático de la lengua náhuatl o azteca , México, Colección formada por el doctor Antonio Peñafiel, sin editorial, 1897, 504 p., pp. 337-436.
[8] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el estado de Morelos”, en Anales de Antropología , México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XVII, 1980, 233-298 p., pp. 238-240.
[9] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el oriente del Estado de México”, en Anales de Antropología , México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XIV, 1977, 165-226 p., pp. 184-186.
[10] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el Distrito Federal, México”, en Anales de Antropología , México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XIII, 1976, 103-136 p., p. 109.
[11] Journal History , 30 de junio de 1902, p. 3, citado en Moroni Spencer Hernández de Olarte, “„Ya llegaron los de Tierra Fría‟ Los colores del zapatismo en la Región de los Volcanes, Estado de México”, Tesis de maestría en Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, México, 2013, 138 p., p. 21.
[12] Luz Jiménez, De Porfirio Díaz a Zapata. Memoria náhuatl de Milpa Alta , Fernando Horcasitas (ed.), Miguel León Portilla (presentación), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1968, 154 p., p. 68. Traducción al español mía.
[13] Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, Jesús Sotelo Inclán y sus conceptos sobre el movimiento zapatista (entrevista) , México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1970, 30 p., p. 15.
[14] Existe por lo menos una fotografía donde Zapata aparece vestido a la usanza macehualtic (indígena), véase Laura Espejel y Salvador Rueda, “El Plan de Ayala y la autonomía zapatista”, en Así fue la Revolución Mexicana , 5 vol., México, Comisión Nacional de Fomento Educativo, 1985, vol. 3, 347-358 p., p. 353. Para un testimonio de una persona cercana a Zapata antes de la Revolución: Herlinda Barrientos Velasco, “El compadre don Emiliano”, en Con Zapata y Villa. Tres relatos testimoniales , México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1991, 9-29 p., p. 21.
[15] Víctor Hugo Sánchez Reséndiz, De rebeldes fe. Identidad y formación de la conciencia zapatista , Francisco Pineda (pról.), 2ª. Edición, México, Instituto de Cultura de Morelos, Editorial La Rana del Sur, 2006, 362 p., pp. 120-131.
[16] Luz Jiménez, op. cit. , p. 104. La traducción al español es mía.
[17] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el estado de Morelos…”, pp. 237, 242 y 247. A pesar de que dos de los tres testimonios que refieren que Zapata hablaba en náhuatl fueron recogidos por Horcasitas, no es posible imputarle al autor un afán por ligar este idioma con el movimiento zapatista, ya que él mismo reconoció que desde 1955 fue a Anenecuilco en busca de nahuatlahtos pero para ese año ya nadie conocía el náhuatl.
[18] Entrevista a Héctor Mendoza Rosas realizada por Baruc Martínez Díaz el 2 de noviembre de 2011 en el cerro Tecuauhtzin del pueblo de San Francisco Tlaltenco. Juana Orihuela fue bisabuela de Mendoza y a él le comentó los sucesos que he referido.
[19] El trabajo de Hansen es aún inédito pero está próximo a publicarse. Agradezco al autor el haberme facilitado una copia de él. Magnus Pharao Hansen, “Words in Revolution: How the Nahuas became a minority in the state of Morelos and were erased from the Historiography of the Mexican Revolution” (en prensa).
[20] John Womack Jr., “Prólogo. Historias por estudiar sobre la Revolución del Sur (1911-1920): lo que aún no sabemos, lo que valdría la pena saber”, en John Womack Jr., Zapata y la Revolución mexicana , México, Fondo de Cultura Económica, 2017, 15-44 p. Quiero aclarar que ésta es una versión corregida de la primera edición del texto, aparecida originalmente en 1969, en donde además el autor le agregó un largo prólogo. En éste, Womack pretende esquivar la ideología mestiza apoyándose en la presencia afrodescendiente de Morelos y Guerrero. Para él el zapatismo sólo se pudo volver un movimiento revolucionario de alcances nacionales gracias al aporte de un “espíritu” negro, creado por los descendientes de los antiguos esclavos de las plantaciones de caña de azúcar. Sin este componente, el zapatismo no hubiera pasado de una más de las revueltas indígenas localistas o a lo más regionales. Aunque yo no niego la presencia africana en muchas comunidades zapatistas, sólo adelanto que a mí me da la impresión que los afrodescendientes libertos se asimilaron a los pueblos indios y se adaptaron al marco cultural de la civilización mesoamericana, quizás haciendo algunos aportes, pero, a la postre, incorporándose al universo cultural del que provenían las poblaciones en donde se asentaron o, incluso, adoptando éste en los nuevos asentamientos que ellos crearon. Este punto, desde luego, merece un lugar propio de discusión, por ello aquí sólo anticipo algunas ideas.
Autores
Es un chinampero originario de San Pedro Tláhuac. Licenciado y maestro en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente se encuentra realizando su doctorado en la misma institución con el proyecto titulado: “La chinampa en llamas: conflictos por el territorio y zapatismo en la región de Tláhuac (1894-1923)”. Ha sido profesor de lengua y cultura náhuatl en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y en el Instituto de Educación Media Superior de la Ciudad de México. Algunos de sus trabajos publicados son: La alegría de la muerte y el dolor de la vida. Día de Muertos en San Pedro Tláhuac. La iglesia de Tláhuac y el proceso de evangelización en las comunidades indígenas. “Entre canales y ahuejotes: las chinampas de Tláhuac” en el libro coordinado por Jorge Legorreta, Chinampas de la Ciudad de México. “Revolución en el lago: el zapatismo en los pueblos lacustres del sur de la Cuenca de México”. “El Charro Negro: señor del rayo en la región de Tláhuac”. Y las traducciones al náhuatl de las obras de teatro para niños de William Fuentes: Una varita mágica (Ce mahuiztlacotzin) y Las piedritas de Chicomexochitl (Chicomexochitl itetzin).
Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México
Folk Arts and Crafts Exhibit, Sichuan University Museum, Chengdu, Sichuan.
En la infancia habitaba una casa.
Una casa puede ser un cubo blanco. Así como sucede en las exposiciones de arte en cubos blancos, una casa es también un espacio delimitado azarosamente. El contexto delimita la función del espacio.
Un cubo y una casa pueden ser cualquier otra cosa.
En la infancia habitábamos una casa.
Recuerdo particularmente a Soledad, la cotorra.
En la infancia mi abuelo acostumbraba a cantar. Enseñó a Cholita a cantar. Cantaban juntos: yo soy / el come moco / que sí / que no / el come moco / yo soy / el matalacachimba / que sí / que no / el matalacachimba . Por otro lado, también hablaban. “No te comas tu moco”, decían.
Con el tiempo Soledad murió. Mi abuelo también, pero vivió más tiempo que el ave.
Compartieron algo, aunque no la muerte.
Compartían y se comunicaban con una comunicación en la que decían que no decían nada.
Eran, en todo caso, transparentes.
Ella detrás de las rejas de la jaula y él detrás de las paredes de un cubo lograron encerrar el significado vacío de su significado.
Ellos eran el momento en el que el cubo se decía a sí mismo.
Prolongándose a través de los oídos del cubo.
Poseían otro lenguaje —similar al pajarístico — pero los escuchaba en español: mi propio muro opaco, una constelación con forma de cornamenta repleta de terminaciones opacas. No como el pajarístico , que carece de terminaciones, de datos y de formas.
***
Hacia dentro
poner en camino
crear un verbo.
A partir de ahora la tarea puede entenderse como la caza de un salmón.
Alguien allá afuera se confunde y arponea las olas.
Mientras tanto, en la cabina el relator del viaje se dedica a transcribir los bramidos de los peces:
fig. 1.1 (o del salto del salmón). El ritual que precede a los tosidos entraña las fases de toda ejecución. Aspirar cuantiosas dosis de aire, llevarse el puño frente a la boca, encorvar el torso y angustiar la mirada, en suma, construir el aparato metodológico para las dos o tres repeticiones del chasquido torácico. Como una voz comprimida o un grito doblado sobre sí, las pelusas disparadas denuncian las críticas que pretenden descalificar a la tos como acto retórico.
La irrupción, por otro lado, de los espasmos sofocantes de la tos no establece sino un llamado de atención al habla. Golpear la mesa donde se construía una torre de naipes. Usar el espacio del paréntesis para introducir un signo de interrogación o de exclamación. Pensemos en el salmón. Nada. Salta. Nada. Salta. Algo de él atraviesa la corriente hasta llegar a un punto final que, a la postre, resulta ser un punto medio en la trayectoria del agua. Salta. Algo del salmón no ha logrado atravesar la corriente y se ha vuelto, en ese instante, un punto medio de su propio cuerpo.
El pez eligió saltar en este instante, ¿pero habrá sido un buen momento?
(Cuatro años vagando por el océano más grande del mundo, tiburones, corrientes. Y aún queda un obstáculo más. Una de las más grandes concentraciones de osos pardos del planeta.)
No es que el salmón salga del agua para preguntar o vociferar, pero la cercanía entre la preparación del tosido y el salto apunta finalmente a la sospecha de que no es el salmón sino el mar el que se ahoga:
el salmón del pacífico tiene
(En esta parte debemos recordar a la famosa comunidad australiana y su imposibilidad para abstraer recorridos en un mapa. Les dice el foráneo mientras dibuja sobre su palma:
—Entonces tú caminas de este árbol al otro, luego doblas a la izquierda.
—No —responde la muchacha, saliéndose del mundo de la mano sin haber entrado siquiera— yo sigo andando y cuando llegue a ese árbol de allá —señalando realmente al árbol— entonces daré vuelta.)
aterido
el salmón emite un sonido.
Autores
(CDMX, 1992). Es autor de
Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y
Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como
Letras Libres ,
Oculta Lit ,
Dolce Stil Criollo ,
Digo.palabra.txt ,
Low-fi Ardentía ,
El Humo, Al-Araby ,
Angel City Review , entre otros. Forma parte del
Lhabloratorio Colectivo . Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.
(Michoacán, 1992). Sus investigaciones están centradas en sistemas alternos o experimentales de comunicación. Desde el 2017 forma parte del Lhabloratorio de Colectivo, proyecto de investigación artística que recrea ambientes donde comunidades distintas practican sistemas alternativos de habla y lectoescritura. Ha sido publicado en revistas como Tierra Adentro, Mula Blanca, Luvina, Pliego 16, entre otras. Fue becario de PECDA CDMX en el periodo 2017.
Emma es una novela cómica en la que Jane Austen advierte al lector de los peligros de malinterpretar el romance. Ha sido adaptada al cine en la cinta Clueless de 1995. Hoy Marie Fuentes nos trae la traducción del primer capítulo.
Capítulo 1
Emma Woodhouse, atractiva, astuta y rica, con un hogar cómodo y un buen humor casi permanente, parecía unir algunas de las mejores bendiciones en la existencia; y pasó casi 21 años en el mundo con muy pocas cosas que la angustiaran o la fastidiaran.
Tenía al padre más cariñoso e indulgente que alguien podría desear, Emma era la más joven de dos hijas y, debido al matrimonio de Isabella, Emma se había convertido en el ama de la casa desde una corta edad. Su madre había muerto hacía tanto tiempo que ella solo conservaba poco más que un recuerdo de su toque; en su lugar estuvo una mujer excelente que trabajaba como institutriz, y su cariño era muy parecido al de una madre.
La señorita Taylor estuvo 16 años en la familia del señor Woodhouse, más que una institutriz, era una amiga que se llevaba bien con ambas hijas, pero sobre todo con Emma. Entre ellas existía una intimidad de hermanas. Incluso antes de que la señorita Taylor insistiera en dejar de ocupar el título oficial de institutriz, su carácter suave le había impedido instaurar alguna restricción; y cuando la sombra de la autoridad se quedó en la distancia, ellas vivieron juntas como amigas que se estimaban mutuamente, y gracias a esto Emma hacía lo que quería: apreciaba el juicio de la señorita Taylor, pero estaba dirigida solamente por el suyo.
Los verdaderos males de la situación de Emma eran que podía hacer las cosas a su modo sin mucho cuestionamiento, y que solía creerse mucho más capaz de lo que en verdad era: estas eran las desventajas que amenazaban con alterar su tranquilidad y diversión. Sin embargo el peligro estaba presente de forma tan poco perceptible que Emma jamás habría pensado en esas habilidades como algo malo.
El dolor apareció —un dolor gentil—, pero no fue de pronto o en la forma desagradable en que tiende a presentarse. La señorita Taylor se casó. Su pérdida la llenó de aflicción. Durante la boda de su querida amiga, Emma se hundió por primera vez en pensamientos lastimosos sin ninguna continuidad ni coherencia. Cuando la celebración terminó y los invitados se marcharon, el padre de Emma y ella fueron dejados para cenar solos, sin posibilidad de alegrar su tarde con la compañía de alguien más. Su padre se retiró a dormir después de la cena, como siempre, y ella solo pudo quedarse sentada y pensar en todo lo que había perdido.
La boda cargaba consigo todas las promesas de felicidad que existían para su amiga. El señor Weston era un hombre de carácter excepcional, adinerado, de edad adecuada y de trato amable; y existía cierta satisfacción al considerar que, desde su lugar de amiga incondicional, Emma siempre había apoyado y alentado la unión; pero había sido un trabajo duro para ella. Extrañaría a la señorita Taylor todos los días a todas horas. Recordó su amabilidad —el cariño de 16 años— al enseñarle y al jugar con ella desde sus cinco años de edad —la manera en la que se dedicó a cuidarla y a pasar tiempo con ella— y todas las veces que había estado a su lado cuando caía enferma. Emma llevaba consigo una gran carga de recuerdos por los que estaba eternamente agradecida, pero en el transcurso de los últimos siete años formaban parte de una serie de memorias mucho más preciadas pues la igualdad de condiciones y la sinceridad pura que siguió a la boda de Isabella, cuando ambas fueron dejadas solo en la compañía de la otra, era de lo que más estaba agradecida y lo que más extrañaría. La señorita Taylor había sido una amiga y una compañera que muy pocos llegaban a tener en su vida: inteligente, culta, acomedida, gentil, alguien que conocía todas las costumbres de su familia, que se interesaba por todos sus asuntos y preocupaciones, y que particularmente se interesaba por ella, en cada goce, en cada uno de sus planes. Era alguien a quien podía contarle cada pensamiento al momento en que este nacía, y quien demostraba tener un cariño tan enorme hacia ella que a Emma no le quedaba ninguna duda de su aprecio.
¿Cómo iba a soportar el cambio? Su amiga en realidad sólo iba a estar a media milla de distancia; pero Emma estaba consciente que existía una gran diferencia entre la señora Weston, a sólo a sólo media milla de distancia, y una señorita Taylor en su casa; y con todas sus responsabilidades, naturales y domésticas, Emma ahora estaba en peligro de sufrir una soledad intelectual. Amaba a su padre, pero él no era su compañero. Él no podía seguirle una conversación, ya fuera racional o meramente divertida.
Esa incapacidad yacía en la diferencia de sus edades (el señor Woodhouse no se había casado joven) y era incrementada por el carácter y constitución de su padre; gracias a haber tenido una salud delicada durante toda su vida, sin ninguna actividad mental o física, era un hombre con manías de alguien mucho mayor, y aunque era querido en todas partes por su amabilidad de corazón y su carácter afable, su forma de comportarse no lo recomendaba para ser una buena compañía.
Su hermana, debido a su matrimonio vivía en Londres, a 16 millas de distancia, por lo que estaba mucho más lejos de su alcance; tendría que lidiar con las largas tardes de octubre y noviembre en Hartfield antes de que llegara Navidad junto con la visita de Isabella, su esposo y sus hijos pequeños a llenar la casa y darle nuevamente el placer de socializar.
Highbury, el pueblo que casi podía considerarse una ciudad por su tamaño y número de habitantes, a donde Hartfield pertenecía, a pesar de tener un terreno, césped, árboles y nombre propio; no proveía a Emma de alguien que fuera su igual. Los Woodhouses eran admirados por todos. Emma tenía muchos conocidos en el lugar, ya que su padre era extremadamente educado, pero ninguno de ellos podría tomar, ni siquiera por un día, el lugar de la señorita Taylor. Era la melancolía del cambio; Emma no hacía más que suspirar y desear cosas imposibles, hasta que su padre despertaba y hacía necesario el mantenerse alegre. Requería de su apoyo. Era un hombre nervioso que se entristecía con facilidad; se encariñaba con las personas a su alrededor y odiaba cuando se marchaban; odiaba todos los tipos de cambio. El matrimonio, como causante del cambio más grande, era algo que siempre lo ponía de mal humor; aún estaba muy lejos de asimilar el matrimonio de su hija, no podía hablar de ella sin mostrar compasión en su voz, como si la unión no hubiese sido causada por un amor mutuo. Ahora también estaba obligado a despedirse de la señorita Taylor; debido a su costumbre egoísta y amable, y su incapacidad de suponer que las demás personas tenían una forma de pensar diferente a la suya, él creía que la señorita Taylor estaba sufriendo al igual que ellos, y que sería mucho más feliz si tan sólo hubiera permanecido el resto de su vida en Hartfield. Emma sonreía y hablaba tan alegremente como podía para mantenerlo alejado de esos pensamientos, pero cuando era la hora del té, era imposible para él no repetir exactamente lo que había dicho durante la cena.
—¡Pobre señorita Taylor! Desearía que estuviera aquí con nosotros. ¡Es toda una lástima que el señor Weston se fijara en ella!
—No estoy de acuerdo contigo, papá, lo sabes. El señor Weston es un excelente hombre, es amable y educado, tanto que merece una buena esposa; y tú no esperabas que la señorita Taylor viviera con nosotros para siempre, soportando todos mis cambios de humor, cuando puede tener una casa propia, ¿verdad, papá?
—¡Una casa propia! Pero, ¿cuál es la ventaja de una casa propia? Esta es tres veces más grande, y tú nunca has tenido cambios de humor, querida.
—¡Imagina todas las veces en que iremos a verlos y ellos vendrán aquí! Nosotros tenemos que empezar, tenemos que ir a visitarlos pronto a felicitarlos por su boda.
—Querida, ¿cómo esperas que vaya tan lejos? Randalls está muy alejado. No podría caminar tanto.
—No, papá, nadie dijo que caminaras. Hay que ir en el carruaje para estar seguros.
—¡El carruaje! A James no le gustará preparar a los caballos para un viaje tan corto, además, ¿dónde estarán los pobres caballos mientras hacemos nuestra visita?
—Los pondrán en el establo del señor Weston, papá. Ya habíamos acordado eso y lo sabes. Hablamos de todo eso anoche con el señor Weston. Y puedes estar seguro de que James siempre estará feliz de ir a Randalls porque su hija trabaja ahí como mucama. En realidad solo me pregunto si querrá llevarnos a cualquier otro lugar. Tú lograste que eso sucediera, papá. Ayudaste a Hannah a conseguir ese trabajo tan bueno. Nadie había pensado en ella hasta que tú la mencionaste, ¡James está extremadamente agradecido!
—Estoy muy contento por haber pensado en ella. Fue cosa de suerte, porque jamás habría pensado en endeudar en gratitud a James de esa manera, y estoy seguro que ella será una muy buena sirvienta; es educada y la tengo en muy alta estima. cada que la veo, siempre se inclina y me pregunta cómo me va; todas las veces que le encargabas un bordado, me di cuenta de que siempre giraba la perilla de la puerta del lado correcto y nunca la azotaba. Estoy seguro que será una excelente sirvienta, y que servirá de consuelo para la pobre señorita Taylor el tener cerca a alguien conocido. Cada que James vaya a ver a su hija, ella podrá escuchar de nosotros, ¿sabes? Él podrá contarle cómo estamos.
Emma intentó con todas sus fuerzas mantener las ideas felices fluyendo, y esperó que con la ayuda del backgammon lograra hacer que su padre tolerara el resto de la tarde y que, a la vez, ella no fuera atacada por sus propios arrepentimientos. El tablero de backgammon estaba en su lugar, pero un visitante apareció inmediatamente después e hizo del juego algo innecesario.
El señor Knightley, un hombre que estaba entre sus 37 o 38 años, no era solamente un antiguo e íntimo amigo de la familia, sino que también estaba conectado a ella, pues él era el hermano mayor del esposo de Isabella. Vivía alrededor de una milla de Highbury, era una visita frecuente y siempre bien recibida, y en este punto, mucho mejor recibida de lo usual, pues venía directamente de Londres. Había vuelto para cenar con ellos después de ausentarse por algunos días, para informar que todos se encontraban bien en Brunswick Square. Eso siempre animaba al señor Woodhouse por un tiempo. El señor Knightley tenía un trato alegre, lo que siempre le sentaba bien, y todas sus “preocupaciones” por la pobre Isabella y sus hijos eran respondidas con satisfacción. Cuando eso acababa, el señor Woodhouse decía agradecido:
—Es muy amable de su parte, señor Knightley, el venir aquí a esta hora de la noche para hablar con nosotros. Me temo que debió de tener una caminata terrible.
—Para nada, señor. Es una hermosa noche llena de luz de luna, y tan cálida que debo de alejarme un poco del fuego de su chimenea.
—Pero la noche es húmeda y sucia. Espero que no vaya a enfermarse.
—¡Sucia! Señor, mire mis zapatos. No hay nada de tierra en ellos.
—Bueno, eso es toda una sorpresa, pues solemos tener bastante lluvia por aquí. Llovió terriblemente fuerte por media hora mientras desayunábamos. Quería que cancelaran la boda.
—Por cierto, no los he felicitado. Estoy bastante seguro que ambos deben de estar muy contentos, me tardé con mis felicitaciones, pero espero que todo haya salido bien. ¿Cómo se la pasaron todos? ¿Quién lloró más?
—¡Ah! ¡Pobre señorita Taylor! Es muy triste.
—Pobre señor y señorita Woodhouse, más bien; pero no hay forma en que yo diga “pobre señorita Taylor”. Tengo gran estima por usted y Emma, pero esta es una cuestión de dependencia o independencia, de cualquier forma, debe ser mucho mejor tener que complacer a solo una persona en lugar de a dos.
—Especialmente cuando uno de esos dos es una criatura caprichosa y problemática —bromeó Emma—. Es lo que estabas pensando, señor Knightley, lo sé, y seguramente lo habrías dicho si mi padre no estuviera presente.
—Creo que es muy cierto, querida, muy cierto —dijo el señor Woodhouse, con un suspiro —. Me temo que a veces soy caprichoso y problemático.
—¡Querido papá! No puedes pensar que yo o el señor Knightley pudiéramos referirnos a ti de esa forma. ¡Qué idea tan horrible! ¡Oh, no! Estaba hablando de mí misma. Al señor Knightley le encanta encontrarme defectos, ¿sabes?, como broma, todo es a modo de broma. Siempre nos decimos lo que queremos.
El señor Knightley, de hecho era una de las pocas personas que podían ver defectos en Emma Woodhouse, y era el único que se las decía; y Emma no solía estar siempre de acuerdo con ellas, además, sabía que su padre jamás pensaría que las personas pudieran considerarla como otra cosa que no fuera perfecta.
—Emma sabe que nunca la halago —dijo el señor Knightley—, pero no pretendía acusar a nadie. La señorita Taylor estaba acostumbrada a tener que complacer a dos personas, ahora sólo tendrá que complacer a una. La verdad es que salió victoriosa.
—Bueno —intervino Emma, dispuesta a dejarlo pasar—, si quieres escuchar sobre el boda, estaré feliz de contarte. Todo salió de maravilla, los invitados fueron puntuales y usaron sus mejores ropas. No hubo ni una lágrima y mucho menos una cara triste. Oh, no; todos sabíamos que sólo estaríamos a media milla de distancia y prometimos que nos veríamos todos los días.
—Mi querida Emma soporta todo tan bien —dijo su padre —. Pero señor Knightley, ella está muy dolida por perder a la pobre señorita Taylor y estoy seguro que la extrañará más de lo que ella piensa.
Emma dejó de encararlos, dividida entre sonrisas y lágrimas.
—Es imposible que Emma no extrañe tal compañía —dijo el señor Knightley—. Quizá no les agrade tanto como debería, pero Emma sabe lo bueno que es este matrimonio para la señorita Taylor, sabe lo aceptable que es que a estas alturas de en la vida de la señorita Taylor, pueda tener una casa propia, y lo importante que es que tenga asegurada una vida cómoda; por lo que Emma no puede evitar sentir más felicidad que dolor. Todos los amigos de la señorita Taylor deben de estar contentos de que ella esté felizmente casada.
—Y usted ha olvidado algo más que me da alegría —dijo Emma— y algo bastante considerable, que es que yo los emparejé. Yo hice esa unión, ¿sabes? Hace cuatro años; me reconforta más que nada el que en verdad ocurriera y funcionara tan bien, cuando muchas personas decían que el señor Weston no volvería a casarse nunca.
El señor Knightley sacudió la cabeza. Su padre respondió:
—¡Ah! Mi querida, desearía que no planearas parejas ni predijeras cosas, pues todo lo que dices suele pasar. Te pido que por favor ya no hagas más uniones.
—Te prometo que no buscaré pareja para mí, papá, pero debo de hacerlo por otras personas. ¡Es lo más entretenido del mundo! No puedo detenerme después de todo mi éxito. Todos dijeron que el señor Weston nunca se casaría otra vez. Por Dios, no. El señor Weston ha sido viudo por tanto tiempo, y parecía tan cómodo sin una esposa, constantemente ocupado por sus negocios en la ciudad o con sus amigos aquí, siempre bienvenido a donde quiera que fuera, siempre alegre. El señor Weston no necesitaba pasar una tarde solo si él no quería. ¡Oh, no! El señor Weston jamás volvería a casarse. Algunos incluso decían que se lo prometió a su esposa en su lecho de muerte, otros decían que su hijo y su tío no se lo permitían; pero yo nunca creí nada de eso. Desde el día en que la señorita Taylor y yo nos lo encontramos en Broadway Lane, hace cuatro años, cuando empezó a lloviznar y él, debo decir que de forma muy galante, tomó prestadas dos sombrillas de la dependencia del señor Mitchell y corrió hacia nosotras. Lo decidí al instante. Planeé hacerlos pareja desde esa misma hora; y cuando tal éxito me ha bendecido en un suceso así, no puedes pedirme que pare, papá.
—No entiendo a qué te refieres por “éxito” —dijo el señor Knightley—. El éxito requiere esfuerzo. Si tu tiempo ha sido gastado apropiada y delicadamente, si en verdad te has esforzado estos cuatro años en hacer realidad el matrimonio, entonces puedes llamarlo como tal. Es una forma digna de ocupar la mente para una señorita. Pero si, como me imagino, el que hayas organizado el matrimonio, como así lo llamas, significó sólo la planeación, el decirte a ti misma: “Creo que sería una muy buena idea que la señorita Taylor y el señor Weston se casaran” y después lo repitieras una que otra vez, ¿por qué hablas de “éxito”? ¿Dónde está tu mérito? ¿De qué estás orgullosa? Tuviste suerte, y es a eso a lo que llamas “éxito”.
—¿Acaso desconoces el placer del triunfo de la suerte? Te compadezco. Pensé que eras más listo, pues acertar de esa forma no es simplemente tener suerte. Siempre hay algo de talento involucrado. En cuanto a mi pobre elección de palabra “éxito”, con la que batallas tanto, no sé si de verdad carezca del derecho de usarla. Has descrito dos escenarios bonitos, pero considero que debemos añadir un tercero, algo entre el “no hacer nada” y “hacerlo todo”. Si no hubiera alentado las visitas del señor Weston aquí, ni les hubiera dado pequeños empujones en la dirección correcta, no habría pasado absolutamente nada. Creo que ya conoces Hartfield lo suficiente como para saberlo.
—Un hombre directo y sincero como Weston y una mujer racional y genuina como la señorita Taylor pueden encargarse de sus propios asuntos. Por tu intervención, era mucho más probable que te dañaras a ti misma a que les hicieras un bien.
—Emma nunca piensa en ella misma cuando puede ayudar a alguien más —volvió a intervenir el señor Woodhouse, entendiendo a medias—. Pero mi querida, por favor ya no hagas más parejas; no tienen sentido y no hacen más que romper la familia.
—Solo una más, papá; solo por el señor Elton. ¡Pobre de él! A ti te agrada el señor Elton, papá; debo buscarle una esposa. No hay nadie en Highbury que lo merezca, y él ha estado aquí por todo un año e incluso ha amueblado su casa de forma tan cómoda que sería una lástima que siguiera soltero un día más. Pensé que mientras él unía las manos del señor Weston y la señorita Taylor hoy, él lucía como si quisiera tener la misma ceremonia para él. Me agrada mucho el señor Elton y esta es la única manera que tengo de ayudarlo en algo.
—El señor Elton es muy joven, un muy buen muchacho, eso seguro, y le tengo mucha estima. Pero si quieres hacer algo por él, mi querida, invítalo a cenar con nosotros un día. Eso sería muchísimo mejor. Me atrevo a decir que el señor Knightley se unirá a nosotros, si es tan amable.
—Con mucho placer, señor, cuando quiera —dijo el señor Knightley riendo— y estoy completamente de acuerdo con usted de que invitarlo a cenar será algo mucho mejor, Emma, y así podrás ayudarlo ofreciéndole el mejor pescado o pollo, pero deja que escoja a su propia esposa. Un hombre de 26 o 27 años puede cuidarse solo.
Autores
(Ciudad de México, 1997). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
I. VICENTE GUERRERO
—Guerrero, usted que habla el mexicano diga a estos naturales que están libres, y que si quieren seguir nuestras banderas, que los recibiré con gusto.
Guerrero obedeció la orden de Morelos y consiguió que los indios de Tixtla se incorporaran a sus fuerzas.
¿Quién era Guerrero? ¿De dónde venía? ¿Cuáles eran sus méritos y cuáles sus hazañas militares?
El pasado de este oficial se perdía en lo ignorado. La primera referencia sobre su persona era ésta. Y su primera actuación sobresaliente, aquélla, aunque ya en el ejército insurgente ostentaba el grado de capitán y sus compañeros lo tenían por soldado cumplido y valiente, lo que era fácil descubrir en sus miradas vivaces, que iluminaban su broncíneo semblante, y en la aquilina nariz, que le daba un aspecto enérgico y audaz.
Alto, fuerte y ágil a la vez, Vicente Guerrero constituía un bello tipo humano. Su gravedad y su resolución explicaban por qué Morelos, que tan justamente sabía aquilatar el valor de los suyos, se había fijado en él. Y por qué las gentes de su rumbo, que lo conocían, lo amaban. Durante no pocos años lo habían visto transitar, sobre la ruta de Tixtla y la Costa Grande, dedicado a la arriería.
Pero ¿dónde se incorporó a la Revolución? ¿Con qué jefe? ¿Con Morelos directamente? ¿Con Galeana? De su niñez, de su juventud, de sus familiares poco se sabía, sólo que procedía de una humilde familia campesina; que sus padres se llamaban Pedro Guerrero, realista convencido, y María Guadalupe Saldaña, sencilla mujer que “había visto partir a su hijo con doble pesar, porque no era éste uno de los viajes acostumbrados en la vida del arriero y porque su esposo don Pedro no sólo evitó ayudar a su hijo Vicente, sino que prohibió toda comunicación con él” cuando el hijo se decidió a secundar a Morelos en su lucha por la independencia de la patria. Vicente Guerrero “era el hijo único que, aparte de sus padres y su casa, dejaba tras de sí, para ir a esta aventura, a la pequeña Natividad, producto de sus amores con María Nieves”, mujer del pueblo que, allá por los Arenales, se había enamorado del arriero.
Su fe de bautismo decía:
En esta parroquia de Tixtlán, a diez de agosto de mil setecientos ochenta y dos años: Yo el bachiller D. Francisco Cavallero bauticé solemnemente, puse óleos, y crisma, a Vicente Ramón, hijo de D. Juan Pedro Guerrero y de doña María Guadalupe Saldaña…
Allí, en Tixtla, pasó su infancia, sin otro maestro que la vida y sin otro horizonte que el que reducían a mínima expresión las vastas y negras montañas que rodeaban el rústico paisaje. Guerrero no venía, como Hidalgo, de los medios culturales de la Nueva España, ni era, como Morelos, un genio; pero, en cambio, la quemante tierra y las inhóspitas serranías le dieron su carácter. Luchando día a día y desde sus tiernos años contra las fuerzas ciegas de la naturaleza y el medio social en que vivía, adquirió su excepcional, indomable fortaleza de ánimo, que le permitió desafiar peligros y dificultades, privaciones e infortunios. Guerrero tenía, de la abrupta serranía, su dureza; de los bosques y montañas, su persistencia; de los torrentes y los ríos, su ímpetu demoledor. Así recorrió, endurecido en el trabajo, selvas, llanuras y serranías sin fin para conducir, antes que a sus tropas triunfadoras, sus dóciles atajos cargados de ricas mercaderías confiadas, por igual, a su valor y a su honradez.
De su fortaleza de carácter dio pruebas, muy pronto, ante la acometida de la División de Puebla, mandada por el brigadier Llano, contra Izúcar. Ya Morelos había hecho acto de presencia en el Valle de Toluca y su dominio se extendía hasta la costa del Sur; había deshecho a la División de Apam y escarmentado, en otros sitios, a los realistas. Su fama corría de boca en boca y se aprestaba a batirse contra Calleja. Pero la defensa de Izúcar, plaza que sería atacada, indudablemente, por las fuerzas enemigas, representaba para él un problema. No dudó, sin embargo, cuando pensó en aquel joven capitán cuyo valor se había puesto a prueba en Tixtla, y, sin pensarlo más, dejó Izúcar en manos de Guerrero. Y aunque éste tembló por la gran responsabilidad que recaía sobre él, lo celebró también, porque ahora sería uno de los jefes de Morelos.
Así tomó disposiciones para defender Izúcar, sobre la cual se movilizaba el brigadier Llano, con 1500 hombres y 8 piezas de artillería. Mientras Calleja, con la División del Centro, se dirigía a Cuautla para batir a Morelos, Guerrero sintió el enorme peso descargado, de repente, sobre sus hombros. Hasta entonces no había sido sino un oficial subalterno, distinguido, sí, pero un oficial sin otra obligación que la de obedecer las órdenes de sus jefes. Desde ese momento, todo lo que en Izúcar, bueno o malo, sucediera dependería de él, de su capacidad de mando, de su audacia y de su discreción, de su cautela y de su temeridad. Por eso no descuidó nada y activó las obras de defensa y la organización de sus tropas, a las que arengó en nombre suyo y en el de Morelos.
Cuando Llano y su división fueron avistados, Izúcar se hallaba en magníficas condiciones de defensa. A las ya establecidas bajo la vigilante mirada de Matamoros se agregaban las dirigidas por el propio Guerrero, a quien secundaba el padre Sánchez y Sandoval.
Llano inició su ataque el 23 de febrero (1812), pero fracasó, rechazado por Guerrero. Y apurado por Venegas, cuyos planes se trastornaron por las noticias de la resistencia de Cuautla, abandonó el ataque al día siguiente.
Ya no sería Guerrero un soldado anónimo, porque allí, en Izúcar, había nacido a la fama que acrecentaría, cada día, su indomable tenacidad.
Libró, en seguida, una enérgica campaña en el sur de Puebla, y, más tarde, cuando Morelos rompió el sitio impuesto por Calleja a Cuautla, se le incorporó nuevamente para militar, desde entonces, a sus órdenes directas. Lo acompañó a Oaxaca, y recorrió después la costa de Tehuantepec hasta limpiarla de realistas, adueñándose, a su paso, del tabaco y del cacao abandonado por los españoles en su fuga. Guerrero era ya teniente coronel y uno de los jefes que por su capacidad se había hecho acreedor a la confianza de su jefe.
Eran los días en que Calleja, desde México, se dirigía al gobierno español desesperanzado:
Cuando los rebeldes armados discurren en gavillas sin localidad ni asiento, y se componen en su mayor parte de hombres del campo, de los trapiches y de las minas, gente de a caballo, acostumbrada al vicio, a la frugalidad y a la miseria, ni tienen ni necesitan de una administración regulada; sin cálculo ni previsión, vagan por todas partes, roban, talan y saquean donde lo encuentran, ya reuniéndose en grandes masas, ya dividiéndose en cortas partidas, y el daño lo hacen todo refluir sobre nosotros. Esta proporción que tienen de satisfacer sus necesidades del momento y sus caprichos y venganzas tumultuarias, los mantiene en la vida de bandidos; la sangre corre sin cesar; la guerra se hace interminable y el fruto jamás se coge… La fuerza militar con que cuento es la muy precisa para conservar las capitales y varias poblaciones principales aisladas; mas entre tanto una infinidad de pequeños pueblos están en manos de los bandidos. Los caminos no son nuestros sino mientras transita una división; y lo que es más, los terrenos productivos son en su mayor parte de los bandidos, superiores infinitamente en número. Por consecuencia, el tráfico está muerto, la agricultura va expirando; la minería yace abandonada; los recursos se agotan; las tropas se fatigan; los buenos desmayan, los pudientes se desesperan; las necesidades se multiplican y el Estado peligra…
Pero la estrella de Morelos se apagaba. Habían caído ya Matamoros y Galeana. Y aunque el Congreso de Chilpancingo consumaba al fin su misión histórica, el genial insurgente se hallaba maniatado por aquellos mismos a quienes quería salvar. Pensó entonces en reconquistar Oaxaca, dominada nuevamente por el enemigo, y poner en armas el Sur. No podía olvidar lo que aquella región representaba en la lucha por la independencia nacional. Allí vivían sus mejores recuerdos. El Sur había respondido con creces a su llamado, y sólo las rencillas entre los jefes insurgentes permitían ahora que los realistas anularan lo que él con tan firme tesón había construido. Pero ¿a quién confiar una misión que exigía, además de valor, energía, tenacidad y discreción? ¡Ah! Allí estaba Guerrero… Guerrero era el indicado… A él lo nombraría, con el grado de general, para levantar el Sur en favor de las armas revolucionarias.
Guerrero aceptó complacido, aunque no se le ocultaron las dificultades con que tropezaría. Carecía de elementos para iniciar sus propósitos. Morelos no podía darle nada, como nada le había dado Hidalgo a él al encomendarle la conquista de ese mismo Sur que ahora Guerrero debía reconquistar. Así, cuando éste salió de Coahuayutla rumbo a la Mixteca, lo acompañaba solamente su ordenanza.
Largo iba a ser el recorrido, entre fuerzas y territorio enemigos, y no tardó el joven general en palpar, en persona propia, las hondas desavenencias, las envidias, los celos y los rencores que entre los jefes insurgentes se habían producido.
Su llegada a Zilacayoapan despertó, al par que la desconfianza del jefe, el entusiasmo de los soldados; porque para ellos, campesinos del Sur, su nombre era una esperanza; no así para aquél, que, tratando de eliminarlo, le ordenó su incorporación con Rosains, tan intrigante como malvado.
Hombre de campo, y por lo mismo suspicaz, no creyó en la rectitud de Sesma, por lo que, acechando el paso de Francisco Leal, enviado de aquél ante Rosains, logró descubrir la intriga en que se trataba de envolverlo, al aconsejar Sesma a Rosains que “no le diese mando alguno”, y que “se le vigilase mucho”, igual que a Leal, “que era realista y adicto a Guerrero”.
Pero Guerrero contramarchó rápidamente, y se situó a la altura de Papalotla, aunque inerme como se hallaba nada podía hacer sino impedir un encuentro con Sesma. No logró evitar, sin embargo, a una fuerza de 700 soldados que al mando del jefe realista De la Peña apareció ante él. Sólo los separaba, a unos y a otros, el delgado hilo de un río que se deslizaba, mansamente, a sus pies.
¡Dura le resultaba esta primera prueba! Pero quien tuviera por maestro de la guerra a Galeana primero y a Morelos después no carecería de recursos para resolver el apremiante problema que se le presentaba. Así esperó las sombras de la noche, armó con palos a sus antes inermes soldados y cayó por sorpresa sobre el enemigo, que dormía confiadamente. Al amanecer del siguiente día contaba con un núcleo armado y con más de 400 fusiles disponibles, con los que dotó a su pequeño ejército. Y así, bajo su propia dirección, bien comenzaba su vida militar.
No se detuvo, sin embargo, sino que siguió rumbo a Xocomatlán, instalándose en un cerro cercano, desde donde sus soldados bajarían al pueblo en busca de víveres y provisiones con que avituallarse, cuando inesperadamente hizo su aparición una fuerza realista mandada por Félix Lamadrid, quien cargó contra los insurgentes dispersos. Guerrero midió el peligro. Recurrió otra vez a su audacia, y haciéndose acompañar del centinela y el tambor, sus únicos compañeros en el campamento, atacó a los soldados de Lamadrid con ayuda del vecindario mientras los parches repicaban al asalto. A sus fusiles agregó, con esta nueva victoria, un cañón.
No se conformó Lamadrid con su derrota. Pero tampoco Guerrero se conformó con aquellos desordenados soldados a quienes tomó, como pie veterano, para formar un ejército. Organizó, entonces, una división, se instaló en el cerro del Chiquihuite y, cuando el jefe realista apareció en busca del desquite, se encontró con un enemigo estratégicamente preparado que lo derrotó y aniquiló por completo.
Luego dio cauce a la imaginación y a su instinto organizador. No olvidaba a Morelos: su capacidad para el mando, para la disciplina y para la organización. Por eso decidió ensanchar su radio de actividades y hacer crecer sus fuerzas para batir a los realistas dondequiera que se hallaran. Pero tendría, si quería lograrlo, que formar una división, que equiparla, que disciplinarla, que foguearla y que imbuirle su moral de victoria. Tendría, asimismo, que establecer una maestranza.
Marchó a Xonacatlán sin dejar de meditar en sus propósitos. Mas, como solía acontecer, el cura del lugar estorbaba sus planes. Y aunque trataba de engañarlo fingiéndose su amigo, ya estaba él en posesión de las pruebas que le revelaban su complicidad con los realistas. ¿Quién, si no, había avisado a Joaquín Combé de su presencia en la población? Con todo, sin demostrar encono, Guerrero fingió también e hizo entrar en confianza no sólo al cura, sino al mismo jefe realista, abandonando la plaza sólo para retornar cuando el enemigo dormía, derrotándolo completamente.
Guerrero no abandonaba sus pensamientos. El nuevo sesgo que tomaba la lucha, en el Sur, agradaría a Morelos. Ya Rosains y Sesma, convencidos de su influjo en aquella región, pretendían un acuerdo que él vio con recelo. La Constitución de Apatzingán había sido promulgada. El sueño de Morelos era una realidad. Y el suyo estaba en vías de realizarse. Así lo demostraban sus recientes victorias y millares de testigos para contarlo. También la desesperación del gobierno virreinal, cuyos decretos eran reveladores: el de la acuñación de $300 000.00 cobre con el encarecimiento inmediato del costo de la vida; el de la contribución directa sobre las utilidades de todos los capitales e industrias, así como sobre las rentas y los sueldos y, más tarde, el del aumento del derecho de alcabala en 6% para el comercio interior del virreinato. No bastándole aún, el 15 de noviembre (1814) Calleja promulgó un bando que ampliaba la duración del gravamen de 10% sobre las fincas urbanas por todo el tiempo que prevaleciera el estado de guerra. Y todavía recurría al consulado solicitando un préstamo de $500000.00, de los que obtuvo, inmediatamente, $300 000.00
Coincidieron con estos decretos el restablecimiento de la Inquisición, el uso de la horca y las penas de azotes, en la picota y en burro, desterradas tiempo antes, con que Fernando VII iniciaba su reinado.
Autores
José Mancisidor Ortiz nació en el año de 1895 en el puerto de Veracruz y muere en el año de 1956, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Escritor y periodista. Desde 1930 se dedica al magisterio en la Escuela Normal de la ciudad de México, al mismo tiempo que trabaja como periodista y novelista. Director de la imprenta del gobierno de Veracruz. En 1932 imparte la asignatura de historia de México en la Escuela Normal Veracruzana Enrique C. Rébsamen. Colabora en la revista
Simiente , edita la revista
Ruta , crea su propia editorial llamada Integrales y publica sus primeras novelas:
La asonada y
La ciudad roja . Autor de diversas obras históricas sobre la guerra de Independencia, sobre Juárez y sobre la Revolución. Sus novelas tienen como tema la Revolución o el nacionalismo. Autor de Cuentos mexicanos del siglo XIX y Cuentos mexicanos de autores contemporáneos; y de varios ensayos dedicados a Zola, Marx, Lenin, entre otros.
Fotografía por Socorro García Bojórquez.
Al escribir se crean mundos posibles que permiten que el escritor y el lector se trasladen a sitios distintos de los que habitan. Por ello la literatura es un medio de libertad, de emancipación y de construcción de universos alternativos regidos por las proyecciones que tiene el escritor del universo. Esta entrevista se centrará en la última obra de Sylvia Arvizu: Las celdas rosas (NITRO/PRESS, 2018) donde se visibiliza y hace eco de las voces del penal a través de 23 crónicas políticas, históricas, espeluznantes, bellas, nobles, mórbidas, que avanzan con un ritmo trepidante y reproducen los claroscuros de la vida en el penal.
Cuando entré al mundo de la cárcel entendí que detrás de cada orden de aprehensión hay espacios grises, altamente humanos, deterministas en la mayoría de los casos, a partir de los cuales es difícil parcializar. He tenido alumnas que mataron a sus esposos porque éstos violaban a sus hijas más pequeñas. A niñas que asesinaron a sus padres biológicos porque se aprovechaban de sus cuerpos y vertían en ellas toda la furia, la ignorancia, la falta de futuro, y todos los postulados machistas que se reproducen día a día en chistes, en programas de televisión, en las calles, en las oficinas, en las noticias, en los idiolectos. Las mujeres y niñas que conocí y con las que empaticé en los penales y centros intermedios son, en su mayoría, mujeres que se defendieron. Sylvia lanzó ácido a su expareja para defenderse de sus golpes. Su condena: veinte años. Hace trece que ingresó al CERESO. La vida no puede reducirse a un solo acto. Tampoco es justo que la vida acabe cuando la defensa personal domina la conciencia.
Conocí a Sylvia a través de un programa de prevención del delito que consistía en llevar cursos artísticos a las cárceles. Yo era la encargada de dar los talleres de creación literaria para niñas y mujeres adultas. Mi papá es abogado y siempre pensó que yo también lo sería. Sin embargo el mundo de las condenas siempre me ha parecido turbio y despiadado. Por eso preferí las letras: para iluminar y liberar. Como sea, distintas causalidades me llevaron a tomar el empleo. Aceptar este trabajo ha sido una de mis mejores decisiones en la vida. La cárcel me transformó en un ser humano con más ética y menos judicativo. Lo anterior no sucedió a causa de las políticas ocupacionales de la prisión ni mucho menos debido a las enseñanzas de doctrina religiosa que imparten en sus aulas, a veces pareciera que la Historia no nos ha enseñado nada, sino por la manera extrañamente cordial con la cual se conducían las reclusas. Uno esperaría oquedad, mucho fango, pero sus pensamientos libertarios iluminaban los espacios de todas las creaciones literarias que construían. ¿Cómo es posible que alguien se resigne sin perderse en la penumbra? La literatura las reinventó. Todas y cada una de mis alumnas se transformaron al redescubrirse. Sylvia no me necesitaba. Ella era la soberana de sus libertades textuales. Y no es que romantice a la literatura, pero nunca había experimentado esa curación a través de las letras. La literatura te salva cuando no hay nada más. Y con esto no quiero negar su carácter utilitario como móvil de la empatía o de las posibilidades que ofrece para la consolidación de un pensamiento crítico que visibilice las otredades. Sin embargo, la función práctica de la literatura la descubrí cuando conocí a Sylvia.
Sylvia Arvizu es comunicóloga de profesión y antes de cumplir una condena en prisión se desempeñó como conductora de radio en Hermosillo, Sonora. Su caso se convirtió en un circo massmediático, porque cuando alguien reconocido termina inmerso en un crimen, la gente siente que tiene la responsabilidad de seguir la historia. Le han revocado la posibilidad de salir bajo fianza en muchas ocasiones. El último argumento de un juez que le negó la libertad anticipada fue que sus múltiples reconocimientos literarios (ha ganado una cantidad sorprendente de veces el Concurso Interpenitenciario de Literatura “José Revueltas”) y su buena conducta no son motores suficientes para otorgarle un beneficio anticipado de libertad. “Que su alto coeficiente intelectual es un inequívoco indicador de su alto nivel de peligrosidad” (Las celdas rosas , 8). Ahora resulta que es peligroso pensar. Y sí, siempre lo ha sido.
Selene Carolina: Es de verdad un placer poder estar a tu lado de nuevo. He visto cómo vas creciendo y cómo te posicionas como una de las voces sonorenses con más impacto dentro y fuera del estado. ¿Qué significa escribir desde el encierro?
Sylvia Arvizu: Escribir desde el encierro significa lo mismo que pintar, cantar, coser una costura u hornear un pan. Significa una continuidad. Que aquí adentro se sigue viviendo. Significa seguir respirando, seguir existiendo. Que la vida no termina al cruzar el portón principal.
SC: Eres autora de tres libros: Breve azul (2008) Mujeres que matan (2013) y Las celdas Rosas (2018). Todos ellos han sido escritos en prisión y, a pesar de sus diferentes estéticas cada uno tiene una línea que los conduce: el mundo tras las rejas. Explícanos ¿cómo has construido cada uno de ellos y cómo la literatura ha funcionado como un dirigente de catarsis dentro de tu vida en el penal?
SA: Cada libro tiene una personalidad distinta. Yo creo que tiene mucho que ver con mi desarrollo como persona dentro del penal. Breve azul , que fue el primero, fue escrito con la inocencia de los primeros pasos de un niño. No lo escribí pensando en su publicación. Era más bien como un diario, un desahogo personal. Cuando lo lees se observa la ingenuidad de cuando comienzas a escribir. En él se puede advertir mucha tristeza y nostalgia porque acababa de perder la libertad, estaba muy reciente todo, por eso se puede leer un dolorcito entre líneas. Breve azul es uno de los textos del libro y lo hice con la ventana de mi celda en mente. Cuando pierdes la libertad, te amputan un pedazo del alma y te roban los colores del horizonte, te roban lo último que queda al final de la calle porque no alcanzas a ver. Entonces lo único que nos queda es ver el cielo por la ventana e imaginar que la ventana es un cuadro, un pedacito de afuera, un breve azul, pero que ya es parte de cada quien.
Cuando escribí Mujeres que matan ya tenía más años en la cárcel y obviamente se puede ver un poco más mi manera de ser, de indagar. Me coloco a mí misma como investigadora, observo a mis compañeras, pero lejos de enfocarme en el delito y en el morbo de la sociedad, prefiero plasmar el lado humano: a qué jugaban cuando eran niñas, qué cantan o cómo se pintan la boca por las mañanas dependiendo de su estado de ánimo. Algunas encuentran consuelo en una boca roja intensa.
Las celdas rosas nace después de doce años en la cárcel. En él encuentro un mejor dominio del territorio literario de la prisión. Soy de las mujeres que tienen más años aquí. Por eso en este libro se puede leer una historia consolidada de mi convivencia con las demás. Este libro creció junto conmigo. No se ve tanto el dolor como en Breve azul , aunque siga existiendo. En Las celdas rosas se puede observar una especie de aceptación, sin embargo no se trata de resignación o conformismo, porque la pelea por la libertad sigue, por eso puede leerse una lucha distinta a la del primero.
SC: Las celdas rosas (NITRO/PRESS, 2018) te hizo acreedora del premio del Concurso del Libro Sonorense en el género de crónica en el año 2017. Es sabido que las mujeres que han ganado el CLS son muy pocas y entre ellas podemos encontrar a Eve Gil, Sylvia Aguilar Zéleny, Cristina Rascón y Claudia Reina, por nombrar a las escritoras más premiadas de Sonora. Tú ganaste el CLS al igual que ellas, por lo tanto has pasado a la historia como una de las pocas que han sido merecedoras de tal galardón. Tu logro es trascendente, no sólo por ser una mujer frente a un gremio dominado casi en su totalidad por la escritura masculina, sino porque escribes detrás de las rejas, porque describes realidades inasibles para muchos de nosotros. Platícanos cómo fue el proceso creativo de Las celdas rosas .
SA: Comencé a participar en los concursos interpenitenciarios de dramaturgia, pintura, cuento y poesía con la intención de probarme. Gané los primeros premios, pero pensé que tal vez ganaba porque estaba en un espacio cerrado. Quería convencerme a mí misma de que mis letras no estaban tan descabelladas, que lo que yo escribía funcionaba. Finalmente decidí que debía de salir de mi zona de confort y ponerme a prueba con los escritores que se dedican de manera profesional a la escritura, que se consagran al oficio de las letras. Lo hice en 2017, cuando Carlos Sánchez me comentó que la convocatoria se había vuelto más accesible porque cambiaron la modalidad de envío a electrónica. Antes tenías que imprimir un millón de hojas y encuadernarlas. Con esta información supe que tenía que aprovechar la facilidad. Después de eso me senté a escribir un libro pensado para el concurso. También integré relatos que ya tenía y que me parecieron adecuados a la temática. Mira este cuaderno (saca un cuaderno de su mochila).Este es el orden de los relatos en el libro (señala un índice escrito a mano). Cambió muchas veces. Así trabajo yo, en el cuaderno. Después de que están listos los cuentos voy al aula de cómputo a transcribirlos para no estar pensando enfrente de la pantalla. No puedo perder tiempo, hay un horario que se tiene que cumplir en el centro de cómputo. Mira (señalando el cuaderno) éste es el texto “De pico y pala” que le escribí a mi papá. Aquí está tachado de nuevo el orden de disposición de los relatos. Así escribo, corrijo y tacho dentro del mismo cuaderno. Estos son los garabatos reales de Las celdas rosas .
SC: ¿Cómo recibiste la noticia sobre tu premio?
SA: Una de las cosas que para mí es muy importante mencionar porque tiene que ver con lo atractivo que me pareció participar es la siguiente. He solicitado cuatro veces un beneficio preliberatorio. Para esto hay ciertos requisitos que se tienen que cumplir como buena conducta, cierto porcentaje de tiempo compurgado, en fin, muchas actividades que tiene uno que cumplir aquí adentro del centro. Pero también viene un gasto de reparación de daño. Mi gasto asciende a sesenta mil pesos. Cuando veo en la convocatoria que los primeros lugares de cada categoría ganan sesenta mil pesos, yo dije: esto es una señal. Entonces me animé. Junto a mi cama, tengo un pizarroncito de corcho donde pongo la foto de mi hija y notas con cosas que no tengo que olvidar. En un ticket escribí algunas cosas que le iba a encargar a mi mamá: pasta de dientes, etc. Ahí mismo puse un recordatorio con un asterisco: “no olvidar ganar Concurso del Libro Sonorense”.
Cuando uno está en la cárcel siempre está esperando algo: esperas visitas, esperas algo del juzgado. Por esperar el resultado del juzgado se me olvidó que tenía que esperar los resultados del concurso. De verdad. Aquí otras esperas toman prioridad, y yo estaba esperando eso: el resultado de mi libertad.
No me acuerdo si me estaba bañando o qué estaba haciendo, pero me comenzaron a gritar que me reportara a la oficina. Una de las muchachas me preguntó si quería que ella fuera a preguntar qué pasaba. Entonces va esta muchacha y después de un rato, regresa y me dice: “que ganaste algo, que es muy importante y que felicidades, y ya me voy porque se van a acabar las tortillas” y se fue. Ya al ratito la coordinadora me dio la noticia, pero eso no fue tan importante como esperar el día de la ceremonia. Eso fue para mí todavía más importante. Desde que me dijo la licenciada que alguien tenía que asistir en mi lugar. Hablé con mi familia. No puedo disponer de su tiempo, además se han acostumbrado durante muchos años a que gane premios. No entendían la magnitud de éste. Entre ocupaciones labores y la vida diaria, la que aceptó desde el principio fue Silvana, mi hija. En ese entonces tenía once. Le pregunté a la licenciada si mi hija podía recibir el premio y me dijo que iba a checar el protocolo y efectivamente no había nada que impidiera que Silvana fuera. Ella me decía que iba a ser muy valiente, que no le iban a dar nervios, que me iba a representar. Eso fue lo que más me llenó de felicidad: ella recibiendo el galardón. También hubo mucha apertura por parte de la autoridad. Pensé que cuando abrieran la plica y se dieran cuenta de que estaba en la cárcel me quitarían el premio. Pasaron mil ideas por mi cabeza. Tenía miedo también de que se menospreciara mi logro, que no trataran bien a Silvana. Pero no, fue muy emotivo, le dieron mucha importancia. Cuando veo los videos se me pone la piel chinita. Los del ISC, el Gobierno del Estado y la coordinación del CERESO, todos se portaron excelente.
SC: Cuéntanos la historia detrás del título de Las celdas rosas .
SA: Aquí en el centro hay muchas actividades, muchos talleres, programas. Siempre estamos muy ocupadas y una misma mujer está haciendo una cantidad sorprendente de actividades al mismo tiempo. Entre esas actividades hay un campamento anual para hijas e hijos adolescentes de madres privadas de la libertad. Ese día podemos ver a nuestros hijos desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, es el día que más tiempo pasamos con ellos. Hay actividades, pláticas para control de adicciones y violencia intrafamiliar, vemos una película, hay albercada y comida. Es un acontecimiento muy esperado para nosotras. Cruzan la puerta y te rompes tres días, pero vale la pena. Silvana ya tiene muchos años viniendo y es la más conocida de todos, creció en estos pasillos. El texto homónimo al libro habla sobre ese día.
En esa ocasión fuimos al baño y ella volteó hacia la parte interior de los pasillos, donde están las celdas y me preguntó si ella podía pasar para allá. Le expliqué que no. Se puso un poco triste porque me dijo que quería conocer mi cuarto. Le comenté que no se perdía de nada. “Es que yo quiero ver qué es cuando te despiertas qué es lo primero que ves”, me dijo. “Una foto tuya es lo primero que veo.” “Sí, ya sé, pero no me es suficiente. Quiero saber qué respiras, dónde te cambias, cómo está acomodada tu ropa, todo eso quiero saber. Y de qué color son.” “¿De qué color son qué?”, le pregunté. “Pues las celdas”, me dijo. “Algunas blancas como ves aquí afuera y otras beige como ves estas paredes”, le contesté. Ya de regreso del baño me dijo que deberían de ser rosas. “Las celdas deberían de ser rosas, porque mi cuarto es rosa y así podrías pensar que estás conmigo.” La frase me taladró el corazón. Ya para ese entonces estaba escribiendo el libro. Me gustan mucho los colores, por eso inicié con el Breve azul. Por mi afición a la pintura me parecen muy sugerentes los tonos visuales.
Días después las chamacas estaban intentando ver la televisión. Solo agarra un programa local, el que da el noticiero. En el programa decían que la Gobernadora iba a entregar unos cuartos rosas. A los días, cuando el canal vuelve a agarrar vimos que la Gobernadora estaba entregando patrullas rosas en contra de la violencia hacia la mujer. Una de ellas dijo que para cuándo las celdas rosas: otra vez la frase. Yo creo en la energía.
En este tiempo tenía mucho miedo de estar escribiendo en la cárcel, a diferencia de los escritores de afuera. Sabía que tenía una sola oportunidad para que los jueces supieran rápido que mis relatos tenían que ver con las mujeres en prisión y por lo tanto con la equidad de género y con la inclusión. Todo eso para mí representa Las celdas rosas . Por eso necesitaba un título que desde el principio los enganchara. Y creo que sí funcionó. Creo que tenía razón. Por eso elegí ese título.
SC: En las crónicas que conforman tu libro más reciente podemos observar distintos perfiles de los personajes que recreas. Existen algunos textos que narran realidades terribles de las políticas internas del penal y otros más que reivindican las relaciones fraternales que subyacen a la construcción de familias en el espacio de la reclusión. De ahí que Las celdas rosas posea un carácter agridulce, dicotómico y humano. ¿Hubo crónicas que dudaste en incluir, y si fue así, por qué?
SA: Como viste en el cuaderno, cambié el orden muchas veces. Ocurre que no todo lo que se escribe está bien: vas a escribir diez cuartillas bien y cien mal. Cien basura o cien que necesitan modificaciones extraordinarias. Parte del proceso creativo que me parece importante mencionar, porque así es mi dinámica para saber qué textos incluir, se basa en una costumbre que tengo de leerle a mis compañeras. Me siento con alguna y en lo que ella pica verdura, por ejemplo, yo le leo algo. Conforme veo sus reacciones voy modificando: poniendo, quitando. Lo he hecho siempre, infinidad de veces. Porque aquí el común denominador es que no hay formación académica. Así que no existe ese filtro. Ellas no van a adularme, las mujeres son bien netas aquí. Si yo veo que ellas pierden interés cambio el texto o no lo incluyo. Los textos que movieron algo en alguien son los que fueron incluidos. No practico la autocensura para delimitar qué entra y qué no. Más bien me dejo llevar por el timón de las emociones de quienes me escuchan.
SC: Antes de estar en prisión te desempeñaste como conductora de radio y tu profesión de comunicóloga te situó en espacios de diálogo y difusión. ¿De qué manera tu perfil académico y laboral influye en la proyección de tus crónicas?
SA: Mucho, pero no es tanto mi perfil académico lo que influye en mis letras. ¿Qué fue primero la gallina o el huevo? Para que existiera ese perfil académico y laboral primero debió de existir uno más personal y antiguo: ¿cómo es Sylvia? Respeto mucho el oficio de los escritores, por eso me cuesta mucho trabajo asumirme como tal. Yo dejo el oficio y lo retomo. Entonces es difícil apoderarme de ese rol. Más bien me considero contadora de historias. Cuando era niña uno de mis juguetes favoritos era una manguera que mi papá usaba para ordeñar la gasolina de una carcacha en la que viajábamos. Escribí sobre esa manguera en alguna ocasión. Mi mamá es de Chihuahua. Todas las vacaciones de verano y de diciembre viajábamos ocho o diez horas por la sierra. Mi diversión era ir narrando el camino. Ponía uno de los extremos de la manguera en mi oído y el otro en mi boca: que la sierra, que Cananea, que vamos pasando Aguaprieta, que el Puerto de San Luis. Pasaba horas hablando. Cuando mi papá no encontraba la manguera me preguntaba dónde estaba, yo nunca se la quería dar. Él sólo me olía las manos y descubría que había estado jugando con ella. La llegué a esconder muchas veces, casi siempre debajo de mi cama.
Por lo anterior, yo me asumo como contadora de historias, no tanto como escritora. Creo que inicié una carrera de comunicación precisamente para contar, ´para narrar mi realidad u otras. Por eso mi perfil, más que lo académico o laboral, era ya, repito: el de contadora de historias.
SC: En otras entrevistas has expresado que comenzaste a escribir dentro de la cárcel, ¿cómo fue ese proceso?
SA: Cuando llegué a la cárcel, comenzó una marejada de información a causa de la popularidad que yo tenía por trabajar en los medios: todos los días era la nota roja del periódico. Me sentía imposibilitada. Quería poder explicar las cosas. Yo asumo la responsabilidad de lo que ocurrió. Leía notas muy extrañas como: “Los vecinos dijeron…”, “Amigos de la pareja comentan…” Esas percepciones de terceras personas fueron haciendo todavía más distante la realidad. Me sentía atribulada, deprimida. Les acababa de entregar a mis papás a mi hija de tres meses. En la litera de abajo de la cama donde yo estaba ubicada había una muchacha con una bebé. Todas las noches lloraba la bebé y yo me acordada de Silvana. En mis sueños estiraba la mano para acariciar a mi hija y se me estrellaban los dedos contra la pared. Imagina. Un día llega mi papá. Él tiene poca instrucción académica, pero es un hombre muy sabio y con muchísimo sentido común. Es albañil. Cuando me ve toda decaída me da un cuaderno que traía doblado con las anotaciones de su trabajo: colocación de pisos y azulejos por metros cuadrados y de más. Me dijo “escribe”. Le respondí que para qué escribir. “De perdida te va a servir para organizar tus ideas y desahogarte, tú sabrás lo que haces”. Así comencé a escribir. Llené el cuaderno. Uno así como el que te enseñé ahorita pero ese tenía una pasta verde. Esos textos no fueron construidos para ser leídos por alguien.
Los jueves, la cárcel tiene asignadas las visitas de amigos. En una de esas visitas yo estaba con la familia, unos primos y unos amigos, y entonces llegó Carlos Sánchez. Él estaba visitando a alguien más, pero se para de su visita y se me acerca. Me dice que quiere hacer algo, que un proyecto y que sabe qué. Me pregunta que si he pensado en escribir. En ese momento salí corriendo por mi cuaderno y se lo mostré. Le dio dos vistazos y me dijo: “esto es”. Y se fue. Pensé: ¿y este bato loco? Creí que no me había tomado en cuenta, que me estaba verbeando. Con el tiempo le dio forma al proyecto: mi primer libro. Empezamos a ver el diseño de la portada e hicimos una selección de los mejores textos. Después llegó con Venecia, ella fue la que pintó la portada y el apunte para la solapa. Así fui aprendiendo toda la experiencia de imprimir un libro. Todo fue muy fácil, pero gracias a que él me llevó de la mano con mi primer contacto real con el mundo de la literatura. Nunca me imaginé que se podía llegar a esto (señala un ejemplar de Las celdas rosas ). Nunca pensé todo lo que se venía después.
SC: Has comentado que la escritura libera y que los premios son una caricia al ego ¿Cómo impacta en tu posición de escritora el haber ganado en Concurso del Libro Sonorense?
SA: Me sirvió mucho para confirmar que mi camino no está equivocado. Cuando uno llega aquí ya te comenté que hasta los colores se pierden. Yo sé que cuando salga de prisión tengo que empezar de cero en la vida. Con la literatura ya sé que tengo algo. El premio reafirma que la escritura es un camino viable al salir. Los premios, también me sirven para recuperar el respeto, o el cariño y la admiración que me tenían mis papás cuando estaba afuera. Es también la confirmación de que sigo siendo la misma Sylvia. Además necesito que Silvana pueda ver que su mamá hace que el tiempo siga valiendo la pena independientemente de las circunstancias. El premio reafirma todo eso. Es muchas cosas e incluso paga la reparación del daño. Es un requisito menos que hay que cumplir con la ley de ejecución de sanciones, aunque después salgan con otro término legal. Ese año que pedí la libertad anticipada me dijeron que no tenía cómo demostrar que había cumplido con las actividades culturales. El chiste se cuenta solo, sí.
SC: ¿Cuál es tu relato favorito del libro Las celdas rosas ?
SA: Me gusta mucho el de mi papá: “De pico y pala”, pero también “Taza de café”, porque son muy personales.
SC: ¿Soportarías tu condena sin las letras?
SA: Yo pienso que no. Serían trece años de guardar silencio. Es imposible estar trece años callada, tanto aquí adentro como afuera. ¿Soportarías vivir sin letras, sin artes, sin colores, sin expresarte, sin música? Yo creo que no. Es inevitable.
SC: Sylvia, ¿tienes un nuevo proyecto escritural en puerta?
SA: Sí. Quiero hacer más teatro para mis compañeras. Las veces que lo he hecho me ha encantado la experiencia. Aquí hay mucha avidez por hacer cosas artísticas. Además ellas son unas profesionales, les das una instrucción y saben cómo llevarla a cabo. Cuando recién llegué, hice una pastorela que ganó un concurso latinoamericano que se llamaba “Un pesebre tras las rejas” y en 2018 ganamos el de pastorelas a nivel estatal, yo hice el guión, dirigí y actué. La autoridad te da permiso de jugar porque este tipo de obras son proyectos institucionales. Es muy conmovedor cómo se crean espacios de recreación con dinámicas que generan distintas atmósferas. Con estos ejercicios se fortalece la amistad. Las chamacas son muy receptivas, empáticas, solidarias, y por ello son capaces de darle su toque personal a los personajes. Hacer teatro aquí es maravilloso, pero no por mí, es porque ellas logran algo padrísimo. Mi miedo al final ya no es que se les olviden sus diálogos o que no actúen bien, sino que no se me vaya a ir libre alguna. Qué chistoso, ¿no? ¿Cómo te pido que no te vayas libre antes de que pase la puesta en escena?
Tengo como tres meses con una historia en la cabeza para una obra de teatro: un drama. La tengo que escribir pronto porque no me va dejar descansar hasta que lo haga. El teatro es un acto de fe, es magia, es ilusión. Por eso quisiera mucho poder montar la obra y no que quede solo publicada en alguna antología.
SC: ¿Crees que el poder de la palabra constituya en algún momento el móvil para tu libertad anticipada?
SA: No. Las cuatro negativas de mi libertad lo confirman. En algún momento sí lo pensé, pero como no se dió, dejé de creerlo. El corazón hace callo. “Sin llorar” se llama el chiste. Pero de todas formas lo que hago no está condicionado. Si sirviera o no para un beneficio, yo le seguiría haciendo, sobre todo porque desde el “día uno” comencé a hacer cosas. Comencé a involucrarme. A veces cuando ando triste pienso: “ya no voy a hacer nada”, pero no es cierto. Soy la primera que siempre está involucrándose, pidiendo permisos, llegando con ideas. Así soy yo, y, aunque me hayan dicho cuatro veces que no, lo sigo haciendo. Pero sí me llama la atención que el beneficio se me niegue a pesar de todo. La libertad anticipada se evalúa a partir de la evolución dentro de la prisión. Sin embargo el juez dice que yo ya era esa Sylvia afuera y que ellos no han notado un cambio, que por eso todo lo que hago aquí no marca una diferencia, que no me hace merecedora de una libertad anticipada. Pero, ¿qué hago? Sigo siendo la misma porque me gusta ser quien soy. Por eso pienso que para que el poder de la palabra surta su efecto mágico en la persona que la escucha o que la lee, esa persona tiene que tener una sensibilidad requerida. Debe de haber un juez que la tenga. Debe de haber alguno que tenga un perfil creativo, soñador.
SC: Dentro del penal cumplen con un cronograma de actividades estricto, ¿cómo has adecuado tu tiempo para poder crear universos narrativos?
SA: Primero que todo porque existen los espacios como el que te dieron a ti como maestra de literatura. Segundo, porque dentro de estos programas uno puede solicitar permiso para leer o escribir y tienes acceso a un tiempo extra en la biblioteca. Y tercero, porque la literatura es muy amable y, aunque dejes un tiempo de escribir el cuaderno sigue ahí, esperándote con toda su nobleza. Eso es una de las cosas que más me gusta de escribir: que no te exige mucha disciplina. En un sentido estricto la literatura es bondadosa. El libro espera paciente a que uno regrese a él.
SC: Por último, al salir de la cárcel tienes muchos planes por cumplir, pero creo que debe de haber alguno que reproduces día a día. ¿Qué es lo primero que quieres hacer cuando cruces ese portón?
SA: Tenía muchos planes, pero ha sido tan difícil reponerme de esas cuatro respuestas negativas sobre mi liberación, así que ya dejé de hacerlos, o por lo menos de hacer planes que tengan vigencia. Ha habido proyectos que he hecho con amigos y ofertas de trabajo, pero casi todos están establecidos dentro de un tiempo preciso. Por eso dejé de hacer planes: para que no fuera tan complicado levantarme. Tengo sueños. Tengo el “me gustaría”. Me gustaría ir con Silvana a la playa. Eso. Recogerla en la escuela: me vuelve loca esa idea. Me encantaría un día llegar por ella sin que sepa que ya estoy libre y poder ver su reacción. Tengo planes con mi familia, pero nada que pueda marcar la diferencia si salgo ahorita o en tres años. También tengo una promesa interna y personal de que cuando adquiera mi libertad: no dejaré la cárcel por completo. No puedo ser indiferente y decir: “me voy y ahí se la echan”. Tengo que hacer algo por ellas. Son trece años de mi vida muy importantes y tengo que tener ese lazo con ellas.
SC: Sylvia, muchas gracias por tu diálogo, por la sinceridad inmersa en él, por toda tu humanidad. ¿Quisieras decir algunas palabras como apéndice de esta entrevista?
SA: No soy nadie para decir nada a nadie. Solo quisiera remarcar que cuando lean un libro como Las celdas rosas o que cuando conozcan a alguien que esté o haya estado en la cárcel, no juzguen tan duramente. Es mucho lo que traemos de historia cuando llegamos aquí. Como mujer es más difícil reintegrarse a la sociedad. El hombre sale y se reintegra muy fácil, la mujer carga con el estigma muchos años, mucho tiempo. Y aunque tú digas que he pasado a la historia como una de las pocas mujeres que han ganado el CLS, espero que eso tenga más peso que la razón de mi encierro. Porque a veces pienso que no importa qué tan bien me porte, qué tantos concursos gane, no voy a dejar de ser la locutora que le echó ácido a su marido. Ojalá que la gente fuera más sensible y no nada más conmigo, yo solamente soy un ejemplo. Esperaría que hubiera sensiblilidad de la sociedad de afuera. Con las autoridades hay mucha apertura, ya estamos cambiando. Falta la gente de afuera.
Autores
Doctora en Humanidades por la Universidad de Sonora. Ganadora del XXV Premio Nacional de Narrativa: Gerardo Cornejo en 2014 y del Concurso del Libro Sonorense en 2018, entre otros. Presidente del Colegio Sonorense de la Lengua y la Literatura. Tallerista de cursos de creación literaria en centros de reinserción social. Autora de los libros:
De cuando ellos se narraron (ISC, 2016) y próximamente del libro
Love is love o de cómo me ato las cintas (Nitro/Press, 2019). Ha sido becaria del FECAS, FONCA y CONACyT. Es correctora de estilo y su línea de investigación son los estudios literarios con perspectiva de género.
Ilustrador
Socorro García Bojórquez (Fotografía)
Actualmente cursa el doctorado en humanidades en la Universidad de Sonora. Beneficiaria del apoyo FECAS en 2014 y de PACMYC en el año 2017. Participa en diferentes foros de discusión de ideas; publica en revistas especializadas en estudios de género y en la revista … cuando el río suena… letras lleva que publica el Instituto Sonorense de Cultura. Colabora en el programa de radio “Desde el jardín de letras” que transmite Radio Universidad. Es gestora e investigadora de la etnia comcaác del Desemboque de los Seris desde el 2016. Fotógrafa etnógrafa.