LDC
Aquí puedes leer la introducción a nuestro dossier sobre el Caso Colosio.
Aquí puedes leer la introducción a nuestro dossier sobre el Caso Colosio.
Hay años tan convulsos en la historia de un país que narrarlos desafía la inercia con la que la memoria distingue lo importante de lo pasajero. 1994 fue uno de ellos. Para quienes vivieron ese año es probable que algunos de sus recuerdos estén todavía mejor anclados que otros de años más recientes. Para quienes no, es posible que hayan escuchado que varias de nuestras coyunturas actuales están conectadas, de algún modo, con acontecimientos que sucedieron en esos días. El levantamiento del EZLN, la entrada en vigor del TLC, el final del sexenio de Salinas de Gortari o la crisis política que produjo el magnicidio de Luis Donaldo Colosio —candidato presidencial del partido oficial—, son solo algunos de los hechos que convirtieron a ese año en un punto de inflexión de nuestra historia contemporánea.
A veinticinco años de lo sucedido tenemos cierta ventaja para leer estos acontecimientos. Los acomodamos mejor dentro del rompecabezas personal. Lo hacemos porque creemos comprender de una manera acertada ese pasado. De otro modo no podríamos proyectar nuestra estela y la de los nuestros dentro del libro de crónicas que hacemos acerca de la sociedad en la que vivimos.
La pregunta es pertinente: ¿qué tanto han cambiado las circunstancias desde entonces? Identificar las transformaciones de la vida pública de una sociedad no es una tarea simple. No depende de nuestra percepción únicamente, ni de la voluntad o el deseo de cambio, sino de las fuerzas con las que distintos actores, individuales y colectivos, dan ritmo a las transformaciones que ordenan un estado de cosas.
Una tarea ineludible —aunque no la única— para entender estas transformaciones, se encuentra visitando el pasado, construyendo esas narrativas con las que se hilvanan los recuerdos. Este es el ensayo de una crónica que recopila algunas memorias de un instante caótico de aquel año: el magnicidio de Colosio. Rememorarlo es al mismo tiempo traer una fotografía del estado de las cosas de ese momento, como plantear una referencia para preguntarnos sobre los cambios de la vida pública en este país. El ejercicio, más que ofrecer luz sobre una verdad, traza, como un topo ciego que perfora el suelo, distintos pasadizos que construyeron esas nociones de pasado que hoy forman parte de nuestro presente.
***
Como ahora, en el noventa y cuatro los mítines de las campañas políticas se amenizaban con música popular. No era el reggaetón, sino música de banda lo que primordialmente se escuchaba en el inicio o final de cualquier acto. En ese año, además, no existían los videos de YouTube en los que hoy se registran, aunque de manera fragmentada, casi todos los acontecimientos públicos; el internet era un lujo de universidades, pero a cambio teníamos un par de canales de cobertura nacional, que informaban de manera un tanto homogénea lo sucedido en el día.
En el noventa y cuatro, por supuesto no había mensajería instantánea; los números telefónicos se reservaban para cada hogar, para cada familia. Existían bipers una cosa excepcional de médicos y personas con necesidad de localización inmediata. En el noventa y cuatro, las elecciones de representación popular en el país eran, al igual que ahora, un ejercicio democrático. Miento. No estoy seguro al respecto. Ese año sin embargo se registraron diez candidaturas presidenciales, una mujer, nueve hombres, todos políticos de carrera.
Las elecciones fueron organizadas por un organismo autónomo de reciente creación, el IFE, predecesor del actual INE. Una elección en la que participarían millones de personas demandaba, como ahora, un artilugio tan básico y elemental como la boleta electoral, con los nombres impresos de por lo menos nueve candidatos, uno menos que la suma de todos los previamente registrados. La causa, uno de ellos, el del partido oficial, había sido asesinado.
El 23 de marzo de ese año, Luis Donaldo Colosio encabezaba un mitin de campaña en Lomas Taurinas, Tijuana. Se tenía previsto al finalizar los discursos, que se hiciera un recorrido de contacto con la gente. Como ahora, en ese entonces, el mensaje de los mítines importaba poco, todo está preestablecido para ser vitoreado. Lo relevante, ayer como ahora, es demostrar el poder de convocatoria. Aquel día los noticieros repitieron una y otra vez un video amateur como el registro viviente de lo acontecido. Se observa una multitud desplazándose de forma lenta. A primera vista no es sencillo distinguir quién es Colosio en medio de todas esas personas. Se escucha la canción de Benny Moré «La culebra», en una versión de Banda Machos. Un hit por entonces, con un estribillo que parece premonitorio: «Huye José, Huye José». La multitud prosigue su camino y de pronto ocurre un breve pero hondo alarido. La toma del video se tambalea porque intenta hacer un zoom. No está claro qué sucede. Algunos gritos se escuchan y la dispersión de la gente que segundos antes provocaba la aglomeración.
No recuerdo si aquel día se interrumpieron las transmisiones en la televisión abierta para informar de lo sucedido, pero es probable que sí. Aunque vago, guardo mejor el recuerdo de la noticia en la que Jacobo Zabludovsky y Talina Fernández informaban horas más tarde sobre el deceso de Colosio. Quizá guardó mejor este último recuerdo porque a partir de cierto momento, la nota periodística se repitió una y otra vez acompañada de un copy paste de videos con distintos fragmentos de lo sucedido: el de la detención del asesino, que después se supo se llamaba Mario Aburto Martínez, el de varios autos saliendo en estampida y que presumiblemente llevaban al candidato herido, el de la multitud caminando previa al atentado, todo mezclado, todos en un loop.
En los días y meses posteriores al magnicidio, se habló de lo esperado. Para la investigación oficial se creó una fiscalía especializada que laboró siete años. Concluyó que se había tratado de un asesino solitario. Propio del escepticismo que en el país existe hacia las instituciones que imparten justicia, la opinión pública no esperó ni se contentó con las indagaciones oficiales. Se construyeron diversas hipótesis para explicar lo sucedido, como si lo que se necesitara fuera llenar un vacío.
En un extremo, se difundió un mito a partir del cual la envergadura del magnicidio se entendía exagerando la oportunidad perdida. Colosio, dijeron algunos muy convencidos, representaba una amenaza para el establishment, la opción real de un cambio profundo que necesitaba el país. En el extremo contrario, aparecieron múltiples teorías del complot que especulaban sobre las razones que permitieron que un lobo solitario como Mario Aburto Martínez saltara los cercos de seguridad y generara esa crisis política en el país. Como si se tratara de un thriller, se habló incluso de claves escondidas en un discurso supuestamente crítico contra su propio partido, pronunciado durante el inicio de ese marzo. Todos simples rumores.
A veinticinco años de lo ocurrido ¿qué tan relevantes pueden parecernos estos hechos? En su ensayo «Herencias intangibles», la filósofa Nora Rabotinikof trata lo que denomina «la experiencia de la política» entre generaciones. Cada generación traza un vínculo con el pasado, pero el vínculo depende en gran medida de cómo haya sido tematizada o narrada esa experiencia, no solo por los propios actores que lo vivieron, sino también por observaciones externas que describen lo acontecido. De esa forma, señala —y creo que de forma acertada—, el pasado incide en la manera en la que nos colocamos políticamente en el presente.[1]
Un acontecimiento como el magnicidio de Colosio es relevante justo porque ejemplifica la manera en que distintas generaciones han tematizado ese pasado. Y siendo el caso, lo cierto es que contamos con recursos limitados para hacerlo. Más que por información oficial, hemos sido provistos por indagaciones expuestas en la opinión pública, oscilantes ellas entre el respaldo de la evidencia periodística y la ficción que reproduce un imaginario predeterminado acerca de un sistema político corrupto. No es de extrañar que en estas circunstancias distintos mitos se hayan construido para explicar lo sucedido. Documentales, reportajes, libros, una película, e incluso una banda de garage llamada Los Colosio’s Dead (que emulaba a esa otra banda de punk con otro nombre de magnicidio: Dead Kennedys) forman parte de los modos en los que se ha construido la memoria de ese caso.
La película Colosio el asesinato incluso generó polémica por las fechas en las que se presentó, 2012, año de otra elección, debido a que, en su juego con la ficción, no dejaba claro su vínculo con la realidad, explotando la tendenciosa mirada de hartazgo hacia el partido único. Y no es para menos, considerando las circunstancias institucionales que fomentaron la especulación sobre la verdad del caso.
Para muestra un botón: hace tan solo unos días una organización de la sociedad civil notificaba en medios la apertura del expediente completo de la investigación. Resultado de una petición de acceso a la información, nueve mil documentos con infinidad de pruebas se han hecho públicos. Acceder a esta información décadas después de lo sucedido y antes de lo previsto a su fecha de apertura en 2035, habla no sólo del grado en que se han alterado los factores que configuran a la autoridad pública, en gran medida gracias a la aparición de nuevos actores en la sociedad civil. También, habla de la posibilidad de contar con mejores recursos para tematizar ese pasado reciente, en donde la ficción (y el mito) no sean las únicas fuentes que alimenten la opinión pública, el imaginario y la memoria. Solo de ese modo, robusteceremos nuestra capacidad de escrutinio público.
***
Cierro con una anécdota. Hace un par de años me encontraba esperando turno en una fonda concurrida de la Ciudad de México. Fortuna pírrica de aquel día fue saltar el usual tiempo de espera gracias a la amabilidad de una persona que decidió compartir conmigo su mesa. Entablamos una plática de cortesía. Queríamos, supongo, mediar cual dos desconocidos los silencios y los alimentos. Mi compañero comensal me preguntó por el libro que leía y mi profesión. Después, me describió algunos pormenores de la suya. Era actor y productor, me dijo. Casi al momento, mirando la innecesaria calma que su afirmación produjo en mi preguntó si había visto «Colosio: el asesinato». Le respondí que no. Y aunque no de forma inmediata, pensé en lo poco atractivo que me han parecido las películas que tienen como temática central los intersticios de la política de nuestro país. Me pasa lo mismo con las series de narcos. Hay un punto en el que me abruma que la ficción quede entrampada en los mismos personajes. Iba a comentar justo eso, cuando mi amigo comensal reviró: Yo soy Mario Aburto Martínez, en la película. Sonrió. El término sorpresa no es adecuado para describir lo que en ese momento pensé. Desde luego que acallé mis juicios, porque siempre me ha parecido de mal gusto presentarse con desconocidos alentando las discrepancias. Tampoco pensaba hacer ahí, en una comida de medio día una digresión sobre lo que considero oportuno para la ficción. Pero si por entonces hubiese sabido que nuestro accidental encuentro serviría para terminar un ensayo, quizá le habría preguntado más acerca de su personaje. Al menos no me habría guardado la duda: ¿Cuál de todos los Aburtos? Sin embargo, al igual que la ficción, el hubiera se suspende en ese plano en donde rige el deseo de lo posible. Y por eso, es pertinente recodar que lo que aquí he sostenido es justo lo contrario: la necesidad de acercarnos de forma más terrenal al pasado.
[1] Rabotnikof, Nora, 2013, «Herencias intangibles», en Mudrovic, Maria Inés; Rabotnikof, Nora (Eds.) En busca del pasado perdido. Temporalidad, historia y memoria, México: SXXI Editores-UNAM
Mañana sábado 23 de marzo de 2019 se cumplen 25 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio, quien fuera candidato del PRI en la elección presidencial de 1994.
Pocos años en la historia del México reciente han sido tan convulsos y definitorios. La perspectiva de iniciar 1994 con la celebración de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), cúspide del proyecto político del presidente Carlos Salinas de Gortari, se vio interrumpida por el alzamiento en armas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas. En el plano nacional el EZLN se dedicaría a exponer el fracaso del proyecto neoliberal y la permanencia del sistema autoritario, y en el internacional se convertiría en el modelo de referencia para la organización de una nueva izquierda que respondiera a la aplanadora neoliberal globalizada que siguió al desmantelamiento de la Unión Soviética.
Desde finales de 1993 los cárteles del narcotráfico habían dado muestras de un poder incontenible. En mayo fue asesinado el Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara, presuntamente confundido con El Chapo Guzmán, quien fue detenido al mes siguiente y recluido en el Penal de Máxima Seguridad de Puente Grande hasta su primera fuga, en 2001.
1994 estuvo repleto de elementos disruptivos al interior del PRI (entonces partido hegemónico): José Francisco Ruiz Massieu, presidente del PRI en la capital del país y cuñado del presidente Salinas, fue asesinado afuera del Monumento a la Revolución, y poco después desapareció Manuel Muñoz Rocha, diputado priista presuntamente implicado en el asesinato de Ruiz Massieu. Sin embargo el asesinato de Colosio se erigió como el emblema de la descomposición de ese sistema político.
Colosio, un candidato joven y carismático, se desdibujaba en las tramas del poder. Comparado con el Subcomandante Marcos, vocero del EZLN, y Manuel Camacho Solís, mediador entre el gobierno y la guerrilla (y al mismo tiempo el mayor crítico de la candidatura de Colosio), parecía difícil de aceptar que era el nuevo hombre fuerte del sistema. Quizá porque era un orador convincente y emotivo, y el último candidato presidencial del PRI con un perfil más político que tecnocrático, su muerte fue lamentada por un amplio sector de la oposición.
Dos acontecimientos recientes nos han obligado a reflexionar sobre Colosio: el 6 de diciembre del año pasado el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI) consiguió la liberación del video completo del asesinato de Colosio, originalmente reservado hasta 2035; y el 29 de enero la organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad obtuvo la liberación del expediente completo del proceso penal contra Mario Aburto Martínez, asesino confeso de Colosio.
Con esos materiales en mente convocamos a escritores y artistas para reflexionar sobre este magnicidio. En Memoria y mito: sobre el caso Colosio, el ensayista y académico Iván Eliab Gómez hace una revisión crítica del acontecimiento y de las lecturas que ha tenido desde la cultura. Los escritores y músicos Luis Bernal (Niñobomba) y Miguel Rovel realizaron LDC, una pieza de audio conmemorativa, ilustrada por Isabel del Valle y Luis Ham con los materiales del caso recientemente hechos públicos.
I
Por la noche
después de acostar a mi hija
pienso en los perros
en un documental que estuvimos viendo una tarde
la primera vez que ella probó sándwiches de cajeta
los lobos menos agresivos
fueron domesticados por los hombres
tuvieron comida segura
y sus crías dormían cerca del fuego
los lobos que mordían la mano del hombre
fueron sacrificados
y los lobos cada día se parecían
menos
a sí mismos
algunas noches pienso en esto
algunas noches mi hija piensa
que ciertos árboles deberían ser posibles
hemos sembrado botones y Tutsi Pop
no pierdas la paciencia
le digo
recuerda que los perros eran lobos
II
Quizá me acerque
al número 50 de mudanzas
si algo
he podido enseñarle
a mi hija de seis años
es que no hay nada permanente
así que amamos mudarnos
como otros aman los domingos en la playa
Amamos conocer gente nueva
y la incertidumbre
que es un dulce que poco a poco perderá
su sabor
hasta la nueva mudanza
Quizá nosotras
a diferencia de otras personas
tememos que un día ya no haya más cambios
Confiemos en que algo como eso
es imposible
III
Mi bebé duerme gran parte de la mañana
me preparo el café con cubitos de hielo
no estoy de buen humor
en todo caso
no estoy despierta
Si tuviera fuerzas
pondría a mi bebé en su carrito
y saldríamos a caminar
Pienso: Sol
blanco sol inclemente
Corro las cortinas
A esta hora de la mañana soy un ama de casa triste
Debo ser demasiado tonta
para no poder disfrutar
que estoy en casa
que escribo
junto al burrito rojo que los reyes magos
trajeron hace tiempo
Hace unos días
trabajadores de la constructora
encontraron un cráneo en una bolsa negra
el cráneo estaba barnizado y decorado
Este es un fraccionamiento
todas las casas son blancas
con pórticos de color ladrillo
ventanas corredizas y protectores
La mayoría de las casas
se encuentran vacías a esta hora
Son pocas las mujeres de hoy que pueden ver
a su hijo de tres meses dormir
en este fraccionamiento donde trabajadores
siguen levantando casas idénticas
para la multitud que desaparece el día entero
Gente que decora cráneos
que más tarde tirará en una bolsa negra
a mitad de la nada
A esta hora del día
escribo
sobre el aislamiento
IV
Resulta obvio que seamos
una generación que le teme a las oficinas
Nuestros padres trabajaron como locos
si alguien moría ellos seguían trabajando
si había un niño enfermo
había que trabajar más
Incluso en casa trabajaban
el día entero y con ello
es probable
que quisieran heredarnos la pasión
por el trabajo
sin darse cuenta de que corrían frente a nosotros
una película de miedo donde la ausencia
era un fantasma que podía tomarte del cuello
encontrarte bajo las sábanas
burlarse de ti
Resulta obvio que odiemos
las calles imposibles
la noche imprevista
donde la gente abandona en bandadas
oficinas
tiendas departamentales
En casa
la mesa tiene frutas amarillas que comemos
descalzos
¿También le tienes miedo a la
oscuridad? me pregunta mi hija
Sí
especialmente si es ruidosa
y las luces de la ciudad
están bajo la lluvia
Desde hace seis meses vivo en un cuarto que vi anunciado como departamento pero que no es otra cosa que diez metros cuadrados con paredes enmohecidas y una gotera en la regadera. Acepté quedarme porque puedo pagar la renta y me dejan tener al perro.
El colchón a ras de suelo es lo primero que se ve desde la entrada. Junto a la puerta puse el librero del abuelo. Apenas cumplí diez años, me obsequió veinte segundos para inspeccionar su estudio y escoger lo que más me hiciera ilusión; el librero vino conmigo, junto con todos los libros que habitaban en él.
No acostumbro ver televisión, pero tengo una. Fue regalo de mi madre apenas me mudé al cuarto. Según sus argumentos ya tengo bastantes libros, y no siendo eso suficiente, dice que las realidades que construyo con mis letras están ligeramente retorcidas. Pretende que el aparatejo me siga anclando a ella, que nos dé de qué hablar y que de paso me distraiga un rato de mis lecturas.
Para escribir uso una mesa que tengo desde preparatoria. La silla a juego se perdió en alguna mudanza y en su lugar aprovecho un banco de metal que me recuerda a una sala de cirugías, aunque nunca haya estado en una, al menos no desde mi nacimiento.
Pasa que varias veces al mes, cerca de los días en que tengo entregas en la revista, me entra un pánico que me hiela las manos cada que trato de acercarme a la mesa. Cuando eso sucede, sé que no falta mucho para que el enano aparezca. No necesito abrirle, él sabe cómo entrar. Lo escucho quitarse los zapatos para no hacer ruido, su intención es espantarme pero estoy tan acostumbrada a él, que puedo escuchar las plantas de sus pies sudados, pegándose y despegándose de la loseta.
Lo ignoro y aprovecha para arrastrar el banco y subirse con dificultad. Ya acomodado, me observa mientras trato de distraerme ordenando papeles. Podrían estar regados por el cuarto y me daría lo mismo, pero con el enano ahí me es imposible conservar la calma. No tarda en tirar del pantalón como un niño desesperado, quiere que le extienda los brazos para acogerlo en mi pecho. Se le complica las primeras veces pero finalmente lo logra y termina colgado de mi cuello haciendo un intento de enrollar las piernas a mi cintura.
Ya instalado se vuelve insoportable. Lo llevo a la lavandería y mientras coloco la ropa en el tambor, se balancea como primate hacia mi espalda para no caer al suelo. En el supermercado me hacen formarme en la fila de personas con discapacidad, ancianos o personas con bebés. Sólo hasta que mis enceres pasan por la banda móvil, el cajero me saluda y alcanza a ver a la rémora adherida a mi cuerpo. El enano sonríe maliciosamente y el cajero espantado, clava una mirada cohibida en el escáner mientras pasa los productos con tal rapidez que el cerillo, un señor atestado de canas que también han alcanzado a ver al enano, termina retacando todo en la bolsa de plástico y dándome las gracias sin siquiera mirarme.
Este enano además de feo es hablador. Siempre que viene suelta una perorata acompañada de fruncimientos de ceño y hasta pellizcos. Le cuesta trabajo creer que mis letras son buenas. Ataca mis ideas vilmente, las más grandes y brillantes, las hace trizas, las desprecia y les cierra la puerta. Se toma el papel de crítico muy enserio y yo, permito que me destruya.
El día se alarga y el enano comienza a sudar mientras paseo al perro bajo el rayo de sol. Los tres regresamos jadeantes por el camino de siempre, pero antes paso a comprar un kilo de mangos a la tienda de la esquina. Cuando pago, las monedas caen en la mano del tendero y el tintineo me hace tener un atisbo de inspiración. Que bonito suenan, ese entrechoque podría ser el inicio de una historia situada en los años cincuenta, en la que una mujer obesa deposita diariamente treinta centavos en una báscula de farmacia después de haber comido seis rebanadas de pizza y por supuesto una ensalada, con la esperanza puesta en la perdida —aunque sea mínima— de peso. Agarro la bolsa de mangos mientras digo: “sí, es una buena idea”. El tendero se me queda viendo y se rasca la barbilla en señal de duda. Sonrío y le doy las gracias mientas giro hacia la salida. El enano bufa y altaneramente se suelta de mi cuello, tengo que agarrarlo para que no caiga de espaldas, me ve fríamente.
—No estarás pensando en escribir algo ¿o sí?— me escupe al hablar y volteó la cara para no terminar bañada en saliva. No contesto.
—De todos modos, lo que sea que estés pensando, no creo que sea tan bueno. Y como siempre, no lo vas a terminar. Estás llena de ideas vagas.— Me frunce el ceño desdeñosamente y aunque quiero contestarle algo para salvar mi pellejo de esta arrastrada que me está poniendo, no logro mover los labios. El perro comienza nuevamente a jadear y camino junto a él convenciéndome de que la mujer obesa tampoco tenía muchas esperanzas.
Llegando al departamento muelo los mangos para hacer agua, cuelo todo y coloco suficientes hielos como para congelarme el pecho. Me acomodo en el sillón mullido y prendo el televisor, caigo en la cuenta de las cosas van muy mal. Un hombre de bigote da las noticias a las dos de la tarde. Habla sobre unos ductos de agua que se rompieron al sur de la ciudad. Estoy segura de que nadie más sintoniza ese canal tan aburrido. Hay tanto que hacer a las dos de la tarde que nadie se tomaría el tiempo de ver el noticiero y pasivamente poner atención a los grandes acontecimientos ciudadanos.
Unos recogen a sus hijos del colegio, otros salen en estampida de sus oficinas para comprar algo de comer. La ciudad se llena de claxons chirriantes emitidos por microbuseros desesperados. Se escucha el organillo en varias esquinas de la ciudad, las calles se llenan de gente que camina rápidamente para trasladarse a su siguiente destino. Todos sudan, odian haberse puesto esa corbata que los asfixia y esos tacones que más tarde sólo dejaran ampollas en el dedo más pequeño del pie. A las dos de la tarde todos hacen algo, menos yo.
El enano entra en un sopor contagioso, está caliente. Nos quedamos dormidos y abro los ojos modorramente hasta que el perro lanza unos ladridos guturales al gato de la vecina que está tras la puerta, otra vez se quedó fuera. La tarde se pasa en ir y venir del sillón a la mesa, el enano se ríe, esconde la cabeza en mi cuello y se queda dormido. Trato de despegarlo pero con tan solo un movimiento, se vuelve a enrollar en mi cuello y suelta un ronquido más fuerte que el anterior.
Me propongo escudriñar en mi mente tratando de encontrar algo que sea útil para comenzar una historia. Recuerdo la vez que vi, escondida en la alacena de la cocina, cómo el amigo de mi tía Romina le metía mano en el escote y lentamente le sacaba una teta. Ella cerraba los ojos y respiraba con dificultad. La parte más nítida que tengo de ese momento es el pezón como de hotcake que el tipo acariciaba rápida pero sutilmente, apenas rozándolo. No entendía cómo algo tan suave podía provocar en mi tía unos gemidos que rápidamente se convertían en gritos y que aceleraron mi corazón de tal forma que ni leer los libros prohibidos por mi madre me causaba tanta emoción. Salí corriendo de la cocina sin ser vista y días después, comencé a frotarme los pezones aunque tuvieron que pasar varias semanas para encontrar la suavidad exacta.
Llega la hora de la cena y no tengo otra opción más que sentarme con el enano prensado a mi cuerpo. El horno está descompuesto y las albondigas con espagueti las como frías y sin ganas. Me traslado al colchón y caigo de espaldas esperando que mi acompañante se sacuda al menos un poco, pero no lo hace, sigue dormido. Ha estado sudando y sus fluidos tienen mojada mi camiseta. Me liberaría de su presencia si me sentara y tecleara apenas unas palabras, pero me desbordo en el fatalismo de dejarlo habitar en mi. Está que hierve y me trasmite su calor, pero sólo en la parte que ocupa, el resto del cuerpo está tieso, los bellos erizados. ¿Debería levantarme y mandarlo a la fregada? Lo sigo pensando, trato de encontrar una idea y me propongo poner la mente en blanco pero, ¿qué chingados es poner la mente en blanco? Jamas lo he podido hacer, siempre que cierro los ojos veo todo negro. Mañana tengo que ir a pagar la luz y comprar latas de atún porque ya no hay en la alacena. Las croquetas del perro ya se acabaron y no tengo ni un quinto para comprar unos gramos de los de granel en el mercado.
El enano ya está roncando y yo ni me he calentado. Deslizo sutilmente los dedos bajo la playera y cierro los ojos, por un instante la cara de mi tía Romina pasa por mi mente, sonriéndome. Mis pezones no han tenido una erección en días, así que pongo especial atención para lograr un acto digno. El perro se espanta con los primeros gemidos entrecortados mientras el enano continua aplastándome, no se mueve ni un milímetro. Tengo que maniobrar por unos segundos consiguiendo recorrerlo hacia mi estómago y así puedo frotar mejor. Muevo la cadera en círculos mientras aprieto ligeramente las piernas, de esa forma me atrapa un ritmo aceptable hasta que consigo venirme. Pero la decepción es honda cuando percibo que esa energía duró apenas unos segundos y no penetró en todo mi cuerpo como había prometido, apenas me mojé.
Adopto una posición de feto colocando las manos en la entrepierna. Escucho cómo el perro da vueltas antes de tirarse en el suelo y comenzar a roncar. Me voy perdiendo en los pensamientos, sé que sigo con el enano pero ya no me importa mucho, me dejo envolver por las sábanas arrugadas. Siento los fluidos calientes escurriendo lentamente hasta llegar a mi calzón, pero ni loca me levantaría a limpiarlos. Los dejo ahí y me duermo húmeda.
Olvido al enano, me olvido de mí. Sueño con los mangos, la báscula, el perro y la tía Romina, también sueño con mi madre vendiendo televisiones. Abro los ojos a las tres de la mañana creyendo que la relación de todos esos elementos es coherente y por supuesto una buena historia. Debería sentarme a escribir por lo menos algunas palabras clave que me ayuden a recordar todo el día de mañana. Pero estoy somnolienta y las sábanas ya calientes. El enano está hecho bolita y por unos segundos logro verlo con ternura. Podría dejarlo pasar la noche, tal vez otro día, de todos modos mañana no me toca lavar y así aprovecho a que me termine de sudar la camiseta.