Una tarde de primavera, llegó al patio interior de mi casa en Nepantla, una siamesa salvaje de siniestros ojos azul profundo. Por la noche parió seis crías. Las dejó ahí y se fue (ella misma era una cría de seis meses que quedó preñada en su primer celo). No entendió por qué salían bultos de su cuerpo; no se sintió responsable por esas vidas. Regresó dos días después, cuando sus seis hijos —los puse en una caja de cartón y les intenté dar leche— ya estaban muertos. Se instaló en las ramas más altas de un tabachín del patio. Bajaba cada mañana para pedirme mimos y comida. Y yo estaba solo.
La bauticé Sparafucile.
El pasto, en Nepantla, ha comenzado a secarse. Por la mañana los volcanes se veían muy claros; el campo olía a calabazas. Ni una nube; el cielo vacío de formas me inspiró desconfianza. Ahora, a las 18:46, es noche cerrada. Martes 22 de diciembre. Sparafucile ha desaparecido. A veces se mete en mi cuarto; lo tiene prohibido. Engañarnos es un juego que nos gusta; sabe que sé, sé que sabe. Todo va a estar bien mientras nos sigamos la corriente. No hay una mujer que nos moleste.
Las mujeres que la han conocido me preguntan sobre su nombre. Sparafucile es el asesino a sueldo que contrata el jorobado bufón Rigoletto para matar al duque de Mantua como venganza por haber violado a Gilda, su hija virgen. Lo interpreta un barítono que, de preferencia, debe medir por lo menos 1 metro con 88 centímetros y tener imponente voz acerada.
Salvo por el elemento sonoro, nunca una gata ha tenido un nombre más adecuado. Sparafucile es una eficientísima máquina de matar; cruel y despiadada. En el patio interior de mi casa, han despertado cadáveres de ardillas, alacranes, palomas, lagartijas, tlacuaches y ratas.
El día se extiende. 22:52. Escribo en la cama. Sparafucile duerme sobre la toalla que le pongo en la banca de afuera, bajo la ventana de mi cuarto. Noche de muchas estrellas y animales inquietos. Sonidos de movimiento y angustia, de amenaza y miedo. Noche fría de luna chica.
No tengo planes para navidad ni para año nuevo.
Mi ruidoso refrigerador con leche, jengibre y huevo. Mañana, al despertar, echaré las tres cosas en una licuadora; mi desayuno.
El jengibre es afrodisiaco, y mucho jengibre nocturno me hace querer ir a la Ciudad de México. Me subo a mi coche (un Tsuru sucio de 1995, verde oscuro con asientos café claro) y tengo tres opciones para llegar a la capital. La elección de la carretera resulta muy importante; determina a cuál de las tres mujeres voy a visitar.
Sparafucile se niega a comer jengibre, lo rechaza con obstinación. Le doy croquetas, atún o sardinas. Si le doy sardinas es porque voy a abandonarla; las huele y salta a la rama más baja del tabachín. Ahí espera, paciente, decidida, a que los pájaros se acerquen a la fuente por agua. Sabe que me encanta el canto de los pájaros.
Sparafucile mata a los pájaros para vengarse de mí. Desde su rama en el tabachín los observa beber agua en la fuente. Los mira ir y venir. Nunca se precipita. Su paciencia es incansable, y sus exigencias estrictas. No ataca presas débiles, enfermas, torpes ni demasiado pequeñas. Busca a los plenos, de alas poderosas y cuerpos elásticos, que suelen ser los más cantarines, de colorido canto alegre y acrobático. Sparafucile se desprende de su rama y derriba en el aire algún pájaro hermoso de un zarpazo. Inmediatamente, le desgarra las alas; evita picotazos, y le permite arrastrarse, ilusionarse con la idea de libertad, para, al final, saltarle encima y seguir desgarrándoselas.
—Miauu, miauu, miauu (“¡Mírate, sin alas eres tan vulgar como una rata!”).
Cela que yo admire el canto de los pájaros. Envidia su habilidad de volar y existir en una atmósfera que, a pesar de su pasmosa agilidad, le resulta inalcanzable.
Si los pájaros son rojos, Sparafucile, cosa insólita, olvida la sutileza de su naturaleza verdiana. Todo lo que la distingue desaparece: precisión, inteligencia y elegancia. El odio la desborda y alcanza la obscenidad del Puccini más vulgar, el de Tosca torturada por Scarpia.
Me encanta cuando la taza de té de jengibre se me queda medio llena en la noche y, ya frío, es lo primero que bebo por la mañana. Su sabor es el contacto inaugural con la realidad de un nuevo día tras la fantástica ausencia del sueño. Tiene un sabor picante, un poco amargo, que me enciende los nervios de manera instantánea. En estos días de jengibre, estoy en constante estado de alerta.
La mañana se ha hecho vieja. Es casi mediodía. Miércoles 23 de diciembre. Salgo de mi cuarto. Sparafucile toma el sol en el patio. Me observa sin moverse.
—Miau, miau (“Hasta que por fin se te ocurre salir y pensar en mí”).
Y luego me cuenta el drama de su existencia.
—Miauuuu, miaaau, miiiiiiiauu, miau, mi, mia, miauu, miauuu, miauu (“¡Me persiguió el gato feo!; luego tuve que atacar al gato dorado porque se quería meter a la casa; salió el tlacuache grande, con la boca llena de cáscaras de huevo de gallina y aguacates, y maté cuatro lagartijas, una me mordió la pierna. ¿Ves estas espinas?, tuve que correr porque el perro negro se me lanzó encima; pasé por los arbustos que atacan. Y mira, tú, dormido, como siempre, ¡no me quieres, no te importo y nunca me extrañas!”).
Dos veces he observado a Sparafucile cazar pájaros rojos:
1. Una mañana saltó de la terraza hacia el patio; lo mordió en el cuello a seis metros de altura, y se las arregló en plena caída, con el pájaro rojo en la boca, para amortiguar el golpe con la rama de un árbol y sólo torcerse un tobillo en el aterrizaje.
2. Descubrió el árbol donde el pájaro rojo dormía, y durante la madrugada subió por el tronco, rápida y silenciosa como una serpiente.
Mató a esas dos víctimas de la misma manera. Las conservó vivas durante casi cuatro horas. Les arrancó pedazos muy pequeños, cada 10 o 15 minutos, de cabeza, abdomen y patas. Las dejaba arrastrarse, con las alas inútiles, y caía sobre ellas una y otra vez hasta que, al borde de la muerte, las llevó a la fuente y les abrió el cuello con las garras. El pájaro rojo de la mañana murió ahogado; el de la noche, por falta de sangre. El agua de la fuente se pintó del color de las cerezas.
La flor de jengibre es roja. El jengibre me provoca sueños inquietantes:
1. Sparafucile regresa a la casa ciega, sin ojos, con las dos cuencas vacías.
2. Estoy en un barco con una amante del pasado, en medio de bloques de hielo, mientras, arriba de nosotros, atravesando un cielo blanco, aviones de combate comienzan a bombardear la Ciudad de México.
Voy a la Ciudad de México cuando me aburro. Nepantla es el último pueblo del Estado de México antes de llegar a Morelos por la carretera Chalco-Cuautla. Aquí la gente se dedica a criar caballos y a sacar de la tierra calabazas.
En ocasiones mi cuerpo se rebela contra el jengibre. Trago un pedazo grande y siento un dolor agudo en la boca del estómago; una horrible sensación de cerrazón, de que mis entrañas no van a abrirse; sudor frío en el nacimiento de mis cabellos; instantes de íntima asfixia y vísceras enroscadas. Dura tan sólo unos segundos. Luego, el alivio de la apertura: el jengibre cae, encuentra el estómago. Mi cuerpo procesa su fuego. Estos días de jengibre son muy sensuales.
Se ha hecho de noche: 23 de diciembre. Té de jengibre muy caliente. Estoy desnudo en una silla del patio al lado de la fuente. Sparafucile sigue conmigo. La luna pálida y el viento tibio.
No recuerdo cuándo fue la última vez que escuché a Brahms o a Ricardo Castro, a Pierre Schaeffer o a Manuel Enríquez. Me ha faltado espíritu, y sobrado tiempo, que gasto en dormir (los sueños siempre han sido demasiado importantes para mí), en comer poco, en escribir algo, en casi no hablar (únicamente por teléfono con mi mamá).
Necesito un orgasmo. Darlo. Me hace sentir vivo hacer que una mujer se venga en mi boca. Requiero de la ciudad para eso. Ahí viven las tres mujeres. Tres mujeres. Tres mujeres a las que puedo llamar a las diez de la noche y visitarlas dos horas después “para beber algo”. El alcohol resulta muy importante, nos libra de compromisos. No me obliga ni siquiera a ser un efímero amante y a ellas les permite el placer de un orgasmo sin comprometerse a ser penetradas. Soy su amigo del campo, salvaje y tostado, con el que a veces beben demasiado, y que, luego de que se hace muy tarde, no tiene en dónde quedarse. Así será el juego hasta que su patetismo nos canse.
Tres mujeres: Edurne, Amelia y Cristina. Tres mujeres. Tres mujeres.
Sparafucile está arriba de mis piernas. Ronronea. Pongo una toalla sobre mi piel desnuda para que no me lastime con su regocijo de sacar y meter las garras sobre mis muslos. Me habla.
—Miau, miau (“Sé que estás pensando en irte para cubrirte con esos densos olores de sal. Regresarás en dos días, cansado, más flaco, con los ojos rojos y sin ánimo. ¡No me quieres y nunca me extrañas!”).
Sparafucile ya no puede entender por qué debo irme, por qué debo tener sexo con mujeres que no quiero. Y no lo entiende porque la llevé a operar. ¿Y para qué lo hice si no pensaba cuidarla y estar seriamente con ella? Tiene razón en reclamar tanto. He sido un mal humano para ella.
Es navidad. Las casas de Nepantla tienen árboles y luces, excepto la mía. El té de jengibre se ha enfriado.
¿Edurne, Amelia o Cristina?
Edurne. Coyoacán. Carreteras seguras y caras: Cuautla-Oaxtepec-Tepoztlán-Cuernavaca-Tlalpan. Ginebra con quina y jengibre. Hablar sobre su futuro como economista en París o Londres. Lo ha planeado desde los 23 años. Lleva ocho años en la capital con la idea de que en México fracasa. Quizá en otro lugar, en otro país, en otra ciudad, podría ser más exitosa, más popular, más guapa. Sin embargo es una mujer de besos alegres. Sólo en una ocasión me preguntó: “¿Qué significa esto para ti?” Le respondí: “Somos amigos que a veces se acuestan, ¿no? Me gustaría serlo en lo que te vas a Europa; seguro será pronto, ¿no?” Estuvo de acuerdo.
En Nepantla escribo crónicas sobre mi vida desde el entendido (se lo leí a D.H. Lawrence en Haciendo el amor con música) de que yo represento los sueños prohibidos de mi abuela. Su sueño era ser cantante de ópera, y yo escribo sobre música. Ahora ella se debilita en soledad. Dos cuidadoras la atienden día y noche porque se le olvidan las cosas y reacciona con violencia a la falta de memoria. Fue una buena abuela. A veces pienso mucho en ella, pero mis problemas (¿en el fondo son su culpa porque representan sus sueños secretos?) me tienen triste en el campo y la he abandonado.
Amelia. Cercanías del aeropuerto. Carreteras baratas e inseguras: Cuautla-Amecameca-Chalco-Ignacio Zaragoza. Hablar sobre Ryan Adams y Sufjan Stevens; Cuautla-Amecameca-Chalco-Ignacio Zaragoza. Hablar sobre Ryan Adams y Sufjan Stevens; nuestros días como alumnos maristas, y cómo ella, en el amor, siempre siente que pierde. Mezcal, sal de gusano y jengibre en lugar de naranjas. Nos gusta quitarnos líquidos del cuerpo a lengüetazos. Se ríe a carcajadas al venirse. Me hace café cuando despierto. Nunca ha preguntado nada.
Voy a la cocina. Sparafucile me sigue como perrito faldero, tan cerca de mis pies que a veces me es imposible no patearla. Corto una raíz gorda de jengibre en 10 pedazos y me meto tres a la boca; el resto lo echo en la bolsa de mi pantalón. Le doy sardinas a Sparafucile; el manjar simboliza mi huida, mi huida que la hace querer matar pájaros rojos.
Cristina. Xochimilco. Carreteras gratuitas e inseguras: Tepetlixpa-Juchitepec-Cuijingo-Milpa Alta. Hablar sobre pintores muertos, diseño de sillas y ropa y la naturaleza del deseo. Vino rojo. Cristina odia el jengibre; dice que le produce náuseas. Es tierna de una manera desesperada. Su cuerpo le pide un hijo. Tiene 35. Pretende que su corazón es de fierro. Sufre. En nuestro último encuentro, me prometí nunca más visitarla, pero su boca es extraordinariamente complaciente con mi cuerpo.
No quise pasar navidad con mi mamá. No tengo nada que darle para hacerla sentir orgullosa; tendría que mentirle. Prefiero, por ahora, la distancia. La campana de la iglesia de Nepantla convoca a la última misa de la noche. Los grillos hacen mucho ruido.
Sparafucile ha visto que algo se mueve sobre la barda: corre a la jardinera y se trepa a un árbol, de ahí brinca a la verja y salta de vuelta a la jardinera con una lagartija en la boca. Maullidos raros, agudos e incompletos.
—Miauuu, miaaau, miau (“Mira, yo también trabajo por nuestra casa: traigo comida. No creas que te necesito”).
Y le arranca a la lagartija un pedazo de cola. Cargo a Sparafucile. La lagartija huye. Su cola suelta se agita sola en el piso. Meto a Sparafucile en su pequeña jaula o casita de viaje.
Mi vida, al borde de los 30 años, está increada. La solidez de la escritura es una fantasía. Dentro de mí, todo lo que importa está suelto. Evito las responsabilidades: la del amor, la de mi obra, la de mi familia, la de mi gatita. Dentro de mí, el jengibre es la única constante.
Mi Tsuru de 1995. Sparafucile odia las carreteras. Llora, se queja y termina por dormirse de malas.
En las calles de Nepantla se cantan villancicos.
Arribamos a la playa sin problemas. Las siete de la mañana. Jueves 24 de diciembre. Llegamos al condominio de mis papás, en el que pasé los veranos de mi infancia. Entramos a un departamento en el piso 27 con vista a la bahía. Sparafucile no quiere salir de su jaula. Se queda ahí, asustada. Yo duermo siete horas. Sueño con elevadores. Cuando despierto, Sparafucile camina con lentitud sobre el barandal del balcón a 90 metros de altura. Está excitada porque domina kilómetros con la vista, porque huele a peces, porque nunca antes había visto el mar, porque vuelan muchos pájaros y porque tanto calor es una novedad para sus nervios.
Bajo a la playa con Sparafucile en brazos. Las cuatro de la tarde. Nos quedan dos horas de sol. Pongo la sombrilla y me acuesto sobre una tumbona. Para Sparafucile pido atún; para mí, coco con ginebra. El mesero, un hombre viejo con aspecto de perico, sonríe. La gata se acerca al mar con calma; camina hacia el agua, y, cuando la marea sube, da un pequeño salto hacia atrás: imita el comportamiento del agua.
Cerca de nosotros, cuatro ancianos —tres hombres y una mujer— se entretienen con un juego extraño: avientan una bola pequeña, luego cada uno lanza dos pelotas más grandes con la intención (supongo) de dejarlas lo más cerca posible de la primera. Cuatro bolas verdes y cuatro bolas rojas. Dos equipos. Hablan magiar. Dos lancheros los observan atentos. El viejo más grueso sonríe antes de tirar; cuando ve el resultado, amarga el gesto. Lo hace en varias ocasiones. Resulta gracioso que se tome el juego tan en serio.
Estoy contento. La bahía tranquila, pocos barcos, olas bajas. Está casi vacía esta playa privada de mi infancia. Aquí pasé navidades y años nuevos. Aquí construí fortalezas en la arena con mi mamá. Aquí nadé con mi papá hasta las boyas. En la playa podía dormirme tarde. En la playa vi por primera vez (sin querer) los senos de una mujer (mi prima).
El atún y el coco con ginebra llegan. Muy cerca, un vendedor sopla burbujas. Decenas cruzan el aire y brillan bajo el sol como bolitas de cristal. Me meto cuatro trozos de
jengibre a la boca. Los trituro con los dientes y escupo los pedacitos en el coco. Con jengibre, la ginebra es más refrescante. Estos días de jengibre me atraviesan cargados de recuerdos y están llenos de dudas. Sparafucile maúlla y comienza a brincar para pinchar con sus garras las burbujas.
Michel Houellebecq se ha convertido, desde hace años, en un escritor que busca la provocación. Desde su primera novela Ampliación del campo de batalla (1994), ha reflejado el desencanto de Europa. Sus personajes, moviéndose entre el nihilismo y la soledad, son un símbolo de la encrucijada por la que pasa Occidente: el individualismo, el vacío existencial, la obsesión por el sexo y la percepción de habitar un mundo estancado.
Tomando estas referencias como punto de inicio, Houellebeq ha preferido desarrollar –después de sus trabajos iniciales– algunos temas incómodos y, de alguna forma, coyunturales: en Plataforma, novela publicada en el 2001, retrata el turismo sexual que hacen los europeos a países como Tailandia; en Sumisión (2015) plantea un futuro inquietante para Francia: en el 2022 un candidato árabe, perteneciente a un partido islamista moderado, gana la presidencia del país.
En ambos casos el tema devora a la narrativa: no importa tanto la propuesta estética del autor sino la capacidad de detectar los temores de una nación que, en apariencia, se vende ante el mundo como progresista y defensora de las libertades, pero que oculta muchos demonios en su interior.
Serotonina, novela publicada en el 2019, semeja un regreso o una evocación a Ampliación del campo de batalla, su debut. En ambas obras tenemos personajes solitarios y casi intrascendentes. Lo que crea tensión es la manera peculiar que tienen los narradores de ver y asumir el mundo.
Casi siempre funcionan como guías ambiguos, personas que necesitan de un interlocutor para realizar una confesión. Esta extrañeza, potenciada por diversas filias y fobias, convierte al personaje prototipo de Houellebecq en un ser mutilado, alguien que apenas puede interactuar con los demás y que sufre por satisfacer sus deseos.
Por supuesto, el autor francés abreva de la herencia existencialista y, como indican algunos críticos, intenta actualizar la obra de escritores como Camus y Sartre. Esa línea genealógica que asume como motor principal el vacío existencial es retratada, en el siglo XXI, por el individualismo, la desigualdad económica, la obsesión por el sexo y la sociedad libre de cualquier ideología, un territorio sometido al poder del dinero.
Este contexto, que aún era ajeno a los iniciadores del existencialismo, es la materia prima de Houellebeq que vuelve, una y otra vez, a historias que describen la soledad de hombres y mujeres que han perdido casi por completo la voluntad y que se limitan a registrar –casi siempre de forma desapasionada– lo que les acontece.
En Serotonina leemos la historia de Florent-Claude Labrouste -un empleado de Monsanto- empresa líder en la agricultura transgénica, acusada desde hace tiempo por los peligros que implica su tecnología.
El hombre de 46 años recuerda las relaciones amorosas que ha mantenido en el pasado hasta su vínculo más reciente: Yuzu, una japonesa mucho más joven que él. Se limitan a compartir el hogar, cenar sin intercambiar palabras, como si fueran desconocidos. Florent-Claude apenas reacciona cuando, incidentalmente, descubre que Yuzu protagoniza grabaciones pornográficas.
Pronto la línea argumental se vuelca al pasado y exploramos la juventud del protagonista, marcada por el encuentro con Camille, una veterinaria inglesa que conoció cuando rondaba los treinta años. Ella se alejará de él cuando descubre que la engaña. A partir de esta visita a la memoria entendemos que Serotonina es una novela cuyo interés es la búsqueda del paraíso que alguna vez se tuvo y que ahora es un espejismo.
A la par de esto tenemos la encrucijada que vive Francia y Europa: desempleo, falta de oportunidades, xenofobia y desigualdad. Todo este cúmulo de problemas es descrito por Florent-Claude que, después de abandonar a su novia más reciente e incapaz de hacer algo al respecto, se limita a viajar de localidad en localidad, mientras el mundo que lo rodea parece acercarse al colapso.
Como si fuera una especie de Dante –sin la guía y el consuelo de Virgilio– el protagonista de Serotonina escucha las voces de los desamparados sin poder ayudarlos porque él mismo tiene que soportar una carga pesada: una depresión galopante que apenas puede controlar con medicamentos.
En una de las escenas más dramáticas de la novela Florent-Claude mira la protesta de los productores de leche que han sido desplazados por la competencia de otros países. Sin apoyo de un gobierno sordo a sus reclamos, atacan con armas de fuego a un retén compuesto por policías antidisturbios. Aymeric, uno de los productores, amigo cercano de Florent-Claude, se suicida enfrente de todos. Me parece que no es spoiler porque esa escena no es definitiva en la trama de la novela.
Serotonina transcurre de forma anticlimática. Florent, además de buscar un motivo para vivir a través de la posibilidad de un reencuentro con Camille, describe con ironía y desesperanza; el entorno rural de Francia. Así como él vive un proceso de disolución, la gente con la que habla comienza a tomar conciencia de su fragilidad; apenas tienen voluntad para organizarse y tratar de resistir los embates de un sistema que los endeuda y precariza sus vidas.
En uno de los recuerdos más vívidos, Camille –recién egresada de la carrera de veterinaria– se interna en los horrores de una granja avícola: animales viviendo en la inmundicia, cadáveres apilados, excremento en todas partes. Los animales abusados son el último eslabón de una cadena que sólo funciona para quien está arriba: emporios trasnacionales sin rostro y sin límites.
Houellebecq emplea poca adjetivación: el personaje ya ha perdido la capacidad de sorprenderse y se limita a consignar los hechos de manera neutra y acaso desesperante. De esta forma tenemos un explorador social, un representante de nuestros tiempos que está anestesiado y al borde de la ruina mental.
Sin embargo, como en los mejores ejemplos de los antihéroes existencialistas, el protagonista no puede dejar de fantasear: no sólo planea escenarios para encontrar a Camille; también planea cuidadosamente su suicidio sin poder llevarlo a cabo.
Por supuesto, a pesar de lo descarnada que puede ser la vida de Florent-Claude, podemos entender su situación como una sátira de un sector de la sociedad europea: personas en una encrucijada vital, depresivos irredentos, pero que mantienen un estilo de vida solvente.
Por otra parte, tenemos a los perdedores de este juego: granjeros que pierden el control de sus negocios, residentes expulsados de sus lugares de origen porque no pueden pagar las rentas cada vez altas impuestas por las inmobiliarias.
Lo que, quizá, se le puede reclamar al autor es el juego explícito al que casi siempre recurre: en lugar de abordar los temas a través de la sutilidad del símbolo o la alegoría, sustenta sus tesis a través de las opiniones de sus personajes, individuos que describen sin tapujos la hipocresía de la sociedad en la que vivimos. Si añadimos que, muchas veces, la crítica tiende a tomar a los personajes de Houellebecq como alter ego suyos, tenemos el escenario perfecto para la polémica y la venta de libros.
Sin embargo, el autor está en su derecho de actuar como un provocador, muy a tono con la historia de Francia y sus artistas rebeldes. A veces, en circunstancias como las actuales, se necesita gritar para que la literatura logre llamar la atención e inscribirse en un debate a veces empobrecido por la superficialidad de los medios de comunicación y las redes sociales.
En autores como Houellebecq la función de contar historias cumple uno de sus papeles fundamentales: incomodar, cuestionar, internarse en la sociedad que hemos construido y que, a través de la ficción, revela sus aspectos más oscuros.
¿Quién diría que en pleno 2019 encontraríamos un pedacito de la Regencia en México? El pasado sábado 30 de marzo se llevó a cabo en la Ciudad de México el Tercer Festival de Jane Austen, organizado por Mónica Hayde Belmont Centeno. Evidentemente, Tierra Adentro mandó a Diego Cadena, Isabel del Valle y Marie Fuentes a documentarlo.
Jane Austen siempre estuvo en mi destino
Cerca de la colonia Doctores y el metro Lázaro Cárdenas, un salón de fiestas es lentamente decorado con artículos que recuerdan a la época de la Regencia. Una mujer cuelga un cartel que indica que allí se celebrará el Festival de Jane Austen.
El piso inferior del salón de fiestas sirve a modo de bazar temático con vestidos, gargantillas e incluso algunas pinturas del señor Darcy y Elizabeth Bennet, mientras que el festival se lleva a cabo en el segundo piso.
El programa de actividades es sencillo: círculo de lectura, hora del té, decorado de abanicos, ensayo de danza, comida, música en vivo con brindis y al final un gran baile. El salón está decorado con algunos muebles antiguos, piso de loza blanca, cortinas de encaje, varias sillas y unas mesas con manteles largos y blancos. No es ni de lejos un salón como en el que toman el té Elizabeth Bennet y Charlotte Lucas, en la adaptación de 2005 estelarizada por Keira Knightley, pero lentamente se va llenando de personajes interesantes: mujeres jóvenes y mayores, adolescentes y una niña pequeña, todas ellas con vestidos de la Regencia, gargantillas, peinados elaborados e incluso sombreros o abanicos.
Con esas acompañantes es fácil firmar el pacto de ficción, creerse por un ratito Elizabeth Bennet, Marianne Dashwood o Emma Woodhouse. Nadie nos pide que entremos en personaje, pero lo hacemos de todos modos. Nos sentamos más derechas, hablamos con más propiedad y hacemos como que sabemos pintar mesitas, decorar almohadones o bailar como lo hacen en las novelas de la adorada Jane Austen.
Mónica Belmont, una trabajadora social que estudió en la UNAM, nos cuenta que descubrió su amor por Jane Austen mientras estaba en la preparatoria: “En algún momento nos dejaron leer Orgullo y Prejuicio. Ese fue el primer libro de Jane Austen que leí, luego vi todas las películas. Así fue como la conocí. Me enamoré”. Ahora organiza el único festival en México inspirado en la Regencia, al que califica de “recreacionismo cultural”, pues en él no hay conferencias ni especialistas, solo actividades orientadas a reproducir lo que se hacía en en esa época.
Tierra Adentro: ¿Cómo fue que pasaste de leer a Jane Austen a organizar un evento dedicado a ella?
Mónica: Asistía a eventos con temática medieval. Me gustaban mucho los eventos tematizados y de ahí surgió la idea de hacer un festival de Jane Austen. Me pregunté “¿por qué no hacer algo de Jane?, ¿por qué no nos reunimos a hacer círculos de lectura y tomar el té?” Quería un lugar donde pudiéramos convivir y conocernos.
Es gracias a este deseo de tener un lugar donde las lectoras de Jane Austen pudieran convivir entre ellas y conocerse que se organizó el círculo de lectura. La novela seleccionada fue Sentido y sensibilidad. Fue la primera actividad del día, y de a más personas fueron uniéndose a la conversación. No era un evento para hablar sobre las teorías que analizan las obras de Jane Austen, o discutir su importancia en la literatura inglesa, ni las influencias de Austen, sino un espacio en donde todas podían hablar de cómo Jane Austen entró a sus vidas.
TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?
Paloma Vázquez: Por medio de una amiga. Creo que todas hemos llegado por Orgullo y prejuicio. Lo que me gusta de Jane Austen es que, aunque sus protagonistas tengan que casarse con alguien para tener mejores oportunidades, nunca se dejan guiar por eso, siempre siguen sus convicciones.
TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?
Diana Martínez:Con Orgullo y prejuicio. Me gusta mucho la forma en la que se expresan. Sus diálogos siempre son elegantes. Me gusta cómo Jane Austen refleja las consecuencias que tiene el libertinaje, cómo todos los que siguen ese camino terminan por tener finales inciertos.
TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?
Audrey Hernández: Siempre he amado las películas y siempre me ha gustado el romance, sobre todo el de época. Me parece muy bonito cómo se tratan, nada que ver con los romances de ahora que se conocen y a los dos días ya se están besando; a mí todo eso me espantaba porque tenía como trece años. Llegué a la película La joven Jane Austen con Anne Hathaway y me gustó mucho. Quedé muy enamorada de todo ese romance así que empecé a buscar en internet cosas similares, entonces llegué a Orgullo y prejuicio. Recordé que, incluso, dos meses antes la había visto en una lista de libros que tienes que leer antes de morir, así que lo descargué de inmediato. La primera vez que lo leí me aburrí porque tenía catorce años, pero después de un tiempo volví a darle una oportunidad y me encantó. Fue muy gracioso, porque así me di cuenta de que una de mis películas favoritas (El diario de Bridget Jones) estaba basada en la novela, así que Jane Austen siempre estuvo en mi destino.
TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?
Ella Esquivel: En algún punto de la preparatoria, en una clase hicimos intercambio de libros, me regalaron Orgullo y prejuicio y aproveché para leerlo. Antes había visto la película con Keira Knightley, y pues así fue como amé a Jane Austen. El año antepasado leí Sentido y sensibilidad, el año pasado intenté empezar Emma y planeo leer todos los libros de Jane Austen. De la época me gusta la estética romántica. La edición que tengo de Orgullo y prejuicio tiene un prólogo que dice algo como que el objetivo del libro no era tanto hacer que los personajes se enamoraran, sino que ambos fueran merecedores del otro, y de que entonces se trata de que ambos tienen que mejorar como personas, pues el amor por sí solo no basta para un matrimonio. Por eso adoro a Jane Austen.
El amor por la obra de Austen estuvo presente en cada segundo de la conversación. Todas compartían sus partes favoritas de la historia, comparaban algunos momentos con cosas que habían pasado en sus vidas, dejando en claro que si bien los libros de Jane Austen pertenecen a la época de la Regencia, sus temas y sus personajes no están ligados solamente a ese periodo histórico y están en constante reinterpretación. Mencionaron algunas de las adaptaciones de Austen a la modernidad: El diario de Bridget Jones, Austenland, El círculo de lectura de Jane Austen, Ni idea, Perdida en Austen.
A su vez, se mostraron reticentes frente a la idea de leer los fanfictions creados a partir de los personajes de las novelas. Al escucharlas hablar, su postura se hizo clara: para una verdadera fanática de Jane Austen, los personajes no existen, son personas. El señor Darcy no es el que interpreta Colin Firth, o por Matthew Macfyden, es aquel caballero orgulloso que dejaría todo por estar con su amada Elizabeth Bennett; de la misma manera, ella no es solo Jennifer Ehle o Keira Knightley, ni mucho menos una invención hecha con tinta y papel. En las voces de las seguidoras de Austen, todos esos personajes cobran vida, se vuelven tangibles y reales.
Somos las hermanas Dashwood
Paulatinamente se ha ido formando una extraña sororidad mientras nos sirven té, mientras aprendemos a bailar, mientras pintamos un abanico y comemos. Las chicas se han ido abriendo, cuentan historias y ríen. En este lugar todas somos aceptadas, todas somos hermosas, gráciles y vivimos una historia de fantasía. Tomo un sorbo de mi té y alguien dice: “¿Ha escuchado usted que la señorita Fontaine decoró su saloncillo a la manera francesa? ¡Qué poco nacionalista!” y comenzamos a discutir los pormenores de la pintura, el clima, la decoración y las vidas inventadas de señoritas imprudentes y caballeros adinerados.
Entre té, galletas y abanicos conocemos la historia de las hermanas Flores: Andrea, Carmín y Denise Flores, y las primas Esquivel: Ella y Diane, que han sido fanáticas de Jane Austen desde hace años y agradecen a la escritora por unirlas nuevamente como familia, pues juran que su amor a sus novelas fue lo que hizo que se reencontraran y volvieran a pasar tiempo juntas. Al momento de entrevistarlas, nos confiesan que planearon con cuidado cada detalle de su vestimenta, adquiriendo y modificando poco a poco prendas que encontraban en tiendas de segunda mano, o creando desde cero alguna que otra pieza, como los guantes que cada una usaba. “Queríamos venir desde el primer festival, pero por cosas de la vida no pudimos, por eso cuando nos enteramos que iban a volver a hacerlo, todas dijimos: no vamos a perder la oportunidad”, nos comenta Andrea Flores.
Andrea: Llegué a Jane Austen por las películas. La primera que vi fue Sentido y sensibilidad, porque estaba enamorada de Hugh Grant. Después de ver todas las adaptaciones de sus obras decidí que tenía que leer a Jane. Mi libro favorito es Persuasión, porque me gusta mucho la madurez con la que retrata todo, la forma en la que narra y crea a sus personajes. Yo compré ese libro y una de mis hermanas compró Emma, nos gustó mucho, así que me puse a investigar qué otras obras o qué otras series había parecidas. Luego descubrí que a mis primas y a mis hermanas también les gustaba Jane Austen, a toda la familia, pues, y eso nos trajo aquí.
Denise: Así es, incluso un día nos quedamos todas en casa de mi hermana y dijimos: ¡Vamos a ver Orgullo y prejuicio! Y todas estuvimos de acuerdo a la primera. Jane Austen es nuestra nueva tradición.
Carmín: Sí, yo también llegué por mis hermanas. ¡Somos las hermanas Dashwood!
Andrea: Fue hermoso, porque uno piensa que está solo en este mundo con su amor por Jane, pero de repente te encuentras con que no es cierto, y que tienes familia que la ama tanto como tú y que hay gente que organiza este tipo de eventos.
Quizás el momento más revelador del evento fue cuando decoramos abanicos. Se reparten los materiales. No hay instrucciones, solo pintura, pinceles y plumones. Nadie dice cuánto tiempo tenemos para decorarlos así que cada una se vuelca en su abanico a su propio ritmo. Unas bocinas reproducen la banda sonora de Orgullo y Prejuicio. ¿Quién nos diría que tendríamos que venir a un evento temático para experimentar la paz y falta de presión que la vida citadina insiste en quitarnos? Aquí se existe minuto a minuto. Sin preocupaciones por lo que se hará a continuación, este espacio se convirtió en un oasis con vestidos antiguos, té y pláticas amables. Incluso la hora del baile transcurre en un ambiente de tranquilidad. Reverencias, vueltas, no importa que en realidad no bailemos bien. Es un espacio puramente femenino de reivindicación de los intereses “demasiado cursis” o “demasiado irreales” que Mónica espera continúe por mucho tiempo.
T A: ¿Cuál es el futuro que te gustaría para este festival?
M: Quiero seguir haciendo el festival mínimo una vez al año. También nos gustaría hacer por lo menos dos eventos durante el año, uno al aire libre y otro en un lugar cerrado. Queremos que siga creciendo la comunidad, para que en algún momento se convierta en un evento grande, como las ferias medievales, al principio eran pocas las personas que iban, pero ahora tienen miles de seguidores; esa es nuestra meta, no creo que se logre de un año para el otro, pero poco a poquito.
Al terminar el día nos damos cuenta de que no importó que el salón no fuera realmente el de una mansión inglesa, que no hubiéramos encontrado a nuestro señor Darcy ni bailado con un teniente guapo. La vida normal regresa a nosotras. Mónica Belmont fuma en la calle ya sin la preocupación de mantener una apariencia de elegancia austeniana. Algunas de las chicas sacan sus celulares y nosotras pedimos nuestro Uber, pero mientras nos alejamos la sensación de calma que llenaba el festival no desaparece. Mañana estarán los pendientes del trabajo, las preocupaciones del día a día y la prisa de la ciudad, pero hoy todavía somos Elizabeth Bennet.