Tierra Adentro

Una tarde de primavera, llegó al patio interior de mi casa en Nepantla, una siamesa salvaje de siniestros ojos azul profundo. Por la noche parió seis crías. Las dejó ahí y se fue (ella misma era una cría de seis meses que quedó preñada en su primer celo). No entendió por qué salían bultos de su cuerpo; no se sintió responsable por esas vidas. Regresó dos días después, cuando sus seis hijos —los puse en una caja de cartón y les intenté dar leche— ya estaban muertos. Se instaló en las ramas más altas de un tabachín del patio. Bajaba cada mañana para pedirme mimos y comida. Y yo estaba solo.

La bauticé Sparafucile.

 

El pasto, en Nepantla, ha comenzado a secarse. Por la mañana los volcanes se veían muy claros; el campo olía a calabazas. Ni una nube; el cielo vacío de formas me inspiró desconfianza. Ahora, a las 18:46, es noche cerrada. Martes 22 de diciembre. Sparafucile ha desaparecido. A veces se mete en mi cuarto; lo tiene prohibido. Engañarnos es un juego que nos gusta; sabe que sé, sé que sabe. Todo va a estar bien mientras nos sigamos la corriente. No hay una mujer que nos moleste.

Las mujeres que la han conocido me preguntan sobre su nombre. Sparafucile es el asesino a sueldo que contrata el jorobado bufón Rigoletto para matar al duque de Mantua como venganza por haber violado a Gilda, su hija virgen. Lo interpreta un barítono que, de preferencia, debe medir por lo menos 1 metro con 88 centímetros y tener imponente voz acerada.

Salvo por el elemento sonoro, nunca una gata ha tenido un nombre más adecuado. Sparafucile es una eficientísima máquina de matar; cruel y despiadada. En el patio interior de mi casa, han despertado cadáveres de ardillas, alacranes, palomas, lagartijas, tlacuaches y ratas.

El día se extiende. 22:52. Escribo en la cama. Sparafucile duerme sobre la toalla que le pongo en la banca de afuera, bajo la ventana de mi cuarto. Noche de muchas estrellas y animales inquietos. Sonidos de movimiento y angustia, de amenaza y miedo. Noche fría de luna chica.

No tengo planes para navidad ni para año nuevo.

Mi ruidoso refrigerador con leche, jengibre y huevo. Mañana, al despertar, echaré las tres cosas en una licuadora; mi desayuno.

El jengibre es afrodisiaco, y mucho jengibre nocturno me hace querer ir a la Ciudad de México. Me subo a mi coche (un Tsuru sucio de 1995, verde oscuro con asientos café claro) y tengo tres opciones para llegar a la capital. La elección de la carretera resulta muy importante; determina a cuál de las tres mujeres voy a visitar.

Sparafucile se niega a comer jengibre, lo rechaza con obstinación. Le doy croquetas, atún o sardinas. Si le doy sardinas es porque voy a abandonarla; las huele y salta a la rama más baja del tabachín. Ahí espera, paciente, decidida, a que los pájaros se acerquen a la fuente por agua. Sabe que me encanta el canto de los pájaros.

Sparafucile mata a los pájaros para vengarse de mí. Desde su rama en el tabachín los observa beber agua en la fuente. Los mira ir y venir. Nunca se precipita. Su paciencia es incansable, y sus exigencias estrictas. No ataca presas débiles, enfermas, torpes ni demasiado pequeñas. Busca a los plenos, de alas poderosas y cuerpos elásticos, que suelen ser los más cantarines, de colorido canto alegre y acrobático. Sparafucile se desprende de su rama y derriba en el aire algún pájaro hermoso de un zarpazo. Inmediatamente, le desgarra las alas; evita picotazos, y le permite arrastrarse, ilusionarse con la idea de libertad, para, al final, saltarle encima y seguir desgarrándoselas.

Miauu, miauu, miauu (“¡Mírate, sin alas eres tan vulgar como una rata!”).

Cela que yo admire el canto de los pájaros. Envidia su habilidad de volar y existir en una atmósfera que, a pesar de su pasmosa agilidad, le resulta inalcanzable.

Si los pájaros son rojos, Sparafucile, cosa insólita, olvida la sutileza de su naturaleza verdiana. Todo lo que la distingue desaparece: precisión, inteligencia y elegancia. El odio la desborda y alcanza la obscenidad del Puccini más vulgar, el de Tosca torturada por Scarpia.

 

Me encanta cuando la taza de té de jengibre se me queda medio llena en la noche y, ya frío, es lo primero que bebo por la mañana. Su sabor es el contacto inaugural con la realidad de un nuevo día tras la fantástica ausencia del sueño. Tiene un sabor picante, un poco amargo, que me enciende los nervios de manera instantánea. En estos días de jengibre, estoy en constante estado de alerta.

La mañana se ha hecho vieja. Es casi mediodía. Miércoles 23 de diciembre. Salgo de mi cuarto. Sparafucile toma el sol en el patio. Me observa sin moverse.

Miau, miau (“Hasta que por fin se te ocurre salir y pensar en mí”).

Y luego me cuenta el drama de su existencia.

Miauuuu, miaaau, miiiiiiiauu, miau, mi, mia, miauu, miauuu, miauu (“¡Me persiguió el gato feo!; luego tuve que atacar al gato dorado porque se quería meter a la casa; salió el tlacuache grande, con la boca llena de cáscaras de huevo de gallina y aguacates, y maté cuatro lagartijas, una me mordió la pierna. ¿Ves estas espinas?, tuve que correr porque el perro negro se me lanzó encima; pasé por los arbustos que atacan. Y mira, tú, dormido, como siempre, ¡no me quieres, no te importo y nunca me extrañas!”).

Dos veces he observado a Sparafucile cazar pájaros rojos:

1. Una mañana saltó de la terraza hacia el patio; lo mordió en el cuello a seis metros de altura, y se las arregló en plena caída, con el pájaro rojo en la boca, para amortiguar el golpe con la rama de un árbol y sólo torcerse un tobillo en el aterrizaje.

2. Descubrió el árbol donde el pájaro rojo dormía, y durante la madrugada subió por el tronco, rápida y silenciosa como una serpiente.

Mató a esas dos víctimas de la misma manera. Las conservó vivas durante casi cuatro horas. Les arrancó pedazos muy pequeños, cada 10 o 15 minutos, de cabeza, abdomen y patas. Las dejaba arrastrarse, con las alas inútiles, y caía sobre ellas una y otra vez hasta que, al borde de la muerte, las llevó a la fuente y les abrió el cuello con las garras. El pájaro rojo de la mañana murió ahogado; el de la noche, por falta de sangre. El agua de la fuente se pintó del color de las cerezas.

La flor de jengibre es roja. El jengibre me provoca sueños inquietantes:

1. Sparafucile regresa a la casa ciega, sin ojos, con las dos cuencas vacías.

2. Estoy en un barco con una amante del pasado, en medio de bloques de hielo, mientras, arriba de nosotros, atravesando un cielo blanco, aviones de combate comienzan a bombardear la Ciudad de México.

Voy a la Ciudad de México cuando me aburro. Nepantla es el último pueblo del Estado de México antes de llegar a Morelos por la carretera Chalco-Cuautla. Aquí la gente se dedica a criar caballos y a sacar de la tierra calabazas.

 

En ocasiones mi cuerpo se rebela contra el jengibre. Trago un pedazo grande y siento un dolor agudo en la boca del estómago; una horrible sensación de cerrazón, de que mis entrañas no van a abrirse; sudor frío en el nacimiento de mis cabellos; instantes de íntima asfixia y vísceras enroscadas. Dura tan sólo unos segundos. Luego, el alivio de la apertura: el jengibre cae, encuentra el estómago. Mi cuerpo procesa su fuego. Estos días de jengibre son muy sensuales.

Se ha hecho de noche: 23 de diciembre. Té de jengibre muy caliente. Estoy desnudo en una silla del patio al lado de la fuente. Sparafucile sigue conmigo. La luna pálida y el viento tibio.

No recuerdo cuándo fue la última vez que escuché a Brahms o a Ricardo Castro, a Pierre Schaeffer o a Manuel Enríquez. Me ha faltado espíritu, y sobrado tiempo, que gasto en dormir (los sueños siempre han sido demasiado importantes para mí), en comer poco, en escribir algo, en casi no hablar (únicamente por teléfono con mi mamá).

Necesito un orgasmo. Darlo. Me hace sentir vivo hacer que una mujer se venga en mi boca. Requiero de la ciudad para eso. Ahí viven las tres mujeres. Tres mujeres. Tres mujeres a las que puedo llamar a las diez de la noche y visitarlas dos horas después “para beber algo”. El alcohol resulta muy importante, nos libra de compromisos. No me obliga ni siquiera a ser un efímero amante y a ellas les permite el placer de un orgasmo sin comprometerse a ser penetradas. Soy su amigo del campo, salvaje y tostado, con el que a veces beben demasiado, y que, luego de que se hace muy tarde, no tiene en dónde quedarse. Así será el juego hasta que su patetismo nos canse.

Tres mujeres: Edurne, Amelia y Cristina. Tres mujeres. Tres mujeres.

Sparafucile está arriba de mis piernas. Ronronea. Pongo una toalla sobre mi piel desnuda para que no me lastime con su regocijo de sacar y meter las garras sobre mis muslos. Me habla.

Miau, miau (“Sé que estás pensando en irte para cubrirte con esos densos olores de sal. Regresarás en dos días, cansado, más flaco, con los ojos rojos y sin ánimo. ¡No me quieres y nunca me extrañas!”).

Sparafucile ya no puede entender por qué debo irme, por qué debo tener sexo con mujeres que no quiero. Y no lo entiende porque la llevé a operar. ¿Y para qué lo hice si no pensaba cuidarla y estar seriamente con ella? Tiene razón en reclamar tanto. He sido un mal humano para ella.

Es navidad. Las casas de Nepantla tienen árboles y luces, excepto la mía. El té de jengibre se ha enfriado.

¿Edurne, Amelia o Cristina?

Edurne. Coyoacán. Carreteras seguras y caras: Cuautla-Oaxtepec-Tepoztlán-Cuernavaca-Tlalpan. Ginebra con quina y jengibre. Hablar sobre su futuro como economista en París o Londres. Lo ha planeado desde los 23 años. Lleva ocho años en la capital con la idea de que en México fracasa. Quizá en otro lugar, en otro país, en otra ciudad, podría ser más exitosa, más popular, más guapa. Sin embargo es una mujer de besos alegres. Sólo en una ocasión me preguntó: “¿Qué significa esto para ti?” Le respondí: “Somos amigos que a veces se acuestan, ¿no? Me gustaría serlo en lo que te vas a Europa; seguro será pronto, ¿no?” Estuvo de acuerdo.

En Nepantla escribo crónicas sobre mi vida desde el entendido (se lo leí a D.H. Lawrence en Haciendo el amor con música) de que yo represento los sueños prohibidos de mi abuela. Su sueño era ser cantante de ópera, y yo escribo sobre música. Ahora ella se debilita en soledad. Dos cuidadoras la atienden día y noche porque se le olvidan las cosas y reacciona con violencia a la falta de memoria. Fue una buena abuela. A veces pienso mucho en ella, pero mis problemas (¿en el fondo son su culpa porque representan sus sueños secretos?) me tienen triste en el campo y la he abandonado.

Amelia. Cercanías del aeropuerto. Carreteras baratas e inseguras: Cuautla-Amecameca-Chalco-Ignacio Zaragoza. Hablar sobre Ryan Adams y Sufjan Stevens; Cuautla-Amecameca-Chalco-Ignacio Zaragoza. Hablar sobre Ryan Adams y Sufjan Stevens; nuestros días como alumnos maristas, y cómo ella, en el amor, siempre siente que pierde. Mezcal, sal de gusano y jengibre en lugar de naranjas. Nos gusta quitarnos líquidos del cuerpo a lengüetazos. Se ríe a carcajadas al venirse. Me hace café cuando despierto. Nunca ha preguntado nada.

Voy a la cocina. Sparafucile me sigue como perrito faldero, tan cerca de mis pies que a veces me es imposible no patearla. Corto una raíz gorda de jengibre en 10 pedazos y me meto tres a la boca; el resto lo echo en la bolsa de mi pantalón. Le doy sardinas a Sparafucile; el manjar simboliza mi huida, mi huida que la hace querer matar pájaros rojos.

Cristina. Xochimilco. Carreteras gratuitas e inseguras: Tepetlixpa-Juchitepec-Cuijingo-Milpa Alta. Hablar sobre pintores muertos, diseño de sillas y ropa y la naturaleza del deseo. Vino rojo. Cristina odia el jengibre; dice que le produce náuseas. Es tierna de una manera desesperada. Su cuerpo le pide un hijo. Tiene 35. Pretende que su corazón es de fierro. Sufre. En nuestro último encuentro, me prometí nunca más visitarla, pero su boca es extraordinariamente complaciente con mi cuerpo.

No quise pasar navidad con mi mamá. No tengo nada que darle para hacerla sentir orgullosa; tendría que mentirle. Prefiero, por ahora, la distancia. La campana de la iglesia de Nepantla convoca a la última misa de la noche. Los grillos hacen mucho ruido.

Sparafucile ha visto que algo se mueve sobre la barda: corre a la jardinera y se trepa a un árbol, de ahí brinca a la verja y salta de vuelta a la jardinera con una lagartija en la boca. Maullidos raros, agudos e incompletos.

Miauuu, miaaau, miau (“Mira, yo también trabajo por nuestra casa: traigo comida. No creas que te necesito”).

Y le arranca a la lagartija un pedazo de cola. Cargo a Sparafucile. La lagartija huye. Su cola suelta se agita sola en el piso. Meto a Sparafucile en su pequeña jaula o casita de viaje.

Mi vida, al borde de los 30 años, está increada. La solidez de la escritura es una fantasía. Dentro de mí, todo lo que importa está suelto. Evito las responsabilidades: la del amor, la de mi obra, la de mi familia, la de mi gatita. Dentro de mí, el jengibre es la única constante.

Mi Tsuru de 1995. Sparafucile odia las carreteras. Llora, se queja y termina por dormirse de malas.

En las calles de Nepantla se cantan villancicos.

 

Arribamos a la playa sin problemas. Las siete de la mañana. Jueves 24 de diciembre. Llegamos al condominio de mis papás, en el que pasé los veranos de mi infancia. Entramos a un departamento en el piso 27 con vista a la bahía. Sparafucile no quiere salir de su jaula. Se queda ahí, asustada. Yo duermo siete horas. Sueño con elevadores. Cuando despierto, Sparafucile camina con lentitud sobre el barandal del balcón a 90 metros de altura. Está excitada porque domina kilómetros con la vista, porque huele a peces, porque nunca antes había visto el mar, porque vuelan muchos pájaros y porque tanto calor es una novedad para sus nervios.

Bajo a la playa con Sparafucile en brazos. Las cuatro de la tarde. Nos quedan dos horas de sol. Pongo la sombrilla y me acuesto sobre una tumbona. Para Sparafucile pido atún; para mí, coco con ginebra. El mesero, un hombre viejo con aspecto de perico, sonríe. La gata se acerca al mar con calma; camina hacia el agua, y, cuando la marea sube, da un pequeño salto hacia atrás: imita el comportamiento del agua.

Cerca de nosotros, cuatro ancianos —tres hombres y una mujer— se entretienen con un juego extraño: avientan una bola pequeña, luego cada uno lanza dos pelotas más grandes con la intención (supongo) de dejarlas lo más cerca posible de la primera. Cuatro bolas verdes y cuatro bolas rojas. Dos equipos. Hablan magiar. Dos lancheros los observan atentos. El viejo más grueso sonríe antes de tirar; cuando ve el resultado, amarga el gesto. Lo hace en varias ocasiones. Resulta gracioso que se tome el juego tan en serio.

Estoy contento. La bahía tranquila, pocos barcos, olas bajas. Está casi vacía esta playa privada de mi infancia. Aquí pasé navidades y años nuevos. Aquí construí fortalezas en la arena con mi mamá. Aquí nadé con mi papá hasta las boyas. En la playa podía dormirme tarde. En la playa vi por primera vez (sin querer) los senos de una mujer (mi prima).

El atún y el coco con ginebra llegan. Muy cerca, un vendedor sopla burbujas. Decenas cruzan el aire y brillan bajo el sol como bolitas de cristal. Me meto cuatro trozos de

jengibre a la boca. Los trituro con los dientes y escupo los pedacitos en el coco. Con jengibre, la ginebra es más refrescante. Estos días de jengibre me atraviesan cargados de recuerdos y están llenos de dudas. Sparafucile maúlla y comienza a brincar para pinchar con sus garras las burbujas.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986) es cronista autodidacta. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría de Crónica. Es supervisor musical y editorial de la Orquesta Sinfónica de Minería. Desde 2015 publica quincenalmente crónicas urbanas en el diario Milenio.

Michel Houellebecq se ha convertido, desde hace años, en un escritor que busca la provocación. Desde su primera novela Ampliación del campo de batalla (1994), ha reflejado el desencanto de Europa. Sus personajes, moviéndose entre el nihilismo y la soledad, son un símbolo de la encrucijada por la que pasa Occidente: el individualismo, el vacío existencial, la obsesión por el sexo y la percepción de habitar un mundo estancado.

Tomando estas referencias como punto de inicio, Houellebeq ha preferido desarrollar –después de sus trabajos iniciales– algunos temas incómodos y, de alguna forma, coyunturales: en Plataforma, novela publicada en el 2001, retrata el turismo sexual que hacen los europeos a países como Tailandia; en Sumisión (2015) plantea un futuro inquietante para Francia: en el 2022 un candidato árabe, perteneciente a un partido islamista moderado, gana la presidencia del país.

En ambos casos el tema devora a la narrativa: no importa tanto la propuesta estética del autor sino la capacidad de detectar los temores de una nación que, en apariencia, se vende ante el mundo como progresista y defensora de las libertades, pero que oculta muchos demonios en su interior.

Serotonina, novela publicada en el 2019, semeja un regreso o una evocación a Ampliación del campo de batalla, su debut. En ambas obras tenemos personajes solitarios y casi intrascendentes. Lo que crea tensión es la manera peculiar que tienen los narradores de ver y asumir el mundo.

Casi siempre funcionan como guías ambiguos, personas que necesitan de un interlocutor para realizar una confesión. Esta extrañeza, potenciada por diversas filias y fobias, convierte al personaje prototipo de Houellebecq en un ser mutilado, alguien que apenas puede interactuar con los demás y que sufre por satisfacer sus deseos.

Por supuesto, el autor francés abreva de la herencia existencialista y, como indican algunos críticos, intenta actualizar la obra de escritores como Camus y Sartre. Esa línea genealógica que asume como motor principal el vacío existencial es retratada, en el siglo XXI, por el individualismo, la desigualdad económica, la obsesión por el sexo y la sociedad libre de cualquier ideología, un territorio sometido al poder del dinero.

Este contexto, que aún era ajeno a los iniciadores del existencialismo, es la materia prima de Houellebeq que vuelve, una y otra vez, a historias que describen la soledad de hombres y mujeres que han perdido casi por completo la voluntad y que se limitan a registrar –casi siempre de forma desapasionada– lo que les acontece.

En Serotonina leemos la historia de Florent-Claude Labrouste -un empleado de Monsanto- empresa líder en la agricultura transgénica, acusada desde hace tiempo por los peligros que implica su tecnología.

El hombre de 46 años recuerda las relaciones amorosas que ha mantenido en el pasado hasta su vínculo más reciente: Yuzu, una japonesa mucho más joven que él. Se limitan a compartir el hogar, cenar sin intercambiar palabras, como si fueran desconocidos. Florent-Claude apenas reacciona cuando, incidentalmente, descubre que Yuzu protagoniza grabaciones pornográficas.

Pronto la línea argumental se vuelca al pasado y exploramos la juventud del protagonista, marcada por el encuentro con Camille, una veterinaria inglesa que conoció cuando rondaba los treinta años. Ella se alejará de él cuando descubre que la engaña. A partir de esta visita a la memoria entendemos que Serotonina es una novela cuyo interés es la búsqueda del paraíso que alguna vez se tuvo y que ahora es un espejismo.

A la par de esto tenemos la encrucijada que vive Francia y Europa: desempleo, falta de oportunidades, xenofobia y desigualdad. Todo este cúmulo de problemas es descrito por Florent-Claude que, después de abandonar a su novia más reciente e incapaz de hacer algo al respecto, se limita a viajar de localidad en localidad, mientras el mundo que lo rodea parece acercarse al colapso.

Como si fuera una especie de Dante –sin la guía y el consuelo de Virgilio– el protagonista de Serotonina escucha las voces de los desamparados sin poder ayudarlos porque él mismo tiene que soportar una carga pesada: una depresión galopante que apenas puede controlar con medicamentos.

En una de las escenas más dramáticas de la novela Florent-Claude mira la protesta de los productores de leche que han sido desplazados por la competencia de otros países. Sin apoyo de un gobierno sordo a sus reclamos, atacan con armas de fuego a un retén compuesto por policías antidisturbios. Aymeric, uno de los productores, amigo cercano de Florent-Claude, se suicida enfrente de todos. Me parece que no es spoiler porque esa escena no es definitiva en la trama de la novela.

Serotonina transcurre de forma anticlimática. Florent, además de buscar un motivo para vivir a través de la posibilidad de un reencuentro con Camille, describe con ironía y desesperanza; el entorno rural de Francia. Así como él vive un proceso de disolución, la gente con la que habla comienza a tomar conciencia de su fragilidad; apenas tienen voluntad para organizarse y tratar de resistir los embates de un sistema que los endeuda y precariza sus vidas.

En uno de los recuerdos más vívidos, Camille –recién egresada de la carrera de veterinaria– se interna en los horrores de una granja avícola: animales viviendo en la inmundicia, cadáveres apilados, excremento en todas partes. Los animales abusados son el último eslabón de una cadena que sólo funciona para quien está arriba: emporios trasnacionales sin rostro y sin límites.

Houellebecq emplea poca adjetivación: el personaje ya ha perdido la capacidad de sorprenderse y se limita a consignar los hechos de manera neutra y acaso desesperante. De esta forma tenemos un explorador social, un representante de nuestros tiempos que está anestesiado y al borde de la ruina mental.

Sin embargo, como en los mejores ejemplos de los antihéroes existencialistas, el protagonista no puede dejar de fantasear: no sólo planea escenarios para encontrar a Camille; también planea cuidadosamente su suicidio sin poder llevarlo a cabo.

Por supuesto, a pesar de lo descarnada que puede ser la vida de Florent-Claude, podemos entender su situación como una sátira de un sector de la sociedad europea: personas en una encrucijada vital, depresivos irredentos, pero que mantienen un estilo de vida solvente.

Por otra parte, tenemos a los perdedores de este juego: granjeros que pierden el control de sus negocios, residentes expulsados de sus lugares de origen porque no pueden pagar las rentas cada vez altas impuestas por las inmobiliarias.

Lo que, quizá, se le puede reclamar al autor es el juego explícito al que casi siempre recurre: en lugar de abordar los temas a través de la sutilidad del símbolo o la alegoría, sustenta sus tesis a través de las opiniones de sus personajes, individuos que describen sin tapujos la hipocresía de la sociedad en la que vivimos. Si añadimos que, muchas veces, la crítica tiende a tomar a los personajes de Houellebecq como alter ego suyos, tenemos el escenario perfecto para la polémica y la venta de libros.

Sin embargo, el autor está en su derecho de actuar como un provocador, muy a tono con la historia de Francia y sus artistas rebeldes. A veces, en circunstancias como las actuales, se necesita gritar para que la literatura logre llamar la atención e inscribirse en un debate a veces empobrecido por la superficialidad de los medios de comunicación y las redes sociales.

En autores como Houellebecq la función de contar historias cumple uno de sus papeles fundamentales: incomodar, cuestionar, internarse en la sociedad que hemos construido y que, a través de la ficción, revela sus aspectos más oscuros.


Autores
(Ciudad de México, 1977) es economista por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, ciudad donde vive; es asiduo colaborador de la revista Crítica, que edita esa casa universitaria. Redacta la columna virtual “El increíble devorador de libros”, que aparece cada semana en el portal: ladobe.com.mx.

 

¿Quién diría que en pleno 2019 encontraríamos un pedacito de la Regencia en México? El pasado sábado 30 de marzo se llevó a cabo en la Ciudad de México el Tercer Festival de Jane Austen, organizado por Mónica Hayde Belmont Centeno. Evidentemente, Tierra Adentro mandó a Diego Cadena, Isabel del Valle y Marie Fuentes a documentarlo.


 

Jane Austen siempre estuvo en mi destino

Cerca de la colonia Doctores y el metro Lázaro Cárdenas, un salón de fiestas es lentamente decorado con artículos que recuerdan a la época de la Regencia. Una mujer cuelga un cartel que indica que allí se celebrará el Festival de Jane Austen.

El piso inferior del salón de fiestas sirve a modo de bazar temático con vestidos, gargantillas e incluso algunas pinturas del señor Darcy y Elizabeth Bennet, mientras que el festival se lleva a cabo en el segundo piso.

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El programa de actividades es sencillo: círculo de lectura, hora del té, decorado de abanicos, ensayo de danza, comida, música en vivo con brindis y al final un gran baile. El salón está decorado con algunos muebles antiguos, piso de loza blanca, cortinas de encaje, varias sillas y unas mesas con manteles largos y blancos. No es ni de lejos un salón como en el que toman el té Elizabeth Bennet y Charlotte Lucas, en la adaptación de 2005 estelarizada por Keira Knightley, pero lentamente se va llenando de personajes interesantes: mujeres jóvenes y mayores, adolescentes y una niña pequeña, todas ellas con vestidos de la Regencia, gargantillas, peinados elaborados e incluso sombreros o abanicos.

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Con esas acompañantes es fácil firmar el pacto de ficción, creerse por un ratito Elizabeth Bennet, Marianne Dashwood o Emma Woodhouse. Nadie nos pide que entremos en personaje, pero lo hacemos de todos modos. Nos sentamos más derechas, hablamos con más propiedad y hacemos como que sabemos pintar mesitas, decorar almohadones o bailar como lo hacen en las novelas de la adorada Jane Austen.

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Mónica Belmont, una trabajadora social que estudió en la UNAM, nos cuenta que descubrió su amor por Jane Austen mientras estaba en la preparatoria: “En algún momento nos dejaron leer Orgullo y Prejuicio. Ese fue el primer libro de Jane Austen que leí, luego vi todas las películas. Así fue como la conocí. Me enamoré”. Ahora organiza el único festival en México inspirado en la Regencia, al que califica de “recreacionismo cultural”, pues en él no hay conferencias ni especialistas, solo actividades orientadas a reproducir lo que se hacía en en esa época.

Tierra Adentro: ¿Cómo fue que pasaste de leer a Jane Austen a organizar un evento dedicado a ella?

Mónica: Asistía a eventos con temática medieval. Me gustaban mucho los eventos tematizados y de ahí surgió la idea de hacer un festival de Jane Austen. Me pregunté “¿por qué no hacer algo de Jane?, ¿por qué no nos reunimos a hacer círculos de lectura y tomar el té?” Quería un lugar donde pudiéramos convivir y conocernos.

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Es gracias a este deseo de tener un lugar donde las lectoras de Jane Austen pudieran convivir entre ellas y conocerse que se organizó el círculo de lectura. La novela seleccionada fue Sentido y sensibilidad. Fue la primera actividad del día, y de a más personas fueron uniéndose a la conversación. No era un evento para hablar sobre las teorías que analizan las obras de Jane Austen, o discutir su importancia en la literatura inglesa, ni las influencias de Austen, sino un espacio en donde todas podían hablar de cómo Jane Austen entró a sus vidas.

14.1

 

TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Paloma Vázquez: Por medio de una amiga. Creo que todas hemos llegado por Orgullo y prejuicio. Lo que me gusta de Jane Austen es que, aunque sus protagonistas tengan que casarse con alguien para tener mejores oportunidades, nunca se dejan guiar por eso, siempre siguen sus convicciones.

TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Diana Martínez: Con Orgullo y prejuicio. Me gusta mucho la forma en la que se expresan. Sus diálogos siempre son elegantes. Me gusta cómo Jane Austen refleja las consecuencias que tiene el libertinaje, cómo todos los que siguen ese camino terminan por tener finales inciertos.

TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Audrey Hernández: Siempre he amado las películas y siempre me ha gustado el romance, sobre todo el de época. Me parece muy bonito cómo se tratan, nada que ver con los romances de ahora que se conocen y a los dos días ya se están besando; a mí todo eso me espantaba porque tenía como trece años. Llegué a la película La joven Jane Austen con Anne Hathaway y me gustó mucho. Quedé muy enamorada de todo ese romance así que empecé a buscar en internet cosas similares, entonces llegué a Orgullo y prejuicio. Recordé que, incluso, dos meses antes la había visto en una lista de libros que tienes que leer antes de morir, así que lo descargué de inmediato. La primera vez que lo leí me aburrí porque tenía catorce años, pero después de un tiempo volví a darle una oportunidad y me encantó. Fue muy gracioso, porque así me di cuenta de que una de mis películas favoritas (El diario de Bridget Jones) estaba basada en la novela, así que Jane Austen siempre estuvo en mi destino.

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TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Ella Esquivel: En algún punto de la preparatoria, en una clase hicimos intercambio de libros, me regalaron Orgullo y prejuicio y aproveché para leerlo. Antes había visto la película con Keira Knightley, y pues así fue como amé a Jane Austen. El año antepasado leí Sentido y sensibilidad, el año pasado intenté empezar Emma y planeo leer todos los libros de Jane Austen. De la época me gusta la estética romántica. La edición que tengo de Orgullo y prejuicio tiene un prólogo que dice algo como que el objetivo del libro no era tanto hacer que los personajes se enamoraran, sino que ambos fueran merecedores del otro, y de que entonces se trata de que ambos tienen que mejorar como personas, pues el amor por sí solo no basta para un matrimonio. Por eso adoro a Jane Austen.

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El amor por la obra de Austen estuvo presente en cada segundo de la conversación. Todas compartían sus partes favoritas de la historia, comparaban algunos momentos con cosas que habían pasado en sus vidas, dejando en claro que si bien los libros de Jane Austen pertenecen a la época de la Regencia, sus temas y sus personajes no están ligados solamente a ese periodo histórico y están en constante reinterpretación. Mencionaron algunas de las adaptaciones de Austen a la modernidad: El diario de Bridget Jones, Austenland, El círculo de lectura de Jane Austen, Ni idea, Perdida en Austen.

A su vez, se mostraron reticentes frente a la idea de leer los fanfictions creados a partir de los personajes de las novelas. Al escucharlas hablar, su postura se hizo clara: para una verdadera fanática de Jane Austen, los personajes no existen, son personas. El señor Darcy no es el que interpreta Colin Firth, o por Matthew Macfyden, es aquel caballero orgulloso que dejaría todo por estar con su amada Elizabeth Bennett; de la misma manera, ella no es solo Jennifer Ehle o Keira Knightley, ni mucho menos una invención hecha con tinta y papel. En las voces de las seguidoras de Austen, todos esos personajes cobran vida, se vuelven tangibles y reales.

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Somos las hermanas Dashwood

Paulatinamente se ha ido formando una extraña sororidad mientras nos sirven té, mientras aprendemos a bailar, mientras pintamos un abanico y comemos. Las chicas se han ido abriendo, cuentan historias y ríen. En este lugar todas somos aceptadas, todas somos hermosas, gráciles y vivimos una historia de fantasía. Tomo un sorbo de mi té y alguien dice: “¿Ha escuchado usted que la señorita Fontaine decoró su saloncillo a la manera francesa? ¡Qué poco nacionalista!” y comenzamos a discutir los pormenores de la pintura, el clima, la decoración y las vidas inventadas de señoritas imprudentes y caballeros adinerados.

9.1

 

Entre té, galletas y abanicos conocemos la historia de las hermanas Flores: Andrea, Carmín y Denise Flores, y las primas Esquivel: Ella y Diane,  que han sido fanáticas de Jane Austen desde hace años y agradecen a la escritora por unirlas nuevamente como familia, pues juran que su amor a sus novelas fue lo que hizo que se reencontraran y volvieran a pasar tiempo juntas. Al momento de entrevistarlas, nos confiesan que planearon con cuidado cada detalle de su vestimenta, adquiriendo y modificando poco a poco prendas que encontraban en tiendas de segunda mano, o creando desde cero alguna que otra pieza, como los guantes que cada una usaba. “Queríamos venir desde el primer festival, pero por cosas de la vida no pudimos, por eso cuando nos enteramos que iban a volver a hacerlo, todas dijimos: no vamos a perder la oportunidad”, nos comenta Andrea Flores.

42.1

Andrea: Llegué a Jane Austen por las películas. La primera que vi fue Sentido y sensibilidad, porque estaba enamorada de Hugh Grant. Después de ver todas las adaptaciones de sus obras decidí que tenía que leer a Jane. Mi libro favorito es Persuasión, porque me gusta mucho la madurez con la que retrata todo, la forma en la que narra y crea a sus personajes. Yo compré ese libro y una de mis hermanas compró Emma, nos gustó mucho, así que me puse a investigar qué otras obras o qué otras series había parecidas. Luego descubrí que a mis primas y a mis hermanas también les gustaba Jane Austen, a toda la familia, pues, y eso nos trajo aquí.

Denise: Así es, incluso un día nos quedamos todas en casa de mi hermana y dijimos: ¡Vamos a ver Orgullo y prejuicio! Y todas estuvimos de acuerdo a la primera. Jane Austen es nuestra nueva tradición.

Carmín: Sí, yo también llegué por mis hermanas. ¡Somos las hermanas Dashwood!

Andrea: Fue hermoso, porque uno piensa que está solo en este mundo con su amor por Jane, pero de repente te encuentras con que no es cierto, y que tienes familia que la ama tanto como tú y que hay gente que organiza este tipo de eventos.

24.1

Quizás el momento más revelador del evento fue cuando decoramos abanicos. Se reparten los materiales. No hay instrucciones, solo pintura, pinceles y plumones. Nadie dice cuánto tiempo tenemos para decorarlos así que cada una se vuelca en su abanico a su propio ritmo. Unas bocinas reproducen la banda sonora de Orgullo y Prejuicio. ¿Quién nos diría que tendríamos que venir a un evento temático para experimentar la paz y falta de presión que la vida citadina insiste en quitarnos? Aquí se existe minuto a minuto. Sin preocupaciones por lo que se hará a continuación, este espacio se convirtió en un oasis con vestidos antiguos, té y pláticas amables. Incluso la hora del baile transcurre en un ambiente de tranquilidad. Reverencias, vueltas, no importa que en realidad no bailemos bien. Es un espacio puramente femenino de reivindicación de los intereses “demasiado cursis” o “demasiado irreales” que Mónica espera continúe por mucho tiempo.

48.1

T A: ¿Cuál es el futuro que te gustaría para este festival?

M: Quiero seguir haciendo el festival mínimo una vez al año. También nos gustaría hacer por lo menos dos eventos durante el año, uno al aire libre y otro en un lugar cerrado. Queremos que siga creciendo la comunidad, para que en algún momento se convierta en un evento grande, como las ferias medievales, al principio eran pocas las personas que iban, pero ahora tienen miles de seguidores; esa es nuestra meta, no creo que se logre de un año para el otro, pero poco a poquito.

Al terminar el día nos damos cuenta de que no importó que el salón no fuera realmente el de una mansión inglesa, que no hubiéramos encontrado a nuestro señor Darcy ni bailado con un teniente guapo. La vida normal regresa a nosotras. Mónica Belmont fuma en la calle ya sin la preocupación de mantener una apariencia de elegancia austeniana. Algunas de las chicas sacan sus celulares y nosotras pedimos nuestro Uber, pero mientras nos alejamos la sensación de calma que llenaba el festival no desaparece. Mañana estarán los pendientes del trabajo, las preocupaciones del día a día y la prisa de la ciudad, pero hoy todavía somos Elizabeth Bennet.

50.1


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
(Ciudad de México, 1997). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.

Ilustrador
Diego Cadena Carreón
Diego Cadena Carreón nació en 1987 en la Ciudad de México. Melancólico desde temprana edad, encontró en la fotografía la excusa perfecta para caminar sin rumbo.

La obra poética de Jehú Coronado López nos obliga a enfrentarnos a una voz inusual en la poesía mexicana. Mientras que no es extraño encontrarnos con poetas cuyo lirismo desemboca en imágenes cargadas de emoción, o con poemas que dejan de lado las figuras retóricas a fin de cargar cada palabra de vida y confesión, la poesía de Jehú, desquiciadamente lírica y perversamente honesta, no toma partidos.

No es raro encontrarse en ella partes del cuerpo que el poeta nos ha dejado ahí, ni tropezar con objetos y recursos poéticos desconocidos. Su producción, que ha arrojado ya grandes aciertos como Piedra (2014) y Sangre (2015), incluye ahora La luz que no ilumina todo (2019).

El libro rápidamente atrajo el interés de la Redacción de Tierra Adentro, donde se convirtió en un PDF de culto (un post-it que todavía cuelga en la puerta de la Sala de Redacción, cita: Los amigos se van a ir / si son tus amigos / deben estar en una búsqueda).

Le propusimos a Jehú, y él aceptó, la cesión temporal de los derechos de distribución de La luz que no ilumina todo por un periodo de seis meses, de las nueve de la mañana del 3 de abril de 2019 a las ocho cincuenta y nueve de la mañana del 3 de octubre del mismo año.

 

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Monterrey, 1987) fue ganador de los Juegos Trigales del Valle de Yaqui con su poemario Piedra (atrasalante, 2014). Ha publicado Sangre (FETA, 2015) y Apocalipsis Juanito (luegoluego editores, 2014), entre otros.

Amme se volvió hacia la olla y comenzó a batir con fuerza su contenido. La pócima estaba casi lista, pero si no agregaba el último ingrediente habría desperdiciado toda una noche de trabajo. Mas no lograba encontrar la cuchara que necesitaba. Había buscado sobre el candelabro de cristal astillado que colgaba del suelo, bajo el refrigerador que se hallaba de cabeza en el rincón más alejado de la habitación. Sin embargo no la veía por ninguna parte. Buscó desesperadamente entre los numerosos pliegues de su falda, mojándose las manos con el agua salada de la tela azul, revolviendo la superficie con olas que se extendieron hasta el dobladillo y salpicaron sus pies.

Barrió el techo con la escoba que había pertenecido a su tía abuela tercera. Levantó nubarrones de polvo de estrella que iluminaron el aire tranquilo del lugar antes de asentarse de nuevo en el lienzo color ébano, creando constelaciones a su alrededor. La casita se encontraba de cabeza en el cruce de todos los caminos, ahí donde nacía la magia. Las manos nudosas de la anciana azuzaron su rubia cabellera; mientras rebuscaba, se encontró con un puñado de diamantes, un cepillo de dientes sin cerdas y el esqueleto de un ratoncillo que se había perdido en el bosque de su cabello. Dejó caer todo, cambiando algunas estrellas de lugar con el impacto.

Arrancó de un tirón el cajón de los cubiertos del mueble a su lado; sostuvo en alto cada una de las cucharas, todas tenían un peso y tamaño similar, y emanaban la misma sensación: desconfianza, no podía recordar en qué las había usado antes. ¿Cómo podía dejar un paso tan importante en la preparación de su pócima a una cuchara que no conocía? No se trataba de favoritismo, simplemente era que estaba acostumbrada a usar esa cuchara. Cerró el cajón y suspiró, apretándose el puente de la nariz y dejándose caer en el sillón que tenía más próximo. Debía concentrarse.

A sus espaldas oyó el crepitar de las llamas mientras la olla hervía al compás del fuego azul. Si algo le había enseñado su madre, lo único que le había enseñado antes de salir por la ventana y no volver, era que la receta se seguía al pie de la letra: el más ligero de los cambios podía provocar que su hogar brincara hasta una de las lunas.

1_

—¡La encontré! —gritó Atir, tenía el cabello castaño tan alborotado como el de la anciana. Aún no se había establecido en su rostro ninguna arruga y sus manos eran pequeñas y delicadas en comparación con las torpezas de las que eran capaces. Vestía una falda que soltaba un leve aroma a hierba recién cortada cada que se movía.

Su voz rebotó de un muro a otro hasta que se estampó contra la cara de Amme, quien intentó alejarse, echando el sillón de espaldas y salpicando todo a su alrededor con agua salada de su vestido; luchó por recuperar el equilibrio pero, sin importar cuánto trató, el sillón terminó en el techo.

La voz de Atir era cristalina, tenía un dejo de inocencia y encanto que casi rayaba en la ignorancia. Amme respiró profundamente, tratando de no perder la paciencia. Lanzó su cabeza hacia atrás para verla correr en su dirección con el rostro encendido con una sonrisa. Estaba cubierta de pies a cabeza por un hollín espeso, Amme se preguntó si se había lanzado dentro de la chimenea para buscar. Atir sostenía entre sus manos una cuchara que lanzaba destellos cada vez que la movía.

—Esa no es —sentenció Amme cruzándose de brazos.

—Pero si son de la misma medida, ¿qué más da si está hecha de estaño, oro o pelo de unicornio?

—El pelo de unicornio es para tenedores, no para cucharas, niña tonta. Además, la receta indica claramente que necesitamos una cucharita de plata llena de telas de araña. He usado esa cuchara desde antes de que tú pusieras un pie aquí. —Su abuela le contó que aquel cubierto había sido forjado con luz de luna y enfriada con lágrimas de sirena, incluso cuando a Amme le había parecido un utensilio común.

—¡No es para tanto, Amme!

—No me levantes la voz. —dijo la anciana mientras se ponía de pie de un salto; agitando las aguas de su falda el impacto apagó varias constelaciones —Aquí solo eres una aprendiz, si no eres capaz de confiar en tu maestra, confía al menos en tus instrumentos. ¿Qué vas a saber de magia si no entiendes de fe o respeto?

Se dirigió a la olla llena hasta el tope con un líquido azul. A pesar de estar al fuego desde antes de que saliera el sol, soltaba bocanadas frías y el metal estaba bordado por un encaje de hielo. Atir se rascó la nuca un tanto preocupada. No existía en ningún reino bruja más poderosa y voluble que Amme, había viajado desde tan lejos para estudiar magia con ella y no estaba en sus planes irse a ningún lado. Además el Espejo no se abría para todos, la anciana se lo había dicho: “Atir, eres especial”. Atir estaba segura de ello y estaba dispuesta a demostrarlo. Se sacudió el vestido y el hollín cayó en espirales formando nubes de tormenta que salieron por la ventana, arrastradas por el viento.

2_

—¿Por qué nunca aceptas que tengo razón? —se quejó Atir tirando de la manga de Amme para que le prestara atención— aquella vez que me mandaste al Otro Lado

—¡Pudiste hacernos volar hasta una de las lunas! Entiende, no te saldrás con la tuya siempre, si te pones creativa, nos matas. No solo a nosotras. Tenemos la tarea de cuidar el centro de toda la magia. Gracias a lo que hacemos hay caminos amarillos, carrozas de calabaza, arpas de oro y barcos voladores. ¡No puedes ir cambiando las recetas! ¡Todo se hace al pie de la letra!

Cada incursión de Atir al Otro Lado habían sido casos especiales, búsquedas un tanto desesperadas para encontrar algo con lo cual engañar a las pociones y conjuros, huecos legales, como los solía llamar Atir. Situaciones que Amme muy honestamente habría preferido evitar, como aquella vez que se quedaron sin conejitos de polvo y Atir corrió a casa a buscar un par debajo de la cama de su madre, no eran verdaderos conejitos de polvo pero habían funcionado. Amme seguía sorprendida de que, hasta el momento, todos los cambios habían resultado bien.

Miró la poción. Atir caminó hasta colocarse a su lado y blandió la cucharilla dorada frente a sus ojos, Amme soltó una sarta de palabras en un volumen tan bajo que a Atir le resultó imposible descifrar.

Amme le arrebató el artilugio y tomó el recipiente de telarañas. Las manos le temblaban más de lo normal cuando la llenó hasta el tope y dejó caer su contenido en la poción. El líquido frío cambió a un color púrpura, tal como debía ocurrir. Continuó su hervor helado mientras Amme tomaba la cuchara de madera y mezclaba el contenido para que quedara bien integrado, no podía creer que la mocosa tuviera razón.

Atir dio una vuelta sobre sí misma y el olor a primavera escapó de su falda. Amme dejó su trabajo y se acercó a ella con el afán de agradecerle de la manera más grosera posible cuando, a sus espaldas, la olla comenzó a sacudirse con violencia. El metal se cuarteó. Ambas mujeres pegaron un brinco y corrieron a resguardarse mientras el líquido se contraía para después explotar.

Un brillo oscuro emanó de cada fisura en la pared, cada ventana y cada rendija, llenando la profundidad del bosque con un ruido sordo y un fulgor ensombrecido. Cuando el humo se dispersó, solo quedaban los restos de una choza a medio derribar.

Amme estaba tendida en el techo. Su falda azul se había convertido en un páramo seco donde un barco naufragado se asomaba entre la arena, y un montón de corales brillaban con apariencia húmeda en la distancia. Se volvió con el ceño fruncido a ver a Atir, quien se había refugiado detrás de una mesa y tenía parte del pelo carbonizado. Atir comenzó a balbucear en su defensa, cuando, desde el suelo, le cayó una pequeña cuchara plateada. La miró con expresión confundida y después se la mostró a la anciana.

—¡La encontré!

3


Autores
(Estado de México, 1992). Narradora y ensayista. Egresada de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) en la licenciatura de Letras.

Ilustrador
Karla Hernández
También conocida como Charlötte, es diseñadora gráfica e ilustradora egresada de la UNAM-FES Acatlán. Creadora de Charlötte, un espacio de ilustración. Actualmente trabaja como directora de arte en COCOLAB. Colabora en la organización de Locomoción- Festival de la animación en la Ciudad de México. Finalista de la primera Bienal de Ilustración en México.

 

Luego de decidirse por la píldora azul, Neo (anagrama de One en inglés, es decir, El elegido), se da cuenta de su terrible realidad: es uno de los muchos seres humanos que sirven como batería para alimentar un mundo de máquinas. Todo lo que creía que era real acaba por revelarse como una ilusión burda. El planteamiento de Matrix, cinta estrenada hace 20 años, dirigida por los entonces hermanos Wachowski, era innovadora e inspirada en los despertares espirituales en la historia de la humanidad. Hay varios ejemplos: El Buda, Siddharta Gautama, que salió de la comodidad de su palacio y enfrentó la verdad pura y difícil de su pueblo, pasando por la cueva de Platón, hasta llegar a La vida es sueño de Calderón de la Barca y todas las visiones de la ciencia ficción de mediados del siglo XX.

Neo, el hacker que protagoniza la cinta, hace el recorrido del héroe por las 17 etapas que enuncia Joseph Campbell en El Héroe de las mil caras. Todas y cada una de ellas son cumplidas al pie de la letra, pero entonces, ¿qué hace tan diferente y memorable Matrix? ¿Qué causó que no atrajera muchos seguidores en su primera semana de estreno, pero que con el tiempo fuera llamando la atención?

Una respuesta es la estandarización y asimilación de otros relatos incluidos en la trama. Las películas ahora están repletas de guiños y homenajes a videojuegos, libros e incluso otras películas. Muchos Youtubers reciben vistas, likes y seguidores gracias a explicar y enumerar lo que los norteamericanos llaman Easter egg, un juego que dejó de ser un código secreto para cinéfilos aventajados y se volvió una norma dentro de la industria, como las escenas post créditos de las cintas de Marvel. Las ahora hermanas Wachowski no querían evidenciar su juego, pero sí deseaban dejar claro que pertenecían a una tradición cinematográfica, televisiva y religiosa.

 

María Magdalena

La mayoría de los espectadores observarán las referencias a Ghost in the Shell, algunos incluso esgrimirán que robaron conceptos de The Invisibles de Grant Morrison, (autor que quiso demandar a la película), otros dirán que la inspiración salió de Mindwarp, dirigida por Steve Barnett. Lo cierto es que el espíritu de la época, un zeitgeist, provoca que muchas historias utilicen las mismas ideas con algunas variaciones. Cuestionar lo real era algo que hicieron muchos filmes durante los noventa. Desde la película italiana Nirvana, de Gabriele Salvatores, a la canadiense The cube, de Vincenzo Natali, las norteamericanas Dark city, de Alex Proyas y Jacob’s Ladder, de Adrian Lyne. Todos sus protagonistas viven en mundos ficticios donde solo el conocimiento los puede liberar.

Las hermanas Wachowski fundieron las influencias pop con referencias religiosas más o menos evidentes. El personaje de Carrie Anne Moss, interés romántico de Neo, pasaría a ser una especie de María Magdalena, aunque su nombre también haga otras referencias, como a la Santísima Trinidad. El traidor, Cypher, siempre vestido con algo rojo, o con una luz carmesí sobre él, representa el mal, su nombre incluso suena parecido a como se pronuncia Lucifer en inglés. Zion, la última urbe humana, comparte nombre con la ciudad fortificada de Jerusalén. Morpheus, guía de Neo, es también el dios de los sueños; Nabucodonosor, la nave en la que viajan, hace referencia al dios babilónico que creó los Jardines Colgantes, una de las siete maravillas del mundo antiguo y también es el nombre de los ácidos más famosos de los años 90. Todas las referencias culteranas se entremezclaban con otras de la cultura pop y techno pop. Había guiños a Bruce Lee, a la cultura raver, a los videojuegos, publicidad encubierta a la cerveza Corona, al igual que llamados a la rebelión.

Algunos de los diálogos se hicieron muy famosos por contener una especie de filosofía mezclada con psicoanálisis lacaniano, que los volvía citables y memorables. Uno de ellos es la charla entre Morpheus y Neo antes de ofrecerle las pastillas, que a fin de cuentas es lo que Lacan enuncia como lo Real.

“—¿Te gustaría saber qué es la Matrix? La Matrix está donde quiera, puedes verla asomándote a la ventana o encendiendo el televisor, la percibes al ir a trabajar, al ir a la iglesia, al pagar impuestos. Es el mundo que han puesto ante tus ojos para que no veas la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que eres un esclavo, Neo, igual que los demás naciste en una prisión que no puedes probar, tocar ni oler. Una prisión para tu mente. Por desgracia a nadie se le puede decir lo que Matrix es. Tienes que verlo por ti mismo.”

 

Nada nuevo

No es nada nuevo. En la obra de Philip K. Dick hay cientos de referencias a una realidad que es solo una gran mentira. Casi toda su obra está sustentada en esa temática. Por ejemplo, en el cuento Lo recordaremos por usted perfectamente, base para Total Recall, el personaje principal no sabe diferenciar entre lo que le implantaron y su vida real. En Tiempo desarticulado Raggie Gumm resuelve cada día un acertijo, su modus vivendi, para acabar descubriendo que es un militar sumergido en un mundo virtual bélico. En La penúltima verdad de los hombres, ocurre lo mismo que en la cinta Underground, de Emir Kusturica, donde la gente vive en los subterráneos, asustados por una guerra que en realidad no existe.

Lo que hace a Matrix diferente es que el héroe se prepara para combatir la tiranía. Neo se convierte en un superhombre que desafía el status quo. A diferencia de Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, USA, 1973) o El planeta de los simios, ambas con Charlton Heston, el héroe es consciente pero no puede hacer nada. En Matrix no hay una amarga aceptación, sino la promesa de que todo será mejor.

Empero, Neo no acaba por volverse un guerrero, sino una especie de semidios, un héroe en el sentido más literal de la palabra. La gabardina negra con la que va vestido tiene ecos de las sotanas católicas, pero también de las capas de los superhéroes.

 

Una cinta de acción

Otro punto a su favor, es que si bien está cargada de referencias religiosas, es también una película de acción, una que occidentaliza el cine oriental, en especial el Wire Fu, donde los peleadores de Kung Fu vuelan gracias a cables; también el cine negro japonés, donde los yakuzas van en impecables trajes negros y gafas oscuras.

Las Wachowski tuvieron mucha habilidad para entremezclar peleas de acción apabullantes con una gran influencia de Tsui Hark y John Wo; escenas de tiroteos nunca antes vistas, donde las balas caen como lluvia y los encuentros de preparación se parecen más a Street Fighter que a una película.

 

Un tiro único

A 20 años de su estreno Matrix ha sido el único tiro al blanco que han dado las Wachowski, la única obra redonda en donde todas sus ideas sobre la mundialización, las nacionalidades, los sexos y las religiones se entremezclen en un todo, han funcionado. Las continuaciones de Matrix solo menguaron la reputación de la primera. Hoy, con el paso de tiempo son vistas a pedazos, pero la original sigue intacta, afortunadamente.

Cloud Atlas, Jupiter Ascending y su serie Sense8, si bien tienen seguidores, no son obras redondas, en donde las costuras no se vean, en donde el espectador atento encuentre vetas que antes no habían sido explotadas.

 

Un mundo placentero

Pese a su éxito y a su culto, Matrix no caló ideológicamente. La mayoría de nosotros fuimos seducidos por el placer, preferimos vivir atrapados en la Matrix que vivir en “el desierto de lo real”. En un mundo donde evitamos salir a la calle a comprar lo necesario o al cine, gracias a plataformas como Amazon o Netflix; que comemos gracias a aplicaciones como Uber Eats o Rappi, que evitamos asomarnos al exterior y a sufrir cualquier tipo de dolor, los agentes de la Matrix no tienen trabajo. El dolor lo vemos como algo malo, apoyamos a lo lejos algún problema, damos un like o compartimos, pero luego volvemos a nuestras fotos de gatitos o al maratón de series. Si somos más radicales, ponemos un poco de dinero en change.org

“Tú sabes, yo sé que esta carne no existe, sé que cuando pongo esto en mi boca, la Matrix está diciendo que es jugosa y deliciosa. Después de nueve años, ¿sabes de lo que me doy cuenta? Que la ignorancia es Felicidad”.

Es cierto, admiramos a Neo, pero somos Cypher.

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Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.

 

A veinte años de 10 cosas que odio de ti

 

For I am born to tame you, Kate,

And bring you from a wild Kate to a Kate

Comfortable as other household Kates.

―William Shakespeare, The Taming of the Shrew

 

Existe la creencia infundada de que el amor lo vence todo.

El mito del amor omnipotente no solo tiene sus derroteros religiosos y sus nostalgias medievales, sino que goza de cabal salud y se sigue inoculando activamente en quienes nacimos en los siglos más recientes y, aunque es aplicable a las relaciones filiales, fraternales o de amistad, encuentra su campo más fértil en la imaginería de las relaciones de pareja.

Se nos dice ─en las producciones culturales masivas que consumieron nuestros padres, y sus padres antes de ellos, y que llegaron a nosotros digeridas bajo la etiqueta de normalidad─ que la vida conjunta está llena de obstáculos, altibajos y enfrentamientos inevitables, pero que estos son en realidad villanos menores frente a los cuales el Amor siempre triunfa.

Aprendemos que cuanto más grande el sentimiento, más lo serán las posibilidades de triunfo. Incluso, cuando una relación fracasa se alude a las conductas que causaron el naufragio diciendo que “eso no era amor”, de forma que el Amor salga indemne del choque, porque su récord de derrotas, cuando es verdadero, se nos especifica, es cero.

El éxito de esta mentira está enteramente basado en la condición de que nunca nos preguntemos qué conforma ese todo que el amor vence, pues, como todos los dogmas, sirve a un fin mayor. Casi siempre el de perpetuar sistemas jerárquicos o de opresión que también, a base repetirlos, confundimos con la normalidad.

 

*

 

Todo esto lo pensaba mientras veía completa por primera vez, y con veinte años de retraso, 10 cosas que odio de ti, la comedia adolescente dirigida por Gil Junger y protagonizada por la ahora olvidada Julia Stiles y el fallecido Heath Ledger.

Por entonces Hollywood había agotado las recetas de los géneros más socorridos de la época, por lo que se refugió en el reciclaje de los clásicos. De esta camada son Clueless (1995), adaptación de Emma de Jane Austen y Juegos sexuales (1999), basada en Las amistades peligrosas, novela de Choderlos de Laclos; 10 cosas que odio de ti se inscribe en esta la lista al ser una modernización, noventización podríamos llamarla ahora, de una de las comedias de Shakespeare más traducidas al español: La fierecilla domada.

La premisa de La fierecilla es simple, aunque, como sucede en las comedias del Bardo, está salpicada de personajes secundarios que la enredan formidablemente. Un respetado señor de Padua tiene dos hijas: Bianca, la menor, amada por todos y pretendida simultáneamente por tres hombres; y Katharina, la hostil y temida primogénita. La acción se desencadena cuando el padre decide que no casará a la menor hasta que la mayor se haya casado también, por lo que uno de los pretendientes de aquella convence a Petruchio, un veronés despreciable, para que corteje a esta a cambio de su dote.

En la adaptación noventera la historia transcurre en el Instituto Padua; en vez de matrimonios restringidos hay permisos negados y la repulsión que provoca Katharina, Kat en esta versión, entre sus compañeros de clase se debe no solo a su actitud “feral” sino también a sus opiniones: una de sus primeras intervenciones, cuando el profesor pregunta sobre Hemmingway, consiste en llamar a este último un “misógino alcohólico que pasó la mitad de su vida cogiéndose lo que le dejaba Picasso”.

Un jovencísimo Joseph Gordon-Levitt persuade al chico malo de la escuela, Heath Ledger, un Petruchio adolescente rebautizado como Patrick Verona, para que enamore a Kat a cambio de un pago de forma que él pueda salir con Bianca.

Mi primer encuentro con la película se dio hace algunos años en un autobús a Puebla. Los retazos que vi entre sueños y sin audífonos me parecieron bien justo donde estaban: en la oferta de entretenimiento de un autobús a Puebla. Ahora en cambio, me resultó incluso agradable; la adaptación de la anécdota shakespeareana es inteligente y está salpicada de guiños a la fuente original. Cuenta con escenas diseñadas para grabarse en la memoria, como la de Ledger cantando “I Love you Baby” en las gradas del estadio, acompañado por la banda de guerra previamente sobornada, o la de la protagonista leyendo su propia versión del citado soneto entre lágrimas; y las actuaciones están en su lugar, dejando aparte la horrenda moda finisecular.

Mi momento favorito: el profesor de literatura rapeando el Soneto 141. A veinte años de distancia, 10 cosas que odio de ti sobrevive gracias a su historia probada y a una adaptación sólida, ejecutada limpiamente y sin demasiadas pretensiones.

http://https://www.youtube.com/watch?v=y6baRWhZ9sE

http://https://www.youtube.com/watch?v=wFoPkLlRtfc

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Pero ¿por qué es relevante hablar hoy en día de 10 cosas que odio de ti? ¿Cómo se inserta en el cauce del amor todopoderoso y su leyenda?

La versión de Shakespeare es, para cualquiera que haya vivido los últimos años sin una venda en los ojos, difícil de masticar, ya no digamos de resultar divertida: a partir del acto cuarto, después de que Kate se casa con Petruchio prácticamente a la fuerza, la obra se convierte en una colección de torturas físicas y psicológicas que el veronés ejerce sobre su esposa para “domarla”.

La escena final nos muestra a una “fierecilla” que ya no es tal, sino una esposa abnegada que se da el lujo incluso de sermonear a las otras mujeres, reprochándoles su falta obediencia a sus maridos. La hilaridad de esta anécdota está subordinada a su época ─al margen, claro, del ingenio lingüístico de Shakespeare, que permea todas sus obras─ y una adaptación a finales del siglo veinte no podría replicar esa escena final ni la tortura previa sin que sus nuevos espectadores fruncieran el ceño.

¿Cómo, entonces, “domar a la fierecilla” cuatro siglos después? La respuesta estaba ahí, flotando en el aire, como dice la canción. El amor romántico, ese que lo vence todo, habría de ser para Kat lo que fuera la sumisión para su contraparte shakespeareana.

Ya antes se había intentado con éxito: Kiss me, Kate, el musical de Broadway con música de Cole Porter, hizo lo propio en 1948 al proponer un juego metateatral en el que los actores de un montaje de La fierecilla pasan, durante la noche de estreno, por un enredo similar al de sus personajes.

A Kate y a Petruchio, dentro de la ficción, los interpretan el director de la obra Peter Graham y la diva Lilli Vanessi, quienes se divorciaron no hace mucho, aunque ella sigue enamorada. La ira de Kate hace eco en las crisis de Lilli, provocadas por las patanerías sistemáticas de Peter que más tarde la orillan a abandonar el teatro a media función.

Hacia el final, Peter se lamenta por haberla perdido y despliega la artillería de su voz de barítono para decirnos cuánto la ama, aunque toda la función lo hayamos visto demostrar exactamente lo contrario. No obstante, en el clímax, Lilli regresa en un cambio de opinión que, se nos pide que asumamos, se debe sin duda al amor. Número musical. Telón. Aplausos.

Lo que ocurre en 10 cosas que odio de ti no es distinto. Conforme trata con Kat, Patrick va al mismo tiempo enamorándose de ella y dejando ver las capas humanas bajo el disfraz de bully, solo para que, en el momento cumbre de la película (un prom night, obviamente), ella descubra que él la cortejó en primer lugar a cambio de dinero y mintió al respecto, y lo manda a volar.

Corte a escena de reflexión de ella con su papá. Corte a la famosa escena del soneto, que termina: “lo que más odio de ti es que no puedo odiarte, ni de cerca, ni un poquito, ni nada”. Corte a la reconciliación, beso y créditos de salida. Triunfó el amor.

http://https://www.youtube.com/watch?v=fd7IxeYPLO0

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El final feliz es ya en sí un dogma que reclama nuestra fe. Es, claro, artificial, dado que el final de la obra de ficción es tan solo un momento en la sucesión de instantes en la vida de los personajes: un acto de prestidigitación en el que el mago muestra las cartas de la finitud y la felicidad y el espectador elige las de la felicidad y la permanencia, creyendo que son las mismas. Pero si la condición de “final” es discutible, más aún lo es “la felicidad”.

En La fierecilla domada, la felicidad es el matrimonio por conveniencia y el respeto a la jerarquía entre hombres y mujeres que eran moneda corriente en la época; tanto en Kiss me, Kate como en 10 cosas que odio de ti, lo es la prevalencia del amor sobre los obstáculos.

Resulta, sin embargo que si uno decide hacerle la autopsia postcréditos a esos obstáculos verá que se trata en los tres casos no de fuerzas de la naturaleza ni de estratagemas del destino, sino de la ruindad alevosa de un personaje que se mantiene inmutable con los siglos.

Petruchio, devenido primero Peter Graham y luego Patrick Verona, es lo que por mera precisión científica llamaré un ojete. Esa ojetez parece querer diluirse con el tiempo ─Petruchio no tiene empacho en dejar sin comer a Katharina, destruirle el vestido o hacer más dinero apostando a su comportamiento, mientras que Peter, a pesar de mantener prácticamente secuestrada a Lilli parte de la obra, tiene algunas fosforescencias emocionales, y finalmente Patrick se reblandece hasta el enamoramiento, a pesar de sus mentiras─, pero son siempre sus acciones las que ponen en riesgo a su pareja, en primer término, y a la relación, en segundo. Resulta curioso cómo personajes cuyas acciones los convertirían en los villanos de otros géneros en las comedias románticas son el protagonista.

De esta forma, cuando el amor triunfa en la escena final, lo que sucede no es tanto que la pareja se haya sobrepuesto a unos problemas en abstracto como que la protagonista ha perdonado el daño en su contra, en la confianza de que no sucederá otra vez. Eso es lo que llamamos un “final feliz” y, si abrimos un poco el zoom, veremos que se reproduce en la mayoría de las comedias hollywoodenses ─el noventa por ciento de las películas de Adam Sandler tratan sobre cómo un hombre aprende una lección sobre sus defectos de carácter para “conquistar” a una mujer─, e incluso algunos dramas ─pienso, por ejemplo, en Pasajeros, de 2016, un sci-fi en el que el personaje de Chris Pratt despierta por accidente de su sueño criogénico inducido en medio de un viaje interestelar que duraría 120 años y, para mitigar su soledad, despierta al personaje de Jennifer Lawrence, condenándola por ende a no ver el final del viaje y morir de vieja en la nave; al final, claro, él hace un sacrificio, ella lo perdona y viven el resto de sus vidas como pareja para beneplácito del público─. Y vivieron felices para siempre, decimos con la condición de no quedarnos a comprobarlo.

 

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Tomando en cuenta la cantidad de productos culturales masivos que reproducen la lógica detrás de 10 cosas que odio de ti, podríamos sospechar que los Petruchios del mundo están muy cómodos con una versión suya en la que, gracias a la omnipotencia del amor, pueden hacer y deshacer. Revolcarse en el temazcal de su propia abyección tanto como gusten porque al final siempre habrá una mujer piadosa y comprensiva cuyo sentimiento los perdone y los redima; una versión del mundo en la que su decisión de hacer daño se asuma un destino irremediable, casi biológico, y por lo tanto excusable.

Las escenas emblemáticas del filme son muestra. La escena de las gradas y la banda de guerra es la del hombre que pide perdón: una disculpa escandalosa, pública y por lo tanto siempre un poco coercitiva. La escena del soneto es la de la mujer que perdona, sucumbiendo al sentimiento por encima del daño infligido sobre ella. Y las Kates de la vida real salieron del cine quizá un poco incómodas, pero convencidas de que es esa la única forma, el único final feliz posible.

Porque, en el fondo, “domar a la fierecilla” no es otra cosa que ejercer la violencia del status quo para devolverla al redil; si en el texto isabelino quiere salir de ahí desafiando con su antipatía el concepto idealizado y beatífico de la mujer, se la regresa por medio del sometimiento; si en el musical de Broadway se rebela contra el hombre encantador, se la convence de quedarse alimentando su orgullo y enalteciendo su feminidad; y si en la película de los noventa lee a Simone de Beauvoir, es indiferente a la aprobación masculina y confronta la vacuidad de las relaciones sociales escolares, se la devuelve por medio del amor. Y el domador es, sin duda, epítome y primer beneficiario de ese status quo, pero eso se le disculpa, pues también ha sido tocado por las manos del Amor.

Un final feliz que a nadie se lo parecería sería otro: uno en el que Kat y Patrick aprendieran del tiempo que compartieron; la una a relacionarse más sensiblemente con las personas, el otro a no mentir ni lastimar a otras mujeres, pero ya libres de la obligatoriedad argumental de seguir juntos.

Un final en el que no haga falta domar a la fierecilla, porque esta no es tal sino un ser humano con derecho a disentir y capacidad de decisión. Suena aburrido, dirán algunos, y no faltará quien me acuse de moralino, pero tampoco es descabellado: ya está ahí, en La la land (2016) con su atípico epílogo de la separación, y seguro hay otras más, que no pierden en mérito artístico ni en fama.

Como todo el entretenimiento masivo, a 10 cosas que odio de ti hay que verla dos veces: primero como recreo, y luego como diagnóstico. De esa forma, a lo mejor, vislumbraremos cuando menos la posibilidad de que haya cosas que el amor marca registrada no deba vencer, y de que los momentos felices pueden ser muchos, no necesariamente el final.


Autores
(Estado de México,1989), escritor y traductor, es autor de Señales de vida (Fá Editorial, 2015). Fue editor de la revista digital La Hoja de Arena y, en el periodo de 2013 a 2014, becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela. Alterna la escritura y la traducción con la docencia.

Para Víctor Rangel

 

La música evoca la parte más vívida de nuestro pasado que de otro modo el tiempo nos devolvería muerto. Cuando mi familia se reúne para celebrar los cumpleaños sube el volumen a la cumbia para animarse. Escuchamos aquello que nos exija estar presentes, sentirnos vivos, mantener una sonrisa obligada y, aunque prefiera apartarme de la algarabía familiar, es imposible abstraerme de su afán por aparentar que todo está bien. En realidad, las celebraciones han sido siempre un pretexto para tratar de que la muerte de la abuela —que ocurrió cuando todos éramos más niños— cada vez duela menos.

Bailar, reírse, comer y pararse nuevamente a bailar, como si la vida se tratara únicamente de esto, es otra manera de hacer frente al dolor. En toda familia existe el tío conciliador que para a bailar a todos y les pide —casi les ruega— que se alegren, que disfruten de la fiesta, de lo que tienen, del amor que nos inunda. El mío parece exigirnos que permitamos a la música aliviar la tristeza. Él mismo, cierta noche fría como pocas, tuvo que acercarse al rostro aún tibio de su madre para cerrar sus ojos con la palma temblorosa de la mano que ahora mismo me invita a improvisar el regocijo.

Mi tío sería igualito a Chico Che si el cantante no hubiera muerto hace treinta años de un derrame cerebral. Tiene lo que tienen los viejos que alguna vez fueron tan jóvenes para creerse inmortales: la robustez de un cuerpo avejentado, el bigote canoso, una incipiente joroba y la voz aniquilada por sus vicios.

Chico Che 3

Entre las semejanzas destaca también la pérdida de sus padres cuando era chico y que, al igual que el hombre de overol, mi tío cree que con la música se esfuman los problemas, como lo haría una moneda en las manos de un prestidigitador. Solo quiere vernos sonreír y armar una rueda en el centro del jardín. Yo también quiero ver feliz a mi familia, manos en los hombros y dando vueltas alrededor de lo que se forma al centro. Entonces me pregunto quién vive allí para que todos canten y bailen a su alrededor, a la manera de un sacrificio a la alegría. Quizás el eterno hijo huérfano que crece con una mueca de tristeza debajo de los pelos de la madurez.

Debido al accidente automovilístico que sufrieron sus padres y por la que perdieron la vida casi de manera instantánea, la hermana mayor de la familia Hernández Mandujano tuvo que hacerse cargo de su hermano menor, ambos sobrevivientes del accidente que ocasionó no solo secuelas físicas en él, como la cojera de una pierna, lo que años después, sin embargo, no le impediría bailar en el escenario tras al alcanzar la fama como cantante. La pérdida de sus padres fue sin duda la secuela más dolorosa. El chico («Chico de Francisco y Che de José») terminaría por recelar del futuro, pues su pasado estaba incompleto.

CHICOCHEISMO Portada y Texto

Su historia es la del niño que nunca deja de serlo y halla en el canto un refugio donde se comunica con sus muertos. Años después la criatura eligió componer música alegre para eximirse de una búsqueda inconsolable: la de quien usa su voz para pedir el amor que no tuvo de pequeño. Me gusta creer que Chico Che no escondía esa tristeza primitiva y muy suya detrás de su atuendo, sino que aprovechaba para infiltrar su desconsuelo, camuflar sus penas a través de esa arma blanca que es la música.

Busco y encuentro en YouTube la última presentación en vivo del Ciclón del Sureste, como también apodaban al cantautor tabasqueño. Chico Che luce agitado luego de una extenuante presentación que involucra machincuepas. El esfuerzo físico, o quizá la muerte que ya se manifestaba en su cuerpo, lo adelgazó sin paciencia. En los últimos meses de su vida el overol le quedaba grande.

 

 

La anécdota que persiste acerca de su atuendo es reveladora. Según sus pocos biógrafos, en su primera presentación Chico Che optó por conservar la ropa que lo mantenía a medio camino entre el rock (su verdadera pasión) y la desfachatez de la música tropical (un gusto que adquirió tras conseguir nada en la escena rocanrolera de los años setenta).

Desde entonces su vestuario cautivó a la audiencia, y Chico Che nació por primera vez en el cuerpo vigoroso de Francisco José Hernández Mandujano, el hijo sobreviviente de una familia rota. A partir de ese momento en cada concierto que se presentaba imponía moda con su personaje. Pronto nació el niño greñudo y con bigote que años más tarde se reencontraría con sus muertos a través de la música.

Chico Che ha unido a las familias mexicanas a costa de la suya. Me pregunto por qué la pachanga funciona como un antídoto para aquellos que sufren. La fiesta es un imán para quienes huyen del dolor. Quien lo vive a expensas de un divorcio, un engaño o la muerte, sabe que el fracaso desencadena la risa contra uno mismo, una burla dolorosa de lo que ingenuamente creímos posible.

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La carcajada puede durar toda una vida, sin embargo, reírse de sí mismo no siempre resulta alentador. Muchas veces termina por minar el amor propio. Subir el volumen de la música hasta el tope es una forma efectista de robarle espacio al silencio, que nos hace recordar. Cuando se acaba el casette volvemos entonces a pensar en aquello que perdimos.

Estoy a punto de llegar a los áridos treinta años. Hace unos meses comencé a tomar terapia por primera vez, ahora que vivo los mayores exabruptos desde que tengo memoria. Generalmente escucho lo que tiene que decirme el analista por morbo más que por sosiego, aunque lo cierto es que en otras épocas habría sido menos consciente del daño que me inflijo desde chico. Entre la vorágine de emociones que emergen en cada sesión he aprendido a reconocer la culpa, que me acompaña desde que mis padres me engendraron y a los tres años decidieron divorciarse.

Por mucho tiempo creí ser el motivo de su separación.

En mi vida, la presencia de mi padre se reduce solo a estas cinco letras; en cambio, lamento decir que mamá ha sido menos una escanciadora de cariño que la proveedora de dinero que en verdad fue. Excusada la tercera persona, en medio de los dos se encuentra el niño a quien una mañana despertaron para darle malas noticias.

Quienes han salido ilesos de los veinte años cuentan que al final de la recta se abre un nuevo camino. Que la crisis no aminora, solo muta, que te endurece hasta volverte un hombre cansado de ti mismo, pero con ganas de seguir siéndolo. Si por algo recordaran a mi generación sería por el destino de quien, vencido antes de tiempo, vuelve de noche a la ciudad porque sabe que no son suyas las fanfarrias. Los que rozamos la triple década volvemos al pasado con la nostalgia del que cree que fue feliz. Incluso, ya nos hemos creado un epitafio desde ahora: «Éramos felices y no lo sabíamos», nosotros, los hijos perpetuos.

Chico Che 1

Hace unos meses Chico Che volvió a la vida por medio de las redes sociales. La mayoría de las personas que participaron en su resurgimiento tienen más o menos la misma edad que el internet, por esta razón la apropiación del cantante se dio mediante memes. A primera vista pareciera que Chico Che tuvo cierta popularidad después de treinta años de muerto, debido, entre otras cosas, a su facha que hoy podríamos asociar a la de un hipster.

Hace falta ver la algarabía que levantaba en los conciertos para saber que Chico Che era un hombre que disfrutaba lo que hacía. Jugaba a organizar formaciones con los asistentes a sus conciertos. Ruedas y víboras de la mar eran las figuras hechas de seres humanos con las que se divertía el bebote de patillas largas. Sin embargo, si su regreso no sucedió únicamente gracias a la moda, ¿de qué otra manera trajimos de los bulliciosos setentas a un hombre evidentemente anacrónico?

La identificación por parte de mi generación con Chico Che no radica en su atuendo vintage, sino en la soledad que sentimos quienes debemos paliar la falta de amor con la alegría artificial de la vida cotidiana.

En Chico Che, por ejemplo, el lenguaje no abandona las primeras etapas. Sus palabras no son más que balbuceos articulados que conservan, es cierto, el arte genuino de los niños. Esto se nota en el uso excesivo del fonema /ch/ en sus canciones, aunado al ingenio de sus juegos de palabras («No le hace que le aunque») y su alteración naíf («Quen pompó», «De quen chon»); pero también en su bravura imberbe («Huy, qué miedo», «Chido Chido», «Catalina le pegó») y en la apelación frecuente a una mujer que bien podría ser su madre («Rosalbita», «Tons qué mami»), así como en los pasajes oscuros asociados al fracaso, la duda y el rechazo a la autoridad («Qué culpa tiene la estaca», «Que no me quiso el Ejército»). Todos estos casos revelan que detrás de su influencia actual, los que pronto aterrizaremos en la treintena nos reflejamos en él como los niños que maduraron a la brava.

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La muerte fue una guasa más para el rey choco de la fiesta. Esta llegó de la forma que más duele: sin avisar. No obstante, la paradoja reside en su muerte, un 29 de marzo de 1989. Chico Che estaba a punto de lanzar su álbum Chi como ño, cuyo tema homónimo retrata las ilusiones rotas de una pareja que creyó —como muchos cuyo amor creen que alcanzará para pagar la renta— que permanecerían juntos después de todo.

Me pregunto si para cantar primero hay que sufrir. Quizá no, y exista una melodía de origen, una tonada primitiva que forme parte de nuestra naturaleza, como lo hace el amor y la melancolía. Lo cierto es que Chico Che entona estrofas dedicadas a lo que no debería terminar, pero termina, como la vida con la muerte. En este sentido, el duelo se mantiene a raya, solo abona al ánimo solitario de quien lo padece.

Habría que preguntarnos también si actualmente lo guapachoso tiene lugar en un presente cada vez más lastimado; si somos capaces de hacer mofa de nuestro sufrimiento mediante el libertinaje y la fiesta, como lo hiciera Chico Che, ese niño que se pitorreaba de todo porque ya no tenía nada más que perder.

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Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).