Las fotografías me tranquilizan porque son un bello desafío al tiempo. En cambio, las películas me angustian. Quiero seguir viendo ese beso, que esa caricia no termine, que el personaje no desaparezca al dar paso hacia un fondo negro con letras blancas de nombres que se deslizan. Ella disparó esa noche, empujó los objetos, dio un punto y aparte que terminaba en forma de espiral; un clic que nos dejó enmarcados, fijos para siempre en el infatigable retorno.
Mi hermano estaba obsesionado con las películas de balazos. Todos en su escuela fingían disfrutar el cine de arte. Él defendía Duro de matar y Teminator, y le aburrían las tomas largas; nunca lo entendí. Toleraba esas películas sesudas porque a veces parecían ser fotografías, pero luego arruinaban todo con sus diálogos y personajes moribundos con crisis teológicas y tuberculosis.
Mi padre siempre quiso más a mi hermano; en él situó la esperanza de ver su apellido laureado, algo que jamás tendría conmigo. Era imposible que yo contrajera matrimonio y tuviera hijos, que fuese exitoso. Cuando ella se paró por primera vez en la casa, papá pensó que buscaba a mi hermano, pero ella le dijo que yo era la razón de su visita. En ese momento mi padre adoptó una mueca rarísima. Desearía tenerla fija entre estas fotografías, preservarla y saborear con mis ojos aquella confusión.
Eso fue cuando aún estaba en preparatoria, era un ser inerte en el pupitre, una especie de pulpo muerto, en espera del filoso cuchillo que le dé sentido. Nada de comentarios desafiantes a la autoridad, peinados innovadores ni galanteos con el sexo opuesto. No tenía miedo de encontrarme a los maestros en la calle, sabía que no me reconocerían, tampoco mis compañeros. Los trabajos en equipo eran un lío, me aterraba visitar el hogar de alguien más. Por eso ofrecía mi casa; había menos alteraciones y ser el anfitrión me libraba de hacer gran parte del proyecto.
En aquella ocasión el trabajo era en parejas. Ella llegó media hora antes de lo acordado. “Es para un trabajo de la escuela”, dijo y mi padre soltó una “A” prolongada con cierto alivio: el cosmos mantenía su orden. Una “E” interrogativa lo alcanzó la siguiente semana cuando ella visitó de nuevo, ahora por gusto, para estar con su hijo raro. Ella tampoco era normal. La gente la conocía, hablaban de ella para luego callar cuando la veían andar pasillo, como si le temieran. Cargaba cuadernos en los que dibujaba al borde de las páginas: al pasar las hojas revelaba el desplazamiento de lo fijo. Se sumergía en su mundo enfrente de los demás, ignorándolos, desafiándolos. La cháchara de la gente pasaba a segundo plano. Sola delante del mundo que desencadenaba su pluma, diosa de tinta, a velocidades fluctuantes: el monito que alza la mano, saluda, extrae un arma, apunta y…
Conoció a mi hermano la tercera vez que vino a verme. Cada uno parecía indiferente a la existencia del otro. En la cuarta visita los sorprendí besándose en la cocina. Un beso pausado. Mi respiración los alertó de mi presencia e inmediatamente intentaron disimular.
No pasó mucho tiempo para que se presentaran como novios y sus besos dejaron de ser resistencias contra el tiempo, ya no languidecían: se atascaban, eran feroces como perros ante un plato de comida. Mi padre estaba contento y lo demostraba dándoles privacidad, que aprovechaban con los toscos y veloces flujos del deseo carnal. Yo quería que volvieran a ese primer beso, al reconocimiento estático de sus labios. No solo estaban desperdiciando algo bellísimo sino que lo asesinaban con cada mordida y rasguño.
Mi padre me regaló una cámara digital Nikon de cumpleaños, un intento por hacerme salir más. Comencé capturando lo fijo: una puerta cerrada; impidiendo con su cuerpo de madera el paso de otros cuerpos; la fuente seca del jardín, bello monumento a lo inútil; las piedritas del asfalto, ejércitos de inmovilidades; pero me resultaba insuficiente, eran esfuerzos inútiles que no aportaban nada a la lucha contra lo pasajero. Quería hacer un cambio para evitar el cambio. Entonces fotografié a la olla con agua a punto de hervir, al automóvil por arrancar, al gato listo para brincar sobre su presa. Con ellos hacía un milagro, los colocaba en un estado eterno, inviolable por la alteración posterior, mutación que los eximía de la fuerza motriz, situándolas en un universo nuevo regido por otras leyes.
Comencé a estudiar fotografía; en esos días mi hermano preparaba un cortometraje para entrar a estudiar cine y ella hacía experimentos con plastilina para animación stop motion. Papá se quejaba por la idiosincrasia en la que había caído la casa: una mitad estaba ocupada por cámaras análogas y digitales, químicos para revelar y fotografías secándose; la otra era un set de cine, repleto de disfraces y utilería. Naturalezas muertas capturadas por mi mirada; balazos y persecuciones capturadas por la de mi hermano. Ella era su musa, la dama que debía ser rescatada del villano con acento extranjero y chaleco cargado de explosivos.
Cuando mi hermano terminó su grabación hizo una fiesta; papá le dejó la casa y aprovechó para visitar a mi abuelo. Individuos gritones y embriagados llenaron mi espacio, sostenían sus vasos rojos de plástico como granadas, llevándolos a sus bocas, arrancando el seguro con los dientes y siempre amenazando con lanzarlos. Estuve presente, no para disfrutar sino para resguardar mis fotografías y algunos aparatos. Pasaban con brusquedad cerca de mí, tomaban algo y estrellaban lo otro. La risa poseía sus cuerpos haciéndoles dar espasmos que me revolvían el estómago. La música eran ondas de sonido epilépticas, la espuma blanca de la cerveza manchando el sofá, un jarrón convirténdose en miles de pedazos y las disculpas deshonestas del torpe.
En la madrugada mi hermano perdió energía y se recostó en el sofá junto a ella. Se dieron un beso. En ese momento tomé mi cámara digital y les ordené repetirlo. Me complacieron. Ahora quedaban estáticos para siempre. Sentí un ardor de felicidad en mi interior, aquella era la mayor victoria en mi lucha contra el movimiento.
Los últimos invitados se fueron. Mi hermano y ella se dirigieron al cuarto de mi padre. Una energía nefasta los envolvía. Mi mente comenzó a girar, para disgusto mío, contagiada por la vorágina del ambiente, pero no tardó en estancarse en una idea gloriosa. Entre el miasma encontraba una posibilidad gloriosa: el martirio de presenciar la revoltura de cuerpos y sonidos, parecía traer su recompensa.
Entré a la habitación intentando no hacer ruido. Sus cuerpos se meneaban con furia, pero a ratos acariciaban el reposo, como retomando el aire, la luz era tenue y sus cuerpos parecían brillar. El obturador era silenciado por la música de fondo. Lucían impecables en mi cámara, dos seres mitológicos infinitamente capturados por mi índice. Sus orgasmos se tornaron inmortales, un clímax eterno, uñas enterradas en el tiempo, dientes mordiendo el cuello del espacio, por siempre inalterables.
Al concluir, mi hermano se durmió. Ella continuó recostada en su pecho, era hermosísima. Sus ojos se abrieron posándose en mí. Quedé pétreo. Ella no gritó, se alzó y caminó hacia mí. Tomó la cámara y vio las fotos. Sonrió y con su mano libre comenzó a desnudarme. Lo hacía con tal énfasis en las pausas que no me importó el cambio. Cuando terminó, me empujó hacia la cama y quedé recostado junto a mi hermano.
Estuve quieto mientras nos fotografiaba. Algo nuevo me hacía arder, yo mismo era transformado en materia inerte, estampado en una imagen. Empezó a repasar las fotos de manera veloz, animando nuestras formas como hacía con sus dibujos al borde de las páginas de sus cuadernos. Éramos parte de su juego, de su perfecto escape de la realidad, a merced de su pulgar, dios de carne, que nos desencadenaba a velocidades fluctuantes con cada captura. Con nuestros estados fijos producía un transcurrir nuevo, una mezcla entre lo estático y lo pasajero. Se detuvo como una pluma que flota lentamente hacia el abismo. Acercó los dedos al rostro de mi hermano y con un pequeño toque en su mejilla marcó el final de la canción de fondo. Activó el flash y presionó. La luz tapizó la recámara. Mi hermano despertó, la miró a ella, y luego a mí. Se puso de pie, nos veía como un mero testigo, el cuerpo colgándole, como en espera de algo, como el gato que está por brincar sobre su presa, pero su desenvolver fue lento, caminó hacia la sala.
Lo deseé acostado sobre el sofá, tan inerte como las manchas de cerveza. Pero tras un minuto escuchamos sus gritos y el estrellarse de cuadros y botellas abandonadas por los ebrios: una serie de movimientos y ruidos bruscos, repulsivos.
Los recuerdos sufren alteraciones. Parecieran vitrinas que resguardan figuras, cuando en realidad son televisores que cambian constantemente de canal. Estas fotografías lo desafían, logran que no lo necesite. En ellas mi hermano no está viajando de producción en producción. Está fijo en esta galería, desnudo, a mi lado, gracias a ella que hizo de un punto final una espiral, enmarcados, fijos para siempre en el infatigable retorno.
Hace una semanaTierra Adentroreprodujo La declaración de independencia del ciberespacio escrita por John Perry Barlow ytraducida por nuestro redactor Luis Ham. Hoy en Tierra Adentro, seguimos la persecución de los hackers en el ciberespacio, personas como El mentor, autor del manifiesto La conciencia de un hacker, traducido por Diego Durán.
Lo que sigue fue escrito después mi arresto…
La conciencia de un hacker
Por
El Mentor
Escrito el 8 de junio de 1986
Otro fue apresado hoy, está todo en los diarios. “Adolescente arrestado por un escandaloso crimen computacional”, “Hacker arrestado después de un fraude a banco” …
Malditos chicos. Todos son iguales.
¿Pero alguna vez, en sus tres piezas de psicología y sus tecno-cerebros de los cincuenta, han mirado a través de los ojos del hacker? ¿Alguna vez se han preguntado qué lo constituye, qué fuerzas influyen en él, qué pudo haberlo moldeado?
Soy un hacker, entra a mi mundo…
Mío es un mundo que comienza con la escuela… Soy más inteligente que la mayoría de los otros niños, esta basura que nos enseñan me aburre…
Maldito bajo rendimiento. Todos son iguales.
Estoy en la secundaria o preparatoria. He escuchado a los profesores explicar por quinceava vez cómo reducir una fracción. Lo entiendo. “No, señorita Smith, yo no mostré mi trabajo, lo hice en mi cabeza…”
Malditos niños. Probablemente lo copiaron. Todos son iguales.
Hice un hallazgo hoy. Encontré una computadora. Espera un segundo, ¡esto es genial! Hace lo que yo quiero que haga. Si hace un error, es porque yo lo he hecho. No porque le agrade…
O se sienten amenazados por mí…
O piensan que soy un listillo…
O no les gusta enseñar y no debería estar aquí…
Malditos niños. Todo lo que hacen es jugar videojuegos. Todos son iguales.
Después eso pasó… una puerta se abrió a un mundo…corriendo a través de la línea telefónica como heroína a través de las venas de los adictos, un pulso eléctrico es expulsado, un refugio de las incompetencias cotidianas… un tablero se encontró.
“Esto es… aquí es donde pertenezco…”
Conozco a todos aquí… incluso si nunca me han presentado con ellos, o si nunca he hablado con ellos, o si nunca vuelvo a escuchar de ellos otra vez… los conozco a todos ustedes.
Malditos niños. Atados de nuevo a la línea telefónica. Todos son iguales…
Puedes apostar tu trasero a que todos somos iguales… hemos comido cucharadas de comida para bebé en la escuela cuando teníamos hambre de bistec. Los trozos de carne que dejaron escurrir fueron premasticados e insípidos. Hemos sido dominados por sádicos, o ignorados por las apáticos. Los pocos que tenían algo que enseñar nos encontraron como alumnos, pero esos pocos son como gotas de agua en el desierto.
Este es nuestro mundo ahora… el mundo del electrón y el interruptor, la belleza del baudio. Nosotros usamos un servicio ya existente sin pagar, por lo que podría ser muy barato si no fuera manejado por glotones lucrativos, y nos llaman criminales. Exploramos… y nos llaman criminales. Nosotros buscamos más allá del conocimiento… y nos llaman criminales. Existimos sin color de piel, nacionalidad o religión… y nos llaman criminales. Ustedes fabricaron bombas atómicas, pagan guerras, asesinan, engañan, y nos mienten y tratan de hacer creer que es por nuestro propio bien; sin embargo, nosotros somo los criminales.
Sí, soy un criminal. Mi crimen es el de la curiosidad. Mi crimen es el de juzgar a la gente por lo que dicen y piensan, no por cómo se ven. Mi crimen es el de burlarme de ustedes, algo que nunca me podrán perdonar.
Soy un hacker, este es mi manifiesto. Tal vez puedan detener a este individuo, pero no pueden detenernos a todos…después de todo, todos somos iguales.
Hoy 14 de marzo de 2019 cumple 50 años “My way”, una de las canciones legendarias de Frank Sinatra. Para conmemorar el acontecimiento reproducimos uno de los ensayos de Strauss quería pastel (FETA, 2018) de Adrián Chávez, ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2018.
De Donald
Cuando a Nancy Sinatra le preguntaron en Twitter qué opinaba de que Donald Trump hubiera elegido “My Way” para inaugurar el baile en la celebración de su toma de protesta, la hija de La Voz contestó: “Nada más acuérdense del primer verso de la canción”. And now the end is near (Y ahora, el final está cerca).
Tocará a mi generación la responsabilidad de contar a las siguientes la noche del 8 de noviembre de 2016, cuando los noticieros mexicanos dieron parte, en tiempo real, de cómo el colegio electoral norteamericano, a través de su cuestionable método de conteo, inclinó de pronto la balanza hacia el candidato republicano, ante la absoluta incredulidad del planeta entero, que durante semanas de campañas y debates daba por ganadora a la secretaria de Estado y ex Primera Dama Hillary Clinton.
Pero quien obtuvo los votos suficientes para sentarse en el Despacho Oval fue su contrincante, el errático magnate inmobiliario, misógino y racista, escéptico del cambio climático, un hombre cuyo vocabulario es al idioma inglés lo que la morralla que traigo en el bolsillo al producto interno bruto del país; pero, sobre todo, modelo aspiracional de millones.
Aunque no hayamos perdido detalle de esa noche en la que se hicieron patentes los mecanismos del Apocalipsis, con toda probabilidad olvidaremos esa otra noche en que el neopresidente y su esposa Melania perpetraron el calco torpe de un baile, el primero de su mandato, al ritmo de “My Way” o, como la conocemos en español, “A mi manera”.
Mal haremos en olvidar ese episodio. No me refiero al balanceo arrítmico de la first couple —un setentón con insuficiencia estética y su esposa-presa, arqueada hacia atrás como para sortear el aliento acre de Trump—, sino al momento en que Trump, seguro de una victoria que quizá nunca se le ocurrió poseer, mira hacia el público del Centro de Convenciones de Washington y abre los labios para llenarse la boca de la contundencia con que decide seguir la letra de la canción. “I did it my way”, pronuncia sonriente.
De Gorbachov
En 1968 Leonid Brézhnev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, instauró lo que después pasó a llamarse la Doctrina Brézhnev, y que partía del mismo principio que la Doctrina Monroe: “Cuando hay fuerzas hostiles al socialismo y tratan de cambiar el desarrollo de algún país socialista hacia el capitalismo, se convierten no sólo en un problema del país concerniente, sino un problema común a todos los países comunistas”.
La Unión Soviética se adjudicaba el derecho de actuar militarmente contra cualquier fuerza exterior al socialismo que lo amenazara, y de paso contra cualquier miembro del Bloque del Este que quisiera salir de él. Entre ese momento y la caída del Muro de Berlín median más o menos veinte años, después de los cuales la URSS se desplomaría. Justo unos días antes de la caída del muro, el jefe de Estado soviético Mijáil Gorbachov, declaró que su gobierno no tenía intenciones de entrometerse en los asuntos internos de las repúblicas del Pacto de Varsovia, frente a las señales de apertura y reestructuración que estaban dando Polonia y Hungría, señales a las Brézhnev les habría fruncido el ceño.
Gorbachov, uno de los hombres más poderosos de su época, concedía simbólicamente aflojar las riendas, quizá decidido a hacer las paces con lo inevitable. A esta postura la llamó la Doctrina Sinatra. Sí, ese Sinatra. Polonia, Hungría y los demás eran libres de hacer las cosas a su manera, y la canción fungió como emblema de la traslación del poder.
De Sinatra
Frank Sinatra grabó “My Way” en 1969. Podemos imaginar el silencio acolchonado del estudio de grabación en el instante previo a la primera frase, pronunciada tersa y profunda por La Voz: And now the end is near (Y ahora, el final está cerca). Ese sería el comienzo de la canción que con las décadas transmutaría en himno, en símbolo, en combustible musical. La letra, escrita por Paul Anka, es la reivindicación de una vida al acercarse su final.
I’ve lived a life that’s full
I’ve traveled each and every highway
And more, much more than this
I did it my way.
He vivido una vida plena.
He recorrido todos los caminos,
y más, mucho, mucho más,
a mi manera.
Cantar “A mi manera” es ejercer el histrionismo terapéutico y, en ocasiones, si se es muy joven, un optimismo de pretensiones proféticas. Suenan los primeros acordes en el karaoke y el humano al micrófono usurpa la personalidad de ese hombre mayor que ha llorado, que ha reído, que ha viajado y que ha amado; ese hombre que cuenta algunos arrepentimientos, pero no demasiados. La recompensa para el cantante aficionado es el milagro que se opera en forma de una satisfacción ajena que por minuto y medio le ajusta a la medida.
Antes que nada, “A mi manera” es una terapia, un curso intensivo de bajarse las estrellas por medio de una ficción diseñada para autoseducirse. Paul Anka ya intuía esto cuando la concibió, consciente de la estructura progresiva de la música que le daría soporte, una máquina de compases que se alimentan de sí mismos, una batería que se carga sola y despliega su energía en el final, un esqueleto musical que traducido a la literatura sería un cuento de Poe. Anka quería escribirle a Sinatra un hit, dado que el cantante ya consideraba abandonar su carrera, y lo logró echando mano de argucias narrativas caladas a fuego.
El Cervantes narrador del Quijote no necesita más de dos líneas para proveer al lector de las coordenadas necesarias para adentrarse en el universo que propone: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”. No hemos siquiera llegado al tercer renglón cuando ya estamos atrapados entre el tiempo y el lugar de la historia, sumergidos en el mundo que apenas comienza a prometer. “A mi manera” funciona de forma parecida. And now the end is near, and so I face the final curtain (Y ahora, el final está cerca, y así me enfrento al telón final. No solo, como en la gran novela aurisecular, nos presenta al narrador —uno que no quiere acordarse, en el primer caso, y otro muy dispuesto a hacerlo, en el segundo—, sino que nos arroja a un futuro que es simultáneamente tiempo y lugar, convenientemente ambiguos. No hay forma de no tragarse ese cuento.
Aunque tarde, el éxito previsto por Anka llegó, y se desbordó, a pesar de que el propio Sinatra le profesaba franco aborrecimiento a la canción. La razón por la que la detestaba era que Frank Sinatra no era Donald Trump.
First public appearance for Frank Sinatra and Ava Gardner since Sinatra’s wife granted him a divorce
De Milošević
Durante la dolorosa desintegración de Yugoslavia, el presidente serbio Slobodan Milošević se ganó entre sus enemigos y buena parte de la opinión pública el apodo de El Carnicero de los Balcanes, por la responsabilidad que se le atribuía en ataques dirigidos a la población civil. En 2002, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia lo llevó a juicio por crímenes de lesa humanidad. Fue un proceso largo cuya conclusión Milošević no alcanzó a ver, pues murió en su celda, de una falla cardíaca, en 2006.
A lo largo de los años que el expresidente pasó detenido, solía dejar correr la grabación de “A mi manera” en la celda, a un volumen lo suficientemente alto para que quienes estuvieran cerca pudieran escucharla.
Del homo economicus
Al igual que Trump, Gorbachov y Milošević, el protagonista de “A mi manera” —que no nos quepa duda— es hombre.
En su lúcido ensayo ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, la periodista sueca Katrine Marçal diagnostica una enfermedad que Occidente ha confundido con órgano vital: la economía (al menos la economía neoliberal) se sustenta en el mito del hombre económico. Nos presenta a un viejo conocido, del cual no obstante desconocemos la cara: un sujeto racional, piedra angular del funcionamiento de El Mercado, cuyas decisiones se basan en la obtención de beneficio y que existe aislado de cualquier contexto.
El hombre económico, está claro, no es mujer, dado que históricamente a ella se le han encomendado las actividades improductivas —por igual aquellas que por su repetitividad no generan más ganancia que satisfacer la obligatoriedad de hacerlas (entiéndase, el trabajo doméstico), y aquellas que involucran el sentimiento y el vínculo, características incompatibles con el hombre económico enajenado.
Nadie parece (o nadie quiere) advertir que el hombre económico es una ficción equívoca, inalcanzable ya no digamos para su concepto de lo femenino —y Marçal es aún más lapidaria al identificar la liberación de la mujer del siglo xx no con una asimilación del modelo tradicional femenino, sino con la aspiración de convertirse también ella en el homo economicus—, sino incluso para los propios hombres de carne y hueso, inevitablemente inflados de contexto, experiencias, configuración moral, emociones y vísceras.
Este mito ha servido para justificar toda clase de injusticias y ha legitimado la asimetría de género durante años, pero también ha logrado colarse en otros aspectos de la vida no económicos sensu stricto, como el amor romántico y esa perversidad que algunos han dado en llamar “branding personal”.
Decía antes que Sinatra no era Donald Trump. Según palabras de la otra hija del cantante, Tina, Sinatra confesó que consideraba “A mi manera” egoísta y autocomplaciente. Mas los apremios del mundo han cambiado desde la época en que Sinatra expresara su opinión. El tufo de arrogancia y autocomplacencia que La Voz percibía en cada frase de su símbolo y cruz se transformaron con el tiempo en éxito selfmade. Por supuesto que el texto de Anka está bañado en petulancia, sin embargo eso, en la era del hombre económico, es poco menos que aceptable.
La razón por la que tanta gente votó por Donald Trump en las elecciones de 2016 es que no conciben la posibilidad de que un millonario sea una mala persona. La ética laboral del capitalismo vende la idea de que sólo aquellos que trabajan duro acceden a la riqueza; ergo, si no tienes dinero, es porque no trabajaste duro. La lógica del homo economicus es perfecta porque deja fuera el contexto social de origen, y a ella se suma el trabajo convertido en dogma moral: trabajar te hace rico al mismo tiempo que te hace bueno, y la pobreza se explica por lo tanto no en términos sociales sino de incapacidad y mezquindad individual. En este modelo, con su esqueleto de aspiraciones, quien ha llegado a la cima es la encarnación del hombre económico, y se ha ganado el derecho a cantar:
For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught
To say the things he truly feels
And not the words of one who kneels.
The record shows I took the blows
And did it my way.
¿Qué es un hombre?, ¿qué es lo que tiene?
Sí no es él mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
y no las palabras de aquel que se arrodilla.
Mi historia muestra que he recibido los golpes
y lo hice a mi manera.
De Schröder
En septiembre de 2005, la candidata conservadora a la cancillería alemana, Angela Merkel —quien, a pesar de ser mujer, encarna bien el modelo del homo economicus—, le ganó una apretada elección a Gerard Schröder. Este había ejercido el puesto ya por dos periodos y, antes de ceder la estafeta del país germánico, uno de los pilares de la Europa contemporánea, protagonizó una ceremonia de despedida.
Ese día Schröder desfiló, con lágrimas en los ojos, frente a la mirada de los presentes y de casi ocho millones de telespectadores, mientras una banda de guerra lo acompañaba al ritmo de “A mi manera”.
De Cloclo
Paul Anka no escribió la música.
Entre los años sesenta y setenta, hubo en Francia un cantante y compositor de música pop llamado Claude François, famoso entre otras cosas por morir en su infructuoso intento de cambiar un foco en la tina. Pero no era ésta la primera desventura que le ocurría. En 1967 terminó su relación con la cantante y modelo France Gall, lo que lo llevó a componer —en colaboración, según otras versiones— una canción ejemplarmente triste: “Comme d’habitude”, cuya traducción podría ser “Como de costumbre” o “Como siempre”; incluso, con más desparpajo, “Para variar”.
La pieza narra la jornada de un hombre cuya existencia se parece más a un estanque enverdecido, a causa en buena medida a la relación comatosa que mantiene con una mujer. La composición de Cloclo, así se le conocía al intérprete, tuvo un éxito nada despreciable —existe, de hecho, una película dedicada a su vida, que cierra con la conocida melodía— aunque limitado a Francia, donde Paul Anka la escuchó por primera vez y decidió adaptarla, si el verbo no le queda muy ajustado a la taxidermia musical que le practicó en honor de Sinatra y, sin querer, del rumbo entero de Occidente.
Nuestra cotidianidad prohíbe de facto la tristeza; se la intuye hermana del fracaso, y por lo tanto de la iniquidad. Ser feliz se nos presenta, más que como una meta, como un imperativo moral (igual que no ser pobre). “Comme d’habitude” tiene su lugar seguro en el olvido. Igual que la intuición de Sinatra. “A mi manera” es hoy de otra voz, una voz masculina [“for what is a man (¿Qué es un hombre?)”], privilegiada [“I’ve lived a life that’s full (He vivido una vida plena)”], comprobadamente dañina, aunque poco le importe y pueda de hecho culpar del daño al prójimo [“regrets, I’ve had a few, but then again, too few to mention (remordimientos, he tenido, pero muy pocos como para mencionarlos)”]. Es el himno del hombre económico que una orquesta le toca para que baile en la celebración de su poder. Ya otros, deslumbrados por la ficción de karaoke, votaron en las urnas para ponerlos ahí, con la fantasía de también ellos mirar a los demás desde arriba y cantarles que sí; que, como es natural, I did it my way.