Tierra Adentro

En 1889 una noticia terrible sacudió a Nueva York: Eva Hamilton, esposa de un legislador, había sido acusada de haber comprado a cuatro bebés (de los cuales solo uno sobrevivió), para hacerlos pasar como suyos después de un embarazo fingido. Este acontecimiento sacó a la luz un negocio que había permanecido escondido en el bajo mundo de la aristocracia. Para investigar más al respecto Nellie Bly se hizo pasar por una madre en búsqueda de un bebé y se infiltró en la red de traficantes. Posteriormente, Bly iría a la penitenciaría a entrevistar a Eva Hamilton y darle la oportunidad de contar su lado de la historia.

Los artículos de Nellie Bly son el testimonio de una vida dedicada a denunciar la injusticia y la desigualdad.


 

The New York World/ 6 de octubre, 1889

Un niño inocente vendido a la esclavitud por diez dólares.

El terrible tráfico de carne humana en Nueva York.

Madres crueles y parteras avaras que intercambian a niños indefensos por dinero- Sorprendente indiferencia de los traficantes de esclavos por el futuro de los pequeños- No se hicieron preguntas- Una visita a la partera que vendió el bebé falso de los Hamilton- Hechos impactantes que interesarán a toda madre amorosa del país

Compré un bebé la semana pasada para aprender cómo se compran y venden los bebés esclavos de la ciudad de Nueva York. ¡Piénsenlo! Un alma inmortal intercambiada por diez dólares. Padres, madres, ministros, misioneros: ¡la semana pasada compré un alma inmortal por diez dólares!

Hace no pocos años estuvimos en guerra. Fue un conflicto largo y amargo que costó varios millones de vidas y varios millones de dólares, se suponía que la esclavitud había terminado cuando se desbandaron los ejércitos.

Pero la esclavitud no cesó. Existe aún en Nueva York de una forma mucho más repulsiva de la que alguna vez existió en el sur. Bebés blancos,  jóvenes, inocentes e indefensos bebés esclavos, comprados y vendidos cada día de la semana incluso antes de haber nacido. ¡Vendidos por sus propios padres! Los esclavos negros tenían a John Brown para iniciar su marcha hacia la libertad, ¿quién la iniciará por los bebés esclavos de Nueva York?

Varios días antes de comprar al infante anuncie en varios periódicos que estaba buscando un bebé al cual adoptar. No recibí respuestas. ¿Por qué? Porque las personas que adoptan bebés de manera legítima y con buenos propósitos no esperan comprarlos y aquellos que ofrecen bebés en el mercado esperan venderlos y no los regalarán.

 

El bebé

Primero fui a ver a la señora Dimire. Vive cómodamente en una casa en la calle West cuarenta y ocho. Una criada impecablemente vestida me hizo pasar a un recibidor de apariencia artística y acogedora. El piso estaba suavemente alfombrado, las ventanas tenían cortinas de encaje y estaba lleno de fotografìas, macetas hermosas y valiosas figuras de colección. Unas puertas grandes, corredizas y de cristal cerraban una pequeña habitación en la parte trasera. Cuando la puerta se abrió para que entrara Madame Dimire, dos perros skye terrier tropezaron entre ellos en su locura por entrar primero. Madame Dimire es una mujer alta y gorda, con papada y ojos oscuros. Llevaba una bata holgada hecha de algún material delgado tan blanco como el gato que yacía acostado cerca de la ventana.

—¿Es usted la doctora Dimire? —pregunté.

—Sí —respondió haciéndome una seña para que me sentara.

—¿Usted puso el anuncio sobre un bebé en venta?

—Sí —respondió de nuevo con una sonrisa creciente—. ¿Quiere un bebé?

—Sí. ¿Aún lo tiene?

—Bueno, usted es la octava persona que ha preguntado hoy por él —respondió complaciente, cruzando los brazos sobre su inmenso cuerpo—. Ahora está en el doctor con una señora que está pensando comprarlo. Necesita un niño rubio. Dijo que su doctor podía predecir cómo saldrán los bebés, así que se lo llevó acompañada de mi enfermera para saber si será rubio. Regresará en cualquier momento con su respuesta, pero hay otra mujer arriba muy ansiosa por quedarse con él. Quería un niño, pero esta pequeña es una niña tan hermosa que se la llevará si no lo hace la otra mujer. ¿Qué tan grande quiere que sea el bebé?

—Bastante joven —respondí despacio, pues no había pensado mucho en la edad. Esperaba, sin embargo, un bebé de al menos unas cuantas semanas

—Bueno, esta nació a las 7 de la mañana de este sábado. Es lo suficientemente pequeña para hacerla pasar por tu hija. ¿Estás casada? —preguntó repentinamente.

—¿Es necesario que responda preguntas personales para poder comprar un bebé? Creía que no —respondí evasivamente.

 

Nada inquisitiva

—No quiero saber nada de ti. Nunca recuerdo a las mujeres con las que hago negocios —dijo con una carcajada—. Cuando me pagan y se llevan a los bebés de aquí es donde termina mi interés. Te ves tan joven que no pude creer que quisieras a la bebé para ti misma, eso es todo.

—¿Y supongo que nunca pregunta a dónde va el bebé o qué será de su vida? —pregunté rígidamente.

—No pregunto —respondió con rapidez—. Nunca revelo los nombres de los padres; nunca sé quién se los lleva. En cuanto nacen los mando con mi enfermera que no vive aquí. Ahí se quedan hasta que alguien se los lleva. Todos los niños que nacen aquí son de sangre aristocrática. Nunca acepto a la gente común. Justo ahora mandé a una mujer embarazada con mi enfermera para que ella se hiciera cargo de su embarazo, yo no lo haré porque no pertenece a la misma clase que mi clientela. ¿Cuánto piensas pagar por la bebé?

—No lo sé, pues nunca he comprado uno —respondí titubeante—. ¿Cuánto pides?

—No vendo bebés —dijo–, las personas me pagan por mis servicios. ¿Cuánto estás dispuesta a dar?

—¡Diez dólares! —dije, recordando el precio pagado por el bebé de Robert Ray Hamilton.

—¡Oh, por Dios, no! —dijo ella desdeñosamente— Nunca recibo menos de $25. La mujer que la tiene esta tarde dice que si se la lleva me dará $50. ¿Si no la quiere me darás $25? Apúrate a decidir, porque hay una mujer esperando que está ansiosa por llevarse ese bebé.

—Si me parece, te daré $25 por ella —respondí.

Madame Dimire dijo entonces que iría a ver a la mujer que estaba esperando por ese bebé y que si era posible, intentaría persuadirla para que comprara uno de los niños que llegarían a la casa dentro de las próximas 48 horas. Si la mujer estaba de acuerdo, me daría entonces la dirección de su enfermera para que pudiera ir a conocer a la bebé. La mujer aceptó bajo la condición de que si no me gustaba la bebé volvería a casa de Madame Dimire para avisarles que no me llevaría a la bebé.

 

Sospechas de peligro

—Ahora, antes de que te de esto —dijo la madame sujetando el papel donde se encontraba la clave para llegar a la bebé esclava—, quiero que me des tu palabra de honor de que no eres un detective.

—¿Por qué? —exclamé haciéndome la ofendida— ¡Qué horrible idea! ¿Cómo puede imaginarse algo así?

—Debo protegerme a mí misma —dijo disculpándose—. Si hubieses venido sola y luego publicado lo que dije, podría jurar que mentiste, pero como traes a un testigo… —dijo señalando a mi acompañante— entonces no puedo decir que todo es una mentira; quiero que me des tu palabra antes de que te de la dirección de mi enfermera.

—No sé cómo puedes imaginarte algo así —dije con tristeza—. Estoy tan ansiosa como tú de que mis asuntos se mantengan en privado.

—Evades mi pregunta —dijo ella con suspicacia.

—No soy una detective —dije entonces. Satisfecha, me dio un pedazo de papel delgadísimo en el que estaba escrito el nombre y dirección de la enfermera junto con la siguiente instrucción:

“Por favor muéstrale a la niña e infórmame lo que decida”

Encontré la casa de la enfermera en una vecindad en la calle East cincuenta y dos. Vive en dos habitaciones de un segundo piso.

—No preguntes por ella en los pasillos ni le digas a nadie por qué vas a visitarla —me había advertido Madame Dimire.

A pesar de eso, le pregunté a una persona que me encontré en el pasillo. Cuando entré a la vecindad ella estaba saliendo del departamento que supuse era el de la enfermera, así que creí que podía tratarse de un miembro de su familia. El departamento era pequeño, oscuro y sucio. Pregunté por la enfermera por nombre. La mujer gorda, con un vestido grasiento y los ojos muy separados que había visto en el pasillo dijo que el nombre era suyo. Era muy brusca y sospechosa, cuando le dije que había ido a ver al bebé mantuvo una expresión imperturbable y me preguntó de qué bebé estaba hablando. Entonces le di la nota que la madame me había dado.

 

Afuera en la lluvia

—La bebé acaba de regresar —dijo irritada—. Una mujer horrible la tuvo afuera casi todo el día porque quería que su doctor la viera para saber si saldría rubia o morena. Supongo que por eso se resfrió, acabo de terminar de darle un poco de aceite.

Nos llevó a una habitación diminuta, pero se arrepintió antes de que pudiéramos sentarnos y nos pidió que regresáramos a la cocina. Dos niñas pequeñas y sucias que no se parecían nada entre ellas la seguían a todos lados.

–Creo que la pueden ver mejor aquí que en la otra habitación —dijo.

En una esquina oscura había una pequeña estufa. Junto a ella había una ventana. Casi tocando la estufa había una mecedora. En el cojín de la mecedora y cubierta por un chal estaba la bebé esclava. La enfermera quitó el chal y me incliné para ver a la pequeña esclava que tenía tan solo dos días de haber nacido y había sido manejada y examinada por muchas personas que pensaban comprarla. Me dolió el corazón por esa pobre esclava. ¡Una bebé de dos días que había estado fuera por muchas horas en un día lluvioso!

Aún así se estiraba. Su cara estaba terriblemente roja, tenía el cabello y las cejas tupidas y negras y una nariz muy recta, lo cual según la enfermera es algo maravilloso para un bebé de dos días, sus pequeñas manos eran mucho más blancas que la almohada en la que estaba acostada. Movía sus deditos débilmente, como si quisiera meterlos a su boca. Se movió nuevamente y un llanto extraño salió de su garganta.

—Se resfrió hoy —explicó la enfermera—, lloró toda la tarde. Hizo un viaje largo y supongo que pasó frío. Por eso suena tan ronca. Le di una dosis generosa de aceite y debería estar bien mañana. ¿Quiere que la desvista?

 

Lista para ser inspeccionada

—Oh, no, por favor no. ¿Por qué harías eso? —dije preocupada.

—Casi todos los que compran un bebé hacen que lo desvista una docena de veces para asegurarse de que esté bien. Esta es una niña hermosa, grande para su edad —dijo mientras la levantaba de la mecedora. La pequeña esclava me miró con sus ojitos oscuros como pidiéndome que la comprara. No pude soportarlo. Le di la espalda y le pedí a la enfermera que la bajara.

Me apuré a salir de esa casa y regresar con Madame Dimire. Esta vez mi acompañante no fue conmigo, pues no planeaba tardarme mucho.

—Madame, la mujer se llevó a la bebé al doctor y mandó a la enfermera a casa diciendo que ella vendría a verte. La bebé está terriblemente resfriada y si la mujer no se la queda me daría miedo hacerlo yo. Pues le temo a la muerte y no me gustaría comprar una bebé que va a morir.

—Esa mujer siempre hace cosas así de tontas —respondió con severidad—. Esta es la segunda vez que me molesto con ella. Si no se lleva a este bebé la próxima vez tendrá que ir con alguien más.

—Preferiría esperar y probar mi suerte con el siguiente que tengas en venta —dije agradablemente.

—No puedo apartarte un bebé a menos que me des un depósito —dijo ella con astucia—. La razón por la que te hice tantas preguntas en nuestra entrevista fue porque te ves demasiado joven como para querer un bebé. Además estabas acompañada por una dama que se veía muy lista. No dijo ni una palabra, así que pudo haber alegado que no era culpable si algo llegara a pasar. No soy responsable de que una mujer consiga un bebé de aquí y luego finja ante su esposo que es suyo. Casi me meto en problemas, y quizás aún lo haga, por haberle dado un bebé a una mujer que iba a compañada justo como lo estabas tú hoy. Yo fui quien proveyó al bebé Hamilton.

—¡El bebé de Robert Ray Hamilton! —exclamé con sorpresa.

 

Ella vendió al bebé Hamilton

—Sí, el mismo. La señora Hamilton vino con la señora Swinton por un bebé. La señora Hamilton parecía venir de buenas circunstancias, vestía ropa fina y la señora Swinton se veía lo suficientemente respetable, aunque también increíblemente astuta. No quería darle un bebé teniendo ahí un testigo, justo como hoy en tu caso, así que le dije a la señora Hamilton: “¿Sabe su esposo que va a adoptar a un bebé?” se rió y dijo: “Oh, claro que sí, él sabe que venimos hoy por el bebé” y la señora Swinton dijo: “No tengas miedo de dárselo, ¡mi hijo es su esposo!”.

Madame Dimire me hizo entonces un montón de preguntas sobre mis asuntos domésticos. Quería darme consejos sobre cómo engañar a mi esposo, pues decía que ella entendía mucho mejor de esas cosas ya que tenía más experiencia. Mis respuestas muchas veces demostraron mi ignorancia  y aunque se rió de ello, quedó completamente desarmada por mi fingida franqueza.

Después visité otros lugares y obtuve siempre el mismo resultado. Bebés siendo intercambiados por dinero. Aun así debo mencionar dos casos especiales. El doctor O’Reilly de la calle Este cuarenta y nueve era muy astuto. Es un hombre alto, con una cara agradable, cabello ralo y gris, tartamudea. Ocupa una casa entera, tal y como lo hace Madame Dimire y, como ella, está lleno de pacientes con precios altos.

—E-e-e-este es el lugar más ca-ca-caro de Nueva York —dijo con orgullo mientras me miraba de una forma sospechosa e impúdica—. Co-co-cobro una cuota de $100 por entrada. Este es el único lugar en el que encontrará niños de padres aristocráticos. Cua-cua-cuando recibo a una paciente, su vástago se queda conmigo para que haga con él lo que yo desee.

—¿Le hace alguna pregunta a aquellos que se llevan a los bebés?

—Nu-nu-nunca —respondió con una mirada malvada—, no quiero saber quién o qué son ni qué sucederá con el bebé. Eso n-n-no tiene nada que ver conmigo.

El otro caso fue una mujer en el lado este de la ciudad que decía que no tenía y nunca había tenido bebés. Dice que siempre se asegura de que las madres se lleven a sus hijos con ellas y hace todo lo posible para que no los abandonen. Su casa, dice, siempre está abierta a oficiales de la ley que deseen inspeccionarla. Ya que su negocio es legal no tiene nada que ocultar, o eso dice ella.

La señora Scroeder vive en la calle Este cincuenta y ocho. Dirige un establecimiento grande y siempre tiene bebés en venta. Es muy sagaz. Nunca nadie ha sabido quién es su enfermera. En cuanto el bebé nace, es envuelto con una sábana y llevado con su enfermera. Ella entonces anuncia “bebés en adopción”, lo cual significa que ella vende y compra al mismo tiempo. Compra el bebé a la madre en cuanto esta entra a su casa ¡Por una suma no mayor a un dólar! Los vende por lo que pueda obtener.

 

La lista de precios de los bebés

—No tengo ningún bebé aquí en este momento —me dijo. Esta es su excusa normal—. Si me dices la hora a la que regresarás, tendré un bebé listo para ti.

–¿Cuánto pide?

–Oh, vamos, no me atrevería a vender a un bebé, pero seguramente querrás pagarme por mi atención. Digamos… ¿$15? ¿No? Bueno, entonces $10. ¡No puedes esperar un buen bebé y mucho menos uno de padres respetables por $10!

No regresé. Como no quería mandarme con su enfermera no tuve interés en volver. Un bebé nació en su casa el mismo día en el que estuve ahí.

La señora White de la calle Este cuarenta y nueve compra y vende bebés. Tiene una casa bonita y privada y dice ser conocida de un alto número de hombres y mujeres de la alta sociedad.

—Tengo bebés aquí todos los días —me dijo—. Una dama de Brooklyn se llevó uno esta misma mañana. Si esperas una hora tendré uno para ti.

—¿Niño o niña? —pregunté con sarcasmo.

—No esperarás que te diga eso —dijo riéndose—. Si no quieres esperar dame un depósito y te apartaré al bebé.

—Todo esto es bastante nuevo para mí. Quiero ver al bebé antes de comprarlo –le dije y fui a otro lugar.

—No encontrarás un bebé de gente más deseable que esta —me dijo en la puerta—, la madre pertenece a una familia rica. Su madre la trajo aquí, cuando se recupere regresará a casa y se casará. Su padre no sabe nada de esto, cree que está de visita con unos amigos. Es un asunto fácil y se hace todos los días en Nueva York.

La señora Eppinger vive en la calle Este dieciocho. Es una mujer de baja estatura con una cara inquisitiva, usa un gorro de enfermera y un delantal. La señora Eppinger proveyó a dos de los bebés Hamilton. Ambos murieron.

 

Un montón de bebés finos

—Puedes obtener bebés de buenos padres de la señora Dimire o de mí, pero no los encontrarás en ningún otro lado —dijo ella, presumiendo.

—¿Cuánto cobra por un bebé? —pregunté valientemente.

—No los vendo, pero siempre me dan algo por mis servicios. La mujer que compró al bebé de hace rato me dio $20 por él. Me puso el dinero en las manos, creí que sería un dólar de plata, pero resultó ser una pieza de oro de veinte dólares.

—¿Tiene a los bebés aquí?

—No. Desde el momento en el que nacen son enviados con mi enfermera. Ella los toma y se los queda hasta que alguien más los recibe.

—¿Alguna vez le hace preguntas a las personas que compran a los bebés? —pregunté.

—No lo hago. No quiero saber nada de ellos.

¡Vendidos al mejor postor para el propósito que le plazca al comprador, sin importar lo que pase con ellos! ¡Vendidos por sus padres y por las tratantes de esclavos!

Se le pide a cada médico, según lo que sé, que haga un reporte cada vez que nace un bebé que incluya los nombres y edades de sus padres y lo mande a la Junta de Salud. Estos traficantes de esclavos bebés reconocen tener un nacimiento al día y aún así, no hacen ningún reporte. La taza anual de nacimiento de Nueva York se incrementaría considerablemente si se censara a los niños que nacen en estas casas.

Compré a mi bebé de la casa de la señora Koehler en la calle Este ochenta y cuatro. Tiene aproximadamente cuatro pies de alto y tres pies de ancho. Ha estado en problemas en diversas ocasiones pero siempre ha logrado escapar del castigo de la ley. Si robara una hogaza de pan sería llevada a la cárcel, pero como solo trafica bebés permanece en libertad.

—Señora Koehler, ¿tiene un bebé en venta? —le pregunté en el recibidor elegantemente amueblado de su casa.

—Sí, tengo uno. Nació hoy a las dos de la mañana —respondió con rapidez, en ese momento eran las tres de la tarde—, es una niña. Te la traeré —y la esclavista salió por la puerta para mostrarme a la bebé esclava.

Creo que esa casa veía al menos una muerte al día, o esa fue la idea que me dio el jarrón lleno de nardos que descansaba en el centro de la mesa. Su perfume era tan fuerte y opresivo que me moví cerca de las ventanas oscurecidas en un intento vano por obtener un soplo de aire fresco.

 

Tan solo medio día de nacida

—Aquí está la niña —dijo ella al entrar nuevamente en la habitación, esta vez con un bulto en sus brazos. Me llevó a una esquina oscura de la habitación para que la inspeccionara con la excusa de que la luz dañaría los ojos de la pequeña. En realidad quería evitar que viera cualquier marca o defecto que tuviera la esclavita.

Tenía tan solo trece horas de haber nacido y la compré. Aún no había sido llevada con la enfermera, así que le dije a la señora Koehler que la recogería al día siguiente. La señora Koehler ya había tenido problemas antes, así que ahora toma las precauciones necesarias para evitar volver a estarlo de nuevo: organiza que una madre falsa vaya a su casa para presentársela a los vendedores para que ella pueda dar su consentimiento de la transacción de forma escrita en lo que pretende que pase por un contrato. Esto lo hace para evitar que la ley la atrape, pero es totalmente ilegal.

—¿Cuánto quiere por la bebé? —le pregunté cuando regresé el día siguiente.

—Bueno, no podría ponerle un precio, yo no vendo bebés —dijo ella.

Trajo a la bebé a la habitación. La había estado alimentando y la leche tenía un tinte peculiar que parecía sugerir la presencia de drogas y sustancias similares. Es bien sabido que los bebés son drogados a menudo y viven tan solo unos días después de salir de las casas de sus esclavistas. La señora Eppinger le vendió a la señora Hamilton dos bebés: ambos murieron. La señora Koehler le vendió a la señora Hamilton un bebé. Murió. Ninguna de las esclavistas sabe quién vendió a la bebé Beatriz, la única que sobrevivió.

—¿Me darás tu palabra de que esta bebé está saludable en todos los aspectos? —le pregunté a la esclavista.

—Sí. Es una bebé hermosa. Ahora, si me pagas, podemos ir a ver a su madre. Aún no ha conocido a la bebé.

Le di los $10. Miró el dinero y entonces, sosteniendo a la bebé con una mano, me extendió la otra diciendo:

—Por favor dame más. Esto es muy poco por una bebé como ella. ¿No me darás un poco más?

—Ni un centavo por ahora —contesté—. Si la bebé sobrevive, te mandaré un regalo.

Le mandé una copia del Sunday World que contiene este mismo artículo junto con mis agradecimientos.

 

La madre falsa

En el tercer piso, en una de las habitaciones, yacía una mujer joven y rubia. Estaba platicando con una amiga que había ido a visitarla.

—Aquí está la bebé —dijo la esclavista— y ella es la joven que se la quiere llevar.

Ya sabía el truco de la madre falsa, así que le pregunté a la madre de la bebé la hora en la que la niña había nacido. Volteó a ver a la esclavista en busca de respuestas. Entonces le pasaron el bebé. La sacó del chal. La pequeña esclava que acababa de ser vendida abrió sus pequeños ojos azules como intentando ver por primera y última vez a su madre. Movía su pequeña cabeza y sus manitas con debilidad. Sentí en mi garganta el grito de Hood resonando desde mi corazón: “¡Oh, Dios! ¡Que la carne humana sea vendida por tan poco!”

—Es pequeña, ¿verdad? —dijo la mujer con indiferencia mientras regresaba a la esclava de vuelta con su esclavista sin un beso, una mirada o una oración. Si era en verdad su madre, estaba viendo a su propia hija separarse de ella para siempre sin saber su destino o lo que sería de ella en el futuro.

No hizo ninguna pregunta. No le importaba.

Tomé el papel mal escrito que la señora Koehler me pasó. Esto es lo que decía:

“En consideración de la cantidad de un dólar, la titular cede a su hija a la interesada para que la interesada haga con la infante lo que mejor le convenga”

La madre la vendió por $1. Yo la compré por $10 en este día 2 de Octubre de 1889, año de nuestro señor Jesucristo.

Esa transacción profundamente inhumana y barbárica hizo que se me rompiera el corazón. Quise alejarme de la esclavista y sus pacientes. Con ternura, mi acompañante envolvió a la bebé de dos días y ojos azules en una cobija suave y caliente y dejamos la casa mientras la esclavista me recordaba:

—No olvides mandarme más dinero por esa bebé. Lo vale.

 

 


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

 

Hace más de dos años me invitaron a un grupo secreto de Facebook en donde mujeres de distintos lugares de México podíamos hablar abiertamente sobre temas que a veces preferimos no discutir en público.

Una de nuestras frustraciones recurrentes era ver cómo la sociedad y los medios de comunicación abordaban ciertas noticias al punto de culpabilizar a las víctimas de violencia machista e ignorar a los criminales, mostrando sus crímenes como actos naturales ocasionados por las víctimas. Un día dos de nosotras decidimos abrir una página en donde tomaríamos capturas de pantalla de esos titulares y los corregiríamos con tinta roja para evidenciar la forma en la que se manipula la información.

Creé la página bajo el nombre de La Correctora y el mismo día la emoción se apagó y el proyecto quedó olvidado. Hasta el 29 de mayo de 2017, día en que condenaron a 50 años de prisión al feminicida de Sandra Camacho: un hombre de 19 años quien la asesinó, descuartizó y tiró pedazos de su cuerpo por distintos basureros de una unidad habitacional de la Ciudad de México. Un hombre que convenció a una menor de edad de encontrarse con él, con la excusa de que la ayudaría a encontrar trabajo; un hombre que asesinó y descuartizó a una adolescente cuando ella se rió de él.

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Los medios no la nombraban a ella, los titulares se enfocaban en lo singular de que un chico tan inteligente hubiese cometido un asesinato. “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”, “De ‘genio’ a asesino”, “estudiante modelo”. La prensa, ignorando a la víctima, hablaba de la tragedia de la exitosa vida truncada del asesino, y subrayaba que el asesino no era un estereotipo de película de terror.

Los asesinos de las películas no existen. La violencia no surge de monstruos horribles que brincan desde callejones oscuros, sino de hombres inteligentes que pertenecen a nuestro grupo de amigos, de nuestros jefes amables, de nuestros hermanos preferidos, de “chicos buena onda” que ayudan a todos pero no respetan un “no”, de “jóvenes responsables” que sueltan un puñetazo si una chica se burla de ellos en privado.

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Para nosotras no era extraño que un feminicida hubiese recibido una medalla de bronce en el extranjero o hubiera sabido tocar un instrumento, pero para quienes escriben notas en los periódicos y prefieren creer en cuentos que analizar la realidad, sí que lo fue, y por ello ignoraron a Sandra, y cuando la mencionaron fue para agregar que estaba desempleada y había cometido el error de verse con un desconocido.

 

***

 

Han pasado casi dos años desde ese día y las cosas no han cambiado mucho, porque aunque diariamente se llevan a cabo crímenes similares, la sociedad continúa dando maromas para creer que las víctimas se lo merecen y que los criminales son víctimas de las circunstancias. Y si no lo son es porque son monstruos que salieron de algún cuento de terror.

 

***

 

Ese día publiqué una imagen subvertida en la que taché “estudiante modelo” y agregué “asesino/feminicida”. No lo pensé mucho, mi intención era llegar a un pequeño grupo de mujeres interesadas en el tema, pero desde el primer momento muchas personas comenzaron a difundir la imagen, a hacer preguntas y ponerse en contacto con nosotras.

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Lo que se inició sin un plan muy claro, empezó a crecer gracias al apoyo y a las expectativas de quienes nos leían. Y de una u otra forma nos hizo comenzar a leer, a informarnos más, a analizar situaciones que nunca nos habíamos detenido a pensar, a investigar casos que nos enviaban por mensajes privados y descubrir que los patrones se repetían en los titulares de Hidalgo, Veracruz, Nuevo León y hasta de Perú, Argentina o Costa Rica.

En estos dos años las mujeres siguen “apareciendo muertas”, mientras los hombres adultos que abusan y asesinan a adolescentes siguen siendo víctimas, las niñas de 13 años se prostituyen solas y solas deciden huir de casa con hombres adultos, los asesinatos cometidos por hombres que han amenazado a sus parejas y exparejas durante años siguen siendo considerados “crímenes pasionales”, se sigue asesinando “por amor” y acosando por romanticismo, los nombres de las mujeres siguen sin publicarse y las descripciones de sus asesinos siguen pareciendo biografías de páginas de citas: inteligentes, guapos, exitosos. Fotografías de sus cuerpos golpeados y desmembrados son para consumo público. Los medios actúan como cómplices de la humillación a las víctimas y a sus seres queridos.

 

***

 

Uno de los primeros casos que subvertí sucedió en Coahuila. El titular decía “Tania Karina quería irse de fiesta, lo hizo; apareció enterrada en casa de su novio”. Un hombre once años mayor que la adolescente de 16 años, y sin ningún vínculo afectivo con ella, confesó haber enterrado su cuerpo en un patio, pero la culpable era ella al querer salir de fiesta.

Unos días después, en Yucatán, un feminicida apuñaló a su esposa, pero el titular fue “Muere mujer acuchillada… por no regresar con su ex”.

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Cuando un pederasta abusó de su hija de 4 años, el titular se refería a él como “destacado investigador”, y cuando un hombre mandó asesinar a la hija de 15 años de su expareja, “Fátima fue víctima de amor”.

En septiembre de 2017 Mara Fernanda Castilla fue asesinada en Puebla y en los titulares la “hallaban muerta”; Cabify, la empresa a la que prestaba servicios el presunto asesino, lamentó profundamente su “fallecimiento”, y de acuerdo a un periodista, quien la asesinó “era un hombre normal. O lo fue… hasta que se le presentó una oportunidad de delinquir: una joven hermosa, de 19 años, dormida en la parte trasera de su auto”.

Después de muchas quejas esa parte fue editada, pero no hubo una disculpa. Solo desapareció, como desaparecen los criminales en los titulares.

 

***

 

Cuando Guadalupe Montoya, de 24 años, fue asesinada por su pareja tres décadas mayor que ella, el caso se publicó con el texto “Tras lesionar con arma blanca a su pareja, Juan Carlos García de 58 años se quitó la vida”; cuando un hombre asesinó a su esposa e hijo para después quitarse la vida, el titular fue “Hallan muerto a hombre, su esposa e hijo…”; y cuando un hombre que trabajaba para el Ministerio Público asesinó a su pareja e intentó suicidarse, el titular fue “Desata agente tragedia en PGJ”.

 

***

 

Cuando un profesor abusó sexualmente de un alumna menor de edad, lo grabó y subió videos a internet, el caso fue publicado como que un profesor había sido despedido por “subir a la red video porno con una alumna”, mientras los medios culpaban a la adolescente escudándose tras usuarios de redes falsos. Es una técnica con la que medios pueden publicar notas terribles siempre y cuando agreguen frases como “deducen en redes”, “según afirman”, “usuarios señalan”.

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Algo similar pasa cuando los medios publican información denigrante para las víctimas como si fueran datos importantes. Como en el caso de Yesica Celene. Además de mostrar una foto de su cuerpo desangrado, los medios publicaron una nota en la que su feminicida decía “por puta te pasó esto”.

 

***

 

Anayetzin fue apuñalada 16 veces en el vientre por su novio, de quien estaba embarazada y quien después de asesinarla escondió su cuerpo en un clóset y huyó. De acuerdo a un medio “…decirle a su novio que estaba embarazada, provocó que este la asesinara”.

 

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Cuando una mujer llamó a la policía tras ser acosada por un hombre, la noticia fue publicada con el titular “Busca a novia infiel y termina detenido”. La mujer no le había sido infiel, pues ni siquiera era su novia, pero “la dama sin sentimiento alguno le habló a la policía”.

Cuando dos hombres en Tabasco engañaron a una joven para abusar sexualmente de ella y después asesinarla, el titular mencionaba que había sido “descuartizada por un pretendiente”.

 

***

 

A veces los medios parecen estar enamorados de los feminicidas. Cuando el día de su cumpleaños 23 Pamela Victoria fue degollada y su cuerpo mutilado dejado bajo una regadera con agua hirviendo, un medio publicó una semblanza del presunto feminicida, su novio y principal sospechoso que aparecía en las cámaras de seguridad del hotel y había sido señalado por trabajadores, enfocándose en sus logros deportivos y habilidades como empresario, todo esto acompañado de fotografías y datos de sus premios. Sus clientes no creían que pudiera ser un feminicida, pues había sido amable con ellos.

 

***

 

Jazmín, una joven de 19 años, fue asesinada por sus compañeros de trabajo, quienes le debían miles de pesos y estaban inconformes con que una mujer joven fuera su superior. Un titular, “Provocaron deudas la muerte de Jazmín”, daba a entender lo contrario y justificaba su asesinato.

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En Morelos una mujer fue posiblemente atacada sexualmente y despertó desorientada. El titular, acompañado de una fotografía de la mujer en el piso, fue: “Se pasa chava de copas y aparece semidesnuda”.

Zuleth, de 15 años, fue asesinada en Chihuahua y los medios publicaron fotografías de su cadáver, indagaron en su cuenta de Facebook y la culparon de su propia muerte por haber publicado letras de canciones populares: “Le gustaba subir frases de narcocorridos a su Facebook; fue hallada ejecutada”.

 

***

 

Hay formas fáciles de humanizar o deshumanizar a las víctimas. A veces basta decir que una mujer era estudiante, que era la hija y hermana querida, que sus compañeros la buscan y extrañan, que era parte integral de la comunidad, para crear empatía. Pero generalmente sucede lo contrario. Y así, si las mujeres asesinadas eran estudiantes, enfermeras o arquitectas, solo se menciona en los casos en que sus familiares hicieron campañas virales para buscarlas, pero cuando se dedican a la prostitución, eso siempre aparece en el titular. También cuando son extranjeras. Para que todos sepamos que no son de aquí, no son parte de nuestro grupo, que trabajaban haciendo cosas “indebidas”, que tal vez se lo habían buscado al elegir su profesión.

 

***

 

Beatriz fue asesinada por su esposo en Puebla, pero de acuerdo al titular “perdió la vida tras confesarle a su esposo que lo engañaba con el vecino”. El mismo caso fue publicado como “Beatriz, envalentonada por el alcohol, no midió las consecuencias de su declaración”.

Diana fue asesinada en Querétaro  y su cuerpo mutilado fue tirado en una zona cerril, pero su cuerpo “apareció” y se investigaba su “fallecimiento”, a pesar de que el presunto feminicida, su exnovio, ya había sido detenido.

 

***

 

Muchas veces las madres son culpadas por las acciones de los criminales. Cuando una niña de once años fue abusada sexualmente y asfixiada, según indagatorias por su propio padrastro, el titular fue “Su hija fue violada y asesinada, mientras la madre se fue a bailar con el novio”, ese mismo novio que al parecer planeó todo.

En otro caso en el que un agresor abusó de una bebé, el titular era “Abusan de su bebé, se la encargó a la vecina”.

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A veces se viralizan explicaciones falsas que culpan a la madre, como cuando secuestraron a una bebé en Tamaulipas que iba en los brazos de su tío, pero páginas y personas compartían la versión de que la madre había dejando sola a su bebé en un auto encendido.

 

***

 

En los medios existe un guion implícito que dice que las mujeres somos las culpables de la violencia que sufrimos, y es muy práctico seguirlo porque nos evita pensar, nos evita comparar datos y analizar la información. Pero basta dar un paso atrás para ver que las cosas no son así.

Generalmente los crímenes son bastante claros, y aunque existe la presunción de inocencia y es importante respetarla, se puede mencionar que las mujeres fueron asesinadas y se puede publicar lo que han declarado los criminales confesos. No hay necesidad de pretender que son accidentes o castigos divinos por nuestras acciones imperfectas.

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Autores
Danae Silva es una diseñadora, ilustradora y arquitecta que dedica su tiempo a diversas iniciativas de justicia social. Administra la página de Facebook La Corregidora.
Niña con conejos, técnica mixta sobre madera, 18.5 x 18.5 cm.

“Valentino Clemens y los chicos perdidos de Wonder-Nada” de Isabel Quiroz es la obra ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2018. Forma parte del volumen Teatro de la Gruta XVIII del Fondo Editorial Tierra Adentro en el que aparece junto con las obras finalistas del certamen. 


1

Back in the Game

 

Regreso a mi casa.

En el hospital no quisieron retenerme mucho tiempo.

Soy un pinche sobreviviente.

Aplausos para Valentino Clemens.

¿Qué se dice de él?

 

—Está bien.

—¿Quién?

—Valentino,

—Sigue con vida, sólo que un poco desubicado.

—¿Quién?

—Valentino.

—Nada que con terapia no se solucione. Rodearse de gente que le haga saber lo importante que es le hará bien.

—¿A quién?

—¿Quién?

 

Todos están tres metros bajo tierra.

Lorel, Max, Roxine y, para colocar la cereza en el pastel, mi madre sustituta.

Maravilloso, ¿no?

¿Terapia?

Mi mamá decía: “Eso de ir al psicólogo es sólo para los loquitos; tú nomás estás medio pendejo”; así que no.

Además, cero dineros. Ni cómo pagar.

 

—Crucen la calle, que ahí viene.

—No lo miren. Quiso matarse. No se junten con él.

—¿Quién?

—Valentino.

 

Pinche hospital de pobres. Podía estar a medio freír, pero como no tengo ni un peso: “Lárgate”, “vete de aquí”, “no me interesas”, “bon voyage”.

Salgo. Sorpresa: encuentro a mi tía en la entrada con la cara parecida a una tabla.

Un consejo para cuando planeen matarse:

en verdad mátense.

No hay nada más vergonzoso en esta puta vida que ver la cara del único familiar que medio sabe tu nombre saliendo del hospital y gritando:

“Pero qué vergüenza… ¿en qué estabas pensando? Eres igualito a ella, igualito.

Piensa ahora qué vas a hacer como están las cosas…”

… y peor si le vas a tener que pagar ese pequeño “error”.

“Me hice cargo de los gastos, pero no me es posible cuidarte.

 Mientras, puedes quedarte en mi casa.”

Querida tía, si algún día me escuchas: el dinero no importa,

estoy vivo y es más de lo que muchos de mi edad podrían decir;

por ejemplo, mis amig… No importa.

Salud por la vida, amigos.

 

Max: Señoritas, es hora de hacer un brindis: éste es el momento de nuestras vidas.

Roxine: ¿De qué carajos hablas?

Max: Roxi, querida, no vamos a ser jóvenes para siempre. Éste es el único momento: cada respiro nos acerca a la muerte. Levanten sus cervezas, por favor. Tú también, Valentino.

Lorel: ¿No pensaban esperarme? Y ya hasta me remplazaron… Espera, te conozco: eres el chico que estaba el otro día afuera del bar… qué coincidencia.

Roxine: Valentino estaba solo en las profundidades de esta asquerosa fiesta y de repente, puff, ya lo teníamos al lado.

Lorel: Cuéntame, Valentino, ¿eres de aquí o cómo llegaste a Wonder-Nada?

—Wonder ¿qué?

Roxine: Wonder-Nada.

Lorel: En otras palabras, esta pinche ciudad.

Max: Parece que no escucharon lo que acabo de decir.

Lorel: Yo no.

Max: Estas caras se irán borrando poco a poco. No van a ser más bellas mañana.

Roxine: Da igual, ¿quién quiere vivir para siempre?

Max: Ésa es mi niña. ¿Lorel? ¿Valentino? El tiempo corre… Ay, ya, salud.

Roxine: Por Wonder-Nada.

Lorel: ¿Estás bien, Valentino?

Roxine: No tiene cara de que beba mucho.

Max: Tú déjalo. En todo Wonder-Nada no vas a encontrar personas más jodidas que nosotros, y es en serio: hemos hecho estudios; no profundos, pero sí encuestas y son de fiar.

Lorel: ¿Encuestas?; la gente ni nos mira. ¿Estudias?

—Ya terminé la carrera.

Roxine: ¿Trabajas?

—A veces.

Max: ¿En qué?

—En una tienda. Mi tía tiene una tienda de abarrotes.

Lorel: ¿Y estudiaste?

—Sí. Es temporal.

Max: Claro, y nosotros estamos en esta vida de manera temporal. Pinche Wonder-Nada. Pinche Wonder-Nada, un día nos vamos a terminar tragando sus putas flores y ni así se nos va a quitar el hambre.

Por algún extraño motivo me atraían.

Me pegué a ellos en todas las fiestas, en todos los bares,

en todos los cafés; era su sombra, su groupie, hasta que…

 

Roxine: Estuvimos hablando. No es que nos importe, pero tienes que darte cuenta de que no eres como nosotros.

Max: Que sea como se le dé su chingada gana y, si se siente incómodo, que se vaya y ya.

 

Debía cambiar la música que escuchaba,

Los cantantes que amaba, las revistas, los horóscopos, la

gente que quería en mi vida, mi familia;

nada correspondía ya con mi verdadero yo.

 

Lorel: Sorry, pero de tanto que estamos juntos hasta nos parecemos.

 

Voy a contarles cómo me convertí en este maravilloso ser que ven aquí.

Sí, a ustedes, porque ustedes son una maravillosa audiencia.

 

Música:

Mi madre sustituta dice:

“Clemente…”

Sí, ése es mi verdadero nombre; Valentino es el artístico.

“… Clemente, consíguete otros amigos

que sean de bien,

otro trabajo

que pague bien,

otra vida

que sea de bien.

Sé tú.”

Yo digo:

“Madre sustituta, eres…

mi madre sustituta,

lo que significa que no tienes que meterte en mi vida;

la única que puede ya no está con nosotros, así que…

cállate.

Silence.”

 

Madre S: ¿Qué haces aquí?

—Dijiste que podía venir cuando necesitara tu ayuda.

Madre S: No tengo dinero, si eso quieres.

—Préstame ropa.

Madre S: ¿Qué?

 

Los cambios siempre son buenos.

 

Primera fase: Vestuario.

 

Madre S: Pero cómo se te ocurre que voy a dejarte salir así.

—¿Cómo me veo?

Madre S: ¿No me escuchaste? Esto es idea de esos con los que te juntas, ¿verdad?

—No critiques a mis amigos y no me juzgues. Éste es mi verdadero yo.

Madre S: No es cierto.

—Lo sabrías si me hubieses cuidado, pero no; y mamá Jenny no tenía dinero para andarme comprando ropa: me ponía de la tuya.

Madre S: No pongas pretextos pendejos; no quiero que se rían de mí por tu culpa.

—Se ríen de ti por andar de puta, nada tengo que ver. Luego te la devuelvo, adiós.

 

Mamadas.

Si está encima de mí y me gusta, es mío.

Aplica para todo: ropa, mujeres y dinero.

Como pueden ver, no la regresé.

De todos modos no creo que le haga mucha falta.

Segunda fase: Un poco de base para mi brillante rostro.

Max lo hacía; es natural.

And I’m ready.

Like a star.

Llego al bar amarillo donde siempre estaban:

una cantinita que lleva como cien años en pie,

con el piso parecido a un tablero de ajedrez,

vasos que dan la impresión de no haberse lavado nunca,

una rocola y la escoria más jodida de la ciudad.

Entra una estrella: yo. Aplausos.

 

Lorel: Tarde; ya nos vamos.

Max: Te vi y pensé: “Ese individuo no puede ser de este planeta, pero es el señor Valentino”. Nice outfit. Siéntate, hermano.

Roxine: Espero, en verdad, que no tengas familia.

Really? Bueno, hora del drama.

—Mamá Jenny murió hace poco. Me quedé solo y…

Lorel: ¿Cuántos años tienes?

—Veinticinco.

Roxine: Qué tragedia.

—Tengo una madre sustituta con un montón de hijos y una tía rica, soltera y medio jodona.

Roxine: Qué verdadera tragedia. ¿Es de ella la blusa?

—No, es mía.

Lorel: Sí, se ve.

—¿Y ustedes?

Roxine: No tenemos familia. Yo crecí en la calle, usé ropa que encontré en la basura: de niño, niña o lo que fuera.

Lorel: Igual, no existe.

Max: Yo sí tengo, adoptiva, pero tengo. Espera, ¿qué es eso de la madre sustituta?

—Es mi madre biológica; me abandonó y apareció cuando mi mamá Jenny murió y…

Max: Cállate… Nuestra canción. Denme las manos, niñas, David Bowie sólo estará con nosotros por dos minutos y cincuenta y ocho segundos; no lo podemos hacer esperar.

 

Y Valentino se queda ahí como idiota. Ellos hablan de

lo que sea; se ríen por lo que sea; viven. Yo…

A la mierda la ropa brillosa, a la mierda la familia, a la mierda ellos.

Ya no están, hijos de puta. Valentino, solo como siempre.

—¿Dónde están?

—Lejos.

—En la segunda estrella después del amanecer.

—Lejos de Wonder-Nada


Autores
(Ciudad de México 1988). Estudió la licenciatura en teatro en la Universidad Veracruzana. Ha dirigido varias puestas en escena y se ha desempeñado como actriz y asistente de producción en distintos montajes. Es beneficiaria del Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) y trabaja en el grupo independiente Periferia Teatro y en Casa 13 Espacio Cultural en Xalapa.

Ilustrador
Guillermo Martínez Rochín
(Durango, 1993) forma parte del taller-galería La Casa, un foro cultural que apoya a artistas duranguenses emergentes. Ha participado en diversas muestras individuales y colectivas en México.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Quiero escribirle
una carta a Dios
para que sepa
que su maraña de espinas
se incendia
y que no hay vaso de agua
que calme nuestra sed
de polvo y escombro:
que observo en las nubes
sus palabras de  éter y sulfuro
-las alas de un ángel,
las olas del mar,
canicas, asteroides, planetas,
explosiones nucleares-

 

 

Mi rosa
me dijo
que le gusta sentir
la fuente
de donde brotan
mis mentiras.
Se recubre
de espinas
como una zarza,
pero hay algo
en su alma
-no su tallo-
que me hace amarla.

 

 

Lucifer puso una venda en mis ojos
y me pidió que olvidara
todo lo que me enseñaron
sobre la fe.
Mis rodillas sangran
por todo el tiempo
que recé hincada.
Destapo mis ojos,
y contemplo el desierto.
Él me sonríe desde lejos,
le digo que ya no quiero estar ciega,
besa mis heridas
y me regala una manzana
por cada desobediencia.

 

 

Mi rosa
me dice
que es
de cobardes
cortarse las espinas.
Dejo crecer las mías
y luego
me toma en sus ramitas,
y las frota
contra las suyas,
hasta que se afilan.

 

 

Lucifer no habla
nunca de lo divino:
me habla de
lo grotesco
y lo mortífero.
A veces
reclina mi cabeza,
la echa para atrás
-me habla en la lengua
de los pájaros,
me enseña otras formas de rezar-

 

 

Cuando tenía cinco años soñé
que me caía en una fuente.
No me ahogué:

Luminiscencias blancas y doradas,

agua fría

ojos bien abiertos.

De niña encontré mi espíritu en un sobre
de diamantina blanca.


Autores
Nació a los pies del Xinantecatl pero es sureña desde hace diez años. Se graduó con la especialidad en teatro del Centro de Educación Artística Ermilo Abreu Gómez y actualmente estudia la licenciatura en Comunicación en la Universidad Anáhuac Cancún. Instagram: @r0mer0._

Ilustrador
Lorena Mondragón
Lorena Mondragón es ilustradora y diseñadora gráfica. Licenciada en Comunicación y Diseño Gráfico y maestra en Conservación Ambiental. Se ha desarrollado como diseñadora gráfica desde el 2011 en Estados Unidos y México.

 

Hoy 5 de marzo de 2019 se cumplen veinte años del estreno de Cruel intentions, una película definitiva en la educación sentimental de los milenials viejos y los X tardíos. La académica y ensayista Fabiola Eunice Camacho reflexiona sobre el lugar de la película en su propio despertar sexual.


 

No se equivocaba Anne Sexton en La balada de la masturbadora solitaria cuando admitía sin más que “Al final del asunto siempre es la muerte”. La tragedia como signo de la inocencia incompleta puede advertirse en el despertar del amor y el deseo sexual adolescente. Esto puede parecer un lugar común, una mirada desafortunada de cara al amor joven. Después de todo, ¿acaso no queremos romper con la idealización de la tragedia?

Las historias que conforman nuestra educación sentimental y que alimentaron horas completas de onanismo reconfortante perviven en los rincones de la biblioteca, en las cajas de la bodega que ocultan las películas que por decoro escondemos de las miradas de nuestros pares, que, sin lugar a dudas, también tienen cajas y baúles atestados de memorabilia del despertar del cuerpo. Cada una de las cajas bajo el resguardo de la casa materna son panteones personales. Sepultados entre el polvo y los adornos de Navidad, subyacen los cimientos del deseo, la decepción y el encanto cursi que a la menor provocación irrigaba fuegos resplandecientes.

 

***

 

En las páginas de su mítico diario de juventud, Alejandra Pizarnik se preguntaba, “¿cómo llego a la verdad de mi cuerpo?” El cuerpo lo es todo en la medida en que se comprenden los mecanismos que lo templan. Las maneras de hacerlo propio recrean una forma de expiación frente al objeto anhelado: si el principio del deseo nace en la mirada, el reflejo constante deviene en lascivia, reproductible con cada play. Veinte años no son nada ante los ojos de la experiencia, pero lo son todo en el relato de los placeres que al final encumbraron la idea de felicidad de esa juventud cada vez más lejana.

A los quince años el cine estadounidense era mi debilidad. Los estrenos cinematográficos eran una forma de pasar el tiempo, de disolverlo en el montaje de imágenes que de una forma borrosa y extravagante me conducían a escribir. La pantalla grande construía las bases sobre las que concebiría las industrias culturales.

 

***

 

No tenía independencia económica y me gustaban las chicas. Todavía no me habían besado adecuadamente. ¿pero qué era besar adecuadamente? Nadie lo podía explicar, y en la escuela apenas comprendía que Carlos deseara tanto a Mariana, si al final aquello no tenía forma de terminar bien.

El amor juvenil no puede terminar bien, ya sea que le hagamos caso a William Shakespeare, José Emilio Pacheco o Fernando Del Paso, a Carson McCullers o Pizarnik: todo amor juvenil termina siendo un incendio que, a solas, en la intimidad de la lectura, nos abrasa.

Una mañana de primavera de 1999, en la estación de radio que escuchaba, una voz anunció el estreno de Cruel intentions (Juegos sexuales), protagonizada por Sarah Michelle Gellar, Ryan Phillippe, Resse Whiterspoon y Selma Blair, dirigidos por Roger Kumble: Radioactivo te lleva a la premiere de la película, sólo tienes que… (ruido blanco).

https://www.youtube.com/watch?v=rpQa3yYltEo

No creía en las trivias, aunque mi mejor amiga de esa época ⎯mi crush, en realidad⎯ solía ganarse boletos de esa manera. Yo era bastante retraída y no tenía el talento necesario para contestar las barbaridades que se preguntaban. Juguetes radioactivos presenta…

A esa edad nunca besé adecuadamente, pero sí me incendié. El cine cumplía su función pedagógica: relevaba a la poética del deseo iniciada en la lectura. El cine encarna la operación visual que conduce al cuerpo a una exploración formal y absolutamente plástica. Ante la impaciencia del cuerpo, el cine.

 

***

 

Tras el estreno de Cruel intentions un amigo me contó que la había visto con sus primos y que lo mejor de la película era un beso entre dos chicas.

Si para Platón el teatro era el lugar donde unos ignorantes son invitados a ver a unos hombres que sufren, Cruel intentions es el teatro moderno que las adolescentes gustan mirar por perderse en el sufrimiento y placer de gente bonita que pierde lo que nosotras aún no podíamos siquiera imaginar.

La estética adolescente nació maniquea. Las industrias culturales la mantienen así, sin crítica, matices u otras representaciones: la estética adolescente es la estética de la perfección. No es gratuito que las actrices de la película en cuestión hayan recreado en la televisión y otras películas papeles que articularan la batalla del bien contra el mal —como Sé lo que hicieron el verano pasado con Sarah Michelle Gellar y Ryan Phillipe, o Pleasantville con Reese Whiterspoon— pues a finales de los noventa sus rostros esculpían la perfección del amor y la aventura. Las múltiples representaciones del bien y el mal ayudan a prolongar el arco dramático de lo que sabemos: todo amor está destinado a un final.

 


El beso en cuestión había llevado a Selma Blair y a Sarah Michelle Gellar a obtener ese año el Premio MTV Movie Awards al Mejor Beso.

Si la duración del beso es el igual a la duración del emplazamiento del deseo, ¿qué nos queda como espectadoras?

Algo parecido a la complicidad.


 

 

¿Quién hubiera pensado que aquel mítico beso entre Sarah Michelle Gellar y Selma Blair se desdibujaría de mi mente con el paso del tiempo? ¿No era el beso con el que mi educación sentimental —sexual— tomaba nota de cara al desciframiento de mi orientación bisexual, que fundó un tipo de fetiche durante mi adolescencia? Cruel intentions, aquel beso y el diseño de aquella atmósfera sonora representaron un archipiélago de las prohibiciones en las instituciones que regían mi vida —la casa materna y la preparatoria—: nadie quería que la viéramos.

Eran adultos y, ahora yo, en mi adultez, al mirar el techo, repaso cada una de las imágenes que componen el video y la banda sonora.

 


En su cuenta de Instagram Sarah Michelle Gellar reconoció que Cruel inventions habría sido el título original de la película, pero la productora prefirió cambiarlo para hacerlo más atractivo.

Creo que de cualquier forma la hubiera visto.

Cierro los ojos y sonrío mientras pienso que en realidad la hubiera rentado un año después solo para ver el beso.

Era clienta asidua del Blockbuster.


 

Deleuze afirma que el cine “parece alimentarse de instantes privilegiados”. Cruel intentions contiene estos instantes privilegiados, no solo por la trama y el guion —una de las tantas adaptaciones de Les liaisons dangerouses (1782) de Pierre Choderlos de Laclos, cumbre  literaria de las relaciones de poder en el amor cortés—, sino porque no existirá época que evoquemos con más jubilo que aquella en que comienza el placer.

Desplegar en la pantalla las cosas que veinte años después parecen insignificantes tiene su mérito: aunque el beso haya perdido voluptuosidad, ahora puedo abrir los ojos y experimentar aquello de lo que entonces no podía ser consciente: nostalgia.

Esto me remite a Sergéi Eisenstein y su idea de que el instante sostiene el sentido —quizá el encanto— del propio cine, pues al elegir un cuadro de otro, una actriz de otra, una música de otra, el todo debe de ser el dispositivo que nos lleve a la experiencia: estamos junto a la Selma Blair que come cerezas como símbolo de haber perdido su virginidad con un moderno y edulcorado Vizconde Sebastian Valmont, quien no desea otra cosa que el cuerpo y luego el amor de Annette, lo que nos lleva a admitir que se trata de un trabajo de introspección que sucede ante nuestra mirada.

Si, de acuerdo con Eisenstein, creemos que lo patético supone lo orgánico, esto definitivamente tiene lugar viendo la cinta veinte años después. Lo más orgánico es el roce del cuerpo, sea el de los labios o el abrazo dispuesto en torno a un contrabajo durante las clases de música que Cecile tomaba con su maestro afroamericano —unión que expone el racismo en las clases altas—.

Los cuerpos hablan, cambian, albergan toda clase de experiencias. Resplandecen, se enferman, se apagan, vuelven a resplandecer. El cuerpo real de Blair también resguarda sus saberes, expone la esclerosis múltiple que la aquejaba desde hacía un año. Mi mirada se detiene en sus labios al decirlo. El tiempo en ocasiones provoca que no reconozcamos ni el cuerpo actual ni el mapa que traza las estrías de nuestros vientres.

 


Sólo recordaba el final.

Justo cuando Annette descubre el valor de la venganza y la pérdida del amor, el final lo es todo, el del amor, pero también el de la inocencia.

Instantáneamente su cabeza reproduce Bitter Sweet Simphony.


 

No sólo las corporalidades mutan, también las prótesis y dispositivos. Aquellas cajas en la casa materna resguardan tecnologías obsoletas. Los VHS, luego los DVD y los aparatos para reproducirlos son piezas de nuestra arqueología.

La lucidez de aquella sensación seguirá evocándose con la misma simpleza con que reproduzco en una plataforma de entretenimiento el instante que Cecile quedaba atravesada por la experiencia y el placer luego de la muerte de Sebastian. Luego de los besos y el transcurrir del tiempo se hace presente el deseo develado y su reproducción. El regreso a nuestra educación visual y, por ende, sentimental, resulta más fácil, casi orgánica, táctil.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Paris Hilton en Torreón. Foto de Jesús Flores.
Paris Hilton en Torreón. Foto de Jesús Flores.

 

Crónica de la parismanía en Torreón

 

¡Recibamos con un aplauso muy fuerte a Paris Hilton! Su exclusiva línea de calzado podrá ser adquirida en las diferentes modalidades de pago: al contado o con nuestro sistema de vales… Un fuerte aplauso para Paris Hilton… ¡Bienvenida a Torreón!

Sí. Era ella. Paris Hilton estaba frente a nosotros como se anunció semanas antes por internet y medios locales. Esto sucedió el viernes 9 de noviembre de 2016, un día después de que Donald Trump ganara la elección presidencial de Estados Unidos.

Aquella mañana los conductores de noticiarios lucían rostros desencajados. Analizaban el saldo de la elección con voz pausada y lastimera, como si hablaran de la muerte de un familiar cercano. Aunque el fin del mundo se anunciaba con bombo y platillo, apagué la tele y salí en busca de mi estrella.

Llegué cerca de la una de la tarde al lugar de la cita: una zapatería ubicada en el poniente de Torreón, a media cuadra del Mercado Juárez y a dos calles de la Plaza de Armas, centro neurálgico del comercio informal, la putería, la inseguridad y los abusos policiacos.

Fue sorprendente llegar y ver una enorme pantalla proyectando videos de Paris Hilton, celebrity, dj y cantante. Vallas de seguridad, alfombra roja y un pequeño entarimado con un loveseat negro donde imaginé que la protagonista de la tarde se sentaría a responder nuestras preguntas.

Fotografía por Jesús Flores

Foto de Jesús Flores

 

Había soldados, policías federales y municipales, agentes armados en las azoteas; todos se mezclaban entre la concurrencia que aumentaba al paso de los minutos. Los asistentes llegaron poco a poco para formar una lámina monográfica de lo que es Torreón: asistieron los ricos y los pobres, hombres, mujeres, empresarios, ambulantes, estudiantes, pedigüeños, burócratas, malandros, fuerza pública, rancheros, religiosos, mirreyes, fresas de camión y oficinistas, pero sobresalía el prisma del variopinto gabinete de la homosexualidad masculina: obvias, discretas, vestidas y fans que en homenaje a la ídola llevábamos un mechón teñido de rubio.

Vi a mi pueblo unido como nunca antes, ni siquiera durante los años de violencia se había sentido tan cerca uno del otro. Las vestidas estaban alejadas del tumulto merodeando en las aristas de la cuadra, manteniendo la distancia cautelosa de quien ve un rival peligroso. Preferían atestiguar la llegada de la princesa desde su propio palco, además el zangoloteo de la fanaticada les arruinaría el maquillaje y el peinado.

La bola es para las obvias argüenderas, las gritonas que aman de corazón a su estrella favorita y que son fieles custodias de su popularidad. A las obvias no les importa estar apretujadas en un mar de cuerpos, meciéndose al son de la voluntad de quien admiran con tal de estar cerca, quién quite y en el montón se den los arrimones de camarón que tanto se disfrutan.

Por el contrario, las discretas no creen que se les nota el amaneramiento y bajo la facha de una presunta virilidad contienen los gritos comiendo semillas en la agria lejanía; están entre la calidez de las obvias argüenderas y la soberbia de las vestidas consumadas, un lugar mediocre en la jerarquía sodomita, pero al fin cómodo porque se ajusta a la conveniencia de cualquier momento.

Foto de Paris Hilton

Foto de Paris Hilton

 

Paris Hilton hizo el milagro de la fraternidad en un pueblo azotado por el dolor y el crimen hacía pocos años. Aquello era un ambiente de complicidad colectiva y era muy fácil romper el hielo con cualquiera. Estaba la broma local, la anécdota del sincretismo del primer y tercer mundo: Paris va a comer gorditas, Paris va traer fayuca, Paris va a formarse en la fila de los elotes.

De pronto un estruendoso griterío retumbó en los muros del poniente: Paris Hilton llegaba por la calle Acuña en una camioneta gris cerrada, detrás de un camión Torreón-Gómez y un operativo de policías municipales en patrullas y motos.

Casi al mismo tiempo, sobre la multitud, se vio una gran ola de brazos sacando sus celulares para grabar el momento. Paris Hilton llegó y Torreón la recibía como a Cristo Rey en a Jerusalén sobre un burro blindado de donde se bajaron primero los escoltas, y en medio de un huracán de gritos, música pop y flashazos como diamantes.

Bajó de la camioneta la mismísima Paris Hilton, una de las herederas más importantes del mundo; superestrella de MTV, precursora de los reality shows y pionera de los videoescándalos sexuales. Paris Hilton bajaba del carruaje color plomo y los policías municipales la rodeaban como un crisantemo, nobles guerreros de adobe terracota con la mirada encendida de proteger el Santo Grial.

Foto de Jesús Flores

Foto de Jesús Flores

 

Llegué casi a un metro de la valla de protección. Pude verla muy bien y me sentí como el Papa frente a la tilma sagrada del Tepeyac. Paris Hilton lucía un vestido largo, negro y fresco, gafas oscuras de su propia marca y un bolso también con su nombre. Frente a mí se convulsionaba en gritos una porra de jóvenes obvias, y Paris Hilton, ya colocada en el entarimado, dijo: Hello, Torreón!

Me sentí integrante de la porra que tenía adelante y que se embonó frente a mí, con las sentaderas sometiendo cada vez más mi área genital. No había problema, era la alegría de estar viendo un portal hacia el reino de los privilegios materiales, lo más cercano que teníamos a Britney Spears, su amiga de juerga.

Los quiero mucho. I love Torreón. Hola, hola. Gracias. My new zapatos. Muy caliente, decía Paris Hilton mientras firmaba la suela de un zapato rojo con un prominente tacón dorado que luego colocó en una vitrina que tenían sobre un capelo donde estaba el otro del par.

Luego Paris Hilton dio un discurso en inglés. Por no entender lo que decía, la mayoría le gritábamos cosas como ¡Paris, también nosotros te queremos! ¡Paris, llévame contigo! ¡Paris, dame dinero! ¡Paris, te traje tamalitos!

Procedió el acto inaugural y al son de a la bio, a la bam, a la bim bom bam, Paris, Paris, ra ra ra Paris Hilton cortó el listón de apertura de la nueva zapatería, y antes de entrar con su séquito, volteó y nos dijo I’ll be back. I love you.

Todo aquel estruendo que se sintió con la llegada de nuestra celebridad de pronto se fue disipando, y la multitud bajó lentamente su euforia y la rebobinó para cuando volviera a salir. Según los medios asistieron al evento más de dos mil personas, y desde mi lugar se veía la cuadra llena, carente de hueco alguno. Estaba atardeciendo y la tenuidad del ocaso iluminaba los rostros ensimismados de los espectadores.

Hacia el oriente está el mercado Juárez, y ese día parecía un puerto de gran prosperidad por la multitud que lo enmarcaba. Al poniente está la enorme pantalla donde aparecía constantemente la imagen de Paris Hilton acariciando un unicornio, cubriendo la mitad del paisaje a contraluz, por donde se metía el sol detrás de una pequeña montaña: es el Cerro de la Cruz, un barrio viejo de Torreón de carácter fuerte. Luego se ve la Plaza de Armas, el verdadero corazón de la ciudad, en donde siempre se ha dicho que hay tesoros enterrados de inimaginable riqueza.

Foto de Jesús Flores

Foto de Jesús Flores

 

 

El Hotel Galicia. La Michoacana, Los lonches de adobada. El camión Polvorera Carta Blanca. Martín, el vendedor de empanadas con los ojos más rojos y más brillantes por el subidón de la piedra. Gente bonita. Gente contenta. Gente tomando una decisión. Pero el arrimón delantero dejó de sentirse.

Durante los más de veinte minutos que Paris Hilton estuvo en la tienda cumpliendo con sus obligaciones de celebridad, la multitud guardó distancia entre sí y dejó de verse la complicidad colectiva, cada quien estaba asimilando e interpretando la experiencia a partir de sus propios recursos de apreciación. Era un estado meditativo que se alimentaba de sueños y suposiciones.

Yo, por ejemplo, pensaba en qué pasaría si le andaba del baño a Paris Hilton camino al aeropuerto, con un torzón inevitable, ¿a dónde la llevarían a descargar la bacteria? ¿A una gasolinera, a un Oxxo, a los baños de Soriana donde en ese momento estarían dos hombres en el mingitorio viéndose los penes y al otro lado del muro Paris Hilton deshaciéndose en diarrea por comer algo de aquí? ¿O de plano en un terreno baldío del Periférico, donde sus escoltas le harían casita con sus sacos, y le proporcionarían sus pañuelos blancos para limpiarse?

La multitud seguía en vigilia, expectante de su regreso. Las obvias que tenía delante estaban absortas en su grupito, compartiendo el acontecimiento en sus redes. Se tomaban selfies y secundaban las canciones con un inglés bien pronunciado. Se oía también el perifoneo constante de las promociones del sistema de vales, a seis y diez meses. La conductora del evento no dejó en ningún momento de mencionar las promociones. ¡Estrene hoy y empiece a pagar hasta la primavera!

De la zapatería salieron primero las Reinas de Belleza de Coahuila y Durango, tomándose fotos con la muchedumbre de fondo. Otra vez el clamor popular empezó a sentirse. Paris Hilton salía de la zapatería después de convivir con locales influyentes, representantes del equipo de futbol y las más eficientes promotoras de vales.

Se dirigió nuevamente hacia la camioneta gris en la que había arribado. Una nube de fotógrafos, seguridad pública y escoltas personales la seguían, y ella nunca dejó de tomar fotos y videos para sus redes sociales en diversos teléfonos celulares que le proporcionaba su asistente asiática.

Torreón se hizo visible en las cuentas de Paris Hilton y gente de otros lugares la invitaban a que fuera a visitarlos a Hermosillo, Monterrey, Ciudad Mante, Guatemala. Antes de meterse a la camioneta, Paris Hilton se detuvo en el estribo y desde allí comenzó a repartir a diestra y siniestra postales autografiadas con su imagen y el nombre de la zapatería.

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Foto de Jesús Flores

 

 

Primero le lanzó una a la obvia argüendera que tenía delante de mí. Los arrimones volvieron a sentirse. Atacada en su dicha, la obvia empezó a arrempujarse hacia atrás cada vez más fuerte. Luego seguí yo, Paris Hilton aventó una postal hacia mí viéndome directo a los ojos. Yo no lo podía creer, mi euforia se hizo más grande, fue el big bang que me hizo desprenderme de toda clase de ataduras. En el clímax de mi felicidad, de repente, sentí un prominente arrimón entre mis glúteos, una sensación parecida a sostener entre las nalgas un pesado bulto de morralla con vida propia, de una proporción que cada vez se fue haciendo más grande.

Estaba emparedado entre dos cuerpos, fuertes jadeos y gritos desgarradores me reventaban los tímpanos. Quien me daba los arrimones era la güera Alexa, una de las vestidas que originalmente esperaba alejada de la multitud la llegada de Paris; la güera Alexa es conocida en el ambiente por imitar a Paris Hilton en shows de antro y fiestas particulares, y por ganar dos veces el título de reina del bar La Feriecita.

De un momento a otro la güera Alexa, que estaba atrás de mí, recibió también una postal de la mano de Paris Hilton y entró en un estado de trance en el que no dejaba de gritarle ¡I love you, Paris, I love you! Yo también comencé a gritar. De mis gritos jubilares vino un llanto descontrolado que no podía detener: la obvia me había contagiado sus descargas eléctricas. Ella también lloraba y le gritaba a Paris Hilton que no se fuera, que se comprara una casa en Torreón para ir a visitarla los domingos. Ella nos vio y nosotros también la vimos. Después de eso ya nada sería igual para ninguno de los tres.

Entre más llorábamos frente a nuestra celebridad, más fuertes nos dábamos los arrimones. Tan cerca de Dios, tan cerca de Hollywood. Paris Hilton partió hacia el poniente bajo el azul profundo del anochecer.

La obvia, la discreta y la vestida por fin se habían conciliado ante el milagro de su visita. De alguna manera, con nuestras lagrimas, lavábamos las culpas pendientes, pidiéndonos perdón por tantos años de separatismo, insultos mutuos y rivalidades encarnizadas en donde ser pobre, fea, gorda, naca, prieta o pasiva era el pecado más grande e imperdonable. Eso tenía que acabarse, y la visita de Paris Hilton adquiría un sentido místico, quizá era el inicio de un gran cambio social.

La güera Alexa me arrimó su gran pedazo de carne y yo le restregué a la obvia gritona mi decente promedio casero. Paris Hilton se perdió en la avenida Juárez rumbo a no importaba donde. Nos quedaba la certeza de haberla visto a en persona y, sobre todo, tuvimos un despertar los privilegiados con su mirada.

A través de la postal que nos arrojó nuestras manos se juntaron con las de ella y fue lo que nos hermanó en esa epifanía salvaje de arrimón de camarones. La obvia, la vestida y yo, sin hablarnos, nos separamos despacio y cada uno se fue por su lado. La güera Alexa, solitaria, siguió la camioneta gris mientras se acomodaba la peluca removida por todo el jaloneo. La obvia escandalosa y sus amigos se desvanecieron en las luces de los carros del tráfico que volvía a la normalidad.

Esa tarde los comerciantes vendieron más que otros días, la putería generó nuevos lazos ultrabarrios y, por la exposición mediática, los malandros y los policías se portaron bien. Todos quedamos satisfechos; los de arriba, los de abajo y los del centro. Donald Trump había ganado, también la zapatería y nosotros los mirones, y Paris Hilton había hecho más de lo que quizá se hubiera imaginado al despertar al día siguiente en su mansión de Beverly Hills. Pasara lo que pasara, Torreón seguiría de pie.


Autores
Alias: Sebastián Margot, Nazareno Vidales, Valente Gallero y Alexander Matamoros. Torreón, Coah. 1978 Fotógrafo y poeta. Su trabajo ha sido expuesto y publicado en México, EUA, Brasil, Cuba, España, China y Hungría. Autor del poemario Chacal y Susceptible (2008) y de la fotonovela porno de bolsillo El Libro Chacal (2009). Actualmente vive y trabaja en Torreón. Instagram: @jesusflorescompany
Ilustración por Coral Medrano Ortiz
Ilustración de “Nuevas distopías”. Ilustración por Coral Medrano Ortiz.

Despiertas. Das un pequeño salto en el asiento y abres los ojos despavorido. ¿Cuál fue la pesadilla que te despertó así? No recuerdas cuándo te dormiste ni en qué momento abordaste el metro.

Notas un sabor a hierro en tu boca, un dolor penetrante en la cabeza y presión en las piernas. Miras a tu alrededor y está desierto, a excepción de un par de personas dormidas al fondo del vagón.

Piensas en tu situación económica, pero prefieres alejar tu mente de ese lugar. Cierras los ojos y recargas tu cabeza sobre el cristal que tiene algunas palabrotas escritas con navaja. Abres los ojos y reparas en la ausencia del indicador de estaciones. No le das importancia, pero te preguntas a que estación llegarás.

Intentas prender tu celular, pero no enciende, tal vez se echó a perder o se le acabó la pila. De la nada, te llega un aroma a bebé. Se detiene el metro en seco y permanece estático, minutos después retoma la marcha. Vuelves la cabeza hacia atrás y encuentras a una madre con su bebé en el regazo. ¿Cómo no te habías dado cuenta de su presencia?

Los problemas económicos, familiares y profesionales vuelven a tu cabeza: has dedicado toda tu vida a la enseñanza. ¿Qué hacer ahora con el desempleo? Tu esposa te engaña, tu hijo tiene bronquitis, debes el agua, la luz y hasta la renta. A veces piensas en el suicidio. Eras demasiado joven cuando te casaste y no estabas preparado para lo que significaba ser un adulto. Tenías tantas cosas que vivir y lugares que visitar, pero lo hecho, hecho está. “Ya vendrá la solución”, piensas.

Comienzas a sentirte desesperado, el metro no llega a ninguna parte y avanza por el túnel infinitamente. ¿En qué estación estás? ¿Tlatelolco? ¿Copilco? No lo sabes. No sabes cuánto tiempo ha pasado. Se paraliza el metro por segunda vez. Vuelves la cabeza una vez más y ahora hay un vagabundo a tus espaldas. Te reincorporas confundido y te sientas a modo de poder vigilar a tus silenciosos acompañantes.

Tu boca sigue con ese horrendo sabor a hierro y una segunda oleada de dolor ataca tu cuerpo. Tocas tu cabeza y sientes la humedad pegajosa que caracteriza a la sangre. Miras tu mano, está llena de una sangre negra y viscosa. Abres tu mochila para buscar papel y te encuentras con un periódico. ¿Cuándo lo compraste? Tú ni siquiera lees el periódico. Abres y en primera plana, con letras rojas dice:

“Joven se lanza a las vías justo antes de la llegada del Transporte Colectivo”.

Despiertas. Das un pequeño salto en el asiento y abres los ojos despavorido. ¿Cuál fue la pesadilla que te despertó así? No recuerdas cuándo te dormiste ni en qué momento abordaste el metro.


Autores
(19 años) Estudiante de la Facultad de Derecho en la UNAM y amante de la literatura. Su tema predilecto es la ciudad: "Hay dos cosas que amo: la ciudad y escribir de sus diferentes escenarios".

Ilustrador
Coral Medrano Ortiz
(Ciudad de México, 1985) es diseñadora editorial e ilustradora. Su trabajo ha sido publicado en México, Inglaterra y Hong Kong. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Grace Quintanilla (1967-2019).
Grace Quintanilla (1967-2019).

 

El pasado 25 de febrero murió Grace Quintanilla (1967-2019), artista, curadora y gestora cultural. Desde sus distintas facetas creativas, Quintanilla estuvo siempre a la vanguardia en los campos del video, el performance y el arte electrónico. El homenaje que ayer miércoles 27 de febrero se llevó a cabo en el Centro de Cultura Digital (que Quintanilla dirigió con éxito arrollador desde 2012), demuestra que además de la pérdida de una artista valiosísima, la cultura de México se ha quedado sin una de sus personalidades más queridas y entrañables. Tierra Adentro le pidió a Diego Durán la cobertura del evento.


 

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Con una emotiva despedida el Centro Cultural Digital (CCD) rindió homenaje a la vida y obra de Grace Quintanilla (1967-2019), exdirectora del CCD fallecida el pasado lunes 25 de febrero. Mariana Delgado, actual subdirectora del centro, fue la maestra de ceremonias, encargada de ceder el podio a sus compañeros para que expresaran sus condolencias a la familia de la artista y recordar sus últimos momentos. Además, anuncio una exposición futura en el CCD con todas las obras de Quintanilla.

Los vestigios de un artista se traducen en legados”, afirmó Alejandra Frausto, Secretaria de Cultura, quien inició con el homenaje luego de que las cenizas llegaran al recinto y los aplausos prologados cesaran. Frausto informó sobre el último proyecto de Grace Quintanilla: la escuela de arte digital en Tlaxcala, el cual llevará el nombre de la artista (originalmente Quintanilla pensó llamarla La Colmena).

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Grace hizo honor a su nombre al pelear por causas sociales con la mente de una artista. Dejó una verdadera estela de luz; se rodeaba de jóvenes y mujeres talentosas, solo agitaba la tierra para encontrarlos”, recordó Frausto.

Entre la multitud, en la primera fila de las butacas, la hermana menor de la artista visual, Vanesa Quintanilla, subió al podio para tomar la palabra.

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Hay personas que tiene la vida muy ancha; otras tiene la vida muy larga. Grace me dijo esto hace dos días”, relató Vanesa Quintanilla. Las personas más cercanas a los hijos ―Nicolás y Micaela— y el esposo de la artista visual soslayaban la mirada, abrazaban a la familia desde sus asientos. “El protocolo de Grace era el amor”, finalizó.

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El comentario final fue de Roberto Rivero, de la Secretaría de Cultura, quien narró su duelo: “no pude dormir, solo atiné en pegarle a mi computadora. Grace defendió el uso de la imaginación libre: derribar muros para construir ventanas”.

Finalmente, el auditorio apagó sus luces para proyectar un vídeo con fragmentos de la vida de Grace Quintanilla. Eran recuerdos con sus hijos, sus padres, su esposo y sus colaboradores, grabaciones que dejaron una gran ausencia en sus seres queridos, pero un gran legado para el arte. Todo acompañado de la icónica banda inglesa The Rolling Stones con la canción correcta para una persona que, en palabras de Ximena Molina, “dejó una verdadera estela de luz”: she’s a rainbow.

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Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.