En 1889 una noticia terrible sacudió a Nueva York: Eva Hamilton, esposa de un legislador, había sido acusada de haber comprado a cuatro bebés(de los cuales solo uno sobrevivió), para hacerlos pasar como suyos después de un embarazo fingido. Este acontecimiento sacó a la luz un negocio que había permanecido escondido en el bajo mundo de la aristocracia. Para investigar más al respecto Nellie Bly se hizo pasar por una madre en búsqueda de un bebé y se infiltró en la red de traficantes. Posteriormente, Bly iría a la penitenciaría a entrevistar a Eva Hamilton y darle la oportunidad de contar su lado de la historia.
Los artículos de Nellie Bly son el testimonio de una vida dedicada a denunciar la injusticia y la desigualdad.
The New York World/ 6 de octubre, 1889
Un niño inocente vendido a la esclavitud por diez dólares.
El terrible tráfico de carne humana en Nueva York.
Madres crueles y parteras avaras que intercambian a niños indefensos por dinero- Sorprendente indiferencia de los traficantes de esclavos por el futuro de los pequeños- No se hicieron preguntas- Una visita a la partera que vendió el bebé falso de los Hamilton- Hechos impactantes que interesarán a toda madre amorosa del país
Compré un bebé la semana pasada para aprender cómo se compran y venden los bebés esclavos de la ciudad de Nueva York. ¡Piénsenlo! Un alma inmortal intercambiada por diez dólares. Padres, madres, ministros, misioneros: ¡la semana pasada compré un alma inmortal por diez dólares!
Hace no pocos años estuvimos en guerra. Fue un conflicto largo y amargo que costó varios millones de vidas y varios millones de dólares, se suponía que la esclavitud había terminado cuando se desbandaron los ejércitos.
Pero la esclavitud no cesó. Existe aún en Nueva York de una forma mucho más repulsiva de la que alguna vez existió en el sur. Bebés blancos, jóvenes, inocentes e indefensos bebés esclavos, comprados y vendidos cada día de la semana incluso antes de haber nacido. ¡Vendidos por sus propios padres! Los esclavos negros tenían a John Brown para iniciar su marcha hacia la libertad, ¿quién la iniciará por los bebés esclavos de Nueva York?
Varios días antes de comprar al infante anuncie en varios periódicos que estaba buscando un bebé al cual adoptar. No recibí respuestas. ¿Por qué? Porque las personas que adoptan bebés de manera legítima y con buenos propósitos no esperan comprarlos y aquellos que ofrecen bebés en el mercado esperan venderlos y no los regalarán.
El bebé
Primero fui a ver a la señora Dimire. Vive cómodamente en una casa en la calle West cuarenta y ocho. Una criada impecablemente vestida me hizo pasar a un recibidor de apariencia artística y acogedora. El piso estaba suavemente alfombrado, las ventanas tenían cortinas de encaje y estaba lleno de fotografìas, macetas hermosas y valiosas figuras de colección. Unas puertas grandes, corredizas y de cristal cerraban una pequeña habitación en la parte trasera. Cuando la puerta se abrió para que entrara Madame Dimire, dos perros skye terrier tropezaron entre ellos en su locura por entrar primero. Madame Dimire es una mujer alta y gorda, con papada y ojos oscuros. Llevaba una bata holgada hecha de algún material delgado tan blanco como el gato que yacía acostado cerca de la ventana.
—¿Es usted la doctora Dimire? —pregunté.
—Sí —respondió haciéndome una seña para que me sentara.
—¿Usted puso el anuncio sobre un bebé en venta?
—Sí —respondió de nuevo con una sonrisa creciente—. ¿Quiere un bebé?
—Sí. ¿Aún lo tiene?
—Bueno, usted es la octava persona que ha preguntado hoy por él —respondió complaciente, cruzando los brazos sobre su inmenso cuerpo—. Ahora está en el doctor con una señora que está pensando comprarlo. Necesita un niño rubio. Dijo que su doctor podía predecir cómo saldrán los bebés, así que se lo llevó acompañada de mi enfermera para saber si será rubio. Regresará en cualquier momento con su respuesta, pero hay otra mujer arriba muy ansiosa por quedarse con él. Quería un niño, pero esta pequeña es una niña tan hermosa que se la llevará si no lo hace la otra mujer. ¿Qué tan grande quiere que sea el bebé?
—Bastante joven —respondí despacio, pues no había pensado mucho en la edad. Esperaba, sin embargo, un bebé de al menos unas cuantas semanas
—Bueno, esta nació a las 7 de la mañana de este sábado. Es lo suficientemente pequeña para hacerla pasar por tu hija. ¿Estás casada? —preguntó repentinamente.
—¿Es necesario que responda preguntas personales para poder comprar un bebé? Creía que no —respondí evasivamente.
Nada inquisitiva
—No quiero saber nada de ti. Nunca recuerdo a las mujeres con las que hago negocios —dijo con una carcajada—. Cuando me pagan y se llevan a los bebés de aquí es donde termina mi interés. Te ves tan joven que no pude creer que quisieras a la bebé para ti misma, eso es todo.
—¿Y supongo que nunca pregunta a dónde va el bebé o qué será de su vida? —pregunté rígidamente.
—No pregunto —respondió con rapidez—. Nunca revelo los nombres de los padres; nunca sé quién se los lleva. En cuanto nacen los mando con mi enfermera que no vive aquí. Ahí se quedan hasta que alguien se los lleva. Todos los niños que nacen aquí son de sangre aristocrática. Nunca acepto a la gente común. Justo ahora mandé a una mujer embarazada con mi enfermera para que ella se hiciera cargo de su embarazo, yo no lo haré porque no pertenece a la misma clase que mi clientela. ¿Cuánto piensas pagar por la bebé?
—No lo sé, pues nunca he comprado uno —respondí titubeante—. ¿Cuánto pides?
—No vendo bebés —dijo–, las personas me pagan por mis servicios. ¿Cuánto estás dispuesta a dar?
—¡Diez dólares! —dije, recordando el precio pagado por el bebé de Robert Ray Hamilton.
—¡Oh, por Dios, no! —dijo ella desdeñosamente— Nunca recibo menos de $25. La mujer que la tiene esta tarde dice que si se la lleva me dará $50. ¿Si no la quiere me darás $25? Apúrate a decidir, porque hay una mujer esperando que está ansiosa por llevarse ese bebé.
—Si me parece, te daré $25 por ella —respondí.
Madame Dimire dijo entonces que iría a ver a la mujer que estaba esperando por ese bebé y que si era posible, intentaría persuadirla para que comprara uno de los niños que llegarían a la casa dentro de las próximas 48 horas. Si la mujer estaba de acuerdo, me daría entonces la dirección de su enfermera para que pudiera ir a conocer a la bebé. La mujer aceptó bajo la condición de que si no me gustaba la bebé volvería a casa de Madame Dimire para avisarles que no me llevaría a la bebé.
Sospechas de peligro
—Ahora, antes de que te de esto —dijo la madame sujetando el papel donde se encontraba la clave para llegar a la bebé esclava—, quiero que me des tu palabra de honor de que no eres un detective.
—¿Por qué? —exclamé haciéndome la ofendida— ¡Qué horrible idea! ¿Cómo puede imaginarse algo así?
—Debo protegerme a mí misma —dijo disculpándose—. Si hubieses venido sola y luego publicado lo que dije, podría jurar que mentiste, pero como traes a un testigo… —dijo señalando a mi acompañante— entonces no puedo decir que todo es una mentira; quiero que me des tu palabra antes de que te de la dirección de mi enfermera.
—No sé cómo puedes imaginarte algo así —dije con tristeza—. Estoy tan ansiosa como tú de que mis asuntos se mantengan en privado.
—Evades mi pregunta —dijo ella con suspicacia.
—No soy una detective —dije entonces. Satisfecha, me dio un pedazo de papel delgadísimo en el que estaba escrito el nombre y dirección de la enfermera junto con la siguiente instrucción:
“Por favor muéstrale a la niña e infórmame lo que decida”
Encontré la casa de la enfermera en una vecindad en la calle East cincuenta y dos. Vive en dos habitaciones de un segundo piso.
—No preguntes por ella en los pasillos ni le digas a nadie por qué vas a visitarla —me había advertido Madame Dimire.
A pesar de eso, le pregunté a una persona que me encontré en el pasillo. Cuando entré a la vecindad ella estaba saliendo del departamento que supuse era el de la enfermera, así que creí que podía tratarse de un miembro de su familia. El departamento era pequeño, oscuro y sucio. Pregunté por la enfermera por nombre. La mujer gorda, con un vestido grasiento y los ojos muy separados que había visto en el pasillo dijo que el nombre era suyo. Era muy brusca y sospechosa, cuando le dije que había ido a ver al bebé mantuvo una expresión imperturbable y me preguntó de qué bebé estaba hablando. Entonces le di la nota que la madame me había dado.
Afuera en la lluvia
—La bebé acaba de regresar —dijo irritada—. Una mujer horrible la tuvo afuera casi todo el día porque quería que su doctor la viera para saber si saldría rubia o morena. Supongo que por eso se resfrió, acabo de terminar de darle un poco de aceite.
Nos llevó a una habitación diminuta, pero se arrepintió antes de que pudiéramos sentarnos y nos pidió que regresáramos a la cocina. Dos niñas pequeñas y sucias que no se parecían nada entre ellas la seguían a todos lados.
–Creo que la pueden ver mejor aquí que en la otra habitación —dijo.
En una esquina oscura había una pequeña estufa. Junto a ella había una ventana. Casi tocando la estufa había una mecedora. En el cojín de la mecedora y cubierta por un chal estaba la bebé esclava. La enfermera quitó el chal y me incliné para ver a la pequeña esclava que tenía tan solo dos días de haber nacido y había sido manejada y examinada por muchas personas que pensaban comprarla. Me dolió el corazón por esa pobre esclava. ¡Una bebé de dos días que había estado fuera por muchas horas en un día lluvioso!
Aún así se estiraba. Su cara estaba terriblemente roja, tenía el cabello y las cejas tupidas y negras y una nariz muy recta, lo cual según la enfermera es algo maravilloso para un bebé de dos días, sus pequeñas manos eran mucho más blancas que la almohada en la que estaba acostada. Movía sus deditos débilmente, como si quisiera meterlos a su boca. Se movió nuevamente y un llanto extraño salió de su garganta.
—Se resfrió hoy —explicó la enfermera—, lloró toda la tarde. Hizo un viaje largo y supongo que pasó frío. Por eso suena tan ronca. Le di una dosis generosa de aceite y debería estar bien mañana. ¿Quiere que la desvista?
Lista para ser inspeccionada
—Oh, no, por favor no. ¿Por qué harías eso? —dije preocupada.
—Casi todos los que compran un bebé hacen que lo desvista una docena de veces para asegurarse de que esté bien. Esta es una niña hermosa, grande para su edad —dijo mientras la levantaba de la mecedora. La pequeña esclava me miró con sus ojitos oscuros como pidiéndome que la comprara. No pude soportarlo. Le di la espalda y le pedí a la enfermera que la bajara.
Me apuré a salir de esa casa y regresar con Madame Dimire. Esta vez mi acompañante no fue conmigo, pues no planeaba tardarme mucho.
—Madame, la mujer se llevó a la bebé al doctor y mandó a la enfermera a casa diciendo que ella vendría a verte. La bebé está terriblemente resfriada y si la mujer no se la queda me daría miedo hacerlo yo. Pues le temo a la muerte y no me gustaría comprar una bebé que va a morir.
—Esa mujer siempre hace cosas así de tontas —respondió con severidad—. Esta es la segunda vez que me molesto con ella. Si no se lleva a este bebé la próxima vez tendrá que ir con alguien más.
—Preferiría esperar y probar mi suerte con el siguiente que tengas en venta —dije agradablemente.
—No puedo apartarte un bebé a menos que me des un depósito —dijo ella con astucia—. La razón por la que te hice tantas preguntas en nuestra entrevista fue porque te ves demasiado joven como para querer un bebé. Además estabas acompañada por una dama que se veía muy lista. No dijo ni una palabra, así que pudo haber alegado que no era culpable si algo llegara a pasar. No soy responsable de que una mujer consiga un bebé de aquí y luego finja ante su esposo que es suyo. Casi me meto en problemas, y quizás aún lo haga, por haberle dado un bebé a una mujer que iba a compañada justo como lo estabas tú hoy. Yo fui quien proveyó al bebé Hamilton.
—¡El bebé de Robert Ray Hamilton! —exclamé con sorpresa.
Ella vendió al bebé Hamilton
—Sí, el mismo. La señora Hamilton vino con la señora Swinton por un bebé. La señora Hamilton parecía venir de buenas circunstancias, vestía ropa fina y la señora Swinton se veía lo suficientemente respetable, aunque también increíblemente astuta. No quería darle un bebé teniendo ahí un testigo, justo como hoy en tu caso, así que le dije a la señora Hamilton: “¿Sabe su esposo que va a adoptar a un bebé?” se rió y dijo: “Oh, claro que sí, él sabe que venimos hoy por el bebé” y la señora Swinton dijo: “No tengas miedo de dárselo, ¡mi hijo es su esposo!”.
Madame Dimire me hizo entonces un montón de preguntas sobre mis asuntos domésticos. Quería darme consejos sobre cómo engañar a mi esposo, pues decía que ella entendía mucho mejor de esas cosas ya que tenía más experiencia. Mis respuestas muchas veces demostraron mi ignorancia y aunque se rió de ello, quedó completamente desarmada por mi fingida franqueza.
Después visité otros lugares y obtuve siempre el mismo resultado. Bebés siendo intercambiados por dinero. Aun así debo mencionar dos casos especiales. El doctor O’Reilly de la calle Este cuarenta y nueve era muy astuto. Es un hombre alto, con una cara agradable, cabello ralo y gris, tartamudea. Ocupa una casa entera, tal y como lo hace Madame Dimire y, como ella, está lleno de pacientes con precios altos.
—E-e-e-este es el lugar más ca-ca-caro de Nueva York —dijo con orgullo mientras me miraba de una forma sospechosa e impúdica—. Co-co-cobro una cuota de $100 por entrada. Este es el único lugar en el que encontrará niños de padres aristocráticos. Cua-cua-cuando recibo a una paciente, su vástago se queda conmigo para que haga con él lo que yo desee.
—¿Le hace alguna pregunta a aquellos que se llevan a los bebés?
—Nu-nu-nunca —respondió con una mirada malvada—, no quiero saber quién o qué son ni qué sucederá con el bebé. Eso n-n-no tiene nada que ver conmigo.
El otro caso fue una mujer en el lado este de la ciudad que decía que no tenía y nunca había tenido bebés. Dice que siempre se asegura de que las madres se lleven a sus hijos con ellas y hace todo lo posible para que no los abandonen. Su casa, dice, siempre está abierta a oficiales de la ley que deseen inspeccionarla. Ya que su negocio es legal no tiene nada que ocultar, o eso dice ella.
La señora Scroeder vive en la calle Este cincuenta y ocho. Dirige un establecimiento grande y siempre tiene bebés en venta. Es muy sagaz. Nunca nadie ha sabido quién es su enfermera. En cuanto el bebé nace, es envuelto con una sábana y llevado con su enfermera. Ella entonces anuncia “bebés en adopción”, lo cual significa que ella vende y compra al mismo tiempo. Compra el bebé a la madre en cuanto esta entra a su casa ¡Por una suma no mayor a un dólar! Los vende por lo que pueda obtener.
La lista de precios de los bebés
—No tengo ningún bebé aquí en este momento —me dijo. Esta es su excusa normal—. Si me dices la hora a la que regresarás, tendré un bebé listo para ti.
–¿Cuánto pide?
–Oh, vamos, no me atrevería a vender a un bebé, pero seguramente querrás pagarme por mi atención. Digamos… ¿$15? ¿No? Bueno, entonces $10. ¡No puedes esperar un buen bebé y mucho menos uno de padres respetables por $10!
No regresé. Como no quería mandarme con su enfermera no tuve interés en volver. Un bebé nació en su casa el mismo día en el que estuve ahí.
La señora White de la calle Este cuarenta y nueve compra y vende bebés. Tiene una casa bonita y privada y dice ser conocida de un alto número de hombres y mujeres de la alta sociedad.
—Tengo bebés aquí todos los días —me dijo—. Una dama de Brooklyn se llevó uno esta misma mañana. Si esperas una hora tendré uno para ti.
—¿Niño o niña? —pregunté con sarcasmo.
—No esperarás que te diga eso —dijo riéndose—. Si no quieres esperar dame un depósito y te apartaré al bebé.
—Todo esto es bastante nuevo para mí. Quiero ver al bebé antes de comprarlo –le dije y fui a otro lugar.
—No encontrarás un bebé de gente más deseable que esta —me dijo en la puerta—, la madre pertenece a una familia rica. Su madre la trajo aquí, cuando se recupere regresará a casa y se casará. Su padre no sabe nada de esto, cree que está de visita con unos amigos. Es un asunto fácil y se hace todos los días en Nueva York.
La señora Eppinger vive en la calle Este dieciocho. Es una mujer de baja estatura con una cara inquisitiva, usa un gorro de enfermera y un delantal. La señora Eppinger proveyó a dos de los bebés Hamilton. Ambos murieron.
Un montón de bebés finos
—Puedes obtener bebés de buenos padres de la señora Dimire o de mí, pero no los encontrarás en ningún otro lado —dijo ella, presumiendo.
—¿Cuánto cobra por un bebé? —pregunté valientemente.
—No los vendo, pero siempre me dan algo por mis servicios. La mujer que compró al bebé de hace rato me dio $20 por él. Me puso el dinero en las manos, creí que sería un dólar de plata, pero resultó ser una pieza de oro de veinte dólares.
—¿Tiene a los bebés aquí?
—No. Desde el momento en el que nacen son enviados con mi enfermera. Ella los toma y se los queda hasta que alguien más los recibe.
—¿Alguna vez le hace preguntas a las personas que compran a los bebés? —pregunté.
—No lo hago. No quiero saber nada de ellos.
¡Vendidos al mejor postor para el propósito que le plazca al comprador, sin importar lo que pase con ellos! ¡Vendidos por sus padres y por las tratantes de esclavos!
Se le pide a cada médico, según lo que sé, que haga un reporte cada vez que nace un bebé que incluya los nombres y edades de sus padres y lo mande a la Junta de Salud. Estos traficantes de esclavos bebés reconocen tener un nacimiento al día y aún así, no hacen ningún reporte. La taza anual de nacimiento de Nueva York se incrementaría considerablemente si se censara a los niños que nacen en estas casas.
Compré a mi bebé de la casa de la señora Koehler en la calle Este ochenta y cuatro. Tiene aproximadamente cuatro pies de alto y tres pies de ancho. Ha estado en problemas en diversas ocasiones pero siempre ha logrado escapar del castigo de la ley. Si robara una hogaza de pan sería llevada a la cárcel, pero como solo trafica bebés permanece en libertad.
—Señora Koehler, ¿tiene un bebé en venta? —le pregunté en el recibidor elegantemente amueblado de su casa.
—Sí, tengo uno. Nació hoy a las dos de la mañana —respondió con rapidez, en ese momento eran las tres de la tarde—, es una niña. Te la traeré —y la esclavista salió por la puerta para mostrarme a la bebé esclava.
Creo que esa casa veía al menos una muerte al día, o esa fue la idea que me dio el jarrón lleno de nardos que descansaba en el centro de la mesa. Su perfume era tan fuerte y opresivo que me moví cerca de las ventanas oscurecidas en un intento vano por obtener un soplo de aire fresco.
Tan solo medio día de nacida
—Aquí está la niña —dijo ella al entrar nuevamente en la habitación, esta vez con un bulto en sus brazos. Me llevó a una esquina oscura de la habitación para que la inspeccionara con la excusa de que la luz dañaría los ojos de la pequeña. En realidad quería evitar que viera cualquier marca o defecto que tuviera la esclavita.
Tenía tan solo trece horas de haber nacido y la compré. Aún no había sido llevada con la enfermera, así que le dije a la señora Koehler que la recogería al día siguiente. La señora Koehler ya había tenido problemas antes, así que ahora toma las precauciones necesarias para evitar volver a estarlo de nuevo: organiza que una madre falsa vaya a su casa para presentársela a los vendedores para que ella pueda dar su consentimiento de la transacción de forma escrita en lo que pretende que pase por un contrato. Esto lo hace para evitar que la ley la atrape, pero es totalmente ilegal.
—¿Cuánto quiere por la bebé? —le pregunté cuando regresé el día siguiente.
—Bueno, no podría ponerle un precio, yo no vendo bebés —dijo ella.
Trajo a la bebé a la habitación. La había estado alimentando y la leche tenía un tinte peculiar que parecía sugerir la presencia de drogas y sustancias similares. Es bien sabido que los bebés son drogados a menudo y viven tan solo unos días después de salir de las casas de sus esclavistas. La señora Eppinger le vendió a la señora Hamilton dos bebés: ambos murieron. La señora Koehler le vendió a la señora Hamilton un bebé. Murió. Ninguna de las esclavistas sabe quién vendió a la bebé Beatriz, la única que sobrevivió.
—¿Me darás tu palabra de que esta bebé está saludable en todos los aspectos? —le pregunté a la esclavista.
—Sí. Es una bebé hermosa. Ahora, si me pagas, podemos ir a ver a su madre. Aún no ha conocido a la bebé.
Le di los $10. Miró el dinero y entonces, sosteniendo a la bebé con una mano, me extendió la otra diciendo:
—Por favor dame más. Esto es muy poco por una bebé como ella. ¿No me darás un poco más?
—Ni un centavo por ahora —contesté—. Si la bebé sobrevive, te mandaré un regalo.
Le mandé una copia del Sunday World que contiene este mismo artículo junto con mis agradecimientos.
La madre falsa
En el tercer piso, en una de las habitaciones, yacía una mujer joven y rubia. Estaba platicando con una amiga que había ido a visitarla.
—Aquí está la bebé —dijo la esclavista— y ella es la joven que se la quiere llevar.
Ya sabía el truco de la madre falsa, así que le pregunté a la madre de la bebé la hora en la que la niña había nacido. Volteó a ver a la esclavista en busca de respuestas. Entonces le pasaron el bebé. La sacó del chal. La pequeña esclava que acababa de ser vendida abrió sus pequeños ojos azules como intentando ver por primera y última vez a su madre. Movía su pequeña cabeza y sus manitas con debilidad. Sentí en mi garganta el grito de Hood resonando desde mi corazón: “¡Oh, Dios! ¡Que la carne humana sea vendida por tan poco!”
—Es pequeña, ¿verdad? —dijo la mujer con indiferencia mientras regresaba a la esclava de vuelta con su esclavista sin un beso, una mirada o una oración. Si era en verdad su madre, estaba viendo a su propia hija separarse de ella para siempre sin saber su destino o lo que sería de ella en el futuro.
No hizo ninguna pregunta. No le importaba.
Tomé el papel mal escrito que la señora Koehler me pasó. Esto es lo que decía:
“En consideración de la cantidad de un dólar, la titular cede a su hija a la interesada para que la interesada haga con la infante lo que mejor le convenga”
La madre la vendió por $1. Yo la compré por $10 en este día 2 de Octubre de 1889, año de nuestro señor Jesucristo.
Esa transacción profundamente inhumana y barbárica hizo que se me rompiera el corazón. Quise alejarme de la esclavista y sus pacientes. Con ternura, mi acompañante envolvió a la bebé de dos días y ojos azules en una cobija suave y caliente y dejamos la casa mientras la esclavista me recordaba:
—No olvides mandarme más dinero por esa bebé. Lo vale.
Hace más de dos años me invitaron a un grupo secreto de Facebook en donde mujeres de distintos lugares de México podíamos hablar abiertamente sobre temas que a veces preferimos no discutir en público.
Una de nuestras frustraciones recurrentes era ver cómo la sociedad y los medios de comunicación abordaban ciertas noticias al punto de culpabilizar a las víctimas de violencia machista e ignorar a los criminales, mostrando sus crímenes como actos naturales ocasionados por las víctimas. Un día dos de nosotras decidimos abrir una página en donde tomaríamos capturas de pantalla de esos titulares y los corregiríamos con tinta roja para evidenciar la forma en la que se manipula la información.
Creé la página bajo el nombre de La Correctora y el mismo día la emoción se apagó y el proyecto quedó olvidado. Hasta el 29 de mayo de 2017, día en que condenaron a 50 años de prisión al feminicida de Sandra Camacho: un hombre de 19 años quien la asesinó, descuartizó y tiró pedazos de su cuerpo por distintos basureros de una unidad habitacional de la Ciudad de México. Un hombre que convenció a una menor de edad de encontrarse con él, con la excusa de que la ayudaría a encontrar trabajo; un hombre que asesinó y descuartizó a una adolescente cuando ella se rió de él.
Los medios no la nombraban a ella, los titulares se enfocaban en lo singular de que un chico tan inteligente hubiese cometido un asesinato. “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”, “De ‘genio’ a asesino”, “estudiante modelo”. La prensa, ignorando a la víctima, hablaba de la tragedia de la exitosa vida truncada del asesino, y subrayaba que el asesino no era un estereotipo de película de terror.
Los asesinos de las películas no existen. La violencia no surge de monstruos horribles que brincan desde callejones oscuros, sino de hombres inteligentes que pertenecen a nuestro grupo de amigos, de nuestros jefes amables, de nuestros hermanos preferidos, de “chicos buena onda” que ayudan a todos pero no respetan un “no”, de “jóvenes responsables” que sueltan un puñetazo si una chica se burla de ellos en privado.
Para nosotras no era extraño que un feminicida hubiese recibido una medalla de bronce en el extranjero o hubiera sabido tocar un instrumento, pero para quienes escriben notas en los periódicos y prefieren creer en cuentos que analizar la realidad, sí que lo fue, y por ello ignoraron a Sandra, y cuando la mencionaron fue para agregar que estaba desempleada y había cometido el error de verse con un desconocido.
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Han pasado casi dos años desde ese día y las cosas no han cambiado mucho, porque aunque diariamente se llevan a cabo crímenes similares, la sociedad continúa dando maromas para creer que las víctimas se lo merecen y que los criminales son víctimas de las circunstancias. Y si no lo son es porque son monstruos que salieron de algún cuento de terror.
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Ese día publiqué una imagen subvertida en la que taché “estudiante modelo” y agregué “asesino/feminicida”. No lo pensé mucho, mi intención era llegar a un pequeño grupo de mujeres interesadas en el tema, pero desde el primer momento muchas personas comenzaron a difundir la imagen, a hacer preguntas y ponerse en contacto con nosotras.
Lo que se inició sin un plan muy claro, empezó a crecer gracias al apoyo y a las expectativas de quienes nos leían. Y de una u otra forma nos hizo comenzar a leer, a informarnos más, a analizar situaciones que nunca nos habíamos detenido a pensar, a investigar casos que nos enviaban por mensajes privados y descubrir que los patrones se repetían en los titulares de Hidalgo, Veracruz, Nuevo León y hasta de Perú, Argentina o Costa Rica.
En estos dos años las mujeres siguen “apareciendo muertas”, mientras los hombres adultos que abusan y asesinan a adolescentes siguen siendo víctimas, las niñas de 13 años se prostituyen solas y solas deciden huir de casa con hombres adultos, los asesinatos cometidos por hombres que han amenazado a sus parejas y exparejas durante años siguen siendo considerados “crímenes pasionales”, se sigue asesinando “por amor” y acosando por romanticismo, los nombres de las mujeres siguen sin publicarse y las descripciones de sus asesinos siguen pareciendo biografías de páginas de citas: inteligentes, guapos, exitosos. Fotografías de sus cuerpos golpeados y desmembrados son para consumo público. Los medios actúan como cómplices de la humillación a las víctimas y a sus seres queridos.
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Uno de los primeros casos que subvertí sucedió en Coahuila. El titular decía “Tania Karina quería irse de fiesta, lo hizo; apareció enterrada en casa de su novio”. Un hombre once años mayor que la adolescente de 16 años, y sin ningún vínculo afectivo con ella, confesó haber enterrado su cuerpo en un patio, pero la culpable era ella al querer salir de fiesta.
Unos días después, en Yucatán, un feminicida apuñaló a su esposa, pero el titular fue “Muere mujer acuchillada… por no regresar con su ex”.
Cuando un pederasta abusó de su hija de 4 años, el titular se refería a él como “destacado investigador”, y cuando un hombre mandó asesinar a la hija de 15 años de su expareja, “Fátima fue víctima de amor”.
En septiembre de 2017 Mara Fernanda Castilla fue asesinada en Puebla y en los titulares la “hallaban muerta”; Cabify, la empresa a la que prestaba servicios el presunto asesino, lamentó profundamente su “fallecimiento”, y de acuerdo a un periodista, quien la asesinó “era un hombre normal. O lo fue… hasta que se le presentó una oportunidad de delinquir: una joven hermosa, de 19 años, dormida en la parte trasera de su auto”.
Después de muchas quejas esa parte fue editada, pero no hubo una disculpa. Solo desapareció, como desaparecen los criminales en los titulares.
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Cuando Guadalupe Montoya, de 24 años, fue asesinada por su pareja tres décadas mayor que ella, el caso se publicó con el texto “Tras lesionar con arma blanca a su pareja, Juan Carlos García de 58 años se quitó la vida”; cuando un hombre asesinó a su esposa e hijo para después quitarse la vida, el titular fue “Hallan muerto a hombre, su esposa e hijo…”; y cuando un hombre que trabajaba para el Ministerio Público asesinó a su pareja e intentó suicidarse, el titular fue “Desata agente tragedia en PGJ”.
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Cuando un profesor abusó sexualmente de un alumna menor de edad, lo grabó y subió videos a internet, el caso fue publicado como que un profesor había sido despedido por “subir a la red video porno con una alumna”, mientras los medios culpaban a la adolescente escudándose tras usuarios de redes falsos. Es una técnica con la que medios pueden publicar notas terribles siempre y cuando agreguen frases como “deducen en redes”, “según afirman”, “usuarios señalan”.
Algo similar pasa cuando los medios publican información denigrante para las víctimas como si fueran datos importantes. Como en el caso de Yesica Celene. Además de mostrar una foto de su cuerpo desangrado, los medios publicaron una nota en la que su feminicida decía “por puta te pasó esto”.
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Anayetzin fue apuñalada 16 veces en el vientre por su novio, de quien estaba embarazada y quien después de asesinarla escondió su cuerpo en un clóset y huyó. De acuerdo a un medio “…decirle a su novio que estaba embarazada, provocó que este la asesinara”.
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Cuando una mujer llamó a la policía tras ser acosada por un hombre, la noticia fue publicada con el titular “Busca a novia infiel y termina detenido”. La mujer no le había sido infiel, pues ni siquiera era su novia, pero “la dama sin sentimiento alguno le habló a la policía”.
Cuando dos hombres en Tabasco engañaron a una joven para abusar sexualmente de ella y después asesinarla, el titular mencionaba que había sido “descuartizada por un pretendiente”.
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A veces los medios parecen estar enamorados de los feminicidas. Cuando el día de su cumpleaños 23 Pamela Victoria fue degollada y su cuerpo mutilado dejado bajo una regadera con agua hirviendo, un medio publicó una semblanza del presunto feminicida, su novio y principal sospechoso que aparecía en las cámaras de seguridad del hotel y había sido señalado por trabajadores, enfocándose en sus logros deportivos y habilidades como empresario, todo esto acompañado de fotografías y datos de sus premios. Sus clientes no creían que pudiera ser un feminicida, pues había sido amable con ellos.
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Jazmín, una joven de 19 años, fue asesinada por sus compañeros de trabajo, quienes le debían miles de pesos y estaban inconformes con que una mujer joven fuera su superior. Un titular, “Provocaron deudas la muerte de Jazmín”, daba a entender lo contrario y justificaba su asesinato.
En Morelos una mujer fue posiblemente atacada sexualmente y despertó desorientada. El titular, acompañado de una fotografía de la mujer en el piso, fue: “Se pasa chava de copas y aparece semidesnuda”.
Zuleth, de 15 años, fue asesinada en Chihuahua y los medios publicaron fotografías de su cadáver, indagaron en su cuenta de Facebook y la culparon de su propia muerte por haber publicado letras de canciones populares: “Le gustaba subir frases de narcocorridos a su Facebook; fue hallada ejecutada”.
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Hay formas fáciles de humanizar o deshumanizar a las víctimas. A veces basta decir que una mujer era estudiante, que era la hija y hermana querida, que sus compañeros la buscan y extrañan, que era parte integral de la comunidad, para crear empatía. Pero generalmente sucede lo contrario. Y así, si las mujeres asesinadas eran estudiantes, enfermeras o arquitectas, solo se menciona en los casos en que sus familiares hicieron campañas virales para buscarlas, pero cuando se dedican a la prostitución, eso siempre aparece en el titular. También cuando son extranjeras. Para que todos sepamos que no son de aquí, no son parte de nuestro grupo, que trabajaban haciendo cosas “indebidas”, que tal vez se lo habían buscado al elegir su profesión.
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Beatriz fue asesinada por su esposo en Puebla, pero de acuerdo al titular “perdió la vida tras confesarle a su esposo que lo engañaba con el vecino”. El mismo caso fue publicado como “Beatriz, envalentonada por el alcohol, no midió las consecuencias de su declaración”.
Diana fue asesinada en Querétaro y su cuerpo mutilado fue tirado en una zona cerril, pero su cuerpo “apareció” y se investigaba su “fallecimiento”, a pesar de que el presunto feminicida, su exnovio, ya había sido detenido.
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Muchas veces las madres son culpadas por las acciones de los criminales. Cuando una niña de once años fue abusada sexualmente y asfixiada, según indagatorias por su propio padrastro, el titular fue “Su hija fue violada y asesinada, mientras la madre se fue a bailar con el novio”, ese mismo novio que al parecer planeó todo.
En otro caso en el que un agresor abusó de una bebé, el titular era “Abusan de su bebé, se la encargó a la vecina”.
A veces se viralizan explicaciones falsas que culpan a la madre, como cuando secuestraron a una bebé en Tamaulipas que iba en los brazos de su tío, pero páginas y personas compartían la versión de que la madre había dejando sola a su bebé en un auto encendido.
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En los medios existe un guion implícito que dice que las mujeres somos las culpables de la violencia que sufrimos, y es muy práctico seguirlo porque nos evita pensar, nos evita comparar datos y analizar la información. Pero basta dar un paso atrás para ver que las cosas no son así.
Generalmente los crímenes son bastante claros, y aunque existe la presunción de inocencia y es importante respetarla, se puede mencionar que las mujeres fueron asesinadas y se puede publicar lo que han declarado los criminales confesos. No hay necesidad de pretender que son accidentes o castigos divinos por nuestras acciones imperfectas.
Niña con conejos, técnica mixta sobre madera, 18.5 x 18.5 cm.
“Valentino Clemens y los chicos perdidos de Wonder-Nada” de Isabel Quiroz es la obra ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2018. Forma parte del volumen Teatro de la Gruta XVIII del Fondo Editorial Tierra Adentro en el que aparece junto con las obras finalistas del certamen.
1
Back in the Game
Regreso a mi casa.
En el hospital no quisieron retenerme mucho tiempo.
Soy un pinche sobreviviente.
Aplausos para Valentino Clemens.
¿Qué se dice de él?
—Está bien.
—¿Quién?
—Valentino,
—Sigue con vida, sólo que un poco desubicado.
—¿Quién?
—Valentino.
—Nada que con terapia no se solucione. Rodearse de gente que le haga saber lo importante que es le hará bien.
—¿A quién?
—¿Quién?
Todos están tres metros bajo tierra.
Lorel, Max, Roxine y, para colocar la cereza en el pastel, mi madre sustituta.
Maravilloso, ¿no?
¿Terapia?
Mi mamá decía: “Eso de ir al psicólogo es sólo para los loquitos; tú nomás estás medio pendejo”; así que no.
Además, cero dineros. Ni cómo pagar.
—Crucen la calle, que ahí viene.
—No lo miren. Quiso matarse. No se junten con él.
—¿Quién?
—Valentino.
Pinche hospital de pobres. Podía estar a medio freír, pero como no tengo ni un peso: “Lárgate”, “vete de aquí”, “no me interesas”, “bon voyage”.
Salgo. Sorpresa: encuentro a mi tía en la entrada con la cara parecida a una tabla.
Un consejo para cuando planeen matarse:
en verdad mátense.
No hay nada más vergonzoso en esta puta vida que ver la cara del único familiar que medio sabe tu nombre saliendo del hospital y gritando:
Piensa ahora qué vas a hacer como están las cosas…”
… y peor si le vas a tener que pagar ese pequeño “error”.
“Me hice cargo de los gastos, pero no me es posible cuidarte.
Mientras, puedes quedarte en mi casa.”
Querida tía, si algún día me escuchas: el dinero no importa,
estoy vivo y es más de lo que muchos de mi edad podrían decir;
por ejemplo, mis amig… No importa.
Salud por la vida, amigos.
Max: Señoritas, es hora de hacer un brindis: éste es el momento de nuestras vidas.
Roxine: ¿De qué carajos hablas?
Max: Roxi, querida, no vamos a ser jóvenes para siempre. Éste es el único momento: cada respiro nos acerca a la muerte. Levanten sus cervezas, por favor. Tú también, Valentino.
Lorel: ¿No pensaban esperarme? Y ya hasta me remplazaron… Espera, te conozco: eres el chico que estaba el otro día afuera del bar… qué coincidencia.
Roxine: Valentino estaba solo en las profundidades de esta asquerosa fiesta y de repente, puff, ya lo teníamos al lado.
Lorel: Cuéntame, Valentino, ¿eres de aquí o cómo llegaste a Wonder-Nada?
—Wonder ¿qué?
Roxine: Wonder-Nada.
Lorel: En otras palabras, esta pinche ciudad.
Max: Parece que no escucharon lo que acabo de decir.
Lorel: Yo no.
Max: Estas caras se irán borrando poco a poco. No van a ser más bellas mañana.
Roxine: Da igual, ¿quién quiere vivir para siempre?
Max: Ésa es mi niña. ¿Lorel? ¿Valentino? El tiempo corre… Ay, ya, salud.
Roxine: Por Wonder-Nada.
Lorel: ¿Estás bien, Valentino?
Roxine: No tiene cara de que beba mucho.
Max: Tú déjalo. En todo Wonder-Nada no vas a encontrar personas más jodidas que nosotros, y es en serio: hemos hecho estudios; no profundos, pero sí encuestas y son de fiar.
Lorel: ¿Encuestas?; la gente ni nos mira. ¿Estudias?
—Ya terminé la carrera.
Roxine: ¿Trabajas?
—A veces.
Max: ¿En qué?
—En una tienda. Mi tía tiene una tienda de abarrotes.
Lorel: ¿Y estudiaste?
—Sí. Es temporal.
Max: Claro, y nosotros estamos en esta vida de manera temporal. Pinche Wonder-Nada. Pinche Wonder-Nada, un día nos vamos a terminar tragando sus putas flores y ni así se nos va a quitar el hambre.
Por algún extraño motivo me atraían.
Me pegué a ellos en todas las fiestas, en todos los bares,
en todos los cafés; era su sombra, su groupie, hasta que…
Roxine: Estuvimos hablando. No es que nos importe, pero tienes que darte cuenta de que no eres como nosotros.
Max: Que sea como se le dé su chingada gana y, si se siente incómodo, que se vaya y ya.
Debía cambiar la música que escuchaba,
Los cantantes que amaba, las revistas, los horóscopos, la
gente que quería en mi vida, mi familia;
nada correspondía ya con mi verdadero yo.
Lorel: Sorry, pero de tanto que estamos juntos hasta nos parecemos.
Voy a contarles cómo me convertí en este maravilloso ser que ven aquí.
Sí, a ustedes, porque ustedes son una maravillosa audiencia.
Música:
Mi madre sustituta dice:
“Clemente…”
Sí, ése es mi verdadero nombre; Valentino es el artístico.
“… Clemente, consíguete otros amigos
que sean de bien,
otro trabajo
que pague bien,
otra vida
que sea de bien.
Sé tú.”
Yo digo:
“Madre sustituta, eres…
mi madre sustituta,
lo que significa que no tienes que meterte en mi vida;
la única que puede ya no está con nosotros, así que…
cállate.
Silence.”
Madre S: ¿Qué haces aquí?
—Dijiste que podía venir cuando necesitara tu ayuda.
Madre S: No tengo dinero, si eso quieres.
—Préstame ropa.
Madre S: ¿Qué?
Los cambios siempre son buenos.
Primera fase: Vestuario.
Madre S: Pero cómo se te ocurre que voy a dejarte salir así.
—¿Cómo me veo?
Madre S: ¿No me escuchaste? Esto es idea de esos con los que te juntas, ¿verdad?
—No critiques a mis amigos y no me juzgues. Éste es mi verdadero yo.
Madre S: No es cierto.
—Lo sabrías si me hubieses cuidado, pero no; y mamá Jenny no tenía dinero para andarme comprando ropa: me ponía de la tuya.
Madre S: No pongas pretextos pendejos; no quiero que se rían de mí por tu culpa.
—Se ríen de ti por andar de puta, nada tengo que ver. Luego te la devuelvo, adiós.
Mamadas.
Si está encima de mí y me gusta, es mío.
Aplica para todo: ropa, mujeres y dinero.
Como pueden ver, no la regresé.
De todos modos no creo que le haga mucha falta.
Segunda fase: Un poco de base para mi brillante rostro.
Max lo hacía; es natural.
And I’m ready.
Like a star.
Llego al bar amarillo donde siempre estaban:
una cantinita que lleva como cien años en pie,
con el piso parecido a un tablero de ajedrez,
vasos que dan la impresión de no haberse lavado nunca,
una rocola y la escoria más jodida de la ciudad.
Entra una estrella: yo. Aplausos.
Lorel: Tarde; ya nos vamos.
Max: Te vi y pensé: “Ese individuo no puede ser de este planeta, pero es el señor Valentino”. Nice outfit. Siéntate, hermano.
Roxine: Espero, en verdad, que no tengas familia.
Really? Bueno, hora del drama.
—Mamá Jenny murió hace poco. Me quedé solo y…
Lorel: ¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco.
Roxine: Qué tragedia.
—Tengo una madre sustituta con un montón de hijos y una tía rica, soltera y medio jodona.
Roxine: Qué verdadera tragedia. ¿Es de ella la blusa?
—No, es mía.
Lorel: Sí, se ve.
—¿Y ustedes?
Roxine: No tenemos familia. Yo crecí en la calle, usé ropa que encontré en la basura: de niño, niña o lo que fuera.
Lorel: Igual, no existe.
Max: Yo sí tengo, adoptiva, pero tengo. Espera, ¿qué es eso de la madre sustituta?
—Es mi madre biológica; me abandonó y apareció cuando mi mamá Jenny murió y…
Max: Cállate… Nuestra canción. Denme las manos, niñas, David Bowie sólo estará con nosotros por dos minutos y cincuenta y ocho segundos; no lo podemos hacer esperar.
Y Valentino se queda ahí como idiota. Ellos hablan de
lo que sea; se ríen por lo que sea; viven. Yo…
A la mierda la ropa brillosa, a la mierda la familia, a la mierda ellos.
Ya no están, hijos de puta. Valentino, solo como siempre.