Tierra Adentro

I. VICENTE GUERRERO

—Guerrero, usted que habla el mexicano diga a estos naturales que están libres, y que si quieren seguir nuestras banderas, que los recibiré con gusto.

Guerrero obedeció la orden de Morelos y consiguió que los indios de Tixtla se incorporaran a sus fuerzas.

¿Quién era Guerrero? ¿De dónde venía? ¿Cuáles eran sus méritos y cuáles sus hazañas militares?

El pasado de este oficial se perdía en lo ignorado. La primera referencia sobre su persona era ésta. Y su primera actuación sobresaliente, aquélla, aunque ya en el ejército insurgente ostentaba el grado de capitán y sus compañeros lo tenían por soldado cumplido y valiente, lo que era fácil descubrir en sus miradas vivaces, que iluminaban su broncíneo semblante, y en la aquilina nariz, que le daba un aspecto enérgico y audaz.

Alto, fuerte y ágil a la vez, Vicente Guerrero constituía un bello tipo humano. Su gravedad y su resolución explicaban por qué Morelos, que tan justamente sabía aquilatar el valor de los suyos, se había fijado en él. Y por qué las gentes de su rumbo, que lo conocían, lo amaban. Durante no pocos años lo habían visto transitar, sobre la ruta de Tixtla y la Costa Grande, dedicado a la arriería.

Pero ¿dónde se incorporó a la Revolución? ¿Con qué jefe? ¿Con Morelos directamente? ¿Con Galeana? De su niñez, de su juventud, de sus familiares poco se sabía, sólo que procedía de una humilde familia campesina; que sus padres se llamaban Pedro Guerrero, realista convencido, y María Guadalupe Saldaña, sencilla mujer que “había visto partir a su hijo con doble pesar, porque no era éste uno de los viajes acostumbrados en la vida del arriero y porque su esposo don Pedro no sólo evitó ayudar a su hijo Vicente, sino que prohibió toda comunicación con él” cuando el hijo se decidió a secundar a Morelos en su lucha por la independencia de la patria. Vicente Guerrero “era el hijo único que, aparte de sus padres y su casa, dejaba tras de sí, para ir a esta aventura, a la pequeña Natividad, producto de sus amores con María Nieves”, mujer del pueblo que, allá por los Arenales, se había enamorado del arriero.

Su fe de bautismo decía:

En esta parroquia de Tixtlán, a diez de agosto de mil setecientos ochenta y dos años: Yo el bachiller D. Francisco Cavallero bauticé solemnemente, puse óleos, y crisma, a Vicente Ramón, hijo de D. Juan Pedro Guerrero y de doña María Guadalupe Saldaña…

Allí, en Tixtla, pasó su infancia, sin otro maestro que la vida y sin otro horizonte que el que reducían a mínima expresión las vastas y negras montañas que rodeaban el rústico paisaje. Guerrero no venía, como Hidalgo, de los medios culturales de la Nueva España, ni era, como Morelos, un genio; pero, en cambio, la quemante tierra y las inhóspitas serranías le dieron su carácter. Luchando día a día y desde sus tiernos años contra las fuerzas ciegas de la naturaleza y el medio social en que vivía, adquirió su excepcional, indomable fortaleza de ánimo, que le permitió desafiar peligros y dificultades, privaciones e infortunios. Guerrero tenía, de la abrupta serranía, su dureza; de los bosques y montañas, su persistencia; de los torrentes y los ríos, su ímpetu demoledor. Así recorrió, endurecido en el trabajo, selvas, llanuras y serranías sin fin para conducir, antes que a sus tropas triunfadoras, sus dóciles atajos cargados de ricas mercaderías confiadas, por igual, a su valor y a su honradez.

De su fortaleza de carácter dio pruebas, muy pronto, ante la acometida de la División de Puebla, mandada por el brigadier Llano, contra Izúcar. Ya Morelos había hecho acto de presencia en el Valle de Toluca y su dominio se extendía hasta la costa del Sur; había deshecho a la División de Apam y escarmentado, en otros sitios, a los realistas. Su fama corría de boca en boca y se aprestaba a batirse contra Calleja. Pero la defensa de Izúcar, plaza que sería atacada, indudablemente, por las fuerzas enemigas, representaba para él un problema. No dudó, sin embargo, cuando pensó en aquel joven capitán cuyo valor se había puesto a prueba en Tixtla, y, sin pensarlo más, dejó Izúcar en manos de Guerrero. Y aunque éste tembló por la gran responsabilidad que recaía sobre él, lo celebró también, porque ahora sería uno de los jefes de Morelos.

Así tomó disposiciones para defender Izúcar, sobre la cual se movilizaba el brigadier Llano, con 1500 hombres y 8 piezas de artillería. Mientras Calleja, con la División del Centro, se dirigía a Cuautla para batir a Morelos, Guerrero sintió el enorme peso descargado, de repente, sobre sus hombros. Hasta entonces no había sido sino un oficial subalterno, distinguido, sí, pero un oficial sin otra obligación que la de obedecer las órdenes de sus jefes. Desde ese momento, todo lo que en Izúcar, bueno o malo, sucediera dependería de él, de su capacidad de mando, de su audacia y de su discreción, de su cautela y de su temeridad. Por eso no descuidó nada y activó las obras de defensa y la organización de sus tropas, a las que arengó en nombre suyo y en el de Morelos.

Cuando Llano y su división fueron avistados, Izúcar se hallaba en magníficas condiciones de defensa. A las ya establecidas bajo la vigilante mirada de Matamoros se agregaban las dirigidas por el propio Guerrero, a quien secundaba el padre Sánchez y Sandoval.

Llano inició su ataque el 23 de febrero (1812), pero fracasó, rechazado por Guerrero. Y apurado por Venegas, cuyos planes se trastornaron por las noticias de la resistencia de Cuautla, abandonó el ataque al día siguiente.

Ya no sería Guerrero un soldado anónimo, porque allí, en Izúcar, había nacido a la fama que acrecentaría, cada día, su indomable tenacidad.

Libró, en seguida, una enérgica campaña en el sur de Puebla, y, más tarde, cuando Morelos rompió el sitio impuesto por Calleja a Cuautla, se le incorporó nuevamente para militar, desde entonces, a sus órdenes directas. Lo acompañó a Oaxaca, y recorrió después la costa de Tehuantepec hasta limpiarla de realistas, adueñándose, a su paso, del tabaco y del cacao abandonado por los españoles en su fuga. Guerrero era ya teniente coronel y uno de los jefes que por su capacidad se había hecho acreedor a la confianza de su jefe.

Eran los días en que Calleja, desde México, se dirigía al gobierno español desesperanzado:

Cuando los rebeldes armados discurren en gavillas sin localidad ni asiento, y se componen en su mayor parte de hombres del campo, de los trapiches y de las minas, gente de a caballo, acostumbrada al vicio, a la frugalidad y a la miseria, ni tienen ni necesitan de una administración regulada; sin cálculo ni previsión, vagan por todas partes, roban, talan y saquean donde lo encuentran, ya reuniéndose en grandes masas, ya dividiéndose en cortas partidas, y el daño lo hacen todo refluir sobre nosotros. Esta proporción que tienen de satisfacer sus necesidades del momento y sus caprichos y venganzas tumultuarias, los mantiene en la vida de bandidos; la sangre corre sin cesar; la guerra se hace interminable y el fruto jamás se coge… La fuerza militar con que cuento es la muy precisa para conservar las capitales y varias poblaciones principales aisladas; mas entre tanto una infinidad de pequeños pueblos están en manos de los bandidos. Los caminos no son nuestros sino mientras transita una división; y lo que es más, los terrenos productivos son en su mayor parte de los bandidos, superiores infinitamente en número. Por consecuencia, el tráfico está muerto, la agricultura va expirando; la minería yace abandonada; los recursos se agotan; las tropas se fatigan; los buenos desmayan, los pudientes se desesperan; las necesidades se multiplican y el Estado peligra…

Pero la estrella de Morelos se apagaba. Habían caído ya Matamoros y Galeana. Y aunque el Congreso de Chilpancingo consumaba al fin su misión histórica, el genial insurgente se hallaba maniatado por aquellos mismos a quienes quería salvar. Pensó entonces en reconquistar Oaxaca, dominada nuevamente por el enemigo, y poner en armas el Sur. No podía olvidar lo que aquella región representaba en la lucha por la independencia nacional. Allí vivían sus mejores recuerdos. El Sur había respondido con creces a su llamado, y sólo las rencillas entre los jefes insurgentes permitían ahora que los realistas anularan lo que él con tan firme tesón había construido. Pero ¿a quién confiar una misión que exigía, además de valor, energía, tenacidad y discreción? ¡Ah! Allí estaba Guerrero… Guerrero era el indicado… A él lo nombraría, con el grado de general, para levantar el Sur en favor de las armas revolucionarias.

Guerrero aceptó complacido, aunque no se le ocultaron las dificultades con que tropezaría. Carecía de elementos para iniciar sus propósitos. Morelos no podía darle nada, como nada le había dado Hidalgo a él al encomendarle la conquista de ese mismo Sur que ahora Guerrero debía reconquistar. Así, cuando éste salió de Coahuayutla rumbo a la Mixteca, lo acompañaba solamente su ordenanza.

Largo iba a ser el recorrido, entre fuerzas y territorio enemigos, y no tardó el joven general en palpar, en persona propia, las hondas desavenencias, las envidias, los celos y los rencores que entre los jefes insurgentes se habían producido.

Su llegada a Zilacayoapan despertó, al par que la desconfianza del jefe, el entusiasmo de los soldados; porque para ellos, campesinos del Sur, su nombre era una esperanza; no así para aquél, que, tratando de eliminarlo, le ordenó su incorporación con Rosains, tan intrigante como malvado.

Hombre de campo, y por lo mismo suspicaz, no creyó en la rectitud de Sesma, por lo que, acechando el paso de Francisco Leal, enviado de aquél ante Rosains, logró descubrir la intriga en que se trataba de envolverlo, al aconsejar Sesma a Rosains que “no le diese mando alguno”, y que “se le vigilase mucho”, igual que a Leal, “que era realista y adicto a Guerrero”.

Pero Guerrero contramarchó rápidamente, y se situó a la altura de Papalotla, aunque inerme como se hallaba nada podía hacer sino impedir un encuentro con Sesma. No logró evitar, sin embargo, a una fuerza de 700 soldados que al mando del jefe realista De la Peña apareció ante él. Sólo los separaba, a unos y a otros, el delgado hilo de un río que se deslizaba, mansamente, a sus pies.

¡Dura le resultaba esta primera prueba! Pero quien tuviera por maestro de la guerra a Galeana primero y a Morelos después no carecería de recursos para resolver el apremiante problema que se le presentaba. Así esperó las sombras de la noche, armó con palos a sus antes inermes soldados y cayó por sorpresa sobre el enemigo, que dormía confiadamente. Al amanecer del siguiente día contaba con un núcleo armado y con más de 400 fusiles disponibles, con los que dotó a su pequeño ejército. Y así, bajo su propia dirección, bien comenzaba su vida militar.

No se detuvo, sin embargo, sino que siguió rumbo a Xocomatlán, instalándose en un cerro cercano, desde donde sus soldados bajarían al pueblo en busca de víveres y provisiones con que avituallarse, cuando inesperadamente hizo su aparición una fuerza realista mandada por Félix Lamadrid, quien cargó contra los insurgentes dispersos. Guerrero midió el peligro. Recurrió otra vez a su audacia, y haciéndose acompañar del centinela y el tambor, sus únicos compañeros en el campamento, atacó a los soldados de Lamadrid con ayuda del vecindario mientras los parches repicaban al asalto. A sus fusiles agregó, con esta nueva victoria, un cañón.

No se conformó Lamadrid con su derrota. Pero tampoco Guerrero se conformó con aquellos desordenados soldados a quienes tomó, como pie veterano, para formar un ejército. Organizó, entonces, una división, se instaló en el cerro del Chiquihuite y, cuando el jefe realista apareció en busca del desquite, se encontró con un enemigo estratégicamente preparado que lo derrotó y aniquiló por completo.

Luego dio cauce a la imaginación y a su instinto organizador. No olvidaba a Morelos: su capacidad para el mando, para la disciplina y para la organización. Por eso decidió ensanchar su radio de actividades y hacer crecer sus fuerzas para batir a los realistas dondequiera que se hallaran. Pero tendría, si quería lograrlo, que formar una división, que equiparla, que disciplinarla, que foguearla y que imbuirle su moral de victoria. Tendría, asimismo, que establecer una maestranza.

Marchó a Xonacatlán sin dejar de meditar en sus propósitos. Mas, como solía acontecer, el cura del lugar estorbaba sus planes. Y aunque trataba de engañarlo fingiéndose su amigo, ya estaba él en posesión de las pruebas que le revelaban su complicidad con los realistas. ¿Quién, si no, había avisado a Joaquín Combé de su presencia en la población? Con todo, sin demostrar encono, Guerrero fingió también e hizo entrar en confianza no sólo al cura, sino al mismo jefe realista, abandonando la plaza sólo para retornar cuando el enemigo dormía, derrotándolo completamente.

Guerrero no abandonaba sus pensamientos. El nuevo sesgo que tomaba la lucha, en el Sur, agradaría a Morelos. Ya Rosains y Sesma, convencidos de su influjo en aquella región, pretendían un acuerdo que él vio con recelo. La Constitución de Apatzingán había sido promulgada. El sueño de Morelos era una realidad. Y el suyo estaba en vías de realizarse. Así lo demostraban sus recientes victorias y millares de testigos para contarlo. También la desesperación del gobierno virreinal, cuyos decretos eran reveladores: el de la acuñación de $300 000.00 cobre con el encarecimiento inmediato del costo de la vida; el de la contribución directa sobre las utilidades de todos los capitales e industrias, así como sobre las rentas y los sueldos y, más tarde, el del aumento del derecho de alcabala en 6% para el comercio interior del virreinato. No bastándole aún, el 15 de noviembre (1814) Calleja promulgó un bando que ampliaba la duración del gravamen de 10% sobre las fincas urbanas por todo el tiempo que prevaleciera el estado de guerra. Y todavía recurría al consulado solicitando un préstamo de $500000.00, de los que obtuvo, inmediatamente, $300 000.00

Coincidieron con estos decretos el restablecimiento de la Inquisición, el uso de la horca y las penas de azotes, en la picota y en burro, desterradas tiempo antes, con que Fernando VII iniciaba su reinado.


Autores
José Mancisidor Ortiz nació en el año de 1895 en el puerto de Veracruz y muere en el año de 1956, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Escritor y periodista. Desde 1930 se dedica al magisterio en la Escuela Normal de la ciudad de México, al mismo tiempo que trabaja como periodista y novelista. Director de la imprenta del gobierno de Veracruz. En 1932 imparte la asignatura de historia de México en la Escuela Normal Veracruzana Enrique C. Rébsamen. Colabora en la revista Simiente, edita la revista Ruta, crea su propia editorial llamada Integrales y publica sus primeras novelas: La asonada y La ciudad roja. Autor de diversas obras históricas sobre la guerra de Independencia, sobre Juárez y sobre la Revolución. Sus novelas tienen como tema la Revolución o el nacionalismo. Autor de Cuentos mexicanos del siglo XIX y Cuentos mexicanos de autores contemporáneos; y de varios ensayos dedicados a Zola, Marx, Lenin, entre otros.
Fotografía por Socorro García Bojórquez.
Fotografía por Socorro García Bojórquez.

 

Al escribir se crean mundos posibles que permiten que el escritor y el lector se trasladen a sitios distintos de los que habitan. Por ello la literatura es un medio de libertad, de emancipación y de construcción de universos alternativos regidos por las proyecciones que tiene el escritor del universo. Esta entrevista se centrará en la última obra de Sylvia Arvizu: Las celdas rosas (NITRO/PRESS, 2018) donde se visibiliza y hace eco de las voces del penal a través de 23 crónicas políticas, históricas, espeluznantes, bellas, nobles, mórbidas, que avanzan con un ritmo trepidante y reproducen los claroscuros de la vida en el penal.

Cuando entré al mundo de la cárcel entendí que detrás de cada orden de aprehensión hay espacios grises, altamente humanos, deterministas en la mayoría de los casos, a partir de los cuales es difícil parcializar. He tenido alumnas que mataron a sus esposos porque éstos violaban a sus hijas más pequeñas. A niñas que asesinaron a sus padres biológicos porque se aprovechaban de sus cuerpos y vertían en ellas toda la furia, la ignorancia, la falta de futuro, y todos los postulados machistas que se reproducen día a día en chistes, en programas de televisión, en las calles, en las oficinas, en las noticias, en los idiolectos. Las mujeres y niñas que conocí y con las que empaticé en los penales y centros intermedios son, en su mayoría, mujeres que se defendieron. Sylvia lanzó ácido a su expareja para defenderse de sus golpes. Su condena: veinte años. Hace trece que ingresó al CERESO. La vida no puede reducirse a un solo acto. Tampoco es justo que la vida acabe cuando la defensa personal domina la conciencia.

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Conocí a Sylvia a través de un programa de prevención del delito que consistía en llevar cursos artísticos a las cárceles. Yo era la encargada de dar los talleres de creación literaria para niñas y mujeres adultas. Mi papá es abogado y siempre pensó que yo también lo sería. Sin embargo el mundo de las condenas siempre me ha parecido turbio y despiadado. Por eso preferí las letras: para iluminar y liberar. Como sea, distintas causalidades me llevaron a tomar el empleo. Aceptar este trabajo ha sido una de mis mejores decisiones en la vida. La cárcel me transformó en un ser humano con más ética y menos judicativo. Lo anterior no sucedió a causa de las políticas ocupacionales de la prisión ni mucho menos debido a las enseñanzas de doctrina religiosa que imparten en sus aulas, a veces pareciera que la Historia no nos ha enseñado nada, sino por la manera extrañamente cordial con la cual se conducían las reclusas. Uno esperaría oquedad, mucho fango, pero sus pensamientos libertarios iluminaban los espacios de todas las creaciones literarias que construían. ¿Cómo es posible que alguien se resigne sin perderse en la penumbra? La literatura las reinventó. Todas y cada una de mis alumnas se transformaron al redescubrirse. Sylvia no me necesitaba. Ella era la soberana de sus libertades textuales. Y no es que romantice a la literatura, pero nunca había experimentado esa curación a través de las letras. La literatura te salva cuando no hay nada más. Y con esto no quiero negar su carácter utilitario como móvil de la empatía o de las posibilidades que ofrece para la consolidación de un pensamiento crítico que visibilice las otredades. Sin embargo, la función práctica de la literatura la descubrí cuando conocí a Sylvia.

Sylvia Arvizu es comunicóloga de profesión y antes de cumplir una condena en prisión se desempeñó como conductora de radio en Hermosillo, Sonora. Su caso se convirtió en un circo massmediático, porque cuando alguien reconocido termina inmerso en un crimen, la gente siente que tiene la responsabilidad de seguir la historia. Le han revocado la posibilidad de salir bajo fianza en muchas ocasiones. El último argumento de un juez que le negó la libertad anticipada fue que sus múltiples reconocimientos literarios (ha ganado una cantidad sorprendente de veces el Concurso Interpenitenciario de Literatura “José Revueltas”) y su buena conducta no son motores suficientes para otorgarle un beneficio anticipado de libertad. “Que su alto coeficiente intelectual es un inequívoco indicador de su alto nivel de peligrosidad” (Las celdas rosas, 8). Ahora resulta que es peligroso pensar. Y sí, siempre lo ha sido.

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Selene Carolina: Es de verdad un placer poder estar a tu lado de nuevo. He visto cómo vas creciendo y cómo te posicionas como una de las voces sonorenses con más impacto dentro y fuera del estado. ¿Qué significa escribir desde el encierro?

Sylvia Arvizu: Escribir desde el encierro significa lo mismo que pintar, cantar, coser una costura u hornear un pan. Significa una continuidad. Que aquí adentro se sigue viviendo. Significa seguir respirando, seguir existiendo. Que la vida no termina al cruzar el portón principal.

 

SC: Eres autora de tres libros: Breve azul (2008) Mujeres que matan (2013) y Las celdas Rosas (2018). Todos ellos han sido escritos en prisión y, a pesar de sus diferentes estéticas cada uno tiene una línea que los conduce: el mundo tras las rejas. Explícanos ¿cómo has construido cada uno de ellos y cómo la literatura ha funcionado como un dirigente de catarsis dentro de tu vida en el penal?

SA: Cada libro tiene una personalidad distinta. Yo creo que tiene mucho que ver con mi desarrollo como persona dentro del penal. Breve azul, que fue el primero, fue escrito con la inocencia de los primeros pasos de un niño. No lo escribí pensando en su publicación. Era más bien como un diario, un desahogo personal. Cuando lo lees se observa la ingenuidad de cuando comienzas a escribir. En él se puede advertir mucha tristeza y nostalgia porque acababa de perder la libertad, estaba muy reciente todo, por eso se puede leer un dolorcito entre líneas. Breve azul es uno de los textos del libro y lo hice con la ventana de mi celda en mente. Cuando pierdes la libertad, te amputan un pedazo del alma y te roban los colores del horizonte, te roban lo último que queda al final de la calle porque no alcanzas a ver. Entonces lo único que nos queda es ver el cielo por la ventana e imaginar que la ventana es un cuadro, un pedacito de afuera, un breve azul, pero que ya es parte de cada quien.

Cuando escribí Mujeres que matan ya tenía más años en la cárcel y obviamente se puede ver un poco más mi manera de ser, de indagar. Me coloco a mí misma como investigadora, observo a mis compañeras, pero lejos de enfocarme en el delito y en el morbo de la sociedad, prefiero plasmar el lado humano: a qué jugaban cuando eran niñas, qué cantan o cómo se pintan la boca por las mañanas dependiendo de su estado de ánimo. Algunas encuentran consuelo en una boca roja intensa.

Las celdas rosas nace después de doce años en la cárcel. En él encuentro un mejor dominio del territorio literario de la prisión. Soy de las mujeres que tienen más años aquí. Por eso en este libro se puede leer una historia consolidada de mi convivencia con las demás. Este libro creció junto conmigo. No se ve tanto el dolor como en Breve azul, aunque siga existiendo. En Las celdas rosas se puede observar una especie de aceptación, sin embargo no se trata de resignación o conformismo, porque la pelea por la libertad sigue, por eso puede leerse una lucha distinta a la del primero.

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SC: Las celdas rosas (NITRO/PRESS, 2018) te hizo acreedora del premio del Concurso del Libro Sonorense en el género de crónica en el año 2017. Es sabido que las mujeres que han ganado el CLS son muy pocas y entre ellas podemos encontrar a Eve Gil, Sylvia Aguilar Zéleny, Cristina Rascón y Claudia Reina, por nombrar a las escritoras más premiadas de Sonora. Tú ganaste el CLS al igual que ellas, por lo tanto has pasado a la historia como una de las pocas que han sido merecedoras de tal galardón. Tu logro es trascendente, no sólo por ser una mujer frente a un gremio dominado casi en su totalidad por la escritura masculina, sino porque escribes detrás de las rejas, porque describes realidades inasibles para muchos de nosotros. Platícanos cómo fue el proceso creativo de Las celdas rosas.

SA: Comencé a participar en los concursos interpenitenciarios de dramaturgia, pintura, cuento y poesía con la intención de probarme. Gané los primeros premios, pero pensé que tal vez ganaba porque estaba en un espacio cerrado. Quería convencerme a mí misma de que mis letras no estaban tan descabelladas, que lo que yo escribía funcionaba. Finalmente decidí que debía de salir de mi zona de confort y ponerme a prueba con los escritores que se dedican de manera profesional a la escritura, que se consagran al oficio de las letras. Lo hice en 2017, cuando Carlos Sánchez me comentó que la convocatoria se había vuelto más accesible porque cambiaron la modalidad de envío a electrónica. Antes tenías que imprimir un millón de hojas y encuadernarlas. Con esta información supe que tenía que aprovechar la facilidad. Después de eso me senté a escribir un libro pensado para el concurso. También integré relatos que ya tenía y que me parecieron adecuados a la temática. Mira este cuaderno (saca un cuaderno de su mochila).Este es el orden de los relatos en el libro (señala un índice escrito a mano). Cambió muchas veces. Así trabajo yo, en el cuaderno. Después de que están listos los cuentos voy al aula de cómputo a transcribirlos para no estar pensando enfrente de la pantalla. No puedo perder tiempo, hay un horario que se tiene que cumplir en el centro de cómputo. Mira (señalando el cuaderno) éste es el texto “De pico y pala” que le escribí a mi papá. Aquí está tachado de nuevo el orden de disposición de los relatos. Así escribo, corrijo y tacho dentro del mismo cuaderno. Estos son los garabatos reales de Las celdas rosas.

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SC: ¿Cómo recibiste la noticia sobre tu premio?

SA: Una de las cosas que para mí es muy importante mencionar porque tiene que ver con lo atractivo que me pareció participar es la siguiente. He solicitado cuatro veces un beneficio preliberatorio. Para esto hay ciertos requisitos que se tienen que cumplir como buena conducta, cierto porcentaje de tiempo compurgado, en fin, muchas actividades que tiene uno que cumplir aquí adentro del centro. Pero también viene un gasto de reparación de daño. Mi gasto asciende a sesenta mil pesos. Cuando veo en la convocatoria que los primeros lugares de cada categoría ganan sesenta mil pesos, yo dije: esto es una señal. Entonces me animé. Junto a mi cama, tengo un pizarroncito de corcho donde pongo la foto de mi hija y notas con cosas que no tengo que olvidar. En un ticket escribí algunas cosas que le iba a encargar a mi mamá: pasta de dientes, etc. Ahí mismo puse un recordatorio con un asterisco: “no olvidar ganar Concurso del Libro Sonorense”.

Cuando uno está en la cárcel siempre está esperando algo: esperas visitas, esperas algo del juzgado. Por esperar el resultado del juzgado se me olvidó que tenía que esperar los resultados del concurso. De verdad. Aquí otras esperas toman prioridad, y yo estaba esperando eso: el resultado de mi libertad.

No me acuerdo si me estaba bañando o qué estaba haciendo, pero me comenzaron a gritar que me reportara a la oficina. Una de las muchachas me preguntó si quería que ella fuera a preguntar qué pasaba. Entonces va esta muchacha y después de un rato, regresa y me dice: “que ganaste algo, que es muy importante y que felicidades, y ya me voy porque se van a acabar las tortillas” y se fue. Ya al ratito la coordinadora me dio la noticia, pero eso no fue tan importante como esperar el día de la ceremonia. Eso fue para mí todavía más importante. Desde que me dijo la licenciada que alguien tenía que asistir en mi lugar. Hablé con mi familia. No puedo disponer de su tiempo, además se han acostumbrado durante muchos años a que gane premios. No entendían la magnitud de éste. Entre ocupaciones labores y la vida diaria, la que aceptó desde el principio fue Silvana, mi hija. En ese entonces tenía once. Le pregunté a la licenciada si mi hija podía recibir el premio y me dijo que iba a checar el protocolo y efectivamente no había nada que impidiera que Silvana fuera. Ella me decía que iba a ser muy valiente, que no le iban a dar nervios, que me iba a representar. Eso fue lo que más me llenó de felicidad: ella recibiendo el galardón. También hubo mucha apertura por parte de la autoridad. Pensé que cuando abrieran la plica y se dieran cuenta de que estaba en la cárcel me quitarían el premio. Pasaron mil ideas por mi cabeza. Tenía miedo también de que se menospreciara mi logro, que no trataran bien a Silvana. Pero no, fue muy emotivo, le dieron mucha importancia. Cuando veo los videos se me pone la piel chinita. Los del ISC, el Gobierno del Estado y la coordinación del CERESO, todos se portaron excelente.

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SC: Cuéntanos la historia detrás del título de Las celdas rosas.

SA: Aquí en el centro hay muchas actividades, muchos talleres, programas. Siempre estamos muy ocupadas y una misma mujer está haciendo una cantidad sorprendente de actividades al mismo tiempo. Entre esas actividades hay un campamento anual para hijas e hijos adolescentes de madres privadas de la libertad. Ese día podemos ver a nuestros hijos desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, es el día que más tiempo pasamos con ellos. Hay actividades, pláticas para control de adicciones y violencia intrafamiliar, vemos una película, hay albercada y comida. Es un acontecimiento muy esperado para nosotras. Cruzan la puerta y te rompes tres días, pero vale la pena. Silvana ya tiene muchos años viniendo y es la más conocida de todos, creció en estos pasillos. El texto homónimo al libro habla sobre ese día.

En esa ocasión fuimos al baño y ella volteó hacia la parte interior de los pasillos, donde están las celdas y me preguntó si ella podía pasar para allá. Le expliqué que no. Se puso un poco triste porque me dijo que quería conocer mi cuarto. Le comenté que no se perdía de nada. “Es que yo quiero ver qué es cuando te despiertas qué es lo primero que ves”, me dijo. “Una foto tuya es lo primero que veo.” “Sí, ya sé, pero no me es suficiente. Quiero saber qué respiras, dónde te cambias, cómo está acomodada tu ropa, todo eso quiero saber. Y de qué color  son.” “¿De qué color son qué?”, le pregunté. “Pues las celdas”, me dijo. “Algunas blancas como ves aquí afuera y otras beige como ves estas paredes”, le contesté. Ya de regreso del baño me dijo que deberían de ser rosas. “Las celdas deberían de ser rosas, porque mi cuarto es rosa y así podrías pensar que estás conmigo.” La frase me taladró el corazón. Ya para ese entonces estaba escribiendo el libro. Me gustan mucho los colores, por eso inicié con el Breve azul. Por mi afición a la pintura me parecen muy sugerentes los tonos visuales.

Días después las chamacas estaban intentando ver la televisión. Solo agarra un programa local, el que da el noticiero. En el programa decían que la Gobernadora iba a entregar unos cuartos rosas. A los días, cuando el canal vuelve a agarrar vimos que la Gobernadora estaba entregando patrullas rosas en contra de la violencia hacia la mujer. Una de ellas dijo que para cuándo las celdas rosas: otra vez la frase. Yo creo en la energía.

En este tiempo tenía mucho miedo de estar escribiendo en la cárcel, a diferencia de los escritores de afuera. Sabía que tenía una sola oportunidad para que los jueces supieran rápido que mis relatos tenían que ver con las mujeres en prisión y por lo tanto con la equidad de género y con la inclusión. Todo eso para mí representa Las celdas rosas. Por eso necesitaba un título que desde el principio los enganchara. Y creo que sí funcionó. Creo que tenía razón. Por eso elegí ese título.

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SC: En las crónicas que conforman tu libro más reciente podemos observar distintos perfiles de los personajes que recreas. Existen algunos textos que narran realidades terribles de las políticas internas del penal y otros más que reivindican las relaciones fraternales que subyacen a la construcción de familias en el espacio de la reclusión. De ahí que Las celdas rosas posea un carácter agridulce, dicotómico y humano. ¿Hubo crónicas que dudaste en incluir, y si fue así, por qué?

SA: Como viste en el cuaderno, cambié el orden muchas veces. Ocurre que no todo lo que se escribe está bien: vas a escribir diez cuartillas bien y cien mal. Cien basura o cien que necesitan modificaciones extraordinarias. Parte del proceso creativo que me parece importante mencionar, porque así es mi dinámica para saber qué textos incluir, se basa en una costumbre que tengo de leerle a mis compañeras. Me siento con alguna y en lo que ella pica verdura, por ejemplo, yo le leo algo. Conforme veo sus reacciones voy modificando: poniendo, quitando. Lo he hecho siempre, infinidad de veces. Porque aquí el común denominador es que no hay formación académica. Así que no existe ese filtro. Ellas no van a adularme, las mujeres son bien netas aquí. Si yo veo que ellas pierden interés cambio el texto o no lo incluyo. Los textos que movieron algo en alguien son los que fueron incluidos. No practico la autocensura para delimitar qué entra y qué no. Más bien me dejo llevar por el timón de las emociones de quienes me escuchan.

 

SC: Antes de estar en prisión te desempeñaste como conductora de radio y tu profesión de comunicóloga te situó en espacios de diálogo y difusión. ¿De qué manera tu perfil académico y laboral influye en la proyección de tus crónicas?

SA: Mucho, pero no es tanto mi perfil académico lo que influye en mis letras. ¿Qué fue primero la gallina o el huevo? Para que existiera ese perfil académico y laboral primero debió de existir uno más personal y antiguo: ¿cómo es Sylvia? Respeto mucho el oficio de los escritores, por eso me cuesta mucho trabajo asumirme como tal. Yo dejo el oficio y lo retomo. Entonces es difícil apoderarme de ese rol. Más bien me considero contadora de historias. Cuando era niña uno de mis juguetes favoritos era una manguera que mi papá usaba para ordeñar la gasolina de una carcacha en la que viajábamos. Escribí sobre esa manguera en alguna ocasión. Mi mamá es de Chihuahua. Todas las vacaciones de verano y de diciembre viajábamos ocho o diez horas por la sierra. Mi diversión era ir narrando el camino. Ponía uno de los extremos de la manguera en mi oído y el otro en mi boca: que la sierra, que Cananea, que vamos pasando Aguaprieta, que el Puerto de San Luis. Pasaba horas hablando. Cuando mi papá no encontraba la manguera me preguntaba dónde estaba, yo nunca se la quería dar. Él sólo me olía las manos y descubría que había estado jugando con ella. La llegué a esconder muchas veces, casi siempre debajo de mi cama.

Por lo anterior, yo me asumo como contadora de historias, no tanto como escritora. Creo que inicié una carrera de comunicación precisamente para contar, ´para narrar mi realidad u otras. Por eso mi perfil, más que lo académico o laboral, era ya, repito: el de contadora de historias.

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SC: En otras entrevistas has expresado que comenzaste a escribir dentro de la cárcel, ¿cómo fue ese proceso?

SA: Cuando llegué a la cárcel, comenzó una marejada de información a causa de la popularidad que yo tenía por trabajar en los medios: todos los días era la nota roja del periódico. Me sentía imposibilitada. Quería poder explicar las cosas. Yo asumo la responsabilidad de lo que ocurrió. Leía notas muy extrañas como: “Los vecinos dijeron…”, “Amigos de la pareja comentan…” Esas percepciones de terceras personas fueron haciendo todavía más distante la realidad. Me sentía atribulada, deprimida. Les acababa de entregar a mis papás a mi hija de tres meses. En la litera de abajo de la cama donde yo estaba ubicada había una muchacha con una bebé. Todas las noches lloraba la bebé y yo me acordada de Silvana. En mis sueños estiraba la mano para acariciar a mi hija y se me estrellaban los dedos contra la pared. Imagina. Un día llega mi papá. Él tiene poca instrucción académica, pero es un hombre muy sabio y con muchísimo sentido común. Es albañil. Cuando me ve toda decaída me da un cuaderno que traía doblado con las anotaciones de su trabajo: colocación de pisos y azulejos por metros cuadrados y de más. Me dijo “escribe”. Le respondí que para qué escribir. “De perdida te va a servir para organizar tus ideas y desahogarte, tú sabrás lo que haces”. Así comencé a escribir. Llené el cuaderno. Uno así como el que te enseñé ahorita pero ese tenía una pasta verde. Esos textos no fueron construidos para ser leídos por alguien.

Los jueves, la cárcel tiene asignadas las visitas de amigos. En una de esas visitas yo estaba con la familia, unos primos y unos amigos, y entonces llegó Carlos Sánchez. Él estaba visitando a alguien más, pero se para de su visita y se me acerca. Me dice que quiere hacer algo, que un proyecto y que sabe qué. Me pregunta que si he pensado en escribir. En ese momento salí corriendo por mi cuaderno y se lo mostré. Le dio dos vistazos y me dijo: “esto es”. Y se fue. Pensé: ¿y este bato loco? Creí que no me había tomado en cuenta, que me estaba verbeando. Con el tiempo le dio forma al proyecto: mi primer libro. Empezamos a ver el diseño de la portada e hicimos una selección de los mejores textos. Después llegó con Venecia, ella fue la que pintó la portada y el apunte para la solapa. Así fui aprendiendo toda la experiencia de imprimir un libro. Todo fue muy fácil, pero gracias a que él me llevó de la mano con mi primer contacto real con el mundo de la literatura. Nunca me imaginé que se podía llegar a esto (señala un ejemplar de Las celdas rosas). Nunca pensé todo lo que se venía después.

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SC: Has comentado que la escritura libera y que los premios son una caricia al ego ¿Cómo impacta en tu posición de escritora el haber ganado en Concurso del Libro Sonorense?

SA: Me sirvió mucho para confirmar que mi camino no está equivocado. Cuando uno llega aquí ya te comenté que hasta los colores se pierden. Yo sé que cuando salga de prisión tengo que empezar de cero en la vida. Con la literatura ya sé que tengo algo. El premio reafirma que la escritura es un camino viable al salir. Los premios, también me sirven para recuperar el respeto, o el cariño y la admiración que me tenían mis papás cuando estaba afuera. Es también la confirmación de que sigo siendo la misma Sylvia. Además necesito que Silvana pueda ver que su mamá hace que el tiempo siga valiendo la pena independientemente de las circunstancias. El premio reafirma todo eso. Es muchas cosas e incluso paga la reparación del daño. Es un requisito menos que hay que cumplir con la ley de ejecución de sanciones, aunque después salgan con otro término legal. Ese año que pedí la libertad anticipada me dijeron que no tenía cómo demostrar que había cumplido con las actividades culturales. El chiste se cuenta solo, sí.

 

SC: ¿Cuál es tu relato favorito del libro Las celdas rosas?

SA: Me gusta mucho el de mi papá: “De pico y pala”, pero también “Taza de café”, porque son muy personales.

 

SC: ¿Soportarías tu condena sin las letras?

SA: Yo pienso que no. Serían trece años de guardar silencio. Es imposible estar trece años callada, tanto aquí adentro como afuera. ¿Soportarías vivir sin letras, sin artes, sin colores, sin expresarte, sin música? Yo creo que no. Es inevitable.

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SC: Sylvia, ¿tienes un nuevo proyecto escritural en puerta?

SA: Sí. Quiero hacer más teatro para mis compañeras. Las veces que lo he hecho me ha encantado la experiencia. Aquí hay mucha avidez por hacer cosas artísticas. Además ellas son unas profesionales, les das una instrucción y saben cómo llevarla a cabo. Cuando recién llegué, hice una pastorela que ganó un concurso latinoamericano que se llamaba “Un pesebre tras las rejas” y en 2018 ganamos el de pastorelas a nivel estatal, yo hice el guión, dirigí y actué. La autoridad te da permiso de jugar porque este tipo de obras son proyectos institucionales. Es muy conmovedor cómo se crean espacios de recreación con dinámicas que generan distintas atmósferas. Con estos ejercicios se fortalece la amistad. Las chamacas son muy receptivas, empáticas, solidarias, y por ello son capaces de darle su toque personal a los personajes. Hacer teatro aquí es maravilloso, pero no por mí, es porque ellas logran algo padrísimo. Mi miedo al final ya no es que se les olviden sus diálogos o que no actúen bien, sino que no se me vaya a ir libre alguna. Qué chistoso, ¿no? ¿Cómo te pido que no te vayas libre antes de que pase la puesta en escena?

Tengo como tres meses con una historia en la cabeza para una obra de teatro: un drama. La tengo que escribir pronto porque no me va dejar descansar hasta que lo haga. El teatro es un acto de fe, es magia, es ilusión. Por eso quisiera mucho poder montar la obra y no que quede solo publicada en alguna antología.

 

SC: ¿Crees que el poder de la palabra constituya en algún momento el móvil para tu libertad anticipada?

SA: No. Las cuatro negativas de mi libertad lo confirman. En algún momento sí lo pensé, pero como no se dió, dejé de creerlo. El corazón hace callo. “Sin llorar” se llama el chiste. Pero de todas formas lo que hago no está condicionado. Si sirviera o no para un beneficio, yo le seguiría haciendo, sobre todo porque desde el “día uno” comencé a hacer cosas. Comencé a involucrarme. A veces cuando ando triste pienso: “ya no voy a hacer nada”, pero no es cierto. Soy la primera que siempre está involucrándose, pidiendo permisos, llegando con ideas. Así soy yo, y, aunque me hayan dicho cuatro veces que no, lo sigo haciendo. Pero sí me llama la atención que el beneficio se me niegue a pesar de todo. La libertad anticipada se evalúa a partir de la evolución dentro de la prisión. Sin embargo el juez dice que yo ya era esa Sylvia afuera y que ellos no han notado un cambio, que por eso todo lo que hago aquí no marca una diferencia, que no me hace merecedora de una libertad anticipada. Pero, ¿qué hago? Sigo siendo la misma porque me gusta ser quien soy. Por eso pienso que para que el poder de la palabra surta su efecto mágico en la persona que la escucha o que la lee, esa persona tiene que tener una sensibilidad requerida. Debe de haber un juez que la tenga. Debe de haber alguno que tenga un perfil creativo, soñador.

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SC: Dentro del penal cumplen con un cronograma de actividades estricto, ¿cómo has adecuado tu tiempo para poder crear universos narrativos?

SA: Primero que todo porque existen los espacios como el que te dieron a ti como maestra de literatura. Segundo, porque dentro de estos programas uno puede solicitar permiso para leer o escribir y tienes acceso a un tiempo extra en la biblioteca. Y tercero, porque la literatura es muy amable y, aunque dejes un tiempo de escribir el cuaderno sigue ahí, esperándote con toda su nobleza. Eso es una de las cosas que más me gusta de escribir: que no te exige mucha disciplina. En un sentido estricto la literatura es bondadosa. El libro espera paciente a que uno regrese a él.

 

SC: Por último, al salir de la cárcel tienes muchos planes por cumplir, pero creo que debe de haber alguno que reproduces día a día. ¿Qué es lo primero que quieres hacer cuando cruces ese portón?

SA: Tenía muchos planes, pero ha sido tan difícil reponerme de esas cuatro respuestas negativas sobre mi liberación, así que ya dejé de hacerlos, o por lo menos de hacer planes que tengan vigencia. Ha habido proyectos que he hecho con amigos y ofertas de trabajo, pero casi todos están establecidos dentro de un tiempo preciso. Por eso dejé de hacer planes: para que no fuera tan complicado levantarme. Tengo sueños. Tengo el “me gustaría”. Me gustaría ir con Silvana a la playa. Eso. Recogerla en la escuela: me vuelve loca esa idea. Me encantaría un día llegar por ella sin que sepa que ya estoy libre y poder ver su reacción. Tengo planes con mi familia, pero nada que pueda marcar la diferencia si salgo ahorita o en tres años. También tengo una promesa interna y personal de que cuando adquiera mi libertad: no dejaré la cárcel por completo. No puedo ser indiferente y decir: “me voy y ahí se la echan”. Tengo que hacer algo por ellas. Son trece años de mi vida muy importantes y tengo que tener ese lazo con ellas.

 

SC: Sylvia, muchas gracias por tu diálogo, por la sinceridad inmersa en él, por toda tu humanidad. ¿Quisieras decir algunas palabras como apéndice de esta entrevista?

SA: No soy nadie para decir nada a nadie. Solo quisiera remarcar que cuando lean un libro como Las celdas rosas o que cuando conozcan a alguien que esté o haya estado en la cárcel, no juzguen tan duramente. Es mucho lo que traemos de historia cuando llegamos aquí. Como mujer es más difícil reintegrarse a la sociedad. El hombre sale y se reintegra muy fácil, la mujer carga con el estigma muchos años, mucho tiempo. Y aunque tú digas que he pasado a la historia como una de las pocas mujeres que han ganado el CLS, espero que eso tenga más peso que la razón de mi encierro. Porque a veces pienso que no importa qué tan bien me porte, qué tantos concursos gane, no voy a dejar de ser la locutora que le echó ácido a su marido. Ojalá que la gente fuera más sensible y no nada más conmigo, yo solamente soy un ejemplo. Esperaría que hubiera sensiblilidad de la sociedad de afuera. Con las autoridades hay mucha apertura, ya estamos cambiando. Falta la gente de afuera.

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Autores
Doctora en Humanidades por la Universidad de Sonora. Ganadora del XXV Premio Nacional de Narrativa: Gerardo Cornejo en 2014 y del Concurso del Libro Sonorense en 2018, entre otros. Presidente del Colegio Sonorense de la Lengua y la Literatura. Tallerista de cursos de creación literaria en centros de reinserción social. Autora de los libros: De cuando ellos se narraron (ISC, 2016) y próximamente del libro Love is love o de cómo me ato las cintas (Nitro/Press, 2019). Ha sido becaria del FECAS, FONCA y CONACyT. Es correctora de estilo y su línea de investigación son los estudios literarios con perspectiva de género.

Ilustrador
Socorro García Bojórquez (Fotografía)
Actualmente cursa el doctorado en humanidades en la Universidad de Sonora. Beneficiaria del apoyo FECAS en 2014 y de PACMYC en el año 2017. Participa en diferentes foros de discusión de ideas; publica en revistas especializadas en estudios de género y en la revista … cuando el río suena… letras lleva que publica el Instituto Sonorense de Cultura. Colabora en el programa de radio “Desde el jardín de letras” que transmite Radio Universidad. Es gestora e investigadora de la etnia comcaác del Desemboque de los Seris desde el 2016. Fotógrafa etnógrafa.

Una tarde de primavera, llegó al patio interior de mi casa en Nepantla, una siamesa salvaje de siniestros ojos azul profundo. Por la noche parió seis crías. Las dejó ahí y se fue (ella misma era una cría de seis meses que quedó preñada en su primer celo). No entendió por qué salían bultos de su cuerpo; no se sintió responsable por esas vidas. Regresó dos días después, cuando sus seis hijos —los puse en una caja de cartón y les intenté dar leche— ya estaban muertos. Se instaló en las ramas más altas de un tabachín del patio. Bajaba cada mañana para pedirme mimos y comida. Y yo estaba solo.

La bauticé Sparafucile.

 

El pasto, en Nepantla, ha comenzado a secarse. Por la mañana los volcanes se veían muy claros; el campo olía a calabazas. Ni una nube; el cielo vacío de formas me inspiró desconfianza. Ahora, a las 18:46, es noche cerrada. Martes 22 de diciembre. Sparafucile ha desaparecido. A veces se mete en mi cuarto; lo tiene prohibido. Engañarnos es un juego que nos gusta; sabe que sé, sé que sabe. Todo va a estar bien mientras nos sigamos la corriente. No hay una mujer que nos moleste.

Las mujeres que la han conocido me preguntan sobre su nombre. Sparafucile es el asesino a sueldo que contrata el jorobado bufón Rigoletto para matar al duque de Mantua como venganza por haber violado a Gilda, su hija virgen. Lo interpreta un barítono que, de preferencia, debe medir por lo menos 1 metro con 88 centímetros y tener imponente voz acerada.

Salvo por el elemento sonoro, nunca una gata ha tenido un nombre más adecuado. Sparafucile es una eficientísima máquina de matar; cruel y despiadada. En el patio interior de mi casa, han despertado cadáveres de ardillas, alacranes, palomas, lagartijas, tlacuaches y ratas.

El día se extiende. 22:52. Escribo en la cama. Sparafucile duerme sobre la toalla que le pongo en la banca de afuera, bajo la ventana de mi cuarto. Noche de muchas estrellas y animales inquietos. Sonidos de movimiento y angustia, de amenaza y miedo. Noche fría de luna chica.

No tengo planes para navidad ni para año nuevo.

Mi ruidoso refrigerador con leche, jengibre y huevo. Mañana, al despertar, echaré las tres cosas en una licuadora; mi desayuno.

El jengibre es afrodisiaco, y mucho jengibre nocturno me hace querer ir a la Ciudad de México. Me subo a mi coche (un Tsuru sucio de 1995, verde oscuro con asientos café claro) y tengo tres opciones para llegar a la capital. La elección de la carretera resulta muy importante; determina a cuál de las tres mujeres voy a visitar.

Sparafucile se niega a comer jengibre, lo rechaza con obstinación. Le doy croquetas, atún o sardinas. Si le doy sardinas es porque voy a abandonarla; las huele y salta a la rama más baja del tabachín. Ahí espera, paciente, decidida, a que los pájaros se acerquen a la fuente por agua. Sabe que me encanta el canto de los pájaros.

Sparafucile mata a los pájaros para vengarse de mí. Desde su rama en el tabachín los observa beber agua en la fuente. Los mira ir y venir. Nunca se precipita. Su paciencia es incansable, y sus exigencias estrictas. No ataca presas débiles, enfermas, torpes ni demasiado pequeñas. Busca a los plenos, de alas poderosas y cuerpos elásticos, que suelen ser los más cantarines, de colorido canto alegre y acrobático. Sparafucile se desprende de su rama y derriba en el aire algún pájaro hermoso de un zarpazo. Inmediatamente, le desgarra las alas; evita picotazos, y le permite arrastrarse, ilusionarse con la idea de libertad, para, al final, saltarle encima y seguir desgarrándoselas.

Miauu, miauu, miauu (“¡Mírate, sin alas eres tan vulgar como una rata!”).

Cela que yo admire el canto de los pájaros. Envidia su habilidad de volar y existir en una atmósfera que, a pesar de su pasmosa agilidad, le resulta inalcanzable.

Si los pájaros son rojos, Sparafucile, cosa insólita, olvida la sutileza de su naturaleza verdiana. Todo lo que la distingue desaparece: precisión, inteligencia y elegancia. El odio la desborda y alcanza la obscenidad del Puccini más vulgar, el de Tosca torturada por Scarpia.

 

Me encanta cuando la taza de té de jengibre se me queda medio llena en la noche y, ya frío, es lo primero que bebo por la mañana. Su sabor es el contacto inaugural con la realidad de un nuevo día tras la fantástica ausencia del sueño. Tiene un sabor picante, un poco amargo, que me enciende los nervios de manera instantánea. En estos días de jengibre, estoy en constante estado de alerta.

La mañana se ha hecho vieja. Es casi mediodía. Miércoles 23 de diciembre. Salgo de mi cuarto. Sparafucile toma el sol en el patio. Me observa sin moverse.

Miau, miau (“Hasta que por fin se te ocurre salir y pensar en mí”).

Y luego me cuenta el drama de su existencia.

Miauuuu, miaaau, miiiiiiiauu, miau, mi, mia, miauu, miauuu, miauu (“¡Me persiguió el gato feo!; luego tuve que atacar al gato dorado porque se quería meter a la casa; salió el tlacuache grande, con la boca llena de cáscaras de huevo de gallina y aguacates, y maté cuatro lagartijas, una me mordió la pierna. ¿Ves estas espinas?, tuve que correr porque el perro negro se me lanzó encima; pasé por los arbustos que atacan. Y mira, tú, dormido, como siempre, ¡no me quieres, no te importo y nunca me extrañas!”).

Dos veces he observado a Sparafucile cazar pájaros rojos:

1. Una mañana saltó de la terraza hacia el patio; lo mordió en el cuello a seis metros de altura, y se las arregló en plena caída, con el pájaro rojo en la boca, para amortiguar el golpe con la rama de un árbol y sólo torcerse un tobillo en el aterrizaje.

2. Descubrió el árbol donde el pájaro rojo dormía, y durante la madrugada subió por el tronco, rápida y silenciosa como una serpiente.

Mató a esas dos víctimas de la misma manera. Las conservó vivas durante casi cuatro horas. Les arrancó pedazos muy pequeños, cada 10 o 15 minutos, de cabeza, abdomen y patas. Las dejaba arrastrarse, con las alas inútiles, y caía sobre ellas una y otra vez hasta que, al borde de la muerte, las llevó a la fuente y les abrió el cuello con las garras. El pájaro rojo de la mañana murió ahogado; el de la noche, por falta de sangre. El agua de la fuente se pintó del color de las cerezas.

La flor de jengibre es roja. El jengibre me provoca sueños inquietantes:

1. Sparafucile regresa a la casa ciega, sin ojos, con las dos cuencas vacías.

2. Estoy en un barco con una amante del pasado, en medio de bloques de hielo, mientras, arriba de nosotros, atravesando un cielo blanco, aviones de combate comienzan a bombardear la Ciudad de México.

Voy a la Ciudad de México cuando me aburro. Nepantla es el último pueblo del Estado de México antes de llegar a Morelos por la carretera Chalco-Cuautla. Aquí la gente se dedica a criar caballos y a sacar de la tierra calabazas.

 

En ocasiones mi cuerpo se rebela contra el jengibre. Trago un pedazo grande y siento un dolor agudo en la boca del estómago; una horrible sensación de cerrazón, de que mis entrañas no van a abrirse; sudor frío en el nacimiento de mis cabellos; instantes de íntima asfixia y vísceras enroscadas. Dura tan sólo unos segundos. Luego, el alivio de la apertura: el jengibre cae, encuentra el estómago. Mi cuerpo procesa su fuego. Estos días de jengibre son muy sensuales.

Se ha hecho de noche: 23 de diciembre. Té de jengibre muy caliente. Estoy desnudo en una silla del patio al lado de la fuente. Sparafucile sigue conmigo. La luna pálida y el viento tibio.

No recuerdo cuándo fue la última vez que escuché a Brahms o a Ricardo Castro, a Pierre Schaeffer o a Manuel Enríquez. Me ha faltado espíritu, y sobrado tiempo, que gasto en dormir (los sueños siempre han sido demasiado importantes para mí), en comer poco, en escribir algo, en casi no hablar (únicamente por teléfono con mi mamá).

Necesito un orgasmo. Darlo. Me hace sentir vivo hacer que una mujer se venga en mi boca. Requiero de la ciudad para eso. Ahí viven las tres mujeres. Tres mujeres. Tres mujeres a las que puedo llamar a las diez de la noche y visitarlas dos horas después “para beber algo”. El alcohol resulta muy importante, nos libra de compromisos. No me obliga ni siquiera a ser un efímero amante y a ellas les permite el placer de un orgasmo sin comprometerse a ser penetradas. Soy su amigo del campo, salvaje y tostado, con el que a veces beben demasiado, y que, luego de que se hace muy tarde, no tiene en dónde quedarse. Así será el juego hasta que su patetismo nos canse.

Tres mujeres: Edurne, Amelia y Cristina. Tres mujeres. Tres mujeres.

Sparafucile está arriba de mis piernas. Ronronea. Pongo una toalla sobre mi piel desnuda para que no me lastime con su regocijo de sacar y meter las garras sobre mis muslos. Me habla.

Miau, miau (“Sé que estás pensando en irte para cubrirte con esos densos olores de sal. Regresarás en dos días, cansado, más flaco, con los ojos rojos y sin ánimo. ¡No me quieres y nunca me extrañas!”).

Sparafucile ya no puede entender por qué debo irme, por qué debo tener sexo con mujeres que no quiero. Y no lo entiende porque la llevé a operar. ¿Y para qué lo hice si no pensaba cuidarla y estar seriamente con ella? Tiene razón en reclamar tanto. He sido un mal humano para ella.

Es navidad. Las casas de Nepantla tienen árboles y luces, excepto la mía. El té de jengibre se ha enfriado.

¿Edurne, Amelia o Cristina?

Edurne. Coyoacán. Carreteras seguras y caras: Cuautla-Oaxtepec-Tepoztlán-Cuernavaca-Tlalpan. Ginebra con quina y jengibre. Hablar sobre su futuro como economista en París o Londres. Lo ha planeado desde los 23 años. Lleva ocho años en la capital con la idea de que en México fracasa. Quizá en otro lugar, en otro país, en otra ciudad, podría ser más exitosa, más popular, más guapa. Sin embargo es una mujer de besos alegres. Sólo en una ocasión me preguntó: “¿Qué significa esto para ti?” Le respondí: “Somos amigos que a veces se acuestan, ¿no? Me gustaría serlo en lo que te vas a Europa; seguro será pronto, ¿no?” Estuvo de acuerdo.

En Nepantla escribo crónicas sobre mi vida desde el entendido (se lo leí a D.H. Lawrence en Haciendo el amor con música) de que yo represento los sueños prohibidos de mi abuela. Su sueño era ser cantante de ópera, y yo escribo sobre música. Ahora ella se debilita en soledad. Dos cuidadoras la atienden día y noche porque se le olvidan las cosas y reacciona con violencia a la falta de memoria. Fue una buena abuela. A veces pienso mucho en ella, pero mis problemas (¿en el fondo son su culpa porque representan sus sueños secretos?) me tienen triste en el campo y la he abandonado.

Amelia. Cercanías del aeropuerto. Carreteras baratas e inseguras: Cuautla-Amecameca-Chalco-Ignacio Zaragoza. Hablar sobre Ryan Adams y Sufjan Stevens; Cuautla-Amecameca-Chalco-Ignacio Zaragoza. Hablar sobre Ryan Adams y Sufjan Stevens; nuestros días como alumnos maristas, y cómo ella, en el amor, siempre siente que pierde. Mezcal, sal de gusano y jengibre en lugar de naranjas. Nos gusta quitarnos líquidos del cuerpo a lengüetazos. Se ríe a carcajadas al venirse. Me hace café cuando despierto. Nunca ha preguntado nada.

Voy a la cocina. Sparafucile me sigue como perrito faldero, tan cerca de mis pies que a veces me es imposible no patearla. Corto una raíz gorda de jengibre en 10 pedazos y me meto tres a la boca; el resto lo echo en la bolsa de mi pantalón. Le doy sardinas a Sparafucile; el manjar simboliza mi huida, mi huida que la hace querer matar pájaros rojos.

Cristina. Xochimilco. Carreteras gratuitas e inseguras: Tepetlixpa-Juchitepec-Cuijingo-Milpa Alta. Hablar sobre pintores muertos, diseño de sillas y ropa y la naturaleza del deseo. Vino rojo. Cristina odia el jengibre; dice que le produce náuseas. Es tierna de una manera desesperada. Su cuerpo le pide un hijo. Tiene 35. Pretende que su corazón es de fierro. Sufre. En nuestro último encuentro, me prometí nunca más visitarla, pero su boca es extraordinariamente complaciente con mi cuerpo.

No quise pasar navidad con mi mamá. No tengo nada que darle para hacerla sentir orgullosa; tendría que mentirle. Prefiero, por ahora, la distancia. La campana de la iglesia de Nepantla convoca a la última misa de la noche. Los grillos hacen mucho ruido.

Sparafucile ha visto que algo se mueve sobre la barda: corre a la jardinera y se trepa a un árbol, de ahí brinca a la verja y salta de vuelta a la jardinera con una lagartija en la boca. Maullidos raros, agudos e incompletos.

Miauuu, miaaau, miau (“Mira, yo también trabajo por nuestra casa: traigo comida. No creas que te necesito”).

Y le arranca a la lagartija un pedazo de cola. Cargo a Sparafucile. La lagartija huye. Su cola suelta se agita sola en el piso. Meto a Sparafucile en su pequeña jaula o casita de viaje.

Mi vida, al borde de los 30 años, está increada. La solidez de la escritura es una fantasía. Dentro de mí, todo lo que importa está suelto. Evito las responsabilidades: la del amor, la de mi obra, la de mi familia, la de mi gatita. Dentro de mí, el jengibre es la única constante.

Mi Tsuru de 1995. Sparafucile odia las carreteras. Llora, se queja y termina por dormirse de malas.

En las calles de Nepantla se cantan villancicos.

 

Arribamos a la playa sin problemas. Las siete de la mañana. Jueves 24 de diciembre. Llegamos al condominio de mis papás, en el que pasé los veranos de mi infancia. Entramos a un departamento en el piso 27 con vista a la bahía. Sparafucile no quiere salir de su jaula. Se queda ahí, asustada. Yo duermo siete horas. Sueño con elevadores. Cuando despierto, Sparafucile camina con lentitud sobre el barandal del balcón a 90 metros de altura. Está excitada porque domina kilómetros con la vista, porque huele a peces, porque nunca antes había visto el mar, porque vuelan muchos pájaros y porque tanto calor es una novedad para sus nervios.

Bajo a la playa con Sparafucile en brazos. Las cuatro de la tarde. Nos quedan dos horas de sol. Pongo la sombrilla y me acuesto sobre una tumbona. Para Sparafucile pido atún; para mí, coco con ginebra. El mesero, un hombre viejo con aspecto de perico, sonríe. La gata se acerca al mar con calma; camina hacia el agua, y, cuando la marea sube, da un pequeño salto hacia atrás: imita el comportamiento del agua.

Cerca de nosotros, cuatro ancianos —tres hombres y una mujer— se entretienen con un juego extraño: avientan una bola pequeña, luego cada uno lanza dos pelotas más grandes con la intención (supongo) de dejarlas lo más cerca posible de la primera. Cuatro bolas verdes y cuatro bolas rojas. Dos equipos. Hablan magiar. Dos lancheros los observan atentos. El viejo más grueso sonríe antes de tirar; cuando ve el resultado, amarga el gesto. Lo hace en varias ocasiones. Resulta gracioso que se tome el juego tan en serio.

Estoy contento. La bahía tranquila, pocos barcos, olas bajas. Está casi vacía esta playa privada de mi infancia. Aquí pasé navidades y años nuevos. Aquí construí fortalezas en la arena con mi mamá. Aquí nadé con mi papá hasta las boyas. En la playa podía dormirme tarde. En la playa vi por primera vez (sin querer) los senos de una mujer (mi prima).

El atún y el coco con ginebra llegan. Muy cerca, un vendedor sopla burbujas. Decenas cruzan el aire y brillan bajo el sol como bolitas de cristal. Me meto cuatro trozos de

jengibre a la boca. Los trituro con los dientes y escupo los pedacitos en el coco. Con jengibre, la ginebra es más refrescante. Estos días de jengibre me atraviesan cargados de recuerdos y están llenos de dudas. Sparafucile maúlla y comienza a brincar para pinchar con sus garras las burbujas.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986) es cronista autodidacta. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría de Crónica. Es supervisor musical y editorial de la Orquesta Sinfónica de Minería. Desde 2015 publica quincenalmente crónicas urbanas en el diario Milenio.

Michel Houellebecq se ha convertido, desde hace años, en un escritor que busca la provocación. Desde su primera novela Ampliación del campo de batalla (1994), ha reflejado el desencanto de Europa. Sus personajes, moviéndose entre el nihilismo y la soledad, son un símbolo de la encrucijada por la que pasa Occidente: el individualismo, el vacío existencial, la obsesión por el sexo y la percepción de habitar un mundo estancado.

Tomando estas referencias como punto de inicio, Houellebeq ha preferido desarrollar –después de sus trabajos iniciales– algunos temas incómodos y, de alguna forma, coyunturales: en Plataforma, novela publicada en el 2001, retrata el turismo sexual que hacen los europeos a países como Tailandia; en Sumisión (2015) plantea un futuro inquietante para Francia: en el 2022 un candidato árabe, perteneciente a un partido islamista moderado, gana la presidencia del país.

En ambos casos el tema devora a la narrativa: no importa tanto la propuesta estética del autor sino la capacidad de detectar los temores de una nación que, en apariencia, se vende ante el mundo como progresista y defensora de las libertades, pero que oculta muchos demonios en su interior.

Serotonina, novela publicada en el 2019, semeja un regreso o una evocación a Ampliación del campo de batalla, su debut. En ambas obras tenemos personajes solitarios y casi intrascendentes. Lo que crea tensión es la manera peculiar que tienen los narradores de ver y asumir el mundo.

Casi siempre funcionan como guías ambiguos, personas que necesitan de un interlocutor para realizar una confesión. Esta extrañeza, potenciada por diversas filias y fobias, convierte al personaje prototipo de Houellebecq en un ser mutilado, alguien que apenas puede interactuar con los demás y que sufre por satisfacer sus deseos.

Por supuesto, el autor francés abreva de la herencia existencialista y, como indican algunos críticos, intenta actualizar la obra de escritores como Camus y Sartre. Esa línea genealógica que asume como motor principal el vacío existencial es retratada, en el siglo XXI, por el individualismo, la desigualdad económica, la obsesión por el sexo y la sociedad libre de cualquier ideología, un territorio sometido al poder del dinero.

Este contexto, que aún era ajeno a los iniciadores del existencialismo, es la materia prima de Houellebeq que vuelve, una y otra vez, a historias que describen la soledad de hombres y mujeres que han perdido casi por completo la voluntad y que se limitan a registrar –casi siempre de forma desapasionada– lo que les acontece.

En Serotonina leemos la historia de Florent-Claude Labrouste -un empleado de Monsanto- empresa líder en la agricultura transgénica, acusada desde hace tiempo por los peligros que implica su tecnología.

El hombre de 46 años recuerda las relaciones amorosas que ha mantenido en el pasado hasta su vínculo más reciente: Yuzu, una japonesa mucho más joven que él. Se limitan a compartir el hogar, cenar sin intercambiar palabras, como si fueran desconocidos. Florent-Claude apenas reacciona cuando, incidentalmente, descubre que Yuzu protagoniza grabaciones pornográficas.

Pronto la línea argumental se vuelca al pasado y exploramos la juventud del protagonista, marcada por el encuentro con Camille, una veterinaria inglesa que conoció cuando rondaba los treinta años. Ella se alejará de él cuando descubre que la engaña. A partir de esta visita a la memoria entendemos que Serotonina es una novela cuyo interés es la búsqueda del paraíso que alguna vez se tuvo y que ahora es un espejismo.

A la par de esto tenemos la encrucijada que vive Francia y Europa: desempleo, falta de oportunidades, xenofobia y desigualdad. Todo este cúmulo de problemas es descrito por Florent-Claude que, después de abandonar a su novia más reciente e incapaz de hacer algo al respecto, se limita a viajar de localidad en localidad, mientras el mundo que lo rodea parece acercarse al colapso.

Como si fuera una especie de Dante –sin la guía y el consuelo de Virgilio– el protagonista de Serotonina escucha las voces de los desamparados sin poder ayudarlos porque él mismo tiene que soportar una carga pesada: una depresión galopante que apenas puede controlar con medicamentos.

En una de las escenas más dramáticas de la novela Florent-Claude mira la protesta de los productores de leche que han sido desplazados por la competencia de otros países. Sin apoyo de un gobierno sordo a sus reclamos, atacan con armas de fuego a un retén compuesto por policías antidisturbios. Aymeric, uno de los productores, amigo cercano de Florent-Claude, se suicida enfrente de todos. Me parece que no es spoiler porque esa escena no es definitiva en la trama de la novela.

Serotonina transcurre de forma anticlimática. Florent, además de buscar un motivo para vivir a través de la posibilidad de un reencuentro con Camille, describe con ironía y desesperanza; el entorno rural de Francia. Así como él vive un proceso de disolución, la gente con la que habla comienza a tomar conciencia de su fragilidad; apenas tienen voluntad para organizarse y tratar de resistir los embates de un sistema que los endeuda y precariza sus vidas.

En uno de los recuerdos más vívidos, Camille –recién egresada de la carrera de veterinaria– se interna en los horrores de una granja avícola: animales viviendo en la inmundicia, cadáveres apilados, excremento en todas partes. Los animales abusados son el último eslabón de una cadena que sólo funciona para quien está arriba: emporios trasnacionales sin rostro y sin límites.

Houellebecq emplea poca adjetivación: el personaje ya ha perdido la capacidad de sorprenderse y se limita a consignar los hechos de manera neutra y acaso desesperante. De esta forma tenemos un explorador social, un representante de nuestros tiempos que está anestesiado y al borde de la ruina mental.

Sin embargo, como en los mejores ejemplos de los antihéroes existencialistas, el protagonista no puede dejar de fantasear: no sólo planea escenarios para encontrar a Camille; también planea cuidadosamente su suicidio sin poder llevarlo a cabo.

Por supuesto, a pesar de lo descarnada que puede ser la vida de Florent-Claude, podemos entender su situación como una sátira de un sector de la sociedad europea: personas en una encrucijada vital, depresivos irredentos, pero que mantienen un estilo de vida solvente.

Por otra parte, tenemos a los perdedores de este juego: granjeros que pierden el control de sus negocios, residentes expulsados de sus lugares de origen porque no pueden pagar las rentas cada vez altas impuestas por las inmobiliarias.

Lo que, quizá, se le puede reclamar al autor es el juego explícito al que casi siempre recurre: en lugar de abordar los temas a través de la sutilidad del símbolo o la alegoría, sustenta sus tesis a través de las opiniones de sus personajes, individuos que describen sin tapujos la hipocresía de la sociedad en la que vivimos. Si añadimos que, muchas veces, la crítica tiende a tomar a los personajes de Houellebecq como alter ego suyos, tenemos el escenario perfecto para la polémica y la venta de libros.

Sin embargo, el autor está en su derecho de actuar como un provocador, muy a tono con la historia de Francia y sus artistas rebeldes. A veces, en circunstancias como las actuales, se necesita gritar para que la literatura logre llamar la atención e inscribirse en un debate a veces empobrecido por la superficialidad de los medios de comunicación y las redes sociales.

En autores como Houellebecq la función de contar historias cumple uno de sus papeles fundamentales: incomodar, cuestionar, internarse en la sociedad que hemos construido y que, a través de la ficción, revela sus aspectos más oscuros.


Autores
(Ciudad de México, 1977) es economista por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, ciudad donde vive; es asiduo colaborador de la revista Crítica, que edita esa casa universitaria. Redacta la columna virtual “El increíble devorador de libros”, que aparece cada semana en el portal: ladobe.com.mx.

 

¿Quién diría que en pleno 2019 encontraríamos un pedacito de la Regencia en México? El pasado sábado 30 de marzo se llevó a cabo en la Ciudad de México el Tercer Festival de Jane Austen, organizado por Mónica Hayde Belmont Centeno. Evidentemente, Tierra Adentro mandó a Diego Cadena, Isabel del Valle y Marie Fuentes a documentarlo.


 

Jane Austen siempre estuvo en mi destino

Cerca de la colonia Doctores y el metro Lázaro Cárdenas, un salón de fiestas es lentamente decorado con artículos que recuerdan a la época de la Regencia. Una mujer cuelga un cartel que indica que allí se celebrará el Festival de Jane Austen.

El piso inferior del salón de fiestas sirve a modo de bazar temático con vestidos, gargantillas e incluso algunas pinturas del señor Darcy y Elizabeth Bennet, mientras que el festival se lleva a cabo en el segundo piso.

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El programa de actividades es sencillo: círculo de lectura, hora del té, decorado de abanicos, ensayo de danza, comida, música en vivo con brindis y al final un gran baile. El salón está decorado con algunos muebles antiguos, piso de loza blanca, cortinas de encaje, varias sillas y unas mesas con manteles largos y blancos. No es ni de lejos un salón como en el que toman el té Elizabeth Bennet y Charlotte Lucas, en la adaptación de 2005 estelarizada por Keira Knightley, pero lentamente se va llenando de personajes interesantes: mujeres jóvenes y mayores, adolescentes y una niña pequeña, todas ellas con vestidos de la Regencia, gargantillas, peinados elaborados e incluso sombreros o abanicos.

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Con esas acompañantes es fácil firmar el pacto de ficción, creerse por un ratito Elizabeth Bennet, Marianne Dashwood o Emma Woodhouse. Nadie nos pide que entremos en personaje, pero lo hacemos de todos modos. Nos sentamos más derechas, hablamos con más propiedad y hacemos como que sabemos pintar mesitas, decorar almohadones o bailar como lo hacen en las novelas de la adorada Jane Austen.

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Mónica Belmont, una trabajadora social que estudió en la UNAM, nos cuenta que descubrió su amor por Jane Austen mientras estaba en la preparatoria: “En algún momento nos dejaron leer Orgullo y Prejuicio. Ese fue el primer libro de Jane Austen que leí, luego vi todas las películas. Así fue como la conocí. Me enamoré”. Ahora organiza el único festival en México inspirado en la Regencia, al que califica de “recreacionismo cultural”, pues en él no hay conferencias ni especialistas, solo actividades orientadas a reproducir lo que se hacía en en esa época.

Tierra Adentro: ¿Cómo fue que pasaste de leer a Jane Austen a organizar un evento dedicado a ella?

Mónica: Asistía a eventos con temática medieval. Me gustaban mucho los eventos tematizados y de ahí surgió la idea de hacer un festival de Jane Austen. Me pregunté “¿por qué no hacer algo de Jane?, ¿por qué no nos reunimos a hacer círculos de lectura y tomar el té?” Quería un lugar donde pudiéramos convivir y conocernos.

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Es gracias a este deseo de tener un lugar donde las lectoras de Jane Austen pudieran convivir entre ellas y conocerse que se organizó el círculo de lectura. La novela seleccionada fue Sentido y sensibilidad. Fue la primera actividad del día, y de a más personas fueron uniéndose a la conversación. No era un evento para hablar sobre las teorías que analizan las obras de Jane Austen, o discutir su importancia en la literatura inglesa, ni las influencias de Austen, sino un espacio en donde todas podían hablar de cómo Jane Austen entró a sus vidas.

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TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Paloma Vázquez: Por medio de una amiga. Creo que todas hemos llegado por Orgullo y prejuicio. Lo que me gusta de Jane Austen es que, aunque sus protagonistas tengan que casarse con alguien para tener mejores oportunidades, nunca se dejan guiar por eso, siempre siguen sus convicciones.

TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Diana Martínez: Con Orgullo y prejuicio. Me gusta mucho la forma en la que se expresan. Sus diálogos siempre son elegantes. Me gusta cómo Jane Austen refleja las consecuencias que tiene el libertinaje, cómo todos los que siguen ese camino terminan por tener finales inciertos.

TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Audrey Hernández: Siempre he amado las películas y siempre me ha gustado el romance, sobre todo el de época. Me parece muy bonito cómo se tratan, nada que ver con los romances de ahora que se conocen y a los dos días ya se están besando; a mí todo eso me espantaba porque tenía como trece años. Llegué a la película La joven Jane Austen con Anne Hathaway y me gustó mucho. Quedé muy enamorada de todo ese romance así que empecé a buscar en internet cosas similares, entonces llegué a Orgullo y prejuicio. Recordé que, incluso, dos meses antes la había visto en una lista de libros que tienes que leer antes de morir, así que lo descargué de inmediato. La primera vez que lo leí me aburrí porque tenía catorce años, pero después de un tiempo volví a darle una oportunidad y me encantó. Fue muy gracioso, porque así me di cuenta de que una de mis películas favoritas (El diario de Bridget Jones) estaba basada en la novela, así que Jane Austen siempre estuvo en mi destino.

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TA: ¿Cómo descubriste a Jane Austen y qué es lo que más te gusta de su obra y la Regencia?

Ella Esquivel: En algún punto de la preparatoria, en una clase hicimos intercambio de libros, me regalaron Orgullo y prejuicio y aproveché para leerlo. Antes había visto la película con Keira Knightley, y pues así fue como amé a Jane Austen. El año antepasado leí Sentido y sensibilidad, el año pasado intenté empezar Emma y planeo leer todos los libros de Jane Austen. De la época me gusta la estética romántica. La edición que tengo de Orgullo y prejuicio tiene un prólogo que dice algo como que el objetivo del libro no era tanto hacer que los personajes se enamoraran, sino que ambos fueran merecedores del otro, y de que entonces se trata de que ambos tienen que mejorar como personas, pues el amor por sí solo no basta para un matrimonio. Por eso adoro a Jane Austen.

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El amor por la obra de Austen estuvo presente en cada segundo de la conversación. Todas compartían sus partes favoritas de la historia, comparaban algunos momentos con cosas que habían pasado en sus vidas, dejando en claro que si bien los libros de Jane Austen pertenecen a la época de la Regencia, sus temas y sus personajes no están ligados solamente a ese periodo histórico y están en constante reinterpretación. Mencionaron algunas de las adaptaciones de Austen a la modernidad: El diario de Bridget Jones, Austenland, El círculo de lectura de Jane Austen, Ni idea, Perdida en Austen.

A su vez, se mostraron reticentes frente a la idea de leer los fanfictions creados a partir de los personajes de las novelas. Al escucharlas hablar, su postura se hizo clara: para una verdadera fanática de Jane Austen, los personajes no existen, son personas. El señor Darcy no es el que interpreta Colin Firth, o por Matthew Macfyden, es aquel caballero orgulloso que dejaría todo por estar con su amada Elizabeth Bennett; de la misma manera, ella no es solo Jennifer Ehle o Keira Knightley, ni mucho menos una invención hecha con tinta y papel. En las voces de las seguidoras de Austen, todos esos personajes cobran vida, se vuelven tangibles y reales.

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Somos las hermanas Dashwood

Paulatinamente se ha ido formando una extraña sororidad mientras nos sirven té, mientras aprendemos a bailar, mientras pintamos un abanico y comemos. Las chicas se han ido abriendo, cuentan historias y ríen. En este lugar todas somos aceptadas, todas somos hermosas, gráciles y vivimos una historia de fantasía. Tomo un sorbo de mi té y alguien dice: “¿Ha escuchado usted que la señorita Fontaine decoró su saloncillo a la manera francesa? ¡Qué poco nacionalista!” y comenzamos a discutir los pormenores de la pintura, el clima, la decoración y las vidas inventadas de señoritas imprudentes y caballeros adinerados.

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Entre té, galletas y abanicos conocemos la historia de las hermanas Flores: Andrea, Carmín y Denise Flores, y las primas Esquivel: Ella y Diane,  que han sido fanáticas de Jane Austen desde hace años y agradecen a la escritora por unirlas nuevamente como familia, pues juran que su amor a sus novelas fue lo que hizo que se reencontraran y volvieran a pasar tiempo juntas. Al momento de entrevistarlas, nos confiesan que planearon con cuidado cada detalle de su vestimenta, adquiriendo y modificando poco a poco prendas que encontraban en tiendas de segunda mano, o creando desde cero alguna que otra pieza, como los guantes que cada una usaba. “Queríamos venir desde el primer festival, pero por cosas de la vida no pudimos, por eso cuando nos enteramos que iban a volver a hacerlo, todas dijimos: no vamos a perder la oportunidad”, nos comenta Andrea Flores.

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Andrea: Llegué a Jane Austen por las películas. La primera que vi fue Sentido y sensibilidad, porque estaba enamorada de Hugh Grant. Después de ver todas las adaptaciones de sus obras decidí que tenía que leer a Jane. Mi libro favorito es Persuasión, porque me gusta mucho la madurez con la que retrata todo, la forma en la que narra y crea a sus personajes. Yo compré ese libro y una de mis hermanas compró Emma, nos gustó mucho, así que me puse a investigar qué otras obras o qué otras series había parecidas. Luego descubrí que a mis primas y a mis hermanas también les gustaba Jane Austen, a toda la familia, pues, y eso nos trajo aquí.

Denise: Así es, incluso un día nos quedamos todas en casa de mi hermana y dijimos: ¡Vamos a ver Orgullo y prejuicio! Y todas estuvimos de acuerdo a la primera. Jane Austen es nuestra nueva tradición.

Carmín: Sí, yo también llegué por mis hermanas. ¡Somos las hermanas Dashwood!

Andrea: Fue hermoso, porque uno piensa que está solo en este mundo con su amor por Jane, pero de repente te encuentras con que no es cierto, y que tienes familia que la ama tanto como tú y que hay gente que organiza este tipo de eventos.

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Quizás el momento más revelador del evento fue cuando decoramos abanicos. Se reparten los materiales. No hay instrucciones, solo pintura, pinceles y plumones. Nadie dice cuánto tiempo tenemos para decorarlos así que cada una se vuelca en su abanico a su propio ritmo. Unas bocinas reproducen la banda sonora de Orgullo y Prejuicio. ¿Quién nos diría que tendríamos que venir a un evento temático para experimentar la paz y falta de presión que la vida citadina insiste en quitarnos? Aquí se existe minuto a minuto. Sin preocupaciones por lo que se hará a continuación, este espacio se convirtió en un oasis con vestidos antiguos, té y pláticas amables. Incluso la hora del baile transcurre en un ambiente de tranquilidad. Reverencias, vueltas, no importa que en realidad no bailemos bien. Es un espacio puramente femenino de reivindicación de los intereses “demasiado cursis” o “demasiado irreales” que Mónica espera continúe por mucho tiempo.

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T A: ¿Cuál es el futuro que te gustaría para este festival?

M: Quiero seguir haciendo el festival mínimo una vez al año. También nos gustaría hacer por lo menos dos eventos durante el año, uno al aire libre y otro en un lugar cerrado. Queremos que siga creciendo la comunidad, para que en algún momento se convierta en un evento grande, como las ferias medievales, al principio eran pocas las personas que iban, pero ahora tienen miles de seguidores; esa es nuestra meta, no creo que se logre de un año para el otro, pero poco a poquito.

Al terminar el día nos damos cuenta de que no importó que el salón no fuera realmente el de una mansión inglesa, que no hubiéramos encontrado a nuestro señor Darcy ni bailado con un teniente guapo. La vida normal regresa a nosotras. Mónica Belmont fuma en la calle ya sin la preocupación de mantener una apariencia de elegancia austeniana. Algunas de las chicas sacan sus celulares y nosotras pedimos nuestro Uber, pero mientras nos alejamos la sensación de calma que llenaba el festival no desaparece. Mañana estarán los pendientes del trabajo, las preocupaciones del día a día y la prisa de la ciudad, pero hoy todavía somos Elizabeth Bennet.

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Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
(Ciudad de México, 1997). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.

Ilustrador
Diego Cadena Carreón
Diego Cadena Carreón nació en 1987 en la Ciudad de México. Melancólico desde temprana edad, encontró en la fotografía la excusa perfecta para caminar sin rumbo.

La obra poética de Jehú Coronado López nos obliga a enfrentarnos a una voz inusual en la poesía mexicana. Mientras que no es extraño encontrarnos con poetas cuyo lirismo desemboca en imágenes cargadas de emoción, o con poemas que dejan de lado las figuras retóricas a fin de cargar cada palabra de vida y confesión, la poesía de Jehú, desquiciadamente lírica y perversamente honesta, no toma partidos.

No es raro encontrarse en ella partes del cuerpo que el poeta nos ha dejado ahí, ni tropezar con objetos y recursos poéticos desconocidos. Su producción, que ha arrojado ya grandes aciertos como Piedra (2014) y Sangre (2015), incluye ahora La luz que no ilumina todo (2019).

El libro rápidamente atrajo el interés de la Redacción de Tierra Adentro, donde se convirtió en un PDF de culto (un post-it que todavía cuelga en la puerta de la Sala de Redacción, cita: Los amigos se van a ir / si son tus amigos / deben estar en una búsqueda).

Le propusimos a Jehú, y él aceptó, la cesión temporal de los derechos de distribución de La luz que no ilumina todo por un periodo de seis meses, de las nueve de la mañana del 3 de abril de 2019 a las ocho cincuenta y nueve de la mañana del 3 de octubre del mismo año.

 

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Monterrey, 1987) fue ganador de los Juegos Trigales del Valle de Yaqui con su poemario Piedra (atrasalante, 2014). Ha publicado Sangre (FETA, 2015) y Apocalipsis Juanito (luegoluego editores, 2014), entre otros.

Amme se volvió hacia la olla y comenzó a batir con fuerza su contenido. La pócima estaba casi lista, pero si no agregaba el último ingrediente habría desperdiciado toda una noche de trabajo. Mas no lograba encontrar la cuchara que necesitaba. Había buscado sobre el candelabro de cristal astillado que colgaba del suelo, bajo el refrigerador que se hallaba de cabeza en el rincón más alejado de la habitación. Sin embargo no la veía por ninguna parte. Buscó desesperadamente entre los numerosos pliegues de su falda, mojándose las manos con el agua salada de la tela azul, revolviendo la superficie con olas que se extendieron hasta el dobladillo y salpicaron sus pies.

Barrió el techo con la escoba que había pertenecido a su tía abuela tercera. Levantó nubarrones de polvo de estrella que iluminaron el aire tranquilo del lugar antes de asentarse de nuevo en el lienzo color ébano, creando constelaciones a su alrededor. La casita se encontraba de cabeza en el cruce de todos los caminos, ahí donde nacía la magia. Las manos nudosas de la anciana azuzaron su rubia cabellera; mientras rebuscaba, se encontró con un puñado de diamantes, un cepillo de dientes sin cerdas y el esqueleto de un ratoncillo que se había perdido en el bosque de su cabello. Dejó caer todo, cambiando algunas estrellas de lugar con el impacto.

Arrancó de un tirón el cajón de los cubiertos del mueble a su lado; sostuvo en alto cada una de las cucharas, todas tenían un peso y tamaño similar, y emanaban la misma sensación: desconfianza, no podía recordar en qué las había usado antes. ¿Cómo podía dejar un paso tan importante en la preparación de su pócima a una cuchara que no conocía? No se trataba de favoritismo, simplemente era que estaba acostumbrada a usar esa cuchara. Cerró el cajón y suspiró, apretándose el puente de la nariz y dejándose caer en el sillón que tenía más próximo. Debía concentrarse.

A sus espaldas oyó el crepitar de las llamas mientras la olla hervía al compás del fuego azul. Si algo le había enseñado su madre, lo único que le había enseñado antes de salir por la ventana y no volver, era que la receta se seguía al pie de la letra: el más ligero de los cambios podía provocar que su hogar brincara hasta una de las lunas.

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—¡La encontré! —gritó Atir, tenía el cabello castaño tan alborotado como el de la anciana. Aún no se había establecido en su rostro ninguna arruga y sus manos eran pequeñas y delicadas en comparación con las torpezas de las que eran capaces. Vestía una falda que soltaba un leve aroma a hierba recién cortada cada que se movía.

Su voz rebotó de un muro a otro hasta que se estampó contra la cara de Amme, quien intentó alejarse, echando el sillón de espaldas y salpicando todo a su alrededor con agua salada de su vestido; luchó por recuperar el equilibrio pero, sin importar cuánto trató, el sillón terminó en el techo.

La voz de Atir era cristalina, tenía un dejo de inocencia y encanto que casi rayaba en la ignorancia. Amme respiró profundamente, tratando de no perder la paciencia. Lanzó su cabeza hacia atrás para verla correr en su dirección con el rostro encendido con una sonrisa. Estaba cubierta de pies a cabeza por un hollín espeso, Amme se preguntó si se había lanzado dentro de la chimenea para buscar. Atir sostenía entre sus manos una cuchara que lanzaba destellos cada vez que la movía.

—Esa no es —sentenció Amme cruzándose de brazos.

—Pero si son de la misma medida, ¿qué más da si está hecha de estaño, oro o pelo de unicornio?

—El pelo de unicornio es para tenedores, no para cucharas, niña tonta. Además, la receta indica claramente que necesitamos una cucharita de plata llena de telas de araña. He usado esa cuchara desde antes de que tú pusieras un pie aquí. —Su abuela le contó que aquel cubierto había sido forjado con luz de luna y enfriada con lágrimas de sirena, incluso cuando a Amme le había parecido un utensilio común.

—¡No es para tanto, Amme!

—No me levantes la voz. —dijo la anciana mientras se ponía de pie de un salto; agitando las aguas de su falda el impacto apagó varias constelaciones —Aquí solo eres una aprendiz, si no eres capaz de confiar en tu maestra, confía al menos en tus instrumentos. ¿Qué vas a saber de magia si no entiendes de fe o respeto?

Se dirigió a la olla llena hasta el tope con un líquido azul. A pesar de estar al fuego desde antes de que saliera el sol, soltaba bocanadas frías y el metal estaba bordado por un encaje de hielo. Atir se rascó la nuca un tanto preocupada. No existía en ningún reino bruja más poderosa y voluble que Amme, había viajado desde tan lejos para estudiar magia con ella y no estaba en sus planes irse a ningún lado. Además el Espejo no se abría para todos, la anciana se lo había dicho: “Atir, eres especial”. Atir estaba segura de ello y estaba dispuesta a demostrarlo. Se sacudió el vestido y el hollín cayó en espirales formando nubes de tormenta que salieron por la ventana, arrastradas por el viento.

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—¿Por qué nunca aceptas que tengo razón? —se quejó Atir tirando de la manga de Amme para que le prestara atención— aquella vez que me mandaste al Otro Lado

—¡Pudiste hacernos volar hasta una de las lunas! Entiende, no te saldrás con la tuya siempre, si te pones creativa, nos matas. No solo a nosotras. Tenemos la tarea de cuidar el centro de toda la magia. Gracias a lo que hacemos hay caminos amarillos, carrozas de calabaza, arpas de oro y barcos voladores. ¡No puedes ir cambiando las recetas! ¡Todo se hace al pie de la letra!

Cada incursión de Atir al Otro Lado habían sido casos especiales, búsquedas un tanto desesperadas para encontrar algo con lo cual engañar a las pociones y conjuros, huecos legales, como los solía llamar Atir. Situaciones que Amme muy honestamente habría preferido evitar, como aquella vez que se quedaron sin conejitos de polvo y Atir corrió a casa a buscar un par debajo de la cama de su madre, no eran verdaderos conejitos de polvo pero habían funcionado. Amme seguía sorprendida de que, hasta el momento, todos los cambios habían resultado bien.

Miró la poción. Atir caminó hasta colocarse a su lado y blandió la cucharilla dorada frente a sus ojos, Amme soltó una sarta de palabras en un volumen tan bajo que a Atir le resultó imposible descifrar.

Amme le arrebató el artilugio y tomó el recipiente de telarañas. Las manos le temblaban más de lo normal cuando la llenó hasta el tope y dejó caer su contenido en la poción. El líquido frío cambió a un color púrpura, tal como debía ocurrir. Continuó su hervor helado mientras Amme tomaba la cuchara de madera y mezclaba el contenido para que quedara bien integrado, no podía creer que la mocosa tuviera razón.

Atir dio una vuelta sobre sí misma y el olor a primavera escapó de su falda. Amme dejó su trabajo y se acercó a ella con el afán de agradecerle de la manera más grosera posible cuando, a sus espaldas, la olla comenzó a sacudirse con violencia. El metal se cuarteó. Ambas mujeres pegaron un brinco y corrieron a resguardarse mientras el líquido se contraía para después explotar.

Un brillo oscuro emanó de cada fisura en la pared, cada ventana y cada rendija, llenando la profundidad del bosque con un ruido sordo y un fulgor ensombrecido. Cuando el humo se dispersó, solo quedaban los restos de una choza a medio derribar.

Amme estaba tendida en el techo. Su falda azul se había convertido en un páramo seco donde un barco naufragado se asomaba entre la arena, y un montón de corales brillaban con apariencia húmeda en la distancia. Se volvió con el ceño fruncido a ver a Atir, quien se había refugiado detrás de una mesa y tenía parte del pelo carbonizado. Atir comenzó a balbucear en su defensa, cuando, desde el suelo, le cayó una pequeña cuchara plateada. La miró con expresión confundida y después se la mostró a la anciana.

—¡La encontré!

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Autores
(Estado de México, 1992). Narradora y ensayista. Egresada de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) en la licenciatura de Letras.

Ilustrador
Karla Hernández
También conocida como Charlötte, es diseñadora gráfica e ilustradora egresada de la UNAM-FES Acatlán. Creadora de Charlötte, un espacio de ilustración. Actualmente trabaja como directora de arte en COCOLAB. Colabora en la organización de Locomoción- Festival de la animación en la Ciudad de México. Finalista de la primera Bienal de Ilustración en México.

 

Luego de decidirse por la píldora azul, Neo (anagrama de One en inglés, es decir, El elegido), se da cuenta de su terrible realidad: es uno de los muchos seres humanos que sirven como batería para alimentar un mundo de máquinas. Todo lo que creía que era real acaba por revelarse como una ilusión burda. El planteamiento de Matrix, cinta estrenada hace 20 años, dirigida por los entonces hermanos Wachowski, era innovadora e inspirada en los despertares espirituales en la historia de la humanidad. Hay varios ejemplos: El Buda, Siddharta Gautama, que salió de la comodidad de su palacio y enfrentó la verdad pura y difícil de su pueblo, pasando por la cueva de Platón, hasta llegar a La vida es sueño de Calderón de la Barca y todas las visiones de la ciencia ficción de mediados del siglo XX.

Neo, el hacker que protagoniza la cinta, hace el recorrido del héroe por las 17 etapas que enuncia Joseph Campbell en El Héroe de las mil caras. Todas y cada una de ellas son cumplidas al pie de la letra, pero entonces, ¿qué hace tan diferente y memorable Matrix? ¿Qué causó que no atrajera muchos seguidores en su primera semana de estreno, pero que con el tiempo fuera llamando la atención?

Una respuesta es la estandarización y asimilación de otros relatos incluidos en la trama. Las películas ahora están repletas de guiños y homenajes a videojuegos, libros e incluso otras películas. Muchos Youtubers reciben vistas, likes y seguidores gracias a explicar y enumerar lo que los norteamericanos llaman Easter egg, un juego que dejó de ser un código secreto para cinéfilos aventajados y se volvió una norma dentro de la industria, como las escenas post créditos de las cintas de Marvel. Las ahora hermanas Wachowski no querían evidenciar su juego, pero sí deseaban dejar claro que pertenecían a una tradición cinematográfica, televisiva y religiosa.

 

María Magdalena

La mayoría de los espectadores observarán las referencias a Ghost in the Shell, algunos incluso esgrimirán que robaron conceptos de The Invisibles de Grant Morrison, (autor que quiso demandar a la película), otros dirán que la inspiración salió de Mindwarp, dirigida por Steve Barnett. Lo cierto es que el espíritu de la época, un zeitgeist, provoca que muchas historias utilicen las mismas ideas con algunas variaciones. Cuestionar lo real era algo que hicieron muchos filmes durante los noventa. Desde la película italiana Nirvana, de Gabriele Salvatores, a la canadiense The cube, de Vincenzo Natali, las norteamericanas Dark city, de Alex Proyas y Jacob’s Ladder, de Adrian Lyne. Todos sus protagonistas viven en mundos ficticios donde solo el conocimiento los puede liberar.

Las hermanas Wachowski fundieron las influencias pop con referencias religiosas más o menos evidentes. El personaje de Carrie Anne Moss, interés romántico de Neo, pasaría a ser una especie de María Magdalena, aunque su nombre también haga otras referencias, como a la Santísima Trinidad. El traidor, Cypher, siempre vestido con algo rojo, o con una luz carmesí sobre él, representa el mal, su nombre incluso suena parecido a como se pronuncia Lucifer en inglés. Zion, la última urbe humana, comparte nombre con la ciudad fortificada de Jerusalén. Morpheus, guía de Neo, es también el dios de los sueños; Nabucodonosor, la nave en la que viajan, hace referencia al dios babilónico que creó los Jardines Colgantes, una de las siete maravillas del mundo antiguo y también es el nombre de los ácidos más famosos de los años 90. Todas las referencias culteranas se entremezclaban con otras de la cultura pop y techno pop. Había guiños a Bruce Lee, a la cultura raver, a los videojuegos, publicidad encubierta a la cerveza Corona, al igual que llamados a la rebelión.

Algunos de los diálogos se hicieron muy famosos por contener una especie de filosofía mezclada con psicoanálisis lacaniano, que los volvía citables y memorables. Uno de ellos es la charla entre Morpheus y Neo antes de ofrecerle las pastillas, que a fin de cuentas es lo que Lacan enuncia como lo Real.

“—¿Te gustaría saber qué es la Matrix? La Matrix está donde quiera, puedes verla asomándote a la ventana o encendiendo el televisor, la percibes al ir a trabajar, al ir a la iglesia, al pagar impuestos. Es el mundo que han puesto ante tus ojos para que no veas la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que eres un esclavo, Neo, igual que los demás naciste en una prisión que no puedes probar, tocar ni oler. Una prisión para tu mente. Por desgracia a nadie se le puede decir lo que Matrix es. Tienes que verlo por ti mismo.”

 

Nada nuevo

No es nada nuevo. En la obra de Philip K. Dick hay cientos de referencias a una realidad que es solo una gran mentira. Casi toda su obra está sustentada en esa temática. Por ejemplo, en el cuento Lo recordaremos por usted perfectamente, base para Total Recall, el personaje principal no sabe diferenciar entre lo que le implantaron y su vida real. En Tiempo desarticulado Raggie Gumm resuelve cada día un acertijo, su modus vivendi, para acabar descubriendo que es un militar sumergido en un mundo virtual bélico. En La penúltima verdad de los hombres, ocurre lo mismo que en la cinta Underground, de Emir Kusturica, donde la gente vive en los subterráneos, asustados por una guerra que en realidad no existe.

Lo que hace a Matrix diferente es que el héroe se prepara para combatir la tiranía. Neo se convierte en un superhombre que desafía el status quo. A diferencia de Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, USA, 1973) o El planeta de los simios, ambas con Charlton Heston, el héroe es consciente pero no puede hacer nada. En Matrix no hay una amarga aceptación, sino la promesa de que todo será mejor.

Empero, Neo no acaba por volverse un guerrero, sino una especie de semidios, un héroe en el sentido más literal de la palabra. La gabardina negra con la que va vestido tiene ecos de las sotanas católicas, pero también de las capas de los superhéroes.

 

Una cinta de acción

Otro punto a su favor, es que si bien está cargada de referencias religiosas, es también una película de acción, una que occidentaliza el cine oriental, en especial el Wire Fu, donde los peleadores de Kung Fu vuelan gracias a cables; también el cine negro japonés, donde los yakuzas van en impecables trajes negros y gafas oscuras.

Las Wachowski tuvieron mucha habilidad para entremezclar peleas de acción apabullantes con una gran influencia de Tsui Hark y John Wo; escenas de tiroteos nunca antes vistas, donde las balas caen como lluvia y los encuentros de preparación se parecen más a Street Fighter que a una película.

 

Un tiro único

A 20 años de su estreno Matrix ha sido el único tiro al blanco que han dado las Wachowski, la única obra redonda en donde todas sus ideas sobre la mundialización, las nacionalidades, los sexos y las religiones se entremezclen en un todo, han funcionado. Las continuaciones de Matrix solo menguaron la reputación de la primera. Hoy, con el paso de tiempo son vistas a pedazos, pero la original sigue intacta, afortunadamente.

Cloud Atlas, Jupiter Ascending y su serie Sense8, si bien tienen seguidores, no son obras redondas, en donde las costuras no se vean, en donde el espectador atento encuentre vetas que antes no habían sido explotadas.

 

Un mundo placentero

Pese a su éxito y a su culto, Matrix no caló ideológicamente. La mayoría de nosotros fuimos seducidos por el placer, preferimos vivir atrapados en la Matrix que vivir en “el desierto de lo real”. En un mundo donde evitamos salir a la calle a comprar lo necesario o al cine, gracias a plataformas como Amazon o Netflix; que comemos gracias a aplicaciones como Uber Eats o Rappi, que evitamos asomarnos al exterior y a sufrir cualquier tipo de dolor, los agentes de la Matrix no tienen trabajo. El dolor lo vemos como algo malo, apoyamos a lo lejos algún problema, damos un like o compartimos, pero luego volvemos a nuestras fotos de gatitos o al maratón de series. Si somos más radicales, ponemos un poco de dinero en change.org

“Tú sabes, yo sé que esta carne no existe, sé que cuando pongo esto en mi boca, la Matrix está diciendo que es jugosa y deliciosa. Después de nueve años, ¿sabes de lo que me doy cuenta? Que la ignorancia es Felicidad”.

Es cierto, admiramos a Neo, pero somos Cypher.

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Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.