Tierra Adentro
Archivo Warpola.

Las cosas, no importa lo que digan tus padres, tus amigos, tu viuda, la guardia civil o el periódico, sucedieron realmente así. Esta es la única versión oficial del evento en papel institucional y con sellos aprobados.

Era un jueves y había llovido. Estoy segura de eso porque debió haber sido el asfalto húmedo lo que me hizo resbalar y caer de rodillas en la calle antes de que sonara el teléfono cargado de vueltas de tuerca y ruiditos agudos.

—Tu rututurut tudijo el teléfono.

Contesté y del otro lado me esperaba el piar de un pajarito, un gorrión para ser exactos:

—Fifififififfu dijo el pajarito.

—No —le dije.

El pajarito insistía con un piar triste. Era casi como una disculpa que solicitaba credibilidad.

—Fififififififfu repitió.

—No volví a repetir esta vez más claro, más fuerte y determinante.No es cierto dije y colgué el teléfono.

Me levanté pero las piernas se me volvieron a doblar y caí encima de otro charco. Me eché a reír de tal manera, que la gente en la calle se empezó a reír conmigo. Reí tanto, que se me saltaron las lágrimas hasta que no pude dejar de llorar.

(Si te preguntan, lloraba de la risa, no por otra cosa.)

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.

—¿Qué vas hacer? —preguntó mi jefe que iba caminando a lado mío, refiriéndose a la llamada. Las lágrimas, mientras tanto, se me cristalizaban en los cachetes y me las arrancaba de un solo jalón.

—Le voy a pedir el auto a Wes y me iré con él al funeral. Al fin y al cabo seguramente querrá ir.

—¿Anderson?

—Sí.

Y eso hice, le hablé a mi padre. Le anuncié que volvía a la tierra que me vio cursar mi educación universitaria para ir a tu funeral. Nos fuimos en un Mercedes blanco.

—Wes, cariño, nunca pensé que fuera tu tipo de auto.

Cruzando el límite estatal, tuvimos que regresar a su casa unas tres veces para que se cambiara de ropa; le preocupaba que su traje cortado especialmente por Louis Vuitton no combinara con tu féretro. Al final, eligió una bonita combinación de traje con chaleco en una tonalidad de los bosques de New Heaven en otoño, aunque era primavera y hacía muchísimo calor. Yo me arreglé como siempre pensé que lo haría para asistir al funeral de Johny Cash: me pinté los labios de rojo y me puse mi vestido negro, el de los cisnes blancos;  pero hacía tanto calor que se fueron volando al norte. Lo dejaron completamente liso, negro y muy solemne.

Entrando a la nave de la iglesia vi al Coronel, a Magister, Giussepe y a Carolina. Nos abrazamos hasta que llegó el verano.

El ataúd estaba cerrado. Tu foto, encima de la tapa, lo guardaba. Te reías en ella como si nos estuvieras haciendo una broma. Abracé a tu madre y le di un beso a la bala que el Ruso colocó sobre tu caja.

Presentamos nuestros respetos frente a ti haciendo el baile de Snoopy y sus amigos: dos pasos hacia adelante con la cabeza gacha y dos hacia atrás llevando los brazos a ritmo. Tomamos asiento en las bancas.

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.

El padre tomó la revista Mecánica Popular y leyó el sacramento. Las señoras mayores se encargaron de leer extractos del artículo “Cómo son las tormentas de nieve en Marte”. Las ostias comenzaron a repartirse pero yo no fui por ninguna porque no había de sabor pistache. El vestido se me pegaba a los muslos, las lágrimas a los cachetes, el calor de tantas maquinarias que producían sollozos era sofocante; los zapatos se me hundían en el fango sobre el que estábamos parados, el mismo del pantano de la tristeza donde murió Ártax, el caballo de Atreyu.

Había mucha gente en la iglesia, tanta, que Salvador Elizondo tuvo que quedarse afuera. Podíamos oír sus gritos de gato, de escritor, desde adentro; gritaba que él era Gerardo Arana.

Cuatro muchachitas muy jóvenes y guapas se desmayaron en diferentes partes del templo.

Yo deseaba que alguien, de una puta vez, abriera ese féretro para comprobar que Salvador tenía razón y era su cuerpo, y no el tuyo, el que estaba ahí para poder reírnos con una comedia de enredos de escritores.

Pero sobre todas las cosas, deseaba que se acabara la misa para volver corriendo a casa, subir las escaleras a mi cuarto, trepar el librero y alcanzar la máquina de tiempo que una vez me regalaste. La usaría, te preguntaría qué harías  mañana y así nos olvidaríamos de todo este asunto. Pronto recordé que seguramente te habrías llevado contigo la llave que activaba la maquinaria y que, seguramente, estaba guardada en esa bonita caja que forma tu pecho con tu espalda.

La misa llegó a su fin. Comenzó a llover dentro de la iglesia mientras el sol asfixiante quemaba todo afuera.

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.


Autores
(Ciudad de México, 1982) Fundadora de la HCAN, editorial romántica para jóvenes y no tan jóvenes cínicos. voz en off de su vida, vendedora de veneno que escribe.
Archivo Warpola.

 

Saúl Galo me había dicho que quería poner a un lémur devorando un viejo ejemplar de Balzac. Después propuso un tren a alta velocidad surcando el desierto del Krotnia. Todas sus ideas me parecían fascinantes. Tenía varios bocetos y yo le apuntaba algunos detalles. Pasaron unos cuantos días y no nos decidíamos qué pintar.  La pared donde iba a dibujar el mural daba justo de frente a la puerta de entrada y medía casi cuatro metros. Yo recién acababa de llegar a vivir a Villa Oporto y en cuanto vi la gran pared blanca quise un Saúl Galo imponiéndose en todo el departamento. Mientras más lo platicábamos más me entusiasmaba.

 

Lo hizo en una tarde. Llegó con una libreta, un lápiz, cuatro plumones Sharpie, un seis de XX, dos cajetillas de cigarros  y su iPod lleno de música gitana. Recién entró comenzó a dibujar en una hoja de su Moleskine una versión muy precaria de lo que sería la versión final del mural. Estaba improvisando. Comenzó dibujando un hombre con los brazos cruzados, le puso traje y corbata, de su rostro colgaba una barba maravillosa, tenía una melena pronunciada y los ojos cerrados. Parecía que nos ignoraba, era místico y desbordaba flujo de conciencia. Lo estudió durante largo rato y al final le añadió una larga y gruesa cola de lémur. Era lo que faltaba. Era el detalle glorioso de su pieza. Ahora solo quedaba trasladar aquél pequeño dibujo a la inmensa pared. Ya estábamos convencidos. Sentíamos la fuerza de la ilustración en nuestra sangre.

 

Platicamos de literatura, bebimos algunas cervezas, fumamos, él bailó un par de canciones de Devendra Banhart y cuando estaba listo tomó un lápiz y comenzó a maquetar en la pared. De un brinco. Sin reglas, sin proyectores, sin dirección. Simplemente se dejó arrastrar por la grandeza de la pared. Como si aquella figura representara su existencia. Un reflejo claro de su físico y su alejamiento. Para alcanzar las partes más altas tuvimos que subir un buró arriba de otro, después un banco, y como si fuera un delgadísimo funambulista, se tambaleaba en las alturas sin dejar un solo instante de trazar. El hombre hermético con cola comenzaba a cobrar forma. Era imponente. Agregó detalles de greca (después llamada la característica greca Saul Galo) a la barba y al cabello. Había elegancia. Era un gigante resignado a ser testigo de todo lo que pasaría a partir de ese momento en Villa Oporto.

 

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.

 

 

Después de cuatro horas lo tenía casi terminado. Lo miré de lejos y me percaté del parecido que tenían entre ellos. Ese viejo con cola de primate era Saúl Galo. Su reacción ante los acontecimientos era confusa y retadora. Ambos estaban mirándose como si se conocieran desde siempre, desde la hipercosmia. Aplicó los últimos retoques, se bajó de los burós y se puso a contemplarlo en mutismo. Ahí estaban ambos de brazos cruzados explicándose el funcionamiento de la integridad. Era estupendo. Lo abracé, le agradecí, bailamos, invitamos a los amigos para que lo apreciaran. Los más cercanos a él comprendieron que el artista tuvo un instante pizarnikiano. Era su primer mural. Era la primera vez que Saúl Galo se apoderaba de una pared entera y demostraba sus habilidades en la ilustración. El poeta estaba orgulloso de su obra. Fuimos felices de estar ahí en ese momento. De reencontrarnos en nuestra ciudad y anticipar lo que seríamos en las fauces de un mural delineado con plumones, simple, auténtico.

 

Saúl Galo fue el nombre que se le dio al personaje. Su autor y él eran el mismo ser. Lo tuve durante dos años hasta que me mudé de casa. Algunos propusieron llevarme la pared entera, otros querían fotografiarlo para hacer réplicas en tamaño real. Al final se quedó ahí, al centro de una estructura vacía. Tiempo después supe que fue borrado por el nuevo inquilino. Antes de irme, cuando el departamento ya estaba desocupado y repleto de eco, me quedé un momento hechizado por el mural. Sabía que era la última vez que lo vería. Había sido testigo de centenares de estampas y despliegues de baile pop. Nos vio borrachos, enamorados, tristes, leyendo, furiosos. Pero sobre todo, nos conoció felices, juntos, inmediatos. Saúl Galo (el mural) sabía cuánto nos amábamos. Supo que los amigos siempre se amarán y siempre se leerán entre ellos porque antes que nada éramos escritores. Pienso con tristeza en los dos Galos y sé que ambos desaparecieron. Sólo nos quedaron fotografías, poemas y recuerdos fantásticos. Cuando se desvaneció el primero, un tiempo después, el otro también se borraría. Se comprobó lo que siempre sospechamos: ambos eran la misma persona.

 

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.


Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.
Archivo Warpola.

Alguien, que podría ser nadie en especial, desaparece por un período de tiempo de larga o corta duración y regresa convertido en el “gran hombre medicina”; pero nadie nunca sabe con precisión qué le ocurrió.

—Aliester Crowley, Magick

 

Habíamos hecho el pacto de beber diez botellas de Brüt por cada año de la década que terminaba. Nos dijo, seguramente mintiendo, que aquella era una tradición muy querida de su país y que significaba mucho compartirla con nosotros. No hicimos preguntas y aceptamos sabiendo que lo único que buscaba era que nos emborracháramos juntos. De hecho, no lo llamábamos Brüt, sino “licor de burbujas”, así lo había propuesto el propio Saúl Galo, a quien le gustaba hablar como personaje de novela de Boris Vian. Galo era pintor de oficio, pero había elegido el camino de la magia y su familia se había opuesto con ímpetu feroz; los andeonimbvanos tenían fama de supersticiosos, y tener un aprendiz de mago en la familia era considerado un imán de infortunio. Desde luego, sus padres desconocían el verdadero propósito de aquel viaje. Yo también le había mentido a mamá para que nos prestara su vieja camioneta, una Guayín Escort con quemacocos y reproductor de CD.

Partimos a la mañana siguiente. Nos acompañaba un especialista, nuestro amigo, el ingeniero metalúrgico Archibaldo Quinto-Só, quien venía en el asiento trasero observando la carretera con binoculares y haciendo anotaciones en una libretita. Archibaldo era profesor de química en la Prepa Norte y había decidido probar el peyote para poner a prueba sus sentidos. Mientras, registraba formaciones minerales para que sus alumnos las encontraran en un atlas topográfico.

Saúl Galo también era maestro, daba las clases de poesía hispanoamericana y soluciones imaginarias en una secundaria católica. Sus estudiantes lo amaban, pero el director Ibáñez estaba dispuesto a deshacerse de él a la más mínima provocación. Por eso cada vez que lo echaban, los alumnos de Saúl Galo apilaban los pupitres, quemaban los basureros y rayaban “Ibáñez es puto” en las paredes. Todo esto y más hasta que el profesor Galo fuera reintegrado a sus labores.

Llegamos a Matehuala al medio día. Pedimos hamburguesas y papas fritas en el restaurante de las Palmas Inn. Yo, que había dado la clase de Historia de México, les conté a mis amigos que Julia Roberts se había hospedado en aquél lugar durante la filmación de La Mexicana, película del 2001 producida por Dreamworks. Cada mañana un helicóptero de la Fuerza Aérea Mexicana recogía a la señorita Roberts en el campo de golf del hotel y la llevaba al set de filmación en Real de Catorce, en cuya antigua plaza de toros se había improvisado un helipuerto. Gracias a esa película, Real de Catorce se había transformado en un pueblo mágico con basura y hoteles boutique.

Después de comer regresamos a la Guayín y tomamos la carretera secundaria que atravesaba Cedral, uno de los primeros repositorios de huesos humanos en México. Imaginé la Tierra mientras conducía: los pasos, la soledad y el cansancio de los cazadores del Pleistoceno, con sus corazones latiendo y sus barbas escarchadas por los milenios. Antes de internarnos en el desierto, Galo quería ver la colección de exvotos dedicados a San Francisco de Asís de Real de Catorce, también conocido como “El charrito”. Unos kilómetros adelante nos dirigimos la desviación y subimos por un camino empedrado entre los cerros. En el paisaje se sucedieron nopales y edificaciones en ruinas. Desde un mirador era posible contemplar la inmensidad del altiplano potosino. Finalmente llegamos a Ogarrio, el túnel de dos kilómetros que atravesaba la roca, del otro lado del cual —según decía  Saúl Galo —todos estaban muertos.

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.

Entramos a la parroquia y vimos la efigie de “El charrito” sentada en un trono de oro detrás de una vitrina. La túnica de penitente estaba decorada como un vestido apache. Al fondo del templo quedaba la capilla de los exvotos. Cientos, tal vez miles de muestras en miniatura de arte popular y mística mexicana cubrían las paredes y se apilaban hasta el techo. Galo estudió aquellos iconos con detenimiento. En las tablillas podían verse representados todo tipo de acontecimientos en donde “El charrito” había obrado de forma milagrosa: recuperaciones, nacimientos, matrimonios, hallazgos de ganado, duelos y justas de amores, accidentes aéreos y ferroviarios, migraciones, incendios, inundaciones, lluvias, cosechas, granizadas, nevadas, terremotos, viajes, desapariciones y una que otra resurrección.

—¡Mago de Magos! —exclamó Saúl Galo con las manos cruzadas detrás de la cintura.

Archibaldo fue el primero en desesperarse, me convenció de salir a comer un esquite a la plaza. Saúl Galo volvió hasta casi una hora más tarde agitando un pedazo de madera que llevaba en la mano.

— ¡Lo robé de la sacristía! —dijo con una sonrisa triunfal— ¡aquí le vamos a hacer un exvoto al desierto!

Subimos a la Guayín y nos pusimos en camino. La tarde estaba soleada y entraba un poco de viento por el quemacocos. Del reproductor de CDs llegaba la música folclórica de Andeonimbva, el país de origen de Saúl Galo, este había tomado el asiento trasero y se había puesto a decorar su exvoto. A través del espejo retrovisor, Galo me pareció un antiguo escribano copto, con las melenas y las barbas revueltas por el aire. Archibaldo sacó su catalejo y enfocó el paisaje. Las grandes yucas se abrieron espacio entre de los valles, en formación para la gran noche intergaláctica.

Llegamos a Estación Wadley, en los márgenes de Wirikuta, justo donde una línea del tren partía en dos al desierto y se perdía en la nada. Ahí buscamos a don Luis, a quien llamaban “El Jefe del Desierto”. Vivía en El Tecolote, un rancho pasando las vías, siguiendo la carretera hasta el final y luego tomando un camino de terracería por el monte. Unos amigos en la ciudad nos habían hablado acerca de “El Jefe” y nos explicaron cómo encontrarlo. También nos dijeron que él no pedía remuneración alguna, pero que le gustaba el trago y que se daba por bien servido con un panalito de Tonayán de los que se afirmaba, tomaba uno diario.

En la terracería vimos a tres chicos wixárikas y ofrecimos llevarlos. Vestían con jeans y camiseta y los tres llevaban colgado un morralito con bordados alienígenas. Ellos también buscaban a “El Jefe del Desierto”. Querían cortar peyote pues esa ere el último día del año y había una fiesta importante esa noche en el Cerro del Quemado. Sus nombres eran Sebastián, Sabino y Julián. Eran originarios de Nayarit, aunque vivían en Chihuahua. A decir de Sabino, “El Jefe” sabía dónde encontrar los bulbos más carnosos de aquella zona. La camioneta de mamá dejaba una estela de polvo. Los wixárikas nos guiaron por los caminos mientras de fondo sonaban las mandolinas de Andeonimbva.

Llegamos hasta una choza de adobe y techo de lámina de donde salió un hombre vestido de militar. Era corpulento, mestizo y ajado, y llevaba un machete colgado a la espalda. Debido a su bigote entrecano le calculé unos sesenta años. En una de sus manazas lucía un anillo con la máscara funeraria del rey Tutankamón. Se alegró mucho de ver a los wixárikas. A nosotros nos preguntó quiénes éramos y qué buscábamos. Saúl Galo le entregó el panalito de Tonayán y le dijo que éramos peregrinos de la ciudad y veníamos por la medicina. “El Jefe” montó en su bicicleta y nos pidió que lo siguiéramos. Condujimos entre mezquites, biznagas, saguaros y candelabros. Llegamos a los pies de una yuca que sobresalía entre las demás debido a su tamaño y era —según nos dijo “El Jefe” —, su silla. Desde ahí podía verse todo el universo. Nuestro guía le pidió a Saúl Galo que tomara asiento en la raíz del árbol y volteara al cielo con los ojos cerrados. De su casaca militar extrajo un viejo papel doblado cientos de veces. Leyó en voz alta:

 

Nací en cuna muy humilde y he vivido en la pobreza

los llevo en el corazón y el recuerdo es mi riqueza.

Yo iba por un camino oscuro y de pronto encontré una luz,

esa luz son ustedes, los que han venido al desierto.

Ustedes son mi consuelo, son mi alegría,

yo los llevo dentro, de noche y de día.

Me gusta estar en las montañas

donde azota el viento,

soy un pobre tallador,

pero Jefe del Desierto.

 

Estallamos en júbilo y admiración.

“El Jefe” destapó el panalito de Tonayán que le habíamos llevado y le dio un trago. Luego nos acompañó a cortar peyote, que crecía debajo de una hierba llamada Gobernadora. Una vez advertido el primer botón, todos los demás empezaron a brotar del suelo como cosa de encantamiento. Los había macho y hembra. Los machos eran solitarios y servían para espermar el aire. Las hembras tenían propiedades alucinógenas, crecían formando constelaciones y en verano les brotaba una flor. También estaba el peyote brujo, cuya formación prismática era muy interesante, pero que provocaba vómitos y mareos. Habían sido diseñadas por los pleyadianos para que replicaran patrones de alineamientos cósmicos. El hombre nos enseñó a cortar a las hembras, rebanando primero la mitad superior de sus pétalos, luego cubriendo la raíz con barro para que retoñara varios años después. “Las estamos matando”, pensé, y ahí me sentí un turista de la magia, saqueando al desierto de aquellas preciosísimas joyas.

—Es una estrella el peyotito —dijo “El Jefe” mientras se hincaba para rebanar una de cinco pétalos.

Se arremangó la casaca y nos enseñó la palma abierta de su mano. Ahí, las líneas del destino se cruzaban entre sí como en la faz de un híkuri. El fenómeno llamó particularmente la atención de Galo quien tomó su mano para examinarla. A Galo le gustaba bromear con que la quiromancia era en Andeonimbva lo que el psicoanálisis en Argentina.

— ¿Usted a veces se siente muy solo, verdad? —preguntó Galo.

—A veces —contestó el Jefe contrayendo el brazo —pero los tengo a ustedes, que son mis amigos.

Saúl Galo y “El Jefe” se sonrieron y se pusieron de pie para abrazarse. El Jefe desenroscó la tapa del panalito de tonayán y le dio un trago. Luego nos lo pasó a todos. Nos contó su historia: nos dijo que la primera vez que había tomado la medicina tenía catorce años y lo había hecho en compañía de un homicida que huía de la ley. El Jefe, que era callado y taciturno y vivía en aquél páramo remoto, experimentó el ágape de la fraternidad por primera vez en su vida. El asesino enfrentó su conversión y desapareció; pero a partir de entonces empezaron a llegar por miles al desierto. Gente de toda nacionalidad venía en pos del híkuri; algunos siguiendo el camino de la magia, otros buscando un alivio a la esquizofrenia de la modernidad. Aquél anillo de Tutankamón en las manos del jefe, había sido herencia de un brujo sudanés.

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.

 

 

Santiago, Sabino y Julián se despidieron de nosotros para regresar a la carretera. Se fueron por un sendero mientras el sol se ocultaba, iban sacando botones de peyote de sus morralitos y se los iban comiendo en el camino como si fueran papitas. Montamos el campamento y metimos la cosecha dentro de una hielera para comerla en la noche. Archibaldo se me acercó y me dijo en voz baja que sospechaba que “El Jefe” era el asesino en su propia historia y que las líneas de su mano se las había hecho él con su machete. Le dije que dejara de ser tan escéptico. Saúl Galo bajó el madero que se había robado de la sacristía y en donde había pintado el exvoto para el desierto: era una tablilla con forma de obelisco sobre cuya superficie lucía el retrato de un asceta misterioso. Nuevamente se trataba del monje que había divisado aquella tarde por el retrovisor. Sin duda, Galo había proyectado su imagen mientras lo dibujaba. Probablemente no fuera un monje, probablemente fuera la rememoración subliminal de algún mago andeonimbvano. El rostro grisáceo, perdido en el espesor de las melenas, las barbas y la negritud de los hábitos. Los dos ojillos negros mirando al cielo con temor de dios. En la punta del gorro-obelisco: el Udyat, también llamado Ojo de Horus, emblema de la tradición egipcia.

—Está bien bonito —exclamó “El Jefe”— bien bonito. Póngalo por ahí donde se vea.

Galo plantó en la arena su tótem o exvoto y lo orientó hacia eclíptica. Ahí quedó instalado como mojonera o marcador lunar. El Jefe subió a su bicicleta y estrechó nuestras manos. Lo vimos darle traguitos a su Tonayán mientras se alejaba pedaleando.

Primero fui un ratón de los desiertos en busca de mi presa. Pateando la meseta perseguí las cochinillas, los dulces armadillos del polvo. Más no advertí los ojos acechando tras los matorrales: lince, serpiente, perro, coyote, gato doméstico. Fui cazador y fui cazado, principio y fin de la cadena proteínica. Las moléculas aparecieron flotando como si fueran luciérnagas. Después eché a correr queriendo ser colibrí, golondrina, murciélago, tecolote; pero me detuve en seco al darme cuenta que había recorrido ya cinco mil trecientos millones de años al pasado y había trilobites nadando bajo la hierba Gobernadora. Uno, que se había enterrado debajo de la arena, llamó mi atención por su caparazón iridiscente. Con mis manos removí la arena para tocarlo; mas haciéndolo no encontré el dinosaurio que buscaba, sino lo que parecía la tapa de un ataúd. Caí preso de un terror indescriptible. Seguí removiendo aquella superficie y apareció una placa con mi nombre. Claramente podía leerse: Antón Kgagari (1984-2010). Necesitaba levantar la tapa y contemplar lo que había dentro. ¿Me vería a mí mismo en estado de putrefacción o enfrentaría una muerte inmediata?

Pero ahí no había ningún ataúd. Por más que removiera la tierra solo había polvo. Estaba teniendo alucinaciones producto de la mezcalina y las sombras engañosas que proyectaba la luna. Caí en cuenta de ello cuando escuché la voz de Archibaldo detrás de un arbusto. Mantenía una conversación consigo mismo sobre el tema del espacio-tiempo y la materia. Podía oírlo tan nítidamente como si estuviera sentado al otro lado del arbusto. Me dispuse a saltar sobre él para asustarlo, pero cuando lo hice no había nadie.

Llamé su nombre:

—¿Archibaldo?

Nadie respondió.

—¡Galo, Archibaldo! —grité —¿están ahí?

El desierto era silencio y mi cabeza me estaba jugado trucos.

—¡Contesten, chingada madre!

Empecé a impacientarme.

Me sentía intoxicado, incluso caminar me costaba trabajo; ¿cómo diablos había podido alejarme tanto saltando como ratón? Caminé sin saber a dónde iba, en dónde estaba. Todo era el mismo páramo lunar con matorrales.

De pronto comencé a sentir que alguien me seguía.

Giré de forma instintiva.

Me encontré con un perro criollo que no pareció inmutarse frente a mi espaviento. Se me quedó viendo y yo miré adentro de sus ojos y fue como si percibiera una energía humana habitando se cuerpo. El perro me pasó por un lado y siguió su marcha. Se detuvo unos pasos adelante y esperó un momento. Tenía que ser “El Jefe del Desierto”, pensé, y me pareció lo más lógico bajo la influencia del híkuri. Un momento después divisé el resplandor de una fogata y escuché la voz de mis amigos. Al fin y al cabo no me había alejado tanto del campamento. O quizás sí, millones de años en el radio de unos cuantos metros.

Galo y Archibaldo Quintó-Só bebían Brüt y platicaban a carcajadas. Sus pupilas parecían botones negros. En ellos se reflejaba la luz de las llamas. Al verme no se sorprendieron demasiado. Cuando les pregunté si habían escuchado mis gritos me contestaron que no, que solamente me había ausentado unos minutos y que por eso no se habían preocupado. Les quise hablar sobre mi encuentro con “El Jefe” transformado en perro, pero cuando lo busqué desde luego ya se había ido.

Lo que se hallaba muy presente en el interior de mi carne era la vegetación, cuyas espinas podía sentir sin dolor adentro de mi piel. Cada árbol era único y diferente del otro. Cada uno tenía, por así decirlo, su propia personalidad. También tenían un alma, un aura y siete cuerpos sutiles, como todos los seres vivos. Esto podía ser visto en leves gradaciones de color alrededor de la planta. No había una sola piedra que estuviera ahí por casualidad; todo, incluida nuestra presencia, parecía ser parte de una arquitectura secreta.

Cerré los ojos y observé los mandalas proyectados en el interior de mi frente, fractales fosforescentes reconstruyéndose sobre sí mismos, estructuras huicholas, andinas y tibetanas, serpientes escalando pirámides y enroscándose en discos giratorios con el símbolo del ying y el yang.

Saúl Galo nos dijo que necesitaba pegar un pis y desapareció.

Archivo Warpola.

Archivo Warpola.

Archibaldo Quinto-Só y yo nos sentamos a platicar alrededor de la fogata y abrimos otra botella de Brüt. Me confió no estar tan seguro ya de su teoría sobre la verdadera identidad de “El Jefe”; aunque en verdad, dijo, tampoco creía seguir asegurando muchas cosas. En todo caso, poco importaba si el Jefe había sido o no el verdadero asesino de su historia, o si se había marcado la mano con su propio machete. Lo que más le desconcertaba, dijo Archibaldo mirando sobre su hombro como si temiera que alguien lo escuchara, era percibir en su cuerpo las vetas de plata que fluían como ríos detenidos bajo la tierra. Podía, por ejemplo, ser consciente de fenómenos ni siquiera observables dentro de un laboratorio, tales como el desdoblamiento del espacio-tiempo y la licuefacción de la materia.

De pronto vimos una señal en el cielo: un triángulo luminoso formado a partir de la alineación de un conjunto de nubes. Al centro de este triángulo brillaba la luna como un reflector. Era el mismo Udyat sobre la punta del gorro del nigromante andeonimbvano. El exvoto se hallaba directamente alineado con éste fenómeno. Archibaldo y yo nos conmovimos.

Saúl Galo surgió de entre los matorrales.

No llevaba camisa y respiraba con agitación. Su pecho estaba bañado en sudor. Era obvio que había entrado en alguna especie de trance. Nos dijo que había bailando enloquecidamente poseído por el espíritu de Tamatzi, el dios wixárika de los arqueros. Sobre la palma abierta de su mano había una pequeña caracola blanca.

—Es un atrapalunas —nos dijo— si miras a través del orificio puedes ver el inframundo.

Archibaldo cogió la pieza y la inspeccionó. Luego me la pasó con indiferencia.

El nácar estaba horadado y adentro de la concha había una piedrecilla suelta que la hacía sonar como una sonaja. Me llevé aquél atrapalunas y enfoqué el desierto. Se veía exactamente igual.


Autores
Antonio Tamez (Ciudad de México, 1984). Es Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Querétaro y maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Estudió el Diplomado en Creación Literaria en la SOGEM. Fue becario del PECDA Querétaro en 2005, 2011 y 2014. Ha publicado los libros de cuentos Historias de princesas para el orfanato de niñas (Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro, 2007), Bengala (Herring Publishers, 2011) y El templo de los animales disecados (Montea, 2017). Está incluido en las antologías Porqué Escribo (Gris Tormenta, 2017), Página 1 (Revarena, 2016), Largo Sueño de las Cifras (Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro, 2014) y Neónidas [2006-2008] (Herring Publishers, 2009). Ha publicado en diversos medios impresos y digitales como Punto de Partida, Liberoamérica y Tres Pies al Gato, entre otros.

[1]

Proemio

La noche engendra
La partitura muerta,
Odio secular Un gajo de epopeya negra.
Navegaré hondamente por las olas
Entre la oscuridad y la tiniebla
Cólera majestuosa,
Correo Chuan,
Espesura desértica.
Le diré a la épica sardina:
La Patria es obscuridad y neblina.
Grave Patria:
Estrangulada en la selva hambrienta.
Antes de la caída de las hachas
Gritan muertas de miedo las muchachas.

El pájaro carpintero destruye un teléfono negro.

 

Primer Acto

Patria: cenagosa cresta de maíz,
Tus talleres el palacio de Krum.
Captura de pantalla (3)

 

El Niño Dios te escrituró:

establos, aldeas, corrales, ciudades, chozas, cabañas, almacenes, industrias, estaciones, graneros, granjas, molinos de agua, talleres, fabricas, crestas, peñones, cuestas, desfiladeros, laderas, linderos. Sórdidas umbrías, bosques amarillos, pedriscos, agua, turbios riachuelos, praderas, huertos, sembradíos, viñedos, pastizales, zarzales, pajizales escaldados, espinales, pantanos…

 

El Diablo:

 

Un mar negro

y muchos mexicanos.

Mexicanos harapientos
Mexicanos enlodados
Mexicanos hambrientos
Mexicanos huraños
Mexicanos perdidos en México
Demacrados por el trabajo
Endurecidos por el frío
Con bolsas haraposas
Con dilgos y horquillas
Mexicanos contrahechos
Mexicanos baldados
Greñudos, tiznados
Descalzos, lacerados

Mexicanos elementales:               Iracundos

Bestiales

Rabiosos

Sobre tu Capital, campesinos con pértigas en carretela;
Jóvenes y ancianos precipitados, animales ciegos, toros
furiosos.

Grita el palomo colipavo:             Incontenible:

Temerario:

Majestuoso:

 

¡¡¡Arriba el pueblo mexicano!!!

 

Arriba dónde, Arriba Cristo
Entre los hombres, uniendo los países, uniendo a los poetas,
Sumando a los muertos, llevándolos al cielo.

 

Patria: tu mutilado territorio se cubre de pavesa,
tizne,
escoria,
se impregna de humedad y frío,
el tren va por la vía,
devorando con martillos las jugueterías,
la galana pólvora,
el rudo patán,
el aeronauta, el escritor oscurantista.

Todos en el tren entrenados.

Millares comen masa.
Regresan al poder los caudillos homicidas

Grave patria (Bulgaria):
miles de creencias,
fe en el delfín ascendido,
tenacidad para la vida,
jariosa raza de bailadores de jarabe.

Corazón salvaje.
Lumbre en cada Corazón.

La bandera se iza.
Sonora miseria alcancía; madrugada terruño,
Calle sacudida en temor y tormenta.

Santo olor de la panadería:
Masa para el pueblo millar.

Cuando nacemos. La tragedia comienza.

Cuerpos muertos.

Cadáveres sangrientos.
Con poemas en el pecho.

Recubren
Laderas,
Vallejos,
Senderos.

 

En México reina la muerte
En México reina la muerte
En México reina la muerte

 

 

Campesinos ametrallados.
Huyen con pavor dondequiera.

 

Entre chillidos de ancianos,
niños
y mujeres espantadas.

 

 

Trueno de nuestras nubes
sobre las tierras labrantías.

 

Intermedio

Allí en
El centro de total turbulencia,
Solitario,
Como demente,
El temerario, épico
Poeta,
Sicilia,
El cañon legendario
Dispara, proyectil
Tras proyectil…

Y él en el postrero instante
Radiante y colosal exclama:

¡¡¡Muerte a Satanás!!!

Y su cañón voltea
Retumba la tierra
su Granada directo
al congreso de los constituyentes.

Crujen los esqueletos, la cuerda estaba lista,
Las montañas tenebrosas se oscurecían,
Permanecía el poeta
Colosal, sobre su pecho el crucifijo,
La Mirada al porvenir.

¿Qué significa perder un hijo?

 

Segundo acto

 

Escúchame loarte,
Declama aquella ira funesta de Cuauhtémoc[2].
Cuauhtémoc[3] fue la fuerza bruta.
Guerrero demoniaco.
Tlacochcálcatl de su majestad real el rey Moctezuma
Águila de garras negras.
Destripando la tierra
Antiguo tlatoani
Sin cruces, ni medallas, ni cintas

Hoy nosotros no creemos ya en héroes.
Tenochtitlán sin agua dulce.
Moctezuma y Tecuichpo perecieron
No triunfó Cuauhtémoc[4].

¿Qué es para el Hécuba?

zócalo de cenizas
sus plantas.

Se fragua lo que sufriste:

La piragua prisionera, al azoro de tus crías,
El sollozar de tus mitologías, la Malinche, los ídolos a nado,

Expansión secular de la avidez divina,
Cada muerte es diversión,
Cada lamento, chanza,

Muerte, exterminación y sangre.
Hasta cuándo

Omnipotente                                     Zeus

Huichilopotzli

Indra

Tohr

Jehová

Quetzalcoatl

Sebaoth

Responded hasta cuándo.
Señor Jesús de los balcanes.
Rey de México y Bulgaria.

 

 

A través del humo los fuegos
Tus oídos fustigan el grito de los asesinados,
El gemido de los mártires innumerables
En vagones ardientes.

 

¿Quién engañó nuestra fe?
(Los poetas asesinados lo sabemos)

Bulgaria Mexicalli dirige sus grúas al cielo:

en línea recta
desde el último gran edificio.

¡Abajo Dios!

bomba al corazón
asalto al cielo.

¡Abajo Dios!

Cadáver precipitado
al abismo universal.

¡Abajo Dios!

Ven Dios a sufrir con nosotros.
La pira está ardiendo.

Hay una muerta en el desierto.
El Ángel pasa y la mira.
Los calzones llenos de sangre,
La blusa corrida hasta la oreja
Y la falda bajada hasta el huesito.

Niña patria: tú eres el cadaver,
Violado por el padre, enterrado por la madre,
No tengas miedo.
Ya vendrán sus asesinos. Y los asesinos de sus asesinos.
Nena llegó la hora. Se hará justicia.

(Los poetas asesinos lo sabemos)

Levántate, anda
No tengas miedo.

¡todo lo escrito
por filósofos y poetas
se realizará!

¡Suave patria!

¡Sin Dios!
¡Sin Señor!

azul incienso
palmas bendecidas,
desfilo
pala al hombro

¡Dios mío sólo tenías 16 años!

llena de sombra,
viva entre sombras,

(todo lo que existe sombra).

Aquí en la tierra nuestra tierra

septiembre será mayo
Trueno de intemperie.

La vida humana
será infinita progresión
Arriba hacia arriba
Bulgaria Mexicalli
Arriba hacia Arriba
la tierra será paraíso.


[1] Remix libre de la Suave Patria de Ramón López Velarde y Septiembre de Geo Milev (Traducción: Pedro de Oraá)

[2] Cuauhtémoc se dio a la tarea de reorganizar el ejército mexica, reconstruir la ciudad y fortificarla para la guerra contra los españoles. Envió embajadores a todos los pueblos solicitando aliados, disminuyendo sus contribuciones y aun eliminándolas para algunos. Después de sitiar Tenochtitlán por 90 días, el 13 de agosto de 1521, los españoles, que eran comandados por Hernán Cortés, lo capturaron en Tlatelolco.

[3] La canoa en la cual huían de Tenochtitlan él, su familia y sus más allegados guerreros, fue alcanzada por un bergantín español piloteado por García Holguín. Cuauhtémoc exigió ser llevado ante Cortés.“Señor Malinche, le dijo Cuauhtémoc a Cortés, ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él”. (Bernal del Castillo)

[4]  El oro que los españoles habían no era suficiente para repartir de forma satisfactoria entre toda la tropa española, por lo que iniciaron suposiciones por parte de los mandos para obtener más oro. Algunos españoles juzgaron que después de la Batalla del Canal de los Toltecas, los aztecas habían recuperado el botín y lo habían echado a la laguna o lo habían robado los tlaxcaltecas o bien los propios soldados españoles. De ahí que fueran los oficiales de la Real Hacienda, y sobre todo el tesorero Julián de Alderete, y no Cortés, que se limitó a consentirlo, los que ordenaran —Bernal Díaz y López de Gómara así lo argumentan — el tormento de Cuauhtémoc y Tetlepanquetzaltzin. De acuerdo a los libros de Díaz del Castillo, López de Gómara y las acusaciones hechas a Cortés posteriormente en su juicio de residencia coinciden en que fueron torturados mojándoles los pies y las manos con aceite y quemándoselos.


Autores
(Querétaro, 1987-2012). Estudió la licenciatura en Letras Modernas, en la Universidad Autónoma de Querétaro. Autor de la La Máquina de Hacer Pájaros (Herring Publishers de México, 2008), Neónidas (Herring Publishers de México, 2009), El Whisky del Barbero Espadachín (Urano, 2010), Bulgaria Mexicali (Herring Publishers de México, 2011).

No escribo esto para decir si la película es buena o mala, tampoco porque crea que sea demasiado revolucionaria para el movimiento feminista —más bien me inquieta que, a pesar de no serlo, haya generado tanta incomodidad—. Mi intención es reivindicar algunos aspectos de la película alrededor de los cuales vale la pena debatir.

Pretendo situar la discusión en torno a por qué la película ha tenido una recepción tan negativa a pesar de ser una exposición del empoderamiento femenino. Capitana Marvel se estrenó el 8 de marzo en la Ciudad de México. Las ironías en la película hablan de la necesidad de evidenciar diferencias de género que deberían desaparecer. El tema no se sobre-explota, tampoco es el eje principal de la película, aunque sí presenta varios aciertos al respecto de la forma de tratar al empoderamiento de la mujer.

No comprendo por qué podría resultar escandaloso que una película haga explícito el empoderamiento femenino. ¿Por qué debería ser sutil, cuando la propaganda de los ideales físicos femeninos nunca lo es? Cuando se evidencia en el resto de las películas de súper héroes que el deber del hombre es salvar cada vez a las mujeres —y seamos honestos, les imponen ideales de masculinidad inalcanzables, en la idealización perdemos todos. ¿Por qué, si nos vamos a poner los lentes críticos, no decimos nada de la propaganda americana que se evidencia en este género? ¿Por qué nadie menciona la paradoja de que Capitana Marvel parece anti-imperialista denunciando las acciones de los Kree; pero el uniforme de Carol Danvers sigue siendo el de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que ha hecho tantas incursiones “por el bien de la democracia” en países tercermundistas?

No condeno el espíritu crítico de cuestionar una película como panfletaria, es más, alabo la necesidad de sobre-analizar los lugares a los que nos lleva la cultura de masas.  Sin embargo, no podemos seguir perdonando el cinismo frente a algo tan urgente como abrir espacios de concientización de la herida causada por las normativas de género. Quizá —y de verdad lo espero— en algún momento lleguemos a no necesitar una reafirmación del lugar de las mujeres en la sociedad. Quizá logremos difuminar las diferencias y dejemos de seguir reglas absurdas, que nos aprisionan a todos. Hasta entonces vale la pena aplaudir a cualquier manifestación —sobre todo una con el alcance de una película de Marvel— que señale la necesidad de reconfigurar las normativas de género. Tampoco soy ingenua. No creo que la cultura de masas esté aquí para salvarnos. Desconfío de cuando el capitalismo usa de la tendencia intelectual para producir más ganancias. Creo, también, que es peligroso que se utilice la reivindicación femenina como campaña publicitaria. Aún así es una pretensión válida ya que nos ha permitido abrir estos espacios de discusión.

Al hablar de la recepción de Capitana Marvel solo puedo hacerlo desde mi experiencia y capacidad de exposición a los comentarios que he visto y escuchado. Existe un aire de desaprobación en torno a la fuerza que puede tener esta propuesta.

La película es, por lo demás, un camino del héroe común y corriente. La fórmula a la que estamos acostumbrados funciona, entretiene, y me atrevo a decir que la curva dramática está bien planteada; no se abusa de la espectacularidad.

Capitana Marvel tiene poco de revolucionaria, sin embargo no se pueden minimizar sus aciertos concernientes a la lucha feminista. Hay muchos momentos en que la ironía hace posible burlarnos del status quo de la hegemonía machista, que tampoco ha tratado bien a los hombres. Quiero señalar cuatro aspectos que me parecieron más relevantes sobre lo que la película quiere decirnos del género. Hacia el final del filme, el poder de los sentimientos y la impulsividad de Carol se señala como algo humano y no necesariamente femenino. Vemos aquí, como en otras películas (diferente universo y peor guion, pero en Green Lantern también se resalta eso del personaje principal), que lo que nos hace humanos y mejores héroes es precisamente ese “sentimentalismo”. Nos diferencia como raza dentro de la dinámica universal de pragmatismo alienígena. De manera que Carol Danvers no tiene que controlar sus emociones, sino, más bien, liberarse de las restricciones que un régimen Kree impuso sobre ella.

Otro aspecto que agradezco es la ausencia de un interés amoroso. No lo necesitamos, la emoción y la trama funcionan igual con o sin el aspecto romántico, y yo diría que es aún más interesante sin él. Dejamos de lado la idealización del amor romántico y las propias heridas que acarrea. Capitana Marvel triunfó donde Wonder Woman nos quedó mal. Carol Danvers no necesitó de un interés amoroso para volver a entender cómo funciona el mundo humano, ni para encontrar la estrategia que la llevaría a desarrollar su potencial.

La independencia se presenta, así como la fuerza de la sororidad, a partir del personaje de María Rambeau. Si bien, este personaje necesita un poco más de desarrollo para considerarse redondo, al menos es parte de la conformación de una familia no heteronormada en donde la fuerza femenina tiene un lugar donde puede ser apoyada. A través de su personaje se hace énfasis, además, de la dificultad para ser parte de la Fuerza Aérea Estadounidense, porque si algo sabemos es que a las mujeres nos cuesta el doble de trabajo alcanzar una posición “masculina”.

El atuendo de Danvers es, también, un logro. Hay más practicidad que estética, porque queremos ver su desarrollo como personaje y la acción de las batallas; no apropiarnos de su cuerpo desde una mirada voyerista. Virginie Despentes habla de los ejercicios de “reubicación” que utiliza el patriarcado para silenciar cualquier expresión que pueda desestabilizarlo.[1] Sucedió con ella como ha sucedido con tantas mujeres que empiezan a tener una voz. Me parece que de alguna manera, la filtración de las nudes de Brie Larson tienen que ver con este intento de “poner en su lugar” a una mujer que está haciéndolos sentir incómodos al respecto de su masculinidad. Pueden pensar que con esto desvirtúan el trabajo de la actriz, pero quiero pensar que las cosas ya no funcionan así. Si se están esforzando tanto por exhibirla, exponerla y volverla vulnerable es que la película va por buen camino para llamar la atención sobre los focos rojos de machismo latente.

La banda sonora es otro aspecto que confirma la coherencia de las pretensiones de la película. No sólo es la primera que fue compuesta por una mujer en el universo Marvel, sino también, incluye bandas con figuras femeninas que en su momento lidiaron con la predominancia masculina en el género musical.[2] Basta mencionar el ejemplo de “Just A Girl” de No doubt, cuya letra ironiza las injusticias de las prerrogativas del género femenino. El video musical reta la división binaria en un aspecto tan cotidiano y tan absurdo como la división de los baños. La película es congruente con lo que propone desde el inicio, y cada detalle se siente orgánico dentro de la lógica del empoderamiento propio de los largometrajes de Marvel.

pinartoprak_2

Una de las críticas que se ha hecho a la película es que el tema del empoderamiento parece forzado. Es necesario revisar el camino del héroe, para entender por qué esta cuestión es perfecta para el género fílmico que nos atañe. Joseph Campbell propone una estructura que es, a grandes rasgos, la siguiente: la partida (la llamada a la aventura, la negativa, la ayuda, el cruce del primer umbral), la iniciación (el camino de las pruebas, la reconciliación, la Apoteosis), y el regreso (el rescate del mundo exterior, el cruce del umbral del regreso, libertad para vivir).[3]

Todas las películas que nos presentan la aparición de un nuevo héroe en el universo de Marvel siguen la estructura anterior, quizá exceptuando algunos pasos. Es una fórmula heredada de los mitos griegos y que deriva en el éxito taquillero de nuestra época moderna. Hay un estadio del viaje llamado la Apoteosis, que viene después de la superación de las pruebas, y la reconciliación con aspectos femeninos y masculinos del camino del héroe. Es una especie de elevación, en la que el héroe finalmente se transforma. Es curioso que Campbell encuentra en este estadio una reconciliación con la dualidad, por lo que es un momento de cierta manera de una transformación andrógina para el protagonista de la travesía.[4]

El viaje del héroe también es espiritual, pues el cambio interno corresponde al externo. No sólo debe cumplir con ciertas metas, sino que también se transforma esencialmente. La Apoteosis, y el empoderamiento es lo esperado en cualquier historia heroica. La toma del poder por parte de Carol es igual al resto de los héroes una vez superadas las pruebas. Thor asume su papel como dios del trueno, más allá del límite del martillo; Tony Stark cambia de un millonario egocéntrico que provoca masacres a un héroe egocéntrico que se asume como responsable de sus acciones; por mencionar algunos ejemplos.

Por eso resulta tan orgánico, desde mi punto de vista, que el guiño hacia el empoderamiento femenino se incruste en un camino en que la Apoteosis es esperada. Todas las películas épicas apuntan a producir ese efecto de poder, de esperanza incluso.

Por último, quiero señalar cómo los falsos feministas se han evidenciado después del estreno de Capitana Marvel. Creo que a todas nos ha pasado que se nos acerca alguien que dice ser feminista y no sólo no lo es sino que, además, se considera con la autoridad para explicarnos de qué se trata el feminismo. Me preocupa esta clase específica de personas porque evidencia la facilidad con la que una etiqueta los exime de repensar sus propias actitudes machistas.

Me he cruzado con comentarios como “yo soy feminista pero no entiendo por qué tenemos que aplaudirles a las mujeres sólo por ser mujeres”. Si piensan eso, o si piensan que algo de la película que estamos tratando –o del feminismo en general— se trata de eso, entonces no entienden lo que es el feminismo. Y está bien. Está bien decir “no lo entiendo”. Está bien cuestionarnos. Está bien ver las fallas del propio movimiento, porque nos alimentamos de esas dudas y críticas constructivas. Lo que no está bien es tratar de desvirtuar algo que se desconoce por completo.

Seamos honestos con nosotros mismos. Es más sencillo ahora acceder al tipo de lecturas que podría salvarnos de esta clase de comportamientos. Podemos ver una Ted talk de Gail Dines en menos de 15 minutos y entender por qué es tan preocupante que la cultura de masas nos pornifique. Es posible tener el mínimo de sensibilidad para saber que no vemos acosadores o violadores en todos lados, sino que leemos los signos de alerta —una y otra vez y con distintas facetas— en un sistema que se encarga de desarticular nuestra posibilidad de existencia. Es verdad que el feminismo a veces sigue siendo elitista y que a veces puede estar equivocado. No tenemos todas las respuestas. Quizá no tenemos ninguna, pero sabemos que “no se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a los pequeños derechos adquiridos por los hombres, sino de dinamitarlo todo”.[5]

Está bien estar molesto. No espero que todos aplaudan Capitana Marvel solo porque me hizo sentir un poco mejor al respecto a nuestra representación en la cultura de masas. Es productivo que algo sea problemático, porque nos obliga a pensar. El feminismo y la libertad también son incómodas, angustiantes, pero cualquier cosa es mejor que esta cárcel perpetua en la que estamos por tener pene o vagina o lo que sea. También es una invitación a que repiensen su masculinidad. Nick Fury lavó platos y de todas maneras pudo salir vivo del enfrentamiento con los Kree. Hay espacio para que reflexionemos todo y ya nadie tenga que sentir su frágil masculinidad atacada porque vio una película donde se burlaban del machismo.

El empoderamiento no es un aspecto que se forzó dentro del universo de Marvel, sino que es parte de la construcción de otro personaje necesario dentro del mismo. La molestia al respecto de esta aparición más bien revela un problema: ¿por qué les molesta tanto ver a una mujer “ascender” de la misma manera en que lo ven con protagonistas masculinos? Carol Danvers sigue exactamente el mismo proceso que el resto de los héroes, nosotros leemos el subtexto y la referencia al empoderamiento femenino. Si viviéramos en un mundo idílico en el que ya no se necesitara de estas manifestaciones públicas, a nadie le habría ofendido que una mujer se alzara en las circunstancias que lo hace. Sólo habrían aceptado el viaje del héroe como otra de las tantas variantes que existen.

Lo que están evidenciando la masculinidad frágil que el mismo machismo ha construido. Y si no me creen, vean la película invirtiendo todos los papeles: invéntense su mejor Capitán Marvel, adórnenlo bien de una masculinidad idealizada. Hagan caso omiso de la escena de Nick Fury lavando trastes. Que la enemiga Kree sea una mujer seductora con escote pronunciado. Incluso cambien la banda sonora. Ahora, ¿ya les gusta la película?

capitanmarvel

 


Bibliografía

Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras, México, Fondo de Cultura Económica, 1972.

Despentes, Virginie, Teoría King Kong, Editorial Melusina, 2007.

Miller, Matt, “The Captain Marvel soundtrack is a 90’s rock dream”, Esquire, 2019, [Web], <https://www.esquire.com/entertainment/movies/a26766388/captain-marvel-movie-soundtrack-music/>, (23 de marzo de 2019).

[1] Cfr. Despentes, Virginie, Teoría King Kong, pp. 98-99.

[2] Para más sobre el soundtrack de la película véase Miller, Matt, “The Captain Marvel soundtrack is a 90’s rock dream”.

[3] Para ver el resto de las fases véase Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras. Por razones prácticas no incluimos el recuento exhaustivo del camino del héroe.

[4] Cfr. Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras, pp. 89-100.

[5] Despentes, Virginie, Teoría King Kong, p. 121.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

Ilustrador
Karla Hernández
También conocida como Charlötte, es diseñadora gráfica e ilustradora egresada de la UNAM-FES Acatlán. Creadora de Charlötte, un espacio de ilustración. Actualmente trabaja como directora de arte en COCOLAB. Colabora en la organización de Locomoción- Festival de la animación en la Ciudad de México. Finalista de la primera Bienal de Ilustración en México.

 

0

El arco emocional de Guardianes de la galaxia descansa en la idea de que hasta los perdedores pueden redimirse en familia. Que juntos somos mejores.

Cuando están por perder contra Ronan, los guardianes se toman de las manos y ayudan Peter Quill a soportar el peso de aquello que parece intolerable. Tomar la mano de alguien, hacerte fuerte con el otro: de eso va Guardianes de la galaxia, aunque a estas alturas ya todos lo sabemos.

 

I

Algunos villanos dan la impresión de ser Thanos, titanes invencibles con motivaciones que parecen sensatas, aunque no lo sean. Parece que tienen el poder en sus manos. Un chasquido basta para ellos. Máxima primera: el infantilismo de sus acciones no parece tal a simple vista. Máxima segunda: lo que es aplicable a la política es aplicable a las caricaturas. Qué mejor caricatura que Disney, ¿no? La mentira tiene forma de ratón.

Disney despidió a James Gunn con la excusa de haber publicado unos tuits ofensivos por allá de 2008 y 2009, muchos años antes de su contratación. Aunque se sabía que Gunn ya había aclarado su pasado (él mismo rectificó en sus redes sociales, tiempo después de publicar esos tuits), y a pesar de que Disney no pareció interesarse en ello mientras nadie hiciera alboroto, cuando algunos tuiteros comenzaron a gritar sus demandas, Disney les hizo callar ofreciendo el despido de Gunn como sacrificio balsámico. Igual que Thanos matando a media vida en el universo con el clamor del equilibrio, Disney despidió a Gunn con el grito de justicia.

Esto pasó en julio del año pasado. Disney enjuició públicamente a Gunn sin darle oportunidad de réplica. Un monopolio mundial contra un hombre. Goliat aplastando a David. ¿La historia es una caricatura que no deja de repetirse? O la historia de la humanidad es como una película de Marvel, o como Dragon Ball, que aparece una y otra vez en el canal 5 sin importar cuantos años pasen.

Somos una serie que se repite en un canal que ya nadie ve. Primero como tragedia y luego como farsa (en el prólogo a El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx dice que cuanto más intentamos dinamitar el pasado, más los fantasmas del pasado regresan a acometer lo mismo que hicieron antes, ahora como una farsa). Así como todos lloramos la primera vez que mataron a Krillin, y después de tanto morir se volvió un meme. O como la muerte de Spider-Man en Infinity War, que antes de estar muerto ya tenía confirmada la resurrección.

Ay, Krillin, ¡¿cuántas veces te han matado?! ¿No vas a explotar otra vez, verdad, Krillin?

¿No es triste nuestro destino, si lo pensamos así? Todos somos Krillin, gritando por la ayuda de Gokú, aunque sepamos que Freezer nos va a reventar las entrañas.

Después de todo, ¿quién puede competir contra un titán y salir victorioso? Krillin lo supo, nosotros también. La vida es la batalla más que la victoria. No por nada hay quienes definen las utopías como los pasos que damos hacia una dirección que nunca está más cerca, pero que nos hace alejarnos de algo. James Gunn debió saberlo. Los titanes locos no son fáciles de vencer y la autorrealización creativa es una utopía.

Todo lo anterior debe ser tomado como una farsa, sino quiere ser una tragedia. Extrapolar la metáfora aquí propuesta a terrenos más teóricos, más serios, podría ser amargo. Mejor pensemos en Dragon Ball y en Rocket Racoon, un mapache con una metralleta (¡no te merecemos!).

 

II

“Te correrán por los chistes que hiciste cuando eras otra persona”. Si James Gunn hubiese comprado una galleta de la suerte el día en que Disney lo despidió, habría dicho algo así. La realidad se ríe de nosotros varias veces. Somos una novela y el mundo quiere vencernos hasta después de haber peleado muchos rounds. Si no me creen, pregúntenle a los libros de Hemingway o a Cortázar: morir por knockout es la aspiración más bella, casi nunca realizable. En su lugar, Gunn no quiso leer nada. Se retiró de Instagram, de Twitter, de Facebook. Muchos usuarios en las redes sociales adoptaron de inmediato su papel como acusadores: Gunn merecía el castigo. ¡Los chistes que hiciste en el pasado merecen arruinar tu vida!

Ronan, el villano de su primera película en Disney, Guardianes de la galaxia, era un acusador fantoche que, como fanático religioso, buscaba aniquilar a todos los que no pensaran como él (alejémonos de sus serias implicaciones, de las verdaderamente escabrosas). Casi pareciera que Gunn profetizó su encontronazo con los devoradores de del internet que, con intachable investidura moral, se atrevieron a afirmar que si sus chistes eran sobre abuso infantil, seguramente era porque él lo había cometido también. Sin que nadie lo hubiese acusado, ni hubiese ninguna posible víctima. No creo que nadie defienda sus chistes, ni que debamos hacerlo, pero hay un abismo entre hacer chistes de un tema escabroso y llevarlo a la acción, a la realidad. Si fuese así, los escritores tendríamos un lugar especial en el infierno por la cantidad de atropellos que cometemos página a página.

Los acusadores alzaron su martillo con una gema del infinito incrustada en la punta, e intentaron volarle la cabeza a Gunn. Y creyeron que lo habían hecho. En Guardianes de la galaxia, Ronan cree que ganó. ¿Cómo no va a creerlo? El mazo sigue en su mano y él dice tener la razón. Pero ya todos sabemos que en las películas de superhéroes el villano no es el que vence al final.

 

III

Guardianes de la Galaxia es una trilogía extraña (ya podemos afirmar que habrá una tercera): en la primera parte nos presentan al grupo de desadaptados que después funcionarán como una familia. Tolstoi ya lo dijo una vez (sólo una vez; cualquier otro eco de esa frase, es la humanidad apropiándose del dolor o de la alegría que Tolstoi sintió al escribirla): Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera (me pregunto si Tolstoi se merecía la quema pública que recibió por Sonata a Kreutzer, igual que Gunn por sus tuits. Perdonen por comparar dos cosas tan distintas, pero es que están unidas por el resultado y por el espíritu de sus adversarios. Además, hay muchos escritores que piensan tanto sus tuits que pareciera que escriben una sonata para la posteridad).

La familia de los Guardianes de la galaxia lo incluye a él, a Gunn. Haberlo despedido fue el equivalente a destruir a una familia. Disney debió darse cuenta de ello.

Los actores, luego del despido del director, firmaron una carta pidiendo que Disney recobrara la cordura. Incluso Chris Pratt, con todo y lo religioso y lo conservador (pregúntenle a Ellen Page si no saben de qué hablo), pidió que volviera Gunn.

¿No merecemos todos una segunda oportunidad?, a ello podría resumirse la carta escrita por los actores y lo dicho por los fans. ¿No merecemos enmendar nuestros errores? ¿No se supone que un castigo debe buscar que nos reinsertemos en la sociedad? ¿No era, justamente ese, el mensaje de la película de Gunn, tan aplaudida mundialmente?

¿Cómo vamos a redimirnos si no nos dejan otra opción que el exilio de lo que nos hace ser mejores?

En Vigilar y castigar, Foucault dijo que antes se penaba al cuerpo y luego la libertad (si una mano hurtó, entonces lo que debían arrancarle al hombre era esa misma mano); por eso primero se mutilaba al cuerpo y luego se encerraba a la gente en prisión (castigar con el aislamiento sólo fue posible al comprender la importancia de la libertad de la mente y no sólo del cuerpo). Que te quiten la posibilidad de terminar tu obra debe ser un poco como las dos: te arrancan algo que era tuyo y al hacerlo te quitan tu libertad. James Gunn volvió a Marvel, y nadie se sorprendería si su decisión estuviese relacionada con el amor que parece profesarle a sus criaturas, esos personajes tan extraños y tan entrañables. El amor nos hace más fuertes, ¿no se trata de eso este gran episodio? Tristemente, el amor también es objeto de política.

 

galletasuerte

 

IV

Fui a ver Guardianes de la galaxia tres veces al cine: con subtítulos, en español en formato tradicional y en 3D. Las tres ocasiones tuvieron algo mágico que no me había pasado nunca en el cine: todos nos reíamos. Nos reíamos de forma descarada, sin mesura de ninguna clase. En algún punto de la función, Peter Quill hace un chiste: dice que las paredes de su nave espacial serían como una pintura abstracta si las iluminaran con luz negra. ¿Desde cuándo Disney hace chistes así, nos preguntamos? ¿Por qué nadie le dijo a Gunn que no podía hacer esas cosas? James Gunn parece ser uno de esos pocos directores que Marvel dejó que hiciera lo que quisiera, porque a fin de cuentas, él debía lanzar una franquicia que pocos conocían, y debía hacerla un éxito. Y lo hizo.

Da felicidad que lo hayan recontratado. Es el único director que se ha encargado al cien por ciento de sus criaturas (él hizo de los guiones para sus personajes en Infinity War, solo él puede ser la cabeza de la familia). Disney y Marvel Studios tienen historial de despedir a gente que no concuerda con ellos, o hacer que renuncien (¿alguien recuerda a Edgar Wright y su Hombre hormiga?). Con Gunn parecieron hacer una excepción: primero al dejarlo hacer lo que quiso y ahora al recontratarlo.

Todos disfrutamos que David le gane a Goliat, incluso si censuramos a David. ¿No dice el dicho que el enemigo de mi enemigo es mi amigo? Aunque eso es caricaturizar la realidad.

Pero no nos alarmemos: la realidad es una caricatura, al menos en los límites de este texto. Durante un rato, frente a una caricatura, la vida parece tener significado, aunque no tenga sentido. Por eso los niños son tan felices viéndolas y los adultos volvemos a ellas. O quizá porque es ahí donde los obstáculos se vencen con amor y todos somos David esperando vencer con amor a Goliat. O quizá porque en ellas podemos vencer al villano con un flashazo de luz descomunal. Cada quien tiene sus razones para amar.

 

V

Todos somos Gamora al final de Guardianes de la galaxia, cuando extiende su mano hasta Peter. ¡Dame tu mano!, le decimos todos los que confiamos en él. Somos Gamora y la película ya nos adelantó que Peter, o sea Gunn, va a tomar nuestra mano al final. Y también nos adelantó que saldremos victoriosos. Gunn recuperará su empleo y nosotros tendremos el final de una trilogía sin igual.

 

VI

Yondu, padre simbólico de Peter Quill, muere al final de Guardianes de la galaxia, Vol.2. Su muerte es uno de los momentos más emotivos de Marvel por dos razones: primero le dedican un funeral íntimo, a puerta cerrada, y luego todos los Ravagers (viejos colegas de Yondu) le dedican un segundo funeral, público. Quieren que toda la galaxia sepa que Yondu no murió en vano, que ellos estaban equivocados, que Yondu sí fue bueno. Que, aunque cometió errores, se redimió. Los guardianes siempre lo supieron, pero les conmueve que al final se haga justicia, aunque ya sea tarde. Así pasa con Gunn y Disney, que acaba de recontratarlo: le hace un funeral público (su recontratación) luego de enjuiciarlo y casi arruinar su carrera para siempre.

Que estemos conmovidos no exime a nadie por lo que pasó. No importa que tan fuertes sean los fuegos artificiales, una disculpa siempre llega demasiado tarde. Pero la realidad se parece mucho a las películas de superhéroes, al menos en la superficie. Y como los Ravagers se redimieron de su error, así parece que lo hizo Disney.

Claro que nosotros no somos unos niños, sabemos que los superhéroes son una ficción. Que Disney parezca arrepentido es señal de que humanizamos a un monstruo sin darnos cuenta. Goliat siempre será un gigante que nos puede aplastar con el mismo desdén con el que pisamos a las cucarachas.

Incluso Thanos mató a Gamora para obtener poder, luego de decirle una y otra vez que la quería.

 

VII

Es irónico pensar que el villano de su primera película en Marvel era un acusador que acabó vencido por un baile ochentero ejecutado por un protagonista que parecía que estaba por perder al final. Peter Quill es James Gunn.

Al principio de su primera película, todos cuestionan la valía de Quill al autonombrarse Star-Lord, y al final ya nadie duda. Todos reconocen su genialidad. Así nos pasó a nosotros cuando no sabíamos qué esperar de Gunn después de que lo nombraron director.

Cuando lo despidieron, nadie imaginaba que iban a recontratarlo. Algunos eran acusadores, sí, pero otros parecíamos Spider-man haciéndonos polvito cósmico, desapareciendo a quién sabe dónde (aún no sabemos si Thanos nos mató o nos mandó a la gema del alma). Decíamos, sin comprender: No, por favor, James, no te vayas. No queremos que te vayas, señor Gunn. Y perecíamos poco después, mudos, vencidos por la locura de un titán.

Para nuestra fortuna, ya se sabe que el mundo es una caricatura mientras este texto no termine, y aunque los poderosos dictan el curso de los episodios y ya se sabe que Disney confirmó la secuela de Spider-man: Homecoming, igual confirmó Guardianes de la galaxia vol. 3. Esto último se siente como una victoria, aunque quizá en la realidad no lo sea.

¿No es triste como ninguna victoria es tal, en el fondo? Excepto en las caricaturas.

Me he salido de tema otra vez. Por ahora, celebremos. No todos los días se vence a un titán y a sus acusadores, aunque sea solo en una película de superhéroes.

guardianesdelagalaxia_2

 

 

Fuentes:

Marx,K. (2003) EL 18 BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE. Revisado en: https://trabajadoresyrevolucion.files.wordpress.com/2014/04/marx-el-18-brumario-de-luis-bonaparte-1852.pdf

Foucault, M. (1976) Vigilar y castigar. Revisado en: https://www.ivanillich.org.mx/Foucault-Castigar.pdf


Autores
19 de Abril de 1991, Los Mochis, Sinaloa. Autor de Puerta cerrada (Editorial Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola con Merecemos algo mejor. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 en la categoría de Cuento. Ganador de una mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS, con el cuento "Ni la muerte los separó". Ha publicado en las revistas literarias La cigarra y Luvina.

Ilustrador
Karla Hernández
También conocida como Charlötte, es diseñadora gráfica e ilustradora egresada de la UNAM-FES Acatlán. Creadora de Charlötte, un espacio de ilustración. Actualmente trabaja como directora de arte en COCOLAB. Colabora en la organización de Locomoción- Festival de la animación en la Ciudad de México. Finalista de la primera Bienal de Ilustración en México.
Si yo fuera Ana II, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Dejó la matatena en el piso y miró por el ventanal. El mar. El viento que hacía trasladar las cosas en horizontal. El sol pálido. La chatura extenuante. El pasto. La tierra. El agua. Todo estaba llano.

Ni una puta loma.

Siguió jugando con las piedras mientras pensaba que pronto llegarían sus padres. O alguno de ellos. Ojalá. Tenía doce años.

Juguemos al póker, le había dicho su prima.

Hacía ya dos semanas que estaba allí. Primero con unos amigos de su mamá y luego con unos primos. Ella llevaba siempre una mochila e iba de acá para allá. Así era el verano. Nunca sabía con exactitud por dónde andaban sus progenitores. Y ella se acomodaba sus huesos donde le dijeran.

Se rascó con fuerza el cuero cabelludo. Los piojos. El ardor de la piel. Nada de playa en varios días. ¿Por qué nadie le había puesto crema solar?

Jugaron al Tutti Frutti antes de cenar. Ella, dos primas, una amiga que ignora de dónde salió y esa sensación de no saber bien por qué la gente aparece y desaparece.

Melón.

Mandarina.

Y a ella no se le ocurre ninguna fruta con eme. Gira el cuello y ve a su hermana al fondo del pasillo. Juega con otro primo mayor. La ignora, por supuesto, como debe hacerse con los hermanos menores.

Y es que ella ya tiene muy interiorizado que es una espectadora. En su casa. En el colegio. En la vida. Nadie le cuenta qué hace allí. Por qué vive con sus tíos o dónde están sus hermanos mayores que hacen cosas de grandes que ella no puede hacer.

Vos no podés porque sos chiquita, siempre oye decir.

 

Se da una ducha tibia. Un poco de avena en el agua le hace bien. Se seca con suavidad. El pelo es larguísimo. Le llega a la cintura. Se pone un short y una camiseta. Hace calor. Y justo se acerca su tía que es gordita y simpática y además, tiene la cabeza poblada de rulos que huelen a champú de damasco. A ella le encanta el damasco, y cuando se acerca su tía, sonríe.

Mañana te vas con tu abuela.

No hay pregunta. Solo información. Y la nena no dice nada.

 

A los dos días, está con su hermano mayor en la casa de veraneo de sus abuelos. Su hermana ya no está. Se ha quedado con sus primos. Su otro hermano tampoco sabe dónde quedó pero ella nunca pregunta porque tiene miedo de poner al descubierto su estupidez. O un defecto congénito del que no pueda escapar.

Colchones de lana. Vistas al mar. Un jardín verde y repleto de abejas. Al fondo, hay una colmena y ella tiene tanto miedo que no quiere salir.

Nena, salí. No hacen nada.

Y la niña no entiende por qué demonios no se llevan la colmena.

Su abuela se empeña en cocinar una pizza. Ella se mira con su hermano que abre los ojos perplejo. Que la abuela quiera cocinar una pizza es preocupante.

La intelectual. La leída. La que nunca ha hecho nada en la casa excepto leer y ver películas europeas.

A la niña, que en el fondo es bien pensada, se le antoja que a lo mejor esa pizza está buena.

Grave error.

Los niños no entienden nada.

No hay ensalada. Solo fruta. Y la pizza es una masa seca por donde alguna vez pasó un tomate. ¡No hay queso!

Es más sano, dice la abuela.

Y la niña tiene ganas de decirle que la gracia de la pizza es el queso, pero no se atreve. Las palabras no salen.

El día pasa, y aunque con su hermano mayor pelea o se ignoran, el asunto de la pizza los une. Por suerte, tienen algo de dinero. Y corren a la hora de la siesta a comprar en el almacén de Don Hilario que está cerca. A ella le encanta cómo huele ese lugar. El laterío. Las galletitas a granel. Las Cocas Colas en botella de vidrio.

Jamón, queso, pan. Y se hacen un festín en el garaje con una Fanta de litro. Y esa felicidad los colma. No piensan en nada más. Y con sus panzas llenas se ponen a leer.

Los días pasan. Y al asunto de la pizza se suman otros despropósitos culinarios. Aquella abuela que aprieta su mano con fuerza para cruzar la calle. No sonríe, solo cuida. Y como siempre tiene el estómago destrozado de los nervios, la comida no es tema.

Hoy se levantaron nubes, y el cielo se tornó violeta e hinchado de formas monstruosas. Se intuyen los truenos entreverados en esa masa hermosa. La nena se asoma por la ventana. Sonríe. Aquella tiniebla es su aliada. Le viene bien no ir a la playa.

Se sienta en la mesa del comedor. Juega a los dados con sus primos. Lee. Unos tíos trastean en la cocina. Y de pronto, su abuela se acerca para decirle que se vaya a bañar. Nunca la acaricia. Tampoco dialogan. La anciana ha asumido la custodia de los chicos pero no está dispuesta a charlar. La nena la mira como si fuera una creatura extraña que ya nació vieja.

Qué raras que son las abuelas.

 

El sol se esconde. Ya están todos bañados. Afuera sopla un viento criminal. Ella se asoma por la ventana. El cielo es un manto hinchado a punto de explotar.

Suspira.

¿Cuándo vendrán sus papás? La niña mira el paño verde de los dados que sigue puesto en la mesa. Le embarga el malestar. Se le han acabado los libros. Y los de Corín Tellado no los entiende.

La niña se asoma en la habitación de la anciana y la ve peinándose. La abuela está a medio vestir. La nena retrocede unos pasos con pudor.

Abuela, ¿tenés una hoja?

Andate, nena, me estoy vistiendo.

Y la niña se vuelve a asomar a la ventana. Su hermana ha salido a andar en bicicleta. Y la nena, aunque nunca juega con ella, se pregunta cuando regresará. Como si a pesar de la lejanía hubiera algo. Un hilo invisible.

Regresa a la habitación. Las mantas pesadas se usan todo el año. El suelo está helado y arenoso.  A ella, que va descalza, se le quedan las patas frías.

La niña se siente en la cama. Agarra uno de sus libros y arranca la última página. La que siempre está en blanco.

Solo una Pilot V5. Y la tinta que dibuja caracteres. Sonrió.

Ya era de noche.


Autores
Silvia Zuleta Romano nació en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires. Es licenciada en Economía por la UBA. En 2005 se trasladó a Madrid en donde trabajó unos años en temas de Economía de la cultura hasta que decidió cambiar de rumbo. Publicó su primera novela Los viajes sonámbulos, un libro de relatos cortos Cabeza de zanahoria y otras anécdotas y Los absurdos, su última novela, todos disponibles en Amazon. Tiene dos blogs La guarida de ficción en donde reflexiona y asesora en temas que tienen que ver con la autopublicación y la escena de la literatura independiente y El blog del Canguro filósofo, especializado en filosofía, economía, nuevas tecnologías, bienes intangibles y consumo cultural. En este momento, está trabajando en un próximo libro de relatos. De forma habitual, colabora en revistas literarias.

Cuando tenía veinticinco años comencé a enlistar los libros que leía cada mes. Con el tiempo se volvió obvio que, aunque había meses en los que no leía nada, y otros meses en los que leía ocho o nueve libros, en promedio leía cinco libros al mes, o sesenta libros al año. Asumiendo que esto ha sido más o menos cierto desde que tenía diez años, cuando comencé a leer regularmente –sé que en la preparatoria tenía que leer un libro a la semana y aún más en la universidad– puedo calcular que probablemente he leído 2,400 libros en mi vida, lo cual puede ser un poco más de lo que una persona lee en promedio, pero si se compara la cifra a la de todos los libros que existen, o incluso si se pone a la luz de otro hecho –que en el año 2000 se publicaron 200,000 libros– no es más que una gota de lluvia (aunque una gota muy humana). De esos 2,400 libros podría recordar doscientos, el ocho por ciento. Si se me pidiera que los enlistara, quizás no llegaría a tanto. Lo que quiero saber es: ¿acaso es proporcional, o deja de serlo en algún momento? En otras palabras, ¿si una persona ha leído 60 libros en su vida, los podría recordar todos, o solo cinco de ellos? ¿Hay alguien en el mundo que solo haya leído cinco libros y los haya olvidado todos? ¿No suena poco probable? ¿Y, soy una persona superflua porque he leído más de lo que me es posible procesar, como un consumo de comida por parte de un cuerpo que no la necesita, o soy una persona superflua porque salí y me compré una calculadora?

***

Cuando tenía 45 años, me desperté un día ordinario, ni soleado ni nublado, a mitad del año, y ya no podía leer. Fue al principio de uno de esos maravillosos enunciados que solo Nabokov podía escribir: “Mark sintió una suerte de lástima deliciosa por las frankenfurter…” En mis fallidos intentos entendí sintió muerte, lágrima, delicia de Frankfort. Pero las palabras que existían para que las leyera se habían ido, y yo estaba varada en un muelle mientras todo lo que amaba partía. Y después era yo quien partía: el terror me tomó con sus garras y me elevó tanto que podía ver, impotente, una pequeña ciudad, la cual no reconocía, una ciudad que había amado y en la que había vivido pero que jamás vería de nuevo. Necesitaba lentes, pero antes de que supiera eso, me encontraba lejos.

***

El libro que estaba leyendo era una relectura. Porque poco antes de ese terrible día había llegado a una coyuntura en mi vida como lectora, la cual le resultará familiar a quienes hayan estado ahí: en el limitado tiempo que me queda en la tierra, ¿debería leer más y más libros nuevos, o debería ponerle un fin a ese consumo vano –vano en tanto que es infinito– y comenzar a releer aquellos libros que me habían generado los más intensos placeres, libros cuyos detalles había olvidado, pero que amaba por la sombra que proyectaban sobre mí, por las sensaciones que me producía pensarlos? Y había, además, curiosidad: la curiosidad de re–visitar y re–conocer. Algo que recuerdo como gigantesco podría parecerme diminuto al momento de encontrarlo, o algo que olvidé por completo me podría parecer letal y certero. No es como regresar a un lugar; no estamos, en el cuarto capítulo de Madame Bovary, buscando la panadería que ya no está ahí. Nuestra curiosidad siempre se dirige hacia nosotros mismos: ¿he cambiado yo? ¿Aún amo a la hermana Makioka que tiene diarrea en el tren en el último enunciado? ¿Es ese el último enunciado? ¿Era demasiado joven cuando leí a Proust?

***

Leí a Proust a mis veintitantos años. Racioné esa novela leyendo un volumen al año. Tenía una amiga cuyo padre era un hombre de letras, y él me dijo que después de leer a Proust, no había razón para volver a leer jamás, se había llegado al final de la lectura, y, como yo era joven y le tenía un gran respeto, me aterraba terminar ese libro, mi incesante y progresivo amor por el libro se entrelazaba con un horrible miedo de que mi vida interior llegara a su fin antes de siquiera haber comenzado. Lo cual era correcto. Ese es el asunto. Respecto a la afirmación general –después de leer a Proust no hay razón para leer de nuevo– me di cuenta que, como la mayoría de las cosas, era tanto cierta como incierta.

***

Existe la vieja historia de Somerset Maugham leyendo a Proust mientras cruzaba el desierto sobre camello y que, para aligerar su carga, arrancaba cada página después de leer ambos lados y la dejaba caer tras él –se podría decir que el viento estuvo involucrado, pero la mayoría de los días no había viento. Con o sin viento, ¿quién tuvo una experiencia de lectura más memorable, Somerset Maugham o la persona que venía detrás de él, quien se encontró y leyó una página por aquí, una por allá, en un nuevo y extraño orden, con brechas estelares? ¿No es esta una experiencia más verdadera de En busca del tiempo perdido que de Recuerdo de las cosas pasadas?

***

Pollard: en inglés significa cortar un árbol hasta el tronco con el fin de generar un follaje más denso en la copa. Pero también significa un animal sin cuernos de una especie usualmente cornada. En español, la palabra más cercana es mocho.

Releer un libro es mocharlo.

***

¿Existe un momento indicado para leer un libro? ¿Un punto en el que la conciencia se ha desarrollado a tal nivel que corresponde perfectamente con la madurez de algún poeta o alguna novela en particular? Y, de ser el caso, ¿cuántas veces en nuestra vida sucede ese encuentro? Escuché a alguien decir en una fiesta que a D.H. Lawrence hay que leerlo en la adolescencia tardía o a principios de los veintes. Como yo tenía casi treinta en ese entonces, decidí jamás leerlo. Y nunca lo he leído. Los connoisseurs de la lectura son gente muy ridícula. Pero, como Thomas Merton dijo, un día te despiertas y te das cuenta que la religión es ridícula y que te apegarás a ella de todas formas. ¿Qué amor es diferente?

***

Hubo un libro que leí no sólo a la edad correcta, sino también la tarde correcta, en el lugar indicado, desde el ángulo indicado. Leí Las olas en una isla, un día sin trama, cuando tenía veintidós años, sentada en una terraza desde la cual podía ver, a la distancia, el océano y el horizonte donde tocaba al cielo, y la luz cambiante que jugueteaba en tanto que el sol ascendía a su cenit y descendía de nuevo mientras cambiaba de página y mi presión subía y bajaba con las palabras. Las olas no es uno de mis libros favoritos. Pero mi recuerdo de leerlo sí lo es. Era muy ridícula cuando era joven. Por ello estoy agradecida.

***

Yo era muy seria en la preparatoria. Debí serlo, pues mis dos experiencias de lectura memorables de esa época son, en efecto, bastante serias. Ambas sucedieron, de todos los lugares posibles, en el aula. Durante algunas clases de inglés la indicación era simplemente sentarnos y leer en silencio. Leíamos El regreso del nativo (¿o era acaso El alcalde de Casterbridge?), cada mente silenciosa en una página diferente. No estaba, claro, en el salón de clases; estaba en Wessex. Y ahí llegó el inevitable momento wessexiano: una carta, la carta, la carta que arreglaría todo, deslizándose bajo la puerta, quedando atrapada bajo la alfombra, donde nadie la encontraría. Era horrible. No pude prever lo que ocurriría después: mi brazo arrojó el libro con tanta fuerza como pudo a través del salón. La maestra Pacquette pidió una explicación. Yo solo podía repetir torpemente que era horrible, horrible, horrible. Ella supuso que me refería al libro. No era cierto. Me refería a lo que iba a ocurrir en el libro, ya que nadie leería la carta. Por ende, yo no leería el libro. En retrospectiva me doy cuenta que incluso en ese entonces participaba del erotismo de reflejos de esta actividad compulsiva, la lectura. Hardy llegó a ser uno de mis escritores más amados, como Kafka, a quién le ocurrió después. “La guarida” venía en uno de nuestros libros de texto. Mientras el salón leía en silencio, el silencio me pareció diferente. Me llenaba de rabia la inabilidad para entender lo que ocurría en el cuento. ¿Qué pasaba? Muy dentro de mí creía que el resto del salón no estaba leyendo. Estaba convencida de que había ocurrido un error, que las placas de impresión –pues así me las imaginaba– se habían revuelto y se habían roto. Había un error. ¿Acaso sólo yo me daba cuenta? ¿Qué las maestras no se habían molestado en leer el cuento? ¡Las había descubierto! Había un tipo muy particular de atención que sólo yo había puesto al relato. Luego me llegó una duda. ¿Quién escribió esto? Quizás él era el responsable, y no el cuento. Sentada en el salón de clases, comencé a escuchar todo tipo de cosas –escuchaba al reloj silencioso contar los segundos, y al sudor comenzando a formarse sobre mi piel, y a la ventana a punto de romperse en pedazos. El sacapuntas en la pared comenzaba a salivar. Hojeé el final del libro donde había pequeños párrafos sobre cada uno de los autores, quiénes eran, de dónde venían, cuándo escribieron. Sí, ahora no había duda, el error no residía en el cuento sino en su autor. El hombre era el error. El hombre debía ser el error porque se me dijo dónde y cuándo escribió pero no por qué. Y de todos los relatos en el libro ese era el único que permanecería fatigado y con hambre hasta que supiera por qué lo escribió. Decidí odiar al autor. Decidí odiar al autor porque me hacía sentir como si toda mi vida hubiese estado esperando a que algo ocurriera, y estaba ocurriendo y jamás ocurriría. Pasarían muchos años antes de que pudiera entender que justo esto era el laberinto secreto de la lectura, y que había un túnel secreto conectándola a mi vida.

***

No hay nada en mi vida que no pueda encontrar en los libros. Con la excepción de caminar en la playa, en un bosque nevado y nadar bajo el agua. Esta es una de las entradas más tristes en el diario que escribí de joven.

***

Leer es arriesgado. Aquí una historia verdadera que lo prueba: un estudiante chino, después de haber leído La letra escarlata, se encontró con una norteamericana en China que llevaba una sudadera con la letra A en el frente y dijo, yo sé lo que eso significa.

***

Arriesgado incluso para los iniciados: recientemente leí los cuadernos del poeta griego Geroge Seferis (1900–1971). También leí, por primera y última vez en mi vida, mis propios diarios privados, que comencé a escribir cuando tenía dieciséis y dejé de escribir cuando tenía cuarenta. Copiaba, como es mi hábito, pasajes selectos de Seferis a un cuaderno. Más tarde ese día comencé a leer un diario que había escrito hace veinte años. En él, estaba leyendo los cuadernos del poeta George Seferis (1900–1971) y había copiado al diario mi pasaje favorito, identico al pasaje que había copiado ese mismo día, creyendo por completo que jamás lo había visto antes: Pero para decir lo que se quiere decir, se debe crear otro lenguaje y nutrirlo por años y años con lo que has amado, con lo que has perdido, con lo que nunca encontrarás de nuevo.

***

En resumen, pienso que hemos de leer solamente aquellos libros que nos muerden y nos punzan. Si el libro que leemos no nos despierta como un golpe al cráneo, ¿por qué leerlo en primer lugar? ¿Para que nos haga felices, como usted lo pone? Santo Dios, seríamos igual de felices si no tuvieramos libros en lo absoluto; y podríamos, en un santiamén, escribir nosotros mismos libros que nos hicieran felices. Lo que necesitamos son libros que nos impacten como la más dolorosa desgracia, como la muerte de alguien a quien amamos más de lo que nos amamos a nosotros mismos, que nos hagan sentir como si nos hubieran desterrado al bosque, lejos de cualquier presencia humana, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar congelado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.

Kafka en una carta, 1904

***

¿Qué tipo de libro leyó Consuelo, aquel deslumbrante animal humano, después de haber limpiado la sangre de sus manos y escondido de nuevo el machete en el piano?

Stevens en una carta, 1948

***

Había una antología, un libro de bolsillo grueso de Bantam con una cubierta lustrosa y blanca (como The White Album) que tenía una paloma abstracta en relieve, llamada Poesía moderna europea, y era mía, mi felicidad y mi sosiego en la preparatoria; cualquier problema que tuviera con Kafka o con Hardy en el salón de clases desaparecía en la soledad de mi cuarto, que compartía con Rilke, Lorca, Montale, Éluard, Ristos –todo mundo estaba en ese libro, no había otro libro que amara tanto, debí haberlo leído cientos de veces, y luego crecí y salí al mundo e inmediatamente lo perdí.

***

Una vez cruzó por mi mente esta idea: cada vez que un autor muere, por respeto se debería descontinuar también una palabra. Una palabra que el autor amara y usara repetidamente en su escritura –esa palabra debería también ser suya y morir con él. Nabokov: quiddity. ¿Pero quién lo decidiría? ¿Quien muere o quienes quedan privados de su escritura? ¿Y quién es realmente la viuda? Es el lenguaje mismo, y su postura es clara: no quiere que una de sus hijas se lance a la tumba de un viejo. Quiddity: la esencia de una cosa; también, un punto insignificante, una cosa trivial, no esencial.

***

A menudo he considerado que los alumnos en clases de actuación deberían interpretar escenas en las que simplemente leen. Y me he preguntado qué diferencias sutiles –o importantes– habría al momento de leer diferentes libros. Tolstoy temprano versus Tolstoy tardío podría ser una tarea para una clase avanzada –ese tipo de cosas. ¿O se verían siempre igual? La ociosidad externa, casi dormida, que no hace nada para transmitir la actividad interior, sea ensoñación, impacto, alegría, confusión, duelo. No observamos a las personas leer con detalle, aunque hay muchas pinturas famosas que retratan a mujeres leyendo (ninguna que yo conozca que retrate hombres) en las que se presenta un erotismo callado, como el de amamantar. Pero claro, es a nosotros a quienes los libros amamantan, y después pienso en la lectora o el lector dormidos, con el libro abierto sobre su pecho.

***

No tengo idea de cómo se veía mi cara cuando leí Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. Toma lugar en el desierto, y yo lo leí frente a un horno durante una tormenta de nieve de cuatro días. Supongo que es extraño que nombre específicamente a este libro en vez de, digamos, Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, pero así lo nombro. Siempre he argumentado que Pilares es un logro descomunal para la literatura y para el desorden. Para la sangre y el desalojo y el inglés perdido en la arena. Lean solo el primer capítulo y habrán leído el hado de la humanidad. Pero claro, estoy exagerando. Como un libro.

***

Hay un mundo al que los poetas son incapaces de entrar. Es el mundo en el que vive el resto del mundo. La única cosa que los poetas parecen tener en común es el anhelo de ser parte de este mundo.

***

Por años planeé un curso teórico llamado Notas al Pie. En dicho curso, los estudiantes leerían la versión crítica y anotada de algún texto definitivo –pensé que podría ser Los cuadernos de Malte Laurids Brigge– y diligentemente procederían a leer cada libro mencionado en las notas al pie (o los libros escritos por los autores mencionados) y después los libros mencionados en esas notas al pie, y así sucesivamente, deteniéndose solamente cuando alguna nota al pie los llevara de regreso a Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

***

La guarida probablemente me protegió más de lo que pensé o me atreví a pensar cuando estaba dentro de ella. Esta idea solía tener tal poder sobre mi que en ocasiones me ha poseído el deseo infantil, no de regresar a la guarida, sino de asentarme cerca de la entrada, pasar el resto de mis días observando la entrada y regocijarme perpetuamente con el reflejo –y encontrar en ello mi felicidad– cuán firme refugio ofrecería mi guarida si estuviera dentro de ella

Kafka, “La guarida”

***

Recientemente tuve una de las experiencias más impresionantes de mi vida como lectora. En la página 248 de Los anillos de Saturno, W.G. Sebald recuerda sus entrevistas con un tal Thomas Abrams, un granjero inglés que trabajó en una maqueta del templo de Jerusalém –así, pegando pequeñas piezas de madera– por veinte años, incluyendo la meticulosa investigación necesaria para ser históricamente veráz. Hay patos en la granja, y en algún momento Abrams le dice a Sebald, “Siempre he tenido patos, incluso de niño, y los colores de sus plumas, particularmente el verde oscuro y el blanco, me parecían la única respuesta posible para las preguntas que rondaban mi cabeza.” Es una afirmación extraña, pero el libro de Sebald es una colección de extrañezas. No recordaba este pasaje en específico hasta más tarde el mismo día, cuando me encontré en el diccionario con el significado de la palabra speculum: (1) instrumento médico que se inserta en un orificio corporal para examinarlo; (2) un espejo antiguo; (3) un compendio medieval de todo el conocimiento; (4) un dibujo señalando la posición relativa de los planetas; y (5) una mancha de color en las alas secundarias de patos y otras aves. ¿Sabía Sebald que un compendio de sabiduría antigua y el plumaje de un pato son lo mismo? ¿Lo sabía Abrams? ¿O era yo la única para quien el pasaje sobre los patos tenía perfecto y original sentido? Me sumergí en mi silla, impactada. No soy una académica, pero para quien lee de forma imaginativa puede haber descubrimientos, conexiones entre libros que hacen estallar al día y al corazón mismo y los largos años que llevaron hasta ese momento. Soy una escritora, y el siguiente paso era inevitable: usé lo que me había sido revelado en mi propia escritura.

***

Todos somos una pregunta, y la mejor respuesta parece ser el amor (una conexión entre todas las cosas). Este fragmento de sabiduría antigua se repite todos los días murmurado al oído de los lectores de grandes libros, y parece también perpetuamente perderse bajo una alfombra, olvidada sin esperanza alguna. En un sentido, leer es una gran perdida de tiempo. En otro sentido, es una gran extensión de tiempo, una forma en que una persona puede vivir mil vidas en una sola, observar al universo trabajar insaciablemente y a la psique personal pelear contra él, sufrir desgracias y heridas y ser débil y morir y ver cómo mueren quienes amas, hasta que el mareo de todo ello se vuelve la fuente de la compasión que nos tenemos y la compasión por el lenguaje que creamos por nuestra cuenta, sin el cuál la carta perdida bajo la alfombra jamás podría haber sido escrita, o, una vez cada mil vidas –¿es demasiado pedir?– encontrada y leída. ¿Mencioné deleite supremo? Por eso leo: quiero que todo este bien. Por eso leía cuando era una niña solitaria y por eso leo ahora que soy una adulta asustada. Es un deseo sincero, pero los deseos sinceros siempre complican las cosas (el universo tiene una reacción particular a nuestros deseos sinceros). Aún así, creo que el mundo sobre la mesa, aun herido e imperfecto, fragmentado y privado, merece ser calificado de completo. Nuestras mentes y el universo –¿qué más hay?. Margaret Mead describió a los intelectuales como aquellos que se aburren cuando no pueden hablar de forma suficientemente interesante. Un libro te hablará de formas interesantes. George Steiner describe a los intelectuales como quienes no pueden leer sin un lápiz en la mano. Quienes quieren hablar con el libro, no tomar notas, sino generarlas: alguien que escribiría “¡La jirafa habla!” en el márgen. En nuestra existencia marginal, ¿qué más hay sino esa voz dentro de nosotros, esa gran extrañeza hacia la que siempre nos inclinamos para escuchar mejor?

***

En el Derby de Kentucky de 2001, del cuál vi la transmisión en vivo, Keats corrió contra Tinta Invisible. No podía perderme esa carrera. Espere en vano que uno de los comentaristas mencionara que Keats había sido un poeta inglés cuyos unícos descendientes vivían en Kentucky, a donde su hermano mayor había migrado y donde permaneció, saludable y con hijos, y espere en vano que alguien mencionara el famoso epitafio del poeta –Aquí yace uno cuyo nombre estaba escrito con agua– y la peculiar conexión a Tinta Invisible. En aquella red, aquel gran reino de conexiones, ¿qué había sido leído y recordado? Era tan triste como un cortejo de caballos sonámbulos. Keats perdió. Tinta Invisible quedó en segundo lugar, pero de haber quedado en tercero, habría sido visible.

***

La única calcomanía automotriz que vale la pena tener: Oblomov para presidente.

***

A contrapelo. El bosque de la noche. Los muertos. Apuntes del subsuelo. Padres e hijos. Eureka. Los vivos. El matrimonio del cielo y el infierno. Fiesta. Escombros luminosos. Cosas infantiles. Las alas de la paloma. Diario de un corazón comprensivo. Cumbres borrascosas. Cien años de soledad. Trópicos tristes. Romance de Genji. Sol negro. Organismos del océano profundo que viven sin luz. Discursos de un dictador. Fundamentales de la agricultura. La física de la sustentación. Historia de la alquimia. Opera para idiotas. Cartas de Elba. Para Esme, con amor y sordidez. La caminata. La fisiología de ahogarse. La biografía de alguien cuyo nombre jamás has escuchado. Administración de bosques. Oveja negra y halcón gris. Viajes por Arabia Deserta. Obra reunida de Paul Valéry. Un libro escrito en un idioma que no entiendes. El peor viaje del mundo. La historia más grande jamás contada. Guía para primeros auxilios. El arte de la felicidad.

De Madness, Rack and Honey: Collected Lectures, 2012. Derechos reservados. Traducido con autorización de la autora y Wave Books.


Autores
Mary Ruefle (1952) es poeta y ensayista estadounidense. Fue receptora de la beca Guggenheim en 2002. Su libro Madness, Rack, and Honey: Collected Lectures (Wave Books, 2012) fue finalista del National Book Circle Critic’s Award en 2012, y Selected Poems (Wave Books, 2010) ganó el premio de poesía William Carlos Williams en 2011. Actualmente reside en Bennington, Vermont, donde es profesora en el Colegio de Bellas Artes de Vermont.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Juliana Landa
Juliana Landa (1996) vive en la Ciudad de México, donde cursa cuarto semestre en CENTRO. Dentro de sus intereses está la fotografía análoga, la actuación, el dibujo digital, la cinematografía y el montaje.