Las cosas, no importa lo que digan tus padres, tus amigos, tu viuda, la guardia civil o el periódico, sucedieron realmente así. Esta es la única versión oficial del evento en papel institucional y con sellos aprobados.
Era un jueves y había llovido. Estoy segura de eso porque debió haber sido el asfalto húmedo lo que me hizo resbalar y caer de rodillas en la calle antes de que sonara el teléfono cargado de vueltas de tuerca y ruiditos agudos.
—Tu rututurut tu —dijo el teléfono.
Contesté y del otro lado me esperaba el piar de un pajarito, un gorrión para ser exactos:
—Fifififififfu —dijo el pajarito.
—No —le dije.
El pajarito insistía con un piar triste. Era casi como una disculpa que solicitaba credibilidad.
—Fififififififfu —repitió.
—No —volví a repetir esta vez más claro, más fuerte y determinante. —No es cierto —dije y colgué el teléfono.
Me levanté pero las piernas se me volvieron a doblar y caí encima de otro charco. Me eché a reír de tal manera, que la gente en la calle se empezó a reír conmigo. Reí tanto, que se me saltaron las lágrimas hasta que no pude dejar de llorar.
(Si te preguntan, lloraba de la risa, no por otra cosa.)
Archivo Warpola.
—¿Qué vas hacer? —preguntó mi jefe que iba caminando a lado mío, refiriéndose a la llamada. Las lágrimas, mientras tanto, se me cristalizaban en los cachetes y me las arrancaba de un solo jalón.
—Le voy a pedir el auto a Wes y me iré con él al funeral. Al fin y al cabo seguramente querrá ir.
—¿Anderson?
—Sí.
Y eso hice, le hablé a mi padre. Le anuncié que volvía a la tierra que me vio cursar mi educación universitaria para ir a tu funeral. Nos fuimos en un Mercedes blanco.
—Wes, cariño, nunca pensé que fuera tu tipo de auto.
Cruzando el límite estatal, tuvimos que regresar a su casa unas tres veces para que se cambiara de ropa; le preocupaba que su traje cortado especialmente por Louis Vuitton no combinara con tu féretro. Al final, eligió una bonita combinación de traje con chaleco en una tonalidad de los bosques de New Heaven en otoño, aunque era primavera y hacía muchísimo calor. Yo me arreglé como siempre pensé que lo haría para asistir al funeral de Johny Cash: me pinté los labios de rojo y me puse mi vestido negro, el de los cisnes blancos; pero hacía tanto calor que se fueron volando al norte. Lo dejaron completamente liso, negro y muy solemne.
Entrando a la nave de la iglesia vi al Coronel, a Magister, Giussepe y a Carolina. Nos abrazamos hasta que llegó el verano.
El ataúd estaba cerrado. Tu foto, encima de la tapa, lo guardaba. Te reías en ella como si nos estuvieras haciendo una broma. Abracé a tu madre y le di un beso a la bala que el Ruso colocó sobre tu caja.
Presentamos nuestros respetos frente a ti haciendo el baile de Snoopy y sus amigos: dos pasos hacia adelante con la cabeza gacha y dos hacia atrás llevando los brazos a ritmo. Tomamos asiento en las bancas.
Archivo Warpola.
El padre tomó la revista Mecánica Popular y leyó el sacramento. Las señoras mayores se encargaron de leer extractos del artículo “Cómo son las tormentas de nieve en Marte”. Las ostias comenzaron a repartirse pero yo no fui por ninguna porque no había de sabor pistache. El vestido se me pegaba a los muslos, las lágrimas a los cachetes, el calor de tantas maquinarias que producían sollozos era sofocante; los zapatos se me hundían en el fango sobre el que estábamos parados, el mismo del pantano de la tristeza donde murió Ártax, el caballo de Atreyu.
Había mucha gente en la iglesia, tanta, que Salvador Elizondo tuvo que quedarse afuera. Podíamos oír sus gritos de gato, de escritor, desde adentro; gritaba que él era Gerardo Arana.
Cuatro muchachitas muy jóvenes y guapas se desmayaron en diferentes partes del templo.
Yo deseaba que alguien, de una puta vez, abriera ese féretro para comprobar que Salvador tenía razón y era su cuerpo, y no el tuyo, el que estaba ahí para poder reírnos con una comedia de enredos de escritores.
Pero sobre todas las cosas, deseaba que se acabara la misa para volver corriendo a casa, subir las escaleras a mi cuarto, trepar el librero y alcanzar la máquina de tiempo que una vez me regalaste. La usaría, te preguntaría qué harías mañana y así nos olvidaríamos de todo este asunto. Pronto recordé que seguramente te habrías llevado contigo la llave que activaba la maquinaria y que, seguramente, estaba guardada en esa bonita caja que forma tu pecho con tu espalda.
La misa llegó a su fin. Comenzó a llover dentro de la iglesia mientras el sol asfixiante quemaba todo afuera.
Saúl Galo me había dicho que quería poner a un lémur devorando un viejo ejemplar de Balzac. Después propuso un tren a alta velocidad surcando el desierto del Krotnia. Todas sus ideas me parecían fascinantes. Tenía varios bocetos y yo le apuntaba algunos detalles. Pasaron unos cuantos días y no nos decidíamos qué pintar. La pared donde iba a dibujar el mural daba justo de frente a la puerta de entrada y medía casi cuatro metros. Yo recién acababa de llegar a vivir a Villa Oporto y en cuanto vi la gran pared blanca quise un Saúl Galo imponiéndose en todo el departamento. Mientras más lo platicábamos más me entusiasmaba.
Lo hizo en una tarde. Llegó con una libreta, un lápiz, cuatro plumones Sharpie, un seis de XX, dos cajetillas de cigarros y su iPod lleno de música gitana. Recién entró comenzó a dibujar en una hoja de su Moleskine una versión muy precaria de lo que sería la versión final del mural. Estaba improvisando. Comenzó dibujando un hombre con los brazos cruzados, le puso traje y corbata, de su rostro colgaba una barba maravillosa, tenía una melena pronunciada y los ojos cerrados. Parecía que nos ignoraba, era místico y desbordaba flujo de conciencia. Lo estudió durante largo rato y al final le añadió una larga y gruesa cola de lémur. Era lo que faltaba. Era el detalle glorioso de su pieza. Ahora solo quedaba trasladar aquél pequeño dibujo a la inmensa pared. Ya estábamos convencidos. Sentíamos la fuerza de la ilustración en nuestra sangre.
Platicamos de literatura, bebimos algunas cervezas, fumamos, él bailó un par de canciones de Devendra Banhart y cuando estaba listo tomó un lápiz y comenzó a maquetar en la pared. De un brinco. Sin reglas, sin proyectores, sin dirección. Simplemente se dejó arrastrar por la grandeza de la pared. Como si aquella figura representara su existencia. Un reflejo claro de su físico y su alejamiento. Para alcanzar las partes más altas tuvimos que subir un buró arriba de otro, después un banco, y como si fuera un delgadísimo funambulista, se tambaleaba en las alturas sin dejar un solo instante de trazar. El hombre hermético con cola comenzaba a cobrar forma. Era imponente. Agregó detalles de greca (después llamada la característica greca Saul Galo) a la barba y al cabello. Había elegancia. Era un gigante resignado a ser testigo de todo lo que pasaría a partir de ese momento en Villa Oporto.
Archivo Warpola.
Después de cuatro horas lo tenía casi terminado. Lo miré de lejos y me percaté del parecido que tenían entre ellos. Ese viejo con cola de primate era Saúl Galo. Su reacción ante los acontecimientos era confusa y retadora. Ambos estaban mirándose como si se conocieran desde siempre, desde la hipercosmia. Aplicó los últimos retoques, se bajó de los burós y se puso a contemplarlo en mutismo. Ahí estaban ambos de brazos cruzados explicándose el funcionamiento de la integridad. Era estupendo. Lo abracé, le agradecí, bailamos, invitamos a los amigos para que lo apreciaran. Los más cercanos a él comprendieron que el artista tuvo un instante pizarnikiano. Era su primer mural. Era la primera vez que Saúl Galo se apoderaba de una pared entera y demostraba sus habilidades en la ilustración. El poeta estaba orgulloso de su obra. Fuimos felices de estar ahí en ese momento. De reencontrarnos en nuestra ciudad y anticipar lo que seríamos en las fauces de un mural delineado con plumones, simple, auténtico.
Saúl Galo fue el nombre que se le dio al personaje. Su autor y él eran el mismo ser. Lo tuve durante dos años hasta que me mudé de casa. Algunos propusieron llevarme la pared entera, otros querían fotografiarlo para hacer réplicas en tamaño real. Al final se quedó ahí, al centro de una estructura vacía. Tiempo después supe que fue borrado por el nuevo inquilino. Antes de irme, cuando el departamento ya estaba desocupado y repleto de eco, me quedé un momento hechizado por el mural. Sabía que era la última vez que lo vería. Había sido testigo de centenares de estampas y despliegues de baile pop. Nos vio borrachos, enamorados, tristes, leyendo, furiosos. Pero sobre todo, nos conoció felices, juntos, inmediatos. Saúl Galo (el mural) sabía cuánto nos amábamos. Supo que los amigos siempre se amarán y siempre se leerán entre ellos porque antes que nada éramos escritores. Pienso con tristeza en los dos Galos y sé que ambos desaparecieron. Sólo nos quedaron fotografías, poemas y recuerdos fantásticos. Cuando se desvaneció el primero, un tiempo después, el otro también se borraría. Se comprobó lo que siempre sospechamos: ambos eran la misma persona.
Alguien, que podría ser nadie en especial, desaparece por un período de tiempo de larga o corta duración y regresa convertido en el “gran hombre medicina”; pero nadie nunca sabe con precisión qué le ocurrió.
—Aliester Crowley, Magick
Habíamos hecho el pacto de beber diez botellas de Brüt por cada año de la década que terminaba. Nos dijo, seguramente mintiendo, que aquella era una tradición muy querida de su país y que significaba mucho compartirla con nosotros. No hicimos preguntas y aceptamos sabiendo que lo único que buscaba era que nos emborracháramos juntos. De hecho, no lo llamábamos Brüt, sino “licor de burbujas”, así lo había propuesto el propio Saúl Galo, a quien le gustaba hablar como personaje de novela de Boris Vian. Galo era pintor de oficio, pero había elegido el camino de la magia y su familia se había opuesto con ímpetu feroz; los andeonimbvanos tenían fama de supersticiosos, y tener un aprendiz de mago en la familia era considerado un imán de infortunio. Desde luego, sus padres desconocían el verdadero propósito de aquel viaje. Yo también le había mentido a mamá para que nos prestara su vieja camioneta, una Guayín Escort con quemacocos y reproductor de CD.
Partimos a la mañana siguiente. Nos acompañaba un especialista, nuestro amigo, el ingeniero metalúrgico Archibaldo Quinto-Só, quien venía en el asiento trasero observando la carretera con binoculares y haciendo anotaciones en una libretita. Archibaldo era profesor de química en la Prepa Norte y había decidido probar el peyote para poner a prueba sus sentidos. Mientras, registraba formaciones minerales para que sus alumnos las encontraran en un atlas topográfico.
Saúl Galo también era maestro, daba las clases de poesía hispanoamericana y soluciones imaginarias en una secundaria católica. Sus estudiantes lo amaban, pero el director Ibáñez estaba dispuesto a deshacerse de él a la más mínima provocación. Por eso cada vez que lo echaban, los alumnos de Saúl Galo apilaban los pupitres, quemaban los basureros y rayaban “Ibáñez es puto” en las paredes. Todo esto y más hasta que el profesor Galo fuera reintegrado a sus labores.
Llegamos a Matehuala al medio día. Pedimos hamburguesas y papas fritas en el restaurante de las Palmas Inn. Yo, que había dado la clase de Historia de México, les conté a mis amigos que Julia Roberts se había hospedado en aquél lugar durante la filmación de La Mexicana, película del 2001 producida por Dreamworks. Cada mañana un helicóptero de la Fuerza Aérea Mexicana recogía a la señorita Roberts en el campo de golf del hotel y la llevaba al set de filmación en Real de Catorce, en cuya antigua plaza de toros se había improvisado un helipuerto. Gracias a esa película, Real de Catorce se había transformado en un pueblo mágico con basura y hoteles boutique.
Después de comer regresamos a la Guayín y tomamos la carretera secundaria que atravesaba Cedral, uno de los primeros repositorios de huesos humanos en México. Imaginé la Tierra mientras conducía: los pasos, la soledad y el cansancio de los cazadores del Pleistoceno, con sus corazones latiendo y sus barbas escarchadas por los milenios. Antes de internarnos en el desierto, Galo quería ver la colección de exvotos dedicados a San Francisco de Asís de Real de Catorce, también conocido como “El charrito”. Unos kilómetros adelante nos dirigimos la desviación y subimos por un camino empedrado entre los cerros. En el paisaje se sucedieron nopales y edificaciones en ruinas. Desde un mirador era posible contemplar la inmensidad del altiplano potosino. Finalmente llegamos a Ogarrio, el túnel de dos kilómetros que atravesaba la roca, del otro lado del cual —según decía Saúl Galo —todos estaban muertos.
Archivo Warpola.
Entramos a la parroquia y vimos la efigie de “El charrito” sentada en un trono de oro detrás de una vitrina. La túnica de penitente estaba decorada como un vestido apache. Al fondo del templo quedaba la capilla de los exvotos. Cientos, tal vez miles de muestras en miniatura de arte popular y mística mexicana cubrían las paredes y se apilaban hasta el techo. Galo estudió aquellos iconos con detenimiento. En las tablillas podían verse representados todo tipo de acontecimientos en donde “El charrito” había obrado de forma milagrosa: recuperaciones, nacimientos, matrimonios, hallazgos de ganado, duelos y justas de amores, accidentes aéreos y ferroviarios, migraciones, incendios, inundaciones, lluvias, cosechas, granizadas, nevadas, terremotos, viajes, desapariciones y una que otra resurrección.
—¡Mago de Magos! —exclamó Saúl Galo con las manos cruzadas detrás de la cintura.
Archibaldo fue el primero en desesperarse, me convenció de salir a comer un esquite a la plaza. Saúl Galo volvió hasta casi una hora más tarde agitando un pedazo de madera que llevaba en la mano.
— ¡Lo robé de la sacristía! —dijo con una sonrisa triunfal— ¡aquí le vamos a hacer un exvoto al desierto!
Subimos a la Guayín y nos pusimos en camino. La tarde estaba soleada y entraba un poco de viento por el quemacocos. Del reproductor de CDs llegaba la música folclórica de Andeonimbva, el país de origen de Saúl Galo, este había tomado el asiento trasero y se había puesto a decorar su exvoto. A través del espejo retrovisor, Galo me pareció un antiguo escribano copto, con las melenas y las barbas revueltas por el aire. Archibaldo sacó su catalejo y enfocó el paisaje. Las grandes yucas se abrieron espacio entre de los valles, en formación para la gran noche intergaláctica.
Llegamos a Estación Wadley, en los márgenes de Wirikuta, justo donde una línea del tren partía en dos al desierto y se perdía en la nada. Ahí buscamos a don Luis, a quien llamaban “El Jefe del Desierto”. Vivía en El Tecolote, un rancho pasando las vías, siguiendo la carretera hasta el final y luego tomando un camino de terracería por el monte. Unos amigos en la ciudad nos habían hablado acerca de “El Jefe” y nos explicaron cómo encontrarlo. También nos dijeron que él no pedía remuneración alguna, pero que le gustaba el trago y que se daba por bien servido con un panalito de Tonayán de los que se afirmaba, tomaba uno diario.
En la terracería vimos a tres chicos wixárikas y ofrecimos llevarlos. Vestían con jeans y camiseta y los tres llevaban colgado un morralito con bordados alienígenas. Ellos también buscaban a “El Jefe del Desierto”. Querían cortar peyote pues esa ere el último día del año y había una fiesta importante esa noche en el Cerro del Quemado. Sus nombres eran Sebastián, Sabino y Julián. Eran originarios de Nayarit, aunque vivían en Chihuahua. A decir de Sabino, “El Jefe” sabía dónde encontrar los bulbos más carnosos de aquella zona. La camioneta de mamá dejaba una estela de polvo. Los wixárikas nos guiaron por los caminos mientras de fondo sonaban las mandolinas de Andeonimbva.
Llegamos hasta una choza de adobe y techo de lámina de donde salió un hombre vestido de militar. Era corpulento, mestizo y ajado, y llevaba un machete colgado a la espalda. Debido a su bigote entrecano le calculé unos sesenta años. En una de sus manazas lucía un anillo con la máscara funeraria del rey Tutankamón. Se alegró mucho de ver a los wixárikas. A nosotros nos preguntó quiénes éramos y qué buscábamos. Saúl Galo le entregó el panalito de Tonayán y le dijo que éramos peregrinos de la ciudad y veníamos por la medicina. “El Jefe” montó en su bicicleta y nos pidió que lo siguiéramos. Condujimos entre mezquites, biznagas, saguaros y candelabros. Llegamos a los pies de una yuca que sobresalía entre las demás debido a su tamaño y era —según nos dijo “El Jefe” —, su silla. Desde ahí podía verse todo el universo. Nuestro guía le pidió a Saúl Galo que tomara asiento en la raíz del árbol y volteara al cielo con los ojos cerrados. De su casaca militar extrajo un viejo papel doblado cientos de veces. Leyó en voz alta:
Nací en cuna muy humilde y he vivido en la pobreza
los llevo en el corazón y el recuerdo es mi riqueza.
Yo iba por un camino oscuro y de pronto encontré una luz,
esa luz son ustedes, los que han venido al desierto.
Ustedes son mi consuelo, son mi alegría,
yo los llevo dentro, de noche y de día.
Me gusta estar en las montañas
donde azota el viento,
soy un pobre tallador,
pero Jefe del Desierto.
Estallamos en júbilo y admiración.
“El Jefe” destapó el panalito de Tonayán que le habíamos llevado y le dio un trago. Luego nos acompañó a cortar peyote, que crecía debajo de una hierba llamada Gobernadora. Una vez advertido el primer botón, todos los demás empezaron a brotar del suelo como cosa de encantamiento. Los había macho y hembra. Los machos eran solitarios y servían para espermar el aire. Las hembras tenían propiedades alucinógenas, crecían formando constelaciones y en verano les brotaba una flor. También estaba el peyote brujo, cuya formación prismática era muy interesante, pero que provocaba vómitos y mareos. Habían sido diseñadas por los pleyadianos para que replicaran patrones de alineamientos cósmicos. El hombre nos enseñó a cortar a las hembras, rebanando primero la mitad superior de sus pétalos, luego cubriendo la raíz con barro para que retoñara varios años después. “Las estamos matando”, pensé, y ahí me sentí un turista de la magia, saqueando al desierto de aquellas preciosísimas joyas.
—Es una estrella el peyotito —dijo “El Jefe” mientras se hincaba para rebanar una de cinco pétalos.
Se arremangó la casaca y nos enseñó la palma abierta de su mano. Ahí, las líneas del destino se cruzaban entre sí como en la faz de un híkuri. El fenómeno llamó particularmente la atención de Galo quien tomó su mano para examinarla. A Galo le gustaba bromear con que la quiromancia era en Andeonimbva lo que el psicoanálisis en Argentina.
— ¿Usted a veces se siente muy solo, verdad? —preguntó Galo.
—A veces —contestó el Jefe contrayendo el brazo —pero los tengo a ustedes, que son mis amigos.
Saúl Galo y “El Jefe” se sonrieron y se pusieron de pie para abrazarse. El Jefe desenroscó la tapa del panalito de tonayán y le dio un trago. Luego nos lo pasó a todos. Nos contó su historia: nos dijo que la primera vez que había tomado la medicina tenía catorce años y lo había hecho en compañía de un homicida que huía de la ley. El Jefe, que era callado y taciturno y vivía en aquél páramo remoto, experimentó el ágape de la fraternidad por primera vez en su vida. El asesino enfrentó su conversión y desapareció; pero a partir de entonces empezaron a llegar por miles al desierto. Gente de toda nacionalidad venía en pos del híkuri; algunos siguiendo el camino de la magia, otros buscando un alivio a la esquizofrenia de la modernidad. Aquél anillo de Tutankamón en las manos del jefe, había sido herencia de un brujo sudanés.
Archivo Warpola.
Santiago, Sabino y Julián se despidieron de nosotros para regresar a la carretera. Se fueron por un sendero mientras el sol se ocultaba, iban sacando botones de peyote de sus morralitos y se los iban comiendo en el camino como si fueran papitas. Montamos el campamento y metimos la cosecha dentro de una hielera para comerla en la noche. Archibaldo se me acercó y me dijo en voz baja que sospechaba que “El Jefe” era el asesino en su propia historia y que las líneas de su mano se las había hecho él con su machete. Le dije que dejara de ser tan escéptico. Saúl Galo bajó el madero que se había robado de la sacristía y en donde había pintado el exvoto para el desierto: era una tablilla con forma de obelisco sobre cuya superficie lucía el retrato de un asceta misterioso. Nuevamente se trataba del monje que había divisado aquella tarde por el retrovisor. Sin duda, Galo había proyectado su imagen mientras lo dibujaba. Probablemente no fuera un monje, probablemente fuera la rememoración subliminal de algún mago andeonimbvano. El rostro grisáceo, perdido en el espesor de las melenas, las barbas y la negritud de los hábitos. Los dos ojillos negros mirando al cielo con temor de dios. En la punta del gorro-obelisco: el Udyat, también llamado Ojo de Horus, emblema de la tradición egipcia.
—Está bien bonito —exclamó “El Jefe”— bien bonito. Póngalo por ahí donde se vea.
Galo plantó en la arena su tótem o exvoto y lo orientó hacia eclíptica. Ahí quedó instalado como mojonera o marcador lunar. El Jefe subió a su bicicleta y estrechó nuestras manos. Lo vimos darle traguitos a su Tonayán mientras se alejaba pedaleando.
Primero fui un ratón de los desiertos en busca de mi presa. Pateando la meseta perseguí las cochinillas, los dulces armadillos del polvo. Más no advertí los ojos acechando tras los matorrales: lince, serpiente, perro, coyote, gato doméstico. Fui cazador y fui cazado, principio y fin de la cadena proteínica. Las moléculas aparecieron flotando como si fueran luciérnagas. Después eché a correr queriendo ser colibrí, golondrina, murciélago, tecolote; pero me detuve en seco al darme cuenta que había recorrido ya cinco mil trecientos millones de años al pasado y había trilobites nadando bajo la hierba Gobernadora. Uno, que se había enterrado debajo de la arena, llamó mi atención por su caparazón iridiscente. Con mis manos removí la arena para tocarlo; mas haciéndolo no encontré el dinosaurio que buscaba, sino lo que parecía la tapa de un ataúd. Caí preso de un terror indescriptible. Seguí removiendo aquella superficie y apareció una placa con mi nombre. Claramente podía leerse: Antón Kgagari (1984-2010). Necesitaba levantar la tapa y contemplar lo que había dentro. ¿Me vería a mí mismo en estado de putrefacción o enfrentaría una muerte inmediata?
Pero ahí no había ningún ataúd. Por más que removiera la tierra solo había polvo. Estaba teniendo alucinaciones producto de la mezcalina y las sombras engañosas que proyectaba la luna. Caí en cuenta de ello cuando escuché la voz de Archibaldo detrás de un arbusto. Mantenía una conversación consigo mismo sobre el tema del espacio-tiempo y la materia. Podía oírlo tan nítidamente como si estuviera sentado al otro lado del arbusto. Me dispuse a saltar sobre él para asustarlo, pero cuando lo hice no había nadie.
Llamé su nombre:
—¿Archibaldo?
Nadie respondió.
—¡Galo, Archibaldo! —grité —¿están ahí?
El desierto era silencio y mi cabeza me estaba jugado trucos.
—¡Contesten, chingada madre!
Empecé a impacientarme.
Me sentía intoxicado, incluso caminar me costaba trabajo; ¿cómo diablos había podido alejarme tanto saltando como ratón? Caminé sin saber a dónde iba, en dónde estaba. Todo era el mismo páramo lunar con matorrales.
De pronto comencé a sentir que alguien me seguía.
Giré de forma instintiva.
Me encontré con un perro criollo que no pareció inmutarse frente a mi espaviento. Se me quedó viendo y yo miré adentro de sus ojos y fue como si percibiera una energía humana habitando se cuerpo. El perro me pasó por un lado y siguió su marcha. Se detuvo unos pasos adelante y esperó un momento. Tenía que ser “El Jefe del Desierto”, pensé, y me pareció lo más lógico bajo la influencia del híkuri. Un momento después divisé el resplandor de una fogata y escuché la voz de mis amigos. Al fin y al cabo no me había alejado tanto del campamento. O quizás sí, millones de años en el radio de unos cuantos metros.
Galo y Archibaldo Quintó-Só bebían Brüt y platicaban a carcajadas. Sus pupilas parecían botones negros. En ellos se reflejaba la luz de las llamas. Al verme no se sorprendieron demasiado. Cuando les pregunté si habían escuchado mis gritos me contestaron que no, que solamente me había ausentado unos minutos y que por eso no se habían preocupado. Les quise hablar sobre mi encuentro con “El Jefe” transformado en perro, pero cuando lo busqué desde luego ya se había ido.
Lo que se hallaba muy presente en el interior de mi carne era la vegetación, cuyas espinas podía sentir sin dolor adentro de mi piel. Cada árbol era único y diferente del otro. Cada uno tenía, por así decirlo, su propia personalidad. También tenían un alma, un aura y siete cuerpos sutiles, como todos los seres vivos. Esto podía ser visto en leves gradaciones de color alrededor de la planta. No había una sola piedra que estuviera ahí por casualidad; todo, incluida nuestra presencia, parecía ser parte de una arquitectura secreta.
Cerré los ojos y observé los mandalas proyectados en el interior de mi frente, fractales fosforescentes reconstruyéndose sobre sí mismos, estructuras huicholas, andinas y tibetanas, serpientes escalando pirámides y enroscándose en discos giratorios con el símbolo del ying y el yang.
Saúl Galo nos dijo que necesitaba pegar un pis y desapareció.
Archivo Warpola.
Archibaldo Quinto-Só y yo nos sentamos a platicar alrededor de la fogata y abrimos otra botella de Brüt. Me confió no estar tan seguro ya de su teoría sobre la verdadera identidad de “El Jefe”; aunque en verdad, dijo, tampoco creía seguir asegurando muchas cosas. En todo caso, poco importaba si el Jefe había sido o no el verdadero asesino de su historia, o si se había marcado la mano con su propio machete. Lo que más le desconcertaba, dijo Archibaldo mirando sobre su hombro como si temiera que alguien lo escuchara, era percibir en su cuerpo las vetas de plata que fluían como ríos detenidos bajo la tierra. Podía, por ejemplo, ser consciente de fenómenos ni siquiera observables dentro de un laboratorio, tales como el desdoblamiento del espacio-tiempo y la licuefacción de la materia.
De pronto vimos una señal en el cielo: un triángulo luminoso formado a partir de la alineación de un conjunto de nubes. Al centro de este triángulo brillaba la luna como un reflector. Era el mismo Udyat sobre la punta del gorro del nigromante andeonimbvano. El exvoto se hallaba directamente alineado con éste fenómeno. Archibaldo y yo nos conmovimos.
Saúl Galo surgió de entre los matorrales.
No llevaba camisa y respiraba con agitación. Su pecho estaba bañado en sudor. Era obvio que había entrado en alguna especie de trance. Nos dijo que había bailando enloquecidamente poseído por el espíritu de Tamatzi, el dios wixárika de los arqueros. Sobre la palma abierta de su mano había una pequeña caracola blanca.
—Es un atrapalunas —nos dijo— si miras a través del orificio puedes ver el inframundo.
Archibaldo cogió la pieza y la inspeccionó. Luego me la pasó con indiferencia.
El nácar estaba horadado y adentro de la concha había una piedrecilla suelta que la hacía sonar como una sonaja. Me llevé aquél atrapalunas y enfoqué el desierto. Se veía exactamente igual.
La noche engendra
La partitura muerta,
Odio secular Un gajo de epopeya negra.
Navegaré hondamente por las olas
Entre la oscuridad y la tiniebla
Cólera majestuosa,
Correo Chuan,
Espesura desértica.
Le diré a la épica sardina:
La Patria es obscuridad y neblina.
Grave Patria:
Estrangulada en la selva hambrienta.
Antes de la caída de las hachas
Gritan muertas de miedo las muchachas.
El pájaro carpintero destruye un teléfono negro.
Primer Acto
Patria: cenagosa cresta de maíz,
Tus talleres el palacio de Krum.
Mexicanos harapientos
Mexicanos enlodados
Mexicanos hambrientos
Mexicanos huraños
Mexicanos perdidos en México
Demacrados por el trabajo
Endurecidos por el frío
Con bolsas haraposas
Con dilgos y horquillas
Mexicanos contrahechos
Mexicanos baldados
Greñudos, tiznados
Descalzos, lacerados
Mexicanos elementales: Iracundos
Bestiales
Rabiosos
Sobre tu Capital, campesinos con pértigas en carretela;
Jóvenes y ancianos precipitados, animales ciegos, toros
furiosos.
Grita el palomo colipavo: Incontenible:
Temerario:
Majestuoso:
¡¡¡Arriba el pueblo mexicano!!!
Arriba dónde, Arriba Cristo
Entre los hombres, uniendo los países, uniendo a los poetas,
Sumando a los muertos, llevándolos al cielo.
Patria: tu mutilado territorio se cubre de pavesa,
tizne,
escoria,
se impregna de humedad y frío,
el tren va por la vía,
devorando con martillos las jugueterías,
la galana pólvora,
el rudo patán,
el aeronauta, el escritor oscurantista.
Todos en el tren entrenados.
Millares comen masa.
Regresan al poder los caudillos homicidas
Grave patria (Bulgaria):
miles de creencias,
fe en el delfín ascendido,
tenacidad para la vida,
jariosa raza de bailadores de jarabe.
Corazón salvaje.
Lumbre en cada Corazón.
La bandera se iza.
Sonora miseria alcancía; madrugada terruño,
Calle sacudida en temor y tormenta.
Santo olor de la panadería:
Masa para el pueblo millar.
Cuando nacemos. La tragedia comienza.
Cuerpos muertos.
Cadáveres sangrientos.
Con poemas en el pecho.
Recubren
Laderas,
Vallejos,
Senderos.
En México reina la muerte
En México reina la muerte
En México reina la muerte
Campesinos ametrallados.
Huyen con pavor dondequiera.
Entre chillidos de ancianos,
niños
y mujeres espantadas.
Trueno de nuestras nubes
sobre las tierras labrantías.
Intermedio
Allí en
El centro de total turbulencia,
Solitario,
Como demente,
El temerario, épico
Poeta,
Sicilia,
El cañon legendario
Dispara, proyectil
Tras proyectil…
Y él en el postrero instante
Radiante y colosal exclama:
¡¡¡Muerte a Satanás!!!
Y su cañón voltea
Retumba la tierra
su Granada directo
al congreso de los constituyentes.
Crujen los esqueletos, la cuerda estaba lista,
Las montañas tenebrosas se oscurecían,
Permanecía el poeta
Colosal, sobre su pecho el crucifijo,
La Mirada al porvenir.
¿Qué significa perder un hijo?
Segundo acto
Escúchame loarte,
Declama aquella ira funesta de Cuauhtémoc[2].
Cuauhtémoc[3] fue la fuerza bruta.
Guerrero demoniaco.
Tlacochcálcatl de su majestad real el rey Moctezuma
Águila de garras negras.
Destripando la tierra
Antiguo tlatoani
Sin cruces, ni medallas, ni cintas
Hoy nosotros no creemos ya en héroes.
Tenochtitlán sin agua dulce.
Moctezuma y Tecuichpo perecieron
No triunfó Cuauhtémoc[4].
¿Qué es para el Hécuba?
zócalo de cenizas
sus plantas.
Se fragua lo que sufriste:
La piragua prisionera, al azoro de tus crías,
El sollozar de tus mitologías, la Malinche, los ídolos a nado,
Expansión secular de la avidez divina,
Cada muerte es diversión,
Cada lamento, chanza,
Muerte, exterminación y sangre.
Hasta cuándo
Omnipotente Zeus
Huichilopotzli
Indra
Tohr
Jehová
Quetzalcoatl
Sebaoth
Responded hasta cuándo.
Señor Jesús de los balcanes.
Rey de México y Bulgaria.
A través del humo los fuegos
Tus oídos fustigan el grito de los asesinados,
El gemido de los mártires innumerables
En vagones ardientes.
¿Quién engañó nuestra fe?
(Los poetas asesinados lo sabemos)
Bulgaria Mexicalli dirige sus grúas al cielo:
en línea recta
desde el último gran edificio.
¡Abajo Dios!
bomba al corazón
asalto al cielo.
¡Abajo Dios!
Cadáver precipitado
al abismo universal.
¡Abajo Dios!
Ven Dios a sufrir con nosotros.
La pira está ardiendo.
Hay una muerta en el desierto.
El Ángel pasa y la mira.
Los calzones llenos de sangre,
La blusa corrida hasta la oreja
Y la falda bajada hasta el huesito.
Niña patria: tú eres el cadaver,
Violado por el padre, enterrado por la madre,
No tengas miedo.
Ya vendrán sus asesinos. Y los asesinos de sus asesinos.
Nena llegó la hora. Se hará justicia.
(Los poetas asesinos lo sabemos)
Levántate, anda
No tengas miedo.
¡todo lo escrito
por filósofos y poetas
se realizará!
¡Suave patria!
¡Sin Dios!
¡Sin Señor!
azul incienso
palmas bendecidas,
desfilo
pala al hombro
¡Dios mío sólo tenías 16 años!
llena de sombra,
viva entre sombras,
(todo lo que existe sombra).
Aquí en la tierra nuestra tierra
septiembre será mayo
Trueno de intemperie.
La vida humana
será infinita progresión
Arriba hacia arriba
Bulgaria Mexicalli
Arriba hacia Arriba
la tierra será paraíso.
[1]Remix libre de la Suave Patria de Ramón López Velarde y Septiembre de Geo Milev (Traducción: Pedro de Oraá)
[2]Cuauhtémoc se dio a la tarea de reorganizar el ejército mexica, reconstruir la ciudad y fortificarla para la guerra contra los españoles. Envió embajadores a todos los pueblos solicitando aliados, disminuyendo sus contribuciones y aun eliminándolas para algunos. Después de sitiar Tenochtitlán por 90 días, el 13 de agosto de 1521, los españoles, que eran comandados por Hernán Cortés, lo capturaron en Tlatelolco.
[3]La canoa en la cual huían de Tenochtitlan él, su familia y sus más allegados guerreros, fue alcanzada por un bergantín español piloteado por García Holguín. Cuauhtémoc exigió ser llevado ante Cortés.“Señor Malinche, le dijo Cuauhtémoc a Cortés, ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él”. (Bernal del Castillo)
[4]El oro que los españoles habían no era suficiente para repartir de forma satisfactoria entre toda la tropa española, por lo que iniciaron suposiciones por parte de los mandos para obtener más oro. Algunos españoles juzgaron que después de la Batalla del Canal de los Toltecas, los aztecas habían recuperado el botín y lo habían echado a la laguna o lo habían robado los tlaxcaltecas o bien los propios soldados españoles. De ahí que fueran los oficiales de la Real Hacienda, y sobre todo el tesorero Julián de Alderete, y no Cortés, que se limitó a consentirlo, los que ordenaran —Bernal Díaz y López de Gómara así lo argumentan — el tormento de Cuauhtémoc y Tetlepanquetzaltzin. De acuerdo a los libros de Díaz del Castillo, López de Gómara y las acusaciones hechas a Cortés posteriormente en su juicio de residencia coinciden en que fueron torturados mojándoles los pies y las manos con aceite y quemándoselos.
No escribo esto para decir si la película es buena o mala, tampoco porque crea que sea demasiado revolucionaria para el movimiento feminista —más bien me inquieta que, a pesar de no serlo, haya generado tanta incomodidad—. Mi intención es reivindicar algunos aspectos de la película alrededor de los cuales vale la pena debatir.
Pretendo situar la discusión en torno a por qué la película ha tenido una recepción tan negativa a pesar de ser una exposición del empoderamiento femenino. Capitana Marvel se estrenó el 8 de marzo en la Ciudad de México. Las ironías en la película hablan de la necesidad de evidenciar diferencias de género que deberían desaparecer. El tema no se sobre-explota, tampoco es el eje principal de la película, aunque sí presenta varios aciertos al respecto de la forma de tratar al empoderamiento de la mujer.
No comprendo por qué podría resultar escandaloso que una película haga explícito el empoderamiento femenino. ¿Por qué debería ser sutil, cuando la propaganda de los ideales físicos femeninos nunca lo es? Cuando se evidencia en el resto de las películas de súper héroes que el deber del hombre es salvar cada vez a las mujeres —y seamos honestos, les imponen ideales de masculinidad inalcanzables, en la idealización perdemos todos. ¿Por qué, si nos vamos a poner los lentes críticos, no decimos nada de la propaganda americana que se evidencia en este género? ¿Por qué nadie menciona la paradoja de que Capitana Marvel parece anti-imperialista denunciando las acciones de los Kree; pero el uniforme de Carol Danvers sigue siendo el de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que ha hecho tantas incursiones “por el bien de la democracia” en países tercermundistas?
No condeno el espíritu crítico de cuestionar una película como panfletaria, es más, alabo la necesidad de sobre-analizar los lugares a los que nos lleva la cultura de masas. Sin embargo, no podemos seguir perdonando el cinismo frente a algo tan urgente como abrir espacios de concientización de la herida causada por las normativas de género. Quizá —y de verdad lo espero— en algún momento lleguemos a no necesitar una reafirmación del lugar de las mujeres en la sociedad. Quizá logremos difuminar las diferencias y dejemos de seguir reglas absurdas, que nos aprisionan a todos. Hasta entonces vale la pena aplaudir a cualquier manifestación —sobre todo una con el alcance de una película de Marvel— que señale la necesidad de reconfigurar las normativas de género. Tampoco soy ingenua. No creo que la cultura de masas esté aquí para salvarnos. Desconfío de cuando el capitalismo usa de la tendencia intelectual para producir más ganancias. Creo, también, que es peligroso que se utilice la reivindicación femenina como campaña publicitaria. Aún así es una pretensión válida ya que nos ha permitido abrir estos espacios de discusión.
Al hablar de la recepción de Capitana Marvel solo puedo hacerlo desde mi experiencia y capacidad de exposición a los comentarios que he visto y escuchado. Existe un aire de desaprobación en torno a la fuerza que puede tener esta propuesta.
La película es, por lo demás, un camino del héroe común y corriente. La fórmula a la que estamos acostumbrados funciona, entretiene, y me atrevo a decir que la curva dramática está bien planteada; no se abusa de la espectacularidad.
Capitana Marvel tiene poco de revolucionaria, sin embargo no se pueden minimizar sus aciertos concernientes a la lucha feminista. Hay muchos momentos en que la ironía hace posible burlarnos del status quo de la hegemonía machista, que tampoco ha tratado bien a los hombres. Quiero señalar cuatro aspectos que me parecieron más relevantes sobre lo que la película quiere decirnos del género. Hacia el final del filme, el poder de los sentimientos y la impulsividad de Carol se señala como algo humano y no necesariamente femenino. Vemos aquí, como en otras películas (diferente universo y peor guion, pero en Green Lantern también se resalta eso del personaje principal), que lo que nos hace humanos y mejores héroes es precisamente ese “sentimentalismo”. Nos diferencia como raza dentro de la dinámica universal de pragmatismo alienígena. De manera que Carol Danvers no tiene que controlar sus emociones, sino, más bien, liberarse de las restricciones que un régimen Kree impuso sobre ella.
Otro aspecto que agradezco es la ausencia de un interés amoroso. No lo necesitamos, la emoción y la trama funcionan igual con o sin el aspecto romántico, y yo diría que es aún más interesante sin él. Dejamos de lado la idealización del amor romántico y las propias heridas que acarrea. Capitana Marvel triunfó donde Wonder Woman nos quedó mal. Carol Danvers no necesitó de un interés amoroso para volver a entender cómo funciona el mundo humano, ni para encontrar la estrategia que la llevaría a desarrollar su potencial.
La independencia se presenta, así como la fuerza de la sororidad, a partir del personaje de María Rambeau. Si bien, este personaje necesita un poco más de desarrollo para considerarse redondo, al menos es parte de la conformación de una familia no heteronormada en donde la fuerza femenina tiene un lugar donde puede ser apoyada. A través de su personaje se hace énfasis, además, de la dificultad para ser parte de la Fuerza Aérea Estadounidense, porque si algo sabemos es que a las mujeres nos cuesta el doble de trabajo alcanzar una posición “masculina”.
El atuendo de Danvers es, también, un logro. Hay más practicidad que estética, porque queremos ver su desarrollo como personaje y la acción de las batallas; no apropiarnos de su cuerpo desde una mirada voyerista. Virginie Despentes habla de los ejercicios de “reubicación” que utiliza el patriarcado para silenciar cualquier expresión que pueda desestabilizarlo.[1] Sucedió con ella como ha sucedido con tantas mujeres que empiezan a tener una voz. Me parece que de alguna manera, la filtración de las nudes de Brie Larson tienen que ver con este intento de “poner en su lugar” a una mujer que está haciéndolos sentir incómodos al respecto de su masculinidad. Pueden pensar que con esto desvirtúan el trabajo de la actriz, pero quiero pensar que las cosas ya no funcionan así. Si se están esforzando tanto por exhibirla, exponerla y volverla vulnerable es que la película va por buen camino para llamar la atención sobre los focos rojos de machismo latente.
La banda sonora es otro aspecto que confirma la coherencia de las pretensiones de la película. No sólo es la primera que fue compuesta por una mujer en el universo Marvel, sino también, incluye bandas con figuras femeninas que en su momento lidiaron con la predominancia masculina en el género musical.[2] Basta mencionar el ejemplo de “Just A Girl” de No doubt, cuya letra ironiza las injusticias de las prerrogativas del género femenino. El video musical reta la división binaria en un aspecto tan cotidiano y tan absurdo como la división de los baños. La película es congruente con lo que propone desde el inicio, y cada detalle se siente orgánico dentro de la lógica del empoderamiento propio de los largometrajes de Marvel.
Una de las críticas que se ha hecho a la película es que el tema del empoderamiento parece forzado. Es necesario revisar el camino del héroe, para entender por qué esta cuestión es perfecta para el género fílmico que nos atañe. Joseph Campbell propone una estructura que es, a grandes rasgos, la siguiente: la partida (la llamada a la aventura, la negativa, la ayuda, el cruce del primer umbral), la iniciación (el camino de las pruebas, la reconciliación, la Apoteosis), y el regreso (el rescate del mundo exterior, el cruce del umbral del regreso, libertad para vivir).[3]
Todas las películas que nos presentan la aparición de un nuevo héroe en el universo de Marvel siguen la estructura anterior, quizá exceptuando algunos pasos. Es una fórmula heredada de los mitos griegos y que deriva en el éxito taquillero de nuestra época moderna. Hay un estadio del viaje llamado la Apoteosis, que viene después de la superación de las pruebas, y la reconciliación con aspectos femeninos y masculinos del camino del héroe. Es una especie de elevación, en la que el héroe finalmente se transforma. Es curioso que Campbell encuentra en este estadio una reconciliación con la dualidad, por lo que es un momento de cierta manera de una transformación andrógina para el protagonista de la travesía.[4]
El viaje del héroe también es espiritual, pues el cambio interno corresponde al externo. No sólo debe cumplir con ciertas metas, sino que también se transforma esencialmente. La Apoteosis, y el empoderamiento es lo esperado en cualquier historia heroica. La toma del poder por parte de Carol es igual al resto de los héroes una vez superadas las pruebas. Thor asume su papel como dios del trueno, más allá del límite del martillo; Tony Stark cambia de un millonario egocéntrico que provoca masacres a un héroe egocéntrico que se asume como responsable de sus acciones; por mencionar algunos ejemplos.
Por eso resulta tan orgánico, desde mi punto de vista, que el guiño hacia el empoderamiento femenino se incruste en un camino en que la Apoteosis es esperada. Todas las películas épicas apuntan a producir ese efecto de poder, de esperanza incluso.
Por último, quiero señalar cómo los falsos feministas se han evidenciado después del estreno de Capitana Marvel. Creo que a todas nos ha pasado que se nos acerca alguien que dice ser feminista y no sólo no lo es sino que, además, se considera con la autoridad para explicarnos de qué se trata el feminismo. Me preocupa esta clase específica de personas porque evidencia la facilidad con la que una etiqueta los exime de repensar sus propias actitudes machistas.
Me he cruzado con comentarios como “yo soy feminista pero no entiendo por qué tenemos que aplaudirles a las mujeres sólo por ser mujeres”. Si piensan eso, o si piensan que algo de la película que estamos tratando –o del feminismo en general— se trata de eso, entonces no entienden lo que es el feminismo. Y está bien. Está bien decir “no lo entiendo”. Está bien cuestionarnos. Está bien ver las fallas del propio movimiento, porque nos alimentamos de esas dudas y críticas constructivas. Lo que no está bien es tratar de desvirtuar algo que se desconoce por completo.
Seamos honestos con nosotros mismos. Es más sencillo ahora acceder al tipo de lecturas que podría salvarnos de esta clase de comportamientos. Podemos ver una Ted talk de Gail Dines en menos de 15 minutos y entender por qué es tan preocupante que la cultura de masas nos pornifique. Es posible tener el mínimo de sensibilidad para saber que no vemos acosadores o violadores en todos lados, sino que leemos los signos de alerta —una y otra vez y con distintas facetas— en un sistema que se encarga de desarticular nuestra posibilidad de existencia. Es verdad que el feminismo a veces sigue siendo elitista y que a veces puede estar equivocado. No tenemos todas las respuestas. Quizá no tenemos ninguna, pero sabemos que “no se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a los pequeños derechos adquiridos por los hombres, sino de dinamitarlo todo”.[5]
Está bien estar molesto. No espero que todos aplaudan Capitana Marvel solo porque me hizo sentir un poco mejor al respecto a nuestra representación en la cultura de masas. Es productivo que algo sea problemático, porque nos obliga a pensar. El feminismo y la libertad también son incómodas, angustiantes, pero cualquier cosa es mejor que esta cárcel perpetua en la que estamos por tener pene o vagina o lo que sea. También es una invitación a que repiensen su masculinidad. Nick Fury lavó platos y de todas maneras pudo salir vivo del enfrentamiento con los Kree. Hay espacio para que reflexionemos todo y ya nadie tenga que sentir su frágil masculinidad atacada porque vio una película donde se burlaban del machismo.
El empoderamiento no es un aspecto que se forzó dentro del universo de Marvel, sino que es parte de la construcción de otro personaje necesario dentro del mismo. La molestia al respecto de esta aparición más bien revela un problema: ¿por qué les molesta tanto ver a una mujer “ascender” de la misma manera en que lo ven con protagonistas masculinos? Carol Danvers sigue exactamente el mismo proceso que el resto de los héroes, nosotros leemos el subtexto y la referencia al empoderamiento femenino. Si viviéramos en un mundo idílico en el que ya no se necesitara de estas manifestaciones públicas, a nadie le habría ofendido que una mujer se alzara en las circunstancias que lo hace. Sólo habrían aceptado el viaje del héroe como otra de las tantas variantes que existen.
Lo que están evidenciando la masculinidad frágil que el mismo machismo ha construido. Y si no me creen, vean la película invirtiendo todos los papeles: invéntense su mejor Capitán Marvel, adórnenlo bien de una masculinidad idealizada. Hagan caso omiso de la escena de Nick Fury lavando trastes. Que la enemiga Kree sea una mujer seductora con escote pronunciado. Incluso cambien la banda sonora. Ahora, ¿ya les gusta la película?
Bibliografía
Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras, México, Fondo de Cultura Económica, 1972.
Despentes, Virginie, Teoría King Kong, Editorial Melusina, 2007.
Miller, Matt, “The Captain Marvel soundtrack is a 90’s rock dream”, Esquire, 2019, [Web], <https://www.esquire.com/entertainment/movies/a26766388/captain-marvel-movie-soundtrack-music/>, (23 de marzo de 2019).
[1] Cfr. Despentes, Virginie, Teoría King Kong, pp. 98-99.
[2] Para más sobre el soundtrack de la película véase Miller, Matt, “The Captain Marvel soundtrack is a 90’s rock dream”.
[3] Para ver el resto de las fases véase Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras. Por razones prácticas no incluimos el recuento exhaustivo del camino del héroe.
[4] Cfr. Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras, pp. 89-100.
[5] Despentes, Virginie, Teoría King Kong, p. 121.