Extraído del quinto número de la revistaMonodemonio
Instrucciones para ser asaltado y no morir
1. Guarde la calma, recuerde que el asaltante solo quiere sus pertenencias, no su vida.
2. Si el asaltante no tiene armas, no le dé sus pertenencias. Sólo trata de asustarlo.
3. Si el asaltante tiene armas: cuchillo, desarmador, pistola, quítese las cosas que estén a la vista del asaltante y que sean de valor: reloj, cadenas, aretes, dinero, celular y entréguelas.
4. Si tiene algo de valor que no es visible para el asaltante, diga que lo ha perdido o que hace poco se lo robaron. A los asaltantes les suena muy lógico: si yo pude robarle, de seguro ayer otra persona también.
5. Los que tienen más experiencia siendo asaltados traen algo de dinero y un celular viejo para el asaltante, lo de valor lo guardan en la mochila, gorra de la chamarra, calcetines, brasier, ano o cualquier otro lugar en donde piensan que nadie buscaría.
6. No vea fijamente a los rateros, lo toman como un reto e intentarán golpearlo con el arma o le dejarán el desarmador en uno de sus muslos.
7. Vea de repente a los asaltantes tratando de encontrar algo distintivo: un tatuaje, una cicatriz, perforaciones, vestimenta (le será de ayuda en el punto 13).
8. Si el o los asaltantes traen armas no ponga resistencia o no cumplirá el propósito de este instructivo.
9. Si no traen armas y usted cree, ingenuamente, que otras personas lo ayudarán, intente capturar a los asaltantes y llevarlos con las autoridades.
10. Deje de ver series policíacas y películas de acción
11. Si es que, por un milagro, resulta la captura de los asaltantes, recuerde que ellos no querían matarlo (ver punto 1), usted no los mate. Tampoco piense en mutilarlos, romperles las costillas o cortarles las manos como algunos candidatos a la presidencia proponen. Un poco de dinero y un celular no valen una vida, eso lo saben los asaltantes: no es lo mismo ser ratero a ser asesino. ¿Usted lo sabe? No es lo mismo ser víctima de asalto que un mutilador. Llévelos con las autoridades.
12. Una vez capturados los rateros, enfrentará un nuevo problema: todos llevan prisa. Así que es probable que decidan dejarlos amarrados a un poste o concederles la libertad. Usen cinta americana (la gris), la canela no resistirá mucho.
13. Si decide ir al ministerio público prepárese para perder todo el día en un sistema de enredaderas y procesos burocráticos que lo harán sentirse en una novela de Kafka*.
*Nota importante: Si no sabe quién es Kafka, puede aprovechar el tiempo de espera para que tomen su declaración y leer “El proceso” o “El castillo” o ambos.
Preguntas frecuentes:
¿Sirve de algo denunciar?
R: Sí, entre más denuncias existan sobre una misma zona, las autoridades pueden mandar más vigilancia.
¿Sirven de algo las autoridades?
R: Por eso la gente no denuncia.
14. Si los asaltantes huyen con sus pertenencias llame a una patrulla y haga la denuncia. Prepárese para el punto 13.
15. Si logró salvar su teléfono, publique en sus redes sociales algún comentario de odio hacia los rateros, lo ayudará a sentirse mejor.
16. Si no logró salvar su teléfono, piense en todo aquello que odia y que lo tiene aquí: maldiga al presidente y a su mamá (la del presidente), maldiga a la pobreza, la falta de educación. Maldiga a Dios. Maldiga el hecho de no tener dinero para comprarse un carro, perder horas en el tráfico y contaminar el planeta a cambio de estar más seguro.
17. Si el asalto fue en su carro, pregúntese si de verdad era tan malo el transporte público.
18. Siga su rutina.
19. Llegue a casa.
20. Llore.
Instrucciones para cometer un asalto
1. Use tenis y ropa cómoda.
2. Haga ejercicio.
3. No fume.
4. Pregúntese: ¿de verdad vale la pena perder su libertad o su vida por esto?
5. Si decide que sí, continúe leyendo.
6. Lleve un arma: esto es México, su voz no espanta a nadie.
7. No pierda el tiempo buscando pertenencias, agarre lo que la gente le dé y salga de ahí antes de que noten su nerviosismo o un vengador anónimo se atreva a sacar su pistola. Esto es México.
8. Si alguien se le queda viendo amenace con golpearlo, eso les mostrará que no está jugando. Un disparo al aire es excesivo y algunas balas pueden rebotar y matar a alguien.
9. Siempre tenga presente esto: usted es un asaltante, no un golpeador, mucho menos un asesino.
10. Si llegan a capturarlo intente dar lástima: “mi hijo se está muriendo de hambre” o “mi mamá tiene cáncer” son los mejores pretextos para convencer mexicanos.
11. Si llega una patrulla diga que para que las víctimas no pierdan su tiempo en el ministerio les regresa sus cosas y ahí que quede. Que lo disculpen, pero que no volverá a ocurrir. Quizás tenga que darle algo de dinero a los policías (lleve unos 500 pesos como mínimo).
12. Puede ocurrir que antes de cometer el asalto, usted sea víctima de uno, lleve algo de dinero extra y lea el instructivo anterior.
13. No asalte en lugares conocidos. Como dice el refrán mexicano: no hay peor ratero que el que roba a su familia.
14. Si se encuentra a algún familiar o amigo en el transporte que va a asaltar, no lo salude, trátelo como a cualquiera de los demás pasajeros.
15. No asalte en lugares desconocidos: no conoce las rutas de escape, nadie lo ayudará y no sabe qué tan necesitadas están las personas; si usted está robando por necesidad, imagine qué tan necesitados están los otros que soportan un trabajo que usted no haría ni aunque le pagaran.
16. No asalte solo, es menos dinero, pero aumenta la posibilidad de seguir libre y con vida.
17. Si su compañero es capturado, no regrese por él. Él no regresaría por usted.
En su ensayo sobre las relaciones entre la pintura y la poesía, luego de ponderar a “aquellos que han ayudado a crear una realidad nueva, una realidad moderna”, Wallace Stevens afirma: “Esta realidad es también el mundo trascendental de la poesía. Sus instantaneidades son la conocida inteligencia de los poetas, aun si tal inteligencia pertenece a otra región.” Inmediatamente después, el autor de Harmonium hace referencia a la pensadora francesa Simone Weil quien, en La gravedad y la gracia, expone un concepto al que llama decreación. “La decreación –explica Stevens- consiste en abrir paso de lo creado a lo no creado, pero que esta destrucción está abriendo paso de lo creado a la nada. La realidad moderna es una realidad de decreación, en la que nuestras revelaciones no son las revelaciones de la creencia, sino los preciosos portentos de nuestros propios poderes. La verdad más grande que podemos anhelar descubrir, en cualquier campo que lo hagamos, es que la verdad del hombre es la resolución final de todo.” No es difícil, a partir de estas reflexiones, situar la poesía de Vallejo como una progresiva avanzada hacia la conquista de esa “otra región”; un difícil internarse a través del lenguaje —y, muchas veces, en contra de éste— en una zona donde la poesía va dejando de ser lo que había sido e inaugura un nuevo decir que, aun sin haberse configurado plenamente, ya es el embrión de lo que vendrá. Así, en el poema XXXVIII de Trilce:
Este cristal aguarda ser sorbido
en bruto por boca venidera
sin dientes. No desdentada.
Este cristal es pan no venido todavía.
Hiere cuando lo fuerzan
y ya no tiene cariños animales.
Mas si se le apasiona, se melaría
y tomaría la horma de los sustantivos
que se adjetivan de brindarse.
Quienes lo ven allí triste individuo
incoloro, lo enviarían por amor,
por pasado y a lo más por futuro:
si él no dase por ninguno de sus costados;
si él espera ser sorbido de golpe
y en cuanto transparencia, por boca ve-
nidera que ya no tendrá dientes.
Este cristal ha pasado de animal,
y márchase ahora a formar las izquierdas,
los nuevos Menos.
Déjenlo solo no más.
Tal vez se podría conjeturar, en el orden de esa nueva dicción a la que aspira la poesía de Vallejo, que el cristal no es otra cosa que el poema mismo, situado aún a la espera de una boca que podrá incorporarlo a su propia naturaleza y otorgarle su mejor función. Se trata también de una boca futura, naciente, como se trata de un cristal que todavía no es alimento, pan, pero que está por serlo.
En la segunda estrofa Vallejo nos previene sobre los poderes de este ser en formación, que si bien “ya no tiene cariños animales”, es capaz de herir y que, en el caso de recibir un trato afectivo, podría dar pie a nuevas mutaciones del lenguaje donde “los sustantivos que se adjetivan” tomarían la pauta del habla poética, como, efectivamente, sucede en Trilce y en Poemas humanos.
La tercera y más extensa estrofa del poema, al volver sobre esta suerte de impase en el que se halla el cristal, le añade una característica, ya que éste ha de ser “sorbido de golpe / y en cuanto transparencia”. La insistencia de Vallejo es doble; por una parte, reclama el acto físico de sorber el poema-cristal —de asimilarlo también, de dejarse cautivar por él— de golpe, mediante un acto casi instintivo, lejos de todo cuestionamiento, admitirlo como lo que es: un germen alimenticio. Por otra parte, esa transparencia que es todavía mineral le permite al poeta regresar, afirmándola, a la boca futura que habrá de recibirlo/decirlo, como si al trasluz pudiera ya estar viendo lo que será. Aquí, como en otros momentos de su poesía, Vallejo corta abruptamente una palabra, la “boca ve-nidera”, cuyo adjetivo queda escindido no sólo en sí mismo, sino que se le separa del verso alejandrino al que naturalmente pertenecería. La violencia que ejerce sobre el lenguaje y, en este caso, sobre el aspecto formal de un verso, hace pensar en la indispensable velocidad de la poesía que se aleja —de un salto— forzosamente de los modos convencionales. En un libro reciente, titulado Decreation (2005), Anne Carson elige como epígrafe unas líneas de Montaigne que vienen al caso: “Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos”.
Las cuatro últimas líneas del poema son también las más enigmáticas. Vallejo comienza por recordarnos las mutaciones del sujeto animal-cristal-poema (añadido por nosotros) que se aleja ahora “a formar las izquierdas/ los nuevos Menos”. Un vistazo a los símbolos elementales de la aritmética, hace pensar en el signo de sustracción “–” (menos, minus en latín) que se coloca del lado izquierdo de una cifra. De ser así no resulta difícil inferir que la novedad de este cristal tendrá que ver con la exclusión de algunos de sus elementos. El poema por venir –o en estado naciente- tendrá que configurarse con base en una cuidadosa selección no sólo de las palabras, la sintaxis y las figuras diversas que lo estructuran, sino también de todo aquello que, al hacerlo, el poeta omite; aquello que desaparece durante el proceso de creación. ¿Durante el proceso de decreación? En poesía, lo sabemos, muchas veces menos es más. De ahí, tal vez, la relevancia que Vallejo le otorga a esta operación negativa: al nombrar “los nuevos Menos” enfatiza el sujeto otorgándole una mayúscula inicial.
En las últimas páginas del libro mencionado líneas arriba —un compendio de poemas, ensayos y ópera—, Anne Carson elabora un cuidadoso ensayo en el que expone el concepto de la decreación, mediante el análisis de tres escritoras: Safo, Marguerite Porete y Simone Weil. De Simone Weil cita lo siguiente: “En la operación de escribir, la mano que sostiene la pluma y el cuerpo y el alma unidos a ella son cosas infinitamente pequeñas en el orden de la nada.” Si esta nada tiene que ver con la final disolución de lo creado, con la del poema y la del poeta mismo, no resulta una impertinencia suponer que este poema-cristal (“pan no venido todavía”) será alimento un día, para alguien que en ese momento no existe aún: para nosotros, que ahora lo leemos y podemos, así sea mínimamente, dar fe de su trayectoria incierta, de su paso vacilante pero audaz sobre el abismo de lo nuevo. Así, la operación que realiza Vallejo al escribir es, al mismo tiempo, matemática y quirúrgica. Un trabajo que consiste en socavar el lenguaje para insertar el poema en esa otra región en la que realidad y verdad se corresponden. Un trabajo plenamente humano:
“Déjenlo solo no más.”
Bibliografía
César Vallejo, Obra poética. Edición crítica. Américo Ferrari, coordinador. ALLCA XX / FCE. Colección Archivos. Madrid, 1996.
Wallace Stevens, El elemento irracional en la poesía. Traducción de Patricia Gola revisada por Rafael Vargas. Universidad Autónoma de Puebla. Colección Meridiano. México, 1987.
Anne Carson, Decreación. Edición bilingüe. Traducción de Jeannette L. Clariond. Vaso Roto Ediciones. México, 2014.
En 1902 Georges Méliès estrenó su filme Le Voyage dans la Lune, inspirado en dos novelas de Julio Verne (De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna) y en una novela de H. G. Wells: Los primeros hombres en la Luna de la cual se ha traducido el tercer capítulo para celebrar el Día internacional de los viajes tripulados al espacio.
Capítulo tres
Construyendo la esfera
Recuerdo claramente el momento en el que Cavor me habló de la esfera. Había tenido acercamientos a la idea antes, pero en ese momento pareció llegar a él en un estallido violento. Regresábamos al bungalow para tomar el té cuando comenzó a murmurar. Gritó repentinamente:
—¡Eso es! ¡Con eso estará completo! Con alguna clase de persiana enrollable.
—¿Qué estará completo? —pregunté.
—El espacio, ¡ir a donde sea! La luna.
—¿Qué quiere decir?
—¿Qué quiero decir? Que, desde luego, ¡debe ser una esfera! ¡Eso es lo que quiero decir!
Me di cuenta de que aquello estaba fuera de mi alcance, así que durante un tiempo lo dejé hablando solo, pues en ese momento no tenía ni la más mínima sospecha de lo que intentaría hacer. Al fin, una vez que tomó su té, me contó la idea.
—La cosa es así —dijo él—, la última vez puse esta sustancia que suprime la gravedad dentro de un tanque plano con una correa que lo sujetaba al suelo. En cuanto se enfrió y la fabricación se completó, empezó el alboroto: todo lo que estaba encima del aparato perdió su peso, el aire comenzó a fluir para arriba como si lo impulsara un chorro de agua, luego le siguió la casa y si el aparato no hubiera salido disparado también, no sé qué habría sucedido. Pero, ¿qué pasaría si la sustancia se encontrara suelta y tuviera la libertad de elevarse?
—¡Lo haría de inmediato!
—Exactamente. Sin más estruendo que el que causa disparar una pistola enorme.
—Pero, ¿eso de qué sirve?
—¡Subiré con su ayuda!
Bajé mi taza de té y lo miré fijamente.
—Imagine una esfera —explicó— lo suficientemente grande como para contener a dos personas junto con su equipaje. Será de acero revestido por una capa de vidrio grueso; contendrá una buena provisión de aire solidificado, comida concentrada, un aparato para destilar agua y todo lo demás que se necesite. Y esmaltado como si se tratara de una capa exterior de metal.
—¿Cavorita?
—Sí.
—Pero ¿cómo logrará entrar a la esfera?
—Me imagino que es un problema similar al que se enfrenta uno al cocinar un dumpling.
—Sí, lo sé, pero ¿cómo lo hará?
—Es perfectamente sencillo. Necesitamos un agujero del tamaño de un hombre que se pueda cerrar herméticamente. Eso desde luego será algo complicado; tendrá que haber una válvula para que, si la necesidad se presenta, podamos tirar algunas cosas sin perder demasiado aire.
—Como en De la Tierra a la Luna de Julio Verne.
Cavor no comprendió la referencia, pues no era un lector de ficción.
—Comienzo a entender —dije lentamente—, podría entrar usted y ajustar la tapa desde adentro, mientras la Cavorita sigue caliente, para salir disparado en cuanto se enfríe y se haga resistente a la gravedad. Usted volaría…
—En una tangente.
—Saldría volando en línea recta —me detuve abruptamente—. ¿Qué impedirá que esa máquina continúe viajando en línea recta hacia el espacio por toda la eternidad? No sabe con seguridad si llegará a algún lado y aún si lo hace, ¿cómo logrará regresar?
—He estado pensando en eso —dijo Cavor—. A eso me refería con que ya había descubierto cómo completarlo. La esfera interna de vidrio debe ser hermética, y, a excepción del agujero de entrada, continua, y la esfera de acero debe de hacerse en secciones, cada sección debe de ser capaz de enrollarse como una persiana. Podemos lograrlo con facilidad con la ayuda de resortes accionados por medio de cables eléctricos de platino soldados al vidrio que abran o cierren las persianas a conveniencia. Todo eso es solo cuestión de detalle, pero como puede ver, la cavorita será vertida y tomará la forma de esas persianas o ventanas, como prefiera decirles. Entonces, cuando todas las ventanas se encuentren cerradas, no habrá luz, calor ni gravedad alguna que se adentre en la esfera y esta volará en línea recta en el espacio, como dice usted. Imagínese las ventanas abiertas, al hacerlo seremos atraídos por cualquier cuerpo pesado que se encuentre en nuestra dirección.
Comencé a asimilar su idea.
—¿Lo entiende? —preguntó él.
—Oh, lo entiendo.
—Seremos capaces de viajar por el espacio todo lo que queramos. Ser atraídos por esto y aquello.
—Sí, eso ha quedado lo suficientemente claro. Aún así…
—¿Qué sucede?
—¡No le veo el sentido! Es simplemente dar un salto fuera del mundo y dar otro para regresar.
—¡Desde luego! Uno podría ir, por ejemplo, a la Luna.
—¿Y al llegar? ¿Qué encontraríamos?
—Ya veremos. Considere todos los conocimientos nuevos.
—¿Hay aire en la Luna?
—Quizás lo haya.
—Es una idea estupenda —dije—, pero me parece demasiado inmensa. ¡La Luna! Preferiría comenzar con algo más pequeño.
—Me temo que no se podrá.
—¿Por qué no aplicamos la idea de las persianas, recubiertas por Cavorita y hechas de acero, para levantar objetos pesados?
—No funcionaría —insistió—, después de todo, ir al espacio exterior no es mucho peor que ir a una expedición polar. Y hay hombres que van a esas expediciones.
—Pero no son hombres de negocios. Además les pagan por ir en esas expediciones. Si algo sale mal hay misiones de socorro. Pero esto… es lanzarnos fuera del mundo por nada.
—Piense en ello como una clase de expedición geológica.
—No habrá más remedio que pensarlo así, quizás se pueda escribir un libro al respecto.
—No tengo dudas de que encontraremos minerales allá —dijo Cavor.
—¿Como cuáles?
—Azufre, hierro, quizá oro o incluso nuevos elementos.
—No está pensando en lo que nos costará traer esos minerales de regreso —dije yo—, sabe bien que usted no es un hombre práctico. La Luna está a un cuarto de millón de millas de distancia.
—Me parece que no nos costará trabajo llevar cualquier cosa pesada siempre que la metamos en una caja de Cavorita.
No había pensado en eso.
—Así que sería un envío libre de costos para el comprador, ¿no es así?
—Además, no es como si estuviéramos confinados a la Luna.
—¿Qué quiere decir?
—Bueno, está Marte, con una atmósfera clara, nuevos alrededores, excelentes condiciones de ligereza. Quizá sea agradable ir allá.
—¿Hay aire en Marte?
—¡Oh, desde luego!
—Lo presenta como si se tratara de un lugar de descanso y retiro, un sanatorio. Por cierto, ¿qué tan lejos está Marte?
—Doscientos millones de millas, actualmente —dijo Cavor con emoción— y para ir uno debe pasar cerca del sol.
Mi imaginación comenzó a correr con libertad.
—Después de todo —dije— en estas aventuras hay algo. El viaje…
Una posibilidad extraordinaria asaltó mis pensamientos. Repentinamente vi, como si de una visión se tratara, al sistema solar en su totalidad plagado por esferas lujosas de Cavorita. “Derechos de adquisición preferente”, pensé. Derechos planetarios de adquisición preferente. Vislumbré el poder del antiguo imperio español convertido en oro americano. No se trataba de la capacidad de ocupar solamente este o aquel planeta, podríamos ocuparlos todos. Observé la cara rojiza de Cavor y mi imaginación, de golpe, comenzó a saltar y a danzar. Me paré y comencé a caminar de un lado para otro; mi lengua se había soltado.
—Comienzo a asimilarlo —dije—, comienzo a asimilarlo.
Mi transición de la duda al completo entusiasmo ocurrió en un instante.
—¡Pero esto es tremendo! —grité— ¡Es imperial! No he soñado nunca con algo así.
Una vez que la barrera de mi escepticismo se levantó, la sobreexcitación de Cavor pudo liberarse. Él también se levantó y comenzó a caminar nerviosamente, gritó y gesticuló. Nos comportábamos como hombres inspirados, pues en eso nos convertimos.
—¡Lo resolveremos! —dijo en respuesta a alguna dificultad incidental presentada por mí— ¡Pronto lo resolveremos! Comenzaremos los dibujos para las molduras esta misma noche.
—Los comenzaremos ahora —respondí, y nos apresuramos al laboratorio para comenzar la empresa en el acto.
Esa noche fui como un niño en el País de las Maravillas. El amanecer nos encontró a los dos trabajando, mantuvimos nuestras luces eléctricas encendidas aún durante el día. Todavía recuerdo con exactitud esos dibujos. Yo los sombreaba y entintaba mientras Carvor los dibujaba, cada una de sus líneas estaba algo emborronada por la prisa, pero eran maravillosamente exactas. Hicimos los pedidos de las persianas y marcos que necesitábamos de esa noche de trabajo, y terminamos de diseñar la esfera de vidrio en una semana. Renunciamos por completo a nuestras conversaciones del medio día y a nuestra antigua rutina. Trabajamos hasta el cansancio y comíamos o dormíamos cuando la fatiga nos impedía seguir trabajando. Nuestro entusiasmo contagió incluso a nuestros tres hombres, aunque no tuvieran idea de para qué era la esfera. Durante esos días Gibbs renunció a caminar y parecía ir a todos lados trotando quisquillosamente, incluso en la misma habitación.
Y la esfera creció. Pasó diciembre y llegó enero —pasé todo un día con una escoba creando un camino a través de la nieve para llegar del bungalow al laboratorio— febrero y después marzo. Para finales de ese mes el aparato estaba casi terminado. En enero había llegado un carro tirado por caballos, en él se encontraba un paquete enorme; por fin había llegado la esfera de cristal y ahora la teníamos debajo de la grúa que habíamos construido para insertar la esfera dentro del caparazón de acero. Todas las barras y persianas del caparazón —que en realidad no era esférico sino poliédrico con una persiana en cada cara— habían llegado en febrero y la mitad inferior ya estaba ajustada. En marzo la Cavorita estaba a la mitad de su fabricación, la pasta metálica había ya completado dos de las etapas de fabricación y habíamos colocado casi la mitad de ella en las barras y persianas metálicas. Era impresionante lo cercanos que nos manteníamos a la primera inspiración de Cavor al construir la máquina. Cuando terminamos de armar la esfera, Cavor propuso que quitáramos el burdo techo del laboratorio provisional en el que habíamos estado trabajando y construyéramos un horno con ese material. Así, la última etapa de fabricación de la Cavorita, en la que es calentada hasta alcanzar un tono rojo oscuro dentro de una corriente de helio, se efectuaría una vez que la sustancia estuviese adherida a la esfera.
Entonces discutimos las provisiones que llevaríamos al viaje: comida comprimida; esencias concentradas; cilindros de metal con reservas de oxígeno; una estructura para remover el ácido carbónico y los residuos del aire y así restaurar el oxígeno mediante peróxido de sodio; condensadores de agua y todo lo demás. Recuerdo el pequeño montón que formaban en una esquina: latas, rollos y cajas, un espectáculo convincente.
Eran días extenuantes, con pocos momentos para pensar en algo que no fuera la esfera. Pero un día, cuando nos aproximábamos a completar nuestra labor, un ánimo extraño se apoderó de mí. Había estado toda la mañana ensamblando el horno y me senté entre los ladrillos completamente exhausto. Todo me pareció entonces aburrido e inalcanzable.
—Pero mire, Carvor —dije—. Al fin y al cabo, ¿para qué hacer todo esto?
Sonrió.
—Ahora solo nos queda continuar.
—¡A la Luna! —reflexioné— Pero, ¿qué podemos esperar? Creí que la Luna era un mundo muerto.
Se encogió de hombros.
—Lo averiguaremos al llegar.
—¿Lo haremos? —dije, y me quedé mirando a la nada.
—Usted está agotado —afirmó—, le recomiendo que vaya a dar una vuelta.
—No —dije obstinadamente—, voy a terminar este enladrillado.
Lo hice, y me aseguré una noche de insomnio en el proceso. Creo que nunca he pasado una noche así. Tuve momentos difíciles antes de que colapsara mi negocio, pero las peores noches de ese entonces eran un sueño tranquilo a comparación con aquel doloroso e infinito desvelo. Repentinamente estaba lleno de un terror inmenso por la hazaña que intentábamos realizar.
No recuerdo haber pensado antes de esa noche en todos los peligros a los cuales quedaríamos expuestos. Ahora venían hacia mí como esa horda de espectros que alguna vez invadieron Praga, y acampaban a mi alrededor. Me abrumó la completa extrañeza de lo que íbamos a hacer, lo ajeno que era eso a todo cuanto se puede hacer en la Tierra. Era como un hombre que despierta de sueños placenteros para verse rodeado de las realidades más horribles. Me recosté en mi cama con los ojos abiertos. La esfera parecía verse cada vez más y más endeble y Cavor más y más irreal y fantasioso y toda la empresa más y más desquiciada a cada momento que pasaba.
Salí de la cama y merodeé por la habitación. Me senté cerca de la ventana y contemplé la inmensidad del espacio. Entre cada estrella se encontraba el vacío, ¡la insondable oscuridad! Intenté recordar los pocos y fragmentados conocimientos de astronomía que había ganado con mis lecturas irregulares, pero eran demasiado vagos como para que pudiera hacerme una idea de las cosas con las que podríamos encontrarnos. Regresé a mi cama y conseguí dormir por unos instantes —que estuvieron poblados por pesadillas— en los que caía y caía eternamente en el gran abismo del firmamento.
Sorprendí a Carvor en el desayuno. Le dije brevemente:
—No pienso acompañarlo en la esfera.
Enfrenté todas sus protestas con una persistencia sólida.
—Es un asunto demasiado desquiciado —dije— y no iré. Es una locura.
Me rehusé a regresar con él al laboratorio. Me quedé solo en mi bungalow por un tiempo y después tomé mi sombrero y mi bastón y salí a pasear solo, sin saber a dónde. La mañana era gloriosa: con una brisa cálida y un cielo despejado de un azul profundo, se podían ver ya los primeros verdores de la primavera y había una multitud de pájaros cantando. Almorcé carne y cerveza en una pequeña taberna cerca de Elham y sorprendí al dueño con esta observación sobre el clima:
—¡El hombre que abandona el mundo cuando comienzan a llegar días como este es sin duda un tonto!
—¡Eso mismo digo cuando escucho hablar sobre eso! —dijo el propietario y descubrí que para al menos una pobre alma este mundo había demostrado ser demasiado excesivo, pues un hombre se había suicidado cortándose la garganta hacía poco. Proseguí mi día con una nueva complicación en mis pensamientos.
En la tarde me eché una siesta agradable en un lugar soleado y proseguí mi marcha totalmente refrescado. Llegué a una posada de apariencia acogedora cerca de Canterbury. Estaba cubierta de enredaderas y la dueña era una anciana muy pulcra que se ganó mi simpatía. Era muy habladora y, además de otras particularidades, nunca había estado en Londres. Descubrí que tenía el dinero justo para hospedarme, así que decidí pasar la noche ahí.
—Canterbury es el lugar más lejano en el que he estado —dijo—. No soy de esas personas que van y vienen por todos lados.
—¿Qué le parecería hacer un viaje a la Luna? —exclamé.
—Nunca he entendido a la gente que disfruta los viajes en globo —dijo, evidentemente convencida de que ir a la Luna era una excursión común—, yo no lo haría jamás, por nada en el mundo.
Esto me pareció bastante gracioso. Y después de haber cenado, me senté en una banca cerca de la entrada de la posada y conversé con dos trabajadores sobre el proceso de fabricación de los ladrillos, los coches motorizados y los juegos de cricket del año pasado. Y en el firmamento, una pálida Luna creciente, azul e incierta como los Alpes vistos a la distancia, se hundió hacia el oeste, sobre el sol.
El día siguiente regresé con Cavor.
—Sí iré —dije—. Mis ideas han estado un poco desordenadas, eso es todo.
Y esa fue la única vez que sentí alguna duda verdadera sobre nuestra empresa. ¡Eran tan solo mis nervios! Después de eso trabajé con más cuidado, con menos prisa, y tomé descansos en los que caminaba perezosamente durante una hora cada día. Y finalmente, sin contar el calentamiento de la Carvorita por el horno, nuestras labores llegaron a su fin.
Hubo noches en las que no durmió, momentos en que la tensión de sus músculos revelaba ansiedad. Días enteros entrenando en el furor de batallas ficticias, entre la lona y las cuerdas. Estaba listo, había llegado el gran momento, la hora que el reloj marcaba como memorable e imprescindible en el trayecto de su historia. Felipe Monroy Jiménez, apodado La Muerte Roja, preparaba los últimos detalles para su debut en la Arena Coliseo, en el legendario Perú 77, donde décadas atrás su padre, el insigne Carnicero de Peralvillo, vio sus noches de gloria.
—Hay que apurarnos don Ru, ya falta poquito.
—¡Qué nervios, chamaco! ¿Quieres que te ayude con las botas o puedes solo?
—No sea malito, hágame usted el honor.
—¡Ya vas, mijo! Lo orgulloso que se sentiría mi compadre, en paz descanse. ¡Ay! Si yo te contara. En el día de su debut, el nombre de tu jefecito brillaba en las marquesinas, compartía el cartel con El satánico, Lizmark, Fishman y el mismísimo Ringo Mendoza, ¡Pura celebridad!
—¡Chale, don Ru! No me sabía esa. Cómo me hubiera gustado ver hoy a mi jefe en las butacas, junto a mis tíos, cheleando, gritando y echándome porras.
—Pero Diosito dispuso otra cosa y con él ni quien se oponga. Ya verás que desde algún lugar del cielo seguramente se está empinando unas frías, muy animado por verte luchar.
La Muerte Roja, ese era el nombre elegido, el mote de guerra que Felipe llevaría con orgullo por la oscuridad de los pasillos hasta el cuadrilátero y que tomó por una vieja anécdota en sus años de infancia, cuando la maestra Rocío le dejó la tarea de leer un cuento.
Felipe no leía, él era feliz cuando acompañaba a su padre a los entrenamientos en el deportivo de la Doctores. De mente distraída, pero con ímpetu y entrega, pasaba los fines de semana entre las noches de lucha libre y los campeonatos locales de futbol, lo demás no importaba, solo eran cosas que los adultos ponían a su alrededor para sobrellevar el tiempo.
En aquella ocasión del encargo de la profe Rocío, decidió ir al puesto de revistas de don Chepe, el viejo amigo de su abuelo, un tipo que pasaba horas en un diminuto local de lámina en compañía de Tristán, su gato.
—¡Oh, no se pitorree! Es algo serio, me lo pidieron en la escuela.
—Pues, qué bueno que te pidan esas cosas, a ver si así te alejas aunque sea un poquito de los trancazos. ¿Y cómo qué te gustaría leer?
—No sé, algo que no sea aburrido, porfa. Y mejor si está cortito.
—Me la pones difícil. Déjame ver; Oscar Wilde, Dickens, Kipling, o puede ser Quiroga. Toma este, estoy seguro que te gustará.
Don Chepe tomó un libro amarillento, cuya primera página estaba casi desgajada y se lo dio a Felipe.
—A ver, ¡Uy! Este libro ta re viejito. Narraciones Extraordinarias, de E-dgar Allan Po-e, ¿Poe?
—Allan Poe. Ese te puede servir, échale un ojo y cuando termines me lo vienes a dejar.
—Muchas gracias, después se lo regreso.
Felipe se apresuró a su casa y al llegar se sentó en el sillón de la sala, sacó el libro de la mochila y fijó su mirada en el índice, donde aparecían títulos como: “El cuervo”, “La caída de la casa de Usher”, “Berenice” o “Ligeia”, y en esa búsqueda relámpago emergió “La máscara de la muerte roja”. Comenzó a leer el primer párrafo: “Durante mucho tiempo, la Muerte Roja había devastado la comarca. Jamás peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnación era la sangre: el rojo y el horror de la sangre”[1]. Con eso supo que era lo que buscaba.
Esa noche no durmió, imágenes quiméricas poseían su dormitorio, escudriñaban el decorado de las paredes donde gladiadores encapuchados lucían ojos escarlata. Años más tarde Felipe lo recordaría en las oficinas de la Comisión Nacional de Lucha Libre, justo cuando firmaba un contrato, en el punto en donde se le solicitaba el nombre de su alter ego. No lo pensó dos veces y escribió, con letras mayúsculas, “La Muerte Roja”.
Así llegó la fecha esperada, el gran momento en el que Felipe portaría aquella máscara que diseñó con ahínco. Cada línea, cada trazo de su puño sobre la superficie blanca, revelaba el color dorado fundido al rojo vivo como las alas de un fénix, eso era para él la muerte y esa noche él sería su emisario.
— ¿Don Ru, qué tal me veo?
— ¡Órale, Felipillo! Sí te impones. Lo pensaría dos veces antes de aventarme un tiro contigo. ‘Ta retechula tu máscara, canijo.
— Gracias don Ru.
—Ya verá ese Rey Maya, te la va a persignar. Con todo y que tú serás de los rudos, se te va a entregar el público.
—Ojalá, Dios lo oiga. Luego la banda se pone muy malora con los rudos.
—Pues, ése es el chiste de la lucha, y a veces de la vida: que a pesar de los gritos y del odio, no puedan apartar la vista de ti. De eso se trata, mijo.
La máscara lucía como una antorcha cubriendo el rostro de Felipe. Calzó las botas que combinaban a la perfección, la capa resplandecía entre las sombras. Desde la puerta algunos gritos irrumpían constantemente: maldiciones y mentadas de madre hacían sentir la presencia del respetable en las butacas. Era el primer encuentro de la jornada, Felipe aún estaba lejos de ser estelar, para eso tenía que padecer años de supervivencia y descubrir la misericordia de la lona. Al caminar por el pasillo enmudeció por completo, algo obstruía sus palabras, tal vez la respiración agitada, o el sudor de las manos, o los consejos de don Ru. La luz a la distancia evidenciaba el inminente combate.
—Entonces, abusado, cuando quiera aplicarte la quebradora giras rápido con la cintura y lo tomas por el cuello, ahí intenta hacerle la dormilona, así lo tendrás medio pendejo un rato y…
Las bocinas anunciaron la llegada de los luchadores al ring, ambos contendientes fueron presentados con la elegante voz del Güero Rangel:
—¡Lucharaaaaán, a dos de tres caídas sin límite de tiempo! En esta esquina, en el bando de los técnicos, de 77 kilos y 500 gramos, proveniente de las tierras blancas de la península de Yucatán, el único, el incomparable, el orgullo de Ticul: Reeey Maaayaaa. Del bando de los rudos, de 75 kilos y 800 gramos, emergido de los rincones de la Peralvillo, en su impactante debut en la lucha profesional. Con ustedes la inmisericorde, la incontenible: ¡La Muerte Rooojaaaaa!
Los silbidos y abucheos no se hicieron esperar, aparecían uno tras otro en el público que presenciaba la llegada de Felipe. Se quitó la capa para dársela a don Ru, estiró un poco las piernas y los brazos apoyándose en las cuerdas. Todo listo. Rey Maya se acercó hacia el centro del cuadrilátero, La Muerte Roja avanzó lentamente y le extendió la mano, ofreciéndola como un acto de cortesía. Un niño de la quinta fila gritó desesperado: “¡No, no, no le creas!”. Pero La Muerte tomó por sorpresa a su adversario asestándole un fuerte golpe en la zona torácica.
—Pinche tramposo, para eso me gustabas, cabrón— exclamó una señora gorda sentada en las gradas.
Siguió el castigó al contrincante, la lluvia de puntapiés en la espalda y el abdomen eran recibidos sin ninguna oposición. De pronto, en un movimiento que llevaba consigo todo el oficio de la veteranía, Rey Maya alcanzó con los tobillos el cuello de Felipe, aplicándole una pinza que lo hizo rodar hasta la otra esquina.
Ambos luchadores ofrendaron sus embates al ritual pagano de la Arena Coliseo. Patadas voladoras, topes suicidas, lances acrobáticos, la tapatía, la hurracarrana, la quebradora, giros, llaves, contrallaves, manotazos e insultos destellaban en el escenario.
Los testigos permanecían pasmados, sumisos a un poder catártico. La primera caída fue del bando técnico, la segunda la ganó el rudo, al inicio de la tercera La Muerte Roja subió a uno de los postes del ring, tomó el impulso preciso y, como un albatros, descendió hasta su víctima. Fue un vuelo espectacular, memorable, que culminó con ambos contendientes afuera del encordado.
La cuenta del réferi irrumpió el asombro, los luchadores lucían abatidos entre el desorden de las butacas, bañados en sudor, respirando a marchas forzadas por la opresión de sus mascaras. Felipe fue el primero en ponerse de pie y dando tumbos logró subir al cuadrilátero donde le esperaba el clamor de la victoria. La Muerte Roja aniquiló a su oponente, los aplausos resonaban y hubo quien se puso de pie gritando su nombre.
[1]) Poe, A (1995). “La máscara de la muerte roja”. Narraciones extraordinarias (p.122). México. Porrúa