Tierra Adentro
Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

 

Extraído del quinto número de la revista Monodemonio

 

Instrucciones para ser asaltado y no morir

1. Guarde la calma, recuerde que el asaltante solo quiere sus pertenencias, no su vida.

2. Si el asaltante no tiene armas, no le dé sus pertenencias. Sólo trata de asustarlo.

3. Si el asaltante tiene armas: cuchillo, desarmador, pistola, quítese las cosas que estén a la vista del asaltante y que sean de valor: reloj, cadenas, aretes, dinero, celular y entréguelas.

4. Si tiene algo de valor que no es visible para el asaltante, diga que lo ha perdido o que hace poco se lo robaron. A los asaltantes les suena muy lógico: si yo pude robarle, de seguro ayer otra persona también.

5. Los que tienen más experiencia siendo asaltados traen algo de dinero y un celular viejo para el asaltante, lo de valor lo guardan en la mochila, gorra de la chamarra, calcetines, brasier, ano o cualquier otro lugar en donde piensan que nadie buscaría.

6. No vea fijamente a los rateros, lo toman como un reto e intentarán golpearlo con el arma o le dejarán el desarmador en uno de sus muslos.

7. Vea de repente a los asaltantes tratando de encontrar algo distintivo: un tatuaje, una cicatriz, perforaciones, vestimenta (le será de ayuda en el punto 13).

8. Si el o los asaltantes traen armas no ponga resistencia o no cumplirá el propósito de este instructivo.

9. Si no traen armas y usted cree, ingenuamente, que otras personas lo ayudarán, intente capturar a los asaltantes y llevarlos con las autoridades.

10. Deje de ver series policíacas y películas de acción

11. Si es que, por un milagro, resulta la captura de los asaltantes, recuerde que ellos no querían matarlo (ver punto 1), usted no los mate. Tampoco piense en mutilarlos, romperles las costillas o cortarles las manos como algunos candidatos a la presidencia proponen. Un poco de dinero y un celular no valen una vida, eso lo saben los asaltantes: no es lo mismo ser ratero a ser asesino. ¿Usted lo sabe? No es lo mismo ser víctima de asalto que un mutilador. Llévelos con las autoridades.

12. Una vez capturados los rateros, enfrentará un nuevo problema: todos llevan prisa. Así que es probable que decidan dejarlos amarrados a un poste o concederles la libertad. Usen cinta americana (la gris), la canela no resistirá mucho.

13. Si decide ir al ministerio público prepárese para perder todo el día en un sistema de enredaderas y procesos burocráticos que lo harán sentirse en una novela de Kafka*.

*Nota importante: Si no sabe quién es Kafka, puede aprovechar el tiempo de espera para que tomen su declaración y leer “El proceso” o “El castillo” o ambos.

Preguntas frecuentes:

¿Sirve de algo denunciar?

R: Sí, entre más denuncias existan sobre una misma zona, las autoridades pueden mandar más vigilancia.

¿Sirven de algo las autoridades?

R: Por eso la gente no denuncia.

14. Si los asaltantes huyen con sus pertenencias llame a una patrulla y haga la denuncia. Prepárese para el punto 13.

15. Si logró salvar su teléfono, publique en sus redes sociales algún comentario de odio hacia los rateros, lo ayudará a sentirse mejor.

16. Si no logró salvar su teléfono, piense en todo aquello que odia y que lo tiene aquí: maldiga al presidente y a su mamá (la del presidente), maldiga a la pobreza, la falta de educación. Maldiga a Dios. Maldiga el hecho de no tener dinero para comprarse un carro, perder horas en el tráfico y contaminar el planeta a cambio de estar más seguro.

17. Si el asalto fue en su carro, pregúntese si de verdad era tan malo el transporte público.

18. Siga su rutina.

19. Llegue a casa.

20. Llore.

 

 

Instrucciones para cometer un asalto

 

1. Use tenis y ropa cómoda.

2. Haga ejercicio.

3. No fume.

4. Pregúntese: ¿de verdad vale la pena perder su libertad o su vida por esto?

5. Si decide que sí, continúe leyendo.

6. Lleve un arma: esto es México, su voz no espanta a nadie.

7. No pierda el tiempo buscando pertenencias, agarre lo que la gente le dé y salga de ahí antes de que noten su nerviosismo o un vengador anónimo se atreva a sacar su pistola. Esto es México.

8. Si alguien se le queda viendo amenace con golpearlo, eso les mostrará que no está jugando. Un disparo al aire es excesivo y algunas balas pueden rebotar y matar a alguien.

9. Siempre tenga presente esto: usted es un asaltante, no un golpeador, mucho menos un asesino.

10. Si llegan a capturarlo intente dar lástima: “mi hijo se está muriendo de hambre” o “mi mamá tiene cáncer” son los mejores pretextos para convencer mexicanos.

11. Si llega una patrulla diga que para que las víctimas no pierdan su tiempo en el ministerio les regresa sus cosas y ahí que quede. Que lo disculpen, pero que no volverá a ocurrir. Quizás tenga que darle algo de dinero a los policías (lleve unos 500 pesos como mínimo).

12. Puede ocurrir que antes de cometer el asalto, usted sea víctima de uno, lleve algo de dinero extra y lea el instructivo anterior.

13. No asalte en lugares conocidos. Como dice el refrán mexicano: no hay peor ratero que el que roba a su familia.

14. Si se encuentra a algún familiar o amigo en el transporte que va a asaltar, no lo salude, trátelo como a cualquiera de los demás pasajeros.

15. No asalte en lugares desconocidos: no conoce las rutas de escape, nadie lo ayudará y no sabe qué tan necesitadas están las personas; si usted está robando por necesidad, imagine qué tan necesitados están los otros que soportan un trabajo que usted no haría ni aunque le pagaran.

16. No asalte solo, es menos dinero, pero aumenta la posibilidad de seguir libre y con vida.

17. Si su compañero es capturado, no regrese por él. Él no regresaría por usted.

18. Llegue a casa.

19. Cámbiese de ropa.

20. Sonría.


Autores
Tiene su origen en Nezahualcóyotl e Iztapalapa y forma parte de la red internacional de revistas del Ático Pent Cultural.
Edición por Mariana Martínez

 

En su ensayo sobre las relaciones entre la pintura y la poesía, luego de ponderar a “aquellos que han ayudado a crear una realidad nueva, una realidad moderna”, Wallace Stevens afirma: “Esta realidad es también el mundo trascendental de la poesía. Sus instantaneidades son la conocida inteligencia de los poetas, aun si tal inteligencia pertenece a otra región.” Inmediatamente después, el autor de Harmonium hace referencia a la pensadora francesa Simone Weil quien, en La gravedad y la gracia, expone un concepto al que llama decreación. “La decreación –explica Stevens- consiste en abrir paso de lo creado a lo no creado, pero que esta destrucción está abriendo paso de lo creado a la nada. La realidad moderna es una realidad de decreación, en la que nuestras revelaciones no son las revelaciones de la creencia, sino los preciosos portentos de nuestros propios poderes. La verdad más grande que podemos anhelar descubrir, en cualquier campo que lo hagamos, es que la verdad del hombre es la resolución final de todo.” No es difícil, a partir de estas reflexiones, situar la poesía de Vallejo como una progresiva avanzada hacia la conquista de esa “otra región”; un difícil internarse a través del lenguaje —y, muchas veces, en contra de éste— en una zona donde la poesía va dejando de ser lo que había sido e inaugura un nuevo decir que, aun sin haberse configurado plenamente, ya es el embrión de lo que vendrá. Así, en el poema XXXVIII de Trilce:

 

Este cristal aguarda ser sorbido

en bruto por boca venidera

sin dientes. No desdentada.

Este cristal es pan no venido todavía.

 

Hiere cuando lo fuerzan

y ya no tiene cariños animales.

Mas si se le apasiona, se melaría

y tomaría la horma de los sustantivos

que se adjetivan de brindarse.

 

Quienes lo ven allí triste individuo

incoloro, lo enviarían por amor,

por pasado y a lo más por futuro:

si él no dase por ninguno de sus costados;

si él espera ser sorbido de golpe

y en cuanto transparencia, por boca ve-

nidera que ya no tendrá dientes.

 

Este cristal ha pasado de animal,

y márchase ahora a formar las izquierdas,

los nuevos Menos.

Déjenlo solo no más.

 

Tal vez se podría conjeturar, en el orden de esa nueva dicción a la que aspira la poesía de Vallejo, que el cristal no es otra cosa que el poema mismo, situado aún a la espera de una boca que podrá incorporarlo a su propia naturaleza y otorgarle su mejor función. Se trata también de una boca futura, naciente, como se trata de un cristal que todavía no es alimento, pan, pero que está por serlo.

En la segunda estrofa Vallejo nos previene sobre los poderes de este ser en formación, que si bien “ya no tiene cariños animales”, es capaz de herir y que, en el caso de recibir un trato afectivo, podría dar pie a nuevas mutaciones del lenguaje donde “los sustantivos que se adjetivan” tomarían la pauta del habla poética, como, efectivamente, sucede en Trilce y en Poemas humanos.

La tercera y más extensa estrofa del poema, al volver sobre esta suerte de impase en el que se halla el cristal, le añade una característica, ya que éste ha de ser “sorbido de golpe / y en cuanto transparencia”. La insistencia de Vallejo es doble; por una parte, reclama el acto físico de sorber el poema-cristal —de asimilarlo también, de dejarse cautivar por él— de golpe, mediante un acto casi instintivo, lejos de todo cuestionamiento, admitirlo como lo que es: un germen alimenticio. Por otra parte, esa transparencia que es todavía mineral le permite al poeta regresar, afirmándola, a la boca futura que habrá de recibirlo/decirlo, como si al trasluz pudiera ya estar viendo lo que será.  Aquí, como en otros momentos de su poesía, Vallejo corta abruptamente una palabra, la “boca ve-nidera”, cuyo adjetivo queda escindido no sólo en sí mismo, sino que se le separa del verso alejandrino al que naturalmente pertenecería. La violencia que ejerce sobre el lenguaje y, en este caso, sobre el aspecto formal de un verso, hace pensar en la indispensable velocidad de la poesía que se aleja —de un salto— forzosamente de los modos convencionales. En un libro reciente, titulado Decreation (2005), Anne Carson elige como epígrafe unas líneas de Montaigne que vienen al caso: “Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos”.

Las cuatro últimas líneas del poema son también las más enigmáticas. Vallejo comienza por recordarnos las mutaciones del sujeto animal-cristal-poema (añadido por nosotros) que se aleja ahora “a formar las izquierdas/ los nuevos Menos”. Un vistazo a los símbolos elementales de la aritmética, hace pensar en el signo de sustracción “–” (menos, minus en latín) que se coloca del lado izquierdo de una cifra. De ser así no resulta difícil inferir que la novedad de este cristal tendrá que ver con la exclusión de algunos de sus elementos. El poema por venir –o en estado naciente- tendrá que configurarse con base en una cuidadosa selección no sólo de las palabras, la sintaxis y las figuras diversas que lo estructuran, sino también de todo aquello que, al hacerlo, el poeta omite; aquello que desaparece durante el proceso de creación. ¿Durante el proceso de decreación? En poesía, lo sabemos, muchas veces menos es más. De ahí, tal vez, la relevancia que Vallejo le otorga a esta operación negativa: al nombrar “los nuevos Menos” enfatiza el sujeto otorgándole una mayúscula inicial.

En las últimas páginas del libro mencionado líneas arriba —un compendio de poemas, ensayos y ópera—, Anne Carson elabora un cuidadoso ensayo en el que expone el concepto de la decreación, mediante el análisis de tres escritoras: Safo, Marguerite Porete y Simone Weil. De Simone Weil cita lo siguiente: “En la operación de escribir, la mano que sostiene la pluma y el cuerpo y el alma unidos a ella son cosas infinitamente pequeñas en el orden de la nada.” Si esta nada tiene que ver con la final disolución de lo creado, con la del poema y la del poeta mismo, no resulta una impertinencia suponer que este poema-cristal (“pan no venido todavía”) será alimento un día, para alguien que en ese momento no existe aún: para nosotros, que ahora lo leemos y podemos, así sea mínimamente, dar fe de su trayectoria incierta, de su paso vacilante pero audaz sobre el abismo de lo nuevo. Así, la operación que realiza Vallejo al escribir es, al mismo tiempo, matemática y quirúrgica. Un trabajo que consiste en socavar el lenguaje para insertar el poema en esa otra región en la que realidad y verdad se corresponden. Un trabajo plenamente humano:

 

“Déjenlo solo no más.”

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

César Vallejo, Obra poética. Edición crítica. Américo Ferrari, coordinador. ALLCA XX / FCE. Colección Archivos. Madrid, 1996.

Wallace Stevens, El elemento irracional en la poesía. Traducción de Patricia Gola revisada por Rafael Vargas. Universidad Autónoma de Puebla. Colección Meridiano. México, 1987.

Anne Carson, Decreación. Edición bilingüe. Traducción de Jeannette L. Clariond. Vaso Roto Ediciones. México, 2014.


Autores
Tiene publicados Alianza de los reinos (1988), Paloma de otros diluvios (1990), El cardo en la voz (1991), Isla de las manos reunidas (1997), Vena cava (2002). Con el título Región editó en 2004 su poesía reunida. Posteriormente aparecieron Uccello (2005), Cuaderno para iluminar (2008) y Anímula (2010). Ha obtenido los premios Nacional de Poesía Aguascalientes, Nacional de Traducción de Poesía y becas del Ministerio de Cultura de Francia y de la Fundación Civitella Ranieri de Italia. Su libro Descripción de un brillo azul cobalto (2010) mereció el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines. Sus libros más recientes son: Teoría del campo unificado (poesía, 2013), El rapto de Eloísa (cuento para niños, 2014), Breve catálogo de fuerzas (ensayos, 2015), Cámara nupcial (poesía, 2015). Este año, con el título Las piedras y el arco, publicó una nueva colección de ensayos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y dirige el sello Mano Santa Editores. Vive en San Antonio Tlayacapan, en la ribera del Lago de Chapala.
“Lunita” por Mariana Martínez

En 1902  Georges Méliès estrenó su filme Le Voyage dans la Lune, inspirado en dos novelas de Julio Verne (De la Tierra a la Luna Alrededor de la Luna) y en una novela de H. G. Wells: Los primeros hombres en la Luna de la cual se ha traducido el tercer capítulo para celebrar el Día internacional de los viajes tripulados al espacio.


Capítulo tres

Construyendo la esfera

 

Recuerdo claramente el momento en el que Cavor me habló de la esfera. Había tenido acercamientos a la idea antes, pero en ese momento pareció llegar a él en un estallido violento. Regresábamos al bungalow para tomar el té cuando comenzó a murmurar. Gritó repentinamente:

—¡Eso es! ¡Con eso estará completo! Con alguna clase de persiana enrollable.

—¿Qué estará completo? —pregunté.

—El espacio, ¡ir a donde sea! La luna.

—¿Qué quiere decir?

—¿Qué quiero decir? Que, desde luego, ¡debe ser una esfera! ¡Eso es lo que quiero decir!

Me di cuenta de que aquello estaba fuera de mi alcance, así que durante un tiempo lo dejé hablando solo, pues en ese momento no tenía ni la más mínima sospecha de lo que intentaría hacer. Al fin, una vez que tomó su té, me contó la idea.

—La cosa es así —dijo él—, la última vez puse esta sustancia que suprime la gravedad dentro de un tanque plano con una correa que lo sujetaba al suelo. En cuanto se enfrió y la fabricación se completó, empezó el alboroto: todo lo que estaba encima del aparato perdió su peso, el aire comenzó a fluir para arriba como si lo impulsara un chorro de agua, luego le siguió la casa y si el aparato no hubiera salido disparado también, no sé qué habría sucedido. Pero, ¿qué pasaría si la sustancia se encontrara suelta y tuviera la libertad de elevarse?

—¡Lo haría de inmediato!

—Exactamente. Sin más estruendo que el que causa disparar una pistola enorme.

—Pero, ¿eso de qué sirve?

—¡Subiré con su ayuda!

Bajé mi taza de té y lo miré fijamente.

—Imagine una esfera —explicó— lo suficientemente grande como para contener a dos personas junto con su equipaje. Será de acero revestido por una capa de vidrio grueso; contendrá una buena provisión de aire solidificado, comida concentrada, un aparato para destilar agua y todo lo demás que se necesite. Y esmaltado como si se tratara de una capa exterior de metal.

—¿Cavorita?

—Sí.

—Pero ¿cómo logrará entrar a la esfera?

—Me imagino que es un problema similar al que se enfrenta uno al cocinar un dumpling.

—Sí, lo sé, pero ¿cómo lo hará?

—Es perfectamente sencillo. Necesitamos un agujero del tamaño de un hombre que se pueda cerrar herméticamente. Eso desde luego será algo complicado; tendrá que haber una válvula para que, si la necesidad se presenta, podamos tirar algunas cosas sin perder demasiado aire.

—Como en De la Tierra a la Luna de Julio Verne.

Cavor no comprendió la referencia, pues no era un lector de ficción.

—Comienzo a entender —dije lentamente—, podría entrar usted y ajustar la tapa desde adentro, mientras la Cavorita sigue caliente, para salir disparado en cuanto se enfríe y se haga resistente a la gravedad. Usted volaría…

—En una tangente.

—Saldría volando en línea recta —me detuve abruptamente—. ¿Qué impedirá que esa máquina continúe viajando en línea recta hacia el espacio por toda la eternidad? No sabe con seguridad si llegará a algún lado y aún si lo hace, ¿cómo logrará regresar?

—He estado pensando en eso —dijo Cavor—. A eso me refería con que ya había descubierto cómo completarlo. La esfera interna de vidrio debe ser hermética, y, a excepción del agujero de entrada, continua, y la esfera de acero debe de hacerse en secciones, cada sección debe de ser capaz de enrollarse como una persiana. Podemos lograrlo con facilidad con la ayuda de resortes accionados por medio de cables eléctricos de platino soldados al vidrio que abran o cierren las persianas a conveniencia. Todo eso es solo cuestión de detalle, pero como puede ver, la cavorita será vertida y tomará la forma de esas persianas o ventanas, como prefiera decirles. Entonces, cuando todas las ventanas se encuentren cerradas, no habrá luz, calor ni gravedad alguna que se adentre en la esfera y esta volará en línea recta en el espacio, como dice usted. Imagínese las ventanas abiertas, al hacerlo seremos atraídos por cualquier cuerpo pesado que se encuentre en nuestra dirección.

Comencé a asimilar su idea.

—¿Lo entiende? —preguntó él.

—Oh, lo entiendo.

—Seremos capaces de viajar por el espacio todo lo que queramos. Ser atraídos por esto y aquello.

—Sí, eso ha quedado lo suficientemente claro. Aún así…

—¿Qué sucede?

—¡No le veo el sentido! Es simplemente dar un salto fuera del mundo y dar otro para regresar.

—¡Desde luego! Uno podría ir, por ejemplo, a la Luna.

—¿Y al llegar? ¿Qué encontraríamos?

—Ya veremos. Considere todos los conocimientos nuevos.

—¿Hay aire en la Luna?

—Quizás lo haya.

—Es una idea estupenda —dije—, pero me parece demasiado inmensa. ¡La Luna! Preferiría comenzar con algo más pequeño.

—Me temo que no se podrá.

—¿Por qué no aplicamos la idea de las persianas, recubiertas por Cavorita y hechas de acero, para levantar objetos pesados?

—No funcionaría —insistió—, después de todo, ir al espacio exterior no es mucho peor que ir a una expedición polar. Y hay hombres que van a esas expediciones.

—Pero no son hombres de negocios. Además les pagan por ir en esas expediciones. Si algo sale mal hay misiones de socorro. Pero esto… es lanzarnos fuera del mundo por nada.

—Piense en ello como una clase de expedición geológica.

—No habrá más remedio que pensarlo así, quizás se pueda escribir un libro al respecto.

—No tengo dudas de que encontraremos minerales allá —dijo Cavor.

—¿Como cuáles?

—Azufre, hierro, quizá oro o incluso nuevos elementos.

—No está pensando en lo que nos costará traer esos minerales de regreso —dije yo—, sabe bien que usted no es un hombre práctico. La Luna está a un cuarto de millón de millas de distancia.

—Me parece que no nos costará trabajo llevar cualquier cosa pesada siempre que la metamos en una caja de Cavorita.

No había pensado en eso.

—Así que sería un envío libre de costos para el comprador, ¿no es así?

—Además, no es como si estuviéramos confinados a la Luna.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, está Marte, con una atmósfera clara, nuevos alrededores, excelentes condiciones de ligereza. Quizá sea agradable ir allá.

—¿Hay aire en Marte?

—¡Oh, desde luego!

—Lo presenta como si se tratara de un lugar de descanso y retiro, un sanatorio. Por cierto, ¿qué tan lejos está Marte?

—Doscientos millones de millas, actualmente —dijo Cavor con emoción— y para ir uno debe pasar cerca del sol.

Mi imaginación comenzó a correr con libertad.

—Después de todo —dije— en estas aventuras hay algo. El viaje…

Una posibilidad extraordinaria asaltó mis pensamientos. Repentinamente vi, como si de una visión se tratara, al sistema solar en su totalidad plagado por esferas lujosas de Cavorita. “Derechos de adquisición preferente”, pensé. Derechos planetarios de adquisición preferente. Vislumbré el poder del antiguo imperio español convertido en oro americano. No se trataba de la capacidad de ocupar solamente este o aquel planeta, podríamos ocuparlos todos. Observé la cara rojiza de Cavor y mi imaginación, de golpe, comenzó a saltar y a danzar. Me paré y comencé a caminar de un lado para otro; mi lengua se había soltado.

—Comienzo a asimilarlo —dije—, comienzo a asimilarlo.

Mi transición de la duda al completo entusiasmo ocurrió en un instante.

—¡Pero esto es tremendo! —grité— ¡Es imperial! No he soñado nunca con algo así.

Una vez que la barrera de mi escepticismo se levantó, la sobreexcitación de Cavor pudo liberarse. Él también se levantó y comenzó a caminar nerviosamente, gritó y gesticuló. Nos comportábamos como hombres inspirados, pues en eso nos convertimos.

—¡Lo resolveremos! —dijo en respuesta a alguna dificultad incidental presentada por mí— ¡Pronto lo resolveremos! Comenzaremos los dibujos para las molduras esta misma noche.

—Los comenzaremos ahora —respondí, y nos apresuramos al laboratorio para comenzar la empresa en el acto.

Esa noche fui como un niño en el País de las Maravillas. El amanecer nos encontró a los dos trabajando, mantuvimos nuestras luces eléctricas encendidas aún durante el día. Todavía recuerdo con exactitud esos dibujos. Yo los sombreaba y entintaba mientras Carvor los dibujaba, cada una de sus líneas estaba algo emborronada por la prisa, pero eran maravillosamente exactas. Hicimos los pedidos de las persianas y marcos que necesitábamos de esa noche de trabajo, y terminamos de diseñar la esfera de vidrio en una semana. Renunciamos por completo a nuestras conversaciones del medio día y a nuestra antigua rutina. Trabajamos hasta el cansancio y comíamos o dormíamos cuando la fatiga nos impedía seguir trabajando. Nuestro entusiasmo contagió incluso a nuestros tres hombres, aunque no tuvieran idea de para qué era la esfera. Durante esos días Gibbs renunció a caminar y parecía ir a todos lados trotando quisquillosamente, incluso en la misma habitación.

Y la esfera creció. Pasó diciembre y llegó enero —pasé todo un día con una escoba creando un camino a través de la nieve para llegar del bungalow al laboratorio— febrero y después marzo. Para finales de ese mes el aparato estaba casi terminado. En enero había llegado un carro tirado por caballos, en él se encontraba un paquete enorme; por fin había llegado la esfera de cristal y ahora la teníamos debajo de la grúa que habíamos construido para insertar la esfera dentro del caparazón de acero. Todas las barras y persianas del caparazón —que en realidad no era esférico sino poliédrico con una persiana en cada cara— habían llegado en febrero y la mitad inferior ya estaba ajustada. En marzo la Cavorita estaba a la mitad de su fabricación, la pasta metálica había ya completado dos de las etapas de fabricación y habíamos colocado casi la mitad de ella en las barras y persianas metálicas. Era impresionante lo cercanos que nos manteníamos a la primera inspiración de Cavor al construir la máquina. Cuando terminamos de armar la esfera, Cavor propuso que quitáramos el burdo techo del laboratorio provisional en el que habíamos estado trabajando y construyéramos un horno con ese material. Así, la última etapa de fabricación de la Cavorita, en la que es calentada hasta alcanzar un tono rojo oscuro dentro de una corriente de helio, se efectuaría una vez que la sustancia estuviese adherida a la esfera.

Entonces discutimos las provisiones que llevaríamos al viaje: comida comprimida; esencias concentradas; cilindros de metal con reservas de oxígeno; una estructura para remover el ácido carbónico y los residuos del aire y así restaurar el oxígeno mediante peróxido de sodio; condensadores de agua y todo lo demás. Recuerdo el pequeño montón que formaban en una esquina: latas, rollos y cajas, un espectáculo convincente.

Eran días extenuantes, con pocos momentos para pensar en algo que no fuera la esfera. Pero un día, cuando nos aproximábamos a completar nuestra labor, un ánimo extraño se apoderó de mí. Había estado toda la mañana ensamblando el horno y me senté entre los ladrillos completamente exhausto. Todo me pareció entonces aburrido e inalcanzable.

—Pero mire, Carvor —dije—. Al fin y al cabo, ¿para qué hacer todo esto?

Sonrió.

—Ahora solo nos queda continuar.

—¡A la Luna! —reflexioné— Pero, ¿qué podemos esperar? Creí que la Luna era un mundo muerto.

Se encogió de hombros.

—Lo averiguaremos al llegar.

—¿Lo haremos? —dije, y me quedé mirando a la nada.

—Usted está agotado —afirmó—, le recomiendo que vaya a dar una vuelta.

—No —dije obstinadamente—, voy a terminar este enladrillado.

Lo hice, y me aseguré una noche de insomnio en el proceso. Creo que nunca he pasado una noche así. Tuve momentos difíciles antes de que colapsara mi negocio, pero las peores noches de ese entonces eran un sueño tranquilo a comparación con aquel doloroso e infinito desvelo. Repentinamente estaba lleno de un terror inmenso por la hazaña que intentábamos realizar.

No recuerdo haber pensado antes de esa noche en todos los peligros a los cuales quedaríamos expuestos. Ahora venían hacia mí como esa horda de espectros que alguna vez invadieron Praga, y acampaban a mi alrededor. Me abrumó la completa extrañeza de lo que íbamos a hacer, lo ajeno que era eso a todo cuanto se puede hacer en la Tierra. Era como un hombre que despierta de sueños placenteros para verse rodeado de las realidades más horribles. Me recosté en mi cama con los ojos abiertos. La esfera parecía verse cada vez más y más endeble y Cavor más y más irreal y fantasioso y toda la empresa más y más desquiciada a cada momento que pasaba.

Salí de la cama y merodeé por la habitación. Me senté cerca de la ventana y contemplé la inmensidad del espacio. Entre cada estrella se encontraba el vacío, ¡la insondable oscuridad! Intenté recordar los pocos y fragmentados conocimientos de astronomía que había ganado con mis lecturas irregulares, pero eran demasiado vagos como para que pudiera hacerme una idea de las cosas con las que podríamos encontrarnos. Regresé a mi cama y conseguí dormir por unos instantes —que estuvieron poblados por pesadillas— en los que caía y caía eternamente en el gran abismo del firmamento.

Sorprendí a Carvor en el desayuno. Le dije brevemente:

—No pienso acompañarlo en la esfera.

Enfrenté todas sus protestas con una persistencia sólida.

—Es un asunto demasiado desquiciado —dije— y no iré. Es una locura.

Me rehusé a regresar con él al laboratorio. Me quedé solo en mi bungalow por un tiempo y después tomé mi sombrero y mi bastón y salí a pasear solo, sin saber a dónde. La mañana era gloriosa: con una brisa cálida y un cielo despejado de un azul profundo, se podían ver ya los primeros verdores de la primavera y había una multitud de pájaros cantando. Almorcé carne y cerveza en una pequeña taberna cerca de Elham y sorprendí al dueño con esta observación sobre el clima:

—¡El hombre que abandona el mundo cuando comienzan a llegar días como este es sin duda un tonto!

—¡Eso mismo digo cuando escucho hablar sobre eso! —dijo el propietario y descubrí que para al menos una pobre alma este mundo había demostrado ser demasiado excesivo, pues un hombre se había suicidado cortándose la garganta hacía poco. Proseguí mi día con una nueva complicación en mis pensamientos.

En la tarde me eché una siesta agradable en un lugar soleado y proseguí mi marcha totalmente refrescado. Llegué a una posada de apariencia acogedora cerca de Canterbury. Estaba cubierta de enredaderas y la dueña era una anciana muy pulcra que se ganó mi simpatía. Era muy habladora y, además de otras particularidades, nunca había estado en Londres. Descubrí que tenía el dinero justo para hospedarme, así que decidí pasar la noche ahí.

—Canterbury es el lugar más lejano en el que he estado —dijo—. No soy de esas personas que van y vienen por todos lados.

—¿Qué le parecería hacer un viaje a la Luna? —exclamé.

—Nunca he entendido a la gente que disfruta los viajes en globo —dijo, evidentemente convencida de que ir a la Luna era una excursión común—, yo no lo haría jamás, por nada en el mundo.

Esto me pareció bastante gracioso. Y después de haber cenado, me senté en una banca cerca de la entrada de la posada y conversé con dos trabajadores sobre el proceso de fabricación de los ladrillos, los coches motorizados y los juegos de cricket del año pasado. Y en el firmamento, una pálida Luna creciente, azul e incierta como los Alpes vistos a la distancia, se hundió hacia el oeste, sobre el sol.

El día siguiente regresé con Cavor.

—Sí iré —dije—. Mis ideas han estado un poco desordenadas, eso es todo.

Y esa fue la única vez que sentí alguna duda verdadera sobre nuestra empresa. ¡Eran tan solo mis nervios! Después de eso trabajé con más cuidado, con menos prisa, y tomé descansos en los que caminaba perezosamente durante una hora cada día. Y finalmente, sin contar el calentamiento de la Carvorita por el horno, nuestras labores llegaron a su fin.


 

Cuarto capítulo: https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/cuarto-capitulo-de-los-primeros-hombres-en-la-luna-de-h-g-well


Autores
Herbert George Wells (Bromley; 21 de septiembre de 1866-Londres, 13 de agosto de 1946),​ más conocido como H. G. Wells, fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico. Fue un autor prolífico que escribió en diversos géneros docenas de novelas, relatos cortos, obras de crítica social, sátiras, biografías y autobiografías. Es recordado por sus novelas de ciencia ficción y es frecuentemente citado como el «padre de la ciencia ficción» junto con Julio Verne y Hugo Gernsback.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Hubo noches en las que no durmió, momentos en que la tensión de sus músculos revelaba ansiedad. Días enteros entrenando en el furor de batallas ficticias, entre la lona y las cuerdas. Estaba listo, había llegado el gran momento, la hora que el reloj marcaba como memorable e imprescindible en el trayecto de su historia. Felipe Monroy Jiménez, apodado La Muerte Roja, preparaba los últimos detalles para su debut en la Arena Coliseo, en el legendario Perú 77, donde décadas atrás su padre, el insigne Carnicero de Peralvillo, vio sus noches de gloria.

—Hay que apurarnos don Ru, ya falta poquito.

—¡Qué nervios, chamaco! ¿Quieres que te ayude con las botas o puedes solo?

—No sea malito, hágame usted el honor.

—¡Ya vas, mijo! Lo orgulloso que se sentiría mi compadre, en paz descanse. ¡Ay! Si yo te contara. En el día de su debut, el nombre de tu jefecito brillaba en las marquesinas, compartía el cartel con El satánico, Lizmark, Fishman y el mismísimo Ringo Mendoza, ¡Pura celebridad!

—¡Chale, don Ru! No me sabía esa. Cómo me hubiera gustado ver hoy a mi jefe en las butacas, junto a mis tíos, cheleando, gritando y echándome porras.

—Pero Diosito dispuso otra cosa y con él ni quien se oponga. Ya verás que desde algún lugar del cielo seguramente se está empinando unas frías, muy animado por verte luchar.

La Muerte Roja, ese era el nombre elegido, el mote de guerra que Felipe llevaría con orgullo por la oscuridad de los pasillos hasta el cuadrilátero y que tomó por una vieja anécdota en sus años de infancia, cuando la maestra Rocío le dejó la tarea de leer un cuento.

Felipe no leía, él era feliz cuando acompañaba a su padre a los entrenamientos en el deportivo de la Doctores. De mente distraída, pero con ímpetu y entrega, pasaba los fines de semana entre las noches de lucha libre y los campeonatos locales de futbol, lo demás no importaba, solo eran cosas que los adultos ponían a su alrededor para sobrellevar el tiempo.

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En aquella ocasión del encargo de la profe Rocío, decidió ir al puesto de revistas de don Chepe, el viejo amigo de su abuelo, un tipo que pasaba horas en un diminuto local de lámina en compañía de Tristán, su gato.

—¿Y ahora qué mosca te picó mano? ¿Estás bien, tienes fiebre?

—¡Oh, no se pitorree!  Es algo serio, me lo pidieron en la escuela.

—Pues, qué bueno que te pidan esas cosas, a ver si así te alejas aunque sea un poquito de los trancazos. ¿Y cómo qué te gustaría leer?

—No sé, algo que no sea aburrido, porfa. Y mejor si está cortito.

—Me la pones difícil. Déjame ver; Oscar Wilde, Dickens, Kipling, o puede ser Quiroga. Toma este, estoy seguro que te gustará.

Don Chepe tomó un libro amarillento, cuya primera página estaba casi desgajada y se lo dio a Felipe.

—A ver, ¡Uy! Este libro ta re viejito. Narraciones Extraordinarias, de E-dgar Allan Po-e, ¿Poe?

—Allan Poe. Ese te puede servir, échale un ojo y cuando termines me lo vienes a dejar.

—Muchas gracias, después se lo regreso.

Felipe se apresuró a su casa y al llegar se sentó en el sillón de la sala, sacó el libro de la mochila y fijó su mirada en el índice, donde aparecían títulos como: “El cuervo”, “La caída de la casa de Usher”, “Berenice” o “Ligeia”, y en esa búsqueda relámpago emergió “La máscara de la muerte roja”. Comenzó a leer el primer párrafo: “Durante mucho tiempo, la Muerte Roja había devastado la comarca. Jamás peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnación era la sangre: el rojo y el horror de la sangre”[1]. Con eso supo que era lo que buscaba.

Esa noche no durmió, imágenes quiméricas poseían su dormitorio, escudriñaban el decorado de las paredes donde gladiadores encapuchados lucían ojos escarlata. Años más tarde Felipe lo recordaría en las oficinas de la Comisión Nacional de Lucha Libre, justo cuando firmaba un contrato, en el punto en donde se le solicitaba el nombre de su alter ego. No lo pensó dos veces y escribió, con letras mayúsculas, “La Muerte Roja”.

Así llegó la fecha esperada, el gran momento en el que Felipe portaría aquella máscara que diseñó con ahínco. Cada línea, cada trazo de su puño sobre la superficie blanca, revelaba el color dorado fundido al rojo vivo como las alas de un fénix, eso era para él la muerte y esa noche él sería su emisario.

— ¿Don Ru, qué tal me veo?

— ¡Órale, Felipillo! Sí te impones. Lo pensaría dos veces antes de aventarme un tiro contigo. ‘Ta retechula tu máscara, canijo.

— Gracias don Ru.

—Ya verá ese Rey Maya, te la va a persignar. Con todo y que tú serás de los rudos, se te va a entregar el público.

—Ojalá, Dios lo oiga. Luego la banda se pone muy malora con los rudos.

—Pues, ése es el chiste de la lucha, y a veces de la vida: que a pesar de los gritos y del odio, no puedan apartar la vista de ti. De eso se trata, mijo.

La máscara lucía como una antorcha cubriendo el rostro de Felipe. Calzó las botas que combinaban a la perfección, la capa  resplandecía entre las sombras. Desde la puerta algunos gritos irrumpían constantemente: maldiciones y mentadas de madre hacían sentir la presencia del respetable en las butacas. Era el primer encuentro de la jornada, Felipe aún estaba lejos de ser estelar, para eso tenía que padecer años de supervivencia y descubrir la misericordia de la lona. Al caminar por el pasillo enmudeció por completo, algo obstruía sus palabras, tal vez la respiración agitada, o el sudor de las manos, o los consejos de don Ru. La luz a la distancia evidenciaba el inminente combate.

—Entonces, abusado, cuando quiera aplicarte la quebradora giras rápido con la cintura y lo tomas por el cuello, ahí intenta hacerle la dormilona, así lo tendrás medio pendejo un rato y…

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Las bocinas anunciaron la llegada de los luchadores al ring, ambos contendientes fueron presentados con la elegante voz del Güero Rangel:

—¡Lucharaaaaán, a dos de tres caídas sin límite de tiempo! En esta esquina, en el bando de los técnicos, de 77 kilos y 500 gramos, proveniente de las tierras blancas de la península de Yucatán, el único, el incomparable, el orgullo de Ticul: Reeey Maaayaaa. Del bando de los rudos, de 75 kilos y 800 gramos, emergido de los rincones de la Peralvillo, en su impactante debut en la lucha profesional. Con ustedes la inmisericorde, la incontenible: ¡La Muerte Rooojaaaaa!

Los silbidos y abucheos no se hicieron esperar, aparecían uno tras otro en el público que presenciaba la llegada de Felipe. Se quitó la capa para dársela a don Ru, estiró un poco las piernas y los brazos apoyándose en las cuerdas. Todo listo. Rey Maya se acercó hacia el centro del cuadrilátero, La Muerte Roja avanzó lentamente y le extendió la mano, ofreciéndola como un acto de cortesía. Un niño de la quinta fila gritó desesperado: “¡No, no, no le creas!”. Pero La Muerte tomó por sorpresa a su adversario asestándole un fuerte golpe en la zona torácica.

—Pinche tramposo, para eso me gustabas, cabrón— exclamó una señora gorda sentada en las gradas.

Siguió el castigó al contrincante, la lluvia de puntapiés en la espalda y el abdomen eran recibidos sin ninguna oposición. De pronto, en un movimiento que llevaba consigo todo el oficio de la veteranía, Rey Maya alcanzó con los tobillos el cuello de Felipe, aplicándole una pinza que lo hizo rodar hasta la otra esquina.

Ambos luchadores ofrendaron sus embates al ritual pagano de la Arena Coliseo. Patadas voladoras, topes suicidas, lances acrobáticos, la tapatía, la hurracarrana, la quebradora, giros, llaves, contrallaves, manotazos e insultos destellaban en el escenario.

Los testigos permanecían pasmados, sumisos a un poder catártico. La primera caída fue del bando técnico, la segunda la ganó el rudo, al inicio de la tercera La Muerte Roja subió a uno de los postes del ring, tomó el impulso preciso y, como un albatros, descendió hasta su víctima. Fue un vuelo espectacular, memorable, que culminó con ambos contendientes afuera del encordado.

La cuenta del réferi irrumpió el asombro, los luchadores lucían abatidos entre el desorden de las butacas, bañados en sudor, respirando a marchas forzadas por la opresión de sus mascaras. Felipe fue el primero en ponerse de pie y dando tumbos logró subir al cuadrilátero donde le esperaba el clamor de la victoria. La Muerte Roja aniquiló a su oponente, los aplausos resonaban y hubo quien se puso de pie gritando su nombre.

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[1]) Poe, A (1995). “La máscara de la muerte roja”. Narraciones extraordinarias (p.122). México. Porrúa

 


Autores
Licenciado en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la UNACH. Es autor de los libros: Cuentos para matar corderos (2014); Héroes y leyendas (2015); El jardín de Goebbels (2016), publicados por la editorial Public Pervert; y Bajo los pies de Judas (Editorial Tifón, 2018). Ha sido becario del Fondo Estatal para la cultura y las Artes de Chiapas (FOESCA 2001-2002), y del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA 2015). Ha colaborado en revistas como Punto de Partida de la UNAM y Paso de Gato

Ilustrador
Cuauhtémoc Islas
Cuauhtémoc Islas. (Ciudad de México, 1992). Artista Visual y entusiasta del periodismo cultural. Especializado en serigrafía artística, pintura, modelado y dibujo digital. En 2018 obtiene el 3er lugar en el Concurso Internacional de Artes Plásticas de Centre Pour lÚNESCO Louis François en Francia y en marzo de 2019 es publicado en la revista de ilustración "Salon de L´Illustration" de Ool Literary Agency de la República de Corea. Es un acérrimo aficionado de la Lucha Libre.

1

 

Germán: Se llamaba Ismael. La última vez que lo vi iba allá, arriba. Toda una vida tratando de alcanzarlo. Toda una vida y ni siquiera un rasguño a la bestia. Persiguiéndola sin sentido. ¡Toda mi pinche existencia!; corriendo, cazando y nada

Se escucha el rugido de la bestia, que cruza el cielo.

Germán: Todavía la recuerdo. También me acuerdo de las noches de cigarro frente a la rue Gît-le-Coeur, las grabaciones en… (se oye otro rugido). ¡Ahh!, las grabaciones en Nueva York y las improvisaciones nefastas de Baltimore, y nada, ni un rasguño al maldito animal (de nuevo, el rugido). Yo tenía quince años cuando… Se llamaba Ismael. No hubo gritos; silencio nada más o… No me acuerdo. Tocar el cielo, tocarlo con mi sax… Se llamaba Ismael.

Una vez más, ruge la bestia mientras atraviesa el cielo.

Germán: Me vi obligado a convertirme en el mejor saxofonista desde Sidney Bechet para mi padre.

Ismael: ¿Tienes que estar ensayando a esta hora?

Germán: Debo hacerlo por lo menos tres horas diarias, ya sabes. Bechet seguro ensayaba diez.

Ismael: ¿Otra vez ese tal Bechet? Nadie lo conoce.

Germán: Sidney Bechet era el más grande saxofonista de… Olvídalo.

Ismael: Son genios, gente tocada por algún dios. Y tú…

Germán: ¿Me has oído?

Ismael: ¿Crees que eres un genio?

Germán: ¿Me has oído?

Ismael: Ya vas a empezar.

Germán: Escucha un poco de lo que estaba componiendo.

Ismael: Ya lo hice toda la noche.

Germán: No creo que lo hayas hecho.

Ismael: Practica media hora más y le paras. La gente quiere dormir.

Germán: Pasaron años y la presencia de mi padre seguía ahí…

Hypnos: Ya, cuéntales de cuando la conociste. Ve al grano; déjate de rodeos cursis. Podríamos ahorrarnos tiempo.

Germán: La primera revelación la tuve…

Hypnos: ¡Ay, sí! ¿“Revelación”? ¿Una revelación para el “iluminado”?

Germán:… la primera revelación la tuve cuando cumplí quince años.

El Moby: Ya, rólala.

Germán: Lo hubieras visto. No hizo nada: se quedó parado en el filo de la puerta. Yo corrí. Fui por un vecino y él lo quitó de la puerta; estaba con la cara más pendeja que te puedas imaginar.

El Moby: Los dos venían llegando de casa de tu abuela. Ya me habías contado.

Germán: Mi madre estaba en el piso de su cuarto y él prefirió no hacer nada, ni siquiera gritó. Sólo la miró.

El Moby: Rólala, pues.

Germán: Me acababan de comprar el sax; no supe qué hacer y me puse a tocar.

El Moby (ríe): Deberías aprender a tocar otra cosa.

Germán: ¿Como qué?

El Moby: That’s the point. No te das el chance de cambiar. Cuando nos conocimos, era un panzón: fat, fat, como una puta ballena.

Germán: Pinche Moby.

El Moby: ¡Exacto! No dejaste de joder hasta que todo el mundo me dijo El Moby, porque lo habías leído en no sé qué chingados. Nomás para callarte el hocico, look at me now: ni un gramo de grasa, puto. Bueno, ya me aburrí, tócate algo.

Germán: Preferiría no hacerlo.

El Moby: No seas así. Un poco de lo que te rifaste en mi cumpleaños, ¿te acuerdas? Estaba chingón (ríe. Pausa). ¿Quieres?

Germán: ¿Qué es?

El Moby: Chronic.

Hypnos: ¿Y qué tal te fue?

Germán: Pues primero todo empezó a acelerarse, y después, despacito, despacito. Cada vez más y más lento hasta que el tiempo se detuvo. El tiempo…

Hypnos: ¿Y luego?

Germán: ¡Shhh! Espérate… luego… luego vino el aire frío de la madrugada y luego… luego oímos a Janis Joplin, “Summertime”. En automático, comencé a tocar.

Hypnos: Pero ¿cuál fue tu “revelación”?

Germán: En eso estoy. La primera fue cuando cumplí quince años. Yo tenía…

Hypnos: Ya se te olvidó. Y sería sólo una de tantas otras “revelaciones” que se te olvidaron. Únicamente eran ilusiones, verdades de sueños que desaparecen por la mañana. ¿Por qué no vamos a la parte que nos interesa?

Germán: No, sí me acuerdo. La primera revelación fue el tiempo, que es obediente si uno quiere. Puedes hasta jugar con él. La música me ayudó a entender: me sacaba del tiempo, porque no tiene nada que ver conmigo ni contigo. Sólo estamos obsesionados con los minutos y los años.

Hypnos: ¿Y eso lo descubriste con una droga?

Germán: No, con mi sax. Es complicado. Los relojes pierden significado en cuanto toco. No existe mi papá ni sus deudas ni la oscuridad de cuando cortaron la luz, sólo mi música. Y el momento en que esa cosa entró en mí…

Hypnos: ¿Qué cosa?

Germán: El espíritu. No importó nada más, ni mis límites ni las reglas…

Ismael: ¿A qué hora llegaste? (pausa larga). Te estoy preguntando a qué hora llegaste. Mírame a la cara. ¿Qué tienes en los ojos? ¡Contéstame! (Germán empieza a reír sin poder contenerse). ¿De qué te estás riendo? ¡Te estoy hablando! Vete a tu cuarto.

Germán: Preferiría no hacerlo. (aparte) Y así comenzó este jueguito con mi padre. Me escapaba todas las noches, mientras él dormía, y agarraba las llaves del coche que colgaban junto a la puerta.

Ismael: Ahí está de nuevo el ruido del motor. Cómo no oírlo si esa carcacha me la dio mi padre. Que estuviera encerrado en mi cuarto no significaba que durmiera.

Germán: Ni siquiera se enteraba de que salía. A veces me iba con mis amigos; las más, iba hasta el mirador a tocar un poco, practicar sin que nadie me dijera:

Ismael: ¡Calla ese maldito ruido!

Germán: O simplemente salía para ver si la noche me decía algo.

Ismael: Es obvio que te vas de putas o a fumar mota con tus amigos. Conozco muy bien esas excursiones nocturnas.

Germán: Y fue ahí que la noche habló, que las estrellas bailaron…

Hypnos: Ahí vas de nuevo, ¿no?

Germán: ¡Auuuuuuu! ¡¿Qué chingados es estoooo?!

El Moby: Se llama Mandy. mdma, pues.

Hypnos: ¡Otra droga! Creo que empiezo a entender de qué va esta obra.

Germán: La luna no podía estar más bella; el universo, su grandeza.

Hypnos: Suplementos del sueño, las drogas crean un mundo de fantasías inalcanzables. Sueños hechizos que puedes disfrutar sin poner los pies en la tierra. Pero no olvides voltear al cielo.

Germán: Las luces se mueven cada vez más y más rápido, y yo soy el único que es capaz de mirarlas sin moverse.

Hypnos: No es el destino, sin embargo, cuando escuches su rugido, sabrás que cada una de tus acciones ha soltado, poco a poco, las cadenas de la bestia.

Germán: Sólo necesitaba esto para mandar a la chingada todo: a mi padre; a su estúpida ilusión de que fuera un abogado, o quién sabe qué, encerrado en una pinche oficina, viendo cómo se me iba la vida tras un escritorio, ajeno al mundo.

Ismael: Nunca te dije que fueras un oficinista.

Germán: Claro que sí. Estábamos cenando. Yo estaba aquí y tú… tú, allá. No así, de espaldas. Y dijiste:

Ismael: ¡Te dije que no me gusta que fumes en la casa! Apágame esa chingadera (Germán lo hace de mala gana. Pausa). Leí un libro anoche.

Germán: Mmm.

Ismael: ¿No me vas a preguntar qué leí?

Germán: ¿Qué leíste?

Ismael: Bart… Brad… Brat… Bradley, el escritor, o algo parecido.

Germán: Bartleby, el escribiente.

Ismael: Eso.

Germán: Mmm.

Ismael: Era de unos… de unos…

Germán: Copistas.

Ismael: Debe haber un trabajo así.

Germán: ¿Así cómo?

Ismael: Ha de ser muy gratificante aportar algo productivo a la cultura.

Germán: ¿Cuál es el punto?

Ismael: Transcriben uno por uno los libros de personas importantes. Trabajan.

Germán: ¿Terminaste el cuento?

Ismael: No, la verdad me dio sueño. ¿Adónde vas?

Germán: A donde no esté escuchando idioteces.

Ismael: Digo que ellos, al menos, reciben algo de dinero por lo que hacen.

Germán: Todo tiene que ver con los muchachos, ¿verdad?

Ismael: Germán, no tocan bien y hasta ahora no han ganado ni un centavo.

Germán: Los primeros años no hay ganancias. Luego uno va subiendo, llega el éxito y todos felices.

Ismael: ¿Y cuántos años son “los primeros años”?

Silencio.

Ismael: Mañana tienes una entrevista de trabajo con un amigo que necesita ayuda en la oficina. Es a las ocho de la mañana, no llegues tarde.

Germán: Soy músico.

Ismael: Tienes dieciocho años, es hora de que vayas trayendo dinero a la casa.

Germán: ¡Siempre el dinero!

Ismael: Pues a ver con qué vas a tus ensayos, porque yo no te daré ni un centavo más.

Germán: Termina de leer el cuento y luego hablamos.

Ismael: Después te largas.

El Moby (a Germán): Setecientos pesos el gramo; yo lo vendo allá en doscientos dólares. Es un gran negocio por donde lo veas. Nadie sale lastimado y nosotros nadamos en billetes. Tu papá, contento: le mandas dinero cada mes, y san se acabó, bye al encierro.

Germán: La pinche Mandy era la cosa más increíble que había probado hasta entonces.

El Moby: ¿Verdad que no tiene madre? Pinche monstruote, la Mandy. Tú confía en mí. No hay por qué quedarse en este lugar, hermano. The American dream. Si quieres ser alguien en este país, primero debes viajar al gabacho. Tenemos veintidós años; es tiempo de hacer algo con nuestras vidas. Ya luego vemos de a cómo nos arreglamos. Dile adiós al trabajo que te consiguió tu papá; ve juntando lo del vato que nos va a cruzar, y lo demás es el sax, hermano. Sólo el sax.

Ismael: Hijo…

Germán: Un viaje para reencontrarse con el mundo. Sólo tenía que irme lejos. No podía seguir viviendo con mi padre porque en ese momento eso me abría el horizonte, veía más allá de estas cuatro paredes. Me largué de la horrible unidad habitacional que nos dio el Fovissste, y viajé, viajé lejos.

Ismael:… para qué nos hacemos pendejos.

Germán: Así que, al día siguiente de mi último pago, salí por la puerta y me llevé un saxofón lleno de polvo de hadas para el gabacho.

Ismael: Siempre supe que ibas a terminar mal.

Germán: Y dejé ese trabajo al que me encadenó mi padre durante tres años: capturista.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es director y dramaturgo. Egresado del Diplomado para la Creación Literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (inba) y del Consultorio de dramaturgia del Centro de Artes de San Agustín Etla (casa), fue asistente general y coordinador en el Teatro el Milagro y coordinador y docente en el foro Cafebrería teatral Casa de la Sal, en Iztacalco, y en la Coordinación del Sistema de Teatros de la Ciudad de México. Es autor de La Casa del Toro, obra finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2013; El entierro de la libélula, ganadora del Segundo Premio Independiente de Joven Dramaturgia 2014; entre otras. Actualmente trabaja en Carretera 45 Teatro A.C.

(Fragmentos de entrevistas de historia oral
bajo la custodia del archivo de la palabra
del instituto de investigaciones
Dr. José María Luis Mora)

Recopilación y selección: Eva Salgado Andrade

 

 

 

De excelente carácter, afectuoso con sus
subordinados a quienes quería y trataba
con consideración, lo mismo que a los
campesinos, por lo que era sumamente
querido por sus soldados y casi venerado
por los pueblos de las regiones en donde
operaba, al grado que se decía: “que en el
sur, hasta las piedras eran zapatistas”.

Emiliano Zapata, Octavio Paz Solórzano

 

 

 

En el sur, hasta las piedras eran zapatistas*

 

* Tomado de Octavio Paz Solórzano, Tres revolucionarios,
tres testimonios. Tomo II. Zapata, México, eosa, 1986.

 

En el año de 1911, después de la firma de los Tratados de Ciudad Juárez, las tropas revolucionarias aceptaron el licenciamiento y depusieron las armas. Sin embargo, en el sur del país, un grupo de hombres, al no ver satisfechas las demandas que los habían llevado a la lucha, decidieron continuarla. Merced a su “justificada terquedad” —como la bautizaría Jesús Silva Herzog—, Zapata y los zapatistas se convirtieron en un constante dolor de cabeza para los sucesivos gobiernos. Enarbolando el Plan de Ayala, bajo el lema de “Libertad, Justicia y Ley”, y exigiendo que se les dotara de la tierra que les fuera prometida, la lucha de los campesinos zapatistas no claudicó.

Con trozos de testimonios del Archivo de la Palabra del Instituto Mora buscamos revivir los recuerdos de quienes conocieron o convivieron con Zapata, y compartieron con él ese amor por la tierra y la libertad. Los juicios, experiencias y recuerdos no deben ser juzgados por la exactitud o inexactitud histórica en ellos visible, sino como la expresión espontánea, ingenua a veces, de quienes fueron testigos —con los ojos o con el corazón— de “la raíz y la razón” de Zapata.

 

Platíquenos de su primer encuentro con Zapata.

—Es demasiado humano para que usted lo —dijéramos— justifique, y es demasiado importante, porque Zapata y el zapatismo no es el mito que nos sirven en los periódicos, ¿verdad?

… En primer lugar, un día me dijo Everardo González: “Vamos a Atizapán”, y ái vamos hasta Atizapán, y en una casa de Atizapán, que llamaban cuartel general, estaba en un corredor Zapata y otros señores en un…, sentados en cajones, y otro cajón sirviendo de mesa y unas cuantas botellas de aguardiente de caña, jugando baraja. Cuando entró Everardo y enfiló por el corredor, le dijo: “¡Emiliano!” “Qué hubo, Everardo, ¿qué te trae?” “Te vengo a ver.” Llegó y lo saludó, y me dijo Everardo: “Espérame aquí tantito”. Se fueron a otro rincón y hablaron, y no supe lo que habían hablado. Lo que sí supe era cómo estaba Zapata: un hombre de ojos dulces, bigote más o menos grande, moreno aceitunado, vestido de charro… completo vestido de charro, con botonadura de plata. De cuerpo medio delgado, agradable, pero no dominante[1].

 

La primera vez que lo vio, ¿cómo iba vestido?

—Precisamente de camisa y blusa blanca, pantalón de charro, su botonadura de plata y su sombrero ancho.[2]

—Pues, no tuve ocasión más que de ver un indio respetuoso, como en general eran aquellos caballerangos; ya dentro de la graduación del campesino, el caballerango era un señor que conocía de caballos, los curaba, los atendía, recibía a las visitas, los ayudaba a montar, a otros los enseñaba, en fin. Era ya una categoría un tanto superior a la del campesino común y corriente, ¿verdad?, del que trabajaba la tierra. Hablaba muy poco, lo usual: “Cómo está el caballo”, etc.; nos decía: “Niños…”, en lugar de…, ya éramos hombrecitos, ¿verdad? “Niño, qué tal el caballo; la pata del lado derecho…” En fin, dándonos consejos de cómo debíamos tratar el caballo; muy sencillo, muy discreto.[3]

 

—¿Cómo era Zapata?

—No era ni muy chaparro, ni muy alto, de un cuerpo regular, con sus bigotes; tenía un lunar, no me acuerdo si en este ojo derecho o izquierdo, en el mero párpado del ojo; tenía un lunar. Y no era chino, era lacio, y era muy misterioso, yo no sé cómo le fueron a ganar ahora que lo mataron, si era rete hábil para eso.[4]

—Pues, era delgadito, ojo grande, bigotón, sí, sí, me tocó conocerlo (…) Pues, era buena persona con nosotros, era amable, sincero.[5]

—Nos trataba a gusto, era cariñoso, ¿verdad?, aunque cuando se enojaba era déspota, bueno, cariñoso; luego se le quitaba la muina y nos platicaba él.[6]

—Pues era un hombre muy fornido, alto. Por la buena era un buen cristiano, muy buen hombre, ¿verdad?, con todos. Era un hombre muy pasado por todo el mundo, muy decente.[7]

—Muy amable, muy amable, muy gente, muy respetuoso, le hablaba a usted con una sinceridad, con los que no tenía confianza se ponía más bien renuente, pero así hablando con usted, pues nosotros los muchachos, con los que tenía confianza, se ponía hasta a reírse y a jugar.[8]

 

“Pero Zapata no quedó conforme”

—Pero Zapata no quedó conforme. Ése no quiso dinero, no, dice: “Yo sigo peleando, yo quiero las tierras, porque ese compromiso lo tengo con los pobres, que tanto sufren”.[9]

—Zapata entendió el problema agrario, ¿verdad?, de acuerdo con los conceptos históricos.[10]

—Era el que (por ái han de ver la estatua, cuando pasen) quería que repartieran las haciendas de aquí del estado de Morelos, que eran de españoles o de mexicanos ricos.[11]

—Pues era un hombre… La historia de Zapata es buena, mucho muy buena, también. No puedo hablar mal de Zapata, porque Zapata fue el primero en la cuestión del reparto de tierras.[12]

—Según su biografía fue voluntario en tiempo… Pero allá en su infancia, según su plática que nos hizo a sus más amigos (…) nos narró que él cuando era joven su padre tenía terrenos de una hacienda y cultivaba para su sostén de la vida; pero cuando llegó el día en que el dueño de esa finca le recogió las tierras a su papá, él ya tenía, pues si no sobrada experiencia, pero se daba cuenta que comenzaba a ver la vida de sufrimiento y él mismo nos dijo que dijo al padre: “Si Dios no me quita la vida, yo tengo que vengar esto”. Ya su mente le avisaba las cosas.[13]

 

—¿Por qué hizo Zapata el Plan de Ayala?

—Porque era el compromiso que tenía con el pueblo, para que creyera en él, que él no iba a pelear por dinero, que iba a pelear para defender las tierras; que él quería las tierras de aquí de Morelos para su pueblo. Con eso iba a pelear, por eso fue a pelear él, para darle vida al pueblo, porque el pueblo no tenía, sufría, porque el hacendado, pues…, era pura caña, no los dejaban que sembraran milpa para comer maíz.[14]

—En 1913, antes de que mataran a Madero, nos llegó un Plan de Ayala, en una forma pues, incógnita, ¿verdad?, escondiditos. Entonces vimos y dijimos: “Aquí está nuestra salvación”. Y ya nos empezamos a platicar entre los muchachos y nos juntamos 26 y nos fuimos a presentar al señor general Melesio Cavanzo, que era zapatista (…) Por la cuestión de las tierras, ¿no?, porque nosotros no podíamos sembrar sin permiso del hacendado. Entonces dijimos: “Bueno, pues aquí está nuestra salvación”.[15]

—Pues, el pueblo sí lo quería, porque, porque… ¡Bueno!, ya Zapata no hacía cosas malas. Y los pueblos lo querían y allí lo protegían con maíz, con zacate para las bestias, y les daban de comer y todo eso, ¿verdad?[16]

 

—¿Cómo trataba Zapata a su gente?

—Con un corazón tan tierno, como todos se pueden imaginar, si ustedes han ido a Morelos y han visto una estatua que está por allá. Él está a caballo, un hombre humilde le está rindiendo informes de la situación vivida; el hombre está pues así, por respeto, sin sombrero, y él a caballo, está así inclinado a su oído a la petición del hombre.[17]

—Hablaba él con los generales, con los coroneles, a ellos los saludaba hasta de la mano y todo; pero (nosotros) así de pláticas así con él, no, ¿verdad? Éramos tropa, éramos soldados. Y, este, hasta eso, él no era orgulloso y nos trataba…, no como soldados, como un hijo, como un hermano, ¿verdad?[18]

—Pues mire, era un hombre muy amable con todos nosotros, lo que…, él les hablaba a toda la gente como si fueran sus hijos; de manera que usted se sentía halagado cuando él hablaba (…), si teníamos que ir a un ataque, íbamos felices, ninguno decía que: “Yo me quedo y que…” No, los jefes iban adelante, la mayor parte de los jefes iban adelante, la mayor parte, todos seguían a los jefes y nadie… como los carrancistas, que algunos se escondían… No, ahí todos, todos. Después de que él hablaba, todos se sentían halagados, toda la gente. Decía: “Hijos, tenemos que llegar a tal parte y vamos a hacerle la lucha, y tienen todo lo que ustedes necesitan; coman antes, si hay”. Y se sacaba él lo de él, pa’ regalarlo si no había. De manera es que se tenía muy buena opinión de él, ¿verdad?, porque le hablaba a usted con el corazón en la mano, y usted se sentía obligado a corresponderle.[19]

 

—Los zapatistas en campaña

—Mire usted, nosotros que pudimos ver de cerca el comportamiento de Zapata, personalmente Zapata jamás mató a nadie, en campaña el que le tocó le tocó; pero él, no supimos que matara a alguno ni robara, ni toleraba los robos.[20]

—La gente de Zapata era muy simpática, en general, todos nos recibían…, al principio nos veían con ojeriza, porque íbamos de trajecito, pero ya después por el calor de esas regiones, tuvimos que usar blusa blanca y pantalón de charro (…) Pues entendían (los zapatistas) que iban a ser mejores, porque se les iban a dotar de tierras, que por eso se peleaba, en Morelos, especialmente, que eran latifundios de ricos de la ciudad de México, que les habían quitado sus tierras para agrandar sus haciendas, se las iban a devolver. Con esta promesa todos estaban entusiasmados y eran de una obediencia ciega, lo que mandaba el general Zapata eso se hacía aunque expusieran su vida.[21]

—Emiliano, él era buena gente. Él ordenaba así, sus planes, las guerras las hacía ordenadas, él se metía muy valiente; había veces que también era confiado en: “Ya vienen, ya viene la gente, ya viene”, ¿no?, dice. Luego hasta los sitiaban y salían ya nomás para afuera y su caballo. Muy confiado que era, porque cuando la guerra, cuando el sitio de Cuautla, Cuautla era chiquito, no era grande, y fue el sitio con 400 hombres (…) con 400 hombres sitiaron Cuautla (…)[22]

—Pues la comida la hacían las señoras de los soldados compañeros, allí preparaban, por ejemplo, mandaba pedir una res o dos a los hacendados, se las daban y hacíamos como día de campo con mucho gusto, ¿verdad? Dice (Zapata): “Pues aliméntense bien, chaparros, porque quién sabe qué vaya a ser de nosotros dentro de días”. Y había señoras que, cuando estaba cerca de Morelos, siempre iban las señoras a visitarlos, le hacían de comer y todo, o es que lo invitaban a las fincas a comer.[23]

—Decían que era mal hombre, y don Emiliano no fue…, no era sinvergüenza, si siquiera, como dicen algunos… No, eso sí que no, porque ese hombre, por la buena, se quitaba sus trapos y se los daba a usté; se quitaba la tortilla de la boca para dársela, aunque sea a uno de los soldados, con eso le digo todo. Cuan’taba en Jojutla, que la enfermedad taba rete juerte, de esa… gripa, o de eso que pegó, había harta gente de tierra fría, ¿verdad?, y allí la tenía en los corralones y eso… Y toditos los días, pobre don Emiliano, a toditos tenía que darle pa’ que los asistieran. Bueno, algunos encueraditos. Ya traiba ropa y… del aquí, del cuartel general que tenía en Tlaltizapán, y ya llevaban ropa para vestir a algunas criaturas que estaban… Había algunos que iban a beber agua a, al estanque y allá quedaban, de la enfermedá que ’taba tan juerte. Y él, viendo por su gente y viendo por su gente y viendo por su gente. ¿Sería malo?[24]

 

“Era picardiento, mal hablado, rancherote de a tiro, ¡vaya!”

—Cuando yo llegué (a la estación de tren en Tlaltizapán), el general Zapata estaba parado en la puerta y ya tenía allí una música, puros músicos (…) Y cuando va llegando el tren lo viré para entrar con el coche para atrás. Cuando entré, paré merito allí, se subió el general Zapata, y me abrazó, era picardiento. Decía picardías. Zapata, sobre ese particular, así era grosero. Por otro lado, era buen hombre (…) Era mal hablado, rancherote

de a tiro, ¡vaya![25]

 

—Cuéntenos cuando iba usted a torear con Emiliano Zapata.

—Bueno, primero lo encontrábamos aquí, aquí en Yautepec, allí hacían los toros; allí en la estación no había casas ni nada, era una plazuela grande de la estación para acá; y ahí se hacían los toros y luego me llamaban: “¡Ahí viene la pachona (risa), la vamos a hacer que monte, la vamos a hacer que monte!” “Que viene cansada.” “Ai se le quita el cansancio” (…) Ya llegaba yo: “Muy buenas tardes”. “Buenas tardes.” “¿Ya llegastes?” “Ya.” “Ándele, ¿no quiere usté tomarse su cerveza?” “No, sabe usté que yo no tomo.” “Pues sus cincuenta pesotes para lo que quiera. ¡Ándele!” “No, no —le digo—, montaré pero sin interés de cincuenta pesos, porque si me mato, con los cincuenta pesos no voy a revivir” (risa). Y ái voy. “¡Mucho ojo con ella!”, decía él. Que me cuidaron; sí veían que me seguía el toro, que lo lazaron. Y ya me ponía las espuelas, y ái ando. Me cansaba yo, ya consideraba que estaba bueno, y: “Ahora sí ya, ya le di a usted gusto”.[26]

 

“Cuando le dijimos que lo iban a matar, pero él no lo quiso creer”

—Cuando Zapata cayó, pues yo andaba junto con él, con la escolta de él, éramos treinta generales ahí nada más; por cierto todos eran del estado de Morelos, sólo uno de allá de Guerrero, y uno de aquí de Morelos, y uno de Guerrero…, cuatro eran del estado de Puebla. Pues éstos eran los que estábamos ahí, cuando le dijimos que lo iban a matar, pero él no quiso creer (…) Apenas habíamos bajado del cerro, nos acabábamos de tomar ese traguito con Zapata —que nos regaló— cuando miró y dijo: “¿en dónde está el otro?” Pues, pasen a comer, ya está la comida, aquí dejan los caballos —dijo Zapata—. A ver, tú, ¡móntate, pícale para adentro a ver a Palacios! Y ahí va, y entonces lo agarraba el otro de las piernas, así… Se llevó a las fuerzas, levantó la cabeza y los vio allá arriba, se los traía así, Zapata. Pero luego vieron que iba a entrar, estaba con un clarín arriba, tomando el clarín, y se para toda esa fila de hombres, le tiran a la espalda, tenía seis balazos, aquí en el pecho, y el caballo lo tiró de la silla.[27]

 

“Zapata murió y no comprometió en nada”

—Zapata casi nunca quiso nada. Zapata murió pero no comprometió nada a su patria. Se murió pero… no comprometió para nada, ¿eh?, como otros que comprometen a su patria y a su nación. Cuando estábamos en Yautepec vino el general Serratos con tres americanos —porque el general Serratos conocía el idioma de los americanos—, y a ellos les presentaron a Zapata en Yautepec. Estábamos comiendo allí en la mesa, cuando llegaba el general con los americanos; le ofrecían armamento, artillería, nada más que dijera qué era lo que quería; caballada, lo que pidiera. Y Zapata dijo que no quería nada, que ya todo le sobraba. Si Zapata hubiera sido otro, entonces: “A ver, vengan tantos dólares o…”, pero no. Zapata murió y no comprometió en nada.[28]

 

“Yo los vi llorar al recordar a Zapata”

—Qué hubiera dado yo porque cuando hace 25 o 30 años que viajaba por Morelos hubiera habido grabadoras (…) para poder recoger el habla de esas gentes, su emoción; yo vi llorar a indios, a campesinos, a hombres de 60, 70 u 80 años, llorar al recordar a Emiliano Zapata. Una vez me iba a matar uno porque creyó que yo le iba a llevar noticias de Emiliano Zapata, me recibió en su casa, quería que le dijera si yo era mensajero de Emiliano Zapata para irle a decir que lo estaba llamando a la Revolución otra vez.[29]

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Reprodujimos el fragmento anterior del libro Emiliano Zapata de Octavio Paz Solórzano con la autorización del Fondo de Cultura Económica


 

[1] Entrevista con Luis Vargas Rea, realizada por Eugenia Meyer, y Beatriz Arroyo, el 29 de agosto, 4, 17 y 30 de septiembre de 1975, en la ciudad de México, Archivo de la Palabra del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, PHO/1/164, pp. 30-3l.

[2] Entrevista con Juan Olivera López, realizada por Eugenia Meyer, el 25 de noviembre y 5 de diciembre de 1972, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/28, p. 36.

[3] Entrevista con Víctor Velázquez, realizada por Eugenia Meyer, el 6, 10, 14 y 25 de febrero y 7 de marzo de 1975, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/144, p. 56.

[4] Entrevista con María de la Luz Barrera, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/1/206.

[5] Entrevista con Gregorio Campillo Arvizu, realizada por María Alba Pastor, el 19 de julio de 1973, en Chihuahua, Chihuahua, ibidem, PHO/1/67, p. 4.

[6] Entrevista con Jesús Chávez, realizada por María Alba Pastor, el 31 de agosto de 1973, en Cuautla, Morelos, ibidem, PHO/l/99, p. 26.

[7] Entrevista con Federico González Jiménez, realizada por Alexis Arroyo, en marzo de 1961 en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/ 137, p. 16.

[8] Entrevista con Ramón Caballero, realizada por Laura Espejel, el 25 de abril de 1973, en San Luis Puebla, ibidem, PHO/1/51.

[9] Entrevista con Jesús Chávez, op. cit., PHO/1/99, p. 24.

[10] Entrevista con Luis Vargas Rea, op. cit., PHO/1/164, p. 31.

[11] Entrevista con Pedro Caloca, realizada por María Isabel Souza, el 23 de enero de 1973, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/36, p. 6.

[12] Entrevista con José Baray Morales, realizada por Ximena Sepúlveda, el 27 de junio de 1974, en Bachíniva, Chihuahua, ibidem, PHO/1/148, p. 37.

[13] Entrevista con Máximo Flores, realizada por María Alba Pastor, en San Martín Texmelucan, Puebla, el 14 de junio de 1974, ibidem, PHO/1/140, p. 35.

[14] Entrevista con Jesús Chávez, op. cit., PHO/l/99, p. 36.

[15] Entrevista con Tiburcio Cuéllar, realizada por Eugenia Meyer, el 8 de marzo de 1973, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/45, pp. 9-10.

[16] Entrevista con María Chávez, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO /1/201, p. 6.

[17] Entrevista con Máximo Flores, op. cit., PHO/1/140, p. 36.

[18] Entrevista con Víctor González, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/1/202.

[19] Entrevista con Severiano Chávez Herrera, realizada por Jaime Alexis Arroyo, en mayo de 1961, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/134, p. 25.

[20] Entrevista con Juan Olivera López, op. cit., PHO/ 1/99, p. 32.

[21] Ibidem, p. 28.

[22] Entrevista con Consuelo Bravo, realizada por Rosalind Beimler, el 13 de junio de 1985, en Cuautla, Morelos, ibidem, PHO/1/211, p. 20.

[23] Entrevista con Ramón Caballero, op. cit., PHO/1/51, p. 3.

[24] Entrevista con Emiliano Bustos, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/l/194, p. 4.

[25] Entrevista con Manuel Sosa Pavón, realizada por Eugenia Meyer, el 27 de marzo, 5 de abril, 9 y 17 de mayo de 1973, en la ciudad de México, ibidem, PHO/1/48, p. 123.

[26] Entrevista con María de la Luz Barrera, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/1/206.

[27] Entrevista con Jesús Chávez, op. cit., PHO/1/99, pp. 28-34.

[28] Entrevista con Aurelio Sánchez, realizada por Rosalind Beimler, ibidem, PHO/1/210.

[29] Entrevista con Jesús Sotelo Inclán, realizada por Alicia Olivera de Bonfi l y Eugenia Meyer, el 15 de enero de 1970, en la ciudad de México, ibidem, PHO/4/5, p. 20.


Autores
(México, 1883 - 1936) fue escritor, político y periodista. Estudió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia donde fue condiscípulo de Antonio Caso y José Vasconcelos. Representante de Emiliano Zapata en Estado Unidos y miembro fundador del Partido Nacional Agrarista en 1920, publicó varios artículos sobre la revolución zapatista en diarios y revistas de la época y escribió una Historia del periodismo en México.

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Ilustración por Maro Eduardo Cano Domínguez

Este texto forma parte de la segunda parte del tercer capítulo de la tesis doctoral de Baruc Martínez Días, titulada “La chinampa en llamas: conflictos por el territorio y zapatismo en la región de Tláhuac (1894-1923)”.


…ihcon tictlanizqueh neca huey tlanahuatille ipehualoni tlalle, libertad ihuan justicia (…así ganaremos ese gran mandato de los principios de tierra, libertad y justicia)”[1]

 

 

La historiografía zapatista ha oscilado entre dos vertientes interpretativas: por un lado, los que ligan al movimiento suriano como uno más de los eslabones (si bien de mayúscula importancia) en la lucha de resistencia secular de las comunidades indígenas por la defensa de su territorio y de su autonomía; por el otro, aquellos que lo caracterizan como un movimiento campesino, asentado en una región con una larga tradición histórica, pero mestizo a final de cuentas. La primera tradición hermenéutica fue fundada por Jesús Sotelo Inclán, y la inauguró John Womack Jr.[2] Sin embargo, en lo que unos y otros están de acuerdo es que el zapatismo, en general, y Emiliano Zapata, en particular, no tuvieron relación alguna con la lengua náhuatl, salvo en un esporádico episodio, que más que una constante fue una excepción: la emisión de dos manifiestos en náhuatl en 1918.

El punto de partida para negar la presencia del náhuatl en Zapata y el movimiento suriano se encuentra en  una afirmación de Jesús Sotelo, según la cual cuando en 1909 Emiliano recibió los documentos antiguos de Anenecuilco de manos de los ancianos que entonces le entregaban el cargo, este se dio cuenta de que un mapa contenía glosas en náhuatl, así, queriendo saber el significado de su contenido, envió a Tetelcingo —pueblo bien conocido por su dominio del náhuatl— a Francisco Franco en busca de un traductor. Ahí, Franco tuvo dificultades para encontrar a alguien que le pudiera traducir el documento hasta que por fin el cura del pueblo, originario de Tepoztlán (otro pueblo con gran tradición del idioma), realizó la traducción.[3] Basado en este testimonio, y en una tesis de Elizabeth Holt acerca de Morelos según los censos porfiristas, Womack afirmó que Zapata no conocía en lo más mínimo el idioma y que sólo el 9.29 % de los habitantes del estado hablaban en náhuatl en 1910.[4]

Ahora bien, frente a estas circunstancias, es necesario realizar algunas consideraciones. El que Zapata no haya comprendido el contenido de un viejo mapa colonial, de ninguna manera significa, en automático, su desconocimiento del náhuatl. Todo hablante nativo de un idioma no necesariamente puede comprender sus expresiones pretéritas; más cuando se trata de una lengua indígena sometida a un dominio colonial en donde las variantes dialectales se hacen más grandes y complejas, impidiendo la comprensión no sólo de textos antiguos sino aun de los contemporáneos (como de hecho sucede con el náhuatl hoy en día). Hay que decir que hablar una lengua no significa de ningún modo poseer la capacidad de traducirla; son dos aspectos muy distintos que corresponden a ámbitos diferentes: se aprende a hablar el idioma nativo en la cotidianidad, mientras que traducir requiere estudio y práctica. En esta tesitura, incluso si Zapata hubiera hablado en náhuatl, nada lo hubiera podido haber hecho apto para la traducción de aquellas glosas novohispanas. En Tetelcingo, donde la abrumadora mayoría sabía hablar náhuatl, Franco tuvo problemas para localizar un traductor; el único que pudo realizar tal labor fue el cura, quien además de saber el idioma poseía estudios sacerdotales, los cuales por aquellos años contemplaban la revisión de las viejas gramáticas nahuas coloniales.

Tomando en cuenta estas observaciones, me parecen infundadas las interpretaciones de Sotelo y Womack. En este sentido también lo son las que ha realizado Samuel Brunk, un historiador actual del zapatismo. Según este autor, el movimiento suriano sí incorporó a un buen número de nahuatlahtos, pero provenientes de las tierras altas morelenses, del Estado de México, del Distrito Federal y de Tlaxcala, por lo cual concluyó que Womack tenía razón en referencia a los valles centrales de Morelos; el núcleo inicial de la revuelta.[5]

Frente a estas circunstancias, es necesario repensar la relación entre el náhuatl y el zapatismo a la luz de otras fuentes históricas, así como bajo la lupa de nuevas perspectivas hermenéuticas. Antonio Peñafiel, por ejemplo, editó un libro en 1897 que contenía 19 vocabularios nahuas del estado de Morelos.[6] Esto no quiere decir de ninguna manera que solo en esos pueblos se conociera el náhuatl, sino que únicamente en ellos se pudo recoger la información. Asimismo, es necesario hacer notar que uno de éstos provino de la población y cabecera municipal de Villa de Ayala, vecina de Anenecuilco. Tomando en cuenta estas consideraciones, es factible señalar que la información proporcionada por Peñafiel permite afirmar que de los seis distritos en los que se dividía el territorio morelense, en todos se hablaba náhuatl; por lo menos en algunos de sus pueblos.[7]

El censo de 1940, el más idóneo para estudiar estas cuestiones debido a la metodología que se siguió, fue más lejos, señalando que en todos los municipios de Morelos había nahuatlahtos; en algunos representaban a la mayoría de los pobladores, mientras que en el resto se reducían a unos cuantos hablantes. Es decir que en la mayoría del territorio morelense el náhuatl no era una lengua desconocida.

Por otra parte, es necesario hacer referencia a las investigaciones que Fernando Horcasitas y Yolanda Lastra llevaron a cabo en la década de 1970. En tres de sus estudios, en específico, se refirieron a algunas zonas zapatistas: Morelos, el oriente del Estado de México y el Distrito Federal. Para el caso de Morelos (1979) registraron que de los 66 pueblos visitados en 34 de ellos localizaron la presencia nahua; en algunas comunidades, las menos, con alta concentración de hablantes, otras intermedias y, finalmente, un buen número con sólo algunos ancianos conocedores.[8]  En la región de los volcanes (1976), donde operó la división Everardo González, visitaron 25 poblaciones, de las cuales 12 tenían nahuatlahtos; si bien en menor medida en comparación con el caso morelense.[9] Finalmente en el Distrito Federal (1974), tomando en cuenta el territorio que va de Cuajimalpa a Acahualtepec y de Coyoacán a Tlacoyucan (la zona zapatista), se localizaron nahuahablantes en 44 de los 55 sitios investigados; de igual forma, mientras que en pocos pueblos (sobre todo de Milpa Alta) había muchos que dominaban el náhuatl, en la mayoría sólo quedaban algunos viejos.[10]

Si se analizan con detenimiento los resultados de estos autores, puede vislumbrarse otro panorama del náhuatl durante el Porfiriato y a inicios de la Revolución. Haciendo un análisis retrospectivo, aquellos pocos ancianos que lo hablaban en la década de 1970 eran niños a principios del siglo XX, y no sólo los que vivían en aquella época sino también la mayoría de sus contemporáneos que para entonces ya habían fallecido. Así, un paisaje moribundo del náhuatl en los setenta, se convierte en uno con gran vitalidad respecto a la lengua. Aún más, si se piensa que durante el Porfiriato todavía estaban vivos los padres, abuelos o incluso bisabuelos de estos ancianos, la situación se torna muy diferente: un gran porcentaje de estas tres zonas zapatistas se expresaban en macehualcopa, es decir, en idioma náhuatl.

. En 1902, un funcionario mormón señaló lo siguiente para la región de los volcanes: “Estos poblados están alrededor de Ozumba y lo que los hace más interesantes para nosotros que cualquier otra cosa es que todos son poblados indios… Ya que corre muy poca sangre blanca entre ellos, con excepción de aquí en Ozumba. En los otros pueblos usualmente hablan mexicano (náhuatl) en vez de español, aunque pueden entender y hablar ambos.”[11] Acerca de esta misma zona, Luz Jiménez refirió: “Noihqui chalca otlatoaya macehualcopa. Amaqueñoz noihqui tlatoaya macehualcopa quename tehuan titlatoa [También los chalcas hablaban en náhuatl. Los de Amecameca, asimismo, lo hablaban como nosotros lo hacemos].”[12]

A la luz de estas consideraciones es menester incluso estudiar con mayor detenimiento el caso particular del general Zapata y su cercanía con el náhuatl. Es bien sabido que hasta nuestros días a Emiliano se le ha considerado como un campesino mestizo monolingüe de español. El propio Jesús Sotelo era de esa idea: “Los pueblos campesinos no son de indígenas siempre, sino de mestizos. Emiliano Zapata tampoco era indígena. Los retratos hechos por Diego Rivera de Emiliano Zapata como indio, son valores estéticos, pero nos son valores efectivos porque no era indio Zapata, Zapata era un mestizo.”[13] Quizás esta imagen del mestizo se reforzó aún más por las fotografías del general suriano durante la Revolución, en donde en la mayoría, aparece vestido de charro.

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Hay ciertos indicios que permiten saber que Emiliano utilizaba la ropa tradicional indígena —camisa y calzón de manta, sombrero de palma y huaraches— cuando se dedicaba a sus labores agrícolas pero cuando tenía que atender algún asunto importante, o por lo regular los domingos, le gustaba utilizar el traje de charro.[14] Ahora bien, la cuestión de la vestimenta me parece un hecho menor, pues es bien sabido que los pueblos mesoamericanos a través de los siglos fueron adoptando aquellos elementos externos que les permitieron su reproducción como entidades colectivas; entre éstos el gusto por la charrería y los toros.[15]

El caso es que existen por lo menos tres testimonios que refieren a Zapata como un nahuatlahto. Luz Jiménez, nahua de Milpa Alta, señala que cuando las fuerzas surianas entraron a su pueblo por primera vez, el general en jefe se dirigió a su coterráneos en náhuatl para invitarlos a que se incorporaran a su ejército:

 

[…] tlatihuani Zapata Morelos. Ihuan omixmatia ican cuali itzotzoma ocualicaya. Oquipiaya  ce calacecahuili patlactic, polainas ihuan […] Itlacahuan oquipiaya intzotzoma nochi iztac: icoton iztac, icalzon iztac ihuan tecahtin. Inimequez tlaca nochtin otlatoaya macehualcopa […] Noihqui tlatihuani Zapata omotlatoltiaya in macehualatoli. […] Tlatihuani Zapata quimecanaya itlacahuan. Ocalaquia quinonotzaya nochtlacatl Momochco. “¡Notlac ximomanaca! Nehuatl onacoc; oncuan on ica tepoztli ihuan nochantlaca niquinhuicatz. Ipampa in Totatzin Díaz aihmo ticnequi yehuatl techixotiz. Ticnequi occe altepetl achi cuali. Ihuan totlac ximomanaca ipampa amo nechpactia tlen tetlaxtlahuia tlatquihua. Amo conehui ica tlacualo ica netzotzomatiloz. Noihqui nicnequi nochtlacatl quipiaz itlal: oncuan on quitocaz ihuan quipixcaz tlaoli, yetzintli ihuan occequi xinachtli. ¿Tlen nanquitoa? ¿Namehuan totlac namomanazque?

 

[…] El señor Zapata de Morelos. Y se conocía por la buena ropa que traía. Tenía un sombrero ancho, polainas y […] sus hombres portaban toda la ropa blanca: su camisa blanca, su calzón blanco y huaraches. Todos estos hombres hablaban en náhuatl […] También el señor Zapata hablaba el idioma náhuatl […] El señor Zapata encabezaba a sus hombres. Entraba para hablarle a toda la gente de Milpa Alta: “¡Júntense conmigo! Yo me levanté, así pues, con armas y traigo a mis paisanos. Porque ya no queremos que nuestro padrecito Díaz nos cuide. Queremos un pueblo mejor. Y únanse a nosotros porque no me gusta lo que pagan los ricos. No alcanza para comer ni para vestir. También quiero que toda la gente tenga su tierra: para que siembre y coseche maíz, frijol y otras semillas. ¿Qué dicen? ¿Ustedes se unirán a nosotros?”.[16]

 

En esta misma tesitura, en 1979 Isabel Bueno, nahua de San José de los Laureles, municipio de Tlayacapan, afirmó que cuando las tropas zapatistas entraron a su pueblo en 1912, el general Zapata se dirigió a los vecinos utilizando la lengua náhuatl; idioma con el cual se entendieron.[17] En la región lacustre del sur de la Cuenca de México,  quedó también el recuerdo de la expresión nahua del general en jefe del Ejército Libertador. El 21 de julio de 1914, los zapatistas en un notable avance hacia la capital del país ocuparon la plaza de San Francisco Tlaltenco; ahí repartieron grados, invitaron a que más pobladores se sumaran a la lucha y se quedaron a comer. Juana Orihuela Reynoso, una de las encargadas de atender a la tropa, se dirigió a Emiliano en náhuatl para invitarlo a comer, y él le respondió en el mismo idioma que primero atendiera a sus hombres y solo tomó un huevo de gallina crudo y se lo comió.[18]

Ahora bien, después de que ya había realizado mi investigación respecto al tema aquí tratado, conocí el trabajo de Magnus Pharao Hansen, un lingüista danés, quien basado en algunas fuentes similares a las que utilicé y en otras diferentes, pero sobre todo aplicando los métodos de la etnolingüística y la lingüística histórica, llegó a conclusiones parecidas a las que aquí he expuesto; incluso fue más lejos al demostrar que la población nahuahablante de Morelos hacia 1910 era considerable. Al corregir la mala lectura que hizo Elizabeth Holt de los censos porfiristas, mostró que ese 9.29 % hacía referencia sólo a los nahuas monolingües morelenses, sin embargo, una aproximación más apegada a la realidad, bajo una mirada muy modesta, daba como resultado casi el 30 %. Es decir, que para 1910 en Morelos, cuya población total era de 180,000, alrededor de 50,000 personas hablaban náhuatl. Y esto si nos quedamos sólo con una moderada proyección porque como afirma Hansen, es muy probable que los nahuatlahtos fueran todavía más, si se consideran factores como la negación del conocimiento del idioma debido a la estigmatización que las lenguas indígenas sufrían por aquellos años.[19] Sin embargo, lo que está claro es que el náhuatl era una lengua muy extendida en el campo morelense en vísperas de la Revolución. Si Hansen y yo apuntamos hacia conclusiones similares, trabajando de manera diferente y por separado, como él mismo lo dijo: “quizás no estamos tan equivocados.”

Frente a los datos aquí presentados, pienso que es posible aseverar que el náhuatl tuvo una estrecha relación con el movimiento zapatista, en general, y con Emiliano Zapata, en particular. Es decir, a pesar de lo que regularmente han pensado los zapatólogos, la presencia nahua fue muy importante dentro de las filas del Ejército Libertador del Sur y si aceptamos que toda lengua lleva consigo intrínsecamente una cultura, creo que el estudio del zapatismo tiene que privilegiar los aspectos nahuas que se hallaban presentes en los guerrilleros zapatistas y en los pueblos que fueron su principal soporte. No trato de sobredimensionar el idioma náhuatl en el zapatismo; todos los que por aquellos años lo hablaban eran bilingües, por lo tanto, frente a otros de sus compañeros monolingües de español, se comunicaban en esta última lengua. Lo que sí quiero dejar bien claro es que el idioma y la cultura nahuas no fueron ajenas ni extrañas al movimiento suriano y esto, es decir, la presencia náhuatl, debe generar una nueva mirada del zapatismo; más cercana a la civilización mesoamericana que a la multipretendida “identidad mestiza”. Esto último no es nada baladí, sobre todo si se tiene en cuenta que un clásico investigador del zapatismo, como John Womack, ha vuelto a insistir recientemente en que la presencia indígena no tuvo relevancia al interior de las filas surianas.[20] Nada más lejos de la realidad, pienso, si se toman en cuenta las observaciones que aquí he hecho.

Concluyo con unas líneas sacadas del segundo manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata:

Man titlatehuicah ihuan ahmo timocehuicah ihuan tohuaxca yez in tlalticpactli, tehuaxca oyeya tocolhuantzitzihuah, ihuan mahtexoxopilmeh techquixtilihqueh itencopa nin tonameyo de necateh opahpanohqueh tlahtlanahuatiani […] man titlatehuicah ihuan tiquintlanizqueh ahquihqueh yancuic mahcoquizqueh de quinpalehuizqueh non tetlalquihquixtilihqueh, de non mohueytominchihuah ican tequitl den toampoah ihuan de nonqueh hacienda-teca-mocayahqueh; yehua non totequimahuizzoh, tla ticnequih techtocayotizqueh de oquichtli cualli innemiliz, ihuan huel nelli cualli altepechanehqueh.

 

Que luchemos y que no descansemos y nuestra será la tierra, propiedad que fue de nuestros respetables abuelos, y que patas de manos de piedra nos han robado por las claras órdenes de aquellos gobernantes que han pasado y pasado […] que luchemos y venceremos a aquellos que de nueva cuenta se han encumbrado para ayudar a esos despojadores de tierras, a esos que hacen mucho dinero con el trabajo de nuestros semejantes, y a esos embusteros hacendados; ésa es nuestra honrosa labor, si queremos que nos llamen hombres de digna forma de vida, y muy buenos y verdaderos habitantes de los pueblos.

Repensar la relación que existió entre el idioma náhuatl y el movimiento zapatista no es algo ocioso sino trascendental para los futuros estudios históricos acerca de la revolución suriana. Implica darse cuenta que una comprensión más cabal de este proceso histórico tiene necesariamente que incorporar elementos antropológicos para profundizar en el entramado cultural de aquellos pueblos que le dieron fuerza y sustento al Ejército Libertador del Sur. Algo se ha avanzado al respecto pero queda todavía mucho por hacer.

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[1] Frase tomada del primer manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata. La traducción es mía. El texto lo tomé de Miguel León Portilla, Los manifiestos en náhuatl de Emiliano Zapata, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1978, 112 p., p 61.

[2] Estos polos interpretativos continúan vigentes hasta nuestros días. La visión de Womack sigue presente en los trabajos de Felipe Ávila, quien ha afirmado que el zapatismo es un movimiento mestizo, con cierta presencia indígena, pero al final mestizo, por lo cual no puede ser interpretado como expresión indígena de la Revolución. Por el otro lado se encuentra Francisco Pineda, quien en todos sus trabajos ha tratado de mostrar, desde la larga duración, cómo la civilización mesoamericana se encuentra muy presente al interior de las filas surianas, y en específico su variante náhuatl. Como ejemplos véanse Felipe Arturo Ávila Espinosa, “Los indígenas en la Revolución”, en Miguel León Portilla y Alicia Mayer (coord.), Los indígenas en la Independencia y en la Revolución mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Fideicomiso Teixidor, 2010, 475-495 p. Francisco Pineda Gómez, “To tlaticpac nantzi mihtoa Patria. Retórica nahua en la revolución del sur”, en Gerardo Ramírez Vidal (ed.), Conceptos y objetos de la retórica ayer y hoy, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 2008, 149-164 p.

[3] Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, 2ª. Edición, México, Comisión Federal de Electricidad, 1970, 588 p., p. 498.

[4] John Womack Jr., Zapata y la Revolución mexicana, Francisco González Arámburu (tr.), México, Siglo XXI Editores, 1969, 443 p., p. 69, nota 9.

[5] Samuel Brunk, Zapata: Revolution and Betrayal in Mexico, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1995, 360 p., p. 249, nota 22. Brunk también recomendó consultar el libro de Judith Friedlander, sobre Hueyapan, para conocer “una fuerte argumentación en contra de cualquier supervivencia significativa de la cultura india, incluso en las zonas de tierras altas”. Éste no es el mejor momento para realizar una crítica a la investigación de Friedlander, sin embargo, sólo diré que su interpretación de lo indígena está rebasada en la actualidad por el purismo que le aplica al término indígena (sólo lo que es prehispánico) y por otorgarle un papel pasivo en la historia a los hueyapeños (ellos se autodefinen como indígenas sólo porque el Estado mexicano así lo quiere).

[6] De hecho fueron 20, sin embargo, de Tepoztlán se registraron dos, por ello sólo señalo 19 como muestra de que el náhuatl se hablaba en sendos pueblos morelenses.

[7] Antonio Peñafiel, Vocabulario gramático de la lengua náhuatl o azteca, México, Colección formada por el doctor Antonio Peñafiel, sin editorial, 1897, 504 p., pp. 337-436.

[8] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el estado de Morelos”, en Anales de Antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XVII, 1980, 233-298 p., pp. 238-240.

[9] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el oriente del Estado de México”, en Anales de Antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XIV, 1977, 165-226 p., pp. 184-186.

[10] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el Distrito Federal, México”, en Anales de Antropología, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, Volumen XIII, 1976, 103-136 p., p. 109.

[11] Journal History, 30 de junio de 1902, p. 3, citado en Moroni Spencer Hernández de Olarte, “„Ya llegaron los de Tierra Fría‟ Los colores del zapatismo en la Región de los Volcanes, Estado de México”, Tesis de maestría en Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, México, 2013, 138 p., p. 21.

[12] Luz Jiménez, De Porfirio Díaz a Zapata. Memoria náhuatl de Milpa Alta, Fernando Horcasitas (ed.), Miguel León Portilla (presentación), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1968, 154 p., p. 68. Traducción al español mía.

[13] Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, Jesús Sotelo Inclán y sus conceptos sobre el movimiento zapatista (entrevista), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1970, 30 p., p. 15.

[14] Existe por lo menos una fotografía donde Zapata aparece vestido a la usanza macehualtic (indígena), véase Laura Espejel y Salvador Rueda, “El Plan de Ayala y la autonomía zapatista”, en Así fue la Revolución Mexicana, 5 vol., México, Comisión Nacional de Fomento Educativo, 1985, vol. 3, 347-358 p., p. 353. Para un testimonio de una persona cercana a Zapata antes de la Revolución: Herlinda Barrientos Velasco, “El compadre don Emiliano”, en Con Zapata y Villa. Tres relatos testimoniales, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1991, 9-29 p., p. 21.

[15] Víctor Hugo Sánchez Reséndiz, De rebeldes fe. Identidad y formación de la conciencia zapatista, Francisco Pineda (pról.), 2ª. Edición, México, Instituto de Cultura de Morelos, Editorial La Rana del Sur, 2006, 362 p., pp. 120-131.

[16] Luz Jiménez, op. cit., p. 104. La traducción al español es mía.

[17] Yolanda Lastra de Suárez y Fernando Horcasitas, “El náhuatl en el estado de Morelos…”, pp. 237, 242 y 247. A pesar de que dos de los tres testimonios que refieren que Zapata hablaba en náhuatl fueron recogidos por Horcasitas, no es posible imputarle al autor un afán por ligar este idioma con el movimiento zapatista, ya que él mismo reconoció que desde 1955 fue a Anenecuilco en busca de nahuatlahtos pero para ese año ya nadie conocía el náhuatl.

[18] Entrevista a Héctor Mendoza Rosas realizada por Baruc Martínez Díaz el 2 de noviembre de 2011 en el cerro Tecuauhtzin del pueblo de San Francisco Tlaltenco. Juana Orihuela fue bisabuela de Mendoza y a él le comentó los sucesos que he referido.

[19] El trabajo de Hansen es aún inédito pero está próximo a publicarse. Agradezco al autor el haberme facilitado una copia de él. Magnus Pharao Hansen, “Words in Revolution: How the Nahuas became a minority in the state of Morelos and were erased from the Historiography of the Mexican Revolution” (en prensa).

[20] John Womack Jr., “Prólogo. Historias por estudiar sobre la Revolución del Sur (1911-1920): lo que aún no sabemos, lo que valdría la pena saber”, en John Womack Jr., Zapata y la Revolución mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 2017, 15-44 p. Quiero aclarar que ésta es una versión corregida de la primera edición del texto, aparecida originalmente en 1969, en donde además el autor le agregó un largo prólogo. En éste, Womack pretende esquivar la ideología mestiza apoyándose en la presencia afrodescendiente de Morelos y Guerrero. Para él el zapatismo sólo se pudo volver un movimiento revolucionario de alcances nacionales gracias al aporte de un “espíritu” negro, creado por los descendientes de los antiguos esclavos de las plantaciones de caña de azúcar. Sin este componente, el zapatismo no hubiera pasado de una más de las revueltas indígenas localistas o a lo más regionales. Aunque yo no niego la presencia africana en muchas comunidades zapatistas, sólo adelanto que a mí me da la impresión que los afrodescendientes libertos se asimilaron a los pueblos indios y se adaptaron al marco cultural de la civilización mesoamericana, quizás haciendo algunos aportes, pero, a la postre, incorporándose al universo cultural del que provenían las poblaciones en donde se asentaron o, incluso, adoptando éste en los nuevos asentamientos que ellos crearon. Este punto, desde luego, merece un lugar propio de discusión, por ello aquí sólo anticipo algunas ideas.


Autores
Es un chinampero originario de San Pedro Tláhuac. Licenciado y maestro en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente se encuentra realizando su doctorado en la misma institución con el proyecto titulado: “La chinampa en llamas: conflictos por el territorio y zapatismo en la región de Tláhuac (1894-1923)”. Ha sido profesor de lengua y cultura náhuatl en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y en el Instituto de Educación Media Superior de la Ciudad de México. Algunos de sus trabajos publicados son: La alegría de la muerte y el dolor de la vida. Día de Muertos en San Pedro Tláhuac. La iglesia de Tláhuac y el proceso de evangelización en las comunidades indígenas. “Entre canales y ahuejotes: las chinampas de Tláhuac” en el libro coordinado por Jorge Legorreta, Chinampas de la Ciudad de México. “Revolución en el lago: el zapatismo en los pueblos lacustres del sur de la Cuenca de México”. “El Charro Negro: señor del rayo en la región de Tláhuac”. Y las traducciones al náhuatl de las obras de teatro para niños de William Fuentes: Una varita mágica (Ce mahuiztlacotzin) y Las piedritas de Chicomexochitl (Chicomexochitl itetzin).

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México
Folk Arts and Crafts Exhibit, Sichuan University Museum, Chengdu, Sichuan.

En la infancia habitaba una casa.

Una casa puede ser un cubo blanco. Así como sucede en las exposiciones de arte en cubos blancos, una casa es también un espacio delimitado azarosamente. El contexto delimita la función del espacio.

 

Un cubo y una casa pueden ser cualquier otra cosa.

En la infancia habitábamos una casa.

 

Recuerdo particularmente a Soledad, la cotorra.

 

En la infancia mi abuelo acostumbraba a cantar. Enseñó a Cholita a cantar. Cantaban juntos: yo soy/ el come moco/ que sí/ que no/ el come moco/ yo soy/ el matalacachimba/ que sí/ que no/ el matalacachimba. Por otro lado, también hablaban. “No te comas tu moco”, decían.

Con el tiempo Soledad murió. Mi abuelo también, pero vivió más tiempo que el ave.

Compartieron algo, aunque no la muerte.

Compartían y se comunicaban con una comunicación en la que decían que no decían nada.

 

Eran, en todo caso, transparentes.

 

Ella detrás de las rejas de la jaula y él detrás de las paredes de un cubo lograron encerrar el significado vacío de su significado.

Ellos eran el momento en el que el cubo se decía a sí mismo.

Prolongándose a través de los oídos del cubo.

Poseían otro lenguaje —similar al pajarístico— pero los escuchaba en español: mi propio muro opaco, una constelación con forma de cornamenta repleta de terminaciones opacas. No como el pajarístico, que carece de terminaciones, de datos y de formas.

***

 

Hacia dentro

poner en camino

crear un verbo.

 

A partir de ahora la tarea puede entenderse como la caza de un salmón.

 

Alguien allá afuera se confunde y arponea las olas.

Mientras tanto, en la cabina el relator del viaje se dedica a transcribir los bramidos de los peces:

 

fig. 1.1 (o del salto del salmón). El ritual que precede a los tosidos entraña las fases de toda ejecución. Aspirar cuantiosas dosis de aire, llevarse el puño frente a la boca, encorvar el torso y angustiar la mirada, en suma, construir el aparato metodológico para las dos o tres repeticiones del chasquido torácico. Como una voz comprimida o un grito doblado sobre sí, las pelusas disparadas denuncian las críticas que pretenden descalificar a la tos como acto retórico.

La irrupción, por otro lado, de los espasmos sofocantes de la tos no establece sino un llamado de atención al habla. Golpear la mesa donde se construía una torre de naipes. Usar el espacio del paréntesis para introducir un signo de interrogación o de exclamación. Pensemos en el salmón. Nada. Salta. Nada. Salta. Algo de él atraviesa la corriente hasta llegar a un punto final que, a la postre, resulta ser un punto medio en la trayectoria del agua. Salta. Algo del salmón no ha logrado atravesar la corriente y se ha vuelto, en ese instante, un punto medio de su propio cuerpo.

 

El pez eligió saltar en este instante, ¿pero habrá sido un buen momento?

(Cuatro años vagando por el océano más grande del mundo, tiburones, corrientes. Y aún queda un obstáculo más. Una de las más grandes concentraciones de osos pardos del planeta.)

 

No es que el salmón salga del agua para preguntar o vociferar, pero la cercanía entre la preparación del tosido y el salto apunta finalmente a la sospecha de que no es el salmón sino el mar el que se ahoga:

el salmón del pacífico tiene

 

(En esta parte debemos recordar a la famosa comunidad australiana y su imposibilidad para abstraer recorridos en un mapa. Les dice el foráneo mientras dibuja sobre su palma:

—Entonces tú caminas de este árbol al otro, luego doblas a la izquierda.

—No —responde la muchacha, saliéndose del mundo de la mano sin haber entrado siquiera— yo sigo andando y cuando llegue a ese árbol de allá —señalando realmente al árbol— entonces daré vuelta.)

 

aterido

el salmón emite un sonido.


Autores
(CDMX, 1992). Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Letras Libres, Oculta Lit, Dolce Stil Criollo, Digo.palabra.txt, Low-fi Ardentía, El Humo, Al-Araby, Angel City Review, entre otros. Forma parte del Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.
(Michoacán, 1992). Sus investigaciones están centradas en sistemas alternos o experimentales de comunicación. Desde el 2017 forma parte del Lhabloratorio de Colectivo, proyecto de investigación artística que recrea ambientes donde comunidades distintas practican sistemas alternativos de habla y lectoescritura. Ha sido publicado en revistas como Tierra Adentro, Mula Blanca, Luvina, Pliego 16, entre otras. Fue becario de PECDA CDMX en el periodo 2017.