Tierra Adentro

2. El concilio con los munchkins

 

Dorothy se despertó por una sacudida tan inesperada y fuerte que si no hubiese estado recostada en su cama, quizás habría salido lastimada. Aún así, el golpe hizo que perdiera el aliento y que se preguntara qué lo había causado, mientras Toto ponía su fría naricita en la cara de la niña y chillaba desconsoladamente. Dorothy se sentó en la cama y se dio cuenta de que la casa había dejado de moverse y ya no estaba obscura, pues la brillante luz del sol entraba desde una ventana inundando la habitación. Se levantó de un salto de la cama y corrió a abrir la puerta con Toto pisándole los talones.

La pequeña soltó un grito de asombro, mientras observaba todo lo que la rodeaba sus ojos se abrían más y más; incapaces de contener su maravilla ante las cosas que veía

El tornado había llevado a la casa de Dorothy nuevamente al suelo—con una delicadeza inesperada para un tornado— y la había dejado en medio de una tierra de belleza extraordinaria. Por todos lados estaba la tierra adornada por hermosas alfombras de pasto, con árboles majestuosos cubiertos por deliciosa fruta. Se veían flores coloridas por todos lados y unos pájaros con plumajes raros y brillantes cantaban y saltaban entre los árboles y arbustos. No muy lejos se distinguía un pequeño arroyo que corría y centelleaba entre los parches verdes de maleza borboteando con una voz que la niña, que había vivido tanto tiempo en las praderas grises y secas, recibía con agradecimiento.

Mientras observaba parada la vista tan hermosa como extraña, se percató de que se aproximaba hacia a ella un grupo conformado por las personas más raras que había visto jamás. No eran tan altos como los adultos que conocía, pero tampoco eran pequeños, parecían ser tan altos como ella, quien era alta para una niña de su edad, aunque parecían, a primera vista, ser mucho más grandes en edad que ella.

El grupo estaba conformado por dos hombres y una mujer, todos vestidos con ropa extraña. Llevaban unos sombreros redondos que tenían una punta alargada que se extendía hasta un pie por encima de sus cabezas y campanitas en las alas que tintineaba a cada paso que daban. Los sombreros de los hombres eran azules, mientras que el de la mujer era pequeño y blanco. La mujer vestía un vestido blanco que colgaba haciendo pliegues desde sus hombros, el vestido tenía estrellas que brillaban al sol como si se tratara de diamantes. Los hombres estaban vestidos del mismo tono de azul que sus sombreros y usaban botas bien lustradas que lucían un doblez de un azul más obscuro. Dorothy pensó que los hombres debían ser de la edad del tío Henry, pues dos de ellos tenían barba. Pero la mujercita era sin lugar a dudas mucho más grande, pues su cara estaba cubierta de arrugas, su cabello era casi blanco y caminaba con dificultad.

Cuando las personitas se acercaron a la casa de Dorothy desde cuya entrada ella los veía, se detuvieron a susurrar entre ellos como si tuvieran miedo de seguirse acercando. Pero la mujercita caminó hacia Dorothy, hizo una reverencia muy pronunciada y dijo con una voz muy dulce:

—Bienvenida seas, noble hechicera, a la tierra de los munchkins. Estamos profundamente agradecidos contigo por haber matado a la Bruja Malvada del Este y de esa manera haber liberado a nuestro pueblo de la esclavitud.

Dorothy escuchó maravillada el discurso. ¿Qué querría decir la ancianita al llamarla “hechicera” y al decir que ella había matado a la Bruja Malvada del Este? Dorothy era uno niña inocente e inofensiva que se encontraba a muchas millas de su hogar al haber sido arrastrada por un ciclón y nunca había matado a nada en toda su vida.

Pero la viejecita esperaba evidentemente una respuesta, así que Dorothy dijo sin dudar:

—Es usted muy amable, pero seguramente debe de haber un error, verá, no he matado a nadie.

—Pues si no fuiste tú, lo hizo tu casa —respondió la mujercita con una risa— y da lo mismo. ¡Mira! —continuó, señalando a la esquina de la casa— ahí están sus dos pies, asomándose desde ese bloque de madera.

Dorothy observó lo que la ancianita le señalaba y dio un grito to de terror pues ahí, justo bajo la esquina de la gran viga que sostenía a la casa, sobresalían dos pies vestidos con zapatos plateados y puntiagudos.

—¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos! —chilló Dorothy, apretando las manos con desesperación— Le ha de haber caído encima la casa. ¿Qué hacemos?

—No hay nada que hacer— dijo la pequeña mujer calmadamente.

—¿Quién era?

—Como te dije antes, era la Bruja Malvada del Este —dijo la mujercita— mantuvo a los munchkins subyugados durante muchos años, convirtiéndolos en sus esclavos día y noche. Ahora han sido liberados y están agradecidos contigo por haberles dado su libertad.

—¿Quiénes son los munchkins? —preguntó Dorothy.

—Son el pueblo que habita esta tierra en el este, donde reinaba la Bruja Malvada.

—¿Es usted un munchkin?

—No, pero soy su amiga, aunque habito en las tierras del norte. Cuando vieron que la Bruja del Este había muerto mandaron un mensajero a buscarme y vine enseguida. Soy la Bruja del Norte.

—¡Oh, cielos! —exclamó Dorothy— ¿Es usted una bruja de verdad?

—Así es —respondió la ancianita—, pero soy una bruja buena y la gente me ama. No soy tan poderosa como la Bruja Malvada que reinaba aquí, o yo misma habría liberado a este pueblo.

—Pero pensé que todas las brujas eran malas —dijo la niña, que estaba un poco asustada al estar frente a una bruja de verdad.

—Oh, no, ese es un error muy grande. Solo había cuatro brujas en toda la tierra de Oz y dos de ellas, yo misma y la que vive en el sur, somos brujas buenas y es imposible que me equivoque. La del este era mala, así como lo es la del oeste, pero ahora que has matado a una de ellas queda tan solo una bruja mala en toda la tierra de Oz: la del oeste.

—Pero —dijo Dorothy después de pensar por un momento— la tía Em me dijo que todas las brujas habían muerto hace muchos años.

—¿Quién es la tía Em? —preguntó la ancianita.

—Es mi tía que vive en Kansas, de donde vengo.

La Bruja del Norte permaneció pensativa por un momento con la cabeza mirando hacia el suelo. Entonces miró a Dorothy y dijo —no sé en qué lugar se encuentra Kansas, pues nunca había escuchado hablar de tal país. Pero dime, ¿es una tierra civilizada?

—Sí que lo es —respondió Dorothy.

—Eso lo explica todo. Me parece que ya no quedan brujas, brujos, hechiceras o magos en los países civilizados. Pero verás, la tierra de Oz nunca fue civilizada, pues estamos aislados del resto del mundo, así que aún hay brujas y magos entre nosotros.

—¿Quiénes son los magos? —preguntó Dorothy.

—El mismísimo Oz es un mago —respondió la bruja convirtiendo su voz en un susurro— es mucho más poderoso que el resto de nosotros. Vive en la Ciudad Esmeralda.

Dorothy iba a hacer otra pregunta, pero en ese momento los munchkins, que habían estado parados en silencio, dieron un grito y apuntaron a una de las esquinas de la casa, en el lugar en el que había estado el cuerpo de la Bruja Malvada.

—¿Qué sucede? —preguntó la mujercita y al voltear a ver, comenzó a carcajearse. Los pies de la bruja muerta habían desaparecido por completo, dejando solamente sus zapatos plateados.

—Era tan vieja —explicó la Bruja del Norte— que se secó rápidamente bajo el sol. Ese ha sido su final. Pero los zapatos plateados son tuyos ahora y debes usarlos.

Se inclinó para recoger los zapatos, y, después de haberles sacudido el polvo, se los entregó a Dorothy.

—La Bruja del Este se enorgullecía de esos zapatos —dijo uno de los munchkins— y hay un encantamiento sobre ellos, pero nunca supe de qué se trataba.

Dorothy tomó los zapatos y los metió a la casa, dejándolos sobre la mesa. Cuando salió le dijo a los munchkins:

—Estoy ansiosa por regresar con mis tíos, pues seguramente estarán muy preocupados por mi, ¿me ayudarían a encontrar el camino de regreso?

Los munckins y la bruja se miraron entre ellos, después miraron a Dorothy y sacudieron sus cabezas.

—Al este, no muy lejos de aquí —dijo uno de ellos— hay un gran desierto, tan grande que nadie ha podido cruzarlo con vida.

—Es igual al sur —dijo otro— pues he estado ahí y lo que visto. El sur es el país de los Quadlings.

—Me han dicho —dijo el tercer hombre— que sucede lo mismo en el oeste. Y en ese país, donde viven los Winkies, reina la Bruja Malvada del Oeste, quien te convertiría en su esclava si te atrevieras a cruzar sus tierras.

—El norte es mi hogar —dijo la ancianita— y en su borde se encuentra el mismo desierto que rodea a toda nuestra tierra de Oz. Me temo, querida, que tendrás que quedarte a vivir aquí con nosotros.

Al escuchar eso Dorothy comenzó a llorar, pues se sentía sola entre todas aquellas personas extrañas. Sus lágrimas parecieron conmover a los amables munchkins, pues sacaron de inmediato sus pañuelos y también comenzaron a llorar. En lo que a la mujercita respecta, se quitó su sombrero y balanceó la punta debajo de su nariz mientras contaba “Uno, dos tres” en una voz solemne. En ese instante el sombrero se convirtió en un pizarrón en el que estaba escrito con gis lo siguiente:

 

DEJEN A DOROTHY IR A CIUDAD ESMERALDA

 

La ancianita tomó la pizarra de debajo de su nariz y, habiendo leído lo que decía preguntó:

—¿Tu nombre es Dorothy, cariño?

—Sí —respondió la niña, mirándola y secándose las lágrimas.

—Entonces debes ir a Ciudad Esmeralda. Quizás ahí te ayude Oz.

—¿Dónde se encuentra esa ciudad? —preguntó Dorothy.

—Está justo en el centro del país, y está gobernada por Oz, el Gran Mago, como. Ya te había dicho.

—¿Es un buen hombre? —preguntó Dorothy ansiosamente.

—Es un buen mago. No sabría decirte si es o no un buen hombre, pues nunca lo he visto.

—¿Cómo puedo llegar allí?

—Debes caminar. Es un viaje largo a través de un país que es a veces agradable, aveces oscura y terrible. Sin embargo, usaré todas las artes mágicas que conozco para alejarte de cualquier peligro que pueda atravesar tu camino.

—¿No me acompañarás? —rogó la niña, quien había comenzado a ver a la viejecita como su única amiga.

—No puedo —respondió— pero te daré mi beso, y nadie se atreverá a lastimar a alguien que ha sido besando por la Bruja del Norte.

Se acercó a Dorothy y la besó gentilmente en la frente. En el lugar en el que sus labios habían tocado la frente de la niña, quedaría una marca brillante, como Dorothy descubriría más adelante.

—El camino a la Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos —dijo la bruja— así que es imposible que lo pierdas de vista. Cuando llegues con Oz no le tengas miedo, cuéntale tu historia y pídele que te ayude. Adiós, querida.

 

Los tres munchkins se inclinaron ante ella y le desearon un buen viaje, después, caminaron hasta desaparecer entre los árboles. La bruja inclinó la cabeza con amabilidad hacia Dorothy, dio tres vueltas sobre su talón izquierdo y desapareció por completo para la sorpresa del pequeño Toto, quien ladró con fuerza una vez que había desaparecido, pues había estado demasiado asustado como para siquiera gruñir mientras la bruja aún estaba presente.

Pero Dorothy, sabiendo que se trataba de una bruja, había esperado justamente que desapareciera de esa esa manera, así que no se encontraba ni remotamente sorprendida.


Autores
(1856 – 1919) Fue un escritor que supo desarrollar su imaginación y talento literario en distintas etapas de su vida como periodista, dramaturgo, cineasta y poeta.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

 

Los resultados del conteo de taquilla de 1977 fueron contundentes. Tanto los refinados pasos de Travolta en Saturday Night Fever, como la grandilocuente dirección de Spielberg en Close Encounters of the Third Kind protagonizaron una reñida pelea por el segundo lugar de ingresos. Era imposible hacerle sombra al primer lugar: tan solo en EUA, éste había obtenido más del 270% de diferencia a su favor en comparación con el segundo puesto (y un 230% de diferencia en taquilla internacional). No había vacilación alguna en decir que Star Wars se había convertido en el más grande fenómeno cinematográfico del año e incluso en el primer blockbuster moderno; sí, aunque Jaws (1975) es formalmente el primer éxito taquillero, no puede compararse con la celeridad y popularidad masiva que George Lucas inauguró.

Así, con un estudio rebosante de dólares, el anteriormente director de cine independiente logró asegurar las secuelas y crear una de las industrias más influyentes dentro de la cultura popular contemporánea… Pero hay que decirlo, es necesario, estamos hablando de la cultura popular que nace después de la frontera norte, aquella que aglomera la producción de contenidos para el entretenimiento de la gente que, ante el asedio del modo en que se gana la vida, busca refugio en el entretenimiento de ocio. También hay que indicarlo, hablar de cultura popular ya no tiene aquel dejo despectivo del siglo pasado. No, hoy en día es difícil, superfluo, querer hacer una distinción entre la alta cultura y la popular; las técnicas, formas y herramientas se han entremezclado y los resultados no están delimitados. Pensemos, más bien, que el término está ya libre de permutaciones desfavorables y reflexionemos alrededor de algo útil como: ¿qué es lo que engloba a este susodicho “milagro” de la producción cinematográfica con más de 40 años de aguante internacional?

 

Nace una estrella (de la muerte)

A mediados de los setenta, George Lucas recién se enteraba de que el estudio 20th Century Fox había accedido a financiar su proyecto después de que otros como Universal y Disney —¡oh, ironía!— le habían hecho el feo. Dentro del acuerdo, Lucas había exigido quedarse con las semillas necesarias para convertir su película en un gigante de la cultura popular: mantendría el control de las partes no escritas de la historia, así como todas las decisiones pertinentes al merchandising. Para el mismo año de estreno del filme, la cláusula exigida por Lucas se convirtió en un acuerdo con Marvel Comics, otro para producir juguetes con Kenner Products y otro más con Del Rey Books para la novelización de la película. Star Wars, ya sin cursivas, se había iniciado formalmente en la vida cultural de la inocente población aún virgen de ewoks y wookies. Más de cuatro décadas después ninguna de estas iniciativas se ha detenido: los cómics continúan, las nuevas novelas siguen publicándose y los juguetes siguen produciéndose. Los ewoks y los wookies resultaron ser más prolíficos que los conejos.

 

Aunque sea doloroso para los amantes de las películas de arte, el Registro Nacional de Cine (National Film Registry) de la Biblioteca del Congreso estadounidense, seleccionó de inmediato a Star Wars para formar parte de su listado por ser “cultural, histórica y estéticamente significativa”. Sin embargo, especificar con exactitud las razones por las cuales Star Wars se ha convertido en el titán que es hoy no es tarea sencilla. Qizás fueron los efectos innovadores para la época; una historia sencilla con elementos de chile, mole y manteca; el uso de personajes influenciados por todo tipo de películas e historias (como C3-PO por Maria de Metropolis) o una banda sonora con leitmotiv bien usado. Reducir el éxito y la aceptación masiva de un trabajo creativo a tan solo un par de elementos sería ilógico. No. Star Wars, en cada una de sus iteraciones, es producto de su tiempo y el éxito de su recepción, a su vez; de una compleja lista de variables. El resultado es que al día de hoy Star Wars se encuentra en todas partes y un breve examen de este fenómeno resulta no sólo atrayente, sino también hilarante.

 

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Star Wars hasta en las Han-burgers

¿Es posible que exista alguna actividad en la cultura popular que esté exenta de la influencia de las espadas láser? Pues no, la verdad no. El peso de la idea galáctica se propagó de tal forma que ahora es un lugar común, se manifiesta de forma invisible y natural en todas partes al igual que las grandes épicas de antaño se volvieron un tema cotidiano. Estos temas son usados repetidamente y permean toda manifestación cultural. Su presencia sempiterna es tal que no se necesita leer el Quijote para saber, en mayor o menor grado, quién es el viejo que ve gigantes en lugar de molinos; tampoco hay que leer la Divina comedia para entender que un cierto Dante viaja a través del infierno o ver las películas de Lucas para saber quién es el hijo de Darth Vader o reconocer su famosa marcha imperial al escucharla. Estos temas, personajes o composiciones siempre están allí.

¿El fenómeno parece exagerado? Empecemos por cosas obvias, su influencia en expresiones afines como la música, el cine o la televisión. Respecto a la primera, la banda sonora del filme es tan importante para la industria fílmica que el AFI (el American Film Institute), pone a la banda sonora de John Williams como la campeona en una lista de los mejores soundtracks de la historia. Y, claro, como lugar común en la cultura es obvio que aparece en cientos de composiciones de la lírica musical moderna. Sería absurdo citarlas todas, por algo existen los blogs del fandom, baste decir que desde Blink-182 pasando por Eminem, hasta Madonna o Beyoncé han usado personajes, temas y lugares de la franquicia galáctica.

En el cine, la visión que Lucas vislumbraría para su película sería de vital importancia para la ola de filmes de ciencia ficción que se avecinaba. Un “futuro usado”, de apariencia oxidada, sucia y derruida se convertiría en la base para la verosimilitud de la saga, ya no se usarían aquellas visiones futurísticas donde todo era tecnológicamente superior, higiénico, eficiente y estético. Algunos, incluso, cuentan que esta ola de efectos innovadores mezclada con personajes jóvenes, atractivos en plena acción permitió a la década de los ochenta centrarse tanto en los géneros fantásticos como en las explosiones ostentosas. En otras palabras, permitiría el nacimiento del éxito taquillero de verano y con ello el advenimiento del cine hollywoodense moderno. ¡Adiós, señor triste Ingmar Bergman, hola a Don No-me-importa-la-narativa-Michael Bay! Más allá de la compostura del drama, la parodia descubrió un hogar cálido en la saga y, ¿cómo no encontrarlo si toda la producción parece en ciertos momentos un chiste mal contado? El clásico de culto Spaceballs (1987) y el tráiler ficticio de Hardware Wars (1978) se mantienen como hilarantes ejemplos que el propio Lucas elogió.

Por si no bastara, aquel establecimiento de una compañía especializada en efectos especiales llevó a la creación de una empresa especializada en la creación de videojuegos. Lucasarts se erigió con rapidez como una de las compañías más aclamadas al crear títulos como la saga de Monkey Island (1990-1991), Grim Fandango (1998) o Day of the tentacle (1993), todos hoy clásicos de culto. Y sí, entre plataformas tan viejas como la computadora Apple, los celulares y las nuevas consolas, existen cientos de juegos de video basados en el universo de Star Wars.

Y, ¿qué hay de otras disciplinas en donde nada tendría qué hacer Star Wars? Pues tampoco están a salvo. ¿Gastronomía? Por supuesto, sólo basta con revisar una receta de alguno de los libros dedicados a la cocina intergaláctica, como Wookie Cookies: A Star Wars Cookbok, con el que se puede preparar una deliciosa bebida caliente como un Hoth Chocolate o tal vez un sano desayuno como el Twin Suns Toast o los Greedo’s Burritos.

¿Ropa y moda? Por supuesto. De acuerdo con Valerie Steele, directora del Fashion Institute of Technology en Nueva York, el diseño de vestuario para películas de ciencia ficción se basaba en disfraces geométricos, togas o visiones futurísticas de la ropa contemporánea; por ejemplo, Star Trek parecía decirnos que el futuro de la moda eran las minifaldas pero en colores diferentes. En cambio John Mollo, el encargado del diseño de vestuario de Star Wars, se basó en características del diseño japonés: armaduras estilizadas sin adornos, ropa holgada que no se ajustaba al cuerpo y vestidos en forma de V. Este tipo de características resultaron impactantes para la moda occidental que apenas empezaría a vislumbrar las nuevas tendencias de moda japonesa avant-garde, las cuales se estrenarían precisamente en Tokyo por algunos como Yohji Yamamoto en el año en que A New Hope llegaba a los cines. 

Por otro lado, el Museo de Ciencia de Boston, Massachusetts, ganó fama internacional al inaugurar una muestra titulada Star Wars: Where Science Meets Imagination. Sobra decir que millones de visitantes colmaron las salas en donde se mostraba cómo la ciencia se involucra en los fantasiosos artilugios de George Lucas.

Se han exhibido otras muestras alrededor del mundo señalando la importancia del diseño de tecnología, exponiendo los modelos anatómicos de especies alienígenas o cómo la exploración espacial puede obtener ideas de la ficción cinematográfica. Como muestra del poderío ideológico, en 2007 el sable de luz que Luke usó en The Return of the Jedi fue lanzado a órbita por la NASA y después regresado a las manos de Lucas, ¿por qué? Porque la NASA puede. Ya ni hablar de la larga lista de entes nombrados en honor a la saga, desde la bacteria bautizada “midicloriana” hasta polillas mexicanas oficialmente nombradas “Wockia chewbacca”.

Incluso hay quienes creen que si Lucas creó el concepto de la Fuerza a partir del budismo y el taoísmo, ¿quién dice que la verdad no puede estar allí? El Jediismo —o yedaísmo— no es exclusivo de EUA, censos de varios países alrededor del mundo —entre los que destacan Nueva Zelanda y el Reino Unido— denotan que los seguidores ya se encuentran por los cientos de miles y en Texas, ya se encuentra el primer Templo de la Orden Jedi al que se le condonan impuestos por su carácter de asociación religiosa sin ánimo de lucro.

¿Y la industria del porno? Por supuesto, mucho más ahora que además de entretener a la población se ha convertido en reflejo de la cultura popular. La versión porno de Star Wars rompió récord de producción al convertirse en una de las películas pornográficas más caras. ¿Cosplay? Star Wars es prácticamente padre/madre de esta práctica. ¿Día conmemorativo en el calendario? Sin una razón de verdadero peso más que la similitud fonética entre “Force” y “Fourth”, el día se ha oficializado con fuerza desde hace 10 años para convertirse en una celebración anual con no pocos adeptos; por ejemplo, el 4 de mayo de 2015 los astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS) decidieron ver un maratón de películas de Star Wars desde aquel lejano paisaje. ¿Diseño industrial? Sí, también, basta con revisar el listado de Haden Blackman. ¿Memes? Hello there (insertar meme aquí). ¿Parque de diversiones? No olvide visitar este año la inauguración de Star Wars: Galaxy’s Edge en Florida. La lista es tan larga como la actividad humana.

Al parecer, lo único que queda a salvo es lo que existió antes de Star Wars, como la literatura isabelina y Shakespeare… ¡No, tampoco el pasado está a salvo! Ian Doescher tuvo la maravillosa y terrible idea de formar una serie de libros en los que el estilo fuera innegablemente shakesperiano, el autor se dio a la tarea de buscar fragmentos y partes del corpus shakespeariano para adoptarlos y modificarlos al corpus starwarsiano. Aquí una bellísima y horrenda muestra extraída de William Shakespeare’s the Clone Army Attacketh en donde C3-PO se dirige a R2:

 

R2, I’ve had a most rare vision, yea:
I’ve had a dream, past wit of droid to say
What dream it was: aye, I were but an akk,
If I did go about t’expound this dream.
Methought I was–yet no droid can tell what.
Methought I was–and too, methought I had–
But I am but a patchéd fool, if I
Will offer to say what methought I had.
The eyes of droids have never heard, the ears
Of droids have never seen, droids’ circuitry
Not able been to sense, nor programming
Conceive, nor e’en droids’ core to make report
What my dream was. I’ll speak no more of it.

 

May the 4th be with you… always

Las anécdotas acerca del éxito, hoy especie de mito fantástico que ensalza a los nuevos emprendedores, se cuentan por centenas. Por ejemplo, según el propio Spielberg, George Lucas le pidió que le cambiara el 2.5% de las ganancias de su película más reciente por el 2.5% de lo que creía que sería un fiasco colosal, es decir, Star Wars. Al momento de la entrevista, Spielberg on Spielberg (2007), el director de E.T. decía seguir recibiendo dinero de dicha apuesta.

Más allá de las subjetivas preferencias y los mal esgrimidos argumentos que puedan escudriñarse para defender o rostizar a la saga intergaláctica de los Skywalker, el éxito, aceptación e influencia que ha ejercido hasta el día de hoy es innegable. El futuro puede ser incierto para Star Wars, pues su poder mediático, económico y social se ha convertido en el nuevo vellocino de oro y tenerlo, en la máxima aspiración de cualquier organización. Y aunque el esfuerzo es tremendo en términos económicos y humanos, cientos de miles de horas de trabajo y millones de dólares, los resultados parecen tener gran potencial: influir de manera directa dentro de la sociedad, en sus gustos, aversiones o sensibilidades y que estos puedan ser “refinados” a conveniencia de los accionistas. Con una experiencia de más de 40 años y un futuro sin miras a oscurecerse para Star Wars, sólo resta reflexionar acerca de su influencia y, parafraseando a Mel Brooks, que el dinero la fuerza nos acompañe.

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Ilustrador
María Fernanda Raigosa García
Originaria de Zacatecas, Zacatecas y residente en Guadalajara, Jalisco. Egresada de la carrera de Animación Digital. Es ilustradora y creadora de contenido animado en la industria.
© Laura Morsch Kihn

 

La crítica no debe alimentar el ego del crítico, sino hacer que la gente tenga ganas de ir al cine: entrevista a Edouard Waintrop


 

 

Interesado por el zapatismo, la figura de Pancho Villa y la cultura Yaqui, Edouard Waintrop es un crítico de cine francés con una afinidad especial por el anarquismo, sobre el cual ha publicado dos libros (El Talmud y la República, Los anarquistas españoles (1868-1981). También es un admirador de directores como Roberto Gavaldón, Alejandro Galindo, Guillermo del Toro y Lucrecia Martel, y un apasionado del cine latinoamericano en general. Ha sido miembro del jurado de los festivales de cine de Morelia y Guadalajara durante varios años. Entre 2011 y 2013 fue delegado general de La quinzaine des réalisateurs (los quince directores) del festival de Cannes, una programación paralela a la selección oficial del festival, creada después de mayo del 68 por la Société des Réalisateurs de Films (SFR, Sociedad de directores de películas), una asociación de cineastas independientes que promueve el talento joven y un enfoque alternativo en el séptimo arte. Esta programación, que año tras año propone una selección inusual para el público de Cannes, ha dado a conocer el trabajo de realizadores como George Lucas, Spike Lee o los hermanos Dardenne.

Tierra Adentro tuvo el gusto de charlar con Waintrop durante el Festival Cinelatino de Toulouse, en Francia. Este festival, que funciona desde hace más de 30 años con pocos medios y muchos voluntarios, es la segunda plataforma más importante del cine latinoamericano en Europa –después del festival de San Sebastián– y trata de difundir un cine joven y de autor en el viejo continente.


 

¿Qué piensa de la cultura cinematográfica? ¿Cuál es el papel de la crítica de cine?

 

Me parece que la crítica debe facilitar las cosas al público, debe provocar su interés por seguir la programación en las salas. La crítica debe hacer que la gente tenga ganas de ir al cine y no reducirse a alimentar el ego del crítico o darle gusto al resto de sus colegas. Si a uno le gusta una película, debe tratar de compartir esa pasión con los lectores. Eso lo que yo traté de hacer con mis críticas. Casi nunca escribí sobre una película que no me gustara, pues me parecía, y me parece, algo ridículo. Además es riesgoso; si una película te disgusta, puedes equivocarte al escribir sobre ella, lo cual es vergonzoso; pero si una película te gusta, puedes correr el riesgo de equivocarte sin que sea vergonzoso, porque de todas formas te gustó y te transmitió algo especial.

La crítica debe proponer una cultura cinematográfica de la manera más auténtica y natural posible, casi sin decirlo. Cuando empecé a ver películas, yo no tenía ninguna “cultura del cine” y tampoco la necesitaba. Creo que hablar de esa cultura es algo problemático, porque implica discriminar entre “los que saben de cine” y “los que no saben”. Existe un elitismo idiota, sobre todo porque considero que el cine es un arte popular e inmediato y los grandes cineastas son populares.

El espectador no tiene que conocer ni saber juzgar los elementos de un plano o escena para disfrutarlos. El problema es que desde hace años –hablo de los 60s y 70s en las grandes ciudades de Europa y sobre todo en París– se ha ido expandiendo un tipo de crítica formalista y arrogante que se interesa más por la técnica en un plano que en la historia. Uno va al cine para ver una historia porque al ser humano le gusta que lo hagan soñar. Incluso si desapareciera el cine, se encontrarían otros medios para desarrollar esa tradición narrativa. Todo lo que nos da una excusa para soñar es necesario porque la vida cotidiana no nos lo permite.

 

¿Qué piensas del papel del crítico de cine en nuestros días?

 

Lamentablemente, el crítico de cine no juega un gran papel en nuestros días porque casi no lo leen, o por lo menos así sucede en Francia. Los dilemas son los mismos: ¿Para quién se hace? ¿Cómo se hace? La crítica perdió su valor porque –como decía– cayó en un elitismo sin sentido y la gente empezó a desconfiar de ella hasta el punto de dejar de creerle.

Yo diría que la crítica tuvo un papel importante en Europa desde los 40s hasta los 90s. Conocí esa “cola de la cometa”, ese final del esplendor. Es triste pensar en las estupideces que hicimos en ese entonces, en la obsesión por leernos los unos a los otros, entre críticos especializados, sin pensar en aquellos que nos leían desde afuera de nuestra esfera, sin ser capaces de salir del hermético mundo cinematográfico. A muchos críticos de cine les importaba más –o les daba más miedo– lo que iba a pensar su colega, que lo que realmente entendería el lector.

Así pues, cuando llegó la crisis de la prensa –a comienzo de los 90s–, ese descrédito general de la crítica nos tomó por sorpresa y golpeó en la cara a todos los periodistas.

Por esta razón, entre otras cosas, dejé de ejercer la crítica de cine hace ya varios años. Me di cuenta de que muchos críticos de mi generación eran perezosos y se conformaban con tener sus columnas y sus espacios de opinión en la prensa, sin comprometerse con la mediación cultural que implica su puesto. Estos críticos eran una especie de notarios, unos burgueses con intereses concretos y mentes cerradas; verdaderos parisinos.

 

De acuerdo, pero si usted pasó tantos años escribiendo sobre cine, me imagino que tenía una razón, o una motivación especial para hacerlo…

 

Desde luego, y creo que esta ha sido la pasión. Vengo de una familia amante del cine y desde joven prefería ir a las funciones de cine improvisadas que entrar al salón de clase. De hecho, no sé cómo pasé el bachillerato (ríe). Tuve la suerte de ver el nacimiento del Studio Action, que dispuso las primeras salas populares de cine de París. Recuerdo que como regalo para mis quince años asistí a todo el ciclo de Hitchcock. ¡Pasé una semana metido en el cine y sin ir a la escuela!

 

¿Netflix vs. Salas de cine?

 

Creo que hay que mantener una distancia respecto a la pretensión de que las salas de cine van a desaparecer a causa de Netflix, Amazon Prime y demás.

No es lo mismo ver una película en casa que en el cine, aunque hago ambas casi con la misma frecuencia. Yo soy amante del ritual de atravesar una parte de la ciudad, elegir la película, pagar un boleto, buscar asiento en la sala y dejarse envolver por la oscuridad para luego ser testigo de la magia evocadora del cine.

La deserción en las salas de cine supone un problema y es difícil encontrarle una solución. Los programadores tratan, tratamos, de variar en contenido, de alcanzar a un público cada vez más joven -pues el promedio de edad aumenta cada vez más-y de distribuir en la mayor cantidad de lugares, ya que las salas pequeñas sufren, y eso pone en dificultad a los comerciantes que se ubican en torno a dichas salas.

Sin embargo, no se puede culpar únicamente a las plataformas por la crisis de las salas de cine. De hecho, si Netflix ha tenido tanto éxito es porque ya existían personas que veían streaming mucho antes de que existiera. Lo interesante de esta nueva ola de plataformas es el rol de distribución, producción y dirección que están jugando. Netflix supo muy bien vender la película Roma, de Alfonso Cuarón, que es una película magnífica y muy bien dirigida, pero dudo que hubiera causado tanta controversia sin la presencia ambivalente y los problemas de distribución que supuso la intervención de Netflix.

 

¿Qué le dirías a alguien que prefiere ver el cine en casa?

 

Yo le recomendaría ver las películas en su casa, tranquilamente. Es algo que yo hago a menudo cuando voy a mi casa en el campo. De todas formas, el efecto social de las películas te hace reaccionar. Yo creo que uno siempre termina por ceder. La necesidad por compartir esas historias con otras personas, además del efecto ritual, es lo que te hace ir a una sala de cine.

 

Y para terminar… ¿Roma y Alfonso Cuarón?

 

Oh, no, la pregunta incómoda… Bueno, para comenzar, debo reconocer que no me enoja el hecho de que Netflix haya participado tanto en la película, pues sé hasta qué punto fue difícil para Cuarón terminarla. De hecho, me parece un movimiento muy inteligente, porque la controversia causó un impacto mediático tan fuerte que le aseguró el éxito en taquillas, el lugar en todo tipo de festivales y la atención de la prensa durante muchísimo tiempo.

Reconozco que Roma es una película impecable y muy bien hecha, eso es no se puede negar. Mi problema es más bien moral; me parece una película de burgueses que se enternecen, y eso lo encuentro amable, pero personalmente no me gusta. Confieso que me conmovió mucho la escena del parto. Si uno no llora en esa escena, entonces no llora nunca en la vida. Pero la película no me gustó a causa de su punto de vista, pienso que todavía tiene el de un hijo de mami. Además, conociendo un poco a México, siento que Roma gustó mucho en regiones como Oaxaca, en las familias donde hay empleadas domésticas. Eso me indigna. Sin embargo, es obvio que Cuarón es un gran cineasta y me gusta mucho su trabajo. Es una crítica amistosa (ríe).

 

© Laura Morsch Kihn

© Laura Morsch Kihn

 


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Imagen extraida de Flickr.

Rompe rompe rompe […]
Are you ready?

“Rompe”, Daddy Yankee

En esta casa (ignoro si en las demás) cada miembro de la familia tiene un cajón que sirve para contener lo que en los otros no tiene cabida; cajón de sastre, me parece que le llaman, aunque desconozco si el sastre en verdad tiene tal desorden y disparidad en sus pertenencias. Este cajón, limbo en el que cada objeto aguarda pacientemente su sentencia, contiene, en mi caso, todos los papeles que pudieran servir algún día y los objetos a los que todavía no puedo llamar “basura”, aunque tampoco los use con frecuencia.

Hace unas semanas, me di cuenta de que este cajón ya no aguantaba un objeto más y era necesario escombrarlo. Si algo me han enseñado las mudanzas es que los objetos se desnudan en su carácter de útil o inútil bajo la lupa del movimiento: a los pocos minutos de iniciado el proceso, el bote de basura ya estaba lleno de trozos de recibos de pago, baucheres de depósito, documentos anacrónicos, instructivos y propaganda de dentistas y cabinas XXX. En mi cama por otra parte, reposaban diversos objetos apilados en grupos (para el cajón de la papelería, para donar, para vender). Entonces me encontré con la fotografía de una expareja. Ya no me era útil, como no lo fue nunca estrictamente hablando, pero había que crear espacio en el cajón, despejarlo, limpiarlo. Sin embargo, supe que estaba ante algo distinto, no frente a los papeles que yacían en el bote y que, al ser destruidos, nunca presentaron un recuerdo mayor al de las largas filas en los bancos o los “vuelva mañana porque se cayó el sistema”, el “pase usted a la consulta gratis” o “media hora por 40 pesos”. Al momento de llegar a la fotografía, no pude decidir si romperla o rescatarla. Opté entonces por dejarla a un lado y continuar.

Después de unos minutos más de destruir propaganda e instructivos para electrodomésticos que ya ni siquiera tengo (y que, además, a la usanza mexicana, ni siquiera leí antes de usar el aparato en cuestión), me di cuenta de que efectivamente deseaba deshacerme de la fotografía, pero no debía romperla. Me di cuenta también de que esa era la palabra clave: romperla. Tenía claro que deseaba deshacerme de ella, pero una fotografía en pedazos en la basura da más que pensar que una fotografía completa en la basura. Había que deshacerse de ella, no romperla. La asimetría es violencia, pura vena, sentimiento al rojo vivo. En los programas sobre policías e investigadores saben cuándo hubo un ataque por el estado de las cosas: una camisa rasgada, una tabla astillada, un vidrio hecho pedazos: todo eso es muestra de salvajismo, de descontrol. Los buenos investigadores siempre hurgan en la basura y seguramente se alarmarían si vieran un retrato roto, no desechado, porque podría indicar cierta rispidez entre el dueño de los desechos y la persona en la fotografía; un papel donde hay un rostro es, inequívocamente, un símbolo. Y como no sé si alguien hurga en mi basura, decidí postergar, otra vez, el asunto del retrato.

Como el proceso de limpiar el cajón suele ser largo (hay que diferenciar lo que puede ser útil y lo que no, si habrá algún uso para el cargador de la vieja computadora, comprobar el contenido de cada CD sin rotular) fui a la cocina por algo de comer. Tomé con las manos, específicamente con el índice y el pulgar, un trozo del pan que mamá había horneado. Ella, al darse cuenta de lo que había hecho, me dijo, palabras más, palabras menos, que siquiera usara un cuchillo o un tenedor porque qué clase de puerco agarra la comida así, luego hizo hincapié en lo mal que se ve el tomar los alimentos con las manos. Después de un par de alusiones más a la naturaleza porcina del acto, me di cuenta de que la distancia, el uso de un objeto para interactuar con algo, denota educación, mesura y tiento: no es lo mismo comer con las manos que con una cuchara. Entonces descubrí lo que debía hacer: cortar la fotografía, lo que dotaría de cierto carácter burocrático al acto, porque romper lleva una carga, significa algo, pero no así el desechar; es el objeto intermedio lo que nos salva, nos civiliza. Nadie recoge un animal muerto con las manos (higiene aparte): se le aleja, se le reubica, con una pala o un palo: la distancia nos permite no involucrarnos. La propina se deja en la mesa, no en la mano del mesero; la limosna en la iglesia se coloca en la charola para diferenciarla de la limosna para los mendigos.

De vuelta al cuarto con un trozo de pan en la boca y otro en la mano, me di cuenta de que la cuestión recaía en la limpieza del corte, la precisión de los tajos, la lejanía con el objeto. Antaño, en los días de la inquisición, se sabía qué verdugo era profesional y cuál no por la pulcritud del cercenamiento. Cuando a base de estirones en el potro se lograba cortar profesionalmente algún miembro, el experto se separaba del principiante. Más que arrancar, desmontaba: no había rencor en ese acto, era un trabajo. Si por el contrario, uno realiza un corte animal, de bordes imperfectos, hay un sentimiento. Es la simetría, la limpieza y precisión la que nos separa de los animales o en todo caso de nuestro lado más visceral. Lo mismo con las territorialidades: la división de parcelas, de terrenos, se lleva a cabo en líneas rectas y precisas hasta donde es posible. Sólo el hombre marca fronteras perfectamente geométricas de forma consciente: la naturaleza no sabe nada de eso, no hay playas rectas ni barrancos de corte pulcro a menos que sean producto del azar. Un pan incompleto, con orillas inexactas, por ejemplo, es una pieza que nadie más desea. Nadie que se respete, aseguraba Novo, comerá delante de la gente una sobra de bolillo como se come una rebanada de pan. La rebanada es permitida por civilizada, porque ahí medió el objeto, la pulcritud del acero, la frialdad del cuchillo.

Al continuar escombrando hallé, al fondo del cajón, una memoria USB en perfecto estado. El reacomodo nos lleva a veces a (re)encontrar objetos cuyo valor ignorábamos al momento de arrojarlos ahí; en el mejor de los casos, se puede encontrar un billete en algún pantalón viejo o un saco que no hemos usado en años. Cuando era niño escuché la anécdota de un hombre que guardaba los billetes cuyo número de serie coincidiera con su fecha de cumpleaños. Años después, al destapar la alcancía, se dio cuenta de dos cosas:

1. El dinero que había reunido alcanzaba para un carro nuevecito, quizá hasta con asientos de piel.

2. Ese dinero ya no era útil, porque esos billetes habían salido de circulación tiempo atrás y ahora sólo eran papel.

Ignoro si el hombre rompió los billetes, de puro coraje, o simplemente los desechó (en partes o completos) pero seguramente se cuestionó qué debía hacer con ellos. En 2017, La casa de la moneda, en Argentina, adquirió una máquina que serviría, única y exclusivamente, para destruir los billetes viejos de cien pesos. Quien estuvo ahí debió experimentar algo único: ver cómo se va a la nada una enorme cantidad de dinero que ya no tenía valor alguno: entonces, mejor dicho, ya no era dinero, ya no significaba moneda; ahora sólo era papel y significaba otra cosa. Me di cuenta de que ahí radicaba la clave: se le había quitado el valor al papel antes de desecharlo (¿le había quitado yo todo valor a la fotografía?). No rompieron nada: se deshicieron de algo a través de la frialdad y pulcritud de un objeto. El rostro de Julio Argentino Roca no valía más que el de la exmujer ya olvidada y romperlo no era nada, no se perdía dinero como, por ejemplo, lo significaría ahora romper el rostro de Evita Perón: cien pesos argentinos. La diferencia entre el iconoclasta y el hombre afecto a la limpieza es la significación de lo que se está destrozando.

Volvamos al retrato. Debía deshacerme de él, pero no había tijeras a la mano, y cortarlo con cuchillo se me antojaba más salvaje y significativo que hacerlo con las manos (quizá hasta parecería un trabajo de brujería). Quise arrojarlo al baño, pero anfibio como es el retrato, podría flotar en el retrete. Era necesario cortarlo, dividirlo, desmontarlo, quitarle su carácter personal a través de la lejanía que sólo la geometría, la limpieza o el objeto pueden brindar. Pero esto era indudablemente complicado porque ahí en el papel había un rostro, salvoconducto del pasado y del olvido. Ese problema no se hubiera presentado si la fotografía fuera solo un archivo a eliminar (cosa que hice con las numerosas fotografías, ninguna de exparejas, que hallé en la USB) algo a desmontar pixel por pixel y arrojarlo a la nada desde la nada misma del disco duro, pero el papel no permite esas comodidades. Además, en el caso de las fotografías digitales, entre la mano que borra (no rompe) esa fotografía, y la imagen misma, está ya la barrera de la pantalla, del teclado, del mouse: en fin, una serie de trincheras para no recibir de golpe el disparo del olvido. Ahora lo sé y lo sostengo: las generaciones habituadas a la imagen digital no saben romper fotografías.

El problema es la cercanía que se tiene con la imagen en el papel, porque la fotografía es puente al recuerdo, es el papel donde anotamos cuánto le depositamos a cierta relación o persona. Por ejemplo, el fotógrafo, no el profesional, sino el que tiene tras la puerta una eterna camisa blanca que figura en más de cien pasaportes, el que tiene un peine mantecoso en el estudio, el que te dice ponte derecho y no parpadees, debe deshacerse de fotografías de todo tipo y por montones, pero para él no hay rostros ahí, mucho menos familiares, solo material desperdiciado del que nunca regresó por sus fotografías: negativos a los que ya no le sacará provecho. Además, ellos poseen una guillotina que corta y cercena, pero no rompe. Es la distancia la que lo salva: no son sus manos las que destruyen. El fotógrafo del pueblo donde crecí, por ejemplo, constantemente estaba cortando fotografías por la mitad, aquellas que ya no le servían. Nunca lo vi realizar su labor con las manos, por lo que no me parecía un acto simbólico, era más bien burocrático, contrastando, por ejemplo, con alguien que rompe, en un ataque de furia, el retrato de la persona amada o que amó y los fragmentos llueven a sus pies.

Romper no es desechar; es destruir. He ahí la diferencia. Romper con alguien denota mayor rispidez que terminar con alguien, que decidir separarse civilizada y simétricamente: separarse. Romperse una pierna, romper un acuerdo, romper una promesa. En lo tocante a las relaciones personales, digamos que alguien civilizado corta por lo sano, no rompe una relación. Pongámoslo en papel: quien entienda la diferencia entre cortar un trozo de papel de baño, y que se le rompa el papel de baño, lo sabe todo.

La fotografía, al término de la jornada de limpieza, regresó al cajón y ahí sigue, al menos hasta una nueva revisión, cuando el espacio comience a faltar. Dicen que si algo no está roto, no lo arregles, y yo les creo. Y agregaría: si aún no está roto, no lo rompas.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

…y luego decide caminar por la orilla del Hudson River. Esa misma tarde comienza a sugerir un vaso con agua, pero se arrepiente y después decide perfilar solo el vaso. Horas más tarde, no convencido ni del agua ni del cristal, termina pintando únicamente lo que divide a un objeto de otro. Cansado, deja su estudio, va a su habitación, bebe el agua de su mesa de noche, y sonríe al saber que mañana será domingo

I had seven faces
Thought I knew which one to wear
I’m sick of spending these lonely nights
Training myself not to care

Interpol

 

202

19:36 Un señor vomita en la parada. Después de limpiarse la boca con la manga de su abrigo enciende un cigarro y se aleja arrastrando su equipaje por la calle hasta perderse en un espacio sin luz. El camión que espero es un Q-70, voy hacia la estación de Jackson Heights. No hay más de veinte personas.

20:03 Me equivoqué de dirección, y en vez de ir hacia Manhattan, voy hacia el este.

20:27 Estoy debajo de alguna calle de Queens. Hay cuatro ratas peleándose por comida. He visto ratas más grandes en Guadalajara. Tomo la ruta F express.

20:49 Me bajo en Bryant PK.  Estoy a una cuadra de Times Square. Se oye un sonido como de abejas, o de algo que está contenido en un espacio muy pequeño y ansía ser liberado.

21:03 Una cámara enorme, una cámara colectiva. Todos desean participar, todos desean ser testigos. Camino varias cuadras hasta llegar a mi cuarto. W 20th St. Entre la séptima y octava.

22:07 Comparto habitación con un irlandés. Me habla de Seamus Heaney, a quien nunca he leído.

 

302

8:34 Tomo té negro, y guardo un bagel en mi mochila.

11:38 Al lado está la joyería de Holly. Todo se trata del brillo. Un cristal o hielo sobre la banqueta. Nada de esto tiene importancia. Una paloma cagó a un hombre apurado. A veces escucho a personas hablando español. ¿De esto se trata formar parte de algo?

11:47 En este momento soy una persona sentada en el tercer piso de la Trump Tower, una persona que está escribiendo, y a veces voltea y se mira en un espejo dorado. Esto soy…

12:28 El agua reflejándose debajo del Gapstow Bridge y patos. Algunos descansan sobre una placa de hielo. Cuando hace frío todo tiende a regresar a sí mismo. El frío es retorno. Las cosas regresan tanto que desaparecen.

13:04 Bryant Park. Las calles brillan porque el sol se repite en los edificios. Supongo que en esta ciudad gana quién mejor refleje la luz. El reflejo es el entendimiento de la forma o sustancia de lo otro. El reflejo es una apropiación de la forma, y a la vez, voluntad de regresarla íntegra. El lenguaje no es un reflejo. Mutila a las cosas. En todo caso, será cristal con fisuras.

18:01 Me pregunto en cuántas fotografías ajenas habré salido. Cuántas personas ahora me tendrán en álbumes o pantallas o marcos en medio de una sala. Un brazo, mi mochila, una silueta poco luminosa. Agua que cae sobre agua. Agua esparcida en algún sitio que nunca sabré dónde queda. Ser parte de todo sin ser realmente.

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7:55 Hombres desnudos en medio del invierno en una llanura. Ahí no hay nada. En la noche ví un partido de fut en un parque cerca del Hudson River. Me dieron ganas de jugar, y luego recordé a mis hermanos.

16:25 Todo parecía completo hasta que traté de nombrarlo. Un cristal. Una piedra pervirtiendo ese cristal. En todos los cuerpos congelados siempre hay ramas y piedras sobre la superficie. Regresar tanto hasta desaparecer. Me gusta fracturar el hielo.

 

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8:15 Camino por las calles donde solo hay casas. Veo la luz de un televisor entender la forma de una cortina. Adornos en los vidrios. Plantas que no se han secado. Cada uno de los objetos sobre el borde de las ventanas es una deformación. La deformación es afirmarse a uno mismo. Carencia de los límites dados por una figura determinada. Hoy amanecí cansado. Casi no le entiendo a mi letra. Quizá nunca entienda lo que escribí en esta página.

13:25 Per 15 East River Esplanade. De aquí se ve el puente.

14:19 El memorial del 9/11 son dos agujeros enormes donde cae agua. Agua cayendo a ningún lado. Me acordé que no iba a clases porque estaba enfermo de varicela. Solo quería ver caricaturas. Cambiaba una y otra vez los siete canales, pero no había otra cosa en la televisión. Agua cayendo hacia ningún… Esta ciudad golpea como  caballo. Un caballo te puede patalear si te paras detrás de él.

 

602

15:21 Llegué hasta aquí en un ferry. Cuando cruzo un cuerpo de agua recuerdo algo que aprendí de niño. Tengo algunas monedas en mi bolsa. O piedras. Mi padre se lanzaba por monedas en el malecón. Monedas como las que yo traigo ahorita en mi bolsa. O piedras. Tenía que atraparlas antes de que tocaran el fondo. Ese era el truco. ¿Qué forma tiene el oro?

 

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10:32 Encontré a Lowell y Plath en un parque. Entré a una tienda de espejos. ¿Qué es el cristal? Cubiertos revuelven el contenido de las tazas en los restaurantes. Cristal cayendo sobre unas piedras. Agua cayendo sobre agua. Miles de personas caminan, y otras miles de personas observan desde sus cuartos. Di algo importante sobre esta isla. Algo que funcione como una postal. Para qué decir algo. Sobre esta ciudad quién no ha escrito. Regresar tanto hasta desaparecer. Además, postales hay en cada esquina a $1.39, o ¢.89 en Chinatown. Puedo decir que es como estar contenido en un espacio aún más pequeño que tu cuerpo.

18:53 Llueve, y veo las luces de los edificios a través de la niebla. Trocas cruzando el campo 117 a través de la niebla de febrero, a eso de las seis o siete de la tarde.  De eso está llena la memoria, de conexiones imposibles. Como un cuarto en Manhattan y el campo menonita 117 en la carretera a Bachiniva. Eso, el resplandor de un edificio en medio de la niebla. Esa es mi postal. Los faros de dos trocas en medio de la terracería. La sombra es necesaria para conocer la forma de las cosas.

 

802

12:18 Repetir una palabra tantas veces hasta que pierda su significado. Repetir una palabra tantas veces hasta volverla solo ruido. Una piedra pervirtiendo el cristal

13:53 Un museo solo es un índice. A veces hay más condición humana en el rostro cansado de los cuidadores de las galerías, que en la condición humana que se busca representar en cada una de las obras. Observar tanto un cuadro que al final se vuelva una mancha. Una mancha en un espejo de un baño. Mancha de pasta de dientes. Una plasta de pintura enorme en la pared. Una pared que se ha pintado tantas veces que su color en realidad son todos los colores. Abrir un poema como se abre un río. Que corra el agua, que se inunden los campos, que el cauce quede expuesto, y que cada moneda que se encuentre ahí, oxidada, y que a todo esto ahora se le llame poesía.

15:12 Una exposición fotográfica que se trate del reflejo de los espectadores en el cristal que protege las pinturas. Una intervención del espectador en la pintura. Remplazar todas las pinturas por fotografías de espectadores reflejándose en las pinturas. Un cuerpo que sangra o un lienzo de Pollock.

 

902

10:17 Los números en sí mismos no contienen nada.

13:32 Veo el Hudson River y pienso en la esposa de Hopper fumando un cigarro mientras le da el sol. Ahora yo busco el sol también. El sol se repite en el Hudson River. Miles de soles siendo una sugerencia sobre el agua. ¿Qué hay de verdadero en los espejos?

13:47 66 scenes from America. Warhol pone cátsup al lado, no la unta dentro de la hamburguesa. Dobla el pan, lo dunkea, y luego le da una mordida.

 

Andy Warhol Eating a Hamburger,

  1. 1981. Running time: 4:15 mins

 

14:12 Cada vez que el video vuelve a empezar, hay alguien diferente a mi lado. Llevo aquí como veinte minutos. He visto a Warhol comiendo cuatro veces. Una señora con un bebé que llora. and I just finished eating a hamburger.  Un hombre que se acerca a la imagen, quizá demasiado. and I just finished eating a hamburger.  Una mujer que bloquea la vista de los demás mientras trata de tomarse una foto. and I just finished eating a hamburger. Un niño que se alejó un poco de su madre. and I just finished eating a hamburger.  Tengo una naranja en mi mochila.

17:03 Manhattan Bridge. A la mitad de la placa. Un puente es el espacio entre una palabra y otra. ¿Entonces, qué es el silencio? Lo que hay entre una persona y otra.

17:39 Después de ver a Warhol vine hasta Park Slope. Sé que por alguna de estas calles vive Paul Auster. El mismo lo dice en su diario. 16th St and Prospect Park. Se supone que aquí estaba el estanco de la película Smoke. Warhol comiéndose una Whopper cuatro veces. Cada una de las veces puedo decir que era una hamburguesa distinta. and I just finished eating a hamburger.  Negar este hecho, sería como decir que el poema siempre es el mismo cada vez que se lee. O que una moneda corroída en el fondo de un río siempre es la misma moneda. Me pregunto si Auster podría llegar de la nada. Le preguntaría que si sabe por qué Warhol dunkea su hamburguesa en la cátsup en vez de ponerla en medio del pan. Señor Paul Auster, vine desde Chihuahua. Sí, para preguntarle qué debo hacer con mi vida. O mejor, antes de que me responda, dónde tomo el subway para regresar Times Square. Imagina que te dije algo importante sobre vivir en Park Slope, sobre vivir en Brooklyn o sobre cruzar puentes. Y después de un silencio que es como cruzar un puente, me agradeces. La estación está entre la séptima y la 3rd St. Regresas a Manhattan, dejas New York al día siguiente, y mientras te pierdes en alguna ventana, confirmas cómo la ciudad se vuelve solo una mancha en un espejo. Mancha de pasta de dientes. Y si nada de lo que diga te satisface, vuelves a escribir este diálogo las veces que sean necesarias, tomas el subway las veces que sean necesarias, caminas por la séptima avenida las veces que sean necesarias, guardas tus cosas las veces que sean necesarias, llegas a LaGuardia las veces que sean necesarias, aterrizas en Detroit las veces que sean necesarias, te despides de tu hermana las veces que sean necesarias, llegas a Chihuahua las veces que sean necesarias, y vuelves a leer todo esto las veces que sean necesarias. Como Warhol comiendo una hamburguesa. Una y otra vez en el tercer piso del Whitney.

19:07 ¿Apagarán todas las exhibiciones del museo cuando lo cierran? No lo sé. Warhol comiendo una hamburguesa a oscuras, sin que nadie lo vea.

21:56 Línea 1 con dirección al Bronx. Hay un vagabundo, tiene un charco de orina debajo de su asiento. Por primera vez en el día el sujeto que ha pasado horas siendo invisible se ha vuelto el protagonista del vagón, reclamando las miradas de todos nosotros. Ese olor no es otra cosa más que el olor a sujeto disminuido.

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1002

 

Edward Hopper

b.1882; Nyack, NY

  1. 1967; New York, NY

Early Sunday Morning, 1930

Oil on canvas.

 

Lexington Av/59st Una rata con el lomo tan brillante como un perro bien alimentado. Como esos que se pasean en Washington Square Park antes del desayuno, un domingo por la mañana. Son las 6:19 a.m. a la mitad de una isla o a la mitad de algo.  Dime el nombre de una figura que al dividirse no se vuelva otra. En el vagón hay varias personas dormidas. Esto no es alegoría de nada.

7:40 Las ciudades y sus periferias. La basura al lado del camino. Así es el mundo. Tensión entre las orillas y el centro. Entre calles sucias, y un pasto bien recortado para el verano.

 

Esto no es alegoría de nada.

 

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Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) es ilustrador y artista visual. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero

Recuerdo haber visto El mago de Oz cientos de veces cuando era niña. Me impresionaba la bondad de Dorothy y su capacidad de hacerse amiga de los personajes más inesperados. En este día del niño les traemos el primer capítulo de El maravilloso mago de Oz, esperando que puedan transportarse junto con nosotros a una época donde todo era más sencillo.


1. El ciclón

 

Dorothy vivía en medio de las grandes praderas de Kansas con el tío Henry que era granjero y la tía Em, su esposa. Su casa era pequeña, pues la madera para construirla tuvo que ser transportada a lo largo de muchas millas de carretera. Tenía cuatro paredes, un techo y un piso, los cuales constituían una habitación; esta habitación contenía una estufa de apariencia oxidada, una alacena para los platos, una mesa, cuatro sillas y las camas. La cama grande que compartían el tío Henry y la tía Em se encontraba en un esquina de la casa, mientras que la pequeña cama de Dorothy se encontraba en la otra. No tenían ático ni sótano, a excepción de un pequeño agujero en el suelo, un refugio para ciclones, donde la familia iba a resguardarse en caso de que surgiera uno de esos grandes remolinos de viento con la fuerza suficiente para destrozar cualquier construcción que se atravesara en su camino. Podían acceder al refugio por medio de una trampilla en el piso, que al ser abierta daba lugar a una escalera por la cual podían descender al pequeño y oscuro agujero.

Cuando Dorothy se paraba en la entrada de su casa y veía a su alrededor, no podía distinguir nada más que la gran pradera. Ni un árbol ni una casa rompían con la armonía de la tierra plana que se extendía en todas las direcciones hasta llegar a la orilla del cielo. El sol había horneado la tierra polvosa hasta convertirla en una masa grisácea con pequeñas grietas por aquí y por allá. Ni el pasto conservaba su color natural, pues el sol quemó las puntas de sus largas hojas hasta dejarlas del mismo color gris que se veía en toda la pradera. Una vez la casa estuvo pintada, pero el sol astilló la pintura y las lluvias la habían deslavado y ahora la casa era tan aburrida y gris como todo lo demás.

Cuando la tía Em llegó a vivir ahí era una esposa joven y bonita. El sol y el viento también la cambiaron. Le habían quitado la luz de los ojos para dejarlos llenos de un gris lleno de seriedad; quitaron el rojo de sus mejillas y labios, que ahora eran grises también. Era delgada, demacrada y ya nunca sonreía. Cuando Dorothy, que era huérfana, había llegado por primera vez a vivir con ellos, la tía Em había estado tan alarmada por la risa de la niña que gritaba y se llevaba la mano a los labios cada vez que la voz alegre de Dorothy llegaba hasta sus oídos; y aún ahora veía maravillada a la pequeña, sorprendida de que pudiera encontrar cualquier cosa que la hiciera reír.

El tío Henry nunca se reía. Trabajaba duro desde la mañana hasta la noche y no sabía lo que era la alegría. Él también era gris, desde su larga barba hasta sus botas toscas y siempre se mantenía calmado y solemne, sin hablar casi nunca.

Era Toto el que hacía reír a Dorothy, y la salvaba de convertirse en alguien gris como todo lo que la rodeaba. Toto no era gris; era un pequeño perrito negro, con pelaje largo y sedoso y unos ojos pequeñitos y negros que brillaban alegremente a cada lado de su graciosa y minúscula nariz. Toto jugaba todo el día y Dorothy jugaba con él, y lo amaba con ternura.

Hoy, sin embargo, no estaban jugando. El tío Henry, sentado en el umbral, miraba ansiosamente al cielo que estaba mucho más gris de lo usual. Dorothy miraba también el cielo parada en la puerta con Toto en sus brazos. La tía Em, mientras tanto, lavaba los platos.

Desde el lejano norte escucharon el gemido ronco del viento y el tío Henry y Dorothy veían los lugares en los que los largos pastizales se inclinaban formando olas ante la inminente tormenta. Ahora se escuchaba un silbido agudo de aire desde el sur y mientras volteaban sus ojos hacia esa dirección, vieron que también allí se agitaba la hierba.

Repentinamente, el tío Henry se puso en pie.

—Un ciclón se aproxima, Em —le dijo a su esposa—iré a ver al ganado. Entonces corrió hacia los cobertizos donde se encontraban las vacas y los caballos.

La tía Em dejó lo que hacía y fue a la puerta. Con solo una mirada adivinó el gran peligro que se cernía sobre ellos.

—¡Rápido, Dorothy! —gritó— ¡Corre al refugio!

Toto saltó de los brazos de la niña para esconderse debajo de la cama, Dorothy lo siguió. La tía Em, terriblemente asustada, abrió de golpe la trampilla del refugio y descendió por la escalera hasta llegar al fondo del pequeño y oscuro agujero. Dorothy consiguió atrapar finalmente a Toto y comenzó a seguir a su tía. Cuando le faltaba tan solo medio camino para llegar a la trampilla, el viento emitió un chillido enorme y la casa se sacudió con tanta fuerza que hizo tropezar a Dorothy quien se cayó de un sentón  hasta el piso.

Entonces sucedió algo muy extraño.

La casa dio dos o tres giros y comenzó a elevarse lentamente hacia el cielo. Dorothy sintió como si estuviera subiendo por los aires en un globo aerostático.

Los vientos del norte y del sur se juntaron justo donde la casa estaba erigida y la hicieron el centro mismo del tornado. En el centro de los ciclones el aire se encuentra generalmente en calma, pero la enorme presión a cada lado de la casa hacía que esta se fuera elevando cada vez más y más hasta que llegó a estar en la cima misma del tornado y ahí permaneció a lo largo de muchas millas, siendo llevada con tanta facilidad como se carga una pluma.

Todo se encontraba en penumbras y el viento aullaba ferozmente a su alrededor, pero Dorothy sentía que la cabaña se movía con delicadeza. Después de las primeras volteretas y otro momento en el que la casa se sacudió violentamente, Dorothy sintió como si la estuvieran meciendo con gentileza, como a un bebé en una cuna.

A Toto no le gustaba. Corría de aquí para allá en la habitación ladrando con fuerza; pero Dorothy permanecía sentada en el piso, esperando a ver lo que sucedería a continuación.

Una vez Toto se acercó demasiado al agujero en el que solía estar el refugio, y se cayó, al principio la niña creyó que lo había perdido por siempre. Pero pronto vio a una de sus orejas sobresalir por el agujero, pues la presión del aire le impedía caer. Dorothy se apresuró hasta el agujero, tomó a Toto de la oreja y lo arrastró hasta la habitación, cerrando tras de sí la trampilla para evitar que ocurrieran más accidentes.

Pasó una hora tras otra y Dorothy se fue recuperando del susto que le había causado la casi caída de Toto, pero se sentía algo sola y el viento aullaba con tanta fuerza a su alrededor que por poco se queda sorda . Al principio se preguntó si se haría pedazos al descender junto con la casa; pero las horas pasaban y nada horrible sucedía , así que dejó de preocuparse y decidió aguardar calmadamente a lo que el futuro decidiera depararle. Finalmente se arrastró por el suelo hasta llegar a su cama donde se recostó con Toto junto a ella.

A pesar de las vueltas que daba la casa y del aullido constante del viento, Dorothy pronto cerró sus ojos y se quedó dormida.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
(1856 – 1919) Fue un escritor que supo desarrollar su imaginación y talento literario en distintas etapas de su vida como periodista, dramaturgo, cineasta y poeta.
Retrato de Habacuc. Irasema Fernández.
Retrato de Habacuc. Irasema Fernández.

 

La obra artística de Habacuc Guillermo Vargas le ha concedido a su autor un curioso apelativo: el de el artista más odiado. Su primer gran controversia se dio en 2007, cuando llegó “Exposición No. 1”, a la Galería Códice, en Managua, Nicaragua. Durante la inauguración se quemaron piedras de cocaína y marihuana en un incensario, una bocina reprodujo el himno sandinista al revés, y un perro estaba amarrado a una pared en la que se leía, escrito con comida de perro, “Eres lo que lees”. Días después, se anunció la muerte del perro, escandalizando a los medios de comunicación.

Sin embargo, el trasfondo era más complejo de lo que los medios entendieron: el perro había sido bautizado Natividad en honor a Natividad Canda, migrante nicaragüense que murió en Costa Rica a merced de perros guardianes mientras policías, bomberos y transeúntes observaban cómo moría, y los medios grababan su agonía.

En las entrevistas en torno a “Exposición No. 1”, Habacuc se negaba a afirmar o negar la muerte del perro. Sus palabras, casi siempre, eran “murió Natividad”. La misma dueña de la galería confirmó que el perro, al que Habacuc había recogido de la calle, había escapado y que no había pasado hambre durante su estancia en la galería. A pesar de esto, los medios pedían justicia a gritos, condenando con repudio al artista, a quien tachaban de asesino, mientras miles de perros (y de migrantes) se encontraban en situación de calle sin que nadie hiciera nada.

La descontextualización de su obra, su antagonismo de frente a la audiencia (como en Exposición #2, obra en la que se preparó comida con el sudor de seis migrantes, la cual se sirvió secretamente en la inauguración) y la fuerte respuesta emocional a sus piezas, que los medios masivos de comunicación no dudan aprovechar, han hecho de Habacuc Guillermo Vargas algo más que el antihéroe o un villano en el mundo del arte en el que se pretende convertirlo.

La obra del artista costarricense nos deja mucho más que supuestos perros muertos: en ella se encuentra la demanda por justicia social y la conciencia lúcida del contexto en que su arte se desenvuelve. En esta entrevista a distancia, Tierra Adentro charla con Habacuc sobre la violencia, la corrupción y su más reciente obra, tan polémica como las anteriores.

 

TIERRA ADENTRO: Nos gustaría empezar hablando de tu obra más reciente. ¿Nos podrías hablar un poco sobre Pesticida (2019)? ¿Qué significa para el contexto costarricense? ¿Tiene alguna significación para el contexto latinoamericano?

Habacuc Guillermo Vargas: La obra consistió en fumigar con agroquímicos legales en el mercado agrícola la entrada de una institución gubernamental, específicamente la asamblea legislativa. El hecho rápidamente se difundió en medios ya que es un lugar donde hay cámaras que están atentas a la entrada y salida de los diputados. Un periodista me preguntó por mensaje de audio: “¿Podrías explicarme rápidamente de qué se trata tu expresión? ¿Fue una protesta contra las piñeras y el medio ambiente o más por el lado de la corrupción?”

Costa Rica es un país que se jacta de políticas ecológicas amigables y de preservación del medio ambiente –una imagen que se vende alrededor del mundo–, pero en realidad es un país que cada vez más sacrifica los recursos ambientales en pro de una economía insostenible, voraz, que no deja nada a las comunidades cercanas a esta; muy al contrario, deja personas estériles, con problemas respiratorios, nacimientos con malformaciones, condiciones de trabajo que rayan la esclavitud, con sueldos muy por debajo del costo de la canasta básica, creando poblaciones dependientes con muy poco desarrollo humano, educativo, económico y social.

Debido a un sistema educativo deficiente, que termina por beneficiar a la industria agroquímica, se crean nuevas generaciones de mano de obra barata, un círculo que apunta a no detenerse hasta llegar a aniquilar al medio ambiente, contaminando cuencas hidrográficas, aire, suelo y los alimentos. Según datos, Costa Rica es uno de los países a nivel mundial que más envenena el suelo con agroquímicos. No es tan ajena esta realidad a otras en otros países latinoamericanos, donde por intereses económicos se ve el desplazamiento forzado de comunidades nativas para la extracción de recursos naturales, con procesos como la extracción de petróleo, la minería y la deforestación.

Habacuc adjuntó a esta respuesta la siguiente lista, que corresponde a los y las ecologistas asesinados en Costa Rica entre 1975 y 2019:

Olof Wessberg; Gil Tablada; Pedro Lara; Varios campesinos; Eduardo Juárez; Luis Rosales; Juan Bustos; Franklin Guzmán; Parmenio Medina; Viviana Gallardo; Armando Chamorro; Jorge Aguilar; Antonio Prendas; Porfirio Céspedes; Antonio Zúñiga; Víctor Vargas; Óscar Quiróz; María del Mar Saborio; Óscar Fallas; Jaime Bustamante; David Maradiaga; Álvaro Monge; Miguel Trejos; Álvaro Aguilar; Carlos Fletes; Randal Muñoz; Gerardo Moya; Kimberly Blackwell; Jairo Mora; Diego Saborio; Sergio Rojas.

 

TA: Me he dado cuenta que muchas veces tu obra funciona con base en la relación entre distintos símbolos y el significado que les atribuyes. ¿Cuál es el proceso creativo que sigues para llegar a la crítica –tan difamada por los medios– que haces a través de estos símbolos?

HGV: Entre los recursos que utilizo, busco generar una tensión entre conceptos distintos, así como re-pensar lugares comunes como la moral y los buenos principios, lo normal y lo correcto, el bien común y la sensibilidad, la belleza y la fealdad, las instituciones y su relación con las ideas de democracia, libertado, soberanía nacional, patriotismo, etcétera.

Por eso procuro que el proceso creativo no parta de ninguna limitante; por el contrario, me interesa revisar esos lugares comunes a los que vivimos sometidos y que, en su mayor parte, son falazmente construidos, al vaciarlos de su contenido o ser utilizados con fines manipuladores y de control. Por ello me permito replantearme estos lugares comunes, asumidos como únicos modelos establecidos, no para construir nuevos valores o paradigmas, no para generar mensajes claros –desconfío de los mensajes claros– sino para ponerlos en tensión y generar un producto que, en algún momento, llamo arte.

Es en medio de esta revisión y tensión dialéctica del sistema político, económico, social y cultural donde se inscribe mi trabajo, pues es ahí donde además se genera una coyuntura y posibilidad donde a la vez el artista es juez y parte. Partiendo de las vanguardias como proyecto inconcluso que fue totalmente domesticado por el sistema artístico, el artista hoy en día tiene la capacidad de leer la historia y trabajar desde una lógica consciente del medio en el que se desenvuelve, pero es una decisión que cada quien asume desde el conocimiento de esos medios y qué quiere o puede hacer con ellos.

Dentro de esas tensiones, intento crear mecanismos donde la obra se desligue de una conveniencia provisional, que la convierte en una reflexión política correcta y ética conductiva o producto cultural dulcificado, domesticado y acorderado (de cordero). Por eso intento siempre dinamitar cualquier salida fácil o complaciente, y más bien busco priorizar las contradicciones y confrontaciones, que casi nunca alcanzan resolución.

Como es de imaginar a partir de esos preceptos anteriores, me muevo casi siempre dentro de la polémica. Generalmente se habla de la censura como algo que se nos impone; creo que la peor censura es la que nos imponemos a nosotros mismos. Cuando trabajo no pienso en la censura; me he encontrado con ella revisando discursos establecidos e intocables, esta es una de las herramientas del poder con la cual se busca salvaguardar los intereses de un grupo; algunas a veces se manifiestan como proyección de un sentimiento de complicidad que no tiene ningún interés en que se ventilen ciertas dinámicas y temáticas de las que todos somos partícipes.

Está implícito que la creación ética y estética genera diversas manifestaciones discordantes entre sus espectadores, las cuales van desde el rechazo y la aversión,  a la aceptación y reflexión, la censura y la polémica, hasta involucrar el tan menospreciado proceso mediatizador, el cual es hoy en día el mayor formador de opinión sin criterio, pero sobre todo el mayor poder del sistema capitalista: si en los años sesenta se decía “el medio es el mensaje”, hoy podríamos decir que “los medios son el poder”. Por eso, si bien las temáticas que nutren mi trabajo están relacionadas a la explotación, la xenofobia y en general las relaciones de poder, es evidente que estas son producto de la sociedad en que vivimos y no particularmente de las características de mi trabajo mismo.

 

TA: ¿Cuál es el criterio que tienes para elegir el público al que van dirigidas tus piezas?
HGV: A la hora de pensar en el espectador de la obra no discrimino a ninguna persona como público; me gusta que la obra no parezca obra y que el espectador no piense que está viendo arte quitándole esa aura y hermetismo ceremonial con que las personas predispuestas ven las manifestaciones artísticas en espacios convencionales y eventos donde la gente va a ver arte. Me acerco más al acontecimiento y a la sorpresa que al evento ya la liturgia.


TA: ¿Qué rol tiene la violencia en tu obra?

HGV: El mismo que tiene en la sociedad.

 

TA: ¿Consideras la posible moral del público como algo necesario para tu obra, o prefieres pensar en tus obras desde sus propios marcos morales?

HGV: La moral es un producto de la sociedad en que ivimos inmersos; las ideas que pongo en tensión cuestionan esa moral y de alguna manera manifiestan mi ética personal.

 

TA: ¿Cómo se relacionan para ti –que has recibido amenazas de muerte, entre otros mensajes– la moral del público y su hipocresía?

HGV: Perro que ladra no muerde.

 

TA: ¿Hasta qué grado pretende tu obra le da al público una lección moral sobre su doble moral?

HGV: Generalmente trato de situar la obra en tensión entre conceptos distintos, buscando generar una duda clara sin llegar a un mensaje claro.

 

TA: ¿Hasta qué grado es necesaria para tu obra la legitimación/deslegitimación mediática?

HGV: Es necesaria en el sentido que son los medios de comunicación de nuestra época, encontrando en ellos un público más amplio y general. Es parte de las dinámicas sociales de nuestra época donde el artista encuentra un público más amplio.

 

TA: Para Kierkegaard, una parte intrínseca de la comedia es aquella en que los personajes en una obra piensan que sus acciones son heroicas, mientras que el espectador percibe la ridiculez de tal postura. ¿Hasta qué punto consideras pertinente esta definición aplicada a tu trabajo? ¿Quiénes son tus personajes y quiénes tus espectadores?

HGV: En ese caso, imaginémonos la escenografía de dicha comedia como una sala, un caleidoscopio de espejos, donde los papeles se confunden, subvirtiendo roles de sujeto y objeto, convergiendo personalidades, personajes y personas. Relaciones estas inmediatas y a mediano y largo plazo.

 

TA: Pregunta obligada: ¿Qué artistas han dejado su marca sobre tu obra?

HGV: Generalmente mis referencias son de obras y no tanto de artistas. Podría citar La familia obrera, de Óscar Bony, La insurrección solitaria, de Carlos Martínez Rivas y las canciones que escucho en el bus. De México, Semefo. También reviso los conceptos situacionistas.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Irasema Fernández
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.
Archivo Warpola
Archivo Warpola

 

A mis maestras de la UNAM

En su corta vida Gerardo Arana escribió pocos poemas. Pocos pero significativos. Ahora que repaso su producción poética, dejando fuera Bulgaria-Mexicali, se trata de un puñado de trazos gruesos que destila, como toda la escritura de Gerardo, una suma de elementos contradictorios, como una fuerte atracción por la erudición pero una burla sistemática de la academia, una puesta en crisis del género (sexual, gramatical y literario) pero una erotización de la experiencia humana. Esta escritura se teje a partir de una vertiginosa sintaxis que elide, crea ambigüedades, a veces tiene el efecto de una sinécdoque sin que sea necesariamente el recurso a resaltar. Es decir, su escritura logra el efecto de marea a partir del desorden, a partir del conglomerado de referentes. Hay tres escritores que me vienen a la mente cuando veo esto: Oswaldo Lamborguini, Julio Inverso y Felisberto Hernández.

En el caso de Felisberto la referencia es obvia: en varios momentos hay esos cortes narrativos que pasan de un tema a otro, de una atmósfera a otra, que abandonan un mundo ya creado para entrar a otro. La seducción que ejerció el autor de Nadie encendía las lámparas también deja sus huellas en esa permanente erotomanía que recorre los textos de Arana. Como una tarea siempre inconclusa, como una labor que se comienza justo donde se abandona, así, el amor y la sexualidad compartida son dos de las sombras que recorren una y otra vez las ensoñaciones del yo lírico de Arana. La otra sombra que siempre da volumen a sus textos, la droga. Pero a eso llegaremos.

Lea sólo mayúsculas

Otra de las virtudes de esta escritura es la crudeza con la que se plantea el asunto poético. Tan de frente que parece colisionar con la noción de la poesía e incluso con la de Antipoesía, si pensamos en Nicanor Parra. Se trata de que el material del que procede la representación poema está poco o nada ficcionalizada, se reproduce como la percepción logra agruparla y se relata en crudo, se relata sin construir (figuradamente) un relato. Es decir, se presenta como una secuencia no conectada necesariamente de hechos y acciones que van dando cuenta de un estado de cosas, donde el yo lírico tiene una participación principalísima. Por ejemplo, el poema “Ojalá el gobierno me diera una beca”, que ya desde el título está planteando un plano de negativa a la ficción. Al igual que su amado Roberto Bolaño, Gerardo Arana logra introducir al campo literario en la producción creativa, como tema y escenario. Al que, si bien no es una novedad en sí, siempre se ha presentado por medio de una ficcionalización que justifique, digamos, la intromisión en la cocina de la creación. Aquí se elide eso, se trata de la apertura total al campo literario como lo vive un joven escritor, frente a un estado totalizador y a un medio literario caníbal que no se percata de las formas de legitimación que mantiene, y que si lo hace es sólo para reforzar su carácter darwinista.

Ante esa verdad no dicha, no complaciente, Arana escribe un poema que es a la vez una sátira y una súplica para que el campo literario admita el deseo como componente esencial en la práctica creativa. La visibilidad del Estado como contraparte del proceso creativo produce escozor que no se abandona con la simple negación, o con el ejemplo notable de la creación que sucede sin patrocinio gubernamental. Esta visibilidad que ejecuta Arana de la mano del Estado en la creación poética es tan incómoda que mueve a la risa su presencia. Sin embargo, las preguntas (que no acusaciones) están ahí: ¿cómo dejamos que esto pasara?¿Cómo creemos que eso no tiene consecuencias?

Se trataba de gigantes

Otro de los nortes que da dirección a este trabajo de escritura es la noción de droga. No se trata, simplemente de una apología a las sustancias alucinógenas. Se trata más bien de pensar a la experiencia humana como aquella que está expuesta a ser potencializada por agentes externos. En ese sentido, para Arana, casi cualquier cosa es una droga o puede servir como droga. La droga no como una sustancia (que sí), sino como una función que expande la conciencia y la experiencia. Que da volumen a los planos de acción que tenemos como sujeto. Uno se droga con el amor, con el sexo, con la amistad, con el arte, con la música, con una aspirina, con un auto nuevo, con un auto viejo, con caricaturas. Es por eso el cruce con la literatura. Para Arana, como para Inverso (sobre todo en Falsas Criaturas), la literatura, la lectura, es una droga. Una muy potente porque permite vivir varios mundos de manera simultánea.

Droga es la lectura y droga será después de la escritura. Una forma de abrirse al mundo y que lo sensible se vuelva consciente, que los latidos del corazón telegrafíen órdenes o coordenadas. De tal manera que la vida, tal como le sucede a todos, se llene de significado. El objetivo último de la función droga es develar un sentido que el mundo esconde para todos. Uno se droga para escuchar el ritmo del universo, el mensaje del viento, el evangelio del concreto. Uno se droga, parece decir Arana, para escuchar y entender lo que tienen las cosas que comunicarnos.

*Texto publicado en 2016 por Cohuiná Cartonera para la antología de poesía ARANA.


Autores
(Querétaro, 1976 - 2016) es poeta y ensayista. Ha publicado, entre otros, los libros Erradumbre, De pájaros raíces el deseo, Plexo y Bonzo.