“Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas”, decía John Berger (1972) en su trabajo sobre la historia del arte, pero también nos permite preguntarnos sobre la mirada regulatoria a los sujetos. El cuerpo, la ejecución (performática) y el disciplinamiento podrían contemplarse como una triada que se expone en diferentes momentos de Girl.
La película belga de Lukas Dhont (2018) pone en el centro un escenario en el que los cuerpos se alteran para lograr los ideales estéticos del ballet clásico; al tiempo que pone en evidencia que los cuerpos performan un género y una sexualidad, de acuerdo con una “asignación visual-estética” (P. Preciado, 2010) de un fragmento corporal: los genitales.
Estamos en una época en que la mirada y los dispositivos de registro −ya sea cámara o pantalla− parecen inherentes al cuerpo y sus percepciones, vivimos el tiempo del “Show del yo” (Paula Sibilia) en el que la producción de imágenes inicia, antes de nacer. La pantalla del ultrasonido que, en principio, persigue finalidades médicas; rápidamente se ha utilizado para la revisión visual de los genitales como interpretación de signos que conforman la ficción sexo-genérica.
La mirada, entonces, se convierte en una de las herramientas de “verificación” normalizadora de identidades. En Girl, Lara −personaje principal− está constantemente expuesta: lo mismo en las auscultaciones médicas requeridas para la terapia de sustitución hormonal, que en los vestidores y regaderas del grupo de danza.
Los hospitales ya han sido abordados por diferentes autores, incluyendo a Foucault, como lugares de vigilancia y de encierro. Mientras que, sobre los sanitarios como espacios de control, P. Preciado (2013) expone que “en el siglo XX, los retretes se vuelven auténticas células públicas de inspección en las que se evalúa la adecuación de cada cuerpo con los códigos vigentes de la masculinidad y la feminidad.”
No sólo se trata de la asignación de espacios definidos por las diferencias corporales, sino de la producción de vínculos, comportamientos, relaciones y formas de socialidad estipuladas para cada género. De ahí que, en la secuencia de la “fiesta de chicas” entre las bailarinas de la Academia, se hace evidente la necesidad de verificación visual como agente disciplinador, de hecho, se presenta como una injuria contra Lara, cuando la obligan a mostrar su cuerpo y nombrar su identidad.
El cuerpo de Lara está atravesado por el disciplinamiento del género, pero también del Ballet. La exigencia de las técnicas utilizadas en la danza implica modificaciones corporales que favorecen a la ejecución, pero que, usualmente, incluyen sufrimiento físico. La búsqueda de la imagen ideal del cuerpo encarna relaciones de competencia y de poder que replican las estructuras económicas actuales.
Poner el cuerpo en el escenario para ejecutar un papel es someterlo a la mirada que, cada vez más, funciona como panóptico, como productora de vigilancia. Hoy, las imágenes y sus formas de distribución regulan las posturas y las opiniones; por lo que el cuerpo se coloca como signo que conforma una gramática categorizadora de las diferencias.
Girl expone los diferentes tipos de disciplinamiento para cumplir con la ejecución deseable y verificable por las miradas. Entre Eros y Tánatos, Lara expande las posibilidades de su cuerpo ante la necesidad de modificarlo para poder bailar ballet y para lograr la reasignación de sexo.
Las identidades de género no sólo designan corporalidades, sino cadenas de relaciones simbólicas que clasifican con la pretensión de ordenarlo todo, por lo que, con esta película es recomendable recuperar la pregunta que Judith Butler (2007) lanza en El género en disputa, “¿Hay algún ser humano que llegue a ser de su género en algún momento?”.
–Butler, J. (2007). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós.
-John Berger. (1972). Modos de ver. Londres: Penguin Books.
-Preciado, P. (2013). Basura y género. Mear/cagar. Masculino/femenino. Obtenido de Parole Queer: http://paroledequeer.blogspot.com/2013/09/beatrizpreciado.html
De principio a fin, no hay evidencia de que ella tuviese planes de vida a largo plazo. Parecería, sobre todo, que deseaba evitar “hacer algo al respecto” de su vida, y cuando esporádicamente se le imponía la obligación de conseguirse una carrera y prepararse para el futuro, ella intentó hacerlo y falló. —Muriel Sparks
Una piedra, un centavo, una figurilla de alien de bronce.
Tan bien conocida es la vida de Emily que una introducción breve basta. Nació en 1818, hija de un clérigo anglicano en Haworth, Yorkshire. Pasó la mayor parte de su vida en Haworth, angustiosamente tímida, pero llena de una pasión extraordinaria por los brezales que la rodeaban. Sus breves momentos fuera de casa, en un internado junto a su hermana Charlotte, como maestra en Halifax y como estudiante en Bruselas, culminaron en nostalgia y añoranza desesperadas por la libertad de los brezales. Pasó el resto de su corta vida cuidando a su padre en casa, y murió de tuberculosis en 1848.
A menudo se le llama la Esfinge de la literatura, y cuando ella tenía doce años, Emily Dickinson nació en América.
Dos copas para champagne de plástico, pie de alondra rosa y morado, una oreja.
Tan pronto decidí que quería escribir una conferencia llamada “Mi Emily Dickinson”, me di cuenta de que la poeta Susan Howe tiene un libro llamado Mi Emily Dickinson. Lo pensé por tres horas y decidí poner el “Mi” en itálicas. Mi Emily Dickinson. Lo pensé una hora más y decidí que bajo ningún motivo leería el libro de Susan Howe. Tenía mis razones: conociéndome tan limitadamente como puedo, temí que si leía Mi Emily Dickinson me sentiría estúpida, frustrada, inadecuada y completamente incapaz de “hacer algo al respecto”. Además, yo, que aprendí a leer a los cinco años y nunca, nunca jamás, ni siquiera por una semana, había dejado de leer algún libro u otro desde ese entonces casi hasta el presente, no había leído un solo libro en tres años, y me sentía completamente incapaz de hacerlo y sin deseo alguno de intentarlo.
La tarde del día siguiente encontré en una banqueta algunos libros a la venta y ahí, llamándome con su resplandor, brillante e intentando alcanzarme, hablándome, hablándome con una voz que al principio casi no reconocí por ser una voz que desconocía, porque era una voz que amé mucho pero hace tiempo, porque era mi propia voz enredada con una voz ajena, había una voz que me decía que tomara el libro y comenzara a leer. Y fue como aprender a leer otra vez. Y era poesía. Y era Emily Brontë.
Gélido, bajo tierra
Gélido, bajo tierra y la honda nieve sobre tí apilada! Lejos, alejado, en la aciaga tumba congelado! ¿Acaso olvidé, mi amor único, amaros, separada al fin por la ola desgastante del tiempo?
Ahora, cuando sola, mis pensamientos ya no flotan sobre las montañas en la costa de Angora; Sus alas descansan donde helecho y brezal cubren aquel corazón para siempre, por siempre jamás?
Gélido, bajo tierra y quince diciembres salvajes de aquellas colinas ocre derritiéronse primavera– ¡Tan fiel es el espíritu que recuerda tras tales años de cambio y de sufrir!
Dulce amor de juventud, perdona si te olvido mientras la marea del Mundo me mece; me llenan deseos más severos y más oscuras certezas, añoranzas que te eclipsan pero no te pueden lastimar.
Ningún otro Sol ha iluminado mi cielo. Ninguna otra estrella brilló por mí. Toda dicha en mi vida me daba tu vida, toda dicha en mi vida doy a la tumba por ti.
Mas al morir los días soñados de oro e incluso Desesperanza sin poder destruir, entonces aprendí que se puede apreciar existir engarzada y alimentada sin necesidad de alegría.
Revisé entonces mis lágrimas de pasión inútil y desteté a mi alma de su ansia por seguirte; Negué estricta su deseo de saltar inmediata más a esa tumba que a la mía!
Y aún así no oso dejarla abatirse, el dolor extático de la Memoria no oso consumir: Tras un trago hondo de aquella angustia divina, ¿cómo podría buscar un mundo vacío otra vez?
Mientras se vestía sintió [los] poemas pararse por su propia cuenta en el cuarto. Mantuvo la mirada incluso sobre el espejo de su tocador, a fin de que no continuaran con su natural escape vertical.
—J.D. Salinger, “El Bosque Invertido”
Un limón, diez centavos, un anillo de diamantes, un paracaídas.
Condiciones de vida
Emily Dickinson no vivió sola un solo día de su vida. Vivió en una casa con su padre y madre y hermana; tras la muerte de sus padres, vivió con su hermana, Vinnie, hasta su propia muerte, tras la cual Vinnie vivió sola. Cuando decimos que era recluida, queremos decir que después de cierto punto en su vida dejó de salir de casa, aunque ella misma documentó que muchas veces salía de noche, cuando no había nadie más alrededor.
“Aunque son varias noches, mi mente jamás regresa a casa”
Emily Brontë no vivió sola un solo día de su vida. Vivió en una casa cuyo paisaje, remoto y desolado, le transmitía una belleza profunda. Vivió en dicha casa con su padre, su tía, su hermano y sus dos hermanas, Charlotte y Anne. Pero, como Emily, ella era “una ley sobre ella misma”; era “tímida, tanto que a veces parecía grosera, en especial con desconocidos”. Si Emily quería un libro que había olvidado en la sala, ella entraba y salía corriendo sin mirar a nadie, en especial si había invitados. Hubo una época de su vida, tras la muerte de su tía, en que sus hermanas y su hermano salieron al mundo a intentar ganarse la vida, y ella permaneció en casa, cuidando a su padre. Un viejo del pueblo recuerda haberla visto caminando de regreso de los brezales con una mirada de “éxtasis sagrado”. Tras la muerte de su querido hermano, en el otoño de 1848, no volvió a dejar la casa hasta su propia muerte en diciembre, cuando su cuerpo fue transportado al cementerio que estaba “justo ahí,” al igual que el de Emily en Amherst, aunque para llegar al cementerio de Emily había que cruzar un camino de terracería a un lado de la casa, y ser cargada a través de una pradera.
Anne Frank era una chica popular y amigable que pasó los últimos dos años de su vida encerrada en casa cuando su familia —ella misma, su madre, su padre y su hermana, Margot— tuvieron que esconderse en Amsterdam con otra familia y un dentista para evitar llamar la atención de los nazis. Tras ser descubierta, vivió los últimos diez meses de su vida en tres campos de concentración diferentes, permaneciendo, al final, solo con Margot.
Emily y Emily vivieron en casas que sobreveían un cementerio. Anne, al final, vivió en un cementerio.
Una rosa blanca, un pez pitoniso, helado para astronautas.
Educación
Una persona educada es una persona a quien puede acudirse para llegar a una conclusión. Desafortunadamente, la única conclusión a la que Emily y Emily llegaron con respecto a la escuela era que preferían estar en casa, así que partieron y regresaron a casa y dibujaron perros y recolectaron flores silvestres.
Brontë escribió debajo de uno de sus poemas: “Soy más estupenda e idióticamente ESTÚPIDA — de lo que alguna vez fui en el transcurso de mi existencia encarnada. Los preciosos versos arriba son fruto de una hora de agonizante labor entre ½ para las 7 y ½ para las 8 de la tarde de julio —1836.”
Su rector dijo famosa e infamemente: “Debió haber sido hombre —habría sido un gran navegador. Su poderosa razón habría deducido nuevas esferas de descubrimiento a partir del conocimiento de lo antiguo; y su robusta e imperiosa voluntad jamás se habría visto debilitada frente a oposición o dificultad alguna”.
Anne Frank, por otro lado, era una estudiante popular y admirable, cuya educación se vio truncada debido a una robusta e imperiosa voluntad ajena a ella. La escuela funcionaba así: cada día ibas y faltaba un compañero nuevo; nadie decía nada, pero el número de alumnos disminuía continuamente hasta que, al final del semestre, solo un estudiante llegaba a presentar sus exámenes finales, los tomaba por su cuenta, aprobaba, y se le permitía marcharse.
J.D. Salinger dijo alguna vez, “Cuando se le pregunte a un escritor por su oficio, este debería levantarse y gritar los nombres de los escritores que ama,” y prosiguió con la lista de los nombres que él gritaría, y en la lista de dieciséis nombres hay solo una mujer, y su nombre es Emily.
Un ramo de flores con una nota de agradecimiento, una mosca de plástico, cinco centavos, un huevo.
Ventanas
Emily Dickinson pasó mucho tiempo observando desde su ventana, y muchos de sus poemas, si no es que su visión del mundo, parecen estar enmarcados por este hecho; tanto se ha dicho al respecto que hay poco que pueda yo añadir; debatir si una ventana es un emblema de completa objetividad (enajenación y distancia) o de completa subjetividad (encuadre y punto de vista) es un debate sin fin, puesto que cada ventana tiene dos lados que se subsumen en la misma, de la misma forma en que el deseo, subsidiario de la ventana, se subsuma en el objeto de deseo y el sujeto que desea.
Mientras Anne Frank se escondió, una de sus actividades preferidas se volvió mirar por la ventana en la noche, el único momento seguro para hacerlo. Sus diarios dan fe de estos momentos de deseo y éxtasis, y aún si la calle estaba vacía, para ella estaba llena con el recuerdo de su vida. Cada vez que siquiera dan un vistazo a la luna, están viendo la misma luna que llenaba y exaltaba a Anne con tanta emoción.
En la novela de Emily, el espíritufantasmaser de Catherine, aquel eidolón, frecuenta a Heathcliff a través de la ventana (quizá recuerden aquella canción de Kate Bush en los 80s con su desesperado estribillo: Heathcliff! It’s me, Cathy!) pero la propia Emily no estaba confinada a casa y pasaba sus días en los brezales –se podría decir que estaba confinada al brezal– y me viene a la cabeza un dicho atribuido a un viejo benedictino: El brezal abrirá sus alas sobre el universo entero[/efn_note]Nota del traductor: En inglés, Heather y Heath son tanto nombres propios como sinónimos de brezal.[/efn_note]. Me gustaría proponer que la ventana por excelencia de Emily era el extenso e inmenso cielo que la alimentaba y a través del cual Emily parecía ser capaz de ver más allá. En efecto, en su novela, Heathcliff pasa sus últimos días a cielo abierto, congeniando en el páramo con aquella presencia invisible pero sumamente real. Invisible pero sumamente real: es una definición apropiada para Anne Frank, escondiéndose, o para su diario, o para Dickinson, aquella diario viviente.
Una barra de chicle envuelta en aluminio. Un pedazo de vidrio.
Naturaleza
¿Será que he pasado tanto tiempo sin salir que por eso me he enamorado tanto de la naturaleza? Recuerdo otros tiempos en que un magnífico cielo azul, aves cantando, la luz de la luna y las plantas floreciendo me habrían cautivado. Han cambiado las cosas desde que llegué. Una noche durante la fiesta pentecostal, por ejemplo, hacía tanto calor y me esforcé tanto en mantener los ojos abiertos hasta las once y media para observar la luna por mi propia cuenta. Desafortunadamente, mi sacrificio fue en vano, pues había demasiado reflejo en el vidrio y no podía arriesgarme a abrir una ventana. En otra ocasión, hace ya muchos meses, sucedía que estaba arriba una noche en que la ventana estaba abierta. No volví a bajar hasta que tuve que cerrarla de nuevo. La oscura y lluviosa tarde, el viento, las nubes apresuradas, me pusieron en un trance; era la primera vez en un año y medio que había visto a la noche cara a cara. Después de esa tarde, mi deseo por verla fue aún más grande que mi miedo a ladrones, casas infestadas de ratas, o a una redada policiaca. Volví abajo yo sola y miré por las ventanas de la cocina y del estudio. Muchas personas creen que la naturaleza es hermosa, muchas personas duermen de vez en cuando bajo el cielo estrellado, y muchas personas en hospitales y prisiones añoran el día en que sean libres de disfrutar lo que la naturaleza puede ofrecer.
1400
¡De cuánto misterio se impregna el pozo! Vive tan lejos el agua — Vecina de un mundo diferente, residiendo en un frasco
Cuyo límite nadie ha visto, Solo su cubierta de vidrio Como mirar cuando tú quieras El rostro del abismo!
No parece asustarse el pasto, Me pregunto cómo Permanece tan cerca y tan audaz Ante lo que a mi me aterra.
Alguna relación podrían tener, el cípero de pie junto al mar — donde le falta suelo y no traiciona su timidez.
Pero la naturaleza es una desconocida; quienes más la citan jamás han pasado frente a su casa embrujada ni han simplificado su fantasma.
Tener lástima por quienes la desconocen se alivia con el arrepentimiento pues quienes la conocen, la conocen menos mientras más a ella se acercan.
Dejará esta tierra de inspirarte
¿Dejará esta tierra de inspirarte, soñador en soledad? ¿Dado que la pasión ya no te enciende, dejará la Naturaleza de hacer reverencia?
Tu mente transita siempre por regiones a tu vista escondidas; Recuerda su vagar inútil– Regresa conmigo a vivir.
Sé que mis brisas de montaña} te embelesan y te acunan– Sé que disfrutas de mi sol a pesar de tu deseo errabundo.
Cuando el día con la tarde mezclándose se hunde en cielo estival vi a tu espíritu doblegarse con el cariño de la alabanza.
Te he visto en cada hora– Se de mi magno influir– Conozco la magia necesaria para hacer tus penas huir.
Pocos corazones mortales} languidecen tanto en la tierra pero ningúno pediría un Cielo más como la tierra que el tuyo.
Así que deja a mis vientos acariciarte– tu camarada déjame ser– Ya que nadie más puede bendecir, regresa conmigo a vivir.
Un reloj de plástico, una pluma, un kleenex.
Hermanas
Lavinia, Margot, Charlotte y Anne: ellas son el verdadero misterio, a excepción de Charlotte, quien era más famosa que su hermana Emily, de tal forma que lo que sabemos de Emily nos llega a través de Charlotte y de su biografía.
Pero ellas son quienes poseen las llaves.
Frente a la tumba de Dickinson la tierra está tan pisoteada que está baldía, pero seis pulgadas a la izquierda, frente a la tumba de Lavinia, el pasto crece densamente.
Lavinia vivió con Emily su vida entera; debieron haber peleado.
Emily y Anne Brontë eran particularmente cercanas; murieron con meses de diferencia.
¿Margot y Anne? Se asume que Margot murió cuarenta y ocho horas antes que su hermana, pero, ¿quién podría asegurarlo?
“El Abismo no tiene biógrafo—
de tenerlo, no sería Abismo—”
Nada.
Emily y el costurero
Emily usaba vestidos blancos, hechos por un costurero. El que todavía se guarda en su cuarto, puesto sobre un maniquí de costurera —de hecho el vestido es una réplica exacta, ya que el original está preservado cuidadosamente— llega hasta el suelo, con un ligero pliegue en la cintura pero sin cintura, hecho con varios paneles verticales de encaje delicado pero simple, alternando con paneles de algodón sin adornar; mangas largas bordadas con encaje; un cuello que podría ser curiosamente descrito como ni circular ni cuadrado sino entre ambos, bordado con el mismo encaje; y doce botones blancos al frente que abarcan dos tercios del largo del vestido en donde hay un panel horizontal de tela, bordado con encaje, del que caen pliegues cuadrados hacia el suelo. No parece un vestido incómodo—parece casi un camisón— y su patrón corresponde a los estilos de la época, nada inusual o raro.
Con una excepción. Lo que solo pudo ser petición de Emily, un bolsillo exterior, completamente por fuera, un bolsillo de obrero, fue añadido al lado derecho del vestido, a la altura de la manga derecha. Ningún curador ni historiador de vestido puede conjurar una razón para explicar la existencia del bolsillo que no sea para sujetar algo que la portadora utilizaba regularmente y quería tener a la mano— ¿algo para escribir, quizás, y un pedazo de papel?
Ilustración de Mary Ruefle.
Emily en Inglaterra, autora de sus propios poemas “apasionados a muerte, enamorados de la tierra”, la teórica cuya obra revela una filosofía panteísta y fatalista completamente propia —su hermana dijo de las ideas de Emily que “me parecen mucho más audaces y originales que prácticas”— y el reclamo académico hasta el día de hoy ha sido el mismo —ninguna de sus ideas funciona en el contexto de una sociedad tradicional —ella, quien escribió, junto con sus hermanas, desde muy temprana edad, ella cuya estadía en el mundo falló al contrario del resto de su familia —infeliz como estudiante y un fracaso como maestra, que una vez le dijo a sus estudiantes que prefería estar con su perro a estar con ellos— era una mujer que, si se sigue su vida de principio a fin, como no tenemos tiempo para hacer aquí, parecía tener una sola imagen de ella misma —la de una escritora. Simplemente nunca hizo otros planes. Cualquier otra cosa que haya hecho fue un acto de coerción familiar.
Después de leer el Diario de Anne Frank estoy convencida —no en un sentido ocioso o lúdico sino con la convicción absoluta de la verdad— de que Anne, de haber sobrevivido, se hubiera vuelto una autora. Es la única cosa que es evidente clara y persistentemente a lo largo del diario —ella misma lo menciona, sus sueños y esperanzas de volverse escritora. Tenemos aquí a una niña que escribe una oda a la muerte de su pluma, la cual, como se menciona en uno de los muchos momentos de ironía desgarradora que contiene el diario, fue accidentalmente cremada en el horno, “¡justo como a mi me gustaría un día!”, ella escribe.
También es evidente que esta joven mujer se hubiera involucrado con el destino de las mujeres en todos lados, sus luchas individuales y luchas colectivas por empoderarse.
Habría tenido treinta y seis en 1965.
Lilas, un carrete de hilo, una caja de cerillos, un anillo mágico.
El poema de Billy Collins
Desvistiendo a Emily Dickinson
Primero su capelina de tul, fácilmente de sus hombros removida y puesta sobre el respaldo de una silla de madera.
Y su bonnet, el moño deshecho con un ligero tirón hacia delante.
Después el largo vestido largo, un asunto más complicado, con botones de madreperla en la espalda, tantos y tan pequeños que una eternidad transcurre antes que mis manos puedan separar la tela, como un nadador separando agua, y escabullirse dentro.
Querrías saber que ella estaba de pie junto a una ventana abierta en un cuarto de arriba, inmóvil, sus ojos cándidos, mirando la huerta más abajo, su vestido blanco hecho un charco a sus pies sobre los maderos amplios del suelo.
La complejidad de la vestimenta para mujeres en los Estados Unidos del siglo diecinueve no es de subestimar, y yo procedo como un explorador polar, a través de cierres, broches y nudos, pestillos, correas y corsés de hueso de ballena, navegando hacia el iceberg de su desnudez.
Más tarde, escribí en un cuaderno fue como montar un cisne hacia la noche, pero, claro, no puedo decirte todo— la forma en que cerró sus ojos al huerto, cómo su cabello cayó libre de broches, cómo había pequeños guiones cada vez que hablábamos.
Lo que puedo decirte es que había un silencio terrible en Amherst esa tarde de Sabbath, solo un carruaje pasando la casa, una mosca en la ventana.
Así que pude escucharla inhalar cuando deshice la parte superior de su corsé de gancho y presilla
y podía escucharla suspirar cuando finalmente se desabrochó, igual que algunas lectoras suspiran cuando caen en cuenta de que la Esperanza tiene alas, que la razón es un tablón, que la vida es una pistola cargada que te mira directamente con un ojo amarillo.
Dado que los poemas son mi vida, una gran parte de ellos, tanto míos como de otras personas, me hacen enojar. Este es uno de ellos.
Tan popular parece ser este poema que el título del más reciente libro de Collins —la primera colección de su obra en llegar a Inglaterra— se titula Desvistiendo a Emily Dickinson: Poemas escogidos. Gracias a Dios por los otros poemas, de los que muchos son maravillosos.
¿Qué si el poema se llamara “Desvistiendo a Toni Morrison”?
¿Me sentiría menos enojada, o más?
Para empezar, no queremos quitarle la ropa a Toni Morrison por la simple razón que podemos suponer, dado que tiene hijos, que alguien ya lo ha hecho.
El poema se basa por completo en el supuesto de que Dickinson es un ícono de la virginidad y que sería entretenido hacer algo con esa idea, ser el primero en hacer algo con esa idea. La poesía es subversiva por una buena razón, pero a mi parecer nunca debería ser rapaz, vivir de presa. Violación: quitar algo por la fuerza. A pesar de que las acciones en el poema no podrían ser más gentiles, es la idea la que utiliza la fuerza. Estoy plenamente consciente de que ciertos actos sexuales que involucran pasividad pueden ser positivos, eróticos y enriquecedores. Pero insisto con mi sensación de que la mujer en este poema no quiere que nada de esto este sucediendo —las palabras que atraviesan la página la ponen nerviosa— y el hablante parece ser un extraño, y la audiencia estar absorta desde las bancas de un vestidor.
Pero hay esperanza: ¡Billy Collins no puede desvestir a Emily porque ni siquiera sabe dónde están los botones! Las mujeres que viven sin pareja o sin criadas personales no tienen vestidos con innumerables botones en la espalda —no hay forma de ponérselos o quitárselos sin ayuda; los botones de Emily estaban al frente, donde podía alcanzarlos.
Me gustaría vestirla para ustedes, con los velos que tanto amó y de los que tanto escribió su vida entera, y escogí un vestido de Versace; se fotografió en el desierto, lugar de descanso de la esfinge, y está rodeado por los vientos salvajes de los brezales.
Un sobre, con dirección pero vacío, un chicle envuelto en papel plateado, una bolsa de semillas de capuchina, y un botón.
Actos de privacidad
Nació célibe; en una época anterior, muchos siglos antes de la época en que vivió, habría prosperado en un convento. Pensar en ella, o en cualquier otra célibe apasionada, como una solterona frustrada está mal; ella era completamente capaz de unión en su propio mundo, en sus propios términos; “hermafrodita psíquica” la llamó Arthur Symons, completamente capaz de “pasión sin sensualidad”. Es un hecho que, a pesar de escribir lo que muchos recuerdan solo como una gran historia de amor (es eso y mucho más), ella en su propia vida no tuvo un solo interés romántico por otro ser humano. Muchas veces se observa que sus personajes parecen carecer de sexo, y en efecto carecen; en su obra sus personajes se encuentran “bajo los términos de identidad pasional mutua”; la unión sexual terminaría sobrando —se excluye, o se hace imposible por el hecho de que no hay nada que unir: ya se ha unido todo, o, por ponerlo de otra forma, todo ha sido igualado desde el principio del tiempo.
298
Sola, no puedo estar— Pues me visitan Anfitriones— Visitas sin registro— Que burlan Llave—
Sin Túnicas ni nombres— Sin Almanaques— ni Climas— Con Casas vagas— Como Gnomos—
Su Llegada puede ser prevista— Por mensajeros interiores— Su partida—no Pues nunca se retiran—
Dickinson tuvo varios enredos pasionales en su vida, aunque ninguno dio frutos (lo que sea que eso signifique). Y Anne pasó mucho de su tiempo en el anexo besándose con Peter, el hijo de la otra familia que se escondió con los Franks. Y pasó mucho del tiempo restante escribiendo sobre ello en su diario, aunque estos son precisamente los fragmentos que, en otro acto de privacidad, quedaron fuera de la edición gracias a su padre, y el diario llegó a su fama original sin ellos.
Emily se enfureció cuando su hermana Charlotte descubrió sus poemas personales. Emily se enfureció cuando Charlotte y su hermana menor, Anne, hicieron su famoso viaje a Londres para demostrar a sus editores que eran autoras diferente y a Charlotte dejó escapar el hecho de que en realidad eran tres.
Dickinson era conocida como una poeta —a quienes la conocían— pero igual, imaginen la sorpresa de Lavinia al tener que descubrir y organizar 1775 pequeños pedazos de papel —algunos encuadernados— rellenando los cajones y los espacios vacíos.
Y cómo pudo ser, cómo pudo ser, que tras la redada al departamento y el arresto de los Frank, y que la policía haya revisado el lugar, y que uno de ellos haya encontrado el diario y, quizás tras leer la oda a la muerte de su pluma, lo haya tirado al suelo, siguiéndo con su deber, dejándolo ahí como basura, que un amigo lo haya encontrado y guardado en ocasión —ocasión esperanzada e improbable— de que uno de ellos regresara; y cómo pudo ser, cómo pudo ser, que de las ocho personas que vivieron y comieron y se escondieron juntas, solo una regresaría, en menos de un año, solo una, en menos de un año.
Emily se resfrió en el funeral de su hermano. Su muerte es una leyenda y nada de lo que yo diga añadirá o quitará. ¿Hosca, desdeñosa e inflexible? ¿O estoica, heroica y noble? Muerta de tisis en su trigésimo primer año, negó que se le ayudara, negó atención, preocupación, cuidado, se rehusaba a tomar medicina o a ver doctores. Murió como… Heatchliff, quien murió como… Catherine. Según Cliffnotes:
Heathcliff continúa alejándose y solo come una vez al día. Una noche, unos días después, se va y pasa la noche entera fuera. Cuando regresa al amanecer, Cathy (la hija de Catherine) observa que su comportamiento es bastante agradable. Rechaza toda comida. Cuando Nelly (la criada) intenta convencerlo de ir a buscar un pastor, él se mofa y le recuerda sus deseos para su entierro. Luego, Nelly manda a buscar al doctor, pero Heatchliff se rehusa a verlo. La noche siguiente, Nelly encuentra el cuerpo muerto de Heatchliff.
El padre y las hermanas de Emily no tenían permitido mencionar su enfermedad, a pesar del hecho de que era claro que se estaba muriendo; apenas podía respirar, hablar o comer, pero siguió con sus rondas de deberes, yendo y bajando por las escaleras. Un día se recostó en la banca que había en el salón de dibujo y le dijo a Charlotte que podía mandar a llamar un doctor si quería —y murió esa misma noche.
Charlotte escribió a una amiga:
Así que no me preguntaré por qué Emily se fue en la plenitud de nuestro apego, enraizado en el apogeo de sus días, la promesa de su poder; por qué su existencia reposa ahora como un campo pisoteado de maíz verde, como un árbol lleno de fruta cortado a la raíz.
Es una cuestión privada.
Un dedal, una castaña, veinticinco centavos y muchos, muchos dientes de león.
Lenguaje y muerte
La autoconciencia incluye la conciencia de la muerte propia. Culturalmente, la autoconciencia ha evolucionado hacia formas más y más altas de literacidad, y con ello se pondera más y más la muerte. La literacidad pondera no solo la muerte de un individuo, sino también la muerte de las sociedades y culturas, la muerte del medio ambiente y la muerte de aquellas especies sin autoconciencia, y también pondera la muerte de su propia especie, la extinción de toda autoconciencia (y literacidad). Al mismo tiempo, un individuo altamente literario, alguien que lee y que escribe con medra constante, pondera más y más su propia muerte. Sin duda esto es lo que hacen los escritores obstinados. Desde Virginia Woolf hasta Jacques Derrida, no tenemos sino ejemplos en cada gran obra de cada gran escritor en cada gran cultura —y toda cultura es grande— y esta literacidad de la muerte es la autoconciencia en diálogo con su opuesto, con la ausencia de conciencia. Pero este diálogo (uno en que el escritor comienza hablando y más y más comienza a escuchar) toma tiempo para desarrollarse y desdoblarse; le toma tiempo conciliarse con la muerte.
En El lenguaje y la muerte, Giorgio Agamben toca un punto sobre esta literacidad de la muerte. Dice que dar consentimiento al lenguaje significa actuar de tal forma que la voz de uno se esfuma y se revela otra Voz, y junto a ella una nueva dimensión de ser y el riesgo mortal inherente de la nada. Es un parafraseo tosco y obtuso, pero aquí está la distinción que él hace, y la que me interesa: “Dar consentimiento a que el lenguaje tome lugar, a escuchar a la Voz, significa, entonces, dar consentimiento a la muerte, ser capaz de morir en lugar de solo fallecer.” (Itálicas mías.)
Que Emily y Emily hayan escuchado la voz, y hayan dado consentimiento a ella y al riesgo mortal inherente, es claro para mí: que hayan sido capaces de morir y no solo de fallecer, es para mí una verdad. Emily, en su cama blanca en el segundo piso de Amherst, respondió, y Emily, en la banca de madera del cuarto para dibujar en Haworth, invocó, murió; murieron precisamente porque sus vidas —no importa qué tan largas o cortas— habían sucedido junto a esta otra Voz, una voz a la que se escucha.
No hay necesidad de que dejes tu cuarto. Mantente sentado frente a la mesa y escucha. Ni siquiera escuches, solo espera. Ni siquiera esperes, mantente quieto y solitarios. El mundo libremente se ofrecerá a ti desenmascarado, no tiene opción. Se dará vueltas, ecstático, a tus pies.
Aforismo de Kafka
¿Pero qué hay de Anne? Fallecida. Anne no murió, aunque de haber vivido habría sido capaz de ello —de eso estoy segura. Expiró, como un animal. Se le negó su propia capacidad para morir porque… porque alguien más se la llevó, le hurtó esta capacidad… por la fuerza. Ni siquiera una “persona”, no un alguien, sino una enorme, gigantesca, una abrumadoramente descomunal y penetrante Máquina de Pensamiento Manifestada Sobre la Tierra.
¿Causa de muerte? La invasividad interna del tifus, fiebre tifoidea.
¿Causa del tifus? Condiciones de vida insalubres.
¿Causa de condiciones de vida insalubres? La invasividad externa de una ideología sin una circunferencia de amor lo suficientemente ancha para dar refugio, entre otras cosas, a los quince años de una niña precoz, de ojos oscuros, enamorada de su pluma de fuente y su cabello.
“La genialidad es encender el afecto —no el intelecto, como se supone— la exaltación de la devoción, y en proporción a nuestra capacidad para ello, existe nuestra experiencia para la genialidad.”
Emily escribió en otra carta: “¡Quizás todos los Estados Unidos se están riendo de mí! No me puedo detener por ello. Mi intención es amar.”
Te amo, con un amor tan grande que simplemente no podía seguir creciendo dentro de mi corazón, y tuvo que saltar fuera y revelarse con toda su magnitud. Sinceramente, Anne Frank
Anne Frank murió de tifus en Bergen-Belsen en 1945. Allí se encontró con una de sus mejores amigas, su compañera de escuela Hannah Pick-Goslar —“allí se encontró”— no sé cómo llamarlo; a lo que me refiero es que, de noche, quizás tres o cuatro veces, se encontraban y conversaban a través de una pared de alambre y paja que dividía el campo. Y Anne no gritaba a la noche, “¿Cómo puede alguien vivir tras la barbaridad de lo que nos ha ocurrido aquí?” Ella no dijo eso. Era una niña, una escritora, por virtud de haber escrito casi todos los días por dos años, y un ser humano. Lloró, diciendo, “Ya no tengo padres… No tenemos nada qué comer aquí, casi nada, y tenemos frío; no tenemos ropa y me he puesto muy delgada y me cortaron todo el cabello.”
Esta mañana me recosté sobre la tina y pensé en lo maravilloso que sería tener un perro como Rin Tin Tin. Sinceramente, Anne Frank
Mi solitaria son las meditaciones de una mente central. Escucho el movimiento del espíritu y el sonido de lo que es secreto se vuelve, para mí, una voz que es mi propia voz hablándome al oído. Stevens, “Chocorua a su vecino”
Espero poder contarte todo, como nunca se lo he podido contar a nadie, y espero que seas una fuente de consuelo y alivio. Sinceramente, Anne Frank
La soledad madura lo excéntrico, lo extraño y audazmente bello, lo poético. Pero la soledad también madura lo perverso, lo desproporcional, lo absurdo, lo ilícito.
Thomas Mann, La muerte en Venecia
Perversa, desproporcional, absurda e ilícita—todas estas palabras se utilizaron para describir Cumbres Borrascosas cuando se publicó por primera vez, y aún hoy en día, en lo que respecta a esa obra maestra, están llenas de significado.
En la Inglaterra del siglo XIX, los escritorios eran asuntos ferozmente privados, casi como diarios portátiles —pequeños y de madera, más o menos del tamaño de una máquina de escribir, con una tapa inclinada para escribir, que se levantaba y revelaba un espacio vacío en el que guardar papeles, y se cerraban y la llave la llevabas contigo.
Cuando Emily murió y se abrió su escritorio, se descubrió que contenía cinco reseñas comparando su obra desfavorablemente al best-seller de Charlotte, Jane Eyre.
Las niñas Frank estaban tan demacradas. Se veían horrible… Tenían esas caras ahuecadas, de piel sobre hueso. Tenían tanto frío. Su lugar en las literas era el menos deseable, abajo, junto a la puerta, que constantemente se abría y cerraba. Constantemente se les escuchaba gritar, “cierren la puerta, cierren la puerta,” y sus voces se volvieron más débiles cada día….
…No sé a quién sacaron primero, si a Anne o a Margot. De repente ya no las veía, así que tuve que asumir que habían muerto. Mira, no les puse ningún tipo especial de atención porque había tantas otras que también habían muerto. Cuando ya no las vi, asumí que habían muerto ahí, ahí en ese catre….
….A las muertas se las llevaba afuera, se las ponía frente a los dormitorios, y cuando te dejaban salir en la mañana para ir a la letrina, tenías que caminar por donde estaban. Era tan horrible como ir a la letrina, porque gradualmente, a todo mundo le dio tifus. Frente a los dormitorios había una especie de carretilla en la que podías hacer tus necesidades. A veces también tenías que llevar una de esas carretillas a la letrina. Posiblemente fue en uno de esos viajes a la letrina en que pasé junto a los cuerpos de las hermanas Anne, una o ambas —no lo sé… Y luego se llevaban las pilas. se cavaba un gigantesco hoyo y ahí las echaban. De eso estoy seguro. Ese debió haber sido su final, porque eso fue lo que sucedió con otras personas. No tengo razón alguna para asumir que lo que les sucedió fue diferente a lo que le sucedió a cualquier otra mujer que murió con nosotras durante ese tiempo.
Rachel Van Amerongen-Frankfoorder
La belleza permanece, aún en el infortunio. Si la buscas, descubres más y más felicidad y recobras tu balance. Una persona feliz hace feliz a otras personas; ¡una persona con fe y valentía nunca morirá en la miseria! Sinceramente, Anne Frank
La noche estrellada noticias traerá
La noche estrellada noticias traerá: sal a la brisa del brezal, busca al ave con alas de sable, y pico y garras goteando sangre.
No mires alrededor, no mires debajo, solo traza su aéreo sendero; marca donde resplandece sobre el brezo; y arrodillate caminante a rezar.
Sobre la fortuna que ahí te espera ni puedo ni me atrevo a hablar; pero al cielo lo mueve la plegaria, y Dios es gracia —¡hasta siempre!
Si se me permite, y se me permite, apropiar las palabras que Vladimir Nabokov utilizó para explicar el tema de su novela Barra siniestra, diré esto: El tema central de la poesía reunida de Emily Dickinson es el latir del corazón ferviente de Emily y la tortura e inmensa sensibilidad a la que se expone. Emily escribió en una carta, “Todo esto y más, aunque, ¿hay más? ¿Más que el Amor y la Muerte? ¡Dime, entonces, su nombre!
Perritos amarillos. Un petirrojo de hojalata. Un cubo de bebés con la letra E. Una conífera. Un sombrero diminuto. Una moneda australiana.
Conexión
No sé si haya una conexión. Si Anne, la joven escritora, hubiera vivido, quizás se habría preguntado lo mismo—si había una conexión. Claramente, Emily vivió lo suficiente para preguntarse si había una conexión. A veces sabemos que hay una conexión. A veces nos preguntamos si hay una conexión. A veces sabemos que no hay conexión, pero nos preguntamos si alguna conexión puede ser posible. Es todo muy confuso, por no ir más lejos.
No hay registro de rosa alguna que haya fallado de su abeja, sino obtenida en circunstancias específicas a través de experiencia escarlata. La profesión de las flores difiere de la nuestra solo en tanto que es inaudible. A medida que crezco siento más y más reverencia por estas criaturas mudas cuyo suspenso y transporte me sobrepasa.
Hubo poetas, y otros autores, sobrevivientes, quienes, eventualmente, cesaron su escritura tras la Segunda Guerra Mundial. Pero es un hecho que en general los escritores no cesaron su escritura tras la guerra. Ni acabo realmente la guerra.
No es cobarde mi alma
No es cobarde mi alma No tiembla en la tormenta aproblemada del mundo Veo brillar las glorias del Cielo Y la Fe brilla protegiéndome del Miedo.
O Dios en mi pecho Todopoderosa deidad siempre presente Vida, que en mi tiene descanso Como yo, Vida Inmortal, poder sobre ti.
Vanos son los mil credos que mueven los corazones de los hombres, indeciblemente vanos, Sin más valor que la hierba marchita o la espuma ociosa en altamar
Para despertar la duda en una Sostenida velozmente por tu infinidad Tan seguramente anclada a la firme roca de la Inmortalidad.
Con ancho amor que me abraza Tu espíritu anima los años eternos impregna y cría sobre nosotros, Cambia, sostiene, disuelve, crea y se alza.
Aunque desaparecieran tierra y luna, Y cesaran los universos y los soles Y te quedaras solo Toda Existencia existiría en ti.
No queda espacio para la Muerte Ni átomo alguno que su fuerza pueda vaciar Ya que eres el Ser y el Aliento Y lo que eres jamás se podrá destruir.
Un paracaidista, un corcho.
Sobre sus palabras
Tengo una amiga llamada Kay Baker. Tiene sesenta y cinco años, es una maestra de literatura retirada que vive en Amherst y tiene una diminuta tienda de antigüedades. A medida que la he ido conociendo poco a poco, he quedado asombrada por su inteligencia y fortaleza, su amabilidad y su corazón trabajador y responsable. Es muy práctica y con los pies en la tierra —es sensible. Siempre me impacta en alguna medida esta manifestación en particular de la naturaleza humana, tan alejada de la mía. Durante la última conversación que tuve con ella, antes de navidad, le dije que estaba trabajando en esta conferencia, que me sentía ansiosa y temía que estuviera fuera de mi alcance hablar de Emily Dickinson, Emily Brönte y Anne Frank en un solo aliento. Después le pregunté qué creía ella que tenían en común. Se quedó en silencio por un buen rato, y durante ese tiempo pensé en cuánto sentía que tenían en común y cuán difícil me era dar en el clavo con ello, articularlo claramente; podía mostrarlo, pero no decirlo. Y luego ella lo dijo. Se volteó hacia mí con una sonrisa gentil y dijo, “No tienen experiencia del mundo.” No tienen experiencia del mundo. No tienen experiencia del mundo. Tenía razón. Y pensé en sus palabras lo que quedaba del día. La privación es deseo. El aislamiento es lujuria. El no tener experiencia del mundo —es pasión por el mundo. De hecho, “no tener experiencia del mundo” debería imprimirse en todos los diccionarios como la definición de pasión. Ellas estaban magníficamente preparadas para nada.
Una vez experimentadas en el mundo…
Si Anne hubiera crecido…
Si los botones de Emily hubieran estado detrás de su vestido…
Si Emily hubiera vivido en un paisaje con menos viento, uno que produjera gente en vez de sus ecos anhelantes, las almas cazadas y atormentadas…
Una voz dentro de mí llora. “Ya vez, es en lo que te has convertido. Estas rodeada de opiniones negativas, miradas incrédulas y caras burlonas, gente a la que no le gustas, y todo porque no escuchas el consejo de tu otra mitad.” Creeme, me gustaría escuchar, pero no funciona, porque si me pongo seria y en silencio, todo mundo cree que es un nuevo jueguito y tengo que salvarme con algún chiste, y entonces ya ni siquiera estoy hablando de mi familia, quienes asumen que debo estar enferma, me llenan de aspirinas y sedativos, sienten mi cuello y frente para ver si tengo temperatura, preguntan sobre mis deposiciones intestinales y me resienten por estar de mal humor, hasta que no puedo seguir con ello, porque cuando todo mundo comienza a circular sobre mí, me enojo, luego me pongo triste, y finalmente volteó mi corazón de adentro hacia afuera, la parte mala fuera y la parte buena dentro, y continúo buscando cómo volverme lo que quiero ser y lo que podría ser si… si solo no hubiera otras personas en el mundo. Sinceramente, Anne Frank
Un pedazo de carbón, un talón de vela, un crisantemo.
El fin
Al final, he dicho muy poco sobre mi Emily Dickinson. Preferiría no hacerlo, dijo Bartleby. Mi Emily Dickinson no es asunto de nadie más que mío. No la compartiré con nadie. No les diré más sobre mi relación con sus poemas de lo que les diría sobre un amorío. Si es suya, espero que se sientan lo mismo. Lo poco que divulgaré es esto: ella poseía el Lenguaje, y a causa de ello —no por ello, sino a causa de ello— murió, y no falleció simplemente. Eso es menos común y más extraño de lo que uno podría pensar —morir. Pero tiene una tumba común y corriente, y me gusta ir a visitarla y dejar cosas, y cuando lo hago me doy cuenta que muchas otras personas han hecho lo mismo.
Una pequeña gárgola, un corazón de hule, una llave vieja, una plumilla de guitarra, una lentejuela, una ramita de brezo, un pedazo de cabello.
“Ahora puedes decirme cuán grande debe ser el amor que en mí arde cuando me olvido que estamos vacíos tratando a tu sombra como ser vivo”
Dante,Purgatorio
Una perilla.
De Madness, Rack and Honey: Collected Lectures, 2012. Derechos reservados. Traducido con autorización de la autora y Wave Books.
La presencia oculta las cosas. Quien quiera esconder algo, que lo coloque entre la multitud. Decían en la India del medioevo que la esencia de la poesía es lo que no se dice con palabras, lo que aparece en el texto, la resonancia semántica, la imperceptible ebriedad del significado.
Óscar Pujol
Las apariencias no engañan
“No hay nadie”, Graciela Iturbide
Puede considerarse que la superficie elegida por el artista, para fijar una imagen, es un espacio. En el caso de Graciela Iturbide el papel fotográfico es una base estructural. La exposición “Cuando habla la luz” suma, entonces, una serie de umbrales que al ser cruzados por la mirada de los espectadores ofrecen atmósferas que se mueven entre lo inquietante y siniestro, lo irónico y lo conceptual, lo ritual y lo espiritual, lo emotivo por humano o por crueldad, etcétera
La poética de la mayor de trece hermanos, que vio la luz en la Ciudad de México un 16 de mayo de 1942 en el seno de una familia de clase media alta de origen español, es vasta y contrastante. Al acudir al Palacio de Cultura Citibanamex, sobre la mítica calle Francisco I. Madero #17, y recorrer la selección que visibiliza los cuarenta y cinco años (1972-2017) que Iturbide dedicó a viajar y retratar con un ánimo entre lo fantástico y lo etnográfico, con una búsqueda que asume y muestra lo imperfecto y asimétrico de las emociones, sin desdeñar la pulcritud técnica y los ideales de composición, uno puede entregarse a instantes como máscaras de otra época sobre el rostro y salir del recinto institucional todo menos indiferente. La belleza de este estilo subyuga. Esta última frase halla su comprobación en el tránsito de los 20 módulos elegidos no en modo cronológico, sino temático que forman la exposición.
Fotografía de Graciela Iturbide en Palacio de Cultura Citibanamex – Palacio de Iturbide, organizado por Fomento Cultural Banamex, A.C.
En Mirándome, alumbre; Separaciones, me formo; Animales de granja; Yo no te conocía, mascara; Feminifloro; Premoniciones; Las letras de las cosas; Vuela el cielo, por citar algunos módulos, es posible trazar una cartografía biográfica. Los lugares que visitó Graciela Iturbide y las experiencias que vivió en ellos se reflejan, como si de un diario insólito de viaje se tratara, en las fotografías. Sin embargo, nada sabemos del paso de la autora por la India, Italia, Estados Unidos, Sonora, Oaxaca, Madagascar, Ciudad de México, más que el misterio de sus postales. Presa del fervor por la ficción, Iturbide enciende a clics analógicos un fuego del que su presencia es ya ceniza. Su obra es vida, pero sólo ella sabrá, como un secreto más en la tumba de la historia del arte, la realidad detrás de cada toma. La narrativa de sus imágenes es poderosa no por lo comprobable del rito, sino por las interrogantes que surgen cuando, al posarse frente a cada una de ellas, uno recuerda el deber sagrado de imaginar y la responsabilidad que da el ser cómplices de la especie a la que pertenecemos.
A modo de laberinto, entre un aparente azar de salas y muros dominando el acomodo grupal de las piezas, la curaduría de Juan Rafael Coronel Rivera es un caleidoscopio grato. Revela a la fotógrafa como una gran viajera y enmarca en la extensión de su trayectoria las obsesiones que devinieron en ella inquietud estética: lo presente por ausencia (es decir las prótesis y los signos que en silencio escondemos en las cosas), las máscaras y el juego identitario, la muerte y su coquetería de burdel (sus miradas enturbiadas por el luto de los vivos), la inocencia y furia colosal del paisaje, las aves y las letras que, recontextualizadas, pasan por jeroglíficos, la matanza animal establecida por el hombre que es tirano en la cadena alimenticia y representante leal de una serie de acciones ofrendadas sacrificios, los oficios y las tradiciones populares, la geometría del caos urbano, los horizontes inciertos de los retratos hechos a indios de Sonora y Oaxaca y también a las sombras que cazó en sus autorretratos, las contradicciones heroicas de la patria, el gusto simbólico por la risa y la tragedia, la resignificación de la infancia en relación a la noción de pureza, así como los abismos semánticos y místicos sobre los que construimos puentes para conocernos y vivirnos a través de la representación.
Fotografía de Graciela Iturbide en Palacio de Cultura Citibanamex – Palacio de Iturbide, organizado por Fomento Cultural Banamex, A.C.
Como ya es costumbre, al enunciar el lugar que le corresponde a Graciela Iturbide en la tradición fotográfica del país se tiene que aludir a Manuel Álvarez Bravo. Y no está mal. Sin duda fueron grandes amigos y existió una correspondencia entre sus estilos. Pero ese afán tan insistente de aprobar el talento femenino al decir que Álvarez Bravo vio “potencial” en la misma fotografía que Graciela considera su primera obra “profesional” y por eso decidió nombrarla su asistente, lo que le abrió a ella las puertas del éxito, es un cliché machista que aún arrastra el mundo del arte al incluir entre los suyos a las mujeres. No dudo que esté más cerca de la verdad que la artista tuvo que esforzarse el doble para alcanzar un lugar semejante a que hoy le corresponde por el sólo hecho de ser mujer. No digo esto para señalar un error de influencias. Ambas obras dialogan y se lucen cada una en sus diferencias. Son dos estilos riquísimos que se cruzaron en el tiempo y uno y otro tienen bien merecido el Premio Internacional de la Fundación Hasselblad que les fue otorgado. Eso no está en discusión.
El asombro, se ha dicho cientos de veces, es la mirada de una niña que contempla el mundo como si fuera la primera vez. Graciela Iturbide de pequeña, a escondidas, hurgó en las fotografías instantáneas que su padre tomaba y que guardaba en un cajón del armario. Recibió entre sus alegres manos la cámara Kodak que le regalaron a sus once años. Sin saber, sin imaginar siquiera su futuro entregado al arte alquímico de petrificar lo eterno, estableciendo así una relación inicial con su destino.
Hay recuerdos que son gérmenes de revoluciones. Para Iturbide la lucha de la fotografía no es, como dicta el rigor científico, capturar lo que tiene enfrente. La artista intenta ir más allá, cruzar esa otra orilla donde anverso y reverso, cuerpo y alma, oscuridad y luz, no son conceptos contrarios, sino unidad sagrada, un misterio no por impenetrable menos fascinante. El resultado de su batalla personal está expuesto, en buena medida, en el centro de la ciudad que la oyó nacer. Si usted no ha asistido, aún tiene tiempo de restar crueldad a abril.
Y el Humber se detuvo de golpe a unos metros de la meta. Se jaloneó el tiro, se subió y bajó el pantalón de mezclilla. Me vio con una cara de qué te digo. “Ya me rosé, carnal”. Volteó para ver si no le estorbaba a nadie y se salió de la pista del Estadio Universitario. Después de dos horas cuarenta y siete minutos se le ocurrió que ya estaba hasta la madre del maratón. A su lado pasaban corredores a punto de desbaratarse, cuerpos sin ganas que se mantenían en pie nomás por el aplauso de la gente, por el “ya merito”, por el “nomás esta última vuelta y jamás vuelvo a correr”. Y él tan fresco. Como si fuera tan poca cosa. Así de fácil se le hizo joderse la vida.
De vez en cuando pienso en ello: a lo mejor para el Humber nomás fue un chistecito. Ya se había echado como seis maratones corriendo en mezclilla, pero en ese último nomás dijo que no. Qué coraje. Sobre todo porque yo nunca le noté en la cara el mismo desamparo que se les ve a otros cuando ya van llegando. El Humber claro que aguantaba la última vuelta.
Un año, un cuate le tomó una foto con una de esas camarotas profesionales. El Humber parecía como alguien que se había colado a la competencia de buenas a primeras. Al año siguiente, alguien más lo reconoció entre la multitud y le tomó otra foto. Para el tercer año a un periodista se le ocurrió preguntarle por qué iba corriendo con mezclilla cuando todos los demás iban con sus chores. “Nomás por desmadre”, respondió el Humber sonriente después de cruzar la meta. Que sí le daba calor, pero hasta eso aguantaba. Que sí, que terminaba bien rosado, pero ya se había acostumbrado. Con unos baños de agua fría y cremita entre las piernas se le pasaba.
Al día siguiente el Humber llegó a presumirnos su foto en el periódico a los de las refaccionarias, y apenas ahí nos enteramos de que era corredor. Ya sabíamos que era muy movido, más movido que otros cuando coyoteaba. Que se la pasaba todo el santo día correteando a los coches para ofrecerles piezas, haciendo mandados, cargando con rines, las lunas, defensas y hasta llantas, en chinga de un negocio a otro, mientras otros usaban motos para moverse en la colonia. Fuera de eso, no lo conocíamos tan bien. Por eso ni le pusimos un apodo en forma, nomás el “Humber”, para ahorrarnos el “to”. Pero a partir de eso, de ver su foto en el periódico, le ganamos respeto.
—Óraleeee, ¿eh? Miren nomás al pinche Humber —nos dijo el Panda, su jefe, sosteniendo la página en alto, donde estaba el wey con el cabello relamido hacia atrás, levantando los pulgares y mostrando sus dientes chuecos. Y el cabrón, a un lado, sacó su sonrisota por si queríamos comprobar que sí era él.
Después de eso, cada año, un día después del maratón, comprábamos el periódico, donde invariablemente estaba la foto del Humber con sus pantalones de mezclilla.
Una vez hasta llevó a un par de reporteros de un periódico local a la colonia para que vieran dónde trabajaba, y hasta entrevistaron al Panda, que les dijo que sí, cómo no, que el Humber era muy buen empleado, muy chambeador, y luego entrevistaron al Humber, le tomaron fotos y le dedicaron un especial a doble plana que el Panda tenía colgado muy orgulloso en su refaccionaria.
La última vez que corrió el maratón, que no sabíamos que era la última, lo vino buscando uno de la televisión.
—Oiga ¿No conoce usted aquí a un chavo que corre todos los maratones con pantalón de mezclilla? —llegó a preguntarme el reportero, acompañado de un camarógrafo. Que le querían hacer un reportaje, contar su historia para un programa de esos que salen por las mañanas entre semana.
—Háblale al Humber, wey —le dije al Juancho que iba pasando. Cuando llegó el Humber, el reportero nos contó bien.
—Estamos haciendo un especial con las historias de varios de los corredores —le explicó el reportero—. Queremos grabar cómo es tu día a día, si entrenas para el maratón y cómo lo haces, y vamos a rematar ya con tu imagen cruzando la meta en el maratón que viene.
El Panda echó una carcajada.
—Óraleeee, ¿eh? Miren nomás al pinche Humber —repitió como un mantra—. Ya hasta artista nos salió el cabrón.
Los de la tele lo entrevistaron en su casa, en el trabajo, y hasta me grabaron con él, mientras yo atendía mi changarro. Pero el más soñado de todos era el Panda, de saber que él también iba a salir en la tele y, en general, le emocionaba vernos a todos ahí en la pantalla grande de la fonda, donde a veces nos juntábamos para almorzar.
El domingo del maratón, emocionados por las cámaras y, la neta, por la posibilidad de que nos fueran a grabar otra vez, varios nos organizamos para ir a verlo correr. Desde temprano lo vimos salir del punto de partida, que esa vez fue en el Zócalo, y le chiflamos cuando empezó a correr y le gritamos “Humber, Humber, Humber”, mientras el de la cámara nos grababa.
Varios se regresaron a la Doctores, pero otros nos fuimos en las motos para alcanzarlo en la meta, en el Estadio Olímpico. Entre los que se regresaron estaba el Panda, que le gustaba el borlote, pero ya se le hacía tarde para abrir su negocio y lo hacía todos los días, hasta en navidad.
Después de que llegamos al estadio, estuvimos ahí esperando un buen rato. Vimos cómo empezaron a llegar los primeros lugares y, después de una media hora, vi a lo lejos los inconfundibles pantalones del Humber. Nos alcanzó a ver y ahí fue donde hizo su gracia de salirse de la pista antes de terminar. Cuando fue con nosotros se estaba riendo, pero los demás como que no entendimos el chiste.
—¿Y eso? ¿Por qué no acabaste?
—Pos nomás, ja. Órale, ya vámonos.
Nos regresamos a la colonia, sin saber bien qué onda, y a la media hora le habló el cuate que había estado haciendo el reportaje. Aunque no estaba en alta voz ni nada, pudimos escuchar los pinches gritotes del reportero.
—¿Qué onda, dónde estás, cabrón?
—Pues acá, ya salí
—Ah, ¿entonces sí es cierto lo que me dijo el camarógrafo? ¿No cruzaste la meta?
—No, no alcancé
—¡No mames! ¡No mames, cabrón, no me puedes hacer esto! ¡Te regresas ahorita mismo y…
El Humber colgó el teléfono y dejó de pelar las llamadas.
Al otro día nos reunimos para almorzar en la fonda y ver las noticias de la mañana. El Humber no llegó, aunque le estuvimos hablando por teléfono. Pronto, en la tele empezaron a hablar del Maratón. Salió primero la historia de una señora que había hecho el recorrido completo, a pesar de que ya tenía 73 años. Luego salió la historia de un señor que completó el maratón por una promesa que le había hecho a su esposa, que se murió de cáncer. Luego salió un gringo que se dedicaba a recorrer todos los maratones famosos del mundo, corría uno cada seis meses, y ahora le había tocado el de México y enseñaba fotos de todas las medallas que tenía en casa.
Y luego se pusieron a hablar de una receta de cocina para hacer postres con una marca de harina que se conseguía en la tiendita y no se qué. Del maratón ya no volvieron a decir nada.
—¿Y dónde está el pinche Humber? —dijo el Panda.
—A lo mejor ya no pasaron su historia porque no acabó de correr.
El Panda salió emputado de la fonda.
—¡¿Dónde está el Humber?! Dile que se venga para acá —le gritó a otro de sus chalanes.
Un ratito después llegó el Humber, todo asustado, pensando que lo iban a regañar por algo del trabajo.
—No mames, pinche Humber, ¿cómo que no acabaste el maratón? Vete a la verga —le gritoneó el Panda—, y aquél dijo que perdón, que no sabía nada, que nomás estaba jugando.
Desde ahí no bajamos al Humber de pendejo. Le cargábamos la pila por cualquier cosita que hiciera. Si se tropezaba, si tiraba algo, si decía algo mal, “Ay, tenía que ser el pinche Humber”. Pero no aguantó la carrilla. Veíamos como cada vez más le daba hueva andar corriendo y ya dejó de hacer bolita con nosotros y de ir a almorzar a la fonda. Uno de los chavos le empezó al decir “El Sonrics”: “Por tu pinche sonrisota de pendejo”, le dijo. El Humber nomás se fue tristón.
Pero el Panda fue, por mucho, el más encabronado de todos. Hasta quitó de su negocio el cuadrito con el reportaje del periódico. Que cómo era posible, que se iba a hacer famoso, que le hubiera traído un chingo de clientes al negocio, pero tenía que salir con sus mamadas. Poco le faltó para correrlo, pero no fue necesario porque el propio Humber, un día, así nomás, se fue.
Nadie supo nada de él en un buen rato. Unos me decían que se había ido de diablero a la Central. Pasado el día del maratón, le eché un ojo al periódico, pero no había fotos suyas. Con el paso del tiempo, los chistes que hacíamos sobre el Humber dejaron de ser graciosos y casi nos olvidamos de él.
Como cinco años después iba caminando en el Centro y vi a alguien que se le parecía muchísimo. Era sábado, ya por la noche y lo vi caminando por Bolívar. Nomás agachó la cabeza, se hizo wey. Pero yo lo seguí porque estaba casi seguro de que sí era el Humber.
Lo alcancé, le agarré un hombro y receté el “¿Qué milagro, pinche Humber?”. Nomás se rió, medio apenado. Nos pusimos a caminar y a platicar, así a grandes rasgos le pregunté que qué pedo, que como andaba, que si en la nueva chamba le iba bien. Ya después de un rato, le ofrecí que fuéramos por una chela, porque la neta sí me daba mucho gusto verlo. Nos fuimos a uno de esos restaurantes que terminan de servir caguamas hasta las cinco de la mañana. Pasamos lista de todos los conocidos. El Panda ahí la lleva. El Chino ahí la lleva. El Pollo ahí la lleva. Pero fue pasando la noche y se fueron acabando los conocidos y los temas de conversación hasta que, ya pedo, me atreví a hablar sobre lo que pasó aquel día.
—¿Por qué no terminaste de correr esa vez?
—¿Qué vez?
—Pues cuál va a ser. La última, la del maratón que te iban a grabar.
—Pus nomás, por desmadre
—¿Cómo que desmadre?
—No sé.
—Pero sólo te faltaba darle la vuelta al Estadio, y siempre lo habías acabado.
—Sí, ya sé.
—¿Entonces?
—Pues nomás.
Ya no supe qué decirle. El Humber se quedó viendo a la mesa, intentando arrancar un pedacito de rebaba de plástico. Después de un rato, volvió a hablar.
—¿Nunca te has subido al techo y te han dado ganas de aventarte?
—…
—No, tranquilo, no me voy a aventar de ningún lado.
—Pfff. Nomás asustas, cabrón.
—No, no. No digo que te vayas a tirar, pues, sino que te da esa ansiedad de ver qué pasa si te avientas. Como que dices “¿Y si lo hago?”, pero pues te da miedo y nunca lo haces.
—Ajá
—¿Sí te ha pasado?
—¿A todos les pasa, no?
—Ajá, ajá. Bueno, pues a mí esa vez no me dio miedo.
Salimos de las caguamas todavía de madrugada, aunque parecía que ya iba a amanecer. Empezamos a caminar rumbo al Zócalo en silencio. Cuando me di cuenta del lugar al que nos acercábamos se me bajó un poco la peda. Volteé a ver al Humber, a ver si él también había hecho la conexión. Ahí, en esa esquina, fue el punto del banderazo donde había salido a correr su último maratón. Sin embargo no notaba ningún cambio en él.
—Ah, pues te acuerdas que aquí fue dónde… —le dije, pero ya no quise terminar la frase.
Y el Humber no dijo nada. Pero en cuanto llegamos al mero punto, me dejó seguir caminando solo. Lo volteé a ver y el Humber, sin cambiar su expresión, miró de frente, no a la calle, sino como a otro punto más lejos. Suspiró y empezó con una rutina de estiramientos en la banqueta, jalándose los pies, las manos e intentando tocar las puntas de sus pies. Se quitó la chamarra, se la amarró a la cintura y bajó de la banqueta a la avenida. Se persignó y empezó a correr.
Nací en Buenos Aires en un hogar repleto de periódicos, óleos, música y catorce mil libros de la mejor política y literatura, razón por la cual ser periodista, poeta o escritora fue como cumplir un designio divino. Mi padre, Gregorio Selser, solía decir que le hubiera gustado ser poeta o director de orquesta, yo a mis nueve años, quise ser veterinaria; no obstante, descubrí que la sangre me daba miedo, por lo que desistí de la que pensé sería mi vocación.
El periodismo me ha acompañado a lo largo de la vida, un oficio hermoso, exigente e ingrato como puede ser el de un médico que ingresa al hospital a su hora de entrada, pero que jamás se entera cuándo termina su jornada.
La pasión que mi madre, Marta Ventura, me inculcó desde niña marcó mi oficio desde el primer día de trabajo por lo que, mirando en retrospectiva, puedo afirmar que nunca dejé que este se viera afectado por mi condición de mujer, aun a costa de perder muchas cosas. Por ejemplo, no haber estado todo el tiempo que hubiera querido con mis hijas o evitar el colapso de mi matrimonio en medio de la invasión de Estados Unidos a Irak, o la guerra de Afganistán; aún recuerdo cuando mi ex me reclamaba porque “me iba al diario en domingo, abandonando la casa”. (Uff… ¡y eso que él también era periodista!) Y es que, como editora jefa de la sección internacional de un periódico por casi 20 años, tuve que dar cuenta de todas las guerras, desastres ambientales, accidentes aéreos y atentados terroristas, empezando por el ataque a las Torres Gemelas en 2001 hasta los últimos bombazos en París.
Ilustración por Daniellblack.
Aunque hubiera querido sustraerme un poco de la dinámica laboral por mis obligaciones como madre o esposa, en el medio laboral periodístico las diferencias de género hay que dejarlas en la puerta de entrada; en realidad, somos las mujeres las que debemos hacerlo ya que generalmente —al menos en América Latina— nosotras seguimos asumiendo el grueso de la responsabilidad de los hijos y la casa como resultado de un sistema patriarcal que ha fijado reglas tan injustas como desiguales, las cuales se siguen aplicando en beneficio de los hombres sin que esté escrito en ninguna parte y a pesar de la triple jornada de trabajo que las mujeres asumimos, bajo el argumento de que es parte de la “liberación” femenina.
Es doloroso constatar el ejercicio machista del poder que muchos colegas hombres siguen ejerciendo, en especial los de 40 años para arriba, muchos de ellos buscando suplir sus deficiencias de formación y/o de cultura con estilos de mando dignos de una inmortalización en #MeToo. Estilos de mando que se traducen también ¡en pleno siglo XXI! en la discriminación que las mujeres sufren cuando aspiran a un salario igual o mayor que el de los hombres, o a cargos de dirección en una empresa pocas veces reservados para las profesionistas más talentosas y eficientes. Y a la hora de los despidos, muchas mujeres reciben indemnizaciones hasta tres veces inferiores a las de los hombres, medida que se aplica incluso en medios de prensa en México y en el exterior.
Ilustración por Daniellblack.
“Buenos días, te tengo que anunciar que estás despedida”, me dijo en agosto del año pasado uno de los directivos del periódico en el que trabajaba, cuando me llamó a su oficina para anunciarme que habían decidido prescindir de mis servicios. “Espero que al menos consideren que siempre di lo mejor y nunca reparé en horarios”, atiné a comentar, a lo que él me respondió: “Por supuesto, todos lo sabemos y lo valoramos mucho”. Ese día echaron a unos 240 trabajadores de todos los niveles en contra de la voluntad del ex-director, alejado de su cargo dos semanas antes. La medida no hizo distinción de género, edad o destrezas: la expulsión fue injustificada, arbitraria, inhumana y bochornosa, pues ni siquiera nos pagaron –a hombres y mujeres– lo que por ley nos correspondía.
Después de eso, inició una nueva etapa. La poesía, los cuentos y la traducción literaria, junto a mis colaboraciones especializadas en política internacional en revistas son ahora mi día a día, con varios libros en proceso de publicación: una traducción de Stéphane Mallarmé y su célebre “Soneto en ix” con mi sello editorial, un poemario sobre la muerte en todos sus registros y un segundo cuento para niños en busca de editorial, porque la literatura sigue conmigo, como lo ha hecho desde hace muchos años.
Tengo un consejo para las jóvenes periodistas que además tengan vocación literaria: cuando sientan que el momento propicio para empezar a escribir ficción está frente a ustedes, no lo dejen pasar. Pueden seguir adelante con sus reportajes y entrevistas, sin que ello le robe tiempo a la creación literaria. La famosa “habitación propia” de la que tanto habló Virginia Woolf –quien se suicidó en un río por no poder superar los abusos sexuales que sufrió durante años por parte de sus dos hermanastros– no es un espacio exterior. Es una construcción interna para ser edificada y habitada.