Tierra Adentro

 

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El arco emocional de Guardianes de la galaxia descansa en la idea de que hasta los perdedores pueden redimirse en familia. Que juntos somos mejores.

Cuando están por perder contra Ronan, los guardianes se toman de las manos y ayudan Peter Quill a soportar el peso de aquello que parece intolerable. Tomar la mano de alguien, hacerte fuerte con el otro: de eso va Guardianes de la galaxia, aunque a estas alturas ya todos lo sabemos.

 

I

Algunos villanos dan la impresión de ser Thanos, titanes invencibles con motivaciones que parecen sensatas, aunque no lo sean. Parece que tienen el poder en sus manos. Un chasquido basta para ellos. Máxima primera: el infantilismo de sus acciones no parece tal a simple vista. Máxima segunda: lo que es aplicable a la política es aplicable a las caricaturas. Qué mejor caricatura que Disney, ¿no? La mentira tiene forma de ratón.

Disney despidió a James Gunn con la excusa de haber publicado unos tuits ofensivos por allá de 2008 y 2009, muchos años antes de su contratación. Aunque se sabía que Gunn ya había aclarado su pasado (él mismo rectificó en sus redes sociales, tiempo después de publicar esos tuits), y a pesar de que Disney no pareció interesarse en ello mientras nadie hiciera alboroto, cuando algunos tuiteros comenzaron a gritar sus demandas, Disney les hizo callar ofreciendo el despido de Gunn como sacrificio balsámico. Igual que Thanos matando a media vida en el universo con el clamor del equilibrio, Disney despidió a Gunn con el grito de justicia.

Esto pasó en julio del año pasado. Disney enjuició públicamente a Gunn sin darle oportunidad de réplica. Un monopolio mundial contra un hombre. Goliat aplastando a David. ¿La historia es una caricatura que no deja de repetirse? O la historia de la humanidad es como una película de Marvel, o como Dragon Ball, que aparece una y otra vez en el canal 5 sin importar cuantos años pasen.

Somos una serie que se repite en un canal que ya nadie ve. Primero como tragedia y luego como farsa (en el prólogo a El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx dice que cuanto más intentamos dinamitar el pasado, más los fantasmas del pasado regresan a acometer lo mismo que hicieron antes, ahora como una farsa). Así como todos lloramos la primera vez que mataron a Krillin, y después de tanto morir se volvió un meme. O como la muerte de Spider-Man en Infinity War, que antes de estar muerto ya tenía confirmada la resurrección.

Ay, Krillin, ¡¿cuántas veces te han matado?! ¿No vas a explotar otra vez, verdad, Krillin?

¿No es triste nuestro destino, si lo pensamos así? Todos somos Krillin, gritando por la ayuda de Gokú, aunque sepamos que Freezer nos va a reventar las entrañas.

Después de todo, ¿quién puede competir contra un titán y salir victorioso? Krillin lo supo, nosotros también. La vida es la batalla más que la victoria. No por nada hay quienes definen las utopías como los pasos que damos hacia una dirección que nunca está más cerca, pero que nos hace alejarnos de algo. James Gunn debió saberlo. Los titanes locos no son fáciles de vencer y la autorrealización creativa es una utopía.

Todo lo anterior debe ser tomado como una farsa, sino quiere ser una tragedia. Extrapolar la metáfora aquí propuesta a terrenos más teóricos, más serios, podría ser amargo. Mejor pensemos en Dragon Ball y en Rocket Racoon, un mapache con una metralleta (¡no te merecemos!).

 

II

“Te correrán por los chistes que hiciste cuando eras otra persona”. Si James Gunn hubiese comprado una galleta de la suerte el día en que Disney lo despidió, habría dicho algo así. La realidad se ríe de nosotros varias veces. Somos una novela y el mundo quiere vencernos hasta después de haber peleado muchos rounds. Si no me creen, pregúntenle a los libros de Hemingway o a Cortázar: morir por knockout es la aspiración más bella, casi nunca realizable. En su lugar, Gunn no quiso leer nada. Se retiró de Instagram, de Twitter, de Facebook. Muchos usuarios en las redes sociales adoptaron de inmediato su papel como acusadores: Gunn merecía el castigo. ¡Los chistes que hiciste en el pasado merecen arruinar tu vida!

Ronan, el villano de su primera película en Disney, Guardianes de la galaxia, era un acusador fantoche que, como fanático religioso, buscaba aniquilar a todos los que no pensaran como él (alejémonos de sus serias implicaciones, de las verdaderamente escabrosas). Casi pareciera que Gunn profetizó su encontronazo con los devoradores de del internet que, con intachable investidura moral, se atrevieron a afirmar que si sus chistes eran sobre abuso infantil, seguramente era porque él lo había cometido también. Sin que nadie lo hubiese acusado, ni hubiese ninguna posible víctima. No creo que nadie defienda sus chistes, ni que debamos hacerlo, pero hay un abismo entre hacer chistes de un tema escabroso y llevarlo a la acción, a la realidad. Si fuese así, los escritores tendríamos un lugar especial en el infierno por la cantidad de atropellos que cometemos página a página.

Los acusadores alzaron su martillo con una gema del infinito incrustada en la punta, e intentaron volarle la cabeza a Gunn. Y creyeron que lo habían hecho. En Guardianes de la galaxia, Ronan cree que ganó. ¿Cómo no va a creerlo? El mazo sigue en su mano y él dice tener la razón. Pero ya todos sabemos que en las películas de superhéroes el villano no es el que vence al final.

 

III

Guardianes de la Galaxia es una trilogía extraña (ya podemos afirmar que habrá una tercera): en la primera parte nos presentan al grupo de desadaptados que después funcionarán como una familia. Tolstoi ya lo dijo una vez (sólo una vez; cualquier otro eco de esa frase, es la humanidad apropiándose del dolor o de la alegría que Tolstoi sintió al escribirla): Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera (me pregunto si Tolstoi se merecía la quema pública que recibió por Sonata a Kreutzer, igual que Gunn por sus tuits. Perdonen por comparar dos cosas tan distintas, pero es que están unidas por el resultado y por el espíritu de sus adversarios. Además, hay muchos escritores que piensan tanto sus tuits que pareciera que escriben una sonata para la posteridad).

La familia de los Guardianes de la galaxia lo incluye a él, a Gunn. Haberlo despedido fue el equivalente a destruir a una familia. Disney debió darse cuenta de ello.

Los actores, luego del despido del director, firmaron una carta pidiendo que Disney recobrara la cordura. Incluso Chris Pratt, con todo y lo religioso y lo conservador (pregúntenle a Ellen Page si no saben de qué hablo), pidió que volviera Gunn.

¿No merecemos todos una segunda oportunidad?, a ello podría resumirse la carta escrita por los actores y lo dicho por los fans. ¿No merecemos enmendar nuestros errores? ¿No se supone que un castigo debe buscar que nos reinsertemos en la sociedad? ¿No era, justamente ese, el mensaje de la película de Gunn, tan aplaudida mundialmente?

¿Cómo vamos a redimirnos si no nos dejan otra opción que el exilio de lo que nos hace ser mejores?

En Vigilar y castigar, Foucault dijo que antes se penaba al cuerpo y luego la libertad (si una mano hurtó, entonces lo que debían arrancarle al hombre era esa misma mano); por eso primero se mutilaba al cuerpo y luego se encerraba a la gente en prisión (castigar con el aislamiento sólo fue posible al comprender la importancia de la libertad de la mente y no sólo del cuerpo). Que te quiten la posibilidad de terminar tu obra debe ser un poco como las dos: te arrancan algo que era tuyo y al hacerlo te quitan tu libertad. James Gunn volvió a Marvel, y nadie se sorprendería si su decisión estuviese relacionada con el amor que parece profesarle a sus criaturas, esos personajes tan extraños y tan entrañables. El amor nos hace más fuertes, ¿no se trata de eso este gran episodio? Tristemente, el amor también es objeto de política.

 

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IV

Fui a ver Guardianes de la galaxia tres veces al cine: con subtítulos, en español en formato tradicional y en 3D. Las tres ocasiones tuvieron algo mágico que no me había pasado nunca en el cine: todos nos reíamos. Nos reíamos de forma descarada, sin mesura de ninguna clase. En algún punto de la función, Peter Quill hace un chiste: dice que las paredes de su nave espacial serían como una pintura abstracta si las iluminaran con luz negra. ¿Desde cuándo Disney hace chistes así, nos preguntamos? ¿Por qué nadie le dijo a Gunn que no podía hacer esas cosas? James Gunn parece ser uno de esos pocos directores que Marvel dejó que hiciera lo que quisiera, porque a fin de cuentas, él debía lanzar una franquicia que pocos conocían, y debía hacerla un éxito. Y lo hizo.

Da felicidad que lo hayan recontratado. Es el único director que se ha encargado al cien por ciento de sus criaturas (él hizo de los guiones para sus personajes en Infinity War, solo él puede ser la cabeza de la familia). Disney y Marvel Studios tienen historial de despedir a gente que no concuerda con ellos, o hacer que renuncien (¿alguien recuerda a Edgar Wright y su Hombre hormiga?). Con Gunn parecieron hacer una excepción: primero al dejarlo hacer lo que quiso y ahora al recontratarlo.

Todos disfrutamos que David le gane a Goliat, incluso si censuramos a David. ¿No dice el dicho que el enemigo de mi enemigo es mi amigo? Aunque eso es caricaturizar la realidad.

Pero no nos alarmemos: la realidad es una caricatura, al menos en los límites de este texto. Durante un rato, frente a una caricatura, la vida parece tener significado, aunque no tenga sentido. Por eso los niños son tan felices viéndolas y los adultos volvemos a ellas. O quizá porque es ahí donde los obstáculos se vencen con amor y todos somos David esperando vencer con amor a Goliat. O quizá porque en ellas podemos vencer al villano con un flashazo de luz descomunal. Cada quien tiene sus razones para amar.

 

V

Todos somos Gamora al final de Guardianes de la galaxia, cuando extiende su mano hasta Peter. ¡Dame tu mano!, le decimos todos los que confiamos en él. Somos Gamora y la película ya nos adelantó que Peter, o sea Gunn, va a tomar nuestra mano al final. Y también nos adelantó que saldremos victoriosos. Gunn recuperará su empleo y nosotros tendremos el final de una trilogía sin igual.

 

VI

Yondu, padre simbólico de Peter Quill, muere al final de Guardianes de la galaxia, Vol.2. Su muerte es uno de los momentos más emotivos de Marvel por dos razones: primero le dedican un funeral íntimo, a puerta cerrada, y luego todos los Ravagers (viejos colegas de Yondu) le dedican un segundo funeral, público. Quieren que toda la galaxia sepa que Yondu no murió en vano, que ellos estaban equivocados, que Yondu sí fue bueno. Que, aunque cometió errores, se redimió. Los guardianes siempre lo supieron, pero les conmueve que al final se haga justicia, aunque ya sea tarde. Así pasa con Gunn y Disney, que acaba de recontratarlo: le hace un funeral público (su recontratación) luego de enjuiciarlo y casi arruinar su carrera para siempre.

Que estemos conmovidos no exime a nadie por lo que pasó. No importa que tan fuertes sean los fuegos artificiales, una disculpa siempre llega demasiado tarde. Pero la realidad se parece mucho a las películas de superhéroes, al menos en la superficie. Y como los Ravagers se redimieron de su error, así parece que lo hizo Disney.

Claro que nosotros no somos unos niños, sabemos que los superhéroes son una ficción. Que Disney parezca arrepentido es señal de que humanizamos a un monstruo sin darnos cuenta. Goliat siempre será un gigante que nos puede aplastar con el mismo desdén con el que pisamos a las cucarachas.

Incluso Thanos mató a Gamora para obtener poder, luego de decirle una y otra vez que la quería.

 

VII

Es irónico pensar que el villano de su primera película en Marvel era un acusador que acabó vencido por un baile ochentero ejecutado por un protagonista que parecía que estaba por perder al final. Peter Quill es James Gunn.

Al principio de su primera película, todos cuestionan la valía de Quill al autonombrarse Star-Lord, y al final ya nadie duda. Todos reconocen su genialidad. Así nos pasó a nosotros cuando no sabíamos qué esperar de Gunn después de que lo nombraron director.

Cuando lo despidieron, nadie imaginaba que iban a recontratarlo. Algunos eran acusadores, sí, pero otros parecíamos Spider-man haciéndonos polvito cósmico, desapareciendo a quién sabe dónde (aún no sabemos si Thanos nos mató o nos mandó a la gema del alma). Decíamos, sin comprender: No, por favor, James, no te vayas. No queremos que te vayas, señor Gunn. Y perecíamos poco después, mudos, vencidos por la locura de un titán.

Para nuestra fortuna, ya se sabe que el mundo es una caricatura mientras este texto no termine, y aunque los poderosos dictan el curso de los episodios y ya se sabe que Disney confirmó la secuela de Spider-man: Homecoming, igual confirmó Guardianes de la galaxia vol. 3. Esto último se siente como una victoria, aunque quizá en la realidad no lo sea.

¿No es triste como ninguna victoria es tal, en el fondo? Excepto en las caricaturas.

Me he salido de tema otra vez. Por ahora, celebremos. No todos los días se vence a un titán y a sus acusadores, aunque sea solo en una película de superhéroes.

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Fuentes:

Marx,K. (2003) EL 18 BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE. Revisado en: https://trabajadoresyrevolucion.files.wordpress.com/2014/04/marx-el-18-brumario-de-luis-bonaparte-1852.pdf

Foucault, M. (1976) Vigilar y castigar. Revisado en: https://www.ivanillich.org.mx/Foucault-Castigar.pdf


Autores
19 de Abril de 1991, Los Mochis, Sinaloa. Autor de Puerta cerrada (Editorial Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola con Merecemos algo mejor. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 en la categoría de Cuento. Ganador de una mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS, con el cuento "Ni la muerte los separó". Ha publicado en las revistas literarias La cigarra y Luvina.

Ilustrador
Karla Hernández
También conocida como Charlötte, es diseñadora gráfica e ilustradora egresada de la UNAM-FES Acatlán. Creadora de Charlötte, un espacio de ilustración. Actualmente trabaja como directora de arte en COCOLAB. Colabora en la organización de Locomoción- Festival de la animación en la Ciudad de México. Finalista de la primera Bienal de Ilustración en México.
Si yo fuera Ana II, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Dejó la matatena en el piso y miró por el ventanal. El mar. El viento que hacía trasladar las cosas en horizontal. El sol pálido. La chatura extenuante. El pasto. La tierra. El agua. Todo estaba llano.

Ni una puta loma.

Siguió jugando con las piedras mientras pensaba que pronto llegarían sus padres. O alguno de ellos. Ojalá. Tenía doce años.

Juguemos al póker, le había dicho su prima.

Hacía ya dos semanas que estaba allí. Primero con unos amigos de su mamá y luego con unos primos. Ella llevaba siempre una mochila e iba de acá para allá. Así era el verano. Nunca sabía con exactitud por dónde andaban sus progenitores. Y ella se acomodaba sus huesos donde le dijeran.

Se rascó con fuerza el cuero cabelludo. Los piojos. El ardor de la piel. Nada de playa en varios días. ¿Por qué nadie le había puesto crema solar?

Jugaron al Tutti Frutti antes de cenar. Ella, dos primas, una amiga que ignora de dónde salió y esa sensación de no saber bien por qué la gente aparece y desaparece.

Melón.

Mandarina.

Y a ella no se le ocurre ninguna fruta con eme. Gira el cuello y ve a su hermana al fondo del pasillo. Juega con otro primo mayor. La ignora, por supuesto, como debe hacerse con los hermanos menores.

Y es que ella ya tiene muy interiorizado que es una espectadora. En su casa. En el colegio. En la vida. Nadie le cuenta qué hace allí. Por qué vive con sus tíos o dónde están sus hermanos mayores que hacen cosas de grandes que ella no puede hacer.

Vos no podés porque sos chiquita, siempre oye decir.

 

Se da una ducha tibia. Un poco de avena en el agua le hace bien. Se seca con suavidad. El pelo es larguísimo. Le llega a la cintura. Se pone un short y una camiseta. Hace calor. Y justo se acerca su tía que es gordita y simpática y además, tiene la cabeza poblada de rulos que huelen a champú de damasco. A ella le encanta el damasco, y cuando se acerca su tía, sonríe.

Mañana te vas con tu abuela.

No hay pregunta. Solo información. Y la nena no dice nada.

 

A los dos días, está con su hermano mayor en la casa de veraneo de sus abuelos. Su hermana ya no está. Se ha quedado con sus primos. Su otro hermano tampoco sabe dónde quedó pero ella nunca pregunta porque tiene miedo de poner al descubierto su estupidez. O un defecto congénito del que no pueda escapar.

Colchones de lana. Vistas al mar. Un jardín verde y repleto de abejas. Al fondo, hay una colmena y ella tiene tanto miedo que no quiere salir.

Nena, salí. No hacen nada.

Y la niña no entiende por qué demonios no se llevan la colmena.

Su abuela se empeña en cocinar una pizza. Ella se mira con su hermano que abre los ojos perplejo. Que la abuela quiera cocinar una pizza es preocupante.

La intelectual. La leída. La que nunca ha hecho nada en la casa excepto leer y ver películas europeas.

A la niña, que en el fondo es bien pensada, se le antoja que a lo mejor esa pizza está buena.

Grave error.

Los niños no entienden nada.

No hay ensalada. Solo fruta. Y la pizza es una masa seca por donde alguna vez pasó un tomate. ¡No hay queso!

Es más sano, dice la abuela.

Y la niña tiene ganas de decirle que la gracia de la pizza es el queso, pero no se atreve. Las palabras no salen.

El día pasa, y aunque con su hermano mayor pelea o se ignoran, el asunto de la pizza los une. Por suerte, tienen algo de dinero. Y corren a la hora de la siesta a comprar en el almacén de Don Hilario que está cerca. A ella le encanta cómo huele ese lugar. El laterío. Las galletitas a granel. Las Cocas Colas en botella de vidrio.

Jamón, queso, pan. Y se hacen un festín en el garaje con una Fanta de litro. Y esa felicidad los colma. No piensan en nada más. Y con sus panzas llenas se ponen a leer.

Los días pasan. Y al asunto de la pizza se suman otros despropósitos culinarios. Aquella abuela que aprieta su mano con fuerza para cruzar la calle. No sonríe, solo cuida. Y como siempre tiene el estómago destrozado de los nervios, la comida no es tema.

Hoy se levantaron nubes, y el cielo se tornó violeta e hinchado de formas monstruosas. Se intuyen los truenos entreverados en esa masa hermosa. La nena se asoma por la ventana. Sonríe. Aquella tiniebla es su aliada. Le viene bien no ir a la playa.

Se sienta en la mesa del comedor. Juega a los dados con sus primos. Lee. Unos tíos trastean en la cocina. Y de pronto, su abuela se acerca para decirle que se vaya a bañar. Nunca la acaricia. Tampoco dialogan. La anciana ha asumido la custodia de los chicos pero no está dispuesta a charlar. La nena la mira como si fuera una creatura extraña que ya nació vieja.

Qué raras que son las abuelas.

 

El sol se esconde. Ya están todos bañados. Afuera sopla un viento criminal. Ella se asoma por la ventana. El cielo es un manto hinchado a punto de explotar.

Suspira.

¿Cuándo vendrán sus papás? La niña mira el paño verde de los dados que sigue puesto en la mesa. Le embarga el malestar. Se le han acabado los libros. Y los de Corín Tellado no los entiende.

La niña se asoma en la habitación de la anciana y la ve peinándose. La abuela está a medio vestir. La nena retrocede unos pasos con pudor.

Abuela, ¿tenés una hoja?

Andate, nena, me estoy vistiendo.

Y la niña se vuelve a asomar a la ventana. Su hermana ha salido a andar en bicicleta. Y la nena, aunque nunca juega con ella, se pregunta cuando regresará. Como si a pesar de la lejanía hubiera algo. Un hilo invisible.

Regresa a la habitación. Las mantas pesadas se usan todo el año. El suelo está helado y arenoso.  A ella, que va descalza, se le quedan las patas frías.

La niña se siente en la cama. Agarra uno de sus libros y arranca la última página. La que siempre está en blanco.

Solo una Pilot V5. Y la tinta que dibuja caracteres. Sonrió.

Ya era de noche.


Autores
Silvia Zuleta Romano nació en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires. Es licenciada en Economía por la UBA. En 2005 se trasladó a Madrid en donde trabajó unos años en temas de Economía de la cultura hasta que decidió cambiar de rumbo. Publicó su primera novela Los viajes sonámbulos, un libro de relatos cortos Cabeza de zanahoria y otras anécdotas y Los absurdos, su última novela, todos disponibles en Amazon. Tiene dos blogs La guarida de ficción en donde reflexiona y asesora en temas que tienen que ver con la autopublicación y la escena de la literatura independiente y El blog del Canguro filósofo, especializado en filosofía, economía, nuevas tecnologías, bienes intangibles y consumo cultural. En este momento, está trabajando en un próximo libro de relatos. De forma habitual, colabora en revistas literarias.

Cuando tenía veinticinco años comencé a enlistar los libros que leía cada mes. Con el tiempo se volvió obvio que, aunque había meses en los que no leía nada, y otros meses en los que leía ocho o nueve libros, en promedio leía cinco libros al mes, o sesenta libros al año. Asumiendo que esto ha sido más o menos cierto desde que tenía diez años, cuando comencé a leer regularmente –sé que en la preparatoria tenía que leer un libro a la semana y aún más en la universidad– puedo calcular que probablemente he leído 2,400 libros en mi vida, lo cual puede ser un poco más de lo que una persona lee en promedio, pero si se compara la cifra a la de todos los libros que existen, o incluso si se pone a la luz de otro hecho –que en el año 2000 se publicaron 200,000 libros– no es más que una gota de lluvia (aunque una gota muy humana). De esos 2,400 libros podría recordar doscientos, el ocho por ciento. Si se me pidiera que los enlistara, quizás no llegaría a tanto. Lo que quiero saber es: ¿acaso es proporcional, o deja de serlo en algún momento? En otras palabras, ¿si una persona ha leído 60 libros en su vida, los podría recordar todos, o solo cinco de ellos? ¿Hay alguien en el mundo que solo haya leído cinco libros y los haya olvidado todos? ¿No suena poco probable? ¿Y, soy una persona superflua porque he leído más de lo que me es posible procesar, como un consumo de comida por parte de un cuerpo que no la necesita, o soy una persona superflua porque salí y me compré una calculadora?

***

Cuando tenía 45 años, me desperté un día ordinario, ni soleado ni nublado, a mitad del año, y ya no podía leer. Fue al principio de uno de esos maravillosos enunciados que solo Nabokov podía escribir: “Mark sintió una suerte de lástima deliciosa por las frankenfurter…” En mis fallidos intentos entendí sintió muerte, lágrima, delicia de Frankfort. Pero las palabras que existían para que las leyera se habían ido, y yo estaba varada en un muelle mientras todo lo que amaba partía. Y después era yo quien partía: el terror me tomó con sus garras y me elevó tanto que podía ver, impotente, una pequeña ciudad, la cual no reconocía, una ciudad que había amado y en la que había vivido pero que jamás vería de nuevo. Necesitaba lentes, pero antes de que supiera eso, me encontraba lejos.

***

El libro que estaba leyendo era una relectura. Porque poco antes de ese terrible día había llegado a una coyuntura en mi vida como lectora, la cual le resultará familiar a quienes hayan estado ahí: en el limitado tiempo que me queda en la tierra, ¿debería leer más y más libros nuevos, o debería ponerle un fin a ese consumo vano –vano en tanto que es infinito– y comenzar a releer aquellos libros que me habían generado los más intensos placeres, libros cuyos detalles había olvidado, pero que amaba por la sombra que proyectaban sobre mí, por las sensaciones que me producía pensarlos? Y había, además, curiosidad: la curiosidad de re–visitar y re–conocer. Algo que recuerdo como gigantesco podría parecerme diminuto al momento de encontrarlo, o algo que olvidé por completo me podría parecer letal y certero. No es como regresar a un lugar; no estamos, en el cuarto capítulo de Madame Bovary, buscando la panadería que ya no está ahí. Nuestra curiosidad siempre se dirige hacia nosotros mismos: ¿he cambiado yo? ¿Aún amo a la hermana Makioka que tiene diarrea en el tren en el último enunciado? ¿Es ese el último enunciado? ¿Era demasiado joven cuando leí a Proust?

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Leí a Proust a mis veintitantos años. Racioné esa novela leyendo un volumen al año. Tenía una amiga cuyo padre era un hombre de letras, y él me dijo que después de leer a Proust, no había razón para volver a leer jamás, se había llegado al final de la lectura, y, como yo era joven y le tenía un gran respeto, me aterraba terminar ese libro, mi incesante y progresivo amor por el libro se entrelazaba con un horrible miedo de que mi vida interior llegara a su fin antes de siquiera haber comenzado. Lo cual era correcto. Ese es el asunto. Respecto a la afirmación general –después de leer a Proust no hay razón para leer de nuevo– me di cuenta que, como la mayoría de las cosas, era tanto cierta como incierta.

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Existe la vieja historia de Somerset Maugham leyendo a Proust mientras cruzaba el desierto sobre camello y que, para aligerar su carga, arrancaba cada página después de leer ambos lados y la dejaba caer tras él –se podría decir que el viento estuvo involucrado, pero la mayoría de los días no había viento. Con o sin viento, ¿quién tuvo una experiencia de lectura más memorable, Somerset Maugham o la persona que venía detrás de él, quien se encontró y leyó una página por aquí, una por allá, en un nuevo y extraño orden, con brechas estelares? ¿No es esta una experiencia más verdadera de En busca del tiempo perdido que de Recuerdo de las cosas pasadas?

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Pollard: en inglés significa cortar un árbol hasta el tronco con el fin de generar un follaje más denso en la copa. Pero también significa un animal sin cuernos de una especie usualmente cornada. En español, la palabra más cercana es mocho.

Releer un libro es mocharlo.

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¿Existe un momento indicado para leer un libro? ¿Un punto en el que la conciencia se ha desarrollado a tal nivel que corresponde perfectamente con la madurez de algún poeta o alguna novela en particular? Y, de ser el caso, ¿cuántas veces en nuestra vida sucede ese encuentro? Escuché a alguien decir en una fiesta que a D.H. Lawrence hay que leerlo en la adolescencia tardía o a principios de los veintes. Como yo tenía casi treinta en ese entonces, decidí jamás leerlo. Y nunca lo he leído. Los connoisseurs de la lectura son gente muy ridícula. Pero, como Thomas Merton dijo, un día te despiertas y te das cuenta que la religión es ridícula y que te apegarás a ella de todas formas. ¿Qué amor es diferente?

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Hubo un libro que leí no sólo a la edad correcta, sino también la tarde correcta, en el lugar indicado, desde el ángulo indicado. Leí Las olas en una isla, un día sin trama, cuando tenía veintidós años, sentada en una terraza desde la cual podía ver, a la distancia, el océano y el horizonte donde tocaba al cielo, y la luz cambiante que jugueteaba en tanto que el sol ascendía a su cenit y descendía de nuevo mientras cambiaba de página y mi presión subía y bajaba con las palabras. Las olas no es uno de mis libros favoritos. Pero mi recuerdo de leerlo sí lo es. Era muy ridícula cuando era joven. Por ello estoy agradecida.

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Yo era muy seria en la preparatoria. Debí serlo, pues mis dos experiencias de lectura memorables de esa época son, en efecto, bastante serias. Ambas sucedieron, de todos los lugares posibles, en el aula. Durante algunas clases de inglés la indicación era simplemente sentarnos y leer en silencio. Leíamos El regreso del nativo (¿o era acaso El alcalde de Casterbridge?), cada mente silenciosa en una página diferente. No estaba, claro, en el salón de clases; estaba en Wessex. Y ahí llegó el inevitable momento wessexiano: una carta, la carta, la carta que arreglaría todo, deslizándose bajo la puerta, quedando atrapada bajo la alfombra, donde nadie la encontraría. Era horrible. No pude prever lo que ocurriría después: mi brazo arrojó el libro con tanta fuerza como pudo a través del salón. La maestra Pacquette pidió una explicación. Yo solo podía repetir torpemente que era horrible, horrible, horrible. Ella supuso que me refería al libro. No era cierto. Me refería a lo que iba a ocurrir en el libro, ya que nadie leería la carta. Por ende, yo no leería el libro. En retrospectiva me doy cuenta que incluso en ese entonces participaba del erotismo de reflejos de esta actividad compulsiva, la lectura. Hardy llegó a ser uno de mis escritores más amados, como Kafka, a quién le ocurrió después. “La guarida” venía en uno de nuestros libros de texto. Mientras el salón leía en silencio, el silencio me pareció diferente. Me llenaba de rabia la inabilidad para entender lo que ocurría en el cuento. ¿Qué pasaba? Muy dentro de mí creía que el resto del salón no estaba leyendo. Estaba convencida de que había ocurrido un error, que las placas de impresión –pues así me las imaginaba– se habían revuelto y se habían roto. Había un error. ¿Acaso sólo yo me daba cuenta? ¿Qué las maestras no se habían molestado en leer el cuento? ¡Las había descubierto! Había un tipo muy particular de atención que sólo yo había puesto al relato. Luego me llegó una duda. ¿Quién escribió esto? Quizás él era el responsable, y no el cuento. Sentada en el salón de clases, comencé a escuchar todo tipo de cosas –escuchaba al reloj silencioso contar los segundos, y al sudor comenzando a formarse sobre mi piel, y a la ventana a punto de romperse en pedazos. El sacapuntas en la pared comenzaba a salivar. Hojeé el final del libro donde había pequeños párrafos sobre cada uno de los autores, quiénes eran, de dónde venían, cuándo escribieron. Sí, ahora no había duda, el error no residía en el cuento sino en su autor. El hombre era el error. El hombre debía ser el error porque se me dijo dónde y cuándo escribió pero no por qué. Y de todos los relatos en el libro ese era el único que permanecería fatigado y con hambre hasta que supiera por qué lo escribió. Decidí odiar al autor. Decidí odiar al autor porque me hacía sentir como si toda mi vida hubiese estado esperando a que algo ocurriera, y estaba ocurriendo y jamás ocurriría. Pasarían muchos años antes de que pudiera entender que justo esto era el laberinto secreto de la lectura, y que había un túnel secreto conectándola a mi vida.

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No hay nada en mi vida que no pueda encontrar en los libros. Con la excepción de caminar en la playa, en un bosque nevado y nadar bajo el agua. Esta es una de las entradas más tristes en el diario que escribí de joven.

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Leer es arriesgado. Aquí una historia verdadera que lo prueba: un estudiante chino, después de haber leído La letra escarlata, se encontró con una norteamericana en China que llevaba una sudadera con la letra A en el frente y dijo, yo sé lo que eso significa.

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Arriesgado incluso para los iniciados: recientemente leí los cuadernos del poeta griego Geroge Seferis (1900–1971). También leí, por primera y última vez en mi vida, mis propios diarios privados, que comencé a escribir cuando tenía dieciséis y dejé de escribir cuando tenía cuarenta. Copiaba, como es mi hábito, pasajes selectos de Seferis a un cuaderno. Más tarde ese día comencé a leer un diario que había escrito hace veinte años. En él, estaba leyendo los cuadernos del poeta George Seferis (1900–1971) y había copiado al diario mi pasaje favorito, identico al pasaje que había copiado ese mismo día, creyendo por completo que jamás lo había visto antes: Pero para decir lo que se quiere decir, se debe crear otro lenguaje y nutrirlo por años y años con lo que has amado, con lo que has perdido, con lo que nunca encontrarás de nuevo.

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En resumen, pienso que hemos de leer solamente aquellos libros que nos muerden y nos punzan. Si el libro que leemos no nos despierta como un golpe al cráneo, ¿por qué leerlo en primer lugar? ¿Para que nos haga felices, como usted lo pone? Santo Dios, seríamos igual de felices si no tuvieramos libros en lo absoluto; y podríamos, en un santiamén, escribir nosotros mismos libros que nos hicieran felices. Lo que necesitamos son libros que nos impacten como la más dolorosa desgracia, como la muerte de alguien a quien amamos más de lo que nos amamos a nosotros mismos, que nos hagan sentir como si nos hubieran desterrado al bosque, lejos de cualquier presencia humana, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar congelado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.

Kafka en una carta, 1904

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¿Qué tipo de libro leyó Consuelo, aquel deslumbrante animal humano, después de haber limpiado la sangre de sus manos y escondido de nuevo el machete en el piano?

Stevens en una carta, 1948

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Había una antología, un libro de bolsillo grueso de Bantam con una cubierta lustrosa y blanca (como The White Album) que tenía una paloma abstracta en relieve, llamada Poesía moderna europea, y era mía, mi felicidad y mi sosiego en la preparatoria; cualquier problema que tuviera con Kafka o con Hardy en el salón de clases desaparecía en la soledad de mi cuarto, que compartía con Rilke, Lorca, Montale, Éluard, Ristos –todo mundo estaba en ese libro, no había otro libro que amara tanto, debí haberlo leído cientos de veces, y luego crecí y salí al mundo e inmediatamente lo perdí.

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Una vez cruzó por mi mente esta idea: cada vez que un autor muere, por respeto se debería descontinuar también una palabra. Una palabra que el autor amara y usara repetidamente en su escritura –esa palabra debería también ser suya y morir con él. Nabokov: quiddity. ¿Pero quién lo decidiría? ¿Quien muere o quienes quedan privados de su escritura? ¿Y quién es realmente la viuda? Es el lenguaje mismo, y su postura es clara: no quiere que una de sus hijas se lance a la tumba de un viejo. Quiddity: la esencia de una cosa; también, un punto insignificante, una cosa trivial, no esencial.

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A menudo he considerado que los alumnos en clases de actuación deberían interpretar escenas en las que simplemente leen. Y me he preguntado qué diferencias sutiles –o importantes– habría al momento de leer diferentes libros. Tolstoy temprano versus Tolstoy tardío podría ser una tarea para una clase avanzada –ese tipo de cosas. ¿O se verían siempre igual? La ociosidad externa, casi dormida, que no hace nada para transmitir la actividad interior, sea ensoñación, impacto, alegría, confusión, duelo. No observamos a las personas leer con detalle, aunque hay muchas pinturas famosas que retratan a mujeres leyendo (ninguna que yo conozca que retrate hombres) en las que se presenta un erotismo callado, como el de amamantar. Pero claro, es a nosotros a quienes los libros amamantan, y después pienso en la lectora o el lector dormidos, con el libro abierto sobre su pecho.

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No tengo idea de cómo se veía mi cara cuando leí Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence. Toma lugar en el desierto, y yo lo leí frente a un horno durante una tormenta de nieve de cuatro días. Supongo que es extraño que nombre específicamente a este libro en vez de, digamos, Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, pero así lo nombro. Siempre he argumentado que Pilares es un logro descomunal para la literatura y para el desorden. Para la sangre y el desalojo y el inglés perdido en la arena. Lean solo el primer capítulo y habrán leído el hado de la humanidad. Pero claro, estoy exagerando. Como un libro.

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Hay un mundo al que los poetas son incapaces de entrar. Es el mundo en el que vive el resto del mundo. La única cosa que los poetas parecen tener en común es el anhelo de ser parte de este mundo.

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Por años planeé un curso teórico llamado Notas al Pie. En dicho curso, los estudiantes leerían la versión crítica y anotada de algún texto definitivo –pensé que podría ser Los cuadernos de Malte Laurids Brigge– y diligentemente procederían a leer cada libro mencionado en las notas al pie (o los libros escritos por los autores mencionados) y después los libros mencionados en esas notas al pie, y así sucesivamente, deteniéndose solamente cuando alguna nota al pie los llevara de regreso a Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

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La guarida probablemente me protegió más de lo que pensé o me atreví a pensar cuando estaba dentro de ella. Esta idea solía tener tal poder sobre mi que en ocasiones me ha poseído el deseo infantil, no de regresar a la guarida, sino de asentarme cerca de la entrada, pasar el resto de mis días observando la entrada y regocijarme perpetuamente con el reflejo –y encontrar en ello mi felicidad– cuán firme refugio ofrecería mi guarida si estuviera dentro de ella

Kafka, “La guarida”

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Recientemente tuve una de las experiencias más impresionantes de mi vida como lectora. En la página 248 de Los anillos de Saturno, W.G. Sebald recuerda sus entrevistas con un tal Thomas Abrams, un granjero inglés que trabajó en una maqueta del templo de Jerusalém –así, pegando pequeñas piezas de madera– por veinte años, incluyendo la meticulosa investigación necesaria para ser históricamente veráz. Hay patos en la granja, y en algún momento Abrams le dice a Sebald, “Siempre he tenido patos, incluso de niño, y los colores de sus plumas, particularmente el verde oscuro y el blanco, me parecían la única respuesta posible para las preguntas que rondaban mi cabeza.” Es una afirmación extraña, pero el libro de Sebald es una colección de extrañezas. No recordaba este pasaje en específico hasta más tarde el mismo día, cuando me encontré en el diccionario con el significado de la palabra speculum: (1) instrumento médico que se inserta en un orificio corporal para examinarlo; (2) un espejo antiguo; (3) un compendio medieval de todo el conocimiento; (4) un dibujo señalando la posición relativa de los planetas; y (5) una mancha de color en las alas secundarias de patos y otras aves. ¿Sabía Sebald que un compendio de sabiduría antigua y el plumaje de un pato son lo mismo? ¿Lo sabía Abrams? ¿O era yo la única para quien el pasaje sobre los patos tenía perfecto y original sentido? Me sumergí en mi silla, impactada. No soy una académica, pero para quien lee de forma imaginativa puede haber descubrimientos, conexiones entre libros que hacen estallar al día y al corazón mismo y los largos años que llevaron hasta ese momento. Soy una escritora, y el siguiente paso era inevitable: usé lo que me había sido revelado en mi propia escritura.

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Todos somos una pregunta, y la mejor respuesta parece ser el amor (una conexión entre todas las cosas). Este fragmento de sabiduría antigua se repite todos los días murmurado al oído de los lectores de grandes libros, y parece también perpetuamente perderse bajo una alfombra, olvidada sin esperanza alguna. En un sentido, leer es una gran perdida de tiempo. En otro sentido, es una gran extensión de tiempo, una forma en que una persona puede vivir mil vidas en una sola, observar al universo trabajar insaciablemente y a la psique personal pelear contra él, sufrir desgracias y heridas y ser débil y morir y ver cómo mueren quienes amas, hasta que el mareo de todo ello se vuelve la fuente de la compasión que nos tenemos y la compasión por el lenguaje que creamos por nuestra cuenta, sin el cuál la carta perdida bajo la alfombra jamás podría haber sido escrita, o, una vez cada mil vidas –¿es demasiado pedir?– encontrada y leída. ¿Mencioné deleite supremo? Por eso leo: quiero que todo este bien. Por eso leía cuando era una niña solitaria y por eso leo ahora que soy una adulta asustada. Es un deseo sincero, pero los deseos sinceros siempre complican las cosas (el universo tiene una reacción particular a nuestros deseos sinceros). Aún así, creo que el mundo sobre la mesa, aun herido e imperfecto, fragmentado y privado, merece ser calificado de completo. Nuestras mentes y el universo –¿qué más hay?. Margaret Mead describió a los intelectuales como aquellos que se aburren cuando no pueden hablar de forma suficientemente interesante. Un libro te hablará de formas interesantes. George Steiner describe a los intelectuales como quienes no pueden leer sin un lápiz en la mano. Quienes quieren hablar con el libro, no tomar notas, sino generarlas: alguien que escribiría “¡La jirafa habla!” en el márgen. En nuestra existencia marginal, ¿qué más hay sino esa voz dentro de nosotros, esa gran extrañeza hacia la que siempre nos inclinamos para escuchar mejor?

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En el Derby de Kentucky de 2001, del cuál vi la transmisión en vivo, Keats corrió contra Tinta Invisible. No podía perderme esa carrera. Espere en vano que uno de los comentaristas mencionara que Keats había sido un poeta inglés cuyos unícos descendientes vivían en Kentucky, a donde su hermano mayor había migrado y donde permaneció, saludable y con hijos, y espere en vano que alguien mencionara el famoso epitafio del poeta –Aquí yace uno cuyo nombre estaba escrito con agua– y la peculiar conexión a Tinta Invisible. En aquella red, aquel gran reino de conexiones, ¿qué había sido leído y recordado? Era tan triste como un cortejo de caballos sonámbulos. Keats perdió. Tinta Invisible quedó en segundo lugar, pero de haber quedado en tercero, habría sido visible.

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La única calcomanía automotriz que vale la pena tener: Oblomov para presidente.

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A contrapelo. El bosque de la noche. Los muertos. Apuntes del subsuelo. Padres e hijos. Eureka. Los vivos. El matrimonio del cielo y el infierno. Fiesta. Escombros luminosos. Cosas infantiles. Las alas de la paloma. Diario de un corazón comprensivo. Cumbres borrascosas. Cien años de soledad. Trópicos tristes. Romance de Genji. Sol negro. Organismos del océano profundo que viven sin luz. Discursos de un dictador. Fundamentales de la agricultura. La física de la sustentación. Historia de la alquimia. Opera para idiotas. Cartas de Elba. Para Esme, con amor y sordidez. La caminata. La fisiología de ahogarse. La biografía de alguien cuyo nombre jamás has escuchado. Administración de bosques. Oveja negra y halcón gris. Viajes por Arabia Deserta. Obra reunida de Paul Valéry. Un libro escrito en un idioma que no entiendes. El peor viaje del mundo. La historia más grande jamás contada. Guía para primeros auxilios. El arte de la felicidad.

De Madness, Rack and Honey: Collected Lectures, 2012. Derechos reservados. Traducido con autorización de la autora y Wave Books.


Autores
Mary Ruefle (1952) es poeta y ensayista estadounidense. Fue receptora de la beca Guggenheim en 2002. Su libro Madness, Rack, and Honey: Collected Lectures (Wave Books, 2012) fue finalista del National Book Circle Critic’s Award en 2012, y Selected Poems (Wave Books, 2010) ganó el premio de poesía William Carlos Williams en 2011. Actualmente reside en Bennington, Vermont, donde es profesora en el Colegio de Bellas Artes de Vermont.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Juliana Landa
Juliana Landa (1996) vive en la Ciudad de México, donde cursa cuarto semestre en CENTRO. Dentro de sus intereses está la fotografía análoga, la actuación, el dibujo digital, la cinematografía y el montaje.

La máquina hace un sonido como el de los automóviles a gran velocidad en carretera. ¿Cómo quieren que alguien duerma así?

La noche anterior, Arturo me dio un iPod con música de ondas delta para eso del sueño, porque ya va siendo mucho problema. Hoy lo he puesto a todo volumen, pero la máquina sobrepasa el sonido.

Les pedí privacidad y los culpé de inquietar mi sueño, pero la verdad es que llevo algunos meses tomando café y sedalmercks a escondidas. Ya no quiero dormir. No, sí quiero dormir; lo que no quiero es soñar.

Entrar al mercado con un sueño te asegura al menos dos años de sobrevivencia amena, claro, cuando es un buen sueño. El resto es avaricia. De un momento al otro el dinero deja de caber en los bolsillos, pero sientes que en realidad no tienes en la vida más que una carga mental que solo va en aumento…

“No duermas, Ale, no duermas” me repito entre pestañeos. Mi cuerpo se hace cada vez más pesado hasta que me es imposible mantener los párpados abiertos; la cafeína ya no me hace efecto.

 

La semana pasada me encerré por dos horas en el baño de un Starbucks para dormir, cuando la cajera logró sacarme le dije que me había desmayado, pero que no era nada para preocuparse. La convencí de que no llamara a nadie, entonces ella me miró bien.

—¡Ey! ¡Eres esa chica!

Me revolvió el estómago que me reconociera y me resultó insoportable cuando me pidió un autógrafo.

Tomé un pedazo de papel de baño para hacerlo, mientras la escuchaba preguntar: “¿dormías?, ¿qué soñaste?”. Puse una mano en su hombro y le entregué el pedazo de papel al tiempo que le susurraba: “nuestra mente nos ataca”.

Miró el papel con cara de extrañeza, atónita. No estoy segura si su reacción fue por lo que dije o por darse cuenta de que le había entregado el dibujo de una carita feliz en lugar de mi autógrafo.

 

—No duermas, Ale, no duermas— digo justo al momento en que Arturo entra a la habitación.

—¿Por qué no?

Maldigo en voz baja, sabiendo que me ha descubierto. Se sienta en mi cama, me quita los audífonos y los cables, besa mi frente y me acurruca.

—¿Ale, por qué no duermes? Vas a dejar a tu equipo sin dinero.

Mientras escucho sus palabras aparecen en mi mente un montón de imágenes; todo pierde su forma, nacen nuevas figuras.

1

Caminaba sola por una calle bordeada por pinos altos apenas dibujados por sus contornos verdes neón.

Las personas se acomodan en sus asientos para disfrutar la función, les han dado lentes 3D.

Andaba con pasos firmes y toda esa escena me recordaba al episodio especial de Bob Esponja en el que solo caminaba por horas en una calle vacía.

Comienzan a abrir las botellas, por acá se ve una nube de humo, el olor revela que no es tabaco, incluso dudo que sea marihuana; por allá se ve una que otra persona con cuadritos y pastillas de colores; todos se ponen en tono para la función.

Llegaba a una fiesta. Ahí estaba Arturo, entre una multitud, fundiéndose en medio de todos esos cuerpos. Me miraba. Nos acercábamos. Nos internábamos en una habitación oscura que parecía una cueva.

Observo a cada espectador por separado y me doy cuenta que nunca antes he visto a ninguna de estas personas.

Nuestro cuerpo se encendía. Estábamos alumbrados por nuestros propios contornos, que con su luz dibujaban el movimiento de nuestras manos, el movimiento del beso y el tacto.

Aquello era un sueño erótico. ¿Cómo no me di cuenta hasta ahora que lo veo en esa pantalla rodeada de desconocidos?

Entonces todo lo que conformaba al sueño (los objetos amorfos, las luces, el ruido, la oquedad de la cueva) se adentraba por las cavidades del cuerpo y yo aquí tras la pantalla me escucho gritar y miro mi rostro deformado por la bestialidad del acto y mi propio cuerpo amasado entre las manos del sueño.

Observo a esa multitud que me mira sin verme y entre esa multitud también está Arturo y él es la multitud. ¡Todo lo que dicen! ¡Todo lo que hacen!

Las personas de la fiesta entran a la cueva, me sujetan el cabello, toman mi cuerpo hasta la náusea. No hay espacio para escapar de la gente que me tiene aprisionada y entra en mí por donde mejor le place.

Y del otro lado esa multitud riendo y esa multitud soltando vítores y esa multitud mirándome ahora a mí, a la yo espectadora y violándome con los ojos.

 

El sol me da directo a la cara, Arturo está dormido a mi lado y me siento frustrada por haberme quedado dormida también. Comienzan a venir recuerdos del sueño y pienso que no podría soportar verlo repetido en un pantalla frente a un montón de desconocidos que solo imitarían a la muchedumbre.

—¡No puede ser, Ale! ¡No grabaste nada! — grita Alberto al entrar a la habitación.

El alivio escala mi cuerpo como un escalofrío. No me puse los cables otra vez. Intento justificarme y parecer afectada, trato de esconder mi alivio de que aquella náusea quede guardada solo para la angustia de mi cabeza.

Alberto me reprocha a gritos y entre todo ese escándalo no noto en qué momento Arturo se despierta, apenas me doy cuenta al sentir un pinchazo en el brazo, me volteo y él está ahí sentado todavía con la aguja en la mano.

—Maldito bastardo —susurro mientras la sustancia en mis venas me hace pestañear una, dos, tres veces con un cansancio producido, hasta que me rindo de nuevo al sueño.

2

A la mañana siguiente, en la grabación no encontraron más que una escena que se repetía por horas y horas:

Tomé la bicicleta, abrí el cancel de la cochera y al salir vi pegado a la puerta un gusano quemador verde y azul con tenazas rojas, me dio un escalofrío, subí a la bici y partí.

Tomé la bicicleta, abrí el cancel de la cochera y al salir vi pegada a la puerta una hormiga de dos cabezas, una negra, otra roja, con un pequeño aguijón de alacrán, me dio un escalofrío, subí a la bici y partí.

Tomé la bicicleta, abrí el cancel de la cochera y al salir vi pegado a la puerta un escarabajo púrpura con lengua de mariposa, me dio un escalofrío, subí a la bici y partí.

Todo mientras sonaba aquella canción que usaba en los proyectos multimedia en la preparatoria, “Champagne Showers”.

Alberto no estaba contento.

—¿Quieres que venda una pesadilla?

—A mí no me dio miedo.

—Ale, ¿no conoces la clase de gente a la que le vendemos esto?

—Sí.

—No podemos provocar malviajes, se cae el mercado, ¿me entiendes?

—Sí, pero es lo que hay, ¿qué quieres que haga?

Alberto suspira y tras mirar en todas direcciones sin saber qué hacer, se acerca para tomarme la mano.

—Ale, dime qué tienes… no duermes y cuando lo haces tu mente está tan negra que no logramos sacar ni una imagen o cuando creemos que tenemos algo sales con cosas como estas.

—Ahora parece inmoral —digo al fin y al hacerlo es como asegurarme que tengo razón porque aún me abruman todos aquellas imágenes del sueño adentrándose en mí en una cueva, mientras el sueño en la pantalla replica esa manera de adueñarse de lo que soy.

—No me vengas con eso ahora, esto no es un asunto moral.

Se aparta harto y aun así parece que él ganó esta discusión y que yo soy la que debe resignarse.

Subo a la azotea del edificio; desde ahí puedo apreciar cómo se extiende la ciudad más allá de la vista, puedo ver las montañas y los edificios más altos; la bodega donde se presentó mi primer sueño y el auditorio que espera para presentar el siguiente. Busco la casa pequeña donde Arturo y yo vivíamos antes de esto, pero no llego a encontrarla, me cuesta incluso adivinar su ubicación. Luego, no puedo pensar más que en lo que está debajo de mis pies: el centro de producción, mi dormitorio.

 

Recuerdo la primera vez que grabé un sueño. Arturo se había ganado uno de esos aparatos en una rifa, fue una gran sorpresa, nunca habíamos tenido suerte, ni dinero. Arturo se grabó primero, pero vio el sueño en privado. Yo me grabé la segunda noche.

No era el sueño lo que te cambiaba, sino el hecho de observarlo. Epifanía. Antes se decían muchas cosas sobre los sueños, como que cada noche teníamos siete; con la máquina se descubrió que era solo uno. También se descubrieron muchas más cosas, por ejemplo, que el cerebro llega a actuar de maneras maquiavélicas mientras dormimos, que concentra miedos para crear pesadillas, que es capaz de crear recuerdos falsos mientras duermes, que intenta llevarnos a la locura en cada sueño. Todo se rompe cuando despertamos, porque el cerebro vuelve a funcionar a nuestro favor, y nos ayuda a olvidar los estragos que hizo mientras dormíamos.

El problema es que la máquina mantiene los recuerdos falsos, los miedos, toda aquella maldad de nuestra mente, para revivirlos tan exactos como lo fueron al crearse; entonces ves cada mínimo detalle de todo para darte cuenta de cómo conspira en tu contra, de cómo todo en uno mismo es autodestrucción y fatalismo. Entiendes que observarlo te hace daño, pero no puedes dejarlo porque te absorbe.

Meses después etiquetaron los sueños grabados como droga visual altamente adictiva. Uno puede entender por qué. Se prohibió la grabación del sueño y, como todo lo que se prohíbe, llegó al mercado.

Cuando no tienes un centavo es muy fácil vender un sueño, pero nadie te dice que es como exponer tu cuerpo sin piel ante las multitudes.

 

Despierto por la madrugada y me escabullo para ver la grabación en privado. Algo me asusta y me da alegría. Mi cabeza por primera vez se ha puesto a mi favor, estamos conspirando. Le envío un mensaje a Alberto para que programe una función de seis horas. “Tengo algo bueno”, le escribo.

 

El viaje a Marte fue largo, pero eso no es relevante ahora que la nave en la que viajamos está por estrellarse con el suelo duro de la tierra; el grupo está horrorizado y culpa al sujeto de cabeza en llamas, pero sobrevivimos y por azar quedamos perfectamente estacionados afuera de una tienda departamental enorme. Alguien dice por los altoparlantes de la tienda “pueden comprar lo que quieran, lo que quieran” y todos se vuelven locos, andan de un lado al otro tomando cosas de los estantes: vestidos, electrónicos, comida, muebles y cosas, muchas cosas, pero yo no tomo nada, más bien rompo los paquetes y tiro su contenido al suelo para bailar sobre ellos. Al final nos vamos sin comprar nada porque nada necesitamos, cuando salimos de la tienda vemos entrar al lugar a unos sujetos armados, “algo malo va a pasar” pensamos. Entonces, me doy cuenta que he dejado a mis padres y a mi hermana adentro de la tienda; regreso, alcanzo a advertirles y salimos. Tomamos un coche con otras personas y conduce el sujeto ebrio que conocí en mis veinte. Poco después notamos que falta alguien, ¿dónde han quedado mis padres? Lo obligo a regresar, conduce del asco, volvemos al estacionamiento de la tienda. Hubo una matanza, vemos a los sujetos de las armas irse. Llegan mis padres. Bajan los espíritus que han sido rehenes del atraco y se alegran de no haber muerto. Abrazo a mis padres. Hace tanto calor. Los espíritus y el grupo con el que he hecho el viaje a Marte jugamos futbol, las que son madres preparan puré de papá y lo ponen sobre una mesa de alimentos, entonces todos miramos al cielo, el sol se ha vuelto incandescente, nos ciega la vista…

La pantalla queda en blanco por cuatro minutos mientras los espectadores del sueño aguardan para ver que sigue… hasta que aparece mi rostro en la pantalla. Hay 365 personas en la sala, mira (o miro) a cada una de ellas, se toma su tiempo, dura más de una hora. Finalmente me mira a mí, me estoy observando en la pantalla, veo mis ojos, mi sueño, me observo viendo mi sueño. Clava sus ojos en nosotros y dice:

Ustedes están en mi cabeza.

3


Autores
(Guadalajara, 1995). En 2017 obtuvo el IX Premio Nacional de Narrativa Elena Poniatowska con el cuento breve Canicas. Formó parte del Libro Internacional Puente de Palabras XIII en Argentina y de la novena edición de Pluma del proyecto Por favor, lea poesía. Ha colaborado en diversas revistas, entre ellas Morbífica con Cazar el vuelo de un ave (2014), Zozobra con Del amor (2015), Pliego 16 con Juego a cinco dedos (2017), Golfa con Aniridia (2018), Huraño con Canicas (2019), Oajaca con Debugger (2019).

Ilustrador
Juan Carlos Boo
Juan Carlos Boo, formado como arquitecto, se especializó en diseño e ilustración. Actualmente trabaja como Director de diseño en Cirklo, una consultora de innovación. Tiene su estudio en la Ciudad de México donde trabaja en proyectos de ilustración personales y comerciales. Basa su inspiración en la naturaleza y la interacción de los humanos con ella. Su mayor influencia viene de la relación del humano con su entorno, sus emociones y sus prejuicios.
La Policía Federal Preventiva resguarda la UNAM tras la huelga, 2000, Wikimedia Commons.
La Policía Federal Preventiva resguarda la UNAM tras la huelga, 2000, Wikimedia Commons.

Jamás pude imaginarme —desde esa imaginación que cabe en una persona de dieciséis años— que la escuela en la que estudiaba se convertiría, así de pronto, en un gran yermo.

Fue en 1999 cuando eso sucedió o, mejor dicho, cuando lo pensé mientras barría hojas secas en uno de los patios de la preparatoria a la que asistía. Como todas las escuelas y facultades de la UNAM, aquel año mi preparatoria, la nueve, se encontraba en paro. Mientras recogía las hojas pensaba en eso, en lo increíble que era ver un espacio tan grande, vacío y silencioso. No lo hacía a manera de queja, denunciando la ausencia de clases, sino pensando en la fuerza de las convicciones, en las demandas que llevaron a que muchos estudiantes cerraran temporalmente la universidad a manera de protesta.

De aquellos días mantengo muy presente una especie de vorágine de información, activismo y discusión durante los días previos al estallido de la huelga y los primeros meses. Desde entonces no he visto repetirse en la universidad momentos como esos. Tal vez sea el sesgo de haber formado parte de ese movimiento estudiantil durante algún tiempo. Quizás no, y entonces no exagero si digo que la huelga fue como una ola que creció hasta hacerse un tsunami, el cual arrasó con varias de las concepciones que muchos teníamos sobre la experiencia de la política, el activismo, y las instituciones.

Se decía por entonces, que todo aquello obedecía a lo que sin duda eran las condiciones objetivas: un rector propone un nuevo reglamento de pagos (que incluye cobrar cuotas de inscripción en la universidad). Una campaña de comunicación agresiva que trata de legitimar la medida, al mismo tiempo que desprestigiar a quienes la cuestionan. Una red de colectivos estudiantiles que están al tanto de las reformas que se tratan de impulsar en la universidad y que disputan entre ellos y de manera simultánea, la hegemonía de un movimiento estudiantil que va creciendo. Un nuevo gobierno de la Ciudad de México, el primero en haber sido elegido mediante elecciones, y el cual intenta influir en algunos sectores activistas, lo mismo que mediar con las partes más radicales, tanto en la universidad como en el gobierno federal, quienes piden el ingreso de la policía a la universidad para romper con el paro. Todo lo anterior es parte del contexto de una serie de eventos que se acumularon durante casi nueve meses de huelga en la UNAM, nueve meses sobre los que, estoy seguro, todos los ahí presentes tenemos nuestras propias versiones de lo sucedido.

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Recordar los pasos previos a la huelga del 99 es remontarse a tantas disputas como uno pueda imaginarse. Disputas de distintos y variados grupos. Entre una izquierda muy radical y uno que no se considera tanto. Entre autoridades de la universidad que respaldaban la medida del nuevo reglamento de pagos y otras que la cuestionan aun siendo minoría. Entre autoridades y estudiantes. Entre estudiantes contra estudiantes. Entre políticos y estudiantes.

Es una obviedad ecir que la huelga estudiantil del 99 hizo evidente el antagonismo de grupos que subyace en la Universidad. En la Universidad el antagonismo entre grupos es persistente, y consecuencia de su pluralidad. La diferencia entre los tiempos radica en cómo se hace manifiesta esa diversidad, en cómo se dirimen las disputas y los antagonismos.

El anhelo del historiador consiste en alcanzar cierta precisión para poner cada pieza en el lugar correcto de los hechos. De momento, cuando pienso en la huelga del 99, ese anhelo puede ponerse en pausa. Es necesario, porque lo que quiero resaltar es el aire de las semanas previas al 20 de abril de ese año, en donde hubo en gran parte de las Escuelas y Facultades de la Universidad un intento de debate público sobre cuestiones tan intangibles como el valor de la gratuidad de la educación. A la luz de los años, es cierto que quizás las formas muchas veces fallaron, sobre todo porque el siempre temerario asambleísmo activista no dio espacio a los matices. Pero eso no demerita (y esto lo pienso con años de distancia), el hecho de que un significativo número de estudiantes de la universidad se sumara a reflexionar acerca de lo que en ese momento se planteó como la defensa de la educación pública, esa cuestión tan difícil de definir para todos aquellos que no teníamos «formación política», para todos aquellos que vivíamos todavía en el país del partido hegemónico.

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Y entonces sucedió. La huelga se votó después de días de tensión entre la promulgación del nuevo reglamento de pagos —realizada en una sesión extraordinaria del Consejo Universitario que tuvo lugar, debido a las protestas, en una sede alterna—, y la respuesta del movimiento estudiantil aglutinado en torno al Consejo General de Huelga.

Una foto ha registrado para la historia una gran manta colgada en uno de los costados de la Facultad de Filosofía y Letras que decía Sí a la Huelga. Eran los días previos, los días de asambleas maratónicas y de votaciones caóticas. Una a una las Escuelas y Facultades fueron sumándose desde la noche del 19 de abril. Mi escuela fue de las últimas porque en las preparatorias el activismo no era una cosa constante. Recuerdo que no me sumé al paro desde un inicio, pero seguía atento el devenir de los acontecimientos previos porque mi hermano mayor participaba activamente en su escuela. Fue con él con quien hablé de las consecuencias del paro estudiantil. Fue él quien me convenció para que asistiera a las guardias de mi preparatoria. Fue con él con quien entendí, bajo el trazo de unos mapas quizá poco calibrados en argumentos, lo que significaba la aprobación de «las cuotas» para un sistema universitario que había defendido históricamente la gratuidad de la educación.

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No pretendo limitar las diversas experiencias que generó el paro a lo que vivimos quienes participábamos como estudiantes dentro del movimiento. Recuerdo a una profesora de la licenciatura llorar en medio de la clase, al rememorar al año siguiente de terminada la huelga, lo que sintió después de un lapso de tiempo que pareció infinito. Estoy seguro de que todos los estábamos vinculados a la universidad en ese año perdimos algo. Miedo, e ingenuidad política, seguro, pero también, hubo quienes perdieron oportunidades laborales, demoras en sus investigaciones y para algunos, paradójicamente, posibilidades de seguir estudiando. Esos escenarios no los podíamos entender en ese momento. En nueve meses había que asimilar demasiadas cosas y la coyuntura demandaba altura de miras, pensar en el futuro, pensar en la huella que dejaría en la historia nuestra defensa de la educación pública.

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En los hechos, esa defensa se cristalizaba en seis puntos de un pliego petitorio. Las asambleas de las Escuelas y Facultades habían llegado a un acuerdo para formularlo. El pliego se convirtió para algunos en el atalaya a defender del movimiento. Ni un paso atrás en la negociación de cada uno: i) abrogación del reglamento de pagos; ii) restitución del pase automático (que dos años antes había sido modificado); iii) Realización de un congreso universitario con carácter resolutivo para reformar la universidad; iv) anulación de actas y represalias contra los miembros del movimiento; v) reorganización del calendario escolar; vi) romper los vínculos entre la Universidad y el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior A. C. encargado, entre otras cosas, de realizar el examen de ingreso a la Universidad.

Si la primera ruptura fue con la apatía política de todos aquellos que sin trayectoria en el activismo nos sumamos al movimiento, la segunda ruptura fue al interior del mismo. Una división que pasó de lo normal y esperado en cualquier grupo político, a lo francamente ridículo cuando comenzaron las expulsiones y los vetos por diferencias en cuanto a cómo defender la totalidad del pliego; cuando comenzaron los reclamos porque no se iba a marchar siempre; cuando la división de votos asignados para cada escuela en las sesiones del Consejo General de Huelga, se hizo necesaria, como decisión salomónica porque se presentaban dos asambleas de la misma Escuela o Facultad.

Todos estos acontecimientos fueron desgastando al movimiento. Se construyó al interior del mismo una narrativa dominante en la que no era aceptable dar un paso atrás. El argumento era que, catorce años antes, «las cuotas» habían sido propuestas de igual manera por las autoridades universitarias y de la misma forma habían sido rechazadas, mediante una huelga estudiantil. Pero de ese episodio se fomentó una interpretación de la derrota y hasta de la traición, que poco a poco fue ganando terreno en el movimiento. Recuerdo que uno de los CGH, una de las corrientes al interior del mismo, repartía propaganda interna, una especie volante en el que, en menos de una cuartilla, hacía un recuento de la huelga del 86. La conclusión insistía en que era importante no caer en los mismos errores de aquella vez, no ceder en esta nueva ocasión.

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En una de las tantas frases que Alejandro Rossi nos regaló en su Manual del distraído, hay una que describe de forma dilapidaría algunos contornos de nuestra condición humana: «Lo que pasa es que somos víctimas de una mezcla terrible: la prisa y las buenas intenciones». Lo decía en un breve texto: «Hipócrita», que era lo mismo una crítica que una pausa para entender los acontecimientos que derivaron en el golpe de Estado en Chile en 1973. La preocupación de Rossi era escribir, desde un momento distinto al de la pureza de las convicciones, la condena del hecho, del golpe. Gracias a lo cual, lograba puntualizar una circunstancia indiscutible: la dificultad extrema para interpretar situaciones históricas en donde el valor y el heroísmo ocultan otras tantas circunstancias que se intercalan en los acontecimientos de la derrota de un programa político de izquierda.

A menudo y a menor escala, múltiples episodios se acumulan en ese catálogo de las resistencias de la izquierda latinoamericana. En muchas de ellas se reproducen las formas de un microcosmos de la derrota. Se narran como momentos épicos y se deja de nombrar aquellas cosas que sólo con el tiempo dan sentido a la derrota.

En la huelga del 99 muchos de nosotros realizamos nuestras primeras incursiones políticas y por tanto ideológicas. Para quienes estábamos en el bachillerato al menos, comenzó otro modo de entender la historia. En mi preparatoria hicimos círculos de estudio, organizamos talleres de seguimiento y monitoreo de noticias, vimos documentales sobre las luchas emblemáticas de la izquierda latinoamericana, y hasta organizamos la proyección del MTV Unplugged-eléctrico de Los Fabulosos Cadillacs por considerar que era música nuestra.

Estoy seguro de que en la reflexión, debate y entendimiento de aquellos días se habló del golpe de Estado en Chile. No recuerdo, por supuesto, las conclusiones que sacamos, pero seguramente compartimos la rabia y la impotencia de las acciones orquestadas por el Imperio. Y, sin embargo, en todo ese desconcierto que provocaba leer la historia, no leímos a Rossi, o a cualquier otra autora o autor que fomentara el equilibrio de las posiciones en el conflicto, y que nos confrontara de ese modo con nuestras certezas.

De hecho, Rossi, antes que ser escuchado, fue cuestionado y denostado cuando con otros académicos reconocidos formuló «la propuesta de los eméritos» con la que intentaban mediar el conflicto. La propuesta no prosperó, ni creo que se haya debatido seriamente, porque cuando apareció, al tercer mes de huelga, la posición más radical dentro del movimiento se estaba consolidando.

***

Hay algo oculto en las líneas que escribo y que no encuentran su justa medida. Durante las semanas previas a la huelga y durante los meses que duró, hubo un desafió constante hacia la Autoridad, así con mayúscula. En parte, la respuesta se entiende por la forma mediante la cual se trató de imponer el nuevo reglamento de pagos, con información fragmentada y sin posibilidad real de diálogo con los sectores disconformes de parte de las autoridades de ese momento. Por eso parecía obvio para muchos estudiantes que la última medida consistía en lo que sucedió: el cierre de la universidad.

Pero a esa acción colectiva, que seguramente puede seguirse debatiendo (su idoneidad y su representatividad en todos los sectores), subyace una actitud de rebeldía de quienes constituyeron el movimiento como una disputa frente a las cúpulas de las instituciones de las que en principio formaban también parte.

No digo que los estudiantes, el sector mayoritario de la universidad, represente la voz más importante o preponderante. Es parte de un conjunto de actores. Pero sí creo que, en ese contexto, las autoridades entendieron poco del mensaje que había en la actitud rebelde de los estudiantes: las instituciones tienen que modificarse, ser representativas y auspiciar el diálogo mejorando los mecanismos de representación. A cambio sucedió lo contrario, tanto de parte de las autoridades como del sector más radical del movimiento estudiantil esa voluntad de diálogo no existió.

Son varias las lecciones que pueden aprenderse de ese episodio. La principal es que nunca debería de tolerarse que la policía del Estado de por terminado un movimiento estudiantil. Haber llegado a ese punto requirió sin duda de muchas decisiones erradas. Por lo que una revisión exhaustiva, siempre abierta a la discusión de todas las decisiones que ahí se tomaron por los distintos actores, debería ser siempre admitida.

Pero más allá de eso, no creo que ninguna voz pueda resumir la diversidad de experiencias ahí contenidas. Por tanto, pienso que, en el recuento de los daños y los aciertos sobre la huelga más larga de la historia de la UNAM, una lección básica en política y en la vida es necesaria: volver a escucharnos.


Autores
(Ciudad de México, 1982). Sociólogo y Doctor en Filosofía de la ciencia por la UNAM. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Humboldt de Berlín (2013) y el King’s College de Londres (2017). Escribe sobre ciencia, política y ficción.
Monumento al pescador, mejor conocido por los Monos Bichis. En la jerga local, bichi significa desnudez. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz.

 

El mundillo

Los consumidores nunca olvidan la primera vez que se encontraron con ella. La mayoría nunca la soltó. Algunos la veneran, otros la disfrutan a secas. Muchos gracias a ella vislumbraron su lugar en el mundo. Intensificaron el goce al dormir y comer. No hay ansiedad. Con ella han vivido grandes momentos de risa. Aunque también de paranoia y taquicardia. Por eso jamás se olvida la primera vez que uno se encuentra con ella. Hay momentos que nadie nos puede quitar. Cuando andamos en bici por primera vez, por ejemplo. El primer coito. Al policía, su primera balacera. Al piloto, su primer viaje. Con tanto significado, todos los consumidores de marihuana recuerdan su primer porro.

Una vez conocí a un piloto aviador que fumaba churros. A un policía también. Es archisabido que en todo el mundo se consume marihuana. La recepcionista del hotel fuma después del trabajo. El dentista compra brownies cannábicos. El abuelo con artritis, la madre con Parkinson y la vecina con artrosis. El turista que llega necesitado de recreación. El maestro universitario. La arquitecta, la contadora, el camionero, la maquillista, la cajera del OXXO. Ya no hay novedad.

La marihuana no respeta preferencia sexual, religión, cultura o clase social. Han quedado atrás los años en que era para vagos, hippies o artistas. O hippies artistas vagos. Al menos eso pensaba la generación de nuestros padres. Ahora la vemos de cerca y sabemos que hay un mundillo escondido en todos los barrios y todas las ciudades. Un mundillo de gente que consume marihuana cada día, cada hora, al despertar y al dormir.

Crean códigos y lenguajes, la cultivan o la compran, se esmeran por compartir información que desmitifique al cannabis. Se mantienen atentos con la lucha por su despenalización y las investigaciones sobre su papel en la medicina y la industria, y en los posibles beneficios fiscales.

En el municipio de Mazatlán, Sinaloa, no es fortuito que la marihuana tenga popularidad. Muchos argumentan que esto se debe a la cercanía que tiene con la Sierra Madre Occidental, donde la yerba crece sola, sin cuidarla ni regarla. O por estar a un paso de la playa.

Por esta bahía, los chinos trajeron por primera vez el opio a México y comenzaron a sembrar enervantes a finales del siglo XIX, y la marihuana se tomó de la mano y avanzó más allá, hasta convertirse en una cultura.

 

Sinaloa y la yerba

Cuadro de Malverde captado en expendio de cerveza. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz

Cuadro de Malverde captado en expendio de cerveza. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz

Sinaloa y Sonora fueron un mismo estado llamado Estado de Occidente (1824-1830). Durante estos años el puerto de Mazatlán fungió como referencia para llegar al río Presidio, y oficialmente se llamaba “Islas de Mazatlán” (Breve Historia de Mazatlán, Ayuntamiento de Mazatlán). Estas islas son un montón de cerros que hacen periferia al litoral sur del océano Pacífico. Ahora, más de doscientos años después, estas islas se conectan con andadores y calles comunes, y son colonias populares (excepto la parte con vista al mar), y ya no hay agua que las rodee, a excepción de cuando llueve y las alcantarillas rebosan.

A finales del siglo XIX los cerros no estaban colonizados y eran usados como carracas donde la gente subía a drogarse, tener sexo o explorar. Eran lotes baldíos que también se aprovechaban en ocasiones especiales: los pobladores subían a recibir y despedir los barcos que llegaban al puerto: ingleses listos para bombardear Mazatlán (1847), fragatas francesas hostiles (1864) o algún trasatlántico británico lleno de migrantes chinos (Antonio Lerma Garay, Mazatlán Decimonónico).

Panorámica de la entrada al puerto de Mazatlán, el faro como fondo. Gerardo Muñoz.

Panorámica de la entrada al puerto de Mazatlán, el faro como fondo. Gerardo Muñoz.

Con el tiempo, la tierra devoró al mar y los cerros se poblaron. Donde antes el agua recibía a los trasatlánticos, ahora se extiende transitada la avenida Miguel Alemán. El mar se fue recorriendo hasta llegar a la altura del cerro Crestón, donde se encuentra el faro. En esta parte del Océano Pacífico (devorado por la tierra, sobre un camino ahora asfaltado), llegó el opio por primera vez a México, en manos de los chinos que huían de la crisis humanitaria y las políticas de la dinastía Qing, la mayoría proveniente de Cantón y Hong Kong (Tu nombre en chino, Juan Esmerio).

Había chinos misteriosos que aliviaban las enfermedades de los mazatlecos con yerbas. Poco a poco se instalaron y fundaron sus propias boticas, y se ganaron el respeto de la gente por sus conocimientos ayurvédicos. Hay relatos que aseguran que en 1940 todavía se podía conseguir marihuana en las boticas del centro histórico. Se fundaron espacios para fumarla, junto con el opio, a los que llamaron sencillamente fumaderos.

Cerro del 08. Gerardo Muñoz.

Cerro del 08. Gerardo Muñoz.

Pero la mota no llegó con los chinos. Según Juan Pablo García Vallejo, en El primer manifiesto pacheco (1985), la llegada de esta yerba a México ocurre en 1530 por encargo de Hernán Cortés. No obstante, hacia el año 1550, el virrey Luis de Velasco ordenó limitar el cultivo porque “los indígenas empezaron a emplearla para algo más que la creación de cuerdas” (Florilegio medicinal de todas las enfermedades, Juan de Esteyneffer).

Aunque no hay una versión oficial de su etimología, fue en esta época que comenzó a conocerse como marihuana, quizás por los nombres María y Juana, indígenas curanderas o de oficios populares que consumían, proveían y usaban la marihuana con diferentes fines.

Nunca hubo regularizaciones estrictas sobre el uso de la marihuana, sin embargo el expresidente Lázaro Cárdenas (1934–1940) abogó por su uso medicinal en México y atender la adicción como problema de salud pública. El 17 de febrero de 1940 se publicó un decreto presidencial que legalizaba la marihuana. Duró en vigor solo unos meses, con la llegada de la prohibición estadounidense.

En su libro Nuestra historia narcótica, el mazatleco Froylan Enciso habla de la falta de “conciencia de la criminalización” de los enervantes. En un capítulo se encuentra una anécdota que en Mazatlán se contó durante mucho tiempo. Marlon Martínez Vela la reseña así:

“En este libro pueden encontrarse historias curiosas como la de un vendedor de huaraches en Mazatlán, a principios de la década de 1930, que es ayudado por un amigo ferrocarrilero para que salga de apuros económicos. La forma en que busca ayudarlo es proporcionándole cierta cantidad de cocaína para que la venda y así obtenga algo de dinero. Cuando el vendedor quiere colocar la mercancía, contacta a alguien para que lo ayude a venderla. Después de un tiempo el fulano se pierde, entonces el comerciante pone la denuncia de que le robaron la cocaína que iba a vender”.

Pero, aunque hubiese una campaña de desprestigio y la yerba comenzara a ser ilegal, el negocio nunca decayó. Históricamente, las drogas han generado más ganancias estando en la prohibición y esto ha influido para que los narcotraficantes se conviertan en poderosos hombres de negocios. Según el escritor mazatleco Juan José Rodríguez, el tema de la relación del gobierno con la marihuana en aquella época era un tema del que no dejaban huella.

—La referencia más oficial está en el libro Una vida en la vida sinaloense (1992) de Manuel Lazcano y Ochoa, donde se narra que el departamento de estado gringo solicita en la Segunda Guerra Mundial el cultivo de enervantes en la sierra sinaloense –me dijo Rodríguez al preguntarle sobre documentos de esta índole.

Durante el cardenismo (1934–1940) el sur de Sinaloa fue azotado por una guerra agraria que dejó más de 3 mil muertos. Se dio por “terminada” tras el asesinato del gobernador Rodolfo T. Loaiza. Según algunos historiadores pudo haber diferentes causas del homicidio. No obstante, el investigador Luis Astorga recoge un artículo del periodista Luis Spota, en el que señala que el gobernador había sido sobornado con ochenta mil pesos por un grupo de traficantes para hacer llegar un cargamento a Estados Unidos, a finales de 1943, pero él mismo, el gobernador, fue quien mandó a llamar a la policía federal para que los incautaran. Esto le habría costado la vida en el Hotel Belmar durante los festejos del carnaval de Mazatlán en febrero de 1944, a mano de los primeros mercenarios del noroeste. Una gavilla peligrosa al servicio de terratenientes llamados Los del Monte, liderados por El Gitano, quienes serían los primeros sicarios –como los conocemos ahora– de la región.

Retrato de Los del monte en el museo El Gitano, en Aguacaliente de Gárate. Gerardo Muñoz.

Retrato de Los del monte en el museo El Gitano, en Aguacaliente de Gárate. Gerardo Muñoz.

Aunque no haya versión oficial del asesinato de Loaiza, la marihuana, el opio y la amapola ya estaban presentes en la comunidad sinaloense y mexicana desde la Colonia, y su apogeo fue en la época de la revolución, cuando las “Adelitas” alimentaban a los combatientes y vendían de contrabando mezcal y marihuana.

Cuando la sociedad sinaloense comenzó a darse cuenta de que había mucho dinero en la comercialización de los enervantes y que, además, el suelo de la región se prestaba para su crecimiento, comenzaron a sacar a los chinos, no solo de los cultivos, sino del estado. La gente en Sinaloa se apropió del negocio, iniciando una empresa internacional de tráfico de drogas que, hasta ahora, en 2019, ha crecido tanto que es reconocida como una de las organizaciones delictivas más poderosas del planeta: el cártel de Sinaloa.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, los yanquis prescindieron de los enervantes sinaloenses, pero tanto en el extranjero y en México ya se había formado un grupo de consumidores que iban a mantener el negocio activo durante muchos años, hasta la actualidad, rebasando estigmas sociales, penalidades y desinformación.

 

MAZATLECOS

Olas Altas es el barrio de todos. Ubicado en el malecón del Centro Histórico, por donde llegaron los navíos de la invasión francesa e inglesa y el desembarco de tropas en la revolución mexicana. Ahora vive un apogeo económico y social. Es una zona bohemia de bares, música y cafés que se encuentra frente al mar y goza de atardeceres espectaculares. Aunque sea visitado por muchos turistas y haya algunos hoteles, se puede decir que Olas Altas es un parque público para los mazatlecos. Siempre hay más gente local que turistas. Nunca faltan los padres con los niños, las parejas, los ancianos que caminan, los deportistas y los policías en bicicletas y racers 4×4 dando vueltas. Aquí es donde recalco la presencia de la plebada que patina, toca música, hace malabarismo o simplemente asiste para salir de la rutina y ver el sol caer mientras bebe alcohol y fuma marihuana, desafiando a la autoridad.

De este ambiente surgen personajes populares que adoptan a Olas Altas como su segunda casa y llegan a ser parte de la identidad local: el Ice Man♰ quien vivía en la playa y se alimentaba de la bondad de los restauranteros y amigos; era adicto al cristal y murió el año pasado. El “Bolero sin Dinero”, alias el Chuchain, quien se dedica a arreglarles los zapatos a los gringos. El Blanquito Man, un perrito empistolado que acompaña a un hombre que vende dulces y tabacos. El Poeta, ni turista ni local, personaje oaxaqueño que viste con moda renacentista y ofrece, recita y vende las fotocopias de sus poemas. El Palancas, tatuado que maneja una moto. El Manitas, joven tatuador que aboga por la libertad. El Profe, poeta de los límites de la imaginación. La Alfonsina, reina gay del pueblo. La banda de reggae Guerrilleros Band, compuesta por siete músicos bohemios que se la viven en Olas Altas. Los muchachos de las peleas de gallos (rap) todos los domingos.

Y el Fletes, Rey Olasaltense y defensor del pueblo.

 

EL FLETES

Retrato del Fletes en el bar de cumbias La Fonda del Chalío. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Retrato del Fletes en el bar de cumbias La Fonda del Chalío. Fotografía por Gerardo Muñoz.

El Fletes vive en el cerro de la Nevería.

Este cerro se parte a la mitad para albergar dos clases sociales. Sobre la mitad con vista al mar hay departamentos y casas lujosas. La otra mitad, la que mira hacia la ciudad y le da la espalda al mar, es un barrio como cualquier otro y se le conoce como el Cerro del 4. Ahí vive José Fletes López desde que nació, “hace sesentayquiubole de años”.

Él es el Rey Olasaltense por muchas razones. Todos los días llega al lugar a beberse una o dos pachitas. Los jóvenes lo saludan y lo respetan. Se define por sus valores firmes, el respeto a las mujeres y la defensa de sus amigos. Tiene cuatro hijos mayores de edad y cuatro nietos. Lleva alrededor de cincuenta años fumando marihuana.

Retrato del Fletes en Olas Altas. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Retrato del Fletes en Olas Altas. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Mientras él bebe de su botella amarilla, pasa un policía en bicicleta y le dice “puto” en voz baja. La gente se le queda viendo por su parado curvado y la barba crecida, pero él está tranquilo. Le pregunto desde cuando fuma marihuana.

—Desde que tenía unos doce años, más o menos. La mota no era mota, era… no me acuerdo cómo le decían antes aquí… –hace memoria– le decían “mata bendita. Le decían así porque fumaban y decían “¡Ay, qué bendito!” –

La gente espera ansiosa la dilución del sol en el mar. Arriba las nubes son pintadas al lienzo. El Fletes saca un churro de mota, pero no lo enciende.

—A los dieciocho años me robé a mi vieja, la que tengo ahorita, somos abuelos. Chambeo en el aeropuerto de lavaplatos. Tengo veinticinco años trabajando ahí. El gerente ya me quiere jubilar, pero le digo que no, ¿pa qué?

Le pregunto por qué tuvo que robarse a su esposa.

—No, no me la robé como quinceañera de rancho, mijo, yo fui con mi suegra y le dije, me voy a robar a su hija. Pos llévatela, me dijo. Nunca se me va a olvidar –hace un gesto nostálgico y amoroso–. Fue mi suegro, que en paz descanse, a llevarnos a casar. Fuimos a la capillita de San José y ahí nos casamos, pero no con traje ni nada de eso, todo legal, mijo.

Aprovechando el tema familiar, pregunto si en su casa le reclamaban por fumar marihuana y emborracharse.

—No, no, no. Conmigo no se meten en problemas con mis vicios. Yo sí me meto en la vida de ellos, a ver, ¿qué calificaciones me vas a traer? Mire, awelo. ¿Te dejaron tarea? Sí, awelo, bueno pues póngase a hacerla pa que le den de comer ahorita que termine.

¿En tu casa eres la autoridad, Fletes?

—No autoridad, mijo, porque no son esclavos, hay que darles su espacio. A mí no me gusta que me digan Señor Fletes, ni don Fletes. A mí díganme Fletes. Así me han dicho siempre. No necesito tener autoridad, menos en mi casa. Yo llego a las once (de la noche) y todos están adentro, no hay nadie ya afuera. Ellos no fuman, no toman, no nada y te llevo a mi casa pa que veas, a mí no me gustan las mentiras.

Retrato de Fletes sosteniendo vino y tabaco. Gerardo Muñoz

Retrato de Fletes sosteniendo vino y tabaco. Gerardo Muñoz

Cuenta que su padre fue propietario de un bar famoso a inicios del siglo XX con nombre “El Avante”, que en diferentes crónicas y libros es mencionado. Famoso por ser, quizá, el primer bar, como tal, de Mazatlán. El Fletes me dice que la playa es suya y él es de la playa.

—Aquí nací mijo y aquí me voy a morir, no hay de otra. Me acuerdo cuando empecé a fumar marihuana, yo la compraba a veinte centavos. Ahorita es un robadero por todos lados.

El Fletes está consciente de los gastos hogareños y antes de llegar al malecón, deja sus ganancias en propinas, igual lo hace cuando cobra su pago semanal, en casa, porque “no vaya a ser que me lo gaste”, por lo que solamente trae consigo lo justo para su pachita y el taxi de regreso, o si no, se va caminando. Para él es lo mismo fumar cualquier tipo de marihuana, pero eso sí, le gusta fumar cuando el sol toca el mar, porque “me alucino”.

 

El Club de los Mazatlecos Hachíschins

Hay otro tipo de personas que sí están atentos a las variedades, olores y texturas de la yerba. Los CMH (Club de los Mazatlecos Hachíschins, como los nombraré en honor a Charles Baudelaire y porque me pidieron anonimato), son un grupo que pertenecen a esa generación que deambula entre los treinta y cinco y cuarenta y cinco años, y decidieron no tener hijos y hacer arte, música, pintura, fotografía o plástica. Están al tanto de las actualizaciones legales, medicinales, genéticas e incluso virtuales de la marihuana.

Los muchachos del CMH nos platicaron muchas cosas, a mí y al fotógrafo, mientras fumaban una marihuana que olía diferente a la que se fumaba el Fletes. El lugar era amplio, techo de vigas, rodeado de cuadros abstractos, instrumentos musicales y macetas. Me cuentan que la marihuana es más útil de lo que se cree.

—De hecho, los aceites que utilizan para los motores de las turbinas, para los helicópteros, es aceite de cáñamo, ningún otro aceite usan. El aceite de cáñamo no lo puedes eliminar del planeta, aunque quieran, lo que es la fibra de cáñamo, se usa para muchas cosas, aunque lo principal fue para hacer papel.

Otro más, agregó:

—La FDA (Agencia de Alimentos y Medicamentos, por sus siglas en inglés, es una agencia del gobierno de Estados Unudos responsable de regularizar los productos de consumo humano) la tiene catalogada como una droga más fuerte que la cocaína, de mayor adicción, como la heroína. El pedo es el dinero, carnal. Yo te voy a decir: son los cuarenta, hay papel de cáñamo, el papel de cáñamo crece, lo sacan de la fibra del tallo y de tres a seis meses ya tienes material. Contra los árboles y los pinos, por ejemplo, que tardan unos tres años en alcanzar dos metros. Ahora imagínate: el que tiene parcelas con un chingo de bosque que lo va a talar y va a ganar un billetón, que le digan, “eym tu bosque es más caro, está mejor usar el papel de cáñamo”. Pegaron el grito en el cielo, y era gente muy poderosa, entonces dijeron, “ey, esta madre pone, tiene efecto psicoactivo”, y comenzaron a sacar la campaña de que te podías volver delincuente, ibas a robar. Comenzaron con la campaña de desprestigio. Los carteles gringos eran bien agresivos. Había uno que decía que se te caían los brazos si fumabas marihuana.

 Cartel de la película “Reefer Madness”, dirigida en 1936 por Louis J. Gasnier, en la que jóvenes pasan de probar la mariguana a tocar salvajemente un piano, a la histeria y la muerte.

Cartel de la película “Reefer Madness”, dirigida en 1936 por Louis J. Gasnier, en la que jóvenes pasan de probar la marihuana a tocar salvajemente un piano, a la histeria y la muerte.

El sociólogo mazatleco Faith Muñoz me dice que el detalle de la prohibición y penalización de la marihuana no fue problema con las farmacéuticas, sino del capitalismo industrial del siglo XX y los terratenientes. Sostiene que el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) de 1994 vino a beneficiar, más que a nadie, a los cultivadores de enervantes.

—Se conjuga muy bien con el neoliberalismo. Por un lado, está la aceleración del flujo comercial y apertura de fronteras a las mercancías, y por otro lado la transformación del Estado que dejó tener el control histórico sobre empresarios paralegales.

El Club de los Mazatlecos Hachíschins reconoce que vivimos en una época “muy shida porque ahora ya te pueden vender sativa, índica, ya sabes lo que te venden, hay páginas, aplicaciones para el celular, como LeaFly”.

Es una App que permite a los usuarios calificar las variedades. Lee desde el celular y observo las barras y los porcentajes: “si te sirve más para dormir, para lo productivo, para activar la mente, para activarte, uso medicinal, para la fatiga, la migraña, para la depresión, para los calambres, artritis, para el estómago, para la ansiedad. Tú le picas a la de artritis y te muestra las diferentes plantas para eso”.

App WeedsMaps.

App WeedsMaps.

Otra aplicación es WeedMaps, una suerte de Tinder entre consumidores y dispensarios. Te muestra una lista de ubicaciones cercanas donde puedes comprar marihuana o medicamentos y productos a base de esta. Ellos están conscientes que en México aún es complicado tener este tipo de servicios, pero sostienen que “en menos de diez años, o quizá menos”, los usuarios del cannabis podrán hacer uso libre de todos los servicios y beneficios.

Un miembro del CMH está en espera del amparo para portar, cultivar y consumir libremente. Es el primer amparo mazatleco, quizá, ante la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios.

—Es un escrito abierto, ahí pidiendo tu solicitud, lo dejas en Cofepris, ellos lo mandan a Culiacán, luego a México y te mandan el acuse de recibido y ya, es esperar la negativa y cuando te la den, tramitas el amparo.

Aunado a esto, el pasado 17 de marzo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a través de su cuenta de Facebook, subió una captura de pantalla de su documento donde aclara que la “prohibición absoluta del consumo lúdico de marihuana, no es una medida necesaria para proteger la salud y el orden público”.

Captura de pantalla extraída del semanario de la Suprema Corte.

Captura de pantalla extraída del semanario de la Suprema Corte.

 

Me cuenta sobre Agropot, una organización de Quintana Roo que tiene una granja en Yucatán de chile habanero hidropónico.

—Hicieron una moneda virtual (Agropoint) que ahorita está respaldada por su plantío de chiles, pero cuando se legalice la marihuana ya van a tener toda la instalación.

 

El Justiciero del Gallo

El miembro del CMH me recomienda no evidenciar a las personas innecesariamente y al fotógrafo no le permiten sacar fotos. Pero hay otras personas que no se preocupan por este tipo de estigmas, sean legales o no, y abiertamente consumen en zonas seguras. Y para estos fines, no hay mejor zona que la casa.

Fuimos al cuarto de ensayo de El Justiciero del Gallo, como se hizo llamar para la entrevista. Él fundó, junto con otros amigos, un grupo de reggae mazatleco en el año de 1989, llamado Tabaco Turco. Su compromiso político a través de su música se hace presente en las letras de casi todas sus canciones. Faith Muñoz considera que el Justiciero del Gallo es parte de la historia cultural contemporánea de la ciudad por contribuir a la construcción de la identidad que liga la música de reggae con la identitad mazatleca.

Retrato del Justiciero del Gallo, fundador de Tabaco Turco, la primera banda de reggae en Mazatlán. Fotografía por Gera Muñoz.

Retrato del Justiciero del Gallo, fundador de Tabaco Turco, la primera banda de reggae en Mazatlán. Fotografía por Gera Muñoz.

En la recta final del calderonismo, en Mazatlán hubo una balacera cruenta de más de dos horas. En los periódicos no se dijo mucho, pero a nivel local se supo que era la salida de los Zetas de la ciudad. Al menos la presencia activa, pues eran los que asaltaban, extorsionaban a empresarios y protagonizaban balaceras en la ciudad. El Justiciero del Gallo me cuenta que estaban ensayando cuando comenzó la tronadera. La disputa fue desde el tercer piso de un edificio (supuesta base de operación de los Zetas) hacia la calle.

—Eso fue aquí a unas cuadras, por eso hice la rolita de “algún día –dice–. No salió ni en el periódico, o salió cualquier cosita. Duró dos horas y media. Estábamos ensayando y se metieron los perros asustados y nosotros les decíamos “¡sálganse, sálganse!” Porque dejamos de tocar y, nombre, escuchamos pum pum pum. “¡A la verga, apaga las luces, todo, todos normales!” Bien cabrón, nos pusimos a esperar a que se acabara, pero nomás no acababa.

La letra de “Algún día” de Tabaco Turco es reflexiva y esperanzadora: “ya la guerra comenzó, un mar de violencia estalló, el capo cayó, la policía nunca tuvo el control de la situación. Despliegan a miles de soldados, culpando inocentes, asustando a la gente, matando, violando, robando, aprovechándose de la confusión, no hay solución”.

 

El Justiciero del Gallo tiene toda una vida dedicado al reggae y a fumar marihuana. No sabe por qué la gente dice que la mota hace vicio, si él tiene 23 años fumando ¿y cuál vicio? Me relata la primera vez que fumó marihuana.

—Estamos hablando del año 95, veinte años tenía yo. Un día le caí a una fiesta en San Diego. Me dijo un compa “hay una fiesta ahí de unos hippies, vamos”. Sacaron un blunt, fue la primera vez que vi un blunt. Me lo pasaron y pensé: esta madre no me pega, ya me fumé 3 gallos, ya no hay bronca, le voy a jalar machín –hace sonidos de grandes caladas–, en eso mi compa me dice “aguanta, carnal, se te quedan viendo todos, no fumes así”, y le dije “no hay bronca, esta madre no me pega”, y me contesta “¡no wey, te lo vas a acabar!”

Le pregunté cuándo fue entonces que sintió por primera vez el efecto cannábico. Me dijo que ese mismo día, con los hippies.

—Éramos como quince personas en una sala, todos tenían guitarras o yembés, entonces todos comenzaron a tocar la misma canción, de repente a los diez minutos yo sentía los cachetes ardiendo, sentí que me hundía en el sillón, y pues, algo raro en mí, ya no aguantaba la música, era demasiado el ritmo del tambor, no sé, me estaba ahogando, decidí pararme y me salí. Afuera había una poltrona, la puse en el zacate, estaba lloviznando, me puse ahí. Fue mi primer trip. Me cayó la lluviecilla y empecé a tripear. Andaba bien loco, había fumado cronic, estaba de moda, y comencé a ver vetas de colores que se elevaban en espiral. Me fijé bien y eran como naipes elevándose. Una estructura ADN bien cabrona que subía al cielo.

El Justiciero del Gallo también es pintor. Hace murales, mascotas en piedras, retratos, óleos, acuarelas y lo que se deje pintar. Le ayuda a relajarse. Dice que la marihuana da ideas, pero luego te las quita. Da y quita.

—Depende de cada quien qué tanto ejercites tu lado artístico, o si eres de los que les gusta quedarse sentado viendo el infinito, es correcto también, cada quien, pero para mí, en lo personal, me funciona para la música, para relajarme, dormir, o a veces para hacer apetito. por eso a los desahuciados les recetan eso en el otro lado, y fuman y nombre, se comen hasta las tortillas duras.

Tabaco Turco fue la primera banda de reggae de Mazatlán. Tiene 43 canciones inéditas, pero solo una dedicada a la yerba, “Weed Man”.

—El reggae tiene mucho que ver con el boom de la mota. De todos modos la mota es la mota, con reggae o sin reggae, pero el hecho de que la gente le gustara el reggae y lo asociaran con Bob Marley porque fumaba abiertamente. Lo malo es que la gente se queda con eso y no lo que está diciendo Marley, sus mensajes, todo lo positivo que él quería expandir por todo el mundo, mensaje de amor, lucha, rebelión.

 

Guerrilleros Band

Guerrilleros Band es otro grupo mazatleco de reggae. Tienen seis años de trayectoria y han compartido escenario con Los Cafres y Antidoping. Próximamente están esperando lanzar su primer material discográfico y algunas canciones ya se encuentran en Spotify.

https://www.youtube.com/watch?v=CqCJ2DyFwu0

 

En el caso de Guerrilleros Band, la percepción hacia la marihuana varía entre ellos. La mayoría de sus canciones son de crítica social, pero también cuentan con algunas para bacilar. Les hice a todos la pregunta: ¿por qué en sus canciones no hablan de la marihuana? Uno respondió que prefiere hacer canciones para la naturaleza y la condición humana. Otro dijo que porque se ponen bien marihuanos y se les olvida. Otro me comenta:

—Al principio no quisimos que eso influyera en el primer disco, aunque somos bien marihuanos, no queríamos que nos dijeran marihuanos. La mayoría simplemente fuma por recreación y no necesariamente para hacer rituales. Aunque adoptaron el estilo de música surgido en Jamaica y conocen el movimiento rastafari, somos de Mazatlán y nos sentimos más identificados con la tradición mazatleca, aunque coincidamos en los mensajes básicos de paz y justicia.

https://www.youtube.com/watch?v=Ub9KANA6QSA

 

El “boom de la mota” ha llegado para quedarse. Los jóvenes que nacieron después del año dos mil y son consumidores de marihuana, tienen en común el interés de informarse constantemente sobre sus derechos legales, pues no soportan la idea de que siga satanizada y en la prohibición, y mucho menos ser víctimas del abuso policial por consumirla.

 

Denis

Denis nació en el año dos mil. Fuma desde los quince. Para ella la playa y el porro son un combo de libertad.

—Dos cosas que dan tranquilidad y relajación, de vez en cuando muy necesarias para salir de la rutina sistemática, las dos son naturales y placenteras, en lo personal creo que es lo mejor.

Denis en la playa.

Denis en la playa.

 

Denis está consciente de que todo en exceso es malo, yq tuvo una mala experiencia consumiendo “brownies mágicos”, pero aclara que lo hizo por desinformación, por lo que sí recomendaría el uso responsable de la yerba.

Denis tiene 19 años. Estudia y trabaja. Para ella la marihuana es algo más que fumar con amigos, pues, como a mucha gente, también le ayuda con diferentes padecimientos.

—La uso para tratar los cólicos. Pongo a hervir marihuana, me hago un té y con lo que sobra la pongo en un trapo con alcohol y me la unto en el vientre. Padezco de principio de migraña, y también cuando no soporto el dolor, tengo unas gotas de CBD, que es un extracto de la marihuana, se lo pongo en la bebida y me ayuda mucho.

 

¿Hacia dónde corre el aire?

Entramos a la playa en zapatos. La grabadora de audio abrazada en mi mano y Gerardo Muñoz esperando el arribo de una buena toma. Había encendido la cámara desde que bajamos del camión. Era domingo de puente. Dos bandas tocaban para turistas borrachos el son sinaloense. Frente a nosotros pasó un salvavidas en moto. No sé qué tan sabido sea, pero los salvavidas son policías también. Nos sentamos en una roca erosionada frente a su garita. Vimos su rutina: andar en la playa observando. Pero los ahogados no se buscan. Después me di cuenta de que buscábamos lo mismo.

Había grupos de morros que cargaban cerveza, lentes y pantalón. Personas que van a la playa a beber, escuchar música y fumar marihuana. Identificamos a unos que estaban a punto de fumar. Al menos eso creímos. Nos acercamos para investigar experiencias y sacarles, si se dejaban, fotografías. Al llegar me di cuenta de que un tipo chaparro desmenuzaba la yerba sentado en la arena. Y llegó el salvavidas en su cuatrimoto.

Bajó lentamente de la moto con una sonrisa burlona. Se agachó con tranquilidad hacia el sujeto que traía el porro y sin decir ni una palabra, como si ya supiera el final de la historia, se lo quitó de la mano. Todos callados.

—¿Qué es esto? Preguntó el salvavidas.

—Pues… ¿qué más? —le respondió el sujeto.

El salvavidas regresó a su cuatrimoto con una lentitud extrañísima. Mantenía la sonrisa burlona. Abrió el asiento y sacó las esposas. Uno reviró:

—¿Se lo va a llevar?

Asintió lento. Aproveché para preguntarle si mucha gente fuma marihuana en la playa.

—Uh, hijo, todos los días.

—¿Y cómo está el rollo? ¿Qué hace en casos como este que encontró a él con un porro, pero no fumándolo?

—¿Qué crees tú? Llevarlo con el juez de barandilla —respondió—. Ahorita es una falta administrativa, pero si le encuentro más de 5 gramos va a la PGR.

Monumento al pescador, mejor conocido por los Monos Bichis. En la jerga local, bichi significa desnudez. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz.

Monumento al pescador, mejor conocido por los Monos Bichis. En la jerga local, bichi significa desnudez. Mazatlán. Fotografía por Gerardo Muñoz.

—¿Cuántos detiene en un día “bueno” como hoy, domingo de puente, atascado de turistas? ¿Qué opina de la marihuana? ¿Cree que debería ser legal? ¿Usted la ha probado?

—¿Por qué tantas preguntas, morro?

Le dije que estaba haciendo un reportaje sobre la cultura de la marihuana en Mazatlán.

—¿Eres periodista?

—No.

—¿Y ustedes a qué se dedican?

Uno de la bolita dijo que era maestro de prepa. El que había sido atrapado con el porro dijo que estudiaba una maestría y que era maestro en una universidad local.

—Aquí todos fuman —dijo el salvavidas— hay gente bien que viene a la playa, niñas de quince años que uno se queda “¿cómo van a drogarse ellas?” Pero luego las cacha uno allá en las piedras fumando. Ya no es precisamente el cholo tatuado quien fuma. No debería decírselos, pero si van a fumar en la playa, primero vean hacia dónde corre el aire. Como en estas fechas el aire viene para este lado –levantó arena con el pie para comprobarlo­–, me llegó el olorcito.

No hace falta saber por quién doblan las campanas. Ahora la pregunta que viene sobre el futuro del cannabis es: ¿hacia dónde corre el aire?


Autores
Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y ha participado en diferentes cátedras y diplomados de literatura. Ha publicado cuentos en el libro Ráfagas de nombres (Colegio de Sinaloa, 2014) y en la Revista Timonel, impresa por el Instituto Sinaloense de Cultura . En el 2018 publicó dos cuentos: uno en el libro Cuentos desde la orilla, editado por Andraval Ediciones y el Instituto de Cultura de Mazatlán; otro en Álbum Negro (ISIC, 2018). Actualmente se desempeña como músico y maestro. Durante el periodo 2017–2018 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).

Ilustrador
Gerardo Muñoz
Titulado en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México; egresado de la Maestría en Ciencias Sociales con énfasis en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha expuesto material fotográfico en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en el marco del del XXXVI CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ANTROPOLÓGICA organizado por la ENAH y el INAH en 2017. Publicaciones en algunas revistas como el Boletín de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez; La Revista Afluente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; y la Revista Arenas de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Actualmente se desempeña como docente en el Instituto Tecnológico Superior de Sinaloa y la Universidad del Pacifico Norte.

Elefante de Valeria E. Loera recibió una mención honorífica en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2018 por su desafiante mezcla de texto e imágenes y aparece en Teatro de la Gruta XVIII.


 

 

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Un elefante no es una carga para un anciano
y para un joven tampoco
Poesía Yoruba

Prólogo

 

Olvida tu apellido, el lugar donde naciste y pasaste tu niñez, lo que desayunaste hoy, tu número de teléfono, darle de comer al perro, cómo se llama el perro. Olvídate del perro; del dinero guardado entre los libros; dónde dejaste la cartera, tus anteojos y el auto. Olvida tu primer beso y tu último helado; lavarte los dientes; las clases de inglés, de francés, de alemán, de español. Olvida tu aniversario, y dónde dejaste las llaves y las puertas, la letra de la canción, cómo ir al baño, dónde están tu casa y tu cuarto y tu cama, y dónde estás, y dónde estuviste, y regar las plantas, quiénes son las personas de la foto, cómo se llama el autor del libro que leíste, qué leíste, y la última vez que lloraste, cómo anudar las corbatas y las agujetas de los zapatos, dónde dejaste los zapatos. Olvida que las cosas siempre pueden ser peores y que hay gente mala y gente buena y gente que olvida las historias familiares transmitidas de generación en generación. Olvida levantarte con el pie derecho, y levantarte y pedir ayuda, y ser agradecido, y ser bueno.

Pero nunca te olvides de mí.

 

¿Qué día es hoy?

 

Habitación de Emil. Periódicos y papeles con notas tapizan el cuarto. Emil permanece recostado sobre la cama y abraza —o, mejor dicho, aferra— su libreta verde. Un rayo de sol crepuscular penetra por la ventana y se proyecta directamente sobre su pálido rostro, aguzando el inquietante brillo de su mirada. El resto es penumbra. Oliver entra, lleva consigo un tazón con ave- na y el periódico del día; se ve sumamente cansado.

 

 

Emil:

E…

Elle…

Ele…

Fan…

Te…

Te…

Te dije.

Ya está cerca.

 

Oliver: ¿Quién?

Emil: ¿No oyes? (silencio). ¿Oyes? Oye…, ya viene.

Oliver: Es hora de levantarse.

Oliver abre las cortinas de par en par; una luz blanquecina abrasa la habitación.

 

Emil: No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no.

 

Oliver sienta a Emil al borde de la cama.

 

Oliver: Te traje avena. Está rica.

Emil: Me dijeron que no confíe en ti.

Oliver: No les creas. Tú sabes quién soy: hace poco dijiste que sabías que eras mi padre.

Emil: ¿Soy tu papá?, ¿en verdad?… Bueno, te creo…

Oliver: Bueno, papá, es hora de desayunar.

Emil: no, no, no, no, no, no, no, no.

Oliver (acercando el plato con avena): Come. Es avena, te gusta la avena.

 

Emil abre la boca; recibe el alimento pero es incapaz de tragarlo. Oliver le inclina la cabeza hacia atrás para que la avena resbale por su garganta.

 

Oliver: No, no escupas, traga, así… está rica, ¿verdad? Eso. ¿Quieres hacerlo tú? Dame tu libreta para que puedas…

Emil: no, no, no, no, no, no, no…

 

La avena cae al suelo. Desastre.

 

Emil: Déjame.

 

Oliver sale. Emil abre la libreta y lee:
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Emil(cierra la libreta): ¿Qué día es hoy?

 

Silencio.

 

Emil: ¿Qué día es hoy?

Oliver (regresa con un trapo y limpia la avena): ¿Qué?

Emil: Dije: “¿Qué-día-es-hoy?”

Oliver: Miércoles.

Emil: Tráeme el periódico. No, éste no.

Oliver: Es el de hoy.

Emil: Éste no.

Oliver: Ten. ¿Qué buscas?

 

Silencio.

 

Oliver:¿Qué buscas?

Emil: La fecha, quiero ver la fecha, siempre me das fechas equivocadas. Quieres confundirme pero el periódico no miente; el periódico y los niños nunca mienten.

Oliver: Los borrachos. “Los borrachos y los niños”, no “el periódico y los niños”.

Emil: ¿Niños? Necesitamos un niño: trae un niño. Anda, tráelo.

Oliver: Aquí no hay niños, sólo periódicos; ningún borracho.

 

Silencio. Emil abre la libreta y escribe:

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Cierra la libreta.
 

 

Oliver: ¿Qué tanto escribes, eh? ¿Eh?

 

Silencio.

 

Emil (murmura): Pa lín dro mo.

Pa… Pa… Pa… Pa… Pa-pá…

papá.

Oliver: No soy tu papá.

 

Silencio. Oliver sale.

 

Emil (abre la libreta y dibuja):IMAGEN_5

Uno…

Dos…

Tres…

Elle…

Ele… Elefantes…

Se columpiaban…

 

(cierra la libreta. El bolígrafo cae lejos de él). Hey. Heey. (abre la libreta, busca y lee:

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Cierra la libreta
). ¡oliver!:

 

Oliver entra; trae consigo un plato con galletas.

 

Oliver: ¿Qué? ¿Qué? ¡¿qué?!

Emil: Se me olvidó.

 

Silencio.

 

Emil: Se me olvidó.

Oliver: Te escuché. ¿Olvidaste mi nombre?

 

Emil abre la libr…

 

Oliver: no. ¿Cómo me llamo?

Emil: Yo creo… ¿Emil?

Oliver: Tú eres Emil.

 

Silencio.

 

Emil: ¿Yo te conozco?

Oliver: Desde que nací.

 

Desconcierto. Mirada perdida.

Oliver deja el plato con galletas, recoge el bolígrafo y se lo entrega a Emil. Sale.

Emil abre la libreta, escribe algo en ella y la cierra.

 

Emil: Uno… dos… tres… se columpiaban… (se acomoda en posición fetal y duerme).

 

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Autores
(Chihuahua, 1993) estudió teatro en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue becaria de la FLM en el periodo de 2016 a 2018.
Cartel oficial del debate Peterson vs. Žižek
Cartel oficial del debate Peterson vs. Žižek

 

Primero como farsa y después como circo de tres pistas

A finales del año pasado, Jordan B. Peterson (1962), estrella emergente de la derecha light y anti corrección política, se enfrascó en un debate con un bot que reproduce citas de Slavoj Žižek (1949). El filósofo esloveno no tiene cuentas personales en redes sociales, sin embargo Peterson, como los usuarios de ELIZA e inteligencias artificiales más sofisticadas, creyó involucrarse en una profunda reflexión del Ser en la que solo quedó explicado su ser.

 

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Peterson, comediante y mártir, se convirtió en una figura pública a finales de 2016, cuando se opuso vía YouTube a la propuesta C-16 del congreso canadiense. La reforma a la ley, que fue aprobada en 2017, contempla cambios en el acta canadiense de derechos humanos y el código penal para proteger de la discriminación a la expresión y a la identidad de género. De acuerdo con Peterson, la C-16 abría el camino a la imposición de los pronombres neutros. Mientras que leyes previas en Europa prohíben ciertos discursos (como el negacionismo del Holocausto o el reconocimiento del genocidio armenio), una ley de este tipo sería la primera en obligar a la creación de un discurso específico.

Expertos en la ley canadiense consideraron que Peterson hizo una interpretación errónea, y que el uso incorrecto de los pronombres neutros bajo ninguna circunstancia podría calificarse como discurso de odio. Pero el debate, primero en las universidades canadienses y después en los medios estadounidenses, ya tenía vida propia, y Peterson hábilmente consiguió asignarse el papel de la voz sensata y no-racista del nuevo conservadurismo.

Se apresuró también a publicar su segundo libro y primer éxito de ventas: 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos. A juzgar por la portada, es un libro más de superación personal, pero el contenido lo distingue a medias del género. Peterson se retrasa en elucubraciones científicas para apoyar lugares comunes razonablemente aceptados fuera del canon de la autoayuda, como que tener una actitud positiva, aunque sea impostada, permite a las personas tener una relación más asertiva con los demás; o que las buenas compañías son a la larga más beneficiosas y satisfactorias que nuestros intentos de salvación de amigos que no desean más que hundirse en la amargura y la autocomplacencia.

 

 

No son ideas lo suficientemente innovadoras o radicales para justificar su reconocimiento creciente, sin embargo Peterson ha encontrado otros flancos para practicar sus habilidades en la discusión: la influencia de la teoría crítica (a la que llama marxismo cultural) en las universidades, la imposición de leyes a favor de la equidad, la idea de que la performatividad de género no tiene relación alguna con la biología, la brecha salarial entre hombres y mujeres, los mitos y tabús de la izquierda.

 

Lo que nos están dando

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Basta ver una entrevista o algún especial de RT (pero no sobra leerlo) para darse cuenta de que Žižek es una bestia mediática. Su hábito desagradable de sacudirse la nariz como los cocainómanos es ya un sello de garantía y un tic gozoso para sus seguidores. Su mérito inicial, la recuperación de Lacan en tiempos de tal reichianismo que la Redacción de Tierra Adentro escribe desde un acumulador de energía orgónica, fue nutriéndose con su capacidad para poner en cuestión cualquier acontecimiento global (de la crítica liberal a la victoria de Donald Trump al éxito de Roma).

La fama de Peterson y el debate con su bot no dejaron a Žižek indiferente, pero consideró que la popularidad del autor canadiense se debía a la incapacidad de la izquierda para abordar temas incómodos. Peterson aprovechó para retar a Žižek a un debate.

 

 

El resto está a punto de ser historia: este Viernes Santo 19 de abril de 2019, en el Ralston College de Savannah, Georgia, se llevará a cabo el debate entre Žižek y Peterson. El primero, según el cartel del evento, acudirá en defensa del comunismo, y el segundo del capitalismo, con la Felicidad como tema central. Los boletos están agotados, pero por 285 pesos puede verse el debate en pago-por-evento,  y en la Ciudad de México algunos espacios ya han anunciado que tendrán transmisión en vivo.

Profecía: no se espere un debate violento o agresivo, ni en las antípodas ideológicas. Žižek y Peterson comparten el desprecio a la corrección política, el Partido Demócrata de Estados Unidos y a la censura desde la academia. Además, Žižek es un conversador lúcido y entretenido, y está muy dispuesto a encontrar validez en los razonamientos de sus oponentes, como hizo con David Horowitz en el programa de Julian Assange. Y Peterson es fiel al noveno mandamiento de 12 reglas para vivir: “Da por hecho que la persona a la que escuchas puede saber algo que tú no sabes”.

 

 

Será un enfrentamiento interesante entre un peso crucero y un peso medio del pensamiento actual. El debate que preferiría Žižek (y la Redacción de Tierra Adentro) sería Žižek vs. Chomsky. Pero Noam Chomsky, como el zorro, como JD Salinger, como Juan Rulfo, es más astuto, y sabe que un debate con Žižek sería visto, inevitablemente, como la mala segunda parte de su debate con Michel Foucault en la televisión holandesa.

Y es que no todo tiempo pasado fue mejor, pero los setenta estuvieron muy bien.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.