La mejor forma de invisibilizar a alguien es negándole cualquier vía de expresión o, sencillamente, ignorándolo: mantenerlo bajo el yugo del silencio, prohibirle usar la herramienta de comunicación humana más básica e importante: el lenguaje. Impedir la exposición de ideas y emociones es anular, opresión que hemos experimentado las mujeres debido a la inequidad de género ocasionada por el heteropatriarcado, el machismo y la misoginia.
Cómo acabar con la escritura de las mujeres (coedición de Barrett y Dos Bigotes, 2018) es uno de los reconocidos ensayos de la escritora y académica Joanna Russ (Nueva York, 1937-2011), publicado por primera vez en 1983. Russ fue una reconocida autora de ciencia ficción galardonada con el Premio Nébula y contemporánea de Ursula K. Le Guin. Ambas fueron feministas, al igual que varias representantes más de ese género de literatura de ficción.
El ensayo de Russ cuenta con un objetivo y ácido prólogo, escrito por la editora y crítica Jessa Crispin (en el que afirma que «los hombres blancos siguen siendo los expertos, (…) la objetiva y universal voz de la razón»), y fue traducido por Gloria Fortún, también escritora y tallerista, creando un conjunto de voces que se engarzan a la perfección.
En once apartados, Russ expone los ejemplos más representativos sobre «la historia de la eliminación y disuasión de la escritura de las mujeres» que han perdurado al menos durante siglo y medio en la sociedad; las diferentes formas en las que los hombres que ostentan el poder dentro del ámbito literario han reprobado, censurado o desdeñado la obra de las mujeres y al género femenino, acusándolo de ser inferior e incapaz. Cada sección es precisa e indaga, desde comienzos de 1800, en la vida y obra de escritoras estadounidenses y europeas, y las conclusiones son contundentes.
Es increíble el esfuerzo de los involucrados para que este inquietante y esencial material que «muestra indignación sin ser pretencioso, es exhaustivo sin ser aburrido y es serio sin carecer de sentido del humor» llegue a los hispanohablantes. De la mano de Virginia Wolf y Uncuarto propio, Russ va encadenando a través de diversas voces y experiencias de numerosas autoras un extenso recorrido histórico evocando las problemáticas a las que se ha visto enfrentada su literatura debido a los «críticos comprometidos con el mantenimiento de la hegemonía masculina».
Éstos son los once apartados:
1. Prohibiciones – Uno de los precedentes es la Ley sobre la Propiedad de la Mujer Casada promulgada en 1882, que indicaba que los derechos (e ingresos) de las obras de las escritoras casadas les pertenecerían a sus parejas. Existía una notoria desigualdad de salarios incluso entre las propias mujeres, a quienes también se les prohibía la educación superior: las escritoras recibían ingresos irrisorios. Por otro lado, Russ señala que las labores domésticas y diversas responsabilidades adjudicadas a las mujeres representan obstáculos que los hombres logran sortear. Sylvia Plath («Haber nacido mujer es mi mayor tragedia.»), Katherine Mansfield, Kate Wilhelm y Ellen Glasgow son algunas de las escritoras que sufrieron constantes trabas y acoso de agentes y editores que juzgaban sus obras basándose en el aspecto físico, y estaban constantemente sometidas a comentarios denigrantes y desaprobatorios.
2. Mala fe – Los (hombres) privilegiados aplican procedimientos «moralmente atroces y terriblemente estúpidos». Actúan a través de prejuicios, convencionalismos y discriminación.
3. Negación de la autoría (No lo escribió ella.) – No reconocer la capacidad intelectual e inteligencia de las mujeres o ponerlas en duda, objetar la autenticidad de sus obras: «la mujer “estúpida” que escribe lo logra únicamente mediante el uso de su “ingenio masculino”». Y, si la obra es aceptada, la dotan con lo único que se considera meritorio: rasgos o características masculinos, o plantean que la obra es rescatable porque la escritora se relaciona con algún escritor (su pareja, un familiar o maestro…).
4. Contaminación de la autoría (De acuerdo, lo escribió. Pero no debería haberlo hecho.) – Las mujeres «respetables» son condenadas por no saber lo suficiente, y, de tener conocimientos, las repudian por no ser «virtuosas», usando argumentos ad feminam para descalificarlas, pues, para ellos, la vida personal pesa más que el texto. A partir de 1850, las escritoras, víctimas de tabúes, prejuicios y hostilidad, buscan resguardarse de los continuos ataques usando pseudónimos masculinos, y hay un rechazo de los temas íntimos por no ser considerados serios.
5. El doble rasero del contenido (Lo escribió ella, pero no es una artista de verdad y no es serio ni del género literario correcto.) – Hay varias razones para este menosprecio y desdén: la costumbre, la apatía, la ignorancia, no querer cuestionar lo establecido, el temor y el sentimiento de amenaza a la sexualidad o a la masculinidad y el empeño de pertenecer a «un club exclusivamente masculino y blanco» corrupto, y su parámetro de lo valioso estriba en lo masculino: «la masculinidad es “normativa” y la feminidad algo “anormal” o “especial”». Infravalorar la autoría femenina exalta la masculina: lo femenino tolera y obedece, lo masculino somete y es violento.
6. Falsa categorización (Lo escribió ella, pero sólo escribió uno.) – Las escritoras han sido desestimadas por no reconocer su categoría: pasan de artistas a «esposa/hermana/hija de…» hombres artistas. Y lo mismo ocurre con sus obras, que pueden ser erróneamente etiquetadas o incluso juzgadas por no pertenecer a ningún género, minimizando cualquier logro.
7. Aislamiento (Lo escribió ella, pero sólo interesa/está incluido en el canon por un único motivo.) – En el caso de que la obra de alguna escritora haya trascendido al canon, una selección de ésta (reunida en antologías, planes de estudios, manuales o compendios literarios en los que las mujeres siempre se encuentran representadas en un porcentaje mínimo [que, en una media, no supera la décima parte] y cuyos nombres varían) sólo dejará una muestra exigua que incluso podría no ser lo más representativo, pues se ciñe a parámetros masculinos. Así, el resto de la obra queda en el olvido o no resulta de interés.
8. Anomalía (Lo escribió ella, pero hay muy pocas como ella.) – Para destacar en su generación, a una escritora se le exige mucho más que a un escritor. Al excluirlas del canon literario, son aún más relegadas y los vínculos con otras escritoras se debilitan, lo que culmina en «restricciones numéricas y marginalidad permanente».
Cabe aclarar que esta marginalidad, actualmente revalorada por considerarse “de culto”, divide opiniones sobre la escritura de las mujeres incluso en el mismo gremio femenino: al mostrarlas como un caso singular, se duda del valor de su escritura por no seguir la corriente establecida de lo que “debería ser” la literatura femenina.
9. Falta de modelos a seguir – Saber que hay mujeres que han logrado destacar en ámbitos artísticos prueba que otras también lo pueden conseguir. La «falta de una tradición femenina» (en los 70, la obra de Woolf, Charlotte Brontë y Dickinson estaba muy limitada o se desestimaba por diferentes razones ya mencionadas). Esta supresión o anulación hace que cada nueva generación piense que debe confrontar los eternos problemas sexistas desde cero. Olvidadas, despojadas de la tradición literaria de su propio género, penalizadas y despreciadas e inculpadas sin motivo, Russ se pregunta cómo es que las mujeres siguen escribiendo.
10. Reacciones – La autora aboga por la solidaridad femenina y feminista: las mujeres enfrentaron y rechazaron prejuicios y aprensiones masculinas, crearon nuevas definiciones y buscaron a sus predecesoras. Décadas después, comenzaron a ignorar deliberadamente cada traba impuesta.
11. Estética – Indagar y volver a evaluar el arte de una minoría para integrarlo al acervo cultural solamente lo puede enriquecer. «Lo que asusta (…) del arte de las mujeres (…) es que pone en cuestión la idea misma de objetividad y los criterios absolutos» que han sido creados por las culturas autoritarias y dominantes que prohíben que quienes están al margen cobren notoriedad. La visión femenina del mundo se convierte en algo aterrador porque podría contrariar, alterar e incluso nulificar la visión preconcebida y aceptada de manera totalitaria por el hombre. Lo que se busca con el ejercicio libre del arte femenino es expandir las posibilidades creativas y perceptivas de las estructuras establecidas impuestas como únicas.
Estas ideas, acciones o pensamientos decimonónicos, actualmente son vigentes en una sociedad regida por hombres que se adueñan de cada espacio. Russ es incisiva para exponer distintos abusos y atropellos y busca conciliar, crear vínculos y empatía; deja claro que la igualdad y el respeto son necesarios, así como eliminar cualquier distinción que se haga con base en el género. Lo ideal sería que el público masculino leyera este libro sin prejuicios, sin sentirse obligado ni agredido, sino con la plena disposición de ver y comprender los errores que han alimentado y sostenido las estructuras machistas y cómo éstas han afectado en lo social, lo político, lo académico y lo cultural.
Russ es contundente, clara y acertada. El trabajo de investigación exhaustiva que realizó se refleja en cada línea, su profundo conocimiento histórico y literario hacen de éste un compendio excepcional sobre los diversos mecanismos de represión que han sufrido las mujeres en el ámbito literario (acaparado por el hombre occidental económicamente bien posicionado).
Mary Wollstonecraft y Mary Shelley, precursoras del feminismo moderno, Virginia Woolf y la descosificación de las mujeres, la igualdad de género buscada por Ursula K. Le Guin y la construcción social de los géneros de Judith Butler son sólo algunos guiños de esta gran lucha por la equidad.
En 2017, en Twitter se popularizó #ThingsOnlyWomenWritersHear para mostrar las diferentes muestras de machismo, el acoso y la displicencia que las escritoras enfrentan actualmente. En ese mismo tenor, en México surgió este año #MeTooEscriotresMexicanos, que buscó visibilizar los abusos y dar voz a las víctimas. A partir de este hashtag, surgió la colectiva #MujeresJuntasMarabunta, formado por mujeres inmersas en el ámbito cultural que buscan erradicar la violencia machista en el medio. Mujeres Juntas Marabunta, como voz colectiva y sin voceras, publicó un manifiesto en el que una de las exigencias es la paridad de género tanto en publicaciones como en lo laboral.
Si bien ha habido algunos cambios y las trabas han disminuido, varias de las denuncias de Russ, la violencia sexista y el limitado reconocimiento del genio, la creatividad y el intelecto femeninos continúan imperando.
En México, uno de los esfuerzos más recientes por tener presentes nombres y obras de narradoras mexicanas es el de la escritora Liliana Pedroza con la publicación de Historia secreta del cuento mexicano, 1910-2017 (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018), que reúne los datos bibliográficos de la obra de más de quinientas escritoras que publicaron al menos un libro en los años señalados. Está a la venta en formato físico, y se puede descargar de manera gratuita en la página de la Editorial Universitaria.
También destaca el proyecto cultural Escritoras Mx, que se dedica a la divulgación de la obra de escritoras mexicanas. Su sitio en internet cuenta con reseñas, citas, entrevistas, ensayos académicos y una enciclopedia, y acaban de publicar su primera antología.
Hace poco, la escritora Iliana Vargas publicó el primer número de su dosier Femina Incógnita (Femina de sueño, sangre y fuego) en la revista digital Vozed, cuya finalidad es «visibilizar a las mujeres que se dedican a la ficción». Tiene una convocatoria abierta, y recibe textos de diversos géneros bajo la cláusula de haber sido escritos por mujeres.
Otra apuesta es la de las editoriales independientes Paraíso Perdido (las autoras han ido en aumento en su catálogo) y Nitro/Press, que ha publicado las antologías Lados B desde 2011, selecciones que buscan incluir al mismo número de autoras y autores.
Estos esfuerzos crean generosos catálogos que ayudan a visibilizar la pluralidad de voces de escritoras mexicanas con distintas influencias y afinidades, con diferentes raíces.
A pesar de que la literatura escrita por mujeres ha sido marginada, rechazada, degradada o simplemente ignorada, hay una cantidad increíble de obras de gran calidad que no harían sino enriquecer y diversificar el arte.
Tal como lo afirma Russ, «Los redescubrimientos y las revalorizaciones no han hecho más que empezar». Encontraremos más luces, maravillas que representarán un parteaguas en nuestras vidas y en la literatura, «una propuesta para creer que hay mejores formas de habitar este y otros mundos», en palabras de Iliana Vargas.
En la última parte del libro, entre las múltiples referencias citadas en la sección de Notas, se encuentran las novelas Literary Women, de Ellen Moers, Lover, de Bertha Harris, y El bosque de la noche, de Djuna Barnes, y los ensayos Una habitación propia y Tres guineas, de Woolf, Thinking about women, de Mary Ellmann, Women Artists, de Petersen y Wilson, y Feminismo y arte, de Herbert Marder.
Al finalizar el epílogo, Russ dice que, a pesar del tiempo invertido en su trabajo, el ensayo no está terminado. Su última frase es: «Tú lo terminas». Yo diría que nosotras lo continuamos.
A pesar de todo, escribimos. Y lo seguiremos haciendo.
La nueva dirección editorial de Tierra Adentro inició con un cambio operativo: el fortalecimiento de la versión digital de la revista y la suspensión de la edición impresa. En sintonía con las políticas de austeridad del gobierno de México, prescindimos del gasto de imprenta (alrededor del 70% del presupuesto de la revista) para redoblar la publicación de contenidos.
El 14 de enero de este año arrancó la nueva edición web, que suma ya más de 170 publicaciones en las que participan más de un centenar de artistas y escritores jóvenes. La mayoría de nuestros colaboradores envían sus propuestas sin la certeza de que serán publicadas, sin embargo la innovación literaria y la diversidad de intereses sociales y estéticos están a la vista. De nuestra parte solo ha quedado encausar ese talento para la producción de dossiers sobre literatura en lenguas indígenas, el Día Internacional de la Mujer,ilustración, el magnicidio de Luis Donaldo Colosio, así como homenajes a dos autores del catálogo ya fallecidos: Sergio Loo y Gerardo Arana.
En menos de cinco meses hemos descubierto dos cosas: 1) la variedad de formatos en los que se mueve la literatura mexicana joven (fanfiction,videoarte,poesía visual,narrativa electrónica,fondos de pantalla,pdf-de-autor,playlists y yaoi) y 2) que internet es el medio idóneo para la difusión de las nuevas voces (las publicaciones de nuestra web son vistas por miles de internautas de toda Hispanoamérica, y se leen en rincones de nuestro país a los que nunca llegó la edición impresa).
En coordinación con el Programa Nacional de Salas de Lectura hemos organizado 5 talleres literarios, todos gratuitos, fuera de la Ciudad de México y dirigidos por autores de Tierra Adentro. Tienen un beneficio triple: involucra a los autores con sus comunidades, contribuye a nuestra misión de retribución social y nos ayuda a encontrar a artistas jóvenes fuera de nuestro radar.
Y en coordinación con el INBAL ya iniciamos un taller de escritura para internas en el Centro Femenil de Readaptación Social de Santa Martha Acatitla.
En 2019 publicaremos 12 libros, 9 correspondientes a los premios nacionales en los que participa Tierra Adentro y 3 de línea.
Este programa de trabajo se estableció con la asesoría del Fondo de Cultura Económica, al cual se integrará Tierra Adentro. Nuestro compromiso es aprovechar al máximo la red de distribución global que supone esta fusión.
2. Su futuro
Creemos que todos estos cambios son positivos, pero también que los cambios que vienen deberían surgir de un proceso democrático. A pocos meses de cumplir 45 años, Tierra Adentro debe hacer una revisión de su historia para definir su futuro.
Queremos conocer las experiencias de quienes han publicado un libro en Tierra Adentro o algún artículo en la revista. ¿Qué les pareció la distribución? ¿Cuántas presentaciones tuvieron sus libros? ¿Fueron suficientes?
También nos gustaría saber la opinión de las lectoras y lectores de Tierra Adentro. ¿Cuáles han sido los libros más importantes en nuestra historia? ¿Cuáles son los temas, formatos o soportes que más les han gustado en los libros y en la revista? ¿Cuáles nos falta explorar? ¿Cuáles deberían de volver?
Y nos interesa la opinión de la comunidad literaria sobre los premios en los que participa Tierra Adentro. ¿Son pertinentes? ¿Se realizan en condiciones de transparencia? ¿Los resultados son satisfactorios? ¿Ayudan a que se publique lo mejor de la literatura mexicana joven? ¿Quedan cosas por mejorar?
Los precios (nuestros libros cuestan 60 pesos, y 120 pesos las novelas gráficas), ¿son competitivos en el mercado del libro actual?
Como demostró #MeTooEscritoresMexicanos, Tierra Adentro debe reconocer sus errores históricos y brindar condiciones de equidad para la publicación. ¿Qué medidas deberíamos de tomar? ¿Cómo garantizamos el acceso a quienes han sido históricamente excluides?
¿Cómo es y cómo debería ser Tierra Adentro?
La consulta inicia hoy miércoles 12 de junio de 2019 y concluye el próximo 30 de julio. Durante el mes de agosto procesaremos la información recibida y daremos a conocer nuestro informe en septiembre.
La mañana del lunes cinco de febrero del 2018 la ciudad despertó con la triste noticia de que serían derribados los baños públicos de la Alameda. Después de estar más de veinte años en el interior del paseo público, el Municipio tomó la decisión de removerlos para un mejor aprovechamiento en sus áreas verdes.
En cuanto se esparció el rumor se hicieron presentes algunos delegados del sector intelectual para reclamar dicha insurrección arquitectónica. Argumentaban que el inmueble ya no le pertenecía al Municipio sino a sus habitantes, ya que se le había considerado un monumento histórico y símbolo identitario de la ciudad.
Foto de Jesús Flores.
Luis Glases fue quien convocó la manifestación pacifista por medio de sus redes sociales y, al grito de consignas defensoras, llegó a la Alameda con un selecto grupo de ciudadanos conscientes y bienintencionados para impedir la entrada de las máquinas demoledoras.
Glases, junto al señor J del Hoyo, formaba parte de un consejo ciudadano que cuestionaba los movimientos de la administración en turno, y este no era la excepción. El señor J del Hoyo hizo lo propio al invitar a la manifestación a todos sus contactos. Caballeros pudientes, cultos y refinados. Respetables padres de familia que en sus ratos libres merodean los jardines de la Alameda, convirtiendo así los baños públicos en una suerte de peña literaria, en donde sus modales al igual que sus rodillas, se estremecen en bramidos guturales como tanques de agua.
Foto de Jesús Flores.
Los baños son poesía. Los baños son historia. Los baños son la médula insular de este mar llamado vida; decían algunas pancartas de los manifestantes que se apostaron a los alrededores de los servicios sanitarios para impedir su derribamiento. Con mano-cadena acordonaron el área y exigieron hablar con el alcalde para que les diera una respuesta sobre el destino de las tazas, los azulejos, los tanques y los lavabos que conformaban el espacio histórico.
Una larga lista de oradores leyó conmovedoras cartas de despedida. Luis Glases pidió un minuto de silencio por el mastique y la cerámica esmaltada que perecían lentamente frente a ellos. El señor J del Hoyo declamó lloroso un poema al que nombró Me ronca el sapo de dolor.
Foto de Jesús Flores.
Encendieron velas, repartieron flores, entonaron cantos de libertad y de justicia mientras los albañiles, confundidos por su interrupción laboral, veían desde lejos el mitin, aprovechando el tiempo muerto para comer su lonche y descansar su cuerpo trabajado.
Hasta que por fin llegó el alcalde. Arribó trepado en los diablitos de una bici balona, la manejaba el Negrote, su guarura de confianza. Su forma de llegar, evidentemente demagoga y populista, no embaucó a quienes protestaban y de inmediato se acercaron a él para leerle sus demandas. Exigían el inmediato desalojo de las máquinas y de los trabajadores alegando que, en pos del progreso, se destruía un símbolo de nuestra historia tan importante como el Casino o el Cristo del cerro. Hicieron un listado con diez razones por las que no debían hacerlo:
1 Porque no queremos.
2 Porque en estos baños han obrado y orinado tres generaciones de nuestra ciudad.
3 Porque la gente ya se acostumbró al olor y les gusta.
4 Porque un parque sin baños es como un bar sin limones.
5 Por las nuevas generaciones.
6 Por las que aún no llegan.
7 Por las que ya se van.
8 Porque no queremos.
9 Porque sí.
10 La última y la más importante. Porque allí se firmó el Tratado Zaragoza.
El Tratado Zaragoza: un documento político que acabó con el famoso Jueves de Tangas en los edificios del gobierno. Cada jueves, desde el alcalde hasta los polis de la puerta, llegaban a trabajar ataviados con originales y seductoras tangas, y al final del día se premiaba a la más artística en una pasarela que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Pero la decisión ya estaba tomada. Luego de escuchar detenidamente el pliego de razones, el alcalde se mantuvo firme en su decisión de destruir los baños; esta vez no se saldría con la suya el comité ciudadano. Las máquinas New Holland fueron encendidas y la fuerza pública intervino para intentar desalojar a los manifestantes, quienes seguían aferrados mano cadena al pequeño inmueble.
Foto de Jesús Flores.
En un arranque de desesperación, Glases, al ver la avanzada de la maquinaria, se metió a uno de los baños y se abrazó a una taza, y comenzó a vociferar que solo muerto lo sacarían de allí. El señor J del Hoyo hizo lo mismo en otro wáter. Los dos estaban convencidos de que solo así impedirían el derrumbe.
Conforme se desvaneció la franja humana que rodeaba los baños, los gritos de los dos activistas se hicieron más fuertes, metieron sus cabezas a los retretes defecados y empezaron a cantar el Himno del Estado. Los demás manifestantes hicieron lo mismo, se escuchaba el canto hasta los últimos rincones de la ciudad. Parecía que un coro de ángeles se había filtrado en el clamor de las voces demandantes.
El alcalde, sorprendido, levantó su mano derecha para detener el desalojo. Había entendido que, al igual que con las tangas, tenía que premiar la creatividad del pueblo que artísticamente le pedía detenerse.
Conmovido se acercó a Glases y le extendió su mano para que se levantara de ese batidero. Le habían tocado el corazón. Se dieron un abrazo entrañable y llegaron a un acuerdo. El señor J del Hoyo se unió a ellos en el apretón y de inmediato sacó de una carpeta un documento de negociación donde la ciudad sería la única beneficiaria de todo ese conflicto. Hubo cohetes, selfies, reporteros, aguas celis y música electrónica. Un final feliz. A más de un año de estos hechos que marcaron el rumbo de la historia de nuestro pueblo, los baños públicos fueron demolidos y reubicados a solo unos cuantos metros.
Foto de Jesús Flores.
Texto extraído del proyecto multimedia El Museo de la Ubre. Sala Identidad e Historia
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.
Valente no podía decir la e. Por eso, cuando alguno de los otros niños del callejón le preguntábamos su nombre, él, ufano, contestaba: “ma llamo Valanta”. Y su edad: “siata años”.
“Ma llamo Valanta y tango siata años”. Respondía.
Era moreno, tenía los pelos necios como una escoba nueva, dientes grandes y blancos como Bugs Bunny y ojos cafés, casi miel. Tal era su aspecto cuando llegó a vivir a la colonia con su familia, viajeros del Bajío.
Si a Valente le preguntabas cómo estaba, él contestaba:
—Astoy bian.
Si le decías: “oye, ¿por qué no puedes hablar bien?”, él respondía, imperativo:
—No sa, así hablo siampra, dasda qua ara más chico.
Valente alargaba esas locuciones con un timbre gangoso. Cuando decía “Valanta” se escuchaba “Vaaalaaantaaaaaaa”. Lento y grumoso, como si trajera algún objeto atorado en el cogote, o la lengua le pesara dos kilos y la quijada, tres. Como si hubiera tragado una bola de papel y ésta viviera dentro de su hocico.
Valente era un chico normal, sólo que escogía pronunciar una vocal por otra.
Constantemente se metía sus canicas en la boca. Las introducía de a puños y las paseaba todo el día. Cuando reía con su gran sonrisa de burro, se asomaban diablitos, huevitos, tiritos, agüitas e incluso un balín o una bombocha. Su colección era inmensa porque su madre le compraba todos los modelos nuevos que llegaban a la Tlapalería Carrillo, donde nos surtíamos.
Valente podía llenar un bote de plástico de 19 litros con sus canicas.
—¿Quiaran var mis canicas?
Afuera de su casa, Valente arrastraba el bote con la preciada carga y los vaciaba sobre la tierra. Cuando lo hacía aprovechábamos para robarle. Mientras él se detenía, absorto, en alguna en particular, nosotros llenábamos nuestros bolsillos. Algunas estaban todavía húmedas por la saliva de Valente. Después corríamos a mezclarlas con nuestras propias y exiguas colecciones. En aquellos tiempos no era fácil conseguir un huevito o un balín. A Valente no parecían importarle las pérdidas. Y no dudo que en su rito de metérselas a la boca se haya tragado varias canicas.
Pronto fue una rutina preguntarle a Valente su nombre como pretexto por cualquier nimiedad.
—Valente, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?
—Ma llamo Valanta y tango siata años.
—Jajajajajajajajajajajajajaja.
—¿Por quá sa rian?
—Jajajajajajajajajajajajajaja.
—¿Cómo dijiste?
—Qua por quá sa rian.
—Es que, a ver, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?
—Ma llamo Valanta y tango siata años, ¡ya las dija!
Y, al vernos poseídos, Valente reía con nosotros. Mientras más lo hacía, comenzaban a brotar de su trompa chorros incontenibles de baba transparente, que escurrían al suelo. Comenzaba a emitir sonidos guturales, porcinos, que parecían ahogarlo y lo ponían rojo, como si su cabeza fuera explotar en mil pedazos.
Entonces, extasiado, se tiraba al suelo y rodaba como lechón en un paroxismo infinito. Cuando al fin paraba, Valente no recordaba por qué reía. “¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”
En sus pantalones, casi siempre de pana, advertíamos un diminuto círculo de meados alrededor de su pequeña bragueta.
—Ya te measte, Valente.
—Claro qua no, yo no ma mia.
—Jajajajajaja.
Valente huía corriendo a casa mientras nos gritaba y volteaba su cabeza de piedra: “yo no ma mia, yo no ma mia, yo no ma miaaaa, yo no ma miaaaaaa… ¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”
Un vecino vio a Valente en la barranca con los pantalones abajo. Según su versión, lamía una Tutsi Pop. Daba una lamida a la paleta, redonda, perfecta, dulce, y luego se la metía por el culo. La sacaba, la lamía y la volvía a meter. El vecino, mayor que nosotros, aseguraba haberlo visto él mismo desde su azotea, cuya casa colindaba con el río de agua puerca que dividía nuestra colonia con la del frente.
A Valente le gustaba meterse las Tutsi Pop en el culo.
Desde otra perspectiva, reflexioné años después, Valente era un chico solitario. Porque de los tres o cuatro mocosos que compartíamos edad, él era el único que no estudiaba en ninguna escuela. Tenía la edad, pero no iba y nunca nos preguntamos por qué. Cuando el callejón se vaciaba de niños durante el día, él se la pasaba por ahí, jugando con los perros callejeros, yendo por la calle con su yoyo o chupando sus canicas.
Y, ahora sabíamos, restregando paletas Tutsi Pop en su esfínter.
Tiempo después su afición me recordaría un chiste que me contó mi primo: cada que la gente aventaba cacahuates a un changuito en el zoológico, éste los recogía, se los metía por el culo y luego los comía. En cierta ocasión alguien le preguntó al guardia por qué lo hacía: “Es que una vez le dieron un hueso de aguacate y, pues… ¡no salía! Ahora el chango es prevenido, primero checa si lo que le tiran cabe por la salida y luego se lo come”.
Pero eso fue después. Por aquellos años un comercial en la tele anunciaba una de las más grandes incógnitas de la Generación X: ¿Cuantas chupadas hay que dar para llegar al chiclocentro de la Tutsi Pop?
En el anuncio, un niño le preguntaba al búho mascota y logo de la marca, quien resolvía el misterio dando tres chupadas y una mordida al caramelo ante la cara estupefacta del infante.
Quizá, hipnotizado por ese comercial, Valente quiso hacer su propia versión.
—Valente, ¿te gustan las Tutsis?
—Sí.
—¿Y por qué te las metes por la cola?
—Claro qua no, yo no hago asas cochinadas.
—No te hagas güey.
Valente comenzaba a reír como puerco y corría a su casa.
Y nosotros quedábamos tirados soltando carcajadas.
Y a Valente no se le veía en dos o tres días por el callejón.
Pronto Valente ya no tenía siete, sino ocho años. Luago nuava, diaz… Pero seguía hablando igual. Un día se fue del vecindario. Lo perdimos. Nos perdimos, como tantos otros de mi generación, arrastrados por el sueño de cruzar la frontera a Estados Unidos, ser obreros, albañiles, empleados en bodegas, tianguis o talleres; o adheridos a una lata amarilla de pegamento para fijar tubos de PVC afuera de la Tlapalería Carrillo.
Valente y su risa de marrano se perdieron para siempre.
Ese año, 1997, el Teletón se transmitió por primera vez en la tele; pero no fue esa abominación la que me recordaría a Valente, candidato predilecto y la primera referencia que tuve de un niño down, sino las Tutsi Pops.
Cada que veo a alguien chupando una, pienso en Valanta.
Prefiero otra pregunta por respuesta, no la misma.
Retintín.
Aquí, una mota de polvo.
Allá, un color que refulge.
Un desplome de pasos invisibles
que se alejan.
Y suena un aleteo que enturbia los colores,
cambia el cielo del púrpura al cerúleo,
mis pies se ralentizan en la grava,
gravito con mi cuerpo desvaído y nos pregunto:
¿es mi lenguaje el que altera esta tierra?
Hablo el idioma de las lágrimas.
Veo pájaros caer.
APUNTES SOBRE LAS AVES
Los paseriformes cubren la mitad de la Tierra. Ya son más
de 6000 especies conocidas. Por lo menos 1000 de ellas se
hallan extintas1. Su cuerpo es plumífero y tienen cuatro
dedos que circundan, perfectamente, las ramas de los
árboles. Ellos duermen de pie. Su aparato de fonación es la siringe. Entonces cantan.
Ni gárrulos, piopíos,
titirijí
o tororoi,
ni jejeneros, ni tángaras
ni ojicarunculados
ni pájaros pijui.
·
Intento recordar la fauna de mi Tierra.
Pero estas aves no tienen semejanza,
se escapan del discurso, estas aves
emigran de mi lógica,
no pían y a mi voz no son indemnes.
Como orbes diminutos,
esféricas descienden en mis manos,
descienden tornasoles, pelechando su tupé.
·
Ni colicortos,
ni cantos ni oropéndolas,
ni petirrojos,
ni bípedos.
Las aves de esta tierra cubren el cielo. Ya son más de 30 especies desconocidas (son más de 30 especies en una): mutan2. No visten de pigmentos definidos. Su cuerpo es plumífero, redondo. No tienen dedos que se enrosquen en los árboles (tampoco hay árboles). Ellas duermen suspendidas en el aire, duermen quietas, reculan3. Cuando despiertan4 no emiten sonidos, pero bailan.